«Seda», de Alessandro Baricco

Además de su título, todo es seda en esta novela intemporal: la historia, la narración, el lenguaje, el ritmo, el tono, la textura

«El comerciante de seda» (1892), de Robert Robert Frederick Blum. Archivo CC-PD-Mark en Wikimedia Commons
Juan Carlos Laviana

Avance

En 1997, Seda, de Alessandro Baricco (Turín, 1958), se convirtió en un fenómeno editorial. El éxito obtenido en Italia y, sobre todo, el boca a boca hicieron que los aficionados a la lectura hablaran sin cesar de la hipnótica historia de Hervé Joncour y su viajes al misterioso e inaccesible Japón del siglo XIX en busca de los preciados huevos de los gusanos de seda.

Traducción: Xavier González, Carlos Gumpert
Alessandro Baricco: Seda. Anagrama, 2026 (quincuagésima edición). Traducción: Xavier González, Carlos Gumpert

Está apunto de cumplir treinta años y Seda hoy se sigue leyendo masivamente. Es lo que los críticos denominan un long seller de prestigio. Una forma de no ensalzar en demasía la obra sin dejar de reconocer su calidad literaria por el mero hecho de ser popular. Se trata de un libro de poco más de cien páginas, en apariencia modesto, que, según su propio autor, «no es una novela ni un cuento, sino una historia», porque «cuando no se tiene un nombre para decir las cosas, entonces se utilizan las historias».

En estas tres décadas, se han vendido 700.000 ejemplares, medio millón en España, y se ha traducido a 17 idiomas. Con motivo de la efeméride, la editorial Anagrama acaba de publicar la quincuagésima edición del libro en su colección Panorama de narrativas.

ArtÍculo

Una de las grandezas de Seda radica en su intemporalidad, en el sentido de que está por encima del tiempo. Igual da leerlo en los noventa del siglo XX que en la tercera década del XXI. La acción —si puede llamarse así— transcurre en el siglo XIX, más que nada porque entonces las distancias eran enormes, había culturas sin descubrir y el mundo era mucho más misterioso que ahora. La historia se desarrolla en 1861. «Flaubert estaba escribiendo Salammbô, la luz eléctrica era todavía una hipótesis y Abraham Lincoln, al otro lado del océano, estaba combatiendo en una guerra cuyo final no vería», según contextualiza el narrador.

La seda impregna todo, más allá de la importancia de los gusanos, sus huevos y la elaboración de la delicada tela. Todo es de seda en el libro de Baricco: la historia, la narración, el lenguaje, el ritmo, el tono, la textura. Como explica el narrador cuando el protagonista, Hervé Joncour, le regala a su mujer, Hélène, una túnica de seda, y ella la toma entre sus dedos, «era como coger la nada».

Seda es prosa pero también es poesía. Determinadas acciones del libro —como los cuatro interminables viajes hasta llegar a Japón— se repiten con las mismas palabras de la misma forma que el estribillo de un poema. Como explicó Baricco, «este es un libro con música, música blanca, una música extraña, que a veces te desconcierta: se ejecuta suavemente y se baila lentamente […]. Cuando la ejecutan bien es como oír el silencio».

Un viaje iniciático

Hervé Joncour, un francés que se dedica a la compraventa de huevos de gusanos de seda, ha de enfrentarse a una epidemia que puede arruinar su negocio. Tras un intento de comprar su producto en África , decide acudir a Japón donde se encuentran los mejores huevos. Japón es entonces un imperio cerrado a los occidentales, donde la primera reacción ante un extranjero es ahorcarle. El viaje hasta allí —«siempre recto hasta el fin del mundo»— dura meses, resulta  peligroso y aventurado.

