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Azorín: Instrucciones para ser un (buen) político

Existe una imagen de Azorín que el canon parece querer imponer: el escritor puro, el esteta preocupado por la perfección de la página. Pero Azorín fue muchas cosas: cronista parlamentario y comentarista político, diputado y subsecretario de Instrucción Pública… Fue un intelectual comprometido con su tiempo y un teórico de la política como demuestra su obra El político, un intento de dar solidez teórica al reformismo maurista.

En 2007 se publicó una nueva edición de esta obra a cargo del profesor Francisco José Martín en Biblioteca Nueva. Agradeciéndole tanto al responsable de dicha compilación como a la editorial la cesión de los textos, publicamos una selección de sus artículos para mostrar la variedad temática y de registros del libro. En los mismos, Azorín hace una descripción de lo que en realidad debe ser un político, del estilo de vida que debe caracterizarle, de los temas que le preocupan y cómo debe afrontarlos, etc.


I Ha de tener fortaleza

La primera condición de un hombre de Estado es la fortaleza. Su cuerpo ha de ser sano y fuerte. El tráfago de los negocios públicos requiere ir de un lado para otro, recibir gentes, conversar con unos y con otros, leer cartas, contestarlas, hablar en público, pensar en los negocios del Gobierno. Y sobre todo esto, se requiere una naturaleza muy firme, muy segura, para no dejarse aplanar en aquellos momentos críticos, de amargura, en que nuestros planes y esperanzas se frustran.

Sea el político mañanero; acuéstese temprano. Tenga algo en su persona del labriego; este contraste entre la simplicidad, la tosquedad de sus costumbres y la sutilidad del pensamiento, servirá para realzarle. Ha de comer poco también; sea frugal; tenga presente que no es el mucho comer lo que aprovecha, sino el bien digerir. En sus comidas tome espacio y sosiego; coma lentamente, como si no tuviera prisa por nada.

Para estar sano y conservar la fortaleza, ha de amar el campo; siempre que pueda húrtese a los cuidados de la corte o del Gobierno, y vaya a airearse a la campiña. Ame las montañas; suba a ellas; contemple desde arriba los vastos panoramas del campo. Mézclese en la vida menuda de los labriegos y aprenda en ella las necesidades, dolores y ansias de la nación toda.

II Cultivará la elegancia, esto es, la sencillez

El fin que persigue el arte en el vestir es la elegancia. Pero la elegancia es casi una condición innata, inadquirible. No está en la maestría del sastre que nos viste está en nosotros. Está en la conformación de nuestro cuerpo; en los movimientos; en la largura o cortedad de los miembros; en el modo de andar, de saludar, de levantarse, de sentarse. Un hombre que tenga ricas ropas y vista con atuendo, puede no ser elegante; puede en cambio serlo un pobre y arruinado hidalgo de pueblo envuelto en su zamarra y en su capa.

La primera regla, sin embargo, de la elegancia, es la simplicidad. Procure ser sencillo el político en su atavío; no use ni paños ni lienzos llamativos por los colores o por sus dibujos: prefiera los colores opacos, mates. No caiga con esto en el otro extremo de la severidad excesiva. Una persona verdaderamente elegante será aquella que vaya vestida como todo el mundo y que, a pesar de esto, tenga un sello especial, algo que es de ella y no de nadie. Joyas no debe usar ninguna: ni alfiler de corbata, ni cadena de reloj, ni menos sortijas. No ponga en su persona más que lo necesario, pero que lo necesario sea de lo mejor: así el paño de los trajes, el lienzo de las camisas, el sombrero, los guantes, el calzado. Si acaso, si el traje fuera negro o de color muy oscuro, matice y palíe la impresión de severidad con una cadena de oro, delgada, breve, sin dijes, en alongados eslabones. Jorge Brummell, el gran elegante inglés, tenía en su atavío una simplicidad suprema, pero sobre el oscuro fondo del traje, ponía esta línea refulgente y casi imperceptible de oro. Véase también el efecto de este matiz y paliativo, en el retrato que figura en nuestro museo, del magistrado don Diego de Corral, pintado por Velázquez.

El calzado merece mención especial; por él se conocen los hábitos y carácter de la persona; un excelente y elegante calzado realza toda la indumentaria. Tenga abnegación bastante para desechar un calzado que está todavía en buen uso. Digo abnegación, no mirando a la economía, sino pensando en que nada hay más cómodo y dulce que un calzado que se ha familiarizado ya con nuestro pie.

Hay otra cosa también que separa en dos bandos a los que tratan de vestir bien: el bando de los irreprochables y el de los que tienen alguna mácula. Este algo es la ropa blanca. Sea inflexible en la limpieza de su camisa; llévela siempre, en todos los momentos, nítida, inmaculada. Sobre la nobleza un poco severa de la vestimenta, la nitidez indefectible de la camisa resaltará y pondrá una nota de delicadeza, de buen gusto y de aristocratismo.

Cosméticos y olores deben estarle prohibidos en absoluto. Si no llevara barba ni bigote, ponga especial cuidado en ir siempre rasurado perfectamente: que no hay nada más desagradable que ver una barba sin afeitar, aunque sea de poco tiempo. Sencillez y naturalidad: esta es la síntesis de la elegancia. Y ahora, como apostilla, la última recomendación: no dé a entender, ni por el aire de su persona, ni por su gesto, ni por su actitud, ni por sus maneras, que él sabe que va bien vestido y es elegante. Si lleva sencilla y buena ropa, y si tiene ese don indefinible de que hablábamos al principio, ese no sé qué, ese como efluvio misterioso que emana de toda la persona y que no se puede concretar y definir; si se halla en estas condiciones, repito, será elegante.

XVI Aprenderá del león y la vulpeja sin sus extremos

El león representa la fortaleza; la vulpeja simboliza la astucia. El león es fuerte, grande, magnífico; la vulpeja es hábil, ligera, discreta.

Nicolás Maquiavelo quiere que el político sea como el león y sea como la vulpeja. Maquiavelo fue un político muy notable; intervino en multitud de asuntos diplomáticos; conoció y trató íntimamente a hombres insignes y príncipes; luchó ardientemente por la libertad de su patria; sufrió el olvido y la pobreza. Durante estos días amargos de escasez —que él soportó ligera y tranquilamente— escribió el diplomático florentino su libro Il Principe.

El político ha de ser fuerte y hábil: esta es la doctrina de Maquiavelo. El león y la vulpeja le suministran un ejemplo para hacer patente, resaltante, su idea. Es necesario —dice Maquiavelo— ser vulpeja para conocer los lazos y ser león para espantar los lobos: bisogna essere volpe a conoscere i lacci, e lione a sbigottire i lupi. El león y la vulpeja son dos animales famosos en la historia de la política. Cicerón, en su obra De los Oficios, libro I, escribe que «de dos modos se puede hacer injuria: o con la fuerza o con el engaño; la fuerza parece propia del león, y el engaño de la vulpeja». Ya mucho antes que el orador romano, Plutarco decía en sus Vidas paralelas, al relatar las gestas de Lisandro, que una de las máximas que profesaba este general lacedemonio era la de que «lo que no se puede conseguir con la piel del león, debe alcanzarse con la de la vulpeja».

Ne quid nimis: huyamos de los extremos. No consideremos al león como usador arbitrario de su fuerza; no tengamos a la vulpeja como tramadora de engaños. El león puede enseñar al político la fortaleza noble; la vulpeja puede adiestrarle en la habilidad discreta.

XXXII Se preocupará por los hombres del mañana

Preocúpese el político de la cultura y enseñanza: los niños de hoy son los hombres de mañana. Si nosotros tuviéramos entre nuestras manos un tierno intelecto (como el escultor tiene entre sus manos el barro) y tuviéramos que irlo formando poco a poco, ¿qué es lo que haríamos? ¿Qué dirección imprimiríamos a esta conciencia virgen y qué camino señalaríamos a estos pies que están impacientes por entrar en el gran camino del mundo? He aquí unos graves problemas. Nosotros, ante todo, tenemos un invencible horror a la pedagogía; todo método, todo canon, toda pauta marcada de antemano nos inspira una aversión irremediable.

