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Ver productos1 Dic 1990 - 4min.
«Seguiré ejerciendo el poder. Para eso fui elegido. Y no me callaré: a mí no me silencia nadie». Con un susurro de voz, desgranando las palabras, Alberto Fujimori, presidente del Perú, conversó durante casi cuatro horas en el Palacio del Gobierno de Lima sin eludir ni una sola de mis preguntas. Fue un encuentro fácil, una conversación templada en la que los temas más crueles (el hambre de una parte de la población, la violencia terrorista, el narcotráfico, la amenaza de un golpe militar, el enfrentamiento con la Iglesia, etc.) pasaron sin dramatismos. Fujimori hizo gala de su temperamento oriental, sin inmutarse ni perder los estribos, consciente de que por ahora el viento sopla a favor de su extraña y original forma de gobernar.
El mes pasado se cumplieron los «cien primeros días» del presidente-nissei (descendiente de japoneses en primera generación), y fue entonces el momento de hacer un balance provisional de cuanto hizo hasta la fecha. Un balance ciertamente polémico y nada vulgar. Fujimori se ha enfrentado en estos meses con todos los poderes fácticos del país, ha impuesto un plan de austeridad tremendo, ha polemizado con la Administración norteamericana en un asunto tan delicado como el narcotráfico. Y todo ello sin mayoría parlamentaria y sin verdadero poder político. Pese a ello, su popularidad ha crecido. Y desde todas las trincheras políticas se le reconoce, aunque sea a regañadientes, que «el Chino» está haciendo lo que debe hacer, se ha rodeado de colaboradores competentes y no corruptos, ha recuperado parte del crédito internacional y está llevando adelante un plan de reformas administrativas ciertamente audaz.
¡Asombroso país y asombroso pueblo el peruano! La situación económica sigue siendo catastrófica, el terrorismo aumentó incluso en los últimos tres meses, el consumo está por los suelos, la mitad del país (11 millones) vive en estado de «extrema pobreza», los organismos financieros internacionales niegan cualquier ayuda y sin embargo se palpa la convicción generalizada de que «la cosa se está arreglando». Esta convicción se basa también en cifras reales: la inflación pasó del 40% (¡mensual!) al 9% en 60 días, el dólar mantiene su cotización (un dólar 450.000 «intis»!) desde hace varias semanas, y las primeras avanzadillas del FMI, el Banco Interamericano de Desarrollo y el Banco Mundial están en Lima para ver «en directo» el milagro Fujimori.
El cauto presidente aprende a una velocidad de vértigo. No le importa, por ejemplo, reconocer que las medidas de austeridad tomadas fueron «mucho más duras que las anunciadas al principio» (y significativamente idénticas a las propuestas por su adversario a la presidencia, Mario Vargas Llosa) o que «la herencia recibida fue mucho peor que la que sospechaba». No tiene, tampoco, pelos en la lengua en sus juicios: calificó a los jueces y policías corrompidos de «chacales», a los parlamentarios de «charlatanes» y a los curas que se oponen a su tajante plan de control de la natalidad de «feudales». Y sin pensárselo un minuto ha descabezado a la cúpula militar sustituyéndola por militares favorables a su proyecto.
La pregunta que se hacen muchos dentro y fuera del Perú es si la «utopía asiática» de Fujimori va a funcionar a largo plazo y si el presidente no se ha enzarzado en demasiadas batallas simultáneas. Las primeras medidas económicas y políticas tomadas por el presidente y su primer ministro, Hurtado Miller, están funcionando, aunque el coste social sea altísimo. Lo que sí se percibe en el país es una sensación de cambio y cierta esperanza, algo totalmente nuevo y hasta revolucionario si se compara con el clima de desánimo de los últimos años. Aunque con esto no basta para «reordenar» la vida pública y privada de los 22 millones de habitantes.
Otro aspecto nada desdeñable para amagar un juicio provisional es que el enfrentamiento verbal del presidente contra jueces, policías, parlamentarios, militares y clérigos, lejos de haberle restado apoyo social, se lo ha sumado. Los peruanos están hartos de lo que en España se llama «poderes fácticos» y aplauden su cuestionamiento, aunque sea simplemente un ardid demagógico. Pero con palabras y calificativos no se gana tampoco la batalla al hambre, la violencia, la corrupción generalizada, el terrorismo, el narcotráfico o el golpismo castrense.
Fujimori está solo ante el peligro. Pero transmite una enorme tranquilidad que contrasta con la impaciencia gesticulante de su antecesor, Alan García, más conocido como «caballo loco». Su forma de gobernar, si triunfase, podría constituir un hito y hasta un modelo para la región. Claro que, parafraseando al tango, cien días no es nada…