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Ver productosEn abril de 2015, la Fundación del Español Urgente, Fundéu, anunciaba entre sus recomendaciones la adopción de un nuevo término en español, paniberismo, que se definía como «la tendencia de carácter geopolítico que plantea la integración de todos los países de lenguas ibéricas», y al que calificaba de «neologismo bien formado».
Efectivamente, a diferencia del iberismo, que es el movimiento que tradicionalmente ha impulsado el mayor acercamiento entre los países de la Península Ibérica (no solo España y Portugal, sino actualmente también Andorra), y del iberoamericanismo, que se refiere al espacio de países de lenguas española y portuguesa de dos continentes, América y Europa, la concepción geopolítica y espacial del paniberismo incluye a la totalidad de países, pueblos y comunidades de lenguas y culturas ibéricas de todos los continentes (recordamos que la partícula pan, en griego, hace alusión a «todo»). Este ámbito «panibérico» también se ha denominado iberófono o de la iberofonía, es decir, donde se hablan las lenguas ibéricas.
JUSTIFICACIÓN Y MOTIVACIONES
La justificación esencial de este espacio se basa en la afinidad sustancial entre las dos principales lenguas ibéricas, el español y el portugués, únicos dos grandes idiomas internacionales —grandes cuantitativamente— que son, al mismo tiempo y en líneas generales, recíprocamente comprensibles. Si, filológicamente, el español y el portugués son lenguas diferentes, en términos comunicacionales internacionales llegan a visualizarse prácticamente como si fueran casi un solo idioma.
Esa realidad, singular y única, hace que, en términos geopolíticos, geolíngüísticos y geoculturales, se pueda hablar de un gran espacio multinacional de países de lenguas ibéricas que abarca todos los continentes y que está compuesto por una treintena de países y más de 700 millones de personas. Se trata de la décima parte del planeta y del primer bloque lingüístico del mundo al aunar el español —segunda lengua materna y de comunicación internacional, hablada por más de 500 millones— y el portugués —segunda lengua ibérica y latina, con más 200 millones de hablantes. Naturalmente, en el interior de ese gran espacio multinacional intercontinental conviven multitud de otras lenguas diferentes que lo enriquecen, no solo de la Península Ibérica sino, en mucho mayor número, de América, África y Asia. Pero el común denominador lingüístico de lo iberófono a nivel internacional lo constituyen los grandes idiomas vehiculares ibéricos, el español y el portugués o, más exactamente, la base lingüística común derivada de la afinidad sustantiva entre los mismos.
La plena articulación de este espacio daría mayor visibilidad e influencia a nivel internacional al conjunto de los países iberófonos, promovería la cooperación horizontal y triangular entre países de América, Europa, África y Asia, y contribuiría a equilibrar en términos geoculturales la preponderancia o hegemonía actuales del idioma inglés y de las cosmovisiones anglosajonas, en beneficio de la mayor diversidad cultural y lingüística de toda la comunidad internacional.
HISTORIA
La existencia de un espacio de estas características ha pasado, hasta ahora, relativamente desapercibida, aunque responde igualmente a un proceso histórico de convergencia que se puede constatar entre los grupos de países hispanohablantes y lusófonos.
Por un lado, las corrientes hispanoamericanistas nacidas en el último tercio del siglo XIX y desarrolladas durante el siglo XX siempre incluyeron en su visión espacial al conjunto de los países hispanoamericanos, a España, a Brasil y a Portugal. Y, muy a menudo, contemplaban también los territorios no americanos o europeos de presencia o raíz portuguesa y española. Por otro lado, el panlusitanismo del mismo periodo histórico, que postulaba la asociación de Brasil y Portugal, incluyendo en ocasiones las colonias en África y Asia de este último país, reconocía generalmente la afinidad sustantiva del mundo lusitánico o lusófono con el estrictamente hispánico, y la existencia de facto de un gran espacio multinacional panhispánico o panibérico.
La articulación institucional a partir de mediados del siglo XX de un espacio iberoamericano con organismos como la Organización de Estados Iberoamericanos para la Educación, la Ciencia y la Cultura (OEI), o la Organización Iberoamericana de Seguridad Social (OISS), supuso ya una convergencia real, aunque limitada, entre el espacio estrictamente de lengua española y el de lengua portuguesa, pues comprendía en líneas generales a los países de lenguas española y portuguesa de América y Europa (o sea, a Brasil y Portugal junto a los países hispanoamericanos y España). Es decir —y esto es muy significativo—, el espacio iberoamericano se concebía y articulaba como un espacio plenamente iberófono —hispanohablante y lusófono a un tiempo—, pero «incompleto» en cuanto a su territorialidad al dejar fuera a los Estados iberohablantes de África y Asia. Además, algunos de estos organismos incorporaron como miembro pleno a la república hispanohablante y africana de Guinea Ecuatorial, por lo que ya albergaban en su seno una cierta proyección «panibérica» que apuntaba especialmente a los países de lengua portuguesa de África.
Más recientemente, el estatuto de Observador Asociado de la Conferencia Iberoamericana, aprobado en 2008 en virtud del Consenso de San Salvador sobre las Modalidades de Participación en la Conferencia Iberoamericana, ha establecido una prioridad formal para vincularse a la misma de los países que tengan «afinidades lingüísticas y culturales» con los iberoamericanos, es decir, de los iberófonos no iberoamericanos.
En tiempos contemporáneos, algunos dignatarios y mandatarios de los países concernidos se han referido directa o indirectamente a la existencia y la potencialidad de un espacio multinacional iberohablante. El presidente portugués Mário Soares, tras acabar su mandato en 1996, se refirió explícitamente a él, y tanto Luiz Ignácio Lula da Silva, presidente brasileño, como Ricardo Lagos, presidente chileno, mostraron su conformidad, en la Cumbre de Salamanca de 2005, con la vinculación de los países lusófonos africanos, y Guinea Ecuatorial, a Iberoamérica. También han aludido a esta idea otros altos dirigentes de otros Estados iberófonos de diferentes continentes, como Costa Rica, Timor Oriental o Guinea Ecuatorial.
Por su parte, el rey de España, Felipe VI, en su primer discurso fuera del país tras su proclamación, pronunciado en Portugal, destacó que gracias a la afinidad entre el español y el portugués «podemos reconocer hoy la existencia de un gran espacio idiomático compuesto por una treintena de países de todos los continentes y por más de setecientos millones de personas. Un espacio cultural y lingüístico formidable de alcance y proyección universal que no debemos perder de vista en el mundo cada vez más globalizado de nuestros días». El rey Felipe ya había realizado una declaración coincidente con la anterior, en mayo de 2012, cuando todavía era Príncipe de Asturias.
Asimismo, en el ámbito civil y no gubernamental se ha constatado desde los años noventa del pasado siglo la creación de entidades de promoción de esta tendencia paniberista o la rearticulación de organizaciones que, a partir de entonces, pasarían a tener ámbito o proyección panibérica. En 1995 se fundó la Sociedad Paniberista Española, entidad constituida con el objeto de fomentar esta visión geopolítica y cooperativa, y, tras ella, se crearon otras asociaciones análogas de definición boliviana, nicaragüense e incluso saharaui. En 2002 se refundó como Instituto de Estudios Panibéricos el antiguo Instituto de Sociología y Desarrollo de Área Ibérica (ISDIBER), fundado originariamente en 1969. Ese mismo año la Asociación Iberoamericana de Academias Olímpicas adoptaba la denominación y definición de «panibérica» al haber incluido en su seno academias olímpicas de países iberohablantes no iberoamericanos. Y en 2003 la Confederación Iberoamericana de Fundaciones (CIF) asumía una plena definición formal panibérica al establecer en sus estatutos una nueva descripción de los criterios de membresía y participación que ya se había ido abriendo paso en ejercicios anteriores. En la actualidad se siguen poniendo en marcha iniciativas de diferente naturaleza que tienen como universo y referente esencial el espacio del «Mundo Ibérico».
COMUNIDADES MULTINACIONALES IBERÓFONAS ACTUALES
Durante los últimos lustros se ha confirmado igualmente que las dos grandes comunidades multinacionales iberófonas existentes —la Comunidad Iberoamericana de Naciones (CIN) y la Comunidad de Países de Lengua Portuguesa (CPLP)— son las comunidades de base cultural más afines del escenario internacional al compartir miembros, principios, objetivos y referentes identitarios. Efectivamente, Brasil y Portugal, que representan en términos demográficos, territoriales y económicos la mayor parte de la lusofonía, son al mismo tiempo el 40% del espacio iberoamericano; los principios y valores establecidos en las declaraciones de las cumbres iberoamericanas —el llamado acervo iberoamericano— están rigurosamente contemplados en los estatutos de la CPLP, y los objetivos generales de ambas comunidades son la concertación político-diplomática y la cooperación en todos los ámbitos posibles. La CPLP añade un tercer objetivo general: la materialización de proyectos de promoción y difusión de la lengua portuguesa, que también es contemplado como objetivo específico por la Comunidad Iberoamericana de Naciones.
Pero, más allá de los miembros, principios y objetivos, lo más significativo es que tanto la CIN como la CPLP comparten referentes lingüísticos e identitarios, ya que las lenguas española y portuguesa, y sus sustratos culturales derivados, son elementos generales de identidad de ambas comunidades.
Por un lado, el español y el portugués —conjuntamente, no por separado— han sido reconocidos formalmente por los jefes de Estado y de Gobierno iberoamericanos como «una base lingüística común». Esto es muy importante porque alude directamente al hecho singular que señalábamos de que se trata de las dos grandes lenguas mundiales recíprocamente comprensibles. Por otro lado, el portugués aparece como un común denominador lingüístico de la CPLP y de la Comunidad Iberoamericana. Y esto es también muy significativo porque pone de relieve que Iberoamérica y la CPLP comparten la lengua portuguesa como idioma común.
Cabe subrayar en este punto que la articulación de un espacio panibérico o iberófono no es incompatible con las comunidades existentes —la Iberoamericana y la CPLP—, ni supone un menoscabo para las mismas, sino que, en realidad, contribuirá a la mayor presencia y proyección internacional de ambas. Por otro lado, hay que reconocer que, en el caso de la Iberoamericana, se verifica en la actualidad su amplio solapamiento, especialmente en términos geopolíticos, con los espacios de integración latinoamericanos que han cobrado fuerza y proyección en los últimos años. Por ello, es fundamental que la Comunidad Iberoamericana y el Sistema Iberoamericano, incluso por su propia funcionalidad y supervivencia, se proyecten y desarrollen en clave panibérica y con una visión global y universalista. Esta reflexión enlaza con el siguiente apartado.
PROCEDIMIENTOS PARA LA ARTICULACIÓN DEL «MUNDO IBÉRICO»
Llegamos, pues, al punto en el que nos debemos preguntar cómo se puede articular este espacio multinacional que, por causa de los múltiples factores señalados, percibimos que existe y sabemos que existe. Cuáles son los procedimientos para estructurar funcional y/o institucionalmente el espacio multinacional panibérico o iberófono.
Existen varias posibles vías principales. Una de ellas es el establecimiento de marcos de cooperación y concertación formales entre los organismos iberoamericanos y la CPLP, marcos que reconozcan y aprovechen la realidad de la existencia de facto de un gran espacio internacional iberohablante.
Otra, la ampliación de los organismos iberoamericanos hacia los países lusófonos de África y Asia —Angola, Cabo Verde, Guinea Bissau, Mozambique, Santo Tomé y Príncipe, y Timor Oriental—, la República hispanohablante de Guinea Ecuatorial y otros países y comunidades hispanohablantes y lusófonos del mundo —Filipinas, unos Estados Unidos crecientemente hispánicos, el Caribe no hispánico, el pueblo sefardí, lusodescendientes de muchas regiones… Esta ampliación puede ser «plena», pasando esos países a ser miembros de los organismos iberoamericanos, o «limitada», asociándose como observadores y posibilitando, bajo los formatos pertinentes y si se considera conveniente, la participación de comunidades iberófonas no estatales de países terceros.
Hasta la preparación de este trabajo, son aún escasos en el ámbito convencional los acuerdos formales de colaboración entre los principales organismos iberoamericanos y la CPLP, y tampoco han apuntado todavía a la mayor potencialidad que puede ofrecer un espacio multinacional e intercontinental iberoparlante. En este contexto, el secretario general de la OEI nombrado para el periodo 2015-2018, el académico brasileño Paulo Speller, ha manifestado su interés por apoyar e impulsar cooperación entre la generalidad de los países iberófonos e incluso la incorporación de los lusófonos e hispanohablantes no iberoamericanos a la Comunidad Iberoamericana. Al mismo tiempo, en el ámbito de las cumbres iberoamericanas, como se ha señalado anteriormente, existe la figura del Observador Asociado que establece la posibilidad de que obtengan esa categoría los Estados que compartan afinidades lingüísticas y culturales con los miembros de la Conferencia Iberoamericana, o los que, no compartiéndolas, puedan realizar aportaciones sustantivas al ejercicio de cooperación iberoamericana.
En este sentido, tienen una preferencia teórica para vincularse como observadores a la Conferencia Iberoamericana los países «afines lingüística y culturalmente», es decir, aquellos de lenguas portuguesa y española no iberoamericanos. La asociación de estos países, o de una parte sustancial de los mismos, supondrá un cierto grado de articulación del espacio multinacional propuesto. Sin embargo, hasta la fecha se ha priorizado particularmente la incorporación de observadores no afines lingüística y culturalmente al conjunto iberoamericano, aunque también existen algunos que sí lo son, si consideramos a Filipinas o a países como Haití y Marruecos que en los últimos años se han asociado a la Conferencia Iberoamericana.
No obstante, cabe subrayar que tanto la OEI como la OISS cuentan entre sus miembros plenos con la República de Guinea Ecuatorial. Por esta razón, una eventual petición formal de adhesión de algún país africano de lengua portuguesa no podría ser denegada sin que tal negativa supusiese una cierta discriminación hacia la lusofonía. Por ello y otras razones, se estima la posibilidad de que esas organizaciones caminen en los próximos años a convertirse en instituciones representativas del espacio multinacional de países de lenguas ibéricas.
