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Ver productosNunca se dejará de discutir hasta qué punto se puede esperar de un filósofo que viva según su filosofía, o cuánto se le pueden perdonar sus desviaciones vitales respecto de sus propuestas teóricas (o cómo, para algunos, queda desacreditada una obra a causa de esas desviaciones). Superado eso, la atención a la biografía de ese autor puede estar fundamentada en la búsqueda de más elementos que los escritos directamente por él con intención editorial: por ejemplo, las famosísimas cartas de Spinoza podrían pesar tanto en el conocimiento de su pensamiento como las que él consideró obras acabadas. Da la impresión de que Moreno Claros nos propone algo por el estilo, y lo cierto es que al acabar esta lectura vamos a saber algo sobre el pensamiento de Schopenhauer que el mismo Schopenhauer no dejó escrito.

¿Qué sistemática de trabajo puede aplicarse a la caza de fragmentos literarios, postales, periodísticos, memorialistas y de cualquier clase que exista por escrito sobre un determinado tema o personaje? Durante la lectura de esta obra, el lector tendrá la impresión de que el compilador debía de tener tendida una red mundial de detectores, tal es la insuperable heterogeneidad de orígenes y estilos y tonos de los fragmentos expuestos. Resulta que el filósofo antipático, el gruñón intratable, el misántropo por antonomasia, dejó a su muerte decenas de personas agradecidas por el trato directo que con ellas tuvo, y que no se abstuvieron de narrar sus impresiones de ese trato. Moreno Claros, ya bregado trabajador del territorio Schopenhauer, probablemente ya constituido en referencia obligada en castellano cuando se quiera tratar con el Buda de Fráncfort, ha recopilado, ordenado y traducido más de medio centenar de testimonios, algunos de solo quince líneas y otros de más de veinte páginas: la claridad neta de su castellano hace olvidar en qué idioma se está leyendo, y uno se sumerge en el contenido como si estuviera navegando directamente en el idioma original. Y empieza a oír los gruñidos del cascarrabias soberbio, y sus zapatazos, y sus portazos; pero también se oye con volumen creciente otra cosa.
Esta no es una obra de cotilleos irrelevantes o travesuras rebeldes, como a menudo acaban resultando estas recopilaciones biográficas «paralelas» a la obra teórica de un gran personaje. Solo los fragmentos establecen alguna división en este libro de introducción (muy sólida) y un solo capítulo, de modo que se trata casi de un texto corrido en el que ciertos temas y sucesos reaparecen una y otra vez, según los viera este o aquel memorialista, pero nunca se detiene el avance, porque en cada recuerdo hay algo que en otro no había; y en esos recuerdos a veces triviales, cotidianos y banales, hay siempre un punto de apoyo para saltar adelante y seguir componiendo con teselas el retrato de conjunto. Llama la atención al principio la ausencia de personajes de primera fila entre los memorialistas; luego se recuerda cómo le fue, en efecto, al filósofo con los importantes de su época, y la cosa extraña menos. E incluso se agradece (y se maravilla uno todavía más por el hallazgo de los textos): aparte de unos pocos algo más señalados (su archievangelista Frauenstädt o su apóstol Von Doss), vamos a oír a viajantes de comercio, a comensales casuales en la fonda de la comida cotidiana, a vecinos. Quizá es lo que tan a menudo le falta a la filosofía, ese mirar y escuchar a las gentes y hablar como ellas. Y entre todas nos componen un personaje que a ratos recuerda a una especie de Zelig de formas cambiantes según quién lo mira; aunque siempre aparece el trato inicial áspero y el histrionismo burlón del personaje: no, no hablan de personas diferentes. Pero sí de alguien diferente a aquel que nos ha presentado siempre la historia. ¿Acaso ese ogro intratable habría salvado a un niño de morir ahogado en el río, y luego lo habría apadrinado y hasta pagado sus estudios? ¿Ese temible cantor del ineptire est iuris gentium habría consumido días y días paseando junto a recién conocidos, contestando sus preguntas sin fin? Como sin avisar, como si de una intriga dramática se tratara, van aflorando otros schopenhauers que parece que Herr Arthur se empeñaba en ocultar, pero la edad y el trato le iban obligando a mostrar; a lo mejor todo es la historia de un tímido extremo, como es habitual en las personas perspicaces que han sido tan humilladas por su madre como lo fue el filósofo (que tampoco dejó de contestarla con contundencia).
Digámoslo para el que le interese: sí, Schopenhauer «no era un santo», como el mismo decía; pero, según estos testimonios, vivía lo más de acuerdo con su filosofía que se puede conseguir razonablemente, incluyendo la maliciosa colocación de su buda dorado para que deslumbrara con sus reflejos al párroco de enfrente. De modo que este libro va más de filosofía de lo que parecía. Ya podemos entregarnos a momentos literarios tan deliciosos como los recuerdos de Lucia Franz-Schneider (p. 326) y la progresiva caída del velo engañoso del vecino ogro y la aparición de una especie de abuelo adoptivo excéntrico y cariñoso. Quizá la mejor prosa del libro y, sin duda, de la representación a la voluntad, el testimonio más schopenhaueriano.
La posmodernidad, explica Gómez Pérez, ha otorgado primacía a la fragmentación y a la pluralidad, pero esta no es toda la historia, por decirlo de alguna manera. Pues esa fragmentación exige mediaciones, que tratan de unir lo diverso y múltiple, otorgarle sentido. Esa es, pues, la forma de salir del nihilismo al cual parecen abocadas las corrientes filosóficas contemporáneas, que obvian la dialéctica que unifica lo real y lo hace comprensible. Más que afirmar la discontinuidad, que convertiría el mundo en una cárcel, Gómez Pérez, siguiendo la tradición filosófica clásica, advierte continuidades y paralelismos que solo pueden percibirse mediante la mirada ontológica a la riqueza de lo real.
La realidad fragmentada es una obra de madurez, en la que se concitan intuiciones sobre las que Gómez Pérez ha trabajado durante muchos años. Uno de sus ensayos anteriores hablaba de las constantes humanas, esos rasgos invariantes que pertenecen a la naturaleza del hombre pero que reciben una concreción cultural diversa y que hacen inteligible la historia. En línea con este trabajo previo, este último ensayo profundiza en la idea personal del autor, su convicción primordial, de que más que contradicciones, existe una unidad en la diversidad de lo humano.
También Gómez Pérez en todos sus libros manifiesta la primacía del individuo, como por ejemplo en La cultura de la libertad, editado por UNIR. Pues el origen es individual, tanto en el ámbito de lo real como en el de la persona. Es cierto que el ismo del individuo ha sido interpretado de diversas maneras y que, con la Modernidad, la interpretación se inclina hacia lo que Gómez Pérez llama individualismo malo, una forma educada de reivindicar el egoísmo. Pero hay otra vertiente moderada y «buena», en la que se parte de la soledad del yo pero también de su trascendencia hacia lo comunitario, que constituye así pues el elemento de mediación. Porque sin yo no puede haber un nosotros.
Pero si se constata, en efecto, que lo plural y fragmentado tiende a mediarse y a superar las diferencias, ¿por qué se ha insistido tanto en el carácter irreductible de lo diverso? Gómez Pérez ensaya una peculiar y profunda génesis que explicaría la primacía de la fragmentación, comenzando por el estudio de Ockham, el preludio de lo que llama «filósofos de la fragmentación» y que pasa por Hume, Kierkegaard, Nietzsche y Wittgenstein. Frente a esta trayectoria, en otra parte del libro, un análisis plural de los «rostros de la Modernidad», como un intento fallido por restaurar una unidad artificial tras la constatación de la pluralidad mediada que había descubierto la metafísica clásica. Gómez Pérez expone con profundidad las dimensiones del pensamiento moderno y lo hace de una forma original y novedosa: un recorrido que, desde la ciencia hasta el arte y la cultura, arroja mucha luz sobre el desarrollo de un movimiento filosófico al que la diferencia de los posmodernos trata de servir de contraste. Es esta una de las partes más logradas de todo el ensayo.
En cuanto a las mediaciones, el propio autor explica que no tienen la misma naturaleza las mecánicas que las humanas, aquellas que dependen de la libertad del individuo. Es quizá este rasgo el que explique la pugna entre la individualidad y la unidad, que satura la historia de las creaciones culturales. Asimismo, como explica, «el con-junto de las mediaciones puede ser comprendido en el concepto de “cultura” en cuanto suma de ideas, creencias, ciencias, técnicas, tradiciones, costumbres, etc., de un grupo social, todo encuadrable en el concepto amplio de hábito».
En el libro se ofrece un pormenorizado recorrido por las principales mediaciones culturales como el lenguaje y el arte, la familia, la escuela, la economía, la política, los medios de comunicación, las ciencias o el conocimiento, la tradición o la amistad. Cierto es que hay otras, pero en mayor o menor grado pueden incluirse en algunas de las mencionadas. Gracias a esa dinámica entre lo individual y lo comunitario, mediante las instituciones el yo sale de sí mismo para alcanzar su verdadera individualidad, su identidad, como fruto de su encuentro con lo ajeno. Sin embargo, debido a la naturaleza esencialmente libre del individuo, y a pesar de su llamada a lo comunitario, también puede renunciar a la mediación; en ese caso, renuncia a su herencia y, entonces, se inclina por la pendiente de ese individualismo malo que descubre enfrentamiento en lugar de continuidad entre él y los otros.
