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Fragmentos de imitación, paradojas de la experiencia

Suprema teofanía. Dios crea al hombre a su imagen y semejanza. Traza con el compás de arquitecto la Jerusalén celeste, arquetipo universal, pero exige una renuncia sublime: la perfección no llegará nunca, porque el modelo es inimitable. «Paradoja de la imitación cristiana», dice bien Hans Urs von Balthasar. Prueba de fuego para la vanidad, pecado mayor de la especie… Sólo ahí, en ese nivel trascendente que define la Teología, encaja con menos firmeza la historia y la teoría de la imitación que Javier Gomá nos ofrece en un libro  excepcional. Pero también en su doctrina surge una inteligente propuesta de renuncia: el universal concreto resulta ser necesario, pero imposible; deja la condición de promesa para convertirse en fuente de nostalgia. Lección suprema de la experiencia de la vida.

Conviene, sin embargo, no anticipar conclusiones. Decía que estamos en presencia de un libro excepcional. Excepción, aclaro, en sentido literal. Porque aporta (muchas) ideas propias en un ambiente nutrido casi siempre de una escolástica menor para epígonos sin talento. Porque muestra un dominio envidiable de fuentes primarias y secundarias del más variado origen: filosofía y literatura; psicología y sociología; ciencia política, a veces; teoría jurídica, cuando la necesita. En fin, porque se trata de la tesis doctoral de un autor (ajeno a la universidad en su vida profesional) que se presenta como un investigador maduro y solvente cuando otros apenas balbucean sin rumbo fijo. Imitación y experiencia sitúa a Gomá en un lugar de preferencia entre quienes tienen algo que decir en el pensamiento español contemporáneo. Le exige mucho, sin duda, de cara a futuras aportaciones al debate de las ideas. Pero termino ya con los elogios merecidos: el esquema expositivo no falla nunca, a base de tres imitaciones premodernas y otra más bien posmoderna; la difícil técnica del excursus es utilizada con brillantez, por ejemplo en referencia a Thomas Mann, Carl Jung o Mircea Eliade; en fin, la pulcritud del buen castellano filosófico demuestra, más incluso que las citas pertinentes, una lectura profunda de los mejores, en especial de Ortega y de Zubiri. Luce además la soltura del buen ritmo discursivo, a veces alterado por la obsesión de reiterar para hacerse entender y por la presencia prescindible de algunos autores de segunda fila.

Empiezo por las cien últimas páginas, la parte más original. El libro ofrece, ante todo y sobre todo, una teoría general de la imitación de prototipos morales. Es, diríamos, la única imitación posmoderna posible, puesto que la Modernidad (léase, Ilustración y luego, cada uno a su manera, romanticismo y positivismo) destruyó sin piedad las eres vías de la imitación premoderna, a saber, las referidas a la Naturaleza, a las Ideas y a los Antiguos. Creo que el autor se duele del carácter fragmentario, distante, incluso despectivo, de las teorías modernas sobre la imitación: una suerte de residuo anacrónico en el plano sociológico (por todos, Elias Canetti) o psicológico (Sigmund Freud, mejor que nadie). Se trata, como bien ha escrito Javier Roiz, de desplazar lo inexplicable a una pieza central que sirva para purgar de irracionalidad al resto del sistema1. A mi juicio, la expresión más perfecta de este cómodo expediente racionalista procede de Descartes, con su doctrina incongruente sobre el «genio maligno». Sea como fuere, ya que no hay modernidad posible fuera del sujeto ilustrado (parece que tampoco posmodernidad, pese a las apariencias), se debe evitar cuidadosamente cualquier sombra de perfección o de estatismo en el modelo y, a la inversa, hay que asumir sin matices los rasgos obligatorios de progreso, libertad y dinamismo: sin este salvoconducto, todo pensador será expulsado de manera fulminante del paraíso de la contemporaneidad.

El nuevo sujeto emancipado imita porque quiere y no porque debe. Imita a quien quiere y lo hace cuando le place y mientras le apetece, sin deber alguno de fidelidad o perseverancia. Acumula así un arsenal de ejemplos y de contraejemplos, que Gomá, estupendo definidor, califica de «experiencia de la vida». Elige sin compromiso frágiles amoríos, recogidos al paso de aquí y de allá. Imita, pues, pero quizá no imita, porque si baja la guardia puede caer en el instinto, el sentimiento o la credulidad, que garantizan la eterna condena al fuego de ese infierno mal llamado Tradición. Nuestro autor lo sabe (aunque sospecho que no lo comparte) y se esfuerza con el arma de la exquisitez conceptual en salvar del anatema al objeto de su preferencia.

Lo consigue, porque es más inteligente que sus adversarios vanidosos, lastrados todavía por el «prejuicio contrario a la imitación que arraiga en la Modernidad» (pág. 23) y por la supuesta incompatibilidad entre el sujeto autónomo y la «consustancial» heteronomía de la imitación (pág. 25). Pero lo hace —a veces— a costa de admitir una imitación por fragmentos, deconstruida, un poco arbitraria, residuo brillante, casi asumible por el pensamiento débil, del naufragio de más de veinte siglos de metafísica y de filosofía moral: «quien elige como modelo un prototipo, que realmente lo sea, puede ceder al deseo de imitarlo sin por ello merecer el reproche de irracional» (pág. 25).

PRINCIPIOS DE UNA IMITACIÓN RACIONAL

Bienvenida sea la nueva fórmula si consigue, como es el caso, recuperar un concepto nuclear, pero antimoderno por su irritante solidez, como es la excelencia. El autor revela su propósito último cuando, al abordar la Pragmática de la imitación, convierte a la excelencia en el primero de los cuatro principios del prototipo. Hay que ser valiente para admitir que existe alguien mejor que yo y que por ello le admiro. Más todavía, le quiero precisamente porque es mejor, expresión suprema de austeridad moral que la egolatría del sujeto vulgar (un cretino, en sentido literal) no llega nunca a aceptar.

Sin embargo, faltaría más, la excelencia posmoderna necesita aparecer como socialmente legitimada: no es ahora un valor aristocrático (prohibido) sino democrático (exigido), y de ahí que la nueva areté se defina como «la forma personal de una armonía generalizada de valores» (pág. 334). Por esta vía construimos, me parece, un nuevo ídolo de la tribu al que se atribuye un estándar de cualidades homologables (es decir, políticamente correctas) y, tal vez exagero, le abrumamos por medio de premios, honores y reconocimientos, mucho más atractivos cuanto más transnacionales.

La virtud así determinada combina, pues, prudencia social con creencias abstractas. Es pura tipicidad, como explica el autor en páginas donde revela su sólida formación de jurista: «el que matare…», el derecho sagrado a la igualdad ante la ley… Prohibido imitar lo excepcional. Construyamos, en cambio, pautas de adoctrinamiento eficaz, envueltas en papel de regalo, para aliviar la tensión cotidiana de nuestra «muchedumbre solitaria»2. Normalidad social, pues, sublimada en el prototipo, como base para una «teoría crítica del sujeto excelente».

He aquí, explica Gomá, a nuestro Yo contemporáneo, «adelgazado y debilitado, aunque imprescindible», al que pretende liberar de su prisión actual, una «mónada sin ventanas» (pág. 342). Porque, como bien dice, la Modernidad entera descansa en el poder de la subjetividad y esta situación no admite retornos. Es muy cierto: no se vende billete de vuelta hacia el mundo premoderno. Pero, digamos con Nietzsche, las verdades son simples ilusiones que se han olvidado de que lo son; al cabo, una hueste en movimiento de metáforas, metonimias y antropomorfismos. Y en ese movimiento nos introduce hábilmente nuestro filósofo, español y —por ello— necesariamente raciovitalista: el devenir de la vida; la ejemplaridad in fieri y no sólo in factum esse; en suma, la imitación en el transcurso del tiempo. Gana Heráclito una vez más. ¿Quién se atreve a apostar por el ser estático en una era desenfrenada, caótica y televisiva?

Segundo principio. Unidad integral del ser y del deber ser, que viene a referirse a la excelencia vista desde otra perspectiva. El prototipo excelente «abraza, en suma, una unidad inextricable de ser y de deber-ser». Aquí se evoca con acierto al hombre prudente de Aristóteles: por ser una ley en sí mismo, se sitúa «fuera de» la ley común de la polis. Es cierto, pero ¿por qué modelo y ejemplo y no filósofo-rey, una suerte de residuo platónico enquistado en el núcleo mismo de la teoría del discípulo? Vieja cuestión, acerca de la ley general como coartada (Calicles y tantos otros) para controlar a los mejores. ¿Es acaso un atisbo de la doctrina elitista de la democracia, hoy día tan de moda?3.

Con mayor fundamento apela luego a Kant, porque aquí sí se adivina un prototipo genuino, una idea a priori de perfección genérica, pero concreta, desplegada en el territorio de la razón práctica como expresión de un modelo humano ejemplificador. Desde su legítima ambición intelectual, procura Gomá reconstruir la ficticia ruptura académica entre ser y deber-ser, cuyo origen atribuye al mismo Aristóteles, que por eso mismo no debería ser admitido como germen del prototipo humano específico, según antes pretendía. Presa, en efecto, del furor clasificatorio (seguido por una interminable tradición escolástica: qui distinguit bene docet), la Metafísica sólo conoce «entes dóciles al concepto porque carecen de auténtica individualidad» (pág. 347). Vuelvo a Nietzsche: los conceptos se han formado desconociendo, de manera arbitraria, las diferencias individuales, como si hubiera un arquetipo primigenio copiado por manos tan torpes que ningún ejemplar sea copia fiel del mismo.

Pretende, pues, nuestro autor reconstruir la unidad, el ser total del hombre, antes deconstruido. Hermosa intención, que honra a quien la practica, porque vendría a salvar al sujeto posmoderno de ese juego de fragmentos inconexos que le dejan al margen del buen camino ante la complacencia y con la complicidad del pensamiento débil. Esto es, el individuo sin arraigo, preparado para adquirir un libro de falsas recetas de autoayuda, aptas acaso para sobrevivir malamente en la oscura realidad de cada día. Pero sigamos en el empeño de liberar al hombre-masa (porque de él hablamos, en último término) de su vulgaridad satisfecha y autocomplaciente4.

La oferta para fabricar este «cuerpo preñado de ley moral» (pág. 349) consiste en combinar, o más bien en yuxtaponer, la universalidad constitutiva del formalismo moral kantiano con la individualidad que proporciona la filosofía sentimental de Max Scheler. De esta pareja tan digna de admiración (nunca mejor dicho) surge una inteligente dualidad de fuentes de legitimidad, coacción de una parte y ejemplo persuasivo de otra. Además, esta ley viviente acumula, si nos atenemos a lo antes referido, una tercera forma de justificación: esto es, la normatividad socialmente normalizada, que el prototipo encarna por definición. En síntesis: razón, hecho y valor, disgregados por Hume en el Treatise, obra cumbre de la Modernidad ilustrada, retornan aquí al redil unitario. Acierto pleno. Sean bienvenidos a la casa común.

Tercer principio. Se llama «analogía dialéctica» y viene a reforzar la idea nuclear: la excelencia del modelo, superior y más alto, frente a la incompletud y carencia del sujeto, que experimenta acaso ante aquél un «momento de temor». Certera intuición, de vieja raíz hobbesiana: egoísta y presumido, el hombre-masa es consciente sin embargo de su condición minúscula. Suele traducirse, como dicta la experiencia, en síndrome de envidia y de frustración, males comunes que atenazan al sujeto posmoderno en su expresión más común. Me remito otra vez a Sloterdijk, entre los pensadores actuales.

Cuarto y último principio del prototipo es la facticidad. El yo es una construcción social5 que se configura a base de modelos: se trata de un «a priori prototípico del sujeto», poderoso concepto de matriz kantiana que bien podría competir, aunque nuestro autor no se arriesga por ese terreno prometedor, con las categorías apriorísticas de la sensibilidad, esto es, el espacio y el tiempo.

Citas de Burke (espléndida referencia), de Rousseau y de Nietzsche nos introducen en el elogio de «fray ejemplo», pero, sobre todo, en dos ideas capitales que se insertan en el discurso con naturalidad y eficacia: que el yo flota sobre los modelos y gracias a ello se mantiene en la superficie y que tales modelos constituyen la fuente última de la moralidad y la inmoralidad; al fin y al cabo, el parámetro de la conducta digna de «una persona como yo». Es estupenda la imagen del sujeto flotante, porque conduce derechamente hacia la difusa realidad de nuestro hombre posmoderno, que es —diría yo— un náufrago del «tiempo-eje», de acuerdo con la expresión de Karl Jaspers6.

He aquí la clave: ¿qué modelos ofrece nuestra sociedad desvertebrada al yo ingenuo y desorientado? Me parece que Gomá es consciente del peligro («sin el principio rector incluido en el modelo, el deseo yerra caprichosamente extraviándose sin ley y se expone a caer en la irracionalidad y la manipulación», escribe en la pág. 356), pero prefiere eludir el choque frontal con la realidad dominante. ¿Son excelentes los modelos de hoy día? ¿Merecen todos ellos, como sostendría un multiculturalista, la misma consideración? ¿Quién se atreve a establecer la jerarquía cualitativa entre unos prototipos y otros? Sin embargo, la tentación de ofrecer modelos al alcance de las «disidencias del sujeto metafísico» (pág. 41) es insuperable para el progresismo paternalista que predica el paraíso multicultural. Libres para escoger, sí, pero no tanto.

PRAXIOLOGÍA DE LA IMITACIÓN

Volvamos por ahora al discurrir natural del razonamiento. Estamos en presencia de una praxiología de la imitación. En efecto, imitar es, ante todo, acción humana y aquí se formula una teoría «pura» de la imitación, al modo de la que ofrecen Bertrand de Jouvenel para la política o F. A. von Hayek para la economía. La peculiaridad que define al objeto es en este caso el «deseo imitativo», reflejo de una «pragmática sentimental» (pág. 356). La tensión proyectiva está presente en todo momento, mediante una sugerencia continua de movimiento: «como la diana a la flecha»; «ley de gravedad del prototipo»; el ánimo alegre «se dispara» hacia su objetivo. Lo mejor de todo: el reflejo de la excelencia encuentra siempre un lugar distinguido, sea el «esplendor de su figura», un «elevarse a la virtud moral» o el orgullo ante la «dignidad y nobleza» del prototipo. En este punto, el guía se llama Schiller y su obediencia «alegre» a la razón frente al seco pietismo de Kant. Cabe sugerir aquí otra aportación genial: se trata de Goethe y su concepción cualitativa de la ciencia. Así pues, hay exhortación y no presión, aplauso regocijado, anhelo que involucra por entero a la persona entregada… Resuenan timbres de armonía gloriosa, de equilibrio sustancial entre lo dado y lo nuevo; se dice incluso, de forma muy expresiva, que la imitación es al mismo tiempo «conservadora y progresista». Brillante apología del sentido común, que revela un sano optimismo antropológico, no siempre fácil de compartir. Dicho de otro modo, el pensamiento fuerte se pone al servicio de un ideal que es a la vez clásico y moderno. Toda una venturosa novedad.

Gomá teme la reacción indignada o desdeñosa de quienes se sienten dueños del sentido de la Historia y confunden o quieren confundir imitación con infancia, tribalismo, instinto o mentalidad tradicional. Para anticiparse al reproche, acude una vez más a Kant, incluso en sus párrafos más famosos, para demostrar que el sujeto que imita a otro puede ser autónomo (págs. 360 y ss.) y, lo que es más importante, que la acción imitativa more contemporáneo puede ser, y de hecho «es», una acción racional. La imitación, digamos, no es incompatible con el sapere aude.

La praxiología se construye, pues, sobre un sólido fundamento. La autonomía del sujeto ya no significa soberanía al viejo estilo, valga la semejanza jurídico-constitucional, porque el concepto revisado al gusto posmoderno descarta todo monolitismo y conduce a un puzzle de fragmentos, siempre grato a las teorías de la deconstrucción en todos sus ámbitos y expresiones. La Modernidad ha salvado sus fueros. Primero, porque el yo está ahora impregnado de historia, sociedad y cultura, sin concesiones a la concepción antigua, vale decir ingenua, ilusoria, ficticia. Segundo, porque fuera del pluralismo no existe salvación y aquí, por fortuna, se propone una variedad de modelos a escoger, sucesiva y simultáneamente: el menú, por tanto, admite variantes a gusto del consumidor. En último término, «la mayoría de edad del sujeto pensante consiste… en juzgar autónomamente la heteronomía de los modelos ejemplares» (pág. 363).

Kant, tantas y tan merecidas veces citado, puede respirar con alivio. Hay todavía más: el deseo imitativo no debe ser irracional ni subjetivo (reproche demoledor donde los haya) sino que actúa a modo de «incorporación y adhesión libre y espontánea hacia una norma moral». Coacción de perfil bajo, consenso y no imposición, vínculo frágil y no promesa de eternidad7. Conoce bien Gomá los límites de lo posible a día de hoy para el filósofo respetable. Por eso, y por una convicción que muchos compartimos, la invocación a la libertad actúa como una suerte de exorcismo frente al anatema fulminante. Libertad para elegir al héroe y para abandonarlo sin compasión. Capacidad crítica siempre operativa, no sea que se cuelen por alguna rendija la manipulación o la alienación subyugante. Es un proceso tan racional como bien concebido para discernir cuál es el prototipo preferido, tomar conocimiento y posesión del mismo en una «convivencia consciente» y, en fin, extraer intelectualmente su ratio y argumentar ante los demás las ventajas que ofrece la ley (no coactiva) del prototipo de cada uno confrontado con los ajenos.

Habermas, Elster y los teóricos de la democracia deliberativa no tienen motivo para quejarse. En efecto, si el sujeto elige, critica y argumenta; si puede cambiar de modelo y tal vez imitar al mismo tiempo a dos o más prototipos; si ninguna autoridad objetiva o reconocida como tal introduce jerarquía entre las ofertas propuestas…, entonces la imitación se hace posmoderna, se le perdona incluso el pathos hacia la excelencia que lleva incorporado y queda admitida en el olimpo de la corrección filosófico-política. Admitida, quizá, pero yo creo que sin demasiados honores, más bien con desgana y gesto condescendiente. El esfuerzo de nuestro autor alcanza un premio nada desdeñable: su concepto capital, la imitación que tan bien conoce y a la que tanto admira, sale desde el infierno lúgubre (donde se pierde toda esperanza) hasta quedar anclada en un purgatorio de progresistas dudosos, pero susceptibles de amnistía conceptual…, siempre y cuando el concepto, imitación en este caso, encuentre un abogado del talento y brillantez del filósofo recién doctorado. Un paso relevante para recuperar el pensamiento auténtico, más allá del «giro lingüístico». Estamos en el buen camino.

EXPERIENCIA DE LA VIDA

Hace ya tiempo que el lector deseaba topar con la noción de la experiencia de la vida8. Llega su hora en la parte final de la Pragmática, como llegará también en el despliegue final de la Metafísica. Imitación, pues, en el curso del tiempo. En este punto, Gomá se somete a la prueba definitiva sobre cómo integrar un objeto de siempre en las reglas del juego de ahora. Sale vencedor por dos razones. Primera, por la finalidad que pretende. Al disponer de un modelo, el sujeto neutraliza «el albur de la experiencia imprevisible y racionaliza la novedad del hecho inesperado». O sea, «saber para prever», control hobbesiano a cargo de un leviatán conceptual que no nos deja espacio para la incertidumbre, la ambigüedad o la disidencia9. Modernidad igual a ciencia; vale decir, seguridad. Por lo demás, la experiencia actúa como laboratorio (en las ciencias humanas no tenemos otro) y prueba así la validez o la insuficiencia de la ley previa. Segunda, porque el modelo tiende a la totalidad. El prototipo debe, en rigor, satisfacer todas las dimensiones de lo humano a la vez, aunque —concede sagazmente el autor— «no necesariamente todas con la misma intensidad». La principal aportación de la sección que ahora nos concierne es, sin embargo, la perspectiva diacrónica del asunto. Quiero decir que las filosofías de la historia y las profecías sociológicas (Spengler y Marx, en cabeza) han fracasado siempre de forma rotunda. Para las mentes asépticas, amantes de la geometría y de la pureza doctrinal, la historia es mala compañía, por su condición de ámbito natural de la libertad, aunque por desgracia se ofrezca plagada de muestras de opresión.

Por eso Gomá introduce hábilmente los efectos del mundo real sobre la res cogitans cartesiana. El lenguaje brilla por sí mismo: seducción temporal; luego insuficiencia, enigma vital, nuevos puntos de vista, y esas «oleadas de la vida», que dejan un «cierto regusto salobre» (pág. 368). ¡Los sentidos hablan en primera persona! Otro valor templado: la austeridad, que se traduce en «una cierta sabiduría, útil para la vida». Contrapunto, pues, a la razón totalizadora, cuyo abandono puede ya permitirse después de haber pagado el peaje exigido. Punto y aparte, aunque el lector aguarda con ansiedad que la experiencia de la vida vuelva a cruzarse de nuevo en su camino.

METAFÍSICA DEL EJEMPLO

De momento se encuentra con la Metafísica del ejemplo, cuyo eje es la indagación teórica sobre el ser del prototipo. Tarea ambiciosa, pero sin duda al alcance de las fuerzas del filósofo. Estamos aquí en presencia de un estudio riguroso de la doctrina del universal concreto. Entran en escena tres clases de ejemplo, el teórico (pedagógico, pero no ejemplar), el práctico-moral (ejemplar, en cambio, por naturaleza) y el técnico-artístico (que participa del estatus ontológico fuerte del anterior y tiende, por tanto, a la ejemplaridad).

Exige la tradición modernista que sólo se haga ciencia de lo universal. Es verdad que los neokantianos de Badén y Marburgo rescataron parcialmente a los humanistas —en sentido amplio— del complejo cientificista y mostraron el camino de una ciencia de lo individual y específico. Les debemos tanto que nos olvidamos a veces de reconocer la deuda10. Lo mejor de nuevo nos llega de manos del vitalismo; por ejemplo, «la fuerza plástica y emotiva de lo visible, y casi sensible» (pág. 375). ¡Metafísica que entra por los ojos y se toca con las manos! Sigue una valiente reivindicación del canon, con menos pretensiones que Harold Bloom, que enlaza con una concepción clásica (lo digo en tono elogioso) porque el autor asegura que «cada obra de arte es realmente singular y única» (pág. 376). No admite, como es notorio, la transfiguración de lo banal en objeto artístico, según la célebre tesis de Arthur Danto. Tiene razón, por supuesto, pero el tema destila un regusto amargo para el amante de la Belleza ideal. Estoy muy de acuerdo con Gomá y sus referencias a Policleto, los libros de Panofsky o el círculo y el cuadrado del maestro Da Vinci. Pero me temo que los prototipos ejemplares que ponemos a disposición de nuestros hijos están más cerca de las vulgaridades de Duchamp o del pop-art (Roy Lichtenstein habla del «clasicismo del hot-dog»), que tiende por definición a repetirse mecánicamente. Los buenos aportan nuevas perspectivas al arte de siempre11. Los malos se jactan de copiar una y mil veces, solipsistas incorregibles que nos cuentan sus obsesiones minúsculas a través de vídeos, performances o instalaciones; ¿quién gana hoy la batalla?

Es cierto: «por todas partes el ejemplo rodea nuestra vida» (pág. 380). Pero no sólo se trata de padres, hermanos, vecinos, amigos y colegas, en esa «red de ejemplos mutuos a la que es imposible escapar» (pág. 381). No se trata sólo, tampoco, del elogio, a veces tópico, de quienes han adoptado una actitud ejemplar al servicio de la polis que toda ciudad (sanamente constituida, añado, que no es el caso de todas) guarda y custodia para ilustración de las generaciones futuras. Hay incluso una institución máxima, la Corona, que, según explica con sutileza, agota su función en la ejemplaridad. Todo ello es muy cierto y se nos transmite con frases precisas y bien armadas: «quien es ejemplo de lo que predica tiene auctoritas», «predicar con el ejemplo significa que el ejemplo predica»; la verdad moral «se manifiesta en la evidencia que irradia el ejemplo personal». El discurso deriva desde la acción aislada y circunstancial hasta la imagen global del hombre como un todo, con una bellísima manifestación en la cita de Séneca.

Pero el problema reside, como vengo reiterando, en la construcción interesada de modelos artificiales que arraigan vigorosamente en los náufragos del «tiempo-eje», prisioneros (muy a su gusto) de la tiranía audiovisual y requeridos por falsos héroes, engendros de crueldad y violencia, materialistas desalmados y huérfanos de las genuinas virtudes liberales: austeridad, sentido del deber, búsqueda de la excelencia. Carentes del equilibrio y la mesura que derivan de la buena educación y de la auténtica cultura, flotan varias generaciones —repito aquí la imagen del naufragio— en un universo de modelos inaceptables. Autocracia, violencia y terror son el menú cotidiano de millones de adolescentes, también en nuestro mundo civilizado. Nos rasgamos las vestiduras, pero es pura hipocresía. Encima, nos extraña que la realidad (11-S, 11-M) supere de largo a la ficción. Si no decimos pronto la verdad, se nos va a olvidar cómo se hace.

HISTORIA DE LA IMITACIÓN

Pero es hora de volver al principio y recordar el largo camino que la teoría de la imitación ha recorrido en paralelo a la historia entera de la filosofía de Occidente. En su ejercicio de historiador de las ideas, Gomá deslumbra por su capacidad para encajar tantos siglos, autores y referencias en torno a las tres clases de imitación premoderna, esto es, la imitación estética de la Naturaleza, la imitación metafísica de las Ideas y la imitación retórica de los Antiguos, todas ellas enlazadas con el realismo metafísico que subyace a la relación entre modelo y copia. Al fin y al cabo, «hasta la modernidad ilustrada, el hombre vivía en un cosmos simbólico» (pág. 178), dominado por esas tres pautas que son hijas del idealismo metafísico con su proclamación de la realidad de los universales.

Imitación, pues, de la Naturaleza, en un «contexto ético-preceptivo». Imitación de las Ideas, en el más estricto sentido platónico, mundo de arquetipos y formas, cosmos jerarquizado de Ideas objetivas. Imitación, en fin, en la técnica retórico-literaria, estudio y reiteración de casos anteriores en busca del dominio magistral del oficio. Son dimensiones propias del mundo premoderno, barridas por el fenómeno descrito por Paul Hazard como una «crisis de conciencia»12. Son tantas y tan atractivas las sugerencias planteadas que el lector cautivo se siente incapaz de seleccionar.

Hablemos primero, no por casualidad, de Platón, padre y víctima a la vez de esa pursuit of certainty13 que ha corrompido sin remedio el pensamiento de Occidente: lo uno es mejor que lo múltiple; lo inmutable que lo cambiante; la comunidad que el individuo; la razón que las pasiones; la ciencia que la simple doxa. La clave es el control, físico y mental, que consigue desnaturalizar esa condición humana proteica. Gomá recuerda (en nota al pie de la pág. 75) el conflicto entre autoridad y lujo, este último fuente de lo superfluo y, en el extremo, del desorden y la fuerza. Por eso, los guardianes ilustrados carecen de propiedad en la utopía republicana. Por eso, sobran los poetas, que expresaban actos típicos y paradigmáticos del máximo interés didáctico. Así, el tópico nos dice que sólo hay verdadera imitación en el plano metafísico vertical, porque la imitación estética-horizontal nada entiende del ser y se muestra condescendiente hacia lo perverso, lo fantástico, lo dionisiaco.

Pero también el autor apunta, aunque no completa, una hipótesis muy sugerente sobre el Platón-poeta. No sólo porque es «arte» la creación cuasimetafísica del buen gobierno político (véase, con ojos despiertos a la teoría de la imitación, la famosa «alegoría» de Siena); también porque la palabra que revela la esencia contiene auténtica poesía. ¿O acaso la belleza es la única Idea inalcanzable? Tal vez en este punto conviene acudir a Plotino, último campeón de la Antigüedad clásica. Basta contemplar la luz de esas iglesias bizantinas capaces de salvar el abismo metafísico entre el Uno y las Formas y de plasmar el retorno místico del alma que se recrea por medio de su apego a la luz. Por eso las grandes catedrales son la expresión plástica de lo inefable o, como dice nuestro autor mediante la oportuna cita de Bruyne, se trata de «lo inexpresable plasmándose en límites concretos».

Hablemos ahora del Renacimiento, donde la imitación se ofrece como taumaturgia frente a la oscuridad medieval, exagerada a propósito. En el enfoque irreprochable de Gomá, se echa de menos, creo, a Nicolás Maquiavelo, relegado a simple nota incidental. En un capítulo clave de El príncipe, el sexto, relativo a los principados nuevos, se dice que los hombres proceden en sus acciones por imitación, «aunque a menudo no es posible seguir del todo los caminos de los demás, ni llegar a alcanzar la virtud de aquellos a quienes imita» M. El hombre prudente debe intentar siempre seguir los caminos antes recorridos por los grandes hombres e imitar a aquellos que han sobresalido de manera extraordinaria, de modo que su virtud le alcance «al menos un poco», concluye con una sencillez sin duda muy del gusto de nuestro autor. El elenco de modelos que contiene el capítulo referido abruma a cualquier candidato a imitador: Moisés, Ciro, Rómulo y Teseo. ¿Anticipa Maquiavelo, precursor en tantas cosas, la imitación moral de prototipos? Kant pensaba seguramente en los espejos de príncipes del Barroco al condenar a la imitación como fuente de la moral: «el peor servicio que puede hacerse a la moral es tratar de deducirla de ciertos ejemplos», según el texto rotundo de la Metafísica de las costumbres. Tal vez porque, símbolo de las luces, le irrita el pensador diabólico que se oculta (si hacemos caso a Leo Strauss) bajo retóricas y esoterismos, como hace nuestro hábil florentino.

