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El cronista Carlos Sentís

La vida es un espectáculo fascinante, que algunos aciertan a contarnos con unas pocas palabras verdaderas. Esto es un tópico, ya lo sé. Pero es lo único que se me ocurre decir para empezar a hablar de Carlos Sentís, un observador atento de la vida que pasa, un periodista que, en estos tantas veces desabridos tiempos que corren, es, como su Barcelona natal para Cervantes -como él acaba de recordar en su último artículo de La Vanguardia– «archivo de la cortesía y correspondencia grata de firmes amistades» y, por encima de todo, un testigo excepcional de un siglo completo.

Hoy nos reunimos en torno a Carlos Sentís en un escenario emocionante para los periodistas. Por ese dintel que acabamos de cruzar ha pasado una gran parte de la mejor historia del periodismo español, es decir, de la historia de España -pues ¿qué es el periodismo, sino la primera versión de la Historia, la Historia contada según va pasando?-. En una fotografía colocada a la entrada de este edificio, que en tiempos albergó las redacciones de El Sol y La Voz, y después las de Arriba y Marca y ahora guarda, igual que hace también nuestra memoria, el espíritu del Diario Madrid, figura una brillante lista de escritores y periodistas. Tras el luminoso nombre de José Ortega y Gasset, abanderado de tantas cosas, otras destacadas figuras que dejaron la huella de su talento en las páginas de los periódicos: Asín Palacios, Unamuno, Marañón, Antonio Machado, Pía, Azorín, Valle-Inclán, Manuel Aznar, Roberto Llopis, Pérez de Ayala, Maeztu, Miró, Gómez de la Serna, D’Ors y un largo etcétera que, prosa en ristre, pasaron por esa puerta.

No sé si ese abrumador censo es una invitación a reflexionar sobre el nivel que, en determinadas circunstancias, puede alcanzar la prensa en un país o, más bien, como si estuviéramos ante una inscripción deudora de Dante, un motivo para que, cuantos hemos venido detrás de ellos y también nos hemos movido con pasión entre las rotativas, perdamos la esperanza de emular tanta gloria.

Probablemente, las dos cosas. Pero, por fortuna, quedan en esta profesión controvertida algunos justos para salvarnos a todos. La prensa está en crisis, su credibilidad, cuestionada, y muchos periodistas, bajo sospecha. Pero algunos siguen ahí, dando lo mejor de sí mismos y, como se hacía en los juegos infantiles, alzando la malla por todos sus compañeros. Diciéndole a la sociedad, en medio de guerras mediáticas que impregnan de sectarismo lo que debería ser la simple confrontación de ideas, aquello que Javier Marías, siguiendo a Shakespeare, puso como título para una novela: «Mañana en la batalla, piensa en mí». Piensa en que no todos somos iguales, piensa que hay quien no desfallece en la lucha por la verdad, piensa en los que ayudan a crear una opinión pública sana.

Uno de ellos, evidentemente, es Carlos Sentís, que aunque no cruzó en su momento este umbral, felizmente sigue entre nosotros y que ahora, en un año en el que se le amontonan los premios, inscribe su nombre en la nómina de los distinguidos con el galardón que lleva el nombre del impulsor de aquella última y vigorosa etapa de Madrid, diario de la noche, Rafael Calvo Serer.

Por todo ello, este es un momento emocionante para cuantos participamos en la aventura del Madrid y admiramos a Carlos Sentís, como es mi caso. Es un honor inmerecido, debido a la generosidad de estos dos maestros míos, Antonio Fontán y Carlos Sentís, el que se me permita hacer el elogio del último ganador de este premio de periodismo, que nos recuerda un crucial periodo de nuestra vida profesional.

Con los dos tengo deudas de gratitud. Fontán fue el último director del diario Madrid, donde a sus órdenes tanto aprendimos los que entonces aspirábamos a contribuir, a través de un periodismo sin ataduras, a que fuera posible el tránsito de la dictadura a la democracia. Con Sentís me unen cosas del pasado -yo también he sido corresponsal de ABC en Alemania y Francia- y una experiencia reciente para mí: pilotar, como él, ese ambicioso proyecto informativo nacional que es la Agencia EFE. Los dos hemos podido comprobar en EFE que una agencia de prensa ofrece la posibilidad de acercarse al periodismo en todas sus variantes y permite abordar la información en su estado más puro y, si se me permite decirlo así, más inocente.

De lo que es este periodismo de agencia da idea la recomendación que, en febrero de 1946, le hizo a Carlos Sentís el director de ABC cuando le envió a Lisboa como corresponsal, para que cubriese la estancia en Estoril de don Juan de Borbón, según lo cuenta el propio Sentís en su último libro, titulado Seis generaciones de Borbones y un cronista: «Tan pronto llegue don Juan y sea recibido por las autoridades portuguesas – le dijo Juan Ignacio Luca de Tena-, manda un despacho lo más escueto posible. Una noticia como si fuera de agencia, sin adjetivos ni comentario alguno».

Aclararé que ni por ésas: la censura de entonces, de la cual algunos de los presentes todavía hemos tenido la posibilidad de vivir sus últimos coletazos, no dejó pasar ni una sola línea sobre don Juan y su instalación en Estoril, como vigilante -o si quieren un símil más acorde con este momento futbolístico en que vivimos, como jugador de banquillo- de la cercana vida española. La censura de Franco -como se dice de la policía- no era tonta y sabía algo que, en seguida, aprenden los políticos en relación con la prensa: que la noticia que nunca crea problemas es la que no se publica.

De eso sabe mucho, como de todo, Carlos Sentís, porque su partida de nacimiento está en los libros -cuando cumplió ochenta años y La Vanguardia incluyó este dato en sus efemérides del día, él llamó para quejarse diciendo: «¿Quién va a dar trabajo a un octogenario?»-, ha militado en todos los frentes de la información y también, durante algunos años, de la política, según pueden comprobar ustedes si se toman la molestia de leer el reverso de la invitación con que hemos sido convocados a este acto: enviado especial a Núremberg y a la ONU, EFE, Tele-Express, Radio Barcelona, TVE, director general de Coordinación Informativa, Asociación de la Prensa, Centro Internacional de Prensa de Barcelona y un largo etcétera.

¿Qué más podemos añadir? ¿Que sigue escribiendo semana tras semana en La Vanguardia con la lucidez y el sosiego que dan los años, pero con la misma serena pasión -la ardiente paciencia de que habló Rimbaud- de siempre? Nada de lo que yo diga puede sorprender a Carlos Sentís a estas alturas de una vida tan llena de curiosidad y de éxitos. Seguro que él recuerda, con su memoria envidiable, que Areilza dijo de él que era una especie de aventurero que presenciaba los acontecimientos. O el maravilloso elogio de Inma Sanchís: «Es inagotable, y da tanto valor al pormenor, que derriba». O que su periodismo es, como decía Manuel Ibáñez Escofet, «periodismo de autor». La Gaceta del Norte, periódico para el que también envió crónicas de guerra, lo definió como el «periodista-experiencia».

Perteneciente a la estirpe de los periodistas sin fronteras, como dice Jaime Arias, para quien Carlos Sentís es un caso único en la historia del periodismo contemporáneo, ya en los años ochenta Josep Maria Casasús había apuntado que «el tipo de periodismo que ha desarrollado Sentís entronca con una larga tradición profesional catalana, la tradición de la crónica, el género que se constituye en una sutil, sabia y equilibrada aportación de elementos informativos y valorativos, escrita en un tono coloquial, directo y personal».

Esa tradición pasa por Gaziel y por Josep Pla, por el bilingüismo y por una manera peculiar de mirar el mundo con ojos mediterráneos. A Sentís no le gusta que le llamen articulista: él prefiere ser considerado cronista, como se conoce a los cronistas de Indias. En una de las últimas entrevistas que le han hecho dice: «En periodismo hace falta contar más y mejor las cosas que pasan en la calle». Las crónicas, según él, «cogen el tiempo al vuelo y lo retienen». ¿Podemos transformar el mundo con el periodismo? Una vez declaró: «Cuando se tienen años de experiencia como yo, se es un poco escéptico en cuanto a las posibilidades que tenemos de transformar algo». Su consejo a los jóvenes colegas: «Que se arriesguen, que el oficio de la palabra merece la pena. Que salgan a la calle con curiosidad, que vean, que escuchen y que lo cuenten más y mejor, con mayor riqueza de vocabulario, con viveza. Hoy, con tanta técnica e imagen, se olvida la fuerza enorme que tienen las palabras».

De la fuerza que tienen sus palabras da fe ese último libro publicado, Seis generaciones de Borbones y un cronista, en el que podemos seguir retazos de toda su trayectoria, desde el encuentro con la infanta doña Paz, hermana de Alfonso XII, cuando cubría el juicio de Núrenberg, a sus comentarios sobre la boda del Príncipe de Asturias en diálogo con Marcelino Oreja. ¿Qué ha dejado Sentís fuera de su mirada después de tantos años de profesión? Nada. Es decir, lo ha visto todo en un mundo cambiante del que él, como Ortega, ha querido ser, sobre todo, espectador.

Sentís pertenece a esa casta catalana de narradores y analistas rigurosos -ya están citados los grandes patriarcas, Pla, Gaziel, D’Ors-, que sólo describen lo que ven y escriben de lo que saben. Pla decía: «Es mucho más difícil describir que opinar. Infinitamente más. En vista de lo cual todo el mundo opina».

En la crónica que envió Carlos Sentís al periódico L’lnstant, ¡el 12 de octubre de 1935, nada menos!, con motivo de la boda del infante don Juan, escribió: «No repetiré que mi misión sólo consiste en ver las cosas sin interpretarlas demasiado». O esto otro: «Si el reportero pudiera opinar de vez en cuando, diría que estas señoras despiertan toda su simpatía».

Podemos decir, sin equivocarnos, que el auténtico Sentís, el Sentís minucioso y tolerante, ya estaba ahí, en el primer tercio del siglo pasado. En los años cuarenta, Mariano Rodríguez de Rivas, al comentar en un periódico que se editaba aquí mismo, Arriba, el primer libro de Carlos Sentís, La Europa que he visto morir, prologado por Eugenio Montes, escribió que «son las páginas debidas a un verdadero escritor -que sabe entender la vida sin comprenderla-, a un periodista -que sabe recoger la vida sin quedarse prendido en ella-, a una persona de mundo -que sabe de la ordinariez y de la elegancia-, a un viajero -que sabe entrar y salir de los acontecimientos-».

Lo de ser viajero era fundamental para alcanzar el grado de cronista en un país con las ventanas cerradas. Pero los tiempos avanzaban imparables. «Los jóvenes de mi tiempo estábamos más interesados por lo literario y lo político -confesó Sentís en los noventa-. «Ahora están más interesados por la noticia».

Para entonces ya había dejado su actividad política, que le llevó en dos legislaturas al Congreso de los diputados. A la pregunta: «¿Qué impresión se experimenta desde un escaño?», él mismo se contestaba: «Poco más o menos la de un oso en cautiverio». No reniega de su etapa como político -como no reniega de haber hecho la guerra y haber tenido que tomar partido-, pero cree que la política debe de ser un trabajo temporal.

«El periodista ha de informar y hacer que piense y reflexione el lector», es otra de las frases de Sentís que he recogido en esta breve antología de urgencia para ustedes.

Ya he dicho que el cronista Sentís también ha opinado algunas veces y que le tentó más de una la política, que es la forma definitiva de manifestar una opinión. Pero como algunos poetas comprometidos (capaces de cantar, como Neruda, a Stalin), que sostienen que su auténtica poesía, su poesía más querida, es la pura expresión amorosa, en cronistas como Carlos Sentís late, por encima de creencias y conveniencias, el respeto a lo que está ahí, a lo que hay que poner en un folio para que la gente se entere, como dice él, siguiendo a Juan de Mairena, de lo que pasa en la calle.

Hoy pasa esto, y ya voy a terminar: que Carlos Sentís, a los noventa y tres años, después de haber puesto tantas veces su vida por su rey al tablero, como nos contó Jorge Manrique de su padre don Rodrigo en una de las obras cimeras de la lengua castellana, sigue listo para la batalla cotidiana del vivir. Aunque escribir, según Blas de Otero, sea viento fugitivo y publicar columna arrinconada, y todo lo que no sea la fiesta brava del vivir y el morir, sobre.

El periodismo, como todos sabemos, está lleno de frustraciones. Pero algunos días, como el de hoy, en el que los profesionales nos enorgullecemos legítimamente de algo, compensan otras carencias. Hoy es de esos días felices y yo, con mi admiración y mi afecto de siempre, le doy las gracias a Carlos Sentís por ello.

De la Mancha a Barcelona

El pasado mes de junio se celebró en Barcelona el primer congreso internacional de lo que será el acontecimiento cultural del año próximo: el cuarto centenario de la publicación de Don Quijote de la Mancha. Organizado por la Sociedad Estatal de Conmemoraciones Culturales y el MEC, el congreso convocó a más de setenta especialistas procedentes de la filología, la filosofía, la historia de la ciencia, la novela, la economía, etc., que en el marco del Fórum Barcelona 2004 trataron de desentrañar las implicaciones del Quijote en la conciencia moderna. Como muestra de la actividad cultural de alto voltaje en que resultaron los cuatro días de comunicaciones y diálogo interdisciplinar del congreso, ofrecemos aquí las intervenciones de Eugenio Trías y de Carme Riera. Aunque el texto completo de sus conferencias será publicado en las correspondientes actas del congreso, la muestra que de ellas podemos ofrecer ahora ilumina la trascendencia de don Quijote en la comprensión de la modernidad occidental, y por tanto y, muy particularmente, también de la española y la catalana. No es casualidad que don Quijote eligiera Barcelona como escenario donde proseguir sus aventuras, se entusiasmara con la ciudad y fuera derrotado en sus playas por el Caballero de la Blanca Luna: un aleccionador destino creado por el alcalaíno don Miguel de Cervantes, que los autores de las conferencias que publicamos a continuación han revisitado con gran provecho.

El futuro de RTVE, según los sabios o cómo ahorrarnos los españoles 80.000 millones

Érase una empresa que perdía trescientos millones de las antiguas pesetas cada día del año. Érase que esas tan pesadas cargas no las sufragaba una gran empresa, ni accionistas, ni un multimillonario caprichoso, sino todos los españoles. Erase que ese colosal coste no era a cuenta de un servicio público vital, o siquiera de una importancia social que pudiera justificar el desembolso, sino que producía más o menos lo mismo que la competencia, haciendo además una competencia desleal a las empresas privadas. Érase que se nombra responsable máximo de este dislate no a un probado gestor, sino a una persona sin el menor conocimiento ni experiencia empresarial. Érase que dicho responsable acumula en pocas semanas un auténtico récord de dislates, que deben ser desmentidos por otros responsable superiores, en un juego de despropósitos que hubiera hecho reaccionar en días a cualquier consejo de administración de cualquier empresa mediana del mundo. Pues esa montaña de errores acumulados y culpas compartidas es RTVE.

RTVE perdió el pasado año 623 millones de euros, a pesar de una importante progresión de los ingresos publicitarios hasta los 851 millones de euros, gracias a una agresiva política de tarifas, que erosionó los resultados de la competencia. Se podría preguntar: la acumulación de gran número de anuncios entre programa y programa y en medio de los mismos, ¿es acaso un servicio público destinado a elevar las mentes y la cultura de la audiencia? ¿O el déficit de RTVE se justifica socialmente por la incitación al consumo que ofrece RTVE, con importantes afectos sobre el crecimiento de la economía española?

En ese mismo ejercicio la cadena competidora Tele 5 logró unos beneficios netos de 122 millones de euros. Claro que Tele 5 tiene una plantilla que es casi la mitad de la de la cadena pública, con un pequeño equipo directivo que se repartió el año pasado una retribución conjunta bastante comedida de 3,3 millones de euros (RTVE tiene en plantilla a 2.243 jefes, con lo que tocan a la incríble ratio de 2,96 «indios» por cada jefe. De ellos, 22 directivos cobran más sueldo que el presidente del Gobierno y otros 40 cobran más que el vicepresidente). Esta cadena privada acaba de salir a bolsa en una OPV que ha sido la segunda más sobresaliente y con mejores rendimientos de los últimos años (la primera fue Inditex). Más de 200.000 nuevos accionistas pudieron ver cómo su inversión se revalorizaba el 23 % en su primer día de cotización. La capitalización bursátil de Tele 5 está ahora en torno a los 3.000 millones de euros, habiendo superado netamente a su otra competidora privada, Antena3, que se mueve en el entorno de los 2.500 millones.

Con todo esto podemos colegir fácilmente que la televisión, hecha con rigor empresarial, es un gran negocio. Mientras, la deuda acumulada de RTVE ya ha superado los 7.000 millones de euros, según el ministro Solbes. He aquí que Tele 5 come cuota a RTVE semana tras semana, sin que ni los partidos del campeonato de fútbol europeo que transmite la cadena pública lleguen a arreglarlo. He aquí que en el mes de junio logra adelantar a Televisión Española y la máxima responsable del ente, la catedrática Carmen Caffarel, solventa la pérdida de clientela arguyendo tan ricamente que «no pasa nada» y que «debemos acostumbrarnos a que TVE-1 pierda el liderazgo». O sea, que el problema es que estamos mal acostumbrados. Aquí hay que pagar y callar. Y cuando un alto responsable del Gobierno que ha nombrado a la señora Caffarel en el puesto insinúa la posibilidad de tener que proceder a una privatización parcial del ente, la susodicha catedrática reacciona indignada descartando categóricamente cualquier privatización, con lo que el comité de sabios que ha designado el Gobierno para buscar una salida al dislate de RTVE ya tiene hecho una parte vital de sus deberes: se lo ha solucionado de un plumazo la señora Caffarel. El vicepresidente y ministro de Hacienda, Pedro Solbes, se ve obligado a salir a la palestra, con el gesto cansado de quien lleva encima una pesada carga: «No excluyo ninguna posibilidad sobre el futuro de RTVE». Pues claro. Pocos días después, el guardián de la libre competencia en la Unión Europea, Mario Monti, amenaza: «Expedientaré a RTVE si no cesan las ayudas». Y Caffarel vuelve al pienso reiterando que RTVE no puede vivir sólo con el dinero recaudado con la publicidad que emite, como lo hace su competencia con brillantes resultados, sino que es imprescindible la ayuda estatal. Caffarel cambia a casi todos los puestos directivos, pierde cuota y justifica la manipulación informativa en favor del Gobierno que la ha nombrado por «la legitimidad que dan las urnas». A los pocos minutos se desdice afirmando que ha sido mal interpretada. Mientras, el comité de expertos manda más de medio centenar de cartas con objeto de recabar ideas para el futuro de la televisión pública. ¿Le habrán mandado una a Caffarel?

Por si acaso, nosotros aportamos nuestro granito de arena. Teniendo en cuenta que al comité de sabios le han dado nueve meses para emitir su parecer, a 300 millones de pesetas diarios a cargo del bolsillo de todos los españoles, lo que suponen 80.000 millones de las antiguas pesetas sólo para el parecer, que luego está el compromiso del Gobierno para remitir el dictamen al Parlamento para que lo discuta y lo apruebe definitivamente, tarea que promete ser ardua y extensa en el tiempo, pues digo yo si no podríamos aligerar un tanto el potosí de dinero público que nos va a costar el paripé y dedicar el dineral al hambre en el mundo, a la ayuda al desarrollo o a la educación que palie los estragos producidos en las mentes por la televisión basura, que también la TVE contribuye a propagar como plaga bíblica.

Y digo bien: el paripé. Porque el recurso al comité de expertos lo es, a todas luces, teniendo en cuenta que, desde el punto de vista empresarial, la SEPI, experta en tales asuntos como la primera, ya ha dejado estudiado y dicho por dónde van los tiros. Y teniendo en cuenta, sobre todo, que el arreglo de la patata caliente de RTVE, ya puesta sobre las brasas en la anterior etapa socialista y azuzadas las llamas por el Gobierno del PP, está en una decisión política que nadie quiere asumir. Así que mejor será que unos «expertos» digan lo que todo el mundo medianamente enterado sabe de memoria, para así intentar meter mano a la patata con los guantes del artificio, aunque esos guantes de amianto nos cuesten lo que el trazado de tres o cuatro líneas del AVE. ¿Tan inmaduros juzgan a los españoles? ¿Por qué no empezamos por preguntar en una gran encuesta a los españoles cuánto estarían dispuestos a pagar por una televisión pública de calidad, lo que no deja de ser inmaculadamente democrático? Luego se redimensiona la megalítica RTVE a uno o varios canales de calidad, razonablemente modestos y sin entrar en las guerras de audiencia. La experiencia demuestra hasta la saciedad que la calidad no requiere necesariamente megapresupuestos, antes al contrario, el dinero público diarreico suele producir monstruos. Para este encomiable cometido seguramente no son imprescindibles 2.243 jefes. Claro está que algunos han de perder el chollo y algunos sindicatos que juegan a proteger rabiosamente el statu quo pondrán el grito en el cielo. Esta es una decisión política, no técnica y los políticos están para amarrar esas moscas por el rabo. Pues que asuman sus responsabilidades y ahorren a los españoles un montón de dinero en pasteleo. De nada.

Travesías quijotescas de la conciencia moderna

La lectura del Quijote constituye una extraordinaria aventura. Nadie que lo haga con atención sale indemne de la prueba. Las ideas que pueden tenerse de la obra o de su interpretación quedan suspendidas. Su lectura introduce un novum en nuestra vida, de manera que ésta queda zarandeada y conmovida. Pocos textos hay que posean esa tremenda dynamis. Nos interpela de tal modo que a la fuerza nos vemos en la necesidad de responder. En ciertas obras de arte —literarias, musicales, pictóricas—, sucede ese fenómeno. Tienen la virtud de pulverizar el espesor del tiempo transcurrido entre ellas y nosotros.

Sucede con algunas obras que enumero a vuela pluma, sin ninguna pretensión de ser exhaustivo. Incluso con cierta dosis de arbitrariedad y de capricho. Con la mayoría de las obras dramáticas de Shakespeare, con las principales tragedias de Sófocles, Esquilo y Eurípides, con la Pasión según San Mateo y según San Juan, o con muchas de las cantatas de Juan Sebastián Bach (mal que le pese a Hans Blumemberg, que piensa que el hiato histórico entre ellas y nosotros difícilmente puede ser salvado). Con La divina comedia del Dante. Y por supuesto con el Quijote cervantino.

En cada una de ellas es diferente el modo a través del cual terminan instalándose en nuestro mundo. Nos interpelan con mayor fuerza y contemporaneidad hiatos temporales o históricos irremediables en obras de tal dimensión que la mayoría de las obras de nuestro tiempo. No existen artística. Mal que nos pese a nuestras conciencias posestéticas hemos de referirnos a ellas con esa denominación rancia, añeja e irritante que es, hoy por hoy, insustituible: la palabra «genialidad».

