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Continua el fuerte crecimiento económico

Después de varios años de un crecimiento económico alto y continuado, los nueve primeros meses de 1989 han visto cómo se prolongaban la tendencia alcista de los precios y el proceso de deterioro de las cuentas con el exterior, es decir, de las balanzas comercial y corriente, que se consolidó a lo largo de 1988. En 1989, las autoridades económicas han adoptado un conjunto de medidas, básicamente monetarias, entre las que merece la pena destacar dos elevaciones del coeficiente de caja de las entidades financieras, sucesivas elevaciones al alza del tipo de interés de los préstamos de regulación monetaria —hasta situarlos en el 14,5 por 100 desde el 10 por 100 a finales de 1988—, el establecimiento de depósitos previos sin remunerar en el Banco de España para los préstamos exteriores de las empresas españolas, etc. Al mismo tiempo, en el mes de julio, se elevaron hasta el 25 por 100 las retenciones de las rentas de capital mobiliario, se aumentaron los precios de los carburantes, se recortó el gasto público en 115.000 millones de pesetas y se adelantó el calendario de las recaudaciones a cuenta del Impuesto de Sociedades.

Estas últimas medidas de carácter fiscal merecen alguna matización. Por una parte, que esa reducción del gasto público no llegó a contrarrestar el incremento del mismo que había tenido lugar unos meses antes, con el fin de compensar a los sueldos y a las pensiones del exceso de inflación que se registró en 1988; y, por otra, que el impacto más eficaz se produce, de nuevo, por la vía del aumento o del adelantamiento de los ingresos fiscales. La incorporación de la peseta al SME limitó automáticamente la posibilidad de una elevación continuada de los tipos de interés, ya que el efecto apreciador sobre el tipo de cambio de la peseta que se derivaría de la misma amenazaba con que nuestro tipo de cambio excediese los límites de fluctuación a los que nos habíamos comprometido tras nuestro ingreso en el Sistema Monetario Europeo. Ante esta situación, las autoridades, una vez más, descargaron prácticamente todo el peso del ajuste económico sobre los responsables del Banco de España, es decir, sobre la política monetaria. Dadas las limitaciones citadas, al Banco emisor no le quedó más remedio que recurrir al tosco y primitivo sistema de racionar el crecimiento del crédito entidad por entidad, algo que el subgobernador, Angel Rojo, calificó como de la típica situación en la que «hay que hacer de la necesidad virtud».

¿Por qué se llegó a una situación como ésta? Básicamente, por las siguientes razones. En primer lugar, porque si ya la moderación salarial no fue muy ejemplar en 1988, todavía lo ha sido menos en el año que acaba de terminar. Por ello, la renta disponible de las familias —unida a los nuevos ingresos de los varios cientos de miles de puestos de trabajo netos creados— aumentó en una proporción excesiva, dando lugar a tasas muy elevadas en el crecimiento del consumo privado. Además de esto, el gasto público, como vino sucediendo año tras año a lo largo de la década actual, creció claramente por encima del PIB en términos nominales, incidiendo así expansivamente sobre la ya elevada tasa de crecimiento de la demanda interna. Finalmente, y sin ánimo de agotar las matizaciones, la estructura de un sistema fiscal que penaliza el ahorro, mediante una presión fiscal directa sobre las personas a todas luces elevada, no produjo otro efecto que el de incrementar la propensión al consumo. A ello se debería añadir que el comportamiento del sector público fue especialmente expansivo en la primera parte de 1989.

Todo esto sucede en un contexto en el que la tasa de inversión de la economía se mueve por tercer año consecutivo en unos porcentajes de aumento comprendidos entre el 12 y el 15 por 100; en el que la tasa de aumento del consumo privado oscila entre el 4 y el 6 por 100; en el que la correspondiente al consumo público no baja en ningún año del 5 por 100, expresando todos estos porcentajes variaciones en términos reales. Ello daba lugar a que en 1988 y en la primera parte del pasado año la demanda interna, es decir, el consumo más la inversión, registrase tasas de aumento, también en términos reales, comprendidas entre el 6 y el 8 por 100. Si se parte de la base sobradamente comprobada, cualquiera que sea la óptica que se elija, de que la oferta interna de bienes y servicios es claramente insuficiente para atender una demanda tan elevada, no tiene nada de extraño que terminasen por aparecer, a mediados de 1988, fuertes tensiones alcistas en los precios y que se acelerase notablemente el ritmo de deterioro del sector exterior; es decir, que se consolidase una tendencia aceleradamente creciente en la evolución de los déficit comercial y corriente.

Desequilibrios y ajuste

La coyuntura económica actual hay que enmarcarla en una afirmación que puede parecer tajante pero que es cierta: en toda la década pasada siempre que ha habido necesidad de reducir los precios o de frenar un excesivo crecimiento de la demanda interna, el grueso de las medidas adoptadas fue de carácter monetario. Las medidas monetarias se vieron acompañadas hasta 1986 —especialmente desde 1984— por una política de moderación salarial muy eficaz; pero, como ya hemos dicho, esta moderación se esfuma en los dos últimos años. Por el contrario, en ninguno de los años comprendidos entre 1980 y hoy se contó con una política de moderación del gasto público. Al revés. Hasta el punto de que en algunos ejercicios fiscales el exceso de gasto realizado sobre el presupuestado llegó a rondar el billón de pesetas. Si desde 1985 ha sido posible que el déficit público descendiese desde el 7 por 100 del PIB hasta poco más del 2 por 100 en 1989, ello se debió exclusivamente a un crecimiento vertiginoso de la presión fiscal, en el marco de un sistema tributario claramente penalizador del ahorro de las personas físicas y con un paréntesis de signo incentivador para la inversión empresarial, a raíz del paquete de medidas de Boyer en la primavera de 1985.

Naturalmente, los efectos no se hicieron esperar. Después de conseguir que el IPC registrase una tasa de aumento anual ligeramente inferior al 4 por 100 en la primavera de 1988 —aunque el incremento de la inflación subyacente nunca descendió del 5 por 100—, en julio del mismo año tiene lugar un rebrote inflacionista del que todavía somos víctimas. Salta así por los aires la previsión de un aumento del IPC del 3 por 100 en ese año —se sobrepasa el 5 por 100— y, en el momento de escribir estas líneas, corremos el riesgo de que el incremento anual del pasado año se acerque al 8 por 100. Paralelamente, continúa el empeoramiento de los déficit exteriores y así pasamos de un pequeño superávit corriente en 1987 a un déficit equivalente al 1 por 100 del PIB en 1988 y rondaremos el 3 por 100 del PIB en 1989. En otras palabras, de un déficit de esta última balanza inferior a 2.000 millones de dólares en 1988, pasaremos a otro de 11.200 millones de dólares en el último año de la década que acaba de terminar. Incluso, según la Secretaria de Comercio, ese déficit podría elevarse a los 12.000 millones de dólares en términos de transacciones.

No se puede ocultar que existen síntomas de inflexión en la tendencia creciente tanto de la demanda interna como del crecimiento del PIB. En el análisis de la economía española durante 1989, efectuado por el Banco de España a finales de noviembre, se pone de manifiesto la eficacia de las medidas de racionamiento del crédito que dieron lugar a caídas muy fuertes tanto en las tasas de crecimiento del mismo como en las relativas al crecimiento de la cantidad de dinero —ALP— desde que entraron en vigor en agosto último. El informe señala también que los datos del tercer trimestre del pasado año apuntan hacia una desaceleración de la demanda interna; sin embargo, varios indicadores económicos señalan que esa desaceleración de la demanda no se había transmitido todavía en el mes de octubre a la actividad productiva interna. En ese sentido apuntaban los incrementos mensuales del IPC y, en parte, las elevadas cifras de importación registradas en los meses de octubre y de noviembre. De todas formas, aunque los aumentos de las compras en el exterior en esos dos meses fueron muy fuertes, todavía parece posible esperar una disminución de las tasas de aumento de las importaciones de bienes de equipo y de bienes de consumo, en relación con las registradas en el primer semestre de 1989.

Demasiado para la política monetaria

Es indudable que, antes o después, una política de racionamiento crediticio tan dura como la que estamos viviendo terminará por enfriar la economía, reduciendo la demanda interna y, consecuentemente, la tasa de crecimiento del Producto Interior Bruto. Lógicamente, también debería terminar por frenar el proceso inflacionista y la acelerada tendencia al deterioro de las balanzas comercial y corriente. Pero lo difícil es saber cuándo va a suceder esto. En este momento, todavía se ignora en qué porcentaje va a crecer el gasto público en el año actual. Tampoco se puede conocer el efecto sobre el consumo privado de la mayor renta disponible de las familias, que se derivará de la revisión de los salarios, de los sueldos y de las pensiones, para adecuarlos a la tasa de inflación del pasado año, claramente superior a la prevista cuando esos ingresos se negociaron o se fijaron; se ignora también el efecto de los aumentos en convenio colectivo de los salarios para 1990; y, finalmente, tampoco se saben las repercusiones de los 250.000 millones de pesetas a que ascenderá, aproximadamente, la devolución de las declaraciones de renta de 1988 con cuotas negativas. Lo que está claro es que vamos a seguir con una política monetaria restrictiva y con tipos de interés elevados.