Cada una de las fórmulas de articulación propuestas —ampliación en diferentes grados de la Comunidad Iberoamericana o cooperación institucionalizada entre la CPLP y el Sistema Iberoamericano— tiene su potencialidad y recorrido, y habrá que saber construir los mecanismos precisos. Pero, ahora, lo más importante es tomar conciencia de la oportunidad que, gracias a nuestra singular y única afinidad lingüística, se nos ofrece a los pueblos iberófonos de todo el mundo.
LA POSICIÓN DE LOS PAÍSES IMPLICADOS ANTE LA ARTICULACIÓN DE UN ESPACIO PANIBÉRICO
La constatación de una tendencia que apunta a la articulación de un espacio multinacional que, por sus dimensiones y características demográficas, territoriales y culturales, podrá ocupar un lugar muy significativo en el mundo actual en términos lingüísticos, económicos, políticos y cooperativos, obliga a identificar la posición particular de los Estados implicados y partícipes de dicho espacio.
En el caso de España, principal país promotor del Sistema Iberoamericano que representa y articula la mayor comunidad multinacional iberófona existente, la Comunidad Iberoamericana de Naciones, su posición oficial todavía no está determinada plena y explícitamente. Por un lado, España defiende el fortalecimiento del Sistema Iberoamericano con continuas y recurrentes propuestas de renovación y actualización, desde hace lustros, que vienen a corroborar que la Comunidad Iberoamericana, como espacio y foro de países, no llega a ser percibida como una realidad plenamente consolidada, sino como un proceso en permanente construcción y adaptación. Los retos actuales de este proceso, como se ha señalado en un apartado anterior, se asocian al solapamiento real con los marcos de integración latinoamericanos, tanto en términos territoriales como sustantivos y temáticos. A ello hay que añadir la diversificación ideológica de América Latina, las corrientes refractarias al reforzamiento de lo iberoamericano y el menor peso específico actual de España en el espacio iberoamericano, muy diferente del que tenía este país al inicio del proceso de las cumbres iberoamericanas en la última década del siglo pasado.
Al mismo tiempo, España no ha tenido históricamente una particular cercanía con el mundo africano subsahariano, donde se encuentra la mayor parte de los países iberófonos no iberoamericanos, cuya participación en un foro o espacio mayor marcaría esencialmente la diferencia cualitativa entre lo iberoamericano y lo panibérico. Por ello, España, a pesar de algunas altas declaraciones, no llega aún a percibir e interiorizar la realidad y la importancia de la dimensión panibérica que es la que, precisamente, puede renovar y asegurar la pervivencia del proceso iberoamericano al proyectarlo con una visión global y universalista.
En el caso de Portugal, país que asume un liderazgo simbólico y también sustantivo en la Asociación de Naciones de Lengua Portuguesa, la CPLP, la articulación de un espacio panibérico puede ser señalada como una «absorción» del mundo lusófono por el hispánico, tal como se quiso entender durante décadas la incorporación conceptual de Brasil a un espacio hispánico que acabaría cristalizando geopolíticamente en el Sistema Iberoamericano con la participación de Brasil y del mismo Portugal. Portugal puede percibir que acusará una merma de su liderazgo en el contexto interlusófono si se articula un espacio más grande, panibérico, con participación mayoritaria de países de lengua española.
Brasil, Estado con una visión de liderazgo tanto en el ámbito latinoamericano como en el internacional lusófono, situado en un punto intermedio cultural y territorialmente entre los países hispanohablantes y los lusófonos, y entre los latinoamericanos y los africanos, ha podido ver en la tendencia y propuesta paniberista una baza coherente para fortalecer sus pretensiones como actor regional y global.
Los países iberohablantes africanos, básicamente de lengua portuguesa, sienten cercanía hacia lo latinoamericano pero esperan, probablemente, un consenso mayor al respecto entre los Estados que, respectivamente, más apuestan por el espacio iberoamericano y por el interlusófono.
Los Estados hispanohablantes latinoamericanos, al igual que ocurre con España y por las mismas razones, no perciben claramente, al día de hoy, una vinculación conceptual y operativa con el mundo «iberoafricano». No obstante, entre ellos se diferencian tres tipos de países. Por un lado, aquellos más grandes que sí visualizan una geopolítica mayor, superadora de los marcos regionales, y que, por tanto, podrán asumir e impulsar activamente una visión panibérica. Con la misma sensibilidad pueden actuar otros países hispanohablantes más pequeños, pero sobre la base de su sustantiva identidad de origen africano que les hace sentir más cercanas las sociedades de los países africanos iberohablantes. Por último, se encuentran los Estados hispanohablantes más pequeños y sin una sustancial identidad de origen africano que pueden no haber formado una opinión firme sobre esta cuestión.
PERSPECTIVAS DE FUTURO
La realidad de un mundo crecientemente globalizado, interdependiente e interconectado, y las constatables convergencias y afinidades existentes entre la Comunidad Iberoamericana y la Comunidad de Países de Lengua Portuguesa, y la generalidad de los países de lenguas ibéricas, sumados a las actuaciones diseñadas y desarrolladas a favor de la articulación de un espacio paniberófono, sugieren una tendencia de aproximación que podría cristalizar a medio plazo en la estructuración formal de un espacio multinacional de países de lenguas ibéricas sin excepciones geográficas.
Su articulación requiere, sin duda, altura y visión política, y responde a una realidad que no debe desconocerse u obviarse. Por ello, parece lógico que esta propuesta y tendencia sea orientada e impulsada adecuadamente en beneficio de todos los pueblos de lenguas española y portuguesa del mundo.
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Más información en: Durántez Prados, Frigdiano Álvaro (2014), Paralelismos y convergencias entre la Comunidad Iberoamericana de Naciones y la Comunidad de Lengua Portuguesa. ¿Existe un espacio multinacional de países de lenguas ibéricas?, Editorial Última Línea. 574 pp. Puede consultarse también en: eprints.ucm.es/24644/1/T35176.pdf.
El terrorismo yihadista representa hoy una amenaza con una dimensión tanto endógena como exógena debido a su carácter diversificado y multiforme, como revelan los rasgos de los atentados planeados y otros indicadores que la sustentan. Por un lado, múltiples y diversos son los escenarios en los que se manifiesta la amenaza, como revelan atentados como los que costaron la vida a dos policías españoles en Afganistán en diciembre de 2015, o a catorce estadounidenses en San Bernardino (California) días antes, o a más de una veintena de personas en Bamako (Malí) poco antes, o a las ciento treinta víctimas mortales de los atentados del 13 de noviembre en París, o a las decenas asesinadas en Bruselas en marzo de 2016 y en Ankara unos días antes, por destacar tan solo algunos de los últimos.
Múltiples y diversos son también los actores amenazantes entre los que se incluyen: individuos autorradicalizados motivados por la dimensión de una violencia que el Estado Islámico ha elevado a su máxima potencia; células pertenecientes a dicha organización terrorista o a otras como Al Qaeda o sus filiales o con relación con miembros de estas; terroristas retornados de Siria e Irak; radicales frustrados por no haber podido viajar a dichas zonas; islamistas excarcelados en nuestro país y otros del entorno; y yihadistas provenientes de otros países.
Ante la centralidad que ha adquirido el denominado Estado Islámico, conviene destacar que otra organización terrorista como Al Qaeda en aparente decadencia, sin embargo, y a pesar de su debilitamiento, no ha desaparecido del panorama constituyendo todavía una importante amenaza. Los reveses sufridos por esta organización terrorista han sido complementados con éxitos tácticos que le han garantizado una supervivencia a través del establecimiento de alianzas con distintos grupos menores en diversos lugares del planeta.
Lejos de haber desaparecido como amenaza, Al Qaeda «se prepara tenazmente para lo que sus combatientes consideran será la épica última batalla y la confrontación final con Occidente»
De ese modo ha conseguido mantener su influencia como fuente de inspiración para grupos e individuos que persiguen mediante el terror la imposición de objetivos políticos y religiosos como los que anhela el islamismo radical y violento. Frente a quienes han dejado de prestar atención a Al Qaeda, limitando casi exclusivamente al Estado Islámico el peligro de la violencia yihadista, Bruce Hoffman considera que «lejos de haber desaparecido como amenaza», el movimiento dirigido por Osama Bin Laden hasta su muerte «se prepara tenazmente para lo que sus combatientes y seguidores consideran será la épica última batalla y la confrontación final con Occidente». En su opinión, el movimiento ha dejado que el Estado Islámico «acapare y absorba todos los golpes mientras que Al Qaeda reconstruye en silencio su fortaleza militar», beneficiándose de esa «paradójica etiqueta de “extremistas moderados” en contraste con los incontrolados del EI»1.
En una línea similar algunos autores advierten sobre la «paciencia estratégica» del movimiento terrorista y la necesidad de que la mayor atención sobre otro foco de la amenaza terrorista, esto es, el Estado Islámico, induzca a subestimar el peligro que todavía comportan Al Qaeda y sus organizaciones afines2. La efectividad de AQ radica en su resistencia, en su capacidad de regeneración y establecimiento de alianzas3, y en la propagación y contagio de una violenta ideología4. Su éxito, no obstante, es limitado en tanto en cuanto no ha alcanzado su objetivo declarado de reinstaurar el califato e imponer a escala global su interpretación fundamentalista del islam.
Esa eficacia, matizada por una capacidad operativa mermada pero no invalidada, ha permitido la reproducción de un ideario violento que sigue atrayendo a radicales en todo el planeta. Al mismo tiempo el fenómeno de los denominados «combatientes terroristas extranjeros» ha adquirido una dimensión sin parangón. Y lo ha hecho debido a la confluencia de diferentes factores, entre ellos la permeabilidad de fronteras, el desarrollo de medios de transporte y comunicación que facilitan los desplazamientos y la trasnacionalización, así como la existencia de conflictos internacionales que actúan como un poderoso imán convirtiendo al fenómeno en una suerte de moda fascinante y glamurosa para muchos individuos.
La fascinación por la violencia yihadista es claramente anterior a la eclosión del Estado Islámico, si bien se ha intensificado con los éxitos de esta organización terrorista. A este respecto, y a modo de ejemplo de la fascinación que el terrorismo llega a despertar, puede destacarse la portada con la que la prestigiosa revista Rolling Stone ilustraba su número del 1 de agosto de 2013. La fotografía de Dzhokhar Tsarnaev, autor del atentado de Boston en abril de ese año en el que fueron asesinadas tres personas y heridas más de doscientas, ocupaba toda la portada normalmente destinada a artistas del momento. El alcalde de la ciudad denunció que la revista concedió al terrorista un privilegiado trato como si se tratara de una «celebridad», reforzando un peligroso mensaje: el terrorismo otorga «fama» a sus responsables y a «sus causas». Las ventas del controvertido ejemplar se doblaron como consecuencia de una historia en la que la presentación del terrorista evocaba a la de una «estrella de rock»5.
Los éxitos del denominado Estado Islámico han reforzado el carácter del terrorismo yihadista como moda y tendencia, al haberse consolidado en determinados segmentos una imagen enormemente positiva y atractiva de este grupo mediante una intensa propaganda. Como ha destacado Ingram, varios son los rasgos de esa acción comunicativa que tan importantes réditos le reporta reforzando su atractivo como tendencia: un enfoque multidimensional con múltiples plataformas que simultáneamente se dirigen a amigos y enemigos para aumentar el alcance, relevancia y resonancia de sus mensajes; la sincronización de narrativa y acción para maximizar los efectos operativos y estratégicos sobre el terreno; y la centralidad de la «marca» Estado Islámico en toda su campaña6.
Como consecuencia de esa acción y de sus actividades terroristas, una serie de atributos positivos son constantemente identificados con esa formación favoreciendo la simpatía y adhesión. Entre ellos, el éxito de la violencia a pesar de los reveses sufridos que han permitido la disminución de una parte del control territorial ejercido en los últimos años; la instauración del «califato» y de un «Estado islámico» con una engañosa apariencia de estatalidad; la administración de amplios recursos económicos; su supremacía sobre otras organizaciones terroristas; su prominencia como los únicos y auténticos representantes del islam sunita; la adquisición de poder; la búsqueda de libertad y de experiencias fascinantes y emocionantes; el sentimiento de pertenencia, hermandad, e identidad; la obtención de sexo, dinero, una nueva vida y segundas oportunidades; una religión que aporta identidad y un proyecto vital y un marco justificativo para las conductas criminales y transgresoras a pesar de la superficialidad de los conocimientos religiosos en muchos casos.
Los considerables logros del Estado Islámico han favorecido su atractivo para los yihadistas al convertirse en algo «más que un grupo terrorista», ya que ha conseguido conformar «un ejército» y «cuenta con una población afiliada por convicción o por miedo» que complementa el decisivo control del territorio que en este momento ejerce7. Ello a pesar de los reveses sufridos en los últimos meses que han supuesto la pérdida de control por parte de dicha formación terrorista de enclaves controlados hasta entonces.
La expansión al territorio europeo de la violencia terrorista perpetrada y/o inspirada por el EI y el conjunto del yihadismo, tal y como se ha evidenciado a lo largo de 2015 y 2016, confirma la necesidad de una nueva estrategia. Esta requiere complejos equilibrios, habida cuenta de las múltiples variables que deben componer una respuesta eficaz contra una amenaza multifacética como la que comporta el terrorismo yihadista. Esa complejidad obliga a identificar los obstáculos que han mermado la eficacia contra una organización terrorista como el EI que ha convertido en una productiva marca los logros que su violencia le está reportando. Una parte de estos logros emanan precisamente de las debilidades de quienes deben combatirlo8.
Así lo han puesto de manifiesto diversos factores como los siguientes: la demora en conformar una coalición internacional contra el EI que al retrasar su constitución hasta bien entrado el 2014 permitió la consolidación de importantes logros por parte del grupo terrorista; la renuncia de las naciones occidentales a intervenir militarmente sobre el terreno con la determinación y los medios requeridos; el delicado equilibrio de intereses por parte de un heterogéneo grupo de socios entre los que se encuentran países musulmanes responsables de haber favorecido el fortalecimiento del Estado Islámico; y la renuncia de la Unión Europea a aplicar todos los instrumentos antiterroristas anunciados a lo largo de los últimos años.