La vida es una cosa sutil, irregular, multiforme, y ella escapa a toda reglamentación y encasillamiento. Nosotros no aplicaríamos a nuestro amigo ninguna pedagogía, sea cualquiera el nombre que tuviere; no pondríamos en su cerebro ninguna cosa abstracta; no le haríamos aprender nada de memoria; nuestro único cuidado sería hacerle ver la realidad y apartar de su cerebro todo momento de tedio y de tristeza. La tristeza y el tedio: aquí tenemos los dos grandes enemigos del hombre. ¿No habéis observado estos instantes durante los cuales, en un salón de estudio, en una visita o en un casino —mientras los hombres graves charlan—, un niño se aburre? ¿No habéis visto sus ojos sin luz, su cara larga, sus labios contraídos y su entrecejo arrugado? Dad lugar a que estos breves instantes se repitan; no saquéis a este niño de este colegio uniformado y tétrico; no le apartéis del lado de estas señoras vestidas de negro y suspiradoras con quienes vive; no le proporcionéis, enfrascados vosotros en vuestros negocios o en vuestros placeres, esta alegría, esta distracción continua, este ejercitar ameno y no interrumpido de la comprensión que él necesita, y al cabo de unos años todos estos breves, fugaces minutos de tedio habrán entenebrecido su espíritu y pesarán para siempre, a lo largo de toda su vida, como una abrumadora e insacudible losa de plomo. La deformación del carácter se habrá efectuado irremediablemente: habréis matado a un hombre que continúa viviendo. Y tendréis en lugar de un espíritu sereno y ecuánime un romántico enamorado del misterio; tendréis un sentimental; tendréis un hombre que cuenta sus dolores, que se queja y que pone a cada momento una honda tribulación en estos seres queridos que le rodean en el hogar; tendréis un hombre que ante la adversidad se juzga postergado, no comprendido; tendréis un hombre que cree en la injusticia de las cosas (como si las cosas en sus combinaciones ciegas pudieran tener justicia o injusticia); tendréis un hombre que reniega de su tiempo y tiene fe en reparaciones milenarias; tendréis, en fin, un hombre que en vez de vivir en su época, plenamente adaptado a las circunstancias del presente, buenas o malas, gozando como puede de ellas, sin plañidos y sin añoranzas, forcejea por vivir en una vida que no es la suya, hace esfuerzos dolorosos por apartarse del ambiente que le rodea, se entristece, lanza súplicas y gemidos, sacrifica, en resolución, todo su presente a un ideal inasequible o a un devenir remoto.

No; que ninguno de estos niños, que han de ser los hombres de mañana, siga este camino. Hagamos cuanto nos sea dable por apartarlos de él. Sepan los que pretendan reconstruir un pueblo, y sepamos todos, que el primero, el más hondo y fundamental de nuestros deberes como hombres es la alegría. Y no entristezcamos nunca a los demás con nuestros dolores, que debemos siempre ocultar bajo una faz serena.

XXXVI Conocerá el país que gobierna

Muchas veces oirá el político que le proponen que se haga en su patria tal o cual cosa que se hace en un país extraño. Son muchos los que claman porque en su país se dé una ley o se implante una institución como las que rigen y se han implantado en otros pueblos; muchos son los que creen que el bienestar de una nación se puede lograr por medio de tales trasplantaciones.

El político habrá de reflexionar despacio sobre esto. Es posible que alguna ley o alguna institución de países extraños convenga al nuestro; es posible también que no convenga. Todos los países no son lo mismo; no es la misma su historia; no es la misma su tradición; no son las mismas sus condiciones físicas; no son los mismos, en fin, sus hombres. Debe proceder, por lo tanto, con mucha cautela el político; él habrá de conocer lo que pasa en los países extranjeros; este conocimiento le servirá de auxilio en sus gestiones.

Pero el político no debe acoger sin estudio, sin una detenida reflexión previa, las leyes, trazas e instituciones de otros países. Esto le puede llevar a gobernar con abstracciones; gobernar con abstracciones consiste en dar leyes sabias, justas, discretas, sí, pero leyes que no se acoplan ni tienen perfecta concordancia con la realidad para que han sido hechas; es decir, que con toda su sabiduría, justicia y discreción, estas leyes sólo lo serán tales en el papel, o, lo que es lo mismo, no serán eficaces.

La labor del político ha de consistir en estudiar bien el país en que vive y gobierna; él ha de conocer cómo viven y piensan sus compatriotas; conocerá la historia de su patria, las tradiciones, las costumbres, las diferencias que existen de unas regiones a otras; conocerá también el grado de cultura del país, sus condiciones físicas, lo que produce y lo que puede producir; estudiará el estado de las industrias y las modalidades y características del arte. Luego, el político, con arreglo a tales datos, a tales estudios, hará las leyes y dispondrá su gobierno. Es posible que los mismos que clamaban por las leyes e instituciones de otros países encuentren que las leyes e instituciones que ha creado el político no sean las que ellos querían; pero el político no se inquiete; él habrá gobernado y legislado de acuerdo con la realidad, de acuerdo con la realidad de su país y el genio de su pueblo, y sus leyes e instituciones serán eficaces.

XLVI Elegirá el momento de la retirada y el lugar de retiro

Si el tiempo o los achaques le hicieren inútil para la vida pública, sepa determinarse a la retirada. Y si la vida cortesana —que es la mejor vida— no le agradare o no le conviniere, sepa también elegir un lugar de retiro.

Tienen un encanto profundo estos viejos pueblos que han sido medio destierro y medio retiro de grandes personajes; estos hombres eminentes han dejado en ellos como un hálito y un perfume de amarguras, esperanzas frustradas y desengaños. En 1426 el infante don Enrique de Aragón se retiró a Consuegra; Ocaña fue el destierro de don Juan de Austria, el hijo de Felipe IV; en Toro, con su colegiata, sus caserones y el noble Duero, paseó sus tristezas, después de veintidós años de mando y de poder, el condeduque de Olivares. Que el pueblo que elija nuestro político sea apropiado a sus gustos, inclinaciones y complexión; no haga en él vida apartada y solitaria; no le falten los ánimos; el condeduque, después de haber sido ministro universal del Imperio español, se allanó a ser corregidor de una corta ciudad. No dé el político en el desvanecimiento de creer que en los pueblos y aldeas los moradores han de ser personajes refinados y sabios; la aldea es la aldea, y la corte es la corte. Confórmese con el trato llano y sencillo; interésese en las labores de la tierra; converse con los oficiales y artesanos. Todo este mundo de los pequeños alhaquines o tejedores, de los peltreros, de los percoceros o modestos plateros, de los herreros, de los carpinteros, tiene su encanto. Las idas y venidas, las ansias y las pasiones son las mismas, pero en otra escala, que las de los grandes. Siga la vida de la ciudad; estudie sus matices, sepa el encanto que tiene un ocaso; aprecie el concierto de la hora con los ruidos de las herrerías, con el canto de los gallos y el tañer sonoro de las campanas; en la primavera vea surgir poco a poco la vida en la campiña; extásiese con los tornasoles del cielo, y escuche —como a viejo e implacable amigo— el tictac del vetusto reloj en la ancha estancia.

A menos de cien días del 9 de marzo

Dentro de tres meses, por décima vez en los treinta años de la actual monarquía constitucional y parlamentaria, los ciudadanos españoles serán invitados a votar en unas elecciones generales.

En la mayor parte de las ocasiones anteriores -siete de nueve, es decir, todas menos la de 1993- antes de los comicios se preveía generalmente cuál de los dos partidos nacionales obtendría la mayoría absoluta, o una minoría mayoritaria que le permitiera formar Gobierno. (Siempre ha habido, desde el 77, algunos partidos más que alcanzan representación parlamentaria, pero que para el regimiento general del Estado, sólo son complementarios).

En el 77 y en el 79 ganó, conforme se esperaba, la UCD del presidente Suárez; en los años 82, 86 y 90 los socialistas; en el 96 y en 2000 el Partido Popular. Y hasta la misma mañana del atentado terrorista del 11 de marzo de 2004, la opinión más generalizada era que repetirían poder los populares, sin Aznar ya de candidato y con un margen más bien corto. No ocurrió así por causas repetidamente examinadas por comentaristas y estudiosos y que todavía son objeto de debate. En ese 2004 el PSOE tuvo más votos y superó a sus rivales en el Congreso de los Diputados en doce escaños, que representan el 3,4% de la Cámara.

Si el 9 de marzo de 2008 los socialistas no triunfaran en las elecciones y se convirtieran en el principal partido de la oposición, sería la primera vez desde que España recuperó la democracia en que el Gobierno perdería el poder tras una sola legislatura.[[wysiwyg_imageupload:950:height=111,width=180]]

Hay crecientes indicios de que puede ser así. El actual Ejecutivo no ha resuelto de verdad la mayor parte de los problemas pendientes, que no eran pocos ni de escasa monta, sino que por el contrario ha creado otros nuevos y ha despertado imprudentemente expectativas de imposible cumplimiento. Ocurrió con las conversaciones de unos representantes del Gobierno y los cabecillas de ETA, cuya sola y desafortunada gestión arrastró el final del Pacto por las Libertades y contra el Terrorismo, que precisamente por iniciativa socialista se había conseguido llevar a término en la legislatura popular anterior, sin que se haya producido ninguna contrapartida de signo positivo.

