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Camina Europa, o revienta

Como pocas otras naciones europeas, Austria y España han caminado en paralelo -distantes pero hermanadas- a lo largo de los siglos. Las casas dinásticas tanto como numerosas manifestaciones culturales -desde la música hasta el arte ecuestre, pasando por los estilos pictóricos- han logrado mantener vivos los vínculos históricos entre autriacos y españoles, por más que algunos de ellos hayan podido desdibujarse en la conciencia de las generaciones más jóvenes. Para remozar la memoria de ese pasado común, la editorial Bohlau, en Viena, publica un extenso estudio del doctor en Derecho y agregado cultural de la embajada de España en aquel país, el barcelonés Xavier Sellés-Ferrando. Su obra se abre con un capítulo consagrado a los orígenes de esa relación, que se remontan al Camino de Santiago, ese itinerario europeo -el primero- decisivo para la configuración de nuestro continente, y que ha recibido este año el Premio Príncipe de Asturias de la Concordia. Por su interés histórico y político, y como ocasión para sumarnos al reconocimiento de ese premio, hemos traducido al castellano algunos párrafos del libro de Sellés-Ferrando, que ofrecemos a continuación.

Diversos anales austríacos nos informan de que en 1212, en respuesta al llamamiento del Papa Inocencio III a una cruzada contra los mahometanos que ocupaban el sur de España, Leopoldo VI, duque de Austria y de Estiria, se puso en marcha con un gran séquito «hacia el país de Santiago».

En España los caballeros austríacos trabaron contacto efectivamente con el culto jacobeo y con la más famosa ruta de peregrinación de Europa, el «Camino de Santiago» -el camino de los caminos-. Impresionados por la robusta fe de los españoles, trajeron consigo la idea de la peregrinación a Compostela y de la veneración a Santiago. Una leyenda cuenta el milagroso hallazgo de una imagen de Santiago en el río Wien por el propio Leopoldo VI, quien, así se nos dice, mandó edificar una capilla para conmemorarlo.

En los siglos XII y XIII se dedicaron varios templos al nuevo santo de los peregrinos en los alrededores de Viena, junto a las más importantes rutas comerciales y de peregrinación. Tal es el caso de las iglesias de Heiligenstadt y Schwechat, de las situadas en la ruta de los cruzados, que seguía la antigua línea del limes a lo largo del Danubio, y de las ubicadas en el Wiental, en Penzing -en la ruta militar que se adentra en el Wienerwald- y en Wiener Neustadt, de camino a Venecia.

En la misma ciudad de Viena, el convento de los Escoceses era un centro de veneración a Santiago, en la época de las Cruzadas. Aproximadamente cien años después de la campaña de Leopoldo VI en España, el santo nacional español y el camino que conducía a su tumba eran ya ocasión de un constante contacto de los habitantes de la región danubiana con la cultura de la península Ibérica.

En los años siguientes a 1299 esa relación se vio intensificada por las negociaciones políticas mantenidas entre el emperador de Alemania y duque de Austria, Alberto I de Habsburgo, y el rey Jaime (esto es, Santiago) II de Aragón, que condujeron al establecimiento de los primeros lazos familiares entre las respectivas casas gobernantes. De esta manera, en 1312 Austria tuvo por primera vez una «española» como duquesa: Isabel de Aragón, esposa del asimismo emperador de Alemania y duque de Austria Federico el Hermoso.

SANTIAGO, ROMA, JERUSALÉN

El camino de Santiago no fue solamente una ruta religiosa de peregrinación a un lejano santuario, por más que en la Edad Media disfrutase de la misma fama que Roma o Jerusalén; sino que era la ruta, el «Camino» por excelencia. Dante Alighieri escribió en su Vita Nuova: «Sólo puede llamarse verdaderamente peregrino quien haya ido a Santiago de Compostela». Ya entonces la peregrinación podía tener los más variados motivos.

En las Siete Partidas, un código legal del siglo XIII, se afirma que una peregrinación puede emprenderse por tres razones principales: libremente, en cumplimiento de un voto, o como penitencia. También había peregrinaciones de impetración de favores y de acción de gracias. Lacras físicas y de otros tipos motivaban asimismo la partida esperanzada hacia la tumba del Apóstol. Las peregrinaciones penitenciales y expiatorias también desempeñaban seguramente una función de higiene social. Lo normal era ponerse en camino uno mismo, pero también había quien encargaba a otro que lo hiciese por él: es el caso de los denominados «peregrinos delegados», que especialmente al final de la Edad Media podían cumplir ese encargo por varios comitentes a la vez. El placer de viajar y el anhelo de conocer tierras lejanas reforzaban en ocasiones el fervor religioso. Las deudas y otros problemas irresolubles en casa, probablemente también. Y, finalmente, no dejaba de ponerse en camino en hábito de peregrino algún que otro pícaro, ataviado tal y como se representa con mucha frecuencia al Apóstol mismo: «chaqueta» (en francés «jaquette», por «Jacques», es decir, Jacobo o Santiago), pesada capa y zurrón en bandolera, en cuya tapa se puede ver la concha de Santiago, que adorna también el ala del sombrero, ancha y doblada hacia arriba. Completaban el equipo de peregrino la calabaza a modo de cantimplora y el bordón con punta metálica, que permitía mantener a raya a los perros peligrosos y a otros posibles atacantes.

La veneración al Apóstol y los caminos de peregrinación fueron especialmente fomentados por la abadía francesa de Cluny y por todas las abadías benedictinas que surgieron posteriormente en Europa entera. En 950 llegaron a la tumba del Apóstol los primeros peregrinos extranjeros, dirigidos por el obispo Godescalco de Puy, mientras que en 1080 fue el obispo de Maguncia Sigfrido quien desencadenó una ola de peregrinaciones en el Sacro Imperio. Los millones de peregrinos que desde entonces llegaron a Santiago la convirtieron en una de las ciudades más ricas de Europa. A partir de 1135 los arzobispos de Santiago eran también cancilleres de los reinos de Castilla y de León. La ciudad misma se convirtió en un centro de cultura y ciencia cristiana, y por lo tanto en un contrapolo de Córdoba, la capital del Califato, que con un millón de habitantes era la mayor ciudad de Europa y el brillante centro del islam en este continente. De aquella época procede la expresión, que aún hoy se sigue utilizando, de «estar en camino» (es decir, hacia Santiago).

En una crónica árabe del siglo XIII leemos lo siguiente: «Santiago de Compostela es el templo cristiano más importante, no sólo de España, sino de todo el universo. La iglesia de esta ciudad significa para ellos [los cristianos] lo mismo que para nosotros la Kaaba. Hacen voto de acudir allí en peregrinación desde las regiones más lejanas. Llegan a su tumba incluso desde Libia, desde el país de los coptos y desde las zonas más remotas de Egipto».

UNA NUEVA CULTURA

Y sin embargo el camino de Santiago no es un tema meramente español. El fenómeno del culto jacobeo se sitúa en el momento histórico en que está naciendo Europa, y por ello en el comienzo de las relaciones habituales de los españoles con todos los pueblos cristianos del continente, sin excepción alguna; y gracias a una densa red de caminos también en el comienzo de las relaciones de esos pueblos entre sí. Las peregrinaciones a la tumba del Apóstol, ubicada en el extremo del mundo entonces conocido, cerca del cabo Finisterre, hacen surgir una nueva cultura.

Fomentan el desarrollo del arte románico a lo largo de las rutas de peregrinación y la aparición de nuevas lenguas y de una literatura y una música también nuevas. El culto a Santiago ha creado además un espacio sacro específico, la «basílica de peregrinación». El arte románico evoluciona de forma paralela al culto jacobeo y a las peregrinaciones. La influencia es tan clara -también en el área geográfica de lengua alemana- que realmente se puede decir que a lo largo de las rutas de peregrinación el arte románico adquiere rasgos propios. Se trata de un arte románico que ya está evolucionando hacia el gótico. Se aprecia la tendencia a conservar las formas estáticas del Románico, y al mismo tiempo a combinarlas con el dinamismo propio del Gótico. Cabe afirmar también que la cultura del camino de Santiago contribuyó a que tuviese lugar una transición gradual y tranquila desde el arte románico hacia otros estilos europeos.

Junto con el estilo románico se desarrolla también la iconografía jacobea. Existen tres tipos iconográficos fundamentales: Santiago como peregrino a pie, Santiago sedente con bastón; y Santiago a caballo. El Santiago ecuestre tiene un significado más político que religioso. Es el Santiago de la Reconquista, también denominado «Santiago Matamoros». El Santiago sedente es la representación más habitual en los grandes centros de las vías de peregrinación, concretamente en la portada de los templos. Existen variantes de esta tipología en casi todas las iglesias de peregrinación enclavadas a lo largo del Camino, si bien el tipo más difundido es el Santiago peregrino. Santiago Matamoros triunfa en Hispanoamérica, pero también se lo puede ver en lo más alto de la fachada principal de la catedral de Innsbruck, dedicada a Santiago, como «Santiago Mataturcos».

NARRATIVA

Los primeros datos que tenemos de un peregrino procedente de fuera de la península Ibérica son de 930 y se refieren concretamente a un sacerdote que vivía en la región del lago Constanza, probablemente en Reichenau. Los relatos de viajes de peregrinos son numerosos y se escribieron en muchos idiomas. Una persona deja su tierra natal en el norte, el centro, el este o el sur de Europa y cuenta todo lo que le pasa en su viaje. Va surgiendo así en Europa una literatura de viajeros, diarios de viaje en los que se narran todas las aventuras y los acontecimientos más destacables, aventuras de la Edad Media, pero también de la Edad Moderna. Peregrinos que seguían el Camino y descubrieron un nuevo mundo. La meta de la peregrinación, que podía durar dos años, era el punto extremo de Occidente. No se trataba de viajes meramente religiosos. El deseo de acometer empresas osadas y el afán de aventuras eran también importantes motivos.

El viaje por el camino de Santiago es asimismo un constante memento mori. En esos relatos se nos informa de compañeros de camino que no resistieron las fatigas o que murieron por mano violenta. Vados poco seguros podían ser tan fatídicos como algunos puertos de montaña con justa fama de terribles. Junto a los muchos hospitales se preparaban cementerios de peregrinos, a menudo separados según los distintos países de procedencia.

DESDE TODA EUROPA

En el centro de Castilla se encuentra Burgos, aproximadamente a la mitad de los 787 kilómetros de la parte española del camino de Santiago. En su mejor época mantenía abiertos treinta y cuatro hospitales y albergues de peregrinos. Ya Carlomagno consideró la idea, al menos en sueños, de viajar a Santiago, una idea que San Francisco de Asís llevó a la práctica.

En los siglos XII y XIII también peregrinaron a Santiago gentes del Norte. Viajaban hacia España cruzando Alemania y los Países Bajos y atravesando después toda Francia. En un ambicioso programa de investigación se está estudiando actualmente este aspecto, sin olvidar tampoco a Centroeuropa. Sabemos de peregrinos a Santiago polacos y húngaros. No en vano el nombre de Jacobo está muy difundido en toda Europa. También hay huellas en Austria: basta pensar en los topónimos con «Jakob». Muchos monasterios relacionados con el Sur tenían su área de influencia en Austria, sobre todo a lo largo de la ruta que, procedente del Este, cruza Viena, remonta el Danubio, pasa por Salzburgo y el Tirol y atraviesa los Alpes y parte de Suiza hasta llegar a la abadía benedictina de Einsiedeln, importante punto de encuentro de diversas rutas. No es de extrañar que en Suiza se publicase hace algunos años un estudio sobre los distintos «caminos de Santiago» que discurrían por ese país. También en Austria convendría dedicar atención a este fenómeno. Ningún austríaco ha publicado hasta ahora un estudio científico acerca de «los caminos de Santiago en Austria», pese a los muchos datos disponibles al respecto. Por ejemplo, en todos los Länder austriacos existen numerosas parroquias dedicadas a Santiago: más de doscientos en el conjunto del país.

SANTIAGO EN AUSTRIA

Con el año 1000 se inician las fundaciones de monasterios e iglesias en honor de Santiago. Existen relativamente buenos indicios para datar el surgimiento de la veneración a Santiago en Austria. Desde comienzos del siglo IX aparece «Jakob» como nombre de pila en listas de testigos. Su festividad se recoge en el más antiguo misal de Salzburgo, del siglo XI, así como en otros calendarios eclesiásticos antiguos. Es probable que ya en el siglo IX estuviesen dedicadas iglesias a Santiago, pero esa veneración esporádica no produjo grandes efectos hasta que en los siglos XI y XII comenzaron las peregrinaciones a «San Jago». Del siglo XII tenemos noticias para Baviera, Salzburgo y el Tirol acerca de peregrinaciones a Compostela. Esas noticias nos muestran cómo están relacionadas con las peregrinaciones las donaciones a iglesias: en parte para el caso de que el peregrino no volviese con vida de la peregrinación, en parte como expiación por una peregrinación a Santiago prometida pero no realizada. Prueba de ello es ya la coincidencia en el tiempo de la puesta de templos o capillas bajo la advocación de Santiago y el inicio de las peregrinaciones a Compostela. Aporto a continuación algunas noticias acerca de peregrinaciones a Santiago.

La Jakobskapelle -una capilla de peregrinación dedicada a Santiago-, situada en una garganta de montaña cerca de Unterleutasch, en el Tirol, fue erigida quizá en conmemoración de la peregrinación a «San Jago» de la familia Plaikner. De esa peregrinación dejaba constancia en otro tiempo una pintura de la iglesia de Leutasch, y que aún hoy se representa en la llamada «capilla Plaikner». Después de la peregrinación parece que se constituyó una cofradía de Santiago que subsistió hasta la Reforma protestante.

El altar de Santiago de la capilla de Wilten fue dedicado en 1181 como donación sustitutiva de una peregrinación a «San Jago» no realizada. Se pusieron bajo el patrocinio del Apóstol numerosos hospitales y cofradías dedicados a la atención de peregrinos y enfermos, y también se le invocaba como protector de las embarazadas…

De ahí también que se dedicase preferentemente a Santiago, el patrón de los peregrinos, iglesias levantadas junto a caminos, en lugares de descanso y en puertos de montaña. La de St. Jakob am Arlberg está situada en la antigua ruta de los correos. Esa iglesia debe su origen al tráfico a través del paso de Arlberg, muy intenso a partir del siglo XIII. En el Pustertal las iglesias dedicadas a Santiago en Nasen, Straßen y Lienz se alzan en los lugares dedicados a la celebración del mercado, situados a las afueras de la población y junto a caminos muy transitados. La iglesia de Nasen se menciona en documentos de 1395. En una imagen de altar del siglo XVIII se representa a María recibiendo a Santiago como peregrino. Es interesante que la iglesia de Santiago de Straßen se encuentre en la aldea de Messensee, enclavada en una colina sobre Straßen: puede que el antiguo camino pasase precisamente por ese punto más elevado. Por su parte, la iglesia de Santiago de Lienz se menciona ya en 1308.

Vent se halla al fondo del valle del Ötz. La dedicación a Santiago de la iglesia de este alto pueblo de montaña resulta comprensible tan pronto se tiene en cuenta que política y eclesiásticamente Vent pertenecía al Vintschgau, de donde según viejas tradiciones procedían sus primeros pobladores. También es de mencionar que entre los patrones de la capilla dedicada en Telfs en 1133, Santiago aparece mencionado en primer lugar, según corresponde a su ubicación en un pueblo situado junto a un camino.

Con las peregrinaciones a «San Jago» de Compostela guardan directa relación la mencionada capilla de Santiago situada en una garganta cercana a Unterleutasch y a la frontera con Baviera, el asimismo ya citado altar de Santiago de la iglesia de Wilten y probablemente también el patrocinio jacobeo de la iglesia conventual de Georgenberg. En 1204, tras su reconstrucción, esta iglesia fue puesta bajo la advocación de Santiago y de San Jorge. La elección de Santiago como patrón principal de una iglesia dedicada al principio solamente a San Jorge y situada en el Georgenberg o «montaña de San Jorge» demuestra que por aquel entonces las peregrinaciones a Compostela estaban muy de moda. La fuerte veneración a Santiago hizo sombra al anterior patrón, si bien peregrinar a Compostela sólo resultaba posible para unos pocos. Cabe pensar por ello que esa dedicación respondiese a la necesidad de erigir un santuario a Santiago en el más famoso lugar de peregrinación del Tirol.

En el tímpano de la Puerta de los Escoceses de la abadía de Santiago de Ratisbona se representa al santo (antes de 1189), en su calidad de patrón, como apóstol revestido de túnica: está demostrada la influencia sobre la iglesia de los Escoceses de Viena. En el Kunsthistorisches Museum de Viena se conserva un relieve del Maestro de Raigern en el que aparece el traslado de los restos del Apóstol de Palestina a Galicia. Max Reichlich, activo en el Tirol y en Salzburgo, y que en 1506, en las tablas de un altar procedente de la colegiata de canónigos agustinos de Neustift bei Brixen, pintó el bautismo del sayón Josías por Santiago, la decapitación del Apóstol y el milagro del toro ante un paisaje típicamente danubiano, estaba intentando presentar los sucesos de la forma más accesible para las personas de su época y de su ámbito geográfico.

CONCLUSIÓN

La civilización europea es impensable sin las peregrinaciones a Santiago. El culto jacobeo y las peregrinaciones a Compostela marcan el comienzo de un intercambio cultural y espiritual en toda Europa increíblemente intenso: el Románico se desarrolló hasta convertirse en el primer estilo artístico paneuropeo. También la música y la literatura encontraron nuevas formas. Las leyendas sobre gloriosas hazañas de guerreros míticos se difundieron por todas partes. No cabe duda de que sin el culto jacobeo Europa no hubiese llegado a ser lo que es hoy en día. A lo largo del camino de Santiago surgieron incomparables obras maestras del Románico y el Gótico. El Consejo de Europa ha decidido, por todo ello, declarar el camino de Santiago «Primer Itinerario Cultural Europeo».

La forja de un lector

Glosando una glosa del gran Eugenio d’Ors, lo que no es autobiografía es plagio. Algo hay diferente, llamémoslo específico, en cada uno de nosotros, y ese algo justifica que empleemos palabras como «originalidad» a la hora de definir, y hasta de valorar, el libro que estamos leyendo.

Porque hay una cosa que me gustaría dejar clara desde el principio, y es que siempre estamos leyendo un libro. No sé cómo lo hacemos, ni sé tampoco cómo continuamos haciéndolo, pero el caso es que no hay un solo día en el año, ni un solo día, en que no dediquemos unos minutos o unas horas a la lectura. El vicio de leer suele ser solitario, pero también puede compartirse. Los griegos de la Antigüedad leían en voz alta (me enteré de eso hace muchos años, leyendo la Sintaxis griega del inefable Lasso de la Vega). Lo mismo hacía Federico Nietzsche. Y (en los viejos tiempos, al menos) mi compañero de colegio Luis Antonio de Villena. Durante muchas noches, mi mujer, Alicia Mariño, y yo mismo nos hemos leído, alternativamente, en voz alta las Sonatas de Valle-Inclán, y sólo entonces nos dimos cuenta, por ejemplo, de los errores garrafales que presenta la estructura de Sonata de estío y del perfecto ensamblaje de Sonata de primavera. Pero no sé por qué sigo divagando sobre la condición de lectores adictos que tenemos algunos y sobre las ventajas de leer en voz alta, porque lo que a mí de verdad me interesa es la frase citada al principio sobre el plagio y la autobiografía, que es donde se origina el párrafo siguiente.

Lo autobiográfico confiere, pues, autenticidad, dentro de lo que cabe, a la literatura. Y digo dentro de lo que cabe, porque nadie cuenta su vida tal y como ocurrió, sino como le conviene que haya ocurrido, surgiendo en todo momento dudas razonables sobre qué es ficción y qué realidad (si es que no son el haz y el envés de una misma cosa). Pese a todo, la autobiografía goza de cierta inmunidad diplomática en las siempre tormentosas cuestiones de la clonación literaria, entre otros motivos porque no parece lógico hablar de la experiencia propia inspirándose exclusivamente en la ajena. Pero no descuiden la guardia: hay escritores capaces de contarnos los avatares de su existencia a partir de la Vida de Torres Villarroel o de las Confesiones de San Agustín y quedarse tan anchos. Lo que voy a contarles en lo sucesivo, a saber, mis primeros pasos como lector y los caminos de mi iniciación bibliográfica, no creo haberlo leído previamente en ningún otro sitio, aunque nada es seguro en un mundo como el nuestro, bien definido por Gabriel Bocángel como «república de viento / que tiene por monarca un accidente».

En el Museo del Juguete de Figueras se exhiben, junto a las piezas de la colección permanente, diferentes fotografías de personas más o menos «famosas» con muchos menos años a cuestas y un juguete en las manos. El director del Museo, Josep Maria Joan i Rosa, me pidió una foto por el estilo, y yo acabé enviándole una de hace más de cincuenta años en que aparecía sentado en las escaleras de entrada de nuestra casa en Pozuelo de Alarcón, muy cerca de Madrid, y sumido en la (presunta) lectura de un Pulgarcito. No, no fue un oso de peluche, ni un coche teledirigido (¿los había entonces?), ni un tren eléctrico, ni un tablero de parchís, el amuleto o fetiche lúdico que me acompañaban en la foto. Lo que envié a Josep Maria fue la imagen de un niño rubicundo y cabezón de dos años de edad leyendo un tebeo.

Mis mejores juguetes, mis mayores juguetes, mis juguetes preferidos fueron, sin duda, los tebeos. Por generación (nací el 29 de diciembre de 1950) me correspondieron aquellas innumerables colecciones apaisadas de Bruguera, de Maga o de Valenciana, que costaban 6 reales en los años cincuenta y habían empezado costando exactamente la mitad, 75 céntimos, a comienzos de los cuarenta. Las grandes series de Valenciana, Purk, el Hombre de Piedra, El Espadachín Enmascarado, El Hijo de la Jungla, Milton el Corsario, Roberto Alcázar y Pedrín y El Guerrero del Antifaz eran mis favoritas. Había una tienda en la madrileña calle de los Hermanos Miralles (antes General Díaz Porlier y hoy General Díaz Porlier), semiesquina a Ayala, donde vendían números atrasados de esas colecciones, de modo que era fácil completarlas, y a mí siempre me ha interesado, sobre todas las cosas, completar las colecciones que comienzo. El dueño de la tienda se llamaba don César, era gallego y había sido condiscípulo de Franco, lo que situaba su nacimiento hacia 1892. Su ayudante tenía cuarenta años menos que él y fue quien, a su muerte, se hizo cargo del negocio, que pasó a ser una papelería normal y corriente, sin tebeos antiguos ni nada que se le pareciese. Hoy ni siquiera es ya papelería.

Pero no sólo eran las colecciones de Editorial Valenciana las que me nublaban el sentido, sino otras series como El Cachorro, El Capitán Trueno y El ]abato (por citar sólo tres entre las de Bruguera), o El Cruzado Negro, Hacha y Espada y Don Z (por citar otras tres de Maga). Todos los sábados (entonces íbamos al colegio los sábados; librábamos los jueves por las tardes, como las criadas), al salir del colegio, me detenía en un quiosco de periódicos que había -y hay- en la calle de Goya, entre Castelló y Núñez de Balboa, y me compraba los tebeos de la semana, que eran como diez o doce, y luego los leía plácidamente tumbado en un sofá del cuarto de estar de mi casa de Jorge Juan, después de merendar como un príncipe.

