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La modernización de la educación española

Una reforma «desde abajo»

Según el estudio de la OCDE Education at a Glance 2010, el gasto español medio por estudiante superaba, en todos los niveles, al de Finlandia o Corea del Sur, países que en los estudios comparativos internacionales obtienen resultados muy superiores a los de España (1). Ello muestra algo muy simple pero fundamental: las deficiencias educacionales españolas no dependen de un problema de recursos, sino de la organización y uso de los mismos.

Frente a esta constatación parecería de rigor proponer un nuevo gran plan de reorganización a fin de darles a los españoles una mejor educación. Sin embargo, es justamente en este planteamiento donde reside una de las causas de nuestros fracasos. En el tema educativo se ha enquistado la idea de que las cosas deben hacerse «desde arriba», mediante monopolios públicos y una gran planificación que elimine el «caos» de la libertad ciudadana. Esto tiene evidentemente que ver con la función que el Estado moderno se asignó desde momentos muy tempranos: homogeneizar pueblos y formar naciones de lo que era una miríada de realidades y tradiciones locales muy diversas. Para ello había que monopolizar la educación y aniquilar el rol educativo tradicionalmente desempeñado por la propia sociedad civil.

Esta idea de la hegemonía formativa del Estado en conflicto con la sociedad civil fue el eje de la formación de los Estados benefactores tradicionales, que asumieron con naturalidad ideas como la del «Estado docente» y otras parecidas. Esta rémora ideológica se ha convertido hoy en un serio impedimento a un progreso que, para potenciar sus posibilidades, debe necesariamente buscar una colaboración lo más fructífera posible entre Estado y sociedad civil. Esto implica diseñar un modelo de reforma de la educación española donde la función del Estado sea poner a disposición de la sociedad civil instrumentos para que ella misma se encargue de esta reforma.

Esto es lo que ya se ha hecho en Suecia y quiero por ello, a manera de introducción, resumir lo que en ese país se ha realizado desde los años noventa como una forma de ejemplificar este tipo de cambios donde el protagonismo pasa del Estado a la sociedad civil.

Suecia, como ejemplo de reforma del estado de bienestar

Hace unos veinte años, el país-paradigma del Estado de bienestar, Suecia, estuvo sumido en una profunda crisis de la cual salió gracias a decididas reformas que hicieron de su viejo Estado benefactor un Estado renovado, que ha sabido combinar una gran moderación fiscal con una amplia apertura a la cooperación público-privada, la competencia y el «empoderamiento» de la sociedad civil. Este cambio es una de las explicaciones fundamentales del hecho de que Suecia lidere hoy el desarrollo europeo, con altísimas tasas de crecimiento, plena estabilidad fiscal y notables logros en política social.

Cuatro grandes principios guiaron este proceso de reforma, en el que la reforma educacional, de la que luego hablaremos más detalladamente, jugó un papel clave. Los resumo cortamente ya que ellos pueden sugerirnos por dónde puede ir el camino de la tan necesaria modernización del Estado de bienestar español:

  1. 1. La reforma del Estado de bienestar debe ser llevada a cabo por la sociedad y no por el Estado. El papel del Estado debe ser abrir la posibilidad del cambio renunciando a su monopolio de la gestión de los servicios públicos y dándole al ciudadano una voz directa y determinante en la conformación del nuevo Estado de bienestar.
  2. 2. El principal agente de la modernización de los servicios públicos debe ser el ciudadano mismo. Para que ello sea posible, el ciudadano debe recibir la responsabilidad directa por la conformación de la oferta de servicios públicos mediante su libre elección de los mismos. La forma más simple y eficiente de alcanzar esto es un sistema de bonos del bienestar, por el cual el Estado transfiere a los ciudadanos el poder efectivo de configurar, mediante su demanda respaldada por los bonos del bienestar, la oferta misma de los servicios de responsabilidad pública.
  3. 3. Pluralismo de proveedores que compiten por el favor ciudadano. La libertad de elección no puede realizarse si no existe una posibilidad real de elegir entre muchas alternativas que compitan entre sí en igualdad de condiciones y que, para su subsistencia, dependan de la elección libre de los ciudadanos. Esto implica separar la responsabilidad pública por el acceso universal e igualitario a ciertos servicios y prestaciones sociales de su gestión. De esta manera se rompen los monopolios públicos, abriendo lo que ha sido un sistema cerrado al dinamismo de la libre competencia.
  4. 4. Los servicios de responsabilidad pública no deben estar monopolizados por funcionarios públicos. La modernización del Estado de bienestar implica romper no solo el monopolio de la gestión pública sino, además, el monopolio de ciertas categorías laborales sobre la prestación de los servicios de responsabilidad pública. La estabilidad en el empleo de quienes prestan servicios que no tengan directamente que ver con el ejercicio de la autoridad del Estado no debe estar relacionada con asignaciones presupuestarias ni privilegios como la inamovilidad laboral, sino únicamente con la capacidad de atraer la demanda ciudadana y, con ello, el financiamiento público canalizado vía bonos del bienestar.

Todo esto es una realidad en la Suecia de hoy, sin por ello haber disminuido ni un ápice el espíritu solidario que inspira su Estado de bienestar ni la amplitud de su compromiso como garante del acceso universal e igualitario a servicios de alta calidad. Las reformas aquí resumidas no han pretendido desmontar el Estado de bienestar, sino reinventarlo desmontando aquellas jerarquías, monopolios y excesos que lo amenazaban.

La reforma de la educación sueca

Dentro del proceso de cambio recién aludido la reforma del sistema educacional tuvo un papel pionero. El año 1992 el Parlamento sueco estableció la libertad tanto de elegir como de crear escuelas básicas no públicas plenamente financiadas por un bono escolar que estas escuelas recibirían en la medida en que los ciudadanos las eligiesen. En 1993 se dio la misma libertad para los colegios secundarios y, posteriormente, la reforma se extendió a las escuelas infantiles. Condición para recibir el bono fue la de cumplir con una serie de criterios de calidad y no efectuar cobros suplementarios ni discriminar a los alumnos por razones ajenas a su mérito o aptitud.

La reforma se fortaleció rápidamente debido al gran entusiasmo mostrado por docentes, padres y emprendedores educacionales, que con energía comenzaron a aprovechar las nuevas posibilidades. Esto hizo irreversible la irrupción de las así llamadas «escuelas libres» (friskolor), ya que en torno a ellas se congregó un número lo suficientemente grande de personas como para hacer políticamente muy costoso el echar marcha atrás. Hoy existen 1.230 escuelas primarias y secundarias libres a las que asisten unos 200.000 alumnos. Esto implica que más de una quinta parte de los centros educativos de Suecia son actualmente escuelas libres, cosa notable en un país en el que hace apenas veinte años más del 99% de los alumnos iba a centros escolares totalmente públicos. A esto hay que sumarle unas 4.300 escuelas infantiles libres a las que asisten unos 130.000 niños y que hoy también se benefician de un tipo de bono escolar (2).

El éxito de las escuelas libres se debe a diversos factores, como ser su conformación en torno a proyectos educacionales bien diferenciados que convocan a profesionales, padres y educandos comprometidos con el mismo o su insistencia en la responsabilidad, la disciplina y el estudio. Además, y como un aspecto muy importante para explicar su éxito, están sus resultados escolares, que hasta ahora han sido superiores a los de las escuelas municipales. A este respecto se observa, sin embargo, una tendencia a la reducción de esta diferencia, hecho que va en contra de aquellos pronósticos agoreros que hablaban de un futuro donde hubiese dos categorías muy diferentes de escuelas con resultados cada vez más divergentes. De hecho, las escuelas municipales no solo no han visto deteriorados sus rendimientos sino que exhiben una mejora de los mismos a medida que crece el número de escuelas independientes. Este es uno de los resultados más alentadores de la reforma, que refleja la renovación de los antiguos centros educativos públicos al dejar de tener «clientes cautivos» y verse en la necesidad de ganarse a sus usuarios con una oferta formativa cada vez más diversificada y de mejor calidad.

Otro resultado inesperado de la reforma es la casi total desaparición de las escuelas realmente privadas en el sentido de que los padres paguen de su bolsillo por las mismas. Casi todas las escuelas que antes funcionaban de esa manera (como por ejemplo las renombradas Escuela Francesa, Inglesa o Alemana de Estocolmo) se han sumado a la reforma, con lo cual se han abierto a todo alumno que por sus méritos sea capaz de ganarse una plaza en las mismas. Esto ha conllevado, entre otras cosas, una gran afluencia de hijos de inmigrantes a las «escuelas de élite» de Suecia, cosa no siempre bien recibida por aquellos que, por vivir en un barrio determinado o por tener dinero para pagarlas, creían que siempre tendrían aseguradas «sus» escuelas. En suma, la educación sueca nunca ha sido tan democrática y abierta como lo es hoy.

Los principios decisivos de esta reforma tan exitosa pueden ser resumidos de la siguiente manera:

  • – Libertad plena de elegir escuela mediante el bono escolar.
  • – Libertad de crear escuelas por entidades con o sin ánimo de lucro a condición de seguir los lineamientos generales del plan nacional de educación.
  • – Libertad para darle un perfil distintivo a cada escuela, que puede ser pedagógico o valorativo, incluyendo la libertad de crear escuelas de inspiración confesional siempre que las mismas estén abiertas a todo alumno con independencia de sus creencias y circunstancias familiares y que las materias se impartan con objetividad.
  • – Igualdad real de condiciones económicas entre las escuelas públicas y las libres, no permitiéndose que los ayuntamientos hagan aportes extras a sus escuelas sin compensar a las escuelas libres del municipio respectivo (3).
  • – No se permiten cobros suplementarios al vale escolar.
  • – Se permite la selección de los alumnos únicamente por tiempo de espera o por motivos pedagógicos relacionados con la aptitud o el rendimiento educacional.
  • – Se otorga un suplemento de igualdad de oportunidades para grupos vulnerables por un monto de hasta un 40% del vale escolar (4).
  • – Se cubren plenamente los costos de los alumnos discapacitados o con necesidades especiales.
  • – El sistema es controlado por una Superintendencia Nacional de Escuelas que, además, es la que autoriza la creación de nuevas escuelas después de estudiar la seriedad de su propuesta educacional y su solvencia.
  • – Los logros educacionales son medidos mediante exámenes nacionales iguales para todas las escuelas.

Una propuesta para España

Inspirado en el ejemplo de Suecia, quisiera proponer una reforma «desde abajo» de la educación española basada en cinco pilares fundamentales.

