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Ver productosUn dudoso pero indiscutible mérito de Julian Assange consiste en haber vuelto a hacer realidad lo impensable. Recordando en algunos aspectos al 11-S, la reciente difusión por parte de Wikileaks de aproximadamente 250.000 telegramas reservados de las embajadas de los Estados Unidos es otro acontecimiento sin precedentes. Ciertamente, desde que se inventó Internet, se sabía que la confidencialidad en las comunicaciones privadas de las personas y de las organizaciones estaba más en peligro que nunca. Sin embargo, nunca hasta ahora se había tenido conciencia de que las filtraciones de documentos secretos podían ser masivas, de que para ello bastaba un puñado de ciudadanos corrientes y de que el gobierno más poderoso del planeta era igualmente vulnerable a esta amenaza.
Inevitablemente, este suceso ha suscitado reacciones tan diversas como encontradas, incluyendo los que opinan que simplemente se trata de un episodio pasajero con una relevancia a lo sumo mediática o los que defienden firmemente estas filtraciones abogando además por la abolición del secreto en las comunicaciones diplomáticas. En medio de esta polémica, es oportuno preguntarse cuál es la trascendencia política presente y futura de estas revelaciones y, en general, de la existencia de Wikileaks. Esta es asimismo una ocasión propicia para reflexionar sobre las consecuencias que tendría para el mundo el surgimiento de una diplomacia totalmente abierta, algo que Woodrow Wilson propuso hace tiempo en el primero de sus famosos Catorce Puntos.
Este asunto es un caso típico de interacción entre la política interior y la política exterior. En una primera aproximación, los hechos objeto de este estudio reflejan la tensión existente entre el derecho a la información propio de las sociedades democráticas en el siglo XXI y la necesidad del secreto inherente desde tiempos inmemoriales a las relaciones entre los gobiernos. Como ha dicho Timothy Garton Ash, captando muy bien sus dos dimensiones esenciales, lo acaecido es el sueño del periodista y la pesadilla del diplomático. Por lo tanto, desde esta doble perspectiva es como hay que abordar la cuestión de los efectos políticos de las actividades de Wikileaks. En primer lugar, en el plano nacional, porque repercuten sobre los derechos humanos y, en última instancia, sobre la democracia. Y en segundo lugar, en el plano internacional, porque afectan a la diplomacia y, en definitiva, a las relaciones entre los Estados.
En consonancia con este esquema, las conclusiones a las que llega este análisis contradicen la visión generalizada entre los medios de comunicación de que Wikileaks es un fenómeno positivo. Primero, las antedichas filtraciones en masa de telegramas diplomáticos reservados han sido perjudiciales, tanto desde el punto de vista de las libertades individuales como desde la óptica de las relaciones internacionales.
Segundo, la sombra del pasado, es decir, la mera posibilidad de que estos hechos se repitan, mermará de alguna manera la calidad tanto de la democracia como, sobre todo, de la diplomacia. Y tercero, un mundo Wikileaks, es decir, un hipotético escenario en el que la transparencia en la política exterior fuese absoluta, significaría el fin de esas dos instituciones, con consecuencias nefastas en la esfera nacional para los países democráticos y en la esfera internacional para la comunidad de naciones.
LA FALACIA MAQUIAVELICA DE JULIAN ASSANGE
Los defensores de Wikileaks tienen un punto de razón. Es verdad que en un régimen democrático los ciudadanos deberían estar bien informados de lo que hace su gobierno en sus relaciones con el extranjero. Y es innegable también que la mayoría de los ministerios de asuntos exteriores conservan todavía un afán secretista carente de justificación en los tiempos modernos. No obstante, una cosa es ser transparente y otra es tener la obligación de publicarlo todo en Internet, por las buenas o por las malas. Efectivamente, la trasparencia absoluta en la política exterior no es imprescindible para la existencia de la democracia. En cambio, lo que sí es necesario para la supervivencia del Estado de Derecho es el respeto a la privacidad de las personas, sean éstas físicas o jurídicas, privadas o públicas, puesto que en último término todas las organizaciones humanas están integradas por individuos.
Por consiguiente, para calibrar bien los efectos de las filtraciones de Wikileaks sobre la democracia, es preciso determinar cabalmente a qué libertades afectan y cómo lo hacen. Y cuando se examina este asunto desde el punto de vista moral y legal de los derechos humanos, resulta evidente que lo que aquí ha ocurrido es una vulneración sistemática de la confidencialidad de la correspondencia, un derecho fundamental en cualquier democracia y reconocido como tal en la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Efectivamente, en principio, es legítimo el deseo de ocultar determinados contenidos a la luz pública propio de todos los individuos y de todas las organizaciones, gobiernos inclusive. ¿Acaso a Wikileaks le parecería bien que se dieran a conocer todas sus comunicaciones internas sin su previo consentimiento? Cuando menos, los embajadores que firmaron todos esos telegramas tenían derecho a saber antes de redactarlos que acabarían siendo publicados en la prensa.
Por el contrario, el secreto en las comunicaciones diplomáticas no es un obstáculo para la existencia de la democracia. Como atestiguan los contenidos de los telegramas del Departamento de Estado, el servicio exterior estadounidense cumple por regla general con la ética y con la ley, al igual que sucede en la inmensa mayoría de los países. En un Estado de Derecho se pueden arbitrar una serie de mecanismos de control para que los representantes de la soberanía popular fiscalicen adecuadamente el uso de la confidencialidad en el ámbito del servicio exterior, sin que los diplomáticos tengan que actuar en el extranjero permanentemente de cara a la galería interna, sin los inconvenientes que ello tiene en los ámbitos nacional e internacional, como luego se verá con más detalle.
Contrariamente a lo que Assange pretende falazmente, en este caso la libertad de expresión nunca ha estado en juego. Por definición, este derecho humano corresponde a las personas que desean expresarse en público sin poder hacerlo a causa de la actuación de un gobierno que se lo impide. Sin embargo, es obvio que el Departamento de Estado no estaba deseando propalar sus mensajes cifrados, ni estaba amordazando con ellos a nadie en su libertad de transmitir sus opiniones. De otra parte, el derecho a la in- formación, invocado ocasionalmente por algunos medios para justificar la difusión de estas revelaciones, tampoco es aplicable a esta situación, toda vez que las mismas han sido obtenidas por medios ilícitos y sin la anuencia de los interesados. Esta prerrogativa no es por lo tanto ilimitada, como pretenden algunos, sino que se acaba precisamente allí donde comienza el derecho a la privacidad.
Las filtraciones de documentos oficiales reservados únicamente podrían estar justificadas en supuestos muy puntuales y excepcionales. En concreto, para poner al descubierto las conductas de un gobierno claramente delictivas, inmorales o contrarias al interés nacional. Este fue el caso, por ejemplo, de la publicación de los papeles del Pentágono. Si ese fin encomiable hubiera sido el objetivo real de Wikileaks esta organización solamente habría dado a conocer las comunicaciones reveladoras de conductas irregulares del gobierno norteamericano. En contraste, la publicación de la totalidad de los telegramas en su haber demuestra que lo que buscaba esta organización era menoscabar el poderío de los Estados Unidos.
Así, paradójicamente, el supuesto idealismo de Julian Assange esconde un realismo hijo de Maquiavelo. En efecto, el auténtico objetivo de su cruzada no es la libertad de expresión, como asegura públicamente en su página web para vestir con un ropaje democrático lo que en el fondo es una agresión al Estado de Derecho, sino la lucha contra los poderes establecidos y sus abusos. Para comprender las verdaderas intenciones del director de Wikileaks, conviene retrotraerse al ambiente libertario en el que transcurrió su infancia, en el que incluso la asistencia a la escuela estaba mal vista. Desde esta perspectiva, el poder político y económico sería intrínsecamente malo, por lo que habría que erosionarlo para devolvérselo a los individuos. En definitiva, el sueño de Assange sería el regreso del hombre a ese estado de naturaleza previo al contrato social en el que se basa el actual Estado-nación.
Sin embargo, por Hobbes, Locke y Rousseau, es sabido que en esa construcción mental no solamente reinaba la violencia, sino que gran parte de las libertades básicas del individuo estaban sin protección. Es más, en una situación así, algunos ciudadanos o medios de comunicación también podrían alcanzar un poder desproporcionado, gracias al control que podrían ejercerían sobre la información y, en particular, sobre las filtraciones. Ahora bien, a diferencia de lo que ocurre con las instituciones públicas en una democracia liberal, estos individuos apenas estarían sujetos a mecanismos democráticos de elección, supervisión y contrapeso, por lo que sus abusos podrían ser aún mayores que los de los organismos públicos.
La anarquía que Assange propone, no tan ingenuamente como parece, es la antítesis del Estado de Derecho. En esa sociedad, todos seríamos el Gran Hermano, con la circunstancia agravante de que unos lo serían más que otros. Casualmente, el director de Wikileaks se convertiría en uno de los grandes ganadores en esa hipotética redistribución de papeles. En última instancia, ¿quién le controlaría a él o, en general, al cuarto poder? En conclusión, no conviene hacerse ilusiones sobre esa nueva revolución orwelliana en la granja de la diplomacia.
En efecto, además del daño actual que supone esta violación masiva del derecho al secreto en la correspondencia, las consecuencias para el futuro de la democracia de estas filtraciones y de la existencia de Wikileaks serán también negativas, especialmente si esta organización consiguiese imponer de facto la transparencia absoluta en la acción exterior de los Estados democráticos.
En primer lugar, la operatividad de esta organización es un peligro para la privacidad de todas las personas, tanto públicas como privadas. Si se viola impunemente la confidencialidad a la que tienen derecho los representantes de cualquier gobierno, se corre el riesgo de acabar vulnerando sistemáticamente el derecho al secreto de la correspondencia de todos los ciudadanos. Por eso, la apología de las actividades de Assange que están realizando algunos medios es especialmente preocupante, porque equivale a una invitación para la reiteración de este tipo de actos inmorales e ilegales indiscriminadamente.
En segundo lugar, el resultante deterioro de las libertades en el interior de los países democráticos perjudicaría a su vez el objetivo de promover la democracia en el mundo. Con sus Estados de Derecho devaluados, estos países tendrían menos legitimidad para reclamar el cumplimiento de los derechos humanos en otros lugares del planeta, y en alguna medida dejarían de ser un modelo a imitar por los países autoritarios.
En tercer lugar, en la competición internacional entre las democracias y las autocracias, los países democráticos serían los más perjudicados por la existencia de Wikileaks. Los gobiernos de los países totalitarios poseen un mayor control de la información, y por lo tanto de las filtraciones, que sus homólogos en los Estados de Derecho. En consecuencia, la actividad de esta organización otorgaría una ventaja adicional a los regímenes dictatoriales, en detrimento a su vez de la democracia en el mundo. Por ejemplo, está claro que ahora Corea del Norte o Irán pueden calibrar mejor que antes hasta dónde puede llegar Washington en el ejercicio de su diplomacia coercitiva, lo cual les fortalece frente a Estados Unidos. En verdad, no es una casualidad que los gobiernos de China, Venezuela y Cuba sean algunos de los que más se han alegrado por estas divulgaciones.
En cuarto lugar, una política exterior completamente transparente sería perjudicial para la defensa de los intereses generales de un país, al revés de lo que se supone que debería ser lo propio en un régimen representativo. En cualquier negociación, que es básicamente en lo que consisten las transacciones entre los gobiernos, la transparencia en los detalles se presta a su utilización demagógica con fines electoralistas, partidistas o sensacionalistas. Sin embargo, para el conjunto de la nación, una acción exterior impulsada por los representantes legítimos del pueblo, expuesta a la reválida principalmente en el momento de las elecciones, es mejor que otra dictada por imperativos de política interior, por la prensa o por los vaivenes emocionales de la opinión pública.
Por ejemplo, el denominado factor CNN, en lugar de los intereses nacionales, fue lo que llevó a Washington a comienzos de los años 1990 a intervenir precipitadamente en Somalia y a salir de este país poco después sin haber cumplido su misión humanitaria. Bastaron para lo primero las imágenes de una población desangrándose en un conflicto civil y para lo segundo las secuencias del derribo de un helicóptero cargado de marines estadounidenses, inmortalizadas en la película Black Hawk Down.
En quinto lugar, para colmo de las ironías, la diplomacia del futuro será seguramente más opaca por culpa de Wikileaks, que así obtendrá el efecto exactamente opuesto al supuestamente perseguido. A partir de ahora, es de suponer que todos los gobiernos serán más cautelosos en sus comunicaciones. Con la finalidad de evitar indiscreciones, restringirán la circulación de sus informes reservados. En consecuencia, estos documentos contendrán menos información o bien utilizarán un lenguaje más críptico, de modo que solamente quienes estén en los detalles podrán comprender su pleno significado leyéndolos entre líneas.
Por último, la idea de que las revelaciones de Wikileaks sobre las prácticas corruptas y represoras de las autocracias promoverán el cambio político en esos países es una exageración. Frente a lo que algunos afirman, esta organización no ha jugado un papel decisivo en los acontecimientos que han llevado recientemente al derrocamiento de la dictadura de Ben Ali en Túnez. La población tunecina ya sabía con anterioridad cómo eran sus gobernantes, aparte de que han sido sobre todo Internet y las redes sociales los instrumentos auxiliares que han facilitado la movilización callejera en ese país. Las causas que conducen a las transiciones políticas son más profundas y los detonantes otros. Si no fuera así, hace tiempo que se habría extendido un tsunami democrático por todo el planeta.
