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Ver productosLas ciudades, espacio para la innovación y el dinamismo económico
Desde siempre, las ciudades son los motores que dinamizan las economías y las sociedades. La esencia de su ventaja competitiva radica en su densidad, que hace crecer el número de interacciones y, de esta fricción social acelerada, surge el fuego de la cultura y la innovación. Se trata de lo que los economistas llamamos pomposamente economías de aglomeración.
Este fenómeno recurrente no ha hecho sino acentuar-se en los últimos años de la mano del fenómeno de la globalización y del nuevo sistema productivo posfordista que libera, al menos parcialmente, a empresas y organizaciones de la fricción a la que el espacio y el tiempo les somete.
Este proceso ha ido de la mano de nuevas políticas urbanas en las que la ciudad adquiere un protagonismo social, político y económico inesperado. Así, el foco de la competitividad internacional pasa de los países a las ciudades regiones y, en paralelo, asistimos al surgimiento de políticas económicas a nivel local más complejas y sofisticada. La ciudad deja de ser un mero garante higiénico de parámetros básicos como alumbrado público, salubridad, gestión de residuos, agua o viario y se convierte en agente clave de la política económica.
La competencia por el talento, la creación de espacios para la innovación o la economía creativa y la implicación directa de las ciudades en proyectos considerados estratégicos para el desarrollo económico urbano (palacios de congresos, recintos feriales, equipamientos culturales, candidaturas a eventos, oficinas de apoyo a la internacionalización de sus empresas o a los emprendimientos de sus ciudadanos y campañas de city marketing son solo algunas de sus manifestaciones) pasan a ser los nuevos pet projects de los gestores municipales.
Las ciudades españolas, referentes globales de excelencia
España no es ajena a esta tendencia. Al contrario, está en cabeza de la misma con un claro liderazgo internacional que, con demasiada frecuencia, pasa desapercibido para el gran público e, incluso, para líderes de opinión.
Falta interiorizar que uno de los grandes activos de España son nuestras ciudades y la forma en que se gestionan. Es cierto que la burbuja inmobiliaria, especialmente en el litoral, presenta ejemplos aberrantes de mal urbanismo. Tampoco se puede negar que hay numerosas ciudades fantasmas que ilustran de manera dramática y desolada el cambio de ciclo. Y sería de tontos no aprestarse a sacar conclusiones y aprender de las causas y dinámicas que han generado estas disfunciones.
Pero, la sombra no debe impedirnos ver las luces. La arquitectura española es un referente global: en su demoledor «The party is over», The Economist tomaba la gastronomía y la arquitectura como los dos referentes para definir la creatividad de España.
Pero no sólo eso. Los municipios españoles han sido capaces de evolucionar hacia el futuro en un tiempo récord y con una calidad técnica y de ejecución sobresaliente. Los procesos de transformación y regeneración de las ciudades españolas son puestos con frecuencia como mejor práctica global en este campo. A ello no ajeno la existencia de un potente cluster especializado en «hacer ciudad» que abarca un complejo entramado de organizaciones: constructoras de infraestructuras, arquitectura, tecnología de la información, energías renovables, servicios urbanos y financiación. Un know how que ha de evolucionar a nivel español pero que es plenamente vigente y aplicable en el mundo emergente y en construcción (Asia y Latinoamérica).
Ante un nuevo modelo
Nos encontramos con una situación paradójica: el modelo de gestión urbana español es un referente global pero, al mismo tiempo, se enfrenta a una situación de crisis radical.
El recurso al suelo como elemento de financiación de los municipios ya no existe. Eso ha generado una drástica caída de los ingresos que, unida al mantenimiento de un nivel de gasto presupuestario diseñado en el anterior escenario económico, ha conducido a la insostenibilidad financiera de muchos municipios. Una insostenibilidad financiera que está siendo financiada en una parte importante por los proveedores de servicios urbanos.
Evidentemente esta solución es provisional y, en ausencia de un improbable cambio de la situación económica, la necesidad de un nuevo modelo está ya encima de la mesa. A continuación se describen algunos de los aspectos claves que este nuevo modelo deberá tener si quiere adaptarse al nuevo entorno y mantener ese carácter de referencia global. Estas claves se han extraído y adaptado del manifiesto que elaboramos el pasado mes de mayo desde el Club de Innovación Urbana, una iniciativa liderada por el IE Business School y Philips e integrada por una veintena de organizaciones (entre ellas, Philips, Accenture, Aguirre Newman, Arnaiz & Partners, Clear Channel, CIAC, Ciudad Sostenible, Indra, FCC, Redex y Urbaser). El Club de Innovación Urbana se constituye con la vocación de contribuir, desde una perspectiva técnica y no política, al necesario cambio para que nuestras ciudades puedan hacer frente a los desafíos que el nuevo escenario les pone delante.
Esta situación de crisis genera la necesidad (y oportunidad) de innovar en nuestras ciudades, de hacer las cosas de otro modo. Asistimos al nacimiento de un nuevo modelo de gestión y gobierno municipal ya sea de manera espontánea o de forma planificada o dirigida. A continuación se desarrollan cinco puntos esenciales para avanzar hacia un nuevo modelo de gestión, más ligero y flexible que llene de contenido los espacios urbanos y materialice el potencial creativo de nuestras ciudades dinamizando la actividad emprendedora, cultural y científica que fluye por nuestras calles.
1. Hacer visibles los costes de los servicios urbanos
Si preguntamos a un ciudadano cuánto le cuesta usar su teléfono móvil seguramente nos podrá decir sin pestañear la tarifa que paga. Sin embargo, pocos podrán responder cuánto pagan por servicios básicos tan esenciales como el agua, el alumbrado público o la recogida de residuos sólidos urbanos. Los servicios urbanos básicos son percibidos por el ciudadano como un mínimo vital que solo concitan nuestro interés cuando fallan, como un derecho gratuito y sin contraprestaciones. Está arraigada creencia está en la raíz de muchos de los efectos perniciosos del modelo anterior y ha ocasionado, paradójicamente, que el coste de estos servicios sea opaco y, en consecuencia, elevado. Todos los servicios, de una manera u otra, se terminan pagando y, en general, cuanto más opaco es el modo en que se hace, más caro suelen comprarse. Las ciudades no son, en absoluto, una excepción a este respecto.
2. La segunda descentralización: un nuevo marco institucional
Los problemas de los municipios españoles no se resuelven solo aplicando mejor lo que ya existe sino que requieren de un nuevo marco institucional. Los dos partidos mayoritarios comparten la idea de una segunda descentralización (esta vez desde las comunidades autónomas a los municipios) y es precisa una clarificación de competencias entre ambos escalones administrativos que evite por un lado las duplicidades y, por otro, las competencias huérfanas (o impropias) asumidas de manera residual por los ayuntamientos sin la dotación presupuestaria complementaria. Hay evidencia científica de que hay un tamaño ideal de municipio, una escala por debajo de la cual no hay la masa crítica suficiente para prestar servicios de manera eficiente y, por encima de la cual, se degrada y despersonaliza el nivel de servicio al ciudadano. No hay duda de que el número de municipios españoles es excesivamente elevado y fragmentado.
3. La búsqueda de la eficiencia: no solo más por menos
La innovación que nuestros municipios necesitan se va a ver orientada a la búsqueda de la eficiencia: de hacer más con lo mismo… o con menos. Afortunadamente, el margen de mejora es muy amplio en una gran variedad de campos. La eficiencia energética en la iluminación pública (el primer capítulo de gasto de muchos municipios) es un buen ejemplo de cómo la tecnología permite ahorros en gasto corriente que pueden financiar, bajo el paraguas jurídico adecuado, las necesarias inversiones para actualizar el hardware obsoleto de nuestras ciudades. También poner fin a la excesiva fragmentación de las contratas de servicios urbanos permite ganar en escala y en eficiencia, reduciendo costes con un único perjudicado: el despilfarro de recursos.
Pero, del mismo modo en el que el marco institucional actual es un lastre para el nuevo modelo, pensar que simplemente hacer mejor lo que estamos haciendo va a ser la columna vertebral del nuevo modelo es miope. La innovación urbana del nuevo modelo pasa por hacer las cosas con nuevos esquemas. En primer lugar, con un nuevo papel del sector privado orientado al desarrollo de nuevas (y más flexibles) fórmulas de colaboración público privada. Y en segundo lugar, haciendo que el know how de las organizaciones que prestan servicios a las ciudades no se quede en su prestación o ejecución sino que suba hasta los niveles superiores de diseño de la cartera de servicios sin olvidar que esto requiere desarrollar, aún más, la potente capacidad para trabajar en red del sector privado.
4. El espacio sigue teniendo un valor
El estallido de la burbuja inmobiliaria no supone que el espacio carezca por completo de valor, simplemente que el modelo de explotación y gestión del suelo ha de evolucionar. El nuevo modelo ha de poner el énfasis no ya en crear de nuevo sino en transformar y hacer evolucionar lo ya construido. Tres buenos ejemplos en este sentido son la apuesta por la rehabilitación, la actualización energética de barrios del desarrollismo y la necesaria reinvención del tejido urbano asociado al turismo.
5. Un nuevo modelo de participación: las TIC y la ciudad
Internet no es una innovación tecnológica asimilable a lo que el fax supuso para las comunicaciones escritas: configura un nuevo modelo productivo y social con nuevas reglas y que tiene en lo local el nexo con lo global. La sociedad del conocimiento se asienta en el tejido de un municipio dotado de infraestructuras de información y comunicaciones que dan paso a una nueva ciudadanía, a nuevas formas de participación y gobernanza urbana.
Solo con un despliegue de las TIC similar al que ya tienen empresas y ciudadanos, podrán las ciudades llenarse de inteligencia convirtiéndose en centros neurálgicos que producen y transmiten la información que proviene de sus infraestructuras, de los flujos y desplazamientos que en ellas se producen y de las personas que las habitan.
Las elecciones de mayo de 2011 han dado paso a un periodo trascendental para los municipios españoles, que exigirá a los gestores urbanos ir más allá de la política y redefinir el marco institucional y el modelo de gestión. Una labor que es urgente y fundamental para conseguir que nuestras ciudades sigan siendo poderosos motores sociales de dinamismo.
Durante un reciente encuentro de FAES en el que analizamos las nuevas realidades latinoamericanas, surgió la duda respecto a si sigue siendo legítimo hablar de «Hispanoamérica» en pleno siglo XXI o si, por el contrario, a estas alturas el concepto es poco más que una «frase hecha» carente de contenido. Mal que mal, en décadas recientes América Latina parece haber encontrado un rumbo que le está reportando buenos resultados y que la ha llevado a estrechar sus vínculos con estadounidenses y asiáticos, relegando a Europa a un incómodo segundo plano. A la luz de lo anterior, la idea de Hispanoamérica ¿tiene futuro?
Más allá de los tradicionales vínculos históricos y culturales que vienen a la mente cuando se piensa en Hispanoamérica, ¿en qué podría basarse una «relación especial» de este tipo entre América Latina y España, casi dos siglos después del fin del gran proyecto imperial español? A la hora de esbozar una repuesta, debemos tener en cuenta que, más que en una historia compartida, cualquier alianza de este tipo debe sustentarse en intereses comunes y solo hará sentido en la medida que contribuya a resolverlos principales retos que cada cual enfrenta. Es posible por lo tanto reformular la pregunta en términos mucho más concretos. Más allá de los lugares comunes, ¿cuáles son los intereses comunes?
Evidentemente, su identificación debe basarse en una lectura certera de las respectivas realidades. Ello exige empezar por deshacerse de muchas ideas preconcebidas sobre América Latina que no resisten confrontación con la evidencia.
Buena parte del mundo (incluidos muchos latinoamericanos) aún tiende a percibir a América Latina como una región colorida y pintoresca pero relativamente pobre, inestable (económica y políticamente), violenta y dominada por los dictadores de turno o por líderes populistas como Chávez y sus aliados del ALBA, muchas veces en convivencia con redes de narcotraficantes. Si a ello sumamos el hecho de que la región está fragmentada en una veintena de países, esta termina por volverse poco atractiva y marginal en el contexto mundial y resulta difícil discernir el atractivo que podría tener, al menos para España, una posible «relación especial» con la región, más allá de los afectos, nostalgias y buenas intenciones.
Afortunadamente, como demuestro en detalle en mi libro Nuestra hora, la realidad latinoamericana es muy distinta. Revisemos muy rápidamente la evidencia.
En décadas recientes, los principales países de la región adoptaron regímenes cambiarios libres, eliminaron la mayoría de las cuotas y prohibiciones a la importación y redujeron sus aranceles desde niveles que estaban entre los más altos del mundo a cerca de 10% en promedio, convirtiéndose en los mercados más abiertos y competitivos del mundo emergente. Mientras los ojos del mundo estaban vueltos hacia China e India, la región ha venido registrando las mayores tasas de crecimiento económico en su historia. Con unos 600 millones de consumidores cuyo ingreso per cápita es similar al promedio mundial, América Latina se ha convertido en la cuarta mayor economía del mundo, con un PIB regional de más de seis billones de dólares.
A pesar de la crisis que tiene en jaque a las economías industriales, la economía regional mantiene un gran dinamismo. De hecho, las reformas realizadas han contribuido a que América Latina sea hoy una de las economías más estables de mundo. Como resultado, en lo que va del siglo más de cincuenta millones de latinoamericanos dejaron atrás la pobreza y se unieron a la pujante clase media regional, que ya representa un 60% de la población total. Cada vez más, los pobres del mundo están concentrados en Asia y África.
Igualmente significativo es el hecho que, al reducir sus barreras comerciales e integrarse a la economía global, América Latina puso en marcha un proceso de integración regional que está dando origen a un vasto mercado interno. Baste señalar que cuatro de sus mayores países —Chile, Colombia, México y Perú— hoy están unidos por tratados de libre comercio bilaterales, dando origen a un mercado de 200 millones de consumidores, comparable en tamaño y aún más abierto al mundo que Brasil, gracias a diversos acuerdos de libre comercio con la Unión Europea y los Estados Unidos. Este proceso ha estimulado la aparición de empresas multilatinas, líderes de sus industrias a través de la región, que empiezan a proyectarse con fuerza a nivel mundial. El resultado es una región mucho menos fragmentada económicamente de lo que normalmente se piensa y que está avanzando a buen ritmo hacia una plena integración de sus mercados.
Desde hace aún más tiempo las artes y letras regionales también desmienten las fronteras políticas intrarregionales, al punto que América Latina se ha convertido en una de las regiones más homogéneas del mundo en términos culturales. Recientes encuestas revelan la sorprendente unidad valórica subyacente. A diferencia de cualquier otra región del mundo, los latinoamericanos combinan un énfasis en valores tradicionales como familia, religión y autoridad, con un fuerte foco en autoexpresión y realización personal, característico de las sociedades industriales. Esta distintiva combinación valórica es el producto de un mestizaje de culturas y razas sin precedentes en el mundo, donde la tradición occidental aportada por España se fundió con tradiciones culturales aún más antiguas. No olvidemos que dos de las seis civilizaciones originarias del planeta —la mesoamericana y la andina— son latinoamericanas. Esa fusión de razas y culturas ocurrió gracias a la falta de prejuicios raciales que tradicionalmente caracterizó a la población ibérica a la hora de elegir pareja y se vio enriquecida por aportes africanos y asiáticos que aún hoy resuenan con fuerza en muchos ámbitos y son especialmente visibles en la mesa, música y bailes latinoamericanos. Cualquier posible «relación especial» entre España y la región debe ser entendida en el contexto de esta identidad profundamente mestiza de los latinoamericanos.
Es posible que la tradición occidental termine dominando y que la región se incorpore como miembro pleno de Occidente tras completar su tránsito hacia la prosperidad. Más probable, sin embargo, es que América Latina emerja como una civilización distintiva, muy cercana a la tradición occidental pero fiel a sus raíces mestizas y orgullosa de ello.
Más allá de terminar de definir su propia identidad como región, América Latina enfrenta el reto de avanzar en su integración política. Su relativo retraso en este ámbito es afortunado, ya que hubiera sido difícil resistir las tentaciones burocráticas y estatistas que entramparon proyectos de este tipo en otras latitudes (y en la propia región) durante el siglo pasado. Pero los costos de la desunión política están creciendo a medida que el mundo se organiza en bloques culturales homogéneos y los países latinoamericanos empiezan a aprovechar la creciente prosperidad para fortalecer sus capacidades militares. Esto último amenaza con poner en marcha una carrera armamentista regional, que bien podría ser estimulada desde fuera por quienes necesitan acceder a productos agrícolas y minerales latinoamericanos para alimentar a sus poblaciones e industrias. Aunque durante el último siglo América Latina fue la región más pacífica del mundo en términos de muertes violentas totales per cápita, sirviendo de refugio a millones de inmigrantes europeos y asiáticos que escapaban de guerras y dictaduras, garantizar la paz interna regional durante el siglo XXI requiere capitalizar esta historia de paz y de creciente integración económica para avanzar hacia una mayor integración política.
Afortunadamente, la mayor estabilidad económica ha avanzado mano a mano con una creciente estabilidad política, lo que valida y aporta continuidad a las reformas realizadas. Casi sin excepción, los países latinoamericanos hoy están gobernados por líderes elegidos democráticamente. Atrás quedaron las dictaduras del pasado y la democracia impera en la región como nunca antes. Aunque Chávez y sus aliados neopopulistas del ALBA tiendan a acaparar la atención de los medios, en realidad controlan menos del 20% de la economía o la población regional. El grueso de los latinoamericanos ha optado por una u otra versión del «modelo chileno» de gobierno democrático, con instituciones fuertes y ámbitos de acción acotados y de mercados libres y abiertos al mundo.
Gracias en buena medida a estos avances, América Latina tiene actualmente la distinción de ser la región más desarrollada del mundo emergente. Esto conlleva sus propios retos: si la región desea evitar los errores cometidos por las sociedades que la precedieron en el camino al desarrollo y alcanzar una prosperidad sustentable, no tiene más opción que encontrar su propio camino. Ello no solo implica nuevos modelos industriales sustentables sino nuevas soluciones institucionales (como, por ejemplo, sistemas privados de pensiones), así como productos y servicios mejor adaptados a las necesidades de los consumidores en la base de la pirámide. En otras palabras: América Latina no tiene más opción que volverse una región profundamente innovadora. Si lo logra, inevitablemente se convertirá en un referente para el resto del mundo emergente.
En primer lugar, algo bastante obvio a estas alturas: el hecho que buena parte de América Latina y España compartan un mismo idioma, numerosas tradiciones culturales y tres siglos de historia no significa que ambas regiones compartan una identidad, ni mucho menos un destino común. Europa apostó hace varias décadas por Europa —con mucha razón—. América Latina apostó hace doscientos años por sí misma —con mucha razón—. Pensar en América Latina como «la América hispana» es tan absurdo como pensar en España como la «Europa latinoamericana». En la medida que la historia común sea la base sobre la cual se pretenda definir un posible futuro común, Hispanoamérica no tiene destino. España tampoco puede aspirar a un rol de primus inter pares con una economía y población que no llegan ni al 20% de la latinoamericana. Pero sí puede aspirar, con justa razón, a alguna forma de «relación especial» con América Latina.
Es tentador modelar esta «relación especial» en la que existe entre el Reino Unido y los Estados Unidos, dado que surgió en un contexto histórico comparable y a partir de similares sentimientos de amistad y entendimiento mutuo. En el caso anglosajón, sin embargo, dos grandes potencias militares —dominantes en el siglo XIX y XX, respectivamente— se aliaron para defender a las democracias occidentales, poniendo freno a la agresión nazi, conteniendo la amenaza soviética y, más recientemente, neutralizando el terrorismo islámico. Una «relación hispanoamericana» análoga, cimentada en la colaboración militar, resulta difícil de imaginar.
Ello no significa que una futura relación hispanoamericana deba ignorar los aspectos políticos y geopolíticos. Por el contrario, más que nunca, españoles y latinoamericanos tienen la oportunidad de trabajar juntos en un proyecto político trascendente: la consolidación a ambos lados del Atlántico de sociedades libres, democráticas y meritocráticas, donde los prejuicios raciales y sociales son refutados por un tradicional mestizaje de culturas y razas y en las que los principales motores del progreso individual y social son la iniciativa individual y la actividad emprendedora. Sumar fuerzas en torno a estos valores trascendentes constituye una poderosa épica a partir de la cual construir una relación hispanoamericana para el siglo XXI, cimentada en el poder de las ideas y en la capacidad de colaborar internacionalmente para hacerlas realidad.
Una relación de este tipo promete rendir frutos muy concretos para los latinoamericanos, ya que estos principios constituyen poderosos cimientos sobre los cuales llevar adelante su proyecto de unidad regional, con todos los beneficios que este conlleva. Un proyecto integracionista que limite la institucionalidad regional solo a aquellas funciones indelegables y busque acercar los gobiernos locales a sus ciudadanos resulta mucho más factible y atractivo que los proyectos integracionistas de antaño, liderados desde el Estado por burócratas inspirados en visiones estatistas y resistidos por los ciudadanos.
Los frutos para España de una América Latina unida en torno a estos principios también deberían ser sustanciales, ya que ella es funcional al éxito de las multinacionales españolas, incluyendo las más jóvenes, que al igual que sus predecesoras encontrarán en América Latina un ámbito de expansión cultural y económicamente más cercano y fácilmente asequible. Lo mismo es verdad en el caso de las multilatinas: estas tenderán a probar sus capacidades competitivas primero en un mercado más cercano y asequible como España, antes de dar el salto al resto de la Unión Europea. Como resultado, España tiene el potencial de convertirse en la sede de sus operaciones europeas y africanas, como ocurrió en el caso de la mexicana CEMEX, la pionera entre las multilatinas. Esta dinámica ganar/ganar promete aportar un renovado vigor a la alicaída economía española.
