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Ver productosMe gustaría dedicar mis primeras palabras a glosar la figura de don Antonio Fontán, al maestro, al amigo, a la referencia paradigmática e inexcusable del liberalismo político español en gran parte de la segunda mitad del siglo XX. La influencia de don Antonio, ha sido muy relevante, tanto en la vida pública de nuestro país, en el ámbito de las ideas y los grupos liberales y, muy especialmente, entre los que un día fuimos jóvenes y continuamos siendo liberales. Recibimos a través de largas y lúcidas conversaciones y del impulso a la participación activa y temprana en la acción política lecciones inolvidables y privilegiadas que tanto nos han ayudado en la política y en la vida.
Se dio a todos y a cada uno. Dispensó a personas como nosotros que tuvimos la inmensa fortuna de conocerle una amistad profunda, sincera, sin dobleces. Mantuvo siempre su nobleza de espíritu forjada a lo largo de una vida ejemplar y sostenida, tanto por su lealtad irrevocable a España como por sus imprescriptibles convicciones morales y religiosas que le otorgaron la Fe necesaria para mantener siempre, contra el viento y la marea, la Esperanza.
La conciencia política de Fontán surgió siendo éste muy joven (a los 26 años ya era catedrático de Filología Latina en Granada). El sentido del deber, tan arraigado en el carácter de Fontán, la hondura de su sentimiento nacional, de su leal amor a España y una inquietud constante, re- flexiva e intelectual, sobre la situación y el futuro de España son algunos de los elementos constitutivos de su patriotismo, indisociable a su persona y la razón última de sus inagotables e incasables acciones políticas. España era en los años cuarenta una nación enclaustrada en la dictadura de Franco, silenciosa, atrasada, dividida, aislada, sin horizontes, y un futuro que se intuía sólo condicionado por la evolución del régimen. Sin duda esta situación le conmocionó y agitó su conciencia política y nacional. El patriotismo de Fontán, así pues, tiene su raíz en la responsabilidad moral.
Es evidente que el despertar político de Fontán no estuvo motivado por el apetito de poder, ni por el éxito social, sino por el afán de que España recuperase su dignidad política. Habitó siempre en él un profundo sentido religioso de la vida, una ética cristiana, un espíritu donde la dignidad de los seres humanos es esencial. Donde el hombre libre es el centro de la actividad humana (antropocentrismo), y ese fue el eje de su humanismo liberal. Baltasar Gracián nos dice: «¿Qué importa que el entendimiento se adelante, si el corazón se queda?»; en don Antonio nunca se produjo esta escisión. No sólo por su conocimiento de la Antigüedad clásica, sino por su fe en el hombre, en el marco de la sociedad y la cultura a la que pertenece. En la acción humana de Fontán siempre hubo una profunda espiritualidad.
Entre las muchas virtudes de Fontán la lealtad ha sido una constante en su vida. Lealtad a sus más profundas convicciones, a sus ideas, a España, a la institución monárquica, a su familia y a sus amigos. Fontán poseía muchas de las virtudes romanas, diversidad de dones en un mismo espíritu. Desde su generosidad personal y desde el ejercicio de la libertad y de la humanidad practicó la tolerancia. También la buena fe, el cumplimiento de la palabra dada, el respeto a los valores religiosos, al legado moral de sus ancestros, la auctoritas, la dignidad, la prudencia, la templanza, la discreción, la independencia y la gravitas o un sentido de la importancia de los asuntos, que conllevaba responsabilidad, seriedad, determinación y la exigencia permanente de aplomo y serenidad. Fontán dijo en algún momento cuando dirigía medios de comunicación que estaba allí para «dar cumplimiento al sentido del deber, de defender y practicar la libertad de prensa y de expresión». Es la primacía de la opción patriótica sobre la personal.
Fontán, ante todo, era un hombre bueno y honrado, de una irreprochable pulcritud moral en sus comportamientos y acciones, sin tacha alguna en su fecunda y larga experiencia. Dejó constancia de que el ejercicio de la bondad no es incompatible con la actividad política sino más bien la dignifica y fertiliza. Decía Thomas Jefferson que «la honestidad es el primer capítulo del libro de la sabiduría».
La libertad implica una clara opción por el bien, porque cada hombre es responsable de sus actos, es moralmente imputable, asumiendo cada uno el coste de sus decisiones. La libertad está en la esencia de la condición humana. En el interior de las personas. De esa libertad interior de contenido eminentemente ético, desde su libre determinación, desde el libre albedrío, Fontán elige su camino, es la libre decisión de un hombre decente, dotado de una gran integridad moral.
La libertad en España, es decir, las libertades cívicas y las personales, las más vinculadas a los derechos humanos, estaban en España en esos años, o prohibidas o amputadas, por lo tanto son las circunstancias históricas, las derivadas de la situación que vive su país y del régimen imperante las que condicionan su margen de actuación. Nunca viene mal recordar que los derechos a la vida, a la integridad personal, a la libertad individual, a la libertad de circulación y asociación, a la libertad de pensamiento, a la libertad religiosa, a la libertad de prensa, etc., no gozaban de las garantías del ordenamiento jurídico.
Dentro de este restrictivo marco Fontán ejerció la libertad positiva, siguiendo la nomenclatura de Berlin manifestada en la capacidad y la voluntad de hacer algo en aquellas circunstancias; de acuerdo con los valores universales, de la Verdad y del Bien, con el dictado de la razón, de sus convicciones profundas y de un entusiasmo limpio, inocente e infatigable.
Parecen oportunas y aplicables las palabras de Hannah Arendt: «Nobleza, dignidad, constancia y cierto risueño coraje. Todo lo que constituye la grandeza sigue siendo esencialmente lo mismo a través de los siglos».
No es fácil encontrar (aunque hubo también en esa etapa gente muy admirable, entre otros el cardenal Herrera-Oria o Ridruejo) una persona tan multidisciplinar, o como dijo un amigo suyo, «poliédrico, pero sin esquinas», que con tan buen sentido, con tanta generosidad y con tan incansable insistencia haya luchado, en tantos frentes, por la causa de la democracia y la libertad en España, como nuestro amigo. Tuvo reveses conocidos, honrados y fértiles fracasos, como el cierre del diario Madrid, pero nadie consiguió restarle un ápice de su fe, ni de la energía necesaria para continuar persiguiendo los objetivos que se había trazado en beneficio de España. Siempre con fair-play, como si de un deportista de élite se tratase, sin rastro de hiel, con un permanente «cuanto mejor vaya España, mejor».
Consiguientemente se empleó a fondo por lo que se podía hacer en ese momento: más y mejor opinión pública, en estimular el debate, en reunir a personas comprometidas con el futuro de España, en apoyar a la Corona en el exilio, en reforzar y prestigiar a la universidad, en fortalecer los cimientos de la opción democrática para España y en ir tejiendo las redes de personas y contactos para constituir, en su día, un partido liberal.
Toda su actividad, ejercida de forma sutil, como obligaban las circunstancias, estaba orientada a la política. Por lo tanto el compromiso político de Fontán viene de muy lejos, desde el día que decidió ejercer su libertad personal en un determinado sentido.
Así, un año antes de ser catedrático de Filología (1949), ya empezó a colaborar con la revista Arbor —proyecto de Calvo Serer— que buscaba una renovación de las relaciones entre el catolicismo y la modernidad y trabajaba también en aquellos aspectos relacionados con la ciencia e investigación que podrían ser útiles para el progreso de España y la promoción social en un país depauperado. Pero es en el año 51 donde se ve con mayor claridad, las intenciones de Fontán, las de trabajar en el campo de formación de la opinión pública, de empezar a construir una moral pública y cívica nacional, de trabajar a España en sus aceros, involucrando en el proyecto a universitarios, periodistas y profesionales. Con 28 años se convierte en editor de la Actualidad Española y posteriormente, en 1954, en Nuestro Tiempo de corte más intelectual, quizás un preludio de la Nueva Revista donde ya Fontán habla de los valores históricos de la Nación Española, del patrimonio secular recibido por los españoles, del que somos responsables no sólo de conservarlo, sino de acrecentarlo. Insistía Fontán en la capacidad de la nación para sintetizar las diferencias irreconciliables, citando a la tradición asimiladora romana, como ejemplo de incorporación cultural. Insistía en la vinculación más que milenaria de las gentes de España, que se hacía presente en las letras, la cultura, en la idiosincrasia de las distintas generaciones del pueblo español, como también la historia de su Estado.
Fontán valoraba de Ortega, muy especialmente, su capacidad para centrar, como dirían los clásicos, «las realidades permanentes», y esto se ve también en Fontán, por ejemplo en su actitud de permanente reflexión sobre la unidad de España y su diversidad, una relación fecunda de pulsiones centrifugas y centrípetas, de unidad y diversidad, de periferia y de centro.
Ese mismo año se va a Pamplona con el encargo de organizar la Escuela de Periodismo. Desde ese terreno trabajó sin descanso por la España consciente, es decir, aquella en que los ciudadanos tienen conciencia de sus problemas y se enfrentan con la realidad. Cada uno debe asumir la responsabilidad que le corresponde. Como en Grecia, donde los hombres eran protagonistas y responsa- bles de la polis en que les había tocado vivir. Con Aristóteles la política estaba en el dominio de la ciencia moral porque tiene que ver con los fines últimos del actuar humano. Es la más alta opción moral de nuestras vidas. No reprochaba a las personas de su generación la pasividad política puesto que gracias a su esfuerzo, su capacidad y su dedicación al trabajo convirtieron las estructuras de España en las de un país moderno. Se estaba consiguiendo el objetivo de que España tuviera una clase media y una sociedad civil. España se estaba preparando para el futuro sobre una base firme. La sociedad, en su conjunto, estaba despertando.
En ese sentido me ha llamado la atención poderosa- mente el artículo que en la Navidad de 1967, en el diario Madrid, escribió Fontán titulado «No debe asustarnos el futuro». Decía Fontán: «La libre y abierta discusión, la búsqueda de la verdad y del bien por todos los caminos, el derecho a equivocarse y el derecho natural a disentir sin más limite que el respecto a las libertades personales de los otros, son la base moral de una sociedad moderna».
«Los hombres de buena voluntad, a quienes se promete la paz, son los hombres de buena fe que libremente buscan encontrándolo o no, lo que le dicta a cada uno la intimidad de su conciencia». «Por eso en esta Navidad a todos los hombres de buena voluntad, a los que nos siguen y a los que nos combaten, a los que nos prestan atención y a los que nos ignoran, a los que nos entienden y a los que nos interpretan mal, les deseamos felicidad». «El quehacer nacional, en las condiciones históricas de la España de hoy es esencialmente el trabajo y reclama el esfuerzo individual y colectivo de todo el pueblo».
Fontán aparece en este texto, después de veinte años de compromiso cívico con una actitud patriótica, libre, conciliadora, con la voluntad de siempre de unir («necesitamos el esfuerzo individual y colectivo de todos»), de construir («el quehacer nacional es el trabajo de todos»), la tolerancia («a los que nos siguen y a los que nos combaten»), la buena fe («actuar desde la intimidad de la conciencia») y también el discurso de la libertad («la libre y abierta discusión como base para resolver los problemas nacionales»). Ni insultos, ni descalificaciones gratuitas, ni quejas, sino altura moral, responsabilidad y firmeza en los objetivos políticos.
Su forma de hacer y de decidir era muy abierta, se lo permitía su auctoritas, escuchaba y estimulaba la opinión de los demás sin prejuicios, alentó siempre el debate, el respeto a los demás, supo generar un clima de confianza, de diálogo, de naturalidad, de amistad, de fraternidad, de unidad, de optimismo y de compromiso con todos y dio una lección permanente de lo que es la voluntad vital de servicio y la voluntad de concordia.
