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¿Cómo atraer y retener talento?

En las crisis, países y empresas tienen oportunidades y peligros. Unos ganan y otros pierden. Los primeros ven las crisis como oportunidades; los segundos como peligros. Hace cuatro años mis clases sobre Recursos Humanos giraban sobre el tópico de la retención del talento. Con niveles de desempleo cerca del paro friccional (1) en 2006 la atracción y retención del talento era una de las preocupaciones de las compañías; se convertía en labor ardua porque las personas con talento tenían oportunidades de trabajo. Había, incluso caza furtiva de directivos entre empresas; término que en inglés se llamaba Poaching.

Por el contrario, en España, como país, ocurría lo opuesto. Los talentos nacionales no necesitaban buscar trabajo fuera y se quedaban en nuestro territorio. Entre los talentos desarrollados en el extranjero, los españoles de origen regresaban y los extranjeros se convertían en inmigrantes en nuestro país (2). En cambio, en 2011, según el Barómetro Universidad-Sociedad elaborado por la Universidad Complutense, el 70% de sus estudiantes estarían dispuestos a trasladarse al extranjero para trabajar (3) y en ciencias experimentales (ingeniería entre otras) están los más dispuestos: el 95%.

La situación ha cambiado pocos años. Con un paro del 21,26% según la EPA (4) del primer trimestre de 2011, las oportunidades se han reducido. Además, el desempleo entre 16 y 25 años está por encima del 43%. Los universitarios tienen la mitad de la tasa de desempleo de la población; aun así, estos números y la experiencia frustrante de la búsqueda de trabajo crea pesimismo. En consecuencia, la tendencia a buscar oportunidades en el extranjero aumentan. En 2010 120.000 españoles optaron por salir del país (5). Por primera vez en el siglo XXI la emigración es una salida profesional atractiva. A la vez el padrón municipal de extranjeros bajó el 0,3%; primer balance negativo después de que en pocos años la población extranjera superara los seis millones.

Por tanto, mientras en esta época de vacas flacas a las empresas españolas les resulta más sencillo atraer y retener talento nacional, a España, como país, le ocurre lo contrario. Justo lo opuesto a los años de vacas gordas. Estudiemos por separado lo que pasa en España y lo que pasa en las empresas españolas.

España: el círculo vicioso de empobrecimiento de talento

España es una fábrica de talentos. La calidad de la enseñanza según los baremos internacionales es baja (6); pero, existen centros de excelencia universitarios de reconocido prestigio. Baste para ello enumerar escuelas superiores de ingenieros, facultades biomédicas o escuelas de negocio (7) y otras enseñanzas especializadas.

El problema: España no está ofreciendo esperanza para el talento adquirido en estas instituciones. El crecimiento del PIB por debajo del 2/3% no genera los suficientes puestos de trabajo para la población activa. Con 47 millones de habitantes y 23 millones de activos, la tasa de actividad, el porcentaje de activos, está sobre el 60%. Como el PIB crece menos del 2% la población activa crece más rápida que la generación de puestos de trabajo y, por tanto, no disminuirá el paro de manera significativa. ¿Dónde van a trabajar los nuevos talentos? Se irán.

Conclusión: solo con un aumento del PIB se reduciría el paro y se podría retener el talento que creamos y que tanto nos cuesta o, incluso, traer talento extranjero. Primera premisa para atraer y retener talento: crecer económicamente.

Pero, además, la oferta de puestos de trabajo debe ser de calidad. El talento busca retribución económica, desarrollo profesional y sentido a su tarea. Si los puestos creados no tienen estas tres características no se siente atraído y se va o no viene. Segunda condición para atraer y retener talento: crecer en sectores que interesen al talento; sectores de valor añadido.

Una vez atraído y fidelizado, ese talento genera a su vez puestos de trabajo de esas características que atraen nuevo talento; es un círculo virtuoso. Por el contrario, la falta de esa atracción y la expulsión del talento reduce las ofertas de trabajo y las empobrece; es el círculo vicioso. Círculo donde parece que está España. ¿Cómo romperlo?

Con la repetida cantinela del cambio del modelo económico. Pasar de la actual atonía económica a una economía de «valor» (8). Economía que consiste en: primero, descubrir o crear nuevas necesidades al futuro cliente; segundo, convencer a ese futuro cliente que tiene las necesidades y que se las puede cubrir; tercero, ser capaces de resolver la manera de satisfacerlas. Toda una cadena de I+D+i en innovación, marketing y organización para lo que es necesario mucho talento. Tercera condición para atraer y retener talento: tener talento; es el talento es el que atrae al talento.

La receta: educación y libertad

¿Cómo crear esa economía de valor? La receta es sencilla de enunciar, pero compleja de realizar. Dos cosas son necesarias para que ese cambio de modelo económico que atraiga al talento: a) crear talento y b) darle el marco de libertad que permita desarrollar sus capacidades.

Crear talento exige mejorar la educación. Es verdad que hay talento natural. Pero también es cierto que, en la sofisticada vida actual, el talento natural tiene que ser cultivado y estar al servicio de la sociedad. De nada sirve el talento excepcional si no se pone al servicio de los demás. Es verdad que existen centros de excelencia educativa en España, pero también es cierto que deberían serlo en mayor número y en más especialidades. La labor no es fácil ni rápida. Exigiría un Pacto de Estado en Educación para dirigirla hacia la excelencia. Cuarta condición para atraer y retener talento: educación excelente.

Los países que tienen los mejores niveles reconocidos en su enseñanza a todos los niveles han descubierto que la excelencia educativa se basa en la selección: selección de profesores y selección de estudiantes (9).

A los profesores hay que exigirles un grado de preparación y compromiso alto; también reconocérselo mediante una retribución y estatus social adecuado. Finlandia, con una altísima calidad en la enseñanza primaria y secundaria, ha seguido esta política; selecciona muy bien a sus profesores y les retribuye adecuadamente; además de considerar prioritaria la inversión educativa en sus presupuestos (10).

A los estudiantes hay que seleccionarlos. Un buen nivel en los estudiantes eleva el de los profesores; es una experiencia comprobada. No solo en la llamada enseñanza de élite. En el Bronx de Nueva York bastó que se dejara seleccionar a los estudiantes en una escuela pública para que se elevara el nivel de la enseñanza y aumentaran los estándares de aprovechamiento de los alumnos.

Esta combinación de selección de profesores y alumnos coincide con la propuesta de excelencia educativa en la enseñanza básica y media de la presidenta de la Comunidad Autónoma de Madrid, Esperanza Aguirre. Propuesta que se completa con: a) elevar el nivel de exigencia para los profesores de educación y b) dejar a los centros elegir sus alumnos y no priorizar el criterio de cercanía al centro educativo. Ambas propuestas serán la base de creación de talentos para el futuro.

Un elemento adicional en la generación de talento es la apertura de la mente. En ese sentido dar oportunidades de experiencias en el exterior es un elemento adicional importante. Para ello, es necesaria la enseñanza de idiomas a temprana edad, cuando mejor se aprenden, y el conocimiento de otras culturas.

Pero una vez creado el talento hay que ofrecer un marco en que se pueda ejercer. Ese marco es la libertad. Libertad intelectual y económica, que son inseparables. El talento se desarrolla en su ejercicio y, por eso, no puede ponérsele cortapisas. Se ha demostrado que esa libertad trae consigo el crecimiento económico al aportar oportunidades para el desarrollo del talento. Así se cierra el círculo de la creación y retención del talento.

Nuestras empresas y universidades necesitan libertad de atraer talentos. En la empresa evitando las cortapisas y la burocracia para atraerlos. El sistema de admisión de inmigrantes con preparación suficiente debe simplificarse. No es lo mismo dar «visa de entrada» a personas con baja cualificación que a los preparados; ni las exigencias ni los plazos deben ser iguales. Nuestras oficinas consulares deben tener esto muy claro. En la universidad hay que crear las condiciones para atraer profesores y alumnos con calidad, nacionales y extranjeros; eso exige excelencia en la investigación y excelencia en la preparación de los graduados y postgraduados (máster y doctorados).

Otra forma de generar talento es la filantropía en la sociedad civil. Sin abandonar la caridad con los necesitados ni la beneficencia que desarrolla el Estado, la filantropía se dedica a favorecer inversiones sociales cuyo fruto será la mejora de la vida de los demás. En la filantropía cabe la ayuda al desarrollo de talento futuro; la inversión más rentable para una sociedad. Para ello es bueno que las leyes fiscales favorezcan este tipo de inversiones (11).

Pero si el talento necesita oportunidades, la inmensa mayoría de ellas están en las empresas. Si ellas no gestionan bien el talento, este se irá o no vendrá. Por eso es muy importante que tengan criterios claros ¿Cómo dar oportunidades cuando la crisis económica las atenaza? ¿Cómo atraer talento cuando se habla más de ERE que de reclutamiento?

Empresas: soplar y sorber a la vez

Para las empresas la crisis puede ser una oportunidad porque en el mercado hay mucho talento. Las compañías pueden reducir el que no les sirve e incorporar el nuevo disponible. No es fácil: la operación de despedir, incluso con las ventajas del ERE (12), y contratar al mismo tiempo es como soplar y sorber a la vez.

Una forma: clasificar las personas en A, B y C por su talento; mantener activas las de talento A; mejorar las de talento B para convertirlas en A; encontrar métodos de salida de la organización para las de talento C. Hacerlo de manera adecuada es una obligación de la empresa.

La necesidad de dar salida al talento puede tener varias causas: a) se perdió el talento, por ejemplo con la edad si era físico; b) el talento ya no es necesario en la organización al cambiar las circunstancias; c) la selección o el entrenamiento o desarrollo posterior no fue el adecuado… En todo caso, en esa falta de talento interviene también la empresa, no solo la persona cuestionada. Por tanto, es responsabilidad de la compañía dar salida adecuada a la persona. Los sistemas de outplacement (13) hacen más justas las salidas. La reforma del mercado laboral debería exigir planes de outplacement para los despidos como condición necesaria, lo mismo que debería permitir a las empresas hacer más ágil y menos onerosos sus reajustes de plantilla.

Cuando las empresas no cuidan estos procesos de salida se producen desmoralizaciones en el talento que queda en su interior; es el llamado Síndrome del Superviviente. Los que permanecen se desmoralizan pensando que tarde o temprano les tocará a ellos y no tendrán ayudas. Por contra, cuando el talento ha salido bien de la compañía se puede convertir en un aliado comercial. Lo saben muy bien las consultoras que quieren tener exalumnos en lugar de despedidos.

No es fácil soplar y sorber a la vez. Seguir estos consejos requiere que la empresa tenga en su departamento de recursos humanos tan bien diseñadas las políticas de salidas como las de reclutamiento, selección, evaluación y desarrollo. También es necesario que la legislación se adecue a un mercado laboral más flexible.

Epílogo y conclusión

La primera conclusión es que la atracción y retención de talento requiere un conjunto de políticas coordinadas de: crecimiento económico, desarrollo sectorial, educación, ciencia, legislación laboral, legislación fiscal, inmigración selectiva…, y coordinación entre la Administración y las empresas.

La segunda conclusión es que las políticas de generación y retención de talento son fáciles de enunciar y difíciles de practicar. Una dificultad proviene de barreras mentales. Por ejemplo, la selección del alumnado puede chocar con el pensamiento igualitarista mal entendido que domina lo políticamente correcto. También el desarrollo de la filantropía, vía incentivos fiscales, tiene que vencer la desconfianza de ciertos gestores públicos respecto a la libertad de la sociedad civil. Por eso el coraje de anunciarlas y ponerlas en práctica es tan necesario como la capacidad intelectual de definirlas.

Afortunadamente los hechos sociológicos son tozudos y el fracaso de ciertos anclajes ideológicos es tan evidente que la sociedad está despertando.

 

NOTAS

1 Nivel de desempleo o paro friccional es aquel que por debajo del cual los costes salariales se disparan y producen ineficiencias en el mercado y falta de competitividad. Se calcula que en EEUU está sobre el 4-5% y en España sobre el 8-9%. Según los expertos, la diferencia entre estos dos países se debe a factores estructurales, como la legislación laboral, mucho más flexible en EEUU, o la movilidad territorial, más alta en el país americano.

2 La inmigración selectiva de talentos es una política que realizan con éxito países como EEUU y Canadá, donde la posesión de un título universitario o una buena especialidad es una condición favorable para obtener certificados de permanencia. Sus universidades aceptan para cursos de posgrado, máster y doctorados, graduados extranjeros que luego seleccionan, quedándose con los mejores. Es un proceso de selección inmigratoria positivo. Una política similar podría ser aplicada por España sin grandes costes, ya que la formación inicial corre a cargo de los países de origen.

3 www.eleconomista.es 7 de mayo de 2011.

4 EPA: Encuesta de Población Activa; de periodicidad trimestral se realiza mediante entrevistas a 60.000 hogares, donde se pregunta si han estado buscando trabajo, si responden que sí y no lo han encontrado se consideran parados. Se diferencia del paro registrado en los Servicios Públicos de Empleo en que recoge incluso los parados que no figuran en los registros oficiales. Los expertos consideran que la EPA es más ajustada a la realidad social que el paro registrado, más ajustado a la realidad legal.

5 Según el Institut d’Estadística de Catalunya, el número de catalanes que salieron en 2010 a vivir al extranjero aumentó un 9,3%.

6 Según el informe PISA 2010, un 36% de alumnos examinados eran repetidores (en Finlandia son el 5%). Además los alumnos con alta puntuación eran el 3% frente a una media del 8% en la OCDE.

7 El 9 de mayo de 2011, Financial Times publicó el ranking mundial de escuelas de negocio en Executive Education. Tres escuelas españolas figuran en los primeros puestos: IESE (n.º 3), ESADE (n.º 7) e IE (n.º 14).

8 Reich, R. (1991), The work of Nations: Preparing ourselves for 21 Century Capitalism. SBN 0-679-76315-8.

9 La India, que basa parte de su desarrollo en el talento técnico, ha experimentado un florecimiento de su enseñanza superior de calidad en los últimos años (Viassa Monteiro, E. (2010), El despertar de la India, Instituto Internacional Bravo Murillo, Las Palmas, pgs. 158/176). Tal es el éxito que están retornando profesores universitarios indios afincados en Estados Unidos a sus nuevos institutos tecnológicos y escuelas de negocios.

10 En 2005 Finlandia invertía el 4,4% de su PIB en educación; no era el país que más gastaba en ello: Dinamarca invertía casi el 6%; España gasta el 3,28%.

11 Sobre la diferencia entre caridad, beneficencia y filantropía puede verse Pérez-Orive, J. F. (2011), La España que queremos ser. Petrarca y el Yondelis, Ediciones Pirámide, Madrid, cap. 9. Según Concepción Arenal: Beneficencia es la compasión oficial, caridad es la compasión cristiana y filantropía la compasión filosófica.

12 ERE: Expediente de Regulación de Empleo. Permite reducir los costes de despido colectivo hasta 20 días por año trabajado de indemnización, frente a los 45 días de los despidos improcedentes normales. Además en determinados casos puede obtener ayudas públicas. Se ha flexibilizado aún más en la última reforma laboral de 2010.

13 Las empresas de outplacement están especializadas en ayudar a una persona despedida a encontrar trabajo; cobran de la empresa que despide y sus funciones van desde enseñar a confeccionar currículos a aprovechar las relaciones profesionales para realizar esa búsqueda, el llamado net-working.

La aportación de los liberales

Tomar la palabra en este foro me ofrece la oportunidad de expresar en público, una vez más, mi cariño hacia Antonio Fontán y la amistad que con él he tenido. Además, aquí voy a tener ocasión de reiterar la admiración que siempre he sentido por su figura y su trayectoria intelectual, política y humana. Y, muy importante para mí, voy a poder expresar el agradecimiento que le debo por su apoyo, sus consejos y su cercanía a lo largo de toda mi vida política.

Lo primero que impresionaba en Antonio Fontán era su dimensión de hombre profundamente culto. Sin que hiciera jamás exhibición de sus muchos saberes, cuando estabas con él, cuando hablabas con él y le escuchabas, su figura exhalaba esa auctoritas que sólo alcanzan los pocos que, como él, son unos humanistas excepcionales. Quizás por ese halo de sabiduría que le acompañaba me resultó siempre muy difícil apearle el tratamiento y aún hoy me sale más natural el «don Antonio» que el «Antonio» a secas, que creo que no utilicé nunca con él.