Como afirmó en diciembre de 2015 el presidente del Consejo Europeo, Donald Tusk, «El éxito del Estado Islámico es el resultado de nuestra inacción»9. En su opinión, el grupo terrorista «no tendría oportunidades si los países occidentales estuvieran dispuestos a actuar con determinación», de ahí que «su eficacia» emanase, precisamente, de «la debilidad de los otros». Al expresar su autocrítica, el dirigente reconocía: «Conozco los riesgos que derivan de la acción antiterrorista y nuestra experiencia con Libia e Irak puede que no sea muy alentadora, pero el éxito de Daesh es el resultado de nuestra inacción». Abundando en ese diagnóstico, Clint Watts aseguraba que «se ha dicho más de lo que se ha hecho», fracasándose también en uno de los desafíos más decisivos: «la creación y despliegue de una fuerza suní capaz de contrarrestar al EI en territorio suní»10.
A todo ello se suman otros dos factores que merman la acción antiterrorista: la rentabilidad que el EI ha extraído de la presencia del yihadismo en «regiones fallidas» altamente inestables en ausencia de gobiernos estructurados y sólidos, como sucede en países como Libia, Túnez y Yemen; y la subordinación y fidelidad al EI declarada por grupos que han abandonado la red de Al Qaeda11. En esas circunstancias, el EI ha podido erigirse en la organización con supremacía en el complejo de grupos y redes que conforman la amenaza del terrorismo islamista, identificándose además como el único y verdadero representante del islam sunita, capaz de imponer un «califato» al que han dotado de una eficaz apariencia de estatalidad.
La sociedad española es también un blanco declarado de la violencia yihadista
Los peculiares rasgos del terrorismo yihadista obligan a situar en el contexto adecuado la amenaza a la que se enfrenta la sociedad española, que es también un blanco declarado de la violencia yihadista12. Nuestro país es constantemente identificado como objetivo del terrorismo yihadista, figurando en la propaganda terrorista como, Al Ándalus, territorio musulmán que debe ser recuperado por los radicales. Tampoco puede subestimarse el impacto que el regreso de los «combatientes terroristas extranjeros» tiene en países del norte de África, de donde proceden mayoritariamente y en los que diversos movimientos yihadistas actúan con considerable intensidad. En este sentido, debe preocupar especialmente la inestabilidad de países como Libia, Malí, Túnez, Argelia y el potencial de desestabilización que el yihadismo también tiene en el vecino Marruecos. Es en este entorno más cercano donde se encuentran otros focos de amenaza para la seguridad de nuestro país.
La proximidad geográfica y la permeabilidad de nuestras fronteras acrecientan los riegos derivados de factores desestabilizadores como los comentados. El fortalecimiento de estos repercute en tres ejes de conflictividad13. Por un lado, nuestro país es considerado por los fundamentalistas islámicos como un enemigo constituido por los infieles, cristianos o cruzados, según la propia retórica utilizada para identificar a la sociedad española. Asimismo, España es vista, junto con otras naciones, como garante de regímenes considerados como apóstatas por los yihadistas. Además, identifican a España con el mito de Al Ándalus donde, de acuerdo con su propaganda, prosperó el islam durante un largo periodo y que, por tanto, debería ser recuperada14.
En esas circunstancias la ubicación geoestratégica de España como frontera exterior de la Unión acrecienta los riesgos para nuestro país. La intensa actividad yihadista en Ceuta y Melilla nuevamente pone de manifiesto la dimensión endógena y exógena del desafío. En estas frágiles lindes entre uno y otro continente es constante el tránsito de individuos y mercancías, incluyendo en ocasiones armas y drogas de difícil detección en tan porosa frontera. También es creciente la radicalización de una parte significativa de la población musulmana con nacionalidad española en dichas localidades, donde confluyen numerosos factores facilitadores como la delincuencia, el desempleo, el absentismo escolar, la presencia de figuras religiosas que propugnan un islam fundamentalista y la proximidad de países en los que el islamismo radical no deja de crecer agudizando la inquietante inestabilidad regional.
Esta amenaza multifacética, la que comportan tanto el Estado Islámico como Al Qaeda y sus organizaciones afines, así como los individuos —en solitario o en células— seducidos por ellas e interesados en emular sus tácticas terroristas, posee una dimensión tanto endógena como exógena15 llamada a permanecer en el tiempo. En consecuencia, la respuesta también debe dirigirse tanto al interior como al exterior, doble responsabilidad que los gobiernos democráticos no siempre están dispuestos a asumir debido a sus elevados costes. Esta circunstancia plantea un preocupante interrogante cuando el terrorismo islamista desea escalar su violencia como está intentando a lo largo de los últimos años.
Una década después de los atentados del 11 de septiembre la estrategia antiterrorista contra el yihadismo no debería ignorar que el terrorismo y el fanatismo de quienes lo perpetran y justifican ansía unos objetivos claros: la expansión y consolidación de una ideología excluyente, dogmática y totalitaria que persigue la destrucción de nuestro sistema de valores y libertades. En este tiempo los indudables logros contra el terrorismo yihadista se han alternado con reveses, revelando importantes déficits que aumentan nuestra vulnerabilidad ante una amenaza permanente y en constante evolución. Nuestras debilidades fortalecen al terrorismo, siendo por ello indispensable la adopción de una respuesta estratégica más amplia y exhaustiva que abarque las diferentes dimensiones de este fenómeno socio político.
NOTAS
1 Hoffman, Bruce, «Al-Qaeda’s Master Plan», The Cipher Brief, 18/11/2015, https://www.thecipherbrief.com/article/al-qaedas-master-plan
2 Gartenstein-Ross, Daveed, y Barr, Nathaniel, «Osama bin Laden’s ‘Bookshelf ’ Reveals Al Qaeda’s Long Game», The Daily Beast, 17/03/2016.
3 Como ha destacado Byman, la constitución de alianzas genera beneficios para Al Qaeda pero también le plantea dificultades con el potencial de diezmar a la organización si no son convenientemente gestionadas y solventadas. Byman, Daniel (2014), «Buddies or burdens? Understanding the Al Qaeda relationship with its affiliate organizations», Security Studies, 23, pp. 431-470.
4 Hoffman, Bruce (2013), «Al Qaeda’s uncertain future», Studies in Conflict & Terrorism, pp. 635-653.
5 Saul, Heather, «Rolling Stone magazine sales double after controversial ‘Boston Bomber’ cover», The Independent, 01/09/2013.
6 Ingram, Haroro (2014), «Three Traits of the Islamic State’s Information Warfare», The Rusi Journal, 159:6, 4-11.
7Bardají, Rafael, «A las puertas del infierno», Diario de las Américas, 04/09/2014,http://www.diariolasamericas.com/blogs/puertas-infierno-faelbardaji.html.
8 Schweitzer, Yoram «Temporary isis: A risk assessment», inssInsight, n.º 564, 23 de junio de 2014; Schweitzer, Yoram, «isis: The real threat», inssInsight, n.º 596, 21/08/2014.
9 Abellán, Lucía, «El éxito del Estado Islámico es el resultado de nuestra inacción», El País, 03/12/2015; Traynor, Ian, «Detain refugees arriving in Europe for 18 months, says Tusk», The Guardian, 02/12/2015.
10 Watts, Clint, «U.S. Troops in Syria: A Quick Assessment Of The U.S. Strategy To Combat The Islamic State – One Year On». Geopoliticus: The FPRI Blog, Foreign Policy Research Institute, 04/11/2015, http://www.fpri.org/geopoliticus/2015/11/us-troops-syria-quick-assessment-us-strategy-combat-islamic-state-one-year.
11 Schweitzer, Yoram (2015), «One Year since the Establishment of the Islamic State: Al-Baghdadi’s Successful Gamble, Thus Far», INSS Insight n.º 715.
12 Saiz-Pardo, Melchor, «El Estado Islámico sitúa a España entre sus principales ‘enemigos’», El Correo 08/12/2015; Ortega Dolz, Patricia, «Interior alerta de la radicalización de los ‘lobos solitarios’ yihadistas», El País, 08/11/2015.
13 Echeverría, Carlos (2014), «Escenarios privilegiados de germinación del salafismo yihadista en la vecindad inmediata de Europa: del Maghreb y del Sahel hasta Siria», pp. 89-90, en Yihadismo Global. Documentos de Seguridad y Defensa 62. Escuela de Altos Estudios de la Defensa, Ministerio de Defensa, pp. 85-108.
14 Ibíd.
15 Véanse, por ejemplo, De la Corte, Luis (2014), «Yihadismo global: una visión panorámica», en Yihadismo Global. Documentos de Seguridad y Defensa 62. Escuela de Altos Estudios de la Defensa, Ministerio de Defensa, pp. 43-84; Jordán, Javier (2014), «The evolution of the structure of Jihadist terrorism in Western Europe: the case of Spain», Studies in Conflict & Terrorism, 37: 8, pp. 654-673; García-Calvo, Carola, y Reinares, Fernando (2014), «Pautas de implicación entre condenados por actividades relacionadas con el terrorismo yihadista o muertos en acto de terrorismo suicida en España (1996-2013)», Documento de Trabajo 15/2014, Real Instituto Elcano.
Hace apenas unas semanas se presentó en un cine de Madrid El Bosco, el jardín de los sueños, una película documental de 90 minutos, dirigida por José Luis López Linares con la colaboración de la Fundación BBVA, y que recoge parte de la tesis de Reindert Falkenburg —titular de la VI Cátedra del Prado— de que El jardín de las delicias no solo es la obra maestra del pintor sino que fue concebida como una pieza de conversación en la corte de Enrique III de Nassau. Aquella conversación se ha prolongado hasta nuestros días pues, no en vano, este tríptico es la obra de Jheronimus van Aken (1450-1516) a la que los visitantes del Prado dedican más tiempo, muy por encima de Las meninas y La rendición de Breda.
Poco antes de la película tuvo lugar una presentación —acababa de inaugurarse la exposición del Museo del Prado—, pues los asistentes querían conocer algo más de la vida y obra del pintor de ‘s-Hertogenbosch. Tras las primeras palabras hubo un turno de intervenciones del público y una joven periodista preguntó sorprendida a Falkenburg: «¿Pero el Bosco no era un hereje?».
El experto holandés la miró sorprendido. Le recordó que en 1486 había ingresado en la cofradía de Nuestra Señora, como sus abuelos y sus padres, y que como otros integrantes —la cofradía sigue existiendo hoy— participaba en servicios y ceremonias semanales en la capilla de la Virgen situada en la iglesia de San Juan. También recordó que el Bosco no solo trabajó para esta capilla, sino que recibió encargos de otras iglesias como las del Espíritu Santo y de la propia de San Juan. Son precisamente los libros de cuentas de estas instituciones los que han aportado hasta ahora los datos más fidedignos y reveladores sobre la vida y encargos del pintor.
Si he querido comenzar por esta anécdota es para hacer constar el enorme desconocimiento que hay aún sobre el Bosco y su obra. Su misteriosa vida lo ha sido por falta de datos, y no porque hubiera venido de Marte o perteneciera a una sociedad secreta. Y las discusiones sobre su obra se han producido normalmente por el mal estado de la mayoría de sus tablas, lo que siempre ha dificultado a los especialistas establecer una cronología coherente. Por todo esto parecía que la celebración del quinto centenario de su muerte —conocida por cierto gracias a la misa de réquiem que celebró en la capilla de Nuestra Señora el deán de la cofradía— podía ser una ocasión para, a partir de las exposiciones y los estudios en marcha, ofrecer una visión más completa, también con los nuevos análisis técnicos. Y en esto llegó el Bosch Research and Conservation Project (BRCP) y publicó su primer informe en el que, entre otras muchas cosas, desclasificaba tres obras del Museo del Prado hasta entonces consideradas como autógrafas: La mesa de los pecados capitales, Las tentaciones de san Antonio Abad y La extracción de la piedra de la locura.
Por eso creo que es pertinente, antes de aterrizar sobre El Bosco. La exposición del V centenario, analizar brevemente lo que es el Bosch Research and Conservation Project (BRCP) y las personas que lo integran, pues no en vano tanto la exposición como el catálogo respiran por la herida del informe elaborado por este grupo y que tanta repercusión mediática tuvo en los meses previos a su inauguración.

En 2010, seis años antes de que comenzaran las exposiciones y publicaciones con motivo del quinto centenario del maestro, se creó un grupo de estudio en el que participaban una veintena de especialistas dirigidos por Matthijs Ilsink, historiador del arte de la Universidad de Nimega y del Museo Noordbrabants de ‘s-Hertogenbosch. En su comité científico se integraron Jos Koldeweij, Ron Spronk y Robert G. Erdmann, todos de la Radboud University, de Nimega; Luuk Hoogstede, del Stichting Restauratie Atelier Limburg, de Maastricht; el fotógrafo Rik Klein Gotink; el ingeniero de software Travis Sawyer; y la asistente Hanneke Nap. El comité, que incorporó en sus consultas a expertos de los museos con obras del Bosco, comenzó, cuando llegaron las ayudas de la Unión Europea, a estudiar las obras —pinturas y dibujos— repartidas por museos e instituciones de todo el mundo. No todas, pues algunos museos se negaron a su estudio. No fue el caso del Prado, que les facilitó los informes técnicos que entonces tenía, así como el acceso directo a algunas de sus piezas. Efectivamente, y es pertinente señalarlo para la elaboración de sus informes, el Proyecto de Investigación y Conservación del Bosco (BRCP) utilizó documentación facilitada por los propios museos, aunque en muchos casos esta era parcial y antigua, como en el caso del Prado. Pues bien, a partir de aquí surgió la polémica. Y esta nos tocó de lleno pues ninguna institución sufrió una merma en sus atribuciones como el Prado —¡tres tablas!— aunque, justo es decirlo, tampoco hay ningún museo en el mundo que posea una colección como la nuestra. Así las cosas, el Prado anunció que defendería la autoría de sus piezas y se remitió en sus conclusiones a los estudios entonces ya en marcha sobre aquellas piezas cuestionadas. Y la defensa se ha hecho ahora, durante la presentación de la exposición y de manera más científica con motivo de la muestra. Pilar Silva, comisaria de la exposición y coordinadora del catálogo, ha sido la encargada de redactar las tres fichas de las obras cuestionadas. A ellas nos referiremos en las próximas líneas, aunque es bueno adelantar que cuestiona cada una de las afirmaciones de los expertos sobre ellas. Pero vayamos a la muestra que, como hemos visto, vino bendecida incluso por la polémica.
