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El piano a cuatro manos

Siempre se ha dicho, y por tanto es un tópico, que el piano es el rey de los instrumentos. Afirmación en sí misma discutible si consideramos el lirismo de los instrumentos de cuerda, la voz seductora de los de madera, el color tímbrico de los de metal y la energía de los de percusión.

Sin embargo, es bien cierto que, desde la perspectiva de la polifonía, el piano, de forma natural, es el instrumento polifónico por excelencia. Y si esto es así para el piano en general, ¿qué decir cuando se trata del piano a cuatro manos?

El dúo de piano a cuatro manos, que es una modalidad de la música de cámara, posibilita que el piano alcance su máxima potencialidad polifónica al actuar simultáneamente sobre el teclado dos instrumentistas, con una disponibilidad potencial de veinte dedos, a lo largo de sus siete octavas y media (ochenta y ocho teclas).

En estas circunstancias no es de extrañar que el piano a cuatro manos haya sido elegido el instrumento idóneo para verter en él transcripciones de sinfonías, cuartetos, operas etc.; pero lo verdaderamente significativo e interesante, y es lo que queremos destacar en estas líneas, es que esta modalidad de componer ha sido elegida por grandes músicos a partir del momento mismo de la aparición del piano.

Así, encontramos que Johann Christian Bach, el hijo pequeño de Johann Sebastian Bach, el llamado «Bach inglés», escribió varias sonatas para piano a cuatro manos. La forma de escribir de Johann Christian Bach , considerado el primer concertista conocido de piano, influyó sin duda en Mozart. Fue este último quien escribió una serie de sonatas para piano a cuatro manos, brillantes, complejas y evolucionadas, obras que interpretaba con su hermana, siendo especialmente destacable por su importancia y nivel musical la Sonata en Fa M (K.V. Nr. 497).

Juan Ortiz de Mendívil es pianista. En la actualidad forma dúo de piano a cuatro manos con el eminente pianista y director de coros búlgaro Dimitar Lazarov Kanorov, dúo que ha actuado recientemente en diversos teatros y centros de cultura en Madrid.

También Beethoven, aunque esporádicamente, escribió para piano a cuatro manos; y pienso aquí en la Sonata op. 6 con sus dos tiempos: Allegro molto y Rondo. La compuso en 1796 a la edad de 27 años. Decía en aquel entonces: «Ánimo. Mi genio triunfará. Es preciso que en este mismo año [1796] se revele el hombre todo entero». En el Allegro nos encontramos ya, pese a ser una obra de juventud, con un Beethoven autoafirmativo y turbulento, que fluctúa, en el Rondo, a esa otra faceta de su personalidad, dulce y amable.

También en el romanticismo existe una importante literatura para piano a cuatro manos. Si Schumann adoptó esta modalidad, fue sin duda Schubert quien mostró una verdadera predilección por el piano a cuatro manos, probablemente porque necesitaba de una forma ampliada de sonoridad, más rotunda, más poderosa. Precisamente el catálogo de su obra empieza con una Fantasía en Sol M, que se supone escribió a la edad de trece años. Lo cierto es que Schubert cultivó intensamente esta modalidad compositiva, mereciendo especial atención una obra maestra del género; su famosa, bella y técnicamente compleja Fantasía en Fa m.

No podemos dejar de citar entre los grandes románticos a Johannes Brahms, quien eligió el piano a cuatro manos para dos grandes y significativas obras: Las danzas húngaras (21 danzas distribuidas en dos cuadernos) y los 16 valses de su Op. 39; una obra magnífica en la que los valses, sin dejar de ser valses, adquieren tintes y matices rapsódicos y sinfónicos. Tenía 32 años Brahms cuando compuso estos valses. Poco tienen en común con los de Beethoven o Schubert o Strauss. Valses densos, profundos, complejos, hermosos, compuestos en 1865, un año doloroso por la muerte de su madre. Le escribe a Clara Schumann: «Cuanto más pasa el tiempo más siento la falta de mi añorada madre».

Y refiriéndonos ya al piano a cuatro manos en el pasado siglo XX, tenemos que citar, entre otros, a Gabriel Fauré, Claude Debussy, Maurice Ravel, Erik Satie, Francis Poulenc. La Petite Suite de Claude Debussyes una obra sabia, sensual, imaginativa y deliciosa, escrita a la edad de 27 años, en 1889. Años felices en los que convive con Gaby, «la de los ojos verdes», en el París de la Exposición Universal. Debussy explota inteligentemente todos los resortes del piano a cuatro manos, usando una forma de escribir que obliga a los intérpretes a tocar de una forma compacta, sabiamente entrabada, especialmente atentos a esa «quinta mano» que es el pedal, y que debe ser cuidado hasta el extremo.

Finalmente, una obligada cita a Maurice Ravel. Mi madre la Oca la escribe Ravel a la edad de 33 años en 1908. Glosa musicalmente una serie de cuentos; entre ellos Pulgarcito (de Perrault), Feúcha, reina de las pagodas (de Madame D’Aulnoy), Las conversaciones de la Bella y la Bestia (de Madame Leprince de Beaumont), transcribiendo en la misma partitura y a guisa de encabezamiento, algunos extractos de los cuentos. Por ejemplo, en Las conversaciones de la Bella y La bestia: «No, querida Bestia, no moriréis, viviréis para ser mi esposo».

Maurice Ravel, con su inmensa maestría de instrumentador, realizó posteriormente una versión orquestal de esta obra, pero me atrevería a decir que la versión inicial para piano a cuatro manos tiene, con su depurada y compleja escritura, un encanto y una pureza insuperables, dejando un amplio margen de libertad a la imaginación. En esta obra, el perfeccionismo y sentido lúdico de Ravel, raya en ocasiones en la extravagancia, obligando a los intérpretes a tener que hacer filigranas en el teclado para intentar ser fieles a la escritura del autor, tan celoso de la exactitud.

Resumiendo, diríamos que la modalidad del piano a cuatro manos, con la presencia de dos ejecutantes en el mismo teclado, sitúa a esta particular forma de ejecución pianística en el campo de lo concertante, y requiere una gran capacidad de colaboración y compenetración entre los dos pianistas, que se sirven mutuamente en unos casos y se aúnan y multiplican en otros hasta alcanzar el máximo clímax sonoro.

Añadamos a ello que todo esto implica, en ocasiones, un cierto funambulismo que suele sorprender y divertir al público no habituado, y exige a los pianistas que forman el dúo de piano a cuatro manos una exagerada precisión, ilimitada coordinación y mutua atención, lo que convierte a esta modalidad de música de cámara en una arriesgada aventura. Una temible y maravillosa aventura.

Género sin ideología

En ciertos ambientes que cabe calificar de «socialmente conservadores» se ha hecho habitual el mirar con sospecha la palabra «género», cuyo origen y desarrollo se asocia, con razón, a ambientes «socialmente progresistas». En estas reflexiones quisiera despegarme de los unos y los otros, sin otro fin que lograr un mayor discernimiento de los aspectos positivos y negativos entrañados en el discurso de género.

Como es sabido, el concepto de género fue introducido por vez primera por el psiquiatra y psicoanalista Robert Stoller, quien en su obra Sex and Gender (1968) lo empleó para referirse a la conciencia que una persona tiene del ser femenino o masculino. Esta distinción fue luego asumida por la socióloga británica Ann Oakley para criticar la visión tradicionalista según la cual la mayoría de las diferencias sociales entre hombres y mujeres se basan en la naturaleza. A partir de ahí, un tema básico de la crítica feminista ha consistido en mostrar que la mayor parte de esas diferencias, aceptadas pacíficamente como «naturales» eran, de hecho, un producto del proceso de socialización, en el que iba entrañada la sistemática subordinación de las mujeres a los hombres.

Ya esta simple presentación del término pone de manifiesto que, efectivamente, en las investigaciones de género se deslizan con mucha frecuencia elementos ideológicos, por lo demás fácilmente reconocibles, y que en último término conducen a subordinar el estudio de la realidad social e histórica al avance de un objetivo social, la igualdad, a todos los efectos, de mujeres y hombres.

Ana Marta González es profesora titular de Filosofía Moral en la Universidad de Navarra, y directora de la línea Culture and Lifestyles del Social Trends Institute.
Entre sus publicaciones más recientes figuran: Contemporary Perspectives on Natural Law. Natural Law as a Limiting Concept, Ashgate, Aldershot, 2008. Gender Identities in a globalized world, Humanities Press, Amherst, 2008; Claves de ley natural, Rialp, Madrid, 2006; y Moral, razón y naturaleza. Una investigación sobre Tomás de Aquino (Eunsa, 2006, 2.ª ed.)

Sin embargo, enfrentarse a los estudios de género exclusivamente desde esta óptica, es decir, como si todo lo que se dice fuera producto exclusivo de un interés preconcebido, impide advertir los aspectos de la realidad social y cultural acerca de los cuales la perspectiva de género nos ha hecho particularmente conscientes, así como apreciar, en su justa medida, las transformaciones políticas y sociales que ha puesto en marcha, algunas de las cuales son francamente deseables.

El resultado es que todos aquellos que califican la perspectiva de género como un producto meramente ideológico se hacen ellos mismos sospechosos de la acusación de ideología. Porque, de hecho, no se detienen a discernir en profundidad el interés ideológico que anima muchos de esos estudios, de los fenómenos sociales que esa perspectiva, interesada o no, permite poner de relieve, desvelando, en muchos casos, incoherencias manifiestas entre los valores que públicamente decimos profesar y las prácticas sociales que de hecho promovemos.

En este sentido, parece importante esforzarse por discernir los elementos ideológicos presentes en el discurso de género de aquellos otros que simplemente perfilan objetivos sociales deseables, o, al menos, objetivos cuya legitimidad no puede discutirse sin elevar a la categoría de norma social para el presente una forma de realizar la diferencia de género propia de épocas pasadas, y, en definitiva, sin introducir en la vida social una rigidez incompatible con la flexibilidad que, para bien y para mal, caracteriza a las sociedades contemporáneas.

De lo contrario, resultaría que, frente a una ideología «progresista», que, despegada por completo de la naturaleza, se nos presenta comprometida con el avance de la igualdad, sin más discernimiento, nos encontraríamos, de hecho, con una ideología «conservadora», que, comprometida con una defensa de un orden social pretérito, que identifica erróneamente con lo natural, se ve incapaz de advertir los distintos modos culturales que puede adoptar la diferencia de género a lo largo de la historia.

QUÉ ES IDEOLÓGICO EN LA IDEOLOGÍA DE GÉNERO

Lo ideológico del discurso de género reside en que con mucha frecuencia viene presidido por una voluntad expresa de anular la diferencia de género, sobre la hipótesis de que ésta es inseparable de determinadas estructuras culturales y sociales mediante las cuales se ha perpetuado históricamente la dominación de un género sobre otro (léase, de los varones sobre las mujeres).

A partir de aquí, la estrategia seguida para anular la diferencia es patente: comienza alimentando la conciencia de que la diferencia entre lo femenino y lo masculino ha servido para reforzar, a lo largo de la historia,determinadas prácticas sociales de dominación de los varones sobre las mujeres. Continúa mostrando prolijamente las diversas formas de opresión y dominación padecidas históricamente por las mujeres. Y, una vez puestos sobre la mesa estos elementos, que en sí mismos constituyen únicamente una perspectiva particular sobre la complejidad del acontecer histórico, la conclusión se impone por sí misma: con el fin de superar la dominación de los unos sobre las otras es preciso también superar la diferencia de género, encaminándonos todos hacia un escenario -evidentemente utópico- de igualdad y libertad.

El tenor mismo del discurso de género, en todo caso, pone de manifiesto que, al emplear esta palabra, tenemos en mente, sobre todo, una cualidad -o constelación de cualidades- que, en principio asociadas con la diferencia sexual, interesan únicamente porque representan una pauta de diferenciación social, como por lo demás ocurre con muchas otras cualidades -ser más o menos rico, más o menos poderoso, más o menos listo, más o menos fuerte…-. Pues bien, lo ideológico del discurso de género reside en considerar que la misma diferencia de género constituye una realidad social intrínsecamente opresiva, como lo fuera en otro momento la diferencia de propiedad para Rousseau o Marx, o como, en general, pudiera serlo cualquier diferencia que señale una razón de superioridad o excelencia de unos hombres sobre otros. Pues -seamos claros al respecto- en contra de lo que suele afirmarse -a menudo sin otro fin que sosegar espíritus inquietos-, la diferencia, toda diferencia, puede constituir una razón de superioridad o inferioridad, de mayor o menor excelencia, en el desempeño de determinadas tareas, y, por tanto, en el reconocimiento social obtenido a raíz de tal desempeño. Lo cual, sin embargo, no es lo mismo que afirmar que sea causa sistemática de opresión, como enseguida veremos.

De cualquier forma lo importante es advertir que el problema con la «ideología de género», no lo constituye tanto la diferencia de género como la diferencia sin más. Y por ello, lo que se impone, mucho antes que una crítica a la ideología de género, es una crítica a la ideología igualitarista. Lo que se impone, mucho antes que preocuparse por refundir los conceptos de sexo y género, que podría significar perder de vista la complejidad social implícita en esta ecuación, es una reflexión sobre la diferencia sin más, con la vista puesta en el papel que ésta desempeña en la constitución misma de la sociedad humana.

DIFERENCIAS Y SOCIEDAD

Concretamente, se impone preguntar dos cosas: ¿Es posible la sociedad humana sin diferencias de alguna clase? ¿Entraña la diferencia necesariamente alguna forma de superioridad?

