Mi cesta
Tu cesta está vacía, pero puedes añadir alguna de nuestras revistas o suscripciones.
Ver productosEl trabajo más difícil del mundo, el de papa, tiende a consumir más de 24 horas al día, y cuando Benedicto XVI afirma que «desde mi elección a la sede episcopal de Roma he aprovechado todos los ratos libres para sacar adelante este libro», transmite, en realidad, un segundo mensaje: escribir Jesús de Nazaret ha tenido prioridad sobre otros muchos asuntos pendientes que se acumulan sobre su mesa. Su ensayo -todavía incompleto- sobre el personaje que ocupa el centro de la historia es una tarea central de su pontificado.
El libro revela el quicio de su programa de gobierno porque el protagonista, Jesucristo, ha sido central en su vida, y lo es también en la vida de la Iglesia, como recordó en mayo a los obispos del Brasil, el mayor país católico del mundo, donde la Iglesia católica pierde cada año el uno por ciento de sus fieles precisamente porque su desorden y sus muchos problemas les distraen de anunciar a Jesucristo.
Quien observe a Benedicto XVI de cerca -o, al menos, lea despacio su libro-, descubrirá que se comporta como alguien que ha encontrado la noticia más importante de la historia de la humanidad y siente verdadera pasión por transmitirla. Quienes habían creído a pies juntillas -quizá voluntariamente- la falsa leyenda del «Panzerkardinal», se quedaron sorprendidos -quizá desilusionados- al comprobar que el nuevo papa tomaba las riendas de la Iglesia con la máxima dulzura e incluso aprovechaba su primer verano en Castelgandolfo para recibir «rebeldes» como el obispo lefebvriano Bernard Fellay o el teólogo disidente Hans Küng, que salían de la villa pontificia deshaciéndose en elogios de su anfitrión.
Su primera encíclica no fue una llamada al orden, sino algo infinitamente más valioso y eficaz. Deus chantas est (Dios es amor) era un retrato del Dios Padre invisible, trazado en torno a su rasgo esencial. Con Jesús de Nazaret, Joseph Ratzinger presenta al mundo entero el rostro de Dios Hijo, el Dios visible.
Al mismo tiempo, este libro de madurez, fruto de sesenta años de estudio y reflexión, revela las claves de un pontificado, las claves de una vida. Según el portavoz del papa, Federico Lombardi, «estas páginas permiten comprender mejor sus homilías, sus catequesis de los miércoles, el orden de su vida y, en cierto modo, también sus prioridades y sus decisiones de gobierno».
En estos meses veraniegos, Benedicto XVI escribe a la carrera la segunda parte del libro para completarlo con la Pasión, la Muerte y la Resurrección. Escribe deprisa porque, como explica en el prólogo, «no sé cuánto tiempo y cuántas fuerzas me quedan», y necesita terminar su tarea antes de que se haga de noche.
Charles More, el antiguo director de The Daily Telegraph, comentaba en un artículo de abril del 2005 sobre la elección del nuevo papa que «durante los últimos veinticinco años, tuvo lugar semanalmente una reunión que desafiaba la historia del siglo XX. Un polaco y un alemán se reunían en paz para conversar sobre la voluntad de Dios».
Tenía lugar cada viernes y en alemán. En esos encuentros maduraron iniciativas como la encíclica Fides et Ratio (Fe y Razón), el regalo de gran hondura filosófica y teológica que Juan Pablo II hizo a los fieles en 1998 con motivo del vigésimo aniversario de su elección papal. Probablemente habrá pasado por ese foro el regalo que Benedicto XVI ha hecho al llegar a los ochenta años. Esta vez no es una encíclica sino un libro: Jesús de Nazaret.
Benedicto XVI es menos telegénico que su predecesor, y la revista Newsweek llegó a calificarle de «invisible» el pasado 16 de abril, justo el día de su ochenta cumpleaños. Tan sólo unas horas más tarde, el libro había escalado todas las listas de superventas en Alemania, Italia y Polonia. Al cabo del primer mes se habían vendido un millón y medio de ejemplares, y el ritmo de ventas continúa siendo alto en lugares insospechados como las librerías de las estaciones y los aeropuertos.
Este fenómeno ayuda a comprender al «verdadero» Ratzinger, el profesor que llenaba las aulas y el cardenal que llenaba los templos y las salas de conferencias. En los últimos dos años, el número de personas que acuden a la audiencia general de los miércoles o al rezo del ángelus los domingos se ha casi duplicado. Han aumentado los números y ha cambiado la actitud. Antes los fieles venían a «ver» a Juan Pablo II, ahora vienen a «escuchar» a Benedicto XVI, un teólogo que sería multimillonario si hubiese ingresado en el banco los derechos de autor de un centenar de libros (y más de un millar de artículos) que han vendido millones de ejemplares.

A todas luces, Joseph Ratzinger es un hombre que tiene algo que decir. El 12 de marzo de 2005, cuando la enfermedad de Juan Pablo II entraba en una fase crítica, el entonces cardenal decano se excusaba con Olegario González de Cardedal por no poder ir a Salamanca. En su carta al teólogo español, Ratzinger explicaba los motivos: «He renunciado a dar conferencias. Los años que Dios todavía me dé quiero consagrarlos a un libro de meditaciones sobre Jesucristo en la línea de lo que fue la gran obra de R. Guardini, El Señor».
En un periodo en que el mercado está lleno de mercancía falsa sobre Jesucristo, no tanto ya a nivel teológico como a nivel popular (desde El Código Da Vinci al Evangelio de Judas, pasando por el documental La tumba perdida de Cristo de James Cameron), Joseph Ratzinger decide saltar al campo con el producto genuino y, por fortuna, ha logrado cumplir su deseo «a pesar» de la elección papal.
Como ha señalado en La Civiltá Cattolica el cardenal Carlo Maria Martini -alumno de Ratzinger en Münster-, «hasta ahora no había sucedido nunca que un papa publicase un libro sobre Jesús. Juan Pablo II nos había entregado de vez en cuando algunos recuerdos de su vida, pero ésta es la primera vez que un papa aborda directamente en un libro un tema tan arduo y tan amplio como la entera vida Jesús y el significado de su obra».
Según Martini, que ha podido volver hace unos años a su vocación de exégeta bíblico en Jerusalén, «el libro debería titularse más exactamente Jesus de Nazaret, ayer y hoy, pues el autor pasa con facilidad de la reflexión sobre los hechos de Jesús a su importancia para los siglos siguiente y para la Iglesia. Por eso el libro está lleno de referencias a cuestiones contemporáneas».
El antiguo rector de la Universidad Gregoriana y antiguo arzobispo de Milán señala, como ejemplo, el comentario a una de las tentaciones de Jesús en el desierto, cuando Satanás le ofrece todos los reinos del mundo. Según el papa, «el imperio cristiano intentó enseguida transformar la fe en un factor político para la unidad del Imperio. El reino de Cristo debía tomar la forma y el esplendor de un reino político. La debilidad de la fe y la debilidad terrena de Jesucristo deberían ser reforzadas mediante el poder político y militar. A lo largo de los siglos, esta tentación de asegurar la fe mediante el poder se ha vuelto a presentar continuamente y de diversas formas. Y la fe ha corrido siempre el peligro de resultar sofocada precisamente por el abrazo del poder».
Otro ejemplo fascinante es el salto desde Dios creador a los comentarios sobre la paternidad humana, en la que «los hijos pertenecen a los padres pero son, al mismo tiempo, criaturas libres de Dios, cada uno con su propia vocación, con su novedad y con su carácter único delante de Dios. Los hijos no pertenecen a los padres como posesión sino como responsabilidad».
El lector notará que Joseph Ratzinger contempla en presente, y con el trasfondo del mundo contemporáneo, los episodios de la vida de Jesús y los primeros tiempos del cristianismo. Es su estilo. En la audiencia general del pasado 20 de junio, comentaba que a principios del siglo IV, «la herejía arriana, que entonces amenazaba la fe en Jesucristo, lo había reducido a una criatura intermedia entre Dios y hombre, según una tendencia que se repite a lo largo de la historia y que vemos de diversas maneras en nuestros días».
Por eso su libro pone con vigor el acento en la divinidad de Jesús, rechazada por la mayor parte de los judíos de su tiempo, empañada por Arrio y negada por un sinfín de autores en los últimos dos siglos hasta nuestros días. Para Benedicto XVI el centro del mensaje de los Evangelios es la revelación paulatina que Jesucristo hace de su carácter divino, que terminará llevándole a la condena a muerte.

«Yo estoy convencido -afirma- de que el Jesús de los Evangelios es una figura históricamente sensata y convincente. Tan sólo si sucedió algo extraordinario, si la figura y las palabras de Jesús superaban radicalmente todas las esperanzas y expectativas de su época se explica su crucifixión y su eficacia».
Ratzinger confiesa que «el camino interior hacia este libro ha sido largo». En realidad se inicia en los años juveniles en que sintió la misteriosa llamada personal de Jesús de Nazaret y atraviesa después todas las etapas de su vida: seminarista, sacerdote, profesor de teología, asesor del Concilio Vaticano II precisamente en la constitución dogmática Dei Verbum sobre la palabra de Dios, cardenal, prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe y, finalmente, papa.
Aun así, el autor señala que «este libro no es de ninguna manera un acto de magisterio, sino sólo el resultado de mi investigación personal sobre el rostro del Señor. Por eso, cada uno es libre de contradecirme». La puerta está abierta pero, según el cardenal Martini -presentado simplísticamente a veces como un rival-, «a la vista de la calidad del libro, no va a ser fácil».
Joseph Ratzinger ha sido profesor universitario durante veinticinco años, y si es brillante como escritor, resulta genial cuando improvisa o, mejor dicho, cuando habla sin papeles en la mano pero explicando ideas que ha meditado durante décadas. Con frecuencia pronuncia homilías y discursos sin necesidad de un texto. Después, al transcribir la cinta magnetofónica, basta con poner las comas y los puntos. No es necesario tachar nada ni cambiar el orden de ninguna frase. El pensamiento es lineal y fluye con la misma precisión de palabra que en los libros.
En un reciente encuentro con sacerdotes de Roma -en los que no hace discursos sino que simplemente responde a sus preguntas-, el papa volvió sobre el objetivo de su servicio ministerial y de su libro: ayudar a descubrir un caso de divinidad oculta bajo apariencias meramente humanas, «pues sólo si logramos entender que Jesús no es sólo un gran profeta o una de las grandes personalidades religiosas del mundo sino que es el Rostro de Dios, que es Dios mismo, logramos descubrir a Dios. El Creador tiene un rostro, el rostro de la misericordia, el rostro del amor, el rostro del encuentro con nosotros», del «Emmanuel».
El «camino interior» ha sido largo pero está perfectamente documentado. En su autobiografía Mi vida, que por desgracia llega sólo hasta su consagración como obispo de Múnich en 1977, Joseph Ratzinger revive su admiración por uno de sus maestros Friedrich Wilhelm Maier, profesor de exégesis del Nuevo Testamento, a quien Roma prohibió durante algunos años la enseñanza por afirmar que el evangelio de Marcos era el más antiguo, y que sirvió como material de trabajo para los de Mateo y Lucas junto con otra fuente (llamada «Q» por «quelle», fuente en alemán) que recogía los «dichos» de Jesús.
«Yo escuchaba con gran atención -recuerda en su autobiografía- todas las lecciones de Maier, y las hacía objeto de reelaboración personal. Para mí, la exégesis ha ocupado siempre el centro de mi trabajo teológico. Y es mérito de Maier que para nosotros la Sagrada Escritura haya sido siempre el alma del estudio teológico como aconsejó el Concilio Vaticano II».
Pero la carrera universitaria como profesor en Bonn (1959-1969), Münster (1963-1966), Tubingen (1966-1969) y Regensburg (1969-1977) resultó interrumpida en 1977 cuando Pablo VI le nombró arzobispo de Múnich y cardenal a los cincuenta años. Y fue definitivamente abandonada cuando Juan Pablo II le llamó a Roma en 1981 como prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe.
Por fortuna, ese cargo lleva consigo presidir la Comisión Teológica Internacional y la Pontificia Comisión Bíblica, que reúnen a excelentes teólogos y exégetas del mundo entero, lo cual ha proporcionado a Joseph Ratzinger un extraordinario marco «intelectual», aunque fuese a puerta cerrada, durante sus veinticuatro años al frente de la Doctrina de la Fe.

En un discurso del año 2003 sobre «La relación entre magisterio de la Iglesia y exégesis» con motivo de los cien años de la Pontificia Comisión Bíblica, el cardenalpresidente volvió sobre el caso de Friedrich Wilhelm Maier como ejemplo de un enfoque superado en 1971 «cuando Pablo VI reestructuró completamente la Comisión Bíblica, para que ya no fuese un órgano del magisterio sino un lugar de encuentro entre el magisterio y los exégetas, un lugar de diálogo».
Otro paso importante -añadía- ha sido «el documento de la Comisión Bíblica La interpretación de la Biblia en la Iglesia, de 1993, en el cual ya no es el magisterio el que impone desde lo alto las normas a los exégetas sino que son ellos mismos quienes intentan determinar los criterios que deben indicar el camino para una interpretación adecuada de este libro tan especial».
Jesús de Nazaret es heredero también del segundo gran documento de la Pontifica Comisión Bíblica: «El pueblo judío y sus Escrituras en la Biblia cristiana», del 2001, que invita a superar la separación artificial y a ver a Jesucristo en el contexto judío de su tiempo.
El papa revela en su libro que un acicate para escribirlo fue su encuentro con el gran erudito judío Jacob Neusner y su obra A Rabby talks to Jesus (1993). Se trata de «una disputa respetuosa y franca entre un judío creyente y Jesús […] que me ha abierto los ojos sobre la grandeza de la Palabra de Jesús y las encrucijadas que plantea el Evangelio. También yo, como cristiano, entro en ese diálogo para entender mejor lo que es auténticamente judío y lo que es el misterio de Jesús». El lector queda invitado a sumarse a esa extraordinaria conversación: descubrirá tres personajes fascinantes.
Permítaseme comenzar con una pequeña anécdota. A finales de mayo tuve la oportunidad de acompañar al profesor Mateo-Seco, conocido teólogo sevillano afincado desde hace muchos años en Navarra, a la Facultad de Teología Luterana de la Universidad de Helsinki. El profesor andaluz había sido invitado como examinador externo de una tesis doctoral sobre San Gregorio de Nisa. En la cena del día anterior al acto, el profesor de Teología Ecuménica, Sammeli Juntunen, en representación de su facultad, nos invitó a cenar en un restaurante ruso de la ciudad. Mientras esperábamos a que nos trajeran unos blinis salió el tema de la declaración conjunta sobre la justificación firmada por luteranos y católicos en junio de 1998. El profesor Juntunen se refirió a un sector de la «línea dura» de la Iglesia luterana que se declaraba traicionado por quienes habían firmado el documento. Pero precisó que esas mismas personas están ahora fascinadas con el libro del Benedicto XVI sobre Jesús de Nazaret.
La afirmación no deja de ser significativa. Nos encontramos sin duda ante un libro excepcional, que está siendo extraordinariamente recibido en los ambientes más diversos. Prueba de ello es también el hecho de que Bartolomé I, el patriarca ecuménico de Constantinopla, haya querido prologar la edición griega.

¿Qué tiene este libro de Joseph Ratzinger/Benedicto XVI que en poco más de un mes ha alcanzado la cifra de un millón y medio de ejemplares vendidos? La respuesta no es sencilla. Ciertamente, todo libro escrito por un papa es un fenómeno editorial. Basta recordar algunos de los libros publicados por Juan Pablo II como autor «privado» cuando ocupaba la sede de Pedro (Cruzando el umbral de la esperanza, Memoria e identidad, etc.). Pero no cabe duda de que la obra del actual papa tiene algo muy especial. Por un lado, por el tema que trata, «Jesús de Nazaret», el personaje más influyente en la historia humana, ante quien nadie ha permanecido ni permanece indiferente. El tema «Jesús» siempre interesa. Por otro lado, aquellos que no conocían, o que conocían su perficialmente la obra de Joseph Ratzinger, han quedado cautivados por los dos años de pontificado de un Benedicto XVI, que con su impresionante inteligencia y arrolladora humildad continúa la labor de sus predecesores de ayudar a la humanidad «a trascender los límites del ser hombre» (GdN 28)1. Son incontables los que se sienten atraídos por todo lo que sale de la pluma del papa. Pero, independientemente de estas circunstancias, el reciente libro de Benedicto XVI tiene tal frescura que incluso quienes desconocían otras obras suyas no pueden menos que celebrarlo.