El Bosco. La exposición del V centenario ha conseguido reunir más de medio centenar de obras, entre ellas veintiuna pinturas y ocho dibujos originales del Bosco, que suponen más del setenta y cinco por ciento de su producción conservada y tenida hoy como autógrafa. Acompañan a las piezas libros, grabados, relieves, miniaturas y pinturas de otros autores que contextualizan el ambiente, también literario, en que estas se concibieron. La muestra está organizada en cinco secciones. La primera —El Bosco y ‘s-Hertogenbosch— sitúa al pintor en la ciudad que dio acogida a su familia y en la que supuestamente fallecería. Esta primera sala está centrada en torno al tríptico del Ecce Homo de Boston, una de las primeras obras, hoy tenida como del taller del pintor, para Peter van Os. Junto a ella se exhiben obras de artistas que, o bien trabajaron para la ciudad en tiempos del Bosco, como los dos relieves del escultor de Utrecht Adriaen van Wessel para el retablo de la capilla de la Cofradía de Nuestra Señora, o bien desarrollaron su labor en ella en esos años, como los tres grabados de Alart du Hameel. Junto a ellos hay otro de Cornelis Cort con el retrato del Bosco; la interesantísima pintura anónima del mercado de paños en la plaza de ‘s-Hertogenbosch —procedente del Noordsbrabant Museum de la ciudad—, en la que aún se puede ver la casa en la que vivió el Bosco; y también el manuscrito de los Comentarios de la pintura de Felipe de Guevara, procedente de la Biblioteca del Museo del Prado. Esta primera sala, que sitúa al visitante en el contexto de la época, da acceso a la dedicada a la Infancia y vida pública de Cristo. Puede sorprender en un principio que la muestra se haya organizado de manera temática, pero su coincidencia habitual con la cronología no distrae necesariamente del rigor de la misma. Por ejemplo, esta segunda sala se organiza en torno al tríptico de la Adoración de los Magos del Prado, acompañado de otras Adoraciones de los Magos (de Nueva York y Filadelfia). Resulta curioso comprobar cómo este tema de la Adoración es el más repetido en la producción del Bosco, quizá porque con él quiere expresar la universalidad de la Redención y el largo viaje que hacen los paganos —los Magos— para adorar al Mesías. En la interpretación de la escena, el Bosco muestra un gran dominio de las fuentes literarias —Antiguo Testamento, evangelios apócrifos—, incorporando elementos simbólicos en sus fondos y edificios, o figuras como el Anticristo o a san José lavando los pañales del Niño.
Quizá la tercera sala, la dedicada a los santos, es la más sorprendente de todas. Está organizada en torno al tríptico de las Tentaciones de san Antonio del Museo de Lisboa, al que se suman otras dos Tentaciones de san Antonio del Prado —una original y otra de taller— y un fragmento de las Tentaciones del Museo de Kansas City, así como el dibujo del Louvre con bocetos para otras Tentaciones de san Antonio.
La belleza del tríptico de Lisboa, prestado al Prado a cambio del Autorretrato de Durero que viajará a la capital lusa, y su exhibición sobre unos mostradores que permiten contemplar la pieza a buena altura —como el resto de los trípticos por delante y por detrás—, hacen de esta sala una de las más sorprendentes. Sorpresa que completan los trípticos de Santa Wilgefortis de Venecia; el de Job del Museo de Brujas (ahora atribuido a un seguidor); y las preciosas tablas de San Juan Bautista del Museo Lázaro Galdiano; de San Juan Evangelista del Museo de Berlín; de San Jerónimo de Gante; y San Cristóbal de Rotterdam. El nuevo formato en el que se exhiben las Tentaciones de san Antonio del Prado permitirá sin duda una nueva reflexión a los miembros de Proyecto de Investigación y Conservación del Bosco, al margen de otras cuestiones técnicas que resalta el catálogo.

Pero si la representación de los santos resulta de una especial belleza y evocación, la siguiente sala inicia un camino bien diverso. Del Paraíso al Infierno gira alrededor del Carro de heno, pero incorpora otros trípticos del Bosco en los que el paraíso y el infierno aparecen representados en las tablas laterales. Tradicionalmente, en la tabla central figuraba el Juicio Final, como en el ejemplar de Brujas. Pero el Bosco da un salto onírico en las Visiones del más allá del palacio ducal de Venecia. Su túnel de luz del paraíso, que atraviesan los elegidos para llegar al Empíreo, supone uno de los hallazgos estéticos más novedosos de la obra bosquiana. Es una pena que Patrimonio Nacional no haya prestado para la ocasión su versión del Carro de heno, hoy en una muestra en El Escorial. Su reciente restauración hubiera permitido comparar y discernir con la obra del Prado como podía haber sido el trabajo del taller del Bosco. No hay otras piezas que permitan esta singular comparación. Una ocasión perdida que hubiera enseñado mucho a los especialistas y al público en general.
La sala quinta está dedicada al Jardín de las delicias. Junto a la pintura más conocida y admirada del artista, se exponen la reflectografía infrarroja y la radiografía de la obra. Estas visiones técnicas permiten apreciar los cambios que el artista realizó desde que inició el dibujo subyacente hasta que concluyó la superficie pictórica. Con estas imágenes el Bosco crece como artista y se comprueba cómo en su proceso creativo no había lugar para la improvisación.
El maravilloso dibujo del Hombre-árbol de la Albertina, que tanto recuerda a la visión infernal del tríptico completa, junto a otras obras menores, la mejor sala de la exposición. Como he dicho, cuando me refería al tríptico de Lisboa, la posibilidad de ver las grisallas pintadas del tríptico, con la visión de la creación, hacen pensar en lo interesante que sería mantener esta exhibición en el Prado una vez que termine la muestra. Merece la pena y ayuda a entender mejor la obra del pintor.
El tríptico más bello del Bosco adquiere así una visión científica, útil y sencilla, que resulta muy provechoso para los profanos fascinados por esta obra maestra.
Quizá la sala más problemática por la polémica a la que me he referido con antelación es la sala sexta. Está dedicada al Mundo y el hombre: Pecados capitales y obras profanas. La estrella es la Mesa de los pecados capitales del Prado y el tríptico incompleto del Camino de la vida, compuesto por El vendedor ambulante de Rotterdam, La muerte y el avaro de Washington, La nave de los necios del Louvre y la Alegoría de la intemperancia de New Haven. Se suman a ellos el dibujo con La escena burlesca con un hombre en un canasto de la Albertina de Viena, así como El prestidigitador del Museo de Saint-Germain-en-Laye, el Concierto en el huevo del Museo de Lille, y el Combate entre Carnaval y Cuaresma del Noordsbrabant Museum de ‘s-Hertogenbosch, estos tres últimos de seguidores del Bosco.
Es pertinente volver a citar el catálogo de la muestra —un libro que sin duda hay que conservar— y vuelve a argumentar de manera convincente la atribución de esta Mesa al maestro. Los argumentos del Proyecto de Investigación del Bosco, desarrollados a partir de que está pintada sobre una madera de chopo, en lugar de la habitual de roble, pierden fuerza ante la interpretación más rigurosa de que no nos encontramos ante un cuadro típico del maestro, sino ante una parte de un mueble, o un artificio, del que desconocemos su uso y la forma de su exhibición. La pérdida de otra mesa pintada por el Bosco —al parecer de los sacramentos— hace pensar en un conjunto más complejo y que permitirá nuevos estudios y propuestas que la simple descatalogación.
Termina la muestra con la sala dedicada a La Pasión de Cristo. Hay que reconocer que se trata del espacio menos logrado de toda la exposición. La movilidad pensada por el equipo de Jesús Moreno sufre ante el pasillo final de salida, donde se pierde parte de la perspectiva que tan buenas soluciones consiguió en otras salas. De la misma forma, las obras expuestas dejan lugar a la duda: el Ecce Homo de Frankfurt crece en calidad ante la extraña Coronación de espinas de la National Gallery de Londres o los Caminos del Calvario de El Escorial y de Viena. Por cierto, la única pieza prestada por Patrimonio hace menos comprensible la ausencia del Camino del Calvario, pues su comparación con el Tríptico de la Pasión del Museo de Valencia, obra de un seguidor, habría permitido volver a analizar —como ya señalamos con El carro de heno— la forma de trabajar del taller del maestro, al tratarse de obras elaboradas inmediatamente después su fallecimiento. No se pierdan los pasajes de la Pasión en grisalla en los reversos de la Adoración de los Magos, San Juan Evangelista en Patmos y de las Tentaciones de san Antonio. Obras que en sí mismas resultan independientes de la obra que les acompañaba. Una nueva lección literaria e iconográfica del genio.
Aunque ya me he referido a él en otros momentos de mi texto, el catálogo de la muestra merece alguna consideración particular. Junto al texto de Pilar Silva, comisaria de la exposición, que actualiza la biografía del pintor y de su familia con la documentación referente a ‘s-Hertogenbosh, y a sus referencias a la personalidad de los comitentes del maestro, figuran colaboraciones de los más importantes especialistas en su obra. Eric de Bruyn hace un generoso repaso sobre las fuentes del Bosco en textos e imágenes; Paul Vandenbroeck sobre las ideas y pensamiento del pintor; y Larry Silver ofrece una visión muy interesante sobre el pecado y su castigo, tema fundamental en casi todas las tablas del pintor. También hay que leer los textos de Reindert Falkenburg sobre El jardín de las delicias y las reflexiones de Fernando Checa sobre la llegada de obras del Bosco a la corte de los Habsburgo en Flandes y en España en el siglo XVI. Un libro importante que, sin duda, estará siendo estudiado con lupa por los miembros del Proyecto de Investigación y Conservación del Bosco. No les vendrá mal.
El rico universo dramático cervantino se despliega en esta obra, La conquista de Jerusalén por Godofre de Bullón (1581-1585). Es imposible comenzar a hablar de la pieza sin reconstruir y reconocer su proceso de localización y, por supuesto, sin ensalzar al autor de este hecho: Stefano Arata. Arata, hispanista italiano, dedicó parte de sus investigaciones en los últimos años de los ochenta del siglo pasado, al vaciado de fondos teatrales de la Biblioteca del Palacio Real de Madrid (además, claro, de la bne y otros centros de documentación). Durante estos años de trabajo recogió un corpus de piezas teatrales que estudió e interpretó y publicó; en ese corpus localizó un manuscrito (Ms. II-460, fols. 246268) que contenía diferentes piezas, entre ellas, una copia manuscrita sin firma, con letra del siglo XVI, de una comedia en tres jornadas titulada Comedia de La conquista de Jerusalén por Godofre de Bullón. En un «Coloquio sobre la comedia», dirigido por Jean Canavaggio en 1991 en la Casa de Velázquez, Stefano Arata presentó el hallazgo identificando la obra con el título que Cervantes había reconocido haber escrito, como una pieza suya. La conquista de Jerusalén…, es un manuscrito peculiar en estructura (tres o cuatro jornadas) y métrica, y también en vacilaciones lingüísticas, unas propias de la época y otras quizá recogidas desde el oído por una transmisión oral del copista, probablemente. Sobre estos aspectos de atribución y estudio publicó Arata, Cervantes y la generación teatral de 1580, en el número 54 de Criticón, (1992) pp. 9-112, donde da cuenta del entramado de la pieza y su posible origen, y su enclave dentro de la «generación perdida» de los años ochenta del siglo XVI. Asimismo, en otro trabajo, Notas sobre La conquista de Jerusalén, la transmisión manuscrita del primer teatro cervantino, resuelve y argumenta las versiones de esta pieza (dos, una en cuatro jornadas, cuyo texto queda reflejado en los papeles de actor de la bne, y otra en tres jornadas, que es la de la biblioteca de Palacio).
Entre los indicios sobre la paternidad cervantina, además, Arata subraya que Cervantes en su Adjunta al Parnaso (1614) reconoce haber compuesto a la vuelta del cautiverio argelino, junto con los Tratos de Argel y La Numancia, una comedia llamada La Jerusalén, y la fecha de redacción de esta pieza se remonta a los últimos años del siglo XVI, periodo al que hay que adscribir esa Jerusalén que Cervantes decía haber compuesto en su juventud; asimismo, señala las concomitancias métricas y de técnica teatral con los Tratos de Argel y La Numancia.
En esta comedia de 2.635 versos, que nosotros (Antiqua Escena) hemos mantenido para la representación en 1.884, Cervantes resuelve una adaptación teatral basada en la Gerusalemm liberata, el poema épico de Torquato Tasso. Y Cervantes lleva de la mano al público, a través de un comienzo lleno de marcas deícticas en el diálogo dramático, a que conozca y reconozca la acción, las acciones, los personajes y los lugares; pero también utiliza ya un modelo que más adelante se desarrollará con éxito en el barroco, es ese monólogo de Tancredo; a través de ese parlamento el personaje «cuenta» y «se cuenta» qué es lo que le ha ocurrido cuando ha reconocido la belleza de Clorinda; este recurso dramático afianza su perfil de enamorado, ese perfil que rompe la imagen de valiente guerrero cristiano para sucumbir a la fragilidad del amor; aquí reconocemos el monólogo como refuerzo de circunstancia o motivo dramático. Cervantes crea situaciones que le resultaran familiares al público lector de El Quijote: Tancredo y Boemundo hablan, recordándonos en sus parlamentos las dos figuras opuestas de Quijote y Sancho; Tancredo se descubre enamorado de Clorinda, mora (falsa mora; en realidad, cristiana), y se cuestiona el amor en una teoría que le resulta desconocida y que casi le produce desconfianza. Esa teoría amorosa que Cervantes redondea cuando Herminia le declara su amor al cruzado cristiano. Boemundo alerta sobre el peligro, advierte de la realidad.