La respuesta a la primera pregunta parece negativa: aunque, mediante el artificio político, logremos crear un espacio en el que los seres humanos, sustancialmente iguales, se traten entre sí como «libres e iguales», dicho artificio político no puede ocultar otras diferencias naturales, no sustanciales, sino simplemente cualitativas, que lo anteceden; así, unos son más fuertes y otros más débiles, unos más dotados para unas tareas y otros para otras, unos hombres, otros mujeres, etc. Ahora bien, es natural que esas diferencias, de un modo u otro, se abran paso en la vida social, no sólo en forma de actividades desplegadas con mayor o menor fortuna, sino también en forma de reconocimiento social. No sería imposible impedirlo sin forzar la naturaleza de las cosas o, lo que es lo mismo, sin la interposición de una autoridad tiránica.

Con ello se adelanta ya la respuesta, afirmativa, a la segunda de las preguntas. Sí: la diferencia entraña alguna forma de superioridad o excelencia. Cabría añadir: si la diferencia es sustancial, la superioridad es sustancial; si la diferencia es política, la superioridad es política; si la diferencia es cualitativa, la superioridad o excelencia es cualitativa. Sin embargo, la superioridad o excelencia entrañada en una diferencia no constituye por sí misma un motivo de opresión; a lo sumo puede constituir un motivo de respeto y honor. Pues crecer es, en buena parte, diferenciarse y encontrar la propia medida, más allá del baremo más o menos ideal, más o menos mediocre, que se nos impone desde fuera.

Parece importante esforzarse por discernir los elementos ideológicos presentes en el discurso de género de aquellos otros que simplemente perfilan objetivos sociales deseables, objetivos cuya legitimidad no puede discutirse sin elevar a la categoría de norma social para el presente una forma de realizar la diferencia de género propia de épocas pasadas.

Así, resulta patente que, en determinados contextos sociales, tener o no una determinada cualidad, y tenerla de una manera no convencional sino personal, es lo que realmente «marca la diferencia», constituyendo una razón de superioridad o excelencia de unos individuos sobre otros. Lejos de afirmar que nos debemos honor por ser iguales, Tomás de Aquino señala, siguiendo a Aristóteles, que sólo se debe honor a los superiores o a los que sobresalen por alguna excelencia.

Al mismo tiempo, sin embargo, conviene notar que, dentro de la sociedad humana, esa superioridad o excelencia es siempre relativa, porque, en otros contextos, donde estén en juego otros bienes o tareas, la excelencia bien puede caer del lado de otros individuos diferentes. Precisamente en esto fundamenta Tomás el honor que nos debemos unos a otros. Así, el hecho de reconocer que los hombres merecen honor por ser superiores, no por ser iguales, no le impide añadir que todos los hombres merecen honor, en la medida en que «en cualquier hombre hay algo por lo que se lo puede considerar superior, según aquellas palabras de Flp 2,6: «pensando cada uno por humildad que los otros son superiores a él». Y según esto todos deben buscar ser los primeros en honrar a los demás» (s.th.II.II.q. 103, a. 2, ad 3).

En consecuencia, la diferencia, cualquier diferencia, entraña cierta superioridad o excelencia, que, entre los hombres, es siempre relativa a determinados contextos, pero que en todo caso basta para que nos rindamos honor los unos a los otros, y nos animemos los unos a los otros a ser consecuentes con esa excelencia peculiar. Para ambas cosas, ciertamente, hace falta humildad -virtud de la que estamos todos necesitados-.

En todo caso, de acuerdo con este planteamiento, para que una diferencia -da igual que sea la diferencia de inteligencia, fuerza, género, raza, etc.- llegara a constituirse estructuralmente, no en motivo, pero sí en ocasión de una completa dominación de unos hombres sobre otros, sería preciso prescindir de la pluralidad de contextos en que discurre la vida humana, o al menos privilegiar uno de ellos sobre los restantes de tal manera que los valores propios de ese contexto particular monopolizaran ilegítimamente los valores propios de otros contextos diferentes.

Probablemente esto ha ocurrido siempre. Así, es bastante comprensible que una sociedad guerrera privilegie los valores y las virtudes del guerrero; una sociedad comercial, privilegia los valores y virtudes del hombre de negocios; a su vez, una sociedad mediática se queda extasiada ante los famosos -según la atinada definición: «gente conocida por ser conocida»-.

En sí misma, esta mayor valoración o reconocimiento de determinadas actividades no tiene por qué resultar conflictiva mientras se den dos condiciones: por un lado, que la actividad en cuestión esté socialmente justificada -los guerreros cumplían una función para el bien común, en cierto modo también los hombres de negocios; más difícil me resulta ver la función que cumplen los famosos…- y, por otro, que las restantes actividades sean también objeto de adecuado reconocimiento social, en la medida en que también contribuyen al bien común.

Sin embargo, la mayor valoración de determinadas actividades empieza a resultar conflictiva cuando su conexión con el bien común deja de resultar evidente, y cuando, por otra parte, las demás actividades no son especialmente valoradas, ni por sí mismas (tal vez porque su desempeño se considera, con razón o no, poco creativo, en una sociedad que ante todo valora la creatividad y la iniciativa; o poco lucrativo cuando todo se mide por la capacidad adquisitiva; o poco «brillante», en una sociedad fascinada por los esplendores de la imagen), ni en razón de sucontribución al bien común. Si, en estas condiciones una parte de la población se encuentra sistemáticamente confinada al ejercicio de estas actividades puede, con razón, considerarse oprimida, sobre todo si, entretanto, ha ido asimilando, como parte de su cultura ambiental la idea, por lo demás verdadera, de que somos iguales en dignidad y derechos.

Aquí conviene recordar que, desde la Antigüedad, este ha sido siempre el punto de arranque de los movimientos contrarios al orden social vigente: reclamar un cambio que traiga cierta igualación, sea la de los esclavos, sea la de los extranjeros, sea la de los siervos de la gleba, etc. Más aún: una de las grandes novedades -perennes novedades- de la historia humana es la idea de que todos los seres humanos, sin distinción de raza, sexo, religión posición social, etc., son iguales ante Dios. Esta idea, que distingue al cristianismo de otras religiones, fue como la levadura que adelantó la fermentación de ideas de justicia implícitas ya en algunas formulaciones de la filosofía griega y el derecho romano.

La diferencia, cualquier diferencia, entraña cierta superioridad o excelencia, que, entre los hombres, es siempre relativa a determinados contextos, pero que en todo caso basta para que nos rindamos honor los unos a los otros, y nos animemos los unos a los otros a ser consecuentes con esa excelencia peculiar.

Así, no es extraño que a lo largo de la historia, pacientemente, sin necesidad alguna de suscribir el fervor revolucionario, pero en tensa sintonía con ideas compartidas en una sociedad y de acuerdo con las posibilidades reales, el cristianismo haya promovido y sostenido formas de igualdad en la educación, en el uso de la riqueza, en los derechos civiles, en la participación en los asuntos públicos, etc. Lo que este proceso pone en claro, en todo caso, es que la justicia no se impone por sí sola, si no hay agentes que la hagan suya y la promuevan con sus palabras y sus obras.

DISCURSO IGUALITARIO, PRÁCTICAS DISCRIMINATORIAS

Donde faltó visión, así como el tesón paciente, pero decidido, de trabajar por la justicia, hizo su aparición la revolución. Así, fue la confluencia de un discurso de igualdad, como el que se abrió paso en la cultura occidental desde el siglo XVIII, con prácticas sociales y culturales que de hecho negaban esa igualdad lo que inspiró las revoluciones modernas, o lo que en los años sesenta del siglo XX desembocó en la batalla por los derechos civiles de la población negra en Estados Unidos. Si en la actualidad proliferan las historias y los relatos que tratan de hacernos conscientes de la contribución anónima de la gente de color al desarrollo de la civilización occidental, tal cosa no debe verse simplemente como un discurso ideológico, sino como un homenaje a una triste verdad, durante mucho tiempo soterrada, y de la que ahora somos más conscientes. Y algo similar cabría decir de las historias que tratan de mostrar en qué medida el desarrollo de esta misma civilización depende también del «trabajo oscuro» de muchas mujeres. Ahí se localiza la famosa frase de «detrás de un gran hombre hay una gran mujer».

Lo que el discurso de género pone de manifiesto, sin embargo, es que el reconocimiento de este trabajo oscuro no es suficiente; que en ocasiones sirve indirectamente al propósito de retener a las mujeres precisamente en el ámbito de la vida privada, cuando igualmente podrían desarrollar otras muchas actividades, aportando a la vida pública cualidades y modos de hacer que varios siglos de presencia unilateralmente masculina no han conseguido introducir. En suma, que, si bien es cierto que «detrás de un gran hombre hay una gran mujer», algunas mujeres, por razones perfectamente legítimas, tal vez prefieran ocupar de vez en cuando el puesto delantero, y si ese es el caso, hay que considerar opresiva la práctica social que se lo impide.

Lo que la perspectiva de género viene a discutir, en definitiva, son los planteamientos que, temerosos de los riesgos que entrañan el cambio social y cultural, cierran el paso a las mujeres a la vida pública, parapetándose en la idea de que el lugar natural de la mujer es la casa, y que toda modificación de expectativas en este sentido contraviene dicho orden natural. En última instancia, lo que los argumentos de género subrayan es que esas apelaciones a «lo natural» con frecuencia no son sino un modo de pasar por alto que hay estructuras y prácticas muy arraigadas que, en distintas esferas de la vida social, y en la mentalidad esclerótica de muchas personas (tanto hombres como mujeres), siguen favoreciendo la adjudicación de responsabilidades a los varones, impidiendo la entrada de las mujeres, al menos en la proporción que se corresponde con su tantas veces destacada preparación y competencia académica.

Ciertamente, el rendimiento teórico de la perspectiva de género es limitado: se reduce a proporcionar una clave heurística para enfrentarse al análisis social y cultural con un propósito previamente definido: desvelar las estructuras de dominación construidas en torno al género. Pero que de hecho las ha habido, más aún, que las hay, parece indudable. Ahí está el famoso «techo de cristal», contra el cual de nada sirve «ser una mujer de talento».

El punto teórico más frágil de los discursos de género escriba en un escaso refinamiento conceptual, que lleva a considerar la dominación como algo inevitablemente derivado de la diferencia, para concluir a continuación que la anulación de la diferencia es el único camino para superar la dominación.

Precisamente esta expresión -«mujer de talento»- invitaría a responder con la ironía de Simone de Beauvoir: «Dicen que ya se ha alcanzado la igualdad porque hay mujeres de talento en lugares de poder. Nada más falso: la igualdad se habrá conseguido cuando incluso haya mujeres tontas en lugares de poder». Aunque en los últimos tiempos se hayan dado pasos notables en este lamentable sentido, lo verdaderamente sorprendente es que apenas llame la atención la frecuencia con la que hombres manifiestamente incompetentes -digámoslo sin eufemismos: hombres manifiestamente tontos- ocupan posiciones de poder, o que simplemente lo hagan porque «ahí no se ve bien una mujer». Esto es significativo de que, efectivamente, en muchas cosas se usa todavía una doble vara de medir. Desde hace más de veinte años las estadísticas sobre resultados académicos coinciden en señalar que los mejores expedientes, así como la madurez y capacidad de decisión en el trabajo, están de lado de las mujeres y, sin embargo, su presencia en esas posiciones es todavía muy escasa.

En cualquier caso, el punto teórico más frágil de los discursos de género estriba en un escaso refinamiento conceptual, que lleva a considerar la dominación como algo inevitablemente derivado de la diferencia, para concluir a continuación que la anulación de la diferencia es el único camino para superar la dominación. Esta hipótesis es radicalmente problemática por utópica, pues olvida que la diferencia -no sólo la diferencia de género sino cualquier diferencia- acompaña necesariamente el despliegue de la vida social, de forma que el intento de suprimir una diferencia significa únicamente introducir otra.

Irónicamente, esta problemática fusión, típicamente ideológica, de «diferencia» y «dominación», que presenta la dominación como algo que fluye «inevitablemente» de la diferencia, se asemeja demasiado a los que argumentan a favor de un orden social pretérito apelando a su presunta «naturalidad».Unos y otros parecen desconocer el dinamismo connatural a la razón práctica, su capacidad de enfrentar situaciones nuevas y desarrollar soluciones acordes con unos principios intelectuales y morales, que el contexto social y cultural puede eventualmente oscurecer, pero nunca acallar definitivamente.

En este sentido, de manera colateral, el desarrollo de la perspectiva de género sí ha servido para llamar la atención sobre variaciones históricas y culturales de los arquetipos de lo femenino y lo masculino, y, en esa medida, debería servir para enriquecer nuestra comprensión de la realidad social, y de los diversos modos en que lo femenino y lo masculino intervienen en su composición.

MODALIDADES HISTÓRICAS DE LO FEMENINO Y LO MASCULINO

En efecto, la perspectiva de género ha venido a resaltar que, más allá de la diferencia biológica entre los sexos -que la ideología de género tiende a menospreciar en exceso, cuando indudablemente es parte de la explicación de la mayor presencia de ciertas inclinaciones y aptitudes en un género que en otro-, lo masculino y lo femenino son categorías o arquetipos que adoptan formas históricas y culturales diversas.

A partir de ahí, la ideología de género concluye ilegítimamente que son meras formas históricas y culturales, por lo general opresivas y, por tanto, dignas de desaparición. Pero cabe prescindir de este último proceso mental para quedarnos simplemente con lo primero: lo femenino y lo masculino se realizan de forma diversa en las distintas sociedades y culturas. Y estas realizaciones sociales y culturales afectan a la misma psicología de los hombres y las mujeres protagonistas de esos cambios, pues procesos sociales y psicológicos se coimplican mutuamente.

En efecto: no sería difícil argumentar, por ejemplo, que la incorporación masiva de la mujer al mundo laboral en la segunda mitad del siglo XX ha comportado también la adopción por su parte de roles antes considerados masculinos, y que, en el curso de esta adopción, ellas mismas han desarrollado rasgos psicológicos antes mayoritariamente atribuidos a los hombres, pero que, en manos de las mujeres, adquieren una modalidad diferente.