También se han extendido los problemas y los enfrentamientos -menos académicos que políticos- al universo de la educación en todos los niveles y en todas las direcciones de la rosa de los vientos. Se derogó una ley del ministerio de Aznar, sin intentar siquiera ponerla en práctica aunque hubiera sido con algunas modificaciones. La ha sustituido, casi cuatro años después, otra ordenación que más que orientarse a la calidad como pretendía aquélla, encamina a docentes, escuelas y estudiantes por el plano inclinado de la facilidad. Al mismo tiempo la falta de un mínimo de disposiciones armonizadoras en este orden de la educación convierte la enseñanza de los jóvenes españoles en un revoltijo de planes, por así decir «territoriales», totalmente inadecuados para una sociedad dinámica y progresiva en que las gentes no están necesariamente adscritas al lugar o región de su nacimiento.

Se han abandonado los proyectos de acuerdo para la enseñanza de la religión conforme a los artículos 16 y 27 de la Constitución. Por el contrario se ha establecido con carácter obligatorio y compulsivo una llamada «Educación para la ciudadanía», sin paralelo en los planes de estudio de la mayor parte de las naciones de la Unión Europea.

La cuestión de la lengua en algunas comunidades autónomas, como Cataluña, donde precisamente ejerce el poder la misma coalición tripartita que sostiene al gobierno nacional en el Congreso de los Diputados de Madrid, rebasa los límites de la escuela y la enseñanza, para extenderse por los campos de la justicia, de la cultura, de la política del libro y de los espectáculos, hasta pretender que los rótulos comerciales y las etiquetas del precio de los productos eviten las palabras del idioma castellano, que es la lengua oficial del Estado y que, según la Constitución, todos los españoles tienen el deber de conocer y el derecho a usar.

Algunas importantes decisiones políticas -como las reformas de los Estatutos de Autonomía, incluso las adoptadas con el asentimiento o la tolerancia de los populares- son sencillamente inaplicables en sus nuevas redacciones de ahora, salvo que se ponga en riesgo la efectiva unidad del Estado y de la Nación española, tanto en el interior como en las relaciones internacionales, en el derecho a la igualdad de los ciudadanos residan donde residan en el país, y en varias de las treinta y dos materias cuya competencia reserva exclusivamente al Estado el artículo 149.1 de la Constitución. Pero eso probablemente podrán enmendarlo entre el nuevo parlamento y los nuevos ministros, si no son socialistas, porque es presumible que el PSOE y sus representantes se sientan condicionados por sus propios actos.

Desde otro gobierno y desde otras mayorías parlamentarias se pueden interpretar de manera distinta algunos preceptos fundamentales del ordenamiento jurídico nacional. Por ejemplo, la misión que, según el artículo 91 de la Constitución, tiene el Gobierno de dirigir «la política interior y exterior, la Administración civil y militar y la defensa del Estado», ejerciendo «la función ejecutiva y la potestad reglamentaria de acuerdo con la Constitución y las leyes».

Por otro lado, ante una situación como la que está actualmente planteada, unas renovadas Cortes Generales podrían recordar que «representan al pueblo español» -pero a todo él-, que «ejercen la potestad legislativa del Estado» y «son inviolables» (artículo 66 de la Constitución).

Entre esas responsabilidades se halla la de ser el órgano del Estado que está facultado para poner en práctica, si fuera conveniente o necesario, el artículo 150.3 de la misma Constitución. «El Estado -se lee en él- podrá dictar leyes que establezcan los principios necesarios para armonizar las disposiciones normativas de las Comunidades Autónomas, aun en el caso de materias atribuidas a la competencia de éstas cuando así lo exija el interés general» «Corresponde a las Cortes Generales, por mayoría absoluta de cada Cámara, la apreciación de esta necesidad». (Esas «leyes de armonía», según establece prudentemente ese precepto constitucional, son de una tramitación más minuciosa, e incluso más «garantista», que las «leyes orgánicas» del artículo 81, que pueden ser aprobadas por mayoría absoluta del Congreso de los Diputados, aunque no hubieran recibido el asentimiento mayoritario del Senado).

La coyuntura económica mundial y más en particular la de Occidente, según altos funcionarios, estudiosos e instituciones de reconocida solvencia, experimenta actualmente una inflexión, sin que se acabe de saber dónde se encamina ni en qué plazos empezarán a hacerse sentir sus efectos. Nuestro país es un agente menor, tanto en el orden de la producción como en el del consumo. Pero la industria de los costes relativamente bajos de que España se ha beneficiado parece desplazarse a otras latitudes. No sólo a la Europa del centro y oriental, sino a los más lejanos e inmensos espacios de las grandes potencias de Asia. No es el de ahora un momento de gasto y despilfarro, sobre todo si no está rigurosamente estudiado y no se controla la voracidad de los diversos y múltiples escalones de las corporaciones públicas. El desorden estatutario de ahora parece exigir que con leyes de armonía, o por otros procedimientos que habrían de ser consensuados por Gobierno y oposición, sean cuales sean sus respectivos colores, se consiga una disciplina presupuestaria técnicamente correcta y social y políticamente igualitaria en toda la nación.

La historia de las naciones viejas es integradora. Muy particularmente en casos como el de España, que remonta su milenaria identidad hasta los tiempos de romanos y visigodos (Séneca, Trajano e Isidoro forman en las filas de nuestros «mayores»). Luego se reconstruyó laboriosa y tenazmente durante la Edad Media entre invasiones africanas, cruzadas europeas, recuperación de territorios como Granada y Navarra, asimilaciones culturales y étnicas de judíos y moriscos, entre los primeros de los cuales se hallaban los médicos y tesoreros de los Reyes Católicos, los abuelos de Santa Teresa, el filósofo Luis Vives y muchos ilustres nombres más (aunque quizá no tantos como le hubiera gustado a Castro). Todo ello en medio de una discontinua sucesión de enfrentamientos y abrazos, progroms e inquisiciones cuando se practicaban en otros muchos países de Europa.

Esta España total es fruto y continuidad de la España de nuestra historia. En ella se alinean, por ejemplo, bajo Felipe II Antonio Pérez y Carranza; después Olivares y Calderón; a fines del XVIII Godoy, un gobernante a su modo progresista, y Jovellanos; y ya casi en nuestro tiempo, es la España de Verdaguer y Galdós, de Menéndez Pelayo y Giner, de Cánovas y Sagasta, de Cambó y Prat, de Maura y Pablo Iglesias (que casualmente fallecieron el mismo día); de Castro y Sánchez Albornoz, de Azaña y Ortega, de Unamuno y Maeztu; de Gil Robles y Prieto; de Suárez y González, etc. Pero sobre todo la de la dinastía española del siglo XX, en la que don Juan Carlos, sobre la experiencia de la «historia» de sus mayores convertida en «memoria» y aplicada a la realidad de la vida, tuvo la abnegada decisión de abrazar la idea de que la Corona hiciera suyos todos los capítulos de esos más de mil años de trial and error, triunfos y derrotas, gozos y dolores, en definitiva, de una nación que tiene más motivos para estar orgullosa de su pasado -y de su presente- que para sonrojarse por él.

Esa es la verdadera «memoria histórica» que deberían conocer y practicar los españoles de ahora y de las generaciones que siguen. La memoria individual de las personas está constituida por sus más vivos o borrosos recuerdos, por las generosidades y los egoísmos de sus buenos o malos tiempos. La historia de ayer la vivieron -bien o mal- los mayores y la juzgan los estudiosos desde sus respectivos puntos de vista. Pero las mujeres y los hombres de ahora sencillamente la asumen y miran al futuro, sin echar a voleo condenas o glorificaciones, escasamente documentadas. Ese es el «consenso de la transición» que los españoles de hoy tienen el deber de proseguir a la altura de los tiempos, que no son los de ayer, sino los de hoy, o más bien los de mañana.

Un duelo que se resolverá por penaltis

 

En vísperas de cualquier elección, antes de que el hecho de votar se convierta en una saludable rutina ciudadana, los contendientes tienen la impresión, que tratan de transmitir a cuantos les rodean, de que se está ante un momento crucial del desempeño democrático, ante un cara o cruz vital para el futuro del país, sea éste el que sea. En España, la recuperación plena de las libertades produjo la famosa sopa de letras, pero el tiempo fue reduciendo el menú a lo indispensable, dos platos y postre, como mucho. Hay siempre diversas formaciones, de los más variados colores, en liza. Pero, al final, las urnas se llenan mayoritariamente de papeletas del PSOE y del PP, los dos únicos partidos con posibilidades reales de gobernar. Ante las elecciones del 9 de marzo de 2008, la historia se repite. Pero esta vez es verdad que la igualdad de las dos fuerzas mayoritarias y la incertidumbre respecto al resultado dominan el ambiente previo a las elecciones. Estamos ante un duelo cuyo resultado sólo se conocerá, probablemente, cuando todas las papeletas estén contadas.

