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El carro de Tespis

Luces de Bohemia

Teatro del temple · Madrid, Círculo de Bellas Artes

«Un cráneo privilegiado que no tuvo el talento de saber vivir» Así de certeras y contundentes son las palabras que describen al principal protagonista de Luces de bohemia, Max Estrella, un invidente escritor venido a menos que recorre el Madrid de los años veinte de la mano de su mejor amigo, Latino de Hispalis. Ambos personajes están aderezados con cierta dosis biográfica en lo que parece ser un homenaje a Alejandro Sawa, gran poeta y amigo de Valle-Inclán quien también murió indigente y ciego.

El Teatro del Temple, una curtida compañía zaragozana, se atreve a «modernizar» está descarnada crónica de un Madrid sórdido y lumpen donde el humor y lo mordaz van de la mano en una manifiesta crítica a la sociedad de entonces. Y lo hace con escasez de recursos escénicos y un elenco limitado -ocho actores- que se recicla en las decenas de personajes que el autor gallego creó para la que fue su obra más lograda.

«Estoy muerto… es otra vez de noche» El director, Carlos Martín, ha optado por una puesta en escena desnuda y funcional para construir esta epopeya esperpéntica. Cuatro paneles móviles y unos pocos muebles marcan los espacios contribuyendo al desarrollo de una acción algo compleja en escenarios tan dispares como el calabozo del anarquista, el jardín nocturno de las prostitutas o el solitario entierro del mísero escritor.

Por otra parte, Martín combina diferentes tipos de melodías (flamenca, acústica, lánguidos tangos) según el dramatismo o ligereza de las escenas. Incluso la neutralidad de los colores en la indumentaria de los personajes subraya el drama de la obra; una constante cromática que se rompe en momentos puntuales a través del rojo en la bufanda de Max o la Chaqueta de Claudinita y que parecen un guiño al director de cine Night Shyamalan en una de sus películas más aclamadas por la crítica, El sexto sentido.

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Sin embargo, el verdadero éxito de este trabajo se basa en la interpretación y la casi total fidelidad a los textos de la obra. A lo largo de dos horas, un magnífico Ricardo Joven -en su papel de poeta Estrella- nos traslada a las sórdidas calles de la capital en su último viaje noctívago donde además conoceremos a políticos, intelectuales, funcionarios y proletarios de diversa índole. La acertada aparición del barbado, manco y estrafalario Marqués de Bradomín aportará caché a un grupo de actores cuyo contrapunto está marcado por la subjetiva adaptación del coprotagonista, un Don Latino con acento andaluz que parece más bien un borracho ramplón e interesado.

«Me divierte ver los espejos de la calle del gato, donde el reflejo de quienes pasan por allí es cóncavo» A pesar de la agonía que transmiten los violines en el monólogo pre-mortem del protagonista, Luces de bohemia está dotada de un fino humor que subraya la idea de que el mundo es una controversia, un esperpento. En su solitaria y ruin despedida, Max alude, con bárbara intensidad, aquel famoso bar de las traseras de Sol -fuente de inspiración de Valle-Inclán- donde la deformación de la realidad que proporcionaban los espejos resultaba hilarante, pero reflejaba, a su vez, a la sociedad de turno. Luces de bohemia fue, es y será siempre la plataforma de expresión de un rebelde, el marco perfecto para dar a conocer el universo esperpéntico, una deliciosa vía de escape para lo que era él… un escritor bohemio de cabeza privilegiada…

Dos menos

Dirección: Oscar Martínez – José Sacristán y Héctor Alterio. Teatro Fernán Gómez

Dos hombres mayores despiertan en una sala de hospital para ser informados de que les queda muy poco tiempo de vida. Así arranca la obra del autor francés Samuel Benchetrit, también novelista y cineasta, en la que la muerte se convierte en una excusa para abordar los sentimientos más preciados del ser humano: el amor, la amistad, la paternidad, lo efímero de la vida…

José Sacristán -un gruñón que perdió el tren de su vida- y Héctor Alterio -romántico y nostálgico padre engañado- encarnan a este par de extraños cuyas tristes historias, unidas por el aciago azar, acaban tornándose en una conmovedora y tragicómica amistad:

-!Vayámonos de este lugar!
-Pero, ¿a dónde?
-!Qué más da! Lo importante es no volver al punto de partida.

Y con estas palabras y nada entre las manos, los dos ancianos, quijotes en pijama, emprenden un viaje, un periplo circular a lo largo del cual toparán con diversos personajes, al tiempo que resolverán algunos de sus conflictos íntimos más dolorosos.

Una caja en un espacio cerrado conforma el escenario de esta obra de teatro montada con total austeridad de recursos, sin concesiones estilísticas.

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A medida que se suceden las distintas situaciones, la caja va cambiando de forma, pero siempre manteniendo el mismo espacio. La escenografía parece responder al mensaje de los textos. No se trata de un viaje físico, sino interior ya que, curiosamente, y a pesar de su intención, los dos enfermos acaban volviendo a donde estaban al principio, por lo que entendemos que se trata de una clara metáfora vital, más que de una experiencia corpórea.

Con humor y ternura, a lo largo de 80 minutos, el espectador se embarcará en la cuenta atrás de dos personajes moribundos llenos de vitalidad que, en su éxodo a ninguna parte, profundizarán -curiosamente sin ninguna trascendencia o referencia al más allá- sobre los sueños, realizaciones y afectos del hombre; eso sí, de una forma divertida y conmovedora con una dosis no menos aplastante de ironía.

Después de un año de estancia en Buenos Aires, José Sacristán y Héctor Alterio, llegan ahora al madrileño teatro Fernán Gómez bajo la dirección de Óscar Martínez, cuya eficaz puesta en escena permite que estos dos veteranos de los escenarios ejecuten su dueto de una forma magistral con una sucesión de diálogos y monólogos brillantes que, en ningún momento, caen en el tenebrismo ni se regodean en algo tan doloroso e inevitable como la muerte. «Descansaremos… sé paciente, por fin descansaremos»

La maldición de los malditos: entre el volcán y el humo

«Cavila sobre la agonía de las rosas. Mira en el césped los granos de café de Concepta […] Estas cosas ya no te apasionan. Ahora tu única pasión son las «cantinas»: la débil reliquia de una pasión por la vida vuelta veneno, que no es sólo veneno enteramente, y que se ha convertido en tu alimento diario, cuando en la taberna…». El delirio de un borracho gira en una espiral de cuatrocientas páginas vertiginosas de dolor, podredumbre y descubrimiento, el motor poético desbordado de perdición. Bajo el volcán (Tusquets) es, para muchos amantes de la literatura, una de las mejores novelas del siglo XX. Bajo el volcán es, para todos los amantes del morbo metaliterario, una de las biblias del malditismo.

Su autor, Malcom Lowry (1909-1957), se entregó desde la infancia a la causa de la autodestrucción… que finalmente alcanzó con una turbia muerte de alcohol y barbitúricos. Todo un logro. La ruina de un ser humano. El 28 de julio se cumplen los cien años de su nacimiento en Chesire (Gran Bretaña). Los devotos del malditismo se aprestan a refocilarse con el recuerdo de sus proezas con el tequila y el mezcal; los expertos en literatura preparan nuevos textos que aclaren el misterio de una obra raquítica de la que surge como una exhalación Bajo el volcán, la prodigiosa peripecia del cónsul inglés Geoffrey Firmin en un México que el alcohol convierte en escenario dantesco.

Para los primeros, el centenario quizá pase más desapercibido. La actualidad manda, y la nómina de malditos devorados por su leyenda nunca deja de crecer. En España aún están calientes las brasas en las que se consumió Antonio Vega, uno de los músicos más valiosos que ha dado nuestro país en los últimos años… y mito de la toxicomanía. Fuera hipocresía: reconozcamos que entre los admiradores de su enorme talento siempre aparecía el tipo que no disimulaba su emoción por haberlo visto «realmente mal» en un concierto que, con «suerte», sería el último y adquiriría un valor incalculable en el mercado fetichista. Ni hablar del «fenómeno Michael Jackson», con una oscura autopsia -el misterio es un ingrediente extra fundamental: los detalles de la muerte de Lowry, por ejemplo, tampoco están aún claros- que promete muchos millones de dólares. A estos espectadores del malditismo se les podría englobar, como poco, en el viejo proverbio oriental: «Cuando el sabio señala la luna, el tonto mira el dedo».

Entre los segundos, los que prefieren mirar más allá, aparece la monumental biografía Perseguido por los demonios. Vida de Malcom Lowry, de Gordon Bowker, editado por el Fondo de Cultura Económica. Quizá para desmarcarse de aquella legión de devoradores del morbo, su autor explica en la introducción las razones de su minuciosa labor investigadora :«Lowry es el inventor de la ficción más compleja y terminante de la época moderna, y su vida, en ocasiones, parece el invento ficticio más complejo y terminante de todos».

Lowry cuenta en uno de sus primeros relatos, de claro carácter autobiográfico, cómo su padre, estricto metodista, mostró en público el desprecio que sentía por un abogado que «carecía de autodisciplina». El pequeño Malcolm, disimulando su propio desprecio, se dice: «No sabía que, en secreto, había decidido convertirme en borracho cuando fuera mayor».

Y, pese a -o quizás debido a- su convencional educación británica, paso por Cambridge incluido, Malcolm cumplió sobradamente su vocación. Toda su vida, desde los viajes iniciáticos por Oriente hasta los dos desastrosos matrimonios, fueron un mero telón de fondo para sus borracheras. Incluso su raquítica carrera literaria: sólo terminó dos novelas, Ultramarina y la obra maestra Bajo el volcán, y esta última, como él mismo reconoce en el prólogo a la edición francesa, es la consecuencia natural de su gran afición: «Quizá lo honesto sería confesarte que la idea cara a mi corazón fue la de hacer, en su género, una especie de obra de pionero, y escribir al fin la auténtica historia de un borracho».

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Con la perfecta fusión de vida y obra en el yunque de la disipación, Lowry quiere encarnar el modelo de una raza, el malditismo, en cuya tradición se enmarca explícitamente. Otro de sus biógrafos, Ronald Binns, recuerda un relato de Lowry en el que su alter ego Sigbjorn Wilderness aparece como un escritor americano que deambula por los apartamentos en los que Keats murió de tuberculosis y recuerda un similar peregrinaje por la casa de Poe. Ambos poetas, dice Binns, «interpretan en la mente de Wilderness el papel de escritores que habían tenido la buena fortuna de su propia desgracia y el privilegio de experimentar su propio sufrimiento ingenuamente».

En realidad, la actitud de Lowry entronca con el romanticismo, del que el malditismo surge como un rebrote que ha hecho fortuna gracias a su espectacularidad, factor que lo hace ideal para el mercantilismo de la era industrial. Surgido a finales del siglo XVIII como una exaltación del individuo y de las fuerzas de la imaginación y el genio, el romanticismo llega a su esplendor con Napoleón y, en consecuencia, sufre su primer ocaso con el Congreso de Viena y el posterior advenimiento del realismo y la industrialización. Pero su semilla permanece enterrada, presta a romper el suelo del convencionalismo y el predomino de la razón.