Esos tebeos, y los alargados de la mexicana Editorial Novaro (entre los que podría citar decenas de títulos, como Hopabng Cassidy, Gene Autry, Red Ryder, Tomahawk, Vidas Ilustres, Vidas Ejemplares, La Zorra y el Cuervo o La Pequeña Lulú), y las ediciones de Dólar de los grandes clásicos del cómic norteamericano (Flash Gordon, El Hombre Enmascarado, El Príncipe Valiente, Mandrake, Brick Bradford), constituyeron el pan bendito de mi educación sentimental. Hasta que en 4² de bachillerato, cuando tenía doce años, me encontré por primera vez en el colegio con una asignatura que dedicaba todo su temario al estudio de la Literatura (sin mezclarla con la Lengua). A fe mía que tal encuentro resultó para mí revelador.

Y no es que a partir de aquella deslumbrante revelación de la literatura dejase de leer tebeos. Ni que no hubiese leído libros antes de aquel manual de Historia de la Literatura. Desde luego que no. Siempre he compaginado la lectura de libros y tebeos sin mayores problemas, y pienso seguir haciéndolo hasta que me muera. Pero darse de bruces, en las páginas de aquel libro de 4² curso, con los autores más importantes de las letras universales, maravillosamente clasificados por épocas, por géneros y por países, supuso un antes y un después en mi carrera de lector. Sabía ya, por los tebeos (que incluían secciones de cultura recreativa) y por los nutridos estantes de la biblioteca familiar, quiénes eran, más o menos, los grandes nombres de las letras universales, pero no conocía a los que venían detrás, en letra más pequeña, y a través de mi libro de texto pude acceder a cientos de nombres que se quedaron a vivir para siempre en las mejores habitaciones del recuerdo, y allí siguen viviendo como en su propia casa, cordiales y sonrientes, hasta la atrofia de mi mente o el final de mis días. Fueron aquellas breves semblanzas biográficas y aquellas sinopsis arguméntales las que instalaron de forma permanente en mi alma el dulce tósigo de la literatura. Si unimos a las múltiples magias del providencial manualillo el descubrimiento por mi parte de los catálogos editoriales (lo que, probablemente, sucedió en la madrileña Feria del Libro, entonces ubicada en el Paseo de Recoletos), mi suerte como lector estaba echada, y mi destino como bibliófilo, asegurado. A los bibliófilos nos vuelven locos los catálogos, sean éstos meros repertorios de libros a la venta en determinadas editoriales, o sean elencos de libros antiguos, siendo estos últimos, empezando por los que la librería anticuaría Ojanguren, de Oviedo, enviaba a mi padre (y yo devoraba), los que más placer me proporcionaban en mi adolescencia y siguen proporcionándome ahora.

Dos librerías, dos, tenía abiertas la Editorial Aguilar cerca de casa de mis padres. Hoy se han convertido en sendas zapaterías, lo que habla del inexorable deterioro de los tiempos (no sé si mi admirado amigo y maestro Luis García Berlanga, confeso fetichista del calzado, estaría de acuerdo en esto). La librería Aguilar que estaba en Goya, entre Núñez de Balboa y Velázquez, era mi favorita. La visitaba siempre que podía, o siempre que lograba ahorrar las 55 pesetas necesarias para comprar un tomo de la preciosa colección «Crisol», que era lo que más ilusión podía hacerme en este mundo. Cuando mi abuela María de la Presentación, pongo por caso, me daba dinero para festejar mi santo o mi cumpleaños, yo me lo gastaba íntegramente en libros editados por Aguilar. Luego le pedía a mi abuela que me dedicase los volúmenes adquiridos para guardar un recuerdo de ella: conservo, por ejemplo, sus dedicatorias, escritas en airosa cursiva de señorita nacida en tiempos de la Restauración alfonsina, en los Libros de caballerías españoles editados por Felicidad Buendía (colección «Obras Eternas») o en Hambre y Pan del premio Nobel noruego Knut Hamsun («Crisol»). Si alguno de mis protectores prefería no darme el dinero, sino molestarse e ir a comprar el libro, yo siempre le decía que se dirigiese a Aguilar.

Había otra librería, más pequeña, llamada Pro Cultura o Procultura (no me acuerdo si se escribía junto o separado), en la calle de Goya, entre Velázquez y Lagasca, donde compraba siempre los libros Amparo Robles, una de las personas que más he querido y querré en esta vida. Amparo había sido la primera novia de Enrique Jardiel Poncela, allá por 1916 o 1917, cuando ambos tenían quince o dieciséis años, y entró a mi casa a trabajar como señorita de niños (más bien de niño, o sea, de mí, porque mi hermana ya era mayorcita) en 1952. La dueña de Procultura era una señora bajita, de nariz grande y cutis mal cuidado, gran amiga de Amparo. A mí me encantaba acompañar a mi señorita a esa librería. Todavía me acuerdo del impacto que en mí produjeron los seis tomos de las Obras de Papini (Aguilar), cuidadosamente alineados en una estantería de Procultura y marcados con un precio absolutamente prohibitivo para mi bolsillo. Ahora esos seis tomos se alinean en una privilegiada estantería de mi biblioteca, junto a las Obras completas de Stendhal, traducidas por Consuelo Berges, y a las de Rómulo Gallegos. Son imágenes que, no se sabe por qué, permanecen indelebles en el astroso desván de la memoria. Y algún significado tendrá esa permanencia, digo yo.

Me he referido antes a la biblioteca familiar, que es donde, en mi caso, empezó todo. En otras personas ese «todo» comienza en la biblioteca municipal, o en la colección de novelas francesas que había en la casa de campo de los abuelos, o en el armario con libros del aula colegial, o en el desvencijado Quijote con que la maestra premió una redacción afortunada, o en cualquier otra parte. Yo tuve la fortuna, y doy gracias a Dios por ello, de no tener que moverme de casa de mis padres para iniciarme en el vicio de la lectura (todos los vicios los adquiere uno en la niñez; luego nos limitamos a regarlos para que crezcan). En el vicio de consumir las novelas de Rafael Sabatini, por ejemplo. Allí estaban, encuadernadas de dos en dos, respetando las deliciosas cubiertas de Editorial Molino, con sus escasas, pero sugestivas, ilustraciones en blanco y negro, con sus títulos, desbordantes de pasión aventurera (El capitán Bbod, Bardelys el magnífico, El antifaz veneciano, El príncipe romántico, En el umbral de la muerte, Scaramouche, creador de reyes…), con sus formidables tramas arguméntales, que me traían y me llevaban desde el Caribe a la Italia de César Borgia, de la Revolución francesa a la Inglaterra de Cromwell, envuelto siempre en el manto protector de la fantasía, que me hacía invisible para poder asistir impunemente, y desde primera fila en el patio de butacas, a hechos heroicos, desafíos, traiciones, emboscadas, situaciones comprometidas y amores absolutos sin que me salpicara una sola gota de sangre, ni una sola gota de odio, ni una sola gota de angustia. Un Sabatini que llegaba desde Inglaterra con ese apellido tan italiano para anular fronteras entre realidad y deseo, para hacerme llegar a la felicidad suprema de ponerme en contacto con unas existencias mucho más dignas de ser vividas y mucho más interesantes que la mía, sin que el maravilloso regalo tuviese otra contrapartida que no fuera coger el libro de su estante y empezar a leerlo. Un Sabatini que, junto a Robert Louis Stevenson, Rudyard Kipling, sir Arthur Conan Doyle, Alfred de Vigny y Edmond About, por citar sólo algunos nombres, me descubrió los dos únicos oficios que nunca me han defraudado: parásito de invenciones literarias y vampiro de pasiones ajenas. Dos oficios que glosan y prolongan la noble profesión de lector y robustecen su estructura semántica, de por sí sana y fértil en matices.

Me referiré a los autores que acabo de citar, mencionando al menos una obra de cada uno de ellos que podía encontrarse en la biblioteca familiar y que leí entre los once y los trece años, inmediatamente antes e inmediatamente después de toparme en el colegio con el nunca bien ponderado manual de Historia de la Literatura. En primer lugar, El extraño caso del doctor Jekyll y míster Hyde, de Stevenson, en la vieja colección Universal, de Calpe; sería imposible trasladarles aquí y ahora una centésima parte de la emoción y de la sensación de plenitud lectora que experimenté echándome al coleto esa novela. Más tarde, digamos que hacia 1975, me topé con la editio princeps en la madrileña Librería del Prado, entonces regentada por un abuelete que respondía al nombre de don Cayo: era, efectivamente, la edición edimburguesa de 1886 de The Strange Case of Dr. Jekyll & Mr. Hyde la que se presentó ante mi vista, con su encuademación editorial original y en un estado inmejorable, pero yo no tenía esa tarde -porque era una tarde, lo recuerdo nítidamente- las mil seiscientas ridículas pesetas que don Cayo pedía por el libro; no lo reservé, probablemente por timidez; volví al día siguiente, también por la tarde, ¡y se había vendido por la mañana! A pesar de tan dolorosa contrariedad, o quizá a causa de ella, la novela stevensoniana que aborda el tema del doble se ha quedado a vivir para siempre en las entretelas más profundas de mi espíritu. Y es que todos nosotros, absolutamente todos, nos sentimos aludidos en lo más íntimo por la doble faz de un personaje que es capaz de llevar una existencia rutinaria, burguesa, pacata y victoriana de día, y que se transforma de noche en un titán del mal por el mero hecho de trasegar un vaporoso bebedizo. Las drogas modernas nos han dado a conocer de cerca ese fenómeno. Pero no es necesario tomar pócima alguna para que el monstruo que habita en lo más hondo de nuestro ser tome las riendas de nuestra conducta y nos meta en un lío. Somos dos en uno (como ese aceite milagroso que anuncian en la tele), aunque vayamos por ahí presumiendo de un solo cuerpo y una sola alma, y dándonoslas de gente muy vertebrada en lo psicológico. Somos dos. Ya se sabe: Borges y el otro.

De Kipling, cómo no, debo citar el poema If, o sea, «Si» (la conjunción condicional), que mi padre tenía enmarcado en su despacho y que ha servido de decálogo laico a muchísimos jóvenes de toda Europa a lo largo de varias generaciones. Lo de «Serás hombre, hijo mío» nos parecía -no sé muy bien por qué- un estremecedor vaticinio por cuyo pleno cumplimiento había que luchar hasta el final, ignorantes de que nuestra conversión en «hombres» nos acercaba peligrosamente a la edad en que los sueños se pudren en los vertederos y entra en barrena la imaginación. Con todo, If es un extraordinario poema, y estoy muy satisfecho de haberme dejado seducir por él.

Luego estaba El libro de la selva, en aquella edición de Gustavo Gili con la cubierta en relieve que fuera de mi abuelo Luis, que devoró mi padre y que seguía conservándose estupendamente cuando cayó en mis manos. Y que Alvaro e Inés, mis hijos, recibirán en el mismo impecable estado, porque en mi casa no habremos aprendido cosas prácticas, como ganar dinero, pero estamos puestísimos desde hace varias generaciones en cuestiones de higiene y terapéutica del libro. Nunca he sentido cariño, sino repulsión, hacia un libro zarandeado por usuarios negligentes, aunque éstos tengan nombres ilustres y salgan reseñados en las enciclopedias. Mis padres me dijeron que los libros eran nuestros amigos y que, en consecuencia, había que tratarlos con amor y delicadeza, y que disfrutaría más leyendo libros impolutos, bien cuidados y protegidos amorosamente a lo largo del tiempo por sus lectores, que leyendo volúmenes rotos o desencuadernados, con lamparones de grasa en las páginas y estúpidas o inanes anotaciones en los márgenes. Y yo he seguido al pie de la letra el consejo de mis padres. Pero volvamos a Kipling y demos por concluido el capítulo conservacionista del manual de buenas maneras que estudié en ingreso de Bachillerato y que se titulaba El muchacho bien educado.

El libro de la selva se ha seguido leyendo sin cesar en todo el mundo. Parte de la culpa la tuvo una excelente película de dibujos animados que fabricó la factoría Disney hace, tal vez, cuarenta años. Pero Mowgli y sus amigos de la jungla hubiesen sobrevivido sin Disney al desgaste de los años, porque están trazados con la mano maestra con que están dibujados los sueños literarios más consistentes y las ficciones más lúcidas y entrañables. Alianza Editorial, en su célebre colección «El libro de bolsillo», lanzó la saga en dos pequeños y manejables tomos que aún siguen reeditándose y que han entrado en todos los hogares imaginables. La elección de El libro de la selva sigue siendo una apuesta excelente a la hora de recomendar una obra literaria a los que apenas leen, porque abre el apetito lector como muy pocos libros. Yo he tenido la experiencia de poner en las manos de personas semianalfabetas los dos tomitos de Alianza, y he cosechado el fruto de que, luego, esas mismas personas me agradeciesen efusivamente un regalo que tanta diversión y placer les había suministrado.

De Alfred de Vigny leí, en aquellos años en que mi alma se desperezaba, una novela de aventuras, Cinq-Mars o una conjura en tiempos de Luis XIII, que aún circula a caballo por los loci más amoeni de mi memoria, lo mismo que El rey de las montañas, de Edmond About, una novela de agrestes bandoleros ambientada en la Grecia del siglo XIX. Mi padre, que fue siempre un aficionado impenitente a la novela de aventuras y que cuando había que jurar lo hacía siempre por el bigote y la perilla de D’Artagnan o por los venenosos ojos azules de Milady, me hizo cómplice de su afición y me asoció a su dependencia literaria, cosa que le agradezco muy de veras. Como le agradezco, y aún más si cabe, que me dejara encima de la mesa los dos volúmenes de la colección «Joya», de Aguilar, que contenían las hazañas completas de Sherlock Holmes. Pero el tema merece párrafo aparte.

Retrocedamos en nuestra máquina wellsiana del tiempo hasta el verano de 1962. Veraneábamos entonces, por absurdo que pueda parecer hoy, en el barrio de la estación de Pozuelo de Alarcón, en un hotel desvencijado de dos pisos (en aquella época llamábamos «hoteles» a lo que hoy llaman «chalés»), con aspecto de Casa Usher venida a menos. Allí me hicieron la foto con el Pulgarcito en las manos a que he hecho alusión más arriba. Allí, y más concretamente en el hall de ese hotel, que era donde se estaba más fresco de toda la casa, y a la hora de la siesta obligatoria, fue donde me metí en vena a Sherlock Holmes, de la misma manera que el detective inglés se inyectaba en la sangre todo tipo de drogas cuando no tenía trabajo. Les puedo asegurar que la droga llamada Sherlock Holmes crea adicción. Pero una adicción que en ningún caso genera ansiedad ni sufrimiento, sino diversión y placer. Tardé todo el verano en dar cumplida cuenta de los dos tomos de Aguilar (que, por cierto, se guardan ahora en mi biblioteca, en impecable estado de conservación). A partir de ese momento me convertí en un fanático de Conan Doyle, devorando (en la misma edición de Obras completas de «Joya» en que habían visto la luz los volúmenes holmesianos) sus novelas históricas, el ciclo del profesor Challenger y, desde luego, sus prodigiosos cuentos, más tarde reimpresos en varias entregas de la deliciosa colección «Nostromo», que lideraba Mauricio d’Ors. Pero la herida estética más profunda me la produjo el detective de Baker Street. Tanto las novelas largas (Estudio en escarlata, El signo de los cuatro, El sabueso de los Baskerville, El valle del terror) como los relatos breves tejen en torno al personaje una tela biográfica apasionante donde hay un contrapunto, John Watson, con el que era muy cómodo identificarse desde la butaca del hall de Pozuelo y que confirma y refuerza de manera admirable la textura moral y psicológica de Holmes. Mucho se ha escrito sobre figuras literarias tan atractivas al margen del corpus narrativo inventado por Doyle. Hubo toda una serie, rotulada «Los Archivos de Sherlock Holmes», de Ediciones Valdemar, dedicada a publicar pastiches holmesianos, y ocupó nada más y nada menos que catorce gruesos volúmenes, lo que representa, sin embargo, una mínima parte de lo que existe. Pocos personajes de ficción han obtenido un grado de reconocimiento y adhesión por parte del público tan elevado como Sherlock Holmes. Mi amigo Santiago Rodríguez Santerbás, a guisa de ejemplo, publicó en su hermoso y olvidado libro Tres pastiches Victorianos una aventura apócrifa de Holmes, donde jugaba un importante papel el violinista Sarasate, fundiendo así, como es habitual en un subgénero como el pastiche, la ficción más enloquecida con la realidad más estricta. No se pierdan el libro de S. R. S.: lo publicó Hiperión hará veinte años.

He llegado al final de la arbitraria lista de escritores que me autoimpuse a la hora de hablar de mis más remotas lecturas. Pero esa lista no es completa, ni mucho menos. Podría haberles hablado de otras obras y otras autores sin salirme por ello de la veracidad autobiográfica. Será en otra ocasión. Pero a lo que no puedo dejar de referirme, aquí y ahora, es a dos lecturas que no figuran en esa lista y que son, sin lugar a dudas, las más importantes y decisivas que realicé en los años de mi primera adolescencia. Se trata de los de Benito Pérez Galdós y de las Obras completas de William Shakespeare, que leí, «por no hacer mudanza en mi costumbre» (si me permiten el préstamo garcilasiano con un cambio en el posesivo), en los viejos y nobles tomos de la Editorial Aguilar.

Me da la impresión de que las primeras series de los Episodios nacionales galdosianos fueron lectura familiar (que no escolar) obligatoria durante muchos, muchos años. Pongamos entre 1910 y 1965, más o menos. Cuando digo «lectura familiar» quiero decir que la familia prescribía a los niños, como rito de iniciación a la adolescencia, la lectura de los Episodios. No de todas las series, porque el republicanismo y la libertad de costumbres asomaban con excesiva crudeza en las últimas. Pero sí, al menos, de las dos primeras, protagonizadas respectivamente por los inefables Gabriel Araceli y Salvador Monsalud. Y si me apuran ustedes, sólo de la primera, que es la que recomienda el reverendo padre Ladrón de Guevara en su indescriptible volumen Novelistas malos y buenos, condenando tajantemente el resto de la obra.

A mí me recetaron mis padres los Episodios nacionales en tres tomos de cortes pintados de la mencionada colección «Obras eternas». Y resulté un enfermo aplicado, porque me pulí tan preciada medicina de cabo a rabo, desde la batalla de Trafalgar a la primera República, sin dejar una sola miga en el plato. A lo ancho y largo de cinco series que Galdós fue escribiendo durante treinta años, la historia de España del siglo XIX se traslada al lector adaptada a los signos distintivos de la novela, de una novela realista en la que don Benito no deja cabo suelto en su análisis de la progresiva decadencia y del creciente ensimismamiento del sufrido solar ibérico.

Debo reconocer que leí con mucho más placer las dos primeras series que las siguientes, y especialmente la primera, que es sin lugar a dudas mi favorita, de forma que coincido con el reverendo padre Ladrón de Guevara, tan pintoresco en sus apriorísticos juicios morales como excelente catador de prosas ajenas. Cuando escribe los episodios de la primera serie, Galdós es joven todavía, y le fascina la posibilidad de tejer una laboriosa tela novelesca, folletinesca incluso, que tenga como fondo los sucesos históricos de un período tan importante de nuestra historia como es el que media entre 1805 y 1814. Prueben ustedes a sumergirse en la maraña de acontecimientos reales e inventados que don Benito mezcla, de manera sumamente efectiva, en esta primera serie, y advertirán hasta qué punto ha alcanzado lo que se proponía. Decir que sus personajes están vivos no refleja los niveles de respiración, y hasta de transpiración, con que se pasean por la saga. Se diría que están siendo filmados por una cámara y no descritos por una pluma: tal es la inmediatez, la frescura, la solidez, la realidad tangible, la verdad que desprenden sus ectoplasmas literarios.

Inés, la novia del protagonista, fue entonces, a mis doce años, mi ideal femenino. Lo sigue siendo hoy. Mi hija Inés no se llama así por la santa homónima, ni por doña Inés de Ulloa (la del Tenorio), ni por aquella reina postuma de Portugal que inmortalizaron, entre otros, Luis Vélez de Guevara y Henry de Montherlant con el nombre de Inés de Castro. Se llama Inés por Inés de Santorcaz, la hija de Luis de Santorcaz y de la bellísima Amaranta, la portentosa criatura que se inventó Galdós para justificar el paso por el mundo de Gabriel de Araceli, el héroe de la primera serie de sus Episodios nacionales. Varias generaciones de adolescentes españoles aprendimos en esa Inés lo que significa «Ewigweiblich», una de las palabras con las que el viejo Goethe, pensando siempre en Gretchen, cierra su Faust. Y no es que los Episodios carezcan de virtudes: son trepidantes, comunican vida, dan pleno cumplimiento al viejo adagio de instruir deleitando. Pero sin Inés valen poco. Imagínense cómo descendería el precio del mundo si no hubiese albergado en su interior, en algún momento de su larga y fatigosa historia, a un tipo tan genial como Shakespeare. Pues algo así.

Leer a Shakespeare ha sido lo más importante que me ha pasado en los últimos cuarenta años. Y estoy seguro de que será, también, lo más importante que va a pasarme en el futuro. Porque en Shakespeare confluyen el pasado, el presente y el porvenir como tres grandes olas que se amansan en su teatro, mientras nos susurran esta canción: «Cuanto es el hombre, cuanto ha sido y cuanto será se contiene en este puñado de piezas teatrales. Quien quiera conocer las miserias y las grandezas del ser humano de hoy, de ayer y de mañana ya sabe adonde debe acudir». A un lugar donde nunca quedará defraudado. De eso sabía un rato mi admiradísimo Víctor Hugo, quien, en su William Shakespeare, formidable monografía sobre el Cisne del Avon que leí por aquel entonces en la inevitable colección «Crisol», abordó la dramaturgia shakespeareana con un impulso homérico, con esa inigualable fuerza épica que transmite la obra del autor de Los miserables. «Quand on est jeune, on a les matins triomphants» puede leerse en el capítulo «Booz endormi», de La légende des siècles; cualquiera puede dar fe de ello: Bradomín, por ejemplo, que en Sonata de estío reconoce que prefiere hacer el amor por la mañana, al despertarse, porque «tiene las mañanas triunfantes» como el poeta francés; o yo mismo, que al aprobar la reválida de 4º con una buena calificación, les pedí a mis padres como regalo las Obras completas de Shakespeare, muy bien traducidas por don Luis Astrana Marín en un único y grueso volumen de la colección «Obras eternas», de Aguilar, y las leí de cabo a rabo a lo largo de todo el curso siguiente, durante las triunfantes mañanas de los domingos y, por lo general, en la cama. Desde las 6 hasta las 11AM, para que se hagan una idea.

Leer a Shakespeare en la cama es como hacer el amor, también en la cama, con la vida, que es una morena espectacular de ojos verdes que se parece a Hedy Lamarr. Y leerlo en la adolescencia, cuando uno está en esa etapa en la que sin remedio va convirtiéndose en uno mismo, resulta una experiencia incomunicable. La verdad es que casi todo acaba resultando incomunicable, si es que no lo fue desde siempre, pero esto todavía más, se lo aseguro. Además, ya saben ustedes a qué me refiero: todos los letraheridos hemos sentido la misma sensación en algún momento de nuestra vida, unos con William Shakespeare, otros con cualquier otro autor. Y es la sensación de que aquella lectura inaugural, sin dejar de serlo, era también la última, la de clausura. La obra dramática del viejo Will (y no sólo la dramática: ahí están los prodigiosos Sonetos, La violación de Lucrecia o El fénix y la tórtola) agota el repertorio humano y explora el territorio de nuestra especie con minuciosidad ucrónica.