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Paralelamente, y relacionado con lo anterior, se encuentra también la progresiva adopción, por parte de los varones, de roles domésticos antes principalmente asociados a las mujeres, con lo que tal cosa supone de desarrollo, entre los varones, de rasgos psicológicos antes mayoritariamente atribuidos a las mujeres -pero que ahora, desarrollados por los hombres, adquieren también una modalidad diferente-.

Pero, en parte, ha sido la misma evolución social en otros aspectos loque ha provocado estos cambios. Así, la disminución de las profesiones que requieren un esfuerzo físico y el aumento de aquellas que se apoyan en las relaciones sociales y la comunicación -proceso que comienza ya en el siglo XVIII, con el desarrollo de la sociedad comercial- han permitido que muchos hombres desarrollen puntos de vista y modos de trato antes considerados femeninos.

Entiendo bien que la referencia al «antes», para caracterizar «lo masculino» y «lo femenino», podría causar cierta inquietud a quienes desearían fijar de una vez por todas el contenido de lo «femenino» y lo «masculino», y medir la mayor o menor masculinidad o feminidad conforme a esos criterios fijos enumerados en una tabla. Me temo, sin embargo, que eso es tanto como desear fijar lo que constituye la naturaleza humana, más allá de la abstracta referencia a la racionalidad -en la que va, por cierto, implícita, la referencia al cuerpo: los ángeles no son racionales sino intelectuales-.

La verdad es que, al igual que la racionalidad abre el camino a una pluralidad de modos históricos y culturales de realizar la naturaleza humana, así también, los modos culturales en los que se plasma la diferencia de género en las distintas sociedades humanas son variados.

Por supuesto, hay diferencia. Pero de ella cabe decir algo parecido a lo que dice Heráclito de la naturaleza: «La naturaleza gusta de ocultarse».Y se oculta, de hecho, detrás de la cultura. Del mismo modo, la diferencia entre varones y mujeres siempre está presente, pero los modos concretos en que se abre paso y se manifiesta en la vida social y la cultura varían a lo largo del tiempo.

Si, con la vista puesta en las realizaciones históricamente más recientes de lo femenino y lo masculino, nos aventurásemos a realizar un diagnóstico de la presente situación cultural, podríamos describir el proceso por el que pasan nuestras sociedades contemporáneas diciendo que, en su conjunto, tanto en el ámbito público como en el privado, han venido experimentando una progresiva nivelación de «lo femenino» y «lo masculino», que contrasta con la marcada diferencia de ambos aspectos en otras épocas históricas.

Este diagnóstico, a su vez, podría servir de base para efectuar valoraciones de distinto signo. Pues lo que desde el punto de vista de los adultos puede considerarse positivo -que tanto varones como mujeres desarrollen la dimensión pública y la privada de su personalidad-, podría no serlo desde el punto de vista de los niños, cuya maduración emocional, tal y como ha mostrado el psicoanálisis, depende en buena medida de que adviertan una neta diferencia entre lo masculino y lo femenino en las primeras etapas de su desarrollo.

Sin embargo, la misma situación admite otra lectura diferente. Ésta iría en la línea de mostrar que la progresiva nivelación de los roles sociales, y el desarrollo de actitudes psicológicas asociadas a ellos, por parte de hombres y mujeres, no tiene por qué conducir realmente a la anulación de la diferencia, sino más bien a que ésta, por natural imposible de erradicar, llegue a manifestarse de otro modo, tanto en el ámbito público como en el privado.

Cuál sea ese modo no puede definirse a priori, pues es algo llamado a adquirir concreción en el ejercicio mismo de la vida personal y social. Pero lo que sí es cierto es que, en este preciso momento histórico, no cabe marcha atrás: para bien y para mal, no cabe que las mujeres se retiren de la vida pública y no cabe que los hombres se retiren de la vida privada. Muy al contrario, sólo cabe facilitar lo más posible que ambos se embarquen en las dos dimensiones de la vida, y descubran por sí mismos de qué manera la aportación de ambos puede enriquecer la vida familiar y social. En momentos de cambio, en que las prácticas heredadas entran en crisis, la iniciativa cae del lado de las personas que descubren un valor y deciden vivir libre y responsablemente conforme a él.

Los primeros cuatro años de Benedicto XVI

SAN PEDRO Y SAN PABLO EN SUS BASÍLICAS

Cuando en enero de 1952 se publicó en Roma el primer volumen de las Exploraciones bajo la Confesión de San Pedro en el Vaticano se pudo decir que, con la segura ayuda de la ciencia, una vieja tradición se había transformado en Historia.

Yo mismo lo escribí precisamente con esas palabras dos años más tarde, comentando un excelente libro de la BAC en que el prestigioso arqueólogo Kirschbaum contaba, con un estilo suelto y buen pulso narrativo, las vicisitudes de los trabajos de los sabios y sus sucesivos descubrimientos a varios niveles por debajo de la Confesión de San Pedro en la Basílica vaticana.

Se había hallado el lugar de la tumba de San Pedro, metros más metros menos, en donde desde hacía siglos se creía que estaba. Esa era para los cristianos cultos la noticia romana del año y para historiadores y arqueólogos la respuesta a no pocas preguntas para las que hasta entonces no se había encontrado una explicación satisfactoria. ¿Por qué precisamente allí, e incluso violentando la disposición del terreno, con tanto empeño y tan dilatado esfuerzo, durante casi mil quinientos años la cristiandad, convencida de que se edificaba sobre la tumba de San Pedro, se había propuesto y finalmente había logrado alzar en ese espacio un gran templo dedicado al Príncipe de los Apóstoles?

El 28 de junio de 2009 casi se ha repetido un hecho semejante al que se había vivido más de medio siglo antes. Bajo el papa Pío XII, y en buena medida por su constancia y aliento, se había hallado en 1950 el lugar de la tumba de San Pedro. Ahora, con Benedicto XVI, otra tradición de la era apostólica se ha transformado también en Historia. Se ha encontrado la sepultura de San Pablo. La novedad consiste en que, antes de que sabios especialistas publiquen en eruditas y concienzudas disertaciones el curso y los resultados de sus trabajos, ha sido el propio papa Benedicto, actuando como un reportero que refiere con detalle y con rigor un acontecimiento, el que ha querido informar, personalmente él, de este hallazgo a los cristianos, a la gente culta e incluso a los mas ilustrados de los turistas que en lo sucesivo visiten la llamada Ciudad Eterna.

En el discurso de clausura del «año Paulino» decretado por el Pontífice para conmemorar el segundo milenario del nacimiento de San Pablo, que año o lustro más o menos debió ocurrir en torno al nueve después de Cristo, Benedicto XVI, como si por un momento se hubiera revestido de su antigua toga doctoral de profesor, ha contado el gran descubrimiento en los siguientes términos: «Esta tarde se concluye el año conmemorativo del nacimiento de San Pablo. Nos encontramos recogidos ante la tumba del apóstol, cuyo sarcófago, conservado bajo el altar papal, recientemente ha sido objeto de un análisis científico. En el sarcófago, que no había sido abierto nunca en tantos siglos, se hizo una pequeñísima perforación para introducir una sonda especial, mediante la cual se han encontrado restos de un precioso tejido de lino de color púrpura, bañado en oro, y de un tejido de color azul con filamentos de lino. Se encontraron también granos de incienso rojo y de sustancias proteicas calcáreas. Además, se han descubierto pequeñísimos fragmentos óseos, que han sido sometidos al examen del carbono 14 por parte de expertos que, sin saber la procedencia, han afirmado que pertenecían a una persona que vivió entre los siglos I y II. Lo cual parece confirmar la unánime y no controvertida tradición de que se trata de los restos mortales del apóstol Pablo. Todo esto llena nuestro ánimo de profunda emoción».

Es seguro que el Papa, que había autorizado, o incluso promovido, el estudio arqueológico, e indudablemente habría seguido muy de cerca los sucesivos pasos de la investigación, cuando se encontró bajo el suelo de la Basílica el sarcófago que describiría en su discurso del 29 de junio, pudo con bastante probabilidad prever cuáles iban a ser sus resultados. Probablemente, lo largo del año paulino si no antes, los estudiosos y el Pontífice se habían formado una idea de la trascendencia de unas conclusiones positivas.

El paralelismo de las vidas de los dos apóstoles, su vinculación con Roma y la común veneración de ambos en la Urbe, cabeza de las cristiandades de todo el orbe, hace pensar que la «profunda emoción» que llenaba el ánimo de Benedicto XVI en su discurso del día 28 era un sentimiento muy arraigado, ya desde antes, en lo más íntimo de su personalidad. Quizá esa emoción pudo en algún momento verse turbada por un asomo de inquietud de que no fuera a salir todo tan bien como se esperaba y se había previsto. Pero afortunadamente no ha sido así.

El feliz descubrimiento de San Pablo Extramuros y lo que enseñan sin palabras las piezas estudiadas, su probable cronología y las conclusiones que de todo ello se deducen presentan un cierto paralelismo con lo que se sabe de la tumba de Pedro en el Vaticano. Cuando se confrontan unas investigaciones con las otras se advierte que la secular, o más bien milenaria, tradición que asocia a los dos principales apóstoles y los hace inseparables era algo que vivían los cristianos de Roma en la primera centuria de nuestra era y que, ahora, «con la ayuda de la ciencia», como decía el Papa, se ha transformado también en Historia.

EL PAPA BENEDICTO Y SUS ENCÍCLICAS

Benedicto XVI, en sus cuatro años de pontificado no ha sido un Papa dedicado a la Historia, ni siquiera a la «sagrada historia» de la Iglesia. Ha sido y es el Pastor «universal» de la Iglesia católica y un maestro de la humanidad en todos los sentidos de esta polisémica expresión: hermano mayor de las otras confesiones cristianas, promotor de la paz entre los pueblos, guía moral de la sociedad civilizada, a la vez que viajero incansable que ha probado que tiene algo que decir y algo que aconsejar para que las mujeres y los hombres de este mundo resuelvan sus problemas o, por lo menos, se propongan hacerlo.

A los pocos días de dar al mundo la noticia del hallazgo de la tumba de San Pablo, a casi dos mil años de su muerte, y sólo unas semanas después de su regreso de Tierra Santa, el papa Benedicto ha ofrecido al mundo su tercera carta encíclica, que, por excepción en estos solemnes documentos pontificios, está dirigida no sólo a los católicos sino «a todos los hombres de buena voluntad».

Es bastante significativo que el Papa haya regalado al presidente Obama en su visita a la Santa Sede un ejemplar de esta tercera encíclica primorosamente encuadernado. (Se supone que en inglés, porque el presidente le prometió empezar a leerlo esa misma tarde en su vuelo de Roma a Ghana).

Las tres primeras palabras del texto latino de la encíclica –Caritas in Veritate-, que como es tradicional sirven de título al documento pontificio, están inspiradas en la afirmación de San Pablo de que es necesario unir la verdad con la caridad, y a la inversa la caridad con la verdad. «La verdad -dice el Papa- es la luz de la razón y de la fe, por medio de la cual la inteligencia llega a la verdad natural y sobrenatural de la caridad. Sin la verdad, la caridad cae en mero sentimentalismo».

Encíclica, una voz griega que significa algo así como «carta circular», se llama tradicionalmente desde hace un par de siglos a estos solemnes escritos con que los papas enseñan a los cristianos y ofrecen a todo el mundo las respuestas de la Iglesia a cuestiones, generalmente de cierta actualidad, que tiene planteadas la sociedad humana y que guardan relación con la fe y la moral.

Hasta ahora Benedicto XVI ha publicado tres encíclicas, de las que se puede decir que son como tres grandes capítulos de una teología de la Trinidad y tres respuestas operativas y prácticas, inspiradas por las tres virtudes que la doctrina cristiana llama teologales.

El asunto central de que se ocupa el primero de estos tres solemnes documentos es nada menos que Dios: quién o qué es ese Dios, Padre y creador del universo y del hombre. La respuesta es «amor» –Deus caritas est-. La gran virtud teologal que así lo enseña a los cristianos y sería capaz de ilustrar con tan sabia doctrina a todos los humanos, es la Fe.

Algo semejante se podría afirmar de la segunda encíclica del papa Benedicto, Spe salvi, -Salvados por la esperanza-. El que salva a la humanidad es Jesucristo, el Dios Hijo de la Divina Trinidad. La virtud que anima a los hombres y les guía a esa salvación final es la segunda de las teologales del catecismo cristiano, la Esperanza.

CARITAS IN VERITATE

La nueva encíclica completa el ciclo temario de estas enseñanzas de Benedicto XVI. Las versiones civiles de la caridad cristiana son la fraternidad humana, la solidaridad social y la responsabilidad de todos los hombres y mujeres de este mundo en la suerte de los demás, hermanos suyos también, por diversas que sean sus patrias, su cultura y el color y las facciones de sus rostros. Su presencia en el seno del mundo y en el seno de la Iglesia es la voz del Espíritu -del Espíritu Santo- y la virtud teologal que los une a los cristianos entre sí, y con la Iglesia, es la Caridad.

Esa hermandad universal es anterior a todas las diferencias que han tomado forma y estructura a lo largo de la historia y aun antes, en los oscuros y misteriosos milenios de la existencia de seres humanos en la tierra, en los que no se puede con propiedad hablar de historia.

Es de notar el amplio desarrollo que en esta tercera encíclica hace el Papa de dos referencias de pasado y de presente, que son muy significativas del propósito y de la estructura de este documento.

Una es la alta estimación de la encíclica Populorum Progressio publicada por Pablo VI en 1967, que manifiesta el papa Benedicto destacando su importancia -y casi trascendencia- histórica. El actual Pontífice reafirma su «convicción de que la Populorum Progressio merece ser considerada como la Rerum novarum de la época contemporánea» y que «ilumina el camino de la humanidad en vías de unificación». También podía haber dicho en ese lugar que la humanidad de nuestros días, con conciencia o sin conciencia de ello, se encamina a una verdadera «globalización».

