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La enseñanza en España, la historia interminable

Habitualmente, la enseñanza es uno de los sectores más polémicos en la política de cualquier país occidental. Desde que el programa social de la Ilustración descubrió en la escuela un arma de formación política de buenos ciudadanos, se desplegó una acción estatal dirigida a poner por obra, en mayor o menor medida y con matices muy diversos, la idea de la «escuela única» o, si se prefiere, un protagonismo estatal preferente en esta materia. A ese protagonismo estatal plantó cara una nueva reivindicación relativa a los derechos de la persona. De ahí que en el siglo XIX se formulara la libertad de enseñanza.

Ambas cuestiones, es decir, el derecho a la educación y la libertad de enseñanza, se reconocen en nuestra Constitución en su artículo 27. Se trata de un largo artículo de contenido complejo. Su difícil equilibrio, probablemente apto para gobiernos fuertes pero al mismo tiempo tremendamente sensibles a los derechos fundamentales, ha llamado a provocar una situación inacabada de desencuentro entre la sociedad civil, la iniciativa social, los padres de familia —por un lado— y los distintos gobiernos democráticos —por otro. De forma que el balance actual no es en ningún modo positivo y sereno. Las sucesivas reformas y la falta de un consenso estable han venido propiciadas por la intensa carga ideológica que presenta este tema.

Dos recientes acontecimientos dan continuidad a la interminable saga de tensiones sobre la enseñanza en nuestro país. De una parte, la cuestión relativa al estatuto jurídico de los profesores de religión católica. De otra, la objeción de conciencia a la signatura obligatoria «Educación para la ciudadanía y los derechos humanos» (en adelante EpC). En ambas materias, además, aparece implicada la libertad religiosa, de creencias y de conciencia de las personas. Y es cierto una vez más que entre religión y Estado hay siempre —en palabras de F. J. Sheed— un delicado y difícil equilibrio que no siempre es mantenido o no siempre es respetado y entendido. Veamos por qué.

EL ESTATUTO DE LOS PROFESORES DE RELIGIÓN CATÓLICA

La cuestión comprende unos antecedentes que exigen detenernos un poco. El binomio derecho/deber a la educación-libertad de enseñanza de nuestra Constitución en su artículo 27 se resuelve en la obligatoriedad de la enseñanza en los niveles básicos, así como su gratuidad. Pero el derecho de los padres a que sus hijos reciban una formación religiosa y moral que esté de acuerdo con sus propias convicciones (artículo 27.3), exigía dar entrada en la escuela a la enseñanza confesional de la religión, constantemente solicitada por las familias año tras año tal como muestran las estadísticas. Esta posibilidad de la enseñanza confesional de la religión se recogía en el Acuerdo sobre enseñanza y asuntos culturales de 1979, firmado entre la Santa Sede y España. De forma que, mediante un instrumento jurídico internacional propio de las «relaciones en el vértice» (Iglesia católica, Estado español) en la terminología del italiano D’Avack, se instrumentaba una solución al servicio de los derechos fundamentales (artículo 27.3).

Conforme al Acuerdo de 1979, para garantizar que lo que se enseña es precisamente la doctrina católica y que se imparte por un profesorado competente, la autoridad religiosa, o sea, el obispo diocesano, propone a la autoridad académica correspondiente anualmente los profesores idóneos para impartir la materia religión católica. La idoneidad, naturalmente, no comprende sólo elementos relativos a la pericia técnica, sino también una conducta coherente con aquello que se enseña, de forma que ambos elementos componen la «competencia» del profesor o de la profesora. Pues bien: en el año 2007 se han producido dos pronunciamientos del Tribunal Constitucional español, relativos a la idoneidad de profesores de religión católica en centros docentes públicos. El primero de ellos, una sentencia de 15 de febrero en la que se dilucida la no renovación de contrato a una profesora, por considerar el obispado que carecía de la requerida idoneidad, al mantener dicha profesora una relación afectiva con un hombre distinto de su esposo, del que se había separado. La segunda, sentencia, de 4 de junio, es un recurso de amparo promovido por un profesor ex sacerdote a quien no se renueva contrato, tras una aparición suya en prensa, como miembro del movimiento pro-celibato opcional, atacando la obligatoriedad del celibato.

La segunda sentencia sigue el trazado argumental de la primera. Los pronunciamientos constitucionales enriquecen la aparente simplicidad de ambos casos. Ciertamente, a primera vista hay una situación en la que se ha producido un tratamiento jurídico discriminatorio de unos trabajadores al servicio de la Administración pública en razón de sus creencias y de su conducta moral; un problema sólo y exclusivamente de derechos fundamentales. Pero la relación laboral en cuestión tiene un carácter realmente peculiar, que hace que la diferencia de trato esté justificada, es decir, que no sea discriminatoria. Explica el Tribunal Constitucional que «ha de corresponder a las confesiones la competencia para el juicio sobre la idoneidad de las personas que hayan de impartir la enseñanza de su respectivo credo. Un juicio que la Constitución permite que no se limite a la estricta consideración de los conocimientos dogmáticos o de las aptitudes pedagógicas del personal docente, siendo también posible que se extienda a los extremos de la propia conducta en la medida en que el testimonio personal constituya para la comunidad religiosa un componente definitorio de su credo» (STC 38/2007, FJ 5). Y subraya el tribunal que «en el caso ahora analizado la exigencia para la contratación de estos profesores del requisito de hallarse en posesión de la cualificación acreditada mediante la Declaración Eclesiástica de Idoneidad no puede considerarse arbitraria o irrazonable ni ajena a los principios de mérito y capacidad y, desde luego, no implica una discriminación por motivos religiosos […]. La facultad reconocida a las autoridades eclesiásticas para determinar quiénes sean las personas cualificadas para la enseñanza de su credo religioso constituye una garantía de libertad de las Iglesias para la impartición de su doctrina sin injerencias del poder público» (Ibídem, FJ 9).

¿Qué ha sucedido en ambas sentencias? Que las relaciones «en el vértice» enriquecen el supuesto de una forma significativa, de forma que el ambos supuestos no sólo está en juego la libertad individual de los docentes frente a la Administración pública, sino que en ambas situaciones es preciso garantizar igualmente la libertad religiosa de los propios grupos (en este caso, de la Iglesia católica), al servicio de otra libertad de la que ya hemos hablado, la libertad de los padres a que sus hijos reciban una formación acorde con sus propias convicciones. Lo curioso es que, a pesar de la claridad del Tribunal Constitucional, la solución no ha terminado de ser adecuadamente comprendida y aceptada.

LA «EDUCACIÓN PARA LA CIUDADANÍA Y LOS DERECHOS HUMANOS»

Las particulares circunstancias en las que se encuentra Europa y España afectan, como no podía ser de otro modo, a la comunidad escolar. Asistimos a un innegable déficit democrático, como muestra el más o menos constante abstencionismo electoral y el desinterés de los europeos por los avances jurídico-políticos de la Unión, manifestado en el fiasco del Tratado de la Unión por el que se instituye una Constitución para Europa. La falta de apoyo en el ejercicio de la razonable autoridad que sufren los profesores, el acoso escolar, unidos a un sistema educativo que incentiva más bien poco la excelencia y la calidad, sitúan el proyecto educativo español en una posición comprometida. «El valor y la necesidad de la educación cíVica —educación para la democracia, la paz, la justicia social, los derechos humanos— se suele evocar en tiempos de crisis y dificultad» (C. Naval), como parecen ser los que vivimos. Pero lo curioso es que, en este contexto, la EpC se ha presentado, más que como una solución, como una ecuación añadida al problema.

La asignatura es conflictiva. Pienso que no es de recibo que se afirme su total implantación en las escuelas de los países de nuestro entorno europeo, porque, en muchos de ellos, la Educación para la Ciudadanía es una asignatura transversal, como ya lo era en la legislación educativa anterior a la Ley Orgánica de Educación vigente. Por otra parte, en España, el problema que plantea esta asignatura no es tanto su existencia, sino su contenido: una asignatura obligatoria que incorpora contenidos de orientación moral —no sólo jurídico-cívico— y, en consecuencia, podría vulnerar el derecho que asiste a los padres para que sus hijos reciban la formación religiosa y moral que esté de acuerdo con sus propias convicciones. La EpC no plantearía mayor dificultad si se limitara a explicar los contenidos básicos del sistema legal español, de las normas cívicas básicas de la convivencia o de los derechos fundamentales reconocidos en la Constitución. Lo que sí resulta problemático es que precisamente adopta una actitud concreta respecto de la Constitución: se ve proyectada como norma moral, más que como marco de convivencia libre y plural de los ciudadanos. E incide en cuestiones delicadas, tales como la educación afectivo-sexual y, como ya advirtiera el Consejo de Estado hace casi un año «a la hora de establecer estos contenidos básicos (de la asignatura educación para la ciudadanía), el real decreto sometido a consulta [se refiere a un decreto de desarrollo de la Ley Orgánica de Educación] debe tener en cuenta que no puede formar parte de los aspectos básicos del sistema educativo, sustraídos a la libertad de enseñanza garantizada en el artículo 27 de la Constitución, la difusión de valores que no estén consagrados en la propia Constitución o sean presupuesto o corolario indispensables del orden constitucional». Hay una carga ideológica particular, de forma que «sin el respaldo de una disciplina científica una asignatura, una materia camina inexorablemente hacia convertirse en un medio de adoctrinamiento» (Martí Sánchez).

De ahí que se haya planteado la objeción de conciencia a EpC, es decir, que se haya acudido a un mecanismo jurídico que dé cauce de expresión a un disenso pacífico y democrático. A mi modo de ver, sería equivocado suscribir ante este tema una perspectiva de «relaciones en el vértice», una especie de desencuentro entre la Iglesia católica y el Estado que requiere acudir a los textos acordados en el pasado para buscar una solución semejante o añadida a la enseñanza de la religión confesional. La Educación para la Ciudadanía no es una materia concordada. La Iglesia católica en España, en el uso de la libertad de expresión, puede ofrecer una orientación moral sobre el tema. Pero son los ciudadanos —creo que van ya casi por 8.000 objetores a la asignatura— quienes en definitiva constituyen el referente de un posible diálogo y de una solución, porque son ellos los afectados y porque son ellos los que defienden el derecho reconocido en el artículo 27.3 de la Constitución.

También sería equivocado entender que ese disenso pacífico tiene su vía de solución en la posibilidad de que los centros docentes privados adapten la asignatura al propio ideario. Esto es lanzar balones fuera, volver al camino equivocado de las «relaciones en el vértice», ignorar que sólo el 30,4% de los alumnos de Primaria y Secundaria cursan sus estudios en centros de iniciativa social privada ¿Qué pasa con el 69,6% restante? ¿Tienen los padres de esos alumnos derecho a que sus hijos reciban una formación conforme con sus creencias, o este derecho sólo es pleno para quienes gozan de una renta holgada que les permita acceder a la enseñanza privada?

A pesar de todo, pienso que siempre es momento de volver sobre el espacio de diálogo y de flexibilidad que desde la doctrina jurídica se reclamó en la elaboración de la Ley Orgánica y en sus decretos de desarrollo. Siempre es mejor sentarse a hablar, Gobierno y objetores, para buscar elementos de adaptación y fórmulas parciales de exención. Siempre es mejor esto, que reprimir el fuego del otoño caliente —uno más— que se aproxima para el próximo curso en la escuela española.

 

B I B L I O G R A F Í A

· Eurydice, La educación para la ciudadanía en el contexto escolar europeo, Secretaría del
Ministerio de Educación y Ciencia, Madrid (2005), [en línea] [ref. 04.04.2007],
http://www.eurydice.org/ressources/eurydice/pdf/0_integral/055ES.pdf.

· C. Garcimartín, «Neutralidad y escuela pública: a propósito de la educación para la ciudadanía», en Revista General de Derecho Canónico y Derecho Eclesiástico del Estado, n. 14
(2007) [formato electrónico].

· Ch. Glenn, El mito de la escuela pública, Ed. Encuentro, Madrid (2006).
· J. M. Martí Sánchez, «La «educación para la ciudadanía» en el sistema de la Ley Orgánica de
Educación (una reflexión desde la libertad religiosa)», en Revista General de Derecho
Canónico y Derecho Eclesiástico del Estado
, n. 10 (2006).

