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Ver productosDeclara don Quijote en el capítulo 41 de la segunda parte: «Yo he leído en Virgilio aquello del Paladión de Troya», frase que un análisis de fuentes revela inexacta, porque el Paladión no es el famoso caballo de Troya al que quiere referirse el caballero. Un estudio literario sincrónico, sin embargo, conduce a plantearnos otro tipo de cuestiones: ¿de qué modo influye en don Quijote la lectura de autores griegos y romanos? (De sobra es conocida la repercusión que ejercieron en él los libros de caballerías…). Y, ¿es significativa la intertextualidad entre las literaturas griega y romana y el Quijote? Así lo avala un inventario de 1.274 referencias explícitas e implícitas a la cultura grecorromana, 531 en la primera parte y 743 en la segunda.
La perspectiva sincrónica del Quijote estaba por explorar, si bien la sátira que hace Cervantes en su primer prólogo contra los pedantes que colman sus obras de citas grecolatinas hacía esperar un uso inteligente de la tradición clásica y que fuese fecunda la exploración su pertinencia en la propia concepción de la novela y en la configuración de la trama y de los personajes.
Un análisis sincrónico del Quijote puede partir de varias claves interpretativas: el aristotelismo cervantino, destacado, entre otros, por Canavaggio, Dunn, Rico o Riley, que ponen de manifiesto que Cervantes asume el principio aristotélico de la verosimilitud; la conexión entre la crítica de los humanistas a los libros de caballerías y el Quijote (Martín de Riquer); el tono satírico de la novela, que emparenta a Cervantes con autores como Horacio o Luciano y que distorsiona buena parte del material clásico (Lida de Malkiel y Close); y el fuerte influjo de Virgilio en el Quijote, que va más allá del tópico literario (Marasso y Puccini).
El estudio sincrónico exige agrupar las referencias clásicas no en función del origen en los autores griegos y romanos, sino del destino en la novela, en torno a las diversas voces que aparecen en ella, sean del narrador o de los personajes. Había que investigar la contribución de estas referencias a la caracterización del personaje o del episodio, y el tono satírico o común. En efecto, no posee el mismo sentido la mención de don Quijote al nudo gordiano en su disertación sobre el matrimonio (II, 19) que en su alusión a los azotes que debe infligirse Sancho para desencantar a Dulcinea (II, 60), en lo que podemos denominar ambivalencia de un mismo motivo.
Cervantes, más que «ingenio lego», fue un «ingenio cultivado». Su primera y última obra en prosa, la Galatea y el Persiles, pertenecen a géneros de origen clásico: la Galatea es una novela pastoril y el Persiles trata de imitar y aun de superar las Etiópicas de Heliodoro, lo que demuestra tanto su connivencia con géneros de raigambre grecolatina como que el frecuente sesgo irónico del Quijote hacia ese universo no responde a una actitud permanente del autor sino a la idiosincrasia de esta novela. El análisis sincrónico concluye asimismo que la preceptiva clásica ha influido de modo decisivo en la propia concepción de la obra.
En el Quijote podemos encontrar hasta cinco versiones del humanismo. En II, 16, contemplamos tres de ellas: la de don Quijote, que en su extenso elogio de la poesía muestra una visión equilibrada del humanismo, al armonizar el amor a los clásicos con el aprecio a la literatura en romance; la del caballero del Verde Gabán, que encarna una visión burguesa, poco comprometida con la vida; y la de su hijo don Lorenzo, que representa una versión juvenil o exaltada. Si avanzamos hasta el capítulo 22, hallamos al primo de Basilio, que acompaña a don Quijote y a Sancho a la cueva de Montesinos. El primo representa al humanista pseudoerudito y pedante, actitud que desagrada a Cervantes y a los dos protagonistas de la novela. Finalmente, en los personajes eclesiásticos se verifica una quinta faceta del humanismo: la orientada hacia la propia literatura.
En el capítulo II, 17, don Quijote, que continúa en compañía del caballero del Verde Gabán, protagoniza el famoso episodio de los leones, donde se apresta a combatir contra las fieras enjauladas. En esta sucesión de escenas se evidencia una característica esencial del caballero, la alternancia entre cordura y locura, sin la que no podríamos comprender el personaje. ¿Qué ha cambiado de una escena a otra para que se produzca esta metamorfosis de humanista ponderado en caballero dislocado? El referente: en el primer caso, la evocación de la poesía arrastra a la mente y a los labios de don Quijote una serie de conceptos que ha leído en los autores grecolatinos y en los humanistas; en el segundo, los propios leones inspiran en el caballero episodios semejantes de los libros de caballerías y pretende una acción mimética.
La bipolaridad quijotesca exige estudiar específicamente el influjo de la formación clásica tanto en su cordura como en su locura. El elogio de Basilio y Quiteria en II, 42, que «le graduaron la discreción» a don Quijote, «teniéndole por un Cicerón en la elocuencia» es una prueba más de que el caballero suele expresarse con tal facundia, que provoca la admiración en sus oyentes, que a veces ignoran o dudan de su locura. La oratoria de don Quijote enlaza con la elocuencia grecolatina en un doble aspecto, el formal -sus discursos están poblados de figuras retóricas clásicas-, y el conceptual, porque a menudo abundan en ideas y mitos grecolatinos.
Don Quijote posee afán docente, cualidad que alcanza su clímax en torno al episodio del gobierno de Sancho en la ínsula Barataria, donde, autodefiniéndose como su Catón, instruye a su escudero con numerosos consejos: «Está, ¡oh hijo!, atento a este tu Catón» (II, 42), situándose así en un plano concomitante con la sabiduría grecolatina; de hecho, buena parte de sus consejos proceden de autores como Sócrates, Jenofonte, Isócrates o Esopo. Una tercera cualidad cuerda de don Quijote es su capacidad para el diálogo, auténtica columna vertebral de la novela, que enlaza con el clásico también en un doble aspecto, formal y conceptual: «Advierte, Sancho, que hay dos maneras de hermosura», comienza el caballero en II, 58, para desgranar nociones platónicas y neo platónicas.
Pero la locura de don Quijote, caballero andante humanista, también se nutre de su formación grecolatina y se expresa de varias maneras: la mímesis de héroes clásicos; la conversión del mito en espejo de su conducta; la asunción del mito de la Edad de Oro, y la idealización de Dulcinea. Don Quijote menciona varias veces a los nueve de la Fama: «Yo sé quién soy […] y sé que puedo ser, no sólo los que he dicho, sino todos los Doce Pares de Francia, y aun todos los nueve de la Fama, pues a todas las hazañas que ellos todos juntos y cada uno por sí hicieron se aventajarán las mías» (I, 5). Y es que su mímesis caballeresca no se detiene en personajes medievales: se extiende también a los héroes históricos y legendarios del mundo grecorromano, como Héctor el troyano, Alejandro Magno y Julio César, que integraban el grupo de los nueve de la Fama.
Además, el mito clásico es como un espejo que guía su conducta cuando no encuentra un paralelo a su actuación en el ámbito caballeresco. Así, en el episodio en que don Quijote ha de abandonar a Rocinante y viajar sobre el asno de su escudero, no recuerda a ningún caballero andante en semejante montura, sino a Sileno: «No tendré a deshonra la tal caballería, porque me acuerdo haber leído que aquel buen viejo Sileno, ayo y pedagogo del alegre dios de la risa […] iba muy a su placer caballero sobre un muy hermoso asno» (I, 15). Pero el mito clásico más conectado con la locura de don Quijote es el de la Edad de Oro, que dota a la mímesis caballeresca de una misión universal: «Sancho amigo, has de saber que yo nací por querer del cielo en esta nuestra edad de hierro para resucitar en ella la de oro, o la dorada, como suele llamarse» (I, 20). Dulcinea, por su parte, es definida por el caballero como la «idea de todo lo provechoso, honesto y deleitable que hay en el mundo» (I, 43). ¿Cabe una definición más platónica? Don Quijote se autodescribe así: «No soy de los enamorados viciosos, sino de los platónicos continentes» (II, 32).
EL APRENDIZAJE DE SANCHO
En cuanto a Sancho Panza, hay que señalar que es un escudero analfabeto y rudo, pero despierto y con capacidad de aprendizaje. En la primera parte, Sancho queda caracterizado como vulgar al decir Zonzorino (I, 20) por Censorino (Catón el Censor); Guisopete (I, 25) en vez de Esopo; y Alejandros (I, 52), compendiando en este plural a todos los héroes antiguos y medievales. Además, cita un famoso verso de la Eneida trastocando las palabras, al proclamar que don Quijote fue «humilde con los soberbios y arrogante con los humildes» (I, 52). En la segunda parte de la novela asistimos a una progresiva evolución de Sancho hacia la discreción. El escudero aprende conceptos clásicos, como el in medio virtus aristotélico («yo he oído decir, y creo que a mi señor mismo, si mal no me acuerdo, que entre los estremos de cobarde y de temerario está el medio de la valentía», II, 4); una imagen horaciana de la muerte («a nuestro cura he oído decir que con igual pie pisaba las altas torres de los reyes como las humildes chozas de los pobres», II, 20); una sentencia de Tito Livio («se dice comúnmente que en la tardanza va el peligro», II, 41); o un pensamiento de Séneca («viene vencedor de sí mismo, que, según él me ha dicho, es el mayor vencimiento que desearse puede», II, 72). Sancho no miente: reconoce en todos los casos haber oído esos conceptos, sin ocultar su condición analfabeta.
Otros personajes perciben también la creciente prudencia de Sancho, y le dirigen elogios irónicos no carentes del todo de sinceridad: «Vos, hermano Sancho —dijo Carrasco—, habéis hablado como un catedrático» (II,4). Y a veces las loas lo parangonan con personajes griegos o romanos como Catón o Licurgo: «Todo cuanto aquí ha dicho el buen Sancho —dijo la duquesa— son sentencias catonianas» (II, 33); «tengo para mí que el mismo Licurgo, que dio leyes a los lacedemonios, no pudiera dar mejor sentencia que la que el gran Panza ha dado» (II, 51). Sancho piensa ya por cuenta propia y el in medio virtus aristotélico —«se ha de considerar que es más temeridad que valentía acometer un hombre solo a un ejército» (II, 11)—; una definición de la justicia —«Según lo que aquí he visto, es tan buena la justicia, que es necesaria que se use aun entre los mesmos ladrones» (II, 60)— u otro pensamiento de Séneca —«Tan de valientes corazones es, señor mío, tener sufrimiento en las desgracias como alegría en las prosperidades; y esto lo juzgo por mí mismo» (II, 66)— son aducidos por Sancho como fruto de una reflexión personal.
Más que de un único narrador, en el Quijote debemos hablar de las voces del narrador, pues Cervantes, siguiendo el principio de la verosimilitud, orquesta una serie de voces que hacen más creíble la historia que relata. El narrador penetra en los pensamientos de los personajes, y situado desde el plano de la distorsión, se deleita en enfocar hacia un don Quijote ubicado en el plano de la imitatio, impulsando a los personajes y a los lectores a contemplar al caballero con ojos burlescos. Un ejemplo paradigmático de la desviación del narrador nos lo ofrece el inicio de II, 26: «Callaron todos, tirios y troyanos», que remeda el comienzo del capítulo II de la Eneida, de tan intensos tintes trágicos, pues Eneas narra la guerra de Troya y el éxodo de la ciudad. Así introduce el narrador el episodio del retablo de Maese Pedro, en que don Quijote acabará por atacar a las marionetas del retablo. ¿Cabe mayor distorsión satírica?
En la caracterización de los personajes que actúan en los diversos escenarios de la novela, la sátira varía su intensidad y Cervantes hace un uso inteligente y libre de las referencias clásicas, en una suerte de variatio de historias y mitos grecolatinos. De este modo, Grisóstomo es presentado como un trágico Virgilio, que manda quemar sus obras sin que un Octavio Augusto, como en el caso del poeta romano, logre evitarlo; en el relato intercalado de El curioso impertinente Penélope, Lucrecia y Porcia son traídas por narrador y personajes para caracterizar a Camila, que simboliza lo contrario de esas heroínas; el mito de Píramo y Tisbe arroja luz sobre las parejas de Cardenio y Luscinda, y Basilio y Quiteria, con la diferencia de que sus historias poseen un final feliz en la novela; doña Clara aparece como la estrella de don Luis, que se autodenomina nuevo Palinuro, siendo éste igualmente un relato con término feliz a diferencia del virgiliano. Don Quijote tampoco se libera de esta caracterización por contraste, y es calificado por Altisidora como fugitivo Eneas.
HUMANISMO HECHO CULTURA
Las 1.274 referencias al mundo clásico que hemos inventariado en el Quijote abarcan las más diversas facetas del universo grecolatino: poesía, teatro, historia, pensamiento, retórica y poética, ciencias naturales… La especial relevancia en la novela de conceptos de la preceptiva literaria antigua, particularmente de la Poética de Aristóteles, avala que la tradición clásica no constituye un mero ornato en el Quijote sino que afecta a su misma concepción, desarrollo y fin: la novela constituye la puesta en acción de las críticas que los humanistas hacían del género caballeresco.
El Quijote supone una sátira inteligente, una agudísima crítica de las novelas de caballerías que, al mismo tiempo, trata de rescatar lo más valioso del género, subrayando también sus elementos positivos. Pero todo esto es posible porque Cervantes ha aplicado a la creación literaria los principios de verosimilitud y ejemplaridad que no se cansaban de reivindicar los humanistas en el plano teórico, conceptos enraizados profundamente en la preceptiva griega y romana. Podemos afirmar que sin tradición clásica no habría este Quijote, ya que el principio estético más invocado y practicado en él es el de la verosimilitud aristotélica. Si el Quijote se considera por muchos la primera novela moderna por la verosimilitud de los personajes, que son seres de carne y hueso —particularmente los protagonistas—, seres libres, que evolucionan, dinámicos; por la entrada de la cotidianeidad en la literatura; y, entre otras razones, por la pluralidad de caracteres, sentidos y perspectivas, es, en buena medida, por su inspiración —sin servilismo— en principios estéticos clásicos.
Cervantes reniega explícitamente en el primer prólogo del Quijote del uso pedante de las citas clásicas. Esa proclama es coherente con su práctica en la novela, pues las más de mil referencias clásicas se insertan con naturalidad en las palabras de narrador y personajes, evidenciando que el autor ha asimilado plenamente esa herencia: en la novela el humanismo está hecho cultura.
Sólo un análisis riguroso puede arrojar el dato de los 1.274 ecos al mundo clásico del Quijote. La lectura de la obra no produce la impresión de un abigarramiento de citas. Por lo demás, el alegato cervantino contra la pedantería se desarrolla también al plantear diversas facetas de la actitud humanista: la juvenil, la burguesa, la equilibrada, la pedante y la preceptiva, encarnadas en cinco tipologías diferentes de personajes.
LO RECTO SE ALTERNA CON LO OBLICUO
El Quijote y sus relación con el mundo clásico hay que entenderlos bajo el prisma del fin satírico y burlesco que posee. Cervantes no se burla por principio de los personajes, los conceptos y las imágenes griegas o romanas —ya hemos visto que no lo hace en la Galatea ni en el Persiles, su primera y última obra en prosa— sino que los pone al servicio del propósito humorístico de la novela. Podemos hablar así de un uso recto o común del bagaje clásico —el que encontramos en la mayor parte de los personajes secundarios y en diversas intervenciones del narrador y aun del propio autor como tal, en el segundo prólogo, por ejemplo—; y un uso oblicuo o satírico que invade todo lo referente a la monomanía caballeresca de don Quijote.
El uso recto es, en definitiva, el normal de una cultura, como la humanista, en que las sentencias, las imágenes y los mitos griegos y romanos son connaturales a la vida. El uso oblicuo es el producido por la sátira: la sublimación quijotesca de lo caballeresco o la burla de otros personajes ante esa exaltación arrastra tras de sí la ironía sobre los tópicos del mundo clásico.