Seguía en un cierto sentido el método popperiano, del debate permanente, de una crítica racional fundada y participativa, de aproximación certera a los problemas, de una búsqueda razonable de soluciones, de eliminación paulatina de las posibilidades y alternativas, de soluciones siempre pendientes de comprobar con la realidad y la experiencia. Como en Popper, esto conduce a la visión reformista de la sociedad, a la apuesta decidida por los cambios graduales sin alterar bruscamente la organización social. El reformismo es también una aspiración moral. La transición fue un ejemplo de ello, como veremos más adelante.
Desde el punto de vista político, las ideas y objetivos que presidieron la vida política de Fontán fueron: la reconciliación nacional, requisito imprescindible para una democracia sólida y creíble, el restablecimiento de las libertades en el marco de una Monarquía Parlamentaria como forma de Estado, y la modernización de España. Ya en 1966, en una conferencia en la Universidad de Toulouse, tuvo ocasión de manifestar que sus esperanzas políticas estaban centradas en el restablecimiento de la Monarquía, en la recuperación de la legitimidad dinástica y que luego ya encarnada en don Juan Carlos I fue el motor del cambio democrático. Sobre estas bases había que edificar el Estado Moderno.
Los valores en los que se han fundamentado el compromiso político de Fontán han sido la cultura cristiana, el patriotismo español y el liberalismo político, los cuales han sido elementos básicos de su actuación política y señas de identidad, por ejemplo, de Nueva Revista. La política para Fontán siempre fue contribuir a continuar la historia de España.
De la misma forma le interesa de sobremanera el liberalismo porque éste se preocupa sobre todo de limitar el poder de coerción de cualquier gobierno promoviendo las libertades civiles, el Estado de Derecho, donde todas las personas son iguales ante la Ley. Porque el liberalismo se fundamenta en la democracia representativa, como forma de gobierno y en la división de poderes, donde la capacidad de los representantes electos para la toma de decisiones políticas se encuentra sometida al Parlamento y a las Leyes.
Fontán pensaba y escribió que el reto histórico de su generación era «la modernización de España» y ésta exigía la colaboración de varias promociones de ciudadanos españoles y ésta sólo sería posible si se produjera una reconciliación nacional al amparo de la restauración monárquica y mediante la implantación de un régimen de libertades públicas, sociales y personales.
Fontán también propuso en 1975 tres grandes pactos que asegurar la pacífica y progresiva continuación de la historia española. Son el Pacto Social, el Pacto Político y el Pacto Nacional. Es decir acuerdo económico-social, acuerdo de convivencia, de respeto a las reglas del juego (Constitución) y el pacto que ligase al Estado y las regiones. Decía que eran una necesidad nacional porque soldarían las líneas de fractura que ha conocido la experiencia española en su laborioso itinerario de los últimos ciento cincuenta años.
En el referéndum para la reforma política del año 76 se muestra nuevamente Fontán, en un clima de división de la oposición democrática (con una parte significativa de la democracia cristiana en contra), como un hombre sensato y pragmático que sabía muy bien cuál era el objetivo último y la mejor vía para su consecución. Pide abiertamente el «sí». Compartía el célebre discurso de Suárez ante las Cortes franquistas defendiendo la reforma política y su espíritu. Resonaba en toda España el «vamos a elevar a la categoría política de normal lo que a nivel de calle es simplemente normal. Vamos a sentar las bases de un entendimiento duradero bajo el imperio de la Ley».
«Acomodemos el derecho a la realidad, hagamos posible la paz por el camino de un diálogo, que sólo se podrá entablar con todo el pluralismo social en las instituciones representativas».
En febrero de 1977 publicó un trabajo que se titulaba «De los partidos de hoy a las Cortes de mañana», donde ya preveía que el número de formaciones significativas y viables capaces de arrastrar una considerable asistencia electoral sería limitado. La FPDL, donde militaba con Joaquín Garrigues Walker, Joaquín Muñoz Peirats y otros, se integra en la UCD «patrióticamente y con realismo», como dice Fontán en su artículo «Justificación del Centro» (ABC, 26 de abril del 77). El objetivo era compartido y consistía en elaborar una Constitución democrática que tuviera una amplio consenso político.
UCD ganó las elecciones y Fontán fue presidente del Senado constituyente. Destacó Fontán por su talante integrador, en su importante discurso en el Senado al término de la sesión de aprobación de la Constitución del 78 dijo que la Constitución, era la Constitución del consenso, y esto quería decir también de la concordia y la esperanza.
En el segundo gobierno de la UCD, después del triunfo electoral de 1979, a Fontán le encomendaron el difícil Ministerio de Administración Territorial que básicamente respondía a la tercera fase del proceso autonómico.
Fontán, que a lo largo de su vida política e intelectual había tenido como una de sus principales preocupaciones la unidad y la diversidad de España, procuró hacer un planteamiento «a la altura de los tiempos» (como diría Ortega) que consistía en la restauración de los Estatutos de Cataluña y el País Vasco, vigentes en la Segunda República, adaptados a la nueva nomenclatura constitucional. No fue entendido, lo cual, tal vez, hubiera evitado muchos problemas, aunque nadie puede estar seguro de ello. Después vino la crisis de la UCD, por las ambiciones y las prisas de algunos y el inmovilismo de otros que condujeron a las disputas ideológicas de las familias incapaces de conciliar un programa común de gobierno. UCD quedó atrapada en su indefinición política, en la generalización de «políticas consensuales» típicamente centristas, cuando los sectores más relevantes de su electorado le pedían que gobernase con arreglo a sus ideas y su programa.
En el Congreso de Palma, donde algunos de los aquí presentes trabajamos en la organización del sector crítico, se veía venir que el fin estaba próximo. Recuerdo la porta- da de la revista Cambio 16: «UCD la palma en Palma». Pero Fontán siempre tuvo palabras elogiosas «para una generación de españoles que escribió una página brillante y digna de la historia española». Una generación de españoles que creó el ordenamiento y las instituciones que hicieron posible esa justicia política de la que hablaba Aristóteles, donde la libertad y la igualdad son valores superiores y esenciales de un régimen democrático y constitucional.
Para terminar convendría precisar cuáles son las enseñanzas de este «Romano de la Bética», como le bautizó Miguel Herrero, de este «Héroe de la Libertad», como le reconoció el Instituto Internacional de Prensa, que puedan ser útiles en este momento en España.
España, después de treinta y tres años de democracia, es decir un tercio de siglo, se encuentra inmersa en un proceso de declive. Un mal ciclo político encarnado en la acción de un pésimo gobierno, a partir del 2004, ha precipitado, ha acrecentado y acelerado esta tendencia. No es objeto de esta conferencia ni entrar en las causas, ni en sus exhaustivas consecuencias. Se trata, más bien, de sabiendo cuál es el diagnóstico final, cuáles de las lecciones políticas recibidas de don Antonio ayudarían a afrontar los problemas. En mi opinión:
1. Los españoles somos continuadores del legado moral y político que hemos recibido de nuestros antepasados: España, su historia y su futuro. Tenemos el deber de honrarlo y transmitir esos valores históricos, acrecentados, a nuestros descendientes.
2. Hay que deslindar, en el ámbito político, lo importante de lo secundario. Prestando toda la atención y todo el esfuerzo a lo necesario, a lo que va a ser duradero, lo que va a dar estabilidad y beneficios al futuro de la nación.
3. Los debates políticos permanentes deberían sustituir a los monólogos políticos actuales, ensimismante e improductivos.
4. El debate político se gana desde la argumentación fundada, la crítica racional, el diagnóstico objetivo sobre los problemas y las soluciones convincentes. Todo lo demás, los insultos, las descalificaciones personales, las polémicas artificiales y vacías de contenido, son contrarias al juego limpio y justo, desvirtúan el sentido profundo de la función política, deterioran la realidad al no afrontarla y enturbian el clima y las relaciones de los que están obligados a resolver los problemas de la nación.
5. Mirar siempre al futuro. El pasado ya está sustanciado y es inamovible. El progreso de la sociedad se construye persuadiendo a la sociedad sobre las oportunidades que ofrece el futuro.
No tengo dudas que la política profesional no es precisamente una confortable estancia en un balneario. Más bien la estancia en la política es un combate permanente en la defensa de las ideas que fundamentan el compromiso político. Por eso, ante la situación que vive España en la actualidad, ¿qué nos diría hoy Fontán? Obviamente se trata de una cuestión interpretativa, pero ciertamente previsible, conociendo su pensamiento político.
España hoy atraviesa una crisis territorial y de funcionamiento del Estado (fragmentación competencial, desequilibrios orgánicos o estructurales e ineficaz y costoso funcionamiento del Estado) y una crisis social (el 20 % de la fuerza productiva del país está en paro y, así mismo, existe una dificultad para sostener el Estado del bienestar tanto por la dimensión alcanzada como por la contracción de los ingresos públicos). Evidentemente esta conjunción de factores, si dura en el tiempo y se radicalizan sus tendencias constituiría una crisis política nacional de gran envergadura.
Quizás, ahora Fontán nos diría que somos protagonistas y responsables, como en la polis griega, de la situación de nuestro país, en el tiempo que nos ha tocado vivir.
Probablemente nos recordaría que España sigue siendo esa esperanza, por la que merece la pena luchar y desde su experiencia y sabiduría nos evocaría que España ha aguantado en tiempos muy difíciles y que aguantará también ahora, a pesar del «gran optimismo sobre el futuro del pesimismo» existente.
Tal vez nos hablaría que cada uno debe asumir la responsabilidad que le corresponde, desde su libre determinación y que el futuro no debe asustarnos porque en democracia somos dueños de nuestro destino como nación. España será lo que queramos todos los españoles que sea. Está en nuestras manos.
Nos requeriría al esfuerzo nacional, nos llamaría al trabajo bien hecho, porque esta es ahora la cuestión prioritaria, nos exhortaría a actuar con altura, con buena fe y siempre con sentido del deber.
Sí, don Antonio, «a los que nos siguen y a los que nos combaten, a los que nos entienden y a los que nos interpretan mal», a todos ellos, hay que, desde la argumentación fundada y las soluciones solventes, integrarlos en la tarea común, en el reto nacional que ahora tiene planteado España, y que es el proyecto de la España competitiva. Hace muchos años ya fue el reto de Fontán y de su generación, la modernización de España y por eso se movilizó de forma admirable; hoy el reto de nuestra generación y el de otras personas más jóvenes es el de movilizarse por la España competente. Para ello es necesario un gran cambio de mentalidad, en toda la sociedad española. Sin sociedad competente, o lo que es lo mismo sin una España competente, no habrá España competitiva.
Parece que la única posibilidad y la gran oportunidad de España, en un mundo globalizado y complejo es la competencia, la calidad, la excelencia de sus ciudadanos, de sus empresas y de nuestras instituciones públicas. Se trata de un proyecto duradero que debió empezar ya ayer y que llevará largos años, pero puede dar una gran estabilidad al país. Se deberán conjuntar habilidades y capacidades, el rigor y la creatividad, pero saldremos adelante.
Aprendimos también de don Antonio que a veces los problemas se resuelven orientando la acción política a lo que hay que hacer, a lo importante, no ensimismándonos con los problemas que crean otros y que provocan inmediatez y excitación mediática.
Será otra vez el afán de superación personal y colectivo de nuestra nación el que nos permitirá eludir el proceso de decadencia.