Después del autor de Macbeth vendrían el Marqués de Sade, Darwin y Freud, entre otros muchos, a descubrir mediterráneos que, en su momento, resultaron muy novedosos. Pero -y fíjense cómo exagero- la teoría de la evolución, la de la relatividad, el psicoanálisis, la bomba de hidrógeno, la cartografía genética y todas esas zarandajas que surgen del barullo de la modernidad tratando de poner orden donde no lo había o de certificar el desorden, todo eso está en Shakespeare. No hay sentimiento, sensación, pasión, descubrimiento, hallazgo, frenesí, que no pueda encontrarse en el teatro de Shakespeare, en la fantástica e hiperrealista galería por donde circulan sus personajes, hechos del viento y de la arcilla con que Dios creó al primer hombre, arquetipos de todas nuestras culpas y de todos nuestros aciertos, mensajeros que llegan a explicarnos nuestras propias vidas con el ejemplo de las suyas, rebosantes al mismo tiempo de verdad y de ambigüedad. Una galería poblada por fantasmas reales de muy diverso género que, cuando pasan a nuestro lado, nos arrojan a la mente la semilla de nihilismo que llevan en la mano, una semilla que germina paradójicamente en nuestro interior, repoblando los bosques y las selvas del nuestra alma, que son los bosques y las selvas del universo, porque lo infinitamente pequeño y lo infinitamente grande son tan sólo metáforas de una misma espesura intelectual.

Así que cuando Macbeth nos dice aquello de que «la vida es un cuento contado por un idiota, lleno de sonido y de furia y que nada significa», no se refiere sólo a su vida -la de un tirano regicida cuya esposa ha perdido la razón y cuya estrella política está a punto de declinar-, sino a nuestra vida, a la vida de cada uno de nosotros, y también a la vida del ancho mundo, tejida con los hilos del padre Caos. No sé si acierto, pero me parece que en esa frase de Macbeth y en aquella otra, tan célebre, de La tempestad en la que Próspero dice que estamos hechos de idéntica materia que los sueños, está resumido todo el programa anímico y vital del gran Will. Algunos lo hemos hecho propio, siguiendo las venerables huellas del maestro.

Que las obras dramáticas de Shakespeare hablan de cosas que pueden y que deben ser escuchadas por los jóvenes. Lo atestigua, por ejemplo, la existencia de los famosos Cuentos basados en el teatro de Shakespeare, de Charles y Mary Lamb, uno los clásicos más leídos de la literatura juvenil inglesa del siglo XIX. Lo atestiguan también dos tomitos de la benemérita colección Araluce, respectivamente titulados Historias de Shakespeare y Más historias de Shakespeare, en los que quien firma estas líneas encontró el motivo para solicitar de sus padres la adquisición de las Obras completas del Cisne del Avon. Lo atestigua la infinidad de adaptaciones para niños de las obras dramáticas shakespeareanas, incluyendo algunas translaciones al mundo del cómic que tienen verdadero interés, o alguna feliz incursión en el apasionante universo del dibujo animado. Shakespeare, como esos puzzles de un montón de piezas en cuya caja consta la recomendación «de 9 a 99 años», no tiene contraindicaciones en lo que atañe a la edad de sus lectores. Sus argumentos son los de siempre: Quiero decir con ello que Shakespeare no inventa plots, sino que se limita a elegir esos plots del amplio muestrario textual que tiene a su alcance (las Vidas paralelas de Plutarco en la versión de North, las Historias de Holinshed, William Painter, acaso nuestro Antonio de Eslava…) y luego los reelabora a placer, marcándolos a sangre y genio con la inconfundible marca de la casa, una marca que sus geniales contemporáneos -los Jonson, Marlowe, Kyd, Webster, etc.- quisieron imitar sin éxito, quedándose en Avellanedas de ese fantástico Quijote que es el corpus dramático shakespeareano.

Ha habido películas maravillosas inspiradas en el teatro de Shakespeare. Ese es otro de los méritos innegables del viejo Will. Se diría que al componer sus dramas ya era consciente de que, siglos más tarde, iba a existir una cosa llamada «guión cinematográfico» que él había practicado ante litteram con la precisión de un experto. Recuerdo un admirable filme de Trevor Nunn sobre Noche de Epifanía que dejó turulata a mi hija hace tiempo, cuando tenía nueve o diez años; la sorprendí la misma noche en que habíamos visto esa película con las Obras completas de Shakespeare, abiertas por Twelfth Night, en las manos: me dijo que sólo leía lo que decía Viola, la protagonista, que era quien le caía mejor, y que lo demás se lo saltaba; creo que aún no ha leído completa esa comedia, pero siempre se acordará de ella gracias a Trevor Nunn.

En cuanto a mí, no había visto ninguna película basada en Shakespeare cuando leí por primera vez el teatro de Shakespeare. Iba rodando en mi imaginación mis propias películas mientras iba leyendo cada pieza. Salvo las ilustraciones que acompañaban a la edición de «Obras eternas», yo no tenía cultura iconográfica shakespeareana. No había visto todavía las recreaciones de Füssli de El sueño de una noche de verano, ni la Ofelia de Millais que está en la Tate, ni tantas otras joyas de la pintura universal inspiradas por Shakespeare. Fui pintando mentalmente a los personajes del maestro con la ingenua fascinación de la primera adolescencia, y aún siguen ahí, agazapados en un rincón de mi imaginario, recordándome el irrepetible momento en que surgieron del caballete de mi fantasía, cuando la alegre brisa de la literatura comenzó a soplar en mi alcoba.

Les he contado algunos hitos de mi prehistoria como lector. Si pasado mañana tuviese que escribir un trabajo que llevara por título «La forja de un lector», repetiría algunas de las cosas que he dicho aquí, pero recordaría muchas otras, completamente diferentes, y serían distintos los nombres propios que sacaría a colación. La vida es breve, pero el arte es largo y recurre a menudo, gracias a Dios, a la magia sutil de la sorpresa.

La poética del tiempo

ÉTICA Y ESTÉTICA DE LA NARRACIÓN

«Una literatura que falsea la realidad del hombre
no puede ser importante ni perdurable».
Ernesto Sábato

El verano pasado, el Feuilleton del Frankfurter Allgemeine Zeitung se empeñó en recordar a las figuras del nazismo: mucho Hitler, un poco de Himmler, retazos de Göring, los ajusticiados en Nuremberg… Una de esas notas versó acerca de la educación artística y refinada cultura de la que podía preciarse Goebbels. Y también a nosotros nos vuelve a asaltar la misma pregunta que hurtaba el sueño a Steiner: ¿cómo es posible que personas con una sensibilidad artística educada, capaces de apreciar el arte, en elegantes trajes diseñados por Hugo Boss —como se dice por aquí—, fueran capaces de tanta brutalidad y de esa crueldad despiadada?

De una u otra forma, esta es una de las formulaciones con que Jorge Peña Vial se pregunta por las relaciones entre arte y ética. Peña Vial no se atiene exclusivamente a la parafernalia nazi, ni se estaciona en ningún problema específico. Le interesa desmenuzar las distintas teorías que, desde Aristóteles hasta Paul Ricoeur, han surcado por las aguas de la poética.

La poética del tiempo: ética y estética de la narración es una de las obras más logradas en castellano acerca del tema. Rico en bibliografía anglosajona, generoso en referencias literarias, desde Homero hasta Vargas Llosa, abundante en referencias cruzadas, Peña Vial demuestra conocer al dedillo la filosofía de Aristóteles, Arendt, Taylor, Maclntyre y el ya mencionado Ricoeur, así como el pensamiento de Steiner, Pareyson y Booth. Los enemigos contra quienes batalla en ese territorio decisivo de la narratividad son siempre extremeños: por un lado, los deconstructivistas à la Derrida, los narrativismos radicales de Rorty o Morey, la analítica dura, el estructuralismo, así como la «pornografía de la insignificancia»; por otro, los moralistas-censores de todo tipo.

Se trata de un estudio filosófico amplio, a la vez que profundo, de la narrativa, dividido en tres partes principales. La primera versa acerca de la temporalidad y las filosofías de la narración. Después, el autor interviene para desbaratar lo que él mismo llama una selva en el panorama de la narratividad, la ficción y la imaginación. La tercera parte, la más propositiva, ofrece una invitación conciliatoria del arte con la moral.. Un breve anexo sobre arte, política y moral concluye la obra, en la que hubiera sido acertado añadir un índice de nombres citados.

En Temps et récit, Ricoeur asegura que la mejor manera de esclarecer el carácter temporal de la experiencia humana es comparándola a un relato. El tiempo se articula con la propia vida cuando se utiliza como escenario donde se actúa. Deja de ser un testigo extraño, distante, para convertirse en aliado. La idea parecía estar ya in nuce en la Poética de Aristóteles, a juicio del propio Ricoeur.

En una trama, lo decisivo parece ser la concatenación de acontecimientos. Uno debe ser causa del siguiente, de modo que la trama sea orgánica, cohesiva, unitaria, una totalidad temporal ordenada y plena. «Componer la trama —escribe Ricoeur— es ya hacer surgir lo inteligible de lo accidental, lo universal de lo singular, lo necesario o lo verosímil de lo episódico» (Temps et récit, I, p. 100). Sin embargo, al articular una trama aparecen, o pueden aparecer, sucesos secundarios, de modesta importancia. Sólo si el suceso clarifica y enriquece la trama es digno de llamarse acontecimiento y, por lo tanto, de contarse.

Los acontecimientos, pues, se organizan de modo teleógico, pues la historia es una totalidad inteligible, donde cada eslabón es una premonición de los subsecuentes y del final mismo. En cada uno debe vislumbrarse el tema, como en una ejecución musical. De ahí que Ricoeur defina la trama como «síntesis de lo heterogéneo» (Temps et récit, I, pp. 136-137). Recomienda un final aceptable. Y lo será en la medida en que cada uno de los acontecimientos alimente las expectativas respecto a él mismo.

El problema acerca de la coherencia remite por necesidad al planteamiento metafísico del conocimiento; dicho grosso modo: o bien la coherencia es una nota propia del mundo mismo, o bien se trata de una categoría cognitiva a través de la cual se posee el mundo.

La coherencia pende, como en la música, del tiempo, del manejo temporal. Gran responsabilidad tiene el autor, aunque el lector pone también parte de la carga (Ricoeur mismo escribe que «el lector es el operador por excelencia»). Y el tiempo se mide por el ritmo, como ya señalara Aristóteles en su Poética. En lo narrado deben sucederse peripecias, contingencias y reveses, de suerte que susciten emociones estéticas. En el hacer poético, se dan conjunta y simultáneamente la  construcción de la trama y la representación.

La trama exige el mismo orden y la misma coherencia de la realidad. La teleología juega un papel imprescindible, y está bien que sea así, como en la ciencia, que a fin de cuentas, pretende reflejar el mundo con objetividad. Existe un ensamblaje unitario de elementos heterogéneos, cuyo descubrimiento es gradual, como si fuera una concatenación de dichos elementos.

La disolución del hombre, tan típica —tan trágica— en el siglo XX, inhabilita toda visión unificadora de la realidad. Y aunque Peña Vial no lo mencione, la ciencia es otro agente catalizador: perdida la visión global, sólo queda la especialización. La literatura contemporánea, como la ciencia, no presenta crisis ni conversiones, difumina las fronteras entre el bien y el mal, confunde virtud y vicio, se limita a los acontecimientos brutos, físicos incluso, en el sentido más llano imaginable, y el discurso termina por unificar más bien poco. Allí está el Ulises de Joyce, como ejemplo paradigmático. El precio, sin embargo, es alto, y no nos conviene pagarlo

La contraparte es el gran estilo, con las siguientes características: totalidad épica, valores universales, unidad del mundo, identidad individual, mirada desde lo alto, confianza en la palabra reveladora del mundo. La cultura debería funcionar como ese punto de referencia organizador y unificante. No sorprende, pues, el arte contemporáneo: al provenir de una cultura anárquica y nihilista es por fuerza heterogéneo e inorgánico. Dista mucho de ser la epopeya moderna que Hegel sugirió y Lukács deseó, para conformarse con una épica del desencanto, de la vida fragmentaria, disgregada. El compromiso del escritor decimonónico, en su atalaya comprensiva de la realidad, se trucó en una disidencia que habita lo oscuro y las tinieblas o en el mercado consumista.

Sería oportuno confiar de nuevo en el hombre. Steiner acierta cuando señala a la confianza como el entramado de Occidente, legado por judíos y griegos. La confianza básica es la del mundo y la palabra: el mundo es coherente, simbólico, y la palabra capaz de representarlo. Pero los hechos traumáticos del siglo XX borraron esta confianza elemental y la sustituyeron por el silencio y la sospecha, temerosos de que la palabra rompiera el luto. El fracaso de la palabra ante lo inhumano, según algunos. Steiner ha descrito esta crisis mejor que nadie. A su juicio, esta revolución de la pospalabra se bifurca en cuatro direcciones: a) la Sprachphilosophie de Frege, Russell y Wittgenstein, hasta Kripke incluso; b) la ciencia lingüística, distinta del estudio filosófico del lenguaje; c) el psicoanálisis; y d) la Sprachkritik del positivismo lógico y la filosofía analítica, los seguidores de Saussure y el psicoanálisis.

El ambiente computacional agudiza la crisis, pues las instrucciones de los ordenadores distan mucho de ser una narración. Pero aún algo más profundo es la cultura agnóstica y atea de hoy en día. El mismo Derrida señala la reciprocidad entre Dios y signo: «La era del signo es esencialmente teológica».

La reconstrucción intenta denunciar la asociación antigua entre Dios, la palabra, la imagen y el mundo. Afirma que el orden basado en el logos es arbitrario, pues todo carece de significado. Frente al postulado de la presencia, el deconstruccionismo apuesta por la ausencia. Octavio Paz lo refutó con su «Alguien me deletrea». A juicio de Steiner, sólo el sentido de Dios puede devolver el significado trascendente. Pero, ¿es Steiner la mejor carta para recuperar la presencia metafísica; no hay otros autores más asépticos, menos «teologizados»?

Esta es la idea que recorre la primera parte del libro. El autor dialoga con distintos representantes de la historiografía, como Mink o White, de la filosofía política, como H. Arendt, de la filosofía práctica, como Maclntyre o Taylor, para comprobar la fuerza de la narrativa en las distintas áreas del quehacer humano.

Como se sabe, fue Kant el primero en defender la autonomía de lo estético. Gadamer observa, con razón, que las obras del arte clásico estaban en función de otras dimensiones, religiosas o seculares, que las cobijaban. Cuando el arte se emancipa y decide ser arte por sí mismo, se desencadena la revolución de la modernidad.

Para los griegos y la mentalidad cristiana (hasta el XVIII, digamos), no cabía una mirada estrictamente estética. Entonces, la unidad de los trascendentales verdad-bien-belleza estaba salvaguardada. La belleza servía a la verdad, iluminaba la realidad: desear lo bello era hacerse con lo verdadero y lo bueno. La belleza era una garantía de que, entre lo doloroso de la vida cotidiana, de pronto sale al encuentro la verdad, para dar aliento. Se cerraba así la brecha entre lo real y lo ideal.

Cuando la verdad o la rectitud moral carecen de belleza, parecen incompletos; lo mismo sucede al bien que se aleja de la verdad o del esplendor. Se puede incluso llegar a entender la moral como la estética del espíritu: las obras buenas son siempre elegantes, reflejan siempre buen gusto. Esto tiene un valor pedagógico importante: a los niños se les dice que las acciones malas son feas.

En la modernidad, las obras de arte no se integran a la vida sino que tienen validez por sí mismas, por estar en un museo. La literatura, por su parte, achaca Octavio Paz, inventó la crítica. Hasta el punto de que vincular un proyecto artístico con la verdad y el bien se califica de retrógrado y moralizante. El esteticismo, sin embargo, se manifiesta como estéril, agnóstico y nihilista.

El arte ya no se enfrenta al enigma del ser ni a la totalidad de lo real. Es una función decorativa que lubrica la vida, como el deporte o el entretenimiento y, como ellos, se convierte también en objeto de consumo y producto de mercado.

Peña sigue a Luigi Pareyson en el análisis de la perspectiva estética. La obra de arte es un objeto pero también un mundo, la espiritualidad de una persona, un sentido personal de entender las cosas. Se percibe todo un mundo en cada obra de arte.

A lo largo de la historia se han dado numerosas definiciones de arte, que pueden clasificarse en tres principales: es un hacer, un conocer o un expresar. En la primera, se llega a confundir el arte con la artesanía. La segunda entiende el arte como la forma suprema de conocimiento, una visión de la realidad. Al artista se le toma como vate. En tercer lugar, el artista refleja en (y con) su obra una vivencia. Es la época del genio romántico, quien se expresa desde lo más hondo del alma.

El miedo al arte no es nuevo. Lo han temido Platón, Agustín, Rousseau, Tolstói. Platón expulsa de la República a los poetas por distraer a la población, y entretenerla en bagatelas que son meras copias. Para Tolstói, el arte no se define por el placer que pueda proporcionar sino por el propósito al que pueda servir, en primer lugar, a la religión.

La belleza no se descubre por sí sola. Apostar por una mirada exclusivamente estetizante compromete la percepción de la belleza. Una auténtica obra de arte es tan rica, que reducirla a una fuente estética, mediante una mirada estetizante, compromete su riqueza total. Una moral ciega ante la grandeza del arte es tan unilateral como el esteticismo, y termina afectando la grandeza de la propia moral.

Esencialmente, el arte y la moral son dos mundos separados que no guardan conexión directa. El arte persigue la bondad, la perfección, mientras que la moral se ocupa de la bondad del hombre. Las dos esferas conviven, sin embargo, en el mundo del ser humano. Allí se encuentran por primera vez.

Las medidas prohibitivas han demostrado ser más débiles que la buena educación, la alimentación intelectual y religiosa seria, fuerte, hasta resistir vitalmente todo principio mórbido.

Peña Vial sugiere una revaloración de la narrativa en la imaginación, la afectividad y la voluntad. El tramo final del libro es una invitación a la ética de las ficciones. Una invitación doble: por un lado, el lector es responsable de sus lecturas y de las conclusiones que deriva. De allí el riesgo de pronunciarse de modo definitivo conociendo una sola opinión. Como los alimentos, los libros se combinan, sopesan, o se eclipsan unos a otros. Por otro lado, el lector debe respeto al texto mismo con quien se encuentra. Hay un contenido, más claro o menos claro, a salvaguardar como el credo del autor.

«Una ética de las ficciones debe comenzar por erradicar de la mente una concepción estrecha y restringida de la ética» (p. 295). El segundo elemento es la aceptación de que somos vulnerables a las lecturas, y se es más vulnerable cuanto mejor lector se sea. Dicho en otros términos, la identidad se construye también a partir de las lecturas que nos acompañan. Pero sin imposiciones de ningún tipo: «Cualquier lector puede considerar ofensiva o peligrosa, ya sea una parte de una obra, sea una palabra o acción, conforme a un determinado código ético o político, y siempre se podrá mirar el comportamiento de otro y decirse consoladoramente a sí mismo: «¡Eso es el natural resultado de leer ese tipo de literatura!». Pero también es legítimo preguntarse, ¿si es dañino para mí, se puede inferir de ello que en sí sea nocivo para usted y cualquier otro? A su vez, si yo considero que tal obra me enriquece y no me ha hecho daño, ¿quién es usted para decirme que de suyo es nociva?» (p. 305).

La propuesta de La poética del tiempo se puede resumir en un ejemplo verdadero que Paul Booth cita en su The Company We Keep (p. 3): Paul Moses, profesor del departamento de humanidades de la Universidad de Chicago, provocó un escándalo académico cuando se negó a enseñar Huckleberry Finn, pues, argumentaba, «ofrecía una imagen distorsionada de la raza y eran ofensivas y ultrajantes las pautas que se daban para el trato mutuo entre negros y blancos».

Que un profesor impugnara un clásico de la literatura resultaba inédito, sobre todo en un ambiente donde se trataba «el poema como poema», sin más miramientos. Sólo los paladines de la censura se preocupaban por la influencia corrosiva que el arte podría tener sobre los estudiantes; en la universidad, las únicas censuras eran técnicas: literatura basura, lo kitsch, los intereses comerciales…

Algo se ha avanzado. Estamos lejos —espero no errar— de aquellos escenarios elegantes, donde los hombres se conmovían por las melodías de Bach o Wagner, a su regreso de los hornos crematorios en AuSchwitz.

El anillo del Nibelungo

De verdadero acontecimiento hay que calificar las representaciones realizadas en el transcurso de los dos últimos años, de la obra maestra de Richard Wagner. Una empresa muy difícil que tanto el Teatro Real como el Liceo de Barcelona han solventado con éxito, sobre todo por algo muy importante como es la coherencia de las dos puestas en escena -algo que resulta mucho más difícil de lo que parece-. Quince horas de música, treinta y cuatro personajes, un coro que sólo se hace presente, y de forma secundaria casi, como un espectador pasivo, en El crepúsculo de los dioses, y muchísimas dificultades para la plasmación en imágenes de las acotaciones wagnerianas; una orquesta que necesita tocar a pleno rendimiento y unos cantantes que requieren, no sólo fuerza e intensidad, sino también musicalidad y adecuación interpretativa: todo un desafío, en los montajes de una obra clave del siglo XIX, perfectamente actual en este siglo XXI.

No vamos a detenemos en explicar todos los numerosos vértices de la tetralogía. Quizá sea una de las obras artísticas que más escritos y artículos han propiciado, incluidos los de los magníficos programas del Real y el Liceo. En su tiempo y en el transcurso de los veinticuatro años que duró su composición y escritura, el autor realizó una verdadera visión cósmica de la realidad de aquellos años. Influido por Bakunín y Schopenhauer, y con ciertos contradictorios toques de antisemitismo totalmente rechazables, utilizando leyendas germánicas y sagas nórdicas, Wagner plasma una visión pesimista de una época dominada por el ansia de poder y el beneficio económico como meta esencial, lo que le confiere su rabiosa actualidad. Algún escritor ha manifestado que se trataba de la crónica de una autodestrucción -la del dios que ostentaba el poder sobre todos los seres que poblaban la tierra-. Wotan, el verdadero protagonista de la saga, arremete contra la naturaleza, fabrica una lanza en la que se anudan los pactos y los va traicionando poco a poco hasta que este mundo se hunde en el fuego, en la aniquilación.

La estructura dramática es enteramente narrativa. Todo ha comenzado antes del primer sonido en mi bemol, y durante esas horas iremos conociendo en una especie de peculiares flash-backs todo lo acontecido, generalmente por el empleo del monólogo tamizado por los leitmotiv en musicales, que crean una trama cada vez más compleja para resolverse en la última jornada. Ello hace muy complicada su plasmación escénica, porque el teatro no es narrativa sino conflicto y de ahí que los montajes más imaginativos busquen precisamente esa expresión.

Los dos que estamos comentando lo consiguen, superando en general con acierto los baches inevitables de una empresa de este tipo que necesita no sólo un director de escena, un escenógrafo y un figurinista creadores, sino también una dirección orquestal y una interpretación que se acomode coherentemente al mundo recreado. Hace ya mucho tiempo que las puestas en escena clásicas se han retirado, y un muestrario casi infinito de propuestas encaran esta saga tanto desde una visión política como psicoanalítica, abstracta y un larguísimo etcétera. La subversión artística parece imponerse sobre una fidelidad infiel, y es lógico porque cada momento histórico tiene sus leyes y el abanico de opciones que presenta la tetralogía es demasiado apetitoso para desperdiciarlo (aunque algunos nombres de los que se ha hablado como Lars von Trier, el prestigioso cineasta danés, haya renunciado a ese montaje que tantas expectativas había despertado).