La virtualidad de la organización de Assange a este respecto es como mínimo ambivalente. En algunos países autoritarios, sus filtraciones podrían incluso desatar una persecución a los opositores delatados en los telegramas del Departamento de Estado. Según algunas informaciones, esto es lo que estaría ocurriendo en Zimbabue, donde la represión de Robert Mugabe podría recaer sobre algunos de los miembros más aperturistas de su partido, por haberse atrevido a hacer confidencias a la embajada norteamericana en Harare.
Desde el punto de vista más práctico de las relaciones internacionales, el efecto neto de estas filtraciones ha sido también negativo. Al salir a relucir comentarios críticos de las embajadas norteamericanas acerca de las autoridades de ciertos países, se han creado obviamente fricciones in- necesarias en las relaciones entre Washington y el resto del mundo, con repercusiones en ambas direcciones. A resultas de ello, por ejemplo, el Departamento de Estado ha tenido que relevar a su embajador en Trípoli, y muchos de sus representantes en otros lugares serán mirados ahora con recelo e incluso con animadversión. Y el daño podría haber sido aún mayor si los telegramas afectados hubiesen sido los clasificados con el máximo nivel de confidencialidad, con el que se protege la información más sensible.
Por lo tanto, como ha señalado acertadamente la secretaria de estado Hillary Clinton, estos hechos han constituido un ataque a toda la comunidad internacional. Contrariamente a lo que parece, la principal víctima de esta situación no ha sido Estados Unidos. Al fin y al cabo, los dirigentes que aparecen mal retratados en esas comunicaciones no son los de esta superpotencia, sino los corruptos y mentirosos de los países autoritarios, así como los oportunistas de los países democráticos que sacrifican los intereses generales en aras del partido o de su permanencia en el cargo. Comoquiera que sea, los diplomáticos de todo el planeta tendrán que trabajar un tiempo para reparar este daño.
Estas consecuencias nocivas no deberían sorprender. Primeramente, porque todas las relaciones sociales requieren para su armonía de una pequeña dosis de hipocresía, que en el buen sentido es el homenaje que el vicio rinde a la virtud, en palabras de La Rochefoucauld. Piénsese por un instante en lo que sucedería si nuestros superiores, subordinados, vecinos o cónyuges fuesen capaces de leer todo lo que se nos pasa por la cabeza. Pues lo mismo sucede en la esfera de las relaciones entre los Estados, donde afortunadamente los agravios privados se habían podido ocultar hasta ahora detrás de las sonrisas públicas.
Por añadidura, ninguna organización humana puede funcionar adecuadamente si no tiene asegurada una cierta confidencialidad en sus comunicaciones internas. Ni siquiera esos medios de prensa que actualmente propugnan su abolición en el ámbito de las embajadas.
Seguramente ellos tampoco estarían dispuestos a exponer a la luz pública sus fuentes, sus intereses o las presiones que ejercen y a las que se someten. Es evidente que si las conversaciones entre los miembros de Wikileaks hubieran sido completamente abiertas, el gobierno estadounidense habría podido abortar a tiempo la publicación de los telegramas del Departamento de Estado.
Debido a la naturaleza del sistema internacional, el secreto es todavía más necesario para el buen funcionamiento de los servicios exteriores que para el resto de las organizaciones, públicas y privadas, quizá con la excepción de la policía y las fuerzas armadas. Como ha señalado Robert Putnam, la diplomacia es una partida que se juega simultáneamente en dos tableros, el nacional y el internacional. Debido a la ausencia de un gobierno mundial, este último es un espacio esencialmente anárquico, en el que a menudo no se aplican las reglas que rigen en la esfera interna de los países democráticos. En la mesa exterior, los gobiernos no pueden llevar la transparencia hasta el extremo de descubrir permanentemente sus cartas a los demás jugadores, ni siquiera para que las puedan ver bien los de casa.
En esas condiciones, nadie querría jugar a la diplomacia. Y a este respecto, conviene no olvidar que las representaciones diplomáticas y los ministerios de asuntos extranjeros, aunque ya no sean los únicos actores relevantes en las relaciones internacionales, siguen teniendo una importante misión que cumplir en el siglo XXI. Si algo han revelado los 250.000 telegramas filtrados por Wikileaks es el buen hacer de los funcionarios del servicio exterior norteamericano, no solamente en defensa de sus intereses nacionales, sino también en aras del diálogo entre los pueblos y para la solución de problemas internacionales, como se ha visto en los casos de los programas nucleares de Irán y Corea del Norte.
La diplomacia sobre el terreno facilita la cooperación y la paz internacionales gracias precisamente a ese flujo de contactos personales cotidianos con las autoridades y con los colegas de otros países, ahora en peligro a causa de Assange.
Por ejemplo, el famoso telegrama de la embajada norteamericana en Moscú que narraba con todo lujo de detalles una boda de alto copete en el Cáucaso tiene tanto valor informativo como el de cualquier informe más abstracto. Al mismo tiempo, indica la existencia de una red de contactos y de puentes tendidos, algo que puede ser un activo muy útil en el momento menos esperado. Como ha puesto de relieve la teoría de los juegos, la sombra del futuro que proyecta esa malla de interacciones entre arrieros que se ven a diario por el camino es una llamada a la amistad y un conjuro para evitar el enfrentamiento.
Lógicamente, la calidad de la diplomacia es esencial para la concordia entre los pueblos. Un buen servicio exterior permite transformar una situación internacional de suma cero en otra de suma positiva. En cambio, la diplomacia mutilada o irrelevante del mundo Wikileaks podría tener en casos extremos consecuencias catastróficas para la estabilidad del planeta. En tales circunstancias, los conflictos internacionales, generalmente provocados por errores de cálculo o percepción, serían más difíciles de evitar. Como muestra la Historia con el ejemplo de las dos guerras mundiales o de la más reciente de Iraq, la mediocridad de los dirigentes del momento ha sido el factor desencadenante de muchas conflagraciones.
Como se verá a continuación de una forma más gráfica, el secreto de la diplomacia para gestionar con eficacia las relaciones entre los Estados es, valga la redundancia, el secreto. El problema no es solamente que sin él esta institución no pueda sobrevivir, sino que el mero temor a las filtraciones en masa contribuirá en alguna medida al deterioro de los servicios exteriores y, en general, al menoscabo de la calidad del proceso interno de toma de decisiones en la política exterior. A su vez, esto repercutirá negativamente sobre la cooperación y la paz en el mundo.
Para hacerse una idea de los posibles efectos perniciosos sobre las relaciones internacionales que podrían tener en el futuro la operatividad de la organización de Assange y la transparencia absoluta en la política exterior, lo mejor es imaginarse lo que le pasaría a la diplomacia en un mundo Wikileaks, ese escenario extremo en el que no habría confidencialidad o en el que ésta podría ser violada con suma facilidad.
En primer lugar, por falta de confianza, las embajadas se quedarán sin interlocutores, y por lo tanto sin información con un valor añadido sobre la publicada en la prensa. Las autoridades locales se resistirán a hacerles confidencias y los colegas acreditados en el mismo país tampoco se las harán entre sí. Por este mismo motivo, tampoco sobrará la franqueza en los tête-à-tête entre los líderes internacionales. Así, el gobierno de Arabia Saudí ya no se atreverá a decir a los representantes de Washington lo que realmente piensa de Irán, por si acaso se entera su propia opinión pública. De este modo, los ministerios de exteriores se quedarán sin esos cotilleos que permitían calibrar mejor si en un país puede haber una crisis de gobierno, en qué están pensando los que toman las decisiones o hasta qué punto se puede llegar a un acuerdo con ellos. A la postre, todos estos canales de comunicación privilegiada entre los Estados acabarán desapareciendo por falta de uso.
En segundo lugar, con el fin de no dejar constancia, la acción exterior dejará de apoyarse en procedimientos escritos para volverse eminentemente verbal. Pocos embajadores se atreverán a poner datos o análisis sensibles en letras de imprenta, so pena de que lleguen a la redacción de un periódico antes incluso de que lo lea su destinatario en la capital. A resultas de ello, los informes oficiales terminarán transformándose en meros resúmenes de prensa o extinguiéndose. A su vez, la política exterior carecerá de memoria escrita y se hará prácticamente sin reflexión, ya que pensar y escribir son dos procesos íntimamente relacionados, que se refuerzan mutuamente. Los líderes de la diplomacia basarán así sus decisiones en vagos comentarios superficiales o en el último telediario.
En tercer lugar, se limitará aún más el círculo de los que toman las decisiones a un petit comité de la plena confianza del ministro de asuntos exteriores o del presidente correspondiente. Ello se traducirá en una mayor politización de la diplomacia, ya que los que ocuparán esos puestos de responsabilidad no serán necesariamente los más capaces, sino los familiares, los amigos, o los del partido de turno. A la postre, ello supondrá un uso ineficiente de los recursos del servicio exterior, en particular de los diplomáticos profesionales.
En cuarto lugar, se restringirá el ámbito de los destinatarios de la información reservada. Consiguientemente, aumentarán los problemas de transparencia interna y de coordinación entre los distintos órganos implicados en la elaboración y ejecución de la política exterior. Esto es justamente lo que Washington había tratado de evitar, a partir del 11-S, estableciendo la nueva intranet diplomática cifrada ahora vulnerada, para permitir el acceso a la información confidencial a un gran número de usuarios autorizados dentro de la administración.
En quinto lugar, la información y el análisis político, una de las misiones principales de la diplomacia, se terminará privatizando. En el lugar de los diplomáticos, los ministerios de asuntos exteriores recurrirán a la prensa para las noticias y a los think tank para las reflexiones y los documentos de acción política. Sin embargo, aunque ambas fuentes son muy valiosas, el servicio exterior debería seguir siendo el punto de encuentro de las tareas de información, análisis y toma de decisiones en materia de política exterior. De una parte, por motivos de eficiencia, ya que en último término se decide en función del análisis y se analiza en función de la decisión. Y de otra parte, en aras del interés general, pues de lo contrario habrá aún más politización en la política exterior, ya que el gobierno correspondiente recurrirá únicamente a los insumos informativos y analíticos de los medios ideológicamente afines.
En sexto lugar, la diplomacia dejará de ser un instrumento apto para la gestión de crisis, la solución de conflictos y la lucha contra algunas de las grandes amenazas a la seguridad del siglo XXI. Con luz y taquígrafos es muy difícil vender de antemano a las opiniones públicas internas las inevitables concesiones inherentes a todo proceso negociador. La crisis de los misiles de Cuba de 1962 se arregló gracias a la renuncia sigilosa por parte de Washington de unos inservibles misiles estadounidenses estacionados en Turquía. Las negociaciones de Camp David o de Dayton tampoco hubieran arrojado un acuerdo si se hubieran desarrollado ante las cámaras de televisión y, por lo tanto, expuestas a los extremistas saboteadores de la paz. Asimismo, por motivos obvios, la cooperación internacional contra el terrorismo y el crimen organizado será prácticamente imposible. De este modo, otra de las funciones primordiales de la diplomacia, la negociación entre los gobiernos como vía para llegar al entendimiento, entrará en vías de extinción.
El siguiente y último capítulo de esta serie será el ocaso de las embajadas y, por ende, de los ministerios de asuntos exteriores. Desprovistos de sus funciones clásicas de información, análisis y negociación, se quedarán en simples oficinas de protocolo o agencias de viajes, tanto en la periferia como en la capital. Es decir, habrá llegado la hora del fin de la diplomacia, la institución que desde hace siglos ha gestionado las relaciones entre los Estados más bien que mal.
Por suerte, un mundo Wikileaks es un escenario muy improbable, pero no por falta de partidarios. En adelante, es previsible que los gobiernos se esfuercen con relativo éxito por mejorar los sistemas de seguridad de sus comunicaciones internas y por disuadir a quienes los violen mediante una legislación nacional e internacional más severa. No obstante, una vez que el genio ha salido fuera de la botella será muy difícil que regrese a ella. Inevitablemente, aunque pasado su primer impacto mediático los efectos de estas divulgaciones no sean revolucionarios ni tampoco particularmente visibles, habrá un antes y un después.
Las consecuencias negativas anteriormente descritas se irán dejando sentir de una manera silenciosa sobre la calidad de la diplomacia del futuro. Los mensajes de las embajadas tendrán un contenido cada vez más indefinido, las decisiones de política exterior importantes se tomarán con el conocimiento exclusivo de una cúpula reducida, la confianza personal será el factor de mayor peso en los nombramientos diplomáticos, la acción exterior estará frecuentemente al albur de los periódicos afines al partido en el gobierno y las negociaciones internacionales se verán excesivamente sometidas a las razones de la política interior. En realidad, estas ramificaciones ya se venían manifestando desde hace tiempo, en parte porque el temor a las filtraciones de documentos individuales existe por lo menos desde que se inventó la fotocopiadora. La posibilidad de las revelaciones en masa simplemente agravará ligeramente estas tendencias.
De un modo análogo a como opera el terrorismo, y salvando por supuesto las distancias que separan a estos dos fenómenos, el miedo será el mecanismo a través del cual se producirán sutilmente los citados efectos, independientemente de que surjan o no nuevas filtraciones. De ahí que la resultante atmósfera de coacción encubierta, en el ámbito de la política exterior primero y eventualmente por contagio en la esfera privada después, tampoco sea lo más indicado para el desarrollo de las libertades personales propias de un Estado de Derecho.
El reto ahora consiste en mantener un equilibrio razonable entre la necesidad de informar a la ciudadanía sobre la política exterior del país y la exigencia del secreto en la acción externa, como precisan respectivamente la democracia y la diplomacia. Para ello, la mejor fórmula consiste en educar a la población en materia de relaciones internacionales y, especialmente, en explicar adecuadamente la política exterior a la opinión pública. En este último aspecto, el Departamento de Estado, uno de los más abiertos en su política informativa, es un buen modelo a seguir. Como ahora sabemos gracias a Assange, no había tanta diferencia entre lo que Washington decía en público y lo que contaba en privado, lo cual no sucede en muchos otros países.