Ningún gobernante da puntada sin hilo. Todos los galgos que corren liebres las corren bien, decía Quevedo. Para cualquier político en el poder, una vez que comprueba que ha sido despojado de su derecho a la intimidad y se ha convertido en un objeto de atención preferente, sobre el que se escriben libros y cuyos pasos son seguidos y analizados a todas horas, todo movimiento se hace en dirección a las elecciones. El poder desgasta si no se tiene: por eso, hay que conservarlo. Las campañas electorales duran lo que dura una legislatura.

De ahí que Zapatero encare los cien días decisivos que quedan hasta las elecciones de marzo con una minuciosa preparación y sin dejar nada a la improvisación. Una vez que la oposición ha enseñado su gran baza electoral, que es la economía, y ha presentado una propuesta audaz de rebaja de impuestos, con la eliminación de un plumazo de la declaración de la renta de quienes ingresen menos de 16.000 euros anuales, el presidente del Gobierno ha llevado también los problemas económicos a la panoplia de lo que será su oferta a los ciudadanos para revalidar el cargo. En resumen, como le dijeron a un candidato norteamericano con un letrero pegado en la puerta de su despacho: «La economía, estúpido».

En sus casi cuatro años de gobierno, un Zapatero muy revisionista ha intentado introducir radicalismo en la vida española, con leyes como la de Memoria Histórica, toques nostálgicos a la II República, acercamiento a ETA y una política exterior errática y tercermundista. Pero, al final de su mandato, ha caído en la cuenta de que hay un gran número de electores que votan más con la cartera que con el corazón, más con el bolsillo que con la cabeza. Por ello, en el momento en que surgen dificultades a cuenta de la crisis de las hipotecas y el problema del paro vuelve a ser el que más preocupa a los españoles, Zapatero ha recordado la famosa inscripción del post-it que le dejaron a Clinton cuando disputaba la presidencia a Bush padre, en la entrada a su cuarto de trabajo, y ha tomado una decisión desprovista de audacia: prometer que Solbes («ha nacido para esto y todos queremos que siga», dijo en el mitin de aceptación de su candidatura a la presidencia del Gobierno) seguirá siendo el vicepresidente económico.[[wysiwyg_imageupload:954:height=105,width=180]]

En un partido muy igualado, como es el que se va a disputar de aquí hasta el 9 de marzo, el gesto hacia Solbes supone intentar conservar el resultado de ligera ventaja del equipo que juega en casa, que es el del Gobierno. Es decir, una cierta posición defensiva, carente de riesgo y que contiene escasa novedad. Solbes es más que previsible, responde al perfil moderado, ha sido muy cuestionado por los muy socialistas y con su colocación en el número 2 de la lista por Madrid se hace un guiño al  mundo empresarial y a los sectores menos radicales del electorado. Es el encargado de enfriar la demagogia, el hombre del «si, pero», el que  llega con la rebaja para las alegrías del tipo de los 2.500 euros para cada recién nacido, una ocurrencia de Zapatero que tuvo muy difícil encaje en los presupuestos.

En el campo de la oposición, se afronta la recta final de la campaña con dos ejes que complementan su gran baza de la economía, en la que Rajoy, con Juan Costa, ex ministro y colaborador de Rato como redactor del programa, se beneficiará del prestigio y la solidez de la política económica de los gobiernos de Aznar: uno, la recuperación de los consensos básicos de la Transición, y, otro, la definición, por elevación, de la idea de la nación española. Se legislará para el conjunto de los españoles, se fijará el contorno preciso del Estado de las Autonomías y se protegerá la lengua común. Una promesa que los votantes propios, esos que le apoyarán aunque no acuda a todas las manifestaciones de la AVT, no necesitan, pero que sirve para un espectro más amplio del electorado, incluidos algunos socialistas desencantados, a los que también se dirige un nuevo partido, Unión, Progreso y Democracia (UPD), que dirige la destacada ex socialista Rosa Díez.

Como en las campañas electorales se aprovecha todo, las encuestas han empezado a ser utilizadas también como arma. La opinión pública es un monstruo que se alimenta de encuestas, dice el ex presidente de Uruguay Sanguinetti. Aunque usted vea a su alrededor muchas personas descontentas y críticas, aunque le parezca que los disparates de los políticos tienen que pasar factura, que el que se hundan barrios como el Carmel o haya que paralizar la circulación de los trenes de cercanías por la pretensión de llevar el AVE a Barcelona antes de las elecciones no pueden quedarse sin sanción electoral, procure no anticipar pronóstico alguno. La fiebre se puede sentir, pero se mide con el termómetro. Las políticas se calibran con las encuestas.

Y ¿qué dicen las encuestas? A lo largo de la legislatura han venido señalando una ligera ventaja del Partido Socialista sobre el Partido Popular. Pero el interés por las encuestas y su credibilidad aumentan a medida que el «Día D» se acerca. La tendencia de los últimos meses indica que, aunque se mantiene una pequeña ventaja para el Gobierno, el PP sube y el PSOE baja. Sólo algunos medios audiovisuales, con no disimuladas posiciones favorables hacia la Moncloa, sacan de vez en cuando barómetros descaradamente desiguales, queriendo romper el llamado «empate técnico» por los expertos. Pero no es fácil. Al día siguiente de que se publicara una encuesta que señalaba una diferencia de más de ocho puntos a favor del PSOE, hecha por un diario de Barcelona, la ciudad que está en estos momentos más disgustada con la política del Gobierno y que protagoniza el mayor «desapego», como dice el president de la Generalitat, José Montilla, de Cataluña con España, salió el último barómetro del CIS indicando que la diferencia es sólo de 2,3 puntos.

El CIS es el instituto demoscópico con más medios de España y, aunque también comete errores, goza de autoridad superior a la de los demás. De ahí que su última encuesta haya encendido las luces de alarma en las filas socialistas. Como ha resumido el sociólogo Enrique Gil Calvo, en las páginas de El País, «ante el empate entre PSOE y PP que predice el CIS, Cataluña va a resultar una vez más decisiva». Haciendo unas cuentas de trazo grueso, el 60% de España se lo reparten los votantes de Andalucía (ocho millones), Cataluña (siete), Madrid (seis) y Valencia (cinco). «Pero el voto de andaluces, madrileños y valencianos -escribe Gil Calvo- ya está prácticamente asegurado de antemano: el primero para el PSOE y los otros dos para el PP. Mientras que, en cambio, el voto de los catalanes es incierto, sin que pueda saberse cómo se repartirá ni cuántos votarán».[[wysiwyg_imageupload:955:height=109,width=180]]

La crisis catalana va a ser, por tanto, decisiva. Los expertos apuntan que en estas elecciones generales la clave va a estar en la abstención. Hay quien piensa que, teniendo tanto el PSOE como el PP un suelo electoral muy firme y que en España no existe la cultura del cambio de voto, la abstención se convertirá en un factor decisivo. Es también algo conocido que, con abstención, el Partido Popular tiene alguna ventaja sobre el PSOE. Su censo de votantes no desfallece, no se abstiene. Es ilustrativo lo que dice Gil Calvo: «A juzgar por los precedentes, en Cataluña, debería darse una amplia victoria del PSOE. Pero dado todo lo que ha pasado en esta legislatura (debate del Estatut, defenestración de Maragall, gran apagón de agosto, obras del AVE, cierre de cercanías…), los catalanes podrían pasar factura a los socialistas. Y no necesariamente votando a sus rivales catalanes sino quizá absteniéndose, lo que por defecto favorecería al PP».

Las últimas elecciones, marcadas por el atentado del 11 de marzo de 2004, tuvieron una participación masiva. Como explicó Julián Santamaría, que entonces era el director del Centro de Estudios Sociológicos, en una entrevista publicada en La Vanguardia el 15 de marzo, al día siguiente del imprevisto triunfo de Zapatero, «el voto progresista se movilizó en horas». Cuando el entrevistador le preguntó qué lección había sacado de aquella sorprendente jornada electoral, que mandó al PP a la oposición, el antiguo embajador de España en los Estados Unidos, que dirige actualmente un instituto demoscópico, respondió, socráticamente: «Que no sabía nada».

Seguimos sin saber nada. La única encuesta que vale, dicen siempre los expertos en demoscopia, es la que sale de las urnas en la jornada electoral. El 9 de marzo, cuatro años después de una de las grandes tragedias de la vida española, que abrió las puertas de la Moncloa a un enigmático personaje dispuesto a cambiar la Historia de España desmontando minuciosamente la obra de José María Aznar, se juega un partido decisivo. Como diría un cronista deportivo, estamos ante el partido del siglo. El marcador señala por ahora un empate y hay que jugar una especie de prórroga. Con los nervios a flor de piel, probablemente vamos a llegar a la tanda de penaltis. Ahí se decidirá el resultado. Quien cometa menos errores de aquí a marzo, será quien se alce con la victoria.