Se han efectuado esfuerzos por mostrar el carácter históricamente local del experimento cervantino. Se la ha querido considerar una parábola simbólica de la gesta española en Europa y en América durante el siglo cuya resaca vive el propio Cervantes. O se ha visto en ella una sublimación, en clave paródica, del «quijotismo» de su autor a lo largo de su biografía (especialmente en sus años juveniles, cuando las armas parecían vencer a las letras). O de los amargos desengaños que tuvo que padecer, unido a burlas y humillaciones en razón de su menesterosidad, o de la constante y continua persecución de la ley que le hostiga desde los comienzos de su vida adulta, y sobre todo del entorno de indignidad en el que vive y convive.

El experimento cervantino trasciende y traspasa el gesto moderno por parodiar las novelas caballerescas, abundando en una crítica extendida por la corriente erasmista o por Vives. Esa intención primera es desbordada. El texto va cobrando fuerza y grandeza al tiempo que se va escribiendo. Sus propios personajes van siendo trazados y dibujados con perfiles cada vez más extraordinarios a medida que el autor los va colocando en las situaciones que componen el escenario de la obra. Alcanzan su perfección en la segunda parte, en donde adquieren una dimensión de veracidad.y hondura humana que sólo poseían de forma embrionaria en los comienzos de su andadura.

El efecto que puede producir esta novela es demasiado poderoso para circunscribirlo al carácter de signo o síntoma de un contexto histórico, nacional o mundial. Incluso es poco situarla como bisagra que abre las puertas de la modernidad, o que descubre ésta en todas las posibles travesías que su toma de conciencia puede promover. Comprenderla como forma simbólica de una determinada gesta hispánica, marcada por la historicidad del contexto de la España que inicia su declive, es, como ya he insinuado, insuficiente. Pensar en esta novela únicamente en el ámbito circunscrito de una historia de las formas literarias me parece empobrecedor. Sin que nadie pueda escatimarle su carácter fundacional respecto a lo que, por novela, puede entenderse a partir de su regio modo de instalarse en nuestra conciencia de lectores.

Ha suministrado magnífica munición a las mejores reflexiones sobre la iniciación del género moderno de novela, el que en esta obra se inaugura de manera originalísima, y que luego posee su propia travesía a través de la conciencia moderna respecto al género. Pero el efecto que puede producir trasciende y traspasa esas posibles aproximaciones.

Importa salir al paso de un equívoco que esta obra ha suscitado en alguno de sus mejores lectores. Tengo por tal al gran teórico y crítico de la literatura Erich Auerbach, quien dedica un interesante pasaje de su libro Mimesis al Quijote. Y en particular al célebre engaño que Sancho Panza perpetra a su señor en la ocasión del encuentro con una Dulcinea del Toboso encantada, de pronto convertida en una vulgar y hasta soez moza campesina. Que hasta en su pésimo olor a ajos delata, al fino olfato del propio don Quijote, su bajísima extracción social.

No voy a sintetizar ese excelente comentario de uno de los mejores estudiosos de la tradición literaria occidental (y a través de uno de sus libros más reconocidos). Erich Auerbach da muestras de un conocimiento cabal del mundo de la novela cervantina, al que sabe comprender con hondura. Descubre la alegría creadora que en esa novela, a través del inagotable caudal de imaginación literaria de su autor, se transmite a don Quijote y a Sancho Panza. Estos enriquecen, en su mutua relación, sus personalidades, que se van construyendo y reconstruyendo a medida en que el autor los va situando en las más diferentes escenas. Especialmente en la segunda parte de la novela.

No es fácil sintetizar el gran número de aciertos de esta interpretación, una de las más penetrantes que conozco de la obra cervantina. Quiero sólo circunscribirme a la tesis nuclear de ese estudio. En él se intenta demostrar que, pese a su grandeza inmensa de naturaleza literaria, esta obra no alcanza inflexión trágica, o no logra conceder al personaje cómico ese aliento trágico que algunos grandes personajes de alta comedia pueden llegar a poseer.

La razón de ello estriba, al decir de Erich Auerbach, en que el personaje,dominado por su «idea fija», desdoblado en el ingenioso hidalgo o caballero que muestra sabiduría, inteligencia y agudeza ingeniosa siempre que no se roce el tema caballeresco, se vuelve un personaje rígido, dominado por su locura, evidenciando la excesiva sequedad de su talante saturniano o melancólico cuando es atacado y zarandeado por esa idée fixe que se apodera de pronto de su ánimo y de su mente.

Coexisten , al decir de Auerbach, dos personajes en uno. Esa duplicidad esquizofrénica es una constante fuente del más hilarante humor; de manera que nunca se sabe qué es máscara de qué, si la insania mental y la idea fija de la más acrisolada cordura, o el buen sentido lo es del resquicio de mundo ideal que relampaguea en plena perturbación delirante.

Erich Auerbach destaca el carácter en cierto modo «irresponsable» de todo ese contexto de personajes, agudos o graciosos, o de fresca inspiración costumbrista, que van trazando un auténtico retablo de la vida española de la época, pero en cuyo tratamiento literario no se apercibe ninguna indirecta lección ética o moral, por no hablar de crítica política. Lo que se muestra es estoicamente aceptado, del mismo modo como se contempla con exterioridad, cual si se tratase de un fenómeno en sentido teratológico, el peculiar modo lunático, o decididamente loco, de comportarse el personaje principal.

Como si fuese verdad que el autor tan sólo se preocupase por devastar el universo literario de los libros caballerescos, o por perpetrar un único compromiso contraído con las buenas letras, pero sin descubrirse intención de otra especie en la novela, o compromiso de otro cariz.

Ese carácter «irresponsable» que advierte. Auerbach procede, seguramente, de los prejuicios propios en que el autor se acerca a la obra. ¡Por supuesto que el contexto hispano que en ella se descubre no muestra indicios ni huellas de lo que en otros contextos, impregnados de tradiciones morales diferentes (luteranas, por ejemplo), puede sentirse o pensarse como «responsabilidad»!

No es cierto que el personaje no sea trágico, ni que la novela carezca de trasfondo de gran tragedia. Aquí Erich Auerbach utilizó de forma falaz y sofística muchos de los estupendos argumentos que, sin embargo, le sirvieron para caracterizar del mejor modo la novela y sus principales personajes. O se dejó llevar por los prejuicios con que se comprenden, con excesiva frecuencia, las realidades morales de nuestro mundo hispano en ambientes culturales centroeuropeos.

Para comprender el Quijote como obra trágica es preciso retener, en libre interpretación, la idea de «cesura trágica» que elabora Hölderlin en sus preciosas notas sobre Edipo rey y sobre Antígona. Esa cesura trágica constituye, sin duda, la inflexión, a la que Aristóteles en su Poética denominó «peripecia», que precipita hacia el infortunio (trágico) una condición o un ethos inicialmente afortunado.

En la tragicomedia como género común a toda gran novela, o como modalidad propia de la modernidad desde sus primicias, esa inflexión se produce siempre, o casi siempre, hacia el final, y es debida en parte a un evento en virtud del cual la trama alcanza su revelación. Y en este punto el Quijote, como novela, es fundacional, de manera que una y otra vez, en las travesías novelescas de la conciencia moderna, se mimetiza ese recurso.

Me refiero a eso que, con muy buen criterio, René Girard, en un libro excelente, llama la «verdad novelesca» que toda «mentira romántica», de natural generalmente libresco, siempre enmascara. Así en el Quijote como primicia del género. Así también en Madame Bovary de Flaubert, o en La educación sentimental del mismo, o en la gran obra de Proust, o en tantas otras novelas en las que, como diría Gregory Lukacs, en su Teoría de la novela, de pronto el espesor radical, cruel, asesino del tiempo, en el sentido crudo de kronos, siempre o casi siempre como emisario de la muerte, parece asomar y despuntar.

En pocas páginas se precipita esa peripecia que conduce a la tragedia. El tiempo en su capacidad de corrosión y deterioro, en su icono caníbal y asesino (inmortalizado en el Saturno goyesco), hace de pronto su aparición. Todo el lento y sensual deambular de la novela entra en barrena. Toda la suspensión de episodios de alta comedia, balanceados en páginas y más páginas de inagotable caudal humorístico y festivo, acusan de repente, del modo más rudo y conciso, el más cruel de los declives. El lector experimenta un zarandeo singular. Deja de regocijarse. Vive un clima de taciturna tribulación. Todo su gozo se derrumba en la más desolada consternación. La fiesta se ha terminado. Comienza de hecho la tragedia. Debe decirse, con Nietzsche, con Octavio Augusto: Comoedia finita est.

Eso sucede en el Quijote a través del singular combate segundo con Sansón Carrasco, o con el Caballero de la Blanca Luna. Un acontecimiento que está sabiamente anticipado por el encuentro de don Quijote con un verdadero aventurero que juega sus lances en la realidad, en el marco mismo del «curso del mundo», y no en ese mundus intelligibilis quijotesco que a la vez bordea la ficción, la imposibilidad, la utopía y la estulticia enloquecida, o el delirio puro y simple. Ese personaje importante es el bandolero catalán Roque Guinard, al que Martín de Riquer, en su monografía Para leer a Cervantés, dedica unas excelentes páginas.

El instante de inflexión trágica se produce a través de esa derrota que don Quijote sufre en manos del vengativo Sansón Carrasco, que anteriormente, bajo la máscara del Caballero de los Espejos, había sido vencido en buena lid por nuestro caballero. Se desbarató de ese modo el plan fraguado por el bachiller con el barbero y con el cura para recuperar a don Quijote a su antiguo status de hidalgo provinciano.

Esa derrota zarandea y conmueve hasta tal punto la idea fija, foco de la locura quijotesca, que el personaje se sume en una delatora melancolía: un humor o temperamento que de pronto invade el texto, contamina y contagia al lector, y promueve, finalmente, el gran presagio de un final trágico: aquel en el cual Alonso Quijano abjura de su idea fija, y mata definitivamente al personaje que ha creado y construido, preparándose para una muerte en paz consigo, con su contexto y con Dios.

La fuerza de ese viraje trágico es tanto mayor cuanto más económico y parco en detalles es el relato de esa última transformación; la que conduce a don Quijote, o al Caballero de la Triste Figura, o al Caballero de los Leones, hasta el estribo en el cual el moribundo Alonso Quijano el Bueno recupera la cordura para aprestarse a su última singladura, la que le conduce de este mundo al mundo futuro, o hacia las postrimerías. Se produce un vuelco en la fortuna, un giro de la fortuna al infortunio: el que la terrible derrota provoca en el ánimo abatido del héroe, que es humillado ante sí mismo, y lo que es mucho peor, ante su idolatrada Dulcinea.

El despertar a la lucidez, o a la cordura, significa el trágico desmentido de un sueño delirante, pero cuya vibración y destello de ilusión y crítica no pueden pasar desapercibidos. Con el restablecimiento de la sensatez se da toda la razón al «curso del mundo», que en cierto modo destroza y derrumba de su efímero pedestal al personaje. Este, aun al precio de contaminar en regocijada ficción su hilarante pérdida del sentido, no dejó de sugerir y de suscitar un pálido, pero efectivo, rescoldo y cerco de ambigua y tornasolada luz: la luz soñada o ensoñada que a través de su gesto se nos descubre, y que de forma enigmática se trasluce en su extraordinaria e ingeniosa forma de discurrir, a través de la cual vuelve siempre equívoca y misteriosa su innegable chifladura. Como por ejemplo en su excelso discurso sobre la Edad de Oro.

El desencanto del mundo que ese despertar produce, verdadero anticipo de lo que Max Weber conceptuará como carácter de la modernidad, no es en absoluto un buen presagio o un bueno augurio. Más bien constituye un «agüero siniestro» de ese Weltlauf (o «curso del mundo») que, carente de instigaciones delirantes o enloquecidas, como las propias del empeño de nuestro caballero, se abisma en la planicie sin esperanza de la existencia irredenta, o de la vida que carece de rumbo, de oriente y de sentido. Una inanidad abruptamente anticipada y presagiada por ese curso del mundo que desbarata todos los proyectos y las empresas de nuestro caballero, hasta el punto que éste siente vivir en un verdadero mundo encantado, sometido a hechizo por un maligno enemigo que tuerce y hace fracasar todas sus empresas caballerescas.

Ese curso del mundo ha sido el causante de que, de pronto, sea para siempre derrotado nuestro héroe, que se refugia en una elaboración melancólica del duelo por la derrota. Y que porfía por ingeniar una existencia pastoril de transición antes de que definitivamente compruebe cómo se derrumba el personaje compuesto, aprestándose para una transición —una vez recobrada la cordura— de esta vida hacia la otra.

Hay, pues, tragedia; hay inflexión trágica; hay modificación radical del sentido y curso del drama, de manera que, de pronto, la novela adquiere un sentido radicalmente diferenciado. Cambia de dirección, de ruta, y adquiere una grandeza y una sublimidad que hasta ese momento era únicamente una posibilidad, quizás remota.

Ese pasaje de la derrota de don Quijote, y de los acontecimientos que precipita, al producir un efecto retrospectivo por la totalidad del texto que el lector está leyendo, promueve en éste un efecto que podría llamarse transferencial. El lector sabe que se está hablando de él, de su vida, de su experiencia: de te fabula narratur.

El lector experimenta en relación a ese personaje humillado y derrotado, al borde de recuperar la lucidez mental y de aniquilar la criatura de su locura, una honda e intensa compasión y un profundo temor, como quisiera Aristóteles en su análisis de los caracteres trágicos. Solidaridad y compasión ante el funesto destino de ese personaje, que en realidad quiso hacer frente, a su manera, al curso del mundo, o a esa prosa mundana sin hechizo y sin encanto, o decididamente encantada por un malvado hechicero o por un Merlín falto de escrúpulos.

Y al mismo tiempo experimenta temor, consternación y rechazo a esa injusta manera en que el Destino, encarnado en el curso del mundo, se ceba con ese personaje, a través de la singular batalla del Caballero de la Blanca Luna, derrumbándolo de su pedestal. E hiriéndole en el núcleo de su conciencia y de su ánimo de manera letal, mortal.

Todo lo cual, precisamente por efectuarse bajo el ambiguo balanceo que produce esa mediación bendita que es el más extraordinario despliegue humorístico de la literatura universal, genera un efecto de profunda purificación interior, iluminadora y esclarecedora: lo que Aristóteles concibió como catarsis.

II

Una ráfaga de preguntas intempestivas atraviesa de parte a parte la gran novela cervantina, apareciendo y reapareciendo una y otra vez, y contagiando con su capacidad de transferencia la relación que el texto contrae con el lector de cualquier época o edad.

¿Tiene el mundo necesidad de que se reinstaure el orden de la caballería? ¿Es ineludible, para la propia supervivencia del mundo, o para su mejora sustancial, o con el fin de alentar y propiciar su transformación, que se vuelva a acoger el orden caballeresco que don Quijote porfía por reimplantar?

Cualquiera que adquiere un compromiso relevante con alguna actividad en la que cifra su singularidad o su pasión se encuentra ante la novela de Cervantes en una encrucijada que le invita a responder. Cualquier persona que contrae una importante implicación en sus vínculos familiares o amorosos, en la relación con su vocación o profesión, en sus convicciones religiosas o en sus compromisos éticos, o en sus responsabilidades cívicas, o en sus proyectos y propuestas de creación artística o filosófica, no sale inmune de la prueba a través de la cual esta gran novela le interpela.

El efecto ético de está novela en el lector puede ser extraordinario. Es verdad que quizás ninguna obra literaria haya sido tan unánimemente alabada en su calidad de regocijante entretenimiento, o de puro juego hilarante, desternillante. Quizás ninguna obra sabe contagiar, como ésta, la pura y espontánea alegría que la creación de sus escenarios genera: ese infinito jolgorio que el desbocado humor del texto transmite. Pocas obras literarias hay tan graciosas, tan rebosantes de ingenio, hilaridad, ironía y toda la extensa gama del humor más refinado y magnífico. Pero eso no significa, como cree Erich Auerbach, que la obra carezca de inflexión trágica, de cesura trágica, de desvelamiento y revelación propios de toda gran tragedia. O de anagnórisis, o reconocimiento trágico, como al final de la obra sobreviene a través de la recobrada cordura de Alonso de Quijano.

Lo que se nos narra en esa obra es la tragedia de una ominosa derrota, capaz de aniquilar un gran personaje de ficción (don Quijote) construido por el sujeto del relato, Alonso de Quijano, y que al terminar el texto es devuelto al mundo de sombras (ficticias) del cual surgió.

Se expone y expresa, del mejor modo, la melancolía de ese personaje principal, que va mostrando un progresivo distanciamiento y desasimiento, en las páginas finales de la novela, en relación a su propia criatura de ficción; esa figura inventada, con luminoso desvarío, que había tomado posesión pasional de su mente, de su imaginación y de su cuerpo.

En pura ironía trágica ese personaje es combatido y vencido por otro caballero andante, que sabemos como lectores que constituye una ficción dentro de la ficción, o un acomodo al delirio quijotesco del infatigable bachiller Sansón Carrasco. Para decepción y tristeza de todos los lectores ese obstinado personaje pone fin a la gran representación.

Encarna una figura voluntariamente construida, el Caballero de los Espejos y el Caballero de la Blanca Luna, con el fin de atentar y finalmente aniquilar, la voluntad de iluminada locura de don Quijote. Esas escenas finales conducen a Alonso de Quijano el Bueno a poner sus pies en el estribo. También a su camuflado autor y creador, Miguel de Cervantes, que muere muy poco después de despedirse de su criatura de ficción.

Una profunda grieta en el sentido general de la construcción novelesca, con la consiguiente consternación general en la experiencia lectora, sobreviene cuando, en Barcelona, don Quijote es derrotado por Sansón Carrasco, de forma que poco a poco y a través de la mediación de una melancolía profunda, y de un sensible cambio en sus gustos, o en sus lecturas predilectas, don Quijote se reintegra en el ámbito matricial de su cobijo y sustento. Todo un mundo creado y concebido parece resquebrajarse o amenazar la más alarmante de las ruinas.

Don Quijote parece preferir, de pronto, libros de espiritualidad a sus queridos libros de caballerías. Se orienta hasta reencontrarse con un cuerdo despertar, preparándose así para los días finales, en que abjura de su demonio caballeresco y se dispone para la muerte que enseguida le visita.

En esa coyuntura textual todos los personajes de la novela, comparsas de la misma, experimentan algo más que la frívola sensación ducal de que el entretenimiento y la burla se han terminado. Hay una sensación desolada y dolorosa que se comunica al lector: la de que esa extraña locura de don Quijote configura un reino que no es de este mundo. El Quijote no deja de ser una versión novelesca, genial, de un sustrato cristológico que subyace y sobrevuela su probada modernidad inaugural.

Justamente las travesías quijotescas de la conciencia moderna se caracterizarán por intensificar ese carácter, o por despertarlo y hacerlo emerger de forma particularmente visible. Así por ejemplo en el probado quijotismo que supo imprimir Dostoievski a su príncipe Mishkin, y en general a la más grande quizás de todas sus novelas, El idiota. En la que ese sustrato cristológico, ya latente en el Quijote, irrumpe de pronto en esa figura y en el revelador título con el cual se le descubre.

Pues de un idiota (en sentido dostoievskiano) se trata, cuya naturaleza transferencial con respecto a todos los personajes que con el príncipe se cruzan constituye una de las características más intensas de la novela de Dostoievsky. Los descubre, los autentifica (en su verdad y falsedad, en su mentira o impostura.) Se trata también, como en el Evangelio de Juan, de un personaje cuyo reino no es tampoco de este mundo. Y cuya pérdida se constata de forma tremenda y trágica cuando desaparece de la escena, o pone fin a la gran representación.

De hecho la sal y la levadura que permiten a este mundo liberarse, emanciparse y redimirse de su dura y fea prosa siempre tienen ese carácter intempestivo y descomunal, pero a su vez irónico y hasta humorístico. Pues una ironía trágica inunda —con fondo de melancolía, balanceada por la más gozosa catarata de recursos cómicos de toda la literatura universal— de punta a cabo en la novela cervantina.

Acertó Hegel en comprender en parte las vicisitudes de la novela cervantina en su figura la virtud y el curso del mundo, tal como es presentada y expuesta en una de sus obras principales. Y hasta sugirió con ello una inserción previa a la consolidación, a través de lo que llama, en la Fenomenología del espíritu, «el reino animal del espíritu» o el «zoológico espiritual», de la figura en la cual esa prosa mundana contra la cual arremete don Quijote se constituye finalmente en la modalidad de una incipiente sociedad capitalista. En ella ya no puede tener sentido alguno lo que podía, todavía, consentirse como locura en el mundo de transición —manierista, y de cambio de siglo— en que se sitúa la novela: el restablecimiento del orden de la caballería.

Pero no es este aspecto histórico el que me resulta conmovedor en una novela que posee tanta vigencia en nuestra actual realidad histórica como pudo tenerla en el contexto del combate —tan eficaz y letal— de su autor, Cervantes, en contra del virus textual que llegó a ser la lectura sin critica de novelas de caballerías. Me importa resaltar la vis provocadora que esa obra tiene, su capacidad de suscitar en todo lector sensible y receptivo. Se trata de una interpelación personal.

En esa novela se dibuja con maestría sin par una figura de hybris en la que el registro humorístico, cómico y de alta comedia prevalece sobre la siempre latente tragedia. Pero de tal manera que ésta, a modo de dormido volcán, una y otra vez está a punto de romper barreras y cortapisas, cosa que sucede al cabo en el estallido final, tras los sucesos que tienen por escenario Cataluña y Barcelona. Nos sitúa, como lectores, en condición expectante, gozando de la comicidad constante de las escenas, pero en nada ajenos al trasfondo de tragedia que preparan.

La obra nos compromete e interpela en la lectura en la necesidad de transformar nuestro carácter y destino, o de remover nuestras más íntimas convicciones. Es, a todas luces, una puesta a prueba de nuestra propia vocación o dominante pasión. Y de confrontarla de forma crítica y combativa con ese curso del mundo, o Weltlauf, para usar una feliz expresión de Hegel, que tanto hoy como ayer sigue su propia marcha, con la opacidad sin brillo que le caracteriza o con el rumbo errático que le es específico.

Ese curso del mundo siente la más radical indiferencia, o hasta un profundo fastidio, o un desdeñoso malestar, cuando no una ocasión magnífica para la burla y el escarnio, ante toda forma vocacional o pasional que no se atiene, pura y simplemente, a la lógica implacable (económica, política, cultural) que los poderes terrenales imponen con férrea mano o con inexorable ley.

Todo intento de introducir, frente a ello, algún estilo de singularidad pasional tiene siempre el carácter de un vago remedo, más o menos descarado o ajustado, de esa insigne locura de nuestro héroe cervantino. Que tuvo, sin embargo, capacidad de contagio, y no sólo en relación con la evolución del personaje de su escudero, sino por ese asombroso modo en que, sobre todo en la segunda parte, termina imponiéndose como forma de la novela.