Desde Wieland Wagner, el genial nieto del compositor -muerto demasiado joven-, hasta Patrice Chereau y Robert Wilson, todos los directores de escena que cuentan en la ópera y fuera de la ópera han asumido este reto con desiguales resultados y con controversias que han llegado a alcanzar una extremada violencia. Entre los guardianes del templo y los a veces excesivamente «geniales» directores de escena existe una lucha que va decantándose, afortunadamente, a favor de la experimentación y el riesgo. El mayor homenaje que se le puede hacer a la obra wagneriana es, precisamente, asumirla desde la propia creatividad y con una necesaria coherencia, aunque ésta no siempre se consiga.

En España, la orfandad lírica de unos cuantos años ha puesto una especie de barrera a este reencuentro con la saga wagneriana. Quizá el público de hoy esté menos preparado para asumir esas quince horas de música; quizá fallen los parámetros de comparación, sobre todo en Madrid, ya que Barcelona tiene una buena trayectoria wagneriana. El éxito ha sido mayor en la capital catalana que en Madrid, pero todas las sesiones se han llenado hasta los topes, lo que es digno de tenerse en cuenta para un futuro que esperamos sea próximo.

EN EL LICEO Y EN EL REAL

Una constante en los dos montajes de Willy Decker (Madrid) y Harry Kupfer (Barcelona) es su visión moderna y global de la tetralogía, tanto en lo que se refiere a situarla en un momento intemporal como en la interpretación de los conflictos entre los personajes y su plasmación en la escena. Ambos parten de la consideración del mundo wagneriano más allá de una simple leyenda que tiene mucho de cómic, y la interpretan desde la visión contemporánea de nuestra propia sociedad.

La lucha por el poder ha sido una constante en la historia de la humanidad y no va a cambiar y la hipótesis final de la posible redención por el amor no pasa de ser, desgraciadamente, una utopía más o menos bien intencionada. Curiosamente, las últimas imágenes de ambos montajes proyectan una especie de futuro, después de que el mundo ha sido destruido. Los niños como sucesión que plantan un árbol en el montaje de Kupfer o que aparecen dibujados en la versión de Decker: la necesidad de romper esa correa que Wagner supo hacer música y drama justifica que dentro de visiones pesimistas quepa por lo menos un rayito de optimismo.

El montaje de Kupfer es una decantación del estrenado en Bayreuth y Berlín. Lo he comprobado viendo las imágenes en vídeo del primero. En Barcelona cuidó de adaptarlo al espacio del Liceo aprovechando todas sus actuales y enormes posibilidades técnicas. Es un montaje tecnológico con utilización de metales fríos, luces de neón que se alternan con ideas tan acertadas como la de la fragua de Sigfrido o la propia imagen del dragón, más cerca del aspecto ritual y mítico de la obra. Resuelve muy bien las contradicciones existentes y sobre todo ese zigzag del que hemos hablado de las vueltas atrás, de los monólogos explicativos, etc.

El primer acierto es el comienzo, cuando el árbol de la naturaleza es agredido por Wotan, que corta la rama rompiendo ese necesario equilibrio. La imagen del árbol se mantiene durante toda la obra cada vez más despojado y estéril. En los momentos actuales nos encontramos en una situación todavía más peligrosa, porque efectivamente es la naturaleza el pasto principal de esa maldición del oro, hoy representado por enormes y desconocidos pulpos de tremendos tentáculos. El desarrollo sostenible es una frase, como el Protocolo de Kioto y el peligro de la destrucción, en un futuro más o menos cercano no parece preocupar demasiado a quienes se atienen al presente y se aferran al poder.

En el montaje de Decker, menos lúcido y espectacular en la apariencia, estrenado en Dresde y Madrid, se utiliza la metáfora a través de la acción fija en un teatro. Teatro en el teatro, como si esta plasmación de la tetralogía fuera expresada en un mundo que es a la vez caja escénica. Las butacas de color granate ocupan en el prólogo todo el escenario, desarrollándose la acción en miniescenarios que van surgiendo según marca el propio Wagner. En las restantes obras estarán más o menos presentes aunque en momentos de forma casi simbólica. Diversos espacios irán ocupando el principal, algunos muy oportunos, otros menos afortunados, pero siempre desde esa visión contemporánea y crítica que se hacía necesaria. Es muy peculiar la llegada de las walquirias que en vez de caballos se precipitan desde lo alto con flechas que le sirven de montura, como también la recurrencia a Kantor para mostrar la figura del viandante a punto de disolverse en el vacío.

Estas dos concepciones del espacio, en perpetua mutación, y apoyándose siempre en una luminotecnia que contrasta las pocas escenas luminosas de la saga con las generalmente oscuras y un tanto tétricas, nos parecen fundamentales para la definición que ambos directores hacen de esta obra: apropiación de la misma, sin variar ni una nota de la partitura, se representan sin cortes y siempre desde la visión de su propio tiempo puesto en conexión con el tiempo de Wagner y su análisis clarividente de la sociedad en la que vivía.

EGOÍSMO Y ALTRUISMO

Un aspecto que se pone de relieve es la relación de la tettalogía con el derecho y nos referimos no sólo al positivo sino también a ese derecho natural, como la ética, debía guiar todas las obras humanas. El primer delito es la agresión a la naturaleza; el segundo, derivado además de la presuntuosidad de Fricka -la esposa de Wotan, verdadero paradigma de la mujer burguesa vista de forma peyorativa-, es la realización de un contrato en que se pone como precio a Freia, la diosa de las manzanas que otorgan la eterna juventud a los dioses, sin permiso de ésta.

Este contrato es puramente material. Los gigantes construirán un gran palacio a cambio de la muchacha. Antes todavía Alberich, el nibelungo, había robado el anillo y el oro a las hijas del Rin, renunciando al amor y poniendo en marcha la ambición por el oro y por el poder, que ejercerá sobre su pueblo de forma dictatorial e injusta. Wotan, a su vez, le despojará del anillo mediante un sórdido engaño. Uno de los gigantes matará a su hermano y la maldición del oro es ya una constante que acabará totalmente con ese mundo.

Desde entonces, el derecho se ve burlado una y otra vez. Los asesinatos se suceden, las traiciones, los adulterios, etc. Incluso se plantea el tabú del incesto con esa hermosísima historia de amor de Sigmundo y Sieglinde, quizás el personaje más puro de la tetralogía y que es marcado perfectamente por Wagner porque el último leitmotiv que le acompaña en el acto tercero de La valquiria, solo se escuchará al final. La redención por el amor, según Wagner, va unida a este personaje, no sólo desde constataciones sexuales y eróticas sino desde su generosidad, su entrega, su renuncia a cualquier bien material, quizás en contraste con el egoísmo general que se aprecia en el resto de los personajes.

Según Wagner -y así lo han recogido estos dos montajes-, el mundo capitalista no puede sobrevivir si se fija exclusivamente en la lucha por el poder y en el atractivo del beneficio económico, si sacrifica la naturaleza a estos impulsos egoístas. Cada uno de los personajes tiene sus características, su ingenio. Generosidad, ingenuidad presuntuosa, malevolencia asesina y un largo etcétera. Casi ninguno es positivo más que fragmentariamente y Alberich y Hagen representan casi el mal absoluto, aunque quepa interpretarlos de otra forma. El mayor culpable tal vez sea Wotan, que ostentó el poder y no hizo más que traicionarlo. Por eso su proceso de autodestrucción, retardado artificialmente, es la lógica conclusión de su mundo (lo que por cierto no es imitado ni mucho menos en el actual).

Persisten, pues, las coordenadas que en su tiempo utilizó Wagner para denunciar la injusticia de una sociedad que luchaba por el poder a través del oro. Hoy Wotan y las gentes de la saga han sido sustituidas por unas fuerzas misteriosas y semiocultas que son las que verdaderamente ejercen el poder desde el control de los medios financieros. Los principios de solidaridad, humanidad y amor que parecían posibles cada vez están más difusos; y si antaño la agresión a la naturaleza originaba la catarata de sucesos que conducían al desastre, la lección no ha sido tomada en cuenta y las comprobaciones científicas de los males que a medio y a largo plazo puede sufrir la humanidad, si el desarrollo no es sostenible, pasan de largo ante el beneficio inmediato. Los personajes de Wagner, incluso los negativos, tienen algo de grandeza, como los de Shakespeare. En la actualidad se asemejan mucho más a los guibichungos, esa sórdida corte, sin personalidad ni creatividad que soporta a soberanos mediocres y cobardes. En El anillo del nibelungo, el pueblo está representado por esa estéril raza que necesariamente tendrá que cambiar si se quiere entrar en la utopía de un mundo diferente.

INTERPRETACIÓN ORQUESTAL

Hay que tener en cuenta que todo este gran drama narrado se sustenta en una orquesta excepcional, con mil matices que van desde la solemnidad de los Tutti, al lirismo de los pasajes en los que el gran conjunto se convierte casi en una orquesta de cámara. La variedad es absoluta y la unificación de los complejos leitmotiven constituye la base de una interpretación ajustada. El desafío es grande y no todos los conjuntos pueden responder a él. En Madrid, Peter Schneider, maestro no muy inspirado pero sí muy avezado en este repertorio, cuidó fundamentalmente de que la Orquesta Sinfónica de Madrid respondiera con una línea coherente. El esfuerzo del conjunto fue grande pero los resultados no siempre estuvieron a la altura necesaria, notándose la ausencia de los contrastes tan típicos de Wagner, sobre todo en La valquiria. Mejoró en la última jornada, porque la orquesta, ya en caliente, hizo más que ejecutar correctamente la partitura e «interpretó» -en la concepción creadora de la palabra- los momentos finales,de la obra. Ha sido una dura prueba y no podemos estar insatisfechos, porque pedir, a estas alturas, un Baremboin o un Thieleman resulta absolutamente utópico.

Por su parte, Bertrand de Billy, primer director titular del Liceo, cerraba su periplo en Barcelona con la agotadora misión de interpretar la tetralogía, y salió bastante airoso del empeño, porque supo vencer uno de los máximos problemas, a saber, el de hallar la visión global y no perderse en losdiversos vértices en los que aquélla se descompone. De Billy llegó a la brillantez en muchos pasajes, sobre todo, a mi juicio, en La valquiria y en El crepúsculo de los dioses. Fue una despedida positiva ya que, además, supo encontrar la unidad con la puesta en escena -lo que no es tan fácil como la historia escénica de la tetralogía demuestra: reputados maestros fracasaron al no encontrar ese lazo de unión con las imágenes escénicas-. La obra deWagner es teatro, expresado a través de música y cantantes, algo que en ocasiones se olvida.

LOS ACTORES CANTANTES

El problema del canto wagneriano y de su decadencia se viene planteando desde hace bastantes años. Los míticos registros de los grandes de antaño sirven de comparación con los logros del presente, sin tener en cuenta que a veces las circunstancias son diferentes y que las producciones de hoy se repiten en varias sesiones y desgastan todavía más a los arrojados intérpretes. No olvidemos que éstos nodudan en abordar papeles que pueden ser mortíferos por extensión y dificultad, con el agravante de que en la puesta en escena actual no sólo hay que cantar sino también actuar, dando significación dramática a lo que la partitura expresa.

En los dos montajes de Madrid y Barcelona se cuidó especialmente la labor actoral. Wieland Wagner había encontrado una estética de la interpretación a través de una inmovilidad, una situación del actor en el espacio unido a un código gestual mínimo pero muy estudiado. Por su parte, Walter Felsenstein había impuesto otra línea en la que los actores cantantes, sin intentar homologar a los del teatro dramático, tenían que buscar las motivaciones psicológicas de sus personajes.

Tanto Harry Kupfer, que pertenece a esta escuela alemana, como Willy Decker buscan una sobriedad que evite ese exceso que puede llegar a ser ridículo, así como una fijación espacial que enriquezca el discurso musical y, sobre todo, dar con el toque de humanidad que, entendido en sentido suficientemente amplio, sea aplicable tanto a los hombres y a las mujeres como a los gigantes nibelungos, las valquirias o los dioses. Así se logra una mayor comunicación con el espectador y sobre todo la necesaria actualización de los conflictos, que marcan estas puestas en escena. La crítica, que ha sido excesivamente dura en algunos casos -fundamentalmente en Madrid-, ha coincidido en destacar la buena prestación actoral, siendo más reticente con las imágenes creadas por Decker (él, con cierto sentido del humor, había matizado algunas de las escenas más difíciles de la tetralogía).

La nómina de cantantes, tanto en Madrid como en Barcelona, ha sido muy amplia por la existencia de dobles repartos, totalmente necesarios para las once o doce representaciones de cada una de las obras. La dignidad, la adecuación ha sido norma general, aunque no todas las voces tuvieran la misma calidad. Wagner tiene que ser cantado, aunque parezca un eufemismo, pero también hay que dar sentido a las palabras, que el público podía seguir desde la sobretitulación (uno de los grandes hallazgos de las representaciones operísticas del presente). Podemos hacer no obstante algunas citas.

La pareja formada por Waltraud Meier y Plácido Domingo dio el tono lírico adecuado a La valquiria madrileña. Alan Titus y Luana de Vol asumieron los terroríficos papeles de Wotan y Brunhilde y estuvieron muy bien, a pesar del vibrado que aqueja a esta última. Hanna Schwar fue una perfecta Erda y Eric Halfvarson tanto en Madrid como en Barcelona un espléndido Hagen. Deborah Polasnki entusiasmó en Barcelona, y Graham Clark creó un Mime antológico. También la presencia de Jonh Treveelan que pudo con Sigfrido, Falk Struckman, James Morris y Matti Salminen, destacaron en la puesta en escena en las representaciones barcelonesas.

Esta nueva generación de cantantes, que tiene ya sucesores, ha permitido que la difícil teatralidad de la obra wagneriana se conjugue en el escenario con esa creación de espacio, esa luminotecnia, ese vestuario intemporal y ese juego de objetos que constituyen lo que se llaman los signos de la representación. Dejando aparte ciertas lógicas carencias, podemos concluir en la gran importancia de estas dos producciones que ponen de largo a dos teatros españoles (también en Bilbao se ha realizado un montaje de la tetralogía que no he podido ver, pero al que por justicia hay que citar), en el ámbito de la ópera internacional.

ARTE PARA LA HORA PRESENTE

La huella de estos sucesos artísticos puede quedar soterrada por el imperio de esta cultura del día a día, que no tiene en cuenta la memoria anterior, pero para nosotros quedan como una referencia no sólo artística sino también social y política. El arte tiene que reflejar el mundo en el que vive, el colectivo y el individual, las tensiones sociales y los conflictos personales. No es fácil. El mundo griego creó una mítica que ha servido de ejemplo a muchos artistas, incluido el propio Wagner o la saga de El padrino. El anillo del nibelungo, con la técnica contrapuntística a la que nos hemos referido, quiso expresar la totalidad de un mundo también desde lo colectivo y lo individual, con múltiples contradicciones que las puestas en escena han ido aclarando o profundizando. Queda sobre todo la actualidad. El arte puede bastarse por sí mismo, pero es mucho más profundo si además nos dice algo sobre nosotros mismos como seres individuales y pertenecientes a una sociedad determinada. La tetralogía ha criticado duramente una concepción del mundo que se base en el ejercicio del poder y el imperio económico. Nos encontramos en una situación paralela en la que todavía se han acentuado más las diferencias económicas y sociales, incompatibles con los grandes hallazgos tecnológicos. El tema final de la tetralogía no es sólo una bellísima melodía sino una incitación al compromiso por otra realidad diferente en la que la solidaridad y el amor, en su extenso sentido, sean determinantes. Wagner, un personaje ambiguo, egoísta y antisemita, fue capaz de revelarlo. En el año 2004 sus preguntas quedan pendientes.

El señor de los anillos: una mitología de nuestro tiempo

La colosal adaptación cinematográfica de la obra maestra de Tolkien no sólo nos enseña un paisaje excepcional en la Nueva Zelanda de su realizador, Peter Jackson, sino también nos corporeiza los personajes de la saga, hobbíts, magos, elfos, hadas, enanos, siniestros orcos y el contexto en el que se mueven, creando mundos excepcionales que son a la vez fieles a la descripción literaria y personales en la forma de mostrarlos Se ha escrito sobre las semejanzas con la obra wagneriana, con datos muy concretos sobre el poder, el anillo o anillos como significación de la avidez, la figura del dragón, la espada, el enloquecimiento de Gollum, semejante a los personajes de El anillo del nibelungo. La Tierra Media creada por el gran escritor puede ser perfectamente un paralelo del espacio del que se mueven los dioses, nibelungos y humanos de la obra wagneriana.

Importancia fundamental tiene la partitura de la trilogía de Jackson. Suautor, Howard Shore, consigue su mejor obra. De amplia duración, como no podía ser menas, la partitura es absolutamente contrastada en relación a las acciones y peripecias de los personajes. A la vez heroica y lírica en las escenas de amor y en la recreación del mundo de los elfos; para lo que utiliza coros e instrumentos étnicos (sin ningún parecido, afortunadamente, con los Carmina Burana de Orff). Escuchamos, además, música descriptiva en las secuencias de combate, que sabe ser atmosférica para recrear mundos fantásticos. La utilización del cimbalon, instrumento de percusión muy ligero, acompaña a Gollun. Y el violín sueco en las escenas de Rohan consigue un sonido característico insustituible.

Shore ha orquestado personalmente supartitura, loque noes muy usual; y ha sido muy cuidadoso para que su variabilidad no atente a la línea general. La utilización del leitmotiv no cumple las exigencias psicológicas de la obra wagneriana, pero sí es un método adecuadísimo para señalar lasacciones físicas y la presencia de los personajes.

Es preciso anotar también la intervención de destacadísimos profesionales. Por una parte, la cantante étnica Enya y, por otra, el gran James Galway, uno de los mejores flautistas de nuestra época, así como la extraordinaria soprano Renee Fleming. Todos ellos conforman una partitura de gran aliento que sirve perfectamente al escritor y al realizador cinematográfico y que contribuye a crear esta mitología de nuestro tiempo con cierto paralelismo con la obra wagneriana. Idénticos antecedentes y personalidad creadora de Tolkien que supo encontrar una visión de la historia y la mítica, que quedarán como una de las cumbres del siglo XX, lo mismo que El anillo del nibelungo ha sido faro del siglo XIX y sigue conservando una total actualidad.

Grabaciones y DVD

De El anillo del nibelungo existen múltiples grabaciones. Históricas son las siguientes, realizadas en vivo, del Festival de Bayreuth; 1952, a cargo de Joseph Keilberth; 1953, Clemens Graus; 1956, 1957 y 1958 con Hans Knapperbutsch, ésta de gran calidad interpretativa con las mejores voces de la época. Las tomas fueron hechas en directo y las remasterizaciones posteriores han conseguido una correcta calidad del sonido

También desde el Festival está comercializada la versión de Kart Bohm con mayor ligereza de tempos y texturas a partir de la excepcional dirección escénica de Wieland Wagner.

En estudio, la versión de Georg Solti con la Orquesta Filarmónica de Viena (uno de los hitos discográficos de DECCA), sigue siendo una de las mejores alternativas, con un reparto de grandes voces en su mejor momento, como la de Birgit y Nilsson, Windgassen, Hotter, Rysanek

Más moderna en estudio es la versión de Daniel Baremboin (Teldec), con su Orquesta de Berlín y un reparto desigual, aunque interesante por su acomplamiento a la idea rectora.

En DVD y asequibles en España tenemos la espléndida visión escénica de Patrice Chereau con Pierre Boulez en la dirección de orquesta y un grupo de cantantes con evidentes desigualdades (Philips) y la de Nueva York, montaje tradicional un tanto antiguo pero vistoso de Otto Schenck y una dirección orquestal, brillante y un tanto externa de James Levine. El reparto es interesante, y en él sobresale James Morris (D.G).

El gobierno en su laberinto

El más famoso laberinto de la historia -y de la mitología- fue el de Creta. Lo había diseñado el sabio e ingenioso inventor griego de nombre Dédalo por encargo del rey local, que se llamaba Minos. No existía ningún plano de ese laberinto ni se veía que tuviera una estructura discernible. Una vez dentto de él resultaba imposible salir. Todo el mundo se perdía enere recovecos y aparentes caminos que no conducían a ninguna parte. Pero se había edificado con una arquitectura sólida y con el propósito de que ocurriera eso. Durante una generación entera, por lo menos, sirvió a las finalidades que habían inspirado su creación.

Este breve comentario no se propone tratar de mitología helénica, sino de política. Aquí y ahora, los españoles se encuentran con que, sin que se sepa bien por qué ni para qué, el actual Gobierno y la heterogénea y proteica mayoría parlamentaria que lo apoya, probablemente sin quererlo ellos mismos, han instalado en el centro de la vida pública de la nación un nuevo laberinto, en el que mucha gente anda más desorientada y sin salida que los legendarios cretenses de la época de Minos.

Durante los cinco meses que llevan en el poder las ministras y ministros socialistas y sus socios del «tripartito» se han dedicado a deshacer las decisiones y proyectos del Gobierno anterior. Han dado un vuelco a la política exterior, han cancelado el plan hidrológico nacional y los contratos e inversiones que estaban en marcha, han suspendido la Ley de Educación, desorientando a docentes y escolares; han retirado un millar de soldados de Iraq para mandar otros tantos a Afganistán y unos guardias civiles e infantes de Marina a Haití; y no muchas cosas más en el orden de los hechos. Pero sus diversos portavoces han sido pródigos en declaraciones, en no pocas ocasiones contradictorias, acerca de lo que se han propuesto o les gustaría llevar a cabo como programa de gobierno.

Sólo han manifestado un amplio consenso en que las cosas de España iban casi todas mal y que la culpa de esa penosa situación la tenía el presidente Aznar. Basta vivir en nuestro país y abrir los ojos a la realidad para comprobar que lo primero es falso. Y, si se compara la España del 2004 con la de ocho años antes, se llega a la conclusión de que la gestión de los gobernantes anteriores es altamente meritoria.

De todo lo que han dicho o anunciado los actuales responsables del poder se deduce que lo que querrían realizar ellos y sus socios sigue tres grandes líneas de fuerza. Una es el cambio constitucional, que debería conducir a la sustitución del actual Estado de las autonomías por una especie de «Estado compuesto» integrado por piezas tan distintas entre sí como las del ajedrez: unas serían torres, otras caballos o alfiles y las demás peones. Cada una de ellas con sus propias reglas y diversidad de movimientos e incluso de estrategias.

Pero resulta que ese proyecto es de imposible cumplimiento, si se respeta mínimamente la legalidad vigente y aceptada. El Título Xde la que suele llamarse Carta Magna es detallado y «garantista». Incluso una iniciativa de la Asamblea de una comunidad autónoma que se acogiera al artículo 87 de la Constitución habría de seguir los trámites del mencionado Título X, más exigentes todavía si la reforma pudiera afectar a los Títulos I y II, dentro del último de los cuales está el orden de la sucesión de la Corona. No hay Gobierno, ni siquiera el de ahora, que quiera una demasiado pronta disolución de las Cortes y, además, un referéndum. Por eso en las últimas semanas sólo a algunos catalanes que querrían desgajar su partido regional del PSOE de la nación se les deja decir algo de eso.