Adiós, Transición, adiós

Si se introduce el término «Transición española» en Google existen más de dos millones de entradas, comenzando, como no podía ser de otra forma, por la explicación que se hace de ella en la siempre actualizada Wikipedia.

Profesores de ciencia política como Linz o Huntington encuadran específicamente la Transición española en la «tercera ola» de democratización que se inicia en Grecia, Portugal y España, pasa por Iberoamérica y concluye en los países de Europa del Este con la caída del muro de Berlín.

Son centenares los libros que se han escrito desde el punto de vista histórico sobre la Transición española. Todos sus protagonistas han presentado sus versiones de la misma, aunque dos de los principales Adolfo Suárez y Felipe González no lo hayan hecho en forma de memorias, aunque sí a través de diversas entrevistas en las que han narrado los principales acontecimientos de esa época. La inmensa mayoría de los autores han considerado siempre que la Transición empieza con la muerte de Franco, tiene como hitos fundamentales la elección de Suárez por parte del Rey, la Ley de Reforma Política, las elecciones de junio de 1977 y la aprobación de la Constitución en 1978. El amplio triunfo del PSOE en las elecciones de octubre de 1982 cerraría esta etapa.

Hasta 2004 fueron decenas los congresos internacionales que abordaron la Transición española, su gestación y su desarrollo como cambio político ejemplar y ejemplarizante. De hecho, había sido considerada como una hoja de ruta para otras muchas, tanto en Europa como en Iberoamérica, y tanto el gobierno socialista (19821996) como el del Partido Popular (19962004) hicieron promoción de modo oficial de esta etapa de nuestra historia.

¿Qué ha ocurrido para que después del considerado como el mayor éxito colectivo de nuestra historia contemporánea, y con pocos meses de diferencia, hayan tenido que surgir una «Asociación para la Defensa de la Transición» y una «Fundación Transición Política española»?

A partir de la legislatura 20002004 y coincidiendo con el veinticinco aniversario de la aprobación de la Constitución, se ha abierto desde la izquierda española una profunda revisión sobre el sentido y el significado de la transición.

Conceptos que hasta el momento sólo eran manejados exclusivamente por la izquierda radical nacionalista vasca, están empapando hoy el discurso de una parte importante de la izquierda del resto de España. Para revisar la Transición se habla de «pacto de silencio» durante esa época, y se considera como «mito fundacional» la visión que hasta el momento se tenía de la misma.

Hoy se pretende elaborar un «relato» distinto de la misma al servicio de un proyecto político que pretende cambiar las bases sobre las que se asentó la democracia española.

En lugar de un acuerdo entre lo que se había venido denominando como «las dos Españas», la Transición se considera como un proceso político tutelado por el ejército franquista, realizado por las élites del régimen y que obligó a la izquierda a una permanente renuncia para poder participar en el juego político. Para estos autores, no hubo un verdadero cambio político sino que fue la primera etapa de un proyecto político necesariamente inacabado.

Este hecho sólo tendría la importancia de un debate historiográfico más si no hubiera entrado en la arena política, acompañando la acción del Gobierno que salió de las urnas en marzo de 2004 y azuzado por los intelectuales orgánicos del nuevo socialismo.

La especial relación entre el actual presidente con un exponente de este paradigma como es Suso de Toro, no es más que el icono de esta etapa en la que intelectuales tradicionalmente vinculados al socialismo de muy diversas formas como Francesc de Carreras, Antonio Elorza, Fernando Sabater o Juan Pablo Fusi, se han quedado al margen y alguno de ellos ha tenido que impulsar una plataforma política alternativa.

Hasta el año 2004 existía un consenso generalizado sobre el hecho de que la Transición había sido capaz de resolver de un modo satisfactorio y casi milagroso los principales conflictos que habían dividido a los españoles desde 1808.

Se resolvió la cuestión religiosa a través de garantizar su libertad en el seno de un Estado aconfesional que debería cooperar con la Iglesia católica y con el resto de confesiones profesadas por los españoles. Los acuerdos con el Vaticano en 1979 fueron un colofón inteligente.

Se resolvió la cuestión militar garantizando la lealtad de las Fuerzas Armadas al orden constitucional democrático que había sido impulsado por el Rey. El fracaso del golpe de 1981 fue la prueba definitiva. Se resolvió la cuestión política aceptando la presencia de todos los partidos, incluido el comunista, asunto entonces de una enorme delicadeza pero que Adolfo Suárez supo resolver con gran habilidad e inteligencia.

El modelo de Estado se abordó llevando a cabo la mayor descentralización de la historia de España a través de la creación de las comunidades autónomas. Su carácter abierto y con ello su permanente riesgo de inestabilidad por el significado del artículo 150.2 o la transitoria 4 referida a Navarra se evitaba a través de la lealtad mutua entre los dos principales partidos. Conscientes de ello trataron de sacar adelante la LOAPA y de la mano realizaron hasta 2005 todos los ajustes que resultaron necesarios en los diferentes Estatutos.

Por tanto, la transición fue un acuerdo formal en torno a la Constitución pero también fue un acuerdo informal consenso en torno a aspectos esenciales de la vida política del país que los dos principales partidos entendían que debían abordar conjuntamente.

Si algo se tuvo en cuenta durante esos años fue el pasado. La necesidad de no repetir errores del pasado. La anterior democracia española, la II República, se tuvo muy presente precisamente para no repetir ni sus principios ni sus errores.

Esa política de pactos de la Transición tuvo su inicio con los Pactos de la Moncloa para garantizar la estabilidad económica, y como último capítulo el Pacto por las Libertades y contra el Terrorismo para mostrar la voluntad inequívoca de derrotar a ETA por parte de los dos principales partidos. Ese espíritu se había mantenido de modo transversal en todas las circunstancias políticas por las que había atravesado el país hasta el año 2004.

Esos han sido los pilares sobre los que se ha asentado lo que ya algunos denominan el «régimen de la Transición» y que hoy están sometidos a una profunda revisión.

Para aquellos que siempre habían pensado que «España es de izquierdas», las elecciones de 2000 fueron un hecho traumático. Por esa razón, cuando las especiales circunstancias de 2004 pusieron en manos del PSOE el gobierno de la nación se impulsó un programa revisionista del significado de la Transición. La II República dejó de ser un error que había que evitar para pasar a ser un referente de «grandes aspiraciones» con «plena vigencia» gracias a su Gobierno.

Es más, la visión compartida del pasado para no hacer del mismo un asunto de confrontación política se sustituyó por una polémica Ley de Memoria Histórica. Se han producido tensiones en torno a la cuestión religiosa por la búsqueda de una confrontación tan innecesaria como premeditada. Pero quizás el asunto que más ha movilizado a la opinión pública ha sido lo concerniente a la revisión del modelo de Estado que se ha hecho a través de la reforma del Estatuto de Cataluña.

Por primera vez en la democracia una reforma de un Estatuto de la importancia del catalán se hacía sin el acuerdo entre los dos principales partidos a pesar del ofrecimiento expreso que hizo en enero de 2005 Mariano Rajoy al presidente del Gobierno.

El cambio profundo del modelo de Estado se puso de manifiesto durante el trámite parlamentario en el que los impulsores del proyecto reconocían que consagraba un modelo «confederal» o «plurinacional». En cualquier caso, un modelo distinto al pactado en 1978.

Este hecho ya había sido advertido en el oportuno manifiesto que promovieron durante el debate parlamentario Antonio Fontán y Fernando Álvarez de Miranda como presidentes de las Cámaras constituyentes y que tuvo un enorme respaldo social y un gran eco político.

El propio Consejo de Estado en el informe encargado por el Gobierno para proceder a una acotada reforma constitucional ya apuntaba a la necesidad de cerrar la cuestión del modelo de Estado que en algún aspecto la Constitución había dejado abierto.

Al mismo tiempo que el Gobierno ha ido renunciando a pactos como el de las Libertades y contra el Terrorismo, instituciones clave para el normal funcionamiento de la democracia como es el Tribunal Constitucional se han visto afectados por una crisis interna inédita en cualquier etapa anterior de nuestra democracia.

Incluso la propia figura del Rey, considerado como el motor o el piloto del cambio, no ha quedado en esta legislatura al margen de las controversias políticas que nos han acompañado.

Por tanto, todos los elementos esenciales de la mayor etapa de estabilidad política de nuestra historia contemporánea han quedado seriamente afectados por la agenda de un Gobierno que ha pretendido revisar de un modo profundo todos los pactos y acuerdos en los que se ha basado nuestra vida política democrática.

Ante este hecho resultan oportunos los llamamientos que se realizan a «un nuevo consenso» para recuperar el sentido y el espíritu de una época de nuestra historia de la que, sin lugar a dudas, más orgullos podemos estar.