Sí se sabe, desgraciadamente, que vamos a seguir funcionando con un sistema fiscal de ingresos que penaliza el ahorro y fomenta el consumo; y con una política económica socialista obsesionada por mantener un sector público que sea capaz de atender en un porcentaje muy elevado —aunque nadie sabe cómo se van a poder financiar— los servicios de la Seguridad Social, tanto en el caso de las prestaciones sanitarias como en el de las económicas, y los de educación. Y todo ello ignorando el caso de los costes de matrículas universitarias —es paradigmático— lo que realmente cuestan esos servicios. En resumen, una política económica en la que por condicionamientos ideológicos continúa considerándose menor de edad a la sociedad civil. Para 1990 las únicas previsiones macroeconómicas cuantificadas son las que figuran en el cuadro adjunto, elaboradas por la Comisión de la CE, y, aunque no esté oficialmente confirmado, que pretende reducirse la tasa de crecimiento de la cantidad de dinero a un porcentaje situado en torno al 9 por 100. Lo dicho, más restricción monetaria y, hasta donde lo permitan nuestras obligaciones de tipo de cambio en el SME, intereses elevados.

PRINCIPALES AGREGADOS MACROECONOMICOS (a)

* Tasa de variación real
1986198719881989 (p)1990 (d)
Consumo privado3,55,55,85,54,0
Consumo público5,78,74,64,8
Formación bruta de capital14,717,314,813,79,9
Capital fijo10,014,614,213,2
Construcción6,510,014,014,0
Bienes de equipo15,824,215,012,0
Otros16,26,410,012,0
Variación de existencias (b)0,90,70,30,3
Demanda nacional5,18,57,87,35,3
Exportaciones de bienes y servicios1.35,97,24,65,4
Demanda final5,38,07,58,9
Importaciones de bienes y servicios16.520,419,017,110,5
Producto interior bruto3,35,55,34,84,0
PRO MEMORIA:
Deflactor de PIB
10,96,06,16,4
Indice de precios al consumo (c)8,85,34,86,5
% saldo corriente/PIB1,70,11,13,0
(a) Años 1986 y 1987, base 1980. Años 1988 y 1989, base año anterior. (b) Aportación al crecimiento del PIB. (c) Tasas medias anuales. (p) Previsiones. Fuentes: INE y BE. (d) Fuente: Previsiones Comisión CEE.

CUADRO MACROECONOMICO 1989 (PERFIL SEMESTRAL)

88-11
89-1
89-111990 (b)
1. Consumo privado nacional5,06,84,05,5
4,0
2. Consumo público4,84,84.84,8
3. Construcción14,014,014,014,0
9,9
4. Bienes de equipo13,213,59,412,0
9,9
5. Variación de existencias (aport.)(0,4)(0.4)(0,1)(0,3)
9,9
6. DEMANDA NACIONAL7,18,45,97,3
5,3
7. Exportac. de bienes y servicios6,75.51,04,5
5,4
8. Importac. de bienes y servicios19.022.38,017,1
10,5
9. PRODUCTO INTERIOR BRUTO A PRECIOS DE MERCADO4,65,04,84,8
4,0
10. DEMANDA FINAL (67)7,07,95,36,9
(a) Tasas sobre el semestre precedente, elevadas a anual, desestacionalizadas.
Fuente: Banco de España.
(b) Fuente: Previsiones Comisión CEE.

EL empresario en la democracia

Los cambios sociales

Los cambios sociales de diversa suerte que se vienen operando en nuestro país desde, aproximadamente, el año 1989 —con la crisis Matesa, fue un claro síntoma de la dicotomía España real/España oficial, un ejemplo revelador del deterioro del régimen autoritario— se vieron catapultados por los acontecimientos ocurridos a partir de 1975/1976, terminando con la explosión colectiva en demanda de un sistema de libertades. El tránsito ponderado de una sociedad cerrada a otra abierta ha afectado de lleno a las actitudes, los hábitos y los comportamientos sociales. El peso nacional católico fue sustituido por un lento pero sostenido afán modernizador y secularizante, que ha incidido de manera vigorosa en las estructuras mentales. Este profundo sesgo encaja con las propuestas que en su día, fueron formuladas por la Escuela de los Annales, y más concretamente por Lucien Fabvre. El historiador H.R. Trevor-Roper las recuerda, y atina al comentar la importancia de las mentalidades en la evolución social: «aquellas estructuras de pensamiento que, ahora lo admitimos, no son epifenómenos, como nos hicieron creer los marxistas, sino por lo menos una vez que han sido totalmente establecidas — sistemas independientes, tan coercitivos como otras inhibiciones materiales». La transformación de las mentalidades lleva aparejada un vuelco en la jerarquía de los valores.

Mejor imagen

Considero que entre los actores sociales que más han cambiado en estos últimos años y han participado en la vertebración de la sociedad civil se encuentran los empresarios, tal vez por aquello de «la necesidad se hace virtud». Víctor Pérez Díaz registra lúcidamente la presencia de la clase empresarial en un período no siempre fácil y distinto al anterior que le obliga a comportamientos diferentes. Este autor añade, sin embargo, que «no se puede olvidar que la clase empresarial es muy ambivalente respecto a la libertad de mercado; en parte quiere esa libertad, pero también pide al Estado que proteja sus intereses inmediatos, y a veces le pide aunque sea a costa tanto de la libertad económica como de la libertad política». Con todo, parecen constatables una serie de datos al respecto:

  • Una clara mejora de la imagen del empresario en la sociedad —ya no es el demonio explotador;
  • Una fuerte elevación de las vocaciones y de las iniciativas empresariales;
  • Un considerable incremento de los estudiantes de Ciencias Económicas y Empresariales;
  • Un desarrollo significativo de asociaciones de jóvenes empresarios a lo largo y ancho de la geografía nacional;
  • Y, por último, y lo más importante, un desplazamiento nítido de la cultura de la seguridad hacia la cultura del riesgo —tema éste de gran relevancia también en la economía informal o sumergida.

Ciertamente esta ley del péndulo —confío en que no sea una moda pasajera— afecta tanto a los jóvenes como a las medianas generaciones: muy pocos quieren estancarse en el cómodo y seguro funcionariado; la inseguridad, la movilidad y la asunción de riesgos son norma de vida.

El imparable proceso de terciarización de la economía ha colaborado asimismo en el fermento empresarial: la capacidad de emprender se suma a la aventura del riesgo, aun admitiendo la incertidumbre de unos beneficios económicos y de la permanencia empresarial. Estamos en una sociedad cambiante, dinámica y móvil, donde las fronteras se difuminan pero permiten sinergias fecundas.

Modificación del lenguaje

Varios hechos han venido a respaldar el cambio de mentalidad de los empresarios que, como se sabe, actúan fundamentalmente en términos de percepciones y expectativas: la consolidación definitiva del sistema político —fue manifiesto su apoyo a la transición democrática y el repudio del 23-F—; la coherencia de la política económica seguida por los sucesivos gobiernos, aun conociendo el reducido margen de maniobra para hacer otra; la paz social conseguida tras los Pactos de la Moncloa, en 1977; la incorporación de España a la CE, en 1985, y la inserción de la peseta en el SME, en 1988; y el cambio de signo de la economía española, a partir de 1985, que se ve reforzado con la recuperación de la coyuntura económica internacional, a pesar de los sustos bursátiles de 1987 y 1989.

Hasta el lenguaje se ha modificado en los empresarios: interdependencia, internacionalización, globalización, creciente competencia externa, competitividad, productividad, innovación, mejora de la gestión empresarial y de la formación profesional, perfeccionamiento de la calidad del diseño y de la distribución de los productos, incorporación de las nuevas tecnologías en los procesos productivos, etc., son términos y conceptos que manejan continuamente los empresarios y que se distancian abismalmente de la jerga proteccionista e intervencionista secular. El taylorismo jerarquizador ha sido enterrado y las estrategias empresariales se dibujan teniendo muy presentes los principios económicos de Schumpeter, Adam Smith —¿Keynes se tambalea?— y los raciocinios de Peter Drucker. Son efectos lógicos de una economía abierta y dinámica; también de unos empresarios que comienzan a aceptar con normalidad la competencia interna y exterior y las formas modernas de hacer las cosas —antaño el hacer empresarial se remitía al retoque del arancel, al no pago de impuestos, a los circuitos privilegiados de crédito, a los mercados en monopolio, y a la válvula de escape social acostumbrada: la emigración de la mano de obra, una auténtica y lamentable industria nacional—. Tal vez la fijación perversa que todavía permanece instalada sea el amor desenfrenado hacia las subvenciones y los subsidios, algo más propio de un Estado asistencial, tras cuya práctica a veces se oculta un alto grado de comodidad o de incompetencia en la gestión empresarial.