EL LIBRO
A pesar de sus 446 páginas, GdN no es una obra voluminosa, si bien ciertamente falta una segunda parte. Como explica el autor, es fruto de un largo camino. Lo comenzó en el verano de 2003 y para agosto de 2004 tenía concluidos los primeros cuatro capítulos. Los otros seis han sido fruto de los ratos libres de los que ha dispuesto después de ser elegido papa. Al no saber ni cuánta fuerza ni cuántos años «se le concederán» (GdN 20), decidió publicar los diez primeros capítulos, desde el Bautismo de Jesús hasta la confesión de Pedro y la Transfiguración, anunciando una segunda parte en la que también tratará las narraciones de la infancia.

El libro tiene la siguiente estructura: 1. El Bautismo de Jesús; 2. Las Tentaciones de Jesús; 3. El Evangelio del Reino de Dios; 4. El discurso de la Montaña; 5. La oración del Señor; 6. Los discípulos; 7. El mensaje de las parábolas; 8. Las grandes imágenes joánicas; 9. Dos momentos importantes en el camino de Jesús: la confesión de Pedro y la Transfiguración; 10. Las afirmaciones de Jesús sobre sí mismo. Un prólogo y una introducción abren la obra. La cierra un apartado dedicado a la bibliografía, al que le siguen los índices de citas bíblicas y de nombres propios. Todos los capítulos son origi nales excepto el segundo, dedicado a las tentaciones de Jesús, que es prácticamente idéntico a uno de Unterwegs zu Jesus Christus, 2003 (Caminos de Jesucristo, Cristiandad, Madrid, 2005).
Las fuentes empleadas son fundamental y principalmente los Evangelios tal como los ha recibido la Iglesia. Para su interpretación, Benedicto XVI se sirve sobre todo de los otros libros de la Escritura. En el prólogo, el papa señala que su obra presupone la exégesis histórico-crítica. Afirma que se sirve de sus resultados, pero desea ir más allá de este método desembocando en una interpretación propiamente teológica.
Por eso, en cuanto al uso de la bibliografía, renuncia a tener pretensiones abarcantes, algo que por otra parte resultaría imposible. El libro no tiene notas a pie de página. Además de padres y escritores espirituales, los autores especializados que cita, en su mayor parte católicos pero también algunos protestantes y judíos, son mencionados en el cuerpo del libro de manera abreviada. Los datos completos se recogen en un elenco final, dividido por capítulos del libro. A este listado le precede una enumeración de obras recientes e importantes sobre Jesús. En concreto el autor cita seis autores, cinco alemanes (Gnilka, Berger, Schürmann, Soding, Schnackenburg) y uno americano (Meier), todos ellos católicos, si bien en algún caso con complejos itinerarios vitales como sucede con Klaus Berger, que recientemente ha vuelto a la Iglesia católica tras largos años en el protestantismo. No pienso que el papa comulgue enteramente con sus afirmaciones, pero a mi juicio esta lista viene a ser como un respaldo a la interpretación católica, en un panorama exegético en el que prácticamente han desaparecido las fronteras confesionales. Varias de estas obras vienen acompañadas de un breve comentario explicativo. Para la interpretación de los evangelios afirma apoyarse sobre todo en el comentario teológico al Nuevo Testamento de Herder, en el que colaboran reconocidos exegetas alemanes como Gnilka, Pesch, Schürmann, Schnackenburg, Schlier, etc.
Los temas no se exponen sistemáticamente. La forma que tiene de comentar un pasaje de la Escritura recuerda a la de los grandes Padres de la Iglesia, donde unas interpretaciones dan pie a aparentes digresiones, que sin embargo se derivan de relecturas y actualizaciones del texto. Las cuestiones que trata han sido elegidas necesariamente de entre una inabarcable posibilidad, puesto que realizar un análisis exegético de cada escena sería inalcanzable. Por eso, selecciona algunos aspectos, que ilumina e interpreta desde otros lugares de la Sagrada Escritura, recurriendo también a diversas interpretaciones antiguas y modernas e intercalando ocasionalmente actualizaciones puntuales para llegar a los rasgos más definitorios de la vida y el ser de Jesús.
VIDAS DE JESÚS
Aunque pueda sorprender su tardía fecha, la primera Vida de Cristo se publicó en 1474 y fue compuesta por Ludolfo de Sajonia el Cartujano (†1378). Hasta entonces no hay libros que lleven ese título, si bien el retrato de Jesús de la apócrifa Carta de Publio Léntulo, quizá del siglo VI o VII (aunque su traducción al latín es en torno a los siglos XIII-XIV), o las obras que se escribieron sobre la pasión de Cristo pueden considerarse sus precedentes. La obra de Ludolfo, como las que siguieron apareciendo durante cuatro siglos y algunas que continúan publicándose también en nuestros días, es la obra de un creyente. No sucede lo mismo con un nuevo género que aparece en los siglos XIX y XX y que se conoce por Vidas de Jesús. Como el mismo título indica, en este género hay un cierto distanciamiento objetivizante, que responde a los presupuestos de quienes escribieron esas obras, autores racionalistas que albergaban decididas intenciones anticristianas2. Para estos autores, los Evangelios no son vidas de Jesús, sino vidas mitificadas de Jesús, que requieren una depuración crítica. A pesar del éxito inicial, quedó claro, como puso en evidencia Albert Schweitzer en su célebre investigación sobre las Vidas de Jesús, que el Jesús que presentaban era el reflejo de los postulados filosóficos de sus autores3. Lejos de lograr una objetivación de la figura histórica de Jesús caían en subjetivas representaciones personales.

El nuevo modo de afrontar la figura de Jesús llevó consigo una reacción por parte de autores católicos, que con mayor o menor intención apologética escribieron Vidas de Jesús a partir de los Evangelios, pero contextualizadas histórica, geográfica, o sociológicamente. Algunas de ellas son las obras que Benedicto XVI conoce en sus años de juventud (en la década de los treinta y cuarenta) y que cita en la introducción de su libro calificándolas de «entusiasmantes» (GdN 7). Los autores que menciona (Karl Adam, Romano Guardini, Franz Michel Willam, Giovanni Papini y Daniel-Ropsc4) escribieron sus obras desde la fe en Jesús como el Hijo de Dios y con la confianza en que los textos evangélicos ofrecían las fuentes verdaderas para nuestro conocimiento de su Persona.
Como el papa apunta, el panorama cambió en la década de los cincuenta a raíz de la separación entre el Jesús histórico y el Cristo de la fe. Benedicto XVI se está refiriendo a la célebre distinción hecha por Martin Kahler a finales del XIX5 y que después de Bultmann se radicaliza, desposeyendo a los evangelios de la categoría de fuente histórica sobre Jesús. A pesar de las reacciones que trataron de contrarrestar el peso de la balanza, inclinada casi exclusivamente hacia la fe en detrimento de la historia (de Jesús no sabemos nada, pero no importa porque lo importante es la fe en el Cristo proclamado por la comunidad), el panorama de los últimos años no ha cambiado sustancialmente. No sólo se ha renunciado a escribir una Vida de Jesús -el papa propiamente tampoco intenta escribir una, si entendemos por tal un relato cronológico de la vida de un personaje-, sino que los estudios que se han realizado sobre la figura del Maestro de Nazaret mediante sofisticados métodos histórico-críticos no han logrado más que presentar unas diluidas y a menudo casi contradictorias imágenes de Jesús que no acaban de convencer a nadie. El resultado es dramático y el papa así lo afirma: «La figura de Jesús se ha alejado todavía más de nosotros» (GdN 8).
No es ésta una afirmación nueva en los escritos de Joseph Ratzinger. Con anterioridad6, el actual pontífice ha aludido a unas palabras de Schweitzer sobre la investigación del Jesús histórico y las Vidas de Jesús escritas en el siglo XIX. Son palabras que a juicio del papa pueden también decirse del panorama exegético actual. Vale la pena citar el texto del Nobel alemán: «Esta investigación [sobre las vidas de Jesús] ha corrido una extraña suerte. Comenzó por descubrir al Jesús histórico, pensando que era posible traerlo a nuestro tiempo tal como él fue en realidad, como maestro y salvador. Lo liberó del vínculo que lo mantenía unido desde hacía siglos a la roca de la doctrina de la Iglesia. Se sintió feliz al ver cómo esta figura cobraba vida y movimiento, hasta el punto que parecía salir a nuestro encuentro. Pero este Jesús no se paró; cruzó y dejó atrás nuestro tiempo y volvió al suyo»7.
Esta crítica se puede dirigir a amplios sectores del mundo exegético contemporáneo. La imagen que emerge de las obras recientes sobre Jesús es la de un personaje del pasado, que tiene muy poco que decir al mundo actual. Lo poco que es posible afirmar de él nos revela un hombre de hace dos mil años que no fue más que un profeta apocalíptico, un rabino piadoso, un filósofo itinerante, o un revolucionario, por mencionar sólo algunas de las diversas propuestas. Como en el siglo XIX, el Jesús de estos eruditos estudios históricos no hace más que reflejar la visión del mundo y del hombre que tienen sus autores. Benedicto XVI conoce la situación y, desmarcándose netamente de esta línea, sostiene que los Evangelios nos dicen quién es Jesús, lo que hizo, lo que dijo y lo que significa para la historia.
Aunque GdN no es propiamente una Vida de Jesús ni es tampoco un retrato, se puede decir que es una biografía en cuanto que sabe ir al fondo de lo más íntimo y propio de su persona, al hilo de su actividad y enseñanza. Pienso que el libro del papa consigue mostrar quién es verdaderamente Jesús, dejándole hablar a él. Es capaz por tanto de mostrarnos los rasgos esenciales de su vida. Como afirma un conocido exegeta luterano, «la verdadera identidad de Jesús sólo queda revelada por Jesús mismo en sus declaraciones «Yo soy», donde define su dignidad divina con la ayuda de metáforas universales: Yo soy el pan del mundo; Yo soy la luz del mundo; Yo soy la puerta; Yo soy el buen pastor; Yo soy la resurrección y la vida; Yo soy el camino, la verdad y la vida; y Yo soy la vid verdadera. La cristología metafórica que utiliza estas imágenes supera la cristología que echa mano de los títulos tradicionales, porque aquéllas se basan en la manifestación de sí realizada por el revelador. Es Jesús mismo quien, mediante esas metáforas, define su propia dignidad»8. Se entiende así que Benedicto XVI dedique tanta atención al cuarto evangelio y que precisamente acabe su libro con un apartado dedicado a la afirmaciones «Yo soy» de Jesús.
UNA DEFENSA APASIONADA DEL JESÚS DE LA HISTORIA9
Si los estudios exegéticos actuales sobre Jesús han hecho de él una figura del pasado del que casi no sabemos nada, Benedicto XVI quiere traernos a Jesús al presente. Se da cuenta del grave peligro que corren los creyentes si se impone esa postura erudita y escéptica que desdibuja la figura de Jesús y la deja en la nebulosa de un tiempo pretérito. «Una situación tal es dramática para la fe porque hace incierto su auténtico punto de referencia: la íntima amistad con Jesús, de la cual todo depende, amenaza con no tener ningún sentido» (GdN 8).
Ante esta situación es como si allá por el año 2003 la responsabilidad aneja al cargo de prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe se hubiera aunado con su deseo de encontrar a Cristo. El papa señala que le parece casi innecesario recordar que la publicación de GdN no se trata de un acto magisterial. Es una expresión de su búsqueda personal del «rostro de Jesús» (cf. Sal 27,8), que lleve a otros muchos a crecer en una relación viva con Él.
Pero es posible pensar que el entonces cardenal Ratzinger se sintiera impelido a defender, clarificar, difundir y fortalecer a título personal un aspecto esencial de la fe cristiana que está en peligro de diluirse por el influjo de una literatura que subrepticiamente va adentrándose en no pocos foros teológicos y ambientes cristianos. Y Benedicto XVI no está pensando en primer lugar en autores no católicos, como son Crossan, Borg, Sanders, Ehrman, por mencionar algunos de los más conocidos e influyentes. Es más probable que tenga en mente el amplio influjo que la exégesis de los últimos años (donde es apenas posible distinguir entre exégesis católica y exégesis protestante) está teniendo en el gran público a través de la divulgación de obras especializadas, que van ensanchando la fosa más arriba mencionada entre el Jesús histórico y el Cristo de la fe.
En GdN es como si un hombre de fe grande (y al mismo tiempo teólogo de extraordinaria brillantez) emergiera con toda su fuerza para mostrar las implicaciones que supone desacreditar la fiabilidad histórica de los evangelios y limitar la fe cristiana a un anuncio sobre Dios, en el que la figura de Cristo queda reducida a un mensajero de una excelsa moral, al más puro estilo de Harnack.
EL MÉTODO HISTÓRICO
A Benedicto XVI no le hace falta entrar en discusión con exégetas. Está familiarizado con sus obras y sus puntos de vista, pero percibe diversos aspectos de los que algunos biblistas no se dan cuenta, quizá por estar demasiado focalizados en un reducido campo de estudio o encontrarse desprovistos de recursos teológicos. No sólo está en juego una adecuada comprensión de las relaciones entre historia y fe, algo que no sorprende para quien conoce la trayectoria intelectual de Joseph Ratzinger, sino que el núcleo de la fe cristiana depende de una correcta interpretación de la figura de Jesús. La historia de Jesús es esencial para la fe. Por eso el papa asume el método histórico que utilizan los exégetas, pero purificándolo de los prejuicios que lo pervierten. Benedicto XVI conoce muy bien la metodología histórico-crítica empleada por los exégetas, como se deduce entre otras cosas del documento de la Pontificia Comisión Bíblica de 1993 sobre La interpretación de la Biblia en la Iglesia que él prologa. Sabe que el método histórico (justo por la intrínseca naturaleza de la teología y de la fe) es y permanece en una dimensión irrenunciable del trabajo exegético (GdN 11). El papa se toma en serio la historia. Sabe cuánto depende de ella y sabe que para la fe bíblica el factum historicum es fundamento constitutivo. Sin historia, la fe cristiana se elimina y se trasforma en una religión más o en un gnosticismo. Por eso la fe exige el método histórico. Pero el método tiene límites en cuanto que es explicación del pasado. Debe dejar la palabra en el pasado, como palabra humana que es. El método puede descubrir puntos de contacto con el presente pero por propia naturaleza no puede hacer actual la palabra.
Por eso quien a pesar de su declaración de intenciones mantenga que el papa no es un exégeta, que sus interpretaciones de los textos evangélicos responden a una exégesis ya superada o que desconoce la exégesis actual, y que por tanto su obra no es más que una interpretación piadosa de los Evangelios, o tiene mala fe o desconoce lo que es la hermenéutica bíblica o no ha leído la conferencia que pronunció el entonces cardenal Ratzinger en Nueva York el 27 de enero 198810. En ella queda patente el profundo conocimiento que tiene de las limitaciones del método histórico-crítico. Para Joseph Ratzinger la exégesis bíblica no es una ciencia histórica, sino que es por encima de todo hermenéutica. Cualquier interpretación supone una precomprensión. Los exegetas tienen las suyas. La de Benedicto XVI quiere ser la de la Iglesia (sin que esto signifique, sobra decirlo, que su exégesis pretenda poner punto final a la interpretación bíblica).
LA UNIDAD DE LA ESCRITURA
Una de las enseñanzas constantes de Benedicto XVI es que la Escritura pertenece a la Iglesia11. Pero esta pertenencia no ha de entenderse sólo en cuanto que la Iglesia es depositaria e intérprete de unos textos, sino que atañe a la naturaleza misma de los escritos sagrados, en cuanto que son textos inspirados. La Escritura nace en la Iglesia y por eso pertenece a ella.
