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La educación que nos viene

Sobre la aprobación reciente de la Ley de Calidad que determina que la educación del país debe propiciar un debate abierto, sincero y con vocación de futuro para poder elaborar un proyecto que mantenga todo lo que ha supuesto un avance notable para nuestro sistema educativo.

El Ministerio de Educación y Ciencia presentó el pasado mes de septiembre su propuesta de reforma de la Ley de Calidad, aprobada en la legislatura anterior. El documento «Una educación de calidad para todos y entre todos» dice querer «propiciar un debate abierto, sincero y con vocación de futuro» para, a partir de ahí, «elaborar un proyecto de ley que mantenga todo lo que estando en vigor ha supuesto un avance notable para nuestro sistema educativo y que reforme aquello que consideramos necesario cambiar para poder avanzar hacia la ecuación de calidad para todos los ciudadanos que demanda nuestra sociedad». Sin ánimo de ser exhaustivos, merece la pena realizar algún comentario sobre el contenido del documento y la organización del debate.

UN DEBATE QUE NO ES DEBATE

El programa electoral del PSOE —elaborado por un partido que no contaba con gobernar— incluía el compromiso de paralizar la Ley de Calidad. En cumplimiento con tal compromiso, y con el argumento de que la LOCE fue aprobada sin debate ni acuerdo suficiente, una de las primeras decisiones del Gobierno de Rodríguez Zapatero fue aprobar un real decreto por el que se suspendía la aplicación del calendario establecido en el desarrollo normativo de la ley. Nos encontramos así en una situación sin precedentes en la historia de la democracia española, con una ley orgánica vigente, pero paralizada por simple real decreto. No debe obviarse este dato a la hora de valorar el debate que propone el Ministerio de Educación y Ciencia, cuyos responsables vienen insistiendo en su deseo de enriquecer el diálogo para elaborar una propuesta final que contemple las aportaciones de todos, en particular de centros educativos, profesores, alumnos y familias.

El punto de partida permite cuestionar la «sinceridad» del debate. Durante la tramitación legislativa de la Ley de Calidad, el PSOE insistió en que ésta se había elaborado a partir de un diagnóstico erróneo. El ministerio ha llegado a reconocer ahora que el diagnóstico del sistema educativo elaborado por la LOCE era correcto y la única razón que ha aportado para adoptar la decisión de iniciar un nuevo proceso legislativo es que «sus propuestas (las de la Ley de Calidad) fueron consideradas insatisfactorias por importantes sectores de la comunidad educativa», sin precisar siquiera cuáles. Pero ¿resulta coherente suspender de un día para otro la aplicación de una ley votada por la mayoría parlamentaria y abrir acto seguido un diálogo «con todos», apelando a la necesidad de ofrecer estabilidad al sistema educativo? ¿No constituye tal decisión la mejor muestra de la escasa importancia que se otorga a la estabilidad de dicho sistema? De ahí que pueda cuestionarse el debate que propone el Gobierno. Nos encontramos ante un debate que no es tal, por más que los foros de discusión en Internet organizados y orientados por el ministerio traten de que lo parezca.

UNA REFORMA MÁS QUE «REFORMISTA»

El texto presentado por el ministerio ha sido recibido, en general, con escepticismo. Se ha dicho en algunos foros que su contenido no es sustancialmente distinto al de la Ley de Calidad; que incorpora todos aquellos aspectos de ésta considerados válidos y reforma sólo aquello que resultaba a todas luces indispensable modificar. Se ha extendido así la percepción de que el Gobierno desea realizar una reforma «reformista», valga la redundancia.

Una lectura atenta del texto, sin embargo, conduce a pensar otra cosa. Aunque el texto propuesto por el ministerio (que todavía debe traducirse en un texto articulado, con todo lo que ello implica) mantiene, sin decirlo, algunos aspectos recogidos en la Ley de Calidad (los referidos al aprendizaje de lenguas extranjeras o de nuevas tecnologías, por ejemplo), las diferencias entre la propuesta ministerial y el texto de la LOCE son, sin embargo, de un calado más importante.

La Ley de Calidad agrupa las medidas para promover la mejora de la calidad en torno a los siguientes ejes: el valor del esfuerzo y la exigencia personal; la orientación del sistema educativo hacia los resultados y el refuerzo del papel de la evaluación como factor básico de calidad; el establecimiento de distintas opciones -itinerarios-, adaptadas a las necesidades, aptitudes, intereses y ritmos de maduración de los alumnos; la mejora de la consideración social del profesorado y su formación y, finalmente, el desarrollo de la autonomía de los centros.

La nueva propuesta dice, sin embargo, defender «una educación de calidad con equidad», una educación que permita conseguir mejores resultados y al mismo tiempo ofrezca «una igualdad efectiva de oportunidades educativas a todos los alumnos, sin excepciones». Como puede observarse, este planteamiento actualiza la tradicional tensión entre los conceptos de libertad e igualdad, apostando por este último, esta vez etiquetado con el sustantivo más sofisticado de «equidad». Merece la pena destacar, sin embargo, el error que subyace en tal planteamiento. Para el nuevo equipo ministerial, «la igualdad de oportunidades pregonada en la LOCE tiene más, por tanto, de constatación de las diferencias individuales y sociales existentes y de su traducción educativa que de un verdadero esfuerzo colectivo que combine calidad con equidad. La equidad de la educación es concebida del modo más simple, como oferta de posibilidades a los alumnos, sin preguntarse por la justicia o injusticia que implican las desigualdades existentes».

Ese argumento es, a la vez, el que sirve a los autores del texto para justificar las bondades de la LOGSE, a la que se considera responsable del supuesto buen nivel de equidad que posee el sistema educativo español en comparación con el de otros países de la OCDE. Y así es como se deja en un segundo plano la alarmante cifra de fracaso escolar de nuestro país -en torno a un 27%-, cifra en la que algo ha tenido que ver la aplicación de algunos aspectos de la LOGSE. Esta norma, so pretexto de pretender la igualdad de los alumnos, alimentaba una igualdad de resultados (que todos los estudiantes sepan lo mismo, aunque eso obligue a rebajar el nivel para adaptarlo a los más rezagados) que, en la práctica, perjudicaba a quienes los socialistas creen o dicen defender: los más desfavorecidos. Porque han sido quienes partían con más desventajas de salida los que se han visto más perjudicados por un modelo educativo que, con independencia de su capacidad y de su esfuerzo, les obligaba a rebajar sus posibilidades de aprendizaje. Por el contrario, en la medida en que la Ley de Calidad hace del esfuerzo individual un principio fundamental del aprendizaje, contribuye a promover un tipo de educación que puede hacer de verdad efectiva la igualdad de oportunidades, compensando las desigualdades de partida.

A partir de ahí, no puede extrañar que la noción de esfuerzo individual se sustituya por la de esfuerzo social, y que de este modo la responsabilidad se traslade del sujeto individual al colectivo: «La responsabilidad del aprendizaje y la formación no debe recaer sólo en el alumno, por importante que sea su esfuerzo, sino que también debe ser asumida por las familias, por las Administraciones educativas, por los centros y por el conjunto de la sociedad. El esfuerzo debe ser de todos, al igual que de todos depende el mayor o menor éxito final de cada uno de los alumnos y del conjunto del sistema educativo. Una manifestación más, por tanto, del tradicional «biempensismo» de la izquierda, a la que no le importa ignorar de este modo que, planteando el esfuerzo en estos términos, resultará mposible establecer ningún tipo de responsabilidad del rendimiento del sistema educativo.

Otros asuntos merecen también comentario: los errores en los datos y en su interpretación que contiene el texto; la llamada atención a la diversidad; la transmisión de valores cívicos y democráticos y la enseñanza de la religión (el tema hacia el que, estratégicamente, el Gobierno ha tratado de dirigir el debate, al menos el debate en los medios de comunicación); el regreso a la selectividad; la elección de centro (una cuestión clave en lo que a derechos y libertades educativas se refiere); la dirección, autonomía y evaluación de los centros educativos, abordados aquí «desde la perspectiva de las exigencias del servicio público de la educación», etc.

La conclusión, en cualquier caso, apunta a la pregunta que sobrevolaba el comienzo de estas líneas: ¿era de verdad necesario paralizar la LOCE?

La Constitución bifronte

UN  TRATADO  DEL  QUE  HAY  QUE  TENER  OPINIÓN

Hace dos veranos en un seminario que congregó a europeos y norteamericanos para debatir el proyecto de Constitución, un juez del Tribunal Supremo de Estados Unidos comentó, al leer la primera parte del borrador europeo: «Parece una Constitución y se siente como tal…» («feels like it»).

Cualquiera que dedique algo de tiempo a los más de 400 artículos de la nueva Constitución europea comprobará esta paradoja. Por una parte, el lenguaje es expresamente constitucional, aproximándose mucho más al de una Norma Fundamental de un Estado nación que al de la Carta de una organización internacional muy evolucionada. Pero, por otro lado, el texto se sigue pareciendo mucho a los tratados actualmente aplicados, tanto como que más de dos tercios de sus preceptos están en vigor en igual forma o muy parecida. Y en efecto, el Tratado por el que se establece una Constitución para Europa es un híbrido, su contenido material y terminología son en buena medida los de una Constitución, pero su forma, elaboración, ratificación y futura reforma de sus artículos básicos, además de importantes partes sustantivas, son las propias de un Tratado.

En el reforzamiento de su cara constitucional hay novedades positivas. El texto define una Unión de ciudadanos y Estados; otorga la personalidad jurídica a la Unión que antes reñía la Comunidad; contiene por primea vez el principio de primacía del derecho europeo; elimina la separación de políticas en «pilares»; clarifica el reparto de competencias Unión Europea-Estados, sin reducir los amplios poderes de la UE; y mejora la tipología y la jerarquía normativa comunitaria. La Constitución incorpora por primera vez, con carácter vinculante, una Carta de Derechos Fundamentales, aunque ha quedado algo devaluada en sus posibilidades de aplicación por exigencias británicas. A cambio, refuerza al Tribunal de Justicia, que tendrá jurisdicción sobre el espacio de libertad, seguridad y justicia. Esta será por fin una política común, que incluye el principio de reconocimiento mutuo de sentencias.

El texto constitucional duplica el poder de codecisión del Parlamento y amplía las áreas de toma de decisión por mayoría cualificada en el Consejo. Crea dos órganos novedosos, que pueden fortalecer la defensa del interés europeo, el presidente del Consejo Europeo y el ministro de Asuntos Exteriores.

Desde una perspectiva constitucional e idealista, el abogado general de la UE, Miguel Poiares Maduro, ha explicado que este texto constitucional puede suponer una transformación sustantiva de la Unión gracias a sus posibilidades interpretativas. Aunque las reglas básicas no cambien radicalmente, hemos cambiado de símbolos y de lenguaje y ya hablamos de «Constitución europea», un nombre que pone de relieve la existencia de una comunidad política europea que ha trascendido su origen de organización internacional y que demanda ser comprendida y criticada a través de un constitucionalismo propio y un debate público todavía ausente en muchos Estados miembros.

Sin embargo, debajo del magnífico ropaje constitucional permanecen los rasgos básicos de las instituciones y del derecho europeo y sigue vigente el método comunitario para desarrollar la Unión Europea. Es decir, esta nueva Constitución formal conserva la mayor parte de las normas de la constitución material que ha permitido el éxito de la integración a lo largo de cinco décadas. En especial, el texto también es una continuación de las reformas de los Tratados Ámsterdam (1997) y Niza (2000) en aspectos institucionales muy relevantes y en la formulación de las políticas económicas y sociales, cuyo impacto constitucional es enorme en la experiencia comunitaria.

El punto más polémico de la negociación en las Conferencias Intergubernamentales de 2003 y 2004 —el peso de los Estados en el Consejo—, se saldó con una fórmula mucho más complicada e injusta que la anterior. Esta solución, que algunos ya han calificado de «Niza II», se basa en el principio de población, como si tanto el Consejo como el Parlamento fueran Cámaras bajas. Consagra un mayor poder de decisión para Alemania y otorga claramente más voz a Francia, Reino Unido e Italia. Los Estados pequeños han recibido su compensación sobre todo en la Comisión. España y Polonia han aceptado pasar del actual Consejo, muy influido por los seis Estados más poblados, a uno dominado por los cuatro grandes.

En esta línea de continuidad con la lógica de los tratados europeos, la Unión de 25 Estados no es ni será una federación. En la Constitución no subyace la aspiración a evolucionar hacia la forma de Estado ni a crear un pueblo europeo. Al contrario, la nueva Constitución refuerza el respeto a las identidades nacionales y a los Estados miembros. Por ahora, la nueva Unión no dispondrá de instituciones centrales fuertes, con policía propia y fuerzas armadas, ni de presupuesto suficiente y capacidad impositiva y, sobre todo, tendrá dosis débiles de legitimidad social y lealtad de sus ciudadanos, agrupados de forma preferente en demoi nacionales.

La probabilidad de que la Constitución no entre en vigor en su forma actual es alta, porque las reglas de ratificación son muy exigentes: se necesita la aprobación de veinticinco parlamentos nacionales, de no pocos tribunales constitucionales y en al menos once países referendos de resultado afirmativo, en un clima de creciente escepticismo y a veces de crítica abierta hacia la política europea. En el caso de Francia, el referéndum constitucional será inevitablemente también sobre Turquía, a pesar de los intentos de separar ambos temas; y cada vez más analistas no descartan un posible resultado negativo, imitando el no francés de 1954 a la Comunidad Europea de Defensa.

La Carta Magna europea prevé que el Consejo Europeo decidirá qué hacer si al menos cuatro quintos de los Estados han ratificado y el resto no lo han hecho. El problema es que los países en los que se produzca el «no» tienen derecho a que siga vigente el Tratado de la Unión Europea, versión Niza. Nadie puede obligarles a salirse de este Tratado y los principios del derecho europeo impiden que los que han ratificado la Constitución puedan aplicarla sólo a ellos.

EL CASO EN ESPAÑA

En nuestro país, desde hace unos meses corremos el riesgo de devaluar tanto el debate europeo como de hacer disminuir el sentimiento europeísta de nuestros ciudadanos, por un exceso de propaganda oficial sin matices de este nuevo paso en la integración.

Para que salga bien el referéndum puede ser contraproducente no reconocer que en el nuevo texto, junto a las luces, también hay sombras: desde la pérdida de peso de nuestro país en el Consejo, pactada por el presidente Rodríguez Zapatero a cambio de nada, en contra del consejo de los negociadores expertos; hasta las mayores facilidades que se dan para desarrollar una Europa a varias velocidades, lo que producirá tensiones en el futuro muy difíciles de manejar entre países más y menos prósperos. Del mismo modo, es criticable la avalancha de declaraciones gubernamentales en España que, desde hace unos meses, identifican el europeísmo con las posiciones alemanas y francesas. Esta propaganda cierra los ojos a la lógica divergencia de intereses que en muchos temas puede tener España con sus socios comunitarios, desde la pesca y los fondos estructurales a los asuntos mediterráneos e iberoamericanos. Si esta es la tónica que se sigue en la campaña del referéndum español, la consulta puede cosechar una mayor abstención que en las elecciones europeas de junio pasado, puesto que lo normal es desconfiar de quien anuncia algo como maravilloso, imprescindible y gratis. El resto de los gobiernos europeos practican un sano realismo, preparan «planes B» y dan por descontado que es muy difícil que esta nueva Constitución entre en vigor tal cual, al ser casi imposible que se logre la ratificación de todos los Estados miembros.

Por eso convendría dejar de hablar de Europa como si no formáramos desde hace siglos parte consustancial de ella y como si la nueva Unión prevista en el texto constitucional fuera una panacea. Con sus interesantes añadidos constitucionales, en el fondo se parece mucho al actual sistema comunitario, basado en la defensa de intereses sin complejos en el ágora de Bruselas.

¿Será Eurabia? ¿Será un club cristiano secularizado?

EUROPA  ANTE  EL  ESPEJO  TURCO

Así, el comisario holandés Bolkenstein (de Mercado Interior) y el austríaco Fischler (de Agricultura), opuestos a la adhesión de Turquía, no han dudado en levantar los espectros de la «islamización» de Europa y referirse incluso al sitio de Viena, mientras las opiniones públicas de Francia y de Alemania mostraban sus recelos, hasta el punto de auspiciar, en el primero de los países mencionados, la posibilidad de un referéndum sobre la adhesión turca.

Se trata de un espinoso y complicado proceso que, al mismo tiempo, resulta muy revelador en un doble sentido: muestra tanto la ambivalente relación entre Occidente y el mundo islámico, por una parte; como también una de las cuestiones clave del siglo XXI, que es la crisis de identidad europea.

Un examen de los argumentos utilizados por quienes se manifiestan contra la pertenencia de Turquía en la UE, incluso cuando algunos de ellos se presentan en un envoltorio de argumentación aséptica, «puramente técnica», nos proporcionan una muestra clara de esa ambivalente relación Occidente-Islam. Veamos.

SUBDESARROLLO ECONÓMICO

Turquía, sostienen los detractores de la adhesión, es un país pobre, situado bastante por debajo de la media europea; costará por tanto a la Unión y a sus Estados miembros mucho dinero en fondos estructurales y de cohesión.

