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Las notas de Valentí Puig. Al diablo con Soljenitsin

 

·            En el Gulag era el número SC 232. Le interfirieron una carta privada criticando a Stalin cuando era capitán de artillería, en la ofensiva final del Ejército Rojo contra Hitler. Cinco años en campos de concentración, un grave cáncer de asombrosa curación, siete años de confinamiento: finalmente, la expulsión. De Stalin al deshielo, de Breznev al exilio, y al regreso, de Boris Yeltsin a Vladimir Putin. Después de los años en el Gulag, compara la aparición al galope de “Un día en la vida de Iván Desinovitch” con el efecto del pez de las profundidades que, acostumbrado a una presión constante de muchas atmósferas, al ser sacado a la superficie perece por falta de presión. Soljenitsin reconoce los errores de su celebridad súbita. Después de haber vendido treinta millones de ejemplares,  Soljenitsin tiene ahora escasos lectores en Occidente. De su grandiosa secuencia “La rueda roja” solo está traducido el primer volumen, “Agosto 1914”. “Lenin en Zurich”, un retrato de tinieblas maléficas, pasó muy desapercibido porque predominaba la novela experimentalista y lo mejor era ejercer la trivialidad para olvidarse de la guerra fría.

   ·         Ya en “Moscú 2042” Vladimir Voinóvich satirizó en los años ochenta la figura de un escritor de barba apostólica que se creía profeta. Luego ha sido la diana de no pocos jóvenes escritores que, como es habitual entre generaciones, quieren ponerse en primera fila tras asesinar al Padre, al Maestro. ¿Qué mejor objetivo que Soljenitsin?  Toda la época post-Soljenitsin está admirablemente descrita en el libro de Emmanuel Carrére sobre Limónov, uno de los escritores más turbios de nuestro tiempo y hombre de acción capaz de toda incoherencia. Por definición, ha buscado ridiculizar a Soljenitsin.  En España, fue penosamente llamativo el artículo de Juan Benet sobre la visita de Soljenitsin. En TVE, Soljenitsin había distinguido entre autoritarismo y totalitarismo. Benet apostilló que eso justificaba los campos de concentración.

 ·           Fue François Mauriac, tan cerca y tan lejos, quien encabezó la petición para que Soljenitsin tuviese el premio Nobel de literatura. Han abundando las críticas sobre el pensamiento teocrático de Soljenitsin. En realidad, defendía el papel del cristianismo en lo mejor de la civilización y lamentaba que los hombres se olvidasen de Dios. Decía que el escritor no puede situarse en la equidistancia frente al problema de la reciprocidad entre su época y la eternidad: “Si sus obras sólo son actuales, hasta el punto de hacerle perder el contacto “sub specie aternitatis”, tendrán la vida breve. Si consagra demasiada atención a la eternidad, descuidando lo presente, su obra pierde color, fuerza y aliento. El escritor está siempre entre Scilla y Caribdis: no debe alejarse ni de la una ni de la otra”.

 ·          Soljenitsin es uno de los últimos grandes que conciben la literatura por oposición al relativismo de la postmodernidad porque el escritor crea sentido, tiene la responsabilidad de saber lo que escribe y debe estar en la equidistancia entre su época y la eternidad. Háblenle de la eternidad a un tardío escritor postmoderno y les dirá que esas cosas caducan como un yogur.

Lo que cuenta en Educación: hacer grande al profesor ordinario

The Economist dedica uno de sus editoriales de esta semana a la Educación, en concreto, a cómo «fabricar» un buen profesor. Dice: «Olvidad los uniformes elegantes y las clases con pocos alumnos. El secreto para notas estelares y estudiantes exitosos son los profesores«. Alude a un estudio realizado en los Estados Unidos y que llega a la siguiente conclusión: «Si los alumnos negros tuvieran de maestros al 25 por ciento de la parte alta en una clasificación de profesores (de mejores a peores profesores), desaparecía la diferencia entre los resultados de los niños negros y de los niños blancos».

No es una gran novedad esto primero que predica la revista británica, pero el hecho de que lo haga este semanario, por su prestigio, es un gran factor multiplicador. The Economist sin embargo, y aquí está la originalidad, denuncia el mito de que los buenos profesores nacen, al estilo de Robin Williams en El club de los poetas muertos. Los buenos profesores también se hacen. Y es un error grave dar por hecho la «verdad» de esa premisa, como muchas autoridades del ámbito educativo en todo el mundo.

Se está formando una nueva «estirpe de instructores de profesores con las bases de una rigurosa ciencia de la pedagogía». La meta es «hacer grandes a los profesores ordinarios», de la misma manera que los entrenadores mejoran a los atletas para que den todo lo que puedan. Si la tarea se lleva a cabo con cuidado, afirma The Economist, se conseguirá «revolucionar las escuelas y cambiar las vidas».

La historia de la Educación, recuerda el mismo editorial, es una de bandazos, «de un milagro a otro». Por ejemplo, en Washington se tomó la determinación de despedir a los profesores a los que imputaban peores resultados de sus alumnos. Pero eso tiene sus límites, porque ser profesor es una profesión para muchos y no se puede echar mano siempre de los mejores. Hay, pues, que saber formarlos.

De ahí que la idea de mejorar a un profesor típico, ni destacadamente bueno ni destacadamente malo, es la que cuenta. Sin embargo, son pocos a los que se les prepara de verdad para que estén delante de una clase de niños y lleven a cabo su trabajo con competencia. En los países desarrollados, como en España, los cursos de preparación para maestros son a veces demasiado teóricos, y en cualquier caso no hay datos para medir los buenos resultados de los alumnos como consecuencia de haber tenido a un buen profesor.

Buenas prácticas para los profesores

Que ponga metas claras. Que haga respetar límites altos de conducta. Que emplee técnicas contrastadas para conseguir que los cerebros de los alumnos trabajen todo el tiempo, por ejemplo, preguntando… Una mezcla de conocer muy bien la propia materia y buenos métodos pedagógicos. Pero también, según The Economist, es fundamental que las instituciones que instruyen a los maestros recolecten y publiquen datos del rendimiento posterior de sus graduados en las clases. Además, hay que combatir las barreras propias que imponen las escuelas y los sindicatos a que se critique la actividad de los profesores. «El dinero importa menos de lo que se supone», afirma. Los mejores profesores de Finlandia ganan aproximadamente lo que la media de la OCDE.

Si se mejora la calidad del profesor medio, subirá el prestigio de la profesión y se entrará en un círculo virtuoso en el que todos ganan, concluye.

El Cicerón de Fontán

 

    – Marco Tulio Cicerón. Semblanza política, filosófica y literaria (CEPC, 2016)forma parte ya del ingente legado de Antonio Fontán, personaje clave de nuestra Transición, humanista, editor y político. Nos acercamos al libro de la mano de su editor, el profesor Eduardo Fernández.

Cicerón, Fontán… El gran escritor de la latinidad y un gran latinista. El modelo perpetuo para los políticos y un político ejemplar de nuestros días. Pocos libros parecían más predestinados que este. Pero, ¿qué vio Antonio Fontán en Cicerón para dedicarle tanto tiempo en una vida con el ajetreo de la suya?

    –Antonio Fontán ha sido uno de los grandes maestros de los estudios clásicos en España, que junto con otros, ya desaparecidos, de la talla de Lisardo Rubio, Antonio Ruiz Elvira, Sebastián Mariner, Martín Sánchez Ruipérez o José S. Lasso de la Vega han formado una generación de vanguardia en desarrollo de la filología clásica y en la formación de nuevos humanistas.

Durante estos años desempeñó varios cargos académicos que demuestran su compromiso con la comunidad universitaria como el de Vicedecano y Decano de la Facultad de Filosofía y Letras la Universidad de Navarra y Director del Instituto de Periodismo (hoy Facultad de Comunicación); Catedrático Emérito en la Universidad Complutense y profesor Honorario en la Universidad de Navarra; Miembro del Patronato de la Fundación General de la Universidad Autónoma de Madrid; Miembro del Consejo del Rector de la Universidad Complutense. En todos ellos colaboró activamente de tal forma que trascendió el ámbito universitario haciendo gala de un talente conciliador y dialogante por el que fue nombrado Presidente de la Sociedad Española de Estudios Clásicos (1983-1985) y en el trienio anterior Vicepresidente de la misma; y en la última etapa de su vida fue Presidente del Real Patronato de la Biblioteca Nacional de Madrid (1997-2004), miembro del Consejo Rector del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (1997-2004). Entre los diversos reconocimientos a su labor docente e investigadora se celebró, bajo la presidencia de honor de SS.MM. los Reyes, el III Congreso del Humanismo y Pervivencia del Mundo Clásico. Homenaje a Antonio Fontán. (2000).

Además de la traducción de obras de Cicerón, Séneca, Tito Livio o Plinio el viejo y de la valiosa Antología de Latín Medieval, realizado en colaboración con Ana Moure (1987), los estudios sobre Juan Luis Vives. Humanista, filósofo y político, (1992) y Españoles y Polacos en la Corte de Carlos V (1994), es autor de varios libros que aportan una visión de conjunto del mundo clásico y destacan como legado intelectual del profesor: Humanismo romano (clásicos, medievales, modernos), Barcelona, Planeta, (1974), en el que Antonio Fontán compendia e ilustra innumerables artículos, trabajos científicos u obras de divulgación, estudiados y publicados algunos de ellos durante la década anterior. Quizá los más destacados son los aparecidos en la extinta revista Atlántida; Letras y Poder en Roma, Ediciones Universidad de Navarra, Pamplona, (2001), una recopilación de veintitrés artículos agrupados en cinco grandes apartados temáticos, en los que desarrolla la trascendencia pública y política de la actividad literaria en la Roma antigua; Príncipes y humanistas. Nebrija, Erasmo, Maquiavelo, Moro, Vives, Marcial Pons, Madrid, (2008), es una recreación del ambiente cultural de la Europa de los siglos XV y XVI, basada en las obras y el pensamiento de unas pocas figuras fundamentales del humanismo europeo: Erasmo, Moro y Dantisco, especialmente; y Nebrija y Vives como representantes del humanismo español, todos ellos profesores, escritores, políticos, amigos, humanistas.

Su actividad, tanto en el ámbito político como en el periodístico, es más conocida por tratarse de una actuación pública, –y vamos a decirlo así, más ruidosa que la académica– ha sido bien reseñada en las obras de Carlos Barrera, (1995); Fernando de Meer y Onésimo Díaz (2010); Arturo Moreno, (2013); Agustín López Kindler (2013); Jaime Cosgaya (2014) o Miguel Ángel Gozalo (2016). Ya solo el número de estudios y libros publicados que tienen como objeto a Antonio Fontán demuestran el interés suscitado por su concepto de la libertad democrática y por la actividad política y periodística llevada a cabo durante la transición y los últimos años del franquismo. En ellos queda retratado como un hombre honrado y coherente, con visión y convicción, liberal en sus planteamientos y exquisito en las formas, capaz de formar equipos y de fomentar la amistad, cualidades que terminaron por convertirlo en los últimos años de su vida y aun después de su muerte en 2010, en modelo para políticos y periodistas.

Cualquier latinista es casi por obligación, devoto de Cicerón. Si trazáramos una audaz comparación entre los santos canonizados por la iglesia y los autores clásicos conservados, los primeros representan el ideal de Cristo alcanzado con perfección y los segundos el modelo de la cultura clásica. Pero entre los santos también hay clases, y aunque todos ellos encarnaran el mismo ideal, algunos han influido considerablemente en la historia y han servido como modelos de santidad a lo largo de los siglos por su personal visión del hombre y del mundo: San Agustín, San Francisco, Santo Domingo o San Ignacio de Loyola. En el mundo clásico ocurre lo mismo y sin duda Cicerón es uno de los grandes entre los autores clásicos por su capacidad de entender el mundo que le rodeaba y expresarlo de un modo inteligible y atractivo para las siguientes generaciones, convirtiéndose en un modelo seguido e imitado por muchos.

El objeto de estudio de los académicos debe buscarse con frecuencia en la propia biografía del investigador que centra su atención en los temas que se relacionan más directamente con su experiencia vital, porque uno investiga lo que vive y vive lo que investiga. En el caso de Antonio Fontán, interesado desde joven por la historia, la política y los autores clásicos, era lógico que fijara sus modelos precisamente en dos personajes que destacaron por su actividad intelectual y su intervención activa en la política de su tiempo: Cicerón y Séneca. Dos personalidades muy diferentes pero que tuvieron en común el compromiso con los problemas de gobierno y la inquietud por establecer la idea de Estado, no solo desde la atalaya de la filosofía, que hoy se asimilaría con la academia, sino con el desempeño de los más altos cargos de responsabilidad pública y que en ambos casos acabaron costándoles la vida.

Cicerón completó una brillante carrera política en la Roma antigua, a pesar de tener un origen humilde, alcanzó la máxima magistratura (63 a.C.), salvó la República del golpe de Estado de Catilina y se convirtió en padre de la patria. Durante la guerra civil entre César y Pompeyo ejerció una importante labor de mediación y tras la muerte de César trató por todos los medios de mantener una República demasiado herida por las guerras civiles y las ambiciones de poder como para escuchar la voz del estadista que necesariamente tuvo que ser reducida por sus enemigos con la fuerza de la espada y definitivamente inscribir su nombre en la historia entre los defensores de la libertad.

Séneca, senador y orador brillante, muy pronto destacó como político en el cursus honorum en una época en la que el senado todavía se veía con recelo por los primeros emperadores y que le costó dos exilios durante los gobiernos de Calígula y Claudio. Con el ascenso al poder de Nerón en el año 54, Séneca fue nombrado consejero del joven emperador y verdadero director del imperio durante los 5 años considerados hasta entonces los de mejor y más justo gobierno de toda la época imperial (54-59). Finalmente perdió la confianza de Nerón que lo fue apartando de las responsabilidades de gobierno hasta que lo condenó a muerte, acusado de participar en una conjura contra el emperador (65).