Todos bailan al compás de la ficción que don Quijote introduce. Remedan el estilo de sus pláticas, porfían por aventajarle en arcaísmos o en introducir ingeniosos escenarios, y hasta personajes, acordes con su enloquecido mundo fantasioso y fantástico. En primer lugar la inteligente Dorotea, convertida en princesa Micomicona; y al final todos los demás, el cura, el barbero, el bachiller, por no hablar de Altisidora, la dueña Rodríguez y todo el universo creado por los duques aragoneses. Y es que el curso del mundo es extraordinariamente opaco y decepcionante, y siempre existirá una nube de desocupados, libres de la necesidad por razones sociales o económicas, que desearán dar cierto regocijo y rumbo a sus vidas si algún personaje audaz les proporciona el guion de su locura contagiosa.

Esta novela ha sido siempre interpretada desde cánones excesivamente objetivos. Es cierto que toda obra, y sobre todo la obra insigne, posee siempre el sello y la marca de su contexto histórico y geográfico. El Quijote fue un esfuerzo —que se reveló letal— de poner fin a la literatura caballeresca. Fue, sobre todo, la bisagra que dio el finiquito a ese género de antiguo testamento novelesco, y el nuevo que el propio Quijote inaugura, y que luego dará lugar, cual nuevo Amadis, a una prosapia toda ella orientada por este protofenómeno, en sentido goethiano, que es el Quijote.

Después de él se hace inteligible toda la gran novela posterior, incluido el gran momento decimonónico. Madame Bovary, enferma de lecturas, que concede argumento a su vida sentimental a través de los textos que en ella generan mímesis, es una prueba relevante. Lo mismo la regenta de Clarín, toda ella impregnada de literatura asumida y consumida, a partir de la cual se siente y vive. Esa mímesis de la vida en relación al guion y al argumento textual es uno de los grandes hallazgos del Quijote. En él todo es de tal modo que se alumbra ya el juego de literatura y metaliteratura del Barroco, y que terminará invadiendo la gran novelística moderna y contemporánea.

Y hasta queda anticipado el sueño posmoderno de una Babel textual que no admite quicio ni resquicio a ningún gesto que no se halle inscrito, escrito o prescrito por un universo textual sin fisuras, con vampírica capacidad de absorción de vida y obra, y que compone una red infinita, inabarcable. Así lo atestigua esa posmodernidad que en el Pierre Menard, autor del Quijote de Jorge Luis Borges adquiriría carta de ciudadanía. Y es que la novela cervantina está, toda ella, transida de ese monoteísmo de la textualidad que parece constituir el principal dogma de la conciencia posmoderna.

Todo en ella es textual, o mímesis de una previa textualidad que es convenientemente escenificada, e inscrita en texto. Esa novela, en su segunda parte, cita y comenta la primera, elevándola a un nivel de metatextualidad excepcional, algo así como el presagio y el preludio de todo el juego de lenguaje y metalenguaje, o de ficción y metaficción, que decidirá el rumbo de la estética y de la cultura del Barroco.

Pero con el agravante de que el inesperado acicate de la novela espuria, o del falso Quijote de Avellaneda, intensifica esta tendencia hasta el paroxismo, de manera que la novela se convierte de pronto en crítica y autocrítica de sus versiones legítimas y de sus falsificaciones. Los ademanes posmodernos por tender puentes entre los abismos separadores de creación y crítica, o de producción y recepción, de forma que toda invención o innovación componga un gesto de reescritura sobre previas escrituras, o de interpolación irónica o crítica sobre previas colonizaciones textuales, todo ello se realiza del más asombroso modo en la segunda parte de esta novela sorprendente.

Más que este aspecto interesante y esencial he querido resaltar, en esta intervención, la capacidad que esa novela posee de interpelar y provocar al lector en el ethos de su vida, o en la orientación de su conducta, o en su propia responsabilidad; se trata de una propuesta o proposición de carácter ético o moral. Y con fuerza suficiente para iluminar, de manera relampagueante, la conducta, y de invitarla a formas de cambio y modificación.

Esta novela es algo más que un juego de hilaridad intertextual para regocijo de teóricos, críticos o escritores posmodernos. En esa novela la literatura se convalida como forma de experiencia que invita y suscita prueba, prueba existencial y prueba de conocimiento (y de reconocimiento). Pero lo consigue por exceso y repleción; colmando todas las expectativas que un espíritu posmoderno, obcecado por la burbuja textual (sin aperturas ni ventanas), pueda albergar.

En este sentido el Quijote puede promover una interferencia radical en nuestro rumbo vital, siempre que seamos receptivos a su gran desafío. Es una obra que produce, o puede producir, un efecto de transferencia (y de transformación en nuestro ethos.) O que, por lo mismo, puede modificar, con éste, también nuestro destino; nuestro daimon.

El Quijote promueve travesías a todo lo largo y ancho de la conciencia moderna. Incluso atraviesa ésta y se sitúa de lleno en plenos misterios gozosos de una posmodernidad que parece también, en este texto, anticipada, pero a la vez trascendida. Todo en esta novela comenta el díctum relativo a la naturaleza textual del mundo mismo. En ella todo es texto y contexto. El mundo es en ella un libro abierto. Pero también, y de forma dialéctica, esa textura del mundo la ofrece a una experiencia vital que se adelanta y se anticipa a todo dogma moderno relativo al «giro lingüístico», o a todo tópico posmoderno sobre la interpretación infinita. O sobre una hermenéutica sin comienzo ni finalidad.

A través de ese grafismo alargado que constituye nuestro personaje, o de su réplica rechoncha, ancha de caderas, generosa de carnes, que es Sancho Panza, su escudero, algo espiritual acontece, atravesando del modo más eficaz la conciencia desventurada que se desploma en la capciosa alternativa entre la mónada textual y el más acentrado vacuum vital y pasional; o entre la literatura autorreferencial y, frente a ese dogma de nuestra conciencia más reciente, un ethos que boga a la deriva zarandeado por el más atroz curso del mundo.

Siempre, en esa desconsolada alternativa, resuena la locura iluminada del más ingenioso y cuerdo de nuestros héroes, confiriendo sentido y pulso a un mundo perfectamente desnortado. Su mismo desvarío resplandece, cual faro en medio de las tinieblas, en ese curso del mundo que no podría existir sin las irradiaciones que la lucidez puede promover en sus mismos modos de fulgurar desde el refugio del hilarante desvarío.

Está novela es, por todo lo dicho, algo más que un puro juego regocijante. Es un símbolo moral, término con el cual expresaba Kant, en su Crítica de la capacidad de juzgar, su definición de la belleza. Por eso su capacidad de interpelación es tan grande. Y trasciende y traspasa todo el espesor de siglos que entre su redacción definitiva y nosotros ha ido acumulando la historia, para escarnio y prueba, o experimentum crucis de todas las hermenéuticas.

Y es que esa obra posee dynamis suficiente para provocar, siempre que nos prestemos a ello como atentos lectores entregados al goce del extraordinario juego que nos propone, una verdadera transformación en nuestras vidas. O en la significación ética y ontológica del curso que éstas adquieren a través de nuestra propia experiencia y andadura.

Y esa interpelación ética, moral de la novela asume, como he señalado, impronta trágica en esas páginas finales tan sorprendentes, en las cuales el sentido y curso de la novela sufre una drástica inflexión, o una cesura trágica que modifica radicalmente la significación que la obra iba poseyendo hasta ese instante. La obra termina descubriéndonos eso que Schopenhauer entendió como parábola simbólica de toda vida humana: ésta es siempre comedia en las distancias cortas, en la regocijante sucesión de episodios o de pasajes; pero tomada en su conjunto es siempre una tragedia.

III

Hace ahora un siglo, y en ocasión de la misma efeméride, aparecieron dos textos que resultaron ser providenciales, uno de Unamuno y otro de Ortega y Gasset. Dieron lugar a sendos libros, Vida de don Quijote y Sancho y Meditación sobre el Quijote, que en cierto modo fueron fundacionales en relación con un proyecto que entonces se fraguó: el de un pensamiento rigurosamente filosófico generado desde nuestro universo hispano.

Durante el siglo XX se han podido añadir otros importantes nombres, como los de Eugeni d’Ors, Xenius, el de Xavier Zubiri o el de María Zambrano, por referirme a los que mejor supieron aunar una característica de la filosofía española, el rigor conceptual y la aventura ensayística. En ese mismo barco estamos bogando también en nuestra hora presente.

Lo cierto es que entonces la cita con el Quijote fue un excelente modo por promover claridad y conciencia de sí en ese hermoso propósito que a todos los que nos dedicamos en esta comunidad hispana al oficio y a la vocación filosófica nos motiva especialmente.

Cabe incluso, en virtud de ese carácter transferencial de la obra cervantina, permitirle que actúe de catalizadora de los principales signos de identidad de esa aventura filosófica en nuestras lenguas hispanas. Por ejemplo la gran atención, común a esta tradición de pensamiento, que suele concederse a la dimensión pasional de nuestra propia condición humana, que muy bien se aviene con la desmedida pasión quijotesca.

Pero hay sobre todo un aspecto, que en esta conferencia he subrayado con particular énfasis, que puede constituirse en uno de los caracteres más propios y específicos de nuestra tradición de pensamiento filosófico. Me refiero a la conciencia trágica. O a una comprensión de nuestra existencia, o de nuestra condición humana, en términos de tragedia.

He querido, sobre todo, subrayar ese carácter, pues es el que espontáneamente más me provoca en esta inmensa novela, sobre todo en sus tramos finales, cuya iluminación retrospectiva sobre el conjunto de la obra es evidente. Y he querido también destacarlo por una razón que me atañe particularmente y que también tiene significación en el marco en que esta intervención se produce.

Se ha dicho a veces, creo que con poca razón, que ese sentido trágico de la vida, que de Miguel de Unamuno en adelante descubrimos con intermitencia en muchas de las mejores reflexiones filosóficas hispanas de nuestro siglo, no tiene quizá resonancia en nuestro mundo catalán y barcelonés, siempre ahogado y anegado en los gozosos misterios del arte, de la arquitectura, de la estética y de la ciudad. Todo mi proyecto filosófico intenta ser un desmentido de esa falsa apreciación (desde mi libro Drama e identidad hasta mi personal aproximación al pensamiento de Joan Maragall, gran amigo de Miguel de Unamuno.)

No es ninguna casualidad que sea en Cataluña, y sobre todo en Barcelona, donde sobreviene esa cesura trágica a la que he aludido en mi conferencia, y esa gran peripecia (en el sentido de la Poética de Aristóteles) según la cual una obra que podría ser, hoy, perfectamente comprendida y gozada como la quintaesencia de una travesía de la conciencia posmoderna, en donde el componente lúdico, de recreo y juego es dominante, asuma un carácter diferente, o se gire hacia una modalidad ineludiblemente trágica.

Eso sucede desde el instante en que don Quijote y Sancho despiertan, sobrecogidos, en territorio catalán; en una Cataluña herida en guerras intestinas, o en bandas de pillaje y de lealtades clientelares, como la que tan excelentemente queda reflejada en los episodios finales de la novela; una Cataluña que es reconocida por nuestro caballero, cuando siente unos pies encima de su cabeza al despertar, por aquello que cree que se halla colgado de los árboles del bosque, una nube de ahorcados; y que finalmente resultan ser los pies de la patrulla de emboscados del personaje que mayor realce épico tiene en toda la novela, el bandido Roque de Guinart, inserto en medio de las célebres reyertas entre los nyerros y los cadells.

Es en territorio catalán, y en particular en Barcelona, donde esa gran mutación del género de la novela sobreviene; ya que a raíz de la derrota de don Quijote en el combate con el Caballero de la Blanca Luna, se produce ese tránsito de la gran comedia a la tragedia. O a que el fondo latente trágico emerja de pronto, invadiendo el espacio textual en las páginas finales.

Es cierto que la interpretación posmoderna goza hoy de excelentes bazas para acometer esta obra genial, en la que las fronteras de la creación y de la crítica se diluyen. Y en la que desde el principio se asiste a verdaderos debates de crítica literaria, como en el escrutinio del cura y del barbero. O al hecho, siempre resaltado, de que sea la trama literaria de las novelas de caballerías la que determina el guion de vida y obra del personaje principal. O que la mímesis no significa, en esta novela, la representación literaria de la vida, sino que, de forma radicalmente invertida, ésta se construye, en el caso de don Quijote, en mímesis de un determinado universo literario (las novelas de caballerías.)

En esa novela, a modo de principio fundacional que sienta precedente sobre otras muchas novelas insignes, es siempre la vida la que imita a la literatura (y nunca ésta la que constituye un reflejo, o una mímesis, de la realidad social, convivencial, histórica o sociológica).

El juego de relato y metarrelato es continuo y constante en el Quijote. La segunda parte se inaugura con la noticia de la publicación de la primera parte, en cuyo conocimiento y comentario intervienen los propios protagonistas de la novela. Y llega al máximo refinamiento y extremo de introducir la más letal de las críticas que podía hacerse a la versión espuria del Quijote de Avellaneda.

Por esta vía puede llegarse a una glorificación de esa travesía quijotesca en la conciencia posmoderna que reforzaría uno de los argumentos filosóficos más preponderantes y hegemónicos en estos últimos años. Sólo que es posible también interpretar esa gran obra de manera que se atraviese esa conciencia y se alcance una comprensión que desmienta el carácter antitrágico de la misma, o su sordera respecto a toda consideración ética o moral.

He recordado, en este sentido, el carácter de símbolo moral, en sentido kantiano, que esa obra puede poseer. O su capacidad de interpelación en nuestra vida, y en la orientación de nuestra conducta, de manera que ésta se halle, ante esta novela, en la necesidad de responder, o de asumir su mensaje de forma responsable.

Llamo la atención, con todo ello, sobre la peculiaridad que nuestro pensamiento español e hispano puede generar en el actual concierto filosófico. Quizás sea la construcción de una conciencia trágica lo que puede dar vuelo a un pensamiento hispano sensible a temas como la pasión, la conciencia del límite, las formas trágicas y las interpelaciones éticas o morales que inciden, de forma transferencial, sobre nuestra vida y conducta.

En ese sentido, la novela cervantina podría servir también de catalizadora de aventuras en el terreno del pensamiento filosófico hispano de este recién estrenado siglo y milenio, catapultándolo hacia un horizonte ecuménico, universal, mundial.

La lectura y el libro

La Administración del Estado está compuesta por un conjunto de organizaciones pertenecientes a los niveles central, autonómico y local, dirigidas por políticos y gestionadas por funcionarios. Los políticos dirigentes se renuevan periódicamente como resultado de las correspondientes elecciones, dando paso no solamente a otras personas sino también a otras ideas o «estilos» de gobernar cuando cambia el partido vencedor, mientras que los funcionarios suelen permanecer en sus puestos o en otros análogos dentro de la administración a la que pertenecen, Afortunadamente los políticos de nuestra democracia van madurando en su talante hacia ¡os funcionarios que encuentran en los despachos; ya no los consideran necesariamente enemigos peligrosos por el hecho de haber trabajado con el gobierno anterior—¡qué remedio, si de lo que viven es de trabajar para el gobierno de turno!— y van renunciando poco a poco a su terrible prerrogativa de cesar a todos los legalmente cesables, aunque aún pese demasiado el afán de atender a compromisos varios para cubrir puestos a menudo difíciles y en ¡os que la experiencia constituye un valor decisivo.

El político y el funcionario profesional, si entienden bien sus roles respectivos, pueden formar una feliz asociación, una eficaz simbiosis, dado que a ambos les une el común interés de optimizar la gestión pública. Los políticos, porque de su buena gestión —aunque por desgracia no sólo de ella— depende el que ganen las siguientes elecciones y, por tanto, el permanecer en el poder, lo que, como sabemos, es el único objetivo verdadero de todo político. (Sin el poder, las mejores ideas e intenciones son inútiles). Los funcionarios, porque su profesión es precisamente la gestión pública, en la que, como haría cualquier otro profesional, tratan de alcanzar la excelencia, al menos en la medida en que el deficiente sistema de remuneraciones, incentivos y carrera lo permiten.

Por otra parte, el funcionario profesional suele ser persona obediente y disciplinada. Su sino es trabajar para políticos de uno y otro signo, vengan los que vengan; la obediencia y la disciplina son valores arraigados y generadores de un automatismo en el cumplimiento de las órdenes recibidas que a veces llega a sorprender a los políticos recién llegados y no familiarizados con la Administración. El funcionamiento de la cadena de mando políticos-funcionarios queda garantizado, salvo las inevitables excepciones, desde el inicio de las legislaturas por la idiosincrasia misma de las respectivas profesiones, especialmente en las administraciones con más solera, como la central, con más de trescientos años de funcionamiento a sus espaldas.

Pero en lo que de ningún modo pueden coincidir ni entenderse funcionarios y políticos es en la funesta obsesión de muchos de estos últimos por descalificar la gestión del gobierno anterior sea como sea. Los funcionarios asisten perplejos cada cuatro años  — no se acostumbran— a declaraciones «políticas» del nuevo gobierno que echan por tierra todo su concienzudo trabajo, realizado «con lealtad al Rey, respeto a la Constitución» y ante todo, con un sentido del Estado, y de la necesaria continuidad de su acción en el tiempo del que, desgraciadamente, muchos políticos bisoños, o no tan bisoños, parecen carecer por completo. Hemos llegado a ver cómo tales descalificaciones se justificaban, simplemente, por el hecho de que el gobierno anterior —ese, por principio, pésimo gestor— «había perdido las elecciones» y, claro, nosotros no vamos a hacer lo mismo que los perdedores.

Paulatinamente, sin embargo, el sentido del Estado y, por tanto, el entendimiento de la política no como una pelea fratricida sino como una carrera de relevos en la que cada gobierno toma el testigo y avanza un trecho sobre lo que dejó el anterior, van conquistando algunas pequeñas parcelas de la gestión pública, quizá aquellas donde equipos duraderos de funcionarios, en buena sintonía con el sector privado y los agentes sociales implicados en esa área de la Administración, han conseguido desarrollar las líneas maestras de una política de Estado que sobreviva a los tormentosos y a veces absurdos avatares de una democracia aún joven, a la que todavía, como dicen en mi pueblo, «le falta un otoñín».

En las últimas legislaturas, la política para el libro y la lectura se ha ido conformando como una de esas áreas en las que la continuidad de la acción de los distintos equipos de gobierno parece ser mayor que en otras. El que los actuales responsables de esta política hayan tenido palabras de elogio y reconocimiento para la gestión anterior constituye, no sólo un detalle de lo que ya va siendo rara elegancia española, sino una verdadera excepción en los usos generales de nuestra política.

Políticos y funcionarios responsables del área han entendido bien y de una forma bastante homogénea a lo largo de los años que el fomento de la industria del libro y el de la lectura constituyen cuestiones de interés general, que la lectura es la base principal del desarrollo cultural y que una buena oferta de libros, abundante, diversificada y accesible al ciudadano a través de una buena red de librerías y bibliotecas es imprescindible para la extensión del hábito lector. Los responsables públicos han tratado, con resultados razonablemente positivos, de aglutinar, por una parte, una política que debe ser sin duda de todos, una verdadera política de Estado, y, por otra, los esfuerzos empresariales de un sector del libro que, sin perjuicio de que, como en toda actividad económica, cifre en el beneficio su objetivo principal, demuestra en muchas ocasiones que el amor al libro y la vocación cultural cuentan también entre sus motivaciones.

En algunas ocasiones, el gobierno y los funcionarios han debido capear situaciones en las que las pretensiones empresariales de obtener mayores ingresos procedentes de los caudales públicos o más acciones públicas que favoreciesen la venta de libros se han unido a planteamientos políticos, manifestados tanto por la oposición de turno como por algunos empresarios actuando fuera de su papel natural, que harían hincapié en la pretendidamente mala situación del libro y de la lectura en España o en la insuficiencia de las acciones públicas para mejorar dicha situación.

El habitual buen clima de sintonía y colaboración entre sector público y privado en torno al libro se ha visto aderezado con pequeñas escaramuzas que a menudo tenían más alcance mediático —que en definitiva era lo que se pretendía— que verdadera enjundia dialéctica. Con los años de convivencia y trabajo en común, unos y otros hemos acabado sonriendo al hablar de cosas en las que en el fondo nos entendíamos aunque cada uno tuviera que hacer el papel que le correspondía y defender los intereses que les eran propios, los públicos en el caso del gobierno y los privados en el caso del sector.