Cierto es que Turquía es pobre, relativamente pobre al menos. Pero también lo es Rumania, un candidato que ingresará en la Unión en 2007 sin haber tenido que atravesar el «desierto» que está aún atravesando Turquía. Y eso que Rumania provenía de un sistema de economía socialista centralizado, bastante más difícil de homologar con el capitalismo de bienestar europeo que el semicapitalismo imperfecto de Turquía. En realidad, los fondos estructurales y de cohesión vienen a ser, además, como la energía, que no se crea ni se destruye sino que se transforma: porque pasan de beneficiar a los ibéricos a hacerlo a los alemanes del Este o a los polacos y, de éstos, luego a rumanos y turcos. Por otro lado, ¿no habíamos quedado en que esa era una de las funciones beneficiosas de la UE —tirar de las economías más atrasadas y ayudarlas a desarrollar su potencial—?

GRAVE PESO DE POBLACIÓN

Turquía —continúan quienes se oponen a su pertenencia a la UE— es un país muy poblado y, lo que es peor, con una población en expansión, al contrario que la envejecida e incluso menguante población de la Unión. En veinte años aproximadamente, Turquía superará a Alemania en población, lo que, con la Constitución aún nonata en la mano, le dará un liderazgo de hecho de Europa.

El argumento de nuevo es cierto, aunque incluso en esa coyuntura necesitaría Turquía alianzas para lograr hacer valer sus criterios. En todo caso, la Constitución aún no ha entrado en vigor y existen dudas razonables de que entre algún día. Si no entra, o mientras no entre, se aplicará el sistema de Niza, en el que cuidadosamente se obvió el tema turco, por lo que el peso específico de Turquía estaría por negociar. (Y aquí un inciso: este argumento valdría más bien para reforzar a aquellos que se darán el gusto de votar «no» en los respectivos referendos que se convocarán a partir de 2005).

Y ES UN PAÍS MUSULMÁN

Turquía, y aquí los opositores muestran sus cartas, es un país musulmán, por muy secular y laico que lo hiciera Ataturk, y siempre lo seguirá siendo. Aun admitiendo que el actual Gobierno turco, con un primer ministro «islamista», está dando pruebas irrefutables de una vocación reformista y por tanto modernizante, no cabe excluir una «involución», es decir, que un partido más «islamista» que el de Erdogan alcance un día el poder y transforme Turquía en una «república islámica a la iraní». ¿Qué haría entonces la Unión? Tendría que «congelar» la pertenencia de Turquía a la UE, pero con menos timidez que en el caso del austríaco Haider. El panorama podría ser aún más negro si se combina con el argumento anterior: de una república islámica de máximo poder en la UE, gracias al criterio poblacional, resultaría ¡la imposición del velo y la poligamia!

Turquía es, desde luego, un país de mayoría de población musulmana y en democracia todo es posible. Hace años en la laica y militarizada Turquía hubiera resultado inimaginable que un partido «islamista» llegara al poder, y ahí está Erdogan reformando el código penal y defendiendo los derechos humanos. Así que tampoco resulta impensable que mañana exista un partido «islamista» más radical y que gane las elecciones. Lo que resulta menos imaginable es que, aun en ese caso, la totalidad de la Unión se tambalee. Si la Unión se ha guardado ya, con el informe de la Comisión, la capacidad de revertir el proceso en las negociaciones sólo, tiene que señalar explícitamente que, de presentarse un caso así, suspendería la «membrecía» de Turquía.

 «EURABIA» EN EL  XXI

Otro aspecto de la diferencia «cultural», que esgrimen los escépticos de la adhesión turca, es el peligro de «islamización» de Europa —la transformación de Europa en «Eurabia» a lo largo del siglo  XXI —.

Una vez más es cierto que la población musulmana en Europa va en aumento, pero ese incremento no tiene necesariamente por qué desembocar en un proceso de «islamización». Se trata solamente de un escenario posible; tanto como el de la coexistencia de una amplia población musulmana con la población cristiana, que seguiría siendo mayoritaria. En todo caso, más cierto aún es el hecho de que ese pretendido fenómeno de «islamización» es independiente del hecho de que Turquía se adhiera o no a la UE, puesto que depende no del destino europeo de Turquía sino primordialmente del incremento del número de musulmanes europeos y de su asimilación o no en los países de la actual Unión.

A su vez, el aumento posible de la influencia de esa creciente población musulmana en Europa dependería más de su organización y coherencia internas, que de un pretendido liderazgo turco. Este no tendría por qué ejercerse, ya lo hemos dicho, como eventual potencia europea; pero es que ni siquiera está claro que pueda ejercerlo como potencia islámica: la población musulmana europea proviene de diferentes entornos, con una fuerte presencia de la ascendencia árabe —de un entorno ajeno, si no enfrentado históricamente, por tanto, con el turco—.

Hasta aquí, los argumentos de los detractores. Examinemos a continuación los de los partidarios de la adhesión de Turquía.

LO DEL CLUB CRISTIANO

Los defensores de Turquía sostienen que Europa ha dejado de ser un club exclusivamente cristiano para convertirse en una realidad multicultural. Cerrarse a Turquía equivaldría a negar esa realidad, aferrándose a un pasado que ya sólo cabe en los libros de Historia. En ellos, de todas formas, el imperio otomano también se ganó el derecho a aparecer como forjador de Europa, aunque sólo sea por concitar las ínfulas de la cristiandad contra él, y por haber dejado su huella en varias partes del continente europeo.

Es cierto, no obstante, que sin haberse convertido en «Eurabia», y sin que el riesgo pretendido de «islamización» deje de ser un fantasma, la sociedad europea ha perdido la homogeneidad que la definió durante siglos. Pero la heterogeneidad cultural europea no ha supuesto el abandono —al menos en teoría— de sus valores constitutivos, valores que provienen de la secularización del cristianismo.

Turquía, dicen los partidarios de su ingreso en la Unión Europea, es un país islámico que funciona, un ejemplo para el resto de los países islámicos de secularismo y democracia —aunque a ojos europeos ambos sean imperfectos—. Es, pues, un eslabón imprescindible en la autoproclamada misión fundamental de Occidente en su conjunto, tras los sobresaltos del recién comenzado siglo XXI: la reforma del mundo islámico. Rechazar a Turquía implicaría renunciar al efecto demostración que el ejemplo turco podría tener en el «amplio» mundo islámico.

Si Turquía es un ejemplo claro de mundo islámico que en efecto funciona, de ahí a llegar a convertirse en la pieza que desencadena el efecto dominó, más allá de sus anchas y conflictivas fronteras hay, sin embargo, un abismo, el mismo que tradicionalmente ha separado a Turquía de los países árabes en general, como también de Irán y hasta de los países islámicos asiáticos. Pretender trasladar el ejemplo es desconocer la genuina amplitud y heterogeneidad del mundo islámico, así como las dificultades intrínsecas de «exportar» el reformismo —aspectos estos de los que nos hacíamos eco en el artículo aparecido en un número anterior de esta publicación (n.° 94, pp. 78-86)—.

VALOR ESTRATÉGICO

Los defensores de Turquía apelan, finalmente, a la importancia estratégica de Turquía y al innegable peso de su potente ejército como factor que coadyuvaría a impulsar la defensa común europea.

Cierto, una vez más, que Turquía es un país «serio» en materia de defensa. Pero se necesita mucho más que un ejército sólido para crear una auténtica capacidad de defensa autónoma en Europa. Y eso tiene que ver más bien con el futuro de la OTAN y de la relación transatlántica que con el ingreso de Turquía en la UE.

En fin, se pueden barajar estos y otros argumentos, en contra y a favor del ingreso de Turquía en la Unión Europea, y todos ellos se pueden afirmar o negar, apoyar o darles la vuelta. Y eso es así en el caso turco, el rumano o el croata, como lo fue en el español o el portugués o en el nórdico, en previas ampliaciones. La diferencia en el caso turco es básicamente cultural. Apunta a esa ambivalencia en la relación Occidente-Islam, esa tensión entre coexistencia, conflicto y asimilación o aniquilación de uno por el otro.

Pero, además, e incluso principalmente, el caso turco apunta a otra interesante cuestión.

LA IDENTIDAD EUROPEA

Europa está en crisis y precisamente la causa principal de esta crisis no es ni económica, ni social, ni tan siquiera, aunque las apariencias puedan engañarnos, transatlántica. La crisis de Europa es una crisis de identidad.

La segunda guerra del Golfo ha puesto de manifiesto (que no originado) una profunda escisión en Europa. Franceses y alemanes capitanearon una rebelión abierta contra la hegemonía norteamericana, bajo la apariencia de oposición a una guerra que consideraban injustificada e innecesaria. Curiosamente, la rebelión de estos dos países contra Estados Unidos marchó de la mano con la comprobación de que ambos estaban perdiendo su antiguo papel de motor de Europa, tanto en el sentido económico como en el aspecto de la construcción europea.

La sorpresa para ambos países llegó al ver que muchos —de hecho, la mayoría de los países europeos y, sobre todo, los países periféricos, tanto mediterráneos como orientales— prefirieron unirse al campo de la hegemonía americana que al decadente eje París-Berlín. Paradójicamente, ni franceses ni alemanes fueron capaces, en ese mismo periodo de escisión transatlántica, de cumplir con los criterios presupuestarios que ellos mismos habían impulsado y firmado y vieron cómo los otrora miembros marginales de la Unión (Reino Unido, España) despegaban económicamente al tiempo que cumplían a rajatabla las normas bruselenses, mientras ellos mismos caían. Franceses y alemanes calcularon mal y se equivocaron: ni les salieron las cuentas económicas ni las alianzas y tampoco arrastraron a la sumisa Unión tras de ellos.

Aún más, a pesar de haberse considerado al abrigo de las crisis con su posición «moral», aquellas han acabado por salpicarles en forma de pérdida de la «autoestima». En Francia, su poderosa clase intelectual se muestra escindida, con voces cada vez más claras poniendo en cuestión la «excepción» francesa. En Alemania, el antiguo Oeste y el antiguo Este se mantienen como mundos aparte, tanto o más que cuando el muro de Berlín los separaba físicamente. Es más que probable que los líderes anti Estados Unidos —Chirac y Schroeder— no resulten ni siquiera reelegidos. Y en el caso francés, que el país de Giscard —el conductor del proceso constituyente europeo— pueda no llegar a refrendar en consulta popular el proyecto de constitución europea.

Aunque sin duda las reuniones del G7-G8 en Sea Island, la conmemoración del sesenta aniversario del desembarco de Normandía y la Cumbre Unión Europea-Estados Unidos, celebrada en Irlanda, han servido para propiciar en el 2004 una reconciliación transatlántica (sobre todo en el caso alemán, menos en el francés); y como no puede ser menos, supuesto el entramado económico y comercial que sustenta sólidamente esa relación, Europa no se ha curado aún internamente de las heridas del 2003. Porque son heridas profundas y que trascienden el caso Irak y los vaivenes transatlánticos que evocan una crisis de identidad.

La adhesión de Turquía es un espejo en el que Europa ha podido contemplar, casi al desnudo, su auténtico problema: quién es y qué quiere ser en el futuro. ¿Ser lo que ha sido? ¿Ser algo distinto? ¿Un club cristiano secularizado? ¿Una «Eurabia» democrática y con valores abiertos? ¿Un bloque aliado de Estados Unidos pero separado e independiente? ¿El brazo europeo del «amplio occidente»?

Un auténtico debate, genuino y libre, en torno a estas cuestiones sería imprescindible para que los europeos nos orientáramos y tendría como efecto positivo secundario ofrecer a Turquía una respuesta clara y honesta a sus aspiraciones europeístas.

Es la política, estúpidos

LA  VICTORIA  DEL  PARTIDO  REPUBLICANO

No hay autoengaño mayor que el de hacer trampas al jugar un solitario; y cuando se trata de política, ese autoengaño conduce a la catástrofe. Así, desde que John Kerry reconoció su derrota en la mañana del 3 de noviembre, los analistas que habían predicho, deseándola, su victoria, nos han explicado por qué sus análisis han resultado un fiasco. Que Estados Unidos es un país rural y ultraconservador, nos han dicho, y que la movilización del voto fundamentalista evangélico ha logrado para Bush la continuidad en la Casa Blanca. Finalmente, han querido concluir su pintura con una descripción del ciudadano americano medio en un estado de angustia casi patológica, tras los atentados del 11 de septiembre.

Si el partido demócrata despachara las causas de su derrota con la misma simpleza que en Europa lo estamos haciendo, seguirá perdiendo las elecciones una tras otra, como le viene ocurriendo casi ininterrumpidamente desde 1994, con la excepción de la victoria de Clinton sobre Dole en 1996. En 2004 los Republicanos no sólo han mantenido el control de la Presidencia sino que han aumentado su mayoría en el Senado —pasando de 51 a 55 senadores—, y en la Cámara de Representantes han ganado dos nuevos escaños, incrementando de esa manera su mayoría absoluta. Además, se ha ampliado el número de gobernadores republicanos: 29, entre los que están los de California, Nueva York, Tejas y Florida, frente a los 21 demócratas.

La victoria republicana ha sido tan abrumadora e insultante que el propio líder de los demócratas en el Senado, Tom Daschel, se ha quedado sin su escaño. Bush ha ganado con 59 millones de votos, que suponían el 51% del electorado en las elecciones de mayor participación de la historia de Norteamérica—114 millones.de americanos acudieron a las urnas—. Desde 1988, ningún presidente había conseguido ser respaldado por más de un 50% de los electores. El presidente Bush no sólo ha conseguido más votos electorales que en él 2000, sino que a diferencia de esa elección en la que perdió el voto popular, en ésta ha obtenido una diferencia de casi cuatro millones de votos a su favor.

Dentro del equipo del presidente, los arquitectos de esta victoria han sido Karl Rove y una Karen Hughes, de la que no conviene olvidarse. Uno ha sido el gran estratega de la campaña, y ‘la otra ha diseñado la táctica que ha permitido al presidente reaccionar con buenos reflejos ante lo que fueron las dos sorpresas de octubre: el vídeo de Bin Laden y el reportaje del The New York Times en el que se denunciaba la desaparición de 400 toneladas de explosivos en Irak.

El equipo de Bush ha asumido como punto de partida la experiencia de la derrota del anterior presidente Bush, en 1992: un presidente con una labor internacional impecable que fue sin embargo derrotado por un gobernador de Arkansas desconocido y lleno de escándalos, como lo era por entonces Bill Clinton. Bush padre fracasó en uno de los aspectos fundamentales de un político, que es motivar a los suyos para que salgan a votar el día de las elecciones. El lema con que los demócratas reflejaron este alejamiento de los intereses de los ciudadanos fue el conocido: «Es la economía, estúpido».

Con la lección bien aprendida, la Administración de George W. Bush ha rechazado soluciones basadas en el frío realismo político y ha buscado, por el contrario, conectar siempre con los intereses y sentimientos de su base electoral.

Una de las claves ha sido evitar que la elección se centrase exclusivamente en la labor del presidente. Hasta finales del mes de septiembre, el debate de campaña había versado sobre la figura del Kerry, tanto en su discutido abandono de Vietnam después de cuatro meses escasos de presencia en el frente, como en su historial de votaciones después de veinte años en el senado.

De todos modos no ha sido una sola la razón de este éxito histórico y sin precedentes de los republicanos. El hecho de que Bush llamase «War on Terror» a su política antiterrorista desde el 11 de septiembre de 2001 y de haber reiterado que era el presidente de un país en guerra contra el terrorismo, ha apelado a la conciencia de los americanos y a su responsabilidad para no cambiar al comandante en jefe en plena batalla.

Sobre la situación económica del país, se podían hacer distintas lecturas. Por parte de Bush, se ha insistido en el crecimiento de contratación en el mercado de valores y de la economía en general desde hace dos años, y el incremento de casi dos millones de puestos de trabajo desde el 2003. Por su parte, Kerry ha esgrimido el aumento del desempleo neto registrado durante la Administración Bush y el déficit del Estado, que suma los 400.000 millones de dólares.

El acierto del equipo de Bush durante la campaña ha sido diluir esta controversia, introduciendo dos nuevos temas en el debate político, mucho más manejables para ellos y que sólo podían traerles resultados positivos. El primero ha sido el carácter del presidente. A diferencia de Kerry, Bush hace lo que dice y, en consecuencia, se puede saber lo que piensa. Pero en su calidad de experimentado senador, Kerry es un hombre lleno de matices y dobleces, que buscan siempre un rédito personal. Su oposición a la primera guerra del Golfo en 1990, su apoyo a la segunda en 2002 y su negativa a financiar las tropas en Irak con 87.000 millones de dólares, cuando luchaba contra Howard Dean por la nominación demócrata en noviembre de 2003, han sido pruebas suficientes para demostrar su escasa firmeza de carácter en tiempo de crisis.

Por su parte, el lobby homosexual puso en bandeja al equipo de Bush el segundo asunto. La sentencia del Tribunal Superior de Massachussets que reconocía el derecho de los homosexuales a contraer matrimonio; más el espectáculo ofrecido a continuación por el alcalde de San Francisco concediendo licencias matrimoniales a los gays, desató a pocos meses de las elecciones una gran controversia, ya que la inmensa mayoría del país rechazaba la existencia de este supuesto derecho. El respaldo abierto de la Administración Bush a la introducción de una propuesta de enmienda a la Constitución que garantice que el matrimonio es algo exclusivo entre un hombre y una mujer, ha hecho que en once Estados, entre ellos Ohio, se votase el respaldo a dicha enmienda. Kerry se quedó en una difícil posición en un asunto en que la opinión pública pedía claridad. El hecho de negarse a respaldar la enmienda, aunque se mostrase en contra a la existencia del supuesto derecho, demostró una vez más su escasa determinación de carácter.