Aún en pleno siglo XIX vuelve a surgir bajo la forma del malditismo, que se centra en uno de los postulados de su matriz: el conflicto entre la sociedad y el artista. Además, adquiere el ropaje formal de la bohemia, el estilo de vida cuidadosamente desordenado y medidamente inconformista de los artistas del París de mitad del XIX que Henri Murger retrató en la novela Escenas de la vida bohemia.

Lo que empezó como una moda de unos cuantos individuos, «los malditos», derivó pronto en la abstracción, hasta generar un movimiento, el malditismo, con todo un programa de vida. En definitiva un «ismo» más de los surgidos del vacío de valores que provocó lo que el historiador Gonzalo Redondo denomina la «crisis de la cultura de la modernidad». Una compleja evolución social que Chesterton, con su peculiar tino para las sentencias, resumió en una frase: «Cuando se deja de creer en Dios, enseguida se cree en cualquier cosa».

Más prolijo, George Steiner propone en Nostalgia del absoluto una especie de juego para revelar la paradoja de que todos estos «ismos» intentaran sustituir las religiones tradicionales con esquemas en realidad idénticos al de éstas, incluidos profetas, libros sagrados, herejías, utopías, dogmas de fe, mártires… Una aguda observación de las entrañas de la filosofía política de Marx, el psicoanálisis de Freud, la antropología de Lévi Strauss o incluso la astrología y el ocultismo, revelan una patética imagen, similar a la del crío que sale a la calle con los zapatos de su padre. Evidentemente, demasiado grandes. Enternecedor, si no se intuyera tanta angustia y un sentimiento general de prueba fallida, de que el hombre, o bien no puede desembarazarse de la religión, o bien aún no está preparado para ello.

Steiner no incluyó en su nómina de «nostálgicos» a los malditos. Pero no por falta de material: un rápido vistazo nos descubre todos los elementos de una mitología sustitutiva al uso en la crisis de la modernidad. Si el ya mencionado libro Escenas de la vida bohemia es toda una profecía, algo así como un Antiguo Testamento, los Evangelios ven la luz en 1888 con la publicación de Los poetas malditos, de Paul Verlaine, que enumera a los apóstoles de la nueva religión, esto es, sus amigos Tristan Corbière, Arthur Rimbaud, Stéphane Mallarmé, Marceline Desbordes-Valmore, Auguste Villiers de L’Isle-Adam, además de él mismo con el sobrenombre de Pauvre Lelian.

Todos tienen en común una noción libérrima y esteticista de la existencia, antisocial y provocadora, sólo sensible a los dictados de su propio genio y con una marcada tendencia al martirio: la vida como obra de arte, primer mandamiento, exige un final no menos dramático que la autodestrucción. La utopía, la Tierra Prometida, el Absoluto, es un fulgor desmesurado, abrasador e instantánea, una luz como la que describe Joseph von Eichendorff en sus versos proféticos. Precisamente nuestro Malcolm Lowry apunta en esa dirección cuando en su Correspondencia, publicada por Tusquets, comenta que «el tiempo es una inhibición para impedir que todo suceda a la vez, como en el sueño». Con su arte y su vida, los malditos lograrán superar esa barrera para vivir la eternidad en la Tierra. La intensidad será su salvación ante la mediocre oscuridad de los tiempos.

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Por cierto, que Lowry difunde semejantes iluminaciones desde su grado de místico, adquirido gracias a su dominio de la gran herramienta litúrgica de los malditos: las sustancias alteradoras de la conciencia. En el prólogo de Bajo el volcán, dice: «Williams James, si no Freud, podría estarde acuerdo conmigo cuando afirmo que las agonías del borracho encuentra su más exacto paralelo en las agonías del místico que ha abusado de sus poderes». En realidad, no hace sino seguir la propuesta de Los paraísos artificiales, obra clave del que podría considerarse auténtico mesías: Charles Baudelaire.

Como apunta el poeta Roger Wolfe en su irreverente ensayo Malditismo y lentejas sin chorizo, es Baudelaire el que define con su vida y su actitud ante el arte los fundamentos básicos del malditismo: «Vivir al margen de la sociedad, recrearse ante una decadencia estética perfectamente estudiada, cultivar asuntos literarios exquisitamente putrefactos y morirse de asco con un cierto estilo premeditado». En definitiva, la encarnación del poeta maldito.

Tras él, otros malditos con pedigrí, más o menos heréticos en su originalidad, fueron actualizando el modelo. En EE.UU., Edgar Allan Poe lo dominó los primeros tiempos, Scott Fitzgerald le puso música de jazz, la generación beat lo llevó on the road… Pero también abundaron los epígonos en lugares supuestamente más vitalistas, como la Italia del movimiento Scapigliatura o la España que parte del tremendo Valle-Inclán y llega al inefable Leopoldo María Panero.

La nómina de fieles es, pues, amplia y continúa. Aunque limitada, eso sí. Estamos ante un credo exigente. Para acceder a sus arcanos hay que seguir las iluminaciones de los maestros y poseer unas condiciones estéticas mínimas. ¿O no? Desde luego, la práctica canónica exige la condición de artista o, al menos, una mínima pose. Pero ya la cadena de suicidios de adolescentes por la lectura del Werther de Goethe demostró la capacidad de penetración en la sociedad del primer romanticismo.

Cierto que la potencia expansiva de la literatura es hoy mucho menor. Pero precisamente ese detalle hace más significativo que a largo del siglo XX las huestes del malditismo empezaran a emigrar a las más fértiles tierras del cine y la música. ¿Podrían interpretarse el «Vive rápido, muere joven y deja un bonito cadáver» de James Dean y la inmolación de Jimmy Hendrix como símbolos de una mutación con ánimos proselitistas?

Quizá sea una conclusión excesiva, fruto de la sugerencia envolvente del juego de George Steiner. Más sencillo: cambiemos proselitismo por la mezcla de narcisismo exhibicionista (evidente en todo maldito) y la demanda masiva de un producto con las características, remozadas (¿tuneadas?) del viejo Baudelaire. ¿Tenemos a los punkies, tenemos a los raperos? ¿Tenemos el aumento del consumo «recreativo» de drogas, tenemos los asesinatos en serie en los institutos?

En su descripción del fenómeno del malditismo, Roger Wolfe asegura que «si hay algo que vende es ese concepto de la vida bohemia, ese disfrute de la decadencia, la perversión y el morbo «por persona interpuesta», que tan bien se ajusta al voyeurismo moral de nuestra época». De acuerdo que la visión mercantilista es ineludible: sólo hay que prestar atención a titulares periodísticos del tipo «El malditismo de Antonio Vegalo acompaña hasta el velatorio». Pero ciertas actitudes muestran que la burguesa sociedad actual no se limita a mirar.

En la novela de Martin Amis La casa de los encuentros (Anagrama), Lev, un ruso que ha pasado por la traumática experiencia del gulag soviético, le escribe a su hijastra Venus, que vive en los EE.UU. de hoy, sobre por la costumbre, extendida entre los adolescentes norteamericanos, de autoinfligirse cortes en los brazos: «Si lo hacéis para combatir la insensibilización de la democracia avanzada… no puedo solidarizarme con vosotros. Otros sistemas, ¿sabes?, te anegan las glándulas de líquidos y juegan con las puntas de tus nervios».

¿Por qué esa terrible necesidad de autodestruirse? ¿La fascinación por la caída de la que hablan los que padecen vértigo? Para el escritor mexicano Gabriel Ríos, Bajo el volcán es una metáfora de la venganza de la sociedad hacia el hipersensible. ¿Habría que entender esa hipersensibildad como una patología y el arte maldito como su síntoma? ¿O es sólo fruto del aburrimiento de una burguesía demasiado satisfecha y, por tanto, sin horizontes? Quizá cuando hablamos de malditos nos referimos a dos cosas distintas.

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En su libro Conversaciones con Enrique Pichon Rivière sobre el arte y la locura (Ediciones Cinco), Vicente Zito le pregunta al eminente psiquiatra argentino si artistas como los malditos y los románticos no manejan las mismas pautas y procesos que los enfermos mentales. Pichon Rivière señala una gran diferencia: «El artista normal logra la (verdadera) unidad, armar lo que previamente desintegró, despedazó, cosa que no logra el artista alienado», cuya obra carece de «valor plástico», no supone «una propuesta de dinámica de cambio, sino un estereotipo» y, sobre todo, en lugar de unidad sólo puede ofrecer caos.

Para hacerlo más gráfico, el doctor pone como ejemplo el trabajo de Picasso con el inconsciente: «Picasso ha elaborado lo maravilloso a partir de una ruptura caótica, pero que ha sabido y podido recomponer, reintegrar. La muerte le ha servido para re-crear vida […] Es un artista que ha tomado su obra como camino de investigación y ha descendido a las etapas más regresivas de su propio inconsciente. Pero no se ha perdido, no ha muerto, no ha enloquecido en su viaje».

En cambio, el maldito traspasa todos los umbrales en su viaje… Hasta contemplar, horrorizado, que no puede regresar. «A veces me tengo por un explorador que ha descubierto tierras extraordinarias de las que jamás podrá regresar para darlas a conocer al mundo: pues el nombre de esas tierras es infierno. Claro que no están en México, sino en el corazón», dice el protagonista de Bajo el volcán.

Sin embargo, Lowry sí logra darnos a conocer un breve retazo de su infierno, como el náufrago que lanza al océano un mensaje en una botella…Y la mecánica de ese lanzamiento fascina al psiquiatra Pichon Rivière: «Muchas veces me he preguntado qué es lo que mueve a Lautréamont a escribir ese libro infernal que son sus Cantos de Maldoror. Y podemos decir: una situación caótica interna, un profundo dolor, una necesidad de sacarlo a flote, poder verlo, hacer que los demás lo ayuden a soportar ese infierno […] Había descendido hasta la muerte, ¡la había tocado! Ya no podía estar a solas ante semejante carga, necesitaba compartirla. Pero ir sacando afuera todo eso, objetivarlo, se convertía en una tarea pavorosamente difícil». La misma tortura que, según Gordon Bowker, sufría Lowry: «Para él, escribir era un impulso incoercible, pero también muy penoso».

Porque el verdadero maldito, como explica Roger Wolfe, siempre lo es a su pesar. Su dolor es individual; como todo sufrimiento auténtico, brota del corazón y es único e irrepetible, no lo fabrica en serie un «ismo» ni lo moldea una tendencia. Aunque el maldito busque a veces el refugio de sus camaradas y caiga en la tentación del estereotipo, ese dolor lo separa del patético impostor que intenta forzar con poses, sustancias o lemas supuestamente profundos -«Mañana podemos estar muertos», «No future»- una situación dramática que encubra lo que el Lev de Martin Amis desvelaba con descarnada lucidez: «Si lo hacéis para combatir la insensibilización de la democracia avanzada…».

El burgués aburrido y convencional empeñado en comprar la genialidad y el adolescente que se corta para «sentirse vivo» no son artistas, no son auténticos creadores: sus sensibilidades enfermizas, alienadas, se expresan con actos fragmentados y prescindibles, que se pierden en el vacío. Creen aquella promesa de eternidad en un vaso de cristal, pero la genialidad no es un sacramento que se pueda administrar. Compran un poco de fe mutilándose, pero la prosa de Lowry no se vende en las cantinas. Son lucrativos consumidores de humo. Se llenan de nada.

