Mi cesta
Tu cesta está vacía, pero puedes añadir alguna de nuestras revistas o suscripciones.
Ver productosLa anciana conversación mantenida entre Menón y Sócrates acerca de si la virtud es o no enseñable, esto es, si cabe educar esa cosa que llamamos carácter, recorre rumorosa la historia toda de la educación occidental y de sus diferentes respuestas han emanado distintos enfoques de la función educativa escolar y universitaria. Baste contemplar las ruinas de nuestra escuela y el rebajamiento de nuestra juventud para intuir que el ideal socrático hace mucho tiempo que dejó de considerarse vigente en el solar patrio, como si quedara arrumbado en el polvoriento desván de la escéptica Europa.
Pero a lo que parece, Estados Unidos —ese extraño país que todavía se siente interpelado por las grandes cuestiones clásicas— está haciendo del diálogo platónico un verdadero asunto de estado desde 1992 cuando la ASCD (The Association for Supervisión Curriculum and Development) determinó en la Conferencia de Racine dar prioridad urgente al tema de la «educación del carácter». Así las cosas, poco después, en el año 2000, la mentada «educación del carácter» fue elegida como la materia más importante a la que atender en la enseñanza primaria y secundaria, mientras que todos los senadores y congresistas consultados la designaban como el reto principal de Norteamérica.

Sólo se entiende tal desasosiego imperioso si recordamos el deterioro educativo que afecta a los jóvenes americanos y que Allan Bloom había denunciado melancólicamente años atrás en su imprescindible The Cíosing of the American Mind (1987). Baste un botón de muestra extraído del libro que nos ocupa para entender la hondura de la crisis educativa:
Más de la mitad de los jóvenes de cierta zona residencial de Boston declaran que no les parece mal robar un CD ni quedarse con el dinero que se encuentran en un monedero.
El 50% de los varones mayores de las High School mantienen relaciones sexuales habituales, teniendo hasta el momento cuatro o más parejas, y el número de abortos encabezan las estadísticas del mundo industrializado.
El número de asesinatos cometidos por jóvenes es en EE.UU. siete veces más alto que en Canadá y cuarenta veces superior al de Japón.
Pues bien, sabedora del estado de la cuestión como profesora de sociología y psicología social, María Hernández-Sampelayo tomó la feliz determinación de trasladarse oportunamente a Estados Unidos para realizar un trabajo de investigación en la Universidad de St. Francis (Illinois) sobre este movimiento denominado educación del carácter, además de visitar dos colegios punteros donde realizan prácticas los futuros profesores americanos. Y a la vuelta de su fructífero viaje nos regala este libro, tan oportuno, escrito con el rigor y la sencillez propios del mundo anglosajón, combinando sabiamente la exposición teórica con casos prácticos de experiencias reales, dividido en tres apartados.
La primera y más extensa parte constituye el corpus teórico del libro donde se nos cuenta la génesis y desarrollo del movimiento de la educación del carácter en los Estados Unidos, destacando los roles que juegan los padres y profesores, su asunción por el conjunto de la comunidad educativa y la explicación detallada del paradigmático Programa «Core Virtues». Para ilustrar la viabilidad de los postulados estudiados, la autora nos ofrece en la parte segunda un análisis práctico de cultura moral e intelectual de una escuela mejicana. Finalmente, el libro se cierra con una muestra a modo de apéndice de los resultados conseguidos por la propia profesora Hernández-Sampelayo y sus alumnos acerca de la educación del carácter en algunas escuelas infantiles de la Comunidad de Madrid.
A ningún lector español se le escapará la acuciante oportunidad que tiene esta obra para nuestra realidad circundante: sin una educación del carácter no cabe en puridad una educación para la ciudadanía merecedora de este venerable concepto, a no ser que entendamos por ciudadanía una forma nueva de esclavitud en contra de los postulados ilustrados que hicieron del «citoyen-citizen» el paradigma moderno de la dignidad humana.
Y a propósito de la eterna e inconclusa disputa entre Sócrates y Menón, María Hernández-Sampelayo parece decantarse por la posibilidad de que la virtud sí sea cosa enseñable, como se desprende de la escondida dedicatoria in memoriam a su padre que, a diferencia del Anito del Menón platónico, bien fue en este caso maestro de virtud, del buen carácter en suma.