Esta dialéctica de alcance, como digo, fundamentalmente mediático, ha conseguido sin embargo deslizar en la opinión pública algunas interesadas inexactitudes que conviene repasar brevemente antes de que construyamos entre todos una equivocada mitología del libro y la lectura en España. Algunos de estos mitos, y sus correspondientes desmitificaciones, podrían ser los siguientes:

a) En España apenas se lee. Estamos a la cola de Europa en lectura.
En España, en lectura, estamos como en la mayoría de las cosas, es decir, en una posición intermedia entre los países más avanzados y los menos avanzados. En el último estudio comparativo de la Unión Europea, se situaban cerca de la media de la Europa a quince, separados sólo por décimas de punto, Alemania, Francia y España. Muy por encima de la media, el Reino Unido y los países nórdicos, y bastante por debajo, Bélgica y los países del sur de Europa, salvo España. Si nos apuran, podemos incluso afirmar que estamos mejor en lectura que en otras cosas, ya que Francia y Alemania cuentan con una renta per capita un  30 % superior a la de España, mientras que en lectura andamos por el estilo.
Nadie discute la necesidad de una política activa, constante y bien dotada para el fomento de la lectura, pero no hace falta para argumentar en su favor pintar un panorama catastrofista que no se corresponde con la realidad.

b) En España se publican demasiados libros para lo poco que se lee.
El error de comparar los millones de volúmenes (magnitud absoluta) que salen a la calle cada año con el porcentaje de españoles que leen (magnitud relativa) atenta contra la más elemental sensibilidad matemática. Si, por el contrario, dividimos la cifra absoluta de ejemplares publicados por el número absoluto de lectores, nos encontraremos, atendiendo a las estadísticas nacionales de los dos países, que España y Francia, país con el que con tanta frecuencia nos comparamos, registran exactamente la misma proporción de volúmenes publicados por habitante lector.
Por otra parte, ¿qué sentido económico tendría publicar mucho si casi nadie lee? España es, con más de doscientos cincuenta millones de volúmenes publicados al año, una de las primeras potencias editoras de Europa, al tiempo que, con más de veinte millones de lectores, es una de las principales potencias lectoras por la sencilla razón de que es uno de los países europeos con mayor población.

c) Las bibliotecas españolas son las peores de Europa
Las bibliotecas españolas responden al patrón de cultura bibliotecaria de los países del sur, región de Europa a la que España, guste o no, pertenece y no, obviamente, al de los países nórdicos, cuya cultura bibliotecaria —climatología incluida— data de 1800 y están a la cabeza del mundo en la materia. Sin embargo, el esfuerzo español ha permitido multiplicar por dos y por tres todas las magnitudes de medición en materia de bibliotecas en poco más de dos décadas —apenas existía cultura bibliotecaria antes de la transición democrática— y el ritmo de crecimiento de estas magnitudes sí es comparable con el de los países nórdicos. Simplemente estamos recuperando a marchas forzadas un retraso de dos siglos. Estamos empezando, como quien dice, y ya se pretende que seamos como los nórdicos en todo, incluso en lo del derecho de préstamo. Por cierto, si fuéramos un país como ellos tendríamos tres o cuatro millones de lectores, y no los veinte que tenemos.

d) Las librerías están amenazadas y pueden desaparecer.
Las librerías son parte fundamental en la cadena del libro y lo seguirán siendo. Otra cosa distinta es que, como en todo negocio, deban mantener un constante proceso de adaptación a las nuevas circunstancias. Profesionalización, especialización o adecuación de la dimensión son algunas de las líneas en las que este subsector está trabajando activamente y para lo que cuenta con el pleno apoyo de la Administración, que entiende la necesidad de preservar, desde el punto de vista cultural, una sólida red de librerías. El servicio que el librero proporciona al lector no es fácilmente sustituible, como lo demuestran las dificultades que encuentran para la conquista de una mayor cuota de mercado las fórmulas de venta de libros «sin librero».

e) El Estado no realiza el suficiente esfuerzo inversor en materia de libro y lectura.
El presupuesto de subvenciones al sector del libro supera cada año su máximo histórico, pese al contexto económico de contención del gasto y limitación de todo tipo de subvenciones. De hecho, es un sector excepcionalmente bien tratado, al contar no sólo con el apoyo del Ministerio de Cultura, sino también con el de la Secretaría de Estado de Comercio para sus actividades de promoción exterior. El presupuesto anual del Plan de Fomento de la Lectura es muy superior al de otros países europeos, incluido el Reino Unido, que en su momento constituyó un modelo a seguir.
Por otra parte, reclamar esfuerzo inversor al Estado no debe confundirse con exigírselo necesariamente a la Administración central. La mayoría de las competencias culturales están transferidas a comunidades autónomas y corporaciones locales, como, por ejemplo, las que se refieren a la dotación de libros para las bibliotecas públicas, que constituye una de las principales limitaciones actuales del sistema de lectura pública.

f) El sector del libro está altamente implantado en el exterior.
Es cierto que Iberoamérica y los países de habla hispana constituyen un mercado principal para nuestros libros, como prolongación natural del mercado español, y que el esfuerzo del sector en esa área, es ingente y constante, con pleno apoyo de los poderes públicos; Pero también debe tenerse en cuenta que la presencia de la edición española en los mercados de países no hispanohablantes —la que sería una verdadera internacionalización desde el punto de vista lingüístico— es aún muy pequeña. En un contexto global, sin embargo, grandes grupos editoriales de países no hispanohablantes —Alemania y Francia, principalmente— han tomado posiciones muy relevantes en el mercado español, que hacen patente la necesidad de que el sector compita, como hacen estos grupos extranjeros, en todo el mundo, y no sólo en su área idiomática. No hay ninguna norma que reserve el mercado en español a las editoriales españolas.

Realizadas las anteriores aclaraciones, que nos ayudarán a situarnos en la realidad del libro y la lectura en nuestro país, podemos recordar algunas de las líneas principales de esa política de Estado que parece irse consolidando a través de los años.

En primer lugar, conviene destacar el papel crucial que el diálogo permanente y el buen entendimiento entre las partes han jugado, y deben seguir jugando en la articulación de las acciones públicas y privadas de fomento. Salvo incidentes transitorios y que se acaban superando, este buen ambiente se ha mantenido y resulta una condición básica para la eficacia en las acciones de colaboración.

Resulta necesario mantener el apoyo público, tanto en lo económico como en lo que se refiere a la presencia institucional, a las estructuras asociativas de los diferentes subsectores: editores, distribuidores, libreros, principalmente, para asegurar, entre otras cosas, el seguir disponiendo de interlocutores válidos y representativos.

Dentro del apoyo a la oferta de libros y revistas, debe destacarse la importancia de las ayudas a la edición para contribuir a conseguir unos mínimos niveles de diversidad en el acervo bibliográfico español. A menudo se olvida que, aunque en España se lee bastante, la proporción de novelas sobre el total de libros leídos es abrumadora, y que los géneros y títulos de menos potencialidad comercial son también necesarios para el desarrollo cultural.

Por el lado de la demanda, es decir, de la lectura, parece indudable que el clima favorable generado en la sociedad por la primera fase del Plan de Fomento de la Lectura (2000-2004) debe mantenerse y explotarse mediante fases sucesivas, para lo que los nuevos responsables del área ya han mostrado su buena disposición. El sector educativo y las bibliotecas públicas son los terrenos de juego estratégicamente más relevantes de esta política y sin una acción decidida en ambos frentes de poco servirán las acciones de comunicación y animación, que constituyen, sin embargo, un complemento necesario y eficaz. Debemos confiar en que se imponga el buen sentido en la cuestión del derecho de préstamo en las bibliotecas y que un mal entendimiento del momento histórico no vaya a lastrar el incipiente desarrollo de nuestro aún débil sistema de lectura pública. El cielo puede esperar.

Finalmente, en un mundo crecientemente globalizado, el esfuerzo de internacionalización del libro español debe mantenerse y acrecentarse, especialmente en los mercados de habla no española: Brasil, Estados Unidos y Europa, principalmente, sin olvidarnos de las colosales sociedades lectoras de Asia. Otros lo hacen, y los responsables públicos y privados del libro en español —la segunda lengua de comunicación a nivel mundial— no pueden ignorar el reto de difundir nuestros libros en el resto de las áreas idiomáticas, para lo que tanto las traducciones a otras lenguas —que cuentan con un apoyo oficial insuficientemente utilizad o— como la expansión internacional del español y, con el idioma, de los libros en español, constituyen, sin duda, dos pilares fundamentales.

Las sinrazones de la historia

«Allí donde queman libros acaban quemando hombres».
Heinrich Heine

«Arrasado el jardín, profanados los cálices y las aras, entraron a caballo
los hunos en la biblioteca monástica y rompieron los libros incomprensibles
y los vituperaron y los quemaron, acaso temerosos de que las letras
encubrieran blasfemias contra su dios, que era una cimitarra de hierro».
Jorge Luis Borges

Fue en el 925 cuando los hunos irrumpieron en la biblioteca benedictina de Saint Gall con el afán de robar no sólo el oro y los metales preciosos, sino también para destruirla por completo. No encontraron libro alguno en esa la biblioteca más famosa de la región. Nunca supieron que aquella monja insignificante, con apariencia de eremita, a quien habían vejado y asesinado, tuvo una visión la noche anterior. Gracias a su diligencia, Wilborada salvó los ejemplares de la hecatombe, y desde entonces los amantes de los libros la tienen por patrona. Clemente II la proclamó santa el año 1047.

El modelo funciona para aplicarlo a otras escalas, diversos ambientes y multitud de símiles. La Historia universal de la destrucción de libros de Fernando Báez se suma a la lista de obras que han reseñado algunas sinrazones de la historia. Me corrijo: no se suma con simpleza; digamos que compendia las anteriores, las sintetiza y aún las supera.

La pregunta por la destrucción del libro remite a su surgimiento, y éste conduce por necesidad al problema de su definición: qué es un libro. El primer ejemplar de la Biblia de Gutenberg, pongamos por caso, era un libro, el mismo que tradujo san Jerónimo. Pero distinto. El ejemplo permite observar que por libro se entienden al menos dos cosas: la obra y el objeto.»Esta ambigüedad mengua la lucidez de la definición.»

a) El libro como objeto. La nota básica de todo libro es ser soporte o receptáculo de un mensaje. Los libros están ahí para ser leídos. El deseo mínimo del escritor, por ejemplo, es que al menos los amigos y parientes le lean. Un libro en blanco no sirve para nada porque no puede leerse, es ilegible. Pero con propiedad, un libro ilegible no es un libro, es un remedo, un símil (Aristóteles diría que lo llamamos libro por un efecto de homonimia).

Nos asalta entonces una pregunta: ¿qué sucede con esos libros escritos en un idioma que no nos pertenece y que jamás aprenderemos: hasta qué punto será justo llamarlos libros? Nadie duda del carácter singular y preciso de un libro escrito, por ejemplo, en swahili, un idioma eternamente extraño para mí. Si no pongo en duda el carácter de estos libros, mucho menos titubearían los keniatas. Y sin embargo, su contenido me está vedado. El libro contiene algunas ideas sólo descifrables por el lenguaje. La llave que las abre es el lenguaje. El libro está ahí sólo como garante y sustrato de esas ideas.

Habrá tantas especies de libros como combinaciones entre ideas y lenguajes. ¿Qué se puede entonces decir de esos libros imposibles de leer por reproducir sólo imágenes? Pongamos por caso un libro de fotografías. El fotógrafo se expresa mediante un lenguaje no escrito sino gráfico. El hombre ciego no podrá tener acceso a dicha obra, como yo tampoco puedo abordar los libros en swahili.

La tecnología multiplica los tipos de soportes. En cierta época, todos los libros eran de papel; ahora los hay también electrónicos, digitales, con sonidos (allí están los audiolibros) o en láminas de estaño, como los del artista Anselm Kiefer. Cierto instinto de conservadurismo nubla la vista de quien defiende a capa y espada la univocidad del libro de papel. En la historia del libro, el papel ha triunfado largos siglos, pero el papel no es decisivo. De hecho existen hoy algunos con la pretensión de eliminar los anticuados (sic) libros de papel.

b) El libro como obra. La Ilíada y la Odisea eran obras populares mucho antes de que Homero las pusiera por escrito, pero no se puede afirmar que fueran libros, en el sentido contemporáneo, pues carecían de todo soporte físico. Las obras rodaban como monedas etéreas de griego en griego.

Alguno podría argumentar que el receptáculo de esa obra era la tradición oral y que, por lo tanto, aun antes de Homero sería válido ya calificar a estos poemas como libros. Difiero de esa opinión, pues el concepto de libro implica cierta independencia de las personas, incluso física. El Quijote ya no le pertenece a Cervantes, ni Anna Karénina a Tolstói. El ejemplo paradigmático es la música: sin un agente ejecutor no se tiene música, porque ni la partitura ni el piano, por sí mismos, son música.

Un libro se distingue de una revista por el contenido, quizá también por el formato1 y sin duda por la tirada. Los libros no se vierten periódica ni regularmente. No existen las tiradas semanales, quincenales, mensuales o semestrales del mismo libro, al menos no de manera programada de antemano. El hecho de que un libro se reimprima o reedite no es motivo suficiente como para asemejarlo a la revista. La Biblia, se dice, es el libro más veces editado y traducido, vendido y acaso también leído (ojeado al menos), muchas más que cualquier revista. Y sin casualidades, la Biblia es el Liber Librorum. Las numerosas ediciones y reediciones de algunos libros sólo los confirman o afianzan en su carácter de libros: cada número de una revista es diferente, mientras que, en esencia, las distintas ediciones de un libro lo repiten siempre (son excepcionales las obras con diferencias importantes entre dos ediciones).

Antes de publicarse un texto, de rigeur, no puede llamársele libro. Imaginemos una obra que se quemó en la editorial justo antes de salir al mercado. Por fortuna, el editor logró rescatar un ejemplar. ¿Es eso un libro en el sentido cabal de la palabra? La diferencia respecto de Otelo, del cual tenemos millones de copias, no parece ser sólo numérica. Tampoco el número de ejemplares tirados, vendidos, comprados, regalados, incluso leídos, es determinante. Y sin embargo, para hablar de libro (a partir de cierta época), debe seguirse un protocolo de fabricación y de publicación. Hoy se usa la palabra tirada para designar el número de ejemplares publicados de un libro. Empero, antes no se publicaban los libros de la misma forma como se publican ahora: entre los griegos, por ejemplo, un esclavo leía la obra en el ágora, a voz en cuello, frente a un público. En el momento en que Homero publicó la Ilíada, esa obra dejó de ser una leyenda para convertirse en un libro. Aunque los procesos de publicación son diversos y están sujetos a evolución, la publicación es determinante para llamar a una obra.

En este sentido, Anne Frank no pretendió, acordemos, escribir un libro, mucho menos ser la autora de un libro famoso a lo largo y ancho del planeta. Su única y legítima pretensión era escribir un diario privado. Un diario no es exactamente un libro, aunque pueda convertirse en ello. El Diario de Ana Frank es uno de los libros más leídos en el mundo2.

Fernando Báez no entra a estas discusiones. Da por sentado sencillamente que todo objeto con información (para decirlo sin esfuerzo) es un libro. Pero esta imprecisión desata una nueva problemática: ¿acaso la caja de cereal con la información acerca de lo nutricio y lo no nutricio es también un libro, o lo será el empaque de un fusible o la pera de la bombilla eléctrica que registra la marca y el voltaje, o la bolsa de plástico con tinta roja que advierte el riesgo de asfixia para los bebés? Esos objetos no son libros y, sin embargo, son portadores de información. El cine ofreció otra muestra con la película Memento, donde un hombre con una memoria limitadísima tatuaba las verdades más relevantes en su propio cuerpo.

HISTORIA DEL LIBRO Y DE SU DESTRUCCIÓN

La discusión no es trivial. Estas circunvalaciones pretenden desmentir uno de los primeros juicios de la Historia universal de la destrucción de libros. Báez escribe que el libro surgió hace unos 5.300 años. «Los signos —de las tablillas— llegaron a ser entendidos no sólo como signos sino como sonidos. La escritura se tornó más abstracta y hacia el año 2000 a.C. los escribas dotaron a cada signo de una complejidad tal que redujo su número». Esto parece innegable, aunque exista sólo evidencia indirecta, pues las tablillas más antiguas que conservamos pueden fecharse entre los años 4100 y 3300 a.C. De pronto, el autor da un brinco de vértigo, cuando asegura que estás primeras tablillas eran ya libros. Ninguna justificación ofrece a favor; lo afirma. Y Báez apuesta por un inicio sincrónico de la civilización, la escritura y el libro (e incluso de su destrucción). La aseveración es mayúscula, y desafortunadamente no se detiene lo suficiente en ofrecer pruebas. Pasa de largo. Es comprensible que el autor de la Historia de la destrucción de los libros reseñe los primeros textos destruidos; pero de allí a afirmar que esas primeras tablillas eran ya libros hay una zanja a sortear.

Las tablillas, pues, fueron las primeras superficies escritas. Por un prurito de exactitud o fidelidad histórica se debe añadir que antes de las tablillas se utilizaron en Sumer esferas de arcilla con signos grabados (Denise Schmandt-Besserat, Before Writing, Austin, 1992). Se sospecha también que hacia el 3400 a.C. hubo alguna especie de protojeroglíficos, al menos, en las tumbas de Abidos, en Egipto. Sea como fuere, la polémica sitúa a Egipto y Sumer como las regiones donde pudo haber comenzado la escritura. Que cobró paulatinamente importancia. La mitología sumeria, hacia el 2750 a.C., condenó a Enmelar, rey de Uruk, a beber las aguas pútridas del infierno por no haber escrito sus hazañas. Esto se sabe gracias a Engelbert Kámpfer, viajero e investigador alemán, famoso por sus viajes a Japón e Irán. Kampfer descifró por primera vez la escritura cuneiforme, la más antigua de la que tenemos noticia.

El éxito de las tablillas fue duradero y sirvió para ampliar la tradición escrita más de lo que pudiéramos imaginar a primera vista, sobre todo después de ver en algunos museos europeos restos localizados de tablillas, (aparentemente) insignificantes. Báez recoge que las primeras bibliotecas, hacia el 3300 a.C., fueron depósitos anaquelados con cientos y en ocasiones miles de tablillas, ordenadas según la temática, con sistemas lexicográficos. Los escribas innovaron el diseño; llegaron incluso a utilizar una portada con los nombres del redactor y el supervisor. La primera escritora de la que tenemos noticia fue Enkheduanna, hija dé Sargón de Akkad, poetisa, delicada ferviente de la diosa Inanna. Los arqueólogos han descubierto también recipientes cilíndricos donde se guardaban las tablillas. El desarrollo se refleja en la diversidad de los textos escritos: registros de contables, catálogos de flora, fauna y minerales, escritos paremiológicos, poesía, inscripciones históricas, archivos familiares, resúmenes, himnos aduladores a los reyes, listas, cartas, comunicaciones oficiales, ordenanzas reales, disposiciones legales, diccionarios, listas de palabras en diferentes idiomas, traducciones interlineales, investigaciones filológicas, recuentos administrativos, obritas de mitología y religión, manuales para aprender lenguas extranjeras, refranes populares, títulos de propiedad, por citar los más relevantes y curiosos ejemplos. Se robaron por aquel entonces las primeras tablillas, o se fingía el olvido para no devolverlas, y así se tejieron amenazas poco amables: «Quien teme a Anu y Antu la cuidará y respetará».

La escritura se desarrolló por dos derroteros, siempre trenzados: el de los materiales y el de los signos. De las tablillas de barro se pasó, primero, al papiro y después al pergamino. Las investigaciones de las Etimologías (VI, 10) de san Isidoro recuperan la dignidad de Menfis como el lugar donde se inventó el papiro, producto vegetal elaborado con ciparáceas. Fueron también largos los siglos del prestigio que los egipcios primero y los griegos más tarde otorgaron al papiro. Tenía la flexibilidad suficiente para enrollarse, con todas las ventajas que conlleva: mejor almacenamiento y resistencia a las caídas, sobre todo. Por desgracia, la primera destrucción oficial de libros censurados (o rechazados; ahora da igual) fue de pergaminos. Se achaca a Akhenatón la culpa, por el deseo de consolidar su religión. Como venganza, sus sucesores, enemistados con esos propósitos, borraron su rostro de las rocas. También de papiro fue el primer libro devorado. Nefer Ka Ptah rescató el Libro de Thoth, lo sumergió en cerveza, acaso para mitigar el mal sabor de la tinta, y lo tragó. Lo que él sabía surtió efecto: de inmediato adquirió todo el saber del mundo, incluso aquellas cosas sólo conocidas por los dioses. Sucedió, sin embargo, lo imprevisto: Thoth vino del inframundo, lo asesinó y recuperó su volumen.

El más antiguo de los papiros conservados es el Dérvenis, descubierto en Macedónia, fechado a principios del siglo IV a.C. Se pueden leer ciertas interpretaciones a un poema órfico. Esto significa que todos los papiros escritos en Grecia entre los siglos IX y IV a.C. se pudieron haber ya perdido irremediablemente. Los griegos acuñaron el término biblos, en honor a la ciudad fenicia de Biblos. Leer y escribir recibieron carta de ciudadanía entre los antiguos griegos hacia el siglo V a.C. Aunque se leía en voz baja y en voz alta, esta última costumbre prevalecía3. Se conservan documentos griegos como multas a quienes maltraten lo escrito, en otros se pondera la escritura, los de allá justifican cómo la pasión por los libros derivó en comercio (mucho antes del capitalismo de hogaño). Publicar consistía, por primera vez, en una manifestación de índole social. De Grecia provienen también los primeros libros con ilustraciones: «Anaxágoras fue el primero que publicó un libro con dibujos» (Laércio 2, 11). A Alejandro Magno se le obsequió acaso con la primera edición lujosa de un libro, a saber, la Ilíada. Su editor, Aristóteles.

Las historias de filósofos ilustres y sus libros se amontonan: la propia hermana de Empédocles quemó sus poemas; el tratado Sobre los dioses de Protágoras fue censurado poco después de su publicación, lo que significó la confiscación de las copias y la hoguera para el manuscrito; Platón procuró acabar con la obra de Demócrito, a quien nunca citó; Hipócrates incendió su biblioteca; Metrocles se deshizo de las lecciones de Teofrasto, según una leyenda. Y más y más.

Es la época en la que se desarrollan las primeras ediciones críticas, se inventan los signos de puntuación, aparecen los primeros bibliotecarios profesionales, el trabajo editorial, los primeros reconocimientos a autores clásicos, los arcaísmos, las falsificaciones, las más antiguas biografías, los primeros coleccionistas (Estrabón de Amasia, según se sabe), directrices para el régimen de las bibliotecas y hasta un asesinato dentro de una biblioteca (el de Apelicón de Teos, quien comprara a los sucesores de Neleo las obras acroamáticas del Estagirita).

El papiro tampoco satisfizo, a la larga, las necesidades de la escritura. Se extinguió, según se ha podido comprobar, en 1083, con el Tipikon de Gregorio Pakourianos. Es posible que la catástrofe de la biblioteca de papiros en Alejandría haya motivado a buscar un material más resistente al tiempo y al uso, y que el mercado exigiera algo más económico. Con la piel de reses, cabras y cerdos fabricaron en Pérgamo (Frigia, hoy Turquía) los primeros pergaminos. Corrían los siglos II y III de nuestra era. El códice podía usarse por las dos caras, ventaja nada despreciable, y la superficie facilitaba nuevas técnicas artísticas. Descubrieron también que podía borrarse un texto y aprovechar de nuevo el material, y así aparecieron los primeros palimpsestos, esos fenómenos que ahora nos horrorizan: repetidas veces han surgido obras de Cicerón, Plauto, Plinio o Virgilio escondidas bajo una homilía o un tratado teológico.

En la época bizantina se incorporó el uso del papel, ideado en China. Lo llevaron a Grecia y a Constantinopla los árabes, semanas y meses a lomos de caballo. Desde entonces, la industria ha mejorado las cualidades del papel y hoy se reconoce el papel finlandés como el de mejor calidad. Hasta hace poco prácticamente nadie pensó que la tecnología podría, una vez más, amenazar el sentido convencional de libro. Bill Gates ha querido borrar todo rastro retrógrado de libro impreso en papel, y que en un futuro sea asunto de la arqueología y los museos o, al menos, de los coleccionistas y los anticuarios. En julio del 2000 se lanzó el primer e-book; las innovaciones no se detendrán por ningún flanco: muchos autores publican on-line y en blogs, la industria mejora los dispositivos electrónicos portátiles y desde finales de abril se pueden tener hasta quinientos libros en el nuevo LIBRIé, una biblioteca de bolsillo.

El filólogo mexicano Antonio Alatorre se mofó el año pasado de quienes en exceso se preocupan por la pureza del lenguaje. En resumen, viene a decir, la lengua es un organismo vivo, susceptible de adaptaciones, enfermedades, desarrollo, crecimiento, mengua, crisis e incluso de muerte. Y Borges apuntaba, con su guiño irónico de siempre, que hablamos un pésimo latín, para horror de Terencio y Juvenal. Se puede trazar un paralelismo con aquellos otros nerviosos ante la trágica desaparición del libro impreso. Sin el oficio de historiador se puede sospechar que reacciones similares hubo cuando se dejó la tablilla, el papiro o el pergamino; sin ser futurólogo, podría también sospechar que se encontrarán mejores contenedores que el papel4.

La obra de Báez se contorsiona entre estas paradojas, acaso algunas de las paradojas más decisivas de la humanidad y a las que menos atención se les había brindado. De la mano de la investigación científica y tecnológica en cuanto a medios de comunicación se refiere, está la censura, la destrucción deliberada y el olvido. ¿Escribir más para leer menos?