La vida de Antonio Fontán, como la de tantos otros filólogos, ha estado marcada por la figura de estos dos intelectuales que intentaron aplicar sus ideas desde el poder político y en concreto por la figura de Cicerón. Ya al comienzo de su carrera académica esta inquietud se manifestó en la elección de los textos utilizados para sus primeras clases, en la publicación de la traducción del Pro Archias (1948) y en la reflexión sobre los Ideales del hombre y de la cultura en tiempos de Cicerón, (Artes ad humanitatem, 1957). Al final de su vida tradujo de nuevo el Pro Ligario (1989) y retomó la figura del arpinate con la redacción de la semblanza que presenta la edición del tercer tomo de los discursos de Cicerón en la editorial Gredos en 1999. Y en medio, toda su actividad política en un periodo convulso de la historia de España que terminó por recorrer el camino de la dictadura franquista a la democracia en lo que se ha denominado con una aureola de épica y misticismo, la Transición.

La actividad pública de Antonio Fontán vino marcada desde el principio por sus ideas monárquicas, su trabajo como Miembro del Consejo Privado del Conde de Barcelona durante casi veinte años y su defensa de la libertad de expresión como director del diario Madrid, una tribuna que sirvió para poner sobre la mesa las soluciones políticas de una España que buscaba su espacio entre las democracias modernas y que terminó cerrado por un Gobierno tardofranquista empeñado en mantener la censura. Tras la muerte de Franco fundó del Partido Demócrata (1975) y una vez celebradas las primeras elecciones libres tras la guerra civil española, ocupó el cargo de Senador por la provincia de Sevilla y Presidente del Senado en la Legislatura Constituyente (1977-1979). Desde esta magistratura pudo refrendar la firma de S. M. El Rey en la promulgación de la Constitución de 1978. Finalmente fue diputado por Madrid (1979-1982) y Ministro de Administración Territorial (1979-1980). Después continuó su labor política desde una nueva tribuna como editor de Nueva Revista y formador de una nueva generación de políticos que ocuparían puestos de responsabilidad en el gobierno de Aznar (1996-2004).

   − La historia del libro es, como mínimo, curiosa. ¿Puede detallárnosla? ¿Y cómo ha sido el proceso de edición?

    − Esta biografía de Cicerón responde al modo de trabajar de don Antonio con el que tuve la fortuna de trabajar durante 8 años, desde que presidió el tribunal de mi tesis doctoral en la Universidad Complutense en 2002; después me propuso colaborar en la organización de su archivo primero y después como secretario de redacción de Nueva Revista, puesto que anteriormente había desempeñado Pilar del Castillo, que dejó el cargo para asumir la cartera de Educación en el segundo gobierno de José María Aznar. Don Antonio contaba con un grupo de jóvenes entre los que estaban Luis Pablo Tarín, Luis Arenal y Jaime Cosgaya, entre otros, a quienes introducía en la investigación encargándoles proyectos editoriales que supervisaba y dirigía personalmente.

Así surgieron Letras y Poder en Roma (2001) y Príncipes y Humanistas (2008) y así también nació el proyecto de la biografía de Cicerón desde el momento en que le encargaron una breve semblanza del orador, filósofo y político para encabezar la edición del tercer tomo de los discursos de Cicerón en la editorial Gredos y que salió publicada en 1999. A don Antonio le pareció que esta semblanza podría desarrollarse para llenar un hueco en la bibliografía que aportara una visión completa y divulgativa sobre la vida del arpinate. Pero hacía falta revisar el trabajo ya publicado, ampliar el índice y desarrollar aquellos aspectos apenas esbozados en lo que se denominó Cicerón breve, así que comenzamos con la revisión de este primer texto que culminó con la edición por parte de doña Carmen Castillo del texto definitivo publicado como estrena navideña e incluido entre los textos del homenaje a don Antonio Fontán celebrado en Pamplona en octubre de 2011.

Mientras tanto, don Antonio, después de revisar y desarrollar las lagunas del Cicerón breve, comenzó a redactar los apartados del nuevo índice para dotar de coherencia y unidad al nuevo trabajo. Por eso, durante ese tiempo, escribía, redactaba, corregía y volvía a escribir pequeñas notas, párrafos o cuartillas enteras que en ocasiones sustituían o completaban el texto original. Luis Arenal se encargó de recopilar, corregir y ordenar gran parte de estos escritos, de forma que en octubre de 2009 ya existía una versión corregida y revisada por don Antonio. Sin embargo, otras muchas notas quedaron en su ordenador pendientes de una última revisión y de la necesaria labor limae. Así, cuando le sorprendió la muerte en enero de 2010, el trabajo había quedado inacabado, pendiente de revisar las últimas aportaciones y de redactar el capítulo del consulado, que claramente resultaba insuficiente en la redacción inicial. Se trataba, por tanto de un inédito de 114 folios redactado y revisado por su autor, pero inacabado e incompleto para entregar a la imprenta.

Tras la muerte de don Antonio, me encargué de recoger y ordenar sus papeles, su archivo y su biblioteca para enviarlo como donación, según las directrices marcadas por el testamento, al archivo de la Universidad de Navarra. Entre sus muchos papeles aparecieron numerosas referencias y adiciones pensadas para incluir en la biografía de Cicerón que después de reunirlos y ordenarlos me animaron a la empresa de completar y pulir el trabajo final que ahora presentamos, ampliado en unas 30 páginas con respecto a la redacción inicial.

Una vez fijado el texto definitivo, y gracias al trabajo Antonio Fontán Meana que se encargó de terminar la redacción del capítulo sobre el consulado, acudiendo a las pertinentes fuentes históricas, me encargué de preparar una actualización bibliográfica con los principales estudios sobre Cicerón y sus ediciones, se revisó de nuevo toda la obra para lograr la coherencia y el estilo del autor, y una vez cotejadas las fuentes y datos históricos con la ayuda de Luis Arenal, mandé la nueva versión a varios de los discípulos académicos de don Antonio: Carmen Castillo, Ana Moure, José Luis Moralejo y Jaime Siles, que amablemente leyeron el manuscrito e hicieron valiosas aportaciones de forma y contenido. Finalmente, Ignacio Peyró realizó una importante labor de corrección de estilo que terminó por mejorar el resultado final: una semblanza de Cicerón, elaborada por uno de los grandes maestros y conocedores del mundo antiguo, a la altura de las ya existentes de Everitt, Cowell o Grimal.

Siguiendo el método de trabajo del maestro, me encargué de buscar otros trabajos ya publicados como fruto de la labor investigadora del autor durante su larga carrera académica y en los que había interesantes aportaciones sobre la personalidad y la importancia de la figura de Cicerón para el conocimiento de la cultura clásica. Sin duda, como parte del trabajo pendiente para terminar un libro de estas características, don Antonio habría elaborado una síntesis de todos ellos en un último capítulo a modo de valoración de la vida y la obra del autor latino que sirviera para completar la biografía de Cicerón. Pero esto era ya un trabajo que superaba con creces a un mero corrector y recopilador como yo, por eso, me he limitado a incluirlos en esta edición para facilitar la lectura de algunos de ellos dispersos y otros de difícil localización para que sea el lector mismo el que pueda completar directamente el trabajo con ellos: la lección inaugural que pronunció don Antonio en la apertura del curso 1957-58 en Pamplona, sobre los ideales del hombre en tiempos de Cicerón; La personalidad intelectual de Cicerón y su actitud en la política y Cicerón y Horacio, críticos literarios, procedentes de Humanismo romano (1974); Los discursos de Cicerón, de Letras y Poder en Roma (2001).

    − ¿Qué lecciones, según Fontán, puede aportar Cicerón al hombre y al político de hoy?

   − La lección más importante que se desprende de un libro como este es que el conocimiento de los clásicos goza siempre de actualidad para quien entiende que la historia es la maestra de la vida. Así lo entendió Antonio Fontán de quien cuentan que mientras ocupó cargos públicos siempre tenía un libro de Cicerón encima de la mesa. En Cicerón encontramos un admirable modelo de expresión y de lealtad con la justicia y con las instituciones políticas a pesar de los turbulentos tiempos que le tocó vivir: un paradigma de elocuencia, sabiduría y actuación pública que se identifica en gran medida con las aspiraciones y ocupaciones de Antonio Fontán.

«Marco Tulio vivió una agitada existencia en la que se sucedieron, alternando unas con otras, las experiencias políticas y humanas más variadas. Hubo en ella no pocos momentos de frenética y aplaudida –o denostada– actividad pública y otros de calma, quizá más forzada por las circunstancias políticas que por voluntad suya. Cuando se encontraba en esa situación, Cicerón acertaba a consagrar su tiempo y su atención al estudio, y a la composición de una vasta obra de pensamiento político y filosófico, de historia literaria y de crítica social. Estos libros, en unión de sus admirables discursos y sus epistolarios, han hecho de él el maestro y el paradigma del buen decir a lo largo de un centenar de generaciones».

Era inevitable que el estudio académico de un hombre preocupado por el mundo clásico no se sintiera inclinado hacia el modelo ciceroniano en la defensa de la libertad de expresión en su etapa de director del diario Madrid, o hacia la búsqueda del consenso político desde su cargo de presidente del Senado durante la legislatura constituyente o después desde el Ministerio o su escaño de diputado. En su vida los periodos de «frenética actividad» como profesional de la comunicación o como político, también se mezclan con los de reposo académico con fructuosas obras llenas de sabiduría sobre los modelos del mundo antiguo. Al final de su vida, sobre todo a través de los artículos de Nueva Revista, ejerció una labor de reflexión sobre los temas planteados en el debate político y de asesoramiento a un grupo de jóvenes que acabaron por desempeñar cargos de responsabilidad en la vida pública, que recuerda el mítico prestigio de Cicerón y sus intentos por restaurar la república romana, quizá sin la violencia y exacerbado apasionamiento que requerían las circunstancias durante la desintegración del Estado en tiempos del segundo triunvirato.

Antonio Fontán, como los buenos maestros, practicó con el ejemplo por lo que no se dedicó a esgrimir frases de Cicerón para adoctrinar a su alrededor, más bien trató de encarnar el ideal ciceroniano de coherencia intelectual en su propia actuación pública. En él las lecciones de Cicerón se pueden encontrar ya adaptadas a los tiempos modernos, listas para servir de ejemplo a los políticos actuales en la firmeza de convicciones combinada con una delicada capacidad de diálogo, en la decidida lucha por la resolución de los problemas reales de la sociedad a largo plazo, sin pensar únicamente en los resultados de las encuestas o en los resultados electorales, sino más bien en el estudio profundo, en el debate político y en la reflexión, en el respeto por todas las opciones políticas y en la lucha por la libertad de expresión como medio para alcanzar la verdadera democracia.

Las excepcionales cualidades de Cicerón, como filósofo, orador y maestro de oradores, como abogado y como político, brillante y persuasivo en sus discursos y sabio y reflexivo en sus planteamientos, hacen muy difícil borrar su profunda huella en la historia y muy fácil desechar un modelo que se considera inalcanzable. Aun así, entre las lecciones más útiles para los políticos y los hombres de hoy que se desprenden de la figura de Cicerón, habría que señalar la grandeza de ánimo ante las dificultades, la integridad y la confianza en soluciones políticas y en las instituciones por encima de la violencia y por supuesto, la dedicación y el constante trabajo.

En Cicerón, en su vida y en su obra, encontramos el modelo universal de intelectual que aprovecha con coherencia sus conocimientos en la actuación pública en busca de un auténtico bien común y es capaz de aplicarlo al discurso político para defender sus ideas y convencer a sus adversarios en composiciones de altura literaria que han pasado a la historia. Desde sus comienzos como homo novus, este brillante abogado y orador, ascendió en la carrera política gracias a su lucha contra la corrupción (Verrinas) cumplió el cursus honorum, alcanzó el consulado y salvó la República de un grave golpe estado (Catilinarias) para terminar su vida denunciando el abuso de poder y la falta de libertad que terminó por acabar con su vida y con la República (Filípicas).

Estas son las tres etapas que nos señala Antonio Fontán en los tres capítulos que dividen un libro que sirve de lección en el mundo de hoy para no olvidar a los clásicos y en concreto el modelo ciceroniano. De una manera divulgativa y sin el aparato de notas eruditas no solo se dirige a políticos o especialistas en la antigüedad, sino a todo el que esté realmente interesado en rescatar el legado de la historia y de los grandes personajes del pasado. A este lector audaz principalmente van destinadas las lecciones de Cicerón en la versión de Antonio Fontán, un destacado político y un especialista en la materia.

Orientar en la navegación. Conversación sobre la crítica literaria

“¿Para qué sirve la crítica literaria? Es pregunta que vale la pena plantearse una y otra vez, aunque no hallemos una respuesta satisfactoria”. Así comienza el conocido ensayo de T.S. Eliot, Criticar al crítico, cuyo título, tan dado a malinterpretaciones, no debe llevar a engaño: lejos está el autor de los Cuatro cuartetos de ofrecer un panfleto en contra del ejercicio crítico; teniendo sobre todo en cuenta los capítulos analíticos que componen el ensayo, bien podría decirse que Eliot realiza un ejercicio de desmitificación de su propio trabajo crítico, ejercicio al que aludirá, algunos años después Paul de Man en Crítica y crisis: “la literatura llega finalmente a lo suyo, llega a ser auténtica, cuando descubre que la posición de privilegio que pretendía a favor de su lenguaje no era sino mito. La función del crítico se hace entonces extensiva a la intención desmitificadora que se encuentra presente de manera más o menos consciente en la mente del autor”. La función de la crítica puede así definirse como el mostrar las aporías del lenguaje o, en palabras del autor de Crítica y crisis, el mostrar la no fiabilidad del lenguaje en su estructuración y, consecuentemente, la aporética naturaleza lingüística de las obras, construcciones que el crítico desgrana en su adentrarse lingüístico y estructural a las mismas. Sin embargo, la propuesta de Paul de Man o las mismas palabras de Eliot, ¿identifican aquello que comúnmente se entiende por crítica literaria? Si, como afirmaba Eliot, la pregunta en torno a la crítica es una pregunta destinada a su no resolución, ¿permanecemos en un torniquete de la indefinición? “La mejor crítica es la que es amena y poética; no es esa otra, fría y algebraica, que, bajo pretexto de explicarlo todo, no siente ni odio ni amor, y se despoja voluntariamente de toda clase de temperamentos”, escribía Charles Baudelaire en 1846 en un breve artículo de elocuente título: ¿Para qué la crítica? Como Eliot, el autor de Las flores del mal se interroga sobre el ejercicio crítico y su funcionalidad, un interrogante que, además, Baudelaire plantea siendo consciente de que hablar de crítica implica, por lo menos, abrazar dos acepciones que, reunidas en un mismo signo gráfico, aluden a dos realidades distantes: “la crítica debe ser el cuadro reflejado por un espíritu inteligente y sensible”, comenta el poeta, para quien este “género de crítica está destinado a los libros de poesía y a los lectores poéticos”, mientras que la “crítica propiamente dicha”, continúa Baudelaire, “para ser justa, es decir, para tener su razón de ser, ha de ser parcial, apasionada, política, es decir, hecha desde un punto de vista exclusivo, pero desde el punto de vista que abra el máximo de horizontes”. Baudelaire define la verdadera crítica como una crítica que tiene su razón de ser, pero ¿cuál es actualmente su razón de ser? Y, sobre todo, ¿qué entendemos hoy en día por una “crítica propiamente dicha”? Como parecía vislumbrar Eliot en los años cincuenta, la pregunta en torno a la crítica no sólo está condenada a reproponerse, sino que parece atraparnos en un torniquete interrogativo.