El papa alude al respecto a dos puntos importantes. Por una parte, señala que toda palabra humana que no sea trivial tiene un alcance que va más allá del que pudo tener el que la pronunció. «El autor no habla desde sí mismo o por sí mismo. Habla a partir de una historia común que lo sostiene y en la que están ya silenciosamente presentes las posibilidades de su futuro, de su camino ulterior. El proceso de las lecturas progresivas y de los desarrollos de las palabras no serían posibles, si en las palabras mismas no estuvieran ya presentes tales aperturas intrínsecas» (GdN 16).
El segundo aspecto que menciona Benedicto XVI es que la Escritura no es sólo literatura. Ha crecido en y por el sujeto vivo del pueblo de Dios en camino y vive en él. Las consecuencias que se derivan de esta comprensión son muy claras. Se pueden delimitar tres sujetos de la Escritura: el autor o autores de cada libro, que pertenecen al sujeto común «pueblo de Dios»; el pueblo (la Iglesia), que es el verdadero y más profundo «autor» de la Escritura; Dios, porque este pueblo no es autosuficiente, sino que es conducido e interpelado por Dios mismo que, en el fondo, habla a través de los hombres y su humanidad (GdN 17).
Este análisis permite entender la unidad de la Escritura. Como afirmaba el entonces cardenal Ratzinger en la mencionada conferencia de Nueva York, «el presupuesto fundamental sobre el que descansa la comprensión teológica de la Biblia es la unidad de la Escritura. A este presupuesto corresponde como camino metodológico la analogía fidei (analogía de la fe), es decir, la comprensión de las unidades textuales a partir de la totalidad»12.
En GdN estas palabras se hacen realidad. El libro presupone la unidad de la Escritura como resultado de un proceso vivo de relecturas y actualizaciones de las palabras transmitidas en la Biblia. «La formación de la Escritura se configura como un proceso de la palabra que poco a poco abre sus potencialidades interiores, que estaban ya presentes como semillas, pero que se abren sólo ante el desafío de nuevas situaciones, nuevas experiencias, nuevos sufrimientos» (GdN 15). Es un proceso que desde Jesucristo permite verse como una unidad. Gracias a la hermenéutica cristológica, en Jesucristo se descubre la clave de todo. Sin duda es una elección de fe, pero permite ver la íntima unidad de la Escritura sin quitar la propia originalidad histórica.
Me atrevería a decir que el estudio de la figura de Jesús desde la unidad de la Biblia es lo que hace a GdN tan atrayente. Es éste un tipo de acercamiento al texto sagrado que en las últimas décadas ha sido desarrollado por la exégesis canónica. Este tipo de exégesis «interpreta cada texto bíblico a la luz del canon de las Escrituras, es decir, de la Biblia en cuanto recibida como norma de fe por una comunidad de creyentes. Procura situar cada texto en el interior del único designio divino, con la finalidad de llegar a una actualización de la Escritura para nuestro tiempo» 13. Benedicto XVI hace alusión a ella como dimensión esencial de la exégesis y la pone en práctica14.
Como consecuencia, el modo en que el papa utiliza e interpreta los otros libros de la Biblia de uno y otro Testamento resulta enormemente estimulante. En relación a los escritos de la Antigua Alianza, son muchos los ejemplos que se podrían aducir, pero quizá cabe destacar el comentario al sermón de la montaña, donde queda patente el conocimiento, frescura y profundidad con que el papa interpreta las palabras de Jesús a la luz de los textos veterotestamentarios. El lector no sólo descubre las hondas implicaciones de la Ley de Moisés, sino que comprueba cómo la Torah es llevada a plenitud por Cristo, «por ser Él mismo la Palabra originaria de Dios» (GdN 374). En este punto el papa reconoce cómo le ha ayudado a descubrir la grandeza de la doctrina de Jesús y la elección ante la que nos sitúa el Evangelio el libro Un rabino habla con Jesús15, del rabino y prolífico profesor americano Jacob Neusner (Hartford, Connecticut, 1932). En esta obra, el autor se sitúa entre los oyentes del discurso de la montaña y descubre que lo que le impide seguir al rabino de Nazaret es la centralidad del «yo» de Jesús. En su mensaje este «yo» imprime una nueva dirección a todo. La perfección, el ser santos como Dios es santo (cf. Lv 19,2; 11,44), exigida por la Torah, consiste ahora en seguir a Jesús (GdN 131). El papa, a partir de las apreciaciones de Neusner sobre la interpretación que hace Jesús del sábado, del cuarto mandamiento y de la radicalidad de la «doctrina social» que propone, desarrolla una profunda e iluminadora exposición de la Torah de Jesús, que pone de manifiesto la continuidad entre la Antigua y la Nueva Ley.
Este modo de hacer exégesis está en continuidad con lo expresado por otro documento de la Pontificia Comisión Bíblica, El pueblo judío y sus Escrituras Sagradas en la Biblia Cristiana (2002), que, como el de 1993, el cardenal Ratzinger también prologó en calidad de Prefecto de la Congregación. Allí, en diálogo con Harnack, que sostenía que debía renunciarse al Antiguo Testamento, valoraba la importancia del documento y subrayaba con el n. 84 de éste que «sin el Antiguo Testamento, el Nuevo Testamento sería un libro indescifrable, una planta privada de sus raíces y destinada a secarse». Por otra parte, el modo en que el papa asume, utiliza e interpreta el Antiguo Testamento es una manifestación visible de cómo poner en práctica las directrices del mencionado documento, de buscar de un acercamiento y una nueva comprensión entre cristianos y judíos.
Pero la interpretación del Antiguo Testamento presente en GdN es sólo un aspecto de la unidad de la Escritura. El lector continuamente encontrará en el libro brillantes y sugestivas interpretaciones de los Evangelios que se iluminan y entienden a la luz de otros pasajes de los mismos Evangelios o de los demás libros del Antiguo y Nuevo Testamentos, presentados con el habitual rigor, agudeza y hondura con que el actual romano pontífice nos tiene acostumbrados. Es éste, a mi juicio, uno de los aspectos más destacables de GdN. Se trata de auténtica exégesis bíblica, que no sólo explica y clarifica un pasaje a la luz de otros sino que también delimita la interpretación de un determinado texto y deja al descubierto interpretaciones arbitrarias.
JESÚS EL QUE VE AL PADRE
La introducción ofrece la clave de cómo debe entenderse la obra. El punto de partida es el anuncio del libro del Deuteronomio sobre un nuevo profeta al estilo de Moisés: «No ha vuelto a surgir en Israel un profeta como Moisés, a quien el Señor trataba cara a cara» (Dt 34,10). Benedicto XVI comenta que lo esencial del profeta no es revelar el futuro, sino mostrar el rostro de Dios. Lo que esperaba Israel era un nuevo Moisés que tuviera un acceso inmediato a Dios para poder comunicar la voluntad y la palabra de Dios de primera mano, sin falsificarla. A Moisés, sin embargo, no se le concedió ver la gloria del Señor -su naturaleza-, cuando lo pidió. Dios le dijo: «No podrás ver mi rostro, pues ningún ser humano puede verlo y seguir viviendo. Y continuó: He ahí un lugar junto a mí; tú puedes situarte sobre la roca. Cuando pase mi gloria, te colocaré en la hendidura de la roca y te cubriré con mi mano hasta que haya pasado. Luego retiraré mi mano y tú podrás ver mi espalda; pero mi rostro no se puede ver» (Ex 33,20-23). Al nuevo Moisés, dice el papa, se le concederá lo que se le negó al primero: ver verdadera e inmediatamente el rostro de Dios y poder hablar así a partir de la plena visión de Dios y no sólo después de haberle visto las espaldas.
Buena parte de la exégesis actual, la que se puede calificar como más sólida, a pesar de las incertidumbres en las que a menudo se mueve, pone de manifiesto que lo más específico de Jesús es su referencia total a Dios y su unión con Él. El papa hace suyas las palabras de un prestigioso exégeta católico alemán, Rudolf Schnackenburg (1914-2002), quien en una de sus últimas obras afirma que si la persona de Jesús no está enraizada en Dios queda etérea, irreal e inexplicable16. El papa afirma: «Éste es el punto de apoyo sobre el que se basa mi libro: considera a Jesús a partir de su comunión con el Padre. Éste es el verdadero centro de su personalidad. Sin esta comunión no se puede entender nada y partiendo de ella Él se hace presente a nosotros también hoy» (GdN 10). En Jesús se cumple la promesa del nuevo profeta anunciado por Moisés (Dt 18,18). Jesús vive en la presencia de Dios, no sólo como amigo sino como Hijo; vive en profunda unidad con el Padre. Benedicto XVI es contundente: «Si no se tiene esto en cuenta, la figura de Jesús se hace contradictoria y en definitiva incomprensible. La pregunta que todo lector del Nuevo Testamento debe hacerse, es decir, de dónde Jesús ha sacado su doctrina, dónde está la clave que explique su comportamiento, encuentra su verdadera respuesta sólo a partir de ahí» (GdN 26-27). De esa unión viene la autoridad de su enseñanza: de su contacto con el Padre cara a cara, de la visión de Aquel que está en el seno del Padre. Es así como los evangelios cobran sentido.
UN JESÚS PARA HOY
Con su desarmante sencillez, Benedicto XVI pide a los lectores, «el anticipo de simpatía sin la cual no hay ninguna comprensión» (GdN 20). De alguna manera, es la misma actitud que se pide a los lectores del Evangelio y que está ausente en ciertos sectores de la exégesis moderna. Estoy persuadido de que GdN marcará un hito en la historia de las Vidas de Jesús. Con él se recuperará buena parte de la confianza perdida por algunos en los evangelios. Benedicto XVI intenta, y a mi juicio lo consigue, presentar el Jesús de los Evangelios como el Jesús real, histórico. Como afirma el pontífice, esta figura «es mucho más lógica y también más comprensible desde el punto de vista histórico que las reconstrucciones con las que debemos enfrentarnos en las últimas décadas. Sostengo que precisamente este Jesús -el de los Evangelios- es una figura históricamente razonable y convincente» (GdN 18). No lo es, por el contrario, pensar que la comunidad ha sido la creadora de la imagen que tenemos de él. «Solamente si ha sucedido algo extraordinario, si la figura y las palabras de Jesús habían superado radicalmente todas las esperanzas y las expectativas de la época, se explica su crucifixión y se explica su eficacia» (ibid.). Así lo confirma la cristología del himno a Filipenses 2, a la que no se puede llegar mediante formaciones comunitarias anónimas, carentes de un fundamento real, histórico.
El Jesús histórico es el de los Evangelios y sigue hablándonos hoy. No es posible encontrarse con Jesús y no ser interpelado por Él. El papa no escribe un libro más o menos erudito sobre Jesús. El método de interpretación que emplea conlleva una búsqueda personal del rostro de Cristo y un deseo permanente de actualizar su figura para los hombres y mujeres de hoy. De aquí se deducen las continuas y muy variadas relecturas y actualizaciones del texto. Para entender mejor a lo que me refiero bastarán un par de ejemplos. Con el primero quisiera destacar un tipo de actualización en la que, por así decirlo, se invita al lector a comprender mejor alguna de las consecuencias que trae el mensaje de Jesús. Está sacado de las tentaciones de Jesús. Al comentar la invitación de Satanás a Jesús de convertir las piedras en pan, el papa hace ver cómo el texto nos está también enseñando que cuando los países de Occidente han ofrecido a países en vías desarrollo ayudas basadas en principios técnico-materiales han creído que con ellas podían transformar las piedras en pan. La realidad es bien distinta: les han dado piedras en lugar de pan. Y concluye el papa: «No se puede gobernar la historia con meras estructuras materiales, prescindiendo de Dios. Si el corazón del hombre no es bueno, entonces ninguna otra cosa puede hacerse buena. Y la bondad del corazón puede venir sólo de Aquel que es Él mismo la Bondad, el Bien» (GdN 56).
El otro ejemplo quiere mostrar un tipo de actualizaciones de contenido espiritual, que apelan al corazón del lector. Está tomado del comentario al padrenuestro. Escribe Benedicto XVI: «Los grandes orantes de todos los siglos, por su unión íntima con el Señor, han podido descender en las profundidades más allá de la palabra y están así capacitados para descubrir «dischiudere» a continuación la riqueza escondida de la oración. También cada uno de nosotros, mediante su relación íntima y personal con Dios, puede encontrarse acogido y custodiado en esta oración. Siempre de nuevo debe él con su mens -con el propio espíritu- salir al encuentro de la vox -a la palabra que viene a nosotros desde el Hijo-, debe abrirse a ella y dejarse guiar por ella. Así se abrirá también su mismo corazón y hará conocer a cada uno cómo el Señor quiere rezar precisamente con él» (GdN 163).
Me parece que este ejemplo habla por sí solo y toca algo muy querido a la interpretación que Benedicto XVI hace de Jesús de Nazaret. En la tarea de comprender a este Jesús histórico, dice el papa, es fundamental lo que nos dicen los Evangelios sobre cómo se retiraba a hacer oración. Ahí es donde se revela de manera más manifiesta el yo de Jesús. Pienso que es deseo del papa que también desde este encuentro del Hijo y el Padre pueda el discípulo verse implicado con Jesús en la comunión con Dios. La lectura de este libro, ciertamente, le ayudará a ello.
NOTAS
1 Empleo la abreviatura GdN para la edición italiana de Joseph Ratzinger-Benedetto XVI, Gesu di Nazaret, edizione italiana a cura di Ingrid Stampa e Elio Guerriero, Rizzoli, Milán, 2007. Las traducciones son mías.
2 Se puede ver al respecto el artículo de J. Morales, «Origen literario y desarrollo de las Vidas de Jesucristo», en Acta Theologica. Volumen de escritos del autor, ofrecido por la Facultad de Teología de la Universidad de Navarra, Eunsa, Pamplona 2003, 23-35.
3 Albert Schweitzer (1875-1965), médico, teólogo, filósofo, músico y físico alemán, Premio Nobel de la Paz en 1952, especialmente conocido en ámbitos teológicos por su investigación sobre el Jesús histórico: Geschichte der Leben-Jesu-Forschung, Mohr, Tübingen 21913 (ed. española Investigaciones sobre las vidas de Jesús, Edicep, Valencia 1990-2002).
4 De estos autores sus obras más conocidas sobre Jesús son las siguientes: Karl Adam, Jesus Christus, 1935 (4. Auflage); Romano Guardini, Der Herr, Betrachtungen über die Person und das Leben Jesu Christi, 1937; Franz Michel Willam, Das Leben Jesu im Land und Volke Israel, 1932; Giovanni Papini, Storia di Cristo, 1921; Henri Daniel-Rops (pseudónimo de Henri Petiot), Jésus en son temps, 1945.
5 En 1892 Martin Kähler publicó su famoso trabajo Der sogennante historische Jesus und der geschichtliche, biblische Christus, que, si bien al principio no tuvo una gran repercusión, marca un hito en la historia de la búsqueda del Jesús histórico. Según esta distinción Jesús (el hombre que vivió en Nazaret) pertenece a la así llamada historiografía; pero Cristo (lo que la Biblia confiesa de Jesús) constituye la verdadera historia.
6 Por ejemplo, en J. Ratzinger, El camino pascual, Bac, Madrid, 22005, 142.
7 A. Schweitzer, Investigaciones sobre las vidas de Jesús, 631-632.
8 G. Theissen, La redacción de los evangelios y la política eclesial. Un enfoque sociorretórico, Verbo Divino, Estella, 2002, 146.
9 Utilizo la expresión «Jesús de la historia» para referirme al Jesús real, el que vivió y murió en el siglo I de nuestra era, frente al «Jesús histórico», que es la abstracción teórica e hipotética de los estudiosos modernos, y que en realidad nunca existió.