Shi Huandi, el emperador a quien debemos la muralla china, fue el primero en organizar una destrucción masiva de libros. El cristianismo también se ha distinguido por la censura, en todos los tonos posibles, tantos como interpretaciones ha sufrido, de libros y otras obras científicas y artísticas. Los musulmanes también han destruido muchos volúmenes y muy probablemente sean ellos los responsables de la desaparición de la Biblioteca de Alejandría. Los gobiernos regionales tienen una caterva de historias al respecto, desde la moderna Inglaterra del siglo XVI hasta las campañas en Irak por los gobiernos de Washington, Londres y Madrid. Tal parece que allí donde más (y por pura estadística, mejores) libros se producen, más se destruyen. El fenómeno es similar al de los teólogos y las herejías: cuantos más teólogos, más herejías.

Si cualquier destrucción de libros es siniestra, las últimas lo son aún más por dos razones: el número de volúmenes es inestimable y por las razones ciegas, fanáticas, casi fundamentalistas, que chocan de frente en el ambiente democrático moderno. Goebbels diseñó las hogueras nazis, alimentadas por las páginas de Mann, Remarque, Brecht, Barbusse, Musil, Zola, Zweig, Marx, Sinclair Lewis, Proust, London, Wells, Kafka, Hemingway, y hasta de Einstein. Los serbios, bajo las órdenes del general Mladic, bombardearon durante tres días enteros la Biblioteca Nacional de Sarajevo, con el perverso deseo de eliminar todos los rastros de un pueblo al que pretendían también acabar. La idea de eliminar la identidad cultural como el primer paso para borrar de la faz de la tierra a un pueblo es un acierto diabólico.

Algo muy similar demandan desde hace meses algunos especialistas, Báez entre ellos, en el caso de Irak. Los bombardeos de los aliados no respetaron la Convención de La Haya de 1954. Tampoco cuidaron los recintos culturales, como bibliotecas, museos, universidades o escuelas. Después de abandonaren 1984 la UNESCO, Estados Unidos reingresó a la misma en octubre del año pasado, según suponen, para evitar líos por estas violaciones comprobadas. Llevan culpa también Husein y el partido Baaz, porque supieron identificar el régimen con la cultura, de suerte que hoy, para las guerrillas, los ataques contra la cultura iraquí son sinónimo de ataques al Baaz.

PRETENSIONES

¿Qué se pretende al quemar un libro? Báez señala las coordenadas de la respuesta más satisfactoria. Estas coordenadas se vislumbran con mayor claridad en los regímenes totalitarios, porque han ido hasta el final. Hitler subrayó una cita de Ernst Schertel: «Quien no lleva dentro de sí las semillas de lo demoníaco nunca dará nacimiento a un nuevo mundo». Hitler, gran lector de Schopenhauer y de Nietzsche, valoraba la importancia de los libros, pero jamás se opuso a las quemas. Shi Huandi fue también un humanista en el sentido fuerte de la palabra, unificó China, ideó un abecedario, y quemó la mayor parte de los libros chinos. Husein, otro lector voraz, novelista incluso, controló el flujo de libros a su antojo. Mao orquestó la Revolución Cultural en China, bajo el auspicio de su sincera intención de renovar el país y de purificarlo de las infecciosas enfermedades occidentales: «Ninguna construcción sin destrucción».

Esas son las directrices. Al quemar un libro, me atrevo a concluir, se pretende borrar las amenazas encerradas en sus ideas, sea para el orden político, religioso, filosófico, económico o sexual establecido o en proceso de instalación. Los nazis no quemaron Mein Kampf, los dominicos no arrojaron al mar la Summa Theologica, ni fueron los ingleses quienes persiguieron a Salman Rushdie. Freud, cuyos libros fueron incinerados por los nazis, mitigó la tragedia: «En la Edad Media ellos me habrían quemado. Ahora se contentan con quemar mis libros». Sin duda existe una relación entre los dos. Matar a un enemigo político puede ser suficiente para arrancarse un problema de encima. Pero si se pretende la instauración de un nuevo orden a fondo, matar a los enemigos políticos no basta, aunque sea imprescindible; hace falta acabar con las ideas, y las ideas se encuentran en los libros. Como el ave fénix, el nuevo sistema nacerá de las cenizas del antiguo régimen.

La Historia universal de la destrucción de los libros cumple con el cometido de llamar la atención sobre los bibliocastas y libricidios cometidos desde la aparición de la escritura. Lo logra de una manera ejemplar. Abunda en citas, en anécdotas, en buenas y pésimas noticias, en erudición. Ofrece una bibliografía muy vasta y multilingüe. Sus más de quinientas cincuenta notas jamás distraen al lector si no es para enriquecerlo. Todas son estimulantes. La lista de nombres permite encontrar con rapidez cualquier pasaje. E incluso cuenta con algunas ilustraciones y fotografías, todo en blanco y negro.

Quedan muchas cosas en el tintero, como las censuras de escritores a sus propias obras, llámese Tomás de Aquino o Kafka, como los librosbomba o los gusanos, las aduanas, las inundaciones y naufragios, como el gas, los ignorantes, los perversos, la humedad paulatina, la negligencia, los accidentes y el descuido. No parece haber consuelo alguno. Leer la Historia universal de la destrucción de los libros, a final de cuentas, es toparse con las sinrazones de la historia misma.

NOTAS

1· Acudo a un ejemplo que, por obvio, pasa desapercibido: los títulos de los libros se escriben como oraciones (Los hijos del limo), cuando cada palabra en el nombre de las revistas requieren versales (Nueva Revista).
2· N o puedo entrar ahora en discusiones de mercado.
3· Tanto arraigó la costumbre que siglos más tarde, Agustín, quien fuera muchas cosas excepto un ignorante, se sorprendió al encontrar a Ambrosio en su recámara leyendo en silencio.
4· Algunas ventajas del libro de papel parecen irremplazables: se pueden hojear con extrema facilidad y aguantan caídas.

Entre el Olimpo y la tierra, el cine griego

La novedad del espectáculo cinematográfico cautivó desde muy temprano a los ciudadanos griegos. Cuando en 1897 el invento francés empezó a expanderse por todo el mundo, llegó hasta Atenas y algunos filmes de los hermanos Lumière, como L’arrivée d’un train à la Ciotat (1895) o La sortie des usines Lumière (1895), fueron proyectados en una modesta sala, acondicionada para la ocasión, en la plaza de Kolokotroni.

La tendencia a la construcción de salones de cine lujosos y de gran aforo, que había comenzado en Europa en 1911, afectó asimismo a Grecia y, entre 1911 y 1915, tres de esos salones fueron inaugurados en Atenas: el Cosmos, el Real y el Pannelinion. En los dos primeros, las proyecciones se acompañaban de música de piano, y en el Pannelinion podía escucharse una orquesta completa. Los proyeccionistas de entonces eran extranjeros, y su salario, mayor que el del primer ministro griego1.

Los primeros realizadores, griegos o extranjeros, que empezaron a trabajar en el país dirigieron noticieros de actualidad. Un operador francés, llamado Léon, rodó en 1906 el primer filme griego, dedicado a los Juegos Olímpicos extraordinarios de aquel año. El siguiente fue El paseo de la princesa por el jardín de palacio, filmado en 1912 por Joseph Hepp, un proyeccionista húngaro metido a realizador. Otros directores pioneros de películas de actualidad en Grecia fueron Dimitris Meravidis, los hermanos Manaki y Longos.

En 1912 se realizaron algunas comedias burlescas de corto metraje, como Quo vadis, Spyridion?, o Baby Spyridion, interpretadas por un actor de aspecto muy semejante al Fatti Arbuckle que por entonces trabajaba con la Keystone, llamado Spyros Dimitrakopoulos.

El primer largometraje producido en Grecia, titulado Gólfo, fue realizado en 1914 por un productor de noticieros de actualidad que ren in su propio estudio en Atenas, llamado Costas Bahatoris. El argumento del filme -un idilio dramático- procedía de la adaptación de la pieza teatral homónima de Spyros Peressiadis, llevada a los escenarios por primera vez en 1877. La dirección cinematográfica fue encomendada al italiana Filippo Martelli.

La adaptación para el cine de dramas bucólicos, previamente representados en los teatros, se convirtió en fuente de inspiración constante para la pantalla griega. Años más tarde, por ejemplo, O agapitikós tis vosopúlas {El amanté de la pastora), pieza de Karomilas estrenada en los teatros en 1892, fue adaptada para el cine por Tsakiris en 1932, y se convirtió en el primer largometraje hablado de la historia del cine griego. Y refiriéndonos a ese constante recurso de los motivos bucólicos, no podemos olvidar que en el filme El viaje de los comediantes de Angelopoulos, el drama, llevado a escena por toda Grecia, es precisamente Gólfo.

La adaptación, en 1930, de la novela bucólica de Longos {siglo II a. C.), Dafne y Cloe, propició precisamente la película de mayor éxito antes de la II Guerra Mundial. El director del filme, el poeta y guionista Orestis Laskos, logró establecer un paralelo entre el turbulento periodo alejandrino y el europeo de entreguerras, lleno de anhelo por una imaginaria Arcadia. El atractivo de la película se debe en gran parte al rodaje en la bella naturaleza de la isla de Mitilene y en el lago Vouliagmeni, en la península ática. Siguiendo las recomendaciones de Tasos Meletopoulos, Laskos empleó además negativo pancromático, una decisión gracias a la cual el veterano realizador Dimitris Meravidis ha podido recientemente explorar el rango completo de la luz helénica, al recuperar mediante una variada escala de grises la cualidad original del filme. La elección de actores no profesionales para los caracteres principales -Edison Vichos en el papel de Dafne y Lycy Matlie en el de Cloe-, permitió a Laskos evitar los clichés teatrales. Su filme ha inspirado el de Nikos Koundouros, Las jóvenes afroditas, ganador del Oso de oro en el festival de Berlín de 1963. El largometraje de Laskos fue recuperado y restaurado por la Filmoteca Nacional de Grecia, y mostrado posteriormente en festivales y retrospectivas por todo el mundo.

EL NACIMIENTO DE UNA INDUSTRIA

Orestis Laskos había dado sus primeros pasos en el cine con la productora Dag Film, fundada en 1923 por los hermanos Gaziadis (uno de ellos, Dimitris, estudió en la Academia de Fotografía y Cine de Munich). Como ha puesto de manifiesto la historiadora y fundadora de la Filmoteca Griega, Aglaía Mitropulos, el periodo 1925-1947 señala el comienzo de una verdadera industria cinematográfica en Grecia. La mencionada productora Dag Film, activa durante cinco años, operó como una embrionaria «fábrica de sueños» en la sociedad griega. Con una inversión de cien mil dólares, los hermanos Gaziadis dotaron sus estudios y se sirvieron de la experiencia acumulada en los años de preparación munaqueses para llevar a las pantallas griegas películas de los géneros más diversos. Melodramas como Eros kai kímata (Amor y olas, 1927) o To limani ton dakríon (El puerto de las lágrimas, 1928), fueron dos de sus mayores éxitos comerciales (y perdidos en la actualidad).

Su siguiente producción, Astero (1929), dirigida por Dimitris Gaziadis, resultó de una adaptación de un texto de Orestes Laskos, inspirado en parte en la novela griega Nirvanas, en parte también en la de Hellen Hunt, Jackson Romana (un relato romántico entre los indios americanos), que ya había sido llevada a la pantalla por Griffith. La versión griega de 1929 presentaba una pastora, Astera (interpretada por Aliki Theodoridis, una actriz entonces muy popular), que amaba hasta la locura a un rico pero inocente pastor que no le correspondía, hasta que finalmente éste decide seguir los impulsos de su corazón y, desoyendo los prejuicios familiares, se une a Astera y logra así salvar su vida.

El atractivo de este nuevo género, que dio en llamarse «fustanéla»2 o «aventura en la montaña», fue enorme entre los espectadores griegos y proporcionó el sustrato para los mayores éxitos de taquilla, en tiempos del cine mudo y en los del sonoro. La visión idealizada de la naturaleza griega, que en aquellos momentos padecía los efectos de la gran de depresión mundial, propiciaba una vía de escape a las adversas condiciones de la vida cotidiana. Los creadores griegos todavía no habían encontrado su fuente de inspiración ni en el proletariado urbano ni en las subculturas del campesinado griego. Por eso, el cine de aquella época ofrecía una versión idealizada de la vida campestre en Grecia, mediante la adaptación de historias tomadas del repertorio de la escena griega o de la producción cinematográfica extranjera. La película que ha dado lugar a estos comentarios, Astero, fue también recuperada y restaurada por la cinemateca de Grecia en colaboración con la francesa, a partir de una copia con subtítulos en francés. Esta copia fue proyectada recientemente en Atenas con un nuevo acompañamiento musical, creado por M. Grigoriou pura sustituir al original, perdido en la actualidad.

Una reflexión sobre las difíciles condiciones de vida en los centros urbanos del país fue presentada por Stelios Tatassópulos en la película Kinonikí sapíla (Corrupción social), dirigida en 1932, El melodrama de un joven estudiante que abandona sus estudios por falta de dinero, encuentra a una joven actriz, con la que empieza a trabajar en el teatro pero a la que ve alejarse, atraída por un empresario rico y depravado, da un giro inesperado cuando el protagonista, hundido y expulsado de la compañía teatral halla su salvación y un nuevo trabajo gracias a los obreros de una fábrica próxima a Atenas miembros de un sindicato. Drogas, desempleo, cárcel, enfrentamientos entre la policía y los trabajadores, todo eso queda retratado de una manera bastante ingenua por un realizador como Tatassópulos que era por entonces un amateur. Pero la película, localizada y preservada por la Filmoteca Alemana, tiene valor como precedente del cine de compromiso político en Grecia.

El año 1932 señala la fecha de los primeros ensayos para introducir el sonido en el cine griego. Rapsodia griega y El amante de la pastora fueron ambos sonorizados en Alemania. Para entonces, la compañía Dag Film había logrado persuadir al primer ministro Venizelos, para que el impuesto de explotación de las películas griegas se redujera por ley del 30 al 10%. Pero el decreto fue revocado dos años más tarde por un nuevo gobierno y la compra de un estudio de sonido, que la Dag Film había acordado con la Warner y para la que el gobernador del Banco Nacional de Grecia ya había aprobado un crédito extraordinario de 400.000 dólares, fue suspendida y el proyecto finalmente abandonado. La producción griega sufrió con ello un duro revés y la Dag Film acabó quebrando, incapaz de competir con las producciones extranjeras que estaban copando las salas de proyección griegas.

LA GUERRA Y LA OCUPACIÓN

Durante el periodo de entreguerras, Grecia se vio aquejada por un peculiar régimen autoritario (1936-1941). El dictador Ioanis Metaxas -un gran admirador de los regímenes fascistas- estableció un gobierno no respaldado por ningún partido de masas fuerte, como en otras naciones europeas. La base del poder de Metaxas era el rey Jorge II, que había apoyado al Reino Unido durante la I Guerra Mundial. Por eso, cuando Mussolini declaró la guerra a Grecia, el régimen autoritario, alineado con el rey anglófilo, decidió entrar en la lucha de la parte de los aliados.

No obstante el éxito del Ejército griego frente al italiano, era ciertamente imposible rechazar a los alemanes. Éstos derrotaron a Grecia y ocuparon su territorio entre 1941 y 1944. Durante el periodo de ocupación del Axis, la desaparición de las estructuras nacionales de gobierno dio lugar a la formación de un movimiento de resistencia muy sólido, que sentó las condiciones para la guerra civil, posterior a la ocupación: «En las montañas de la Grecia libre ha surgido un Estado alternativo, para desafiar la tambaleante legitimidad del Gobierno de Atenas». La Wehrmacht empleó el terror para doblegar la firme voluntad de la resistencia griega, pero fue en vano.

Los movimientos de resistencia EAM/ELAS trataron de controlar la resistencia, sembrando el pánico entre sus oponentes. Pero cometió algunos errores gravísimos, al no haber sido capaz de idear una estrategia para el curso de acción a seguir una vez concluida la liberación. Observando los hechos con una mirada retrospectiva, tal vez quepa argüir que la cúpula de la KKE -el Partido Comunista de Grecia- se mostraba por entonces más favorable a la estrategia de Stalin, consistente en favorecer a las clases populares urbanas antes que al campesinado, lo que se manifestaba en la incapacidad de los líderes del partido para valorar en su justa medida el dinamismo de ejército popular del campo, por una parte; y por otra, én el hecho de que los apparatchiks de Atenas -los burócratas comunistas asentados en la capital- recelaban de la cúpula del ejército campesino y muy particularmente de Aris Veluchiotis.

En el otro bando, el miedo a la revolución en ciernes amalgamó fuerzas muy dispares, y durante el último año de la guerra, nacionalistas de diferentes familias ideológicas se dieron cita, contando con frecuencia con la connivencia de los ocupantes alemanes y con el manifiesto apoyo de los ingleses, para combatir a la izquierda.

Durante los últimos meses de la ocupación, las voces moderadas dejaron de oírse en la política griega. Estas fueron las raíces sociales de la guerra civil que tuvo lugar a continuación, un conflicto que, incluso después de restaurada una suerte de «democracia tutelada», condujo a profundas divisiones en la vida pública. Existía por una lado una esfera pública oficial, que representaba al bando de los vencedores en la guerra civil; y por otro, la actuación pública de la oposición en diversas esferas, en las cuales podían escucharse las voces de los vencidos.

La industria del cine sufrió un grave retroceso a causa de los factores económicos y políticos a los que hemos hecho referencia. La mayor parte de las compañías de cine se habían declarado en quiebra antes incluso de la ocupación alemana. Hubo, no obstante, unas pocas notables excepciones, como la del abogado Filopímin Finos, que ya había hecho tentativas de producción con un equipo de sonido y que estableció su propio estudio en Kalamaki (zona costera cerca de Atenas). En 1942, produjo I foní tis kardiás (La voz del corazón), dirigida por Dimitris Ioannopulos. La película, que fue proyectada después de la gran hambruna en Atenas de 1943, resultó un éxito fabuloso, con más de 102.000 espectadores. Finos, que fue arrestado por la Gestapo, produjo después de su liberación, en 1945, I villa me ta núfara (La mansión de los nenúfares). Asociado con Zervos, inauguró unos nuevos estudios y sentó las bases de lo que sería el impresionante crecimiento de la producción cinematográfica griega de la posguerra: de cinco películas que se habían producido en el periodo 1945-1946, se pasó a siete en 1947-1948, diez en 1950-1951 y diecinueve entre 1952 y 1953.

Los directores de cine comercial dirigieron su mirada a los escenarios en busca de inspiración, y adaptaron para el cine muchas comedias teatrales que allí se habían estrenado. Algunos dramaturgos metidos a directores de cine, como Alekos Sakellarios y Nikos Tsiforos, mostraron suficiente habilidad para renovar el género cómico. Mano a mano con algunos cinéfilos de talento, formaron lo que Aglaia Mitropulos ha denominado la «escuela de Atenas».

Unos de los más talentudos y versátiles representantes de esta escuela fue Yorgos Tzavellas, que hizo su aparición con Chirokrotímata (Aplausos, 1946), la historia de un escritor musical y artista de variedades, llamado Attic. Posteriormente, Tzavellas dirigió O methístakas (El borracho, 1946), un éxito enorme de taquilla, con más de 300.000 espectadores en Atenas.

Durante la primera década (1950-1960), las comedias hicieron alguna referencia accidental a las divisiones sociales y económicas características del periodo que comentamos. Por ejemplo, en la película de Sakellarios, titulada I Germaní xanárchontai (Los alemanes vuelven de nuevo), de 1948, se hace uso de una cacerola, en manifiesta referencia a la guerra civil. Otras películas como Santa Tsikita (1953), del mismo Sakellarios, o I oréa ton Athinon (La bella de Atenas, 1954), de Nikos Tsiforos, abordaban el grave problema del desempleo y la pobreza en Atenas. En aquella época, la mujer trabajadora no sólo no disfrutaba del impactante glamour tan en boga en el Hollywood de los años treinta, sino que era retratada siempre como un ser socialmente inferior o luchando para ahorrar unas perras gordas.

Durante esos mismos años, las comedias tenían que ganar para sí otras audiencias subalternas, que estaban en el bando de los vencidos en la guerra civil y que reaccionaban de modo ambivalente a las propuestas de consenso lanzadas desde el bloque en el gobierno. Bajo este prisma puede recordarse aquí la película Elias del Regimiento 16. Pero en la década siguiente, este tipo de comedias con mayor conciencia social se vieron reemplazadas por tramas más convencionales, centradas en los temas clásicos del género, como el adulterio y los celos. Películas como O Kléarcos, i Marina kai o kontos (Klearcos, Marina y el enano), de 1961, o La abundancia malograda, de 1959, se orientan más hacia la nueva realidad social en la que la rápida paz de la modernización empuja a los personajes a abandonar la solidaridad social y centrarse en el sueño pequeñoburgués de un rápido ascenso social.

En paralelo al cine comercial, un nuevo grupo de intelectuales empezaron a mostrar interés por el cine, para en primer lugar realizar algunas películas al estilo neorrealista y luego otras que, con todo rigor, pueden incluirse en la categoría de obras de autor.

Entre las primeras, Pikró psomí (Pan amargo), dirigida en 1950 por Grigoris Grigoriou, marcó el inicio de la tendencia griega hacia el neorrealismo. Este primer intento de retratar las condiciones de vida en una barriada deprimida del extrarradio ateniense topó con numerosas dificultades técnicas y no logró impresionar al público. Luego, el entusiasmo de los productores se enfrió y dejaron de respaldar proyectos como éste.

Fue Gregg Tallas quien, a pesar de todo, logró en 1953 realizar el primer filme griego verdaderamente neorrealista. Nacido en los Estados Unidos de padres inmigrantes griegos, Tallas había trabajado ya con importantes directores del American Laboratory Theatre, como Bolislavsky, y con Federico García Lorca en La Barraca, creando incluso su propia compañía, la Toy Theatre, especializada en la puesta en escena de dramas clásicos griegos y obras de Shakespeare. También había trabajado para la MGM como editor y director cinematográfico. Con ocasión de su vuelta a Grecia, Tallas quedó sorprendido por los vivos recuerdos de la ocupación y la resistencia que guardaban sus compatriotas, y bajo la influencia del neorrealismo italiano concibió un guión original. La historia tenía lugar en un orfanato de Tedesalónica, en 1943, y seguía las aventuras de ciento sesenta niños, internados en el orfanato que, cuando llegan los alemanes y clausuran el establecimiento, se ven arrojados a la calle y logran sobrevivir gracias a la organización de una pandilla de héroes que roban comida a los alemanes y a sus colaboradores griegos.

