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Ver productosTelefónica, líder en el sector de las telecomunicaciones, ejerce en los países en los que está presente una actividad que por su propia naturaleza contribuye en gran medida al desarrollo económico y social, mejorando la vida y fomentando la igualdad de oportunidades de los ciudadanos. Nuestro éxito empresarial es solidario con el progreso de la sociedad, y Telefónica es una empresa que comparte las preocupaciones y necesidades concretas de cada una de las comunidades en las que trabaja implicándose activamente en el bienestar de todas las personas y, en particular, de aquellos colectivos más necesitados o desprotegidos. Por eso, en 1998 se creó Fundación Telefónica, entidad sin ánimo de lucro que canaliza la acción social de Telefónica en los países en los que está presente. A ello dedica un considerable esfuerzo humano, tecnológico y económico.
Como es lógico, para el desarrollo de su misión, Fundación Telefónica impulsa y desarrolla programas y proyectos concretos con una visión global adaptada a cada país. La realización de estas iniciativas se apoya en los medios que mejor conocemos: las tecnologías de la información y las comunicaciones (TIC), herramientas muy útiles para satisfacer muchas de las necesidades y demandas de la sociedad.
POR QUÉ LA EDUCACIÓN: EL NUEVO PARADIGMA
La experiencia acumulada durante diez años de trabajo ha permitido a Fundación Telefónica centrar su actividad en el ámbito de la educación, convirtiéndose ésta en el eje prioritario de todos sus proyectos, que giran en torno a cinco grandes programas: EducaRed, Proniño, Voluntariado, Fórum y Arte y Tecnología. La elección de la educación como campo de actuación preferente no es casual: la práctica docente sigue en gran medida anclada en un pasado de tiza y pizarra, en tanto que la tecnología propicia cada vez más el aprendizaje y gestión cooperativos del conocimiento. También se hace patente que, si bien la proliferación de equipos en las aulas y el hogar es importante -y se propicia desde las Administraciones, instituciones y sector privado-, lo es mucho más fomentar en el profesorado actitudes positivas hacia las TIC y proporcionarles la formación adecuada para el uso fructífero de éstas como nuevas herramientas de aprendizaje.
Se trata de que los centros educativos pasen del «aula de informática» al «aula informatizada», en la que Internet y otras tecnologías, como la pizarra digital, puedan integrarse de forma transversal en todas las asignaturas como medio de gestión de la información y el conocimiento en el currículo escolar. Estamos, pues, ante un nuevo paradigma educativo propiciado por el reto que las TIC suponen para profesores, padres, alumnos y Administraciones.
EL PROFESOR, CENTRO DEL PROCESO
La enseñanza es una de las actividades más susceptibles de mejora a través de las TIC. La incorporación de estas tecnologías al día a día de la escuela, lejos de anular o menoscabar la tarea docente la favorecen, porque gracias a ellas los maestros han pasado de ser meros depositarios y administradores del conocimiento a mediadores entre la información y el saber individual. En una sociedad en la que la información fluye y casi ahoga con la existencia de Internet -donde se encuentra un alto porcentaje del saber acumulado por la humanidad-, no se nos ocurre más noble propósito que esta mediación que se sintetiza en el proceso sutil de enseñar a aprender, en el que el profesor es protagonista y se sirve de las tecnologías, colaboradoras de gran potencia, aunque casi inútiles sin su trabajo diario.
COMPLEMENTAR Y NO SUPLIR

En Fundación Telefónica sabemos que la educación es cosa de todos y que una sola entidad, por sí sola y por hábiles que sean sus estrategias o importantes sus inversiones, no puede aportar nada sustancial a la sociedad si no se apoya en los más cualificados, los propios actores del campo en el que opera, que le presten legitimidad para actuar en él y son el objetivo final de sus actividades. Esto es y ha sido aplicable a la mayoría de nuestras iniciativas en la Fundación. Por eso, uno de nuestros principios básicos de actuación en el ámbito educativo es el de tratar de complementar y nunca suplir a las autoridades y actores del sistema educativo, tanto en el ámbito autonómico como estatal.
El programa EducaRed nació hace ya casi diez años de un gran pacto por la educación entre Fundación Telefónica y otras entidades y organizaciones entre las que se contaban el Ministerio de Educación, la Fundación Encuentro y los principales protagonistas del sector educativo español, como sindicatos del profesorado, organizaciones educativas y grandes confederaciones de padres, que en conjunto constituyen el Consejo de EducaRed. Por parte de Fundación Telefónica -siempre con la ayuda de Telefónica- se trataba de poner las TIC al servicio de la educación, lo que encaja perfectamente con uno de nuestros principales fines fundacionales: promover la igualdad de oportunidades en las sociedades en las que estamos presentes. La pluralidad de EducaRed en España, en cuyo órgano rector se dan cita las enseñanzas pública, concertada y privada, es fiel reflejo del espectro político y social real y nos ha permitido aprender que en materia de mejora del sistema educativo con las TIC hay un gran espacio en el que se dan posibilidades de acuerdo muy amplias.
LA CLAVE: CONTINUIDAD EN EL ESFUERZO
EducaRed, que trata de poner Internet y las TIC al servicio de las enseñanzas Infantil, Primaria, Secundaria, Bachillerato y Ciclos Formativos de Grado Medio, es un proyecto especial con metas a medio y largo plazo, algo poco común en el mundo actual, urgido por la necesidad de realizaciones con resultados inmediatos que con frecuencia son engullidas por su propia falta de persistencia. EducaRed se expresa a través del portal curricular www.educared.net y sus homólogos en Iberoamérica, cuyo éxito está ligado a la continuidad en el esfuerzo. Diez años son muchos en un medio tan cambiante y lábil como Internet. La vida media de los portales en la Red se mide en unos pocos meses, pero EducaRed, apoyado en Fundación Telefónica y la comunidad educativa de habla española, ha logrado prosperar tan largo tiempo en crecimiento continuo gracias al apoyo de los docentes.
MILLONES DE VISITAS, MILES DE CENTROS
EducaRed pretende contribuir a la mejora de la calidad de la educación preuniversitaria y fomentar la igualdad de oportunidades mediante la aplicación de las TIC en un ámbito internacional: cuenta con portales en Argentina, Brasil, Chile, Colombia, España, Perú, Venezuela y México, estos dos últimos en realización. EducaRed, a través del portal en Internet www.educared.net, sirve metodologías, herramientas y contenidos educativos a los usuarios, profesores, padres y alumnos de los niveles educativos ya citados. Sólo en España, cuenta con unos 11.600 centros inscritos, con más de un millón y medio de visitas al mes a sus más de 600.000 páginas. Este número de centros de toda España equivalen a unos 4.000.000 de alumnos y 370.000 profesores. Trabajamos en la unificación de los distintos portales EducaRed del mundo gracias a la mejora espectacular de la conectividad con ADSL que Telefónica implanta en todos los países en los que está presente como operadora de telecomunicaciones.

La comunidad de EducaRed no cesa de crecer y es muy activa: en el portal de EducaRed Profesores Innovadores, en el que trabajamos con el apoyo de Microsoft y HP, hay registrados 11.000 profesores que comparten sus experiencias de integración curricular de las TIC, y de los que un número significativo aporta unidades didácticas listas para utilizar. Lo mismo cabe decir sobre el certamen ¡A Navegar!, que ya suma más de 10.000 trabajos curriculares en Internet realizados por profesores y alumnos de los colegios españoles de primaria y secundaria. Nos satisface enormemente haber logrado el beneplácito y la colaboración de los miles de profesores que ya han incorporado EducaRed y sus iniciativas a sus actividades programadas para el curso escolar. Baste decir que en conjunto los portales EducaRed de todos los países han recibido en 2006 casi 41 millones de visitas y en total han participado en ellas unos 25.000 centros educativos.
EDUCARED ANTE INTERNET 2.0
En estos años de experiencia se han perfilado algunos de los elementos claves del proceso: el papel central del profesor, las mayores posibilidades de coparticipación de los padres en el sistema educativo, la necesidad de crear contenidos multimedia nuevos que impliquen herramientas pedagógicas innovadoras pero fáciles de usar y la exigencia de seguir contando con un espacio de reflexión, investigación y debate sobre el desarrollo del proceso. También hemos comprobado la conveniencia de fomentar la creación de comunidades pedagógicas virtuales entre miembros de la comunidad educativa de distintos países. Esta experiencia es la base de la estrategia y líneas de actuación para la nueva etapa, EducaRed 2.0, que se abrió en junio de 2002 con el consenso de los integrantes de la comunidad educativa española para adaptarse a las tecnologías de la futura Internet 2.0.
Un proyecto educativo en Internet ha de cohesionar a su alrededor una comunidad altamente participativa que aporte ideas y contenidos, por ello nos sentimos orgullosos de que este programa sea en gran parte producto de la colaboración de miles de profesores que nos ayudan a crear contenidos y a orientar nuestras actividades. En los dos últimos años se han seguido aportando contenidos innovadores como la tecnología Wiki, se ha integrado el portal Educalia de La Caixa y ofrecido más de 6.000 cursos de formación de profesores, padres y alumnos en el uso de las TIC, en línea y presencial, dentro de proyectos como la Escuela de las Nuevas Tecnologías, que engloba Software educativo, así como Educación en valores, Navegador de EducaRed y otros muchos. La creación del Centro EducaRed de Formación Avanzada (CEFA), en colaboración con la Fundación Encuentro, abunda en las actividades de reflexión y debate en marcha que constituyen nuestro motor. Ahora trabajamos en el desarrollo de herramientas de creación colectiva de conocimiento que ofrecen a los usuarios medios avanzados de búsqueda y una interfaz gráfica clara y potente.
ACENTO EN LO PRESENCIAL: CONGRESOS Y EDUCAPARTY
Aunque EducaRed ofrece más de cien portales de información y formación en línea y mixta, en los últimos tres años hemos puesto en marcha nuevos proyectos para acercarnos aún más «personalmente» a la comunidad educativa, siempre con apoyo en la Red. Este acercamiento comenzó de forma incipiente en 2001 con el I Congreso Internacional de EducaRed, del que ya se han celebrado tres ediciones en España con la cuarta prevista para octubre de 2007. A estos congresos han asistido más de 6.000 profesores y otros tantos a los celebrados en Perú, Chile y Brasil. Todos ellos han contado además con la presencia de destacados especialistas internacionales en Educación y TIC. En esta línea, Fundación Telefónica promueve a través de EducaRed seminarios presenciales de formación de profesores, que en número aproximado de 400 por cada reunión realizan cursos en integración curricular de las TIC. Estos seminarios, bajo la marca genérica de EducaParty, se han celebrado en 2006 y 2007 en Santander de acuerdo con la UIMP y en Oviedo en 2007 en colaboración con el Gobierno de Asturias. Hay previstos otros eventos formativos para antes de finales de este año. En estas actividades contamos con la colaboración de gobiernos autonómicos con los que establecemos convenios, como Asturias y Andalucía, y otras organizaciones sociales e instituciones con las que hay establecidos casi un centenar de convenios para desarrollar proyectos concretos.
«CENTROS MODELO» Y OTROS PROYECTOS
En este contexto se inició en 2006 el proyecto en tres centros modelo en Madrid, Asturias y Andalucía. Se trata de dotar a los centros seleccionados de infraestructuras tecnológicas de comunicación, materiales didácticos, formación, herramientas y monitorización con el objetivo de formar profesores, desarrollar contenidos y metodologías e incorporarlos a las aulas durante tres cursos escolares.
Dentro de esta «movilización» presencial de EducaRed, destaca el proyecto del Aula Móvil EducaRed, un vehículo totalmente equipado con la tecnología informática de última generación y conexión a Internet de alta velocidad. Está en ruta por los centros educativos de toda España con la intención de familiarizarlos con las TIC. En una línea paralela a la de los centros modelo, aunque con impacto más diversificado, EducaRed Innova es otro programa de formación en la que un equipo de formadores y técnicos se desplaza un tiempo limitado a los centros para impartir formación con los más avanzados medios tecnológicos -tablet PC y pizarra electrónica- con el objeto de lograr un grado aceptable de integración de las TIC en las aulas. También se cuentan por cientos los centros visitados.
Para fomentar entre los escolares las vocaciones científicas de las que somos deficitarios colaboramos con centros de investigación de excelencia como el Centro Nacional de Biotecnología, el resultado es Divulga Biotec, exposición itinerante que ya ha visitado Toledo, Granada, Madrid, Zaragoza, Barcelona y Valencia. Por último, como dinamización de las actividades de EducaRed en la Red y fuera de ella, celebramos El día de EducaRed, una reunión lúdicofestiva de cientos de alumnos y profesores en la que se otorgan los premios del certamen ¡A Navegar!, que este año se realiza de forma conjunta con todos los países en los que EducaRed se desarrolla. Es un paso más en nuestra intención de universalizar EducaRed en los países latinoamericanos en los que trabaja Fundación Telefónica.
Vayamos a los crudos hechos, dos nada más. Uno: Cada vez hay más personas que se dedican a actividades sin ánimo de lucro, aunque ellas mismas puedan trabajar en ese tercer sector de modo profesional. Dos: La educación que podríamos llamar reglada es un completo desastre, si es que pudiera haber desastres parciales. Algo habrá que hacer para mejorar la calidad de la educación y la eficiencia de los equipos que se dedican a labores sin ánimo lucrativo. Me refiero a la sociedad española, la que me preocupa porque en ella pago impuestos y porque constituye el objeto principal de mis escritos y mis lecturas. Es una sociedad con un notable desarrollo económico, pero que puede detenerse. Precisamente en el estadio de la sociedad dedicada mayoritariamente a los servicios, la educación es la del ulterior bienestar de la población.