Un nuevo salto adelante. Momento clave, que el autor maneja con soltura y no sin cierta fruición, es la célebre querella entre Antiguos y Modernos. El tiempo en que surge lleno de jactancia el sujeto moderno y rompe sin ambages con el esquema modelo-copia. La clave, según se dijo, deriva de la búsqueda de seguridad. Descartes quiere certezas para dominar a ese genio maligno que nos engaña desde su perversidad y nuestra inocencia. Somos res cogitans y queremos claridad frente al conocimiento oscuro y dubitativo. Somos egoístas y queremos seguridad, aunque se disfrace de pacto social y de libertades reconocidas por el Estado. Por eso Hobbes construye un artificio que mucho después, con el nombre de Estado del bienestar, nos asegura la vida (o eso dice) desde la cuna hasta la tumba. La Ilustración, por si acaso, expulsa a la Historia, suma de los crímenes de la Humanidad, depósito de la infamia y el prejuicio. ¿Expulsa con ello la experiencia de la especie? ¿Existe tal cosa más allá de la yuxtaposición de experiencias personales?

Mientras tanto, el autor expone con brillantez el surgimiento del hombre creador, del genio que proclama y exige libertad. Suma de fuentes, a veces contradictorias: el calvinismo, el burgués de Werner Sombart, la vocación de Max Weber, los derechos del individuo frente al absolutismo y la sociedad estamental. Luego, en el XIX, positivismo y romanticismo (el uno mecanicista, el otro organicista) confluyen más allá de las apariencias: las etapas de Comte, el principio de legalidad, el supuesto «realismo» (pura sociología empirista) de la pintura y de la novela… y, por otra parte, el ejemplo espléndido de Osear Wilde, la bruma, la puesta de sol; la vida perdona a la naturaleza: «no quiero mostrarme demasiado severo con ella…».

Estupenda la explicación del respeto imprescindible por parte de la cuarta y última clase de imitación hacia el estatus del Yo y de su libertad y la mutación, por tanto, de aquélla en imitación de prototipos morales, en los términos que ya conocemos. Desaparece el esquema modelo-copia, lo mismo que el juego entre canon y réplica, aunque, en buena dialéctica hegeliana, «lo negado está siempre presente en la negación» (pág. 21). Quedan tan sólo dos sujetos libres y creadores y la relación ya sólo se refiere a las conductas, nunca a las (desprestigiadas) esencias.

Tiene que llegar, no obstante, la crisis de la Modernidad para que resulte asumible esta nueva imitación de prototipos morales. Aquí los protagonistas son Henri Bergson y Max Scheler, cuya relevancia en los capítulos correspondientes prueba una vez más el gusto excelente del autor en materia de Filosofía moral. El resultado es, en todo caso, concluyente: «El modelo es ahora una persona libre y creadora, no un canon intemporal prefijado; la copia es igualmente un sujeto libre y creador, no una réplica inerte… Ahora cada uno de los elementos conserva su autonomía y su individualidad y lo que se ofrece a la imitación es la conducta y el ser del prototipo» (pág. 189).

Gracias a libros como Imitación y experiencia vamos superando de verdad el imperialismo del «giro lingüístico», que amenaza con convertir al pensamiento de Occidente en tierra baldía. Al menos, cabe atisbar una esperanza. El autor, en el fondo, es optimista. Decía el ya citado Wilde, después de pasar por la cárcel de Reading, que la experiencia es el nombre que damos a nuestros errores. Para Gomá se trata más bien de la suma imborrable de nuestros aciertos. ¿No cabe acaso un saldo negativo derivado de la imitación de malos ejemplos? ¿Seguro que todo modelo es excelente por definición? Optimista, sí, pero ingenuo en ningún caso. Veamos con detalle la culminación del libro. Nos centramos en las cualidades esenciales del universal concreto, necesidad e imposibilidad, contradictorias sólo en apariencia. La necesidad es esa «plenitud del ser que designa un ideal de humanidad inscrito en el hondón de la conciencia del sujeto» (pág. 386). El ser cuenta con una estructura ejemplar y llama a una reiteración necesaria; «radical», de nuevo con ecos orteguianos.

Más todavía: la puerta del ser no se abre al «esforzado pensar discursivo de la tradición filosófica», porque aquel «se retrae y repliega ante un pensar que trata de apresarlo como un pajarillo en la jaula de un concepto abstracto». Notable analogía: el simple pajarillo actúa como amable descripción de una suerte de quiero y no puedo conceptual. En cambio, se entrega el ser a quien oye la llamada a su reiteración necesaria y responde con imitación y actualización (pág. 388). Se entrega el ser…; ¿se abre paso de nuevo la imitación de esencias y no de meras conductas coyunturales? ¿Se describe así el camino del retorno a la gran teoría clásica de la imitación? Algún día lo sabremos. Por ahora, el filósofo alcanza en este punto la tierra prometida y reprocha valerosamente a Hegel el no haber detenido su dialéctica en la teoría del Arte, esto es, allí donde se intuye el Espíritu Absoluto, al que luego pretende encerrar el pensador de Stuttgart mediante la Religión que lo simboliza y (¿arrogancia fatal?) a través de esa síntesis suprema que es la Filosofía racional.

Lo mejor del libro se reserva empero para los epígrafes finales. «Necesario, pero imposible», se titula el penúltimo. Maldita sea: con la experiencia acumulada, descubre el hombre que la idea del universal concreto no se ha realizado nunca y nunca se va a realizar. Ya lo dije: optimista, pero jamás ingenuo. Porque la experiencia, según la pertinente cita de Gadamer, lo es de la finitud humana. Y ningún hombre, desde Aquiles el homérico, renuncia al doloroso tránsito de la imitación amable a la experiencia frustrante. ¿Por qué? Nos lo tiene que contar Gomá en un ensayo futuro, que ya anuncia (pág. 8). Vemos así, casi palpamos a través de los sentidos, la destrucción de esa pasión adolescente a cuyo tenor el sujeto se cree dueño de su destino. Vanidad incorregible: la realidad se muestra (injustamente, añado) como resistencia. Vacío moral: en lugar del ideal queda sólo un espejismo, porque «a cada paso que da el objetivo se le aleja extrañamente». Oasis que sólo engaña a los ilusos. ¿Desesperanza? ¿Alienación? ¿Escepticismo?

Nada de todo eso, ni de sucedáneos posmodernos, ni tampoco de utopismos irredentos. Perdida la esperanza, subsiste el deseo, avivado todavía, más allá incluso del atardecer, por muchas cosas «buenas y hermosas». Regresa para despedirse la experiencia de la vida. Aunque el humanista Gomá sigue advirtiendo sobre el miedo al vacío: quien adquiere experiencia, «aprende a neutralizar la novedad de la vida, acaso hostil, amenazante en potencia por desconocida» (pág. 391). Humanismo, en efecto. Ante la muerte, concebida, al modo de un Heidegger que no le apasiona, como la aniquilación de todas las posibilidades. También ante la vida: yo creo, y parece que el autor también, que el hombre no sabe vivir en el presente. Al principio era promesa, tendencia, acaso proyecto, mezcla de soberbia, de emoción y de ignorancia atrevida. Al final se convierte en nostalgia del modelo inalcanzable, dignísima decadencia del sabio estoico que contempla desde la serenidad y el buen juicio el espectáculo mil veces repetido: el fracaso de un nuevo proyecto humano, incapaz, una y otra vez, por los siglos de los siglos, de hacer suyo aquel modelo inaprensible que se nos anuncia como universal concreto. ¿Más allá? Más allá no hay nada en esta tierra. En el infinito, sólo Dios, creador del hombre a su imagen y semejanza. Teofanía suprema.

N O T A S

1· De acuerdo con Javier Roiz, La recuperación del buen juicio. Teoría política en el siglo XX, Editorial Foro Interno, Madrid, 2003, págs. 47 y ss., esta forma de razonar deriva del principio segregativo del calvinismo. Pone como ejemplos (todos ellos muy acertados) el «estado de naturaleza» de los contractualistas, la «mano invisible» de los liberales y el «velo de la ignorancia» de John Rawls, entre otros.
2· Todavía se lee con provecho The lonely Crowd, la famosa obra de David Riesman y otros, de 1949. Cfr., por ejemplo, el epígrafe «El niño sobredirigido», en págs. 124 y ss.
3· Léase a Robert Dahl y otros. Un buen libro sobre los fundamentos del problema es Peter Bachrach, Crítica de la teoría elitista de la democracia, trad. L Wolfson, Amorrortu, Buenos Aires, 1973. Interesante es la advertencia de Muguerza sobre Mosca, Pareto y Michels, en su notable prólogo al libro que comentamos (pág. 16).
4· El último y brillante enfoque del asunto, con valientes referencias a la envidia de los perdedores, es el ensayo de Peter Sloterdijk, El desprecio de las masas. Ensayo sobre las luchas culturales de la sociedad moderna, versión española de Germán Cano, Pre-Textos, Valencia, 2002.
5· También lo es el objeto, como es patente. Véase Peter L. Berger y Thomas Luckman, La construcción social de la realidad, trad. esp. de Silvia Zulueta, Amorrortu, Buenos Aires, 1972.
6· La teoría del «tiempo-eje» como momento fundacional de las categorías de la civilización occidental en Karl Jaspers, Origen y meta de la historia, trad. esp. de Fernando Vela, Revista de Occidente, Madrid, 1968, págs. 19 y ss.
7· El último análisis, que yo sepa, sobre la «infidelidad» contemporánea nos llega de un autor muy políticamente correcto, Zygmunt Bauman, en Liquid Love, Polity Press, Cambridge, 2004.
8· Merece la pena transcribir dos de las tres definiciones de «experiencia de la vida» que ofrece el autor en diferentes y bien trabados contextos. Dice la segunda: es «el saber pragmático que proporciona la experiencia de los ejemplos reconocidos, conocidos y comprendidos como prototipos por un sujeto en el transcurso de las sucesivas etapas de su vida» (pág. 368). Dice la tercera, que se hace esperar hasta la última hoja: «desde una perspectiva metafísica, es el saber basado en la propia experiencia, sobre la semejanza y mayor desemejanza del ejemplo del hombre en relación con el universal concreto, necesario pero imposible, así como el sentimiento de promesa y nostalgia que esa experiencia produce» (pág. 404).
9· El mejor análisis de Hobbes como racionalista político supremo, en Sheldon Wolin, Política y perspectiva. Continuidad y cambio en el pensamiento político occidental, trad. esp. de A. Bignani, Amorrortu, Buenos Aires, 1973, capítulo 8: «Hobbes: la sociedad política como sistema de reglas».
10· Todavía el libro más convincente sobre el asunto es el de Julien Freund, Las teorías de las ciencias humanas, trad. esp. de Jaume Fuster, Península, Barcelona 1975.
11· El maestro Luis Diez del Corral, en La función del mito clásico en la literatura contemporánea (1957), ahora en Obras completas, tomo II, págs. 1221 y ss., ofrece una bella lección sobre la reinterpretación de viejos mitos por la tradición literaria y artística de  occidente.
12· Paul Hazard, La crisis de la conciencia europea, trad. esp. de Julián Marías, Ed. Pegaso, Madrid, 1975.
13· Shirley R. Letwin, The Pursuit of Certainty, Cambridge U. P., Cambridge, 1965.
14· Utilizo la traducción de El príncipe (1513), a cargo de Helena Puigdomenech, Tecnos, Madrid, 1988, págs. 21 y ss.

La palabra la tiene el ajuste fino

Cada cuatro años el mundo fija en otoño su mirada en las elecciones en Estados Unidos. Conforme se acerca el mes de noviembre las grandes crisis internacionales pasan a un segundo plano a la espera de determinar el inquilino de la Casa Blanca.

La campaña ha entrado en su última etapa y nada está decidido. La conclusión de la convención republicana en Nueva York el 2 de septiembre ha supuesto el principio de la recta final de unas elecciones que todos los analistas vaticinan que volverán a ser muy ajustadas y que dependerán de unos de cientos de votos, no sólo en Florida, sino también en estados como Ohio, Iowa, Oregón, Pensilvania o Nuevo México. El análisis electoral y la matemática del sistema ha dejado la campaña reducida a unos pocos Estados —swing states—, hasta tal punto que en más de una ocasión los mítines de los candidatos han estado separados por unos cientos de metros.

No es la primera vez que la campaña se presenta tan igualada. Lo fue en 1960 con Nixon-Kennedy y lo fue en 2000 con Gore-Bush. Pero la circunstancia de que una vez más se pueda dar la posibilidad de que el candidato más votado no sea el presidente y el hecho de que los candidatos centren su campaña en pequeños municipios de Ohio o Iowa y que apenas aparezcan por ciudades como Los Ángeles, Nueva York o Houston ha llevado a algunos medios, como el The New York Times, a solicitar expresamente el cambio del sistema electoral.

Todas las encuestas reflejan un país muy polarizado y dividido. El electorado, a diferencia de otros comicios, no votará exclusivamente teniendo en cuenta la situación de la economía. Temas como la capacidad de los candidatos para liderar la guerra contra el terrorismo y la situación en Irak; el permitir el matrimonio entre homosexuales y la investigación con células madres embrionarias van a ser factores importantes de movilización.

Un poco más inadvertidas, aunque no menos importantes, son las elecciones para la renovación de un tercio del Senado y de la totalidad de la Cámara de Representantes. El signo político de las mismas puede determinar la capacidad de maniobra del presidente, aunque todos los pronósticos apuntan a que los republicanos ampliarán levemente su mayoría en el Senado y mantendrán, con un leve retroceso, la que poseen en la Cámara de representantes. De todos modos la campaña política gira exclusivamente en torno a las presidenciales.

¿QUÉ PRESENTAN LOS CANDIDATOS?

La presidencia de George W. Bush ha estado marcada por dos hechos: el 11-S y el fracaso de su padre —George H. Bush— a la hora de revalidar su mandato en 1992 al perder las elecciones ante un gobernador llamado Bill Clinton, que en aquella fecha era casi un desconocido.

Con estos dos elementos, y hábilmente asesorado por Kart Rove y Karen Hughes, George Bush ha seguido un modelo de presidencia muy similar a la de Ronald Reagan. Con una política internacional ligada a principios moralistas y en donde la victoria del bien —la democracia y la libertad— radicaba la misión y el destino de Estados Unidos. Del «imperio del mal» de los ochenta se ha pasado al «eje del mal», con el objetivo de lograr el apoyo de una opinión pública en materia de política internacional que, ante argumentos racionales basados  exclusivamente en un análisis realista de los intereses, se mostraría hostil, y no en cambio a la hora de actuar por imperativos morales.

Además, Bush cuenta con la ventaja de que la misión de extender la libertad y la democracia está muy presente en la cultura política del pueblo americano. Entre el optimismo nacionalista de Reagan y el realismo internacionalista de su padre, Bush ha escogido el primer modelo, aunque a diferencia de Reagan, con la llegada de las dificultades no ha rehusado los objetivos marcados. Mientras que Reagan abandonó Líbano después del atentado contra las fuerzas americanas, Bush ha mostrado su compromiso con la democratización y pacificación tanto en Irak como en Afganistán.

Uno y otro presidente, despreciados ambos por los intelectuales de izquierda, se han mostrado dispuestos a romper con las inercias políticas. Reagan, despreciando el pavor de los especialistas y diplomáticos, se atrevió a confrontar directamente a los soviéticos —despliegue de misiles en Europa o la famosa frase en Berlín dirigida a Gorvachov: «Tire este muro»—. Lo mismo puede decirse de la doctrina de la anticipación —preventive— que, aunque utilizada por otras Administraciones (Kennedy durante la crisis de los misiles en Cuba), nunca se había hecho explícita hasta la llegada de Bush.

No obstante, Bush ha cometido un error que Reagan evitó. En los grandes envites internacionales Reagan siempre contó con el apoyo de los mandatarios europeos, especialmente con los de Alemania. Por motivos que no corresponde analizar aquí, Bush se lanzó a una operación tan arriesgada como la de Irak sin el respaldo de Francia y Alemania, y las dificultades le están acarreando un alto coste político que tiene que asumir de modo exclusivo.

Aun así, al haber conseguido el amplio apoyo del Congreso para la operación, también el de su ahora contrincante Kerry, el desgaste interno es menor de lo que cabría suponer.

En política económica, el modelo vuelve de nuevo a ser el de la era Reagan, con rebajas de impuestos, un dólar débil y alto déficit con el único fin de tratar de recuperar una economía que heredó en recesión, entre escándalos financieros como Enron y con un atentado como el del 11-S, que incrementó aún más las incertidumbres. Los datos macroeconómicos en los últimos meses son absolutamente positivos y el paro está situado en un 5,4%; sin embargo, con la presente Administración se han destruido casi un millón de puestos de trabajo (la primera vez que ocurre algo así desde H. Hoover y la crisis del veintinueve), por lo que la sensación es la de una economía débil y una bonanza que no llega para la mayoría de ciudadanos. El último dato disponible, el de la creación de empleo en agosto, es muy positivo, por lo que cabe seguir defendiendo que la economía está en fase de crecimiento.

El tercer aspecto en que Bush ha tomado como referencia al presidente Reagan es el de los valores morales como tema en la política nacional. La referencia a «un presidente ideológico y agresivo que tiene el revólver en una mano y la Biblia en otra», no pertenece a un diario del año 2003 o del 2004, sino a unas declaraciones de Jacques Delórs al The New York Times el 30 de diciembre de 1984 referidas a Ronald Reagan. Al fin y al cabo, casi dos tercios de los americanos, según una reciente encuesta de la Fundación Pew, consideran que los dirigentes políticos deben hablar más de religión. Temas como el matrimonio de homosexuales suponen un auténtico envite para una sociedad que valora y demanda manifestaciones públicas de religiosidad por parte de los candidatos.

Todo este juego de equilibrios ha conseguido que en torno a Bush se uniesen las tres tendencias mayoritarias del republicanismo, y aunque la extrema derecha del partido se ha mostrado muy crítica con la aventura de Irak, el retiro de alguna de sus principales figuras (el senador Jesse Helms, principalmente) y las firmes referencias ideológicas del presidente han impedido que se articule cualquier discrepancia.

El hecho de que, en la convención, el principal protagonismo lo hayan tenido las figuras más centristas del partido, como el ex alcalde de Nueva York Giuliani, el gobernador de California, Arnold Schwarzenegger, o el senador John McCain —que durante unas semanas se planteó que Kerry le habría ofrecido ir como vicepresidente en la candidatura demócrata— ha logrado transmitir una imagen más centrista de la política de Bush, pues cuenta con el decidido apoyo de todos ellos. Siguiendo la estela de Reagan, que supo atraer aún porcentaje de demócratas, el discurso que marcaba la pauta política de la convención corrió a cargo del senador demócrata Zell Miller, muy crítico con su partido.

Las manifestaciones convocadas durante todas las jornadas no empañaron el resultado de una convención que partía optimista con los datos a su favor de las encuestas, las cuales, aunque por un pequeño margen, situaban a Bush al frente de la carrera presidencial.

LA CONVENCIÓN DE LOS DEMÓCRATAS

Un mes antes, en la última semana de julio, en Boston, los demócratas celebraron su  convención. Con la experiencia de los fracasos de McGovern en 1972 y de Móndale en 1984, el partido había escogido a un candidato, John F. Kerry, senador por Massachussets, que presentaba un discurso mucho más moderado y centrista que el resto de sus contrincantes en las primarias. Casado con Theresa Heinz, multimillonaria viuda del senador republicano John Heinz, Kerry presenta una biografía muy controvertida. Laureado en Vietnam —lo que le permitió que su paso fuese fulgurante y abandonar el frente en apenas cuatro meses— se convirtió desde 1971 en un reconocido activista en contra de la guerra. Senador desde 1984, Kerry presenta un polémico historial de votaciones que le hacen muy vulnerable.

Entre las más criticadas, están la negativa a autorizar el uso de la fuerza al presidente Bush en 1991, con ocasión de la invasión de Kuwait por parte de Sadam Hussein; el apoyo a numerosas subidas de impuestos; recortes de presupuesto para Defensa e Inteligencia y su oposición a algunos de los programas de armamento. Especialmente controvertido ha sido que en el 2002 apoyase la resolución que autorizaba al presidente el uso de la fuerza con Irak para, unos meses más tarde y sumido en la campaña de las primarias demócratas, compitiendo con un candidato como Howard Dean, abiertamente contrario a la guerra, negase Kerry un incremento presupuestario para las tropas en Irak. Esta inconsistencia —flip flop— en un momento de incertidumbre le hace muy vulnerable para un electorado que busca en el presidente un referente claro de liderazgo.

En el mes de julio todas las encuestas valoraban de un modo ligeramente superior a Kerry sobre Bush, menos cuando hacían referencia a la capacidad de hacer frente al terrorismo. Por esta razón, durante la convención demócrata se puso verdadero énfasis en presentar a un candidato preparado para ser comandante en jefe. En su discurso de aceptación, de una hora de duración, incidió abundantemente en sus cuatro meses en Vietnam, mientras que las referencias a sus veinte años como senador apenas ocuparon unos segundos.

Consciente de que los votos que necesitaba para ser presidente están en el centro, su equipo supervisó concienzudamente todos los discursos de la convención por lo que los líderes del partido moderaron mucho sus críticas a Bush y lograron un tono, en general, positivo. Quizás el más extremista fuese el de Ron Reagan, hijo de Ronald Reagan, que defendió con pasión la investigación con células madre embrionarias. Boston reafirmo la figura de Kerry, el partido se mostró unido y logró transmitir un mensaje de la necesidad del cambio, aunque lo hizo sin acidez.

La convención demócrata fue un gran éxito personal de Kerry, aunque el peor dato lo proporcionó el escaso seguimiento de la misma por parte de la opinión pública. De hecho, las encuestas de agosto apenas le daban media docena de puntos de ventaja sobre Bush, cuando años atrás, en 1992, Clinton pudo obtener, en iguales circunstancias, más de veinte. Por tanto, aunque fue un importante espaldarazo para Kerry, en modo alguno ha resultado decisiva.

LA SITUACIÓN DE IRAK

El empate hizo que el mes de agosto fuese frenético en lo que a actividad política se refiere, al tiempo que se sucedían noticias sobre la reforma de los servicios de inteligencia o sobre la situación en Irak desfavorables para Bush,  pues cuestionaban su capacidad para garantizar la seguridad de sus ciudadanos. Junto a ello, la cuestión de Irak, que se esperaba se alejara con el traspaso de poderes del mes de junio, aunque ha disminuido en intensidad informativa, nuevas tensiones, como la de Najaf, hacen que siga siendo un lastre en la campaña del presidente.

El cambio de la ley electoral ha hecho que los candidatos utilicen plataformas independientes para atacar a sus rivales. Desde hace meses Kerry utiliza el grupo MoveOn del magnate George Soros, además de otros como MetroRetro, etc. Por su parte, Bush ha utilizado a un grupo de veteranos que, con una serie de anuncios, han levantado una gran controversia al poner en duda el historial de Kerry en Vietnam. El hecho se convirtió en un gran escándalo, que terminó con la dimisión del abogado jefe de la campaña de Bush por haber prestado asesoramiento a dicho grupo, ya que no puede existir ningún vínculo oficial entre las campañas.

De todas formas, la campaña del grupo de veteranos ha sido un éxito. Llevar al primer plano del debate político la experiencia real de Kerry en Vietnam, que no pasó de cuatro meses, y sus posiciones posteriores sobre la guerra, en las que declaró que había participado en crímenes contra la población civil, hicieron que la estrategia demócrata de fundamentar la fortaleza de Kerry en su experiencia en Vietnam se transformase en un error fatal. Gracias a ello, Bush pudo llegar a la convención republicana liderando ligeramente las encuestas.

POLÍTICA INTERNACIONAL

En política internacional la gran propuesta de Kerry es involucrar a países como Francia y Alemania en la reconstrucción de Irak e internacionalizar la coalición. También ha prometido retomar el proceso de paz en Oriente Medio; de hecho, se baraja el nombre de James Baker como su enviado especial para la región. Sin embargo, esto le puede ocasionar nuevos problemas, ya que Baker no es precisamente una figura popular en la comunidad israelí. Precisamente Bush ha aceptado la construcción de mil nuevas viviendas en los asentamientos en Cisjordania, en un gesto más hacia esta decisiva comunidad.

ECONOMÍA

Junto al tema de la guerra de Irak y la amenaza terrorista, el otro asunto importante de la campaña de Kerry es la situación de la economía y concretamente la destrucción de puestos de trabajo. Contra el fantasma del It’s the economy, stupid! con que Clinton castigó duramente a su padre, Bush trata de presentar como sus grandes éxitos las tres bajadas de impuestos y una recuperación que no llega a percibirse como tal por parte de la opinión pública. Por ello, Kerry insiste en el contraste entre la destrucción de empleo que se ha producido durante el mandato de Bush y el esplendor de la etapa Clinton.

De todas formas, las incertidumbres por la situación política internacional actual hacen que el liderazgo personal del presidente se convierta en el eje central de la campaña. Kerry ha querido hacer valer su experiencia en Vietnam, aunque como he dicho anteriormente, hacer que el peso de su campaña girase sobre eso se ha vuelto en su contra. El hecho de preferir respuestas matizadas y no tener un carácter firme reflejan una falta de determinación incompatible con el liderazgo que los ciudadanos esperan del presidente.

MATRIMONIO DE HOMOSEXUALES

Bush va a contar además con que, al mismo tiempo que la votación en noviembre, en once estados, muchos de ellos clave, como lo es Ohio, se va a celebrar un referéndum para aprobar una enmienda a la Constitución que prohíba el matrimonio entre homosexuales. En el único que hasta ahora se ha tenido lugar, en el estado de Missouri, el 70% de la población ha rechazado la posibilidad del matrimonio entre homosexuales. Es evidente que una votación de estas características es un activo para Bush, ya que ha sido él personalmente quien la ha promovido.

Ante este panorama, los próximos debates van a jugar un papel importante ya que cualquier error o acierto en alguno de ellos puede modificar el resultado. Además, después de lo ocurrido en Madrid el 11 de marzo, está muy presente la posibilidad de que los terroristas quieran dejar su huella durante la campaña con un atentado u otra acción criminal espectacular. Aunque la variación del sistema de alertas hace presente la preocupación del gobierno, el hecho de que, en sus discursos importantes de campaña, Bush no haya hecho mención a esta posibilidad, puede resultar un error estratégico, en caso de que fatalmente se produzca.

Estamos por tanto ante unas elecciones con muchas incertidumbres, una función a la que todavía le quedan muchos actos, como los debates, pero que a inicios de agosto presenta un cuadro absolutamente igualado aunque con una cierta ventaja para Bush. La convención ha transmitido una imagen muy positiva del candidato y el dato de desempleo correspondiente a agosto fue muy bueno, por lo que no sería de descartar que las próximas encuestas otorguen a Bush un mayor margen de distancia.

Es claro que, para España, estas elecciones van a ser muy importantes. Una victoria de Bush significaría una situación de ostracismo político internacional para el gobierno de Zapatero, por el imperdonable error de hacer electoralismo con delicadas cuestiones internacionales. También probaría que la apuesta de Aznar por Bush era una apuesta ganadora y de largo plazo.

Una victoria de Kerry haría de Azores un mayúsculo error que se celebraría como un triunfo propio por parte de los socialistas. En modo alguno quiere esto decir que el panorama internacional fuera a ser más fácil para Zapatero, ya que Kerry se ha presentado como el candidato que llevaría a los aliados a Irak. Muy complicado sería para Zapatero poder justificar su resistencia a las presiones de un presidente de Estados Unidos recién electo. Además, Europa sólo podrá recuperar un papel de cierto protagonismo internacional si vuelve a ser un aliado fiable. En caso contrario, mientras que el objetivo sea transformarse en un ilusorio contrapeso de Estados Unidos, Europa quedará definitivamente marginada en un escenario internacional que se desplaza hacia el Pacífico.

Es un momento lleno de incertidumbres, con dos candidatos de perfiles muy distintos. El primero, Bush, claro y previsible aunque con una mediocre hoja de resultados. El segundo, John Kerry, muy experimentado aunque lleno de matices y contradicciones que le alejan del sentir popular. Dentro de sesenta días los americanos se pronunciarán y dirán quién debe de ser el alcalde de la ciudad reluciente sobre la colina. Mientras, seguiremos disfrutando de una apasionante campaña.

Álvaro D’Ors, el patriarca del Derecho Romano en España

Álvaro d’Ors y Pérez-Peix (Barcelona, 14/4/1915—Pamplona, 1/2/2004), patriarca del Derecho romano en España, jurista original, humanista crítico entregado al oficio universitario, que amó apasionadamente, epigrafista, papirólogo, historiador de la Antigüedad y filósofo del Derecho, con su frontis auctoritas, ardor ocuíorum y praestantia gestus personificaba la misma idea de cultura.

De educación atípica e irregular, debido a su resistencia a la escolarización, gustaba de recordar el día en que, ya con seis años, su madre, María Pérez-Peix, escultora, le enseñó a leer en una tarde. Esto le permitió sumergirse en la voluminosa biblioteca de su padre, en la que pasó muchas horas aprovechando los frecuentes viajes de Xénius. No es de extrañar, pues, que, en este ambiente familiar, D’Ors fortaleciera su propio temperamento esteticista, y que años después afirmara que el torno de alfarero, las colecciones de insectos, el dibujo de mapas y las traducciones (ya de niño aprendió catalán, francés e inglés) contribuyeran definitivamente en su primera formación.

Con el traslado de la familia a Madrid en 1923, Alvaro d’Ors se escolarizó en la preparatoria del Instituto Escuela, donde conoció y se educó con los hijos de los más influyentes intelectuales de la época. La atracción por la belleza clásica embriaga su época de adolescente. En efecto, en 1931, pasa el verano en Londres, donde sus visitas diarias al Museo Británico le convierten al mundo clásico. Mucho influyó en esta decisión la famosa «Oda a la urna griega», de John Keats, poeta que ocupó entonces un puesto de honor en sus lecturas.

Comenzada la carrera de Derecho en el curso 1932-33, su interés por el mundo clásico le llevó a intensificar el estudio del Derecho Romano, animado por José Castillejo. Empezó entonces a trabajar en el Centro de Estudios Históricos, donde el profesor italiano Giuliano Bonfante se había encargado de promover los estudios clásicos. Tras la guerra civil, en el mismo año 1939, asumió parte de la docencia en la Universidad Central, de cuya cátedra de Derecho Romano se encargaba Ursicino Álvarez, excedente de Murcia. En 1940, se trasladó D’Ors a Roma para ampliar estudios de Derecho Romano bajo la dirección de Emilio Albertario. Allí elaboró una gran parte de su tesis doctoral sobre la Constitutio Antoniniana, que fue leída en Madrid, en 1941, y galardonada con el premio extraordinario de doctorado.