También por esto el Quijote es una obra perspectivista, porque ambos sentidos —el recto y el oblicuo— se encuentran en sus páginas. A pesar de que lo oblicuo domina en la trama principal —las aventuras de don Quijote y Sancho—, y lo recto se sitúa en las tramas secundarias, la complejidad es mayor, porque, como hemos tenido ocasión de comprobar, en don Quijote alterna la cordura y la locura, produciéndose una distorsión de la herencia clásica según el estado mental del protagonista y los referentes que encuentra en su camino.
El caballero muestra creerse lo que dice, es decir, hay seriedad en sus afirmaciones. En los casos en que habla a lo discreto, sus palabras suelen ser compartidas o admiradas por quienes las escuchan. Sancho, dejando a salvo el entrañable afecto y respeto que siente por su amo, participa con frecuencia de la comicidad de los que observan externamente la conducta de don Quijote. Por eso hay que tener en cuenta esa doble faz seria/cómica de muchas de las palabras y obras de don Quijote. Serias para el caballero y cómicas para los que le observan y para el lector. El cura y el barbero, Sansón Carrasco, los duques y sus siervos, Antonio Moreno y otros personajes son cómplices de los lectores en la interpretación de la vida y obra de don Quijote. Otros, no obstante, como el Caballero del Verde Gabán, se mantienen en una actitud expectante, dudando si la discreción del caballero supera a su locura o al revés.
Esa alternancia entre sentidos rectos y oblicuos se estructura en una serie de círculos concéntricos. La sátira domina en torno al personaje principal, y se va alejando en torno al resto de personajes. ¡Qué diferencia entre el «despiadado Nero» (I, 14) con que Ambrosio califica a Marcela y el «Nerón manchego» (II, 44) de Altisidora a don Quijote!
PERSONALIDAD POLIÉDRICA
La amplia erudición del hidalgo/caballero Alonso Quijano/don Quijote de la Mancha le otorga una personalidad poliédrica. No sólo ha leído compulsivamente las novelas de caballerías: ha «leído en Virgilio» y en otras fuentes griegas y romanas, lo que influye de modo determinante en sus alternancias de cordura y locura; en definitiva, en la pluralidad de dimensiones que hace posible también la diversidad de interpretaciones de su figura en estos 400 años de existencia. La brillante elocuencia de don Quijote, su afán pedagógico y su capacidad dialógica son características humanísticas que sustentan una cordura nunca perdida del todo.
Pese a que su carácter permanece básicamente igual a lo largo de la novela, don Quijote se va metamorfoseando en diversos personajes, ya de la esfera grecorromana, ya de la esfera caballeresca. Puede ser Catón para Sancho, Cicerón para Basilio y Quiteria, un humanista para el Caballero del Verde Gabán, un sabio para unos cabreros y un Sócrates para todo aquel que quiera dialogar con él (aquí se dibuja el don Quijote discreto). Pero también puede transformarse en un héroe homérico ante los molinos de viento o unos rebaños; un Alejandro o un César con delirios de grandeza; Sileno montado sobre un asno; un pastor de la Arcadia; o un soldado de la milicia de amor que vela sus armas… Porque su afán de emulación no se detiene en el imaginario caballeresco, sino que se extiende a la historia y mitología clásicas. Y si la emulación heroica es el norte de su acción, su amor platónico por Dulcinea arrastra su corazón.
La épica antigua es un antecedente de la épica medieval, marco en el que se insertan las novelas de caballerías, por lo que la imitación de lo caballeresco puede extenderse igualmente —y así sucede— a muchos pasajes épicos griegos o romanos. El mundo grecolatino no sólo le ofrece una mitología, sino también una historia poblada de gestas heroicas: Alejandro, César…, por lo que se amplían considerablemente sus posibilidades de imitación, su capacidad de leer cualquier acontecimiento presente a la luz de los acontecimientos pasados: sobre todo, acontecimientos escritos. Don Quijote entrelaza el ideal caballeresco con el mito de la Edad de Oro, lo que le permite fundamentar su peregrinaje con bases mucho más sólidas que la mera mímesis de Amadís de Gaula y otros personajes de la caballería andante.
Sin su formación clásica el Quijote fácilmente podría haberse reducido a la historia de un loco y sus bufonadas. La evidente formación humanista de Alonso Quijano logra que, autotransformado en don Quijote, no degenere en un completo chiflado. Su compleja personalidad, que se mueve entre los extremos de la cordura y la locura, se sustenta en sus lecturas clásicas. Su retórica, que fascina a sus interlocutores, le dota, de una parte, de la capacidad de expresar juicios sensatos y brillantes; y, de otra, le apuntala en su propósito caballeresco contra la evidencia de sus fracasos. Las mutaciones que se producen en su mente afectan también a la ambivalencia de sus conceptos. Tal es el caso de la noción de fortuna, que en ocasiones está imbuida del sentido de la providencia cristiana, y en otras prevalecen en ella nociones grecolatinas o participa de unos y otros conceptos. Incluso los mismos tópicos son utilizados a veces de modo equilibrado (nudo gordiano en II, 19) o disparatado (II, 60).
Una prueba de que la intertextualidad del Quijote y los textos griegos y latinos no es pedante ni postiza es que contribuye a la caracterización de los personajes. Sancho es un iletrado, que llama Guisopete a Esopo, Catón Zonzorino a Catón el Censor, y Julios y Agostos a César y a Augusto. El escudero es exponente de la sabiduría popular, sobre todo a través de los refranes. Su diálogo continuo con don Quijote escenifica el ideal humanista de la educación y la perfectibilidad humana. El escudero pierde rudeza de modo progresivo y avanza en discreción: asimila las enseñanzas de su amo y las reelabora. No es un interlocutor pasivo, y en ocasiones vence dialécticamente a don Quijote.
Los personajes secundarios que acompañan a don Quijote y Sancho a lo largo de sus andanzas suelen ser espectadores divertidos de la locura del caballero, pues tratan de seguir su juego, aunque con fines distintos. El cura, el barbero y Sansón Carrasco se esfuerzan por hacer volver al caballero por sus fueros. Los duques y su corte se solazan a costa de la insania del amo y la simplicidad del escudero. Otros personajes, de menos peso, pero que mantienen cierta amistad con don Quijote, como el Caballero del Verde Gabán o Roque Guinart, no se burlan de don Quijote. Y cuando el primero utiliza una imagen esópica o el segundo un concepto senequista lo están haciendo en serio, en lo que hemos venido denominando sentido recto.
Los eclesiásticos, verosímilmente, son los interlocutores de don Quijote en cuestiones de crítica literaria. La mayor o menor cultura del resto de personajes determina la frecuencia, la naturaleza y el tono de las referencias clásicas. Así, en El curioso impertinente, relato intercalado de la primera parte, Lotario hace un uso inteligente de lugares grecolatinos y Camila, irónico, distorsionado por la pasión amorosa a la que se entrega. Los amigos del pastor Grisóstomo muestran igualmente un conocimiento avezado del mundo clásico, porque se han situado conscientemente en un ambiente bucólico. A través de los eclesiásticos con frecuencia hablan los humanistas, que intentan reconducir a don Quijote a la cordura. Y llevan a cabo esta tarea por medio de dos estrategias, la vía argumentativa y, de un modo muy inteligente, mediante las mismas armas caballerescas: el encantamiento, en la primera parte, y el combate en la segunda. El encantamiento fracasó y el primer combate de Sansón Carrasco, también. Pero el segundo, en la playa de Barcelona, triunfó, y don Quijote abandonó la mímesis caballeresca. En este singular combate entre los humanistas a través de los eclesiásticos y don Quijote podemos advertir un icono de la lucha entre la novela inverosímil representada de modo singular por las novelas de caballerías, y la nueva novela verosímil que está naciendo y de la que, precisamente, el Quijote, es tan digno representante. Cervantes dialoga con la preceptiva clásica, motor del Quijote.
La mayor parte de los personajes secundarios hacen un uso moderado de las referencias clásicas. Las emplean sin ironía, como expresión de la cultura de un español del Siglo de Oro. Las voces narrativas que conducen la trama del Quijote —que declaran usar diversas fuentes para su tarea— no son imparciales. Preparan los acontecimientos. Ayudan al lector a deleitarse en lo histriónico de muchas situaciones. Usan, asimismo,de sentencias griegas o romanas para embellecer expresiones vulgares. Son frecuentemente irónicas, por lo que inducen a leer los sucesos y los parlamentos desde esa perspectiva. De especial interés es la variatio que se observa en el uso de los loci classici en función de la voz y del contexto. Cervantes, por ejemplo, saca partido a la referencia a Nerón. En el primer caso (I, 14), la cita es propia, en un contexto de diatriba retórica. La comparación pretende ser exacta. En el segundo caso (II, 44), la referencia a Nerón es burlesca dentro de una invectiva satírica. En el tercero (II, 54), la referencia es colateral y, por lo desproporcionado, jocosa: nada más lejano entre la actitud de quien quema su ciudad y la del que come tranquilamente en compañía de un viejo amigo y sus compañeros. Esta evocación del emperador romano está mediatizada por quien la trae: pastor Grisóstomo, Altisidora o el narrador.
Cervantes muestra un gran dominio de la tradición clásica: habla de tú a tú con ella, y logra que a su hijo predilecto, don Quijote, la formación humanística le preserve de caer en una completa locura. De vuelta a su pueblo tras la derrota en Barcelona puede abjurar de las novelas de caballerías. No tiene necesidad de hacerlo, sin embargo, de las obras de la Antigüedad griega o romana.




Resultaría difícil, y arriesgado, cualquier intento de aplicar a la personalidad múltiple de Oliver Sacks alguna de las clasificaciones que podrían servir al crítico para orientar a los lectores sobre la naturaleza y calidad de sus obras. Excelente narrador y dotado prosista, como lo ha demostrado en la deliciosa autobiografía El tío Tungsteno, asombra la finura intelectual y conocimientos médicos plasmados en su famoso estudio clínico Despertares, llevado al cine con éxito notable, pese a que se trataba de un serio trabajo de investigación neurológica. Médico, científico, ensayista y ameno escritor, en el conjunto de su obra se percibe la importancia concedida al ser humano, en toda su amplia dimensión, cuya actividad cerebral aspira a conocer en profundidad. Trata así de afinar en los diagnósticos y aplicar luego el tratamiento más adecuado para corregir, o sanar, según las circunstancias, las enfermedades.
EL FENÓMENO DE LA PERCEPCIÓN MUSICAL
Dentro de esa tónica, aborda en su último libro, Musicofilia, una de las vertientes más complejas y desconocidas del cerebro humano, la que se relaciona con el fenómeno de la percepción musical. Se trata de una capacidad que, si es difícil definir por la diversidad de factores que intervienen en el proceso, es todavía más difícil de localizar, al encontrarse dispersa en distintas áreas del cerebro. Planteamientos razonados que se hace el doctor Sacks y le llevan a indagar con su habitual sagacidad en torno al modo de abordar cuestiones sobre los mecanismos de la mente que no se deberían dar por supuestos. Para empezar, se plantea una cuestión previa: ¿qué es música?, ¿quizás un puro ruido que puede ser captado por el oído? Evidentemente eso no es música. Entonces, hace falta ampliar y precisar el concepto. ¿Estamos en presencia de un fenómeno bastante más refinado y complejo?
Parece que sí. En tal caso, ¿no sería más exacto definir la música como un conjunto de sonidos armónicos relacionados unos con otros, que se suceden de acuerdo con un determinado ritmo o cadencia? Esta definición ya se aproxima bastante a la valoración que realiza el autor en torno al papel y las relaciones de la música en relación con el cerebro del hombre—y, por supuesto con el de la mujer, para que no haya suspicacias—.
Pero, además, como aclara el autor, no hemos de olvidar otro aspecto fundamental a considerar: en la música los sonidos armónicos transmiten las sensaciones, emociones y sentimientos concebidos en la mente del compositor o del intérprete, que el oyente percibe, y después incorpora, «almacena» en su memoria de modo permanente y hasta prevalece, incluso, cuando ha perdido el recuerdo de otros acontecimientos del pasado.
EL MISTERIO DE LA PERCEPCIÓN MUSICAL
De cualquier modo que se mire, el proceso es, como reconoce expresamente Oliver Sacks, apasionante, en cuanto nos introduce en un terreno muy complejo que apunta a la presencia de facultades radicadas en la mente humana, cuyas funciones no pueden entenderse en su totalidad consideradas tan sólo como ejercicio de las facultades racionales, puesto que son «algo más»: aluden a la presencia de valores intangibles del espíritu humano.
Al menos así lo considera el neurólogo, como experimentado conocedor de la mente a cuyo estudio ha dedicado muchos años de intenso trabajo en el tratamiento de miles de pacientes, cuyas enfermedades mostraban alteraciones más o menos graves, estrechamente relacionadas con el fenómeno musical. De sus experiencias en el ámbito de la neurología, deduce el autor algunas conclusiones que resultan muy útiles para conocer cómo funcionan algunos de los mecanismos que son comunes a sanos y enfermos. Y es que, como expone el autor de modo magistral: «Nuestros sistemas auditivos, nuestros sistemas nerviosos están exquisitamente afinados para la música. Hasta qué punto esto se debe a las características intrínsecas de la propia música, sus complejas pautas sónicas que se entretejen en el tiempo, su lógica, su ímpetu, sus secuencias inseparables, sus ritmos y repeticiones insistentes, la misteriosa manera en que encarna la emoción y la —voluntad— y hasta qué punto obedece a resonancias especiales, sincronizaciones, excitaciones, oscilaciones mutuas o retroalimentaciones en el circuito nervioso inmensamente complejo y de muchos niveles que subyace a la percepción musical y la reproduce, es algo que todavía no sabemos».
Para que una primera autoridad científica, tal es el caso de Oliver Sacks, afirme desconocer algunos de los elementos sobre los que investiga, se requiere una fuerte dosis de humildad profesional muy poco frecuente en este tipo de obras. Pero, al mismo tiempo, nos anima a los que sabemos todavía mucho menos que él a seguirle en su discurrir por los vericuetos de la mente relacionados con los misteriosos y atractivos mundos del espíritu y del arte creativo. Se trata de campos de expresión abiertos al genio humano que se renuevan de modo constante y de formas distintas a través de la historia, según las diversas épocas, razas y culturas.
Una vez acotados las líneas maestras por los que va a discurrir su trabajo como investigador y sanador de la mente, el autor se sitúa en el terreno que más le gusta y en el que se encuentra más cómodo: el ser humano ante la música, bien sea en calidad de compositor, de intérprete o de perceptor, estudiando las diversas formas conocidas de reaccionar ante ella.
Como adelantaba en el citado párrafo anterior, un curioso fenómeno que llama la atención de Sacks es la capacidad que tenemos la mayoría de las personas para captar la música en toda su integridad desde su «sentimiento original, hasta la melodía, su tono y tempo». Añade, además, que nuestro cerebro no sólo es capaz de «comprender» la música de este modo, sino también de recordarla a través de los años, con la particularidad de que melodías y acordes musicales percibidos durante la infancia pueden permanecer grabadas en el cerebro con nitidez a lo largo de la vida y ser reproducidos fielmente con la voz o el instrumento adecuado en cada caso.
MÚSICA Y EL CEREBRO, MÚSICA Y ALTERACIONES DE LA MENTE
No es de extrañar, pues, que tal «maravillosa maquinaria, quizá por ser tan compleja y tan tremendamente desarrollada —continúa Sacks— es vulnerable a diversas distorsiones, excesos y averías. La capacidad de percibir, de imaginar la música, puede verse afectada por diversas lesiones cerebrales: hay muchas formas de amusia. Por otro lado, la imaginería musical puede volverse excesiva e incomunicable, lo que conduce a la repetición obsesiva incesante de melodías pegadizas o incluso de alucinaciones musicales. En algunas personas, la música puede provocar ataques».