Con estos mimbres, la posmodernidad puede ser considerada como una alteración de las fragmentaciones naturales, pues implica sumar a ellas fragmentaciones artificiales. Por eso en cada uno de los ámbitos de la cultura, el pensamiento actual percibe contraposiciones en lugar de las continuidades naturales. Late todavía en esta actitud ciertas sugerencias de la filosofía de la sospecha y una mala comprensión de la libertad, según la cual la mediación aparecería no como la vocación o meta de la individualidad, sino como opresión y coacción. Pero, si todo lo que hoy se impone convoca a la contraposición y aboga por una, consciente o inconsciente, supresión de las mediaciones, ¿cómo rescatarlas?
A mi juicio, uno de las contribuciones principales del libro es la defensa de la filosofía. Gómez Pérez sostiene que una de las razones principales de la crisis contemporánea —ya sea cultural, filosófica o social— estriba en el abandono del pensar metafísico. Es evidente que la metafísica que trata de rescatar en este ensayo no es la derivación dogmática en la que incurre la modernidad, sino esa concepción clásica que parte de la apertura del hombre al mundo. Se trata de la «atención a lo real», del descubrimiento de esas preguntas que han inquietado a la humanidad —y siguen haciéndolo— y cuya profundización explica el nacimiento y la continuidad de la verdadera reflexión filosófica.
En efecto: ante la fragmentación de las ciencias y la rebeldía del individualismo, y después de no cosechar la unidad artificial que pretendió la Modernidad, la recuperación de la metafísica es la que se antoja más perentoria. Una metafísica que no constituye una defensa inflexible de determinados dogmas racionalistas, sino la atenta escucha de la pluralidad de lo real y que parte de la revelación del ente y de su multiplicidad en la unidad. Solo así puede reafirmarse el valor del individuo, su apertura libre, sin necesidad de convertir su existencia en una prisión o en una caverna, de la que la filosofía, desde Platón, ha intentado liberarle.
Josemaría Carabante
Este amplio volumen, escrito por Esteban Torre, catedrático de Teoría de la Literatura y también doctor en Medicina y Cirugía, recoge tanto sus propios libros de poesía publicados como sus libros de poesía traducida (simbólicamente, las «luces» y los «reflejos»). Sus libros propios son: ¿Por qué? (1954), Y guardaré silencio (1988), Sobre el Libro de Job y otros poemas (2001) y Ráfagas (2013). Se les añade un pequeño conjunto de Nuevos poemas originales. En cuanto a los libros de traducción, son estos: 35 sonetos ingleses de Fernando Pessoa (1988), 33 poemas simbolistas (1995), y La poesía de Grecia y Roma (1998). Se incluye además otro pequeño conjunto: Nuevos poemas traducidos. Los libros propios y los traducidos aparecen ordenados cronológicamente en Luces y reflejos, por lo que se muestran intercalados en la lectura.
Cuenta Luces y reflejos con un breve pero enjundioso prólogo de Luis Alberto de Cuenca, y con una excelente «Nota biobibliográfica», de imprescindible lectura, a cargo de la profesora de la Universidad de Sevilla María Victoria Utrera Torremocha.
Antes de entrar a resumir mis impresiones sobre la obra poética de Esteban Torre, quisiera abordar brevemente sus traducciones, por las que ha recibido diversos premios.
Y con razón, porque el poeta Torre es un extraordinario traductor, que traslada siempre en verso, manteniendo el ritmo original, e incluso normalmente la rima y el metro, lo más cerca posible del poeta modelo; y lo mismo sucede con el sentido: un asombroso «tour de force». Así los 35 sonetos ingleses de Fernando Pessoa están reproducidos en sonetos, naturalmente. Los 33 poemas simbolistas incluyen excelentes textos de Baudelaire, Verlaine, Rimbaud y Mallarmé.
Aquí encontramos ya variedad de formas métricas, en función del original: serventesios alejandrinos («Albatros », «Correspondencias», etc.), cuartetas («Mujer y gata»), soneto alejandrino («El túmulo de Edgar Poe»), etc.
Por último, en La poesía de Grecia y Roma, el profesor Torre traduce poemas o fragmentos de Homero, Hesíodo, Safo, Píndaro, Sófocles, Teócrito, Catulo, Virgilio, Horacio, Tibulo, Propercio y el Pseudo-Ausonio: eternas joyas literarias. Aquí encontramos el «más difícil todavía», puesto que una buena parte de sus modelos están escritos en hexámetros, y Esteban Torre traslada esos versos cuantitativos a nuestros versos acentuales, pero siempre con ritmo próximo y eufónico. O para Tibulo y Propercio imita el dístico elegíaco: hexámetro + pentámetro. O para Safo, la estrofa sáfico-adónica. Un excelente gusto en la elección de los modelos se aúna con la proeza técnica y con la sensibilidad del traductor. Por último, da cabida Luces y reflejos a un pequeño conjunto de poemas no recogidos en libro previamente: Nuevos poemas traducidos. Son textos de Janus Vitalis, José María Blanco White, Dante Gabriel Rossetti y Yibrán Jalil Yibrán.
Pasemos ahora a sus libros propios. Junto a una delicadeza extraordinaria, el misterio es la savia de ¿Por qué? (1954), comenzando por su enigmático título. Una parte de ese misterio nos la revela el poeta al final de su último texto: Y volveré a cantar, sin saber por qué canto.
La contemplación maravillada de la Naturaleza y la indagación en su «ansia» íntima, empujan al poeta a cantar sin tregua. Temáticamente, ¿Por qué? es un libro misceláneo, fruto de muy diversos momentos y estados anímicos.
Al fondo, nos parece ver la sensibilidad de Bécquer, su cristianismo, e incluso su capacidad de sarcasmo. Y, junto al poeta sevillano, lecturas profundas del Modernismo hispánico, con su sensibilidad peregrina y sus versos cincelados.
A propósito de esto último, capítulo aparte y muy destacado merece la métrica de ¿Por qué? Comenzando por el poema inicial, titulado precisamente «¿Por qué?». Está anclado en el ritmo ternario —que tanto amaron los modernistas— y en la rima (dos cuartetas), y se desentiende olímpicamente del metro:
El aire es veloz, tiene prisa
en esta mañana. Parece
la raya entre el sol y la sombra indecisa.
Se mece
la tierra que piso, ligera.
Y el lápiz mordido, que fue
mi cómplice, espera…
¿Por qué?
La perfección métrica es un rasgo distintivo en Torre. Y también la abundancia y variedad de formas poemáticas: sonetos, romances, romancillos, redondillas, décimas, endecasílabos sueltos, estrofa sáfico-adónica, silvas clásicas y arromanzadas, serventesios alejandrinos, décimas espinelas, etc. Y junto a la pureza del esquema, la innovación dentro de él: en «Soberbia», p. ej., hallamos un soneto pentadecasílabo (de 7+8 sílabas) que evoca el ritmo del pentámetro clásico; en «Noche de Reyes» una silva semilibre arromanzada; y en «Cruz de mayo» un curioso soneto que tiene cuartetos de cuatro rimas, y donde el primer terceto rima con el segundo cuarteto.
Muy distinto es Y guardaré silencio (1988). Más unitario temáticamente, y más cercano a Machado y a la poesía social con sus angustias por la muerte, colectivismo, religiosidad atormentada y amor a la patria. Destacaríamos el irónico poema que cierra el libro, «Siendo andaluz», cuyo último verso explica el título del libro:
Me moriré siendo andaluz, hablando
de todo un poco, hablando, haciendo versos
de tarde en tarde y de tristeza en ansia.
Lo que pueda decir es lo de menos.
Me moriré parlando cuatro lenguas
vivas, y alguna muerta, por si puedo
seguir hablando, conversando, estando
—un poco más— de charla con los muertos.
Me moriré siendo feliz a medias,
a medias profesor y a medias médico.
Pero, a pesar de todo, y como todos,
me moriré del todo desde luego.
Me moriré un mal día, y no es probable
que suceda en París con aguacero.
Será en Sevilla, con asombro y sol,
siendo andaluz. Y guardaré silencio.
La religiosidad que subyacía en estos dos libros y afloraba intermitentemente, pasa a primer plano en Sobre el Libro de Job y otros poemas (2001). Subtitulado «versión libre y abreviada del texto bíblico», presenta un tema fundamental para el poeta: ¿Cuál debe ser la relación entre el hombre y el Dios que le sobrepasa? En los «Otros poemas» de este libro encontramos algunas joyas de la poesía de Torres: la sextina «Certidumbre» (con razón elogiada por Luis Alberto de Cuenca en el prólogo), las «canciones de vida y muerte», con ritmo popular andaluz (soleares y variantes de la seguidilla compuesta), y por último el «Ars poética», soneto donde Torre parece dirimir la gran pregunta sobre el «ansia» que subyacía en sus dos primeros libros: «todo el misterio de la poesía / es no saber decir lo que se debe. // Habría que vivir con más sosiego, / habría que aprender a ser: habría / que poderlo expresar en forma breve».
Y en forma breve, en décimas espinelas y solamente en diez, nos llega su última obra, Ráfagas (2013). Estas aladas décimas, como delicadas miniaturas de un libro de horas, sintetizan pasajes esenciales de los Evangelios: «Anunciación », «Navidad», «Palmas y ramos», «Stabat Mater», etc.
