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‹‹Camba es mucho más que los libros que conocemos de él››

Francisco Fuster, profesor de la Universidad de Valencia, es el responsable de las antologías de artículos de Julio Camba publicadas por Fórcola: Caricaturas y retratos, y Crónicas de Viaje y Galicia. Tras cada uno de estos títulos está Fuster, cuyo trabajo de recuperación, de selección y de contextualización, a través de introducciones críticas a cada uno de los títulos, es sin duda esencial para el redescubrimiento de uno de los prosistas más brillantes de las letras españolas del siglo XX.

¿Quién es Camba? ¿Cuál es la caricatura que nos ha llegado de él?

Hay que diferenciar entre el Camba persona y el Camba personaje. De lo que es Camba como persona, es decir, de lo que es su vida privada, conocemos muy poco porque es un personaje algo huidizo. Él no escribió memorias, no tuvo familia directa, no tenemos ningún testimonio personal, más allá de sus artículos, donde sí es cierto que va dejando pistas sobre cuáles son sus gustos, su manera de vivir… pero más allá de esto datos que él mismo nos ofrece, no tenemos ningún otro elementos que nos presente al Camba íntimo. De ahí la dificultad de escribir su biografía: no hay documentos testimoniales que nos permita adentrarnos en la personalidad del periodista.

Se ha creado con el tiempo una imagen de Camba, la de hombre bohemio, mujeriego, autor de derechas, conservador, franquista… que no corresponde a la realidad

¿Nos hemos, por tanto, inventado a Camba?

Lo que hemos hecho es construir la imagen de un personaje a partir de su propia obra, de la que hemos sacado algunos elementos autobiográficos, y a partir de las innumerables anécdotas que rodean su vida, anécdotas siempre contadas por terceras personas y nunca comprobables. La única biografía que hay sobre Camba no es mala, pero es muy floja: le falta apoyo documental y el autor solamente recorre cronológicamente su obra, pero para hacer una biografía no basta con centrarse en la obra, es necesario indagar también en la vida. Retomando tu pregunta, diría que lo que representa una ventaja para algunos y una desventaja para otros. Y, sobre todo, no corresponde con la realidad la definición de Camba como hombre franquista, ante todo porque el Camba anterior a la República no tiene nada de franquista, primero de todo porque no existía Franco todavía.

Sin embargo, está muy arraigada la idea de Camba como un periodista conservador y próximo al franquismo

El hecho de que haya escrito en ABC, de que en su momento se posicionara en contra de la república y algún que otro detalle han hecho que se le identificase como un autor frívolo, de derecha, pero es una descripción que no refleja exactamente cómo era Camba. Se añade, a esto, otro problema: el desprestigio que siempre ha habido en España hacia la gente que escribía en los periódicos y el desconocimiento acerca de su obra. Un escritor como Azorín, gran parte de cuya obra son artículos de periódicos, tiene el reconocimiento que tiene y forma parte del canon por sus novelas, no por sus artículos, porque se considera que un autor serio es un autor de novelas. Sin embargo, un autor como Camba, que no escribió ninguna novela o ensayo y que se le conoce solamente por sus artículos, no tiene el prestigio que merece. En España, ni en la universidad ni en los manuales, nunca se ha explicado bien el gran periodismo y sus grandes autores

¿El periodismo no se ha considerado nunca literatura?

Exactamente. Sí que es verdad que ahora, desde hace ya algunos años, hay un mayor interés por los escritores-periodistas y se están publicando antologías de los grandes periodistas de antes, aunque también es cierto que siempre son los mismos: Pla, Camba, Gaziel, Azorín, Chaves Nogales…. Y quedan, sin embargo, una gran cantidad de periodistas que tienen una gran obra literaria, es decir crónicas de calidad literaria, y que están completamente olvidados en la hemeroteca. Y esto es un problema de España, donde nunca se ha enseñado académicamente y nunca las editoriales se han interesado por el periodismo literario. Actualmente, afortunadamente, hay pequeñas editoriales que están recuperando estos autores, pero todavía su aportación es muy testimonial, todavía son autores muy desconocidos y el caso de Camba es buen ejemplo de ello: conocemos cada vez más su obra, aunque todavía es un gran desconocido para el gran público.

De ahí tu aportación para dar a conocer a Camba al lector actual

Yo en la medida de mis posibilidades he intentado dar a conocer su obra publicando artículos que no formaban parte de sus libros, en los que se reúne solo una cuarta parte de todo lo que escribió, puesto que, a parte de los textos que él mismo publicó en vida en sus libros, se conservan aproximadamente otros 3000 artículos, de los cuales, evidentemente, no todos son de interés y publicables. Con las antologías he intentado mostrar a los lectores que Camba es mucho más que aquellos libros que se conocen.

Uno de los primeros en reconocer a Camba dentro de la literatura española fue, aunque pueda resultar curioso, Mainer en su historia de la literatura

En realidad, Mainer tampoco reivindica particularmente a Camba. Lo que tiene de bueno Mainer es que en su historia de la literatura española le da su lugar; no lo reivindica, pero sí le dedica Camba un capítulo, cosa ningún otro había hecho. Hay que recordar, además, que Mainer hizo su tesis doctoral sobre Fernández Flórez.

Considerado el precedente directo de Camba

Exacto. Lo que sucede es que Mainer no hizo su tesis sobre el Wenceslao Fernández Florez articulista, sino sobre el Wenceslao novelista. El caso de Fernández Florez es también paradigmático: es conocido por dos o tres de sus novelas, cuando la mejor parte de su obra son los artículos. Y, además, no hay una antología de Wenceslao: hace algunos años, un amigo reunió una serie de sus mejores artículos, pero no encontró editorial comercial interesada en publicar a Fernández Flórez y, al final, fue la Diputación de Pontevedra quien terminó por publicar esta recopilación de textos.  Ahora estaría pendiente de hacer con Fernández Flórez lo mismo que se ha hecho con Camba; sí es cierto que hay un problema con su familia, que no está interesada en la publicación de sus textos, pero tampoco se están haciendo estudios sobre su obra periodística ni tampoco hay esfuerzos significativos para publicar tus textos.