Así, el autor nos lleva como de la mano al terreno de sus investigaciones sobre los efectos que la música produce sobre el cerebro humano. Unos efectos que no siempre son positivos y saludables, ya que en determinados casos desencadenan alteraciones que pueden ser graves y afectar en particular a los profesionales, sean compositores o intérpretes. Serían los llamados por Sacks «trastornos de destreza» generados por los esfuerzos derivados de la necesidad de fundir la actividad intelectual con la emocional, como ocurre a la hora de crear o interpretar partituras. Si es cierto que la música ejerce una influencia benéfica en las personas normales, sean o no profesionales, sean o no aficionados, también lo es que no siempre sus efectos son igualmente saludables, cuando despierta sentimientos o recuerdos asociados a situaciones dramáticas o dolorosas para el oyente.
Mientras en determinadas circunstancias la música puede elevar los ánimos en declive, suscitar emociones o devolver la calma en momentos de fatiga o estrés, como así ocurre en gran parte de los casos, en otras los resultados no resultan igualmente favorables. En este sentido, aparecen referenciadas diversas anomalías de gran interés para orientar a los profesionales en el diagnóstico y tratamiento de enfermedades cuyos orígenes son difícilmente localizables ya que el propio paciente no logra definir los síntomas ni orientar al especialista sobre las posibles causas de los trastornos.
Se aprecia en las páginas del estudio, la realidad del dicho: no existen enfermedades, sino enfermos. Para Oliver Sacks, cada ser humano es un mundo, único e imprevisible, cuyas reacciones, por diferentes, apenas se pueden generalizar puesto que exigen una atención específica, adaptada a cada tipo de personalidad teniendo en cuenta sus circunstancias personales: edad, afectos, salud…
Al considerar los efectos que despierta la música en las personas, el autor señala con acierto esas diferencias: «Algunas personas, en número sorprendentemente elevado, ven colores o huelen o gustan o perciben diversas sensaciones cuando escuchan música aunque esta sinestesia se considere más un don que un síntoma».
VALOR TERAPÉUTICO DE LA MÚSICA
Tras analizar y ordenar los datos extraídos de casos reales se ofrecen los resultados de experiencia reconociendo las ventajas y posibilidades, apenas exploradas, del valor terapéutico de la música en pacientes afectados por dolencias neurológicas de distinta índole y gravedad. Según las fichas personales manejadas por Sacks en numerosos casos, expuestos con detalle, los enfermos respondieron muy favorablemente a la música incluso en situaciones de demencia en fase muy avanzada. La conclusión es muy clara, al reconocer que la música posee «un gran valor terapéutico para pacientes de diversas dolencias neurológicas. Estas personas podrían responder de manera intensa y específica a la música». Sin embargo, el recurso no debe aplicarse con criterios generales o indiscriminados. Hay que estudiar las peculiaridades de cada tipo de anomalía antes de elegir el método adecuado. Un error en esa elección puede agravar o al menos resultar inútil para mitigar la enfermedad. Se trata de un asunto de gran importancia que exige, además, el máximo cuidado por parte del especialista… teniendo en cuenta que «el papel terapéutico de la música en la demencia es muy distinto del que juega en pacientes con trastornos motores o del habla, la música que ayuda a los pacientes parkinsonianos posee un fuerte carácter rítmico pero no precisa resultar familiar o evocativa. En los afásicos es fundamental contar con canciones con letras o frases entonadas e interactuar con un terapeuta».
Impresiona la forma como Oliver Sacks ilustra las tesis científicas, basadas en hechos reales, con referencias directas, testimonios y cartas de pacientes, o de sus familiares, con valiosos datos que le sirven para fundamentar las teorías en sólidos argumentos. Algunos de los testimonios seleccionados son profundamente conmovedores al mostrar esa vertiente de humanidad que rodea las diversas facetas de la actividad profesional y personal del autor. «Aunque mi esposa padece Alzheimer la persona esencial pervive de manera milagrosa. Toca el piano varias horas al día y muy bien. Su ambición actual es memorizar el Concierto para piano en La menor de Schuman. Tiene 88 años y ha perdido el lenguaje pero toca cada día. Cuando ensayamos Mozart señala adelante y atrás adelantándose a las repeticiones. Hace dos años grabamos el repertorio completo a cuatro manos de Mozart que había grabado… en los años cincuenta. Aunque el lenguaje ha empezado a fallarle me encanta su concepción musical y su manera de tocar actual, más aún que en la grabación anterior».
La carta, de la que se reproduce un fragmento, es sólo una muestra, como resumen final, de la sensibilidad y delicadeza con las que el neurólogo Sacks desciende al trato directo con el ser que sufre y no sólo el paciente, a veces incapacitado, sino también, como en este caso, con las personas que le rodean y ayudan al médico, a base de paciencia, comprensión y amor, a cumplir con mayor eficacia su noble tarea de sanar la mente y el espíritu.
Las fundaciones culturales han desempeñado un papel fundamental en la España del último tercio del siglo XX, acompañándonos en la transición hacia la democracia y en la inmersión en la posmodernidad. Las exposiciones de la Fundación Juan March forman parte del paisaje de nuestra educación sentimental en los años ochenta del pasado siglo; las actuaciones de conservación-restauración de la Fundación Caja Madrid nos han dado la bienvenida en tantas visitas a catedrales españolas; las fundaciones del Gran Teatre del Liceu o la Isaac Albéniz nos han brindado, en Barcelona o en Santander, momentos irrepetibles de encuentro con la música clásica; la Fundació la Caixa nos inició a muchos en el arte de la fotografía o en la más rabiosa contemporaneidad; las fundaciones del Santander y del BBVA han presentando obras maestras de la pintura española en América Latina; la Fundación Amigos del Museo del Prado ha acercado las colecciones reales a diversos rincones de España; la Fundación Cultural Mapfre ha profundizado en la creación de finales del XIX… y tantas otras fundaciones que en el ámbito local, autonómico, nacional o internacional han conservado y difundido lo mejor de la cultura abriendo su conocimiento y disfrute a amplias capas sociales.
Según el Directorio de Fundaciones Españolas publicado por la Asociación (AEF) en 2007, durante los últimos treinta años el número de fundaciones constituidas anualmente en España ha crecido de forma sostenida. Este crecimiento se ha intensificado sensiblemente durante los últimos quince años, hasta alcanzar un promedio de 454 nuevas fundaciones por año para el periodo 2000-2006, resultando un total de fundaciones en España de en torno a 8.600 al término del mismo. Si focalizamos nuestra atención sobre las fundaciones creadas ex novo entre 1996 y 2006, nos encontramos con que las áreas de adscripción más frecuente han sido la investigación y la cultura (con 334 y 327 fundaciones, respectivamente), seguidas de la cooperación al desarrollo (244), la salud (239), el desarrollo local y regional (199), la tecnología (184) y el medio ambiente (172 fundaciones).
Las fundaciones culturales han desempeñado un papel fundamental en la España del último tercio del siglo XX, conservando y difundiendo lo mejor de la cultura y abriendo su conocimiento y disfrute a amplias capas sociales.
Este empuje de lo cultural hizo que en 2006 las fundaciones activas en el ámbito de la cultura (1.329) le pisasen los talones a las fundaciones activas en el ámbito educativo (1.559) y hubiesen desplazado a un tercer y cuarto puestos a las dedicadas a asistencia social (1.141) y a la investigación (1.081). Si sumamos aquellas que se declaran activas en los campos del patrimonio histórico-artístico (582) y del arte (536), concluiremos que el ámbito cultural en sentido amplio es el más cultivado por las 3.061 entidades que respondieron al cuestionario de la AEF, y muy probablemente por el conjunto general de las fundaciones españolas.
En ese aparente crecimiento de lo cultural dentro del sector fundacional español han tenido especial protagonismo las fundaciones que gestionan fondos de obra social de las cajas de ahorros -ellas mismas fundaciones de carácter privado-, hasta eclipsar a fundaciones patrimoniales que eran tradicional referente en ese ámbito y en abierta competencia con las fundaciones corporativas de grandes bancos. Ahora bien, si atendemos a los datos que proporcionan las Memorias de Responsabilidad Social Corporativa de las Cajas de Ahorros editadas por CECA, esa proliferación de fundaciones activas en lo cultural no obsta para que el peso relativo de los recursos aplicados a este ámbito por las cajas de ahorros haya descendido durante los últimos años. Si atendemos al reparto de los 1.824,29 millones de euros invertidos por las 45 cajas de ahorros españolas en obra social (OBS) en 2007, observaremos que por primera vez desde 1984 el área de asistencia social y sanitaria se sitúa por delante del área de cultura y tiempo libre, al absorber el 37,3% y el 36,8% del total, respectivamente. El peso específico del área de cultura y tiempo libre, tras alcanzar su cuota máxima sobre el total de OBS en 2001 con un 47,61%, lleva en sostenido descenso desde entonces, en un contexto de crecimiento ininterrumpido de los recursos destinados a OBS. Es decir, que tanto los recursos totales como la partida asignada a cultura han crecido en términos absolutos, pero el ritmo de crecimiento de la porción cultural de la tarta ha sido inferior al ritmo de crecimiento de la tarta en su totalidad, y ha estado muy por debajo de la velocidad de aumento de la porción socioasistencial.
Si profundizamos un poco más, veremos que en 2007 la asistencia social absorbió el 34,7% de los recursos de obra social, seguida de la cultura (30,7%), la educación (11,1%), el tiempo libre (6%), el medio ambiente natural (5,5%), la investigación y el desarrollo (5,1%), el patrimonio histórico artístico (4,1%) y la sanidad (2,6%). El patrimonio histórico artístico, área afín que llegó a consumir en 2002 el 10% del total de fondos OBS, ha experimentado pues en términos relativos una evolución similar a la de la cultura. Si analizamos el número de beneficiarios y actividades culturales, ha crecido en 2007 respecto al ejercicio anterior a un ritmo superior al experimentado por los recursos; no así el número de centros, que ha disminuido en un 2,3%, sugiriendo mejoras de eficiencia.
En un mundo ideal donde las fundaciones sean capaces de anticipar cambios en las demandas sociales, un escenario de relativa caída de recursos y centros como el que acabamos de sugerir pudiera responder, al margen de a eventuales mejoras de eficiencia, a cambios en la demanda de productos culturales. Si la cultura fue en la Edad Moderna un producto reservado a las élites (patricios, reyes, papas o nobles que, por otro lado, ejercían un mecenazgo encomiable), la Ilustración inaugura un modelo paternalista o salvífico donde las nuevas élites, ampliadas a la alta burguesía, se ocupan de dar acceso a la cultura a otras capas sociales a través de la creación de museos, academias, etc. La segunda mitad del siglo XX es testigo de la integración de los productos culturales en la lógica del consumo de masas, la aparición de las industrias culturales y la emergencia de lo audiovisual. El incremento de la actividad cultural de origen fundacional ha sido en este contexto incuestionablemente positivo, pues ha permitido no sólo aumentar sino sobre todo diversificar desde el sector privado la oferta de un bien que tradicionalmente se consideraba público y por tanto susceptible de ser provisto en exclusiva por el Estado.
El incremento de la actividad cultural de origen fundacional ha permitido no sólo aumentar sino sobre todo diversificar desde el sector privado la oferta de un bien que tradicionalmente se consideraba público y por tanto susceptible de ser provisto en exclusiva por el Estado.
La destacada actuación de las fundaciones culturales en la España contemporánea ha tenido lugar en un contexto de crecimiento sostenido de todos los indicadores de actividad y consumo cultural que aparentemente no ha decaído en la última década. Según el Anuario de Estadísticas Culturales publicado por el Ministerio de Cultura en 2008, prácticamente todos los indicadores relativos a empleo, gasto y número de usuarios se han incrementado entre 2000 y 2007. Así, han crecido notablemente el número de ocupados en el empleo cultural, el total de empresas con actividad económica principal cultural y su volumen de negocio, el gasto liquidado en cultura por las administraciones general del Estado, autonómicas y locales, el gasto de consumo cultural de los hogares, la recaudación de derechos de propiedad intelectual por entidades de gestión, el turismo cultural de extranjeros, los visitantes a museos y monumentos, los asistentes a espectáculos de danza y a conciertos de música actual, el número de libros inscritos en ISBN, las obras musicales editadas, los largometrajes producidos y las películas estrenadas.
Si ponderamos los grandes apartados -empleo cultural, empresas culturales o gasto público en cultura- en relación al empleo total, al total de empresas o al PIB, resultan en cambio crecimientos suaves o situaciones de estabilidad, con la excepción del gasto de las administraciones locales sobre el total del PIB, que crece de forma muy apreciable. Entre los pocos apartados que caen en términos absolutos cabría destacar la asistencia a bibliotecas, archivos, teatros, ópera y zarzuela. En cuanto a la evolución del número de infraestructuras o centros, es desigual: crece el número de museos y colecciones museográficas, espacios escénicos estables teatrales y salas de concierto, y decrece el número de bibliotecas y cines.
Estos datos son ilustrativos pero distan de ser concluyentes. Habría que conocer, entre otros factores, qué porcentaje de recursos se ha destinado a gasto corriente directo y cuál a inversión en infraestructuras culturales, o a su mantenimiento; cómo han evolucionado en el mismo periodo las miles de fundaciones culturales no vinculadas a cajas de ahorros; o cómo ha impactado el arranque de la crisis en el año 2008. Ahora bien, invitan a especular con las razones que llevaron, primero, a un acelerado incremento de la actividad fundacional cultural y, durante los últimos años, a una lenta pero sostenida disminución de su peso relativo en las OBS de la scajas de ahorros y, dado el papel preponderante de éstas, también en el conjunto del sector fundacional.
El primer motivo del crecimiento de lo cultural fundacional sería, en mi opinión, el efecto arrastre del sector público. La cultura ha sido objetivo privilegiado de las políticas públicas en España, particularmente autonómicas y locales, acorde con el modelo mediterráneo y en las antípodas del modelo anglosajón, donde la responsabilidad sobre la provisión de servicios culturales pivota casi exclusivamente sobre las entidades privadas no lucrativas.
Centros públicos de referencia como el MNCARS o el Museo del Prado han tenido un efecto de arrastre muy positivo sobre el mecenazgo y las programaciones propias de los agentes fundacionales.
El segundo motor de esta espiral de crecimiento ha sido muy probablemente, sobre todo en el caso de fundaciones corporativas de misión generalista, la emulación entre los patronos y directivos de las fundaciones. La trasposición al sector de prácticas empresariales como el benchmarking o comparación con los competidores y la obsesión por el tamaño se ha traducido en una dinámica imitativa no exenta de riesgos. Uno de ellos que la fragmentación de mercados propia del Estado de las autonomías haya derivado en que muchas entidades compitiesen no tanto con los mejores como con los cercanos. Otro riesgo, el derivado del culto a indicadores tan fáciles de entender como de manipular, i.e. el número de visitantes. Si la decisión de asignación de recursos que originó la espiral de emulación estuvo simplemente basada en las preferencias personales de los patronos o directivos, podríamos traer a colación las reticencias de Milton Friedman respecto a la responsabilidad social corporativa y sospechar que, en último término, no ha sido la mano invisible del mercado la que ha aplicado más recursos al ámbito cultural al hacer los demandantes explícitas sus preferencias, sino las preferencias de los administradores de las entidades. Administradores que, en el caso de una fundación, no debemos olvidar que nunca serán propietarios.
Los empresarios y directivos de empresa en los patronatos de las fundaciones han aplicado al gasto cultural la misma estrategia que aplicaron antes a su actividad maximizadora de beneficios.