Esta es, además, la mejor manera de hacer que Wikileaks carezca de coartada. Pero en cualquier caso, desde el punto de vista moral de los derechos humanos y desde el punto de vista práctico de las relaciones internacionales, lo que ha hecho esta organización carece de excusa. Como se ha visto, estas filtraciones suponen un ataque frontal a la democracia y a la diplomacia. En un Estado de Derecho, el fin no siempre justifica los medios. Afortunadamente, en esta ocasión la ética y la Realpolitik coinciden.
Foto: Obra de Graphic Tribe. Fuente: https://rixstep.com/1/1/1/20101027,01.shtml. Bajo licencia Creative Commos. Se puede consultar aquí
Buenas y malas novelas? ¿Cómo distinguirlas? La novela es un género literario vinculado en su origen a la épica. Participa de todos los rasgos de lo literario: es una creación humana, de tipo mimético (en sus aspectos psicológico y sociológico), se inserta en la historia de la cultura, es un hecho semiótico, como todo lo que hace el hombre, se expresa mediante signos lingüísticos, y aspira a ser artístico. Específicamente la novela es el relato en lenguaje literario de una historia humana (mimesis de una conducta, real o fantástica). Todas estas características las cumple de una forma u otra la novela desde su origen, en sus obras concretas y, por todas ellas, puede ser considerada buena o mala. Buenas y malas novelas no hace relación, pues, solamente a la bondad o maldad moral de las historias narradas, sino a todos los criterios a los que pueden responder.
El origen óntico de la literatura, y, por tanto, de la novela, lo sitúa Aristóteles en la tendencia humana a copiar lo que ve y a complacerse en las copias, que hace utilizando materiales diversos: la palabra, la línea, el color, la piedra, etc.
El origen histórico de la novela se vincula a la Odisea, poema épico al que se califica frecuentemente de novela de aventuras. El primer tipo de novela fue la bizantina, que se desarrolla ampliamente entre los siglos II al IV; entre las más famosas, Las Etiópicas o Teágenes y Cariclea, de Heliodoro, y Leucipa y Clitofonte, de Aquiles Tacio (finales del siglo II), constituyen el canon temático y formal del género.
A lo largo de los siglos fueron surgiendo otros tipos de novela que conservaron los rasgos de las primeras y enriquecieron el discurso con nuevos temas y nuevos recursos. Los nuevos tipos de novela suelen relacionarse con otras formas de la cultura y del arte del tiempo en que aparecen y reciben diversos nombres que tienen que ver con su con- tenido, con el enfoque que aplican, con el movimiento filosófico o cultural que siguen: novela de caballerías, sentimental, picaresca, El Quijote, novela realista, lírica, gótica, policiaca, posmoderna, etc. Aunque se escriben novelas en todos los siglos y el género se renueva continuamente, en general se considera que el XIX es el siglo de mayor auge de la novela, cuando tiene una mayor presencia e influencia en la sociedad. El Quijote inaugura la llamada novela moderna, que sigue una trayectoria que va primero a la novela inglesa del siglo XVIII, luego al realismo francés del XIX y se implanta y diversifica en todo el mundo culto en el siglo XX. Los modelos más frecuentes se manifiestan bajo dos modalidades: las novelas de acción y las novelas del mundo interior; las primeras suelen ser más objetivas, suelen utilizar la expresión en tercera persona y suelen ser un reflejo de la vida humana en un entorno social; las segundas suelen ser subjetivas, suelen expresarse en primera persona y suelen tener un ritmo mucho más lento.
Las bizantinas (como ocurrirá con las posteriores) constituyen un tipo porque las historias y los recursos de la trama, con la composición y disposición de los motivos, se repiten una y otra vez: viajes por países fabulosos y espacios a veces míticos; aventuras sin cuento: ataques de piratas, raptos, naufragios, peligros; encuentros y alejamientos; sucesos extraños, fantasiosos, portentosos, etc.; personajes siempre jóvenes, siempre enamorados y fieles, siempre bellos: el tiempo vital se detiene en una especie de eterna juventud, mientras dura el relato.
Igualmente se repiten y se consagran en la bizantina algunos recursos que va dando especificidad a la novela: las historias suelen empezar in medias res, como la Odisea, y tienen casi siempre un final feliz, de encuentro y vuelta a casa, con el cierre del espacio y del tiempo. Esto da lugar a un relato de acción, de estructura circular, con personajes que a veces cuentan su propia historia pasada, intercalándola en la general del narrador, omnisciente y en tercera persona, lo que origina un discurso con varias perspectivas, distintas voces y ritmos variados.
La construcción de la novela que se inicia in medias res genera un relato que cuenta desde el presente una historia pasada, al menos en parte, y, por tanto, selecciona los sucesos más relevantes funcional o estructuralmente y, como conoce el desarrollo, no se detiene en informes secundarios, por lo que su ritmo es rápido. Si la narración se hace en presente y progresa con los hechos, tiene que contar todo, pues no tiene la perspectiva necesaria para seleccionar, ya que cualquier detalle puede resultar relevante para las relaciones y el desenlace, y el ritmo de la acción se hace necesariamente más lento.
Otro de los recursos de las novelas bizantinas es el metarrelato: al revisar el pasado, contado por un narrador homodiegético (un personaje), el narrador general suele hacer crítica sobre la forma de contar. Es un recurso que utilizará Cervantes en El Persiles, y, más sofisticado, en El Quijote, en las alusiones a la primera parte que ya han leído algunos de los personajes de la segunda, y en las referencias frecuentes al Quijote de Avellaneda.
La bondad de este tipo de novela, considerando su temática y sus recursos, se centra en su finalidad, que no es otra que entretener el ocio del ciudadano. La utilidad de la tragedia, que Aristóteles situaba en la catarsis y que era beneficiosa para la polis porque calmaba los ánimos del espectador, es un argumento que puede trasladarse a la novela, a pesar de que el proceso de comunicación es muy diferente: el teatro se dirige a un público muy numeroso, mientras que la novela tiene un receptor individual. No obstante, aunque el hombre lee en solitario, en las épocas de éxito de la novela, la proyección social es muy amplia y puede alcanzar efectos didácticos, ideológicos, políticos, etc., y, de hecho, los poderes fácticos han utilizado a lo largo de la historia estas posibilidades de la novela.
En el Renacimiento italiano, con la fórmula de delectare et prodesse (deleitar aprovechando), el arte se considera un instrumento para entretener honestamente el ocio y también para educar a la juventud, para encauzar y controlar los sentimientos, para orientar los instintos, etc. La polémica suscitada en la Contrarreforma sobre el Decamerón y sobre las comedias de Terencio, declaraba que el arte literario es bueno si educa moral y lingüísticamente a los lectores y si los entretiene sin exaltar los ánimos; es malo si degenera las conductas, si pervierte la sensibilidad.
En todos los tiempos la novela conoce unos recursos de intensificación que el autor pone al servicio de una finalidad, señalada o no por la sociedad: el novelista destaca los temas que quiere situándolos en un lugar privilegia- do del discurso (al principio o al final, por ejemplo), o con recursos retóricos de todo tipo, de modo que puede influir en la aceptación de unas ideas frente a otras, de unos personajes determinados, de una visión política, moral, jurídica, etc. Por ejemplo, si su objetivo preferente es deleitar, incluye:
a) Elementos suspensivos, que mantienen el interés y evitan que se abandone la lectura; el abuso de este recurso lo llevó a cabo la novela por entregas y persiste hasta los actuales culebrones televisivos.
b) Elementos satíricos o paródicos que interesan al lector por la crítica social y política que generalmente recogen; la risa, o mejor la sonrisa, es siempre satisfactoria para el lector porque crea una especie de complicidad con el texto.
c) Elementos informativos: sobre hechos históricos, personajes reales, datos interesantes, que, aunque sean falsos, consiguen que el lector tenga la sensación placentera de que está aprendiendo algo.
Estos y otros recursos semióticos de intensificación son utilizados por la novela de todos los tiempos para subrayar motivos, caracteres o ideas textuales, de manera directa y consciente, o bien intuitivamente, y producen sus efectos en el lector, en un proceso de comunicación literaria que se suma al proceso lingüístico, literal, del texto.
Y, sin salirnos de la finalidad didáctica, no podemos olvidar la proyección educativa que sobre el uso del lenguaje tiene la novela. El lector aprende a expresarse con corrección, en buen lenguaje; aprende también a argumentar, a conocer recursos retóricos y estilísticos, y puede alcanzar propiedad y mejorar su expresión.
El análisis de los recursos y formas de la novela puede continuarse sobre el relato medieval, tanto los cortos (Decamerón, Libro de Patronio…) que originan la técnica del’enfilage, en la que un marco común les da unidad, como a los relatos largos, como la novela de caballerías o la novela sentimental, que aportan orientaciones y enseñanzas sobre las buenas maneras, sobre las relaciones entre los amantes, sobre las conductas generosas, amorosas y altruistas…
En este sentido podemos añadir a los criterios de construcción, de temas y de lenguaje, que dan lugar a novelas bien o mal hechas, un criterio moral: las novelas son ejemplos de conducta. Aquí habría que considerar también otros elementos, como el desenlace: una conducta ejemplar que lleva a un desenlace desastroso, o una conducta perversa que es premiada por un desenlace feliz, son ejemplos perversos, y lo son también las novelas que inducen a la violencia, suscitan deseos de rebeldía, de venganza, etc. Las novelas con ese desarrollo no son precisamente ejemplarizantes y deben ser rechazadas, en principio.
Precisamente en la polémica renacentista sobre la comedia, se censuraba que tratase de conductas poco ejemplares, como los enfrentamiento entre padres e hijos, el engaño y la falta de fidelidad entre los amantes, las traiciones, las burlas, la frivolidad, la falta de responsabilidad de jóvenes y viejos, etc. Pero, según la doctrina aristotélica, si el desenlace hacía triunfar el bien y castigaba el mal, esas conductas depravadas podían ser modelo de lo que no debía hacerse. Los ejemplos pueden surtir efecto por vía positiva, que induce a imitarlos, y por vía negativa, que induce claramente a rechazarlos.
Buenas o malas conductas en relación al desenlace; lenguaje correcto, claro y brillante en su expresividad y en su estilo, dignifican las obras, tanto las comedias como su género épico paralelo, las novelas.
Todos los caracteres de la novela, el ser humana (psicología de la novela / sociología de la novela), el ser histórica, el ser cultural, son criterios que ha utilizado la crítica tradicionalmente para señalar su bondad: se habla de novelas que reflejan lo humano de manera magistral, que son ejemplos de profundidad psicológica, o reflejan a la perfección los valores sociales; se ha valorado la propiedad con que algunos novelistas crean personajes verosímiles, reflejo de personas reales (novela decimonónica), personajes profundos psicológicamente (Dostoievski), personajes deconstruidos que siguen manteniendo una unidad referencial (novela posmoderna), etc.
El gran desarrollo que en el siglo XX adquirió la narratología llevó a establecer unidades y categorías del relato (cuento, novela, cine), que han sido estudiadas con atención y profundidad y han puesto de relieve las razones de la bondad literaria de novelas que se consideraron canon durante siglos.
No es posible vincular la bondad al uso de un recurso narrativo, ni siquiera de todo el conjunto: una novela no es buena o mala porque use hábilmente la figura del narrador, o los tiempos del relato, la excelencia procede de usarlos genialmente y eso sólo lo consigue el genio, los demás autores hacen buenas artesanías, sin alcanzar otros niveles.
El conocimiento de categorías y unidades como la trama, el argumento, los motivos, la función y la secuencia narrativa, el personaje, el tiempo y el espacio, el narrador, la voz, el punto de vista o enfoque, etc., ha facilitado, a la par que un lenguaje crítico y teórico muy conveniente en la investigación narratológica, una serie de conceptos cuyo conocimiento por los autores, sin duda, pueden influir en la construcción armoniosa de la novela, sin sustituir, en ningún caso, insistimos, al genio.
El valor literario, que procede del uso armonioso de los recursos, pero que es imposible remitir a ninguno en concreto, hacen de la novela un hecho que admite consideraciones axiológicas diversas: en sí misma, en las relaciones con otras novelas, con otros géneros, con otras artes. Hablamos de novelas formidables por su estilo, por sus temas, por su identificación histórica con los valores de su época, por su capacidad de crear mundos verosímiles, etc., y apoyamos en estos logros su valoración.
Finalmente, y para comprender la dimensión artística de la novela, tenemos que aludir al proceso semiótico que inicia el autor (individual) y a través del texto (elemento intersubjetivo del proceso) culmina el lector, con su interpretación. Frente al texto lingüístico no literario que es, o al menos tiende a ser, unívoco, la novela, como todos los hechos artísticos, es semánticamente polivalente y admite varias lecturas.
¿Buenas y malas novelas? Para calificar de buena o mala una novela hay, como se ve, que barajar muchos criterios. O nos dejamos llevar por la primera impresión y prescindimos de racionalidades, o no es tarea fácil.