El poeta Jorge Guillén dedicó un poema a la figura de don Rafael Lapesa, otro de los pocos sabios que hemos tenido, en el que dice: «Con la linterna a lo Diógenes / Buscad sus pares pocos». Pues bien, estos versos de Jorge Guillén pueden aplicársele perfectamente a don Antonio Fontán. Porque, en efecto, pocos, muy pocos de sus con- temporáneos, pueden compararse con él.

Fontán fue, eso lo sabe todo el mundo, un excepcional alumno de Bachillerato. Y creo que en esos años adolescentes se fraguó su personalidad intelectual y académica.

A mí, que he sido ministra de Educación y que he luchado por mejorar las enseñanzas no universitarias, me gustaría seguir luchando para ofrecer a los alumnos que les gusta mucho estudiar la posibilidad de hacer un Bachillerato como el que tuvo Fontán, con un alto nivel de exigencia y unos programas verdaderamente ambiciosos.

Hacer imposible eso, que los mejores alumnos estudien más que los que no son tan buenos, es otro de los infinitos defectos de nuestro sistema educativo actual, el nefasto que sale de la LOGSE y se continúa con la no menos nefasta LOE. Pero esto es una desviación provocada únicamente por el recuerdo del magnífico alumno que fue don Antonio Fontán, y por la sospecha de que, con el actual sistema educativo, se hace muy difícil el cultivo de personalidades intelectuales de su talla.

El excepcional bachiller se convirtió en un universitario prodigioso, que asombró con su dominio de una materia tan difícil como el latín. Y el espléndido y precoz latinista se hizo catedrático de universidad a una edad en la que hoy muchos alumnos aún no han terminado sus carreras.

Y el catedrático se convirtió en un extraordinario maestro. Una buena muestra de su capacidad didáctica nos la daba a todos sus amigos con las «estrenas» que nos enviaba todas las Navidades para felicitarnos las Pascuas y el Año Nuevo y, de paso, recordarnos que todavía existía en España por lo menos un sabio de los de verdad.

Esas «estrenas» eran —y son porque las podemos seguir leyendo— una espléndida oportunidad para hacer un alto en el camino de la actividad acuciante del día a día y reposar en las reflexiones, siempre eruditas y documenta- das, que don Antonio dedicaba a los clásicos, a sus pensamientos y a la actualidad que esos pensamientos de la Antigüedad sigue teniendo entre nosotros.

Fontán fue, desde el punto de vista universitario y académico, mucho más que un grandísimo profesor, fue lo que los franceses llaman un maître-à-penser cuando quieren referirse a esos maestros que no sólo transmiten unos saberes concretos, sino que enseñan, ante todo, a pensar de forma crítica, y a abordar con honradez y rigor intelectuales todos los problemas que nos encontramos en la vida.

Por eso, yo, igual que muchos de los que le hemos conocido y hemos disfrutado de su amistad, he recurrido miles de veces a él para conocer sus opiniones y pedirle sus consejos. Opiniones y consejos que siempre me ha dado con una franqueza, una sinceridad, una generosidad y una inteligencia que le agradeceré siempre con todo mi cariño.

Fontán fue consejero del conde de Barcelona y eso sale en todas sus notas biográficas, pero lo que no sale en esas notas es la lista interminable de los que le hemos tenido por consejero a lo largo de su larga y fructífera vida.

Al Fontán sabio, profesor y consejero hay que unir el Fontán empresario y, a su manera, hombre de acción. Primero, de acción empresarial, periodística y cultural. Y también, de acción política.

Sé que aquí, en este curso, muchos de sus discípulos han hablado de sus empresas periodísticas en el Madrid y en la SER. Yo me referiré sólo al homenaje que, en 2000, tuve la oportunidad y el honor de organizar para él en el Senado cuando el Instituto Internacional de Prensa le proclamó «héroe de la libertad de prensa».

Era yo entonces presidenta de la Cámara Alta, como lo había sido él durante los años de la Transición, y aquel homenaje se convirtió en un emocionante acto en el que estuvieron representadas todas las tendencias políticas y periodísticas de España. Aquello fue, en un cierto sentido, un símbolo de lo que ha sido Antonio Fontán en la política y en los medios de comunicación españoles: un punto de referencia para todos, respetado por todos y aceptado por todos.

Todavía, y cada vez con más fuerza, son —somos— muchos los que añoramos el espíritu generoso y abierto de las fuerzas políticas durante aquellos años de la Transición. Años en los que, porque estaban muy presentes los errores y los horrores de medio siglo de historia convulsa de España, se hizo todo lo necesario para lograr la reconciliación de todos los españoles. Entonces, precisamente porque estaban muy presentes todos esos errores, se buscó el marco más adecuado para que no volvieran a repetirse.

Y ese marco para la concordia fue la Constitución de 1978, de la que Antonio Fontán fue uno de sus más importantes protagonistas desde la Presidencia del Senado.

Hay que recordar que fue allí, en el Palacio de la Marina Española, donde se acabó de perfilar el texto constitucional y allí fue donde se alcanzaron algunos de los consensos más trascendentales sobre los que reposa nuestra Constitución.

La Constitución del consenso y la generosidad lleva el sello imborrable de don Antonio Fontán, que, desde la presidencia del Senado, supo aunar voluntades y limar diferencias.

Y al hablar de Fontán y su papel en la elaboración de la Constitución Española en estos días, creo que no tengo que hacer hincapié en la importancia que para un país tiene el contar con personas de la grandeza intelectual, humana y política de don Antonio a la hora de concitar voluntades, unir propuestas y encontrar soluciones a las disensiones, siempre con el bien común como meta.

Comparen ustedes la talla de don Antonio con la de los que ahora se ocupan de las altas cuestiones constitucionales y comprendan dónde puede estar el origen de algunos de los problemas que nos aquejan.

Quiero dedicar ahora unas palabras de las convicciones, los ideales y los principios que rigieron la trayectoria vital de Antonio Fontán.

Creo que es muy significativo el hecho de que Antonio Fontán naciera en Sevilla justo quince días después del golpe de Estado de Primo de Rivera. Aquel golpe que acabó con la Constitución de 1876, que, con sus defectos, había permitido a España unos años de crecimiento y de estabilidad muy notables. Y su larga y provechosa existencia se ha prolongado hasta el pasado mes de enero.

Sólo con estos mínimos datos biográficos queda patente que la vida de Antonio Fontán ha sido testigo de la Historia de España de casi todo el último siglo.

Y él no quiso ser un testigo pasivo de toda esa historia. Porque nunca quiso a ver los toros desde la barrera y nunca quiso limitarse a ser un sabio latinista encerrado en su torre de marfil. Por eso quiso tomar partido y lo hizo para defender unas ideas a las que fue fiel toda su vida.

Por supuesto que entre esas fidelidades se encuentra, en primer lugar y de forma prominente, su compromiso personal con la religión, con el cristianismo y con la Iglesia. Hacia ese compromiso personal sólo me queda mostrar mi más profundo respeto.

El segundo compromiso, éste ya enteramente político de Fontán, fue con España. Creo que toda su biografía, y desde luego su biografía como hombre de empresa y como político, sólo se entiende si comprendemos que su leitmotiv esencial fue siempre la búsqueda de lo mejor para España y para los españoles.

Desde muy pronto, desde esa guerra civil que vive como adolescente en Sevilla, supo que le había tocado vivir una época convulsa para su patria. Y desde muy pronto se comprometió en un trabajo político para restablecer la normalidad democrática en España, para hacer de España un país que no fuera una anomalía entre el resto de los países occidentales y democráticos.

En sus esfuerzos a favor de esa normalización política de España mantuvo siempre una fidelidad absoluta a la Corona. Fontán era un monárquico convencido de que la Corona era la mejor garantía para la estabilidad de la vida política y para el progreso, la libertad y el bienestar de los españoles.

A la Corona la sirvió siempre con ejemplar fidelidad. Primero, en la persona del conde de Barcelona, y después en la del Rey don Juan Carlos, que le honró con el título de marqués de Guadalcanal, el pueblo de donde era originario.

Y la otra fidelidad inconmovible de don Antonio fue siempre la libertad. A mí me alegró enormemente organizar aquel homenaje en el Senado a raíz de la concesión del título de «héroe de la libertad de prensa», del que ya les he hablado. Y me alegró porque pocos políticos españoles de su generación tienen una trayectoria tan limpia como don Antonio en esa defensa de la libertad.

Ese compromiso con la libertad es el que le condujo a convertirse en un político liberal y, sobre todo, en un maestro de liberales.

Al analizar su trayectoria política destaca, sin duda, la enorme influencia que ha ejercido sobre los liberales españoles de las últimas décadas.

Si hoy hay ya, por fin, un número nada desdeñable de políticos españoles que se declaran liberales y que procuran aplicar políticas liberales, se debe, en gran medida, a Fontán y a todos los discípulos que supo formar e impulsar.

La presencia del liberalismo en la política española de hoy es, sin duda, obra del Partido Popular y, dentro del partido, de la labor llevada a cabo por José María Aznar. Aunque no era un liberal de origen, en el ejercicio de sus responsabilidades políticas —ya desde la Junta de Castilla y León— Aznar fue optando cada vez con más nitidez y más convicción por principios y políticas liberales.

Pues bien, creo que en ese proceso que dirigió José María Aznar para hacer del Partido Popular un partido que defiende y que está impregnado de los valores y de las concepciones políticas liberales, tuvieron un papel muy importante muchos de esos discípulos de Antonio Fontán, que habían aprendido con él a colocar la libertad como el eje inconmovible de su acción política.

Para terminar esta intervención, sólo me queda reiterar públicamente mi agradecimiento más profundo a Antonio Fontán por toda la ayuda que me ha prestado a lo largo de mi vida política. Su ayuda, su apoyo y sus consejos.

Empezaba diciendo que pocas personalidades intelectuales y políticas de los últimos sesenta años de la vida española pueden asemejarse a Antonio Fontán.

Por eso, haber contado siempre con su aliento y con su cercanía ha sido para mí un auténtico privilegio, que me alegra poder agradecer hoy, aquí, entre muchos de sus amigos y de sus discípulos.

Muchas gracias.

Cultura, historia y praxis

NOCIONES MAS USUALES DE CULTURA

La dificultad que de entrada presenta el análisis de la cultura es que es un término polisémico y, además, empleado en distintos contextos y saberes. Hoy se valen básicamente de él la Teoría social (Parsons, Luhmann, Haber- mas…), la Etnología histórica y la Antropología cultural. Entre las numerosas descripciones que se han dado de la cultura es emblemática la de Edward Tylor en Cultura primitiva (1871): «La cultura o civilización es un todo complejo que comprende los saberes, las creencias, el arte, el derecho, la moral, las costumbres y todas las otras capacidades y usos que el hombre adquiere en cuanto miembro de la sociedad». Sin embargo, llama la atención en esta fórmula la imprecisión de conjunto al calificarla de «un todo complejo» y la imprecisión conceptual de cada uno de sus componentes, ya que están enumerados sin criterio clasificatorio.

Pero no nos aclara mucho más el acudir a las corrientes filosóficas modernas y contemporáneas. Se establecen desde luego distintos y antagónicos modos de entender la cultura en el naturalismo de Rousseau, el vitalismo nihilista de Nietzsche, el psicoanálisis de Freud, el marxismo, la filosofía de los valores desde Rickert a Max Scheler, el idealismo simbólico de Humboldt, el neokantismo de Cassirer o la hermenéutica desde Dilthey. Mientras en las cuatro primeras la cultura juega un papel derivado, como signo de decadencia (así es visible en la obra de Freud El malestar de la cultura) o bien como superestructura falaz en el marxismo, en el polo opuesto las cuatro últimas direcciones filosóficas ven en la cultura un signo de humanización y de progreso: así, en Dilthey las culturas son cosmovisiones que se suceden históricamente y que exponen lo peculiar de las Ciencias del espíritu por contraposición a las Ciencias de la naturaleza, o bien en Scheler la cultura es el saber que eleva al hombre hasta el valor supremo de la Persona divina.

Sin embargo y pese a las divergencias, en todos estos casos la noción de cultura está en función de una concepción filosófica englobante, que determina la valoración positiva o negativa que en su caso se hace de ella. A fin de cuentas y a un nivel descriptivo, son conceptuaciones que coinciden todas ellas en fijar la cultura de un modo impreciso y circunscrito, tratándola como una totalidad cerrada, cualquiera que sea el modo como se la explique y la cualificación antropológica, social e histórica que se le otorgue. Pero la cultura es todo menos un todo ya dado como algo concluso.

Si acudimos a la Constitución Conciliar Gaudium et Spes, en ella se afronta la cultura desde unos objetivos antropológicos definidos: «Es propio de la persona humana el no llegar a un nivel verdadera y plenamente humano si no es mediante la cultura, es decir, cultivando los bienes y los valores naturales. Siempre que se trata de la vida humana, naturaleza y cultura se hallan unidas estrechísimamente.

Con la palabra cultura se indica, en sentido general, todo aquello con lo que el hombre afina y desarrolla sus innumerables cualidades corporales y espirituales; procura someter el mismo orbe terrestre con su conocimiento y trabajo; hace más humana la vida social, tanto en la familia como en la sociedad civil, mediante el progreso de las costumbres e instituciones; finalmente, a través del tiempo, expresa y conserva en sus obras grandes experiencias espirituales y aspiraciones para que sirvan de provecho a muchos, e incluso a todo el género humano» (n. 53).

Según el texto conciliar, lo característico de aquellas tareas en las que se reconoce la cultura es formar parte de la naturaleza y desarrollo del hombre, haciéndole posible una vida plenamente humana, hasta el punto de referirse a una «unión estrechísima» entre naturaleza —tanto humana como exterior— y cultura. Aunque parece aludirse preferentemente a las obras culturales mediante las que el hombre lleva a cabo su perfeccionamiento en los distintos órdenes, la cultura comprendería también, correlativamente, el cultivo de las cualidades humanas sólo poseídas de un modo latente o cultura en sentido subjetivo.

¿HERRAMIENTAS CONCEPTUALES ADECUADAS?

Lo anterior nos está urgiendo la pregunta acerca de cuáles son las categorías adecuadas con las que pensar la cultura. A este respecto, la filosofía aristotélica dispone de una noción antropológica básica: tal es el tener corpóreo hexis (e”zi~), categorizado por Aristóteles como el último de los hábitos predicamentales extrínsecos y que hace posible al hombre ir vestido, ir armado o tener puesto un anillo. Es un tener que equivale a la adscripción al ser humano de objetos externos debidos al arte y a la fabricación. A su vez, el verbo griego «ejei» (e“cei) —del que deriva hexis (e”zi~)— no significa sólo tener o poseer, sino también hallarse en un estado que cualifica al que tiene en el sentido indicado. Por ello, a diferencia de los otros accidentes extrínsecos, la hexis (e”zi~) no consiste en una simple medición desde fuera o dimensión. En este sentido, Zubiri ha ampliado notablemente la significación antropológica de la hexis, denominándola habitud.

Por otro lado, Aristóteles relaciona sistemáticamente en el hombre la mano con la inteligencia. Las manos traen consigo, así, la liberación inteligente de las extremidades superiores. Tomás de Aquino ve en la mano el instrumento de los instrumentos, es decir, el medio del que el hombre se vale para operar con los objetos técnicos e instrumentarlos para nuevos usos. A diferencia de los utensilios, idóneos para unos usos predeterminados, la mano es inespecífica, pues la inteligencia le comunica su apertura constitutiva en el orden de lo corpóreo. Se trata de dos aportaciones antropológicas muy significativas para entender en términos esenciales la cultura.