· C. Naval y J. Laspalas, La educación cívica hoy. Una aproximación multidisciplinar, Eunsa,
Pamplona (2000).

· M. Rodríguez Blanco, «La enseñanza de la religión en la escuela pública española», en
Observatorio delle liberta ed istituzioni religiose (OLIR), [en línea] [ref. 04.07.2007],
http://www.olir.it/areetematiche/73/documents/RodriguezBlanco_Ensenanza.pdf

Libros. Escritos y discursos políticos

leydp.jpgEste libro nos ofrece en una semblanza de Francisco Silvela basada en una antología de discursos, conferencias, artículos de prensa y otros escritos del político conservador divididos en capítulos, más por el contenido que por su orden cronológico. Luis Arranz, profesor titular de Historia del Pensamiento en la Universidad Complutense de Madrid, autor de varios trabajos sobre el regeneracionismo español y Cánovas del Castillo, aborda ahora la figura de Francisco Silvela desde sus textos. Ya existía otra antología del año 22, citada por Arranz, de las obras de Silvela, pero hacía falta una selección de los más representativos y un estudio actualizado para contextualizarlos en la política del momento y en el pensamiento de su autor. Esto es lo que encontramos en esta obra con un extenso estudio introductorio de más de 200 páginas. Incluye bibliografía y cronología del autor, así como un índice de nombres.


A través de los textos se muestra la trayectoria de un joven y brillante abogado con inquietudes culturales o sociales como aparece por ejemplo en el artículo dedicado a Moratín, o en el tratado que lleva por título La Filocalía o el arte de distinguir a los cursis de los que no lo son.


Más tarde llegan sus primeras incursiones políticas hasta su adscripción al partido conservador, a pesar de sus raíces liberales, su elección como diputado en 1869 y su vinculación con Cánovas, que descubre en él uno de sus nuevos valores. Sin embargo, Silvela prefiere mantenerse al margen de los cargos políticos durante el sexenio revolucionario, hasta la restauración de la monarquía borbónica.


Ministro de la Gobernación con Martínez Campos en 1879, ministro de Gracia y Justicia (1884-85) y de la Gobernación (1890-91) con Cánovas. Tras la ruptura definitiva con Cánovas en 1892, entre otras cosas por su desavenencia en el nombramiento de cargos públicos, y el asesinato de éste en 1897, Silvela es nombrado líder indiscutido del partido conservador, hasta ocupar la presidencia del gobierno en dos ocasiones (1899-1900 y 1902-03).


En las líneas del estudio introductorio encontramos un personaje vitalista y expresivo en sus intervenciones, pero sin la preparación intelectual y política para afrontar los problemas de un incipiente constitucionalismo español, con la grave crisis del 98 de por medio y unas tesis regeneracionistas más enzarzadas en el debate parlamentario que en la realidad social y política del país. «Breve, discontinua y atribulada », nos define Arranz el paso por el poder de los gobiernos de Silvela, marcados por un análisis preciso de la realidad en temas como el regionalismo, la hacienda pública, los jurados populares o la enseñanza religiosa, pero que se volvían brumosos y pesimistas planteados bajo una retórica regeneracionista.

Algunas claves para pensar el efecto a largo plazo de las pasadas elecciones

Acaban de celebrarse las elecciones municipales y autonómicas y, como siempre, los resultados están abiertos a distintas lecturas. Tantas como partidos, a tenor de las primeras reacciones que se han conocido. Pero son interpretaciones cuya escenificación forma parte de la estrategia de comunicación electoral: ante los propios y ante los rivales hay que mostrarse vencedores. Sólo así se mantendrá la moral.

Ahora bien, ¿qué lectura interna estarán haciendo los partidos? Es de imaginar que la de más largo plazo; o al menos, ésa sería la más estratégica e inteligente. Pues, tras alcanzar el poder o perderlo, los partidos políticos, que comunicaron en campaña para lograr el voto, tienen ahora que plantearse cómo abordar la gestión de lo que prometieron y su comunicación. Se pone a prueba, entonces, la capacidad de estar en verdadera conexión con sus votantes. Y de construir, entre éstos, una buena imagen, lo que en la comunicación empresarial se denomina la marca.

De ahí que un partido que de verdad vela por su supervivencia (esto es, no sólo por los votos de hoy, sino también por los de mañana) ha de plantearse hoy preguntas como las siguientes: mis votantes han depositado su confianza en mí ¿para hacer qué? O, por el contrario, me han retirado la confianza ¿por haber hecho qué?, ¿o por haber dejado de hacer qué?

Desde este planteamiento, desde la construcción de la marca o imagen de largo plazo de los partidos, abordamos el análisis electoral.

PUNTO DE PARTIDA: PARA INTERPRETAR ADECUADAMENTE LAS URNAS

Partimos de una descripción básica de los resultados, hoy ya suficientemente conocida. El Partido Popular ha obtenido 155.991 votos más que el Partido Socialista, un 35,60% de los votos emitidos frente al 34,90%. Obtiene también más alcaldes, aunque menos concejales, que el partido del Gobierno. Es la lista más votada en más municipios y comunidades autónomas. Mantiene, sobradamente, las comunidades autónomas de Castilla y León, Valencia y Murcia, y es el claro triunfador de Madrid. Sin embargo, la ausencia de la mayoría absoluta en varios municipios (como, por ejemplo, Palma, Orense, Vitoria, Jaén o Zamora) y en Navarra le hará perder poder territorial.

El Partido Socialista, por su parte, pasa a ser la lista más votada en Canarias, aunque no con la mayoría suficiente para formar gobierno. Seguirá gobernando en Aragón, Asturias, Extremadura y Castilla La Mancha. Los resultados de estas dos últimas comunidades muestran que, si bien hay allí un cierto avance del PP el PSOE ha realizado con éxito la transición de dos importantes liderazgos. En el saldo negativo del PSOE hay que situar la otra cara del triunfo popular de Madrid: se abre aquí un grave problema de liderazgo. Por último, el poder local que gana gracias a los pactos con otras fuerzas es un resultado cuyo carácter positivo o negativo valoramos más abajo.

Estos resultados son buenos o malos, dependiendo del efecto de largo plazo. Y, a nuestro juicio, tres son las cuestiones que hay que tomar como objeto de análisis. En primer lugar, las motivaciones del voto. En segundo, el hecho de que en un importante número de municipios y en alguna comunidad autónoma no podrá formar gobierno la fuerza más votada. Y por último, las consecuencias que pueda tener la vuelta de ETA a las instituciones a través de las listas de ANV, cuya impugnación no fue solicitada por el fiscal general del Estado. Son las cuestiones que analizamos a continuación.

LAS MOTIVACIONES DEL ELECTOR: ¿POR QUÉ ME HAN VOTADO?

La marca de una organización (somos conscientes de que no estamos utilizando los términos con absoluto rigor) no es el nombre, símbolo o logo que le representa. Es algo más amplio e intangible: son los valores que la hacen diferente y que sea preferida al resto de las organizaciones del sector. Aplicado al caso, los partidos en liza se juegan su marca en su carácter liberal, social, eficaz, dinamizador, reformista… Pero lo importante no es tanto la marca como la imagen de marca, es decir, la percepción que los públicos tienen de la misma. Por eso, uno de los análisis que ha de hacer todo partido político estos días es el de las motivaciones que han activado los votos a favor o en contra.

La campaña ha hecho evidente a los ojos de los electores que tanto el PP como el PSOE tenían en su horizonte los siguientes comicios electorales nacionales. Rajoy y Zapatero se han empleado a fondo dando prioridad a temas nacionales sobre los autonómicos o locales: el terrorismo y la presencia de ETA en las instituciones, el futuro de Navarra, la corrupción, etc.

¿Han respondido los votantes en clave nacional? ¿O hay otros factores que han pesado en la decisión de voto, como puedan ser el candidato, el equipo de gobierno, la gestión realizada o los programas electorales? ¿Cuánto ha preocupado la inmigración, la vivienda, los parques y plazas, las carreteras, la educación o la sanidad?

Los datos con que se cuentan son los resultados electorales. Y de ellos se podría decir, por ejemplo, que en Madrid, además de gestión y liderazgo, ha funcionado la clave nacional; que, en lugares como Canarias, el candidato ha constituido un reclamo importante; que, en Castilla-La Mancha o Extremadura, el partido tiene bien asentado su atractivo como partido; que en capitales como Oviedo, Valencia, Granada, Cádiz, Murcia, etc., puede haber operado una mezcla de distintos factores como la gestión y el liderazgo del equipo y del alcalde. O que en capitales como La Coruña o Sevilla hay importantes advertencias sobre la gestión realizada.

Pero no dejan de ser estas afirmaciones hechas con cierta inseguridad. Contestar con acierto a la pregunta planteada requeriría de una investigación más elaborada que, utilizando técnicas de sondeos y grupos de discusión, permitiera llegar a las motivaciones más profundas de los votantes. Una información ciertamente rica para que cada partido pueda interpretar correctamente a sus seguidores, establecer de manera estrecha la relación con ellos y construir así su marca de forma más sólida.

PACTAR O NO PACTAR. CONSECUENCIAS A LARGO PLAZO

Son muchas las ciudades en las que puede no gobernar la lista más votada. Tal es el caso de La Coruña, Vigo, Pontevedra, Santiago, Pamplona, Palma de Mallorca, Zamora o Logroño. En seis comunidades autónomas y más de veinte capitales de provincia la fuerza gobernante será la que resulte ganadora de las negociaciones que durante estos días están llevando a cabo los partidos.

El pacto o coalición entre distintas fuerzas políticas es resultado de que el sistema busca que los gobiernos estén apoyados por grandes mayorías. Desde una perspectiva «integradora» y «plural», se esgrime la bondad del pacto: quien pacta es abierto, dialogante, capaz de ceder, etc. Lo contrario de quien no pacta.

Pero la cultura de pacto no es, a nuestro juicio, ni buena ni mala. Todo depende de lo que se pacte y para qué. Pues puede suceder también que, al pactar, el partido, en aras de situarse en el poder, esté sacrificando lo más propio, devaluando su identidad y perjudicando su marca en el largo plazo.

Un sistema político habituado al pacto es Alemania, que tiene coaliciones de gobierno en una buena parte de sus lander. Incluso en varias ocasiones —el momento actual es uno de ellos— sus dirigentes se han implicado en una gran coalición, con la inclusión de los dos grandes partidos (la derecha y la izquierda). De los resultados que han cosechado tales coaliciones —no han sido gobiernos precisamente inestables, y de ellos se han derivado importantes avances— se puede concluir que sus líderes han tenido una cultura de pacto llena de visión política y de Estado, gracias a la cual han aunado fuerzas para resolver los también grandes problemas de Estado.

Italia es también un país acostumbrado al pacto. Pero de sus resultados —una gran inestabilidad: Italia es de los países con más baja duración media de gobiernos— se puede concluir que la cultura del pacto significa aquí una gran habilidad estratégica y astucia para ocupar el poder. Que esta inestabilidad no haya ido acompañada de un desastre económico es un misterio cuya explicación sólo encuentran los analistas políticos en la propia idiosincrasia italiana.

¿Cuál es la situación al respecto en España? De las negociaciones que se están llevando a cabo pueden resultar distintos acuerdos: una coalición de gobierno propiamente (se reparten los puestos de gobierno); un pacto explícito (se apoya al gobierno en su investidura, a cambio de determinados compromisos); o un acuerdo por el cual no se apoya al gobierno en la sesión de investidura, pero la abstención que se manifiesta no impide que gobierne en mayoría simple. Pero, en todo caso, los pactos van a «desvirtuar» la voluntad expresada en las urnas, y a perjudicar la relación del partido con sus votantes: éstos les dieron el voto para hacer algo. Y puede resultar que lo que hagan no sea aquello para lo que se lo dieron. Ahora bien, la situación varía mucho por municipios y comunidades autónomas.