Finalmente encontramos Nuevos poemas originales, diecinueve textos misceláneos, donde se juntan religiosidad, sarcasmo, reflexiones, amistad, dolor por los males de España y de la poesía, y algún soneto de pura belleza, como el que inicia el conjunto, «Abril», que nos recuerda el deslumbramiento con el que Torre se inició en la poesía:
…se deshilan las nubes. No se atreve
ya la rosa a cubrirse de rocío.
Isabel Paraíso
En 2010 la editorial Pre-Textos publicó en un tomo la Obra completa de Ramón Gaya (1910-2005). Ahora se complementa ese volumen con la publicación de las cartas que el pintor murciano fue enviando a sus amigos a lo largo de su vida; la recopilación, ordenación y cuidado de los textos, a cargo de Isabel Verdejo y Nigel Dennis, se perfecciona con la reproducción de fotografías e imágenes de gran belleza, que hacen de este libro una pequeña joya bibliográfica.
Las cartas de Gaya se presentan organizadas en tres grandes apartados, que corresponden a periodos muy diferentes de su vida. En primer lugar, se recogen las cartas escritas entre 1927 y 1936, que pertenecen a su etapa de formación y que tienen como principal destinatario a Juan Guerrero Ruiz, crítico literario vinculado a la Generación del 27 y amigo íntimo de Juan Ramón Jiménez (a quien Gaya siempre consideró como su principal maestro). Se trata en esos años de una correspondencia más circunstancial, coyuntural, de asuntos prácticos o noticias, aunque siempre haya cabida para fulgurantes revelaciones («En París se vende la pintura por metros, como los solares por construir») o contundentes comentarios sobre personajes de la época («Todo el tiempo que estuvo con nosotros habló con gracia, con soltura, pero… ¿son éstas, cosas de un poeta puro?», se pregunta sobre Rafael Alberti, de quien añade: «La impresión que me produjo es de poco serio»). Queda constancia asimismo de su temprana decepción con el arte de vanguardia, que lo marcaría para siempre.
En el segundo apartado figuran las cartas redactadas entre 1948 y 1953, ya en su época de madurez, que resultan mucho más reflexivas y enjundiosas. Se recogen allí los preparativos de su primer viaje de regreso a Europa, tras trece años de exilio en México, así como las impresiones, pensamientos y sentimientos que fue relatando desde su llegada al Viejo Continente en junio de 1952. «No puedes imaginarte —le escribe a Tomás Segovia desde París— lo que viene a ser saltar así, de pronto, de las tristes Américas a las dramáticas Europas». Para Gaya esa vuelta a Europa significaba, sobre todo, el reencuentro con los museos, con sus maestros o «amigos perennes» y con la que consideraba la verdadera patria de cualquier pintor: la Pintura. En las cartas que fue escribiendo durante aquel año ambulante en que recorrió distintas ciudades como París, Venecia, Florencia o Roma se refleja la intensidad de las emociones que Gaya experimentó en aquellos días de revelación y (re)descubrimiento de la pintura: «¡Qué Zurbarán! ¡Qué pinturas pompeyanas! ¡Qué Rembrandt!» exclama, por ejemplo, tras acudir a un museo.
Por último, se recogen las misivas que Gaya escribió a sus amigos entre 1955 y 1978, coincidiendo con su retorno definitivo a Europa en marzo de 1956 y su prolongada estancia en Roma antes de venir a España. Además de su total determinación por la soledad («mi único estado posible»), se hace patente el compromiso absoluto que el pintor mantiene con su vocación artística: «Trabajar, trabajar y trabajar. No esperes la llegada de la inspiración, porque la inspiración no llega así, de pronto y sin sentido, sino como un premio; la inspiración existe, pero debemos actuar —trabajar, esforzarnos, forzarnos— como si no existiera». Se incluye también, finalmente, un apéndice con las postales enviadas por el pintor entre 1980 y 1994.
Obviamente Ramón Gaya era, por encima de todo, un pintor. Y es en su pintura, por tanto, donde habría que buscar lo más original, valioso y verdadero de su creación artística. En lo referente a su obra escrita, parece mostrarse algo dudoso y vacilante; confesaba que le costaba mucho tiempo y esfuerzo expresarse por escrito y, a lo sumo, aceptaba describirse como «un pintor que escribe». Sin embargo, a muchos de nosotros la influencia de Gaya como maestro en cuestiones estéticas nos ha llegado más bien a través de su escritura, caracterizada por un estilo claro, sencillo, natural, por una prodigiosa capacidad de observación y por ciertas cadencias y modulaciones rítmicas muy personales (por ejemplo, esos puntos suspensivos y cursivas que subrayan, que particularizan, que… ahondan). Las ideas estéticas de Gaya, como él mismo reconoce, son fruto de la intuición, más que del razonamiento; son —por así decirlo— ideas «sentidas», «vividas», que han sido experimentadas y que buscan realizarse en la propia creación artística.
Solitario insobornable, siempre fiel a sus principios (contrario al arte deshumanizado de las vanguardias, a la abstracción, al juego banal, al experimentalismo…), la figura de Ramón Gaya representa «el valor del silencio, del apartamiento, de la autenticidad», como resume Andrés Trapiello en el prólogo. Su apasionada fe en el arte, su entusiasmo por la vida, su principio inalienable de que la realidad y el arte son la misma cosa… han orientado y orientan los pasos de numerosos lectores o discípulos bajo los principios clásicos del bien, la verdad y la belleza, que quedan religados o subsumidos en una realidad superior, totalizadora, sagrada: la vida. La vida y su misterio.
Hay que celebrar, pues, la publicación de estas cartas, que pueden leerse también como una biografía o autorretrato «en marcha» del pintor. La belleza de sus descripciones de momentos, lugares y personas, así como el hondo calado de sus reflexiones en torno a la pintura, la vida o la creación artística, convierten este conjunto de cartas en un referente indiscutible del pensamiento estético del siglo XX.
Un libro que podemos considerar ya clásico, eterno.
El colesterol y la desigualdad; Payasos, brujas y democracia; Podemos, la fifay la Filarmónica de Berlín; ¿Por qué tantos terroristas son ingenieros?; ¡Vivan las sanciones!; ¿Son tontos los hispanos? Estos son algunos de los títulos de las 111 columnas incluidas en el nuevo libro de Moisés Naím. Repensar el mundo recoge los mejores artículos publicados los domingos en el diario El País con el nombre de «El observador global» desde 2009 hasta 2015.
El autor señala que ha tratado de no escribir sobre los grandes sucesos ocurridos en el mundo durante esa semana sino que ha buscado los acontecimientos «sistémicos»; aquellos que afectan a todo el sistema internacional y cuyas consecuencias trascienden fronteras y continentes, por más que inicialmente sean muy locales. A la hora de la redacción de la columna intenta alcanzar cuatro propósitos: sorprender, conectar, repensar e informar. Las columnas de Moisés Naím se caracterizan por estar muy bien documentadas con cifras, informes y expertos que rompen los tópicos del lector. Los textos suelen conectar diversos hechos aparentemente lejanos entre sí, a los que dota de un sentido, mostrando tendencias globales, aunque en ocasiones discutibles.
La columna puede resultar un espacio bastante acotado para desarrollar un pensamiento elaborado. Moisés Naím mostró su tesis política en El fin del poder, libro que saltó a la fama tras ser el primero de los recomendados por el fundador de Facebook, Mark Zuckerberg, en el año 2015 para su club de lectura A Year of Books. El empresario norteamericano señaló que le interesaba especialmente El fin del poder porque explora cómo el mundo está cambiando para proporcionar a las personas más poder, cuando estuvo tradicionalmente solo en manos de los grandes gobiernos, militares y otras organizaciones.
En Repensar el mundo esboza esta tesis en los quince artículos del cuarto bloque titulado «¿Qué le está pasando a los poderosos?» (44 págs.). El periodista afirma que la forma, duración y calidad nuestra forma de vida está erosionando las barreras que protegían a los poderosos de sus rivales mediante la revolución del más, de la movilidad y de la mentalidad. A grandes rasgos, el analista considera que al existir un mayor nivel de vida, educación y comercio, así como una mayor movilidad de ciudadanos entre países existe una mayor insatisfacción con los sistemas políticos. «El poder se ha hecho cada vez más difícil de ejercer y más fácil de perder», afirma Naím, debido a que cada vez hay más actores, que aunque no pueden to-mar decisiones unilateralmente, sí pueden impedir aquellas medidas con las que no están de acuerdo. Por ello, el analista aboga por el minilateralismo: invitar a la mesa de negociaciones al menor número posible de países cuya participación es necesaria para lograr el máximo impacto sobre el problema.
En una serie de columnas cuya temática es el mundo los temas tratados son diversos. El mercado de la energía, la desigualdad económica, las ideologías, Internet, las dictaduras y la violencia son los principales temas de las columnas seleccionadas. Aunque el papel internacional de China y Rusia aparece con frecuencia, son Iberoamérica (especialmente Venezuela, país del autor y al que le dedica el bloque Venezuela: ¿Cómo son las dictaduras en el siglo XXI), y Estados Unidos las regiones con mayor número de columnas.