 “La crítica literaria es una forma particular de lectura (metódica, relacional, creativa y, sólo si se descuida, dogmática)” afirma Nadal Suau, que de inmediato matiza: “lo que se ejerce en la prensa es un oficio muy relacionado con la crítica, pero que también tiene mucho de periodismo”. Suau apunta a una divergencia entre el ejercicio de crítica literaria y el ejercicio que, si bien emparentado con aquel, se realiza en la prensa: “el campo semántico del término crítica es muy extenso, y, si nos ponemos rigurosos, no cabe poner en un mismo plano, ciertamente, un ensayo crítico de T. S. Eliot y una reseña de suplemento”, apunta Ignacio Echevarría, que, sin embargo, observa cómo, si bien aceptando la incuestionable separación de planos entre el ensayo crítico y el ejercicio crítico periodístico, “cuando hablamos de la crítica coloquialmente, todos entendemos que aludimos a la crítica periodística, la única que, dentro de lo que cabe, tiene cierta influencia”. ¿Es la crítica periodística aquella “crítica propiamente dicha” a la que aludía Baudelaire? ¿Es, asimismo, a la crítica periodística a la que aludía no de forma particularmente complaciente el poeta francés cuando, en la introducción de Salón de 1845, señalaba que lo que allí iba a decir “no se atreverían a imprimirlo los periódicos”?

 “Hace no mucho leí un librito de Reich-Rainicki que ponía de manifiesto que ya en Alemania, ¡en el siglo XVIII!, existían las mismas miserias en la crítica literaria que hoy día en España”, nos comenta Fran G. Matute, que parece no sorprenderse del carácter crítico, incluso, polémico de Baudelaire hacia el ejercicio de la crítica, aparentemente condenado desde siempre a estar rodeado de un halo de descrédito. Sin embargo, para Matute el caso español es particularmente desesperanzador y la crítica literaria no es más que un reflejo del contexto social en el que, como apunta el crítico de Sevilla, son muchas las piezas por pulir: “en España falla todo: desde las escuelas que no son capaces de formar a los lectores; desde las editoriales que publican textos de escasísima calidad, que por inercia hacen bajar el listón de las expectativas de los lectores; desde esos mismos lectores que no se rebelan ante lo anterior; desde los medios que convierten la crítica y el periodismo cultural en un mecanismo más de promoción; desde los críticos que no respetan a los lectores…”. El escritor y crítico Luisgé Martín suscribe las palabras de Matute: “creo que la crítica que se hace en España no brilla por su calidad. Está contagiada de muchos males: mediocridad, academicismo, subjetivismo fundamentalista, amiguismo, pereza”. El autor de La vida equivocada encuentra en su doble posicionamiento –como crítico y como escritor- el beneficio de “ponerme en el lugar de aquel a quien critico. Entender todo lo que ha sido puesto en esa obra y esquivar el instinto depredador. Sobre todo guardar el respeto que merece el autor, incluso en libros que me parecen fallidos o menores”.

 Luisgé Martín no es el único escritor que se dedica a la crítica literaria, son muchos los autores que semanalmente firman reseñas en los distintos suplementos literarios y, en cada uno de los casos, se pone la misma pregunta: ¿Cómo mantenerse en la objetividad y la neutralidad cuando se es susceptible, a su vez,  de ser objeto de crítica? “No reseño nunca a amigos, evidentemente, sino a autores a los que no conozco, por una evidente razón de higiene y honradez”, comenta el escritor y crítico Antonio Orejudo. Narrador, crítico en la prensa escrita y autor de estudios críticos de Lope de Vega, Cervantes o Antonio de Guevara, Orejudo es consciente no solo de las distintas acepciones del término crítica, sino también de la distinta función y, consecuentemente, de las distintas problemáticas de cada una de las acepciones: “la crítica de periódicos se dirige a un público general,  sin conocimientos especializados” y, por tanto, “debe proporcionar información objetiva del libro, pero también debe emitir un juicio y sobre todo debe defender al lector de la propaganda, de los falsos prestigios, del bullying cultural”. Por ello, Orejudo, subrayando que “nunca me he sentido presionado”, no solo evita escribir acerca de las obras firmadas por amigos, sino que a veces publica sus lecturas con el objetivo de “hacer un bien a la comunidad para que los lectores no compren un libro por la presión del  mercado cultural, sea quien sea el que lo haya escrito, sino porque el libro (a mi juicio, evidentemente) resulta interesante por alguna razón”.

 De las palabras de Orejudo se desprende un compromiso con respecto a la tarea crítica que sobrepasa el mero ámbito estético para constituirse como un discurso que desde la autonomía de quien escribe se imponen a los condicionantes del mercado cultural y a las estrategias promocionales que lo conforman. Y hablar de estrategias promocionales no es solamente referirse a las campañas –legítimas- de las editoriales, sino de todos los mecanismos y a todas las estructuras –desde los propios suplementos literarios hasta los críticos amigos- que intervienen, sin duda no desinteresadamente, en dicha promoción: “la clara connivencia que pueda existir entre ciertos medios y ciertas editoriales, entre ciertos críticos y ciertas editoriales”, comenta con particular explicitud Matute, “anula automáticamente los contenidos, por muy honestos que sean o pretendan ser”.

Como Orejudo, como Nadal Suau o como el mismo Fran G. Matute,  la periodista y crítica Laura Fernández niega haber recibido nunca presión alguna: “nunca he tenido ningún tipo de presión directa por parte de los suplementos ni de las editoriales, aunque sí que una vez que han salido las críticas, me han escrito de la editorial preguntándome por qué no me había gustado, y diciéndome que, en algún caso concreto, era la única a la que no le había gustado el libro en cuestión. Pues muy bien, es lo que me pareció, les dije en ese caso”. En perfecta sintonía con Fernández, aunque poniendo el foco en el periódico y no en las editoriales, Jordi Amat confiesa que “En el Cultura/S siento que disfruto de una libertad de opinión notable. El diálogo con el responsable del suplemento cultural es constructivo en el mejor sentido de la palabra. Y en la relación con el periódico existen implícitos que asumo con relajada complicidad. No me siento sumiso, pero tampoco soy un kamikaze”. Y puede que precisamente la clave esté en estos “implícitos” a los que alude Amat, a ese no ser sumiso, pero tampoco kamikaze, puesto que no resulta en absoluto revelador afirmar que no es necesario recurrir a presiones fácticas para poder hablar de presiones. Si bien es cierto que Echevarría comenta que “por desgracia, la crítica es en la actualidad algo demasiado irrelevante como para ser objeto de presiones o de censuras significativas”, la existencia de las mismas no puede ser negada y, asimismo, la connivencia de intereses a la que aludía Matute adquiere una particular relevancia en cuanto subterfugio para obtener beneficios críticos sin tener que optar por presiones o censuras particularmente llamativas. Por ello, irremediablemente vuelve a plantearse la pregunta acerca de la neutralidad cuando la amistad, el compartir editorial o el formar parte de un mismo grupo configuran el contexto desde el cual se escribe.

 “Es inevitable que alguien que escribe recomiende la obra valiosa de amigos, pero si engaña hace un flaco favor al amigo, al posible lector y a sí mismo”, señala Antonio Rivero Taravillo, cuyas palabras pueden ser apostilladas por las de Luisgé Martín, que, consciente de las implicaciones que puede tener la amistad con el autor reseñado y al engaño al que dichas implicaciones pueden llevar, recuerda que “en Babelia, por ejemplo, existía la norma de no criticar obras de tu misma editorial. Los afectos, los intereses creados, las vecindades… son terribles en este oficio. Las susceptibilidades envenenan relaciones que merecen la pena. De modo que soy partidario de los controles de rigor”. De susceptibilidades habla también Taravillo al sostener que “hay autores ególatras que el más mínimo reparo se lo toman como un ataque personal”, pero, como se deduce de las palabras de Amat y de Martín, en cuestiones de crítica literaria, las susceptibilidades son solo uno de los elementos, quizás incluso el menor de ellos: “el problema de la crítica, creo, es un problema de la dimensión de nuestro sistema cultural en que dicha crítica se inscribe. Se trata de un sistema más bien reducido donde hay poco que repartir y todos, más o menos, sabemos quiénes somos y todos, coincidimos aquí y allí, y, además de críticos, escribimos libros que también serán reseñados” comenta Jordi Amat. En efecto, los “implícitos”, los interrogantes ante una crítica no elogiosa, el autocontrol o la norma, destinada solo a los autores-críticos, de no criticar autores de tu misma editorial – ¿no cabría también mencionar  la paradójica coincidencia de recomendar los libros del grupo empresarial al que pertenece el suplemento?- son expresión de los muchos contaminantes de los que el crítico, en nombre de su coherencia y honestidad personal, debe protegerse. Al respecto, Nadal Suau es particularmente elocuente: “a mí me parece que en la crítica española hay una cantidad de amiguismos, corporativismo y rencor muy similar a la que se da en casi cualquier otra parte”. Ante estas constataciones compartidas,  Taravillo sostiene que “habría que insistir en que lo que de verdad importa es el texto, con sus virtudes o defectos, que suelen venir combinados. Leyendo una publicación modélica, el Time Literary Supplement, se ve que el crítico puede, y debe, mostrar los flancos débiles del libro, sin dejar de señalar sus puntos fuertes. De lo contrario, le estaríamos pidiendo a la crítica lo que Coleridge pedía para la fe poética: la suspensión voluntaria de la incredulidad”.

Y es precisamente la incredulidad el sentimiento receptivo que despierta la crítica literaria –“ni los medios, ni los lectores ni siquiera los propios críticos parecen creer mucho en el sentido de la crítica”, apunta al respecto Echevarría-, una incredulidad, sin duda, motivada en parte por los fallos inherentes al propio sistema crítico, pero también por la consolidación de una serie de prejuicios, en absoluto inocentes, cuyo objetivo no ha sido otro que el desacreditar la crítica en tanto que expresión que, en su teórica y deseada independencia, debe contrarrestar, como bien apuntaba Orejudo, los mecanismos promocionales y, por tanto, debe ofrecerse, obviamente desde el honesto subjetivismo de quien firma la crítica, como ejercicio informativo para el lector y no como expresión de manipulación o de persuasión en nombre de unos intereses numéricos. “Para mí, la crítica que se ejerce en periódicos es necesaria para orientar al lector, pero también y sobre todo, en mi caso, que tengo la suerte de poder elegir los libros que reseño, para llamar la atención sobre ciertos títulos que no pueden pasar desapercibidos a cualquier amante de la literatura”, afirma desde Barcelona Laura Fernández. Es precisamente la idea de “orientación” aquella que más presente está para los críticos consultados, una idea que, plasmada de distintas formas, prevé, por una parte, un sentido de honestidad con respecto al lector –“el respeto al potencial lector, más que al autor, es lo que debería primar. Yo, honestamente, he procurado no vender carne por pescado” concluye Jordi Amat– y, por otra parte, un sentido de independencia, aceptando o gestionando los ambages del sistema que de forma más o menos explícita todos terminan por reconocer, con respecto a la opinión expresada. En este sentido, rechazar la opción de reseñar a amigos o a compañeros de editorial no es más que una manera gestionar los ambages que convierten la crítica no en expresión informativa y orientativa de una obra, sino en discurso construido a partir del objetivo que, a priori, se busca obtener, una gestión indispensable puesto que, como bien apunta Echevarría, “es tarea del crítico tratar de sortear mientras puede esas u otras limitaciones explíticas o implícitas que condicionan su trabajo, haciéndolas directa o indirectamente manifiestas”.

Dicho esto y asumido la ética rectora de la crítica literaria, ¿es posible concretar su “deber ser”? “Una buena regla sería ser riguroso, incluso severo, con los que ya gozan de prestigio, y benévolo, aun señalando las posibilidades de mejora, con los que empiezan. Y cierta proporción áurea, como la del número pi, para no ser repipi y siempre superlativo, recomendaría alternar con cada cierto número de críticas elogiosas alguna dura de un embeleco, preferiblemente que sea paradigmático de un vicio generalizado”, apunta Taravillo. Por su parte, Nadal Suau apunta: “la crítica tiene que distinguirse por completo de la publicidad. Una buena reseña muy positiva sigue sin ser publicidad del libro; una buena reseña muy negativa no es publicidad del crítico”: el objeto, concluye Suau, de la crítica, no es ni la promoción del libro ni la autopromoción del crítico que busca, a través de sus textos, construirse un personaje dentro del contexto. Tan nociva es la benevolencia como el ser un enfant terrible por principio: ambas estrategias, parece decirnos Suau, forman parte de un perverso mecanismo promocional en el que ni el texto ni el lector, en tanto que receptor, cuentan.  “Al escribir una reseña, yo intento sobre todo ser útil al lector y al libro. El escritor viene después”, concluye Nadal Suau en perfecta sintonía con lo dicho anteriormente por Fran G. Matute que, reclamando una crítica más rigurosa y lamentándose por la falta de “calidad objetiva”, recuerda el carácter subjetivo de todo ejercicio crítico, afirmando que “del mismo modo que un libro debe encontrar a su crítico idóneo, cada lector debería localizar a su crítico de cabecera entre los distintos periódicos o suplementos, porque al ser subjetivo hay de todo en la viña de Señor”.  Como Matute, Laura Fernández hace hincapié el carácter subjetivo de la crítica y la interrelación que se establece entre el crítico y el lector, una interrelación basada principalmente en la condivisión de gustos literarios: el crítico en tanto que “alguien que lee mucho y que lee bien, o eso creo, puede ejercer como prescriptor, pero sólo y sobre todo para aquellos que entienden la literatura de la misma manera en que la entiende el crítico en cuestión”.