Se podría decir que la posibilidad que tiene el PSOE, con mayoría simple, de gobernar en coalición con IU en muchos municipios, o con partidos nacionalistas (Coalición Canaria, BNG, PNV y ERC) es, dentro de todo, de las menos difíciles. Al fin y al cabo, es la mayoría más votada. Y lógico es que busque acuerdos para gobernar. Lo que ha de valorar este partido es el perjuicio que le pueda causar entre sus votantes la cesión de puestos de gobierno a partidos con quienes no comparten planteamientos, o el perjuicio que, a la larga, se deriva de gobernar con un equipo que rema en direcciones distintas, cuando no contradictorias.

Algo así es lo que sucede en Barcelona. A nuestro juicio, sería un error que el PSOE interpretara que el electorado ha querido revalidar su tripartito. La coalición del PSC con Iniciativa per Catalunya y Esquerra ha impedido al más votado de los tres, el primero, desarrollar su programa tal y como lo planteó en campaña (eso, por no hablar de los extravagantes episodios que el tripartito catalán protagonizó en la legislatura anterior). El gobierno que preside ahora José Montilla debe demostrar que el pacto no afectará a su gestión. Pues los datos muestran, más bien, que el electorado ha querido castigar al tripartito, aunque el sistema no se lo ha permitido del todo. Y si es cierto el rumor de que ERC no quiere repetir, se pondría de manifiesto que las coaliciones, cuando no salen bien, además de perder electores, aumentan la distancia entre las fuerzas que coaligaron.

Los casos en que gobernará el PSOE, aun no siendo la fuerza más votada, gracias a distintos apoyos (como es el caso, por ejemplo, de Orense o Zamora), además de tener el problema anteriormente señalado (el de estar condicionado por la izquierda radical y los nacionalistas), tiene también el de contar con una mayoría que no optó por él. La comunicación permanente que ahora se inicia con un electorado de estas características es verdaderamente complicada.

Por último, para el Partido Popular queda hacer la reflexión sobre lo que significa tener dificultades de gobierno en tantos municipios. Una reflexión que han hecho también Sarkozy o Cameron. Una reflexión que incluye calcular bien dónde está el equilibrio entre no devaluar la marca y hacerla más inclusiva.

EL ESCENARIO DE NAVARRA: UN PROBLEMA PARA LA MARCA PSOE

Pero el escenario del pacto más complicado es el de Navarra. Como es sabido, UPN, aun siendo la fuerza más votada, no podrá formar gobierno, y Nafarroa Bai, que agrupa a fuerzas nacionalistas, se establece por primera vez con doce diputados.

Pero no se puede concluir de este resultado que el electorado haya castigado a un PP drástico por su constante aviso de que Navarra corre peligro: aun con el descenso de participación, UPN ha obtenido más votos que en las elecciones anteriores. Y si no puede formar gobierno es por el descenso de su socio, CDN. Tampoco se puede concluir que los navarros sean más nacionalistas: si se suman los votos del PSOE y del PP, es evidente que tal cosa no ocurre.

La verdadera conclusión es que Navarra deja al PSOE en una compleja situación. Para formar gobierno foral tendría que pactar con Nafarroa Bai, además de con IU. Todavía más difícil es el caso de la alcaldía: tendría que hacer coalición con ANV. A los pocos minutos de ponerse de manifiesto tal complejidad, el PSOE se apresuró a decir que nunca contaría con los votos de ANV, por motivos evidentes. Motivos que no debieron ser tan evidentes cuando el fiscal general del Estado decidió no incluir esta lista entre aquellas que consideraba que había que impugnar. Todo hace pensar que las consecuencias lesivas que pueda tener para el PSOE un apoyo de ANV hará que este partido deje gobernar a UPN con mayoría simple.

Lo que el PSOE decida para el gobierno foral puede tener consecuencias importantes. Miguel Sanz, el presidente del gobierno de UPN saliente, se ofreció de inmediato para un pacto UPN-PSOE. Los socialistas tienen entonces el siguiente dilema. Pueden optar por UPN, algo que verían como una auténtica actuación de Estado (del estilo de la gran coalición alemana) no sólo los votantes del PP, sino muchos votantes socialistas y no pocos diputados socialistas. Las grandes diferencias que hay entre los navarros del norte y los de la Ribera permiten imaginar los problemas que en estos momentos estará teniendo el candidato del PSOE, Fernando Puras, para aunar la posición. Optar por Nafarroa Bai haría evidente que el PSOE no tiene inconveniente en coaligarse con un partido que tiene la clara intención de anexionar Navarra al País Vasco. De manera que el PSOE está expuesto a una decisión que tendrá importante efecto en su imagen de marca, no sólo entre los socialistas navarros, sino los de todo el país.

Por último, precisamente por una preocupación de marca, y de cara a las elecciones nacionales, una opción posible sería que los socialistas dejaran gobernar a UPN en minoría, tanto en el gobierno autonómico como en el municipal, dejando para después de los comicios nacionales la modificación del escenario mediante la técnica de la moción de censura.

ANV: EL ERROR DE ZAPATERO

La decisión de permitir participar a ANV en las elecciones es una apuesta del Gobierno difícil de comprender, incluso para sus más afines. El PSOE afronta con aire de jugada de ruleta los próximos meses que quedan hasta las elecciones generales. Es un todo o nada que, con la constitución definitiva de los gobiernos municipales, puede dejar en una situación delicada al Gobierno. Como es sabido, a través de la Fiscalía General del Estado, el Gobierno impugnó 133 candidaturas de ANV y afirmó que no encontraba elementos suficientes para proceder contra las otras 120 listas, que han sido las que finalmente se han presentado a los comicios locales. Días después y ya transcurrido el plazo, Batasuna pedía a sus militantes que votaran a ANV. ETA, a través de su brazo político, volvería a las instituciones si la voluntad popular no le daba la espalda. Vanas ilusiones.

Tras una tregua en la que, un día sí y otro también, se comentaba en los mentideros oficiosos que el mundo abertzale vivía al borde de la ruptura, sus bases se han pronunciado sobre la marcha de la negociación. ANV ha conseguido 337 concejales en el País Vasco y 100 en Navarra. O, visto de otro modo, ha logrado vencer en 19 de los 22 municipios vascos en los que gobernaba Euskal Herritarrok hasta las municipales de 2003 y en los que ANV ha podido presentarse, algunos tan simbólicos para ellos como Oiarzun, Hernani, Pasajes o Arrasate.

Ya nadie defiende que estas listas no estaban «contaminadas», tal y como dijo el fiscal general del Estado, Cándido Conde-Pumpido. Y hasta Patxi López, se ha atrevido a decir que su formación está abierta a cualquier pacto «salvo con ANV, por razones obvias». ¿Obvias? La ruleta ya ha empezado a girar.

CONCLUYENDO… DECIDIR CON MIRADA A LARGO PLAZO

La práctica política muestra que hay decisiones que alcanzan a ser sólo «pan para hoy y hambre para mañana». Pactar podrá permitir a un partido alcanzar o mantenerse en el poder, pero a costa de diluir su identidad y perder progresivamente el apoyo de su electorado. De ahí que para los partidos sea tan importante discernir bien el mensaje de las urnas, comprender si los electores con sus votos han hecho una llamada al entendimiento con otros o, por el contrario, una apelación a mantener íntegro el proyecto con el que se concurrió a las urnas.

De eso nos hablan estas últimas elecciones. Por eso el PSOE y el PP se juegan mucho y deben atinar a la hora de realizar su respectiva lectura.

Recoger la historia conciliar

TEMAS PARA REFLEXIONAR

La historia reciente de la Iglesia necesita, al igual que la historia civil, perspectiva y documentos. A la vez, son muy importantes los guías para adentrarse en el exceso de información y poder interpretarla. De ahí, que los primeros resultados de esa investigación histórica deban tomarse con precaución, pues todavía faltan muchos de los elementos señalados. Todo ese material necesitará, finalmente, ser cribado con las fuentes autenticadas y entonces, con la necesaria perspectiva, podrá ser analizado.

Precisamente, en este marco, se sitúa el trabajo del cardenal Herranz. Se trata, en cierto modo, de un libro de memorias, en el que se incluye una autobiografía, pero, sobre todo, es una crónica de más de cuarenta años de la vida de la Iglesia, desde su corazón que es Roma. Nada menos que cuatro, son los pontificados reseñados en este trabajo: Juan XXIII, Pablo VI, Juan Pablo I y Juan Pablo II.

Julián Herranz, nació el 31 de marzo de 1930 en Baena (Córdoba), estudió la carrera de medicina y se especializó en psiquiatría. Recibió la ordenación sacerdotal en 1955. Doctorado en Derecho Canónico por la Universidad Pontificia Lateranense, colaboró con San Josemaría en el Gobierno Central del Opus Dei. En marzo de 1960 empezó a trabajar en la Santa Sede. El 6 de enero de 1991 fue ordenado obispo por Juan Pablo II y, posteriormente, nombrado presidente del Pontificio Consejo para los Textos legislativos y de la Comisión disciplinar de la Curia Romana. El 21 de octubre de 2003 fue hecho cardenal por Juan Pablo II.

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Son dos las grandes líneas de estas memorias, por una parte, la convivencia y la vivencia del autor con San Josemaría Escrivá de Balaguer. En este sentido, el cardenal Herranz aporta mucha documentación sobre el fundador del Opus Dei: cartas, comentarios y anotaciones tomadas de la predicación oral y de sus conversaciones con él. Este trabajo es una fuente expresa para adentrarse en el alma de San Josemaría.

La segunda línea se refiere al extenso pontificado de Juan Pablo II. El cardenal Herranz, esculpe a grandes rasgos, la tarea desarrollada por el pontífice, durante veinticinco años y sobre todo, desgrana la aplicación del Concilio Vaticano II. De hecho la mitad del libro se ocupa de la narración de la vida de Juan Pablo II.

Una de las grandes aportaciones de este trabajo son los apuntes acerca de la historia del Concilio Vaticano II, que ocupan el primer bloque del libro. Herranz aporta datos de primera mano, lo vivido personalmente y lo que le narró el cardenal Pericle Felici, primero secretario de la Comisión Preparatoria Central del Concilio y después secretario general del Concilio.

En sus anotaciones sobre el Concilio, el autor, logra superar los agrupamientos simplistas, que sirven para explicar hechos, pero que también los deforman. Sus comentarios acerca de las relaciones entre el Concilio y la prensa son muy interesantes. Se trataba del primer Concilio retransmitido en directo, sometido a las leyes de los mass-media, a diferentes modos de valoración de las fuentes, y también, al sensacionalismo: «Algunas tribunas periodísticas a veces sólo se hacían eco de las posturas poco conformes con la fe, servían de altavoz a determinados sectores tradicionalistas o contestatarios -así se decía entonces, con dicotomía tan simple como engañosa- y, valoraban el Concilio únicamente con categorías humanas. Cierto es que se desarrollaba como cualquier otra asamblea, pues se aplicaba un reglamento y se aceptaban o rechazaban textos según la ley de la mayoría, pero no era asamblea como los demás».

El autor se detiene a explicitar la actuación de Pablo VI durante el Concilio Vaticano II: «El Papa no es un simple notario del Concilio, tiene una responsabilidad ante Dios y ante la historia». Y subraya la clave de su actuación en la profundización teológica sobre la naturaleza de la Iglesia: Primado y Colegialidad: «La sabiduría divina guió a la Iglesia aún en medio de las discusiones teológicas más encendidas y, quizás, mediante ellas». Son clarificadoras, para la historia, la génesis y alcance teológico de la nota previa de Pablo VI a la Lumen Gentium.

También son interesantes las páginas dedicadas por el cardenal Herranz a explicitar la actividad de San Josemaría Escrivá de Balaguer durante el Concilio. Como decía el cardenal König: «Supo tomarse muy en serio el Vaticano II discerniendo lo que era impulso del Espíritu de los intentos de interpretación del Concilio meramente humanos».

Finalmente, se detiene a explicar el sufrimiento indecible de Pablo VI ante el fenómeno de contestación que se desencadenó en los años posteriores y que ralentizó su aplicación.

Otra de las grandes cuestiones señaladas en este trabajo, es lo referente a la situación del Derecho Canónico en la Iglesia. No me refiero al inveterado problema entre canonistas y teólogos, que ahora, cinco siglos después, suena casi a broma a nuestros oídos. Se trata del problema planteado desde el 25 de enero de 1958, cuando Juan XXIII, en su primer Consistorio, anunció junto al Concilio Vaticano II, y el Sínodo Romano, la reforma del Código de Derecho Canónico.