De todos modos han existido otras cuestiones concretas que explican la victoria de Bush. En Florida —un Estado clave— ha habido dos hechos que han jugado a su favor. Por un lado, la popularidad del hermano del presidente, el gobernador Jeb Bush. Por otro, los reflejos del presidente durante el mes de septiembre para responder a las devastadoras consecuencias del paso de tres huracanes por el Estado. George Bush supo estar con los damnificados e hizo llegar abundantes ayudas de un modo efectivo. Sin esta catástrofe no se entienden los cinco puntos de diferencia obtenidos en el Estado, y que, en condados de mayoría demócrata como Miami Dade, se haya producido casi un empate entre los contendientes.

Bush y su equipo han sabido dar, a todos los posibles votantes republicanos del país, buenas razones para hacerlo. La feroz campaña demócrata ha ayudado a que, además, pudieran hacerlo con absoluta convicción. Moore, Krugman y compañía han ayudado a demostrar que efectivamente Kerry era el más liberal de los senadores por Massachussets.

El mapa electoral no ha conocido cambios significativos desde el 2000. Sí ha habido en cambio un vuelco a lo largo de los últimos cuarenta años. De un sur que parecía eternamente demócrata y una costa este republicana, las corrientes culturales y políticas han dado la vuelta a la situación. Quizás también por ello se expliquen las tres mayorías seguidas de Roosevelt, los dos mandatos de Truman y las victorias de Kennedy y L. B. Jonson. El sistema americano se basa en equilibrios. No se puede ganar sólo con los Estados del interior y tampoco se puede ganar sólo con los Estados de las costas: es necesario tener presencia en ambas partes del país. Florida es la clave para los republicanos. Kerry era consciente de este hecho y por eso eligió como compañero a un senador por Carolina del Norte, con la intención de que arrastrase voto del sur.

Ha sido la política lo que ha derrotado a Kerry y lo que ha dado ahora la victoria a Bush, y a los republicanos desde 1994. Los demócratas se han alejado de las preocupaciones verdaderas de los ciudadanos americanos y se han transformado en rehenes de unas élites alejadas de la realidad mayoritaria de los Estados Unidos. Las carreras de Fórmula NASCAR apelan a sentimientos primarios al igual que la neoyorquina Sex and the City; la diferencia es que los coches mueven a más gente aunque el The New York Times dedique más tiempo a Sara Jéssica Parker y la convierta en icono de la modernidad.

El futuro de los demócratas no pasa por la senadora por Nueva York, la señora Hillary Clinton; eso sería repetir la experiencia de Kerry. Además, Bill Clinton estuvo haciendo campaña en Arkansas la última semana y pudo comprobar cómo había perdido ya tirón popular. Edwards tampoco tiene un futuro prometedor ya que ha demostrado escasa fuerza en el sur, donde no ha conseguido ni siquiera el Estado por donde era senador, Carolina del Norte.

La gran figura emergente del partido demócrata es sin duda Barack Obama. Acaba de conseguir su escaño de senador por Illinois con más de 30 puntos de diferencia sobre el candidato republicano. .A pesar de  su juventud, presenta un currículo extraordinario y tiene un perfil idóneo, pues se trata .de un hombre del interior. No hay que olvidar que en los últimos setenta años sólo ha habido un senador presidente, J. F. Kennedy, y su labor en el Capitolio fue .de apenas .seis años y bastante gris. Ahora, Barack Obama tiene que Comprobar si es capaz de organizar un equipo para una campaña .presidencial.

Como en otras etapas de la vida del país —-en los años treinta con el New Deal, en los cincuenta con la caza de brujas, en los sesenta con el proyecto de gran sociedad, en los setenta con Vietnam, en los ochenta con Reagan y en los noventa con los escándalos de Clinton—, el país se encuentra muy polarizado, algo que parece inevitable en una nación en la que sólo existen dos partidos políticos. Lo que parece inapelable es que uno de los dos proyectos, él republicano, ha contactado con el sentir mayoritario de los ciudadanos, con sus verdaderas preocupaciones. Ha sabido leer lo que Arthur Schlesinger denomina «el ciclo de la historia americana», y lo está liderando. Que ese ciclo está acabado o no, será lo que determine que el próximo candidato republicano sea un liberal, como Giulianim, que pueda ganar en la costa este; o un conservador del interior, como Bill First; o alguien en el término medio, como Jeb Bush.

Mientras: tanto, George W. Bush dispone de cuatro años para apoyar la transformación política y cultural del país (los nombramientos de dos o tres jueces del Supremo será clave durante este tiempo), y para pasar a la historia junto con Eisenhower y Reagan como los únicos presidentes republicanos que, en los últimos setenta y cinco años, han logrado la reelección.

Cultura y vida lograda

No conozco mejor caracterización de la cultura que la que hizo el escritor T. S. Eliot: «Aquéllo que hace que la vida merezca la pena ser vivida»1. Pero no me parece que esta concepción de la cultura se encuentre hoy muy extendida, al menos en nuestras sociedades occidentales. Cuando se dice de alguien que «tiene cultura», que «es una persona culta», comúnmente se asocia al hecho de que tiene un cierto bagaje de conocimientos, de informaciones, de erudición. «Es una persona muy leída», se afirma a veces, dando a entender —no sin razón— que cultura y lectura se dan la mano.

Por otra parte, y desde hace algunos decenios, a veces abusamos de la palabra cultura —con evidente influencia anglosajona— para referirnos a un conjunto determinado de comportamientos (in)humanos, y hablamos de la cultura de la droga, del sexo, de la violencia, etc.

Pero dejando aparte todo aquello que se llama cultura sin serlo, algunos de los productos que inequívocamente catalogamos como culturales (artísticos, literarios, cinematográficos, etc.) han producido y producen frutos amargos en «este mundo nuestro —el diagnóstico es de Juan Rof Carballo—, de un pavoroso vacío espiritual, cuyos habitantes sufren cada día más enfermedades imaginarias y más enfermedades reales suscitadas por nuestra cultura, que está «hambriento» de medicina»2. Hay libros que quizá hubiera sido mejor que no se hubieran escrito, y no me refiero sólo a aquellos que incitan al odio, a la violencia, al racismo, al genocidio. Hay libros que envenenan, aunque los venenos presenten a veces apariencia vistosa y seductora (Kafka).

La cultura no vacuna contra la barbarie

Pero aunque sólo nos quedáramos con los frutos más sabrosos de lo que en Occidente llamamos cultura (bellas artes, humanidades), tendríamos que preguntarnos si lo que consideramos cultura nos hace más plenamente humanos. Lo que parece claro es que el consumo de productos culturales no nos vacuna contra la barbarie. Aunque nuestra memoria histórica sólo alcanzara a este último siglo, sabemos que leer la más exquisita literatura o gozar de la más sublime música es compatible con diseñar minuciosamente y poner por obra con frialdad el más atroz sistema de aniquilar vidas humanas. Los exterminios nazis, como todos sabemos, se llevaron a cabo en un país que disfrutaba de la más alta cultura; las dos guerras mundiales, los gulags, las deportaciones, torturas, actos terroristas, limpiezas étnicas y otras atrocidades ejecutadas o permitidas conviven o han convivido con las instituciones culturales, científicas, artísticas, sociales que más nos enorgullecen.

«El primer problema, contra el que lucho en todos mis libros y en toda mi enseñanza —dice Steiner— es muy simple: ¿por qué las humanidades, en el sentido más amplio de la palabra, por qué la razón de las ciencias no nos han dado protección alguna contra lo inhumano? ¿Por qué […] es posible que una misma persona vaya a interpretar a Schubert por la noche y marchar por la mañana a cumplir con sus obligaciones en el campo de concentración? Ni la gran lectura, ni la música, ni el arte han podido impedir la barbarie total»3.

Adicciones y vacío existencial

Da la impresión de que algo falla; de que lo que comúnmente entendemos por cultura —en el sentido ilustrado, moderno, de la palabra— no llega a producir en las personas los efectos benéficos que cabría esperar. Más aún: en nuestro paisaje social, que proclama con orgullo el acceso de todos a la cultura, vemos desarrollarse y extenderse conductas adictivas y comportamientos compulsivos que son síntoma de un enorme vacío existencial y déficit espiritual; de una vida que carece de un sentido consistente4. Las toxicomanías son sólo una modalidad de dependencia, pero no la única. Hay personas preocupadas de modo compulsivo por el sexo, por el aspecto físico (vigorexia, anorexia, ortorexia), por el trabajo (workaholism), por el juego (ludopatías); hay jóvenes y mayores enganchados a la televisión, al móvil o a Internet. Todas estas adicciones, que no respetan edad ni nivel social, tienen un denominador común: la esclavitud existencial o expropiación de la libertad.

Cultura y sabiduría

Dudo de la capacidad humanizadora, educadora, de una propuesta cultural que silencie «las preguntas de fondo que caracterizan el recorrido de la existencia humana»5 en todas las épocas históricas y en todas las latitudes: ¿quién soy?, ¿de dónde procedo?, ¿adonde voy?, ¿por qué existe el mal?, ¿qué hay después de esta vida? «Son preguntas que tienen su origen común en la necesidad de sentido que desde siempre acucia el corazón del hombre: y de la respuesta que se dé a tales preguntas, en efecto, depende la orientación que se dé a la existencia»6; porque constituyen el fundamento último de la vida humana, tanto personal como cívica.

«En las comunidades arcaicas —escribe el novelista argentino Ernesto Sábato—, mientras el padre iba en busca de alimento y las mujeres se dedicaban a la alfarería o al cuidado de los cultivos, los chiquitos, sentados sobre las rodillas de sus abuelos, eran educados en su sabiduría; no en el sentido que le otorga a esta palabra la civilización cientificista, sino aquella que nos ayuda a vivir y a morir; la sabiduría de esos consejeros, que en general eran analfabetos, pero, como un día me dijo el gran poeta Senghor, en Dakar: «La muerte de uno de esos ancianos es lo que para ustedes sería el incendio de una biblioteca de pensadores y poetas»»7.

La sabiduría es la sal de la cultura y de los conocimientos. La sabiduría armoniza, integra y vertebra lo que, de otra forma, sería caos y sinsentido, erudición y faramalla, caparazón que seca la savia de la vida.

Cultura y vida lograda

Porque si la cultura no sirve para vivir una vida lograda, sirve para poco. Pero para que los contenidos culturales vivifiquen la existencia personal hay que digerirlos y asimilarlos. Antonio Machado ironizó, en su Juan de Mairena, sobre la nula virtud nutritiva de la avalancha de datos y de información que constantemente nos llueve y nos resbala: «Aprendió tantas cosas —escribía mi maestro, a la muerte de su amigo erudito—, que no tuvo tiempo para pensar en ninguna de ellas». «Ciencia sin seso, locura doble», que diría Gracián.

Sin discernimiento y crítica, sin tiempo de silencio y reflexión, el mero trasiego de datos puede ser sólo fuga y escape, condimento sin alimento, adorno y floritura: un anestésico más para la fatiga de vivir sin sentido. La cultura que mejora la vida se fragua en la meditación personal, lo que implica disponer de espacios —es decir, tiempos— de recogimiento, de silencio, de soledad, de lentitud; espacios que, con mayor o menor esfuerzo, puede conseguir quien se lo proponga seriamente; y que propician que una vida sea plena y vigorosa, lograda: culta.

En los oídos de nuestros contemporáneos se aprecia un horror vacui general, una huida del silencio. Hay miedo a quedarse solos, a encontrarse de frente con uno mismo. Necesitamos compulsivamente el runruneo de la radio o de la televisión o de la música; en todas partes, a todas horas: en casa, en el coche, en el despacho; caminando, trabajando, en la cama. Pero a los efectos de no dejarse expropiar la vida, resulta decisivo aprender a «apagar los aparatos», esa sabia decisión de prescindir que nos protege de injerencias e intrusismos; y a cultivar la lectura.

«La cultura es la lectura», se ha dicho no sin razón. Hay que leer. Y hay que leer los clásicos. ¿Por qué? Responde Italo Calvino: porque «un clásico es un libro que nunca termina de decir lo que tiene que decir»8. Pero ¿sirve para algo? Y contesta condescendiente: «Los clásicos sirven para entender quiénes somos y adonde hemos llegado»9. ¿Y qué utilidad tiene eso? «La única razón que se puede aducir es que leer los clásicos es mejor que no leer los clásicos»10. El año 2005 se cumple el cuarto centenario de la publicación del Quijote, el clásico más universal de la literatura en español. Buena ocasión para leerlo o releerlo.

Y vuelvo a Eliot y a su visión de la cultura como modo de vida lograda, como aquello «que justifica que otros pueblos y generaciones, al contemplar los restos y la influencia de una civilización extinguida, digan que a esa civilización le mereció la pena existir». Esa es la idea de cultura que me gusta y que me sirve.


NOTAS
1 T. S. Eliot, Notas para la definición de la cultura, Barcelona, Bruguera, 1984, p. 36.
2 J. Rof Carballo, «El mar y la palabra», ABC, 23.9.1989, p. 3.
3 G. Steiner, La barbarie de la ignorancia, Madrid, Mario Muchnik, 1999, pp. 58-59.
4 J. L. Cañas, Antropología de las adicciones. Psicoterapia y rehumanización, Madrid, Dykinson, 2004.
5 Juan Pablo 11, Fides et ratio, Ib.
6 lbídem.
7 E. Sábato, Antes del fín, Barcelona, Seix Barral, 1999, p. 18.
8 I. Calvino, Por qué leer los clásicos, Barcelona, Tusquets, 1995, p. 15.
9 Ídem, pp: 19-20.
10 lbídem.
11 T. S. Eliot, Notas…, pp. 36-37.


Foto: pxhere.com en dominio público y licencia CCO. Se puede consultar aquí 

Alfred Stieglitz, el fotógrafo. Una aproximación

Alfred Stieglitz ha sido unos de los grandes maestros de la la fotografía; un verdadero artista americano, cuya obra iniciada en 1884, cubre y refleja un periodo de más de medio siglo. De entre todos lo grandes fotógrafos, Stieglitz es uno de los más prolíficos. Pero su energía y su enorme perspicacia le condujeron, además, a abordar algunos de los problemas esenciales de los artistas americanos se veían forzados a encarar en aquel tiempo. Las actividades culturales a las que Stieglitz se entregó con la apasionada intensidad que le caracterizaba, contribuyeron decisivamente a la solución de esos problemas, sin que, no obstante, su propio arte dejase de crecer en alcance y de hacerse cada vez más hondo.

Podemos considerar la obra fotográfica de Stieglitz Comprendida aproximadamente en cuatro periodos. En el primero se incluyen las fotografías que hizo siendo estudiante en Alemania. El segundo abarca el trabajo realizado en Nueva York, ya de vuelta en Estados Unidos, en torno a 1890; más los negativos obtenidos en sus frecuentes nuevas visitas a Europa y los realizados en la galería del 291 y en Lake George, hasta 1917. Luego vinieron unos años de una actividad fotográfica muy concentrada que, empezando en 1918, se prolongó hasta el final de los años veinte. Finalmente, en el último periodo se agrupan los trabajos de los últimos años, hasta que la enfermedad le impidió a Stieglitz seguir haciendo fotografía.

BUSCAR Y ENCONTRAR

Al observar las primeras copias de Stieglitz, hay algo que inmediatamente llama nuestra atención: su gran cariño, su simpatía por el mundo que le rodea, y que halla una expresión adecuada en la plasticidad y resplandor de las copias que realiza.

La calle de Venecia con el ígneo blanco del toldo triangular, por ejemplo, es una composición entrañable que logra a la perfección dirigir el interés del espectador hacia esa mujer sentada bajo las densas sombras del toldo. Ya aquí, en esta copia, hallamos esa escala enormemente sutil de valores intermedios entre el blanco y el negro, que se obtienen cuando se llevan hasta el límite las posibilidades de tensión del medio fotográfico, y que todavía habían de fascinar a Stieglitz y desafiarle durante muchos años. En otras fotografías, como Landscape (November Days, c. 1884), la carretera con tres líneas, cerca de Munich, en un día de noviembre, es completamente satisfactoria, no obstante su austera simplicidad. Y el retrato del muchacho veneciano (Venetian Boy, 1887), cuya ropa andrajosa subraya agudamente la finura de su cabeza, lo mismo que sus ojos profundos, de niño herido, es también una fotografía inolvidable.

Estas y otras obras del mismo periodo sientan ya la forma y el contenido del futuro desarrollo del artista: su amor a la naturaleza, a la gente corriente y al mundo que edifican en torno a sí, y también su amor a la fotografía.

Como Brady y Atget, cuya obra no llegó a conocer sino muchos años después, la de Stieglitz no muestra el más mínimo intento, ni el deseo siquiera, de dirigir la cámara fotográfica hacia un medio artístico totalmente diferente como es el pictórico. Al contrario, desde que comienza a conocer cada aspecto del proceso fotográfico, Stieglitz siempre los emplea de una manera directa, consciente. Esa capacidad selectiva de su visión que, antes de liberar el obturador, era capaz de descubrir un tema básico y subordinar a él todo lo demás que caía en el encuadre, está aquí transmutada en una suerte de imagen que sólo la lente puede obtener. Estas fotografías no necesitan comentarios adicionales; están ya íntegras y completas en los límites del vidrio esmerilado, antes de iniciarse la exposición.

En las copias de estos primeros negativos, encontramos asimismo una luminosidad y una belleza que contrasta fuertemente con el desprecio por esas mismas cualidades en el trabajo de tantos otros fotógrafos, incluso en nuestros días, que confían en exceso en el impacto que produeirá el tema elegido y su modo de tratarlo. Para Stieglitz, la obtención de copias era una de las fases más críticas y emocionantes del proceso creativo, que requería una gran dosis de concentración y no poca sensibilidad artística. El entendía la cualidad de la copia como un elemento integrante del sentido total de la fotografía. Esta suerte de cualidad es común a todas las artes, nada tiene que ver con preciosismo de ningún tipo. El equivalente de la cualidad fotográfica, a la que aquí me refiero, puede hallarse en la cualidad pictórica de un Renoir o en la riqueza de un mármol tocado por Miguel Ángel.