El tercer motivo estaría relacionado con el riesgo de papanatismo de los indicadores obvios y con los incentivos de los gestores de las fundaciones. En un sector como el fundacional, donde a pesar de las expectativas de muchos patronos la medición y evaluación son todavía prácticas de gestión incipientes al amparo del argumento de que su actividad es difícilmente mensurable, la cultura ha sido una excepción. Los indicadores de eficiencia son evidentes: número de usuarios por actividad o centro, coste porusuario, valoración del impacto en medios, coste por impacto en medios, taquillaje, costes de producción, etc. La cultura, a pesar de su naturaleza de servicio y por tanto de intangible, resulta en una serie de outputs o productos plenamente tangibles. Su materialización en eventos públicos -rituales colectivos como la contemplación de la obra de arte o la escucha de la música culta, transmisores de estatus social-, dossieres de prensa, merchandising o lujosas publicaciones, facilita sin duda alguna la percepción de su valor a los ojos de los no expertos. Quizá se haya producido una cierta confusión entre los medios y los fines de la acción cultural, entre sus outputs y los outcomes o beneficios sociales perseguidos, al ser estos últimos no sólo más difíciles de medir sino también largoplacistas por naturaleza.
Otro motivo ha sido sin duda el carácter mediático de la cultura, que habría hecho que muchas fundaciones, sobre todo corporativas, hayan entrado en este nicho con una expectativa de retorno de imagen en ese ámbito. Un proyecto cultural bien cuajado y mejor comunicado será siempre más goloso para los medios -aunque también aquí la saturación de oferta de los últimos años ha moderado el atractivo mediático-, máxime en comparación con las actividades investigadoras, educativas o sociales.
Querría aventurar ahora las razones de la relativa caída de la inversión cultural fundacional durante la última década. La primera está relacionada con el marketing y su lógica. Los empresarios y directivos de empresa que normalmente tienen la última palabra acerca de la asignación de recursos en los patronatos de las fundaciones han aplicado al gasto cultural la misma estrategia que aplicaron antes a su actividad maximizadora de beneficios: la de generar ventaja competitiva gracias a un posicionamiento diferencial basado en el branding o desarrollo de marca y a la elección de un nicho de mercado en el que adquirir posición dominante y crear barreras a la entrada de otros competidores. Quizás estas estrategias hayan producido, a nivel agregado, un cierto exceso de productos culturales efímeros, reiterativos o paradójicamente indiferenciados, una sobreoferta de equipamientos culturales y de marcas no siempre dotadas de reputación, y un déficit de iniciativas en colaboración y de apuesta por el largo plazo. Me atrevo a sugerir que la saturación producida en este ámbito ha hecho que la cultura, de ser hace un par de décadas un factor de posicionamiento diferencial para los mecenas españoles, haya adquirido rasgos propios de un commodity, y por tanto a los ojos del cliente sea cada vez más irrelevante quién la produce.
La segunda razón tiene que ver con la impaciencia. Es probable que el crecimiento de la oferta no haya ido acompañado de un crecimiento acompasado de la demanda y que las expectativas de cifras de visitantes se hayan visto progresivamente defraudadas, sobre todo en relación a las inversiones realizadas en equipamientos que, con actividad o sin ella, requieren de un mantenimiento constante y costoso y se arriesgan a ser percibidos como elefantiásicos por los ciudadanos. Se han subestimado los tiempos: aunque el pipeline de ciertos proyectos culturales es más fácil de acortar que el de los proyectos sociales, educativos, investigadores o medioambientales, la mayoría precisan de perseverancia y paciencia para llegar a buen puerto, además de una planificación que los evalúe y redimensione.
Sería una pena que en el ámbito del gasto fundacional en cultura actuase una vez más el efecto pendular, reduciéndose su aportación drásticamente sin la reflexión estratégica debida. Las capacidades de gestión, no sólo en términos de eficiencia sino también de eficacia, serán claves. Sabemos que gastarán menos; nos gustaría que gastasen mejor.
La última razón que sugeriría entronca con una puesta en práctica reduccionista de lo cultural, plasmada en el abuso de un formato, el de la exposición temporal, decimonónico en origen pero magistralmente aggiornado por Philippe de Montebello, en su larga etapa como director del Metropolitan de Nueva York. Esa idea de reunir temporalmente en un único lugar objetos valorados por el público en torno a una temática, autor, tesis o argumento, convirtiéndolos en un nuevo producto dotado del atributo de la exclusividad, ha sido utilizada hasta la saciedad. En ocasiones vehículo divulgador de hallazgos o reinterpretaciones científicas, la exposición temporal se ha convertido en otras en un espectáculo con vida propia y, en no pocos momentos, en un objeto banal cercano al mundo del merchandising, difícilmente justificable desde el punto de vista de los costes de transportes especializados, embalajes, montajes o seguros requeridos para su mise-en-scène.
La actividad fundacional en el ámbito cultural se enfrenta, pues, a importantes retos agudizados por la situación de crisis económica en que nos encontramos. La restricción de los recursos disponibles para fines de interés general se acentúa y el coste de oportunidad de los recursos dedicados a cultura en detrimento de otros fines quizá no más importantes pero sí más urgentes -como la asistencia social- aumenta. Sin caer en demagogias fáciles del tipo «con el coste promedio de una exposición temporal podríamos…», es evidente que la decisión de asignar gasto a cultura en el caso de fundaciones generalistas es decir, de fundaciones que estatutariamente pueden elegir gastar entre fines de interés general alternativos, requiere hoy de más reflexión previa que nunca.
Una vez tomada la decisión de gastar en cultura, las capacidades de gestión, no sólo en términos de eficiencia sino también de eficacia, serán claves. Lo cierto es que cuando contamos con 300 euros para adquirir una cámara de fotos digital disponemos de mejor información para tomar esa decisión de compra de la que tendríamos si tuviésemos que invertir de forma acertada 200.000 euros de presupuesto fundacional en el ámbito cultural. La confusión entre conocimiento experto y capacidad de gestión que se ha producido en algún momento -pongamos la dirección de un museo en manos de un conservador, o asesorémonos con un pintor para formar una colección de arte- tiene cada vez menos probabilidades de repetirse.
Las transformaciones sociales en curso arrumbarán el concepto de usuario o consumidor que recibe pasivamente el producto cultural, obligando a los agentes a interpretar la cultura como un espacio más de participación ciudadana, abandonando posiciones institucionalistas y acercándose a su dimensión comunitaria o de fermento de la sociedad civil. La progresiva entrada de ordenadores personales y acceso a Internet en los hogares ha completado un entorno de demanda donde las barreras de acceso a los contenidos culturales se minimizan, pero en el cual es probable que se produzca también una migración del tiempo dedicado a esos contenidos desde lo presencial hacia lo virtual. A esta tendencia se suma la transferencia de consumos culturales, propia de la crisis, de espacios públicos al ámbito doméstico.
Si bien el acercamiento a la cultura a edades tempranas se ha potenciado como nunca gracias a las programaciones didácticas de los agentes culturales, el binomio educación-cultura está lejos de haber alcanzado su potencial en España. Adolecemos de la falta de una visión integral de la cultura, que incluya todas sus dimensiones -simbólica, creativa, económica y comunitaria- y que entienda que las fundaciones son probablemente los únicos agentes culturales que pueden permitirse orientar programaciones de largo plazo no determinadas por el partidismo, la rentabilidad o a lo políticamente correcto. En este contexto, las fundaciones enfrentan el desafío de llegar a los más jóvenes, a riesgo de que se conviertan en «no públicos» de su oferta cultural. Al margen de la dificultad evidente de que la generación LOGSE que puebla nuestras universidades disfrute de la cultura a falta de los conceptos y las capacidades lingüísticas necesarias, la Web 2.0 y sus redes sociales abren posibilidades insospechadas a la difusión -casi diríamos contagio- de contenidos culturales.
Sería, en definitiva, una pena que en el ámbito del gasto fundacional en cultura actuase una vez más el efecto pendular, reduciéndose su aportación drásticamente sin la reflexión estratégica debida. Si los gestores, desde Karl Popper, debieran dedicarse no tanto a acertar como a equivocarse lo menos posible, las fundaciones debieran, en este entorno de crisis, focalizar sus esfuerzos en no perder los avances conseguidos en tantos campos, entre ellos y de manera destacada el cultural, durante las últimas décadas. Sabemos que gastarán menos; nos gustaría que gastasen mejor. Urge recuperar el sentido de propósito y centrarse en objetivos de transformación social a medio y largo plazo. Para conseguirlos habrá que aceptar el carácter esencialmente cultural de la realidad que nos rodea y buscar complicidades institucionales, aun a costa de rebajar los respectivos egos, que permitan acometer proyectos importantes para la sociedad civil.
Hemos comprobado tanto a lo largo de El mundo de las palabras (analizado en el número 119 de Nueva Revista), como de sus otros libros, que Steven Pinker es un defensor acérrimo de la existencia de una naturaleza humana estable detrás de una serie de propiedades cognitivas, en contra del modelo estándar de las Ciencias Sociales, el predominante en los ambientes académicos norteamericanos y que, básicamente, postula que, a diferencia de la animal, rígidamente controlada por la biología, la conducta humana viene determinada por las distintas culturas, sistemas autónomos de símbolos y valores que varían entre sí arbitrariamente y sin límite alguno y que se adquieren a través de modelos de comportamiento. Según éste, los niños vienen al mundo cual tabla rasa, en expresión atribuida al filósofo inglés Locke, equipados solamente con algunos reflejos y una capacidad ilimitada de aprendizaje, proceso este no especializado y común a todos los ámbitos del conocimiento.
Denuncia Pinker en el Instinto del lenguaje (IL) que estas ideas constituyen la ideología secular contemporánea políticamente correcta, la postura sobre la naturaleza humana que una persona decente debe mantener. La alternativa, conocida por determinismo biológico, inmovilizaría a la gente dentro de la escala sociopolítico-económica y sería culpable de la mayoría de los horrores de épocas recientes: la esclavitud, el colonialismo y la discriminación racial, así como el origen de las castas sociales y económicas, la esterilización forzosa, el machismo y los genocidios. Pinker ha sufrido en su propia carne la censura por su incorrección política cuando defendió a Lawrence Summers, ex presidente de la Universidad de Harvard, quien señaló las diferencias innatas asociadas al sexo como posible explicación para la escasez de mujeres en las ciencias.
LA NATURALEZA HUMANA SEGÚN LA PSICOLOGÍA EVOLUTIVA
La naturaleza humana que Pinker abandera responde a los postulados de la psicología evolutiva, su propia especialidad. Entre otros incluye: 1) un diseño universal de la mente, resultado de las complejas interacciones entre la naturaleza humana instalada en un cuerpo como el nuestro y con nuestras condiciones de vida, conocimiento radicado en la biología evolutiva y la genética: por ejemplo, D. Brown en su libro Human Universals (McGrawHill, 1991) ha escrutado en profundidad modelos etnográficos universales subyacentes a todas las culturas documentadas y ha identificado más de trescientas pautas de pensamiento, instintos, sentimientos y tendencias comunes a todos los humanos; 2) el aprendizaje no es una alternativa al innatismo puesto que aquél no puede darse sin un mecanismo hereditario que lo regule, ni se realiza siguiendo un procedimiento único e indiferenciado sino que es modular, dependiente de distintos módulos mentales adaptados a la lógica y leyes de cada ámbito; 3) el complejo diseño de los sistemas biológicos procede de la selección natural, no de la casualidad o accidente, y, por tanto, han de estar encaminados a la reproducción y supervivencia de la especie; 4) la cultura no es una fuerza oculta de la naturaleza sino el proceso por el que en una comunidad se extienden contagiosamente unos tipos particulares de aprendizaje.
La psicología evolutiva parte de la antropología biológica, y se plantea situaciones a las que nuestros antepasados hubieran de enfrentarse en su hábitat como, por ejemplo, la comunicación lingüística y el reconocimiento facial. Cuando los niños resuelven problemas para los que se han desarrollado evolutivamente módulos mentales, adquieren conocimientos a los que no han estado expuestos, mientras que cuando se enfrentan a otros para los que no los tienen, el coste es mucho mayor. Si existe un módulo determinado, la neurociencia acabará descubriendo que el tejido cerebral que procesa esas tareas especializadas posee cierta cohesión psicológica. Pinker apostilla con Leibnitz a la afirmación de Locke de que no hay nada en el intelecto que antes no estuviera en los sentidos: «excepto el propio intelecto», con toda esta carga de organización psicológica resultado de la evolución.
La psicología evolutiva ha desacreditado la teoría de la tabla rasa al mostrar que muchas tendencias humanas no sirven para potenciar la felicidad y el bienestar sino que más bien parecen adaptaciones a un ambiente ancestral preparado para evolucionar. Por ejemplo, señala Pinkeren La tabla rasa (TR), que nuestro gusto innato por el azúcar y las grasas constituye una adaptación a un hábitat en el que ambos escaseaban, para asegurar así la ingesta necesaria, y aunque en épocas recientes hemos sido capaces de producirlos industrialmente, nuestro instinto ha ido a la zaga, por lo que ingerimos más de lo saludable.
Las ciencias del cerebro y la genética han socavado igualmente la idea de la tabla rasa al mostrar, por ejemplo, cómo los genes determinan los complejos circuitos neuronales que se establecen en el cerebro para la visión, que en absoluto dependen de la estimulación externa, o la distribución de la masa gris cerebral, estadísticamente correlativa en mellizos y aún más en gemelos, y que hace que los hermanos gemelos separados al nacer y reunidos en edad adulta sean mucho más parecidos entre sí, psicológica y conductualmente, que los mellizos, los simplemente hermanos, o los hermanastros que han convivido siempre y han estado expuestos a los mismos ambientes. La neurociencia ha demostrado también que hay mecanismos cerebrales ligados a la agresión y a la conducta violenta regulados genéticamente y, que son, por tanto, hereditarios.
Pinker, pues, desdeña la idea de la tabla rasa y asegura a la vez que ello no nos aboca al determinismo biológico ni a desistir de buscar la igualdad de oportunidades para todos. Tanto en IL como en TR afirma que no hay nada por descubrir en psicología que detraiga de la verdad obvia -y esto lo toma del preámbulo de la Constitución americana (precisamente destilado de Locke a través de Jefferson)- de que, ética y políticamente, todos somos iguales y tenemos los mismos derechos inalienables, entre los que se encuentran el derecho a la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad. El empirismo radical de la tabla rasa, por otro lado, no es necesariamente progresista, añade Pinker, sino que constituye más bien el sueño de todo dictador para modelar las mentes de sus subordinados y ha dado lugar a muchas tragedias en nuestro pasado reciente (nazismo, stalinismo, jemeres, etc). Es más correcto pensar que todos los individuos normales nacen con mentes ricamente estructuradas y las diferencias provienen del conocimiento experiencial que se adquiere a lo largo de la vida. El estudio de los módulos mentales se ocupa precisamente de todo lo que tenemos en común los humanos, lo que nos iguala, nuestra naturaleza.
Emerge, pues, una imagen de la naturaleza humana esencialmente biológica y adaptativa, que se manifiesta en un conjunto de emociones, patrones de pensamiento y aprendizaje universales. Pinker ha enumerado a veces esas manifestaciones en declaraciones como las siguientes (del programa de radio Point of Inquiry, 23-II-07): aunque seamos natural o cualitativamente iguales, los sexos (nuestro autor insiste en que no es científico hablar de género en este contexto) no lo son, sino que poseen una división complementaria de talentos e intereses, que naturalmente resulta en una distribución distinta de profesiones, por ejemplo; las personas se diferencian individual e intelectivamente, por lo que incluso un sistema económico idealmente justo no dará lugar a una equitativa distribución de la riqueza; tendemos a favorecernos a nosotros mismos y a los nuestros antes que a la sociedad, a nuestro grupo tribal o a la humanidad en su conjunto; todos nos engañamos sistemáticamente, creyéndonos más competentes de lo que en realidad somos y experimentamos una ambición desmesurada de estatus y poder. En otros lugares se ha referido también a la tendencia al libertinaje sexual. En fin, es la de Pinker una descripción laica de una naturaleza marcada por una imperfección anhelante del bien.