Las elecciones locales son las más generales de cuantas se celebran en España. Con tantas circunscripciones como municipios —a los que hay que añadir cabildos y consejos insulares, así como las juntas forales vascas—, el próximo 22 de mayo se celebrarán más de 8.000 procesos electorales diferenciados, a los que concurrirán varios cientos de miles de candidatos para ocupar más de 70.000 cargos públicos. El resultado de las urnas determinará, en una elección indirecta posterior, el destino de las 38 diputaciones provinciales existentes en la actualidad. En los dos grandes partidos nacionales se suele decir que las elecciones municipales se empiezan a ganar el día de presentación de las candidaturas. No se refieren con ello a la importancia de la calidad de los candidatos elegidos —que también— sino al hecho innegable de que los votantes solo podrán elegir unas siglas allí donde éstas se hayan presentado. A diferencia de unas elecciones generales, donde 350 candidatos repartidos en 50 listas hacen posible a cualquier español expresar su preferencia por un partido, en las municipales esa misma formación política necesitará disponer de muchas decenas de miles de candidatos a concejal repartidos por todo el territorio, una inmensa exhibición de capacidad organizativa. Cada municipio sin lista presentada representa una fracción del censo electoral que ya no podrá elegir, aunque lo desee, una opción concreta.
Estas elecciones están muy influidas por los factores más próximos, más cercanos, más subjetivos y, sin embargo, suelen tener una segunda lectura política que va mucho más allá de su mero significado local. Posiblemente sea porque pesa en nuestra memoria colectiva el impacto político de las elecciones municipales de abril de 1931, donde el triunfo de las candidaturas de orientación republicana en las grandes capitales acabó con la monarquía en apenas dos días. O tal vez, porque desde comienzos de la década de los noventa las municipales anteceden a las elecciones generales e, inevitablemente, se impone su análisis casi como si de una primera vuelta se tratara. Cual- quiera que sea la causa es preciso relativizar este uso predictivo de las municipales o, al menos, es necesario explicar con cierta precisión los elementos que diferencian el comportamiento electoral en convocatorias de tan distinta naturaleza. Echando la vista atrás es fácil comprobar que ese carácter anticipatorio de las elecciones locales ni es tan cierto, ni resulta tan fácil de analizar.
En cuatro de las cinco últimas elecciones generales la victoria fue previamente anunciada en las elecciones municipales. Ocurrió en 1993, 1996, 2000 y 2004; sólo en 2008 la victoria popular en las municipales de 2007 fue seguida por una derrota al año siguiente. Si observamos con atención la tabla precedente podremos advertir que las circunstancias fueron muy distintas en cada uno de los «emparejamientos». La gran victoria socialista de 1991 (+13 puntos) no anticipó la consolidación del Partido Popular como alternativa real de gobierno que se puso de manifiesto en las generales, dos años más tarde. En sentido parcialmente contrario, el gran resultado popular de 1995, que le llevó a mejorar en diez puntos porcentuales sus resultados de las anteriores elecciones locales y a superar en casi 4,5 al partido socialista, quedó en casi un empate un año más tarde. En las municipales de 1999 se dio el resultado más equilibrado de la historia, con una levísima ventaja popular y, sin embargo, las elecciones generales del 2000 trajeron la que hasta ahora ha sido la única mayoría absoluta del PP, con más de 10 puntos de diferencia. Algo similar ocurrió, en sentido político inverso, entre las ajustadas municipales de 2003 y la holgada victoria socialista de 2004 (aunque en este resultado, como es sobradamente conocido, influyó decisivamente la masacre terrorista del 11-M). Por lo tanto, incluso cuando en apariencia las locales anuncian el resultado de las generales, la claridad de la profecía deja bastante que desear. Un viejo relato nos puede arrojar alguna luz adicional. Los más veteranos analistas políticos suelen decir que las relaciones de un gobierno con sus electores suelen atravesar por cuatro fases: una primera y breve época de idilio posterior a la victoria, la luna de miel; una segunda y larga de progresivo desgaste, la decepción de la realidad; un tercer momento cierra la etapa anterior, es el hundimiento aparente; y por último suele llegar una cierta recuperación, en ocasiones insuficiente. En el calendario político español las elecciones municipales y autonómicas siempre llegan en el peor momento de los gobiernos respectivos y posiblemente eso nos ofrece una explicación parcial de lo ocurrido en 1995/1996, 1999/2000 y 2007/2008.
En todo caso, tras las impresiones recibidas de las grandes cifras agregadas, conviene detenerse en analizar la trastienda de esos números. Como ya se ha indicado, los resultados de unas elecciones locales son la suma de miles de procesos diferentes, gran parte de ellos desarrollados en pequeños municipios. En estos ayuntamientos de menor dimensión es donde la personalidad de los candidatos adquiere mayor relevancia, en detrimento de las siglas políticas bajo las que se cobijan. Dos razones estrechamente relacionadas pueden explicar este fenómeno. De un lado, las elecciones municipales tienen un carácter más administrativo. Los ciudadanos buscan en sus alcaldes buenos gestores más que dirigentes con una determinada orientación ideológica que apenas se deja sentir en el ejercicio de las competencias locales. El voto en las generales, mucho más político, se mueve por pautas distintas. Por otro lado, cuanto menor es el municipio mayor es la información directa de la que dispone el elector sobre el candidato y su equipo. Los partidos juegan en nuestras democracias un papel orientador del sentido del voto; suplen el escaso conocimiento público de algunos candidatos con su aval partidista. Los electores confían en que los candidatos, a quienes apenas conocen, sean las personas más idóneas porque el partido en el que habitualmente confían los ha designado para ocupar ese puesto. Este atajo informativo solo es relevante cuando no existen otros cauces igualmente sencillos para formarse un juicio sobre las alternativas en liza.
Visto desde otra perspectiva, lo anterior explica también la proliferación de candidaturas independientes en las elecciones municipales. Es este un fenómeno que se concentra en los municipios más pequeños, aunque el paso del tiempo lo ha ido minorando. En las elecciones municipales, como ocurre con las generales, se observa en las dos últimas décadas una tendencia constante hacia la concentración bipartidista del voto. Los dos grandes partidos sumaron juntos el 64 % en 1991, el 66 % en 1995, el 69 % en 1999 y 2003, y más del 71 % en 2007. Con todo, esta última cifra aún queda muy lejos del casi 84 % que PP y PSOE sumaron juntos en las elecciones de 2008.
Por último, a la hora de establecer comparaciones entre procesos electorales de distinta naturaleza territorial debe tenerse en cuenta un último factor: las muy diferentes tasas de participación. Las elecciones locales son marcadamente más abstencionistas que las generales. En los últimos veinte años la abstención se ha situado en las elecciones generales entre el 31 % de 2000 y el 22 % de 1996; en el mismo periodo, en las elecciones municipales ha dejado de votar entre un 30 % del censo en 1995, las de mayor participación, y el 37 % de 1991. Parece fácil concluir que las elecciones locales se perciben por los ciudadanos como menos trascendentes y, por ello, una parte renuncia a emitir su voto. Lo que resulta más difícil conocer es la tipología de esos abstencionistas y, a los efectos que estamos comentando, determinar si se reparten de manera homogénea entre todas las opciones políticas o son más abundantes en unas u otras formaciones.
A pesar de todo lo anterior las elecciones del próximo 22 de mayo serán un eficaz termómetro político, solo que habrá que leerlo con la debida atención. En primer lugar, convendrá fijarse en la evolución de las grandes ciudades. El PSOE gobierna hoy en cinco de las diez mayores ciudades españolas (Barcelona, Sevilla, Zaragoza, Las Palmas y Palma de Mallorca) mientras que el PP lo hace en cuatro (Madrid, Valencia, Málaga y Murcia); Bilbao tiene alcalde del PNV. El voto municipal en estas grandes ciudades estará más influido por el entorno general que por factores locales y, en consecuencia, nos dará un fiel reflejo del clima político. Todo indica que el Partido Popular afianzará sus actuales alcaldías y, muy probablemente, ganará algunas nuevas. El Partido Socialista puede perder por primera vez en democracia, además, la ciudad de Barcelona en favor de un alcalde nacionalista.
En segundo lugar, conviene prestar atención al voto de las fuerzas nacionalistas y de Izquierda Unida en cuya evolución se fundamenta el más reciente éxito electoral de Rodríguez Zapatero; este ciclo parece estar concluyendo. En el centro derecha algunos acontecimientos pueden también distorsionar los resultados. La división en Navarra entre el PP y UPN, y el surgimiento en Asturias del nuevo partido de Álvarez Cascos pueden fragmentar los votos populares. En sentido contrario, el hundimiento de Unión Mallorquina y la práctica desaparición del nacionalismo andaluz pueden reforzar los resultados del PP en ambas comunidades autónomas.
La tercera lectura imprescindible deberá hacerse en torno a las cifras de participación. España transpira voluntad de cambio. La envergadura del fracaso socialista es de tal calibre que el deseo de una alternativa es compartido incluso por los votantes de izquierda. La teoría nos dice que esta tensión impulsará al electorado hacia las urnas. Pero a nadie se le oculta que los ciudadanos también interpretan la gravísima crisis económica actual como consecuencia de una profunda crisis institucional en la que el descrédito de los partidos y los políticos está alcanzando cotas hasta ahora desconocidas entre nosotros. Son dos impulsos encontrados cuyo resultado final habrá que valorar correctamente.
El resultado de las elecciones municipales de la primavera próxima será reflejo del cambio político que ya se anuncia para 2012, un cambio tan necesario como urgente. Pero no se debe olvidar que el correcto análisis de los resultados deberá incorporar un amplio conjunto de factores que singularizan las elecciones locales y las distinguen netamente de las generales. Con todo, una vez más en nuestra historia democrática, la elección de miles de alcaldes y concejales será también el primer paso para el acceso de una nueva mayoría al gobierno de la nación.
Son muchos los químicos que podríamos evocar con este motivo. Pero nos vamos a limitar a dos, que son: Antoine Lavoisier y Dmitri Mendeléyev. El primero es considerado como el padre de esta ciencia. Nació en París en 1743 y fue guillotinado cuando tenía 50 años, en 1794. Elegido miembro de la Academia de Ciencias, ocupó diversos cargos públicos, como los de director estatal de los trabajos para la fabricación de la pólvora, comisario del tesoro y miembro de una comisión para establecer un sistema uniforme de pesas. Trató de introducir reformas tanto en los sistemas monetario y tributario como en los métodos de producción agrícola. Investigó la contaminación del agua y realizó experimentos que proporcionaron pruebas para la ley de la conservación de la materia. Concibió una nomenclatura química como sistema de nombres, que sirve de base al sistema actual. En 1789 publicó un Tratado elemental de Química, donde definió el concepto de elemento como una sustancia simple, que no se puede dividir mediante ningún método de análisis químico conocido. En consecuencia, elaboró una teoría de la formación de compuestos.

La otra gran figura de la Química fue el ruso Dmitri Ivánovich Mendeléyev, que nació en 1834 en Tobolsk y murió en 1907 en San Petersburgo.
Además de diversos trabajos, todos ellos relacionados con la Química, es el autor del sistema periódico de los elementos, que resulta de ordenar estos en orden creciente de sus pesos atómicos, a base de filas y columnas. Consta de siete periodos, cada uno de los cuales contiene determinado número de la química en primer lugar elementos, que se disponen en filas.
Cada periodo empieza siempre con un metal alcalino y termina con un gas noble. En el primer periodo, se incluyen dos, que son el hidrógeno y el helio. El segundo encierra ocho. Empieza con el litio y termina con el neón. El tercero tiene otros ocho elementos, los comprendidos entre el sodio y el argón. En el cuarto, se incluyen 18 elementos que van desde el potasio al criptón, divididos en dos series, una de 10 ocupando ocho plazas, puesto que tres elementos muy análogos, el hierro, cobalto y níquel se colocan en una misma casilla, y otra serie de ocho. El quinto periodo abarca otros 18 elementos, distribuidos de igual forma. Empieza con el rubidio y termina con el xenón. Aquí, los tres elementos que ocupan la misma casilla son el rutenio, rodio y paladio. El sexto periodo comprende 32 elementos, porque a los 18 hay que añadir los catorce que figuran en las tierras raras. Son los lantánidos, que salen fuera del sistema periódico. Este periodo empieza con el cesio y termina con el radón. Como en los dos periodos anteriores, una casilla hay que llenarla con tres elementos, que son el osmio, iridio y platino. Finalmente, el séptimo y último periodo no contenía, en aquellos tiempos, más que diez elementos. Más tarde se comprendió que las propiedades de los elementos, más que función periódica de sus pesos atómicos, son función periódica de su número atómico. Cuando Mendeléyev estableció el sistema periódico no se conocían los gases nobles, ni los elementos radioactivos. Además, el cuadro ofrecía numerosas lagunas. Todo ello dio lugar a que Mendeléyev pudiera predecir la existencia de seis elementos, entonces desconocios. Estos son el escandio, galio, germanio, tecnecio, renio y polonio.

Actualmente ha surgido la nanociencia, que se ocupa del estudio de los materiales de muy pequeñas dimensiones. Aquí se dan cita tanto la Química, como la Física o la Biología. Las dimensiones se miden aquí en nanómetros. Una nanómetro es la milmillonésima parte de un metro, o lo que es lo mismo la millonésima parte de un milímetro. Richard Feynman, premio Nobel de Física en 1965, fue el primero en referirse a las posibilidades de la nanociencia y la nanotecnología en un célebre discurso que pronunció en el Instituto Tecnológico de California, en 1959: «En el fondo hay espacio de sobra». Se define la nanotecnología como «el estudio, diseño, creación, síntesis, manipulación y aplicación de materiales, aparatos y sistemas funcionales a través del control de la materia a nanoescala, y la explotación de fenómenos y propiedades de la materia en estas dimensiones». A estas escalas, la materia presenta fenómenos y propiedades totalmente nuevos, que pueden contribuir a resolver problemas relacionados con el medio ambiente, así como pueden aparecer aplicaciones médicas o de otros órdenes.