Históricamente, el desarrollo educativo en España ha ido por detrás de otras manifestaciones de cambio, como la industrialización o la urbanización. Además, hay una notable diferencia según las regiones. Por ejemplo, Castilla y León, País Vasco y Madrid han tenido más impulso educativo del que les corresponde según otros indicadores económicos. En cambio, la mitad sur de la península, más Canarias, han estado tradicionalmente por debajo de la media nacional o incluso por debajo de lo que les corresponde según otros medidores de desarrollo. Esa distinción geográfica apunta a que la clave no está tanto en el sistema educativo general (que ha sido muy parecido en todas las regiones) como en la estructura social. Concretamente, el nivel de desarrollo económico de Castilla y León es muy parecido al de otras regiones típicamente agrarias. La diferencia está en que Castilla y León ha mantenido una estructura de clase media, de pequeños propietarios. No es casualidad tampoco que el «éxodo rural» de la generación anterior (mediados del siglo XX), el proveniente de Castilla y León, se haya dirigido sobre todo al País Vasco y a Madrid. La ventaja de esas dos regiones es que se han adelantado al esquema de la sociedad de servicios, precisamente la que significa identificarse mejor con el mundo globalizado de hoy.
Lo que distingue verdaderamente a los países punteros en ese mundo globalizado es el avance en la educación y en la tecnología. Es clave para ello una buena estructura universitaria. De sobra es sabido que las universidades europeas se han quedado rezagadas últimamente respecto al avance de las norteamericanas. Parafraseando al clásico, podríamos decir que la educación (incluida la ciencia) fue siempre compañera del imperio.
La sensación que tienen muchos profesores universitarios es que los mejores alumnos son los de tarde (los que simultanean el estudio con el trabajo). Más aplicados son todavía los que se aprestan a estudiar después de haberse introducido en la vida laboral o después de haber concluido otra carrera. El sentido de la responsabilidad que muestran esos estudiantes talluditos contrasta con el carácter pueril que manifiestan los estudiantes más jóvenes. En vista de esos hechos, mi opinión es que lo mejor es que los universitarios simultaneen esa actividad formativa con el trabajo. Ya de paso, no estaría mal que se eliminaran los infaustos exámenes de septiembre para facilitar el trabajo estudiantil durante los veranos. Esas experiencias de un trabajo ocasional o intermitente bien pudieran realizarse en organizaciones del tercer sector, el de las actividades no estrictamente mercantiles. Todo apunta a que resultan muy atractivas para los jóvenes, por lo menos para los más dispuestos.
De nada vale proponer reformas de la educación superior si no se mejora sensiblemente la educación primaria y secundaria. Es en esos escalones iniciales de la pirámide educativa donde los fallos son más lamentables. No es tanto que los escolares retrasen el ritmo de sus estudios o incluso que los a
bandonen. El auténtico fracaso escolar es algo todavía más grave; consiste en que son insuficientes los conocimientos y capacidades de muchos alumnos que aprueban los cursos de manera regular. El círculo vicioso es que los profesores y los centros exigen cada vez menos esfuerzo y conocimientos, pero el mercado laboral demanda trabajadores cada vez más preparados.
En lugar de plantearse la gravísima cuestión del rendimiento escolar, la sociedad española se entretiene en asuntos ideológicos que sólo pueden satisfacer la codicia política de algunos partidos. Las cuestiones batallonas son si los idiomas regionales desplazan o no el castellano, si la formación valorativa (Religión, Ética, Ciudadanía) debe o no discurrir por uno u otro sendero. Son polémicas de mucho desgaste que debían haberse resuelto hace tiempo, pero cada vez son más espinosas. En el entretanto, los centros de enseñanza no logran satisfacer la exigencia de una buena preparación de los egresados para insertarse en el mundo laboral.
Sería una buena cosa que las organizaciones sin fin lucrativo desplegaran cada vez más cursos formativos de todo tipo. Su estructura les permite una mayor agilidad de la que se puede esperar de las instituciones educativas formales o regulares. Esos cursos no reglados son fáciles de montar; se corresponden, además, con el carácter de los empleos predominantes en la sociedad de servicios.
La experiencia de colaborar en organizaciones no lucrativas resulta sumamente formativa, sobre todo cuando la actividad se orienta a la asistencia a personas necesitadas (inmigrantes, viejos, personas con problemas de todo tipo). Hay en los jóvenes una propensión idealista que ha de ser aprovechada todo lo posible a través del voluntariado o de las acciones altruistas de todo tipo.
Los asuntos educativos no pueden entenderse dentro de las fronteras de los Estados nacionales. El carácter internacional de las empresas y de los intercambios comerciales exige una consideración más amplia. En el mercado mundial de los titulados superiores, España debería tener un saldo exportador. La realidad nos dice que no es así. España importa no sólo tecnología sino enseñanza superior. No se ha sabido sacar partido de la inmensa ventaja que supone contar con una de las pocas lenguas de comunicación que existen en el mundo. En su lugar se han potenciado los idiomas regionales. Al mismo tiempo España destaca por ser uno de los países europeos donde es menor el conocimiento del inglés, a pesar de mantener una rigurosa industria turística. No está lejos el día en que asistamos al último episodio de la poderosa corriente migratoria hacia España. Esa última ola de inmigrantes estará constituida por profesionales y técnicos de todos los campos del conocimiento. La ventaja de ese proceso hará oscurecer el hecho de la inadecuación del sistema educativo español.
No es ningún consuelo pensar que la situación educativa española no se ha deteriorado tanto como parece, ya que ahora por lo menos hay una enseñanza para toda la población. Es decir, se aduce que la mediocre calidad educativa de hoy debe compararse con la situación antigua en la que una gran parte de los niños ni siquiera acudían a la escuela secundaria. Esa comparación es sobremanera interesada y defensiva. Claro que ha sido positivo que se haya escolarizado a toda la población infantil y a una buena parte de la juvenil. Pero las exigencias de un mundo globalizado y tecnificado son otras. No basta con aumentar la cantidad de educación que recibe el censo español. Hoy es preciso plantearse la exigencia más difícil de adaptar el sistema educativo a la sociedad de servicios. Esa exigencia es la que se incumple en la España actual.
Quizá el obstáculo mayor sea de tipo político. La enseñanza ha abandonado un esquema para toda España y, en las regiones donde hay dos lenguas, está en manos de los nacionalismos. Además, los nacionalismos se alían fácilmente con los partidos de izquierda. De ese modo se impone la enseñanza como adoctrinamiento, como exaltación de los valores nacionalistas y localistas. Al mismo tiempo se ha amortiguado mucho el impulso que antes tenía la enseñanza pública como avenida de ascenso social para los
hogares menos acomodados o por lo menos los de una clase media modesta. Se impone la paradoja de la creciente desigualdad en este aspecto crucial. Las clases acomodadas pueden enviar a sus hijos a otros países para completar su formación. Ya es extraño que un resultado tan desigual lo haya propiciado la izquierda.
Lo más extraño es que todos los partidos políticos se plantean la gran reforma de la enseñanza, pero esa reforma no se lleva a cabo. En el fondo es una reforma imposible porque no le interesa de verdad a casi nadie. El interés por la reforma ha sido desplazado por la retórica. En el campo educativo se ha hecho endémico el uso de neologismos pedantes y de palabras y expresiones vacuas. Es un cretinismo que podría resultar risible si no fuera porque supone una gran estafa para la población española, especialmente para las clases populares. La mala retórica puede ser desastrosa para la convivencia. Por ejemplo, casi todo el mundo en España acepta la expresión «lengua propia» de un territorio, cuando esa idea es manifiestamente irreal y estúpida. Las lenguas propias lo son de los individuos, no de los territorios. Es la misma confusión retórica por la que se desatienden los derechos individuales para realzar los derechos colectivos.
Resulta increíble que, por defender el derecho colectivo a la autonomía o a la autodeterminación de una región, se conculque el elemental derecho de una familia a exigir que la enseñanza de sus hijos se realice en castellano. Lo fundamental no es que el castellano sea el idioma oficial de toda España, sino que es el único en el que se pueden comunicar todos los españoles. Más aún, los distintos idiomas regionales se mantienen en España porque existe el castellano como idioma común. El asunto puede parecer meramente político, pero al final desplaza el interés por el contenido adecuado de la enseñanza.
Las polémicas sobre la enseñanza serían una simple cuestión académica si no fuera por la enorme cantidad de sufrimientos que se proyecta sobre los alumnos, las familias, los profesores. Ahora que hay tantas asociaciones que aúnan los intereses de las víctimas de algún desastre o enfermedad, no estaría mal que se constituyera una Asociación de Víctimas de la Enseñanza (AVE).
En el fondo de lo anterior late un factor psicológico de gran peso. Ya no existe, como antes, una vocación profesional para toda la vida. Antes bien, los jóvenes mejor preparados anticipan su biografía laboral como compuesta de muchos episodios distintos, con empleos muy variados. Esa realidad se enfrenta a otro valor admitido y que provoca muchas consecuencias negativas. Es el deseo de que los empleos sean fijos y a poder ser vitalicios, como lo es la carrera funcionarial. De no acercarse a ese polo ideal, los empleos se consideran precarios. Esa doctrina es psicológicamente dañina, económicamente inviable y socialmente contraproducente, pero es una creencia general que resulta especialmente plausible para los sindicatos y la mentalidad de izquierdas. De no superarse esa querencia por los empleos fijos, se va a ver muy afectado el desarrollo ulterior de la sociedad española. El desarrollo verdaderamente sostenible (el que se asegura de modo perdurable para las generaciones venideras) pasa por lograr un mercado laboral mucho más flexible del que ahora se dispone.
Todavía hay una consideración más de fondo. La bondad del sistema educativo y la correcta estructura laboral se asienta sobre un valor que en España cotiza cada vez menos, fuera de la población inmigrante. Me refiero a lo que se ha llamado «ética del esfuerzo». Sin duda, esa moral que acepta la realización a través del trabajo ha sido la clave del intenso desarrollo español de la última generación. Pues bien, la «ética del esfuerzo» -por mucho que se conserve en el deporte que no es negocio- se está erosionando a un ritmo creciente. Precisamente el trabajo del voluntariado y en muchas actividades de asistencia social puede ser un factor que vuelva a reanimar la «ética del esfuerzo», la que valora deportivamente, o incluso religiosamente, la creatividad y la obra bien hecha. La misma sensación de que esa propuesta suena a algo antiguo nos indica que va contra corriente. Por tanto, merece ser pensada. La gran paradoja es que la degradación del esfuerzo en la enseñanza se haya promovido por las leyes, es decir, los gobiernos. Y lo han hecho llamando «comprensiva» a esa escuela que se despreocupa del esfuerzo. Una vez más estamos ante la apoteosis de la retórica.
«QUEMAR LAS NAVES » EN BUSCA DE UN FUTURO MEJOR
Son muchas las familias valientes que, ante las dificultades económicas que están atravesando en sus países patrios, lo abandonan todo y queman las naves en busca de un futuro mejor. Atrás dejan familia, casa, costumbres, amigos y raíces. Todo por un sueño: una educación mejor para sus hijos que les dará la oportunidad de mejorar sus condiciones de vida.
En las últimas décadas se está incorporando a nuestro sistema escolar un nuevo tipo de estudiante que proviene de países en desarrollo, muchos de ellos no hablan castellano, a menudo practican una religión diferente y sus costumbres sociales suelen ser también distintas (sobre todo en el caso de la inmigración subsahariana y del norte de África).
A esto se ha de añadir el desconocimiento profundo hacia nuestro país, lo que pone de manifiesto la dificultad de su educación en el circuito normal de nuestras escuelas. Vienen de familias desarraigadas en las que los padres tienen que trabajar duro, por lo que no tienen mucho tiempo para la atención y educación de los hijos y muy a menudo no mantienen una actitud positiva hacia el país receptor. También entre los propios inmigrantes se producen grandes diferencias de idioma, cultura y religión; rumanos, ucranianos, marroquíes y polacos, entre otros, conviven en las escuelas sin tener apenas nada en común. Los centros públicos escolarizan a más del 80% de estos extranjeros que en su mayor parte cursa estudios primarios (44%), el segundo bloque lo forman los estudiantes de secundaria (27%) y el tercero los alumnos de educación infantil (19%)1.
Ésta es la compleja situación a la que debemos hacer frente, partiendo de una enorme comprensión hacia la peculiar situación de estos muchachos y desde un absoluto respeto por sus costumbres y cultura originarias.
LA DEMAGOGIA PEDAGÓGICA
Muchas de estas familias inmigrantes llegan a España atraídas por los cantos de sirena de los pedagogos progresistas del sistema, adornados con el discurso de la igualdad, la solidaridad y la equidad. Pero con el paso del tiempo se dan cuenta de que todo era mera retórica emocional sin contenido, que en España la educación no es un «camino de redención social», como consideraban los ilustrados, sino un camino a la mediocridad y, sí, hacia la igualdad, pero en la ignorancia. Un camino que conduce a que todos sepan lo mismo, a que todos sepan nada. Vinieron atraídos por las palabras de los responsables políticos sobre la integración y multiculturalidad en las escuelas pero se encuentran con un sistema que no enseña, no educa, no exige y que, por lo tanto, no integra.
La realidad que les espera es bien distinta de la imaginada. Estos alumnos extranjeros se encuentran en las escuelas públicas con un modelo escolar que no responde a las expectativas creadas, que ofrece poco y permite demasiado. Una estafa que no les permite mejorar, integrarse y subsanar el daño que les produjo el desarraigo.
Estos alumnos se incorporan al sistema escolar en un momento en el que ni los españoles sabemos a dónde nos conduce, en un momento en el que las cifras de fracaso escolar nos sitúan a la cola de Europa2, en un momento en el que la violencia en los colegios llena las primeras páginas de nuestros periódicos. La educación siempre se había propuesto como el camino hacia el conocimiento, la cultura, la emancipación intelectual y, en consecuencia, la libertad del individuo. Sin embargo ahora, con un especial énfasis desde la aprobación de la LOE, otro discurso bien distinto trata de imponerse elevando la meta de la educación a la igualdad, libertad, tolerancia, solidaridad, la protección del medio ambiente y, en definitiva, la mediocridad instructiva y de formación del alumnado. Y los más perjudicados son, como suele suceder siempre, los más débiles.
LA ESCUELA PÚBLICA ESPAÑOLA O CÓMO MANTENER LA MARGINACIÓN SOCIAL DE LOS HIJOS DE INMIGRANTES
Yendo más allá de la mera ordenación legal, la LOE intenta imponer estilos de enseñanza, de programación didáctica, de concepción del aprendizaje que no corresponden al legislador. Esta ley asume como modernas y progresistas unas teorías pedagógicas que han resultado un absoluto fracaso en otros países de nuestro entorno en los que hoy son rechazadas como ineficaces y anticuadas: la comprensividad, el construccionismo y la consideración de la escuela como un lugar de socialización, son los dogmas incuestionables sobre los que se asienta nuestro sistema escolar.