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Desde entonces, hasta la promulgación del nuevo Código de Derecho Canónico, en 1983, pasaron muchas cosas y, sobre todo, pasó mucho tiempo. Entre los diversos hechos narrados por el autor están, de telón de fondo, los problemas disciplinares y los planteamientos teológicos de algunos, que vieron una oposición entre Teología y Derecho. Son luminosas estas páginas escritas por uno de los artífices, con otros grandes canonistas y teólogos, del Código de 1983, que recogió y aplicó jurídicamente el tesoro del Vaticano II, y dotó a los obispos diocesanos de un instrumento necesario para el gobierno de su iglesia particular. Así resume el pensamiento de Juan Pablo II el 21 de abril de1982: «Sería una equivocación contraponer el Evangelio a la ley eclesiástica, porque ésta se basa en la ley divina, natural o positiva, pero además porque la justicia -que el Derecho Canónico tutela en la Iglesia- es una exigencia primaria de la caridad, esencia misma del mensaje evangélico».

Es muy interesante leer cómo se fue trabando esa legislación al hilo de la Eclesiología del Vaticano II y cómo fue unida a la publicación del Catecismo de la Iglesia Católica. De ese modo, al igual que en otros grandes concilios de otros tiempos, no sólo la Iglesia recibió un cuerpo de documentos conciliares, sino también, instrumentos pastorales: el Misal Romano, el Catecismo y el Código.

Dentro de esa relación Derecho y Teología, presenta el cardenal Herranz detalles significativos del itinerario jurídico del Opus Dei y de su transformación en Prelatura Personal de la Iglesia Católica. Un ejemplo de cómo el derecho surgido del Concilio, a la luz de la Eclesiología, permitió la defensa de un carisma y su adecuación en el ser de la Iglesia. También añade el modo de trabajar de la Iglesia, serio y profundo, así como la hondura teológica y canónica del fundador del Opus Dei. No deja de señalar el autor, con delicadeza, las calumnias e intentos de algunas personas por deformar ese camino y entorpecerlo. Pero, al final, todo quedó bien clarificado. El Opus Dei mantendrá, como desde el principio, su espíritu laical y secular, y la unión con el Papa y con los obispos del mundo entero donde trabaja.

El estilo del cardenal Herranz es muy delicado, casi diplomático, pero es que la historia de la Iglesia es una conjunción de la gracia de Dios y de la libertad humana. Es muy fácil caer en la tentación de las teorías conspiratorias; establecer grupos de presión, bandos. Con eso se simplifica la historia, se hace manejable, pero es sencillamente falsa. La historia de la Iglesia es Historia y se hace con documentos, pero también es Teología, y hay que narrar la intervención de Dios. Es muy importante leer este libro entre líneas; pues todo él refleja aquellas palabras del fundador del Opus Dei: «No hagas crítica negativa: cuando no puedes alabar, cállate».

La narración en algunos capítulos, cobra particular pulso, por ejemplo el denominado «Concavo y convexo». En él se desarrollan dos visiones contrapuestas: De un lado la visión de Benelli, sustituto de la Secretaría de Estado y, posteriormente, cardenal y, por otra parte, la visión de Josemaría Escrivá.

Para Benelli y algunas personas de la Curia Romana era necesario impulsar un partido demócrata-cristiano, para que cuando falleciera Franco, tuviera una representación política. Veían a los miembros del Opus Dei que estaban en el gobierno de Franco, como un grupo político, y por tanto su conclusión era que debían dimitir para marcar diferencias con el Régimen.

La visión del fundador del Opus Dei era muy diversa: entendía la actuación de los fieles del Opus Dei en política como una actividad personal, desarrollada con plena libertad y responsabilidad y, por tanto, no podía hacerles ninguna observación sobre sus actividades públicas.

Es decir, que si López Rodó, Ullastres y Navarro Rubio llegaron a una coherencia en sus medidas económicas y de desarrollo del país, no la alcanzaron por ser del Opus Dei, sino porque eran las líneas que, según su entender, se requerían para pasar de una economía autárquica a otra de liberalización del mercado.

Por tanto, no estaban en el gobierno para hacer la política de un grupo. De hecho, otras personas del Opus Dei, como Rafael Calvo Serer o Antonio Fontán, desarrollaron su actividad política en otras direcciones.

El objetivo de este trabajo es dar una visión personal pero lo más objetiva posible de la vida de la Iglesia. Sus pretensiones no son científicas; pero tampoco se trata de una crónica periodística, pues señala los documentos y las fuentes que utiliza. Un libro que vale la pena leer con detenimiento.

El curioso asunto de las objeciones de conciencia

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Hasta hace bien poco, en nuestro entorno cultural, el fenómeno de la objeción de conciencia ha sido prácticamente desconocido, exceptuando la circunscrita al servicio militar obligatorio, ya fuera por causas religiosas, ideológicas o morales. No se supo nunca demasiado bien si verdaderamente era un derecho, ya que estaba en el artículo 30 de la CE, en derecho constitucional autónomo, como señaló el Tribunal Constitucional, o simplemente una causa de exención, e incluso una opción de servicios de prestación al Estado. Muchos de mis antiguos alumnos en edad militar comentaban entre ellos: ¿Qué harás?, ¿la mili o la objeción? Se planteaban la cuestión según fuera más ventajoso.

El abanico de cuestiones que creaban un problema al Estado para organizar con mediano criterio el servicio de prestación social tuvo como consecuencia la transformación del ejército en profesional: que el servicio militar obligara sólo a los varones, la existencia de una prestación social sustitutoria -que fuese reconocida y no simplemente declarada (en contradicción con el art. 16.2) y que cubriera puestos de trabajo laboral (jardineros, forestales, atención de presos)-, que no cupiese la llamada objeción sobrevenida (se podía objetar hasta un día antes de entrar en armas y a la hora siguiente de finalizar los nueve meses de armas, pero no durante), el incremento de insumisos y las cerca de 70.000 personas que ejercieron, en definitiva, su derecho a la objeción.

Esa fue la vía para acabar con una ley que la mayoría de la sociedad ya no aceptaba y que estaba diseñada de un modo inconstitucional a pesar de que estuviera incluida en la Constitución.

Los primeros objetores en España fueron los mártires y los testigos de Jehová que se negaron a incorporarse al servicio de armas. Estas personas eran juzgadas pero persistía la obligación de realizar la mili, lo que llevaba al absurdo de un delito continuado que finalizaba con la licencia absoluta. Se decidió que tales objetores cumpliesen el tiempo de servicio en calabozo, hecho que hizo que incluso algún general de Franco denunciara la manifiesta injusticia cometida con estas personas. Con el precio que tuvieron que pagar, se abrió el camino para que su objeción fuera reconocida en la Constitución. Desde entonces, la objeción fue constitucional y, finalmente, la supresión del servicio militar obligatorio se convirtió en una realidad.

En 1982, en una de las tesis pioneras sobre la objeción al servicio militar, el profesor Aguas ponía de relieve el íter parlamentario, las discusiones y los sistemas de defensa civil que estaban detrás del artículo 30 de la CE. Otros, como el catedrático Pedro Lombardía, dijeron que personalmente no tenían nada que objetar al servicio militar; Lombardía afirmaba que había sido una etapa de su vida de relativa tranquilidad y camaradería, sacó su cátedra durante el servicio e hizo excelentes amigos de todo ámbito social, además de participar como extra en la película La caída del imperio romano; sin embargo, el tema le interesaba profundamente por el futuro decisivo de la conciencia y sus negativas al poder ante un Estado crecientemente plural, relativo e implacable con las leyes, entendidas como mecanismos formales democráticos y procedimentales. Para ilustrar su preocupación contaba un chiste, incorrecto hoy y quizás también entonces, que venía a decir así: «Un ciudadano alemán quiere salir del país pero debe explicar sus motivos, cosa a la que se niega. Finalmente los expone: la homosexualidad estaba penada y castigada en época de Hitler, algo profundamente indigno, ahora está bien vista e incluso se habla de matrimonio homosexual, quiero irme antes de que sea obligatoria».

En el orden existencial, el derecho más importante es el de la vida, desde el embrión hasta la muerte, pero en el orden esencial las libertades de religión, de pensamiento y de conciencia son más importantes. ¿De qué sirve la vida en un campo de concentración donde no se puede rezar, ni hablar, ni decidir, sin libertad de expresión? Está claro que para poco, aunque es curioso cómo en esas situaciones de privación de libertad se encuentra instintivamente el sentido de la vida (Frankl). Cabría suponer en una lectura externa que nuestro sistema constitucional no admite otra objeción de conciencia que la militar, pero nada más lejos de la realidad, la objeción de conciencia es parte del derecho fundamental de libertad religiosa y de pensamiento, y por tanto, al ser directamente aplicable en materias de derechos fundamentales, cabe alegarla independientemente de su regulación, como señala con contundencia el Tribunal Constitucional en STC 531985 de 11 de abril. Evidentemente, la objeción indiscriminada pondría en quiebra al Estado, pero también es cierto que los objetores encuentran su asiento en el artículo 16.1 de la Constitución, que protege su libertad religiosa e ideológica como un agere licere y sus convicciones no meramente personales. De ahí que asistamos a una eclosión de objeciones de lo más variado y con una estructura absolutamente diferente a la del servicio militar: objeción a practicar abortos, a recibir ciertos tratamientos médicos, a no llevar uniforme, a manifestar símbolos religiosos como el velo, a ciertas materias educativas que invaden el derecho de los padres a educar a sus hijos, la negativa a expender medicamentos abortivos (píldora postcoital), a formar parte de un jurado o de una mesa electoral, a casar personas del mismo sexo, a ciertas intervenciones quirúrgicas, a ser examinada una mujer por un médico varón, a los juramentos, e incluso la que plantean los shiks a usar casco en moto por ser incompatible con su turbante.

Como señala Rafael Navarro Valls, experto en esta materia, todo esto indica indica tres cosas: la crisis del positivismo legalista, la ley es toda derecho y todo el derecho; la mala conciencia del poder que sabe El objetor no tiene otro que está imponiendo obligaciones remedio que negarse y saber que fuerzan la Utarfâd reUgto^ e que inaugura un movimiento ideológica, y sobre todo el prestigio de los objetores que se niegan no para cambiar las leyes por motivos bastardos o de mero ino su profunda injusticia. [[wysiwyg_imageupload:1083:height=117,width=200]]cumplimiento sino pagando personalmente con su negativa el precio de la objeción y también porque cualquier ordenamiento jurídico no meramente nominal (Loewenstein) protege mediante las libertades de religión y pensamiento a los objetores. El objetor no tiene otro remedio que negarse y saber que inaugura un movimiento para cambiar las leyes o su profunda injusticia.

La estructura de ciertos tipos de objeción de conciencia es absolutamente distinta de la conocida como objeción al servicio militar. Por ejemplo, en la objeción a practicar abortos, nuestro sistema de seguridad social no realiza abortos pero la falta de regulación ha llevado a que no se cumpla la legalidad y, por tanto, este tipo de objeción se puede denominar de legalidad.

Recientemente se sancionaba a una clínica por no separar adecuadamente restos orgánicos de la basura convencional. Quien se niega a participar en un aborto, entiende que va a favor de la Constitución y de sus códigos éticos y deontológicos, mucho más el personal médico que conoce el diálogo bioquímico del embrión y su gestante.

En España el artículo 15 habló expresamente de que «todos tienen derecho a la vida» para evitar la definición, anacrónica y anticuada, de persona del código civil. Es legítimo entender que por todos se entienda también el ser humano no nacido. Por ello su objeción, a falta de regulación, no debe ser discriminatoria para el objetor, basta que sea declarada, cabe la sobrevenida, no hay que realizar prestación porque no hay fraude de ley (en Italia los médicos objetores ofrecieron sus servicio gratuitos para explicar a la gestante otras alternativas al aborto, y no se consideró su petición) y lo más amplia posible, médicos, enfermeras, camilleros, personal de oficina, por entender precisamente que su negativa es cumplir la Constitución.