Más allá de las interpretaciones políticas, la estrategia de Julian Assange constituye también un ejercicio de exhibicionismo y explota la tendencia social a levantar las confidencias y airear los secretos. Pero detrás de esta hábil maniobra no se oculta ningún interés político, sino un intento de verter la sombra de la sospecha sobre el Departamento de Estado que crea inevitablemente desconfianza en los ciudadanos y cubre de desprestigio a las instituciones políticas.
Según el prestigioso semanario The New Yorker, Julian Assange, el fundador y animador de Wikileaks, tiene escrito, aunque no parece que haya llegado a publicarlo, un borrador programático titulado «La conspiración como gobierno», en el que, intentando describir los propósitos que guían sus actividades, afirma que «el gobierno ilegitimo es por naturaleza conspiratorio, el resultado de las acciones de funcionarios en secreto colaborativo trabajando en detrimento de una población». Siempre según el New Yorker, Assange mantiene que «cuando las líneas de comunicación interna de un régimen son interrumpidas, la corriente de información entre los conspiradores debe reducirse y como consecuencia, cuando la corriente queda reducida a la nada, la conspiración desaparece». Subraya el New Yorker: «Filtraciones como instrumento de la guerra de la información» (Raafi Khatchadourian, «No secrets», en The New Yorker, 7 de junio 2010).
Con esas y parecidas logomaquias, en las que tampoco suele prodigarse demasiado, el australiano de pelo albino, faz aniñada y costumbres harto licenciosas —según la nada puritana fiscalía sueca—, pretende justificar lo que de otra manera y en otros términos hubiera sido simple- mente clasificado como anarquismo exhibicionista. Más lo segundo que lo primero, dicho sea en honor de la ver- dad, porque más allá de un manifiesto deseo de aparecer como el apóstol maligno capaz de destruir los pilares del orden establecido, pocos son los balbuceos salidos de su boca en los que hallarse pudiera un rasgo ideológico, un diseño político, una intuición organizativa. Como a cual- quier adolescente mal educado —y Assange, aunque de ello no sea responsable, lo es—, lo que le priva es la destrucción por la destrucción, sin importarle los medios o las consecuencias. Al final de sus acciones no hay modelos alternativos, por utópicos que resultaran, o propuestas de cambio, por revolucionarias que fueran. No hay nada. No hay ninguna otra cosa que no sea Assange.
¿Y quién es Julian Assange? Un hacker, un especialista en entrar fraudulentamente en los sistemas informáticos, un violador convicto y confeso de la privacidad electrónica —y de otras privacidades también, siempre según la fiscalía sueca— de los demás, un delincuente digital que utiliza sus habilidades de la misma manera que los anarquistas de tiempos pasados y los terroristas de tiempos presentes utilizaban y utilizan los explosivos para subvertir la realidad institucional circundante. Rodear sus acciones del halo heroico que correspondería a un Robin Hood de los tiempos modernos equivale al endoso de las acciones criminales de aquellos que frente a un ordenador practican la más extendida de las piraterías contemporáneas. Hace falta un portentoso caudal de ingenuidad o de cinismo para, en nombre de la legalidad, oponerse a las descargas no autorizadas en la red y al mismo tiempo, en nombre de una peculiar y meliflua moralidad, considerar que Assange está prestando un desinteresado servicio a la humanidad. Y esa contundente afirmación seguiría siendo cierta aun en el caso de que el australiano hubiera contribuido con sus acciones a desvelar secretos inesperados y graves. Mal que les pese a sus no muy abundantes seguidores, nadie, ni siquiera Assange, está por encima de la ley.
Wikileaks explota hábilmente la natural tendencia de los humanos a bucear en la confidencialidad y a digerir cualquier teoría conspirativa. Los mismos que en nombre de la razón niegan la divinidad y su manifestaciones, están dispuestos a leer ávidamente y por millones de ejemplares las bien urdidas estupideces de Dan Brown o a esperar de las filtraciones de los telegramas del Departamento de Estado americano las claves arcanas de la evolución del mundo. En la época de la globalización, dicen, la transparencia se impone y nada, por escondido que resulte, debe quedar oculto a la mirada inquisitorial de los ciudadanos. Assange sería el autonombrado oficiante de la ceremonia, el investido con poderes superiores para revelar a los humanos lo que los dioses habían querido esconder, el liberador por excelencia de la oprimida raza humana. Una gran falacia.
Porque nadie, ni el más empedernido participante en las «redes sociales», podría mantener con seriedad que fuera necesario abolir de las relaciones humanas, públicas o privadas, el factor de la reserva, la confidencialidad o el secreto. La mejor de las demostraciones del aserto se encuentra en el mismo Julian Assange, personaje empeñado en desvelar las interioridades de los demás mientras guarda para sí mismo —menos ahora que antes, cierto es, desde que la justicia le sigue los pasos, y no siempre por desvelar secretos— una pesada sombra de ambigüedad y evasivas. De la misma manera que nadie en sus cabales desea ver expuestos a la cruda luz pública sus conversaciones privadas, con el convencimiento exacto de que el ámbito de la privacidad es imprescindible para la adecuada evo- lución de las relaciones humanas y del respeto que merecen, los contactos entre entes públicos nacionales o internacionales para buscar acuerdos, solucionar problemas, estrechar alianzas o planificar acciones individuales o con- juntas necesitan de la confidencialidad para madurar, evolucionar y fructificar. Insinuar que todo lo confidencial es punible o que toda autoridad es ilegitima, las justificaciones de Wikileaks para sus cruzadas, revela un propósito tan delirante como dañino, y posiblemente enloquecido. Suficientes instrumentos tienen las sociedades democráticas a su alcance como para investigar delitos y perseguir a sus perpetradores, incluso cuando se encuentren ocultos, como para confiar tan delicada tarea en el «sheriff» sin ley conocida que tan bien encarna Assange.
El fundador de Wikileaks quiere justificar sus acciones afirmando que su misión es «exponer la injusticia a la luz pública, no la de facilitar una descripción equilibrada de acontecimientos». Según una invitación a eventuales patrocinadores que circuló en 2006, «nuestros objetivos principales son los regímenes gravemente opresivos de China, Rusia y Asia Central, pero esperamos poder prestar asistencia a todos aquellos en el oeste que desean revelar conductas inmorales o ilegales en sus gobiernos y corporaciones».
Assange piensa que «un movimiento social dedicado a revelar secretos puede acabar con muchos gobiernos que se basan en la ocultación de la realidad, incluyendo el gobierno americano» (The New Yorker, art. cit.). Pero a pesar de tan edificantes intenciones por lo que respecta a regímenes dictatoriales, las únicas informaciones que hasta ahora ha facilitado Wikileaks provienen de medios occidentales, fundamentalmente americanos, y tiene sistemáticamente origen en individuos que parecen estar guiados más por un afán de venganza que por las motivaciones altruistas del tipo de las que Assange menciona. Y en la selección de las revelaciones que recibe no muestra criterio selectivo, espíritu analítico o contención aconsejada por algún tipo de prudencia. Todo sirve, sobre todo cuando se trata de desplegar informaciones que afectan al gobierno de los Estados Unidos: vídeos de ataques militares en Irak, planes de despliegues tácticos en Afganistán, identificaciones de la seguridad social de los soldados militares desplegados en ambos países, telegramas enviados por las embajadas americanas al Departamento de Estado.
Los medios de comunicación convencionales que han pactado con Assange la publicación de las filtraciones de Wikileaks han tomado algún cuidado —en parte seguramente guiados por la mala conciencia derivada de la patente ilegalidad de la fuente— para borrar nombres o esconder pistas que pudieran poner en peligro la seguridad de gentes e instituciones. Pero para Assange esas sutilezas morales no existen: la posibilidad de que personas mueran como consecuencia de la diseminación de sus informaciones debe ser tomada como un «daño colateral» —el título que el escogió para el vídeo sobre el ataque de un helicóptero americano contra terroristas en Irak, que por error acabó con la vida de civiles—, admitiendo la posibilidad de que los miembros de Wikileaks pudieran tener «sangre en las manos» (The New Yorker, art. cit.) Todo sirve, es decir, todo lo que los filtradores primarios le suministran. No hay un propósito delimitador, ni una voluntad explicativa, ni una descripción del contexto, ni una lección sobre las consecuencias. Assange concede valor en sí a la misma filtración, con independencia de su contenido, y eso provoca la turbia atención que recibe y su misma fragilidad: vale lo que vale algo tan aleatorio como el filtrador y su producto.
Lleva ya más de un lustro Assange dedicado a su peculiar negocio y a pesar de algunos «éxitos» aislados —el del helicóptero había sido el más sonado— su evidentemente hinchado ego soportaba mal que ningún gobierno, y menos el de los Estados Unidos, hubiera caído como consecuencia de sus acciones. La Casa Blanca sigue en su sitio y su inquilino dispuesto a seguir habitándola hasta al menos 2012, cuando lleguen las próximas elecciones, pero Wikileaks y su fundador adquirieron la fama que hasta entonces se había mostrado algo esquiva cuando a finales del año 2010 cinco conocidos medios escritos —The Guardian en Inglaterra, Le Monde en Francia, Der Spiegel en Alemania, The New York Times en los Estados Unidos y El País en España— comenzaron la publicación de la mastodóntica cantidad de 250.000 comunicaciones de confidencialidad diversa enviadas por las embajadas americanas al Departamento de Estado en Washington durante un periodo mal definido pero que parece comenzar en el año 2004 y llegar hasta tiempos muy recientes. Para la exacta comprensión del tortuoso camino que desembocó en la publicación de las filtraciones —a lo que parece debidas a un sargento de ejército americano de nombre Manning que trabajaba en Bagdad en el centro de comunicaciones del gobierno USA— resulta sumamente ilustrativo la lectura del artículo que Vanity Fair publica en su edición de febrero de 2011 bajo el titulo «Wikigate» y firmado por Sarah Ellison. Debería estar dedicado a todos aquellos que todavía dicen creer en la santidad del australiano.
Los telegramas al Departamento del Estado han sido presentados a la opinión pública por los medios escogidos por Assange para que vieran la luz como un momento definitorio y radicalmente nuevo en las relaciones internacionales. En la lógica que acarrea la necesidad de la venta del producto— que seguramente ha tenido también su precio, es difícil imaginar a Assange entregándolo sin previa compensación— los agraciados han llegado a mantener que con la masiva filtración se abría una nueva era en las relaciones internacionales. Es ocioso añadir que la palabra «transparencia» es la que mejor describiría esa gozosa epifanía.
No cabe negar la expectante curiosidad que merecen los susodichos telegramas. Al fin y al cabo, ¿quién es insensible al morbo que supone asomarse a las opiniones, comentarios y recomendaciones de los diplomáticos americanos esparcidos por todo el mundo sobre personajes, personajillos y sucedidos varios del país en que están desempeñando sus funciones? Es la cueva de Alí Baba de los cotillas, el sueño de los aficionados a las novelas de espías, el paraíso de los varios antiamericanismos que en el mundo son, la respuesta a la nunca adecuadamente respondida demanda: todo lo que usted quiso saber sobre lo que traman los diplomáticos americanos y nunca se atrevió a preguntarlo.
Resulta sin embargo que, hasta el momento, la gran ceremonia del cotilleo universal no ha revelado nada que estudiosos casuales del comportamiento internacional de los Estados Unidos no pudieran haber supuesto e incluso descrito con claridad: que Washington está preocupado con la proliferación nuclear en Corea del Norte y en Irán, que las cosas con Karzai en Afganistán no están del todo claras, que la opinión de los enviados de Washington sobre el venezolano Chávez es manifiestamente mejorable, que en varios países del globo la corrupción y la falta de libertad bloquea las aspiraciones populares, que el gobierno americano sigue con preocupación las manifestaciones del terrorismo de raíz islámica allá donde se producen. Y si de los métodos para obtener la información se trata, los diplomáticos americanos no pueden resultar más convencionales y respetuosos: se reúnen con gentes diversas, explotan ciertamente la facilidad de acceso que tienen al venir de donde vienen, pero no dan indicio alguno de conducirse con prepotencia o falta de educación. Hacen lo que haría cualquier otro diplomático, de manera que ningún observador avieso podría acusarles, tal como se desarrollan los famosos telegramas, de practicar una diplomacia imperial, opresiva o avasallante. Si Assange encontrara un sargento Manning que le facilitara los cables confidenciales de cualquier otro país occidental nos encontraríamos con la relativa sorpresa de que dicen a sus cancillerías más o menos lo que los diplomáticos americanos dicen a la suya. Poco cabe presumir de una revolución copernicana en las relaciones internacionales en la estela de Wikileaks, algo así como el antes y el después de Assange, mal que al australiano le pese. A no ser que en algunos de los centenares de miles de cables todavía no publicados se encontrara la revelación del arcano que nos golpeara con la fuerza de un nuevo Pentecostés. Cabe dudarlo.
Y no es que Assange carezca de méritos: ha conseguido crear un embarazo monumental en el Departamento de Estado. Porque aunque nadie haya podido levantar la voz para denunciar abusos, expresar alarma o manifestar quejas, lo cierto es que la publicación de conversaciones que han sido mantenidas en el ámbito de la confidencialidad arroja una luz dudosa sobre los sistemas de precaución del que recibe las confidencias y crea inevitablemente desconfianza en el que las ha facilitado. ¿Con qué cara habrá recibido el presidente de Yemen la noticia de que había pedido a los americanos que las incursiones antiterroristas de éstos le fueran cargadas al haber de su cuenta política, para evitar aparecer como excesivamente complaciente con la presencia militar americana en el país? ¿Y qué habrá pensado el rey saudita al ver negro sobre blanco en varios periódicos internacionales su deseo de que Washington «cortara la cabeza» de la serpiente iraní? Y tantos y tantos otros, que por razones múltiples estimaron positivo tomarse un té o un whisky con el embajador americano de turno sin sospechar que con el tiempo su conversación sería objeto de maliciosa publicidad en varios lugares del mundo.