LA COMPRENSIVIDAD O EL IGUALITARISMO MASIFICADOR
Cuando se habla de escuela comprensiva se hace referencia a un modelo didáctico que ofrece a todos los alumnos la misma forma de enseñanza, que desarrolla un currículo básico común para todos, haciendo imposible la separación de grupos de alumnos en vías de formación diferentes. Este sistema, que en primaria no presenta grandes problemas, en secundaria se convierte en una ratonera sin salida para muchos jóvenes que desean dedicar su tiempo y esfuerzo a otras áreas del estudio, por ejemplo, la formación profesional. En el caso español, la comprensividad se traduce en agrupar de forma heterogénea a los alumnos, ignorando precisamente esa heterogeneidad, diversificación o variedad; obligando a todos los alumnos a asumir las mismas asignaturas hasta los 16 años. Esta técnica, que fue una de las grandes novedades de la LOGSE, hoy confirmada por la LOE, se ha mostrado ineficaz y generadora de grandes problemas relacionados casi todos ellos con fracaso y violencia escolar. Por ello, en la mayoría de los países desarrollados la comprensividad acaba entre los 12 años (Austria) y los 14 (Alemania) o los 15 (Italia y Francia). En España, sin embargo, se alarga hasta los 16 años y a veces incluso hasta los 18 (con permiso de los padres o tutores). Obligar a la uniformidad curricular hasta los 16 años, lejos de favorecer la igualdad de oportunidades, perjudica e ignora las peculiaridades propias de cada alumno, ya que las motivaciones, intereses y capacidad de aprendizaje son muy diferentes entre los estudiantes -situación que se complica aún más con la presencia de los alumnos extranjeros- debido a un amplio grupo de factores, tanto individuales como de origen sociocultural que interactúan entre sí. Cuando un adolescente de 14, 15 ó 16 años no quiere estudiar, es prácticamente imposible obligarle a ello con buenos resultados. Ni las medidas de fomento e incentivo, ni las de presión suelen tener efecto alguno. Es por lo tanto imprescindible atender debidamente a la diversidad, especialmente a partir de la adolescencia, etapa de la vida en la que desarrollan un peculiar estilo cognitivo y un campo de intereses y expectativas personales con características diferenciadas del resto del grupo. No atender a estas legítimas demandas provoca que el adolescente deje de estudiar. Pero al tener que permanecer obligatoriamente en la clase se convierte en un sujeto generador de mal ejemplo para los otros y de continuos conflictos, un «objetor escolar», es decir, en un alumno pasivo que para no aburrirse en el centro genera problemas dentro y fuera del aula, no permitiendo, de este modo, que el profesor u otros alumnos puedan aprovechar el tiempo en la jornada escolar. Estos alumnos no quieren estar en el colegio y el sistema les obliga sin darles alternativas. Este sistema supone además ignorar las demandas del mundo laboral actual y la necesidad seria de potenciar la formación profesional, implantando el mayor número posible de ciclos profesionales.
La comprensividad supone obligar a todos los alumnos a recorrer el mismo camino, negándoles la libertad de elección y, en consecuencia, la responsabilidad que va unida inescindiblemente a toda libertad. En las aulas de nuestras escuelas coinciden niños españoles con niños que desconocen el idioma, las costumbres, y para muchos de ellos es la primera vez que pisan un centro docente. Enseñar con esta variedad se hace muchas veces imposible para el profesor que ya tiene bastante con hacerse entender y mantener la paz social en el aula. Uno de los argumentos utilizados por los defensores de esta uniformidad en la escolarización de la población menor de 16 años es la necesidad de nivelar las desigualdades sociales y que esa nivelación sólo se puede conseguir si todos los individuos reciben la misma educación. El resultado es, sin embargo, como afirma Delibes, «un sistema que actúa como una máquina podadora de inteligencias, que impide que los alumnos más trabajadores e inteligentes progresen intelectualmente más que los menos dotados para el estudio y los más perezosos»3.
Se intenta igualar a todos no ya socialmente sino también intelectualmente. Y esto sólo se consigue suprimiendo el esfuerzo personal, la instrucción y la competencia. La herramienta para lograr este fin es la relajación de los planes de estudio, rebajados en sus contenidos, aligerando asimismo el nivel de exigencia hasta un nivel que esté al alcance de todos. Y siendo realistas, cuando en las aulas hay niños que no conocen el idioma, que se sienten extraños, desarraigados, perplejos ante nuestras costumbres y sin ningún tipo de formación escolar previa, el nivel asumible por todos es muy bajo, prácticamente inexistente. En palabras de Revel: «Este sistema pedagógico aniquila la gran función de la escuela, su verdadera vocación democrática, que es corregir las desigualdades sociales con las desigualdades intelectuales […] la pretendida matriz de la justicia pare así la injusticia suprema»4.
EL CONSTRUCTIVISMO. LA FÁBULA DEL NIÑO CREADOR O EL TIRANO ESCOLAR
Teniendo su punto de partida originario en mayo del 68 y sobre las teorías de psicólogos de la pedagogía como Jean Piaget, en las últimas décadas se han impuesto una serie de tendencias pedagógicas que pretenden poner en práctica el absurdo consistente en tratar a los niños como una minoría oprimida que tiene la necesidad de liberarse. Se traslada al profesor a una función subsidiaria y se sitúa a los alumnos en el centro del universo escolar, dotándoles de unas facultades exorbitantes que los convierten en pequeños tiranos. El maestro es un mero guía que acompaña al niño en su propio descubrimiento, pues el conocimiento no se adquiere sino que se construye prescindiendo tradicionalmente de toda estructura social o moral mínima.
Esta corriente pedagógica, conocida por el nombre de construtivismo, parte de una teoría romántico-roussoniana, según la cual el niño es creador por naturaleza y el profesor tradicional un destructor o represor de iniciativas creativas de los alumnos5. Se deja libertad al alumno para que sea él solito el que a su ritmo desarrolle sus inquietudes y habilidades. Para ello, por ejemplo, especialmente en infantil y primaria, el ejercicio y práctica de la memoria queda absolutamente descartada. Una idea atractiva que en la práctica conduce a no saber nada más allá del entorno inmediato, colaborando además al hundimiento del prestigio y ánimo del profesor que queda relegado a una misión meramente tutelar, dejando de ser el transmisor de conocimientos para convertirse en un mero cuidador de niños. No nos puede extrañar en estas circunstancias el elevadísimo porcentaje que existe hoy de profesores sometidos a crisis de ansiedad y en estados depresivos, como reflejan las estadísticas6.
Esto que pudiera parecer el paradigma de la libertad, es un absoluto error pedagógico, pues otorga a los alumnos una serie de facultades para las que no están preparados: ni tienen libertad para elegir lo mejor (lo confunden con lo más fácil), ni saben todavía comportarse de manera independiente (pues no han desarrollado de manera suficiente su carácter). Si a un niño se le concede el derecho absoluto de decidir qué hacer con su tiempo, lo normal es que no lo dedique a nada que le moleste o canse. Será difícil que aguante una clase completa o que esté dispuesto a realizar cualquier actividad que le suponga un mínimo esfuerzo. Con lo cual irá progresivamente convirtiéndose en un ser blandito, incapaz de hacer nada que le incomode, un perfecto inútil, pues hará poco en su vida y lo poco que haga le costará mucho. Provocando además el peor prejuicio que planea sobre nuestros jóvenes actualmente: el de pensar que la libertad consiste en no asumir jamás compromisos definitivos.
Que el niño se ha convertido en el tirano de la escuela queda corroborado por la demagógica medida prevista en las disposiciones adicionales de la LOE según la cual los alumnos (en principio, a partir de los 14 años) podrán decidir (en ejercicio de su derecho de reunión) no ir a clase, sin que por ello les pueda afectar sanción alguna. Es decir, se trata de colocar al alumno en la cúspide de la pirámide, decidiendo por encima de profesores, padres y órganos de gobierno y participación del colegio. Estamos encumbrando el derecho a hacer novillos sin que esto tenga ningún tipo de consecuencia negativa para el alumnado. Además en el ejercicio de este derecho de huelga se desprecia de forma absoluta la voluntad de los padres, con los que no se cuenta para nada. Los creadores biempensantes de este engendro consideran que la familia y la escuela deben ser una democracia en la que el niño, en condiciones de igualdad con los adultos, tiene derecho, desde que está en el parvulario, a opinar sobre todo e intervenir en todas las decisiones. Pero la realidad es que si educamos a nuestros hijos como demócratas (con el poder de decidir lo que quieren, como quieren y cuando quieren), es muy probable que acaben convirtiéndose en tiranos y déspotas. Como señala Aldo Naouri, debemos cortar de raíz la ilusión del niño de una igualdad de poderes o prerrogativas y situarlos en su lugar, «poniendo a raya su propensión a la tiranía y su ilusión de omnipotencia y desengañándoles de la convicción que hasta entonces tenían de ser pequeños dioses a los que por naturaleza se les debía todo»7.
Lógica consecuencia de la implantación del constructivismo es, asimismo, el permitir a los alumnos que pasen de curso sin haberse esforzado o sin haber superado las pruebas precisas para ello, situación favorecida por la reciente LOE. Lo que no beneficiará su evolución académica ni personal, antes al contrario, el chico aprenderá que no sucede nada por no estudiar, que de todas formas pasa de curso, que no es necesario esforzarse para progresar. Esto genera un agravio comparativo en relación con los compañeros que se han esforzado durante el curso, lo que puede provocar a su vez frustración, desánimo y reducción del nivel de aspiraciones en aquellos que estudian. En nombre de la igualdad se hunde al que sobresale y se premia al vago.
LA ESCUELA COMO LUGAR DE SOCIALIZACIÓN O LA LUDOPATÍA
Pero la complejidad que provoca la mezcla de culturas, religiones e idiomas en el aula no parece importar a los pedagogos progresistas, ya que para éstos la finalidad principal de la escuela no es ya la transmisión de conocimientos, sino la «socialización en armonía», privilegiando los proyectos de convivencia en detrimento de la instrucción8. Y así, tomando como inspiración la idea de Montaigne, según la cual no debe haber otro estímulo para la enseñanza que el placer del neófito, descartan cualquier imposición o contrariedad y consagran la idea de que el colegio es un lugar de socialización donde el niño acude a divertirse, a convivir y no a esforzarse o aprender. Los métodos más utilizados han consistido en rebajar las exigencias para que el aprendizaje se vea casi como un juego o un placer y la escuela se identifique no con un lugar de aprendizaje sino de recreo y diversión. Para lograr esto se han sustituido las explicaciones del profesor por actividades de los alumnos; se ha abandonado la memorización; se crean grupos de alumnos en los que apenas interviene el profesor; se fomenta el uso de calculadoras y de libros de texto llenos de fotografías y dibujos a color pero con escaso contenido académico.
La idea de ir a la escuela a jugar es disparatada: para jugar los niños se bastan y se sobran por sí solos. Precisamente lo primero que aprendemos en la escuela es que no se puede estar toda la vida jugando. El propósito de la enseñanza escolar debería ser preparar a los niños para la vida adulta, no confirmarles en los regocijos infantiles. Si sólo hay juego y no hay trabajo y esfuerzo, el niño nunca dejará de ser niño. En este sentido Konrad Lorenz ha alertado sobre el creciente «infantilismo» de nuestros jóvenes que impulsa sin cesar hacia una inmediata satisfacción de los deseos y que incapacita por ello para situaciones que implican cualquier dificultad. Las consecuencias de esta ludopatía comienzan a ser especialmente evidentes a partir de la adolescencia y sobre todo en los chicos9. Como afirma el profesor Revol, según su propia experiencia personal, los estudiantes vienen a clase cuando les apetece, dan explicaciones fantasiosas y repiten absurdos aunque el profesor les haga ver la imposibilidad de sostener lo que dicen. Una respuesta típica cuando se les corrige es decir que «fue una broma». No aceptan ningún tipo de responsabilidad por su trabajo escolar. Son chicos incapaces de concentrarse más de una hora, que por cualquier ruido se distraen e interrumpen su actividad. Su autoestima es tan baja que a veces interpretan una simple instrucción como un ataque personal insufrible. Viven en el presente en el sentido de que consideran sin importancia todas las referencias a lo que se ha dicho o hecho anteriormente, a la vez que son incapaces de hacer planes de futuro. No se orientan en el mundo por el pensamiento sino por el sentimiento. Constantemente quieren comer o ir al lavabo. El desarrollo físico, social y psíquico de los alumnos semeja el de un niño de preescolar, mientras que sus cuerpos poseen ya la fuerza física del adulto. Hablan constantemente de sus derechos sin respetar los de sus propios compañeros10. En este ambiente los alumnos aplicados no se atreven a trabajar en el aula por temor a las burlas o violencia de sus compañeros «objetores escolares».
Este infantilismo provocado por la falta de esfuerzo hace del joven un ser incapaz de soportar situaciones en las que no consigue una satisfacción inmediata, reaccionando en muchos casos con violencia si no obtiene lo que quiere, cuando quiere y como quiere.
Los chicos están siendo socializados pero desde una conducta antisocial11.
CONCLUSIÓN. «UNA NACIÓN EN PELIGRO»
En los Estados Unidos, en 1983, la Comisión Nacional de Excelencia en Educación publicó un informe sobre la situación de la educación en el país denominado Una nación en peligro y que finalizaba con una cita de Paul Copperman que decía lo siguiente: «Cada generación de americanos ha sobrepasado a sus padres en educación, alfabetización y logros económicos. Por primera vez en la historia de nuestro país, las habilidades aprendidas en la escuela por una generación no serán sobrepasadas, ni alcanzadas, ni igualadas, ni siquiera se acercarán a la de los padres».
En España, hace tiempo que alcanzamos esa situación, con unas cifras de fracaso escolar y de abandono temprano de los estudios muy preocupantes. Y realmente se puede hablar de «una nación en peligro» si tenemos en cuenta que el fracaso escolar es, en muchos casos, la antesala del fracaso existencial y el camino hacia la marginación, como han reconocido expertos de diversas sensibilidades.