 Sin embargo, de poco sirves estos apuntes si, ante todo, la crítica literaria no recupera, si es que alguna vez lo tuvo, un espacio central dentro del debate literario, si no recupera su papel de interlocutor riguroso y honesto de las obras, es decir, si no se (re)propone, como señalaba en una ocasión Terry Eagleton, como interlocutor del texto, como elemento indispensable del diálogo literario. “Mientras la crítica sea tomada como una tarea secundaria, al servicio de la industria editorial y de la divulgación cultural, poco cabe hacer” señala apropiadamente Ignacio Echevarría: “en el marco de la crisis que padece actualmente la prensa periódica es difícil señalar caminos. Tampoco internet ofrece por el momento un horizonte claro de actuación. En cierto modo, está todo por hacer, por reinventarse: desde los formatos y la retórica de la crítica hasta su modo de plantearse la relación con sus destinatarios. Lo que falta es imaginación y voluntad”.

 Frente a un todo por hacer, estos apuntes, en palabras de Gaziel, pueden no ser otra cosa que unas meditaciones en el desierto, en un desierto que requiere, retomando lo afirmado por Echevarría, imaginación y sobre todo voluntad. Puede que, en parte, todavía permanezcamos en un torniquete interrogativo ante una posible definición de crítica literaria, sin embargo, más allá de la perspectiva árida que la imagen del desierto evoca, la posibilidad de reinventarse resulta sin lugar a duda una ocasión excelente para poder realizar un ejercicio de auto-crítica y de análisis con respecto a lo que debe ser una crítica literaria rigurosa, orientativa e independiente. Para ello, no basta solamente con una reflexión por parte de los críticos literarios, sino que se requiere una toma de conciencia por parte de todos los mecanismos que componen la escena editorial-literaria, desde los periódicos hasta las propias editoriales, pasando indudablemente por los autores que, como señala de forma acertadísima Nadal Suau, si son inteligentes sabrás que “una reseña positiva pero tonta, errada en su lectura, perjudica mucho más al libro que una reseña negativa pero lúcida. Y que cuando aparece una reseña honesta y seria que discute aspectos de un libro, vale la pena atenderla con serenidad”. No se trata, en definitiva, de pretender una crítica literaria indulgente, amable o comprensiva con el incuestionable trabajo que supone todo acto de escritura; no se trata, tampoco, de pensar la crítica como un irremediable azote, más bien de entenderla como un ejercicio analítico-interpretativo, como una lectura atenta que desde la honestidad y teniendo como objeto de análisis el texto –la crítica literaria nunca puede ser ad hominem-, busque de orientar al lector en una escena literaria donde los excesos de novedades son solo comparables con la virulencia de determinadas campañas de marketing, ese bullying al que aludía Orejudo, que lejos de proponer lecturas, proponen la compra por inercia de libros reconvertidos en meros productos para cuadrar cuentas. Frente a ello, como concluye Taravillo, el crítico fiable es aquel que “orienta en la navegación y lleva a puertos en los que es digno atracar”.

‹‹Tocar los libros››: una oda en momentos de crisis

Escribía Walter Benjamin en Voy a desembalar mi biblioteca que “para el auténtico coleccionista la propiedad es la más honda relación que puede establecerse con las cosas: y no porque las cosas estén vivas en él, sino que es él quien habita en ellas”. Frente a su biblioteca, Benjamin redescubre los libros en los que habita, libros que, en un lento y minucioso proceso de desembalaje, van dibujando la casa del escritor. “Marguerite Yourcenar decía que la mejor manera de conocer a alguien es ver sus libros, y creo que es verdad”, comenta Jesús Marchamalo, que acaba de republicar su poético e híbrido texto Tocar los libros (Fórcola): “las bibliotecas hablan de nuestras obsesiones, afinidades e intereses y expresan un proyecto de lectura. Tienen algo, también, de yacimiento arqueológico; hablan de los lectores que somos, pero también de los que fuimos, y de los lectores que quisimos ser y en los que finalmente no nos convertimos”. Marchamalo, siguiendo los pasos de Benjamin, se adentra en la casa intelectual de los escritores, es decir, en sus bibliotecas: de Félix de Azúa a Javier Marías, de Fernando Savater a Onetti o al poeta cubano Gastón Baquero cuya “biblioteca caótica se extendía por las sillas y las mesas, y en montones en el suelo”.  Mientras Umberco Eco consideraba que “cualquier lector mínimamente preparado sabe que hay libro que hay que leer y libros que sencillamente hay que tener”, Baquero parecía haber devorado todos aquellos libros que llenaban cualquier espacio, por pequeño que fuese, de su casa.

 Sin embargo, como bien decía Benjamin, la biblioteca no se mide por número de volúmenes, sino por la relación que se establece con ella: Mendoza “tiene, al parecer, un número sorprendentemente pequeño de libros, un centenar o dos, tal vez ni siquiera tantos, ya que acostumbra a abandonarlos en parques o cafeterías cuando los termina” y  “cuentan que Bryce Echenique, cuando leyó el cuento de Augusto Monterroso Cómo me deshice de quinientos libros, tomó la decisión de desprenderse exactamente de ese número de ejemplares”. Al final de su vida, cuando la ceguera le impedía la lectura, la biblioteca de Borges también empezó a menguar, disminuyeron los volúmenes que atesoraba, pero en su cabeza el recuerdo de cada página leída permanecía grabada con sorprendente precisión. Y es que las bibliotecas son más que un número de volúmenes y trascienden su carácter material:  el caso de Baquero como el de Borges enseñan que la biblioteca no es simplemente  posesión física de los libros, sino que es posible hablar de una biblioteca inmaterial, aquella que todo escritor posee a través del recuerdo de las lecturas realizadas: “Baquero era capaz de recordar buena parte de los libros que había leído: diálogos, personajes, nombres de lugares, párrafos a veces completos; se había convertido en el hombre libro, el hombre biblioteca. No necesitaba los libros porque vivían en él, y esa es una idea que me resulta tremendamente sugestiva: hacerte poema, como decía Gil de Biedma”.

 La figura de Baquero evoca al memorioso Martí de Riquer que, desde los quince años, releía anualmente el Don Quijote; conocía perfectamente cada enclave de la narración, no había escena, diálogo o personaje que se le escapara: Martí de Riquer no necesitaba consultar la obra cervantina, ésta vivía en él con la misma intensidad con la que Auerbach, desde su exilio en Estambul, conservaba en el recuerdo la biblioteca que había debido abandonar en su huida desde Alemania. “La investigación fue escrita en Estambul durante la guerra”, escribe Auerbach en el epílogo de Mímesis, “ahí no existe ninguna biblioteca bien provista para estudios europeos, y las relaciones internacionales estaban interrumpidas, de modo que hube de renunciar a todas las revistas, a la mayor parte de las investigaciones recientes, e incluso, a veces, a una buena edición crítica de los textos”, sin embargo, añade el romanista alemán, “es muy posible también que el libro deba también su existencia precisamente a la falta de una gran biblioteca sobre la especialidad; si hubiera tratado de informarme acerca de todo lo que se ha producido sobre temas tan múltiples, quizá no hubiera llegado nunca a poner manos a la obra”. La obra nace en el exilio, un exilio geográfico y material, pero no bibliográfico: de Homero hasta Virginia Woolf, los autores y sus textos vivían en Auerbach pues, si como diría Borges, la patria de todo escritor es su biblioteca, al filólogo alemán, nadie le había arrebatado la suya.

 “Los libros, de algún modo, nos construyen, y de  eso es de lo que hablo en este libro” nos comenta Marchamalo que adentrándose en las bibliotecas de diversos autores traza su propio retrato, haciendo de Tocar los libros una autobiografía sentimental escrita a partir de biografías ajenas: “en el prólogo digo que Tocar los libros es uno de mis libros favoritos y, en la medida en que todo lo que escribes de algún modo lo es, seguramente el más autobiográfico. Sí hay en este libro una vocación, no sé si del todo consciente, expresa, de biografía sentimental a través de las lecturas. Y un recorrido, espero que no del todo nostálgico, por ese mundo de autores y libros que me han marcado como lector y, desde luego, también como escritor” Sin embargo, en las páginas finales, Tocar los libros desprende un halo de melancolía, sobre todo con respecto a un futuro, ¿seguirán los libros emocionando como hasta ahora? Ante la supuesta crisis del papel, ¿el libro no será más que una reliquia de un tiempo ya transcurrido? “Recuerdo un blog, no sé si seguirá activo, que se llamaba Paleofuture, en el que se recogían imágenes de los años cuarenta, cincuenta, que expresaban visualmente la idea que en esos años se tenía del futuro: un mundo donde robots domésticos atendían a los humanos que se transportaban en máquinas voladoras; las ciudades estaban protegidas por cúpulas geodésicas que garantizaban un tiempo estable; se pensaba que habría colonias en la Luna, que comeríamos pastillas y complejos vitamínicos… Y es curioso porque nada de eso tiene que ver con la realidad que vivimos”, comenta Marchamalo. Entonces, insistimos, ¿la biblioteca es una pasión que no está irremediablemente destinada a caducar en las futuras generaciones? “Es cierto que la tecnología ha modificado muchos aspectos de la vida cotidiana –Internet y lo que significa es prodigioso–; cambios algunos superficiales, y otros profundos, pero hay otros muchos en los que continuamos igual que hace décadas. Nunca me he resistido a la tecnología; tengo teléfono móvil, soy de Facebook, de Instagram, tengo un blog, uso Twitter, pero también monto en bici, tiro con arco, escribo a mano, mando cartas… Y me gustan los libros. Hay pasiones que no tienen por qué ser incompatibles. No sé si en un futuro la gente tendrá libros en casa, yo, desde luego, los echaría de menos”. La duda, sin embargo, aparece involuntariamente en sus palabras, ¿tendrá libros en casa la gente del futuro? Si los modos de lectura parecen estar cambiando, si bien en España el ebook todavía no se ha afianzado como en Estados Unidos o Inglaterra, y la crisis económica de los últimos años ha conllevado una gran bajada en las ventas de libros, a la pregunta acerca de la supervivencia del papel se suma la pregunta acerca del interés que suscitan los libros, ¿son un extra o lujo al que prescindimos? Si bien es cierto que, como apuntaba el periodista de El País, Carles Geli, en el último Sant Jordi se superaron los 20,3 millones de recaudación del 2015 y las librerías recaudaron entre el 6% y el 8% de las ganancias anuales, ¿no resulta culturalmente pobre que se concentre en un solo día del año las elevadas cifras en ventas de libros? ¿Nos preocupamos de la biblioteca solo una vez al año?

“No creo que sea un lujo tener una biblioteca, no debería serlo, y desde luego la mía no lo es. Ni comprar un cuadro. Ni ir a un concierto. Ni viajarnos comenta el autor de Tocar los libros que, sí embargo, añade: “existe una idea, bastante extendida, algo estúpida, esnob, de que hay una cultura de baja graduación, y una cultura ‘premium’, de acceso restringido. Yo no lo vivo así; tener libros es mucho más barato, seguramente, que comprarse una moto, y nadie piensa que tener una moto sea un signo de exclusividad”. Y es precisamente contra esta idea que escribe Jesús Marchamalo, que parece hacer suyas las palabras de Lorca: “no sólo de pan vive el hombre. Yo, si tuviera hambre y estuviera desvalido en la calle no pediría un pan; sino que pediría medio pan y un libro”. Tocar los libros es un elogio de la biblioteca, es un canto de amor a los libros y las relaciones íntimas y colectivas que se establecen a través de ellos: los libros se disfrutan en intimidad, pero nos relacionan en colectividad. La biblioteca es el espacio donde uno se encuentra consigo mismo y con el resto. Punto de confluencia, retrato intelectual de quien lo posee y bagaje material y metafórico del saber; en este sentido, Tocar los libros puede leerse también como una reivindicación de la bibliofilia en tanto que expresión de un saber que no debe ser un lujo ni una pasión de unos pocos. “Yo ataco desde aquí violentamente a los que solamente hablan de reivindicaciones económicas sin nombrar jamás las reivindicaciones culturales que es lo que los pueblos piden a gritos” escribió Lorca, palabras que no sólo cobran particular sentido en la actualidad –baste como el ejemplo la espuria puesta en escena de un más que patético homenaje a Cervantes por parte de las instituciones–, sino que sirven como postilla al libro de Jesús Marchamalo. Como el breve texto de Walter Benjamin, Voy a desembalar mi bibliotecaTocar los libros es, tras el poético envoltorio formal, un discurso afirmativo que trasciende con creces el mero anecdotario para ofrecerse como una fenomenología de los libros: la construcción del yo y la construcción del colectivo no puede prescindir de los libros en tanto que guardianes y custodios de aquel saber que se opone a la barbarie, de aquel saber que permitió a Auerbach salvarse del exilio y, en definitiva, de aquel saber que nos permite afirmarnos en una humanidad que, como ya dijera Ernest Curtius en 1935, vive sumida en una crisis de la que sólo puede salirse con una reactualización de la palabra cultura.

Un recuerdo de don Fernando Álvarez de Miranda

Subo a esta tribuna en nombre del Presidente Álvarez de Miranda y en el mío propio para agradecer en primer lugar el honor que nos hacen Sus Majestades los Reyes de España, que han querido honrar con su Presidencia esta ceremonia de nuestra investidura de doctores honoris causa por la más antigua y la más reciente de las Universidades Públicas madrileñas, la de Alcalá (la histórica fundación de Cisneros) y la que se enorgullece de tener el nombre de nuestro Rey Juan Carlos.