De no menos difícil realización son los planes legislativos o de administración que tengan un contenido económico de carácter público o privado. Algunas leyes particulares, que tienen una razón de ser histórica y no sólo están amparadas por la Constitución y los Estatutos .de Autonomía (o el Amejoramiento del Fuero de Navarra), sino que gozan de la general y pacífica aceptación de la totalidad de la nación, nadie las somete a discusión. Un nuevo orden fiscal y financiero repartido en diecisiete poderes territoriales es de imposible implantación por razones técnicas y políticas. Ninguna comunidad en su sano juicio lo quiere ni la opinión pública, omás bien la «conciencia pública», como decía Balmes, lo admitiría. Algo semejante se podría decir de la Caja Única de la Seguridad Social, cuyo hipotético desmembramiento generaría desigualdades y agravios que dañarían seriamente la unidad del país, con perjuicio de asegurados y pensionistas, que son la totalidad de la población.

Lo mismo podría decirse de esa especie de «renacionalización» de las empresas privatizadas que cotizan en bolsa y tienen poderosos accionistas de referencia, con respecto de las que se ha apuntado a remociones de sus gestores para sustituirlos por amigos políticos de ideología intervencionista, si bien esto parece que por ahora queda en stand-by.

Pero hay un tercer campo en el que el «tripartito» o «cuatripartito» de Madrid parece llegar fácilmente a acuerdos por razones ideológicas y por la decidida voluntad de intervencionismo intelectual que les caracteriza en asuntos civiles o humanos que afectan directamente ala persona, a la familia y a la comunidad social: un divorcio rápido de quita y pon, la desnaturalización del matrimonio, la falta de respeto por la vida de los no nacidos y la aceleración de la muerte…

Desde una visión antropológica, no ya espiritual sino simplemente humanista, eso representaría la reducción de la vida humana a un proceso mecánico o, para gente que no piensa mucho, auna biología algo más sofisticada que la de los vertebrados superiores.

A un plazo, que no puede ser corto pero tampoco infinitamente largo, esas políticas arrastrarían consigo una corrupción de los valores. Si la verdad no es la verdad sino lo que en algún momento acuerden el voto de una ocasional mayoría probablemente efímera, lo mismo ocurriría con la moral social. Se acabaría minando la historia, el pensamiento, la filosofía, y hasta la creación artística. Yo creo que no sólo la oposición sino la mayor parte de los votantes -y no pocos de los políticos que apoyan al Gobierno- querrían evitar que eso ocurriera en España, como de alguna manera sucedió en los totalitarismos del pasado siglo en Europa y en Asia. Ese es el laberinto en que los españoles no deben perderse.

Por qué es tan caro el suelo en España

En la nueva sociedad del conocimiento, inmersa en un acelerado proceso de globalización económica y cultural, se generan, con una rapidez desconocida hasta la fecha, necesidades y problemas que requieren soluciones estructurales no siempre fáciles de adoptar. Las dificultades proceden unas veces de problemas objetivos, técnicos, por así decir; otras, porque que entran en conflicto con «intereses paralelos» nacidos con la situación que se trata de modificar y que constituyen un factor decisivo de resistencia al cambio1. Las dificultades son aún mayores cuando se trata de situaciones agravadas por esa dinámica social, pero que dimanan -con una causalidad «cuasi necesaria»- de sistemas y normativas vigentes durante décadas.

Tal es el caso del problema de la escasez y carestía del suelo apto para edificar, problema de excepcional gravedad por su incidencia negativa en aspectos muy sensibles en la vida de los españoles. Si, en efecto, el suelo constituye la base insustituible de toda actividad social y económica, su carestía y escasez han de producir necesariamente disfunciones importantes, a veces incluso alarmantes, en la vida social en su conjunto. Sus efectos negativos se harán notar, por ejemplo, en la competitividad de las empresas -mayores costes- y en el atractivo de las ciudades y regiones urbanas para el establecimiento de actividades productivas. Pero el efecto más significativo, dada su enorme e inmediata trascendencia pública, es el aumento progresivo del precio de la vivienda, que convierte en insolvente a una gran parte de la demanda potencial -especialmente a los más jóvenes- y contribuye a inducir otros efectos, como el retraso en la edad de emancipación y la formación de nuevos hogares.

Pero si las características de nuestro mercado inmobiliario no son muy diferentes de lasde lospaíses de nuestro entorno y el problema no se plantea en ellos con el dramatismo con que lo tenemos planteado en España, hemos de concluir que, también en esto, «España es diferente»; y que algo tendrá que ver con ello la estructura y funcionamiento de nuestro sistema urbanístico.

LAS CAUSAS DEL ENCARECIMIENTO

El sistema urbanístico español -un todo compacto y técnicamente muy bien estructurado- es una creación de la Ley de Régimen del Suelo y Ordenación Urbana, de 12 de mayo de 1956, cuyos principios han inspirado además toda la legislación posterior.

En su exposición de motivos la ley lamenta que el suelo necesario para el desarrollo de la ciudad no esté municipalizado, y puesto que conseguirlo sería legal y económicamente inviable, diseña un sistema rabiosamente intervencionista para que la gestión del urbanismo se aproxime en el mayor grado posible a la que se haría si el suelo fuese de propiedad municipal.

La propia Administración pudo constatar la ineficiencia del régimen legal establecido y así, tanto la Ley de 21 de junio de 1962 como el Decreto-Ley de 27 de junio de 1970, facultaron a la Administración pública para expropiar y realizar operaciones urbanísticas, sin plan o contra plan, con el fin de facilitar la ejecución del Plan Nacional de la Vivienda. Pero la iniciativa privada tenía que seguir operando con el rígido sistema de la ley que el propio legislador consideraba inadecuado para hacer frente al creciente déficit de viviendas.

Sin embargo, la reforma 75/76 (Ley de Reforma de 1975 y Texto Refundido en 1976) mantiene el esquema conceptual de la ley reformada e introduce dos novedades importantes: la cesión obligatoria del 10% del aprovechamiento, con objeto de potenciar los Patrimonios Municipales de Suelo creados por la ley reformada y como medio eficaz de participación en las plusvalías; y otra novedad, que fue la creación de la figura del suelo urbanizable no programado -primer intento (fallido como todos los demás) para abrir brecha en la rigidez del planeamiento-.

Aunque los Estatutos de Autonomía otorgan a las comunidades autónomas la competencia exclusiva en materia de urbanismo y vivienda, el texto refundido de 1976 continuó aplicándose pacíficamente hasta que la reforma de los años noventa (Ley de Reforma 8/1990, de 25 de julio, y Texto Refundido de 1992) y la STC 61/1997, de 20 de marzo, provocaron el «caos en que nos encontramos sumidos […] y la lógica del disparate en que hemos venido a quedar apresados»2. El régimen del suelo, el planeamiento, los sistemas de gestión y la pluralidad legislativa se reparten, en proporciones diversas, la responsabilidad de la situación. Veamos por qué.

Si el derecho de propiedad es lo que dice el plan y el ius aedificandi simplemente una «concesión administrativa», la «Administración concedente» puede definir lo que se debe edificar, dónde, cómo y cuándo debe hacerse, y establecer las contraprestaciones económicas exigibles. Y lo hace a través de un planeamiento rígido, inflexible, con determinaciones más propias del planeamiento de desarrollo y predeterminación de usos que fraccionan aún más los mercados.

Los planes generales limitan la oferta y crean «escasez administrativa» de suelo pordos vías diferentes y complementarias: a) al clasificar como no urbanizable, además de los suelos en que concurran valores objetivos, merecedores de protección y predeterminados por ley, aquellos otros que «racionalmente» se estime que deben quedar excluidos del proceso urbanizador; b) al limitar el suelo urbanizable, por regla general, a las superficies que el planificador considera suficientes para cubrir las necesidades previstas para los ocho años de vigencia del plan. Pero es esta una dificilísima predicción, como pone de manifiesto la necesidad de modificaciones, recalificaciones y cambios de uso -planes generales ha habido que han necesitado másde mil modificaciones puntuales-. Y como la autorización de esos cambios es decidida discrecionalmente por la Administración, fácilmente se generan situaciones de injusticia comparativa y se da pábulo a la sospecha que engendra toda ley particular, sobre todo cuando de ella se derivan consecuencias económicas de cuantía nada despreciable. Por tanto, todo depende del criterio del planificador y de las directrices políticas que reciba.

Los sistemas de actuación y su tramitación se prolonga no menos de cinco o siete años desde la iniciación del proceso y, por tanto, demoran la puesta en el mercado de suelo urbanizado, generan importantes costes (al menos, los financieros), dificultan la adaptación de la oferta a una demanda cambiante y provocan incertidumbres y riesgos para los agentes económicos.

Hablemos porúltimo de lapluralidad legislativa.

Por «efecto colateral» de la citada STC 61/1997 todas las comunidades autónomas (excepto, por el momento, el País Vasco y Baleares) cuentan con su propia Ley del Suelo. En este momento, además de lo que queda vigente de la legislación común, tenemos quince leyes autonómicas con normas diferentes sobre planeamiento, gestión, competencias administrativas, intervención en el mercado del suelo, régimen de licencias y disciplina urbanística3.

Tal «irracionalidad legislativa» genera necesariamente «irracionalidad económica», y ese es otro factor determinante para que una nación como España, con la más baja densidad de población de entre los países de su entorno y grandes extensiones de terreno sin valor ecológico ninguno, padezca una agobiante «escasez administrativa» de suelo apto para edificar, y el que hay es probablemente de los más caros de Europa4.

Esa es la situación del urbanismo tras medio siglo de intervencionismo y acusada discrecionalidad administrativas. Las exposiciones de motivos de las sucesivas leyes del suelo proclamaban, como su finalidad última, el deseo del legislador de combatir la especulación y evitar el encarecimiento del suelo, pero los medios elegidos para conseguirlo han generado más escasez, más carestía y mayor especulación. Pero no se ha legislado en la dirección adecuada, ni se ha hecho el planeamiento adecuado, ni hay una gestión ágil y eficaz.

Seguramente la línea intervencionista dogmática y arbitrista de nuestro sistema haya alcanzado su cota de inflexión, pero si no somos conscientes de que tenemos un sistema que lleva en sí mismo el germen de la escasez y carestía del suelo, de la especulación pública y privada y hasta de frecuentes episodios ética y socialmente aún más censurables, no seremos capaces de enfocar adecuadamente el futuro.

LA POSIBLE REFORMA DEL SISTEMA

El punto de partida de la reforma del sistema5 debe ser un serio trabajo de profundización doctrinal en los conceptos de la propiedad y de urbanismo.

La propiedad es un concepto unitario de cuyo contenido esencial forma parte el ius aedificandi y un derecho preexistente a la propia Constitución, que ésta reconoce y ampara. Constituye, por tanto, un prius para el urbanismo, lo que no significa negar al legislador la posibilidad de delimitar el contenido de derechos patrimoniales, pero sí que que den determinados con precisión y objetividad los criterios legales que definen qué es suelo no urbanizable; y también que las limitaciones y condicionantes al ejercicio de la facultad edificatoria queden limitadas a las estrictamente necesarias para el cumplimiento de las finalidades específicas del plan -«hacer ciudad, ordenar la ciudad»-; y que, en fin, respondan a criterios objetivos; y todo ello con una adecuada ponderación entre intereses públicos y privados, sobre la que también deben juzgar los tribunales ordinarios.

Por su parte, el urbanismo (que es, en su concepto nuclear, el que la CE utiliza para delimitar los ámbitos competenciales respectivos del Estado y de las comunidades autónomas) es una disciplina de contenido plural, con tanto de ciencia como de arte, y cuyo objeto es, nada más y nada menos, que la ordenación física del espacio y del asentamiento de las distintas actividades «según conviene a las necesidades de la vida humana (DRAE)».

Esto supuesto, el Estado debería dictar una Ley General Urbanística de aplicación en todo el territorio nacional, que facilite y estimule la producción y puesta en mercado de suelo apto para urbanizar, recupere la unidad de mercado, de sistema y de actuación como medio para hacer efectivo el principio constitucional de libertad de empresa; garantice el ejercicio igualitario de todos los derechos fundamentales, incluido el de propiedad; y ponga fin al «desencuentro» entre la legislación estatal y autonómica y el de las leyes autonómicas entre sí, racionalizando la clasificación del suelo, el planeamiento, la gestión y la recuperación de plusvalías.

La clasificación del suelo debería responder a criterios positivos, basados en datos objetivos. Así, el plan clasificaría como urbano todo el que reúna las condiciones materiales de edificación y/o urbanización que, según la ley, caracterizan el fenómeno urbano. Ello tiene capital importancia por su carácter de principio básico, coherente con el régimen de derechos y obligaciones establecido por la ley. Y clasificaría además como no urbanizable aquel en el que concurran condiciones objetivas merecedoras de protección o haya sido «catalogado» en aplicación de leyes sectoriales -motivos todos ellos que han de ser objetivos y debidamente justificados-.

La distinción entre suelo urbano consolidado y no consolidado obedecería también a diferencias materiales, que corresponde apreciar al planeamiento y, si bien la legislación autonómica podría complementar ese régimen mínimo y los rasgos diferenciadores marcados por la legislación estatal, no podrá alterar ni los conceptos ni ese régimen básico y mínimo.

Por último, el suelo urbanizable es el que queda una vez delimitados el urbano y el no urbanizable, criterio «residual» quesupera la delimitación voluntarista por motivos subjetivos.

En los sistemas de actuación, la intervención administrativa debe reducirse al mínimo indispensable, a saber: la aprobación de los instrumentos de planeamiento, desarrollo, programación y equidistribución, atribuyendo a la iniciativa privada su impulso y ejecución. La actuación procedimental podrá realizarse también por vía notarial, sustitutoria de la municipal, y debe extenderse a la subasta pública notarial de los inmuebles cuyos propietarios no se hayan adherido al proceso, en sustitución de la vía expropiatoria actual, pues el mejor modo de fijar el valor de mercado de esos bienes es precisamente el propio mercado.

Las cargas y cesiones encarecen los costes de las actuaciones urbanísticas y de edificación, lo que repercute en el precio de los productos finales. Constituyen un impuesto injustamente distribuido porque sólo lo pagan, en forma de mayor precio de las viviendas, los adquirientes de esas viviendas en las nuevas áreas de desarrollo de las ciudades.Y los suelos procedentes de esas cesiones, una vez incorporados a los Patrimonios Municipales de Suelo, se convierten en fuente de financiación de las entidades locales a través de una gestión especulativa de esos patrimonios; las subastas de esos suelos, realizadas en momentos en que los precios de mercado están tensionados al alza, se convierten en punto de referencia para las transacciones entre particulares. Por tanto, tales cesiones, así como los Patrimonios Municipales de Suelo, deben suprimirse, dados sus efectos inflacionarios y gravemente distorsionantes del mercado, radicalmente opuestos a las finalidades pretendidamente justificativas de su creación.

Es de justicia que el Estado (en su sentido amplio) participe de las plusvalías generadas en el proceso urbanizador, pero su recuperación debe hacerse, como en las demás áreas de actividad económica, a través del sistema impositivo que debe recuperar, en plenitud y en exclusiva, la función redistribuidora. También es de justicia que los sistemas generales, que como su propio nombre indica están al servicio de toda la ciudad, se financien con cargo a los impuestos generales.

Todas las actuaciones de las Administraciones públicas en el campo del urbanismo deben ser regladas y por ello ha de eliminarse el actual y amplísimo margen de discrecionalidad, para dar paso a una generalizada «cultura del urbanismo» que elimine de raíz prácticas que rozan -y a veces superan- el límite de lo éticamente correcto. En cambio, debe exigirse a las Administraciones públicas que, con todos los medios a su alcance (que son muchos), hagan frente al principal reto de política económica que tienen planteado: garantizar el funcionamiento eficiente de los mercados de bienes y servicios -y muy en primer lugar el mercado del suelo-, evitando, corrigiendo y sancionando, en su caso, las situaciones de monopolio o cuasi monopolio, así como la retención especulativa del suelo -aquellas situaciones, en fin, que hoy se ven incluso favorecidas por el sistema vigente-.

Estas son, en líneas muy generales, las modificaciones imprescindibles para que el sistema responda a las necesidades reales de la sociedad. Pero debo añadir una última cuestión que considero de excepcional interés

Antes he aludido a los «intereses paralelos» que dificultan e incluso impiden la adopción de las medidas necesarias para la solución de problemas concretos. Hoy, por desgracia, el urbanismo se ha convertido ante todo en fuente de poder político y de financiación, al menos de las entidades locales. Ello es injusto, por ser antisocial, éticamente condenable y radicalmente opuesto a una política que tienda a evitar la especulación, el incremento del precio del suelo y la carestía de la vivienda. Pero hasta tal punto está arraigada esta práctica extra legem que, aunque se resolviese -y debe resolverse- el problema de las haciendas locales, es muy dudoso que se consiga eliminarla, sino es del siguiente modo: estableciendo medidas legales correctoras y sancionadoras.

Todas estas medidas, de fuerte contenido político, se verán facilitadas si una objetiva y serena labor de divulgación permite a la opinión pública de nuestro país conocer dónde están las causas reales de los problemas de carestía de suelo y vivienda. Sólo así se podrán concretar las soluciones reales a sus actuales demandas genéricas de remedios.

NOTAS
1· M. Martí Ferrer, ha hecho una descripción bastante exacta de esos grupos de interés a los que he denominado «intereses paralelos», expresión que he tomado de Tomás Calleja.
2· Ibídem.
3· La legislación valenciana ha introducido un nuevo sistema, el del «Agente urbanizador», con aspectos positivos y otros necesitados de modificación como, por ejemplo, la debida salvaguarda de los derechos de los propietarios. Alguna otra legislación autonómica también ha introducido mejoras positivas como la de reducir al 50% la superficie adherida necesaria para aplicar el sistema de compensación.
4· Los intentos de liberalización llevados a cabo por la Ley 61/998, nunca pudieron aplicarse por dos motivos fundamentales: su disposición transitoria tercera condicionaba la aplicación de los nuevos criterios de clasificación de suelo a la reforma de los planes, reforma que nunca llegó a producirse, y porque las leyes autonómicas, tanto anteriores como posteriores a dicha ley, ignoraron la legislación estatal y algunas de ellas pusieron especial empeño en hacer ostensible su distanciamiento. Además, la Ley de 20 de mayo de 2003 ha consagrado lo que en la práctica nunca dejó de hacerse, es decir, que el planificador clasifique como no urbanizable -con criterios subjetivos de «racionalidad»- terrenos en los que no concurran valores objetivos, merecedores de protección.
5· Con el título «Hacia un nuevo urbanismo» la Fundación de Estudios Inmobiliarios ha promovido y dirigido un curso -desarrollado a lo largo del pasado mes de junio- dividido en cuatro módulos: Constitucional, Derecho civil, Derecho administrativo y Economía. Es importante resaltar que, a pesar de esos cuatro enfoques diferenciados, la coincidencia de los especialistas ha sido total en cuanto al diagnóstico de la situación, sus causas y propuestas de soluciones, con las que son congruentes las que aquí formulamos.
En él han intervenido un total de 43 ponentes y presidentes de mesa. Entre ellos: el presidente del Tribunal Constitucional y otros 25 catedráticos de universidad de diferentes especialidades; profesionales de amplia experiencia y reconocido prestigio en los campos jurídico, económico y financiero, dos de los cuales fueron miembros de la Comisión Redactora de la Constitución; los presidentes del Consejo General del Notariado y de la Asociación de la Prensa de Madrid, etc. La fundación se había ocupado con anterioridad de este problema en su libro «La carestía del suelo: causas y soluciones», cuya tercera edición es de mayo de 2003.

Entre Barcelona y Madrid con París al fondo

CRITICOS HUMANISTAS

Tengo que agradecer a mis compañeros del equipo organizador del homenaje a Vicente Cacho Viu que me hayan ofrecido la oportunidad de encabezar este libro de recuerdos de un amigo y un compañero inolvidable.

A los cinco años de haberlo perdido, uno no se acostumbra a la ausencia de Vicente Cacho. Y es preciso a veces frotarse los ojos para enfrentarse con la realidad. Que no vamos a dar una vuelta con él por el Retiro, o a visitar alguna de las exposiciones que, de vez en cuando, recibían su presencia en esta ciudad de Madrid. Que no le vamos a oír esa frase chispeante, esa ocurrencia aguda, esa exposición sabía y amena de sus reflexiones personales, tras cualquiera de sus últimas y múltiples lecturas. Y también sus comentarios políticos de actualidad, siempre originales, sin convencionalismos y en no pocas ocasiones tan inesperados en sus labios.

Su enfermedad nos sorprendió a todos o a muchos de sus amigos. Su entereza en esos malos tiempos no sorprendió a nadie.

Cuando fueron apareciendo las limitaciones físicas —en la vida de quien había sido deportista, montañero y esquiador— nunca, en ningún momento, torció el gesto. Sin hacer alarde de la fortaleza cristiana —no meramente estoica— que le sostenía, fue adaptándose a la realidad sin interrumpir su trabajo intelectual, llevándolo disciplinadamente hasta el límite de sus fuerzas, pero sin la orgullosa presunción de rebasarlo: evitando, con sabias ironías, hasta la apariencia de una vanidosa exhibición de heroísmo.

Los que conocían a Vicente, sus arraigadas convicciones, su fe cristiana, su pertenencia al Opus Dei y la esperanza que animaba toda su acción, podían apreciar bien el manantial de energía moral donde bebía su espíritu.

Licenciado en Derecho y en Historia, dotado de un considerable sentido de la belleza y del arte, podía haber sido un maestro de Filosofía o de Historia del Arte. Pero en aquellos primeros años cincuenta, España —con problema o sin problema— despertaba en un joven intelectual, de muchas lecturas ya entonces, una inquietud profunda y muchos interrogantes. Cacho se entregó a la labor de buscarles respuestas. Para ello acometió la empresa de trabajar una parcela que, con rigor y seriedad de historiador, había tenido pocos cultivadores en España: la historia intelectual y cultural de nuestra nación, con un examen a fondo de las tradiciones vigentes.

Un compañero y amigo de Cacho, que en alguna ocasión ha sido severo, y a juicio de algunos injusto comentando alguna de sus obras, solía decir que las tradiciones vigentes son las que no tienen más de cien años. 1850, más o menos, 1950 más o menos también, han sido los dos árboles de la horquilla del siglo español a cuya historia cultural e intelectual se ha dedicado Vicente Cacho. Y lo ha hecho de cima en cima, incluso descubriendo algunas crestas montañosas que estaban ocultas por un error de perspectiva.

Unas tres mil páginas en un escritor del que se dice que publicó poco; más de un millar de páginas sobre la Institución Libre de Enseñanza y su gente, y a través de la historia de la Institución sobre Menéndez Pelayo y las actitudes culturales y políticas y las ideologías de Valera, Cánovas, Pidal, los Revilla, Moreno Nieto y otros más; sobre la llamada Generación del 98, que gracias a Cacho sabemos quién inventó el nombre y qué quería decirse con ese exitoso título; el modernismo catalán; y Ortega, el Ortega joven y el Ortega maduro; D’Ors, el D’Ors de Barcelona, el de París y el de Madrid, desde ciertos puntos de vista tan importante como Ortega y casi igual de representativo de su época; Cambó; el eje Barcelona-Madrid, o más bien el triángulo París-Barcelona-Madrid. Todo eso es una obra de historiador que comprende una importante serie de monografías, que se tienen en pie y que seguirán en esa postura muchos años.

Un filólogo clásico no puede dejar de soltar unos latines, como quien pone la guinda en el pastel de las primeras palabras de estos comentarios.

