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Ver productosUna excursión periódica al suelo hispano brinda la oportunidad de tomar el pulso real al país, imposible de detectar a través de la opinión impresa, que da la impresión de estar cada vez más irreconciliablemente polarizada.
Uno de los temas que este año irrumpen apasionadamente en la conversación con las gentes es, sin duda, el de la formación para la ciudadanía, que amenaza, una vez más, con dividir las dos Españas. El acaloramiento se comprende en cuanto comienzan a discutirse los contenidos de una asignatura que sea capaz de estar a la altura de una tan noble denominación. Es natural que los principios de los que se parte y los objetivos a los que se quiere llegar resulten irreconciliables, cuando no se quiere o no se sabe prescindir del bagage cultural que cada uno lleva consigo, cuando se bebe exclusivamente en fuentes, cuyas aguas están contaminadas por las encontradas corrientes del pensamiento actual. En tal situación hace bien al ánimo bucear en un oasis, en el que se puede disfrutar de una bebida pura, en la que se destilan precisamente los valores que están en la base de esta amplia discusión. Me refiero a la persona y la obra de Quinto Horacio Flaco, que el buen oficio de José Luis Moralejo ha puesto al alcance del gran público con su esforzada publicación de la obra poética de este clásico de la áurea era augústea (1) .
¡Cuánto se podría aprender de la vida y el ideario de este hombre y ciudadano ejemplar! En primer lugar, de su Menschsein, que está en la base de cualquier filosofía. En su biografía, sellada por los vertiginosos cambios de la res publica romana entre el asesinato de Julio César (el 15 de marzo del 44 a. C.) y la apoteosis de César Augusto, puesta de manifiesto en los Ludi saeculares, en cuyo marco se recitó el Canto secular -un himno en honor de Apolo y Diana, entonado por dos coros de 27 muchachos y otras tantas doncellas- el 3 de junio del 17 a. C.), se asientan las bases del ideario que refleja toda su obra, es decir no sólo la de contenido más propiamente ético –Epístolas, Sátiras-, sino la poética, de la que el catedrático de la Universidad de Alcalá se ocupa.
Por encima, o más bien en la base, de cualquier filiación de escuela -estoica, cínica, epicúrea-, Horacio representa en su obra lírica el modelo de hombre que se guía por el sentido común de que esta vida pasa con rapidez para acabar en la muerte (Oda I 4, 1315. 28, 1516; II 14, 14. 17; IV 7), meta inevitable que impone el disfrute de cada día (I 9, 1318 y, sobre todo el mítico carpe diem de I 11, 8, repetido en cadencia más placentera en el dona praesentis cape laetus horae, de III 8, 27); de que debe mantenerse, en la virtud y en su contrario, la medida impuesta por la razón, es decir un sano punto medio, una aurea mediocritas (II 10, 4); de que no vale la pena apegarse a la riqueza, porque la Fortuna se va con la misma facilidad con que llega (I 35, 14); de que la riqueza provoca la inquietud y el ansia de más bienes (III 16, 1718); de que, visto todo lo anterior, para el poeta el ideal consiste en llevar una vida frugal (III 16, 2224), disfrutando de buena salud de cuerpo y de espíritu para alcanzar así una digna vejez, dedicada a ejercer su oficio (I 31, 1521; II 3. 16; III 1).
El olvido de estos principios acarrea a la humanidad sólo perjuicios, que Horacio plasma en expresiones que deberían, hoy como entonces, formar parte del acervo de ideas madres que cualquier joven guarda como advertencia y que Moralejo traduce magistralmente en frases pregnantes, como «nada se hace cuesta arriba para los mortales: en nuestra insensatez pretendemos alcanzar el mismo cielo, y con nuestro pecado no de]amos que Júpiter deponga sus rayos iracundos» (I 3, 37-40), o «la generación de nuestros padres, peores que nuestros abuelos, nos engendró a nosotros todavía más malvados, y que pronto daremos una estirpe aún más viciosa» (I11 6, 4648). [[wysiwyg_imageupload:1021:height=229,width=190]]
Sobre esta base de humanidad, que hace al hombre dueño de sí mismo, emprende Horacio un segundo paso que consiste en inculcar a sus contemporáneos el sentido de responsabilidad como ciudadanos romanos. Este Bürgersinn, que es la esencia del objeto de discusión actual, lo desarrolla el poeta ya en sus juveniles Epodos, en los que amonesta a sus conciudadanos recomendándoles mantener la sensatez y la concordia.
El VII y el XVI, compuestos cuando aún no tenía contacto ni con Mecenas, ni mucho menos con Augusto, es decir, cuando el poeta era un cero en la vida pública, aflora ya su sentido cívico. En ambos flagela las luchas fratricidas, heredadas del inicial enfrentamiento entre Rómulo y Remo (E VII 1920), y advierte de los peligros de esas discordias, que acabarán por alejar a los ciudadanos valiosos de las cuestiones políticas y hasta de Roma (E XVI).
Su sentir se nos presenta ya maduro en las Odas, sobre todo en las seis que reciben el calificativo de romanas, situadas a la cabeza del tercer libro de la colección.
En ellas nos encontramos con pensamientos tan elevados como el de que es dulce y honrosa la muerte del que cae luchando por su patria (III 2, 13), que el hombre de bien no considera un deshonor un fracaso electoral y no asume ni deja los cargos al dictado del vulgo (ibídem, 1720), que las generaciones venideras van a pagar la negligencia de sus mayores, que ha permitido que se arruinen los templos de los dioses, cuyo favor ha dado a Roma el imperio sobre el orbe (III 6, 18), que la corrupción en el seno de las familias es el origen de todos los males que aquejan a la sociedad (ibídem, 1718).
Al tiempo que pone el dedo en la llaga, Horacio aporta vías de solución cuando aboga para que se fomente la sobriedad y, para regenerar las almas seducidas por la vida fácil, se eduque a los jóvenes en las recias costumbres de los antepasados, cosa nada fácil cuando sus padres, por toda clase de medios, se afanan en acumular para ellos un capital más grande (III 24, 5164). Ensalza también las buenas costumbres, que potencian las virtudes de una noble cuna (IV 4, 3336).
Y, como vate oficial, eleva su voz para defender y fomentar la perennidad de la estirpe romana. Esto lo hace ante todo en el Canto secular, en el que una y otra vez se repiten las mismas súplicas a los dioses gemelos. A Apolo se le pide que mantenga la grandeza de Roma (1112), mientras a Diana, la Lucina valedora de los partos, se le invoca para que perpetúe el linaje (17). Y de ambos dioses protectores se espera que «den a los jóvenes docilidad y buenas costumbres (45), descanso a la tranquila vejez (46) y a la Romula gens, riquezas, descendencia y toda suerte de honores» (4548). Naturalmente esto no es todo el Horacio, ni siquiera todo lo que de Horacio nos ofrece la obra que comentamos, que, como decimos más arriba, constituye un esfuerzo encomiable por hacer accesible a un público amplio esta joya de la literatura universal.
Yo destacaría dos aspectos de ese esfuerzo. En primer lugar, la amplitud de su erudición. En efecto, a lo largo de sus casi seiscientas páginas, encontramos una introducción general, en la que, tras la biografía del poeta, se describe su pervivencia a lo largo de los siglos: global hasta el Renacimiento, diferenciada por áreas culturales a partir de la Modernidad. Sigue la historia del texto, tanto en los manuscritos, como en las ediciones y traducciones que han aparecido hasta el momento.
Cada una de las obras va precedida de otra introducción específica, que estudia exhaustivamente el género literario en el que se encuadra, su datación y el lugar que ocupa, tanto en el conjunto de la producción horaciana como en la historia de las letras latinas.
Más meritoria aún me parece la traducción. Es excesiva modestia la repetida excusa de Moralejo, por dar al público una reproducción en prosa del texto horaciano. Yo pondría de relieve, como excelente mérito de estas casi trescientas páginas de texto latino, la conservación del hipérbaton original que da a luz un castellano difícil de superar en fidelidad al sentido y belleza estética.
Es de agradecer esta realización que demuestra una vez más cómo los clásicos, en nuestro caso los latinos, son libros para leer y sobre todo para aprender. Evidentemente los presupuestos de estas obras tienen sólo un valor analógico para nosotros hoy, pero este Horacio, presentado brillantemente de la mano de José Luis Moralejo, nos muestra un camino seguro hacia una humanidad y una ciudadanía dignas de nuestra secular cultura.
AGUSTÍN LÓPEZ KINDLER
NOTAS
1 Horacio, Odas. Canto secular. Epodos, Biblioteca Clásica Gredos, 360. Introducción general, traducción y notas de José Luis Moralejo, 583 págs. Madrid, 2007.
Azorín constituye uno de los mayores malentendidos de la cultura española del siglo XX. Habiendo sido el artífice principal de un orden literario cuyas líneas maestras siguen aún vigentes, no supo —o no pudo— colocarse al reparo de un juicio hostil, el cual, para tomar en positiva consideración su obra, condenaba su actuación pública. La censura del intelectual permitía la salvación del literato. Impía escisión que sigue obligando a la lectura plana de un corpus magnífico. Nace así nuestra actual visión de Azorín: el escritor puro. Pero es esta una imagen falsa, una impostura cuya eficaz deconstrucción se nos hace hoy tan necesaria como urgente. Y no como práctica erudita o como reclamo de algún absoluto de ciencia o de justicia, sino como quehacer ético que busca dar al presente la solidez que deriva —o debería derivar— de la consideración adecuada del efectivo acontecer de las cosas, de su fondo insobornable y de su íntima verdad, único modo, a fin de cuentas, de abrir un cauce hacia el futuro que no obligue a la historia a transitar al borde de los abismos.

Tiene reglas propias el canon. Y no es cuestión de quedar a un lado o a otro, dentro o fuera de él, sino de ver cómo todo queda transformado por esa lógica perversa que anima la configuración del orden que levanta. Todo lo transforma el canon. Nada escapa a su poder, pues se impone como dominio roturando el campo de la cultura. Y es tal su fuerza que oculta su ser tras una apariencia de absoluto que acaba por sobreponerse y confundirse con la misma realidad. Pero no es tal, desde luego. Por eso la resistencia al canon constituye el registro ético de una metodología de estudio que mira sobre todo a una comprensión holística de los fenómenos culturales. Esta resistencia se ofrece como espacio de libertad y praxis de liberación, aunque sean éstas palabras en desuso que viven hoy en retirada dentro de esta deriva posmoderna que nos incumbe y que parece habernos convencido que nada hay ya que liberar. Se olvida que la luz genera siempre sombras, y que en ellas yace oculta la clave de la impostura y la razón de ser de una verdad siempre por descubrir.
No sólo a él, sino también a nosotros mismos, pues nos impide el límpido reconocimiento de su auténtico legado. La herencia de Azorín reenvía así a un desafío. Es una falta. Algo que debió de quedar interrumpido en algún punto de la historia y no acaba de llegarnos en lo que efectivamente es. Nos llega otra cosa, pero no es lo mismo. El desafío consiste en colmar esa falta, en desandar el camino de la herencia perdida y en reparar su cauce interrumpido, acaso olvidado. Y ello exige una decidida «inversión de la mirada»: ni escritor puro ni autor clásico, Azorín es principalmente un autor condenado a las sombras. Se trata de ver más y mejor, y, sobre todo, de romper el cerco de la visibilidad que se esconde en los lugares comunes consolidados. No hacia la luz, pues, tras el brillo y el resplandor del canon, dejándose llevar por la fácil complacencia y el cómodo asentimiento, sino a contracorriente y hacia las sombras, para hacer añicos aquella imagen falaz e intentar restituir a Azorín en su auténtico valor.
Frente a esa imagen del «escritor puro», tan arraigada en nuestra actual conciencia literaria, aquí se opondrá la imagen de un «Azorín impuro», de un Azorín para nada aislado en ninguna torre de marfil, sino siempre en permanente trato con las circunstancias, en comercio siempre con su tiempo. En este sentido, la figura que mejor define y explica el carácter poliédrico de Azorín (novelista, dramaturgo, ensayista, periodista, crítico, cronista, filósofo, político, etc.) es la del «intelectual». No es que esos otros rótulos con que solemos acercarnos a su figura no le correspondan, que sí lo hacen, pero ninguno de ellos le comprende por completo, y, sobre todo, ninguno de ellos da cuenta de esa voluntad de intervención en la vida pública de su tiempo con las armas propias de la escritura, ninguno de ellos es, además, capaz de vertebrar en una misma unidad de acción esa varia y múltiple actividad desplegada por Azorín en sus escritos.