10 J. Ratzinger, «La interpretación bíblica en conflicto. Sobre el problema de los fundamentos y la orientación de la exégesis hoy», en J. Ratzinger y otros, Escritura e interpretación. Los fundamentos de la interpretación bíblica, Palabra, Madrid, 2004, 1954 (orig. J. Ratzinger, «Schriftauslegung im Widerstreit. Zur Frage nach Grundlagen und Weg der Exegese heute», en J. Ratzinger (ed), Schriftauslegung im Widerstreit, Herder, Freiburg, Basel Wien, 1989, 15-44).
11 Ver al respecto el artículo de V. Balaguer, «La Biblia, libro de la Iglesia», en J. Palos C. Cremades (ed.), Diálogos de Teología VIII. Perspectivas del pensamiento de Benedicto XVI, Edicep-Fundación Mainel, Valencia, 2006, 87-104.
12 J. Ratzinger, «La interpretación bíblica en conflicto», 25.
13 Pontificia Comisión Bíblica, La interpretación de la Biblia en la Iglesia, Editrice Vaticana, Ciudad del Vaticano, 1993, C, 1.
14 En este sentido vale la pena citar las palabras de Benedicto XVI dirigidas en noviembre del año pasado a los obispos de Suiza, que han sido recogidas por los lineamenta para el próximo Sínodo de los Obispos «La Palabra de Dios en la vida y en la misión de la Iglesia»: «Me interesa mucho que los teólogos aprendan a leer y amar la Escritura tal como lo quiso el Concilio en la Dei Verbum: que vean la unidad interior de la Escritura -hoy se cuenta con la ayuda de la exégesis canónica (que sin duda se encuentra aún en una tímida fase inicial)- y que después hagan una lectura espiritual de ella, la cual no es algo exterior de carácter edificante, sino un sumergirse interiormente en la presencia de la Palabra. Me parece que es muy importante hacer algo en este sentido, contribuir a que, juntamente con la exégesis históricocrítica, con ella y en ella, se dé verdaderamente una introducción a la Escritura viva como Palabra de Dios actual», Benedicto XVI, Discurso del Santo Padre al final del encuentro con los obispos de Suiza (7 noviembre 2006): L’sservatore Romano, edición española (17 noviembre 2006), 4.
15 J. Neusner, A Rabbi Talks With Jesus, Ithaca-McGill-Queen’s University Press, Montreal, 2000.
16 Rudolf Schnackenburg, La persona de Jesucristo reflejada en los cuatro Evangelios
España es una gran nación. Esta es la idea central de un libro necesario. Un libro donde Jaime Mayor Oreja y César Alonso de los Ríos repasan, y lo hacen con lucidez, la reciente historia de la política española en muchos de sus asuntos cruciales. Libro, por tanto, que interesará a cualquier lector que sienta España como realidad de espléndido pasado, dubitativo presente y futuro inquietante. Libro cuyas páginas destripan la podredumbre intelectual del nacionalismo que hoy gobierna alguna de las comunidades autónomas españolas. Libro, en fin, que descubre sin tapujos el programa político último de los nacionalismos: el fin de la nación española. Por que sólo mediante ese final de lo español podría realizarse el sueño irracional de los seguidores del fanatismo araniano.
Las conversaciones (quizá el género real del libro sea la entrevista larga) de Mayor Oreja y Alonso de los Ríos son, antes que nada, un acierto; un acierto político y un acierto editorial. Así, político y periodista dan una lección de cordura política y una explicación didáctica de los objetivos -no nos engañemos, siempre máximos- de la ideología nacionalista. Por eso, ambos autores ponen el énfasis en señalar las contradicciones del nacionalismo vasco y en no ocultar que la autodeterminación es el propósito último de los terroristas de ETA pero también de los partidos vascos nacionalistas, en suma, de todo el entramado al que Mayor ha denominado el Movimiento de Liberación Nacionalista Vasco (MLNV).
El hilo del diálogo parte de la memoria del político vasco, quien repasa capítulo a capítulo sus primeras vivencias humanas y políticas hasta llegar al análisis del incierto presente y atisbar un futuro mejor sólo bajo la fuerza de saberse miembros de una de las grandes naciones europeas. Narra pues Mayor en el libro su feliz infancia en el País Vasco, tierra idílica que en los años cincuenta era el destino más solicitado de los guardias civiles y que a él le parece que rezumaba entonces más xenofobia que separatismo. Pero esa tranquilidad se iba a echar a perder en pocos años, los que median entre los vítores masivos al anterior jefe del Estado en sus vacaciones en San Sebastián y el odio y las persecuciones brutales que ya a finales de los sesenta sufrirán las fuerzas de seguridad. Es lo que el dirigente político popular llama «el 68 vasco» al rememorar su etapa escolar en el colegio de los marianistas, donde por cierto estudió también Pertur, dirigente etarra al que asesinaron los propios etarras por apostar por vías distintas al terrorismo.
Mayor Oreja, católico de convicciones profundas, no rehuye hablar del elemento religioso que junto con la lengua vascuence sazona la ideología nacionalista. Y lo hace hasta el punto de criticar que «la Iglesia vasca, en parte, forma ese gran Movimiento de Liberación Nacional en el que también están ETA y el PNV». Este es, por tanto, un libro valiente, donde los diálogos huyen de rodear las ideas, enmascararlas o disimularlas. Al contrario. Tanto César Alonso como Jaime Mayor apuestan por lo concreto, ideas desnudas pero bien construidas, por señalar sin tapujos al nacionalismo como el enemigo político de la nación española tanto ahora como en la Transición.
Y es que aquella etapa de la Transición fue una etapa cruenta. Años marcados por el plomo en la nuca y la barbarie asesina de ETA. Bien lo sabe el político vasco al recordar a muchos de sus compañeros de la UCD del País Vasco caídos por la libertad. O por su propia experiencia: «Cuando salía de casa de mis padres, donde vivía, pensaba que no iba a volver». Aquéllos fueron tiempos duros. La democracia española se construyó sobre la sangre heroica de los españoles, vascos muchos de ellos. Y sin embargo, hoy como entonces, todavía, Mayor Oreja es objetivo prioritario de ETA. Y lo es porque ni entonces ni ahora se ha avenido al diálogo o al pacto con aquellos que quieren acabar con la convivencia pacífica de los españoles: «Iniciar un proceso de negociación con los terroristas significa una torpeza infinita». Su ejemplo cívico debe bastar para rendirle todos el homenaje y el reconocimiento que merece.
Porque, desgraciadamente para España, otros políticos menores sí que se han avenido a negociar con los asesinos, a conceder ventajas a los que matan, a creer en una paz injusta e imposible, porque «ETA no ha cambiado nunca, no puede cambiar, porque es una organización, además de terrorista, totalitaria. Sólo busca el poder pleno a través de un proceso para la independencia del País Vasco».
Si aquellos políticos de la Transición española, sin distinción de ideologías, supieron pagar con sangre el alto precio político de la libertad, los políticos cortoplacistas que hoy (des)gobiernan España creen sin embargo posible contener a la fiera etarra negociando lo esencial, la propia integridad de la nación, con tal de permanecer en el poder. Por eso ahora es crucial la claridad en los mensajes políticos, y a ello se aplica en esta obra Mayor Oreja.
Uno de ellos, que este libro remarca, es aprender la lección de que ETA negocia cuando se encuentra débil y necesita reorganizarse. Otra idea básica es comprender que ETA abandonará las armas cuando el Estado de derecho la cerque y la derrote (o en el peor de los casos tras lograr sus metas independentistas). Así lo demuestra la experiencia política de los años ochenta, recordada por los autores, tras la amnistía y las excarcelaciones. Entonces ETA redobló sus asesinatos: el problema no era el régimen franquista, el problema era España. De ahí la siguiente conclusión -y ésta es importante no olvidarla- que nos enseña que el nacionalismo «moderado» del PNV los beneficiados políticos de la actividad terrorista, en el poder entonces y ahora, se ha mostrado siempre insatisfecho en su relación con España porque su único horizonte político es también la independencia del País Vasco, en otros términos, la desaparición de la nación española.
Con estas premisas bien aprendidas a sangre y fuego, la política de Mayor Oreja -a quien José María Aznar confió plenamente el Ministerio del Interior- supondrá un cambio radical en el enfoque del terrorismo y del problema nacionalista con respecto a lo que habían planteado los gobiernos socialistas de Felipe González e incluso con respecto a la tibieza con que se habían enfrentado al nacionalismo los gobiernos de la UCD. El terrorismo de Estado, la política «del palo y la zanahoria» y el atajo de la guerra sucia no servían en una democracia. El Estado de derecho y las Fuerzas de Seguridad deberían bastarse para acabar con el terrorismo. Se suspendieron todos los diálogos y tomas de temperatura con el mundo etarra y sus cercanías. Jaime Mayor sabía que la democracia española tenía en sus propias convicciones los resortes necesarios para derrotar a ETA.
También éstos fueron tiempos difíciles en que fueron asesinados muchos concejales socialistas y populares y cuyo punto de inflexión fue el secuestro y asesinato de Miguel Ángel Blanco. Sorprendidos por la dimensión de la reacción cívicopública representada en lo que se conoce como el espíritu de Ermua, el nacionalismo (ETA, PNV y EA) suscribió el Pacto de Estella, acuerdo que Mayor inscribe en su teoría de los vasos comunicantes del entramado nacionalista vasco: «A veces ETA es la vanguardia. Otras veces es el PNV, aunque normalmente es la retaguardia». En su opinión, «al final, Otegi o Imaz o Eguibar harán aquello que ellos piensan que deben hacer como miembros conscientes del Movimiento de Liberación Nacionalista Vasco». Todo lo cual no empece para que, en el plano individual, Mayor destaque la buena relación personal que ha mantenido y mantiene con algunos nacionalistas vascos. O para que explique con naturalidad el pacto con los nacionalistas de CIU y del PNV en el primer Gobierno de Aznar por la aceptación nacionalista de un acuerdo programático limitado al desarrollo de los Conciertos Económicos.
Pero volvamos a los inicios de Jaime Mayor en política y a la influencia de su tío, Marcelino Oreja. Sus palabras así lo evidencian: «Ha sido siempre para mí un hombre decisivo y determinante en mi vida, al que quiero y admiro profundamente». Desfila, por tanto, por las páginas de este libro no sólo el político sino también la persona. César Alonso de los Ríos ha sabido plantear una entrevista-diálogo sincera, auténtica, creíble, donde la personalidad y la profesionalidad caminan de la mano, donde el ser humano respira en sus valores inquebrantables -«considero fundamentales principios como la nación, la familia, la libertad»-.
Sin embargo, vano ejercicio sería comparar la dignidad y fortaleza política de aquel Gobierno con el comportamiento errático y la debilidad actual del presidente Zapatero ante el «alto el fuego permanente» declarado por ETA en junio del pasado año y roto de facto por los atentados de la T-4 de Barajas el 30 de diciembre de 2006. La diferencia estriba en los principios, en la defensa de la nación española, en ser conscientes de «que la idea de España es la suprema y que nada puede justificar el más mínimo sacrificio de la nación española y su unidad».
La política antiterrorista del Gobierno de Aznar que Mayor Oreja planificaba desde su cargo de ministro tuvo también otros destacados aciertos como fueron el estrechamiento de relaciones con Francia, la puesta en marcha de la orden de detención europea pero, sobre todo, el reconocimiento de las víctimas: «Si de algo podemos sentirnos orgullosos los miembros del Gobierno de José María Aznar es del esfuerzo que hicimos para poner a las víctimas del terrorismo en el lugar que se merecen».
La normalidad del País Vasco en la nación española no sólo es posible sino lo deseable. Y así se demostró con el Gobierno del Partido Popular. Para cerrar esa vía que muchos vascos desean, el nacionalismo necesita crear un problema de insatisfacción permanente respecto de España. De ahí -en el análisis del político vasco- surge la necesidad nacionalista de acordar el Pacto de Estella, porque «el PNV buscaba el poder político y ETA buscaba la autodeterminación, es decir, el poder futuro». Para Mayor Oreja, «el problema vasco no lo es entre España y el País Vasco, sino que es un problema de confrontación entre los propios vascos».
El libro pasa también revista a los avatares de la tregua-trampa de ETA, donde Aznar se mostró inflexible -«no sólo consideró que era una trampa, sino que fue más terminante que yo en el rechazo»-, al papel de la Iglesia en las conversaciones con los terroristas, a la tensión en el Gobierno ante el acercamiento de presos etarras a la Península «creo que él [Aznar] nunca creyó que yo le estaba presentando mi dimisión» y al final de la tregua-trampa ante el avance electoral de los dos grandes partidos nacionales.
Igualmente es importante destacar el capítulo dedicado al Plan Ibarretxe. Ambos autores consideran que con él se quiere imponer a la sociedad vasca una segunda transición que supone, al igual que en el caso de la reforma del Estatuto catalán, una ruptura de la Constitución y del pacto estatutario. Mayor considera que para mantenerse en el poder el PNV quiere heredar a ETA, por eso se pone nervioso cuando la banda terrorista adquiere mayor relevancia política.
Y llegamos entonces al capítulo referido al mal llamado «proceso de paz», que ambos autores denominan «una larga negociación política entre ETA y el Gobierno». Mayor Oreja lo tiene claro, ETA sólo pretende la autodeterminación y alcanzar el poder, «esto es lo que para la ETA significa la paz». Y con la autodeterminación pretende «la disolución de la nación española, de esta gran nación que ha sido y es España».
Por el contrario, Zapatero insiste en su España débil, irreconocible y avergonzada, en la España que negocia Navarra con el nacionalismo y permite la vuelta de ETA a las instituciones locales, en la España autonómica que pacta siempre contra el PP. Como apunta Mayor Oreja: «Estella y Perpiñán se van a sumar entre las elecciones municipales y las elecciones generales».
Cuando los resultados de la cumbre europea celebrada en Bruselas el pasado mes de junio ocupaban las portadas de los principales periódicos europeos, la principal noticia europea del Washington Post y del New York Times trataba de la sucesión de Putin en la presidencia rusa. Decía Timothy Garton Ash en El País del pasado 22 de junio que es muy fácil seguir la evolución de la Unión Europea en los medios de comunicación americanos simplemente «porque no hay nada»; y con razón, podríamos añadir, puesto que, con permiso de los europeístas, en la Unión Europea apenas pasa nada que pueda ser relevante a escala mundial. Esta cumbre de Bruselas, pensarán los pocos americanos que se hayan enterado de ella, no es más que la continuación del entramado burocrático europeo.
El principal objetivo de esta cumbre no ha sido profundizar en la integración de Europa desde lo pactado en el texto constitucional ratificado, entre otros, por España, sino acordar las bases de un nuevo tratado -aunque fuera un acuerdo de mínimos (éste era el principal objetivo de Merkel)- y reavivar las instituciones europeas tras la parálisis producida por el descalabro constitucional. El éxito de la cumbre no dependía de encontrar nuevos acuerdos que contribuyeran a una Europa más fuerte, si no de si la UE sería capaz de superar dos años de complicaciones institucionales que, de haber continuado, habrían supuesto un duro golpe a sus aspiraciones de jugar un papel más importante en el orden mundial.

Se han acordado los principios que deben presidir el futuro tratado, que reemplace el Tratado de Niza de 2001, y en este aspecto las materias más relevantes y discutidas han sido los derechos de voto de los Estados miembros y la política exterior, caballos de batalla en todas las cumbres europeas desde hace años. En lo referente a la acción exterior de la Unión, y a salvo de intereses políticos de algunos líderes europeos, existe cierto consenso general de que Europa necesita un representante unificado común si quiere reforzar su lugar en el mundo y su capacidad negociadora frente a Estados Unidos, Rusia o China. Pero cada paso hacia la creación de un servicio exterior europeo puede tener un precio político para aquellos que mas quieren defender, y se ven obligados a ello por su electorado, su independencia en materia exterior, principalmente para ingleses y franceses.