Sin embargo, se detectan asimismo dos limitaciones generales en la mentalidad griega para sentar las bases de una Antropología cultural. En primer lugar, nos encontramos con la noción aristotélica de sustancia como jorismós (cwrismov~), algo separado e incomunicado, que no permite incardinar en el hombre, en su individualidad, la socialidad y la cultura. Todo lo más, se hace derivar la sociabilidad de los individuos de su especie o naturaleza humana. Cuando Aristóteles afirma que el hombre es un animal político, está refiriéndose a su ser específico, que se realiza a su modo en los diferentes individuos humanos. Ahora bien, no es lo mismo decir que el hombre por naturaleza haya de vivir en la polis (como hace Aristóteles) que sostener que la persona sólo puede conformar su personalidad en la coexistencia social y en un ámbito configurado culturalmente. Lo segundo es más que una necesidad natural, tiene que ver más bien con la persona, como sujeto de la naturaleza humana.

El segundo obstáculo en los griegos se halla en la distinción demasiado taxativa entre praxis y poíesis, lo agible y lo factible latinos, que no deja lugar a insertar la cultura como lo que operara la mediación entre ambas dimensiones de la actividad. En la línea aristotélica, se dice que los principios prácticos son de un orden más alto que las reglas de lo factible. Tal como expone Maritain: «Por oposición al obrar, los escolásticos definían el hacer como la acción productora, considerada no ya con relación al uso que al realizarla hacemos de nuestra libertad, sino puramente con relación a la cosa producida o a la obra considerada en sí misma» (Arte y escolástica, p. 12). De acuerdo con esta contraposición, no parece quedar sitio entre el hacer fabril y el obrar interno para lo que L. Polo describe en este contexto como la dualidad del hacer factible, a saber, que «la acción hace haciéndose ella» o también que «lo factible es tanto el medio como el hacerlo» (Antropología trascendental II, p. 250), no limitándose, por tanto, a ser un producto separado de la propia actividad y regido por leyes propias. Esta dualidad sería lo característico de cultura, en su doble vertiente de obra cultural y de logro inmanente al hombre.

Una limitación semejante a la que se muestra entre los griegos en la conceptuación de la cultura se advierte también en relación con el trabajo, en el que se entrecruzan el aspecto operativo inmamente (la praxis) y el carácter transitivo medial (la poíesis o el hacer con resultado externo). En atención a ello el trabajo no tiene rango de fin de suyo, pero tampoco es un mero medio instrumental. Se hace en orden a (en ello reside su carácter medial), pero a la vez con él se perfecciona el hombre (es también praxis). Sin embargo, los griegos no disponen de la herramienta conceptual que ponga en comunicación la praxis con la poíesis para de ese modo poder hacer justicia a la dignidad intrínseca del trabajo.

Siguiendo una sugerencia de L. Polo, la noción tomista de usus activus, como uno de los actos elícitos de la voluntad, requiere ser reemplazada por la praxis voluntaria, pues sólo así podría extenderse hasta los productos culturales, no limitándose a ser una actuación puntual debida a la aplicación de la voluntad a las potencias motoras. El usus latino es, en efecto, la puesta en acción por la voluntad de las potencias operativas, haciendo efectivo a través de ellas el funcionamiento de los medios. En cambio, la praxis voluntaria es la conformación, mediante la imaginación, de la obra externa según las ideas por las que se conduce la voluntad. Lo cual tiene como consecuencia —es lo que aquí importa destacar— que los actos configuradores de las obras externas no sean meramente fabriles, pertinentes reductivamente a la poíesis, sino que también pertenezcan a la intencionalidad de la voluntad, ya que es una intención, la voluntaria, que no se detiene ante el producto, sino que más bien lo atraviesa y penetra.

CULTURA E HISTORIA

No queda delimitado el ámbito de lo cultural si no se lo pone en relación con el pensamiento, por un lado, y con la historia, por el otro lado. La primera cuestión es, pues, si puede ser pensada objetivamente la realidad cultural o, con otras palabras, si las designaciones de objetos culturales como algo en sí o de la cultura como conjunto objetivo son adecuadas. Veremos que al responderla somos remitidos a la segunda cuestión.

La cultura se patentiza ante todo como actividad en el hombre. Es un espejismo verla como algo que desde fuera se impone al hombre en sociedad; más bien sólo es real en los actos humanos motivados. No hay un término último que le viniera dado de antemano y en el cual culminara, sino que como actividad es insaturable. Lo cual motiva que la comprensión cultural no termine en cosas externas ni en objetos pensados, sino que haya de ser arqueológica, en el sentido de que remite a una génesis histórica. No puede darse una operación cognoscitiva conmensurada a la cultura, por cuanto se habría de ver en la necesidad de incorporar el pasado, prosiguiéndolo con la actividad cultural realizada en presente.

La cultura en ninguno de sus momentos tiene garantizada la presencia de un objeto, porque los productos culturales remiten a las acciones productivas pasadas y en el presente son en tanto que se puede actuar productivamente con ellos, en mayor o menor grado según la obra de que se trate (el caso límite es la obra estética, que sólo está vigente en tanto que hay alguien que la contempla). De aquí la definición de cultura propuesta por Leonardo Polo: «conexión histórica de acciones convocadas por el plexo de los medios» (Antropología trascendental II, p. 250) . En esta fórmula quedan aunados en la cultura el carácter subordinado de los medios a las acciones que suscitan y la configuración de conjunto del actuar mediante partes conexas en correspondencia con los medios.

Pero esta conexión entre los productos se traslada a la historia, en tanto que es una conexión forjada históricamente. Es lo que ha destacado Gadamer con su noción de historia efectual o productiva. Tal conexión no es, en efecto, una réplica a las intenciones de los agentes, ni siquiera a sus acciones productivas, sino que está urdida por los productos en tanto que insertos en una dinámica propia. Polo lo expresa diciendo que «el valor direccional de la historia se plasma según su productividad» (Solicitudo rei socialis: una encíclica sobre la situación actual de la humanidad, p. 95). Precisamente la noción de situación, en lo que tiene de inesquivable para la historia, expone lo insuperable en su propio orden de la dinámica productivo-cultural, al no poder ser abarcada como situación en ningún momento por un pensamiento de objetos.

CULTURA Y PRAXIS

Desde aquí nos podemos aproximar más fácilmente a la cuestión de la relación de la cultura con la praxis. ¿Dónde se sitúa? ¿Cómo intersecta la cultura con la praxis? La cultura, como organización de los medios, no es por sí misma apta para dirigir la praxis, ya que los medios son relativos al fin, precisándose, por tanto, las virtudes morales para enlazarlos con él, pues éstas son, según Aristóteles, el camino racional más próximo en la dirección hacia el fin último. Pero la cultura tampoco es un medio externo a la acción, puesto que la configura medialmente. Es por lo que el lenguaje, la tradición, los pattern o los oficios aprendidos, en tanto que componentes de la cultura unos y otros, forman parte de la praxis sin que la establezcan ellos mismos, al estar como tales desasistidos de su fin directriz.

Visto desde otro ángulo: la cultura no puede asumir por sí sola la tarea ética de su personalización por el margen de impersonalidad que contiene, en tanto que recibida por tradición desde los primeros años. Sólo en lo que la moral tiene de situada en el mundo y de adscrita a un legado histórico, se la puede llamar cultura. Es sugerente a este respecto la tesis de Zubiri, que distingue entre actos de la persona y actos personales, en un sentido más amplio que la distinción tradicional entre actos del hombre y actos humanos, ya que en los actos de la persona se incluyen las dimensiones social e histórica, en tanto que no debidas a la participación voluntaria que hay en los actos personales. Según ello, la cultura en cuanto recibida se incardinaría en los actos de la persona, sin ser personales o proyectados personalmente. Y como los productos culturales revierten fuera de la persona, se inscriben en el marco sociohistórico, mientras que la dimensión práctico- moral cualifica personalmente a su agente.

Ocurre, en efecto, que lo social se presenta inicialmente como un haber anónimo y lo histórico tiene por base el carácter prospectivo de la especie biológica o su «ir hacia»: ambas dimensiones, social e histórica, constituyen ciertamente el suelo de la praxis y vehiculan la cultura, pero por sí solas no configuran la personalidad. Baste advertir que en el cuerpo social concurre la persona como el alguien indeterminado o cualquiera, representante de un rol definido, y el acontecer histórico, por su parte, recae sobre la persona en lo que tiene de afectada impersonalmente por los tiempos biológico e histórico: es lo que llamamos su edad.

Al hacerse el hombre a sí mismo en sus actos culturales o productivos, se está reivindicando la prioridad de la praxis como momento intransitivo. Hay un sentido desfigurado de la praxis cuando bajo la influencia del marxismo se la equipara reductivamente a la transformación del mundo y se la contrapone a la teoría como ideología o pseudojustificación retórica de un comportamiento. Pues justamente la praxis es lo que permite entroncar la cultura con la ética. Lo que son fines-efectos en la acción cultural pasan a ser medios en el orden ético encaminados a la plenificación personal.

Pero, además, la conexión entre ética y cultura es sistemática, porque no sólo la cultura en su carácter medial necesita de la ética como normatividad de los fines que sienta la prioridad del hombre sobre sus productos, sino que también —y de modo correlativo— los imperativos éticos y las virtudes morales se plasman en obras culturales. Así, la acción moral de agradecer se acredita en un símbolo que la muestre. Las virtudes en general diversifican sus exigencias de acuerdo con las expresiones físicas y socioculturales en las que hay que realizarlas. Por ejemplo, las formas de vivir la lealtad varían según se trate de una sociedad feudal o de una organización capitalista. Esta relatividad cultural correspondiente de ningún modo significa relativismo moral porque la diferencia cualitativa entre la virtud y su opuesto o el vicio (en el caso aducido la deslealtad) es irrebasable, como ha señalado Charles Taylor. Pero el polo cualitativo positivo de la moral cuenta con su espacio creativo, que es justo lo que viene cubierto por las variaciones culturales.

A MODO DE CONCLUSIÓN

Resumamos el camino recorrido. Ante la indefinición de la cultura por las ciencias sociales y las corrientes filosóficas que se han ocupado de ella, se ha optado por acercarse a ella no como un conjunto objetivo —a lo que aludiría su sustantivación en los términos de «la cultura»—, sino como un aspecto o vertiente de la actividad humana. Para su enclave antropológico se ha revelado apta la categoría ontológica aristotélica del tener corpóreo: el hombre empieza a ser cultural porque su constitución corpórea le permite tener con las manos y modificar así el mundo en torno. La cultura es, pues, una dimensión de la actuación.

Pero a continuación se han encontrado dos limitaciones en el mundo griego para hacerse cargo de lo cultural: la categoría aristotélica de sustancia, que dificulta insertar en la persona de modo constitutivo la relación que abre al horizonte cultural, así como la disyunción entre el hacer productivo y el obrar práctico, en la medida en que no permite conceptuar el lado cultural de la actividad, ya que ésta acoge a ambos de modo dual.

Al poner en relación la cultura con la historia y con la praxis, se han hecho manifiestas nuevas facetas esenciales de la actividad cultural. A diferencia de los objetos detenidos por las operaciones cognoscitivas con las que se con- mensuran, la comprensión cultural se sitúa en una dinámica histórica abierta, que no puede ser abarcada en una operación. La conexión de las acciones que integran la cultura es, pues, histórica. Pero, además, se trata de acciones que están en el plano de los medios, por lo que no se entienden desde sí, sino en relación con los fines prácticos que las dirigen y convocan. Como a su vez los medios con los que se configuran las acciones culturales hacen posible la plasmación efectiva de los fines, resulta que la conexión entre ética, como actividad virtuosa presidida por fines, y cultura es sistemática: tanto la ética se inscribe en un mundo con unas coordenadas culturales cuanto la cultura precisa de los fines morales para poder ejercer en la acción humana.

América Latina 2011: un interesante año electoral

Mientras el mundo desarrollado vive bajo los efectos, todavía perceptibles, de la gran crisis financiera internacional de 2008, buena parte de las regiones emergentes han retomado la senda del crecimiento económico. Este es el caso de los países asiáticos, comenzando por India y China, y también de América Latina. En relación con esta última son muchos los analistas y académicos que han comenzado a hablar de la «década de América Latina».

En efecto, aprovechando el fuerte tirón de la demanda asiática de materias primas (alimentos, minerales e hidrocarburos), las exportaciones latinoamericanas no han dejado de crecer en el último año y medio, retomando la senda del crecimiento abierta a partir de 2002-2003 e interrumpida brevemente tras el colapso de Lehman Brothers. Si bien las tasas de crecimiento regionales no son las mismas que las asiáticas sino algo inferiores, son extremadamente importantes para las economías regionales.

Llegados a este punto habría que señalar que, pese a la bonanza, en el horizonte se perfilan algunos riesgos importantes y que no todos los países crecen de la misma manera. Así, por ejemplo, Venezuela cerró 2010 sumida en la recesión, pese a contar en su subsuelo con importantes reservas de petróleo, su principal, y casi único, en los últimos años, producto de exportación.

Entre los riesgos más perjudiciales para el futuro latinoamericano habría que citar básicamente dos: la inflación y los efectos sobre las economías regionales de la llamada guerra de divisas y, por tanto, de la evolución del tipo de cambio entre las monedas locales y el dólar, que podría terminar afectando negativamente a las exportaciones y, por tanto, a la principal palanca del crecimiento. Respecto a la inflación ésta se está situando en muchos países latinoamericanos por encima del 5 % anual, aunque hay dos países que superan ampliamente al resto. Se trata de Venezuela y Argentina, que en 2010 alcanzaron prácticamente el 30 % de inflación anual. Pero mientras en Venezuela contamos con cifras oficiales, en Argentina se trata de estimaciones privadas, toda vez que las estadísticas oficiales están burdamente manipuladas por agentes gubernamentales y, de momento, no hay ninguna intención de rectificar esta política de falsificación de los resultados.

De acuerdo con las previsiones del Fondo Monetario Internacional (FMI) para 2011, las economías de América Latina y el Caribe podrán seguir creciendo a tasas continuadas durante este año. La institución financiera multilateral ha revisado al alza su previsión de crecimiento para la región en 2011, situándola por encima del 5 %. De entre toda la región destaca América del Sur, que podría alcanzar el 6 % y tan sólo sería superada por Asia emergente, que se espera que crezca por encima del 8 %.

Por el contrario, las perspectivas macroeconómicas para México, los países de América Central y el Caribe son, en general, menos optimistas que las sudamericanas, ya que dependen en mucha menor medida de las exportaciones de productos primarios. Analizando las cosas desde una perspectiva nacional, llama la atención el potencial de crecimiento de algunos países, como Brasil y Argentina (que en 2010 crecieron un 7,5 %) y México (5 %). Hay, sin embargo, otros casos más destacados, como los de Paraguay, Uruguay y Perú que en 2010 superaron el 8 %, y Chile y Colombia que estuvieron en torno al 5 %. Sólo decrecieron Venezuela y Haití. Para 2011 las perspectivas menos favorables se concentran en Venezuela, Ecuador, Bolivia y Nicaragua.

Gracias a este marco de bonanza económica que se vive en la mayor parte de la región, las expectativas políticas latinoamericanas para 2011 se caracterizan por el predominio de la continuidad sobre el cambio o, inclusive, de algunas eventuales rupturas que puedan tener lugar. El peso de la continuidad no implica que en los distintos comicios que tengan lugar a lo largo de este año (tanto elecciones presidenciales como regionales o locales, incluso referendos), las opciones oficialistas deban triunfar necesariamente. Sin embargo los logros económicos pesarán lo suyo y la defensa de la gestión gubernamental se verá enormemente facilitada por los buenos datos proporcionados por la economía.

Es más, en muchos lugares buena parte de los excedentes fiscales serán destinados a políticas públicas claramente clientelísticas que busquen un determinado impacto electoral, especialmente en aquellos países que tienen gobiernos definibles a priori como populistas. Sin embargo, en algunos casos, como ya se está pudiendo observar en Bolivia, la inflación y el aumento en los precios de los productos básicos de consumo está generando algunas protestas importantes que provocan bajadas en los porcentajes de aprobación y popularidad de los presidentes regionales.

Otro tema que incidirá de una forma contundente en la agenda política y electoral de la mayor parte de los países latinoamericanos es el de la seguridad ciudadana. Los altos niveles de violencia en algunos países (Venezuela, El Salvador, Guatemala o México, entre otros), asociados en numerosas ocasiones al narcotráfico y a su combate, preocupan cada vez más a la ciudadanía, como muestran repetidamente, año tras año, los resultados del Latinobarómetro. En Venezuela, por ejemplo, la tasa de homicidios es de 48 por cada 100.000 habitantes, lo que la sitúa muy por encima de la media latinoamericana. Sin embargo, sólo en Caracas la tasa es de 130 homicidios por 100.000 habitantes, 2,5 veces mayor que la tasa nacional venezolana.