Hervé consigue su objetivo y vuelve a su pueblo del sur de Francia con una ingente cantidad de huevos de gusanos de seda de una calidad extraordinaria. Pero no solo, el viaje resulta iniciático. Hasta tal punto queda fascinado que lo repite cuatro veces. Allí conoce a un intrigante señor feudal, Hara Kei, con quien hará negocio entendiéndose solamente a través de los gestos y las señas. Y, sobre todo, queda cautivado por una joven con rasgos occidentales que forma parte del séquito del señor. «En aquella habitación estaba todo tan silencioso e inmóvil que el hecho de que esa mujer joven abriera los ojos y dirigiera su mirada hacia él pareció una desmesura —nos cuenta el narrador—. A Hervé Joncour ese instante le cambió la vida». 

Esa es la esencia de la trama de Seda, aderezada con un final sorprendente que descubrimos a través de unas cartas que aparentemente aquella mujer joven de aspecto occidental envía a Joncour.

Personajes esenciales

Los personajes secundarios son esenciales en la historia. Ellos crean esa atmósfera mágica en la que se mueve el protagonista. Hélène, su mujer, está relegada al papel de esposa obediente, pero, desde la sombra, es dueña de los destinos de quienes la rodean. Era conocida por tener «una voz bellísima». Todos se admiraban al oírla hablar.

Baldabiou es el pionero de la industria de la seda en el pueblo de Lavilledieu, quien introduce a Joncour, predestinado a la carrera militar, en los secretos de la seda. Siempre con su Pernod, con dos dedos de agua, en la mano. Admiraba a los clientes del Café Verdún con sus partidas de billar, en las que se enfrentaban «el manco contra el sano», personajes a los que representaba él mismo. Uno jugaba normal y el otro utilizando un solo brazo. Siempre perdía el manco y Baldabiou había anunciado que el día que ganara se iría del pueblo.

El vecino Jean Verbeck, cuya casa acabaría comprando Joncour, decidió súbitamente un día no hablar nunca más. Su mujer y sus hijos le abandonaron. «¿Por qué dejó de hablar? es una de las muchas cosas que le quedó por decir?».

O madame Blanche, una japonesa que había huido de su país escapando del maltrato a las mujeres y que se había afincado en Nimes, donde regentaba un burdel. Ella era el único recurso que tenía Joncour para que alguien le tradujera las cartas que recibía en japonés.

Por no hablar del propio Joncour, de quien se nos dice que «gozaba discretamente de sus posesiones y la perspectiva, verosímil, de acabar siendo realmente rico le dejaba completamente indiferente. Era, por lo demás, uno de esos hombres que prefieren asistir a su propia vida y consideran improcedente cualquier aspiración a vivirla».

Seda y lo que vino después

Baricco ya había publicado un par de novelas antes de Seda, pero es con esta con la que alcanzaría un reconocimiento internacional. Ese éxito impulsó la traducción al español de otras obras suyas anteriores, como el monólogo Novecento o la novela Oceano Mare, y que se fuera publicando puntualmente su amplia producción hasta llegar a su último ensayo, de este mismo año, Breve historia herética de la Música Clásica  (Feltrinelli, 2026).

El escritor siempre ha reconocido la deuda de su obra con el realismo mágico y ha demostrado su gran admiración hacia García Márquez. «Aprendí de él que escribir es una cuestión de generosidad —señaló en el obituario del autor colombiano—, un gesto sin vergüenza, una acción imprudente y un reflejo desproporcionado: si no es así, lo que estás haciendo, como mucho, es literatura». 

Sin embargo, quien encontró las palabras exactas para definir la grandeza de Seda fue Mario Vargas Llosa, quien describió la obra como «una historia misteriosa, lacónica, perfecta». Tan misteriosa como su protagonista, Hervé Joncour, quien dedicará sus últimos años a mirar durante horas al lago, en cuyas aguas le parecía ver el «inexplicable espectáculo, leve, que había sido su vida».


La imagen que ilustra este texto es el cuadro titulado El comerciante de seda (1892), de Robert Frederick Blum. La obra se encuentra en el Cincinnati Art Museum. El archivo con licencia CC-PD-Mark se encuentra en Wikimedia Commons y pertenece a Google Arts & Culture Project.