De manera nada paradójica, lo que sí va a conseguir Assange es que los sistemas oficiales de comunicación de las agencias americanas refuercen sus sistemas de seguridad y en la medida de lo posible impidan la aparición de nuevos Mannings. El sargento en cuestión y la historia no deja de tener sus aspectos sarcásticos, tenía acceso a los cables diplomáticos como consecuencia de los arreglos aplicados en las comunicaciones de las agencias gubernamentales americanas después de los atentados terroristas del 11 de septiembre de 2001, para evitar que la compartimentalización de cada una de ellas impidiera aprovechar las informaciones que por separado habían acumulado, con el catastrófico resultado que se recuerda. Vaya con la transparencia. Los beneméritos esfuerzos del albino australiano han acabado con su viabilidad. ¿Volveremos quizás a las catástrofes de antaño, ahora que el Pentágono no sabe lo que sabe el Departamento de Estado y la CIA, con más razón que antes, seguirá sin confiar en el FBI?
Pero esos temas para Julian Assange y Wikileaks son materia inerme. Porque ahora el glorioso defensor de la transparencia universal tiene que convencer a los jueces británicos para que no le extraditen a Suecia dónde, ¡oh maldición!, unas locales desaprensivas quieren llevarle a los tribunales por haber abusado de ellas en la intimidad sexual. ¿Será posible? ¿El desfacedor de los entuertos del imperio acusado de bajos contubernios lujuriosos? ¿Quién se atreve a tan espantoso desmán? ¿No serán acaso las tales suecas agentes de la CIA?
Estadísticas recientes permiten romper una lanza por la buena salud del teatro en nuestra sociedad. Crece, al parecer, el número de sus espectadores mientras que disminuye el de los del cine. Muchos profesionales desconfían (¿Se deberá solo al boom de los musicales en régimen de franquicia?). Con ese dudoso optimismo como telón de fondo y explotando la polisemia de «representar», la pregunta del título afronta el panorama problemático que presenta el teatro actual: en el campo literario parece pintar cada vez menos; en el más amplio de la ficción o de la diversión choca con la competencia desigual del cine y se enfrenta casi inerme al desafío de las nuevas tecnologías. Para colmo, parte del teatro más renovador o vanguardista pretende no representar nada. Y, por fin, el que no renuncia a representar, ¿qué es lo que representa?
1. Durante mucho tiempo y hasta hace muy poco se ha venido encuadrando el teatro en el campo de la literatura. Pues bien, si nos preguntamos qué representa hoy en ese campo, o sea, qué lugar ocupa en el canon de los géneros literarios, la respuesta será desoladora. Y más aún si se compara con la posición privilegiada que ha ocupado en el pasado, durante siglos.
En la larga y fecundísima tradición clasicista, esto es, de la Antigüedad grecolatina hasta bien entrado el siglo XIX, y a partir sobre todo de la Poética de Aristóteles, el teatro se considera el género literario por excelencia, la manifestación más alta, exigente y perfecta de la «poesía». No sólo las poéticas clásicas, renacentistas o neoclásicas, de la de Aristóteles a la de Martínez de la Rosa (1827), centran en el teatro su doctrina, sino que las revoluciones más o menos anticlasicistas, como la de Lope de Vega o la de los románticos alemanes o franceses, o el Discurso de Durán (1828) entre nosotros, se plantean sobre todo también en el ámbito del drama. Hasta el siglo XIX la polémica literaria por antonomasia es en nuestra cultura la polémica sobre el teatro.
El muy profundo cambio de valores que se produce a partir del Romanticismo, y en el que seguimos todavía inmersos, conducirá a la pérdida de la hegemonía del teatro como género literario, en beneficio de la lírica y de la novela. La poesía será a partir de entonces el modelo sublime de la dicción literaria y la narrativa el prototipo de la literatura de ficción. El teatro no ha dejado de perder terreno desde entonces. Es cada vez más raro, por ejemplo, encontrar en las convocatorias de premios literarios una modalidad de teatro: o desaparece en beneficio de los dos géneros canónicos o, lo que es todavía más significativo, resulta desplazado por nuevos géneros emergentes, como el ensayo o el periodismo.
Lo sorprendente es que el teatro mismo parece tan empeñado en renegar de la literatura como la literatura en desembarazarse de él. Y es que durante el siglo XX la puesta en escena conquistó, en una auténtica guerra de liberación, su plena autonomía como arte, frente a una concepción que reduce el teatro a una forma de literatura y considera el espectáculo un arte auxiliar e híbrido. Se entiende que para combatir el prejuicio literario hubiera que afirmar, sin pararse en matices, los principios opuestos. Pero se entiende menos que, a estas alturas, muchos escritores de teatro —y escritores hasta la médula: pienso en Javier Daulte o en Rafael Spregelburd— afecten desdeñar el carácter literario de sus textos y los presenten como meros «guiones» para la representación. Yo creo que hay mucho de pose; aunque sea cierto que casi todos ellos son a la vez directores, actores, hombres de teatro.
¿Y no lo eran acaso Shakespeare o Molière?
Entiendo, en fin, que una vez ganada esa guerra justa, el teatro no tiene por qué optar entre ser literatura o espectáculo; puede reconocerse en la realidad más compleja y completa de ser espectáculo y literatura. Ciertamente, el teatro no es sólo literatura, pero es literatura también. Y la reconquista del terreno perdido en ella debiera ser una de las tareas pendientes para el teatro del siglo XXI.
2. ¿Cabe esperar, para no sucumbir al pesimismo, que el teatro disfrute de una posición más desahogada en el ámbito menos estrecho y sacralizado, más popular, del mercado de la diversión, de la industria del entretenimiento y, en particular, de la que ofrece representaciones de mundos imaginarios? También en este espacio de la ficción cuenta la literatura con su parcela, sin duda minoritaria, dentro de la cual el teatro ocupa una exigua celda (basta pensar en el lema de la Feria del Libro Teatral: «El teatro también se lee»). Pero es la ficción audiovisual la que proporciona en nuestra sociedad la mayoría de esas incursiones en paralelos universos de irrealidad que al parecer necesitamos. ¿Y qué papel representa en ella el teatro, considerado ya como espectáculo?
De nuevo, la situación actual contrasta con la del pasado, en este caso inmediato. Es sintomático que pueda extrañarnos tanto el lugar sobresaliente que ocupaba el teatro hace poco más de medio siglo en el mercado de la diversión. En tiempos de la Segunda República y hasta bastante después era todavía el más habitual entretenimiento de las masas. Y los dramaturgos han sido hasta hace muy poco los escritores que más rendimiento económico sacaban a su obra, los que más espléndidamente han vivido de su pluma.
Es esto lo que ha cambiado de raíz en las últimas décadas. Y es este concepto de teatro como suministrador de experiencias de evasión imaginaria el que ha sufrido el impacto, real, de los cambios producidos durante el siglo XX en el universo de la comunicación; el que vive por eso una crisis nueva, histórica, no esa supuesta eterna crisis del teatro que suelen esgrimir los optimistas… o los inmovilistas. Sin duda el cine ha venido a ocupar ese lugar del que ha desalojado al teatro. La televisión no hace, en el terreno de la ficción, sino ofrecer un canal más accesible al con- sumo de productos que son en definitiva cinematográficos, ya sean películas, series, culebrones, comedias de situación, etc.
La presión del cine empuja al teatro, desde el centro, hacia dos extremos capaces de proporcionarle una cierta supervivencia, aunque precaria: el de la ópera y el de las catacumbas. De una parte, el teatro opulento, de presupuesto astronómico, de repertorio clausurado, engolfado en el círculo de las diferentes interpretaciones; teatro necesariamente subvencionado, conservado como bien cultural, en peligro permanente de extinción; teatro de museo, con cierto tufo de necrofilia; teatro necesariamente público, pero cerrado al público, al gran público, por naturaleza antipopular, elitista, etc. De otra parte, y enfrente, el teatro menesteroso y casi mendicante, subprofesional, alternativo (¿a qué?), casero (ya literalmente realizado como teatro a domicilio), siempre incipiente; teatro puro a veces, que bebe en las fuentes del rito, de la palabra esencial, de la presencia real; otras, simplemente pobre, etc. Estos dos modelos opuestos comparten al menos la debilidad que los hace incapaces de procurarse el sustento (uno por exceso, el otro por defecto de producción), de competir en el mercado abierto del ocio, del entretenimiento, de la ficción.
Es fácil, por otro lado, comprender las decisivas ventajas prácticas que comporta el hecho de que el cine sea algo escrito, enlatado, transportable y reproductible hasta el infinito —basta pensar en las posibilidades de amortización prácticamente ilimitadas con que cuentan sus gas- tos de producción, por descomunales que sean—; frente a la desventaja inversa que supone para el teatro el ser actuación, pues «no se puede tener al mismo tiempo una actuación en vivo y una distribución barata y fácil», en palabras de J. M. Coetzee. Basta pensar en esto: puedo ser espectador del cine que se produce en todo el mundo; pero solo del teatro que se representa en mi ciudad. ¿Será esta situación desfavorable susceptible de modificación gracias a las nuevas tecnologías? ¿Y a costa, o no, de renunciar el teatro a ser lo que es, actuación en vivo y en directo?
3. Porque ya no es tanto el cine, que empieza a sonar a cosa del pasado, el que desafía al teatro, sino las nuevas tecnologías las que los desafían a los dos. Y la primera impresión es que el teatro ha sido hasta ahora casi impermeable a las innovaciones técnicas. Sin menospreciar la importancia de los cambios que jalonan su historia, tanto la representación teatral como los textos dramáticos permanecen sustancialmente idénticos en los últimos dos mil quinientos años, de los griegos a hoy mismo. Así, y muy particularmente, la escritura, el cambio cultural más decisivo en la historia de Occidente y quizás de la Humanidad, de su cuestionamiento en Platón al hito definitivo de la imprenta, no acabó con la representación teatral, no redujo el teatro a libro, como sí hizo con la épica y su recitado o con la lírica y su canto.
Tampoco da la impresión de que la aparición de nuevos medios espectaculares como el cine y la televisión haya propiciado que el teatro se vacíe —desapareciendo y descansando— en ellos; al contrario, el teatro parece empeñado en distinguirse, reclamando su propia identidad, afianzándose en el hecho diferencial de ser eso, teatro: pureza o tozudez que implica dureza, resistencia, pero también quizás fragilidad.
Llegamos así al planteamiento de la cuestión. Las nuevas tecnologías, de naturaleza informática o digital, ¿suponen una amenaza o una ayuda para la pervivencia del teatro como tal? ¿Presagian el comienzo de un nuevo teatro, capaz de explotar esas tecnologías en su propio beneficio, como hizo en su momento con la luz eléctrica, por ejemplo? ¿O anuncian el final del teatro como teatro, su con- versión en otra cosa?
No me refiero aquí a un grado de permeabilidad que doy por amortizado para la discusión, el de la incorporación instrumental de las nuevas tecnologías, como en el caso de la luz eléctrica. Es ya muy notable, por ejemplo, el aprovechamiento que grandes teatros, como el Metropolitan, hacen de la red para la difusión de sus espectáculos. Y en no mucho tiempo tendremos seguramente toda la cartelera teatral del planeta al alcance de nuestra conexión.
Pero de momento la distancia entre asistir en vivo a una representación y seguir ante la pantalla su transmisión en directo es tan considerable que pone en evidencia la frontera entre lo que es teatro, lo primero, y lo que no lo es. Con el tiempo, esa distancia se podrá acortar por el doble camino de poder mirar el espectáculo como si lo viera con mis propios ojos y de poder establecer un contacto comunicativo con los actores y con los demás espectadores como si yo mismo estuviera allí presente (y ellos también), es decir, por el camino de la inmediatez tanto de la visión como de la interacción. ¿Hasta llegar a anular esa distancia, a reducir a cero la mediación perceptiva y comunicativa?
Los medios habrá que buscarlos en las nuevas tecnologías y quizás en las menos relacionadas a priori con el mundo del espectáculo. Para calibrar la dificultad que entraña basta caer en la cuenta de lo que implica esa doble inmediatez: la actuación teatral tiene que producirse sin que exista mediación alguna entre el mundo ficticio y el espectador, que asiste a él, que lo ve con sus propios ojos, de una parte; y de otra, mediante el contacto directo, vivo y cercano entre actores y espectadores, que deben estar siempre al alcance de la mano, en interacción constante y abierta, espontánea, no canalizada de ninguna forma; lo que exige hoy por hoy la presencia real de actores y espectadores, la necesidad de que compartan un mismo espacio real. ¿Podrán las nuevas tecnologías propiciar un encuentro idéntico o con idénticas consecuencias, pero virtual, en el ciberespacio, a distancia o en ausencia real de los sujetos?
Las vías de realización que puedo imaginar un poco de oídas resultaron confirmadas por el Dr. Guillermo Foladori, que investiga en la Universidad de Zacatecas-Relans en el campo de la nanotecnología (NT). En un encuentro fortuito, tan insólito como interesante y grato, en el que la periodista Lil B. Chouy nos entrevistó al alimón en su programa «Tiempo presente» de Radio Oriental, en Montevideo, el 14 de abril del 2009, tuve ocasión de plantear- le la cuestión y su respuesta fue del todo afirmativa.