Retornando a Camba, es sintomático que fuera más reconocido en vida. Pienso en los elogios que de él hacían Josep Pla o González-Ruano

Efectivamente. La prueba más evidente de que fue reconocido en vida es que Camba llegó a ser el periodista mejor pagado de España. Hoy en día los escritores más conocidos son conocidos por sus novelas, pienso en Javier Marías o Muñoz Molina, aunque, como ya sucedía entonces, ganan más dinero con sus artículos que con sus novelas. En la época de Camba, sin embargo, autores como el propio Camba, como Azorín o Unamuno no sólo ganaban más dinero con sus artículos que con sus libros, sino que eran conocidos principalmente por sus artículos. Pla decía, medio en broma-medio en serio, que los artículos los cobraba dos veces: primero del periódico y, después, de la editorial que los publicaba, en su caso Vergés, que fue un hombre con mucha vista editorial al ver que los artículos de Pla se podían convertir en libro.

Esto no sólo sigue pasando ahora, sino que actualmente se están publicando libros que reúnen los artículos o columnas de varios periodistas y escritores, incluso particularmente jóvenes. Pienso, por ejemplo, en la labor que realiza Círculo de Tiza

Decía Pla que cuando el artículo es bueno sirve para libro y por esto, en las entrevistas, explicaba que dedicaba mucho tiempo en buscar los adjetivos, en adecuar el estilo. Hoy en día, autores como Javier Marías, Pérez Reverte o, gente más joven, como Manuel Jabois, Antonio Lucas o Juan Tallón hacen lo mismo que hacía Pla y, efectivamente las nuevas editoriales, Libros de K.O o Círculo de Tiza, recuperan la tradición de Vergés y reúnen en libros los grandes artículos de estos periodistas. Se repite la historia, no hay nada nuevo: Azorín, que más o menos llegó a escribir unos 5000 artículos, publicó en libros unos 3000 artículos.

El reto es hacer de un libro de artículos un libro intelectual y literariamente interesante.

Con respecto a los autores no actuales, hay que buscar en la hemeroteca, hay que seleccionar y hay que hacer antologías con un hilo conductor a partir del cual combinar artículos conocidos con artículos inéditos para dar a los lectores algo nuevo. El problema es que hay editores que están obsesionados con publicar inéditos como si esto garantizara calidad: puede merecer tanto publicar algo inédito como recuperar un artículo ya publicado y que requiere una contextualización. Azorín, Pla, Camba… son autores que hay que actualizar y a través de los prólogos, piensa en el prólogo que Ignacio Peyró de Augusto Assía para Libros del Asteroide, acercar a los lectores de hoy estos autores explicándoles que se trata de literatura de calidad. No es literatura coyuntural.

Como ya comentábamos antes, Camba es un autor muy connotado políticamente. Actualmente, en Madrid se ha propuesto retirarle la calle por su filiación franquista. Si bien el recorrido ideológico va de un pseudo-anarquismo hasta el conservadurismo, pasando por su gran oposición a la República, ¿crees que es erróneo situar a Camba dentro de filas franquistas? 

Yo creo que sí. Si, como nos gusta hacer en España, pensamos que alguien o está en un bando o está en el otro, evidentemente Camba en el último periodo no estaría en el lado de la República. Pero hay que matizar, ante todo porque dentro del grupo de nombres a los que se les quiere quitar la calle hay gente muy distinta y gente a la que se considera franquista por parámetros y cuestiones muy distintas. En el caso de Camba: si  a él, en el momento en que estaba en Nueva York como corresponsal de ABC, la República le hubiese dado un cargo de embajador, que es lo que él quería y yo creo que merecía, según el criterio establecido en aquel momento, el recorrido político de Camba hubiera sido distinto y no hubiera realizado las críticas tan duras que realizó a la República. Lo que sucede que ya en aquella época, por escribir en un periódico como ABC, Camba ya era considerado como un hombre conservador y, por tanto, se le niega el cargo. De ahí que resentido, Camba empieza a atacar claramente la Segunda República y, desde ese momento, se le posicionó directamente en el bando franquista.

Es decir, ¿Camba se oponía a la República, pero no comulgaba con Franco?

Yo no le he leído a Camba ni una sola frase a favor de Franco; sí que le he leído muchos textos en contra de la República y en contra de los socialistas. Lo que sucede es que, además, Camba, como también Azorín, publicó en el diario Arriba, que era el diario de la Falange, pero hay que recordar que en ese diario escribió mucha gente. Azorín, que era conservador antes de que apareciese Franco, se exilia durante la Guerra Civil para luego volver, como Baroja a España y se presta a escribir en periódicos conservadores. ¿Esto convierte a Azorín en franquista? Una cosa es ser conservador y otra franquista. Azorín, creo yo, no era franquista, pero tampoco era antifranquista. Lo que sucede es que se tiende a simplificar y se le atribuye a Camba una actitud franquista y, lo que más me molesta, es que se lo atribuye de manera retroactiva, como si en el año 1933 cuando Camba entra en el ABC ya fuera franquista porque el ABC era un periódico extremadamente conservador y luego franquista.

¿Podemos decir el caso de Camba es un caso de prejuicios?