EL NATURALISMO PINKERIANO
La caracterización que hace Pinker de la naturaleza humana en sus libros, peca de excesivo naturalismo, además de postular algunas tesis que no son comprobables científicamente. Todo se reduce a mera evolución psicológica y en último término a la complejidad orgánica alcanzada por nuestra masa encefálica: las manifestaciones más abstractas y espirituales del intelecto se reducen a la actividad de sus cien billones de neuronas y cien trillones de sinapsis. La mente no es otra cosa que la actividad del cerebro y por eso aboga por la unificación de la neurociencia y la psicología. La autoconciencia o experiencia subjetiva -y por ende la libertad-explica en Cómo funciona la mente, es un epifenómeno inesperado e inexplicable, probablemente un artefacto, pues no hay un yo detrás de toda esa actividad cerebral, es pura ilusión (habría que preguntarle por qué firma entonces todas sus obras). En El mundo de las palabras, admite que cuando pensamos en un cuerpo humano no podemos dejar de concebirlo como persona, alguien que es y posee sus atributos corporales, además de sus pertenencias e ideas, pero eso solamente responde a nuestra percepción intuitiva, que ha de ser corregida por el conocimiento científico.
Pinker resuelve el complejo «problema difícil» (en expresión del filósofo australiano David Chalmers) de la autoconciencia -al igual que su buen amigo, el filósofo evolucionista Daniel Denett, profesor de la universidad de Tufts- atribuyéndolo a una serie de representaciones internas complejísimas que evolucionaron por selección natural, una de las consecuencias de nuestra capacidad intelectiva, de la que somos víctimas, al hacernos creer que tenemos el control de la nave. Nuestra limitada mente está diseñada para llevar a cabo unas tareas concretas en un planeta concreto, no para contestar a cualquier pregunta que podamos plantearnos. Si tuviéramos cerebros no confinados a discretos razonamientos combinatorios como los nuestros sería muy fácil explicar desde fuera cómo las descargas neuronales dan lugar a esas sensaciones internas subjetivas. Se entiende que mientras tanto hemos de conformarnos con este fenómeno accidental sin hacernos preguntas como la del porqué nuestro organismo ha dado lugar a algo tan poco económico como la autoconciencia.
Con la misma lógica, se liquida la cuestión sobre el sentido de las cosas, que no es más que un ente de razón. Las preguntas por los porqués últimos no se pueden responder por definición ya que se sucederían interminablemente. Las opciones humanas no son predecibles debido a la gran complejidad de neuronas y sinapsis que intervienen en su elaboración, que lleva a los lóbulos frontales del cerebro a procesar cantidades enormes de información para causar la conducta, que resulta así imprevisible e inanalizable, y daría lugar a esa apariencia de libertad, según los neodarwinistas. No se comprende cómo pueden hacer ciencia sin una verdadera libertad conscientemente empeñada en descubrir algo: debe ser también ciencia «aparente».
Pinker decide ignorar que aunque las propiedades psíquicas correspondan orgánicamente a fenómenos bioquímicos, éstos solos no pueden explicar la experiencia subjetiva, el entendimiento y la voluntad. Esta visión tan reductivista es consecuencia de una opción que rechaza como fuente de conocimiento todo lo que no sea evidencia experimental. Habría que preguntarle qué función evolutiva tiene que nos planteamos de entrada dichas cuestiones. Autores como Pinker y Dennett requieren de nosotros un acto de fe en vez de admitir que no tienen explicación para nuestra actuación consciente y libre. Desde luego lo que no van a aceptar nunca, por sistema, es la existencia del espíritu humano, de una persona con inteligencia y libertad que pueda estar en control de sus sentimientos y deseos, aunque sí la de unos lóbulos frontales que lo hacen por nosotros, queramos o no…
MORALIDAD Y TELEOLOGÍA EVOLUCIONISTAS
Otro problema que se le presenta a Pinker es el de la motivación en las relaciones sociales. Acude al concepto del Altruismo Recíproco, término acuñado por Robert Trivers, sociobiólogo evolucionista de la universidad Rutgers, para explicar las relaciones sociales y nuestro interés por aquellos individuos con quienes no compartimos genes, a diferencia de otros animales. En el caso de nuestros parientes, se explica por la teoría del «genegoísta», del biólogo neodarwinista británico Richard Dawkins: nuestros genes buscan extenderse y perpetuarse, y, por tanto, nos solidariza moscon nosotros mismos totalmente, al compartir un 100% de ellos, y algo menos con nuestros hermanos o hijos, con quienes compartimos un 50%, lo que deja lugar para el conflicto. Ante el determinismo genético, que lógicamente nos llevaría a querer a nuestros parientes por motivos inconscientemente egoístas, de autopropagación, señala Pinker que cabe la rectitud de intención en un nivel de análisis distinto e individual. Responsabiliza a nuestro enorme cerebro de la obsesión por la buena fama y por llevar cuenta de lo realizado en favor de otros, y viceversa, y de que formemos, a diferencia de otros organismos, sociedades complejas.
Todo esto conecta con el sentido de la moralidad, que Pinker vuelve a situar en los lóbulos frontales del cerebro, que nos permiten ir en contra del imperativo genético egoísta, corriendo así, en metáfora de Peter Singer, autor de The Expanding Circle (Farrar Straus Giroux, 1981), el control deslizante de la posición por defecto de la que partimos (aquellos con quienes compartimos genes), para incluir círculos de personas cada vez más amplios, y nos proporcionan sabiduría y previsión (de hecho, Singer, catedrático de bioética de la Universidad de Princeton y uno de los grandes impulsores del proyecto Gran Simio, extendería el círculo también a los primates). La actividad de esta zona cerebral converge con el imperativo categórico de Kant o regla de oro de la moralidad: tratar a los demás como queremos que nos traten a nosotros, principio que ha evolucionado para beneficiar a todos aquellos que lo adoptan simultáneamente (y que ya figura en el evangelio de San Lucas -Lc 6, 31-y en otras tradiciones filosóficas y religiosas). La esencia de la moralidad -ha declarado recientemente en una entrevista-debate organizado por la Fundación Templeton («¿La creencia en Dios ha sido superada por la ciencia?». Phillips vs Pinker, mayo 2008, www.templeton.org/belief/)- radica en la capacidad de intercambiar puntos de vista: cuando pido que se me trate de cierta manera, debo estar dispuesto a corresponder de igual modo, si quiero que me tomen en serio. Al igual que el sentido de la visión evolucionó hacia la percepción de la geometría euclidiana de tres dimensiones, anterior en el tiempo y correspondiente a la realidad circundante, nuestra psique ha evolucionado -por selección natural y sin teleología alguna que valga- hacia este tipo de reciprocidad, que beneficia a quienes la adoptan simultáneamente.
En esta línea, declara Pinker a la revista Time (12022007, traducción del autor): «La biología de la consciencia puede obligarnos a reconocer los intereses de los demás, que es el núcleo de la moralidad […]. Cuando reconocemos que nuestra consciencia es un producto de nuestro cerebro y que los demás tienen cerebros como los nuestros, se vuelve absurda la negación de la capacidad de sentir de los otros. El hecho evidente de que todos compartimos el mismo tejido nervioso nos impide negar nuestra común capacidad de sufrir». Es decir, que nuestros conocimientos neurológicos nos enriquecen éticamente. Y ésta es la razón, señala Pinker, del progreso moral en Occidente a lo largo del último milenio, que nos lleva a considerar inaceptable la tortura, castigar con la muerte a un ladrón, justificar las violaciones durante la guerra o utilizar el infanticidio para controlar la natalidad. Habría que preguntarle, por un lado, si no habrá tenido nada que ver en esto último la difusión del cristianismo a lo largo de estos dos mil años y, por otro, por qué las tiranías que citó anteriormente en la TR (nazismo, stalinismo, jemeres) persiguieron a sus víctimas: ¿fue porque desconocían su capacidad de sufrir, sus intereses y sentimientos o porque querían más bien imponer los suyos?
Y es que para los neodarwinistas, la finalidad no precede, sino que se va haciendo, como «el camino al andar» del poeta. El sentido de la vida es el del cerebro, con su propio devenir, aunque tengamos la ilusión (literalmente) de ponerlo nosotros. Poseemos un instinto moral latente que procede de la evolución y su ámbito de aplicación se ha incrementado con el tiempo por medio de la razón, el conocimiento y la empatía solidaria, moderados e integrados por los lóbulos frontales del cerebro, a los que tanto debemos. Para Pinker, pensar que la psicología evolutiva priva a la vida de sentido es confundir la causa última (por qué algo ha evolucionado por selección natural) con la inmediata (cómo funciona aquí y ahora). La «motivación» de los genes no corresponde a los motivos reales de la gente, que son ilusiones que inconscientemente colaboran con aquélla. Pinker compara el instinto moral al numérico en el sentido de que ambos pueden haber evolucionado para alcanzar verdades abstractas del mundo que acaso existan -quién lo sabe- fuera de las mentes que las captan y concluye que si estamos hechos de tal modo que no podemos prescindir de conceptos y preceptos morales, quizá éstos sean más reales para nosotros que si los hubiera decretado el Todopoderoso o estuvieran escritos en el cielo.
RETOS LINGÜÍSTICO-FILOSÓFICOS AL REDUCTIVISMO EVOLUCIONISTA
En la TR, Pinker se las ve con el llamado mito del «Fantasma de la Máquina»; es decir, la teoría de la dualidad de principios, tradición filosófica que va desde Platón hasta Descartes, según la cual el cuerpo está habitado por un espíritu depositario de nuestras facultades mentales y morales. Ya conocemos su postura: la inteligencia se explica en términos mecanicistas, de procesamiento de información: de hecho hay máquinas que pueden llevar a cabo conducta inteligente; las emociones constituyen mecanismos de retroalimentación y control; todos los fenómenos psíquicos no son otra cosa que la actividad fisiológica del cerebro, que se puede detectar introduciendo electrodos para estimular aquellas partes que pueden producir alucinaciones; la neurociencia nos dice si una persona está pensando en algo determinado por el consumo de glucosa u oxígeno, tal como se revela en las tomografías de emisión de positrones o en las imágenes cerebrales obtenidas por resonancia magnética funcional; se puede hasta reordenar la realidad, o adquirir una personalidad esquizofrénica -como si se tuvieran dos almas- al seccionar el cuerpo calloso, que une los dos hemisferios cerebrales… Además, termina Pinker, los intentos serios de contactar con las almas de los muertos han fallado. Todos estos factores, aunque no constituyan pruebas en contra del alma, apoyan su inexistencia debido a su ausencia de necesidad.
Sin embargo, apuntaba Pinker más arriba que aparentemente no podemos prescindir de los conceptos morales. Y esto es así también desde el punto de vista lingüístico: necesitamos vocablos tales como dolor, amor, libertad, voluntad, intención, maldad, bondad, envidia, traición… u otros tales como inteligencia, creatividad, estructura, propósito, etc. Es decir, sin ellos no podríamos expresar nada acerca de muchas ideas y realidades. De hecho, el propio Pinker -aparte de la autoconciencia- menciona otros subproductos inexplicables de la evolución del cerebro, como la música, el sentimiento religioso, el amor espiritual y los sueños. Y es que nuestro mundo interior es inexpresable de otra manera, como ha demostrado la fenomenología. El hombre es capaz de trascender su propia naturaleza por medio de la creatividad de su inteligencia, porque aunque la fisiología humana es comparable a la del resto de los mamíferos, su psicología escapa a la experimentación científica y es la que nos hace ser «alguien», con una biografía, cultura y singularidad especiales, en contraste con los animales. Es decir, aquí el vocabulario de la física desaparece por completo, como si le faltaran variables o como si existieran realidades que no son de naturaleza física, tal como apunta Lorda (Para una idea cristiana del hombre, Rialp 2001).
Las posturas neodarwinistas son reductivistas al postular que, aunque no se pueda comprobar, las manifestaciones superiores de la conducta humana, resultado de una libertad que en el fondo niegan, deben ser explicadas por principios de orden inferior (mayor complejidad neuronal y sináptica), que aceptan como verdad de fe. No obstante, cuanto más se baja en la escala física, la realidad parece estar hecha de constituyentes no materiales, de puras potencialidades de materia y energía a la vez. La mecánica cuántica ha descubierto un flujo de ondas y partículas a nivel subatómico, lo que sugiere que lo único físico a esos niveles procede de la observación de instantáneas del objeto en alguna de las fases de su existencia. Por otro lado, suponer que en la realidad solamente existe lo físico es una pura creencia indemostrable. Reconocer que en el hombre puede haber manifestaciones de otra realidad es abrirse al mundo del espíritu, y la fenomenología, al tratar de describir el mundo interior de las experiencias conscientes, ha demostrado que hay indicios de otro ámbito de experiencia con sus leyes y vocabulario propio.
Desde el punto de vista de la filosofía del lenguaje, Philip Clayton, catedrático de Filosofía de la escuela de postgrado Claremont y autor de Mind and Emergence: From Quantum to Consciousness (Oxford University Press, 2004), señala que la mente es mucho más que la simple suma de sus partes puesto que, además de ser una máquina de procesamiento sintáctico, como afirman Pinker y Dennett, lo es también de computación semántica. No responde simplemente a estímulos externos o a factores físicos internos. Lo que se denomina consciencia de orden superior está muy implicada en la creación de significado, sobre todo por su capacidad de afirmar la existencia de objetos por medio de la lengua. La consciencia es mucho más que un sofisticado mecanismo de supervivencia o un ordenador rapidísimo. La propia resistencia de la mente a simples explicaciones reductivistas apunta a que es un sistema emergente muy complejo cuya creatividad y capacidad para actuar intencionalmente la pone en contacto con un orden subyacente a la realidad, análogo al mundo de las ideas de Platón, que hay detrás de nuestro efímero mundo de apariencias y al que alude también Pinker en su último libro.
Otro filósofo del lenguaje, Mortimer Adler, en su obra Some Questions about Language: a Theory of Human Discourse and its objects (Open Court Publishing Company, 1976), después de criticar la teoría dualista de los coprincipios separables cuerpo y alma, según la cual, del mismo modo que la mente es independiente del cuerpo, también lo son la ética, el libre albedrío y Dios, con argumentos semejantes a los de Pinker, arremete también contra el monismo radical, como el de nuestro autor, según el cual, al igual que el cerebro produce la mente, la ética, el libre albedrío y Dios son solamente productos encefálicos. Sostiene Adler que aunque mente y cerebro sean inseparables existencialmente, lo mental y lo físico son aspectos analíticamente distintos, lo que ilustra con el ejemplo del cirujano que está dictando a un secretario lo que observa en el centro de la visión del cerebro expuesto, a cráneo abierto, de un paciente que está a su vez dictándole a otro una descripción de las paredes de la habitación en que se encuentran, y hace notar que el lenguaje usado por paciente y cirujano es necesariamente distinto: el del primero contiene palabras referidas a experiencias conscientes sobre la habitación y el del segundo a fenómenos físicos corticales.