No sólo será posible, al parecer, colmar en el teatro la brecha que separa todavía la presencia real y la virtual, sino que la tecnología necesaria está casi al alcance de la mano. Cuesta imaginarlo. Pero pensemos, por ejemplo, en las operaciones quirúrgicas que ya se realizan a distancia, en las que el cirujano toca —¿realmente?— el cuerpo del enfermo con la máxima precisión requerida. Y si hay un sentido que parece no poder prescindir, como el teatro, de la presencia real es precisamente el tacto…
4. Hasta aquí algunos problemas que comparecen ante la pregunta de qué representa el teatro hoy en el sentido de qué lugar ocupa o qué papel desempeña en nuestra cultura. Es hora de asomarse siquiera a lo que puede remover esa pregunta en el sentido, más literal, de qué es lo que el teatro pone en escena hoy.
Lo más llamativo y chocante en este sentido es que buena parte del teatro actual más renovador o vanguardista (pensemos en Rodrigo García o Angélica Liddell) se identifica con la pretensión de no representar nada. Es lo que Hans-Thies Lehmann ha bautizado como «teatro posdramático», marbete que ha hecho fortuna, quizás por lo confuso del concepto. De lo más claro que dice de él es que «se inscribe en una dinámica de la transgresión de los géneros. La coreografía, las artes plásticas, el cine desde luego, las diversas culturas musicales, lo atraviesan y lo animan». Danza y performance son sus manifestaciones ideales. (¿Y del teatro, qué?)
El problema es la pretensión posdramática de desactivar principios demasiado inherentes al teatro, los de imitación, representación o ficción, en realidad el mismo. La ausencia, literalmente mortal, de estos principios se pretende llenar con la «expresión de la realidad por la realidad misma, no por su imitación», en palabras de Tadeusz Kantor más sugerentes que realizadas en sus espectáculos, en los que el plano dramático o ficticio puede estar debilitado en beneficio de lo plástico y de la ceremonia, pero no ha desaparecido en absoluto. Y lo mismo digo de «Grüber o el eco de la voz en el espacio»; pero voz dramática del personaje dramático en el espacio dramático. Y, en otro sentido, de «Wilson o el paisaje»: si el suyo es «un teatro de las metamorfosis», ¿acaso no es metamorfosis todo teatro, como dijera Nietzsche?
Por otra parte, «la irrupción de lo real» no es rasgo diferencial del teatro posdramático, sino requisito esencial del teatro sin más, de todo teatro y desde siempre. Lo mismo que ser «acontecimiento» o el carácter «concreto» o la «corporalidad», etc. Lo nuevo es, en todo caso, la autonomía de estos principios, o sea, en lugar de qué se ponen; no qué afirman sino lo que niegan, lo que intentan desplazar, que es la otra cara del teatro, la ficticia o «ausente». El énfasis en la presencia del cuerpo real liquida la ficción del personaje ficticio que en el teatro se funde con aquél; lo que conduce a un reduccionismo que es empobrecimiento y simplificación. Es como renunciar a los usos metafóricos y limitarse al uso literal de las palabras. Qué aburrimiento. ¿Autonomía de la puesta en escena (hace tiempo ganada) o puesta en escena de la nada?
Conviene recordar que, llevada a sus últimas consecuencias, esta glorificación de la simple realidad desemboca demasiadas veces en la trivialidad o en el horror: los reality shows o las snuff movies. En arte y en teatro se trata más bien de juegos (de manos) con la realidad, que tienen que ver con «la permutación de la obra en un proceso inaugurado por Marcel Duchamp con lo «real» del urinario». Entre la provocación (tan gastada) y el aburrimiento (siempre renovado).
5. La buena noticia es, para concluir, que el teatro dramático —valga la redundancia— sigue vivo y bien vivo. Es más, otra vuelta de tuerca lleva a pensar que el acelerado desarrollo de la tecnología terminará, de forma paradójica, por acortar la vida de los espectáculos graba- dos, como el cine o la televisión, y por alargar la de las actuaciones en vivo, como el teatro. A lo largo del siglo XXI es más que probable que desaparezca el cine como espacio público y que la televisión sucumba al desarrollo de la realidad virtual; pero el teatro seguirá colmando la necesidad de experimentar sensaciones realmente vivas.
La pregunta de qué representa el teatro actual que representa algo, o sea, el teatro sin más, abre un panorama tan inabarcable que no se puede abordar aquí. Si hubiera espacio suficiente, cabrían solo algunas notas al pie, siempre parciales, al hilo de la propia experiencia; por ejemplo, qué queda del «teatro épico» hoy, o si el teatro sigue, de la forma que sea, siendo espejo de la realidad, o qué vanguardia queda después de las vanguardias… Pero no hay lugar.
Y la única respuesta escueta —cierta aunque imprecisa— a la pregunta es «todo». El teatro sigue dándole vueltas a los temas de siempre, que estrenaron los griegos: la muerte, la familia, el amor, el estado, la libertad, la guerra…; debatiendo la actualidad, reviviendo la historia y hasta anticipando el futuro.
La verdadera respuesta no está flotando en el viento, como cantó Bob Dylan, ni en mis palabras, que no van más allá de amplificar, como ondas expansivas, la pregunta. ¿Qué representa el teatro, hoy? La respuesta genuina y gozosa se encuentra en los teatros: Vayan, pasen y vean.

La editorial Trotta publica en su «colección mínima» una obra de Pau, que por su contenido es «máxima», pues ha sido escrita con la maestría y la soltura de un excelente conocedor de la lengua y la cultura alemanas, que en este libro se pone una vez más de manifiesto. Se compone de diecisiete capítulos, precedidos de una nota preliminar, y cerrados con una nota final, a la que se añaden una cronología, una bibliografía (de Hilde y sobre Hilde) y un índice de ilustraciones. En el elenco bibliográfico no hay ningún autor español, ello prueba que son necesarios trabajos como este que presentamos por parte de escritores españoles, que dediquen su atención a una autora, que tanto escribió en España, y en español, y que de modo tan decisivo contribuyó a dar a conocer en Alemania a los autores españoles (de prosa y de verso). Hilde Domin, junto con su marido, Erwin Palm, contribuyó poderosamente al conocimiento de la poesía española del momento con la obra Rosa de ceniza, pero la prosa española era poco conocida y para su difusión fue decisiva la obra de Domin España contada. A la selección que de los autores de prosa hace Domin dedica Pau el capítulo XIII (pp. 117 y ss.), recogiendo cómo ve el estilo de los escritores españoles y el porqué de su selección.
El título responde muy bien al contenido, pues la obra y la vida de esta poeta alemana son presentadas desde el prisma de su relación con la poesía española. Se trata de un libro muy bien documentado, con unas traducciones de los versos originales del alemán al español muy acertada: mantiene el lirismo y la sencillez de la lengua original.
Ya la primera obra de Hilde tenía una originalidad «a la que contribuía, y no poco, la influencia de los poetas españoles del 27, era como una bocanada de aire fresco que aliviaba la densidad de la poesía alemana del momento» (p. 102). Su poesía sorprendía por el delicado lirismo en un panorama poético en el que «dominaba el tono épico y el ásperamente sarcástico» (p. 102). Pero si el conocimiento de la poesía española fue el campo abonado, la semilla que luego germinó en una obra poética cuajada de frutos maduros, fue su propia experiencia vital. Desde su huida de la Alemania nazi primero y de la Europa invadida después, hasta la muerte de su madre y el abandono real y la dura incomprensión por parte de su marido Erwin Palm fueron experiencias que nutrieron su obra. Ella misma diría que su apoyo era una rosa, y que «con la rosa me refiero al idioma, que fue el asidero en los años de exilio» (palabras de Hilde, recogidas por Pau en la p. 103). «Hilde Domin se consideró una poeta española que escribía en alemán. Su estirpe literaria era española» (p. 9). «Este injerto meridional en el árbol sombrío de la poesía alemana dio frutos hasta entonces desconocidos: unos poemas sin peso y con pulpa de sabor intenso» (p. 10).
A lo largo de sus diecisiete capítulos el lector se introduce en las dificultades de todo tipo (también económicas) de un matrimonio de judíos alemanes que conoce la poesía de Lorca, porque un librero catalán tiene la generosidad de regalarle un libro que su economía no les permitía adquirir, que vive en Santo Domingo y en España, y viaja por distintos puntos de su geografía, además de dar conferencias por toda Europa, América y Asia, cuando ya han alcanzado fama y reconocimiento mundial, cada uno en su propio ámbito. El capítulo V (pp. 37 y ss.) recoge el encuentro de Domin con Juan Ramón Jiménez en Nueva York. En el capítulo VIII (pp. 59 y ss.), se relata cómo y cuánto publicó Hilde en la revista poética malagueña Caracola. Pau da cuenta también de cómo su amistad con Vicente Aleixandre propició que su primer libro se publicara en España. En cambio, en su primer libro en Alemania hubo de experimentar la humillación de que falsificaran el año de su nacimiento, porque se consideraba que publicar un primer libro tan mayor era una desventaja para su difusión. En el capítulo XII (titulado «Aquí fui feliz») se recoge una extensa carta de Hilde a su hermano, en la que se expresa el desahogo de la autora acerca de la intimidad de su vida junto a Erwin, de su abandono y de su encuentro con Rudolf Hirsch. Todo ello sería el tema de su novela poética El segundo Paraíso. En estas páginas, el lector aprende de la experiencia humana de Hilde, una mujer que por haber amado tanto, ha sabido sufrir y perdonar, sin amargar por ello su carácter, y también aprende con ayuda de Pau —y de las citas que éste hace de Gadamer— del significado de la idea del «retorno» en la poesía alemana contemporánea.
«Sin quererlo» podría ser la leyenda del escudo poético de Domin, señala Pau en la nota final (p. 143), tomándolo de unos versos de esta poeta («Y al pasar, / sin quererlo / enciendo uno u otro farol / en los corazones, al borde del camino»), y explicándonos que ese «sin quererlo expresa la ligereza intencionada hecha de elegancia y de la ausencia de toda pretensión didáctica» (p. 143). A lo largo de toda la obra aparece la vida de la poeta como un gráfico marcado por dos coordenadas: el profundo enamoramiento de su marido, que a pesar de todas las dificultades murió en sus brazos, y una convivencia real y concreta llena de fricciones desde el comienzo de la vida matrimonial. Tal vez ambas cosas fueran como las dos caras de la moneda, que alcanzó un gran valor humano y literario por estar hecha de dolor y de perdón (de experiencias y de olvidos, diría Hilde), más que de sentimientos:
«La poesía como espuma del corazón surgida contra el destino, hecha de experiencias y de olvido» (p. 144).
Hilde, en respuesta a Lope de Vega escribió, «Puse el pie en el aire y me sostuvo» (p. 106), versos que ella quiso que se grabaran en su tumba. Los versos de Lope, que ella misma había traducido al alemán, a los que respondía son:
«Dando voy pasos perdidos / por la tierra que es toda aire». Hoy, quien se acerque a la obra de Domin a través de este libro de Pau, podrá experimentar que su poesía sigue sosteniéndose en el aire como una rosa de tallo sereno y fuerte.
María José Roca
A principios de 2008 España era todavía un país confiado, el mejor del mundo para que naciese un niño, según la eficaz propaganda socialista. Sin embargo, en vísperas de las elecciones generales de marzo de ese año, la crisis económica ya no era un debate académico, sino un mortífero terremoto que amenazaba con arrasar la autoestima y el bienestar de la satisfecha y despreocupada sociedad española. Pero la entonces octava economía mundial continuaba entretenida y anestesiada con los debates de la agenda del presidente José Luis Rodríguez Zapatero. Había que preparar al país para la austeridad, para la emergencia, pero la mayoría social y política de izquierdas que había surgido del atentado del 11-M en marzo del 2004 seguía embriagada en sus quimeras, discutiendo dogmáticamente del «talante», del «cordón sanitario a la derecha», de la Memoria Histórica, de la Alianza de las Civilizaciones y sobre todo de la España plurinacional que inauguraba la aprobación del Estatut catalán.
Todo ese modelo ya estaba en crisis en la campaña de las elecciones generales de 2008, pero las voces de alarma sobre la inminencia del fin del crecimiento y el aumento del paro fueron tildadas de antipatrióticas y la mayoría del país, que tampoco quería escuchar malas noticias, prefirió seguir votando y viviendo como si nada fuera a cambiar, aferrado a un discurso y a una cultura que sacralizaba el hedonismo, el ocio, el consumo masivo, el dinero fácil y el mínimo esfuerzo.
En consonancia con ese espíritu, el programa electoral socialista regó los mítines y los oídos de los votantes de nuevos derechos y costosas promesas de gasto social. El cheque bebé, la devolución de los 400 euros o las subidas de pensiones, además del pleno empleo, fueron el eje de unas elecciones que ganó cómodamente el PSOE.
Sin embargo, ya desde los primeros días de la presente legislatura, el acelerado crecimiento del desempleo, la tozudez del jefe del Ejecutivo en negar los primeros efectos tangibles de la crisis, acompañados posteriormente de fantasmales anuncios de «brotes verdes» o inicios de la recuperación, fueron socavando velozmente la credibilidad y la confianza en Zapatero, así como la intención de voto del PSOE. Lo peor vendría después, a finales de 2009 y durante 2010, cuando el Gobierno consumió el discurso keynesiano con un déficit público que en 2009 se elevó al 11,4 % y la presión de los mercados le obligaron a dar marcha atrás para conjurar el riesgo de rescate, realizando los mayores recortes de gasto conocidos en toda la democracia española.