En cambio, el deseo revela al verdadero maldito. «Me parece ver ahora, entre los mezcales, ese sendero, y más allá, extraños parajes, como visiones de una nueva vida que pudimos haber vivido. Me parece que nos veo viviendo en algún país del norte con montañas y colinas y aguas azules», balbucea el cónsul en su borrachera. En la biografía de Lowry aparece un lugar muy parecido: una cabaña junto al agua en Vancouver. Sólo allí, apunta Gordon Bowker, en medio de una existencia sencilla y sobria, pudo «recrear el sudor y la corrupción del sur». Apenas un respiro para encontrar «ese lugar secreto preservado para la poesía, un lugar no contaminado» que Pichon Rivière intuye en Lautremont, «El sitio de mi recreo» que cantaba Antonio Vega. Después volvieron los demonios. Pero puede que ya hubiera encontrado el norte de su autenticidad. Justo antes del comienzo de Bajo el volcán brilla como una estrella la cita de Goethe: «Al que sin cesar se esfuerza por ascender… a ese podemos salvarlo».

Memorias a medias

 

Ediciones Encuentro. 2008. 527 páginas

En este libro Alejandro Llano da una cierta razón de vida. Él mismo afirma que sus memorias no quedan agotadas con esta primera entrega. Con todo, ante los ojos del lector se deslizan algunos de los cabos que hasta ahora han tejido su vida.

Hay que comenzar por el principio, comparecen el entorno familiar y su propio mundo interior ante el ambiente de sus veranos asturianos y de sus, al parecer, tediosos inviernos madrileños: rememora la historia familiar, las vivencias del progresivo descubrimiento de la complejidad de la vida en la España de una posguerra ya algo pasada, donde junto al haz dela sociedad acomodada a la que pertenece va comprendiendo que siempre puede haber un envés, inicialmente sorprendente pero real. No escapan al panorama la pequeña controversia familiar sobre los antecedentes socioeconómicos de la familia asturiano-indiana, en que con cierta sorna el autor siempre había optado hasta ahora por la versión más acorde con su inclinación socialdemócrata, según la cual su padre había emigrado a México a causa de la pobreza de una familia que no poseía más que una vaca. Parece que ahora ha sentido la necesidad de reparar sus fechorías, contestadas durante tiempo por el sector femenino de la familia. También en este ambiente se percibe el alto concepto sobre las cualidades intelectuales y de carácter de sus padres, especialmente de su madre, y la inextricable solidaridad entre los siete hermanos, cada uno con su modo de ser. De aquí exactamente surge el título del libro, que procede de un poema de su hermano Carlos, quien ha ejercido un importante influjo en el autor.

Con sentido humano (homo sum) y sentido del humor es posible adentrarse en cómo se fue tejiendo la vida de este filósofo, que parece haber conservado algunos de los rasgos que él mismo refleja en su niñez, ese tira y afloja entre la timidez reflexiva, inicialmente huraña y progresivamente más modelada por el rodar de la vida, y la capacidad y la necesidad de las relaciones humanas, desplegadas en múltiples ámbitos a lo largo de su vida; quizá también se encuentre en este columpio en movimiento el hecho de que Alejandro Llano, después de un compromiso mantenido toda su vida, se vea a sí mismo como persona de fe vacilante.

El ambiente del colegio del Pilar, sus éxitos iniciales, escolares y sociales en el ámbito de esa pequeña sociedad que es un colegio, dejan paso a algunos desencuentros precisamente con el entorno -señaladamente divertido el capítulo del «desafortunado símil del pecho»-. Éstos dan lugar a su vez a la forja de sus grandes amistades; queda subrayada la amistad que data de aquella época con Carlos Mellizo y con Carlos Álvarez Villar especialmente. Tampoco sus inclinaciones intelectuales hacia lo que hoy llamarían algunos «letras puras» (se confiesa un letraherido) le facilitaron la relación en un momento dado con su padre, cuestión que pronto fue agua pasada. Es el momento de tomar una decisión sobre la orientación de su vida, que relata con la misma vivacidad y normalidad que el resto; quizá se lo haya hecho asequible el hecho de que quien más le facilitó el paso, fue Azucena, la «tata», una especie de genio protector femenino de agudeza serena y decires netamente asturianos.

El inicio de su contacto con la Universidad en la Complutense de Madrid allá por el comienzo del 60 abre la ventana al ambiente estudiantil de la época, vivido por el autor con gran intensidad: sobre todo en el aspecto intelectual, donde el magisterio de Antonio Millán Puelles, «filosofía susurrada», y la amabilidad de Rodríguez Rosado hicieron posible el definitivo encuentro con los grandes temas filosóficos que hasta la fecha han ocupado la atención de Llano. Es el hallazgo del puente entre conocimiento y referente y el punto de partida de la metafísica lo que intriga a este aprendiz de filósofo, y el «donde comiences allí permanecerás» de Hörderlin parece perseguirle: la representación, en ideas o en el lenguaje, al tiempo que sus relaciones con el mundo exterior vienen a marcar puntos importantes de su reflexión, reflejados en distintos títulos suyos, Fenómeno y trascendencia en Kant, Metafísica y lenguaje, El enigma de la representación, etc.Y tanto su insistente estudio de Aristóteles y Tomás de Aquino,como su convicción de que en I. Kant está en germen todo el pensamiento moderno, dan importantes pautas para comprender qué ha andado buscado con su tarea de filósofo. Su interés por la vida civil le ha llevado a prever cambios sociales anticipados en su Nueva Sensibilidad.

Sin apenas medios, con una importante cantidad de estudiantes, y sólo movidos por el studium de su tarea, esta generación de profesores universitarios y de estudiantes de primeros cursos toman la iniciativa en la organización de seminarios sobre temas que actualmente parecen quedar relegados al doctorado, si es que se salvan ahí. Así es el seminario voluntario y no computable en el currículo (gran desperdicio para los pro Bolonia), celebrado semanalmente en la Residencia de Estudiantes durante dos horas para leer despacio y discutir la Crítica de la razón pura de Kant y otras obras. Carencias y excelencias se mezclaban en las visitas pausadas y reflexionadas al Prado y las clases de Arte, aún con diapositivas en blanco y negro. Nombres como García Gual, Adrados y tantos maestros de la época crean el ambiente de la primera formación universitaria.

El inicio de su contacto con la Universidad en la Complutense de Madrid allá por el comienzo del 60 abre la ventana al ambiente estudiantil de la época, vivido por el autor con gran intensidad: sobre todo en el aspecto intelectual, donde el magisterio de Antonio Millán Puelles, «filosofía susurrada», y la amabilidad de Rodríguez Rosado hicieron posible el definitivo encuentro con los grandes temas filosóficos que hasta la fecha han ocupado la atención de Llano.

Especialmente interesantes para quienes vivimos de una u otra manera en el ámbito universitario son los capítulos «Por las vías de la investigación» y «La fabricación de una tesis», aunque hay otros muchos aspectos en el libro que reflejan, en actos y palabras de diferentes personas de diferentes tendencias y en la interpretación del autor, el esfuerzo por la excelencia en la búsqueda de la verdad y en la investigación.

Así como la relación con sus amigos y maestros madrileños parecen haber discurrido con la tónica de una amable armonía, su abrirse camino en la Universidad de Valencia se halla más bien en el tono de la dialéctica -años duros y desesperanzados, dice él-. El perfil de Manuel Garrido(«un tipo -dice Llano- de amistad/enemistad que a él le gustaba y con la que yo tampoco me encontraba incómodo») queda reflejado tanto en algunas actuaciones que podrían ser tachadas de atrabiliarias, como en el ambiente de diálogo serio con sus estudiantes y en una importante nota de buen paladar intelectual, precisamente en el momento en que podría haber dejado pasar una memoria de licenciatura sin pena ni gloria, y sin embargo abrió otras posibilidades al doctorando, dando simultáneamente un reflejo de notable respeto a la libertad del joven filósofo. El ambiente de desgarro y una cierta carencia de interés intelectual además de la acumulación de sus ocupaciones, ahora ya desde la posición del profesor, están a punto de hacerle abandonar. Una sugerencia de un colega con resonancias bíblicas -«por un solo justo»- parece haberle impulsado de nuevo. Bien es cierto que en esos mismos años encuentra el aliento del grupo de colegas, con los que se reúne en casa de Rodríguez Rosado, con los que mantiene el necesario diálogo humano e intelectual. También a estos tiempos se remonta su colaboración y amistad con Jesús Ballesteros, como también la dirección de las primeras tesis doctorales; muy peregrinas por cierto las circunstancias en que dirige la de Adela Cortina.

De Valencia a Münster, donde Fernando Inciarte -éste sí, genio protector- da lugar a una de esas grandes e interesantes relaciones de amigos hasta el fin, tanto en los intercambios intelectuales como en la adhesión personal, y que abre el camino a la real comprensión del filósofo de Königsberg de parte de Llano. Será, sin embargo más tarde, ya al final (9697) de su propio mandato rectoral, cuando tenga Llano la oportunidad de una más estrecha relación con él, a raíz de la cual traza las más sentidas páginas («un filósofo con ángel») en la valoración intelectual y humana de Inciarte.

A pesar de encontrarse, al fin, con un buen ambiente de colegas y compañeros en Valencia, se impone la necesidad -supervivencia laboral de los peculiares ambientes laborales universitarios- de emprender el camino de las oposiciones, que traza bajo un título irreverente, «La otra fiesta nacional». Con estos avatares entramos en la mezcla de esfuerzo, humor y aguafuerte a que se prestaba este tipo de lances. El caso es que al cabo de este episodio el autor se encuentra tomando posesión de la cátedra de Metafísica de la Universidad Autónoma de Madrid; orgullo para su padre que lo considera como el sucesor de la cátedra de Ortega.

El interés por la cosa pública es una constante en la vida de Llano, pero de sus inicios en las lides relacionadas con la política universitaria de estudiantes del premayo-68 hasta ya avanzada su trayectoria vital, parece ser que siempre ha tenido que ejercer una especie de oficio del funambulista: no le han hecho gracia los matices patrioteros de muchos representante de la política oficial de la época, pero distingue claramente esta ganga del sentido de patria más serio, esa que brilla en los grandes de la teoría política.

Poco duró, sin embargo esta estancia madrileña. Reclamado por Alfonso Nieto, rector entonces de la Universidad de Navarra, decide trasladarse a la «lluviosa Iruña», donde durante ya largos años ha ejercido un poco todos los oficios, de profesor más joven y cercano a los alumnos a decano de Letras y rector. En esta ciudad se reencuentra con otro de sus amigos de siempre, Rafael Alvira, también filósofo y a punto de obtener su plaza universitaria. Los antiguos lazos de Madrid, cuando había establecido relación con un grupo del instituto Ramiro de Maeztu que fueron un descubrimiento y una emulación para él, se refuerzan aquí, y la sección de Filosofía de esta facultad alcanza un importante relanzamiento, a través de líneas de desarrollo bien marcadas en docencia, publicaciones e investigación, y con la aportación de profesores de otras universidades: I. Angelleli, Geach y Anscombe, Spaemann, etc., van configurando el necesario intercambio con otros ambientes y temas universitarios que dejarán pautas marcadas para el futuro.

