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Ver productos1 Feb 1991 - 10min.
Siegfried Giedion, el importante crítico suizo que es una verdadera autoridad en materia de historia de la arquitectura, ha llamado al art nouveau un interesante intermezzo entre el siglo XIX y el XX. Es evidente que este movimiento se instala cronológicamente justo en el gozne entre los dos siglos y casi con cierta simetría, pues ocupa, del primero y del segundo, años aproximadamente iguales. Si en la casa de la calle Turín de Víctor Horta, de 1893, está el movimiento ya granado, su efímera vida sólo le permite llegar debilitado a los albores de las catástrofes de 1914. Pero tampoco nos engañemos. Ni pensemos que esta condición de paréntesis que tiene el modernismo le resta interés, ni cualidades permanentes, ni influencia, en las etapas posteriores. Cada vez nos damos cuenta del papel que ha jugado el modernismo al alumbrar las fuentes del arte moderno en toda la extensión de la palabra y en qué medida ha servido de precedente a lo que hemos considerado más genuino del arte de nuestra época.
En literatura, Rimbaud, Lautréemont, Verlaine, preparan el nacimiento del simbolismo de Mallarmé y su escuela, que tanto influirá en la literatura modernista. Hombres como Rubén Darío pertenecen de lleno al modernismo, sin el cual no se comprendería la renovación de la lírica hispanoamericana contemporánea. Exceden del modernismo pero toman en él su punto de partida escritores como Marcel Proust y pintores como Gauguin, Munch, el mismo Van Gogh, Félix Vallotton o Toulouse Lautrec. Hasta el propio Picasso también hunde sus raíces en el clima modernista de Barcelona y en sus primeros pasos transita por cauces más próximos a este movimiento.
El modernismo en Europa tuvo tres capitales donde reinó incontestable: Bruselas, Viena y Barcelona. En Bruselas está representado admirablemente por Víctor Horta (1861-1947), que, sin ser tan genial como Gaudí, es acaso más representativo, el que mejor responde a la ornamentación lánguida y sinuosa, especialmente característica del art nouveau, que dio lugar a lo que se llamó el coup de fouet. Viena es otra de las capitales donde triunfa este arte con mayor fuerza y vigor. En este caso ya no es un hombre como Horta el que define casi completamente lo mejor del movimiento, sino tres arquitectos a cual más importante, que forman una especie de trilogía, como sucederá en Barcelona, según veremos a continuación. En esta trilogía sobresalen los arquitectos Otto Wagner, José María Olbrich y, por último, Joseph Hoffmann. Los tres son maestros importantes. Otto Wagner quizá es el más clasicista entre los premodernistas. Olbrich es el más original, temperamental y atrevido. Hoffman bascula ya hacia un racionalismo que anuncia el movimiento moderno precubista.
¿Qué pasa en Barcelona? Pues que también aquí nos encontramos con tres formidables representantes de un estilo que se va a convertir no sólo en un episodio del arte catalán, sino acaso, después de los siglos XIV y XV, lo más representativo del espíritu de Cataluña en las artes, y especialmente en la arquitectura. Aquí volvemos a encontrarnos con tres figuras relevantes, relevantísimas, que son: Antonio Gaudí, el primero; después, a continuación y también con dimensión extraordinaria, Domenech y Montaner y Puig i Cadafalch.
Son también tres maestros que representan la arquitectura modernista, cada uno a su modo, sin que su personalidad se difumine en un movimiento más colectivo. Todos ellos son realmente originalísimos creadores, aunque no lleguen a la talla de Gaudí. Yo mismo he repetido muchas veces que, en el arte español, entre Francisco de Goya y Pablo Picasso, la figura de mayor trascendencia, de mayor originalidad y espíritu creador, es, sin duda, Antonio Gaudí. Son muchos los artistas de toda esta época que rayan a gran altura, tanto pintores como escultores, pero sin embargo, para medirse con Goya y con Picasso, sólo hay una persona que es capaz: Gaudí.