Alfred Stieglitz, Scurrying Home, 1894. © George Eastman House

Este empleo integral del proceso fotográfico, haciendo uso de todos los elementos expresivos contenidos potencialmente en el medio, es aún más notable por venir de un joven de veinte años que, a diferencia de nosotros, no podía contar con ninguna tradición sobre la que construir o en la que confiar. Enviado por su padre a Alemania para estudiar Ingeniería electrónica, Stieglitz descubrió, en la universidad Politécnica de Berlín, un laboratorio fotográfico, del que era director el profesor Vogel -el mismo que luego descubriría la emulsión ortocromática-. En aquel laboratorio, el joven estudiante encontró una actividad que le cautivó por completo, hasta el punto de hacerle olvidar sus estudios. Tuvo ocasión de hacer experimentos con la cámara, y de desarrollar un aprendizaje técnico sistemático con lentes, placas y papeles de impresión. Stieglitz se planteó problemas como el de fotografiar una pieza de terciopelo negro contra una estatua de yeso, tratando de registrar sus diferentes cualidades. Y realizó una exposición durante veinticuatro horas en el interior de una bodega, para descubrir que podía hacer fotografía siempre que hubiera algo de luz, por poca que fuera.

Él mismo contaba una anécdota significativa referida a aquellos años, en que iba descubriendo por su cuenta el nuevo medio. El fervor y la apasionada intensidad con que experimentaba utilizando aquel proceso aún por desarrollar, no tardaron en llamar la atención de sus compañeros. Los estudiantes empezaron a hacerle preguntas y más tarde lo hizo también su instructor. Después muchos pintores se interesaron por lo que hacía, algunos de ellos famosos, que le dijeron: «Por supuesto, esto no es arte, pero sí que nos gustaría pintar como tú fotografías». A lo cual Stieglitz replicó: «No sé nada de arte; pero, por lo que sea, nunca he pretendido fotografiar como ustedes pintan».

En esto radica la clave, el leitmotiv esencial de la obra de Stieglitz. Ya desde el principio, él aceptó la máquina, en la que encontraba algo que casi formaba parte de sí mismo, y se enamoró de ella.

Su experimentación con los límites de la fotografía, y su apasionada investigación para llevarlos más lejos, dominar y controlar este medio, fueron característicos de Stieglitz a lo largo de su carrera. En aquellos primeros años, le prepararon para realizar, con la pesada cámara de placas que se echaba ai hombro, numerosos temas -interiores, retratos, paisaje o temas de género- en variadas condiciones de luz. Y en cada ocasión, lograba aportar no sólo las habilidades de un cumplido artesano sino también, ya por entonces, la visión original de un artista.

Los primeros retratos de personas sencillas que Stieglitz realizó en sus viajes por Alemania o por Italia; el comentario que plasmó en su famoso «Rumbo»; las fotografías que de allí a poco haría en Nueva York, al regresar a su país, reflejan las ideas de la democracia estadounidense de que estaba imbuido. La evolución del conjunto de su obra desde estos orígenes nos da la imagen de la dirección y la calidad de su vida, pues revela una manera desinhibida de enfocar las personas y las cosas, y se corresponde con un intenso deseo de afirmar la belleza de las mismas. A medida que estos dos impulsos primigenios fueron evolucionando, afrontaron los impactos de la realidad sin resentimientos ni amargura, sin decepción, penetrando cada vez más en la realidad.

UNA TRADICIÓN ORIGINAL

Pese a sus numerosas y variadas fases, la historia de la fotografía es casi en su totalidad un cúmulo de incorrecciones y malentendidos, de tentativas inconscientes y de luchas llevadas a cabo por hombres y mujeres, pintores o no, que se sintieron fascinados por un mecanismo y unos materiales y que inconscientemente intentaron convertir en pintura, en atajo hacia un medio que gozaba de aceptación. No eran conscientes de tener entre manos un instrumento nuevo y peculiar nacido de la ciencia, un instrumento tan sensible y difícil de dominar como cualquier material plástico, pero que precisaba de la plena percepción de su técnica inherente y peculiar enfoque, antes de que fuese posible cualquier registro profundo.

En este sentido, la obra de Stieglitz iba a seguir una tradición puramente fotográfica, iniciada por Hill en Europa y por Brady en América, la cual, no obstante, para cuando Stieglitz estaba de regreso en Nueva York, vivía en el limbo de los objetos olvidados. En los últimos trabajos de Brady encontramos ya una cristalización muy evolucionada del principio fotográfico, la subyugación incondicional de una máquina al objetivo único de la expresión. Así, cabe considerar a Stieglitz como el ápice de una tradición americana iniciada algunos años antes por este fotógrafo y que, no habiendo conocido la influencia de las escuelas dé arte de París ni la de su diluida descendencia en el Nuevo Mundo, resurgió entre 1895 y 1910 en América con nuevo entusiasmo y energía. El principio fotográfico, apenas desarrollado durante sesenta años por los mencionados fotógrafos, encontró en esos años sus mayores logros en Estados Unidos.

Fue aquí donde un reducido grupo de hombres y mujeres empezaron a trabajar, instintivamente algunos y conscientemente otros pocos, pero sin apoyarse en fórmulas gráficas ni fotográficas previas y sin ideas preconcebidas acerca lo que debe o no debe ser el arte; esa inocencia, junto con sus objetivos honestos y sinceros, se transformaron al fin en una gran fuerza: todo lo que pretendían lograr, habían de desarrollarlo a través de sus propios experimentos, hacerlo nacer de la vida real.

Fue así también como surgieron en América los creadores de los rascacielos, que afrontaban un trabajo para el que no había precedentes; de esa manera, gracias a la necesidad de hacer evolucionar la construcción urbana, vio la luz esta nueva expresión arquitectónica. Lo mismo ocurrió con la fotografía, y es notable observar cómo la tremenda energía y fuerza potencial de Nueva York quedaron perfectamente reflejadas en las primeras fotografías directas qiie Stieglitz hizo de esa ciudad.

REVELACIÓN DE NUEVA YORK

El camino que, desde 1890 y de regreso ya de Alemania, el joven Stieglitz iba a emprender, reveló enseguida sus enormes dificultades. Años más tarde, Stieglitz recordaría ese periodo de su vida como uno de los más solitarios en su biografía. Porque apenas existía por entonces en América interés por la fotografía, que no fuera el lucrativo de los estudios comerciales. En un sentido más amplio, además, la cultura americana había quedado sepultada bajo el asombroso desarrollo de la industria. Withman, Thoreau, Emerson y Melville se habían ido; pintores como Ryder y Eakins vivían en el anonimato. América comenzaba a ser un país sólo para hacer negocios, y Nueva York era su corazón.

Pero no obstante sentirse tan aislado, Stieglitz no rechazó el mundo unidimensional en el que le había tocado vivir, ni trató de huir de él, al contrario: tuvo el coraje de empezar a explorarlo, tratando de encontrar la humanidad que subyacía en él, y de descubrir los medios para que otras voces, distintas de las del mercado, llegaran a hacerse oír.

Alfred Stieglitz, The Terminal (New York). 1893

Con objeto de tener mayor movilidad, Stieglitz adquirió una de las entonces novedosas cámaras réflex de mano de 4 por 5 pulgadas. Gracias a ella, se convirtió en uno de los primeros fotógrafos en utilizar creativamente las «instantáneas». Con ello introducía un nuevo elemento en su trabajo: la composición de un momento concreto y preciso, en que hombres y objetos están en movimiento. Esto fue ni más ni menos que eí comienzo de lo que luego ha sido llamado e! «movimiento documentalista», en el cual todo el proceso del acto de observación visual de los fotógrafos se condensa y acelera.

Las primeras fotografías de Nueva York, realizadas en aquella época, son notables por la unidad de sus elementos compositivos. La imagen de los sudorosos caballos de tiro del tranvía junto a las cornisas de las ventanas de la estación, cubiertas una tras otra de nieve, y algunas figuras humanas, aquí y allá (The Terminal, 1892); o la multitud en Five Points Square; o el tranvía de la Quinta Avenida, abriéndose camino a través de la tormenta de nieve (Winter, The Fifth Avenue, 1893): todas estas fotografías y algunas más de esa época son tan perfectas como pudieran serlo las de cualquier fotógrafo europeo.

También en ellas se refleja la misma cariñosa atención por las cosas humanas más simples: la ciudad bajo la lluvia, con nieve; la primavera; el día y la noche. Ahí está esa fotografía del barrendero, puesto con delicadeza en fuerte contraste con la colosal altura del Flatiron Building y junto a él, un frágil arbolito alzándose desde el reducido espacio que, en el cemento de la ciudad, le ha sido reservado (Spring Showers, Nueva York, 1902). Y las fotografías nocturnas, como la de ley Night (Nueva York, 1898), que fueron los primeros logros creativos de la historia de la fotografía nocturna, y de las que resultaron unas incursiones aún más ricas y líricas en la turbulenta vida de la ciudad.

LIDERÀZGO ARTÍSTICO

Junto al comienzo de su actividad artística, Stieglitz decidió abordar otros problemas de su época, referentes al trabajo de los artistas. El primero y fundamental de ellos era salvar la distancia que separaba a los artistas del público, hasta reunirlos. Stieglitz se propuso que no solamente su trabajo sino también el del resto de sus colegas llegara al gran público. A ello le movía no la vanidad, sino una honda comprensión de que ese alimento mental y espiritual que llamamos «arte», venía a satisfacer una importante necesidad social.

En la América de su tiempo, esto significaba luchar para que la fotografía encontrara su puesto como un nuevo medio de expresión, y para que los fotógrafos pudieran exhibir sus obras en los lugares reservados a las manifestaciones artísticas aceptadas y respetadas tradicionalmente por el público, como la pintura o la escultura. Todas las luchas de Stieglitz se atenían a estos tres principios, que para él fueron irrenunciables: que la sociedad tiene necesidad de artistas; que América necesitaba apoyar a sus propios artistas, para que éstos pudieran existir y evolucionar; y, finalmente, que todos los artistas tienen derecho a buscar en su trabajo contenidos y formas nuevas, y a ser escuchados.

Stieglitz dio su batalla por estos tres principios hasta el final de sus días, cuando tenía 82 años. La primera de sus iniciativas fue de 1900, y consistió en reunir en torno a sí a otros fotógrafos, primero en el Cantara Club y más tarde en la Photo-Secession Gallery. A este grupo se incorporaron Edward Steichen, Clarence White, Gertrude Kasebier, Frank Eugene y Alvin Langdon Coburn, entre otros; y fue el primero que, bajo la dirección de Stieglitz, abrió las puertas de los museos, tanto aquí como en Europa, a la fotografía americana.

Fueron también ellos quienes, en la pequeña galería de arte, que luego llegaría a ser conocida y famosa como «la 291», mostraron en América, por primera vez, la fotografía europea: las obras de los ingleses D. O. Hill, de Craig Annan, de Julia Margaret Cameron y de Frederick Evans; la de los franceses Puyo y Demachy; la de los pictorialistas alemanes Watzek, Hennebrug y los Hofmeisters, etc.

También hasta aquellas dos habitaciones pequeñas y sencillas en pleno centro de Nueva York -la referida galería del 291-, quiso Stieglitz que llegara por primera vez a América el arte de la vanguardia europea: Cézanne, Braque, Picasso, Brancusi, etc. Es interesante dejar constancia de esto, que la pintura impresionista llegó a América, a partir de 1910, a través de los fotógrafos (y en particular, por mediación de Steichen).

Stieglitz estaba muy contento de poder exhibir esa pintura en la galería que dirigía, porque, en su opinión, la vanguardia pictórica se encontraba tan pisoteada como la fotografía. Ésta era rechazada, ridiculizada y atacada por parte sobre todo de los pintores académicos, que veían en la cámara fotográfica una amenaza a su medio tradicional de vida. Y algo similar ocurría también con el cubismo y la abstracción europeas. Se trataba de una pintura y de una escultura que, en América, confundía a mucha gente; eran muchos quienes veían en ella un «insulto a la inteligencia». Entre el público que asistía a las exposiciones de «la 291», hubo quienes comentaron que pintores como ésos deberían estar encerrados en un manicomio o ser castigados, o que la realización de cosas del género de lo allí expuesto debería ser simplemente prohibida.

Tanto la fotografía como las manifestaciones artísticas de la vanguardia compartían, pues, el ser habitualmente despreciadas y rechazadas. «La 291» se convirtió en un laboratorio donde se examinaba y dilucidaba esta íntima relación, tratando de averiguar qué significaban la una para la otra. Los experimentos de los fotógrafos y de los pintores que allí se daban cita nacían del interés cognoscitivo, por así decir, del intento de descubrir el sentido que contenían las obras mismas. No había cuadros a la venta, ni propaganda sensacionalista, ni lista de clientes, ni campañas publicitarias. Quizá por primera vez en la historia del arte se hizo un esfuerzo consciente por calibrar los valores estéticos de manera impersonal, es decir, en función de las reacciones espontáneas, hostiles tanto como amistosas, que producía en gente de todo pelaje el material exhibido en aquel pequeño laboratorio.

Por lo que se refiere a la pintura, Stieglitz luchó hasta conseguir el reconocimiento de la abstracción, es decir, de lo que era en realidad la antifotografía. El empleo de pintura y lienzo, junto a un método abstracto de aplicar colores, formas y líneas, liberaba a ese arte de todo elemento literario y ajeno a su propia naturaleza expresiva, y se aproximaba al conocimiento de loque son las cualidades intrínsecas y los instrumentos expresivos peculiares de todo medio plástico. La pintura de vanguardia se proponía explorar los pensamientos, ideas y sentimientos operantes en el mundo contemporáneo. Aquellos cuadros, que entonces parecían no tener valor comercial y, por ende, nó encontraban eco en América -los estadounidenses no habían tenido otra ocasión de contemplar aquellas pinturas-, eran mostrados por Stieglitz con respeto, sensibilidad e inteligencia. La enseñanza era clara: lo mismo que Picasso y otros pintores luchaban por su derecho a investigar y experimentar con los fundamentos mismos de lo que era o dejaba de ser un cuadro, así el fotógrafo había de combatir también por su derecho a que su trabajo fuera considerado el de artista.

Su lucha por la fotografía era consecuente en este punto con su apoyo a jóvenes pintores americanos como John Marin, Marsden Hertley, Georgia O’Keeffe, Max Weber, Abraham Walkowitz, Gaston Lachaise y Arthur Dove, entre otros; así como su impulso a mi trabajo fotográfico, y ál de Ansel Adams y al de Elliot Porter, en años posteriores.

Stieglitz atendía personalmente a los numerosos visitantes que acudían a la galería, y en sus conversaciones con ellos, trataba de despertar la conciencia de su responsabilidad para apoyar los trabajos de los jóvenes artistas americanos, que debían ser considerados saludables, valiosos para la propia sociedad.

CAMERA WORK

Fue también en esa época, desde 1903, ,cuando Stieglitz comenzó a publicar la revista Camera Work. Se trata del más completo y hermoso registro del desarrollo de la fotografía hasta 1917, sin parangón en la historia del arte. Stieglitz consagró años de cariño, entusiasmo y arduo trabajo para editar esa revista, cuyos números se pudrían en sus manos y suponían para él una carga constante, tanto física como económica. Es un milagro que no acabase destruyendo todos los ejemplares. Pero no lo hizo, sino que siguió atesorándolos y gracias a su esfuerzo, la evolución de la fotografía ha quedado documentada de la manera más hermosa y completa.

Alfred Stieglitz. The Steerage, 1907

Lo mismo puede decirse de la colección de instantáneas, casi todas ellas compradas por Stieglitz, única en su genero y que comprende de manera casi completa la historia de la fotografía. Sin esos arduos logros de Stieglitz sería más que dudoso que el Museo de Arte Contemporáneo de Nueva York, lo mismo que luego otros museos americanos, hubiesen empezado pocos años después, incluso en la modesta escala en que lo hicieron inicialmente, las colecciones de fotografías por adquisición y, en gran medida, mediante la exhibición de las obra de artistas vivos, de manera completa y adecuada.

A pesar de verse forzado a consagrar gran parte de su tiempo a la atención de todas estas cargas que asumía voluntariamente, y gracias a las cuales la obra de los artistas más jóvenes empezaba a llegar al público, Stieglitz no quiso abandonar su propia obra creativa.

Alfred Stieglitz, Ellen Koeniger. Lake George, 1916

En uno de sus viajes de vuelta a Europa, por ejemplo, en 1907, obtuvo la famosa fotografía del Steerage, en la que la blanca y refulgente pasarela de embarque divide por medio la imagen -un hecho a la vez que símbolo de la separación de aquellos que podían viajar a América en la limpia atmósfera de la cubierta superior, y los que tenían que viajar en la oscuridad de la bodega-. Otras fotografías de esa época, como la del trasatlántico Mauritania (1910) pasando por delante de los pilares blancos del embarcadero; o los rascacielos neoyorquinos asomando sombríamente por detrás de la luminosa corriente del río (City of Ambition, 1910); o la del ferry cargado de gente a punto de desembarcar (The Ferry Boat, 1910), merecerían un comentario más por su drama que por su lirismo.

El final de esa etapa coincide con la entrada de América en la guerra europea de 1917. La conflagración mundial fue una gran fuerza centrípeta que diseminó a la gente en múltiples direcciones, como hojas arrastradas por el viento. Stieglitz, que entonces tenía 53 años, descargado de los trabajos en «la 291» que él mismo se había impuesto, inició un periodo de intensa experimentación fotográfica.