Durante esos años de docencia en Madrid, trabajó asiduamente en el Instituto Nebrija de Estudios Clásicos, del Consejo Superior de Investigaciones Científicas. Fue entonces cuando, estimulado por el tema de su tesis doctoral, se dedicó con interés a la papirología, en la que es reconocido como precursor dentro del ámbito español. La ocasión de poder estudiar y publicar los nuevos fragmentos de El Rubio, de la ley colonial de Osuna, le adentró en el campo de la epigrafía. Asimismo, trabajó en el Instituto Nacional de Estudios Jurídicos, y especialmente en la redacción del Anuario de Historia del Derecho Español, de cuyo consejo de redacción formó parte hasta 1984. Fue miembro también de losconsejos de redacción de Emérita, 1VRA, Revista de Estudios Histórico-Jurídicos y de la Revue Internationale des Droits de l’Antiquité.

En 1943 publicó sus Presupuestos críticos para el estudio del Derecho Romano, que, aunque calificado diminutivamente por él mismo de «librillo programático», fue, junto con el Horizonte actual del Derecho Romano(1944) de Ursicino Álvarez, la obra que, tras la guerra civil española, marcó un nuevo rumbo a los estudios romanísticos en España. A partir de ese momento centró su atención investigadora en la crítica palingenésica y en el sistema deacciones romano. En diciembre de ese mismo año, ganó por oposición la cátedra de Derecho Romano de Granada, pero, ya en el verano de 1944, se trasladó por permuta a la de Santiago de Compostela. Allí conoció y se casó, en 1945, con Palmira Lois, de la que nacieron once hijos. Desde Santiago, acudió regularmente, hasta 1948, a la Universidad de Coimbra, para impartir seminarios romanísticos. Esta reiterada colaboración con la universidad portuguesa culminó años más tarde con el doctorado honoris causa (1983). Recibió también esta distinción académica en la Universidad de Toulouse (1972) y en la Universidad de RomaLa Sapienza (1996). A su época santiaguesa corresponden obras señeras como su Epigrafía jurídica de la España romana (1953) o su edición del Código de Eurico (1960). En 1954, fue galardonado con el Premio Nacional de Literatura por su obra De la guerra y de la paz.

Desde su creación en 1953 fue director del Istituto Giuridico Spagnolo en Roma, dependiente del Consejo Superior de Investigaciones Científicas. Durante los veinte años que ocupó este cargo, sin dejar su cátedra, viajó con regularidad a Roma con el fin de atender la supervisión de los trabajos que allí hacían los pensionados. A esa época corresponde el aumento de su colaboración en la revista Studia et Documenta Historiae et luris, especialmente por la crónica de Epigrafía jurídica griega y romana que, durante esos veinte años, escribió trienalmente en esa publicación. Por el Instituto Jurídico Español pasaron como becarios muchos jóvenes juristas españoles, buena parte de los cuales fueron accediendo después a cátedras de las más variadas especialidades jurídicas.

En 1961 se incorporó a la recién creada Universidad de Navarra, a cuyo fundador, san Josemaría Escrivá, conoció y trató ya en los años cuarenta. Su entonces novedoso espíritu de santificación en medio del mundo caló muy hondo en su alma. En la Universidad de Navarra permaneció hasta su jubilación oficial en 1985 como ordinario de Derecho romano y posteriormente como profesor honorario (1985-1993). Durante los diez primeros años estuvo encargado de la organización de las nuevas bibliotecas de esta universidad, culminando así lo que había sido un quehacer constante de toda su vida académica. Fruto de este trabajo es su obra Sistema de las Ciencias (1969-1977). Sus servicios universitarios fueron reconocidos con la medalla de oro de la Universidad de Navarra (1990).

Los cuarenta años de Pamplona están marcados por la constante puesta al día de su Derecho Privado Romano, manual que sirvió de estímulo científico al propio D’Ors para superar nociones establecidas y aceptadas por la comunidad científica internacional. En efecto, el cotejo de las nueve ediciones de este importante libro, obra de referencia mundial, con el que se han formado millares de juristas, es expresión de la capacidad autocrítica del autor, así como de la solidez de sus posiciones en los temas más discutidos por la ciencia romanística. Particular atención merecen también sus investigaciones palingenésicas sobre el Edicto Perpetuo -cuya revisión de Otto Lenel no aceptó como definitiva-, su teoría del creditum, sus escritos sobre legislación municipal, a partir del descubrimiento, en El Saucejo, cerca de Sevilla, en 1981, de la lex Irnitana, y su comentario sobre Las Quaestiones de Africano (1997), su última obra romanística. Algunas de sus principales aportaciones a la Historia del Derecho propiamente dicha fueron recogidas en su libro de colectánea Parerga historica (1997). Durante los años previos a la promulgación de la Compilación del Derecho Civil Foral de Navarra, de 1973, intervino muy activamente en las labores legislativas.

Su pasión por la búsqueda de la verdad le llevó a cultivar también la filosofía y la teoría del Derecho. Con todo, las claves de su Weltanschauung, como la distinción entre auctoritas y potestas, persona y sujeto, su teoría de la representación, el valor de la naturaleza de las cosas, la importancia del concepto de servicio como quicio del Derecho, por citar algunos ejemplos, tienen siempre un origen romanístico. En filosofía política criticó la secularización europeizante, e -influido sobre todo por Carl Schmitt, Michel Villey y Max Weber- denunció el concepto de Estado y el consumismo capitalista, que consideró efectos de la revolución protestante. De estos tres autores, Carl Schmitt ha sido quien más ha contribuido -por contraste- a configurar su pensamiento. En efecto, en tanto Schmitt fundamentó su teoría del nomos en los principios de territorialidad y potestad, D’Ors optó por los principios de personalidad y autoridad. Esta distinción entre autoridad -saber socialmente reconocido- y potestad -poder socialmente reconocido- constituye una de las principales aportaciones de DOrs a la filosofía social. A su vez, frente al homo homini lupus moderno, propuso D´Ors el homo homini persona, principio que, a mi entender, constituye un firme cimiento del nuevo Derecho global. A la tríada revolucionaria «libertad, igualdad, fraternidad», opuso D’Ors una antagónica: «responsabilidad, legitimidad, paternidad».

En el campo de la teoría del Derecho, Alvaro d’Ors fue un precursor de lo que podríamos denominar «estética jurídica», al concebir el Derecho como un juego de posiciones: la «posición justa». En efecto, haciendo caso omiso de concepciones logicistas y racionalistas, D’Ors se enfrenta al Derecho desde la estética, que posteriormente trasciende con su concepción judicialista, reflejada en la fórmula «Derecho es lo que aprueban los jueces». Pocos años antes de su muerte, completando su propia teoría jurídica, definió el Derecho como el conjunto de «servicios socialmente exigibles», cambiando así la perspectiva subjetivista desde la que se viene contemplando el Derecho desde la Ilustración. El pensamiento de D’Ors sobre el concepto de Derecho está básicamente recogido en Nueva introducción al estudio del Derecho (1999) y en Derecho y sentido común (2001).

Alvaro d’Ors falleció cristianamente en Pamplona, rodeado del cariño de su numerosa familia, el día 1 de febrero de 2004, a los ochenta y ocho años de edad.

Bajo el volcán de la democracia

«¿Le gusta este jardín que es suyo?
¡Evite que sus hijos lo destruyan!»
Malcom Lowry, Bajo el volcán

UNA FOTOGRAFÍA EN BLANCO Y NEGRO

La vigencia de la sociedad abierta en el siglo XXI sigue estando amenazada. Y no sólo por la presión externa que ejerce el nuevo totalitarismo islamista fraguado a la sombra de la guerra fría que ganó Occidente en 1989, sino por las propias tensiones internas que actúan dentro de los muros de aquélla y que en las últimas décadas se han agudizado. La fotografía de esas tensiones las tomó con ojo preciso Ortega a comienzos de los años treinta del siglo XX. El álbum de fotos de los nuevos tiempos lo ofrece en La rebelión de las masas y se ubica en ese escenario torsionado por los seísmos que enmarcan la revolución bolchevique y la destrucción de la república de Weimar por el nazismo.

Su fotografía es nítida, a pesar de mostrárnosla en blanco y negro. Los contornos revelan un fenómeno histórico de calado. La memoria se retrotrae en el abismo de la historia europea, desvelando que el periodo de entreguerras retomó un proceso de dislocación del escenario cívicomoral acaecido -tal y como se tratará de mostrar a continuación- dos siglos atrás. Y así nos dice Ortega como arranque: «Hay un hecho que, para bien o para mal, es el más importante de la vida pública europea de la hora presente. Este hecho es el advenimiento de las masas al pleno poderío social. Como las masas, por definición, no deben ni pueden dirigir su propia existencia, y menos regentar la sociedad, quiere decir que Europa sufre ahora la más grave crisis que a pueblos, naciones, culturas cabe padecer. Esta crisis ha sobrevenido más de una vez en la historia. Su fisonomía y sus consecuencias son conocidas. También se conoce su nombre. Se llama la rebelión de las masas».

El fenómeno no es nuevo. El siglo XX lo eleva a estructura tal y como Canetti demuestra con plasticidad científica en Masa y poder cuando nos brinda la primera ley física del imperio de las masas contemporáneo: «Muchos no saben qué es lo que ha ocurrido; ni siquiera pueden dar una respuesta a estos interrogantes; sin embargo, se apresuran a ir donde se encuentra la mayoría». En realidad, este proceso magnético masivo desvela un trasfondo histórico en el que se combina la acción de las ideas sobre la psicología inconsciente del ser humano. De nuevo, como sostenía Isaiah Berlin, la labor del intelectual en la oscuridad silenciosa de su gabinete puede desatar tormentas políticas si sus ideas caen sobre un suelo propicio para que se liberen pulsiones colectivas e individuales refrenadas. En el caso que nos ocupa: el desprecio multitudinario por todo lo que trasciende los límites de un horizonte igualitario sacralizado por la afirmación y constatación moderna de que: «Pese a que en ocasiones no sea extraño toparse con hombres físicamente más poderosos o de inteligencia más viva que otros, la naturaleza ha creado a los hombres tan iguales en sus facultades corporales y espirituales que cuando se considera todo en su conjunto, la diferencia entre hombre y hombre no es en absoluto tan importante como para deducir de aquí que alguien pueda reclamar para sí un beneficio que otro no pueda exigir con el mismo derecho».

Las palabras de Hobbes contenidas en su Leviatán sacan a la luz algo que la Modernidad irá progresivamente decantando culturalmente. Su apoteosis tiene lugar con la deriva jacobinorevolucionaria desatada tras el estallido de 1789. Burke fue el primero en alertar sobre el diagnóstico igualitario desde la plataforma privilegiada que le ofrecían las islas británicas. A salvo de la revolución gracias al canal de la Mancha, el tory con alma de whig que era Burke, advirtió en sus Reflexiones sobre la revolución francesa que la revolución era el producto consolidado de un igualitarismo-racionalista que había desatado la Modernidad continental. En este sentido,la vocación de tabla rasa revolucionaria a la que apela el jacobinismo alimentará al socialismo durante los siglos siguientes, pero se gestó mucho tiempo atrás: en la propia base teórica que sostiene el discurso de legitimación política inaugurado por la Modernidad.

La acción igualitaria de la guillotina no es fortuita. Es el efecto de un tiempo histórico. Como señala Sloterdijk en El desprecio de las masas: «El terreur de la Revolución Francesa expresará la voluntad de cortar cabezas que pretendieran exceder la talla burguesa, la moderna antropología política suprime en general la idea de nobleza justificando su proceder con argumentos psicológicos procedentes del ámbito natural». De hecho, el terror jacobino nos parece a nosotros terror, pero no a susportavoces, que aplicaron un análisis hipertrofiado de los instrumentos de la Modernidad. Fueron los funcionarios de la democracia revolucionaria, no lo olvidemos, los que trataron de materializar la «voluntad general» rousoniana mediante el «comité de salud pública» y la guillotina; una voluntad que se describía a sí misma como «ama» de la comunidad política, estando legitimada para excluir físicamente a quienes no aceptaban esta lógica de dominio político masivamente democrático.

En realidad, lo que trataron de hacer Robespierre, Saint-Just y Billaud-Varenne era redireccionar institucionaltnente el magma que expulsaba el volcán de una Historia que, por utilizar un símil geológico, constataba en la superficie los cambios en la disposición de las placas tectónicas que se producían en las profundidades de su tiempo. El tránsito de la Edad Media a la Moderna no podía ser pacífico. La sustitución de la fe por la razón como instrumento de legitimación civilizador sólo podía acontecer mediante episodios revolucionarios que, iniciados en Inglaterra en el siglo XVII, revistieron un movimiento de ida y vuelta continental quehizo que las revoluciones religiosa, científica y económica acaecidas en Occidente desde el Renacimiento a nuestros días poblara nuestra memoria de cifras sísmicas: 1649, 1688, 1776, 1789, 1848, 1918, 1989…

EL PANTEÓN LOCKEANO

El desencantamiento del mundo -en expresión de Weber- provocado por la racionalidad instrumental se inició a partir del siglo XVII. Con él, una progresiva geometrización de la existencia humana tuvo lugar en Europa y su proyección transatlántica. Occidente metamorfosea sus estructuras y, con ellas, sus fuentes de legitimación. En la política esto tiene lugar de la mano de un modelo de fundamentación del poder a partir de la teoría del consentimiento articulada en torno a los conceptos de libertad e igualdad. De hecho, cuando Locke escribe sus Dos tratados sobre el gobierno civil bosqueja los planos fundacionales de la democracia moderna mediante un equilibrio que sitúa la igualdad como la base de un orden de libertad.

Su planteamiento liberal es un ensayo político que aloja en su seno las claves incipientes del desarrollo democrático posterior. La tesis de Locke es que gracias a la presencia de un pacto suscrito por todos los hombres que intervienen en su realización, el poder político deviene legítimo y, con él, las leyes que nacen en su seno. A partir del nacimiento de la sociedad política, las relaciones humanas pasan a ser «relaciones instituidas o voluntarias»; esto es, relaciones morales que «dependen de la voluntad de los hombres». El modelo lockeano adopta la traza de una especie de partenón griego que visualiza una geometría racionalista que, a grandes rasgos, reproduce la imaginería liberaldemocrática anticipada históricamente por Tucídides cuando puso en boca de Pericles los principios de la Atenas del siglo V a.C. a través de la famosa oración fúnebre a los caídos atenienses.

El modelo de Locke no oculta la existencia de cánones iusnaturales de verdad que, a sus ojos, son trasladables al escenario arquitectónico de la política. La base contractual lockeana de la democracia es reflejo de ello. Sin embargo, era consciente de que su reflexión teórica se edificaba a partir de una experiencia histórica. En este sentido, la geometría iusnaturalista de su diseño no desconoce el terreno donde se ubica. Locke es un pensador moderno que emplaza su partenón ideal sobre el solar físico que su tiempo le dispensa. Sabía que la placa tectónica de la Modernidad estaba progresivamente consolidándose en su deriva subterránea, agitando así la superficie del acontecer histórico. No hay que olvidar que renunció a su vida académica en Oxford para dedicarse al asesoramiento político-práctico, al ejercicio de la medicina y al conocimiento científico como miembro de la Royal Society. Por así decirlo, Locke era un hombre bien informado acerca de su tiempo. De ahí que articuló su formulación teórica dentro de un viejo orden medieval que daba sus últimas boqueadas y cedía vigor ante la irrupción de una nueva placa que se superponía con violencia creciente sobre aquél, tal y como había puesto de manifiesto prácticamente la primera mitad del siglo XVII inglés.

El diseño democrático de Locke es deudor de ello. Los Dos tratados se concibieron a partir de una estrategia revolucionaria que trató de destronar a los Estuardo y establecer una monarquía constitucional inspirada en los principios del partido whig. Así, la igualdad en el ejercicio de derechos naturales y, entre ellos, la libertad, constituye el emplazamiento sobre el que edifica un entramado basilar que sitúa a la ley natural como eje vertebrador de un gobierno fundado en la salvaguardia de derechos como la vida, la libertad y la propiedad, auténticas metopas del friso iconográfico en el que espejea el ser más profundo de la democracia. De entre todos ellos, el derecho nuclear es la propiedad. Cada hombre tiene una propiedad indeclinable sobre su «persona», configurándola como un límite operativo insoslayable que separa el gobierno civil de una democracia del despotismo de la tiranía.

El concepto lockeano de persona es el canon constructivo de la arquitectura democrática y su cortafuegos ante los excesos que puede desatar la igualdad originaria. Para Locke, la «persona» es el preámbulo moral y constitutivo de la ciudadanía. Si no concurre una apropiación de la persona que potencialmente porta cada hombre como criatura de Dios, se incumple la primera exigencia de la ley natural: el ejercicio responsable de la libertad. Sin persona no hay sujeto político prestador del consentimiento del que emana el gobierno. La persona es «el sí mismo… un término forense que imputa las acciones y su mérito; pertenece, pues, tan sólo a los agentes inteligentes que sean capaces de una ley y de ser felices y desgraciados».

Este presupuesto moral apropiativo sobre uno mismo es esencial para construir el modelo político de Locke. Dios ha dado al hombre entendimiento para dirigir sus acciones y le ha permitido una libertad de voluntad y acción como algo propio y constitutivo de sí mismo dentro de los límites fijados por la ley natural. Y si el entendimiento le dicta ejercer la razón sobre el asidero de una experiencia individual, la proyección social del mismo lo conduce a tender vínculos de asociación pacífica. Para ello, el hombre debe apropiarse de su persona con anterioridad, venciendo las pulsiones y la irracionalidad que porta consigo como consecuencia de la caída original. Esta circunstancia es la que lleva al hombre a ser persona y cumplir una ley natural que capta con su entendimiento y lo que le fuerza a apropiarse de cuanto necesita para sobrevivir mediante el despliegue sobre el mundo de una laboriosidad física y epistemológica que hace que: «aunque las cosas naturales se nos dan en común, el hombre (por ser su propio amo y el propietario de su persona, así como de sus acciones y del producto de su trabajo) tenía en sí el fundamento de la propiedad».

Gracias a esta apropiación moral, el hombre deviene sujeto político y puede prestar su consentimiento con independencia del grado de proyección física que adquiere tras producirse aquélla. En este sentido, la apropiación material del mundo físico está limitada al cumplimiento de una serie de requisitos que se superan mediante la introducción del dinero como depósito de valor del trabajo y, asociado a aquél, al intercambio de bienes y servicios como instrumento de sociabilidad. Estos hechos tienen lugar en el estado de naturaleza y son expresión del entendimiento práctico que actúa en los hombres más industriosos y racionales: aquellos que no se conforman con vivir al día, dice Locke, como no se conforman con un conocimiento simple de la ley natural que los rige, pues: Dios entregó el mundo a los hombres para su beneficio y para que «obtuvieran de él la mayor cantidad posible de ventajas».

Esta lógica progresiva y activista que enmarca la teoría de Locke en la senda del activismo moderno inaugurado por Bacon y Descartes, hace que una exigencia maximizadora del entendimiento práctico y económico posibilite el crecimiento del intercambio de bienes y servicios en una especie de continuum civilizador que acaba incrementando la producción y la cantidad de ventajas que hacen posible agrandar la riqueza disponible de la humanidad. Así, el deseo de mejoramiento de su bienestar material e intelectual es el producto del ejercicio de la libertad o, si se prefiere, la consecuencia de la vocación imputadora de responsabilidad moral anudada a la condición de persona. Por eso dicen los Dos tratados que la igualdad originaria de los hombres no es incompatible con ciertas diferencias entre ellos, ya que al ser aquélla «el igual derecho que tienen todos los hombres a su libertad natural, sin que nadie pueda verse sometido a la voluntad o autoridad de ningún otro» sin su consentimiento, con todo, es perfectamente posible que dentro de ese marco la «excelencia de las cualidades y el mérito pueda situar a [algunos] por encima del nivel común».

La arquitectura democrática que edifica Locke es compatible con la presencia en su diseño de un arquitrabe elitista que cierra el sistema. Un sistema que a través del gobierno salvaguarda los derechos naturales haciéndolos civiles dentro de un Estado de planta democrático-igualitaria que no orilla las consecuencias que desata el ejercicio espontáneo de la libertad natural, entre las cuales están las diferencias posesivas y de mérito intelectual que generan el desarrollo de la industria y el entendimiento práctico. De este modo, mediante una estrategia democrática de partida, Locke extiende la base de legitimación a todo el pueblo.

En su Epístola a la tolerancia señala que el Estado es una sociedad de hombres que se constituye exclusivamente para «procurar, preservar y hacer avanzar sus propios intereses de índole civil»; intereses dentro de los que se ubican «la vida, la libertad, la salud, el descanso del cuerpo y la posesión de cosas externas, tales como dinero, tierras, casas, muebles y otras semejantes», indicando a renglón seguido que el deber del magistrado consiste en «asegurar, mediante la ejecución imparcial de las leyes justas a todo el pueblo, en general, y a cada uno de sus súbditos, en particular, la justa posesión de estas cosas correspondientes a su vida».

Locke identificaba el estatus privilegiado apuntado más arriba con el gentleman de su tiempo y que, desde principios del Renacimiento, había copado progresivamente el control político y económico de Inglaterra con la adquisición de la mayor parte de las tierras cultivables y la práctica totalidad de los escaños de los Comunes, los altos cargos de la Administración, la judicatura y los puestos influyentes dentro del comercio, la industria, la milicia, las finanzas y la ciencia. Un ideal aristocrático que, frente al tradicional guerrero y cortesano, se funda en la moderna ética weberiana del trabajo o, para ser más exactos, en el cultivo de una conducta industriosa y racional localizada en los principios morales y filosóficos de la Modernidad consagrada en el Ensayo sobre el entendimiento humano.

En realidad, la Inglaterra moderna plantea un modelo de héroe a la altura de su tiempo. Un hombre burgués, individualista, que centra su bienestar en el cultivo de una laboriosidad intelectual y moral que, luego, el también whig Daniel Defoe encarna en la figura literaria del Robinson Crusoe, capaz de dominar civilizadamente una remota isla desierta guiado por la mesura y la reflexión, incluso en las circunstancias más difíciles y extremas. De esta manera, los valores de excelencia propuestos por Locke ponen de manifiesto el empeño de ofrecer un ideal humano basado en la racionalidad y el trabajo, tal y como expone en su obra Pensamientos sobre la educación. Como señala N. Mateucci en Organización del poder libertad. Historia del constitucionalismo moderno: «la coherencia de su construcción» radica en que «intenta vincular los elementos más dispares, en un proyecto político y constitucional que tiene» a ese «hombre nuevo» educado en dichos principios educativos como la garantía del éxito de su proyecto, pues lo adapta «al cometido social y político al que está destinado: la reforma constitucional» a través de «una reforma cultural».

EL VULCANISMO ROUSSONIANO

El diseño lockeano que acabamos de ver entra en el siglo XVIII de la mano del mejor de los avales: el respeto de las mentes biempensantes de la Ilustración. El conocimiento de aquél se convierte en una especie de Evangelio laico cuando se seculariza el escenario de la ley natural que lo fundaba, sustituyéndose paulatinamente a Dios por un simple demiurgo racionalizador. El espíritu de las leyes de Montesquieu define la Constitución inglesa nacida de la revolución de 1688 como un sistema modélico de equilibrios, en el que varios poderes se limitan y moderan entre sí logrando una arquitectura política al servicio de la libertad. Así, a partir de la experiencia práctica inglesa, la teoría del consentimiento se convierte en la fuente de legitimación del poder ilustrado. Sus ideas se expanden por el continente europeo y las colonias norteamericanas como un modelo a imitar que difunden los enciclopedistas y que asocian a un proyecto de reforma cultural del hombre que culmina con la máxima del «Sapare aude!» kantiano y su ideal meritocrático de conocimiento y ciudadanía.

Sin embargo, desde la recepción continental de la obra de Locke y la revolución norteamericana protagonizada por ilustrados como Jefferson o Franklin transcurre más de medio siglo. Durante ese lapso de tiempo, la corriente igualitaria utilizada como sostén del partenón loekeano se desborda y comienza a fracturar el anclaje de su entramado basilar debido a la agitación del substrato sobre el que se asienta. El vulcanismo de la historia liberado por una Modernidad que avanza hacia su apoteosis a velocidad de crucero, se ve estimulado por la aportación intelectual de Rousseau. Con él, los viejos conceptos de libertad e igualdad manejados por los diseñadores de la arquitectura demoliberal ven alterados sus cimientos teóricos. De hecho, plantea sobre aquéllos una impugnación radical ya que el partenón lockeano defendido por los ilustrados como expresión de su superioridad arquitectónica le desagrada abiertamente cuando les dice: «He tenido conocimiento de las culturas de las que tan orgullosamente os mostráis, he visto vuestras magníficas mansiones y la vida que lleváis en ellas y os aseguro que todo ello son falsedades, cosas artificiosas y antinaturales. Es mejor vivir en un tugurio; hay más sinceridad, más humanidad».

Con Rousseau, la Ilustración se sale de sus goznes liberales y ofrece un nuevo rostro donde la razón se apasiona. Revitaliza el discurso igualitario haciendo que la igualdad geométrica se transforme mórbidamente en apetito social gracias al discurso teórico de la «voluntad general». Hasta él, la igualdad no es un fin en sí mismo sino un instrumento al servicio de la libertad individual. Cuando D’Alambert escribe a Federico II en 1770 se defiende de la acusación de que «los filósofos» predican la igualdad absoluta, diciendo que la dicha social está en contentarnos con esa igualdad moral que mantiene a cada uno en el libre ejercicio de sus derechos. Idea que comparte Holbach y que Gaetano Filangieri plantea más claramente cuando en La ciencia de la legislación sostiene que el hombre virtuoso nunca podrá ser igual al delincuente, o el inteligente al imbécil, o el valiente al cobarde; pues hay desigualdades morales como las hay físicas, lo cual no debe restar crédito ni valor a la única igualdad posible: la igualdad ante la ley. De hecho, apostilla el italiano: la igualdad consiste en que los hombres no vean conferidos privilegios por su nacimiento.

Rousseau cambia este escenario. Inaugura una reflexión apasionada que rompe con la moderación analítica de sus contemporáneos. Hace algo que lo pone en sintonía con la llamada anti-Ilustración y que tiene a Hammann y Herder como portavoces del romanticismo posterior, con Schiller y Hólderlin a la cabeza del mismo. Rousseau denota la fatiga y crispación que engendra el discurso moderno en algunos de sus hijos y la añoranza por aquella «sociedad cerrada» descrita por Popper, y que gravita como una amenaza sobre la civilización demoliberal desde sus orígenes griegos. Como señala J. L. Talmon en Los orígenes de la democracia totalitaria: Rousseau es el representante del «temperamento totalitario mesiánico», fruto de la enfermedad ideológica a la que conducían ciertos excesos de la Ilustración y que en él se combinaba con un «mal ajuste psicológico»: «una de las mentes más inadaptadas y egocéntricas naturalezas que han dejado testimonio de su condición». De hecho, rescata la olvidada violencia y metamorfosea la sede del juicio en el que se funda la ley natural. La razón deviene en corazón, y lo hace tempranamente cuando en el Discurso sobre el origen y fundamentos de la desigualdad entre los hombres convierte la propiedad en un derecho contra natura, ya que el primer hombre que cercó un pedazo de tierra y dijo que «es mío», creó la desigualdad y, consecuentemente, la injusticia.

Sin remilgos de ningún tipo, Rousseau impugna de raíz la tesis ilustrada y combate abruptamente el fundamento mismo del elitismo democrático. En un momento en el que se plantea que el progreso material y el avance de la civilización era consecuencia del desarrollo de un proceso racionalizador e isonómico al servicio de la libertad de los hombres, él sostiene lo contrario: que el avance de la civilización, lejos de liberarlos, los esclaviza; y que lejos de hacerlos mejores, corrompe su alma. El hombre primitivo vivía en una unidad orgánica consigo mismo que el hombre moderno ha desgajado. Esta es la verdad del hombre, una verdad irrecuperable, ya que no puede retrotraerse la humanidad a su origen, pues «la naturaleza humana no retrocede». Pero esta acción retrospectiva roussoniana lo que significa en la práctica es una estrategia con la que toma impulso para plantear su modelo alternativo, tal y como desarrolla en el Contrato social y, a partir de él, sus herederos jacobinos, socialistas utópicos, demócratas radicales, marxistas, anarquistas e, incluso, fascistas, ya que el mecanismo de la voluntad general será un instrumento totalitario de gran utilidad para los promotores de la sociedad cerrada.

Pero si el hombre no puede volver al estado de naturaleza, sin embargo, sí puede enmendar su desarrollo ulterior recuperando la esencia que dominaba aquél: la igualdad. La solución roussoniana estriba en edificar una comunidad política utópica que demuela el partenón lockeano aplicando la piqueta de la igualdad como elemento fijo y calificador de los actos de la vida social. En el estado de naturaleza la única verdad era la igualdad que existía entre los hombres primitivos: la condición de una sociedad no ilusoria. En el Contrato social aboga por la extensión de la democracia a todos y por la democracia directa frente a la aristocracia electiva, que era como llamaba al modelo lockeano, situación que sintetiza en el primer capítulo del libro primero cuando dice que: «El hombre ha nacido libre y en todas partes está encadenado». Ningún mérito es natural; la excelencia no es legítima, como tampoco lo son los derechos que no sean reconocidos por la ley en la que se corporeiza la voluntad general. En su Proyecto de Constitución para Córcega es claro: «La ley fundamental de vuestra Constitución es la igualdad. Todo debe referirse a ella, incluso la autoridad misma, a la que se instituye precisamente para defenderla; todo debe ser igual por derecho de nacimiento». Gracias al contrato social la tabla rasa se hace efectiva y el hombre primitivo permanece en la sociedad sin esclavizarse a otros, obligándolo a ser libre dentro de la ley, de modo que el «soberano» que integra a todos los hombres expresa la voluntad general en acción.