Desde una perspectiva electoral no se puede estudiar de forma aislada a 2011, sino que debe integrarse en el intenso periodo de elecciones que tendrá lugar entre 2009 y 2012 en toda América Latina. En todos estos años, la totalidad de los países latinoamericanos, salvo Paraguay, que recién lo hará en 2013, habrán elegido o reelegido a sus gobiernos. Tanto en 2011, como en los años anteriores o inclusive en 2012, cuando se celebren elecciones en Venezuela, una de las preguntas claves en torno a las consultas electorales es la de continuidad o alternancia. Desde esta óptica, la región ha proporcionado resultados para todos los gustos, como la alternancia producida en Chile tras la derrota de la Concertación, la continuidad brasileña con la elección de Dilma Rousseff o la alternancia dentro de la continuidad en Colombia a partir de la presencia de Juan Manuel Santos, visto inicialmente como el delfín de Álvaro Uribe aunque con muchos puntos de ruptura, tanto de estilo como de fondo, con su predecesor.

En 2011 habrá elecciones presidenciales en cinco países de América Latina: Haití, Perú, Guatemala, Argentina y Nicaragua. A esto hay que sumar elecciones regionales y locales, entre las que destacan la elección a gobernador del estado de México, cuyo resultado será crucial para el desenlace de la elección presidencial de julio de 2012. También hay que contemplar una probable consulta popular en Ecuador, que busca reformar el sistema de justicia y algunos artículos de la Constitución recientemente aprobada. Sin embargo, todavía está pendiente la legitimación y aprobación de la legalidad de las diez preguntas planteadas (entre ellas una para abolir las corridas de toros) por parte de la Corte Constitucional.

En los últimos años se han consolidado en América Latina una serie de prácticas políticas, algunas de las cuales inciden directamente en los sistemas electorales. Entre ellas destacan el de la reelección, bien consecutiva o bien alterna, y el de la doble vuelta en las elecciones presidenciales. En lo referente a la reelección, asociada generalmente a la reforma constitucional, Venezuela marca el punto máximo de la tendencia, con la posibilidad de reelegir al presidente en un número indeterminado de oportunidades. Respecto a la segunda vuelta, la idea es dotar de mayor legitimidad a los presidentes electos, aunque esto también provoca importantes desajustes en la relación entre el ejecutivo y el legislativo.

Teóricamente se convoca a una segunda vuelta electoral cuando ninguno de los candidatos presentados obtiene la mayoría absoluta (más del 50 %) de los votos emitidos. Sin embargo esto no siempre es así en los sistemas electorales latinoamericanos, al existir una importante casuística, que varía de país a país, especialmente en lo relativo a las exigencias para ser elegido o no en la primera vuelta.

En las cinco elecciones presidenciales convocadas para 2011 hay un mecanismo aprobado de segunda vuelta. Nicaragua y Argentina son de los países que pone el listón más bajo para evitar la segunda vuelta, de forma que de esta forma se facilita a determinadas opciones políticas (el sandinismo en un caso y el peronismo en el otro) un acceso más fácil al poder. En Nicaragua basta para ganar obtener al menos el 40 % de los votos válidos, salvo aquellos casos que habiendo obtenido un mínimo del 35 % de la votación, supere al siguiente en un 5 % de diferencia con respecto al segundo candidato más votado. De no existir esta cláusula le sería muy complicado a Daniel Ortega ganar en la primera vuelta, y en una segunda lo tendría francamente mal para ser elegido.

En Argentina, el mínimo para ganar es del 45 % o una votación superior al 40 % con una diferencia de al menos un 10 % respecto al segundo. Este sistema le permitió a Cristina Fernández de Kirchner acceder a la presidencia en 2007, en la primera vuelta, con el 45,29 % de los votos. Por el contrario, en Haití, Guatemala o Perú, se exige obtener más del 50 % de los votos válidos para evitar la segunda vuelta. En estos sistemas se prima la política de alianzas más que en los primeros países, especialmente de cara a la segunda vuelta.

En 2011, y dentro de la incertidumbre que rodea a las elecciones programadas, las reflexiones que se efectúen deben tener en cuenta que los comicios de Guatemala, Argentina y Nicaragua se celebrarán en los meses de septiembre, octubre y noviembre, respectivamente. De este modo todavía queda un largo trecho hasta la celebración de los comicios, y la mayor parte de los partidos en liza no han terminado aún de decidir sus candidaturas. Por eso es difícil hacer proyecciones de futuro, ya que la irrupción de nuevos candidatos y la marcha de la coyuntura política todavía pueden provocar bastantes sorpresas en algunos casos, convirtiendo las proyecciones en meras especulaciones.

En el primer semestre de 2011 sólo habrá elecciones presidenciales en Haití y Perú. Haití finalmente celebrará la segunda vuelta el 20 de marzo y en esta oportunidad compiten dos candidatos de la oposición, Mirlande Manigat (la ganadora indiscutida de la primera vuelta) y el cantante de música pop, Michel Martelly. Tras las numerosas denuncias de fraude y la presión ejercida por la Organización de Estados Americanos (OEA), el Consejo Electoral haitiano descalificó a Jude Célestin, el candidato del pre- sidente René Préval, que gracias a las maniobras cometidas había quedado segundo en la primera vuelta.

Las encuestas celebradas hasta ahora en Perú no dan un claro ganador para la primera vuelta que se celebrará en abril próximo, lo que implica necesariamente la convocatoria de una segunda ronda entre los dos candidatos más votados. Sin embargo, a diferencia de lo ocurrido en 2007, cuando ganó Alan García, en esta oportunidad las opciones del candidato nacionalista Ollanta Humala son bastante menores, lo que reduce las posibilidades de un cambio de rumbo radical, que amenazaría el despegue económico que está conociendo el país en los últimos años. De lo que no cabe duda en Perú, sin embargo, es que habrá alternancia, ya que por un lado está prohibida la reelección en dos mandatos consecutivos, aunque no alternos, y, por el otro, el APRA actualmente gobernante finalmente no presenta ningún candidato propio. Las encuestas favorecen al ex presidente Alejandro Toledo, que expresa otra tendencia dominante en la región: la dificultad de los ex presidentes de alejarse de la vida política activa, especialmente si pueden presentarse a la reelección.

De los tres casos restantes, en dos, Argentina y Nicaragua, puede estar en juego la reelección, aunque todavía quedan pendientes numerosos interrogantes. En Argentina la duda gira en torno a la actual presidente, Cristina Fernández de Kirchner, y su decisión de concurrir como candidata a los comicios de octubre próximo. En Nicaragua, la justicia del país debe terminar de dirimir la cuestión de la constitucionalidad o inconstitucionalidad de la reelección de Daniel Ortega. Los precedentes no son demasiado halagüeños dada la forma en que el tema ha sido manejado hasta ahora, con una constante ingerencia del gobierno sandinista en la labor de la justicia.

Guatemala es la primera cita electoral del último cuatrimestre del año. En el país centroamericano no es posible la reelección consecutiva, por lo que el actual presidente, Álvaro Colom, no podrá presentarse. Sin embargo, continuando la estela de lo que ocurre en otros países de la región, donde se ha puesto de moda la política matrimonial, de gran impacto en países como Argentina o Nicaragua, se baraja la posibilidad de que Sandra Torres, la esposa de Colom, pueda presentarse como candidata. De hacerlo ampliará otra tendencia regional en auge.

El comienzo del siglo XXI marcaba desde el punto de vista político y electoral lo que algunos denominaron el «giro a la izquierda» en América Latina. Más allá de las diversidades entre los distintos presidentes electos, lo cierto es que un aire de cambio inundó el continente. Hoy nos encontramos en una situación diferente y más equilibrada entre las distintas opciones, con procesos de alternancia y continuidad, pero sin que ninguna propuesta ni política ni ideológica pueda marcar una tendencia claramente dominante.

Por otro lado, los resultados electorales que se produzcan en 2011 y en los dos próximos años no incidirán únicamente en la política de los respectivos países. También tendrán una indudable lectura regional, especialmente en lo que a la implantación continental del proyecto del ALBA (Alianza bolivariana de los pueblos de nuestra América) se refiere. Tras unos años de continuo crecimiento, el golpe que desplazó del poder a Mel Zelaya en Honduras e impidió su maniobra reeleccionista marcó el inicio del fin de la expansión del proyecto bolivariano. ¿Qué ocurrirá con las elecciones de 2011.

Algo se mueve en el censo electoral

El próximo 22 de mayo más de un millón de inmigrantes tendrán derecho a elegir a los gobernantes municipales. Podrían haber sido tres millones y medio, pero son pocos los inmigrantes que finalmente han llevado a cabo los trámites para inscribirse en el censo. Aun así, se puede decir que la tendencia del voto inmigrante es al alza: si se cumplen las estimaciones, en las próximas elecciones generales más de millón y medio podrían acudir a votar. Son estas unas cifras que apuntan movimientos en el censo electoral que ningún partido con visión de futuro podrá ya ignorar para su desarrollo durante las próximas décadas. ¿Quiénes son? ¿Cómo votan? ¿Cuánto puede influir el voto inmigrante en la elección de quienes finalmente nos gobiernen? El presente artículo describe la situación actual del voto inmigrante y ofrece algunos apuntes para la reflexión que merece este fenómeno.

EL PESO POTENCIAL DEL VOTO INMIGRANTE EN LAS ELECCIONES LOCALES DE MAYO DE 2011

Las del 22 de mayo serán las primeras elecciones locales en las que los inmigrantes podrían tener peso en el censo electoral. Podrán votar los ciudadanos mayores de 18 años procedentes de la Unión Europea (los comunitarios) y de países extracomunitarios que tengan firmados Acuerdos de Reciprocidad con España y lleven residiendo en este país al menos cinco años de manera legal e ininterrumpida (es decir, tengan permiso de residencia de larga duración). Para poder finalmente depositar el voto en las urnas, tanto los inmigrantes comunitarios como los extracomunitarios tenían que haberse censado antes del 15 de enero de 2011 (plazo que posteriormente se extendió al 25 de enero). Los países que han firmado convenio de reciprocidad son Bolivia, Chile, Colombia, Ecuador, Noruega, Nueva Zelanda, Paraguay, Perú, Islandia y Cabo Verde.

La Tabla 1¹ recoge los datos de los potenciales votantes inmigrantes para las próximas elecciones locales. En España hay un total de 2.023.499 inmigrantes comunitarios potenciales votantes y 509.376 extracomunitarios. A estas cifras hay que añadir además el número de inmigrantes que han obtenido la nacionalidad española: en los últimos quince años se han nacionalizado en España en torno a 634.631 inmigrantes. En definitiva, podrían votar en España un total de 3.167.503, más de tres millones, lo que supone un 8,5 % del censo electoral.

El peso medio del voto inmigrante (es decir, el porcentaje que supone del total del censo electoral) varía significativamente por comunidades autónomas. Empezando por el peso menor, el voto inmigrante está por debajo del 5 % del censo electoral en Asturias, Cantabria, Castilla y León, Extremadura, Galicia, País Vasco, Ceuta y Melilla; entre el 5 y el 10 % están Andalucía, Aragón, Castilla-La Mancha, Cataluña, Navarra y La Rioja; pesa más del 10 % en Murcia, Madrid, Comunidad Valenciana y Baleares (que es la comunidad autónoma de mayor peso, con casi el 20%).

Estratégicamente —y siempre hablando en términos potenciales, es decir, sin considerar todavía el número de los que finalmente se han censado— el porcentaje del voto inmigrante es similar y en algunos casos superior a la ventaja que el partido ganador tiene sobre el siguiente. De manera que el comportamiento del voto inmigrante podría ser decisivo. Así, por ejemplo, en Castilla-La Mancha, el porcentaje del voto inmigrante es superior a la ventaja que el PSOE (los votos obtenidos en todos los municipios) tiene sobre el PP (5,21%); lo mismo sucede en Baleares, donde el PSOE aventaja al PP en un 13,72 %. En La Rioja, comunidad en la que el Partido Popular obtiene un 6,8 % más que el PSOE en votos municipales totales, el voto inmigrante, que supone en torno al 8 % del censo, podría reducir esta diferencia. Comunidades como Valencia y Murcia, donde la ventaja del PP sobre el PSOE es de un importante 11,8 % y 22,6 % respectivamente, el voto inmigrante, con un importante peso que supera el 10 %, podría minar (o lo contrario) esa ventaja.

Pero además, si se atiende a municipios específicos, hay varios casos donde el ganador podría depender de la decisión de los inmigrantes. Por tomar dos ejemplos de la Comunidad Autónoma de Madrid, en Leganés, donde el Partido Popular obtuvo la exigua ventaja de 1.000 votos que le impidió vencer a una coalición PSOE-IU, el voto inmigrante (un 7 %) podría inclinar la mayoría a favor del PP o consolidar la coalición socialista gobernante; en Torrejón de Ardoz, el voto inmigrante (en torno al 15 % del censo) puede hacer que el Partido Popular pierda la alcaldía que tiene con sólo un escaño y 1.958 votos de diferencia sobre el Partido Socialista.

EL PESO REAL DEL VOTO INMIGRANTE
¿Cuántos de los votantes potenciales inmigrantes podrán definitivamente acudir a las urnas el próximo 22 de mayo? Son pocos los inmigrantes que se han inscrito en el censo: un total de 465.661 (414.079 comunitarios y 51.582 extracomunitarios). Las provincias donde más se han inscrito son Alicante, Baleares, Barcelona, Madrid y Valencia. De manera que finalmente, el número de inmigrantes censados supondrá un 1,3 % del censo electoral.

Pero si a este bajo porcentaje de inmigrantes censados en España se suma el número de los que se han nacionalizado, la cifra de inmigrantes que podrán votar en las próximas elecciones locales asciende a 1.100.292. Son estos movimientos del censo electoral que cualquier partido con perspectiva de futuro debería considerar en el largo plazo. Por varias razones. La primera, porque el más de medio millón de inmigrantes nacionalizados, por ser ya españoles, podrán votar no sólo en las próximas elecciones locales, sino también en las autonómicas de 2011 como en todas las elecciones de los años venideros. En segundo lugar, por- que los hijos de este medio millón de inmigrantes nacionalizados (diferentes estudios muestran que la mitad de los inmigrantes tiene al menos uno), como españoles que son, se incorporarán al censo cuando cumplan la mayoría de edad. Una pequeña parte ya puede votar en mayo, y cada vez habrá más nuevos votantes con este origen. Son personas cuyas referencias culturales, sociales, idiomáticas y de calidad de vida están siendo influidas por el país de acogida, aun cuando compartan los vínculos emocionales que tienen sus padres con el país de procedencia. Por último, las estimaciones apuntan que en poco tiempo se puede haber nacionalizado un millón más de inmigrantes, es decir, que ya en las próximas elecciones generales de 2012 un millón y medio de inmigrantes podría estar participando en la elección del gobierno nacional. En definitiva, que el futuro electoral español pasará en cierta medida por lo que decidan los inmigrantes que se establecen aquí.

Antes de entrar en algunas consideraciones sobre cómo los inmigrantes juzgan y piensan de la realidad política española, he aquí algunos datos básicos que indican los países de procedencia. Las nacionalidades mayoritarias presentes en España con derecho a voto son, por orden de importancia, Rumanía (que es la primera nacionalidad de las comunitarias, con 831.235), Ecuador (que es la primera nacionalidad de las extracomunitarias, con 399.586), Reino Unido, Colombia, Bolivia, Alemania, Italia, Bulgaria, Portugal, Perú, y Francia (todas éstas están por encima de los 100.000). Aunque no tienen derecho al voto, dos co- munidades migratorias merecen mención, por cuanto son potenciales nacionalizados: Marruecos, con 754.080, es la segunda comunidad migratoria; y China ocupa el pues to 11 con 158.244.