Unas páginas más adelante, la nueva encíclica examina las cuestiones éticas, políticas y económicas que plantea esa «globalización», de las que unas pueden generar o fomentar el desarrollo de que ya hablaba Pablo VI, y otras dificultarlo dando lugar a fenómenos sociales empobrecedores como en el campo cultural el «eclecticismo» y su casi inmediata derivación que sería el predominio del «relativismo». «El desarrollo necesita ser ante todo auténtico e integral. No basta progresar sólo desde el punto de vista económico o tecnológico». En 1967 el gran tema para Pablo VI era el desarrollo de los pueblos, de todo el hombre y de todos los hombres, el tránsito de condiciones menos humanas a condiciones más humanas.

La otra notable referencia en varios de los capítulos de la actual encíclica es la frecuente contraposición entre «desarrollo» y «subdesarrollo». Las causas de este último, según Pablo VI, no son sólo, ni principalmente de orden material sino que se encuentran en otras dimensiones del hombre: en el desentendimiento de los deberes de solidaridad, o en la falta de fraternidad entre los hombres y entre los pueblos: «una sociedad cada vez más globalizada hace a los hombres más cercanos, pero no más humanos».

El mundo actual, el de Benedicto XVI, no es ya el de Pablo VI. Basta considerar que entonces la actividad económica, la actividad productiva y las inversiones extranjeras se movían en confines limitados, de modo que no en pocos, sino más bien muchos países el Estado podía gobernar el curso de la economía de la nación. Por el contrario, ahora, el poder político de esos mismos Estados se ve limitado en su soberanía por el nuevo contexto internacional económico, comercial y financiero.

El «desarrollo humano» en nuestro tiempo, según la nueva encíclica, no puede ser una simple continuación del que deseaba Pablo VI y que efectivamente ha sacado de la miseria a millones de personas y ha hecho posible que muchos países participen efectivamente en la política internacional. Nuestro tiempo no es el de hace cuarenta años.

«Las fuerzas técnicas que se mueven, las interrelaciones planetarias, los efectos perniciosos sobre la economía real de una actividad financiera mal utilizada y en buena parte especulativa, los imponentes flujos migratorios, frecuentemente provocados y después no gestionados adecuadamente, o la explotación sin regla de los recursos de la tierra, nos inducen hoy -insiste el Papa- a reflexionar sobre las medidas necesarias para solucionar problemas, que no sólo son nuevos respecto a los afrontados por Pablo VI, sino que sobre todo tienen un efecto decisivo para el bien presente y futuro de la humanidad».

Por eso no basta para progresar un desarrollo económico o tecnológico, sino que tiene que ser auténtico e integral. «El nuevo contexto económico, comercial y financiero internacional, con la movilidad de los capitales y de los medios de producción, tanto materiales como inmateriales -dice el Papa-, ha modificado el poder político de los Estados. Es previsible, además, que se fortalezca la participación en la política nacional e internacional de la actuación de organizaciones de la sociedad civil y es de desear que haya mayor participación en la res publica de los ciudadanos».

La movilidad laboral y el desempleo, que mina la libertad de las familias y de las personas, deben recordar a gobernantes y ciudadanos que «el primer capital que se ha de salvaguardar y valorar es el hombre, la persona en su integridad». «Los costes humanos, como enseña no sólo la moral sino también la ciencia económica, son también costes económicos, e inversamente las disfunciones económicas comportan igualmente costes humanos».

LOS PUEBLOS: DERECHOS Y DEBERES

La solidaridad ha de entenderse como exigencia planetaria para las personas y las sociedades. Igual ocurre con el respeto a la vida: «La apertura a la vida está en el centro del verdadero desarrollo». No falta un recuerdo a que la sabiduría de la Iglesia ha invitado siempre a no olvidar la realidad del pecado original ni siquiera en la interpretación de los fenómenos sociales y en la construcción misma de la sociedad.

En su tercer capítulo -Fraternidad, Desarrollo, Sociedad civil- se concluye que separar la gestión económica, a la que correspondería únicamente producir riqueza, de la acción política, que tendría el papel de conseguir la justicia mediante la redistribución, es causa de graves desequilibrios.

En sus siguientes capítulos, la encíclica insiste en que «la solidaridad universal, que es un hecho y un beneficio para todos, es también un deber». Pero ese principio que nadie discute exige una nueva reflexión sobre los derechos y deberes, en la que no se debe olvidar que «la exacerbación de los derechos conduce a un olvido de los deberes. Compartir los deberes recíprocos moviliza mucho más que la mera reivindicación de derechos».

En la que podría llamarse segunda parte de Caritas in Veritate, el Papa insiste en la importancia que tienen para el progreso el crecimiento demográfico y la apertura a la vida; en la imprescindible necesidad de la ética para el correcto funcionamiento de la economía, en la cooperación internacional para el desarrollo económico y humano; en la relación del hombre con el ambiente natural que es un don de Dios. «La religión cristiana y las otras religiones pueden contribuir al desarrollo solamente si Dios tiene un lugar en la esfera pública, con específica referencia a la dimensión cultural, social, económica y, en particular, política. La doctrina social de la Iglesia -dice Benedicto- ha nacido para reivindicar esa «carta de ciudadanía» para la religión cristiana».

Fuerzas que en gran medida son automáticas e impersonales, ya provengan de las leyes del mercado o de políticas de carácter internacional no garantizarán nunca plenamente un verdadero desarrollo. «Son precisos operadores económicos y agentes políticos que sientan fuertemente en su conciencia la llamada al bien común».

La bioética, concretamente, es un campo prioritario y crucial en la lucha cultural entre el absolutismo de la técnica y la responsabilidad moral. «La razón sin la fe se ve avocada a perderse en la ilusión de la propia omnipotencia. La fe sin la razón corre el riesgo de alejarse de la vida concreta de las personas», como se dice en la Instrucción Dignitatis personae.

Pablo VI recordaba que el hombre solo no puede fundar un verdadero humanismo. Pero Benedicto XVI añade que si pensamos que se nos ha llamado individualmente y como comunidad a formar parte de la familia de los hijos de Dios, seremos capaces de forjar un pensamiento nuevo al servicio de un humanismo cristiano y verdadero. Teología y moral, filosofía política, económica y social con la sabiduría milenaria y la experiencia de la Iglesia y el acreditado magisterio de Benedicto XVI se dan cita en esta encíclica Caritas in Veritate. Se podría decir que si de Populorum Progressio de Pablo VI pudo decirse que fue la Rerum novarum del siglo XX, Caritas in Veritate, publicada a principios de la actual centuria, es para los cristianos y, en general, para mujeres y hombres de buena voluntad, un programa y guía para dirigir el pensamiento y la acción en el siglo XXI.

EL QUINTO AÑO DEL PAPA BENEDICTO

Durante los cuatro primeros años de su pontificado Benedicto XVI, siguiendo el ejemplo de sus predecesores, Pablo VI y Juan Pablo II, ha sido un Papa viajero que ha protagonizado hasta doce viajes apostólicos fuera de Italia, que le han hecho recorrer casi todas las partes del mundo. Ha estado dos veces en Alemania (Colonia y Regensburg), y una en Polonia, en Turquía, en España (Valencia), en Brasil, en Austria, en los Estados Unidos (donde acudió también a la Organización de las Naciones Unidas), en Australia, en Francia. Y ya en este mismo año de 2009 ha visitado tres repúblicas de África y durante sus siete días de Tierra Santa, Jordania, Israel y los territorios palestinos.

Como cabeza de la Iglesia y sucesor de Pedro ha creado cardenales, ha recibido Jefes de Estado y personalidades públicas, ha acudido casi todas las semanas a las grandes audiencias públicas de los miércoles de San Pedro y además de pronunciar y publicar varios cientos de homilías y los solemnes discursos de las grandes jornadas del año cristiano, ha publicado innumerables escritos teológicos y pastorales y sorprendió a los propios católicos dando a la luz el Jesús de Nazaret en que él, Papa ya, escribe sabia y elocuentemente como el sabio teólogo y escriturista que fue antes de su elección pontifical, llevando su libro a la plaza pública de las librerías y los comentarios profesionales de los críticos y los estudiosos.

También ha tenido que tomar decisiones, consoladoras unas y dolorosas otras, en asuntos internos de la Iglesia. En ellas no se sabe qué es más de admirar si la caridad que ha desplegado en casos difíciles, o las muestras de sincera humildad con que ha dejado asombrados a cristianos y no cristianos por la naturalidad y sencillez con que ha acertado a producirse.

Los católicos y muchos cristianos de otras confesiones le veneran, los grandes de este mundo -políticos, intelectuales, las personalidades de todo orden y los sabios- le respetan. Y casi todos los jefes espirituales y líderes de otras confesiones cristianas y de otras religiones se honran con su trato y agradecen las atenciones que les dispensa. Los medios de comunicación se refieren habitualmente a Benedicto XVI con creciente consideración.

Nuevas tecnologías. Nuevos retos en la protección de la infancia

Las nuevas tecnologías han marcado decisivamente el devenir de nuestra sociedad en los últimos años. De una tecnología de «compartimentos estancos», donde la radio, la televisión, los ordenadores y la telefonía tenían su propio protagonismo de forma individual, hemos evolucionado hacia una tecnología de «amalgama», donde ya resulta muy difícil distinguir dónde acaba el teléfono móvil y dónde empieza el ordenador personal. Las diferentes tecnologías se integran entre sí como si fueran un todo y alrededor de estos sofisticados elementos de comunicación se han generado diversas formas de entender la vida.

El correo ha pasado a ser electrónico, la fotografía ahora es digital, el dinero es de plástico y nuestra vida empieza a ser de todos gracias a las redes sociales. Si no estás en Tuenti o Facebook, simplemente no existes. Esta realidad se hace mucho más palpable en nuestros hijos ya que, por razones de edad, no han convivido con los sellos de correos, con la película fotográfica o con las cabinas telefónicas de fichas. Nuestros hijos han nacido «digitalizados», con las ventajas que ello supone; Pero también con serios inconvenientes que empezamos a constatar desde distintos ámbitos de protección de la infancia.

El concepto de desamparo como elemento determinante a la hora de intervenir cuando se trata de menores de edad es algo que no tiene discusión. Pero a la vista de la realidad actual quizá deberíamos plantearnos una nueva acepción del término e incorporar como elemento indicativo de una posible necesidad de protección el «desamparo tecnológico». Entendido éste no como la falta de medios tecnológicos sino como aquellas situaciones de riesgo para un menor provocadas por un uso inadecuado de las nuevas tecnologías.

Cuando en los años ochenta los niños empezábamos a utilizar los primeros ordenadores personales los riesgos que como usuarios asumíamos eran prácticamente inexistentes. Ojos rojos como consecuencia de una prolongada exposición a monitores de rayos catódicos y problemas derivados del sedentarismo ante una pantalla que poco nos ofrecía, salvo rudimentarios juegos y un aburrido sistema operativo. No existían las redes sociales y la comunicación entre ordenadores era el privilegio de unos pocos. En definitiva, un apasionante mundo por descubrir. La única forma que alguien tenía para contactar con nosotros, adolescentes de los ochenta, era a través del teléfono, que como estaba en medio del pasillo y sonaba de forma estridente, suponía una garantía para nuestros padres, que en ese mismo momento «ponían la antena».

Pero hoy las cosas son bien distintas para nuestros hijos. En la gran mayoría de los hogares españoles, el ordenador personal con pleno acceso a Internet está en la habitación de los niños. Se ha convertido en una magnífica niñera electrónica que les mantiene entretenidos durante largos ratos y gracias a las redes sociales pueden tener millones y millones de amigos que escapan a cualquier control por parte de los padres.

Además, el ochenta por ciento de los chavales mayores de diez años tienen teléfono móvil y la gran mayoría, teléfono móvil con acceso a Internet. Si a esto añadimos que el círculo se cierra con las consolas de videojuegos y con una oferta televisiva sin precedentes, la cosa se complica sobremanera. En especial a la hora de controlar o supervisar el uso que se hace de toda esta tecnología por parte de los más pequeños.

No deja de ser chocante que mientras las administraciones se gastan cantidades muy importantes en la prevención de la anorexia y la bulimia, sea realmente difícil cerrar páginas web en las que se enseña a niñas a vomitar o a perder kilos de forma acelerada.

Esta nueva realidad nos configura también nuevas necesidades de protección de la infancia que hay que ir implementando no sólo en la relación de padres a hijos, sino que las administraciones están ante un verdadero reto que en la mayoría de los casos ni siquiera tiene soporte legal. La variedad de casos que analizamos en el día a día de nuestra institución es impresionante: usurpación de cuentas de correo electrónico, acoso escolar, delitos contra la intimidad de los menores, pornografía infantil, facturas telefónicas excesivas, publicidad no deseada, estafas, suplantación de personalidad, malos tratos, pederastia. Una panoplia de situaciones que, en muchos casos, conllevan una actuación rápida y eficaz ya que se dispone de los instrumentos legales para ello. Pero en otros muchos casos, como por ejemplo la apología de la anorexia y la bulimia o la apología de la pederastia, esa actuación se ve ralentizada ante la falta de un tipo legal que nos permita actuar. En España, este tipo de «apologías» no están tipificadas como delito, a diferencia de lo que ocurre, por ejemplo, con la apología del terrorismo, y perseguir a los responsables se convierte en una tarea poco menos que imposible. No deja de ser chocante que mientras las administraciones se gastan cantidades muy importantes en la prevención de la anorexia y la bulimia, sea realmente difícil cerrar páginas web en las que se enseña a las niñas a vomitar o a perder kilos de forma acelerada. Y que para hacerlo tengamos que recurrir a veces a la ficción de considerar a los administradores de esas páginas como autores de un delito contra la salud pública o de un delito de inducción al suicidio. Por ello se hace realmente necesario modificar el Código Penal para que, al igual que sucede en Francia, estas conductas sean punibles.