No responde a capricho, sin embargo, la imagen del «escritor puro», sino, más bien, a un concreto momento de nuestra historia reciente, y tiene, pues, su razón de ser en un pasado que impuso su ley a la hora de configurar el orden cultural de los años cuarenta y cincuenta. Es cierto que ese pasado ha pasado ya, y que, de consecuencia, sería hora de deconstruir las formas representacionales que levantó en coherencia con su ideología política y, además, de reconstruir —revisar y rehacer— el legado del pasado a la luz de los valores inherentes a la nueva España democrática. Grave sería que hoy, superado el orden de aquel tiempo, siguiéramos aceptando la validez de sus consecuencias. La historia tiene que ser siempre contemporánea. Deja de serlo, o mejor, no llega a serlo, cuando el presente acepta no sólo el relato del pasado, sino también su lógica, quedando así el presente prisionero del pasado y, sobre todo, sin paso seguro hacia el futuro.
La imagen de Azorín como «escritor puro» hunde sus raíces en el franquismo. La trama de su recuperación para el nuevo régimen actuada en la inmediata posguerra tuvo varios protagonistas entre los intelectuales fascistas de entonces, siendo el más acreditado entre ellos, o quizá el de mayor éxito, Pedro Laín Entralgo. En su libro de 1945 sobre La generación del 98 llevó a cabo una sibilina —y no menos audaz— operación hermenéutica a cuyo través los escritores de la generación finisecular aparecían ante el régimen con la cara lavada y el traje nuevo de los domingos. No es el caso de volver sobre aquella maniobra intelectual, pero sí conviene recordar que allí se fraguaron las imágenes tópicas del «paisajismo contemplativo», de la «ensoñación» y del «amor a España», y, por lo que se refiere a Azorín, se elevaron a notas distintivas mayores de su obra la «evocación» y el sentimiento y preocupación por el «tiempo». Y no es que no sean ciertas estas características, pero son manifiestamente insuficientes para definir con plenitud la complejidad y riqueza que encierran tanto la obra de Azorín como la del resto de los escritores finiseculares. Fue aquélla, sin duda, una operación reductiva y empobrecedora, aunque no hay que olvidar que su finalidad principal no era la corrección crítica, sino un intento de apropiación ideológica con vistas a levantar una suerte de continuidad cultural hacia atrás capaz de conectar el pasado más inmediato con los siglos áureos de la tradición imperial.
La impostura de la operación de Laín —gestada y promovida en el seno del «falangismo liberal»— ha sido denunciada por la crítica hasta la saciedad, pues se asentaba sobre el pertinaz silenciamiento de todo aquello que no casaba bien con las directrices y consignas ideológicas de aquella primera hora del régimen franquista.
Se sentaron las bases, en cambio, para poder levantar la imagen del «escritor puro», del estilista por antonomasia, preocupado por la perfección de la página, por el fluir temporal y por la evocación de España, índice todo ello, a la postre, de un patriotismo rancio, pero muy eficaz, sobre todo a la hora de mostrar su aval al nuevo régimen. Es decir, se rescataba un Azorín normalizado, sin esquinas ni fisuras, un Azorín perfectamente limpio y desinfectado, un Azorín, en fin, irreconocible con lo que efectivamente fue Azorín hasta el advenimiento de la guerra civil. A la sombra y al olvido se condenaba todo lo que podía poner en peligro esta recuperación reparadora. Y tampoco hay que olvidar —y mucho menos esconder— que el mismo Azorín se prestó con docilidad a todo ello.
Borrar las propias huellas fue una práctica bastante común en aquellos primeros años del franquismo, pero sólo cuando se haya superado la visión maniquea de aquel tiempo podrá hacerse una adecuada valoración de estos fenómenos. Las fáciles condenas de ayer de nada nos sirven hoy. Es más, de la crítica no se deben pretender juicios sumarios, sino voluntad de entendimiento. El regreso de Azorín a la España de Franco no es una culpa, desde luego, como no puede serlo tampoco el intento de salir adelante en el marco del nuevo orden.
Azorín fue un escritor impuro, en el sentido de que estuvo siempre muy alejado de cualquier consideración de su múltiple actividad como separada de la vida y del contexto en que la vida acontecía. Que una parte de su obra pueda ser razonablemente reconducida a la estética de la pureza, a la novela pura y al arte deshumanizada, por ejemplo, no quiere decir que él fuera un escritor separado de su tiempo y de su circunstancia, es decir, un escritor cuyas premisas creativas se hundían en esa separación. Azorín fue un escritor, un novelista, un dramaturgo, es cierto, pero esta actividad literaria acontecía dentro algo mucho más amplio y general, como era su modo de ser y su forma de estar en el mundo. También fue periodista, crítico de todo tipo (literario, teatral, de costumbres, político, etc.), y fue también un político y un teórico de la política. Y toda esta múltiple acción variamente desplegada convergía en una única acción: la del intelectual comprometido con su propio tiempo, la del intelectual español en lucha —a su manera, faltaría más— por la modernización de España. Azorín nunca rehuyó el fango de la vida. Tuvo siempre las manos manchadas. También de tinta, claro está, pero era así porque la escritura era para él parte inescindible de la vida. Nunca la vida toda, sino una parte de ella: acción dentro de ella.
Quizá sorprenda al lector la esencial lejanía que corre entre esta imagen del Azorín intelectual y la imagen canónica de Azorín como escritor puro. La superficie luminosa del canon se asienta sobre estratos de sombra y de silencio. También de olvidos. Y no es cuestión de ciencia o de justicia, sino de poder y de voluntad de poder. Ofrece también el canon una imagen de Azorín como «autor clásico». Es, en verdad, otra sombra que se añade a la sombra del «escritor puro». Azorín es así un «clásico contemporáneo». Su obra, en efecto, parece haberle otorgado un puesto de indiscutible valor dentro de las historias de la literatura, un lugar privilegiado en la narración de algunos capítulos fundamentales de nuestra cultura contemporánea (gestación de la nueva novela, renovación de la crónica periodística y de la crítica literaria, teatro y novela de vanguardia, ensayo literario, etc.). Esta condición suya de autor clásico, sin embargo, constituye también, en cierto sentido, una forma de condena. La conquista del clasicismo conlleva el peligro de convertir al autor clásico en indiscutible; de aceptar como válidos para siempre los parámetros y criterios que hicieron del autor un clásico; de dar un valor absoluto a distinciones y categorizaciones que sólo pueden ser relativas.
El autor clásico queda así atrapado en la repetición de los modelos desde los que se configuró y consolidó su clasicismo. En el caso de Azorín, su clasicismo hace que el literato ensombrezca al intelectual, al pensador, al teórico de la política y al mismo hombre de acción. Inútil buscar a Azorín en los anaqueles que nuestras bibliotecas reservan para el pensamiento y la filosofía, los estudios culturales y la teoría política.
en el horizonte del canon a una función subsidiaria de la creación literaria. La consideración de autor clásico introduce, pues, un orden en su obra y establece una jerarquía entre sus escritos. Luz y tinieblas: la claridad del orden también genera sombras, y la jerarquía olvidos.
La consagración «literaria» de Azorín se ha llevado a cabo a expensas, entre otras cosas, de su pensamiento político y de su dimensión intelectual, y, sobre todo, desgajando el carácter unitario de su obra y estableciendo una jerarquía impropia que anula la convergencia de las distintas facetas de la misma en un único proyecto. El proyecto, sin embargo, existe, si bien se halla oculto bajo estratos de sombra y de silencio. La «pequeña filosofía» no es un rótulo vacío de significación. Es, al contrario, ese proyecto unitario y vertebrador del corpus azoriniano. También fue periodista, crítico de todo tipo (literario, teatral, de costumbres, político, etc.), y fue también un político y un teórico de la política. Y toda esta múltiple acción variamente desplegada convergía en una única acción: la del intelectual comprometido con su propio tiempo.
No es sólo cuestión de estilo, aunque también, pero de un estilo que no es simple esteticismo y maestría técnica, sino respuesta concreta a una indagación radical por las oscuras galerías del nihilismo finisecular. No es el elogio reductivo de su lirismo el mejor camino para descubrir el secreto de la «pequeña filosofía». Convendría detenerse más en ese nombre: algo tendrá que ver con la filosofía, con el modo de colocarse respecto a la gran filosofía y con la perspectiva nueva que pretende inaugurar (para la literatura con la filosofía y para la filosofía con la literatura). La «pequeña filosofía» no es sólo un simple proyecto narrativo, sino algo mucho más amplio y de mayor envergadura: es, sí, una narrativa, y también una ética y una estética bien fundadas metafísicamente, y es, desde luego, también, una hermenéutica de la cultura y una teoría política. Éste es su vuelo y su despliegue, y no verlo así, o considerarlo de otro modo, significa extraviar su horizonte y falsear su más íntima raíz.
sino que está enraizada en el corazón mismo del que brotan tanto su obra como su acción intelectual. Azorín no sólo participó activamente en la política de su tiempo, como cronista parlamentario, diputado o subsecretario de Instrucción Pública, sino que quiso dar al reformismo conservador una plataforma teórica desde la que se pudieran levantar las bases para una acción política duradera y eficaz en el tiempo. Más allá del grado de acierto que hoy le atribuyamos, más allá del grado de adhesión o de rechazo que hoy pueda suscitar en nosotros, lo cierto es que él era consciente de que la necesidad de reformas en la España de la Restauración debía ser acometida desde un proyecto global; que la reforma concreta, sin proyecto, quedaba aislada en el tiempo y en el espacio y mermada en su capacidad operativa; que la fuerza de la reforma no estaba en la reforma misma, sino en el tejido reformista del proyecto desde el que ésta se llevaba a cabo. Y era consciente, también, que para fraguar un eficaz proyecto de reforma política debían crearse primero las bases culturales capaces de sostenerlo. Negar, pues, a los escritos políticos de Azorín la dignidad de ser expresión literaria de un pensamiento político, resaltar en ellos sólo «lo literario» y no querer reconocer «lo político», persistir en su olvido y en su marginalidad dentro del corpus azoriniano, constituye hoy, sin duda, una sutil forma de traición a la articulada complejidad de la obra azoriniana.
Ahí están, en propósito, sus libros, desde El político (1908) hasta El chirrión de los políticos (1923), pasando por Parlamentarismo español (1916), los dos opúsculos sobre La Cierva (1910 y 1914), y Fantasías y devaneos (1920), libros a los que aún habría que añadir los centenares de artículos de periódico con los que enjuició el momento político en el día a día de su sucesivo acontecer. No es cosa de poco, desde luego, pero nuestra actual conciencia literaria ha relegado esta parte del corpus azoriniano al olvido y a las sombras. Lo ha silenciado: podría decirse incluso que ha perseguido denodadamente su silenciamiento (nótese en propósito que en la empresa editorial azoriniana más reciente y de mayor envergadura, las Obras escogidas de Espasa Calpe, no hay ni rastro de los escritos políticos de Azorín). Y sin ese material a mano, sin esa textualidad disponible, ¿cómo puede pensarse que la crítica se está moviendo adecuadamente con relación a Azorín? ¿Cómo puede pensarse que esos membretes («anarquismo literario», «conservadurismo reformista», «liberalismo reaccionario», etc.) con los que la crítica pasa como sobre ascuas en la consideración del Azorín político constituyen categorías adecuadas para su justa comprensión? Sin la disponibilidad de los textos sólo cabe la repetición de los tópicos. Y del dominio de los tópicos al naufragio de la crítica sólo hay un paso. Por eso es tan necesaria como urgente la edición del corpus político azoriniano.