GRANDES RETRATOS INDIVIDUALES

Desde la época de «la 291» hasta su muerte, ocurrida en julio de 1946, Stieglitz tuvo siempre abiertas a todo el mundo las puertas de su casa, lo mismo en Nueva York como, durante el verano, en su residencia de campo en las colinas del lago George. Y de esa manera llegaron también los temas a su cámara.

Volviendo a un formato mayor, de 8 por 10 pulgadas, Stieglitz comenzó el que llegaría a ser el grupo de retratos psicológicos más maravilloso de la fotografía moderna. La fotografía de su madre (Ma., 1914); de su hija Catherine (Katherine Stieglitz, 1915); la de los jóvenes artistas Marin, Hartley (Mardsen Hartley, 1915) o Walkowitz (Abraham Walkowitz, Lake George, c. 1915); o la del dibujante De Zayas, la de Hodge y la del joven de color encargado del montacargas de la galería (Hodge Krinon, 1917): estas fotografías y algunas otras reflejan una sorprendente capacidad de observar el interior de los caracteres -una capacidad que, con el tiempo, se haría aún más penetrante en él-. El empleo del fondo como un elemento formal, relacionado con la interpretación de la persona retratada, empezó también a aparecer entonces en sus obras. Muchos de esos retratos están imbuidos de una suerte de novel expectativa ante la vida, pero en el caso de algunos de ellos, se trataba solamente de un momento de calma antes de la tormenta.

En esa época, el papel de platino que Stieglitz había empleado durante muchísimos años empezó a no prodúcirse, y tuvo que recurrir al papel de paladio sepia, para sustituirlo. Se trataba de un material notoriamente inferior, excesivamente cálido para los colores y, lo peor de todo, de fácil solarización en las sombras. El empleo de hielo en el líquido de revelar le ayudó a resolver el problema del color. Y luego, en la impresión de determinados negativos, pero sin permitirse hacer de ello un truco o un recurso manierista, Stieglitz empleó deliberadamente esa solarización para subrayar los elementos lineales de la composición, como en la hermosa Hands with Thimble. Se trata de un magnífico ejemplo del uso creativo que Stieglitz hacía de los materiales y de la importancia que le atribuía en la obtención de las copias.

RETRATO-REPORTAJE

También desde finales de los años diez y durante la década de los veinte, Stieglitz realizó los cien o ciento y pico retratos de su mujer, la pintora Georgia O’Keefe. Esta serie extraordinaria condujo a la fotografía a la nueva idea de que el retrato de una persona puede realizarse por medio de muchas fotografías que, sumadas, expresan la síntesis de una personalidad, tal y como ésta se revela en un número variadísimo de instantes.

Siguiendo con la misma cámara de gran formato, y usando sólo luz solar y prolongadas exposiciones, esta serie correlativa de copias representa una culminación de la ciencia y la experiencia de Stieglitz. A las posibilidades de expresión plástica meditante la máquina fotográfica, Stieglitz añadía ahora la posibilidad de expresar tiempos diferenciados. Había hecho manifiesta la capacidad que la cámara tiene de conservar de manera extraordinaria y única cada instante. Supongamos que un momento particular adquiere vida para el fotógrafo porque guarda una cierta relación significativa con otros momentos de su experiencia: si él sabe dar forma a esa relatividad, podrá conseguir con una máquina aquello que el cerebro y la mano no pueden lograr a través de la memoria.

Alfred Stieglitz, Georgia O’Keeffe, 1920

Desde este punto de vista, el concepto del retrato total adquirió un nuevo sentido, el de dejar constancia de los innumerables estados anímicos, elusivos y continuamente cambiantes que se manifiestan físicamente en el retratado. Esto es aplicable a cualquier objeto, también al ser humano. Con la mirada de la máquina, Stieglitz demostró justamente eso, que el retrato de un individuo constituye la suma de un centenar de fotografías o más. Había mirado con tres ojos y había logrado conservar -con medios puramente fotográficos: llenando el espacio y utilizando la tonalidad y la tactilidad, la línea y la forma- ese instante en que las fuerzas que se manifiestan en una persona resultan más intensas, tanto física como objetivamente. Al revelar así el espíritu del individuo, documentaba su mundo tal y como existe; y en este sentido, la pintura retratística, entonces ya de hecho casi un cadáver, se revelaba como algo absurdo.

También en esos años llegaron esos desnudos en los que, al menos para mí, el tema era llevado por primera vez en la historia de la fotografía más allá de la belleza literal, hasta alcanzar otra de carácter impersonal, abstracta. De nuevo uno piensa en Renoir, no porque las fotografías de Stieglitz tengan ningún parecido con los lienzos del pintor, sino porque también el fotógrafo ha expresado con justeza el maravilloso encanto de la carne y la nobleza contenida en las formas del cuerpo humano.

Al mismo tiempo que este admirable logro, Stieglitz quiso continuar la serie de los retratos en las fotografías de los artistas e intelectuales que se acercaban a él durante el periodo de entreguerras. Pero llegados a este punto de su biografía, tengo la impresión de que algo de aquella inequívoca afirmación de los comienzos se iba a esfumar. De modo distinto a como ocurre en los retratos de Hill y en los de Brady, en los cuales las personas son observadas en los momentos de su mayor fuerza y dignidad, los nuevos retratos de Stieglitz analizaban la complejidad de los caracteres; se detenían, por así decir, en los conflictos interiores de las diferentes personalidades, en sus debilidades lo mismo que en sus fortalezas. Todo lo realizaba Stieglitz con consumada maestría, desde luego. Compasión y comprensión sólo raramente se hallaban por completo ausentes en sus retratos. Todos contienen en sí los elementos de la verdad y, sin embargo, muchos de ellos provocan tal inquietud que a uno le gustaría abandonar su presencia para encontrarse de nuevo, como en el caso de las cabezas de John Marin, con esos aspectos positivos de la energía y de la totalidad humanas, que nunca en ninguna época han desaparecido de la sociedad.

La dirección de su vida seguía siendo inequívocamente la misma, pero la afirmación se ahondaba, fortaleciéndose con una inteligencia crítica y, más concretamente, autocrítica, que no reconocía ya ni bellezas ni fealdades, porque había comprendido las fuerzas cruciales que generan tales conceptos. Stieglitz apartó así la «mirada mecánica» de la cámara del ámbito de los objetos que.la gente hace o construye, para orientarla directamente a lo que la gente es. A través de la composición fotográfica de líneas, forma y valores tonales, Stieglitz buscaba trascender la mera creación de imágenes, yendo más allá de cualquier gesto vacuo de su propia personalidad, que pudiera realizarse a expensas del objeto o la persona que tenía delante. Examinó nuestro mundo de impulsos e inhibiciones, de aperturas o repliegues, dejándose llevar por un espíritu de búsqueda desinteresada. Las fotografías de objetos y personas, de formas de sol y nubes, pasaron a ser equivalentes de una pesquisaprofundamente crítica pero positiva acerca de la vida contemporánea. Son el objetivo, no las bellas conclusiones de esa pesquisa que emprendió, movido por un amor anhelante. En cualquier caso, le dio a la retratística una nueva significación, la de ser un intento deliberado de reseñar las fuerzas que conforman una persona y cuya suma documenta, por tanto, el mundo.de esa persona. Los asombrosos retratos de Stieglitz, tanto si objetivan fuerzas o manos, un torno de mujer o el torso de un árbol, sugieren el comienzo de una penetración del espíritu científico en las artes plásticas.

LA ÚLTIMA ETAPA

Como he mencionado antes, todo el mundo podía acercarse a dondequiera que estuviera Stieglitz, pero pienso que, en estos últimos años, él era algo más reservado en algunos aspectos. Llegaron hasta donde él estaba determinados tipos de gente, con frecuencia prsonajes muy notables, que representaban diversas tendencias de la cultura americana. Sin duda, un hombre capaz de encontrar y explorar la vida en su propio jardín, como lo hacía Stieglitz, llega a calar mucho más hondo que quien viaja constantemente de un lugar a otro. No obstante, siempre hay un límite en aquello que un área relativamente pequeña del mundo puede contener. Conmociones tan violentas como la Gran Depresión y todas sus consecuencias para la sociedad, que produjo en fotografía el movimiento documentalista; o la crisis del surgimiento en el mundo delfascismo, estos y otros sucesos en América no hicieron grandes destrozos en la filosofía o en el modo de vida de Stieglitz.

Alfred Stieglitz, Equivalent, 1930

Creo que la última etapa en su trabajo refleja estas virtudes y limitaciones. Aquí nos encontramos con la gran serie de fotografías del cielo, que él llamaba «Equivalencias», y que había empezado ya en los años veinte; más los paisajes alrededor del lago George -los árboles, la casa y el granero que le habían acompañado en lo alto de la colina durante tantos años-, y por último, el grupo de las fotografías de Nueva York, tal y comoél la veía cambiar durante el día y por la noche, desde la galería acristalada del American Place. Una cámara Gráflex de 4 por 5 pulgadas y la panorámica Eastmann de 8 x 10, fueron hasta el final las dos únicas máquinas que empleó.

Con la gradual desaparición en el mercado tanto del papel de platino como el de paladio, Stieglitz tuvo que conformarse con lo que quedaba, que era el papel comercial de cloruro de plata. También aquí el maestro artesano supo superar los límites ordinarios del material, extrayendo de papeles como el Azo o el Velox una escala de valores y una riqueza dimensional que raramente se encuentra en los fotógrafos contemporáneos. Y una vez más, la permanente necesidad de contar con impresiones dé calidad, que se había hecho presente a lo largo de su carrera, halló una triunfal satisfacción.

¿A qué se refería Stiegliz cuando llamaba «Equivalencias» a sus numerosas fotografías de cielo, formas de nubes y sol, en vez de llamarlas simplemente «imágenes de nubes»? Se refería a que, con esas relaciones abstractas entre formas, tonos y líneas, cogidas en un momento particular y retenidas, expresaba él determinadas equivalencias con relaciones y sentimientos humanos. Sin duda, esas copias abarcaban una amplia escala de experiencias emocionales. Contenían sentimientos de magnanimidad, de conflicto, de lucha o de alivio, de éxtasis o de desesperación, de vida o de oscurecimiento de la vida. No cabe duda tampoco acerca del valor extraordinario que él mismo atribuyó a esta parte de su trabajo. Hablando en cierta ocasión de ella, dijo que como le habían acusado de haber aceptado temas bastante insólitos frente a la cámara, o incluso de haber sometido a hipnosis a los individuos a los que se disponía a retratar, se había vuelto hacia un elemento no manipulable y tan libre para todo el mundo, como lo es el cielo, con objeto de mostrar que el tema, tratándose de la fotografía, no era lo importante.

Es cierto que no es sólo el tema elegido lo que importa en fotografía, sino el significado que él artista ve en él, y que sabe exaltar. Esta es la quintaesencia de la obra de arte. Sin embargo, tengo la impresión de que, en la larga tradición de las artes, el tema ha jugado un papel fundamental. Y, en esencia, podemos considerar que ese tema ha sido la materialidad del mundo, la realidad más próxima a los corazones y a la mente de los seres humanos: la gente y su relación con el mundo en el que vive; sus esfuerzos por descubrirlo, comprenderlo y transformarlo, han sido siempre el tema fundamental del arte.

Son muy hermosas, sin duda, esas fotografías del cielo realizadas por Stieglitz. Sin embargo, como todo arte abstracto, su intensidad es perceptible en un nivel muy personal; su significado nunca es del todo específico. Y la misma lejanía del cielo real parece haber sido transportada al interior de esa serie fotográfica. Al contemplarla, uno comienza a desear algo más íntimo y tangible, como los objetos simples y humildes de nuestra tierra -un guijarro, una hoja de hierba, una casa-.

Esto es lo que sí encontramos en los últimos paisajes realizados en el lago George: junto a la puerta de la cocina, en series tan sombrías pero de belleza tan auténtica como la de los álamos moribundos; o en las magníficas copias de árboles y hierba cubiertos por gotas de lluvia, que asemejan lágrimas. Hay como una sombra de muerte que vela esas fotografías, un sentimiento de memorial que las impregna. No, estoy seguro, uno referido a la muerte del artista, sino más bien a un abrumador sentido de un mundo que parece triste e inhumano, ligado a la destrucción de tantas cosas que habían preocupado a Stieglitz, en las que había confiado y por las que había luchado desde su juventud.

Alfred Stieglitz, Poplars, Lake George, 1932

Así, en el último grupo de brillantes imágenes de Nueva York, la ciudad no revela ya el cariño con el que una vez el fotógrafo se acercó a ella. Desde luego, los fabulosos rascacielos son más hermosos y más misteriosos que nunca, cuando uno observa los recovecos que hay debajo de ellos o los deja atrás para observar el río y las colinas de Jersey, al fondo. Pero también hay algo quebradizo en los blancos lustrosos, algo siniestro en las profundas sombras y en las luminosas manchas de las ventanas iluminadas, en la noche. La ciudad es impersonal y eclipsante, y ha hurtado a nuestra visión todo rastro de seres humanos.

Alfred Stieglitz, From An American Place, Looking North. 1931. © George Eastman House

El conjunto de la obra de Alfred Stieglitz, que abarca un periodo de casi cincuenta años de experimentos creativos, proyecta un análisis completo y una síntesis de esa máquina que es la cámara. Utilizando los métodos y materiales que pertenecen exclusivamente a la fotografía, Stieglitz demostró sin lugar a dudas que, cuando esa máquina -la cámara- es guiada por un artista de gran sensibilidad y honda percepción, es capaz de producir y plasmar el perfecto equivalente de un pensamiento y un sentido unitarios. Esa unidad podría calificarse de visión de la vida, de las fuerzas que cobran forma en la vida. El conjunto de su trabajo constituye, por tanto, una obra monumental.

Sin embargo, él no calificaba de «arte» su obra; antes bien, sostenía que se trataba simplemente de fotografía. Dilucidar si la fotografía es o no arte, parece una cuestión académica, que cabe dejarse al arbitrio de aquellos a quienes preocupa especialmente el que algo sea arte o no. En todo caso, no hay más que acudir al museo de Boston o al Metropolitan para, contemplando los escasos pero estupendos ejemplos de la obra de Stieglitz que allí se guardan, sentirnos agradecidos de que la vida haya sido enriquecida con una nueva belleza, gracias a un legado que debe ser conservado para las generaciones venideras.

Ha sido la visión de este artista, de este intuitivo buscador de conocimiento, la que, en este mundo moderno, se ha adueñado del mecanismo y los materiales de una máquina y ha señalado el camino a seguir. Stieglitz es quien vuelve a insistir, a través de la ciencia de la óptica y de la química de la luz, los metales y el papel, en el valor eterno del concepto de artesanía, por ser el único camino que lograba satisfacerle y porque sabía que esa calidad de la obra es condición previa para la calidad de la vida. Mediante un control creativo consciente de esta fase concreta de la máquina, Stieglitz elaboró un nuevo método para percibir la vida de la objetividad y dejar constancia de ella.

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Altred Stieglitz, New York Series, Spring, 1935. © George Eastman House

El fotógrafo se ha unido así a las filas de cuantos buscan verdaderamente el conocimiento, ya sea éste intuitivo y estético, o conceptual y científico. Es más, al establecer su propio control espiritual sobre la cámara, Stieglitz puso de manifiesto que la muralla de antagonismo, que estos dos grupos han interpuesto entre sí, es destructiva y totalmente ficticia. En este sentido, se puede decir que Stieglitz ha ido mucho más lejos que D. O. Hill. Su obra tiene un alcance mucho más amplio, más consciente, resultado de muchos más años de experimentación intensiva.

Y aparte de lo que sus fotografías ofrecen por sí solas, es posible también entenderlas como símbolos de la máquina utilizada no para explotar y degradar a los seres humanos, sino como un instrumento para devolverle a la vida algo que hace madurar la mente y refresca el espíritu. Profetizan, quizá, y hacen concebir esperanzas sobre un nuevo mundo, humanamente hablando, que no sea un paraíso idílico y absurdo, como pretendían los pictorialistas, sino un lugar en el que la gente haya aprendido a utilizar las máquinas con una actitud distinta hacia ellas y hacia sí misma. En ese mundo, la máquina ocupará un lugar no sólo como valiosísima herramienta de liberación económica sino también como nuevo medio para conseguir un enriquecimiento intelectual y espiritual.

Estas notas han sido elaboradas a partir de diversas observaciones de Paul Strand sobre Alfred Stieglitz, aparecidas en The British Journal of Photography 05.10.1923, pp. 614-615; Minicam Photography n.° 8 (V/1945), pp. 42-47; New Masses n. 60 (06.08.1945), pp. 6-7; Popular Photography n.° 21 (VII/1947), pp. 62, 88, 90, 92, 94, 96, 98. Se han incluido también algunas observaciones ya publicadas en el ensayo de Paul Strand, «Historia del arte fotográfico», publicado en Nueva Revista en los números 66 y 67 (diciembre 1999; enero-febrero, 2000).
Edición y traducción al castellano: © 2004, Rafael Llano.
De todas las fotografías insertas en este ensayo, por mediación de la Fundación Pedro Barrié de la Maza: © George Eastman House Museum (New York).