En España, hasta hace pocos años, los escritores de derechas, por el hecho de ser de derechas, han estado marginados de la historia de la literatura: esto lo explica muy bien Trapiello en Las armas y las letras, donde observa cómo la gente que perdió la guerra, la gente de izquierdas, progresistas, ha sido ensalzada por la historia de la literatura como mecanismo, digamos, de compensación. La historia de la literatura a partir de la transición ha tendido a ensalzar a Machado, a Lorca… independientemente de la calidad de su obra, que también es grande, pero por el simple hecho de ser perdedores de la guerra civil se les ha dado un protagonismo excesivo y, además, ha sido a cambio de condenar al olvido a escritos de derechas como González Ruano. Camba o el propio Chaves Nogales, si bien se dice que representa esa tercera España.

Y, más allá de lo que terminó representando, ¿Cómo era Camba, entonces, ideológicamente?

Camba era un hombre apolítico que criticó tanto a los políticos de izquierdas como a los de derecha. A Camba lo podemos emparejar con Baroja en cuanto ambos criticaban el sistema en su totalidad; hay artículos de Camba de la restauración en los que critica el sistema, la corrupción de los políticos, sean conservadores como liberales.

Entonces, ¿las críticas a la República las debemos que entender como expresión de un enfado por no haberle sido concedido el título de embajador?

Algunos podrían decir que el enfado hacia la República fue una pataleta infantil, pero es muy fácil decirlo, habría que ponerse en su lugar: si tú estás toda la vida viajando y crees que tienes los méritos necesarios para ser embajador, si a tus amigos les han dado cargos y a ti no, es normal que te enfades. Habría podido olvidarse del tema, pero a Camba le salió la bilis que tenía escribiendo artículos en contra de la República, una reacción que es por lo menos humana.

Antes mencionabas a Trapiello, cuyo libro bien puede leerse en relación a La resistencia silenciosa de Jordi Gracia, donde analiza los casos de Unamuno, de Gaziel, de Baroja… de una serie de liberales que se opusieron a la República pero que no llegaron a comulgar con el franquismo

El ensayo de Jordi Gracia explica, ante todo, que no sólo hubo una forma de resistir al franquismo. Te hablo de Baroja, cuyo caso conozco mejor: se fue exiliado a París, donde vivió tres años con muchas dificultades a la vez que su familia lo pasó muy mal en España. Cuando terminó la guerra, la familia Baroja regresó a Madrid y lo que hizo Pío Baroja es resistir de forma silenciosa, intentando sobrevivir a través de sus novelas. Mucha gente le criticó por no haberse significado, pero como comentaban sus sobrinos en una biografía, los Baroja era una familia muy apegada a la tierra, bastante apolítica y bastante crítica sea con la República sea con el franquismo. La hermana de Pío Baroja, por ejemplo, era una monárquica y, por tanto, criticó a la República, pero no porque fuera franquista, sino por su apoyo a Alfonso XII. Por otra parte, Ricardo, el hermano de Baroja, era republicano, hizo campaña en favor de la República y, de hecho, perdió un ojo yendo a un mitin. Nadie le apoyó en su momento y la hermana interpretó esta falta de apoyo como una traición.

¿La intrahistoria es aquella que al final ofrece los matices que la historia más generalista no observa?

Para hacer una historia de la literatura hay ir caso a caso, ver cada caso individualmente, analizar el contexto, la situación  familiar…. Pero esto no se suele hacer, pues resulta más fácil simplificar y entonces decir que Baroja era franquista porque criticó mucho a la República y consideró que el origen de la Guerra Civil estaba, en parte, en la propia República.  Una idea que no fue exclusiva de Baroja, sino una idea compartida por Unamuno, Ortega y Gasset o Azorín, que en un primer momento, si bien había si bien había sido diputado por el partido conservador, era republicano y apoya la República, como se ve en las entrevistas que le realizaron en Revistas de Izquierda. Cuando empieza a desvariar la República, Azorín empieza a alejarse y al final está completamente desencantado.

Antes comentábamos la falta de reconocimiento a la obra de los grandes periodistas de la primera mitad de siglo. Sin embargo, actualmente hay un grupo de jóvenes columnistas que se sienten “hijos” de aquella tradición: el otro día Jorge Bustos citaba a Fernández Florez, Manuel Jabois cita con frecuencia a Camba, mientras que Antonio Lucas tiene muy presentes a Pla y a Azorín

Totalmente de acuerdo, pero hay que recordar antes la generación que les precedió, la generación de Manuel Vicent, quien bebió directamente de autores como Camba, Pla o Azorín. De hecho ahora Manuel Vicent acaba de publicar un libro, Los últimos mohicanos, que es un homenaje a estos periodistas. Con respecto a los nuevos columnistas, hay un salto generacional: tenemos, por un lado, a Manuel Vicent, que es el alguien leyó directamente y bebió de todos estos articulistas y, por otro lado, estos columnistas jóvenes que mencionas que, si te fijas bien, muchos de ellos no son periodistas: Jorge Bustos es filólogo y tiene por ello un gran dominio de la literatura, Juan Tallón estudió filosofía, Manuel Jabois es como Camba, un periodista de raza y autodidacta, Antonio Lucas es, aparte de periodista, poeta… Me gusta señalar esto porque, por lo que sé, en las facultades de periodismo no se enseña la historia del periodismo español y, en más de una ocasión, cuando me he encontrado con jóvenes periodistas he observado que no tienen ni idea de quién es Camba, de quién es Larra o Pla.

¿Podemos, por tanto, ser optimistas ante el nuevo columnismo?

No lo sé. Si ves como escriben muchos periodistas hoy en día…Manuel Jabois, Rubén Amón, Jorge Bustos, Antonio Lucas son una excepción que confirma la regla. Los periodistas que salen de las facultades están más versados hacia lo audiovisual y desconocen completamente la historia de periodismo. La prueba más evidente de esto es que en España solo hay una tesis doctoral sobre Camba, una tesis en la que su autor recopila todo los artículos y realiza una descripción mínimo de cada libro, pero falta un análisis en profundidad.