De hecho, no se duda si es necesario una política exterior común, se duda si todos quieren una política unificada. Ante esta situación, nada novedosa, no es de extrañar que el acuerdo en materia exterior haya sido el más discutido -con permiso de los gemelos polacos y los derechos de voto de los Estados miembros-. En la cumbre de junio se ha acordado que en lugar del ministro de exteriores europeo que se pretendió instaurar en la tentativa constitucional de 2005, se creará un Alto Representante para Política Exterior -cambio nominativo- que será también vicepresidente de la Comisión Europea pero que no podrá perjudicar la política exterior de cada Estado miembro, su política de seguridad y defensa. Es la continuación de la vieja lucha por la centralización o descentralización del poder europeo.
La centralización del poder exterior en Bruselas dota a Europa de más recursos en su acción exterior y mejora su capacidad de respuesta frente a los conflictos y avatares del siglo XXI, tanto en los acuerdos bilaterales que tenga que negociar como en el seno de organizaciones, cumbres o reuniones internacionales. Pero crear un servicio exterior independiente de los Estados miembros no es del agrado de todos. Los británicos, liderados por última vez por Tony Blair, han obstaculizado la creación del ministerio de exteriores europeo independiente y nada hace pensar que Gordon Brown, su sucesor como primer ministro, vaya a cambiar de postura. A pesar de su euroescepticismo, o quizás gracias a ello, los británicos consiguen prevalecer en las cumbres europeas.
Además, los conservadores británicos, liderados por David Cameron, son del mismo parecer. Por ello Cameron, en un artículo del 22 de junio en el Telegraph defendía la descentralización del poder de Bruselas. Los ciudadanos europeos, argumentaba, no quieren más concentración de poder, «They want to control their government, not be controlled by it. That is why I have been arguing for a great transfer of power and responsibility away from central government and towards communities and individuals»1. En definitiva los británicos, laboristas y conservadores, son partidarios de una Europa limitada que no reste poder ni protagonismo al Reino Unido.
Pero es en temas como el cambio climático, en los que David Cameron ha hecho mucho hincapié (con gestos como el de ir en bicicleta al Parlamento), en los que la Unión Europea podría adoptar una posición de liderazgo si actuara con una sola voz. A principios de junio, en la cumbre del Grupo de los Ocho países más industrializados celebrada en Alemania (el G8), la canciller Merkel consiguió arrastrar a Estados Unidos hacia un compromiso por el cambio climático y la reducción de emisiones contaminantes gracias, en gran medida, al apoyo prestado por Tony Blair y Nicolas Sarkozy, a la actuación conjunta de ingleses, franceses y alemanes. Ha sido una muestra, y no es la primera, de que cuando el eje franco-alemán, impulsor de Europa, trabaja junto al Reino Unido, adquiere mucho más peso y relevancia internacional que cuando se actúa solo frente al imperio americano u otra potencia mundial.
El compromiso de EEUU en torno al cambio climático, aunque insuficiente según la mayoría de los medios de comunicación porque Estados Unidos no se ha comprometido a ningún límite de emisiones en particular, constituye un paso importante en la dirección correcta. La cumbre ha puesto de manifiesto que el cambio climático es un objetivo primordial de los países más ricos para que antes de 2009, en el seno de Naciones Unidas, se llegue a un acuerdo global que sustituya a Kioto. Si Alemania, Francia y Reino Unido juntos han logrado convencer a Estados Unidos, cabría preguntarse si toda la potencia de los 27 miembros de la Unión Europea reunida podría llegar aún más lejos.
El renacimiento del poder europeo es consecuencia lógica del cambio de líderes en sus Estados más fuertes. Según citaba el Financial Times, el ambiente relajado en el Báltico en la cumbre del G8 gracias a la ausencia de Jacques Chirac y Gerhard Schröder ha favorecido decisivamente la consecución de los acuerdos finales. Además, la personalidad de los líderes participantes, su actividad, pasividad, hostilidad o simpatía, suelen verse reflejados en los resultados de las cumbres. Y la cumbre del G8, al igual que la cumbre europea de junio, ha contribuido a hacer de Merkel y Sarkozy los nuevos líderes de una Europa diferente, joven y dinámica.
Si tras la cumbre del G8 la canciller alemana fue bautizada como Miss Mundo, tras la cumbre europea los periódicos alemanes se han referido a ella como Miss Europa, creando a su paso la imagen de gran estadista. Por su parte, la entrada de Sarkozy ha sido fulgurante. En apenas un mes se ha erigido como gran negociador en Europa, ha conseguido eliminar del tratado europeo la referencia a libre comercio (por lo que aparece como impulsor de una nueva Francia pero sin perder de vista el carácter proteccionista de su economía) y podrá vender a su electorado un tratado simplificado respecto la versión constitucional que los franceses rechazaron en 2005. A la espera de la aparición de Gordon Brown -que no es probable que supere el euroescepticismo propio de los británicos- en la escena europea, parece que los próximos años estarán liderados por Merkel, Sarkozy y Brown y que éstos tienen la oportunidad de reanimar la Europa paralizada por los gobernantes del pasado inmediato.
Recientemente un artículo de The Economist2 debatía sobre la relevancia de la personalidad de los líderes políticos en las cumbres estatales. Un líder recién nombrado, argumentaba The Economist, es más fuerte que uno saliente o que uno que debe enfrentarse a unas elecciones nacionales en fechas próximas; las cumbres son muestras de la lucha por el poder, y el poder político no puede divorciarse de la personalidad. Pero, continuaba la publicación, «aunque el tamaño -potencia del Estado en cuestión- no lo consigue todo, sí importa». Y en cuestión de tamaño los Estados europeos, que juntos igualan el nivel comercial o económico americano, separados tienen poco que decir frente a EEUU o Rusia por mucho impulso que tengan sus nuevos líderes.
Esta cuestión se hizo patente en la cumbre del G8, en la que pudimos observar la escasa influencia de Europa cuando rusos y americanos iniciaron y acapararon toda la discusión sobre la instalación de un escudo antimisiles en Polonia y la independencia de Kosovo, aunque estas cuestiones fueran, por razones territoriales, naturalmente europeas. En estos temas el poder de un Estado sí importa.
En la cuestión de Kosovo, en la que Rusia teme encontrarse con un antecedente legal que le perjudique frente a territorios que no se independizaron de Rusia tras la caída del muro de Berlín y desintegración de la extinta URSS (Abjazia, Osetia del Sur, Alto Karabaj y Transdniéster), Putin no dudó en rechazar la propuesta de Sarkozy de otorgar a serbios y albanos seis meses más para negociar (en base, en buena medida, a las vigentes resoluciones del Consejo de Seguridad) o de mostrar su malestar con EEUU por la oferta de éste de apoyar la entrada de Serbia en la OTAN y en la UE si aceptaba la independencia de Kosovo. No obstante, a pesar de la reticencia serbia y rusa a apoyar la independencia kosovar, según Mira Milosevich, profesora del Instituto Universitario Ortega y Gasset, la independencia de Kosovo es inevitable por dos razones principales: «Porque es la voluntad de EEUU, o sea, del país más poderoso del mundo y de su presidente, o porque los albanokosovares proclamarían la independencia si el Consejo de Seguridad de la ONU no adoptara una resolución que anulase la anterior, 1.244, que garantizaba la integridad territorial de la República de Serbia». En cualquier caso, concluía la profesora Milosevich, «EEUU es el factor externo imprescindible para la creación de un nuevo estado independiente sobre las ruinas de la antigua Yugoslavia»3. Es decir, la independencia de Kosovo, si se independiza, la lidiarán entre EEUU y Rusia, Serbia y los albanokosovares; pero no Europa, según parece.
Ante esta situación, entre la influencia americana y la amenaza de veto rusa en el Consejo de Seguridad, ¿no deberíamos preguntarnos por qué no somos los europeos un factor determinante de la independencia de un Estado o una región que se encuentra en Europa? Más aún, cuando Bush ofrece a Serbia su apoyo para que ésta se integre en la Unión Europa a cambio de aceptar la independencia de Kosovo, ¿no deberíamos sentirnos ofendidos porque los americanos dibujen el mapa de nuestras fronteras?
Una pregunta muy similar podríamos hacer sobre el nuevo escudo antimisiles propuesto por los americanos: si EEUU quiere instalar interceptores en Polonia y construir un nuevo radar en la República Checa – ambos países Estados miembros de la Unión Europea-, ¿por qué es Rusia el que, con gran habilidad diplomática, deja fuera de juego a los americanos ofreciendo compartir el radar de Gabala situado en Azerbaián? ¿No tiene Europa nada que decir al respecto? El problema no es que militarmente la Unión Europa se encuentre a una enorme distancia de EEUU, el problema es ver cómo Rusia y EEUU discuten sobre la instalación de un escudo antimisiles en el corazón de Europa como si Europa no existiera.
En los próximos años la Unión Europea tendrá que volver a discutir el papel que desea adquirir en el orden mundial. Si la UE decide que quiere actuar como una potencia de primer orden mundial tendrá que hacerlo de forma unificada, incrementando así su poder, su capacidad diplomática y con ello su influencia en el mundo. Si, por el contrario, no quiere contribuir con los grandes a dibujar el mapa mundial o a pacificar Oriente Medio, no tiene más que permitir que los servicios exteriores nacionales sigan prevaleciendo sobre el común, que la Unión, como tal, no pueda influir en la política de defensa y seguridad de cada Estado miembro.
NOTAS
1 Cameron, David. «EU must stop navel-gazing and think big». www.telegraph.co.uk; 22 Junio de 2007.
2 «Charlemagne. The summit dances». The Economist. 23 Junio 2007.
3 Milosevich, Mira. «Cuando los grandes juegan a la guerra». El País, 23 Junio 2007.
En 1992 Francis Fukuyama proclamó solemnemente el triunfo de un mundo basado en la política y economía liberal que se habría impuesto a las utopías tras el fin de la guerra fría. Según el estudioso norteamericano, tras la caída del muro de Berlín la democracia liberal se convertía en la única opción viable, el pensamiento único.
Quince años después, en Praga, se ha celebrado un encuentro mundial de disidentes organizado por José María Aznar, Vaclac Havel y Natan Sharansky, la reunión era una muestra gráfica del estado de la historia.
El momento más esperado de dicho encuentro se produjo con la intervención del presidente de los Estados Unidos, George W. Bus, que en su segundo discurso inaugural, en 2004, proclamó el compromiso de América con el final de las tiranías que existen en el mundo, se adhería sin reservas a la tesis de la expansión de la democracia. Siguiendo este discurso vamos a exponer, con sus propias palabras, el planteamiento de fondo que ha marcado la política exterior norteamericana de los últimos años levantando grandes críticas pero, en honor a la verdad, sin ninguna alternativa seria.
Esta doctrina, expuesta por Natan Sharansky en Alegato por la democracia, se ha desarrollado con especial fuerza tras la caída del muro de Berlín. Mientras muchos se apresuraban a bajar el telón de la historia, en pantalla se asomaba ya el cartel de continuará. Tras la victoria de Occidente en la guerra fría nuevas amenazas para la libertad se cernían en el horizonte. El origen se encontraría en la situación de opresión que viven distintos países del mundo, especialmente aquellos en los que regímenes islamistas totalitarios van sembrando un resentimiento entre la población que resulta el mejor caldo de cultivo del extremismo y la violencia. El 11 de septiembre sería la advertencia definitiva de este «nuevo» peligro que se cernía sobre el mundo, un movimiento internacional de extremistas islámicos que amenazaba a todo el «mundo libre». Londres, Casablanca, Indonesia y Madrid fueron la confirmación de una guerra no declarada entre el totalitarismo violento y la libertad.
LA LIBERTAD CONTRA EL IMPERIO DEL MAL: LA NUEVA GUERRA FRÍA
Estamos en una situación de confrontación en la que se enfrentan la libertad sobre la tiranía. Un enfrentamiento similar al de la guerra fría que servirá como continua referencia. La gran novedad es que en este caso la lucha de los bloques se sustituye por la lucha de los valores.
Aunque el problema resulte tremendamente complicado, su planteamiento es tremendamente claro: la lucha por la libertad, que no es sólo un sueño utópico sino «un derecho universal y el único camino para lograr la paz en el mundo». Desde este punto de partida, el mundo se dividiría entre sociedades libres y sociedades del miedo, que se caracterizarían por la ausencia de la libertad de expresión, la existencia de sistemas de represión y la identificación de un enemigo exterior.
La nueva guerra fría es, como la anterior, mucho más que un enfrentamiento militar. Se presenta como «un conflicto ideológico entre dos visiones radicalmente diferentes de la humanidad. Por un lado, los extremistas que proponen el paraíso pero condenan a las mujeres a una vida de violencia y represión y a los hombres a la inmolación del terrorismo suicida. Su ambición pública es construir un imperio totalitario que se extienda por los actuales y los antiguos territorios musulmanes, que incluyen territorios europeos. Su estrategia: atemorizar al mundo a través del terrorismo».
En el otro lado estaría la inmensidad de hombres y mujeres, «gente de diferentes costumbres, diferentes credos que se unen por una convicción unánime: que la libertad es un derecho innegociable de todo hombre, mujer o niño, que toda vida humana tiene una dignidad y un valor que ningún poder en la tierra puede arrebatar».
LA EXPANSIÓN DE LA DEMOCRACIA: UN DEBER INTERNACIONAL
Las dictaduras son sistemas intrínsecamente beligerantes y, aunque pueden prometer estabilidad a corto plazo, más tarde o más temprano se terminan convirtiendo en un peligro tanto en el plano interno como en el internacional. De ahí que «extender la libertad sea más que un imperativo moral, sea el único camino realista para proteger a nuestra gente a largo plazo. Sajarov ya advertía que un país que no respeta los derechos de sus habitantes, no respetará los derechos de los países vecinos. La historia lo demuestra. Aquellos gobiernos que deben dar cuentas ante las urnas no atacan a los otros. Las democracias afrontan sus problemas a través del proceso político, en lugar de buscar chivos expiatorios exteriores».
La protección internacional de los derechos humanos se convierte así en un elemento esencial para la paz y la seguridad, como señala el documento de conclusiones de la conferencia. «El arma más poderosa en la lucha contra los extremismos no son las balas ni las bombas, sino la apelación universal a la libertad. La libertad es el mejor camino para fomentar la creatividad y el potencial económico de una nación. La libertad es el único orden social que conduce a la justicia, el único camino para garantizar los derechos humanos».
La expansión de la libertad se convierte así en una misión que une a las democracias de todo el mundo. Aquellos que disfrutan de la libertad tienen la responsabilidad de ayudar a aquellos que están tratando de establecer sociedades abiertas. Como demuestran iniciativas como el fondo de Naciones Unidas para la democracia o proyectos como el Foro para el Futuro establecido por los países del G-8 para fomentar la sociedad civil en los países de Oriente Medio.
El problema llega cuando la defensa de los intereses nacionales, económicos principalmente, pasan por mantener una buena relación con un gobierno dictatorial, ¿hasta qué punto puede un gobierno ir en contra de este interés nacional? La posición norteamericana resulta paradigmática al señalar que reivindica sus relaciones de amistad sin dejar de lado las exigencias democráticas con países como China, Rusia o Arabia Saudí.
¿DEMOCRACIA PARA TODOS?
Se puede decir que aunque el fin de la democracia es universal, es preciso reconocer que avanza a ritmo distinto en distintos lugares del mundo. Una de las virtudes de la democracia es su capacidad de adaptarse a la historia y a las tradiciones de cada país, de ahí que sea necesario identificar una serie de elementos que deben existir en cualquier lugar del mundo: la libertad de expresión, religión, prensa y reunión; el Estado de derecho garantizado por tribunales independientes, los derechos de propiedad privada, los partidos políticos que participen en elecciones libres y limpias. Estos derechos e instituciones garantizan la dignidad de las personas y el camino de libertad de las naciones.
En función de la situación de estas libertades podríamos hablar de tres categorías distintas. La primera sería la de «las peores dictaduras del mundo», donde estarían Bielorrusia, Burma, Cuba y Corea del Norte. Y a las que se añadirían Sudán, Zimbaue, Irán o Siria.
Otros países como Egipto, Arabia Saudí, Pakistan y China entrarían en la categoría intermedia, siempre según el presidente Bush, «países que han adoptado medidas para oponerse a los extremistas y extender la libertad y la transparencia. Aunque aún tienen mucho camino por andar».