La crítica que se desenvuelve entre los tópicos acaba siempre presa entre redes de prejuicios. Y el prejuicio es sombra cotidiana de Azorín. No cabe duda que el Azorín político genera incomodidad y desconcierto. También inquietud y desasosiego. Quizá por eso se le evita y todo se traduce al cabo en indiferencia. Es más fácil ocuparse de lo que no molesta, de lo que no inquieta. Es más fácil permanecer bajo la luz del canon que adentrarse en el peligro de sus sombras. Quizá por eso el efecto reparador de las imágenes del «escritor puro» o del «autor clásico» resulta aún tan atractivo y sigue cosechando tanto éxito. Sobre todo en los ambientes universitarios, donde —conviene no olvidarlo— las interpretaciones que no transitan por caminos abiertos y suficientemente consolidados corren el riesgo de no encontrar el adecuado reconocimiento académico. Otro problema con el que el Azorín político se da de bruces. Es como si hubiera miedo a que algo salpique y acabe manchando los currículos de los investigadores. Como si hubiera algo de políticamente incorrecto en el acercamiento al Azorín político. Algo que tiene que ver, claro está, con la siniestra dinámica del canon y con su perverso reflejo en la institución universitaria. Pero si el miedo cunde, la investigación será vana e infecunda. La sumisión al poder podrá abrir la puerta del éxito académico, pero no será nunca garantía científica para los resultados alcanzados. Hay muchas formas de miedo, y algunas de ellas se celan tras este simbolismo de la suciedad y de la limpieza. A nadie en su sano juicio se le ocurre pensar que si un investigador dedica sus días y su esfuerzo al estudio del nazismo o del estalinismo se sigue de consecuencia que sea o un nazi o un estalinista. Con el conservadurismo, en cambio, parece que fuera cosa distinta. Pero no nos engañemos, porque esto tiene un nombre bien preciso: se llama falsa conciencia, y tiene que ver, sobre todo, con esa presunta —y falsa— superioridad moral de la izquierda que tantos estragos ha hecho entre las filas intelectuales. ¿O es que somos tan de izquierdas que tenemos miedo de que puedan pensar que somos de derechas? Las pautas de lo politically correct no deberían roturar el campo de las pertinencias investigativas.
A poco que se adentre uno en los escritos políticos de Azorín, se dará cuenta de su anomalía dentro de la tradición conservadora española. Azorín, políticamente, estuvo siempre entre dos fuegos: demasiado conservador para los progresistas y demasiado liberal para los conservadores. Tráigase a la memoria, si no, el recuerdo de su fallido intento por entrar en la Real Academia en 1913: le apoyaron, como se sabe, los académicos liberales y progresistas, y le negaron su apoyo, precisamente, sus correligionarios conservadores. Ello motivó aquel magnífico acto de homenaje que le tributó la juventud artística e intelectual en Aranjuez, en lo que acaso fuera el primer acto oficial de aquella incipiente generación del 14 guiada por José Ortega y Gasset y Juan Ramón Jiménez. No es ésta la peor puerta para entrar en el universo del conservadurismo azoriniano. Y tampoco hay que desatender el alcance de aquellos versos machadianos leídos durante la Fiesta de Aranjuez en los que el poeta se refería a Azorín como «el reaccionario por asco de la greña jacobina». No fue exclusivo de Azorín aquel asco, sino común a gran parte del movimiento intelectual de aquellos años. Era una marca del tiempo sobre la que convendría meditar mucho antes de proyectar sobre aquella época juicios y prejuicios que son de nuestro tiempo.
El valor negativo que albergan los nombres de reaccionario, antimoderno, conservador, etc., obliga, en cierto modo, a acoger un general horizonte de condena sobre los autores así calificados. Todo intento de reparación crítica que no acoja esa negatividad queda indefectiblemente relegado a los márgenes y a las sombras. Se hace necesario acoger ese horizonte negativo y partir de él. Y el primer tramo será siempre como desandar un camino errado. A Azorín, en este sentido, le tocó ir siempre a la zaga y contracorriente. Algo similar sucede hoy a la crítica que de él quiera ocuparse sin plegarse al imperio de la lógica dominante. Tendrá que moverse también contracorriente, pues la corriente discurre fácil por la pendiente del canon. Tendrá que ser también —porque así será considerada— reaccionaria. No pocas veces la pendiente doblegará su esfuerzo, pues la persecución de la verdad es siempre un camino cuesta arriba y con el viento contrario, mas, como Sísifo, volverá a abrazar la piedra como si fuese un destino y, con ánimo renovado, volverá a empujarla otra vez pendiente arriba. Será reaccionaria porque se habrá sobrepuesto a la derrota y, sobre todo, porque no habrá pactado con esa fuerza inercial que empuja hacia los lugares comunes consolidados.
El ejemplo señalado anteriormente debería servir, en cualquier caso, para ilustrar la complejidad del Azorín político y para reclamar también la necesidad de acometer su estudio con instrumentos adecuados. Un estudio, de todos modos, que no debería hacerse separadamente, es decir, aislando el Azorín político de los otros «Azorines» (el novelista, el dramaturgo, el periodista, el filósofo, etc.), sino que debería llevarse a cabo desde una comprensión holística del corpus azoriniano. Y ello, poniendo de relieve que a Azorín acaso convenga más el estado de excepción que la norma común al uso de la crítica; más la elasticidad de planteamientos hermenéuticos, cuyo fundamento se persigue dentro del propio corpus, que la rigidez de marcos teóricos predefinidos y ensayados en obras ajenas. Azorín es un autor límite, y en su obra, si no se anda con cuidado, puede naufragar buena parte del instrumental analítico desplegado por la crítica a lo largo de la pasada centuria.
Sólo de este modo podrá hacerse luz entre las sombras y podrá recuperarse la herencia perdida de Azorín.
La industria editorial española ocupa el cuarto lugar en el mundo y el segundo en Europa. Este dato, completamente revelador e inusitado para un país con un nivel de lectores tan bajo, está muy relacionado con varias características que posee este mercado difícil y poco convencional. La presencia de los premios es una de sus señas de identidad más sorprendentes, tanto por su cantidad como por las grandes sumas que anualmente se reparten.
Antes de valorar y analizar los galardones literarios se hace necesario precisar algunos términos. Desde el punto de vista socioliterario (disciplina en la que entra el mercado editorial), el análisis de la obra se realiza no por sus contenidos artísticos, sino sociales. No todas las grandes novelas han tenido influencia en la sociedad y muchas de las que más han creado modas culturales han sido desacreditadas por la crítica. No se entra, por tanto, a una valoración estética, sino comercial.
Se construye de este modo la diferencia entre la cultura de masas y la selecta o destinada a los especialistas (también llamada cultura sin más). Nos referimos a una cultura elitista centrada en un número concreto de editoriales, lectora de suplementos culturales y asidua a las librerías; frente a otra, mucho más abundante, que tiene principal noticia en los best-sellers, publicitados en medios nacionales o bien promocionado por el boca a boca. Desde un punto de vista comercial podemos apreciarlos (aunque caben ulteriores clasificaciones) como los dos principales targets del mercado cultural.
LA TEORÍA DE LOS GRANDES NÚMEROS
Un elemento determinante entre ambos públicos es lo que podemos denominar -en revisión total de su sentido original- la Teoría de los Grandes Números. La cultura popular, simpatizante de las grandes sumas en general, representa en término no marcado, no hay conciencia de clase porque son «la gente» y por lo tanto lo que es bueno para muchos también lo será para ellos: un libro que haya vendido más de cien mil ejemplares tiene que tener su lógico valor, un premio que concede seiscientos mil euros ha de ser prestigioso. Por el contrario, los miembros de la alta cultura padecen con vértigo su conciencia de clase y buscan desesperadamente la diferenciación. Si algo tiene mucho éxito es, al menos, sospechoso de comercialidad y por lo tanto de subcultural. El libro ideal es la obra conocida únicamente por unos pocos, las recomendaciones tienen su valor según la persona que las transmite -y entre ellos tienen un especial valor los críticos-; aunque también hay que decir que no hay nada que les alegre más que ser ellos mismos los descubridores del pequeño tesoro literario.
Por supuesto que desde el plano socioliterario al que antes nos referíamos es la cultura de masas o popular la que más interesa. Y es en ese contexto donde hay más que decir sobre los premios literarios. Hoy por hoy son estas concesiones el principal vínculo entre las publicaciones especializadas y los medios generalistas. Los premios, tanto institucionales como privados, juegan a esa Teoría de los Números al tratarse de un homenaje público a un escritor. Es decir, de una valoración no elitista de una obra maestra. Y si a esa afirmación social se le une una cuantiosa suma, el interés se multiplica. Cuando le preguntaron a Alvaro Pombo por su decisión de presentarse al Planeta, él respondió que así podría pasar de vender treinta mil ejemplares de sus novelas a más de doscientos mil. La calidad del libro no tiene que ser sustancialmente mejor, ni siquiera ha de ser más cercano o accesible al gran público: un simple fallo y un intercambio de billetes lograban multiplicar las ventas casi por siete.
EL ORIGEN DEL RECONOCIMIENTO
La tradición de premiar a las grandes artistas tiene un origen que puede remontarse casi hasta el nacimiento de la literatura. En el mundo griego se concedían honores a los poetas de fama, y los juegos florales europeos, que sobrevivieron hasta el siglo XX, comenzaron en la Edad Media.
Si pretendemos buscar el sentido de este tipo de condecoraciones -el elogio público de un artista por la calidad de su obra-, adivinamos cierta necesidad de afirmación social, un pago a la maestría que muchas veces no estaba relacionado con el dinero, sino con un aumento de su vanidad creadora. Se dividen así los beneficios del arte en dos grandes apartados: los puramente materiales y los simbólicos. Estos segundos están relacionados con la fama, los honores y la gloria del creador, que aspira así a una perdurabilidad en su obra.
Estas manifestaciones, probablemente implícitas a la creación, estaban únicamente orientadas al artista. El elemento transmisor -ya sean los habitantes de las polis, los monarcas o las sociedades de amigos del país- no se dejaban nada para sí. Se suponía un acto gratuito y desinteresado. Lo único a lo que podían aspirar era a la gloria del poeta, que repercutía favorablemente en aquellos que se la concedían, pero nunca se lograban otros beneficios más materiales.
En los difíciles años cuarenta del siglo pasado los premios literarios tuvieron una nueva función. Ayudar a los autores jóvenes para darles el empujón necesario en sus primeros pasos por el difícil mundo de las letras. Tenemos que pensar que el poder económico y social que ahora tienen los narradores es muy reciente y está relacionado con el cambio que sufrió el mercado literario en la segunda mitad del siglo XX. En tiempos de crisis general, se vio la posibilidad de premiar económicamente a los noveles autores como una revisión del mecenas antiguo. Un autor inédito necesitaba dinero para vivir, pero mucho más interés tenía en publicar su novela. Así se incluyeron las editoriales como otorgantes de premios. Era lo más lógico, pues además del premio, la principal necesidad de un autor novel era la publicación y estas empresas eran las más adecuadas para ello. Cambia así la tipología del premio, pues ya no sólo se le otorgaba al premiado prestigio y fama, sino beneficios económicos.
Sin embargo, las editoriales tienen ánimo de lucro o por lo menos de supervivencia, y poco a poco se fueron dando cuenta de que la validación cultural que ellas otorgaban al autor les era devuelta en forma de grandes ventas. La editorial contaba con prestigio literario, lo transmitía al autor joven que, al adquirirlo, vendía más. Las novelas premiadas lograban mejores ventas que otras similares que discurrían por los cauces habituales.
La semilla comercial ya estaba puesta, y cuando en 1957 el Premio Planeta (hasta ese momento concedido únicamente a autores jóvenes) fue a parar a Emilio Romero, a la sazón director de Pueblo -uno de los diarios más vendidos de la época-, tanto el editor como el jurado y por supuesto el ganador tuvieron que excusarse por el fallo. José Manuel Lara, que tuvo una visión mucho más avanzada que la época en la que le tocó vivir, adivinó el filón. La publicidad que le daba premiar a un autor ya conocido multiplicó las ventas del libro y el año siguiente quiso ir más lejos concediéndole el premio a Torcuato Luca de Tena por Edad prohibida. Sin embargo, el resultado fue lamentable, varios miembros del jurado se negaron a concederlo y propusieron a un autor menos conocido como era Julio Manegat. Al final, la disputa terminó con la concesión del premio a la candidata de nadie: una poco afortunada novela de Bermúdez de Castro.