El teléfono móvil se ha convertido en una herramienta indispensable para la gran mayoría de nosotros. Cuando lo olvidamos o se nos queda sin batería nos sentimos realmente incómodos y algunos son capaces de volver sobre sus pasos no vaya a ser que en el trayecto de casa a la panadería se pierdan una llamada importante. Lo cierto es que los adultos normalmente empleamos el terminal como un instrumento más de nuestro trabajo diario. Con la tecnología 3G la cantidad de información a la que se accede mediante el teléfono móvil se ha multiplicado por diez y ya a nadie le llama la atención ver cómo una persona descarga archivos de correo electrónico a gran velocidad mientras come un sandwich o mientras espera en la parada del autobús. Pero he aquí que los niños y adolescentes utilizan esos terminales de una forma algo distinta a como lo hacemos los adultos. En primer lugar, para ellos no es una herramienta de trabajo sino un elemento más de ocio. En segundo lugar, llevar el teléfono móvil más moderno y más sofisticado se ha convertido en un signo diferenciador importante. Con independencia del coste que suponga y que en la gran mayoría de los casos es sufragado por los padres. Si además tenemos en cuenta que los móviles cada vez incorporan cámaras fotográficas y de vídeo de mayor calidad, el mundo que se ofrece a nuestros hijos es realmente atractivo.

Así, no es extraño que cuando un adolescente observa una situación digna de ser inmortalizada con su cámara, haga un uso compulsivo de la misma y que las fotos obtenidas sean «subidas» de forma inmediata e irreflexiva a su perfil del Tuenti. Esto está generando multitud de denuncias ante el Defensor del Menor o la Fiscalía. Denuncias que casi siempre manifiestan la utilización indebida de imágenes de menores que atentan contra la dignidad de sus protagonistas. Las agencias de Protección de Datos están realizando una importante labor pedagógica para prevenir este tipo de prácticas pero no debemos olvidar que estamos hablando de niños y que muchas veces son absolutamente inconscientes de que están cometiendo un delito. Como inconscientes son de que esa imagen que han colgado en la red puede ser vista de una forma «algo distinta» a como ellos la ven. Este es quizá uno de los campos donde más difícilmente podemos actuar los adultos, ya que no es habitual que nuestros hijos nos consulten cada vez que quieran subir una fotografía.

Por ello se hace indispensable que hablemos con ellos y que les abramos los ojos de manera que piensen un poco antes de subir nada a la red. Que valoren y reflexionen sobre las consecuencias de colgar una fotografía humillante o con contenido que pueda ser malinterpretado. No podemos convertirnos en un vestigio de la censura previa pero sí que podemos, y debemos, orientarles. La patria potestad también hay que ejercerla en el mundo virtual.

La completa implantación de la televisión digital terrestre necesariamente debe llevar aparejada la creación de una nueva ley audiovisual que recoja estas nuevas realidades pero que, sobre todo, incorpore un régimen sancionador eficaz.

Hay una vieja receta que siempre funciona y que es infalible no sólo en este sino en casi todos los órdenes de la vida. Me refiero a la educación en valores que, en contra de lo que algunos pudieran pensar, también sirve para el mundo digital. Es más, yo diría que es precisamente en ese mundo digital donde es más necesario educar en valores. Muchos chicos no se atreverían a criticar a otros compañeros si tuvieran que hacerlo cara a cara. Por eso es tan fácil el acoso digital y por eso tiene consecuencias tan nefastas. No sólo por lo duro que puede llegar a ser sino por la universalización del hecho en el mundo virtual. Lo que antes quedaba reducido al patio del colegio ahora permanece disperso y al alcance de cualquiera que acceda a la red. Es muy importante educar a los niños desde pequeños en el respeto a los mayores y a los compañeros, enseñarles a empatizar, inculcarles la cultura del esfuerzo y hacerles comprender que en la vida a veces se gana y a veces se pierde. Pero, sobre todo, hay que darles mucho cariño y apoyo.

La parte más delicada de las redes sociales es la que se refiere a la ingente cantidad de información que nuestros hijos cuelgan en ellas. No tanto las fotografías cuanto sus datos personales, preferencias, conversaciones con amigos -a veces muy íntimas- y otros aspectos que a cualquiera de nosotros nos ruborizarían. Datos que en algunos casos pueden estar comprometiendo su propia seguridad o la de su familia. Por eso es importante también darles una mínimas pautas de comportamiento para evitar, en la medida de lo posible, que den más información de la necesaria.

La televisión también ha entrado con fuerza en la era digital. Es evidente que el apagón analógico va a suponer una mayor oferta de canales y de mejor calidad (en la señal, no en los contenidos). Pero también supone una verdadera integración de la televisión digital con la red y con la telefonía móvil. Nuestros hijos ya pueden ver televisión bajo demanda en sus terminales telefónicos y esto supone un nuevo reto para los padres, tanto por el coste como por lo difícil que va a resultar ahora controlar a qué programas o series acceden con su teléfono móvil. Las grandes cadenas de televisión han visto claramente el negocio y las series de culto que han enganchado a miles de adolescentes pueden seguirse por Internet e incluso se puede interactuar con ellas. Los televisores digitales vienen provistos de un sistema de discriminación de contenidos basado en una codificación por edades que deben tener todos los programas.

Con los receptores analógicos este sistema de supervisión no era posible y pese a que con los receptores digitales sí que lo es, a día de hoy se trata de un sistema totalmente inútil. Las cadenas no codifican los programas y por tanto el sistema de discriminación no entra en funcionamiento. Por ello, el gobierno debe plantearse seriamente la exigencia de esta codificación como una verdadera iniciativa destinada a la protección de los menores. La completa implantación de la televisión digital terrestre necesariamente debe llevar aparejada la creación de una nueva ley audiovisual que recoja estas nuevas realidades pero que, sobre todo, incorpore un régimen sancionador eficaz. Hoy sale barato no respetar los horarios de protección infantil fijados en la Directiva de Televisión sin Fronteras. Los ingresos que las grandes cadenas obtienen por la publicidad son bastante mayores que las sanciones previstas en la actual ley. Y en los casos más graves de incumplimiento no se conoce todavía a ningún responsable político que haya amenazado a una cadena con retirarle la licencia.

En definitiva, nos enfrentamos a nuevos retos derivados de verdaderas situaciones de desprotección en las que el legislador no había pensado.Y por ello el esfuerzo necesario para atajarlas es doble. Por un lado, hay que legislar de manera que se pueda actuar en defensa de los derechos de los más pequeños en estos nuevos ámbitos. Por otro, hay que incorporar en el currículo una verdadera asignatura de nuevas tecnologías que enseñe y prevenga a los alumnos. No podemos poner puertas al campo. Por muy digital que sea el campo y por muy lógicas que sean las puertas.

Obama y Lawrence de Arabia: caminos de audacia y ambigüedad

En las semanas que precedieron a la toma de posesión de Barack Obama, todos querían conocer al mínimo detalle los gustos y aficiones del presidente electo. La obamanía, que sigue dominando mayoritariamente en medios de comunicación americanos y extranjeros, buscaba saber como si de valiosos tesoros se tratara, cuáles eran las películas, los actores o los libros favoritos del nuevo presidente. En concreto, se mencionaron algunas películas, y en primer lugar Lawrence de Arabia.

Dada la opacidad que rodea al mundo de la política, la dificultad de percibir al político como hombre en una época en la que una vida puede configurarse por medio de una estrategia de marketing, cualquier dato puede ser un indicio para el analista, que con frecuencia suele percibir la escena política como una especie de linterna mágica, en la que es difícil distinguir lo real de lo virtual. Cabe preguntarse qué ve Obama en este filme épico, apología de un héroe tan tenaz como solitario. En cualquier caso, el coronel Lawrence era un ambicioso, alguien que se complacía en identificarse como un hombre peligroso porque soñaba con los ojos abiertos y de este modo podía convertir sus sueños en realidad, según escribiera en Los siete pilares de la sabiduría, libro de enigmático título, propio de alguien que había bebido en fuentes bíblicas, pero que prefería creer que su redención era obra exclusiva de sí mismo.

Con todo, se puede encontrar un episodio en la autobiografía de Obama, La audacia de la esperanza, que se diría inspirado por haber visto la conocida película sobre Lawrence. El autor relata un suceso que seguramente habrá sucedido en muchos colegios y entre muchos adolescentes: unos compañeros ponen a prueba el valor de otro, obligándole a que un fósforo encendido se apague entre las puntas de sus dedos. Lo vemos al comienzo de la película, pues Lawrence lo hace ante el asombro de sus compañeros de armas. Uno de ellos le pregunta ingenuamente en qué consiste el truco, y obtiene la sorprendente respuesta de que hay que comportarse como si no doliera.

Estamos ante un hombre que quiere ser dueño absoluto de su destino y que está preparándose para la llegada de los padecimientos físicos o morales. Parece que quiere alzarse por encima de la condición humana, y lo entenderemos mejor si sabemos que Así hablaba Zaratustra de Nietzsche figuraba entre los libros favoritos de Lawrence, aunque también estuvieran entre ellos Los hermanos Karamazov de Dostoievski, si bien el militar británico no sacara de aquí destellos de esperanza, y Moby Dick de Herman Melville. Por cierto, la novela de la gran ballena blanca está también entre los libros favoritos de Barack Obama. No nos gustaría creer, sin embargo, que el presidente pueda admirar al obstinado y trágico capitán Achab, un ejemplo más de esos transgresores que consideran la realidad como su principal enemigo.

¿ES SIEMPRE RECOMENDABLE LA AUDACIA?

De Thomas Edward Lawrence podemos valorar sus apreciaciones sobre la guerra de guerrillas, y en particular su artículo de 1920 en The Sunday Times sobre la revuelta árabe en Mesopotamia contra los británicos, pues sus escritos merecieron el interés del Pentágono en las fases más violentas de los atentados contra la ocupación de Irak. Pero hay que mostrarse más cautelosos sobre otros aspectos de la actuación de Lawrence. La audacia, por sí misma, no es el único método para conseguir unos fines. La esperanza de la audacia también tiene sus riesgos. Pero Obama, y una gran mayoría de espectadores con él, admirarán en el filme como la «locura» de Lawrence de cruzar un inmenso desierto para atacar por tierra el puerto de Áqaba, en el que unos inmóviles cañones turcos apuntan al mar. Es una victoria espectacular, aunque no decisiva para la marcha de la guerra porque se realiza en un frente marginal. Se pueden valorar positivamente los hechos audaces, pero no deberían ser determinantes de las conductas, y mucho menos en nuestra época, en la que algunos no distinguen los límites entre la autoafirmación y la imprudencia. Un audaz como el coronel Lawrence es un buen estratega del momento presente, pero no suele serlo para el después. No es el hombre para todas las estaciones sino el hombre para todos los medios de comunicación. Recordemos que leyenda del coronel británico fue alimentada por la literatura y el cine, pese a que la rebelión árabe jugara un papel muy secundario en el Oriente Medio de la Primera Guerra Mundial. Con todo, es evidente que Obama coincide con Lawrence en la consagración mediática, muy próxima al modelado de otro icono de la cultura pop. La historia de su vida, que nos ha contado en La audacia de la esperanza, ofrece un atractivo argumento para Hollywood, y hace algún tiempo se dijo que el propio presidente habría pensado en Will Smith para encarnarle ante las cámaras.

Por lo demás, hay otros aspectos de la trayectoria de Lawrence que no son recomendables para servir de modelo al presidente Obama. El héroe del desierto se empeña en cabalgar contra el viento, oscilando entre dos fidelidades incompatibles: la del Imperio británico y la de los árabes que quieren establecer una nación independiente. Su alianza contra los turcos es meramente coyuntural, pero cuando aquéllos sean derrotados, aflorarán con toda su fuerza los intereses de Londres en la región, en paralelo al establecimiento de un «hogar nacional» para los judíos en Palestina. ¿Cómo combinar el principio de libre determinación de los pueblos, proclamado en los catorce puntos de Wilson, con la extensión de las zonas de influencia británicas? Pese a todo, Lawrence consiguió que el emir Feisal, futuro rey de Irak y desalojado por los franceses de sus pretensiones al trono de Siria, fuera invitado a la Conferencia de Paz de París. Pero era un tipo de invitación muy poco activa, de esas en las que hay aguardar en una habitación de hotel las decisiones que otros han tomado. No sorprende, por tanto, que Hussein, jerife de La Meca y padre de Feisal, rechazara toda relación con el coronel al considerarle un embaucador. No importa que sea deliberada o un efecto no deseado de las circunstancias: la ambigüedad siempre pasa factura.

CUANDO LA AMBIGÜEDAD SE UNE AL REALISMO

Hay quien dice que Obama desarrolló una campaña electoral de éxito porque supo cultivar la ambigüedad, brindando una forma de entender la política que debía superar todo partidismo, y de hecho funcionó porque también hubo conservadores que se decantaron públicamente por el candidato afroamericano. En cambio, ¿vuelve el Obama presidente a sus orígenes de senador militante en el ala izquierda del partido demócrata? Aunque algunos de sus discursos pudieran hacerlo creer, Obama no es la reencarnación del idealismo wilsoniano. Antes bien, un realismo, más propio de Nixon y Kissinger, se impone en su política exterior, en la que ofrece buscar intereses comunes con sus adversarios, sin predicar en ningún momento la buena nueva de la democracia universal. Nos recuerda el modelo histórico en las relaciones internacionales, propuesto por Joseph Nye: el de la Inglaterra victoriana, democracia parlamentaria, pero a la vez gran potencia, capaz de convivir con otras potencias, aunque sean autoritarias, en un sistema del equilibrio, ayer europeo y quizás mañana, planetario. Con todo, si buscáramos un paradigma en esa ambigüedad atribuida a Obama, la encontraríamos sobre todo en Lincoln. Acaso sea el presidente más admirado por el actual inquilino de la Casa Blanca, imitado hasta en su táctica de nombrar un equipo de rivales para formar parte del gobierno. En un caso, miembros de la Administración Clinton, en otro, los oponentes dentro del propio partido para optar a la candidatura republicana a la presidencia. Lincoln destacaba como cualidad en el político «una fría, calculadora y desapasionada razón», perfectamente compatible con la inteligencia, la moralidad y el respeto a la Constitución y a las leyes. Este planteamiento abre caminos de ambigüedad, entendida ésta como una valoración de las distintas perspectivas de un mismo asunto, que evite mostrar públicamente las contradicciones. En cualquier caso, tanto Lincoln como Obama aman el gran vehículo de la ambigüedad: la palabra.