Repite en numerosas ocasiones William Faulkner que el pasado no sólo nunca está muerto sino que ni siquiera está pasado. Creo que algo así ocurre con la Transición. Se anuncia ya una reforma constitucional para recuperar su espíritu. En países de nuestro entorno como Alemania, ante una crisis menor se ha buscado un gran pacto. Sarkozy en Francia lo que ha hecho ha sido vincular a su proyecto relevantes figuras del socialismo.

Se repiten en muchas ocasiones los conceptos plural y complejo para definir la nueva realidad social del siglo XXI. Para resolver este «sudoku» se emplean diferentes formas de transversalidad. Eso fue la Transición, una fórmula posible de transversalidad.

La Cataluña perpleja y la autocomplaciente

El estetoscopio aplicado al conjunto de la sociedad catalana detecta Earritmias, inhibiciones y una creciente pasividad. Aunque tarde, algunos núcleos empresariales lo van comprendiendo, con mayor diligencia que una clase política paralizada y catatónica, refugiada en los ámbitos simbólicos del viejo nacionalismo, en las inercias de la izquierda o en ambas cosas. En la oposición, Convergencia muestra los efectos devastadores de la pérdida del poder después de los largos años del pujolismo hasta el punto de olvidarse de sus antiguos anclajes y sustituir la apariencia autonomista por la retórica soberanista. Teme que ERC le quite esos votos secesionistas, revelando así una clamorosa falta de personalidad política que los alevines pujolistas agravan todos los días. Su aliada Unió opera con planteamientos más racionales pero hasta ahora nunca se supo con cuántos votos contaría realmente el partido de Duran Lleida. Ocupa la vasta centralidad del poder el PSC-PSOE, superando notablemente el control mediático que tuvo Pujol, tanto en medios privados como públicos. De Montilla se supuso que puliría los arrebatos de Maragall y atajaría lo que se ha llamado «transversalismo» del catalanismo en la política catalana, un invento que más bien significó opacidad, «omerta» y reparto de opinión por cuotas. Si se esperaba que Montilla pusiera en su lugar a ERC y a los ecocomunistas de IC-Verds, de momento la respuesta no es afirmativa aunque parece mantener por ahora sus expectativas de voto.

Tras el cuantioso abstencionismo en el referéndum del nuevo estatuto de autonomía, la sociedad catalana ha ido viéndose sometida a un régimen de duchas escocesas que pasan por la inoperatividad del aeropuerto del Prat, los apagones espectaculares, las disfunciones en la red de cercanías y luego los socavones en el trazado del AVE hasta implicar de forma más que metafórica la integridad arquitectónica de la Sagrada Familia. Es un contraste pungente con el ensueño anestésico de la Barcelona posolímpica. La respuesta política ha consistido una vez más en culpar al Estado y a la falta de una dotación presupuestaria idónea para que Cataluña disponga de infraestructuras suficientes. En verdad, ha sido tal el grado de estupefacción general que la opinión pública no reaccionaba de forma significativa. En ERC dijeron «Cataluña se va»; Montilla habló de «desapego». Simultáneamente, comenzó la quema de banderas con la efigie del Rey don Juan Carlos.

El Círculo de Economía ha tardado mucho en hacer un llamamiento para evitar «un enfrentamiento perjudicial entre España y Cataluña». Ese llamamiento ya tenía justificación cuando menos al constituirse el primer tripartito. El mito de la Cataluña emprendedora perdía energía simbólica. Ganaba terreno la Cataluña a la vez victimista y autocomplaciente. De entre los rescoldos deterministas del nacionalismo identitario lo que sobreviven son los intereses de los partidos y los largos años de falta real de pluralismo crítico. Todo un establishment políticoinstitucional se entrega a los enjuagues del victimismo particularista, aunque sin potencial suficiente para ejercer aquella megalomanía que consistió en ofrecerse para regenerar y modernizar a toda España en razón de un grado más alto de europeidad.

El ciudadano padece pasivamente las ineficiencias estructurales cuyos cimientos no son de anteayer sino de mucho tiempo atrás. Queda algo averiada la tesis del rol modélico de CiU pactando presupuestos en la Carrera de San Jerónimo. Cabe poner en duda los favores del felipismo a la inversión en Cataluña. Tal vez CiU no ató bien los pactos del Majestic. También es posible que la Generalitat gestionase de forma defectuosa y «amateur». Son suposiciones que uno puede hacer al constatar la ineficiencia estructural de la Cataluña de principios del siglo XXI.

A la espera de la sentencia del Tribunal Constitucional sobre el Estatut, la precampaña electoral lo va a deglutir todo hasta la total obstrucción intestinal. Por el momento, los movimientos cívicos que surgieron como reacción frente a la hegemonía nacionalista no han tomado suficiente cuerpo. Se sabe poco de lo que piensan amplias franjas de la sociedad catalana. Su descontento es notorio pero se ignora cuáles serán, en las urnas, los chivos expiatorios.

Lo que queda patente es que la clase política catalana lleva tiempo hurtándole el cuerpo a la constatación de la realidad. El trazado del AVE, por ejemplo, tuvo componentes de comedia de enredo y el afán del Ayuntamiento de Barcelona por superar toda cota de progresismo ya alcanza dimensiones de parodia. Ese radicalismo emblemático de la izquierda se une y confunde con la fuerza negativa de la deslealtad que aporta la radicalización nacionalista. Entre errores y obcecaciones, entre partidismos y «okupas» institucionalizados, la improbable salida de la zona de arenas movedizas sólo podría ser superada por la aparición gradual de un nuevo «demos», lo cual requiere la previa configuración de unas nuevas élites. Mientras tanto, la sociedad catalana la que fuera representada por Antonio de Capmany en las Cortes de Cádiz no puede autorrepresentarse legítimamente como sociedad civil. Pierde vinculación, capacidad competitiva y visión de futuro.

Que las culpas sean todas de Madrid es algo que la mayoría de los catalanes acabarán por desestimar en mayor o menor grado. Es un proceso que tomará su tiempo. El nacionalismo opondrá sus resistencias, pero con una severa pérdida de capital simbólico. CiU intentará refundar el catalanismo, pero no es empresa fácil después de haber generado un mapa político en el que la abstención ocupa tanto espacio. De hecho, no estamos ante una de tantas crisis del nacionalismo catalán: más bien se trata de una crisis de la sociedad catalana y, por lo tanto, más honda y de difícil diagnóstico. El estetoscopio no lo capta todo. De todos modos, no pocas radiografías coinciden en que para saber lo que es la Cataluña de ahora mismo hará falta ver retirado lo que queda del andamiaje nacionalista.

La energía de Loyola

El pasado 1 de octubre se celebró en Madrid la conferencia «European Energy Challehges» organizada por el IE Business School en homenaje a Loyola de Palacio. A la conferencia asistieron como ponentes, entre otros, su hermana Ana Palacio, José Manuel Durão Barroso, presidente de la Comisión Europea, y los comisarios europeos Neelie Kroes y Andrid Piebalgs. A continuación recogemos sus ponencias en las que, por un lado, se pone de manifiesto su admiración por el trabajo y la personalidad de Loyola y, por otro, la necesidad de profundizar en un tema clave para el futuro de la sociedad europea y mundial como es la energía. Las ponencias se completan con un análisis del sector energético europeo elaborado por Alejo VidalQuadras, vicepresidente de la Comisión Europea, y otro sobre el sector en España realizado por José T. Raga, catedrático de Economía de la Universidad Complutense.

El ejemplo de Aquiles

Javier Gomá, que obtuvo el Premio Nacional de Ensayo en 2004 por su libro Imitación y experiencia, nos ofrece ahora una continuación, Jentonces anunciada, al tiempo que reitera su plan original prometiendo otro par de volúmenes que seguramente han pasado ya la etapa de las musas y están en el telar.

En una época en que buena parte de la filosofía (engañosamente atraída por el modelo de las ciencias) tiende a producirse en artículos breves y en revistas arcanas, el proyecto de Gomá exhibe características insólitas. Estamos ante un libro de filosofía personal, original e inhabitual, un libro que, además, es fácil de leer (relativamente, se entiende, a lo que ayuda un espesor poco extenuante) y que, sin duda, sirve para que el lector tenga que abandonar sus categorías más peculiares y se dedique a pensar. No es poco, desde luego. Javier Gomá ha sorprendido siempre por una aparente contradicción en su escritura que es a la vez juvenil e impetuosa (para lo que suele ser el gremio) pero sorprendentemente madura, trufada de unas lecturas que atestiguan la sólida formación del autor y el buen gusto con que se mueve entre los clásicos. Su escritura es clara y carece de cualquier pedantería académica, aunque lo que trata de decir no siempre es de fácil interpretación; el autor, tal vez consciente de esa cualidad de sus análisis, nos recuerda con frecuencia por dónde vamos y lo que estamos haciendo al compartir sus análisis. La razón de esta peculiaridad me parece que reside en que el género que nos ofrece es tributario de una concepción según la cual la filosofía es, casi exclusivamente, una meditación personal sobre ciertos interrogantes de la existencia humana. En esa clase de discursos es muy difícil la comparación con cualquier canon, de manera que el lector (y esto dista mucho de ser un inconveniente) tiene que hacer algo más que leer y comparar (con lo que sabe o cree saber), tiene que aceptar el reto de llegar hasta el final porque la obra no está construida según una geometría común sino conforme a una experiencia personal. Textos como éste hacen especialmente cierto el aserto de que el tipo de filosofía que se hace depende del tipo de hombre que se es.