Sirvan como botón de muestra dos declaraciones relacionadas con los orígenes del Planeta. En el primer año de su convocatoria (1952), GonzálezRuano fue secretario del jurado y, antes del fallo, publicó las siguientes palabras: «El general criterio de todos, del editor el primero y también el mío, es que, a ser posible, las cuarenta mil pesetas sean para un novel». Tan sólo ocho años más tarde, y tras la concesión del premio al conocido y bien publicado Tomás Salvador, el propio Lara declaró: «Es totalmente absurdo e imposible pretender sacar del anonimato todos los años a un genio de la literatura. No hay más cera que la que arde».
EL VOLUMEN DE PREMIOS EN ESPAÑA
Excluyendo el caso del Planeta, desorbitante en todos sus planteamientos, vemos en la actualidad que los premios literarios han cundido como la espuma en el ámbito nacional. Actualmente son más de mil seiscientas las convocatorias en España, frente a las setecientas de un país con una masa lectora mucho más abundante como es Alemania. El número es tan extraordinario que la librería y editorial Fuentetaja publica anualmente su Guía de premios y concursos literarios. Un libro de casi cuatrocientas páginas donde se recogen todos ellos, para uso y beneficio de escritores o aspirantes a serlo.
Prácticamente cualquier editorial de mediana consistencia tiene el suyo y cuida las convocatorias como oro en paño. Alfaguara, Tusquets o Anagrama (Premio Herralde), son ejemplos claros. El mismo grupo Planeta distribuye, cada año, más de un millón y medio de euros en los diez premios que reparten sus diferentes editoriales.
¿Qué ha producido ese cambio? ¿Cómo nos hemos visto inmersos en esta marabunta de condecoraciones, distinciones y honores? Cualquier persona medianamente interesada en el asunto podrá comprobar que la antigua intención de buscar nuevas voces y sacarlas de las pilas de manuscritos sin publicar ha pasado a la historia. Si el premio se concede a un autor reconocido, se arriesga menos y se gana más.
Ante los comentarios escandalizados sobre el ocaso de la literatura ante el demonio del mercado hay que decir que una editorial es, a fin de cuentas, una empresa: con balance de cuentas y margen de beneficios. Una empresa que puede ir bien o mal y de ello dependen los sueldos de los empleados e incluso su propia supervivencia. Pensar otra cosa sería ingenuo y muy poco realista.
Las editoriales se consideraban hasta hace pocas décadas como un oficio de caballeros. Los señores editores solían ser personas con un buen capital familiar y un gran interés cultural que deseaban transmitir. En este contexto sí que se entendía el sentido del mecenazgo. Sin embargo, para bien o para mal, a lo largo de los años sesenta la perspectiva cambió sustancialmente. La era industrial estaba cerrada en Occidente, los bienes de consumo fueron accesibles a la mayor parte de la población y los índices de escolarización, como consecuencia de la alfabetización, se elevaron. Es la llamada sociedad del bienestar que tiene sus efectos en todos los ámbitos y, por supuesto, también en el literario. Ya no compraban libros el pequeño porcentaje de lectores, los cinco mil ejemplares que suponían unas buenas ventas en los años cincuenta comenzaron a no cubrir apenas los costes de edición y los editores clásicos se vieron obligados a profesionalizar una empresa que hasta ese momento no se había considerado como tal. El caballero dejó paso al comerciante.
El cambio llega a España en los ochenta. Las editoriales tradicionales sufren un gran transformación y sólo las que mejor se ajustan al nuevo mercado sobreviven. El resto son absorbidas y se crean así los grandes grupos que ahora conocemos. Un 4% de las empresas copan el 60% del mercado. Las exigencias editoriales también cambian, pues de un exiguo 4% de beneficios que era lo habitual hasta entonces, se aspira a un mucho más sustancioso 10% o incluso 15%, lo mínimo que se le puede exigir a un comercio medianamente rentable. En este contexto de sociedades, acciones y márgenes de beneficio, el mecenazgo quedó muy olvidado.
LOS AGENTES LITERARIOS
Pero para hablar de la actual situación de los premios no podemos olvidar otro cambio importante que se dio en el mundo editorial por los años setenta. Se trata de una historia que comenzó con una mujer que decidió emprender un trabajo que hasta ese momento no se practicaba en España: agente literario. Afortunadamente para ella, llegó del brazo de Gabriel García Márquez y Mario Vargas Llosa en los primeros años del boom. Uno de los muchos cambios que introdujo Carmen Balcells fue la introducción del anticipo de derechos. Hasta ese momento, el escritor sólo percibía su porcentaje de beneficios al finalizar cada ejercicio, y cuando las ventas de una edición se dilataban durante varios años, ese dinero era apenas perceptible. Con los anticipos se adelantaba ese dinero y, como consecuencia, muchos escritores pudieron de una vez comer caliente.
La aparición de los anticipos también produjo un encarecimiento de los autores: contratar una novela equivalía a hacer una gran inversión previa en el ya de por sí difícil mercado editorial. Los grandes autores eran valores seguros, pero con altos precios que exigían grandes inversiones y por lo tanto grande ventas.
En el contexto antes expuesto -profesionalización del oficio, crecimiento de la competencia y gran desarrollo de los anticipos-, los premios literarios otorgados por las editoriales adquieren una nueva función. Las convocatorias y actos de concesión se apreciaron como una gran herramienta publicitaria. La relación entre el dinero invertido y el impacto mediático es asombrosa, pues se constituye en un hecho noticiable y se consigue así que los medios comuniquen la información necesaria de los ganadores de una forma completamente gratuita. Uno de los consejos que Lara dio a su hijo, heredero del emporio planetario, fue que nunca jamás le cerrara la puerta a un periodista. Aparecer en una noticia en un periódico nacional equivale a una inversión en publicidad asombrosa y es tremendamente económico.
Sin embargo, para llamar la atención de los periodistas no basta con enviar una nota o un dossier de prensa con el fallo. El propio acto de concesión tiene que tener entidad propia y ser casi de por sí reseñable. Se llega entonces a los grandes fastos que cualquier editorial importante desarrolla en las ceremonias. Grandes cenas, selectos invitados, regalos a la prensa y demás dispendios han sido una constante en las últimas décadas.
No se puede obviar, por supuesto, el mayor reclamo mediático que existe: las grandes sumas económicas. La lotería de Navidad es un hecho notorio por el simple hecho de que se regala mucho dinero. Del mismo modo, una dotación sustancial es un gran ingrediente para que la prensa vuelque su atención sobre el premio. La fuerte dotación tiene, así, dos grandes intenciones: por un lado, conseguir la presencia de manuscritos pertenecientes a escritores consagrados, a los que el prestigio del premio no les llama pero sí la cantidad; y por otro lado, crear expectativa social por adivinar quién se llevará tan preciado galardón y la consiguiente afluencia de medios. Por último, y con la cabeza puesta en las ventas, valorizar a la obra ganadora. Si un libro ha merecido una importante cantidad económica es porque tiene que ser bueno.
Hasta aquí presentamos a los premios editoriales como una pura estrategia de marketing. Una gran inversión que realizan las editoriales para lograr vender ejemplares. Con todo, siempre cabe el riesgo: la novela puede no tener las ventas previstas y entonces todo el dinero empleado desaparecería. Podría ser así y seguiría siendo una interesante estrategia, pero hay otro componente que reduce el riesgo.
¿PURA ESTRATEGIA COMERCIAL?
Ya hemos hablado de los anticipos. Hoy por hoy, los grandes escritores exigen unas cantidades que suponen un verdadero quebradero de cabeza a los editores. En tiempos, cuando la relación autoreditor era personal e incluso amical (ahí tenemos el caso de Verges y Delibes), el movimiento de escritores entre diferentes sellos apenas existía. Ahora es necesario mantenerlos a golpe de talonario. Importantes sumas que en ocasiones pueden pasar del medio millón de euros.
Con este nuevo dato, y conociendo las características de los premios, no es difícil encontrar ciertos paralelismos. Con un pequeño giro en la convocatoria al premio se consigue matar dos pájaros de un mismo tiro. Algo tan sencillo como «la dotación será otorgada en concepto de anticipo de derechos». Se premia al autor y ya de paso se le contrata la obra con un interesante anticipo que, de todas formas, habría que concederle. Por muy alta que sea la cantidad, siempre hay oportunidad de recuperarla con las ventas, pues de todas formas ese dinero va a ir al autor. Una sencilla operación (si se tiene en cuenta que los derechos de autor suelen rondar entre el 8 y el 10% del precio del libro sin IVA), nos convencerá de que es muy poco el dinero que se arriesgan las editoriales.
Dicho todo esto cabría preguntarse sobre el prestigio de los premios: ¿es coherente o ético vender una novela con la faja en rojo donde se menciona el premio que ha conseguido, si éste es únicamente una estrategia comercial? Si las novelas premiadas sólo lo son por su potencial de ventas, ¿no será un engaño venderlas por su calidad literaria? Como siempre, la realidad tiene muchos más grises de lo que aparenta. Ni todos los premios premian por la comercialidad de la obra ni el público lector se deja engañar fácilmente. Una novela mal construida nunca va a ganar un premio, porque nadie la va a leer. Las bases narrativas son una premisa que cualquier editor, por comercial que sea, va a considerar como condición imprescindible. El único giro literario que esta situación ha podido provocar es cierto clasicismo en el modo de escribir. La complejidad y experimentación narrativa, que fue preciada en tiempos anteriores, ha quedado relegada frente a una narrativa cercana con una intención comunicadora. Es el triunfo de la historia frente al discurso, pero eso ya es literatura.
El pasado verano, Cormac McCarthy concedió una entrevista. Gran conmoción en el mundo literario. El novelista, al que el mismísimo Harold Bloom ha situado a la altura de Thomas Pynchon, Don DeLillo y Philip Roth como «uno de los cuatro novelistas más importantes de su tiempo», sólo había concedido dos entrevistas en toda su vida. Una, al periódico de El Paso, la pequeña ciudad texana en la que vive. La otra, al inevitable The New Tork Times en 1992. Quince años después, McCarthy volvía a mostrarse. En todos los sentidos, además: iba a comparecer en un programa de televisión. Lo más sorprendente de la cuestión quizá sea que la autora de semejante prodigio no sea precisamente un gurú de las letras, sino la presentadora del talk show con mayor audiencia del mundo: Oprah Winfrey.
Las dotes persuasivas de esta afroamericana tiene su explicación en una de las secciones estrellas de su programa de variedades, equivalente en España a los de María Teresa Campos o Ana Rosa Quintana. El Oprahs Book Club aconseja libros que de inmediato ven aumentadas exponencialmente sus ventas por el mero hecho de incluir en la portada el sello que acredita la predilección de la diva de la clase media norteamericana. Los medios no tardaron en bautizar el fenómeno como el efecto Oprah.
Tras una primera etapa (1996-2002) que acabó con una agria polémica, Oprah decidió decantarse preferentemente por los clásicos. La magia continuó vigente. La elección de Ana Karenina catapultó a un autor en principio tan poco mediático como Tolstói al estrellato: Penguin, la editorial de la versión escogida, imprimió 800.000 ejemplares más de los que tenia previsto antes del efecto Oprah.
Esta sorprendente capacidad de revivir a los clásicos no pudo dejar indiferente a quien, como Cormac McCarthy, transita por la senda que conduce a los cánones. Tal vez por eso aceptó la entrevista para hablar de su último trabajo, The Road. Por eso y, como le reconoció en el aire a Oprah, porque le encanta ser un bestseller.
Por supuesto, las reacciones no se hicieron esperar. El New York Magazine fue especialmente ácido: «Parecía un amable anciano resuelto a responder las inanes preguntas planteadas por la excesivamente entusiasta señora que tenía sentada enfrente. Winfrey soltaba preguntas como ¿De dónde le vino la idea para esta novela?».