En doce años, nuestro país ha sido sujeto de muchos acontecimientos: en particular de la nueva configuración del Estado, y de una profunda y dolorosa renovación de las estructuras económicas, en sustitución de las arcaicas y poco rentables existentes. Todo hace pensar que en el mundo de las empresas, viejas y anquilosadas mentalidades y actitudes se han volcado por la modernización, la internacionalización y la globalización en sus estrategias y en sus políticas. Tal mutación de gran calado se ha hecho razonablemente en concordia, aun cuando todavía sean bastantes las carencias en orden a un equilibrio más dinámico de organización socio-económica.

Es evidente que el proceso de modernización empresarial no ha sido nada cómodo y ha exigido paciencia, frialdad, generosidad y sentido común en las partes implicadas. Pero al lado de todo ello cabe afirmar que, también, existió una fuerte dosis de riesgo y de improvisación. En cualquier caso, se logró lo que Roosevelt obtuvo de la sociedad norteamericana al establecer el «New Deal» en 1933: el que la solidaridad se hiciera total y el interés, común.

Gradualismo y consenso

Dos factores en estrecha relación que, en mi opinión, determinaron el éxito del proceso global: el gradualismo con que se llevaron las reformas propició el consenso y éste, ineluctablemente, realimentó el gradualismo. Hubo, por tanto, consenso en el presente, pero, también, hubo consenso con el pasado y consenso imprescindible para acometer el futuro. Ello no fue más que una expresión de voluntad general y decidida por la modernización que, en frase de Jean Monnet, puede entenderse así: «la modernización no es un estado de cosas, sino un estado de ánimo». Y con ese ánimo, en un marco más amplio de cambio institucional, la decisión de los empresarios de actuar públicamente y colaborar en la historia que ya no respondía a los tiempos ni al espíritu de la época. En realidad, en las mentes de la mayoría de los españoles —también en los empresarios— operó la semilla del cambio de situaciones —algunas inaceptables— hacia unas posturas intelectuales que sabían que «un cambio conduce a otro y, así sucesivamente». La transición, pues, quedaría inserta en lo que Raymond Aron dejó escrito en sus Memorias: «no hay vida sin cambio, pero, a partir de ahora, queremos el cambio sin guerra». La llamada transición española en su totalidad fue seguida con gran admiración por todas las naciones occidentales sin excepción, precisamente porque el cambio se fue haciendo de manera pacífica y dialogante.

¿Cuál ha sido el comportamiento de los empresarios a lo largo de los doce años pasados? Los empresarios conscientes de la trascendencia de los acontecimientos que se iban sucediendo aportaron decididamente su colaboración al proceso de transición de un sistema autoritario a otro democrático. Esto es incuestionable.

En 1977 comenzaron a crearse las asociaciones promovidas por los empresarios: son las instituciones que la sociedad civil, en su vertiente económica, genera como instrumentos de opinión, de expresión y de acción colectiva e, indirectamente, de orientación del poder político en temas económicos y empresariales. Es digno de señalar que todas las asociaciones empresariales nacieron con un denominador común: emplear la vía del diálogo y la concordia frente a la confrontación, la vía del estudio frente a la improvisación y las vías de la serenidad y la reflexión frente a las incitaciones al desánimo o a perpetuar el orden del antiguo régimen. Los empresarios, por su firme propósito de articular presente y futuro, no se dejaron llevar en ningún momento por lo que los sociólogos dieron en titular «el desencanto».

Los empresarios se enfrentaron a la sazón a un tremendo compromiso con la historia: tuvieron que organizarse autónomamente no sólo para defender intereses legítimos, sino, incluso, para abjurar de pasadas incompetencias y para explicar la razón de ser de su existencia, la bondad y la eficacia de la concurrencia, la necesidad de innovación y la urgencia de fórmulas integradoras, todo ello cimentado en las posibilidades creadoras de la libre empresa. Había que ir más allá de los problemas concretos y acuciantes y mirar con perspectiva hacia lo que intuían o adivinaban en el horizonte.

Además, la fundación de asociaciones empresariales, fuesen o no patronales, supuso el punto de partida de una serie de foros desde los que se comenzaron a explicitar opiniones económicas y a fijar estrategias para la acción concreta en defensa de unos intereses legítimos y adecuadamente reconocidos en la Constitución de 1978. También, y por medio de ellas, a lo largo de estos doce años los empresarios no han dejado de tomar posiciones en relación a materias específicas de su diario afán y de ofrecer diferentes opciones a los problemas que han ido saliendo al paso de la economía.

Defensa de las libertades

Parece clara, por tanto, la vocación de los empresarios en defensa de las libertades democráticas, en pro de un servicio de los intereses generales. No sólo se mostraron dispuestos a respetar y aceptar, una y otra vez, los resultados surgidos de las urnas, sino que también han venido comportándose de manera constructiva y cooperadora respecto de los sucesivos Gobiernos elegidos democráticamente, bien entendido que ello lleva implícito la formulación de críticas como sano ejercicio de colaboración. No renunciaron efectivamente, al análisis crítico y a la proposición reflexiva, teniendo como punto de origen la autocrítica y partiendo siempre del principio de la libre empresa, por entender que este sistema económico ofrece, en grado superior a cualquier otro, y como la experiencia histórica lo demuestra con largueza, la posibilidad de promover y alcanzar un mayor desarrollo y bienestar colectivos.

Como en todas las naciones desarrolladas políticamente y estructuradas económicamente, los empresarios no se hallan obligados a hacer clientelismo electoral, y, en consecuencia, pueden soslayar la tentación de la improvisación y la impaciencia. De ahí que se aventuren a hacer lo que consideran indispensable para cualquier política empresarial con vocación de permanencia: indagar el futuro y adelantarse a él, prepararlo.

No es difícil comprobar que el «corpus» de ideas de los empresarios se caracteriza por esa apertura a lo que viene, por el rechazo a los inmovilismos pasados y por un compromiso decidido con el momento histórico en que les ha tocado en suerte vivir. En este sentido, sus ideas circulan y no se estancan, y como arranque de sus postulados aceptan el que la empresa es un cuerpo vivo que necesita cuidados concretos y admite reformas periódicas.

Del núcleo de ideas básicas de los empresarios se pueden entresacar tres pensamientos clave:

  • Primero, la empresa como organización permanente que aúna esfuerzos y da ideas, síntesis de colaboración armónica, que engloba la exigencia generalizada de su responsabilidad social y su derivación en la responsabilidad transferida al propio empresario.
  • Segundo, éste, como gestor eficiente y responsable de la empresa, comprometido con la sociedad a través de ella, pero también como ciudadano con voz propia.
  • Tercero, el beneficio como exigencia de continuidad de la empresa y remuneración del riesgo vario que afronta. (Helmut Schmidt dijo en su día: «El beneficio de hoy es la inversión de mañana y el empleo de pasado mañana».) En definitiva, es su contribución a la estabilidad y seguridad globales; es la legitimidad de su existencia.

«Hay que saber lo que se quiere. Cuando se sabe, hay que tener la honestidad de decirlo; cuando se dice, hay que tener el valor de hacerlo», dijo hace tiempo un político francés. Esta expresiva frase parece que está siendo seguida por los empresarios españoles. Es más, en su diario quehacer se ha consolidado el hábito de la transparencia informativa como repudio al periclitado secretismo que tanto aprecian los partidos del corporativismo. La diafanidad de tareas y mensajes es entendida como parte de la responsabilidad que tiene la sociedad y a la que aportan esfuerzos, experiencias y conocimientos. (Muy alejadas quedan de esa vertiente informativa necesaria las frecuentes apariciones de algunos empresarios en los medios sensacionalistas, siempre seguidos por lectores morbosos y vicarios. Tales apariciones desacreditan sus responsabilidades y dañan sus empresas y a las gentes que en ellas trabajan.)

Probablemente nuestro país se encuentra en las últimas curvas en su marcha como Estado moderno, donde los problemas pueden y deben resolverse en un ambiente de pacífica convivencia y, por tanto, de mutua tolerancia, y donde las nuevas pautas de conducta están inspiradas en unos valores profundos que el mismo proceso de cambio ha respetado. Lo que, en verdad, revela la trayectoria de España de 1975 a 1989 es la acelerada toma de conciencia —tan weberiana— de los españoles —también de los empresarios. De su posición en el mundo: ya no existen dos Españas que polemizan, sino una sola articulada de modo plural que dialoga y convive pacíficamente. Hay solidaridad de destino común; también de quehacer común tolerante y responsable.

El teatro sin censura

Al iniciarse el decenio de los noventa cuenta Madrid con una veintena de teatros presuntamente comerciales. Si se compara esa relación con la cartelera de dos decenios antes, hay que lamentar alguna desaparición, como la del llorado teatro Beatriz. También hay novedades felices, pero no se trata de salas sometidas a un régimen estricto de competencia. Sin duda, el Centro Cultural de la Villa de Madrid y algunos otros escenarios que se sostienen gracias a la representación de compañías de teatro nacional, constituyen una interesante aportación a la vida teatral madrileña, pero su contribución a la formación de un ambiente integrado en las expectativas del público es discutible. En general, se trata de representaciones que sobreviven gracias a la subvención. En suma, combinadas ambas ofertas, la comercial y la oficial, la aglomeración urbana de Madrid no llega a reunir una treintena de salas teatrales, aproximadamente el mismo número que hace veinte años, aunque en la distribución de la oferta se observen algunas variaciones dignas de señalarse.