Tuve la suerte de conocer a un gran hombre que ha tenido una gran influencia en mí. Siempre pude contar con su amistad, ayuda, simpatía, comprensión y humanidad, a pesar de mis errores. Ayudaré a honrar su memoria con sumo respeto y agradecimiento. Ahí estaré. Gracias.
La muerte de Antonio Fontán creí yo que me iba a dejar sin palabras. Me refiero a que no quería hablar con nadie de que había muerto; en realidad, no quería pensarlo. Sin embargo, en la primera clase que di, muy poco después de su muerte, uno de los alumnos, don Francisco González Valiente, me pidió en representación de sus compañeros que les hablase de Antonio Fontán, y les hablé de él ex toto corde. Ahora vuelvo a hablar de Antonio Fontán con el mismo sentimiento, en este acto de homenaje a su memoria.
Al poco tiempo de su muerte llegaron varias cartas de pésame al Departamento de Filología Latina de la Universidad Complutense, donde había sido catedrático durante años y después emérito, y a la Fundación Pastor de Estudios Clásicos, de la que era patrono. En todas se destacaba la pérdida del gran filólogo y en muchas se añadía, además, una nota de su personalidad: la educación exquisita y la amabilidad, que eran tan características de él. Me hicieron reflexionar sobre qué significaba para Antonio Fontán esa educación exquisita que sorprendía a los que fuimos jóvenes en el 68 y tanto relativizamos los buenos modales. Creo que era algo que él cultivaba como un valor fundamental en la vida. Para Fontán, más allá de una serie de formas o formalismos, que también tienen su importancia, era un elemento que suavizaba la convivencia —tenía carácter político, por lo tanto— y que derivaba del amor a los demás, llámese philanthropia o llámese charitas cristiana. La afabilidad, que no llegaba a ser en él campechanía, pero que repartía a todo el mundo y siempre —cuántas veces hemos comentado los amigos que Fontán era un hombre que no conocía el rencor— y la discusión serena —también en los justos límites de ex- presar sus opiniones con libertad, pero sin ofender a nadie— eran, en definitiva, una de las muestras visibles de la faceta política de Fontán y una de las pocas muestras visibles de su faceta religiosa.
Se añadía —creo yo en este perfil psicológico que me atrevo a hacer, autorizada por más de veinticinco años de amistad— un principio que seguía a rajatabla: no quejarse jamás de ningún mal propio ni de enfermedades, utilizando el sentido del humor, un fino humor sevillano, para rebajar sus males y mantener el optimismo en los demás—como aquello que tuvo el valor de decir en uno de los ingresos hospitalarios urgentes de su última enfermedad:
«Toda la vida cogiendo aviones, y ahora no hago más que coger ambulancias»—. Ese sentido del humor, que jamás era a costa del otro, el trato exquisitamente cordial y, por supuesto, su talento y su trabajo absolutamente disciplinado dieron coherencia a su vida y le permitieron ser, como él quiso, un hombre polifacético al servicio del bien.
Fontán, que quería a la gente, de distintas edades y de distintos ámbitos, con la que se había ido encontrando en distintas etapas de su vida, era buen observador.
Conocía bien a sus amigos y, dentro de un respeto absoluto a las ideas del otro, procuraba mezclarlos hasta donde se dejaban, tendiendo puentes de comunicación entre ellos —el último fue Nueva Revista—, sobre todo entre los jóvenes, a los que sabía escuchar y en los que quería garantizar el futuro de España. Y de manera parecida, en el mundo de la Filología, le gustaba tender puentes entre los hombres del pasado y los de hoy.
En la Filología Clásica mantenía el amplio espectro de su personalidad. Pertenecía a la generación de los grandes maestros de la Filología Clásica. Su forma de trabajar en Filología se caracterizaba por el rigor metodológico, una disciplina férrea y un trabajo continuado, que recomendaba a sus amigos como norma de vida: «Hay que tener siempre algo que hacer, entre manos, pendiente», y añadía con su característico humor: «Un amigo mío acabó el trabajo que estaba realizando, ordenó todos sus papeles hasta el último y, al día siguiente, murió». También tenía un sano pragmatismo, como el que le llevó a publicar su trabajo sobre los pronombres latinos, basado en el entonces muy moderno método estructural, coincidiendo con la fecha en que el Thesaurus Linguae Latinae acababa de publicar la «I». Recomendaba a sus discípulos saber cambiar de actividad, no tener una única dimensión sino buscar el ideal de la polypragmasia. Pero, sobre todo, tenía la idea clara de que la Filología no era sólo el estudio minucioso de las minucias. No pertenecía —se lo oí a él— a esos filólogos a los que lo que más les inquietaba del «Capitolio» era la cantidad de la «o». La Filología, en definitiva, no podía reducirse a contar patas de mosca, aunque también hubiera que hacerlo.
Además, y después de eso, la Filología para Fontán tenía que caminar al lado de la Literatura, de la Filosofía, de la Historia sobre todo y de otros saberes que parecían más distantes. Él demostró que la Filología Clásica podía estar muy cerca del periodismo, del mundo de hoy y, por lo tanto, de la política.
Algunos ejemplos, creo, bastarán para ver su concepto de la Filología Clásica y su significado en ella.
La obra filológica de Fontán comienza en el año 1948 y todo sabemos que fue compartida con otras actividades, pero nunca fue abandonada. En el libro de homenaje que se le dedicó —Humanitas in honorem A. Fontán. Madrid, 1992— con motivo de su jubilación académica, presentado por J. L. Moralejo y A. López Kindler, se recogían, sin contar tesis doctorales y memorias de licenciatura dirigidas, 268 publicaciones. En el nuevo homenaje que se le ofreció en Nueva Revista con motivo de sus 80 años había 96 publicaciones más —filológicas y no filológicas—. Faltan por recoger los últimos cinco años de su bibliografía, del 2004 al 2009 y sus inéditos, de los que ahora se ocupan sus discípulos, Luis Arenal, Eduardo Fernández y Luis Pablo Tarín, por citar a los más jóvenes.
Si el número de publicaciones es llamativo, lo es más la variedad de sus trabajos, incluso dentro de los propiamente filológicos y, todavía más, su regularidad: siguió ocupándose de la Filología latina en los años del Madrid e incluso, aunque con mucha menor intensidad, en los de sus más altas responsabilidades políticas, que eran épocas en las que hacía reseñas de libros y dirigía tesis doctorales.
Repasando la obra de Fontán se encuentran algunos trabajos de Lingüística. También hay un grupo de trabajos que pertenece a la disciplina más genuina de la Filología, la Crítica textual, como son los dedicados a los códices de Séneca en las bibliotecas de España, las anotaciones al texto de Martín de Braga y, de modo especial, sus correcciones y enmiendas al texto de Tito Livio, que desembocaron en la posterior edición de los primeros libros del Ab Urbe condita, y en varias tesis doctorales.
Fontán se ocupó también de preparar textos medievales en la Antología de Latín Medieval, que tuve el honor de firmar con él. Fue pionero en estudiar a los humanistas del Renacimiento y de otras épocas. Se interesó por la Historia como saber político y publicó trabajos importantes sobre Retórica, una disciplina de la Antigüedad muy próxima al saber político actual. Y también se ocupó de los grandes escritores latinos, muchas veces hispanos y la mayor parte de las veces prosistas: Cicerón y Séneca, el historiador Livio, Marcial y Estacio, los libros de Plinio el Viejo sobre Hispania, Quintiliano, el emperador Constantino, san Agustín, Isidoro de Sevilla, Nebrija, Vives, Moro y un largo etcétera que llega al latinista Raimundo de Miguel, autor del célebre diccionario latino español. Muchos de estos autores tienen como denominador común el haber estado comprometidos en las luchas políticas e ideológicas de su momento. Siglos más tarde Antonio Fontán, otro intelectual metido en política como ellos, podía comprenderlos mejor en su contexto histórico y así podía subrayar la importancia de la ideología en la vida y en la obra de Cicerón, o que Isidoro de Sevilla había sido el primero en llamar a España patria, y el primero en concebir la idea de Estado y de una constitución política primitiva, en el formato, para nosotros extraño, de las Actas del IV Concilio de Toledo.
La labor periodística y la vocación política de Fontán tuvieron una repercusión positiva en su obra filológica. Para los latinistas, Fontán es autor de trabajos de filología pura y dura escritos en la prosa ágil del periodismo, como a él le gustaba reconocer. En el mundo del periodismo, Fontán hizo sin ninguna duda muchas cosas y muy importantes. Una de ellas —la anotaba Martínez Albertos en Nueva Revista (89, 2003)— fue plantear por primera vez su teoría de los géneros periodísticos, no desde una perspectiva sociológica, como solía hacerse, sino como una cuestión básicamente filológica.
Los objetivos de su investigación filológica fueron leer a los autores latinos en textos fiables y descubrir el significado histórico de sus obras, cuál fue el papel de Hispania en la cultura antigua y en la posterior. En suma, el latín para Fontán no fue una faceta añadida e independiente del resto de sus preocupaciones, sino totalmente coherente con su vida, y guiada por la misma ideología y los mismos principios. Él llevó a la práctica lo que dijo: «Hay que estudiar a los clásicos para aprender de nuestra propia experiencia y para observar cómo se desarrolló la libertad en Occidente».
Y termino. Luis Alberto de Cuenca nos habló del mundo sin Fontán. Cuando leímos aquella tercera de ABC, yo creo que muchos amigos de Fontán pensamos que había expresado exactamente nuestro sentimiento. Por mi parte, nada más que añadir si no fuera porque suelo hablar varias horas todos los días ante grupos de universitarios no muy numerosos, pero muy convencidos de lo que voy a deciros. Como hoy tengo la suerte de estar con personas del mundo político y del periodismo, amigos, como también yo, de Antonio Fontán, quiero pediros que defendáis la enseñanza de las lenguas clásicas en la formación de los jóvenes, porque, entre otras cualidades, facilitan el aprendizaje de otras lenguas y el conocimiento reflexivo de la propia lengua española, que es nuestro primer instrumento de comunicación.
Comunicación precisamente es la palabra clave que da unidad a las tres actividades principales de Antonio Fontán: universidad, periodismo y política. Son valores clásicos los que hoy estamos conmemorando aquí en el recuerdo de Antonio Fontán, como el valor de la amistad o la admiración por el sabio, el hombre de bien y el buen ciudadano, como fue Fontán. No es un buen camino en la enseñanza eliminar el griego, después el latín y, al final, las humanidades. Hay que propiciar entre todos las circunstancias adecuadas para que puedan nacer y crecer otros humanistas, otros «fontanes», con los que este mundo gire mejor.
La verdad, dirán muchos, que es gana de complicarse la vida. El autor escribe un texto para el lector, quien, con su lectura, entiende lo que dice. Y ya está. Sin embargo, no solo en el caso de la comunicación literaria, sino, en general, muchos dudan hoy de que existan garantías de que el receptor entienda lo que dice el emisor, ni de que el texto diga lo que el emisor quiso decir, ni de que el receptor entienda lo que el texto dice, sea esto o no lo que el emisor quiso decir. La interpretación depende de una complicada malla de relaciones entre lo que los especialistas llaman intentio auctoris, intentio lectoris e intentio operis. Siempre y, mucho más, en el caso de la literatura.
Los lectores de la Biblia lo saben desde siempre. Vayamos a lo consabido. El lector que acude al bíblico Cantar de los Cantares se encuentra con una gavilla de composiciones en las que nada hay que sugiera otra lectura diferente de la pura literalidad del poema amoroso. Por ejemplo, ésta del canto séptimo:
Mi amado es puro y sonrosado, se distingue entre millares.