 

EDUCACIÓN PARA LA CIUDADANÍA

Algo parecido puede decirse del movimiento ciudadano laico de padres, alumnos, profesores y juntas de centro, públicas y privadas, para no impartir los contenidos de los dos reales decretos que regulan la nueva asignatura de Educación para la Ciudadanía, obligatoria y evaluable; mientras que la religión, voluntaria y constitucional según el artículo 27.3, acuerdo sobre enseñanza y asuntos culturales entre el Estado y la Santa Sede, deja de ser evaluable. En esos decretos se habla de orientación psicoafectiva, de moral exclusivamente cívica, de educación sexual pero no se ha seguido el modelo francés que no entra en cuestiones ideológicas y explica civismo, Constitución e instituciones europeas, cuestiones susceptibles de ser pactadas con las comunidades autónomas y con las grandes asociaciones de padres, que representan a más personas que el sindicato más mayoritario de España.

Diversas organizaciones educativas, de padres, de profesionales y de juristas llaman masivamente a la objeción de conciencia negativa a cursar esa asignatura con esos contenidos. No se sabe el número de objetores, pero van más de cinco mil, fenómeno comparable con la objeción al servicio militar. Los padres, profesores y alumnos son conscientes de estar amparados por el artículo 16.1 de la CE, pero sobre todo entienden con legitimidad que se está conculcando, mediante una ley de educación y dos decretos, su derecho fundamental, el derecho que les asiste a que su formación moral y religiosa sea libre recogido en el artículo 27.3 de la CE. Su actuación es un ejercicio de ciudadanía, de ejemplo para generaciones futuras y un modo de que la sociedad civil muestre su desacuerdo contundente con el modelo educativo en declive y la adoctrinación en la Escuela que se pretende imponer.

Si debes a tu banco tres millones tienes un problema con el banco, si debes tres mil millones… el que tiene un problema contigo es el Banco. Si los objetores son tres o cuatro serán mártires, si lo hacen setenta mil… Ojo, esto afecta también a los colegios de religiosos que, como ha dicho la comisión permanente de la Conferencia Episcopal, si imparten el contenido de los reales decretos pierden su ideario de moral católica, a la vez que se anima a los padres católicos y de buena voluntad a oponerse a esos contenidos con todos los medios legítimos del derecho que les asiste. La objeción es un excelente medio, no el único, pero sí el más eficaz. Diez objeciones duelen más al poder que una manifestación de un millón de personas. Por su parte las autoridades educativas, con gran talante cívico han amenazado: la signatura emana del Parlamento y es obligatoria, los que no la hagan suspenderán.

También las leyes nazis emanaron de un parlamento y las de la esclavitud y las de servicio militar obligatorio; por otra parte, nuestro genial sistema permite avanzar con cuatro suspensos, con lo que la amenaza no es muy real.

Detrás de la negativa a una ley existe un problema esencial de libertad, a fin de cuentas un problema moral que debe ser amparado por el Estado constitucional (por cierto, qué gran oportunidad de enseñar nuestra Constitución: los niños americanos son capaces de cantar la quinta enmienda). Ver las cosas de otra forma, sería convertir la silla eléctrica en un problema de… electricidad y voltaje.

Dietrich von Hildebrand: «Moralidad y conocimiento ético de los valores»

Este pensador católico de talla tan singular que le hace con Husserl, Scheler y Hartmann uno de los autores imprescindibles de la ética fenomenológica de los valores. Para intentar paliar esta rémora de ignorancia más o menos culpable, la colección filosófica El carro alado de Ediciones Cristiandad ha hecho el generoso esfuerzo de editarnos su Moralidad y conocimiento ético de los valores que apareció por vez primera en 1922 en el selecto «Anuario de Filosofía e Investigación Fenomenológica» que dirigía el propio Husserl, a quien va dedicada la obra en su sexagésimo cumpleaños. Además, como desagraviando nuestra desatención hacia Hildebrand, la editorial se ha permitido el lujo añadido de incluir una presentación de Juan Miguel Palacios que, como es sólito en él, resulta un modelo de precisión, acierto y maestría. La traducción del propio profesor Palacios orla la edición alemana más fiable de forma esplendida, como no podía ser de otra manera.

Hijo del conocido escultor Adolf von Hildebrand, el encuentro del joven Dietrich con Platón marcó a edad temprana su vocación por la filosofía. Ingresa así en aquella extraordinaria Universidad de Munich de 1907, donde traba fecunda amistad con la insustituible figura y magisterio de Max Scheler -recién llegado como profesor-, cuya influencia sería decisiva en la vida de Hildebrand tanto en el plano especulativo con el descubrimiento del concepto de valor, como en su itinerario espiritual que le llevaría a abrazar el catolicismo junto con su primera esposa. En 1909 se traslada a la no menos formidable Universidad de Gotinga, cabe la égida de Husserl y sus Investigaciones lógicas, encontrándose con el malogrado Adolf Reinach -muerto prematuramente en las trincheras de la Gran Guerra- a quien iba a considerar su verdadero maestro. Tras su tesis doctoral, ejercerá Hildebrand su magisterio en la Universidad de Múnich de nuevo, hasta el fatídico 1933 cuando, con la llegada de Hitler al poder, será desposeído de su cátedra por su clara e inequívoca oposición al Nacionalsocialismo. Todo ello dará lugar a una serie de peripecias vitales que hacen que su biografía sea digna de ser narrada con detalle en artículo aparte, y que desembocan en su exilio en los Estados Unidos, donde desde 1941 pudo desplegar su preclaro magisterio en la Fordham University, hasta su muerte hace ahora treinta años.

Moralidad y conocimiento ético de los valores. Dietrich Von Hildebrand Ediciones Cristiandad, Madrid, 2006, 218 páginas Presentación y traducción, Juan Miguel Palacios

Como se afirma en la presentación citada «toda la ética de Dietrich von Hildebrand se halla presidida por la evidencia de que la percepción de los valores, por infundada y diversa para unos y para otros que pueda ser, es un dato tan originario e irreductible de la conciencia humana que no se puede negar sin tener que afirmarlo al mismo tiempo». Pues bien, a la tarea nada fácil de desentrañar la relación que media entre nuestra personal e intransferible índole moral y nuestra capacidad individual de captar los valores moralmente relevantes va a dirigir nuestro autor todo su vigor intelectual en la obra que nos ocupa, afrontando en el primer capítulo aquella vexata questio que Sócrates había formulado por vez primera y que Aristóteles había replanteado en sus mejores términos, pero sin poder salir del círculo vicioso del problema: para ser moralmente bueno nos es preciso saber cómo debemos obrar, pero, para saber cómo se debe obrar nos es preciso, a su vez, ser moralmente buenos.

Para resolver tal contradicción, Hildebrand realiza la capital aportación de acudir al fenómeno de la «ceguera al valor» (Wertblindheit), que habiendo sido tan bien analizado por los grandes genios de la literatura universal (pensemos en un Ricardo III, un don Juan, un Tartufo o en el Rakitin de Dostoiesvki) estaba huérfano hasta nuestro autor de un tratamiento filosófico-moral sistemático y estricto. Así, usando de manera directa y brillante el método fenomenológico, Hildebrand nos va a distinguir los diferentes tipos de ceguera al valor, para proseguir su investigación fijando la relación de cada una de esos tipos de ceguera con los diferentes estratos de profundidad de la persona. Dentro de la ceguera al valor podemos distinguir con nuestro autor tres formas típicas de la misma:

La total y constitutiva ceguera moral al valor, es decir, la completa pérdida de comprensión de las categorías de «bueno» y «malo», como podemos ver en el Yago de Otelo o en el mencionado Rakitin de Los hermanos Karamazov. Para un sujeto moral así, bueno y malo mientan lo mismo que para un ciego el rojo y el verde, denotando bien una ceguera indiferente al valor moral (don Juan, por ejemplo) o una ceguera hostil al valor (Caín, por ejemplo).

La parcial ceguera al valor: se da aquí una comprensión del valor moral fundamental de lo «bueno» y de otros valores moralmente relevantes, pero falta la comprensión de una serie de valores también moralmente relevantes, ante los que uno está cegado. Pensemos por ejemplo en el oficial Javert de Los miserables, quien siendo sensible a los valores de justicia, diligencia y laboriosidad, por ejemplo, está al mismo tiempo ciego a la compasión, dulzura o indulgencia, en contraposición con la actitud de viva ventana abierta hacia todo el reino de los valores que encarna en la novela el santo monseñor Myriel.

La ceguera moral de subsunción (Subsumptionsblindheit), en la que dándose plena compresión de los tipos particulares de valor, ya no percibimos aquello que es portador de esos valores específicos, por nuestras respuestas morales negativas ante ese valor en cuestión debidas a intereses espúreos que alteran nuestra estimativa. Pensemos, por ejemplo, en la persona que percibe el valor de la «fidelidad conyugal» pero que no es capaz de percibir su relación adúltera concreta como un claro caso de disvalor que trasgrede la valiosidad de tal modo de fidelidad. La progresiva degradación y obscurecimiento estimativo que va sufriendo la figura de Enrique II hacia el valor «amistad» para con santo Tomás Beckett tal y como nos la presenta el conocido drama de Jean Anouilh sería un ejemplo de cómo se pierde el conocimiento moral por nuestros intereses en juego de aquello que una vez captamos como valioso de forma clara y evidente, como era la amistad que el rey profesaba al santo.

A partir de esta taxonomía tan esclarecedora, toda la obra va a ser una lección magistral de ética cristiana acerca de las notas esenciales de cada tipo de ceguera con sus subtipos correspondientes, su génesis y la relación que guarda cada una con las diversas clases de profundidad en la persona y los diversos centros morales. El lector quedará gratamente sorprendido por la finura y sutileza de las descripciones que se realizan, así como por la explicación de los mecanismos de la psicología de la tentación y del embotamiento moral. Todo ello nos hace recordar sin duda los grandes tratados de teología moral de los autores medievales, vistos ahora desde la nueva fecundidad de la ética fenomenológica de los valores que Hildebrand combina con extraordinaria armonía y sencillez expositiva con su postura cristiana. Por eso, a lo largo del libro nuestro autor va fijando, como ejemplar contrapunto, la relación que tiene el santo con los valores moralmente relevantes, su honda comprensión plenamente intuitiva de los mismos y su estar familiarizado con ellos.

Al lector avisado no se le escapará la conveniencia de esta edición castellana en los tiempos presentes. Ciegos como estamos cada uno de nosotros a tales o cuales valores morales, su lectura sosegada nos ayudará sin duda a descorrer los velos sutiles que nuestras biografías éticas han ido interponiendo poco a poco en nuestra mirada moral, tal vez ya fatigada. No nos extrañe entonces que al enfrascarnos en estas páginas tan esclarecedoras, nos sorprendamos de nuevo ante la belleza y grandiosidad del reino de los valores morales, como debieron quedar sorprendidos los bárbaros al entrar en Roma, según narraba Spengler. No es poca recompensa si pensamos que en nuestra respuesta positiva o negativa a tales valores se teje ni más ni menos eso que Kafka dio en llamar en anotación escrita precisamente en aquel mismo año de 1922, «la historia universal de nuestra alma».

Navarra sin mayoría sufiente

Después de las elecciones autonómicas y municipales, si no sigue todo exactamente igual, al menos se puede decir que el panorama es bastante parecido. España está prácticamente dividida por la mitad. Pero las elecciones han reflejado que el desgaste de Zapatero es real, pues ya no es su partido el más votado. ¿Quién ha ganado las elecciones?

Si quiere gobernar, el PP necesita obtener la mayoría absoluta de los ediles o de los escaños. Lo ha logrado de manera espectacular en Madrid y también en Valencia, La Rioja y Murcia. En Navarra, como en algunas otras comunidades, no. Unión del Pueblo Navarro (UPN) y sus aliados de Convergencia Democrática de Navarra (CDN) no han conseguido superar el listón de la mitad más uno. Los nacionalistas moderados coaligados en Nafarroa Bai (Na-Bai) son los que más han subido, hasta ser la segunda candidatura más votada. El PSOE, que baja a la tercera posición, tiene, sin embargo, la posibilidad de decidir si pacta con los nacionalistas para gobernar o llega a un acuerdo con UPN.

