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Ver productosOfrecemos un breve texto que nos envía el poeta cordobés Pablo García Baena, premio Príncipe de Asturias de las Letras, así como otro de sus poemas, expresamente seleccionado por él para NUEVA REVISTA.
1 Dic 1990 - 3min.
Poco sé de mi poesía, poco puedo aclarar sobre ese ser que nace casí siempre (solitario y rebelde hasta con su propio creador, de tal forma es humano) bajo la cruda lámpara en altas madrugadas, como en la noche oscura de los místicos o las lúgubres de los románticos. En mi largo aprendizaje, que continúa, no tengo ni creo en artes poéticas, esas reglas áureas que infaliblemente atraerían el don inspirador como el velador espiritista a las invocadas sombras. Hace tiempo dije que escribir es sufrir. A ciegas, a veces, percibimos una radiación, otras veces nada, y hay que apoyarse en esa sequedad, en esas «nadas», como decía el fraile carmelita. Experiencia, palabra, realidad, serán los báculos, y también con ellos erramos el camino cuando falta vida. Todo bastante complicado y ritual como para preferir el paseo junto al mar en una tarde, el callejeo de una ciudad amada, la charla intrascendente. Por eso escribo sólo cuando ya no tengo otra salida y sigo el consejo general de Vicente Aleixandre: «Vive y escribe tu poesía cuando te nazca». Aun así me avergüenzo de lo que me parece insuflada y cómica vanidad.
A Rafael León
Vivaldi vuela como un pájaro brillante sobre alamedas cortesanas
y sin embargo los violines suenan
con el recuerdo del humilde caserío abandonado
junto al arroyón crecido por el invierno,
Molino de los Ciegos
hundido en la estrecha garganta que lleva al Majano,
no lejos del profanado cementerio protestante.
Desde sus laudas rotas te llega un halo verdoso de ruina
y tu país es el de un grabado de novela victoriana
con el autillo siseante en la noche,
el coche iluminado por el camino,
los ocelos del pavón vigilando desde los olmos
y el ruido del agua,
las tendidas ramas flotando como flecos de una fúnebre colgadura. Por aquí pasó el caballero de la muerte
llevando en sus manos el vítreo reloj de arena goteante
y te quedaste solo, embalsamado por las yedras,
con la doncella viendo alejarse entre los cadejos del agua
la carta sin respuesta,
el agua mitigante y compasiva del tiempo.
Molino de los Ciegos
vivo aún en las láminas de veteados mapas húmedos,
con el laurente en el trajín de tinas y de resmas,
el canalillo y su red sobre la losa,
las manos de papel perchadas como aves aireándose en las ramas,
y el acre olor de los lenzuelos triturados.
Como el ciego que guía a otros ciegos
te hundiste en la sima de donde no se vuelve.
Y barrió el viento épocas y culpas;
apagado el fogón, por las puertas crujientes creció en unas la zarza,
te cubrió como duna movediza el cobre de los bosques
y los mendigos heredaron tu reino.
Junto a la empalizada
alza el lobo su largo aullido lancinante.
Termina «La Notte», de Vivaldi.