La ambigüedad se pone hoy a prueba en el mismo escenario geográfico que fue testigo del éxito y fracaso de Lawrence. Los adversarios del senador Obama destacaron que entre sus viejas amistades estuviera el profesor palestino Rashid Jalidi, de la universidad de Chicago, pero el candidato viajó entonces a Israel, cosa que no hizo en su reciente gira por Arabia Saudí y Egipto, para recordar que EEUU es el principal aliado del Estado judío. Es evidente que el presidente buscaba una tribuna de amplias resonancias mediáticas, y la encontró en la universidad de El Cairo, con la diferencia de que ya no se dirigía a los árabes, como Lawrence, sino al mundo musulmán. El nacionalismo árabe, balbuciente en la época del coronel, tuvo su máximo esplendor con el egipcio Nasser, pero ha venido a menos con la difusión del panislamismo.

Sin embargo, el discurso de Obama parece tener más el destino de los discursos de Cicerón que los de Demóstenes. En el primer caso, los romanos alababan la fuerza y la belleza de su retórica, pero no se movilizaron para salvar a la agonizante república. En el segundo, los atenienses se mostraban dispuestos a resistir a Filipo de Macedonia aunque fracasaran en su intento. Hoy hacen falta los hechos, y no bastan las palabras de hombres carismáticos. Decía Lawrence que los árabes creen más en las personas que en las instituciones, pero ahí está precisamente el problema porque eso puede llevar a creer a algunos que la libertad y la democracia no son valores humanos de alcance universal. Obama hizo bien en recordar en su discurso de El Cairo que no son sólo valores americanos, y que la democracia no puede quedar reducida, tal y como sucede en algunos países, a periódicas consultas electorales. Habría que subrayar que la democracia se distingue por su manera de tratar a los seres humanos. En ese sentido, se puede utilizar el barómetro de la libertad religiosa o el de los derechos de las mujeres, en especial su libre acceso a la educación, aspectos ambos que Obama sí resaltó en su discurso.

A Barack Obama le puede acechar la tentación de dejar en un segundo plano los valores que forman parte del legado histórico de su país, sobre todo si la Real politik determina su política exterior. Esto perjudicaría también los intereses americanos, aunque el realismo se haya inventado precisamente para defenderlos. Sin embargo, también corre el riesgo de dejarse llevar por otro enemigo que influyó negativamente en la trayectoria de Lawrence. Según el historiador Karl E. Meyer, el coronel estuvo influido por ese demonio de la popularidad que vive en todos nosotros, una especie de frenesí por el afán de renombre. No sería un modelo adecuado para el presidente de la única superpotencia.

Sorolla y Matisse, duelo de visiones de luz mediterránea

En plena crisis, hay grandes exposiciones que baten récords, a pesar de los recortes presupuestarios por doquier, y permiten que los ciudadanos puedan disfrutar de obras que nunca antes habían viajado a España como los paneles de la biblioteca de la Hispanic Society de Nueva York que pintó Sorolla y que han sido el centro de una gran exposición antológica que podrá verse en Madrid hasta otoño. Toda una oportunidad para darse un festín de luz y delicadeza, que puede además completarse con la muestra que el Museo Thyssen dedica a la obra de Henri Matisse desde una perspectiva muy poco vista, que refleja su maduración y su visión del mundo cambiante que le tocó vivir.

En un mundo como el actual, la cultura ya no es sólo la excelencia que se decanta, lo que el tiempo nos reserva para sostener nuestra visión del mundo. Hoy, la cultura tiene el mayor desafío de ser útil, proactiva, de moverse y remover nuestras conciencias viajeras, que la aldea global agita continuamente con cientos de estímulos. Por ello, resulta más difícil si cabe encontrar una ocasión tan singular como la que ha unido a Joaquín Sorolla y al Museo del Prado.

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En términos puramente culturales puede hablarse de una deuda que permite contemplar la calidad de un pintor en la casa de sus maestros, de manera que el Prado ofrece a Sorolla una suerte de consagración y puesta en valor de aquellos matices que por no interesar tanto al mercado o debido a que han permanecido siempre en un plano secundario no habían llegado al gran público. Porque de eso se trata, de poner en marcha proyectos de calidad y de un interés mayoritario en grandes instituciones culturales que, a su vez, dedican esfuerzos y no pueden dejar de dedicarlos a aspectos mucho más minoritarios de la historia del arte. Además cumple los sueños del pintor, que siempre quiso ver sus cuadros colgados en sus nobles muros.

LA MAYOR OPERACIÓN DE PATROCINIO

Llegada al Prado, la muestra «Joaquín Sorolla» es algo irrepetible. Porque en esta exposición se han reunido lo mejor de las colecciones públicas y también todas aquellas obras que, por estar en manos privadas, en el extranjero o en ambos casos, han sido vistas muy pocas veces por ese gran público que, sin duda, las demanda. Comisariada por José Luis Díez y Javier Barón -puede visitarse hasta el 6 de septiembre-, ha supuesto la conjunción de grandes esfuerzos y no menores medios. En un mundo como el actual parecerían castillos en el aire sin el ejemplo de los grandes patrocinadores y mecenas que, a pesar de la retracción de la economía, arriesgan con grandes apuestas en las que tanto va de su política, de su patrimonio y de su prestigio en juego. Desde luego, el caso de Sorolla es uno de los más importantes, ambiciosos y brillantes proyectos de patrocinio que se han dado en España en las últimas décadas.

Bancaja, una entidad lógicamente ligada a Sorolla por su ámbito principal de actuación, la Comunidad Valenciana, supo detectar a tiempo la importante oportunidad que el destino les ponía por delante. Sabedores de que la Hispanic Society iba a reformar su sede y, sobre todo, su biblioteca, inmediatamente mostraron interés por traer a nuestro país los paneles de Visiones de España que el pintor realizó por encargo de Archer Milton Huntington para la sociedad neoyorquina. El sueño del pintor había sido que esas obras, que tardó catorce años en realizar y en las que, literalmente, se dejó la vida, fueran alguna vez vistas en el Museo del Prado.

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En ese sueño le acompañaba su mecenas, y al cabo de los años la generosidad de una entidad como la citada lo ha hecho posible.

Durante una entrevista que el presidente de Bancaja, José Luis Olivas, concedió a ABC, pudimos conversar sobre las raíces del proyecto y también sobre su firme convencimiento a la hora de enfrentarse a un desafío como éste, una operación logística increíble, de seguros, transportes y restauraciones, con una itinerancia muy marcada por la geografía española que iba a llevar las obras, con variaciones, por grandes sedes culturales para desembocar en la gran muestra del Prado, a la que se han sumado fondos de la más variopinta procedencia hasta juntar la colección canónica de un Sorolla que soporta la grave comparación con sus maestros de la escuela española. El éxito y la proporción de esta operación de patrocinio «marca un antes y un después para las instituciones financieras como Bancaja, sin ánimo de picar a nadie», según Olivas.

El asunto es que, en la mente del patrocinador, la ocasión se dibujaba maravillosa. A pesar de que los rumores hablan de que la Hispanic solicitaba un millón de dólares a quien quisiera llevarse temporalmente los paneles para su exposición, lo cierto es que Olivas puso énfasis no en el precio, sino en la duración del préstamo, según relata. Y así, Bancaja ha tenido dos años las obras que, asociadas a su marca, ha ido exponiendo en proyectos que, con algunas variaciones, han viajado a las principales ciudades de España. La muestra alcanzó el millón de visitas antes de llegar a Madrid, a su paso por Sevilla, Málaga, Bilbao y Valencia, a donde retornará en otoño después de su paso por el Prado. Pero es que la expectación es tanta que el museo madrileño ha firmado un convenio para extender dos horas el horario de visitas a la muestra de Sorolla. Las colas circundan el Prado. En plena crisis, un proyecto demuestra el poder de atracción de la cultura en una sociedad moderna.

RECURSOS CULTURALES EN EL PIB

El fenómeno merecería una profunda reflexión por parte de nuestras autoridades económicas, siempre reticentes a conceder al patrocinio el tratamiento fiscal que sí tiene en otros países de nuestro entorno. Como si los medios dedicados a la cultura por la sociedad civil no generasen recursos de los que las arcas públicas obtienen impuestos y beneficios en puestos de trabajo y otros recursos asociados al turismo y un sector en alza, como es el que engloba a las industrias culturales. Porque si nuestro país destaca en algo es como potencia mundial en cultura y parece que nuestros gobernantes aún desconfíen de aquellas realidades que generan crecimiento y conforman la marca España. ¿Cómo si no entender que durante años la dación en pago de impuestos haya sido un modelo mejor aceptado que la mejora de la fiscalidad del patrocinio y mecenazgo? La dación, por medio de la que una entidad paga impuestos con obras adquiridas o de su colección es una dispensa, una licencia que Hacienda concede. Pero aparte de una foto no genera más recursos.

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Sin embargo, la cultura, el ocio, el entretenimiento, son realidades cada vez más fundidas y difundidas, que han escalado hasta convertirse en el primer sector de la economía mundial. Para que engrosen el porcentaje del PIB que aporta, por ejemplo, la industria cultural en Estados Unidos, es necesario contar con la sociedad civil. Ningún límite puede salvarse de espaldas a ella. Olivas opina que «hay que buscar un equilibrio, aunque no sea éste el momento económico más propicio. Porque ahorras dinero a la administración al rehabilitar o restaurar monumentos. Ayudas a promocionar una ciudad, un patrimonio, estás dando recursos turísticos a la sociedad y animando la actividad económica. Hacienda, qué duda cabe, debería valorarlo más». En opinión del presidente de Bancaja, en España «necesitamos una ley de mecenazgo que regule beneficios y reconocimientos a las empresas que estén dispuestas a invertir recursos en promoción y desarrollo cultural, en el más amplio sentido de la palabra. Las cajas de ahorros, caso concreto, no lo hacemos buscando una contraprestación económica, sino reputación. No buscamos la desgravación fiscal, sino un retorno de prestigio, reputación y confianza, que en el mundo financiero tienen muchísima importancia».

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SOROLLA. EL FERVOR DE LA LUZ

Sea como fuere, y tras este exordio, debemos celebrar el resultado del empeño de Bancaja, la oportunidad del Prado y la aquiescencia de coleccionistas de todo el mundo que han realizado una exposición tan irrepetible como apasionante en las salas de la ampliación de Moneo para nuestro primer museo. Allí, para empezar, los paneles de las Visiones de España se han podido contemplar en una misma sala, en un montaje muy parecido a su lugar original en la biblioteca de la Hispanic Society. Pero además de permitir que el público disfrute con estas visiones del pintor sobre las variaciones, lugares y ritos de nuestro caracter nacional, la muestra ha puesto muy de relieve algunos matices de Sorolla prácticamente desconocidos, además de muy poco reivindicados. Su compromiso social, por ejemplo, presente en obras como ¡Aún dicen que el pescado es caro! o Triste herencia, está muy alejado del repetido arquetipo del pintor de la playa y la luz. Sin embargo, como puede apreciarse, la luz será la principal preocupación del pintor incluso desde estas primeras obras, como elemento que sustancia su estilo veraz.

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Ese fervor por la luz de plenitud mediterránea preside la exposición, en todos sus matices, como no puede ser de otro modo. Arranca de esa etapa, de antes del cambio de siglo, cuando las escenas de pescadores, como La vuelta de la pesca, van configurando el universo de Sorolla. Coinciden además con su éxito internacional, que confirman la citada tela, Cosiendo la vela y la célebre Triste herencia, premiada en el Salón de París. Pero de la mano del éxito llegaron rápidamente los encargos y en ellos el pintor no dejó de dar muestras de su gran factura, en retratos y escenas cotidianas, al tiempo que, según subrayan los expertos, su pincelada se hace más abierta y enérgica, lo cual enfatiza aún más el protagonismo de la luz en sus lienzos. En justa correspondencia con los compromisos crecientes de su éxito, también comienza a aparecer una iconografía inspirada por su vida más íntima, una veta a la que el artista se aferrará con fuerza hasta el final de su carrera, como demuestra en el delicadísimo Madre que representa el apacible descanso de madre y bebé.

En el más de un centenar de las obras reunidas hay una colección de las obras maestras que conserva el Museo Sorolla de Madrid, que se encuentran entre las más conocidas y valoradas del autor, más obras de colecciones y museos de diversos países, incluso otras procedentes de la Hispanic Society. Pero, como bien se ha destacado, es la presencia de las obras fundamentales de Sorolla en el Prado la que permite confrontar al pintor con sus maestros. Así, el Desnudo evocador de la Venus del espejo velazqueña es el hito de la muestra en el que la influencia de su formación junto a los muros de nuestra gran pinacoteca queda patente. Sin embargo, la exposición también podría contemplarse como un juego de espejos en el que adivinamos perfectamente pequeños guiños velazqueños, en la disposición de retratos colectivos inspirados en Las meninas o en la vitalidad que muestran algunos de los modelos de retratos individuales.