Antonio Gaudí era hijo de un calderero de Reus y nació el año 1852; pronto ingresó en la Escuela de Arquitectura de Barcelona, que dirigía Elías Rogent, el más importante de los arquitectos medievalistas catalanes, autor del edificio neorrománico de la Universidad de Barcelona. No vamos a detenernos en quiénes fueron, aparte de Rogent, sus maestros, pero sí diremos que le influyeron hombres como Oriol Mestres, Juan Martorell, autor de la iglesia de las Salesas de Barcelona y diferentes obras en Comillas, e, indirectamente, Viollet-le-Duc. Su actividad se desenvuelve especialmente cuando comienza su relación con don Eusebio Güel, que empezó a encargarle obras muy importantes, lo que hizo que creciera su mutua amistad. Gaudí es, entre otras cosas, un fenómeno social, como lo es la explosión del arte modernista catalán, fruto sin duda de una aristocracia mercantilista de la que don Eusebio, primer Conde de de Güell, emparentado con los Marqueses de Comillas, familia de financieros de origen santanderino, es uno de los más altos representantes. El auge del modernismo comenzó con la Exposición Universal de 1888, en la que Barcelona demostró la pujanza que había alcanzado su industria, especialmente la textil, y su floreciente comercio.
Después de muchos sabrosos prolegómenos, Gaudí construye y proyecta su primera casa en 1883: es la Casa Vicens, interesante ejemplo de interpretación modernista dentro del espíritu mudéjar. Luego, obra cumbre de esta época es el Palacio Güell, en la calle del Conde de Asalto en Barcelona, obra curiosísima que hubiera hecho las delicias de Ricardo Wagner, ídolo de la sociedad catalana finisecular.
Otras obras interesantes fueron el Colegio de las Teresas, de la calle Ganduxer, en San Gervasio, Barcelona; las Casa de Botines, en León; el Palacio Episcopal de Astorga, el Parque Güell y dos casas enormemente significativas en el Paseo de Gracia de Barcelona, la Casa Batlló y la Casa Milá, ambas construidas en torno a 1906.
Poco a poco, y esto es otra historia, se va interesando por la Sagrada Familia. Este templo tiene una historia curiosa. Surge a iniciativa de un devoto de San José, don José M.ª Bocabella y Verdaguer, que quería levantar en Barcelona un templo expiatorio a la Sagrada Familia. ¿Expiatorio por qué? Pues, sencillamente, porque Barcelona había vivido y estaba viviendo horas convulsas de revuelta social, donde no faltaban huelgas, agitación, atentados y ofensas a la religión. Entonces, como expiación de todas estas culpas, que parecían recaer sobre la Ciudad Condal, el librero Bocabella alimentó la idea de un templo para lavar todas estas culpas.
El primer arquitecto de la Sagrada Familia fue don Francisco del Villar, pero, pareciendo su proyecto falto de brío, Juan Martorell recomendó a Bocabella que encargara su obra al joven Gaudí, que se entregó a la Sagrada Familia con toda la pasión que anidaba en su alma. Hemos visto que en un momento era un arquitecto mundano, relacionado con la mejor sociedad barcelonesa, pero la Sagrada Familia lo convirtió en un anacoreta, en un ermitaño, en un hombre devorado por su propio ideal. Ya no tuvo otra misión en la vida que unirse a su templo y llevarlo a su fin; fin muy lejano, por cierto, pero para el que dejó innumerables dibujos, maquetas, detalles, con objeto de servir de guía para los que habían de sucederle.
De la Sagrada Familia podría hablarse interminablemente, pero en el corto espacio de un artículo de revista nos vemos obligados a reducirnos. Yo voy a tratar de algo que me parece primordial y a la larga contradictorio.
Yo pienso que la Sagrada Familia es el intento más atrevido que se ha llevado a cabo de hacer arquitectura sin arquitectura, de huir de la arquitectura lo más posible. Si Menéndez y Pelayo dijo de Juan de Herrera que era hombre de cartabón y plomada, como lo demuestra su geométrico monumento escurialense, Gaudí es el polo opuesto. Nada hay recto, rigurosamente simétrico, trazado con regla y compás en la Sagrada Familia. Esta obra es como una explosión controlada de un mundo naturalista y fantástico creado por un espíritu panteísta, que se complace en bucear en las formas naturales.
La Sagrada Familia es la obra máxima del naturalismo arquitectónico. Si penetráramos en el interior del templo, ¡ay!, una vez acabado, no veríamos unas naves de iglesia con sus pilares y sus bóvedas; lo que veríamos es un bosque, los pilares serán como árboles inclinados por el viento, que en lo alto se ramifican en diversos tallos penetrando en bóvedas cueviformes. La fachada del Nacimiento, la que conservamos íntegramente gaudiana, es como la solidificación de una espelunca o gruta, con sus profundas concavidades, donde tuvo lugar la Natividad y la Epifanía. Espelunca que parece tallada en una montaña cuya morfología geológica recuerda la de Montserrat.