Su cabeza es oro, oro fino;
sus cabellos, racimos de dátiles, negros como el cuervo.
Sus ojos son como palomas a la vera del agua,
bañadas en leche, posadas en la orilla.
Sus mejillas, como arriates de hierbas balsámicas,
semilleros de plantas aromáticas.
Sus labios son azucenas que rezuman jugo de mirra.
Sus manos, barras de oro engastadas con piedras de Tarsis. Su talle, un tronco de marfil cubierto de zafiros.
Sus piernas, columnas de mármol asentadas sobre basas de oro fino. Su porte, como el del Líbano, esbelto como los cedros.
Su paladar, las dulzuras, y todo él, las delicias.
Ése es mi amado, ése es mi amigo, hijas de Jerusalén.
No hay dudas. Como dicen los anotadores de la Biblia de Navarra, estamos ante uno de varios «cantos de amor de diversa procedencia —imágenes pastoriles, la boda de Salomón o de algunos otros reyes, etc.— que han sido reunidos por el autor, quien, con ligeros cambios, los ha dotado de un cierto argumento y de una consistencia que no han conseguido borrar del todo la diversidad originaria». No obstante, alguien —el hagiógrafo— ha tenido la inspiración de que con el único lenguaje de amor que tiene el ser humano se debe expresar el amor de Dios y, al introducir estos poemas en el Libro Sagrado de un pueblo, hace posible la lectura (la revelación) del amor de Dios por su pueblo y el gozo del pueblo al sentirse predilecto de Dios.
En el origen del texto que se lee hay un emisor de carne y hueso, ostensible en la comunicación oral, diferido en la comunicación literaria y en toda comunicación escrita. Pero el lector no advierte quién es ese autor ni qué quiere transmitir a partir de corporeidad alguna ni de datos empíricos que ilustren su personalidad, sino por medio de una reconstrucción que realiza a partir del texto que recibe. En el texto se adivina y se califica al autor que lo origina, «autor de papel» que puede ser idéntico, diferente o contradictorio con el que se deduce de su biografía. Todavía más. El autor así reconstruido puede no ser solamente de papel y, sin embargo, no ser tampoco el primero de carne y hueso que profirió los enunciados en cuestión, sino un lector posterior que se erige en autor al producir un nuevo programa de lectura. Lo hemos visto en el texto de la Biblia y lo hace también Miguel de Unamuno en su Vida de Don Quijote y Sancho.
Desde luego, siempre se podrá leer como texto abierto un texto proyectado como unívoco y como unívoco un texto concebido como abierto. Ejemplo de lo primero son las numerosísimas lecturas «desconstructivas» que han llenado de despropósitos los anaqueles de la crítica literaria académica en las últimas décadas. De lo segundo, la antigua lectura del Quijote como mera parodia de los libros de caballería o las lecturas fundamentalistas de la Biblia que tienen desgraciadamente tanta actualidad. Puede ocurrir también que se conciba un texto abierto para concitar la adhesión de lectores entre sí contradictorios, provocando diferentes recorridos de lecturas, unívocas cada una de ellas.
La famosa novela El nombre de la rosa de Umberto Eco, por ejemplo, reclama un doble lector: el ingenuo y el crítico. El lector ingenuo seguirá las peripecias de la misteriosa serie de crímenes como sigue las de las novelas de Agatha Christie, atribuyendo la sospecha a uno u otro personaje según avanza el relato. Al final, caerá en la cuenta de que había pasado por alto los detalles verdaderamente significativos. Los textos en latín, las discusiones sobre metafísica, el clima cultural de la Edad Media, con Etimologiae de Isidoro incluidas, la filosofía nominalista, en fin, habrán sido solamente índices del misterio que hace más emocionante el relato policíaco.
Al lector crítico, en cambio, se le ha ofrecido ya una pista desde el título que, con poco que hojee la obra, se da cuenta de que remite a la cita final de Bernardo Morliacense, que cobra en este texto un sentido nuevo y preciso:
Stat rosa pristina nomine nomina nuda tenemus quiere decir «la rosa originaria consiste en un nombre / sólo nos quedan meros nombres».
Este lector descubrirá así el carácter «neonominalista», posmoderno, de la novela. En sus notas de agnosticismo, relativismo y desinterés por el concepto de verdad encontrará marcas inequívocas de la mentalidad dominante y un reflejo sugerente del debate religioso de nuestro tiempo. Cabe también el lector equívoco de la intentio equívoca, que zigzagueará de un sentido a otro según la ocasión, el momento subjetivo o el pasaje en que se encuentre.
Ciertamente, las ambigüedades señaladas inclinan muchas veces a una conclusión desconstructiva, al todo vale como interpretación. Pero yo no lo veo así. El hecho de que, en ocasiones, la intentio auctoris descubierta no se pueda identificar con la intención consciente del autor del texto (e incluso de ningún otro autor) no quiere decir que falta el sujeto del texto, sino que el texto condensa y armoniza los descubrimientos de muchos seres humanos a los que el que firma la obra, queriendo, sin querer e incluso a su pesar, sirve de portavoz. La lectura debe anclarse en la intentio auctoris. Precisamente porque, desde el punto de vista comunicativo, el autor no es sin más un individuo de carne y hueso que habla y escribe y al que se le «entiende todo»; forma parte de una lectura lograda la adecuada identificación del autor que se manifiesta y se oculta al hilo de la dialéctica texto-lector y que aparece, especialmente en el texto escrito, y más especialmente en el texto que llamamos literario, como una esfinge.
Como puso de relieve Jauss, cabeza de la escuela de Estética de la Recepción, que tanto ha influido en la teoría literaria a partir de la década de 1970, el lector es una instancia fundamental en el proceso de interpretación. Y eso es ya obvio. Puede ocurrir, desde luego, que un mismo lector de carne y hueso realice distintas lecturas de un mismo texto en distintos momentos. Conviene también advertir que el lector de carne y hueso puede no ser el mismo que el autor ha previsto e incluso la industria editorial y la sociedad en general presupone. La sociología de la distribución del libro proporciona interesantes sorpresas.
Antes de 1960 se vendían en los quioscos de prensa de toda España unos cuentos populares presuntamente destinados a niñas. Las «funciones» de los personajes eran sistemáticas y constantes: una pobre leñadora (lavandera, sirvienta, etc.) se encontraba una rana (pajarillo, ardilla, etc.) herida. Movida a compasión, la curaba.
En ese instante, con la ayuda de una hada madrina, el animalito se convertía en un príncipe que la tomaba por esposa. Hasta aquí la sustancia temática. La sorpresa viene cuando se comprueba que los cuentos en cuestión no eran leídos sobre todo y principalmente (aunque también) por esas niñas de ocho a diez años, sino por sus hermanas de veinte, treinta, cuarenta (?) años, aunque fueran las niñas las que materialmente los adquirían, porque a ellas les daba vergüenza que las vieran comprarlos. En la España del siglo XX anterior al desarrollismo estas mujeres tenían el matrimonio como única posibilidad de ascenso social y el deus ex machina del hada madrina servía para alimentar sus ensueños. No hay, a primera vista, un lector previsto que valga: hay un texto que se encuentra inopinadamente con una lectora (digo bien lectora). Sólo después de descubierta esta lectora empírica se puede señalar que era otra la lectora implícita en el texto, a despecho de la lectora prevista en un principio por el autor.
Además, el texto literario, entregado por el autor para que sea acogido por el lector en cualquier lugar, espacio y situación, produce lo que en otra comunicación serían intersticios vacíos, los cuales se convierten en ésta en pista de despegue de múltiples sugerencias lectoras. Es precisamente la falta de vinculación pedestre entre mensaje y código la que proporciona la ambigüedad literaria, una amplia tasa de información que sitúa la alta literatura en un extremo del continuum que termina, por el otro, en textos como la receta médica, el horario de trenes o la factura comercial, perfectamente contextualizados, inequívocos, pero informativamente triviales. De todos modos, la lectura de todo texto se ancla en determinadas bisagras que unen texto y realidad y descartan los trasfondos sin pertinencia temática. Claro que la impericia del lector o sus prejuicios pueden alterar el acto hasta el extremo de que lleguemos a hablar más de una utilización del texto, que de una interpretación del texto. «El texto como pretexto» ha sido siempre un peligro ya enunciado por los manuales escolares desde tiempo inmemorial.
No cabe duda de que el lector está dentro y fuera del lenguaje. Está fuera y puede entablar una relación con él, una actividad de desciframiento. Está dentro y no puede prescindir del hecho de que, al interpretar cualquier cosa, se está interpretando a sí mismo: valores, presuposiciones, compromisos. El lector de carne y hueso no tiene necesariamente que reconocerse en el autor implícito o implicado en el discurso, pero tiene que procurar detectar un posible lector previsto como modelo, propiciado en el texto, y adecuar a él su lectura. Si no, la lectura propiamente dicha, la interpretación será un fracaso, un imposible.
Naturalmente, como nos recuerda la tradición, hay otros posibles sentidos, además del literal: el alegórico, el tropológico o el anagógico. A esos sentidos me refería cuando invocaba la figura de un lector que se había convertido en autor para otros en la serie de lecturas. Esa es la situación que ilustra la lectura del Cantar de los Cantares que hemos evocado antes. Ahí está el punto límite para descreer de toda lectura, para afirmar la desconstrucción que viene a considerar que no hay genuinos autores, ni genuinas obras: no hay más, según dice Culler, que el voyeur o el intruso que ni el autor ni el libro han sido capaces de prever. ¿Podrá una semiótica de la lectura prescindir del texto? Este colmo de la contradictio in terminis es moneda corriente en nuestros medios académicos. Será, pues, preciso abordar también este extremo.
Como dice Harald Weinrich, nos hemos de referir al texto completo, aquel que, gozando del común acuerdo de la intentio auctoris y la intentio lectoris, está delimitado por un principio y un final. Los relatos policiacos se caracterizan precisamente por defraudar la expectativa del lector basada en textos parciales (al final no es lo que parece, el malo es otro). Se me ocurre ahora que películas como El golpe o Nueve reinas, que todo el mundo ha visto, podrían ilustrar esta afirmación de manera evidente.
Sin embargo, incluso teniendo en cuenta el texto completo, no se puede olvidar las múltiples operaciones de lectura que caben sobre la literalidad de un mismo texto, según ha puesto de relieve esta tradición de la hermenéutica bíblica de los cuatro sentidos que acabamos de invocar. Llevando esto a un extremo, encontramos la afirmación de la actual escuela americana acerca de que toda lectura es necesariamente una «mala lectura» (misreading), lo que da la razón al programa del pragmatismo de Richard Rorty que incita a leer como si no existieran más que textos sin anclaje, sin ocuparse de la intención del autor o entendiendo el resultado de la lectura necesariamente como una mala interpretación. El texto nos aparece como productor de cada lectura (interpretación retórica esta que camina infinitamente de figura en figura), como pista de despegue de infinitos sentidos, y nada más.
En el conocido libro ¿Hay un texto en clase? de S. Fisch se afirma que la obra es producto del lector, pero no enteramente producto del lector. Esta es, a mi juicio, la postura sensata. En los textos de ficción, como dice K. Stierle, el hecho de que su ficcionalidad engrane con la ficcionalidad del texto entero supone ya un cierto límite. Es verdad que el texto literario es esa machina pigra de la que habla Umberto Eco. Como «máquina», contiene en sí los elementos que autorizan su lectura, como «perezosa», necesita de la activa cooperación del lector. Pero, insisto, no hay motivo suficiente para pensar que no se trata de una «máquina» y sí de una simple «pista de despegue».