Nunca tuvimos tantos medios y sin embargo nunca han sido peores los resultados, con unas cifras récord en la reducción de los conocimientos de nuestros alumnos, como ponen de relieve diversos informes internacionales que nos sitúan en los últimos lugares del mundo desarrollado. Hemos logrado, gran conquista social, que nuestros jóvenes de 16 años sepan bastante menos de lo que sabían a los 14. En nombre de la igualdad hemos conseguido algo extraordinario, eso sí, realmente justo: enseñar a todos lo mismo, es decir, nada. Esto es lo que ofrecemos a los hijos de inmigrantes en nombre de la solidaridad y la equidad: un sistema educativo que no educa, es decir, no enseña a vivir, a enfrentarse a la vida, a superar obstáculos, que convierte a nuestros muchachos en jóvenes que no tienen voluntad, no tienen capacidad de trabajo, no tienen autoexigencia, no tienen sentido de la superación y, en consecuencia, en cuanto encuentran el menor escollo se hunden, se frustran, se deprimen. Nadie les preparó para salvar los obstáculos, aguantar las contradicciones o esforzarse por conseguir algo. Un sistema que deja a los alumnos progresar sin progresar, con falta de estímulo, de exigencia, de rigor, de trabajo, que produce alumnos con una absoluta carencia de recursos personales para enfrentarse luego a la vida. No pueden superar la más elemental de las frustraciones, porque no se les ha enseñado a ello.
Nos encontramos al comienzo del nuevo milenio con institutos plagados de extranjeros donde los alumnos manejan conocimientos fragmentarios y, a veces, sólo elementales, que se rebelan contra toda regla y que no agradecen una escolaridad gratuita sino que al contrario, suelen verla como ejemplo de opresión, identificando al opresor con el país receptor en el que no desean integrarse, marcando su diferencia por medio de actitudes hostiles e incluso violentas. Y es que, como explica Lipovetsky en su libro El crepúsculo del deber, la fiebre de la autonomía moral se paga con el desequilibrio existencial12.
Lo peor es que los mismos a los que se les llena la boca con la solidaridad y la equidad son los que están condenándoles a permanecer en el agujero. El fracaso escolar se da sobre todo en las clases más desfavorecidas, que son las que precisamente acuden a la enseñanza pública. Con este sistema paternalista se está generando una desigualdad social injustificable. Los hijos de familias favorecidas que van a colegios privados y son educados en el esfuerzo y valor del trabajo son los que sobreviven luego en una sociedad marcada por la dificultad y la competitividad. Son los niños de los colegios públicos y en especial los extranjeros que llegan a configurar en algunos centros prácticamente el 100% del alumnado, los que salen flojos y se chocan de bruces con la dura realidad de nuestra sociedad que no perdona. Y se hunden aún más. Esto adquiere su mayor dramatismo en los hijos de inmigrantes que se encuentran sumergidos en un modelo escolar «muy solidario y equitativo» pero que los abandona a su albur, que no les enseña nada, que no les exige nada.
A los niños hay que enseñarles desde que se sientan por vez primera en un aula que lo que hayan de obtener de la vida será sólo por su trabajo, gracias a su esfuerzo, su entrega. Hay que enseñarles a superar pruebas, a fracasar y levantarse, a ayudar a los que les rodean, a respetar la experiencia y sabiduría del profesorado. Educar en valores no es dejar que se sienten pasivamente en un aula a ver pasar las horas sin necesidad de superar ningún tipo de prueba ni esforzarse ante ningún obstáculo. No es posible ningún proceso educativo, ni en la familia ni en la escuela sin autoridad, entendida ésta como la obligatoriedad de transmitir unas pautas y valores fundamentales, unos criterios y fijar unos límites que ayuden a construir personalidades equilibradas, capaces de obrar con libertad responsable. En palabras de Chesterton, «no se puede tener una educación libre, pues si se deja a un niño libre, no lo estaremos educando en absoluto»13. No se puede educar a un niño sin contrariarle. Para poder ilustrar su espíritu hay que formar antes su voluntad. Y para esto es precisa una correcta formación del carácter. Padres y profesores debemos representar una «instancia de frustración». El niño necesita que los adultos le impongan normas de conducta, obligaciones y prohibiciones claras que le indiquen por dónde ir. Ni la autoridad, ni la disciplina, ni el sufrimiento que pueda implicar el esfuerzo personal para superar obstáculos traumatizará a los muchachos, antes al contrario, ayudará a la correcta configuración de su carácter como hombres y mujeres responsables y, en consecuencia, libres. En este sentido merece la pena recordar las palabras del antropólogo francés Lévi-Strauss acerca de su educación: «Pese a que fui instruido, como muchos otros, en liceos en los que la entrada y salida de clase se hacía a toque de tambor, donde las menores faltas de disciplina eran severamente castigadas, donde las composiciones se preparaban con angustia y cuyos resultados, proclamados de modo muy solemne por el director de estudios acompañado por el censor, causaban abatimiento o júbilo, no creo que cuando éramos niños la gran mayoría de nosotros haya concebido contra ellos miedo o asco. Ahora que soy adulto y además etnólogo, encuentro en tales usos el reflejo, ciertamente debilitado pero aún reconocible, de ritos universalmente extendidos que confieren un carácter sagrado a los trámites por los cuales cada generación se prepara para compartir sus responsabilidades con la que sigue»14.
Los ilustrados nos enseñaron que la educación era el camino para la redención social, contra el origen, contra la circunstancia, contra el destino fatal. Estamos estafando a los inmigrantes, a los más desfavorecidos, porque la educación es la única forma que hay de liberar a los hombres del destino.
NOTAS
1) Datos obtenidos del estudio «Inmigración, escuela y mercado de trabajo», Fundación La Caixa, 2002.
2) Según datos del Ministerio de Educación y Ciencia en el año 2002, 106.551 alumnos no obtuvieron el graduado. De éstos 46.000 siguen programas de garantía social y 60.000 no hacen nada, ¡nada! En el 2002 la media del abandono escolar temprano en la Unión Europea estaba en el 16%; Alemania tiene el 12; Austria el 9; Bélgica el 12; Francia el 13; y España el 31,1%. Según el documento de la OCDE, Una mirada a la educación, 2005, en España, sólo el 43% de la población comprendida en la franja de edad entre 25 y 64 años ha obtenido al menos el diploma de bachillerato, frente a la media del 66% del conjunto de países de la OCDE (en países como Noruega o Japón el porcentaje roza el 100%). Según este informe, un 33% de alumnos en España abandonan los estudios tras la ESO (sólo por delante de la República Eslovaca, Turquía y México).
3) Alicia Delibes Liniers, La estafa de la educación, Grupo Unisón ediciones, Madrid, 2006, pág. 15.
4) Jean Francois Revel, La obsesión antiamericana, Urano, 2003.
5) Sobre el constructivismo: Mario Carretero, Constructivismo y educación, Luis Vives, México, 1997; J. L. Hidalgo Guzmán, Constructivismo y aprendizaje escolar, Castellanos editores, México, 1996; Wadrworth, B., Teoría de Piaget sobre el desarrollo cognoscitivo y afectivo, Diana; México 1999; Piaget, J., El nacimiento de la inteligencia del niño, Grijalbo, México, 1995.
6) Vid. al respecto, las cifras recogidas por el Defensor del Profesor de la Comunidad de Madrid, en las que se habla de un 73% de profesores en situaciones límite.
7) Aldo Naouri, Padres permisivos, hijos tiranos, Ediciones B, 2005, págs. 312313.
8) Vid. al respecto, Philippe Meirieu; Lecole ou la guerre civile; 1997.
9) Acerca del «síndrome lúdico» que lleva a confundir el centro escolar con un centro de recreo, vid. J. R. Ayllón, Diez claves de la educación, Trillas, 2006.
10) N. Revol, Sale Prof!, Fixot, 1999.
11) Inger Enkvist Discurso europeo actual sobre educación, en el libro colectivo: Retos del futuro en educación, Ediciones Internacionales Universitarias, Madrid, 2004, pág. 32.
12) Citado por J. R. Ayllón, Diez claves de la educación, Trillas, 2006, pág. 82.
13) G. K. Chesterton, Lo que está mal en el mundo, Ciudadela, 2006, pág. 149.
14) C. LeviStrauss, La mirada lejana, cap. XXI, 1970.
LA GLOBALIZACIÓN DE LA MOVILIDAD
Decía hace poco Ban Kimoon, el secretario general de Naciones Unidas, que nos encontramos en la segunda etapa de la globalización, un periodo definido por una movilidad internacional creciente.
Las migraciones actuales, efectivamente, se multiplican, aunque el número de personas que viven en un país distinto al de nacimiento no llegue a los 200 millones, con un porcentaje, que sobre la población total, no supera el 2%. Pero estamos en el inicio de un nuevo periodo histórico de trasvases a gran escala que afecta, prácticamente, a la totalidad del planeta. Las cifras aumentan, los orígenes y destinos se amplían, las razones de la movilidad se diversifican y las mujeres adquieren un protagonismo singular en la composición de las corrientes.
Es verdad, como ha dicho recientemente Brunson Mckinley, el director general de la Organización Internacional de las Migraciones, que la mayoría de los desplazamientos se produce por razones económicas, pero también otras clases de movimientos están creciendo y entre ellos los motivados por motivos de estudios, sobre todo de nivel universitario.
La enseñanza, en especial la superior, está experimentando un proceso general de globalización en el que no sólo se mueven los alumnos, sino también las instituciones educativas. En este caso, se trata especialmente de universidades o escuelas de negocios de países desarrollados que se instalan en naciones en desarrollo. Los ejemplos de China, Emiratos Árabes Unidos, India, México, Nigeria, Singapur o Sudáfrica son significativos.
Pese a la expansión internacional de las instituciones, la recepción de estudiantes extranjeros en determinados estados e instituciones, continúa siendo la modalidad más relevante de las mundialización de la enseñanza superior.
En el año 2003 se matricularon en el conjunto de países desarrollados más de dos millones de extranjeros. La mayoría procedentes de territorios de renta alta o media, aunque había también gran número de estudiantes originarios de países como China o India y otras economías emergentes.
Este es el contexto: una intensificación reciente de la movilidad que anuncia la consolidación de una nueva era migratoria y un crecimiento de las corrientes «por razones de estudio» que cada vez moviliza a más personas, aspirantes a una formación de calidad.
Y en este contexto, ¿cuál es la posición española? Un país que se ha convertido en un destino de más de 45 millones de extranjeros, ¿es también país de acogida para los estudiantes de fuera?
Dar respuesta a estas cuestiones exige conocer aunque sea de una forma somera, la evolución reciente de la formación universitaria en España.
DE LA EXPLOSIÓN A LA IMPLOSIÓN UNIVERSITARIA
El baby boom español se produjo aproximadamente entre 1957 y 1977. Fueron veinte años en los que nacieron catorce millones de niños, con una media anual por encima de los 640.000 alumbramientos. Las generaciones de esa etapa constituyen un tercio de toda la población española actual. Su paso por el sistema escolar y su inserción en el mundo laboral no se produjeron sin dificultades. Primero en la enseñanza media, y después en la universitaria, todo el sistema tuvo que adaptarse a la presencia masiva de alumnos que exigieran la creación de más centros y la incorporación de nuevos profesores. Particularmente en el mundo universitario no todo se hizo bien. La improvisación constituyó la nota dominante en la adaptación de un sistema que, hasta el desembarco masivo de los protagonistas del baby boom, había funcionado con efectivos reducidos y asumibles. Hubo que responder al reto de la cantidad lo cual repercutió negativamente en los niveles de calidad con los que funcionó la maquinaria universitaria durante los últimos lustros.
El eco del baby boom no ha terminado. Todavía tendrá una réplica a partir el año 2022, cuando las cohortes iniciales del proceso entren en la edad de jubilación. El paso a la dependencia laboral de estas personas gravará los sistemas de protección social, los gastos de pensiones y los costes de la asistencia sanitaria a una población que cada vez va a vivir más años.
El baby boom se acabó en la segunda mitad de los setenta. A partir de entonces hubo una caída de la natalidad, acelerada hasta finales del siglo pasado, que ha provocado recientemente una recesión del número de universitarios.
El volumen más alto correspondió al año 1999-2000, con casi 1,6 millones de alumnos. Desde ese momento la pérdida se ha mantenido hasta alcanzar en el curso 2006-2007 la cifra de 1.423.396 estudiantes matriculados en primero y segundo ciclo, una cifra que sobre el máximo representa una pérdida de 166.000 universitarios. Los que están actualmente en la universidad corresponden fundamentalmente a las generaciones nacidas entre 1981 y 1986. La caída de la natalidad ya había dejado sentir sus efectos por esos años, pero aún quedaban años de retroceso intensificado.
Ana Olivera ha hecho una proyección del alumnado futuro (horizonte 2010 y 2015) mediante la aplicación de las tasas netas por edad y nivel educativo del curso 2001-2002.
Sus cálculos testifican la continuación del retroceso, salvo que se produjera un cambio en las tasas de escolarización, bastante estabilizadas en los últimos años y, por lo tanto, poco previsible.
Entre el curso 2001-2002 y el horizonte final de la proyección (año 2015) la pérdida es de 304.000 alumnos, casi 22.000 estudiantes por curso. La disminución se va acentuando a medida que ingresan en las aulas universitarias las cohortes cada vez más reducidas del periodo de retroceso continuo de la natalidad (1977-1999). Por la misma razón, las pérdidas más fuertes se concentrarían en el grupo de 18 a 24 años.
INTERNACIONALIZARSE O MORIR
Evidentemente es sólo un titular que trata de enfatizar la primera opción. La universidad española nunca morirá; otra cosa es que puedan hacerlo algunas de sus instituciones tras un periodo de anemia y otro de inanición absoluta. La cosa es para tomársela en serio porque está en juego la necesidad de dotarnos del número suficiente de trabajadores cualificados que va a necesitar el país. Parece evidente que el mercado interior no va a ser capaz de suministrarlos en la cuantía suficiente. Por ello una de las acciones prioritarias a promover en el ámbito de la educación superior es tratar de atraer estudiantes extranjeros para formarlos aquí y retener después ese talento al servicio de nuestro sistema productivo.
Pero ése es precisamente uno de los grandes retos que tiene la universidad española que nunca ha sido capaz de atraer a sus aulas a un número alto de alumnos extranjeros.