  1. 1. Crear una plena libertad de elección mediante el bono escolar. Este es el primer pilar de la reforma ya que empodera a los ciudadanos y crea el mecanismo de selección de los proveedores de servicios educacionales más democrático que pueda existir. El bono escolar debe darles condiciones de real igualdad a todas los centros, sean estos públicos o privados. Su monto debe por ello equivaler al costo real por alumno de los centros de gestión pública y tomar en consideración el costo muy dispar del esfuerzo educacional dependiendo de las características socioeconómicas del alumnado.
  2. 2. Establecer la libertad de crear centros educativos y perfilar la oferta educacional. El segundo pilar de la reforma es la libre creación de centros educacionales que compitan entre sí. Estos centros deben cumplir con los lineamientos generales del plan nacional de educación y acreditar su solvencia económica y profesional. Al mismo tiempo, la libertad de establecer centros educativos no tiene mucho sentido si no va acompañada de la libertad de crear una oferta educacional realmente diversificada. Esta libertad debería, lógicamente, extenderse a las escuelas públicamente gestionadas para no perjudicarlas en su capacidad de competir y, por ello, de subsistir.
  3. 3. Desfuncionarizar la educación. Una premisa central de toda la reforma llevada a cabo en Suecia fue la existencia de un mercado laboral homogéneo, en el cual los trabajadores del sector público no tenían el privilegio de la inamovilidad ni estaban sometidos a las rigideces propias del funcionariado público tal como existe en España. Ello hizo posible, sin mayor resistencia sindical, una reestructuración del sector educacional que por naturaleza implica una gran movilidad ocupacional. La dificultad de llevar a cabo semejantes cambios en España es evidente. Por ello se deben plantear vías de transición, donde el abandono del estatus de funcionario sea optativo y se creen importantes estímulos económicos a pasar a un mercado más normal de trabajo. La creación de centros educativos gestionados por los mismos docentes que abandonen el estatus de funcionario debería ser potenciada, brindándole un fuerte apoyo financiero.
  4. 4. Establecer sistemas transparentes y objetivos de información y selección. La libertad de elección supone dos elementos complementarios sin los cuales es difícil ejercerla. Primero, el acceso a sistemas transparentes de información que permitan hacer comparaciones relevantes en una oferta educacional cada vez más diversificada. Segundo, tener acceso a todos los centros educacionales mediante una selección que no discrimine a los educandos por motivos ajenos a sus méritos y aptitudes. La educación de responsabilidad pública debe estar abierta a todos y por ello el sistema del bono escolar debe ser incompatible con todo cobro adicional de parte de los centros de enseñanza.
  5. 5. Establecer un sistema nacional de control, cerrar las escuelas deficientes y premiar a las sobresalientes. Toda libertad requiere de una regulación para no transformarse en libertinaje. Esto es esencial en el sistema educacional y por ello la autorización de nuevos centros escolares debe estar en manos de un organismo nacional que establezca criterios pertinentes de calidad y solvencia. También los centros escolares ya existentes deberían atenerse a esta supervisión que, además, debiera incluir exámenes nacionales que, tomando en consideración las características del alumnado, establezcan niveles de rendimiento mínimos para que el centro en cuestión, ya sea de gestión pública o privada, mantenga su autorización.

Palabras finales

La modernización tanto del sistema educativo español como de su anquilosado Estado de bienestar no será fácil. Pero no porque sea difícil argumentar en su favor o concebirla en sus lineamientos esenciales, sino por las grandes resistencias mentales, corporativas y políticas que reformas como las aquí esbozadas sin duda suscitarán.

Se trata, en primer lugar, de romper con ese hábito mental tan pernicioso que nos lleva a esperar que el Estado nos solucione nuestras necesidades sociales, dándonos, por ejemplo, una mejor educación. Esto implica entender, en este caso concreto, que la educación del futuro no nos caerá como maná del cielo del poder. La política no puede hacer tales milagros en un mundo tan cambiante, diverso y complejo como el de hoy. Lo que la política y el Estado sí pueden hacer es más modesto pero no menos importante: crear condiciones propicias para el ejercicio más pleno de nuestra libertad.

En segundo lugar se trata de la resistencia corporativa del funcionariado. La defensa de la estabilidad laboral asegurada por la calidad de funcionario público será férrea y movilizará todo tipo de argumentos demagógicos para encubrir la desnudez del privilegio y el interés propio.

Finalmente, se trata del poder de la casta política misma. La introducción del sistema de bono escolar y de un Estado de bienestar realmente al servicio de la sociedad civil supone un gran coraje de parte de los políticos que introduzcan estos cambios radicales: el coraje de desprenderse de una importante parcela de poder para entregársela a los ciudadanos.

NOTAS

1 La comparación está hecha en dólares de igual poder adquisitivo. Para 2007, el gasto promedio por alumno en España en la educación primaria, secundaria y superior era de 6.533, 8.730 y 8.954 dólares. Las cifras para Finlandia eran 6.234, 7.820 y 8.440 dólares, mientras que las de Corea del Sur eran 5.437,7.860 y 7.796 dólares. OECD, Education at a Glance 2010, tabla B1.1a.

2 Las cifras aquí utilizadas provienen de la Superintendencia de Escuelas de Suecia, Skolverket: http://www.skolverket.se/

3 Esta disposición fundamental de la Ley de Educación ha sido probada en diversos procesos judiciales en que escuelas libres han demandado con éxito al ayuntamiento respectivo por financiación subrepticia de sus escuelas.

4 Esto ha hecho muy atractivo abrir escuelas libres en áreas socialmente vulnerables.

La Formación Profesional: una reforma inaplazable

Aun cuando el incremento del número de jóvenes cualificados no constituye la condición suficiente para la reducción de las cifras de desempleo juvenil es, desde luego, su condición necesaria. El ajuste óptimo entre ambos indicadores dependerá, obviamente, de la calidad efectiva de la formación, de las actitudes de los jóvenes frente al empleo y de la adecuación entre la formación y las necesidades del sistema productivo; pero, en todo caso, la inexorable reorientación del sistema económico que están protagonizando los países desarrollados exige un incremento de la cualificación de los futuros empleados.

En el pasado mes de julio la secretaria de Estado de Empleo del Gobierno de España —María Luz Rodríguez— hizo pública una información estremecedora: unos 900.000 jóvenes en paro no reúnen las condiciones ni para incorporarse al mercado laboral ni para acceder a la formación profesional, ya que tampoco disponen de las herramientas básicas para desenvolverse en el aprendizaje. Son, según la apreciación de la citada secretaria de Estado, los «hijos del modelo económico que acabamos de vivir», basado en la construcción y por el que muchas personas dejaron los estudios de forma prematura para dedicarse al «ladrillo».

Es este tipo de diagnósticos —que elude cualquier responsabilidad relativa a la naturaleza de la estructura del sistema educativo, a su grado de eficacia, a sus rigideces, a su falta de incentivos inteligentes y a su enorme inercia a la hora de adaptarse con rapidez a los cambios— lo que más ha contribuido a la degradación de un sistema de formación incapaz de adecuarse al nuevo contexto y de preverlo. Cuando novecientos mil jóvenes se encuentran en una situación tan dramática, recurrir al «ladrillo» como único factor causal de esta desgracia colectiva resulta de una simplicidad intelectual que, aun cuando ofende, estimula la necesaria búsqueda de políticas eficaces en materia de educación y formación.

Remover los obstáculos hacia la FP

Un primer análisis de los males de nuestro sistema de formación permite identificar dos factores sustantivos: unas cifras muy elevadas de abandono educativo temprano (porcentaje de la población de entre 18 y 24 años que abandona el sistema escolar antes de terminar la Enseñanza Secundaria Obligatoria o que, en el caso de graduarse en la ESO, no completa el nivel de educación secundaria superior) y un patrón de distribución de la población joven por niveles de formación anómalo con respecto al de los países más desarrollados.

En cuanto al primer factor, que es sinónimo de infracualificación, la última cifra disponible (año 2010) alude a una tasa del 28%, el doble que la del conjunto de los países de la Unión Europea. Análisis rigurosos indican que el «efecto inmigración» explica solo tres puntos porcentuales y que la caída de actividad a consecuencia de la crisis económica no ha reducido en más de cuatro puntos dicho indicador. Hay pues causas más profundas de esta severa disfunción estructural del sistema educativo.

En relación con el segundo factor, se observa que la distribución de la población joven por niveles de formación —elemental, medio y superior— presenta un patrón en forma de V, frente al de V invertida que es característico de los países avanzados (1). Es decir, carecemos de una población joven, suficientemente numerosa, poseedora de un nivel formativo intermedio; y ese déficit es atribuible, casi en exclusiva, a una falta de presencia en la formación profesional de grado medio. A partir de las anteriores evidencias, el cuadro resulta bastante claro: el sistema educativo español, por su rigidez, ha sido incapaz de retener en la formación reglada a aquellos jóvenes que probablemente optarían por una formación profesional. Sin embargo, los sistemas educativos europeos que reconocen diferentes vías de éxito, distintas formas de excelencia, y que ofrecen a sus alumnos oportunidades formativas diferenciadas antes de los 16 años presentan, por lo general, cifras de abandono educativo temprano inferiores o bastante inferiores a la media; es decir, son capaces de retenerlos y cualificarlos con mayor eficacia dentro del sistema reglado (2).

Desplazar los incentivos  al interior del sistema reglado

Uno de los defectos que ha arrastrado durante décadas nuestro sistema de educación y formación consiste en una falta notoria de conciliación entre el mundo de la formación y el mundo del empleo. Así, en lo que concierne a la Secundaria postobligatoria, y en particular a la Formación Profesional, cabe recordar que ya en 1999 solo un 4% de los alumnos españoles entre los 15 y los 19 años combinaba trabajo con estudios reglados, frente al 50% en Austria, Holanda, Suiza y Dinamarca y lejos del 16% de la media de los países de la OCDE (3). Esa circunstancia, típicamente española, eleva el coste de oportunidad de proseguir los estudios y facilita el abandono escolar.

Es, pues, a causa de las deficiencias estructurales del sistema que el «efecto ladrillo» se ha dejado sentir con todo su vigor. Así, mientras los obstáculos, debidos a las rigideces del propio sistema educativo, dificultaban el avance de los alumnos de conformidad con sus aptitudes e intereses, los incentivos —en especial los económicos—, al situarse fuera de la formación reglada, se sumaban a los obstáculos y promovían el abandono educativo en los alumnos con menores apoyos familiares. Se trata ahora, por tanto, de ordenar las reformas educativas de tal modo que se eliminen esos obstáculos innecesarios y, además, se desplacen los incentivos del exterior al interior del sistema reglado, incorporando en su seno los necesarios estímulos económicos mediante fórmulas retributivas vinculadas a contratos de aprendizaje o similares (4) como parte, en todo caso, de la formación profesional.

Incrementar el protagonismo de nuestras empresas

La formación en cualquier profesión requiere mucho más que un mero conocimiento teórico. Para que logre la mayor eficacia posible ha de desarrollarse en el marco del llamado «aprendizaje por entrenamiento» (5), en el cual se facilita al aprendiz la integración entre la base teórica y buena parte de los rasgos del contexto o situación en la que habrá de desarrollar posteriormente su práctica profesional. Pero, además, los rápidos cambios tecnológicos pueden dejar pronto obsoleta cualquier formación profesional que no esté vinculada directamente a las empresas; por ello estas se convierten, en las actuales circunstancias, en los lugares más apropiados donde aprender una profesión.

De acuerdo con todo lo anterior, tanto por los requerimientos de un sistema de incentivos que retenga a los alumnos en el sistema reglado, como por las exigencias de una formación de calidad, adaptada en todo momento a las necesidades del sistema productivo, resulta imprescindible hacer evolucionar nuestra formación profesional hacia un modelo compuesto, o integrado, escuela-empresa que beneficiará a los alumnos, a los centros de formación profesional y a las propias empresas. El sistema dual, o en alternancia, característico de los países del área de influencia alemana, constituye el ejemplo más conocido y exigente de ese modelo integrado de formación profesional.

Recientemente la Comunidad de Madrid ha pasado de las palabras a los hechos, y ha puesto en marcha para el curso que comienza una experiencia piloto dirigida, por el momento, a la formación profesional de grado superior con el fin de implantar, con carácter experimental, el modelo alemán en su ámbito de competencia. El acuerdo suscrito con seis grandes empresas comportará un reparto del tiempo de formación en la proporción de dos tercios en el medio empresarial y un tercio en el medio escolar. Además, las empresas dispondrán de flexibilidad a la hora de organizar el tiempo lectivo que les corresponde, definirán los objetivos de formación y tendrán capacidad para establecer los criterios y procedimientos para la selección de los alumnos (idioma, expediente, entrevista personal, etc.). Cada alumno recibirá una retribución de 450 euros al mes bajo la fórmula de «beca-salario». Al cabo de dos cursos podrá obtener el título oficial de técnico superior en la especialidad correspondiente y, al terminar los estudios, dispondrá de posibilidades fundadas de incorporarse a la plantilla de la empresa. De este modo, las empresas consiguen orientar la formación de acuerdo con sus necesidades, facilitan sus procedimientos de selección y evitan, en buena medida, los procesos de formación interna para los nuevos contratados. Por su parte, los centros se beneficiarán de un nuevo dinamismo derivado de su contacto directo con la realidad puntera del sistema productivo. Se trata, pues, de una experiencia pionera en España de la que todas las partes salen ganando y de la que, por extensión, la sociedad en su conjunto resultará beneficiada.