Antiguos Presidentes de la Cámaras de nuestro Parlamento Constituyente recibimos con agradecimiento y respeto la distinción que nos han hecho las Facultades de Derecho de ambas instituciones.

Sabemos que este doctorado que acabamos de recibir es un homenaje de estas Universidades al Congreso de los Diputados y al Senado democráticamente elegidos en 1977, a los que correspondió la tarea de elaborar y proponer a referendo nacional , la constitución de la concordia, que es el título que mejor cuadra a la Carta Magna de 1978.

A nuestros compañeros parlamentarios de las Cortes que hicieron la Constitución dedicamos el Presidente Álvarez de Miranda y yo los títulos que hoy recibimos. En estos momentos recordamos: a los Ponentes del primer texto constitucional, a los diputados y senadores de las respectivas Comisiones Constitucionales, a los parlamentarios que aprobaron los dictámenes, a los miembros de la Comisión Mixta, que trabajaron sobre los textos finales de ambas Cámaras, poniendo punto final al texto que sería sometido a la nación, y a los competentes Letrados de Cortes que asesoraron profesionalmente a los responsables políticos a lo largo de todo el iter parlamentario.

Del discurso del Presidente Álvarez de Miranda que ustedes podrán leer íntegramente en las Actas de esta solemne sesión académica y a petición de su autor, voy a tratar de recoger los pasajes más significativos de tan docto y bien organizado escrito. Creo que él y yo nos conocemos bien. Hemos sido amigos y compañeros de no pocas cosas, casi todas políticas, desde hace casi sesenta años, Formamos parte los dos del Consejo Privado del Conde de Barcelona y nos integramos en la Unión de Centro Democrático del Presidente Suárez: él a la cabeza de la Democracia Cristiana y yo entre los promotores de los Partidos Liberales.

Mis primeras palabras no son mías, aunque yo las suscriba en casi toda su literalidad, sino que forman parte del texto del Presidente Álvarez de Miranda.

Antonio Fontán

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Majestades, Excelentísimos Señores y Señoras, queridos amigos:

La distinción que hoy nos otorgan las Universidades de Alcalá de Henares y Rey Juan Carlos a quienes fuimos Presidentes de las Cortes legislativas en la etapa constituyente supone para mí un altísimo honor. No tengo palabras para expresar mi gratitud a los Rectores y a los Claustros universitarios que se han dignado a aceptar su propuesta. Gracias, en especial, al Profesor Leguina por su generosa Laudatio, que me ha emocionado.

Quisiera, con motivo de este discurso, someter a su consideración algunas reflexiones sobre los derechos humanos y la elaboración de la Constitución, al tiempo que me referiré a acontecimientos que me tocaron vivir de cerca.

Creo, desempolvando la tesis orteguiana, que las circunstancias en que se desenvuelve la actividad política participan de la urdimbre de la vida misma y viceversa, formando una trama en la que las convicciones ideológicas, el carácter y el talante, forman el tejido que acaba por constituir la trayectoria de un individuo y que, en definitiva, lo define.

Finalizada la Segunda Guerra Mundial, en Europa se buscaba cómo terminar con los enfrentamientos fratricidas origen de tantos horrores pasados. Es Winston Churchill quien, con su famoso discurso pronunciado en la Universidad de Zúrich, señala el camino.

Era una llamada a los líderes europeos, tanto vencedores como vencidos. Francia y Alemania deberían hacer el principal esfuerzo, y el resto de los pueblos europeos que compartieran esa misma idea, podrían unirse a la integración, siempre y cuando cumplieran los requisitos democráticos que se establecieran.

Esta convocatoria culminó con el Congreso de La Haya de 1948, al cual evidentemente no fue convocada la España franquista, por razones obvias. De este Congreso surgió un Movimiento Europeo como principal promotor del europeísmo democrático, establecido sobre un principio fundamental: la primacía del derecho y el respeto a las libertades y derechos del hombre.

Desde el exilio, los españoles republicanos del bando vencido junto con los nacionalistas vascos y catalanes, socialistas y el resto de fuerzas políticas contrarias al franquismo –incluidas las que operaban clandestinamente en el interior de España, tuvieron desde el primer momento claro que su sitio estaba alIado de esa Europa en formación, integrada democráticamente.

No es posible enumerar detenidamente los pasos y gestiones que se dieron para ello, pero al final pudo surgir el Consejo Federal Español del Movimiento Europeo, que agrupaba a las fuerzas políticas que podían operar desde el exterior, pero también con dificultad, tesón y esperanza se llegó a movilizar a diversos grupos surgidos en el interior de España en centros universitarios y profesionales.

Quiero referirme especialmente a la Asociación Española de Cooperación Europea (AECE), en la que participé en su fundación, y que pronto sería uno de los caminos determinantes en mi vida política.

Desde esa Sede y, junto con la ayuda de otros universitarios y profesionales que allí nos cobijamos, emprendimos el camino hacia esa Europa que concebíamos como superación del régimen totalitario franquista.

En aquella asociación nos motivaban dos objetivos que me han acompañado toda la vida: la fe en una Europa unida y la causa de los derechos humanos. Nosotros necesitábamos conectarlas.

La creación de la AECE y de los movimientos europeístas permitió dar cauce a una actividad, cada vez más resueltamente política.

Algunos sectores del franquismo tuvieron la sensibilidad necesaria para comprender que aquel movimiento de integración europea podría tener más importancia de la que habían pensado y, pretendiendo realizar un movimiento de distracción, dieron en afirmar que la integración europea debería tener un carácter exclusivamente económico. Así, se solicitó la apertura de negociaciones en 1962.

La reunión de Junio de 1962 en Múnich tuvo sin duda su importancia, por el hecho de que por primera vez se reunían a dialogar y a discutir conjuntamente españoles que se habían enfrentado durante la guerra civil.

Y fue este hecho, sin duda, lo que movió al Gobierno del General Franco, en una reacción desproporcionada, a considerarlo como lo que se denominó El Contubernio de Múnich: una reunión de traidores a los que se persiguió de forma implacable, sin posibilidad de defenderse

En aquella reunión de Munich se llegó, el 6 de Junio de 1962, a una resolución en la que se aprobaban las condiciones para la integración en Europa, finalizándose con el compromiso de todos los grupos representados a renunciar a toda violencia.

Las condiciones políticas y económicas recogidas en esta resolución pueden considerarse un esbozo de la futura Constitución española de 1978, y de su mas que notable importancia tal y como destacan distintos historiadores como Javier Tusell, Raymond Can, Paul Preston o Charles Powel.

Por su valor simbólico y la personalidad de Salvador de Madariaga, me permito reproducir las palabras por él pronunciadas el 8 de Junio en el Congreso de Munich: ‹‹Yo os aseguro que en la historia de España será un día singular y preclaro. La guerra civil que comenzó en España el 18 de Julio de 1936 que el régimen ha mantenido artificialmente con la censura, el monopolio de la prensa y la radio y los desfiles de la victoria, termino anteayer, de Junio de 1962››

Añadiendo: ‹‹Los que antaño escogimos la libertad perdiendo la tierra los que escogieron la tierra perdiendo la libertad nos hemos reunido para otear el camino que nos lleve juntos a la tierra a la libertad››

Pero dejemos los recuerdos y centrémonos en el presente, o en el ayer más cercano.

La caída del Muro de Berlín parecía proyectar el fin de una cierta manera de entender las cosas y podía suponer –algunos así lo pronosticaban– que la humanidad entraría en un periodo de general placidez.

Más la realidad ha venido a presentarnos su cara menos amable: los denominados «conflictos de baja intensidad» y la acción violenta del terrorismo «globalizado», han provocado que el cambio de centuria y de milenio hayan traído un periodo en el que las violaciones de los derechos fundamentales han alcanzado proporciones sin precedentes.

¿Cuál es la causa de esta situación? Ninguna explicación resulta sencilla si quiere ser completa.  Los factores a tener en cuenta son múltiples. Ahora bien, de entre todos ellos, hay cuatro fenómenos ligados a la sociedad actual que tienen una particular importancia. Me estoy refiriendo al auge de los nacionalismos excluyentes, al florecimiento de los fundamentalismos en diversas partes del mundo, a una cierta privatización de la guerra y de los conflictos armados en general y, como consecuencia, a la aparición del llamado «terrorismo global».

Cada uno de estos fenómenos está relacionado con el aún pendiente objetivo de alcanzar de respeto y adhesión efectivos a los derechos humanos.

A ello debe unirse un peligro de otro género, que se produce por la puesta en cuestión de la universalidad de los derechos humanos.

Siguiendo a Pérez Luño −que ha sabido recopilar lo substancial de las críticas al universalismo−, existe una crítica, realizada desde el ámbito de la política, que tacha esta idea de universalidad como nociva porque desconoce las diversas tradiciones culturales y políticas de los pueblos. Siguiendo con su reflexión, para los que critican la universalidad desde el campo jurídico, éste es un concepto de cumplimiento imposible, por no existir las condiciones económicas adecuadas que permitan dar satisfacción a los derechos humanos en todo el mundo.

Sin duda la universalidad responde a un deseo (es un ideal abstracto) pero, permítanme citar de nuevo a Ortega al afirmar que» el papel de todo ideal es erguirse más allá de la realidad; el ideal influye sobre la realidad a la manera que la estrella orienta a la nave». Por tanto, aún admitiendo el hecho de que hoy día la universalidad de los derechos humanos no sea más que un ideal abstracto, ese ideal posee ya un notable valor. No en vano, Nikken nos advierte de que: «existe una suerte de evolución de las declaraciones hacia los tratados, de lo político a lo jurídico» que no sería posible sin la existencia de principios comunes a toda la humanidad, dignos por tanto de respeto universal.

En cuanto a la acusación de que los derechos humanos serían imposiciones culturales occidentales sobre el conjunto del mundo, cabe replicar que la Declaración Universal de 1948 hubo de hacerse a costa de un silencio pragmático sobre múltiples cuestiones, precisamente con el ánimo de que fueran más fácilmente asumible por las diferentes culturas. Pero esa adecuación no puede llegar nunca al extremo de negar los postulados que se defienden por medio de los derechos humanos.

Prácticas como la postergación de las mujeres, la mutilación ritual, la denegación de auxilio médico, entre otras, no pueden ampararse en el respeto de tradiciones ancestrales. Oponiéndonos a ellas nos situamos entre los que quieren cumplir con la justicia.

Frente a los que consideran irrealizable esta pretensión por las dificultades económicas de grandes áreas geográficas, debe decirse que la defensa de los derechos humanos, siendo necesaria íntegramente, debe defenderse de manera progresiva y gradual cuando las circunstancias lo requieran. La multiplicación de organismos encargados del control, así como la realización de convenios y tratados, conforman el camino necesario que debemos recorrer todos los que estamos comprometidos con la extensión y efectividad de los derechos humanos.

De todo ello surge inevitablemente una pregunta: ¿necesita la causa de los derechos humanos un nuevo orden jurídico mundial para asegurar su cumplimiento universal?

Sinceramente creo que sí. Ahora bien, difícilmente saldrá una propuesta de este tipo del mundo jurídico. Los juristas estamos demasiado apegados a un orden concreto, supongo que para eso se nos instruye en que el don más preciado de ese orden es la seguridad jurídica. Dado lo cual, no puede resultar extraño que las propuestas innovador as hayan venido tradicionalmente de la política, de la filosofía, de la economía e incluso de la teología.

No sería demasiado arriesgado, sin embargo, afirmar que la creación de un Tribunal Penal Internacional de carácter permanente y la aprobación en España de la Ley Orgánica que permitió su ratificación, son pasos importantes. La puesta en marcha del Tribunal en marzo de 2003 y la extensión de los países que lo ratifican, nos hace albergar esperanzas de alcanzar una ciudadanía universal. El deseo del cumplimiento universal de los derechos humanos es el ideal que nos debe iluminar, como la estrella orienta la nave, consecuencia de la fraternidad entre todos los seres humanos tal y como, ya en 1795, la imaginaba Kant en su obra «La Paz Perpetua»

Habría mucho más que hablar sobre derechos humanos, en especial, respecto del Tribunal Europeo de Derechos Humanos, pero me impuse de inicio el propósito de dedicar unas reflexiones sobre la vigencia de los principios inspiradores de la Constitución de 1978 y no querría extenderme más allá de lo imprescindible. No en vano, el Artículo 10 de nuestra Constitución dice: «las normas relativas a los derechos fundamentales y a las libertades que la Constitución reconoce se interpretarán de conformidad con la Declaración Universal de Derechos Humanos y los tratados internacionales sobre las mismas materias ratificadas por España»

Éramos conscientes de las dificultades que rodeaban el inicio de la legislatura constituyente. Una de ellas era la de tratar de conciliar la variedad de representaciones políticas que se sentaban en los escaños, sobre todo si pensamos que tales representaciones procedían, en parte, de dos bandos de una guerra civil atroz y dolorida; de las dos Españas irreconciliables y cainitas, que los españoles más lúcidos de todos los tiempos habían denunciado, sin éxito aparente por sus resultados.

Y sin embargo, debe destacarse el sincero entusiasmo con que se extendió y aceptó el espíritu de concordia que, desde el primer momento, dominó la elaboración de la constitución y que, por encima de su contenido normativo, establecía entre los españoles un lugar en el que permitir superar la carga y trauma de la guerra civil y las diferencias y desencuentros entre vencedores y vencidos.

Indudable importancia tuvo para esta reconciliación el que la mayoría de los parlamentarios –como ocurría con la mayoría de los españoles– aún procediendo o siendo herederos de uno de los bandos, fuesen profundamente críticos no sólo con el bando rival, sino igualmente con el propio, con sus excesos y reservas; comenzando por rechazar el clima de enfrentamiento; esforzándose por reconstruir, desde tan dolorosas ruinas, a veces retorciendo los impulsos del propio corazón, una España normal y desmitificada convencida de no ser una unidad de destino en lo universal sino, simple y sencillamente, patria común de todos los españoles. Ese ámbito plural, que no era de unos ni de otros, y que al principio –en las catacumbas de la transición­ proyectaron superar unos cuantos soñadores, terminó resultando el lugar de encuentro de todos los españoles de buena voluntad. Los nostálgicos de lo que muy pronto se convirtió en arqueología política; los nostálgicos de uno y otro bando, que de los dos los hubo, pronto quedaron atrás.