La tercera categoría podría ser la de aquellos países como Venezuela, Vietnam, Uzbekistán o Rusia donde la libertad está en peligro y donde últimamente se han registrado ataques a las instituciones democráticas, e incluso la persecución y el encarcelamiento de líderes cívicos.
LAS POSIBILIDADES DE EXPANSIÓN DE LA DEMOCRACIA
Tras el planteamiento inicial entramos en las propuestas de acción. Es este el principal reproche de la doctrina de la expansión de la democracia: la pasividad y el conformismo europeo que se esconde tras las teorías del apaciguamiento sólo han sido posibles gracias a la acción norteamericana, especialmente durante la Segunda Guerra Mundial.
Es posible identificar dos vías de acción, las externas y las internas. Las primeras pasan por el aislamiento, las sanciones internacionales, la denuncia de sus actuaciones totalitarias, especialmente de la violación de derechos humanos y el reconocimiento de la labor de los demócratas, que les otorga una protección, aunque sea mínima, frente a las detenciones arbitrarias y maltratos del régimen.
Las segundas pasan por la actuación dentro del Estado totalitario. Incluso los sistemas más totalitarios tienen rendijas por las que escapa y se extiende la libertad, se trata de aprovechar estas rendijas para fortalecer la sociedad civil local y la cultura democrática dentro del país.
Las sociedades del miedo tienen una composición compleja. Dentro de las mismas es posible identificar los convencidos, que siempre los hay, los doblepensantes, la inmensa mayoría que se conforman con sobrevivir en una situación que internamente rechazan, y los disidentes, aquellos que se enfrentan públicamente a los gobernantes de esas sociedades. Cualquier ciudadano que esboce un pensamiento distinto del sostenido por el gobierno es considerado un «contrarrevolucionario» o «subversivo», y desde ese momento comienza «su lucha», que pasa por la perseverancia en sus reivindicaciones y una apuesta por el diálogo que suele resultar ingenua a los observadores internacionales pero cuya eficacia corrobora, una vez más, el ejemplo de la guerra fría. Gente corriente, los «sin poder», «que querían vivir sus vidas, adorar a su Dios, y contar la verdad a sus hijos». Gente como Walesa, Havel, Sajarov o Sharansky.
Aunque en el momento en el que alguien abandona su condición de doblepensante y se convierte en disidente siente una tremenda liberación, a continuación comienza un auténtico calvario. La incertidumbre, la falta de información, la restricción del ejercicio de derechos básicos como el de movimiento o el ejercer libremente su trabajo, la condena al silencio a través de la censura, la persecución, las amenazas que sufre uno mismo y sus seres queridos, el ataque y el descrédito por quienes califican su conducta de antisocial y al servicio de una potencia extranjera, e incluso la prisión, van desgastando la moral del demócrata que vive en los países totalitarios hasta llegar en muchos casos a la desesperación.
Por eso «los disidentes merecen la admiración y el apoyo incondicional de los países democráticos. El fin de las tiranías requiere el apoyo a los grupos que se enfrentan a las tiranías». Acompañar a los demócratas, escucharles, darles voz, apoyarlos económicamente para que puedan sobrevivir, proporcionarles los medios adecuados para ejercer su labor democrática y pacífica, ofrecerles servicios como asesoramiento legal o atención médica, visitarles, encontrarse con ellos, transmitirles continuamente el aire de la libertad, gritarles lo más alto posible, para que lo escuchen todos sus vecinos, que no están solos. Sólo así «los disidentes de hoy serán los líderes del mañana».
LOS PROBLEMAS DE LA EXPANSIÓN DE LA DEMOCRACIA
La expansión de la democracia no es tarea fácil, su puesta en práctica tropieza con infinidad de obstáculos y debe enfrentar un elevado número de críticas.
Junto al problema del desaliento, la impresión que la lucha contra la tiranía es algo utópico, encontramos los que señalan que acabar con la tiranía supone la imposición de una serie de valores, «occidentales», a gente que no los comparte ni quiere compartirlos. En la misma línea se desenvuelve la acusación de injerencia en la soberanía interna de un país que supone el promocionar grupos de la sociedad civil que se oponen directa o indirectamente a las dictaduras.
Ejemplos como el de Irak, Líbano o Afganistán nos alertan ante el peligro que el final de regímenes dictatoriales den paso al caos. En esta línea y tras la victoria de Hamas en Palestina, algunos temen que la democracia lleve al poder a grupos peligrosos. E incluso desde una perspectiva internacional muchos prefieren la estabilidad internacional ofrecida por estos regímenes.
La respuesta a estas críticas, en línea con los resultados de la guerra fría, apunta a que la mayoría de los habitantes que viven bajo regímenes totalitarios cuando pueden elegir eligen la libertad. Ellos son los auténticos soberanos de sus respectivas naciones, lo que justifica la colaboración con los grupos prodemocráticos. Los únicos que imponen sus valores y arrebatan la soberanía serían los extremistas, los radicales y los tiranos. Frente a los que creen que en ciertos lugares la libertad hace a los hombres menos seguros, Bush denuncia que estos crueles ataques a estas jóvenes democracias de Oriente Medio son la principal muestra de que los radicales «saben que el éxito de las sociedades libres supone una amenaza mortal para sus ambiciones y su supervivencia. El hecho de que se resistan no es razón para dudar de la democracia, es la evidencia que muestra el poder de la misma». «La política de tolerar la tiranía es un error moral y estratégico. Un error que el mundo no debe repetir en el siglo XXI. Pretender la estabilidad a costa de la libertad no conduce a la paz sino al 11 de septiembre de 2001».
El resultado incierto de algunas elecciones no supone el fracaso de la expansión de la democracia. La democracia consiste en algo más que la participación en las urnas. La democracia requiere verdaderos partidos de oposición, una sociedad civil vibrante, un gobierno que haga respetar la ley y responda a las necesidades de sus ciudadanos. Las elecciones no pueden acelerar la creación de estas instituciones y en ocasiones será preferible retrasar la convocatoria de elecciones en países que están abandonando regímenes totalitarios. Una vez lograda la estabilidad, la gente no votará por un camino de violencia. Para estar en el poder los gobernantes deberán escuchar a sus votantes y acoger sus deseos de paz, o los votantes les darán la espalda en próximas elecciones.
LA REVISIÓN DEL ESTADO DE LAS AUTONOMÍAS
A pesar de la situación en lugares como Irak, Libano o Afganistán la valoración que el presidente Bush hace de la aplicación de la doctrina es optimista. A comienzos de los ochenta sólo existían 45 democracias en el mundo, hoy son más de 120, hoy viven en el mundo más gente libre que en ningún otro momento de la historia. Éxitos recientes como Ucrania, Georgia o Kyrgyzstán, avances en lugares como Yemen o Kuwait, donde las mujeres han podido votar y ser elegidas por primera vez… El camino es largo pero la historia nos demuestra cómo personas con claridad moral y valentía pueden cambiar el curso de la historia. Al igual que Vaclav Havel tomó posesión como presidente de Checoslovaquia al grito de «Señores, vuestro gobierno ha vuelto a vosotros», la labor de los disidentes, su ejemplo y su liderazgo conducirá a estas naciones que hoy viven bajo la tiranía hacia la libertad.
Dentro de unos meses se conmemorará el 150 aniversario del fallecimiento de Astolphe de Custine, marqués del mismo nombre, acaecido el 25 de septiembre de 1857. El suyo es un caso curioso; escritor de fama internacional en su época, su nombre y su obra cayeron en el olvido hasta que ambos fueron resucitados en plena guerra fría por el diplomático y escritor George Kennan, padre intelectual de la «política de contención» («containment») de la Unión Soviética. La obra más conocida de Custine, La Russie en 1839, fue rescatada por Kennan como el estudio más definitorio de la esencia del régimen político ruso, prueba de que existía un continuum histórico entre la naturaleza despótica del régimen zarista y la tiranía de Stalin.
Custine, nacido el 18 de marzo de 1790, refleja en su carácter las ambigüedades y contradicciones del convulso momento de la Historia -la Revolución Francesa y el régimen napoleónico- en el que le tocó vivir sus años formativos. Por ambas ramas, pertenecía, a familias de rancia aristocracia. Tanto su padre como su abuelo paternos, militares de carrera, fueron guillotinados durante la época del Terror. Su madre, Delphine de Sabran, descendía de una noble familia provenzal y fue famosa en su época por su belleza, su encanto y su inteligencia.
Los primeros años de Custine transcurrieron en el París revolucionario, donde tuvo que ser confiado algunos meses al cuidado de una fiel sirvienta durante la estancia en prisión de su madre. Custine recibió una educación privada lo que, según él mismo decía, probablemente había sido muy positivo para su desarrollo intelectual pero totalmente nocivo para la formación de su carácter. Durante el Directorio y, más adelante, durante el Consulado y el Imperio, la madre de Custine, merced a su encanto femenino y a sus relaciones sociales (entre las que se contaba la primera esposa de Napoleón, Josephine de Beauharnais), había podido recuperar algunas de sus propiedades, lo que facilitó a Custine frecuentar los círculos dirigentes de la sociedad francesa de la época.
INCLINACIÓN POR LA LITERATURA
En 1814 fue enviado en calidad de agregado a la delegación francesa dirigida por Talleyrand para participar en el Congreso de Viena. Sin embargo, renunció a seguir en el camino de la diplomacia y decidió orientarse hacia la literatura. Durante sus viajes por Suiza y Alemania, Custine había aprendido perfectamente el alemán y, como señala su amigo y corresponsal el diplomático prusiano August Varnhagen, «leía poesías y obras de filosofía, mostrando una pronunciada inclinación por las ideas religiosas y el misticismo, bajo la influencia muy acentuada del catolicismo».
Los comienzos literarios de Custine coincidieron con el nacimiento en Francia del Romanticismo historicista. Los jóvenes literatos del momento que se adscriben, con Custine, a esta tendencia eran Lamartine, Nodier, Vigny, todos ellos monárquicos legitimistas, por contraste con los liberales, aún apegados a las reglas del neoclasicismo. Este primer romanticismo exaltaba las tradiciones políticas y religiosas de la Francia medieval.
Entre este grupo de literatos el que ejerció una influencia intelectual más poderosa sobre Astolphe de Custine fue René de Chateaubriand, quien frecuentaba su casa. Su primer trabajo aparece en Le Conservateur, publicación periódica de signo ultraconservador que, bajo la dirección de Chateaubriand, salió a la luz en octubre de 1818. Como señala el gran historidor francés de las ideas políticas René Remond, Contrario al gobierno moderado del momento, la primera tentativa para hacer de la derecha «el partido de la inteligencia», Le Conservateur era la réplica, desde su ideología legitimista, a La Minerve, publicación de inspiración liberal que comenzó a publicarse a principios de ese mismo año. Junto a Chateaubriand, quien había publicado poco antes un panfleto muy crítico de la Carta otorgada por Luis XVIII («De la Monarchie selon la Charte»), la redacción contaba con nombres prestigiosos de la facción ultra, tales como de Bonald, Villele -el cual sería poco después primer ministro- o el entonces joven sacerdote Lammenais.
En 1829, Custine publica una novela, Aloys, y estrena -a sus expensas- una obra de teatro (Beatrice Cenci), basada en un poema anterior suyo sobre un tema histórico del Renacimiento que Stendhal recrearía posteriormente en sus Crónicas italianas. Un año después, en 1830, daría un giro trascendental a su carrera literaria al publicar Memoires et Voyages, recolección de observaciones y comentarios escritos al hilo de sendos viajes efectuados por Italia e Inglaterra. Merece la pena señalar que a la sazón se encontraba en Londres como embajador de Francia su amigo y mentor el vizconde de Chateaubriand. Dicha obra fue saludada por Stendhal como «el mejor trabajo aparecido sobre Inglaterra» y, sin duda, Custine apunta en las dotes de observación y análisis que caracterizarán sus dos libros de viaje posteriores.
LESPAGNE SOUS FERDINAND VII
Pero el primero de los libros que reportarán a Custine fama literaria es L’Espagne sous Ferdinand VII, obra aparecida en 1838, casi siete años después de realizado el viaje que en ella narra. Tal retraso fue, al parecer, sólo imputable a su pereza. L’Espagne… es, a su vez, fundamental para comprender su obra más conocida, La Russie en 1839, Ya de entrada, Custine formula en el primer capítulo de L’Espagne… una suerte de teoría y estética del viaje literario. El escritor viajero ha de ser «pintor ante todo […] el menos autor de los escritores» y es su deber, «dar la idea más luminosa, más vivaz, y en consecuencia la más clara posible de lo que caracteriza a un pueblo y a una comarca». No basta con contar lo que existe, pese a que la sinceridad sea una cualidad indispensable para el escritor de viajes, sino que las mejores narraciones «serían aquellas que más resientan la influencia inmediata de los objetos y de las personas». La recolección exacta de hechos y caracteres, es decir «el diario de viaje», debe ser el único tema del viajero. Todo lo demás (conocimientos accesorios, literatura, ciencia, historia) son accesibles a todos, pero «lo que un hombre ha hecho, lo que ha visto y sentido sólo a el le pertenece, sólo él lo puede expresar». Es la suya, por tanto, una concepción subjetivista de la narración de viaje típicamente romántica, en la línea marcada por Chateaubriand en su Itineraire de Paris à Jerusalem, obra publicada en 1811.
Se estructura la obra en forma de cartas, que el autor dedica a amigos personales, así como a personajes de la vida social y literaria de Francia. Esta fórmula cuenta con algunos precedentes en la literatura francesa de ensayo durante la Ilustración, así, recuerdense las Lettres philosophiques de Voltaire o las Lettres persanes de Montesquieu. En su caso, se trata de la adopción de una técnica eficaz que repetirá posteriormente en La Russie…, y que denota ya en el autor una plena madurez tanto de forma como de pensamiento.
L’Espagne... se sitúa a medio camino entre la narración de viajes y el ensayo. Mientras que las reflexiones políticas, morales y estéticas con que el autor entrevera sus páginas responden, en algunas ocasiones, al contacto con las tierras que describe y a los acontecimientos que narra, en otras son meramente ideas producto del libre vuelo de su mente, no sabemos si redactadas durante el viaje o en un momento posterior. Ciertamente, en algunas ocasiones esta fórmula lastra sus páginas con consideraciones farragosas. Máxime cuando éstas incurren en el tópico de la España romántica que circuló en la literatura europea de la primera mitad del siglo XIX y que compatriotas de Custine tales como Laborde, Dumas, Gautier, Merimée o Georges Sand tanto contribuyeron a crear y difundir.
El viaje que Custine lleva a cabo por España fue corto, pues comenzó a fines de marzo de 1831 y terminó a mediados de agosto de ese año, haciendo en medio una corta excursión a Gibraltar, y desde allí a Tánger. La ruta que siguió le llevó directamente a Madrid a través de Tolosa, Burgos, el puerto de Somosierra, Segovia y La Granja de San Ildefonso. Tras visitar la capital y los Reales Sitios de Aranjuez y El Escorial, Custine siguió camino por la Mancha y Sierra Morena hacia Córdoba, Sevilla, Cádiz, Ronda, el paso ya señalado por Gibraltar y Tánger, Málaga, Granada, Jaén y Valdepeñas, retornando a su país por la vía más directa, tras pasar nuevamente por Madrid. Por tanto, la experiencia directa de España de nuestro autor -que atraviesa el País Vasco y ambas Castillas, se detiene en Madrid y hace un periplo por Andalucía- queda, pues, reducida al circuito clásico ya trazado por los viajeros románticos que le precedieron por nuestras tierras.