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En cualquier caso, el recorrido por la muestra es cronológico y permite una comprensión general de la obra de Sorolla. Además, para el Prado, la excelente relación de la Hispanic Society con Bancaja ha permitido sumar otra decena de obras del pintor, entre ellas Sol de la tarde, la impresionante obra de madurez del artista que jamás se había visto en España antes. Queda patente también en la muestra la libertad que el valenciano alcanzó, en parte por su éxito arrollador, en parte porque se mantuvo fiel a temas e indagaciones en la sensualidad, la luz, un universo mediterráneo y no ajeno a representaciones del cuerpo humano desde la Antigüedad clásica. Engarzado así en su propia tradición es como el pintor brilla con luz propia en el Prado.

MATISSE Y LA ESENCIA DE LA PINTURA

El Museo Thyssen, mientras tanto, propone un recorrido menos conocido, menos indagado hasta el momento, comisariado por Tomás Llorens. Se trata del periodo de madurez de Matisse como artista, desde que se instala en Niza en 1917, hasta 1941. Entre su conocida etapa fauvista, anterior a 1917, y sus postrimerías, ya que moriría en 1953, el pintor se desarrolla en varias facetas que en esta exposición quedan patentes y que se resumen en una reflexión sobre la esencia de la pintura.

Matisse llega a Niza con la voluntad de alejarse de la Gran Guerra y de imprimir un giro profundo a su trayectoria, ya por entonces muy reputada, tal vez para sobreponerse a un éxito que no le permitía concentrarse en la investigación pictórica. Desde el mismo motor de la modernidad que representan Baudelaire y Mallarmé, el pintor decide abandonar los grandes formatos, que él mismo denominaba «decorativos», con el fin de adentrarse en los significados y dimensiones de la mirada del artista y del espectador.

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Reflexiona sobre sensaciones que le provocan el color y el volumen de los objetos cotidianos, de la realidad que lo rodea, adquiriendo así una profundidad en la experiencia de los motivos que plasma en el cuadro que sólo puede definirse como intimidad. Pero, a un tiempo, y producto de esa reflexión tan lúcida, ni renuncia a la autonomía ni se permite determinadas concesiones. Huye de la perspectiva y del claroscuro tan queridas por Cézanne -en la muestra hay un cuadro suyo, fruto de la larga amistad entre ambos pintores- y también se concentra en unos pocos motivos en los que sumerge sus elucubraciones.

La ventana como escenario, como arbitrio representativo de la tradición pictórica desde el Renacimiento y como artificio adherido al hecho artístico definen estas primeras indagaciones. Aparecen así habitaciones vacías, o con figuras femeninas, en el entorno de esa luz mediterránea. A la luz no la trata con fervor, sino como la «claridad plateada» que otorga esa intimidad del pintor con las cosas, esa expresividad teatral que el lienzo supone. A diferencia de las visiones de un Sorolla, Matisse trata de realizar un trabajo más relacionado con las preocupaciones estéticas de su tiempo. La ventana o el balcón marcan la distancia con el horizonte, al tiempo que la mirada del pintor se extravía entre los objetos de los espacios que representa. Muebles, flores, figuras, tratados con idéntica intención y el mismo cuidado. Es la influencia de Van Gogh, Cézanne, Gauguin…

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LAS ODALISCAS

La figura femenina es el verdadero bordón de todo el periodo y su relación con el pintor se va depurando a lo largo de toda la etapa de Niza. Desde aquellas primeras figuras concentradas, hasta el retrato de Margarita dormida o las mujeres leyendo y durmiendo en un abandono en el que reina esa precisa intimidad del pintor con los espacios y los objetos, pasamos al cuerpo desnudo. Porque los desnudos cobran pronto un protagonismo muy diferente en la serie celebérrima de las odaliscas, en las que la corporeidad del cuerpo femenino, a menudo en ademán erótico, contrasta con el agobiante colorido bidimensional del entorno. Telas, adornos, joyas, espejos, arabescos no subvierten este valor absoluto y carnal de su reflexión pictórica, concentrada en la forma, para cuya representación alterna los lienzos con dibujos que marcan el camino hacia la intimidad con este tema central.

Por las mañanas, en la ciudad costera, Matisse solía pintar a sus modelos en el estudio, mientras que por las tardes dibujaba reproducciones de estatuas de Miguel Ángel. Pero el periodo de Niza es muy amplio y lógicamente también registra las variaciones en estilo e intención para el artista. Si hubiese que definir un sentido a la evolución registrada en estos años habría que hablar de esencia. Esencia pictórica, a pesar de que el ritmo de trabajo se ralentizase y también a pesar de los viajes y los encargos que le ofrecen la oportunidad de realizar obras de muy distintas dimensión y finalidad. La danza o la escultura Desnudo de espaldas IV son dos ejemplos de un retorno temporal a las obras de carácter decorativo, la primera de ellas fruto de un ambicioso encargo.

Pero Matisse no pierde el hilo y continúa indagándose, y se decanta lentamente por el dibujo esencial, la delgada línea musical que en la serie «Tema y variaciones» se convierte en el mayor hito de pintura de intimidad que el artista produce, sencillo y emocionante, con el corazón pendiente de esa «línea sonora, vana y monótona» que dibuja un busto femenino, pero que al mismo tiempo renuncia al volumen y a sus dones feraces de erotismo y profundidad. Variaciones y obsesiones muy esenciales para el pintor en el momento en el que el mundo vuelve a girar por senderos de gloria trágica con el ascenso de los totalitarismos, la Gran Depresión y las tensiones sociales y raciales que desembocarán en la Segunda Guerra Mundial.

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Pero son esas series de dibujos sencillos y únicos los que cierran el periodo de madurez de uno de los mayores artistas del siglo XX, aquel que había conocido en París en 1906 a un Picasso diez años más joven que él y en el que de inmediato reconoció a otra figura central y contrapuesta de aquel mundo pictórico que él representaba.

En definitiva, esta exposición del Museo Thyssen, que podrá visitarse hasta el 20 de septiembre, ofrece la oportunidad de conocer a uno de los grandes pintores de la época de las vanguardias y su intenso e interesante proceso creativo de madurez.

La imagen de Tintín en el arte español contemporáneo

En el mes de junio de este año 2009 acaba de inaugurarse el Museo Hergé en Lovaina la Nueva, localidad universitaria situada a treinta kilómetros de Bruselas, dedicado a la obra creadora de Hergé, que con la creación de su personaje Tintín fue uno de los autores más importantes del cómic del siglo XX con su particular influencia en arte de nuestro tiempo. Con este motivo, desarrollaremos en este artículo un breve análisis de los artistas en los que, de alguna manera, influyó Hergé más intensamente y que incluso llegaron a tomar la efigie de su personaje Tintín como motivo principal de algunas de sus obras.

Las aventuras de Tintín son el fruto de un durísimo trabajo de búsqueda de la sencillez, prolongado durante más de medio siglo

Hergé fue desarrollando la línea clara que caracteriza las historietas de su principal personaje, Tintín, y define su estilo gráfico. Se impone de inmediato una evidencia: las aventuras de Tintín son el fruto de un durísimo trabajo de búsqueda de la sencillez, prolongado durante más de medio siglo, realizado, no sin mucho esfuerzo, por momentos, por un maestro absoluto en disciplinas muy diversas: el dibujo a lápiz, la acuarela, el manejo de la tipografía, la publicidad, el cartelismo, la sátira social, el humor gráfico, el periodismo, el reportaje gráfico, puestos al servicio de unas «historias» cuya simplicidad aparente es el fruto maduro de un gran artista, dispuesto a sacrificarse por un público no siempre infantil ni adolescente, ni mucho menos.

Tintín es el respeto escrupuloso de los límites de esa claridad: la pureza de la línea. Las aventuras de Tintín se asientan sobre unas bases documentales perfectamente identificables. Personajes naturalistas, objetos, edificios, medios de transporte, interiores y paisajes e incluso referencias políticas e históricas más o menos solapadas componen un verdadero mosaico del siglo XX. Hergé ha conseguido convertir al periodista más famoso del cómic, con su lisa piel sonrosada y su contorno de tinta china, por derecho propio, en uno de los iconos del siglo XX.

Como dice nuestro gran pintor Pelayo Ortega la efigie de Tintín «supone el óvalo más perfecto de la historia del dibujo». Pero es en el arte contemporáneo español donde tal vez se hayan realizado más o menos afortunados homenajes a Tintín en pintores de la onda figurativa como Pelayo Ortega, Ángel Mateo Charris, Xesús Vázquez, Santi Tena, Dis Berlín, Fernando Bellver o Sigfrido Martín Begué.

Y han interpretado también su efigie, en otro sentido, artistas como Ximo Amigó y diseñadores como Pere Torrent (Peret), Antonio de Felipe, Manuel Sáez, Mariscal o Eric Milet.

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PELAYO ORTEGA

Seguramente sea en la obra de Pelayo Ortega en la que la efigie de Tintín, creada por Hergé, está más presente y mayor influencia ha tenido. La pintura de Pelayo Ortega, a través de una especial figuración minimalista y esencializada, de masas de colores brillantes o de tonos pastel de empastada materia y un fino equilibrio de masas pictóricas, se transforma en lienzos en los que nada es accesorio, todo se desenvuelve dentro de la esencialidad del motivo y de los originales iconos que utiliza. Son lienzos donde muchas veces el personaje se reduce a unas breves, pero expresivas líneas (paseante fumando, paseante con paraguas, hombre en bicicleta), otras veces toma la mayor superficie del cuadro (serie Tintín).

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ÁNGEL MATEO CHARRIS

La obra de Ángel Mateo Charris se engloba dentro de una línea figurativa que se ha dado en llamar «neometafísica» y a la que pertenecen otros artistas de su generación como Gonzalo Sicre. Al mismo tiempo su arte revela una deuda con el arte pop y con los lenguajes visuales del cómic y del cine americano. Charris pertenece al club de fans de los cómics de Tintín. Nos parece absolutamente necesario mencionar a la hora de hacer un recorrido por su neometafísico mundo de pintura literaria y cinematográfica el universo de Tintín. La línea clara (1999) es un concepto nacido en el contexto del cómic belga, y genialmente desarrollado por Hergé, y que ha influido decisivamente en el espíritu del universo pictórico de Mateo Charris. Nacido en el cálido y seco clima mediterráneo de Cartagena, en el sur de España, Ángel Mateo Charris siempre había soñado con viajar a tierras más frías. De pequeño le encantaban los tebeos, y entre los que más apreciaba estaban Las aventuras de Tintín, siendo Tintín en el Tíbet, con sus paisajes invernales, uno de sus favoritos. Charris pudo hacer realidad aquel sueño por primera vez en un viaje a Nueva York durante el invierno de 1988 y también en el invierno de 1992.

A su regreso a España, volvió a fantasear con aquel frío exótico que apenas había podido experimentar. Imaginando un mundo nevado, comenzó a pintar una serie de pinturas de nieve, inspirándose en algunas ilustraciones de Tintín y en fotografías recogidas de diversas fuentes. Le intrigaba la capacidad de la luz solar de causar variaciones en el blanco de la nieve. Charris ha extraído enseñanzas perdurables de la lectura de los álbumes de Hergé, alguien que, por otra parte, logró reunir una colección de pintura y que llevaba muchos años aprendiendo tanto del realismo mágico como de su paisano Magritte, sin olvidar a los propios metafísicos. Más allá de los homenajes explícitos a Tintín, que en su obra los hay y muy sustanciosos, recordemos por ejemplo, entre ellos, Tintinstone, Lógica borrosa (1995), y sobre todo el definitivo Chang chez Hopper (1996), creo que Hergé es uno de los maestros que le han enseñado a Charris a ser él mismo.

XESÚS VÁZQUEZ

Xesús Vázquez expresa en sus grandes lienzos la introducción de elementos figurativos que hacen convivir en un mismo lienzo la abstracción con el naturalismo. Su producción se desarrolla en series y se puebla de personajes dispersos en espacios interiores, ambientes o paisajes realizados en una técnica cercana al pop. Entre 1989 y 1991 realiza las series de las batallas, reunidas bajo el título La memoria de una noche estrellada. En su obra Chat el Arab (1990) sitúa la silueta ribeteada de blanco de Tintín con paleta y pincel en un imaginario espacio interior, de un rojo intenso, como de café o salón, con la inscripción en azul de las letras «CHATT ELARAB».

SANTI TENA

En la pintura de Santi Tena aparecen mezclados, a través de una ejecución plástica figurativa, elementos extraídos tanto del cómic como de la cultura de masas. Mediante una resolución plástica suelta y desenvuelta, de iluminación de cinematógrafo y artificiosa, en la que es frecuente la utilización del plano cinematográfico, Santi Tena aborda con humor la historia del arte, en especial la tradición goyesca, aludiendo a la pintura popular lo mismo que a la culta, en abigarradas composiciones de personajes y figuras populares donde la anécdota del título es lo representado. Es una pintura muy cinematográfica y literaria poblada de personajes extraídos del mundo literario, histórico, o de la pintura, así como del cómic (entre ellos, Tintín), actores y actrices del cinematógrafo, y personajes de la música pop y de la cultura de masas. Así, en Pesadilla (1996) sitúa a Tintín con su fiel perro Milú en un corro de personajes entre los que distinguimos sentado al célebre cardenal Inocencio X. Y en el lienzo Nova cuisine, del 2005, aparece el personaje de Tintín junto a las personalidades de la nueva cocina cultural: Marlon Brando o Picasso. Mariscal hace una graciosa versión fusionada del rostro de Tintín con el de Milú.

ANTONIO DE FELIPE

Antonio de Felipe (1965), valenciano también y continuador del Equipo Crónica, se ha apropiado de los mitos y la estética de la publicidad y de los cómics. Tan amigo de recrear imagen y palabra en un juego lúdico, muy lleno de significados, Antonio de Felipe incluye en su obra La vaquita de Tintín (1996) dos fetiches de los medios de masas: el de la publicidad del queso en porciones «La vaca que ríe» y el de Tintín. Es decir, una imagen de incitación al consumo y un mito del cómic. El enlace en la obra de Antonio de Felipe viene dado por su intención de recrear un juego de palabras tin, tin, tin…: Tintín y el ¡tin tin!, el tintineo del cencerro. En definitiva se trata de una recreación irónica entre pasado y presente, entre los mitos culturales y las marcas de productos, imágenes de consumo, que nos son familiares por su continua repetición en los medios de comunicación visual.