EL TERROR JACOBINO HECHO VIRTUD DEMOCRÁTICA

Los conceptos manejados por Locke se invierten bajo un planteamiento holístico. Para Rousseau, la voluntad general significa que cada «uno de nosotros pone en común su persona y todo su poder bajo la suprema dirección de la voluntad general y recibimos en cuerpo a cada miembro como parte indivisible del todo».Una nueva geometría constructiva sustituye al partenón lockeano por un altar monolítico y nivelador: un coristructo total o, si se prefiere, una especie de mónada leibniciana constante, inalterable y, sobre todo, pura y autorreferente, pues: la voluntad general «es siempre recta y tiende siempre a la utilidad pública». El altar roussoniano se transforma así en el cono que canalizará desde el cráter del volcán revolucionario las corrientes igualitarias de una Historia que la revolución francesa transforma en violencia colectiva de la mano de los jacobinos y su culto al triunfo histórico de lo masivo mediante la destrucción de la lógica lockeana apropiativa de la persona.

Tras su victoria sobre la Gironda y los elementos moderados de 1789, la lava de la revolución jacobina se llevó por delante el partenón lockeano que la Declaración de derechos del hombre y del ciudadano instituyó como diseño de una monarquía constitucional en el continente. El resentimiento psicológico de las masas hacia lo meritorio se transforma en anhelo nivelador gracias al estímulo de las ideas roussonianas. Los émulos franceses de la gentry idealizada por Locke -y que constituían la famosa «nobleza de capa» burguesa y funcionarial-, caen después de que el terror revolucionario se ensañara con la vieja aristocracia de sangre y cortesana. Montesquieu es fagocitado por Rousseau. Como Büchner puso en boca de Robespierre en La muerte de Dantón: «El arma de la República es el terror, la fuerza de la República es la virtud. La virtud porque sin ella el terror sería desastroso, el terror porque sin la virtud sería impotente. El terror es la emanación de la virtud, no es otra cosa que la rápida, la severa y la inquebrantable justicia… El gobierno de la República es el despotismo de la libertad contra la tiranía».

La «máquina jacobina» apoyada en las picas de los sans-culottes hizo que la libertad dejara de tener sentido en clave personal. De hecho, para los hijos de Rousseau «el pueblo» se define -según el Alphabet républicain dictado el II año de la República- como «una masa de individuos reunidos para vivir bajo el mismo gobierno», siendo, además, el único «soberano, es decir, amo» ya que «tan sólo él puede darse leyes a sí mismo. Porque, siendo todos los hombres iguales por naturaleza, ningún hombre debe imponer la ley a otro».

La moralización republicana que portaba consigo el lenguaje de Rousseau llega así al paroxismo violento y a la justificación virtuosa de la represión y eliminación física de quienes se autodeclaran -con su oposición al curso de los acontecimientos revolucionarios- como enemigos de la igualdad. Como dueña de la voluntad general, la ley se erige en violencia purificadora, instituyendo una zona sin control que es una zona de guerra legítima contra los hombres indeseables que renuncian a ser libres. Si la libertad sólo consiste en «no obedecer más que a las leyes», que es lo que hace un «buen ciudadano», entonces el hombre que no las cumple deja de ser un hombre libre adquiriendo el estatus de «esclavo, es decir, el más vil y el más cobarde de todos los hombres». El paso siguiente fue claro y a los jacobinos no les tembló el pulso cuando tuvieron que darlo: el altar fue trocado en ara y el sacrifico de los malos ciudadanos en purificación al servicio de la voluntad general.

El desarrollo de los acontecimientos posteriores fue intelectualizado mediante el hartazgo napoleónico en el que desembocó el terror revolucionario. Algunos años después, esta tesis la asume Tocqueville cuando aventura que el milenario resentimiento psicológico de las masas hacia la excelencia se trocará en igualitarismo intelectual cuando las cadenas y los verdugos que groseramente imponían las tiranías del pasado cedan paso al dominio absoluto de una opinión pública que intelectualiza la violencia liberada por la revolución. De hecho, apartir de ese momento, afirma en La democracia en América: «El señor no dice más: pensaréis como yo o moriréis, sino que dice: sois libres de no pensar como yo, pero desde este día sois un extranjero entre nosotros».

El mérito principal de Tocqueville reside en percibir que la explosión revolucionaria de 1789 no ha consolidado todavía la democracia. La orgía de sangre que supuso aquélla tenía que ser metabolizada de forma pacífica ya que esa fuerza desconocida que arrastra a todos los hombres a querer «la destrucción de la jerarquía» sólo se convertirá en sistema colectivo de vida cuando revista el carácter de un canon que instituya a todos los niveles del comportamiento humano y de la reflexión que «hay más luz y cordura en muchos hombres reunidos que en uno solo». De este modo, la tiranía de la mayoría tendrá una vestidura pacífica através del imperio de una opinión pública que acallará el debate, achatará y nivelará la existencia humana en el conformismo, logrando así que se desvíe «la actividad intelectual y moral del hombre hacia las necesidades de la vida material para emplearla en producir bienestar». Y aunque el siglo XIX gesta un nuevo elitismo siguiendo la estela meritocrática instituida por el ejemplo de Napoleón y las reflexiones del liberalismo utilitario de Stuart Mill, la pulsión igualitaria cobró nuevos bríos mediante un nuevo anhelo mítico de la revolución, esta vez asentado sobre una corriente en la que el culto positivista a la ciencia y el análisis de la estructura económica del mundo se aliaron bajo el sacerdocio de una nueva pasión jacobina: el marxismo y su odio a un capitalismo que deshumanizaba mediante la transformación del trabajo en una mercancía que se compraba y vendía.

Sin embargo, la caída del muro de Berlín ha puesto fin a la amenaza violenta que gravitaba sobre la sociedad abierta desde 1918. La historia es bien conocida debido a su cercanía. Baste decir que el pulso del jacobinismo marxista se ha disuelto como un azucarillo en el océano de las contradicciones que encerraba la aplicación práctica del pensamiento de Marx. La organización totalitaria de lo masivo desarrollada por la utopía leninista es pasado. Pero la placa tectónica liberada por la Modernidad sigue actuando sobre el acontecer humano. El volcán del igualitarismo no se ha apagado. Sigue activo, latente, debido a la resaca de décadas de predominio monopolístico por parte de una izquierda que ha controlado -y controla- los resortes de la cultura y sus fuentes de legitimación institucional a través de la universidad, las artes y el periodismo de la imagen.

EL PARPADEO DEL PARTENÓN VIRTUAL

Hemos vuelto al punto en el que Tocqueville emitió su diagnóstico, aunque añadiendo síntomas que éste no pudo percibir. Hoy, el imperio de la opinión pública es más poderoso que entonces y ha adoptado la faz americana que aventuró tras su experiencia transatlántica. La pesadilla dibujada por él se ha hecho más sofisticada. Los procesos que describió se han acelerado exponencialmente. La tiranía del canon mayoritario como referente de verdad y normalidad; la dispersión individualista estimulada por un hedonismo utilitario que ha erosionado la estructura de deberes que sostiene el ejercicio de los derechos, y la burocratización de las estructuras depoder han sido introyectadas colectivamente. El bienestar desarrollado por el capitalismo posindustrial y técnico hahecho que la concepción hobbesiana de la igualdad experimente una nueva vuelta de tuerca. La ciudadanía que se ha transformado en mero consumo y uso de derechos sociales bajo un Estado del bienestar que se legitima a sí mismo como una democracia plebiscitaria en la que la optimización de los recursos públicos es la clave de la revalidación de las mayorías que sostienen a los gobiernos. De este modo, la burocratización y las contradicciones culturales del capitalismo descritas por Daniel Bell minan la vigencia de la sociedad abierta al tiempo que la técnica, como expresión última de la racionalidad instrumental weberiana, constata día a día que la dinámica del progreso no es pacífica ni altruista, sino que puede desembocar en violencia y tiranía tal y como aventuraron Horkheimer y Adorno en La dialéctica de la Ilustración.

El nihilismo comienza a mostrarse como el cauce final del proceso de racionalización igualitaria iniciado con la Modernidad y la figura de Nietzsche cobra elcariz del profeta del nuevo milenio con su anuncio del «último hombre»: «¡Ay!, llegará el tiempo en el que el hombre no engendre yaninguna estrella… Llegará el tiempo del hombre más despreciable, el que ya ni siquiera se desprecia a sí mismo. ¡Mirad! Yo os muestro el último hombre. ¿Qué es amor? ¿Qué es creación? ¿Qué es estrella? Estas son las preguntas del último hombre, y parpadea». De hecho, la amenaza que pende sobre el panteón lockeano radica en que se suplante por una especie de partenón virtual gracias a las nuevas tecnologías, adquiriendo la traza deuna mixtura arquitectónica que combine la fórmula de un gran estudio hollywoodiense y un casino de Las Vegas. El problema no es tanto que desaparezca su corporeidad sino que, primero, parpadee el flujo eléctrico que alimenta su imagen y, después, desaparezca en medio del silencio, la oscuridad y la indiferencia de las masas.

El igualitarismo de antaño ha dejado de ser físico. Sustituye la lava volcánica por laneutralización de una ciudadanía despersonalizada que es incapaz de asimilar que alguien como Locke hubiera podido decir, siglos atrás, quela persona es el presupuesto de la democracia: «El sí mismo… un término forense que imputa las acciones y su mérito; pertenece, pues, tan sólo a los agentes inteligentes que sean capaces de una ley y de ser felices y desgraciados».

UNA RADIOGRAFÍA, TAMBIÉN EN BLANCO Y NEGRO

El problema de la sociedad de masas del siglo XXI es la implosión de la persona y su impotencia a la hora de asimilar la complejidad que caracteriza el nuevo milenio. La fotografía en blanco y negro que nos ofrecía Ortega se ha quedado corta. Le falta la profundidad y amplitud de un gran angular. El hombre sin atributos musiliano es el nuevo héroe del apocalipsis feliz -con minúscula- en el que vivimos instalados cotidianamente. Nuestro héroe es el portavoz de una clase universal autosatisfecha que no se atreve a mirarse a sí misma en el espejo de su ser masivo. La amenaza está aquí: en la festividad ociosa del bienestar en el que viven esos hombres que se dejan ser porque no respetan ninguna instancia superior que no sea la libre expresión de sus deseos y preferencias. Lo bueno y lo malo, lo bello y lo feo, lo verdadero y lo falso viene dado por el imperio de una opinión pública que carece de aristas y fracturas. La masa ha perdido la potencialidad revolucionaria de antaño y evoluciona hacia la desactivación absoluta que provoca el alivio colectivo de la indiferencia.

Quizá por eso mismo, la foto de Ortega debe dejar paso a la radiografía, también en blanco y negro, que nos brinda Canetti cuando afirma: «Sólo todos juntos puedan liberarse de sus cargas de distancia. Eso es exactamente lo que ocurre en la masa. En la descarga, se elimina toda separación y todos se sienten iguales. En esta densidad, donde apenas cabe observar huecos entre ellos, cada cuerpo está tan cerca del otro como de sí mismo. Es así como se consigue un inmenso alivio. En busca de este momento dichoso, en donde ninguno es más, ninguno es mejor que otro, los hombres devienen masa». Aunque eso, sí, habría que añadir: masa absoluta y, quizá, definitiva.

Picasso, la lógica de la libertad no es como la pintan

«Yo no lo digo todo, pero lo pienso todo».
Pablo Picasso, en Héléne Parmelin, Picasso dit; Gonthier, París, 1966

Autodidactas, casi habría que decir: pintores primitivos, eso tendrían que ser por necesidad, según Picasso, quienes se dedicaran a pintar después de haberlo hecho el loco de Van Gogh. Él, que era hijo de un profesor de dibujo de academia, don José Ruiz; él, un muchacho precoz que había superado todas las etapas de formación académica a velocidad de vértigo, tenía ante sí esta disyuntiva: o acomodarse a la pintura anterior a la de aquellos innovadores absolutos que eran Van Gogh y Cézanne, y hundirse junto con la tradición en un academicismo orgulloso pero huero; u olvidarse de todo lo aprendido, de las reglas, de los cánones, de las academias y crear, también él, su propio lenguaje.

Con apenas diecinueve años, y ya consagrado en su país, Picasso había llegado a la Exposition Universelle de París aquel año, 1900, porque uno de sus lienzos se exhibiría en el pabellón de España. De allí en adelante, podría él consagrarse a los partenones, a las venus, a las ninfas, a los narcisos y a toda la caterva de «bellezas» acrisoladas por la tradición y que descubría colgadas de las paredes del Louvre, por primera vez; podía hacer eso, y seguir viviendo del éxito, o bien escoger como punto de partida la galería del viejo Tanguy, donde los parisinos, hacía todavía pocos años, iban a burlarse de las bañistas de Cézanne y de los girasoles de Van Gogh. Para reírse, sí, de aquel hombre solitario y atormentado, que había dado un carpetazo a todas las herencias de la pintura y creado él solo un lenguaje enterito, desde la A hasta la Z; para burlarse, sí, de ese, como le llamaría Matisse, Dios bondadoso de la pintura, que era Cézanne, y a quien la pintura debía tantos caminos, tantas posibilidades nuevas, que hacía falta ser un Hércules para ponerse a transitar cualquiera de esas sendas.

Era sin duda una encrucijada la de París, 1900: el orden del canon, de la academia, del gusto que se vende al público en estuches; o la libertad de los colosos. O la plétora «du charme», de las obras «bonitas», «encantadoras», que llenaban el Louvre; o trabajar dando libre curso a las propias emociones, y disponerse a sufrir el escarnio. O trabajar con aquel: «Le suplico, distinguido amigo, acepte la expresión de mi consideración más distinguida», inciso en cada cuadro, mostrando sumisión a todos los gustos; o disponerse a abrazar el exilio a cuenta de su obra, como Voltaire lo hizo a cuenta de la suya.

Como pintores primitivos y autodidactas… pues si los hombres habían llegado a fijar imágenes en las paredes de las cuevas, en las astas, en un pedazo de madera, fue porque sus ojos las descubrían allí casi por azar, prefiguradas en las realidades de su entorno, casi al alcance de la mano: una forma le sugería a uno una mujer, otra un bisonte, otra, aún, la cabeza de un monstruo… que pintaban o tallaban, sin pedir permiso a nadie, sin echar mano a recetas.

Ni los espíritus cobardes que se apegan a los mitos enterrados de los museos, ni las imposturas de los charlatanes que han hecho de la pintura un modo lucrativo de vida, nos pueden hacer olvidar lo único importante, según Picasso: sentir la vida interior de los hombres grandes. Porque lo significativo no es tanto lo que el artista hace, como lo que el artista es. Cézanne nos interesaría un comino si hubiera vivido y pensado como un Jacques Émile Blanche, incluso si sus manzanas hubiesen llegado a ser diez veces más bonitas que las que realmente pintó. Lo que nos fuerza a interesarnos por Cézanne es su ansiedad: esa es su lección, eso lo que podemos aprender de él, según Picasso. Y lo que nos empuja a interesarnos por Van Gogh, es el drama actual de ese hombre, su soledad —una vida miserable, que ha llegado a ser el arquetipo de la aventura moderna de la creación—. Todo lo demás, es prescindible; de todo lo demás, podemos avergonzarnos.

El artista adolescente quiere ser original, y tiene una manera segura de conseguirlo: olvidarse de la pintura cuando pinta. Para medrar, la pintura tiene que ignorar, o mejor dicho, olvidar todas las reglas aprendidas. Formas bonitas, armonías de colores… se pueden encontrar en cada esquina, pero un artista con personalidad, ay amigo, eso es otra cosa. Ni siquiera la personalidad debe buscarla el artista, porque o se lleva dentro o es que simplemente no se tiene. Ni siquiera va a emanar del deseo de ser original. El individuo que insiste en serlo pierde el tiempo y se engaña a sí mismo.

Basta ya de hacer arte, se dice Picasso; basta ya de ofrecer belleza. Nadie quiere pintar, sólo se busca hacer arte. La gente demanda arte, y nosotros le proporcionamos «bellas armonías» y «colores mágicos». Basta ya; dejemos de hacer arte, y conformémonos con hacer pintura.

Y Picasso partió de cero, y se puso a hacer pintura y sólo pintura. El joven artista rechazó todo lo que no estuviera directamente relacionado con las cualidades sensibles de su oficio. Inició su propia comprensión del dibujo, de la composición, de la forma y del color, olvidándose de fórmulas caducas sobre su corrección o incorrección, sobre su belleza o fealdad. En adelante, se atendría a su significación plástica, tal y como se revelara en cada caso ante sus ojos. Ser un pintor de la realidad, para renovar la comprensión y la práctica de su oficio: eso se proponía. Mantener los ojos y el cerebro abiertos a la realidad, como los primitivos pintores tenían los suyos, junto al fuego y en las cavernas, para gozar del placer de hacer descubrimientos. Pocos o muchos, se dijo Picasso; pero los nuestros.

I. Novum organum

El arte abstracto no existe para Picasso; él siempre parte de alguna figura de la realidad: el cielo, la tierra, un trozo de papel, una figura que pasa, una tela de araña… No importa qué cosa vea y a partir de qué empiece a trabajar, todo se le aparece invariablemente como una «figura». Incluso las ideas metafísicas hay que expresarlas por medio de «figuras» simbólicas (recordemos Ciencia y caridad, 1890). Por eso no habla de arte figurativo frente a arte abstracto. Una persona, un objeto, un círculo, todos ellos son figuras, que le afectan más o menos intensamente; algunas están más próximas a sus sentimientos y remueven sus facultades afectivas; otras se dirigen más particularmente a su inteligencia; pero cualquier forma encuentra su lugar en el espíritu del artista. Para él, pues, no tiene sentido hablar de su pintura como de algo abstracto, ajeno a la «figuración».

Nada de cosas bonitas

El pintor no hace distinción de clases entre las realidades capaces de ponerle en marcha. Un vaso junto a un paquete de pitillos es un tema tan bueno, y tan difícil de realizar para él, como un Juicio Final. Picasso es un animal omnívoro de emociones e ideas que le llegan Dios sabe de dónde. El sólo se ha señalado una excepción: no copiarse a sí mismo, se tiene prohibido copiarse a sí mismo. Le tiene horror a repetirse, aunque no duda en coger una carpeta de dibujos antiguos, extraer los que más le gusten y empezar a trabajar a partir de ellos.

Picasso reconoce que, para bien o para mal, las cosas que, en particular, aparecen en sus cuadros son las realidades que él ama:

«En mis cuadros, pongo todas las cosas que me son queridas. Para mí, es muy triste que un pintor al que le gustan las mujeres rubias no se decida a meterlas en su cuadro ¡porque no le hacen juego con el frutero! ¡Y qué miseria la de un pintor que odiase las manzanas, pero que se sirviera de ellas con profusión, porque le hacen juego con la alfombra que está pintando! ¿Puede una mujer que no fuma pintar una pipa? ¡Sería monstruoso! En mis cuadros, aparecen las cosas que yo amo. Y cómo luego ellas casan entre sí, es su problema; allá ellas, que se las arreglen como puedan».

No hay extravagancias entre los objetos que aparecen en los lienzos de Picasso, al revés: él está por los cotidianos, los sencillos, los miserables. Nunca nadie ha hecho el retrato del Partenón, sostiene, ni jamás nadie ha pintado un sillón Luis XV, sino que se hace un cuadro con una aldea del Midi —así Cézanne—, con una silla vieja —así Van Gogh— o con un paquete de tabaco —así él mismo—.

Picasso ama los desechos: los cabos de cuerda, los alambres, la chamarilería en general, de la que es infatigable coleccionista. Esos objetos empezaron a aparecer en las composiciones de antes de la primera gran guerra, en los papier collé con retales de saco, trozos de cuerda de atar carne, chinchetas, hojas de periódico con azarosos derramamientos de café, etc. De entre todos los trabajos de la época del cubismo, esas composiciones son las que más le satisfacen por su escamoteo de lo encantador, de lo bello: por su honradez plástica, vaya.

Ya antes había introducido guitarras, cántaros, jarras de cerveza, pipas, rábanos, evitando todo rastro de «charme». Luego fueron las casetas de bañistas, con sus llaves puestas en los ojos de las cerraduras, en sus puertas, o calaveras junto a puerros y espejos, pero habitualmente objetos corrientes y molientes. Picasso se preciaba de distinguirse en ello de Matisse, que con frecuencia admitía en sus cuadros objetos elegantes, inhabituales o preciosos, de los que la gente corriente no había oído hablar: sillas venecianas con forma de ostras, camisas tradicionales multicolores procedentes de Rumania, plantas exóticas, etc.

Para ponerse en marcha y pintar, Picasso no precisaba nada de eso, él era más tipo Van Gogh, que había hecho cuadros a partir de unas botas o, mejor aún, de un par de patatones, inmensos y deformes. También a Cézanne le habían bastado unas manzanitas para ser el más grande. Picasso observa que los cuadros se pueden hacer como las princesas hacían sus hijos, con los pastores.

La vida viva

Luego, los seres vivos, la vida… Picasso ama los animales; en realidad, los adora. En Bateau-Lavoir tuvo tres gatos siameses, un perro, un macaco y una tortuga; en el cajón de la mesa habitaba un ratón blanco domesticado. Le gustaba el burro de Frédé, que un día coceó su paquete de tabaco; le encantaba el cuerpo amaestrado de un conejo llamado Agile y lo pintó (en La mujer con cuervo) con la hija de Frédé, que se había casado con Mac Orlan. En el estudio de Vallauris tenía una cabra; en el de Cannes, un mono. En cuanto a perros, ni un día vivió privado de su compañía. Ya de joven se presentaba habitualmente paseándose con un can. En Montrouge, tenía dos molosos; luego se hizo con un fox terrier. Sus perros se llamaron Frika, Elft, Kazbek. Siempre deseó tener un gallo en casa y una cabra; soñó con disponer de un tigre. Si dependiera sólo de él, estaría rodeado siempre de una verdadera arca de Noé.

Picasso pintó no pocos gatos, pero no animales de lujo, de esos que ronronean sobre el sofá de un salón, sino felinos callejeros, felinos pendencieros con los pelos erizados mientras cazan pájaros, mientras vagabundean y corren por las calles como demonios…

—«Te miran con ojos indómitos —comentaba—, dispuestos a saltar sobre uno. ¿Y no es verdad que las gatas en libertad están siempre preñadas? Se ve que no piensan más que en el amor».

Por encima de cualquier otra realidad viva, sin embargo, a Picasso le interesó siempre la figura humana. Gertrude Stein, testigo excepcional de los primeros años de Picasso en París, recuerda que el cubismo empezó con paisajes —el verano de 1908, Picasso viajó a España, permaneció varios meses entre Barcelona y Horta del Ebro, y volvió a París con tres paisajes, que supusieron el verdadero comienzo del cubismo— pero fue un movimiento efímero. Paisajes y bodegones dejaron paso casi inmediatamente a la figura humana. La seducción de las flores y los paisajes inevitablemente atraían más a los franceses, según Stein, y Picasso se aplicó de inmediato a dar expresión cubista a las personas.

¿Picasso retratista?

Hay críticos de arte que no se han decidido a incluir a Picasso entre los retratistas. Galienne y Pierre Francastel, por ejemplo, aducen que «la figura humana no es para Picasso más que el soporte para una especulación plástica», y le niegan el título de retratista (a Matisse también). En el extremo opuesto, nos encontramos con Jean Clair, uno de los grandes especialistas sobre el pintor malagueño, que afirma taxativamente: «Picasso será siempre el mayor retratista del siglo. Incluso llega a imponerse por sí solo la siguiente evidencia: el siglo XX es el siglo del retrato o autorretrato y no el de la abstracción. Y en este arte del retrato, Picasso es el maestro».

Una orquilla de afirmaciones no sólo alejadas, sino contradictorias entre sí, que pone de manifiesto cómo, al igual que con cualesquiera otros aspectos de la pintura, cuando se trata de Picasso hay que reconocer que le hicieron a él y luego rompieron el molde. Tienen razón Galienne y Pierre cuando afirman que Picasso no fue un retratista, al modo como lo habían sido antes de él los retratistas —al modo, en todo caso, como la historia del arte entiende que eran los retratistas anteriores a Picasso—. Al mismo tiempo, sin embargo, hay que reconocer que la historia del arte la hacen los pintores con más razón que los historiadores, pues los primeros suplen la materia primera o sustancia a los segundos. Así que le reconocemos a Picasso el derecho a renovar el género de la pintura del retrato, como le pareciera más oportuno.

De nuevo las observaciones de la señora Stein nos ponen en buena pista, cuando observa que al malagueño no le interesa «el alma» de las personas, como se decía entonces para referirse al logro de un retrato. Un día, paseando ambos por París, vieron a un hombre «de aspecto distinguido sentando en un banco»; y vuelto hacia ella, Picasso comentó:

—«Mira esa cara; es tan vieja como el mundo; todas las caras son tan viejas como el mundo».

«Para el pintor, recuerda la escritora, toda la realidad de la vida se hallaba en la cabeza, en el rostro y en el cuerpo de un individuo. Eran para él elementos tan importantes, persistentes y completos que no necesitaba pensar en ninguna otra cosa —en el alma, en la psique o en la personalidad— cuando realizaba un retrato».

«Para Picasso, cualquier rostro humano era como el de una madre para su hijo —la observación es de nuevo de Stein—. Antes de memorizar los rasgos faciales de su progenitora, antes de habituarse a ellos, el niño los ve como elementos de una forma gigantesca, sin proporción y sin analogías con el resto; cada uno, una realidad singular y desconectada de las otras. El niño ve la parte frontal del rostro y luego la lateral, y no las conecta imaginativamente; cada ojo es para él una entidad singular, no la repetición de una unidad que se reparte a pares por los rostros; la carnosidad de los labios, vistos de cerca, tienen una realidad individual, lo mismo que el caballete de esa nariz, la pupila de ese ojo y ese lagrimal…»

A su modo, Picasso conocía el rostro, la cabeza y el cuerpo humanos igual que un niño. Él veía cada una de las cosas reales, las observaba y como que las tocaba como si aún no las pudiera reconocer, como si aposta no las quisiera recordar, sino simplemente verlas. Y desde el punto de vista de la visión, Picasso estaba más que acertado que nosotros, adultos, pues la mayoría de las veces nosotros propiamente sólo vemos un rasgo parcial de la persona que observamos; el resto queda cubierto por un sombrero, la luz, la ropa, o cualquier otro accidente. Es solo por costumbre (Stein no cita la psicología de la gestalt, pero podría haberlo hecho), que completamos habitualmente la totalidad de esa imagen con nuestros conocimientos adquiridos, con la información que retiene nuestra memoria sobre ese personaje individual o los de su género. Pero cuando el pintor Picasso veía un ojo, el otro no existía todavía para él. Él, más que nosotros, sabía ver, y su quehacer iba a consistir en gran parte en reeducarnos a los adultos para que llegáramos a saber ver.

Pero primero tuvo que aprenderlo él mismo. Picasso, que aseguraba haber superado precozmente el periodo infantil del dibujo, tuvo que luchar para descubrir esa conciencia infantil, o mejor dicho, esa inconsciencia infantil; y para ser capaz de expresarse sin afectación, una vez instalado en el origen.

Dibujo y representación

Una conciencia original la conquistaría en primer lugar mediante la representación de la singularidad o unicidad de cada individuo real. Según Picasso, es preciso encontrar un signo singular para cada realidad individual. El quería ser realista, y si una pierna no es un brazo, el dibujo de una pierna no podía ser el dibujo de un brazo. O ponte un árbol, por ejemplo. Y al lado de ese árbol, pon que hay una cabra. Y junto a la cabra, pon que hay una niñita que está cuidando la cabra. Pues bien, el pintor debe emplear un dibujo diferente para cada uno de esos elementos, porque la cabra es redonda, la niña cuadrada y el árbol, pues es como un árbol; pero si los dibujara de la misma manera, sería una falsedad. A cada realidad le corresponde un tipo de dibujo.

Ello es una cosa endiabladamente difícil, no menos que endiabladamente importante. Joan Miró, que conoció los dibujos infantiles de Picasso a los que me he referido, dijo de ellos: «Son diabólicos. Diabólicamente precoces». Pero según Picasso, la verdad es lo contrario: que lo diabólicamente difícil es dibujar con la simplicidad de un niño. «Toda una vida me ha costado —aseguraba Picasso— aprender a dibujar como los niños, porque yo a su edad dibujaba con un virtuosismo académico, completamente impropio de mi edad». Quizá lo aprendiera de su padre, que era profesor de dibujo; pero de mayor, ya digo, Picasso quería dibujar como los niños, y lo consiguió.

El dibujo no es ninguna broma, según Picasso. El que un simple trazo pueda representar a un ser vivo resulta magnífico, más aún: esconde algo muy, muy misterioso. Picasso lo decía no sólo porque un trazo puede representar la imagen de algo real, sino que se refería a su sustancia, a lo que las cosas son verdaderamente, más allá de sus apariencias. Rendir las cosas, cada cosa, mediante el dibujo; rendir su idea, su núcleo, mediante el dibujo, sobre el lienzo: eso es un prodigio mucho mayor que todas las prestidigitaciones, que todos los azares que ocurren en el mundo y que tanto asombran a muchos, según Picasso.

De ahí que no haya nada más difícil que trazar correctamente una línea. Todo está en juego, cuando vamos a trazar una sola línea. Nadie sabe cuánto hay que calcular para poder trazar una línea que esté viva, nadie sabe cuánto cuesta definir con un trazo, de un solo trazo, la sustancia de una cosa, dice Picasso. En un documental sobre pintores contemporáneos que la televisión francesa realizó en 1946 sobre, entre otros, Matisse, hay una escena que ilustra a cámara lenta la angustia del pintor ante la inevitable y fatal primera línea. Picasso conoce ese documental y comenta cómo la escena en que el pincel de Matisse «planea» sobre el lienzo, sin decidirse a empezar por ningún lado, muestra hasta qué punto la mano y la mente calculan veloz, vertiginosamente, cuando se pinta.