El resultado de aquel esfuerzo de concordia, de convivencia, han sido estos treinta y un años de realización de un proyecto fructífero en el que nadie se sienta extraño. La realidad sociológica que separa estos treinta años resulta increíble para los que vivimos ambas experiencias. Y las dificultades actuales, que sin duda las hay, nos parecen comparativamente, repetición minimizada de los conflictos sociales y políticos de una sociedad, que en su misma naturalidad proclama la ausencia de verdaderos conflictos.

Otros aspectos resultan destacables, aparte del de la misma concordia entre los españoles.

El primero de ellos es la aceptación de la Monarquía Democrática y Parlamentaria, superando esta decisión otros modelos que, aún siendo muy respetables en sí, la historia se ha encargado de colocar en el pasado. Decisión y aceptación monárquica que estos treinta años se han encargado de avalar, y más aún de revalorizar.

Acierto en la actuación del Rey Don Juan Carlos. Desde el comienzo mismo de su reinado, cuando afirmaba en difíciles circunstancias, que asumía el trono para ser «Rey de todos los españoles». Acierto al inaugurar la legislatura constituyente en la que el Rey decía «la institución monárquica proclama el reconocimiento sincero de cuantos puntos de vista se simbolizan en estas Cortes. Las diferencias ideológicas aquí presentes no son otra cosa que distintos modos de entender la paz, la justicia, la libertad y la realidad histórica de España»

Consenso y convivencia. Monarquía Parlamentaria y Democrática como forma de nuestra convivencia. Faltaba un tercer pie que diese la perfecta estabilidad al sistema naciente y lo abriese al futuro. Ese tercer pie tenía que ser y fue la apertura a Europa.

Recordemos aquella España endogámica encerrada en sí misma, aquella España que miraba a Europa y al mundo con un formidable complejo de inferioridad, apenas disimulado, y, lo que es peor, persiguiendo y desterrando a quien se atreviera a iniciar otros caminos.

Pues bien, la legislatura constituyente se lanzó, de forma unánime, a la apertura europea, al retorno a nuestro verdadero contexto. Para hacerlo simplemente se deja llevar por su mejor y más ancestral instinto y a seguir la línea reclamada ya desde mucho antes por las mejores cabezas españolas.

Eso que parecía imposible hace treinta y un años se ha hecho realidad, y hoy lo podemos conmemorar y celebrar con éxito. Por eso el día que, solemnemente, firmamos la Constitución de la concordia, culminaba una etapa que hacía viable la convivencia por la que se había conseguido el sueño de muchas generaciones de españoles que aspiraban a una paz serena y duradera.

Podríamos decir que la tarea esta cumplida y no mentiríamos, pero si lo dijéramos nos equivocaríamos. La tarea comienza ahora, treinta y un años después y recomienza cada día. Otras manos están en los arados y mueven las ruedas de este país. No sé si lo tienen más fácil o más difícil que nosotros, pero si sé que ellos parten de nuestra tarea en estos treinta y un años de esfuerzo y que la principal memoria que deben guardar es la memoria histórica de nuestro acierto constitucional. Posiblemente sea necesaria para enfrentarnos a la dura realidad económica que nos espera.

He dicho.

Fernando Álvarez de Miranda

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El texto de la Constitución que aprobó el Congreso de los Diputados tuvo su entrada en Senado, Cámara de segunda lectura ya desde la Ley para la Reforma Política, en el verano de aquel año 1978.

Había prisa y los diputados y senadores del 77 eran conscientes de ello. Sabían que las Cortes eran «constituyentes» y que España esperaba con serena impaciencia. Además al inaugurar el primer Parlamento democrático de la nación, después de más de cuarenta años desde el del treinta y seis, el Rey, en su discurso, había dicho que era misión de los senadores y diputados recién elegidos elaborar una Constitución.

Enseguida en el Senado abrimos el plazo para la presentación de enmiendas de los grupos parlamentarios y de los senadores individuales, que trabajaron mucho en poco tiempo, hasta reunir varios centenares de ellas que fueron estudiadas y debatidas en la Constitucional y en el Pleno de la Cámara en ese mismo verano.

A principios de octubre el dictamen, finalmente aprobado por los senadores, quedó depositado en las Cortes Generales, donde una Comisión Mixta de la que formábamos parte los Presidentes y cinco diputados y cinco senadores designados por las Cámaras habrían de ultimar el texto definitivo que sería sometido al referendo nacional el 6 de diciembre de ese mismo año.

Entre las propuestas de modificación del dictamen del Congreso que presentó el Senado, y que la Comisión Mixta aceptó y se integraron en la Constitución, limitaré mi recuerdo y comentario en esta solemne sesión académica a tres de ellas.

Las tres son, a mi entender, significativas para la nación, para su presencia en el mundo y para la legitimidad misma de las supremas instituciones del Estado.

Una de ellas es simbólica, otra política, y otra, finalmente, histórica, porque enlaza nuestra Monarquía parlamentaria con en la tradición secular de España.

Los textos «senatoriales» se pueden leer en los artículos cuatro, diez y cincuenta y siete de la Constitución del 78.

El primero de ellos define la bandera de España. El artículo diez se refiere a los Derechos Humanos y al compromiso con ellos y con las libertades que asume el Estado nacional. Y el cincuenta y siete proclama que el Reyes don Juan Carlos I y que este es el «legítimo heredero de la dinastía histórica» de España.

O sea que en ellos se precisan asuntos tan capitales para una nación como la bandera, que es su símbolo o su imagen ante los propios ciudadanos y ante el mundo, su compromiso con el Derecho de la persona y la Jefatura del Estado de la Monarquía.

En las naciones modernas desde finales del siglo XVIII se había extendido el uso de esos elementos simbólicos, que son las banderas nacionales. Hasta las Revoluciones americana y francesa la insignia visible de un reino o república, que representaba a un estado dentro y fuera de sus fronteras, eran las armas de sus soberanos o de sus familias, los estandartes de sus ejércitos o las banderas de sus naves.

Las primeras banderas nacionales, generalmente reconocidas por propios y extraños como insignias de los estados, fueron, entre otras, las barras y estrellas de los norteamericanos, el tricolor de los franceses o las diversas cruces de escandinavos o británicos.

No siempre se describen las banderas en las constituciones o nacen en textos legales. Esas enseñas fueron, primero una necesidad, probablemente militar, luego una costumbre o un hábito y pocas veces algo que se imponía con una ley. Concretamente en España las Constituciones del siglo XIX no dicen nada de la bandera, porque todos los ciudadanos sabían cómo era, para qué servía y cuál era su significación. Pero a la altura histórica de la Constitución de 1978 había un generalizado acuerdo político en que la «concordia» nacional se viera reflejada en la bandera de la «concordia», que había sido la insignia más comúnmente reconocida como tal desde casi dos siglos atrás. La bandera bicolor había sido la de la monarquía, la de la «gloriosa» del 68, la de la primera república y de la monarquía restaurada de 1874.

En los primeros años del pasado siglo XX en España pequeños partidos políticos republicanos empezaron a sustituir en sus mítines y reuniones la franja roja inferior de la bandera nacional por una de color morado, que alguien había dicho que estaba tomada del pendón de Castilla y representaba las libertades.

El primer Ministerio republicano del año 31 asió por el asta ese nuevo tricolor —rojo, amarillo y morado— y pocos meses más tarde sancionó esa situación de hecho en uno de los artículos de la Constitución de 1931. Nuevo régimen, nueva bandera, aunque en la primera república —la del 73— no se había pensado en nada de eso. En la segunda, el Gobierno provisional que el 14de abril se había hecho cargo de la soberanía nacional decidió que el cambio de bandera era urgente y necesario. El tricolor significaba la república frente al Rey.

Casi medio siglo después el Parlamento democrático del 77 acordó —y el referendo nacional ratificó— el artículo cuarto de la Constitución, en cuyo primer párrafo se lee que «la bandera de España está formada por tres franjas horizontales, roja, amarilla y roja, siendo la amarilla de doble ancho que cada una de las rojas». La gente veía en ella no la bandera de la monarquía sino la de España.

En realidad al Rey no le había echado legalmente nadie porque lo que habían ganado sus adversarios republicanos eran unas elecciones municipales, que tuvieron más alcance político por el contexto de entonces y por el fracaso de los partidos y políticos monárquicos. Su patriotismo y su sentido de la responsabilidad decidieron a Don Alfonso a ausentarse, suspendiendo, dijo, el ejercicio de sus funciones constitucionales para que la nación pudiera funcionar sin él y con una nueva forma de Estado.

El artículo cuarto que llegó a los senadores desde el Congreso era casi el mismo que saldría después de nuestra Cámara. Sólo que para el color de la franja central en vez de «amarilla» ponía «gualda». No era una cuestión banal.

El Senado, acogiendo una enmienda del senador real y futuro premio Nobel de Literatura, Camilo José Cela, acordó que en el artículo cuarto de la Constitución, se cambiara la palabra «gualda» por «amarilla». «Gualda» en español, explicó documentadamente el ilustre escritor y académico, no es un «color» sino una «planta»: «una planta herbácea de la familia de las resedáceas cuyos tallos y flores en espiga, si se cuecen, destilan una especie de resina amarillenta que se usa en tintorería»

La enmienda de Cela fue unánimemente acogida por los senadores entre el regocijo y los aplausos de todos los grupos parlamentarios.

Nadie mencionó en aquel debate del Senado que en la Constitución republicana del 31, la única de las anteriores que disponía cómo era la bandera y cuáles sus colores, se leía que la franja central debía ser «amarilla». No consta que en aquel final de verano del 31 nadie en el parlamento mencionara la palabra» gualda».

(Quizá porque los escasos diputados de la oposición tenían sus ojos fijos en el «morado» que consideraban antimonárquico y antihistórico; mientras que en las filas de la mayoría no faltarían diputados para los que «gualda» en la bandera sonaba a militarista y monarquizante, aunque no era ni una cosa ni otra. Era lo que se cantaba en los versillos del pasodoble de la zarzuela «Las Corsarias» del maestro Alonso, estrenada con gran éxito y cientos de representaciones en 1919, que en poco tiempo se había hecho enormemente popular.

El pegadizo pasodoble de «Las corsarias» lo cantaba mucha gente diez y doce años después de su estreno y sonaba a una canción patriótica de apoyo a los héroes militares de la guerra de Marruecos, que luchaban allí «por la tierra mora, por la tierra africana» que eran las palabras con que empezaba su texto, que seguía diciendo, que «como el vino de Jerez / y el vinillo de Rioja / son los colores que tiene / la banderita española». los octosílabos del romancillo de los letristas de Alonso añadían un estribillo que pronto se hizo popular y sabían de memoria millones de españoles y españolas «banderita tú eres roja / banderita tu eres gualda / llevas sangre y llevas oro / en el fondo de tu alma»

La oportuna y documentada enmienda de Cela en aquel lugar no dejaba de tener un alcance político en aquellos momentos de redacción de la Constitución .. Se restablecía la palabra «amarilla», que no sólo era la voz que definía con propiedad el color de la franja central de la enseña, sino la que leer en la Constitución del 31, que era la que había estado oficialmente vigente durante la guerra civil en todo el territorio republicano y consideraban suya los gobiernos del exilio y sus partidarios.

La bicolor había sido restablecida el año en su zona por los «nacionales». La Constitución del 78 la hacía suya, pero sin la adición de los elementos simbólicos que la acompañaban en el régimen político anterior. Era la bandera de la concordia y de la transición. Resultaba también ventajoso para la democracia que la enseña que identificaba y representaba a la nación española fuera la misma que reconocían todos los gobiernos del mundo, las Naciones Unidas y la comunidad internacional.

Desde que las fuerzas «nacionales» restablecieron la enseña bicolor en el mismo año de la sublevación, en las dos zonas de la España en guerra civil ondeaban dos banderas diferentes: la tricolor de los republicanos y la que comúnmente se llamaba «rojigualda» de los nacionales.

Con la enmienda de Cela y su recuperación del «amarillo» como nombre del color de la franja mayor, la bandera del 78 no sólo no di sonaba del espíritu y la voluntad política de la transición, sino todo lo contrario. Nuestra bandera no sería la de la monarquía, ni la de un partido, sino la de España.

El segundo de los pasajes «senatoriales» de la Constitución a que, quiero referirme hoy se halla en el artículo 10, al que se añade un párrafo (el 2) tiene un alcance político claramente indicativo del carácter de Ley de Leyes que en una democracia reviste una Constitución. El artículo 10 encabeza el Título 1 de la Carta Magna. «De los Derechos y Deberes Fundamentales». El párrafo primero de ese artículo es toda una declaración de la filosofía política que inspira la Constitución. «La dignidad de la persona, los derechos fundamentales que le son inherentes, el libre desarrollo de la personalidad, el respeto a la ley y a los derechos de los demás son fundamento del orden político y de la paz social».

Pero las posibles disposiciones legales o administrativas que puedan en algún momento establecer los poderes públicos deben ser interpretadas de acuerdo con algunos principios. Era manifiesto que el periodo constituyente no era el momento de definir esos principios. Además, la recién implantada monarquía parlamentaria tendría que concluir acuerdos internacionales o tratados sobre esas materias y que Convenciones, como la europea de Salvaguardia de los Derechos del Hombre de las libertades fundamentales, no habían sido implantadas en España antes de la Constitución, igual que esos previsibles acuerdos internacionales que entonces no existían.

La adición «senatorial» comprometía a España, y a sus futuros parlamentos y gobiernos con normas permanentes para la interpretación de esas Declaraciones, Convenciones y Tratados, cuando debidamente sancionados y ratificados por España hubieran de aplicarse por autoridades y jueces, Su texto literal dice losiguiente: «Las normas relativas a los derechos fundamentales y a las libertades que la Constitución reconoce se interpretarán de conformidad con la declaración universal de derechos humanos y los tratados y acuerdos internacionales sobre las mismas materias ratificadas por España».