Plinio —no el de la Historia Natural, sino su sobrino— era orador, político, maestro de elocuencia y epistológrafo (siglo I – siglo II d.C). En una sabia carta a un discípulo suyo —que quizá era de Barcelona, y sobrino político del emperador Adriano, el segundo César de Itálica-—, le recomienda los modelos literarios en que debe inspirar su estilo y su cultura en cada uno de los distintos géneros. Pero también habla de las lecturas, y de las lecturas dice: multum legendum esse non multa, «hay que leer cosas que sean mucho y no muchas cosas». Mi recomendación para los historiadores contemporáneos va en esa línea. El multum, lo más importante, ahí encontrarán lo que publicó Cacho. En el multa, probablemente, habrá unas docenas de libros superficiales y efímeros que pueblan por unos días los escaparates y quizá las páginas de los semanarios culturales.

El multum de Vicente Cacho es el mensaje, el legado, que deja en la historia de la cultura española contemporánea.

A IOVE PRINCIPIUM

Vicente Cacho, que en los años cincuenta era ya conocido como una joven promesa entre los historiadores universitarios, llamó poderosamente la atención del mundo intelectual español con la publicación de su libro La Institución Libre de Enseñanza (Madrid, Ediciones Rialp, 1962, 572 pags.). Una primera y extensa versión de esta obra había sido en el año 1961 su memoria doctoral en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Madrid. El ponente de la tesis era Florentino Pérez Embid, y el trabajo fue muy apreciado por el tribunal que lo juzgó, del que formaban parte los catedráticos don Ciriaco Pérez Bustamante, don Juan de Contreras, marqués de Lozoya, don Jesús Pabón y Suárez de Urbina y don Vicente Palacio Atard, eminentes historiadores todos ellos.

El tema resultaba novedoso en la universidad de entonces por diversas razones. Trataba de un capítulo importante de la historia cultural de la España contemporánea, y no de historia política o económica como era más frecuente, y menos comprometedor, en las aulas hispánicas. Era una historia viva, aunque hiciera largo tiempo ya que habían desaparecido sus protagonistas. Pero, sobre todo, era un asunto que había sido objeto a lo largo de los últimos ochenta años de apasionados debates entre apologistas y detractores, cuyos ecos no se habían apagado cuando se publicó el libro.

En la España de mediados de la última centuria y en los medios cultos de la «España peregrina», la Institución era una cuestión más política que histórica. Desde fuera se la podía contemplar con esa cierta objetividad que proporciona la distancia, como había hecho en 1936 el hispanista francés Pierre Jobit. Pero entre españoles era materia más para discutir que para estudiar.

La imagen de la Institución en la publicística española de la época en que apareció el libro de Cacho estaba asociada, desde su fundación, a la «disidencia religiosa y espiritual» en el seno de la cultura nacional, que en principio era oficialmente unitaria y ortodoxa. Esa definición tenía una significación diferente según se la leyera por una cara o por la otra.

Con la Institución se vinculaban de alguna manera las ideologías de las izquierdas burguesas y los intelectuales del socialismo, cuyo triunfo político se habría visto consumado en el primer bienio de la segunda República española

Entre los que se consideraban herederos ó «discípulos» de la Institución, y aquellos otros que a los ojos de la opinión pública formaban parte del mismo sector cultural e ideológico, se contaban políticos socialistas como Besteiro, De los Ríos o Araquistáin, republicanos burgueses de izquierda como Azaña, Albornoz, Zulueta o Barnés, centristas como Álvarez, Pedregal y sus antiguos amigos «reformistas». En el primer tercio del siglo, habían manifestado sus simpatías por la Institución figuras nacionales como Galdós, Pardo Bazán, Azorín, Ortega, Antonio Machado, Unamuno, Madariaga, Castro o Marañón, con todos los matices diferenciales entre ellos que presentan tan ricas personalidades, a las que no es posible encuadrar en las filas de ningún seguidismo.

En contra se habían publicado libros de desigual valor y estudios bien documentados y otros escritos adversos y aun hostiles a la obra de Giner y a sus derivaciones políticas e ideológicas, no pocos de ellos procedentes de medios públicamente considerados como católicos.

A un lector del libro de Vicente Cacho le resultaba nuevo, en primer lugar, el estilo: no sólo el literario, sino el del pensamiento y la serenidad del juicio con que se tocaba ese tema en la España de aquellos años. Una dicción sobria, elegante, respetuosa con tirios y troyanos y con las figuras que hoy se llamarían «emblemáticas» de la Institución. Una narración suelta y viva en la que los principales personajes hablan con sus propias palabras o con las que en relación con ellos escribieron sus contemporáneos. Una obra, en suma, en que un historiador de filiación cristiana, y del que se sabía que era del Opus Dei, practicaba casi por primera vez en la bibliografía española un ejercicio de comprensión de un movimiento filosófico y cultural cuyos principios básicos y cuya acción pública —y proselitista— chocaban con la corriente histórica y mayoritaria de las tradiciones nacionales.

Pero Vicente Cacho sabía que no se trataba de una menudencia, propia quizá para ejercicios marginales de erudición, sino de un episodio de la vida española sin el que no se entenderían adecuadamente bastantes de las cosas que ocurrieron después en el país. Con acierto metodológico de buen historiador no dedicó su libro a dialogar o discutir él con los personajes del krausismo y de la Institución, con sus escritos y obras, o a aplaudirlos, como sus enemigos o sus devotos. El libro del historiador Cacho, sin apriorismos ideológicos y sin prejuicios a favor o en contra, los situaba en su momento y los ponía a dialogar con el contexto político y cultural en que se movían, y también sin sacarlos de quicio y.de sus verdaderas proporciones históricas.

(Es evidente que Sanz del Río no era una anticipación de Ortega, ni Fernando de Castro de Menéndez Pidal, ni siquiera Giner (1839-1916) —el más importante de todo el krausismo y poskrausismo español— tendría tanta influencia en la cultura nacional como su casi contemporáneo Menéndez Pelayo (1856-1912). He puesto estas últimas líneas entre paréntesis, porque esas comparaciones no son de Cacho, ni estoy seguro de que las hubiera aprobado, sino del viejo amigo de Vicente que ha escrito estas páginas comentando su personalidad humana y su obra de historiador).

En algunos capítulos Vicente Cacho procede como un notario, o como un reportero. Por ejemplo, cuando describe el entierro de don Fernando de Castro, el 7 de mayo de 1874, o la detención a media noche de don Francisco Giner de los Ríos y su traslado por tren a Cádiz («en coche de segunda clase», como hizo constar en sus recursos el propio interesado) cuando estalló la «segunda cuestión universitaria» a finales de marzo de 1876.

El libro sobre la Institución, con el subtítulo «Orígenes y etapa universitaria (1860-1881)», se presentaba como la primera parte de una obra más amplia. Pero yo pienso que Vicente Cacho acertó en no seguir con la narración de la vida de la entidad educativa que desde 1881 continuaría el nombre y el espíritu de lo que habían representado la Institución de la primera época gineriana (1876-1881) y el movimiento ideológico y político del krausismo español en cuyo seno había nacido. Igual que atinó también en empezar su obra antes de que se creara formalmente la Institución. Ésta no habría llegado a existir sin la importación y adaptación a la idiosincrasia española de esa versión castellana, del krausismo, que tuvo sus primeras manifestaciones en 1850 y cobró estado público siete años después con el discurso académico de don Julián Sanz del Río.

Al final de ese decenio, don Julián y Fernando de Castro no sólo eran compañeros por sus cátedras, sino amigos personales e ideológicos. Al uno como caudillo filosófico del krausismo español y al otro como crítico de la historia de la Iglesia y en particular del catolicismo español, se les puede considerar antecedentes directos o padres espirituales del «institucionismo gineriano». Lo cual no quita nada a la conclusión a que llega un atento lector del libro de Cacho.

En torno al krausismo y a la Institución hubo figuras para su tiempo eminentes: los presidentes Salmerón y Castelar, o el indispensable Gumersindo de Azcárate, políticos del 68 o de la primera República como Laureano Figuerola, o los catedráticos Francisco de Paula Canalejas (padre del otro más famoso Canalejas), Federico de Castro, Leopoldo Alas (Clarín), etc. Pero sin la dedicación, la tenacidad, y las convicciones de Giner, todo aquel krausismo de tan corto aliento filosófico no habría pasado de ser una escuela de pensamiento tan efímera como la de los psicologistas catalanes de filiación escocesa de Eixalá y Lloréns, que duró lo que sus propios introductores.

Sin el krausismo de Sanz y la crítica histórica de Castro no se entiende la Institución. Por eso, en el libro de Cacho, el nacimiento oficial, con ese nombre, de «Institución Libre de Enseñanza» (mayo de 1876) se encuentra en la páginas 412. Y la capitanía real y reconocida de Giner en la 225. Porque la obra de Cacho no era la biografía de una entidad educativa, sino la historia de un movimiento cultural y político capital en la vida espiritual, ideológica y general de España de la segunda mitad del XIX, de indudable trascendencia hasta el día de hoy.

Después de 1881 las cosas transcurrieron por otras vías, aunque ideológicamente se derivaran, como de su fuente primigenia, de la Institución de la etapa que acaba en ese año final del libro. Nada habría estado más lejos de los propósitos de su autor que redactar la crónica de una experiencia educativa, ni de una pedagogía concreta, por muy gineriana y neokrausista que fuera.

Al hilo de los hechos y acontecimientos enunciados en su libro, Vicente Cacho exponía y analizaba el contexto cultural de la vida española desde los primeros débiles y oscuros pasos del krausismo, en el clima romántico de 1840 y en medio de las tensiones políticas e ideológicas de entonces, hasta que en 1881 con el primer gobierno «fusionista» de la Restauración, presidido por Sagasta, volvieron a las Facultades los catedráticos sancionados por razones ideológicas cinco años antes.

Los sucesos y los debates que constituyen la historia de todo ese ambiente universitario, filosófico y cultural, se encuadran en la más amplia historia política e ideológica general española de ese agitado medio siglo. Es la media centuria de los ocho golpes de Estado, de las cinco Constituciones, las tres monarquías, una República con cuatro o cinco presidentes, según se cuente, y una o dos guerras carlistas, entre otros acontecimientos de menor relieve.

LOS TRABAJOS Y LOS DÍAS

Vicente Cacho nació en Madrid (1929) y residió habitualmente en esta ciudad la mayor parte de su vida. Hubo dos periodos de varios años cada uno en que sus quehaceres académicos le llevaron a otras ciudades de España. Durante nueve cursos (1957-1967) fue profesor de Historia Contemporánea en la Universidad de Navarra, y después de ser agregado de la misma materia en la Universidad Complutense (1967-1970) (profesor agregado de entonces, que hacían las mismas oposiciones que los catedráticos), ya de catedrático, estuvo enseñando en las universidades de La Laguna, Autónoma de Barcelona, Valencia y Central de Barcelona, por ese orden, desde 1976 hasta su final incorporación a la Complutense, en 1982.

La familia de Vicente era madrileña y vivía en el barrio de Arguelles. Los Viu procedían de Aragón, de Jaca, donde Vicente de niño pasó algún tiempo en la casa de sus mayores durante la guerra civil.

De sus padres heredaría su afición a los deportes de montaña y ellos le descubrieron todos los secretos de la sierra madrileña. Muchas veces sus amigos le hemos oído contar recuerdos de aquellos sábados y domingos u otros días de fiesta recorriéndola de cresta en cresta con los padres. Solía referir que don Evaristo y doña Vicenta se habían conocido de jóvenes en los altos de Guadarrama o en Navacerrada. No recuerdo en cuál de esos lugares.

El bachillerato de Vicente Cacho fue de premios, hasta el de la reválida, de la que se examinó en junio de 1946 en la Universidad Central. Después estudió Derecho (1946-1951) y Filosofía y Letras, sección de Historia de América (1947-1952), en la misma Central, ahora llamada Complutense. Entretanto, siendo todavía alumno de los últimos cursos de las dos carreras, inició su relación con el Opus Dei, al que perteneció toda su vida.

En aquellos años, a partir de fines de 1951, Vicente empezó a trabajar como asesor de la Dirección General de Información en el primer gabinete de jóvenes colaboradores para asuntos culturales que reunió en torno a sí el profesor Pérez Embid. Formaban aquel prometedor equipo (por orden alfabético) Vicente Cacho, Jesús de Polanco y Salvador Pons, todos los cuales han dado bastante de sí a lo largo de sus vidas. También en el año 1952 empezó a colaborar conmigo en tareas de redacción y editoriales, y con sus artículos habitualmente sin firma, en el semanario La Actualidad Española, cuyo primer número se publicó el 12 de enero de 1952.

El trabajo de Cacho en la Dirección General de Información se centró casi exclusivamente en el Ateneo de Madrid, donde creó y organizó la sala de exposiciones y otras empresas culturales, para lo cual su preparación profesional y sus aficiones artísticas le hacían especialmente apto. En ese ambiente se forjó su amistad con destacados pintores y escultores, como Godofredo Ortega Muñoz, Pablo Serrano y otros, cuyos nombres constan en los catálogos e historia de la sala.

En el año 1954 ganó las oposiciones al cuerpo de Técnicos Especiales de Información y Turismo y siguió dedicado al Ateneo y a sus exposiciones y actividades culturales, hasta que en 1957 fue invitado a incorporarse a la Universidad de Navarra, donde terminó por fin la tesis doctoral en Historia que tanto éxito tuvo y que llevábamos algún tiempo esperando sus amigos.

A lo largo del decenio de 1960, Vicente Cacho se ocupó como secretario y principal editor de la revista cultural Atlántida, estudió, mucho y leyó más; mantuvo y reforzó sus relaciones con historiadores e hispanistas británicos y franceses, iniciada en su estancia en Inglaterra de 1953; siguió su carrera académica y atendió sus cursos universitarios.

BARCELONA Y MADRID

Durante esa segunda mitad de los sesenta, Vicente Cacho inició sus trabajos sobre el universo artístico e intelectual de la Barcelona de los últimos tramos del siglo XIX y primer tercio del XX, y la cultura catalana de esa época a la que habría de dedicar tanta atención y empeño con los maduros frutos que ofrecen las publicaciones, que un historiador, tan reflexivo y parsimonioso como él, fue esparciendo morosamente desde 1977 hasta casi sus últimos días. Finalmente esos estudios catalanes de Cacho culminaron en un libro sobre D’Ors publicado en los últimos meses de su enfermedad (1997) y otro póstumo (1998) sobre el nacionalismo catalán como factor de modernización. Su centro de trabajo en Barcelona fue la rica biblioteca del Ateneu, en donde pudo leer, examinar y extractar docenas y docenas de libros y colecciones de revistas y periódicos. No sólo estudió las publicaciones catalanas y los escritos de sus intelectuales, sino las fuentes, sobre todo francesas, que habían constituido el acervo de lecturas de esos «modernistas».

Sus trabajos, por así decir, catalanes, se fueron desarrollando al mismo tiempo que otros cuyos principales asuntos, obras y pensadores habían tenido por escenario histórico Madrid. Me refiero a los estudios sobre los llamados escritores del 98 y el universo cultural y político en que se movieron y sobre el que se proyectó su influencia. Ese llamado 98 representaba un nuevo periodo de la vida española, distinto y siguiente al que Cacho mismo había estudiado en su libro sobre la Institución, pero de una trascendencia comparable en la historia de la cultura española. El último libro suyo que Vicente Cacho llegó a ver impreso lleva como título y como lema o propósito las expresivas palabras Repensar el 98.

Durante sus últimos años madrileños Vicente Cacho instaló sus cuarteles de trabajo, sus libros y su ordenador en la Fundación Ortega y Gasset. La generosa hospitalidad de Soledad Ortega le hizo sentirse en su propia casa en el altillo de aquel edificio que él llamaba el «palomar». Así pudo trabajar en el archivo y biblioteca de don José. Pero, además, la amistad de Soledad y los comentarios que se cruzaban entre ellos en torno a libros o cartas de Ortega enriquecieron el conocimiento que el historiador Cacho adquirió acerca de la personalidad del ilustre filósofo. El libro póstumo del año 2000 y algunos artículos o introducciones a volúmenes, que tratan de Ortega y de su contexto político y cultural en la España de su tiempo han sido frutos de este tercer gran campo de estudio del historiador Cacho

La Fundación Ortega y Gasset y el Ateneu barcelonés fueron los lugares en que Vicente Cacho pasó muchas horas al día de trabajo durante varios años de su vida. Pero un lector de la obra de Cacho que conozca su biografía se inclina a ver en ambos centros un símbolo de los dos polos de ese «eje Barcelona-Madrid» que fue uno de sus hallazgos de historiador de la cultura española. Ya se apuntaba a ello en su escrito de 1977 sobre el nacionalismo catalán y Giner.

A diferencia de los estudiosos que tienden a ver las dos capitales como compartimientos estancos, Vicente Cacho fue descubriendo puntos de comunicación y líneas de influencia recíprocas entre ellas.

En algunos asuntos y en algunos momentos de la historia el eje bipolar se convertía para Cacho en un triángulo: el triángulo París-Barcelona-Madrid, al que algún día los historiadores de la cultura española acabarán por llamar «el triángulo de Cacho».

Después de su libro de 1962 sobre la Institución, durante casi quince años Vicente Cacho publicó relativamente poco: media docena de folletos y artículos breves y algunas reseñas y comentarios de libros. En los tres lustros siguientes fue más productivo. Sin merma de su meticulosidad y con su habitual parsimonia editorial, dio a conocer unos treinta trabajos históricos de diversa extensión en obras colectivas, revistas científicas y culturales y algunos prólogos o introducciones a libros de otros autores.

Todos esos estudios versaban sobre diferentes asuntos y aspectos de la historia cultural e ideológica de España en el último tramo del siglo XIX y en el primero del XX, desde la Restauración (1876) hasta el fin de la monarquía y principio de la segunda República (1931). Los dos últimos libros de Vicente Cacho (ambos póstumos, pero estructurados por él) incluyen catorce de esos trabajos.

De dos de los cuatro volúmenes aparecidos entre 1997 y el 2000, se puede decir que tienen su centro de gravedad en Madrid, que es la capital desde donde irradió sobre toda España la acción publicística de la llamada Generación del.98, y donde luego se alzó y asentó el «imperio intelectual de Ortega», por decirlo con palabras de Cacho.

De los otros dos, uno es básicamente «catalán» (El nacionalismo catalán como factor de modernización), mientras que el cuarto (de 1997) recoge en torno a la figura de Eugenio D’Ors encuentros y desencuentros entre Barcelona y Madrid, con París al fondo. Uno de los estudios incluidos en el volumen del nacionalismo catalán se titula «El triángulo París-Barcelona-Madrid. Sintonías y distancias».

En dos por lo menos de los catorce estudios recogidos en esos libros, aparece la Institución. En ellos se aportan informaciones novedosas sobre la presencia cultural y política de la Institución en los años de la Restauración y en los de Ortega, o sobre la relación de Giner con el nacionalismo de Cataluña.

En los libros póstumos han publicado prólogos o estudios sobre el historiador Cacho Viu y su obra: José Várela Ortega (historiador y nieto de don José), Octavio Ruiz Manjón (catedrático de Contemporánea y discípulo de Cacho) y Albert Manent, escritor catalán, continuador de una distinguida estirpe de intelectuales barceloneses.

EL HISTORIADOR EN SU TALLER

En el repaso que yo he hecho de los escritos de Vicente Cacho, y de los comentarios sobre ellos de los especialistas de la historia contemporánea de España y de la cultura catalana que he procurado leer con atención para hilvanar estas líneas, he recordado o aprendido muchas cosas. Para no resultar prolijo me limitaré a unas pocas consideraciones —quizá arbitrariamente elegidas— sobre los hallazgos del historiador Cacho, sobre su método científico y sobre el estilo humano e intelectual de sus escritos.

Vicente Cacho acuña el término «entre siglos», así en una sola palabra, para los años en torno al 1900 que son como la bisagra en que se articulan dos periodos diferentes de la cultura española. En ellos se asienta el reinado del ensayo como género literario más ambicioso que el artículo y de mayor influencia en las minorías que pugnan por la modernización del país. Hay ensayos por todas partes en publicaciones periódicas y en libros. Los estudiosos han ofrecido numerosas definiciones del ensayo. Cacho no añade ninguna nueva, pero es evidente que lo toma en serio como un género especialmente apto para exponer o reflejar el pensamiento. El ensayo, diría yo, tiene siempre algo de reflexión sobre la realidad y de filosofía de lo inmediato.

La influencia francesa, advierte Cacho es particularmente grande, porque esas minorías modernizadoras y los autores que leían habían estudiado francés, única segunda lengua en la enseñanza secundaria española.

Los barceloneses del «modernisme», que a juicio de Cacho es algo así como el equivalente catalán del «noventa y ocho» castellano, fueron bastante autónomos en relación con Madrid, quizá por tener más directa o más estrecha relación con París. Y porque pasaron del catalanismo regionalista de la Renaixenga a la recuperación nacional de Cataluña y de su cultura con manifiestas consecuencias ideológico-políticas. Escritores y políticos del Principado no perdían de vista, antes de la I Guerra Mundial, los emergentes nacionalismos históricos del Imperio Austrohúngaro. Más atención se prestaba al caso checo que al de Hungría, porque al fin y al cabo esta última nación estaba reconocida como tal y era cabeza de una de las coronas de la «monarquía dual».

Cacho demuestra que «generación del 98» fue una expresión creada por Ortega en 1913, pero no para referirse a las figuras culturales de entre siglos (Unamuno, Azorín, Maeztu, Baroja, etc.), sino a sus coetáneos, que apenas si habían cumplido treinta años en aquella fecha. Fue Azorín el que tomó al vuelo la frase y se la aplicó a sí mismo y a sus afines, que eran por lo menos diez años mayores que los escritores y políticos de la edad de Ortega. También prueba Cacho, documentadamente, que los escritores castellanos de entresiglos, salvo quizá Unamuno, fueron muy a remolque de Giner.

Para ellos la modernización que todos buscaban en la paz de la Restauración y después de la derrota del 98, habría de venir de la mano de la ciencia. Cajal, y también Carracido o Menéndez Pidal, eran aceptados por las minorías del 98 y por la Institución como los portaestandartes o los símbolos de ese movimiento de renovación. En Barcelona, el impulso hacia la modernización vendría por el tránsito del nacionalismo romántico y posromántico al catalanismo político (Prat de la Riba, Cambó), operando en la conciencia o en el inconsciente de su gente, como ya se ha dicho, el modelo checo.

Explica Cacho cómo en Barcelona los jóvenes modernistas, herederos a la vez del laico y republicano Almirall y del obispo de Vich, Torras i Bages, deshancaron a las figuras de la Renaixenca. El artífice de la operación, en su versión política, fue Enric Prat de la Riba, que desde la prensa, desde su libro La nacionalidad catalana y desde la administración de la Mancomunidad dio forma con textos y con hechos a un pensamiento público que en líneas generales podría adscribirse a corrientes liberales y conservadoras. El más brillante escritor catalán de aquellos años fue Xenius, Eugenio D’Ors, colaborador asiduo de La Veu de Catalunya de Prat, que residió largo tiempo en París y nunca perdió cierta relación con Madrid, como prueba el epistolario recogido por Cacho en el libro Revisión de Eugenio D’Ors.

Vicente Cacho hace observar dos anécdotas bastante significativas. Cuando en 1914, D’Ors perdió injustamente a todas luces las oposiciones a una cátedra de Filosofía de la Universidad de Barcelona (en las que el único miembro del tribunal que votó a favor de él fue Ortega), el Ateneo madrileño le ofreció un homenaje de desagravio. Don Francisco Giner, que frecuentaba pocos actos o lugares públicos, asistió a él. Igual que haría el 23 de marzo del mismo 1914, cuando Ortega pronunció en el Teatro de la Comedia su famosa y ruidosa conferencia «Vieja y nueva política». D’Ors y Ortega eran, ciertamente, los más destacados y prometedores pensadores de su generación. Pero tenían unos treinta años y Giner había nacido en octubre de 1839.