El autor ensalza la labor del presidente demócrata Barack Obama en el acercamiento a Cuba, la reforma sanitaria y el Acuerdo Transpacífico de Libre Comercio (tpp). Explica el populismo de Donald Trump por el desapego a la política tradicional y la fragmentación del poder «de los de siempre». El analista señala que aunque Estados Unidos pueda estar declinando, su superioridad sigue siendo indiscutible. Wall Street, el Pentágono, Hollywood, Silicon Valley, las universidades y otras fuentes de donde emana el poder estadounidense siguen sólidas, afirma.
Sobre Venezuela denuncia los atropellos impropios de una democracia, la violencia social y la influencia cubana en el país caribeño. El autor destaca que Chávez puso en el foco de la política a los pobres pero teniendo los mayores recursos destrozó la economía en contra de las clases bajas. Aunque pone ejemplos valiosos de cómo funciona una dictadura en atención a los medios de comunicación y los procesos electorales, quizás explicarlo solo con Venezuela es reduccionista y demasiado local para un lector no interesado en el país.
Moisés Naím ha sido ministro de Fomento de Venezuela, director de su Banco Central y director ejecutivo del Banco Mundial. Miembro distinguido del think tank, radicado en Washington, Carnegie Endowment for International Peace. Dirigió entre 1996 y 2010 la revista Foreign Policy. Actualmente colabora con medios de diferentes países. De sus artículos se desprende un pensamiento liberal que rechaza los lugares comunes aunque en ocasiones pueda cerrar la puerta a puntos de vista diferentes.
El subtítulo del libro pone el foco en el siglo XXI. Un periodo del que acertadamente Naím se pregunta si será «el siglo de las comillas». El autor destaca que vivimos en un universo plagado de instituciones que solo cumplen muy parcialmente con los objetivos que justifican su existencia y de situaciones deliberadamente diseñadas para engañar a los incautos. Las ONG controladas por gobiernos (ONGOG), los medios comprados a través de sociedades opacas o las islas construidas por China son ejemplos de ello. El papel de Internet y los medios de comunicación es por ello importante. Junto a la censura advierte de la existencia de muchos mecanismos de control de la información visibles o furtivos, directos o indirectos. El autor, que es cauto ante el poder de Internet en política, advierte de un Internet para ricos y otro para los demás si se mantiene la desigualdad económica. No por ser redes diferentes sino por el grado de protección ante ataques cibernéticos, ya que la lucha por la privacidad será uno de los retos del futuro.
El conjunto de columnas seleccionadas en Repensar el mundo muestra la riqueza de la globalización pero también sus retos desde un punto de vista iberoamericano: La ebullición social y el desencanto político, la riqueza energética y el calentamiento global, la democracia y la dictadura, censura e Internet. Son muchos los retos que tiene la humanidad y que Moisés Naím pone de relieve. Este libro permite pensar en los posibles escenarios futuros y en sus causas ayudando a entender mejor dónde estamos.
Cristóbal González Puga
Antes de saber lo que quería ser, lo que iba a ser, lo que podía llegar a ser empecé a devorar las bibliotecas de mis primos. En mi casa apenas había libros. Pero en las de algunos de mis primos maternos y paternos abundaban colecciones completas: de Edgar Rice Burroughs, de Emilio Salgari, de Enid Blyton, de Julio Verne, de Karl May, de Tintín…
Como paso más tiempo fuera que dentro, mi escritorio, mi mesa de trabajo, es un mapamundi escalofriado. Un caos que amenaza con subvertir el orden de las cosas, mi propia estabilidad emocional. Por eso, como todo viaje empieza con un deseo, como todo verdadero viaje es espiritual, voy a hacerlo sin moverme de mi asiento, al menos durante la próxima hora. Sin un mapa, sin un itinerario, sin una idea clara salvo que escribo para viajar y viajo para escribir, y que la lectura es, como el viaje, una forma de estar en el mundo, de tomar posesión espiritual del mundo, de darle sentido al tiempo. Aparto un papel y saco un libro, retiro una pila y encuentro una fotografía, rescato un recorte y me encuentro con… La única condición de un cierto azar. Lo que está sobre mi mesa, lo que me salta a los ojos en cuanto abro el libro, tal vez porque así me gustaría seguir a partir de ahora, de esta tarde de verano, carcomido de nostalgia por el invierno, la estación de las lluvias, cuando más quiero irme, cuando más quiero quedarme aquí, leyendo, a salvo de los accidentes del mundo, expuesto a las aventuras insospechadas del mundo.
«Hecho con bambú del Monte del Sur,
este instrumento tiene su origen
en la zona del oeste.
Ha adquirido nuevas magias
en tierras centrales de China.
Hoy, lo toca para mí
An Wanshan, un tártaro,
despertando tristeza
a los vecinos presentes,
y arrancando lágrimas de nostalgia
a los expatriados.
A muchos les gusta,
pero pocos entienden.
Su melodía emotiva evoca
una tormenta furiosa
que barre la inmensa tierra,
y sacude moreras secas y cipreses viejos,
haciéndolos temblar ante la frígida ráfaga.
Se oyen chillidos y quejas
de las crías del fénix,
rugidos al unísono
de un dragón y de un tigre.
Atruena un coro de cien cataratas
y mil manantiales de otoño.
De pronto la música se convierte
en la triste Elegía de Yu Yang.
Torbellino de nubes.
Pálido el sol. Oscuro el cielo.
Cambia la melodía de nuevo y se oye
el susurro de los sauces en primavera.
Se abren espléndidas flores
en los jardines imperiales.
Se encienden brillantes luces en el gran salón
en la víspera del año nuevo.
Copa en mano, escucho
estas melodías encantadoras».
Escuchando a An Wanshan tocar un caramillo tártaro, por Li Qi (690-751). En Trescientos poemas de la dinastía Tang, edición bilingüe de Guojian Chen (Cátedra. Madrid, 2016)
Haz ahora la prueba de apagarlo todo, de bajar las persianas si están subidas, de dejar la habitación en penumbra, de alumbrarte si es posible con una vela (a la manera de Georges La Tour) o de una linterna, y de volver a leer, en voz baja, para ti, o para quien te acompañe, el mismo poema, tratando de que tus recuerdos y tu imaginación armonicen con el bambú, un monte, el sur, un tártaro, China, tristeza, lágrimas, morera seca… ¿Cuán lejos puede llevarte un poema? ¿A qué clase de viaje interior aunque describa una escena lejana y no sepas nada en absoluto de la dinastía Tang, de Li Qi, de cómo tocan los tártaros el caramillo?
En la edición del pasado fin de semana del Financial Times, para ilustrar una reseña del libro Serious Sweet, de Al Kennedy, se incluía una preciosa viñeta de Clare Mallison. En ella se ve a un hombre entrado en años, vestido con traje, sentado en un banco, en medio de la calle, inclinado sobre su propio regazo mientras escribe una carta. Es evidente porque la dibujante ha tenido la cautela de mostrar un sobre en la mano que pasa por debajo de la mano que escribe. A la derecha, y en un tan formidable como forzado juego de planos y perspectivas, vemos una casa con árboles, una hilera de iglesias y palacios, y una calle que desciende, y por la que camina un solitario con una bolsa, ante otra hilera de viviendas que resigue la curva de la vía. Lo recorté para guardarlo, para utilizarlo, porque podía ser yo, cuando viajo, volcado sobre mis cuadernos, escribiendo una carta a una amante del pasado, cuando me demoraba escribiendo primorosamente cartas que acompañaba con dibujos, fotografías, pétalos, billetes de tren… Como prueba de vida, como prueba de amor. ¿Para qué viajamos? ¿Para qué escribimos?
«De las transacciones de nuestros aventureros con los salvajes y de cómo estos últimos fumaban en pipas de cobre y comían grosellas secas, cómo les ofrecieron grandes cantidades de tabaco y de ostras, cómo dispararon a un miembro de la tripulación y cómo fue éste enterrado, no diré nada, pues los considero hechos sin importancia para mi historia».
Una historia de Nueva York, de Washington Irving. Traducción de Enrique Maldonado Roldán. Nórdica. Madrid, 2016.
¿El que escribe mientras viaja lo hace provisto de un cuaderno especial, de una mirada penetrante, de un ojo vago, de una parsimonia particular? ¿El que escribe de viajes lo hace para imaginar mejor, o para ser fiel a lo que contempla? No diré que los géneros no importan. Porque lo que más soy y lo que más he sido y lo que seguramente más seré es periodista, de ahí que practique un culto a la verdad, que no es en absoluto un fanatismo, sino un pacto elegante y sencillo con el lector, cuando lo que lee es un libro de crónicas, un reportaje, o una crónica: todo lo que lees aquí es verdad, ha ocurrido, lo he visto, lo he anotado. No te puedes permitir ni el menor ápice de invención. Lo cual no quiere decir que no incites a la lengua para que se muestre en todo su esplendor. Pero esa es tarea tanto del que se asoma al mundo como lo es la del que se asoma a su interior o al de los demás. Importa la intención, el lugar desde el que se escribe, el lugar desde el que se mira. No hay licencias poéticas que valgan. Un pacto que mi admirado Ryszard Kapuscinski no siempre cumplió.