Más allá de eso España también entiende, al igual que América Latina, que debe potenciar su actividad innova-dora y emprendedora si desea sostener e incrementar su actual prosperidad. ¿En qué medida una «Hispanoamérica de los valores» es plenamente funcional al logro de este objetivo? ¿Dónde están las oportunidades de colaboración?
Como región líder dentro del mundo emergente, América Latina contiene una amplia diversidad de segmentos socioeconómicos cuyas necesidades requieren soluciones innovadoras, desde aquellos que disfrutan de un nivel de vida comparable a la media en los países industriales, a aquellos en la base de la pirámide que recién se incorporan a la economía de mercado. Cada segmento aspira a acceder a productos y servicios adecuados a sus necesidades, desde alimentos y bienes electrodomésticos y electrónicos de bajo costo a automóviles y otros productos emblemáticos de la clase media, viviendas económicas de calidad y, por supuesto, a todo tipo de servicios financieros, de salud y educativos. Quien desarrolle esos innova-dores productos contará con una ventaja considerable a la hora de extender sus actividades a otras regiones emergentes, maximizando su valor económico. Para muestra un botón: en respuesta a la necesidad de erradicar un villa miseria de un núcleo urbano, un grupo de arquitectos chilenos desarrolló una vivienda familiar de calidad, cuyo costo unitario es inferior a diez mil dólares, que está siendo evaluada por los gobiernos chino y nigeriano para implementarla en gran escala. La región también requiere con urgencia contar, por ejemplo, con sistemas educativos capaces de convertir a sus jóvenes en protagonistas activos de la economía del conocimiento. Dicho de otra manera: América Latina representa una región piloto natural y fácilmente accesible para emprendedores españoles interesados en desarrollar soluciones innovadoras para los más de cinco mil millones de personas en los mercados emergentes.
En este sentido, el término Hispanoamérica pasa a designar a un espacio de innovación que abarca ambos lados del Atlántico, construido a partir de una historia compartida y sobre la base de principios liberales, alimentado por la creatividad que surge del encuentro desprejuiciado de culturas y razas, y desde la cual surgen innovaciones que ayudarán a miles de millones de seres humanos a dejar atrás la pobreza, alcanzar una prosperidad sustentable y construir sociedades en la que logren desplegar plenamente sus talentos e intereses. Un enorme espacio de generación de riqueza como este es el equivalente a una enorme mina de oro en la sociedad del conocimiento. En definitiva, Hispanoamérica pasa a designar una épica conjunta, sustentada en una tradicional cercanía cultural, en intereses muy concretos y en una visión compartida del futuro, que hará posible acceder a una prosperidad, estatura e influencia global inalcanzables individualmente.
La rivalidad por ganar audiencia es la causa principal del cambio de mentalidad que se está produciendo en la industria televisiva espaLñola, un proceso conocido pero de efectos equívocos. Porque, si por un lado, la competencia entre las cadenas ha contribuido a aumentar la oferta, reforzar la industria audiovisual y vigorizar la producción, se trata, por otro, de una oferta tan homogénea y anodina, incapaz de ofrecer apenas variaciones. Los programas son miméticos, sus fórmulas se repiten como variantes de un único patrón, las series se copian unas a otras, los concursos devienen en espectáculos amorfos y reiterativos.
El triunfo de esa variedad televisiva que podría denominarse prefabricación de la realidad, y cuyo primer éxito importante -toda una innovación en temporadas pasadas- fue Gran Hermano, ha quedado ya arrinconado por el de Operación Triunfo, que ha sabido dar una nueva dimensión a la fórmula. Hay que investigar por qué este género de programas atraen obsesivamente la curiosidad de tanta gente, y por qué resultan luego sin embargo fácilmente desplazados al producirse una alteración en ellos, que la audiencia recibe sorpresivamente como más atractiva. Los productores y programadores no siempre conocen bien, por intuición o por costumbre, esas actitudes que caracterizan a lo que se ha llamado el público objetivo de la televisión.
Otro tanto cabe decir de esas tertulias preelaboradas dedicadas a la exhibición de la intimidad, tales como Tómbola, que siguen ganando audiencia en televisiones públicas, autonómicas y privadas. Al extenderse su difusión y consolidarse la industria de producción, la televisión se convierte en una fábrica de realidades preelaboradas, en las que la apariencia de ficción se confunde con la apariencia de realidad, y el comentario más insustancial sobre circunstancias de la vida particular de personas populares en motivo de atracción para millones de telespectadores.
CUALIDAD O CANTIDAD
Como quiera que sea, la televisión sigue siendo el gran fenómeno social del entretenimiento masivo. Para estudiar las motivaciones y gustos de la audiencia ha florecido una industria de la medición, sobre cuyas posibilidades y limitaciones quiere versar este comentario.
No está de más retener los datos globales sobre la evolución del consumo de televisión. En los últimos veinticinco años se ha producido un aumento paulatino del mismo, hasta llegar a estancarse en el último quinquenio. Antes de la aparición de la televisión privada, en 1978, el 90% de los españoles que veían entonces la televisión le dedicaban algo más de dos horas y media. En 1990 había ascendido a tres horas y cuarto. Actualmente es algo mayor, aunque todo parece indicar que se ha estabilizado definitivamente. El promedio ha pasado a tres horas y algo más de veinticinco minutos, aunque el informe del último Anuario GECA ofrece un descenso del año 2000 y una pequeña variación en 2001 y en 2002.
Pero el planteamiento de estos informes audimétricos es resultado de una actitud positivista y acrítica. Por positivismo entiendo aquí algo bastante elemental: que se acepte como único criterio de calidad o de idealidad la propia respuesta de la audiencia, es decir, que el número de los que ven un programa sea sinónimo de gusto, de garantía de calidad. En realidad, ese es un modo muy interesado de satisfacer los intereses de la propia industria: identificando estética y eficacia, o pretendiendo que el aumento de audiencia sea la única o principal razón de industrias tan poderosas e influyentes como las de la producción y la programación televisivas.
La elaboración de datos que utilizan gabinetes como Sofres, es imprescindible para profundizar en la investigación, pero ésta ha de orientarse hacia otros fines menos instrumentales.
Lo principal, a mi entender, es llegar a conocer la conducta familiar efectiva, relativa por ejemplo a los horarios, preferencias y motivaciones de la audiencia infantil, los criterios de los padres sobre lo que ven los hijos, los motivos que cuentan a la hora de elegir uno u otro programa o entre los de la oferta disponible. La finalidad de investigaciones más cualitativas ha de inspirarse en las recomendaciones del Libro verde sobre protección de los menores, referidas a los «contenidos perjudiciales para su desarrollo», presentado por la Comisión de la UE en octubre de 1996.
Al margen de los variados estudios académicos que están en avanzada fase de elaboración, contamos también con diversas aportaciones del Centro de Investigaciones Sociológicas. En 1998 se realizó una encuesta genérica sobre hábitos televisivos, a partir de cuyos resultados se elaboró una segunda encuesta más específica sobre «La televisión y los niños: hábitos y comportamientos». En el mes de mayo del año pasado, se realizaron 1.800 entrevistas, que están todavía por comentar. La encuesta recogía importante información sobre la conducta real de los niños y de la relación entre los padres (o tutores, en su caso) y los hijos menores y adolescentes en lo relativo a la televisión. Aunque no falta bibliografía sobre estos temas, en especial sobre la violencia y la pornografía, no abundan en España los estudios empíricos.
GRATUIDAD, ASIDUIDAD, COMODIDAD
Los rasgos que explican la generalizada dependencia de la televisión son su gratuidad, la asiduidad y la comodidad.
En cuanto a la difusión de la televisión gratuita, puede decirse que no hay hogar español que carezca de televisor. Si en 1975 el 90% de los hogares contaban con, al menos, un televisor, en la actualidad sólo falta en el 1% de los hogares españoles. La encuesta del CIS indica que la media es de más de dos televisores por domicilio y que el 40% de los entrevistados destina un aparato para uso exclusivo de los hijos menores de dieciséis años.
MÁS PASIÓN QUE ACCIÓN
El rasgo que explica que su difusión sea tan generalizada y su uso tan asiduo es, junto a la gratuidad, el de la comodidad. La televisión es cómoda porque ahorra el trabajo de salir del entorno más próximo, no modifica nuestra vida habitual, se adapta a ella, convierte lo más lejano en mundo cercano, nos lo muestra desde el reducto cotidiano, sin necesidad de tener que salir del domicilio o del lugar en el que estamos. Para verla no sólo no hace falta hacer esfuerzo alguno sino que suprimimos el que habría que hacer si hubiéramos de observar directamente lo que conocemos por mediación de la pantalla. Nos permite estar pasivamente presentes en los sitios más distantes. La supresión del esfuerzo físico unifica la diversidad de actividades. No es lo mismo ir al teatro que verlo por televisión, como tampoco ir al estadio o ver las olimpiadas frente al televisor. Ver cine, teatro, olimpiadas, recitales son actividades distintas. Al presenciarlos a través de la televisión transformamos esa pluralidad de iniciativas en una misma y uniforme actividad.
En rigor, ver la televisión no es una actividad. Habría que utilizar la palabra pasividad para referirse al hecho de verla o recurrir al oxímoron: es una actividad pasiva. Incluso puede insistirse más en esta idea. Está muy bien dicho eso de ver la televisión, porque, en efecto, primero y principalmente se ve la televisión y, luego, secundariamente, se ve algo a través de ella.
La encuesta del CIS de enero de 1998 sobre «Hábitos de comportamiento ante la televisión» ofrecía, entre otros muchos datos, las siguientes respuestas a la pregunta sobre la actitud del espectador a la hora de encender el televisor.
| HABITUAL | A VECES | NUNCA |
En su casa se selecciona el programa que se va a ver antes de encender la TV | 25,5 | 34,2 | 40,3 |
En su casa se enciende la TV y según lo que haya se elige un programa u otro | 1,3 | 2,6 | 6,1 |
En su casa se enciende la TV por costumbre aunque no se esté pendiente de ella | 27,8 | 33.6 | 38,6 |
Estos datos permiten subrayar una diferencia importante entre ver la televisión y cualquier otra forma de ocio, una diferencia que tiene que ver con la comodidad. Hablando con propiedad, la tendencia predominante no consiste en ir a ver algo por la televisión sino en encenderla y mirar lo que se ve en ella. Y cuando uno se interesa positivamente en ver algo, la televisión actúa entonces como sustituto de lo que realmente interesa, como un intermediario que suministra, a quien no puede estar en un acontecimiento, la sensación de estar presente, sin estarlo. La actividad de ir a ver algo requiere alguna iniciativa por parte de quien se decide a ir a verlo, y proporciona al espectador participación en el espectáculo que ve. Salir del propio ambiente o del entorno habitual e ir a un ambiente específico -el propio del espectáculo o del lugar que se desea visitar- son actividades, formas de participación. No sólo hay que decidir; hay, además, que actuar, moverse, prescindir de lo acostumbrado, cambiar de entorno. Pero esta actividad queda reducida al mínimo, cuando el espectador se limita a mirar a través de la pantalla. Y la participación se reduce en la misma proporción. Lo que se pierde en participación suele resultar compensado por esa comodidad que ofrece la pantalla, que nos permite prescindir del esfuerzo de participar. Más que una forma activa de ocio, se trata, como muy bien se dice ahora, de una participación virtual: el espectador no está física o directamente presente en el lugar de la representación.
UNA CON EL HOGAR
Hay otra aspecto que conviene añadir a los enumerados y que, con relación al asunto que interesa estudiar, no es menos interesante. Por decirlo de una manera gráfica: se nace con la televisión puesta. No es que se aprenda a ver la televisión, sino que el verla forma parte del proceso espontáneo de socialización.
De acuerdo con los datos de la última encuesta del CIS de mayo del año 2000, el 90% de los niños ve la televisión a partir de los cuatro años y el 97% antes de haber aprendido a leer. El 60% de los niños ve la televisión a partir de las nueve de la noche y más de la mitad la ven solos de modo habitual.
Eso no quiere decir que la televisión actúe como un disgregador familiar. La tendencia a verla en familia, al menos un rato, es tan habitual como la contraria. A mi entender, significa más bien que el niño se habitúa a correlacionar su criterio de normalidad con lo que ve por televisión. No se trata de una normalidad simple. Naturalmente que va aprendiendo a la vez a oponer realidad y ficción, pero también se habitúa a considerar normal la expresión de la ficción y lo que su aceptación de lo ficticio supone de contrapartida hacia lo que no lo es. Ver la televisión es, pues, algo normal en su vida de aprendizaje. En realidad, lo que ve por televisión es tan normal en su vida como ir al colegio o salir con amigos o tener juguetes. Y a través de ese hábito se va estableciendo el contraste entre ilusión y realidad. Hay que tener en cuenta que, según la encuesta, casi el 40% de los hogares tiene una televisión para uso del niño y que el 90%, de ese cuarenta por ciento de niños con televisión a su disposición, tiene mando a distancia. Es decir, que dentro de ese ambiente de normalidad que la televisión tiene en la vida de niños y adolescentes hay que considerar que, en una buena proporción, la estiman como algo personal incorporado al espacio más ligado a lo propio. Para ellos, ver la televisión forma parte tanto de la normalidad familiar como de la personal. Lo que ve es la expresión de lo nómico en el propio hogar.
EN LA CADENA DE GRATIFICACIONES
Otro aspecto relacionado con el anterior es la estrecha vinculación de la televisión y el descanso del niño y su entorno de gratificaciones, una vinculación que, durante los días festivos y los fines de semana, aumenta en paralelo al tiempo que se pasa frente al televisor.
Ver la televisión puede ser un premio y no verla puede ser un castigo. El 86,4% de los niños ve la televisión porque le divierte. Si en los días de entre semana sólo un 7,7% de los niños ve la televisión entre tres y cuatro horas, y un 2,9% entre cuatro y cinco horas, esas cifras aumentan en los días de descanso al 19,4% y al 11,2%, respectivamente. El 40% de los niños ve durante los fines de semana más de tres horas diarias de televisión, mientras que los días de colegio sólo lo hacen el 12%.
Como es de esperar también se prolonga el tiempo nocturno. El niño ve la televisión hasta más tarde cuando no tiene que estudiar. Si no hay colegio, cualquier hora es buena para verla para más del 65% de los encuestados. Y si los días laborables casi el 50% de los padres ponen algún límite de tiempo para que sus hijos vean la televisión, durante las vacaciones escolares el número de los que señalan límites se reduce a menos de la mitad.
HIATO ENTRE CRITERIOS NORMATIVOS Y PRAXIS
Independientemente de estos aspectos que reflejan el modo como la televisión forma parte de los procesos espontáneos de contrastar realidad e ilusión, y del sistema de gratificaciones a que no menos espontáneamente se adapta el niño, se puede hacer alguna observación complementaria y especialmente significativa a partir de los datos de la última éncuesta que comentamos.
Se trata del contraste entre los criterios normativos que los padres expresan y la conducta efectiva que los niños ven. Que haya disonancia entre criterio y conducta es algo normal. Justamente por eso las normas no se cumplen siempre. Pero no se refiere esta observación sólo a las normas impuestas, como las de tráfico o las tributarias. Tampoco las ideas normativas de las personas coinciden con sus comportamientos efectivos. Se puede considerar que conducir a demasiada velocidad o tras haber bebido algunas copas de más es temerario y, no obstante, muchos de quienes lo consideran así contradicen con su praxis su convicción. Se manifiesta, por decirlo de este modo, una disonancia de tipo pragmático que puede asociarse a la diferencia entre disponer de una norma de conducta y aplicarla.
Pues bien, en el caso de la televisión esa disonancia ha sido observada con frecuencia pero interpretada de forma muy superficial, como si se tratara de un asunto de hipocresía social o algo por el estilo. Si las conductas efectivas coincidieran con los gustos expresados, los programas informativos, documentales y de divulgación científica o artística tendrían más audiencia que los de entretenimiento. Pero el asunto tiene más interés porque su consideración puede servir de base empírica para contraponer los criterios de cuantificación y de cualificación de las audiencias.
Basándose en la audiometria, los programadores tienden a identificar el valor de los programas su calidad con su aceptación. Como el negocio consiste en vender audiencia a la publicidad, la rentabilidad comercial se funda en la cuantificación de la audiencia y la eficacia o el éxito de un programa depende concluyen de ese criterio. De ahí a considerar la cantidad como fundamento de un juicio de valor de calidad, no se precisa de ningún paso adicional. Y como la audiencia ve lo que quiere libremente y, porque le gusta, prefiere verlo a no verlo, el argumento resulta difícilmente rebatible. Incluso cabe pensar que, por tratarse de una elección, es una decisión democrática, tanto como una electoral.
Sin embargo, adoptar una conducta ante el televisor y expresar un criterio político o un gusto estético son cosas distintas. Una papeleta electoral sintetiza un conjunto de valores emotivos, intelectuales y de expectativas o creencias acerca de lo que puede ser más conveniente para la comunidad, pero es independiente de la conducta particular que, sobre esos juicios, valores y sentimientos adoptará el individuo que la deposite en la urna. Alguien puede considerar que es preferible que aumenten los impuestos y vote por ello, pero eso no garantiza que, si no hubiera inspección, contribuyera libremente al erario. No hay inspección que obligue a las audiencias de televisión a aplicar sus propios criterios normativos sobre el gusto de la programación. Lo que dicen que piensan o prefieren los televidentes es distinto de lo que hacen. Es decir, las decisiones que mide el audímetro no se refieren a criterios normativos estéticos o morales, no reflejan gustos o preferencias culturales, sino conductas y, como cualquier otro tipo de conducta, la del teleespectador puede expresar la transgresión de los propios criterios. De hecho, los padres no ven mucho la televisión con sus hijos, pero afirman en grado significativo que si ven con ellos algún programa que considera inadecuado su reacción es cambiar de programa, en caso de no conseguir convencerlos para que lo hagan por ellos mismos. Casi las tres cuartas partes de los padres consideran que es una obligación suya controlar, los programas que ven sus hijos, pero no llegan a la mitad los que comentan habitualmente con sus hijos los programas que ven. Si más del 40% de los niños tiene a su disposición un televisor, la posibilidad de que sean efectivamente controlados por los padres que declaran que es obligación suya controlarlos, resulta más que dudosa. Además, tampoco los niños ven los programas porque les gusten. Los niños los ven porque se los ponen. Y los padres, por muchos motivos de difícil conocimiento.
Es un aspecto entre otros en que la última encuesta del CIS permite distinguir entre criterio y conducta. Hay otros aún más concluyentes. Solo me referiré aquí a algunos.
El 86% de los padres, por ejemplo, consideran que «los niños adquieren muchas veces malos hábitos porque los ven en televisión», lo que no impide que el 70% de los niños encuestados aseguren que «ven la televisión el tiempo que quieren» y sólo un 6% que, si no la ve cuando quiere, es «porque en casa sólo me dejan ver algunos programas». Se observa, pues, una clara inconsecuencia entre criterio y conducta, lo cual no es sino un caso particular de una regla general. No es sin embargo un asunto menor, pues su consideración puede variar algunas ideas rígidas y prejuicios que, sobre el sentido de las audiencias, suelen compartir programadores, empresarios, publicitarios y guionistas. Algo digno de reflexión y comentario.
Los audímetros miden conductas o reacciones de las motivaciones o incitaciones a que son sometidas por los programadores y guionistas. Pero la afirmación de que, de esta manera, se obtiene información pertinente sobre criterios y gustos estéticos, y la creencia de que, puesto que la audiencia reacciona de cierta manera ante determinados estímulos, los contenidos que los expresan reflejan preferencias y gustos de la audiencia, no tiene fundamento suficiente. Este es un asunto que merece una investigación más seria y provista de un instrumental analítico más complejo, de aquél del que se suelen servir las interesadas simplificaciones de quienes aceptan las mediciones de la audiometria como resultado de la libre interacción de gustos y preferencias estéticas, normativas o morales de los telespectadores. LUIS NÚÑEZ LADEVÉZE
La televisión representa una forma privilegiada de creación mítica. Poco tiempo atrás pudimos conocer la capacidad de ciertos espectáculos para convocar a un público masivo en torno al nacimiento de auténticos mitos populares. La historia de Rosa, protagonista del programa Operación Triunfo (OT), pone de manifiesto cómo los telerrelatos se integran en el conocimiento de la gente simbolizando, de forma más o menos consciente, una serie de hábitos y valores sociales como, en este caso, la juventud y el trabajo, o sentimientos afines el esfuerzo, el afán de superación, la autoestima, etc. Frente a los jóvenes vagos de Gran Hermano, los concursantes de OT han encarnado, al menos en su primera entrega, las actitudes contrarias, trasfigurándolas en valores de carácter casi religioso o, por lo menos, metafísico. Y, al igual que los mitos de antaño, esta naturaleza ritual, trascendente, ha sido correspondida con un culto generalizado.
La televisión es un negocio, no hay duda. Si al principio el fenómeno OT definió una fórmula innovadora de concurso musical, basada precisamente en cierto sentir genuinamente popular – ni siquiera la propia cadena de Televisión Española atisbo el éxito que tendría el show -, el programa fue cediendo progresivamente a las estrategias de marketing (imagen de marca, merchandising, conciertos por toda España, etc.), para engordar cifras de audiencia millonarias, vender discos y, en fin, ganar dinero. Quizá por eso, el mito ha encontrado un rechazo parcial en nombre de la realidad.