Es posible que las características del tejido empresarial de otras comunidades autónomas requieran una aplicación adaptada del citado principio de integración escuela-empresa, mediante la definición de diferentes fórmulas o modalidades de propósito equivalente; pero lo que parece evidente es que este es el camino de una formación profesional moderna, que abra la puerta, para alumnos y familias, a un mayor atractivo de la formación profesional y a una mejora sustantiva de la calidad de la formación; camino cuyo recorrido hace años España debería haber iniciado.

 

NOTAS

1 Consejo Escolar de la Comunidad de Madrid (2010), Informe 2010 sobre la situación en la enseñanza no universitaria en la Comunidad de Madrid, Madrid, www.madrid.org/consejo_escolar

2 López Rupérez, F. (2006), El legado de la LOGSE, Gota a Gota, Madrid.

3 OCDE (2001), Education at a glance, OECD Indicators 2001, OECD, París.

4 López Rupérez, F. (2009), «La reforma de la educación escolar», en Ideas para salir de la crisis, FAES, Madrid.

5 Hargreaves, D. H. (2000), «La production, le transfert et l’utilisation des connaissances professionnells chez les enseignants et les médecins: une analyse comparative», en Société du savoir et gestion des connaissances, OCDE, París.

La calidad universitaria en peligro

Entre las características de la universidad española, salta a la vista la masificación. Se han creado universidades en todos los rincones del país en la esperanza de que contribuyan al desarrollo económico local; y, del mismo modo, se acepta a muchos más estudiantes de los que pueden obtener empleo en la rama en cuestión, en el caso de que terminen todos la carrera. España ha elegido la cantidad ante la calidad, abriendo las puertas a la universidad de par en par para intentar suavizar el problema del desempleo juvenil. Se trata de una situación contradictoria ya que, al mismo tiempo, hay quejas sobre la calidad de la secundaria y del bachillerato. Si se quiere mejorar la calidad de la educación, lo lógico sería empezar por mejorar la calidad de lo que ya existe en vez de abrir más plazas en la universidad. Si no está asegurada la calidad en los niveles preuniversitarios, es imposible que la expansión de la universidad no haga descender la calidad universitaria. Además, aceptar a estudiantes poco preparados aumenta el abandono de la carrera, un despilfarro de recursos materiales e inmateriales. Los profesores frustrados dicen que la universidad se ha vuelto una guardería. En las páginas que siguen vamos a mirar de más cerca la situación de cada uno de los diferentes grupos de personas que constituyen juntos el mundo universitario: los estudiantes, los profesores/investigadores y los administradores, para terminar con unas sugerencias de cara al futuro.

Los estudiantes

La decisión de aceptar como estudiantes universitarios a unos jóvenes con resultados mediocres de bachillerato puede representar un ejemplo de cobardía política: los políticos no se atreven a decir que no todos los jóvenes están preparados para estudiar en la universidad y, además, saben que no existen puestos de trabajo para todos esos jóvenes. Lo que suele suceder es que la falta de preparación intelectual de los jóvenes lleva a que el entusiasmo por la universidad se les enfríe rápido. Como no tienen realmente un interés por el estudio, los primeros años universitarios vienen a ser un periodo de transición hacia el mercado laboral. Empiezan por buscar un trabajo a medio tiempo, entrando en una dinámica en la que irán alejándose cada vez más de los estudios. Finalmente, el trabajo se convierte en un tiempo completo aunque quizá sin contrato fijo. Así, el propio joven se va insertando en el mercado laboral en un puesto modesto que quizá ni siquiera exige el bachillerato. Se podría decir que la experiencia de la universidad le sirve para moderar sus pretensiones laborales.

Para los jóvenes más ambiciosos, el primer año puede resultar decepcionante por otras razones. Bastantes de ellos descubren que no están acostumbrados a trabajar de manera independiente y que, peor todavía, no siempre disponen de los instrumentos intelectuales imprescindibles, como unos conocimientos previos del campo, un vocabulario rico y variado y la costumbre de leer textos largos y relativamente complicados. Como hay que leer mucho, es además necesario leer con cierta rapidez, sabiendo identificar al mismo tiempo lo que es lo importante en los textos. Los estudiantes también necesitan saber leer en inglés y redactar trabajos escritos. Adquirir esas destrezas es un proceso gradual: si el estudiante no está ya en camino cuando llega a la universidad, será demasiado tarde para él.

La universidad exige que se estudie «en profundidad», y con este término se señala un aprendizaje enfocado en las estructuras y los conceptos, incluyendo el saber distinguir entre reglas y ejemplos. Lo contrario es estudiar «superficialmente», con lo cual se quiere decir aprender unos cuantos datos correctos pero no conectados entre ellos. Algunos estudiantes llegan a la universidad sin haber estudiado nunca en profundidad y están perdidos porque no entienden lo que hay que hacer. Estudiar en profundidad está conectado con el razonamiento, la vida intelectual y la idea de lo científico. Lo contrario sería el cientificismo, un término que designa una aceptación acrítica de conceptos o términos de apariencia científica pero que no explican gran cosa. Una actitud cientificista puede llevar a que el estudiante acepte como verdaderas unas teorías enseñadas por profesores mediocres que tampoco han desarrollado una actitud científica.

¿Cómo empezar a estudiar? En las Humanidades, ser estudiante significa ponerse a leer, dejándose «empapar» por los textos. En Filosofía, es cuestión de leer los clásicos de la Filosofía para después intentar entender el debate entre diferentes filósofos durante los siglos. En Literatura, se trata de leer y leer, porque para poder analizar un libro hay que fijarse en los rasgos relevantes, y no es hasta haber leído mucho que el estudiante entiende qué rasgos son relevantes. En Tecnología, lo que debe aprender el alumno es el rigor. Si falta la exactitud, lo construido no funciona; no hay manera de escapar a la prueba de la realidad. En Medicina, lo que es estudiar en profundidad se puede ilustrar contando un caso. Cierto catedrático de Medicina Interna solía ver a su grupo de estudiantes una vez por semana durante cinco meses. Debían leer un manual y, además, en cada ocasión él traía a un paciente o un artículo. Los estudiantes debían observar el «caso», comparándolo con lo que decía el manual. Mientras avanzaba el semestre, el catedrático hacía cada vez más referencias a las clases anteriores. ¿El caso actual era igual o no a los anteriores? ¿Por qué o por qué no? Estas clases venían a ser una larga «conversación» sobre cómo entender los manuales, los artículos y las observaciones sobre los pacientes, es decir, a la vez un entrenamiento científico y un aprendizaje de cómo elaborar juicios profesionales. Con eso, el catedrático lograba una doble socialización de los estudiantes como futuros médicos y futuros investigadores.

Sigue siendo una «caja negra» cómo se consigue el desarrollo intelectual. Utilizamos los conceptos de curso, de tiempo dedicado a un programa y de ambiente académico, pero exactamente lo que pasa en el cerebro durante el proceso de aprendizaje y cualificación sigue siendo difícil de saber. La enseñanza y el aprendizaje contienen elementos interpersonales y artesanales.

En lo que se acaba de mencionar, los aspectos cualitativos se combinan con los cuantitativos. Para que los estudios universitarios sean de calidad hace falta que los estudiantes sean inteligentes y tengan una buena formación previa, que estén preparados para trabajar duramente y que la universidad en cuestión les ofrezca buenos profesores. El aprendizaje depende a la vez del esfuerzo y de la capacidad del estudiante y del aporte de la universidad en cuestión a través de un ambiente propicio, siendo más importante el ambiente humano que el material. Si la universidad solo acepta a estudiantes de cierto nivel, se obtiene otro factor de calidad: la posibilidad de estudiar junto con un grupo de estudiantes inteligentes y motivados. De ese aspecto no se habla lo suficiente en el debate público.

Los profesores/investigadores

El exigir que los profesores universitarios no solo enseñen sino también investiguen tiene el propósito de que los estudiantes puedan oír lo «último». En otras palabras, la idea es que la investigación funcione como formación continua para el profesor y que el profesor use en el aula los métodos empleados en la investigación, funcionando así como un modelo para los estudiantes. La esperanza es que el estudiante se quede para siempre con una pauta de referencia para reconocer la calidad en contraste con la charlatanería.

Los investigadores deben ser inteligentes, trabajadores y valientes, una serie de cualidades que no reúnen todos los profesores universitarios. La personalidad del investigador y la ética juegan un papel más importante en la investigación del que se podría pensar. Una de las tentaciones del investigador es el conformismo, el no alejarse de lo afirmado por las autoridades del campo. Por ejemplo, un joven investigador podría elegir trabajar sobre cierto tema que está de moda aunque no muy importante. Son tentaciones también el plagio o el usar datos no comprobados. En las Humanidades y las Ciencias Sociales, otra trampa la constituye la teoría en boga que reza que la verdad no existe. Si creen eso, los investigadores deberían renunciar a su puesto de investigadores porque no está claro lo que se supone que deben hacer. Sin embargo, no suelen dejar sus puestos sino que pasan a considerar que investigar es elaborar textos atractivos para los colegas.

Para el profesor/investigador con vocación no hay un claro límite entre trabajo y ocio porque el investigador trabaja en algo que le gusta. Sin embargo, en la vida diaria en la facultad, hay algunas nubes negras que tienen nombres muy conocidos: amiguismo, nepotismo, clientelismo, enchufismo o endogamia, es decir, los puestos y las becas se adjudican no según el mérito y el esfuerzo sino según los vínculos del solicitante con los que tienen influencia en el departamento o la universidad. Más de un profesor/ investigador termina amargado y cínico cuando ve que se sacan plazas para los favoritos. A veces, ni siquiera se sacan sino que se adjudican directamente a alguien que ha sabido «colaborar». Estas prácticas preferenciales resultan doblemente negativas: instalan por mucho tiempo a unos profesores/investigadores relativamente mediocres y amargan a los otros que reaccionan pidiendo excedencia o buscando becas para irse al extranjero, y así sus conocimientos no benefician a los estudiantes.

El «publica o perece» estimula a los profesores a «producir» artículos, pero resulta también un peligro porque se combina con un método introducido por burócratas, el de considerar como indicio de calidad de la investigación el número de publicaciones del investigador o las veces que los trabajos del investigador son mencionados por otros. Sin embargo, no es seguro que haya más artículos buenos porque se publiquen más textos. Además, ya que es importante tener muchas publicaciones, los investigadores podrían publicar cierto número de artículos con un contenido muy similar. Otras veces tienen tanta prisa que quizá no tomen en cuenta la bibliografía ya existente o no dediquen suficiente tiempo a la elaboración del texto. Finalmente, la misma proliferación de publicaciones podría dificultar la identificación de los estudios realmente valiosos. En ese clima de prisas, pocos se detienen a pensar en la responsabilidad moral individual del investigador por el buen uso del dinero invertido en la investigación.