¿Que toda lectura es una «mala interpretación»? Si después de leer el Quijote y La Regenta comento que he leído una obra que expone el conflicto entre una «interioridad hiperconsciente y una exterioridad inconsciente», además de que se me pueda decir que, en todo caso, se trata de una mala lectura, probablemente se me podrá preguntar también a cuál de las dos obras me refiero. Si afirmo, en cambio, que lo que he leído es la historia de una mujer aherrojada por los prejuicios sociales de su época, se me podrá seguir arguyendo que se trata de una mala lectura, pero ahora será «mala lectura» de La Regenta, pero no del Quijote. Nadie en su sano juicio podría afirmar que se trata de una lectura desconstructiva del personaje Dulcinea del Toboso. No todo texto soporta cualquier lectura en un proceso de apertura sin fin.
La interpretación literaria es posible porque la intentio operis soporta posibles intentiones auctoris y posibles intentiones lectoris, pero impide otras: la obra es el lugar donde se decide la buena o mala lectura. En toda lectura, hay elementos que apoyan determinadas certezas y otros que sugieren una cierta incertidumbre. La lectura tradicional ha tendido a reducir la ilegibilidad al mínimo y a subrayar lo fundamentado de sus lecturas. Las lecturas emprendidas a partir de la estética de la recepción tienden a potenciar la apertura que suministran los puntos débiles hasta llegar a la negación de cualquier lectura canónica. El repaso de las ingenuidades que encierra la crítica tradicional descarta su aceptación sin más, pero la acumulación de sospechas acerca de ella no consigue, a mi juicio, anular la consistencia de los puntos de anclaje. Hay que afrontar en todo texto la dialéctica entre legibilidad e ilegibilidad sin pretender llegar al extremo de afirmar la posibilidad de una lectura enteramente ajena a la intentio operis.
Si prestamos atención a esos ensayos que van más allá del análisis superficial y oportunista de algunos fenómenos, encontramos títulos que motivan la reflexión, ya sea porque alertan de la debilidad de nuestros razonamientos, porque hacen descubrir detalles que pasamos por alto o porque expresan lo que tal vez nosotros pensamos pero fuimos incapaces de explicitar. A nadie se le escapa que la lectura ha de incomodar, en cierto modo, y que aquella que se goza es siempre la que puede reposar el paso de los años y aguantar relecturas innumerables, no la que sirve exclusivamente de pasatiempo. En eso, precisamente, consisten los clásicos: no se agotan.
Hannah Arendt ha pasado ya a formar parte de ellos, por más que su obra haya sido sometida a ciertas malinterpretaciones, voluntarias o no, que buscan en el pasado reciente compañeros de combate más que el lustroso acierto de una verdad que se descubre. Lo que quiero es comprender reúne textos, cartas y fragmentos que permiten llenar la ausencia de una autobiografía. Y es una lástima, en efecto, que la pensadora alemana no haya ofrecido al público un relato de su existencia, tan rica como dramática. Además de la transcripción de las entrevistas televisivas —en las que Arendt disecciona con inteligencia el contexto político y social y confiesa su más íntimas inquietudes— y de un excelente coloquio sobre el alcance de su obra, se recoge la correspondencia con uno de sus principales maestros, Karl Jaspers. Éste fue, según una bella confesión de la pensadora judía, quien dio continuidad a su propia vida. ¿De qué otro modo —existencia y vida— podría haber rendido Arendt el tributo del discípulo al maestro generoso?
Pero si se trata de rendir tributo, el de Edith Stein se corresponde más con la defensa intelectual de un proyecto que había sido explotado por un discípulo infiel y poco caritativo con quien le había ofrecido una perspectiva filosófica sobre la que atisbar cielos más altos, y le había ayudado profesionalmente. Nos referimos, claro está, a la relación de Heidegger con Husserl. En La filosofía existencial de Martin Heidegger, Stein, que había sido ayudante del prestigioso autor de Investigaciones lógicas, y una de las pocas que había comprendido en profundidad el potencial de la fenomenología, se enfrenta al exitoso e indiscutible autor de Ser y tiempo, pero lo hace en territorio propicio: la discusión filosófica.
Stein no sólo disecciona uno a uno los argumentos intrincados de un filósofo polémico, tan interpretado como oscuro, y no sólo desvela el sentido de los términos más abstrusos, sino que contrapone una visión agradecida de la existencia a la inmisericorde dialéctica de un hombre arrojado a su suerte. Santa Teresa Benedicta de la Cruz no aprovecha la crítica para construir sus propios teoremas; su denuncia filosófica —lúcida, penetrante— aprovecha los resquicios de la exposición de Ser y tiempo para sortear el nihilismo con educadas referencias a la trascendencia. Se dice en la introducción que la elaboración de este texto coincide con el acercamiento de la filósofa conversa a la tradición escolástica. Y a partir de esta fuente, Stein podrá enriquecer la perspectiva fenomenológica con las aportaciones de la filosofía perenne.
Pero si descendiéramos un poco del vuelo en las alturas, iríamos a parar a un libro que constituye también un ascenso. Es uno de los aciertos de la editorial Nuevo Inicio, de creación reciente, pero con una trayectoria llena de descubrimientos. Uno de ellos, sin duda, es haber dado a conocer al lector español a Fabrice Hadjadj, francés de ascendencia judía y converso al catolicismo en 1998. Su último libro lleva por título La fe de los demonios (o el ateísmo superado). Título igual de sonoro que el anterior publicado por la editorial granadina: La profundidad de los sexos. Por una mística de la carne. En él, Hadjadj reflexiona sobre el significado cristiano de la sexualidad, descubriendo la corporalidad de la fe.
Más allá de lo que es una reivindicación de la visión católica y de la trascendencia del amor sexual, desvela el sentido trivial y la descorporeización de algunas visiones restringidas del hombre. Porque entre el exhibicionismo sexual, la falta de pudor y el convencionalismo de género, a juicio del autor francés se esconde el desprecio por la carne del gnosticismo moderno. Un desprecio que suena más bien a mutilación espiritualista, si se permite la expresión. Lejos del pecado, la sexualidad vivida en plenitud se revela como don. Partiendo de la Escritura, con referencias a los santos padres, a los teólogos más reconocidos y a una tradición asentada en el sentido común y en el amor verdadero, Hadjadj teje un mosaico bello y desprejuiciado sobre el sexo que restituye el valor espiritual de lo corpóreo.
Pero la sexualización es sólo la otra cara de la moneda del consumo, una ideología transversal que absolutiza los medios y obvia los fines. Daniel Bell, recientemente fallecido, recordó en un ensayo memorable, Las contradicciones culturales del capitalismo, la incoherencia de la ética de la productividad y el hedonismo de la sociedad de masas. Es la esquizofrenia del trabajador estresado de la mañana que busca compensación en la vida epicúrea de la noche. Y habría que reconocer que razón no le faltaba: el individuo contemporáneo es tan tecnológico e iconoclasta como susceptible de ser engañado en el fácil juego del marketing y la creación artificial de necesidades.
París-Nueva York-París, de Marc Fumaroli, es una crítica a la impostura del arte contemporáneo desde la tradición clásica. Porque se ha perdido por los remolinos de la historia la visión y la producción artística desinteresada; en la línea del consumo y la trivialización, la estética se ha convertido en esteticismo: ya el objeto de arte no nace del otium, de la embriaguez evocadora de la contemplación humanista, sino del negocio de grandes compañías. La belleza queda, de esa forma, desbancada de su altar divino: en las catedrales del arte contemporáneo, el culto que se rinde tiene forma de dólar.
La contemplación exigía, bien es cierto, un objeto, la realidad, la naturaleza, el hombre, que el artista se apropiaba y exponía. La referencia, en cualquier caso, seguía siendo lo real; sin embargo, la imagen se ha adueñado del arte contemporáneo, pero ésta finalmente no remite a nada exterior a ella: lo virtual, lo posible, lo onírico, lo deseado apuntan a la subjetividad del artista, tan prolífico en identidades como complejo en interpretaciones.
¿Algo que objetar al consumo cultural? Adorno concibió la instrumentación técnica del mercado cultural como una estrategia política y cuasitotalitaria. Pero no habría que denostar el alcance de la industria cultural si los libros que se venden a montones —desde los grandes clásicos a los últimos bestsellers, que de todo hay— se leyeran tanto como se compran. A esta transformación del arte en cultura de masas se refiere La cultura-mundo, un concepto, meramente descriptivo, que quiere sintetizar la convergencia de tres procesos, el del consumismo, el individualismo y la tecnificación. A diferencia de Fumaroli, que expone críticamente la tergiversación del canon, Lipovetsky y Serroy levantan acta de la falta de criterios y de la transición del arte moderno al posmoderno.
Representante de esa dirección posmoderna aplicada a la política fue Richard Rorty, uno de los filósofos más influyentes de los últimos años, y uno de los más inteligentes. Política cultural, que recoge la cuarta parte de sus escritos filosóficos, es un manifiesto que defiende el relativismo, el progreso pragmatista y la contingencia de todas las cosmovisiones universalistas, pero está tan bien escrito y contiene una argumentación tan sutil y perspicaz que supone un desafío leerlo.
La fina ironía de Rorty, su conocimiento de los grandes problemas filosóficos y su cultura literaria hace muy difícil sortear sus tesis. Intentemos al menos resumirlas para ver los presupuestos filosóficos de la política posmoderna. Heredero de la tradición pragmatista, Rorty logró fama filosófica con un libro que desmontaba algunos tópicos metafísicos, La filosofía y el espejo de la naturaleza. En él y en otros ensayos, Rorty justifica el reduccionismo culturalista de nuestro tiempo: a su juicio, todos los conceptos claves (verdad, bien, naturaleza, etc.), tienen una matriz cultural y, por tanto, son convencionales. Los hemos mantenido, señala Rorty, porque han servido para el cumplimiento de nuestros fines, pero no por su verdad intrínseca.
¿Qué consecuencias tiene esto en el ámbito de la política? Ésta ha de dejar de alentar posibles consensos sobre la vida buena, la justicia, el bien o la felicidad; su misión ha de versar sobre narrativas que nos ilustren acerca del sufrimiento ajeno, que nos abran a mundos culturales diversos al nuestro. Y en ello, ciertamente, se han mostrado más adecuadas las novelas que los argumentos filosóficos.
La filosofía de Rorty se presenta como un proyecto modesto y sitúa el papel de los intelectuales en la misma línea que el de los artistas, los poetas y los novelistas. Nadie podrá negar que puede aprenderse más sobre nuestra condición en un buen poema de Yeats que en los tratados hegelianos. Pero la privatización de la ontología que promueve es una forma decidida de dar por muerta la verdad.
¿Estamos dispuestos a sostener los principios sobre los que reposan nuestras sociedades en acuerdos tan contingentes como nuestras apreciaciones artísticas? Demasiada fe tiene Rorty en el hombre de hoy, demasiada confianza en la estética, y eso salva parte de su optimismo. Pero las lecciones de la historia no pueden olvidarse con tanta facilidad.
En lugar de decretar la extinción de la verdad, Jeanne Hersch, discípula de Karl Jaspers, nos muestra en El gran asombro que la historia de la filosofía alcanza justificación en la necesidad que tiene el hombre de seguir buscándola, pese al clamoroso fracaso de sus intentos. Su exposición de los más importantes sistemas filosóficos es original y tiene como hilo conductor la admiración que provoca la realidad —su riqueza natural, sus profundos misterios— en el individuo.