Ha aparecido hace ahora unas semanas una tercera entrega de la nueva etapa, al margen de la política y con propósitos pedagógicos, del ex presidente del Gobierno, José María Aznar, en la que responde a la necesidad de promover valores capaces de satisfacer las aspiraciones de una juventud que se apresta a participar con su voto en las próximas elecciones generales, bajo la candidatura del actual presidente del PP, Mariano Rajoy.
Aznar expresa en las Cartas a un joven español un resumen de las ideas que constituyen la base doctrinal de los principios y convicciones que movieron al PP a emprender la gran empresa de mejorar la sociedad española a través de un proceso moderado, centrado y reformista. Son ideas sencillas que se oponen, de modo frontal, a otros modos de concebir la política, basados en la violencia, el extremismo radical y la ruptura revolucionaria.
El gran pecado cometido por los sucesivos gobiernos del Partido Popular en las anteriores legislaturas, circunstancia que le ha granjeado la eterna enemistad de la izquierda, ha sido demostrar con hechos que la moderación, el equilibrio y el espíritu reformador, pudieron ser llevados a la vida real y ofrecieron, más pronto que tarde, resultados sorprendentes.
Para los encarnizados enemigos de esos planteamientos liberales, el peligro era evidente: ¿Qué hacer, entonces, con las ideas movilizadoras de masas, tan seductoras como las que legitiman la lucha antisistema, las revoluciones pendientes y las reivindicaciones nacionalistas?
José María Aznar intercambia opiniones sobre esos temas con Santiago, figura simbólica representativa de un joven español de hoy que le plantea diversas cuestiones controvertidas y le interroga sobre la actitud más adecuada para enfrentarse a ellas. Algunas de esas cuestiones se refieren a principios generales, como el verdadero sentido de la libertad y la responsabilidad, la función del liderazgo, los derechos y deberes de los ciudadanos o el valor de la familia y la educación.
Otras veces, las cartas plantean ya situaciones que afectan de modo directo a la realidad de nuestro país: ¿qué debemos entender por nación española? Desde luego, no le parece al autor un concepto «discutido y discutible», sino muy claro y bien definido en todos sus términos. Aznar entiende el sentimiento de España en una doble dirección: como deber y como pasión y afirma, contra los que rechazan la existencia real de una nación española que «España problema, es la solución».
El terrorismo, empleado como arma coactiva contra los ciudadanos y el Estado para alcanzar objetivos políticos, atrae la atención del joven destinatario de las cartas. Nadie puede negarle a Aznar, como a sus colaboradores en las tareas de gobierno, un conocimiento profundo de las maniobras y tácticas seguidas por los terroristas y, en particular, los de ETA. Por eso le escribe a Santiago; «Cada vez estoy más convencido de lo inútil de cualquier tipo de contacto con los terroristas, que ven en las treguas una maniobra estratégica para tratar de dividir a la sociedad, reaprovisionarse, rearmarse y volver a organizarse. Sin contar con que salen reforzados moral y políticamente».
Recuperar el papel fundamental de la familia como célula base de la sociedad, responsable primera de la formación humana y moral de sus miembros, acapara también la atención de Santiago, que recibe respuestas claras a los interrogantes que hoy se manejan con tanta frivolidad como desconocimiento de causa. La familia se concibe como la unión de un hombre y una mujer, que aceptan libremente el compromiso de establecer una comunidad de vida y afectos con carácter permanente.
Igualar al valor humano y social de la familia con otras formas de unión le parece al autor un error que puede traer consecuencias negativas. Respecto al derecho de adopción infantil concedido a parejas homosexuales, se apunta: «¿Qué pasará cuando un niño o una niña no puedan llamar padre ni madre a quienes se dicen sus progenitores pero que en muchos casos no lo van a ser? ¿Qué idea del mundo y de la realidad van a tener unos niños así criados? ¿La de que todo es posible? ¿La de que las leyes pueden dar satisfacción a todos los deseos?».
En la ultima carta, con el título de «Vale la pena», José María Aznar lanza un mensaje de optimismo dirigido a los jóvenes y los anima a participar en las responsabilidades políticas de forma pacífica y moderada, sustentada en principios de un liberalismo sano, en defensa de las ideas que, dentro de las tradiciones heredadas de la cultura clásica y del cristianismo, han conformado los valores más positivos de las democracias occidentales.