En el pasado cercano la fuerte demanda interna que hubo que atender impidió plantear como objetivo intensificar la atracción exterior. Teníamos un déficit histórico en las cifras de personas con título universitario que hubo que colmar. Como se ha visto la demanda desbordó la oferta y la calidad de la formación dejó mucho que desear.
Pero las cosas han cambiado. Empezamos a tener disponibilidad de puestos escolares para satisfacer una presencia exterior cuantiosa. Bolonia ofrece, además, un marco adecuado para promover esa atracción. Pero es preciso reconocer que partimos de una situación bastante retrasada.
El cuadro sobre los licenciados extranjeros por países resulta bastante ilustrativo.
Exceptuando Gran Bretaña y Suecia, los demás países de la Unión Europea ofrecen cifras inferiores al 2%. La formación de cerebros tiene otros escenarios principales, particularmente Australia, Canadá y los EE.UU. y, en Europa, Suiza. España está muy lejos de esas posiciones.
En el curso 2006-2007 los estudiantes extranjeros en primer y segundo ciclo, excluidos los Erasmus, eran 27.163. El porcentaje no es muy distinto del alemán o el francés, pero resulta muy bajo (1,9%).
La situación mejora en el tercer ciclo, con 16.450 estudiantes de fuera sobre un total de 76.000. Puede decirse que uno de cada cinco estudiantes de este nivel es extranjero, un valor que significa no sólo que en el tercer ciclo haya más alumnos porcentuales de fuera que en los dos primeros, sino también que no hay muchos estudiantes españoles que sigan estos estudios (un 5% del total de personas que cursan los tres ciclos).
La atracción de universitarios extranjeros mejora en el caso de los estudiantes temporales del programa Erasmus-Sócrates.
Hasta el curso 2000-2001 hubo más estudiantes españoles que salían a otras universidades europeas de los que recibíamos. Pero desde esa fecha se ha reinvertido la tendencia. En el curso 2004-2005 se fueron de Erasmus 20.819 estudiantes españoles y vinieron 25.211.
Esa atracción no obedece siempre a motivos estrictamente académicos. España ofrece otros alicientes para los alumnos extranjeros que la bondad de su sistema educativo, pese a lo cual resultan indudables los beneficios que representa un programa de intercambio de esta naturaleza, con el valor añadido en el caso de España del aprendizaje de una lengua cada vez más universal.
El aún reducido poder de atracción para estudiantes internacionales de las universidades españolas, contrasta con el ejercido por las escuelas de negocio, algunos de cuyos programas tienen hasta un 80% de estudiantes de fuera que reciben su formación en lengua española o inglesa.
Además, tenemos ya una tasa de escolarización neta universitaria alta. Con una media del 22% nos situamos en los puestos de cabeza de los países de la Unión Europea. Por lo tanto, no es posible que pueda crecer en una cuantía apreciable. ¿Y los hijos de los inmigrantes? A veces se plantea como cosa cierta que de la misma manera que los extranjeros han sido un factor esencial de la recuperación de la natalidad, también lo van a ser, precisamente por esos hijos de madre o padre extranjero, en la revitalización de la matrícula universitaria. En favor de este argumento se citan los casi 600.000 niños inmigrantes que se han incorporado a nuestras escuelas.
Este segundo hecho es de una certeza positiva. Pese a los indudables problemas que una presencia tan numerosa de alumnos foráneos plantea al buen funcionamiento de nuestras escuelas, su escolarización constituye uno de los vehículos más eficaces para la futura integración de esas personas en la sociedad española.
Los aspectos cuantitativos del primer hecho no están tan claros. En primer lugar, porque de los niños actualmente escolarizados no sabemos cuántos se van a quedar en España a medio plazo. Hay hijos de padres con deseo de retorno que podrían acompañar a sus progenitores de regreso a casa, o quedarse definitivamente entre nosotros. Sucederán las dos cosas, pero no sabemos en qué cuantía. Además la experiencia derivada de otros casos próximos dice que los hijos de los inmigrantes, la segunda generación, no tienen la misma tasa de escolarización universitaria que los autóctonos.
Así pues, una parte de los actuales hijos de inmigrantes que están en la primaria, seguirán estudios de bachillerato y llegarán a la universidad, pero en una cuantía que no compensará ni de lejos, la pérdida de alumnos nativos. Por otro lado, tras muchos años de retraso, hemos llegado a una tasa de población entre 25 y 64 años con estudios superiores homologable a nivel internacional. El porcentaje actual es del 38%, un valor semejante al que tiene un país puntero en Europa como Islandia (40%) y casi en línea con el del Espacio Europeo de Educación Superior (39%). A todos aventaja Canadá, que con un 53% de población adulta con estudios superiores se ha convertido en el indiscutible líder mundial. Pero no son esperables acercamientos a ese nivel en corto plazo. Nuestra tasa no es mayor porque una parte sustantiva de la población adulta de los tramos superiores no tuvo en su momento acceso a la formación universitaria y no lo va a tener ya. A lo sumo pueden recibir esas especie de «educación general básica universitaria» a través de la enseñanza ofertada por las «universidades de mayores» o de la «experiencia» que las instituciones regladas ofrecen por doquier. Es un paliativo de las carencias previas que debemos recibir con satisfacción.
El corolario de estas reflexiones me parece bastante claro: primero, tenemos un sistema que debe mejorar, pero que en estos momentos está preparado para recibir una clientela mucho mayor; segundo, esa clientela no es esperable que surja del interior. En conclusión, el sistema español de educación superior podría jugar un papel mucho más relevante en la formación de estudiantes extranjeros. Pero no seremos capaces de competir sin, al menos, dos grandes cambios. Ante todo disponer de una legislación favorable que facilite la atracción.
La entrada en el Espacio Europeo de Educación Superior (EEES) va a permitir que cualquier estudiante originario de alguno de sus miembros, pueda venir sin más requisitos que haber superado los estudios exigidos en su país para ir a la universidad. También lo podrán hacer los estudiantes de aquellos estados con los que España mantiene un acuerdo de reconocimiento mutuo de las condiciones para incorporarse a los estudios universitarios. Pero hay muchos países para añadir a esa reciprocidad y muchos acuerdos que firmar, algunos con países de la talla de EE.UU. o China.
Después, es necesario un cambio en las propias universidades para hacerse más internacionales, lo cual comienza por la mejora de la calidad de su oferta educativa, de su presencia en los rankings de prestigio, la enseñanza en otras lenguas, la formación on-line, las alianzas con universidades extrajeras importantes, la creación de redes globales para el intercambio de estudiantes, el reclutamiento exterior de profesores excelentes o la adopción de los procedimientos más sofisticados para el proceso enseñanza-aprendizaje.
Se ha escrito mucho y bien sobre la necesidad de fortalecer las instituciones intermedias como complemento necesario de la acción de los gobiernos. Precisamente, estas entidades son las que pueden ayudar de manera eficaz a paliar el déficit institucional y la fragilidad democrática que amenazan a tantos países de América Latina. Muchas veces, por su propia naturaleza, son buenas conocedoras del contexto internacional en su sector e identifican las necesidades sociales que no pueden ser objeto de la acción de los Estados o que, estando también en el ámbito de la acción pública, tratan de orientarlas de otra manera, complementaria, con una virtuosidad en ocasiones no sencilla en el ámbito administrativo. Junto a esto, como en alguna ocasión ha dicho Antonio Garrigues Walker, presidente de la Fundación Ortega y Gasset, el tercer sector tiene que jugar un papel clave para contribuir al sosiego social, y está en una posición estratégica para liderar un cambio positivo en la sociedad. El sosiego y el cambio son absolutamente necesarios para conseguir una educación que sea motor del desarrollo en América Latina.
Quizá, algunas de las instituciones intermedias por excelencia sean las escuelas, los centros de formación profesional y las universidades. Son lugares en los que se supone que las jóvenes generaciones reciben los conocimientos técnicos -y parte no pequeña de los recursos morales- que les permitirán construir una sociedad acorde con los derechos humanos fundamentales y la justicia social. En la escuela se recibe la base del desarrollo personal: lectura, escritura, historia, matemática. En la universidad es donde, en teoría, se aprenden los rudimentos de una profesión (medicina, leyes, ingeniería, periodismo, economía…) y los valores democráticos elementales. En una verdadera universidad se da el intercambio de conocimientos entre disciplinas, la colaboración interdepartamental, y el deseo de que, de alguna manera, los alumnos sean protagonistas de su propia instrucción.
Es claro que sin estabilidad en los gobiernos latinoamericanos no es posible llevar adelante programas de alfabetización y escolarización duraderos, y que tampoco se podrán desarrollar planes de fortalecimiento universitario a medio y largo plazo. Al mismo tiempo, tampoco parece probable un grado de madurez suficiente si no se consigue una clase política suficientemente preparada. También parece evidente que gran parte del apoyo de las instituciones intermedias europeas debe dirigirse precisamente a potenciar y fortalecer la educación en esos países. Los gobiernos americanos solos no tienen la capacidad de formar maestros y docentes superiores, entre otras cosas porque esos conocimientos pedagógicos se encuentran desarrollados fundamentalmente fuera de sus fronteras. Hay que buscar fórmulas ágiles que permitan una implantación profunda de esos conocimientos en las instituciones educativas del continente americano. A día de hoy, se están realizando importantes esfuerzos para mejorar los índices de alfabetización general y la calidad de los profesores universitarios, pero es necesario un empuje más decidido para que la educación se convierta de verdad en el pilar del desarrollo social y económico latinoamericano. A más educación generalizada, más posibilidades de estabilidad institucional y desarrollo sostenible.
Desgraciadamente, desde los años de la guerra fría, la educación quedó fuera de los programas de desarrollo internacionales, y hasta ahora no parece que la cuestión se haya corregido del todo en los programas de las instancias públicas. Existía miedo a que alguno de los bloques infectara de ideología perniciosa a los países pobres, como si eso fuera a desequilibrar la balanza en un sentido u otro. Los años han puesto de manifiesto que aquel enfrentamiento acabó, entre otras muchas cosas, por la catástrofe económica de la Unión Soviética, que no fue capaz de aguantar el ritmo occidental, y arrastró consigo a todos sus aliados. Junto a esto, sin canonizar el modelo moral en el que vivimos las sociedades de libre mercado, es evidente que el enorme vacío de valores morales de las sociedades marxistas fue otra de las causas profundas del desmoronamiento soviético y sus satélites.
Ahí es donde ahora se debe actuar, en los valores. Se puede afirmar que ya existe una estabilidad macroeconómica que permite pensar en un crecimiento generalizado de la formación. América debe desterrar las tentaciones populistas, y apostar por el enriquecimiento cultural de todas las clases sociales. Populismo es sinónimo de inestabilidad y, probablemente, de empobrecimiento o estancamiento.

Se puede comparar qué ocurre en los países africanos o en los pueblos asiáticos emergentes en relación con los países americanos, pero al menos en ese gran continente, en Centro y Sudamérica, incluido México, las instituciones educativas parecen claves en el desarrollo de sus pueblos, y están preparadas para asumir el reto.
Al igual que en el ámbito de la cooperación al desarrollo clásica (cfr. Información coordinada. Cooperación efectiva. Un proyecto Informativo sobre la Cooperación de España y Portugal con América Latina. Instituto Universitario de Investigación Ortega y Gasset, Ford Foundation, mayo 2006), se debe intentar sobre todo que las estrategias de cooperación educativa estén claras y coordinadas. De esta forma, las mismas instituciones educativas, sin olvidar el objetivo fundamental que justifica su existencia, también podrían llevar adelante proyectos de cooperación social en sus entornos cercanos. Vendría a ser una especie de «cooperación integral» muy capilarizada. Por ejemplo, me pareció interesante el caso de una universidad enclavada en una ciudad media del istmo centroamericano que consiguió la construcción y dotación de su biblioteca en términos más que aceptables, pero al mismo tiempo supo poner los fondos bibliográficos al alcance de maestros y profesionales liberales no vinculados directamente con la actividad universitaria.
La tradición universitaria en el continente americano es enorme. Conmueve visitar Antigua Guatemala, sus calles, su universidad. Anima comprobar que bastantes instituciones de educación superior celebran los 200 años de su fundación. Desde el primer momento, América fue consciente de que el desarrollo se basa en la educación. Sin embargo, hoy, muchos de los mejores o más dotados viajan a su vecino del norte o a Europa en busca de la excelencia académica, y raro es quien vuelve dispuesto a invertir en su país de origen los conocimientos adquiridos.
No obstante, como digo, al mismo tiempo, se puede constatar a lo largo y ancho del continente -Argentina, Chile, Colombia, Perú…- que está creciendo un gran deseo de mejorar la formación del profesorado universitario y el grado de alfabetización de adultos, de tal forma que el aumento de matriculaciones en la enseñanza no sea una especie de prolongación efímera de la escuela elemental, en donde los mejores no están, y sólo se busca el negocio fácil. España, y en particular las universidades de nuestro país, tienen contacto desde hace muchos años con sus homólogas americanas, y poseen una larga experiencia de trabajo conjunto en el ámbito educacional. Sin embargo, ¿cuántos acuerdos de colaboración nacieron muertos desde el principio?, ¿cuántos profesores y cuántas universidades dan continuidad real -presupuestaria y de dedicación- a esas iniciativas de trabajo conjunto? Los recursos económicos y pedagógicos existen en grado considerable, pero habría que romper algunas rutinas en la cooperación educativa cuyas limitaciones son reconocidas por todos los actores.
En sentido amplio, la institución universitaria es una de las que más rápidamente ha sabido adaptarse a un mundo globalizado. Actualmente, Pablo Sagastibelza cuando se visitan los campus americanos o europeos es fácil comprobar la mezcla creciente de razas y procedencias. Incluso, aunque sea por un motivo estrictamente crematístico, muchas juntas de gobierno han decidido ampliar sus cursos de postgrado y másters a alumnos procedentes de áreas geográficas muy distantes, o han lanzado al mercado de la educación multitud de productos on-line para captar alumnos, que escasean en sus propios radios de acción inmediatos, por la baja natalidad occidental. Muchas veces, globalización -impuesta o buscada- no siempre quiere decir organización racional de los recursos.