Argumenta Adler que el cerebro es condición necesaria pero no suficiente del pensamiento conceptual, al requerir éste igualmente un intelecto inmaterial, y que la conducta humana y la animal son radicalmente distintas pues nuestras facultades sensoriales no pueden captar conceptos universales ya que su alcance cognitivo no va más allá de lo concreto y particular. Es decir, no podríamos aprehender conceptos universales si no tuviéramos otra capacidad cognitiva cualitativamente distinta, el intelecto. Nuestros conceptos son universales, al significar objetos que son tipos de cosas, no ejemplares individuales, y esa universalidad indica que no pueden existir físicamente o encarnarse en la materia. Esos conceptos existen en nuestras mentes como actos de nuestra capacidad intelectual, por lo que ésta ha de ser inmaterial, no encarnada en un órgano material. Para Adler, pues, la actividad cerebral, aunque necesaria, ya que nuestra capacidad de abstracción precisa a su vez de las neurosensoriales de la percepción, memoria e imaginación, no es condición suficiente del conocimiento conceptual: conocemos el concepto gato, lo que es ser un gato, no solamente el gato siamés que estamos viendo en un momento determinado, que es hasta donde llegan los animales. Solamente, concluye Adler, si el cerebro no es condición suficiente de la actividad intelectual y el desarrollo conceptual, podremos concluir que la diferencia entre la mente humana y la de los animales, y entre la conducta humana y la animal, es verdaderamente radical y no meramente superficial. No cabe explicarla por medio de una mayor complejidad fisiológica por parte de los humanos, que equivale a no dar explicación alguna. Es decir, solamente si el intelecto, que es parte de la mente humana y no se encuentra en otras especies, es el factor inmaterial con el que cuenta el cerebro para su actividad se puede hablar de condición suficiente y necesaria a la vez.
Desde una perspectiva más amplia, pues tratamos aquí con aspectos distintos del conocimiento, algo que los neodarwinistas no alcanzan a ver, señalan Artigas y Turbón (Origen del hombre: ciencia, filosofía y religión, Eunsa, 2.ª ed., 2008) que no podemos ignorar nuestra capacidad de autorreflexión, aspecto de nuestra experiencia subjetiva, y que nos permite conocer y reflexionar sobre nuestros propios pensamientos para comprobar si son o no verdaderos. Somos capaces de representarnos el mundo como objeto y estudiar aspectos concretos de éste, lo que requiere capacidad de abstracción y creatividad al mismo tiempo. Nuestra actividad intelectual nos permite crear modelos teóricos e idear experimentos para comprobar si los resultados confirman nuestras teorías. Todo esto depende de nuestra capacidad de razonar y argumentar y refleja una curiosidad intelectual inagotable y un afán más general por alcanzar la verdad. Aunque estas capacidades se basan físicamente en el cerebro y en los órganos de los sentidos, pertenecen a todo nuestro organismo, porque nuestro conocimiento es unitario.
La idea que desarrollan estos autores es que la persona humana pertenece a la naturaleza a la vez que la trasciende. Señalan que la peculiar forma de organización de la vida por parte del Homo Sapiens Sapiens debe mucho a la capacidad del lenguaje, y aunque ésta depende en su uso de la evolución de los correspondientes órganos fonadores, éstos solos no bastan si la inteligencia no tiene nada que decir, ya que es ésta la que nos permite conocer la realidad circundante en sí misma, tal como apuntaba Adler. Nuestra mente nos facilita enfrentarnos a la realidad total sin estar determinados en nuestros actos, de los que somos dueños, no como los animales. Esta libertad de la interioridad o espíritu humano, tan profundamente rica, que nos permite querer algo y hacerlo, es la que crea cultura e historia y es capaz de transformar el mundo e incluso crear entornos artificiales. Por eso el emergentismo materialista del espíritu, que sostienen los neodarwinistas para fundamentar la singularidad humana, no va a ninguna parte, pues es muy cómodo e inútil responsabilizar de la racionalidad a la inmensa complejidad orgánica y bioquímica de nuestro cerebro, que lo destilaría como propiedad nueva. El postulado emergentista contiene dos supuestos nada claros: por un lado, el reductivismo de suponer que si el hombre proviene de los animales es un animal más, cerrándose así a la novedad esencial del ser humano, y, por otro, el de que lo anterior es más fundamental que lo posterior, no llegando así a entender que si bien el cerebro es la base física de las operaciones intelectuales del hombre, éstas le llevan a trascender las condiciones materiales.
Habría que referirse también, brevemente, a ese otro aspecto de nuestra experiencia subjetiva de la libre elección, que radica en la voluntad. Aunque podamos detectar nuestras tendencias antes de que puedan dar lugar a una elección concreta por medio de electrodos, no tenemos por qué actuar de acuerdo con ellas y, de hecho, muchas veces no lo hacemos, como cuando, por ejemplo, decidimos superar un estado de ánimo determinado o perdonar a alguien con quien nos hemos enfadado. Es decir, podemos voluntariamente intervenir en el curso de los acontecimientos, que así «acontecen» no simplemente como parte de un ciego devenir evolutivo.
DIOS, RELIGIÓN, MUERTE Y ESPÍRITU
Con los antecedentes expuestos, se puede anticipar que Pinker es ateo, como él mismo declara sin ambages siempre que se le pregunta. Afirma nuestro autor que lo que hay después de la vida es la muerte, no al revés, no hay otra vida después de la muerte cerebral, que, afirma, devaluaría la presente al poner la esperanza en otra futura, en la recompensa que esperan tantos fanáticos religiosos, y que inspira fechorías como la del 11 de septiembre, por citar solamente una reciente, o que lleva a la irracionalidad de oponerse a la investigación con células madre embrionarias. Habría que preguntar a Pinker: ¿es que muchos de los voluntarios que arriesgaron su vida para rescatar gente en la tragedia referida no lo hicieron en parte apoyados por esa misma esperanza (además de por la acción regulatoria de sus lóbulos frontales)? Reconoce Pinker que esta visión materialista de la muerte choca contra nuestro instinto, pero es de esas cosas que, al igual que la visión intuitiva del espacio, ha de ser constantemente corregida por la ciencia escéptica.
Con este bagaje, Pinker no sabe cómo enfrentarse a la cuestión sobre la igualdad o diferencia de derechos entre humanos y animales (entrevista con Dan Schneider, 25-8-07, en http://www.cosmoetica.com/dsi4.htm). Argumenta que matar a un animal no es moralmente tan malo como a un hombre porque los humanos, debido a sus relaciones sociales, autoconciencia y capacidad de anticipación del futuro sufrimos más, por ejemplo, la muerte y la esclavitud que los animales, aunque cree que esto no justifica comer carne o vestir sus pieles. La ve como un problema difícil de resolver y que requiere mayor consideración. No es extraño que Pinker no comprenda la idea de la dignidad humana. Recientemente ha publicado un artículo (The New Republic, 28-V-2008) titulado «La estupidez del concepto dignidad, la última y más peligrosa ardid de la bioética conservadora»), en el que, a pesar de su innegable valía científica, demuestra no entender dicha noción pues la concibe de un modo totalmente ajeno a su esencia. Al tratar de caracterizarla, la asimila torpemente a la solemnidad, la categoría social, la soberbia, la compostura, la pulcritud, la madurez o el atractivo físico, y en último término, cuando la considera algo más profundamente, la hace radicar de nuevo en la regla de oro de la moralidad, tratar a los demás como deseamos ser tratados.
Verdaderamente, si no se cree que el hombre es la única especie que posee inteligencia y voluntad, y por tanto libertad, o que éstas son meros artefactos o ilusiones derivados de la evolución del cerebro (y, aparte y además, que estos atributos nos asemejan a Dios), es muy difícil entender el concepto de dignidad, que es algo entitativo. No hay que olvidar que Pinker piensa que no se puede distinguir entre ciencia y filosofía, por un lado, y religión, por otro: solamente existen las dos primeras y como la filosofía, al igual que la religión, se ocuparía de aquellos problemas que aún no ha resuelto la ciencia, ambas acabarán confluyendo en la pura ciencia experimental. Pinker no entiende que la fe sea un modo de conocimiento basado en la autoridad de quien revela sino que la considera una creencia irracional al nivel de la astrología o la alquimia (entrevista con Steve Pinker y Rebecca Goldstein en Proud atheists, www.salon.com/books/feature/2007/10/15/pinker_goldstein).
También ha declarado Pinker en Proud atheists que lo único que nos hace poco corrientes en el mundo natural es la tríada compuesta por el lenguaje, la cooperación social y la pericia tecnológica. No es poco, habría que añadir. Sin embargo, esta tríada carece de sentido si, efectivamente, la autoconciencia es un mero accidente que emerge de nuestra complejidad neuronal, con un subproducto llamado libertad, pero que en realidad es tan ilusión como aquélla; y si nuestros logros y mejores sentimientos e intenciones están de hecho inconscientemente determinados por los genes y la interacción con el ambiente, aunque subjetivamente los experimentemos como si nos pertenecieran. Los tres elementos de la tríada requieren una toma de conciencia del yo que nuestro autor considera una ficción y que haría de esas tres características las propias de un hormiguero muy sofisticado, de hormigas que se creen algo. Qué pena daría esta visión de la autoconciencia vacía al protagonista de la película Candilejas, quien le dice a la protagonista aspirante a bailarina, que intenta suicidarse, para convencerla de su locura: «¿Es que no eres consciente? ¿Acaso el sol puede decir lo mismo que tú?».
Si nuestras nociones intuitivas son sospechosas y han de ser experimentalmente revisadas, únicamente los ilustrados alcanzarían su auténtica realización como seres humanos. Sabemos (intuitivamente), que no es así, que hay multitud de personas en este mundo que solamente pueden recurrir a ellas y son plenamente humanos. No en balde, entre esos conocimientos, está el más asequible y el más importante de todos, la existencia de Dios, alcanzable también por medio de la razón, aunque no empíricamente. No obstante, solamente lo experimentan los sencillos, los que se hacen como niños y no se dejan hinchar por la mucha ciencia, por muy evolutiva que ésta sea, porque saben (intuitivamente) que «el hombre no es una equivocación, ha sido deseado, es fruto de un amor. Puede en sí mismo, en el atrevido proyecto que es, descubrir el lenguaje del Espíritu Creador que le habla a él y le anima a decir: Sí, Padre, Tú me has querido» (J. Ratzinger, Creación y pecado, Eunsa, Pamplona, 2005, pp. 8283).
La reciente campaña electoral europea finalizada el pasado 7 de junio ha propugnado que los ciudadanos europeos influyen en las decisiones parlamentarias y que éstas, a su vez, afectan al futuro de la Unión Europea y al de sus ciudadanos, pero la UE aparenta ser una amalgama de complejas instituciones en la que políticos, líderes y diplomáticos toman las decisiones que parte de la ciudadanía europea, por referéndum, rechazó. Si los ciudadanos se equivocaron, allí están los políticos para acudir al rescate de sus súbditos ignorantes. La UE sigue siendo el proyecto internacional más ambicioso e influyente que afecta a 27 naciones, pero a falta de un debate público sobre su finalidad y lastrada por su déficit democrático, el futuro de su integración política está en duda.
Así, en las últimas fechas surgen multitud de preguntas: ¿hacia dónde debe dirigirse la UE?, ¿quién debe guiarla?, ¿cómo pueden los líderes de la Comisión Europea, comisarios y parlamentarios atraer la atención de la ciudadanía?, ¿puede el proyecto funcionar desde Bruselas sin impulso ciudadano? El proyecto de constitución respondía a varias de estas cuestiones, pero el Tratado de Lisboa ahonda en la herida abierta pues se olvida de explicar cuál es la idea de Europa y cómo es ésta de compatible y armonizable con los estados nacionales. En su trayectoria la UE ha compatibilizado la integración económica y política de sus miembros (en unas materias más que en otras) con la identidad propia de cada uno de ellos, su historia y sus costumbres, pero existen dos aspectos que ponen de manifiesto las deficiencias de la UE: la falta de un espacio público europeo y la carencia de una política exterior común.
Al igual que el éxito de toda buena historia depende de su capacidad de enganche, de que la mayor parte de la gente se sienta reconocida e integrada en ella (Antonio Estella, El País, 20-05-2009), el futuro europeo dependerá del compromiso de sus ciudadanos. En el caso europeo, lo que se inició como una historia y un concepto económico y de mercancías se ha ido transformando en un proyecto político de ciudadanía, un proyecto supranacional en el que no sólo las mercancías sino los europeos pueden moverse libremente, con seguridad, sin consideración de su nacionalidad o destino. En cierto modo, es un proceso contrario al final más o menos trágico que el pensamiento y la sensibilidad europea intuían para Europa; a diferencia de otras civilizaciones, Europa «un día se hundiría bajo el paradójico peso de sus conquistas y de la riqueza y complejidad sin parangón de su historia».
Y aunque este prodigioso y ambicioso proyecto siga adelante, es lastrado por sus ciudadanos que anteponen su ciudadanía nacional a su carácter europeo. La generación europea de los años veinte -Thomas Mann, Stephan Zweig, Karl Kraus, por nombrar unos pocos- podía responder al carácter cosmopolita que representa la UE, pero la fuerza de los nacionalismos y regionalismos les llevaron al exilio de una Europa perdida. Hoy día la idea de nacionalismo europeo es compatible con la de la comunidad nacional; no se busca lo que distingue a alemanes de ingleses de polacos, sino los valores comunes que les acercan: la libertad, democracia, la cultura, el pensamiento griego, el derecho romano, etc. Pero sigue habiendo tensión entre la identidad europea y la nacional, máxime si, como ocurre en España, además de la identidad nacional existen múltiples identidades regionales con claras distinciones y, en ocasiones, sentimientos excluyentes.
Cuando los ciudadanos compatibilicen su identidad nacional o regional con su pertenencia a una comunidad europea definida podremos hallar el «interés común» -aquello que se realiza en beneficio de una comunidad- que precisa la UE para progresar en su integración y que es el fundamento sobre el que los parlamentarios europeos legislan: éstos deben defender los intereses y objetivos comunes de los europeos, legislar en atención a los intereses de su sociedad o, al menos, a la interpretación que hace de los mismos. Dicho de otra forma, si la integración europea es consecuencia de una voluntad de unidad, de constituir un demos y una comunidad ética diferenciada, ¿qué medio utilizan los ciudadanos europeos para expresar dicha voluntad?
Los euroescépticos aún sostienen y prefieren que la Unión Europea sea una unión de estados soberanos, de intereses divergentes, que funcione de forma intergubernamental como unión de múltiples entidades políticas. En el lado opuesto, los integracionistas aseguran que la UE representa una verdadera sociedad compuesta por los ciudadanos europeos.
Esta segunda concepción -sociedad como tal- requiere un alto nivel de integración, una sociedad, según la terminología de John Rawls, de gentes razonables, liberales y justas, que bajo el concepto de liberalismo político, se reúnen con la idea de la razón pública. La sociedad europea es utilizada en derecho internacional como ejemplo de integración supranacional, de una verdadera sociedad universal, limitada al espacio europeo, integrada como tal e independiente de las sociedades nacionales: más cercano al concepto de «comunidad». Si a nivel global la idea de Humanidad en su concepción como sujeto de derecho (el género humano, de ahí los crímenes «contra la humanidad») implica que ésta sólo puede ejercer la titularidad de los derechos que le corresponde a través de una comunidad internacional estructurada y con personalidad definida, a nivel europeo significa concebir Europa como sujeto de derecho capaz de ejercitar los derechos que le corresponden y a sus ciudadanos capaces de ejercitar los suyos ante Europa.
En cierto modo, en este mundo de orden inestable, la U.E. supone un exponente postmoderno que no se fundamenta en el equilibrio de poderes o el uso de la fuerza sino en que la distinción entre lo interno y lo externo se rompe, en el que la individualidad clásica del Estado se deshace pero en lugar de dar lugar a estructuras frágiles como en el periodo de entreguerras, da lugar a un mayor orden y cohesión. Esta estructura, en todo caso, aún no ha logrado constituir una nación a escala supraestatal ni una ciudadanía supranacional.
Existen dos aspectos que ponen de manifiesto las deficiencias de la U.E.: la falta de un espacio público europeo y la carencia de una política exterior común.
