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Ver productos1 Feb 1991 - 5min.
La opinión pública ha recibido muy favorablemente los resultados de la última reunión del Consejo de Jefes de Estado y de Gobierno de la Comunidad Económica Europea, celebrada en Roma el pasado mes de diciembre. Los titulares de la prensa han sido expresivos. Se ha escrito, por ejemplo, que «Europa vive un momento histórico», que ha habido un «acuerdo unánime para impulsar la integración política y económica» e incluso que «Europa quedará unida el primero de enero de 1993». Por otra parte, se ha hablado mucho del talante conciliador del nuevo primer ministro británico. Y, de forma poco disimulada, se ha celebrado la desaparición de la escena de la Sra. Thatcher, quien, en su papel de institutriz que cree que hay que decir siempre la verdad, tenía la fea costumbre de poner el dedo en la llaga y recordar en voz alta a sus colegas muchos problemas cuya existencia los demás sólo reconocen en privado. Si alguna palabra se ha repetido tras esta cumbre, ha sido «avance».
No parece que todos ¡os socios de la CEE estén de acuerdo en las metas finales a conseguir. Mientras para unos hay que buscar un gran mercado integrado, otros no pueden imaginarse la unión europea sin que una sólida burocracia nos gobierne.
Ahora bien, ¿hacia dónde avanzamos? A la hora de contestar esta pregunta surgen muchas dudas. En primer lugar, no parece que todos los socios de la Comunidad estén de acuerdo ni siquiera en las metas finales a conseguir. Mientras para unos hay que buscar, ante todo, un gran mercado integrado, en el que las empresas y los consumidores puedan adoptar sus decisiones con el mínimo de controles y normas, otros, por el contrario, no pueden imaginarse la unión europea sin que una sólida burocracia nos gobierne desde Bruselas. Y resulta, además, que, pese al eurocentrismo de nuestros gobiernos, a nadie se le oculta que las futuras relaciones de Europa con el resto del mundo están muy lejos de haber sido definidas, y que mientras algunos piensan en un continente abierto al comercio mundial y a la competencia internacional, otros defienden, de una forma abierta o solapada, una «Europa fortaleza», protegida por barreras y aranceles de la competencia exterior.
Un resultado esperanzador de la cumbre de Roma es el convencimiento de que, tras ella, continuará a buen ritmo la creación del gran mercado único que deberá funcionar plenamente a partir de 1993. Pero, junto a este progreso, por el que, sin duda, debemos felicitarnos, siguen existiendo en la Comunidad problemas muy importantes cuya solución no resulta clara.
El más actual, aunque seguramente no el principal, es el de la unión monetaria. El que parece triunfo definitivo de la idea de llegar a ella mediante un proceso de fijación de los tipos de cambio de las actuales monedas comunitarias y la creación no ha ido acompañado de un plan preciso de reforma. La idea de una Europa de dos velocidades no está, en absoluto, descartada, y los aplazamientos pedidos por algunos miembros, entre ellos España, esconden seguramente el temor de quedar fuera del núcleo dominante de la unión, cuyo centro será Alemania. Por otra parte, seguimos sin tener un mínimo de garantías sobre el grado de independencia del nuevo Banco Central y su comportamiento futuro con respecto a la estabilidad de los precios.
La política agraria tiene unos costes elevadisimos que soportan los ciudadanos comunitarios como consumidores, pagando precios altos.
Otra gran cuestión pendiente es la política agraria común. Las discusiones de los últimos años sobre la unión política y monetaria han oscurecido temporalmente este viejo problema que tanto la Comisión como los jefes de Estado y de Gobierno -con la excepción, sin duda, de la Sra Thatcher- han procurado siempre dejar en segundo plano. Se trata, sin embargo, de un tema crucial para Europa. La política agraria tiene unos costes elevadísimos que soportan los ciudadanos comunitarios como consumidores, pagando precios altos, y como contribuyentes, ya que la mayor parte del presupuesto de la CEE se gasta en ella. Y no son sólo los europeos quienes la sufren. Los países del Tercer Mundo son también sus víctimas. Y no puede olvidarse que el fracaso de la última reunión del GATT en lo que al libre comercio de productos agrarios se refiere es consecuencia directa de la política de la CEE.
Pero éste no es sino un aspecto particular de un problema más general: las relaciones económicas de la Comunidad con terceros países. Seguimos sin saber si vamos a orientarnos abiertamente hacia el librecambio o si vamos a preferir la protección selectiva para mantener en funcionamiento industrias poco competitivas. No está claro tampoco cómo serán las relaciones de la Comunidad con los países de la Europa del Este, que, más que ayudas, lo que desean es el comienzo de procesos de integración a los que deberíamos prestar apoyo. Y, como los políticos y los economistas de estos países señalan una y otra vez, hay grupos dentro de la Comunidad que parecen preferir centrarse en lo que hoy existe a buscar una apertura al resto del continente.
Buena parte de esta falta de objetivos claros se debe al hecho de que en la CEE siguen coexistiendo dos visiones de Europa bastante diferentes. Una, la de quienes ven la unidad económica europea dentro del marco mucho más amplio del mercado mundial; la de quienes rechazan la idea de que la burocracia de Bruselas deba convertirse en un centro de regulación de las actividades económicas; la de quienes, por fin, quieren que sean las empresas y los consumidores, y no las administraciones públicas, los protagonistas de la futura Europa. Frente a ellos está, sin embargo, la visión estatista de la Comunidad. Es la de quienes quieren reproducir a escala continental las instituciones y formas de actuación de los Estados nacionales; la de quienes quieren abolir las fronteras internas, pero defienden el reforzamiento de las externas; la de quienes no entienden que el mercado puede funcionar sin la tutela constante del sector público.
No sabemos aún cómo será el futuro de la unión económica europea, pero sí podemos afirmar con seguridad que el triunfo de una u otra forma de entender tos objetivos de la Comunidad condicionará de manera muy distinta la vida de los ciudadanos europeos durante muchos años.