Baste como botón de muestra de esta globalización -entre miles- mi cordial encuentro hace pocos días, en el acto conmemorativo anual de la independencia de los países centroamericanos organizado en la Casa de América, con una estudiante salvadoreña afincada temporalmente en Holanda, que realiza su tesis doctoral en ese país y hace las prácticas obligatorias para obtener el título en Alemania. Gracias a una beca importante de una institución estatal salvadoreña piensa en cómo desarrollar la industria turística en El Salvador, es decir, en cómo globalizar de alguna manera la riqueza natural que poseen aprovechándola para el desarrollo social y económico local. En España viven cerca de tres mil salvadoreños, y muchos de ellos han venido a estudiar con la idea de aplicar los conocimientos adquiridos en mejoras que permitan continuar el crecimiento de su país. Si esto es así en el ámbito de la capacitación empresarial, también deberíamos ser capaces de conseguirlo en el sector educativo: alcanzar buena calidad en los docentes, cooperar en la creación de infraestructuras, crear redes de investigación conjuntas.
Es evidente que todavía queda mucho camino por recorrer. Todavía hay rastro de aquel enfrentamiento estéril de los años cincuenta, sesenta, setenta y ochenta del siglo pasado y, además, los nuevos populismos amenazan con contaminar de nuevo el auténtico espíritu educativo. Sin poder dar nombres ni lugares concretos, me viene a la cabeza la lucha de un joven amigo, profesor universitario en Venezuela, doctorado en España, que con inteligencia procura enseñar a sus alumnos el arte del periodismo, sin dejar que la dictadura imperante asfixie los valores democráticos que quiere transmitir. Es una gota en el océano que conviene cuidar.
Hay dos factores sobre los que se apoya la actividad educativa. En primer lugar, la calidad y motivación de los profesores; en segundo, los materiales pedagógicos e infraestructuras. El apoyo que prestan las instituciones intermedias europeas a sus homólogas americanas podría centrarse en ambos planos al mismo tiempo. Esta especie de intermediarios deben saber conjugar el esfuerzo de entidades educativas, empresas y recursos públicos. Se trata de trazar conjuntamente programas que eleven el nivel de la docencia en sus distintos niveles aumentando el nivel de exigencia, y facilitar los materiales necesarios para alcanzar la excelencia. La comunicación en los procesos educativos se revela como fundamental.
Además, como telón de fondo, todos somos conscientes de que algunos de los problemas con los que hay que enfrentarse para llevar adelante este esfuerzo tienen su origen precisamente en la falta de educación. Por ejemplo, las maras -organizaciones mafiosas integradas fundamentalmente por jóvenes desarraigados, muy extendidas en gran parte del continente- son un fenómeno creciente en toda América Latina, que se agrava en la medida en que poco a poco se interconexionan con el narcotráfico y otro tipo de delitos asociados, amén de la corrupción de algunos gobiernos locales o departamentales. El origen de este tipo de organizaciones es variado, pero sin duda hay dos factores determinantes: la pobreza material y la pobreza intelectual. Las consecuencias de su desarrollo impiden llegar con eficacia a sectores muy desfavorecidos, en donde el fracaso escolar es alarmante. Sólo transmitiendo valores con la preparación necesaria y los recursos materiales suficientes se conseguirá paliar la epidemia.
El general Tomás Regalado (1862-1906), en su proclama al pueblo salvadoreño el 15 de noviembre de 1898, decía entre otras cosas: «Que se concluyan los odios y las persecuciones. Todos somos hermanos y preciso es, por el bien común, que olvidemos las rencillas del pasado y nos unamos en abrazo franco y fraternal. La Ley será norma de mis actos. Los impuestos serán limitados a las necesidades públicas y administrados prudente y económicamente. La industria, la agricultura y el comercio gozarán de amplia protección de la autoridad pública. Todos los intereses legítimos, toda idea de progreso será amplia y debidamente protegida».

Las prioridades del último caudillo de Cuscatlán al final del siglo XIX eran la educación, la sanidad de los fondos públicos, el impulso a la agricultura y a las vías de comunicación, para cuyo logro era imperativa la estabilidad política y económica. Hoy como ayer. Muchos de los gobiernos americanos actuales -con las vicisitudes del siglo XX que todos conocemos- siguen empeñados en estos objetivos y es creciente el número de los que elaboran planes regionales y municipales de desarrollo cultural. No obstante, todavía no existen organismos supranacionales eficaces que coordinen -o al menos orienten- las actividades en los distintos sectores del desarrollo educativo. Tomás Regalado era consciente del reto que tenía por delante. Hoy, los gobiernos, apoyados por las instituciones intermedias, están un paso más allá de donde nos encontrábamos en los albores del siglo XX, pero el camino no ha hecho más que empezar y es urgente conseguir una educación de calidad que sea verdadero pilar del desarrollo.
¿Pueden reproducirse las relaciones sociales que crean el contexto cultural de cada momento histórico en la pantalla de un ordenador? ¿Se imaginan a sí mismos convertidos en lo que siempre han querido ser y viviendo una vida añorada, sin dejar de ser lo que son?
La idea de «ser otro» no nos resulta ajena. Somos seres complejos, polifacéticos, sometidos con mayor o menor intensidad a los sueños que fabrica nuestra imaginación. Creamos, de manera controlada o inconsciente, nuestras ambiciones; encauzamos, con arreglo a códigos éticos o a parámetros culturales, el destino de nuestra vida; buscamos, entre las huellas de cada situación que experimentamos, el rastro de la felicidad. Los deseos, sentimientos, situaciones y experiencias que nos rodean pueden ya mezclarse con las nuestras y confundir momentáneamente nuestras emociones (reales, físicas) con otras inventadas, virtuales, gracias a la tecnología.
Las industrias tecnológicas han permitido hacer de la globalización un fenómeno en permanente innovación. A las características ya conocidas de interdependencia, desregulación, interdisciplinariedad, simultaneidad e interconexión, que empezaron a marcar el rumbo de una nueva arquitectura global —asumida en primer lugar por las políticas económicas y el mercado—, se fueron incorporando progresivamente las esferas sociales y culturales. Como señala Manuel Castells, «los procesos trabajan como una unidad en tiempo real, a lo largo y ancho del planeta». Las industrias tecnológicas que han impulsado y conformado la globalización tecnológica, tal y como hoy la conocemos, han creado un «Nuevo entorno tecnosocial» (F. Sáez Vacas) configurado a partir del vertiginoso desarrollo de la computación, los componentes electrónicos, la robótica y las comunicaciones.
Lo que resulta más inquietante de este fenómeno es la incertidumbre sobre sus límites, la sensación de que es un proceso siempre abierto y de cuyas posibilidades nunca alcanzaremos a saberlo todo, aunque invirtamos toda una vida en estudiar su potencialidad. Y es que lo que caracteriza toda transición de la técnica es precisamente lo que llamaba Shumpeter (1934) «destrucción creativa», una expresión que se adaptaba a la perfección a la aparición de las tecnologías de reemplazo. La mundialización de los procesos que se producen en la economía, en las relaciones internacionales, en los comportamientos sociales —por citar algunos— lo es en gran parte gracias a los recursos que aportan las tecnologías de comunicación e información (TIC) pero, además, éstas determinan también la producción, distribución y transferencia de la misma tecnología. Las estrategias de los gobiernos y de las empresas se encuentran mediatizadas por el ritmo que marca una innovación tecnológica que afecta a la competitividad y al intercambio de conocimiento.
En este contexto brevemente descrito, confluyen nuevas propuestas que sitúan a los ciudadanos de este mundo global en el centro de un nuevo paradigma caracterizado por la innovación, la creatividad y la anticipación. Además del universo de servicios orientados a facilitar la accesibilidad y el flujo de relaciones políticas, administrativas, económicas, sociales y culturales, la globalización tecnológica invade también nuestro ocio y se adentra en ese mundo interior que esconde nuestras íntimas aspiraciones, para intentar satisfacer los sueños y ambiciones que recrea la imaginación. Nos permite construir —con las limitaciones físicas de tiempo y espacio más acá del teclado y de la pantalla— un universo paralelo, el metaverso de Neal Stephenson, descrito en su novela Snow Crash, donde se desdibujan las reglas y límites a los que estamos acostumbrados. La visión de Stephenson ha servido de inspiración a ese «metaverso en expansión» que es Second Life (http://www.secondlife.com), un mundo de realidad virtual que está hoy de moda, ese «nuevo país»
como le gusta explicar a su creador Philip Rosedale, donde Linden Lab, la empresa que ha desarrollado el proyecto, ofrece la infraestructura tecnológica para alojar a los avatares, nuestros dobles virtuales, otros yo que se expresan en una vida alteregocéntrica (F. Sáez Vacas). A ellos espera, según las promesas que Linden Lab vende en su página oficial, un mundo de sorpresa y de aventura; la posibilidad de crear cuanto pueda imaginarse; de conectar con nueva y excitante gente; y competir para alcanzar fama, fortuna y victoria, aunque no sabemos muy bien de qué tipo de fama y fortuna se trata y aún menos de qué victoria, sobre quién o para qué.
Y si cada universo tiene su propio lenguaje, no podía ser de otra manera en este nuevo mundo virtual. Adentrarse en él supone también asumir la fusión del lenguaje con el que expresamos nuestro yo real, con un metalenguaje que reinterpreta la semántica al uso, recrea nuestro pensamiento, adopta nuevos puntos de vista confundiendo el plano temporal con el virtual y juguetea con la verdad. Parafraseando el célebre ejemplo de «Epiménides el cretense dice que todos los cretenses son mentirosos», la lógica de un avatar es decir de sí mismo verdades a partir de ilusiones fabricadas, adquirir formas humanas añoradas o expresar sentimientos que su creador sabe ficticios; aunque, en la comunidad Second Life, esto importa poco: la ficción se disfraza de verdad y hace posible (momentáneamente, eso sí) viajar en globo, surfear sin ahogarse, volar, recorrer ciudades, comprar sin límites, construir casas, aprender, bailar sin desfallecer, etcétera. Creamos y, a la vez, nos desembarazamos de una parte de nuestra realidad: nuestro avatar se disfraza de nosotros y asume «hipótesis personales y vitales» con pretensiones de verdad. En definitiva, un nuevo teatro del mundo y de la vida que, reinterpretado en clave tecnológica, está en los orígenes de la representación, una catarsis personal y social a la que los clásicos ya se enfrentaron.
Los avatares están creando una comunidad basada en lazos virtuales, establecidos por los usuarios, cuyos múltiples álter ego no se encuentran allí sometidos al ciclo de la vida (leyes naturales: nacer, crecer, reproducirse y morir), sino que utilizan la vida como un campo de juego en el que proyectan sus experiencias emocionales, sus deseos, crean sus psicoespacios o sólo se divierten, como ha escrito recientemente en un suplemento cultural el profesor Sáez Vacas. Los avatares «propician también potentes vías operativas para el comercio electrónico, una dimensión típica de internet, así que no es de extrañar que el pragmático homo oeconomicus acuda a Second Life para negocios con el dinero en dólares americanos o dólares Linden, que los avatares […] tienen en sus cuentas corrientes del planeta Tierra. Es lógico que, a medida que aumenta nuestro nivel medio de digitalización mental y social, empresas, universidades y centros de tratamiento psicológico abran oficinas en esos espacios virtuales-reales».
¿Es Second Life una reserva, una ingenua «metacomunidad virtual», una huida de la realidad, un entretenimiento? La respuesta no es sencilla: posiblemente es cada una de esas cosas y todas a la vez. Depende una vez más del modo en que resultemos afectados cada uno de nosotros por este «entorno tecnosocial» y de nuestra personal capacidad de adaptación a esta realidad. Lo que debería merecer nuestra atención es el hecho de que la producción, distribución y transferencia de tecnología exige nuevos requisitos educativos —y probablemente intelectuales— en las familias, en las escuelas y en las redes sociales.
Quizá sea la educación formal el campo que arrastra un mayor retraso en la valoración del efecto de la globalización tecnológica. La interactividad —que constituye el fundamento de Second Life— está lejos de llegar a configurarse como el tercero de los pilares que vendría a completar la tradicional relación profesor-alumno, hasta ahora base de la transmisión del conocimiento. Del mismo modo que hoy sabemos que, más allá de las dificultades que encierra y del temor que sigue produciendo a nuestros estudiantes enfrentarse a la disciplina matemática, resulta un instrumento esencial para estructurar la mente, no está lejos el momento en que el lenguaje infotecnológico será considerado también una herramienta que redunde positivamente en nuestras capacidades cognitivas e intelectuales. «La escuela ya no es la única agencia que tiene la tarea de difundir el saber de base, de aumentar el número de personas que saben y de poner en mov
imiento aquello que se sabe. Y quizá ni siquiera es la principal» mayor retraso en la valoración (R. Simone). Es ahora en el mundo del efecto de la globalización exterior donde el conocimiento se tecnológica. almacena, aunque de manera cuantitativa y no cualitativa. Sería, pues, deseable que la clasificación y valoración de los conocimientos fuera la nueva misión de unos espacios de élite a los que se reserva la potestad de refinarlos y de interpretarlos a la luz de la búsqueda de la excelencia y de la verdad, metas últimas del saber.
A menudo se afirma que los intereses de los jóvenes no coinciden con los objetivos de la escuela. No creo que haya motivo para alarmarse por ello. El proceso de formación del juicio crítico siempre es costoso. Exige no sólo esfuerzo sino poner en juego la capacidad de interpretar la realidad según el valor real que asignamos a nuestras convicciones, ideas o creencias y, además, demostrarlo. Una tarea nada fácil para nuestros jóvenes y menos aún en los tiempos que corren. Algunas familias, amparadas en el débil criterio de no intervenir en la formación de la conciencia de sus hijos, por cierto, responsabilidad —la de su formación— intrínseca a la condición de padres, delegan a menudo en otros la tarea de armar las referencias éticas e intelectuales que les permitan obrar en libertad y con responsabilidad. Como todo proceso de aprendizaje combina un cierto estado de indigencia personal con las mismas dosis de curiosidad, los niños y jóvenes son especialmente permeables a la aceleración del cambio tecnológico. Padres y madres pueden y deben servirse de «los otros» —¿por qué no?— para poner en juego el mecanismo de ensayo y error; de hecho, la socialización es un proceso que exige siempre la experiencia del otro. Sin embargo, educar (conducir, extraer lo mejor) es una labor creadora personal e intransferible, que consiste en armar el edificio de virtudes y de valores que permita a nuestros niños y jóvenes enfrentarse a este mundo poliédrico y, en nuestro caso, tecnológicamente globalizado. Second Life podría ser para ellos un mundo fascinante y profundo, capaz de permitirles experiencias desconocidas —o innecesarias— para nosotros. Lo primero que solemos preguntarnos es si lo que ocurre a nuestro alrededor es un bien o un mal. Esa no es la cuestión. Lo más importante, en esta situación, sería verificar el grado de interés que demuestren hacia ese metaverso porque ya es un indicador de que algo está pasando. Reflexionar sobre ello e incorporar a nuestras vidas sus pautas culturales será un buen síntoma de que compartimos sus experiencias y servirá de ayuda para valorar los efectos que podrían producir en el inmaduro y complejo edificio de su personalidad.