No hay, pues, un veredicto inequívoco e inapelable de las urnas en Navarra. Caben los pactos poselectorales de los que depende la formación de la mayoría de gobierno. Y no es el partido más votado, aunque casi doble al siguiente, el que tiene la última palabra, sino el socialista.

El candidato socialista, Fernando Puras, ha condicionado su alianza con Nafarroa Bai al mantenimiento de Navarra en su actual status de autonomía foral independiente.

Pero el futuro de Navarra, no obstante, no está tan claro. El gobierno de Rodríguez Zapatero ha estado metido en una negociación de gran calado con los nacionalistas, cuyo fin declarado era la desaparición del terrorismo. El precio de este pacto no estaba claro. Los nacionalistas más violentos quieren un País Vasco independiente de España, que incluya Navarra y algunas regiones del sur de Francia. Políticamente, Zapatero podría pensar que si lograba el acuerdo de la desaparición de ETA y ésta entregaba las armas, merecía la pena pagar un buen precio.

UPN se ha encargado durante la campaña de denunciar la tibieza de los socialistas, en orden a preservar a Navarra y no admitirla como moneda de cambio en el posible fin de ETA. Algunos acusan al presidente de UPN, Miguel Sanz, de haberse equivocado por su política de sal gorda que no quiere distinguir entre una Navarra independiente y separada de Euskadi y una comunidad foral con una relación política preferente con el País Vasco. Teme que esta relación podría convertirse en el caballo de Troya de los nacionalistas para hacerse finalmente con la autonomía del antiguo reino.

En el ayuntamiento de Pamplona el resultado electoral refleja una parecida correlación de fuerzas políticas con lo sucedido en la comunidad foral. Pero en la capital, los dos concejales de Acción Nacionalista Vasca (ANV), la candidatura más próxima a ETA que no ha ilegalizado el gobierno, tienen la posibilidad de arrebatar la alcaldía a Yolanda Barcina de UPN, que ha obtenido 13 de los 27 concejales.

Se convierte así la alcaldía de Iruña en la piedra de toque para la política de pactos del PSOE con fuerzas manifiestamente anticonstitucionalistas.

El ligero desgaste de UPN en su labor de nueve años de gobierno, que pierde 5.500 votos y un diputado con relación a 2003, resulta decisivo para el futuro político inmediato de Navarra. Porque pierde la mayoría absoluta con la que gobernaba en coalición con CDN, que ha obtenido 10.000 votos menos que hace cuatro años.

En Navarra, nacionalistas y socialistas parece que han ganado en estas elecciones. Si fuera así, me quedo con la sentencia de Catón el Viejo: Victrix causa deis placuit, sed victa Catoni. Pero me inclino a pensar que la causa de Navarra tendrá oportunidad de demostrar que ni mucho menos está derrotada y eso es importante para toda España.

Dos libros recientes sobre Dios y la religión

Prestigiosas firmas y poderosas editoriales han suministrado desde hace algunos años nuevos materiales a la polémica sobre Dios y la religión. Las librerías inglesas, francesas o alemanas ofrecen ahora mismo numerosos títulos que recapitulan lo último que se piensa y dice acerca de este asunto crucial. Ha habido tomas de postura para todos los gustos, se han puesto al día viejos argumentos y han sido introducidos otros inéditos o al menos desusados. Hay que reconocer, por tanto, que la discusión se mantiene viva. Aunque sean muchos, quizá más que nunca, los que proclaman la «muerte de Dios», nadie puede con fundamento afirmar que haya decaído nuestro interés en Él.

El más próximo entorno también se ha visto involucrado en la controversia. La editorial Ariel acaba de contribuir a enriquecerla por partida doble. Si se me permite la impropia expresión, ha decidido encender una vela a Dios y otra al diablo —entendiendo aquí por «diablo» el No-dios, la negación de su existencia y de la conveniencia de seguir rindiéndole tributo de adoración. Me parece bueno que libros representativos de concepciones casi diametralmente opuestas convivan civilizadamente en un mismo catálogo editorial, sobre todo en nuestro ámbito, que no se distingue por su tolerancia aunque la proclamemos con voces estentóreas.

Los portavoces de los partidos —¡por una vez!— cortésmente encontrados son Alejandro Llano y Fernando Savater. El primero titula su propuesta En busca de la trascendencia. Encontrar a Dios en el mundo actual. El segundo prescinde de apostillas y anuncia sin ambages: La vida eterna, aunque el lector descubre enseguida que según su criterio no hay tal vida eterna ni nada que se le parezca.

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Resulta encomiable la política editorial que ha propiciado este encuentro. Llano y Savater son figuras destacadas y seguramente parangonables dentro del panorama de los pensadores españoles que creen en la Divinidad o descreen de Ella. Advierto sin embargo una notoria disimetría en la presentación. Aunque dignamente confeccionado, el libro de Llano ha tenido que conformarse con una sobria encuadernación en rústica, mientras que el de Savater viene con una envoltura más cuidada y, si lo despojamos de sus lujosas guardas, exhibe tapas en cartoné de un blanco inmaculado, que recuerdan los viejos libros de primera comunión. Tal vez se haya decidido aplicar al caso ese otro proverbio: si te lleva el diablo, que te lleve en coche. Barrunto que la distribución tampoco se ha realizado con idéntica diligencia: bastó entrar en la primera librería que me salió al paso para dar con una pila de ejemplares de La vida eterna, mientras que el camino para adquirir uno de Llano fue mucho más accidentado de lo que el apellido del autor promete. Se dirá probablemente que las expectativas comerciales eran en un caso mucho menos brillantes que en otro, ya sea porque vende más meterse con Dios que dar la cara por Él, o por la excelsitud de una pluma que anteriormente ha obtenido lucrativos éxitos de ventas. Seguramente sería así, aun prescindiendo de las ventajas promocionales que le han sido otorgadas; con todo, hubiera sido más bonito y más justo proporcionar un tratamiento menos desigual a las opciones en pugna.

Antes de iniciar mi análisis he de advertir, por si alguien tuviera aún un resto de duda, que no me considero en este momento par-dessus de la mêlée. Lejos de mí la pretensión de oficiar de juez imparcial; aspiro como máximo a comportarme como un abogado honesto que no cree necesario apelar a trucos sucios para favorecer su causa. Alguien podría considerar sospechosa mi intervención, teniendo en cuenta que Llano me cita y también recomienda uno de mis trabajos. Podría alegar como descargo que asimismo Savater me ha tratado bien en alguno de sus libros (¡y se lo agradezco, como es natural!). Pero todo eso es insustancial: hay que ser muy ingenuo o muy hipócrita para pretender que alguien parta absolutamente de cero en este tipo de discusiones. Ponentes, árbitros, comentaristas y público en general estamos pringados de prejuicios hasta el cuello… por lo menos. Lo más que se nos puede pedir es que chapoteemos en ese mar de prevenciones, tratando de mantener los pulmones comunicados con la atmósfera de los hechos, para no perder del todo el contacto con la realidad. Es contraproducente prescindir del aquí y el ahora desde el que cada cual habla, a no ser que nos conformemos con dar un par de vueltas más al puchero de los tópicos heredados. Este elemental requisito es cumplidamente satisfecho por Llano, que deja muy atrás el espíritu de la apologética gloriosa y clericaloide, para tomar por los cuernos el toro de la cultura contemporánea, muy poco inclinada a reconocer mérito alguno a la religión sin previa e irreprochable acreditación. Savater también evita insultar la inteligencia del lector con una dialéctica comecuras o con la increíble (pero aún frecuente) pretensión de que las hogueras de la Inquisición siguen encendidas en Europa. Incluso advierte con loable franqueza que la quema de disidentes no ha sido un procedimiento exclusiva —ni siquiera principalmente— empleado por la instancia religiosa:

«A partir de la Ilustración ganaron los filósofos y los científicos, mientras la religión perdió terreno y las hogueras inquisitoriales se apagaron (me refiero, naturalmente, a las encendidas por motivos religiosos, porque pronto ardieron otras aún más voraces alimentadas con combustible político).»

No obstante, Savater piensa que continúa pesando una coacción implícita contra quienes se atreven a desafiar la inveterada creencia en las potencias celestiales:

«En líneas generales, los ateos suelen mostrar más remilgos para proclamarse tales y con ello quizá ofender (?) a los creyentes que viceversa: ninguno de éstos piensa ni por un momento al vocear su fe que puede herir la sensibilidad intelectual de quienes prefieren la evidencia de lo visible frente a lo invisible o las pautas morales frente a los dogmas religiosos. A1 contrario, esperan más bien que los incrédulos confiesen nostalgia y hasta admiración romántica por la fe que no tienen.»

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Supongo que si hablara y escribiera en el Southwest estadounidense o en el interior de la península arábiga, la apreciación savateriana sería justa. Pero dado que tanto él, como Llano, como yo mismo trabajamos en la universidad española, me atrevo a contradecirle, porque en los círculos educativos públicos y medios culturales comerciales de nuestro país más bien se da la circunstancia inversa. Los que quieren publicar libros, obtener plazas de enseñantes, recibir invitaciones a conferencias y congresos saben muy bien —y si no, lo aprenden enseguida— que lo aconsejable es no dar publicidad a sus convicciones religiosas, si es que las tienen. De hecho, yo no he dejado de ejercer cierta autocensura al respecto hasta bien cumplidos los cincuenta, y sé que ello me ha ayudado a escalar ciertos peldaños en la carrera académica. Hay quien se puede permitir el lujo de decir sin tapujos lo que piensa siempre que le dé la gana, pero para el común de los mortales eso no es así, y en el ámbito de la intelectualidad occidental es políticamente mucho más correcto proclamarse ateo o agnóstico que creyente. No creo que tal cosa demuestre la existencia o inexistencia de Dios, pero convendría que los contendientes en esta clase de guerras dejaran de ponerse las medallas que ganaron sus bisabuelos.

Entrando ya en materia debo decir que, por contrapuestas que sean las posiciones defendidas por Savater y Llano, también hay importantes puntos de confluencia. El más notorio es que ambos toman muy en serio la religión y la problemática antropológico-existencial subyacente. Eso es natural por lo que se refiere a Llano (al fin y al cabo es partidario), pero no es tan habitual entre los que, como Savater, defienden el ateísmo y en definitiva la irreligión.

Un segundo punto de armonía es que ambos reconocen que la religión intenta resolver un auténtico problemazo de la existencia humana. Es un problema que no puede solucionarse con ningún otro procedimiento ni expediente, lo que explica la reaparición del horizonte religioso en todas las épocas y culturas. ¿De qué problema se trata? Del que enuncia el título elegido por Savater: la vida eterna. Ha habido quienes, como Borges, han expresado repetidamente la voluntad del morirse del todo, sin dejar residuos ni secuelas. Sin embargo, por birriosa que sea la trayectoria vital de la inmensa mayoría de los hombres, casi nadie se resigna del todo a desaparecer sin huella. Vivir de espaldas a la muerte es algo que muchos intentan hacer chapuceramente y otros (Epicuro, por ejemplo) con mayor maestría y convicción, pero en general es algo que se nos da bastante mal. No es que los creyentes acierten plenamente en el arte de bien morir: precisamente por eso y para eso apelan a Dios, único Ser capaz de ayudarles a salir del paso. Savater sostiene una posición que, de no tener tan cerca las figuras de Camus, Sartre y el existencialismo de posguerra, resultaría original. No cabe en todo caso regatearle el calificativo de esforzada. Mientras la religión y la ciencia prometen la salvación, la filosofía (que él pretende representar) ofrece a lo sumo conformidad: «Sólo puede ayudar a vivir con mayor entereza en la insuficiente comprensión de lo irremediable» (16). Frente a cualquier promesa de inmortalidad, afirmar sin paliativos que lo tangible y visible es lo único que hay resulta frustrante para las ansias de eternidad que se dan con harta frecuencia en nuestra especie. ¿Sirve la frustración como criterio de verdad? ¿Está escrito en alguna parte que la verdad decepciona y es tanto más verídica cuanto más decepcionante es? Savater diagnostica un conflicto entre el deseo de verdad y el deseo de ser y falla en favor del primero:

«La “voluntad de creer” surge de flaquezas y angustias humanas sobradamente comprensibles, que nadie puede ni debe condenar con insípida arrogancia; pero la incredulidad proviene de un esfuerzo por conseguir una veracidad sin engaños y una fraternidad humana sin remiendos trascendentes que en conjunto me parece aún más digna de respeto.»