Camina Europa, o revienta

Como pocas otras naciones europeas, Austria y España han caminado en paralelo -distantes pero hermanadas- a lo largo de los siglos. Las casas dinásticas tanto como numerosas manifestaciones culturales -desde la música hasta el arte ecuestre, pasando por los estilos pictóricos- han logrado mantener vivos los vínculos históricos entre autriacos y españoles, por más que algunos de ellos hayan podido desdibujarse en la conciencia de las generaciones más jóvenes. Para remozar la memoria de ese pasado común, la editorial Bohlau, en Viena, publica un extenso estudio del doctor en Derecho y agregado cultural de la embajada de España en aquel país, el barcelonés Xavier Sellés-Ferrando. Su obra se abre con un capítulo consagrado a los orígenes de esa relación, que se remontan al Camino de Santiago, ese itinerario europeo -el primero- decisivo para la configuración de nuestro continente, y que ha recibido este año el Premio Príncipe de Asturias de la Concordia. Por su interés histórico y político, y como ocasión para sumarnos al reconocimiento de ese premio, hemos traducido al castellano algunos párrafos del libro de Sellés-Ferrando, que ofrecemos a continuación.

Diversos anales austríacos nos informan de que en 1212, en respuesta al llamamiento del Papa Inocencio III a una cruzada contra los mahometanos que ocupaban el sur de España, Leopoldo VI, duque de Austria y de Estiria, se puso en marcha con un gran séquito «hacia el país de Santiago».

En España los caballeros austríacos trabaron contacto efectivamente con el culto jacobeo y con la más famosa ruta de peregrinación de Europa, el «Camino de Santiago» -el camino de los caminos-. Impresionados por la robusta fe de los españoles, trajeron consigo la idea de la peregrinación a Compostela y de la veneración a Santiago. Una leyenda cuenta el milagroso hallazgo de una imagen de Santiago en el río Wien por el propio Leopoldo VI, quien, así se nos dice, mandó edificar una capilla para conmemorarlo.

En los siglos XII y XIII se dedicaron varios templos al nuevo santo de los peregrinos en los alrededores de Viena, junto a las más importantes rutas comerciales y de peregrinación. Tal es el caso de las iglesias de Heiligenstadt y Schwechat, de las situadas en la ruta de los cruzados, que seguía la antigua línea del limes a lo largo del Danubio, y de las ubicadas en el Wiental, en Penzing -en la ruta militar que se adentra en el Wienerwald- y en Wiener Neustadt, de camino a Venecia.

En la misma ciudad de Viena, el convento de los Escoceses era un centro de veneración a Santiago, en la época de las Cruzadas. Aproximadamente cien años después de la campaña de Leopoldo VI en España, el santo nacional español y el camino que conducía a su tumba eran ya ocasión de un constante contacto de los habitantes de la región danubiana con la cultura de la península Ibérica.

En los años siguientes a 1299 esa relación se vio intensificada por las negociaciones políticas mantenidas entre el emperador de Alemania y duque de Austria, Alberto I de Habsburgo, y el rey Jaime (esto es, Santiago) II de Aragón, que condujeron al establecimiento de los primeros lazos familiares entre las respectivas casas gobernantes. De esta manera, en 1312 Austria tuvo por primera vez una «española» como duquesa: Isabel de Aragón, esposa del asimismo emperador de Alemania y duque de Austria Federico el Hermoso.

SANTIAGO, ROMA, JERUSALÉN

El camino de Santiago no fue solamente una ruta religiosa de peregrinación a un lejano santuario, por más que en la Edad Media disfrutase de la misma fama que Roma o Jerusalén; sino que era la ruta, el «Camino» por excelencia. Dante Alighieri escribió en su Vita Nuova: «Sólo puede llamarse verdaderamente peregrino quien haya ido a Santiago de Compostela». Ya entonces la peregrinación podía tener los más variados motivos.

En las Siete Partidas, un código legal del siglo XIII, se afirma que una peregrinación puede emprenderse por tres razones principales: libremente, en cumplimiento de un voto, o como penitencia. También había peregrinaciones de impetración de favores y de acción de gracias. Lacras físicas y de otros tipos motivaban asimismo la partida esperanzada hacia la tumba del Apóstol. Las peregrinaciones penitenciales y expiatorias también desempeñaban seguramente una función de higiene social. Lo normal era ponerse en camino uno mismo, pero también había quien encargaba a otro que lo hiciese por él: es el caso de los denominados «peregrinos delegados», que especialmente al final de la Edad Media podían cumplir ese encargo por varios comitentes a la vez. El placer de viajar y el anhelo de conocer tierras lejanas reforzaban en ocasiones el fervor religioso. Las deudas y otros problemas irresolubles en casa, probablemente también. Y, finalmente, no dejaba de ponerse en camino en hábito de peregrino algún que otro pícaro, ataviado tal y como se representa con mucha frecuencia al Apóstol mismo: «chaqueta» (en francés «jaquette», por «Jacques», es decir, Jacobo o Santiago), pesada capa y zurrón en bandolera, en cuya tapa se puede ver la concha de Santiago, que adorna también el ala del sombrero, ancha y doblada hacia arriba. Completaban el equipo de peregrino la calabaza a modo de cantimplora y el bordón con punta metálica, que permitía mantener a raya a los perros peligrosos y a otros posibles atacantes.

La veneración al Apóstol y los caminos de peregrinación fueron especialmente fomentados por la abadía francesa de Cluny y por todas las abadías benedictinas que surgieron posteriormente en Europa entera. En 950 llegaron a la tumba del Apóstol los primeros peregrinos extranjeros, dirigidos por el obispo Godescalco de Puy, mientras que en 1080 fue el obispo de Maguncia Sigfrido quien desencadenó una ola de peregrinaciones en el Sacro Imperio. Los millones de peregrinos que desde entonces llegaron a Santiago la convirtieron en una de las ciudades más ricas de Europa. A partir de 1135 los arzobispos de Santiago eran también cancilleres de los reinos de Castilla y de León. La ciudad misma se convirtió en un centro de cultura y ciencia cristiana, y por lo tanto en un contrapolo de Córdoba, la capital del Califato, que con un millón de habitantes era la mayor ciudad de Europa y el brillante centro del islam en este continente. De aquella época procede la expresión, que aún hoy se sigue utilizando, de «estar en camino» (es decir, hacia Santiago).

En una crónica árabe del siglo XIII leemos lo siguiente: «Santiago de Compostela es el templo cristiano más importante, no sólo de España, sino de todo el universo. La iglesia de esta ciudad significa para ellos [los cristianos] lo mismo que para nosotros la Kaaba. Hacen voto de acudir allí en peregrinación desde las regiones más lejanas. Llegan a su tumba incluso desde Libia, desde el país de los coptos y desde las zonas más remotas de Egipto».

UNA NUEVA CULTURA

Y sin embargo el camino de Santiago no es un tema meramente español. El fenómeno del culto jacobeo se sitúa en el momento histórico en que está naciendo Europa, y por ello en el comienzo de las relaciones habituales de los españoles con todos los pueblos cristianos del continente, sin excepción alguna; y gracias a una densa red de caminos también en el comienzo de las relaciones de esos pueblos entre sí. Las peregrinaciones a la tumba del Apóstol, ubicada en el extremo del mundo entonces conocido, cerca del cabo Finisterre, hacen surgir una nueva cultura.

Fomentan el desarrollo del arte románico a lo largo de las rutas de peregrinación y la aparición de nuevas lenguas y de una literatura y una música también nuevas. El culto a Santiago ha creado además un espacio sacro específico, la «basílica de peregrinación». El arte románico evoluciona de forma paralela al culto jacobeo y a las peregrinaciones. La influencia es tan clara -también en el área geográfica de lengua alemana- que realmente se puede decir que a lo largo de las rutas de peregrinación el arte románico adquiere rasgos propios. Se trata de un arte románico que ya está evolucionando hacia el gótico. Se aprecia la tendencia a conservar las formas estáticas del Románico, y al mismo tiempo a combinarlas con el dinamismo propio del Gótico. Cabe afirmar también que la cultura del camino de Santiago contribuyó a que tuviese lugar una transición gradual y tranquila desde el arte románico hacia otros estilos europeos.

Junto con el estilo románico se desarrolla también la iconografía jacobea. Existen tres tipos iconográficos fundamentales: Santiago como peregrino a pie, Santiago sedente con bastón; y Santiago a caballo. El Santiago ecuestre tiene un significado más político que religioso. Es el Santiago de la Reconquista, también denominado «Santiago Matamoros». El Santiago sedente es la representación más habitual en los grandes centros de las vías de peregrinación, concretamente en la portada de los templos. Existen variantes de esta tipología en casi todas las iglesias de peregrinación enclavadas a lo largo del Camino, si bien el tipo más difundido es el Santiago peregrino. Santiago Matamoros triunfa en Hispanoamérica, pero también se lo puede ver en lo más alto de la fachada principal de la catedral de Innsbruck, dedicada a Santiago, como «Santiago Mataturcos».

NARRATIVA

Los primeros datos que tenemos de un peregrino procedente de fuera de la península Ibérica son de 930 y se refieren concretamente a un sacerdote que vivía en la región del lago Constanza, probablemente en Reichenau. Los relatos de viajes de peregrinos son numerosos y se escribieron en muchos idiomas. Una persona deja su tierra natal en el norte, el centro, el este o el sur de Europa y cuenta todo lo que le pasa en su viaje. Va surgiendo así en Europa una literatura de viajeros, diarios de viaje en los que se narran todas las aventuras y los acontecimientos más destacables, aventuras de la Edad Media, pero también de la Edad Moderna. Peregrinos que seguían el Camino y descubrieron un nuevo mundo. La meta de la peregrinación, que podía durar dos años, era el punto extremo de Occidente. No se trataba de viajes meramente religiosos. El deseo de acometer empresas osadas y el afán de aventuras eran también importantes motivos.

El viaje por el camino de Santiago es asimismo un constante memento mori. En esos relatos se nos informa de compañeros de camino que no resistieron las fatigas o que murieron por mano violenta. Vados poco seguros podían ser tan fatídicos como algunos puertos de montaña con justa fama de terribles. Junto a los muchos hospitales se preparaban cementerios de peregrinos, a menudo separados según los distintos países de procedencia.

DESDE TODA EUROPA

En el centro de Castilla se encuentra Burgos, aproximadamente a la mitad de los 787 kilómetros de la parte española del camino de Santiago. En su mejor época mantenía abiertos treinta y cuatro hospitales y albergues de peregrinos. Ya Carlomagno consideró la idea, al menos en sueños, de viajar a Santiago, una idea que San Francisco de Asís llevó a la práctica.

En los siglos XII y XIII también peregrinaron a Santiago gentes del Norte. Viajaban hacia España cruzando Alemania y los Países Bajos y atravesando después toda Francia. En un ambicioso programa de investigación se está estudiando actualmente este aspecto, sin olvidar tampoco a Centroeuropa. Sabemos de peregrinos a Santiago polacos y húngaros. No en vano el nombre de Jacobo está muy difundido en toda Europa. También hay huellas en Austria: basta pensar en los topónimos con «Jakob». Muchos monasterios relacionados con el Sur tenían su área de influencia en Austria, sobre todo a lo largo de la ruta que, procedente del Este, cruza Viena, remonta el Danubio, pasa por Salzburgo y el Tirol y atraviesa los Alpes y parte de Suiza hasta llegar a la abadía benedictina de Einsiedeln, importante punto de encuentro de diversas rutas. No es de extrañar que en Suiza se publicase hace algunos años un estudio sobre los distintos «caminos de Santiago» que discurrían por ese país. También en Austria convendría dedicar atención a este fenómeno. Ningún austríaco ha publicado hasta ahora un estudio científico acerca de «los caminos de Santiago en Austria», pese a los muchos datos disponibles al respecto. Por ejemplo, en todos los Länder austriacos existen numerosas parroquias dedicadas a Santiago: más de doscientos en el conjunto del país.

SANTIAGO EN AUSTRIA

Con el año 1000 se inician las fundaciones de monasterios e iglesias en honor de Santiago. Existen relativamente buenos indicios para datar el surgimiento de la veneración a Santiago en Austria. Desde comienzos del siglo IX aparece «Jakob» como nombre de pila en listas de testigos. Su festividad se recoge en el más antiguo misal de Salzburgo, del siglo XI, así como en otros calendarios eclesiásticos antiguos. Es probable que ya en el siglo IX estuviesen dedicadas iglesias a Santiago, pero esa veneración esporádica no produjo grandes efectos hasta que en los siglos XI y XII comenzaron las peregrinaciones a «San Jago». Del siglo XII tenemos noticias para Baviera, Salzburgo y el Tirol acerca de peregrinaciones a Compostela. Esas noticias nos muestran cómo están relacionadas con las peregrinaciones las donaciones a iglesias: en parte para el caso de que el peregrino no volviese con vida de la peregrinación, en parte como expiación por una peregrinación a Santiago prometida pero no realizada. Prueba de ello es ya la coincidencia en el tiempo de la puesta de templos o capillas bajo la advocación de Santiago y el inicio de las peregrinaciones a Compostela. Aporto a continuación algunas noticias acerca de peregrinaciones a Santiago.

La Jakobskapelle -una capilla de peregrinación dedicada a Santiago-, situada en una garganta de montaña cerca de Unterleutasch, en el Tirol, fue erigida quizá en conmemoración de la peregrinación a «San Jago» de la familia Plaikner. De esa peregrinación dejaba constancia en otro tiempo una pintura de la iglesia de Leutasch, y que aún hoy se representa en la llamada «capilla Plaikner». Después de la peregrinación parece que se constituyó una cofradía de Santiago que subsistió hasta la Reforma protestante.

El altar de Santiago de la capilla de Wilten fue dedicado en 1181 como donación sustitutiva de una peregrinación a «San Jago» no realizada. Se pusieron bajo el patrocinio del Apóstol numerosos hospitales y cofradías dedicados a la atención de peregrinos y enfermos, y también se le invocaba como protector de las embarazadas…

De ahí también que se dedicase preferentemente a Santiago, el patrón de los peregrinos, iglesias levantadas junto a caminos, en lugares de descanso y en puertos de montaña. La de St. Jakob am Arlberg está situada en la antigua ruta de los correos. Esa iglesia debe su origen al tráfico a través del paso de Arlberg, muy intenso a partir del siglo XIII. En el Pustertal las iglesias dedicadas a Santiago en Nasen, Straßen y Lienz se alzan en los lugares dedicados a la celebración del mercado, situados a las afueras de la población y junto a caminos muy transitados. La iglesia de Nasen se menciona en documentos de 1395. En una imagen de altar del siglo XVIII se representa a María recibiendo a Santiago como peregrino. Es interesante que la iglesia de Santiago de Straßen se encuentre en la aldea de Messensee, enclavada en una colina sobre Straßen: puede que el antiguo camino pasase precisamente por ese punto más elevado. Por su parte, la iglesia de Santiago de Lienz se menciona ya en 1308.

Vent se halla al fondo del valle del Ötz. La dedicación a Santiago de la iglesia de este alto pueblo de montaña resulta comprensible tan pronto se tiene en cuenta que política y eclesiásticamente Vent pertenecía al Vintschgau, de donde según viejas tradiciones procedían sus primeros pobladores. También es de mencionar que entre los patrones de la capilla dedicada en Telfs en 1133, Santiago aparece mencionado en primer lugar, según corresponde a su ubicación en un pueblo situado junto a un camino.

Con las peregrinaciones a «San Jago» de Compostela guardan directa relación la mencionada capilla de Santiago situada en una garganta cercana a Unterleutasch y a la frontera con Baviera, el asimismo ya citado altar de Santiago de la iglesia de Wilten y probablemente también el patrocinio jacobeo de la iglesia conventual de Georgenberg. En 1204, tras su reconstrucción, esta iglesia fue puesta bajo la advocación de Santiago y de San Jorge. La elección de Santiago como patrón principal de una iglesia dedicada al principio solamente a San Jorge y situada en el Georgenberg o «montaña de San Jorge» demuestra que por aquel entonces las peregrinaciones a Compostela estaban muy de moda. La fuerte veneración a Santiago hizo sombra al anterior patrón, si bien peregrinar a Compostela sólo resultaba posible para unos pocos. Cabe pensar por ello que esa dedicación respondiese a la necesidad de erigir un santuario a Santiago en el más famoso lugar de peregrinación del Tirol.

En el tímpano de la Puerta de los Escoceses de la abadía de Santiago de Ratisbona se representa al santo (antes de 1189), en su calidad de patrón, como apóstol revestido de túnica: está demostrada la influencia sobre la iglesia de los Escoceses de Viena. En el Kunsthistorisches Museum de Viena se conserva un relieve del Maestro de Raigern en el que aparece el traslado de los restos del Apóstol de Palestina a Galicia. Max Reichlich, activo en el Tirol y en Salzburgo, y que en 1506, en las tablas de un altar procedente de la colegiata de canónigos agustinos de Neustift bei Brixen, pintó el bautismo del sayón Josías por Santiago, la decapitación del Apóstol y el milagro del toro ante un paisaje típicamente danubiano, estaba intentando presentar los sucesos de la forma más accesible para las personas de su época y de su ámbito geográfico.

CONCLUSIÓN

La civilización europea es impensable sin las peregrinaciones a Santiago. El culto jacobeo y las peregrinaciones a Compostela marcan el comienzo de un intercambio cultural y espiritual en toda Europa increíblemente intenso: el Románico se desarrolló hasta convertirse en el primer estilo artístico paneuropeo. También la música y la literatura encontraron nuevas formas. Las leyendas sobre gloriosas hazañas de guerreros míticos se difundieron por todas partes. No cabe duda de que sin el culto jacobeo Europa no hubiese llegado a ser lo que es hoy en día. A lo largo del camino de Santiago surgieron incomparables obras maestras del Románico y el Gótico. El Consejo de Europa ha decidido, por todo ello, declarar el camino de Santiago «Primer Itinerario Cultural Europeo».