Valores que él entregó, al abandonar definitivamente la lucha política, en manos de los que tan dignamente la sucedieron y que, a su vez, serán transmitidos, depurados de posibles errores, como el testigo en una carrera de relevos, al corredor siguiente. El cual, a su vez, tras superar la distancia que le haya sido asignada, lo confiará al compañero mejor situado para continuar así la progresión que viene marcada por los tiempos de la historia.

Tomás Moro, conocido humanista, político y abogado de finales del siglo XV y principios del XVI, ha despertado de nuevo el interés de los investigadores, especialmente tras su nombramiento como patrón de gobernantes y políticos el 31 de octubre de 2000 por Juan Pablo II, propuesto por el ex presidente de la República Italiana, Francesco Cossiga. El mismo Cossiga nos presenta a la autora, profesora de Lengua y Literatura Españolas de la Universidad de Navarra, que ha realizado esta versión castellana dos años después de su original italiano.
El libro, tras una breve introducción histórica del género epistolar, enumera las 128 cartas conservadas, escritas por el humanista inglés entre 1501 y 1535 , analiza su contenido y nos presenta la personalidad de un hombre extraordinario, capaz de afrontar un juicio injusto, su encerramiento en la Torre de Londres y posterior ejecución, por negarse a jurar el Acta de Sucesión que legitimaba a los herederos de Enrique VIII.
Las cartas nos presenta un hombre amable, profundamente unido a su familia, sencillo y ajeno a toda erudición, pero de una categoría intelectual que le ha destacado como uno de los grandes humanistas de su tiempo, amigo personal de Erasmo, Dorp o Vives. Las cartas escritas desde la Torre de Londres han sido comparadas por su dramatismo y ternura, con acierto a mi entender, con la Apología de Sócrates.
Sardaro nos presenta una selección de veinte cartas, en su versión original — latina o inglesa— y su traducción al castellano, suficientemente representativas para recomponer la faceta más personal y humana de un Tomás Moro en su entorno humanista, familiar o político en los que tiene que afrontar y explicar un conflicto universal: un hombre ante un problema de conciencia.
José Miguel Serrano, profesor de filosofía del derecho en la Universidad Complutense y especialista en bioética, reflexiona de nuevo sobre las implicaciones jurídicas y éticas de la eutanasia, un tema siempre polémico y, a su juicio, tremendamente ideologizado. Casos como el de Ramón Sampedro —analizado detalladamente en las páginas de este ensayo—y el más reciente de Inmaculada Echevarría, así como las reformas legislativas que se han venido produciendo desde 1995 en España, otorgan a la eutanasia una trascendencia mediática que, en la mayoría de las ocasiones, menoscaba la calidad de las opiniones vertidas en público. De este modo, el libro de Serrano constituye una valiosa aportación, en la que se defiende de forma argumentada una posición acorde con la defensa de la vida de todas las personas, desmontando, al mismo tiempo, los tópicos de lo políticamente correcto.
Desde un punto de vista estrictamente jurídico, la legalización de la eutanasia supone, de entrada, una excepcionalidad no justificable en la protección general de la vida humana, una «negación de lo jurídico», por emplear las palabras del propio autor. De rondón se introduce una asimetría social ciertamente perturbadora, en el sentido de que unos se terminan arrogando la decisión sobre la vida ajena, decisión basada, por otro lado, en criterios tan vagos y ambiguos como el resumido bajo la expresión «calidad de vida». Pero más grave aún son los cambios que se operan en el concepto mismo de derecho. En efecto, la legalización provoca la pérdida de una de sus funciones más básicas, a saber, la protección de los débiles frente a los abusos. En última instancia, todo ello perjudica la seguridad jurídica de los ciudadanos, tanto de los afectados de forma directa como la de aquellos no implicados en el tema. Los ejemplos de Holanda y Bélgica han demostrado que la legalización ha provocado más efectos negativos que positivos. De un lado, la admisión en los sistemas jurídicos de esta práctica ha certificado la renuncia de la sociedad a proteger y cuidar de los necesitados y dependientes, lo que supone, a la larga, su propio debilitamiento moral. De otro, ha aumentado hasta tal punto la presión social ejercida sobre los enfermos que éstos no han tenido más remedio que huir de estos países.