Otorgar al medio televisivo ese potencial mítico, humano, supone antes entender las razones del sentir común que, no sin causas justificadas, niegan al medio televisivo tal pretensión. A la televisión se le achaca principalmente la falta de espesor temporal, una carencia poética que condensa gran parte de la crítica social al medio. La instantaneidad televisiva se opone, precisamente, a la cualidad que tenían los mitos antiguos de pervivir en la memoria de generaciones como forma de dar respuesta a preguntas de calado vital sobre la muerte, el destino, el alma, lo valeroso o lo ruin y la bondad o la maldad humanas. Por el contrario, las narraciones en televisión duran muy poco, normalmente el tiempo comercial que el programa permanece en antena. El lenguaje televisivo suplanta la dimensión de pretérito por un presente donde la momentaneidad hace difícil dotar a las historias de hondura humana. Y ello plantea hasta qué punto la celebración popular de ciertos personajes se debe a la moda social o al éxito actual, y no a la resonancia humana que puedan provocar en el conocimiento del telespectador.
Ciertamente, la duración temporal de un relato televisivo no es comparable a la permanencia en el tiempo de las grandes narraciones de los mitos clásicos. Tampoco la caducidad de las historias en televisión es equiparable a la vida perenne de una obra literaria. Ni siquiera las imágenes cotidianas de la televisión pueden competir con aquellas otras asentadas en la memoria del espectador de cine, medio con el cual la televisión parece guardar más afinidades. Frente al relato televisivo, el fílmico se caracteriza por trabajar visualmente el tiempo. No sin razón se le ha concedido al cine la patente de los recursos narrativos de flashforward y flashback, como modo de movilizar y sintetizar temporalmente las imágenes. Parece que este otro medio de comunicación de masas recrea aún un tiempo que, en contraste, la trama televisiva vacía en un presente eterno, en historias sin pasado y sin proyección futura.
A este vacío contribuye directamente la naturaleza serial de los relatos en televisión, característica que se traduce en programas tipo series, seriales, miniseries, sagas, galas, etc. Una serie de ficción televisiva, por ejemplo, nada tiene que ver con la naturaleza episódica que, por citar dos casos muy dispares entre sí, poseen Don Quijote o la saga fílmica de La guerra de las galaxias. La novela de Cervantes inserta en determinados momentos de la historia relatos relativamente autónomos, que desvían la atención del lector respecto de la acción principal. Además de apelar al sentido del humor, estos relatos dan complejidad a una trama unitaria. Observaciones parecidas puede hacerse respecto a la trilogía de la Guerra de las galaxias; pues en esta saga las continuaciones respetan la unidad de cada uno de los episodios y, a la vez, se integran con acierto en el mundo de la galaxia. En ambos casos la estructura episódica contribuye al enriquecimiento poético de sus tramas narrativas.
La producción serial en televisión se debe a un orden de cosas muy distintas, que apunta al fin eminentemente comercial del medio. La fragmentación por episodios aproxima las historias televisivas a las del folletín popular o a la novela por entregas. Como diría Lorenzo Vilches, los relatos seriales del folletín responden a aquella famosa frase de Casablanca: «Play it again, Sam».
Al igual que la novela comercial, las series televisivas repiten hasta la saciedad la técnica del anuncio, según la cual la proliferación anecdótica se conjuga, paradójicamente, con la reducción de la trama a un conjunto limitado de funciones narrativas, que se repiten en cada nuevo episodio. Pese a la aparente variedad de temas, personajes y situaciones dramáticas, hay siempre un esquema narrativo que permanece inmutable a lo largo de la emisión en serie. Y esta estructura fija determina la fórmula prácticamente invariable de cada nuevo episodio.
Esta reiteración tiene como efecto el alargamiento de la historia o, como dijimos anteriormente, la dilatación de un presente que se hace eterno, frente a la duración limitada, exacta, del episodio. Los personajes siguen ahí, anclados en el presente televisivo, aunque la entrega haya finalizado, hasta que el espectador vuelve a conectarse al programa. Esta fragmentación se adecúa perfectamente al llamado flujo televisivo, en el que unos programas se entrecruzan con otros y todos ellos con la publicidad. La dilación temporal afecta igualmente al tiempo interno del episodio donde no existe un comienzo ni un final claramente definidos, la acción apenas progresa, los acontecimientos se repiten y las historias vuelven al punto de partida.
Todo ello parece traducirse en la fórmula cíclica que define los relatos televisivos como narraciones de consumo subordinadas a un proceso fluctuante, que va de la producción al entretenimiento y vuelve al consumo.
Que los relatos populares de la televisión se definan por su pertenencia a la esfera del mercado social fue establecido de una vez por todas por la sociedad de masas mediado el siglo XX, y por quienes como Adorno teorizaron sobre la cultura que le es propia. Los artistas modernos y sus críticos abrieron entonces una brecha insalvable entre las narraciones del arte y los relatos comerciales de la referida cultura. Los primeros se reservaron la esfera del saber y del arte, mientras los segundos pasaban a engrosar la esfera del mercado social. Y, es claro, en la alternativa entre obras de arte o bienes de consumo – tal y como Adorno concibió los productos destinados a la masa social -, sólo cabe colocar la televisión popular del lado de los segundos.
Pero la naturaleza de un relato televisivo no responde plenamente a la de un bien de consumo porque, valga la redundancia, no se consume como cualquier otro bien fungible, ni impide su disfrute por parte de otros consumidores. Cierto componente inmaterial explica que su gasto no sea inmediato como ocurre con otros artículos.
Este matiz lo introdujo ya H. Arendt por las mismas fechas en que Adorno sentaba su juicio sobre el fenómeno de la cultura de masas (por desgracia, el ensayo de Arendt, de 1961, acerca de «La crisis de la cultura: su significado político y social», no tuvo la misma repercusión que el de Adorno sobre «La industria cultural: la ilustración como decepción de las masas»). En lugar de separar el arte de la cultura de masas, para relegar los productos de ésta a la esfera del mercado, como Adorno, Arendt se limitó a dejar constancia de cómo determinados objetos culturales se degradaban, debido a una actitud desmedida de consumo. Se trataba de un descenso, en cuyo punto de partida superior la autora colocaba la obra de arte y, en la base, como punto de llegada, los bienes de consumo. La obra de arte constituía, según ella, el objeto cultural por excelencia, portador de una finalidad o valor intrínseco diferente del valor de cambio, que caracterizaría al bien de consumo, y que le preservaría del gasto inmediato al que estaba sometido este último. Frente al valor interno y permanente de la obra de arte, pues, Arendt colocaba el precio de cambio como algo externo y fluctuante, determinado por los vaivenes de la oferta y la demanda sociales.
Para nuestros propósitos, esta diferenciación conceptual de obra de arte, objeto cultural y bien de consumo permite situar los relatos comerciales entre los objetos culturales, a caballo entre el arte y el mercado, sin que se vean avocados irremediablemente a esta segunda esfera. Y la pauta de la durabilidad permite establecer una medida de la obra de arte, que nos permite determinar la naturaleza cultural de un objeto y excluir, por contra, aquellos relatos que se crean con la finalidad de su consumo inmediato.
A falta de poder establecer un límite neto, la categoría de producto cultural se ajusta mejor a la naturaleza de un programa televisivo que otra cualquiera, pues contempla estas dos dimensiones: la de artefacto, o «cosa hecha» con objeto de satisfacer unas necesidades socioculturales, reales, exigidas por su carácter comercial; y la de objeto cultural que, por su parte, se destina al enriquecimiento humano de la sociedad. Y esta otra dimensión cultural da entrada al mito, pues la televisión es negocio y es también cultura, de modo que las consideraciones estrictamente mercantiles no pueden obviar estos otros factores humanos que, por lo demás, también influyen en las ventas.
Al ser transfigurada por el mito, la realidad excesivamente mercantilizada de la televisión permite que se manifiesten ciertos valores humanos connaturales a la propia sociedad. Otro asunto es que las cadenas, productoras o casas discográficas se aprovechen de ello con el fin de alcanzar sus propios intereses económicos, como ha ocurrido con el fenómeno de OT.
Rescatar esa acepción positiva de mito – y de mito popular, que no populista – supone incidir en su sentido antiguo, frente a otros significados peyorativos de invención o irrealidad primitiva, que se han ido asociando culturalmente a la palabra. Quizá esta otra visión negativa prima actualmente cuando nos referimos a la galería de los personajes contemporáneos, especialmente si proceden del mundo de la imagen y la cultura popular.
Los relatos míticos eran reales porque transmitían un sentido humano o trascendente de la vida, lo cual no implica que las historias hubiesen acontecido de hecho. El mito de Deméter, diosa de la vegetación, resulta fabuloso en extremo si intentamos confrontar los hechos con un relato verídico. Igualmente fantástica resulta la historia de la diosa Atenea, quien niega la inmortalidad a su protegido Tideo cuando éste, a punto de morir, es arrebatado por la ira y se ensaña contra su amigo moribundo. De nuevo, no son dioses, comportamientos inhumanos o lugares imaginarios, como los que rodean a esta historia, los que cautivaron a los contemporáneos del mito y siguen haciéndolo en nuestros días. El atractivo proviene de una experiencia humana simbolizada acerca de los límites de la miseria del hombre, un ser llamado, por naturaleza, a participar del señorío de los dioses.
La autenticidad del mito radica en la experiencia humana a la que remite de manera simbólica, ya sea que se refiera a hechos naturales que afectan al hombre, o a pensamientos, pasiones y motivos del obrar que se escapan a la observación empírica – ¿cómo medir una acción? -, pues tan reales son unos como otros. Aristóteles hizo explícita esta materia humana del mito (mythos) cuando, refiriéndose al drama, lo definió como la acción o vida que está siendo escenificada, frente a esa misma acción ya estructurada u organizada de forma más o menos verosímil por el poeta. Como es el alma para el cuerpo -explicó-, así es el mito para la representación narrativa o dramática: la forma que le da vida.
Por ello también se refirió Aristóteles a la imperiosa verdad del mito, la cual se acerca más a lo increíble posible que a lo creíble pero improbable. Es decir, lo propio de una narración poética es su posibilidad, en el sentido de que los personajes sufren, padecen o experimentan la amistad como nosotros, aunque para conseguir este efecto el narrador se haya servido de historias increíbles, muy alejadas de nuestro mundo real (las que le suceden a los personajes de El señor de los anillos). Y, por el contrario, es impropio de la poética historias quizá más creíbles, reales o que se asemejan a hechos reales, pero improbables porque dicen poco del hombre.
Trasladado a aquellos personajes míticos de la televisión, significa que la posibilidad de las historias que encarnan guarda una relación estrecha con la verdad de la ficción. A fuerza de contarnos mentiras mediante historias inconcebibles, muchas veces la ficción resulta más verosímil que la propia realidad fáctica. Se debe a que sus historias son moralmente posibles. Nos reconocemos en los pensamientos y pasiones que mueven a los personajes, pues los identificamos fácilmente con los motivos reales que mueven nuestras acciones, y ello más íntimamente que la relación que vincula nuestras vidas con historias del mundo actual, por mucho que puedan ser confrontadas estas últimas con sucesos objetivos. Los hechos de un relato de ficción son verosímiles porque hacen referencia a lo que puede ocurrir en el mundo posible creado por el narrador. Por ello resultan verosímiles, y no en cuanto factibles en el mundo real. La verdad del mito no tiene que ver entonces con lo fáctico. Una vez imaginado el mundo mítico, la verosimilitud es una categoría interna, ya no hace referencia a una realidad efectiva.
Pero, al mismo tiempo, se trata de una posibilidad real. Una vez diseñado el mundo mítico – un mundo posible, sea o no actualmente real – éste ha de contar con una lógica interna que lo hace verosímil. Aquí lo posible tiene que ver con lo moralmente probable. Y, sin duda, los criterios de acción que rigen en el mundo mítico pueden llegar a ser más convincentes que los vigentes en el mundo real.
En esta posibilidad de la ficción se basa, por ejemplo, buena parte de los mecanismos retóricos que utiliza un documental televisivo para dar acceso al espectador a la historia natural -el último hallazgo de ingeniería genética o el reciente caso de enfermedad producida por el mosquito x en África- desde el mundo real. El juego retórico que este tipo de programa establece para atraer y mantener la atención del espectador consiste, principalmente, en presentar los hechos científicos en forma de acontecimientos organizados según una estructura de acción ficticia. En contraposición al rigor científico de hechos lejanos a un público inexperto, su narración personificada acerca, así, los sucesos al conocimiento del María Luengo espectador. De este modo, la autoridad con la que el documental se dirige al público, su veracidad, no se basa tanto a la verdad objetiva que pretende transmitir, como en la plausibilidad de su estructura mítica: lo humanamente posible señala la entrada al mundo del programa.
Estrategias similares encontramos en nuestro ejemplo de OT. Aquí la historia de Rosa, como personaje mítico, puede ser entendida respecto a la realidad inmediata, el espectáculo televisivo y toda la parafernalia que le rodea, y entonces tenemos a un personaje de carne y hueso que, de ser patito feo, pasa a convertirse en cisne. Pero este significado social, construido por la televisión, resulta si cabe menos real que lo auténticamente humano, mítico, del personaje. El mito de Rosa y, en general, de OT, puede sintetizarse en una frase pronunciada a menudo por este personaje: «Quiero ganar confianza en mí misma».
Esta confesión resume, lo hemos dicho, un sentimiento de superación de una serie de obstáculos y unos fines que un público masivo hace suyos. Y lo mismo cabría afirmar de otros personajes. El mito de Bustamante, quien del andamio sube al éxito, o el de Bisbal, son la traducción espectacular y masiva de dos actitudes: «deseo ir siempre con la verdad por delante» y «quiero compartir toda la felicidad que siento», respectivamente.
Aquí tenemos varios ejemplos del modo en que valores respetables – el esfuerzo personal, la juventud, la sinceridad, el sentimiento de felicidad -se nos presentan, como se expresó en otra ocasión F. Jiménez Losantos refiriéndose al fenómeno de Diana Spencer y otras leyendas populares, de forma tan espectacular a través del lenguaje televisivo. Según este escritor, tal vez se trata de sentimientos o de virtudes con minúscula, manifestaciones de lo humano al margen de la estricta racionalidad, pero también de materia ética, en sus palabras, abono sentimental de cierta sintonía moral que precisan todas las sociedades para vivir.
Todo parece indicar que la televisión es vehículo de valores que propician la mejora social, aunque aún no estemos acostumbrados a verlos aparecer de forma tan actual, masiva, con el carácter de espectáculo popular. Depende, no obstante, de que el contenido se ajuste bien a la trama televisiva. También el relato mítico de antaño sintetizó valores esenciales como, por ejemplo, el origen trascendente de la persona humana, que interrogaban a cualquier hombre, y las formas de la cultura que, por su parte, identificaban al pueblo asentado en un tiempo histórico. Esto último explica los episodios amorosos que protagoniza el dios Apolo. El motivo era que el hombre, convencido de su origen divino, intentó vincular su linaje al de los dioses, atribuyendo en concreto a Apolo la paternidad de muchas y variadas criaturas, incluido el hombre. De ahí esos matrimonios tan numerosos y disparatados.
Lo mismo sucede en los mitos contemporáneos. La imagen televisiva, hermanada con el cine y la publicidad, constituye el envoltorio cultural que da entrada en nuestro tiempo a dichos hábitos. Salvado entonces el componente humano, es preciso indagar -y no sólo criticar- el modo en el que la televisión y las historias cíclicas encerradas en un eterno presente transmiten lo humano, y ello por encima de su significado socioeconómico, de ser respuesta mecánica a las apelaciones del mercado.
Para ello, debemos comprender dicho presente, connatural al medio, como la lógica interna de un mundo ficticio. Significa que no es el tiempo cronológico en el que suceden los acontecimientos televisados, por lo general significado en los programas mediante la alusión al calendario, lo que interesa para valorar el eco humano de las historias. Lo importante es el tiempo ficticio que la televisión construye mediante las variaciones retóricas respecto al tiempo real anterior. A este fin se encamina aquella dilación del tiempo de las historias respecto al tiempo que dura el programa, a través de la sucesión, alternancia e intercalación de historias paralelas, cortes publicitarios o inserciones de otros programas de la cadena. Así, pues, la retórica televisiva -que, si no lo hemos hecho todavía, brevemente podemos definir como las llamadas, más o menos directas, del medio a su público- no ofrece sólo una explicación al significado comercial de la trama. También nos aproxima a su sentido humano.
Desde este otro punto de vista, el presente narrativo, sus efectos de repetición, dilación y evasión, construyen un tiempo mítico que apunta simbólicamente a una experiencia de vida, a cómo el espectador experimenta el paso del tiempo de la vida ordinaria. El presente mítico hace referencia al tiempo de la vida cotidiana; un presente que, si nos acogemos a la definición narrativa del tiempo que propone P. Ricoeur, es experimentado como una actitud de atención, que se prolonga porque la narración disminuye el recuerdo y la espera. Pero, no obstante, un presente que no anula por completo cierto recuerdo inmediato de los acontecimientos en el pasado, ni cierta expectación hacia su desenlace futuro. Las historias inconclusas de este presente mítico son la forma que, en definitiva, presentan los fragmentos de cualquier vida vivida en presente. Los sucesos se perciben fragmentados en el instante hasta que no se insertan en un tiempo mayor que permite comprenderlos según un antes y un después. Con mayor razón la segmentación es empleada en historias y personajes que tratan de insertarse en la vida cotidiana del espectador.
La televisión ha venido a llenar este espacio del presente cotidiano característico de las sociedades modernas. El tiempo cíclico de la trama televisiva no es, pues, meramente convencional o cultural. Se fundamenta en una experiencia humana del tiempo que comparten sus espectadores. Esta experiencia no se basa en un presente fáctico, externo, sino en el presente ficticio, interno, el tiempo del mundo ficticio donde se desenvuelven los personajes del programa. La sensación de un eterno presente que encierran sus relatos guarda relación con la vida ordinaria. Aquí reside la naturaleza mítica del medio. La vida y los valores humanos simbolizados en un programa televisivo están íntimamente vinculados al presente cotidiano que la trama televisiva recrea. He aquí el sentido humano o mítico de la televisión; aquí se instalan sus personajes míticos, desde aquí apelan al conocimiento popular como héroes o antihéroes; sólo desde aquí cabe prolongar la vida de personajes e historias televisivas en otras formas míticas de la cultura popular. Es precisamente aquí donde la cultura televisiva, gracias a su cometido de transfigurar lo ordinario en extraordinario, el ritual privado en veneración pública, es responsable de proponer hábitos saludables para la vida política y social, por la manera en que éstos repercuten eficazmente en la experiencia cotidiana de un público masivo.
La contribución más importante del cine alemán al séptimo arte tuvo lugar entre 1913, año de producción de Der Sludent fon Prag (El estudiante de Praga), y 1930, cuando se estrenó Menschen (Hombres). Los historiadores del cine han estudiado a fondo este periodo, extremadamente diverso, de nuestro pasado cinematográfico y han dado muestras de notable imaginación en sus comentarios.
Lo han calificado por ejemplo de «clásico», es decir, muy evolucionado, y han visto en él el periodo expresionista del cine alemán. Cabe aceptar esta definición siempre y cuando se interprete en su sentido más restrictivo, relativo a la historia del «género», pues no es aplicable sino a algunas películas que se remontan a comienzos de los años 1920, y especialmente a ese drama, tan citado, sobre el abuso de poder, que es el Das Kabinett des Dr. Caligari (El gabinete del doctor Caligari, de Robert Wiene) y que se ha convertido en la piedra angular del estudio de Siegfried Kracauer sobre la psicología y la sociología en su ensayo histórico Van Caligari zu Hitler.
En esta disentidísima obra, Kracauer intenta demostrar que las películas de esa época no hacen sino traducir un inconsciente colectivo. Su intento ha contribuido a llamar la atención de todo el mundo sobre esa seductora época del cine alemán, peto tanto su método como sus resultados no se han aceptado sin críticas. Así, en una presentación con motivo de la reposición de El gabinete del dr. Caligari en las salas de cine alemanas, en el año 1964, programada junto con otra vieja película, Doctor Mabuse (F, Lang, 1922), el director sueco de cine documental Erwin Leiser escribió: «Quien haya leído a Kracauer quedará decepcionado por Caligari. Buscará un universo que esté, como escribió Kracauer, «lleno de oscuros presentimientos sobre el fin del mundo, de intensa violencia y de explosiones de pánico, como el universo hitleriano», pero no los va a encontrar.
Kracauer ve en la República de Weimar un preludio del Tercer Reich
Así mismo, Kracauer critica a Fritz Lang porque su Mabuse «no es un documental sino, más bien, una de esas premoniciones que iluminarán pasajeramente las pantallas alemanas de la época». Este tipo de juicios, sin embargo, poco tienen que ver con el valor de la película como tal, o con la apreciación de las intenciones del director, que uno puede hacer. «Kracauer atribuye al contenido implícito de esa producción un significado que no posee y, sobre todo, ve en la República de Weimar un preludio del Tercer Reich. Es necesario rechazar este género de interpretaciones para no juzgar las películas antiguas -concluía Erwin Leiser su comentario al ensayo de Kracauer- sino en función de sus verdaderas premisas, pues ésa es la única forma de hacerles justicia. Tienen derecho a un lugar en la historia del cine si sus cualidades artísticas conservan un brillo propio y si su mensaje sobre los hombres y las situaciones continúa apasionando a las nuevas generaciones».