Custine llega a España en 1831, dos años antes de la muerte de Fernando VII, en un momento en que el régimen fernandino había entrado en una decadencia caracterizada por una compleja mezcla de despotismo y anarquía. Custine viaja por una España en la que aún permanece vivo el recuerdo de la segunda invasión francesa protagonizada en 1823 por los «Cien mil hijos de San Luis», acaecida siendo Chateaubriand ministro de Asuntos Exteriores. Decidida en el Congreso de Verona por las potencias conservadoras (Austria, Prusia y Rusia) y encomendada a una Francia deseosa de borrar el recuerdo de sus recientes extravíos napoleónicos para poder sumarse a la coalición legitimista, esta expedición había aumentado la inquina de los liberales españoles hacia todo lo francés, de la que se hace eco Custine. A lo anterior habría que añadir la desconfianza del gobierno absolutista de Fernando VII hacia la nueva situación creada en Francia tras la caída en 1830 del régimen de la Restauración y la instauración de la monarquía liberal de Luis Felipe.
En el texto de L’Espagne… convergen las observaciones del viajero romántico, el periodista político y el filósofo moralista. Tan pronto se nos habla de la incomodidad y suciedad de las posadas, como del mal estado de los caminos o de los peligrosos bandoleros que acechan a quienes se aventuran a viajar hacia el sur de España. Ningún tópico queda en el tintero del aristócrata. De todos ellos, merece la pena, quizás, señalar dos: la comparación entre España e Italia y la condición semieuropea (o si se prefiere, semiafricana), de una España transida de la cultura y el carácter de «los moros». A su modo de ver, la lengua española «se parece menos al italiano de lo que uno se imagina de lejos; es latina y árabe». No terminan ahí los contrastes entre una y otra nación: «la fisonomía, la palabra, el carácter de los hombres y hasta el aire que se respira, todo es áspero en España […] en Italia todo es dulce y atrayente». España no recuerda a Grecia, sino a Oriente porque «la sangre africana» y «la raza árabe» se hayan mezcladas en todo. Según nuestro autor, durante los siglos de ocupación árabe se produjo en España una modificación del carácter de los invasores africanos, quienes, a su vez, dejaron en Andalucía «algo de su sangre, de sus amores, de su genio». Europa ha influido menos que África en las costumbres de los españoles, de ahí su tendencia hacia la crueldad, que no puede ser vencida sino «por la pura caridad cristiana».
De entre las ciudades que visita, ninguna ejerce en Custine tanta fascinación como Sevilla, «esta Roma de los árabes». A la descripción de la urbe, en la que permanece apenas dos semanas, dedica nada menos que once cartas. En sus jornadas sevillanas visitó y describió los principales monumentos de la ciudad: Catedral, Archivo de Indias, Reales Alcázares, Lonja de Contratación, pues «la Arquitectura es la fisonomía de los pueblos». También retienen su atención otros variados aspectos de la urbe: la tradicional casa de patio sevillana, la fiesta de los toros, las costumbres (sobre todo de las mujeres sevillanas) o las pinturas de la escuela sevillana y de manera muy destacada Murillo, al que eleva «al nivel de los más grandes maestros». Su fascinación por la capital andaluza le lleva a decir, mezclando admiración y autosuficiencia, que «un francés, incluso un parisino, puede aprender algo en Sevilla».
Junto a estas descripciones de viaje, denuncia también la represión expeditiva y arbitraria del régimen fernandino (así, la ejecución del librero Miard, por el solo delito de propalar la idea de que España precisaba una Constitución). En ese momento de la evolución de su pensamiento, preocupaba a Custine de forma especial la dialéctica entre libertad y orden, una vez que la revolución había replanteado un problema que, a su entender, ya había sido resuelto por la religión cristiana, porque, dice, «ningún legislador ha formulado la ley superior mediante la cual estas fuerzas contradictorias conservarán sus acción sin destruirse», abundando en que «la libertad llevada al extremo, y siempre tiende a ello, es el abuso del derecho de elección, y que este abuso produce una licencia capaz de excusar incluso el despotismo. Veo de otro lado que el principio de la monarquía, si no es mitigado, lleva a una tiranía que justifica las revoluciones por el único motivo que las necesita».
Dudas y contradicciones abundan en las páginas de L’Espagne… De un lado, considera que «el gobierno representativo es necesario; es preciso sufrirlo como se ha sufrido otros; pero guardémonos de creer que sea el mejor posible». Por otra parte, afirma que «los gobiernos arbitrarios tienen a mis ojos el gran mérito de que, si uno se resigna francamente a sufrir sus inconvenientes, a no conspirar contra ellos, se está seguro de vivir en paz bajo su protección, ventaja que se está lejos de obtener al mismo precio bajo todos los gobiernos llamados libres».
CUSTINE Y TOCQUEVILLE
Mención destacada merece el post scriptum a la carta 31, que dedica a comentar la aparición de los dos primeros tomos de De la démocratie en Amérique, la célebre obra de Alexis de Tocqueville. En este breve ensayo se contiene la esencia de su pensamiento político del momento. El post scriptum fue redactado en junio de 1836, transcurridos cinco años desde su viaje a España. El texto, completamente desconectado del libro en el que se intercala, viene a ser la respuesta de Custine a las tesis deTocqueville, para lo que aprovecha la redacción de la obra más ambiciosa de las que había producido hasta el momento. Como señala la historiadora Anka Muhlstein, la mejor conocedora de la vida de Custine, ambos autores, Custine y Tocqueville (quince años más joven el segundo), compartían la misma extracción social; sus familias se conocían y tanto el uno como el otro pertenecían ideológicamente a la derecha monárquica y conservadora y se confesaban cristianos devotos.
Custine reconocía en Tocqueville «un pensador profundo», así como la lógica, la elocuencia y la capacidad de convicción que demuestra su pensamiento. Pero lo que motivaba su discrepancia es la tesis de fondo de Tocqueville: «La inevitable necesidad de la democracia absoluta y universal hacia la cual va la humanidad inevitablemente arrastrada por la acción continua de la igualdad y de la libertad cristianas». Custine entendía que en la Antigüedad (Israel, Grecia, Roma) había ejemplos que probaban lo contrario, es decir, la evolución desde la democracia hacia la monarquía absoluta. De ahí que no se pudiese hablar de un sentido único en los cambios de los regímenes políticos. También discrepaba en la interpretación del sentido político del cristianismo y, en especial, en la relación de éste con el principio de igualdad, que Tocqueville consideraba unido tanto a la religión cristiana como al concepto mismo de democracia.
Nuestro autor comparte con los pensadores más conservadores de la época (Bonald, Maistre) una visión pesimista de la Historia centrada en la tendencia ineluctable de toda sociedad humana hacia su decadencia y destrucción. Por ello, rechaza la tesis de Tocqueville, según la cual «el desarrollo gradual de la igualdad de condiciones es un hecho providencial». Por no creer en «el reino de un principio universal de gobierno sobre la tierra», estima que el gobierno de los Estados Unidos, basado en la igualdad de la condición de sus ciudadanos, no es la realización de los designios de Dios sobre las sociedades humanas, sino «la temible consecuencia de las transgresiones de la filosofía del siglo XVIII sobre la religión de nuestros padres». Para las viejas naciones de Europa prefiere una forma de gobierno mixto, «la más apropiada para garantizar los intereses complicados de las naciones viejas de lo que sería la aplicación intempestiva de la abstracción política realizada por una reunión de colonos americanos que se han hecho fundadores de una sociedad completamente natural sobre una tierra sin recuerdos; papel siempre más fácil que el de reformador de los antiguos gobiernos».
LA RUSSIE EN 1839
En definitiva, L’Espagne… se configura como la obra en la que Custine consolida su estilo narrativo: costumbres, monumentos y paisajes suscitan reflexiones y digresiones filosóficas y políticas. Quedan ya esbozadas las cuestiones que, con matices diversos, volverá a plantear en su obra de madurez, La Russie en 1839. Su publicación fue acogida calurosamente por el público y por la crítica francesa. Ello le hizo retomar al año siguiente el proyecto de hacer un viaje a Rusia, ya apuntado en las páginas de L’Espagne…: «Tengo la curiosidad de comparar Rusia con España; ambas se parecen más a Oriente que ninguna de las otras naciones de Europa de la que forman las dos extremidades».
De otro lado, Custine dejó escrito que el propósito de ese viaje era, además, encontrar en Rusia argumentos contra el gobierno representativo, de tal manera que su obra fuese un alegato en pro de la monarquía legitimista en la misma medida que De la démocratie en Amérique lo había sido por la democracia. Rusia, gran potencia emergente tras el Congreso de Viena, era en aquel momento el baluarte del orden y la tradición y el mejor símbolo de «la alianza del trono y el altar», del mismo modo que en sentido diametralmente opuesto, los Estados Unidos lo eran de la democracia, la igualdad y la libertad. Sin embargo, y paradójicamente, cuando en 1843 se publicó, la tesis que había inspirado La Russie… en un principio había cambiado diametralmente para transformarse en un vibrante alegato contra el despotismo.
Al igual que su viaje por España, el que realizó por Rusia fue breve: sabemos que salió de París en junio y que llegó por mar a San Petersburgo el 10 de julio. Tras una corta visita a Moscú y a la ciudad de Nijni-Novgorod, Custine dejó Rusia a fines de septiembre, tras una estancia de menos de tres meses. La Rusia que visitó Custine era un imperio regido por el zar Nicolás I. En aquel momento, éste era probablemente el monarca más odiado por los liberales de toda Europa. La razón para ello radicaba en la cruel represión con la que había erradicado la «revolución decembrista», intento de golpe de estado de signo liberal acaecido el 26 de diciembre de 1826, al comienzo de su reinado, así como por la dureza que nuevamente había mostrado tras la revuelta nacionalista polaca de 1830. Nicolás I era, pues, el reaccionario por excelencia de la época. Nuestro autor, de credenciales contrarrevolucionarias irreprochables, venía precedido además de una reputación de brillante hombre de letras, de pensamiento conservador. La corte imperial le consideraba, pues, un amigo y un aliado, nunca un crítico potencial. Sin embargo, desde su llegada sintió el ambiente de opresión que le llevaría a calificar a Rusia como «el imperio del miedo» (expresión que, sin duda, dio origen a la del «imperio del mal», aplicada por Ronald Reagan a la Unión Soviética). Así, nos cuenta cómo nada más llegar a puerto, su barco fue asaltado por un ejército de policías y aduaneros que trataban a todo extranjero como culpable. Custine fue presentado a la corte a los pocos días de su llegada, y desde aquel momento empezó a descubrir una realidad muy distinta a la de la brillante corte de San Petersburgo.
LA FALTA DE LIBERTAD EN RUSIA
El despotismo zarista, tema central del libro, ha sido ilustrado por Custine en manifestaciones tan diversas como la falta de espontaneidad y el secretismo que envolvía cualquier comunicación humana, la crueldad que impregnaba la vida rusa, la abyecta condición del campesinado y la sujeción de la aristocracia al poder absoluto del zar, el mimetismo de la cultura rusa con respecto a la occidental y su carencia de originalidad.
En relación a la falta de libertad de expresión, Custine señala que «en un país en el que los gobernantes no han entendido todavía las ventajas de la libertad [… ] los gobernados están obligados a retirarse ante los inconvenientes inmediatos de la sinceridad». El secretismo y la censura que caracterizaban la vida rusa se vuelve contra los mismos gobernantes, pues «cuando hay libertad, todo es publicado e inmediatamente olvidado […] bajo un gobierno absoluto, todo está oculto pero todo es imaginado, provocando un vivo interés». El que en la corte y en los círculos aristocráticos se hablase francés, una lengua extranjera, añadía a la falta de libertad y espontaneidad de la comunicación, al tiempo que favorecía la confusión mental. Custine anota que «de todas las facultades de la inteligencia, la única que se valora allí es el tacto. Rusia es una nación de mudos». Todas estas formas de autocensura y de reserva mental, cambiaban el significado ordinario de las palabras con objeto de enmascarar una realidad desagradable. Por ejemplo, «dar permiso para vivir en Siberia» significaba realmente enviar a alguien al exilio en aquella desolada región. Como se ha podido constatar en muchos casos, también aquí el eufemismo se ponía al servicio de la tiranía.
La crueldad de la vida rusa se manifestaba a la mirada de Custine de muy diversas maneras. Ya en sus paseos por San Petersburgo, el marqués viajero había sido testigo de diversas escenas demostrativas del maltrato que sufrían los siervos. Situada a la entrada de la capital imperial, la fortaleza de Kronstadt, en cuyas mazmorras subterráneas estaban prisioneros muchos de los implicados en la revolución decembrista, constituía un paradigma de opresión y terror. Otra manifestación de la represión zarista que destaca Custine es Siberia, más como el símbolo de un estado de cosas que como una región geográfica. Toda Rusia se subsumía en Siberia, un inmenso espacio vacío que representaba el castigo del zar: toda Rusia era «el imperio de un profundo silencio».
Si la condición de los siervos le parecía terrible, también la de la aristocracia le escandalizaba por la sumisión y el servilismo que incluso los más encumbrados miembros de la nobleza mostraban hacia el zar. En Francia, como en el resto de Europa, el estatuto nobiliario derivaba del nacimiento y, por tanto, este carácter objetivo garantizaba su independencia del favor real. Por el contrario, en Rusia la institución de la nobleza había sido completamente modificada por Pedro el Grande. En 1722 el soberano decidió crear la denominada «tabla de rangos», que venía a suprimir las tradicionales jerarquías nobiliarias moscovitas. La tabla instituía una lista de catorce rangos o «chinns» en cada una de las tres ramas del servicio al Estado (fuerzas armadas, funcionariado civil y servicio de corte). La idea del zar Pedro era que cada «servidor» («dvorianin», en ruso) empezase su carrera por lo más bajo de cada jerarquía y fuese promocionado exclusivamente por méritos propios. Mientras que la ambición y el miedo a desagradar al soberano despojaban a los nobles rusos de toda independencia y dignidad, en Europa occidental la autoridad real estaba limitada por un denso tejido de leyes, costumbres e instituciones universalmente aceptadas y era ejercida en paralela al poder espiritual y material de la Iglesia, en el zar convergían la potestad temporal y la espiritual. Al ser la cabeza de la ortodoxia rusa, su poder era omnímodo. Usando una expresión que había hecho fortuna en la época, Custine afirma que en Rusia «el gobierno es el despotismo mitigado por el asesinato».
ÉXITO Y PROHIBICIÓN EN RUSIA
La Russie… provocó entusiasmo en la opinión liberal de la época, especialmente entre la comunidad de rusos y polacos exilados en Francia. Uno de ellos, Christian Ostrowski, autor de una obra titulada Cartas Eslavas, comentó al respecto: «Este libro se ha hecho para consolarnos de todos nuestros sufrimientos […], se ha escrito para separar para siempre de Rusia a los hombres de bien de todos los países y de todas las opiniones, incluso a aquellos que ponen sus esperanzas en el absolutismo». El gran pensador judío ruso Theodor Herzen lo consideraba «el libro más interesante y más inteligente escrito sobre Rusia por un extranjero. Hay en él errores y muchas opiniones superficiales, pero también un verdadero talento de viajero y de observador: su mirada perspicaz conoce el arte de cazar al vuelo, de adivinar el conjunto a partir de algunos detalles». No debe sorprender que la reacción del gobierno ruso fuese tremendamente negativa. El zar se consideró traicionado en su confianza, especialmente después de la calurosa acogida que le había dado en su corte. No sólo se prohibió la obra en Rusia, sino que también la Embajada imperial en París pagó a varios escritores para que elaborasen refutaciones a la obra.
Durante mucho tiempo, el libro del aristócrata francés fue referencia obligada para todo aquel que quisiera comprender a Rusia. El mismo Juan Valera hace una referencia malévola a Custine en sus Cartas de Rusia, que redactó durante su misión diplomática en ese país, acaecida una veintena de años después de que lo visitara Custine. Y, sin embargo, el autor y su obra cayeron en el olvido durante el siglo XX hasta que, como decíamos al principio, la guerra fría le devolvió a la actualidad. Fue el diplomático y escritor norteamericano George F. Kennan quien redescubrió a Custine para el público anglosajón. Kennan se preguntaba si la Unión Soviética no era sino la prolongación de la Rusia zarista, su estado sucesor a todos los efectos y en especial en lo que tenía de opresor de personas y pueblos, tal y como había descubierto en su viaje Custine. En ese caso, la autocracia zarista no sería sino el régimen precursor del totalitarismo comunista.