La ciencia es universal, basada en el rigor, y supone un trabajo duro. La imagen del investigador es de alguien caracterizado por la honradez intelectual y el desinterés personal. Se debería añadir que también hace falta un valor moral para investigar temas sensibles y para atreverse a publicar verdades que no gusten al público o a los colegas. El trabajo científico es claramente creativo, ya que el científico formula nuevas preguntas de investigación buscando nuevas soluciones. Sea cuál sea su disciplina, todos los investigadores necesitan estar insertados en un ambiente intelectual con colegas como modelos y como adversarios. Lo nuevo es que la expansión universitaria ha llevado a un enorme aumento del número de profesores/ investigadores, con la consecuencia de que bastantes personas con cargos de profesor no sientan la vocación de investigar sino que ven su trabajo como una profesión entre otras. En vez de decir que todos los profesores deben investigar, la idea se podría reformular como que todos los profesores tienen la obligación de seguir el desarrollo de su disciplina.

Los administradores

Las universidades solían regirse según un modelo colegial pero cada vez más se impone un modelo mixto que viene a ser mitad burocracia mitad empresa. Los economistas tienen la voz cantante y no los catedráticos. Los gastos dedicados a la administración están subiendo y es notable que ahora solo una parte del presupuesto se dedique a la enseñanza propiamente dicha. Llama además mucho la atención en la universidad española la manera de elegir al rector; parece llevar a que la mitad de los profesores/investigadores se queden con la impresión de que el rector pertenece a un grupo que les es adverso. Otro problema es que no es infrecuente que los universitarios que pierden interés por la enseñanza y la investigación terminen en la administración, convirtiéndose en los jefes de los profesores/investigadores más entusiastas y exitosos.

El llamado Proceso Bolonia es una decisión adoptada por la Unión Europea para homologar los diplomas de educación superior en Europa. Es una reforma que quiere agilizar el mercado laboral, permitiendo un trasvase e intercambio de trabajadores entre los países. El método utilizado es exigir que las universidades escriban sus planes de estudio como descripciones de lo que un estudiante debe saber hacer después de haber aprobado un curso, para facilitar así a las empresas decidir si un solicitante les interesa o no. Al interior de las universidades, el Proceso Bolonia ha provocado un rechazo a esta intromisión política. Los profesores se resisten a describir sus materias de un modo que no les convence y no les parece corresponder a la naturaleza de la materia. Nadie ha pretendido siquiera que así mejorará la calidad sino que lo que se pretende es un «control de calidad» como si la universidad fuera un proceso industrial. Los políticos han presentado la novedad como si los nuevos planes de estudio fueran un documento jurídico en forma de un acuerdo entre el estudiante y el departamento; el estudiante podría ver, antes de matricularse en un curso, qué conocimientos y destrezas va a conseguir. Sin embargo, el departamento no tiene el derecho de exigir al estudiante un alto nivel de conocimientos previos ni tampoco una dedicación completa al estudio. Esta manera de escribir los planes de estudio gusta a la burocracia porque facilita también el control de las universidades a través de la comprobación de si la realidad es tal como dice el plan de estudio. Si el estudiante no aprende, parece que la culpa es de los profesores. En conexión con este cambio, se han creado nuevos puestos para administradores, unos administradores que muchas veces se comportan como si jerárquicamente estuvieron en un nivel superior a los catedráticos. El malestar provocado por el Proceso Bolonia es el ejemplo más reciente, pero no el único, creado por la utilización de la universidad para propósitos no intelectuales sino político-económicos.

La homogeneización de las universidades europeas también ha impuesto el esquema 3+2+3, es decir, una licenciatura de tres años, un máster de dos y un doctorado de tres, algo que en España ha llegado a ser en general 4+1+3. Para los países que tienen un bachillerato corto, tres años podría resultar poco tiempo para obtener una licenciatura. El máster es relativamente nuevo en Europa y no siempre se sabe cómo valorarlo en el mercado laboral. Finalmente, un doctorado de tres años significa examinar a más doctores pero menos cualificados que antes. El doctorado viene a ser una etapa de formación más que la realización de un trabajo original.

La burocracia supone un verdadero peligro para la calidad universitaria ya que roba tiempo, dinero y energía a la investigación y la enseñanza, las tareas principales de la universidad. A la vez, es cierto que no es fácil «liderar» a unos profesores/investigadores que representan especializaciones realmente muy diferentes y que, además, a veces tienen un temperamento de artistas. Ya que suelen tener gran facilidad para expresarse, cuando se enfadan, hay protestas de todo tipo.

¿Y si fuera de otro modo?

En Europa estamos acostumbrados a unas universidades públicas de grandes dimensiones y a que Estado y universidad funcionen como monopolios solapados, un tipo de organización que corre el riesgo de estancarse. Quizá sea útil plantearse algunas ideas diferentes.

Un tabú actual es cuestionar que un profesor universitario sea siempre un investigador. En realidad, hay muchos profesores que no son investigadores ni tampoco tienen la capacidad de serlo, a pesar de las declaraciones oficiales. Con la enorme expansión de la educación superior, se necesitan más profesores, pero eso no lleva a que haya más personas aptas para investigar. El igualitarismo político hace que nadie se atreva a decir que quizá no deberían investigar todos porque no es seguro que contribuyan a la calidad de la investigación. Ahora existe bastante «pseudoinvestigación», una investigación no aporta mucho a la comprensión del mundo.

Otro tabú es cuestionar la actuación de los sindicatos. No siempre apoyan la calidad de la investigación y no siempre piensan en lo mejor para los estudiantes y el país. Suelen dedicar sus esfuerzos a pedir el mantenimiento en sus puestos de los profesores/investigadores disfuncionales. Quizá los puestos de profesor universitario e investigador no deberían ser puestos fijos para el resto de la vida del profesor/investigador.

Un tercer tabú es considerar que siempre es un avance que haya más estudiantes universitarios en un país. Quizá sea mejor para el futuro del país un número algo menos alto pero de jóvenes inteligentes muy bien formados que una masa más grande de jóvenes menos bien formados. Hay economistas que dicen que tener un nivel de matemáticas correspondiente al final del bachillerato constituye el factor más importante para tener más tarde un buen desempeño profesional y lograr un salario alto. Quizá sea una mejor idea que un país tenga un bachillerato de excelente calidad y un número algo menor de estudiantes universitarios. Si se admite a una gran cantidad de estudiantes, se llega a una situación en la que los exámenes universitarios no garantizan un empleo y menos un salario que recompense tantos años de estudio. Algunos críticos consideran que el salario actual en algunos casos más bajo refleja a la vez la sobreproducción de diplomados y el nivel mediocre de algunos de los nuevos diplomados.

Hasta en la universidad se ve actualmente un antiintelectualismo que resulta una corrupción del «ethos» universitario. El igualitarismo político ha llevado a la aceptación de estudiantes con pocos conocimientos y la exigencia de que se suspenda a muy pocos. También se ve en la influencia ejercida por unos pedagogos que supuestamente van a ayudar a estos alumnos poco preparados. Los pedagogos suelen convertirse en los defensores de los estudiantes con problema y en el uso de nuevos métodos de trabajo. No suele interesarles el avance de las disciplinas y la búsqueda de la verdad. Si se añade a esto una administración voraz que se hace con una parte cada vez más grande de los recursos, se ve que la universidad está en peligro como centro de estudios superiores y de excelencia intelectual.

En resumen, ¿qué hacer?

  1. Mejorar el nivel de conocimientos del bachillerato para que los estudiantes entren mejor preparados a la universidad.
  2. Restringir el número de plazas para atraer a mejores estudiantes ofreciéndoles un ambiente estimulante. El ideal podría ser menos estudiantes pero mejor preparados y que terminen sus carreras sin mucha demora.
  3. Sacar a concurso nacional las plazas de profesor universitario para evitar la endogamia.
  4. Reclutar a profesores de alto nivel en los que se puede confiar para evitar gastar en frecuentes evaluaciones.
  5. Simplificar los trámites de todo tipo y disminuir la burocracia.

Para resumir la sugerencia en una sola oración: en el nivel de los estudiantes, lo importante es que tengan conocimientos previos y que se esfuercen; en el nivel del profesorado, elegir la calidad y evitar la endogamia; y, finalmente, en el nivel de la universidad, crear menos plazas pero mejor financiadas.


 


La imagen de este artículo pertenece al repositorio de Pixabay, su autor es fritsdejong y se puede consultar aquí.

La formación de hoy, la economía de mañana

Las decisiones en materia de formación tienen su impacto a muy largo plazo. La recuperación económica de un país tiene necesariamente que venir de quienes, tras su proceso de formación, estén en condiciones de realizar una actividad económica relevante para desarrollar el tejido productivo del país a través de la innovación. La disponibilidad de estos profesionales de adecuada calificación determinará directamente la capacidad futura de un país para progresar, o incluso, para atravesar las crisis económicas aprovechando en ellas las oportunidades que ofrece la reestructuración de los mercados de bienes y servicios. Países como Alemania, Francia e Inglaterra son plenamente conscientes de esta situación y no han dudado en ir a buscar a estos profesionales fuera de sus fronteras.

Un informe reciente de la asociación alemana de ingenieros (1) (VDI), el European Engineering Report 2004-10, pone de manifiesto cómo en la sociedad considerada como el «motor económico» de la Unión Europea, el número de profesionales trabajando en el ámbito de la ingeniería es cuatro veces superior a los que trabajan en España, siendo la población de Alemania próxima al doble de la población española. Y aporta este mismo informe algunos datos adicionales sobre la demografía de esta población como que en España, casi el 50% de los «trabajadores empleados en ingeniería» son menores de 34 años o el preocupante dato que casi el 30% de los «ingenieros egresados» (titulados que han estudiado alguna carrera de ingeniería) no trabaja en actividades que puedan ser consideradas «de ingeniería». Este mismo informe pone también de manifiesto el riesgo que supone a medio plazo para la economía española los malos índices obtenidos en el Informe PISA (niveles académicos de nuestros estudiantes de secundaria) y su relación con la formación de los profesionales responsables de consolidar un cambio de modelo productivo: los ingenieros.

En relación con la formación universitaria, actualmente, Europa está terminando el proceso de transformación de las enseñanzas universitarias en el llamado Proceso de Bolonia: la creación del deseado Espacio Europeo de Enseñanza Superior que nos permita competir con Estados Unidos en la captación de estudiantes de alta capacidad.

Bases de este proceso son la estructuración de los estudios universitarios en tres niveles (Bachelor, Máster y Doctorado), la adopción de una métrica común basada en el esfuerzo del estudiante (ECTS, European Credit Transfer System) y el establecimiento de un proceso de acreditación de titulaciones que, a través del establecimiento de relaciones de confianza mutua entre agencias de acreditación, garantice la calidad de las enseñanzas universitarias en cada uno de los países y su reconocimiento por el resto. En España, al contrario de lo sucedido en otros sistemas educativos europeos, la adaptación a este EEES ha llevado pareja una profunda reforma de la estructura de las titulaciones universitarias.

En la mayoría de los sistemas educativos europeos (2), los estudios del primer nivel universitario (Bachelor) se han establecido en una duración de tres años asignando al Máster dos años de duración, lo que se conoce como estructura de 3+2. En España se ha adoptado una duración de cuatro años para el nivel de Bachelor (Grado) y uno o dos años para el Máster (4+1 o 4+2). Esto hace que la convergencia para el reconocimiento trasnacional de las titulaciones españolas, a nivel europeo, deba necesariamente realizarse en el nivel de Máster, tras completar entre Grado y Máster un recorrido de entre cinco y seis años. Igual que en el sistema anterior la convergencia internacional se encontraba con Licenciados, Ingenieros y Arquitectos, en el actual sistema, la convergencia con Europa se consigue con el nivel académico de Máster.