El debate sobre el inopinado binomio Oprah-McCarthy también llegó a este lado del Atlántico. Pero, aparte de las esperables críticas de la élite intelectual, hubo un eco bastante diferente en otros ámbitos. En el foro en Internet de la revista Qué leer, por ejemplo, una internauta con el alias Nerea 76 se atrevía a decir: «Os va a parecer una tontería, pero echo de menos en el programa de la Campos una sección sobre libros, algo que acercase a los ciudadanos a la literatura pero sin asustarlos; lo digo por experiencia, si a mi jefa, mi madre y mi vecina les hablaran de libros con sencillez, seguro que se volvían lectoras empedernidas».
Y, entre otras respuestas, un tal Koko sugería: «Por ejemplo, ya que están tan de moda Los Gavilanes y las novelas tipo Harlequín, se podrían recomendar novelas como las de Jane Austen, que aparte de amores tienen mucha psicología y una calidad incuestionable».
Aunque con objetivos diferentes, algunos de los jóvenes que comienzan a pisar fuerte en la escena de la programación cultural apuntan en un sentido parecido. Ramón Piqué, director del programa cultural de TV3 Silenci?, reconoce que los programas de libros en general le parecen «bastante aburridos, porque es un formato siempre muy clásico, hechos por literatos y gente que lee mucho y sabe mucho de literatura, pero piensa poco en quienes leen menos».
Pero otro público muy determinado no se conforma con igualar por abajo. «Los programas de libros deben dirigirse a los que ya leen, mucho o poco, da igual, pero lectores al cabo; a nadie se le ocurriría hacer un programa de cine para gente a quienes no gusta el cine ni de deportes para no interesados en los deportes», dice Emilio Manzano, conductor de varios programas sobre libros en la televisión catalana.
Y en esa franja más exigente, todos los caminos llevan a la misma nostalgia: «Los programas sobre libros siempre han sido una asignatura pendiente en la televisión, a excepción de lo que hacía Bernard Pivot en la televisión francesa. Pivot era un gran lector y comunicador y amaba lo que hacía», explicaba Herralde en una entrevista en la revista Presston.
Bernard Pivot comenzó su carrera en la televisión pública francesa en 1973, y pronto convirtió su Apostrophes, que duró quince años en antena, en uno de los grandes referentes culturales en todo el mundo. Hábil y mitómano, Pívot supo rodear el programa de leyendas, como aquella en la que el té que bebía Nabokov en una entrevista escondía en realidad un inspirador güisqui. Después, mantuvo su éxito de audiencia con Boillon de Culture, y en 2002 se retiró del mundanal ruido mediático, al que ya apenas contribuye con alguna aparición esporádica.
«Pivot es el termómetro, todos quieren ser Pivot», explica Antoni Martí, finalista del Anagrama de Ensayo. Sólo se le ha acercado -en su propio estilo, por otro lado- el veterano Marcel Reich-Ranicki en Alemania, pero otros países han creado epígonos aceptables. En España, por el contrario, nadie ha podido -o sabido- encarnar ese modelo.
El escritor David Torres recuerda el caso de A fondo que dirigió Joaquín Soler Serrano en los años setenta. El formato no podía ser más sencillo: entrevistas largas -más de una hora de duración- en estudio a primeras espadas de las letras como Julio Cortázar, Jorge Luis Borges o Torrente Ballester. La colección completa se ha editado en DVD y algunos capítulos se han agotado.
Martí explica el éxito de Soler Serrano: «No era un gran entendído en literatura, pero sabía que su papel se limitaba a hacer unas preguntas y desaparecer: la estrella era el escritor». Irremediablemente surge el nombre de Fernando Sánchez Dragó, para muchos un fallido intento de reencarnar a Pivot en versión española. Aunque nadie le discute sus conocimientos y su tesón, el carácter le ha jugado malas pasadas: «Para dirigir un programa de este tipo hay que ser lo suficientemente sabio como para ser humilde», dice Antoni Martí.
David Torres, además, echa de menos la profundidad que lograba el formato de Soler Serrano: «Sánchez Dragó hizo alguna entrevista larga, pero luego se dedicó sobre todo a ese tipo de programas ensalada, con varios tertulianos; y eso no funciona».
En ese mismo sentido, Emilio Manzano no hace concesiones: «El formato debe ser clásico, reaccionario si se quiere: basado en la conversación más o menos dilatada; si no cree en la palabra quien propone un programa literario, si está más pendiente de la imagen que de la palabra, qué confianza va a generar en el espectador».
En definitiva, parece evidente que existen dos demandas muy diferentes con un punto en común: la insatisfacción. Antoni Martí, que quedó finalista del Anagrama de Ensayo con el libro Poética del café, en el que analiza otro foro literario más convencional, pone el dedo en la llaga: «La relación entre libros y TV siempre ha sido bastante extraña.
Los programadores siempre piensan que el programa de libros tiene que satisfacer a todos los lectores, desde los consumidores de bestsellers, a los que leen la última edición de los diarios de Valery. Mientras que sobre cine, por ejemplo, sí coexisten programas muy especializados con otros más divulgativos».
¿No hay espacio en las programaciones de las cadenas españolas de televisión para dos programas diferentes sobre libros? Cierto que el que podríamos denominar modelo Pivot tendría que enfrentarse al eterno problema de la lucha de audiencias. Pero ahí la televisión pública tendría que aparecer como valedor de contenidos minoritarios pero vitales para mantener el tono muscular de la cultura nacional.
Respecto al modelo Oprah, las cadenas privadas deberían abrir los ojos a un negocio evidente… cuando alguien se atreve a hacerlo evidente: en 2002 otros tres talk shows matutinos estadounidenses decidieron seguir la senda del Oprahs Book Club: Today, en la NBC; Good Morning America, en la ABC, y Live with Regis and Kelly, sindicado a cadenas de todo el país. Carl Lennertz, director de una campaña de marketing para libreros independientes, dijo en una entrevista en The New York Times: «Mi sensación es que los tres nuevos clubes juntos equivalen a uno de Oprah». Ventajas de llegar primero.
Tenía que suceder en verano. Su encuentro con la muerte, su epifaTnía definitiva y esclarecedora, su felicidad reiteradamente buscada en un amor esquivo, su paz escondida tras el tormento y la crisis… sólo podían darse en un día luminoso de verano. Pocas veces se ha visto una vida tan certeramente reflejada en el celuloide, donde cada personaje mostraba siempre algo del propio Bergman. Y también pocas veces hemos contemplado un cine tan rico estética y conceptualmente, síntesis viva de toda la tradición y cultura nórdica, entre el rigorismo luterano y el sentimiento de culpa inoculado desde la infancia, con un gusto por lo simbólico y lo metafórico, con una afectividad fría pero intensa y explosiva para mostrar sus dramas existenciales. Al acercarnos a Bergman, su cine se nos ofrece de manera palmaria como una necesidad para liberarse de los demonios del pasado, y también como un instrumento de búsqueda de otras realidades cuando las «reales» e inmediatas no le satisfacían. Vivencias e inquietudes puestas en imágenes que reflejan una vida de angustia y soledad, pero también de viajes y exploraciones interiores en que se cuestiona lo que ve o se le ofrece. En cada película, el director de Gritos y susurros se desnuda sin pudor ante un espectador que se siente subyugado por la fuerza y dureza de unos dramas que, sin embargo, son mostrados con la belleza y elegancia de la poesía, aunque siempre marcada a fuego con cada encuadre preciso o con una iluminación matizada. Son trabajos que respiran todo el aliento de la modernidad cinematográfica, con una cosmovisión teñida de narcisismo y unas obsesiones permanentes, pero también en continua evolución y abordados con una sinceridad tan brusca y directa como descarnada e inmisericorde. Desde sus inicios en el teatro hasta sus últimas realizaciones para la televisión, desde la ficción cinematográfica hasta sus trabajos documentales, su obra adquiere un carácter poliédrico y de temática plural. Toda ella responde a la profunda inquietud de quien procuraba resolver unas dudas y temores insistentes, de quien buscaba la felicidad y el sentido de la existencia sin concederse un respiro: no eran una felicidad ni una explicación del misterio genéricas y abstractas, sino la felicidad y la razón de su propia vida. Su espíritu se hallaba, ciertamente, en permanente agitación, en continua ebullición y formulación de preguntas para las que no encontraba respuesta… pero que trasladaba a la pantalla con desgarro y perplejidad, para afrontarlas con el instrumental educacionalcultural que su tiempo le ofrecía… y siempre con absoluta honestidad.
Para Bergman, escribir, ensayar y rodar eran lo mismo que respirar, gozar y sufrir… ; con lo que se convertían en tareas necesarias, en su misma vida. Por eso, ahora que el autor ha muerto, nos queda su obra… , nada cadavérica ni embalsamada sino pletórica de anhelos e interrogantes, con caminos estilísticos y vitales transitados con mayor o menor acierto, pero de manera vigorosa y valiente, dispuesta a seguir dando luz y sombras al espectador inconformista y adulto que se atreva a preguntarse por su identidad, por el sentido de la vida y de la muerte, por la existencia de Dios y la esencia del amor, por la libertad y la conciencia, y por tantas cuestiones importantes que no aceptan un final hermético y cerrado, ni tampoco necesariamente un término feliz.
En esa trayectoria fílmicovital, el autor de El séptimo sello se erige como «el cineasta del instante», en expresión utilizada por Godard en su artículo «Bergmanorama» (1). Cada obra, cada escena, cada plano responden al momento presente en que director y personaje se hallan en busca de una respuesta concreta a un problema particular. En palabras Imagen de Bergman en el documental inédito Bergman Island realizado por Marie Nyrerod del director de Al final de la escapada, «un filme de Bergman es una vigésimo cuarta fracción de segundo que se metamorfosea y se dilata durante hora y media. El mundo entre dos parpadeos, la tristeza entre dos latidos, el gozo de vivir entre dos aplausos». Y por ese motivo, cada cuestión existencial está sujeta a un continuo cambio y evolución en su percepción, y merece el estudio y análisis matizado que excede a estas líneas. Sin embargo, siempre podemos trazar una primera aproximación a esa búsqueda de algo que diese sentido a la vida, a esa necesidad de creer en algo que alentase y calmase su espíritu sensible, artístico e inquisitivo. De esos dos parpadeos y latidos, de ese deambular por los caminos de la vida trataremos en las siguientes líneas.
En ese rastreo por su obra, descubrimos que hubo un Bergman comprometido con el pensamiento existencialista, que se atrevió a plantearse las últimas preguntas sobre el hombre, y que permaneció abierto a cierta trascendencia. Era un hombre que dirigía su mirada al cielo, buceando en su interior para descubrir el resplandor divino como en un Bergman en el rodaje de Saraband espejo e intentar acercarse a un Dios que veía lejano. Su búsqueda de la felicidad pasaba entonces por la aceptación del misterio, por creer y entender a Dios, y a la vez por resignarse ante la presencia del mal. Y por momentos, pareció intuirlo y haberlo encontrado: eran destellos de divinidad, epifanías de luz que bien podían haber alumbrado su camino y contribuido a la paz ansiada. Eran la quietud placentera de tomar unas fresas salvajes con el profesor Isak, o de descansar y conversar gozosamente con la familia de comediantes en la huida de la Muerte de Antonius Block. Pero no fue así, y el cruzado se mantuvo en la duda y con la conciencia de culpa, y su descreído y cínico escudero le asió de la mano para conducirle en la noche a territorios de escepticismo. Por entonces, aún quedaba sin embargo una rendija para que la esperanza invadiese el alma, deseosa de esquivar a la muerte, con la confianza en un «niño (el hijo del matrimonio de comediantes) que realizará el milagro» y un viejo profesor que se aferra a lo espiritual que aletea en los placeres sensibles y en la amistad (según se desprende de la poesía con que responde a los jóvenes autostopistas que le interpelan por el lugar de Dios en la modernidad).