De los veinte escenarios que aparentan afrontar el desafío comercial de competir con el cine, la televisión y la nueva industria del vídeo, sólo siete proponen al espectador local y al advenedizo —que según la tradición aprovecha la visita a la urbe para actualizar su curiosidad dramatúrgica— una obra de pretensiones literarias, entendiendo lo «literario» de manera amplia. Los otros dos tercios de la programación optan por la revista, la comedia erótica, el vodevil vulgar y otros sucedáneos entre los que cabe contar el teatro infantil. Tal es, a grandes rasgos, el tono de la temporada que abre el decenio de los noventa, en lo referente a las artes que hace tres milenios instituyeron Talia y Melpomene para complacencia intelectual y afianzamiento moral de los ciudadanos, en esta ciudad habitualmente considerada como la capital nacional del teatro.

Hay algún detalle más que precisar. De las siete obras que pueden considerarse de calidad literaria, sólo dos afrontaban al comenzar el año sin ayuda oficial del Ministerio de Cultura o de la Comunidad, la contingencia de exponerse al juicio del espectador. Las otras, a las que hay que añadir las totalmente patrocinadas por su condición de teatro municipal o de compañía nacional, reciben subvenciones de instituciones públicas en una u otra medida. Los precios de las entradas varían considerablemente. Mientras reírse con José Sazatornil en el Alcalá Palace en un «divertido vodevil», supone un desembolso de dos mil pesetas, contemplar el Peer Gynt de Ibsen puede costar en un teatro municipal la quinta parte. La diferencia de precios no quita que Sazatornil se mantenga con éxito mientras el clásico apenas consiga perdurar.

Sazatornil y Lina Morgan, en sus especiales concepciones del vodevil y del musical, son los únicos nombres que, por sí mismos, podrían asegurar por anticipado un éxito comercial. También veinte años antes Lina Morgan triunfaba en la Latina. Al comenzar el año 1990 únicamente Miguel Delibes con su obra ya clásica Cinco horas con Mario, en la que la actriz Lola Herrera realiza un alarde interpretativo, es capaz de doblegar el desamparo del mercado temporada tras temporada. Por lo demás, los otros autores de un teatro que podría responder al apelativo de «calidad», no ofrecían sorpresa alguna para un aficionado de hace veinte años. Hoy, como entonces, Antonio Gala, Juan José Alonso Millán, Antonio Buero Vallejo son los grandes nombres propios de la actualidad. Únicamente la comediógrafa Manuela María Reina puede considerarse una aportación en el inventario de valores surgido en los últimos veinte años.

Al iniciarse el nuevo decenio el teatro ofrece una fisonomía muy distinta de la que cabría esperar de las risueñas profecías y las aparentemente razonables excusas de quienes atribuyeron a la intervención de la censura la responsabilidad de que la oferta dramática fuera entonces limitada. Lo cierto es que pasados veinte años no aparecieron los genios ocultos capaces de deslumbrar a un público interesado y expectante. Incluso algunos de los que entonces tanteaban la fortuna dejaron de escribir. Valores ya consagrados como Lauro Olmo o Alfonso Sastre desistieron de sus citas con el espectador.

Con la desaparición de la censura no se ha producido el prometido resurgimiento del arte dramático. La descripción, veinte años después, conduce a concluir, lamentablemente, que el teatro languidece; como mucho sobrevive sobre los mismos nombres de antaño y, por desgracia, no ofrece síntomas de regeneración o de renovación. Habrá que rastrear motivos de diferentes especies para explicar esta pasividad. Uno, sin duda, es que la excusa de la censura no era cierta. Incluso cabría suponer lo contrario, que contra la censura había un teatro mejor que sin ella. Entonces, un estreno del Marat Sade de Peter Weiss, una obra actualmente en cartelera, era algo más que un acontecimiento cultural o una velada teatral, era un desafío, una forma alternativa de congregarse políticamente, de estimular la imaginación y de suspirar por la democratización; un estreno del Tartufo en versión de Marsillach, una provocación al gobierno de turno; una representación de Luces de Bohemia o de una obra de Buero Vallejo, una acusación en clave contra el régimen.

Algo se ha perdido, tal vez ese sentimiento de conciliábulo de deseo, y de crítica de anticipación democratizadora que el teatro, pero no sólo el teatro, también otras actividades intelectuales, entre ellas la aportada por la propia crítica periodística en rotativos cuya línea editorial exigía o anticipaba el tránsito a la democracia, representaban en el panorama cultural de hace veinte años. Pero junto a eso que tal vez se haya perdido también hay algo que no se ha sabido encontrar a pesar de haberse anunciado y prometido: la creatividad capaz de vitalizar a un público en estado de somnolencia, autores y dramaturgos que susciten la atención, que renueven la escena, que despierten la curiosidad intelectual y estimulen a la afición. Los dramaturgos de hoy no son más, ni siquiera distintos, de los dramaturgos de ayer. Pasados más de quince años es el público quien deambula en busca de los prometidos autores, hoy más renuentes a la cita que ayer.

¿Hacia dónde?

Lo primero que me pregunto es hasta qué nivel de familiaridad, de cercanía, tiene el autor hacia su propia obra. En mi caso es lejano. Hace años pensé en dos peligros: uno el que asedia al desviar la atención del lector hacia otras zonas extranjeras al territorio de los poemas, lo que puede influir en su encuentro con ellos; el otro: que se tenga en cuenta que el poeta, en mi caso, no puede registrar, en la declaración de su creación, su experiencia única, sino a lo sumo una serie de abstracciones, de juicios y prejuicios más o menos próximos a ella. Porque si la poesía es, entre otras cosas, una búsqueda, una participación entre la realidad y su experiencia poética a través del lenguaje, claro está que cada poema se configura y se modifica, a la vez, junto a la presencia de las cosas, de la vida y de su expresión: la palabra humana que va excavando un cauce, por decirlo así, que puede llegar hasta el «oráculo del sueño» o hasta un intento de creación del ritmo de las cosas y del de la intimidad más inefable.

Cuando comencé a escribir, muy tempranamente, mis poemas manaron de la contemplación viva de la realidad de mi tierra, con la geografía y con el pulso de la gente castellana, zamorana. Estos poemas se realizaron con una ausencia de conocimiento, en su posible concreción o articulación. De aquí su evidente tono irracional. Grave problema que tan sólo sugiero: ¿la experiencia es concreta? o bien, ¿mi ignorancia era sabiduría?

No sabía entonces que la contemplación, que es pensamiento, entraña moralidad y que mis andanzas iban configurando y modificando al mismo tiempo mi visión de las cosas y la de mi propio vivir (historia o leyenda) hasta hoy. El soñar es sencillo pero no el contemplar. Después de este primer peldaño adolescente se impone la forma de la materia, de su actividad que se serena o late de manera fulminante, como un asalto que hay que conectar, tejer. Lo que el hombre ignora. Y es necesario que el volumen oscuro del devenir tenga una situación. Pero también se trata, sobre todo, de la aventura. La poesía es aventura, cultura, leyenda, como la vida misma. Fábula y signo. Y temple, repito, en vibración como fondo del misterio. Hasta llegar a mi último libro El vuelo de la celebración siempre existió en mi poesía y en toda poesía una tensión entre la objetividad y la subjetividad. Y, además, ¿podremos alcanzar tan sólo lo próximo, lo fascinante o lo que, mutilado, arrasado, condenado está ahí: lo tremendo? Este dualismo es, en el fondo, una identificación. Se celebra, se canta lo que se abre o lo que se cierra desde todas las posibilidades vitales: la figura de las cosas, el poderío de las sensaciones que pueden desembocar en feracidad y en sequía. Es como una «animación» que recrea, fugitivamente, lo que nos mejora. La celebración como posible conocimiento, como servidumbre, dando a esta palabra el significado más clarividente: el destino humano con todos sus adjetivos y consecuencias. Volviendo a la «mejora», según Fr. Luis de León. En efecto, se celebra, se escribe (aunque uno no sepa de modo consciente), y lo que estaba marchito se hace jugo.

Esto no es cuestión del arte pero para mí, sí: al intuir, esencialmente, se apuntala, se aclara, la creación inconcreta hasta que se celebra, hasta que el hombre sabe y se mejora: se podría hablar de un estado emocional «mejor», que es independiente de sus consecuencias en cierto sentido. Largo sería comentar este tema.

Mi único intento, en fin, es que mi poesía sea natural (no directa, o realista, o simbólica, etc.) de acuerdo con lo que puedo hacer y con lo que estoy viviendo. ¿Para qué hablar de cómo un poema es amo y es servidumbre a la vez de uno? Sigo creyendo, como el primer día, en esta ebriedad armoniosa, en esta aventura, en este peligro riguroso que es fracaso y triunfo. Lo único verdadero que un poeta puede decir de sus poemas es que «quien lo probó lo sabe».