Un esmerado texto de juegos teatrales con identidades falsas en el que la realidad y la ficción se dan la mano; varias acciones, anagnórisis, disfraz, historia y vida, lo terrenal y alegórico se funden enmarcando matices y perfiles de gesto y verso que recrea la complejidad del ser humano más allá de la conquista misma. Un teatro clásico contemporáneo en el que cabe la reflexión sobre la actualidad…, el eterno enfrentamiento de dos culturas que se sostienen, al fin y al cabo, sobre seres humanos.
Ocho actores, cinco músicos y un coro de ocho voces dan vida a un rico universo creado más que probablemente por Miguel de Cervantes. El texto, concebido originalmente en cuatro jornadas, ayuda mucho a pautar el ritmo con el que contamos, representamos y cantamos la historia militar, religiosa y humana de un conflicto que desgarró Europa y Oriente Próximo hace un milenio. Nuestra propuesta escénica se asemejaría mucho a la de un oratorio representado con elementos como el uso de un coro, solistas que en este caso también interpretan, un conjunto musical varios personajes protagonistas, una temática trascendente «bañada de cuestiones religiosas» o la alternancia de coros y partes dramatizadas.
La función consta de ocho partes resultantes de la adición de intervenciones corales entre cada una de las cuatro jornadas en las que se divide la obra: alternando las partes recitadas de los actores con las musicales encomendadas al conjunto de ministriles de La Danserye y al coro Capella Prolationum. La música de Francisco Guerrero, de Juan del Enzina y de Mateo Flecha se funde con la palabra contemporánea cervantina. La secuencia textual de la comedia en ocasiones se acompaña de música instrumental incidental (musulmana y cristiana) que en gran parte resulta de una lectura de las acotaciones musicales de la obra. El viaje hacia el pasado se hace mejor con el perfume vívido de la música y de la palabra. El espectáculo despega en su viaje iniciático y se transforma en un placer para los sentidos.
Los actores encarnan múltiples personajes que desfilan por el rico y variado panorama de la obra, interpretando algunos de ellos varios personajes del reparto, como en la época en la que se escribió el texto. Alternan sus roles a lo largo de la obra: figura alegórica, cristiano o musulmán, cambiando su indumentaria y caracterización interpretativa, sin que el público pueda advertirlo. La belleza y versatilidad de los figurines de Pepe Corzo y las transiciones musicales en directo facilitan el prodigio de «la multiplicación de los actores». La presencia de coro y músicos sobre el escenario —actuando como una masa compacta de soldados cruzados que permanecen expectantes antes los muros de la Ciudad Santa— enriquece notablemente el espectáculo y dota al mismo de la magnitud de un ejército.
La Ciudad Santa de Jerusalén, diseñada escenográficamente por mi socio Miguel Ángel Coso, se presenta como un precioso castillo medieval de forma circular, alejado del naturalismo y de la proporción racionalista y más próximo al simbolismo del miniado medieval: un gran objeto de deseo rodante, precioso y simple en sí mismo, como un cofre que guarda en su interior las riquezas de un tesoro deseado históricamente por las tres religiones; un tótem amurallado, imagen de la Jerusalén Celestial.
El variado abanico métrico del texto, a cargo de los maestros Emilio Gutiérrez Caba y Ana Martín Puigpelat, fluye musicalmente atrapando a los espectadores en este espectáculo de arte total.
Al final del espectáculo, tras la escena de la toma de Jerusalén y mientras el coro interpreta Ierusalem convertere ad Dominum Deum tuum, que pone de manifiesto la misericordia de Dios hacia la Ciudad Santa, los actores dejan de interpretar su roles… La obra teatral ha finalizado. Ahora son seres humanos ajenos al juego de la guerra. Avanzan en silencio hacia el auditorio, mirándose las manos ensangrentadas. Es la única y humilde aportación que hacemos en la puesta en escena sobre la rabiosa actualidad del conflicto de tintes religiosos que sufre nuestro mundo desde hace siglos.
¿El resto? La elocuencia de un insospechado texto que se pone de manifiesto bajo la firma de Miguel de Cervantes… ¿o no?
Desde la obra de Marcianus Capella, De nuptiis philologiae et Mercurii, que estableció en torno al año 420 el currículo básico de la formación mediante el estudio de las artes liberales, el Trivium (Gramática, Retórica y Dialéctica) llega a nuestros días como base indispensable de la comunicación pública. Y mal que bien (más mal que bien), su uso está presente en las intervenciones de los distintos candidatos de toda lucha electoral.
Sobre todo, la retórica o arte de persuadir al público se siente de urgente necesidad en todas sus formas. Puede ser que el orador se haya pertrechado de conocimientos acerca de sus procedimientos en alguno de esos programas de líderes, que tanto proliferan, o bien que se entregue a los recursos de retórica que la naturaleza le haya regalado. En el fondo, lo que enseña la asignatura es la sistematización de lo que pone en práctica la persona con dotes persuasivas, aunque sea cierto que ciertas oratorias convincentes provengan de una buena asimilación de los correspondientes conocimientos teóricos. Las clases de natación no garantizan la formación de campeones, pero son convenientes para todos, aunque las necesite más quien menos capacidad tenga para nadar. Pues lo mismo.
Una de las aspiraciones retóricas por la que suelen suspirar los líderes es la de conseguir simultáneamente la adhesión de los que comparten ideario y de los que no lo comparten o incluso abrazan uno contradictorio. Aunque lo cierto sea que cuando afirman estar de acuerdo, diciendo unos, una cosa y otros, la contraria, indudablemente todos se equivocan.
Hace muchos años, cuando Mercedes Milá hacía en televisión entrevistas a personajes de la política y de la cultura, preguntó al mítico alcalde de Madrid Enrique Tierno Galván por cuál hubiera sido su profesión preferida. Don Enrique contestó sin pestañear que «buldero, fraile predicador de la bula de la santa cruzada». Esa respuesta desconcertante atendía a dos públicos: uno, minoritario, que bien sabía qué estaba diciendo con aquel guiño anticlerical que remitía a las historias de la novela picaresca; otro, que provocó en tantísima señora piadosa del momento la suprema objeción a quienes se oponían al laicismo de Tierno: «¡Anda ya! Pero si en el fondo lo que le hubiera gustado a don Enrique es ser fraile»… Don Enrique era un consumado artista en el discurso que tenía en cuenta lo que un colega que se dedica a estas cosas ha llamado «poliacroasis» del público, múltiples sensibilidades de recepción a las que es preciso dirigirse, a todas y a la vez.
Pues bien, esa atención a la «poliacroasis» caracteriza el discurso de Pablo Iglesias, quien también moviliza de manera eminente el ramillete casi entero de los recursos retóricos. Y así se explica la tan comentada proclamación de Podemos como la nueva socialdemocracia que debe suceder a la «vieja» del psoe, pero que tiene un pedigrí con el que cuatro entendidos se pueden sentir conformes. ¡Acabáramos!
Y es que ‘socialdemocracia’, a lo largo de la historia, ha ido acogiendo acepciones distintas e incluso incompatibles entre sí:
1. Dícese de la ideología que, nacida del movimiento obrero y articulada con la doctrina marxista, emerge a principios del siglo XX.
2. Dícese de la ideología que, tras la segunda guerra mundial, se difunde en Europa occidental, acogiendo las doctrinas keynesianas.
3. Dícese de la ideología que, tras el fin de la guerra fría, inspirándose en la socialdemocracia anterior, acoge ciertas ideas liberales en la puesta en marcha del Estado de bienestar que preconiza.
Declararse socialdemócrata puede ser para cuatro comunistas convencidos de Unidos Podemos el bien posible del marxismo para este momento histórico. Evoca, en cambio, para el común de la gente, la zona templada de la sociedad que no sabe si es liberal porque está a favor de las libertades, o socialdemócrata, porque está a favor de la justicia social. Socialdemocracia puede sonar bien hoy a todos (a casi todos), mayores y jóvenes, ex votantes del PP o del PSOE, de arriba o de abajo, de la derecha y de la izquierda.
Si usar la poliacroasis, como hace Podemos, favorece, dejar que te atenacen en el dilema es una maldición, según le suele ocurrir al PP con las corruptelas que le afectan (no hablamos aquí de las corrupciones). Se trata de una figura sobre la que ya hablaba también la Retórica de Quintiliano en el siglo I de nuestra era. Si, yéndonos a un ejemplo que no es de esta campaña, un senador acepta inadvertidamente que a lo largo de unos años le regalen tres túnicas, un cíngulo y un par de sandalias y, descubierto lo cual por Perfectus Detritus, el senador es denunciado por cohecho impropio, se encontrará ante el dilema de reconocer los hechos y ser condenado injustamente por corrupto o negarlos y. aunque no sea condenado por la imposibilidad de que se prueben los delitos, ser descalificado por corrupto y mentiroso. Pésima alternativa la del dilema.
En las actuales elecciones generales en España el partido en el gobierno se asombra de la escasa repercusión que tiene en los votantes ciertos datos económicos contundentes. En diciembre de 2011, según la Encuesta de Población Activa, el número de parados superaba los 5.250.000, el 22,56% de la tasa de paro. Los ocupados apenas rebasaban los 18 millones. Recibido el país en esta situación de ruina y en caída libre, se tomaron medidas que pronto frenaron la tendencia y luego la invirtieron hasta llegar actualmente a estar por debajo de los cinco millones de parados, con un porcentaje de menos del 21% y más de 18 millones de personas ocupadas. Y la economía creciendo a buen ritmo.
En la perspectiva contraria, el psoeno puede comprender que no se vuelvan hacia su bando de oposición los electores, tras cuatro años de durísimos ajustes de un gobierno que, hoy por hoy, apenas han logrado mejorar los números que recibieron y que, por consiguiente, mantiene al país en una altísima tasa de paro, no ha conjurado todavía el peligro para las pensiones que supone el déficit de la Seguridad Social, y que tendría que evitar en los próximos años entregarse a excesivas alegrías, si verdaderamente quiere lograr el equilibrio. Una situación en que se puede denunciar que hay ciudadanos (adultos y niños) en el umbral de la pobreza, situaciones de marginalidad lamentables e imposibilidad de ofrecer una fecha fija para poder decir que estamos liberados de estas lacras.
Pues nada. Ni el PP logra una mayoría para seguir gobernando ni el PSOE se consolida como la alternativa, antes bien lo amenaza Podemos con dejarlo en tercera fuerza.
—¿Qué está pasando?
—Es la retórica (la «poliacroasis»), estúpido.
Claro que si la Retórica, una y otra vez, aspira no a convencer de la verdad, sino simplemente a convencer, cabe temer el efecto que describe el famoso tópico de Abraham Lincoln: «Podrás engañar a todos durante algún tiempo, podrás engañar a alguien siempre, pero no podrás engañar todo el tiempo a todos».
Margaret Thatcher gustaba decir que «los referendos son un instrumento de los dictadores». Como es lógico, en los días que llevaron al Brexit, sus promotores no citaron ni una sola vez esta máxima de su gran heroína. Pero lo acontecido en el Reino Unido el pasado 23 de junio explica muy bien por qué Thatcher sentía tal rechazo a este tipo de consultas, tan fácilmente manipulables.
Para empezar, el Reino Unido es una democracia en la que hasta ahora la verdadera soberanía residía en Westminster. Es a los parlamentarios a quienes corresponde asumir el mandato que reciben de sus electores, decidir sobre asuntos complejos que exigen estudio y rendir cuentas a quienes les votaron cuando llega el final de cada legislatura. Pero esa visión de la democracia parlamentaria fue asaeteada por David Cameron y la ha dejado malherida.
Es extremadamente difícil hacer comprensible para el elector medio lo que representa para él la pertenencia a una comunidad política y a un mercado común como los de la Unión Europea. En cambio es muy fácil argüir sentimentalmente contra el supuesto leviatán de Bruselas. Entre otras cosas, mintiendo. Porque el número de falsedades que han dicho los ganadores del referendo ha sido infinito. Pero sus votantes les han creído. Desde disparates como que la UE se gasta cada año 143 millones de euros en las corridas de toros —y nosotros sin enterarnos— hasta falsedades perversas como que nadie ha elegido a la Comisión Europea. Si los británicos hubieran prestado la más mínima atención a lo que se votó en las elecciones europeas de junio de 2014 se habrían enterado, como se enteró el resto de los europeos, de que cada partido presentaba un candidato a presidente de la Comisión. El del PSE—y de los laboristas británicos— fue el alemán Martin Schulz, y el del PP fue el luxemburgués Jean Claude Juncker, designado candidato tras unas primarias. Y al que después de que el PP ganara las elecciones europeas, el Reino Unido intentó vetar. Que eso sí que era algo antidemocrático. En el Gobierno europeo, es decir, en la Comisión Europea, los electores sabían quién era el candidato a presidir, como en cualquier democracia. No sabían quiénes serían los ministros, como siempre ocurre en una democracia. Lo normal.