Son los años de El séptimo sello (1956) y de Fresas salvajes (1957), donde mantiene en suspenso su actitud ante la eternidad, aunque su fe insegura y frágil muestre ya síntomas de resquebrajamiento. Dudas y crisis que tendrán en El manantial de la doncella (1958) su quicio sobre el que cerrar la puerta a la trascendencia. ¿Por qué este parpadeo drástico, por qué este abandono de la senda espiritual? Una vez más, nos encontramos ante la dificultad para entender el mal en el mundo y la injusticia con los más indefensos, para comprender a un Dios a la vez trascendente y próximo en la humanidad de Jesucristo, para desprenderse de la culpa y descansar en su bondad…, elementos que se convirtieron en piedra de escándalo y tropiezo que le desviarían hacia nuevos derroteros. Así, cada personaje de El manantial de la doncella responde a sus intentos, torpes y a ciegas, de encontrar la felicidad y la paz: la fe sentimental y ritual de una Marta que no duda; la conciencia puritana de Tore, lastrada por la culpa y un racionalismo formalista que le empujan a buscar su redención por medio de la gesta de construir una iglesia y no por la misericordia de Dios; la inocencia de Karin contrapuesta a la culpa de Ingerit, única que vive el amordolor religioso en profundidad y única que se arrepiente y alegra ante el milagro final de la gracia. Con sus personajes, Bergman se debate entre la necesidad de creer sinceramente (Ingerit) y el rechazo a una fe que sólo parece asequible desde posturas sentimentales (Marta) o voluntaristas (Tore). Sin duda le hubiera gustado acceder por el primer camino, pero no fue así…, y acabó rechazando abierta y definitivamente el segundo cuando realizó una nueva trilogía con Como un espejo (1961), Los comulgantes (1962) y El silencio (1963): era el portazo definitivo a Dios y al misterio.
Así pues, el director de Secretos de un matrimonio se dispuso a iniciar una nueva vía de búsqueda del sentido de la vida. Ahora, las fresas salvajes no estarían fuera del mundo sino en los placeres más sensibles, en el amor humano. El mundo de los conflictos interiores de la persona con su identidad y la libertad al descubierto, el de las relaciones de pareja y la naturaleza del amor con sus crisis y sus falsedades… ocuparon metros de celuloide en su constante búsqueda de un rincón de paz y felicidad. No era tarea fácil y quizá por eso, para protegerse del mundo y hallar la tranquilidad del espíritu, se refugió en la isla de Faro. Allí encontró inspiración para su Fanny y Alexander (1982), su última obra para el cine donde el escepticismo se ha adueñado de su discurso, aunque vuelva a dejar un resquicio a lo eterno. Al menos eso es lo que deja entrever cuando Gustav Adolf se dirige a su hija recién nacida y dice: «Tengo una reina en mis alegres brazos. Es tangible y a la vez misterio. Quizá pueda algún día demostrar que es falso cuanto he dicho. Algún día reinará no sólo sobre el pequeño mundo, sino sobre el otro mundo, el gran mundo». Ciertamente no es que recobre la fe ni siquiera la duda, sino más bien parece tratarse del deseo de tenerla, de que exista esa otra realidad que no ha llegado a encontrar ni comprender. Entonces, tras haber recorrido una parte del camino trascendente y otra del terrenal, la imaginación y la creación artística le ofrecen la oportunidad de recorrer una nueva senda por la que intentar driblar a la soledad y a la muerte, a la crisis y desencanto afectivo. Fanny y Alexander supone un paso más en ese pulso mantenido con la realidad durante tantos años, a la vez que un testamento de una vida de lucha y pelea. Ahora, el Alexander forjado en el crisol de la adversidad le presta, al final de la película, una apoyatura nueva que le consuela en la fatiga, una manera de huir de sus demonios y vislumbrar el sentido de las dificultades de la vida. Es el mundo de un creador de imágenes que se sirve del foco de luz que proyecta el cinematógrafo, es el sueño de una noche de verano donde un romanticismo liberador retoma el nombre de Mónica, donde la evasión por la vía artística enriquece un imaginario donde él da vida a las marionetas.
En esos momentos, parece que el buscador de luz que angustiosamente exploró los rincones del alma ha concluido su periplo. Tras recorrer un laberinto emocional e intelectual, ha encontrado el vacío y el desencanto, la soledad y la oscuridad. Ahora ya elude las preguntas metafísicas para caer en el mayor de los materialismos («el cine no es más que veinticuatro imágenes iluminadas por segundo, y tras ellas la oscuridad», dirá). Es el término de una odisea particular que apunta a la imposibilidad de redención ante una realidad decepcionante, ni tampoco sacrificio que merezca la pena (a diferencia de Tarkovski). Así pues, sus últimos años ejemplifican una renuncia a creer en el hombre y a plantearse las grandes cuestiones, y también un abandono a las pequeñas realidades cotidianas y placenteras: Saraband (2003) supone la materialización de ese cansancio especulativo y el fin de la crispación interior para entregarse serenamente en un abrazo final (metafórica y físicamente mostrado por Johan y Marianne, tras treinta años de crisis, separación y odio), con el consuelo ante el imposible de la felicidad y de la estabilidad emocional. Postura negativa y pesimista de quien contemplaba «la vida como una interrumpida e intermitente sucesión de problemas que sólo se agotan con la muerte».
Del camino espiritual-trascendente al terrenal-afectivo, para seguir por el imaginariocreativo y terminar en la asunción de una realidad que se imponía «de facto», entre el escepticismo y el cansancio existencial. Sin embargo, hubo un camino que Bergman no recorrió y quizá le hubiera gustado andar. Es el sendero que Orellana (2) ha llamado de la «nostalgia de la Encarnación» y que contenía algo de todos los transitados hasta entonces: vía que partiría de una fe sobrenatural pero encarnada en una persona humana, sensible y afectuosa, despojada del lastre de la culpa y cercana al hombre, espiritual y racional a la vez. El puritanismo luterano o el voluntarismo inmanentista le impidieron parece ser tomar ese camino, y prefirió echar el ancla en el fondeadero de Faro para esperar a la muerte con la aparente serenidad del viajero que, agotado, renuncia a una nueva pelea. Como decíamos, acabó por conformarse y aceptar la realidad finita y el amor imperfecto, por tomar unas fresas salvajes desprovistas del néctar divino. Pero quién sabe si, también en esta postrera ocasión, no habrá guardado un as en la manga y dejado una rendija por la que entre un haz de luz que le traiga la fe tan deseada, la felicidad tan buscada… , y podamos así verle en ese jardín floreciente, una vez superado con éxito el examen que tan magistralmente puso en escena junto al profesor Isak.
NOTAS
1 Godard, JeanLuc, «Bergmanorama», en Cahiers du ánima, no 85; julio 1958. Reproducido en Cahiers du cinema. España, no 4, septiembre 2007, págs. 106110.
2 Orellana, Juan, y Serra, Juan Pablo, Pasión de los fuertes, Ed. Cie Dossat 2000, Madrid, 2005, págs. 17 y ss.
Lunes, veintiseis de febrero. Museo Thyssen de Madrid. Veintiún profesores e investigadores comienzan a llegar al edificio madrileño. Miguel Falomir, conservador de pintura italiana del Prado, les da la bienvenida. No se pueden reunir en su museo pues las obras de ampliación tienen bloqueadas las salas de reuniones y de conferencias. Entre ellos hay expertos de todo el mundo: Augusto Gentile de la Academia de Venecia; David Rosand, de la Universidad de Columbia (Estados Unidos); Jil Dunkerton, directora del departamento técnico de la Galería Nacional de Londres; Robert Wald, restaurador, entre otras piezas de Tintoretto de la Susana y los viejos del museo de Viena; Tom Nichols, autor de la última monografía sobre el pintor veneciano; Bernard Aikma, del palacio Grassi de Venecia…
Este tipo de reuniones, habituales en museos y fundaciones estadounidenses, son menos frecuentes en Europa y excepcionales en España. Por primera vez el Prado ha convocado a expertos de todo el mundo para discutir, analizar, contrastar e intercambiar conocimientos sobre Tintoretto y romper moldes sobre una figura que, desde los tiempos de Jean Paul Sartre estaba asociada a la excentricidad al margen de lo que sucedía en Venecia en el siglo XVI. Esa visión de Tintoretto como pintor maldito fue uno de los tópicos que menos duró en el debate entre los expertos: una cosa es la literatura y otra la investigación. Se habla de técnicas de trabajo, de su taller, de sus relaciones con los comitentes venecianos que le encargaban trabajos y decoraciones, de su familia, de su personalidad… No bastan las opiniones. Todos alaban no sólo que el Museo Nacional del Prado Prado se haya lanzado a hacer una exposición sobre un pintor de los difíciles, de esos que no mueven, por lo menos aparentemente masas, pero que, a pesar de su nombre e importancia, siguen siendo desconocidos en muchas de sus facetas creadoras y también biográficas. Según Miguel Falomir, «la generosidad, no siempre frecuente entre investigadores, fue una de las características del encuentro. Se facilitaron datos, documentos y estudios aún en marcha. Todos quedarán reflejados en las actas del simposio que se publicarán en el Prado en marzo del 2008».
Los asistentes han visto la exposición a puerta cerrada, claro, pero a todos les interesa mucho más el Congreso Internacional. Una de las facetas del encuentro es discutir sobre los cuadros atribuidos. Falomir le ha pegado un mordisco al pintor y algunas de las obras del Prado han pasado a ser adjudicadas a sus hijos. Los gabinetes técnicos y de restauración también hablan de lo suyo: restaurar un cuadro es casi como desnudar al pintor. Y Tintoretto, uno de los maestros menos estudiados y expuestos, empieza a tener nuevos perfiles. La exposición (30 de enero al 13 de mayo de 2007) lo acerca al público, pero el Congreso Internacional celebrado en Madrid quedará, no sólo como una de las primeras reuniones organizadas por el Prado para investigar a un pintor, sino también como uno de los hitos artísticos de la temporada en nuestro país. No ha sido la única. Este ha sido un año excepcional. No sólo por la calidad de las exposiciones que se han sucedido en nuestro país, sino porque otros acontecimientos: ampliación del Prado, crisis del Reina Sofía, proliferación de nuevos museos…, han desbordado las páginas culturales para secuestrar las portadas de los diarios y revistas.
EL INVENTOR DEL PAISAJE
Apenas concluida la muestra sobre Tintoretto, otra interesante exposición le tomaba el relevo: Patinir, un primitivo flamenco, al que desde antiguo se le adjudicaba la invención del paisaje moderno, y del que el Prado guarda algunas de sus mejores obras. La muestra ocupaba las salas del primer piso donde se expuso hace unos años a Vermeer. La sorpresa fue que tuvo más visitantes que el propio pintor holandés, quizá por una hábil promoción que unía la muestra a la que el Thyssen dedicaba al impresionista Van Gogh, el último paisajista. Sea como fuere, el raro maestro tuvo éxito, pero no únicamente de público.
Siguiendo los pasos de Falomir con Tintoretto, Alejandro Vergara, conservador de pintura flamenca del museo, consiguió que vinieran a Madrid veintidós de los veintinueve originales del maestro: junto a ellos se exhibieron otros de escuela o de seguidores. Pero sobre todo, consiguió convocar a importantes. Junto a Maryan Ainsworth, del museo Metropolitano de Nueva York y Thom Kred, de la Fundación Paul Ghetty, estaban Lorne Campbell de la Galería Nacional de Londres; Meter Van der Brink, director del museo de Aquisgrán, Veronique Buceen, del Museo Real de Bellas Artes de Bruselas, y Paul Huvenne, del museo de Amberes. Junto a ellos participaron en las reuniones sobre Patinir dos coleccionistas españoles de paisajes neerlandeses: Antonio Hernández Gil y Joaquín Bordiú. La reunión, esta vez ya en el Prado, siguió los mismos procedimientos que la de Tintoretto: visita a la exposición (casi invirtieron veinte minutos por cuadro), afinar fechas de cada cuadro, discrepancias prácticamente las únicas dudas recayeron sobre el San Jerónimo del museo de Kalsruhe, firmado pero quizá apócrifamente y entorno en el que trabajó.