Ahora, tres años después de aquella victoria, con casi cinco millones de parados, y una nula confianza ciudadana en los planes gubernamentales para salir de la crisis, el PSOE no sólo se enfrenta a las elecciones municipales y autonómicas más difíciles de los últimos dieciséis años, sino que todos los fundamentos políticos, territoriales, sociales e ideológicos sobre los que se construyó la era Zapatero han sido abrasados en la gestión de la crisis económica.
En primer lugar, el liderazgo. José Luis Rodríguez Zapatero no es sólo un líder mayoritariamente desacreditado ante la opinión pública, según el reiterado veredicto de todas las encuestas, sino que internamente es visto ya como el principal obstáculo por una mayoría de barones territoriales que temen que los comicios del 22 de mayo se conviertan en un plebiscito sobre la gestión del presidente. Las razonables dudas sobre si será el cabeza de lista en las generales de 2012 y la proliferación de debates sobre la sucesión, no hacen más que acelerar el daño y contribuir a trasladar una imagen de provisionalidad y fin de ciclo.
La intensidad de esa decadencia se manifiesta en varias autonomías, pero son Andalucía y Cataluña —decisivas en la actual mayoría parlamentaria en el Congreso de los Diputados— donde adquiere niveles más dramáticos. Por primera vez en su historia, el PSOE andaluz, que actualmente gobierna con mayoría absoluta y que siempre ha sido el primer partido de la región, perdería las elecciones si se celebrasen comicios. No sólo eso. Según el último sondeo oficial de la propia Junta de Andalucía, del mes de diciembre, el Partido Popular, con el 46,8 % de los votos, casi diez puntos más que los socialistas, podría conseguir la mayoría absoluta y ocupar por primera vez el Palacio de San Telmo.
También está en crisis el otro gran feudo electoral socialista. El PSC, que en las elecciones generales de 2008 aventajó al PP en Cataluña en 18 escaños —dos más que la diferencia global entre los partidos—, perdió contundentemente las elecciones autonómicas del pasado 28 de noviembre. Los socialistas obtuvieron el peor resultado de las nueve elecciones autonómicas celebradas desde 1980, tanto en votos como en escaños, cayendo en 219.246 sufragios respecto a 2006.
Pero, además, el PSOE tiene un problema de identidad, de alma, de programa y discurso ideológico. El paladín de la socialdemocracia, el campeón de los derechos sociales, del gasto público, de la ayuda al desarrollo, el hombre que en la noche de la última victoria electoral proclamó desde la sede de Ferraz que gobernaría para todos, pero «pensando antes que nadie en los que no tienen de todo», se cayó del caballo, o fue derribado del mismo, en el fin de semana del 8 y 9 de mayo pasado. Los mercados y los socios europeos le obligaron a desprenderse violentamente
EL GIRO DEL 12 DE MAYO
Tres días después, el 12 de mayo, Zapatero se plantó en el Congreso, para anunciar el mayor recorte social de los últimos treinta años. Fue una jornada de gran conmoción para la bancada socialista que sabía de la importancia del giro histórico y del viaje a ninguna parte que iniciaba en ese momento. Uno a uno, en medio de un silencio expectante, el jefe del Ejecutivo fue desgranando la mutilación de la mayoría de políticas que habían conformado las señas de identidad de su ideario de gobierno. Además del simbólico cheque bebé, fue el día del recorte del sueldo a los funcionarios, de la congelación de pensiones y de la reducción de la ayuda a la cooperación. También la inversión pública sufrió un tajo de 6.500 millones. Funcionarios, pen- sionistas, cooperación, inversión pública. En una sola sesión Zapatero había reducido a cenizas todo su programa electoral. Daba comienzo una retórica reformista de nulo éxito, porque el partido iniciaba una vertiginosa caída en el vacío, situándose en las encuestas a casi quince puntos del PP, según los sondeos del mes de enero. Un registro incluso inferior al que obtuvo Joaquín Almunia en las generales del 2000, mientras que los populares superaban el triunfo histórico de Felipe González en 1982. El PSOE empezaba a competir con los peores fantasmas de su historia.
Pero no sería la última agresión a sus compromisos electorales. Los mercados querían más sacrificios, y mediante un decreto ley se aprobó en el mes de junio una reforma laboral que abarató el despido. Los sindicatos, ridiculizados hasta ese momento por su complicidad con el Gobierno, no tuvieron más remedio que convocar el 29 de septiembre la primera huelga general del «reinado» de Zapatero. Era la ruptura del diálogo social, pero también de una hermandad que garantizaba al PSOE la adhesión de su público más obrerista y de izquierdas.
No obstante, el simbiótico «pacto de familia» fue reeditado el 2 de febrero, con el denominado «Acuerdo Económico Social», firmado en el Palacio de la Moncloa por el Gobierno, los sindicatos y la patronal. En tan solemne ocasión Zapatero comparó el documento suscrito con los Pactos de la Moncloa y quiso dejar una frase para la historia: «Somos una nación que sabe ponerse en pie y volver a caminar». Demasiada retórica, sin embargo, para un acuerdo que bajo la hojarasca reformista encubría otro grueso recorte: el de las pensiones del futuro. Así lo entendieron también los ciudadanos, que se han posicionado mayoritariamente en contra, según los sondeos específicos publicados desde entonces.
Con estos antecedentes, el resultado de la próxima gran cita electoral del 22 de mayo, trascenderá del reparto ordinario del poder territorial y municipal, para convertirse en el primer gran examen global de la fortaleza del PSOE y medir con qué intensidad el país apuesta por el cambio. Ese es el objetivo del PP, que intentará convertir los comicios en la primera vuelta de las elecciones generales. Como temen los barones socialistas que concurren a las elecciones, el desempleo, la falta de expectativas de los jóvenes, el parón de la economía, la angustia de la deuda, los recortes sociales, la subida de los precios de los servicios básicos o la pérdida de poder adquisitivo, además de otros asuntos negativos que se vayan incorporando por el camino, serán los ejes de la campaña, desplazando a los asuntos específicos de cada comunidad autónoma.
El PSOE gobierna en seis de las trece autonomías donde habrá elecciones, frente a cinco de PP, en tanto que UPN preside Navarra y Coalición Canaria el archipiélago canario. Sin embargo, en los últimos meses los socialistas han perdido primero Galicia y recientemente Cataluña, gobernada de nuevo por CIU, lo que marca una tendencia de declive electoral, aunque por primera vez gobiernen en el País Vasco con el apoyo de los populares a causa de la especificidad de la cuestión nacionalista.
CASTILLA LA -MANCHA, ARAGÓN Y BALEARES
La dramática caída de la valoración del Gobierno central es el peor adversario de los candidatos socialistas y el principal agente electoral de los populares. Así lo recogen todos los sondeos, que apuntan a un triunfo autonómico del PP, aunque en muchas regiones el gobierno puede dirimirse por pocos votos e incluso depender de los resultados que obtengan los posibles socios. En cualquier caso, coinciden en que el PP conservará cómodamente todos sus feudos y además tiene opciones serias de gobernar por primera vez en Castilla-La Mancha, así como de recuperar Baleares y Aragón. No obstante, las angustias económicas de los próximos meses y el letal «efecto Zapatero», podrían acentuar aún más el descalabro socialista.
Con carácter general, las encuestas recogen caídas importantes de los socialistas y la subida del PP, tanto en las autonomías en las que está en la oposición como en las que preside. Es el caso de Madrid, donde según una encuesta de Metroscopia del pasado mes de diciembre, Esperanza Aguirre sacaría el 52,9 % de los votos, seguido por el PSOE con el 32,8 (casi un punto menos que en 2007), e IU con 7,6 (1,3 puntos menos).
También la Comunidad Valenciana, a pesar del «caso Gürtel» y la situación procesal de su presidente, Francisco Camps, volvería a dar al PP otra rotunda victoria. El PP también parece imbatible en Murcia, donde gobierna con mayoría absoluta desde 1995. El barómetro oficial de la región, publicado el pasado otoño, da a los populares un 63,4 %, cuatro puntos más que en 2006, mientras que los socialistas caen en picado, pasando del 32,4 al 21,9.
Castilla y León, otro feudo tradicional del PP desde que José María Aznar ganara por la mínima en 1987, mantiene también su mayoría absoluta, subiendo algunas dé- cimas. Una situación similar se produciría en La Rioja.
Por el contrario, los estudios demoscópicos auguran para el PSOE graves dificultades en varias regiones, bien por su caída o la de alguno de sus socios. Es el caso de Baleares, donde los sondeos internos del PP le dan a este partido una mayoría absoluta muy raspada de treinta diputados, ya que en los últimos comicios con un escaño menos no pudo gobernar. Otros estudios, sin embargo son menos rotundos sobre la victoria popular.
El último sondeo oficial de diciembre también convierte al PP en la primera fuerza política en Aragón, aunque alejado de la mayoría absoluta, por lo que necesitaría pactar con el PAR para formar gobierno.
Sin embargo, será previsiblemente el resultado en Castilla-La Mancha el que adquiera un mayor valor simbólico, ya que es la actual secretaria general del PP, María Dolores de Cospedal, la que aspira a la presidencia. La posibilidad del cambio viene ratificado por la serie de encuestas publicadas por el PP que le dan mayoría absoluta, pero sobre todo por los continuos y sonoros gestos del presidente, José María Barreda, para desmarcarse de Zapatero. Sin embargo, a favor del PSOE juega una ley electoral, hecha a su medida, que reparte escaños pares en to- das las provincias, salvo en la circunscripción de Ciudad Real, históricamente favorable a los socialistas y donde se juegan once escaños.
También en Extremadura el PSOE sufre un importante desgaste, según admiten las propias encuestas socialistas. No obstante, los sondeos encargados por medios de comunicación discrepan sobre si será suficiente para que haya alternativa. Los populares reconocen en privado la dificultad de ganar.
UPN seguirá como primera fuerza política en Navarra, pero muy alejada de la mayoría absoluta. El Navarrómetro del mes de noviembre ofrece un equilibrio entre izquierda y derecha respecto a los anteriores comicios, sólo alterado por la ruptura de UPN con el PP, que entraría en la Cámara de Pamplona con cinco escaños. UPN obtendría 17-18 escaños, Nabai 12-13, igual que el PSOE, mientras que IU repetiría con dos escaños, en tanto que CDN desaparecería del Parlamento.
En Asturias el resultado es una incógnita tras la irrupción de Francisco Álvarez-Cascos con el Foro Asturias, después de que abandonara el PP al no haber sido elegido candidato. Sin embargo, un sondeo de Asturbarómetro, de finales de enero coloca al exsecretario general del PP como favorito, con un 42,2 % de los votos, seguido por el PSOE con el 21,4 y el PP con el 18 %.
Por su parte, en Cantabria las encuestas sitúan al PP con posibilidades de gobernar, aunque es una comunidad donde nunca ha habido mayoría absoluta. Un sondeo de Sigma 2 del mes de enero da a los populares una mayoría absoluta justa, con 20 de los 39 escaños, y el 47,7 % de los votos. El PSOE volvería a quedar desplazado como ter- cera fuerza política, detrás de Miguel Ángel Revilla. Otros sondeos sitúan la horquilla del PP entre los 19 y 20 escaños, con lo que están abiertas todas las posibilidades.
Finalmente, en Canarias, como viene siendo habitual ningún partido conseguiría la mayoría absoluta. Sigma 2 sostiene que el PP se convertiría en la primera fuerza política, con el 37 % de los votos y 21-24 escaños, desplazando al PSOE, ganador en 2006, que se quedaría con un porcentaje del 27,6 % y 17-18 escaños. Coalición Canaria sería tercera fuerza política con el 25,2 % y 18-22 escaños. Por el contrario, un sondeo de Canarias 7 del mes de febrero contradice estos resultados y da como ganador a Coalición Canaria, seguida del PP y los socialistas.
El 28 de mayo de 1995 la calle Génova de Madrid quedó cortada al tráfico a partir de las diez y media de la noche por una muchedumbre eufórica que se concentraba ante la sede del PP. En la séptima planta, su presidente, José María Aznar, paladeaba con un puro en la mano el contundente triunfo que su partido acaba de conseguir en las elecciones municipales y autonómicas celebradas ese día. La crisis económica —con un desempleo del 22 %—, y el declive del último gobierno de Felipe González, acosado por una sucesión de casos de corrupción y los sumarios de la guerra sucia de los GAL, castigaron duramente a los candidatos socialistas y entregó al PP la mayoría del poder autonómico y municipal. El partido de Aznar fue el más votado en 40 capitales de provincia —32 por mayoría absoluta— y superó al PSOE en once de las trece comunidades autónomas donde se celebraron elecciones. Después de más de una década de hegemonía socialista, España giraba hacia el centro-derecha, anticipando también el fin del felipismo y el relevo en el Palacio de la Moncloa, que se produciría sólo unos meses después, aunque con menos diferencia de la prevista.
Con toda probabilidad, en la noche del 22 de mayo, el tráfico volverá a cortarse ante la sede del PP, pero esta vez será Mariano Rajoy el que encienda un puro, mientras sus asesores hacen una rápida extrapolación de los resultados, pensando en las elecciones generales previstas para marzo de 2012 y que podrían cerrar el círculo y abrir un segundo periodo de hegemonía del PP en España. De cumplirse, por segunda vez en dieciséis años, la crisis económica y el agotamiento del proyecto socialista habrían empujado de nuevo a los españoles a girar hacia el centro derecha, anticipando el resultado de las próximas elecciones generales.