Pero lo que hemos visto en el Reino Unido en la campaña que llevó al 23 de junio fue una lucha entre sentimientos y datos. Y es bien sabido que las cifras sirven de poco frente a los sentimientos. A estos hay que combatirlos con otros sentimientos. Y en el campo del Remain, no hubo ninguno. Porque una de las cosas que mejor explican este referendo sobre la pertenencia a la UE es que no se ha visto ondear una bandera europea en ningún acto de una campaña plagada de «Union Jacks». Hay quien dice que sí había esas banderas en los actos organizados por el Partido Liberal Demócrata, el único verdaderamente europeísta, pero es casi imposible encontrar un testimonio gráfico. Y es que en verdad era muy difícil que Cameron pudiera imponer la permanencia en la UE cuando él mismo es un euroescéptico que no cree en ninguno de los valores que encarna la Europa unida. Cameron solo hizo una defensa de lo bueno que es pertenecer al mercado común europeo. Y frente a las ventajas de ese mercado, los partidarios del Brexit defendían argumentos de soberanía y de inmigración. En la recta final de la campaña, lord Lamont de Lerwick, que fue canciller del Exchequer en el Gobierno de John Major, declaró a ABC que él estaba en contra de Europa por razones políticas, no económicas. Y ese era un signo evidente de por qué iba a perder la consulta el Remain. Porque las cifras eran irrelevantes a los efectos que se estaba debatiendo. Y la campaña de Cameron y los suyos se basaba exclusivamente en los números. Una estrategia disparatada.
Esta era la segunda vez que la cuestión europea era consultada en referendo a los británicos. Después de que el Reino Unido entrara en la Comunidad Económica Europea en 1973 de la mano del conservador Edward Heath, los laboristas de Harold Wilson convocaron un referendo sobre la materia tras ganar las elecciones de 1974. En la oposición a Heath habían criticado la entrada, y como el PSOE de González con la OTAN diez años más tarde, en 1975 los británicos fueron llamados a ratificar el ingreso en la CEE. Entonces, igual que en 2016, se dio libertad de voto en ambos partidos. Curiosamente, en el opositor Partido Conservador, el apoyo al ingreso en la CEE fue casi unánime, Margaret Thatcher incluida, mientras que en el Gobierno laborista hubo alguna oposición por parte de miembros como el ex vizconde Stansgate, para la eternidad Tony Benn, pero de muy poca efectividad. Dos tercios de los británicos votaron la continuidad.
En 2016 el referendo convocado por David Cameron, ha dividido mucho más profundamente a ambos partidos. Se vio durante la campaña en la que los ataques y recriminaciones dentro del Partido Conservador fueron brutales y se vio después de la campaña con el numeroso abandono de miembros del gobierno en la sombra laborista y la moción de confianza a Jeremy Corbyn dentro de su grupo parlamentario que resultó un voto de censura por parte del 81% de sus miembros.
Cameron ya había recurrido a los laboristas en el referendo escocés de 2014 para que le ayudaran a sacar adelante la victoria de la unión en una campaña en la que el primer ministro trotaba hacia el despeñadero. Eso se tradujo después en una victoria de Cameron por mayoría absoluta en las legislativas de mayo de 2015, lo que hacía difícil para Corbyn volver a actuar de salvavidas del primer ministro. Aunque aquella mayoría tan sorprendente es la que le ha costado el cargo a Cameron. Porque en esa campaña de 2015 él propuso la celebración del referendo contando con que nunca tendría que convocarlo porque no iba a conseguir una mayoría absoluta. Y en otro gobierno de coalición con los europeístas liberaldemócratas, estos se ocuparían de vetar la celebración de la consulta. Pero para sorpresa de propios y extraños (y de los institutos demoscópicos, como casi siempre) Cameron logró la mayoría absoluta que ha finiquitado su carrera política. Porque esa mayoría le forzó a convocar el referendo —en el Reino Unido es inimaginable no cumplir una promesa electoral— y tras perderlo se ha ido a su casa.
El gran reto ahora es que todo el mundo asuma sus responsabilidades. Que la Unión Europea cumpla la advertencia que hicieron sus máximos dirigentes en campaña, «Out is out», y quede claro para todo el mundo cuáles son las consecuencias de lo que ocurrió en el Reino Unido el 23 de junio. Porque si en Bruselas se empieza a hacer toreo de salón como para evitar que cambie nada, la lista de países que pedirán nuevos referendos puede extenderse como una plaga bíblica. Esta es la hora de la verdad para Europa. Si el Reino Unido consigue que se le haga un apaño para seguir teniendo las ventajas de la Unión Europea sin los costes que tienen el resto de los europeos, la Europa de la que fue padre intelectual el conde Richard Coudenhove-Kalergi y que fue puesta en práctica a partir del Tratado de Roma, morirá.
Apesar de los avances científicos y tecnológicos sin precedentes en la historia de la humanidad, tenemos la sensación de que no hay paralelismo entre la evolución tecnológica y la capacidad de nuestros gobiernos para aprovechar su potencial. Mientras el resto del mundo va tomando conciencia de la oportunidad que representa esta coyuntura, la respuesta de las Administraciones se limita a pequeños intentos, pruebas limitadas, sin masa crítica, que constituyen apuestas de muy baja intensidad. En general, las Administraciones públicas no quieren asumir riesgos ni salir de su zona de confort. Acaban ateniéndose a los precedentes rutinarios o comprando ideas ya consolidadas que casi siempre vienen del exterior y tienen poco o nada que ver con su propia tradición y cultura. Pero, sobre todo, renuncian a liderar experiencias innovadoras que podrían servir como proyectos tractores de buen gobierno, crear escuela y desarrollar conocimiento y aprendizaje para luego ampliar su influencia fuera de ese ámbito original.
En España hemos celebrado nuevas elecciones en junio tras apenas seis meses desde la última votación en diciembre de 2015. La incertidumbre afecta no solo a la formación de Gobierno, sino también al planteamiento de los partidos políticos sobre la solución de los principales problemas públicos. El quid de la cuestión está en saber cómo van a hacer eso que pretenden hacer.
El papel lo aguanta todo, pero gobernar es muy difícil y gestionar los asuntos públicos muy complicado.
He ahí una razón adicional en nuestro país para un incremento del interés por la gestión pública y el desarrollo de una conciencia cívica sobre lo que es y representa esa parcela de actividad clave para nuestra economía y competitividad. Su relevancia objetiva no ha pasado desapercibida para las grandes escuelas de negocio en España (por cierto, entre las mejores del mundo) y casi todas ellas incluyen en sus programas más prestigiosos ediciones dirigidas expresamente a responsables y gestores públicos. Sin embargo, el conocimiento profundo sobre los mecanismos y condicionantes de la gestión en el sector público no lo suelen tener los expertos empresariales ni los profesores universitarios, sino los gestores públicos que se dedican profesionalmente a un ámbito de actividad que tiene sus propias reglas del juego.
Con este artículo queremos contribuir a hablar de renovación e impulso de la gestión pública en España, pero no desde la lejanía teórica de un ensayo académico estricto, sino desde la cercanía de la aproximación a una política pública concreta: la gestión de la ciencia pública. El objetivo es determinar qué falla hoy en la gestión de lo público y apuntar, a partir de una experiencia concreta, propuestas que permitan su impulso y renovación en un contexto tan desafiante como el que nos toca vivir.
Para ello, vamos a centrarnos en el nivel operativo —el cómo— que es donde normalmente solemos fallar. El nivel estratégico —el que se refiere al qué y al por qué— está mucho más controlado en las organizaciones públicas y viene determinado por los políticos o impuesto por el ordenamiento jurídico. El marco de actuación específico de la gestión pública es el nivel operativo, siempre al servicio de los fines marcados por el Gobierno que dirige la Administración. El terreno intermedio entre política y Administración es, a su vez, el campo de juego de los directivos públicos, bisagra determinante e imprescindible en la pugna cotidiana entre políticos y funcionarios. Ese «terreno de nadie» es precisamente el campo de la gestión pública con mayúsculas. De ahí para abajo está la ejecución y la verdadera burocracia.
El campo de análisis es tan amplio y complejo que, como casi siempre ocurre con las cuestiones importantes, conviene parcelarlo en trozos más pequeños y fáciles de abordar. El sistema que nos parece más adecuado para contemplar el problema en su conjunto consiste en diseccionarlo por capas de actuación: los políticos, las cúpulas administrativas y los demás funcionarios.
Así como las empresas lo arreglan todo con tecnología, las Administraciones lo quieren arreglar todo con leyes. Los políticos confían los resultados de sus programas a la aprobación de una nueva ley en cada sector que, por lo general, viene a cambiar absolutamente todo lo que hubiera con el Gobierno anterior. La tentación más a mano son leyes centralizadoras y omnicomprensivas que, con escasa visión estratégica, aplican a todas las organizaciones públicas, sin distinción, los mismos principios y reglas de funcionamiento, reduciendo el margen de maniobra de los gestores prácticamente a cero. Leyes que deshojan tantas disposiciones superpuestas que no cabrían en ninguna biblioteca; leyes que complican tanto las cosas en una sociedad global, tecnificada y heterogénea, que parece que no aspiran a ser cumplidas; leyes donde el bien común desaparece de los textos o es una hoja de cálculo infinita con números en lugar de personas. El buen gobierno parece una cuestión de procedimientos, cuanto más complejos mejor, que sustentan decisiones muchas veces irracionales aunque basadas en el interés concreto del propio gobernante o sus afines.
En ese sentido, los nuevos partidos, sin experiencia de gobierno antes de las elecciones municipales de mayo de 2015, ilustran perfectamente ese afán de todos los políticos por obtener resultados inmediatos gestionando las políticas públicas para los suyos antes que para toda la sociedad. Esa perspectiva limitada, sin visión de conjunto, proporciona una mala lectura de la realidad y termina poniendo de manifiesto una incapacidad, no para definir políticas, sino para gestionarlas. Aunque traen nuevas ideas y quieren hacer las cosas de un modo diferente, terminan topándose con lo que hay: leyes, procedimientos y funcionarios que los cumplen.
Los políticos minusvaloran a los funcionarios, a los que ven más como un problema que como una ayuda. Su desencuentro la mayoría de las veces no es ideológico, sino que proviene de considerarlos un obstáculo y no mediadores necesarios entre sus intenciones y la realidad. Es muy posible que los partidos políticos acierten en identificar problemas, canalizar descontentos y movilizar a la población, pero luego fracasan en saber gestionar el beneplácito ciudadano conseguido a través de los votos. En lugar de contar con los técnicos de la Administración, preparados profesionalmente para gestionar la complejidad de los problemas públicos, convierten a los suyos en técnicos antes que contar con los profesionales. El resultado conocido y no siempre eficiente es la injerencia política en un terreno que debería estar reservado a los funcionarios.
En el nivel político anida otro fallo importante del sistema: la copia de técnicas «externas» de gestión, nacidas en la empresa privada, y que desde el año 2000 comenzaron a implantar en las Administraciones de media Europa tecnologías de gobierno que funcionan en cuatro tiempos: definen indicadores estadísticos, fijan objetivos a alcanzar, determinan el tiempo de realización y, finalmente, comparan los resultados obtenidos en distintas instancias y por distintos empleados. El problema es que estos modelos, cuyo objetivo inicial era luchar contra la pesada burocracia, están creando nuevas disfunciones al reemplazar la ética del servicio público por la competitividad entre empleados y los logros colectivos por los individuales. Así, ni se sale del imperio del procedimiento ni se avanza en las reformas; solo se hace lo de siempre pero con la ilusión de «quedar bien».
Los directivos públicos, en su inmensa mayoría funcionarios, juegan un papel determinante en la ejecución y también en el diseño de las políticas públicas. A ese nivel coexisten dos problemas fundamentales con fuertes conexiones entre sí: el corporativismo y la visión uniformizadora de la organización.
Los grandes cuerpos de funcionarios han dominado siempre el ministerio de su sector respondiendo a la lógica de que son expertos en la materia y nadie mejor que ellos para gestionarla. Sin embargo, saber de un sector de actividad como especialista no implica en absoluto saber gestionarlo. La gestión requiere de conocimientos, técnicas y habilidades específicas que nada tienen que ver con ser abogado, médico, ingeniero o documentalista; razón que llevó en su día a la creación de cuerpos generales que sí poseen esa preparación y parten de una perspectiva integral de la organización no limitada por las condiciones e intereses de un grupo profesional determinado. Frente a la visión institucional de conjunto, los especialistas de alta cualificación en sus materias pueden llegar a generar erudición baldía si al tiempo no son capaces de solucionar los problemas de su entorno o reinterpretar el mundo y a sí mismos al ritmo de las transformaciones. El corporativismo mal entendido o llevado al extremo es una suerte de nacionalismo que tiende a definir, exista o no, un enemigo contra el que batallar, que indefectiblemente suele ser la burocracia.
Si al tradicional corporativismo administrativo unimos la visión jerárquica, jurídicoformal y centralizadora de la actividad pública que por deformación profesional tienen todos los funcionarios, no es de extrañar que su tendencia natural (y su ejecución práctica) derive en innumerables instrucciones y procedimientos para hacer lo que hay que hacer no importa dónde. Basta observar los efectos causados por la aplicación obligada de los mandamientos de la Comisión para la Reforma de la Administración Pública (CORA) que, pese a sus buenas intenciones, se ha convertido de forma generalizada en una pesadilla para los gestores. O mencionar los innumerables y crecientes controles a todos los niveles administrativos que cercenan la energía de los gestores, que se va en controlar y dejarse controlar, solapando informes en un proceso que nunca acaba porque se retroalimenta a sí mismo. Además de volverles locos, impide a los gestores públicos atender con mayor esmero los asuntos a los que deberían dedicarse si tuvieran tiempo para ello. El control se convierte casi en un fin en sí mismo y los funcionarios controladores en «pequeños emperadores» que, como Nerón, gestionan Roma a su conveniencia y terminan por achacar su incendio a los cristianos, sin intentar siquiera apagar el fuego. Si seguimos así, acabaremos teniendo más gente controlando que haciendo.
Con todo, el problema básico a este nivel es la ausencia de una función directiva pública de carácter profesional, agravada por la coexistencia de un sistema de cuerpos en el acceso a la condición de funcionario y un sistema de puestos para organizar la estructura que parte de la base de que cualquier funcionario vale por igual para ocuparlos dentro de su grupo de clasificación. Un despropósito que descapitaliza la especialización en las grandes tareas administrativas y produce desajustes graves en determinados sectores de los que los funcionarios suelen huir por resultar poco atractivos, hacia otros con mejores condiciones pero cuya idiosincrasia desconocen o para los que no están preparados.