Cuando la titulación da acceso al ejercicio de una profesión regulada, además debe verificarse que cumple con el ordenamiento jurídico propio de cada país. En el caso concreto de la Ingeniería, los acuerdos de doble titulación entre universidades europeas, con reconocimiento mutuo de la condición de ingeniero en los respectivos países, seguirán siendo necesariamente de nivel de Máster. En Estados Unidos, también la condición de ingeniero se alcanza únicamente tras la superación del nivel de Máster. Las condiciones de arquitecto, médico y abogado, igualmente se alcanzan en el contexto internacional tras superar el nivel de Máster.

Además de la obligatoria acreditación de las titulaciones por las correspondientes agencias nacionales que contempla el actual ordenamiento legislativo, la posibilidad de que una titulación esté acreditada por una agencia independiente vinculada a las más prestigiosas organizaciones profesionales de ingenieros a nivel mundial (IEEE, ACM…) como es ABET (Accreditation Board for Engineering and Technology) garantiza el reconocimiento internacional de sus egresados de acuerdo a los más altos estándares internacionales.

Esto es lo que nos planteamos en la Escuela Técnica Superior de Ingenieros de Telecomunicación y en la Escuela Técnica Superior de Ingenieros Industriales de la Universidad Politécnica de Madrid. Quisimos que nuestros respectivos títulos de Ingeniero de Telecomunicación y de Ingeniero Industrial estuvieran en el mismo listado internacional que los Másteres de Universidades como Harvard, MIT, Boston, Berkeley, etc., de los Estados Unidos de América, y por tanto ser reconocidos como ellos, al máximo nivel internacional. Por tanto, sometimos a nuestras escuelas y a nuestros títulos al mismo examen que acredita y cualifica esos títulos de esas universidades de los Estados Unidos de América, que es el que realiza ABET a través de su EAC (Engineering Accreditation Commission). El resultado fue positivo, de forma que estos títulos son ahora, por pleno derecho y para quienes los poseen, «Master of Science, Ingeniero de Telecomunicación (o Ingeniero Industrial), EAC/ABET Accredited, Universidad Politécnica de Madrid».

Esta actuación de estas dos escuelas fue pionera. Sin embargo, el examen de ABET se ha convertido ya en forma legal de acreditación de títulos universitarios en Alemania para las universidades de ese país, dándolos así por acreditados la Agencia Nacional de Acreditación alemana (ASIIN). También la Agrupación de las Grand Écoles de Ingenieros de Telecomunicación de Francia se ha interesado por el proceso necesario para que sus respectivos títulos franceses de Ingeniero aparezcan con el mismo nivel de «Master of Science» en el mismo listado de ABET. También se ha interesado más recientemente la Agencia de Acreditación griega junto con varias de sus universidades.

Con la acreditación ABET como «Master of Science» de estos dos títulos de Ingeniero de Telecomunicación e Ingeniero Industrial por la Universidad Politécnica de Madrid, se ha puesto el sistema universitario español en el mapa internacional al más alto nivel. Por otro lado, merced al interés suscitado en Europa, esta acción ha abierto un camino para resolver la verdadera asignatura pendiente de la reforma de Bolonia, buscando un mecanismo común para la acreditación, como única forma fehaciente de reconocimiento trasnacional del nivel y la calidad de los títulos universitarios. Se abrió ese camino para que sirviera de modelo, en algún momento, para la acreditación de títulos universitarios en España, así como de estímulo para el incremento de calidad del propio sistema universitario español mirando el contexto internacional, todo ello con el pleno apoyo de la Comunidad de Madrid. Por ahora, la Administración española considera de futuro estas acciones en relación con su posible reflejo en nuestra legislación; pero ese futuro ya está siendo presente en Europa, además en consonancia con los Estados Unidos de América. Sea pues, este paso, una invitación para que universidades y administraciones con responsabilidad en el Espacio Europeo de Enseñanza Superior sigan el camino abierto para posicionar a la Universidad española en los rankings internacionales del mayor prestigio y para que los titulados universitarios españoles sean conocidos y reconocidos de iure en todo el mundo al máximo nivel.

El proceso de formación de un titulado universitario habilitado para la profesión de ingeniero, médico, arquitecto, abogado, etc., dura entre cinco y seis años (Bachelor/Grado seguido necesariamente del correspondiente Máster). Por tanto, pongamos todo nuestro empeño en el incremento de la calidad de nuestro sistema universitario de forma reconocida en el contexto internacional, porque nuestros profesionales de mañana, merced al bagaje de su formación internacionalmente acreditada, serán quienes habrán de dar confianza a quienes nos miran desde fuera, deseosos de invertir en España para mover nuestra economía. La formación de hoy, es la economía de mañana.

 

NOTAS

1 Disponible en: http://www.vdi.de/uploads/media/2010-04_IW_European_Engineering_Report_02.pdf

2 «Focus on Higher Education in Europe: The Bologna Process», Informe de ERYDICE disponible en (http://eacea.ec.europa.eu/education/eurydice/documents/thematic_reports/122EN.pdf).

Para no concluir: cambio de rumbo en educación

Como muy bien anota Guillermo Cisneros en su artículo, los cambios en materia de formación tienen un impacto muy largo y, por la misma razón, los errores cometidos en el pasado son los que ahora nos están pasando la parte más dolorosa de su factura. Si hubiera que buscar un resumen del excelente conjunto de análisis que incluimos en este número, sobre los cambios que requiere la situación educativa para que la educación se convierta en un factor de competitividad en España, me parece que debería ser el siguiente: nuestros problemas no derivan de la escasez de recursos, dedicamos más fondos a la educación que Finlandia y Corea del Sur, según anota Mauricio Rojas tomando el dato de un informe de la OCDE de 2010, sino de un mal enfoque del sistema y del predominio de una abundante serie de malas prácticas. Se impone, pues, un cambio de rumbo, no un mero cambio de planes ni más demagogia aludiendo a la necesidad de dedicar recursos adicionales que podrían ser destinados a empeorar lo que ya está mal.

Decía Ortega que la educación es el sector en el que más abundan las mentiras, lo que bastaría para caracterizarle como un pensador español, porque, efectivamente, la educación en España viene viviendo de dos mentiras básicas que, además, empiezan a ser muy viejas. Aunque pueda parecer sorprendente, la historia contemporánea de los errores en educación se remonta, nada menos, que a la Ley General de Educación de los últimos años del franquismo. En realidad, las políticas socialistas en educación, que son las únicas que ha habido, porque el PP no pudo, por las razones que fuera, modificar con fortuna la situación educativa, no han hecho sino continuar y profundizar el sentido de aquella maniobra del final del franquismo con sus dos grandes promesas: extensión y homogeneización de la educación, y acceso a la universidad para todos.

No sería razonable negar que esos objetivos tuvieron aspectos positivos, pero es evidente que lo que se ha logrado ha supuesto unos altísimos costos en términos de fracaso escolar, muy escasa calidad, masificación universitaria y frustración creciente por la inepcia de buena parte del sistema educativo para convertirse en una palanca de renovación, de competitividad y de mejora económica. Bastaría recordar, por ejemplo, cómo en los años anteriores a los setenta existía en España una eficiente formación profesional ligada a grandes empresas, públicas y privadas, lo que ahora empezamos a conocer como sistema dual o alemán, de lo que nos habla López Rupérez, que pereció a manos de los planes administrativistas de los gestores de la proyectada educación general y universal.

En la educación española, como dice O’Kean en su texto, ha sido frecuente confundir las causas con los efectos, y eso se traduce de manera bastante inmediata en el problema más grave de nuestra economía, su falta de competitividad. Una de las primeras reformas radicales que habría que introducir en la educación es precisamente la que permitiera a los centros educativos, crecer, competir por los alumnos y los fondos, buscar la excelencia. Eso es, precisamente lo que han hecho nuestras escuelas de negocio, un tema que analiza con maestría Juan Luis Martínez, y están a la cabeza del mundo en su especialidad, según todos los indicadores, mientras que, por contraste, las universidades españolas no dejan de ceder puestos en los ranking internacionales: hace más de diez años había alguna entre las 150 primeras, ahora nuestra universidad mejor situada se encuentra unos cien puestos más abajo. Este hecho lamentable lastra, además de manera insoportable, el trabajo de algunos de los departamentos universitarios que obtienen mejor calificación: en biología, en ingeniería o en matemáticas hay algunos centros entre los cien primeros del mundo, pero la burocratización rutinaria y creciente del entorno universitario los empuja irresistiblemente hacia la mediocridad. Frente a este tipo de entorno que devalúa y malgasta, es necesario recuperar el aprecio por la excelencia, el premio al talento y el fomento de la libertad, como muy bien subraya el profesor Pin Arboledas en su trabajo.

Dotar de la capacidad de competir a los centros educativos, en todos los niveles, implica que los poderes políticos se atrevan a renunciar a parte de su capacidad de controlar, que ya se ha visto sirve para poco, cuando no es directamente regresiva. El texto de Mauricio Rojas explica con gran sencillez y claridad cómo resolvió Suecia su problema, con libertad, aceptando que los ciudadanos y las instituciones no son menos capaces que los funcionarios para afrontar con garantías estas situaciones, y es evidente que les ha ido muy bien.

En España, con la débil excusa de las homologaciones se ha creado una nueva especie parásita en las agencias nacionales que está impidiendo que las universidades desarrollen la autonomía que sí debieran tener. Un ejemplo contrario, y de gran importancia práctica, es el que nos cuenta Guillermo Cisneros sobre la forma en que algunas escuelas de ingenieros han conseguido la homologación internacional de sus títulos por encima de todo tipo de trabas administrativas, aunque el mejor ejemplo lo constituye, una vez más, el de nuestras excelentes escuelas de negocios que deben buena parte de su éxito a que no han tenido montañas de funcionarios ocupándose de ellas, porque desarrollaban una titulación no reglada.

Decir este tipo de cosas que afirman nuestros colaboradores es políticamente incómodo, porque los intereses creados en la esfera política, funcionarial y sindical ejercen una espesa y eficiente censura moral sobre las ideas admisibles en educación y las que no lo son, pero ya es hora de poner en su sitio a esta suerte de mandarines del fracaso educativo. Esta es, en el fondo, la causa, como muy bien subraya Inger Enkvist, de la desazón de nuestros universitarios, un malestar al que no suelen saber poner nombre adecuado, porque se lo impide la retahíla de tópicos, las mentiras orteguianas, que están evitando que la educación española pueda levantarse y avanzar para provecho de todos.

La economía española ante el reto de la competitividad

La crisis económica, cuya sombra aún nos envuelve, ha tenido unos efectos devastadores en la economía española. Ha hecho desaparecer al 11% de los empresarios españoles. El 18% de las empresas entre 10 y 99 trabajadores y el 12% de las que contrataban entre 100 y 499 trabajadores han cerrado. Nuestra tasa de desempleo ha pasado de un 8% de la población activa al 21% en algo más de dos años, después de siete trimestres de crecimiento económico negativo. Hoy, miramos al futuro con desconfianza, sabiendo que hay deudas contraídas que tenemos que pagar, advirtiendo que la salida de la crisis va a ser larga, tomando medidas que no sirven para atajar los problemas estructurales que tenemos y, en el fondo, confundiendo la causa real de esta situación con sus efectos.