Para que todo sea de procedencia oscura e inopinada, las torres cónicas, como panes de azúcar, trasladadas al cielo de una ciudad industrial y moderna, vienen del soleado, árido y seco desierto que se extiende más allá de la cadena del Atlas africano.
En su viejo proyecto para un convento franciscano en Tánger, que parece un ribat o castillo marroquí, ya concibió torres así, cuya imagen no iba a abandonarle nunca.
Todo es nuevo, todo es insólito, todos es producto de visiones soñadas que en su cabeza de artista iban encadenándose con la misma forma con que se tejen los sueños.
Junto a Gaudí, figuran en el modernismo catalán dos extraordinarios arquitectos, Luis Domenech y Montaner (1850-1923) y José Puig y Cadafalch (1867-1956). En realidad, nos encontramos aquí con algo así como la triada que hemos señalado en Viena. El primero de ellos, lo repetiremos hasta la saciedad, Gaudí; pero si Gaudí no hubiera existido, tanto Domenech como Puig y Cadafalch hubieran sido por sí mismos figuras trascendentes de este movimiento modernista y catalanista a la vez. Y es curioso: si bien Gaudí fue un artífice puro, sus dos acompañantes en esta aventura fueron, además de arquitectos, eruditos escritores, historiadores notables y hasta políticos de considerable envergadura.
Luis Domenech y Montaner nos dejó obras muy notables en la Exposición catalana de 1888. Allí construyó el Museo de Ciencias Naturales, que había sido previamente el gran restaurante de la Exposición y que se puede considerar uno de los edificios más originales del modernismo en todas sus fases. Con mayor superabundancia de medios y con mayor riqueza ornamental, otro edificio notable de Domenech es el Hospital de San Pablo de Barcelona, que aparte de su buen sentido como obra de arquitectura sanitaria, es una verdadera creación monumental y valiente, que siempre figurará entre los mejores ejemplos arquitectónicos de este período, y, por si fuera poco, nos dejó también el Palacio de la Música de Barcelona, un auditorio verdaderamente genial, representativo de un mundo muy vinculado a la sociedad de entonces, con una sala espléndidamente decorada, con unas fachadas originalísimas y con una contribución de la escultura verdaderamente espléndida en todos los aspectos, gracias a los maestros Blay y Gargallo, creadores de una atmósfera plenamente wagneriana, como lo demuestra la fogosa cabalgata de las walkirias en la embocadura del escenario.
Si esto es lo suficiente para llevar a Luis Domenech y Montaner a la zaga, pero a pocos pasos del maestro Gaudí, no es diferente, aunque con otro sentido, el caso de José Puig y Cadafalch, que, además de ser un arquitecto distinguido e inspiradísimo y un historiador notable, como acredita su obra monumental sobre el románico catalán, fue también una figura sobresaliente del regionalismo. Figuró en el movimiento de la Renaixença y en el grupo que fundó La Veu de Catalunya. Fue diputado a Cortes y miembro de la Mancomunidad Catalana, que presidió a la muerte de Prat de la Riva.
Por lo tanto, como digo, pertenece con Domenech a esos arquitectos barceloneses que tanto tuvieron que ver con la vida social de su ciudad. Sus obras son muchas y muy interesantes, distintas de las de Domenech. El autor del Palacio de la Música es exuberante, está lleno de intuiciones geniales, maneja unos estilos híbridos, pero llenos de fuerza; en cambio, Puig y Cadafalch es más refinado, más exquisito; su formación se debe mucho a lo que entonces se hacía en Europa. Viajó por todo el mundo, conoció la obra de Wagner, Olbricht, Hoffmann, Van de Velde y Horta, y de todo, sin abdicar de su manera propia, obtuvo elegantes sugerencias. No cabe duda que sus obras son más ponderadas, más equilibradas, que las de otros maestros del modernismo.
Siempre fue el más historicista de los modernistas y no se despegó demasiado de las sendas de un gótico vernacular. Sus obras más valiosas son la Casa Martí o de les Quatre Gats, en la calle Montesión; la Villa Garí, en Argentona; la Casa Amatller, en el Paseo de Gracia, justo medianera con la Casa Batlló de Gaudí y en competencia con ella; la Casa Terradas, o de Les Punxes, en la Diagonal, y otras que se intercalan en la urbanización de una Barcelona progresiva y llena de poderío y energía latentes.
No cabe duda que estos tres maestros, Gaudí, Domenech y Puig y Cadafalch, son las tres luminarias de un modernismo que posiblemente, y sin desdeñar lo que pasaba en Bruselas y sobre todo en Viena, rayó a una altura que el arte catalán no había alcanzado en muchos años.