ESPUMA

Miro la espuma, su delicadeza
que es tan distinta a la de la ceniza.
Como quien mira una sonrisa,
aquella por la que da su vida y le es fatiga
y amparo, miro ahora la modesta
espuma. Es el momento bronco y bello
del uso, el roce, el acto de la entrega
creándola. El dolor encarcelado
del mar, se salva en fibra tan ligera;
bajo la quilla, frente al dique, donde
existe amor surcado, como en tierra
la flor, nace la espuma. Y es en ella
donde rompe la muerte, en su madeja
donde el mar cobra ser, como en la cima
de su pasión el hombre es hombre, fuera
de otros negocios: en su leche viva.
A este pretil, brocal de la materia
que es manantial, no desembocadura,
me asomo ahora, cuando la marea
sube, y allí naufrago, allí me ahogo
muy silenciosamente, con entera
aceptación, ileso, renovado
en las espumas imperecederas.

HERMANA MENTIRA

¿Por qué me está mirando
el aire? La mañana es clara.
Salgo de casa y siento
esta ternura musical del cielo
y la luz que se ofrece. Están las calles
muy inocentes, con llaneza, ayuda,
recién regadas. Pero,
¿por qué me está acusando
el aire?

¿Qué es lo que pido, qué es lo que he perdido,
qué es lo que gano ahora?
Tú cállate o habla
sin posible desvío,
entre la sombra generosa, entre
el bullicio o la gracia.
Y no te quejes. Hay clima templado,
cálido hoy;
crece el naranjo y la mostaza negra,
de semillas rojizas, en las viejas paredes
Tiza, aceite,
carbón en las paredes. ¿Y qué dicen
esas palabras como verdaderas,
mal escritas, ahí, en la cal?

Nunca me mires tú con la mirada baja,
con orejas,
rumorosa a mi engaño
lleno de ti, como está llena
la gota de agua, muy trémulamente,
de la fecundidad de su mentira
desnuda y plata.

Pero, ¿por qué me está mirando
el aire
si ahora estoy maldiciendo
su ilusión y su trampa?
Cállate, cállate.
No cuentes y no mientas.
Pero, ¿por qué me está mirando el aire
con vileza y sin fe?

El manuscrito encontrado de Zaragoza

Acaba de aparecer en librerías la primera edición íntegra del Manuscrit trouvé à Saragosse de Jean (o Jan) Potocki (pronúnciese Pototski), uno de los escritores más inquietantes del prerromanticismo europeo. Se ha hecho cargo de la edición René Radrizzani. El volumen cuenta con más de setecientas páginas y ha sido publicado por la librería José Corti de París.

La tarea de fijación textual llevada a cabo por Radrizzani resulta memorable. Basada en la totalidad de las fuentes accesibles (impresos, autógrafos y copias manuscritas de fragmentos, además de la traducción polaca de Chojecki), edita por vez primera el conjunto de la obra en francés, lengua en que originariamente fue escrita por el conde Potocki (1761-1815), quien comenzó la redacción de su novela en 1797, terminándola poco antes de su muerte.

La revelación del Manuscrit y su consagración como obra maestra, no llegaría hasta 1958, año en que Roger Caillois publicó una edición incompleta (aproximadamente una cuarta parte) de la novela. José Bianco tradujo al castellano la edición de Caillois y su prefacio a la misma (Buenos Aires, Minotauro, 1967). En España, José Luis Cano traduciría esa misma edición en 1970, esta vez con un prólogo, delicioso, de Julio Caro Baroja (Madrid, Alianza). El resto de la obra, hasta completar el material que acaba de editar críticamente Radrizzani, lo tradujo Rodrigo Escudero (¡del inglés!) en 1977, con el título de El nuevo decamerón y una introducción de Jaime Rest (Buenos Aires, Ediciones Librerías Fausto). En 1964, el director de cine polaco Wojciech J. Has filmó una extraordinaria película con el mismo título que la novela, Rekopis znaleziony w Saragossie y unos maravillosos decorados de Jerzy Skarzyński.

Los aficionados a las letras fantásticas están de enhorabuena. Sin duda, el Manuscrit trouvé à Saragosse es una de las cumbres del género fantástico. No en vano Tzvetan Todorov convirtió la novela en una de las claves de su Introduction à la littérature fantastique (1970), contribuyendo a prestigiar a Potocki y a situarlo en el lugar de excepción que le corresponde. Por fin podrá leerse con garantías el texto onírico más genial que conozco, y precisamente doscientos años después de que la Revolución Francesa hiciera posible aquella frase de Goya según la cual el sueño de la razón produce monstruos.

En 1829 se publicaron en París dos volúmenes que contenían una selección de las obras doctas del conde Potocki, al cuidado de un tal Klaproth, miembro de las sociedades asiáticas de París, Londres y Bombay. En la bibliografía potockiana que inaugura la obra, dice Klaproth del Manuscrit: «Además de sus obras doctas, el conde Jan Potocki escribió una novela muy interesante, de la que sólo algunas partes han sido publicadas. Su tema son las aventuras de un gentilhombre español descendiente de la casa de Gomélez y, en consecuencia, de extracción morisca. El autor describe perfectamente en esta obra las costumbres de los españoles, de los musulmanes y de los sicilianos y los caracteres están trazados en ella con gran veracidad; es, en suma, uno de los libros más atractivos que se hayan escrito nunca. Por desgracia, sólo existen de él algunas copias manuscritas. La que fue enviada a París, para ser allí publicada, ha quedado en manos de la persona encargada de revisarla antes de la impresión. Esperemos que alguna de las cinco copias que permanecen en Rusia y en Polonia salga a la luz tarde o temprano, porque, al igual que el Quijote y que Gil Blas, es un libro que no envejecerá jamás» (tomo I, página XVI).

De esas cinco copias sólo quedan hoy dos fragmentos: un Quatrième Décaméron (1809-1810), actualmente en Cracovia, y una copia de los dos primeros Decamerones actualmente en Poznan. De todas estas cuestiones textuales nos informa cumplidamente Radrizzani en su pulquérrima edición (págs. 659-675). La única versión íntegra de la que tenemos conocimiento (hasta esta que ahora saludamos) es la traducción polaca de Edmund Chojecki, publicada en Lipsk (Leipzig) en 1847 y en seis volúmenes. Se dice que Chojecki destruyó el manuscrito francés del que se había servido para su traslación.

La estructura del Manuscrit trouvé à Saragosse es la de las Mil y una Noches. El itinerario iniciático de Alfonso Van Worden es el motivo que enmarca una serie de historias (relatos dentro del relato-marco), que a su vez son el marco de otras historias, que a su vez lo son de otras, como esos receptáculos que al abrirse exhiben dentro de sí segundos recipientes, y éstos terceros, y así hasta siete u ocho, a la manera de las muñecas rusas. Y todas las historias resultan, a la postre, conectadas entre sí, produciendo en el lector una especie de grato repeluzno de admiración y de sorpresa (piénsese, por ejemplo, en Los tres impostores, la estupenda novela de Arthur Machen; recuérdense las New Arabian Nights de Robert Louis Stevenson).

Laberinto o caleidoscopio en que las historias y los destinos humanos se reflejan y se entrecruzan, el Manuscrit es, sobre todo, un relato fantástico, pero también una summa novelesca de todos los géneros: novela picaresca, historia de bandidos, novela negra, cuento maravilloso, novela libertina, cuento filosófico, historia de amor, etc. Todas las formas de narrativa se dan cita en sus páginas, entrelazándose en un ballet feérico exquisitamente pautado. El texto de la novela es el espejo de un universo de perspectivas múltiples en que coexisten sistemas de valores, concepciones religiosas y filosóficas, sentimientos del honor aparentemente incompatibles. Y en eso consiste la modernidad -la eternidad de una obra que, como Gulliver, el Quijote y las grandes novelas del siglo XX, trasciende por un lado su época y, por otro, el mismo género novelesco.

Cela en latín

Muy pronto va a aparecer la versión latina de La familia de Pascual Duarte, la famosa novela del Premio Nobel del 89. Ha realizado esta infrecuente tarea una joven y distinguida especialista, Bárbara Pastor Artigues, mallorquina, catedrática de latín de Bachillerato y recientemente doctorada en Filología Clásica con una tesis (Mandata Imperatoris), que consiste en un estudio filológico y léxico del «codex theodosianus», la famosa recopilación legislativa romana del siglo V d. C.

En el prefacio a su traducción Bárbara Pastor dice que ni siquiera se plantea la pregunta del porqué de esta empresa. Simplemente explica en qué ha consistido y comenta algunos de los problemas léxicos, formales y de gramática que ha tenido que superar. La bella e inteligente latinista declara que empezó su trabajo hace cuatro años. Pero en ese tiempo ha hecho muchas cosas más: enseñar latín, redactar su tesis doctoral, casarse y trasladarse, al menos temporalmente, a los Estados Unidos. Actualmente enseña, también latín, en la Universidad de Michigan. Con su latinización de Cela. Bárbara Pastor ha demostrado que la vieja lengua de Roma es un idioma ágil, suelto y expresivo, capaz de acoger la creación literaria de todos los tiempos que merezca ser leída y de la que valga la pena ocuparse, y que las buenas novelas de Cela tienen una dimensión universal.