La forja de un lector

Glosando una glosa del gran Eugenio d’Ors, lo que no es autobiografía es plagio. Algo hay diferente, llamémoslo específico, en cada uno de nosotros, y ese algo justifica que empleemos palabras como «originalidad» a la hora de definir, y hasta de valorar, el libro que estamos leyendo.

Porque hay una cosa que me gustaría dejar clara desde el principio, y es que siempre estamos leyendo un libro. No sé cómo lo hacemos, ni sé tampoco cómo continuamos haciéndolo, pero el caso es que no hay un solo día en el año, ni un solo día, en que no dediquemos unos minutos o unas horas a la lectura. El vicio de leer suele ser solitario, pero también puede compartirse. Los griegos de la Antigüedad leían en voz alta (me enteré de eso hace muchos años, leyendo la Sintaxis griega del inefable Lasso de la Vega). Lo mismo hacía Federico Nietzsche. Y (en los viejos tiempos, al menos) mi compañero de colegio Luis Antonio de Villena. Durante muchas noches, mi mujer, Alicia Mariño, y yo mismo nos hemos leído, alternativamente, en voz alta las Sonatas de Valle-Inclán, y sólo entonces nos dimos cuenta, por ejemplo, de los errores garrafales que presenta la estructura de Sonata de estío y del perfecto ensamblaje de Sonata de primavera. Pero no sé por qué sigo divagando sobre la condición de lectores adictos que tenemos algunos y sobre las ventajas de leer en voz alta, porque lo que a mí de verdad me interesa es la frase citada al principio sobre el plagio y la autobiografía, que es donde se origina el párrafo siguiente.

Lo autobiográfico confiere, pues, autenticidad, dentro de lo que cabe, a la literatura. Y digo dentro de lo que cabe, porque nadie cuenta su vida tal y como ocurrió, sino como le conviene que haya ocurrido, surgiendo en todo momento dudas razonables sobre qué es ficción y qué realidad (si es que no son el haz y el envés de una misma cosa). Pese a todo, la autobiografía goza de cierta inmunidad diplomática en las siempre tormentosas cuestiones de la clonación literaria, entre otros motivos porque no parece lógico hablar de la experiencia propia inspirándose exclusivamente en la ajena. Pero no descuiden la guardia: hay escritores capaces de contarnos los avatares de su existencia a partir de la Vida de Torres Villarroel o de las Confesiones de San Agustín y quedarse tan anchos. Lo que voy a contarles en lo sucesivo, a saber, mis primeros pasos como lector y los caminos de mi iniciación bibliográfica, no creo haberlo leído previamente en ningún otro sitio, aunque nada es seguro en un mundo como el nuestro, bien definido por Gabriel Bocángel como «república de viento / que tiene por monarca un accidente».

En el Museo del Juguete de Figueras se exhiben, junto a las piezas de la colección permanente, diferentes fotografías de personas más o menos «famosas» con muchos menos años a cuestas y un juguete en las manos. El director del Museo, Josep Maria Joan i Rosa, me pidió una foto por el estilo, y yo acabé enviándole una de hace más de cincuenta años en que aparecía sentado en las escaleras de entrada de nuestra casa en Pozuelo de Alarcón, muy cerca de Madrid, y sumido en la (presunta) lectura de un Pulgarcito. No, no fue un oso de peluche, ni un coche teledirigido (¿los había entonces?), ni un tren eléctrico, ni un tablero de parchís, el amuleto o fetiche lúdico que me acompañaban en la foto. Lo que envié a Josep Maria fue la imagen de un niño rubicundo y cabezón de dos años de edad leyendo un tebeo.

Mis mejores juguetes, mis mayores juguetes, mis juguetes preferidos fueron, sin duda, los tebeos. Por generación (nací el 29 de diciembre de 1950) me correspondieron aquellas innumerables colecciones apaisadas de Bruguera, de Maga o de Valenciana, que costaban 6 reales en los años cincuenta y habían empezado costando exactamente la mitad, 75 céntimos, a comienzos de los cuarenta. Las grandes series de Valenciana, Purk, el Hombre de Piedra, El Espadachín Enmascarado, El Hijo de la Jungla, Milton el Corsario, Roberto Alcázar y Pedrín y El Guerrero del Antifaz eran mis favoritas. Había una tienda en la madrileña calle de los Hermanos Miralles (antes General Díaz Porlier y hoy General Díaz Porlier), semiesquina a Ayala, donde vendían números atrasados de esas colecciones, de modo que era fácil completarlas, y a mí siempre me ha interesado, sobre todas las cosas, completar las colecciones que comienzo. El dueño de la tienda se llamaba don César, era gallego y había sido condiscípulo de Franco, lo que situaba su nacimiento hacia 1892. Su ayudante tenía cuarenta años menos que él y fue quien, a su muerte, se hizo cargo del negocio, que pasó a ser una papelería normal y corriente, sin tebeos antiguos ni nada que se le pareciese. Hoy ni siquiera es ya papelería.

Pero no sólo eran las colecciones de Editorial Valenciana las que me nublaban el sentido, sino otras series como El Cachorro, El Capitán Trueno y El ]abato (por citar sólo tres entre las de Bruguera), o El Cruzado Negro, Hacha y Espada y Don Z (por citar otras tres de Maga). Todos los sábados (entonces íbamos al colegio los sábados; librábamos los jueves por las tardes, como las criadas), al salir del colegio, me detenía en un quiosco de periódicos que había -y hay- en la calle de Goya, entre Castelló y Núñez de Balboa, y me compraba los tebeos de la semana, que eran como diez o doce, y luego los leía plácidamente tumbado en un sofá del cuarto de estar de mi casa de Jorge Juan, después de merendar como un príncipe.

Esos tebeos, y los alargados de la mexicana Editorial Novaro (entre los que podría citar decenas de títulos, como Hopabng Cassidy, Gene Autry, Red Ryder, Tomahawk, Vidas Ilustres, Vidas Ejemplares, La Zorra y el Cuervo o La Pequeña Lulú), y las ediciones de Dólar de los grandes clásicos del cómic norteamericano (Flash Gordon, El Hombre Enmascarado, El Príncipe Valiente, Mandrake, Brick Bradford), constituyeron el pan bendito de mi educación sentimental. Hasta que en 4² de bachillerato, cuando tenía doce años, me encontré por primera vez en el colegio con una asignatura que dedicaba todo su temario al estudio de la Literatura (sin mezclarla con la Lengua). A fe mía que tal encuentro resultó para mí revelador.

Y no es que a partir de aquella deslumbrante revelación de la literatura dejase de leer tebeos. Ni que no hubiese leído libros antes de aquel manual de Historia de la Literatura. Desde luego que no. Siempre he compaginado la lectura de libros y tebeos sin mayores problemas, y pienso seguir haciéndolo hasta que me muera. Pero darse de bruces, en las páginas de aquel libro de 4² curso, con los autores más importantes de las letras universales, maravillosamente clasificados por épocas, por géneros y por países, supuso un antes y un después en mi carrera de lector. Sabía ya, por los tebeos (que incluían secciones de cultura recreativa) y por los nutridos estantes de la biblioteca familiar, quiénes eran, más o menos, los grandes nombres de las letras universales, pero no conocía a los que venían detrás, en letra más pequeña, y a través de mi libro de texto pude acceder a cientos de nombres que se quedaron a vivir para siempre en las mejores habitaciones del recuerdo, y allí siguen viviendo como en su propia casa, cordiales y sonrientes, hasta la atrofia de mi mente o el final de mis días. Fueron aquellas breves semblanzas biográficas y aquellas sinopsis arguméntales las que instalaron de forma permanente en mi alma el dulce tósigo de la literatura. Si unimos a las múltiples magias del providencial manualillo el descubrimiento por mi parte de los catálogos editoriales (lo que, probablemente, sucedió en la madrileña Feria del Libro, entonces ubicada en el Paseo de Recoletos), mi suerte como lector estaba echada, y mi destino como bibliófilo, asegurado. A los bibliófilos nos vuelven locos los catálogos, sean éstos meros repertorios de libros a la venta en determinadas editoriales, o sean elencos de libros antiguos, siendo estos últimos, empezando por los que la librería anticuaría Ojanguren, de Oviedo, enviaba a mi padre (y yo devoraba), los que más placer me proporcionaban en mi adolescencia y siguen proporcionándome ahora.

Dos librerías, dos, tenía abiertas la Editorial Aguilar cerca de casa de mis padres. Hoy se han convertido en sendas zapaterías, lo que habla del inexorable deterioro de los tiempos (no sé si mi admirado amigo y maestro Luis García Berlanga, confeso fetichista del calzado, estaría de acuerdo en esto). La librería Aguilar que estaba en Goya, entre Núñez de Balboa y Velázquez, era mi favorita. La visitaba siempre que podía, o siempre que lograba ahorrar las 55 pesetas necesarias para comprar un tomo de la preciosa colección «Crisol», que era lo que más ilusión podía hacerme en este mundo. Cuando mi abuela María de la Presentación, pongo por caso, me daba dinero para festejar mi santo o mi cumpleaños, yo me lo gastaba íntegramente en libros editados por Aguilar. Luego le pedía a mi abuela que me dedicase los volúmenes adquiridos para guardar un recuerdo de ella: conservo, por ejemplo, sus dedicatorias, escritas en airosa cursiva de señorita nacida en tiempos de la Restauración alfonsina, en los Libros de caballerías españoles editados por Felicidad Buendía (colección «Obras Eternas») o en Hambre y Pan del premio Nobel noruego Knut Hamsun («Crisol»). Si alguno de mis protectores prefería no darme el dinero, sino molestarse e ir a comprar el libro, yo siempre le decía que se dirigiese a Aguilar.

Había otra librería, más pequeña, llamada Pro Cultura o Procultura (no me acuerdo si se escribía junto o separado), en la calle de Goya, entre Velázquez y Lagasca, donde compraba siempre los libros Amparo Robles, una de las personas que más he querido y querré en esta vida. Amparo había sido la primera novia de Enrique Jardiel Poncela, allá por 1916 o 1917, cuando ambos tenían quince o dieciséis años, y entró a mi casa a trabajar como señorita de niños (más bien de niño, o sea, de mí, porque mi hermana ya era mayorcita) en 1952. La dueña de Procultura era una señora bajita, de nariz grande y cutis mal cuidado, gran amiga de Amparo. A mí me encantaba acompañar a mi señorita a esa librería. Todavía me acuerdo del impacto que en mí produjeron los seis tomos de las Obras de Papini (Aguilar), cuidadosamente alineados en una estantería de Procultura y marcados con un precio absolutamente prohibitivo para mi bolsillo. Ahora esos seis tomos se alinean en una privilegiada estantería de mi biblioteca, junto a las Obras completas de Stendhal, traducidas por Consuelo Berges, y a las de Rómulo Gallegos. Son imágenes que, no se sabe por qué, permanecen indelebles en el astroso desván de la memoria. Y algún significado tendrá esa permanencia, digo yo.

Me he referido antes a la biblioteca familiar, que es donde, en mi caso, empezó todo. En otras personas ese «todo» comienza en la biblioteca municipal, o en la colección de novelas francesas que había en la casa de campo de los abuelos, o en el armario con libros del aula colegial, o en el desvencijado Quijote con que la maestra premió una redacción afortunada, o en cualquier otra parte. Yo tuve la fortuna, y doy gracias a Dios por ello, de no tener que moverme de casa de mis padres para iniciarme en el vicio de la lectura (todos los vicios los adquiere uno en la niñez; luego nos limitamos a regarlos para que crezcan). En el vicio de consumir las novelas de Rafael Sabatini, por ejemplo. Allí estaban, encuadernadas de dos en dos, respetando las deliciosas cubiertas de Editorial Molino, con sus escasas, pero sugestivas, ilustraciones en blanco y negro, con sus títulos, desbordantes de pasión aventurera (El capitán Bbod, Bardelys el magnífico, El antifaz veneciano, El príncipe romántico, En el umbral de la muerte, Scaramouche, creador de reyes…), con sus formidables tramas arguméntales, que me traían y me llevaban desde el Caribe a la Italia de César Borgia, de la Revolución francesa a la Inglaterra de Cromwell, envuelto siempre en el manto protector de la fantasía, que me hacía invisible para poder asistir impunemente, y desde primera fila en el patio de butacas, a hechos heroicos, desafíos, traiciones, emboscadas, situaciones comprometidas y amores absolutos sin que me salpicara una sola gota de sangre, ni una sola gota de odio, ni una sola gota de angustia. Un Sabatini que llegaba desde Inglaterra con ese apellido tan italiano para anular fronteras entre realidad y deseo, para hacerme llegar a la felicidad suprema de ponerme en contacto con unas existencias mucho más dignas de ser vividas y mucho más interesantes que la mía, sin que el maravilloso regalo tuviese otra contrapartida que no fuera coger el libro de su estante y empezar a leerlo. Un Sabatini que, junto a Robert Louis Stevenson, Rudyard Kipling, sir Arthur Conan Doyle, Alfred de Vigny y Edmond About, por citar sólo algunos nombres, me descubrió los dos únicos oficios que nunca me han defraudado: parásito de invenciones literarias y vampiro de pasiones ajenas. Dos oficios que glosan y prolongan la noble profesión de lector y robustecen su estructura semántica, de por sí sana y fértil en matices.

Me referiré a los autores que acabo de citar, mencionando al menos una obra de cada uno de ellos que podía encontrarse en la biblioteca familiar y que leí entre los once y los trece años, inmediatamente antes e inmediatamente después de toparme en el colegio con el nunca bien ponderado manual de Historia de la Literatura. En primer lugar, El extraño caso del doctor Jekyll y míster Hyde, de Stevenson, en la vieja colección Universal, de Calpe; sería imposible trasladarles aquí y ahora una centésima parte de la emoción y de la sensación de plenitud lectora que experimenté echándome al coleto esa novela. Más tarde, digamos que hacia 1975, me topé con la editio princeps en la madrileña Librería del Prado, entonces regentada por un abuelete que respondía al nombre de don Cayo: era, efectivamente, la edición edimburguesa de 1886 de The Strange Case of Dr. Jekyll & Mr. Hyde la que se presentó ante mi vista, con su encuademación editorial original y en un estado inmejorable, pero yo no tenía esa tarde -porque era una tarde, lo recuerdo nítidamente- las mil seiscientas ridículas pesetas que don Cayo pedía por el libro; no lo reservé, probablemente por timidez; volví al día siguiente, también por la tarde, ¡y se había vendido por la mañana! A pesar de tan dolorosa contrariedad, o quizá a causa de ella, la novela stevensoniana que aborda el tema del doble se ha quedado a vivir para siempre en las entretelas más profundas de mi espíritu. Y es que todos nosotros, absolutamente todos, nos sentimos aludidos en lo más íntimo por la doble faz de un personaje que es capaz de llevar una existencia rutinaria, burguesa, pacata y victoriana de día, y que se transforma de noche en un titán del mal por el mero hecho de trasegar un vaporoso bebedizo. Las drogas modernas nos han dado a conocer de cerca ese fenómeno. Pero no es necesario tomar pócima alguna para que el monstruo que habita en lo más hondo de nuestro ser tome las riendas de nuestra conducta y nos meta en un lío. Somos dos en uno (como ese aceite milagroso que anuncian en la tele), aunque vayamos por ahí presumiendo de un solo cuerpo y una sola alma, y dándonoslas de gente muy vertebrada en lo psicológico. Somos dos. Ya se sabe: Borges y el otro.

De Kipling, cómo no, debo citar el poema If, o sea, «Si» (la conjunción condicional), que mi padre tenía enmarcado en su despacho y que ha servido de decálogo laico a muchísimos jóvenes de toda Europa a lo largo de varias generaciones. Lo de «Serás hombre, hijo mío» nos parecía -no sé muy bien por qué- un estremecedor vaticinio por cuyo pleno cumplimiento había que luchar hasta el final, ignorantes de que nuestra conversión en «hombres» nos acercaba peligrosamente a la edad en que los sueños se pudren en los vertederos y entra en barrena la imaginación. Con todo, If es un extraordinario poema, y estoy muy satisfecho de haberme dejado seducir por él.

Luego estaba El libro de la selva, en aquella edición de Gustavo Gili con la cubierta en relieve que fuera de mi abuelo Luis, que devoró mi padre y que seguía conservándose estupendamente cuando cayó en mis manos. Y que Alvaro e Inés, mis hijos, recibirán en el mismo impecable estado, porque en mi casa no habremos aprendido cosas prácticas, como ganar dinero, pero estamos puestísimos desde hace varias generaciones en cuestiones de higiene y terapéutica del libro. Nunca he sentido cariño, sino repulsión, hacia un libro zarandeado por usuarios negligentes, aunque éstos tengan nombres ilustres y salgan reseñados en las enciclopedias. Mis padres me dijeron que los libros eran nuestros amigos y que, en consecuencia, había que tratarlos con amor y delicadeza, y que disfrutaría más leyendo libros impolutos, bien cuidados y protegidos amorosamente a lo largo del tiempo por sus lectores, que leyendo volúmenes rotos o desencuadernados, con lamparones de grasa en las páginas y estúpidas o inanes anotaciones en los márgenes. Y yo he seguido al pie de la letra el consejo de mis padres. Pero volvamos a Kipling y demos por concluido el capítulo conservacionista del manual de buenas maneras que estudié en ingreso de Bachillerato y que se titulaba El muchacho bien educado.