A fecha cercana a sus contactos iniciales con Alvira se remonta también su conocimiento directo con San José María, fundador del Opus Dei, que le dejó una marca de humanidad, de espiritualidad, de amor a la libertad y de afecto. Mucho agradecimiento y un recuerdo muy hondo guarda también para don Álvaro del Portillo.

Poco le duró la paz cuando dejó el decanato de la Facultad de Filosofía, porque fue nombrado rector pronto. Sus recuerdos de este periodo no son ciertamente los más gratos, porque, a parte de no permitirle tanto leer, escribir y estudiar -auténticas inclinaciones de su vida- le obligan a verse las caras con la socialdemocracia de andar por casa del PSOE, en el poder entonces en la simpática pero reducida sociedad de la comunidad foral.

El interés por la cosa pública es una constante en la vida de Llano, al menos en lo que representa de aportación a esa sociedad en la que se siente naturalmente inserto y actuante, pero desde sus inicios en las lides relacionadas con la política universitaria de estudiantes del premayo-68 hasta ya avanzada su trayectoria vital, parece ser que siempre ha tenido que ejercer una especie de oficio del funambulista: no le han hecho gracia nunca los matices patrioteros de muchos representantes de la política oficial de la época, pero distingue claramente esta ganga del sentido de patria más serio, esa que brilla en los grandes de la teoría política. Inclinado también a la generosidad social, de niño, en una comida familiar, no tiene mejor idea que aclamar la incautación de la fábrica de habanos perteneciente a la familia de su madre de parte del entonces triunfante Fidel Castro. Sus inclinaciones socialdemócratas se plasman poco antes del cambio de régimen político, en el movimiento cívico Causa Ciudadana, que hubo de ampararse bajo el pabellón de las sociedades anónimas hasta momentos más oportunos. A través de su hermano Ignacio se realiza este contacto con el grupo, que más tarde había de integrarse en UCD, y del que formaban parte F. Fernández Ordóñez, García López, D. Ridruejo, entre otros. Precisamente Ignacio será gobernador civil de Navarra al poco de llegar Alejandro a Pamplona, ya en época democrática. El momento es el de máxima incidencia del terrorismo de ETA; es el tiempo del asesinato, entre otros, del jefe de la Policía Nacional en Pamplona, el comandante Imaz. Aunque Alejandro Llano se mantiene al margen de la actividad política activa, sus estrechas relaciones con su hermano le abren los ojos sobre una hosca realidad política y le hacen chocar una y otra vez con la testaruda realidad de la concreción histórica de la utopía, que arroja un saldo no precisamente positivo.

No fueron años fáciles para la Universidad de Navarra los de su mandato como rector, y ser su representante oficial le permitió contemplar la cara desconchada de una hostilidad un tanto testaruda y nada dialogante. A pesar de sus viajes a Alemania y a Estados Unidos, y de haber publicado en ese tiempo libros significativos en su biografía intelectual, parece que estos respiros no son suficientes para él y su salud se resiente. También esto queda reseñado con la sencillez característica de su redacción, proclive a discretas expresiones que no amplifican problemas y suavizan otras, dada a unir en un mismo tenor de redacción lo más directamente personal con lo más oficialmente significativo, todo acompañado de un tinte de humor, o incluso de zumba o ironía. Se diría que su redacción cae como el orballu asturiano. Si en algún lugar se permite la amplificatio es en los avatares de estudiante del tardofranquismo, en sus consiguientes SEU (o tempora!),en los vaivenes de las elecciones estudian roces con el tiles, y -con perdón- en las relaciones con el llamado sexo débil; un acento este, que más bien parece buscado para equilibrar el guión del libro, por más que es verdad: Llano ha tenido y tiene muchas y buenas discípulas y es capaz de ser un buen interlocutor con las féminas.

Llano tiene el don de expresar en la narrativa de la normalidad su pensamiento; cuenta muchas veces en forma de hecho los destellos de las ideas de fondo. No agobia con una sucesión de teorizaciones, sino el relato del curso de su vida en diferentes facetas, empapadas de su visión del mundo. El libro es interesante, se lee muy bien, porque él es muy buen lector y siempre ha sabido escribir bien, tiene sentido del humor más que suficiente para hacer un libro divertido a base de retazos de la autobiografía de un profesor; pero, sobre todo, es un libro interesante, donde se puede ver cómo se puede configurar una vida que es a la vez humana, familiar, con un recorrido intelectual profundo, llena de amistades; a pesar de los desencuentros sociales, dotada de convicciones morales y religiosas serias, y con la buena cintura de ese buen deportista que le hubiera gustado ser al autor cuando de pequeño se escapaban los hermanos a las aventuras espeleológicas en la cueva de Tito Bustillo. Y sin darme cuenta he vuelto a la caverna, símbolo que tortuguea en el libro, ya con las resonancias de platónicas, ya con otras más literarias y cercanas a la búsqueda del tiempo perdido.

Multilateral no rima con multipolar (aunque lo parezca)

Javier Rupérez -diplomático y ex diputado del PP, en el que representa el ala democristiana- pasó tres años en Nueva York, de junio de 2004 a junio de 2007, como director ejecutivo del Comité contra el Terrorismo del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, experiencia que constituye el hilo narrativo de El espejismo multilateral.

El penúltimo capítulo del libro -el último es un «homenaje a la ciudad y a la gente que lo vieron crecer»- constituye el corolario argumental de los XXVI anteriores. Para Rupérez, el «proceso de paz» del presidente Zapatero fue un grave error no tanto por el hecho de negociar -sus predecesores también ordenaron contactos con la banda- sino por introducir en las conversaciones elementos políticos
-supuestas concesiones a los objetivos de ETA y no sólo vías de reinserción a presos y prófugos- y por hacerlo de forma pública, buscando la mediación internacional y llevando la negociación a las Cortes y al Parlamento europeo, creando así una ficticia paridad de legitimidades entre el Estado y los terroristas.

A pesar de la similitud de títulos, El desafío multipolar tiene poco en común con El espejismo multilateral. Si aquél es un libro de memorias, éste es un ensayo académico a palo seco.

No es de extrañar que la negociación causara «estupor» en más de un diplomático español. Si hay un dosier recurrente de la diplomacia española en los últimos cuarenta años es el de convencer a la comunidad internacional de que ETA no es un romántico movimiento de liberación sino una organización revolucionaria y terrorista. No ha sido ni es tarea fácil. El propio Rupérez -que sobrevivió a un secuestro ETA- ha explicdo en una reciente tercera de ABC la tradicional resistencia de la prensa internacional -especialmente la estadounidense- a llamar terroristas a los terroristas. Los partidos firmantes del Pacto por las Libertades y Contra el Terrorismo (2000) consideraron necesario «mantener una actividad informativa permanente, a escala internacional, en el ámbito de las instituciones y de las organizaciones políticas y ciudadanas». Los atentados de 2001 en Estados Unidos precipitaron un cambio de actitud general hacia el terrorismo. En febrero de 2002, ETA fue incluida por primera vez en las listas de terrorismo internacional de Estados Unidos. En junio del mismo año, el Consejo Europeo adoptaba una posición común sobre el terrorismo -que entre otras cosas permitió simplificar los procedimientos de extradición- y una lista de personas y grupos terroristas entre los que se incluyó a ETA, lista que ha sido renovada por última vez en enero de 2009 con la inclusión de ANV y PCTV. En estos días del principio del verano de 2009, el Tribunal de Estrasburgo ha confirmado que la ilegalización de Batasuna no viola las convenciones europeas de derechos humanos.

El problema no se acaba, para España, con el terrorismo de ETA. Después de ganarse a pulso el reconocimiento internacional por la lucha contra el terrorismo y por el reconocimiento de sus víctimas, España se convirtió como consecuencia de los atentados del 11 de marzo en un caso de estudio de cómo el terrorismo es capaz de alcanzar sus objetivos políticos, en este caso determinar el resultado de unas elecciones y provocar la retirada de un contingente militar de un área de conflicto.

Córdoba, Ed. Almuzara, 2009, 216 páginas

Desde la distancia, Javier Rupérez asiste al proceso de paz en España con «frustración» por trabajar al servicio de una política antiterrorista «en la que desgraciadamente caben esas contradicciones» (hacer lo contrario que la doctrina que se estaba fraguando en Naciones Unidas al mismo tiempo y con gran esfuerzo). El relato de Rupérez ha comenzado con las dificultades -trabas burocráticas, recelos personales, rivalidades nacionales- que encuentra para crear una oficina cuyo impulso surge precisamente de los ataques terroristas contra Estados Unidos y en el contexto de la «guerra contra el terror» de la administración Bush -término por cierto al que Rupérez prefiere «lucha contra el terrorismo»- y alcanza su punto álgido cuando describe cómo se conforma la estrategia onusiana sobre el terrorismo, entre discusiones sobre las «causas profundas del terrorismo» o sobre el terrorismo y las libertades fundamentales, e idas y venidas de Kofi Annan a Madrid. Precisa Rupérez, y es importante para la comprensión del libro, que aunque dejó su destino de embajador en Washington por el cargo en Nueva York en junio de 2004, la propuesta y aceptación del puesto fueron anteriores a las elecciones generales de marzo del mismo año. Es decir, fue el gobierno Aznar el que promovió su candidatura con el significativo respaldo de Estados Unidos, pero fue el gobierno Zapatero el interlocutor español durante la duración de su mandato en Nueva York.

El libro de Charles Kegley y Gregory Raymond es más circunspecto aunque también tiene un corolario preceptivo de tono más optimista, como corresponde a dos académicos de larga trayectoria que han caminado más bien por el lado demócrata de la carretera.

Después de algunos ajustes de cuentas con altos funcionarios de Naciones Unidas y con el gobierno español, Rupérez dedica cuatro capítulos a hacer balance de su experiencia onusiana. No predica, como otros «en la derecha y sus proximidades», la inanidad de la ONU y por lo tanto su eliminación. La dificultad de cumplir las aspiraciones de paz, justicia y libertad para todos no debería conducir al cinismo sino a un mayor esfuerzo para alcanzarlas. Si no existiera la ONU habría que inventarla: la prueba es que son ya sesenta años sin un conflicto mundial generalizado. Ahora bien, la ONU no es sino lo que los Estados miembros quieran hacer de ella; no genera una voluntad distinta de lo que ellos expresan y, en consecuencia, lo mejor que pueden hacer los miembros para dar vida a la ONU es hacer valer en ella sus planteamientos e intereses. «La peor de las políticas posibles consiste en alabar sin matices el significado y trabajo de las Naciones Unidas y al mismo tiempo practicar la pasividad en los meandros que conducen a sus decisiones buscando refugio en iniciativas vacías de contenido como por ejemplo la llamada Alianza de Civilizaciones». Quien crea, como Haile Helassie en los años treinta o el gobierno español a principios del siglo XXI, que la ONU tiene el carácter «mágico y providencial que le conceden los círculos progresistas», está sufriendo un espejismo: el espejismo multilateral.