Con independencia de que se esté o no de acuerdo en la selección —están los clásicos, pero hay también espacio para Comte, por ejemplo, o para Bergson y, cómo no, para Jaspers—, el esfuerzo por exponer sucintamente las diferentes respuestas que estos grandes hombres han dado a los grandes interrogantes es una actitud diferente a la de Rorty. Precisamente, Hersch apela a la tradición de pensamiento para hacer frente, hoy, a los peligros que amenazan la condición humana. «La verdad tiene que reencontrar su contacto con el ser y volver a ser decisiva para la libertad», concluye.
A la vinculación entre la verdad y la libertad se ha referido en bastantes ocasiones Benedicto XVI, y también lo hace en Luz del mundo, una extensa entrevista que concedió a Peter Seewald. Del libro se recordará, por desgracia, una frase que los medios reprodujeron en portada; pero si uno lee el contenido de esta suculenta entrevista con mirada reflexiva sabrá que Benedicto XVI es poco dado al sensacionalismo y a la innovación frívola. Gracias a Seewald, que plantea preguntas, y a la generosidad sincera del Papa, que no esquiva ni las más incómodas, se puede percibir que Benedicto XVI es consciente y está a la altura de su misión en la Iglesia.
Y si alguien esperara grandes declaraciones abstrusas de uno de los teólogos más brillantes de la segunda mitad del siglo XX, se equivocaría. Se descubre al teólogo detrás de una vida sencilla y piadosa, se percibe al grande de espíritu en la inocencia radical de un sacerdote enamorado de su vocación y más preocupado en ser fiel a Dios que en buscar la fama de los hombres. Porque el intelectual que es Benedicto XVI queda patente en la franqueza de sus respuestas, en las hondas pero accesibles reflexiones, con las que intenta aproximarse al mundo.
No hay improvisación en sus intervenciones, ni apresuramiento. Es consciente de que el tempo sobrenatural resulta quizá escandaloso en un mundo vertiginoso, de que el cultivo del silencio es también lo más necesario en una sociedad ruidosa que ha perdido sus sintonías. Por ello, la lectura de este libro no puede dejar indiferente. En él se repasan los últimos acontecimientos en la vida de la Iglesia —el tema de los abusos sexuales, las polémicas de algunas de sus intervenciones, el caso Maciel…— desde la perspectiva de la fe: en estas pruebas, Benedicto percibe ocasiones para la purificación, pruebas que Dios permite para profundizar en la fe.
Benedicto XVI no es un hombre aferrado al pasado, ni pesimista con respecto al futuro. Se abren, señala, grandes posibilidades para la Iglesia. Descubre la dinámica de un cristianismo creativo que se propone, desde la seriedad de la vocación cristiana, la grandísima tarea de la nueva evangelización. Y reconoce la importancia de que la impronta religiosa colonice con su mensaje esperanzador el ámbito de la cultura y de la ciencia, abriendo nuevas perspectivas a la razón. Y todo ello sin incurrir en la frivolización sentimental ni en el optimismo superficial: el Papa nos recuerda que el mal existe y que éste actúa en el mundo. Se trata de un libro importante para entender el presente de la Iglesia y también las claves de su futuro más próximo.
Acercarnos a Benedicto XVI es lo que pretende Pablo Blanco, quien ha escrito la biografía en castellano más completa sobre el pontífice, situando su trayectoria en el contexto cultural y religioso del siglo XX. Dos son los fundamentos sobre los que Joseph Ratzinger ha construido su vida: el amor hacia Cristo y su interés por la razón, dos leitmotiv que explican su ministerio sacerdotal y sobre los que también han girado sus primeras enseñanzas pontificias.
Pablo Blanco explica la génesis de su personalidad y la conciencia del ministerio sacerdotal —y más tarde episcopal— del joven Ratzinger. Su vocación de servicio y su disponibilidad a la Iglesia son ya conocidas. Pero es oportuno recordar otras circunstancias que, en ocasiones, tienden a olvidarse. Así, las que han jalonado su vida no han sido fáciles: la penuria económica de la posguerra, el recuerdo de los crímenes del nazismo, la crisis teológica y eclesial, la contienda ideológica de la sociedad en los años sesenta… Pero, frente a todos estos desafíos, la vida de quien se sabe cooperante de la verdad resplandece como un ejercicio de coherencia e integridad poco habitual en una sociedad acostumbrada a los bandazos ideológicos.
Asimismo Blanco recuerda las contribuciones de Ratzinger a la teología. Hay un capítulo específico dedicado al Concilio Vaticano II, que es un punto de referencia en su magisterio teológico. Ratzinger ha reflexionado sobre la renovación eclesial que supuso y ha leído atentamente los textos conciliares, huyendo de las interpretaciones simplistas. Ha denunciado la «hermenéutica de la discontinuidad y de la ruptura» de algunos teólogos, empeñados en leer la historia eclesiástica desde la contraposición entre el progreso y la tradición, y ha defendido, en coherencia con el legado católico, la hermenéutica de la continuidad, que es la que puede dar más frutos, en la que se mantiene invariable el depósito de la fe.
Pablo Blanco presenta, en definitiva, a un hombre reflexivo, amante de la música, sencillo de costumbres y fiel a su vocación. Se trata de una voluminosa biografía, excelentemente documentada, que llega a analizar minuciosamente los seis años de su pontificado y atisba algunas claves para entender los desafíos a los que se enfrenta la fe en este siglo XXI.

El siglo XX fue, entre otras cosas, un siglo de empresarios culturales: Sartre, Ortega, Maurras, Maritain, Camus o Buckley. Son numerosos los ejemplos de intelectuales de diversa especie y categoría que se lanzaron a la arena para buscar la transformación de las bases de la vida política y cultural de las sociedades en las que vivían. Ante el fenómeno de la modernidad y su crisis, pretendieron aportar su respuesta. Esta biografía aborda la cuestión de las posibles distintas sendas para la modernización de un país, España, y el progresivo descubrimiento de la capacidad creadora de la libertad por parte del intelectual español, catedrático de Historia de la Filosofía Española de la Universidad de Madrid, Rafael Calvo Serer.
En el panorama cultural español de las décadas centrales del siglo XX, la singular y controvertida figura de Rafael Calvo Serer (Valencia, 1916-Pamplona, 1988) resulta especialmente significativa para entender la relación entre los católicos y la modernidad. Calvo puso todos sus esfuerzos al servicio de lo que entendía que debía de ser la modernización de la cultura española durante un amplio periodo: el franquismo, la transición y los primeros gobiernos de la democracia.
Onésimo Díaz había publicado ya en 2008 Rafael Calvo Serer y el grupo «Arbor», una excepcional trabajo en el que narra la primera etapa del intelectual valenciano. Sus orígenes como seguidor de Acción Española, su formación y su encuadre dentro del tradicionalismo cultural y las controversias y tensiones entre las diferentes élites del franquismo que provocaron sus actividades.
El profesor Díaz recogió con abundantes referencias los dos aspectos que caracterizaron la labor de Calvo Serer: la formación de equipos en torno a empresas culturales —la revista Arbor y la Biblioteca del Pensamiento Actual— y la búsqueda de referentes intelectuales tanto nacionales —singularmente Menéndez Pelayo y el referido grupo de Acción Española— como internacionales. En este segundo aspecto, sus constantes periplos por el extranjero para establecer estrechas relaciones intelectuales con pensadores conservadores no demócratas, en un momento en el que España estaba en el ostracismo político, constituyó uno de los rasgos más singulares de su trayectoria. Durante esta primera etapa, para Calvo Serer, el régimen de Franco suponía la gran oportunidad para llevar a su plenitud el programa del tradicionalismo cultural, interpretado como la solución católica al desafío de la modernidad. Una plenitud que, según pensaba, en el fondo, sólo se alcanzaría si el grupo constituido en torno a él (Fernández de la Mora, Pérez-Embid, Vicente Marrero, Leopoldo Eulogio Palacios…) se alzaba con el monopolio de la dirección cultural del país y lograba el advenimiento de la monarquía en la persona de don Juan de Borbón.
La de Calvo Serer no fue la única propuesta que se articuló. El exclusivismo de los diferentes proyectos modernizadores que convirtieron en el seno del régimen franquista con el mismo objetivo de configurar y monopolizar la cultura española les llevó a una tensión permanente entre ellos. El choque definitivo en 1953 con el ministro de Educación Nacional Joaquín Ruiz-Giménez y su equipo, su expulsión del Consejo Superior de Investigaciones Científicas y el cese de sus colaboradores de la revista Arbor marcó el final de esta etapa.
Este nuevo libro, Rafael Calvo Serer. La búsqueda de la libertad, cuenta la continuación de su trayectoria vital e intelectual hasta su fallecimiento en 1988. En este caso son dos los autores. Onésimo Díaz se ocupa en el primer capítulo del período entre 1954 y 1958, un tiempo que denomina como de transición en la biografía de Calvo Serer. Fernando de Meer, autor de monografías esenciales sobre nuestra historia política y cultural recientes como La cuestión religiosa en las cortes de la II República, El PNV ante la guerra de España, Don Juan de Borbón, un hombre solo (1941-1948) o Antonio Garrigues, embajador ante Pablo VI (1964-1972), narra con gran precisión, en los capítulos II a V, la segunda parte de la vida de Calvo Serer y su evolución intelectual como consecuencia del descubrimiento de la libertad a través de las lecturas y con- tactos con conservadores, ahora demócratas, primero de origen germánico (Röpke, Rüstow, Messner y Voegelin) y luego anglosajón, especialmente de Estados Unidos (Kirk y Buckley).
Este cambio en sus referencias intelectuales en un tiempo de gran ebullición en el mundo católico —es el momento del Concilio Vaticano II— culminó en 1966 con la oportunidad que supuso para Calvo asumir la presidencia del Diario Madrid. El contacto práctico con el desafío de la libertad, y los límites que trataba de imponer a su ejercicio un régimen que se calificaba como católico, agudiza- ron la evolución intelectual de Rafael Calvo.
En el trabajo del profesor Carlos Barrera El diario Madrid, realidad y símbolo de una época, se ha tratado pormenorizadamente, desde el punto de vista de la historia del periodismo, esta etapa del vespertino y su traumático final. De Meer aporta ahora un enfoque más amplio al conocimiento de esta empresa al encuadrarla en el conjunto de la evolución cultural y política de su impulsor. Con la colaboración esencial de Antonio Fontán, en el Madrid, aparece de nuevo el perfil de Calvo Serer como formador de equipos para buscar la modernización del país, tanto en sus estructuras políticas como culturales. Ahora desde referencias ciertamente nuevas, aunque incubadas en los años anteriores.
Rafael Calvo escribía a principios de los sesenta que «la libertad se ha hecho católica». La idea de que la democracia no tenía necesariamente que tener un fundamento relativista constituyó, a partir de entonces, el motor de su actividad. Esa concepción de la libertad contraria a cualquier vestigio de sectarismo hizo que Madrid acogiese a periodistas, profesores e intelectuales de muy variada significación política y cultural, pero que comportarían un mismo afán modernizador. Y de la línea «reformista» pasó a la ruptura cuando entendió que el franquismo no daba para más.
De Meer narra con gran elegancia y precisión la reacción de Calvo al cierre gubernamental de Madrid, cómo mantuvo desde el exilio su vocación de intervenir en la vida pública de su país y las limitaciones que tuvo que afrontar. Josep Ramoneda y José Martí publicaron en 1976 un libro-entrevista titulado Calvo Serer: el exilio y el reino en el que se reflejaban las posiciones y propuestas de Calvo en el momento final del franquismo, que puede ser leído ahora como útil complemento.