En Eutanasia también se repasan las ambigüedades terminológicas y se confrontan las diversas opiniones existentes sobre la dignidad de la persona. Es cierto, señala, que en una sociedad altamente influida por los medios de comunicación y con una moral sentimentalista se corre el riesgo de que se acepte, incluso por motivos «humanitarios» , la legalización.

La ley del péndulo exige que después de un tiempo de autocomplacencia progresista, sobrevenga otro de desengaño y retirada a los bastiones de la tradición. Este comportamiento historico parece especialmente evidente en Cataluña, más en concreto en Barcelona, objeto de estudio sociológico e idiosincrásico en la última novela de Valentí Puig (Palma de Mallorca, 1949) , escrita originariamente en catalán y galardonada con el Premio Sant Joan. Si el gran Josep Pla, patriarca de la prosa catalana y referencia amorosamente inevitable de Puig, aplicó la idea stendhaliana del espejo al paisaje y las gentes de una pequeña población ampurdanesa en La calle estrecha, el autor de La gran rutina compone un retrato poliédrico e introspectivo de la Cataluña maragallista, alternando el espacio urbano de la capital con el microcosmos simbólico del valle de Viluma , en donde se ubica la arquetípica masía que cada fin de semana ocupan los cuatro personajes centrales y sus familias: un editor, un político, un empresario y un pintor. Una novela coral en la que, sin embargo, tienen tanta importancia los diagnósticos generales del narrador como las conciencias individuales de sus criaturas, que compendian toda la casuística antropológica de dos generaciones de catalanes cuyo saldo final es el desencanto unánime. En efecto, más que un narrador de fábula y trama, Puig acusa su natural filiación a la preceptiva del ensayista, y no puede ni quiere adoptar otra mirada al escribir esta novela que remite al género psicológico de los novecentistas, con su tempo lírico y su densidad conceptual sostenida, lo que delata igualmente al cultivador de dietarios.
Puig se propone novelar el cambio generacional de la última Barcelona, desde el tardofranquismo hasta el primer tripartito pasando por el largo periodo pujolista, ese «tránsito de la veneración por Tapies a la admiración por Dalí, de la nouvelle cuisine a los desayunos de cuchillo y tenedor, y del socialismo al maragallismo» . La gran rutina es una obra reflexiva, ejemplo de un estilo culto que fija las fluencias del pensamiento con una sintaxis compleja y un léxico vasto y rico —cualidades agradecidas por el lector exigente — , trufada de sentencias y digresiones que a veces introducen obsesiones personalísimas — llama la atención la fijación por el sexo—, donde lo que menos cuenta es el argumento, mero pretexto de la tesis personal que postula la decadencia espiritual de toda una sociedad, sin otra alternativa que una pírrica apelación al bon sens.

¡Qué hermosas son las enumeraciones cuando las enumeraciones tienen un sentido! Decía Paul Claudel: « Ainsi quand tu parles, o poete, dans une énumération délectable / Proférant de chaque chose le nom, / Comme un pere tu l’appelles mystérieusement dans son principe, et selon que jadis / Tu participas a sa création, tu cooperes a son existence!». El primer poema de esta Silva mitológica lleva por título « Virgilio» y contiene una de esas hermosas enumeraciones, llena de sentido y también de entusiasmo, que anuncia una lectura de grandes expectativas, nunca defraudadas por Vicente Cristóbal a lo largo de las treinta piezas que componen el libro. Ante el mito, el poeta puede adoptar una actitud neoclásica y entregarnos una copia insípida. Puede también disfrazarlo hasta la caricatura con los trajes del presente y utilizar de fondo los efímeros decorados de la actualidad, con el peligro de despojarlo de todo su significado. Vicente Cristóbal no ha hecho ni una cosa ni la otra; no ha optado por la línea arqueológica ni por la del aggiornamento; ha hecho algo mucho más difícil, pero también más de agradecer: devolvernos la intemporalidad del mito a través de un diálogo profundo, honesto y altamente poético con él; a veces, sirviéndose del monólogo dramático; otras, de la narración en tercera persona, y siempre acertando a la hora de elegir la perspectiva más adecuada para conducirnos no sólo al alma del personaje, sino a la suya de poeta.