SIGFRIDO MARTÍN BEGUÉ

Las obras de Sigfrido Martín Begué surgen de unos encuentros teatrales y escenográficos entre un clasicismo de múltiples adherencias con una modernidad que mezcla a los hitos clásico-modernos más sobresalientes, como la pintura metafísica, con los dispositivos actuales de la publicidad, la cosmética y la moda. Destaca en su toma de posición casi circense su permanente humor. Hay otro rasgo, dependiente de ese humor, que marca con sello indeleble su trabajo. Si nos fijamos en los protagonistas que Begué elige como actores en el papel del pintor o el artista -el obeso Michelín, Pinocho, pintor de morandis, la botella de Tío Pepe, Tintín y Milú, y Humpty Dumpty, al que denomina «Pintor del milenio»- y, también, en su preferencia por la creación de máquinas para pintar no cabe sino deducir en él una melancólica incredulidad en las virtudes de la pintura y del pintor tanto durante el siglo que acabó como para el siglo XXI que hace nueve años que ha comenzado.

PERE TORRENT

La obra del ilustrador, diseñador y pintor catalán Pere Torrent (Peret) se incluye en las formas gráficas más elementales y funcionales como son la geometría y la pictografía. Con una depurada calidad técnica, su obra a simple vista se puede relacionar con grandes maestros de las vanguardias artísticas, como Kandinsky, Malevitch, Klee, El Lissitzky, Malevich, o con influencias de Cieslewicz o Brody. Crea con finalidades culturales, se recrea en estilos primitivos africanos y en formas abstractas históricas, con un aspecto novedoso lleno de ironía y humor, basado en el análisis crítico y el conocimiento. Triunfó con la reducción del rostro de Tintín a las formas esenciales del círculo, el triángulo y el cuadrado, en blanco y negro sobre un fondo amarillo con toques de azul y rojo en una especie de constructivismo abstracto que recuerda a De Stijl, que por esas fechas volvía a ponerse de moda entre arquitectos, interioristas y diseñadores.

La Fundación Miró le encargó la creación de Hergé para el montaje de la exposición «Tintín en Barcelona», donde Peret dejó ver su talento y sus múltiples e internacionales conexiones con los profesionales del diseño y la ilustración.

Una alternativa a la geometría variable

El curso político termina con tan mal sabor de boca como empezó. Estamos ante un continuo estéril, un distanciamiento entre los principales actores de la vida pública, con efectos paralizantes ante posibles iniciativas para beneficio de todos los ciudadanos, al margen de su ideología o de la comunidad autónoma a la que pertenezcan.

El paradigma de esta dispersión de la autoridad y falta de coordinación entre poderes lo encarna la Unidad de Emergencias o grupo de intervención rápida en caso de catástrofes, que necesita ser previamente autorizada para actuar en determinadas zonas de España. Mejor que no haya incendios.

Nos vamos acostumbrando al paisaje de lo que llaman los políticos geometría variable: socios distintos para cada ocasión. Claro que ese concepto se parece más a las pequeñas ferias de otros tiempos, en donde tratantes de ganado compraban a las diez un rocín que vendían a las doce, tras descubrir que flojeaba de remos. Así es posible atender intereses de parte y de partido, pero imposible remover obstáculos para el bienestar de millones de ciudadanos.

ANTECEDENTES

Y sin embargo, no estamos condenados a tan torpe sistema. Antecedentes sobran. Desde las primeras elecciones democráticas (1977) hasta hoy, la correlación de fuerzas parlamentarias viene siendo muy parecida. Dos partidos políticos se hacen, una y otra vez, con más del 90% de los escaños del Congreso.

En esas condiciones nació la Constitución, precedida de los Pactos de la Moncloa, la reforma de la Justicia y la configuración del Poder Judicial, la descentralización del Estado en las comunidades autónomas, la modernización del Ejército, quedó encarrilado definitivamente un marco jurídico de relaciones Iglesia-Estado, basadas en el respeto mutuo entre la esfera política y la espiritual, ingresó España en todos los organismos mundiales representativos -el de mayor repercusión social y económica, la Unión Europea- y, ya en 2002, se concertó no negociar jamás políticamente con ETA.

¿Acaso es ya imposible hallar círculos de confianza entre los dos partidos que polarizan el voto ciudadano? ¿Qué justifica la trifulca permanente entre esas dos plataformas de poder parlamentario? También ahora esos dos grupos suman el 92% de votos en la Cámara Baja.

LA VOLUNTAD ELECTORAL

Nunca los mimbres fueron mejores para reemplazar esa subasta de la geometría variable y para diseñar espacios de encuentro entre los dos grandes protagonistas de la política, esos agentes que, a fin de cuentas, deciden todo lo importante.

Primer dato. Hay dos partidos aglutinadores del 83,75% de los votos emitidos en las elecciones de 2008, en total 21,2 millones de votos, el 92% de los escaños en el Congreso.

Otros dos grupos menores, pero también nacionales -IUy UPyD- ,apañan juntos 1,2 millones de votantes, el 5% de los votos. La suma daría un 88,75% en porcentaje de voto y 22,4 millones de papeletas en manos de partidos ajenos a lo que Felipe González apellidó con precisión «nacionalismos excluyentes».

Frente a ese gran bloque, los votantes estrictamente nacionalistas -incluidos los 164.255 de Coalición Canaria- se quedan en el exiguo porcentaje del 6,31% y 1,5 millones de votos. Conclusión: la voluntad electoral está inapelablemente inclinada hacia los partidos que, al menos teóricamente, defienden intereses generales, no específicamente regionalistas ni ideológicos.

Al tiempo, las elecciones del pasado junio al Parlamento Europeo confirman la anterior tendencia: el 80,7% de los votos -87,2 incluyendo a IUy UPyD- se adscriben a partidos de ámbito nacional.

Segundo. Como acaba de recordar el presidente de Nueva Revista1, todos los presidentes autonómicos, menos el canario, pertenecen a uno de los dos partidos nacionales. (El de Navarra se asimila a uno de ellos más que al otro). En consecuencia, los acuerdos entre partidos de ámbito nacional tendrían más posibilidades que nunca de ser negociados multilateralmente -también por las fuerzas gobernantes en las comunidades autónomas- y por lo tanto de ser aplicados bajo la batuta de una efectiva coordinación.

Volviendo a los antecedentes, quien piense que la derecha y la izquierda vivieron días de vino y rosas en la crianza del Estado de Derecho se equivocan. Había oposición y se seguía gobernando en beneficio de todos. Así se garantizó, la libertad de enseñanza, con la incorporación de la iniciativa de particulares, se puso en marcha la televisión privada, la mayoría de empresas públicas fueron privatizadas, las nuevas comunidades autónomas recibieron financiación, con el suavizante de la solidaridad entre ellas, se universalizó la protección social y se dio estabilidad al sistema de pensiones, por ejemplo. Excelente balance.

La política de los hechos, de la cooperación entre administraciones para dar soluciones es el gran reto del momento, en lugar de los enfrentamientos sobrevenidos por la memoria histórica, la naturaleza nacional de los territorios, el vaciamiento de instituciones como el matrimonio o la familia, la desprotección de la vida humana antes de nacer, o los suntuosos gastos en asesores, automóviles para altos cargos y apertura de embajadas y delegaciones autonómicas en el extranjero.

VIENTOS DE CAMBIO

Dado que en ninguno de los apartados anteriores hubo ni habrá conformidad, dirijamos la mirada hacia algunos efluvios de cambio que se detectan en el panorama. La inauguración de la conexión de los trenes del Metro con los de Cercanías, en la madrileña Puerta del Sol, ha reclamado inusitada atención. Más de 50.000 personas la visitaron al día siguiente de ser inaugurada. Y ha servido para que el partido gobernante reconociera que una estación tan grandiosa fue ideada por otro Gobierno, el de 1996, y concluida por el actual.

Ese mismo Ejecutivo ha pactado con el nuevo presidente gallego – militante del partido adversario- inversiones para llevar el AVE a dicha comunidad en 2010. Por fin.

Seopan, patrona de la construcción, ha ofrecido -y Moncloa lo ve con simpatía- aportar los dos tercios de una monumental inversión -30.000 millones de euros- para obras públicas si el Estado hace de avalista. En medio de la crisis aún sin control.

Curiosamente, las tres acciones tienen como hilo conductor al nuevo Ministro de Fomento, José Blanco, el hasta hace sólo unos meses azote oficial del socialismo gobernante contra la derecha.

Blanco se ha entendido con Esperanza Aguirre, firme continuadora en los últimos años del estilo desacomplejado del aznarismo; con Alberto Núñez Feijoó, el discreto y templado amigo de Mariano Rajoy, que ha puesto sentido común en las relaciones de Galicia con la nación española y acepta la mano tendida por las empresas privadas para acometer las infraestructuras necesarias para reactivar la economía.

ESPACIOS DE CONFIANZA

Son tres ejemplos, todo lo aislados que se quiera, incluso no exentos de segundas intenciones (el PSOE corteja Madrid) pero significan la creación de espacios de entendimiento entre los opuestos. Tal vez, la alternativa a la búsqueda de aliados para mantenerse en el poder, por el enervante método de la geometría variable, sea, por un lado, la identificación de problemas que afectan a la generalidad de los ciudadanos, residan donde residan. Y después, el recurso a las bondades del bipartidismo, que también las tiene.

Las necesidades crean por sí solas círculos virtuosos de confianza, plataformas de entendimientos, agrupación de voluntades. Recuérdese el orgullo con que todos los españoles transitaban por la ultramoderna T-4 de Barajas, a pesar de la disputa por la foto entre autoridades ministeriales y autonómicas durante la inauguración. ¿Acaso no hizo más por la integración social el rutilante aeropuerto barcelonés que todas las soporíferas escaramuzas, previas a la financiación autonómica catalana?

La apertura de una nueva etapa, con predominio de la gestión sobre el debate ideológico -nada que ver con la prevalencia de la tecnocracia- obtendría fácilmente la colaboración de las dos principales fuerzas políticas y las simpatías de sus 22 millones largos de votantes. Porque el vencimiento de las dificultades reportaría ventajas a todos los ciudadanos, no sólo a la clientela de un bando.

Especialmente aplicable sería este nuevo estilo a las grandes obras públicas, como las comunicaciones. Un ejemplo: las conexiones con Francia por el País Vasco no necesitan dosis de nacionalismo ni de españolismo, sino inversiones, trabajo y sentido común. El efecto será inmediato, en riqueza y en empleo.

GESTIONAR BIEN

Sigamos con el baño de realidad. El torneo entre Barcelona y Madrid para ver quién tiene el mejor salón del motor, la pasarela de moda más rumbosa o el aeropuerto capaz de atraer a todos los pasajeros del mundo, podría resolverse teniendo como norte el buen servicio a los usuarios, en lugar de la etiqueta política que define al gestor o el idioma en que se expresa. Y lo mismo si en lugar de armar camorra acerca de quién administra mejor los transportes de Cercanías, o los aeropuertos, se centra el objetivo en tener contento al viajero. O si en vez de exigir a las azafatas de los aviones que hablen en mallorquín se cuidaran los buenos modales con todos los turistas.

Por aquí es posible caminar juntos los dos grandes partidos, y el aplauso de las mujeres y los hombres corrientes está asegurado. Hay multitud de asuntos que a la inmensa mayoría de los ciudadanos sólo les importa verlos bien resueltos, sin vencedores ni vencidos.

Sucede con la enseñanza. La calidad de este servicio preocupa a todos los padres de familia. La mayor parte de ellos no esperan de la escuela una enseñanza perfecta de la lengua autonómica, sino del español y del inglés. Ni que sepan todos los agravios causados por los enemigos a sus héroes locales, o hasta dónde llega la frontera de su comunidad. Desean que adquieran sólidos conocimientos de historia, geografía, biología, matemáticas y lengua. Y que si obtiene un título universitario no tenga luego que examinarse para portero de discoteca y ganar mil euros.

¿Tan difícil es negociar soluciones a los problemas ordinarios? No, si se acepta que los partidos de ámbito nacional han sido votados por la gran mayoría de los electores precisamente por confiar que atenderían a las necesidades generales, no a los particularismos de una u otra comunidad.

Toda esta estrategia de bajar a la calle para buscar puntos de unión es aplicable al uso del agua, a la urgencia de disponer de fuentes energéticas realistas y de bajo coste, a las necesidades de las personas con dependencia y a los mayores, a la igualdad de derechos y deberes, la racionalización en la atención sanitaria o la eficacia de los servicios prestados por las cajas, sin esperar a que cada autonomía haga valer sus intereses partidistas.

LOS NUEVOS POLÍTICOS

Por último, esta novedosa -por escasamente practicada- fase de atención al discurrir de la vida real, la política de las cosas concretas, lo que repercute en el común de los ciudadanos, requiere políticos de otro talante que el «oficial». Gentes como Gómez Navarro, en las Cámaras de Comercio. José María Barreda, Patxi López, Juan Vicente Herrera, Núñez Feijoó, Pedro Sanz o Miguel Sanz en el liderazgo de comunidades autónomas. Alcaldes como Ruiz-Gallardón y Rita Barberá, empeñados en mejorar las infraestructuras y los servicios de dos grandes capitales.

Y por qué no, incluso banqueros como Emilio Botin, abiertos a la innovación, dialogantes a derecha e izquierda, de firmes convicciones empresariales que plantan cara a la crisis, sin aguardar al Boletín Oficial del Estado. ¿O hemos de aguardar a la revisión del capitalismo por la socialdemocracia?

 

NOTA

1. Nueva Revista. n.º 123. Junio 2009.