Picasso encontraba el mismo problema pero ya resuelto mucho antes, en el arte primitivo, con total sencillez. Le parecía a él que las líneas grabadas en las cavernas, que él conocía por reproducciones, tenían una pureza, es decir, una precisión incomparables, lo mismo que los bajorrelieves asirios, que también pudo estudiar en el Louvre. En el arte griego, por ejemplo, ya no había la misma pureza, según él. En el arte griego, según Picasso, había ya un elemento estetizante, hubo canon y reglas que había que imitar, a las que tenían que sujetarse. Entre los egipcios y los romanos también los hubo, pero estos últimos, gracias a su utilitarismo, embellecieron menos sus edificios y sus obras; en su simplicidad genuina fueron más sinceros que los griegos, más realistas que los esteticistas griegos.

Nombrar las cosas

Pero a la sencillez de las cavernas están obligados los pintores que, como él, han sido hechos primitivos por los impresionistas. Picasso y su generación venían obligados a una operación, tan simple como difícil a la hora de dibujar: nombrar las cosas. Saber nombrar cada cosa por su nombre, dibujándola: eso era todo. Pintar para dar nombre preciso, exacto a cada cosa: con eso bastaba. Como Adán en el paraíso, cuando Dios le iba presentando las cosas por primera vez, antes de que existiera la mujer, el tenía que nombrar todas las cosas.

Si el pintor hace un desnudo, debe poder decir: desnudo. No el desnudo de la señora Miriam Fernanda, sino simplemente: desnudo. No imitar un pecho, sino decir: pecho. No imitar un pie, sino decir: pie. Decir mano, decir cintura, sin imitar una mano, sin imitar una cintura. Un solo trazo habrá de bastar para decirlo, como basta una palabra para nombrar cualquier cosa, sin circunloquios. Desnudo: encontrar el signo que diga «desnudo» al primer golpe de vista, como un contundente fonema plástico.

Solo así el observador podrá ser un creador. Bastará que sus ojos recorran la línea que dice: desnudo, para crear él mismo un desnudo, junto al pintor. Nombrará el pintor el ojo, y lo crearán él y su observador. Nombrará el pintor el pie, y lo crearán él y su observador. Al ver sus dibujos, no podrá evitar quien los observe la palabra «ojo», ni ahuyentar de su cabeza la palabra «pie». Nombrará la cabeza de un perro, cuando una línea le imponga ese nombre; nombrará la rodilla de alguien, cuando una línea se la nombre. En dibujo, eso es todo. Con eso basta, según Picasso.

Signos

Pero el observador tiene todavía mucho que aprender. La gente considera que si el pintor quiere dibujar un perro, pensará por ejemplo en Kazbek —así se llamaba uno de los perros de Picasso— para imitar su apariencia. Pero no ocurre así. El dibujo de un perro tiene que parecerse tanto a un perro concreto como el fonema «perro» tiene que parecerse a un can concreto. ¿Que analogía guarda la palabra «perro» con el cuadrúpedo que ladra? ¿Por qué el signo de un perro sobre el lienzo habría de parecerse entonces a un perro empírico? A un trazo dibujado sobre un lienzo, sostiene Picasso, no hay que pedirle que copie la forma externa de un perro, sino solamente que diga: perro.

Un pintor debe observar la naturaleza, pero nunca puede confundirla con sus obras. Dibujar es encontrar el modo de traducir la naturaleza mediante un signo, que trasladamos al lienzo o al papel.

La ficción y lo natural

Los signos guardan semejanza con el referente del que son dibujo, pero no son ni calcos, ni emulsiones de luz impresas en una banda de filme, ni reflejos sobre un espejo. Dibujar es crear vínculos visibles entre lo natural y su representación, pero vínculos que no son de identidad, sino de semejanza. Los filósofos hubieran dicho: de analogía. El dibujo no es idéntico a la cosa que representa, pero tampoco le es completamente extraño, por eso se dice: es análogo.

El sonido de una flauta es análogo al del viento: se parecen en que se transmiten por el aire, pero se diferencian en que uno es producido por un individuo, que lo hace aposta, mientras que el otro lo viene produciendo la naturaleza. Un dibujo de un buho que hace Picasso es análogo a un búho real, cuando la línea que traza Picasso es capaz de evocar, en quien conoce ese tipo de animales, uno de esa especie, aunque estrictamente el dibujo de Picasso no copie a ninguno en particular.

Ni el dibujo ni la pintura crean las cosas ni las hacen presentes, en el mismo sentido en que la naturaleza las crea o las hace presentes. Para Picasso, la naturaleza y el dibujo pertenecen a dos órdenes distintos, entre los que no hay posible acoplamiento. Cabe hablar de realidades naturales, por una lado, y de dibujos o de pinturas como referencias o signos a esas realidades; pero no cabe hablar, según Picasso, de pinturas naturales. Picasso no le daba la razón a sus críticos, cuando querían contraponer la pintura cubista a la pintura natural: tampoco antes que él hiciera cubismo, respondía Picasso, los pintores pintaban para representar o imitar la naturaleza. Más bien sucedía lo contrario.

Si los seres humanos han dibujado y pintado en todos los tiempos ha sido precisamente para expresar su concepción de lo que la naturaleza no es, sostiene Picasso. Tratándose de los pintores primitivos a los que hemos hecho referencia, sus pinturas no eran la naturaleza ni pretendían imitarla, según toda evidencia, sostiene Picasso. Pero ni siquiera en pintores como David, Ingres o el mismo Bourguereau, que creían pintar la naturaleza tal como ella es, nada de lo que lograban podía confirmar esa suposición: Ingres dibuja como Ingres, y no como ningún otro; y al resto le ocurría igual. Nadie ha visto nunca una obra de arte «natural» —esa que todos o la mayoría de los hombres hayan dibujado o pintado de la misma manera—. El ejemplo a este respecto de los retratos es incontestable.

Los retratos

«Velázquez: —sostuvo Picasso— nos legó su visión de las gentes de su tiempo. Es innegable que esas gentes eran diferentes a como aparecen en sus cuadros, pero hoy no podemos imaginarnos a un Felipe IV que no sea el que pintó Velázquez. Rubens, por ejemplo, también hizo el retrato del rey, pero el suyo parece casi otra persona. Y nosotros creemos en el que pintó Velázquez, por la exactitud de la que él hace gala».

Si podemos pintar cien cuadros sobre un mismo personaje o un mismo tema, ¿cuál de ellos será el verdadero? Cabe plantear incluso qué es más verdadero: si el modelo, o la imagen que el pintor ha creado de él. Porque, a propósito del retrato de Felipe IV, por ejemplo, la imagen de Velázquez hoy nos sigue impresionando más que ninguna otra: por tanto, la «verdad» del retrato de Felipe IV en el siglo XXI es más la del pintor que la del modelo. Arte y verdad son, pues, parámetros heterogéneos. Tratándose de la pintura, la verdad no existe.

«El arte es una mentira que nos ayuda a ser conscientes de la verdad o, al menos, de esa verdad que nos está permitido comprender», sostiene Picasso. «Lo que el pintor ha de saber es de qué medios dispone para convencer a los demás de la veracidad de sus mentiras —para ser capaz de producir en ellos, si no admiración, al menos curiosidad frente a lo que hace»—.

Lo verdadero, lo verosímil

Picasso reivindica para su pintura el mismo estatuto gnoseológico que, veinticinco siglos atrás, se le había concedido a la literatura. A propósito de las creaciones poéticas, la oposición entre lo verdadero y lo poético, entre la realidad natural y la ficción artística, ya había sido disuelta por la Poética de Aristóteles, en el siglo IV a. C. En los libros de la ciencia de la poesía, como luego en todas las poéticas renacentistas y barrocas que la siguieron, se decía que tanto las epopeyas como las comedias, los dramas como las novelas históricas son discursos a propósito de los cuales no cabe hablar de «verdad» o «falsedad» o, al menos, no en el mismo sentido en que se trata de ellas a propósito de la ciencia.

Decir de una demostración científica que es falsa, es asumir que no se trata propiamente de una demostración y que, por tanto, con ella no hay modo de hacer ciencia —a generar, digamos, conocimiento indubitable—. Tratándose de las ciencias, no hay demostraciones verdaderas y demostraciones falsas, sino sólo demostraciones (porque verdaderamente demuestran), y no demostraciones (porque verdaderamente no demuestran).

Pero al hablar de la «ficción» trágica, o épica, o cómica, resulta que determinados caracteres o acontecimientos, que son falsos o inexistentes cuando se refieren a determinados sujetos empíricos —cuando en la comedia Las nubes, por ejemplo, Aristófanes dice que a Sócrates le pegaba su mujer— esa atribución «falsa», no demostrada ni demostrable, no sólo no es algo que anule, cancele o invalide la ficción poética, sino que, por el contrario, la constituye. Toda ficción literaria, según se afirma, ya digo, en la Poética, está construida a partir no de acontecimientos o caracteres que ocurrieron u ocurren empíricamente de la manera descrita, sino de aquellos tan sólo que «pudieron» ocurrir de esa manera.

Es interesante señalar que la palabra griega que se emplea en esa Poética para referirse a la relación entre la ficción literaria y la realidad histórica o natural —«eikon»—, tiene la misma raíz que la palabra que empleamos en nuestro lenguaje para referirnos a los «iconos». La ficción literaria no es una copia o imagen de la realidad, sino una representación de cómo los hechos podían haber ocurrido «icónicamente», es decir, verosímilmente, con toda la apariencia de la verdad. De manera análoga, una pintura no será una copia o calco de la realidad, sino su «icono»: una imagen que la significa, que la hace aparecer «como verdadera» ante nuestros ojos.

La sustancia, lo surreal

Picasso habla de la «semejanza» entre lo dibujado y lo natural, cuando se refiere a una relación que no es ni de identidad total ni de completa alteridad, sino la de una analogía o semejanza por la que se descubre, a través de la diferencias entre el modelo natural y su imagen, su identidad más profunda. Al principio, antes de que los demás lo hicieran, Picasso empleaba la palabra surreal y se refería con ella a esa semejanza más profunda, más allá de las formas y los colores aparentes de las realidades, de los que el pintor partía y los cuales se proponía hacer presentes en el lienzo.

Lo surreal comparece sobre el lienzo, sostiene Picasso, como una resemblanza o evocación de la realidad natural. Si el dibujo es capaz de evocar las cosas, no es porque represente su apariencia o manifestación natural, sino porque da forma, haciéndola visible, a su realidad más auténtica. Es notable que también en esto el término picassiano de surrealidad recuerda no poco a otro aristotélico, igualmente capital, que es el de la sustancia. Para el pintor y para el filósofo, es posible dejar aparte la apariencia de las cosas, y »leer dentro» de su núcleo, hasta comprender el meollo de su realidad. Aristóteles dirá que eso se puede conseguir por medio de la definición de la sustancia de las cosas, definición que se expresa a través de conceptos generales y diferencias específicas. Por su parte, Picasso sostiene que eso lo consigue él con la definición de la forma de las cosas, definición en la que él no emplea conceptos, sino líneas y colores. Para el filósofo, la sustancia —la surrealidad— de un ser no es lo que éste es según sus apariencias, ante nuestros sentidos, sino lo que la inteligencia ha comprendido de él como aquello a lo que no puede renunciar sin dejar de ser «lo mismo». Para Picasso, la forma dibujada de un objeto o de un cuerpo no es necesariamente una copia de su forma aparente, tal y como aparece ante nuestros sentidos, sino una forma tal que, no obstante su aparente alejamiento del fenómeno de las cosas, las representa mejor o más duraderamente, es decir, más esencialmente.

La forma

Lo que el pintor hace no es copiar apariencias, sino ver y crear formas. La forma es también una apariencia, desde luego, pues los dibujos son realidades visibles. Pero las formas de las cosas que el pintor ve, donde los demás no ven nada, y que reproduce sobre el lienzo, significan con mayor profundidad su realidad. Eso piensa Picasso, al menos. Las formas de las cosas que él dibuja estarán tal vez alejadas de la imagen que la retina, o de la imagen que una cámara fotográfica guardarían de ese objeto; pero es lógico que sea así, porque los ojos del artista, a diferencia del objetivo de la cámara o la superficie del espejo, están abiertos a una realidad superior, sostiene él.

Dibujar la realidad es producir un signo que la evoque en el observador, a través de una semejanza o analogía que éste percibe por medio del dibujo o del color en una superficie. Unas veces, las líneas o formas dibujadas estarán muy próximas a la apariencia natural de la realidad, y cualquiera podrá reconocerla en ellas; otras veces estarán muy alejadas. En unos dibujos, resultará como si el pintor hubiera utilizado la palabra «cosa»; en otros, como si hubiera sustituido el fonema convencional por la expresión correspondiente en el slang: que hubiera dicho «cositinga» en vez de «cosa», pongo por caso, para romper el significado petrificado del signo y alcanzar así sentidos poéticos inusuales. Todo vale, cuando se trata de signos: también la marea sube o baja, sostiene Picasso, pero el mar siempre está ahí.

Basta un trazo o un par de líneas para significar o evocar una realidad. Dos puntos sobre una superficie pueden transformarse en el signo de unos ojos, porque ellos bastan para evocar un rostro —a pesar de que no lo representen o, mejor dicho: lo evocan precisamente porque no lo representan—. Si no lo evocaran, no serían dibujo —no constituirían un signo—. Eso es lo extraño del dibujo en general, según Picasso: que la evocación de la realidad, desde el lienzo o el papel, pueda hacerse con medios tan sencillos. Dos agujeros o dos puntos son muy abstractos si se piensa en la complejidad del rostro humano; pero lo más abstracto en este sentido es el súmmum de la realidad.

Sin embargo, el límite de la esencialización del dibujo es que no puede llegar a ser tan simple, tan simple, que deje de referirse a algo concreto; o que, en su indefinición, se refiere a tantas cosas posibles, que deje de referirse a ninguna concreta en particular. Picasso insistía en que, no obstante que algún trazo o algunas pinceladas de sus cuadros le parecieran abstractas al espectador, todas, en cualquiera de sus obras, querrían significar algo: un toro, una plaza de toros, el mar, la montaña, la gente…

Indisolubilidad de signo y referente

La dificultad radica en encontrar el medio de hacer comparecer sobre el lienzo cada trozo de la realidad con la misma sencillez con que lo hace la cosa en la naturaleza: la hierba sobre el lienzo como la hierba en la naturaleza, el árbol como el árbol, el desnudo como el desnudo. Solo si el pintor es capaz de crear una definición gráfica directa, efectiva, sus dibujos operarán como la misma realidad y no como en el arte. Sólo si los signos que construye son capaces de desarrollarse por sí mismos, sin artificios, logrará el pintor una pintura tan inteligente que resulte como la vida. Solo así sus artificios serán persuasivos, tendrán los mismos efectos intuitivos y emocionales que los reales, aunque estén hechos de pintura. Sólo así se consigue que un cuadro no sea una imitación de la naturaleza, sino una realidad equiparable a la naturaleza. Algo «otro» que la naturaleza, pero de eficacia similar para los espíritus.

Unir la realidad y su representación pictórica por medio de un signo: dominar la realidad mediante signos, tener capacidad de convocarla, de hacerla presente, mediante signos: o el pintor sabe hacer eso, o no sabe nada.

De poder a poder

Por ello a Picasso no le da miedo hacer actos de poder cuando pinta. Un poder que usurpa a la naturaleza. Su decisión es inapelable: ocupa el trono de la naturaleza y ejerce su dominio, desvinculándose de la información que ella trata de imponerle, si a él no le conviene.

El primero de los pintores libres fue Van Gogh, sostiene Picasso. El primero que no quiso trabajar imitando a la naturaleza, sino sirviéndose de ella, fue él. Van Gogh no partía de la pintura para llegar a la naturaleza, sino al revés: partía de la naturaleza para llegar a la pintura. Los artistas como él no copian la naturaleza, no la imitan, sino que permiten que los objetos pictóricos se revistan de apariencias reales. No se proponen transformar el sol en un punto amarillo sobre el lienzo, sino transformar, mediante su arte y su inteligencia, un punto amarillo sobre el lienzo en un sol.

Y como Van Gogh, Matisse y otros más, que pintaron frente a la naturaleza, trabajando como dicen los chinos y los indios mexicanos: no imitando la vida, sino trabajando como ella; no creando lo que ella, sino creando como ella. Precisaban saber cómo forma la naturaleza las ramas y sentir cómo lo hace, no para imitar la forma de las ramas, sino para crearlas ellos mismos.

Deformaciones

El pintor recuerda que, de niño, tenía muchas veces el mismo sueño —una pesadilla—. Se veía a sí mismo con unos brazos y unas piernas enormes, que se le encogían y encogían, hasta hacérsele minúsculas. Con los otros personajes del sueño ocurría lo mismo, también sus brazos y sus cabezas se hacían gigantescas y luego enanas, diminutas. El sueño de las transformaciones le producía siempre mucho miedo. Pero luego, de mayor, cuando pintaba, no le daba miedo formar y deformar él mismo a voluntad las figuras, haciendo de ellas más o menos poderosos signos. Las proporciones naturales de las cosas no le ataban más las manos, y en los dominios de su arte se hacían flexibles y libres, se estiraban o se contraían, como en el sueño infantil, pero felizmente.

—«Uno no sabe habitualmente qué es lo que va a dibujar… —observaba—; pero cuando comienzas, enseguida nace una historia, una idea… y ya lo tienes. La historia crece, como en una obra de teatro, como en la vida… y el dibujo se transforma en otros dibujos, en una auténtica novela. Es muy entretenido, se lo aseguro. Al menos, yo me divierto enormemente inventando esas cosas y me paso horas enteras, dibujándolas, viendo y pensando qué hacen mis personajes. En el fondo, es una manera de escribir historias».

Veamos cómo empieza su trabajo el pintor. Parte de una imagen más o menos vaga que le proporciona la realidad —no importa que él no sepa exactamente qué es lo que quiere, mientras sepa muy bien qué es lo que no quiere—. Hablando de la propiedad del trazo que le interesa, la palabra que mejor la resume es: «tensión». El trazo que busca Picasso debe vibrar, debe anticiparse el objeto. El pintor no cuenta más que con una línea, así que no importa si tiene que desviarse mucho de la apariencias.

La cabeza que empieza a dibujar deviene, por ejemplo, un huevo, porque así es como el signo alcanza su mayor resonancia. No es una estilización que él se proponga; lo mismo que él, lo comprendieron los escultores de las Cicladas y no cuando jugaban o se entretenían, sino a la hora de fabricar ídolos . Las figuras de sus dioses eran como huevos, fijados por un grueso cuello al cuerpo de los mismos. El cuerpo y la planta. Lo mismo que Picasso hace en su Femme au feuiüage (1939). ¿Qué importa una cara sea cuadrada, cuando debería ser redonda? Y si provoca desconcierto, pues mejor.

Pero este proceso de esencialización de las formas no puede ser ilimitado, si no quiere verse abocado a la abstracción —a la pérdida del referente del signo—. Tratándose, por ejemplo, de hacer un retrato uno busca, por medio de esas eliminaciones sucesivas, llegar a la forma pura, al volumen esencial y sin accidentes, pero uno se verá conducido fatalmente de nuevo a la forma oval. Y lo mismo al revés: si partimos del huevo, y siguiendo el camino y el propósito contrarios, llegaremos al retrato. Pero el artista tiene que evitar un camino tan simplista como ése, yendo de un extremo a otro; el artista ha de saber detenerse a tiempo.

O más bien, alguien ajeno al arte, un no profesional que está detrás del artista, le dice al oído cuáles son en cada caso las decisiones correctas: que eso que hace está bien, y que eso otro va mal… Una especie de ángel de la guarda, asegura el pintor, que le impide continuar simplificando o, al revés, elaborando una pintura justo en el momento preciso.

Composición

Todo es difícil: dibujar un brazo, una mano, etc. Pero no basta con lograrlo, con haber dibujado una buena cabeza o un buen árbol. Luego hay que adjuntar unos a otros: una cabeza más unos brazos, más un torso, más unas piernas, etc., hasta constituir la figura completa. No es de extrañar que, en el ensamblaje, al pintor le salgan formas en apariencia extrañas: cabezas muy grandes o muy pequeñas, pies colosales, manos-manopla más que manos con dedos… Cuando los elementos singulares se consideran elementos de un todo, cada uno puede sufrir recortes, ajustes, modificaciones. El ensamblaje implica habitualmente la supresión o la modificación de las apariencias naturales, al objeto de satisfacer imperativos plásticos.

Estos imperativos se refieren, por ejemplo, a la atracción de los elementos de la composición. Ni las líneas ni las formas de una composición coexisten entre sí de modo neutro, plásticamente hablando. En razón de su proximidad o alejamiento, de su dirección y grosor, de su largueza y color, las líneas crean entre sí campos de fuerzas, energías de atracción o de repulsión que es preciso dominar. En cada composición, existe un punto de máxima tensión, hacia el que todas líneas se orientan. El pintor ha de comprender esa dynamis, y no importarle si para hacerla evidente y expresa, tiene que curvar alguna de las líneas o modificar la apariencia de alguna de las formas.

Estas exigencias compositivas, tal vez difíciles de comprender para quien no las siente, son las que el pintor de ninguna manera puede eludir. El puede hacer un cuadro entero, pensando en el efecto que logrará en una esquinita, a la que ni el coleccionista ni el connaisseur prestarán seguramente atención.

Las líneas de un cuadro se cargan como los cables de la luz que, por efecto de una tormenta que se avecina, se polarizan y vibran merced a una brusca, pero invisible ionización; quien no es capaz de distinguir el efecto y el contraefecto, el zumbido y la vibración que las líneas de un cuadro ejercen entre sí, no entenderá muchas de las deformaciones a las que Picasso somete sus figuras, cuando al dibujarlos se anticipa a la tormenta.

Drama

El pintor puede y, según Picasso, debe procurar dar expresión no sólo las fuerzas de atracción, sino también a las de repulsión. Porque sin drama no hay pintura, según Picasso. No hay pintura de Picasso sin drama, al menos. Por su puesto que se pueden realizar cuadros con partes en armonía, todas muy concordadas, muy bellas y tranquilas; pero entonces falta el conflicto. Y los conflictos le parecen esenciales a Picasso.

Un dibujo, un cuadro, no debe existir sin contrastes: contrastes de dibujo —un ángulo agudo junto a una curva—, contrastes de forma —un círculo junto a un cuadrado—, contrastes de color —el blanco junto al negro—. Superficies completamente orquestadas, que se desarrollan plácidamente, a él no le gustan. O al menos, a él no le interesan: prefiere que en ese océano de beatitud suene un golpe inesperado de címbalos, un gesto de violencia concentrada que despierte al observador de su plácida somnolencia.

Al margen de los valores plásticos, el dramatismo puede quedar determinado por el tema, aunque esto es excepcional, tratándose de Picasso. No cualquier tema es dramático por sí mismo, según el pintor de Málaga, aunque en cada tema hay un momento que sí puede ser visto dramáticamente. Un pollo muerto no sería en sí mismo un tema para un cuadro de Picasso, por ejemplo, como lo es para un Soutine; pero Picasso sí lo admitiría justo en un momento particular: cuando al ave le acaban de cortar el cuello y el cuenco lleno de sangre y el cuchillo del matarife junto a él atestiguan todavía la intensidad de ese momento.

Momento de sorpresa

Hablando del momento y del movimiento, Picasso no opina como Leonardo, ya que al español no le parece que la tarea de la pintura sea representar el movimiento, como sostiene el italiano, sino más bien lo contrario: la pintura ha de detener el movimiento, ha de detener la imagen del movimiento. Se trata según Picasso de ir más allá del movimiento, porque si no, el pintor va corriendo detrás de la realidad, sin alcanzarla nunca. Lo suyo es elegir un momento, para concentrar toda la realidad que le interesa; un punto de equilibrio que, más que como estado de reposo inerte, sea algo que se coge al vuelo, con derroche de reflejos, como un malabarista atrapa los bolos que le caen del cielo.

Ese punto viene señalado habitualmente por la sorpresa. El sentido de la vista gusta de ser sorprendido, asegura Picasso, y por eso en su pintura él le proporciona sorpresas. El quid está en dar con un momento que contradiga las expectativas del espectador, que arremeta contra su lógica o sus hábitos pero que, al mismo tiempo, logre su acatamiento, su aquiescencia.

El pintor va transformando los elementos naturales de que parte. Para la manera corriente de ver las cosas, y para los ojos adiestrados en la pintura tradicional, algunos de esos elementos son todavía perfectamente reconocibles: por ejemplo, el sillín de una bicicleta, su manillar… De repente, al artista se le revela una forma de combinarlos o componerlos de un modo tan inusual e inesperado, tan desconcertante y sin embargo, reconocible, que el espectador se verá obligado a inquietarse, a interrogarse emocionado sobre esa asociación inesperada de sillín y manillar de bici que, así compuestos, figuran una… Cabeza de toro.

—«Un día encontré en un montón de objetos revueltos —explicaba Picasso a Brassai— un sillín viejo de bicicleta justo al lado de un manillar oxidado. Como un rayo asocié los dos. La idea de esta Cabeza de toro me vino sola. No he hecho más que soldarlos. Lo maravilloso del bronce es que puede dar a los objetos más heterogéneos tal unidad que a veces es difícil identificar los elementos de que está compuesto».

Agnición o reconocimiento llamaba Aristóteles a este momento esencial de toda obra artística. Para que haya drama, el personaje ha de verse sorprendido por el reconocimiento de que su esposa amada es, al mismo tiempo… su progenitora. Estas emociones en conflicto, más bien, esas emociones contradictorias, reconocidas ambas como existiendo simultáneamente en el mismo sujeto, son las que producen el drama, sea literario o pictórico. Aunque, como perspicazmente admitía Picasso a propósito de su Cabeza de toro, ha de cumplirse una condición:

—«Lo maravilloso del bronce es que puede dar a los objetos más heterogéneos tal unidad que a veces es difícil identificar los elementos de que está compuesto… Pero también esto es peligroso: si no se viera más que la cabeza del toro, y no el sillín de bicicleta y el manillar, esta escultura perdería todo su interés».

Ese momento dramático —de aceptación de lo que se tenía por imposible— es el que interesa a Picasso en cada una de sus obras. Cuando crea, trata siempre de dar una imagen que la gente no se espera y que le parezca inicialmente lo bastante abrumadora como para resultar inaceptable. Porque se trata de convencer al espectador de que, aunque parezca inaceptable o imposible, en realidad no lo es.

Un espectador cree saber lo que tiene delante, lo que se ofrece ante sus ojos, cuando es capaz de asociarlo, más o menos rápidamente, a una idea, a una experiencia, a un concepto. Si uno tiene un fondo referencial donde pueda echar el ancla a sus percepciones, entonces deja de interesarse por lo que tiene delante; psicológicamente, diríamos, deja de verlo cuando puede clasificarlo.

Por eso, un pintor como Picasso tratará de destruir los malos hábitos intuitivos de los contempladores de sus cuadros; sus hábitos asociativos domésticos, por así decir, que, válidos tal vez en otros terrenos de la vida, y sobre todo en los prácticos, en la experiencia estética son completamente nocivos. Se trata de que el contemplador de sus cuadros vea por primera vez el fenómeno que se le presenta. De ahí que el pintor endilgue en un hermoso rostro una nariz de caballo: sabe que así, y sólo así, el espectador reparará en la nariz como en algo de apariencia monstruoso, caballuno. De esa manera obliga el pintor al espectador a ver una nariz, al objeto de que al final comprenda que la nariz que ve ni siquiera es… monstruosa.

La lógica de la sorpresa es la misma que gobierna el sentido del humor, pues una estupidez inesperada nos hace reír, observa Picasso. Si el segundo libro de la Poética no permaneciese perdido, como hasta hoy, tal vez comprendiésemos mejor el sentido último del chiste, del gag que tienen éxito en el escenario. En todo caso, cuanto el filósofo dice en el primero de los libros de la Poética —ese que sí ha llegado hasta nuestros días— a propósito de la metáfora, en los textos dramáticos; y cuanto vuelve a tratar sobre esa figura literaria en el tercer libro de la Retórica, confirman plenamente la idea asociativa que, según Picasso, es esencial si no en toda obra de arte en general (Picasso nunca hizo ciencia poética), al menos en toda obra de arte salida de sus manos.

El poder son las metáforas, imbécil

Cuando Hornero, sostiene Aristóteles, habla de «la de rosados dedos» refiriéndose a la aurora, está empleando una metáfora. El poeta logra conjuntar dos realidades heterogéneas, pues ni la mano está en el orden de los sucesos atmosféricos, ni éstos en el orden de la anatomía humana. Si el poeta hubiera dicho: «La aurora es como una mano de rosados dedos», estaría empleando una imagen o «ícono» lingüístico, que es lo mismo que la metáfora, pero expresada mediante la palabra «como». En ella se vuelve a repetir el principio de la metáfora.

La metáfora o la imagen lingüística logran encontrar una relación de semejanza o analogía entre una parte o aspecto de esas realidades heterogéneas, bajo la cual esta vez sí resultan comparables o asociables, en contra de nuestras expectativas iniciales. Por esto son grandes el poeta y el orador y, en general, quien logra persuadir o emocionar usando lenguajes metafóricos: porque son capaces de crear expresiones que, si tomadas aisladamente nada tienen en común, puestas en relación bajo determinado punto de vista nos descubren una convincente o deleitable semejanza.

Las deformaciones y transformaciones de los objetos naturales que encontramos en los dibujos y en las pinturas de Picasso tienen, a mi juicio, este mismo sentido metafórico. El dibujo inusual nos hace ver la realidad más corriente de un modo inusual. Es preciso deformar, transformar lo que no es real —la pintura— para que la realidad común se nos aparezca, por contraste, en toda su hermosura. Si el poeta no cometiera el disparate lógico de comparar el fenómeno del amanecer con un miembro del organismo, tal vez nunca hubiéramos reparado cabalmente en la belleza natural de ese fenómeno qué presenciamos todos los días. La ficción es, pues, un rodeo por la impropiedad, por la: falsedad, por la inadecuación, para llegar a una intuición o una emoción superior, o al menos a una conciencia superior, entusiasmante de una vieja, acostumbrada y acaso moribunda percepción de la verdad.