Si la educación es un proceso gradual de desarrollo integral de la personalidad humana, si la cultura, como resultado de cualquier proceso de enseñanza-aprendizaje, es «ese saber del hombre sobre el hombre» (F. Umbral), no podemos obviar que la tecnología forma hoy parte sustancial de nuestra cultura, porque no sólo la difunde, también la produce; y, visto el fenómeno Second Life, abre también la caja de Pandora de nuestros sueños para darles apariencia y forma humana. A nosotros corresponde que las llamadas tecnologías aislantes (televisión, Internet, videojuegos), dejen de serlo; ponerlas bajo sospecha, temerlas, demonizarlas, marginarlas de nuestras casas, las deshumaniza. La civilización occidental, la vieja Europa, ha sabido siempre integrar lo nuevo y reinterpretarlo a la luz de su tradición. Probablemente las relativistas concepciones acerca de lo humano no son el mejor impulso para desentrañar la verdad objetiva y el progreso que ésta encierra en su interior. Sin embargo, es también inútil escapar de la herencia de tantas certezas que la historia ha ido confirmando, aunque las débiles posiciones del «todo vale» parezcan ganar terreno. De ellas hay que seguir aprendiendo para reinterpretar nuestro mundo, sea real o virtual.
Detrás de la historia de la película-documental Rhythm is it! late una metáfora sobre los sinuosos caminos del arte como experiencia vital. En una época donde la música y las artes en general han dejado de ser una parte esencial de nuestra existencia para convertirse en un mero pasatiempo, en un objeto de consumo, representa una parábola impagable, si se me permite la hipérbole, del precio que hay que pagar para beneficiarse por completo de su poder catártico y purificador.
Dirigida por Thomas Grube y Enrique Sánchez Lansch (Alemania, 2004), cuenta los avatares de un numeroso grupo de jóvenes berlineses en su primer contacto con la música clásica y la danza. Por grupos, ensayarán con el coreógrafo Royston Maldoom y sus ayudantes Susannah Broughton y Volker Eisenbach, una producción diseñada especialmente para ellos sobre La consagración de la primavera, de Igor Stravinsky. El hecho verdaderamente excepcional reside en que la interpretación musical correrá a cargo de la Orquesta Filarmónica de Berlín, con su director titular, Simon Rattle, al frente.
Por delante tendrán seis semanas de duros ensayos, donde acompañaremos a los jóvenes a través de la experiencia de tres adolescentes: Marie, que intenta aprobar secundaria desesperadamente; Olayinka, que acaba de llegar a Alemania como un huérfano de la guerra de Nigeria, y Martin, que lucha por vencer sus inhibiciones e inseguridades. El 28 de enero de 2003, frente a una audiencia de 2.500 espectadores, se presentaría el ballet compuesto por 250 jóvenes en el Berlín Arena (www.arena-berlin.de), un antiguo garaje para autobuses reconvertido en espacio escénico.
En todo aquel tiempo de preparación, emergen del metraje con una fuerza inusual las crisis, los desánimos, las dificultades en forma de pared insalvable que amenazan, por momentos, con malograr toda la producción. La coreografía que se ha diseñado precisa del concurso generoso de cada uno de los chicos para que salga a la perfección. A medida que avanzan los días, una parte del grupo decide colaborar en algo que no acaban de entender muy bien, pero intuyen que es importante para ellos y para los demás. Otra parte, sin embargo, decide que aquello es una pérdida de tiempo. «Este Royston, ¿de qué va?».
La manera de abordar esta contingencia está bastante más lejos de lo que cabría suponer de unas corrientes pedagógicas modernas y actuales. Desde el comienzo, Maldoom y su equipo quieren llegar a la «ruptura»; que este grupo díscolo sea capaz de afrontar la responsabilidad de una decisión que irá en perjuicio del grupo, ya que si todos no son capaces de ejecutar correctamente los movimientos, no habrá Berlín Arena. Curiosamente, o por desgracia no tanto, esta «rebelión» contará con unos aliados inesperados: sus propios profesores, que les dan la razón. Tras muchas tensiones, se vuelve a los ensayos. Los chicos, esta vez, responden a las expectativas. Movimiento. Paso adelante. Un, dos, tres, cuatro. Y el milagro se produce.
Dice Marc Fumaroli (El Estado cultural, Acantilado, 2006) que «en la caverna platónica no se conoce más que una sola verdadera escapada al tedio pascaliano, fuera de la fe religiosa y filosófica. Esa escapada es y ha sido siempre minoritaria, e incluso singular. Son las disciplinas del espíritu». Posiblemente, los chavales de Royston Maldoom nunca pensaron que aquello que se les presentaba como una actividad lúdica más, una buena excusa para pirarse clases, se convirtiera en algo que les obligara a salir de su propia caverna, a enfrentarse consigo mismos, a elegir en vez de dejarse llevar. Y tampoco lo pensamos en una sociedad acostumbrada en exceso a una cultura masiva, de entretenimiento, que ocupa en nuestras vidas un lugar accesorio y a la que se accede sin ningún esfuerzo adicional. Una cultura que ya ha tomado las decisiones por nosotros. Así, como señala el director de orquesta Nikolaus Harnoncourt, optamos por una música que «halaga el oído», por lo agradable, que no nos obligue en exceso a poner algo de nosotros mismos para comprenderla. «Ésta es, pues, la forma en la que hoy se hace y se oye la música: separamos del conjunto de la música de los últimos mil años los componentes estéticos y disfrutamos. Nuestra época promueve una huida hacia el pasado, hacia lo conocido. Hace tiempo que la música ha dejado se ser una creación del presente, una fuente de sorpresa e inquietud» (La música como discurso sonoro, Acantilado, 2006). Por eso, es difícil que cuenten con el favor del público la interpretación de obras contemporáneas u óperas como Wozzeck, de Alban Berg (Ver Nueva Revista, n° 111, junio de 2007).

Ahora, lo que está de moda es la llamada «democratización» de la cultura, que es así como se denomina a los intentos por facilitar y fomentar el acceso de un público más mayoritario a los acontecimientos culturales. Sin dejar de reconocer la loable iniciativa por expandir aún más la cultura, no deja de ser una boutade contemporánea el empleo de este vocablo. Los gestores culturales dicen que hay que «democratizar» teatros, museos, como si viniéramos de una situación previa de «autoritarismo», como si hubiera algo que impidiese el acceso a los bienes culturales de la sociedad en general. Desproveer del aura de elitismo y exclusividad de determinados espacios culturales, como los teatros de ópera, no debería traer consigo repertorios aligerados y descafeinados, que no incomoden ni exijan esfuerzo intelectual alguno al espectador que los contempla.
Esta perversión de las palabras ya la advertía a comienzos de siglo el compositor Arnold Schönberg en el prólogo a su influyente Tratado de armonía (1911): «Porque formación quiere decir ahora saber un poco de todo sin comprender nada de ninguna cosa. Pero el sentido de esta hermosa palabra es otro y debería sustituirse por preparación o por instrucción».


Hoy se pone el acento más en el simple acceso a los espectáculos culturales y se obvia por completo la preparación y la instrucción del público. Lo que tampoco significa que todo el mundo que asista a un concierto tenga que haber superado con suficiencia el correspondiente grado de solfeo.
Más bien se trata de fomentar un hábito de estudio, una rutina de inquietud intelectual ante la obra artística que se contempla. En su ensayo El Estado cultural, Fumaroli lo denomina de una forma muy determinada: ocio estudioso. «Al turismo de masas, al sopicaldo turístico en que se ha convertido la cultura, no hay otra alternativa noble que el ocio estudioso». Un término que «no es un privilegio, ni una excepción» y que consiste en algo tan sencillo, pero tan complejo a la vez como «en saber bien lo que se sabe, hacer bien lo que se hace, amar bien lo que se ama».
Lo que se enseña en Rfrythm is it! tiene que ver mucho con este concepto. La preparación que Royston Maldoom proporciona a los chicos de la película va más allá de una mera formación ante la contingencia que supone una función de ballet escolar con la Filarmónica berlinesa. Sigue Fumaroli: «Poco importa si se sabe poco, si lo que se hace es modesto, si lo que se ama no tiene atractivo más que para sí […] Hace falta perseverancia, concentración, un largo aprendizaje y también, cuando el momento es propicio, un verdadero abandono, la gracia».
El día anterior al estreno de esta versión coreografiada de la obra de Stravinsky, los doscientos cincuenta jóvenes que participan en ella se muestran ansiosos, con los nervios a flor de piel. La tensión está al máximo y todo el mundo desea hacer bien lo que tanto trabajo costó ensayar antes. La inminencia del estreno atenaza los músculos y muchos no acaban de encontrarse cómodos sobre el escenario del Berlín Arena. La responsabilidad pesa. Atrás quedan las risas flojas y el pasotismo de los ensayos. Maldoom se acerca a la cámara y los tranquiliza. No importa. Un cierto caos en el día previo a cualquier estreno es habitual en el teatro. «Espero una mejoría del 200% durante la performance». De estas cuatro semanas de trabajo queda la enseñanza fundamental de que para expresarse, para comunicarse, es necesario un esfuerzo. Por pequeño que sea, también lo es convertir esa expresión, esa comunicación, en algo inteligible; en definitiva, ver, escuchar.
No es la primera vez, ni la última, que Royston Maldoom aborda un proyecto similar. Coreógrafo de prestigio, se pasea con su destartalada furgoneta roja por toda Europa. Ha trabajado en un proyecto similar en los Balcanes, con un grupo de jóvenes de diferentes etnias. Esta Consagración de la primavera se ha puesto en escena también con jóvenes de Addis Abeba, Duisburg, Lima, Belfast, Londres, Vilna, Glasgow y otras escuelas del Reino Unido. En Berlín ya lo hizo la primera vez en 1990. Y en noviembre de este año llegará a Nueva York.
Los gestos de incredulidad del primer día de ensayo en el rostro de los jóvenes son algo habitual para él. «Nos expresamos con el cuerpo», les dice. «Bailamos no sólo para expresar quiénes somos sino para comunicarnos con otros». Risas, codazos. La primera barrera en salvar es la psicológica. Ante lo desconocido, estos adolescentes se refugian en el grupo y en el más absoluto de los escepticismos. Así que Maldoom se afana por separarlos, por hacerles autónomos en sus movimientos. «Intentad vivir sin vuestros amigos». Sin ellos, las excusas se acaban y el individuo acaba enfrentado a la propia responsabilidad de decidir qué va a hacer con aquello que se le propone. Muchos se dejan llevar. Un sí pero no. No es de extrañar. «La vida les ha enseñado a ser cínicos», sentencia.

El director titular de la Orquesta Filarmónica de Berlín, sir Simon Rattle, confía en el poder educativo de esta experiencia, que forma parte del programa pedagógico de la institución. No es la única orquesta que tiene un proyecto específico para el público infantil y juvenil. Hoy en día casi todas las grandes orquestas y todos los grandes teatros europeos cuentan con una programación dirigida especialmente a las nuevas generaciones de espectadores. Estos últimos, por ejemplo, llevan años compartiendo experiencias a través de la red de la organización Reseo (www.reseo.org).
No faltan oportunidades ante una educación que ha decidido privilegiar las disciplinas técnicas sobre las humanistas. La música y las artes ocupan ese lugar accesorio desde los primeros periodos de instrucción y se instala en un lugar residual para el resto de la vida. Consideramos que no son necesarias para una formación en la que lo que importa es que «tenga más salidas». Hoy, como nos advertía Marc Fumaroli en una entrevista concedida a ABC, «la cultura ni la vida del espíritu son prioridades. Se prefiere el espectáculo, el show-business. Se nos habla de productividad, de guerra económica, etc. Y en el terreno de la pretendida cultura, se intenta amueblar nuestro ocio, con espectáculos diversos […] Si nos contentamos con reformar el sistema actual, para dar más importancia a disciplinas técnicas, o económicas; si se olvida que la verdadera educación, sea cual sea la especialidad o el oficio futuro, es una gran formación básica en el terreno de las humanidades, sólo se agravará la crisis de fondo».

En un momento de Rfrythm is it! sir Simon Rattle evoca el poder de escuchar. Un acto que conlleva una participación consciente del individuo y que, como la expresión artística, supone un esfuerzo. La consagración de la primavera, de Stravinsky, no es una pieza fácil de escuchar. Uno de los adolescentes que participan en la función confiesa en la película que nunca tuvo mayor interés por este tipo de música. Hasta que empezó a tener que bailar a su son. Intentó escucharla en casa, y siempre sonaba de la misma manera incomprensible. Pasaron los días «hasta que vives la música desde dentro y la sensación es que media hora pasa en diez minutos». «Que se acostumbren al poder del silencio», dice Rattle. Porque la música son sus notas, pero también la ausencia de ellas. Los enormes silencios con los que acostumbra a terminar el director de orquesta Claudio Abbado sus conciertos en el Festival de Lucerna quieren reivindicar este poder, que ayuda a valorar la música a través de la ausencia que provoca cuando deja de sonar. Para Rattle, «la música no es un lujo, es una necesidad, como el aire que respiramos, como el agua que bebemos».