Esta carencia que todavía persiste en el estudio de Camba y en su reconocimiento, por lo que se refiere al canon de las letras gallegas, ¿cuánto crees que afecta el no nacionalismo de Camba, su desprecio incluso por el gallego, que no consideraba una lengua con la cual poder escribir? 

El hecho de que Camba no fuera nacionalista provocó sin duda un rechazo y la mejor prueba es que en los últimos quinces años, de los libros que se han reeditado de Camba, con la única excepción de uno, ninguno se ha publicado en Galicia. ¿Las editoriales gallegas dónde están? Quitando un librito, que es una obra menor, que ha editado ahora Ediciones del viento, el resto de libros se han publicado fuera de Galicia. Hace unos días hablaba con un profesor de universidad de Galicia, especialista en Camba, y me decía que ahora por fin Galaxia, la editorial por excelencia en lengua gallega, iba a reeditar un libro de Camba, aunque es algo que han anunciado hace dos o tres años y el libro todavía no ha salido. Galaxia, que es la editorial que ha editado toda la obra de Cunqueiro, no ha publicado a Camba, reivindicado muy poco en Galicia por ser considerado un autor españolista. Con Camba pasa lo mismo que pasa con Azorín en Valencia, donde no se ha hecho ninguna tesis doctoral sobre Azorín. Ahora hay qué ver qué pasará el próximo año, que se cumplen los cincuenta años de la muerte de Azorín, aunque ya verás cómo en Valencia no hacen nada y lo hará todo Madrid.

Jacinto Miquelarena en la edad del “sport”

No hay día sin su partido de fútbol. Sueño o pesadilla para millones de personas en este planeta. En este comienzo de verano han coincidido en el tiempo las dos competiciones regionales futbolísticas más importantes: la Eurocopa, que se disputa en Francia entre el temor a los atentados y el salvajismo hooligan, y la Copa América, que se celebra en un país como Estados Unidos donde la emigración hispanoamericana está transformando, poco a poco, los gustos deportivos entre los más jóvenes. Quizá sea este un buen momento para recordar a Jacinto Miquelarena y sus crónicas deportivas en las que recordaba que “el sentido sportivo, además, ha despertado el sentido de la juventud, llegando al descubrimiento de que se puede ser joven mucho más tiempo de lo que se era antes”.

Miquelarena es hoy en día un escritor relegado al olvido, aunque haya quien considera que sus trabajos, vinculados en cierta medida con la generación del 27, forman parte de la mejor tradición prosista española. Más allá de sus posturas políticas −fue uno de los miembros fundacionales de Falange Española−, este ostracismo literario es consecuencia directa de la aparente incompatibilidad, construida por unos intelectuales cegados por el inconsistente elitismo cultural, entre la creación artística y el deporte. Y es que algunas de las mejores páginas de Miquelarena están consagradas al deporte y las emociones que éste origina. Ha costado escapar del falso esnobismo que desprecia el deporte como un entretenimiento de masas simple y tonto. Aunque aún hoy seguimos teniendo escaramuzas que lo atacan, quizá porque no sean conscientes que “el sport ha entrado en nosotros al arma blanca. Ya no es un juego al margen; ya no es una actividad complementaria y elegante, como un té de las cinco. El sport penetra en toda nuestra vida para empaparla de sentido sportivo. Los negocios son un juego y hay que saber ganar y perder. La política es un juego y hay que saber perder y ganar”.

Nacido en 1891, Miquelarena fue la representación de la emergente burguesía desarrollada en el Bilbao de finales de siglo, esa ciudad a la que algunos caracterizaron rimbombantemente como la Atenas del Norte. En su juventud, como buen hijo de su época y de su clase social, estudió en Inglaterra, viajó alrededor del mundo (“sí; el viaje es un gran sport en el stadium del mundo”) y comenzó a apasionarse por el deporte. Aunque pueda sorprender por su deriva política posterior, engrosó en su juventud las filas del nacionalismo vasco y, por esa razón, consiguió participar de la creación de Excelsior (1924), el primer diario español dedicado exclusivamente al deporte de carácter apolítico que pretendía sanear económicamente las pérdidas del resto de publicaciones del Partido Nacionalista Vasco. En la posterior década de los treinta, al tiempo que daba el salto al ABC madrileño y a la dirección de la revista deportiva Campeón, Miquelarena se acercó al reducido grupo de escritores que secundaron a José Antonio Primo de Rivera en su proyecto falangista. Con todo, su prosa se mantuvo distanciada de la habitual retórica grandilocuente del fascismo español.

Era un espectador perspicaz, que construía sus crónicas deportivas y sus libros de viajes sobre un humor sutil, jovial y conscientemente contradictorio. Sus frases aún se leen como golpes breves y directos, que no dejan indiferentes. Por ejemplo, “lo lamentable es que se va al sport con un viejo equipaje de pasiones y debilidades, que en el sport se inflaman y se irritan. Y, sobre todo, porque no se va al sport con lealtad” o “el juego veloz [en el fútbol], a base de una geometría primaria, es un buen juego y el más bello, a mi juicio. Pero es el más difícil. Se necesita lo que no se encuentra fácilmente: vigor en el hombre, entusiasmo y corazón”. Y es que, por encima de los condicionantes políticos franquistas que limitaron notablemente la lucidez de su escritura durante la guerra civil en un recién estrenadoMarca, nos encontramos ante un creativo y centelleante escritor deportivo. La prueba más evidente es Stadium (Notas de sport) (1934), probablemente el primer libro en español que intentó elaborar una reflexión global sobre las implicaciones sociales y culturales de ese imparable fenómeno cultural de masas de la época que era el sport moderno. Como es evidente, el texto ha envejecido porque algunas de sus opiniones son extemporáneas, pero deberíamos sumarlo al canon clásico de la literatura deportiva. O, mejor dicho, quizá deberíamos comenzar a elaborar dicho canon. Porque también en este campo la desmemoria abunda. ¿Cuántos cronistas deportivos conocen lo que hacían sus antepasados?