Bárbara Pastor ha tomado siempre una parte muy activa en la organización y desarrollo de las «Ferias Latinas», que son unos coloquios internacionales, preferentemente literarios, en los que se escribe, se habla, se come y se ríe en latín. Algunas de las más recientes Ferias se celebraron en Palma de Mallorca y en Madrid, respectivamente.

NUEVA REVISTA espera ofrecer en alguno de sus próximos números unas muestras expresivas de este Cela en latín, es decir, universalizado.

Europa vs CEE

¿Para qué sirven los clásicos? ¿Para repetirlos, para imitarlos, para inspirarse en ellos? A mi juicio para algo más importante aún. Los clásicos son tales porque dan categorías capaces de permanecer y es la utilización de estas categorías lo que los clásicos nos ofrecen para interpretar las más diferentes situaciones. Los clásicos resultan así el mejor antídoto frente a los tópicos: invitan a pensar con tanta audacia como rigor.

C. Schmitt es un clásico del derecho y la política y sus categorías de orden y espacio, acuñadas con propósito distinto, creo ofrecen la clave para interpretar lo que hoy está ocurriendo en Europa.

Mi tesis es muy sencilla: la CEE tal como se fundó en 1956 y se reestructuró en el Acta Unica (1986) era un sistema que respondía a un determinado espacio. Razones diversas y fundamentalmente dos, el éxito de la propia CEE y las mutaciones políticas en la Europa del Este van a ampliar extraordinariamente el espacio de la CEE. Este cambio espacial supondrá un cambio en el sistema, y a la CEE, tal como hasta ahora se ha venido configurando, sucederá otra cosa, mejor o peor, pero en todo caso diferente. Paso a continuación a exponer estas tesis con toda brevedad.

El acervo europeo real

El proceso de integración europea que hasta ahora ha sido consta de tres elementos:

  • Una paulatina integración económica que da un importante salto adelante en la cumbre de Milán (1985) y en la subsiguiente Acta Unica (1986) con la previsión del Mercado Interior Unico para 1992. Otras medidas como la armonización fiscal, la coordinación de las políticas económicas y la unión monetaria son consecuencias no siempre previstas, pero previsibles del mercado interior.
  • Una creciente Cooperación Política institucionalizada con la propia Acta Unica.
  • Un estrato protector en materias de seguridad a cargo de la Alianza Atlántica. Es bien sabido que entre los miembros de la CEE y la OTAN existe una asimetría (Noruega, Turquía e Irlanda), pero ello no ha impedido que por ser la mayoría de los miembros de la Comunidad-todos menos Irlanda- miembros de la Alianza, ésta garantice la seguridad de aquéllos y le permita excusarse de una política de seguridad, al menos en sus aspectos militares (vd. Acta Unica, art. 30,6 a).

Todavía hace unos meses los políticos voluntaristas y los analistas «cortesanos», como los historiadores «humanistas» de la vieja «Signoria», apostaban por estas líneas de evolución. El progreso de la unificación económica posibilitaba y, a la vez, exigía la unificación política y tal es el sentido del Informe Delors, presentado, bajo pretexto monetario, al Consejo de Madrid (1989). Y los frustrados intentos de revitalización de la UEO trataban de hacer coincidir, tácita e incluso expresamente -recuérdense los proyectos de absorción de la Asamblea de la UEO por el Parlamento Europeo, todavía presentes en el discurso de Kohl en Bruselas en octubre de 1988-los esquemas de cooperación militar e integración económica y política. La coincidencia de todo ello es evidente en la Plataforma de Seguridad de La Haya de 1987 (Preámbulo -2).

Este proceso, en parte ya consumado, en parte incumplido, en parte tan sólo soñado, encontraba su talón de Aquiles en diversidades espaciales. La Comunidad originaria de los seis (Francia, R.F.A., Italia y BENELUX), funcionó muy bien como correspondía a su contiguidad territorial y relativa homogeneidad económica. La extensión de la Comunidad de seis a nueve miembros (U.K., Irlanda y Dinamarca) ya supuso un grave problema, dado el peso real de la economía británica y sus diferencias con el continente, y a ello hubo que sumar los distintos proyectos e intenciones británicas en cuanto a la unidad europea se refería. La heterogeneidad política y económica de los miembros de la Comunidad aumentó con la adhesión helénica, aunque el escaso volumen de Grecia obvió en la práctica mayores dificultades. Estas, sin embargo, aumentaron con la adhesión española y portuguesa y sólo fueron aparentemente superadas, en lo político por la precipitada aquiescencia española al Consejo de Milán, anterior a la misma adhesión formal, y en lo económico en la Cumbre de Bruselas de 1988.

A estas alturas la heterogeneidad de las posiciones de los comunitarios es evidente, sin que pueda ocultarlo la retórica eurocrática. No es preciso acudir a los radicalismos británicos para comprender que las resistencias y alternativas al plan Delors de unión monetaria están sobredeterminadas por diferencias de intereses y orientaciones difícilmente conciliables. Alemania y Holanda son tan poco partidarias de las fases más avanzadas del Informe Delors como Gran Bretaña; la presidencia francesa de la CEE (segundo semestre de 1989) ha formulado dos proyectos complementarios y en realidad alternativos del citado Informe; y los propios autores ya sitúan en varias décadas la unidad del banco emisor.

Europa abierta al mundo o fortaleza protegida por la preferencia comunitaria, en campos tan distintos como el agrícola o el audiovisual; crecimiento acelerado o estabilidad económica; distintas políticas monetarias; diferentes visiones de la cooperación al desarrollo de terceros… no son divergencias arbitrarias entre los Estados Comunitarios, sino algunas de aquellas relaciones que dimanan necesariamente de la naturaleza de las cosas. Si las cosas son heterogéneas, como el desarrollo alemán y español, la agricultura británica y la francesa, el interés por América o por el Sistema APC, nada más lógico que las relaciones de ellas derivadas se caractericen por su heterogeneidad. Estas diferencias no son inmutables, son nada más que historia viva, con la que la política ha de contar ya para continuarla ya, incluso, para cambiar su curso.

Dos procesos de ampliación inoportuna

En una situación así inciden dos procesos distintos pero de efectos concurrentes: el propio éxito económico de la CEE y las mutaciones en la Europa del Este.

El éxito económico de la CEE ha llevado a la alteración de sus propios fundamentos. Los ejemplos pueden multiplicarse y no sería el menor la Política Agrícola Común cuyo espléndido resultado técnico-las montañas de mantequilla, los lagos de vino, el dumping internacional y las tensiones comerciales- han obligado a programar su paulatina reducción desde el Libro Verde de 1985.

Pero, trascendiendo lo ejemplar por lo categórico, conviene subrayar que el éxito del Mercado Unico, enfatizado por el Informe Cecchini, sería posible sólo en virtud de una mutación clave en la propia concepción comunitaria.

La CEE, desde su fundación hasta la cumbre de 1985, avanzó por la vía de la armonización heterónoma mediante directivas y reglamentos comunitarios de las diversas normativas nacionales, y el resultado fue lento y, además, escaso. Basta pensar en las restricciones que al comercio interior subsistían aún en el supuesto de desaparecer las barreras arancelarias.

Además, la armonización no se hizo por la vía del derecho uniforme, que podían haber elaborado los diversos Parlamentos nacionales sobre un modelo europeo, siguiendo los acertados pasos que en este sentido han recorrido otras ramas jurídicas, como por ejemplo el derecho mercantil, sino mediante una normativa comunitaria con vigencia directa o indirecta en todo el territorio de la CEE y con aplicación preferente a la de los Estados miembros.

El resultado ha sido y es, por un lado, una tremenda maraña normativa que el juez está llamado a desenredar en cada caso a través de soluciones sólo homogeneizables en la cumbre por la propia jurisprudencia comunitaria y ello supone desconocimiento, inseguridad y dificultad en la eficacia de dicha compleja normativa.

Por otra parte, el procedimiento ha llevado al llamado «déficit democrático» de las instituciones comunitarias puesto que los aspectos legislativos sólo muy secundariamente están sometidos al Parlamento Europeo.

¿Cuál es la solución? Los europeístas ingenuos consideran que basta con aumentar las competencias del Parlamento Europeo. Los más avisados se inclinan por una mayor coordinación de dicho Parlamento y las legislaturas nacionales que siguen siendo, guste o no, soberanas. Y en tal sentido, propuesto por mí mismo en España, en 1985, se pronunció la Conferencia de Presidentes de Parlamentos de Países de la CEE, reunida en Madrid en mayo de 1989.