Una de las conclusiones, curiosas por lo demás, fue que los orígenes del capitalismo moderno no estuvieron en la ciudad de Amsterdam en el siglo XVII, sino que fue la Amberes del XVI la que sentó las bases de un comercio e intercambio que los documentos de la época constatan: los pintores y sus talleres son un excelente termómetro para conocer la riqueza de una ciudad y su pujanza.
Como señala Alejandro Vergara: «No concluimos nada diferente de lo que ya sabíamos de Patinir, pero compartir los últimos documentos sobre su obra, sus encargos, vida y los lugares a los que iban destinadas sus pinturas, nos ha hecho tener una perspectiva distinta, y nos permite repensar algunas fechas y la atribución de nuevas obras».
DE NUEVO VELÁZQUEZ
Pero no todo iban a ser pintores extranjeros. La reciente muestra sobre Fábulas de Velázquez ha permitido también, al margen de que no se hayan convocado esta vez a expertos mundiales, algunas novedades que prometen traer cola.
Efectivamente, hace un par de años, en noviembre de 2005, el Hospital de los Venerables de Sevilla fue sede de una interesante exposición: De Herrera a Velázquez. El plato fuerte de aquella muestra, comisariada por Alfonso E. Pérez Sánchez y Benito Navarrete, fue la presencia de una serie de cuadros del maestro de su etapa sevillana, junto a otros atribuidos. Entre ellos figuraba, recién restaurado, el San Juan Bautista en el desierto del Instituto de Arte de Chicago. Tanto Pérez Sánchez como Navarrete no dudaron en atribuir el cuadro a la primera época de Alonso Cano, cuando el pintor trabajaba junto a Velázquez en el taller de Pacheco. Ahora, en la exposición del Prado se ha adjudicado de nuevo a Velázquez. Tanto en aquella exposición como en la actual, puede compararse con otras pinturas de la misma época del maestro y ni siquiera con esta ayuda, se despejan todas las incógnitas. Javier Portús, comisario de la exposición del Prado y conservador de la pintura española del siglo XVII del Prado piensa que «la atribución a Cano no se sostiene. Si comparamos esta obra con algunas seguras de su mano de este periodo como el San Francisco de Borja del Museo de Sevilla, nos damos cuenta que Cano no pintaba así, ni en aquella etapa ni años después. Por eso, mientras no se demuestre lo contrario, creo que es más oportuno seguir manteniendo la atribución del San Juan al primer Velázquez». El debate está servido. Y es que, al margen del sentido que pueda tener una exposición, el debate científico siempre está presente. Sobre todo si hablamos de una obra atribuida a Velázquez.
Ni que decir tiene que la muestra plantea otras cuestiones y que decisiones museográficas, como mostrar Las hilanderas sin los añadidos posteriores a la pintura de Velázquez, ya justifica la visita. Pero no todo han sido aciertos en el Prado. Los especialistas internacionales se sintieron defraudados por la suspensión sine die de la muestra sobre el joven Ribera prevista para el año pasado. Las investigaciones de Nicola Spinosa y de Gianni Papi sobre los primeros años del pintor valenciano en Italia han arrojado nuevos datos y adscriben obras a una etapa poco conocida del pintor. Habrá que esperar mejores tiempos. Una pena. Y también habrá que esperar a que Leticia Ruiz termine sus trabajos sobre Juan Bautista Maíno, uno de los pintores españoles del primer tercio del siglo XVII que siguen sin conocer una exposición importante de su obra. La muestra que preparaba para hace ya unos meses permanece a la espera, a pesar de que ha realizado descubrimientos de nuevas obras y documentos nuevos sobre su vida. Esperemos que no se quede en el camino como la del joven Ribera, y que sólo tengamos que celebrar un fracaso.
DOS GRECOS MENOS
Más suerte ha tenido Leticia Ruiz con la exposición que ha cerrado el año en el Prado y que reunirá por primera vez en exposición los cuarenta y ocho grecos entre originales, obras de taller y copias que el Prado posee. Coincide esta muestra con la publicación del catálogo científico de las obras del cretense propiedad del museo, publicación absolutamente imprescindible que arroja importantes novedades. A saber:
Que dos obras, hasta ahora tenidas por originales del pintor pasan a adjudicarse a seguidores: los retratos de Julián Romero con san Julián, obra de gran tamaño y El trinitario, una obra menor del legado de don Pablo Bosch.
Que el Apostolado llamado de Almadrones, por el pueblo del que procede, y del que el Prado posee cuatro obras las otras cinco salieron de España al mercado americano no sólo es de más calidad que el llamado de San Féliz comprado por el Estado recientemente al duque del mismo nombre sino que, salvo El Salvador que es de taller, los tres apóstoles pueden ser tenidos por originales del maestro con participación de taller.
Que el Caballero de la mano en el pecho no sólo fue bien restaurado, sino que la firma que posee es un añadido en blanco del siglo XIX sobre una firma original en amarillo de la que apenas quedan restos. Y que el fondo gris perla, que no negro, ya se percibía en una fotografía de Laurent de 1872. Que La fábula no es la última de las versiones que pintó El Greco, sino una de las primeras.
Que el pintor se autorretrató en La Trinidad y en La adoración de los pastores y alguna que otra sorpresa más que suele ocurrir cuando los conservadores se ponen a estudiar y trabajar.
Puede sorprender que las cuatro exposiciones a que nos hemos referido hayan tenido lugar en el Prado. Probablemente el museo madrileño es de los pocos que investiga y, aunque el Thyssen ha inaugurado importantes exposiciones este año a alguna de ellas ya nos hemos referido, la realidad es que los trabajos de investigación, como complemento de exposiciones, en España han sido mínimos. El éxito de público que ha acompañado a muestras aparentemente minoritarias como la de Tintoretto o Patinir tiene que hacer reflexionar a los organizadores y responsables: es posible llegar al gran público cuando las cosas se explican. La investigación ha empezado. La faceta educativa y pedagógica tiene que abrirse camino. «
Javier Gomá, que obtuvo el Premio Nacional de Ensayo en 2004 por su libro Imitación y experiencia, nos ofrece ahora una continuación, Jentonces anunciada, al tiempo que reitera su plan original prometiendo otro par de volúmenes que seguramente han pasado ya la etapa de las musas y están en el telar.
En una época en que buena parte de la filosofía (engañosamente atraída por el modelo de las ciencias) tiende a producirse en artículos breves y en revistas arcanas, el proyecto de Gomá exhibe características insólitas. Estamos ante un libro de filosofía personal, original e inhabitual, un libro que, además, es fácil de leer (relativamente, se entiende, a lo que ayuda un espesor poco extenuante) y que, sin duda, sirve para que el lector tenga que abandonar sus categorías más peculiares y se dedique a pensar. No es poco, desde luego. Javier Gomá ha sorprendido siempre por una aparente contradicción en su escritura que es a la vez juvenil e impetuosa (para lo que suele ser el gremio) pero sorprendentemente madura, trufada de unas lecturas que atestiguan la sólida formación del autor y el buen gusto con que se mueve entre los clásicos. Su escritura es clara y carece de cualquier pedantería académica, aunque lo que trata de decir no siempre es de fácil interpretación; el autor, tal vez consciente de esa cualidad de sus análisis, nos recuerda con frecuencia por dónde vamos y lo que estamos haciendo al compartir sus análisis. La razón de esta peculiaridad me parece que reside en que el género que nos ofrece es tributario de una concepción según la cual la filosofía es, casi exclusivamente, una meditación personal sobre ciertos interrogantes de la existencia humana. En esa clase de discursos es muy difícil la comparación con cualquier canon, de manera que el lector (y esto dista mucho de ser un inconveniente) tiene que hacer algo más que leer y comparar (con lo que sabe o cree saber), tiene que aceptar el reto de llegar hasta el final porque la obra no está construida según una geometría común sino conforme a una experiencia personal. Textos como éste hacen especialmente cierto el aserto de que el tipo de filosofía que se hace depende del tipo de hombre que se es.
¿De qué trata el libro de Gomá? La respuesta no sería fácil si se nos exigiese una aproximación, digamos, académica, a partir de la tipología común o de las escuelas. No estamos ante un texto de[[wysiwyg_imageupload:1018:height=375,width=200]] filosofía de tal o cual clase, de tal o cual especialidad, sino ante un capítulo de una meditación original, llena de interés, pero personal desde la cruz hasta la fecha. El autor admite sin dificultad que lo que él hace pertenece a lo que él mismo describe como «confesiones de la naturaleza humana», un género mixto o híbrido, si tal cosa cabe, en el que, como advierte al principio se trata de conjugar el Emilio de Rousseau y el Ser y tiempo de Heidegger (dos ejemplos, dicho sea de paso, mucho más indigeribles que esta supuesta secuela). Para avanzar un poco en la comprensión de Gomá, hay que tener en cuenta otra de las características de esta obra singular (y no me refiero sólo a este libro) que deriva muy directamente de la fuente que se reconoce: la propia subjetividad, enteramente ajena a categorías preestablecidas, descaradamente ingenua y voluntariamente atenida a sí misma como única fuente de legitimidad intelectual.
Este libro podría haber sido escrito aunque no existiese la ciencia, aunque no existiese la psicología, aunque nadie hubiese hablado nunca de roles sociales, de otras civilizaciones o de la estructura económica. Conforme a ello, el autor nunca pone en duda que se pueda hacer eso que precisamente está haciendo, como no duda tampoco de que las palabras le van a servir dócilmente para lo que él quiere que sirvan, y es un hecho que lo hacen con notable gentileza. Así, asume, por ejemplo, que sus reflexiones le ponen «en comunicación directa con lo esencial humano». Justo es decir, sin embargo, que Gomá ha dedicado su primer libro precisamente a dilucidar el concepto de experiencia de la vida, de manera que no nos hayamos, en ningún caso, frente a una improvisación sino frente a una meditación muy articulada. Consecuentemente con esta confianza en la posibilidad de decir algo que tenga pleno sentido para cualquiera independientemente de su lugar, época y condición, Gomá plantea una estrategia que, desde el punto de vista retórico, procede a base de rodeos para presentar con nitidez lo que, a su modo de ver, es la [[wysiwyg_imageupload:1019:height=105,width=180]]cuestión clave: ¿cómo se articula la experiencia individual y subjetiva (la autoconciencia como algo absoluto) con la doble fuente de objetividad que se manifiesta en la común existencia de los otros y en la muerte? Nuestro autor entiende que esta cuestión es clave en la maduración de cada cual y resulta sorprendente, aunque también persuasivo, cuando identifica la mortalidad con la condición social, con la pertenencia la polis, con la asunción de que nuestra supuesta condición única debe ceder el paso a la plena conciencia de nuestra sustituibilidad, casi de nuestra fungibilidad, en el tejido social que nos arrebata la individualidad más radical y nos constituye en unidades de un conjunto soberano y, a su modo, inmortal.
El discurso de Gomá es coherente y brillante en muchas ocasiones pero deja como un regusto de duda porque, pese a sus protestas de ser algo muy distinto a una mera autobiografía abstracta, no es nada fácil decir si lo que se nos cuenta es cierto o no, dicho sea en honor de los resistentes que siguen pensando que fuera de la verdad no hay nada interesante, lo que, por decirlo todo, no deja de implicar, en cierto modo, una petición de principio.
Partiendo de una metáfora brillantemente analizada (tal vez fuera mejor decir de un símbolo, de una escena mitológica, pero no es cosa de ponerse picajosos), a saber, el momento en que Aquiles es arrebatado del gineceo en el que vive feliz confundido con las mujeres para dirigirse a la lucha, a su lugar, al destino por el que lo conocemos, y, sobre todo, a la muerte, Gomá, para quien «los estadios en la vida del hombre son la medida de todas las cosas», se adentra en el análisis de la experiencia humana que se consagra en algo bastante paradójico, en el dilema fundamental, en la comprobación de que una vida fecunda supone siempre una especie de traición, una aceptación de la muerte moral antes de la muerte física, una insatisfacción del corazón que recuerda que el deseo profundo de seguir siendo y, por tanto de ser quien se es, es necesariamente traicionado por las exigencias de la eticidad, por la alienante conversión de la madurez en un «uno más». Gomá, es especialmente luminoso en este capítulo central de su libro cuando trata de desembarazar este análisis de la forma parasitaria con que lo ha despachado el romanticismo y alza su voz para hacer el elogio de la normalidad, nada que pueda confundirse con la alienación cómoda en los ritos y consuelos de la multitud que nos hipnotiza y nos mata.