La fotografía, en blanco y negro, a cuatro columnas, figura en la página 3 de la edición del fin de semana del International New York Times. Obra de Ko Sasaki, ilustra un reportaje en el que se habla de internarse a pie a través de una visión de Japón, de un viaje que pretende responder a una obsesión con el país descrito por Hiroshige. Solo por esa imagen, en la que se ve la ciudad de Takahara cubierta en parte al amanecer por la niebla, ya dan ganas de emprender un largo viaje para comprobar en qué medida nuestra imagen del Japón se corresponde con la que construimos a base de un abanico de prejuicios alimentados con los poemas de Basho, las películas, el cómic, fragmentos de historia, fotografías, noticiarios, novelas. Viajamos para salir de nosotros mismos, para exponernos al otro, para satisfacer una curiosidad insaciable, para ponernos a prueba, para ensimismarnos, para asomarnos a lo desconocido. Por eso cuando viajo escribo mucho más que cuando me quedo quieto, como esta tarde de junio, en la que me he propuesto no escribir un ensayo sobre las características de la literatura de viajes, de la crónica de viajes, de la crónica de guerra, del viaje inmóvil, del lugar que deben ocupar los libros de viajes en la estanterías íntimas y en las estanterías de una librería para que podamos encontrar lo que deseamos, que a veces no es lo que buscamos.
«En los monasterios japoneses me he enfrentado a todo tipo de misterios. ¿Significa eso que he visto menos? Quizá no sea esa la pregunta. De haber reconocido todos los atributos que corresponden a las imágenes de los santos budistas, ¿habría visto yo más? A san Lorenzo le corresponde la parrilla en la que es quemado vivo; a san Sebastián, las flechas. ¿Saber esto cambia tu mirada o de lo que se trata es de cómo ha sido pintado el cuadro? Dentro de un rato el museo se llenará de chinos, japoneses, árabes y de esa otra gente, también muy diferente, que son los jóvenes que ya no han leído la Biblia, que suelen poseer escasos conocimientos de mitología y que no han sido educados en el catolicismo. Y de nuevo se impone la pregunta: ¿qué ven ellos cuando contemplan la obra del Bosco?».
El Bosco. Un oscuro presentimiento, de Cees Nooteboom. Traducción de Isabel-Clara Lorda Vidal. Siruela. Madrid, 2016.
Hace tiempo que desdeño la espontaneidad como una virtud literaria o periodística. Hace tiempo que prefiero documentarme al máximo, leer todo lo posible antes de abrir la puerta, de salir a la calle, de emprender un viaje. Como repite constantemente Javier Lostalé en La estación azul, el programa de poesía de Radio Nacional de España, «quien lee más vive más». Parafraseando esa frase se podría decir que quien lee más viaja mejor. Y quien escribe viaja más. Sé que mientras no me venza el cansancio seguiré viajando para escribir, viajando para vivir, leyendo para viajar. Porque es una de las mejores formas de estar en el mundo.
La literatura de viajes ha sido tocada desde no hace mucho por una cierta moda, elitista quizás, a veces de académicos, a veces de bibliófilos y tal vez también de frikis. Nueva Revista me pide ahora una selección de diez libros de viajes que ofrecer para lecturas de este verano. Un relato de viaje es, como su propio nombre indica, aquel cuyo argumento se basa en una previa experiencia viajera de su autor. Empiezo con El libro de las maravillas, de Marco Polo, por tratarse del ejemplo emblemático de la literatura de viajes medieval, escrito en antiguo francés, pero luego sigo con obras de distintas épocas cuyo original está siempre en español. Hago una excepción con El desvío a Santiago, del holandés Cees Nooteboom. No por razones de la poética del género, a cuyo estudio me dedico, sino simplemente porque me gusta mucho, la creo recomendable. Ahí va la lista de libros. Cito ediciones que están a la mano. No pretendo hacer con esta recomendación de lecturas personas eruditas del género en cuestión, sino sugerir que disfruten con él este verano. Que así sea.

También denominado el Milione, ¿tal vez por aféresis de Emilione, aumentativo de Emilio, nombre de pila corriente en la estirpe de los Polo? (una conjetura más, entre tantas), fue dictado en 1298 por el mercader y viajero veneciano Marco Polo a Rustichello da Pisa en la cárcel genovesa en que ambos se encontraban.
Alcanzó una popularidad notable, muy por encima de los relatos de viaje a Oriente anteriores de los franciscanos Carpine y Rubruck. Uno encuentra de todo en este fascinante recorrido: su famoso viaje a la Montaña, sus años de convivencia en la corte de Kublai Khan, la descripción de la batalla entre los reyes Alau y Barca o su etapa de gobernador en Jang-Ciou. Son memorables sus relaciones ante el descubrimiento de nuevas tierras a lomos de caballo, encontrándose con gentes desconocidas y descubriendo nuevas realidades.
Para el hombre occidental de su época, oír hablar de palacios de oro y plata o jardines embellecidos por innumerables flores exóticas, amén de otras singularidades, como la gran diversidad de costumbres y lenguas tan ajenas a su mundo, debía provocar auténtica fascinación.
Tantas maravillas se cuentan que algunas han sido consideradas fruto de la imaginación del autor, cuya tendencia a la hipérbole era ciertamente en ocasiones superlativa. No obstante, se habrá de señalar que, como cualquier viajero de cualquier época, Marco portaba una cosmovisión propia anclada en su tradición oral y escrita.
Sin embargo, siempre nos seguirán sorprendiendo aquellas descripciones en las que la realidad se impone a la tradición libresca. Tal es el caso en que Marco contrapone la idea mítica del unicornio a la auténtica por él observada del rinoceronte: «Es un animal muy feo, y desde luego, no es que se deje tomar en brazos por una doncella, como decimos nosotros, sino todo lo contrario».

Publicado en 1542 en Zamora y corregida y aumentado en 1555 en Valladolid, este relato de viaje narra las vicisitudes de los cuatro únicos supervivientes de la expedición de Pánfilo Narváez a Florida en 1527. Álvar Núñez cuenta la hazaña de (sobre)vivir durante ocho años entre los indios como esclavos, comerciantes y curanderos y de atravesar a pie el suroeste de los actuales Estados Unidos y norte de México hasta alcanzar, en 1536, Nueva Galicia, colonia dentro del virreinato de Nueva España. Esta apasionante narración, situada a caballo entre la Baja Edad Media y el Renacimiento, tiene el valor de ofrecernos de primera mano información detallada y objetiva de los habitantes del Nuevo Mundo.
Recoge noticias y observaciones sobre los pueblos indígenas del golfo de México y, desde el punto de vista lingüístico, incorpora palabras tomadas de las lenguas americanas. Se nota que el narrador ha vivido desde dentro la cultura referida. Y, a pesar de la a veces «interesada» narración de los hechos para convencer al monarca Carlos V de la importancia de su empresa en el continente americano, la descripción sistemática de las culturas amerindias destaca por su intento de fidelidad. Los indios no se nos presentan como mejores o peores que los españoles sino, en cierto sentido, como iguales.
A pesar de los pesares, tras la lectura de este relato de viaje y, por extensión, de otros como los Diarios de Colón, las Relaciones de Cortés o la Historia verdadera de la conquista de Nueva España de Bernal Díaz del Castillo, se puede quizá afirmar que algo está cambiando en el paradigma clásico de que «para comprendernos mejor a nosotros mismos era necesario conocernos mejor», hacia otro que podría enunciarse así: «para comprendernos mejor a nosotros mismos es necesario conocer mejor a los otros». Tzvetan Todorov es uno de los que lo ha puesto brillantemente de relieve. Esta primera narración histórica del territorio actual de los Estados Unidos es de las que ha contribuido a esta importante inflexión cultural.

El estudio de los relatos de viaje del siglo XVIII sigue siendo todavía una deuda pendiente de la crítica con la literatura dieciochista. Un caso ilustrativo lo representa la obra de Leandro Fernández de Moratín dedicada a este género al que pertenecen también el Viage a Italia y algunas partes de su Epistolario, en cuyo molde se albergan con frecuencia estos relatos en el siglo XVIII. Estamos en la era del Grand Tour (de donde, por cierto, procede la palabra «turismo») que responde, ya sea como causa o como síntoma, al afán de conocimiento propio de la Ilustración, del que España no quedó al margen, como se ha afirmado sin fundamento en ocasiones.
Las Apuntaciones incluyen reflexiones sobre todo lo divino y lo humano y abarcan todos los ámbitos, desde la economía y la agricultura hasta los museos, las iglesias o la vida teatral londinense. La fórmula recurrente de Moratín en su relato es la comparación entre la vida en España y en Inglaterra, siempre a favor de la primera por su superioridad científica e industrial. No ahorra, sin embargo, la crítica socarrona ante determinadas costumbres inglesas como la ceremonia del té, de la que ofrece una lista de los veintiún «trastos, máquinas e instrumentos que se necesitan en Inglaterra para servir el té a dos convidados en cualquier casa decente».
El detalle exacto y preciso de las descripciones se convierte en fórmula retórica de enorme eficacia estilística. En algunas partes se adjuntan dibujos que enfatizan el interés por los objetos descritos. Editadas por Hartzenbusch en las Obras póstumas (1867) y como libro independiente en 1984, estas Apuntaciones, cuyo autor nunca pensó publicar, suponen una contribución a la prosa dieciochista de un valor incalculable. Julián Marías destaca el valor literario de estos viajes moratinianos al referirse a lo que «la prosa española pudo ser, lo que tenía que haber sido y no fue».