Pero la gran innovación la cumbre de Milán (1985) y del Acta Unica subsiguiente ha sido sustituir la vía de la armonización interestatal por la de la desregulación. En pocas palabras, no se trata tanto de crear una normativa comunitaria que unifique, sino de eliminar al máximo todo tipo de normativa y dar por buena en toda la Comunidad la calificación que proceda en cualquiera de sus miembros. Las consecuencias económicas y jurídicas y, por lo tanto, también políticas de este cambio de perspectiva son evidentes y tan beneficiosas -liberación de los mecanismos del mercado como problemáticas -piénsese, por ejemplo, en las cuestiones planteadas para la defensa del consumidor-.

Ahora bien, esta desregulación apunta más a una zona de librecambio que a una CEE tan intervencionista como la hasta ahora conocida, y a la vez que mengua las funciones y relevancias de las instituciones eurocráticas y del compromiso político a ellas inherente, hace sus ventajas aún más atractivas para Estados europeos terceros que no estiman conveniente quedar al margen del mercado interior in fieri.

En primer lugar, los países de la EFTA, en su conjunto el primer cliente comercial de la CEE. Estos países pretenden acceder al Mercado Unico, pero sin participar plenamente ni en todas las instituciones comunitarias ni en las técnicas compensatorias por ellas gobernadas.

En una primera fase, esta reserva se consideró inaceptable por estimar que la participación en el mercado y no en la política de cohesión, incrementaría los desequilibrios sin un correlativo incremento de los mecanismos correctores. Pero esta primitiva posición se ha matizado un tanto, al ponderar los más resistentes de los comunitarios las comunes ventajas de una ampliación del mercado interior. Así ha quedado claro durante la presidencia francesa de 1989.

Ahora bien, si el paso más importante a dar por la CEE es la consecución del mercado único y se puede acceder a él sin participar en las instituciones comunitarias, se plantea la duda sobre la funcionalidad de tales instituciones.

Si las motivaciones económicas son la principal razón de la extensión del mercado interior a la EFTA, no pueden olvidarse motivaciones políticas tan profundas e irrebatibles como las que impelen a algunos países de esta zona a solicitar su plena integración en la CEE. Tal es el caso de Austria, por tantas razones vinculada a Alemania y clave en la reconstrucción de la Europa Central.

Otros motivos, pero de análoga naturaleza política, son los que llevan a Malta y Chipre a solicitar su adhesión, adhesión que por motivos políticos no puede ser negada, como es la responsabilidad común y muy especial de algunos comunitarios -v. gr. Italia respecto de Malta- en la estabilidad de tales micro-estados.

Ahora bien, tanto los futuros miembros mediterráneos como los países de la EFTA, con la excepción de Noruega e Islandia, son neutrales o, incluso, como Austria, están internacional y constitucionalmente neutralizados. Y su adhesión supone frenar cualquier política de seguridad por parte de la CEE.

Paralelamente a este proceso

La CEE se enfrenta con sus nuevas responsabilidades políticas y posibilidades económicas en el Este de Europa.

No es éste el lugar de analizar las causas y el futuro de la «perestroika». Baste señalar que el atraso económico, la frustración social y la consiguiente erosión de legitimidad política que hoy existen en la URSS llevan a un progresivo y acelerado «ensimismamiento» soviético conducente, mediante la sustitución de la doctrina Breznev por la no intervención acordada en Malta, al desenganche económico y militar de la URSS y sus antiguos satélites de Europa Oriental.

Neutralidad

En lo económico porque sus problemas se suman y agudizan los de la propia URSS; en lo militar porque sin mengua de la propia seguridad, y a mucho menor coste, la marca puede sustituirse por el «tapón», el Pacto de Varsovia por la finlandización de Europa Oriental. Las experiencias austríaca y finesa han demostrado la viabilidad de la fórmula.

Una Europa Oriental que, frente a lo que ocurre en la URSS, es por su volumen geográfico y demográfico y por su tradición política y económica, plenamente asimilable al resto de Europa.

La liberalización política y económica de los antiguos satélites dará lugar a su plena homologación interna con los países de Europa Occidental. Más aún, como corresponde a los conversos, todo hace suponer, y la nueva política industrial húngara es buena primicia de ello, que su orientación será mucho más neoliberal que social-demócrata, prescindiendo del legado que los cincuenta y sesenta dejaron en el Oeste. Pero en cuanto a la situación internacional se refiere, los países en cuestión, dentro o fuera del Pacto de Varsovia, si es que éste subsiste como alianza política, será de estricta neutralidad.

Si la permanencia del Ejército Rojo -o ruso, tal vez en las nuevas democracias será inviable, no lo sería menos la adscripción de estos países a cualquier sistema de seguridad que supusiera la más mínima amenaza potencial a la URSS.

Ahora bien, la democratización política y neutralización militar del Este de Europa tiene dos consecuencias ineludibles para la CEE y sus paralelos sistemas de seguridad, calificados más atrás como estrato protector.

  • Por un lado, la paulatina vinculación de estos países a la CEE mediante acuerdos bilaterales o multilaterales de asociación, sobre la base del art. 238 del tratado CEE. Lo hecho hasta ahora con Hungría y Polonia no es sino el comienzo. Pero es bien sabido que tales asociaciones y el ejemplo español de 1970, aun hecho sobre bases más débiles, el art. 113, es bien elocuente, crean lazos que fuerzan a la integración. Una integración ventajosa para las inversiones y exportaciones comunitarias en general y alemanas en particular. Una integración a la que la CEE está vocacionalmente abierta desde su tratado constitutivo. Una integración en fin que los vínculos históricos y naturales fuerzan por doquier y en particular en la RDA.
  • Si la reunificación, según Kissinger ha declarado recientemente, es, con una y otra fórmula, inevitable, ¿cómo no va a serlo la integración en la CEE de la RDA si, so capa de comercio interalemán, es ya miembro tácito de la Comunidad y por imperativo legal de la República Federal todos sus ciudadanos pueden ser ciudadanos federales y, en consecuencia, comunitarios?

¿Y cómo negarse a la integración del resto de las antiguas Democracias Populares, conveniente a todos aquellos que pueden decidirla y políticamente legitimadas para solicitarlo? Pero las dificultades con que tropieza la Comunidad de doce en virtud de la heterogeneidad de los intereses de sus miembros, aumentará cuantitativa y cualitativamente en esta Comunidad ampliada. El consenso será más difícil y las soluciones supranacionales menos viables, porque los países del Este hacen y harán del europeísmo instrumento, pero no superación, de su nacionalismo, hoy revitalizado.

Ambiguo Estrasburgo

El resultado del reciente Consejo Europeo de Estrasburgo (diciembre de 1989), no debe inducir a error. Aparte de retórica social, los conflictos de intereses presentes en Estrasburgo eran tres: el suscitado por la unión monetaria; el planteado por los proyectos alemanes de reunificación; el que deberá enfrentar a los partidarios de una atención prioritaria a los países del Este y los recelosos de que ello pudiera ir en mengua de la política de cohesión en el seno de la Comunidad.

El Consejo de Estrasburgo ha saldado los tres conflictos de modo muy significativo. Europa del Este obtiene prioridad absoluta y nada sabemos de las garantías que hayan obtenido quienes en el seno de la CEE pudieran verse perjudicados por este nuevo polo de atención. Pero, además y más importante aún, el «Drang nach Osten» comunitario, ahora ya formalmente endosado, avala la interpretación aquí expuesta y no sólo en términos globales sino en políticas concretas. Por ejemplo, cuando los países del Este asociados a la CEE liberalicen sus agriculturas y las hagan supercompetitivas, ¿cómo va a mantenerse la actual PAC, máximo ejemplo de la preferencia comunitaria?

La autodeterminación alemana como vía para la reunificación parecía sumamente conflictiva y con razón se veía en ella una nueva orientación de la política alemana. Sin embargo, el Consejo la ha endosado plenamente, eliminando las iniciales reticencias francesas. Por eso cuando los analistas afirmaban que se ha optado por la consolidación de la actual CEE, cabe preguntar cuál va a ser el estatuto de la actual RDA.

Ciertamente para obtener el endoso comunitario a sus tesis reunificadoras, el Canciller Kohl ha debido aceptar las francesas sobre la unión monetaria. ¿Pero con qué alcance?

Se asume que la Unión Monetaria exige una reforma de los tratados fundacionales de la Comunidad, lo cual remite la cuestión a un proceso constituyente por vía de negociación y ratificación de tratados, que, todo indica, pretenderá superar las cuestiones monetarias. Para ello se acude a la convocatoria de una conferencia intergubernamental a inaugurar en 1990 y a celebrar, a partir de 1991, bajo la reticente presidencia holandesa, sin fecha límite alguna.

Y todo ello porque el Gobierno alemán reconoce que la Unión Monetaria no encontraría apoyo en la opinión pública germánica en una fase electoral, dado el declive de sus preferencias europeístas. ¿Es ésta acaso la mejor garantía de que la República Federal, que en 1991 estará más cerca de la reunificación que ahora, dé preferencia a la Unión Monetaria sobre otras preocupaciones?

Neutralización

De otra parte, aún más veloz que la adhesión plena de Europa Oriental a la CEE será el proceso de neutralización de Centroeuropa y en especial de la R.F. Alemana.