LAS NUEVAS FORMAS DE EXPRESIÓN CINEMATOGRÁFICA
Aunque el término «expresionismo» asume hoy una significación más amplia (así parece haberlo decidido el empleo lingüístico internacional), no por ello deja de aplicarse perfectamente al primer decenio -1913-1923, es decir, al periodo verdaderamente dinámico- del cine mudo alemán clásico. Las influencias del expresionismo han sido múltiples y variadas; sus características esenciales se han considerado como generadoras de grandes cambios y de transformaciones patéticas en el sentido inicial del término, es decir, apasionadas, efervescentes, girando sobre una acción expresiva y sobre la vuelta a la fisionomía latente de las cosas (Balasz). En el celo revolucionario de esta fase histórica hay que ver una reacción contra una estética maleable y falta de compromiso, así como contra el estilo afectado de finales del siglo XIX. Este movimiento iba, por lo tanto, dirigido más bien contra la vida misma.

Esta «nouvelle vague» de comienzos de siglo pasado reveló tendencias extremadamente diversas y a menudo sujetas a controversia; los escritores deformaron la estructura de las frases; los pintores se declararon contra la «falsa realidad»; los compositores rechazaron la armonía y los filósofos pusieron en duda las verdades admitidas y toda noción claramente definida: «¡Todo lo que ha existido es falso!» (Rubiner). «¡El mundo hunde sus raíces en el hombre!» (Werfel). «El mundo está ahí sólo para permitirnos vernos a nosotros mismos» (Wolfenstein). «Pintar el estado del mundo que se debate en el caos es dirigir de la forma más completa posible y al mayor número de gente hacia lo Infinito, lo Espiritual divino» (Brod).
Los artistas pertenecientes a grupos como Die Brücke y Der Blaue Reiter se convirtieron en adeptos de la nueva teoría expuesta por Wilhelm Worringer en Abstraktion und Einfühlung (Sentimiento y abstracción, 1907). En Geist und Tat (El espíritu y la acción) Heinrich Mann definió así el objetivo de una filosofía de la acción: «Los intelectuales deben gobernar a un pueblo que todavía intenta alzarse en el mundo. El hombre de genio debe considerarse hermano del más humilde periodista para que la prensa y la opinión pública, por medio de las cuales la inteligencia se manifiesta en su forma más popular, logren superar el interés y las realidades materiales con objeto de alcanzar el ideal y cierta altura de espíritu. Los tiranos y los autócratas son nuestro enemigo».
El comienzo del siglo XX quedó fascinado por esta oleada de ideas nuevas, por su vitalidad y su entusiasmo, y una especie de pathos fundamentado en la noción de «¡Oh, el hombre!» invadió la obra de poetas y dramaturgos, que se dejaron llevar por un sentido de su misión caracterizado a menudo por un sentimiento de compromiso. Esta corriente del genio innato aparece como el elemento dominante de la vida cultural de la Alemania de comienzos del siglo XX.
1913: EL GIRO
El arte y la cultura ya no podían seguir siendo privilegio exclusivo de una minoría; el nuevo espíritu iba a invadir todas las esferas de la actividad humana, incluidos los dominios inexplorados de la ciencia y de la técnica, y también los del cine.
En una edición revisada y corregida de su Kinobuch, publicada en 1963, Kurt Pinthus refiere los acontecimientos de 1913, el año decisivo, y las innovaciones y actos de valor de ese periodo que llevaron a reconocer el cine como una forma de arte. «En 1913 -escribió-, el mayor actor de la época, que era Albert Bassermann había tenido hasta entonces tanto miedo a las cámaras que ni siquiera se dejaba fotografiar, apareció por primera vez sobre la pantalla en una película de escritor (así se designaba entonces a las adaptaciones cinematográficas de obras de autores conocidos). En aquella ocasión se trataba de una película basada en la tragedia de Paul Lindau, Der Andere (El otro), cuyo protagonista era un caso patológico. Un procurador de la República, seguro de su rectitud y esquizofrénico, toma progresivamente conciencia del hecho de llevar una doble vida y de convertirse por la noche en un criminal. La inesperada presencia de Bassermann en esta película atrajo por vez primera a aquella sala maldita que era el Cine-Palast, en la Nollendorfplatz, a toda la crítica teatral, que no se privó de atacar violentamente al gran actor, reprochándole su participación en un espectáculo tan denigrante.
En ese mismo año, otro gran actor, Paul Wegener, no quedó contento con actuar en la primera película conscientemente artística por su forma y contenido, sino que además la creó. Se trata de Der Student von Prag, que es también (por puro accidente) la historia de un esquizofrénico. Hanns Heinz Ewers, cuyos cuentos fantásticos se leían en aquella época, escribió el guión, cuidadosísimamente revisado por el director Stellan Rye, originario de Copenhague, el notable cámara Guido Seever y, sobre todo, por Paul Wegener, quien inspiró y supervisó toda la producción. La película dio inmediatamente la vuelta al mundo por tratarse de la primera película alemana. Fueron admiradas la novedad y el carácter apasionante de la acción, las innovaciones de sus efectos fotográficos (la imagen de Wegener reflejada en un espejo, que sale de él para ir al encuentro de su propia imagen), la originalidad de sus decorados, la iluminación y la belleza de los paisajes.
En un corto ensayo, el cronista Kurt Pinthus observa igualmente que, durante ese mismo año de 1913, Max Reinhardt, el príncipe del teatro de Berlín, no sólo dirigió su primera película una pantomima llena de fantasía, titulada Venezianische Nacht (Noche veneciana), sino que además y bajo la dirección de Joe May, Ernst Reicher inició la primera serie de películas policiacas de gran calidad, Stuart Webbs; Asta Nielsen logró un gran éxito con su interpretación del drama social Vordertreppe-Hinter-treppe, y Eleonora Duse actuó en su primera y única película, Genere, con guión adaptado de una novela de la premio Nobel Grazia Deledda.
Der Student von Prag fue la primera película de esta época que inauguró un «género», y su ejemplo cundió. En las condiciones de producción, en la puesta en escena y en la atmósfera de claroscuro de las imágenes se puso de manifiesto el gran poder que ha influido siempre en el cine alemán y que continúa haciéndolo: el teatro, con todo el peso y la diversidad de la tradición alemana.
Cuando Der Student von Prag se proyectó de nuevo en Venecia en 1954, aquella fino especialista alemana de La pantalla demoníaca que era Lotte Eisner observó que «los interiores velados, que constituyen el misticismo de la película Der Student von Prag, muestran hasta qué punto los directores alemanes, tal vez sin darse cuenta ellos mismos, han estado influidos desde el comienzo por los efectos de iluminación de Reinhardt. Conviene también recordar que Der Student von Prag fue dirigido por un realizador danés: Stellan Rye. En esa época, muchos directores y actores daneses trabajaban en los estudios alemanes. En la actualidad es difícil decir quién ha tenido mayor influencia, pero hay algo cierto y es que el cine alemán ha tenido también esa influencia y que, en última instancia, los directores escandinavos han sido influidos por el estilo alemán. En cualquier caso, en Der Student von Prag, el amor de los escandinavos por la naturaleza, por el campo verdadero respecto del cual el expresionismo tendrá razón, en beneficio absoluto de los paisajes artificiales, realizados en estudio encuentra todavía su plena expresión».
El elemento demoniaco, según Eisner, y la tendencia a lo sobrenatural son las características más sobresalientes y llamativas del cine alemán de la época
Dämonische Leinwand (La pantalla demoniaca), tal era el título del libro debido a Lotte Eisner, lleno de pormenores y excelentes estudios sobre este periodo. La autora considera en él que el elemento demoniaco, la búsqueda y la tendencia a lo sobrenatural son las características más sobresalientes y llamativas del cine alemán de la época. De hecho, Der Student von Prag fue seguido, en 1914, por Golem, de Paul Wegener una adaptación moderna del misterioso relato del hombre hecho de arcilla del ghetto de Praga, al que dan vida unas potencias sobrenaturales. Luego vinieron Homúnculos (Otto Rippert, 1915 con la vedette danesa Olaf Fönss en el papel principal), en la que otro maniquí, transformado en ser humano y decepcionado por el universo que le rodea, se satura de odio y busca con avidez la venganza; y el célebre, y con frecuencia excesivamente sobrevalorado, Das Kabinett des Dr. Caligari (1919): un ejercicio de estilo de Robert Wiene (1881-1936) en el papel de un sonámbulo culpable de un horrible acto que ya hemos comentado.
A estas películas siguieron Der müde Tod (Las tres luces, 1921), un drama de amor místico de Fritz Lang; Nosferatu, eine Symphonie des Grauens (Nosferatu, el vampiro; 1922), de F. W. Murnau; Das Wachsfiguren-kabinett (El hombre de las figuras de cera, 1924), una trilogía de pesadilla de Paul Leni; y Alraune (1928), de Henrik Galeen, el drama de un maniquí-vampiro-asesino.
Todas ellas contaban con efectos de horror y creaban una atmósfera fantástica y sobrenatural, en la que resultaba fácil discernir el peso de la herencia romántica y fantástica de la literatura alemana; como dice Lotte Eisner: «Los alemanes parecen deleitarse desde siempre con lo macabro y el horror». Sin embargo, el verdadero resorte de estas pesadillas cinematográficas es el fenómeno humano clásico que es el miedo. No en vano, uno de los cuentos de hadas alemanes más conocido lleva por título Von einem, der auszog, das Fürchten zu lernen (El que ha decidido conocer el miedo). Los productores de películas de todos los países han realizado espectáculos para satisfacer esta necesidad que sienten los hombres de librarse, merced a «una sombra» (C. G. Jung), de los demonios que los habitan.
La representación de esta necesidad en el juego de luces y sombras en la pantalla no hace sino traducir un nuevo intento de dominar las fuerzas de las tinieblas, librarse del miedo e incluso intentar un compromiso con la inquietud más visceral, con la irremediable impotencia de la condición humana. La experiencia violenta y emocional de todos los terrores es la de una generación que, incluso antes de la I Guerra Mundial, se sabía desarraigada, desorganizada y febril.
EXPRESIONISMO Y TRADICIÓN TEATRAL
Era el momento en el que la escena cultural alemana -y de forma muy particular el teatro y el cine- estaba poderosamente animada por Hermán Bang (18751912) y Knut Hamsun (18601952); y cuando las tragedias de Henrik Visen (18281902), y sobre todo las de August Strindberg (18491912), ejercían una influencia duradera. El teatro visionario y místico de Strindberg, que se nutría de premoniciones y alucinaciones especialmente su Traumspiel (1903), se convierte en muchos aspectos en un modelo de trauma cinematográfico en la medida en que sus tragedias son sentidas como «el documento más convincente sobre las fuerzas convulsivas y destructoras de la gran crisis de su época» (H. W. Eppelsheimer). La progresiva supresión de las líneas que separan la trascendencia de la realidad, el sueño de la vigilia, corresponde al objetivo de los expresionistas, que intentaban captar lo efímero, la visión, y expresar las fuerzas mágicas en la fuerza viva de la película.
En todas las obras similares a Caligari, el decorado no es un simple adorno sino, claramente, un elemento esencial de la acción
En todas las obras similares a Caligari, el decorado no es un simple adorno sino, claramente, un elemento esencial de la acción. Las líneas que caen, los ángulos agudos, los planos inclinados y las sombras contrastadas simbolizan el carácter efímero del movimiento; el tiempo, en todos los sentidos de la palabra, se manifiesta aquí en términos de espacio. La significación profunda y el valor sugerente del decorado determinan el carácter del conjunto de la producción, sin que quepa minusvalorar la función de la mímica y del comportamiento de los actores, los cuales no son personas (individuos) sino, ciertamente, formas, siluetas (principios), que se integran en la película en tanto que modelos.
En El gabinete del doctor Caligari se ve con toda claridad cómo la actitud de los principales actores, Werner Krauss y Conrad Veidt, se integra en un movimiento lineal y en contrapunto con la composición del decorado. La actitud del cuerpo, la violencia de los gestos y la mímica que llega con frecuencia hasta la convulsión Je los rasgos resultan adecuadas a con la concepción dinámica de la representación dominante en la época. La abstracción extremadamente aguda que acompaña este Cipo de decorado, tomado en su conjunto, y la invención que lo caracteriza, hacen que una película tan antigua como Sympitmien ties Graiitns vaya muy por delante y se diferencie de las actuales películas de terror. Un gran número de escritores alemanes de la éptca se interesaron vivamente por ei teatro cinematográfico y, entre ellos, casi todos los expresionistas manifestaron su preferencia por este género de programas.
En 1912 Max Brod, por ejemplo, quien se convertiría después en el biógrafo de Kafka, declaraba: «Estoy encantado al comprobar que esta invención de Edison, que en su origen sólo pretendía ser un pálido reflejo de la vida, ha añadido al mundo un teatro tan fantástico».
En 1913, el placer con que el público acogió este nuevo modo de comunicación, suscitó la publicación del Kinobuch de Kurt Pinthus (nacido en 1912), del que ya hemos hablado. Este trabajo de compilación, reeditado en 1964, es uno de los primeros documentos relativos al encuentro entre el cine y la literatura. Contiene «fragmentos de películas», proyectos, textos escritos especialmente para el cine por jóvenes escritores de la época como Walter Hassenclever, Else LaskerSchüler, Richard A. Berman, Ludwig Rubiner, Paul Zech o Max Brod. La obra de Kurt Pinthus reúne la extraordinaria riqueza del material suministrado por estos autores, que va desde la obra de pura imaginación a la comedia de costumbres en todo su vigor, pasando por la visión fantástica y la tragedia sociopolítica. El libro muestra hasta qué punto los escritores de la época estaban dispuestos a «ofrecer al cine, que atravesaba entonces un periodo difícil, los guiones y propuestas que han condicionado su existencia» (Pinthus). Sin embargo, el verdadero guionista, el auténtico innovador del género, no pertenecía a los medios literarios. Su vida fue como la que llevaban todos los hombres de su época. Carl Mayer (1894-1944) nació en Gratz. Su padre era un burgués acomodado al que le dio por jugar, se arruinó y terminó por suicidarse. Carl Mayer se las arregló como pudo: después de haber sido buhonero, hizo un poco de todo en los medios teatrales. Durante la guerra cobró un profundo odio a un psiquiatra militar que le examinó y atendió en diversas ocasiones. A consecuencia de ello y tras haber conocido en Berlín al crítico teatral Hans Janowitz, concibió con él el guión de Caligari: la historia de un hipnotizador doblado por un dictador que utilizaba a un sonámbulo para hacerle cometer actos criminales.
Esta película, producida por Eric Pommer y dirigida por Robert Wiene, con decorados de los pintores expresionistas H. Warm, W. Róhrig y W. Reimann, tuvo un éxito mundial y marcó un hito en la historia del cine. Para mucha gente confirmó la impresión que era una realidad de que el cine podía ser algo más que «un pálido reflejo de la vida». El poder de persuasión ejercido por Caligari sobre el público y los críticos no habría resultado de una simple adaptación; en él se deja sentir la fuerza de un verdadero guionista.
Cari Mayer es también el autor de películas como Genuine (Robert Wiene, 1920); Hintertreppe (Leopoldjeszner, 1921); Scherben (Lupu Pick, 1923); Vanina (A. Von Gerlach, 1922); Silvester (Lupu Pick, 1923); Die Chronick von Grieshuus (Fritz Wendhausen, 1925), y de las cuatro películas de Friedrich Wilhelm Murnau: Schloss Vogelod (1921), Der Letzte Mann (1924), Tartufe (1925) y Sunrise (la famosa Amanecer -1927).
Inspiró el primer documental de metraje largo: Berlín, die Symphonie einer Grossstadt (Walter Ruttmann, 1927) y fue consejero técnico de Paul Czinner en dos de sus películas: Ariane (1931) y Der traümende Mund (1932). Mayer emigró en 1933 a Gran Bretaña, para empezar a colaborar allí con Gabriel Pascal en Pigmalion y Major Barbara. Pascal elogió la fecundidad de su ingenio, declarando: «Tiene el alma y los ojos de un poeta». Durante la II Guerra Mundial, Mayer formó parte del equipo de directores de documentales de Paul Rotha; ayudó también a poner a punto y a hacer el montaje definitivo de World ofPlenty (1942).
Cari Mayer poseía en el más alto grado lo que en alemán se llama la DramaturgenBegabung. Su actividad creadora consistía esencialmente en desbrozar el terreno y en llevar la iniciativa del montaje de una película. Tenía un sentido muy seguro de la armonía entre forma y contenido; sabía expresar manifestaciones psíquicas y fisiológicas; conocía las reglas de la construcción dramática y era también capaz de traducir los efectos dramáticos en términos de movimiento, con gran economía de medios. Escribía en imágenes, en «fases de movimiento», utilizando una especie de escenografía visual perfectamente adaptada al teatro cinematográfico, con toda la precisión y habilidad técnica de su estilo expresionista, de un modo que catapultaba su capacidad de expresión. «Una puerta giratoria. Gira y gira, a plena luz. »¡Y! »Ante la puerta: »¡Un portero! De estatura imponente. A la vez, quieto y servil. »Y ahora: saluda con rigidez: Llega un coche…» Cari Mayer logró conciliar mejor que nadie la poesía y la habilidad técnica.
LOS SECRETOS DEL ALMA
La vulgarización de los resultados de las investigaciones de Sigmund Freud frecuentemente considerados como una revelación allá por los años veinte a menudo desembocó en excesos de violencia durante ese periodo de crisis económica. Se comenzó a trabajar sobre el alma, y los excesos de «toma de conciencia» condujeron a una oscilación entre el apetito de gozo y la llamada de la muerte. Misioneros de la sexologia, predicaron una higiene basada en la radical abolición de los tabúes y en el exhibicionismo psíquico. En el terreno de la industria cinematográfica, esta ola se tradujo en guiones que, en proporciones variables, hacían una apología de lo psicológico. En ellos, la dramatización de situaciones creadas por seres sujetos a enfermedades mentales se soldaba con la atracción inherente a la revelación de secretos, y en el caso del Triebfilm así se le denominaba manifestaba una clara tendencia a lo macabro. Pero incluso en las películas de este género, algunas se salían de lo habitual tanto por su tema como por su calidad estética.
Así, el doctor Arthur Robinson (nacido en 1888) creó en sus Schatten (Sombras, 1922) una «alucinación nocturna» y un tipo de baladas casi indefinibles, llenas de aromas de erotismo y de olores de magia. En ello cabe ver conflictos pasionales que oponen a un marido celoso a su mujer, bonita y loca por su cuerpo, y a sus compañeros. Antes de que estos conflictos desemboquen en un desastre, el enredo de las almas de todos y cada uno se resuelve en una especie de sueño despierto en el que triunfa la razón. Este estudio poético, que preconiza las ventajas del estado de tránsito y del psicoanálisis como terapéutica, supera, también por su forma, todo otro intento de búsqueda de una «lesión nerviosa». Orlax Hànde (Las manos de Orlax, 1925), dirigida, como Caligari, por Robert Wiene, señala un hito en la serie de películas de suspense. Es la historia de un pianista célebre que pierde el uso de sus manos en un accidente. Cuando está al borde de la locura, se entera de que los cirujanos que le han operado le han injertado a él las manos de un ladrón convertido en asesino. Gracias a una mímica expresiva y sugerente, Conrad Veidt (1893-1943) alumbra el trauma del alma del artista. La película más importante de esta serie, Geheimnisse einer Seele (El misterio de un alma) se debe a G. W. Pabst, quien la dirigió teniendo como asesores técnicos a dos asistentes de Sigmund Freud. Esta película, concebida en un estilo realista, describe el origen, análisis y tratamiento de una fobia a los cuchillos, e insiste especialmente en el sentido de responsabilidad social.
EL SENTIDO SOCIAL
«Me han atraído los apáticos, los pobres», declara el poeta Ernst Stadler (18831914). Para la joven generación de escritores de la década de 1910, el sentido social era algo evidente, pero no el que existía en el teatro naturalista, del que procedería luego el teatro trozo de vida. Entre sus antepasados revolucionarios cabe citar a Johann Christian Günther (16951723), un erudito rebelde y errante, pero, sobre todo, a Georg Büchner (18131837), el revolucionario autor de Paz en las chozas y guerra en los palacios. Una misma identidad de visión y la influencia de su Woyzek pueden adivinarse en la película dirigida en 1924 por Friedrich Wilhelmn Murnau (1888-1931), Der letzte Mann (El último). Cuenta ésta la vida, gloriosa y miserable a la vez, del portero de un hotel y, a través de él, revela al espectador la existencia de toda una humanidad compuesta de seres vencidos y oprimidos en un mundo duro e indiferente. Aunque el estilo de la película no tenga ninguna relación con el de Caligari, está muy próximo al expresionismo. Su trágica ironía, así como ciertas características recuerdan las piezas de Frank Wedekind (1864-1918).

Esta misma noción de expresionismo se encuentra en el juego de Emil Jannings (1886-1950). Este gran mimo, tal como se expresa en el arte extremista, deliberadamente exacerbado, de Murnau, quedará como prototipo de todos los porteros de hotel del mundo. Con su suntuoso uniforme, este portero, que envejecía honorablemente en su oficio, era el héroe del barrio. Pero un día, debido a su edad y a su tendencia a la bebida, la dirección reduce su cometido al de encargado de los lavabos del hotel. Al quitarle el uniforme de portero se le quita también toda la alegría de vivir. Para disimular su humillación a los ojos de los vecinos, roba su uniforme, el símbolo de su rango social. Todo acaba bien, sin embargo, pues hereda de un millonario que muere en sus brazos. Esta película es, sin duda, la obra más destacada desde el punto de vista social, la más coherente en el plano artístico y la más moderna de la época del cine mudo, que comentamos aquí.