La sorpresa será tanto mayor cuanto más alejados estén los términos iniciales de la comparación. Una cosa es dibujar una nariz caballuna en un óvalo, otra poner los ojos en las piernas y otra aún dibujar el sexo junto a una oreja. El pintor puede modificar y desplazar a voluntad, nadie le dirá que no es libre para contradecir a la naturaleza, para deformarla cuanto quiera. Puede hacer un rostro de perfil y un rostro de frente, y forzarles a convivir en una misma forma. ¿Y los dos ojos, si no quiere hacerlos iguales? También la naturaleza hace muchas cosas como las hace el pintor, a golpe de patochadas. Y aunque las esconde, el pintor quiere que la naturaleza se confiese. Su pintura va a sacar a la naturaleza de debajo de la cama.

—«¿Desde cuándo un cuadro ha sido una demostración matemática?» —se pregunta el pintor—«Nunca han sido creados con objeto de explicar (¿explicar qué, me pregunto?), sino de hacer surgir emociones en el alma de quién los contempla. Lo único que importa es que un hombre no quede indiferente frente a una obra de arte, que pase junto a él echándole simplemente un vistazo… Es necesario que vibre, que se conmueva, que él mismo se transforme en un creador, si no efectivamente al menos por medio de la imaginación… Hay que sacar al espectador de su somnolencia, sacudirle, apretarle la garganta, para que se haga de una vez consciente del mundo en el que vive».

Picasso no quiere que su pintura sea como la de Matisse, toda ella muy francesa. El pintor galo había declarado aspirar a que cualquier hombre honesto, al contemplar su pintura, hallase reposo y placer… Y Picasso le respondía:

—«Yo quiero exactamente lo contrario, yo quiero inquietar a mi espectador, quiero violentarle. Querría que todo el mundo arrancara mi pintura con los ojos, que nadie se pudiera dormir delante de mis cuadros, suspirando beatitud».

Para que sus cuadros sean reales, como los perros, tienen que morder al personal, pensaba Picasso. Sólo siendo subversivo transmite el pintor una imagen de la naturaleza y de los hombres mismos, que hace pensar a los espectadores, que les hace reflexionar.

—«Había que despertar a la gente —recuerda el creador de Les demoiselles d’Avignon—; darle la vuelta a su modo de identificar las cosas. Había que crear imágenes inaceptables. Que les hiciera echar chispas. Que les obligara a comprender que viven en un mundo singular, un mundo en modo alguno tranquilizador, muy distinto del que ellos creen».

El signo no es ilimitado

En su reino de ficción, el pintor se encuentra no obstante con un límite, con un coto a su omnipotencia: sus signos podrán aparecer con cuantas deformaciones o mutilaciones quiera, a condición de que sigan siendo reconocibles. Porque si el sexo dibujado no es reconocible, o no lo es la oreja que se presenta a su lado, la sorpresa de su violenta conjunción se esfuma.

La explicación es clara: como la relación de los elementos no existía antes de que la creara el poeta, cuanto más alejados entre sí estén los órdenes reales a los que pertenecen los elementos de la comparación, tanto más fácilmente, por una parte, se cumplirá esta condición de no ser una relación evidente —toda metáfora guarda relación con el enigma, pues lo ya sabido no suscita ni sorpresa ni, por tanto, interés—; pero, por otra, si esos elementos están tan alejados entre sí, que su analogía o semejanza es apenas reconocible, la metáfora o imagen volvería a quedar amenazada. Por tanto, cuanto más disímiles sean los elementos de la comparación, más difícil será el descubrimiento de sus semejanzas.

Así que crear metáforas es difícil, sostiene Aristóteles, y con razón se celebra a los poetas, cuando las crean. Picasso se declara uno de ellos, cuando reconoce que lo que más le interesa es establecer relaciones de gran desviación, totalmente inesperadas entre las cosas de las que habla. Porque en esa dificultad estriba un interés, y en este interés hay una tensión que, para él, es mucho más importante que el equilibrio estable de la armonía. Ello no le interesa en absoluto. Al contrario, ensaya traspasar la realidad, en todos los sentidos.

Violencia, golpes de platillos, cuencos de sangre, incordio y truenos… Todo está permitido al pintor, mientras sus signos sean reconocibles y también mientras el cuadro se pueda defender por sí mismo. Esto lo considera el pintor esencial, porque toda pintura quiere ser admirada, quiere gustar. Si la beatitud de un cuadro puede aburrir al más valiente, su sola intención de provocar también puede dejarle indiferente. Porque el drama desaparece si el cuadro no llega a gustar, al mismo tiempo que sorprende, inquieta y tal vez moleste. Esta es la dificultad. O como dice Picasso:

—«Un cuadro, un buen cuadro, ¡vaya!, debe ser irresistible, aunque esté erizado de hojas de afeitar».

Libertad no es gratuidad

Las referidas limitaciones —reconocibilidad del signo, irresistibilidad de la forma, etc.—, indican cómo en su trabajo el pintor no es tan libre como tal vez desearía. En repetidas ocasiones, Picasso ha observado que la libertad la posee en plenitud solamente antes de empezar a trabajar, antes de tocar el lienzo.

—«Con la libertad, uno debe ser cuidadoso, en la pintura como en el resto de las cosas —observó—. Uno es libre, pero en el momento en que realiza algo, cualquier cosa, ya está condicionado, encadenado. La libertad para no hacer algo le obliga a hacer otra cosa, imperativamente. Y ahí están, de nuevo, las cadenas. Es como la historia que contaba alguien sobre unos milicianos anarquistas que recibían instrucción. El instructor les decía: «¡Derecha!», y todos ellos, sin dudarlo, giraban a la izquierda, porque eran… anarquistas. Al pintar sucede lo mismo. Uno empieza con toda libertad pero se encierra con su idea, con esa en particular y no con ninguna otra, y así ya queda encadenado».

Todo el interés del arte está en los comienzos, sostenía Picasso. Tras el comienzo, todo ha concluido. Todo ha concluido para la libertad, porque cada elemento que aparece sobre el lienzo lo hace con sus exigencias propias, con propia autonomía. De hecho, cuando el pintor observa cualquiera de sus dibujos, reconoce que las deformidades de las figuras, su independencia de la naturaleza, su vida propia, no han surgido por un deseo expreso de estilización. El pintor no ha hecho nada ex profeso, sino que ha surgido así, motu propio. ¿Por qué leyes, bajo qué reglas? No pueden ser otras, aventura el pintor, que las de la poesía.

Con la necesidad de un poema

Sí, un dibujo es como un poema, donde líneas y formas riman entre sí y cobran vida. No es necesaria una gran cantidad de elementos para que surja sobre el lienzo un gran poema; en dos o tres líneas puede haber más poesía que en la más largo de las narraciones épicas.

También las formas tienen sus propias rimas. Unas veces alcanzan resonancia entre sí, cuando responden a otras formas, o al espacio que les rodea. Otras, se relacionan a través de sus significados, aunque en esto es importante, según el pintor, que la relación no sea demasiado evidente.

Por otra parte, también del ritmo se derivan algunas consecuencias compositivas. Es posible que el pintor quiera dibujar una taza redonda, pero que acabe haciéndola cuadrada porque el ritmo general del cuadro, su construcción unitaria, así se lo exige. Unas veces es la transformación de las formas lo que demanda el ritmo del cuadro; otras será la repetición de un mismo elemento, porque la repetición procura un ritmo y el ritmo hace posible la percepción del tiempo.

Para Picasso, la vida de las líneas y de las formas son los valores decisivos de la composición. A ellas sólo debe añadir la de los colores. Pero los colores, en su pintura y en toda pintura, son otra historia.

II. La ciencia del color

Cualquiera que se interese por la ciencia de la pintura —y a nosotros nos interesa aquí la de Pablo Ruiz Picasso— ha de tratar por necesidad del color.

El dibujo, según hemos visto, es un organum repraesentationis universale: el instrumento gráfico, gracias al cual cabe representar en dos dimensiones toda la realidad visible (y según Picasso, la invisible también: con un triangulo y un ojo en medio nos referimos simbólicamente a Dios).

Con sólo líneas, el dibujante es capaz también de resolver dos de los problemas que, según Leonardo, son esenciales a esta facultad pictórica: el de la representación del volumen de los cuerpos, y el de la representación en perspectiva de los mismos. Quien, sobre la superficie que corresponde a una figura, concentra en algunas partes mayor número de líneas, imitando así a las sombras, está al mismo tiempo representando el volumen de esa figura, es decir, su tridimensionalidad. Para la representación de la incidencia de la luz sobre los cuerpos —que al tiempo que ilumina unas partes, deja en penumbra otras— no es necesario, insisto, el empleo del color, basta con saber dibujar. (Anticipemos que, para quien pinta usando solamente manchas de color, la representación de la iluminación es un nuevo problema, y uno de los más complejos del colorismo, por cierto).

Por su parte, la cuestión de la perspectiva también la puede resolver el dibujante con sus propios medios. Hablamos de la representación relativa del tamaño de dos o más cuerpos, en proporción directa a la distancia que los separa de un mismo punto de observación. Es la técnica que, desde la ciencia de la pintura de Leonardo, se conoce como perspectiva lineal. Es verdad que, para el pintor con colores, el problema de la perspectiva lineal se transforma de nuevo en un problema más complejo, pues con la distancia no sólo se modifica la apariencia del tamaño de los cuerpos, en relación al observador, sino también la percepción del color de sus superficies: una misma superficie azul no se percibe del mismo modo cuando está próxima que cuando está lejana —cuando el observador y la superficie coloreada están separados por una atmósfera que, con la distancia, se ha cargado, con la vibración de todos los colores posibles del entorno; o cuando, separados apenas unos metros, el color de la superficie observada es el que domina en la atmósfera interpuesta—.

La ciencia del color del aire, o de la atmósfera, arremolinada en torno a los cuerpos, es la ciencia de la que Cézanne fue maestro absoluto. Además, esa ciencia tiene consecuencias no sólo para la representación del color, sino también para la ejecución del mismo: las pinceladas para crear planos de color alejados del observador han de ser, por necesidad, más toscas y esenciales que las más precisas y controladas pinceladas que determinan al detalle, como el ojo los ve, los planos de color de las superficies próximas. En la ejecución de un cuadro con manchas de color es necesaria una cierta jerarquía.

Estas observaciones nos ponen en la pista de lo que aquí nos importa, a saber: que en pintura, el dibujo puede serlo todo… menos color. Nos hayamos con los colores frente unas cualidades irreductibles a las impresiones que se logran mediante el dibujo. La ciencia de los colores es irreductible a la ciencia del dibujo, tratándose de la pintura. Su ejecución exige capacidades específicas, que no están comprendidas en las propias de quien sabe dibujar. La historia nos proporciona ejemplos de excelentes dibujantes que son débiles coloristas, como el Guercino, o el escultor y arquitecto Buonarroti —del que, como pintor, Picasso mantenía no pocas reservas—; y al revés, también hay excelentes coloristas, como Monet o Pisarro, a quienes tal vez no podemos recordar como buenos dibujantes.

Se trata, pues, de saber si ese gran dibujante, ese endiabladamente virtuoso dibujante que fue Picasso resultó al mismo tiempo un gran colorista, o no. Esto es lo que nos falta por saber para precisar hasta qué punto fue él un genio absoluto de la pintura.

Si, para empezar, partimos de sus propias afirmaciones, encontramos que entre ellas las hay para todos los gustos. Con frecuencia, tratando de probar el poco interés del malagueño por el color, se ha aducido aquello de:

—«Cuántas veces me ha pasado que, queriendo emplear azul, resultó que se me había acabado, y en vez de azul empleé rojo».

¿No es esta prueba suficiente del desprecio por la propiedad de los colores locales, a la que todo pintor colorista ha aspirado? Sin duda. Pero, al mismo tiempo, hay que convenir en que la conveniencia de emplear los colores de acuerdo con su propiedad natural o local, no es más que una de las muchas formas posibles de emplear los colores sobre el lienzo. ¿Y por qué iba a sujetarse Picasso al naturalismo de los colores, cuando ya se había liberado del naturalismo en el dibujo?

Una cosa admitía el de Málaga: que la ciencia de los colores resulta extraordinariamente misteriosa. Saliendo una vez de una exposición, allá por los años cuarenta del siglo pasado, Picasso comentó lo flojo que le había parecido el lienzo de un artista (cuyo nombre no reveló).

—«Pero el mismo tema —añadió—, realizado con exactamente los mismos colores por Cézanne, resultaría sin duda alguna hermosísimo. Unos pintores crean obras de arte, y otros nada en absoluto, ¿por qué? Es algo inexplicable. De hecho, ¿por qué dos colores, puestos uno junto al otro, «cantan»? ¿Puede alguien explicarme eso? Nadie lo hará, como nadie podrá tampoco enseñarme cómo hay que pintar».

En otra ocasión, ante André Malraux, Picasso confesaba:

—«Antes de morir, me gustaría saber qué extraña cosa es ésa, el color….»

Por su parte, su galerista Kahnweiler, estaba convencido de que Picasso poseía en grado superlativo no sólo la endiablada virtuosidad del dibujante, sino también la del colorista. Lo comprobó cuando Picasso se puso a hacer por primera vez grabados con linóleo. Empezó tallando en una plancha una variación de un retrato femenino, original de Cranach. Después, se le ocurrió tallar la misma plancha, en vez de hacer una distinta para cada color, como es lo habitual cuando sé emplea esta técnica. «Buscando su propia forma de expresión —comentaba Kahnweiler— Picasso renovaba cada procedimiento y lo perfeccionaba. En este caso, al principio se contentó con tres o cuatro colores, pero acabó haciendo grabados con doce colores diferentes ¡empleando una sola plancha! ¡Es diabólico! Picasso debe ser capaz de prever el efecto de cada color, porque una vez que lo decide no hay vuelta atrás. No sé cómo llamar a esta operación mental. Habría tal vez que llamarla «premonición pictórica», porque viendo cómo Picasso ataca el linóleo, se diría que prevé o adivina el resultado».

El color en el cubismo

En los comienzos de su carrera, sin embargo, la ciencia del color no fue la preocupación fundamental de Picasso.

Tuvo que ser en 1900, al llegar a París y tener conocimiento directo de los impresionistas, cuando descubriese lo que de verdad era el color en pintura y lo que ya se había hecho gracias a él. Se puede decir que el uso moderno del color es un invento francés; y de hecho, para un español, como Picasso, formado en la tradición de nuestra pintura, el color de los impresionistas tenía por fuerza que resultarle una revelación. Los cuadros que realizó en los primeros años del siglo XX manifiestan de hecho una gran fascinación por el impresionismo, pues hay entre ellos lienzos pintados «a la manera» de Van Gogh y a la de Cézanne y a la de Toulouse-Lautrec.

Pero esas incursiones entusiastas en la ciencia de los colores pronto conocieron una conclusión a primera vista tenebrosa: que, en lo tocante a las tareas del color, todo había sido hecho y concluido por Cézanne, según Picasso; que todas las promesas del color habían sido cumplidas ampliamente por la labor del provenzal. Imposible ir más allá que Cézanne en la línea de la representación de los cuerpos con planos de color. Esta impotencia sentida por Picasso respecto a la composición cromática se manifiesta en sus tres primeras épocas, inmediatamente posteriores a la llegada a Francia.

Que durante cuatro o cinco años, la producción pictórica de Picasso pudiera considerarse «monocromática» —primero con predominio del azul, luego con el del rojo—, indica su escasa preocupación por hacer avanzar el arte de la composición cromática. De Van Gogh, por ejemplo, se habla de un periodo de pintura «parda», para referirse a sus primeros años, cuando aún no había descubierto el color; pero luego, cuando ya era el histrión del color que ha pasado a la historia de este arte, no hay modo de señalar en su producción un solo periodo en el que no domine todo el color —todos los colores o cualquier color—.

«Por su parte, tampoco el color estaba entre las preocupaciones esenciales del cubismo —ni en el analítico ni en el de los collages—. En la producción de los diez años que aproximadamente duró ese periodo, vemos que el color no es para Picasso una cuestión por sí misma, sino más bien un elemento subordinado a lo que sí eran las preocupaciones plásticas fundamentales del periodo: la representación del volumen o, más exactamente, la supresión de la representación de la manera tradicional, clásica, del volumen; y los efectos plásticos —compositivos y rítmicos— de dicha supresión».

—«El color —ha asegurado Picasso—no es eficaz sino en la medida en que representa uno de los elementos constructivos del volumen».

Era esta una lección que Picasso podría haber aprendido de Cézanne, precisamente porque para Cézanne el problema plástico por excelencia era representar el volumen por medio del color: por medio de miniplanos de color, unos afectándose a otros, reverberando unos junto a otros, y todos creando una atmósfera de colores en torno a los objetos, que es, en realidad, la creación misma de la impresión del objeto. Picasso lo explicaba de este modo:

—«Si uno se ocupa de lo que está lleno, es decir, del objeto en tanto que forma positiva, el espacio de alrededor se reduce a casi nada. ¿Nos interesa más lo que pasa en el interior o en el exterior de una forma? Cuando uno contempla las manzanas de Cézanne, ve que pintó maravillosamente el peso del espacio en esa forma circular. La forma es un volumen hueco, sobre el cual la presión exterior produce la apariencia de una manzana, aunque ésta no exista verdaderamente. Lo que cuenta es el empuje rítmico del espacio sobre esa forma».

Pero la representación de la presencia espacial del objeto, hecha por medio del color, hasta tal punto había sido desarrollada y cumplida por Cézanne, que los que llegaron detrás de él —Picasso y su generación— debían centrar su atención en otros objetivos. Para el cubismo en particular, reconoce Picasso, «el problema era cómo superar, cómo circunvalar el objeto, dándole una expresión plástica al resultado». Y si su lucha se concentró en «romper con el aspecto bidimensional» de la representación de los cuerpos, es evidente que el empleo del color, en tanto que elemento constructor del volumen, iba a quedar drásticamente reducido a lo elemental.

Tres colores solamente —blanco, negro y ocre, por ejemplo— bastaban a los cubistas para representar, por medio de la pintura, el mundo entero. De hecho, eso fue lo que se propusieron: encontrar un método plástico que les sirviera para ocuparse de algunos de los problemas esenciales de su arte —la creación de formas y su composición—, sabiendo que para ello les bastarían unos pocos colores.

—«Hacerlo con demasiados —sentenciaba Picasso— es impresionismo». Para renovar los logros de la pintura, los cubistas optaron por una trabajo mucho más disciplinado y austero, sin la libertad irrestricta de que gozaron sus predecesores. La restricción en el uso del color fue como una salvaguarda, una medida cautelar que les permitió avanzar más eficazmente en aquello que se proponían de preferencia. Y gracias a ella descubrieron que, para hacer pintura, no es necesario trabajar con muchos colores; que lo que crea la ilusión de su número es que han sido situados sobre el lienzo en el lugar preciso, como puede comprobarse en los magníficos retratos de esa época: el de Ambroise Vollard (1909), del Museo Pushkin de Moscú, o el de Daniel-Henry Kahnweiler (1910), en el Art Institute de Chicago.

Se trata de dos ejemplos, entre las decenas que podríamos hallar no sólo de retratos, sino de naturalezas muertas y aun paisajes, del Picasso cubista que pintaba con pintura blanca, pintura negra y con una escala de ocres absolutamente contenida. La lección estaba aprendida para el resto de sus días: no hay que trabajar hasta el límite de las propias posibilidades, sino un poco por debajo de ellas.

—«Si puedes manejar tres elementos —aseguraba Picasso—, utiliza sólo dos. Si puedes manejar diez, olvídate de cinco y emplea los otros cinco. Así compondrás con más cuidado, con más maestría y darás la sensación de tener fuerzas en reserva».

Pintura en grises

No es de extrañar que los tres colores de la época cubista se redujeran incluso a dos en las siguientes, y que las grisellas aparecieran periódicamente a lo largo de toda la producción del artista. La pintura sin color—en blanco y negro— se incorporó desde entonces al trabajo de Picasso. En los años veinte, por ejemplo, realizó de esa manera retratos individuales como el Busto de mujer (1923; Chicago, colección particular), o el conocido El pintor y su modelo (1926), del Museo Picasso de París, o en fin, un retrato colectivo como el de Las modistas, del mismo año 1926 y que se encuentra en el Centre Georges Pompidou. Todos ellos pueden considerarse precedentes de esa obra maestra, también realizada exclusivamente con pintura blanca y negra, que es el Guemica (1937).

Precisamente por esas fechas fue cuando, según Gertrude Stein, Picasso había encontrado sus «propios colores». La amiga y probablemente una de las mejores conocedoras del primer Picasso señala cómo a partir de entonces los colores de sus cuadros aparecen vivos, claros, con un carácter hasta entonces sólo registrado en sus grises.

Ahora bien, si esta misma autora había señalado 1917 como fecha a partir de la cual la maestría del dibujante Picasso fue manifiestamente absoluta, cuando ahora señala 1937 como fecha de aparición de un color propio en el de Málaga, de algún modo confirma la hipótesis de que, al menos durante veinte años, el dibujante maestro absoluto que era Picasso no era al mismo tiempo un colorista maestro absoluto. No tenemos espacio aquí para discutir más a fondo esta suposición de la Stein, aunque podemos aceptar esta conclusión suya: que es partir de ese momento, 1936, cuando el color y el dibujo de Picasso, ambos con personalidad propia, originales, inconfundibles, dominados ambos a saciedad, podrían oponerse entre sí, acompañarse, contradecirse o hacer lo que quisieran en los lienzos del de Málaga, porque la razón de ser del color no era concordar con el dibujo, sino simplemente existir sobre el lienzo.

Las grandes series

La conclusión de Stein se ve corroborada por las obras de los años cincuenta, cuando Picasso emprende la tarea de reinterpretar, desde su propia comprensión de la pintura, los logros de los grandes maestros del pasado.

En el arranque de esas series, donde las tareas del color y las del dibujo se combinan de manera sistemática, tuvo gran importancia la muerte de Matisse, a quien Picasso consideraba un gran colorista, o mejor dicho: el único pintor que, a excepción de Chagall, comprendía por entonces la ciencia de color.

Dos meses después del fallecimiento de Matisse, Picasso empezó un ciclo de variaciones sobre Las mujeres de Argel, según Delacroix. Daniel-Henry Kahnweiler tuvo noticia de ellas en una visita que realizó al pintor en su estudio de la rué des Grands-Augustins, el 25 de enero de 1955. Lo que primero llamó su atención en los lienzos de Picasso fue su color.

—«Sí —contestó Picasso a su observación—, algunas veces me digo que tal vez sea el legado de Matisse».

Posteriormente, volvió a confirmar este punto de vista de sentirse cerca de la herencia de Matisse. Sin embargo, en esa misma serie, dos de las variaciones fueron realizadas exclusivamente con pintura blanca y negra. Comentando de nuevo con Kahnweiler, algunos meses más tarde, el desarrollo de la serie, Picasso se mostró muy escéptico sobre la posibilidades de que cuadros como aquéllos, realizados exclusivamente en grises, llegaran a gustar a nadie.

—«Antes de 1914, cuando vosotros nos comprabais lo que hacíamos, sí que se hubiera aceptado… Pero luego, nosotros mismos —Picasso se refería a Braque y a él— hemos inducido a la gente a pensar erróneamente sobre lo que hacíamos entonces…»

Las posibilidades de la pintura sin color, sólo con blanco y negro, se investigan de manera sistemática y exhaustiva dos años después, en la siguiente, y a mi juicio trascendental serie sobre Las meninas de Velázquez.

La batalla «frente a Velázquez» fue muy dura, según recordó luego una amiga de la familia, hospedada esos días en el estudio- palacio de La Califomie, donde trabajaba Picasso: «El coloquio con Delacroix nunca cometió tantos desmanes como Velázquez cuando puso el pie en La Californie.

Lo puso todo patas arriba. Desde el día que se le pasó por la cabeza la idea de Las meninas, se arruinó el saludable aspecto de Picasso. Y empezó la batalla con o sin, por y contra, fuera y dentro de Velázquez. Se acabó la felicidad de la vida y, sin embargo, era completamente feliz. En cuanto salía del estudio-palomar empezaba a sufrir por no estar en él, y toda su vida, toda velada, estaban condicionadas por ello. Pero al día siguiente, cuando llegaba el momento de ponerse a trabajar, subía al estudio como si fuera a un patíbulo».

Este testimonio se ve confirmado por el comentario que la última mujer de Picasso, Jacqueline, hizo a André Malraux a propósito de esta época: «Con Las meninas, Pablo quiso realmente cobrarse una deuda. Nunca trabajó tanto».

Investigación y experiencia

Al comienzo de estas grandes series, en 1956, Picasso había referido que jamás se enfrentaba a un cuadro con la intención de hacer una obra de arte, sino sencillamente como a una ocasión para seguir investigando en la naturaleza de la pintura y lograr, al respecto, una nueva experiencia.

—«Yo siempre estoy investigando —aseguraba—, y hay un encadenamiento lógico en toda esa investigación».

Como todo lo que procedía de su ingenio andaluz, las palabras «experiencia» e «investigación» no eran casuales en su boca. Picasso era muy consciente de la diferencia entre el Pablo Ruiz de la vida ordinaria y el Pablo Ruiz de la creación. El primero era un ciudadano español exiliado en Francia, más o menos agradable en el trato, que por entonces ya era además multimillonario —tenía chófer y disponía de varios palacios transformados en estudios— y que tenía bastante éxito con las mujeres, por referirme sólo a algunos aspectos de su vida social y ciudadana; pero el Pablo Ruiz que verdaderamente le interesaba a Picasso era el otro, el Pablo Ruiz de la creación.

—«En la vida de un artista —aseguraba— la creación es lo único verdaderamente singular. Una pincelada es en sí misma un acto creativo. No es cuando el artista está soñando, fuera del estudio, sino cuando está en el trabajo cuando las formas innovadoras pasan por su imaginación. Cuando estoy soñando, no veo nada extraordinario, mientras que las mayores contribuciones a la creatividad proceden siempre del trabajo. Para llegar a crear nuevas formas, el mismo artista tiene que verse sorprendido por sus hallazgos, por los resultados de su trabajo».

Picasso trabajaba, como es sabido, todos los días por las tardes y sobre todo por la noche. En su reino, que era su estudio, nadie podía remover ni siquiera el polvo que él dejaba que cubriera suelos, consolas y objetos, con toda intención. Había creado para sí una magnífica soledad —una soledad difícil de imaginar por nadie, aseguraba—. Trabajaba con luz de neón, una luz constante y, según Picasso, mucho más excitante que la natural. Echaba los pesados cortinones que le aislarían del exterior, y los inmensos espacios del estudio donde trabajaba quedaban sumidos en espesas penumbras, en silenciosa oscuridad.

—«Es preciso que haya una oscuridad absoluta alrededor de la tela —aseguraba—, para que el pintor quede hipnotizado por su trabajo y pinte casi como si estuviera en trance. Tienes que permanecer lo más cerca posible de tu mundo interior, si quiere trascender los límites que tu razón trata de imponerte continuamente».

Investigación, en este sentido, eran las sorpresas constantes que cada pincelada le tenía en reserva. Un cuadro es algo vivo para Picasso, que cambia, que se transforma bajo sus manos. Para el pintor, lo interesante del trabajo no es si su resultado gustará o no al público; al respecto, es inevitable que unos lo aprecien y otros no. En todo caso, lo más interesante para el artista es su creación, la adición de cada línea, el paso de un estado a otro.

—«Es pintura —concluía Picasso—, pero a la vez poema y filosofía».

En su caso, un cuadro no era habitualmente una suma de adiciones, sino un proceso constante de destrucciones. Desde el primer momento, trataría de que el cuadro estuviese ahí, de que ya hubiera algún resultado seguro. ¿El siguiente paso? El siguiente paso sería destruirlo, pues el pintor se dice a sí mismo: «No, esto todavía no está bien; lo puedes hacer mejor»; o bien, porque, como sucede con frecuencia, ha encontrado cosas bonitas nada más empezar a trabajar, pero el pintor tiene que defenderse de esos resultados solamente agradables, destruir lo que ha logrado y rehacer su cuadro unas cuentas veces más.

Cada vez que el artista destruye un descubrimiento válido pero poco esencial, en realidad no lo suprime, sino que lo transforma, lo condensa, lo hace más sustancial. Al final, nada se pierde, al parecer: el rojo que había quitado de un sitio, vuelve a aparecer en otro lugar del lienzo y, en general, puede decirse que un cuadro logrado es el resultado de todos los hallazgos rechazados. Con una expresión que podría muy bien suscribir el personaje de El doble, de Dostoyevski, Picasso asegura:

—«Al comenzar cualquier cuadro, siempre hay alguien que trabaja junto a mí; pero cuando lo he acabado, tengo la impresión de haber trabajado sin ningún colaborador».

Lo normal es que el pintor vuelva una y otra vez sobre la misma tela, que la empiece una y otra vez. O que, como en la serie que estamos comentando, vuelva sobre un mismo tema decenas de veces, en distintas variaciones. Esta constante recreación de un mismo tema, de un mismo cuadro, puede llega a convertirse en una obsesión.

Pero al fin y al cabo ¿para qué trabaja, si no es para eso? ¿Acaso no se trata de expresar la misma cosa —un personaje, una aldea del Midi, un grupo de bañistas—, pero haciéndolo cada vez mejor? Es necesario buscar la perfección en el trabajo aunque, evidentemente, esta palabra no tiene el mismo significado que antaño, según Picasso. La perfección en su caso, significa: cada vez más lejos, de un cuadro a otro, siempre más lejos…

En realidad, asegura Picasso, no se hacen cuadros, sino sólo estudios, pues uno no acaba nunca de aproximarse a lo que busca —y como solía decir desde comienzos de los años veinte: a lo que encuentra—.

—«Lo peor es que un cuadro no se acaba nunca. Nunca hay un momento en el que uno pueda decir: «Hoy he trabajado bien y mañana me toca descansar, porque es domingo». Si te has detenido, es solo porque acabas de empezar otra vez. Uno puede coger una tela y ponerla aparte, prometiéndose no volverla a tocar. Pero uno no puede escribir sobre ella, como en las películas: «Fin»».

Cada cuadro no era para Picasso el acabamiento de nada, sino, como hemos recordado, una casualidad feliz, y una experiencia.