En efecto, la retirada soviética y consiguiente neutralización del Este del Elba ha de ir acompañada de un proceso paralelo en el Oeste, que aun siendo asimétrico no podrá eludir la retirada de los aliados al Oeste del Rin, como por otra parte exige cada vez más la opinión pública alemana… y estadounidense. Resulta contradictorio pretender garantizar la seguridad alemana mediante una ocupación militar cuando ésta sea estratégicamente innecesaria, económicamente ruinosa para el garante y políticamente no querida por el garantizado.

Cosa tal, la neutralización militar, es perfectamente compatible con el mantenimiento de la Alianza Atlántica como marco de referencia política. Y otro tanto podría ocurrir con el Pacto de Varsovia. Así lo propuso Brezinski hace años (The Game Plan, 1986) y así lo acaba de reconocer la cumbre ruso-americana de Malta.

Alemania es paradigma de toda Mitteleuropa. Allí, la democratización lleva a la reunificación o, si se prefiere, a una nueva unificación, tanto da. Y la neutralización es el precio de ésta, un precio querido por los alemanes e innegable por los demás.

En el resto de Europa Central y Oriental el proceso será similar, pero no extensible a la Europa Occidental, donde una pequeña OTAN y los vínculos con USA bastan en una época de disuasión selectiva. La «casa común» del hegemon ruso no es la única alternativa a la unidad comunitaria. Y ya ni los soviéticos insisten en ella.

Asimetrías

La concurrencia de todos estos procesos da lugar a una situación del espacio europeo caracterizado por sus asimetrías: la del mercado y las instituciones, la de la economía y la seguridad, la de la política y todo lo demás. La extensión del espacio europeo lleva a la mutación de su orden económico, estratégico y político.

Existirá un mercado único desde el Atlántico a la frontera occidental de la URSS, cuya desregulación atempera cuando no disminuye las competencias comunitarias. Pero un mercado, si carece de moneda común y apenas rebasa la armonización fiscal, no pasa de ser una zona de librecambio.

Y, también unos sistemas de seguridad colectiva diferentes en centroeuropa, el Atlántico y el Mediterráneo y en todo caso ajenos al espacio económico. Ahora bien, si, ni expresa ni tácitamente, el mercado único corresponde a una seguridad única, no puede concebirse unidad política alguna, porque la unidad política es, histórica y lógicamente, política única de seguridad.

A la vez, a falta de verdadera unidad política, no es posible culminar la unidad económica más allá del librecambio y de ciertos mecanismos armonizadores y compensatorios como son los actuales.

Sin autoridad política soberana no es factible la unidad monetaria al decir del Informe Delors y, cualquiera que sea el juicio que sobre él se tenga, es obvio que sin esa autoridad no es posible tampoco construir un Estado Europeo de supuesto bienestar.

Pero es esa autoridad política la que no puede constituirse porque lo impiden intereses de seguridad asimétricos con los económicos.

E ironías

La historia-señalaba Niebhur- es rica en ironías y no sería poca que la gran ilusión de 1992 se redujera en economía a la transformación de la triunfante Comunidad Europea en la denostada EFTA. Una ironía parecida a que la reorganización de la Mitteleuropa fuera un gigantesco Anchluss a la inversa. Esta vez serían las dos Alemanias las llamadas a seguir el ejemplo de Austria.

Pero esta misma asimetría de lo económico y lo estratégico y su auto-alimentación política permite concebir junto a la Europa Continental, una Europa Atlántica. De ella sería pagano el actual sueño comunitario, pero no la alianza militar con USA de Gran Bretaña, Francia y España, ni el librecambio europeo hasta las ambiguas fronteras de la URSS.

Lo primero -la pequeña alianza atlántica- lo exige tanto el interés de los Estados Unidos como el de los tres países indicados. En una época de disuasión selectiva «nunca los USA han necesitado tanto de aliados dispuestos a compartir las cargas y las responsabilidades de la seguridad común» -dice el Informe Ikle- y nadie, en USA, discutiría la conveniencia de estas relaciones bilaterales. ¿Y qué otra dimensión sino la atlántica pueden buscar británicos, hispánicos e incluso franceses para equilibrar otras hegemonías de la Europa continental? Y no me refiero ya a la supremacía militar soviética y la necesaria salvaguarda del arsenal nuclear francés y británico, sino a la propia hegemonía alemana, hoy económica y social y a la seguridad colectiva de todo el continente, frente a sus propios desequilibrios y frente a terceros.

Lo segundo -el mercado libre- conviene a los más fuertes de los europeos, a quienes aspiran a ser sus clientes privilegiados, los propios soviéticos, y a las grandes economías americana y japonesa en trance de tomar posiciones en esta nueva zona franca.

La meditación «de Europa dubia» está aún por hacer.

La última ópera de Herbert von Karajan

Ballo fue la última ópera que grabó Karajan. Es su testamento. Y en cierto modo cierra con innegable fortuna una larga carrera musical que abarca prácticamente todo el siglo. También ayuda a recordar a los olvidadizos que era un buen conocedor de Verdi, según se puede comprobar en sus lecturas de Don Carlo, Aida o Il trovatore.

La crítica está de acuerdo en que lo mejor de esta versión del Ballo es el trabajo de Karajan sobre la orquesta -la Filarmónica de Viena- y sobre los intérpretes. Desde las primeras notas, el Preludio descubre una transparencia musical poco usual, que permite penetrar en cada una de las notas del pentagrama. Pocas veces la interpretación de una obra resulta tan clara, lo que ayuda a interiorizar en el contenido dramático de la acción.

Por lo que se refiere a la elección de los intérpretes, Karajan acertó absolutamente con la designación de Sumi Jo para el personaje de Oscar, en tanto que continúa la discusión sobre el acierto o desacierto de la voz de Josephine Barstow para el personaje de Amelia.

Los tiempos lentos con los que Karajan aborda algunos de los pasajes de la partitura permiten a Sumi Jo ofrecer la mejor versión del paje real que se guarda en el registro discográfico. Alguien ha dicho que interpreta a Oscar con «una ligereza casi mozartiana», y verdaderamente infunde a su papel una alegría y un humor que merecen destacarse entre las mayores virtudes de esta grabación.

Sumi Jo goza en estos meses de uno de los momentos más satisfactorios de su carrera artística. Coincidiendo con su excelente presencia en el Ballo, ha destacado también en su magnífica aportación al Le Comte Ory de Rossini, que los expertos consideran como uno de los mejores discos publicados en 1989.

Por lo que se refiere a la soprano inglesa Josephine Barstow, las apreciaciones son muy desiguales y en ningún caso entusiásticas…, si se exceptúan los desmedidos elogios chauvinistas del Financial Times de Londres. Fue una imposición de Karajan y, a mi juicio, no es la mejor ni la peor elección posible. De hecho, cabe reconocerle su capacidad para vivir el papel de Amelia, lo que se traduce en una interpretación muy veraz de la enamorada del rey (o de la enamorada del gobernador de Boston, una vez pasada por la censura de la época).

Por supuesto, no todos los comentaristas coincidirán conmigo en esta semi-favorable apreciación de la Barstow. Y así, Pedro González Mira escribe -con gracia- lo siguiente: «está fuera de estilo, siempre desafina, no apiana, la voz está descolorida, emite mal, respira a destiempo y mal, la pronunciación es desastrosa, interpretativamente es amanerada…, en fin, sencillamente no sabe cantar».

No. La frase no es de justicia. Con una dosis de amabilidad podría escribirse que Josephine Barstow sigue en esta grabación las huellas de María Callas, aunque la buena voluntad no consiga finalmente su propósito. (El legado discográfico de María Callas es magnífico en el Ballo, acompañada de Di Stéfano, Gobbi y Barbieri, bajo la dirección de Antonino Votto.)

Por lo que se refiere a Plácido Domingo, ésta es la tercera ocasión en la que aborda en disco el personaje del rey Gustavo (anteriormente con Muti y Abbado), y el resultado sigue siendo muy bueno. Quizá la voz resulta un poco seca en algunos momentos, pero, paralelamente, su versión del personaje es excelente, ofreciendo un sinnúmero de matices desde la frivolidad de la primera escena hasta el dramatismo sereno de la última.

Domingo -a quien se recomienda insistentemente que no se exceda con el Otello- se encuentra en uno de los mejores momentos de su carrera. Coincidiendo con el Ballo, ofrece en estos días un magnífico Tannhausser y (al parecer, según comentarios adelantados) unos inmejorables Cuentos de Hoffmann.

En definitiva, el Ballo in maschera de Karajan es una grabación superior a la que auguraban sus adversarios, de una calidad sonora desbordante. El aficionado puede situarla, sin demérito, próxima a la de Votto y a la (segunda) de Solti (con Pavarotti, Price, Bruson y Ludwig).

La despedida de Karajan está a la altura de su prestigio. A mediados del pasado mes de diciembre, la Filarmónica de Berlín interpretó el primer concierto con su sustituto: Claudio Abbado. El programa incluyó la Inacabada de Schubert, Dämmerung de Rihm y la Primera de Mahler. Los bravos y aplausos se prolongaron durante 12 minutos.

El legado está vivo.