El libro de la selva se ha seguido leyendo sin cesar en todo el mundo. Parte de la culpa la tuvo una excelente película de dibujos animados que fabricó la factoría Disney hace, tal vez, cuarenta años. Pero Mowgli y sus amigos de la jungla hubiesen sobrevivido sin Disney al desgaste de los años, porque están trazados con la mano maestra con que están dibujados los sueños literarios más consistentes y las ficciones más lúcidas y entrañables. Alianza Editorial, en su célebre colección «El libro de bolsillo», lanzó la saga en dos pequeños y manejables tomos que aún siguen reeditándose y que han entrado en todos los hogares imaginables. La elección de El libro de la selva sigue siendo una apuesta excelente a la hora de recomendar una obra literaria a los que apenas leen, porque abre el apetito lector como muy pocos libros. Yo he tenido la experiencia de poner en las manos de personas semianalfabetas los dos tomitos de Alianza, y he cosechado el fruto de que, luego, esas mismas personas me agradeciesen efusivamente un regalo que tanta diversión y placer les había suministrado.

De Alfred de Vigny leí, en aquellos años en que mi alma se desperezaba, una novela de aventuras, Cinq-Mars o una conjura en tiempos de Luis XIII, que aún circula a caballo por los loci más amoeni de mi memoria, lo mismo que El rey de las montañas, de Edmond About, una novela de agrestes bandoleros ambientada en la Grecia del siglo XIX. Mi padre, que fue siempre un aficionado impenitente a la novela de aventuras y que cuando había que jurar lo hacía siempre por el bigote y la perilla de D’Artagnan o por los venenosos ojos azules de Milady, me hizo cómplice de su afición y me asoció a su dependencia literaria, cosa que le agradezco muy de veras. Como le agradezco, y aún más si cabe, que me dejara encima de la mesa los dos volúmenes de la colección «Joya», de Aguilar, que contenían las hazañas completas de Sherlock Holmes. Pero el tema merece párrafo aparte.

Retrocedamos en nuestra máquina wellsiana del tiempo hasta el verano de 1962. Veraneábamos entonces, por absurdo que pueda parecer hoy, en el barrio de la estación de Pozuelo de Alarcón, en un hotel desvencijado de dos pisos (en aquella época llamábamos «hoteles» a lo que hoy llaman «chalés»), con aspecto de Casa Usher venida a menos. Allí me hicieron la foto con el Pulgarcito en las manos a que he hecho alusión más arriba. Allí, y más concretamente en el hall de ese hotel, que era donde se estaba más fresco de toda la casa, y a la hora de la siesta obligatoria, fue donde me metí en vena a Sherlock Holmes, de la misma manera que el detective inglés se inyectaba en la sangre todo tipo de drogas cuando no tenía trabajo. Les puedo asegurar que la droga llamada Sherlock Holmes crea adicción. Pero una adicción que en ningún caso genera ansiedad ni sufrimiento, sino diversión y placer. Tardé todo el verano en dar cumplida cuenta de los dos tomos de Aguilar (que, por cierto, se guardan ahora en mi biblioteca, en impecable estado de conservación). A partir de ese momento me convertí en un fanático de Conan Doyle, devorando (en la misma edición de Obras completas de «Joya» en que habían visto la luz los volúmenes holmesianos) sus novelas históricas, el ciclo del profesor Challenger y, desde luego, sus prodigiosos cuentos, más tarde reimpresos en varias entregas de la deliciosa colección «Nostromo», que lideraba Mauricio d’Ors. Pero la herida estética más profunda me la produjo el detective de Baker Street. Tanto las novelas largas (Estudio en escarlata, El signo de los cuatro, El sabueso de los Baskerville, El valle del terror) como los relatos breves tejen en torno al personaje una tela biográfica apasionante donde hay un contrapunto, John Watson, con el que era muy cómodo identificarse desde la butaca del hall de Pozuelo y que confirma y refuerza de manera admirable la textura moral y psicológica de Holmes. Mucho se ha escrito sobre figuras literarias tan atractivas al margen del corpus narrativo inventado por Doyle. Hubo toda una serie, rotulada «Los Archivos de Sherlock Holmes», de Ediciones Valdemar, dedicada a publicar pastiches holmesianos, y ocupó nada más y nada menos que catorce gruesos volúmenes, lo que representa, sin embargo, una mínima parte de lo que existe. Pocos personajes de ficción han obtenido un grado de reconocimiento y adhesión por parte del público tan elevado como Sherlock Holmes. Mi amigo Santiago Rodríguez Santerbás, a guisa de ejemplo, publicó en su hermoso y olvidado libro Tres pastiches Victorianos una aventura apócrifa de Holmes, donde jugaba un importante papel el violinista Sarasate, fundiendo así, como es habitual en un subgénero como el pastiche, la ficción más enloquecida con la realidad más estricta. No se pierdan el libro de S. R. S.: lo publicó Hiperión hará veinte años.

He llegado al final de la arbitraria lista de escritores que me autoimpuse a la hora de hablar de mis más remotas lecturas. Pero esa lista no es completa, ni mucho menos. Podría haberles hablado de otras obras y otras autores sin salirme por ello de la veracidad autobiográfica. Será en otra ocasión. Pero a lo que no puedo dejar de referirme, aquí y ahora, es a dos lecturas que no figuran en esa lista y que son, sin lugar a dudas, las más importantes y decisivas que realicé en los años de mi primera adolescencia. Se trata de los de Benito Pérez Galdós y de las Obras completas de William Shakespeare, que leí, «por no hacer mudanza en mi costumbre» (si me permiten el préstamo garcilasiano con un cambio en el posesivo), en los viejos y nobles tomos de la Editorial Aguilar.

Me da la impresión de que las primeras series de los Episodios nacionales galdosianos fueron lectura familiar (que no escolar) obligatoria durante muchos, muchos años. Pongamos entre 1910 y 1965, más o menos. Cuando digo «lectura familiar» quiero decir que la familia prescribía a los niños, como rito de iniciación a la adolescencia, la lectura de los Episodios. No de todas las series, porque el republicanismo y la libertad de costumbres asomaban con excesiva crudeza en las últimas. Pero sí, al menos, de las dos primeras, protagonizadas respectivamente por los inefables Gabriel Araceli y Salvador Monsalud. Y si me apuran ustedes, sólo de la primera, que es la que recomienda el reverendo padre Ladrón de Guevara en su indescriptible volumen Novelistas malos y buenos, condenando tajantemente el resto de la obra.

A mí me recetaron mis padres los Episodios nacionales en tres tomos de cortes pintados de la mencionada colección «Obras eternas». Y resulté un enfermo aplicado, porque me pulí tan preciada medicina de cabo a rabo, desde la batalla de Trafalgar a la primera República, sin dejar una sola miga en el plato. A lo ancho y largo de cinco series que Galdós fue escribiendo durante treinta años, la historia de España del siglo XIX se traslada al lector adaptada a los signos distintivos de la novela, de una novela realista en la que don Benito no deja cabo suelto en su análisis de la progresiva decadencia y del creciente ensimismamiento del sufrido solar ibérico.

Debo reconocer que leí con mucho más placer las dos primeras series que las siguientes, y especialmente la primera, que es sin lugar a dudas mi favorita, de forma que coincido con el reverendo padre Ladrón de Guevara, tan pintoresco en sus apriorísticos juicios morales como excelente catador de prosas ajenas. Cuando escribe los episodios de la primera serie, Galdós es joven todavía, y le fascina la posibilidad de tejer una laboriosa tela novelesca, folletinesca incluso, que tenga como fondo los sucesos históricos de un período tan importante de nuestra historia como es el que media entre 1805 y 1814. Prueben ustedes a sumergirse en la maraña de acontecimientos reales e inventados que don Benito mezcla, de manera sumamente efectiva, en esta primera serie, y advertirán hasta qué punto ha alcanzado lo que se proponía. Decir que sus personajes están vivos no refleja los niveles de respiración, y hasta de transpiración, con que se pasean por la saga. Se diría que están siendo filmados por una cámara y no descritos por una pluma: tal es la inmediatez, la frescura, la solidez, la realidad tangible, la verdad que desprenden sus ectoplasmas literarios.

Inés, la novia del protagonista, fue entonces, a mis doce años, mi ideal femenino. Lo sigue siendo hoy. Mi hija Inés no se llama así por la santa homónima, ni por doña Inés de Ulloa (la del Tenorio), ni por aquella reina postuma de Portugal que inmortalizaron, entre otros, Luis Vélez de Guevara y Henry de Montherlant con el nombre de Inés de Castro. Se llama Inés por Inés de Santorcaz, la hija de Luis de Santorcaz y de la bellísima Amaranta, la portentosa criatura que se inventó Galdós para justificar el paso por el mundo de Gabriel de Araceli, el héroe de la primera serie de sus Episodios nacionales. Varias generaciones de adolescentes españoles aprendimos en esa Inés lo que significa «Ewigweiblich», una de las palabras con las que el viejo Goethe, pensando siempre en Gretchen, cierra su Faust. Y no es que los Episodios carezcan de virtudes: son trepidantes, comunican vida, dan pleno cumplimiento al viejo adagio de instruir deleitando. Pero sin Inés valen poco. Imagínense cómo descendería el precio del mundo si no hubiese albergado en su interior, en algún momento de su larga y fatigosa historia, a un tipo tan genial como Shakespeare. Pues algo así.

Leer a Shakespeare ha sido lo más importante que me ha pasado en los últimos cuarenta años. Y estoy seguro de que será, también, lo más importante que va a pasarme en el futuro. Porque en Shakespeare confluyen el pasado, el presente y el porvenir como tres grandes olas que se amansan en su teatro, mientras nos susurran esta canción: «Cuanto es el hombre, cuanto ha sido y cuanto será se contiene en este puñado de piezas teatrales. Quien quiera conocer las miserias y las grandezas del ser humano de hoy, de ayer y de mañana ya sabe adonde debe acudir». A un lugar donde nunca quedará defraudado. De eso sabía un rato mi admiradísimo Víctor Hugo, quien, en su William Shakespeare, formidable monografía sobre el Cisne del Avon que leí por aquel entonces en la inevitable colección «Crisol», abordó la dramaturgia shakespeareana con un impulso homérico, con esa inigualable fuerza épica que transmite la obra del autor de Los miserables. «Quand on est jeune, on a les matins triomphants» puede leerse en el capítulo «Booz endormi», de La légende des siècles; cualquiera puede dar fe de ello: Bradomín, por ejemplo, que en Sonata de estío reconoce que prefiere hacer el amor por la mañana, al despertarse, porque «tiene las mañanas triunfantes» como el poeta francés; o yo mismo, que al aprobar la reválida de 4º con una buena calificación, les pedí a mis padres como regalo las Obras completas de Shakespeare, muy bien traducidas por don Luis Astrana Marín en un único y grueso volumen de la colección «Obras eternas», de Aguilar, y las leí de cabo a rabo a lo largo de todo el curso siguiente, durante las triunfantes mañanas de los domingos y, por lo general, en la cama. Desde las 6 hasta las 11AM, para que se hagan una idea.

Leer a Shakespeare en la cama es como hacer el amor, también en la cama, con la vida, que es una morena espectacular de ojos verdes que se parece a Hedy Lamarr. Y leerlo en la adolescencia, cuando uno está en esa etapa en la que sin remedio va convirtiéndose en uno mismo, resulta una experiencia incomunicable. La verdad es que casi todo acaba resultando incomunicable, si es que no lo fue desde siempre, pero esto todavía más, se lo aseguro. Además, ya saben ustedes a qué me refiero: todos los letraheridos hemos sentido la misma sensación en algún momento de nuestra vida, unos con William Shakespeare, otros con cualquier otro autor. Y es la sensación de que aquella lectura inaugural, sin dejar de serlo, era también la última, la de clausura. La obra dramática del viejo Will (y no sólo la dramática: ahí están los prodigiosos Sonetos, La violación de Lucrecia o El fénix y la tórtola) agota el repertorio humano y explora el territorio de nuestra especie con minuciosidad ucrónica.

Después del autor de Macbeth vendrían el Marqués de Sade, Darwin y Freud, entre otros muchos, a descubrir mediterráneos que, en su momento, resultaron muy novedosos. Pero -y fíjense cómo exagero- la teoría de la evolución, la de la relatividad, el psicoanálisis, la bomba de hidrógeno, la cartografía genética y todas esas zarandajas que surgen del barullo de la modernidad tratando de poner orden donde no lo había o de certificar el desorden, todo eso está en Shakespeare. No hay sentimiento, sensación, pasión, descubrimiento, hallazgo, frenesí, que no pueda encontrarse en el teatro de Shakespeare, en la fantástica e hiperrealista galería por donde circulan sus personajes, hechos del viento y de la arcilla con que Dios creó al primer hombre, arquetipos de todas nuestras culpas y de todos nuestros aciertos, mensajeros que llegan a explicarnos nuestras propias vidas con el ejemplo de las suyas, rebosantes al mismo tiempo de verdad y de ambigüedad. Una galería poblada por fantasmas reales de muy diverso género que, cuando pasan a nuestro lado, nos arrojan a la mente la semilla de nihilismo que llevan en la mano, una semilla que germina paradójicamente en nuestro interior, repoblando los bosques y las selvas del nuestra alma, que son los bosques y las selvas del universo, porque lo infinitamente pequeño y lo infinitamente grande son tan sólo metáforas de una misma espesura intelectual.

Así que cuando Macbeth nos dice aquello de que «la vida es un cuento contado por un idiota, lleno de sonido y de furia y que nada significa», no se refiere sólo a su vida -la de un tirano regicida cuya esposa ha perdido la razón y cuya estrella política está a punto de declinar-, sino a nuestra vida, a la vida de cada uno de nosotros, y también a la vida del ancho mundo, tejida con los hilos del padre Caos. No sé si acierto, pero me parece que en esa frase de Macbeth y en aquella otra, tan célebre, de La tempestad en la que Próspero dice que estamos hechos de idéntica materia que los sueños, está resumido todo el programa anímico y vital del gran Will. Algunos lo hemos hecho propio, siguiendo las venerables huellas del maestro.

Que las obras dramáticas de Shakespeare hablan de cosas que pueden y que deben ser escuchadas por los jóvenes. Lo atestigua, por ejemplo, la existencia de los famosos Cuentos basados en el teatro de Shakespeare, de Charles y Mary Lamb, uno los clásicos más leídos de la literatura juvenil inglesa del siglo XIX. Lo atestiguan también dos tomitos de la benemérita colección Araluce, respectivamente titulados Historias de Shakespeare y Más historias de Shakespeare, en los que quien firma estas líneas encontró el motivo para solicitar de sus padres la adquisición de las Obras completas del Cisne del Avon. Lo atestigua la infinidad de adaptaciones para niños de las obras dramáticas shakespeareanas, incluyendo algunas translaciones al mundo del cómic que tienen verdadero interés, o alguna feliz incursión en el apasionante universo del dibujo animado. Shakespeare, como esos puzzles de un montón de piezas en cuya caja consta la recomendación «de 9 a 99 años», no tiene contraindicaciones en lo que atañe a la edad de sus lectores. Sus argumentos son los de siempre: Quiero decir con ello que Shakespeare no inventa plots, sino que se limita a elegir esos plots del amplio muestrario textual que tiene a su alcance (las Vidas paralelas de Plutarco en la versión de North, las Historias de Holinshed, William Painter, acaso nuestro Antonio de Eslava…) y luego los reelabora a placer, marcándolos a sangre y genio con la inconfundible marca de la casa, una marca que sus geniales contemporáneos -los Jonson, Marlowe, Kyd, Webster, etc.- quisieron imitar sin éxito, quedándose en Avellanedas de ese fantástico Quijote que es el corpus dramático shakespeareano.

Ha habido películas maravillosas inspiradas en el teatro de Shakespeare. Ese es otro de los méritos innegables del viejo Will. Se diría que al componer sus dramas ya era consciente de que, siglos más tarde, iba a existir una cosa llamada «guión cinematográfico» que él había practicado ante litteram con la precisión de un experto. Recuerdo un admirable filme de Trevor Nunn sobre Noche de Epifanía que dejó turulata a mi hija hace tiempo, cuando tenía nueve o diez años; la sorprendí la misma noche en que habíamos visto esa película con las Obras completas de Shakespeare, abiertas por Twelfth Night, en las manos: me dijo que sólo leía lo que decía Viola, la protagonista, que era quien le caía mejor, y que lo demás se lo saltaba; creo que aún no ha leído completa esa comedia, pero siempre se acordará de ella gracias a Trevor Nunn.

En cuanto a mí, no había visto ninguna película basada en Shakespeare cuando leí por primera vez el teatro de Shakespeare. Iba rodando en mi imaginación mis propias películas mientras iba leyendo cada pieza. Salvo las ilustraciones que acompañaban a la edición de «Obras eternas», yo no tenía cultura iconográfica shakespeareana. No había visto todavía las recreaciones de Füssli de El sueño de una noche de verano, ni la Ofelia de Millais que está en la Tate, ni tantas otras joyas de la pintura universal inspiradas por Shakespeare. Fui pintando mentalmente a los personajes del maestro con la ingenua fascinación de la primera adolescencia, y aún siguen ahí, agazapados en un rincón de mi imaginario, recordándome el irrepetible momento en que surgieron del caballete de mi fantasía, cuando la alegre brisa de la literatura comenzó a soplar en mi alcoba.

Les he contado algunos hitos de mi prehistoria como lector. Si pasado mañana tuviese que escribir un trabajo que llevara por título «La forja de un lector», repetiría algunas de las cosas que he dicho aquí, pero recordaría muchas otras, completamente diferentes, y serían distintos los nombres propios que sacaría a colación. La vida es breve, pero el arte es largo y recurre a menudo, gracias a Dios, a la magia sutil de la sorpresa.