Este pasaje dibuja el marco constitucional en que deben encuadrarse las Declaraciones imperativas, convenciones y acuerdos internacionales sobre estas materias que el Estado español pueda legalmente asumir o adoptar.

La tercera de las aportaciones del Senado al texto final de la Constitución, que, por su trascendencia, me he propuesto comentar en esta sesión académica se refiere al Rey de España. En las Constituciones monárquicas del siglo XIX que estuvieron vigentes más o menos tiempo en esa centuria (las de 1812, 1837, 1845 y 1876), se menciona por su nombre al titular de la Corona. También en el texto del Congreso se nombra especialmente a la persona de Don Juan Carlos I, diciendo que la Corona de España es hereditaria en sus sucesores.

Don Juan Carlos era, efectivamente el Rey años antes de la Constitución. Había sido proclamado y aceptado a título de Rey y Jefe del Estado español por todas las instituciones civiles, militares y lo cuerpos sociales de la nación. Era conocido en toda España, residía en el país desde treinta años antes, se había formado como militar en las Academias de los ejércitos y de la Armada: había recorrido todas las ciudades y los rincones de España. Convocadas por su autoridad las primeras elecciones democráticas tras un largo paréntesis de más de cuarenta años, recibió la cesión de los derechos históricos de la dinastía de manos de su Padre, Don Juan, Conde de Barcelona y heredero de Alfonso XIII, cuando ya los ciudadanos españoles habían sido llamados a votar en unas elecciones en que todos tenían reconocido el derecho al sufragio y todos –ciudadanos y grupos o partidos políticos– podían presentar candidaturas: unas elecciones de verdad.

En el Senado se presentó una enmienda —la conocida como enmienda Satrústegui por el nombre del parlamentario que la defendió— que al nombre de Don Juan Carlos I de Borbón añadía las palabras «legítimo heredero de la dinastía histórica»

El adjetivo «legítimo» se leía ya junto al nombre del Rey en las Constituciones monárquicas del siglo XIX. En la enmienda Satrústegui tanto ese adjetivo como la calificación de «histórica» aplicados a la dinastía de Don Juan Carlos, significaban la definitiva superación de problemas de la centuria anterior y unían a la persona del Rey con la tradición tantas veces secular de la monarquía española.

A los reinos de la Edad Media y de la llamada Reconquista habían seguido reyes Austrias y Borbones, pero que con estos diversos apellidos eran una sola dinastía. Muchas veces la vida del país se vio afectada o condicionada por problemas coyunturales de nuestra propia nación o por la repercusión de acontecimientos del contexto internacional, de Europa y del mundo, que han dado lugar a que se alternaran periodos brillantes y épocas oscuras. En esos siglos, salvo algunos paréntesis, ha estado España habitualmente encabezada por la dinastía que tanto ha contribuido a la solidaridad ciudadana ya la identidad de la nación.

A los parlamentarios del 77 que tuvimos el honor de desempeñar la presidencia de las Cámaras Constituyentes por elección de nuestros compañeros, dos Universidades de historia larga o corta de pero de nombre tan significativo como la de Alcalá —la Universidad de Cisneros— y la que se honra con el nombre del Rey Juan Carlos nos han hecho el honor de concedemos estos doctorados «honoris causa» por sus Facultades de Derecho. Los hemos acogido con agradecimiento y empeñamos nuestra palabra de hacer algo por servir a tan altas instituciones. Pero sabemos que no es a nosotros a quienes se nos «doctora» honoríficamente en esta ocasión, sino que es al Parlamento Constituyente del 77 y a sus miembros a quienes se otorga esta distinción académica. Yo hago mías las palabras del Presidente Álvarez de Miranda de reconocimiento al profesor Leguina por la generosa estimación de mi persona y de mi trabajo que ha expuesto en su «laudatio».

Muchas gracias a los Rectores y a los Claustros de una y otra Universidad y muy especialmente, con nuestra lealtad, a los Reyes de España que han querido presidir un acontecimiento para nosotros tan solemne y emocionante como este.

Antonio Fontán


Foto de cabecera: (de izquierda a derecha) Antonio Fontán, Virgilio Zapatero y Fernando Álvarez de Miranda tras la ceremonia de investidura de Antonio Fontán y Fernando Álvarez de Miranda como doctores honoris causa por las Universidades Rey Juan Carlos y Alcalá de Henares. El acto tuvo lugar en la Universidad de Alcalá de Henares, el 24 de febrero de 2009. Foto de Pilar Soldevilla.

J. Jiménez Lozano, I: ‹‹Nadie está obligado a sumarse a una crisis espiritual››

José Jiménez Lozano (Langa, 1930) es uno de los escritores españoles más relevantes del último medio siglo. Distinguido con el Premio Cervantes en el año 2002, la obra de Jiménez Lozano toma cuerpo y anuncia su verdad precisamente en esa intersección en la que se concretan las pequeñas verdades de los anhelos, las miserias, los gozos y las alegrías del hombre. A raíz de la publicación de sus nuevos diarios, Impresiones provinciales (Confluencias), conversamos con José Jiménez Lozano sobre su obra y los grandes temas que alumbran su literatura.

– Su trayectoria como dietarista es larga, ya desde los lejanos Los Tres Cuadernos Rojos, un libro que resultó seminal para la dietarística española. ¿Qué le incitó entonces a llevar y publicar un diario y qué cree que aporta este género, en apariencia menor, a la literatura de un país?

No tengo ni idea de por qué se me ocurrió publicar lo que, en realidad no es un diario, ni un dietario, sino pequeños apuntes o notas sobre la naturaleza, algo que me cuentan o que leo o veo, pero no pensé nunca en aportar nada a la literatura. Por lo pronto, no sé si son literatura exactamente. Me es más que suficiente con que, a quien lea esas páginas, le interesen o le susciten una cavilación o una melancolía.

– En Los Tres cuadernos rojos aparecen muchos de los temas que conforman la particular mirada de José Jiménez Lozano. Una de estas ideas cruciales es el sentido casi artesanal del valor de la literatura. Usted ha afirmado que “el escritor es alguien que no tiene apenas nada propio, pues todo se le regala y se le da”. Y también que la misión del escritor consiste en entregar de nuevo aquello que ha recibido, de modo que formaría parte de una cadena.  Si le entiendo bien, usted se refiere al valor de una tradición que nos sustenta y de la cual nos alimentamos. Hoy en día, en cambio, asistimos a un eclipse de la tradición y me atrevería a decir que también del sentido artesanal de la vida…

Efectivamente, he dicho que al escritor se le concede todo, porque no es de la nada de donde saca sus historias o sus poemas, sino que, como decía Henry James, tiene el don “de imaginar lo desconocido por lo conocido, de averiguar la implicación de las cosas, de juzgar el todo por una parte, la cualidad de sentir la vida en general tan intensamente que va bien encaminado para conocer cualquier rincón especial de ella”. Así parece que funciona un escritor. Y también creo que de algún modo nuestra escritura es un eslabón de una gran cadena, desde hace unos cuatro mil años.

Ciertamente ha habido una siembra de liquidación del pasado, de nuestros pensares y sentires,  como si este pasado fuera el equivalente de los anuncios de un periódico de hace dos meses. De tal manera que lo que usted llama el “sentido artesanal de la vida” suena al estilo normal del vivir, heredado de siglos y no diseñado por ideólogos sociales. Y esto, a comenzar por la utilización de la neolengua, y cualquier otro ataque a esos seis pies de territorio o de  yo de cada quien y cada cual sobre el que no debe mandar “ni canciller ni nadie”, como decía Monsieur l´abbé de Saint-Cyran. Y hasta los señores de la Revolución Francesa advirtieron muy convenientemente contra la intromisión de la política en la vida diaria, porque fue entonces  cuando se comenzó a hablar de política y a polemizar sobre ella, en el comedor.

Por lo demás, un eclipse, una crisis histórica – si es que estamos en una de tantas crisis a las que hemos estado convocados en los últimos cincuenta años- podrá estar ahí, pero nadie está  obligado a sumarse a una crisis espiritual, sino que, como decía Eric Voegelin, en aquel su libro sobre “El asesinato de Dios y otros escritos políticos”, por el contrario, cada uno está obligado a abandonar estas perturbaciones”, y por lo tanto no es obligatorio el adamismo actual.

El mundo siempre ha estado dando diez mil  vueltas y dará otras diez mil  – y muchas más, lleno como está de demasiados filósofos demiurgos como ahora, con miles de de ideas adámicas a estrenar. Pero también estamos en este mundo quienes nos encontramos bien viviendo nuestra pequeña vida y no en un mundo diseñado y rediseñado desde años, o en “la Casa del señor  Hegel” que decía Martin Buber, pero yo no querría mezclar al señor Hegel en este asunto.

– La otra idea clave que recorre su obra es la mirada que se dirige hacia la desgracia como fuente de sentido. Usted ha escrito, por ejemplo, que “la verdad sólo ha hecho su aparición como desgracia e irrisión”. En sus Confesiones, la escritora rusa Marina Tsvietaiéva anota algo muy parecido: “el don –escribe–de reconocer el sufrimiento de las cosas”. Quizás exista una tradición de la piedad en la escritura que actúa como una memoria del bien. Del bien, diríamos, que subsiste a pesar de todas las evidencias del mal en la Historia.

Ciertamente, como decía Simone Weil, los seres de desgracia están más cerca de Platón de lo que jamás pudo estarlo Aristóteles, y la medida de grandeza literaria era, para ella, las muy contadas obras literarias capaces de de mostrar la desgracia humana. Y, por lo demás, es una evidencia que la verdad aparece en el mundo como una realidad de debilidad y desgracia, y en cualquier confrontación lleva las de perder, aunque ahora –una vez más el mundo al revés – se comienza por negar que exista la verdad, y si alguien enuncia una mera y humilde constatación de lo que de este modo estaría probado como verdad, resulta que ello es una intolerable autoridad. Todo recuerda un poco aquellas predicaciones del barroco que advertían que el hombre era menos que nada, porque, si fuera nada, sería algo.

Y, en cuanto a la piedad con la desgracia humana, puede recordarse que ya dijo Bajtin a sus jueces que él tenía  que reprochar su régimen político sobre todo un hecho: que  no tenía sentido de la desgracia ni de la piedad, que en último término cuenta como una categoría del mero conocer la realidad. Y, en este sentido de la desgracia y de la piedad se  incluye también la presencia de la alegría y la ironía “a pesar de las evidencias del mal en la Historia”, como usted dice. Para destruir a éste, en lo posible. Y, desde luego, en homenaje de las víctimas. Una ironía puede devolverlas el honor, y hasta presentizarlas, como cuando se decía que en los dominios de España no se ponía el sol, y se añadía, tras un silencio como oracional: “Ni el hambre”.

– En sus memorias, John Lukacs nos habla de la mirada burguesa que, en cierto modo fue la mirada del cristianismo entendida como una mirada sujeta a la luz de la intimidad. Esa doble idea apunta en la dirección de la importancia de la mirada velada y frágil para entender la sustancia de lo humano y que se enfrenta a la mirada “sin lágrimas”, que diría Chalier. ¿Cabe imaginar un mundo sin esa luz de la intimidad? ¿Un mundo sólo alumbrado por los focos de neón?

No, no es fácil imaginar un mundo sin intimidad y sin conversación y, aunque los grandes totalitarismos dieron grandes pasos enormes en la liquidación de esa intimidad o recogimiento en “la sustancia de lo que es humano”, no pudieron abolirlo, precisamente por esto: los momentos de revivencias, sueños y pesares o esperanzas, la conversación, la confidencia y el momento de “in angulo cum libro” o el rinconcillo de leer y restañarse de los esquinazos del vivir, son la sustancia misma del vivir.

Esto era lo que se trataba con la supresión de los cafés en Viena o Praga, donde eran  media vida social, exactamente como con las censuras de ciertos libros y la politización de  la escritura. Y, por ejemplo, cuando alguien quiso interceder por Romano Guardini para que no se le quitara la cátedra, argumentando que no hablaba nunca de política, la autoridad competente contestó: “Precisamente por eso”

Esa autoridad, del régimen nazi en este caso, sabía muy bien que la cultura de un pueblo debía confundirse con la del Estado y toda la existencia humana debía ser regida o interpretada por la política, fuera de ésta sólo la nada.

La obra literaria de Marilynne Robinson. Redescubriendo la serena luminosidad de la existencia

Marilynne Robinson es una de las voces literarias más exquisitas de Estados Unidos. La profunda sencillez de sus cuatro novelas, la entrañable intimidad e integridad de sus personajes y la posibilidad de desentrañar el sentido de la existencia constituyen las principales características de unas obras llamadas a convertirse en clásicos de la cultura americana. La publicación en castellano de Gilead, En casa, Lila y Vida hogareña, esta última recientemente, bajo el sello de Galaxia Gutenberg, constituye una ocasión para que el lector se sumerja en un universo literario distinto al habitual, pero tal vez mucho más enriquecedor.

Mientras que una gran parte de la literatura contemporánea americana —tal vez la más mediática e influyente a este lado del Atlántico— está obsesionada con escarbar en el desarraigo y nimbada por un aura posmoderna artificial que cincela unos personajes traumatizados en su soledad, la limpidez de la prosa de Marilynne Robinson constituye un aldabonazo y sugiere que todavía el ser humano puede encontrar cobijo y curarse de esa esquizofrenia existencial que explota tan lucrativamente la narrativa de hoy.

No puede resultar casual, entonces, que en el imaginario de esta escritora el hogar revista tanta importancia: no solo porque el título de su primera novela —Vida hogareña— ya revele un deseo de familiarizarse con un entorno fraterno, sino porque incluso al comienzo de su novela más aclamada —Gilead, con la que reaparece en el panorama novelístico tras 24 años de silencio—, el reverendo John Ames, el protagonista, afirma que la muerte es, en última instancia, como un regreso a casa.