La sentencia es clara, pero los considerandos faltan. Por decirlo de algún modo, en lo tocante a la trascendencia, Savater da la batalla por perdida y no se detiene demasiado a examinar las causas de semejante derrota. A pesar de profesarse rebelde en tantos otros frentes, en éste acata dócilmente los sobreentendidos de su generación:

«Quienes nos iniciamos en la filosofía hace más de treinta años, a finales de los sesenta, difícilmente hubiéramos podido creer que el debate reflexivo sobre la cuestión religiosa habría de conservar su vigencia hasta el día de hoy e incluso reavivarse al calor de varios atentados fanáticos. Lo teníamos ya por una cuestión resuelta.»

Como vivimos tiempos de sospecha, me parece sospechoso que alguien secunde tan inquebrantablemente los dogmas compartidos por los de su quinta. En este aspecto, la contraposición con el otro libro es total. Mientras Savater sólo menta la vida eterna para impugnarla, Llano convierte su busca de la trascendencia en una auténtica búsqueda, y no la ampara precisamente en textos bíblicos o declaraciones pontificias. Acude a la ciencia, desde la cosmología contemporánea hasta la teoría de la evolución, y a la filosofía, desde la hermenéutica y el análisis del lenguaje hasta la teoría de la representación o de la acción. Su indagación es tan meritoria por su amplitud y puesta al día como por la voluntad de situarla al alcance de cualquiera que tenga un mínimo interés en el debate. Es chocante a este respecto que los mismos que no dudan en romperse el cráneo con un libraco que informa de cómo funciona un programa informático de interés subalterno, exigen claridad meridiana y sencillez apta para párvulos cuando hay que decidir si la palabra «Dios» representa tan sólo un bluff o bien una instancia decisiva para nuestro destino. Aunque bien pensado, ¿no estamos con frecuencia mucho más dispuestos a gastar tiempo y dinero en la reparación y puesta a punto del automóvil que en los cuidados requeridos por nuestra propia salud?

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Volviendo a Savater, el fait accompli que a su juicio arroja la idea de Dios a las tinieblas exteriores del error es que resulta incompatible con las exigencias de la razón: «Para muchos de nosotros que no renunciamos a creer en lo verdadero, el dilema sigue estando entre lo que puede convencernos (ciencia, lógica, ética…) y aquello que contra toda verosimilitud podría salvarnos» (98). A mí me parece muy bien que no quiera cerrar las entendederas para abrir las tragaderas, y que en lo tocante a la fe se niegue a comulgar con ruedas de molino. Pero me pregunto si ha dado siquiera una oportunidad seria a que fe y razón dialoguen y lleguen a entenderse. No veo que haya efectuado al respecto la menor encuesta. Llano habla consigo mismo cuando examina los motivos de credibilidad en la existencia de Dios. A menudo su «yo» crítico y discutidor plantea objeciones de mucha entidad, y desde luego no es un maniqueo disfrazado convenientemente para su mejor refutación. Daré una muestra de este modo de proceder, donde se arguye eficazmente contra la equivalencia práctica que se da entre las posiciones ateas y agnósticas:

«—No sé por qué te pones así. Parece que respiras por la herida. Al fin y al cabo, la Europa actual dista de ser cristiana. Tampoco creo que pueda calificarse de atea. De lo que está más cerca es del agnosticismo. Por cierto, a mí me parece que el agnosticismo es una actitud muy respetable. Si no estás seguro de que Dios exista y tampoco lo estás de que no exista, si dudas acerca de cuestiones metafísicas y religiosas, lo lógico es que te declares agnóstico y actúes en consecuencia.
 

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—¿En qué consiste «actuar en consecuencia»? ¿En comportarse como un cristiano o en comportarse como un ateo? Si quieres ser coherente, te tienes que conducir de un modo determinado en el que no parece fácil compaginar —o alternar— conductas que corresponden a quien admite la existencia de Dios y a quien no la admite. Sin que sea necesaria una encuesta sociológica, basta mirar alrededor para comprobar que ordinariamente quienes se declaran agnósticos se atienen a un modelo de comportamiento secularizado, no religioso. Los racionalistas modernos que eran partidarios del derecho natural mantenían que esta ley de la naturaleza era válida […] incluso en el caso de que Dios no existiera. Pues bien, cabe preguntarse por qué muchos agnósticos no actúan […] como si Dios existiera.»

Savater en cambio no parece tener a mano una pequeña vocecita piadosa que acallar. De hecho, si alguna vez le llegaron sus ecos, no lo cuenta en La vida eterna. Hay que ir hasta la autobiografía publicada cuatro años atrás (Mira por dónde, Madrid, Taurus, 2003) para averiguar que también él fue tentado en sus convicciones: hay allí un pasaje donde confiesa que sintió lo ventajoso que sería la existencia de un Dios amoroso y providente la primera vez que su hijo tuvo que volar sin acompañantes. También cuenta la impresión que le produjo su padre cuando, hallándolo ensimismado, le preguntó si estaba sólo y recibió la siguiente respuesta: «No, hijo, estoy con Dios». En el libro que ahora nos ocupa cualquier rastro de teofilia se ha evaporado y la soledad desafiante del esprit fort ejerce su fuero en exclusiva. Si acaso, tiene Savater un corazoncito para la dimensión sagrada de la existencia, pero se pregunta (¿retóricamente?) si no sería practicable vertirla hacia la inmanencia:

«¿No cabría —si se me excusa la deriva— un reconocimiento materialista de lo sagrado? […] Un sagrado inmanente a la existencia humana, que trascendiera lo utilitario y calculable pero no lo terrenal […]. En nuestro presente en el que se enfrentan fanáticos y pragmáticos sin fronteras —ni mayores escrúpulos— la principal tarea de una incredulidad realmente ilustrada es no contentarse con la mera incredulidad […]. No propongo desde luego ningún invento fabuloso e inédito de esos que tanto halagan la megalomanía de los filósofos: se trata de prolongar y aguzar las indagaciones más fecundas de la época contemporánea.»

Es una propuesta muy acorde con estos tiempos de yogures desnatados, cervezas sin alcohol, cafés descafeinados y tés desteinizados. Supongo que algo tendrán que ver esas primeras comuniones por lo civil que ya se celebran por ahí con los parabienes del sector hostelero. Sugiero a Fernando Savater que relea el Catecismo positivista de Auguste Comte para inspirarse. Tengo que decir no obstante que alguna vez he visitado en París la capilla que todavía subsiste para sostener el culto a la religión de la Humanidad, pero la encontré aún más vacía que los menos frecuentados templos de las religiones trascendentes.

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Sigo, por otro lado, preguntándome por qué tiene Savater tan poco interés en ahondar en los preambula fidei de su incredulidad. Cierto es que da una explicación de cuál puede ser la fuente de la creencia en el más allá: sostiene que se trata de una ilusión proveniente de que a veces nos sentimos despegados de nuestros cuerpos cuando soñamos (56). Con todos los respetos hacia el ilustre polígrafo y todas las excusas al lector por lo inadecuado del vocablo, me parece que debe estar de coña cuando expone una idea tan pueril, que dudo hubiera tomado él mismo en serio si no fuera suya. Ya se sabe que todos miramos con especial cariño nuestras más enclenques criaturas. A pesar de todo no deben ir por ahí los tiros. Supongo que si declina reeditar los argumentos que existen contra la existencia de Dios es porque cree legítimo endosar tal responsabilidad a los que le han precedido. Asume que la razón científica mató la religión y la fe en cualquier potencia trascendente. Como explica a las viejecitas que le piden consejo en el paseo de coches del Retiro, sí que cree en lo corriente, sólo descree en lo sobrenatural. A pesar de todo, más que lo corriente, Savater acepta lo que decían neopositivistas como Carnap: que todo lo que no sea ciencia pura y dura c’est de la littérature. Al menos el primer Wittgenstein admitía lo que no se puede decir, lo místico. La tragedia de Savater —él mismo lo reconoce— es que cree en lo que no entiende y entiende de lo que no cree:

«Ha sido la paradoja fundamental de mi vida teórica, ser un bravo racionalista enamorado del para mí casi ignoto método científico pero encontrar invariablemente las más ajustadas expresiones de la rigurosa concepción del mundo que he creído necesitar en las jaculatorias de los poetas.»

Vamos, que su fe en la inmanencia es una fe de carbonero. No le debemos preguntar a él, que es ignorante. Doctores tienen las Santas Academias de Ciencias que sabrán contestar. Es graciosa la forma en que agita el espantapájaros del diseño inteligente como si fuera la quintaesencia de la irracionalidad fideísta. Me pregunto si se habrá tomado la molestia de leer algún libro, digamos, de Michael Behe, que es un competente bioquímico (véase, por ejemplo, La caja negra de Darwin. El reto de la bioquímica a la evolución, Barcelona, Andrés Bello, 1999). Supongo que acepta con los ojos cerrados las refutaciones que los padres apologistas del ateísmo, como Dawkins y otros, han efectuado ya (¿lo han hecho?). Me apresuro a dejar claro que yo tampoco creo en la teoría del diseño inteligente (¡faltaría más!), pero me parece troglodítica la actitud de descartarla sin gastar un solo miligramo de materia gris, mediante una especie de juicio sumarísimo.

Estas consideraciones llevan naturalmente a lo que probablemente sea el centro neurálgico de ambos libros. ¿A quién pertenece la Ilustración? Ya he citado antes un texto en el que Savater le imputaba directamente la muerte de Dios y la religión tradicional. Yo creo que está mucho más familiarizado con la Ilustración de Dénis Diderot y Madame du Deffand que con la Ilustración de Leonhard Euler y Albrecht von Haller, quienes desde el punto de vista de la racionalidad científica rayaban mil toesas por encima de aquéllos, pero dejemos eso para otra ocasión. Lo decisivo es que para Savater la época del cristianismo y de la fe en Dios ha pasado ya y deber ser definitivamente arrumbada en los vertederos de la historia. También aquí se comporta como un disciplinado seguidor del positivismo decimonónico y poco le falta para reformular la ley de los tres estadios. En realidad hace algo muy parecido, consistente en una tripartición de las actitudes básicas ante Dios y la religión:

«Primera, la de quienes sencillamente desmontan como inverosímil, inconsistente o falsa de cualquier otro modo la creencia en Dios o los dioses; segunda, la de quienes —al modo antes citado de Lutero— sostienen que la fe en Dios consiste precisamente en creer en un Ser invisible radicalmente incomparable por su propia esencia a cuanto conocemos o podemos comprender, inenarrable e indecible; tercera, la de quienes aceptan la divinidad como el esbozo aún impregnado de mitología de un concepto supremo que efectivamente sirve para pensar el conjunto de la realidad, aunque carezca de los rudos rasgos antropomórficos que habitualmente se le prestan. Cada una de estas tres rúbricas, que a su vez admiten subdivisiones y contagios mutuos, abarca siglos de debate encarnizado y ocupa bibliotecas enteras con sus planteamientos y refutaciones.»