La presente biografía añade la exposición de la trayectoria de Calvo Serer una vez que regresa a España en 1976. Se explica de un modo coherente el porqué del papel (secundario) que desempeñó durante la transición, las dificultades que afrontó en torno al Madrid, los infructuosos pasos para poner en marcha una nueva empresa cultural, el impacto que le supuso el magisterio de Juan Pablo II y sus intentos vacilantes de elaborar una síntesis cultural que permitiese alumbrar los pasos a una modernidad cristiana.
La principal virtud de esta obra radica en que traza de un modo preciso y coherente la evolución intelectual de las diferentes etapas vitales de Calvo Serer, el origen de los cambios y su alcance. Ante un personaje interesante y singular, los autores han sabido hacer compatible el afán de síntesis con un amplio y riguroso uso de fuentes documentales y bibliográficas que hace inteligible su compleja trayectoria vital.
Un elemento relevante de esta biografía es el extenso estudio introductorio elaborado por Antonio Fontán, quien fue estrecho colaborador de Calvo Serer a lo largo de algunas de sus etapas. En éste, que es uno de sus últimos trabajos, Fontán realiza una síntesis del itinerario del intelectual valenciano utilizando como hilo conductor los libros que publicó. A lo largo de ese recorrido, Fontán aprovecha para dejar pinceladas de sus recuerdos personales o valoraciones de carácter político —en alguna ocasión crítica— sobre la etapa de la vida de Calvo Serer al que se refieren. Para Fontán las tres grandes aportaciones de Calvo fueron la recuperación de Menéndez Pelayo y su interpretación de la historia de España, la apertura de horizontes intelectuales a los españoles a través de diversas empresas culturales y su contribución a la restauración de la monarquía.
Aunque de forma intermitente y en diversos periodos de su vida, Calvo dispuso de un periódico, una revista y una editorial. Indudablemente, la impronta intelectual de Calvo Serer no llega a la de los grandes referentes culturales del siglo XX, pero el Madrid sigue siendo hoy un ejemplo de compromiso cívico por la libertad.
En algunos momentos del libro los autores califican a Calvo como pedagogo de la opinión pública y, al mismo tiempo, señalan que al final de su vida declaró que sus máximos anhelos hubieran sido ser un gran profesor de filosofía y un consejero de políticos. En su vida real no hubo ni la estabilidad ni el sosiego que necesita la actividad filosófica ni el pragmatismo de quien desea convertirse en eso tan ciceroniano que es el consejero de príncipes.
Lo que sí hubo siempre fue entrega y compromiso por mejorar la calidad de la cultura y la vida pública de los españoles. Esos esfuerzos y las dificultades, internas y externas, con las que se encontró para hacerlos fructificar son los que se recorren en este libro.
Pablo Hispán Iglesias de Ussel

La razón de las naciones. Reflexiones sobre la democracia en Europa viene a completar la bibliografía de Pierre Manent en castellano, de quien ya se publicó en su día Historia del pensamiento liberal (Emecé Editores, Buenos Aires, 1990) y Curso de filosofía política (F.C.E., Buenos Aires, 2003). La última obra de este discípulo de Raymond Aron analiza de qué modo se está desarrollando la muy polémica construcción de la Unión Europea. Polémica porque estaría traicionando sus principios fundacionales y a aquellos que los inspiraron, ya que se ha convertido en una «gobernanza», término al que recurre Manent para subrayar lo poco que cuenta para la UE la soberanía de cada Estado y por su aspiración a acoger en su seno a naciones ajenas al Viejo Continente. Tres factores que tienen una causa: «La desaparición, quizá el desmantelamiento, de la forma política que desde hace tantos siglos ha arropado el progreso del hombre europeo, a saber, la nación».
¿Se puede permanecer indiferente ante tal acontecimiento? No, no es posible, salvo que se incurra en grave irresponsabilidad, ya que, como recuerda el pensador galo, «una forma política —la nación, la ciudad— no es una ligera indumentaria que uno puede ponerse y quitarse a voluntad y seguir siendo lo que es. Es ese Todo en el que todos los elementos de nuestra vida se unen y adquieren sentido». Tal es la importancia de la nación, que si ésta desapareciera de manera súbita [la cursiva es de Manet] y lo que lo mantiene unida se dispersara, cada uno de nosotros se convertiría al instante en un monstruo para sí mismo». Esta reflexión recuerda a aquella que hiciera Charles Maurras en Mis ideas políticas y según la cual «la idea de nación no es una nebulosa; es la representación en términos abstractos de una realidad muy concreta. La nación es el más amplio de los círculos comunitarios que son (en lo temporal) sólidos y completos. Rompedla y dejaréis desnudo al individuo. Perderá toda defensa, todo apoyo, todo concurso».
Este fenómeno, ciertamente inquietante e inimaginable cuando la construcción de Europa empezaba a poner sus fundamentos iniciales tras la Segunda Guerra Mundial, tiene un origen: el paulatino alejamiento de esa «agencia humana central» sita en Bruselas de cualquier territorio o pueblo concreto y su pretensión de ampliar el área de «la pura democracia». Se trataría de una democracia exenta de contenido, «una democracia sin pueblo», o tal como dice Manent, «una gobernanza democrática muy respetuosa con los derechos humanos, pero desligada de cualquier deliberación colectiva». Esta es la versión europea del «imperio democrático»; otra es la americana: EE.UU. como nación que vigila la democracia y cuya máxima ambición es «un mundo reunido en el que ninguna diferencia colectiva sea ya significativa». Así, el democratismo norteamericano nada tiene de inocente para el autor de este ensayo y sería una amenaza a la identidad de las naciones.
La primera versión del «imperio democrático» se afana en la extensión inacabable de la «construcción europea»; la segunda, en la «mundialización democrática», con el apoyo de algunos utopistas que, como el francés Philippe Nemo en ¿Qué es Occidente? (Gota a Gota, Madrid, 2006), aspiran a «una Unión Occidental [la cursiva es de Nemo] que reuniera a Europa occidental, Norteamérica y [algunos] países occidentales». Ambas versiones el «imperio democrático» serían dos realidades políticas contra la identidad nacional. ¿Por qué? Leamos a Manent: «Hace todavía poco tiempo, la idea democrática legitimaba y alimentaba el amor que cada pueblo experimentaba naturalmente por sí mismo. En adelante se reprueba y desatiende ese amor en nombre de la democracia. ¿Qué ha ocurrido? ¿Y cuál es el porvenir de la asociación humana si ningún grupo, ninguna comunión, ningún pueblo es ya legítimo; si sólo la generalidad humana es ya legítima? ¡Qué rápido se ha perdido el sentido de la nación democrática en los parajes mismos en que esta forma extraordinaria de la asociación humana apareció por primera vez: en Europa!».
La segunda versión del «imperio democrático» también amenazaría a la identidad —mejor dicho, a la nación—porque no hace sino concebir la sociedad civil como un gigantesco mercado de proporciones universales y sostiene que el poder de los ciudadanos únicamente admite su traducción en la «gobernanza» democrática, especie de revival del laissez-faire, cuya actividad máxima se ve reducida a la protección de las reglas de juego del intercambio mercantil.
Pero ahí no para la cosa. Hay otro hecho preocupante al que se refiere el ensayista, cifrado en la transformación de la democracia no ya en el sentido paretiano, sino netamente antitocquevilliano. Si para Tocqueville la democracia es la igualdad de condiciones —una igualdad de condiciones progresiva y siempre mayor—, hoy nos alejamos de tal convicción cuyos fundamentos eran institucionalizar la soberanía popular y reducir la distancia social. Pésima cosa, sin duda, porque, so capa del unanimismo democrático, también por su culpa, en Europa se perpetra un atentado contra las condiciones «de posibilidad de la democracia», es decir, el Estado soberano y el pueblo constituido, «más conocido por el nombre de nación». Dos fenómenos estrechamente vinculados, ya que «el Estado soberano es la condición necesaria de la igualdad de condiciones». ¿Por qué? Muy sencillo: porque «soberano» es tanto como decir que su legitimidad es superior a toda otra legitimidad que se dé en el conjunto social.
Hacía mucho tiempo que las naciones europeas no corrían semejante peligro, tal y como advierte este breve pero enjundioso ensayo de Pierre Manent.
Ignacio Marina Grimau
Unas breves palabras de Chardin en torno al papel del pintor, nos hablan de su personalidad y su manera de entender la pintura. Vendrían a decir que «uno se sirve de los colores, pero se pinta con el sentimiento». Y, ciertamente, Chardin, de naturaleza muy diferente a la de los otros grandes pintores franceses del siglo XVIII, los Watteau, Boucher, Fragonard o David, es, por antonomasia, el pintor francés de la vida cotidiana, íntima, de la pequeña burguesía tradicional y laboriosa. En este sentido, como veremos más adelante, sus lienzos están llenos de un recogimiento que atrae profundamente al espectador moderno.
De entrada, lo primero que llama la atención es que la pintura de Chardin no se puede comparar a ninguna otra de su siglo, es del todo distinta. Y es así por sus temas, por la forma en que maneja los pinceles, y muy en especial por la forma en la que concibe la pintura. En este sentido, Chardin es el heredero natural de los grandes pintores holandeses de pinturas de género del siglo XVII, con Vermeer a la cabeza. De hecho, su obra, en palabras de Gombrich —referente ineludible en el mundo del arte—, se parece a la del maestro holandés por la manera de sentir y retener la poesía de una escena familiar, sin perseguir efectos llamativos o significativas alusiones… Y según palabras de Pierre Rosenberg, comisario de la exposición y máxima autoridad en Chardin: «Si tuviera que definir en una sola palabra sus naturalezas muertas, lo haría con la palabra silencio». Pero pensamos que se podría añadir: y no sólo de las naturalezas muertas, sino del resto de su producción artística, tanto o más interesante a nuestro juicio que las naturalezas muertas propiamente dichas. Todas ellas están llenas de ese silencio y ensimismamiento tan característicos de Chardin.
Pero lo cierto es que, por desgracia, Chardin no contó, ni en Italia ni en España, con la popularidad y admiración de la que disfrutó en los países nórdicos. Y es que, en el fondo de la cuestión, hay que recordar que la pintura de Chardin es más bien del tipo de la pintura nórdica, flamenca, y muy en especial, de la holandesa. Aunque esto no basta, naturalmente, para comprender la originalidad de su obra y explicar su genio. No se trata, en absoluto, de una mera copia de la pintura holandesa de género, en el sentido de que él trata a fondo, ¡y de qué manera!, temas como el bodegón, y de que en los temas relacionados con la vida de la gente sencilla proveniente de la pequeña burguesía francesa, lo hace de una manera especial, única entre los que han tratado la, así llamada, pintura de género.

Sirva de ejemplo ese espléndido La bendición, de hacia 1740, en la que la mujer, de rostro afectuoso y solícito, pide a una de las dos niñas que bendiga la mesa antes de comer. La pequeña junta sus manitas y se dispone a hacerlo bajo la mirada atenta de su hermana. El tema no puede ser más sencillo, y, sin embargo, todo un halo poético parece recubrirlo por entero. Algo similar ocurre en su otro tema, aún más simple, titulado La joven maestra de escuela (1735-1736). La obra centra la atención del espectador en la expresiva mirada de la joven sobre su —algo menos perfilado— alumno, mientras le señala aquello en lo que, al parecer, le pide que se fije, o incluso le conteste. Todo es sencillo en la escena, mínima en detalles que distraigan la atención de la mirada bien elocuente de la maestra. Pero esta sola mirada, y la perfección con la que están realizados todos sus rasgos, son suficientes para dignificar toda la obra. Son ambos temas sencillos, decíamos, pero están recreados con una enorme sutileza.