Tiene como guionista a Carl Mayer, y como director de fotografía a uno de los maestros de este arte, Karl Freund (nacido en 1890), quien expresó las intenciones del autor en unos términos de claroscuro particularmente logrados. « El espectador es inmediatamente cogido por la forma en la que se encuentra llevado por la acción. La cámara lo conduce en todo momento como otro sí mismo; se pone en su lugar. La película se pega, en cierta forma, a la realidad y, desde ella, al espectador, Jannings no tuvo que interpretar su papel de borracho. Incluso habría podido no vacilar. La sola movilidad de las tomas crea la impresión buscada. El espectador es el primero en quedar atrapado y entra en la piel del personaje, alcanzando así la intención del autor» (Waldekranz).
Der letzte Mann marcó un hito en la vida de sus intérpretes. La fuerza artística de la película, lo mismo que su éxito, produjeron una viva reacción en Hollywood. F. W. Murnau dirigió también en Alemania Tartufo (1925) y luego Fausto (1926). El actor principal en ambas, Emil Jannings, tuvo también un éxito triunfal en la película de E. A. Dupont, Varieté. En esta tragedia de celos, ambientada en el mundo del espectáculo y puesta bajo el signo del realismo psicológico y particularmente seductora en el plano visual, tenía como compañera a Lya de Putti. Pero la enorme clase de Jannings hizo que esta star, cuyo temperamento y experiencia eran, sin embargo, indiscutibles, se encontrara enteramente eclipsada por la presencia de aquél.
En un ensayo titulado Schauspieler und Schauspielkunst (El actor y su arte, 1925), Julius Bab escribía: «Una de las razones de que Jannings tuviera, con toda razón, un éxito tan extraordinario ante el público procede del hecho de que el espectador es inmediatamente cogido por el carácter voluptuoso que se desprende tanto de su físico como de su interpretación». Pero, junto a su conocimiento y su elección de los medios de expresión, el factor decisivo que determinó la actitud personal de Jannings hacia el cine fue su encuentro con Murnau. El más universalmente dotado de todos los directores alemanes y el más profundo en el plano espiritual, Murnau, respondió a la llamada de Hollywood en 1927. Allí dirigió Sunrise (Amanecer) y Four Deviís (Los cuatro diablos), y concluyó su trabajo dirigiendo una película llena de amor a la humanidad, directamente inspirada en el Evangelio, City Girl (El pan nuestro de cada día, 1929) y, después de su encuentro con Flaherty, una película de gran belleza en su sencillez, titulada Tabu (1930). «De todos los grandes directores, él era el de mayor carácter; incapaz de compromisos e incorruptible en el plano financiero. Esto explica tanto su éxito como sus fracasos.
Cada una de sus obras es una entidad en sí misma, pura, directa y lógica. Aunque de una aparente frialdad, sus películas resplandecen bajo la superficie, merced a una voluntad artística intransigente» (Jannings). Las películas de éxito de los años que siguieron a 1925, en plena Neue Sachlichkeit (La nueva Objetividad), hechas en un estilo arquitectónico procedente de un arte puramente funcional (Bauhaus, Dessau) y con un marcado acento reformista y social, tendían también a la crítica vigorosa de la propia época, a menudo con un espíritu de escepticismo sarcástico. Fue una época en la que con frecuencia se revelaba un pesimismo teñido de gran amargura (Oswald Spengler, Untergang des Abendlandes)
En su película «Bajo la máscara del placer», Pabst retrata en términos realistas las condiciones de vida de la posguerra
La obra que mejor expresa estas tendencias es la de G. W. Pabst (18851967). En su película Die freudlose Gasse (Bajo la máscara del placer, 1925) retrata en términos realistas las condiciones de vida de la posguerra, describiendo una población que experimenta la miseria, la prostitución y la lucha de clases en todo lo que tiene de odiosa, junto con el hambre y la enfermedad. En algunos momentos, la acuidad de las descripciones recuerda los dibujos del Milieu de Heinrich Zille, un verdadero proletario de Berlín, e incluso las caricaturas satíricas de Georg Gras. El realismo de su estilo y el carácter socialmente comprometido de su obra hacen que Pabst haya sido considerado con frecuencia el director más importante de su época. En opinión de Roger Manvell, reaccionando contra el filme macabro que hacía entonces furor, Pabst creó una serie de filmes negros realistas que testimoniaban con mayor fidelidad la realidad de la vida cotidiana.
Manvell escribió: «Las películas más sobresalientes de Pabst se dividen en dos categorías. Por un lado, las películas mudas del periodo de 19251929 (las más importantes son Die freudlose Gasse, Geheimnisse einer Seele y Die Liebe der Jeanne Ney), que se sitúan en un ambiente de decadencia, desilusión y vicio; y por otro, sus películas sonoras de 19301931 (Westfront 1918 y Kameradschaft, su mejor película), en las que brilla su idealismo a través de ese mundo de fracasos que tan íntimamente describió en la primera parte de su obra. Algunos de los mejores actores de la época trabajaron en sus películas del periodo mudo: Asta Nielsen, Greta Garbo, Fritz Lasp y Werner Krauss, por citar sólo algunos ejemplos. Gracias a ellos pudo llevar al cine hasta sus últimos límites y, a menudo, a ojos de la censura de numerosos países (Reino Unido, Italia, Francia y su Austria natal), más allá de sus límites, para pintar el vicio y el hundimiento de la moral social…
La intriga de las películas mudas de Pabst es melodramática y, en casi todos los casos, la historia termina bien, pero este desenlace feliz está como sobreimpreso al conjunto del tema. Su realismo se expresa en los decorados y en la presentación del tema. El sentido germánico del drama o, más bien, del melodrama, confiere al horror en sus películas una fuerza que, al igual que ocurre con las prostitutas, los burdeles y las orgías, espantó a los censores de la época. En este terreno se negó a ningún compromiso, mientras que, a cambio, se resignó por lo general a dar a sus películas negras un desenlace feliz».
FRITZ LANG: REPORTAJE SOCIAL, INSPIRACION DEMONIACA
A Fritz Lang (1890-1976) le correspondió la creación de un cierto tipo de reportaje social impregnado de inspiración demoniaca. En Dr. Mabuse, der Spieler (El doctor Mabuse, 1922), y en su continuación, Dr. Mabuse, inferno des Verbrechens (1932), quiso expresar una imagen de su época. Él mismo definió sus intenciones en los siguientes términos: «Durante el periodo que siguió a la I Guerra Mundial, Alemania llegó al fondo de la desesperanza, de la histeria y del cinismo, y la depravación tuvo allí el campo libre. La pobreza más terrible coexistía con una riqueza renovada y enteramente increíble.
En esa época Berlín inventó una nueva palabra, Raffke, cuyo origen era la expresión Zusammenraffen des Geldes, para designar la raza de aquellos que no reculaban ante nada cuando se trataba de hacer dinero, y que se aplicó a los nuevos ricos. El doctor Mabuse es el prototipo de ciertos personajes de esa época. Es un jugador. Juega a las cartas, juega a la ruleta y juega con las vidas humanas. No cree en los sentimientos profundos. Dice a su mujer, a la que ama: El amor no existe; sólo importa el deseo. Y al jugar con la vida de los hombres, juega también con la muerte.
Mabuse era la encarnación del superhombre, en cierta forma del superhombre nietzstcheano, visto desde su ángulo maléfico
En la época se podía ver un cartel en las paredes de Berlín que rezaba: Berlín, bailas con la muerte. Con frecuencia se me ha dicho que había hecho del doctor Mabuse el prototipo del dictador, que había previsto a Hitler. No es exacto. Para mí, el doctor Mabuse era la encarnación del superhombre, en cierta forma del superhombre nietzstcheano, visto desde su ángulo maléfico. Después, antes de dejar Alemania, hice una tercera película sobre el doctor Mabuse, Das Testament des Dr. Mabuse, y ahí sí puse, efectivamente, en boca del doctor Mabuse, palabras que aludían al movimiento hitleriano.
«Cuando el cine descubrió que sólo podía convertirse en arte a condición de poner orden en una sucesión de pasajes deliberadamente elegidos, sus directores se inspiraron de forma inmediata en los grandes maestros venecianos dei barroco», declara André Malraux en su obra Psicología del arte. Malraux entiende que el arte, cuyo objetivo es contribuir y, de hecho, forzar la experiencia, debe para ello reducir y, a la vez, magnificar. Fritz Lang, quien antes de ser realizador de cine fue pintor y arquitecto, concibió su obra de acuerdo con esta ley de reducción, que le condujo a la creación de pasajes gráficos, a lo cifrado y a lo ornamental. Sus decorados corresponden al contenido de las películas, cuya acción se inspira invariablemente en temas primitivos.
La forma en que llevó a la pantalla los Nibelungos, una epopeya cinematográfica en dos partes: Siegfrieds Tod (La muerte de Siegtried) y Kriemhield Radie (La venganza de Krimilda) hizo época en la historia del cine decorativo. Su mujer, Thea von Harbou, escribió un guión inspirado en la tragedia del mismo título del dramaturgo alemán Friedrich Hebbel (1813-1863). Ya los contemporáneos de Hebbel se habían quedado impresionados por la tendencia de este autor a lo extraño y violento. En la realización cinematrográfica de los Nibelungos, confluyen el carácter patético de la obra de Hebbel, ciertos elementos idílicos debidos a Bócklin y el sentimentalismo de Thea von Harbou; sin embargo, la obra impresiona por su unidad de estilo y su notable gusto.
He aquí la opinión de Roger Manvell: «Si os gusta la simetría, entonces encontraréis (al menos durante un rato) una nobleza y una grandeza en esos palacios y en esas cortes, en los vestidos, concebidos de forma igualmente simétrica, simetría que se inspira en el teatro de Reinhardt. Siegfried parte para hacerse con el reino de Borgoña. Tras haber visto la película un buen número de veces a lo largo de casi veinte años, sigo considerando la secuencia en la que Siegfried avanza hacia el dragón atravesando la espesura como una de las más hermosas del cine mudo».
La inclinación de Lang por lo fantástico determinó que, en 1927, eligiera un tema utópico tratado en forma técnica; o en otras palabras, que hiciera ciencia ficción. En Metrópolis, cuyo guión fue igualmente escrito por Thea von Harbou, puso en escena un drama social el del hombre que se libera de la esclavitud técnica y económica, uniendo este piadoso deseo a su visión de las relaciones entre capitalistas y trabajadores. Este espectáculo de proporciones gigantescas termina no sólo con la destrucción del universo maléfico e hipertrofiado de la máquina, sino también con un abrazo general, símbolo de la reconciliación y la fraternidad entre los hombres. Lamentablemente, Lang tiende con demasiada frecuencia a abandonarse a su manía de lo gigantesco. El ingenioso invento del espejo trucado, debido al cámara Eugen Schüfftan, y entonces totalmente novedoso, no hizo sino incrementar esta verdadera borrachera provocada por los prodigios de la técnica.
En su teatro constructivista, los actores constituyen una especie de coro
En su teatro constructivista, los actores constituyen una especie de coro, lo que con frecuencia redunda en un efecto puramente ornamental que desemboca en simples fiorituras. Las películas de Lang produjeron una fuerte impresión en el público alemán, que consideró los Nibelungos como una epopeya nacional, y Metrópolis como una llamada a la solidaridad. Hoy esto nos hace sonreír, pero también había gente en la época que lo hacía. En cualquier caso, Lang demostró con estas películas que era capaz de hacer buen cine y de ofrecer al público un espectáculo de buena calidad. Pero no cabe silenciarei hecho de que el carácter equivoco de sus películas dio mucho que pensar a los exegetas y, especialmente, a los que han interpretado su obra en un sentido político y han visto en el tratamiento histórico de gran espectáculo de los Nibelungos el modelo del Rekhparteitags que vendría después.
Esta interpretación muestra que sus autores conocían muy mal la historia de la época, pues las personas que detentaban el poder durante los años treinta del siglo pasado no tenían necesidad de las sugerencias del UfaPahst. Los rruxielos abundaban en el extranjero, en países que contaban ya con años de experiencia en materia de desfiles totalitarios. Durante sus últimos años de trabajo en Alemania antes de la guerra, Fritz Lang dirigió películas de una estructura dramática muy intensa, con poderosos efectos de tensión. Su marcado gusto por lo decorativo dio lugar a una obra de gran concentración y espectacularidad desde el punto de vista visual. En su divertida película utópica Die Frau im Morid (La mujer en la luna, 1928), el aprendiz de brujo técnico da libre curso de nuevo a todas las posibilidades del trucaje y ofrece al público un viaje espacial en el que muestra «una imaginación asombrosamente verosímil» (Kracauer). Pero también aquí, como en la película policiaca de suspense del tipo Dr. Mabuse titulada Spione (Los espías, 1928), el aspecto decorativo predomina por momentos y reviste entonces un carácter sensacionalista. En M (M, el vampiro de Düsseldorf, 1930), que narra la historia de un crimen pasional, los efectos visuales sólo desempeñan un cometido secundario en favor de una psicología auténticamente penetrante y de un verdadero relato cinematográfico.
Durante la temporada 1959-1960, la Filmbewertungsstelle der Länder alemana de Wieisbaden otorgó a esta película, que todavía figura regularmente en el programa de los cines alemanes, la mención de «película de excepcional calidad». Y en la exposición de motivos de esta distinción (que conlleva una importante disminución de las tasas), se lee: «Nos encontramos ante un homicidio tratado de forma original y sugerente, bajo un aspecto psicológico, y cuya atmósfera, que se basa en la precisión descriptiva (el mérito se debe en parte a la técnica de las tomas, que ha sabido utilizar a la perfección unas gamas de grises extraordinariamente plásticas y diferenciadas), crea una tensión cuyos efectos siguen siendo sensibles en nuestros días.

Aunque la película analiza la mentalidad de un asesino de niños, poniendo el desarrollo lógico de la situación en un contexto puramente humano, y aunque muestre paralelamente el mecanismo de la actuación de las fuerzas policiales (cuidando, sin embargo, de expresar visualmente ciertos aspectos del comportamiento humano que dan prueba de una gran imaginación, pero también de una concepción muy realista), esta forma eminentemente realista de observar las cosas y de exponerlas, marcha constantemente a la par con un expresionismo místico que se manifiesta de forma muy especial en la descripción del universo de los truhanes, los cuales terminan por detener, con ayuda de los mendigos, al asesino.
En el decorado, de macabro carácter caricaturesco, del tribunal de los truhanes, los elementos expresivos alcanzan un enorme poder de convicción, provocando siempre una tensión hacia acontecimientos perfectamente verosímiles. Esta escena es también una obra maestra de composición. Conviene reparar en el interesante empleo simbólico, especialmente en el plano artístico, de un leitmotiv musical, extraído del Peer Gint de Grieg. En M no deja de impresionar la inspiración «moderna» de la interpretación cinematográfica de la historia; cabe, por ejemplo citar, la invención cinematográfica de la que da pruebas esa especie de crosscuttings en contrapunto, en la que se ve el desarrollo simultáneo de las conversaciones de los policías y los conciliábulos de los truhanes para crear la impresión de un debate general, lo que procura un realismo caricaturesco que, en un lapso de tiempo muy breve, muestra con una ironía casi espectral los aspectos perfectamente contradictorios de la situación» (Fürstenau).
HACIA LAS CUMBRES
Las terribles características de esta criatura el hombre que son lo propio del caligarismo y de las calles sin alegría de la reivindicación social encuentran, en cierta forma, su contrapartida en películas sobre la naturaleza, las cuales obtuvieron sus primeros éxitos en los años inmediatamente posteriores a la I Guerra Mundial y que dejaron en los cines unas taquillas que nada hacía prever. La preferencia que el público manifestó súbitamente por este género de espectáculo se debió no sólo al hecho de que estaba sobresaturado de películas macabras y negras, sino también a una corriente de revisión general de los valores de la existencia.
La gente empezó a coger gusto a los viajes, buscó la aproximación a la naturaleza y cundió la moda de broncear los cuerpos al sol. La expansión industrial provocó una constante concentración de la población en grandes aglomeraciones y suscitó, consecuentemente, un deseo de evasión cada vez más irresistible. En todas las clases de la sociedad y el proletariado está lejos de ser una excepción esta tendencia revistió un carácter lírico; bastaba con mencionar la palabra mágica «naturaleza» para que cada cual no pensara sino en salir de vacaciones.
Todo ello doblado por un entusiasmo nuevo por el deporte (Wege zur Kraft und Schönheit, N. Kaufmann, 1925) y por una vulgarización del ejercicio físico, que hasta entonces parecía haber sido privilegio de una minoría de arriesgados, a consecuencia del cual el esquí y el alpinismo resultaron particularmente valorados. En 1920, Arnold Fanck (nacido en 1889 y geólogo de formación) dirigía su primera película sobre la montaña, Wunder des Schneeschuhs (La maravilla del esquí). Se trataba de una apasionante sinfonía, caracterizada por la rapidez del movimiento, el control artístico del cuerpo y con imágenes de la naturaleza de ejemplar calidad. Fanck se atuvo a la luminosidad de las pistas de esquí y a las cimas nevadas.
Con sus camaradas Luis Trenker, Leni Riefenstahl y Sepp Allgeier, rodó una serie de películas sobre la montaña adecuadas para satisfacer la sed del público por un poder llevado al extremo, la resistencia y la audacia. Fuchsjagd im Engadin (La caza de nutrias en Engadin, 1923), ImKampfmitdemBerg (La lucha contra la montaña, 1921), Der Berg des Schicksals (La cumbre del destino, 1924), Der heilige Berg (El monte sagrado, 1926), Die weisse Hollé vom Piz Pa!ü,(Prisioneros de la montaña, 1929), Stürme über dem Mora Blanc (Tempestad sobre el Mont Blanc, 1930), Der weisse Rauch (Borrachera de nieve, 1931): bastan estos títulos para dar cuenta de la temática de las películas.
A la larga, la repetición de estos temas terminó por resultar molesta y su tratamiento se hizo manierista. Pero el hecho de que Arnold Fanck introdujera en el cine la noción de largometrajes sobre la naturaleza, rodados exclusivamente en exteriores y en los que la naturaleza es la verdadera protagonista, y de que sus películas hayan proporcionado al público (al menos en los comienzos) una nueva experiencia de la realidad de una fuerza incontestable, es cosa que permanecerá para siempre en su haber.
PELÍCULAS AL MODO DEL KAMMERSPIELE
Las primeras películas de Fanck causaron sensación porque no habían sido rodadas en estudios: la naturaleza le servía de decorado y las fuerzas de la naturaleza de actores. Esta iniciativa suponía la renuncia a una fuerza subyacente hasta entonces en todas las producciones cinematográficas, cabe decir, la ruptura con el teatro. Es cierto que esta revolución tuvo sus límites: basta con ver ciertas escenas de las últimas películas de la serie para convencerse de ello. El mismo Fanck no logró librarse completamente de la tradición del teatro alemán, aunque trabajaba frecuentemente con jóvenes e incluso con colaboradores ajenos al mundo del espectáculo. La importancia de esta herencia teatral fue a la vez útil e inútil para su cine. Pues ella contribuyó, por una parte, a dar al cine un estilo, al aportarle una corriente de fuerza, seguridad, experiencia, ideas y dones geniales; pero le perjudicó por lo que tenía de obstáculo para el desarrollo de las formas artísticas propias de la pantalla.
Los críticos cuentan que Cari Mayer, cuyos dones y cualidades de guionista están, sin embargo, fuera de toda duda, renunció paulati namente a escribir y terminó finalmente por abandonar toda actividad en este terreno después de haber visto El acorazado Potemkin de Eisestein (1926), porque se dio cuenta de que acababa de nacer un nuevo lenguaje de la pantalla. No cabe, pese a ello, decir que el cine alemán de esa época no manifestara cierta tendencia a la independencia en materia de estilo. Como dice Manvell: «Cuando Siegfried va al encuentro del dragón que le acecha en la espesura y las sombras alargadas del gran bosque, se aprecia un intento elemental de montaje cercano al estilo de Griffith, o en la escena de la trepidante danza de Metrópolis, así como un pronunciado sentido del ritmo en la última bobina de Variétés».
Sin embargo, en su conjunto, el cine alemán permanece estrechamente unido al teatro con todas sus características distintivas; es considerado una rama del teatro, aunque los mismos críticos de la época admiten que no cabe identificarlo con el teatro del hombre de la calle. Pero los cineastas emprendieron muy pronto la tarea de modificar lá herencia de la escena. Ya hemos indicado que el año 1913 marcó un cambio. Las iluminaciones y los paisajes, los decorados y las interpretaciones de los actores sufrieron modificaciones sumamente diversas; movimientos retrospectivos y reposiciones; groseras imitaciones escenográficas e innovaciones ingeniosas como la que permitió dar alas a la visión empleando por primera vez el travelling (Silvester, 1924).
Gente como Leopold Geszner, director del Teatro Nacional de Berlín, y otros, que intentaron experiencias en materia de estilo teatral, ejercieron una considerable influencia en su época. Geszner era un puritano. Quería liberar la escena de la confusión introducida por elementos externos, por accesorios que no participaban de la esencia de la acción ni de la ilusión, con el fin de dejar al desnudo el mecanismo de la poesía dramática. «Para lograrlo, empleó escaleras articuladas, con idea de colocar en ellas los altos y los bajos de una acción combinada y opuesta de fuerzas contrastivas; estas escaleras sirvieron a la vez de vías auxiliares y de infraestructura para la demostración. Empleó sombras contrastadas, negras, rojas y blancas, así como el ritmo de una acción que dominaba enteramente la obra, intensificado por una música rigurosa y por iluminaciones de luz natural (Franck). Las demostraciones, los altos y los bajos, los contrastes, el rigor y la luz natural, todo este aspecto moderno del teatro influyó en el cine, y no sólo en los pormenores, sino sobre todo en lo que tenía de voluntad de estilización, de implacable determinación.