A pesar de la similitud de títulos, El desafío multipolar tiene poco en común con El espejismo multilateral. Si aquél es un libro de memorias de la praxis política con unas gotas de reflexión y análisis, éste es un ensayo académico a palo seco. Naturalmente, hay nexos entre ambos. En la parte que dedica al análisis geopolítico, Rupérez incluye un capítulo titulado «El «Imperio Americano»: instrucciones de uso» en el que pone en cuestión lo que la literatura sobre relaciones internacionales viene anunciando desde hace décadas: el principio del declive de la hegemonía estadounidense. Para Rupérez es evidente que la supremacía de EE.UU. perdura -a pesar del ascenso chino y las diferencias transitorias con aliados como Francia y Alemania- y además tiene ventajas. Y termina afirmando que los planteamientos de Estados Unidos no son dispares de los que forman la filosofía básica de la Unión Europea y de sus miembros y que «la inteligente y permanente alianza entre Washington y Bruselas es la mejor combinación de capacidad política, desarrollo económico, proyección democrática y fuerza militar que hoy existe en el mundo».

Córdoba, Editorial Almuzara, 2009, 272 páginas

El libro de Charles Kegley y Gregory Raymond es más circunspecto aunque también tiene un corolario preceptivo de tono más optimista, como corresponde a dos académicos de larga trayectoria que han caminado más bien por el lado demócrata de la carretera. Ambos están vinculados al Carnegie Council, «la voz de la ética en las relaciones internacionales», una de las instituciones creadas a principiosdel siglo XX por el magnate del acero y filántropo militante Andrew Carnegie. El desafío multipolar es, precisamente, una muestra de esa literatura sobre el declive del «Imperio Americano» a la que se refiere Rupérez. Publicado por primera vez en 1994, según los créditos esta edición en español ha sido actualizada por los autores, que en un breve prefacio hacen referencia a los atentados de septiembre de 2001 y, más tarde, a la guerra de Irak.

Para Kegley y Raymond no hay duda de que el futuro será multipolar. Las cifras, dicen, hablan con rotundidad de la supremacía estadounidense en términos militares, económicos, científicos y culturales. Pero estas cifras no deben ocultarnos debilidades domésticas como el endeudamiento excesivo, los problemas sociales crónicos o la pretensión de abarcar demasiado militarmente, debilidades que podrían acelerar el declive relativo del poder americano, anunciado por los avances de otras potencias. La cuestión es cómo prepararse para que ese futuro multipolar sea lo más estable y pacífico posible. Para ello, los autores abordan el estudio de los sistemas multipolares (definidos como aquellos en los que tres o más potencias poseen capacidades muy equivalentes), primero desde el punto de vista teórico y a continuación a través del comportamiento de seis casos históricos. Los dos últimos (1815-1914 y 1919-1939), que terminaron en las más grandes catástrofes de la historia del mundo, se caracterizaron por una maraña de alianzas cambiantes con tendencia a la polarización y por órdenes normativos poco restrictivos. De poco sirvió, en el segundo de ellos, la denuncia de la diplomacia secreta por parte del presidente Wilson y la instauración de un nuevo sistema de «alianzas transparentes, acordadas públicamente» encarnado por la Liga de Naciones.

«Los que dicen creer en el multilateralismo están utilizando un término codificado para indicar su oposición a la política americana», denuncia Rupérez.

Pareciera como si el fin de cada sistema multipolar diera paso a una confrontación bélica más feroz todavía. Entonces ¿qué opción tomar ahora que el mundo unipolar de la posguerra fría parece dar paso a un mundo multipolar? ¿Qué modelo debería favorecer Estados Unidos mientras conserve su influencia predominante? Entre los cuatro caminos alternativos hacia un «futuro pacífico multipolar», ninguno de los que ahora se abren como opciones -equilibrio unilateral, relaciones especiales, concierto de potencias, seguridad colectiva- ha garantizado nunca una paz duradera. Kegley y Raymond se inclinan por una opción combinada: un multilateralismo que estaría diseñado en dos niveles: un concierto de potencias (puesto que «el multilateralismo tiene mejores posibilidades de funcionaren grupos pequeños») junto a un sistema de seguridad colectiva más amplio «donde las pequeñas y las medianas potencias podrían hacer escuchar su voz en cuestiones pendientes si sus intereses se viesen afectados o si fueran especialistas en tales cuestiones».

Aunque Kegley y Raymond no identifican su multilateralismo de dos niveles con las Naciones Unidas tal como están hoy configuradas, su propuesta se parece mucho al sistema implantado por Estados Unidos y sus aliados en 1945 y al que, como sabemos, Rupérez atribuye los últimos 60 años de ausencia de conflicto generalizado. Salvo que la bipolaridad EE.UU.-URSS ha terminado. Es interesante comparar las conclusiones de los académicos con las del diplomático. La receta de éste, una alianza sólida entre EE.UU. y la UE, es algo que de Kegley y Raymond dan por hecho aunque sólo como una de sus subopciones dentro de la opción de «relaciones especiales», junto a otras posibles relaciones especiales con Rusia, Japón o China: un sistema desaconsejable por su inestabilidad y por los recelos que produce.

Cuestión de perspectiva, y de interpretación del término «multilateral» y sus derivados. «Los que dicen creer en el multilateralismo están utilizando un término codificado para indicar su oposición a la política americana»,denuncia Rupérez, en una alusión velada al gobierno español actual y su fe ciega en Naciones Unidas, que desde luego es difícilmente aplicable a los académicos estadounidenses. Para éstos, multilateralismo no es más que una «forma organizativa exigente que requiere la coordinación de políticas nacionales entre tres o más potencias». Es grato, en todo caso, aunque seguramente no muy exacto, comprobar cómo los autores tratan a la Unión Europea como actor único en un posible sistema multipolar, junto a Estados Unidos, Japón, Rusia y China. Tratándose de una obra escrita en 1994, no extraña tanto la ausencia de otros poderes emergentes como India o Brasil, o la falta de un análisis más detenido de amenazas como el terrorismo internacional o el poder desestabilizador de Estados como Irak, Irán o Corea del Norte. Muy apegada a la teoría de las relaciones internacionales, que suele obviar las políticas domésticas y la ideología como variables menores de la geopolítica, es también previsible hasta cierto punto que no considere la división del mundo entre países libres, seguros y prósperos y Estados autoritarios, fallidos o amenazadores. Con todo, la tesis de partida -el declive de la hegemonía estadounidense y su posible sustitución por un sistema multipolar- mantiene su vigencia y es meritorio el esfuerzo analítico de aplicar un marco teórico a la prevención de posibles conflictos generalizados.

El desafío multipolar incluye un «estudio preliminar» firmado por Ignacio de la Rasilla del Moral, joven investigador de las relaciones internacionales. Es un valioso texto introductorio que pone el trabajo de Kegley y Raymond en su contexto académico. Su presencia no anunciada en la portada resulta, sin embargo, algo impropia, y junto a otros detalles como algunos pasajes de difícil comprensión atribuible a la traducción o a una revisión insuficiente (que son más frecuentes conforme nos acercamos al final), la rotulación equívoca de apartados, la falta de índices (tampoco en el libro de Rupérez los hay) y una bibliografía miniaturizada (de varios centenares de títulos) dan a la edición un aire algo casero; detalles que apenas quitan valor a la loable tarea de la editorial Almuzara de poner al alcance del lector en español una literatura que no suele ser fácilmente accesible en nuestro idioma y que tiene la utilidad de hacernos pensar en el largo plazo.

Los retos de la Unión Europea

La reciente campaña electoral europea finalizada el pasado 7 de junio ha propugnado que los ciudadanos europeos influyen en las decisiones parlamentarias y que éstas, a su vez, afectan al futuro de la Unión Europea y al de sus ciudadanos, pero la UE aparenta ser una amalgama de complejas instituciones en la que políticos, líderes y diplomáticos toman las decisiones que parte de la ciudadanía europea, por referéndum, rechazó. Si los ciudadanos se equivocaron, allí están los políticos para acudir al rescate de sus súbditos ignorantes. La UE sigue siendo el proyecto internacional más ambicioso e influyente que afecta a 27 naciones, pero a falta de un debate público sobre su finalidad y lastrada por su déficit democrático, el futuro de su integración política está en duda.

Así, en las últimas fechas surgen multitud de preguntas: ¿hacia dónde debe dirigirse la UE?, ¿quién debe guiarla?, ¿cómo pueden los líderes de la Comisión Europea, comisarios y parlamentarios atraer la atención de la ciudadanía?, ¿puede el proyecto funcionar desde Bruselas sin impulso ciudadano? El proyecto de constitución respondía a varias de estas cuestiones, pero el Tratado de Lisboa ahonda en la herida abierta pues se olvida de explicar cuál es la idea de Europa y cómo es ésta de compatible y armonizable con los estados nacionales. En su trayectoria la UE ha compatibilizado la integración económica y política de sus miembros (en unas materias más que en otras) con la identidad propia de cada uno de ellos, su historia y sus costumbres, pero existen dos aspectos que ponen de manifiesto las deficiencias de la UE: la falta de un espacio público europeo y la carencia de una política exterior común.

Al igual que el éxito de toda buena historia depende de su capacidad de enganche, de que la mayor parte de la gente se sienta reconocida e integrada en ella (Antonio Estella, El País, 20-05-2009), el futuro europeo dependerá del compromiso de sus ciudadanos. En el caso europeo, lo que se inició como una historia y un concepto económico y de mercancías se ha ido transformando en un proyecto político de ciudadanía, un proyecto supranacional en el que no sólo las mercancías sino los europeos pueden moverse libremente, con seguridad, sin consideración de su nacionalidad o destino. En cierto modo, es un proceso contrario al final más o menos trágico que el pensamiento y la sensibilidad europea intuían para Europa; a diferencia de otras civilizaciones, Europa «un día se hundiría bajo el paradójico peso de sus conquistas y de la riqueza y complejidad sin parangón de su historia».

Y aunque este prodigioso y ambicioso proyecto siga adelante, es lastrado por sus ciudadanos que anteponen su ciudadanía nacional a su carácter europeo. La generación europea de los años veinte -Thomas Mann, Stephan Zweig, Karl Kraus, por nombrar unos pocos- podía responder al carácter cosmopolita que representa la UE, pero la fuerza de los nacionalismos y regionalismos les llevaron al exilio de una Europa perdida. Hoy día la idea de nacionalismo europeo es compatible con la de la comunidad nacional; no se busca lo que distingue a alemanes de ingleses de polacos, sino los valores comunes que les acercan: la libertad, democracia, la cultura, el pensamiento griego, el derecho romano, etc. Pero sigue habiendo tensión entre la identidad europea y la nacional, máxime si, como ocurre en España, además de la identidad nacional existen múltiples identidades regionales con claras distinciones y, en ocasiones, sentimientos excluyentes.

Cuando los ciudadanos compatibilicen su identidad nacional o regional con su pertenencia a una comunidad europea definida podremos hallar el «interés común» -aquello que se realiza en beneficio de una comunidad- que precisa la UE para progresar en su integración y que es el fundamento sobre el que los parlamentarios europeos legislan: éstos deben defender los intereses y objetivos comunes de los europeos, legislar en atención a los intereses de su sociedad o, al menos, a la interpretación que hace de los mismos. Dicho de otra forma, si la integración europea es consecuencia de una voluntad de unidad, de constituir un demos y una comunidad ética diferenciada, ¿qué medio utilizan los ciudadanos europeos para expresar dicha voluntad?