¿HACIA DÓNDE SE MUEVE EL VOTO INMIGRANTE?
Esta última sección trata de ofrecer algunas pinceladas sobre cómo se comporta el voto inmigrante. No se apoya en un estudio específico, ni pretende referir un objeto de análisis concreto; son, más bien, consideraciones que se apoyan en los datos de diferentes estudios sociológicos sobre la población inmigrante en España².

LOS JUICIOS DE LOS INMIGRANTES SOBRE LA SITUACIÓN POLÍTICA ESPAÑOLA
En términos muy generales, se podría decir que el discurso de los inmigrantes sobre la situación política española tiene las siguientes características. Les influyen las vivencias de los países de origen (y así por ejemplo, y de nuevo en términos muy generales, los comunitarios que provienen de países de la extinta Unión Soviética se acercan más al PP que al PSOE; los extracomunitarios de países con larga trayectoria de gobiernos de izquierdas están más en línea con el PSOE; los extracomunitarios suelen estar más a la izquierda en la escala ideológica que los comunitarios; o por ejemplo, quienes provienen de países con altas cotas de corrupción son más sensibles a las informaciones sobre casos de corrupción en España).

Son bipartidistas, es decir, aunque saben de la existencia de otros partidos, los de referencia son el Partido Popular y el Partido Socialista. Procesan poca información local y evalúan las opciones locales transfiriendo la situación nacional. A diferencia del votante español, se informan de la realidad española principalmente a través de la televisión (y no tanto de la radio) y de la prensa gratuita. Finalmente tienen a los españoles del entorno laboral en el que se mueven como fuente y referente de información. Y el juicio de la situación actual está fuertemente marcado por la crisis económica.

«NOSOTROS NO SOMOS EL PROBLEMA»
Los inmigrantes residentes en España ni dramatizan la necesidad de adaptarse a este país ni ven grandes inconvenientes para su integración. Tienen una opinión muy favorable de su país de acogida; algo de fácil explicación pues se tiende a exaltar al país de acogida para compensar el coste psicológico que supone un traslado. Los inmigrantes alaban el estado de bienestar y de desarrollo, el alcance de los derechos y los valores (la libertad, democracia, formalidad, seriedad, respeto a las normas, etc.). Como era de esperar (pues se tiende a dar especial valor a aquello de lo que se carece en el país de procedencia), los inmigrantes realizan valoraciones muy positivas de la cobertura de las necesidades básica: la sanidad (uno de los aspectos mejor valorados), la seguridad, la educación (acceso, gratuidad, becas, expectativas de futuro para los hijos, etc.), los servicios públicos, las ayudas sociales y la prestación por desempleo.

No es el caso entrar en precisiones sobre cuál es la metodología para lograr el mejor indicador de integración, exigible en un estudio científico; aquí sólo se recogerán algunos datos orientativos. La autopercepción que los inmigrantes tienen de su integración es elevada. Se sienten integrados en España y en el municipio en el que viven. Son también elevados los valores que dan a algunos indicadores que diferentes metodologías asocian a la integración: valoran positivamente la relación con los españoles, incluyen españoles en sus entornos cercanos laborales y personales y no tienen conflicto en el sentido de pertenencia (el elevado grado de identificación con su país de origen suele convivir con un elevado grado de identificación con el país de acogida). El tiempo juega a favor de la integración (a más tiempo de residencia mayor es la percepción de integración).

Estos valores sobre la integración se completan con los siguientes datos (de nuevo, en términos generales): los inmigrantes reportan, bajos índices de rechazo, desprecio, desconfianza, agresiones y amenazas verbales o físicas, o indiferencia por parte de los españoles. Consideran, además, que en Europa hay más prejuicios sobre los inmigrantes que en España. Los niveles de asociacionismo o de interés por la situación política no son mucho más bajos que los de los ciudadanos españoles.

En definitiva, se podría concluir que los inmigrantes (siempre en términos generales, y siempre haciendo referencia sólo a las nacionalidades con derecho a voto) ni ven un problema ni se ven como problema en el proceso de integración en la sociedad española.

LOS PROBLEMAS DE LOS INMIGRANTES
La regularización de su situación ha sido el principal problema de los inmigrantes: la obtención de «papeles» es la obtención de derechos. De ahí que las actuaciones de los partidos respecto a esta materia haya sido determinantes en la formulación de sus juicios políticos. Pero a medida que se incrementa el tiempo de residencia en España (y el inmigrante estabiliza su estatus), esta preocupación pasa a estar inserta en un conjunto de necesidades con dinámicas más cercanas a las del ciudadano español.

Actualmente el principal problema de los inmigrantes es el del desempleo y la situación económica española (el trabajo es, con mucho, la principal razón por la que se han decidido a venir a vivir a España). Perciben la crisis en sectores como el de la construcción (con especial presencia de inmigrantes), el ámbito doméstico (donde hay menor oferta de empleadas del hogar por desempleo de uno de los miembros de la familia en que trabajaban); y perciben también una creciente ocupación por parte de españoles de trabajos que en los últimos tiempos eran realizados por inmigrantes. Quienes llevan más tiempo en España constatan pérdida de poder adquisitivo. Ahora bien, se advierte también que hay un no despreciable grupo de inmigrantes para quienes la crisis todavía no está afectando de manera determinante; es decir que un pequeño porcentaje todavía no acusa la pérdida de empleo fruto de la crisis económica.

LOS RETOS PARA LOS PARTIDOS POLÍTICOS
¿Cuáles son los retos que desde estos datos se puede decir que tienen los partidos políticos?

El Partido Popular puede estar siendo objeto de una paradoja. Los inmigrantes ven a los populares como creadores de empleo; buenos gestores de quienes nostálgicamente se recuerda su capacidad de sacar a España de la crisis. Consideran que respetan la propiedad privada (percepción más propia de los comunitarios) y que defienden valores como la autoridad, la seguridad y el cumplimiento de las normas. Pero cabe preguntarse si diferentes gestos han podido tener efecto en contra: es decir, si el Popular es también para los inmigrantes el partido xenófobo, alguien que les quiere expulsar, que les dispara; en fin, alguien que no defiende los intereses de los inmigrantes. La cuestión a plantearse sería si las muy buenas valoraciones que los inmigrantes hacen de los líderes y de la gestión de comunidades autónomas gobernadas por el Partido Popular en materia de inmigración (en algunos casos mejores que las gobernadas por el Partido Socialista) lograrían contrarrestar la imagen de partido antipático que el PP hubiera podido adquirir.

El Partido Socialista puede estar teniendo el problema opuesto. Los inmigrantes le consideran un partido de izquierdas, socialista, más próximo a la clase trabajadora y desfavorecida, y por lo tanto defensor de la igualdad y de las políticas sociales. Es un partido amigo. La regularización llevada a cabo por el gobierno socialista en el año 2005 ha podido tener este efecto. Pero quizá los últimos años le hayan desgastado: los inmigrantes podrían estar atribuyendo a una mala gestión del gobierno nacional la culpa de la crisis económica (y con ello, también la culpa de la pérdida de la garantía del resto de sus derechos). Si fuera así, el PSOE, se enfrenta a una amenaza: la crisis económica podría estar modificando la percepción que los inmigrantes tienen de los problemas y, en consecuencia, la formulación de sus juicios políticos. «Nos disteis papeles —podrían empezar a decir los inmigrantes al gobierno socialista— y ahora no nos dais trabajo». El de este partido sería el problema de una buena etiqueta que empieza a deshacerse por una peor gestión.

De todo esto quizá se concluyera que lo que sucede es que, para con los inmigrantes, al PP le falta sonrisa y al PSOE le empieza a sobrar. Pero lo que parece apuntarse es que PP y PSOE afrontan un mismo problema. Es el reto de mostrar qué es realmente ocuparse del inmigrante: un inmigrante que tiene intención de establecerse en el largo plazo y que, por tanto, ha iniciado unos vínculos duraderos (que perpetuarán sus hijos) con este país; un inmigran- te que se ve y se manifiesta con ganas de incorporarse a esta sociedad. Es por tanto el reto de formular un discurso consistente (común al partido en toda su extensión) para transmitir que se es —si así fuera— capaz de integrar a la población inmigrante en el país, para hacer de ésta una fuerza dinamizadora de la sociedad española. Lo que desde luego parece claro es que el futuro electoral español pasa por el voto inmigrante.

NOTAS
1 El presente artículo no aspira a dar cuenta exhaustiva de unos datos que, por su naturaleza cambiante, resultan difíciles de compilar. Por eso se insiste en el carácter aproximado de las cifras. La tabla se ha elaborado con datos procedentes de diversas fuentes del INE.

2 Tanto el Instituto Nacional de Estadística, como el Ministerio del Interior, las comunidades autónomas y otras entidades de carácter social ofrecen estudios (en varios casos están sistematizados como «barómetros») de la realidad social, política, cultural y económica de la inmigración en España

El oficio de editor

Hace mucho, mucho, mucho tiempo, a finales de 1960—yo tenía entonces 24 años, acababa de casarme con Isabel Blancafort París y, profesionalmente, estaba, ay, en expectativa de destino—, cenando en Madrid con Dionisio Ridruejo en el restaurante Baviera le expuse la idea de un libro que creía que alguien, no sabía todavía quién —pero no él, por razones obvias—, debería escribir; ignoraba, así mismo, quién podría ser su editor, pero en cambio tenía muy claro su posible título, Por qué perdimos la guerra.

Se trataba de explicar, a través de una selección de textos de los vencidos en la contienda civil de 1936-1939, las causas de la derrota de la Segunda República española, de la que me consideraba heredero, como tantas gentes de mi generación, a título de inventario, gracias, aunque sólo en parte —mis amigos y yo nos reclamábamos republicanos de razón, no de placenta previa—, a que el general Franco, en 1947, había tenido la humorada de hacer aprobar por sus Cortes orgánicas una Ley de Sucesión en la que se proclamaba: España, como unidad política, es un Estado católico, social y representativo que, de acuerdo con su tradición, se declara constituido en Reino. Y que, por supuesto, garantizaba el carácter vitalicio de su magistratura al frente de la Jefatura del Estado —de la mano de Franco, dicho sea en passant, los Borbones conseguirían así, en 1975, una vez más, el regreso de su dinastía al trono de España, aunque fuese por la puerta de servicio de la votación espuria de unas Cortes que no pasaban de ser una mera creación gubernativa, según manifestación solemne de don Juan de Borbón, hijo y heredero de don Alfonso XIII y titular de los derechos sucesorios que le fueron arrebatados por su hijo—.

Mi ignorancia, por aquellas fechas, 1960, era un poco menos enciclopédica de lo que es hoy, casi medio siglo después, pero no mucho menos; yo desconocía, por ejemplo, como la mayoría de mis compatriotas, supongo, la existencia de Diego Abad de Santillán y su verdadero nombre—Sinesio García Delgado—; su militancia ácrata y su actuación al frente de la Consejería de Economía de la Generalitat catalana en guerra, y también, sobre todo, que en los primeros días de la revolución desencadenada por los militares golpistas que se habían alzado en armas a pretexto de evitarla, Abad había pronunciado, nada menos que en la sede de la CNT-FAI, las palabras más insólitas por ejemplares, posiblemente, de todo el conflicto incivil y fratricida: No quería la prisión para mí y no la quiero para mis enemigos.

Ignoraba, en fin, que con aquel título —Por qué perdimos la guerra. Una contribución a la historia de la tragedia española, para ser exactos— Abad había publicado en 1940, en su exilio de Buenos Aires, un libro que la censura se había cuidado muy mucho de que en España no estuviese al abasto de ninguno de nosotros —para más inri, en cambio, a partir de 1943, el NO-DO (Noticiarios y Documentales) alardearía de poner el mundo entero al alcance de todos los españoles—.

Dionisio, que también debía desconocer la existencia de Abad de Santillán y de su obra, me dijo de inmediato que el libro debía escribirlo yo, que había reparado en su necesidad, y que parecía tenerlo tan claro que sólo me faltaba redactarlo —y encontrar un editor con el coraje suficiente para embarcarse en la aventura, me permití apostillar—; se ofreció, incluso, con la generosidad que le caracterizaba, para escribir un prólogo si yo lo consideraba conveniente. Le agradecí muy de veras la confianza que· me otorgaba, y su ofrecimiento, y en aquel momento, al razonar mi negativa, resolví de una vez por todas ciertas dudas hasta entonces no resueltas.

Escribir o editar

Un servidor se había iniciado en la escritura a través de las publicaciones universitarias de la época con artículos de todo tipo, y hasta algún poemilla vergonzante del que por fortuna nadie tiene hoy conocimiento; había publicado algún relato en semanarios como Lecturas, entonces no especializado en los asuntos del corazón; había empezado la inevitable novela con que todo joven inexperto aspira a conquistar la gloria y a cambiar el mundo; y a partir de 1955 había sido uno de los críticos literarios de la revista Índice que en Madrid pilotaba Juan Fernández Figueroa.

En 1956 había fundado en Barcelona, con un voluntarismo que excedía mis más que escasos medios económicos, la revista La Jirafa, un intento de apertura intelectual en circunstancias poco propicias, de vida más que accidentada y un lema que en su momento hizo fortuna: Visto desde arriba con los pies abajo. La Jirafa, sin otros recursos que los ingresos, insuficientes, que proporcionaban sus subscriptores, la venta en algunas librerías especializadas y la publicidad mezquina de unas pocas editoriales, feneció de muerte natural en 1959, cuando yo daba mis prime- ros pasos, equivocados, como editor por cuenta propia.

Pero por los días de aquella cena con Dionisio Ridruejo yo tenía claro que debía concentrarme en editar, aunque fuese por cuenta ajena a falta de recursos para seguir haciéndolo por mí mismo; era la salida profesional que se imponía tras haberme casado y dejado atrás los días de vino y rosas de una bohemia, todo hay que decirlo, más que moderada. Pero me quedaba dentro el sentimiento, que no quería cristalizase en resentimiento, por tener que renunciar a escribir en serio, que yo pensaba era el ejercicio que me ayudaría a comprender algunas cosas —muchas de las cuales, las que importan de verdad, al día de hoy, para qué engañarse, con una docena de obras de las que soy autor, sigo sin entender—.

Le argumenté a Dionisio que yo emplearía en escribir el libro —así fuese como antólogo— no menos de año o año y medio; en cambio, si encontraba el correspondiente empresario que entendiese mi proyecto, en idéntico plazo podría publicar no sólo aquella obra sino media docena más, de las que le adelanté algunos títulos cuya necesidad yo venía rumiando desde hacía tiempo; muchos de aquellos proyectos, como un posible Diccionario de la guerra civil española, y cito uno sólo, tuvieron que aguardar a que se cumpliesen las previsiones sucesorias —como púdicamente se aludía al hecho de que, contra todas las previsiones humanas y divinas, el general Franco no era inmortal—, para poder convertirse en realidad.

Una empresa arquitectónica

Aquella noche, por tanto, decidí que renunciaba a escribir para dedicarme a hacer posible que otros lo hicieran; la conversación con un interlocutor tan estimulante como Ridruejo, que actuó como catalizador eficaz, me había permitido ponerme de acuerdo conmigo mismo sobre lo que, de allí en adelante, quería hacer de mi vida profesional: ser un intermediario que acertase al discernir qué libros eran necesarios para entender el mundo en que vivíamos, que no era sino la consecuencia del mundo que habíamos heredado; qué libros podían ser útiles, sobre todo, para entender la historia más reciente de nuestro país —incluidos libros de ficción, pues tenía muy presente lo del espejo paseado a lo largo del camino—, y qué autores eran los idóneos para llevarlos a cabo; un buen editor, un editor activo —el término lo acuñaría luego José Manuel Lara Bosch—, me parecía que no podía resignarse a crear un catálogo según las ofertas que recibiese. Años después Pedro Laín Entralgo lo explicaría de manera convincente en un texto que he citado otras veces:

Como el autor planea y compone libros, el editor planea y compone bibliotecas. Menguado editor el que, sea cual sea su éxito final, no se ha propuesto la empresa arquitectónica de ordenar su producción en colecciones, y éstas en bibliotecas. No hay sociedad, por cultivada que parezca ser o realmente sea, en cuyo suelo no existan o puedan existir yermos intelectuales y literarios, solares susceptibles de acotamientos y edificación. Pues bien: a diferencia del mero fabricante de libros, editor es el hombre que sabe descubrir esos espacios no habitados y levantar en ellos la fábrica más o menos autónoma de una nueva casa para la inteligencia y la imaginación. Que esto es, en esencia, un catálogo editorial bien pensado y compuesto.