Este breve recorrido por algunos de los hallazgos y conclusiones de Vicente Cacho en su labor historiográfica, centrada principalmente en el siglo 1850-1950, muestra que ha seguido los pasos del pensamiento y de la acción de numerosas figuras de primer orden y de la máxima influencia en la vida cultural e ideológica española de una época en la que él ha sido reconocido como indiscutido maestro. Sus discípulos y amigos saben que el método de trabajo de Cacho estaba presidido por el rigor y la exhaustividad.

Cacho revisó numerosos archivos de instituciones, y bibliotecas y hemerotecas públicas y particulares. Leyó todos los libros que cita. Y los examinó —y fichó— escrupulosamente, en sus apuntes y papeles cuando hacía la obra sobre la Institución, y después en los discos de su ordenador, donde quedan no pocos esbozos de trabajos, sugestiones y notas de lectura, que es deseable que algún día puedan servir a posibles continuadores de sus investigaciones. Más de cuarenta años de laboriosidad y de constancia han sido la base sólida de sus publicaciones y de su valioso archivo de documentos.

Pero en la obra de Cacho hay algunos rasgos que, a mi entender —y no estoy solo en este punto—, merecen destacarse. Son su independencia de criterio, su voluntad de objetividad y su comprensión del otro, fuera éste filósofo, escritor o político.

Igual puede decirse de los asuntos sobre los que versan sus trabajos. Albert Manent ha escrito que Vicente Cacho ha sido un «catalanófilo» tan completo como Menéndez Pelayo. Discípulos, herederos y familiares de prohombres de la Institución han apreciado la comprensión con que un escritor católico se ha acercado a los fundadores de aquella empresa y a su historia y ha sabido situarlos a ellos y a su obra en su época y valorar la voluntad de modernización y el patriotismo que les animaba.

Cacho no ha adulado nunca la memoria de sus «héroes». No ha dicho que los escritos de Krause o de Sanz del Río merezcan grandes páginas en las historias de la filosofía. Ni que Giner fuera el padre de una nueva España. Pero gracias a la obra de Vicente Cacho no pocos de los intelectuales, escritores o universitarios que no comulgamos con puntos capitales de la ideología de los padres y abuelos de la Institución hemos sabido que ellos también forman parte del árbol genealógico de nuestros mayores. Ellos llenan un capítulo de la historia de la cultura nacional y debemos respeto y gratitud a su memoria; ellos también son de los nuestros y nosotros de los de ellos. Desde las páginas de Cacho esas personalidades nos enseñan, además, a estimar y practicar virtudes civiles e intelectuales —-e incluso morales— que en otros pagos estuvieron en no pocos momentos cubiertas de polvo.

LA ÚLTIMA LECCIÓN

Se puede decir que Vicente Cacho trabajó hasta el último aliento. Sobrecogía de respeto y admiración verle corregir con toda paz las galeradas de esos libros que serían los finales de su vida, con la máscara de oxígeno en el rostro y un lápiz en la mano, mientras comentaba algo de actualidad.

Así supo llevar animosamente esos estudios, de los que aún quedan sin publicar escritos que merecen ser conocidos, hasta acabar todo lo que pudo, sin que decayera su voluntad de trabajo. Quizá el secreto es que a ese ejemplar cristiano, discípulo de san Josémaría Escrivá, que fue Vicente, tan discreto, pero nunca secreto, administrador de sus intimidades espirituales, que por otra parte no dejaban de ser transparentes, su trabajo lo acercaba a Dios.

El tramo final de sus sesenta y ocho años fue la fatal enfermedad, durante cuyas primeras etapas Vicente continuaba yendo a diario a su puesto de trabajo en la Fundación Ortega y Gasset y a desarrollar allí algunos cursos monográficos de la Complutense. Todo ello con el mismo admirable espíritu de los últimos tiempos en que ya se vio obligado por el avance del mal y la prescripción médica a quedarse habitualmente en casa y guardar cierto reposo.

El reposo que le prescribieron y el severo tratamiento a que estuvo sometido, no le impidieron seguir leyendo, estudiando e incluso escribiendo. Recuerdo algunas visitas que tuve oportunidad de hacerle en octubre y noviembre de aquel 1997. Sentado en su sillón, con los papeles sobre las rodillas, le gustaba contemplar por la ventana de la habitación los jardines del inmueble contiguo iluminados por el radiante sol del otoño madrileño, que a él le evocaban antiguos estudios. Eran los jardines traseros del palacete de la calle Martínez Campos que había ocupado la Institución Libre de Enseñanza, a cuyo estudio había dedicado él, de joven, tanto tiempo y atención.

En la pared del cuarto, frente a Vicente, colgaba el «Cristo roto», que decía él. Era un crucifijo de unos treinta centímetros, que en un descuido de alguien había caído al suelo y que él no había querido que se reparara. Uno piensa que la vista de esa imagen doliente y quebrada infundía fortaleza y serenidad a su alma tan profundamente cristiana.

En torno a Vicente, gravemente enfermo y en plena faena profesional, todo discurría con estremecedora naturalidad. Ni una queja, ni un desplante, ni una llamada a la compasión, ni un alarde de heroísmo. Ni siquiera un lamento de resignación. Se dejaba cuidar por las personas que le atendían con la sencillez del que sabía que, en sus limitaciones físicas, era lo que tenía que hacer.

Vicente Cacho, en suma, en aquella situación tan penosa para todos menos para él, acertó a vivir de modo admirable con grandeza espiritual, como si no pasara nada, la vida ordinaria de un estudioso e historiador que se conducía sin decirlo y casi sin pensarlo como un cristiano ejemplar.

Fruto precioso de aquellos trabajos terminados en circunstancias tan excepcionales fueron sus dos libros de 1997, el D’Ors y la revisión del 98, los publicados póstumamente sobre el nacionalismo catalán y sobre el perfil público de Ortega y Gasset, así como el resto de los valiosos inéditos de cuya edición se ocupan sus discípulos y testamentarios, bajo la dirección científica del catedrático de la Complutense Octavio Ruiz Manjón.

Fragmentos de imitación, paradojas de la experiencia

Suprema teofanía. Dios crea al hombre a su imagen y semejanza. Traza con el compás de arquitecto la Jerusalén celeste, arquetipo universal, pero exige una renuncia sublime: la perfección no llegará nunca, porque el modelo es inimitable. «Paradoja de la imitación cristiana», dice bien Hans Urs von Balthasar. Prueba de fuego para la vanidad, pecado mayor de la especie… Sólo ahí, en ese nivel trascendente que define la Teología, encaja con menos firmeza la historia y la teoría de la imitación que Javier Gomá nos ofrece en un libro  excepcional. Pero también en su doctrina surge una inteligente propuesta de renuncia: el universal concreto resulta ser necesario, pero imposible; deja la condición de promesa para convertirse en fuente de nostalgia. Lección suprema de la experiencia de la vida.

Conviene, sin embargo, no anticipar conclusiones. Decía que estamos en presencia de un libro excepcional. Excepción, aclaro, en sentido literal. Porque aporta (muchas) ideas propias en un ambiente nutrido casi siempre de una escolástica menor para epígonos sin talento. Porque muestra un dominio envidiable de fuentes primarias y secundarias del más variado origen: filosofía y literatura; psicología y sociología; ciencia política, a veces; teoría jurídica, cuando la necesita. En fin, porque se trata de la tesis doctoral de un autor (ajeno a la universidad en su vida profesional) que se presenta como un investigador maduro y solvente cuando otros apenas balbucean sin rumbo fijo. Imitación y experiencia sitúa a Gomá en un lugar de preferencia entre quienes tienen algo que decir en el pensamiento español contemporáneo. Le exige mucho, sin duda, de cara a futuras aportaciones al debate de las ideas. Pero termino ya con los elogios merecidos: el esquema expositivo no falla nunca, a base de tres imitaciones premodernas y otra más bien posmoderna; la difícil técnica del excursus es utilizada con brillantez, por ejemplo en referencia a Thomas Mann, Carl Jung o Mircea Eliade; en fin, la pulcritud del buen castellano filosófico demuestra, más incluso que las citas pertinentes, una lectura profunda de los mejores, en especial de Ortega y de Zubiri. Luce además la soltura del buen ritmo discursivo, a veces alterado por la obsesión de reiterar para hacerse entender y por la presencia prescindible de algunos autores de segunda fila.

Empiezo por las cien últimas páginas, la parte más original. El libro ofrece, ante todo y sobre todo, una teoría general de la imitación de prototipos morales. Es, diríamos, la única imitación posmoderna posible, puesto que la Modernidad (léase, Ilustración y luego, cada uno a su manera, romanticismo y positivismo) destruyó sin piedad las eres vías de la imitación premoderna, a saber, las referidas a la Naturaleza, a las Ideas y a los Antiguos. Creo que el autor se duele del carácter fragmentario, distante, incluso despectivo, de las teorías modernas sobre la imitación: una suerte de residuo anacrónico en el plano sociológico (por todos, Elias Canetti) o psicológico (Sigmund Freud, mejor que nadie). Se trata, como bien ha escrito Javier Roiz, de desplazar lo inexplicable a una pieza central que sirva para purgar de irracionalidad al resto del sistema1. A mi juicio, la expresión más perfecta de este cómodo expediente racionalista procede de Descartes, con su doctrina incongruente sobre el «genio maligno». Sea como fuere, ya que no hay modernidad posible fuera del sujeto ilustrado (parece que tampoco posmodernidad, pese a las apariencias), se debe evitar cuidadosamente cualquier sombra de perfección o de estatismo en el modelo y, a la inversa, hay que asumir sin matices los rasgos obligatorios de progreso, libertad y dinamismo: sin este salvoconducto, todo pensador será expulsado de manera fulminante del paraíso de la contemporaneidad.

El nuevo sujeto emancipado imita porque quiere y no porque debe. Imita a quien quiere y lo hace cuando le place y mientras le apetece, sin deber alguno de fidelidad o perseverancia. Acumula así un arsenal de ejemplos y de contraejemplos, que Gomá, estupendo definidor, califica de «experiencia de la vida». Elige sin compromiso frágiles amoríos, recogidos al paso de aquí y de allá. Imita, pues, pero quizá no imita, porque si baja la guardia puede caer en el instinto, el sentimiento o la credulidad, que garantizan la eterna condena al fuego de ese infierno mal llamado Tradición. Nuestro autor lo sabe (aunque sospecho que no lo comparte) y se esfuerza con el arma de la exquisitez conceptual en salvar del anatema al objeto de su preferencia.

Lo consigue, porque es más inteligente que sus adversarios vanidosos, lastrados todavía por el «prejuicio contrario a la imitación que arraiga en la Modernidad» (pág. 23) y por la supuesta incompatibilidad entre el sujeto autónomo y la «consustancial» heteronomía de la imitación (pág. 25). Pero lo hace —a veces— a costa de admitir una imitación por fragmentos, deconstruida, un poco arbitraria, residuo brillante, casi asumible por el pensamiento débil, del naufragio de más de veinte siglos de metafísica y de filosofía moral: «quien elige como modelo un prototipo, que realmente lo sea, puede ceder al deseo de imitarlo sin por ello merecer el reproche de irracional» (pág. 25).

PRINCIPIOS DE UNA IMITACIÓN RACIONAL

Bienvenida sea la nueva fórmula si consigue, como es el caso, recuperar un concepto nuclear, pero antimoderno por su irritante solidez, como es la excelencia. El autor revela su propósito último cuando, al abordar la Pragmática de la imitación, convierte a la excelencia en el primero de los cuatro principios del prototipo. Hay que ser valiente para admitir que existe alguien mejor que yo y que por ello le admiro. Más todavía, le quiero precisamente porque es mejor, expresión suprema de austeridad moral que la egolatría del sujeto vulgar (un cretino, en sentido literal) no llega nunca a aceptar.

Sin embargo, faltaría más, la excelencia posmoderna necesita aparecer como socialmente legitimada: no es ahora un valor aristocrático (prohibido) sino democrático (exigido), y de ahí que la nueva areté se defina como «la forma personal de una armonía generalizada de valores» (pág. 334). Por esta vía construimos, me parece, un nuevo ídolo de la tribu al que se atribuye un estándar de cualidades homologables (es decir, políticamente correctas) y, tal vez exagero, le abrumamos por medio de premios, honores y reconocimientos, mucho más atractivos cuanto más transnacionales.

La virtud así determinada combina, pues, prudencia social con creencias abstractas. Es pura tipicidad, como explica el autor en páginas donde revela su sólida formación de jurista: «el que matare…», el derecho sagrado a la igualdad ante la ley… Prohibido imitar lo excepcional. Construyamos, en cambio, pautas de adoctrinamiento eficaz, envueltas en papel de regalo, para aliviar la tensión cotidiana de nuestra «muchedumbre solitaria»2. Normalidad social, pues, sublimada en el prototipo, como base para una «teoría crítica del sujeto excelente».

He aquí, explica Gomá, a nuestro Yo contemporáneo, «adelgazado y debilitado, aunque imprescindible», al que pretende liberar de su prisión actual, una «mónada sin ventanas» (pág. 342). Porque, como bien dice, la Modernidad entera descansa en el poder de la subjetividad y esta situación no admite retornos. Es muy cierto: no se vende billete de vuelta hacia el mundo premoderno. Pero, digamos con Nietzsche, las verdades son simples ilusiones que se han olvidado de que lo son; al cabo, una hueste en movimiento de metáforas, metonimias y antropomorfismos. Y en ese movimiento nos introduce hábilmente nuestro filósofo, español y —por ello— necesariamente raciovitalista: el devenir de la vida; la ejemplaridad in fieri y no sólo in factum esse; en suma, la imitación en el transcurso del tiempo. Gana Heráclito una vez más. ¿Quién se atreve a apostar por el ser estático en una era desenfrenada, caótica y televisiva?

Segundo principio. Unidad integral del ser y del deber ser, que viene a referirse a la excelencia vista desde otra perspectiva. El prototipo excelente «abraza, en suma, una unidad inextricable de ser y de deber-ser». Aquí se evoca con acierto al hombre prudente de Aristóteles: por ser una ley en sí mismo, se sitúa «fuera de» la ley común de la polis. Es cierto, pero ¿por qué modelo y ejemplo y no filósofo-rey, una suerte de residuo platónico enquistado en el núcleo mismo de la teoría del discípulo? Vieja cuestión, acerca de la ley general como coartada (Calicles y tantos otros) para controlar a los mejores. ¿Es acaso un atisbo de la doctrina elitista de la democracia, hoy día tan de moda?3.

Con mayor fundamento apela luego a Kant, porque aquí sí se adivina un prototipo genuino, una idea a priori de perfección genérica, pero concreta, desplegada en el territorio de la razón práctica como expresión de un modelo humano ejemplificador. Desde su legítima ambición intelectual, procura Gomá reconstruir la ficticia ruptura académica entre ser y deber-ser, cuyo origen atribuye al mismo Aristóteles, que por eso mismo no debería ser admitido como germen del prototipo humano específico, según antes pretendía. Presa, en efecto, del furor clasificatorio (seguido por una interminable tradición escolástica: qui distinguit bene docet), la Metafísica sólo conoce «entes dóciles al concepto porque carecen de auténtica individualidad» (pág. 347). Vuelvo a Nietzsche: los conceptos se han formado desconociendo, de manera arbitraria, las diferencias individuales, como si hubiera un arquetipo primigenio copiado por manos tan torpes que ningún ejemplar sea copia fiel del mismo.

Pretende, pues, nuestro autor reconstruir la unidad, el ser total del hombre, antes deconstruido. Hermosa intención, que honra a quien la practica, porque vendría a salvar al sujeto posmoderno de ese juego de fragmentos inconexos que le dejan al margen del buen camino ante la complacencia y con la complicidad del pensamiento débil. Esto es, el individuo sin arraigo, preparado para adquirir un libro de falsas recetas de autoayuda, aptas acaso para sobrevivir malamente en la oscura realidad de cada día. Pero sigamos en el empeño de liberar al hombre-masa (porque de él hablamos, en último término) de su vulgaridad satisfecha y autocomplaciente4.

La oferta para fabricar este «cuerpo preñado de ley moral» (pág. 349) consiste en combinar, o más bien en yuxtaponer, la universalidad constitutiva del formalismo moral kantiano con la individualidad que proporciona la filosofía sentimental de Max Scheler. De esta pareja tan digna de admiración (nunca mejor dicho) surge una inteligente dualidad de fuentes de legitimidad, coacción de una parte y ejemplo persuasivo de otra. Además, esta ley viviente acumula, si nos atenemos a lo antes referido, una tercera forma de justificación: esto es, la normatividad socialmente normalizada, que el prototipo encarna por definición. En síntesis: razón, hecho y valor, disgregados por Hume en el Treatise, obra cumbre de la Modernidad ilustrada, retornan aquí al redil unitario. Acierto pleno. Sean bienvenidos a la casa común.

Tercer principio. Se llama «analogía dialéctica» y viene a reforzar la idea nuclear: la excelencia del modelo, superior y más alto, frente a la incompletud y carencia del sujeto, que experimenta acaso ante aquél un «momento de temor». Certera intuición, de vieja raíz hobbesiana: egoísta y presumido, el hombre-masa es consciente sin embargo de su condición minúscula. Suele traducirse, como dicta la experiencia, en síndrome de envidia y de frustración, males comunes que atenazan al sujeto posmoderno en su expresión más común. Me remito otra vez a Sloterdijk, entre los pensadores actuales.

Cuarto y último principio del prototipo es la facticidad. El yo es una construcción social5 que se configura a base de modelos: se trata de un «a priori prototípico del sujeto», poderoso concepto de matriz kantiana que bien podría competir, aunque nuestro autor no se arriesga por ese terreno prometedor, con las categorías apriorísticas de la sensibilidad, esto es, el espacio y el tiempo.

Citas de Burke (espléndida referencia), de Rousseau y de Nietzsche nos introducen en el elogio de «fray ejemplo», pero, sobre todo, en dos ideas capitales que se insertan en el discurso con naturalidad y eficacia: que el yo flota sobre los modelos y gracias a ello se mantiene en la superficie y que tales modelos constituyen la fuente última de la moralidad y la inmoralidad; al fin y al cabo, el parámetro de la conducta digna de «una persona como yo». Es estupenda la imagen del sujeto flotante, porque conduce derechamente hacia la difusa realidad de nuestro hombre posmoderno, que es —diría yo— un náufrago del «tiempo-eje», de acuerdo con la expresión de Karl Jaspers6.

He aquí la clave: ¿qué modelos ofrece nuestra sociedad desvertebrada al yo ingenuo y desorientado? Me parece que Gomá es consciente del peligro («sin el principio rector incluido en el modelo, el deseo yerra caprichosamente extraviándose sin ley y se expone a caer en la irracionalidad y la manipulación», escribe en la pág. 356), pero prefiere eludir el choque frontal con la realidad dominante. ¿Son excelentes los modelos de hoy día? ¿Merecen todos ellos, como sostendría un multiculturalista, la misma consideración? ¿Quién se atreve a establecer la jerarquía cualitativa entre unos prototipos y otros? Sin embargo, la tentación de ofrecer modelos al alcance de las «disidencias del sujeto metafísico» (pág. 41) es insuperable para el progresismo paternalista que predica el paraíso multicultural. Libres para escoger, sí, pero no tanto.

PRAXIOLOGÍA DE LA IMITACIÓN

Volvamos por ahora al discurrir natural del razonamiento. Estamos en presencia de una praxiología de la imitación. En efecto, imitar es, ante todo, acción humana y aquí se formula una teoría «pura» de la imitación, al modo de la que ofrecen Bertrand de Jouvenel para la política o F. A. von Hayek para la economía. La peculiaridad que define al objeto es en este caso el «deseo imitativo», reflejo de una «pragmática sentimental» (pág. 356). La tensión proyectiva está presente en todo momento, mediante una sugerencia continua de movimiento: «como la diana a la flecha»; «ley de gravedad del prototipo»; el ánimo alegre «se dispara» hacia su objetivo. Lo mejor de todo: el reflejo de la excelencia encuentra siempre un lugar distinguido, sea el «esplendor de su figura», un «elevarse a la virtud moral» o el orgullo ante la «dignidad y nobleza» del prototipo. En este punto, el guía se llama Schiller y su obediencia «alegre» a la razón frente al seco pietismo de Kant. Cabe sugerir aquí otra aportación genial: se trata de Goethe y su concepción cualitativa de la ciencia. Así pues, hay exhortación y no presión, aplauso regocijado, anhelo que involucra por entero a la persona entregada… Resuenan timbres de armonía gloriosa, de equilibrio sustancial entre lo dado y lo nuevo; se dice incluso, de forma muy expresiva, que la imitación es al mismo tiempo «conservadora y progresista». Brillante apología del sentido común, que revela un sano optimismo antropológico, no siempre fácil de compartir. Dicho de otro modo, el pensamiento fuerte se pone al servicio de un ideal que es a la vez clásico y moderno. Toda una venturosa novedad.

Gomá teme la reacción indignada o desdeñosa de quienes se sienten dueños del sentido de la Historia y confunden o quieren confundir imitación con infancia, tribalismo, instinto o mentalidad tradicional. Para anticiparse al reproche, acude una vez más a Kant, incluso en sus párrafos más famosos, para demostrar que el sujeto que imita a otro puede ser autónomo (págs. 360 y ss.) y, lo que es más importante, que la acción imitativa more contemporáneo puede ser, y de hecho «es», una acción racional. La imitación, digamos, no es incompatible con el sapere aude.

La praxiología se construye, pues, sobre un sólido fundamento. La autonomía del sujeto ya no significa soberanía al viejo estilo, valga la semejanza jurídico-constitucional, porque el concepto revisado al gusto posmoderno descarta todo monolitismo y conduce a un puzzle de fragmentos, siempre grato a las teorías de la deconstrucción en todos sus ámbitos y expresiones. La Modernidad ha salvado sus fueros. Primero, porque el yo está ahora impregnado de historia, sociedad y cultura, sin concesiones a la concepción antigua, vale decir ingenua, ilusoria, ficticia. Segundo, porque fuera del pluralismo no existe salvación y aquí, por fortuna, se propone una variedad de modelos a escoger, sucesiva y simultáneamente: el menú, por tanto, admite variantes a gusto del consumidor. En último término, «la mayoría de edad del sujeto pensante consiste… en juzgar autónomamente la heteronomía de los modelos ejemplares» (pág. 363).

Kant, tantas y tan merecidas veces citado, puede respirar con alivio. Hay todavía más: el deseo imitativo no debe ser irracional ni subjetivo (reproche demoledor donde los haya) sino que actúa a modo de «incorporación y adhesión libre y espontánea hacia una norma moral». Coacción de perfil bajo, consenso y no imposición, vínculo frágil y no promesa de eternidad7. Conoce bien Gomá los límites de lo posible a día de hoy para el filósofo respetable. Por eso, y por una convicción que muchos compartimos, la invocación a la libertad actúa como una suerte de exorcismo frente al anatema fulminante. Libertad para elegir al héroe y para abandonarlo sin compasión. Capacidad crítica siempre operativa, no sea que se cuelen por alguna rendija la manipulación o la alienación subyugante. Es un proceso tan racional como bien concebido para discernir cuál es el prototipo preferido, tomar conocimiento y posesión del mismo en una «convivencia consciente» y, en fin, extraer intelectualmente su ratio y argumentar ante los demás las ventajas que ofrece la ley (no coactiva) del prototipo de cada uno confrontado con los ajenos.