Entre las páginas de Stadium encontramos múltiples y valiosas observaciones sobre el fútbol, el boxeo, el ciclismo, el tennis o el automovilismo. El periodista vasco era consciente de que el deporte había penetrado en la vida para transformarla y «empaparla de sentido deportivo». Al leer sus opiniones sobre el fútbol, nos detenemos a cada instante para degustar el aroma original de unos conceptos o palabras en desuso en nuestro idioma (grupo de galería, tercer back, goal-keeper, etc.), que nos hablan de un pasado lejano y de unos protagonistas que comenzaron a jugar «por la emoción y el olor de caerse en el césped». Y si queremos fijarnos en las notas sobre ciclismo, nos sumergimos en la poética oculta que encierra el pedaleo del héroe: «va la ruta, trecho a trecho, haciéndose trepidante, y sonora, y multicolor, porque canaliza la batalla de la carretera». Y es que, para Miquelarena, “la labor [del ciclista] no es dulce. Hay que luchar un día y otro en la carretera, que se retuerce, que se endereza, que muerde, que se tira a un barranco. Hay que luchar con el hambre y con la sed, con el calor y con el frío. Hay que luchar con la comitiva, llena de explosiones y de klaxon, amenazante con sus aletas y con sus ruedas, que trepida cerca siempre de las bicicletas frágiles, entre nubes de polvo

Su escritura es ácida y elocuente. Miquelarena era capaz de encerrar la magia del deporte, con sus virtudes y defectos en una sola frase. Del boxeo decía que, “a fuerza de recibir guante, todos los boxeadores se parecen. Cabezas taylorizadas. Ford no haría otra escultura, si fuera escultor”. Del fútbol nos ha legado reflexiones que siguen vigentes: “una carga limpia, robusta, al adversario, es el escape de todo ese sobrante de vitalidad que, si se prohíbe la carga, desciende casi siempre a los pies. Y los pies, en fútbol, deben destinarse al balón exclusivamente” o “Imagínense ustedes el terrible espectáculo de lanzar un pedazo de carne, uno solo, a una jaula de leones hambrientos, por los barrotes de arriba. Es el corner”.

Pero los que peor salían parados de su pluma fueron, y continúa siendo un referente habitual, los árbitros: “al único ser que no se le tolera el instinto de conservación es al árbitro”, “se puede saber el número de hijos que tiene cada árbitro por el lugar del campo en que se coloca en cuanto silba el término del partido. Si ese lugar es el más lejano al punto de salida hacia el vestuario, no cabe duda: el árbitro es soltero” o “sin temperatura no hay fútbol. Para que un árbitro sea un buen árbitro tiene que ser un mal árbitro. Un árbitro no puede cazar el off-side como se caza un conejo; tiene que cazar el perro para que nos divierta”.

¿Por qué leer hoy a Miquelarena? Porque Jacinto Miquelarena señaló una parte del camino que transitamos en la actualidad. Pasarán los años, pero seguiremos comprobando que nuestros deseos, sueños e inquietudes son muy semejantes a los de las generaciones anteriores. Además, nos legó algunas sabias intuiciones que deberíamos tener en cuenta como aficionados: no hay nada «más estúpido que el envenenamiento de nuestras horas de descanso con una serie de preocupaciones, que serían ridículas si, en el fondo, no fueran vergonzosas». En el fondo, no lo olvidemos nunca, el deporte es una herramienta heterogénea y ambivalente que nos anima a mantener la alegría y el optimismo.

Crónica y literatura de viajes

Crónica y literatura de viajes se divide en cuatro partes. Las semejanzas entre una y otra. Las diferencias. Las razones por las que la crónica está en auge. Y mis reflexiones como escritora tras la publicación de mis dos últimos libros de viaje: Escuchar Irán (Fundación Newcastle) y Una viajera por Asia Central o lo que queda del mundo (Universidad de Barcelona).

  1. Posiblemente, la semejanza más destacada entre la crónica y la literatura de viajes se encuentra en la narración cronológica de los acontecimientos. Crónica y literatura de viajes la comparten, al menos hasta el primer tercio del siglo XX. Más adelante, la sucesión temporal se hace insuficiente y se busca y se continúa buscando un orden diferente. La crónica ya no se erige como la estructura tradicional del relato de viajes, tal y como nos enseñó Jean Richard.

Una viajera por Asia Central. Lo que queda del mundo (Universidad de Barcelona, Periodismo Narrativo, 2016)

Ambas comparten la construcción del discurso en primera persona. El autor y el narrador suelen coincidir y relatan la experiencia con el lugar y el habitante. Sin experiencia, no hay narración ni redacción desde el yo. Fue el profesor Francisco López Estrada quien nos hizo sospechar por primera vez de que la autoría del libro de viaje era única, «voz generalizada» prefirió llamarla, refiriéndose a la Embajada a Tamorlán de Ruy González de Clavijo. Un dominio lingüístico tal no podía deberse a una sola persona. En la redacción y, posiblemente también en el viaje, intervinieron de dos a cuatro personas. Cada una tenía una competencia diferente para narrar: vocabulario náutico, geográfico, etc.