Se trata de una parte de los viajes (la que cubre su paso por Marruecos) que el barcelonés Alí Bey, pseudónimo de Domingo Badía y Leblich (1767-1822), realizó por Marruecos, Argelia, Trípoli, llegando hasta La Meca, Palestina, Siria y Turquía, entre 1803 y 1807. Relato portentoso enmarcado en un contexto de intrigas políticas auspiciadas por Godoy, a quien el viajero convenció de la posibilidad de ampliar el reino de España con la anexión de gran parte de Marruecos.
Como la mayoría de los viajeros, Badía se proyectaba sobre las huellas de los relatos de sus predecesores, de alguno de los cuales asume que la mejor manera de sortear los problemas en tierras musulmanas era vestir con los hábitos árabes (aunque no fue el primero en hacerlo, como él mismo pensaba), a lo que añadió el hacerse pasar por príncipe abasida e incluso ser circuncidado.
Estos Viajes, publicados primero en francés en 1811, tuvieron un gran éxito editorial sobre todo en el extranjero. Traducidos al castellano en tres volúmenes en Valencia, en 1836, los Viajes de Alí Bey pasarán a la historia por las noticias históricas que nos suministran, por la viveza de sus descripciones y por el valioso material etnológico y geográfico que aportan, los cuales convierten este relato de viaje en una pieza que resiste el paso del tiempo y relega sus intenciones políticas a un segundo plano.
Aunque parece que en Badía confluyen el carácter contradictorio del viajero, con un profundo y fino sentido de la observación, con el embustero de los informes políticos, sus conocimientos científicos, su simpatía y su sangre fría nos harán disfrutar de la lectura de sus fascinantes aventuras.

Recoge Pla en este relato de viaje los textos publicados en la revista Destino en la sección titulada «Calendario sin fechas». Recuperados más tarde por el autor y reescritos en catalán, se incluyeron en sus obras completas sobre todo en la sección Viatge a la Catalunya Vella. La editorial Destino los agavilla en esta edición según la versión castellana del libro.
Pla asienta ya desde el mismo comienzo su poética viajera. Primero, la esencia del viaje consiste en tomarlo como una finalidad en sí mismo: «Uno viaja, generalmente, para ver las llamadas cosas inútiles del mundo —que son las únicas importantes—». Y segundo, el viaje puede incluir lo próximo, lo cercano: «Confieso sentir poca afición por el exotismo. Mi heroísmo y bravura son escasos. Me gustan los países civilizados». Se trata de una serie de cortos trayectos realizados a lo largo de un año desde su comarca natal, el Ampurdán, hasta la comarca de la Maresma, en los que nunca pasa nada trascendente, en apariencia.
Las descripciones acogen tanto a tipos de todas las clases sociales, con los que entabla sencillas conversaciones, como a los paisajes mediterráneos, cuya naturaleza menuda recrea con notables pinceladas: «Y a los literatos les digo ante las setas: ¡volvamos a lo eterno! Volvamos a la exactitud en los detalles. Tratemos de describir, graciosamente, la forma y el color de una seta».
En el epílogo, Pla muestra su escepticismo ante el progreso indefinido cuyo avance, piensa, no supone una mejora de la condición humana. El estilo desnudo, la frase corta y la precisión adjetival se compadecen con su teoría del viaje antes expuesta. La influencia de los relatos de viaje de Pla ha sido tan decisiva en la evolución del género que es justo recuperar este texto con el que el lector disfrutará de una lectura amena, sosegada y sin duda enriquecedora.

Este relato de Cela publicado en 1956 sigue la estela de los viajes que inició el autor con la publicación en 1944 del Viaje a la Alcarria. Se trata del recorrido a pie del vagabundo (como se denomina el propio autor en tercera persona) por tierras de Ávila y Segovia. Las tramas del relato, que se anudan de manera independiente, se suceden a lo largo de los ocho capítulos de este bello mosaico de las tierras de Castilla la Vieja: «Pensando en todo esto, en todo aquello y también en que a nadie se le ocurrirá jamás viajarse Castilla la Vieja de cabo a rabo y de una sentada, cosa que no sería sensato pensar que es pan comido, el vagabundo ha procurado ordenar su libro con un placentero desorden que permite leerlo a trozos y abrirlo por cualquier lado».
Como en todo relato de viaje, el autor recorre un espacio real, no imaginario cuyo itinerario se precisa en todo momento. Cuatro rasgos sobresalen en el diseño del relato: los diálogos (que adquieren un relieve incluso mayor que en los de Pla), las descripciones pormenorizadas («el mirar presto a sorprenderse ante el vencejo que cruza, la perdiz que canta, el dorado escarabajo que trajina, el ciempiés que bulle, el águila que se cuelga al cuello»), las historias intercaladas (como la de Marcelita, a la que dejaban los novios por el flato que padecía desde la niñez) y los retratos de personajes, que aparecen unidos inextricablemente a su medio («paisaje con figuras» o «criaturas del paisaje»).
En suma, la producción viajera de Cela, entre la que ocupa un puesto de honor este libro, supuso el espaldarazo para elevar el género «relato de viaje» al nivel de excelencia alcanzado desde entonces en nuestra literatura.

El conocido escritor holandés (La Haya, 1933), eterno aspirante al Nobel de Literatura, es un enamorado y profundo conocedor de España, como se puede comprobar tras la lectura de estos relatos de viaje por nuestra geografía.
Son 25 narraciones fechadas entre 1979 y 1992 en las que despliega toda su erudición y sabiduría al servicio de la observación atenta y el comentario agudo y penetrante. En la iglesia del monasterio de Veruela el viajero comenta: «Este espacio deforma no solo el aire, sino también el sonido de mis pasos: son los pasos de alguien que anda por una iglesia. Incluso cuando de estas experiencias apartas lo que tú mismo no crees, siempre queda eso tan imponderable que es que otros sí creen en este espacio y, sobre todo, que han creído en él».
El camino a Santiago que pretende el viajero se bifurca en sendas que le distancian cada vez más del destino proyectado. El camino deviene en desvío geográfico y en digresión discursiva. La historia, la literatura, la política, la actualidad del momento sobrevuelan permanentemente este recorrido por España que con trazos esenciales busca la entraña de nuestra identidad. Se diría que la prosa viajera de Nooteboom tiene la garra de los relatos de viaje noventayochistas. Aunque autor foráneo, quizá sea su epígono más fiel a pesar también de la distancia temporal que lo separa de aquellos nuestros.
La poética del viaje de este holandés errante no se puede expresar de manera más convincente: «Entonces estoy fuera, estoy sometido a algo diferente, al viajar, al efímero elemento de no pertenecer a nada, a la recopilación de lo otro. He buscado una palabra para esto, y no puedo decirlo de otra manera que no sea esta: me extiendo […]. Me dilato con aquello que absorbo, veo, recopilo».
Alfonso Armada

Empedernido viajero y escritor de múltiples registros, Alfonso Armada escribe este relato de viaje en la estela de otros anteriores con la singularidad de tratarse ahora de una crónica de guerra. El trazado es cronológico y recoge en tres cuadernos, dos epílogos y un apéndice las crónicas enviadas al diario El País entre agosto de 1992 y julio de 1993. Se incorporan también al texto las notas tomadas por el autor, las fotos de Gervasio Sánchez y su visita al lugar de los hechos veinte años después.
Un hilo narrativo da coherencia al conjunto de las crónicas que describen con crudeza y fuerza literaria la barbarie de aquella guerra en pleno corazón de Europa. Armada consigue rescatar el lado humano de la tragedia que acabó con la convivencia en Bosnia de judíos, cristianos y musulmanes, asediados por el nacionalismo serbio. Su encuentro con la sefardita Regina Kambi evoca con nostalgia un pasado común: «Su español recuerda al que se puede encontrar en Cervantes, o en La Celestina, aunque con graciosas incrustaciones italianas o serbocroatas. […] “Agora le voy a decir esto: ¿vistes lo que fizieron los inimigos? Todo está pudrido, rumpieron ventanas, todo. Nosotros no vivimos agora. Mucho mal fizieron estos inimigos”».
Entrevera el autor tres planos en el relato: el suyo personal, el propio y más sangriento de la guerra y el de las vidas que se cruzan con la suya. A veces se superponen los tres, como en este «parte de guerra» de una compañía de teatro de Sarajevo: «A un actor de la compañía le amputaron las dos piernas […]. Una actriz también ha perdido una pierna a causa de una granada. Y el encargado de la iluminación murió en un bombardeo […]. El teatro de guerra de Sarajevo es otra de las tantas paradojas de esta ciudad: serbios, croatas, musulmanes y un esloveno trabajan juntos, y un judío preside la compañía que ha acabado por convertirse en un movimiento cultural en tiempos de guerra». El objetivo del relato se impone, se nos impone, meridianamente: «Contra el olvido, la memoria».

Lorenzo Silva narra el viaje a Marruecos realizado en el verano de 1997 acompañado de su hermano y un amigo. El recorrido, que empieza en la ciudad de Melilla (a la que llegan en aeroplano), se solapa con el recuerdo de la infausta presencia española en Marruecos («fue a finales de 1921 cuando el ejército español sufrió en la zona de Melilla uno de sus más sonados reveses, quizá el que encabezaría con toda justicia el apretado libro que podría titularse Grandes derrotas de la historia militar española»), cuya huella se persigue tras la figura del abuelo paterno que formó parte del ejército español enviado a África en 1920.