Esta película fue producida ocho años antes que la de Nanni Loy, Cuatro días en el infierno, que trata asimismo de los niños internados en un reformatorio que se alzan contra los invasores alemanes. Gregg Tallas fue el primer director que rodó en las calles de Tesalónica y que trabajó con actores no profesionales, pero lo hizo todo con gran precisión y soltura. La crítica observó cómo, a pesar de haber rodado la película con una vieja cámara de 1924, el veterano realizador Michalis Gaziadis había obtenido con ella unos resultados excepcionales. La música de la banda sonora, que contribuyó igualmente al éxito del filme, tue compuesta por Mikis Theodorakis. La película de Tallas obtuvo el primer premio en el festival de cine de Edinburgo3.

EL REMBETIKO EN EL CINE GRIEGO

En 1955, los dos directores más importantes de esa época realizaron su segunda película, marcando con ellas el ingreso del cine griego en la era del arre cinematográfico. En un momento en el que los autores griegos dejaban de lado los serios debates característicos del periodo de entreguerras y volvían a ocuparse del problema de la autenticidad, la tarea de renovar las formas artísticas y de centrarse en la subcultura del proletariado griego fue confiada a un pequeño grupo de compositores y de realizadores cinematográficos. Directores como Tallas, Kunduros y Kakoyannis no sólo llevaron a Grecia las nuevas corrientes del cine europeo, sino que asumieron posiciones críticas bien frente a los vencedores de la guerra civil (así Kunduros), bien frente el patriarcado (así Kakoyannis).

Este último era un joven grecochipriota que había viajado a Londres para estudiar Derecho pero que, en su lugar, había arribado en el teatro y hecho su debut llevando a la escena el Calígula de Camus. Sin embargo, no quiso continuar su carrera como actor y decidió volver a Atenas, donde obtuvo un considerable éxito con la comedia Golpe de suerte en Atenas, interpretada por Elli Lambeti y Takis Horn. Este éxito propició la confianza de los productores griegos en el nuevo director, que tuvo oportunidad de poner en marcha un proyecto ambicioso. Le propusieron adaptar para la pantalla el drama de Iakovos Kampanellis Stela con los guantes rojos, y Kakoyannis aceptó. Como luego escribió el director, «Stella era un pretexto para explorar el mundo del rembetiko [blues griego], que es tan interesante. Había que explorar el medio social de la gente corriente, del que yo era un perfecto ignorante y que tanto la buena sociedad ateniense como los otros realizadores cinematográficos habían despreciado»4.

En ese ambiente musical del rembetiko, y en particular en un music-hall llamado «Paraíso», reinaba una mujer fatal, Stela (Melina Merkuri). Dividida entre la pasión amorosa y la pasión por su libertad, ofrecía el retrato perfecto de la nueva mujer. Una que, amada por los hombres y odiada por las mujeres, acepta el amor de Alekos (Alekos Alexandrakis), un joven de clase media al que, sin embargo, rechaza cuando le propone el matrimonio para marchar apasionadamente en pos de Miltos (George Fundas), estrella de un equipo de fútbol. De nuevo la proposición de matrimonio que éste le hace le resulta problemática a Stela, que ve amenazada su libertad. Finalmente, acepta a Miltos pero el día de la boda se da cita con un joven estudiante, Antonis (Costas Kakavas). Al atardecer, Stela vuelve de nuevo junto a Miltos que la acuchilla y la mata.

Kakoyannis se servía de un texto realista, pero las expectativas del espectador sobre el desarrollo de los acontecimientos eran burladas constantemente mediante el empleo conjunto del código musical del rembetiko, la nueva estética del paisaje urbano y los motivos clásicos de la tragedia arcaica griega. Los códigos del rembetiko prestaban ayuda al director a la hora de renovar el retrato de la protagonista porque, aunque Kakoyannis incorporaba en ella determinados elementos del tipo de la mujer fatal (rembetissa) de la subcultura urbana, supo trascenderlos hasta crear un nuevo tipo representativo de la mujer griega moderna, difícil de digerir tanto para la derecha como para la izquierda5. La banda musical de la película reveló el talento del joven compositor Manos Hatzidakis, que al lograr adaptar con enorme facilidad los motivos del rembetiko, había contribuido de modo decisivo a la creación de la atmósfera adecuada. De modo análogo, el valor estético de la película fue asegurado por la colaboración del pintor Yianni Tsarouchis, que demostró un gusto incomparable en la elección de localizaciones naturales tanto en Atenas como en El Pireo. Original, finalmente, resultó también la adaptación en el guión de la película de los clásicos motivos dramáticos de la hybris (orgullo desmedido) y la némesis (venganza) que, en el contexto moderno, venían a señalar no ya a los dioses, como en la Antigüedad, sino a la sociedad tradicional e hipócrita, verdadero responsable del trágico final de la protagonista.

La película logró en Grecia los mejores resultados de taquilla, y en el festival de Cannes produjo una gran impresión. Pero frente a ella, la crítica griega quedó dividida. Los críticos de izquierdas no podían sino despreciar esta adulterada reflexión sobre la sociedad y el peligroso precedente para las jóvenes muchachas que llegarían a ser víctimas, de seguir el ejemplo de Stela. Otros críticos de opuesta orientación, como Mitropulou o Sokou, alabaron por su parte la película de Kakoyannis. En aquel tiempo, la izquierda soñaba con una versión griega del realismo socialista soviético, y no podían aceptar un proyecto artístico como éste, en el que modernidad y subcultura popular marchaban de la mano.

En este mismo clima de libertad creativa se movió Nikos Kunduros, que ya se había ejercitado en las bellas artes y probado a sí mismo en el Centro junto con otros compañeros de reemplazo, en el regimiento de la isla Makronissos. Su primera película, Magikí póli (La ciudad mágica, 1954), resultó un relato inertemente inspirado por ei neorrealismo, sobre la lucha de un joven taxista (George Foundas), vecino de una barriada del suburbio ateniense, para no dejarse atrapar en los lazos de la mafia local.

En su segunda película, O drakos (El ogro de Atenas, 1956), Kunduros contó con la colaboración de Iakovos Kampanellis, para llevar al cine la historia de Thomas (D, Eliopoulos) , un tímido burócrata al que la policía empieza a perseguir por error, llevada a confusión por el gran parecido que Thomas guarda con un pez gordo de la mafia de Atenas, conocido como «el Ogro». Descubierto el error del que es objeto, Thomas aprovecha de su nuevo prestigio para proponerse como jefe de una pequeña banda de delincuentes en El Píreo y ganar luego el corazón de una joven cantante (Margarita Papageorgiou). El mecanismo de mascarada, gracias al cual un insignificante burócrata se convierte en un poderoso gángster, le permitió al realizador pasar revista a una sociedad en la que tanto los recuerdos como los efectos de la guerra civil eran todavía muy fuertes. Kunduros empleó algunas técnicas de cine negro, pero con intención de subvertirlas. Cuando, por ejemplo, una película de este género hubiese confiado en la identificación del espectador con las fuerzas de la ley y del orden, en el caso de El ogro de Atenas Kunduros esperaba que lo hicieran con los forajidos (en la secuencia del arresto de Thomas, que tiene lugar en medio de un gran despliegue policial, la película muestra la solidaridad de todo el vecindario con el delincuente, en clara referencia a los sentimientos comunes en contra del arresto y deportación de las gentes de izquierda, muy frecuentes en esa época).

No es sólo gracias a la subversión de los códigos del cine negro, sin embargo, por lo que en este caso se logra producir una película moderna, sino también por la creación de nuevos referentes simbólicos. En la escena en la que la banda ultima su próximo golpe, hay elementos tanto de la subcultura del rembetiko como otros que vinculan a estos delincuentes con la tradición de los «primitivos rebeldes»6

Al director no le interesaba tanto la lógica narrativa que tendría sentido en una película de cine negro, como tos rituales que resultan clave a la hora de establecer la identidad de esta peculiar banda suburbana. Los dos coros, que interpretan diferentes idiomas musicales, expresan la división de los sexos, tan pronunciada entonces en la sociedad griega. La coreografía del coro masculino procede del rembetiko, una danza que subraya el desafío a la ley y que se alinea con las tradiciones de la «revolución primitiva». Por su parte, el coro femenino tiende al lamento, de manera muy próxima a la tradición musical popular (demotiki), para subrayar el papel que las mujeres desempeñan como garantes y servidoras, al mismo tiempo, del ámbito doméstico.

La película no obtuvo resultados satisfactorios en taquilla y dejó dividida la opinión de los críticos. Los de izquierda estaban preparados para repetir las mismas objeciones que ya hicieron a Stella, puesto que la obra de Kunduros volvía a «describir un submundo corrió el del rembetiko, que es signo de degradación». Adviértase que esta misma izquierda había impuesto normas muy estrictas referentes incluso a la música que un buen comunista habría de escuchar en prisión o en el exilio, y que el rembetiko se hallaba entre las primeras de las músicas prohibidas7. Quedaba, pues, el terreno despejado para que la crítica burguesa hiciera el elogio de la película y expresara la opinión de que, por primera vez, el cine griego daba realmente un paso adelante por la senda del arte cinematográfico europeo.

 Como Kakoyannis hiciera una crítica de la sociedad patriarcal al fijarse en la cultura del rembetiko, así Kunduros empleaba el género del cine negro para criticar la represión de partidarios y simpatizantes de la izquierda, que estaba llevando a cabo el aparato del Estado.

El éxito de Stella propició nuevas oportunidades para Kakoyannis, con productores tanto griegos como extranjeros. En 1956 dirigió To koritsi me ta mavra (La muchacha de negro) y, en 1958, To telefteo psemma (La última mentira, aunque estrenada en España como Una cuestión de dignidad). Las dos fueron protagonizadas por Elli Lambeti y se mostraron muy críticas con la hipocresía de la burguesía ateniense.

El punto de inflexión en la carrera de Kakoyannis hacia su reconocimiento internacional resultó de la adaptación en 1962 de la tragedia Electra, de Eurípides. Existían ya algunas adaptaciones cinematográficas de los clásicos griegos, como la Antígona, de Sófocles, llevada a la pantalla en 1961 por Tzavellas; pero la mayoría de ellas estaban muy influenciadas por el estilo interpretativo del Teatro Nacional, que había repuesto el drama antiguo en los teatros al aire libre de Epidauros y Erodes Atticus, en Atenas. La versión realizada por Kakoyannis, sin embargo, fue concebida en términos puramente cinematográficos, adaptando la historia de la venganza y el matricidio a la vida en una pequeña población ática, donde Electra, expulsada del palacio, es recibida con simpatía por el pueblo. En el papel principal, Irene Papas realizó una interpretación espectacular. La música de Mikis Theodorakis y la fotografía en blanco y negro de Walter Lassaly resultaron asimismo memorables. La película, puesta a circular por Grecia y en el extranjero, obtuvo un gran éxito.

Zorba, el griego

Fue así como Kakoyannis puedo afrontar a continuación (1965) la adaptación cinematográfica de una conocida novela griega de Nikos Kazantzakis, Zorba, el griego. Para los personajes principales contó con importantes actores internacionales, como Anthony Quinn en el papel de Zorba, Alan Bates como Vassilis y Lila Kedrova interpretando a Madame Hortense. El director de fotografía Walter Lassaly obtuvo eí último oscar de la historia del cine a la mejor fotografía en blanco y negro, mientras que Mikis Theodorakis, el conocido compositor de izquierdas, logró su primer éxito internacional con la música de la banda sonora del filme. Los dos personajes principales representaban las dos caras del novelista, dividido entre la sacrificada dedicación al oficio de escribir y su admiración por el poder y la vida sensual. La película obtuvo un grandísimo éxito de taquilla tanto en Grecia como en el extranjero, y sentó las bases para la carrera internacional de Kakoyannis y la difusión de la obra de Kazantzakis en los países de habla inglesa.

Jules Dassin había sido el primero en llevar a la pantalla la obra de Kazantzakis. Partiendo de la novela Cristo, de nuevo crucificado, había rodado en Creta, en 1956, O Christos xanastavronetai (El que debe morir), una película con un importante reparto internacional que incluía a Jean Servais, Pierre Vaneck, Maurice Ronet y Melina Merkuri. La trama tiene lugar en un pueblo de Creta durante los últimos años de dominación otomana. La población ha quedado dividida entre los que sacan partido de la ocupación turca, por un lado, los grandes terratenientes, por otro, y finalmente los pobres campesinos, en general mucho mejor dispuestos a escuchar el mensaje de Jesucristo. Durante la Semana Santa, cuando ya han sido elegidos entre los vecinos del pueblo los que actuarán en el retablo de la Pasión, hace su aparición un grupo de refugiados. En el dilema entre los ricos del pueblo y los pobres campesinos que, inspirados por sus papeles en la representación de la Sagrada Pasión, quieren ayudar a los refugiados, el campesino que ha sido elegido para interpretar el papel de Cristo será sacrificado.

La película había tenido una acogida desigual e incluso en Cannes no había logrado suscitar ningún entusiasmo en particular. Pero tanto Kazantzakis como Dassin defendieron la película, y el último sostuvo siempre que El que debe morir era su película favorita y aquella que, no obstante todos sus defectos, más se acercaba a sus propias convicciones8. Quizá los tiempos no estuvieran aún maduros y hubiera que esperar hasta 1962, cuando un radical Pasolini, con su El Evangelio según san Mateo, lograría igual reconocimiento entre los católicos y los marxistas.

Dassin había obtenido su mayor éxito en 1960 con Poté tin Kyriakí (Nunca en domingo), durante la producción de la cual había tenido siempre Stela en la cabeza. Ilya (Melina Merkuri), la protagonista, es una prostituta de gran corazón, que se enamora de Homer (Jules Dassin), un profesor universitario llegado de los Estados Unidos que trata no sólo de redimir a Ilya de su oficio sino de proporcionarle una esmerada educación. El entrecruzamiento de los motivos de Pigmalión y del americano en El Pireo permitió al director realizar una versión bastante cómica del submundo ateniense, y un simpático retrato de las virtudes y vicios del hombre griego. La partitura musical de Hatzidakis hizo internacionalmente popular la música de rembetiko. Merkuri obtuvo en Cannes el premio a la mejor actriz y, junto con Anthony Quinn, se convirtió en la más destacada embajadora del turismo griego.

INCREMENTO DE LA PRODUCCIÓN COMERCIAL

Durante la década de los años sesenta, el cine griego fue presa de una gran agitación. Por una parte, el cine comercial conoció una gran expansión, con un aumento muy significativo de producciones y espectadores: de los cincuenta y seis millones que eran 1956, se duplicaron hasta llegar a ciento treinta y siete millones, en 1967. Las producciones comerciales tomaron en préstamo del cine de autor las descripciones del mundo suburbano y la música de rembetiko, y lograron grandes éxitos como Lola, de 1964, o Ta kókkina fanária (Faroles rojos) de Georgiadis, un año antes.

Sin embargo, si estas películas asumían el rol del delincuente o del desviado, era para incorporarlo a la lógica melodramática de sus respectivos relatos. Sus personajes resultaban incapaces de actuar ya como exponentes de un mundo en conflicto con el de las clases socialmente relevantes. En este caso, el papel principal correría a cuenta del destino.

De modo similar, en el caso de To joma váftike kokkino (Tierra ensangrentada), un dramático conflicto en la Grecia rural filmado en 1965, de la descripción de la sublevación campesina en Kileler, ocurrida históricamente en 1911, resultó un westem griego.

Estaba reservada, en fin, a una generación de jóvenes directores como Robert Manthulis, Dimos Theos o el veterano actor Alexis Damianes, la tarea de continuar haciendo camino por la senda del arte cinematográfico. El último dirigió en 1966 Mejri to plío (Hasta zarpar), la odisea de un herrero itinerante, desde que abandona las pobres aldeas en las que trabaja habitualmente hasta que llega a El Pireo con intención de embarcarse y emigrar. El relato, estructurado en tres partes, proporciona una impresionante perspectiva del subdesarrollo rural. Junto con I paranomi (Los forajidos, 1958) y To potami (El río, 1959), de Kunduros, la película dirigida por Damianos es la única historia de la vida rural que desoye los tópicos folclóricos, explotados habitualmente por el cine comercial, para adentrarse en las raíces de la represión de los vencidos en la guerra civil y dibujar su descontento. Hasta zarpar obtuvo el primer premio en el festival de cine de Hyeres.

Prósopo me prósopo (Cara a cara, 1966), un filme de Manthoulis, retrata a un joven profesor de inglés escindido entre el odio a la familia burguesa que le ha contratado (en sus sueños, se le aparecen como invasores nazis) y la admiración por su discreto encanto, que concluye por hacer de él el amante tanto de la madre como de la hija de la familia, en un peculiar triangulo amoroso. La comedia sirve bien a los propósitos del realizador, que pretendía capturar el ambiente de Atenas y el conflicto latente entre la clase burguesa y los profesionales de la clase media baja, que tienen pocas opciones fuera de la emigración, para ganarse la vida.

EL CINE BÉLICO DURANTE EL PERIODO DE LA DICTADURA (1967-1974)

Después de la guerra mundial, y en particular al concluir la guerra civil, el cine griego se había convertido en el entretenimiento más popular, con diferencia. Pero el cambio gradual de los espectadores de las clases más populares, que de asiduos asistentes al cine empezaron a consumir de preferencia programas de televisión, tuvo lugar entre 1970 y 1973 y marcó el declive del cine comercial nacional. Para interpretar este cambio, es preciso responder a dos cuestiones: qué factores hacían tan atractivo el cine comercial griego para la gran masa de espectadores y por qué perdió tan rápidamente la batalla con la televisión, por un lado; y por otro, cuáles eran los géneros cinematográficos favoritos de la más sofisticada cinefilia del país, y cómo esa transformación del cine a cuenta de la televisión afectó al nuevo cine griego.

En el caso griego, basta con decir que una gran parte de las clases populares, que había sufrido las consecuencias adversas de la modernización del campo, se precipitó a las salas de cine comercial para proveerse allí de materiales simbólicos con que poder tejer, en un relato autoidentitario, su propia respuesta sobre quiénes eran ellos mismos en la nueva situación.

Contribuyó asimismo a este cambio el surgimiento de nuevas estrellas que, al incorporar nuevos roles sociales, mermaron el atractivo de los tipos tradicionales, correspondientes a las clases medias en ascenso y que habían sido interpretadas por las viejas estrellas, las verdaderas protagonistas del éxito popular del cine comercial nacional. Los viejos géneros de gran aceptación entre el público fueron reemplazados por los musicales, las películas de cine negro y los filmes de guerra.

Fue este el nuevo género que, con el respaldo del régimen autoritario, hizo su aparición en la historia del cine griego. Entre 1940 y 1960 se habían producido, ciertamente, algunas películas bélicas. La más importante de todas llevaba por título Blóko (El bloqueo, 1960), escrito y dirigido por el investigador del cine, de origen griego pero con su carrera profesional realizada en París, Ado Kíru. Este interesante filme partía de las represalias de los soldados alemanes contra la resistencia griega, hecha fuerza en la barriada ateniense de Kesariani en los tiempos de la ocupación. Pero el resto de los filmes bélicos, producidos entre 1960 y 1966, contaban más bien historias personales. El régimen de la dictadura favoreció las películas de guerra y proveyó a la producción de equipamiento militar o de personal con el objetivo obvio de reforzar su propia imagen. En los primeros años de la dictadura (1969-1970), se estrenaron doce de estas películas, cuatro de las cuales llegaron a tener gran éxito. La tendencia se prolongó durante los siguientes dos años, con una producción de ocho películas de guerra por año y con una aceptación más que regular.

De acuerdo con Papadimitriu, el guión de una película de guerra de esa época muestra una dualidad típica, a saber: la guerra y la ocupación separan a una pareja; el fin de la guerra vuelve a reunirlos. La aventura colectiva (la guerra) y el romance privado (la pareja) quedan estrechamente intrincados. Para este autor, lo que distinguiría el cine de guerra griego del de otras nacionalidades no sería tanto la existencia de esa dualidad cuanto la primacía del romance en detrimento incluso de la aventura9. Y lo que distinguía a estos filmes de guerra de nuevo cuño de los más antiguos, como los citados Bloqueo, de Kíru, o Los forajidos, de Kunduros, era que éstos hacían una amplia referencia a la división interna durante la guerra civil y al papel de los colaboradores con los alemanes, mientras que en los nuevos tales referencias eran obviadas.

Este clima favoreció el desarrollo de una actitud muy combativa entre los intelectuales radicales y los jóvenes directores de cine, que criticaban al cine griego anterior a la dictadura, del que hablaban en su conjunto con desdén como del «viejo cine griego». La adopción de una postura tan radical tenía su origen principalmente en la aversión que los jóvenes realizadores, perseguidos o simplemente excluidos de la producción cinematográfica de aquella época, sentían por los directores y productores que colaboraban con la junta en la producción de filmes de propaganda.

En este ambiente nuevamente radicalizado, el público buscó tanto las películas extranjeras más modernas como otras películas políticas griegas del periodo anterior, del tipo El ogro de Atenas, así como nuevas producciones, como Evdokía, de Alexis Damianos, Anaparastassi (La reconstrucción), de Theo Angelopulos, o, para el público que vivía en la diáspora, Kierion, de Dimos Theos. Este clima de tensión entre el «viejo» y el «nuevo» cine griego contribuyó a oscurecer el papel que el arte cinematográfico ya había jugado en el periodo anterior. Películas como Los forajidos o El río, de N. Kunduros, o Hasta zarpar, de A. Damianos, fueron dadas al olvido, mientras que filmes muy atractivos para los perdedores y que contribuían a que la esfera pública opuesta al régimen se expandiera, como los citados Evdokía o La reconstrucción, fueran considerados las únicas expresiones de la modernidad en el cine griego.

La reconstrucción (1970), de Theo Angelopulos, es una versión moderna del mito del Atrida. Helena (Tula Stathopulu), en colaboración con su amante Christos (Yiannis Totsikas), asesina a su marido cuando éste regresa a su casa en el pueblo, procedente de Alemania. Los asesinos esconden el cadáver en casa. Tratan de crear una coartada pero no son capaces de evitar el castigo impuesto tanto por los cuerpos de represión del Estado como por la televisión, e incluso la familia de Helena, pues es el propio hermano de ésta quien le denuncia a la policía. Angelopulos emplea los códigos de los forajidos, en una peculiar película de cine negro, para presentar un crimen en la campiña griega. Rechazando el principio neorrealista de rodar sin saltos, privilegió en cambio el principio brechtiano de manipulación de la diégesis. Además, la película incorpora escenas documentales para presentar los aspectos más regresivos de la organización social en el campo. La cuestión principal que interesa al director no es quién ha cometido el crimen -algo que la película revela desde el comienzo-, sino cuál es la naturaleza de la sociedad en la que éste ha ocurrido.

La subdesarrollada zona rural, la estructura familiar patriarcal y el papel de la mujer en ella son los ejes en torno a los cuales se desarrolla la trama de esta «ficción documental».