Los euroescépticos aún sostienen y prefieren que la Unión Europea sea una unión de estados soberanos, de intereses divergentes, que funcione de forma intergubernamental como unión de múltiples entidades políticas. En el lado opuesto, los integracionistas aseguran que la UE representa una verdadera sociedad compuesta por los ciudadanos europeos.

Esta segunda concepción -sociedad como tal- requiere un alto nivel de integración, una sociedad, según la terminología de John Rawls, de gentes razonables, liberales y justas, que bajo el concepto de liberalismo político, se reúnen con la idea de la razón pública. La sociedad europea es utilizada en derecho internacional como ejemplo de integración supranacional, de una verdadera sociedad universal, limitada al espacio europeo, integrada como tal e independiente de las sociedades nacionales: más cercano al concepto de «comunidad». Si a nivel global la idea de Humanidad en su concepción como sujeto de derecho (el género humano, de ahí los crímenes «contra la humanidad») implica que ésta sólo puede ejercer la titularidad de los derechos que le corresponde a través de una comunidad internacional estructurada y con personalidad definida, a nivel europeo significa concebir Europa como sujeto de derecho capaz de ejercitar los derechos que le corresponden y a sus ciudadanos capaces de ejercitar los suyos ante Europa.

En cierto modo, en este mundo de orden inestable, la U.E. supone un exponente postmoderno que no se fundamenta en el equilibrio de poderes o el uso de la fuerza sino en que la distinción entre lo interno y lo externo se rompe, en el que la individualidad clásica del Estado se deshace pero en lugar de dar lugar a estructuras frágiles como en el periodo de entreguerras, da lugar a un mayor orden y cohesión. Esta estructura, en todo caso, aún no ha logrado constituir una nación a escala supraestatal ni una ciudadanía supranacional.

Existen dos aspectos que ponen de manifiesto las deficiencias de la U.E.: la falta de un espacio público europeo y la carencia de una política exterior común.

La idea de sociedad nace del concepto de ciudadanía en una democracia constitucional. En una sociedad así, los miembros de la administración y gobierno actúan sobre la base de, y siguiendo a, la razón pública, siendo ésta la expresión de los ciudadanos que actúan como legisladores; el efecto consecuente es el entendimiento del acto legal como expresión de la razón pública, adquiriendo, con ello, la legitimidad requerida. En una sociedad constitucional democrática, la legitimidad del gobierno nace del pueblo y los actos legislativos son legítimos porque, idealmente, se han configurado sobre la base y en busca de la razón pública expresada a través de la soberanía popular. Esta correlación entre razón pública y gobernanza, que determina el grado de correlación entre ciudadanos y gobernantes se muestra en parlamentos nacionales, pero no en el Parlamento europeo a pesar de sus competencias.

En los últimos años ha aumentado considerablemente la labor del Parlamento europeo y las decisiones tomadas en Bruselas influyen cada vez más en el quehacer cotidiano de Copenhague, Nápoles o Sevilla (un claro ejemplo: la instauración del servicio de emergencias telefónico regulado a nivel comunitario, que permite a todos los ciudadanos europeos llamar al 112, número europeo común de urgencia) aún queda por crear un espacio público europeo, equivalente a un espacio nacional, en el que se forme la opinión pública que el Parlamento debiera considerar. Sin este espacio público las políticas de la UE aparentan ser más distantes aunque lleguen a nuestros hogares y el Parlamento se ve como una institución alejada del europeo de a pie.

Los ensayos de democratización europeos que se han desarrollado desde 1990 han procurado llevar a cabo un proceso de relegitimación de las instituciones europeas enfrentadas a dos grandes riesgos: por un lado, el modelo nacional expuesto por los federalistas, poco trasladable a escala europea, que sustituye la idea de comunidad por conceptos nacionales, y por otro, la deriva intergubernamental e instrumental de las instituciones europeas (José M. de Areilza, Working Paper, IE Law School,30-03-2009). Más allá se encontrarían los integracionistas pretendiendo construir bajo una base democrática instituciones y procedimientos que permitan generar una política fiscal, exterior y de seguridad común, que equipare a los Estados miembros.

El modelo integracionista se ha puesto de manifiesto en numerosos avances de armonización fiscal que se han llevado a cabo gracias al trabajo conjunto de las instituciones europeas y los Estados miembros de la UE Hoy en día, ni los más euroescépticos ponen en entredicho el sistema común del IVA y nadie discute que ha sido un factor decisivo en la configuración de un auténtico mercado único sin barreras al comercio interior. Pero no puede decirse lo mismo de la armonización de la fiscalidad directa, en la que los avances han sido mucho más limitados y las reticencias de los Estados a perder su soberanía fiscal mucho mayores, sobre todo una vez cedidas sus competencias en política monetaria a favor del Banco Central Europeo.

La acción exterior de la Unión es otro gran escollo en la teoría de la integración europea. Aunque exista cierto consenso general de que Europa necesita un representante unificado común para reforzar su posición en el mundo y su capacidad negociadora frente a Estados Unidos, Rusia,China o en el conflicto de Oriente Medio, tanto políticos como electores prefieren mantener cierta independencia en materia exterior -principalmente franceses e ingleses-. Por ello, el Tratado de Lisboa regula un Alto Representante de Política Exterior en lugar de un Ministro de Exteriores, que será también vicepresidente de la Comisión Europea pero que no podrá interferir en la política exterior de cada Estado miembro ni en su política de seguridad y defensa. Continúa de esta forma la vieja lucha por la centralización o descentralización del poder europeo.

Jürgen Habermas expone dos argumentos clarividentes para la centralización del poder exterior en Bruselas a Europa y creación de una política exterior y de defensa común. Por un lado, los Estados europeos deben ser conscientes de su limitada capacidad para, individualmente, influir en el panorama internacional ante EE.UU. o Rusia y los poderes emergentes de China, India o Brasil. Y por otro, en una sociedad mundial multiculturalmente dividida y estructuralmente diferenciada, no hay posibilidad de crear una institucionalización trasnacional de política interior si los países medianos y pequeños no se agrupan regionalmente para así, con una voz única, tener capacidad de acción y negociación global.

Cuando los ciudadanos compatibilicen su identidad nacional o regional con su pertenencia a una comunidad europea definida podremos hallar el «interés común» que precisa la U.E. para progresar en su integración.

Además, en las relaciones internacionales, a pesar de la creciente multitud e importancia de las organizaciones internacionales gubernamentales y no gubernamentales, los Estados más fuertes siguen siendo actores muy influyentes, y ninguno de ellos es europeo. Ni Alemania, ni Francia, ni Inglaterra juegan, por sí solos, un papel relevante en Oriente Medio, en Latinoamérica o en los conflictos asiáticos. España juega un papel destacado en Latinoamérica basado en el ímpetu de sus empresas más internacionales, pero ni influye ni condiciona como lo hace EE.UU. a pesar de la lengua y el pasado común. Y ante el ímpetu ruso es la Europa del Este la que empuja hacia una política exterior unificada que permita presionar a Rusia o a Ucrania para asegurar el abastecimiento de gas y de las demás fuentes de energía de las que Europa carece.

La existencia de un demos, de una sociedad de gentes europea que se exprese a través de un espacio público común, permitiría al denostado Parlamento europeo resolver el problema de legitimidad que le ata. El Tratado de Lisboa ha permitido desbloquear la comprometida situación europea tras el rechazo del proyecto de Constitución por Francia y Países Bajos, proyecto que España aprobó en referéndum en 2005, pero no constituye el demos constitucional necesario para resolver el déficit democrático de las instituciones europeas que nos permita soñar con la integración política final de la Europa de los 27.

Hasta que los ciudadanos de los Estados miembros no se sientan tan europeos como de sus respectivas nacionalidades, no podrá haber una única sociedad europea con una voz y un interés común, y no se podrá legitimar la labor del Parlamento europeo tan influyente pero distante al mismo tiempo.

«No parecer sino ser»

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Si hay alguien a mi juicio que en la actualidad representa con mayor fidelidad el quehacer filosófico serio y riguroso que dimanó de aquella venerable Facultad de Filosofía de la Universidad Central previa a la guerra, es sin duda su profesor titular de filosofía moral, Juan Miguel Palacios. Y ello conjugado sin estridencia alguna con un catolicismo a carta cabal, como si en su persona se diera lo mejor de la Institución Libre de Enseñanza por un lado y, por otro, lo más noble de nuestra herencia cristiana.

Y así haciendo bueno el habent sua fata libelli clásico aparece en feliz coincidencia con el 75 aniversario del traslado de la mentada facultad a la Ciudad Universitaria, este libro que agavilla en un solo volumen una serie de ensayos que vinieron apareciendo, aquí y allá, en distintas publicaciones especializadas desde hace ya algunos años. Ensayos que tienen en común ahondar con la estupenda prosa —modelo de pulcritud y precisión— propia del profesor Palacios, en el problema inconcluso de los valores morales y por ende en la posibilidad de una ética axiológica, cosa que no podía ser más perentoria.

Porque acontece con los valores, como da en señalar el autor en el prólogo, una extraña paradoja: nunca antes se ha hablado tanto en nuestra vida privada y pública de ellos y nunca como ahora—como apuntaba hace ya tiempo el gran Reiner—la propia filosofía ha abdicado de pensar en esas realidades bien misteriosas que son los valores —y disvalores—moralmente relevantes. Tal vez porque como confesaba Zubiri ya en 1975 «esta historia de los valores ha sido la tortura de la filosofía en los últimos sesenta años» y no está la reflexión filosófica actual para soportar grandes sufrimientos, más bien lo contrario.

De una manera ciertamente socrática  va  el  profesor  descubriendo  al lector toda la riqueza de esa terra ignota que es el mundo filosófico del valor moral.

Y sin embargo Juan Miguel Palacios, poco amigo de esquivar la cara de la Esfinge, no desmaya en afrontar esta vexata quaestio a la que ha dedicado una vida de callado estudio y discreto magisterio, a la manera que en él es costumbre: acudiendo a los grandes autores —en este caso Kant, Brentano, Scheler, Hildebrand, García-Morente, Zubiri, la escuela de ética de Lublin y Cracovia con Styczén y Karo Wojtyla a la cabeza y finalmente su buen amigo Seifert— para al hilo de ellos y sus tesis ir cuestionando o aclarando tal o cual punto, apenas con un ademán, un pequeño apunte o abriendo una interrogación pertinente. Comosi en su escribir filosófico el profesor Palacios fuera también fiel a aquel lema de viejo abolengo tan caro a Kant: «De nobis ipse silemus».

Así de una manera ciertamente socrática, hablando a través de los citados autores que tan bien conoce y lúcidamente expone, va el profesor descubriendo al lector toda la riqueza de esa terra ignota que es el mundo filosófico del valor moral, las posibilidades de su conocimiento, las exigencias de responsabilidad que nos plantea, y el grave problema de la relación entre «ser» y «valer», o entre «cosa» y «valor» haciéndose eco aquí de los últimos hallazgos de la mencionada escuela de Lublin y Cracovia, con las lúcidas aportaciones del que sería después Juan Pablo II.