Frente a Las Meninas

De los cuarenta y cuatro lienzos de la serie realizada por Picasso, en que se alude directamente al cuadro de Velázquez (la serie incluye catorce tablas más), seis fueron realizados exclusivamente con grises, y aún más: el primero y más grande de los lienzos (194 x 260 cm), en el que Picasso reinterpreta el original de Velázquez en todos sus detalles, está realizado exclusivamente con grises. Como si, preocupado por no haberse hecho entender suficientemente sobre sus propósitos desde la época cubista —así lo daba a entender en el comentario a Kahnweiler reproducido arriba—, Picasso se decidiera a enmendar el equívoco. Porque los problemas pictóricos de ese cuadro de Velázquez que, con razón, es considerado obra maestra absoluta del arte español y del universal también, se dejan reelaborar o reinterpretar teniendo sobre la paleta solamente pintura negra y pintura blanca. Sólo con esos dos no-colores se puede hacer mucha, muchísima pintura: tanta, que reinterprete la obra maestra de Velázquez, más otros tantos retratos individuales de cada una de sus figuras, etc.

Los treinta y ocho lienzos restantes de la serie, diferentes por su tamaño, número de personajes representados y maneras de ejecución, tienen en común que desarrollan algún aspecto de la ciencia del color. Algunas tablas fueron realizadas con dos colores más negro y blanco, otras con tres colores más grises, otras con todos los colores y todas las combinaciones… Picasso desarrolla una summa, podríamos decir, de la ciencia del color, llena de matices y diferenciaciones, en los que no podemos entrar aquí. A modo de resumen, y a expensas de poder desarrollarlos en otra ocasión, los principios del arte del color que Picasso expone en esa serie son los siguientes:

a) El lienzo virgen también pinta. No manches con pintura, si no es estrictamente necesario.

b) La mejor pintura realista de la tradición española está hecha básicamente con negro y con blanco; a ellos pueden sumarse tintes dispersos de dos o, a lo sumo, tres colores más, que en absoluto dominarán en el lienzo. A esta tradición pertenecen todos los retratos individuales de El Greco, en grises, del Museo del Prado (El caballero de la mano en el pecho y los otros), más los retratos de Velázquez (paradigmáticamente, el último que realizó de Felipe IV), y no pocos de los mejores de Goya (he visto este verano el del pintor don Andrés del Peral (1798), en la National Gallery, excelente).

c) Hay un uso posible del color, cuando se emplea exclusivamente para dibujar, que cabría llamar impropio: es posible emplear colores no para manchar, sino sólo para dibujar, pero se trata de un uso que desprecia las posibilidades del color, al menos cuando se trata de pintura al óleo, y no del dibujo con lápices de color o ceras; o de cartelismo, artes gráficas, etc.

d) Hay un modo dé emplear las manchas de pintura blanca y, sobre todo, las manchas de pintura negra (o grises), que mata o anula cualesquiera otras relaciones entre manchas de color, porque el negro las absorbe, como que se las come. Es posible ajustar colorismo con grises, pero se trata de una operación delicada: el contraste de las manchas de color ha de ser fuerte, y el blanco y negro ha de emplearse casi sólo para dibujar.

e) La plena admisión de los contrastes entre manchas de color sobre el lienzo, con plena subordinación a ellos de los grises —es decir, la aparición de todos los problemas del color planteados por el impresionismo—, es paralela a la aparición sobre el lienzo de un fondo y de un primer plano. Para realizar retratos de busto, y apenas para los de figura completa, no está en absoluto justificado el recurso técnico al arsenal completo de los colores. O dicho en otras palabras: la admisión progresiva de los recursos del color tiene que estar justificada por la dificultad técnica de los problemas de representación que se plantean en el cuadro.

f) Las máximas tensiones cromáticas se consiguen mediante los contrastes entre manchas de negro y blanco, más las de colores primarios (rojo, azul y amarillo), y verdes en las más distintas combinaciones posibles.

g) Una manera de «someter» el negro al color es empleándolo sólo en el fondo; cuanto más contrastado el negro al fondo, más dominado y, por tanto, más realce se les dará a los contrastes de color del primer plano.

h). Otra manera de someter el negro al color, para que éste domine, es empleándolo sólo para dibujar, y además, al tiempo se libera a las manchas cromáticas de su sujeción a los confines del dibujo. La entonación de los colores priman sobre cualquier otra relación, a la manera de Matisse.

i) Empleo del color a la manera de Van Gogh: todos los colores se emplearán en la representación si, y sólo si, están siempre contrastados. Esto vale también para el negro, que se emplea a estos efectos como un color más.

j) Existe, no obstante, una dialéctica o fuerza dramática que, aunque no desarrollada ni por Van Gogh ni por Matisse, es preciso combinar con la del color: la dialéctica de las formas. También las formas pueden entrar en conflicto.

k) No solo en cada cuadro, también en cada figura se puede plantear un conflicto de formas. Cuando se trata de retratos individuales, duales o tríos, cabe no recurrir al arsenal completo de los colores para obtener una representación suficientemente dramática o impresionante si se dominan los conflictos entre formas. La mayor maestría es la de quien sabe equilibrar la expresión de conflictos tanto con los recursos propios de las formas como con los cromáticos, sin prescindir de ningún pero sin abusar tampoco de ninguno. El expresionismo como «exageración» de los contrastes de color denota mal gusto, o gusto de «nuevo rico», y consigue lo contrario de lo que se propone, pues evidencia ausencia de poder.

l) A estas alturas (1957), Picasso sigue pensando que el empleo del color a la manera de Cézanne no tiene sentido: el colorista del Midi agotó su especie.

m) Tanto para la extensión de manchas como para el dibujo, existen distintos modos de ejecución —de empleo de la pincelada— que condiciona el resultado final. El pintor ha de encontrar el más adecuado para cada problema concreto, teniendo en cuenta que también en materia de ejecución vale el principio de «menos es más».

—«Inconclusa —señala a este respecto Picasso—, una pintura se mantiene viva, peligrosa; pero si está acabada, es que está muerta, aniquilada».

Saldadas de esta manera sus cuentas con la pintura española —hecho el ajuste entre el color y el negro—, las investigaciones sobre el color aún no habían concluido. Picasso tenía pendientes alguna deuda con la pintura francesa. Primero, durante cuatro años, de 1959 a 1964, trabajó sobre el Desayuno sobre la hierba de Manet. La serie acumuló veintisiete pinturas, ciento cuarenta dibujos, tres linograbados y más de una docena de maquetas en cartón para las esculturas. Luego, coincidiendo con el final de esa serie, empezó otra a partir de dos obras de tema antibelicista: La masacre de los inocentes (1624-1632), de Poussin, y El rapto de las sabinas (1769-1799), de David, que sumaron media docena de lienzos, realizados entre 1962 y 1964.

III. Le dernier Picasso

Para entonces, don Pablo tenía ya más de ochenta años. Desde comienzos de la década anterior, en 1951, había fijado su residencia en Cannes, junto al mar. Como buen malagueño, Picasso amó siempre el sur. La niebla y el frío, la espesez de la luz del norte apagaban su vitalidad. Por eso, siempre que pudo, primero sólo durante el verano, luego en cualquier ocasión, huyó a los Pirineos, al Midi francés, a la Costa Azul. Huyó siempre hacia el sur, hasta instalarse definitivamente en él. La lu:, el calor y el mar se habían incorporado definitivamente no sólo a su piel y a su modo de vida, sino sobre todo a su obra. Los temas mediterráneos aparecieron por doquier: La alegría de vivir, Ulises rodeado de sirenas, etc.

Aunque no era una costumbre nueva, su colección de desechos aumentó enormemente por entonces. El veterano pintor recorría las playas fijándose en todo lo que el mar había arrastrado hasta la arena: huesos, guijarros, restos de platos y vasijas… Los objetos que más le interesaban, los que más le sorprendían, los recogía, para practicar sobre ellos grabaciones o sutiles tallados. Picasso estaba tan enamorado de sus hallazgos, que pensaba donarlos al museo que la alcaldía de Antibes quería dedicar a su obra.

—«Encuentro estas cosas en la playa —comentaba—. Los guijarros son tan bonitos que dan ganas de grabarlos todos. El mar los trabaja tan bien, les da unas formas tan puras, tan completas, que no falta más que darles un pequeño empujón para hacer de ellos obras de arte. En una piedra redonda veo un búho y hago un búho; otra, triangular, me recuerda una cabeza de toro o una cabeza de cabra. Algunas me sugieren cabezas de mujeres o de faunos».

«Otras, no me atrevo a tocarlas; ésta, por ejemplo, con su nariz y sus órbitas vaciadas por el mar, me recuerda exactamente mi Cabeza de muerto. No tengo nada que añadirle».

El azar hizo el arte

Esos comentarios del pintor confirman la observación de Aristóteles en la Ética, cuando, tratando de probar la semejanza que, a su juicio, se da entre el arte y el azar, citaba el verso del poeta Agatón: «El azar ama el arte, y el arte el azar» (1140 a 19-21). Con razón, el modo de trabajar el mar los guijarros de la playa, dándoles forma, y el modo de trabajarlos Picasso eran parientes próximos. A Aristóteles no le hubiera extrañado el comentario de este último quien, volviendo a mirar la caja atiborrada con sus hallazgos playeros, pensaba en completar el círculo del azar diciendo:

—«Ahora yo debería devolver todo esto al mar. Cómo se asombraría la gente al encontrar en las playas piedras marcadas con extraños signos. ¡Qué quebraderos de cabeza para los arqueólogos!»

Improvisaciones: así se engendraron en el mundo las comedias y las tragedias, según varias veces observó Aristóteles al comienzo de su Poética. Al principio, los hombres mejor dotados para la recitación, puestos en movimiento de un modo azaroso, improvisaron: unos, recitando himnos o encomios, en verso heroico; otros, expresando invectivas o cantos fálicos, en versos yámbicos. Pero todos, primitivos trágicos y primitivos cómicos, daban la razón al poeta Agatón al improvisar sus primeros versos. Antes que una herencia y una tradición los hiciera progresar paulatinamente, antes de que el razonamiento y la ciencia los empujara a encontrar su forma cumplida y perfecta, el azar quiso que hubiera poetas en el mundo.

Muchos años después, un anciano de ochenta y cuatro años, bronceado por el sol como un pescador del Midi francés, daba la razón al filósofo ateniense en varios sentidos. Primero, porque estaba de acuerdo en que el arte debía existir en nuestra época para, entre otras cosas, poner entre las cuerdas a la ciencia.

—«En nuestros días —comentaba Picasso— todo puede ser explicado científicamente. Se puede ir a la luna o andar por el fondo del mar; todo lo que quieras, lo puedes conseguir gracias a la ciencia. Todo, menos una cosa: explicar la creación artística. Uno puede estar estudiando el fenómeno de la pintura durante mil años y, al final, ser incapaz de explicar nada. En nuestros días, si la pintura sigue siendo pintura, es precisamente porque elude una investigación de ese tipo. La pintura es todavía una cuestión abierta, y como tal, sólo ella esconde la respuesta. Esa es su suerte, y al mismo tiempo su desgracia. Y la nuestra también, la de los pintores».

El anciano tostado por el sol que decía eso, contaba aún con años de trabajo por delante para seguir acechando los misterios del oficio que había elegido como una forma de vida. Los amigos que le conocieron de joven, cuando llegó a París sin hablar jota de francés, sabían que Picasso trabajaba siempre e incesantemente, hasta vaciarse, hasta agotarse. Gertrude Stein desde luego lo recuerda así. Y Picasso le daba la razón, cuando admitía que para él pintar era como respirar: que trabajar, para él, era descansar; y no hacer nada, o conversar con los que iban a visitarle, una fatiga.

El haber concluido, por esas fechas, las grandes series reinventivas de Manet, de Poussin y de David, extrañamente podría significar el final del trabajo de quien nunca se había detenido, en casi ya un siglo de actividad. De hecho, un calvete tostado, de fuertes piernas y mirada inquieta, apenas cubierto con una camiseta de algodón a rayas, como un octogenario lobo de mar, estaba todavía por convertirse en aquel «viejo salvaje», en que Francia y todo el mundo vio transformarse a un Picasso noventón.

Biós graphikos

—«Todos poseemos la misma cantidad de energía —observaba él—. Una persona corriente despilfarra la suya de mil maneras. Yo he canalizado todas mis fuerzas en una sola dirección —la pintura— y he sacrificado el resto: a vosotros y a todo el mundo, incluido yo mismo».

La biografía de Picasso me obliga a pensar que la enumeración de vidas humanas elegibles por sí mismas, a cuyo análisis dedica Aristóteles la citada Ética a Nicómaco, es incompleta. Allí, el filósofo enumeraba tres tipos de vidas agradables, encomiables y que los hombres (de las mujeres por desgracia no dice nada) podrían escoger como fines absolutos para sus vidas: o una vida placentera —de goces sensibles y de ausencia de dolor—; o una vida ciudadana, de responsabilidades políticas y de servicio al bien común, de la ciudad; o una vida intelectual, de investigación científica y sabiduría. Estos era todos los tipos de vida que a Aristóteles le parecían dignos de ser elegidos por sí mismos.

Reconocía además el filósofo la existencia de una suerte dé vida mercantil, consagrada a la acumulación de dinero por medio de actividades lucrativas —pasado el tiempo, se denominaría vida burguesa—, pero ni le reconocía una inequívoca deseabilidad por sí misma (el dinero es lo útil por antonomasia), ni le parecía tampoco exenta de pesares, es decir, suficientemente placentera para poder ser considerada, como la biós hedoné, la biós politíkós y la biós theoretihós, una vida venturosa.

—«Yo no soy pesimista— aseguraba por su parte Picasso—, ni estoy saciado del arte, al revés: no podría vivir sin dedicarle todo mi tiempo. Amo la pintura como el único fin de mi vida. Y todo lo relacionado con ella me proporciona un inmenso placer».

En cuanto a la «nobleza» de la actividad pictórica, Picasso tampoco admitía dudas. Las artes decorativas, aseguraba, no guardan ningún parecido con la pintura de caballete que él practicaba. Aquéllas son utilitarias; la creación de un cuadro, un noble juego; aquéllas, un sillón en el que uno se apoya, un utensilio; éste, una forma peculiar de intuición, que ayuda a los hombres a conocerse mejor a sí mismos y a ser más conscientes del mundo en el que viven.

Por depender muy poco de terceros, finalmente, la biós graphikós puede ser tan autónoma y tan continua como lo es la actividad intelectual del filósofo —la mejor forma de vida humana, según Aristóteles—.

Fiel, pues, a su biografía y al soberbio despliegue de energía de que había hecho muestra toda su ya larga vida, los últimos años de Picasso constituyen una nueva etapa, la del dernier Picasso, que observada desde la perspectiva de lo que ya había logrado, y de los logros que llevaba ya a sus espaldas, corroboran en aquel anciano tanta o más energía que la que fue necesaria para romper en su día con todo y realizar Les demoiselles d’Avignon.

Craneal y salvaje

—«Mis telas, estén o no acabadas, son las páginas de mi diario, y como tales han de valer. El futuro decidirá qué páginas prefiere; no debo ser yo quien las elija. Por mi parte, tengo la impresión de que el tiempo pasa cada vez más deprisa. Yo soy como un río que sigue fluyendo, discurriendo junto con los árboles arrancados de cuajo por la corriente, los perros muertos, los desechos de toda clase y las miasmas que proliferan en él. Y allá voy, cada vez más rápido».

En esta última fase Picasso logra, a mi juicio, la síntesis completa entre dibujo, color, forma y ejecución. El Picasso dibujante tras la muerte de Cézanne (1905), que se asocia con el Picasso colorista después de la muerte de Matisse (1953), se encuentra finalmente con el Picasso ejecutante, en el cual toda la pintura —forma y color, dibujo e impresión cromática, gesto y representación— brota natural, compulsivamente de sus pinceles, con la violencia de un parto que ya ha roto aguas. El anciano Picasso ha alcanzado ese punto donde, en sus cuadros, dibujo y color son lo mismo, y donde las formas acuden solas a sus manos:

—«Hay un momento en la vida, cuando se ha trabajado mucho, en que las formas acuden solas, los cuadros vienen solos, no hay necesidad de ocuparse de ellos. ¡Todo viene solo! Como la muerte».

No le asusta ningún tamaño, no le arredra ningún color, ni siquiera necesita dar variedad a los temas. Todos los que ama están aquí¡ repetidos una y mil veces, en mil formas y combinaciones: el pintor y su modelo, el beso, el pintor solo, parejas acopladas, el marinero, el mosquetero con pipa… Los colores chocan, las formas chocan, la ejecución choca y al mismo tiempo, y sin embargo, asombran y cautivan.

Picasso ha alcanzado un punto, como deseaba, en que nadie puede decir cómo ha sido hechos cada uno de estos cuadros. ¿Qué sentido tendría, después de una vida dedicada a ganar esa libertad? ¿Cómo podría ningún observador revivir aquellas obras, tal y como las ha experimentado su creador? Cada una de ellas llega al Mediodía desde un remoto pasado, desde días lejanos y reinos muertos desde hace tiempo, tal vez. ¿Cómo saber cuándo sintió el pintor por primera vez ese cuadro, cómo le emocionó, cómo lo vio primero y cómo se engolfó luego en su construcción, si el autor mismo, al día siguiente de concluido, podía confesar no saberlo ni él mismo? ¿Quién entraría en los sueños de este anciano, en sus instintos, en sus pensamientos, madurados a lo largo de décadas de actividad ansiosa y febril? Picasso confesaba, a este respecto:

—«Yo no puedo hacer nada. El pintor no elige. Hay formas que se le imponen. Y a veces proceden de una herencia que se remonta más allá de la vida animal. Es muy misterioso, y sobre todo, muy molesto».

Lo único que le importa ya es que sus cuadros impresionen, y los del «viejo salvaje», los del Picasso moribundo, impresionan sobremanera. Su impulsividad juvenil, su espontaneidad sin tapujos, sin adornos, son lo contrario de sus antinaturales dibujos de infancia. Aquel: «Aquí huele a azufre», que Henri Michaux no pudo evitar, allá por los años treinta, ante la vista de la espontaneidad y el fulgor de los dibujos de Picasso, invadiría luego, hasta apestarlas, las severas salas del palacio de los papas de Aviñón, donde los doscientos setenta lienzos producidos en los dos últimos años de vida de Picasso quedaron expuestos, tras su muerte.

—«Empleando términos de investigación científica —había observado Picasso—, podemos decir que la investigación llevada a cabo ha sido completa e intensiva. Nuestra época no podía haber ido más lejos. Hemos logrado sin duda una ruptura radical con el pasado. Y la prueba de que la revolución ha sido total, la hallamos en que los términos que expresaban los conceptos fundamentales de nuestro arte —dibujo, composición, color, cualidad— tienen hoy un significado completamente distinto al de antes… Puede que al final no haya sido tan malo lo que hemos hecho. En todo caso, lo que ya no hay más son trucos. Ahora, el pintor es un pintor, mientras que antes, encubría su debilidad con todo tipo de embustes».

Emplea trucos quien desprecia, por ejemplo, los objetos, quien no los considera atentamente, con total seriedad, como Cézanne. Si el rentista del Midi llegó a ser Cézanne, creía Picasso, fue porque, cuando estaba frente a un árbol, miraba atentamente lo que tenía ante sus ojos; lo observa fijamente, como un cazador que apunta al animal que quiere abatir… Y muchas veces, concluía Picasso, un cuadro no es más que esto… poner toda la atención en los objetos… y amarlos. Sí, tratarlos con cariño. Porque en el fondo, sólo el amor cuenta. Comoquiera que sea ese amor. A los pintores, habría que arrancarles los ojos, como se hace con los jilgueros, para que canten mejor, pensaba Picasso.

—«¿De dónde me viene este poder de crear y de dar formar? No lo sé… Algo sagrado, eso debe ser»—aseguraba—. «Deberíamos poder emplear una palabra como esa, sin que la gente la entendiera erróneamente, en un sentido que no tiene. Uno debería poder decir que la pintura es como es, con su inmensa capacidad de poder, porque es como si viniera tocada por Dios. Y aunque mucha gente se avergonzaría de oír esto, es !o que más se aproxima a la verdad. En ningún caso podemos hablar fácilmente con palabras del fuego sagrado de la pintura, sin el cual aún el más dotado de los artistas, el mejor de los dibujantes no pasa de ser bueno, incluso muy bueno… pero nada más. Lo único que podemos reconocer es que, en determinados casos, existe una relación especial entre el artista creador y lo que hay de superior en el espíritu humano, gracias a lo cual la pintura llega a tener el asombroso poder que le reconocemos. ¿Arte religioso? Eso es absurdo: ¿cómo puede uno hacer arte religioso un día y al siguiente uno de otro tipo? Lo único que yo he hecho es amar la pintura como el buen Dios ha querido que exista. ¿Y es que Él tiene algún estilo? Pues yo tampoco. Además, Él ha ha hecho la guitarra, el arlequín, el perro salchicha, el gato salvaje, el buho, la paloma… Yo también. El elefante y la ballena, pase, pero ¿el elefante y la ardilla? ¡Un bazar! Dios ha creado lo que no podía existir. Y yo también. Él mismo ha hecho la pintura. Yo también».


Bibliografía de referencia

Pablo R. Picasso, A selection of Views on Art; ed. Dore Ashton, Da Capo Press, Nueva York, 1972.ídem, Pintura y realidad. Textos, entrevistas y declaraciones; ed. Juan Fio, Libros del Astillero, Montevideo, 1978.

ídem , Propos sur l’Art; ed. Marie-Laurer Bernadac, Androula Michael, Gallimard, París, 1998.

Gertrude Stein, Picasso (1938); trad. Flora Casas, Biblioteca La Esfera de los Libros, Madrid, 2002.

Cesáreo Rodríguez-Aguilera, Picasso de Barcelone, Editions Cercle d’Art, París (Barcelona), 1975.

Josep Palau i Fabre, El secreto de las meninas de Picasso, Ediciones Poligrafa, Barcelona, 1982.

Claustre Rafart i Planas, Las meninas de Picasso, Editorial Meteora, Barcelona, 2001.

Le dernier Picasso (1953-1973); catálogo de la exposición en el Centre George Pompidou de París, 17 de febrero-16 de mayo de
1988; París, 1988.

Picasso. Retratos de Jacqueline; catálogo de la exposición en la Fundación Juan March, Madrid, 4 de febrero-28 de abril de 1991; Madrid, 1991.

Picasso and Portraiture. Representation and Transformation; con ocasión de la exposición del mismo tema, en el MoMA
de Nueva York, 28 de abril-17 de septiembre 1996; Thames and Hudson, Londres, 1996.

Picasso. Las grandes series; catálogo de la exposición en el MNCARS, Madrid, 28 de marzo-18 de junio de 2001; editado por ALDEASA, Madrid, 2001.

El Picasso de los Picassos; catálogo de la exposición en el Museo Picasso de Málaga, 27 octubre 2003-29 de febrero de 2004; ed. por Carmen Giménez; Málaga, 2004.

Foto de cabecera: «Dejeuner sur l’Herbe» (1962) de Pablo Picaso en Skeppsholmen (Estocolmo, Suecia) ©Bengt Oberger en Wikimedia Commons.

El mundo islámico ¿qué es lo que quiere, y puede?

La II Guerra del Golfo ha colocado a Oriente Medio, más que nunca, en el centro de gravedad de la política internacional y, simultáneamente, parece encomendar a Occidente una nueva tarea: la de reformar esa área del planeta — o , por no tomar la parte por el todo, mejor diríamos: la de reformar el mundo islámico—.

El mundo islámico es una realidad compleja, que abarca países tan diversos como Senegal, Turquía, Albania, Arabia Saudí o Malasia, por no mencionar otros con significativas minorías islámicas, como es la India. Hablamos habitualmente de Oriente Medio, en sentido estrictamente geográfico, o en su versión ampliada («greater Middle East»), para referirnos a la parte árabe del mundo islámico y a las regiones que la albergan y rodean. Es importante subrayar que esa parte árabe, dentro del mundo islámico, es la minoritaria: los árabes suman unos trescientos millones (con el matiz importante de que no todos ellos son musulmanes, aunque sí la mayoría) en un universo de unos mil quinientos millones de personas -—es decir, los árabes representan sólo una quinta parte aproximadamente del mundo islámico—.

Precisamente, esa quinta parte es la que tiene una mayor necesidad de experimentar procesos de reforma. Nótese que, de los países citados como ejemplo de la diversidad islámica, cuatro representan países no árabes y gozan de regímenes políticos democráticos, más o menos desarrollados. El único país árabe en la lista, incluido obviamente a título de ejemplo, es el no democrático. El Informe para el Desarrollo Humano en el mundo árabe (un importante documento de carácter anual, hecho por árabes, e iniciado en 2002 según la plantilla del sistema de Naciones Unidas), reconoce claramente el retraso del mundo árabe en términos de desarrollo humano, un factor clave en la actualidad. Sin embargo, hay que reconocer que, aun cuando la «misión» occidental de reforma se dirige primordialmente al Oriente Medio ampliado, no deja de apuntar a todo el mundo islámico.

¿ES POSIBLE ESA «MISIÓN»? ¿ES DESEABLE?

La respuesta no es la única: depende de una serie de consideraciones, y muy señaladamente de la evolución interna del mundo islámico, en primer lugar, de la actitud occidental ante el mundo islámico, en segundo, y finalmente, del destino de los tres ejes del mundo islámico.

El mundo islámico es, como hemos apuntado ya, una realidad compleja y, sin embargo, paradójicamente, está dotada de un enorme grado de coherencia interna. Al contrario que la cristiandad, el islam parte de una base única, indiscutible e inmutable, que es la revelación divina contenida en el Corán y, además, no tiende naturalmente a la secularización. La ausencia de una «iglesia» al estilo cristiano, incluso de una jerarquía religiosa, de nuevo al estilo cristiano (sobre todo en la mayoría sunita, con muchos más matices en la minoría chiita), puede explicar el que en el islam no se haya acuñado una frase equivalente a aquello de que hay que dar a Dios y al césar lo que le corresponde a cada uno. Pero además el islam es una doctrina, por así decir, envolvente, en el sentido que aspira a regir e inspirar la vida humana en su totalidad.

Esta solidez de origen no impide la existencia de interpretaciones, escuelas o corrientes en su seno. Occidente tiende a colocar sobre esos movimientos etiquetas sacadas de sus propias categorías conceptuales, a fin de que resulten reconfortantes para su propia audiencia y habla así de «conservadores o progresistas», «moderados o fundamentalistas», etc. Reconfortantes, quizá sí sean esas etiquetas, inexactas, lo son sin duda. El Corán, la piedra angular del islam, es un libro de riqueza infinita pero de composición unívoca. No existen versiones diferentes del Corán como sí existen diversas versiones de la Biblia. La perspectiva casi de Rashomon de los Evangelios, el centro del Nuevo Testamento cristiano, es impensable en el universo coránico. No hay progresía y conservadurismo en él; en todo caso, hay interpretaciones literalistas y otras que no lo son tanto. Existe sin duda un debate interno, lamentablemente sofocado en parte por regímenes dictatoriales y en parte también por la decadencia generalizada, sobre lo inmutable y lo mudable en la esfera islámica, en otras palabras: sobre lo que es adaptable y lo que no lo es, dentro del islam, al siglo XXI. El debate resultará tanto más fructífero cuanto más libre, abierta y participativamente se celebre. En todo caso, ha de ser un debate interno, intramusulmán. Y su objetivo no es, desde la perspectiva musulmana, necesariamente la «reforma», tal y como la concebimos desde un punto de vista occidental, sino que podría ser más bien un «renacimiento». La cuestión semántica no es baladí porque esconde una divergente concepción del proceso.

Cuando Occidente habla de «reforma» está apuntando a la «occidentalización» del mundo islámico. Y cuando el mundo islámico habla de «renacimiento» alude a la vuelta de, o a la vuelta a, un pasado glorioso. Una y otra visión (utilizando un término muy en boga en la retórica actual) distan de ser monolíticas, aunque probablemente la visión occidental, que parte de la posición de privilegio y fuerza del mundo relevante, que es el suyo, es más monolítica que la visión islámica, curtida en un ambiente de decadencia e irrelevancia, y en la que convive una tensión entre quienes quieren borrar completamente el pasado y los que quieren reconstruirlo, con todos los matices intermedios.

La existencia de regímenes dictatoriales en la mayor parte del mundo islámico, y en prácticamente todos los países del «quinto» árabe, no contribuye a que el debate sea fructífero. La decadencia generalizada — en el terreno cultural y en el económico, a pesar del petróleo— en que viven los países islámicos, tampoco. Aunque el argumento es reversible: la decadencia misma es parcialmente producto de la falta de un debate libre y genuino. Y la tiranía política es otro de sus subproductos.

Sin embargo, para Occidente la ausencia de un debate auténtico, la falta de libertad y de democracia, la decadencia son tan reconfortantes como las etiquetas, aunque, siendo políticamente incorrecto reconocerlo así, se predica en público un sermón diferente. Ciertamente, a Occidente le disgustan la dictadura de Mubarak o las de los Estados del Golfo, verbigracia, pero le resulta más cómodo tener que tratar con esos regímenes que con los islámicos o «islamistas», según la terminología al uso, aunque sean «moderados». Porque Occidente teme, recela y resiente del islam primordialmente por ignorancia, a la que tantas veces se unen los prejuicios. Y mientras una y otros dominen la actitud occidental, la contribución de Occidente al mundo islámico será probablemente negativa y regresiva. Se ahondará en la brecha de incomprensión y hostilidad. La mejor contribución que Occidente podría hacer al mundo islámico es un auténtico conocimiento de ese mundo y de lo que necesita para cambiar de verdad, por ejemplo, entre otros varios, una inversión masiva en educación.

Desde el punto de vista occidental, el mundo islámico en el siglo XXI ofrece tres esferas de interés primordial: el conflicto palestino-israelí, el postconflicto en Irak y la lucha contra el terrorismo.