Tampoco es de extrañar que Robinson haya decidido ubicar sus narraciones en pueblos del Medio Oeste, alejándose de ese ambiente urbano tan propicio para el histerismo narrativo y la soledad multitudinaria en la que, pese a su cercanía física e incluso sexual, los personajes de Roth o Franzen, por mencionar algunos, expanden su identidad enferma. Así, Gilead, la localidad en la que transcurre la trilogía con la que Robinson ha ganado fama, rememora ya ese lugar de consuelo y salvación, de sencillez rural pero también de recia belleza, que, como un venero, ha sabido aprovechar la literatura protestante, pero que, recuperado hoy de la pluma de Robinson, se antoja tan moderno como piadosamente sobrecogedor.

Robinson obliga al lector a preguntarse por esa constelación de significados que le ha hurtado una existencia vicaria, urbana, frenética y consumista.

LA BELLEZA DE LO COTIDIANO

Robinson (Sandpoint, Idaho, 1943) ha recibido premios importantes en Estados Unidos por su trabajo (el Pulitzer en 1982 por Vida hogareña y en 2014 por Gilead; este año ha recibido el Premio de la Biblioteca del Congreso por su trayectoria). Ha sido profesora de escritura creativa en Iowa y ha colaborado desde sus inicios en las principales publicaciones culturales de su país.

No solo es la autora de estas novelas que reivindican la riqueza espiritual de la América profunda, el bálsamo de lo cotidiano y que salvan al hombre de su perplejidad. Ha firmado a la vez algunos ensayos que profundizan en la génesis de esas disyunciones —religión y ciencia, modernidad y tradición, el yo y los otros— que muchos de sus personajes han logrado pacificar con una serena incardinación en el mundo y la aceptación gozosa de los prodigios naturales y cotidianos.

Robinson obliga al lector a preguntarse por esa constelación de significados que le ha hurtado una existencia vicaria, urbana, frenética y consumista. Es a ese individuo, sumido en la orfandad urbana, al que parece dirigirse y al que lleva a tomar conciencia de su pérdida existencial. La referencia religiosa y sobrenatural —evidente en todas sus obras— es el hilo que permite que el lector descubra la belleza de la existencia, el misterio que supone la bondad, el amor o la paternidad y que le permite recobrar de nuevo su inocencia perdida.

Una extensa carta de John Ames, el provecto pastor de Gilead, a su hijo de siete años abre el universo narrativo de Gilead, que de un modo inteligente Robinson aprovecha después en otras novelas para enriquecer con una pluralidad de perspectivas la sencillez del primer relato. Propiamente no ocurre nada. La carta de Ames es una confesión sobre el significado de la vida, una misiva alejada del voluntarismo, un honrado testimonio de que, pese a las tragedias, la soledad y la muerte, toda la existencia apunta a un más allá de plenitud. En casa cuenta esa misma cotidianidad, pero la amplía desde la óptica de Glory, la hija de Boughton, un anciano pastor amigo de Ames. Y Lila revela ese mismo trasfondo con el tardío y entrañable romance del viejo predicador. La trilogía no avanza en el tiempo; en ella se reiteran los personajes, las situaciones y las conversaciones, pero por eso mismo todos estos elementos adquieren una condensada fuerza literaria.

Ames, Boughton, Lila o Jack —personajes principales de estas obras— son excusas que Robinson utiliza para transmitir una forma de ver el mundo que despierta la nostalgia hacia esas comunidades rurales en las que el ser humano vive rodeado de una naturaleza de la que aún no se ha enajenado y en las que, por eso mismo, permanece aún la huella de lo sagrado. En Gilead, el estilo epistolar, directo, familiar con el que Ames se dirige a su hijo, revela el ritmo sereno de las cosas, su significado cotidiano y familiar, íntimo. No suena moralizante: posee más bien resabios escriturísticos e iniciáticos, casi diríamos que bautismales, resabios con los que el padre busca depositar el hontanar de sabiduría e inocencia recobrada en la ancianidad para salvar a su hijo de siete años del descreimiento o el desamparo.

ENTRE LA MISERIA Y LA GRANDEZA

Si no fuera por las casi inevitables connotaciones que acompañan al término sermón, uno estaría tentado a describir así las peculiaridades estilísticas de Gilead. No en vano Robinson ha leído mucho y ha reivindicado la profundidad de la literatura religiosa —especialmente, en su caso, Calvino y mucho Barth— tanto como otras tradiciones —Emerson, Thoreau y el trascendentalismo—. Esas son las armas que enarbola para redescubrir y regenerar —y salvar si es preciso— todo lo que ese individualismo contumaz y escéptico ha socavado.

Eso no signfica que Robinson sea una autora religiosa ni que defienda una perspectiva conservadora. Por el contrario, parecer ser partidaria de un liberalismo progresista y ha defendido, desde sus comienzos, causas sociales. Pero no ha convertido sus convicciones políticas en una proclama activista, pese a que The New York Review of Books insista en delinear más claramente su perfil liberal e incluso haya conseguido que el mismísimo Obama la entrevistara. Todo ello no debe restar importancia a los esfuerzos que Robinson ha dedicado por recuperar cierto sentido de lo espiritual como connatural al hombre, frente a otras tendencias literarias que lo desprecian o que manifiestan tan claramente su animadversión a lo religioso.

su esfuerzo constituye un desafío literario y una denuncia de las empobrecedoras consecuencias —morales, sí, pero sobre todo humanas— de un secularismo excesivamente intelectualizado.

No debería suponerse, sin embargo, que los personajes de las novelas de Robinson o sus historias son todas una encarnación de la inocencia pura. En todo caso, lo serían de la inocencia recobrada o de la posibilidad de recobrarla. Pero es que, además, gran parte de la grandeza y de la verosimilitud que alcanzan sus personajes nace de esa patente debilidad de la que adolecen también, por ejemplo, los personajes bíblicos. Resulta crucial en el poliédrico relato de la trilogía que inaugura Gilead el enfrentamiento entre Boughton, Ames y Jack, el hijo rebelde y renuente —pero a decir verdad también sincero— del primero. O los prejuicios de los bienintencionados pastores. O las dudas religiosas de Lila, la joven mujer con la que se casa Ames, y su perplejidad frente a la fe, el sacramento o la salvación. O, por último, las tragedias de Vida hogareña, la estrafalaria forma de ser de Sylvie o la hipocresía de los habitantes de Fingerbone en esa misma novela, la primera de la autora.

Y sin embargo esa mezcolanza entre la altura moral y la miseria humana, entre la sacralidad redescubierta del mundo y la natural resistencia del hombre, entre la profundidad de unas sinceras convicciones y la obstinación humana ante el misterio, otorgan un fuerte realismo a la narración y sirven también para subrayar la integridad moral de los personajes. La diferencia entre Ames, Boughton o Lila y aquellos seres humanos que describe el realismo sucio o histérico americano no estriba tanto en el carácter heroico y modélico que revisten los primeros —y al que el lector se siente llamado a emular— frente a la mezquindad espiritual de los segundos, como sobre todo en la condición compacta de su personalidad, en la reciedumbre y firmeza de sus compromisos, en la honradez con la que se saben llamados a lo más alto, pero también miserables y necesitados de redención.

LO SAGRADO EN EL MUNDO

Pero si existe alguna enseñanza que sobresalga en las cuatro novelas de Robinson —aunque sin duda con más fuerza y claridad en las tres últimas— es la de la necesidad de reconocer lo sagrado en el mundo. Robinson mezcla para ello motivos teológicos —la gracia y el sacramento— y culturales, pero su esfuerzo constituye un desafío literario y una denuncia de las empobrecedoras consecuencias —morales, sí, pero sobre todo humanas— de un secularismo excesivamente intelectualizado. Aunque no de forma expresa, también se reconoce que esa hostilidad hacia lo religioso sojuzga el ámbito de las expresiones artísticas y lo encapsula en una red de significados artificiales y construidos, en los que el hombre no capta el sentido de su existencia.

La cercanía entre naturaleza, hombre y misterio es lo que revelan las hermosas y serenas narraciones de Robinson.

En Gilead, es John Ames el que descubre el sentido sobrenatural o al menos ese misterio que la inocencia recobrada o la gracia posibilita captar también en lo sencillo y cotidano. Lo espiritual que se manifiesta en el orden de una casa. El significado que revela el canto de lo pájaros o la transparencia del agua. En Lila se celebra la sencillez milagrosa del amor —el amor es un acto de Dios, dice un personaje—, el resguardo que proporciona al alma de la protagonista tras años y años de vagabundeo por la geografía americana. Y, por último, en En casa se homenajea la fidelidad fraternal, pero también se apunta la rebeldía y la tragedia.

Con su cuidadosa forma de escribir, que suena sincera y convierte la literatura en un ámbito propicio para la revelación del mundo en su compleja y rica realidad, Robinson se ha ganado por sus propios méritos un lugar destacado en el panorama literario actual

Robinson, sin embargo, está lejos de incurrir en excesos místicos. Tal vez lo más importante de todas las enseñanzas de Ames a su hijo en Gilead sea aquella que explica la fe como forma de conocimiento. De ese modo, no solo no existiría ninguna contradicción entre lo religiosa y lo humano, sino que la creencia aparecería como una dimensión connatural al hombre que enriquecería su comprensión del mundo. O, para ser más claro, que la haría posible. La cercanía entre naturaleza, hombre y misterio es lo que revelan las hermosas y serenas narraciones de Robinson.

«La bendición —y eso creo que es el bautismo, principalmente— posee una realidad. No intensifica el carácter sagrado, pero lo reconoce y en ello hay poder. Lo he sentido recorrer mi cuerpo por así decirlo. La sensación que produce es la de conocer realmente a una criatura; me refiero a sentir realmente su vida misteriosa y tu propia vida misteriosa a un tiempo», explica Ames a su hijo en un momento de la novela.

Sin embargo, el reconocimiento de lo sagrado en el mundo, el hecho de vislumbrar el espíritu entremezclado en lo cotidiano, que desvela la profunda belleza y luminosidad de la existencia al mismo tiempo que remite a un misterio más profundo y pleno, eso solo no serviría para aliviar la ansiedad y el desasosiego. Porque cuando se profundiza en esos vestigios sagrados y en la reticencia humana a encontrar su cobijo en ellos, puede reconocerse en el alma un poderoso anhelo de trascendencia. Es decir, la fe remite o exige la esperanza.

LA ESPERANZA DE VOLVER A CASA

En Lila tanto como En casa —y en menor medida en Vida hogareña, escrita tantos años antes— se manifiesta, por decirlo de algún modo, esa resistencia humana ante el misterio. Las encrucijadas que se plantean en estas obras pueden ser interpretadas como apostillas a la lectura de Gilead. En un momento de esta última, el protagonista, Ames, escribe a su hijo: «Debajo de la vida hay muchas cosas. Mucha malicia y temor y culpa y mucha soledad». Si la fe es para este anciano predicador una forma más clara y verdadera de percibir el mundo, de sentirse de algún modo «en casa» pese a la provisionalidad de esta vida mortal y la espera de una existencia plena, Jack Boughton y Lila encarnan las dudas y la incapacidad de detectar en ocasiones esa «irrupción de lo eterno en lo temporal».

La historia de Lila, que ha vivido desde su infancia una existencia nómada con jornaleros, y que por sorpresa entra en la iglesia de Gilead para protegerse de una tormenta, representa la posibilidad del milagro también tras la tragedia y la pérdida de esperanza. Lila termina casándose con Ames, pero su historia de amor —entrañable en su sencillez— es también su manera de ubicarse en un mundo que, como el de Gilead, resulta extraño a su naturaleza itinerante. Si de alguna manera encuentra su hogar, no termina de convencerse de él ni tan siquiera tras el nacimiento de su hijo.

El drama de Jack es también el drama del hombre de hoy y el que de alguna manera late en la historia central de Vida hogareña

Jack Boughton, por su parte, intenta regresar a su casa tras una vida de rebeldía. Su padre es ya anciano; no queda nadie en la casa salvo su hija Glory, que le atiende con ternura en su vejez. En casa, que transcurre en el mismo momento temporal que Gilead, narra el intento de Jack por redimirse, pero es un intento fracasado. Las conversaciones entre Jack y su hermana, entre Jack y su padre y entre Jack y el reverendo Ames son suficientemente sugestivas para expresar la tragedia de quien no puede entender el significado de lo sobrenatural y es inmune a lo simbólico, a su referencia sagrada, y que por tanto se encuentra condenado a perpetuar una existencia errante en busca de un asidero. Un hijo pródigo que, de algún modo, todavía no ha alcanzado el umbral del perdón.

El drama de Jack es también el drama del hombre de hoy y el que de alguna manera late en la historia central de Vida hogareña, la primera de las novelas publicadas por Robinson pero la última en traducirse al castellano. La obra transcurre en Fingerbone, donde viven dos niñas, Ruth y Lucille, con su extraña tía Sylvie, tras la trágica muerte de su madre. La novela refleja los avatares de un destino radicalmente hostil y el difícil proceso de maduración de las dos protagonistas. Mientras que Lucille reniega de Sylvie y de la atrabiliaria vida que lleva con ella, Ruth se mantiene fiel a esa existencia errática que expresa la dificultad de ubicarse en el mundo y encontrar un hogar —un sentido— en él.

La literatura de Robinson no es fácil: posee un estilo terso, detallista, descriptivo. Sus novelas son un contrapunto a ese tipo de narración nerviosa y episódica, en la que la rapidez de la trama impide captar la riqueza de los personajes o elude los pormenores. Pero si es necesario vincular el fondo y la forma en la tradición literaria, las hondas inquietudes que intenta transmitir la autora norteamericana casan a la perfección con ese sosiego narrativo que constituye sin lugar a dudar un revulsivo interesante y transformador para el lector.

Hasta ahora en castellano se han publicado las cuatro novelas de la autora, todas en cuidadas traducciones editadas por Galaxia Gutenberg. Es de esperar que en los próximos tiempos se traduzcan algunos de sus ensayos, especialmente el de Absence of Mind: The Dispelling of Inwardness from the Modern Myth of the Self, donde, entre otras cosas, rebate las corrientes naturalistas. Con su cuidadosa forma de escribir, que suena sincera y convierte la literatura en un ámbito propicio para la revelación del mundo en su compleja y rica realidad, Robinson se ha ganado por sus propios méritos un lugar destacado en el panorama literario actual y abierto de nuevo la senda para la recuperación de su profundo simbolismo. •