Un breve vistazo a los dos últimos ciclos de crecimiento resulta revelador de las deficiencias de nuestro modelo de crecimiento. El primer ciclo comenzó en 1982 con un completo plan de estabilización, que se inició con dos devaluaciones de la peseta por un total aproximado del 15% respecto a las principales monedas. Hasta la crisis de 1993, la economía española creció de forma permanente, impulsada por la construcción de infraestructura pública y dejó al Estado altamente endeudado. Entre 1992 y 1995 se sucedieron cuatro devaluaciones de la moneda por un 35% de su valor y la economía española inició nuevamente un ciclo expansivo hasta 2008. Este segundo ciclo estuvo impulsado por la construcción de la vivienda y ha dejado a las familias y las empresas con un fuerte endeudamiento. Como puede apreciarse, siempre tira de la economía española el mismo sector, siempre crecemos gracias al endeudamiento y siempre salíamos de las situaciones complicadas devaluando la moneda. Ahora, cuando toca pagar las deudas, nos enfrentamos con una crisis financiera global y además no podemos devaluar.

Además, en ambos ciclos, costó muchos años crear empleo y, en ambas ocasiones, se destruyó el empleo creado en muy poco tiempo. Entre 1992 y 1995 se pasó de una tasa de paro del 16% al 24% y en este ciclo hemos pasado del 8% de paro en 2007, al 21% actual muy rápidamente. La conclusión es que nuestras empresas atesoran trabajo en la fase expansiva del ciclo sin hacer los ajustes necesarios y en los tiempos de crisis hacen ajustes duros y masivos.

Y aún existe otra característica relevante de nuestro modelo de crecimiento y es el déficit exterior que genera, en cuanto empezamos a crecer, y la necesidad de financiación que la cuenta corriente deficitaria implica. En 2007 llegamos al punto de que el superávit de la cuenta de servicios originado por el turismo no es que no fuera suficiente para poder compensar el altísimo déficit de la balanza comercial, sino que ni siquiera podía saldar el déficit de la balanza de rentas originado por los intereses de nuestro endeudamiento. En 2007 nuestro déficit en la cuenta corriente llegó casi al 10% del PIB, solo superado por Grecia y seguido de cerca por Portugal entre los países de la Unión Monetaria; reflejando que España es un país que vive por encima de sus posibilidades y necesita que alguien le financie su crecimiento.

Así pues, crecemos con un sector motor, como es el de la construcción, que requiere una elevada financiación en la promoción y en la venta, y en cuanto crecemos empezamos a importar y a generar déficit exterior que también tenemos que financiar. Y cuando hemos entrado en recesión, el Estado, que mantenía una saneada situación de las cuentas públicas, ha iniciado una política fiscal expansiva que ha agravado nuestra situación y sin acometer con estos recursos medida alguna eficaz que corrija nuestro modelo de crecimiento. Y todo esto perteneciendo a la UM, es decir sin poder devaluar la moneda y con un horizonte de estabilidad económica que obliga a corregir el déficit público en el medio plazo.

Si queremos analizar con rigor la situación actual de la economía española tenemos que diferenciar las causas de los efectos. Y la causa final de la situación que padecemos y que debemos acometer es que la economía española, en su conjunto y con notables excepciones, no es competitiva. Las devaluaciones de la moneda y el haber tenido como motor un sector como la construcción o las rentas del turismo, que son bienes no comercializables, le ha permitido mantener durante treinta años crecimientos aceptables de PIB por habitante, cotas de bienestar crecientes y conseguir una convergencia relativa con los países europeos. La integración, primero en la CEE y después en la UM, le ha permitido también financiar este crecimiento. Pero hoy las devaluaciones ya no son posibles y su solvencia se ha puesto en duda.

Las ideas sobre la competitividad son diversas. Lo primero que hay que advertir es que competitividad no es competencia. Cuando nos referimos a la competencia queremos indicar que en un mercado existen numerosos oferentes y demandantes y ninguno de estos agentes tiene poder de mercado, que los bienes no están diferenciados, que el Estado regula lo imprescindible el marco económico y que la información está disponible para todos, es decir que el mercado es transparente.

La competitividad es un concepto diferente. Tiene en principio tres acepciones. La primera de ella entiende que un país es competitivo cuando es un país excelente para vivir y para hacer negocios, con un elevado PIB por habitante y una economía dinámica y próspera. Esta idea es la que desarrolla el Global Competitiveness Report, elaborado por el Word Economic Forum, que sitúa a España en el puesto 42 entre los países más competitivos.

La segunda idea viene a indicar que una economía competitiva es aquella que genera valor y esto se refleja en el saldo superavitario de su cuenta corriente. Crear valor significa producir bienes que los consumidores del propio país y los consumidores de los países con los que se comercia prefieren a los producidos por otros países. En la economía global, en la que el comercio internacional se ha desarrollado intensamente, la especialización en determinados bienes en los que los países tienen ventajas comparativas y en la dotación de factores, se combina con el intracomercio, en el que todos los países producen más o menos los mismos bienes pero diferenciados. La economía española, tenía su área comercial, antes de la crisis, bien definida en el entorno de la UE y principalmente, tanto sus exportaciones como sus importaciones, se realizan con Alemania, Francia, Italia, Reino Unido y Portugal. Hoy, afortunadamente, se están buscando nuevos mercados y esta dinámica muestra que una parte importante pero minoritaria de la economía española sí es competitiva.

La tercera percepción sobre la competitividad, hace referencia a que un país es competitivo si sus empresas ganan cuota de mercado en el ámbito nacional e internacional. Según este enfoque, que puede estar representado por el informe McKinsey, los países más competitivos son aquellos con fuertes sectores caracterizados por la diferenciación de los bienes y que sean altamente comercializables, es decir exportables. A este respecto hay que decir que el sector de la construcción, hoteles y restaurante, el transporte terrestre o la energía, que acaparan buena parte del PIB español, están en el grupo de los bienes menos diferenciados y menos comercializables y definen los sectores menos competitivos.

Indudablemente, las tres ideas están muy relacionadas y en todas ellas son los mismos factores los que inciden en la competitividad de un país. Agrupar y ordenar estos factores, nos puede ayudar a entender el camino que debe recorrer la economía española para afrontar el reto de la competitividad.

  • – La primera manera de ganar competitividad es devaluar la moneda. España, como se ha indicado, ha recurrido a este factor de competitividad de forma permanente. Devaluar la moneda no soluciona las deficiencias de una economía no competitiva. Simplemente aplaza el problema y evita ajustes y sacrificios. Puesto que pertenecemos a la UM y pensamos seguir haciéndolo, esta opción ya no es posible.
  • – La segunda variable que incide en la competitividad es la inflación. Si los precios de los bienes de un país suben más que los precios de los bienes de los países con los que compite, pierde competitividad. Este diferencial de inflación, en relación a sus socios comerciales, ha sido una característica constante de la economía española. ¿Por qué suben más nuestros precios? Parece que hay tres razones predominantes.
    • – Los mercados españoles necesitan tener un mayor grado de competencia. Las empresas productoras y los canales de distribución, por lo general, tienen algún tipo de poder de mercado y transmiten con facilidad a los precios cualquier subida de costes o aumentan sus márgenes ante cualquier presión de la demanda.
    • – El modelo de negociación colectiva basado en el IPC, alimenta la espiral inflacionista. Los salarios suben según la inflación y, a su vez, hacen subir los precios originando una inflación que vuelve a hacer subir los salarios. Este es un modelo que está siendo cuestionado en la actualidad.
    • – Las empresas españolas, ante una mayor demanda de sus productos, prefieren aumentar las horas extraordinarias de sus trabajadores contratados, que son más caras, antes que contratar nuevos trabajadores. En parte porque no hay desempleados muy cualificados y en parte porque contratar a la persona adecuada y, en su caso, despedirla si posteriormente fuera necesario, es un proceso largo, complejo y costoso.
  • – En tercer lugar, los costes de producción elevados hacen perder competitividad. Es conocido que los costes laborales han subido en el último ciclo por encima de la media de la UE y lo siguen haciendo en la actualidad en plena crisis. Pero además de los costes laborales y las cargas sociales, hay que considerar los costes energéticos, de las materias primas, suministros y telecomunicaciones, transportes, financieros, cargas fiscales a las empresas y los denominados costes de transacción. Estos últimos están relacionados con las molestias y barreras existentes para el desarrollo económico. Por lo general, están originados por la rigidez del marco regulatorio, la burocracia administrativa, la búsqueda de rentas y la corrupción. Así pues, son estas un conjunto de variables en las que debemos esforzarnos en corregir para mejorar la competitividad de la economía española.

Finalmente, el factor más importante que incide en la competitividad es la productividad. La productividad es el valor creado por hora de trabajo. Por tanto no tiene nada que ver con los salarios ni con los costes laborales. Tiene que ver con el valor de los bienes que los consumidores perciben y estén dispuestos a pagar y con la eficiencia a la hora de producir estos bienes. Hay que decir que entre 1995 y 2006, la economía española, en plena revolución tecnológica, fue la única de la UM que tuvo una tasa media anual de crecimiento de la productividad negativa. Y este dato es el que explica todo lo que nos ha pasado y nos apunta a la causa real de todos nuestros males.

Por tanto, la economía española pierde competitividad sistemáticamente por su elevada inflación, la mayor subida de sus costes, principalmente laborales, y la pérdida de productividad. Y la única manera de mejorar la competitividad de que disponía, que eran las devaluaciones, ya no son posibles. ¿Qué podemos hacer?

La solución natural de la economía española ha sido siempre defensiva, especializándose en sectores de bienes no comercializables o en los que la dotación de factores es favorable como el turismo o la agricultura. De tomar ahora esta salida, se produciría la deslocalización masiva de buena parte del tejido productivo actual, algo que en cierta medida ya ha ocurrido.

Otra opción puede ser el cambio de su área comercial, algo que está pasando en la medida que las empresas más capaces están buscando nuevos mercados y lo están consiguiendo. Países de la Europa del Este y emergentes latinoamericanos se han convertido en el objetivo para muchas empresas, así como el norte de África, ahora muy convulso, y algunos países centroafricanos.

En ocasiones se hace alusión a la necesidad de bajar los salarios españoles. Sin duda es una solución, que en cierta medida se llevó a cabo en el pasado ciclo económico, con salarios mileuristas y jornadas laborales muy elevadas, que hacen descender el salario por hora. Esta medida no es aconsejable, además de reducir el PIB por habitante, es una salida imposible, puesto que en la economía global son muchos los países que compiten con salarios muy bajos imposibles de alcanzar para la economía española.

Así pues, al margen de los esfuerzos necesarios para moderar las subidas de nuestros costes y de los precios, la mejora de la productividad es la variable clave para la mejora de la competitividad y es donde tenemos más capacidad de avance.

¿Cómo mejorar la productividad?

Hemos dicho que la productividad es el valor creado por hora de trabajo. Así pues, la mejora de la productividad se consigue produciendo bienes con más valor y haciéndolo de forma más eficiente.

La eficiencia productiva tiene que ver con la tecnología de las empresas y con el capital humano de sus trabajadores. Consiste en producir bienes con, cada vez, menos recursos. En los últimos años, las denominadas TIC han permitido mejorar la eficiencia de muchas empresas y al hacerlo ha mejorado la productividad de muchos países. Los sistemas de información se han convertido en un factor productivo más, capaz de mejorar la eficiencia empresarial, pero, si se usan adecuadamente, son capaces también de crear valor en los bienes y servicios producidos.

Es conocida la cierta resistencia de las empresas españolas al uso de las tecnologías de la información. La formación de los líderes y directivos, la organización tradicional de las empresas, las barreras reales o psicológicas al uso de las tecnologías de la información son algunas de las razones que se esgrimen para explicar el gap tecnológico del tejido productivo español. Además, junto a estas causas, hay que señalar que el marco laboral actual incentiva el uso desproporcionado de la contratación temporal de los trabajadores. De hecho, casi el 30% de los contratos laborales existentes en 2007 eran temporales.