Reinhardt no era sólo un productor que desbordaba en ideas, sino también un experto del teatro en todos sus ámbitos
Max Reinhardt es, sin género de dudas, quien ejerció una influencia más decisiva en el arte dramático por la magia de sus iluminaciones, el arte de sus composiciones y la sutileza con que dirigía la distribución. Reinhardt no era sólo un productor que desbordaba en ideas, sino también un experto del teatro en todos sus ámbitos; que adoptaba, por tradición, una actitud crítica; y un organizador que sabía formar un equipo con gente que procedía de todos los terrenos artísticos. «Las producciones de Reinhardt se sometían a las reglas espaciales del teatro antiguo. Trabajó en circos, en salas rococó de dimensiones muy reducidas (el Joseph Stüdter Theater), en salas neogóticas (el Mirakel), en teatros normales con maquinaria de su época y, por último, en salas de proporciones ilimitadas (el Leopoldskron), e incluso en jardines… Para él, no hay un estilo único de producción, sino miles». (Joseph Gregor).
Su competencia a la hora de dar soluciones al insoluble problema del matrimonio entre el estilo y el espacio le llevó a poner en escena unos Kammerspiele (Teatro de cámara) en el edificio vecino del Deutsches Theater, en Berlín. Se trataba de un teatro de bolsillo en el que el público podía ver desde muy cerca la mímica y los gestos de los actores. En la intimidad de aquel ambiente creó obras dramáticas que acusaban a la sociedad, dramas psicológicos, obras de tres personajes u otras situadas en el contexto de su época. Una serie de películas del tipo Kammerspiele, de un naturalismo realista, se inspiró en este teatro. Scherben, de Lupu Pick, y Vordertreppehintertreppe (1921), de Leopold Geszner, abordaban, de forma totalmente desnuda, tragedias de la vida cotidiana.
El Sylvester, de Lupu Pick (1924), que respeta la norma de las tres unidades unidad de tiempo, de lugar y de acción, describe el reverso del decorado de la existencia. El director emplea el simbolismo del reloj y se esfuerza por hacer asociaciones de ideas metafísicas en una tragedia plena de melancolía y de furia la de los celos de una suegra, unida a otro tema que vuelve constantemente el del individuo presa de la tristeza, sin amigos, totalmente entregado a la desesperación, que se encuentra aislado en medio de una multitud de una alegría desbordante y excitada, en la que cada uno alza su vaso a la salud de sus compañeros. Nju (1924), el drama amoroso de Paul Czinner, adaptación de una obra de Ossip Dymow, puede incluirse en la misma categoría. En él vemos a Elisabeth Bergner en el papel de una mujer desgarrada por su respeto a los convencionalismos y su necesidad de amar, un conflicto del que sale destrozada.
En la adaptación cinematográfica de una sátira erótica de Frank Wedekind, Die Büchse der Pandora (La caja de Pandora, 1928), Pabst evoca la inmoralidad de la sociedad y el carácter insaciable del apetito sexual; asimismo, su Das Tagebuch einer Verlorenen (Tres páginas de un diario, 1929) es el prototipo del drama de la prostituta de gran corazón. Hanns Schwarz, en Die underware Lüge der Nina Petrovna (1929), cuenta la historia de una mujer que sacrifica su vida a su amor, con Brigitte Helm en el papel de la mujer. Todas las películas de esta categoría están teñidas de melancolía y de desesperación. Los críticos no se equivocaron al alabar el aspecto de Kammerspiel de estas películas y la maestría con la que sus autores supieron expresar el carácter íntimo de una situación. Pero estas obras sólo tuvieron verdadero éxito entre el público en la medida en que predominaba en ellas el elemento erótico, y algunas contribuyeron ampliamente a la creación de un tipo de,relato propio de la pantalla, como Sylvester, por ejemplo, que suprimió el texto y utilizó de forma nueva el movimiento de la cámara; o Die Büchse der Pandora, merced al ritmo de su estructura, así como a la continuidad en el control de la acción y en el montaje.
Ernst Lubitsch (1892-1947) figura en primer plano entre todos los artistas que transmitieron al cine la herencia del teatro y lo hicieron fructificar, y ello no sólo por el considerable número de películas que rodó, sino también por las múltiples facetas de su gran talento. Como Max Reinhardt, su maestro, Lubitsch supo imprimir su huella en los actores que formaba y, como él, pasó su vida buscando temas nuevos y observando con humor y perspicacia la naturaleza humana y sus debilidades. Su mayor título de gloria es, sin duda, haber conseguido dar mayor profundidad a las comedias que llevaba a la pantalla, añadiéndoles ingenio y humor.
Cuando sólo era un joven actor, colaboró en sketches filmados como Die Firma Heiratet (Cari Wilhelm, 1914) y Der Stolz der Firma (id.). Durante la Gran Guerra dirigió comedias burlescas en las que interpretaba también el papel principal: Meier aus Berlín, Schuhpalast Pinkus y Der Fall Blumentopf. Todas ellas son farsas de un humor bastante crudo, pero fundamentadas en un elemento humorístico con una significación, un verdadero motivo de clovun: la animosa lucha del pobre diablo que se debate, sin perder nada de su buen humor, contra la adversidad que le persigue. Esta dimensión cómica a la Truffaldino viene acompañada por un ingenio que brota de forma espontánea, por un sentido de la sátira y una habilidad que se explican por los orígenes de Lubitsch.
El hecho de que Lubitsch estuvieran tan cerca de su público contribuyó considerablemente a su éxito
Nació en Spree Athen, en el mismo centro del antiguo Berlín, en el barrio de las sastrerías y en medio de los picaros de corazón de oro de la ciudad, cuya facilidad de réplica ha entrado ya en la leyenda de nuestra época. Lubitsch no olvidó nunca el medio que le vio nacer y permaneció siempre próximo al hombre de la calle. Mario Verdone dio el título Lubitsch, or the Ideal of the Overage Man (Lubitsch, o el ideal del hombre medio) a un estudio en el que, entre otras cosas, llamaba la atención de los lectores sobre las notables afinidades filosóficas entre la actitud de René Clair y la de Lubitsch, sobre la cercanía y el carácter positivo de las relaciones que mantienen con la gente sencilla. El hecho de que Lubitsch estuvieran tan cerca de su público contribuyó considerablemente a su éxito.
LUBITSCH, EL TITIRITERO
Lubitsch no tardó en abandonar la comedia satírica por películas de gran espectáculo y mucho ruido. En 1917 dirigió, junto con Pola Negri, a la que se acababa de descubrir, Die Augen der Mumie Ma (Los ojos de la momia) y, poco después, de nuevo con la caprichosa Pola Negri, Carmen. Vino después el Rausch de Strindberg (1919), y luego una película sacada de un cuento de hadas y titulada Die Puppe (La muñeca) y una comedia ligera, Die Austernprinzessin (La princesa de las ostras, 1919). Pero sólo alcanzó fama mundial con su película histórica gigante, Madame Dubarry, cuya vedette era Pola Negri, a la que siguió otra película gigante, Anna Boleyn, y luego otra, Das Weib des Pharao (La mujer del faraón), demostrando que era un gran director de teatro, capaz de dirigir multitudes mejor que ningún otro, y un director de libros de imágenes históricas, para el que la historia sólo era un pretexto para realizar una película.
Su actitud era la de un titiritero, y él mismo se representó como tal en su película sacada de un cuento de hadas Die puppe (1919). En 1921 dirigió Sumurun, una pantomima oriental en la que se atribuyó de nuevo el papel principal el de un bufón jorobado que provoca un desbordamiento de emociones, de amor, de odio y de muertes en la corte de un sultán. Este cuento de hadas, tratado de forma irónica, proporciona ya una idea de lo que será después la pata* de Lubitsch. Cabe decir que una de sus mejores películas dirigidas durante los años de Berlín es un drama psicológico, Die Flamme (Montmartre, 1922) la historia de un compositor con una tremenda sensibilidad que se enamora de una mujer que flirtea sin entregarse. Los actores principales son Pola Negri y el inolvidable Alfred Abel.
En esta película, Lubitsch demostró que era uno de los maestros del Kammerspiel, y creó una atmósfera del tipo Dama de las camelias verdaderamente conmovedora. Esto tenía lugar en 1922, y dado que también se había mostrado capaz de hacer comedias hilarantes (Kohlhiesels Tóchter La hija del cervecero, por ejemplo, con Henri Porten y Emil Jannings, en 1919), Hollywood no demoró por más tiempo el momento de acogerlo.
El gran éxito de la película de Arnold Fanck, Wunder des Schneeschuhs (1919), sirvió de estímulo para el joven cine documental alemán. La UFA instituyó una producción de películas culturales bien organizada y que gozó de alta consideración. Las Querschnittfilme («trozos de vida»), audaces en el plano visual y de una composición dinámica, desempeñaron un importante cometido en la evolución del cine documental de vanguardia. Es el caso de la película Die Abenteuer eines Zehnmarkscheins (Aventuras de un billete de 10 marcos), producida y dirigida por Bertold Viertel, con un guión de Bela Balasz, en la que se veía una imagen combinada y dramatizada de la vida durante la época de la inflación. El documental de Walter Ruttmann, Berlin, die Symphonie einer Gorszstadt (Berlín, sinfonía de una gran ciudad, 1927), hecho por iniciativa de Carl Mayer, daba pruebas ya de una mayor seguridad en el plano estilístico. Se trata de un montaje caleidoscópico que intenta reproducir el ritmo de una ciudad moderna gracias a la composición y al montaje de las imágenes. Con su Markt am Wittenbergplatz (Mercado en la plaza Wittenberg, 1929), Wilfried Basse dirigió un reportaje magníficamente construido que no ha perdido nada de su frescura y actualidad.
Esta película anuncia brillantemente el mayor logro del cine documental de ese periodo, Menschen am Sonntag, de Robert Siodmak, Eugen Schüfftan, Edgar Ullmer, Billy Wilder, Fred Zinnemann y Mortiz Séller. Su reportaje sin pretensiones sobre las actividades dominicales de cuatro jóvenes confronta al espectador con una nueva dimensión de la experiencia cinematográfica, para hacerle compartir la existencia de los protagonistas de la película.
CONCLUSIÓN
Un día fuimos a visitar un gran palacio. Su intendente nos guió a través de pasillos y galerías, nos abrió las puertas de todas las habitaciones y de todas las salas y luego nos dijo sonriendo: «No contéis conmigo para guiaros ahora. Descubriréis cosas admirables, las que corresponden a vuestros gustos». El autor de estas líneas se encuentra en una situación comparable a la del intendente del palacio. Nunca ha sido su intención, porque la empresa hubiera resultado desmesurada, dar a sus lectores, en la presente exposición, una descripción exhaustiva del periodo clásico del cine alemán, sino tan sólo guiarlos en un universo dominado por una imaginación sin límites. «De entre todas las naciones, la historia del cine alemán es la más fértil en sorpresas», escribió el historiador español Carlos Fernández Cuenca a modo de introducción en su historia del cine alemán, para enumerar luego esas sorpresas: el expresionismo, el realismo simbolista y psicológico, el naturalismo social y sus características nihilistas y anárquicas.
Conviene añadir que, al mismo tiempo, el cine alemán daba muestras de una vitalidad que hoy en día apenas resulta creíble. Se consagró a la poesía en toda su nobleza como una cuestión que requería de una actividad candente. Se esforzó por hacer accesible a un público numeroso la gran herencia del teatro, mientras que descubría la naturaleza y las posibilidades de una forma de expresión propia de la pantalla. Hizo con pasión y sin temor al ridículo experiencias en materia de estilo, y su influencia fue mucho más allá de las fronteras de Alemania: alcanzó la escala mundial, de suerte que una buena parte de la historia del cine internacional aparece como su lógica consecuencia.
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« EDMUND LUFT © del texto original: Alan Lovell (ed.), Lart du cinema dans dix pays européenes, Conseíl de la Cooperation Culturelle du Conseil de lEurope, Strasbourg 1969. © de la traducción al castellano: Pilar García Martín, 2003 * Su influencia. N. del T.
Poeta, profesor, traductor, editor, crítico cinematográfico… Gabriel Insausti (San Sebastián, 1969), pese a su juventud, ha frecuentado ya casi todas las trincheras de la literatura y en todas ha combatido con inteligencia y rigor. Fue un lujo, por ejemplo, oírle hablar de Luis Cernuda el verano pasado en El Escorial. Lo hizo con profundidad y claridad nada habituales y sin caer en las reiterativas imágenes que, tan a menudo, se nos dan de los poetas. Una intervención de esas que provocan sana envidia y deseos de emulación. A la obra del poeta sevillano está dedicada, precisamente, su tesis: La presencia del romanticismo inglés en el pensamiento de Luis Cernuda (Eunsa, 2000).
El primer libro de poemas de Gabriel, Vísperas del silencio, recibió el premio Gerardo Diego de 1991. El último, hasta ahora, ha sido finalista del Premio Nacional de Poesía (Últimos días en Sabinia, PreTextos 2001). Fina percepción de las analogías, serena reflexión, sabiduría para representar lo intangible con imágenes tangibles: ésas son, a mi juicio, algunas de las virtudes de la poesía de Gabriel Insausti, de quien ofrecemos este adelanto de su próximo libro que verá la luz en la Editorial Renacimiento.
Un servidor es poco dogmático en cuestiones sublunares, que obligan a caminar por terrenos movedizos, cambiantes, relativos: mejor dejar el dogma para cuestiones supralunares, si es que las hay. Quiero decir con esto que entre mis numerosas virtudes no se encuentra la de poseer una estética definida, cerrada y excluyente: como lector, la poesía que me gusta puede ser experiencialista o culturalista, expresiva o parca, narrativa o puramente lírica, de derechas o de izquierdas, partidaria de Gwyneth Paltrow o de Rocío Jurado. Que todo tiene su interés.
Lo que sí puedo aventurar es qué ha sido la poesía para mí hasta ahora y -cosa llamativamente distinta- qué pretendo yo que sea. Aunque no desdeño el juego verbal, esto de la poesía siempre me ha parecido más bien un modo de estar en el mundo, que en mi caso tiene que ver con una actitud contemplativa, con un cambio de ritmo, con un paréntesis en la actividad diaria; más que un oficio, una modalidad del ocio, en el sentido más aristotélico. Soy una persona de temperamento marcadamente visual, más que sensual: no imagino mayor privación que la ceguera ni mejor comunión que la mirada. Y creo que eso se nota en la tendencia de mis versos a construir escenarios aptos para un determinado acontecimiento. Vamos, que me parece irrenunciable el arranque espaciotemporal, la situación. ¿Qué sería entonces el poema? Pues el residuo -o el fingimiento- de un momento feliz en que las cosas han tenido un sentido, han rezumado una luz distinta: ese momento en que se atisba algo que escapa al criterio habitual con el que medimos la realidad. Quizá por eso me empieza a interesar introducir el tema religioso, hasta ahora ausente casi por completo. Claro está que la poesía traiciona toda poética: lo.que acabo de decir sólo se corresponde someramente con los poemas que presento, que además tienen -al menos dos de ellos- mucho de ejercicio. Pero en fin: el poeta propone. Lo que no está claro es quién dispone.
EL ECO DE MI PROPIA FANTASÍA
¡El lento resoplar de aquellos trenes
en la estación del Norte!Los andenes
vestidos de un tumulto desgarbado,
los mozos, la consigna, aquel tejado
que daba en las cocheras a la vista
un toque Victoriano o impresionista.
Un silbato: la hora. Los viajeros
repetían adioses y tequieros.
Después, sobre el espacio de la vía,
flotaba una sutil melancolía
que contaba, sin fin, la misma historia
eterna como el giro de una noria.
Yo veía pasar esos vagones
cargados con las tercas invenciones
de mi imaginación, hacia un lejano
paisaje del oeste americano.
Así, sin sospechar de los países
su seca geografía en tonos grises,
viajaba en una azul locomotora
que entonces era mágica. Y ahora
la estoy viendo llegar desde el pasado:
los mozos, la consigna, aquel tejado…
Extraña realidad, que parecía
el eco de mi propia fantasía.
LAS CIGÜEÑAS
Para Eduardo y Alkain
Suelen llegar sin falta a nuestros pueblos
en los días de marzo, inevitables
como el sol que las guía. Y traen consigo
el cansancio cobrado de otras tierras
cuyo clima mudable les obliga
a buscar el cobijo entre nosotros.
Construyen en la torre de la iglesia
la corona de espinas de sus nidos
y encuentran en las piedras, agrietadas
por la edad o el descuido de los hombres,
la insólita firmeza que persiguen.
No saben nuestros sueños, desconocen
que acaso sus celosos anfitriones
sentimos el deseo de imitarlas.
Su estancia sólo dura lo que el paso
del viento, lo que dura su fatiga.
Se marchan y las vemos alejarse
hacia ese sur que nunca exploraremos.
LA POESÍA
Ese raro momento en que las cosas
y su nombre coinciden. Esa insólita
urgencia por salvarlas del olvido
que entonces se abre paso entre palabras.
Ese instante certero que trastoca
la luz de los objetos y nos muestra
su humanidad posible. Esa certeza
que después sobreviene recordándonos
cómo todo camina hacia la muerte.
Yo no estoy loco, sino cuando sopla el nornordeste;
pero cuando corre el sur, distingo muy bien un huevo de una castaña.
Hamlet.
I
Habíamos pasado una alegre velada. Nuestras estrellas no habían atenuado su poco desdeñable influjo sino a la alborada; y mientras Phoebus se alzaba, «jocundo sobre la cima de las montañas neblinosas», yo me dedicaba a ajustar el pie en el estribo y montar sobre mi noble corcel Príamo, para abrirme camino por un pasaje cercano y a través de estrechos senderos indios hacia mis aposentos, en la pequeña ciudad de C., al borde mismo del Misisipí. Eramos una docena, alegres jaraneros todos, medio ebrios de vino y de risas, y el viaje de siete millas se hizo breve. En menos de dos horas ya me encontraba dormitando cómodamente en mis propias sábanas y soñando con las gemelas del viejo Hansford Owens.
Y bien valían un sueño aquellas preciadas damiselas. En verdad parecían haber pasado ipso facto a formar parte de mi existencia. Acaparaban mis pensamientos, estimulaban mi imaginación y -si no es impertinencia revelar algo del corazón de un voluble muchacho de dieciocho años- allí estaban ellas, en lo más profundo del mío -ambas, permítaseme decir, por cuanto siendo gemelas, estaban dotadas de igualdad de derechos de natura-. Todavía no había yo llegado a determinar cuál de ellas me cautivaba más, si acaso esto fuera posible. Una tenía la piel clara, la otra oscura; una era pensativa, la otra alegre y feliz como un cascabel en manos de Venus. Susannah era mansa como buena hija de Anciano; Emmeline, tan traviesa que bien podría haber turbado al santo más manso del calendario, por muy digna pose que exhibiera en su pedestal. Confieso que aunque pensaba constantemente en Susannah, siempre procuraba a Emmeline primero. Era la morena: una de estas bellezas resplandecientes, chispeantes, efervescentes -perpetuamente desbordante, exultante-, rebosante de apasionantes fantasías que correteaban de puntillas, casi volando, a través de sus pensamientos. Era una criatura que te hacía hervir la sangre en el pecho -que te hacía elevarte por encima de tus pies y soñar, por un instante, que tus talones tenían tanto derecho al mando como tu cabeza. Agraciada también -radiante, si no absolutamente perfecta en sus facciones; su influencia, cual la del sol, te exponía permanentemente a una suerte de resplandor. Cantaba bien, hablaba bien, bailaba bien -siempre ligera y viva-, parecía nunca necesitar descanso y, dicho sea también, rara vez se lo concedía a los demás. La danza era su gracia y gloria suprema. No era ninguna Taglioni ni ninguna Ellsler, no es eso lo que insinúo, pero sin duda era una artista nata. Todo movimiento era un estudio. Toda mirada era vida. Su forma se entregaba a la más dulce exuberancia de la pose y se alzaba en movimiento con una suavidad tan exquisita como si fuera Venus emergiendo sobre la espuma del mar; y puesto que portaba su propia afectación de manera tan natural, te hacía anhelarla y contemplarla como parte esencial de su encanto, confieso. ¡Pero no! ¿Qué digo? ¿Por qué haría yo tal estupidez?
Susannah era una criatura muy diferente. Era una chica de piel clara, incluso algo pálida, quizás, cuando sus facciones estaban en reposo. Tenía un pelo rubísimo, suave y frondoso, y ojos azul oscuro. Esta, en vez de hablar, observaba; era de pocas palabras y muchas miradas. En su silencio, en cambio, no era necesariamente silenciosa. Por el contrario, su misma mudez comportaba con frecuencia un significado, que se transmitía a través de su mirada sin requerir más aclaración. Parecía ser capaz de leerte en un golpe de vista, pero la límpida dulzura de su mirar la descargaba de ofensa alguna en ello. Si Emmeline era la gloria de la luz del día, Susannah era la soberana de la sombra. Si la canción de la una te llenaba de exultación, la de la otra despertaba toda tu ternura. Si Emmeline era la criatura de la danza, Susannah era la atrayente y seductora Egeria, que podía arrancarte de tu propia presencia en los momentos de respiro y reposo. Por mi parte, sentía que podría pasar todas mis mañanas con la primera y todas mis tardes con la segunda. Susannah, con sus ojos grandes, azules y lacrimosos, y sus escasos aunque susurrantes y siempre suaves acentos, brillaba sobre mí al caer la noche, como esa última estrella que aguarda en la bóveda nocturna la llegada del amanecer azul zafiro.