La descripción de la aldea griega contrasta agudamente con la imagen idílica que de ella se ofrecía en el cine comercial. El retrato de la mujer como víctima y verdugo al mismo tiempo, subrayaba su difícil posición en la vida social rural y sus inútiles esfuerzos para romper el círculo vicioso y lograr su libertad. La mujer perseguida se convirtió en un modelo para los individuos opuestos al régimen y perseguidos por la junta, y dio origen al atractivo que, en general, tenía el filme entre el público más radical. La crítica extranjera gustó mucho de este alineamiento, a la manera de Rashomon, de las tres versiones del crimen: la reconstruida por el director/actor, la de los periodistas y finalmente la reconstrucción que hace el fiscal. La película fue acogida con entusiasmo en el festival de cine de Tesalónica, donde obtuvo los premios a la mejor película, mejor director, fotografía y mejor actriz. En 1971, obtuvo en Francia el premio Géorge Sadoul y fue galardonada en el festival de Hyères. Pero en Grecia sólo fue capaz de reunir doce mil espectadores, aunque propició un debate a gran escala.

LA VUELTA A LA DEMOCRACIA (1974-2000)

El periodo 1974-1981 estuvo dominado en Grecia por el cine político. Orr ha argumentado que la modernidad en el cine ha hallado modos diferentes de expresión en el arte cinematográfico occidental y en el de los realizadores procedentes de países de Europa oriental o de Asia. En las primeros, las imágenes se vuelven contra las formas de vida de las clases medias-altas, mientras que los últimos se centran en los conflictos entre lo tradicional y lo moderno. Grecia se encontraba en la encrucijada entre ambas. Por una parte, los realizadores se sentían urgidos por la necesidad de aproximarse a la historia moderna como escenario del conflicto entre las fuerzas autóctonas de los movimientos revolucionarios y las de una modernización represiva. Pero al mismo tiempo, sentían también el atractivo de hacer representaciones críticas con los triodos de vida del mundo burgués. El moderno cine griego podía estar «mitologizando la historia moderna» -como certeramente ha propuesto Mitropulu a propósito de Angelopulos y sus seguidores-y simultáneamente tratando de liberarse de la convenciones de las viejas formas dramáticas, como ha sostenido Vacalopulos.

Películas como O thíassos (El viaje de los comediantes, 1974-1975), de Angelopoulos, o su Megalexandros (Alejandro Magno, 1980), son textos que mitologizan ciertamente la historia moderna. Analizado desde esa perspectiva, el primero de los mencionados interpreta la ocupación, la resistencia y la guerra civil desde la perspectiva de la izquierda, coincidiendo con la lecturadominante de la parte más radicalizada de la opinión pública durante los últimos años de la dictadura. Desde el punto de vista técnico, el director ha favorecido el uso del plano secuencia y el montaje. La película comienza con una dolly que retrocede hasta 1952, con la cámara marchando hacia Aegion (una ciudad de provincias en el Peloponeso) y con una dolly que regresa al mismo lugar pero en 1938, durante el periodo de la dictadura de Metaxas. En los catorce años entre uno y otro plano, seguimos la odisea de los actores ambulantes durante los momentos cruciales de la historia de Grecia. Los actores pasan del escenario en diversos teatros de provincias, a los que llevan Gólfo, al escenario de la historia real, lo que resulta de un gran fuerza. La película obtuvo numerosos premios, como el FIPRESCI en el festival de Cannes, en 1975; el premio a la mejor película del año del British Film Instituto, al año siguiente, y fue aclamado como la mejor película de los setenta por la asociación italiana de los críticos cinematográficos.

En 1976, le llegó a Pandelis Vulgaris su turno para analizar la guerra civil y sus consecuencias, en su película Happy Day (Un día feliz). Al contrario que Angelopulos, Vulgaris prestó atención a la parte humana de los conflictos históricos. Rodada en la isla de Yiaros, la película cuenta la historia del infame campo de concentración de Makrónisos, al que eran conducidos partidarios y simpatizantes del partido comunista a comienzos de los años cincuenta, para sufrir torturas físicas y psicológicas de manos no sólo de los oficiales del Ejército, sino también de sus propios compañeros que se habían pasado al bando de los verdugos. La elección de un estilo neorrealista resultó muy impresionante, y Vulgaris obtuvo una descripción muy viva del campo de Makrónisos, cuyas memorias se vieron reavivadas cuando la dictadura de 1967 organizó pequeños campos en algunas islas griegas, como la de Yiaros.

Tendremos oportunidad de discutir todavía la otra categoría de «modernidad» referida al cine griego, que se centra en el examen de la vida social de las clases burguesas, no obstante hallarse tal motivo llamativamente ausente en las novelas de la misma época. Hubo ciertamente unos pocos novelistas, como Theotokas o Karagatsis, que sí prestaron atención a las transformaciones del mundo burgués en Grecia, pero nunca llegaron a sumar entre todos tal número, que permita hablar de un movimiento general, especialmente durante el periodo posterior a la guerra. Por eso ha de sorprendernos poco que tanto Angelopulos como Panayotopulos se fijaran en textos extranjeros para realizar, uno la segunda parte de su trilogía, en 1976, con el título I kiniguí (Los cazadores), a partir de determinados motivos de El ángel exterminador y El discreto encanto de la burguesía, de Buñuel; y el otro, en 1978, a partir de una novela francesa de Gocheri, su filme I teméelides tis éforis kiládas (Los desocupados del valle de la fertilidad).

En el filme de Angelopulos, la trama se desarrolla en torno a una velada de la alta burguesía ateniense, que se desplaza hasta Fiorina para celebrar la Nochebuena. El descubrimiento en ei jardín de un cuerpo incorrupto de un guerrillero, asesinado durante la guerra civil, llena de confusión a todo el grupo. El regreso de! guerrillero muerto se ve acompañado de la histeria y la explosión de pánico entre los burgueses, significando así su inextinguible miedo a la izquierda. La película resultó quizá excesivamente formalista, pero cautivó grandemente al público, hasta reunir casi ciento veinte mil espectadores.

Por su parte, la película de Panayotopulos presentaba una alegoría del sueño, que se impone en la vida de tres muchachos de familia acomodada y en la de su padre, que heredan una lujosa mansión en un suburbio de Atenas. Los esfuerzos del hijo pequeño (Diametric Puíikakos) para huir, con ayuda de una sensual muchacha (Olga Karlatos), se ven igualmente frustrados. Resultan soberbias las interpretaciones del filme, y considerable su cualidad plástica, gracias al trabajo de precisión cinematográfica de Andreas Bellis. La película no hace ninguna referencia particular a la situación de Grecia. Su logrado estilo le valió no obstante el Leopardo de oro en el festival de cine de Locarno, y el Hugo de plata en el de Chicago. Fue asimismo bien recibida por el público de Grecia, donde fue vista por más de ciento cinco mil espectadores.

Otras dos películas producidas en ese periodo, ambas sensiblemente godardianas, hicieron también su camino al margen del clima político. Ta jrómata tis Iridos (Los colores del arco iris, 1975), de N. Panayotopulos, y Dio fegaria ton Avgousto (Doble luna de agosto, 1976), de Costas Ferris, se habían propuesto dar la vuelta a las estrechas convenciones del cine narrativo, para poner las técnicas más avanzadas en aquel momento al servicio del espíritu contestatario. En ningún caso aspiraban a realizar una crítica global del mundo burgués, sino más bien a retratar a los eternos desocupados, a los viajeros, a los artistas y al tipo de la mujer moderna. Los colores del arco iris se presentaba como una alegoría del mundo del espectáculo, algo que en el escindido clima político de aquella época no llegó a ser justamente apreciado. Cabría sostener que el rol de la excéntrica figura que irrumpe en el rodaje de un anuncio para acabar perdiéndose en el mar, corresponde al destino del cine griego: un cine pletórico de promesas, pero que, atrapado en la trampa de los anunciantes que han logrado orientar el gusto del público hacia los productos típicos del cine comercial, vive bajo amenaza de extinción.

Otra película que dividió la opinión de los críticos pero que tuvo una cálida acogida entre el público fue la que Kunduros tituló 1922, y que produjo en 1978. En esta obra, el realizador trataba de unir dos mentalidades típicamente contrapuestas: por una parte la occidental, asumida en la película como sensibilidad burguesa a la hora de describir el sufrimiento de aquellos comunistas griegos en Asia Menor que, después de la derrota de su ejército en el año 1922, fueron perseguidos por el de Turquía; y por otra, la perspectiva oriental, asumida para mostrar la tragedia de esos mismos refugiados no solamente como un choque de civilizaciones sino como un conflicto de clases. Porque aquellos ciudadanos griegos, en definitiva, tuvieron que pagar juntamente por Turquía y por Grecia, metidas ambas a jugar a grandes potencias, y sufrir además no sólo el nacionalismo sino también el desprecio social de parte de los turcos. Mostrado en el festival de cine de Tesalónica, e! filme levantó muchas ampollas, hasta el punto de que el Gobierno turco logró bloquear su proyección hasta 1981 (una vez estrenada, sin embargo, llegó a ser un éxito de taquilla).

La tardía vuelta de los realizadores griegos al arte cinematográfico y al cine de compromiso político tuvo consecuencias de naturaleza mixta. Algunos directores, como Angelopulos o Panayotopulos, atrajeron buena parte del público de su país, al tiempo que lograban llamar la atención de los espectadores y la crítica internacionales. Sin embargo, otro sector del público griego no se dejó convencer por el arte cinematográfico y, si el camino del cine nacional dependiese solamente del efecto de éste sobre ellos, difícilmente podría crecer de manera sostenida, en particular en un tiempo en el que el cine en todos los países europeos empezaba ya a padecer los perversos efectos de la invasión de las producciones americanas.

EL CINE GRIEGO ENTRE 1981 Y 2000

En este periodo, las políticas de identidad más que las políticas de clase, junto con los temas de la modernización del rol de la mujer, los refugiados y los inmigrantes coparon las pantallas cinematográficas.

Al cine griego le costó cierto tiempo llegar a interesarse de manera constante por las historias de las nuevas mujeres. Tres películas en particular -dos de ellas dirigidas por las directoras griegas más conocidas, enumeradas a continuación en primer y tercer lugar- actuaron como catalizadores en este proceso: I dromi tis agapis inai nijterini (Los caminos del amor se pierden en la noche, 1981), de Frieda Liappa; Revancha (1983), de Nikos Vergitsis, y finalmente I timi tis agapis (El precio del amor, 1984), de Tonia Marketaki.

La primera cuenta la historia de dos hermanas prisioneras en un triangulo mortal con su primo. Por su parte, con Revancha, Vergitsis aborda los ritos del peaje que un muchacho reprimido (Andonis Kafetzopulos) tiene que pagar al ceder su novia (Yota Festa) a su mejor amigo, pues acto seguido se ve obligado a aceptar la propuesta que ella le hace de iniciar una ménage a trois en la que la muchacha llevará la voz cantante. Por su parte, Marketaki adaptó la novela de Constantine Theotokis que llevaba por título Honor y dinero, para realizar a partir de ella un enérgico discurso sobre una muchacha que rechaza la propuesta de matrimonio que le hace su amante, obtiene su libertad al entregar su Entre el Olimpo y la tierra, el cine griego 1922 (1978), de Nikos Kunduros dore al hombre con e! que no se quiere comprometer y que decide probar suerte en la capital, donde dará a luz a un hijo y buscará una nueva forma de vida. Una afirmación semejante de la independencia de una mujer hubiera resultado impensable en el siglo XIX, pero tenía sentido en los años ochenta en un país como Grecia en el que el feminismo gozaba de un gran prestigio. La película obtuvo el gran premio en el festival de cine mediterráneo de Bastía.

A ese periodo corresponde también el segundo ciclo de la obra de Angeíupulós, que se centra en el motivo del Viaje y significa !a fluidez con que se forman las identidades políticas. En el primero de los filmes de esta serie, titulado Taxidi sta Kítihira (Viaje a Kíthira, 1984), un director de cine (Gulio Brogi) empieza a trabajar en una película acerca de unos refugiados de la guerra Civil, que vuelven a su hogar después de cuarenta años de ausencia. Un hombre (Manos Katrakis), que podría haber sido el padre del protagonista, o al menos uno con el que guardaba un gran parecido, trata de reunir a su familia en la aldea para empezar de nuevo su vida, pero fracasa y queda cautivo en una tierra de nadie, símbolo de un exilio eterno.

En la segunda película de esta trilogía, que lleva por título O melisokomos (El apicultor, 1986), Spiros (Marcello Mastroianni) abandona su trabajo y familia con objeto de recuperar la tradición familiar, que era la apicultura. En su viaje, tratará de reafirmar su identidad personal y política, pero se desespera y permite que las abejas le ataquen, hasta que muere.

En el último de los tres filmes que comentamos, Topio stin omijli (Paisaje en la niebla, 1988), dos hermanastros, Vula y Alexander, emprenden un viaje para buscar a su padre. Su odisea terminará con una escena al mejor estilo tarkovskiano, en el que logran el cumplimiento de su utopía al esperar el reverdecimiento de un árbol seco. La película de Angelopulos obtuvo el León de plata en el festival de Venecia de 1988, y en 1989 el Félix de la crítica francesa.

El tema de la imposibilidad del retorno ha sido desarrollado muy eficazmente por la película I fotografía (La fotografía, 1986), de Niko Papatakis. Dos hombres se encuentran en París. El más joven de ellos (Aris Retsos) trata de ganarse el favor del mayor (Christos Tsagas), mostrándole la fotografía de una joven cantante como si fuera la de su hermana. Una vez que el hombre mayor se decide a visitar el hogar de la que supone será su fiancée, con objeto de pedir su mano, el muchacho pone un punto final trágico a la mascarada.

La película de Kostas Vrettakos Ta pediá tis Helidonas (Los muchachos de Helidona, 1987) se inspiró en el clima de resentimiento que se respiraba durante la guerra civil. Los habitantes de Helidona dan cada uno su versión de los hechos ocurridos durante la guerra, hasta llegar a un embrollo digno de Pirandello en el que cada testimonio invalida los anteriores. La película fue bien acogida por la crítica y el público en Grecia, y obtuvo una discreta recaudación.

Al comienzo de los años noventa, la atención de los cineastas transitó desde los refugiados griegos (los así llamados refugiados políticos) hasta los inmigrantes extranjeros y su viaje por los Balcanes. Por otra parte, narraciones más cosmopolitas y condiciones posmodernas de Revancha (1983), de Nikos Vergitsis identidad han llegado a dominar las películas griegas en esos años. Todo ello ha tenido un claro reflejo en la última de las trilogía de Angelopolos, la felizmente llamada por él mismo «Trilogía de fronteras».

En la primera de estas películas, titulada To meteoro vima tou pelargou (El paso suspendido de la cigüeña, 1991), un político (Marcello Mastroianni) que ha apostado muy fuerte en la vida, decide abandonar su cómoda existencia y marcha a una ciudad griega de la frontera del norte, donde sólo encontrará inmigrantes extranjeros miserables. Por su parte, un periodista que emprende su búsqueda, realiza una persecución similar a la de Telémaco tras su padre, Odiseo. De ese modo, el periodista, que logra un éxito enonne con sus crónicas sobre las andanzas del político desaparecido, se siente atraído por la hija de éste, que no puede cruzar la frontera para casarse con la persona que ama, y sufre en un mundo en el que las barreras y fronteras mantienen a los pueblos divididos.

La segunda película, de 1995, titulada To vlema tu Odisea (La mirada de Ulises), se desarrolla en torno a dos ejes: la búsqueda de la mirada inocente de los pioneros del cine en los Balcanes, por una lado; y el deseo de la vuelta a casa y la reunión con Penélope, por otro. El impulso y el aplazamiento del retorno al hogar se repite hasta tres veces. El personaje principal llega siempre tarde cuando trata de realizar sus deseos. Busca la solidaridad y la fraternidad perdidas, pero su búsqueda se ve abortada por el curso de la historia. La película ganó el gran premio del jurado en el festival de Cannes, el premio de la crítica, y el Fénix de la asociación de críticos.

En la última entrega de la trilogía, La eternidad y un día (1998), la tragedia del aislamiento social de los inmigrantes procedentes de los Balcanes se representa a través de los ojos de un escritor, Alexander (Bruno Ganz), que trata de arreglar su vida antes de ser ingresado en un hospital, por causa de una enfermedad incurable. De camino a visitar a su hija, se topa con un muchacho joven, inmigrante ilegal, al que persigue la policía. Ayudando al niño a escapar, tiene que volver a arrancarlo de las manos de una banda local que secuestra muchachos inmigrantes para venderlos a parejas pudientes, que los compran para adoptarlos. Después de esto, Alexander paga al muchacho su viaje de vuelta a Albania y le despide, dejándole en un autobús. Pero el muchacho vuelve a escapar y, encontrándose de nuevo con el autor, le devuelve la inspiración. A través de los esfuerzos del muchacho por hablar griego, Alexander da con la clave para descifrar la inspiración poética de Solomos (Dionisios Solomos, el poeta nacional de Grecia, que era bilingüe). Es éste el más humano de todos los filmes de Angelopulos, y el que ha recibido el mayor reconocimiento en festivales de todo el mundo.

Otro director que ha hecho una notable contribución al cine griego de políticas de identidad es Constantine Giannaris. En sus dos filmes, Desde el límite de la ciudad (1998) y Un día de agosto (2001), ha abordado la historia de un grupo de rusos, asentados en un pobre suburbio de Atenas, en el primero; y en el segundo, la de varias familias de diferentes extracciones, cuyas casas, pertenecientes a un mismo bloque de viviendas en Atenas, son «peinadas» por un refugiado, que es ladrón. En el mismo bloque hay algunos apartamentos de alquiler, que han sido ocupados durante las grandes festividades de agosto (la Asunción de la Virgen). A partir de determinado momento, todas las historias dan un giro inesperado. En el caso de la niña enferma llega a ocurrir un milagro, pues es milagroso que se cure. El giro de Giannaris hacia la metafísica no procede de su fe en Dios, según él ha declarado: aunque se manifiesta como un no creyente, Giannaris admite que le conmueve la fe de su madre en la ortodoxia. No es, pues, de extrañar que siente fascinación por el rostro, como Fellini lo estaba mientras hacía La strada.

NOTAS
1· A. Mitropulos, Greek Cinema (en griego), Atenas, 1980, pp. 24, 32-33.
2· «Fustanéla»: ropa característica de los campesinos griegos hasta los años cuarenta, con medias de lana y falda plisada, que aún en nuestros días puede verse utilizada en Atenas por la guardia presidencial (N. del traductor, aclarada por B. C.).
3· A. Mitropulos, Decouverte du cinema Grec, Seghers, París, 1968, pp. 52-53.
4· M. Kakoyannis, Stella: the scenario, Kastaniotis, Atenas, 1990.
5· Sobre la situación de la mujer griega en los años cincuenta, puede consultarse A. Lukaku, Le femme et la culture popoulaire, representation sociale a travers le film Stella, Memoria de doctorado, Facultad de Filosofía y Letras, Universidad de Provence 1998.
6· El concepto de «revolución primitiva», empleado por Eric Hobsbaw para analizar la revolución campesina, sirve también aplicada al caso griego. Porque desde la constitución del Estado griego, en 1830, la población rural, que quedó marginada por las fronteras señaladas en aquel momento, se dio al bandolerismo. Esta tradición del XIX se revivió durante la guerra civil del XX. Cfr. Eric Hobsbowm, Primitive Rebels, Londres 1972.
7· Cfr. P. Panagiotopulos, «The imprisoned communist and rehetiko song», en N. Kotaridis (ed.), Rebels and rehetiko song in Greek, Plethro, Atenas, 1996.
8· A. Mitropulu, Greek Cinema, op. cit., pp. 487-9.
9· L. Papadimitriou, «Greek War Films as Melodrama: Women, female stars and the nation as victim», en Yvonne Tasker (ed.), The Action Cinema Reader; Routledge, Londres, en imprenta.

© Del texto original, Maria Komninos, 2004
© De la traducción al castellano: R. Llano, 2004.
El traductor agradece la atenta supervisión que la periodista española Begoña Castiella ha hecho de la versión en castellano y de los títulos originales griegos de las películas.

Un retrato de Pau Casals

Este año se cumple el centesimo aniversario de la formación de lo que Robert Baldock ha definido como «el trío de cámara más famoso del siglo xx», aunque su presentación oficial no tuviera lugar hasta el año siguiente: Pau Casals, violonchelo; Jacques Thibaud, violín; Alfred Cortot, piano. Pero este trío ha pasado a la historia por un motivo trágico: el colaboracionismo de Cortot con los nazis y su cobarde traición en 1940 a un Casals enfermo que trataba de huir de la Francia ocupada a América. «Es terrible lo que los hombres pueden llegar a hacer por miedo o por ambición».

Cinco años más tarde, terminada la guerra, se produjo un reencuentro: «Tras mi regreso a Prades -recordaba Casals-, un encuentro me hizo evocar repentinamente los días más oscuros de los años de guerra. Estaba en mi pequeña casa, cuando una mañana llamaron a la puerta. Abrí. Fuera estaba… Alfred Cortot. Su aspecto me atravesó el corazón. El penoso pasado volvía a estar de pronto ahí, como si todo hubiera ocurrido sólo ayer. Nos quedamos de pie y nos miramos en silencio. Entonces le hice pasar. Empezó a hablar trabándose, sin levantar los ojos. Había envejecido mucho y parecía muy cansado. Primero hizo un intento medio fingido por explayarse, pero yo le interrumpí. Entonces prorrumpió: Es verdad, Pablo. Lo que dicen es verdad. He sido un colaboracionista. He trabajado para los alemanes. Me avergüenzo de ello, me avergüenzo horriblemente. He venido para pedirte perdón. No podía seguir hablando. También yo a duras penas encontré palabras. Le dije: Me alegra que digas la verdad. Justamente por eso, te perdono».

PESEBRE Y PASIÓN

«Todas las mañanas a lo largo de estos últimos ochenta años las he comenzado del mismo modo, pero no como algo mecánico ni por mera rutina, sino porque es esencial para mi vida cotidiana: me dirijo al piano e interpreto dos preludios y fugas de Bach. No concibo hacer algo distinto. Es algo así como un acto de bendición, pero para mí significa aún algo más: es el siempre renovado redescubrimiento de un mundo al cual me alegra pertenecer. Rebosante de la conciencia de topar aquí con el milagro de la vida misma, experimento con asombro lo casi increíble: ser un hombre. Esta música jamás es la misma para mí, ¡jamás! Día a día vuelve a ser nueva, fantástica, inaudita… Bach es, como la naturaleza, un milagro».

El talante artístico de Casals, en su triple faceta de violonchelista, director y compositor, se comprende bien desde dos factores en cierto sentido contrarios: la irrenunciable experiencia histórica del sufrimiento, y el ser inmediatamente apelado por el acto de la gestación, estar simultáneamente en la pasión y en el pesebre. Por un lado, su longevidad. ¡Vivió casi cien años, en los que padeció las dos guerras mundiales más la guerra civil, y estuvo en activo como músico hasta el final de sus días! Por otro lado, su temple mediterráneo, abierto y Cándido, capaz de admiración e ingenuo, descubridor de lo nuevo en las mismas cosas de siempre, y, por tanto, dotado de una ternura atenta a lo pequeño, a lo concreto. Acaso el tremendo ascendiente que sobre Casals tenía la figura de su madre pudo haber afinado la sensibilidad del artista para el arraigo a su tierra materna, Cataluña («Quien quiere elevarse hasta el cielo, ha de tener tierra firme bajo los pies», según cita Casals del poeta Maragall), pero también para el acto de la gestación.