Mención aparte merecen para el lector español los ensayos dedicados a García-Morente y a Zubiri, tan dados como somos a minusvalorar a nuestros autores. Si en el dedicado a la evolución del pensamiento ético de García-Morente se percibe el inmenso aprecio y familiaridad que nuestro autor tiene para con la persona y obra del pensador jienense —no en vano ha sido Juan Miguel Palacios quien ha coeditado la obra completa de García-Morente, tan necesitada de estudio—, no deja también de conmover el hondo sentir cristiano con que se detallan determinados aspectos de los últimos momentos del ya sacerdote que tanto pensó en la posibilidad de la axiología como una ciencia estricta. Al lector avisado no se le escapará el gran interés —y actualidad— filosóficos que tienen las tesis de Morente sobre el progreso, expuestas admirablemente por nuestro autor.

Respecto de las páginas dedicadas al pensador donostiarra, «Zubiri ante el problema del valor», el profesor Palacios rescata uno de sus cursos de los años sesenta donde nuestro pensador discute a Scheler la irreductibilidad de los valores a sus portadores. Por su cuenta y riesgo, vendría Zubiri a coincidir así con soluciones propuestas por autores tan distantes como Moore y Ross o Husserl e Ingarden en los que se da también una relación bien especial entre valor y cosa. Para Zubiri no es que la cosa no «tiene» valor sino que «es» valiosa, remarcando de este modo frente a Scheler la índole adjetiva—y no sustantiva— del valor. Como se ve, el interés filosófico de las aportaciones de nuestro filósofo traídas a colación resulta indudable, así como la pertinente interrogación que el propio Palacios hace a los límites estimativos sostenidos por aquél.

En una pared del austero despacho del profesor Palacios, refugio del mejor legado de aquella facultad valetudinaria, cuelga desde hace tiempo una inscripción de Eurípides grabada en humilde barro cocido. En ella se puede leer en griego milenario el siguiente lema bien conciso: «No parecer sino ser». El lector que se adentre en la sabiduría de estas páginas entenderá mejor la tal admonición y cómo en nuestra respuesta al valor vamos labrando nuestro genuino ser moral. Y, no sin asombro, descubrirá la belleza incomparable que posee una vida buena, esto es, moralmente valiosa, como ha venido haciendo con sus incontables discípulos Juan Miguel Palacios en ese su magisterio tan callado y a la vez riguroso y fecundo.

Orbis Testius

Pasear y navegar

Me parece que aunque el verbo que más se emplea para referirse al uso de la red es el de la navegación, la red se presta todavía mejor al paseo. La distinción puede consistir en que la navegación suele ser finalista, y el paseo lúdico. La red ha venido a sustituir, en cierto modo, a la naturaleza, por la que es cada vez más difícil pasear, mientras que la red es, junto a muchísimas otras cosas la mar de útiles, una especie de gran feria internacional del paseo. Enumeraré aquí una serie de sitios con los que me he encontrado paseando y a los que vuelvo con frecuencia, tanto por placer como por utilidad.

El mundo a tus pies con Google Earth
Para los amantes del vuelo, del submarinismo, de la astronomía o de ver cómo eran ciertas cosas hace muchísimos años, no hay mejor lugar en el mundo que earth.google.com/intl/es/tour.html. Hay que descargar algunas pequeñas aplicaciones, pero el resultado es espectacular. Yo he recorrido los lugares de mi infancia asturiana en helicóptero sin moverme de mi mesa de trabajo que se transforma en un centro de control digno de la más desenfrenada science fiction. Ojo, que es adictivo.

Los recónditos anaqueles de las librerías de viejo,en IberLibro
Pese a las bobas jeremiadas de los que temen que Internet arruine el lenguaje, la lectura y la cultura, la verdad es que Internet se ha convertido en una especie de Torre de Babel habitable. Una de las cosas más fáciles de hacer es, precisamente, encontrar un libro, me refiero especialmente a un libro físico y desaparecido del canal habitual de venta. Un compatriota creó este sitio, hizo un gran negocio, lo vendió a unos alemanes (supongo que ganando más, creo que ahora pertenece a Amazon), pero sigue siendo igual de bueno. www.iberlibro.com no sólo permite localizar cualquier libro que exista (nuevo o usado) en cualquier librería, sino que ofrece un servicio extremadamente barato y eficaz para comprar y recibir, en  veinticuatro horas, el libro de nuestros deseos. No es que haya crisis de las librerías, es que las librerías van a ser muy de otra forma, o no serán.

Para cinéfilos, IMDB, Internet movie data base
He aquí un sitio, www.imdb.com en el que puede descansar nuestra memoria con absoluta seguridad y calma. Se puede encontrar cualquier dato en relación con cualquiera de las películas o series de televisión que hayamos podido ver o que nos suene que hayan podido existir. La forma de búsqueda facilita extraordinariamente encontrar lo que queremos a partir de los débiles rastros de nuestro recuerdo. Es, sencillamente, abrumador.

La tercera cultura, Edge
John Brockman es un avispado editor que ha sabido ver cómo los científicos tenían necesidad de ocupar un espacio cada vez más importante en el debate contemporáneo y decidió convertirse en animador de esa causa, mediante libros tradicionales y mediante este sitio de Internet: www.edge.orgabout_edge.html. Se trata de un intento brillante, sostenido y plural en el que es posible encontrar a auténticos genios, aunque también aparece, de vez en cuando, algún personaje menos encomiable, lo que es, desde luego, muy difícil de evitar. Pero se pueden leer cosas extraordinariamente estimulantes y que no siempre van a favor de las modas más tontas que, a veces, suelen ser, sin que se sepa muy bien por qué, también las más extendidas. Es un placer, por ejemplo, leer a Dyson, a Gelertner, pero también a muchos más.

Barriendo para casa, bandalismo.net una web de música joven
El negocio de la música ha sido completamente subvertido por las posibilidades de Internet. Sus actores están, finalmente, poniéndose al día, tras variados intentos de retrasar lo inevitable, aunque el proceso de adaptación todavía no esté completamente maduro. Bandalismo.net (www.bandalismo.net) es un sitio dedicado a las nuevas bandas de música que reúne dos características inusuales: su planteamiento completamente renovador y su calidad formal, lo que es especialmente llamativo porque escasean los sitios españoles que sean originales y estén bien hechos. Esta web, muy reciente, nos ofrece un ejemplo notable de innovación y de iniciativa, aunque la música joven no suene a muchos, precisamente, como música celestial.

Un apunte histórico sobre el Real Colegio de España en Bolonia

El 29 de septiembre de 1364 el cardenal don Gil de Albornoz entrega al notario apostólico de Ancona el testamento escrito de su puño donde instituye por heredero universal un centro de veinticuatro estudiosos (scholarium) a construirse en Bolonia con el nombre de Colegio o «Casa Hispánica».

El gran reconstructor de los Estados Pontificios produce así una novedad doble: el primer colegio universitario español… y la primera de las instituciones españolas en absoluto, pues se anticipa en siglo y medio a la unidad de los reinos peninsulares. Hacer un Colegio de España en el siglo XIV es intitularlo a un futurible. Y, en algún modo, empezar a construirlo. Con el estudio y aun con la misma convivencia. Don Gil reúne a jóvenes de Castilla y Aragón, Cataluña y Galicia, Andalucía, Navarra, Valencia, Extremadura… En su terruño, cada cual habría considerado extranjeros a los otros; en Bolonia, unidos a la suerte de la casa común, iban a descubrir que eran españoles, como los llamaban todos en las aulas y en la calle.

Aunque sufran postizos, citas sacras del esmerado lerdo y otras impertinencias de poca monta, los estatutos contienen las disposiciones del cardenal Albornoz.

Dos albaceas del cardenal, su sobrino el canonista Fernando Álvarez y el obispo de Osma, don Pedro, redactan los estatutos según él se los explicara de viva voz. Don Gil autoriza tales instrucciones como propias mediante codicilo del 23 de agosto de 1367, penúltimo de sus días en la tierra. Con la aprobación de los estatutos por bula de Urbano V (25 de septiembre de 1369) el Colegio cobra plena personalidad jurídica. Pocos años después uno de sus dos redactores, el ahora obispo de Cuenca, don Pedro, los revisa a instancias de Gregorio XI -también él albacea de don Gil, y entusiasta suyo como ningún otro pontífice-, quien promulga la versión definitiva el 20 de noviembre de 1377. Así se imprimirán los estatutos en Bolonia en 1485. Los retoques introducidos por don Pedro suelen ser reconocibles, y ninguno parece grave, aunque tampoco acertado. El peor es acrecer la colegiatura a ocho teólogos, dieciocho canonistas y cuatro médicos: incauto triunfalismo por una abundancia pasajera de recursos. Menudo desbarajuste, alojar a treinta colegiales en una casa concebida para veinticuatro.

Aunque sufran postizos, citas sacras del esmerado lerdo y otras impertinencias de poca monta, los estatutos contienen las disposiciones del cardenal Albornoz compiladas por Fernando Álvarez, primer rector del Colegio. No exagera el canonista cuando los atribuye íntegramente a la voluntad de su señor tío, «de la cual, en todo cuanto a continuación se describe, tenemos plena constancia en cada punto» (est.I). Por él constan las motivaciones del causante:

el principal propósito de dicho Señor nuestro en la construcción de una casa de tal naturaleza, después del de la salvación de su alma, fue proveer a la ignorancia de los españoles; entre los cuales, a causa de las confrontaciones de las guerras y otras infinitas calamidades que en sus tiempos se presentaron en aquella provincia, mucho ha menguado el conocimiento de las letras, o la abundancia de doctos…(est. III)

Así se justifica que el Colegio acepte sólo estudiantes españoles. Toca proponerlos por turno a determinadas sedes ibéricas y al príncipe o jefe de la casa de Albornoz. Podrán ser clérigos o laicos, pero siempre seglares; no frailes ni monjes, «pues hombres de dispar profesión, uno con otro, mal suelen convivir» (est.II). Dado el conjunto mixto de laicos y religiosos, es notable el orden de precedencias cuando el Colegio se reúne:
«Tras el rector, se sentarán primero los graduados en la ciencia, según la cualidad del grado […]; después […] los constituidos en dignidades eclesiásticas […]; y si por ventura algunos de ellos tuviesen prelación eclesial sobre los graduados, pese a eso aquí queremos que la ciencia a la cual son llamados prioritariamente todos los del colegio sea honrada por todos, para que cada cosa anime virtuosamente a ella.» (est. XV).

Los designios fundacionales de don Gil, a más de manifestarse en documentos como éste y el testamentario -cosa común entre fundadores-—, constan también por monumento. Porque el propio edificio, hoy considerado gran precedente de la arquitectura renacentista por C. L. Frommel y demás autoridades en la materia, es creación suya. Se diría que ya en el siglo XV lo supo Pérez de Guzmán, pues en los Claros Varones le dirige un elogio alusivo a su originalidad arquitectónica: «en Bolonia edificasteis / un colegio de obra extraña…». Albornoz concibe la idea, fija las dimensiones, dibuja los planos con ayuda de sus técnicos o delineantes y define cada particular, desde el desarrollo de la escalera doble a las columnas y sus capiteles, las ménsulas y nervaduras de las bóvedas o los escudos del dintel. Todo conforme a la magnificencia anunciada en su testamento, donde por tres veces en otras tantas líneas prefigura la noble dignidad del palacio: en un sitio decenti próximo a las escuelas universitarias ha de construirse una residencia decens con capilla decens en honor de San Clemente…

Nada de lo cual es mero antojo, sino conciencia clara del rumbo que ha emprendido la cultura. Ya no pide claustros conventuales: está creciendo en estancias palaciegas. Recuérdese la innovadora figura de Petrarca, amigo de don Gil; o el modelo aristocrático de la nueva juventud intelectual, que propone «Fe, Ciencia y Caballería». Albornoz evita que su edificio parezca un convento: ha de ser un palacio… con fastuosos libros de estudio. Como advierte M. Kiene, máximo especialista en estructuras universitarias medievales, Italia no conoció ninguna con biblioteca antes del Colegio de España, y aún debería esperar más de un siglo para ver otra. No semejante, porque no la hubo nunca. Los trescientos códices del Colegio, según Maffei, Cortese y Rossi -eruditos que dedicaron casi tres décadas a su análisis y catalogación -, constituyen un acervo privado sin igual en Occidente. Y también esto enseña cómo concebía su obra don Gil. Casa y libros se han conservado casi incólumes hasta nuestros días por el mucho respeto de todas las generaciones colegiales a la intangible huella del fundador.