¿De qué trata el libro de Gomá? La respuesta no sería fácil si se nos exigiese una aproximación, digamos, académica, a partir de la tipología común o de las escuelas. No estamos ante un texto de[[wysiwyg_imageupload:1018:height=375,width=200]] filosofía de tal o cual clase, de tal o cual especialidad, sino ante un capítulo de una meditación original, llena de interés, pero personal desde la cruz hasta la fecha. El autor admite sin dificultad que lo que él hace pertenece a lo que él mismo describe como «confesiones de la naturaleza humana», un género mixto o híbrido, si tal cosa cabe, en el que, como advierte al principio se trata de conjugar el Emilio de Rousseau y el Ser y tiempo de Heidegger (dos ejemplos, dicho sea de paso, mucho más indigeribles que esta supuesta secuela). Para avanzar un poco en la comprensión de Gomá, hay que tener en cuenta otra de las características de esta obra singular (y no me refiero sólo a este libro) que deriva muy directamente de la fuente que se reconoce: la propia subjetividad, enteramente ajena a categorías preestablecidas, descaradamente ingenua y voluntariamente atenida a sí misma como única fuente de legitimidad intelectual.

Este libro podría haber sido escrito aunque no existiese la ciencia, aunque no existiese la psicología, aunque nadie hubiese hablado nunca de roles sociales, de otras civilizaciones o de la estructura económica. Conforme a ello, el autor nunca pone en duda que se pueda hacer eso que precisamente está haciendo, como no duda tampoco de que las palabras le van a servir dócilmente para lo que él quiere que sirvan, y es un hecho que lo hacen con notable gentileza. Así, asume, por ejemplo, que sus reflexiones le ponen «en comunicación directa con lo esencial humano». Justo es decir, sin embargo, que Gomá ha dedicado su primer libro precisamente a dilucidar el concepto de experiencia de la vida, de manera que no nos hayamos, en ningún caso, frente a una improvisación sino frente a una meditación muy articulada. Consecuentemente con esta confianza en la posibilidad de decir algo que tenga pleno sentido para cualquiera independientemente de su lugar, época y condición, Gomá plantea una estrategia que, desde el punto de vista retórico, procede a base de rodeos para presentar con nitidez lo que, a su modo de ver, es la [[wysiwyg_imageupload:1019:height=105,width=180]]cuestión clave: ¿cómo se articula la experiencia individual y subjetiva (la autoconciencia como algo absoluto) con la doble fuente de objetividad que se manifiesta en la común existencia de los otros y en la muerte? Nuestro autor entiende que esta cuestión es clave en la maduración de cada cual y resulta sorprendente, aunque también persuasivo, cuando identifica la mortalidad con la condición social, con la pertenencia la polis, con la asunción de que nuestra supuesta condición única debe ceder el paso a la plena conciencia de nuestra sustituibilidad, casi de nuestra fungibilidad, en el tejido social que nos arrebata la individualidad más radical y nos constituye en unidades de un conjunto soberano y, a su modo, inmortal.

El discurso de Gomá es coherente y brillante en muchas ocasiones pero deja como un regusto de duda porque, pese a sus protestas de ser algo muy distinto a una mera autobiografía abstracta, no es nada fácil decir si lo que se nos cuenta es cierto o no, dicho sea en honor de los resistentes que siguen pensando que fuera de la verdad no hay nada interesante, lo que, por decirlo todo, no deja de implicar, en cierto modo, una petición de principio.

Partiendo de una metáfora brillantemente analizada (tal vez fuera mejor decir de un símbolo, de una escena mitológica, pero no es cosa de ponerse picajosos), a saber, el momento en que Aquiles es arrebatado del gineceo en el que vive feliz confundido con las mujeres para dirigirse a la lucha, a su lugar, al destino por el que lo conocemos, y, sobre todo, a la muerte, Gomá, para quien «los estadios en la vida del hombre son la medida de todas las cosas», se adentra en el análisis de la experiencia humana que se consagra en algo bastante paradójico, en el dilema fundamental, en la comprobación de que una vida fecunda supone siempre una especie de traición, una aceptación de la muerte moral antes de la muerte física, una insatisfacción del corazón que recuerda que el deseo profundo de seguir siendo y, por tanto de ser quien se es, es necesariamente traicionado por las exigencias de la eticidad, por la alienante conversión de la madurez en un «uno más». Gomá, es especialmente luminoso en este capítulo central de su libro cuando trata de desembarazar este análisis de la forma parasitaria con que lo ha despachado el romanticismo y alza su voz para hacer el elogio de la normalidad, nada que pueda confundirse con la alienación cómoda en los ritos y consuelos de la multitud que nos hipnotiza y nos mata.

Gomá afirma que su análisis de la experiencia de la vida dota a este concepto de una objetividad esencial que permite diferenciarlo nítidamente de ideas de «cuño subjetivo» como, según a él le parece, son la «felicidad» o el «sentido de la vida», expresiones que, si no me equivoco, aparecen una sola vez en este texto aunque seguramente no le parecen nada subjetivas a otros muchos pensadores.

El cierre del libro se ocupa de analizar el surgimiento y las contradicciones de la idea moderna de héroe que Gomá persigue, sobre todo, en los escritos de Rousseau y de Goethe. Nuestro autor, gran admirador de la cultura grecolatina, supone que la mente moderna ha acabado por arruinar la posibilidad de una experiencia unitaria del dilema humano que, sin embargo, era posible en épocas anteriores y que, pese a todo lo negativo que pueda decirse del relativismo posmoderno, le parece que tal vez pudiera recuperarse, seguramente conforme a la fórmula que nos recomendará en sus próximos libros. Muy en conformidad con cierto análisis corriente en estos tiempos, Gomá supone que la derrota de los mesianismos políticos (se entiende que en Europa) y el suave nihilismo de la época contemporánea (que ha sustituido el gineceo por el gimnasio y que ni siquiera sueña con la inmortalidad) abren la posibilidad de una nueva formulación positiva de la respuesta a la contradicción fundamental entre lo estético y lo ético a la que nos enfrenta inevitablemente la maduración, la vida misma.

[[wysiwyg_imageupload:1020:height=125,width=180]]Es muy fácil estar en desacuerdo con Gomá, porque tiene la valentía de exponer sus opiniones de manera desnuda, sin disimulos ni antifaces, sin falsas erudiciones y sin temor alguno a ese mundo externo que, en general, ha descrito como atosigante y fatal; es, por tanto, un autor atrevido, valiente, que no rehuye la exploración de lo desconocido y se adentra en territorios escasamente de moda o, más precisamente, que no renuncia a abordar sus preocupaciones de una manera enteramente distinta a la que en estos momentos es ordinaria.

La filosofía es una actividad que lleva ya muchas décadas sometida a invencibles equívocos y es muy humano refugiarse en el gremio, en hacer lo que otros hacen, decir lo que otros dicen o en discutir con los supuestos gigantes a ver si se nos pega algo de su grandeza. Gomá no incurre en ninguno de esos comunísimos y feos vicios: es elegante, optimista, discreto e interesante. Convendrán conmigo en que si además resultase convincente sería excesivo, aunque seguro que no será esto lo que piensen muchos de sus lectores. Una de las cosas que, a mi entender, caracterizan a un verdadero pensador es su capacidad para eludir el cerco académico, el mero comentario. Gomá supera con absoluta claridad ese test y hay que esperar que siga fiel al ambicioso y sugestivo programa que se ha trazado.

Grecia, Roma y lo demás

 

Escribo este comentario sobre dos libros (El mundo clásico, de Robin ELane Fox, editado por Crítica, y El reloj de la historia, de Francisco Rodríguez Adrados, editado por Ariel) arrastrado por el enfado que me produjo una crítica superficial publicada en un diario de Madrid, en la que su autor se «cargaba» el estudio del primero y decía que el del segundo era mucho mejor.