Habermas, Elster y los teóricos de la democracia deliberativa no tienen motivo para quejarse. En efecto, si el sujeto elige, critica y argumenta; si puede cambiar de modelo y tal vez imitar al mismo tiempo a dos o más prototipos; si ninguna autoridad objetiva o reconocida como tal introduce jerarquía entre las ofertas propuestas…, entonces la imitación se hace posmoderna, se le perdona incluso el pathos hacia la excelencia que lleva incorporado y queda admitida en el olimpo de la corrección filosófico-política. Admitida, quizá, pero yo creo que sin demasiados honores, más bien con desgana y gesto condescendiente. El esfuerzo de nuestro autor alcanza un premio nada desdeñable: su concepto capital, la imitación que tan bien conoce y a la que tanto admira, sale desde el infierno lúgubre (donde se pierde toda esperanza) hasta quedar anclada en un purgatorio de progresistas dudosos, pero susceptibles de amnistía conceptual…, siempre y cuando el concepto, imitación en este caso, encuentre un abogado del talento y brillantez del filósofo recién doctorado. Un paso relevante para recuperar el pensamiento auténtico, más allá del «giro lingüístico». Estamos en el buen camino.

EXPERIENCIA DE LA VIDA

Hace ya tiempo que el lector deseaba topar con la noción de la experiencia de la vida8. Llega su hora en la parte final de la Pragmática, como llegará también en el despliegue final de la Metafísica. Imitación, pues, en el curso del tiempo. En este punto, Gomá se somete a la prueba definitiva sobre cómo integrar un objeto de siempre en las reglas del juego de ahora. Sale vencedor por dos razones. Primera, por la finalidad que pretende. Al disponer de un modelo, el sujeto neutraliza «el albur de la experiencia imprevisible y racionaliza la novedad del hecho inesperado». O sea, «saber para prever», control hobbesiano a cargo de un leviatán conceptual que no nos deja espacio para la incertidumbre, la ambigüedad o la disidencia9. Modernidad igual a ciencia; vale decir, seguridad. Por lo demás, la experiencia actúa como laboratorio (en las ciencias humanas no tenemos otro) y prueba así la validez o la insuficiencia de la ley previa. Segunda, porque el modelo tiende a la totalidad. El prototipo debe, en rigor, satisfacer todas las dimensiones de lo humano a la vez, aunque —concede sagazmente el autor— «no necesariamente todas con la misma intensidad». La principal aportación de la sección que ahora nos concierne es, sin embargo, la perspectiva diacrónica del asunto. Quiero decir que las filosofías de la historia y las profecías sociológicas (Spengler y Marx, en cabeza) han fracasado siempre de forma rotunda. Para las mentes asépticas, amantes de la geometría y de la pureza doctrinal, la historia es mala compañía, por su condición de ámbito natural de la libertad, aunque por desgracia se ofrezca plagada de muestras de opresión.

Por eso Gomá introduce hábilmente los efectos del mundo real sobre la res cogitans cartesiana. El lenguaje brilla por sí mismo: seducción temporal; luego insuficiencia, enigma vital, nuevos puntos de vista, y esas «oleadas de la vida», que dejan un «cierto regusto salobre» (pág. 368). ¡Los sentidos hablan en primera persona! Otro valor templado: la austeridad, que se traduce en «una cierta sabiduría, útil para la vida». Contrapunto, pues, a la razón totalizadora, cuyo abandono puede ya permitirse después de haber pagado el peaje exigido. Punto y aparte, aunque el lector aguarda con ansiedad que la experiencia de la vida vuelva a cruzarse de nuevo en su camino.

METAFÍSICA DEL EJEMPLO

De momento se encuentra con la Metafísica del ejemplo, cuyo eje es la indagación teórica sobre el ser del prototipo. Tarea ambiciosa, pero sin duda al alcance de las fuerzas del filósofo. Estamos aquí en presencia de un estudio riguroso de la doctrina del universal concreto. Entran en escena tres clases de ejemplo, el teórico (pedagógico, pero no ejemplar), el práctico-moral (ejemplar, en cambio, por naturaleza) y el técnico-artístico (que participa del estatus ontológico fuerte del anterior y tiende, por tanto, a la ejemplaridad).

Exige la tradición modernista que sólo se haga ciencia de lo universal. Es verdad que los neokantianos de Badén y Marburgo rescataron parcialmente a los humanistas —en sentido amplio— del complejo cientificista y mostraron el camino de una ciencia de lo individual y específico. Les debemos tanto que nos olvidamos a veces de reconocer la deuda10. Lo mejor de nuevo nos llega de manos del vitalismo; por ejemplo, «la fuerza plástica y emotiva de lo visible, y casi sensible» (pág. 375). ¡Metafísica que entra por los ojos y se toca con las manos! Sigue una valiente reivindicación del canon, con menos pretensiones que Harold Bloom, que enlaza con una concepción clásica (lo digo en tono elogioso) porque el autor asegura que «cada obra de arte es realmente singular y única» (pág. 376). No admite, como es notorio, la transfiguración de lo banal en objeto artístico, según la célebre tesis de Arthur Danto. Tiene razón, por supuesto, pero el tema destila un regusto amargo para el amante de la Belleza ideal. Estoy muy de acuerdo con Gomá y sus referencias a Policleto, los libros de Panofsky o el círculo y el cuadrado del maestro Da Vinci. Pero me temo que los prototipos ejemplares que ponemos a disposición de nuestros hijos están más cerca de las vulgaridades de Duchamp o del pop-art (Roy Lichtenstein habla del «clasicismo del hot-dog»), que tiende por definición a repetirse mecánicamente. Los buenos aportan nuevas perspectivas al arte de siempre11. Los malos se jactan de copiar una y mil veces, solipsistas incorregibles que nos cuentan sus obsesiones minúsculas a través de vídeos, performances o instalaciones; ¿quién gana hoy la batalla?

Es cierto: «por todas partes el ejemplo rodea nuestra vida» (pág. 380). Pero no sólo se trata de padres, hermanos, vecinos, amigos y colegas, en esa «red de ejemplos mutuos a la que es imposible escapar» (pág. 381). No se trata sólo, tampoco, del elogio, a veces tópico, de quienes han adoptado una actitud ejemplar al servicio de la polis que toda ciudad (sanamente constituida, añado, que no es el caso de todas) guarda y custodia para ilustración de las generaciones futuras. Hay incluso una institución máxima, la Corona, que, según explica con sutileza, agota su función en la ejemplaridad. Todo ello es muy cierto y se nos transmite con frases precisas y bien armadas: «quien es ejemplo de lo que predica tiene auctoritas», «predicar con el ejemplo significa que el ejemplo predica»; la verdad moral «se manifiesta en la evidencia que irradia el ejemplo personal». El discurso deriva desde la acción aislada y circunstancial hasta la imagen global del hombre como un todo, con una bellísima manifestación en la cita de Séneca.

Pero el problema reside, como vengo reiterando, en la construcción interesada de modelos artificiales que arraigan vigorosamente en los náufragos del «tiempo-eje», prisioneros (muy a su gusto) de la tiranía audiovisual y requeridos por falsos héroes, engendros de crueldad y violencia, materialistas desalmados y huérfanos de las genuinas virtudes liberales: austeridad, sentido del deber, búsqueda de la excelencia. Carentes del equilibrio y la mesura que derivan de la buena educación y de la auténtica cultura, flotan varias generaciones —repito aquí la imagen del naufragio— en un universo de modelos inaceptables. Autocracia, violencia y terror son el menú cotidiano de millones de adolescentes, también en nuestro mundo civilizado. Nos rasgamos las vestiduras, pero es pura hipocresía. Encima, nos extraña que la realidad (11-S, 11-M) supere de largo a la ficción. Si no decimos pronto la verdad, se nos va a olvidar cómo se hace.

HISTORIA DE LA IMITACIÓN

Pero es hora de volver al principio y recordar el largo camino que la teoría de la imitación ha recorrido en paralelo a la historia entera de la filosofía de Occidente. En su ejercicio de historiador de las ideas, Gomá deslumbra por su capacidad para encajar tantos siglos, autores y referencias en torno a las tres clases de imitación premoderna, esto es, la imitación estética de la Naturaleza, la imitación metafísica de las Ideas y la imitación retórica de los Antiguos, todas ellas enlazadas con el realismo metafísico que subyace a la relación entre modelo y copia. Al fin y al cabo, «hasta la modernidad ilustrada, el hombre vivía en un cosmos simbólico» (pág. 178), dominado por esas tres pautas que son hijas del idealismo metafísico con su proclamación de la realidad de los universales.

Imitación, pues, de la Naturaleza, en un «contexto ético-preceptivo». Imitación de las Ideas, en el más estricto sentido platónico, mundo de arquetipos y formas, cosmos jerarquizado de Ideas objetivas. Imitación, en fin, en la técnica retórico-literaria, estudio y reiteración de casos anteriores en busca del dominio magistral del oficio. Son dimensiones propias del mundo premoderno, barridas por el fenómeno descrito por Paul Hazard como una «crisis de conciencia»12. Son tantas y tan atractivas las sugerencias planteadas que el lector cautivo se siente incapaz de seleccionar.

Hablemos primero, no por casualidad, de Platón, padre y víctima a la vez de esa pursuit of certainty13 que ha corrompido sin remedio el pensamiento de Occidente: lo uno es mejor que lo múltiple; lo inmutable que lo cambiante; la comunidad que el individuo; la razón que las pasiones; la ciencia que la simple doxa. La clave es el control, físico y mental, que consigue desnaturalizar esa condición humana proteica. Gomá recuerda (en nota al pie de la pág. 75) el conflicto entre autoridad y lujo, este último fuente de lo superfluo y, en el extremo, del desorden y la fuerza. Por eso, los guardianes ilustrados carecen de propiedad en la utopía republicana. Por eso, sobran los poetas, que expresaban actos típicos y paradigmáticos del máximo interés didáctico. Así, el tópico nos dice que sólo hay verdadera imitación en el plano metafísico vertical, porque la imitación estética-horizontal nada entiende del ser y se muestra condescendiente hacia lo perverso, lo fantástico, lo dionisiaco.

Pero también el autor apunta, aunque no completa, una hipótesis muy sugerente sobre el Platón-poeta. No sólo porque es «arte» la creación cuasimetafísica del buen gobierno político (véase, con ojos despiertos a la teoría de la imitación, la famosa «alegoría» de Siena); también porque la palabra que revela la esencia contiene auténtica poesía. ¿O acaso la belleza es la única Idea inalcanzable? Tal vez en este punto conviene acudir a Plotino, último campeón de la Antigüedad clásica. Basta contemplar la luz de esas iglesias bizantinas capaces de salvar el abismo metafísico entre el Uno y las Formas y de plasmar el retorno místico del alma que se recrea por medio de su apego a la luz. Por eso las grandes catedrales son la expresión plástica de lo inefable o, como dice nuestro autor mediante la oportuna cita de Bruyne, se trata de «lo inexpresable plasmándose en límites concretos».

Hablemos ahora del Renacimiento, donde la imitación se ofrece como taumaturgia frente a la oscuridad medieval, exagerada a propósito. En el enfoque irreprochable de Gomá, se echa de menos, creo, a Nicolás Maquiavelo, relegado a simple nota incidental. En un capítulo clave de El príncipe, el sexto, relativo a los principados nuevos, se dice que los hombres proceden en sus acciones por imitación, «aunque a menudo no es posible seguir del todo los caminos de los demás, ni llegar a alcanzar la virtud de aquellos a quienes imita» M. El hombre prudente debe intentar siempre seguir los caminos antes recorridos por los grandes hombres e imitar a aquellos que han sobresalido de manera extraordinaria, de modo que su virtud le alcance «al menos un poco», concluye con una sencillez sin duda muy del gusto de nuestro autor. El elenco de modelos que contiene el capítulo referido abruma a cualquier candidato a imitador: Moisés, Ciro, Rómulo y Teseo. ¿Anticipa Maquiavelo, precursor en tantas cosas, la imitación moral de prototipos? Kant pensaba seguramente en los espejos de príncipes del Barroco al condenar a la imitación como fuente de la moral: «el peor servicio que puede hacerse a la moral es tratar de deducirla de ciertos ejemplos», según el texto rotundo de la Metafísica de las costumbres. Tal vez porque, símbolo de las luces, le irrita el pensador diabólico que se oculta (si hacemos caso a Leo Strauss) bajo retóricas y esoterismos, como hace nuestro hábil florentino.

Un nuevo salto adelante. Momento clave, que el autor maneja con soltura y no sin cierta fruición, es la célebre querella entre Antiguos y Modernos. El tiempo en que surge lleno de jactancia el sujeto moderno y rompe sin ambages con el esquema modelo-copia. La clave, según se dijo, deriva de la búsqueda de seguridad. Descartes quiere certezas para dominar a ese genio maligno que nos engaña desde su perversidad y nuestra inocencia. Somos res cogitans y queremos claridad frente al conocimiento oscuro y dubitativo. Somos egoístas y queremos seguridad, aunque se disfrace de pacto social y de libertades reconocidas por el Estado. Por eso Hobbes construye un artificio que mucho después, con el nombre de Estado del bienestar, nos asegura la vida (o eso dice) desde la cuna hasta la tumba. La Ilustración, por si acaso, expulsa a la Historia, suma de los crímenes de la Humanidad, depósito de la infamia y el prejuicio. ¿Expulsa con ello la experiencia de la especie? ¿Existe tal cosa más allá de la yuxtaposición de experiencias personales?

Mientras tanto, el autor expone con brillantez el surgimiento del hombre creador, del genio que proclama y exige libertad. Suma de fuentes, a veces contradictorias: el calvinismo, el burgués de Werner Sombart, la vocación de Max Weber, los derechos del individuo frente al absolutismo y la sociedad estamental. Luego, en el XIX, positivismo y romanticismo (el uno mecanicista, el otro organicista) confluyen más allá de las apariencias: las etapas de Comte, el principio de legalidad, el supuesto «realismo» (pura sociología empirista) de la pintura y de la novela… y, por otra parte, el ejemplo espléndido de Osear Wilde, la bruma, la puesta de sol; la vida perdona a la naturaleza: «no quiero mostrarme demasiado severo con ella…».

Estupenda la explicación del respeto imprescindible por parte de la cuarta y última clase de imitación hacia el estatus del Yo y de su libertad y la mutación, por tanto, de aquélla en imitación de prototipos morales, en los términos que ya conocemos. Desaparece el esquema modelo-copia, lo mismo que el juego entre canon y réplica, aunque, en buena dialéctica hegeliana, «lo negado está siempre presente en la negación» (pág. 21). Quedan tan sólo dos sujetos libres y creadores y la relación ya sólo se refiere a las conductas, nunca a las (desprestigiadas) esencias.

Tiene que llegar, no obstante, la crisis de la Modernidad para que resulte asumible esta nueva imitación de prototipos morales. Aquí los protagonistas son Henri Bergson y Max Scheler, cuya relevancia en los capítulos correspondientes prueba una vez más el gusto excelente del autor en materia de Filosofía moral. El resultado es, en todo caso, concluyente: «El modelo es ahora una persona libre y creadora, no un canon intemporal prefijado; la copia es igualmente un sujeto libre y creador, no una réplica inerte… Ahora cada uno de los elementos conserva su autonomía y su individualidad y lo que se ofrece a la imitación es la conducta y el ser del prototipo» (pág. 189).

Gracias a libros como Imitación y experiencia vamos superando de verdad el imperialismo del «giro lingüístico», que amenaza con convertir al pensamiento de Occidente en tierra baldía. Al menos, cabe atisbar una esperanza. El autor, en el fondo, es optimista. Decía el ya citado Wilde, después de pasar por la cárcel de Reading, que la experiencia es el nombre que damos a nuestros errores. Para Gomá se trata más bien de la suma imborrable de nuestros aciertos. ¿No cabe acaso un saldo negativo derivado de la imitación de malos ejemplos? ¿Seguro que todo modelo es excelente por definición? Optimista, sí, pero ingenuo en ningún caso. Veamos con detalle la culminación del libro. Nos centramos en las cualidades esenciales del universal concreto, necesidad e imposibilidad, contradictorias sólo en apariencia. La necesidad es esa «plenitud del ser que designa un ideal de humanidad inscrito en el hondón de la conciencia del sujeto» (pág. 386). El ser cuenta con una estructura ejemplar y llama a una reiteración necesaria; «radical», de nuevo con ecos orteguianos.

Más todavía: la puerta del ser no se abre al «esforzado pensar discursivo de la tradición filosófica», porque aquel «se retrae y repliega ante un pensar que trata de apresarlo como un pajarillo en la jaula de un concepto abstracto». Notable analogía: el simple pajarillo actúa como amable descripción de una suerte de quiero y no puedo conceptual. En cambio, se entrega el ser a quien oye la llamada a su reiteración necesaria y responde con imitación y actualización (pág. 388). Se entrega el ser…; ¿se abre paso de nuevo la imitación de esencias y no de meras conductas coyunturales? ¿Se describe así el camino del retorno a la gran teoría clásica de la imitación? Algún día lo sabremos. Por ahora, el filósofo alcanza en este punto la tierra prometida y reprocha valerosamente a Hegel el no haber detenido su dialéctica en la teoría del Arte, esto es, allí donde se intuye el Espíritu Absoluto, al que luego pretende encerrar el pensador de Stuttgart mediante la Religión que lo simboliza y (¿arrogancia fatal?) a través de esa síntesis suprema que es la Filosofía racional.

Lo mejor del libro se reserva empero para los epígrafes finales. «Necesario, pero imposible», se titula el penúltimo. Maldita sea: con la experiencia acumulada, descubre el hombre que la idea del universal concreto no se ha realizado nunca y nunca se va a realizar. Ya lo dije: optimista, pero jamás ingenuo. Porque la experiencia, según la pertinente cita de Gadamer, lo es de la finitud humana. Y ningún hombre, desde Aquiles el homérico, renuncia al doloroso tránsito de la imitación amable a la experiencia frustrante. ¿Por qué? Nos lo tiene que contar Gomá en un ensayo futuro, que ya anuncia (pág. 8). Vemos así, casi palpamos a través de los sentidos, la destrucción de esa pasión adolescente a cuyo tenor el sujeto se cree dueño de su destino. Vanidad incorregible: la realidad se muestra (injustamente, añado) como resistencia. Vacío moral: en lugar del ideal queda sólo un espejismo, porque «a cada paso que da el objetivo se le aleja extrañamente». Oasis que sólo engaña a los ilusos. ¿Desesperanza? ¿Alienación? ¿Escepticismo?

Nada de todo eso, ni de sucedáneos posmodernos, ni tampoco de utopismos irredentos. Perdida la esperanza, subsiste el deseo, avivado todavía, más allá incluso del atardecer, por muchas cosas «buenas y hermosas». Regresa para despedirse la experiencia de la vida. Aunque el humanista Gomá sigue advirtiendo sobre el miedo al vacío: quien adquiere experiencia, «aprende a neutralizar la novedad de la vida, acaso hostil, amenazante en potencia por desconocida» (pág. 391). Humanismo, en efecto. Ante la muerte, concebida, al modo de un Heidegger que no le apasiona, como la aniquilación de todas las posibilidades. También ante la vida: yo creo, y parece que el autor también, que el hombre no sabe vivir en el presente. Al principio era promesa, tendencia, acaso proyecto, mezcla de soberbia, de emoción y de ignorancia atrevida. Al final se convierte en nostalgia del modelo inalcanzable, dignísima decadencia del sabio estoico que contempla desde la serenidad y el buen juicio el espectáculo mil veces repetido: el fracaso de un nuevo proyecto humano, incapaz, una y otra vez, por los siglos de los siglos, de hacer suyo aquel modelo inaprensible que se nos anuncia como universal concreto. ¿Más allá? Más allá no hay nada en esta tierra. En el infinito, sólo Dios, creador del hombre a su imagen y semejanza. Teofanía suprema.

N O T A S

1· De acuerdo con Javier Roiz, La recuperación del buen juicio. Teoría política en el siglo XX, Editorial Foro Interno, Madrid, 2003, págs. 47 y ss., esta forma de razonar deriva del principio segregativo del calvinismo. Pone como ejemplos (todos ellos muy acertados) el «estado de naturaleza» de los contractualistas, la «mano invisible» de los liberales y el «velo de la ignorancia» de John Rawls, entre otros.
2· Todavía se lee con provecho The lonely Crowd, la famosa obra de David Riesman y otros, de 1949. Cfr., por ejemplo, el epígrafe «El niño sobredirigido», en págs. 124 y ss.
3· Léase a Robert Dahl y otros. Un buen libro sobre los fundamentos del problema es Peter Bachrach, Crítica de la teoría elitista de la democracia, trad. L Wolfson, Amorrortu, Buenos Aires, 1973. Interesante es la advertencia de Muguerza sobre Mosca, Pareto y Michels, en su notable prólogo al libro que comentamos (pág. 16).
4· El último y brillante enfoque del asunto, con valientes referencias a la envidia de los perdedores, es el ensayo de Peter Sloterdijk, El desprecio de las masas. Ensayo sobre las luchas culturales de la sociedad moderna, versión española de Germán Cano, Pre-Textos, Valencia, 2002.
5· También lo es el objeto, como es patente. Véase Peter L. Berger y Thomas Luckman, La construcción social de la realidad, trad. esp. de Silvia Zulueta, Amorrortu, Buenos Aires, 1972.
6· La teoría del «tiempo-eje» como momento fundacional de las categorías de la civilización occidental en Karl Jaspers, Origen y meta de la historia, trad. esp. de Fernando Vela, Revista de Occidente, Madrid, 1968, págs. 19 y ss.
7· El último análisis, que yo sepa, sobre la «infidelidad» contemporánea nos llega de un autor muy políticamente correcto, Zygmunt Bauman, en Liquid Love, Polity Press, Cambridge, 2004.
8· Merece la pena transcribir dos de las tres definiciones de «experiencia de la vida» que ofrece el autor en diferentes y bien trabados contextos. Dice la segunda: es «el saber pragmático que proporciona la experiencia de los ejemplos reconocidos, conocidos y comprendidos como prototipos por un sujeto en el transcurso de las sucesivas etapas de su vida» (pág. 368). Dice la tercera, que se hace esperar hasta la última hoja: «desde una perspectiva metafísica, es el saber basado en la propia experiencia, sobre la semejanza y mayor desemejanza del ejemplo del hombre en relación con el universal concreto, necesario pero imposible, así como el sentimiento de promesa y nostalgia que esa experiencia produce» (pág. 404).
9· El mejor análisis de Hobbes como racionalista político supremo, en Sheldon Wolin, Política y perspectiva. Continuidad y cambio en el pensamiento político occidental, trad. esp. de A. Bignani, Amorrortu, Buenos Aires, 1973, capítulo 8: «Hobbes: la sociedad política como sistema de reglas».
10· Todavía el libro más convincente sobre el asunto es el de Julien Freund, Las teorías de las ciencias humanas, trad. esp. de Jaume Fuster, Península, Barcelona 1975.
11· El maestro Luis Diez del Corral, en La función del mito clásico en la literatura contemporánea (1957), ahora en Obras completas, tomo II, págs. 1221 y ss., ofrece una bella lección sobre la reinterpretación de viejos mitos por la tradición literaria y artística de  occidente.
12· Paul Hazard, La crisis de la conciencia europea, trad. esp. de Julián Marías, Ed. Pegaso, Madrid, 1975.
13· Shirley R. Letwin, The Pursuit of Certainty, Cambridge U. P., Cambridge, 1965.
14· Utilizo la traducción de El príncipe (1513), a cargo de Helena Puigdomenech, Tecnos, Madrid, 1988, págs. 21 y ss.