Gomá afirma que su análisis de la experiencia de la vida dota a este concepto de una objetividad esencial que permite diferenciarlo nítidamente de ideas de «cuño subjetivo» como, según a él le parece, son la «felicidad» o el «sentido de la vida», expresiones que, si no me equivoco, aparecen una sola vez en este texto aunque seguramente no le parecen nada subjetivas a otros muchos pensadores.
El cierre del libro se ocupa de analizar el surgimiento y las contradicciones de la idea moderna de héroe que Gomá persigue, sobre todo, en los escritos de Rousseau y de Goethe. Nuestro autor, gran admirador de la cultura grecolatina, supone que la mente moderna ha acabado por arruinar la posibilidad de una experiencia unitaria del dilema humano que, sin embargo, era posible en épocas anteriores y que, pese a todo lo negativo que pueda decirse del relativismo posmoderno, le parece que tal vez pudiera recuperarse, seguramente conforme a la fórmula que nos recomendará en sus próximos libros. Muy en conformidad con cierto análisis corriente en estos tiempos, Gomá supone que la derrota de los mesianismos políticos (se entiende que en Europa) y el suave nihilismo de la época contemporánea (que ha sustituido el gineceo por el gimnasio y que ni siquiera sueña con la inmortalidad) abren la posibilidad de una nueva formulación positiva de la respuesta a la contradicción fundamental entre lo estético y lo ético a la que nos enfrenta inevitablemente la maduración, la vida misma.
[[wysiwyg_imageupload:1020:height=125,width=180]]Es muy fácil estar en desacuerdo con Gomá, porque tiene la valentía de exponer sus opiniones de manera desnuda, sin disimulos ni antifaces, sin falsas erudiciones y sin temor alguno a ese mundo externo que, en general, ha descrito como atosigante y fatal; es, por tanto, un autor atrevido, valiente, que no rehuye la exploración de lo desconocido y se adentra en territorios escasamente de moda o, más precisamente, que no renuncia a abordar sus preocupaciones de una manera enteramente distinta a la que en estos momentos es ordinaria.
La filosofía es una actividad que lleva ya muchas décadas sometida a invencibles equívocos y es muy humano refugiarse en el gremio, en hacer lo que otros hacen, decir lo que otros dicen o en discutir con los supuestos gigantes a ver si se nos pega algo de su grandeza. Gomá no incurre en ninguno de esos comunísimos y feos vicios: es elegante, optimista, discreto e interesante. Convendrán conmigo en que si además resultase convincente sería excesivo, aunque seguro que no será esto lo que piensen muchos de sus lectores. Una de las cosas que, a mi entender, caracterizan a un verdadero pensador es su capacidad para eludir el cerco académico, el mero comentario. Gomá supera con absoluta claridad ese test y hay que esperar que siga fiel al ambicioso y sugestivo programa que se ha trazado.
Escribo este comentario sobre dos libros (El mundo clásico, de Robin ELane Fox, editado por Crítica, y El reloj de la historia, de Francisco Rodríguez Adrados, editado por Ariel) arrastrado por el enfado que me produjo una crítica superficial publicada en un diario de Madrid, en la que su autor se «cargaba» el estudio del primero y decía que el del segundo era mucho mejor.
Lo cierto, sin embargo, es que los dos son interesantes y, lo que es más destacable: no tienen nada que ver el uno con el otro. Absolutamente nada. El trabajo de Rodríguez Adrados se prolonga desde la antigua Grecia hasta el siglo XX, mientras que el del escritor británico se abre con Homero y se cierra con el emperador Adriano. Tampoco hay ninguna semejanza en el propósito de ambas obras, ya que mientras la de Robin Lane Fox es la descripción lineal -o más o menos lineal- de la historia de Grecia y Roma, la del profesor español persigue una nueva filosofía de la historia. En su opinión, Grecia es un corte en la historia. Dice: «La antigua Grecia representa un momento único, especial, en la historia del mundo. Eso es lo que han dejado de ver tantas propuestas anteriores sobre la Filosofía de la Historia. Hay un antes y un después de Grecia, y hay una y otra vez la resurrección de la Grecia que parecía muerta: el espíritu libre, el teatro, la democracia, la ciencia…». Un corte, un despegue, un salto, que se prolonga hasta hoy mismo con sus avances y retrocesos.
Para el crítico del periódico madrileño, El mundo clásico es un trabajo aburrido, calificativo con el que tampoco estoy de acuerdo. Efectivamente, no es tan burbujeante como La historia de Grecia (o de Roma) de Indro Montanelli, pero el libro es de fácil lectura, como lo prueba el hecho de que se haya convertido en un éxito editorial en su país de origen y en los Estados Unidos. Si nos tomamos la molestia de consultar la opinión de los lectores en la tienda virtual Amazon, advertiremos que la valoración general es de cuatro estrellas (sobre cinco) y que los comentarios elogiosos superan en mucho a los adversos. Algunos de » ellos destacan, precisamente, su «accesibilidad» y su «legibilidad», virtudes nada despreciables.
Y ya que he citado de pasada a Montanelli, me gustaría detenerme un momento en este periodista italiano y lamentar que la mayor parte de sus obras estén descatalogadas, lo que no habla en favor de muchas editoriales cuya política empresarial se entiende con dificultad. No es éste el lugar para analizar y criticar la pérdida de los fondos de catálogo, pero sí para dejar constancia de ello. Hay mejores libros de historia que los de Montanelli, por supuesto, aunque no todos gozan del mismo fervor del público.
Hace unas semanas, un dependiente de La Casa del Libro, en la Gran Vía madrileña, se me quejaba de que los libros que han sido éxitos de venta en los últimos años han desaparecido de las estanterías de las librerías y me ponía como ejemplo a Montanelli. Y también al americano Herman Wouk, autor de El motín del Caine, premio Pulitzer, y de la trilogía Vientos de guerra. «Esos libros sí que se vendían bien, frente a tanta novedad sin interés como recibimos ahora», aseguraba. La crítica instalada, sin embargo, no ha sido amable con ellos. ¿Herman Wouk? «Un segundón», sentencian. Recuerdo que el cineasta Nino Quevedo, director del primer Goya, con Paco Rabal, y productor de La tía Tula, el formidable filme de Miguel Picazo sobre la novela de Unamuno, solía decir que los best-seller americanos son como grandes rascacielos, de difícil construcción, y aconsejaba a los escritores jóvenes que aprendieran de estos maestros y no de Juan Benet o de Gabriel García Márquez.
El mundo clásico se lee con interés y tiene el valor añadido de la muy notable información que recoge. No es fácil resumir en 800 páginas la historia de estas dos grandes naciones, y Robin Lane Fox lo consigue en buena parte gracias a la selección de materias. No pierde mucho tiempo con cuestiones menores que «ni siquiera le habrían interesado a Adriano», afirma, tales como los diversos reinos griegos surgidos a la muerte de Alejandro o los años de la república romana comprendidos entre la destrucción de Cartago y las reformas de Sila. Por el contrario, reclaman su atención -y la del lector- la Atenas de Pericles y Sócrates y la Roma de César y Augusto.
Robin Lane Fox es fellow del New Collage de Oxford y catedrático en Historia Antigua. En su opinión, en nuestra época los historiadores interpretan los sucesos pasados con sofisticadas teorías relacionadas con la economía, la sociología, la geografía y la ecología, las teorías de clase y de género, el poder de lo símbolos o los modelos demográficos por poblaciones o grupos de edad. Pero no era así en la Antigüedad, donde sus viejos colegas resaltaban cuestiones tales como la libertad, la justicia y el lujo. «He decidido destacar estos tres -dice- porque están en la mente de los actores de la época y constituían un elemento importante de la forma que tenían de ver los acontecimientos». Pues bien, de libertad se habla mucho. De justicia, también. Y también, mucho, del lujo y de la importancia de su ausencia o su presencia en la vida de los pueblos.
Algunos de nosotros tenemos la creencia de que sabemos bastante, o cuando menos lo «suficiente» sobre Grecia y Roma, pero un libro como éste nos ayuda a salir del error.
Aquellas naciones fueron realmente formidables y marcaron la cultura de Occidente de manera indeleble. Dentro de ellas hay mucho más contenido del que recordamos o del que hemos sabido jamás. El reencuentro con personajes como Heródoto, Aristófanes, Sócrates, Aníbal, Pompeyo, Nerón o Pablo de Tarso (además de Temístocles, Pericles, Platón, César, Marco Antonio, Cleopatra, Augusto…) es siempre una fiesta. También son un festín los capítulos relativos a la conquista del imperio, la lucha por la libertad y la justicia, la vida en las grandes ciudades, el cristianismo y el imperio romano, la paz de los dioses o lo espectáculos públicos.
¿Una obra aburrida? Ni hablar. El volumen se acompaña de mapas, ilustraciones, notas, comentarios, bibliografía recomendada y el correspondiente índice. Como curiosidad, fue Nerva, y no Tito ni Vespasiano, el que realmente fue el «buen» emperador.
Tampoco resulta aburrido, pero sí más denso -mucho más denso- el trabajo del profesor Francisco Rodríguez Adrados, que acomete la tarea con el siguiente espíritu: «No es un libro improvisado; puede decirse que todo lo que he leído, visto y pensado a lo largo de mi vida ha sido una preparación para él». Y propone una nueva teoría. Su título original es: El reloj de la Historia. Homo sapiens, Grecia antigua y mundo moderno.
Se trata de un esfuerzo que no deja indiferente al lector. Rodríguez Adrados, que se autodefine como «helenista», es académico de la Real Academia Española y de la Historia, y catedrático de la Complutense. Esto último se le nota mucho, ya que su libro respira pedagogía y en no pocas ocasiones peca de reiterativo; las reiteraciones típicas del profesor que repite cien veces las mismas ideas para que calen en el ánimo del alumno. Su lenguaje, voluntariamente descuidado en ocasiones, también se vuelve coloquial aquí y allá. A veces da la impresión de que algunos textos están dictados o que se dirigen a un auditorio.
La idea central del libro es que Grecia es un corte en la historia. Introduce una apertura que, aunque silenciada o decaída a veces, resurge siempre. «Sin un conocimiento de lo que significó Grecia -dice- es inútil intentar una visión de conjunto de la historia humana». Error que se comete con frecuencia. Y añade más adelante: «La línea GreciaOccidente, expandiéndose siempre, es la central en la historia del mundo, aunque no la única. Pero es la que se ha impuesto y se impone». Y dice aún más: «Se habla de multiculturalismo; todas las culturas serían iguales.
En mil exposiciones, festejos y foros se nos bombardea machaconamente con est°. Sí, las culturas humanas tienen iguales raíces y ofrecen mil cosas comunes, pero hay una que es el centro de la historia y otras que bien la absorben, bien reaccionan contra ella».
Dicho con otras palabras: «Hay la ruptura griega y el eje greco-occidental de la historia, hay las aculturaciones y los rechazos. Esa línea central pasa por Roma, los cristianos y los sucesivos movimientos humanistas y socializantes. Se ha impuesto y se impone a cada paso; sólo en el islamismo ha encontrado un rechazo radical. Y aun éste, ni simple ni definitivo».
Sólo el conocimiento de la historia permite realizar paralelismos entre unas épocas y otras. Este libro, que el autor califica de «audaz», nos ofrece variados ejemplos. La reacción de los Estados Unidos contra Vietnam, Afganistán, Irak y quizá Irán se asemejan a acciones similares de Trajano y Adriano, mientras que la paradoja de las tendencias unitarias de la Unión Europea al lado de algunas escisiones internas recuerdan al autor a sucesos que tuvieron lugar tras Alejandro Magno, Roma y Carlomagno.
Como colofón, una afirmación sincera: «Estamos (hoy, en 2007) ante un inmenso crecimiento, pero también ante una dulce paz -casi- y una dulce decadencia. Sin duda, todo ello va a más, se va extendiendo al planeta entero», asegura Rodríguez Adrados.