La voluntad literaria y estilística es otro rasgo común. Según se avanza en la historia, el relato de viajes se fija más en el estilo, la forma y los recursos literarios. De hecho, el cambio absoluto que sufre en el Romanticismo, cuando el objetivo del viaje se transforma y deja de ser geográfico, comercial, de investigación… para únicamente escribirse, hace que el libro de viajes pase a ser literatura de viajes. Como nos enseñaron Michel Leiris y Claude Levi-Strauss. La crónica sabe de la marca que imprime cada autor y cómo esta permite diferenciarla del reportaje. Se elige una crónica frente a otra porque allí se encuentra la voz única de un autor determinado.

En los dos casos, el viaje es el tema o temas principales. Hablo, por supuesto, de la crónica de viajes y no de la crónica informativa, antropológica, geográfica, histórica…

Por último, ambas participan de un testigo ocular contemporáneo a los hechos relatados en el viaje.

  2. Los acontecimientos narrados en la crónica aparecen como verdaderos y en la literatura de viajes no tienen por qué. Si bien es cierto que la verdad es una categoría resbaladiza, cuyo valor (necesidad) es más o menos relevante a lo largo de la historia y de las culturas, el lector acude a la crónica dándola por hecho. El narrador/testigo es un valor añadido en ella y le concede veracidad. Una vez finalizados los viajes ilustrados y científicos del siglo XVIII, la literatura de viajes se mueve en un orden más ficcional.

Ha sido la crónica el género que ha sabido pasar a primer término los hechos históricos de menor impacto, la intrahistoria, por llamarla de alguna manera, y convertirlos en tema y argumentos. Es decir, los hechos que la determinan pero que no irrumpen ni transforman de súbito, y tienen menor visibilidad. La literatura de viajes sigue aferrada a un acontecimiento histórico central. Pienso, por ejemplo, en los libros de Ryszard Kapuscinski o Robert Kaplan, que articulan la estructura en torno a uno o a varios.

Escuchar Irán (Ediciones Newcastle, 2016)

El siguiente punto está íntimamente ligado al anterior. La tensión. Si la crónica mantiene una tensión uniforme, pues todos los acontecimientos son determinantes y se encuentran a la misma altura en una relación de horizontalidad, en la literatura de viajes es diferente. Esta asciende, desciende, decae, etc. Por supuesto, la razón principal es la extensión. El mayor número de páginas en la literatura de viajes hace más difícil mantenerla en un punto álgido, mientras en la crónica, el menor número lo hace más fácil. Sin embargo hay crónicas expandidas, como es el caso de El hambre de Martín Caparrós, que consiguen tensionar las seiscientas páginas. Al igual que sucede en el caso anterior, esto se debe a que todos los acontecimientos son relevantes y están a la misma altura. No hay un conflicto que resolver ni un tema que exponer. Todo tiene razón de ser.

El ritmo. La crónica goza de forma general de un ritmo más dinámico y veloz. Prefiere frases simples y cortas. El tiempo verbal del presente. Oraciones de misma estructura. Aun cuando los libros de viajes han sido la transposición de las notas del itinerario (más claras y sencillas), hace tiempo que prefieren el orden literario y poético. Los ritmos se alternan, lento y rápido, por ejemplo. A lo que se suma la descripción, el eje central de la literatura de viajes y no de la crónica, que ralentiza la narración. Por decirlo de cierta manera, el ritmo deviene melodía.

  3. Las razones del auge de la crónica en los últimos años tienen que ver con varios factores. Entre ellos, la consabida difusión desde los años sesenta de las nuevas herramientas y dispositivos audiovisuales. Estos fomentan la proyección del yo y la inclusión de la realidad en la ficción o la ficcionalización de la realidad. Un amor o hambre de realidad que se convertirá en encarnación en la crónica, en vez de argumento.

Por otro lado, la gran difusión de la prensa gratuita desde comienzos de este siglo, basada en las noticias de agencias y en la descripción de las mismas, hará que la prensa y los lectores terminen demandando más opinión. Es decir, firmas, autorías y estilos; en definitiva, crónicas. La no ficción lleva implícita tanta «ficción» como la ficción. El periodismo literario adquiere relevancia, necesidad. Y su propia accesibilidad le da visibilidad pues, al publicarse en la prensa, se publicita y difunde por sí solo. Literatura y periodismo se desplazan, se escurren, comparten espacios comunes y tensiones semejantes. Un estilo bebe del otro. El discurso literario está en auge: en la historia, en el periodismo. El estilo crea y es un contenido en sí mismo. Y es en el traslado (desplazamiento) de las figuras retóricas donde mejor se puede plasmar lo que ya sabemos hace tiempo: que cualquier discurso es y ha sido siempre subjetivo. En la actualidad nos encontramos prácticamente en un punto inverso: escasean las noticias y abunda la opinión.

  4. Como escritora de viajes y de crónicas, creo que el estilo de las segundas podría trasladarse y contaminar las primeras. El ritmo sería más cercano al devenir desordenado del pensamiento excitado por la experiencia viajera. También, al intento de reproducir el tiempo real, sincrónico, del itinerario y, así, devolverlo al lector. La crónica, más cercana a la no ficción, hace que la membrana que separa al escritor del lector se adelgace.