Era consciente de que tal vez, de manera provisional, tendría que trabajar para algún fabricante de libros —y he conocido más de uno, haya o no estado a sus órdenes, que han creado un catálogo por puro azar, por simple acumulación de materiales—, pero aunque no me hiciese ilusiones mantenía la ilusión de que, algún día, podría hacerlo para alguna empresa que me permitiese, razonable- mente, elaborar aquel catálogo bien pensado y compuesto a que aludía Laín.

Escribir o conspirar

Poco podía imaginar entonces que años después, en 1972, le encargaría al propio Dionisio Ridruejo un libro titulado provisionalmente La Derecha ante la Segunda República, para la colección que yo dirigía en Ediciones Nauta, Los libros de La Veleta. Serie Documentos, en cuya declaración de principios (1969) se afirmaba: Se trata, en definitiva, de crear una zona de libre acceso, cerrada —única excepción—, para quienes, a la izquierda como a la derecha, o donde quiera que se hallen, preconicen la razón de las ar- mas frente a las razones de las urnas. y en este espíritu de concordia, confiamos, nos acompaña la voluntad mayoritaria de los españoles de hoy y de mañana. Aquella apelación a los comicios para relegar las bayonetas a los cuarteles, formulada en 1969, era voluntarista, lo sé, pero no superflua.

La escritura del libro de Dionisio, por desgracia, se demoró de manera indefinida; alguna vez, exasperado por el retraso, me desahogaba en Madrid con Fernando García Lahiguera o algún otro alevín del grupo político de Ridruejo, la USDE —Unión Social Demócrata Española—, al que yo mismo, a las órdenes de Cesáreo Rodríguez Aguilera en Barcelona, había dado una adhesión puramente testimonial, y para mi asombro se me argumentaba, por ejemplo, que en aquellos momentos estábamos pendientes de algún acuerdo con José María Gil Robles y sus demócrata- cristianos, y que las previsibles críticas que Ridruejo pudiese formular en su libro a la actuación del líder de la CEDA en el pasado podrían dificultarlo.

Yo pensaba, por el contrario, que el juicio crítico de Dionisio sobre la historia reciente de nuestro país, su testimonio impreso —como Escrito en España, publicado en Buenos Aires en 1962—, era mil veces más importante que las acciones políticas concretas que él y sus amigos pudiésemos llevar a cabo, pero Dionisio estaba metido de hoz y coz en la frustrante actividad conspiratoria cotidiana, como si del recobro de las libertades secuestradas por el franquismo dependiese la absolución de la parte de culpa que, en el pasado, había contraído en su pérdida, y no le bastasen las mil penalidades y perrerías sufridas desde 1956 por parte del régimen que él había contribuido a instaurar —detenciones, cárceles, juicios, multas, exilio, prohibición de colaborar en la prensa—. Hasta su querencia seguramente más arraigada, la de poeta, la supeditaba a aquel objetivo, la reconquista de la libertad para sus conciudadanos; en unas declaraciones a la BBC, el 14 de junio de 1975, tres semanas antes de su muerte, explicó: Me interesa poder morir con la conciencia a punto. Con la evidencia de haber obrado con sinceridad, con honradez y con solidaridad. Y si me da usted a elegir entre el destino de un poeta cuyos versos serán repetidos dentro de cinco siglos y el de un ciudadano que ha ayudado a que sus vecinos vivan un poco mejor, elijo, aunque parezca mentira, esta última aspiración.

Pero no se necesitaba ser un lince de la sociología política para intuir que a la muerte de Franco —que por desgracia era la única hipótesis de trabajo seria para enfocar el tiempo nuevo que sucedería de forma inevitable al régimen del general— las fuerzas que se impondrían serían, a la izquierda, las constituidas por los socialistas del exilio y del interior y los comunistas, con su poderosa correa de transmisión, Comisiones Obreras, y a la derecha, el franquismo sociológico —el término se debe a Manuel Cantarero del Castillo—, cuyos eficaces gestores tendrían muy presente sin duda la constatación de Giuseppe Tomassi di Lampedusa, por boca de su criatura de ficción, el príncipe de Salina, de que si querían que todo siguiese igual era necesario que todo cambiase; y, por supuesto, los nacionalismos periféricos de diverso pelaje cuyo peso, entonces, era difícil de prever.

Y a mí me parecía que a Dionisio no se le haría un sitio en el socialismo refundido ni, aunque se le ofreciera, aceptaría un puesto en el franquismo reciclado. Su papel era otro; a su muerte, Juan Benet lo expresaría de manera obligadamente retórica: Si nuestra época conservara un cierto gusto por aquella solemnidad de los antiguos, tal vez se decidiera a escribir sobre su tumba: no yace aquí la esperanza sino quien la despertó.
En cuanto a Gil Robles, y no digamos ya figuras como Joaquín Ruiz-Giménez, que en aquellos años era otro de los interlocutores de la USDE, yo no creía que tuviesen cabida en la democracia tutelada que el sucesor del invicto Caudillo, don Juan Carlos de Borbón, a poco que tuviese dos dedos de frente, otorgaría por real decreto si aspiraba a conservar la silla —ni un zorro viejo de la política como Santiago Carrillo pudo prever que el Rey de los cruzados se acreditaría como el más listo de todos los Borbones españoles desde Felipe V a nuestros días, incluidos sus ilustres antecesores Fernando VII, el Rey felón, y Alfonso XIII, el Rey perjuro—.

Las memorias de Ridruejo: un voto de confianza

Tras mi fichaje por Planeta en 1973 convencí a José Manuel Lara Hernández para que facilitásemos a Ridruejo la devolución a Nauta del parvo anticipo recibido y le con- tratásemos sus memorias para la colección Espejo de España —la fidelidad con que me honraban algunos autores formaba parte de mi capital simbólico¹—; a aquellas alturas me había convencido de que Dionisio no escribiría el libro que le había encargado; las memorias, en cambio, parecían de realización más factible; podía prescindir, casi, del engorroso trabajo de documentación, dictarlas de una tirada y, en definitiva, elaborarlas partiendo de los avances que veían la luz en el semanario Destino y de otros textos dispersos en publicaciones diversas, del interior y del exilio.

Y así se hizo, tras un almuerzo, en agosto de 1974, en el chalet donde Lara veraneaba en Masnou, población cercana a Barcelona —guardo memoria nítida de aquel encuentro: Lara, vehemente y por encima del bien y del mal, convencido de que Ridruejo y su testimonio no abatirían a Franco; la mujer de Lara, María Teresa Bosch, discreta pero crispada frente al discurso antifranquista de Ridruejo; el hijo menor de ambos, Fernando, con menos de 20 años, encerrado en un silencio receloso; la mujer de Dionisio, Gloria de Ros, prodigando sus apostillas que eran más ácidamente antifranquistas que el propio discurso de Dionisio; Isabel y yo, en fin, temerosos de que, a última hora, todo se fuese a pique—.

Ya firmado el contrato Dionisio me explicó que el dinero de Lara, dos millones de pesetas de anticipo a cuenta de sus derechos de autor, le llegaba en un momento especialmente difícil —todos lo habían sido para él, casi sin excepción, desde hacía treinta años, cuando en 1942 fue confinado en Ronda por su falangismo contestatario frente a la deriva cada vez más reaccionaria del Régimen—. Y en su relación con los editores, supongo que sin ninguna excepción hasta entonces, se había dejado ningunear de manera indecorosa: José Vergés, por ejemplo, en un alarde de magnanimidad, le había pagado, para toda la vida, un anticipo de 50.000 pesetas por los dos voluminosos tomos de su Guía de Castilla la Vieja, publicados por Destino antes de su absorción por Planeta.
Dionisio me explicó también que, cuestiones económicas aparte, estaba muy contento de haber contratado sus memorias para una editorial en la que yo me iniciaba como director literario, y me recordó nuestra cena de doce años atrás en Madrid: Rafael, si hubieses seguido mi consejo y te hubieses dedicado a escribir —me dijo con una pizca de afectuosa ironía—, hoy seguirías de pobre y yo no hubiese firmado con el «impetuoso» don José Manuel; lo he hecho por la confianza que me inspira tu presencia en la casa.

El hermano mayor

Pero, para desconsuelo de todos sus amigos, Dionisio Ridruejo murió el 29 de junio de 1975, a los 62 años; el mismo día de su fallecimiento me trasladé a Madrid, en un vuelo nocturno en el que coincidí con Alberto Puig Palau, para asistir a su entierro, a la mañana siguiente, a primera hora. Lo hice a título particular, y pocos días después volví a la capital para garantizarle a Gloria, como director literario de Planeta, que Lara mantenía el cumplimiento de todo lo pactado con respecto a las memorias de Dionisio; encontraríamos una fórmula, no importaba cuál, para que el libro, aunque no fuese lo que se tenía proyectado, no se frustrase del todo. Los papeles de Dionisio, publicados con el título Casi unas memorias y prólogo de Salvador de Madariaga, tuvieron un excelente editor en César Armando Gómez.

El libro abarcaba los aspectos más sobresalientes de su vida privada y de sus actividades de carácter público; desde los testimonios decisivos de la gran crisis ideológica de la posguerra española a los debates y las luchas políticas de los últimos años, la apasionante trayectoria vital de Ridruejo quedaba plasmada en aquellas páginas, que reflejaban un pedazo esencial de la historia del país vista por un hombre singularmente lúcido, sincero e insobornable. Casi unas memorias era un recuento dramático y comprensivo de una vida —íntimamente tramada en la gran historia— que ha sido, es, un símbolo impresionante de la España contemporánea.

Después, en 1978, publiqué Los cuadernos de Rusia, diario de su estancia en el frente del Este como voluntario de la División Azul; era un testimonio no menos impresionante que permanecía inédito —de cuya edición cuidaron Gloria de Ros y César Armando Gómez—, una gavilla de impresiones personales —paisajes, ambientes, estados de ánimo, tipos y anécdotas—, con pasajes reflexivos y a menudo líricos de una gran belleza. La historia vivida se hacía profunda reflexión humana, en la que se mezclaban dramáticamente ilusiones y decepciones; gran literatura, en fin, en uno de los textos más hondos y representativos de su autor, aunque no faltó quien, como Ignacio Sotelo, que profesaba en la Universidad Libre de Berlín y parecía llamado a desempeñar un papel importante en el futuro gobierno del PSOE, me reprochase que tales textos era mejor que no se hiciesen públicos —lo que me pareció una falta de honestidad intelectual para un entendimiento correcto y completo de la evolución ideo- lógica del personaje, que nunca falseó su peripecia biográfica—.

Y en 2006 el profesor Jordi Gracia, que ha dedicado a la figura de Ridruejo tan valiosos estudios, me propuso la edición de su Epistolario inédito. 1933-1975, bajo el título El valor de la disidencia; acepté de inmediato y lo incluí en la colección España Escrita, continuación natural de Espejo de España. Para Jordi Gracia —subscribo sus palabras—, Dionisio Ridruejo es el hombre que mejor encarnó la transición razonada y solvente desde la Falange totalitaria a la socialdemocracia sin dejar de ser poeta, ensayista y gran memorialista hasta el final de su vida.

A Dionisio le había conocido en Barcelona en abril de 1955, en el curso de una cena, en la que me las ingenié para sentarme a su lado, tras la conferencia que pronunció en el todavía Ateneo Barcelonés —hasta después de la muerte de Franco no recuperaría su denominación original, Ateneu Barcelonès—; aquella disertación suya supuso su ruptura pública con el Régimen, que la censura consiguió no trascendiera; en febrero del año siguiente, 1956, se produjo su detención y su consiguiente presentación en sociedad como figura descollante de la oposición antifranquista.

Para mí había sido, desde que yo tenía 19 años y él poco más de 40, el modelo que el joven busca instintivamente para seguirle e imitarle; algo así como el hermano mayor que siempre orienta el despegue rebelde de los adolescentes cuando sienten la necesidad de romper con lo más inmediato e impuesto². Supe desde entonces, 1955, que Dionisio Ridruejo sería un punto de referencia en toda mi andadura futura.

Donde comparece el ingenioso hidalgo Carlos Rojas

En marzo de 1970, diez años después de aquella cena con Dionisio Ridruejo en Madrid en 1960, el proyecto de aquel libro del que le había hablado —Por qué perdimos la guerra— se hizo realidad. Había encontrado al autor idóneo, Carlos Rojas: le interesaba el tema, como había de- mostrado ya, al margen de su importante obra novelesca, con Diálogos para otra España (1966), cuya publicación propicié en Ediciones Ariel —los Diálogos, explicó Rojas, eran un estudio, en el doble plano histórico e intrahistórico, de los escasos, sinceros ensayos de concordia entre las «dos Españas» enfrentadas siempre en irreconciliable enemiga—; pertenecía, por edad (Barcelona, 1928), a quienes no habíamos hecho la guerra, aunque hubiésemos padecido sus consecuencias; estaba, políticamente, por encima de los odios cainitas que nos habían enfrentado, aunque su sentido ético le inclinaba del lado de los vencidos, sin negarse a ver, maniqueamente, la parte de culpa que les pudiese corresponder en la guerra de los desastres; había tratado a bastantes de ellos, personalmente o por carta, en sus frecuentes viajes por la América de habla hispana; y por su residencia durante el curso académico en la Universidad de Emory, Atlanta (EE.UU.) —catedrático de Literatura Española Contemporánea—, tenía acceso a una bibliografía entonces muy difícil de conseguir en España—Internet pertenecía aún al mundo de las hadas, era como la alfombra voladora antes de que se construyesen los primeros aviones—. Con Carlos, en fin, me unía una amistad iniciada en los días fundacionales de La Jirafa (1956), de la que había sido un colaborador constante desde el primero al último de los números publicados, que excedía la relación autor-editor.

Y había encontrado al editor propicio: Nauta, donde yo compaginaba las funciones de director literario, director comercial para librerías y, qué remedio, director de relaciones públicas. El empresario, José Luis Ruiz de Villa, pese a pertenecer a la España de los vencedores, se mostró proclive —la pela es la pela, aunque se sea originario de La Montaña— tras el éxito más que espectacular del primer título de la colección que le propuse, 100 españoles y Dios, de José María Gironella, y cuando contratamos el libro de Carlos, Fraga, autor de la Ley de Prensa e Imprenta de 1966, no había sido aún defenestrado por sus compinches del Opus en el Gobierno, lo que permitía esperar que los rigores de la censura serían sorteables.
Carlos Rojas, que sí sabía, cómo no, de la existencia de Diego Abad de Santillán y de su libro, aceptó mi propuesta: racionalizar la derrota de la República en la guerra civil mediante el testimonio de sus protagonistas, que agrupó en cuatro grandes bloques: los políticos, los militares y hombres de acción, los artistas e intelectuales y los extranjeros. A mí el título Por qué perdimos la guerra me gustaba mucho, me parecía muy expresivo, y respondía muy bien al propósito de su contenido; convencí a Carlos, amigo personal de Abad de Santillán, de que le pidiese permiso para utilizarlo, haciéndolo constar en el prólogo; Abad no puso ninguna pega.

Cerezas enredadas en el mismo cesto

Años después, como a veces la vida es redonda como una naranja, a don Diego lo conocí en Madrid de la mano del historiador Ramón Garriga Alemany, y le organicé en Barcelona, en el Ateneu, una sonada conferencia que Abad no pudo concluir por el boicot de unos jóvenes bastante airados y alguna momia no convenientemente embalsamada, residuos todos ellos de una FAI de recuerdo infausto; en 1977, para rematar la faena, le publiqué sus Memorias. 1897-1936 en la colección Espejo de España; y todavía tengo presentes las lágrimas del entonces ya ex President de la Generalitat, Josep Tarradellas, el día de su entierro: acogido a la caridad municipal —Hogares Mundet—, Abad murió en Barcelona en 1983.