Con un 30% de la fuerza de trabajo con contratos que vencen en pocos meses, no existe ninguna razón, por parte de las empresas, para formar a estos trabajadores que, alternando meses de trabajo con meses de paro, nunca alcanzan cualificación alguna y no acumulan capital humano. Pero las consecuencias de este exceso de contratos laborales son aún más perniciosas si comprendemos que, en estas circunstancias, la tecnología utilizada por las empresas ha de ser muy básica y de ahí la baja productividad de nuestra economía. Urge corregir esta anomalía y esta es la razón de la propuesta de un único contrato laboral de carácter fijo, con una indemnización por despido progresiva que incentive a las empresas a mantener a los trabajadores más valiosos y, a su vez, les anime a invertir en formación y en la adquisición de una tecnología productiva más avanzada, eficiente y competitiva. Esta medida, sencilla y que puede modularse si es aconsejable para que afecte solo a los nuevos contratos, conseguiría, junto a desgravaciones fiscales y otros incentivos, generar una fuerza laboral con más experiencia y más formación y unas empresas que redujeran el gap tecnológico productivo actual.

La creación de valor, es sin duda la variable clave para la mejora de la productividad y de la competitividad de una economía y de un país. Las medidas tradicionales apuntan al diseño, la calidad, la atención y los servicios al cliente, la diferenciación de productos y la innovación como aspectos a mejorar. Los sistemas de información permiten además diferenciar no solo productos, sino también clientes, generando un valor para el consumidor derivado del trato personalizado y exclusivo. También están originando que determinados servicios, que antes se prestaban de manera muy personal y por tanto eran bienes no comercializables, ahora se hayan convertido en servicios absolutamente exportables en la medida que se prestan por medios tecnológicos que no requieren ya un trato personal directo. Pensemos en la reserva de vuelos, hoteles, restaurantes, consultas y operaciones bancarias, etc.

Pero aún debemos de llegar más allá si queremos comprender en qué consiste la creación de valor en los tiempos actuales, en los que el consumidor, que es el que paga por los bienes y les da con ello valor, se ha convertido en un agente muy sofisticado.

Para intentar aproximarnos a esta idea de la creación de valor, quizás pueda ser eficaz dividir el valor percibido por el consumidor en dos partes: una parte hard y otra parte soft. La parte hard tiene que ver con las necesidades que satisface un bien y la relación calidad-precio. El valor que generan muchos bienes y servicios tiene que ver mayoritariamente con este componente hard del valor. Y en cierta medida buena parte de las empresas españolas tienen esta concepción del valor y configuran, con este objetivo, su modelo de negocio: producir bienes con demanda, de calidad y a buen precio.

Sin embargo, cada vez los consumidores son más sofisticados y demandan un componente soft en los bienes, basado en sensaciones de consumo. Sensaciones como sentirse joven, tener salud, ser exclusivo y diferente, parecerse a las personas o iconos que se admiran, tener experiencias vitales intensas, formar parte de la modernidad y estar a la moda, son componentes del valor cada vez más deseados por los consumidores. Los bienes, en general, no son hard o soft, sino que constituyen un mix de ambos y la mezcla de ambos componentes es la que genera más valor. Como puede adivinarse, buena parte de este componente soft se puede crear en el nuevo espacio económico de juego creado por Internet y nuevamente los sistemas de información y la reestructuración de la cadena de valor son los elementos claves para conseguirlo.

El tejido productivo español no parece que esté asumiendo este segundo componente del valor de manera intensa. Se ha especializado mucho en la creación hard del valor y esto tiene sus riesgos en una economía global de fuerte competencia y con agentes económicos más baratos. Manteniendo la calidad, la batalla en los costes es lo que marca el éxito o fracaso y hemos visto que los costes de la economía española suben más que los costes de los países con los que competimos y no podemos pretender tener salarios equivalentes a los de los trabajadores emergentes.

Indudablemente, este cambio estratégico es difícil de ver y de implementar. Requiere una nueva visión de las empresas y una política empresarial que se diseñe en dos líneas: fomentando el uso de las tecnologías de la información en el sistema productivo y la formación de los trabajadores; y modificando el terreno de juego para que las empresas puedan avanzar en esta dirección.

Nos estamos planteando con insistencia qué sector tomará el relevo de la construcción como nuevo motor de la economía española. Se apunta al turismo, a la agricultura, las energías renovables… En la economía global cualquier empresa de cualquier sector puede llegar a ser competitiva porque las tecnologías actuales permiten nuevas visiones que crean valor. El uso de las tecnologías de la información y la formación interna, deben ser estimuladas en las empresas de cualquier sector. Este impulso generará un efecto multiplicador en el sector TIC y en el sector de empresas e instituciones de información. Hemos invertido demasiado en infraestructura física y muy poco en capital humano, pero la inversión en información debe hacerse en el ámbito empresarial para acumular este capital humano, que junto al software, son las dos principales fuentes de la creación de valor: el talento y el software.

Junto a esta acción hay que modificar al menos tres aspectos del escenario de juego. La primera cuestión sería modificar el marco laboral con un contrato único y fijo que permitiera establecer una relación estable de largo plazo entre las empresas y los trabajadores. Para que sea posible, se debería plantear para las nuevas contrataciones o establecer una transitoria amplia para los contratos fijos actuales. La indemnización por despido sería progresiva, por ejemplo 12 días de salario por el primer año, 14 por el segundo, 16 por el tercero y así sucesivamente hasta el límite que se quiera, 35 días, 40 o 45. Esta medida despejaría la incertidumbre actual sobre la reforma laboral, simplificaría el marco jurídico laboral y animaría a muchas empresas a crear empleo rápidamente.

La segunda medida debería ser establecer una negociación colectiva de salarios que no sea tan inflacionista como lo es la actual y que permita la mejora de la competitividad. De nada sirve subir los salarios nominales si suben también los precios de los bienes de consumo, así no se mejora la capacidad adquisitiva de los salarios. Puesto que la economía necesita siempre una cierta tasa de inflación, deberían negociarse la subida de salarios fijándonos en dos componentes. El primero debería fijarse a nivel nacional, con sindicatos, patronal y Gobierno, y oscilar entre una subida del 0,5 al 1,5%, dependiendo de las expectativas del IPC. De esta forma se establecería un intervalo de inflación objetivo reducido. El segundo componente debería negociarse en cada empresa según la subida de la productividad, de manera que si la productividad sube los salarios también lo hagan. ¿Cómo medir la subida de la productividad? Aunque se puede ligar la productividad a objetivos físicos de producción, lo más útil es hacerlo a un volumen monetario representativo del valor creado por hora de trabajo. Puede ser la cifra de ventas de la empresa o sus beneficios, pero lo más acertado sería hacerlo considerando el incremento del valor añadido del año en curso y dividido por hora de trabajo. De esta forma el incremento de las ventas por las operaciones ordinarias de la empresa menos los suministros necesarios constituirían el valor añadido creado, y una vez deflactado para corregir la creación nominal de valor puramente debida a los precios, se dividiría por las horas de trabajo empleadas y se tendría así el incremento de productividad que se aplicaría a los salarios.

Este mecanismo incentiva aunar objetivos entre empresarios y trabajadores en busca de la eficiencia, la inversión tecnológica y de la creación de valor, buscando reducir costes de producción innecesarios, reduciría la inflación y con todo ello mejoraría la competitividad.

Estas dos acciones deberían complementarse con un programa para «Simplificar España», centrado inicialmente en aquellos aspectos más relacionados con el tejido productivo y que representa unos elevados costes de transacción para nuestras empresas. En concreto nos referimos a los trámites necesarios para crear empresas, nuevas instalaciones empresariales, trámites administrativos con las diferentes administraciones, etc. Nuevamente los sistemas de información permiten diseñar plataformas comunes que reúnan diferentes competencias administrativas en la tan anunciada «ventanilla única» que nunca se abre.

La economía española puede tener un rendimiento más notable. La nueva visión de la creación de valor debe ir filtrándose poco a poco con acciones de política económica dirigidas con ese objetivo y, junto a esta línea estratégica, es necesario eliminar la cantidad de obstáculos en el escenario de juego que impiden que mejoremos la competitividad y tengamos un tejido productivo que genere el empleo y la renta por habitante que todos deseamos.

Nuestro grano de arena

España  vive quizás su hora más difícil y decisiva desde la Restauración democrática de 1978. Nueva Revista pretende hacer, en este tiempo de necesario e insoslayable compromiso, una aportación responsable y positiva al conjunto de la sociedad dedicando este número monográfico a la idea de la España competitiva. Nos detendremos a reflexionar sobre aquellas cuestiones de fondo y factores estructurales en torno a los cuales pensamos que hay que afrontar la recuperación de España. Subyace en la plural agenda de temas que se desarrollan una mentalidad proclive a las soluciones constructivas sustentada en una visión realista, pero indeclinablemente esperanzadora sobre las posibilidades de España.

Evidentemente, en este número no se tocan ni por asomo todas las cuestiones que inciden y forjan la competitividad de una nación. Muchas de estas impregnan el debate político cotidiano y han sido suficientemente tratadas, otras simplemente quedarían pendientes, entre ellas podríamos destacar el tamaño y la eficacia del sector público así como el funcionamiento de las distintas administraciones públicas. Pero también, hay otros elementos que afectan sustancialmente a la naturaleza competitiva de una país, como son sus valores constitutivos e inmanentes que deben otorgar la energía y la motivación necesaria a la sociedad, dando sentido o sinsentido a la acción desplegada y que hoy aparecen desactivados. Tampoco, en esta mirada caleidoscópica nos detenemos a pensar en el efecto que tienen sobre la competitividad los vicios políticos adquiridos y ya adheridos al sistema político como son el electoralismo, el coyunturalismo, el cortoplacismo y el clientelismo político, que tantos recursos detraen al conjunto del sistema y tanto deterioran la credibilidad de la democracia. Asimismo, no  se deben menospreciar otras cuestiones tan importantes como pueden ser el grado de calidad institucional de nuestro sistema político para afrontar la profundidad de los cambios sociales, o la flexibilidad o adaptabilidad de nuestra legislación laboral para dar respuesta a un contexto de globalidad competitiva.

En la elaboración del temario hemos optado por ahondar en aquellos asuntos que al tener efectos transformadores y por lo tanto repercutir en la visión a largo plazo del país y en el dibujo de su horizonte de futuro, necesitan un mayor debate y una reflexión más profunda para llegar a unas conclusiones convincentes. Así, nos detenemos muy especialmente en materias tan decisivas como la educación, porque es allí donde se construye y se fragua el futuro de una nación, pues sin una sociedad competente y preparada cualquier proyecto nacional será mediocre. Por otro lado, nos extendemos en un elemento nuclear de nuestro desmesurado Estado de Bienestar, como es la Sanidad, donde parece necesario perfilar un criterio político que sirva como cimiento para desarrollar una atinada gestión empresarial de este servicio público.

Los reconocidos profesionales que colaboran en este número se valen de su experiencia en sus ámbitos de gestión para establecer certeros análisis, propuestas y recomendaciones sobre los distintos asuntos, no solo desde la visión aislada y fría del especialista, sino desde el conocimiento y la interpretación de las circunstancias reales y de los contextos externos que condicionan los problemas. Late en todos los escritos un espíritu riguroso y reformista con un afán regeneracionista.