Sus interpretaciones como violonchelista de Bach, registradas en una grabación antológica de las suítes realizada en París y en Londres durante los años de la guerra civil, encierran este doble carácter: la ranciedad de lo añejo, la gravedad de lo reconcentrado, y al mismo tiempo la frescura de lo que por vez primera se está desenvolviendo en acto, la originalidad de algo que no es repetición ni reproducción, sino el asistir a una gestación en presente. Por este motivo, frente a otros intérpretes, no parece estar leyendo una partitura, sino ir creando la obra conforme la va tocando. Casals ha comparado a Bach con la naturaleza, y ha señalado como paradigma de la naturaleza el mar: lo que desde siempre es lo mismo y, sin embargo, se encuentra sumido en un proceso incesante de modificación y renovación (los movimientos que integran las suites, en virtud de su mismo carácter de danza, consisten en un motivo rítmico que se repite inalterado, pero que sirve de base a unos desarrollos armónicos y melódicos ininterrumpidos). Estos caracteres contrarios, lo longevo y lo inédito, encuentran una unificación peculiar en el temple anímico de la melancolía -que tan intensamente suscita el piélago: piénsese en las películas de Tarkovski Sotara y Nostalgia-, esa proximidad de lo remoto en tanto que remoto, esa tristeza pero al mismo tiempo esa ternura que, tal vez acentuada por su condición de exilado, cabe percibir de modo ejemplar en sus versiones de la pieza popular catalana El canto de los pájaros, que el músico consideró un himno de los exilados, pero también en los tiempos medios de los conciertos de Bach, que nos han llegado en registros de un director casi heptagenado.

Sin embargo, en su faceta de compositor, seguramente por la misma naturaleza del hecho de la creación artística, domina en exclusiva el segundo factor, tanto en sus obras de carácter más folclórico como en sus piezas religiosas, dedicadas a María y al Niño. Es curioso que mientras que la obra cumbre de Bach, y a juicio del violonchelista «la obra más sublime de la historia de la música», sea una Pasión -Casals refiere cómo después de escuchar esta obra por vez primera en París cayó enfermo durante dos meses por la fuerte conmoción espiritual que en él había provocado-, la de Casals sea un oratorio llamado El pesebre. Este contraste Pasión/Pesebre es significativo por un doble motivo: a saber, no sólo porque apuntan, en sentidos opuestos, a la muerte y al nacimiento, sino porque la palabra «pesebre» no designa un acontecimiento ni el sentido de un acontecimiento, sino algo tan concreto, tan material, tan sencillo y cotidiano como un útil de madera para el aprovisionamiento de animales: es el milagro de lo tangible, de la encarnación. No obstante, ambos oratorios, el primero por su exaltación del sacrificio y el segundo por su canto a la gestación, representan, cada uno a su modo, paradigmas de la esencia de la creación artística.

Casals compuso este oratorio durante la II Guerra Mundial, cuando vivía exilado en territorio francés ocupado por los nazis en situación de menesterosidad. Esto refleja la función que él asignaba a la música: no exactamente una afirmación del hombre a contracorriente de la adversidad -como en Beethoven-, sino más bien hacerse cargo del hombre con sus indigencias y en sus indigencias, abrazar la pobreza de la condición humana (una actitud similar a la que, a mi juicio, cabe encontrar en la poesía de posguerra de algunos poetas del veintisiete, como Vicente Aleixandre o Dámaso Alonso).

Con razón se ha criticado a Casals que sus interpretaciones de Bach son excesivamente humanas, aunque con ello se haya querido sugerir profanas, privadas de todo sentido religioso. Esas críticas proceden de las mismas voces que lo calificaron de intérprete libre, arbitrario, desdeñoso del texto impreso: profesores alemanes hoy caídos en el olvido. Todo depende aquí, en último término, de qué se entienda por humano y qué se entienda por religioso. Desde luego que para una religiosidad protestante, que busca el elemento divino en una interioridad espiritual, recóndita y luminosa, el Bach de Casals tiene que considerarse desacralizado. Pero precisamente entonces pierde relevancia tanto el prodigioso acontecimiento de la encarnación como el sacrifico al cual ésta se ordena. Desde que Dios se ha hecho hombre para redimir el mundo, lo profano no excluye lo divino, sino que lo acoge y a su vez se ve refrendado por ello.

Según esta consideración, y como se ha sugerido antes, la distinción en cuanto a planteamiento entre la Pasión y El pesebre se disuelve. La obra de arte misma, en virtud de su carácter material, es de suyo un canto a la corporalidad, más aún, es la exaltación por excelencia de la carne. A Casals se puede aplicar de modo ejemplar lo que Wilhelm Furtwángler, por lo demás admirador declarado del genial violonchelista, consideraba -en oposición frontal a Toscanini- el principio fundamental de la interpretación: «Vivenciar la obra entera en su estructura como un organismo viviente. Esto es lo único capaz de convertir una pieza musical rígida, clásica, como interpretada con arreglo a un modelo impreso, en lo que propiamente es: un surgir y un crecer, un proceso vivo y orgánico». Adviértase que toda estructura orgánica es indisociable de una corporalidad.

En efecto, con frecuencia se habla de la música como la más inmaterial de las artes, partiendo del presupuesto de que le incumbe una naturaleza incorpórea. Esta concepción guarda conexión con aquella consideración de la música como técnica, frente a la que ya hace cincuenta años previniera Furtwängler, y que pasa por alto el hecho de que al sonido, que consiste en un movimiento ondulatorio de la materia, le pertenece por esencia una base corpórea. Con Casals, que fue hijo de un organero, recobramos el sentido «artesanal» que tiene la interpretación musical, pues él con su arco modelaba el sonido igual que un alfarero moldea el barro para formar la vasija o el carpintero trabaja la madera para construir una mesa.

Tampoco el Bach de Casals es el Bach envolvente y diáfano de Richter, que sugiere el advenimiento y la proclamación de una ciudad celeste católica, universal y triunfante: el Dios de Casals es el Dios que nace en un pesebre -aunque el propio Richter era protestante, una imagen probablemente más certera del Bach reformista la ofrezca Münchinger-. El arte es la celebración de la carne en toda su vulnerabilidad, vale decir el alumbramiento de la dignidad entrañada en un elemento tan quebradizo y tanto más la música, a cuyo material, el sonido, corresponde, de entre los de todas las artes, la inestabilidad máxima.

EL SIGLO XX

Porque este planteamiento sólo derivadamente es artístico, siendo en primer término vital y personal, no es de extrañar que la biografía de Casals esté plagada de anécdotas significativas a este respecto, es más, que ella misma se fuera articulando en función de aquél, según testimonian sus más de treinta años de exilio voluntario o su negativa a dar conciertos como gesto de protesta contra la dictadura de Franco. Otros incidentes fueron ocasiones para una afirmación incondicional e inquebrantable de la propia dignidad a despecho de toda precariedad. Con diecisiete años marchó a Bruselas a estudiar en el conservatorio, por aquel entonces el más renombrado, acompañado de su madre y sus hermanos, sin más fuente que la beca que le había asignado la reina María Cristina. Cuando se presentó ante el profesor, éste, en presencia de los otros estudiantes, hizo burla de la pequeña estatura de Casals. Pero cuando éste interpretó una pieza al violonchelo, todos enmudecieron, y el profesor le condujo a su despacho, donde le propuso apadrinar su carrera. Casals le respondió: «Señor mío, usted se ha portado conmigo de un modo indecoroso y me ha puesto en ridículo delante de todos sus alumnos. ¡No me quedo aquí ni un segundo más!». Y se fue con su familia a París renunciando a la beca. Ahí habría de mantenerlos a todos compaginando sus estudios con su trabajo de músico en locales como los que tan magistralmente pintara Tolouse-Lautrec, donde seguramente debió trabar contacto con las dimensiones más marginales de la existencia humana. A cuánto renunció por afirmar su dignidad nos lo muestra de modo elocuente el hecho de que su madre hubiera de vender su propio pelo para poder comprar alimentos.

Otros comportamientos suyos durante la guerra civil revelan la función que asignaba a la música en el conjunto del acontecer humano. El día en que se produjo el levantamiento del general Franco, mientras las gentes en Barcelona se apresuraban a los refugios a ponerse a salvo, él, un republicano y catalanista a ultranza y conocido públicamente como tal, reunió a sus músicos para interpretar el último movimiento de la novena sinfonía de Beethoven. Otro día, durante un ensayo en el Liceo, comenzó un intenso bombardeo sobre Barcelona. Los músicos echaron a correr dejando abandonados sus instrumentos. Casals recogió un violonchelo que había quedado en el suelo y comenzó a interpretar una suite de Bach. Al escucharla, los músicos regresaron.

Estas referencias biográficas a la guerra civil y a las guerras mundiales, en Casals no son en modo alguno gratuitas. De muchas obras se ha dicho que expresan lo que ha sido el siglo veinte, desde sentencias nietzscheanas y la música de Mahler hasta Schónberg y el Guernica. En mi opinión, si hay una pieza que encierra este último siglo no es otra que El canto de los pájaros, y en concreto en la interpretación de Casals. Al escuchar la obra parece que es una lamentación y también que abre una esperanza. Pero esto,no agota todo su significado, en tanto que el lamento se refiere a un hecho pasado y la esperanza a lo advenidero, mientras que en la música de Casals hay una incardinación; más aún, la música de Casals consiste en la incardinación no sólo en el espacio, sino en el momento histórico correspondiente, y esta férrea fijación al ahora se desvanece, al menos en parte, en ambos temples citados. Arturo Leyte ha definido con mucho acierto Un superviviente en Varsovia como una cantata-documento. Que la pieza de Schönberg sea documental significa ante todo que es el registro de un momento histórico destinado a la memoria de la posteridad, con un propósito moral y práctico de alertar la conciencia. En esta medida es también un lamento o una imploración: lamentarse es preferir que algo pasado no hubiera ocurrido e implorar es apelar a una instancia que puede rescatar de la menesterosidad presente, y por eso ambos se corresponden con la esperanza, que es el anhelo o la expectativa de un futuro limpio de la mácula correspondiente. Pero documentar significa también registrar de modo «periodístico», objetivo, y con ello se corresponde esa «inhumanidad» o «intelectualidad» que tanto se ha criticado a parte de la música de Schönberg y también a otras obras, rio en el sentido de que el tema sea inhumano, sino en el sentido de que precisamente el tratamiento es inhumano. El canto de los pájaros es algo más que un lamento: es un lloro. El lamento es un temple negativo, es la voluntad impotente de negar lo dado, pero llorar es afirmar, no sólo en el sentido de animarse con el pensamiento de que más hondo que la tragedia humana arraigan también dimensiones positivas, sino que llorar es afirmar la tragedia misma, hallando en ella una misteriosa riqueza ontológica por encima de toda voluntad de cambio. Esta afirmación absorbe al alma por entero y elimina todo resto de atención al pasado o al futuro. Desde luego que semejante afirmación, aun siendo un acto eminentemente humano, escapa a toda capacidad de comprensión, y por eso alcanza un sentido religioso -más concretamente cristiano, así como el lamento es un rasgo más judaico-; en este sentido, la música de Casals es al mismo tiempo máximamente humana y máximamente religiosa. Esta fijación al presente que absorbe por entero el propio ser, esta «encarnación», impide toda posibilidad de distanciamiento y objetivación, y es precisamente esta «participación» lo que define a Casals primeramente como intérprete, más que como compositor. También se puede decir que el violonchelo es por excelencia el instrumento que llora, y, más aún, que en Casals el violonchelo deja de ser un «instrumento», en el sentido de una herramienta o un útil, y se convierte en su propia voz. En muchas grabaciones de Casals, de hecho, se puede escuchar su misma voz cantando y fundiéndose con el violonchelo -algo que desquiciaba a los discógrafos americanos-. Pues llorar es el modo más elevado de afirmar, y cantar, como ha dicho Jacinto Choza, es el modo más elevado de llorar.

EL ORIGEN DE LA MÚSICA DE CASALS

Percibiendo la talla musical de Casals al escuchar sus grabaciones, se plantean estas preguntas: ¿por qué Casals fue en primer término un intérprete?, ¿por qué sus creaciones musicales no alcanzan, a su genio interpretativo?

El origen de la música de Casals es el amor. ¿A qué se refiere el amor? En cierto sentido lo imperfecto es más amable que lo perfecto, precisamente porque es más necesitado de amor. Admirable es lo que puede ser admirado, pero amable es lo que solicita ser amado, e incluso lo que, aun sin saberlo, necesita serlo.

La admiración es una contemplación, que se hace desde una distancia. Por eso lo admirable por antonomasia es lo perfecto, que por su parte no necesita ser admirado. Toda admiración es extrínseca. El Hyperion de Hölderlin puede interpretarse en el sentido de que un enamoramiento llevado por vía de admiración aboca a la despedida de los amantes.

El amor produce una fusión con lo amado que sobrepasa ese distanciamiento que se da en la contemplación de lo admirado. Lo imperfecto no es admirable en tanto que imperfecto, pero sí es amable en tanto que tal: lo más imperfecto es lo más necesitado de amor. Lo imperfecto no se ama en orden a su perfección potencial, en tanto que perfectible, sino en sí mismo, porque es imperfecto. Lo necesitado es lo incompleto, lo que no está hecho del todo: lo imperfecto. Más elevado que buscar llevar lo imperfecto a su perfección, es amar su propia imperfección. Una imperfección que es amada en sí misma es más amable que una perfección que sólo es admirada.

Por ejemplo, en los niños se ama más su desvalimiento que su hermosura, y produce nostalgia constatar que con el crecimiento van abandonando sus torpezas.

Fundirse con lo imperfecto, amándolo, es participar de ello y hacerlo participar de sí. Hay, pues, una doble participación, merced a la cual los dos polos son mantenidos en el propio nivel, y no esa participación -que aparece en Platón y en el tomismo- en un sentido único de lo inferior respecto de lo superior. Una participación es doble cuando es activa por ambas partes.

No se trata ya de que, como decía Tolouse-Lautrec, el pintor por antonomasia de lo feo, «en toda manifestación de lo feo siempre es posible hallar belleza», sino de que lo feo es amable en tanto que feo: se puede amar lo feo porque es feo si se es capaz de encontrar en él una menesterosidad de ser amado1. Porque lo feo es más necesitado de amor que lo hermoso, el amor a lo feo es más intenso que el amor a lo hermoso, y porque este amor es más intenso, vuelve a lo feo más bello que aquello que es meramente hermoso.

Este amor es activo porque la participación es doble; en esto se distingue el amor activo a lo imperfecto de la compasión, que, como la participación platónica es unívoca, al no permitir que lo compadecido participe de uno mismo.

El origen de la música de Casals es ese amor hacia lo incompleto que funda una participación doble -por eso esa música puede resultar tosca-, y como tal participación puede entenderse el sentido de su interpretación. Interpretar música es participar en un sentido que no tiene el componer: participar de la obra. No se trata de interpretación como mediación entre la partitura y su significado -extracción de un contenido-, sino de interpretar cómo decir el significado, que a su vez se encuentra en la propia dicción. Pero esta participación es doble, activa por ambas partes: la obra sólo puede encontrarse únicamente en la dicción de quien la dice si ella, a su vez, le habla a quien la dice. Interpretar una obra musical es darle voz (en Casals el violonchelo no es un instrumento, sino una voz), pero eso el intérprete sólo puede hacerlo si la obra le habla a él2.

Si lo amable es lo que necesita ser amado, lo más amable es lo más necesitado y lo más necesitado es el sufrir. Lo necesitado es lo que no está hecho del todo: lo imperfecto; y lo más necesitado es lo que, habiendo sido hecho del todo, ha sido deshecho. Verse deshecha una plenitud es doler. Porque el dolor es lo más refractario al amor, el amor máximo es el que se hace con él. El amor que en Casals es origen de su música es un amor que va más allá de la ternura3, y por eso su música, más que tierna, resulta grave, seria, intransigente. La ternura se dirige a lo vulnerable, pero el amor activo se dirige a lo vulnerado, que encierra una doble realidad: lo doliente por una parte, y el propio dolor por otra (en lo vulnerable el dolor comparece sólo como posibilidad o como idea; en lo vulnerado comparece como acontecimiento histórico, y en este sentido la música de Casals es histórica). Además, la ternura ni es activa (es más bien un sentimiento) ni es recíproca.

La catarsis es la admiración que provoca que otros sobrelleven el sufrimiento -el objeto de la catarsis no es el sufrimiento, sino el llevarlo, y concretamente otros-, y es el efecto de una contemplación -las tragedias que provocan la catarsis son escénicas-. Frente a ello, el amor no contempla, sino que participa y hace participar4, pero no del sobrellevar el sufrimiento, sino de este mismo y de quien lo lleva.

Este amor que es origen de la interpretación musical como participación, en los ámbitos de la historia y la política se corresponde con la incardinación y el compromiso. Casals llevó dentro de sí, de un modo insobornable, todo el peso de su época.

No se trata de que la interpretación musical en Casals consista en amar la obra -una obra se puede, admirar, pero no amar-, sino de que amar es la fuente, el origen de su dedicación a la música como intérprete y de su modo de interpretar. No es que interpretar música sea un modo de amar -la actividad musical no es en sí misma una actividad amorosa-, sino que es una actividad originada en el amor. «Primero soy hombre, luego soy músico»: la dedicación a la música es originada. La genialidad interpretativa de Casals, lo que vuelve excepcional su arte interpretativo, no consiste en que él ame lo sufriente -amar no es nada genial ni excepcional-, sino en que su interpretación musical está conectada con el amor a lo sufriente en términos de origen, y tal conexión en tales términos sí que es genial y excepcional.

Desde hace unas décadas, entre algunos de nuestros «intelectuales» se ha puesto en boga una cierta pose de escepticismo hacia la condición humana, una actitud cínica y relativizadora, muchas veces sostenida desde el confort y el asentamiento, y que en el mejor de los casos encuentra satisfacción en un tipo de «contrato social», de resignación recíproca o de limitación mutua de las voluntades, de carácter más bien legalista. Y a menudo se han esgrimido los conflictos bélicos de nuestro siglo como argumentos de facto a favor de una incredulidad que se congratula de sí misma.

Lo que la música de Pau Casals nos enseña frente a esto es que ni la falibilidad es un accidente sobrevenido de fuera a la naturaleza humana, ni la fe en el hombre es un prejuicio engañador y conformista; que asentir al inacabamiento de la constitución humana no conduce forzosamente a una exaltación de la mediocridad, sino que nosotros, «los más pasajeros», somos portadores de una capacidad de ser amados, previa a toda potencia de rendimiento, que, en medio de la caída, aún se vuelve más requiriente para aquéllos -pero sólo para aquellos- que se han hecho compartidores de nuestro destino.

«Durante aquel tiempo terrible de la primera guerra mundial no me por Araba de la pregunta que ya de joven me había desasosegado en Barcelona, cuando por vez primera se me hizo consciente la miseria humana y el comportamiento inhumano de un hombre para con otro: ¿Fue creado el hombre para esto? A veces me dominaban el horror y la desesperanza. La vida de un único niño me es más valiosa que toda mi música, pero en medio del delirio de la guerra debo agradecer ante todo a mi música el no haberme vuelto loco. La música fue lo único que me confirmó que el hombre también puede engendrar cosas bellas, el mismo hombre que ahora diseminaba muerte y atrocidad. Me acordaba de las guerras napoleónicas, que un siglo antes habían asolado Europa, y pensaba en Beethoven, quien, pese a lo mucho que sufrió bajo el terrible conflicto, había seguido componiendo y creando sus grandes obras maestras. Quizá sea en aquellos tiempos en los que la maldad y el odio son los triunfadores cuando se vuelve más importante que nunca cuidar de aquello que ennoblece al hombre. Durante la guerra, algunos eran tan ciegamente coléricos en su odio que trataron de suprimir también la música alemana. Pero yo consideré más necesario que nunca interpretar las obras de Bach, de Beethoven y de Mozart, en las que la humanidad y la fraternidad habían cobrado forma de modo ejemplar».

DISGOGRAFÍA IMPRESCINDIBLE

J. S. Bach, Suites para violonchelo, EMI, Centenary Edition, ref. 7243 566215 7 (2 CD), reeditado este año en la serie Great Recordings of the Century. Este doble disco es la grabación por antonomasia no sólo de Casals, sino de toda la historia de los registros musicales. Sencillamente, el disco que habría que salvar de una quema universal. UN más allá de la interpretación.

Beethoven, Trío «Archiduque» Op. 97/ Schubert, trío para piano Nr. 1, EMI, Great Recordings of the Century, ref. 7243 566986 2 8. Esta versión del Trío «Archiduque» es la más característica de las grabaciones que nos han quedado del trío Casals/Thibaud/Cortot.

Varios compositores, «Casals. Early recordings 1925-1928». RCA Víctor, ref. 09026 61616 2. Las primeras grabaciones de música clásica que se comercializaron en los años veinte eran discos de grabación mecánico-acústica y brevísima duración, que incluían una breve pieza en cada cara. Este CD recopila algunas de aquellas grabaciones de Casals.

El Adagio de Bach pone al auditor un nudo en la garganta. El Preludio de Chopin hace entender aquellas famosas palabras de Casals: «Hay que tocar a Chopin como si fuera Bach». Y escuchando la «Canción a la estrella vespertina» de Tannhäuser de Wagner, entran ganas de enclaustrarse en Neuschwanstein para besar a los ojos del infinito.

Varios compositores, «Pau Casals. Encores (1915/1916/1952/1953/1954)». Sony ref. SMK 66 573. Entre los dieciséis discos de la Casals Edition de Sony, se encuentra esta recopilación que, aparte de Bach, de un Boccherini como si fuera BAch y de un Haydn como si fuera Bach, incluye la mejor versión que grabara Casals de El canto de los pájaros, un verdadero testimonio musical del siglo XX.

Casals, «Música Coral Sacra», por la Escolanía de Montserrat dirigida por Ireneu Segarra, KOCH, ref. 3313 062 H1. Recopila la música religiosa compuesta por Casals para la Escolanía de Montserrat.

NOTAS

1 · Esto se refiere a la fealdad indigente, que es tema, por ejemplo, de algunos cuentos tempranos de Baroja, y no a aquella fealdad que se congratula de sí misma y se afirma como autosuficien te en tanto que fea, que cahe hallar, por ejemplo, en ademanes contestatarios.
2 · La nuisica como voz que dice se aprecia también en los recitativos hachianos.
3 · Por ejemplo, se puede decir que la miisica de Narciso Yepes nace de la ternura.
4 · En eso se diferencia el amor activo de la compasión, tal como aparece, por ejemplo, en Parsifal, donde la compasión es una participación unívoca.