A Ramón Garriga lo había descubierto antes, en 1973, recién vuelto de su exilio argentino; a su paso por Madrid, Ridruejo, que le conocía desde los tiempos de la guerra civil, en la que ambos militaron en la retaguardia del bando opuesto al de Abad de Santillán, le había encarecido, de forma vehemente, que en Barcelona no dejase de conectar conmigo; a partir de ahí me convertí en su editor; y fui yo quien le presentó a Carlos Rojas, amigo de don Diego; también a Carlos le presenté a Dionisio Ridruejo; en esta evocación todos parecemos cerezas enredadas en el mismo cesto.

Un texto previsible

El libro de Carlos Rojas —que bajo el sucesor de Fraga en el ministerio, Alfredo Sánchez Bella, sufrió algún tijeretazo— obtuvo un éxito que ni el autor ni el empresario acababan de creerse, pero que a mí me parecía previsible: era la primera vez que en España podían leerse textos de Manuel Azaña y Dolores Ibárruri, de Ignacio Hidalgo de Cisneros y Enrique Líster, de Arturo Barea y Antonio Machado, o de Mijail Koltsov y André Malraux referidos a la Guerra Civil española —un total de 40 testimonios—.
Años después Rodolfo Martín Villa me explicó que por aquellas fechas, siendo secretario general de la Organización Sindical, se entrevistó en Buenos Aires con su paisano Abad de Santillán, al que le regaló un ejemplar de la antología de Carlos; el viejo ácrata, según Martín Villa, no podía creer que en la España de Franco un libro como aquél circulase libremente. Supongo que el futuro ministro de Relaciones Sindicales en el primer Gobierno de la Monarquía le vendió la moto de manera convincente, sin explicarle, claro está, las mil perrerías con que a diario nos obsequiaba la censura; el posibilismo de las víctimas comportaba en ocasiones la servidumbre de servir de coartada a los verdugos.

De Por qué perdimos la guerra se hizo, para librerías, una primera edición de 20.000 ejemplares (recuérdese, 1970), copiosamente reeditada; aquel mismo año, una edición especial, en dos volúmenes, para Mail Ibérica, empresa de venta por correo; la propia Nauta, en enero de 1971, lanzó una edición, en tapa dura, de semi bolsillo; en 1972, Ediciones Germán Plaza, uno de los sellos de Plaza & Janés, una edición de riguroso bolsillo, y Círculo de Lectores una edición para sus asociados. Y años después (septiembre de 2006) rescaté el libro para la colección España Escrita que dirigí tras mi regreso a Planeta el año anterior; en esta nueva salida el autor incorporó los testimonios sobre el tema que se habían conocido desde hacía tres décadas y pico.

Alguna sugerencia, alguna invitación

Antes y después de aquel libro de Carlos Rojas han sido bastantes los que he editado sugeridos por mí a diversos autores. Antonio Muñoz Molina creo que lo intuyó de manera natural: Habría que averiguar cuántos de los libros más celebrados de las últimas décadas tuvieron en su origen o en algún pasaje de su escritura alguna sugerencia, alguna invitación de Rafael Borràs. Sin abrumar a nadie con elogios ni con expectativas mareantes de celebridad o de ventas, en sus palabras, escritas o habladas, ha habido siempre un tono serio de verdad.

Después de mi salida de Planeta en 1995, José Manuel, según me ha contado él mismo más de una y de dos veces, no dejó, hasta hoy, de ponderar a sus diversos ejecutivos literarios mi condición de editor activo, que no esperaba que le trajesen un libro sino que se lo inventaba, incluido —son sus palabras— algún Premio Planeta. Supongo que con ello, por mucho que se lo agradezca, que se lo agradezco, ha conseguido que quienes han heredado los pedazos de la túnica me detesten cordialmente, lo que entiendo sin mayor esfuerzo.

* Nueva Revista agradece a Rafael Borràs su autorización para publicar este extracto del capítulo segundo de su libro La razón frente al azar. Memorias de un editor, editado por Ediciones Flor de Viento, 2010.





NOTAS
¹Capital simbólico es un término acuñado por Pierre Bourdieu, que remite a cualquier forma de capital (económico, social o cultural) percibido y reconocido por otros actores sociales.

²Dionisio Ridruejo a propósito de José Antonio Primo de Rivera, Escrito en España, pág. 11, Buenos Aires, 1962.

Elegía de la interrupción

El carpetazo en el suelo unas veces, el manotazo en la mesa en otras, trunca una vieja canción sobre el ideal romántico del amor.

—«A modo de una donación intervivos o tal vez…».
—«Mas fui vencido en un instante / por dos miradas galantes / ¡Ay que poco resiste un corazón de hielo / a una flecha de fuego!».
—«¡Como prestación matrimonial!».

Maria Teresa, la Mariscala, decide echar a todos de la antesala de su dormitorio, que se ha llenado en un abrir y cerrar de ojos de camareras, mayordomos, cotillas, cocineros, un cantante de ópera en busca de apadrinamiento y un viejo primo, el barón Ochs, que está a punto de salvar de la ruina su título mediante el casamiento concertado con Sophie, la hija de un nuevo rico que ansía, como sea, la posesión de un título nobiliario.

Hugo von Hofmannsthal, en 1910

Aquella situación reflejaba algo bastante común entre la aristocracia centroeuropea de entonces. La importación de productos agrícolas, merced a los adelantos que se produjeron en los medios de transporte —que permitían enviar mercancías cada vez más lejos a un menor coste— terminó por hacer entrar en bancarrota las pequeñas explotaciones agrícolas de aquellos terratenientes. Sin ingresos suficientes, el simple hecho de heredar, con los impuestos que se pagaban, convertía la muerte del pater familias en una espada de Damocles para el resto de la familia. El título nobiliario se convirtió hacia 1900 en algo paradójico. «Da posición e impide mantenerla», dice Lady Bracknell en La importancia de llamarse Ernesto, de Oscar Wilde. Emparentar con las nuevas fortunas burguesas se convirtió en el afán de los aristócratas de entonces, preparados para la gran transacción que suponía intercambiar la alta alcurnia por dinero. El choque cultural entre esos dos mundos alimentó la literatura de ese periodo, con historias como Alteza Real, de Thomas Mann, una divertida novela sobre el compromiso de un príncipe alemán con una rica heredera norteamericana.

La Mariscala (Anne Schwanewilms) en el Acto I. Foto: Javier del Real

En el fondo, aquel gesto no se podía hacer sin una cierta resistencia al signo de los tiempos, la eclosión definitiva de una nueva clase social, la burguesa, a través de un sistema, el capitalista, que conllevó el surgimiento de las clases medias y la sociedad de consumo. Los primeros grandes almacenes de la historia abrieron sus puertas en las grandes ciudades occidentales en aquellos primeros años del siglo. En el terreno cultural apareció un nuevo arte eminentemente urbano, que se consagró como el gran entretenimiento de esas nuevas clases: el cine.

La mezcla del canto romántico con los tejemanejes de la boda ilustra en Der Rosenkavalier como ningún otro ese momento en que lo material impregna el aura de lo inmaterial, la modernidad invade el tiempo y termina por fragmentarlo, hasta el punto de que nuestro tiempo se caracteriza hoy por un vivir plagado de interrupciones encadenadas. El siglo irrumpe en 1900 de manera tan zafia a como Ochs lo hace en la antecámara de su prima María Teresa cada vez que se representa esta ópera. Esta abrupta entrada termina de yugular la noche de amor que la Mariscala y su joven amante, Octavian, acaban de mantener.

¡Bum!

Hugo von Hoffmannsthal encontró en aquella historia la manera de cambiar el registro impuesto tras su primera colaboración con Strauss. La ópera Elektra constituyó un nuevo aldabonazo en la sensibilidad de la época, en busca de nuevos medios de expresión ante una modernidad que iba cambiando todo cuanto tocaba. «El carácter de nuestra época —escribió en 1905— está regido por la multiplicidad y la indeterminación. Sólo puede apoyarse sobre Das Gleitende (lo resbaladizo)». Un cierto irracionalismo que paradójicamente venía de los cambios de la ciencia, como la aparición de la segunda ley de la termodinámica y la física cuántica de Max Planck. «Todo se ha roto en múltiples pedazos —dice Hoffmannsthal— y estos pedazos han vuelto a romperse en más pedazos, de manera que ya no queda nada susceptible de abarcarse mediante conceptos». Un caos que el arte debía tratar de explicar y contrarrestar.

Der Rosenkavalier no quería ser más que el intento de dos creadores deseosos de probarse a sí mismos y ser capaces de hacer otra gran ópera en un registro situado en las antípodas: la comedia. Pero lo que resulta es una bufonada flanqueada por un gigantesco drama interior, una tragedia que la Mariscala es la única que parece advertirla. Todo el castillo de naipes de su mundo, que parecía hecho de gruesa piedra, en realidad amenazaba ruina en aquella Viena finisecular, atrapada entre una mentira deliciosa y una realidad decepcionante.

«Mi querido Hipólito —dice la Mariscala mientras se mira en un pequeño espejo, justo después de que Ochs guillotinara el romanticismo de aquella canción—, hoy habéis hecho de mí una mujer vieja».

Sophie (Ofelia Sala) y Ochs (Franz Hawlata) en el Acto II. Foto: Javier del Real.

Sophie (Ofelia Sala) y Ochs (Franz Hawlata) en el Acto II. Foto: Javier del Real.

En la imagen que devuelve ese espejo está inspirada la puesta en escena de Herbert Wernicke que estrenó en Salzburgo hace una década y llegó a Madrid el pasado mes de diciembre. Todas las escenas transcurren entre el movimiento y el reflejo de grandes espejos que delimitan la acción de los personajes. Todo el conjunto tiene un gran efecto, pero la iluminación sin matices que se proyecta sobre el escenario le dota de cierto artificio, casi como ese lujo hecho a base de espejos de cualquier hotel con pretensiones. Este gigantesco simbolismo hace que la intensidad emocional se confíe al trabajo actoral de los cantantes.

Joyce di Donato, Ofelia Sala y Franz Hawlata respondieron a esa exigencia, aunque este último la hiciera prevalecer sobre un canto descuidado. No hay duda de que la soprano Anne Schwanewilms es vocalmente una Mariscala de gran altura, pero su frialdad en escena, en medio de un concepto como el de Wernicke, amenazaba con dejar en nada su enorme capacidad canora. Al final, se escurre entre los dedos la interpretación del conflicto interior en el monólogo que inicia tras mirarse en aquel diminuto espejo.

«Cuando veo lo frágiles que son las cosas / tengo la impresión de que / no seremos capaces de retener nada / y de que nada podremos conseguir. / Todo se nos escapa entre los dedos. / Cualquier cosa se esfuma. / Es como si todas las cosas / no fueran sino una nube o un sueño».

Cuando evocamos aquella época, tendemos a circunscribir el punto de inflexión al inicio de la primera guerra mundial. Pero lo cierto es que la nebulosa había empezado a inundarlo todo desde al menos diez años antes. A su estudio ha consagrado el historiador Philipp Blom su último libro, Años de vértigo (Anagrama, 2010), que estudia con perspectiva multidisciplinar el discurrir de aquella década inexacta. Es divertido comprobar cómo Estados Unidos empezó el siglo encontrando a duras penas un hueco en la Exposición Universal de París, y cómo Francia tuvo que compartir a regañadientes su hegemonía mundial con Londres y Berlín. La reacción ante aquellas amenazas se trufó de un proteccionismo político, cultural, en incluso racial, que terminarían catalizando los dos grandes enfrentamientos mundiales. «Alrededor de diciembre de 1910, la naturaleza humana cambió —dijo Virginia Woolf a un grupo de estudiantes de Cambridge en 1923— no fue repentino ni tan claro […] Todas las relaciones humanas cambiaron… las relaciones entre amos y sirvientes, entre maridos y esposas, entre padres e hijos. Y cuando las relaciones humanas cambian, se produce a la vez un cambio en la religión, en el comportamiento, en la política y la literatura».

¡Bum!

El manotazo de Ochs hace saltar el tiempo en pedazos, hasta el punto de que todavía cien años después el hombre moderno porfía por unirlos y dotarles de sentido. Unos golpes que hacen pedazos los árboles en El jardín de los cerezos (1903) de Anton Chéjov y marcan el destino en la Sexta Sinfonía (1906) de Gustav Mahler. Mientras el barón se adapta a las circunstancias y busca en su casamiento con Sophie la pervivencia de la casa Lerchenau, la Mariscala adoptará una actitud eminentemente habsbúrgica, aquella que en 1936 refirió Franz Werfel, para quien el austriaco de entonces «no quería aprovechar el tiempo para ganar dinero, sino ganar dinero para aprovechar el tiempo, porque en el tiempo de vida que se le concedía estaban los únicos bienes de su pobreza: ver, oír, oler, gustar, tocar, pensar y sentir y amar». Esta «concepción precapitalista del dinero», como dice Claudio Magris, terminará por despeñarse en los años en que se estrena Der Rosenkavalier.

Con el bellísimo trío del tercer acto, María Teresa precipitará su propio fracaso, su caída; «adelgazará en todas direcciones», como dirá Kafka de él mismo en aquellos años. Al igual que el Santo Bebedor de Joseph Roth, para evitar la hipertrofia del yo al que aboca la modernidad, terminará huyendo, física y psíquicamente, consciente o inconscientemente, ante el avance inexorable del Streben de Fausto, ese empeño por hacer y producir, que busca casi desde su comienzo un «haber hecho» ya, relegando al individuo a ser un mero principio ejecutor. Ahí, la mirada de la Mariscala de Hofmannsthal y Strauss se encuentra en el trayecto existente entre la Lady Peel de Sir Thomas Lawrence de 1827 y la Judith que pintará Gustav Klimt en 1901.

«El carácter de este nuevo lujo reside en que es banal—decía por aquel tiempo el historiador francés George d’Avenel—. No nos quejemos demasiado, por favor; antes no había nada banal, sólo había miseria. No caigamos en la contradicción infantil, aunque común, consistente en saludar el desarrollo de la industria mientras deploramos los resultados del industrialismo». Un siglo después la perspectiva del tiempo se ha fragmentado aún más. Si luego fue la radio, la televisión y el teléfono, hoy es la inmediatez del correo electrónico y el diálogo virtual de Twitter y Facebook. La imposibilidad de unir todos esos fragmentos obliga a una vida en suspensión fractal.

«Lo que gana seguidores es cultivar la más grande banalidad dentro de una atmósfera familiar», confesaba hace poco en su Twitter un conocido showman de la televisión. Parece como si las nuevas formas de comunicación, de conocimiento, no pudieran dispensarnos más que una forma superficial de hacer frente a la realidad. Un fenómeno que se comprueba con lástima cada día en las aulas universitarias.

«Naturalmente, esto es lo descorazonador para los veteranos ilustrados —escribe con enorme tino el escritor y profesor universitario Rafael Argullol—, quienes, tras los ojos ausentes de sus jóvenes pupilos, advierten la abulia general de la sociedad frente a las antiguas promesas de la sabiduría. Los cachorros se limitan a poner provocativamente en escena lo que les han transmitido sus mayores, y si éstos, arrodillados en el altar del novorriquismo y la codicia, han proclamado que lo importante es la utilidad, y no la verdad, ¿para qué preferir el conocimiento, que es un camino largo y complejo, al utilitarismo de la posesión inmediata? Sería pedir milagros creer que la generación estudiantil actual no estuviera contagiada del clima antiilustrado que domina nuestra época, bien perceptible en los foros públicos, sobre todo los políticos. Ni bien ni verdad ni belleza, las antiguallas ilustradas, sino únicamente uso: la vida es uso de lo que uno tiene a su alrededor».
¡Bum!

La noción de literatura, hoy

Frente a la tremenda proclamación de la muerte de Dios que Nietzsche hizo en 1883, parecerá una bagatela la muerte de la novela, que se viene anunciando desde el anterior final de siglo; la muerte de la tragedia, que dio título a uno de las libros de George Steiner; o la muerte del autor, sentenciada en 1968 por Roland Barthes. Como corolario de tantos decesos y extinciones, el profesor de Princeton Alvin Kernan publicaba en 1990 un libro ampliamente comentado: The Death of Literature.