Vicente Cristóbal nos transmite el sentimiento de la naturaleza, esa naturaleza que muchas veces es el trasfondo mismo del mito. No se trata de una naturaleza hecha de palabras, sino de sutiles matices vistos y vividos realmente, que otorgan un alto grado de verdad a sus poemas. Como verdadera es y rica también en matices, en la tradición de las Heroidas, la psocología de sus personajes, que son, al cabo, ellos mismos y, a la vez e inevitablemente, el poeta que les da su voz y la vida. Añadir que es un gusto para el oído la lectura de estos versos, sonoros, flexibles y sugerentes, endecasílabos blancos en su mayoría, que contagian una sensación de movimiento físico y anímico de infinitas modulaciones.
Nos encontramos ante un libro fundamental, que resume la física actual y que expone los problemas no resueltos y la evolución probable de esta ciencia en el futuro. Pero hablar de física implica necesariamente hablar de matemáticas. Y así el autor afirma que « n o podemos tener una comprensión profunda de las leyes que rigen el mundo físico sin entrar en el mundo de las matemáticas». « E n la física moderna, uno no puede evitar el enfrentarse a las sutilezas de muchas matemáticas sofisticadas».
Algunos científicos piensan que la física se encuentra prácticamente acabada, después de la relatividad y de la mecánica cuántica. No es de esta opinión Roger Penrose, quien piensa que es, en este siglo, recién comenzado, cuando se producirán descubrimientos que, probablemente, cambien nuestras ideas sobre el universo. Por ejemplo, los físicos se enfrentan ante la posible determinación de si las diversas partículas e interacciones pueden unificarse en una teoría, que las explique a todas como manifestación de una única entidad f u n damental. Otro ejemplo, la teoría de cuerdas, que ha salido de la comunidad científica y ha llegado, mediante los medios de comunicación, al menos, a alguna parte del gran público, pero que seguimos sin saber si se trata de una teoría coherente y completa. Esta falta de apoyo experimental da lugar a que no son pocos los físicos reticentes con la misma.
Cada vez sabemos más sobre la naturaleza, pero cada vez ésta pierde lo que podía tener de intuitivo y la materia va abandonando su esencia física, para convertirse en matemática.
Y así Penrose cita como ejemplo que «las singularidades espaciotemporales que residen en los núcleos de los agujeros negros están entre los objetos conocidos (o presuntos) del universo sobre los que permanecen los más profundos misterios, que nuestras teorías actuales se ven impotentes para describir». Es pensable que este siglo revele ideas más importantes, que las que nos ha dado el siglo XX. Pero, probablemente, ello exige que estas nuevas ideas nos conduzcan en direcciones distintas de las que se siguen en la actualidad. «Quizá lo que necesitamos es algún cambio sutil de perspectiva […] algo que todos hemos pasado por alto». A ello nos invita este físico británico, formado en la Universidad de Londres y en la de Cambridge, que ha sido profesor invitado en distintas universidades de Estados Unidos y que en la actualidad es profesor emérito en la Universidad de Oxford. Entre sus numerosas publicaciones llaman la atención La nueva mente del emperador y La naturaleza del espacio y el tiempo.

Bajo un título equívoco, premeditadamente equívoco, Andrés Ollero ha dado a la luz un libro muy serio de filosofía del derecho, y también de filosofía moral y política. Es equívoco porque los destinatarios naturales de la obra son los estudiantes, no de un derecho en teoría, sino de una teoría del derecho; y lo es también porque recordando el famoso opúsculo de Kant, parece sugerir que su preocupación se circunscribe a lo que pudiera ser un derecho «en teoría», distinto y más elevado que el derecho «práctico», es decir, el derecho que condiciona efectivamente la vida cotidiana de sus destinatarios. Pero ninguna de estas dos primeras impresiones resulta por completo acertada: ante todo, éste no es un manual universitario corriente, no es un libro para estudiantes, no al menos para estudiantes que busquen claros y lineales esquemas de verdades concluyentes que permitan eludir la siempre enojosa tarea de pensar. Y mucho menos su objeto es un presunto derecho ideal, «en teoría», alejado de la realidad y de los problemas más acuciantes de nuestros ordenamientos jurídicos; todo lo contrario, el análisis y la reflexión es un continuo ir y venir entre los principios y valores «teóricos» y sus plasmaciones legislativas o jurisprudenciales «prácticas». De ahí lo ajustado del subtítulo: las perplejidades jurídicas son las que nacen de la contemplación de un derecho real o vigente desde la atalaya en la que se mantienen sólo quienes no han abdicado a esa idea de derecho «en teoría», es decir, los crédulos. En cualquier caso, si los filósofos del derecho tenemos fama de cultivar una especulación accesible e interesante sólo para los propios colegas, ajena a las preocupaciones más inmediatas o terrenales, este libro creo que constituye un claro desmentido.