Así eran las doncellas; y todas estas fantasías, por no decir sentimientos, eran fruto de haberlas tratado tan sólo tres cortos días; pero en aquellos tiempos, los pensamientos viajaban alegre y rápidamente -cuando todo lo que toca a las fantasías y a los afectos es captado en un instante, como si la mente no fuera más que una amalgama de instintos, y las sensibilidades, con mil delicadas antenas, estuvieran siempre a mano para hacer de ellas presa.
Squire Owens era un hacendado de condición aceptable. Era viudo, con estas dos hijas preciosas y adorables á su cargo, nada más. Pero, ¡líbreme el cielo! Mi corazón distaba mucho de ser calculador. Ni la riqueza del padre ni la belleza de las chicas me habían movido a pensar en el matrimonio. La vida era lo suficientemente placentera así sin más. ¿Por qué añadirle cargas? Déjate, decía yo. No deseaba en absoluto ser más feliz. Mis pensamientos nunca habían dado cabida a la idea de una esposa. En qué hubiera desembocado una relación frecuente con aquellas damiselas, nadie lo sabe; pero por el momento, me contentaba con bailar con Emmeline, fantasear con Susanah y… ¡que viva el devaneo!
No habré de decir nada más de mis sueños, ya que el lector de sobra conoce su fondo. Aquel día me acosté tarde y me levanté justo a tiempo para el almuerzo, que en aquella casi primitiva región tenía lugar a las doce en punto del mediodía. No tenía apetito. Un arenque y una soda hubieran bastado, pero semejantes cosas no se gastaban en aquella casa. Soporté, lo mejor que pude, tanto el día como el dolor de cabeza; dormí profundamente aquella noche, albergando ora las más cautivadoras fantasías con Emmeline, ora los más gratos sueños con Susannah; la una o la otra estaban siempre presentes, usurpando el lugar de una brillante y particular estrella en lo más fecundo de mi imaginación. Lo cierto es que, en aquellos días de gloria, mi ingenuo corazón no intuía terror alguno en la poligamia. Me levanté como nuevo, fresco y ansioso por comenzar un nuevo día. Apenas había terminado de engullir el desayuno, cuando Príamo estaba ya a la puerta; pero mientras me disponía a montar, con los pensamientos colmados de las mansas virtudes de Susannah, fui detenido y abordado por ni más ni menos que Ephraim Strong, el herrero del pueblo.
-Veo que sales de viaje.
-Sí.
-Hacia Squire Owens, me supongo.
-Cierto.
-Pos pega el ojo al camino, que dicen que el famoso Archy Dargan sascapao de la cárcel de Hamilton.
-¿Y quién es ese Archy Dargan?.
-¿Cómo? ¿Qué quién es? Pues el loco que estaba encerrao ahí, hará cosa de dos años.
-¿Así que un loco?
-Sí, y furiento como pocos. El hombre blanco más astucioso que haiga. Habla como un libro y se las sabe todas el mu escuderrizo. Al principio, te eres que está cuerdo como cualquier otro, pero de repente salta, como un caballo desbocao, y cuando te quiés dar cuenta, ¡zas! Ta roto la cara. Cuando embiste, es cuchillo o pistola, hacha o palo, lo primero que agarre. Ya se ha cargao a dos, y degollao a otro que casi lo mata. No taconsejo que te lo encuentres, anda con mil ojos.
-¿Qué tipo de hombre es?
-¿De aspecto?
-Eso mismo.
-Pos digo yo que más o menos como de tus carnes. Es joven y larguilucho, de piel clara, pelo castaño y un ojo azul agudo y veloz que no mira nunca fijo. Estate ojo avizor. El sheriff con su ven y cógenos si te atreves ha salió a por él, pero éste esquiva que da gusto, y ya les llevaba ventaja doce horas antes que le echaran de menos.
II
Tales noticias no me inquietaron. Tras llegar a la rápida conclusión de que sería extraño encontrar a un loco en las afueras y por la carretera, dejé a un lado el asunto. No había lugar en mí sino para meditaciones placenteras. La blanca Susannah acaparaba ahora mis fantasías soñadoras y, dándole la vuelta a la fusta, cuya asa de marfil cubierta de plomo se me antojaba ser arma suficientemente potente para conjurar el peor de los peligros, me despedí de mi amigo herrero y me lancé presto por el camino. Galopando a paso constante llegué a las afueras de la población y, una vez en el bosque, me regalé con la deliciosa despreocupación de la juventud, hasta sus más placenteras y seductoras imaginaciones. Calculo que había recorrido una milla o algo más -habiendo dejado ya muy atrás la historia de aquel perturbado- cuando un giro repentino en el camino me dejó ver a una persona, también a caballo, que se acercaba hacia mí a trote ligero, a unas veinticinco o treinta yardas de distancia. Su aspecto no denotaba nada de particular. Era un sencillo granjero o leñador, vestido con ropa hecha a mano y montado en un animalucho rechoncho recién sacado del campo. El jinete era un individuo enjuto de largas piernas, de unos treinta años de edad. Parecía bastante inocente, un tipo simplón y boquiabierto del que a primera vista se intuye que no osaría prenderle fuego a ningún bosque de los alrededores. Pertenecía evidentemente a una clase tan humilde como simple era su condición, pero yo fui educado en una escuela donde aprendí que la pobreza exige tanta cortesía como la riqueza. En consecuencia, a medida que nos íbamos acercando, me dispuse a otorgarle el reconocimiento habitual de todo paisano que se encuentra en el camino. ¿Qué dice Scott? No sé si recuerdo bien la cita:
«No se saluda en bosques remotos como se acostumbra en calles apacibles».
Así que, haciendo acopio de mi mejor humor, redondeé los labios en forma de sonrisa y preparé mi salva. Ahora bien, para explicar el efecto que aquello causó, debo advertir que mi apariencia personal en aquella época era bastante fiera e impresionante. La risa colmaba mi rostro y mi carácter desprendía euforia por los cuatro costados. Tenía el pelo muy largo; éste caía en cascada sobre mis hombros, sin la menor oposición por parte de la gorra que solía llevar puesta, la cual llevaba en mano junto a la fusta mientras avanzaba bajo la sombra de aquellos robustos árboles. Según se acercaba el forastero, extendí el brazo, con lo que la gorra y la fusta se elevaron en el aire, y con un brillante y generoso ejercicio de pulmones grité: «¡Buenos días, amigo mío! ¿Cómo te está tratando el mundo hoy?».
El efecto de tal salutación fue prodigioso. El tipo no dio respuesta alguna. Ni una sola palabra, ni una sola sílaba, ni el más mínimo ademán con la cabeza, mais, tout au contraire… Si no hubiera sido por la dilatación de sus desconcertadas pupilas y la caída de su mandíbula inferior, sus facciones bien podrían haber sido cinceladas en piedra, y mostraban una expresión de consternación; le vi despertar del letargo en el que parecía sumido y agarrar la brida, tras lo cual se agazapó en la silla, retuvo al caballo y, como con súbita resolución, se arrimó al otro extremo del camino tanto como se lo permitieron los árboles. La maleza era demasiado espesa como para permitirle adentrarse en el bosque en el lugar donde nos encontramos, de lo contrario lo hubiera hecho sin dudarlo. Algo estupefacto por ver aquella reacción, dije algo, no logro recordar qué, lo que tuvo un efecto todavía más impresionante en él que mis palabras anteriores. Nuestros caballos estaban ya a punto de cruzarse – la vía por la que transcurríamos era un simple camino de carros, de digamos unos doce pies de ancho. Yo hubiera alcanzado a tocarle con la gorra al pasar y, puesto que todavía la llevaba alzada, él parecía imaginar que tal era mi intención, ya que inclinando su cuerpo entero al lado contrario sobre su jamelgo, a semejanza de los comanches cuando pretenden lanzar una flecha a su enemigo bajo el cuello, hizo que sus tacones, aunque desprovistos de espuelas, fustigaran con la rapidez más asombrosa ambos flancos de su adormilado animal, y ciertamente no en vano. La bestia arrancó al trote, después pasó al medio galope y finalmente al galope, lo que muy pronto puso tierra de por medio entre los dos, puesto que íbamos en sentido contrario.
«¡Ese tipo está loco!», pensé y exclamé mientras, ladeando el caballo, le vi mirando hacia atrás, todavía hincando los tacones en los costados de su renuente jaco. Al instante siguiente hallé la solución al asunto. Este sencillo paisano había escuchado la historia del desequilibrado dé la cárcel de Hamilton. Mi cabeza descubierta, mi pelo largo al viento, mi conducta eufórica y mi salutación ruidosa y quizá insólita, le habían convencido de que se trataba de mí; y no se me ocurrió más que seguir el juego hasta el final, así que, con un amor infatigable por la frivolidad, lo que me ha causado más de un quebradero de cabeza, coloqué la fusta sobre el cuello del caballo y le dirigí en persecución de aquel individuo. Era un buen jamelgo el mío, así que muy pronto la distancia entre mi presa y yo quedó reducida. Al escuchar las pisadas a su espalda, el atemorizado fugitivo redobló sus esfuerzos. Se empeñó en ello con todas sus energías, zurrando los costados del asno con renovado ahínco; y así le obligué a seguir durante una milla, hasta que las primeras casas del poblado se hicieron visibles a la distancia. Después me volví camino a casa de los Owens, riéndome a carcajadas de tan inusitada persecución y la no encubierta consternación del lugareño. La historia aportó harto regodeo a mis hermosas amigas Emmeline y Susannah. «Es tan ridículo pensar que alguien como yo sea tomado por un loco, que ese tonto bien merecía el escarmiento». En aquellos puntos estábamos todos totalmente de acuerdo. Pasamos una noche encantadora y la compañía no se separó hasta cerca de la una de la madrugada. Nos divertimos y gozamos con los violines; bailé con las gemelas por turno, y más de una vez con una tal Miss Gridley, una chica muy hermosa que se encontraba allí. Squire Owens estaba de un humor inmejorable y, «no faltaba más», me hicieron quedarme aquella noche.
III
Un nuevo y delicioso día nos amaneció al siguiente. El desayuno se convirtió en una feliz imagen de familia, que yo comenzaba a pensar, sería cruel interrumpir. Tanta calidez me invadía sentado al lado de Emmeline, y tan dulcemente se ocupaba Susannah de la cafetera, y tan patriarcal se veía el anciano supervisando el círculo que formábamos, que todas mis meditaciones favorecían la toma de ciertas medidas a fin de perpetuar la escena. La mayor dificultad se me antojaba ser la necesidad de realizar una elección entre las hermanas.
«Qué feliz sería yo con una,
Si el otro dulce encanto estuviera lejos».
Me volvía ahora de la una a la otra, lo cual sólo servía para aturdirme aún más. La mirada viva y el habla juguetona de Emmeline, su rostro que desprendía amor en forma de sonrisa y su aire eufórico y espontáneo eran majestuosos de ver; pero por otro lado, el aspecto pensativo y concienzudo de Susannah y la suave cadencia de sus tonos parecían siempre alcanzar lo más profundo de mi alma, y ciertamente eran más longevos en mi recuerdo. Presente, Emmeline era irresistible; ausente, yo pensaba principalmente en Susannah. El desayuno había concluido ya sin conseguir tomar una decisión. Pasamos a la sala y allí -Emmeline al piano y Susanah Coleridge en mano, su poeta favorito- me deleité tanto o todavía más que antes. La brillantez de la primera me dejó completamente sin aliento; y cuando le supliqué a la otra que me leyera el enternecedor poema de «Genoveva», su grave, tenue y exquisitamente modulada declamación -tan conmovedora, tan fiel al sentimiento patético y seductor, tan armoniosa incluso cuando se quiebra, tan emocionante aun a la hora de la verdad, en el susurro- me ofreció iguales trabas a la resistencia. Como asno apostado entre dos fardos de heno, mis ojos vagaban de la una a la otra, inciertos de dónde asentarse; y así pasaron las dos primeras horas tras el desayuno.
La tercera nos trajo una adquisición a la reunión. Escuchamos pisadas de caballos abajo en el patio y todos se abalanzaron a las ventanas para ver al recién llegado. No le vimos más que de refilón – un personaje alto y bien parecido, de unos treinta años de edad, con un poblado bigote y una enorme capa militar. Squire Owens le recibió en el salón y allí permanecieron juntos entre media hora y tres cuartos. Era sin duda una visita de negocios. Las chicas morían de curiosidad por saber de qué se trataba, y yo quedé desazonado al contemplar que Emmeline ya no procuraba interesarme con tanto ardor como antes. Ahora pasaba desidiosamente las páginas del libro de música, o aporreaba las teclas del piano como uno que piensa en otra cosa. Susannah no parecía estar tan perturbada, todavía seguía estimulándome con los pasajes más placenteros del poeta; pero yo me daba cuenta, o me imaginaba, que incluso ella albergaba cierta curiosidad por la llegada del individuo: volvía los ojos de vez en cuando hacia la puerta de la sala al más mínimo sonido de pasos y a veces me miraba con un ojo ausente durante mis más jugosos puntos de conversación.
Se escuchó un gran revuelo en el interior, rumores y chirridos de pasos. La puerta se abrió y, acompañado por el padre, el extraño hizo su aparición. Tenía un aire bastante distinguido. Era alto y de cuerpo simétrico y bien modelado. Su rostro era marcial y expresivo. Su tez era marrón oscura; sus ojos, grises, grandes e inquietos; su pelo, fino y alborotado. Era de porte muy erguido; la capa, bastante deteriorada, la llevaba abrochada hasta el mentón. Sus movimientos eran rápidos e impetuosos y parecían obedecer al más leve sonido, ya fuera de su propia voz o la de los otros. Se acercó hacia el grupo como si se tratara de un viejo conocido; sin duda, con las maneras de un hombre acostumbrado a codearse con la crema de la sociedad. La soltura con que se desenvolvía no le hacía preponderante, con una cortés deferencia que distinguía su conducta siempre que dirigía la palabra a las damas. No obstante, hablaba como quien tiene autoridad. Sus tonos estaban revestidos de cierto toque señorial, una convicción enfática en sus ademanes que parecía decir la última palabra en cualquier cuestión; y tras un corto espacio de tiempo advertí que, de ahí en adelante, si yo desempeñaba papel alguno en su presencia, ciertamente no era el de protagonista. Emmeline y Susannah ya no tenían oídos para mí. Me bastaba hablar para percibir una cierta medida de impaciencia en la primera, como si no se tratara sino de una interrupción de sonidos mucho más placenteros; e incluso Susannah, la mansa Susannah, dejó a un lado su Coleridge sobre una banqueta para consagrar toda su atención al imponente extraño.
Poco menos agradable efecto tuvo aquello sobre el anciano. El coronel Nelson –tal era su nombre– había venido para negociar la venta de la parte superior de su campo de molinos, un terreno de unos cuatro mil acres, cuya venta le resultaba absolutamente necesaria para evitarle ciertos aprietos. A juzgar por la conversación que habían mantenido, parecía que los preliminares serían fáciles de negociar y Squire Owens estaba de un humor auténticamente inmejorable. Era nada menos que el coronel Nelson, el coronel Nelson. Las chicas no parecían necesitar esta influencia, aunque evidentemente la apreciaban; y en el curso de la primera media hora tras su presentación, sentí que mi presencia se hacía más y más accesoria. El extraño hablaba en arrebatos de pasión -al principio en tonos suaves-, de un modo entrecortado y dubitativo, tras lo cual, como si hubiera dado con la clave, se dilataba en un torrente de palabras, elevando la voz a la par que el pensamiento, hasta que, dando un sobresalto, se colocaba encarando a su oyente. No puedo negar que su lenguaje gozaba de riqueza y su pensamiento de calidez y colorido, lo cual me fascinaba tanto como me asombraba. Sólo cuando había llegado casi al fin uno comenzaba a preguntarse qué era aquello que había aportado tanta calidez y si la idea que acabábamos de escuchar era consecuencia legítima de la elaboración de las propuestas previas. Pero yo no me encontraba de humor para escuchar al extraño ni para analizar lo que decía. Consideraba mi situación demasiado embarazosa, con una vergüenza que no se vio aliviada al percibir que ninguna de las dos damiselas musitó una palabra en contra de mi proposición de marcharme. La más mínima solicitud de su parte hubiera bastado para reconciliarme con mi momentáneo oscurecimiento pero, ¡no! Permitieron que me levantara y declarara mi propósito sin hacer gesto alguno. Una fría cortesía de su parte y una educada reverencia del coronel Nelson fueron todo reconocimiento a mi despedida; Squire Owens me acompañó hasta la puerta y permaneció conmigo hasta que el caballo estuvo presto. Mientras salía por el portalón, alcanzaba a escuchar la rica voz de Emmeline ascendiendo exultante al son de su piano, y mi imaginación me obsequió con la imagen del coronel Nelson, con ella de un lado y la mansa Susannah del otro, lanzándole esas miradas de soslayo que con tanta frecuencia me había dirigido a mí. «¡ Ah, pérfidas mujerzuelas!», exclamé con la amargura de un corazón pueril; «así que éste es el amor de una mujer».
IV
Rumiando semejante sinsabor, habría ya recorrido una milla cuando de repente escuché el sonido de voces humanas; mirando hacia arriba, descubrí a tres hombres a caballo justo enfrente de mí. Se encontraban allí apostados y aparentemente aguardaban mi llegada, hablándose entre murmullos. «¡Es él!», dijo uno. «¿Seguro?, preguntó otro. Un silbido casi en pleno oído me hizo volver la cabeza y, al hacerlo, mi caballo fue agarrado por la brida y yo recibí un severo garrotazo por encima de los oídos, lo que me derribó, casi inconsciente, hasta caer al suelo. En un instante, dos robustos tipos se arrojaron sobre mí, ocupados en la encomiable tarea de atarme de pies y manos. Malherido, adolorido y completamente confundido por la sorpresa, no estaba preparado para soportar esta humillación con paciencia. Luchando de manera varonil, por un momento conseguí desembarazarme de ambos agresores. Pero otro garrotazo, que dio a parar en mis sienes, aplicado sin moderación ni contemplación alguna, me dejó sin sentido. Cuando me recuperé, me encontré en un carro, maniatado y con la cabeza vendada con un pañuelo rojo de algodón, y con el pecho y los brazos cubiertos de sangre. Sentado a mi lado en el carro había un robusto individuo, mientras que otro conducía, y a ambos lados del vehículo había sendos hombres a caballo, bien armados con una escopeta de dos cañones.
– ¿Qué significa todo esto? -pregunté-. ¿Por qué estoy aquí? ¿A qué se debe esta agresión? ¿Qué pretenden hacer conmigo? –
– Déjate de bullangueras -dijo uno- No queremos hacerte daño, sólo ponerte a salvo. Tuvimos que darte un golpecito en la cabeza por tu propio bien.
– ¡Claro! ¿Cómo no? -exclamé resintiéndome de aquel fatídico golpe en la cabeza, que a cada segundo dolía más-, pero, ¿me dirían qué objeto tiene todo esto y en qué sentido mi propio bien requería que me rompieran la cabeza? –
– Podrías haber salió peor parao, por allá encubrió -respondió el portavoz-, pero nosotros conocíamos tu sitiación y te despachemos rápidamente. Pero cállate ahora…
– ¿Qué significa eso? ¿Cuál es mi situación? –
– Que lo sabemos todo, hombre. Pero cállate ya, o tendremos que darte del pellejo.
Esto decía sosteniendo en alto una enorme fusta. Ya tenía pruebas suficientes de la falta de escrúpulos de mis compañeros de viaje como para osar provocarles más, así que, con silencioso recelo, volví la cabeza hacia el otro lado del vehículo. Ese vistazo me reveló la verdadera historia de mi desgracia y me proporcionó amplia respuesta a todo este misterio. Quién hubiera pensado que me encontraría ahí mismo nada menos que al tipo a quien había perseguido el día antes. La verdad se hizo evidente. Me habían capturado pensando haber encontrado al demente que se escapó de Hamilton. Por eso me habían dado «un golpecito en la cabeza por mi propio bien». Al despertar en mí tal conjetura no pude evitar la risa, especialmente al contemplar el todavía dubitativo y aprensivo rostro del hombre que se encontraba a mi lado. Mi risa produjo un efecto muy molesto entre todos los implicados. Era una señal más temible de lo que hubiera sido mi ira. El tipo a quien había amedrentado se alejó un poco más del carro y el hombre que había actuado de portavoz y que parecía llevar la iniciativa en el asunto, dio un golpe con el látigo.
– No te deslices, amigo -dijo él-, o tendré que atizarte otra vez. Nada de bullangueras.
– Me han tomado por un loco, ¿no es eso? -dije yo.
– Tú sabrás lo que eres. A la vista está.
– ¿Y es este tonto quien se lo ha hecho creer?
– ¡Saber! –
– Cometen un gran error.
– ¡No me digas!
– ¡Es cierto! Llévenme a C. y se lo demostraré, por la palabra del general Cocke, o de Squire Humphries, o de cualquier otro tipo de la ciudad.
– No, no, amigo mío. De ésta no te sales. No hay duda que eres el hombre que busquemos. Respondes a la decrición, y Jake Sturgis, aquí presente, ha presentao renuncia de que le siguiste ayer, loco de atar, durante una hora por el sol. No necesitamos más pruebas.
– ¿Y dónde pretenden llevarme? -inquirí con toda la serenidad de la que pude hacer acopio. –
– Pos te meteremos en una jaula que hay por aquí al lao, y cuando el sheriff venga te llevará a tu vieja morá en la cárcel de Hamilton, donde seguro que tatarán más corto esta vez. Hemos llamado al sheriff y su «ven y cógenos si te atreves» y calculo que llegarán pa la puesta el sol.