Hace ya treinta años, cuando los estudios poscoloniales comenzaban su andadura académica, falleció también Marshall McLuhan, un profesor de literatura de la Universidad de Toronto, estudioso, entre otros, de Tennyson, Pope, Coleridge, Poe, Mallarmé, Joyce, Pound o John Dos Passos, que en 1962 publicaba una obra llamada a ejercer una enorme influencia en el pensamiento del último tercio del pasado siglo: La Galaxia Gutenberg. Génesis del Homo Typographicus.

Cuando Marshall McLuhan acuña ese rubro que tanto éxito alcanzaría, consistente en identificar como galaxia Gutenberg el ciclo de la modernidad marcado por la invención de la imprenta de tipos móviles, deja así mismo implícitamente instaurada la definición de las dos galaxias precedentes, la de la oralidad y la del alfabeto. Y posibilita también que su propio nombre sea utilizado para identificar nuestra época contemporánea en lo que se refiere a las tecnologías «eléctricas» de la comunicación, inaugurada a mediados del XIX con la invención pionera del telégrafo al que vendrán a secundar después el teléfono de Graham Bell, el cinematógrafo de Edison y de los Lumière, la radio de De Forest y Marconi, y finalmente la televisión, que ya está lista en el decenio de los treinta pero que deberá aguardar al final de la segunda guerra mundial para su difusión universal.

En los tres decenios que nos separan de su fallecimiento ocurrieron acontecimientos trascendentales para la historia de la Humanidad vista desde la perspectiva que McLuhan hiciera suya. En sus escritos se menciona ya el ordenador como un instrumento más de fijación electrónica de la información, pero lo más interesante para nosotros resulta, sin duda, la impronta profética que en algunos momentos el canadiense manifiesta a este respecto. Unos pocos años más tarde, en una extensa entrevista McLuhan expresa una premonición referida a los ordena- dores que habla de lo que en aquel momento no era más que un sueño y, por lo contrario, hoy es la realidad más determinante de lo que, con Manuel Castells, vamos a denominar la Galaxia Internet, y que otros como Neil Postman prefieren calificar como «the Age of Electronic Communication». Decía McLuhan: «El ordenador mantiene la promesa de engendrar tecnológicamente un estado de entendimiento y unidad universales».

Cuando cumplimos los tres primeros lustros inmersos en la nueva galaxia todavía no podemos dar por superado lo que bien podríamos llamar el «periodo incunable» de la nueva cultura generada por Internet. Mas basta con el tiempo pasado para preguntarnos si se pueden detectar ya o no sus efectos, más o menos evidentes, en la propia condición humana. O en algo menos trascendente pero no carente de interés para nosotros: la pervivencia de la Literatura.

Alvin Kernan, por su parte, justifica cumplidamente cómo y por qué lo que desde el Romanticismo se venía conociendo como literatura está perdiendo sentido, y desapareciendo tanto del mundo social como de las conciencias individuales. Para ello han colaborado tanto elementos endógenos como exógenos, pues Kernan, a estos efectos, considera tan deletéreas para la continuidad de la literatura la televisión como la deconstrucción de Derrida y sus seguidores.

La primera lo es como emblema de una revolución tecnológica con la que McLuhan vaticinó el final de la galaxia Gutenberg, sin que el intelectual canadiense llegase a conocer en su plenitud todas las potencialidades de la era digital. Y la deconstrucción, que ha contaminado espectacularmente el pensamiento literario en las universidades anglosajonas, con su insistencia en postular la vacuidad significativa del lenguaje y los textos ha dejado franco el camino al relativismo literario más radical, a la liquidación del canon, y en definitiva, al descrédito de la literatura que tradicionalmente se había estudiado como una fuente privilegiada de conocimiento enciclopédico y educación estética. Así, en 1988, por caso, la Universidad de Standford decidía arrinconar, por su tufillo elitista, eurocéntrico e imperialista, viejos programas basados en los escritos de los «dead white males», que habían sido hasta entonces el fundamento de la educación liberal norteamericana. Dos scholars de la vieja guardia —ambos apellida- dos Bloom: Allan y Harold— destacan en la denuncia de este Apocalipsis humanístico, con obras tan significativas como The Closing of the American Mind y The Western Canon, respectivamente.

Pero en mi criterio, el quid de la cuestión no descansa tanto en cómo las nuevas galaxias de la tecnología comunicativa van a acabar con el estado de las cosas en nuestro campo de interés, que es el cultural y el literario, sino en qué medida van a alterarlas más profundamente. Yo no creo, por caso, en la tan cacareada muerte del libro, por más que en los próximos lustros la biblioteca digital conviva o incluso llegue a desplazar a la presencial en la preferencia de los usuarios. Y por la misma lógica, frente a la muerte de la literatura me interesan las posibilidades y límites de la llamada ciberliteratura, o mejor todavía en qué medida la literatura de siempre está destinada a metamorfosearse por mor de la era digital, hasta convertirse, incluso, en una especia de posliteratura.

Alvin Kernan entendía la literatura, en el ya citado libro sobre su muerte, en un sentido amplio, fácilmente justificable desde la Historia de nuestra civilización. Para Kernan, los grandes libros constituyen el sistema literario de la cultura impresa, y en gran medida su poder institucional ha descansado en la fuerza del soporte mecánico que Gutenberg puso al servicio de otra revolución igualmentemente tecnológica y no menos importante, la de la escritura alfabética descubierta por los sumerios tres o cuatro milenios antes de Cristo.

Parece lógico que de un tiempo a esta parte se haya convertido en una preocupación para intelectuales, humanistas, estudiosos y creadores el futuro de la literatura, entendida tanto en su acepción más general —el conjunto de los saberes transmitidos a través de la letra impresa— como en la variante relativamente reciente que la identifica con los textos de concepción y funcionalidad estética, planteamiento que Florence Dupont ha puesto en muy oportuna conexión con la oralidad y la escritura en otro libro, L’invention de la littérature (traducido al español en editorial Debate, Madrid, 2001), de indudable interés para el asunto que nos ocupa.

Otro libro de hace tan sólo unos años, representativo de lo que nos está pasando, es el de Janet Murria, Hamlet en la holocubierta. El fundamento lúdico del arte, de la literatura, de la ficción y la «voluntaria suspensión del descreimiento», explícito tanto en Schiller como en Coleridge y atribuido a la condición humana más genuina por Huizinga, avala la apasionada defensa de que estamos asistiendo a la «época incunable de la narrativa digital», cuya estética se fundamenta en los placeres proporcionados por «historias participativas que ofrezcan una inmersión más completa, actuación satisfactoria y una participación más sostenida en un mundo caleidoscópico». Con ello se consolidará un nuevo género, el ciberdrama, que no será la transformación de algo ya existente sino una reinvención del propio arte narrativo para el nuevo medio digital.

La pregunta clave es si será posible un ciberdrama que evolucione desde la mera órbita del entretenimiento placentero hasta el universo eminente del arte. Para Murray, sólo será cuestión de tiempo. Analiza también el papel del ciberautor o ciberbardo, que no será ya el emisor de un cibertexto lineal, susceptible de variaciones hermenéuticas por parte de sus lectores, sino poco más que el creador de unos fundamentos esquemáticos y unas reglas para que, sobre ellas, los usuarios elaboren sus propios desarrollos. La actuación primará, pues, sobre la autoría, y estas nuevas manifestaciones carecerán de la fijación, estabilidad, perpetuación en el tiempo e intersubjetividad que hoy caracterizan a la literatura propiamente dicha.

Oralidad, escritura, imprenta. Estamos inmersos ahora en una nueva revolución, la electrónica y telemática de las autopistas de la información y las plataformas digitales, que el autor de La Galaxia Gutenberg no pudo vislumbrar, ni alcanzó a vivir, pues se ha desatado a un ritmo frenético precisamente en los dos decenios largos que siguieron a su muerte, sobrevenida el mismo año en que comenzaba la historia de los pecés, los ordenadores personales. Paradójicamente, todo ello ha representado una recuperación de la escritura y de su demanda de visualidad, que eran las grandes sacrificadas en el retorno eléctrico ante la oralidad tribal jaleada por McLuhan. Porque la secuencia de galaxias, como hemos comentado ya, no representa compartimentos estancos y tránsitos irreversibles. No es de extrañar, así pues, que Ted Nelson, uno de los gurús del hipertexto, llame a los ordenadores «máquinas literarias».

Cabe pensar, por lo tanto, que si a lo largo de todo este recorrido milenario se han consagrado compatibilidades antes que exclusiones, que si la escritura no arrumbó con la oralidad, ni la imprenta con el manuscrito, el ciberespacio será capaz de integrar todos los procedimientos y recursos que los seres humanos han ido desarrollando a lo largo del tiempo para comunicarse intersubjetivamente, y para transmitir, en condiciones de fiabililidad y operatividad, el acervo de su conocimiento y de su productividad cultural, dimensión en la que lo que denominamos Literatura sigue representando un tronco indeclinable.

Hoy se puede decir que el libro impreso goza de muy buena salud. Nunca en toda la historia se han escrito, impreso, distribuido, vendido, plagiado, explicado, criticado y leído tantos, sin que por momento se perciba ningún síntoma de desaceleración en las estadísticas. Y una parte considerable de ellos pertenecen al ámbito de lo que seguimos denominando Literatura.

Pero como bien suelen advertirnos los teóricos y analistas de las planificaciones estratégicas, un rasgo considerado como fortaleza en el diagnóstico de una determinada situación corporativa o institucional puede representar a la vez, por paradójico que ello parezca, una amenaza. Y en este sentido lo es el abigarramiento de lo que el poeta, ingeniero y ensayista mexicano Gabriel Zaid llama «los demasiados libros», causantes de que, al publicarse uno cada medio minuto, las personas cultas lejos de ser cada vez más cultas lo seamos menos por haber mayor diferencia entre lo que leemos y lo que podríamos leer. Según él, «el problema del libro no está en los millones de pobres que apenas saben leer y escribir, sino en los millones de universitarios que no quieren leer, sino escribir», y propone que el welfare state, el Estado del bienestar debería instituir un servicio de gheishas literarias encargadas de leer, elogiar y consolar a esa legión de escritores frustrados por falta de público.

Estamos ahítos, inundados de información. Tanto es así que una manera de definir Tecnópolis es decir que es lo que le sucede a una sociedad cuando se han venido abajo sus defensas contra el exceso de información.

Tradicionalmente, los tribunales, la escuela y la familia eran instituciones para el control de la información. Y por lo que respecta a la Literatura, el canon tan denostado de un tiempo a esta parte era, con el soporte fundamentalmente académico, un eficaz medio de poner orden y concierto en la selva de la proliferación literaria. Y como medio técnico para lo mismo, Postman destaca «la pericia del experto».

Julien Gracq, en su panfleto La littérature à l’estomac, advertía ya en 1950 de algo que no ha hecho sino incrementarse en los últimos sesenta años: lo que él califica de «el drama del libro anual» para no prescribir, pues «al escritor francés le parece que él existe no tanto porque lo lean cuanto porque “hablen de él”».

Si sumamos los resultados de la actividad pre, sub, para o posliteraria de escribidores como los que Julien Gracq desenmascara y la que también pueden ejercer aquellos otros que, como denunciaba esta vez Gabriel Zaid, escriben sin haber leído nunca, nos sobreviene la avalancha de una que, remedando la famosa expresión de Gianni Vattimo referida al pensamiento, bien podríamos denominar «letterature debole». Es lo que yo prefiero calificar de posliteratura. Muchos prolijos best sellers como los de Stieg Larsson se caracterizan por una paradójica desliteraturización de la literatura. Por su no-estilo, como si una prosa con autoconciencia de sus virtualidades poéticas pudiese convertirse en la gran enemiga de lo que se pretende contar.

En cuanto a la destrucción del canon, una de cuyas manifestaciones más deletéreas es precisamente la actitud de quienes escriben sin haber leído nada, Harold Bloom, como es bien sabido, construye sobre la lectura
—que para él es siempre un misreading cuando va seguida de la escritura de una nueva obra— toda su teoría literaria, fundamentada en el canon de los libros eminentes que en la Historia han sido y siguen siendo. Su escepticismo al respecto de esta pervivencia entre las nuevas generaciones lo sitúa muy cerca de otros apocalípticos. Abrumado por la proliferación de nuevas tecnologías para llenar el ocio, se siente rodeado por los negadores del canon, entre los cuales reconoce incluso a varios de sus discípulos de Yale, muy activos en «la trama académico-periodística […] que desea derrocar el canon con el fin de promover sus supuestos (e inexistentes) programas de cambio social».

Lleva toda la razón Harold Bloom en otra de sus convicciones menos pugnaces: la de que no puede haber escritura vigorosa y creativa sin el proceso de influencia literaria, «un proceso fastidioso de sufrir y difícil de comprender», porque los grandes escritores no eligen a sus precursores, sino que son elegidos por ellos.

Frente a quienes sostienen que el canon —un concepto religioso en su origen— se ha convertido en una elección entre textos que compiten para pervivir realizada por grupos sociales, instituciones educativas o tradiciones críticas, Bloom insiste en que la clave está en las decisiones tomadas a este respecto por autores de aparición posterior que se sienten elegidos por figuras anteriores concretas. En contra de los partidarios de la idea de que los valores estéticos dependen también de la lucha de clases, Bloom porfía en que el yo individual es el único método y el único baremo para percibir el valor estético, y teme, en definitiva, que estemos destruyendo todos los criterios intelectuales y estéticos de las humanidades en nombre de la justicia social.

Me quedaré, no obstante, con otra idea suya que me parece de mayor interés. En vez de lucha de clases, Bloom habla de una «lucha de textos» de la que emana el valor literario. Debate que se produce entre los propios textos entre ellos, en el lector, en el lenguaje, en las discusiones dentro de la sociedad. Pero también, y no con menos trascendencia, en el aula.
Cuenta Michel Tournier, en un libro delicioso titulado Lectures vertes, que el padre de Marcel Pagnol, que era maestro, solía decir: «¡Menudo escritor es Anatole France! De cada una de sus páginas se puede extraer un dictado».
Poesía, novela, teatro y ensayo, al tiempo que nos revelan el sentido genuino de lo que somos y de lo que nos rodea, actúan como instrumentos insuperables para la educación de nuestra sensibilidad y para la más correcta formación de nuestro intelecto. En las páginas de la verdadera literatura está, además, la llave insustituible para lograr la competencia cabal en el uso de esa facultad prodigiosa de los seres humanos que es el lenguaje, y para producirnos convenientemente como ciudadanos en el seno de la sociedad.

Me considero un maestro más. Pero no por deformación profesional o por interés de gremio, sino por mera ciudadanía considero que la educación es el fundamento de los mejores logros de la sociedad y el instrumento in- sustituible para la buena gobernanza de la república. Las nuevas galaxias de la información y la comunicación precisan también de nuevas pautas pedagógicas, algunas de las cuales, por otra parte, tienen que ver con una educación para la nueva tecnología. Ese es el gran reto para las generaciones de los que no fueron —no fuimos— «niños digitales», porque tal posibilidad era utópica cuando eran chicos, y hoy escribimos, enseñamos, investigamos o nos gobiernan. Pero tanto para ellos como para nosotros, la existencia de un canon literario representa toda una garantía de buen tino (algunos dirían «de calidad») y de aprovechamiento del tiempo. Ars longa, vita brevis. En fuga irrevocable huye la hora, nos decía un poeta canónico donde los haya, pero aquélla el mejor cálculo cuenta / que en la lección y estudios nos mejora.

Lo que está en juego, a la vista de todas estas circunstancias, es algo fundamental: la pervivencia de la literatura como lenguaje más allá de las restricciones del espacio y el calendario; como la palabra esencial en el tiempo que conjuraba el poeta Antonio Machado. Esta dimensión de perpetuidad era inherente a lo literario porque conforma la propia textura del discurso, su literariedad, al programarlo, condensarlo y trabarlo como un mensaje intangible, enunciado fuera de situación pero abierto a que cualquier lector en cualquier época proyecte sobre el texto la suya propia y lo asuma como revelación de su propio yo. En vez de palabra esencial en el tiempo, ahora ¿palabra banal al momento?

Una escritura concebida desde la aceptación de su caducidad por parte de su creador, toda escritura «fungible» dejaría, así, inmediatamente de ser literaria, para convertirse en algo completamente diferente, en pasto de una cultura del ocio servida por una poderosa máquina industrial.