Resulta imposible sintetizar en unas pocas líneas el contenido de una obra trabajada y compleja que recoge con palabras de hoy muchos de los grandes temas de la reflexión jurídica y política occidental: el sentido de un derecho que se nos muestra como la voz y la espada del poderoso, pero que al mismo tiempo quiere ser la defensa del débil, una tensión de siempre tan sólo amortiguada en el marco del Estado democrático, donde el principio de las mayorías se muestra en ocasiones como una fuente inapelable de legitimidad absoluta y sin freno, cuando no directamente de verdad; el valor de unos derechos humanos instalados resueltamente en el interior del derecho positivo pero que encarnan asimismo la moral pública de la modernidad y que nunca dejan de interpelar al poder y a ese mismo derecho positivo; los límites, discutibles y variables, de un Estado que pretende garantizar un común orden de valores pero que simultáneamente está llamado a respetar las barreras infranqueables de las convicciones individuales, tarea de armonización por cierto cada vez más difícil en el seno de sociedades pluralistas; y, en fin, todo ello sin que tampoco falten respuestas a varias cuestiones centrales de la filosofía jurídica más actual, desde el debate sobre el positivismo y sus implicaciones a las renovadas perspectivas de la epistemología jurídica o de la propia teoría del derecho.
La posición desde la que Andrés Ollero aborda estas y otras muchas cuestiones es, confesadamente, la de un crédulo en el derecho, es decir, en el valor del derecho como instrumento de paz y de cooperación y como escenario de realización de la justicia; más allá de su ineliminable historicidad, el derecho presenta «una realidad permanente que le es esencial»; lo que supone admitir nada menos que «la existencia de una verdad jurídica y considerar posible el acceso cognoscitivo a esa realidad del derecho, resistiéndose a reducirla a mera imposición arbitraria» (p. 258). Sin embargo, no estamos en presencia de un iusnaturalimo abstracto o «more geométrico» que desde un cielo religioso o secular confíe en guiar a los hombres mediante la luz de una justicia intemporal. La razón no es una herramienta para conocer un objeto externo y acabado, sino que el derecho mismo, intrínsecamente unido a la justicia, se configura como el más cabal ejercicio de la razón práctica, como una actividad que conjuga teoría y praxis en el marco de un círculo (hermenéutico) para alcanzar «el mejor derecho posible». Ese es el anhelo de un derecho ideal (pero no idealista ni idealizado) en cuya construcción todos estamos llamados a participar mediante esa empresa común que es la filosofía práctica, que es decir comunicación, diálogo y consenso; todos, pero muy especialmente la jurisdicción, que es la sede donde culmina ese continuo «hacerse» del derecho desde las exigencias y la vocación por la justicia hasta los requerimientos de la práctica.
Esta actitud metódica no es un simple brindis a la hermenéutica transpositivista, sino que orienta de modo efectivo el tratamiento de los problemas prácticos; por ejemplo, de uno tan delicado y dramático como es el de la eutanasia y su posible reconocimiento jurídico, donde confluyen muy distintas concepciones éticas, convicciones morales y hasta presupuestos antropológicos. Ollero que, además de un crédulo en el derecho, tampoco oculta ser un creyente, reconoce que para quien sostiene una visión trascendente de la existencia, la vida es un bien por completo indisponible, de manera que ninguna formula de eutanasia resulta moralmente viable. Aquí hubiese finalizado seguramente la argumentación de un iusnaturalista a la vieja usanza: el derecho no puede respaldar una conducta que interfiere tan decisivamente en el orden y en el plan divino del universo y de la vida. Sin embargo, la razón práctica en que consiste el derecho nos estimula justamente a seguir razonando, algo por lo demás indispensable desde el momento en que no todos comparten el mismo sentido transcendente de la existencia; y esto es lo que hace nuestro autor, ofrecer argumentos serios y susceptibles de compartirse desde la común racionalidad, que muestran los riesgos que a su juicio tendría un reconocimiento legislativo, esto es, general, abstracto y con vocación de permanencia, de la muerte anticipada; pero admitiendo también casos límite donde eventualmente pesen más las consideraciones en sentido contrario, casos que bien podrían encontrar en la vía judicial una respuesta atenuante o eximente que moderase el rigor de la ley.