Por otro lado, la literatura de viajes permite plasmar con mayor libertad la intimidad del viajero. Un interior descubierto por la literatura hace apenas una decena de años. Escribir el viaje es hablar del día a día del viajero frente al lugar. El narrador viajero selecciona los acontecimientos y los compila. Su labor está mucho más próxima a la imaginación de lo que se cree. De forma parecida ocurre con la descripción, el eje central de la literatura de viajes. Una vez descrito todo el orbe, el narrado viajero se fija en su interior y lo traspasa al relato. La emoción deriva poco a poco en descripciones o análisis, y las sensaciones, en argumentos. Por primera vez, los diarios de viaje se justifican por sí mismos como literatura. Son literatura. Ya no hace falta redactar las notas ni ampliarlas, como ha sucedido durante siglos. Permiten asistir al ritmo (convertido en armonía, tema principal y argumento) del viaje. Devolver el tiempo real del itinerario y asistir a la construcción del personaje principal, el viajero, en este caso, la viajera, que una fue en un pasado muy lejano. Me permito reproducir la nota que introduce mi libro de viajes Escuchar Irán:

Escuchar Irán son mis impresiones, como se habría dicho en el siglo XIX, y mis crónicas, como se dice ahora, de un viaje recogido en dos diarios. He seguido un orden cronológico porque así lo tenía recogido en los diarios y transcribirlos literariamente me ha devuelto la ilusión de un tiempo real. Asistir como un personaje al tiempo pasado, a mi tiempo pasado. Nunca habría pensado que escribir el viaje fuera un ejercicio de semejante intimidad. Aquí está mi forma de mirar, de reflexionar, de ser curiosa, de enfrentarme al otro. Porque viajar es mirar y escuchar, y redactar estas semanas, descubrir cómo se movió una viajera por un mundo ya pasado. Las experiencias no finalizan cuando se escriben sino cuando se leen, se escuchan. Este es mi primer libro de viajes.

Alfred Sonnenfeld: Educar para madurar

No hay hoy una disciplina científica más prometedora que la neurociencia. Pero también es un campo arriesgado, pues con frecuencia las interpretaciones que más éxito y difusión tienen son aquellas que incurren en reduccionismos materialistas. En este ámbito la filosofía tiene un papel importante que desempeñar y su misión tendría que ser la de reivindicar una concepción integra da de la persona y una clara oposición a la transgresión de los límites científicos: la ciencia puede informarnos sobre la configuración neuronal de determinadas funciones, pero no puede comprender y explicar lo que no constituye su objeto. Lo espiritual es irreductible y cuando los neurocientíficos se arrogan el papel de filósofos a menudo realizan sugerencias triviales.

Más prometedora resulta la aplicación de los descubrimientos neurocientíficos a la esfera educativa. Alfred Sonnenfeld explica los últimos datos que nos aporta la ciencia, pero supera los planteamientos reductivos para proponer una filosofía de la educación atenta al desarrollo integral del niño. Esa integración de ciencia y filosofía se muestra enriquecedora y, sobre todo, fiel a la naturaleza del hombre como ser encarnado, sin dualidades ni contraposiciones. Este breve ensayo, sólido y serio, puede además ofrecer muchas claves para orientar a padres y educadores en el desarrollo de su importante tarea.

Sonnenfeld conecta el propósito de la educación —la maduración de la persona— con el anhelo de felicidad de todo hombre. Educar es ayudar a crecer, pero con la vista puesta en la construcción de una personalidad fuerte y recia atenta a la diferencia entre la felicidad personal y la satisfacción frívola del deseo. Por ello mismo, el análisis está conectado con la esfera ética: esta disciplina no puede ser considerada una abstrusa disciplina filosófica, sino que su principal preocupación debe ser la de educar el carácter. A mi juicio, uno de los equívocos que consigue solventar este ensayo es el que afecta a la noción de felicidad. Sonnenfeld subraya que la felicidad no estriba en el tener, sino en el ser. «Se trata —comenta— más bien de una actitud» que relaciona con la motivación: «la felicidad ficticia es la que vie-ne de fuera, como regalada, sin esfuerzo personal. La que procede del interior, de dentro del sujeto, es la verdadera, y se adquiere como consecuencia de la actitud que tomamos ante las diferentes situaciones de la vida». La felicidad, pues, está en saber de algún modo independizarse de los factores externos, ejercer cierto señorío sobre los actos y tener la capacidad suficiente para ejercer esa dimensión interior de la libertad que, en ocasiones, es la gran olvidada en los manuales de ética. La vinculación de la felicidad con el esfuerzo es lo que reafirma el carácter ético de la educación y también de la vida humana.

A mi juicio, uno de los equívocos que consigue solventar este ensayo es el que afecta a la noción de felicidad.

Con los datos de la neurociencia y la explicación del funcionamiento de los sistemas motivacionales, la perspectiva ética de construcción de la personalidad cuenta con herramientas para ser más eficaz en la tarea educativa. Pero, en concreto, ¿cuáles son esas claves de las que habla el título del libro? Sonnenfeld se refiere a la educación en la cooperación —frente a la tesis del gen egoísta, explica que los genes son cooperativos—, la empatía, el desarrollo del sistema motivacional, que es lo que cargará al niño con los resortes suficientes para enfrentarse a las diversas circunstancias de su existencia, el sufrimiento o el fracaso y la educación en el trabajo.

La familia es el contexto más adecuado para la maduración de la personalidad. En efecto, también la neurobiología enseña que la actividad neuronal está vinculada con el entorno y los estímulos que reciben de fuera. En este sentido, en Estados Unidos están proliferando proyectos de investigación que, con el fin de reducir la brecha entre pobres y ricos, han puesto un énfasis especial en la educación durante los primeros años pero combinan la promoción de las habilidades cognitivas y no cognitivas con la intervención en el entorno familiar y social del niño. Los resultados son esperanzadores. En esta línea, Sonnenfeld habla de un concepto que puede resultar decisivo: el liderazgo parental, pues el ejemplo de padre y madre es uno de los pilares en que los niños construyen su personalidad. El vínculo familiar es tan importante que puede servir de orientación en el caso de las frustraciones, o bien determinar una existencia desnortada. Pues el niño busca criterios y los puede encontrar en los padres que ejercen ese liderazgo moral o, de otro modo, si no encuentra cobijo en el hogar, buscará sucedáneos fuera.