Como sistema de gestión, la burocracia no siempre fue mala ya que logró garantizar la continuidad de una organización más allá de las personas concretas que la integran estableciendo criterios racionales de actuación y consolidando las rutinas. ¿Cuál es ahora el problema? Sencillamente, la permanente medición de las acciones —mayores y menores, trascendentes o no—, que hace la actividad administrativa más repetitiva y próxima a la organización taylorista del trabajo. Desde hace un tiempo, los trabajadores públicos se desentienden de las labores importantes porque no forman parte de las estadísticas, al tiempo que realizan con exceso de celo otras menos cruciales pero que sí se miden y controlan. Al final, adquieren la capacidad de registrar los resultados que más les convienen y son plenamente conscientes de que quien tiene el poder de decisión es quien manipula y controla datos e información. Esto, sin olvidar que los procedimientos suelen priorizar la medición de resultados numéricos frente al buen desempeño, lo que produce una «degradación profesional» no solo a nivel funcionarial sino también en la jerarquía clásica, sustituida ahora por un nuevo poder: el de la cuantificación.
nuestro modelo de función pública es profundamente irresponsable
en el sentido de que a los funcionarios les puede dar igual hacer que no hacer o hacerlo bien o mal. Es más, muchos han aprendido que lo mejor es no hacer nada porque, si no arriesgan, nada tienen que temer de una organización impersonal que premia la medianía y la continuidad y evita las ideas diferentes que se salen del carril establecido. Nuestra cultura penaliza el fracaso asociándolo con negligencia u holgazanería y considerándolo malo, mientras que en el mundo empresarial cada vez se tiende más a celebrarlo, poniendo en valor a los que trabajan muy duro durante meses en algo que finalmente no resulta frente a los que hacen lo de siempre y nada significativo o distinto sucede. Un eslogan de ejecutivos exitosos se condensa en la máxima: «recompensa fracasos excelentes y castiga éxitos mediocres». Las empresas han comprendido que el «branding interno» es algo más que comunicación y marketing, es el compromiso de los empleados con un propósito del que forman parte.
Nuestra cultura penaliza el fracaso asociándolo con negligencia u holgazanería y considerándolo malo, mientras que en el mundo empresarial cada vez se tiende más a celebrarlo
A estas alturas del siglo XXI, se demanda cada vez más que las organizaciones inviertan en mejorar su gestión y conseguir resultados sostenibles y sobresalientes. El reclamo de la excelencia representa un compromiso con la buena gestión y facilita crecer en confianza y competitividad, apostando por hacer cada vez mejor lo que nos identifica y diferencia del resto. ¿Qué estamos haciendo en la Administración? No vamos a perder tiempo en describir los lastres del modelo del que ya hemos dado algunas pinceladas. Nos interesa más insistir en la urgencia de proporcionar a los empleados públicos un nuevo modelo de gestión con el que puedan identificarse y que les permita sentirse valiosos, dando un nuevo valor a lo que hacen y proporcionando también un nuevo valor a la sociedad.
El objetivo de este artículo no es escribir una tesis genérica sobre la gestión pública, sino proporcionar una visión práctica y real a través del análisis de un ámbito específico de la acción administrativa: la ciencia. Para cumplir ese propósito, seguiremos las mismas pautas de reflexión utilizadas para describir el contexto general de la gestión pública; es decir, analizaremos sus diferentes niveles de actuación. Primero, la política científica; a continuación, la dirección y gestión de la ciencia y, finalmente, la infraestructura administrativa al servicio de la ciencia.
La ciencia es un ámbito estratégico para el futuro de nuestro país, lo suficientemente singular como para analizar en detalle sus diferentes elementos e interacciones entre ellos y lo suficientemente generalizable como para identificar los elementos comunes con el resto de las políticas públicas. La ciencia es un campo de estudio privilegiado en el que experimentar con nuevos modelos de gestión que permitan estar a la altura de los grandes desafíos institucionales, y un escenario tan dinámico, heterogéneo y complejo que constituye un laboratorio de nuevas ideas no solo en el terreno científico tradicional, sino también en el de las modernas ciencias sociales. Las propuestas de gestión se enmarcan en la estrategia definida por la Unión Europea para aprovechar las ciencias humanas como materias transversales a integrar en el diseño de las políticas científicas de los países europeos, maximizando los beneficios sociales de la inversión dedicada a la investigación en ciencia y tecnología.
El enfoque interdisciplinar de la gestión pública permite aventurar conclusiones obtenidas de la experiencia práctica en organismos científicos que pueden servir de referencia o inspiración para otras organizaciones del sector público con la misma tensión por mejorar su funcionamiento. Después de todo, hace más de cinco mil años que los seres humanos vienen produciendo conocimiento acerca de la razón y la pasión que entraña la convivencia en comunidades de personas que exploran lo que significa luchar contra la adversidad y hallar lo que motiva a sus congéneres a colaborar entre ellos para alcanzar sus metas. Ese mismo espíritu subyace en la literatura sobre management y acompaña a los buenos gestores en organizaciones de no importa qué naturaleza, públicas o privadas. Pero ya lo explicó Cervantes de manera extraordinaria e ingeniosa en El Quijote: «Paréceme, Sancho, que no hay refrán que no sea verdadero, porque todo son sentencias sacadas de la misma experiencia, madre de las ciencias todas».
Todo Estado debería tener una referencia en su ciencia. La sociedad busca una mirada limpia para comprender el mundo y esa mirada puede proporcionarla la comunidad científica. Siempre, claro, que exista una organización capaz de gestionar los recursos puestos a su servicio y al de los investigadores. Sin embargo, parece como si la política científica no le interesara a la sociedad ni tampoco a los investigadores.
Al no poseer valor comercial a corto plazo, la ciencia queda relegada de las prioridades políticas o de las preocupaciones ciudadanas más inmediatas. Los recortes impuestos por la crisis han supuesto un freno al impulso de la I+D+i que conoció nuestro país de 2000 a 2009, sin que hayamos sido capaces en ese tiempo de generar los procedimientos y la cultura que hicieran rentable esa inversión. Mucha ciencia se ha utilizado políticamente para construir identidades, los planes nacionales han definido a veces prioridades políticas en lugar de objetivos científicos y en ocasiones se ha despilfarrado construyendo grandes edificios y laboratorios magníficos que, a día de hoy, están vacíos o superan en costes de mantenimiento lo que se produce en el plano científico. En definitiva, producimos buena ciencia pero tenemos pendiente traducirla en producto interior bruto; producimos mucha ciencia pero está por ver que la gestionemos con calidad. Por otro lado, el malestar de los investigadores con los recortes y las políticas uniformizadoras alimenta su ancestral reivindicación contra la burocracia y su pretensión de escapar de leyes y normativa que les son de aplicación porque forman parte de la Administración General del Estado. Todo lo cual hace muy difícil la gobernanza del sistema y socava las posibilidades de renovación del modelo de I+D+i.
Dejando a un lado la demanda de muchos investigadores de hacer de las instituciones científicas un territorio sin ley, no se puede eludir el hecho de que, a finales de la pasada legislatura, la nueva Ley de Régimen Jurídico del Sector Público fue aprobada contra la oposición expresa del mundo científico. Por contraste, en ese momento no se consiguió aprobar el contrato de gestión del CSIC, pendiente desde su conversión en agencia estatal en 2007. Las contradicciones de la política llevaron a pocos días de aprobarse la citada ley —que establece la desaparición de las agencias estatales— a la creación de una nueva Agencia Estatal de Investigación para agrupar todas las fuentes de financiación de proyectos científicos.
La verdadera razón de que no se llegue a aprobar el contrato de gestión del CSIC seguramente no reside en que un Gobierno en funciones no pueda tomar decisiones tan estratégicas (cuando sí puede decidir remitir a Bruselas un nuevo Plan de Estabilidad o acordar la devolución de una paga extra pendiente a los funcionarios). Más bien, tiene que ver con el recelo generado por la supuesta irresponsabilidad de los organismos públicos de investigación, que han dispuesto de grandes capacidades para crear institutos, construir instalaciones científicas o poner en marcha programas de personal con un coste inmenso y no siempre las han utilizado bien.
Siguiendo el esquema que se aplica en todo el mundo, nuestro sistema público de I+D+i se basa en que los investigadores compitan en convocatorias abiertas por conseguir financiación para sus proyectos. Desafortunadamente, esas convocatorias se rigen por la Ley de Subvenciones, pensada para dar dinero a particulares y no para que la Administración acometa las políticas que le corresponden. El control sobre el gasto ligado a una subvención es enorme y resulta exageradísimo si se aplica al dinero que se da a sí misma la Administración para investigar. Contrasentido todavía más llamativo si quien controla las subvenciones a la ciencia y hace la auditoría de los proyectos de investigación es… una empresa privada contratada al efecto. En definitiva, se están gestionando como si fueran ministerios los organismos públicos de investigación que, contra toda lógica, reciben el mismo trato que los «particulares».
producimos buena ciencia pero tenemos pendiente traducirla en producto interior bruto; producimos mucha ciencia pero está por ver que la gestionemos con calidad
Además, como toda la investigación que se hace es competitiva y descansa en la capacidad de los investigadores de obtener recursos, resulta casi imposible hacer investigación orientada; es decir: investigación dirigida a materializar líneas de desarrollo que se consideren preferentes o valiosas para el país. La autoridad científica suele encontrar dificultades para «encargar» en un momento dado a los mejores científicos de distintos organismos y con carácter proactivo una investigación concreta con un fin de interés nacional (por ejemplo, la investigación preventiva sobre el ébola).
Es evidente que resolver esos problemas requiere compromisos de los poderes públicos; pero alcanzarlos es harto complicado en la medida en que esos compromisos se suelen aplicar a sectores productivos y los organismos públicos de investigación son en muchos casos multisectoriales y no productivos strictu senso.
La dificultad que encarna la gobernanza de un sistema como el descrito deriva en parte de que la estrategia de política científica, suponiendo que exista una, no está normalmente en manos de gestores públicos sino de científicos, sin formación administrativa, que han sido llamados a ocupar los puestos directivos. Frente a niveles políticos que van y vienen, la profesionalidad en la gestión de la ciencia (como en cualquier otro ámbito) la ponen las estructuras administrativas permanentes que dan continuidad y estabilidad a las políticas. El elemento natural que hace que una organización progrese de verdad y perdure en el tiempo es la gestión. Sin embargo, la consecuencia directa de haber fundamentado el sistema en la obtención de recursos es que el investigador se convierte en el eje y protagonista del sistema en detrimento de la organización que tiene detrás, le paga el sueldo y le pone el laboratorio o la infraestructura que necesite.
Un científico es un especialista en una rama del saber, un creador en busca de nuevos conocimientos; en cierto modo, un artista que necesita libertad e incluso anarquía para investigar. En ese mundo, la ciencia se invoca como un fetiche y es una palabra mágica que autoriza o deslegitima cualquier actuación. Para los investigadores, los problemas de la ciencia provienen siempre del sistema burocrático y nunca tienen nada que ver con ellos. Cuando acceden a un nivel alto de responsabilidad, por regla general, tardan un tiempo en comprender que han entrado en el terreno de la gestión y que este tiene diferentes reglas del juego que hay que saber manejar, para lo que se requiere la preparación necesaria. Con un alto concepto de su capacidad intelectual, están convencidos de estar preparados de sobra para cualquier cosa, incluida, por supuesto, la de dirigir y gestionar recursos y personas. Sin despojarse de sus creencias, muchos siguen desde sus cargos institucionales en lucha activa contra la burocracia, sin darse cuenta de que ya forman parte de ella.
Aunque sea relativamente fácil alinear una organización con el objetivo de ganar dinero, hacerlo con el objetivo de fortalecer lo permanente y común resulta verdaderamente difícil. Si, además, hay que conseguirlo con seres tan individualistas e independientes como los científicos, con un fuerte desapego por lo institucional, es casi misión imposible. A lo largo de los años se ha ido consolidado entre muchos de ellos un «derecho a pedir» que forma parte de su cultura y que se esgrime frente a una obligación de servicio de la organización pública de turno, que opera con recursos escasos y un número cada vez más reducido de efectivos.
Por ello, contar con estrategias claras basadas en un diagnóstico permanente de los problemas, diseñar un modelo y unos instrumentos de gestión integradores y liderar procesos de transformación capaces de renovar nuestras grandes instituciones científicas resulta vital, porque nunca tendremos una ciencia excelente sin una gestión excelente.
Al margen de las universidades, la ciencia en nuestro país se realiza básicamente a través de Organismos Públicos de Investigación (OPI) y de investigadores que, tras años de contrataciones temporales en instituciones científicas diversas, nacionales y extranjeras, se convierten en funcionarios públicos. Guste o no, se considere bueno o malo, nuestro sistema de I+D+i se integra plenamente en el marco de acción de las Administraciones públicas y se rige por el derecho y los principios administrativos. Contra lo que pudiera pensarse, a los investigadores no les disgusta ser funcionarios y depender del Estado, al que así pueden exigir como si tuvieran más derecho que nadie. El problema es que quieren lo mejor de ambos mundos y suspiran por las ventajas y oportunidades del mundo privado con la seguridad de lo público. En el peor de los casos, prefieren operar con las reglas más laxas que permite la autonomía a las universidades. Pero lo que odian con todas sus fuerzas y describen como la causa de todos los males es vivir mediatizados por la burocracia administrativa, a la que no ven más fin que cercenar continuamente sus aspiraciones.
La seguridad de un empleo público y el respaldo de los presupuestos generales del Estado es un privilegio al alcance de todos los que quieran hacer el esfuerzo, pero comporta también deberes y obligaciones y el sometimiento a la ley y al derecho. Hacer frente a una crisis económica global o a un déficit estructural importante porque se ha gastado más de lo que se ingresaba, exige adoptar medidas de ahorro, contención del gasto y reequilibrio de las cuentas públicas. Más allá de consideraciones de oportunidad política o conveniencia económica cuidadosamente definidas, no vale esgrimir que la ciencia merece más que otros sectores que también sufren los recortes.