El ejercicio de la racionalidad práctica que propone Ollero tal vez pudiera ser mal interpretado, como una concesión por parte de unos, o como un intento de encubrir el dogmatismo por parte de otros. Desde perspectivas fundamentalistas, en efecto, acaso cabría calificar de concesión, no la renuncia a una verdad que se juzga incuestionable, pero sí el estar dispuesto a someterla al escrutinio de la razón y del diálogo orientado al consenso. Pero desde la perspectiva contraria y en aparente paradoja, tampoco es infrecuente que se desacredite a priori y a veces con «argumentos» ad personam cualquier posición que vagamente suene a confesional, por mucho que no apele a la fe sino a las buenas razones. Sin embargo, no estamos en presencia de ninguna estrategia defensiva o encubridora: la racionalidad resulta ser el único camino para la convivencia a partir del reconocimiento del otro como un sujeto diferente (de hecho) pero igual (en derecho y derechos). Las más profundas convicciones morales, que tenemos todos, incluso los más neutrales y no sólo quienes hacen pública confesión de las mismas, no puede esgrimirse para poner fin al diálogo, y ello en ninguno de los sentidos en que el diálogo puede colapsar, esto es, imponiendo las propias convicciones o excluyendo de la razón pública a quienes ostentan alguna determinada.
Esta concepción armónica del derecho y de la justicia al amparo de la racionalidad práctica no llega al punto de cancelar toda posible tensión. No es el idealismo sino precisamente el realismo el que impide cerrar los ojos al fenómeno perenne del orden (o desorden) jurídico inicuo y con ello al problema de la obediencia al derecho. La respuesta de Ollero no deja de ser estimulante, tanto para quienes proceden del iusnaturalismo como para quienes se muestran positivistas consecuentes; y tal vez no deje de sorprender a los iniciados que nuestro autor cite al más consecuente de todos, Felipe González Vicén. El derecho en su dimensión formal «no genera en realidad obligación alguna»; «la llamada obligatoriedad jurídica aparece como un mero espejismo» (pp. 238239). Más allá de actitudes estratégicas o prudenciales, la obligación de obediencia al derecho sólo puede tener —cuando lo tiene— un fundamento moral. Poco importa que, como los antiguos iusnaturalistas, digamos que el derecho notoriamente injusto no debe ser obedecido porque en realidad no es derecho, o que prefiramos, como prefiere el propio Ollero (aquí más bien en compañía de los positivistas), ver en ese orden normativo injusto un derecho tan pésimo como se quiera, pero derecho al fin y al cabo. Esta no deja de ser una polémica verbal. Lo importante es afirmar «que no tenemos obligación moral de obedecer siempre al derecho, e incluso que más de una vez estaremos moralmente obligados a desobedecerlo» (p. 244). Esta saludable perspectiva explica la seriedad con que en varios pasajes del libro se tratan dos fenómenos que algunos quisieran ver arrinconados en el museo de la arqueología predemocrática, pero que cíclica y a veces inopinadamente renacen de sus cenizas, la objeción de conciencia y la desobediencia civil.
En suma, nos hallamos ante un libro sólido y maduro, escrito desde el rigor que se le debe suponer a un profesor universitario que nunca ha dejado de serlo, ni siquiera durante el desempeño de importantes funciones parlamentarias como diputado; y, sobre todo, ante un libro que, sin abandonar la «teoría», en ningún momento esquiva su confrontación con la práctica, abordando con claridad pero sin concesiones muchos de los problemas que hoy son objeto de debate cotidiano, no ya en los círculos académicos, sino incluso en los medios de comunicación. El razonamiento práctico, que él sitúa en el centro mismo de la experiencia jurídica, es también el estilo que domina el enfoque de tales problemas. Por eso, sus conclusiones podrán ser más o menos compartidas, pero justamente en el seno de esa filosofía práctica a la que nos invita y en la que es preciso penetrar si de verdad se quiere dialogar a partir del reconocimiento del otro.