V
Esto sí que era una «sitiación». Ardiente de indignación, pude no obstante dominarme lo suficiente para ver que cualquier ebullición de rabia por mi parte sólo confirmaría sus impresiones sobre mi locura. En consecuencia, dije muy poco, y lo poco que dije se limitó a un intento de explicar la persecución del día anterior, en la cual Jake Sturgis había basado aquella infeliz «renuncia». Pero como no era capaz de hacerlo sin echarme a reír, incurrí en el peligro del azote. Mi risa no presagiaba nada bueno: Jake se apartó otra vez hacia la cuneta, el hombre sentado a mi lado aprestó su porra y la potente fusta del cabecilla del grupo se levantó en amenazante gesto. Obviamente, no había lugar para la risa, y ésta cesó de manera natural en lo que a mí respecta al percibir la «jaula» donde me habrían de encerrar. Este tipo de instalación es bien conocida en las partes menos civilizadas del país. Es un lugar donde se acostumbra a poner gente a buen recaudo en ausencia de cárceles y de los oficiales competentes. Se les conoce técnicamente como «toriles» y están hechas de enormes troncos que se cruzan formando un ángulo recto, dando lugar a una cabina hueca; los troncos son demasiado pesados para moverlos y la estructura demasiado alta para escalarla, sobre todo si el prisionero tuviera la mala fortuna de estar, como yo, considerablemente atado de pies y manos. Me resistí terriblemente a entrar en este lugar. Supliqué con todas mis fuerzas y me revolví con furia, pero fui arrojado dentro sin ningún remordimiento; y en la más absoluta desesperación y vejación, allí yacía, cara al suelo, medio enterrado entre las hojas, llorando, lamento confesar, amargas lágrimas de impotencia y de vergüenza.
Mientras tanto, la noticia de mi captura se esparció por todo el lugar; no mi captura en sí, sino la del famoso loco, Archy Dargan, que se había escapado de la cárcel de Hamilton. Era un acontecimiento, así que empezaron a llegar visitantes. Mis captores, que vigilaban al exterior del cubil, estaban bien ocupados respondiendo preguntas. Hombres, mujeres y niños, campesinos y señores, y finalmente, damas y damiselas, se acumularon alrededor de mí; tal muchedumbre de ojos que atravesaban las grietas de mi mazmorra de troncos para ver al extraño monstruo que les amenazaba, ahora desarmado de sus terrores, era, en palabras de uno de mis guardianes, «algo muy ponderoso». Pero no era ésta la cuestión que más me irritaba. Los troncos estaban lo suficientemente separados entre sí para permitirme ver y ser visto, así que me acurruqué y enterré la cara más todavía que antes, si es que era posible, para encubrir mi deshonrado rostro de su curioso escrutinio. Esta conducta ofendió profundamente a algunos de los visitantes.
– No le veo la cara – dijo uno.
– ¡Atízale con un palo largo!
Con lo que comencé a exponerme a ser tratado como un oso huraño que rehúsa bailar para su guardián, ya que uno de los míos parecía de mil amores dispuesto a gratificar al espectador, y ya había empezado a afilar el extremo de una porra de diez pies de largo con el propósito de estimularme a mostrar una mayor sociabilidad, pero uno de sus compañeros le impidió llevar a efecto tan generoso designio.
– Déjate, Bosh; que si un día se vuelve a escapar, te viene a ponerte su marca. –
– Pos ties razón -fue la respuesta del otro mientras quitaba de en medio el palo.
Entretanto la gente iba y venía, y cada visitante que partía mandaba a otros. Debí pasar un par de horas en esta humillante situación, encadenado como bestia dentro de una osera, con cincuenta ojos codiciosos y hasta insaciables sobre mí. De entre ellos, una cuarta parte eran del tierno sexo; algunas de ellas se compadecían de mí, otras reían y todas se congratulaban de que me encontrara bien amarrado, incapaz de causar mayores estragos. De sus comentarios, no fue precisamente agradable constatar que estaban unánimemente de acuerdo en el hecho de que yo era una criatura de aspecto terrorífico. Vieran o no vieran mi cara, todas descubrieron que yo las miraba atemorizado, y escuché a una o dos de ellas preguntar en voz baja: -¿Has visto cómo tiene los dientes de afilados?». De lo que no hay duda es de que durante todo aquel trance no cesaron de rechinar con suma rabia.
VI
La última humillación y la peor todavía estaba por llegar; la misma que me hizo contrariarme con toda naturaleza humana y femenina durante una buena temporada. Consciente de un bullicio inusual en el exterior, me sorprendió percibir el sonido de una voz que me había sido placenteramente familiar un día. Era la de una mujer, un sonido claro, suave y transparente que hasta ese momento todavía no había asociado con nada sino con la más perfecta de todas las melodías de procedencia mortal. Y súbitamente toda armonía quedó arruinada, cual «dulces campanas discordantes». La voz era la de Emmeline. «¡Santo cielo! -exclamé para mis adentros-, ¿es esto posible?». Y al momento siguiente, escuché la de Susannah, la mansa Susannah; ella también se contaba entre los curiosos prestos a examinar las facciones del perturbado Archy Dargan.
– Madre mía -dijo Emmeline-. ¿Está ahí dentro?
– ¡Qué lugar más horrendo! -dijo Susannah. –
– Es el lugar más adecuado para una criatura tan horrenda -respondió Emmeline.
– ¿Seguro que no puede salir, padre?-dijo Susannah-. ¿No tienen los locos una fuerza inusual? –
– No te asustes en vano, Susannah, antes de haber echado un vistazo -gritó Emmeline-. Confieso que temo mirar. Tenga a bien, coronel Nelson, echar un vistazo y ver sí no hay peligro. Así que ahí estaba el confundido coronel Nelson, dirigiendo los ojos hacia mi persona y asegurando a sus nobles acompañantes, mi Emmeline y mi Susannah, que no había peligro de ningún tipo, que yo me encontraba a todas luces en un acceso de apatía.
– El paroxismo ha terminado por el momento, señoritas; y aunque se mostrara violento, le resultaría imposible salir. Parece bastante inofensivo ahora, pueden mirarle sin peligro. –
– Sí, está muy calmao ahora, señoritas – dijo uno de mis guardianes -, pero no lo estaría si no fuera por este látigo. Pretendió armarme bullangueras más de una vez, pero lo aticé contra el suelo para amenazarle. Me creo que se ha acostumbrao a él. Se puede predecir fácilmente la llegá del ataque, porque tiene un arrebato de risas espantosas.
– ¡Ja, ja! Se ríe, ¿eh? ¡Ja, ja! -tal fue la interrupción, bastante brusca, del coronel Nelson.
Si mi risa produjo tal efecto sobre mi guardián, la suya tuvo un efecto turbador sobre mí; pero la instintiva convicción de que Emmeline y Susannah tenían los ojos fijados en mí me incitó, con cierta fascinación, a alzar la cabeza y buscarlas. Pude ver sus ojos con mucha claridad. ¡Insignes traiciones! Las distinguía perfectamente junto a los del coronel Nelson, ya que los tres se encontraban en estrecha propincuidad.
– ¡Qué criatura más temible! – dijo Susannah.
– ¡Temible! -dijo Emmeline-, no veo nada de temible en él. Al contrario, parece bastante manso. Te lo aseguro, si esto es un loco, no entiendo por qué la gente les tiene miedo. –
– Pobre hombre, está cubierto de sangre – dijo Susannah. –
– Tuvimos que golpearle, señorita, un poquito en la cabeza, para reducirle. Ahora parece manso e inocente, pero tendrían que verle cuando está a punto de estallar. Basta con escuchar su risa.
No pude resistir la tentación. El último comentario de mi guardián cayó en mis oídos como si fuera una sugerencia, así que alzando súbitamente la cabeza lancé una encolerizada mirada hacia mis espectadores y les obsequié con una risotada tan terrible como fui capaz de proferir.
– ¡Ah! – fue el chillido de Susannah al recular sobresaltada.
Antes de que el sonido cesara totalmente, fue secundado desde el exterior, con un estilo más temible y natural, por parte de los experimentados pulmones del coronel Nelson. Sus alaridos sucedieron a los míos y hasta a mí me turbaron.
– ¡Qué! – gritó introduciendo los dedos a través de la grieta -, sal de ahí, sal… ¡Vamos a medir fuerzas! ¡Sacadlo, sacadlo! Estoy preparado, pecho contra pecho, hombre contra hombre, dientes y uñas, hasta el final, hasta el final. Te puedes reír, pero ¡ja, ja, ja! ¿Qué me dices a eso? No digas nada, no digas nada y quedarás como un perfecto cobarde. ¡Ja, ja, ja!
Esto causó una gran sensación en el exterior. Pude ver que Emmeline se apartó del lado de su acompañante. Éste se había entregado a un extraño comportamiento, había comenzado a forcejear con los troncos de mi mazmorra y había exhibido un grado insólito de rabia que, cuando menos, había tomado a todo el mundo por sorpresa. Mi guardián principal fue el primero que habló.
– No tenga miedo, señor. No hay peligro, no puede salir.
– Pero les digo que le saquen, sáquenle. Mírenle, señoritas, mírenle. Van a ver lo que es un loco, van a ver cómo le despacho. Escúchame, amigo, sácale de una vez por todas. Dame tu látigo, yo sé muy bien tratar a este género. Verán como le sacudo. Le voy a dar una paliza… Lucharé con él y reiré con él también. ¡Cómo nos vamos a reír! ¡Ja, ja, ja!
Su horrible risa – porque era horrible – quedó interrumpida por un incidente inesperado. Fue echado abajo tan súbitamente como yo lo había sido, con un golpe por detrás, para sorpresa de todos los asistentes. El asaltante no era sino el sheriff de la cárcel de Hamilton, que acababa de llegar y había detectado al fugitivo, Archy Dargan, el lunático más astuto que haya, como me aseguró más tarde, en la persona del apuesto coronel Nelson.
– Reconocí al bribón por su risa; la oí a media milla de distancia – dijo el sheriff al plantarse frente al postrado individuo y proceder a arrestarle como es debido, de lo cual se derivó una lógica concatenación de sucesos.
– ¿A quién tengo entonces aquí? – fue la sapiente inquisición de mi captor, el mismo tipo cuyo látigo había ejercido una influencia tan potente sobre mi imaginación.
– ¿Quién? ¿Tienen a alguien ahí? – preguntó el sheriff.
-¡Digo yo! Atrapemos un tipo que Jake renunció diciendo que era el loco. –
-Sáquenle de ahí, pues, y pídanle perdón. Yo me haré cargo de Archy Dargan.
Mi aparición ante las atónitas damiselas no fue gratificante para ninguno de nosotros. Yo me encontraba lleno de barro y sangre, y ellas de confusión.
– ¡Oh, señor, quién hubiera dicho que se trataba de usted, mire cómo le han dejado!
Tal fue la observación de Emmeline cuando se recuperó. La de Susannah no fue menos previsible.
– Lo lamento tanto, señor…
– Ahórrense sus condolencias, señoras – mascullé de mala manera a la par que montaba sobre mi caballo-. Les deseo un muy placentero día.
– ¡Ja, ja, ja! -exclamó el lunático, revolviéndose en sus ataduras -. ¡Un muy placentero día!
Las damiselas salieron despedidas en una dirección, con la misma rapidez que yo en la opuesta. Desde ese día, estimado lector, nunca me he vuelto a permitir atemorizar a un necio ni enamorarme de un par de gemelas; y si algún día llegara a casarme, se lo aseguro, la afortunada no será ni una Susannah, ni una Emmeline.
® WILLIAM GILMORE S I M M S
Traducción del inglés: Jaime Bonet © 2003
Traducción del inglés: Jaime Bonet © 2003
Suenan tambores de guerra y todos nos ponemos a temblar. Así reaccionamos los ciudadanos occidentales que hemos crecido en la cultura de la paz y la estabilidad. No podía ser de otro modo porque, en nuestro concepto del bien y del mal, por muy confuso que sea, sigue viva la idea de que cualquier guerra es indeseable y abominable por los efectos que produce y por los instintos que despierta. Hasta aquí estaremos casi todos de acuerdo. La guerra es mala y todo ser humano con un mínimo de armazón moral es lógico que sienta rechazo ante la perspectiva de una intervención militar.
El problema y la discrepancia surgen cuando las cosas se ponen feas y nos tenemos que poner a hablar en serio. El melón del debate se abre cuando la cruda realidad internacional nos obliga a levantarnos del confortable sofá de la tertulia y nos empuja a la fría sala de operaciones en donde ya no sirve la ironía y el sarcasmo se convierte en una broma de mal gusto. Ese instante en el que tenemos que ejercer la responsabilidad y, por lo tanto, empezar a tomar decisiones. No hay otra opción, la responsabilidad nos empuja al compromiso que por definición siempre supone una dosis de riesgo y una pizca de renuncia.
Llegado este momento, hay que ser humildes y reconocer que la nueva realidad geopolítica nos trasciende y, en cierta medida, nos viene dada. Ser humildes en el sentido de que los ciudadanos españoles, europeos, occidentales o americanos, nos hemos encontrado con unos acontecimientos que no son el resultado lógico y previsible de lo que eran nuestros deseos políticos. Dicho de un modo más simple pero no por ello menos certero: ¡Despierten amigos!… el siglo XX ha terminado. Desde 1989, cuando cayó el muro de Berlín, las democracias occidentales hemos estado durmiendo una agradable siesta y ahora toca despertarse y volver al tajo. O si quieren, también podemos recurrir a la versión más realista y más clara: ¡Despierten, aliados, el mundo está cambiando!
La perspectiva de una intervención militar en Irak puede leerse de muy distintas formas y con muy distintas ópticas. La oferta de argumentos en contra y a favor es muy variada. En una democracia como la nuestra, cuando se abre un debate de este tipo, afortunadamente siempre se sirve barra libre. Incluso la visión más conspirativa y antisistema puede presentarse como un planteamiento respetable desde el punto de vista intelectual y moral. Pero si asumimos por un momento que lo que decíamos antes era verdad, es decir, que el mundo está viviendo un punto de inflexión extraordinario de la historia, entonces podremos coincidir en que los únicos planteamientos políticamente razonables en estos momentos son aquellos que se contemplen con una óptica bien pegada a la cruda realidad. Es un momento para el realismo político.
En la era de la globalización, la España del siglo XXI debe decidir en qué división desea jugar en el concierto internacional. Félix de Azúa se quejaba de la proliferación de comparaciones políticofutboleras en los medios de comunicación españoles. Tiene razón, pero también será indulgente y entenderá que a veces resulta inevitable intentar hacer comprensible lo que es un verdadero galimatías. Como ya ocurrió en la primera fase de la guerra del Golfo, es el Gobierno de España, en este caso, el Gobierno surgido de las elecciones generales del 2000 que le dieron la mayoría absoluta al programa y a los candidatos del Partido Popular, el que debe asumir la responsabilidad de definir la dirección política en la crisis. El Gobierno, desde la sala de operaciones de nuestro sistema democrático, tiene que decidir qué posición conviene más a los intereses de la sociedad española. En suma, debe decidir si quiere estar en el terreno de juego y, lo que aún es más importante, en qué equipo quiere que juguemos los españoles.
Desde mi punto de vista, una posición razonable y acorde a los intereses de nuestro país consistiría en una serie de ideas muy básicas que se deberían articular con cierta flexibilidad, dado que la realidad a la que se deben ajustar es, por definición, extraordinariamente dinámica y mutante. Primero, tenemos que ser abiertamente solidarios con nuestros aliados y tener la determinación de compartir la responsabilidad en la lucha global contra el terrorismo. España, desde su silla en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas y su pertenencia a la Unión Europea, ha estado trabajando para obtener por medios pacíficos el efectivo desarme del régimen de Sadam Husein. Nuestro objetivo político inmediato debe consistir en mantener unidos a nuestros aliados frente a la amenaza real que representa el dictador de Bagdad.
No obstante, debemos decir claro que el pueblo americano, el Congreso de los Estados Unidos y su presidente democráticamente elegido y comprometido amigo de España, siempre encontrará el calor político de quienes entendemos que la libertad, los derechos humanos y nuestra seguridad son valores que merece la pena defender a la hora indeseable de enfrentarse a un dictador como Sadam Husein. La globalización tiende a diluir conceptos que antes nos parecían tan nítidos como Occidente, el mundo árabe, el grupo de los 77 o cualquier otra categoría política de la vieja guerra fría. A pesar de ello, hay muchos que seguimos pensando que el concepto civilizador de Occidente sigue estando muy ligado a viejos ideales que, por fin, son para nosotros una realidad tangible como la Democracia, el Estado de Derecho, los derechos humanos, la igualdad jurídica entre el hombre y la mujer o la libertad en todas sus acepciones políticas (de expresión, de empresa, de asociación, etc.). Como creemos que pertenecemos a ese Occidente político, asumiremos la responsabilidad que supone pertenecer a ese mundo de valores y principios. Sabemos, por experiencia, que los valores y los principios no se defienden solos. Estamos convencidos que desde la responsabilidad política hay que trabajar para poner los valores en acción. Somos conscientes en qué lado tenemos que estar y entendemos que la mayoría de la sociedad española y europea, llegado el momento, también sabrá en qué lado tiene que situarse. España, como actor internacional, debe seguir estando cerca de Estados Unidos.
Tras el 11S, Estados Unidos es un país víctima del terrorismo, pero además sigue siendo un aliado occidental que contribuye decididamente al mantenimiento del sistema de seguridad que nos protege. Nuestra seguridad, hasta que no se demuestre lo contrario, depende de ese vínculo transatlántico. Pero ya no sólo es España, también Estados Unidos es un comprometido defensor de la estabilidad europea. La intervención de la OTAN, liderada por Estados Unidos, en la crisis de los Balcanes fue la operación que terminó con aquella vergonzosa limpieza étnica que se practicaba en nuestro continente, ante la mirada impotente de una Unión Europea enredada en su propio cordón umbilical. Estados Unidos ha demostrado con hechos y no sólo palabras que siempre está con Europa, cuando se trata de echar una mano.
Pero aún hay una razón más inmediata a la vista de los intereses de la sociedad española. La amistad activa con Estados Unidos será siempre una buena baza a nuestro favor a la hora de derrotar a una ETA cada vez más atropellada. Sería una torpeza desaprovechar ese vínculo privilegiado que tan buenos resultados está dando. Aquí no sirve decir que Francia y Estados Unidos son aliados excluyentes.
Otra idea que es conveniente no perder de vista es que desde la cercanía al pueblo norteamericano y a su Gobierno, siempre será mayor nuestra capacidad de discrepar con eficacia. En estas cuestiones no funcionan muy distintos los códigos de amistad entre países y entre personas. Desde la amistad y la solidaridad siempre es más fácil decirse las verdades a la cara y conseguir influir en la resolución de la discrepancia. Así, podemos decir sin problemas, como ya hizo el presidente Aznar en los jardines de la Casa Blanca, que España no facilitará extradición de reo alguno que suponga la aplicación de la pena de muerte. También desde la solidaridad podremos discrepar de todo planteamiento que busque sustento en fundamentalismos religiosos que poco tienen que ver con nuestra visión laica de la acción política. También podremos discrepar acerca de las licencias que Estados Unidos o cualquier otro pueda tomarse al margen de lo que son los estándares propios de actuación de un Estado de Derecho. Nuestro concepto de firmeza en la lucha contra el terrorismo, como ya se demostró ante el fenómeno GAL, se construye a partir de la convicción de que la legitimidad de nuestra lucha reside en la fuerza moral que siempre otorga un Estado democrático y de Derecho como el nuestro. Consecuentemente, es lógica una posición de plena solidaridad con Estados Unidos manteniendo al mismo tiempo la autonomía de acción que confiere el tener un criterio propio a la hora de analizar la realidad a la que nos enfrentamos.
Seguramente no sea muy amable eso de convencer a la sociedad de que la realidad mundial presenta un perfil hostil y lleno de nuevos desafíos. Un partido político responsable que se dirige a ciudadanos maduros debe hablar con sinceridad y decir que en esta crisis está claro que la actitud de firmeza de Estados Unidos, de España, de Reino Unido y de otros Gobiernos europeos ha sido la que ha permitido la aprobación de la Resolución 1441 así como todos los avances que se han producido desde entonces en la esforzada labor de los inspectores. Esta es la base legal que ha dado cobertura internacional a la misión de la ONU para inspeccionar la capacidad destructiva del régimen de Bagdad. Esto quiere decir que la firmeza y la amenaza de la fuerza también ofrecen resultados pacíficos. Por esta razón, no hay que perder la esperanza de que esto siga siendo así.
Nadie quiere la guerra aunque la realidad puede conducirnos a ella. Uno de los mayores fracasos de toda esta crisis puede ser comprobar que el partido de la oposición rompa el necesario consenso troncal en materia de política exterior y opte por una postura populista ante los inmediatos comicios electorales. El interés nacional está en juego y se comienza a detectar que la radicalización del PSOE le exige prescindir de la idea de España como motor de su acción política. Se puede entender esta actitud en el PNV, en el BNG e incluso en el nacionalismo catalán, pero si el PSOE insiste en juntarse con los descreídos de la idea de España se estará condenando a perder todas las elecciones generales que se celebren en nuestro país.
Hay situaciones que exigen decisiones dolorosas y esas decisiones corresponden a aquellos que ejercen la responsabilidad en la sala de operaciones. A nadie le seduce la idea de una guerra del mismo modo que a nadie le atrae la idea de entrar en un quirófano. Cuando llegan esos momentos difíciles, lo importante, es saber permanecer fuertes y unidos.
JAIME MORAGAS