Gerald Brenan en El laberinto español cita los estudios de Cánovas sobre la rápida decadencia de España en el siglo XVII. Cánovas, consideraba que un grave error habitual de los españoles era intentar llevar adelante ambiciosos proyectos sin estimar en lo debido los medios económicos y materiales sobre los cuales debían asentarse los mismos. Cánovas ponderaba como el mayor vicio español, según el texto de Brenan, un exceso de confianza (o si se prefiere falta de realismo) y de optimismo (que a veces roza lo fantasmagórico).  Se puede recurrir a un cierto paralelismo histórico con algunas de las causas de los males que vivimos en la actualidad. Por lo tanto, cualquier proyecto nacional debe considerar el valor de la prudencia, de las actuaciones públicas previsoras, “de esa cordura en los empeños” de la que nos habla Baltasar Gracián. En ese sentido, parece muy acertado y profundo constitucionalizar la limitación del déficit estructural del Estado en su conjunto así como el volumen de deuda en el que puede incurrir en relación al PIB.

Definitivamente es hora de vencer el peso de las inercias histórica, de acotar, centrar y priorizar los problemas y darles soluciones razonables y duraderas.

Por todo ello, NUEVA REVISTA, en coherencia con su espíritu fundacional, quiere hacer una apelación al Bien Común, al sentido del deber y de la responsabilidad de la Sociedad española, al trabajo y al compromiso con España de todos sin exclusiones, a la constancia en el esfuerzo y en la voluntad decidida de alcanzar sus objetivos nacionales. Cultivemos la esperanza y pongámonos manos a la obra.

Claves de la competitividad de las Escuelas de Negocios españolas

Puede resultar sorprendente la falta de correlación que se da entre la competitividad de la empresa española y las escuelas de negocios que han nacido en nuestro país. Mientras que hay algunos sectores de actividad económica que languidecen, el que representa la educación de posgrado en el ámbito de la administración y dirección de empresas, parece no darnos nada más que alegrías. Según los principales rankings internacionales, España tiene tres de las escuelas de negocios más importantes del mundo (IE, IESE, ESADE), contando además con un sólido tejido de instituciones académicas en el que se desarrolla una formación de calidad. Quizás no aparezcan en posiciones destacadas en esos rankings pero son, en cualquier caso, un estímulo para la sana competencia interna, evitan caer en la tentación de la autocomplacencia y dan una vuelta de tuerca al posicionamiento de España como lugar idóneo para la formación en management. Con independencia de dar una justificación más ordenada de las claves que, a nuestro juicio, explican su éxito, vaya por delante que el hecho de que el sector tenga una estructura competitiva sofisticada y sólida, con un alto grado de rivalidad dentro del propio país, permite entrever el por qué de ese cierto desequilibrio entre sectores nacionales de actividad productiva y formativa.

En efecto, es difícil encontrar áreas de actividad económica que balanceen tan adecuadamente la competencia internacional y la nacional; que importen alumnos internacionales para que pasen un periodo intenso de capacitación y, a la vez, tenga un porcentaje de actividad comercial no desdeñable en el extranjero (según escuelas, puede estar entre un 30 y un 35% de su facturación en programas ejecutivos). La forma de estructurar sus ingresos, de diversificarse geográficamente y reducir riesgos son factores que explican el porqué de lo adecuado de su modelo.

Pero más allá de esta evidencia, se dan otras claves que requieren de una consideración más pausada. Una de ellas es, sin lugar a dudas, el haber respondido a los requerimientos de un mercado abierto, activo y cambiante con total flexibilidad y rapidez. Gracias a que hasta hace bien poco habían podido operar sin el corsé de una legislación académica restrictiva, más enfocada en garantizar el mantenimiento de un cierto status quo que a facilitar la adaptación formal de las instituciones y programas a las demandas reales de la sociedad, han sido capaces de poner en marcha cursos muy ajustados a las demandas específicas y a poder modificarlos con la misma celeridad que lo requería el entorno. Esta capacidad de mimetizarse con el entorno se debe a su cercanía al mercado, a la existencia de estructuras de gobierno «chatas», con un proceso de toma de decisiones acerca del rediseño curricular que prima la satisfacción de las expectativas de los stakeholders sobre consideraciones de política interna, con capacidad para cambiar lo superfluo y caduco e insistir en lo importante y permanente. No hay (no había) hipotecas legislativas extrañas a la propia actividad que las asfixiaran; no pesan sobre ellas lastres impuestos por estructuras piramidales y extremadamente jerarquizadas.

Por otra parte, el acceso a un claustro de marcado carácter internacional, formado en universidades muy distintas las unas de las otras, permite traer la mejores prácticas aprendidas en entornos educativos diversos, evita la endogamia —mal que aqueja a otras instituciones— y libera de los criterios puramente departamentales al desarrollo de la carrera docente, primando el cumplimiento de objetivos cuantitativos y cualitativos de producción académica. Se acrisola un modo nuevo de ser docente y, por ende, de ser alumno, no viciado por las inercias y lugares comunes, sino abierto a la sorpresa de ser formado en un ambiente heterogéneo, aplicando los enfoques educativos que funcionan en otros sistemas.

Una gestión del claustro basada en el desarrollo de una carrera profesional evaluada en términos de su contribución efectiva al aprendizaje, a la producción de pensamiento propio y a la mejora de los procesos de prestación de servicios al alumno y a los potenciales clientes, se convierte en pieza clave de toda escuela de negocios que pretenda ubicarse en el mapa internacional y con estándares de excelencia. Puede parecer una obviedad, pero es un hecho que cada profesor tiene su perfil —unos más investigadores otros más docentes— y esta diversidad, bien combinada y organizada, es una ventaja clara para la consolidación de un claustro rico en matices. Además, cada uno de los docentes tiene también sus tiempos: momentos de mayor creación, más volcados a la introspección y a la producción académica y científica, y momentos de una fuerte pasión divulgativa, educativa. Un sistema flexible de gobierno del claustro, que tenga en cuenta esta realidad y que sepa ajustarla y equilibrarla para que el resultado agregado sea el más conveniente, se hace imprescindible para conseguir fortalecer las competencias claves y dar razón de su sólido prestigio. Libre de cargas también aquí de un sistema caduco, por lo pretérito de su diseño, les permite ponerse al nivel de las mejores universidades del mundo.

Al profesorado se le evalúa no solo como docente e investigador, sino también por su contribución a la innovación. El hecho de que gran parte del claustro esté implicado en labores de consultoría y asesoría, que pertenezca a consejos de administración, a juntas de patronato de fundaciones privadas o actúe en organismos consultivos de instituciones públicas, le obliga a que los conocimientos que difunde en las aulas, no pierdan nunca su componente de aplicabilidad. La innovación se produce por la combinación de un pensamiento propio, no heredado exclusivamente de otras instituciones académicas, con la necesidad de que este sea contrastado con la realidad, capaz de inducir nuevos procesos e ideas de negocio. La innovación así entendida, en ocasiones consistirá en ampliar las fronteras del conocimiento incorporando nuevos ingredientes y, en otras, en poner en activo, en sacarles el máximo provecho, a las prácticas y procedimientos ya conocidos: no se trata de generar una inflación de conocimientos sino una optimización de los mismos y esto en las escuelas de negocios españolas se tiene muy claro.

El haber hecho de la necesidad virtud, ha llevado a impulsar un sistema de control del profesorado en el que se pondera con especial relevancia su rendimiento. Este se tiene en cuenta tanto para fijar su retribución como su progresión de carrera, forzándolo a estar permanentemente actualizado, dando lo mejor de sí en cada curso, en cada foro en el que participa. En las escuelas españolas se respira una sabia combinación en el manejo del claustro entre competencia y cooperación, entre momentos y perfiles de mayor producción con otros de más acentuado carácter divulgador y esto es, en sí mismo, una fuente de ventaja competitiva.

Pero si son importantes los profesores, no lo son menos los alumnos. Hay una cierta autoselección en los candidatos que llegan a las grandes escuelas de negocios de nuestro país. Un buen currículo no garantiza la entrada. Tiene que estar equilibrado por unas competencias y habilidades suficientemente desarrolladas para garantizar el buen aprovechamiento de un programa exigente tanto en contenidos como en carga de trabajo. El ambiente que se vive en un aula de un MBA es a la vez tenso y amigable. Todos se saben presionados por un sistema de calificación que deja fuera al que menos provecho alcance, pero todos son conscientes que no podrán llegar al final del proceso formativo si no se apoyan en sus compañeros. Insistimos en la necesidad de cooperar y competir, como en la propia vida profesional: equilibrar el propio interés con los del grupo. El método del caso ayuda a no desviar la atención de lo importante.

La enseñanza se basa en un diálogo sistemático que pone los acentos sobre el diagnóstico de los problemas antes y más que sobre su solución. Se trata de inducir un conocimiento prudencial y no solo científico, en el que el profesor deja de ser protagonista y se convierte en árbitro y observador cualificado del debate que cada alumno mantiene consigo mismo y con el resto de sus compañeros para hacerse entender, para defender sus posturas. Se realiza un aprendizaje por socialización y no por recepción. Algo que caracteriza a nuestras escuelas de negocios es la forma en la que han aplicado el método del caso. Frente al purismo anglosajón, han integrado el análisis de situaciones reales de negocio con otras actividades formativas que fomentan y refuerzan el papel activo del alumno. Sin sacrificar el rigor académico, se ha hecho una combinación de metodologías que favorecen la integración de los conocimientos y que han permitido a mentes diversas comprenderse a sí mismas y a los demás. Role playing, active learning, simulaciones, clases magistrales, todo focalizado para la consecución de un fin que forma parte de la irrenunciable misión institucional: formar a los mejores directivos. En el aula se trabaja de forma que se supere la tradicional dicotomía entre el saber para ser y el saber para hacer. La formación que se imparte está tasada, dosificada y enfocada para la resolución de problemas. Información útil, más que mucha información: los MBA no es que sepan mucho, que lo saben, es que lo saben bien y además holísticamente.

Si algo caracteriza nuestro sistema es que ha combinado la exigencia y la flexibilidad. Esta aparente paradoja que para algunos países de nuestro entorno no es posible resolver sin fracturar su propia cultura, en el caso español se hace sin violencia, con total naturalidad. La percepción que tiene el alumno de la calidad de los programas es muy alta y se evalúa cada vez que termina un bloque formativo. Se compara con la satisfacción del que ya ha concluido sus estudios y está empezando a aplicar las lecciones aprendidas. La percepción que estos tienen del alto coste de los programas más como inversión que como gasto, apostilla ese compromiso por la excelencia de la que venimos hablando. El hecho de que cada escuela tenga que repensarse a sí misma, una y otra vez, para ver si se está adecuando a lo que el alumno necesita, el mercado demanda y el propio sistema educativo requiere, fuerza a mantener la tensión innovadora. En estas rápidas pinceladas está planteado el boceto de una obra paradójica, la de España y sus Business School. Nuestro país se ha convertido en una especie de hub de formación de directivos y esto se ha conseguido por la yuxtaposición de ofertas muy diferenciadas entre sí en cuanto a su propuesta de valor, pero todas con el aroma común que hemos intentado trasladar al lector.

La receta es simple: buenos ingredientes (buenos profesores, buenos alumnos, buenos métodos de enseñanza y calidad de contenido, en un ambiente altamente competitivo para que nadie se «duerma en los laureles», con un alto grado de apalancamiento operativo que mete presión en la necesidad de generar ingresos. Muy pegados al terreno y compitiendo en un ámbito internacional). Buenos cocineros en el gobierno de las instituciones para que estos ingredientes no se desperdicien y sacar de ellos su máximo potencial, y el calor del mejor fogón: España y sus ventajas comparativas. Todos estos factores combinados con una intensa y acertada orientación comercial, con un marketing muy agresivo, han dado lugar a que nuestras escuelas aparezcan en posiciones muy relevantes en los rankings internacionales. Quizás por fin hemos encontrado un sector en el que el refrán castellano «en casa de herrero cuchillo de palo» no tiene aplicación.