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Debe entenderse que la única postura afirmativa de Dios coherente en su misma incoherencia es la de los que lo conciben como el colmo de los absurdos y de las incomprensibilidades. Resulta entonces que toda la reflexión racional acerca de Él, desde Clemente de Alejandría hasta Ratzinger, pasando por Tomás de Aquino, ha sido un error, una broma o una superchería. A menos que la consideremos como un anticipo de los que se empeñan en desmitificar el mensaje religioso, al estilo de lo que hizo Rudolf Bultmann en el siglo XX. Por tanto: o se afirma el Misterium tremendum, o se niega cualquier tremendismo para esbozar un desleído Dios light, o se vuelve uno ateo de una vez por todas. No es que Savater sea un ferviente partidario de la furia teocéntrica y antilógica que le gusta personificar en Lutero, pero a primera vista le guarda cierto respeto. Lo que le subleva es cualquier concesión a la razón de los que pretenden retener la fe en Dios. También lo que podría llamarse el tutti frutti numinoso-teológico, que caricaturiza magistralmente cuando relata el caso del devoto a la espiritualidad new age que le dio la matraca durante un vuelo París-Madrid. Es probable que sea poco ecuánime con los que predican credos a lo ying-yang, pero he de reconocer que en este punto Savater ha conseguido ganarse todas mis complacencias. No menos feroz, aunque más sibilina, es su crítica a los representantes del progresismo teológico contemporáneo:

«Cualquiera de ellos podría decirme ahora que él no niega en modo alguno la deplorable abundancia de charlatanes indiferentes a la verdad y que los repudia tanto como yo. […] Este creyente, persona ilustrada, no pretende en modo alguno que las verdades de la fe compitan con las de la ciencia. […] Pero sostiene que la religión se ocupa de cuestiones de un orden distinto a las de la ciencia. Es decir, no sólo cree que la religión se dedica a otros temas de los que trata la ciencia sino también que su verdad no responde al paradigma científico, el cual es en su terreno inapelablemente adecuado pero burdo o grosero cuando se aplica a creencias religiosas. […] El valor veritativo de las doctrinas religiosas no es meramente fáctico, ni mucho menos experimental, sino más bien simbólico, alegórico quizá y siempre lleno de implicaciones morales. Rechazar las creencias religiosas como “falsas” es una actitud de un positivismo decimonónico, carente de sensibilidad hermenéutica y hasta de gusto estético.»

Savater apostilla: «Reconozco que no me resulta fácil comprender este planteamiento… ¡y mira que lo he oído veces!». Una vez más le doy la razón. Me pasa lo mismo. Y me adhiero al escueto dictamen que formula dos páginas más abajo: «Este repliegue minimalista no me resulta ni mínimamente fiable». Lo que pasa es que luego arroja al niño junto al agua con que lo ha bañado. ¿No hay más opciones? ¿Es forzoso elegir entre ayatolás que fulminan condenas escatológicas, charlatanes que mezclan imverosímiles cócteles de espiritualidad y teólogos que están más atentos a las modas científico-hermenéutico-filosóficas que a la voz de Dios? Mucho me temo que Savater se ha fabricado ex profeso tres arquetipos inaceptables para poder asentar su ateísmo sin necesidad de estudiar filología hebraica, mecánica cuántica o biología molecular. Y por poner un ejemplo nada más, opino que Jesús de Nazaret no fue ningún ayatolá (aunque arrojara a los mercaderes del templo), ni un vendedor de religiosidades a la carta (aunque acogiese a publicanos y prostitutas), ni un desmitologizador avant la lettre (aunque mandara a paseo a los que le preguntaron con quién estará en el más allá la viuda que casó con siete hermanos). Tampoco, obviamente, fue ateo. Y después de Jesús han vivido muchas, muchísimas, auténticas multitudes de personas que no caben en ninguno de los compartimentos de la cuadrícula savateriana. Por ejemplo, Alejandro Llano. Por ejemplo, Joseph Ratzinger. Savater no tiene el gusto de refutar al primero, pero sorprende la hostilidad con que trata al segundo, tanto mayor cuanto más parece acercarse a los ideales ilustrados que él mismo defiende:

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«Recientemente (septiembre de 2006) el papa Benedicto XVI pronunció una polémica conferencia en Ratisbona en la que vinculaba el Dios cristiano a la razón griega (como si no hubieran existido Lutero y Kierkegaard) frente a la arbitrariedad de Alá, situado según él por encima de la razón, la lógica y hasta la moral decente de cada día (algo así como el Dios de Chestov).»

Un poco después lo acusa nada menos que de intentar «musulmanizar» el cristianismo (141). Debe parecerle apropiado que los pontífices lancen anatemas desde cimas de montañas sagradas, ¡pero que no se atrevan a predicar la paz entre los hombres y la armonía entre fe y razón! Habría que estudiar con detalle si Kierkegaard, Chestov y compañía son tan enemigos de la razón en general (y no de la razón con apellidos —hegeliana, cientificista, etc.—) como Savater afirma. Habría que ser más prudente a la hora de sugerir que todo lo que no sea empuñar una tea o una metralleta es impropio del genuino temple religioso. Habría que alentar a los que defienden al mismo tiempo el amor a Dios y a los hermanos (cualquier hermano), las exigencias de la fe y los fueros de la razón, el respeto al misterio y la vocación de iluminar todo lo que pueda ser iluminado. Es inexplicable que Savater niegue al cristianismo legitimidad para aspirar a tales logros (como si sólo fueran engaño de embaucador o truco de tahúr), puesto que por otro lado afirma que el cristianismo abrió la puerta nada menos que al ateísmo (lo cual no es mérito pequeño, desde la perspectiva en que se sitúa):

«¿No tiene propiamente una raíz cristiana la secularización e incluso la incredulidad (tan denostadas por nuestros conservadores) de la época moderna? […] Y es que los cristianos introdujeron en Europa la pasión terrible y excluyente por la verdad.»

¿En qué quedamos entonces? Si fueron los cristianos los que introdujeron en Europa el culto a la verdad, ¿qué cosa más natural que sigan cultivándola? ¿Por qué van a ser menos genuinos dentro del cristianismo los que respetan y trabajan con la razón que los que la impugnan y atropellan? ¿Acaso porque sus indagaciones no van a parar al término que Savater considera apropiado? ¿Qué pensaría él de quien niegue la condición de racional a todo el que no esté de acuerdo con sus propias conclusiones? ¿Es racional tratar de irracional a quien no niegue la existencia de Dios o la esperanza de algún tipo de vida perdurable? Si vale el consejo de Leibniz (dudo que tal autoridad valga a Savater, dado que también era cristiano), lo que dos personas razonables hacen cuando discrepan es sentarse juntas a sopesar sus respectivos argumentos, en lugar de empezar a colgarse sambenitos unos a otros.

Lo cierto es que por algún motivo ahí es donde a Savater le duele. Le honra por cierto que no trate de disimular la escocedura: «Los engaños y charlatanerías de unos cuantos no bastan para explicar la persistencia de las creencias religiosas ni su influencia en la forma de pensar o comportarse de muchas personas perfectamente sinceras» (33). Que todavía crea en Dios alguien que se dedica a destripar terrones, pase. Sobre el estamento eclesiástico siempre cabe extender la especie de que es parte interesada… Pero que siga siendo creyente alguien que sabe resolver integrales, que ha leído a Nietzsche, que no ignora las pruebas de carbono 14 practicadas sobre la Sábana Santa… es más duro de aceptar. Y que sea el Papa de la Iglesia católica el que con más fervor defienda la razón en un mundo de relativistas y posmodernos, de pragmáticos y desengañados, de lúdicos y descerebrados… ¡ah eso ya resulta intolerable para algunos tardoilustrados y apóstoles de la tolerancia laica! Pero así son las cosas, por mucho que les fastidie. Y si les caben dudas, léanse de punta a cabo el libro de Alejandro Llano, que no es clérigo, aunque sí miembro del Opus Dei (¡acabáramos!, dirá más de uno). Lo cierto es que en el pueblo de Dios empiezan a ser los laicos quienes sacan a la fe las castañas del fuego, y ello marca probablemente una etapa de madurez en la historia de las creencias religiosas.

En lo tocante a ecuanimidad, no son los creyentes (en Dios) los únicos de los que cabe dudar. Savater, sin ir más lejos, ha confesado que tiene un interés particular en que Dios no exista:

«Más allá de este primer movimiento sentimental casi instintivo (el instinto de supervivencia prolongado por otros medios), me resulta personalmente difícil aceptar que alguien capaz de razonamientos elaborados y con una mentalidad no sumisa al absolutismo del Poder, por paternal que pueda éste ser, vea en la existencia de un Dios omnipotente a cuyo capricho creador perteneceríamos una perspectiva cósmica apetecible. Soy demasiado orgullosamente demócrata para apreciar a ningún Déspota Sobrenatural, cuyas «bondades» nadie podría discutir.»

No seré yo quien impugne la validez de sus reflexiones ateológicas por esta contaminación extrateórica. Pero él tampoco debiera hacerlo con los que parten de predisposiciones menos hostiles. No se trata de averiguar si nos gustaría o entristecería que hubiera Dios, sino si de hecho lo hay o no lo hay. Y cuando se trate de apelar a encuestas, conviene tomar muestras genuinas y representativas, porque tal como advierte Llano en un pasaje de su alegato: «Algunos van por la vida de multiculturales, y son etnocéntricos cien por cien, porque piensan que el referente mundial son los “progres” de Madrid o de Barcelona. Pero no es así. Raro es el pueblo y rara la época en la que no se ha dado entrada a Dios» (60).

No sé si mi propia experiencia es extrapolable, pero sugiere que la mayor parte de los libros que ponen en duda o rechazan la existencia de Dios y de la vida eterna, abandonan pronto el estudio de las pruebas existentes a favor o en contra, y se enfrascan en otro género literario que podríamos denominar la «salsa rosa» de la teología: da la impresión de que opinan que no hay arma mejor para desengañar al pueblo soberano que mostrar lo farsantes que son todos los que sacan tajada de las creencias en el más allá. Aunque resultona, la estrategia de marras —¡ya lo siento!— fue inventada por los creyentes como un procedimiento de autocrítica y edificación interna: no hay representación del infierno en la iconología religiosa que no lo presente rebosante de frailes, obispos y papas. Alejandro Llano despacha el asunto con una observación contundente a la que poco hay que agregar:

«En nombre de Dios y de la Iglesia se han cometido todo tipo de desafueros y fechorías, pero no más que en nombre de cualquier otro ideal que resulte manipulable desde la ignorancia, el resentimiento y la mala conciencia. El pasado siglo es testigo cualificado de que las mayores matanzas de la historia se han basado en planteamientos frontalmente hostiles al cristianismo.»

No conozco ningún atracador que se haya disfrazado de asesino o terrorista para robar un banco; resulta mucho más apropiado vestirse de cura o policía. Cuando se achacan los males de la sociedad a los malos manejos de las autoridades eclesiásticas no se está haciendo una crítica contra la religión, sino contra el ateísmo e incredulidad de quienes practican lo contrario de lo que en teoría profesan.

El libro de Savater adolece en este sentido de un claro desequilibrio. La primera parte evita los argumentos sesgados hacia la parte falaz del espectro. Conjeturo que esta vez el tintero se le quedó un poco corto y para engordar la criatura añadió sus buenas sesenta páginas de apéndices, en su mayoría procedentes de artículos publicados en la prensa. En ellos la cosa decae. Se muestran una vez más los malos efectos de la política sobre la literatura y el pensamiento. Que si la asignatura de la religión, que si la mención a las raíces cristianas en la Constitución europea, que si conviene o no prohibir a la presencia de los clérigos en la escena pública… No digo que estas cuestiones carezcan de importancia, pero la verdad es que palidecen al lado de las preguntas acerca de Dios y la vida eterna. Claro está, de haber quedado definitivamente resueltas las cuestiones mollares en el cuerpo principal del escrito, hubiera estado bien dedicar los apéndices a extraer la pertinente moraleja. Pero como sólo las deja medio planteadas, uno comienza a presagiar que tanta proclama sobre lo vacío que está el firmamento sólo es una excusa para reivindicar que cese el adoctrinamiento de los escolares con la religión y empiece otro con la formación del espíritu cívico. Al fin y al cabo el profesor Savater es, si no me engaño, catedrático de ética y autor de manuales de buen comportamiento para adolescentes que proporcionan pingües ganancias. Por mi parte, sigo pensando que, si Dios no existiera, tal vez sea excesivo decir que todo estaría permitido, pero sí nos podríamos permitir suprimir las asignaturas de religión. Ahora bien, ¿existe o no existe? Me hubiera gustado que Savater explicara con mayor empeño por qué cree que no. Llano ha expuesto mucho más satisfactoriamente por qué piensa que sí.

Añadiré una coda final. El autor de La vida eterna termina su libro con un aforismo de Nicolás Gómez Dávila: «En literatura la risa muere pronto; pero la sonrisa es inmortal». Yo le obsequio con este otro por si acaso llegara a leerlo y decidiera tomarlo en consideración: «Abundan los que se creen enemigos de Dios y sólo alcanzan a serlo del sacristán».