Melilla, Alhucemas, Xauen, Fez, Meknés, Rabat, Marrakech, Casablanca y Tánger componen las nueves jornadas en que se divide el relato. En Marrakech, el viajero visita la plaza de Xemaa-el-Fna y evoca la intensa experiencia de la lectura adolescente de Makbara, la novela de Goytisolo a la que debe su descubrimiento de que «el tiempo tiene una entidad escurridiza y dudosa y que son mucho más firmes y fiables nuestras sensaciones, por suceder no en el tiempo sino en determinados espacios».
El recorrido convoca toda suerte de referencias históricas, lingüísticas (se alude a los oscuros vínculos entre los bereberes y los europeos y sus plausibles afinidades léxicas) y literarias, que enriquecen la lectura y ensanchan la experiencia viajera en todas direcciones. Ibn Batuta, Alí Bey, Charles de Foucauld, Michel Vieuchange, Rosmithal, Galdós, Sender y Barea son algunos de los escritores oportunamente convocados. Extraordinario relato de viaje en que la mirada atenta de Silva transmite anécdotas e impresiones sintetizadoras del paisaje humano, como esta de la primera jornada: «Muchedumbre de hombres ociosos que apoyados en las paredes lo examinan todo con una mirada oscura y torva. Son los primeros de los muchos que veremos […]. Son tantos y marcan de tal forma el paisaje de las ciudades y los pueblos magrebíes que les han inventado un nombre: los hittistes, “los que sostienen las paredes”».

Javier Reverte es sin duda el escritor español de relatos de viaje más consolidado. El autor selecciona en este libro sus viajes «más extraordinarios». Abarca desde los viajes de la infancia y su primer encuentro con el mar, pasando por los viajes denominados por el autor de «periodismo turístico», hasta los realizados por Argelia o Centroamérica.
Destila Reverte en el libro unas muy interesantes reflexiones sobre su salto del periodismo a la literatura y su forja como escritor-viajero que busca su identidad estilística. Las consideraciones del autor al hilo de los viajes son siempre iluminadoras, como la que resume su viaje a Nueva Zelanda en una rígida visita organizada por la oficina de turismo neozelandés: «Siempre digo, al hacer memoria de aquel viaje, que he ido a Nueva Zelanda, pero que nunca he estado allí». Abundan las frases memorables que impresionan al viajero e impactan al lector: «En Etiopía, un taxista me dijo: “África está llena de niños listos y adultos tontos. La miseria embrutece”» o aquella otra: «Hoy han sobrevivido —me explicó un misionero en una ciudad africana—. Y ese es un buen motivo para alegrarse. Mañana, ya veremos».
Como buen escritor de viajes, siempre persigue la traza de otros viajeros que le precedieron: Kipling y Robert Guillaim en su viaje a Japón, Joseph Conrad a África, Durrell a Chipre, Jack London al río Yukon, etc. No falta su particular receta ante los excesos del periodismo turístico, al que tuvo que dedicarse algún tiempo, plagado de tópicos expresivos: «Me las arreglé para narrar con cierta dignidad cuanto veía, esquivando la tentación del tópico, y juro que jamás empleé la palabra “mágico” ni la expresión “marco incomparable”». Para Reverte, como para Cees Nooteboom, el desvío distingue al viajero literario de los otros, porque se deja llevar por el azar y se aleja de la ruta trazada con antelación
Indiana no está considerada precisamente como el terreno más fértil para la exuberancia irracional que periódicamente genera la vida pública de Estados Unidos. En el corazón más tradicional del Medio Oeste, el paisaje de inmensas llanuras favorece tanto el cultivo de cereales como la práctica de la sensatez. Y, sin embargo, ha sido precisamente en Indiana donde la delirante campaña de Donald Trump ha encontrado a principios de mayo de 2016 pista libre para hacerse con la nominación presidencial del Partido Republicano.
Al acumular siete victorias consecutivas después de tropezar en Wisconsin, el magnate se ha quedado sin rivales para liderar a los conservadores americanos en las próximas elecciones presidenciales del 8 de noviembre.
Los dos últimos competidores, Ted Cruz y John Kasich, se han retirado y el establishment republicano empieza a asumir que ni haciendo de trileros para amañar su veraniega convención de Cleveland van a detener esta opa hostil contra el partido de Ronald Reagan.
Aunque al principio su candidatura fue considerada como una broma grotesca, Trump ha conseguido al final superar el listón de 1.237 delegados requerido para asegurarse la nominación presidencial republicana. Con una estrategia basada fundamentalmente en transformar las primarias —un ordenado, ejemplar y democrático proceso de selección de candidatos con ayuda del voto popular— en lo más parecido a un reality show. En su lucha por la Casa Blanca, la Casa de la Pradera ha degenerado en la Casa del Gran Hermano.
TIBURÓN DE LA PALABRA
Trump, Bush, Walker, Huckabee, Carson, Cruz, Rubio, Paul, Christie, Kasich… Esta fue la lista de todos los aspirantes a la Casa Blanca que participaron en el primer debate celebrado el 6 de agosto de 2015 en Cleveland para abrir el ciclo de primarias republicanas. El grupo era tan excepcionalmente largo que la cadena Fox News tuvo que hacer otro debate adicional, fuera de prime time, para dar una mínima oportunidad a un segundo escalón de candidatos con menores perfiles en las encuestas de intención de voto. En la llamada mesa de los niños participaron Perry, Santorum, Jindal, Fiorina, Graham, Pataki, Gilmore.
Ante toda esta sobredosis de aspirantes con ambiciones presidenciales, el magnate de Nueva York se ha concentrado sistemáticamente en destacar entre todos sus rivales, monopolizando la atención de los debates en los que ha participado (y no siempre por las razones más adecuadas). Encerrado en lo más parecido a una congestionada Casa de Gran Hermano, Trump se ha asegurado la suficiente relevancia en los sondeos para ser invitado de nuevo en la interminable serie de foros televisivos que jalona el ciclo americano de primarias.
Como necesitado tiburón de la palabra, Trump no ha dudado en romper con el tono y los parámetros tradicionales de la retórica política en Estados Unidos. Con sus declaraciones extemporáneas e insultantes, constantes gesticulaciones y la creación de una subtrama muy particular, la serie de debates republicanos se ha convertido en lo más parecido a The Donald Trump Show. En su guión, Trump ha aprovechado la lógica competitiva de los reality, según la cual tiende a ganar el concursante que conecta con la audiencia a través de la pose más genuinamente freaky. Incluso cuando el magnate no tenía muchas ganas de actuar, su silencio terminaba siendo la gran noticia.
LOS PEORES INSTINTOS
Entre los contenidos que integran los reality destacan elementos como la confrontación permanente, la bronca tan denigrante como banal, los insultos y la exaltación de lo soez. En definitiva, estos programas se caracterizan fundamentalmente por su falta de respeto y civismo, apelando permanentemente a los peores instintos de la audiencia. A pesar de las presiones dentro de su equipo de campaña para aparentar cualidades «presidenciables», Trump ha apostado en la primera temporada de su campaña presidencial exactamente por los contenidos morbosos que caracterizan a este popular subgénero televisivo.
Y de hecho, al estimular los peores instintos de su frustrada audiencia con el statu quo político, Trump ha sido acusado de fomentar unos niveles de confrontación y violencia en las primarias que resultan chocantes dentro de la intensa pero civilizada lucha por el poder político en Estados Unidos. Las peleas, agresiones y altercados se han convertido en parte integral de sus mítines, ya de por sí recargados con declaraciones misóginas y/o xenófobas. Hasta él mismo se ha ofrecido a pagar los costes de abogado en que puedan incurrir sus seguidores implicados en alguna de estas trifulcas. Toda esta divisiva exaltación de la fuerza contrasta con la conocida obsesión de Trump por su seguridad personal, desde su germofobia a solicitar escoltas del Servicio Secreto de Estados Unidos.
FAMOSO POR SER FAMOSO
Al transformar las primarias republicanas en un reality show, el salto a la política de Donald Trump ha generado toda clase de reflexiones sobre cómo evoluciona el concepto de fama en el siglo XXI. Está claro que cuestiones como name recognition son imprescindibles para cualquier candidatura competitiva dentro de una política tan personalizada como la de Estados Unidos. El problema es que Trump representa esa nueva modalidad en términos de notoriedad, que tanto prolifera en los reality, del famoso que en ausencia de otros méritos es únicamente famoso por ser famoso.
Aunque en su apoteosis de autosatisfacción él presume de haber amasado una envidiable fortuna estimada en 4.500 millones de dólares y de contar con toda clase de méritos personales (la modestia es un lujo que el magnate no se puede permitir), Donald Trump ni es un gran empresario ni tan siquiera es un avezado especulador inmobiliario. Así lo demuestran el inmenso historial de querellas que arrastra, el carácter fraudulento de alguno de sus cuestionables negocios e incluso la creatividad contable utilizada para financiar su campaña.
Sin méritos específicos o sustanciales, Trump es fundamentalmente un virtuoso del autobombo y su único logro evidente es haber elevado su apellido a la categoría de marca comercial. Su nombre aparece adornando desde casinos a steaks, pasando por guantes de golf o estafadores cursos universitarios. Y aunque no se sepa muy bien lo que ha sido capaz de construir a partir de la fortuna que heredó de su padre, Trump insiste como gran promesa electoral en aplicar esa misteriosa fórmula a Estados Unidos.