Pese a algunas semejanzas, lo cierto es (como bien señala Hélène Carrère d’ Encausse en su prólogo a la reciente edición francesa de La Russie...) que la respuesta tiene que ser forzosamente matizada. Posiblemente Custine captó muy bien el carácter del Estado ruso, de sus actuaciones arbitrarias y de sus mecanismos perversos, pero sólo tuvo un conocimiento muy parcial de la sociedad rusa, que tan duramente censuró, de la que desconocía muchas facetas.
Sin duda, el régimen totalitario soviético fue capaz de controlar de una manera mucho más intensa la vida de la sociedad rusa que la autocracia zarista: ni la condición del siervo ruso se puede equiparar a la de los millones de esclavos internados en el Gulag, ni las deportaciones y liquidaciones masivas que se llevaron a cabo en la era soviética guardan proporción numérica con el exilio en Siberia de los decembristas y, posteriormente, de los anarquistas. Al fin y al cabo, el totalitarismo del pasado siglo ha llevado a la tiranía hasta sus últimas consecuencias mediante la incorporación de la tecnología moderna a sus técnicas de represión y control. Pero lo cierto es que el terror soviético no nació en el vacío, sino que la brutalidad del régimen zarista le precedió y le sirvió de modelo, aun si ello fue en menor grado. En consecuencia, no se puede negar un cierto hilo conductor entre uno y otro régimen. Custine caracterizó el gobierno ruso por su naturaleza despótica: ante los desafíos geopolíticos actuales que plantea la nueva Rusia forjada por el presidente Putin, el nuevo zar, sus ideas e intuiciones cobran actualidad.
GANA LA LIBERTAD
Formado en el Antiguo Régimen y heredero de sus formas y de sus ideas, Custine se debatió entre la adhesión a los regímenes absolutistas, como el de la España fernandina, y los ideales de libertad vigentes en su época, plasmados en un modelo de gobierno constitucional y representativo. Lo cierto es que a medida que su pensamiento fue madurando, este debate interno lo ganó la causa de la libertad. En efecto, la evolución ideológica que se constata en su obra pone de manifiesto la creciente repugnancia de Custine ante la tiranía.
La perenne validez de sus ideales, lo acertado de sus intuiciones y su brillantez estilística justifican plenamente recuperar su obra y celebrar a su autor en este aniversario.
El Anillo del Nibelungo, de Richard Wagner, pasa por ser uno de los desafíos más completos y exigentes que puede afrontar un teatro de ópera. Todo adquiere el relieve de una magna empresa, de una singladura con las previsiones meteorológicas más adversas. Por delante, casi quince horas de música, divididas en cuatro óperas, con unos personajes y una trama comunes. Estamos ante una de las grandes epopeyas que ha dado el arte occidental, donde la combinación de teatro y música alcanza cotas inexploradas.
Plantearse la puesta en escena de esta tetralogía requiere de un proyecto muy trabajado en todos los aspectos que concita una representación de ópera. Sin orden de importancia, se necesitan unos cantantes de enorme calidad, una orquesta de contrastada ejecutoria, un director de escena que sea capaz de extraer toda la energía teatral al libreto y un director musical con una idea omnisciente y próvida de la partitura. Y todo, en un equilibrio de exigencia artística y perfección, sin que unos aspectos preponderen sobre los demás. La obra ha de avanzar en total comunión.
A este quebradero de cabeza se enfrentan todos los años numerosos teatros de todo el mundo. En la mayoría de los casos, se representan las cuatro óperas en temporadas sucesivas. Sólo uno lo hace cada año y con la tetralogía completa en días seguidos: el teatro del Festival de Bayreuth, el que diseñara el propio compositor y fuera construido y sufragado por Luis II de Baviera. Unos y otros han cosechado éxitos y fracasos, o lo que es más habitual, producciones irregulares donde las cuatro óperas tienen un resultado distinto, donde un título es mejor que el otro, o viceversa. Es raro y difícil encontrar una producción redonda, donde música y drama alcancen un nivel sobresaliente durante toda la tetralogía. Buena muestra de esa dificultad fue la espantada del director de cine Lars von Trier en Bayreuth, donde a casi un año de estrenar, decidió renunciar a dirigir escénicamente la nueva producción del festival porque, según él mismo confesó, la encontraba «inabarcable». En los últimos años, ha destacado por encima de la media la producción de la Ópera de Stuttgart, dirigida por Lothar Zagrosek, que puede encontrarse en DVD. Entre las más recientes, buenas vibraciones cosecharon la primera ópera del ciclo en el Teatro Sao Carlos de Lisboa, con dirección escénica del siempre controvertido Graham Vick, y en el Festival de Aix-en-Provence, en coproducción con el Festival de Pascua de Salzburgo, con la siempre asombrosa Filarmónica de Berlín en el foso y su titular, sir Simon Rattle, a la batuta.
Lo que muy pocos preveían es que el recién inaugurado Palau de les Arts de Valencia decidiera lanzarse a su primer Anillo nada más comenzar su andadura operística. Lo cierto es que, mientras se sucedían los rumores sobre su inauguración definitiva, la intendente del teatro, Helga Schmidt, ya había empezado a tener las primeras conversaciones allá por 1999. El proyecto comenzó a trabajarse al año siguiente y ha podido estrenarse casi siete años después. Tanto tiempo, quizá, ha servido para que hayamos podido presenciar una producción sobresaliente, muy trabajada, que ofrece lecturas e interpretaciones muy interesantes y sugerentes de la gran epopeya wagneriana. Además, ha permitido que hayamos podido presenciar el prólogo –Das Rheingold– y la primera jornada –Die Walküre– en la misma temporada. La segunda y tercera jornadas, sin embargo, se pondrán en escena en temporadas sucesivas, con lo que el ciclo concluirá en 2009, el mismo año que Lisboa y Aix.

I
Wagner decide componer el Anillo en un momento clave de su vida artística. Se revela el compositor en toda su madurez, en un proceso creativo que le proporcionaría una nueva teoría sobre la conjunción de ópera y drama. Tras finalizar Lohengrin, escribe el libreto de una nueva ópera en tres actos, que se iba a llamar La muerte de Sigfrido, sobre un tema de la mitología nórdica. Se decide por el mito como tema popular y capaz de ahondar en la condición humana, antes que seguir la moda operística de la época de anclar sus libretos en episodios y personajes históricos. Esta nueva concepción de lo operístico influyó de manera radical, hasta el punto de que hoy vemos las óperas del modo en cómo Wagner estableció que se vieran: a oscuras, con la orquesta situada en un plano inferior, de manera que la atención se concentrara en el drama que podía verse en escena, subrayado constantemente por la música.


Mito y música empezaron a darse cita en la imaginación del compositor. El drama, popular y plenamente humano, debía evolucionar delante de los espectadores hasta el punto de hacerles evolucionar también. La nueva gesamtkunstwerk (obra de arte total) debía tener capacidad transformadora y, en cierto modo, liberadora, a través de la experiencia personal de lo que allí se representaba. Por eso, con el manuscrito de La muerte de Sigfrido entre las manos, a Wagner le faltaba algo: un principio.
Todo en esta obra descomunal remite a una costosa y larga búsqueda de un principio, de un comienzo, de esa necesidad apuntada por el escritor Thomas Mann, gran admirador de la tetralogía, de que «lo pasado tenía que haber sido una vez presente». Una ópera del Anillo wagneriano debe afrontarse con tranquilidad, con el ánimo grande y libre para vivir una experiencia única, para alegrarse, sufrir y emocionarse con los personajes, para sentir y conmoverse con la música que emerge, poderosa, del foso orquestal. «El drama no se podía alimentar espiritualmente (de la música), no podía vivir musicalmente de sus recuerdos y no podía alcanzar los máximos y más conmovedores triunfos de la nueva técnica de tejido y asociación temáticos, si esta música primigenia no había sonado alguna vez de hecho y en conjunción actual con el momento dramático» (Thomas Mann, Ensayos sobre música, teatro y literatura, Alba, 2002).
En las óperas del Anillo nos encontramos siempre con la búsqueda de un principio. Una búsqueda en la que nada permanece inalterable. Ni el compositor, ni el espectador, ni los intérpretes, ni la acción escénica. El compositor buscó este principio durante siete años a partir del primer manuscrito hasta dar, de atrás a adelante, con las cuatro partes de toda la saga. En todo ese tiempo no escribió una sola nota hasta que tuvo todo armado y planificado. Compone entonces Das Rheingold, Die Walküre, Siegfried y Gotterdammerüng en un proceso que le llevaría veinte años.
Wagner se serviría de la música para acompañar al espectador por todos los meandros y giros del drama. Toda ella está compuesta por motivos o leitmotiv de carácter psicológico, que Wagner denominaba «momentos melódicos de sentimiento». Los motivos no son un invento del compositor, pero sí lo es su entrelazamiento y evolución, que actúan como una suerte de guía emocional del drama. Personajes, objetos, hechos y emociones tienen su motivo orquestal, que evoluciona musicalmente a medida que transcurre el drama. Así, Das Rheingold comienza con un arpegio ascendente en mi bemol mayor que representa la naturaleza. Ese motivo ascendente se hace ondulante sobre las cuerdas hasta alcanzar el doble de velocidad y se convierte en el motivo del río Rin. Este mismo motivo de la naturaleza, ejecutado en su modo menor y en forma invertida descendente, será el motivo que presagia el final, el del Ocaso de los Dioses.
II

Y esa misma búsqueda es la que ha presidido todo el trabajo desarrollado por la Fura dels Baus en su nueva producción del Anillo para el Palau de les Arts de Valencia. El resultado ha sido un montaje moderno, construido sobre una concepción «ecológica» del mito wagneriano. Los escenarios son sencillos, poniendo el acento sobre lo simbólico, con imágenes de una gran fuerza teatral. Hay detalles típicamente fureros: las máquinas que elevan a algunos personajes (esta vez muy bien engrasadas, sin chirridos desagradables como en Die Zauberflöte, en el Teatro Real), las videocreaciones en grandes pantallas al fondo del escenario, y la utilización del cuerpo humano como un elemento teatral más. Todo en un alarde de equilibrio y mesura para las derivas escénicas actuales. El responsable del montaje, Carles Padrissa, ya avisó de sus intenciones: «Nosotros sumamos a partir de la música, que es la disciplina que hila todo lo demás. Si la música falla, todo se derrumba».

Quizá este entendimiento, que se extendió a orquesta y cantantes, haya sido el secreto del éxito de estas dos primeras óperas del ciclo. Veremos si se mantiene en las sucesivas. Por el momento, quedan en nuestra retina imágenes soberbias, como la escenificación del oro del Rin, personificado en figurantes vestidos enteramente de dorado que se arrastran por el suelo en una imagen de un oro escurridizo, esquivo, que será el detonante del fin de los dioses. Tiene este oro algo de enigmático, que recuerda a imágenes terribles del siglo XX. Como en la escena donde Freia es cubierta enteramente por el oro. La visión de los cuerpos dorados desparramados, unos encima de otros, manejados al antojo, nos recuerda a los campos de concentración, a los horrores de la guerra, en una metáfora de la cosificación de la vida que acaba por subrayar lo que avisa Erda: que quien utilice mal el oro, encontrará su perdición.
De enorme belleza visual es el nuevo castillo de Wotan para el Walhalla, cuyas paredes están formadas por hombres entrelazados suspendidos en el aire. Otra excelente metáfora de la naturaleza de un reino. O, también, la roca donde Wotan aisla a Brünnhilde con un anillo de fuego alrededor de su cuerpo, que escénicamente aparece como un plano circular sostenido por hombres que portan antorchas y que simbolizan nítidamente el amor y el respeto de Wotan por su hija, a la que ha tenido que castigar, con enorme dolor, por una traición.
Los cantantes se movieron en un nivel muy notable, en el que destacaron Juha Uusitalo (Wotan), Anna Larsson (Fricka), el veterano Matti Salminen (Fasolt), Peter Seiffert (Siegmund) y Jennifer Wilson (Brünnhilde) y en menor medida Franz-Josep Kapellmann (Alberich), Christa Mayer (Erda) y John Daszak (Loge).
Capítulo aparte merece la orquesta del Palau, que a un año de su formación ya ha afrontado las dos primeras óperas del Anillo wagneriano. Al frente, Zubin Mehta, que estuvo magistral; no en vano este repertorio lo ha comandado con éxito durante muchos años en la Ópera de Baviera. «Wagner denota la madurez de una orquesta», ha dicho recientemente el director de orquesta Víctor Pablo Pérez. Pues parece que la centuria valenciana la ha alcanzado de forma muy precoz. Sobresaliente en general, tuvo algunos desajustes en el ataque de las tubas wagnerianas, pero hizo gala, en todo momento, de lo verdaderamente excepcional de esta orquesta, que no es otra cosa que la calidad estremecedora que atesora su cuerda.
Entre ensayo y ensayo, Carles Padrissa nos ha contado que «con Wagner hay que tirarse a la piscina. Hay que cruzar el semáforo en rojo. Dejarse llevar por el fluido, flotar. Por eso hay wagnerianos y no wagnerianos. Y los wagnerianos son un poco idiotas, que se dejan emocionar, llevar, que se zambullen y les da igual que dure cuatro, siete o quince horas. Con Wagner hay que hacer como con un marisco, chuparle hasta la cabeza». Hasta el momento, La Fura dels Baus ha sabido sacarle el jugo a esta producción. Y a juzgar por las caras de los que salían del teatro, los espectadores también. Quién sabe, a lo mejor en un futuro no muy lejano los responsables del Palau de les Arts deciden obsequiarnos con la escenificación de la tetralogía wagneriana en días sucesivos, como ocurre todos los años en la colina de Bayreuth. Y no digo nada si a alguien se le ocurre grabarla en DVD para los que no han tenido la oportunidad de verla. Sería el último gran reto de esta producción.

Se ha hablado y escrito mucho acerca del divorcio existente entre el público y la música contemporánea. En España vivimos actualmente una Edad de Oro en lo que a música clásica se refiere: los auditorios se multiplican por doquier y, por tanto, también las oportunidades de poder asistir a un concierto, a una ópera o a un ballet. Muchas ciudades españolas cuen tan con orquestas estables de gran calidad, que soportan toda una temporada de con ciertos y que, por lo general, completa casi siempre sus aforos.
Esto ocurre, sobre todo, si los progra mas contienen obras, digamos, «conocidas». El barroco, el clasicismo, el romanticismo alemán o la música francesa gozan del favor de un público mayoritario. Los problemas vienen cuando un programa contiene música contemporánea, que en este caso podríamos definir como toda aquella que se ha compuesto sin seguir las tradiciones tonales clásicas.
Cuando este tipo de música se oye en auditorios y teatros de ópera, las butacas se vacían. Muchos directores musicales llevan trabajando desde hace tiempo programas que intentan establecer conexiones de la música culta más conocida con la menos, con la más difícil de escuchar, en un intento loable por ampliar la cultura musical de su público.
Uno de los culpables de que estemos hablando de una sima entre una y otra música es el compositor Arnold Schonberg (1874 – 1951), autor del célebre Tratado de armonía (1911) e inventor del dodecafonismo. Admirador de Mahler, conformaría con Alban Berg y Anton Webern la llamada Segunda Escuela de Viena, que renovaría el lenguaje de la música.
El libro que ha elaborado Jordi Pons (Tarragona, 1960), profesor del Conservatorio Superior de Música del Liceo de Barcelona, para la editorial Acantilado constituye una excelente guía para conducirse por los entresijos filosóficos, estéticos y religiosos que influyeron en la teoría y proceso creativo del compositor vienés. Ludwig Wittgenstein, Karl Kraus, Adolf Loos, Otto Weininger, Vasili Kandinsky, Anton Webern desfilan por sus páginas. No es una obra de divulgación (no en vano nace de una tesis doctoral escrita por el autor), pero sí es un estudio construido sobre una abundante bibliografía sobre el clima cultural e intelectual en el que Schonberg creó su obra.