La idea de sociedad nace del concepto de ciudadanía en una democracia constitucional. En una sociedad así, los miembros de la administración y gobierno actúan sobre la base de, y siguiendo a, la razón pública, siendo ésta la expresión de los ciudadanos que actúan como legisladores; el efecto consecuente es el entendimiento del acto legal como expresión de la razón pública, adquiriendo, con ello, la legitimidad requerida. En una sociedad constitucional democrática, la legitimidad del gobierno nace del pueblo y los actos legislativos son legítimos porque, idealmente, se han configurado sobre la base y en busca de la razón pública expresada a través de la soberanía popular. Esta correlación entre razón pública y gobernanza, que determina el grado de correlación entre ciudadanos y gobernantes se muestra en parlamentos nacionales, pero no en el Parlamento europeo a pesar de sus competencias.
En los últimos años ha aumentado considerablemente la labor del Parlamento europeo y las decisiones tomadas en Bruselas influyen cada vez más en el quehacer cotidiano de Copenhague, Nápoles o Sevilla (un claro ejemplo: la instauración del servicio de emergencias telefónico regulado a nivel comunitario, que permite a todos los ciudadanos europeos llamar al 112, número europeo común de urgencia) aún queda por crear un espacio público europeo, equivalente a un espacio nacional, en el que se forme la opinión pública que el Parlamento debiera considerar. Sin este espacio público las políticas de la UE aparentan ser más distantes aunque lleguen a nuestros hogares y el Parlamento se ve como una institución alejada del europeo de a pie.
Los ensayos de democratización europeos que se han desarrollado desde 1990 han procurado llevar a cabo un proceso de relegitimación de las instituciones europeas enfrentadas a dos grandes riesgos: por un lado, el modelo nacional expuesto por los federalistas, poco trasladable a escala europea, que sustituye la idea de comunidad por conceptos nacionales, y por otro, la deriva intergubernamental e instrumental de las instituciones europeas (José M. de Areilza, Working Paper, IE Law School,30-03-2009). Más allá se encontrarían los integracionistas pretendiendo construir bajo una base democrática instituciones y procedimientos que permitan generar una política fiscal, exterior y de seguridad común, que equipare a los Estados miembros.
El modelo integracionista se ha puesto de manifiesto en numerosos avances de armonización fiscal que se han llevado a cabo gracias al trabajo conjunto de las instituciones europeas y los Estados miembros de la UE Hoy en día, ni los más euroescépticos ponen en entredicho el sistema común del IVA y nadie discute que ha sido un factor decisivo en la configuración de un auténtico mercado único sin barreras al comercio interior. Pero no puede decirse lo mismo de la armonización de la fiscalidad directa, en la que los avances han sido mucho más limitados y las reticencias de los Estados a perder su soberanía fiscal mucho mayores, sobre todo una vez cedidas sus competencias en política monetaria a favor del Banco Central Europeo.
La acción exterior de la Unión es otro gran escollo en la teoría de la integración europea. Aunque exista cierto consenso general de que Europa necesita un representante unificado común para reforzar su posición en el mundo y su capacidad negociadora frente a Estados Unidos, Rusia,China o en el conflicto de Oriente Medio, tanto políticos como electores prefieren mantener cierta independencia en materia exterior -principalmente franceses e ingleses-. Por ello, el Tratado de Lisboa regula un Alto Representante de Política Exterior en lugar de un Ministro de Exteriores, que será también vicepresidente de la Comisión Europea pero que no podrá interferir en la política exterior de cada Estado miembro ni en su política de seguridad y defensa. Continúa de esta forma la vieja lucha por la centralización o descentralización del poder europeo.
Jürgen Habermas expone dos argumentos clarividentes para la centralización del poder exterior en Bruselas a Europa y creación de una política exterior y de defensa común. Por un lado, los Estados europeos deben ser conscientes de su limitada capacidad para, individualmente, influir en el panorama internacional ante EE.UU. o Rusia y los poderes emergentes de China, India o Brasil. Y por otro, en una sociedad mundial multiculturalmente dividida y estructuralmente diferenciada, no hay posibilidad de crear una institucionalización trasnacional de política interior si los países medianos y pequeños no se agrupan regionalmente para así, con una voz única, tener capacidad de acción y negociación global.
Cuando los ciudadanos compatibilicen su identidad nacional o regional con su pertenencia a una comunidad europea definida podremos hallar el «interés común» que precisa la U.E. para progresar en su integración.
Además, en las relaciones internacionales, a pesar de la creciente multitud e importancia de las organizaciones internacionales gubernamentales y no gubernamentales, los Estados más fuertes siguen siendo actores muy influyentes, y ninguno de ellos es europeo. Ni Alemania, ni Francia, ni Inglaterra juegan, por sí solos, un papel relevante en Oriente Medio, en Latinoamérica o en los conflictos asiáticos. España juega un papel destacado en Latinoamérica basado en el ímpetu de sus empresas más internacionales, pero ni influye ni condiciona como lo hace EE.UU. a pesar de la lengua y el pasado común. Y ante el ímpetu ruso es la Europa del Este la que empuja hacia una política exterior unificada que permita presionar a Rusia o a Ucrania para asegurar el abastecimiento de gas y de las demás fuentes de energía de las que Europa carece.
La existencia de un demos, de una sociedad de gentes europea que se exprese a través de un espacio público común, permitiría al denostado Parlamento europeo resolver el problema de legitimidad que le ata. El Tratado de Lisboa ha permitido desbloquear la comprometida situación europea tras el rechazo del proyecto de Constitución por Francia y Países Bajos, proyecto que España aprobó en referéndum en 2005, pero no constituye el demos constitucional necesario para resolver el déficit democrático de las instituciones europeas que nos permita soñar con la integración política final de la Europa de los 27.
Hasta que los ciudadanos de los Estados miembros no se sientan tan europeos como de sus respectivas nacionalidades, no podrá haber una única sociedad europea con una voz y un interés común, y no se podrá legitimar la labor del Parlamento europeo tan influyente pero distante al mismo tiempo.

Si hay alguien a mi juicio que en la actualidad representa con mayor fidelidad el quehacer filosófico serio y riguroso que dimanó de aquella venerable Facultad de Filosofía de la Universidad Central previa a la guerra, es sin duda su profesor titular de filosofía moral, Juan Miguel Palacios. Y ello conjugado sin estridencia alguna con un catolicismo a carta cabal, como si en su persona se diera lo mejor de la Institución Libre de Enseñanza por un lado y, por otro, lo más noble de nuestra herencia cristiana.
Y así haciendo bueno el habent sua fata libelli clásico aparece en feliz coincidencia con el 75 aniversario del traslado de la mentada facultad a la Ciudad Universitaria, este libro que agavilla en un solo volumen una serie de ensayos que vinieron apareciendo, aquí y allá, en distintas publicaciones especializadas desde hace ya algunos años. Ensayos que tienen en común ahondar con la estupenda prosa —modelo de pulcritud y precisión— propia del profesor Palacios, en el problema inconcluso de los valores morales y por ende en la posibilidad de una ética axiológica, cosa que no podía ser más perentoria.
Porque acontece con los valores, como da en señalar el autor en el prólogo, una extraña paradoja: nunca antes se ha hablado tanto en nuestra vida privada y pública de ellos y nunca como ahora—como apuntaba hace ya tiempo el gran Reiner—la propia filosofía ha abdicado de pensar en esas realidades bien misteriosas que son los valores —y disvalores—moralmente relevantes. Tal vez porque como confesaba Zubiri ya en 1975 «esta historia de los valores ha sido la tortura de la filosofía en los últimos sesenta años» y no está la reflexión filosófica actual para soportar grandes sufrimientos, más bien lo contrario.
De una manera ciertamente socrática va el profesor descubriendo al lector toda la riqueza de esa terra ignota que es el mundo filosófico del valor moral.
Y sin embargo Juan Miguel Palacios, poco amigo de esquivar la cara de la Esfinge, no desmaya en afrontar esta vexata quaestio a la que ha dedicado una vida de callado estudio y discreto magisterio, a la manera que en él es costumbre: acudiendo a los grandes autores —en este caso Kant, Brentano, Scheler, Hildebrand, García-Morente, Zubiri, la escuela de ética de Lublin y Cracovia con Styczén y Karo Wojtyla a la cabeza y finalmente su buen amigo Seifert— para al hilo de ellos y sus tesis ir cuestionando o aclarando tal o cual punto, apenas con un ademán, un pequeño apunte o abriendo una interrogación pertinente. Comosi en su escribir filosófico el profesor Palacios fuera también fiel a aquel lema de viejo abolengo tan caro a Kant: «De nobis ipse silemus».
Así de una manera ciertamente socrática, hablando a través de los citados autores que tan bien conoce y lúcidamente expone, va el profesor descubriendo al lector toda la riqueza de esa terra ignota que es el mundo filosófico del valor moral, las posibilidades de su conocimiento, las exigencias de responsabilidad que nos plantea, y el grave problema de la relación entre «ser» y «valer», o entre «cosa» y «valor» haciéndose eco aquí de los últimos hallazgos de la mencionada escuela de Lublin y Cracovia, con las lúcidas aportaciones del que sería después Juan Pablo II.
Mención aparte merecen para el lector español los ensayos dedicados a García-Morente y a Zubiri, tan dados como somos a minusvalorar a nuestros autores. Si en el dedicado a la evolución del pensamiento ético de García-Morente se percibe el inmenso aprecio y familiaridad que nuestro autor tiene para con la persona y obra del pensador jienense —no en vano ha sido Juan Miguel Palacios quien ha coeditado la obra completa de García-Morente, tan necesitada de estudio—, no deja también de conmover el hondo sentir cristiano con que se detallan determinados aspectos de los últimos momentos del ya sacerdote que tanto pensó en la posibilidad de la axiología como una ciencia estricta. Al lector avisado no se le escapará el gran interés —y actualidad— filosóficos que tienen las tesis de Morente sobre el progreso, expuestas admirablemente por nuestro autor.
Respecto de las páginas dedicadas al pensador donostiarra, «Zubiri ante el problema del valor», el profesor Palacios rescata uno de sus cursos de los años sesenta donde nuestro pensador discute a Scheler la irreductibilidad de los valores a sus portadores. Por su cuenta y riesgo, vendría Zubiri a coincidir así con soluciones propuestas por autores tan distantes como Moore y Ross o Husserl e Ingarden en los que se da también una relación bien especial entre valor y cosa. Para Zubiri no es que la cosa no «tiene» valor sino que «es» valiosa, remarcando de este modo frente a Scheler la índole adjetiva—y no sustantiva— del valor. Como se ve, el interés filosófico de las aportaciones de nuestro filósofo traídas a colación resulta indudable, así como la pertinente interrogación que el propio Palacios hace a los límites estimativos sostenidos por aquél.
En una pared del austero despacho del profesor Palacios, refugio del mejor legado de aquella facultad valetudinaria, cuelga desde hace tiempo una inscripción de Eurípides grabada en humilde barro cocido. En ella se puede leer en griego milenario el siguiente lema bien conciso: «No parecer sino ser». El lector que se adentre en la sabiduría de estas páginas entenderá mejor la tal admonición y cómo en nuestra respuesta al valor vamos labrando nuestro genuino ser moral. Y, no sin asombro, descubrirá la belleza incomparable que posee una vida buena, esto es, moralmente valiosa, como ha venido haciendo con sus incontables discípulos Juan Miguel Palacios en ese su magisterio tan callado y a la vez riguroso y fecundo.
Me parece que aunque el verbo que más se emplea para referirse al uso de la red es el de la navegación, la red se presta todavía mejor al paseo. La distinción puede consistir en que la navegación suele ser finalista, y el paseo lúdico. La red ha venido a sustituir, en cierto modo, a la naturaleza, por la que es cada vez más difícil pasear, mientras que la red es, junto a muchísimas otras cosas la mar de útiles, una especie de gran feria internacional del paseo. Enumeraré aquí una serie de sitios con los que me he encontrado paseando y a los que vuelvo con frecuencia, tanto por placer como por utilidad.
El mundo a tus pies con Google Earth
Para los amantes del vuelo, del submarinismo, de la astronomía o de ver cómo eran ciertas cosas hace muchísimos años, no hay mejor lugar en el mundo que earth.google.com/intl/es/tour.html. Hay que descargar algunas pequeñas aplicaciones, pero el resultado es espectacular. Yo he recorrido los lugares de mi infancia asturiana en helicóptero sin moverme de mi mesa de trabajo que se transforma en un centro de control digno de la más desenfrenada science fiction. Ojo, que es adictivo.
Los recónditos anaqueles de las librerías de viejo,en IberLibro
Pese a las bobas jeremiadas de los que temen que Internet arruine el lenguaje, la lectura y la cultura, la verdad es que Internet se ha convertido en una especie de Torre de Babel habitable. Una de las cosas más fáciles de hacer es, precisamente, encontrar un libro, me refiero especialmente a un libro físico y desaparecido del canal habitual de venta. Un compatriota creó este sitio, hizo un gran negocio, lo vendió a unos alemanes (supongo que ganando más, creo que ahora pertenece a Amazon), pero sigue siendo igual de bueno. www.iberlibro.com no sólo permite localizar cualquier libro que exista (nuevo o usado) en cualquier librería, sino que ofrece un servicio extremadamente barato y eficaz para comprar y recibir, en veinticuatro horas, el libro de nuestros deseos. No es que haya crisis de las librerías, es que las librerías van a ser muy de otra forma, o no serán.
Para cinéfilos, IMDB, Internet movie data base
He aquí un sitio, www.imdb.com en el que puede descansar nuestra memoria con absoluta seguridad y calma. Se puede encontrar cualquier dato en relación con cualquiera de las películas o series de televisión que hayamos podido ver o que nos suene que hayan podido existir. La forma de búsqueda facilita extraordinariamente encontrar lo que queremos a partir de los débiles rastros de nuestro recuerdo. Es, sencillamente, abrumador.
La tercera cultura, Edge
John Brockman es un avispado editor que ha sabido ver cómo los científicos tenían necesidad de ocupar un espacio cada vez más importante en el debate contemporáneo y decidió convertirse en animador de esa causa, mediante libros tradicionales y mediante este sitio de Internet: www.edge.orgabout_edge.html. Se trata de un intento brillante, sostenido y plural en el que es posible encontrar a auténticos genios, aunque también aparece, de vez en cuando, algún personaje menos encomiable, lo que es, desde luego, muy difícil de evitar. Pero se pueden leer cosas extraordinariamente estimulantes y que no siempre van a favor de las modas más tontas que, a veces, suelen ser, sin que se sepa muy bien por qué, también las más extendidas. Es un placer, por ejemplo, leer a Dyson, a Gelertner, pero también a muchos más.
Barriendo para casa, bandalismo.net una web de música joven
El negocio de la música ha sido completamente subvertido por las posibilidades de Internet. Sus actores están, finalmente, poniéndose al día, tras variados intentos de retrasar lo inevitable, aunque el proceso de adaptación todavía no esté completamente maduro. Bandalismo.net (www.bandalismo.net) es un sitio dedicado a las nuevas bandas de música que reúne dos características inusuales: su planteamiento completamente renovador y su calidad formal, lo que es especialmente llamativo porque escasean los sitios españoles que sean originales y estén bien hechos. Esta web, muy reciente, nos ofrece un ejemplo notable de innovación y de iniciativa, aunque la música joven no suene a muchos, precisamente, como música celestial.
El 29 de septiembre de 1364 el cardenal don Gil de Albornoz entrega al notario apostólico de Ancona el testamento escrito de su puño donde instituye por heredero universal un centro de veinticuatro estudiosos (scholarium) a construirse en Bolonia con el nombre de Colegio o «Casa Hispánica».