IT’S THE RATINGS, STUPID
En la primera y exitosa campaña presidencial de Bill Clinton, la famosa consigna que presidía sobre su war room en Little Rock (Arkansas) recordaba que, en tiempos de incertidumbre económica, todo pasa por el bolsillo. Donald Trump ha dejado claro que en la carrera hacia la Casa Blanca, el candidato que termina por controlar la conversación es el que tiene mayores posibilidades de ganar.
En una ya famosa entrevista publicada por la revista time en la primera semana de marzo de 2016, Trump dejó claro que la clave de poder en una democracia televisada como Estados Unidos son los ratings: «Cuando voy a uno de esos programas, la audiencia se duplica. Se triplica. Y eso te da poder. No son las encuestas. Son los ratings».
A bordo del rutilante avión privado de Trump, el periodista David von Drehle explicaba cómo el candidato se entrega durante sus desplazamientos electorales al narcisismo mediático: «Trump entra y se encarama al final de su cabina, toma el mando a distancia y comienza a cambiar de un canal de noticias a otro. Lo que ocurre a continuación es simplemente extraordinario. Durante todo el vuelo de una hora desde Virginia al sur de Georgia, casi cada minuto de cada emisión se concentra exclusivamente en él. Seguro, es rico. Pero ¿cómo es posible que este tipo, un conseguidor ligeramente corpulento de un barrio no del centro de Nueva York con cabeza para los números y el don de la palabra, sea la única noticia en el mundo?».
Para empezar a contestar esa pregunta, hay que recordar que Donald Trump habla como no hablan los profesionales de la cosa pública, comunica mucho mejor y cultiva una formidable imagen de autenticidad a lo Belén Esteban a pesar de haber cambiado por lo menos cuatro veces de chaqueta política. Su cinismo es percibido como verdad, no se muerde la lengua, no hay cálculos ulteriores y toda esa veracidad inmediata es twiteada y retwiteada en menos de 140 de caracteres.
UN NEGOCIO REPARTIDO
En un contexto mediático donde las cabeceras —tanto tradicionales como nuevas— luchan por sobrevivir, Donald Trump se ha convertido en un dilema ético para la cobertura periodística de campañas electorales en Estados Unidos. Con el agravado problema de que son muchos los medios que se están beneficiando de unos índices de audiencia extraordinarios por la atención desmesurada que dedican al inefable candidato republicano.
Incluso la cadena Fox News, de Rupert Murdoch, que mantiene un pulso permanente con Trump, no puede prescindir de este espectáculo morbosamente irresistible. En este sentido, no hay que olvidar que las cadenas de televisión de Estados Unidos se sienten amenazadas por la competición digital y medios alternativos. Y ante esas difíciles circunstancias, las networks generalistas o especializadas en información encuentran siempre en los contenidos generados por Trump más audiencia y adicionales ingresos publicitarios.
El equipo de análisis de datos del New York Times, utilizando cifras reunidas por la agencia mediaQuat durante este ciclo de primarias, ha estimado que gracias a la naturaleza obsesiva de su candidatura Donald Trump ha obtenido el equivalente a 1.900 millones de dólares en cobertura gratuita. Ted Cruz, su más estrecho competidor hasta conocerse los resultados de Indiana, ha recibido apenas 300 millones de dólares. Mientras que en el bando demócrata, Hillary Clinton no habría llegado a los 750 millones de dólares.
Como explicaba Jim Rutenberg, nuevo crítico de medios del New York Times, los beneficios son tan cuestionables como extendidos, empezando por «los periódicos y medios online que han conseguido una línea de historias clickeables a la medida de una lectura rápida en el iPhone». Sin olvidar a «televidentes y lectores, que se están beneficiando del deseo de una industria de medios de comunicación en transición para darles lo que quieren, donde quieran y tan rápido como sea posible».
A juicio de Rutemberg: «Ha sido la perfecta reducción de la problemática simbiosis entre Trump y los medios. Hay siempre una relación mutuamente beneficiosa entre candidatos y medios durante los años de elecciones presidenciales. Pero en mi tiempo nunca ha estado tan concentrado en un solo candidato. Y los intereses financieros nunca han estado tan entrelazados con los intereses periodísticos y políticos. Por supuesto, la situación es única porque el señor Trump es único. Su pedigrí, su demagogia y su inescrutable plataforma […] le convierten en una historia gigante».
EQUAL TIME
En este sentido, el fenómeno Trump —y toda la saturada cobertura que está generando— supone un complicadísimo dilema para la industria de la televisión de Estados Unidos, sobre todo de cara al resto de la campaña presidencial hasta llegar a las elecciones de noviembre. Cuando los demócratas terminen de cerrar filas en torno a Hillary Clinton, las cadenas televisivas tendrán que ser especialmente cuidadosas a la hora de preservar su credibilidad y el imperativo de otorgar una atención equiparable a los candidatos presidenciales del Partido Republicano y del Partido Demócrata.
Ante lo que empieza a plantearse sobre todo a partir de septiembre como una campaña memorable, el problema es que Hillary Clinton no puede competir con Trump en la batalla por la pequeña pantalla. Aunque la exprimera dama aparece con relativa frecuencia en programas de la CNN o MSNBC, no puede ocultar su incomodidad ante la naturaleza improvisada de la televisión en directo. Su falta de espontaneidad, su risa forzada y las diferencias abismales con la extraordinaria habilidad comunicativa de su marido, hacen que la exposición a los medios de Hillary sea una especie de calvario contenido.
Esta reluctancia ante los medios de comunicación se traduce en que muchas veces la candidatura de Hillary Clinton se quede al margen de la conversación diaria en Estados Unidos generada por el actual ciclo electoral. Sus entrevistas en profundidad son algo excepcional y sus ruedas de prensa son administradas férreamente, optando por apariciones limitadas, por ejemplo, a televisiones locales. En contraste, Trump no deja nunca de bajar a la arena de los medios nacionales, sin esconderse de sus enormes contradiciones y errores. El candidato republicano no tie-ne tampoco reparo en hacer constantes ruedas de prensa, de una hora si es necesario. Con la peculiaridad de que esos encuentros con los periodistas, en los que se termina preguntando sobre todo lo divino y lo humano, muchas veces son retransmitidos en directo.
En contraste con las distancias mediáticas de Hillary, a Trump no hay cámara que se le resista, siempre está disponible, siempre genera polémica y los ratings estratosféricos están garantizados en sus apariciones. Incluso a veces ha dejado boquiabiertos a los productores de programas informativos al llamarles personalmente a las salas de control para obtener la cobertura más favorable posible. Esto no tiene precedentes en las campañas presidenciales de Estados Unidos donde los candidatos utilizan un ejército de asesores y estrategas para administrar su comunicación política.
Ante la obligación de mantener un necesario balance, las cadenas americanas están empezando a experimentar outside the box para mejorar sus respectivas coberturas. Por ejemplo, ya se están recurriendo al formato town hall, donde el público plantea preguntas a los candidatos con un reparto de tiempo igualitario. Otra opción pasa por expandir el elenco de analistas, tertulianos y portavoces afines para buscar nuevos puntos de vista. Y, por supuesto, segmentos para verificar las declaraciones de los candidatos a través del fact-checking. Aunque como confesaban recientemente algunos responsables de informativos, con independencia de lo que cada uno pueda pensar sobre Trump, la verdad es que siempre es accesible y siempre resulta noticioso.
FUERA DE LA ISLA
Quizá el diagnóstico más perspicaz sobre esta perturbadora transformación del proceso político en Estados Unidos lo haya realizado Jeb Bush, el fracasado candidato republicano que aspiraba a continuar la dinastía política iniciada por su padre y hermano mayor. Al anunciar el final de su fracasada campaña tras las primarias de Carolina del Sur de febrero, Bush vino a reconocer que le habían votado fuera de la isla.
En este sentido, Donald Trump ha contado con la gran ventaja de haber protagonizado su propio reality show en la cadena nbc durante múltiples temporadas: The Aprentice.
Un concurso supuestamente basado en la búsqueda de talento para los negocios que sirvió a Trump para popularizar la imperativa consigna: You are fired! (¡Despedido!).
Es curioso cómo durante el actual ciclo electoral en Estados Unidos las estrellas de los reality también se están acercando más que nunca a la primera fila de la política. Desde la resurrección a favor de Trump de Sarah Palin, protagonista de su propia odisea televisiva, hasta Ted Cruz recibiendo el respaldo de Phil Robertson, de la polémica serie Duck Dyansty. Sin olvidar el selfie de Hillary Clinton con Kim Kardashian.
Algunos autores hablan ya de los Estados Unidos de Reality tv como la última fase de una sociedad centrada en el espectáculo. Una tendencia que habría empezado en 1989 con la agresiva serie Cops, sobre policías patrullando la ciudad, y se habría consolidado en 1992 con la estúpida producción juvenil The Real Word. Para hacerse una idea de este fenómeno, el portal ScreenRant tenía identificados tan solo cuatro reality shows en la oferta televisiva americana del 2000. En contraste, el año pasado se registraron más de quinientos estrenos de este género. Sin contar la superproducción de Donald Trump aprovechando las primarias del Partido Republicano.