El 6 de enero de 1530 el emperador Carlos, ya en vísperas de coronarse en Bolonia, visita el Colegio y le concede  regia  protección  por  sí y sus sucesores.

En cambio, donde los juristas abundan -y en el Colegio son plétora-no suele prevalecer el mismo respeto hacia las normas, sino el apetito desordenado de interpretarlas. En 1489, y a título de aclarar las verdaderas intenciones de don Gil, se añade a los estatutos una cláusula restrictiva en favor de los verdaderos cristianos. Esto es, tras una grave batalla en la colegiatura, se excluye a los conversos y sus descendientes. Aunque no tengo empacho en confesar que aquí, como de costumbre, estoy con los conservadores, reconozco que probablemente la horda ordinaria progresista salvó al Colegio. De convertirse en refugio de moros y judíos bien pronto habría dejado de existir. Pero, paradójicamente, la ética plebeya de la sangre, sola vanidad asequible a los hijos de nada y no de algo, iba a entregar el Colegio en monopolio a la aristocracia. Cuando se impuso la exclusión, era suficiente remontarse a los abuelos y aducir testimonios de ser fama que comían tocino. Una centuria después, sólo los vástagos de nobles estirpes, con sus árboles genealógicos y probanzas en regla, pudieron acreditar esa charcutería ya remota. Durante siglos, el Colegio iba a ser coto de hidalgos. También reconozco que lo defendieron como nadie, aunque quizá con excesivo uso de la espada. Aun hoy, alguna guía de Bolonia persiste en el bulo de la nobleza exigida en el Colegio español.

Tal reforma fue un cáncer en los estatutos: innumerables veces tuvieron que volver a reformarla los pontífices. Pero dejémosla, porque al fin la derogó el olvido.

El 6 de enero de 1530 el emperador Carlos, ya en vísperas de coronarse en Bolonia, visita el Colegio y le concede regia protección por sí y sus sucesores. Desde ese día se timbra de Real el instituto. La merced comporta privilegios que serán causa indirecta de otro añadido al nombre mucho menos feliz.

¿Quién no ha oído llamarlo «San Clemente de los españoles»? Es un despropósito, visto que el fundador, si bien intitula al Papa mártir la capilla, decide llamar al Colegio de España. Así lo hizo siempre todo el mundo…salvo nuestros compatriotas.

Veamos por qué yerran: en 1528 el antiguo colegial Andrés Vives funda otro colegio español- para sus paisanos de Alcañiz -que se inaugura en Bolonia diez años más tarde. El de Albornoz le sospecha intenciones de participar en sus privilegios de 1530 ratificados por Felipe II en 1563. Y pide a los sucesivos monarcas que renueven las concesiones especiales a favor del Colegio de España en Bolonia, el de la capilla de San Clemente, por si hubiere duda. Pronto la administración española lo llamará Colegio de San Clemente a secas. Hoy es nombre no sólo impropio sino injusto, porque a mediados del XVIII los bienes del extinto colegio alcañizano, conforme a la voluntad del propio Vives, los recibió el de don Gil, heredero de su memoria.

La protección regia se traducía en beneficios de dos especies. Brindaba a los bolonios un halagüeño futuro con exenciones fiscales, preferencia en los empleos superiores de la administración española y otros privilegios tan raros como apetecibles; al Colegio mismo le ofrecía eficaz amparo a través del embajador en la Santa Sede y otro especial ante las autoridades boloñesas, el delegado regio, que tuvo funciones entre protocolarias y subrepticiamente disuasorias: de producirse un ataque a la fundación, el representante del Rey habría podido movilizar los poderosos contingentes bélicos de la corona en Milán, Nápoles y los Presidios Españoles. No así el rector, colegial anualmente elegido por sus compañeros si el jefe de la casa de Albornoz no decidía nombrarlo por su cuenta. Añádase el visitador apostólico que el pontífice enviaba de vez cuando: demasiadas autoridades sobre tan pocos súbditos, y por lo común mal avenidas entre sí. Para sosiego entre las dos superiores fue costumbre atribuirlas a la misma persona, el visitador por breve [apostólico] y patente [regia]. Con efectos deplorables para la colegiatura. Mientras a tamaño visitador lo autorizan el Papa y el Rey, en el siglo XVIII los rectores llegan a derivar su nombramiento -a falta de quorum– de un presunto viceprotector o un remoto pariente de la estirpe albornociana. Algún año no tuvo el Colegio quien ejerciera las funciones rectorales, y otros -cosa aún peor- se las atribuyeron a la vez dos becarios en nombre de autoridades distintas, con guerras civiles muy bastantes para acreditar que ésta es realmente una Casa Hispánica.

El Colegio  vive  su  mayor  tragedia bajo el dominio del terrible corso y su criatura, la República Cisalpina. Por Decreto Imperial de 28 de marzo de 1812,  Bonaparte  lo  declara  disuelto  y  atribuye  su  patrimonio  al Monte Napoleón.

El remedio fue reunir en una persona y a perpetuidad los tres títulos: el patrono de estirpe y el cardenal protector nombran de consuno rector y visitador a un bolonio que S. M. el Rey eleva a delegado regio. Así ocurre -con la laguna que pronto se verá- desde 1758 hasta nuestros días. Los rectores ya no duran un año, sino muchos. Tampoco volverán a verse en polémicas con delegados regios y batallas con rapaces visitadores apostólicos: ni quien esto escribe ni casi nadie es dado a pelear consigo mismo.

El Colegio vive su mayor tragedia -y muere- bajo el dominio del terrible corso y su criatura, la República Cisalpina. Por Decreto Imperial de 28 de marzo de 1812, Bonaparte lo declara disuelto y atribuye su patrimonio al Monte Napoleón. Fueron expulsados los colegiales y vendidos los bienes del Colegio salvo el edificio, que quedó como res nullius tras tres subastas desiertas (la última sin precio de base) porque los boloñeses se negaron a participar en el inicuo despojo de la casa española.

A la caída del famoso déspota empezaron las reclamaciones. Fueron inútiles: por incalculable ineptitud del representante de Su Majestad Católica en Viena, el congreso santificó las adquisiciones en pública subasta sin salvar las propiedades del Colegio en los artículos 97 y 103 del Tratado. Restituida Bolonia al pontífice, Pío VII, que por dramáticas motivaciones personales profesaba vehemente afecto a la obra de don Gil, quiso restablecerla devolviéndole lo suyo. Pero el Gobierno austriaco que administraba la ciudad se lo impidió conforme a los acuerdos vieneses. Supo el Papa de sus propios juristas que, en efecto, no cabía una restitutio in integrum; y como, de otro lado, tampoco le tocaba a él indemnizar los latrocinios de Bonaparte, el Colegio español había dejado de existir. Así las cosas, Pío VII decidió restablecerlo a sus expensas. Lo hizo en 1819, tras resolver algún problema jurídico cuya complejidad no cabe en estas páginas. Desde entonces, el Colegio es fundación pontificia.

No acabaron aquí sus infortunios. El siglo XIX es el de las usurpaciones gubernamentales. A la napoleónica seguiría la de España. Tras suprimir en 1853 el reconocimiento de los títulos obtenidos por los bolonios -brutalidad legítima, pues no excede a las competencias del Estado español-, una Real Orden de 1855 quiso confiarle la fundación al extraño aventurero Manuel Marliani y sus intenciones desamortizadoras. El único colegial supérstite en la casa, José María de Irazoqui, dio por nulo el ilegítimo nombramiento; así se reconocería en nueva Real Orden (10-X-1857). Pero Marliani, pertinaz en el propósito y mudable en la naturaleza, se dijo italiano y fue al punto senador, como acababa de serlo entre nosotros: en 1861 las Altas Cámaras Constituyentes reunidas en Turín le asignaron el Colegio para que lo desamortizara a su gusto. No preveían los usurpadores la resistencia inquebrantable del solitario colegial. Por fortuna, era aragonés.

Irazoqui estorba el despojo de la fundación; pero en España las disposiciones entrometidas -sin competencia- en la suerte del instituto, junto a la frustrada codicia de Marliani, sugieren a varios políticos que el gobierno posee en la Emilia un depredable patrimonio. La desvergüenza rebasa todo límite cuando el marqués de La Vega de Armijo, como ministro de Estado, alumbra el último día de 1879 unos sedicentes «Estatutos» donde se erige en supremo jerarca de la fundación; el muy presuntuoso dice derogar cuanto se le oponga (vistas las disposiciones que ningunea, y quién proceden, parafraseemos a Jorge Manrique: «que a Papas, Emperadores / e Prelados / así los trata -el ministro- / como a los pobres pastores / de ganados»). Nada de lo cual es derecho, pero sí apariencia apta para favorecer designios delincuentes. Acuden al Colegio delegados ministeriales, rectores apócrifos que roban a mansalva. Por dos veces los bolonios consiguen en Madrid imponer la figura insigne de su compañero Gómez Tortosa para reparo de la fundación, y otras tantas el turno de partidos la devuelve a los ladrones.

En 1914 es una ruina donde malvive un solo colegial mientras el representante del ministro sustrae los últimos recursos del Colegio. El duque del Infantado, jefe de la casa de Albornoz, aprende entonces que el ayuntamiento boloñés se apresta a liquidar la moribunda obra de don Gil. Acude al rey Alfonso XIII y con su apoyo crea una Junta de Patronato donde se reúnen todas las becas disponibles (las suyas y las de las diócesis) para otorgarlas desde ahora sin favoritismos, por concurso nacional de méritos. En contrapartida, el Estado reconoce los títulos de los bolonios y otorga la patente regia al rector propuesto por la Junta. Convención que con el nombre -impropio- de Estatutos sanciona el Real Decreto de 8 de mayo de 1916 (corregido por R.D. 20-III-1919).

En su virtud, el siglo XX, comenzado con tan mal pie, figura entre los más brillantes de la historia colegial. Aludo al período -casi dos tercios de centuria- que toca a los rectores Manuel Carrasco y Evelio Verdera; otros juzguen cuanto sigue.

¿Y mañana?

Siempre son de temer nuevos acosos. Pero seis siglos y medio impulsan y aleccionan: siquiera aquí, a la postre lo justo prevalece.

No digo gracias a quién. Los extraños no lo creerían; los colegiales ya lo saben.