EL CONFLICTO PALESTINO-ISRAELÍ

Reavivado, tras años de aparente progreso, con la segunda Intifada, el conflicto palestino-isrealí se ha convertido, tras la operación militar en Irak, en una prioridad, teórica al menos, en casi todas las agendas. La filiación a la «coalición de los voluntarios» ha creado la obligación política de intentar resolver los distintos componentes de la cuestión y no sólo el cambio del régimen de Sadam Husein. La hoja de ruta es sólo el último de una larga lista de cadáveres exquisitos. La realidad es que el conflicto palestino-israelí es insoluble si se sigue la ruta actual, con o sin hoja . Ni la reforma de la Autoridad palestina, ni la desaparición o continuidad de Arafat, ni las conversaciones directas entre las partes, ni los mediadores de lujo, ni un Madrid II, ni Abdalá Al Saud van a funcionar bajo las premisas actuales, a saber: alineamiento acrítico de Estados Unidos con Israel, marginación de Siria del proceso y política de avestruz en los temas claves —asentamientos, refugiados, Jerusalén—.

Mientras Estados Unidos no camine por sendas de una mayor equidistancia y sea capaz de conminar a Israel a adoptar determinadas conductas en vez de verse sujetos a la presión de los lobbies judíos; mientras los árabes no abandonen el requisito de Jerusalén como capital (una idea no islámica, puesto que ninguna ciudad sagrada del islam debería convertirse en capital de un estado-nación, un concepto secular y ajeno a la teoría política del islam) y manejen la cuestión del derecho de retorno de los refugiados con realismo; mientras la comunidad internacional no presione para que se pongan las cuestiones clave sobre la mesa, no habrá solución al conflicto.

Pero la voluntad política de la comunidad internacional —esa amalgama inespecífica que aglutina el mundo occidental, los donantes (el Norte, en suma) y los escasos y dispersos actores útiles del Sur — es necesaria no para resucitar el cadáver sino para partir de casi cero, no existe y es difícil que exista en el futuro. ¿Y para qué buscar soluciones audaces cuando la contención funciona?

EL FUTURO DE IRAK

La reconstrucción y la democratización de Irak constituye un factor importante en la evolución del mundo islámico, aunque es difícil evitar la impresión de que se ha sacado un tanto de quicio el peso de Irak en el orbe islámico y el supuesto efecto demostración que el experimento iraquí podría tener sobre otros países de ese mundo. Irak es un caso único, de acuerdo con la excepcional longevidad y crueldad del régimen de Sadam Husein. El cambio de régimen es positivo, sin ningún lugar a dudas, para los propios iraquíes, en primer lugar, y quizá para todo el mundo islámico (a condición de que éste sea capaz de reflexionar al menos sobre la magnitud de lo sucedido).

Ello no obstante, es un cambio impuesto desde arriba y desde fuera. Está por ver si tan excepcional revolución va a funcionar. Hoy, las perspectivas no son alentadoras, pero el comienzo de una nueva fase con el traspaso de soberanía el 1 de julio y el horizonte electoral del año próximo, permiten un resquicio de esperanza. Esperemos, pues, que funcione a medio y largo plazo. Pero incluso aunque funcione, su complicada etiología, gestación y desarrollo la convierten en un artículo de difícil exportación. La historia con mayúsculas nos enseña que la revolución es un movimiento desde dentro y desde abajo. El mundo islámico no es una excepción.

Por otro lado, la combinación de una firme revolución impuesta desde fuera y desde arriba en un país, junto con una política de avestruz ante los regímenes autoritarios, aunque sean «moderados», de alguno o algunos de los vecinos de Irak, se traduce en un mensaje ambiguo. La conclusión que algunos pueden extraer es que con tal que determinada dictadura no alcance un carácter demasiado odioso y no se dote de armas de destrucción masiva no pasa nada.

AL QAIDA

De los tres ejes que estamos analizando, la lucha contra el terrorismo de Al Qaida es el que aún suscita mayor unanimidad de puntos de vista en Occidente. Y con razón, porque el terrorismo como fenómeno auténticamente global, casi más que la economía o las comunicaciones, es, junto con la pobreza y el medioambiente, uno de los retos fundamentales del presente.

La lucha contra el terrorismo es una causa justa y necesaria. Lo que no es ni justo ni necesario, y además resulta profundamente contraproducente, es demonizar el islam y estigmatizar a los más de mil millones de musulmanes que habitan el planeta Tierra metiéndolos en el mismo saco que a la exigua minoría que representan los terroristas.

Tampoco es justo y es igualmente contraproducente, echar la culpa del «fundamentalismo» que alimenta al terror a ciertos regímenes de países islámicos, como Arabia Saudí, sin, al mismo tiempo, preguntarse quién coadyuva a que esos regímenes, sin duda antidemocráticos e ilegítimos y en bastantes casos, en efecto, caldo de cultivo de terroristas, se mantengan; o cuál sería la actitud occidental si tales regímenes fueran sustituidos por regímenes islámicos o «islamistas», gracias al ejercicio libre de la voluntad de los ciudadanos —una pregunta, por cierto, particularmente pertinente en el caso de Irak, en donde no sería extraño que la mayoría que saliese de unas elecciones libres representara alguna forma de «islamismo chiita»—.

Occidente sólo puede avanzar en, y quizá algún día ganar, la guerra contra el terrorismo, si consigue alistar al mundo islámico. Si consigue hacerlo de verdad. Y eso sólo pasará si el mundo islámico cambia su percepción acerca del mundo occidental, hoy en día en general negativa. Es cierto que en esa perspectiva negativa se mezclan muchos factores, desde la envidia hasta la impotencia, pasando por la admiración y el deseo de emular al «otro», por el miedo a ser aniquilado culturalmente, por el complejo a la vez de inferioridad y de superioridad, por la conciencia de la propia irrelevancia frente al poder… Pero cualesquiera que sean los factores, reales o imaginarios, que contribuyen a alimentarla, es innegable que semejante percepción predomina.

Esa percepción negativa puede estar en el origen de una pasividad general en el mundo islámico frente a la campaña antiterrorista del Norte. Un ejemplo es la falta de condena de los ataques terroristas suicidas por parte de varios regímenes del mundo islámico, a pesar de que el islam, tanto en el Corán como en la sunna o ejemplo de la vida del profeta Mahoma, prohibe no ya matar a la población civil sino dañar la propiedad y la naturaleza. Cierto, la percepción negativa la consienten, cuando no alientan, estos propios regímenes no democráticos para su consumo interno. Pero ello no hace sino abundar en la tesis de que no se debe «proteger» tales regímenes, por el bien del islam y del propio Occidente.

En suma, hacer que mejore la percepción que de Occidente tiene hoy el mundo islámico — un aspecto fundamental en la lucha contra el terrorismo— no es algo que deba procurarse solamente a través de la diplomacia, del entendimiento intercultural o de una campaña masiva de educación, sino que tiene que ver asimismo con fomentar el desarrollo de la libertad política en el mundo islámico.

EL PAPEL DE ESPAÑA

El futuro del islám está sólo en manos de los propios musulmanes. Ninguna operación exógena puede ni podrá cambiar el mundo islámico, si el mundo islámico no se cambia a sí mismo. El mundo islámico tiene los recursos para hacerlo. Le falta la voluntad.

Occidente no puede ni debe suplantar esa falta de voluntad. Le costaría caro y se volvería contra ella. Pero sí puede, y seguramente debe, coadyuvar, a formar esa voluntad, a través de una contribución positiva, de entendimiento, de un entendimiento que sea incluso crítico, y también a través del respeto.

En cada uno de los tres ejes mencionados, cabe llevar a cabo una contribución positiva. Occidente es un concepto amplio y sus diferentes actores pueden desempeñar papeles diferentes, aunque complementarios.

Nada puede hacerse hoy sin contar con Estados Unidos, activa o pasivamente, es decir, por acción o por consentimiento. Estados Unidos es el actor más poderoso en la esfera internacional. Sin embargo, todo poder conoce límites. El de esta nación es su mala imagen en gran parte del mundo islámico, una imagen que supera con creces lo que piadosamente llamábamos en el apartado anterior «percepción negativa». Estados Unidos necesita amigos y aliados que le ayuden a tender puentes en el mundo islámico.

Una Europa unida podía constituirse en ese puente. No obstante, la brecha abierta el año pasado con la campaña de Irak entre algunos actores europeos y Estados Unidos, lo que se ha venido en llamar la «división transatlántica», aún no se ha cerrado del todo, a pesar de Normandía-60.

Los actores individuales europeos, en cambio, sí pueden actuar. Entre ellos, destaca el papel que España podría desempeñar. Geográfica e históricamente, España es un país inmejorablemente situado para ejercer un papel de relieve. Le fallan, empero, algunas condiciones necesarias para desempeñar esa función específica: la deficiente educación exterior de una opinión pública todavía en algunos casos inmadura y demasiado ensimismada; la falta de recursos, materiales especialmente, de su servicio exterior; y un cierto complejo histórico en el que, tras un breve paréntesis, parece que hemos vuelto a caer.

Sumando comunicación

La información es una materia intangible que, como tal, oculta la mayor parte de su valor. Es necesario procesarla y medirla para hacer emerger el valor que contiene una información, es decir, hacer tangible lo intangible. Pero ¿cómo se puede medir y evaluar una información? El último informe anual de Telefónica, titulado La sociedad de la información en España 2003, es una herramienta adecuada para ilustrar este ejercicio científico y técnico.

Hay que señalar al mismo tiempo que si la medición de los intangibles de información es un nuevo campo en la investigación científica y sus aplicaciones, éste se presenta como uno de los de mayor desarrollo en el futuro próximo. Entre otras cosas, por pura necesidad. En la sociedad de la información ¿cómo no se va a medir la información?

Tradicionalmente se suele informar de la información. Lo que se suele hacer es resumir los contenidos de la obra y subrayar lo que a ojos del periodista o crítico se considera más relevante. En este caso, habría que decir que el citado informe de Telefónica tiene 334 páginas y once capítulos. Todos ellos de interés, tanto en su carácter estadístico, como en la visualización de los avances que están teniendo lugar en todas las áreas y sectores.de la vida cotidiana con el impacto de las tecnologías de información y comunicaciones (TIC).

A esos efectos, las TIC se han convertido en una nueva unidad de medida que evalúa su influencia en el crecimiento económico, tal como hace el estudio. En los capítulos siguientes del Informe se detalla el impacto e influencia de la sociedad de la información en el nuevo hogar digital -en la empresa, la movilidad, las administraciones, la educación, la sanidad, el ocio, y el entorno que se configura para la persona del siglo XXI-.

Pero informar de un informe, de un libro, o de cualquier otro contenido, no añade en sí mismo mucho valor. Cualquier medio lo puede hacer. ¿Cuál es el valor oculto -no visible- de este Informe de Telefónica? Contiene éste una gran masa de información cualificada con miles de mensajes en su interior, cada uno de los cuales encierra un valor perceptible para su uso y aplicación en los más diversos sectores. Por eso hemos partido en este trabajo de la siguiente pregunta: ¿qué impacto de valor añadido de comunicación tiene el Informe de Telefónica?

La información tiene una estructura global porque está articulada en torno a un conjunto de atributos, que a su vez son los que operan en el sistema perceptivo humano. La información mueve a la confianza o la desconfianza, da seguridad o advierte de riesgos, genera nuevos conocimientos o no, hace los procesos más o menos transparentes, la asociamos a unos u otros elementos y valores. La información y la comunicación hacen que el sistema de análisis y toma de decisiones de una persona actúe como lo hace en todo momento. Ahora mismo este texto está siendo analizado por usted mediante ese proceso.

La estructura global de la información no procede sólo de su composición, sino también de sus efectos. Y éstos son igualmente de conjunto. La información llega a cualquier lugar, puede ser utilizada y aplicada para cosas muy diferentes y ejerce múltiples funciones. El mismo hecho de que cada persona procese la información de manera diferente en cada uno de los momentos de su vida, y en función de muchas variables y parámetros propios y ajenos, conocidos y desconocidos, hace que toda información tenga una dimensión global.

Eso es lo que hemos hecho con el citado Informe de Telefónica, medir su impacto global para exponer no sólo lo que es visible, sino su valor oculto, de donde procede el nivel de valor añadido de comunicación. Para ello, solicité a un grupo de profesionales de la organización especializada en estas cuestiones y que dirijo desde 1992 (Multimedia Capital), que realizase la medición con el Sistema VAC. Un sistema que utiliza mediante su software más de 300 variables. En esta ocasión la medición se realizó procesando los contenidos de la información en relación con ocho atributos previamente seleccionados: capital intelectual, competitividad, formación, tecnología, desarrollo social, liderazgo, cultura innovadora y oportunidades.

El índice obtenido de valor añadido de comunicación (índice VAC) es el resultado del impacto global de una información, y en este caso ha sido de 3,99 puntos, en una escala de 0 a 5. Un índice alto que prácticamente entra en el último tramo, lo que representa que la información tiene capacidad de generar valor añadido de manera constante. Entre otras cosas, el informe es una fuente de modelos para la gestión de la información en todos los campos -empresa, educación, sanidad, Administración, etc.-.

sociedad de la información

Proporciona, por ejemplo, información sobre la nueva forma de hacer negocios, e ilustra casos que no son sólo los de Zara o los grandes, sino de Ferretería Ortiz, una empresa familiar que ha sabido utilizar las tecnologías de la información para crecer, fidelizar a sus clientes, reducir costes, abrir nuevos espacios de mercado y, en definitiva, desarrollar un modelo de negocio que sabe beneficiarse de lo que representa la sociedad de la información.

Como se observa en el Gráfico 1, el Informe de Telefónica tiene además un impacto potencial superior al que se ha registrado en esta medición: de 3,99 a 4,49 puntos en el índice VAC. La razón es que el impacto global es mayor cuanto más trasciende a los sectores especializados, y se convierte en un contenido que alcanza a todo tipo de ámbitos y para las más diversas funciones. Por ejemplo, el Informe es una fuente de contenidos para programas de divulgación audiovisuales que llegarían a todo tipo de públicos. Para evaluar estas posibilidades a la hora de medir se contrastan los contenidos del Informe con muchas otras informaciones que se obtienen en una base de datos especializada.

En esta medición se puede observar que el Informe de Telefónica coincide en el tiempo y en su potencial de liderazgo con la Cumbre Mundial sobre la Sociedad de la Información que se desarrolla en Ginebra y Túnez entre 2003 y 2005. Ello sitúa el trabajo de la multinacional española en un contexto de proyección e influencia superior. Si el trabajo de Telefónica tiene una orientación empresarial, comercial, profesional y académica, el proyecto mundial hace de la sociedad de la información un recurso compartido de la humanidad.

En esta misma línea, y dentro de la información procesada en esta medición, se asocia la sociedad de la información y sus sistemas tecnológicos al proyecto de la sociedad del conocimiento que están desarrollando la Comisión de la Unión Europea y numerosos centros académicos y empresariales. Lo que representa un potencial para futuros recorridos del Informe de Telefónica, que se viene editando desde hace cuatro años.

Cuando se mide el impacto del este trabajo de acuerdo con los atri butos que componen el índice, se comprueba que los ocho superan el 78%, y que cuatro están por encima del 90%. Lo que revela un efecto de sinergia alto entre los citados atributos. Ello no debe extrañar tratándose de la sociedad de la información, que como tal está identificada con el conocimiento, la innovación, el liderazgo, la capacidad competitiva y las oportunidades. Estos resultados (Gráfico 2) vienen a ofrecernos una fotografía del alto impacto que tiene la sociedad de la información en relación con los atributos mejor percibidos por la opinión pública.

sociedad de la información

La percepción del crecimiento y desarrollo potencial que ofrece la sociedad de la información a todos los niveles y sectores, también se refleja de manera reiterada en el Informe de Telefónica. En una de sus conclusiones resalta que si en el año 2002 se produjo un estancamiento, en el 2003 se reactivó el mundode Internet y que su penetración alcanzó el 27,4% de la población mayor de 14 años, lo que considera un récord histórico, aunque todavía esté muy por debajo de la media europea, que alcanzaba el 42%.

Según este Informe, la Administración española, y especialmente algunas áreas como Hacienda, está a la cabeza del desarrollo de la sociedad de la información, pero no así la empresa, que ocupa el último lugar en la compra y venta por Internet, en relación con los doce países de mayor desarrollo, entre los que se cuentan Alemania, Estados Unidos y Japón.

Medir la información obliga a registrar cada ítem, contenido y mensaje, y en este caso eso hace que la imagen de lo que verdaderamente representa la sociedad de la información se extienda a cada hacer y pensar de nuestra vida cotidiana, desde la mejora asistencial de la medicina, a las nuevas utilidades profesionales y personales que ofrecen las comunicaciones móviles.

La telefonía personal, a la que éstas han dado lugar, refuerza el potencial de la persona como fuente individual y directa, emisora y receptora de información, sin otros controles. Eso fue lo que le llevó a decir al profesor Marshall McLuhan, en los años sesenta, aquello de que el medio mismo se convertía en el mensaje (la persona como medio y mensaje). En contraste con la tradición de control monopolístico de los medios por parte de los Estados, las grandes corporaciones y los grupos mediáticos.

En la sociedad de la información, los contenidos, sistemas y aplicaciones son la principal fuente de creación de valor, y así se constata también en el Informe de Telefónica. Sin VAC (siglas de Valor Añadido de Comunicación) en la sociedad de la información no se crea valor.

Esta realidad y la propia evolución de las tendencias que se señalan en el estudio de Telefónica exponen la necesidad de hacer de la información y la comunicación una fuente básica de la investigación, el conocimiento y la formación. En numerosas partes del Informe, y en otras informaciones y documentos similares, se utiliza el término «dependencia», para referirse a las actuales necesidades humanas de la información. La razón es que antes que nada somos información y dependemos de la información. El propio desarrollo genético ha puesto de evidencia que la información es una materia hereditaria.

Investigar y divulgar -dar a conocer- lo que representa la información como materia intangible y fuente de conocimiento y actividad para el ser humano y sus organizaciones, es el principal mensaje implícito que emerge de este Informe de Telefónica.

El cronista Carlos Sentís

La vida es un espectáculo fascinante, que algunos aciertan a contarnos con unas pocas palabras verdaderas. Esto es un tópico, ya lo sé. Pero es lo único que se me ocurre decir para empezar a hablar de Carlos Sentís, un observador atento de la vida que pasa, un periodista que, en estos tantas veces desabridos tiempos que corren, es, como su Barcelona natal para Cervantes -como él acaba de recordar en su último artículo de La Vanguardia– «archivo de la cortesía y correspondencia grata de firmes amistades» y, por encima de todo, un testigo excepcional de un siglo completo.

Hoy nos reunimos en torno a Carlos Sentís en un escenario emocionante para los periodistas. Por ese dintel que acabamos de cruzar ha pasado una gran parte de la mejor historia del periodismo español, es decir, de la historia de España -pues ¿qué es el periodismo, sino la primera versión de la Historia, la Historia contada según va pasando?-. En una fotografía colocada a la entrada de este edificio, que en tiempos albergó las redacciones de El Sol y La Voz, y después las de Arriba y Marca y ahora guarda, igual que hace también nuestra memoria, el espíritu del Diario Madrid, figura una brillante lista de escritores y periodistas. Tras el luminoso nombre de José Ortega y Gasset, abanderado de tantas cosas, otras destacadas figuras que dejaron la huella de su talento en las páginas de los periódicos: Asín Palacios, Unamuno, Marañón, Antonio Machado, Pía, Azorín, Valle-Inclán, Manuel Aznar, Roberto Llopis, Pérez de Ayala, Maeztu, Miró, Gómez de la Serna, D’Ors y un largo etcétera que, prosa en ristre, pasaron por esa puerta.

No sé si ese abrumador censo es una invitación a reflexionar sobre el nivel que, en determinadas circunstancias, puede alcanzar la prensa en un país o, más bien, como si estuviéramos ante una inscripción deudora de Dante, un motivo para que, cuantos hemos venido detrás de ellos y también nos hemos movido con pasión entre las rotativas, perdamos la esperanza de emular tanta gloria.

Probablemente, las dos cosas. Pero, por fortuna, quedan en esta profesión controvertida algunos justos para salvarnos a todos. La prensa está en crisis, su credibilidad, cuestionada, y muchos periodistas, bajo sospecha. Pero algunos siguen ahí, dando lo mejor de sí mismos y, como se hacía en los juegos infantiles, alzando la malla por todos sus compañeros. Diciéndole a la sociedad, en medio de guerras mediáticas que impregnan de sectarismo lo que debería ser la simple confrontación de ideas, aquello que Javier Marías, siguiendo a Shakespeare, puso como título para una novela: «Mañana en la batalla, piensa en mí». Piensa en que no todos somos iguales, piensa que hay quien no desfallece en la lucha por la verdad, piensa en los que ayudan a crear una opinión pública sana.

Uno de ellos, evidentemente, es Carlos Sentís, que aunque no cruzó en su momento este umbral, felizmente sigue entre nosotros y que ahora, en un año en el que se le amontonan los premios, inscribe su nombre en la nómina de los distinguidos con el galardón que lleva el nombre del impulsor de aquella última y vigorosa etapa de Madrid, diario de la noche, Rafael Calvo Serer.

Por todo ello, este es un momento emocionante para cuantos participamos en la aventura del Madrid y admiramos a Carlos Sentís, como es mi caso. Es un honor inmerecido, debido a la generosidad de estos dos maestros míos, Antonio Fontán y Carlos Sentís, el que se me permita hacer el elogio del último ganador de este premio de periodismo, que nos recuerda un crucial periodo de nuestra vida profesional.

Con los dos tengo deudas de gratitud. Fontán fue el último director del diario Madrid, donde a sus órdenes tanto aprendimos los que entonces aspirábamos a contribuir, a través de un periodismo sin ataduras, a que fuera posible el tránsito de la dictadura a la democracia. Con Sentís me unen cosas del pasado -yo también he sido corresponsal de ABC en Alemania y Francia- y una experiencia reciente para mí: pilotar, como él, ese ambicioso proyecto informativo nacional que es la Agencia EFE. Los dos hemos podido comprobar en EFE que una agencia de prensa ofrece la posibilidad de acercarse al periodismo en todas sus variantes y permite abordar la información en su estado más puro y, si se me permite decirlo así, más inocente.

De lo que es este periodismo de agencia da idea la recomendación que, en febrero de 1946, le hizo a Carlos Sentís el director de ABC cuando le envió a Lisboa como corresponsal, para que cubriese la estancia en Estoril de don Juan de Borbón, según lo cuenta el propio Sentís en su último libro, titulado Seis generaciones de Borbones y un cronista: «Tan pronto llegue don Juan y sea recibido por las autoridades portuguesas – le dijo Juan Ignacio Luca de Tena-, manda un despacho lo más escueto posible. Una noticia como si fuera de agencia, sin adjetivos ni comentario alguno».

Aclararé que ni por ésas: la censura de entonces, de la cual algunos de los presentes todavía hemos tenido la posibilidad de vivir sus últimos coletazos, no dejó pasar ni una sola línea sobre don Juan y su instalación en Estoril, como vigilante -o si quieren un símil más acorde con este momento futbolístico en que vivimos, como jugador de banquillo- de la cercana vida española. La censura de Franco -como se dice de la policía- no era tonta y sabía algo que, en seguida, aprenden los políticos en relación con la prensa: que la noticia que nunca crea problemas es la que no se publica.

De eso sabe mucho, como de todo, Carlos Sentís, porque su partida de nacimiento está en los libros -cuando cumplió ochenta años y La Vanguardia incluyó este dato en sus efemérides del día, él llamó para quejarse diciendo: «¿Quién va a dar trabajo a un octogenario?»-, ha militado en todos los frentes de la información y también, durante algunos años, de la política, según pueden comprobar ustedes si se toman la molestia de leer el reverso de la invitación con que hemos sido convocados a este acto: enviado especial a Núremberg y a la ONU, EFE, Tele-Express, Radio Barcelona, TVE, director general de Coordinación Informativa, Asociación de la Prensa, Centro Internacional de Prensa de Barcelona y un largo etcétera.

¿Qué más podemos añadir? ¿Que sigue escribiendo semana tras semana en La Vanguardia con la lucidez y el sosiego que dan los años, pero con la misma serena pasión -la ardiente paciencia de que habló Rimbaud- de siempre? Nada de lo que yo diga puede sorprender a Carlos Sentís a estas alturas de una vida tan llena de curiosidad y de éxitos. Seguro que él recuerda, con su memoria envidiable, que Areilza dijo de él que era una especie de aventurero que presenciaba los acontecimientos. O el maravilloso elogio de Inma Sanchís: «Es inagotable, y da tanto valor al pormenor, que derriba». O que su periodismo es, como decía Manuel Ibáñez Escofet, «periodismo de autor». La Gaceta del Norte, periódico para el que también envió crónicas de guerra, lo definió como el «periodista-experiencia».

Perteneciente a la estirpe de los periodistas sin fronteras, como dice Jaime Arias, para quien Carlos Sentís es un caso único en la historia del periodismo contemporáneo, ya en los años ochenta Josep Maria Casasús había apuntado que «el tipo de periodismo que ha desarrollado Sentís entronca con una larga tradición profesional catalana, la tradición de la crónica, el género que se constituye en una sutil, sabia y equilibrada aportación de elementos informativos y valorativos, escrita en un tono coloquial, directo y personal».

Esa tradición pasa por Gaziel y por Josep Pla, por el bilingüismo y por una manera peculiar de mirar el mundo con ojos mediterráneos. A Sentís no le gusta que le llamen articulista: él prefiere ser considerado cronista, como se conoce a los cronistas de Indias. En una de las últimas entrevistas que le han hecho dice: «En periodismo hace falta contar más y mejor las cosas que pasan en la calle». Las crónicas, según él, «cogen el tiempo al vuelo y lo retienen». ¿Podemos transformar el mundo con el periodismo? Una vez declaró: «Cuando se tienen años de experiencia como yo, se es un poco escéptico en cuanto a las posibilidades que tenemos de transformar algo». Su consejo a los jóvenes colegas: «Que se arriesguen, que el oficio de la palabra merece la pena. Que salgan a la calle con curiosidad, que vean, que escuchen y que lo cuenten más y mejor, con mayor riqueza de vocabulario, con viveza. Hoy, con tanta técnica e imagen, se olvida la fuerza enorme que tienen las palabras».

De la fuerza que tienen sus palabras da fe ese último libro publicado, Seis generaciones de Borbones y un cronista, en el que podemos seguir retazos de toda su trayectoria, desde el encuentro con la infanta doña Paz, hermana de Alfonso XII, cuando cubría el juicio de Núrenberg, a sus comentarios sobre la boda del Príncipe de Asturias en diálogo con Marcelino Oreja. ¿Qué ha dejado Sentís fuera de su mirada después de tantos años de profesión? Nada. Es decir, lo ha visto todo en un mundo cambiante del que él, como Ortega, ha querido ser, sobre todo, espectador.

Sentís pertenece a esa casta catalana de narradores y analistas rigurosos -ya están citados los grandes patriarcas, Pla, Gaziel, D’Ors-, que sólo describen lo que ven y escriben de lo que saben. Pla decía: «Es mucho más difícil describir que opinar. Infinitamente más. En vista de lo cual todo el mundo opina».

En la crónica que envió Carlos Sentís al periódico L’lnstant, ¡el 12 de octubre de 1935, nada menos!, con motivo de la boda del infante don Juan, escribió: «No repetiré que mi misión sólo consiste en ver las cosas sin interpretarlas demasiado». O esto otro: «Si el reportero pudiera opinar de vez en cuando, diría que estas señoras despiertan toda su simpatía».

Podemos decir, sin equivocarnos, que el auténtico Sentís, el Sentís minucioso y tolerante, ya estaba ahí, en el primer tercio del siglo pasado. En los años cuarenta, Mariano Rodríguez de Rivas, al comentar en un periódico que se editaba aquí mismo, Arriba, el primer libro de Carlos Sentís, La Europa que he visto morir, prologado por Eugenio Montes, escribió que «son las páginas debidas a un verdadero escritor -que sabe entender la vida sin comprenderla-, a un periodista -que sabe recoger la vida sin quedarse prendido en ella-, a una persona de mundo -que sabe de la ordinariez y de la elegancia-, a un viajero -que sabe entrar y salir de los acontecimientos-».

Lo de ser viajero era fundamental para alcanzar el grado de cronista en un país con las ventanas cerradas. Pero los tiempos avanzaban imparables. «Los jóvenes de mi tiempo estábamos más interesados por lo literario y lo político -confesó Sentís en los noventa-. «Ahora están más interesados por la noticia».

Para entonces ya había dejado su actividad política, que le llevó en dos legislaturas al Congreso de los diputados. A la pregunta: «¿Qué impresión se experimenta desde un escaño?», él mismo se contestaba: «Poco más o menos la de un oso en cautiverio». No reniega de su etapa como político -como no reniega de haber hecho la guerra y haber tenido que tomar partido-, pero cree que la política debe de ser un trabajo temporal.

«El periodista ha de informar y hacer que piense y reflexione el lector», es otra de las frases de Sentís que he recogido en esta breve antología de urgencia para ustedes.

Ya he dicho que el cronista Sentís también ha opinado algunas veces y que le tentó más de una la política, que es la forma definitiva de manifestar una opinión. Pero como algunos poetas comprometidos (capaces de cantar, como Neruda, a Stalin), que sostienen que su auténtica poesía, su poesía más querida, es la pura expresión amorosa, en cronistas como Carlos Sentís late, por encima de creencias y conveniencias, el respeto a lo que está ahí, a lo que hay que poner en un folio para que la gente se entere, como dice él, siguiendo a Juan de Mairena, de lo que pasa en la calle.

Hoy pasa esto, y ya voy a terminar: que Carlos Sentís, a los noventa y tres años, después de haber puesto tantas veces su vida por su rey al tablero, como nos contó Jorge Manrique de su padre don Rodrigo en una de las obras cimeras de la lengua castellana, sigue listo para la batalla cotidiana del vivir. Aunque escribir, según Blas de Otero, sea viento fugitivo y publicar columna arrinconada, y todo lo que no sea la fiesta brava del vivir y el morir, sobre.

El periodismo, como todos sabemos, está lleno de frustraciones. Pero algunos días, como el de hoy, en el que los profesionales nos enorgullecemos legítimamente de algo, compensan otras carencias. Hoy es de esos días felices y yo, con mi admiración y mi afecto de siempre, le doy las gracias a Carlos Sentís por ello.