Lo cierto, sin embargo, es que los dos son interesantes y, lo que es más destacable: no tienen nada que ver el uno con el otro. Absolutamente nada. El trabajo de Rodríguez Adrados se prolonga desde la antigua Grecia hasta el siglo XX, mientras que el del escritor británico se abre con Homero y se cierra con el emperador Adriano. Tampoco hay ninguna semejanza en el propósito de ambas obras, ya que mientras la de Robin Lane Fox es la descripción lineal -o más o menos lineal- de la historia de Grecia y Roma, la del profesor español persigue una nueva filosofía de la historia. En su opinión, Grecia es un corte en la historia. Dice: «La antigua Grecia representa un momento único, especial, en la historia del mundo. Eso es lo que han dejado de ver tantas propuestas anteriores sobre la Filosofía de la Historia. Hay un antes y un después de Grecia, y hay una y otra vez la resurrección de la Grecia que parecía muerta: el espíritu libre, el teatro, la democracia, la ciencia…». Un corte, un despegue, un salto, que se prolonga hasta hoy mismo con sus avances y retrocesos.grecia.png

Para el crítico del periódico madrileño, El mundo clásico es un trabajo aburrido, calificativo con el que tampoco estoy de acuerdo. Efectivamente, no es tan burbujeante como La historia de Grecia (o de Roma) de Indro Montanelli, pero el libro es de fácil lectura, como lo prueba el hecho de que se haya convertido en un éxito editorial en su país de origen y en los Estados Unidos. Si nos tomamos la molestia de consultar la opinión de los lectores en la tienda virtual Amazon, advertiremos que la valoración general es de cuatro estrellas (sobre cinco) y que los comentarios elogiosos superan en mucho a los adversos. Algunos de » ellos destacan, precisamente, su «accesibilidad» y su «legibilidad», virtudes nada despreciables.

Y ya que he citado de pasada a Montanelli, me gustaría detenerme un momento en este periodista italiano y lamentar que la mayor parte de sus obras estén descatalogadas, lo que no habla en favor de muchas editoriales cuya política empresarial se entiende con dificultad. No es éste el lugar para analizar y criticar la pérdida de los fondos de catálogo, pero sí para dejar constancia de ello. Hay mejores libros de historia que los de Montanelli, por supuesto, aunque no todos gozan del mismo fervor del público.

Hace unas semanas, un dependiente de La Casa del Libro, en la Gran Vía madrileña, se me quejaba de que los libros que han sido éxitos de venta en los últimos años han desaparecido de las estanterías de las librerías y me ponía como ejemplo a Montanelli. Y también al americano Herman Wouk, autor de El motín del Caine, premio Pulitzer, y de la trilogía Vientos de guerra. «Esos libros sí que se vendían bien, frente a tanta novedad sin interés como recibimos ahora», aseguraba. La crítica instalada, sin embargo, no ha sido amable con ellos. ¿Herman Wouk? «Un segundón», sentencian. Recuerdo que el cineasta Nino Quevedo, director del primer Goya, con Paco Rabal, y productor de La tía Tula, el formidable filme de Miguel Picazo sobre la novela de Unamuno, solía decir que los best-seller americanos son como grandes rascacielos, de difícil construcción, y aconsejaba a los escritores jóvenes que aprendieran de estos maestros y no de Juan Benet o de Gabriel García Márquez.

El mundo clásico se lee con interés y tiene el valor añadido de la muy notable información que recoge. No es fácil resumir en 800 páginas la historia de estas dos grandes naciones, y Robin Lane Fox lo consigue en buena parte gracias a la selección de materias. No pierde mucho tiempo con cuestiones menores que «ni siquiera le habrían interesado a Adriano», afirma, tales como los diversos reinos griegos surgidos a la muerte de Alejandro o los años de la república romana comprendidos entre la destrucción de Cartago y las reformas de Sila. Por el contrario, reclaman su atención -y la del lector- la Atenas de Pericles y Sócrates y la Roma de César y Augusto.grecia_2.png

Robin Lane Fox es fellow del New Collage de Oxford y catedrático en Historia Antigua. En su opinión, en nuestra época los historiadores interpretan los sucesos pasados con sofisticadas teorías relacionadas con la economía, la sociología, la geografía y la ecología, las teorías de clase y de género, el poder de lo símbolos o los modelos demográficos por poblaciones o grupos de edad. Pero no era así en la Antigüedad, donde sus viejos colegas resaltaban cuestiones tales como la libertad, la justicia y el lujo. «He decidido destacar estos tres -dice- porque están en la mente de los actores de la época y constituían un elemento importante de la forma que tenían de ver los acontecimientos». Pues bien, de libertad se habla mucho. De justicia, también. Y también, mucho, del lujo y de la importancia de su ausencia o su presencia en la vida de los pueblos.

Algunos de nosotros tenemos la creencia de que sabemos bastante, o cuando menos lo «suficiente» sobre Grecia y Roma, pero un libro como éste nos ayuda a salir del error.

Aquellas naciones fueron realmente formidables y marcaron la cultura de Occidente de manera indeleble. Dentro de ellas hay mucho más contenido del que recordamos o del que hemos sabido jamás. El reencuentro con personajes como Heródoto, Aristófanes, Sócrates, Aníbal, Pompeyo, Nerón o Pablo de Tarso (además de Temístocles, Pericles, Platón, César, Marco Antonio, Cleopatra, Augusto…) es siempre una fiesta. También son un festín los capítulos relativos a la conquista del imperio, la lucha por la libertad y la justicia, la vida en las grandes ciudades, el cristianismo y el imperio romano, la paz de los dioses o lo espectáculos públicos.

¿Una obra aburrida? Ni hablar. El volumen se acompaña de mapas, ilustraciones, notas, comentarios, bibliografía recomendada y el correspondiente índice. Como curiosidad, fue Nerva, y no Tito ni Vespasiano, el que realmente fue el «buen» emperador.

Tampoco resulta aburrido, pero sí más denso -mucho más denso- el trabajo del profesor Francisco Rodríguez Adrados, que acomete la tarea con el siguiente espíritu: «No es un libro improvisado; puede decirse que todo lo que he leído, visto y pensado a lo largo de mi vida ha sido una preparación para él». Y propone una nueva teoría. Su título original es: El reloj de la Historia. Homo sapiens, Grecia antigua y mundo moderno.

Se trata de un esfuerzo que no deja indiferente al lector. Rodríguez Adrados, que se autodefine como «helenista», es académico de la Real Academia Española y de la Historia, y catedrático de la Complutense. Esto último se le nota mucho, ya que su libro respira pedagogía y en no pocas ocasiones peca de reiterativo; las reiteraciones típicas del profesor que repite cien veces las mismas ideas para que calen en el ánimo del alumno. Su lenguaje, voluntariamente descuidado en ocasiones, también se vuelve coloquial aquí y allá. A veces da la impresión de que algunos textos están dictados o que se dirigen a un auditorio.

La idea central del libro es que Grecia es un corte en la historia. Introduce una apertura que, aunque silenciada o decaída a veces, resurge siempre. «Sin un conocimiento de lo que significó Grecia -dice- es inútil intentar una visión de conjunto de la historia humana». Error que se comete con frecuencia. Y añade más adelante: «La línea GreciaOccidente, expandiéndose siempre, es la central en la historia del mundo, aunque no la única. Pero es la que se ha impuesto y se impone». Y dice aún más: «Se habla de multiculturalismo; todas las culturas serían iguales.

En mil exposiciones, festejos y foros se nos bombardea machaconamente con est°. Sí, las culturas humanas tienen iguales raíces y ofrecen mil cosas comunes, pero hay una que es el centro de la historia y otras que bien la absorben, bien reaccionan contra ella».grecia_3.png

Dicho con otras palabras: «Hay la ruptura griega y el eje greco-occidental de la historia, hay las aculturaciones y los rechazos. Esa línea central pasa por Roma, los cristianos y los sucesivos movimientos humanistas y socializantes. Se ha impuesto y se impone a cada paso; sólo en el islamismo ha encontrado un rechazo radical. Y aun éste, ni simple ni definitivo».

Sólo el conocimiento de la historia permite realizar paralelismos entre unas épocas y otras. Este libro, que el autor califica de «audaz», nos ofrece variados ejemplos. La reacción de los Estados Unidos contra Vietnam, Afganistán, Irak y quizá Irán se asemejan a acciones similares de Trajano y Adriano, mientras que la paradoja de las tendencias unitarias de la Unión Europea al lado de algunas escisiones internas recuerdan al autor a sucesos que tuvieron lugar tras Alejandro Magno, Roma y Carlomagno.

Como colofón, una afirmación sincera: «Estamos (hoy, en 2007) ante un inmenso crecimiento, pero también ante una dulce paz -casi- y una dulce decadencia. Sin duda, todo ello va a más, se va extendiendo al planeta entero», asegura Rodríguez Adrados.