«La crisis actual -ha dicho el cineasta Víctor Erice-, y no sólo la del cine, sino del conjunto de la educación que se proporciona al ciudadano, no se puede entender en su más honda dimensión si no se tiene en cuenta este hecho crucial: la presente disolución del arte dentro de una cultura festiva o decorativa, o lo que es igual, de una cultura del entretenimiento». Ésta es una película que reivindica un papel educador de las artes, edificador de la propia identidad y personalidad. La música, y las expresiones artísticas en general, confieren una esfera subjetiva personal, donde cada uno debe enfrentarse a la obra artística con sus propias sensaciones, sus propios conocimientos. Ahí, en ese momento, adquiere la forma de un espejo donde vemos reflejada la expresión de la personalidad del creador y nos vemos a nosotros mismos a la luz de esa mirada tan personal.
Llegar al más íntimo de esos recovecos requiere de un esfuerzo que la experiencia y el conocimiento deben guiar. Rhythm is it! explica cómo puede ser el punto de partida. El de destino siempre será una incógnita. Lo fundamental residirá en cómo se afronte esa búsqueda, ese ocio estudioso donde lo importante es saber, hacer y amar bien lo que se sabe, hace y ama. Lo dijo Ortega en La rebelión de las masas: «Es egregio el que desestima lo que halla sin previo esfuerzo en su mente y sólo acepta como digno de él lo que aún está por encima de él y exige un nuevo estirón para alcanzarlo».
Fotos: Akinbode Akinbiyi y Peter Adamik en www.rhythmisit.com

Qué hace que, a la hora de comprar, nos decidamos por un producto o por otro cuando ambos parecen iguales? ¿El precio? ¿La marca? ¿La reputación de la empresa que nos lo ofrece? ¿La recomendación que nos haya podido hacer un amigo? Posiblemente no sea posible responder con exactitud a la pregunta inicial. Pero lo cierto es que, o las empresas son capaces de diferenciar lo más posible su oferta de productos o servicios, o éstos se convertirán en una commodity. Y no nos engañemos: siempre habrá alguien que produzca más barato que nosotros.
Por este motivo se hace cada vez más necesario construir marca. Construir marca es mucho más que definir un bonito logotipo. Construir marca es mucho más que realizar una campaña de publicidad institucional. Construir marca es mucho más que asegurar la correcta aplicación de la imagen corporativa de una empresa. Construir marca es, sencillamente, apropiarse de un concepto (de una visión), posicionarlo en la mente de los consumidores por todos los medios (experiencia 360o ligada a la marca) y, sobre todo y por encima de todo, asegurar que los hechos y las promesas realizadas a los clientes se cumplen por encima de todo. Crear marca es, en definitiva, la suma del ser, del hacer y del comunicar.
Si esto es así (y hay pocas dudas de que así sea), el reto más importante de una compañía es el de definir su visión. El siguiente paso será cómo implantar esa visión en todas las actividades de gestión y comunicación de una compañía… y, en consecuencia, también en los patrocinios.
LA VISIÓN DE UNA COMPAÑÍA
No hay consenso, ni empresarial ni académico, para definir qué es una «visión». Utilizando un ejemplo, quizás, podamos tener una idea más precisa. Pensemos en VOLVO. ¿Qué palabra nos viene a la cabeza cuando pensamos en VOLVO? Casi todos respondemos de igual forma: VOLVO es seguridad. Pues bien. Esa palabra, seguridad, es la parte más visible de la visión que Assar Gabrielsson (miembro fundador de Volvo) acuñó cuando lanzó la compañía: «Los coches -reza la visión de VOLVO- son conducidos por personas. Por consiguiente, el principio de todo lo que hacemos en Volvo es, y tiene que seguir siendo, la seguridad».
En consecuencia, la visión no es un objetivo que se consigue en un determinado periodo de tiempo; la visión no es la forma en la que se alcanzan los objetivos; la visión ni siquiera es algo que se llega a conseguir. La visión es la razón última por la que una compañía está en el mercado, algo así como su ADN, como aquello que la hace distintiva de los demás y, en consecuencia, única.
Una visión sirve para que una compañía ocupe un espacio diferencial en la mente de clientes, empleados, accionistas, y de la sociedad en que opera. Es decir: sirve para posicionar la compañía frente a los competidores.
Eso tiene muchas ventajas. Por una parte, los clientes y consumidores asocian la institución a un concepto, a una experiencia, más allá del precio de tal o cual producto o servicio. Por otra, los empleados, si comparten la visión, preferirán una institución con personalidad definida a otra sin perfil o indiferenciada.
Pero además, en el día a día de una empresa, es muy útil para gestionar. La visión es una especie de guía para tomar decisiones: hay que hacer aquello que «cabe» dentro de la visión; y, por el contrario, no hay que hacer aquello que quede fuera de ella.
Telefónica también ha definido su visión. «Queremos mejorar la vida de las personas, facilitar el desarrollo de los negocios y contribuir al progreso de las comunidades donde operamos, proporcionando servicios innovadores basados en las tecnologías de la información y las comunicaciones». Y esta visión la hemos sintetizado en esta expresión: «Espíritu de progreso».
LA IMPLANTACIÓN 360° DE LA VISIÓN
Para implantar un visión hay que explotar todos los campos de la comunicación: las relaciones con los medios de comunicación; la comunicación interna; las relaciones institucionales; las relaciones públicas; la comunicación con los inversores y analistas… y, también, la publicidad y el patrocinio.
Normalmente los responsables de marketing hacen mucho énfasis en la publicidad. Sin embargo, es ya un lugar común hablar de la saturación que afecta al mercado publicitario, y de la creciente dificultad que tienen las empresas para hacer ver a los consumidores, en medio de ese ruido generalizado, cuáles son las verdaderas ventajas diferenciales de sus productos. De hecho, tampoco es nueva la sensación de que todos los productos de una misma categoría aparecen como iguales, lo que provoca que en ocasiones algo tan importante como la propia decisión de compra acabe siendo determinada por un elemento menor o coyuntural, cuando no simplemente falso.
Las empresas necesitan, pues, contar con otras vías que les permitan consolidar un posicionamiento diferencial frente a sus competidores. Y en esta dirección la estrategia de patrocinios puede ser un elemento clave. Una buena estrategia de patrocinio nos ofrece una vía mucho menos saturada para la comunicación. Pero además, nos permite asociar a nuestra imagen de marca y, por extensión, a cada una de nuestras ofertas comerciales, unos valores y unos atributos permanentes que pueden actuar como elementos diferenciadores en la decisión de compra.
¿Supone esto que estamos proponiendo asociar la estrategia de patrocinios al día a día comercial? En absoluto. La estrategia de patrocinios por definición debe moverse en el ámbito del posicionamiento de marca y también por definición trabaja en el medio y largo plazo. Pero no es menos cierto que una gestión inteligente de esa estrategia puede ser una excelente vía complementaria en tiempos de ruido y saturaciones.
Si conseguimos que la asociación de un producto con una serie de atributos diferenciales «resida» en la mente del consumidor, éste la aplicará de forma natural a cada una de nuestras ofertas y en cada una de las relaciones que establezca con nosotros, sin necesidad de que esta idea tenga que ser expresada en ese momento.
Digamos que estamos sacando ese mensaje de los procesos ordinarios de comunicación y haciendo que vaya por otra vía menos saturada y con menos «ruido».
Para conseguir que el mecanismo funcione, necesita dos pilares esenciales: tiempo y consistencia. Por un lado, tiempo porque, como decimos, es una labor cuanto menos a medio plazo. Se necesita una actividad continuada de patrocinios que, a través de una serie de eventos y actividades que pueden ser muy diferentes entre sí, vaya asentando los valores diferenciales que todos ellos tienen en común y que estos valores se asocien con nuestra marca. Y, por otro, consistencia para que esa actividad dilatada y diversa vaya en una misma dirección y asiente un determinado territorio de comunicación.
Se trata de generar un «poso», esa minúscula pero valiosísima esencia que queda después de todo el proceso. Si lo hacemos bien, ese poso es posicionamiento, es elemento diferenciador.
EL PATROCINIO COMO ACTIVADOR DE LA VISIÓN
¿Cómo abordarlo? Naturalmente, lo primero es determinar cuáles son los elementos diferenciales de nuestro producto, o del conjunto de nuestros productos, y a continuación, seleccionar qué territorio representan mejor esos atributos.
La cuestión es importante. Lo más probable es que haya varios territorios válidos para apoyarnos, pero debemos elegir. Abrir el abanico es, por un lado muy caro, pero además puede llevar a dispersar el mensaje. Por otra parte, trabajar un abanico limitado de territorios nos permite ser el referente en los mismos, y es mucho más importante ser el referente incuestionable en un territorio que uno de los líderes en varios de ellos. En este último caso podemos ganar en notoriedad, pero la fuerza de nuestro posicionamiento diferencial se verá reducida.
Una vez definido el territorio el paso siguiente es lógicamente seleccionar los patrocinios que vamos a acometer, también mejor pocos pero importantes que muchos pero dispersos. Una buena elección es optar por pocos patrocinios de mucha relevancia que sean válidos para nuestro mercado en general, completados con un abanico de patrocinios muy locales en el mismo territorio, lo que nos proporciona capilaridad y la necesaria cercanía.
En el caso de Telefónica tenemos claro que uno de los elementos clave que nos diferencia es nuestro compromiso con los clientes y con las sociedades de los países en los que operamos. Por definición, trabajamos a largo plazo, invirtiendo importantes sumas de dinero en infraestructuras sobre las que soportamos nuestros servicios.
Estas inversiones nos permiten ofrecer a nuestros clientes una garantía de calidad, de servicio y de desarrollo permanente, y a las sociedades en las que operamos un elemento de riqueza y desarrollo. En definitiva, tenemos un compromiso con el progreso de las personas y de las sociedades en las que trabajamos. Es algo que resumimos en una frase muy simple: «Espíritu de progreso», y esta filosofía se ha convertido en una especie de seña de identidad de todo lo que hacemos.
El «Espíritu de progreso» es un valor emocional pero también es un valor práctico. Es emocional en la medida en que nuestros servicios son unos servicios «comprometidos socialmente», y eso en igualdad de condiciones puede ser un plus intangible pero muy real en la decisión de compra. Pero además es un valor eminentemente práctico porque da a nuestra oferta un marchamo de calidad, de servicio y de compromiso de desarrollo que marcan un valor diferencial práctico frente a ofertas basadas únicamente en precio.
¿Y cómo trabajamos en el ámbito de los patrocinios para que ese «Espíritu de progreso» llegue hasta nuestras ofertas comerciales, hasta el punto de hacerlas diferentes de las de los demás en el día a día del fragor comercial?
En el terreno de los patrocinios este «Espíritu de progreso» lo hemos traducido como «Ayudar a ser». Igual que con nuestras inversiones en infraestructuras ayudamos a que el país se desarrolle, con nuestros patrocinios ayudamos a las personas a crecer, a demostrar de lo que son capaces. Ayudamos a crear campeones olímpicos, músicos reconocidos, artistas de referencia, ayudamos a romper barreras.
Esto no significa en absoluto que la actividad de patrocinio no deba estar vinculada con la notoriedad. Por el contrario, Telefónica ha acompañado tradicionalmente a deportistas, a artistas que han crecido y que han llegado hasta lo más alto. Y ahí va a seguir estando, siendo un referente de primera magnitud en unos territorios en los que se nos reconozca con facilidad, unos territorios que hacemos nuestros. Y precisamente, en la medida en que esos territorios son propios, te otorgan la oportunidad para «ayudar a ser» a las personas que tengan algo que aportar en esos ámbitos. Es notoriedad y apoyo. La notoriedad sola es ruido; el apoyo solo es labor más propia de una ONG. Ambos juntos son un compromiso.
Pero la clave del éxito no está sólo en la definición de los atributos ni en la selección de los territorios y los patrocinios. Aunque parezca una obviedad -y de hecho, lo es-, el siguiente elemento esencial es la activación de los patrocinios. Pero no sólo el qué, sino también el cómo.
En la activación o la explotación del patrocinio es donde se va a medir la eficacia y la eficiencia de nuestra acción. Porque los presupuestos no son ilimitados. Una activación inteligente permitirá consolidar los atributos que queremos resaltar, pero además nos brinda la capilaridad necesaria cuando hemos optado por patrocinios de referencia, de primer nivel. Una activación local -tanto desde el punto de vista geográfico como en relación con los distintos targets a los que nos dirigimos- permitirá acercar un patrocinio global hasta la más pequeña de nuestras comunidades.
Y en este aspecto, entre las vías de activación en las que trabajamos, hay una en la que hemos puesto no pocas ilusiones. Me refiero a activar nuestros patrocinios en el terreno de las redes sociales que existen y que se crean cada día en Internet y que cada vez más tienen vida dentro y fuera de la Red.
Sabemos que ofrecemos territorios que interesan a miles de personas, y además ayudamos a que las personas puedan crecer en esos territorios. Pues bien, a través de nuestro trabajo en el terreno de las redes sociales vamos a tratar de establecer una relación permanente, a lo largo de todo el año, las 24 horas. Vamos a apostar por un territorio que, nunca mejor dicho, es un territorio de comunicación. Porque sirve para que las personas se comuniquen, se conozcan, descubran nuevos valores y prueben nuevas vías para crecer. Siempre funcionando, siempre abierto, dinamizado por la propia sociedad.
Es una muestra de nuestro compromiso. Son las personas y son las sociedades las que crecen y las que se desarrollan. Nosotros simplemente ponemos los medios para que esto sea posible.
Ese compromiso, ese «Espíritu de progreso» es el elemento distintivo que llevan nuestros patrocinios y que deben hacer que nuestros clientes y no clientes, que la sociedad en general perciba de forma natural ese compromiso de Telefónica y lo asocie, por supuesto a su marca, pero sobre todo, a cada uno de los servicios, a cada una de las ocasiones en que se relacione con nosotros, a las ofertas comerciales en la decisión de compra de cada día.
EN CONCLUSIÓN
El gran reto de la empresa en un mundo cada vez más globalizado es construir marcas fuertes que sean capaces de diferenciar sus productos y servicios en el imaginario del consumidor. Sin diferenciación no hay valor. Por ello es necesario diferenciar en torno a una visión clara de compañía.
Una vez definida la visión el reto es trasmitirla por medio de todas las vías posibles. Y una de esas vías son los patrocinios.
Por tanto, el patrocinio se convierte así en una herramienta estratégica de la gestión de la empresa: porque nos permitirá posicionar nuestra empresa en la mente del consumidor en torno a nuestra visión.