El gran reconstructor de los Estados Pontificios produce así una novedad doble: el primer colegio universitario español… y la primera de las instituciones españolas en absoluto, pues se anticipa en siglo y medio a la unidad de los reinos peninsulares. Hacer un Colegio de España en el siglo XIV es intitularlo a un futurible. Y, en algún modo, empezar a construirlo. Con el estudio y aun con la misma convivencia. Don Gil reúne a jóvenes de Castilla y Aragón, Cataluña y Galicia, Andalucía, Navarra, Valencia, Extremadura… En su terruño, cada cual habría considerado extranjeros a los otros; en Bolonia, unidos a la suerte de la casa común, iban a descubrir que eran españoles, como los llamaban todos en las aulas y en la calle.
Aunque sufran postizos, citas sacras del esmerado lerdo y otras impertinencias de poca monta, los estatutos contienen las disposiciones del cardenal Albornoz.
Dos albaceas del cardenal, su sobrino el canonista Fernando Álvarez y el obispo de Osma, don Pedro, redactan los estatutos según él se los explicara de viva voz. Don Gil autoriza tales instrucciones como propias mediante codicilo del 23 de agosto de 1367, penúltimo de sus días en la tierra. Con la aprobación de los estatutos por bula de Urbano V (25 de septiembre de 1369) el Colegio cobra plena personalidad jurídica. Pocos años después uno de sus dos redactores, el ahora obispo de Cuenca, don Pedro, los revisa a instancias de Gregorio XI -también él albacea de don Gil, y entusiasta suyo como ningún otro pontífice-, quien promulga la versión definitiva el 20 de noviembre de 1377. Así se imprimirán los estatutos en Bolonia en 1485. Los retoques introducidos por don Pedro suelen ser reconocibles, y ninguno parece grave, aunque tampoco acertado. El peor es acrecer la colegiatura a ocho teólogos, dieciocho canonistas y cuatro médicos: incauto triunfalismo por una abundancia pasajera de recursos. Menudo desbarajuste, alojar a treinta colegiales en una casa concebida para veinticuatro.
Aunque sufran postizos, citas sacras del esmerado lerdo y otras impertinencias de poca monta, los estatutos contienen las disposiciones del cardenal Albornoz compiladas por Fernando Álvarez, primer rector del Colegio. No exagera el canonista cuando los atribuye íntegramente a la voluntad de su señor tío, «de la cual, en todo cuanto a continuación se describe, tenemos plena constancia en cada punto» (est.I). Por él constan las motivaciones del causante:
el principal propósito de dicho Señor nuestro en la construcción de una casa de tal naturaleza, después del de la salvación de su alma, fue proveer a la ignorancia de los españoles; entre los cuales, a causa de las confrontaciones de las guerras y otras infinitas calamidades que en sus tiempos se presentaron en aquella provincia, mucho ha menguado el conocimiento de las letras, o la abundancia de doctos…(est. III)
Así se justifica que el Colegio acepte sólo estudiantes españoles. Toca proponerlos por turno a determinadas sedes ibéricas y al príncipe o jefe de la casa de Albornoz. Podrán ser clérigos o laicos, pero siempre seglares; no frailes ni monjes, «pues hombres de dispar profesión, uno con otro, mal suelen convivir» (est.II). Dado el conjunto mixto de laicos y religiosos, es notable el orden de precedencias cuando el Colegio se reúne:
«Tras el rector, se sentarán primero los graduados en la ciencia, según la cualidad del grado […]; después […] los constituidos en dignidades eclesiásticas […]; y si por ventura algunos de ellos tuviesen prelación eclesial sobre los graduados, pese a eso aquí queremos que la ciencia a la cual son llamados prioritariamente todos los del colegio sea honrada por todos, para que cada cosa anime virtuosamente a ella.» (est. XV).
Los designios fundacionales de don Gil, a más de manifestarse en documentos como éste y el testamentario -cosa común entre fundadores-, constan también por monumento. Porque el propio edificio, hoy considerado gran precedente de la arquitectura renacentista por C. L. Frommel y demás autoridades en la materia, es creación suya. Se diría que ya en el siglo XV lo supo Pérez de Guzmán, pues en los Claros Varones le dirige un elogio alusivo a su originalidad arquitectónica: «en Bolonia edificasteis / un colegio de obra extraña…». Albornoz concibe la idea, fija las dimensiones, dibuja los planos con ayuda de sus técnicos o delineantes y define cada particular, desde el desarrollo de la escalera doble a las columnas y sus capiteles, las ménsulas y nervaduras de las bóvedas o los escudos del dintel. Todo conforme a la magnificencia anunciada en su testamento, donde por tres veces en otras tantas líneas prefigura la noble dignidad del palacio: en un sitio decenti próximo a las escuelas universitarias ha de construirse una residencia decens con capilla decens en honor de San Clemente…
Nada de lo cual es mero antojo, sino conciencia clara del rumbo que ha emprendido la cultura. Ya no pide claustros conventuales: está creciendo en estancias palaciegas. Recuérdese la innovadora figura de Petrarca, amigo de don Gil; o el modelo aristocrático de la nueva juventud intelectual, que propone «Fe, Ciencia y Caballería». Albornoz evita que su edificio parezca un convento: ha de ser un palacio… con fastuosos libros de estudio. Como advierte M. Kiene, máximo especialista en estructuras universitarias medievales, Italia no conoció ninguna con biblioteca antes del Colegio de España, y aún debería esperar más de un siglo para ver otra. No semejante, porque no la hubo nunca. Los trescientos códices del Colegio, según Maffei, Cortese y Rossi -eruditos que dedicaron casi tres décadas a su análisis y catalogación -, constituyen un acervo privado sin igual en Occidente. Y también esto enseña cómo concebía su obra don Gil. Casa y libros se han conservado casi incólumes hasta nuestros días por el mucho respeto de todas las generaciones colegiales a la intangible huella del fundador.
El 6 de enero de 1530 el emperador Carlos, ya en vísperas de coronarse en Bolonia, visita el Colegio y le concede regia protección por sí y sus sucesores.
En cambio, donde los juristas abundan -y en el Colegio son plétora-no suele prevalecer el mismo respeto hacia las normas, sino el apetito desordenado de interpretarlas. En 1489, y a título de aclarar las verdaderas intenciones de don Gil, se añade a los estatutos una cláusula restrictiva en favor de los verdaderos cristianos. Esto es, tras una grave batalla en la colegiatura, se excluye a los conversos y sus descendientes. Aunque no tengo empacho en confesar que aquí, como de costumbre, estoy con los conservadores, reconozco que probablemente la horda ordinaria progresista salvó al Colegio. De convertirse en refugio de moros y judíos bien pronto habría dejado de existir. Pero, paradójicamente, la ética plebeya de la sangre, sola vanidad asequible a los hijos de nada y no de algo, iba a entregar el Colegio en monopolio a la aristocracia. Cuando se impuso la exclusión, era suficiente remontarse a los abuelos y aducir testimonios de ser fama que comían tocino. Una centuria después, sólo los vástagos de nobles estirpes, con sus árboles genealógicos y probanzas en regla, pudieron acreditar esa charcutería ya remota. Durante siglos, el Colegio iba a ser coto de hidalgos. También reconozco que lo defendieron como nadie, aunque quizá con excesivo uso de la espada. Aun hoy, alguna guía de Bolonia persiste en el bulo de la nobleza exigida en el Colegio español.
Tal reforma fue un cáncer en los estatutos: innumerables veces tuvieron que volver a reformarla los pontífices. Pero dejémosla, porque al fin la derogó el olvido.
El 6 de enero de 1530 el emperador Carlos, ya en vísperas de coronarse en Bolonia, visita el Colegio y le concede regia protección por sí y sus sucesores. Desde ese día se timbra de Real el instituto. La merced comporta privilegios que serán causa indirecta de otro añadido al nombre mucho menos feliz.
¿Quién no ha oído llamarlo «San Clemente de los españoles»? Es un despropósito, visto que el fundador, si bien intitula al Papa mártir la capilla, decide llamar al Colegio de España. Así lo hizo siempre todo el mundo…salvo nuestros compatriotas.
Veamos por qué yerran: en 1528 el antiguo colegial Andrés Vives funda otro colegio español- para sus paisanos de Alcañiz -que se inaugura en Bolonia diez años más tarde. El de Albornoz le sospecha intenciones de participar en sus privilegios de 1530 ratificados por Felipe II en 1563. Y pide a los sucesivos monarcas que renueven las concesiones especiales a favor del Colegio de España en Bolonia, el de la capilla de San Clemente, por si hubiere duda. Pronto la administración española lo llamará Colegio de San Clemente a secas. Hoy es nombre no sólo impropio sino injusto, porque a mediados del XVIII los bienes del extinto colegio alcañizano, conforme a la voluntad del propio Vives, los recibió el de don Gil, heredero de su memoria.
La protección regia se traducía en beneficios de dos especies. Brindaba a los bolonios un halagüeño futuro con exenciones fiscales, preferencia en los empleos superiores de la administración española y otros privilegios tan raros como apetecibles; al Colegio mismo le ofrecía eficaz amparo a través del embajador en la Santa Sede y otro especial ante las autoridades boloñesas, el delegado regio, que tuvo funciones entre protocolarias y subrepticiamente disuasorias: de producirse un ataque a la fundación, el representante del Rey habría podido movilizar los poderosos contingentes bélicos de la corona en Milán, Nápoles y los Presidios Españoles. No así el rector, colegial anualmente elegido por sus compañeros si el jefe de la casa de Albornoz no decidía nombrarlo por su cuenta. Añádase el visitador apostólico que el pontífice enviaba de vez cuando: demasiadas autoridades sobre tan pocos súbditos, y por lo común mal avenidas entre sí. Para sosiego entre las dos superiores fue costumbre atribuirlas a la misma persona, el visitador por breve [apostólico] y patente [regia]. Con efectos deplorables para la colegiatura. Mientras a tamaño visitador lo autorizan el Papa y el Rey, en el siglo XVIII los rectores llegan a derivar su nombramiento -a falta de quorum– de un presunto viceprotector o un remoto pariente de la estirpe albornociana. Algún año no tuvo el Colegio quien ejerciera las funciones rectorales, y otros -cosa aún peor- se las atribuyeron a la vez dos becarios en nombre de autoridades distintas, con guerras civiles muy bastantes para acreditar que ésta es realmente una Casa Hispánica.
El Colegio vive su mayor tragedia bajo el dominio del terrible corso y su criatura, la República Cisalpina. Por Decreto Imperial de 28 de marzo de 1812, Bonaparte lo declara disuelto y atribuye su patrimonio al Monte Napoleón.
El remedio fue reunir en una persona y a perpetuidad los tres títulos: el patrono de estirpe y el cardenal protector nombran de consuno rector y visitador a un bolonio que S. M. el Rey eleva a delegado regio. Así ocurre -con la laguna que pronto se verá- desde 1758 hasta nuestros días. Los rectores ya no duran un año, sino muchos. Tampoco volverán a verse en polémicas con delegados regios y batallas con rapaces visitadores apostólicos: ni quien esto escribe ni casi nadie es dado a pelear consigo mismo.
El Colegio vive su mayor tragedia -y muere- bajo el dominio del terrible corso y su criatura, la República Cisalpina. Por Decreto Imperial de 28 de marzo de 1812, Bonaparte lo declara disuelto y atribuye su patrimonio al Monte Napoleón. Fueron expulsados los colegiales y vendidos los bienes del Colegio salvo el edificio, que quedó como res nullius tras tres subastas desiertas (la última sin precio de base) porque los boloñeses se negaron a participar en el inicuo despojo de la casa española.
A la caída del famoso déspota empezaron las reclamaciones. Fueron inútiles: por incalculable ineptitud del representante de Su Majestad Católica en Viena, el congreso santificó las adquisiciones en pública subasta sin salvar las propiedades del Colegio en los artículos 97 y 103 del Tratado. Restituida Bolonia al pontífice, Pío VII, que por dramáticas motivaciones personales profesaba vehemente afecto a la obra de don Gil, quiso restablecerla devolviéndole lo suyo. Pero el Gobierno austriaco que administraba la ciudad se lo impidió conforme a los acuerdos vieneses. Supo el Papa de sus propios juristas que, en efecto, no cabía una restitutio in integrum; y como, de otro lado, tampoco le tocaba a él indemnizar los latrocinios de Bonaparte, el Colegio español había dejado de existir. Así las cosas, Pío VII decidió restablecerlo a sus expensas. Lo hizo en 1819, tras resolver algún problema jurídico cuya complejidad no cabe en estas páginas. Desde entonces, el Colegio es fundación pontificia.
No acabaron aquí sus infortunios. El siglo XIX es el de las usurpaciones gubernamentales. A la napoleónica seguiría la de España. Tras suprimir en 1853 el reconocimiento de los títulos obtenidos por los bolonios -brutalidad legítima, pues no excede a las competencias del Estado español-, una Real Orden de 1855 quiso confiarle la fundación al extraño aventurero Manuel Marliani y sus intenciones desamortizadoras. El único colegial supérstite en la casa, José María de Irazoqui, dio por nulo el ilegítimo nombramiento; así se reconocería en nueva Real Orden (10-X-1857). Pero Marliani, pertinaz en el propósito y mudable en la naturaleza, se dijo italiano y fue al punto senador, como acababa de serlo entre nosotros: en 1861 las Altas Cámaras Constituyentes reunidas en Turín le asignaron el Colegio para que lo desamortizara a su gusto. No preveían los usurpadores la resistencia inquebrantable del solitario colegial. Por fortuna, era aragonés.
Irazoqui estorba el despojo de la fundación; pero en España las disposiciones entrometidas -sin competencia- en la suerte del instituto, junto a la frustrada codicia de Marliani, sugieren a varios políticos que el gobierno posee en la Emilia un depredable patrimonio. La desvergüenza rebasa todo límite cuando el marqués de La Vega de Armijo, como ministro de Estado, alumbra el último día de 1879 unos sedicentes «Estatutos» donde se erige en supremo jerarca de la fundación; el muy presuntuoso dice derogar cuanto se le oponga (vistas las disposiciones que ningunea, y quién proceden, parafraseemos a Jorge Manrique: «que a Papas, Emperadores / e Prelados / así los trata -el ministro- / como a los pobres pastores / de ganados»). Nada de lo cual es derecho, pero sí apariencia apta para favorecer designios delincuentes. Acuden al Colegio delegados ministeriales, rectores apócrifos que roban a mansalva. Por dos veces los bolonios consiguen en Madrid imponer la figura insigne de su compañero Gómez Tortosa para reparo de la fundación, y otras tantas el turno de partidos la devuelve a los ladrones.
En 1914 es una ruina donde malvive un solo colegial mientras el representante del ministro sustrae los últimos recursos del Colegio. El duque del Infantado, jefe de la casa de Albornoz, aprende entonces que el ayuntamiento boloñés se apresta a liquidar la moribunda obra de don Gil. Acude al rey Alfonso XIII y con su apoyo crea una Junta de Patronato donde se reúnen todas las becas disponibles (las suyas y las de las diócesis) para otorgarlas desde ahora sin favoritismos, por concurso nacional de méritos. En contrapartida, el Estado reconoce los títulos de los bolonios y otorga la patente regia al rector propuesto por la Junta. Convención que con el nombre -impropio- de Estatutos sanciona el Real Decreto de 8 de mayo de 1916 (corregido por R.D. 20-III-1919).
En su virtud, el siglo XX, comenzado con tan mal pie, figura entre los más brillantes de la historia colegial. Aludo al período -casi dos tercios de centuria- que toca a los rectores Manuel Carrasco y Evelio Verdera; otros juzguen cuanto sigue.
¿Y mañana?
Siempre son de temer nuevos acosos. Pero seis siglos y medio impulsan y aleccionan: siquiera aquí, a la postre lo justo prevalece.
No digo gracias a quién. Los extraños no lo creerían; los colegiales ya lo saben.