Pero, bien es cierto, la vía que eligió Chardin hasta llegar a descubrir su propio talento para este tipo de temas a los que nos referimos, no fue fácil. Veamos. Nacido en 1699, sintió la atracción por el género de la gran pintura histórica aún imperante en buena parte de la pintura. Así, tomó como maestro a Pierre-Jacques Cazes (1676-1754), muy posiblemente uno de los pintores más dotados de la época, según nos revela Charles-Nicholas Cochin padre, prestigioso grabador de Chardin. En el taller de Cazes, Chardin aprendió a dibujar, estudió pintura histórica y recibió la formación requerida por la Academia Real de Pintura y Escultura de París. Ahora bien, el hecho es que lo pasó muy mal y sus éxitos fueron más bien mediocres. En esto tuvo que ver la grandísima competencia de toda una serie de pintores, de hacia los mismos años, más capacitados que él para la pintura histórica. Es el caso, por ejemplo, de los Boucher o de los Carle van Loo, entre otros. Tanto fue así, que Chardin tuvo que adoptar una nueva vía en su carrera pictórica.
Conforme nos ha sido narrado, el relato de la conversión de Chardin a la naturaleza muerta fue de la siguiente manera. Una de las primeras cosas que representó fue un conejo, y la forma en como quería hacerlo lo convertía en un estudio serio. Quería realizarlo con la mayor autenticidad posible, pero también con gusto, sin ninguna apariencia de sumisión que resultara seca y fría. «Este es el objeto que quiero representar», se decía a sí mismo. «Para centrarme en representarlo de forma auténtica, tengo que olvidar todo lo que he visto e incluso la forma en que otros han tratado estos objetos. Tengo que colocarlo a una distancia a la que deje de ver los detalles. Debo centrarme sobre todo en imitar, y con la mayor autenticidad posible, las masas generales, las tonalidades del color, la redondez, los efectos de las luces y las sombras».
De esta forma, Chardin acaba de tropezar con la naturaleza (el conejo al que se refiere), y, a partir de entonces se dedicará a estudiarla a fondo. De hecho, le dedicará toda su carrera de forma incansable, obsesiva, y con independencia del objeto que abordara, ya fuera una naturaleza muerta, una escena de género, o el retrato —y, entre ellos, muchos autorretratos— al pastel.
Eso es lo que hace Chardin, después de mirar y remirar el objeto en cuestión que quiere representar. Dedica horas y horas a reproducir la concordancia de colores, la representación perfecta de la materia, los reflejos de la luz y la calidad de las sombras; la delicada respiración de los objetos y de los seres, del aire que los envuelve… Chardin vuelve una y otra vez sobre un detalle concreto, y nunca se da por satisfecho.

En este sentido, Chardin, más que tener en cuenta los ejemplos del pasado, se apropió de una técnica personal, original, que además él mismo ponía sin cesar en entredicho. Tan sólo, como a otros de los más grandes pintores, se le conocen dos maestros: la naturaleza y la verdad. Pero, ya en 1749, Mariette nos dice que «su pincel no tiene nada de fácil». Durante toda su vida, Chardin luchará por superar esa falta de talento natural y lo hará con empeño, sin desfallecer. Buscará la perfección de forma incansable y nunca se mostrará satisfecho.
Chardin se dedicará al estudio del mundo inanimado y a las escenas de género, y pintará lo que está enfrente de él, a una cierta distancia de su caballete. Representa lo que ve, sólo lo que ve, y huye —en la medida de lo posible— del movimiento. Un ejemplo del empeño en su quehacer lo tenemos en su maravillosa Dama tomando el té (1735). Nada puede haber más sencillo que esta señora bien ataviada que parece dar vueltas a la cucharilla para preparar el té, aún caliente, que deja desprender un vaho tan bien representado que se diría del todo real. El movimiento es el mínimo imprescindible para darnos una señal de realidad en el lienzo. Al fondo del cuadro, la pared se ve invadida por el humo o vapor que se desprende de la infusión. La tetera junto a la taza y el plato, resplandecen por su fina decoración… y están a su vez apoyados en una mesa de un rojo brillante, primoroso, con un cajón a medio abrir. Todo es sencillo, diáfano y… perfecto.

Y quien dice el cuadro de la dama del té, igual lo puede decir de su famoso El retrato del hijo de M. Godefroy, joyero, absorto en la contemplación del giro de una peonza, también llamado El niño de la peonza, y también llamado Retrato de Auguste-Gabriel Godefroy (1738). En este lienzo, instantánea de la vida real, todo es quietud, incluso el movimiento —logrado a la perfección— de la peonza. He aquí, se podría decir, la poesía que nos transmite Chardin, quien manifiesta una extraordinaria meticulosidad para crear una atmósfera de intimismo en una escena de la vida cotidiana. Y todo esto por no hablar de la técnica, de un sorprendente dominio que nos recuerda, en parte, al propio Vermeer.
En efecto, Chardin reinventa para sí mismo una técnica que no puede compararse a ninguna de la de sus contemporáneos. A pesar de la aparente monotonía de los temas, su arte tiene una singular riqueza, al igual que profundas resonancias. En primer lugar es así por la calidad excepcional de la materia pictórica, con sus pinceladas gruesas, sus espesas capas de color, dispuestas en pequeñas manchas que destacan los reflejos. Pero, además, como destaca Paul Guinard, las figuras que circulan en el aire denso de estas habitaciones tienen su poesía propia, como antes veíamos.
Chardin se atrevió, como nadie hizo en su tiempo, a no narrar. De hecho, sus detractores decían al respecto que no sabía narrar. Pero él se empeña en rechazar cualquier anécdota, cualquier tipo de narración. Huye de lo pintoresco, de lo narrativo, de todo lo que haga alusión a cualquier tipo de ideología. Por si fuera poco, Chardin no sonríe, salvo en los autorretratos al pastel de los últimos años en ejercicio de su profesión. Su arte es serio por antonomasia. Sus modelos casi nunca nos miran, simplemente olvidan al espectador.
Chardin pinta hombres y mujeres, y en especial adolescentes y niños. Lo hace sin el menor atisbo de sensualidad, y prescinde por completo de las alusiones libertinas tan comunes en la Francia de su tiempo. Por el contrario, los modelos de Chardin, bien pertenezcan al pueblo o provengan de la burguesía, ya sean adultos o niños, están —como vimos en su momento— concentrados, ensimismados, abstraídos en su mundo, soñadores y ausentes. Nos hayamos, por tanto, ante un mundo inocente, serio, absorto y silencioso… siempre silencioso. Y es que Chardin se caracteriza, precisamente, por el ensimismamiento de los personajes recreados en sus obras. En este sentido, no hay gestos que vengan a enturbiar su apacible armonía, su inmutable serenidad.
Un ejemplo, entre tantos, bien elocuente de lo que estamos viendo, lo tenemos en su obra Una niña jugando al volante, también llamada La niña del volante (1737). Casi se podría decir, si nos fijamos con detenimiento en la expresión de la niña, que de tan inmóvil e imperturbable nos parece un tanto artificial, sin vida, cual figura de cera. Hasta ese extremo llega —y se expone— Chardin en su representación de la concentración extrema de la muchacha.

Por otra parte, el arte de Chardin no es anecdótico, pero tampoco es intelectual, ni pretende serlo. Tanto es así, que se ha llegado a decir que apenas sabía leer, o que ni tan siquiera era capaz de escribir su nombre. Pero Cochin nos revela que era ingenioso, que tenía mucho sentido común y un juicio excelente, además de una fuerza expresiva muy particular para representar sus ideas y hacerlas comprender.
Ciertamente, Chardin pinta lo que ve, y sólo lo que ve. Pero escoge, simplifica, compone y recompone, reduce a lo esencial. «No se contentaba con una imitación aproximada… quería la máxima autenticidad», como señalan tanto Cochin como Haillet de Couronne. Cuando quieren referirse a la mejor definición del talento del artista, mencionan «autenticidad y naturaleza», «naturaleza e ingenuidad», «un estudio exacto de la naturaleza», u otras expresiones parecidas. En este sentido, llama la atención lo que Diderot, que valoraba mucho sus pinturas, decía de él: «Henos aquí de nuevo, gran mago, con sus composiciones mudas… ¡cómo pasa el aire a través de estos objetos!… Es un increíble vigor de colores, una armonía general, un agudo efecto de realidad, de bellas masas, una magia en la factura que desespera, una atracción en la colocación y el orden, uno se puede acercar y se puede alejar y siempre permanece la misma ilusión, nunca hay confusión, nunca hay simetría tampoco ya que hay calma y reposo».
Y nos preguntamos, con Rosenberg: «¿Es Chardin el símbolo ejemplar del siglo XVIII?». Y es el propio Rosenberg quien nos responde: «Si lo comparamos con sus grandes contemporáneos, abrigaremos serias dudas. Chardin tiene sus propias ideas sobre la pintura, sobre lo que tiene de única, lo que le distingue de la de sus rivales. Es el pintor de la armonía, del amor de los seres y de las cosas… de la pintura a secas».
En lo que se refiere a la evolución de su producción artística, además de lo ya mencionado, hay que referirse a su primer éxito pictórico, a saber, La raya (1725-1726), que podemos contemplar en la exposición. Más que admirarnos de su belleza —el cuadro no pretende presentarnos un bodegón atractivo—, lo hemos de hacer de su perfección. En lo que a esto respecta, seguro que no defrauda, tal es su arte. Y es que el esplendor de la materia pictórica de Chardin reviste de tal modo a los objetos que forman parte de sus naturalezas muertas, que los eleva y transfigura y dota de emoción.
En la década de 1730 Chardin se centra en los bodegones, espléndidos la mayoría, que servirían de referencia e inspiración a todo un Cézanne. Sirva de ejemplo, entre otros, ese tan original, moderno, La tabaquera, también llamada Pipa y jarra para beber, de hacia 1737. Pero con ser sus bodegones admirables, lo más significativo de estos años es, muy posiblemente, que a partir de 1733 comienza a pintar sus escenas de género, a las que ya nos hemos referido de forma pormenorizada. Posteriormente, en la década siguiente, continuará su producción limitada a los géneros ya mencionados, con la excepción de algunos retratos de personas a él allegadas. Pero, tal vez, lo más destacado de entonces es que consigue una sólida —aunque a un tiempo discreta— fama nacional e incluso internacional. De por entonces es, por ejemplo, el famoso La bendición, de 1840, al cual ya nos hemos referido por extenso.

Las décadas de 1750 y 1760 suponen su regreso a las naturalezas muertas, un género en el que no se había prodigado en los años anteriores. Ejemplos de estos bodegones son el excelente El tarro de albaricoques (1758), y el atractivo La cesta de fresas salvajes, de hacia 1760. En las obras que corresponden a estos años, la ejecución de Chardin se hace más ágil, y muestran un interés especial por los reflejos y las transparencias, la luz y las sombras.
En los últimos años de su pacífica vida, aquejado por varias enfermedades, Chardin se centra en la pintura al pastel. En efecto, de por entonces —años 1770— son sus encomiables autorretratos, y el retrato de su mujer, que marcan el final a su carrera con una nota de análisis psicológico ausente hasta entonces. Lástima que estos autorretratos apenas estén presentes en esta, por lo demás, magnífica exposición que, como al principio decíamos, nos hará redescubrir (o descubrir, según los casos) a este tan singular como primordial pintor del siglo XVIII francés.