Pese a todo, es cierto que la ciencia encaja mal en el modelo administrativo y que, sometida sin más a las grandes leyes y medidas generales, revienta todas sus costuras. No pocas veces la política científica entra en contradicción con la política administrativa y el resultado es claramente perjudicial para los intereses y requerimientos de la investigación. En ese sentido, resultan especialmente reveladoras las consecuencias de medidas centralizadoras que son aplicadas indiscriminadamente sin tener en cuenta la realidad concreta sobre la que recaen. Entre las más recientes, basta citar dos de sobra conocidas: la contratación de viajes y la adquisición de bienes y servicios informáticos. Para los organismos científicos, que tienen un alto nivel de incertidumbre en el uso de sus recursos, siempre supeditados al devenir de las investigaciones realizadas, es un absurdo y hasta una aberración imponerles el modelo estándar de viajes administrativos. El personal científico no asiste a reuniones en oficinas públicas de nuestro país o de nuestro entorno inmediato, sino que, en el marco de sus proyectos de investigación y con el dinero obtenido para su puesta en marcha, asisten a seminarios y congresos en ciudades de todo el planeta, realizan salidas de campo, misiones o expediciones en regiones de poco tránsito, o participan en workshops, reuniones o visitas de colegas en campus universitarios o instalaciones científicas con residencias propias y precios tasados. Lo mismo ocurre con la adquisición de hardware o software destinado a la investigación, que debería quedar fuera de los expedientes de contratación centralizada por razones no solo tecnológicas (están pensados para oficinas y no para laboratorios), sino también de plazos (necesariamente ajustados a cortos periodos de tiempo para no perjudicar la finalización y resultados comprometidos de los proyectos), e incluso razones de ahorro (casi inexistente al no ser homogéneos con los equipos disponibles, lo que supone incremento del gasto y pérdida de eficacia en mantenimiento). Pretender a toda costa que a la ciencia se le apliquen las reglas administrativas igual que al resto, sin margen de maniobra o flexibilidad, es volver locos a los gestores y aumentar la insatisfacción de los investigadores con un sistema que no consigue darles servicio, aunque está justamente para eso.
Debería considerarse qué coste tienen las distintas estructuras en funcionamiento para producir la utilidad social que generan y premiar (o, al menos, poner en valor) a las que lo hagan mejor.
Si no se pueden solucionar los problemas de todas las organizaciones públicas de la misma manera, tampoco se pueden tratar por igual organizaciones diferentes. El Gobierno debe decidir, si lo aprueban las Cortes, qué presupuesto se dedica globalmente a un sector concreto, pero debería dejar luego a sus responsables decidir cómo van a gastar la cantidad que se les asigne considerando el coste que genera y la utilidad social que produce. No es lo mismo el coste de dos oficinas del Servicio de Empleo si una atiende mil y otra cincuenta mil parados y tampoco es lo mismo el coste de un organismo de investigación con resultados científicos entre los mejores del mundo que el de la unidad estándar de un ministerio. Que acostumbremos a tratar todas las organizaciones del sector público por igual no quiere decir que le cuesten lo mismo al Estado ni que produzcan beneficios equivalentes para la sociedad de la que reciben los recursos. Debería considerarse qué coste tienen las distintas estructuras en funcionamiento para producir la utilidad social que generan y premiar (o, al menos, poner en valor) a las que lo hagan mejor. Lo mismo ocurre con los costes de personal, en los que no se permiten variaciones, de modo que cada funcionario percibe sus retribuciones de acuerdo con el puesto que formalmente ocupa al margen de su desempeño y contribución real.
Sin caer en el error de proponer soluciones fáciles a problemas complejos, se pueden plantear algunas propuestas con el objetivo anunciado de contribuir a la renovación e impulso de la gestión pública en un momento decisivo para el país y la capacidad de sus servidores públicos.
Ante los desafíos planteados en todos los ámbitos, muchas instituciones tienen la tentación de encerrarse en sí mismas y aislarse en su singularidad, pensando que en pequeñas comunidades será más fácil hallar solución a los problemas. En lugar de adaptarse a las exigencias de un entorno en transformación, pretenden desde la soberbia o la autocomplacencia que sean los demás los que se adapten a ellas. Es una tentación frecuente en organizaciones públicas que, como defensa preventiva, repiten hasta la saciedad que en la Administración las cosas funcionan de otra manera y no pueden aplicarse soluciones que se han extendido ya por casi todas las empresas y que pasan por transformarse e innovar en la forma de funcionar. Hagamos un poco de autocrítica y reconozcamos que eso no siempre es verdad.
En ese sentido, proponemos algunas posibilidades que ya se están ensayando en el terreno que nos ocupa: la gestión de la ciencia.
El plano político
Las políticas virtuosas no son resultado de una voluntad general transmitida desde las urnas y el parlamento a los gobiernos que, a su vez, las transmiten a los funcionarios para que las ejecuten. Las buenas políticas son el resultado de una confluencia de intereses y ajustes mutuos entre distintos grupos políticos, sociales y profesionales, cuyas contribuciones hay que mantener vivas respetando su autonomía, pero forzando su responsabilidad. De ahí que dejar las políticas públicas en manos de los políticos sea tan malo como dejarlas exclusivamente en manos de los gestores o, todavía peor, en manos de la maquinaria administrativa.
El no nato contrato de gestión del CSIC puede servir para ilustrar lo que podría ser una política virtuosa, en la medida en que permite vislumbrar cómo el nivel político puede impulsar con su aprobación una fórmula innovadora en un sector tan singular y estratégico como la ciencia, con la posibilidad añadida de exportar esa fórmula si funciona a otros ámbitos y sectores. Garantizando recursos estables al servicio de su misión estratégica, apostaría sin riesgo por la sostenibilidad de la primera institución científica española, eliminando las incertidumbres de estos últimos años en que se ha pasado de abundancias extraordinarias a restricciones extremas. Sometiendo el uso de los recursos asignados al compromiso y responsabilidad de los gestores mediante garantías acordadas y controlables, se promueve la autonomía imprescindible de los investigadores flexibilizando la aplicación de los principios administrativos. De igual forma, se intuye la fuerza integradora de un contrato de gestión que funcionaría como una «constitución interna» que a todos identifica con unos valores comunes. Incluso si nunca llega a aprobarse ni logra funcionar como catalizador de los cambios que se necesitan, el contrato de gestión del csic puede ser un gran ejemplo de «fracaso excelente», en la medida en que se replantea la gestión de un organismo público de investigación de una manera completamente distinta a como se había hecho antes, frente a la alternativa de hacer lo de siempre y que nada significativo suceda.
El plano institucional
Ese planteamiento «político» se traduce en el plano institucional en el esfuerzo desplegado por el CSIC para impulsar un modelo de gestión integrador en la multiplicidad de institutos, centros y unidades que lo componen (más de ciento treinta). Un modelo con visión de conjunto, capaz de armonizar en una única forma de actuación común la heterogeneidad y pluralidad organizativa que constituyen su santo y seña.
No es labor para una legislatura y sí una tarea trascendente a largo plazo que, más allá del cambio puramente organizativo, pretende transformar la manera de pensar y actuar y eso siempre implica un cambio cultural. Un desafío de ese calado no puede ser el objetivo inicial porque, lejos de motivar e ilusionar, lo que da es miedo. Miedo a perder las seguridades sobre las que se ha construido un saber hacer con prestigio dentro y fuera de nuestras fronteras; miedo a no tener capacidad para estar a la altura de las circunstancias. Sin embargo, es posible avanzar poco a poco contando con una estrategia clara que defina una visión de futuro que sirva de guía para desarrollar la misión encomendada.
A ese fin último contribuyen algunos proyectos estratégicos que, tanto en el ámbito interno como en el de la colaboración interadministrativa, son expresión de las posibilidades de mejora aparejadas a la buena gestión y las buenas prácticas, tanto si se dispone de pocos como de muchos recursos. Es el caso de las ayudas a la contratación de extranjeros que, apostando por atraer el mejor talento, representan más del 10% de los contratos que hace el CSIC, o del Catálogo de Servicios CientíficoTécnicos, que ha conseguido acordar criterios comunes y pautas conjuntas de actuación en relación con la clasificación y tarificación de más de 3.500 prestaciones. El resultado ha superado la tradicional compartimentación de actuaciones adoptando una visión integral de carácter institucional, además de colocarse a la cabeza de las exigencias de la Comisión Europea en el llamado Horizonte 2020. Otro proyecto —con el ambicioso objetivo de adaptar a los organismos de investigación la aplicación informática de gestión económica que se utiliza en toda la Administración del Estado y que no se les aplicaba porque el modelo general no contempla la generación de ingresos— ha conseguido no solo vencer resistencias internas, que preferían adaptar cada «cosita» en funcionamiento antes que repensarlo todo, sino también dar forma a un proceso innovador sustentado en una estrecha colaboración técnica entre el CSIC y los OPI y la Intervención General de la Administración del Estado.
Las personas
Los cambios estratégicos, tecnológicos y organizativos, por sí solos, no son relevantes si en una institución las personas siguen haciendo las mismas cosas de la misma manera. Es vital llegar a la convicción de que hay que cuidar de las personas que llevarán a cabo los cambios y transformaciones que una organización necesita. En instituciones orgullosas de su pasado, la mayor amenaza para el cambio oportuno es conceder autoridad a personas cuyo capital técnico y emocional está invertido en épocas precedentes que se han mitificado. Hay que ayudar a la gente a identificar su modelo a seguir, a hacerse las preguntas correctas sobre cómo conseguir aquello que aspiran alcanzar, e inspirarlas con una propuesta de valor que logre que aporten lo mejor de sí mismas.
En más ocasiones de las deseables, el mayor enemigo de las organizaciones es el fuego amigo. Vivimos tiempos de confusión, enigma y contradicción que hacen que algunos piensen que este país y esta Administración no tienen remedio. Pero reconozcamos que, aun con todos sus fallos, las instituciones funcionan. Empieza a resultar cansina la retahíla de lamentos que escuchamos a todas horas y se echa en falta un reconocimiento colectivo de lo mucho que estamos haciendo, en ciencia y en otros muchos campos de actuación pública. No nos conformemos con seguir siendo parte del problema o, peor aún, con echar siempre la culpa a los demás. No nos resignemos a que las cosas no tengan remedio, porque lo tienen y nosotros formamos parte de la solución.
Cultivemos las emociones que nos vinculan y no dejemos que nadie, ni siquiera el Gobierno, nos regale su propio proyecto de vida buena o de felicidad. En los organismos científicos, en los que conviven dos culturas tan diferentes que parecen antagónicas, urge especialmente construir un relato común entre investigadores y gestores que supere la desconfianza mutua y la eterna sospecha de que el otro es el enemigo y va a lo suyo. Frente al «sálvese quien pueda», reivindiquemos el avanzar juntos para conseguir objetivos comunes. El desafío no es una pelea a ver quién se lleva el gato al agua ni es una guerra a ver quién gana, es un trabajo en equipo en el que ganamos todos. Lo bueno de la gestión es que es una ciencia colaborativa que genera un sentimiento de empatía entre quienes han de actuar frente a los problemas y cree de manera práctica en la habilidad de las personas para mejorar su vida y su trabajo. Desde esa perspectiva, modernizar la gestión de la ciencia no es controlar, es innovar para mejorar y racionalizar para incrementar la competitividad.
¿Cómo se ha entendido esto en la gestión del CSIC? Con iniciativas pequeñas y modestas, pequeños pasos que abren camino a los pasos de gigante fortaleciendo la institución y fomentando la identidad corporativa. Algunos ejemplos pueden ser el desarrollo de una experiencia de formación directiva y gerencial que ha reunido a directores y gerentes en la reflexión sobre su papel institucional y la capacitación que requiere; el reconocimiento a la buena gestión a través de premios y bonificaciones a las mejores prácticas; la transparencia en la asignación de recursos mediante fórmulas que permitan a todos conocer su reparto, evitando que nadie se aproveche o beneficie del sistema a costa de los demás; la utilización de la comunicación a todo el personal en momentos de especial dificultad o que requieren explicar con claridad las medidas que se adoptan; o la celebración de sesiones en las que los participantes opinan de manera libre pero ordenada sobre los problemas y fortalezas de la institución y el mejor modo de construir su futuro. Sabiendo que siempre hay algo que corregir para mejorar.
CONCLUSIONES
Las reflexiones anteriores hablan por sí solas de las posibilidades reales de repensar nuestras instituciones y hacer de las organizaciones públicas viveros de innovación en la gestión, demostrando que la creatividad y la pasión por lo que se hace y cómo se hace no es una exclusiva del mundo de los negocios. Se lo debemos a los ciudadanos, pero también nos lo debemos a nosotros mismos.
Nos gustaría apuntar aún dos reflexiones finales para cerrar este breve análisis de nuestra realidad. La primera se refiere a que la gestión permite desarrollar sobre el terreno ideales políticos y programáticos que no suelen pasar de meras declaraciones si no descienden al terreno práctico de acciones y medidas concretas. La gestión es un instrumento muy eficaz para cambiar la realidad a la medida de nuestras necesidades; dado que tiene carácter transversal y multidisciplinar —como la innovación—, es capaz de articular las grandes ideas que se producen en el nivel político a través del trabajo de gestores públicos que se encargan, con responsabilidad y transparencia, de las políticas pequeñas, de las que se centran en el día a día y determinan el buen hacer de los organismos públicos.
La segunda reflexión tiene que ver con la conveniencia de actuar, al mismo tiempo, en la Realpolitik y en la Dreampolitik. Tan importante es poner la realidad frente a alternativas posibles, como soñar con lo imposible; tan decisivo es desarrollar prácticas continuistas o incrementalistas como abordar políticas transformadoras; tan valioso es generar grandes como pequeñas expectativas de cambio. Hay que aprender a tratar la crisis y la organización con la mano derecha, y la plantilla y sus emociones con la mano izquierda, convirtiendo a los directivos públicos en expertos en llevar sus organizaciones a un futuro para el que están de sobra preparadas.