Es especialmente interesante, en el contexto actual, la reflexión sobre la dimensión espiritual y ética del trabajo. Pues hoy, por la presión del ambiente, se ha impuesto una concepción instrumental y pragmática del trabajo humano, que lo concibe en términos demasiado economicistas. Sonnenfeld redescubre que el trabajo humano es, en términos clásicos, una praxis y que enriquece a la persona y la conduce a una «vida lograda». «Esta nueva luz sobre el significado del trabajo, de hacer todo por amor, ayuda a superar ciertas mentalidades que no acaban de apreciar la importancia del trabajo, tanta veces oculto, del hogar o de aquel que carece a simple vista del brillo humano y de éxitos profesionales». Por eso, recuperar el valor humano, ético y trascendente del trabajo es hoy más necesario que nunca.

Josemaría Carabante

Las notas de Valentí Puig. Demasiados pasos atrás

 

La civilización avanza lentamente y después –dice Paul Morand en Diario inútil– en ocho horas retrocede ocho siglos. El sí al “Brexit” del electorado británico, sin ser el fin de la civilización europea, afecta a todo un sistema institucional –a veces utopista y otras hipócrita- que teóricamente pretendía aunar el interés común y un idealismo que se fue rebajando hasta convertirse en argot de despacho. Ocurrió con la escenografía de la “troika” que bajaba del avión para controlarte las cuentas. Generó reacciones euroescépticas del mismo modo que, para la idiosincracia de la “Little England”, que el FMI, Juncker y toda la tecnocracia globalizada  amenazaran con el fin del mundo ha resultado ser un acicate para el “Brexit”. Ese es un problema de la Unión Europea y la constatación de que el Reino Unido no determina el equilibrio continental. “Mutatis mutandi”, es una Unión Europea que no lidera; regula, creyendo que la norma existe sin la fuerza. Son muchos pasos atrás.

El partido conservador británico, la organización política más veterana del mundo, ha ido alejándose del modelo “One Nation Tory” y fomentando una suerte de xenofobia “soft” cuyo efecto en la vetusta militancia que controla la nominación de candidatos por circunscripciones ha dado pie a un ala eurófoba “tory” con el complemento populachero de Nigel Farage, mucho más allá del euroescepticismo de Margaret Thatcher. Es el hombre que recela del extranjero tomándose una jarra en el pub.

La desazón de una Europa debilitada habrá de buscar dosis vitamínicas de excepción. Quién sabe si las hay. Da una idea del riesgo que Putin sea el hombre fuerte que atrae la derecha dura en toda Europa. Más allá del “Brexit”, es una crisis de principios, unos principios con los que se ha hecho mucha retórica, sin convicción. Adiós al europeísmo fundacional. Ahora harán falta masivas brigadas de bomberos. El “Brexit”, y mucho más si la salida efectiva es liderada como un demagogo como Boris Johnson, equiparable a Donald Trump pero con régimen parlamentario, va a dañar la economía familiar de los europeos y por tanto el apego a una cierta idea de Europa que se ha ido difuminando con las inercias institucionales y el descrédito justo o injusto a la vez de las élites. Ciertamente, el “Brexit” no implica un retroceso de ocho siglos pero sí la parálisis de la Unión Europea, la puesta en duda del sistema de soberanía compartida y el auge de una crisis de identidad que se veía venir desde hace tiempo. Es un elemento más de la crisis de la conciencia europea y de Occidente. Tantas fuerzas centrífugas han coincidido ante los portalones de la Unión Europea que ahora son más bien reacios a las tareas del espíritu. Por una vez los sondeos han acertado más que las casas de apuestas. Llevará largo tiempo pagar los costes y recoger tanto cascote.

Nueve cartas al Brexit

1. Obsolescencias políticas. Se vuelve a demostrar que el referéndum es un instrumento inadecuado para la toma de decisiones trascendentales en sociedades complejas e interdependientes. Hablar de «voz del pueblo» para referirse a cuerpos sociales desmembrados en multitud de partes dispersas -Londres/periferia, Inglaterra/resto, jóvenes/mayores, residentes/expats, nacionalistas/cosmopolitas- carece de sentido: lo que emerge se parece más a una ventriloquía por agregación. También ha quedado claro que su sola convocatoria abre un espacio emocional cuyas dinámicas no pueden preverse ni controlarse. Por efecto de las lógicas de la opinión pública, acaso reforzadas en la era digital, hipérboles y falsedades dominan enseguida la conversación mayoritaria, dejando el matizado análisis de hechos y argumentos racionales en un segundo plano. Hay, claro, Altos Debates que tienen lugar simultáneamente; pero el tenor general del debate público propende a la mendacidad y la exageración. No es casualidad que Nigel Farage, líder oficioso de la campaña por la salida, haya dejado ya claro en la mañana de autos que quizá se exageró al decir que el Brexit permitiría desviar una cantidad millonaria de libras a la Seguridad Social británica. Y es que una sociedad en estado refrendatario tiende de manera natural a primar las emociones y las falsas razones sobre los buenos argumentos. Nada de lo que sorprenderse: somos sujetos sometidos a déficits de racionalidad, distorsiones perceptivas, renuentes a informarnos, sensibles a las influencias afectivas. Sin la mediación representativa, estas deficiencias se hacen mucho más evidentes. Se colige de aquí que los plebiscitos no son el instrumento más adecuado para el gobierno democrático. Máxime cuando quienes con más denuedo se movilizan en ellos son los más convencidos y, por tanto, los más dogmáticos: término de origen religioso que nos coloca en la pista correcta.

2. La paradoja del liderazgo. No tendríamos Brexit sin David Cameron; o sea, sin su decisión de convocar un referéndum cuya intención original no era sacar a Gran Bretaña de la Unión Europea, sino acabar con la guerra intestina del Partido Conservador. «Así que el gran apostador terminó por perder», ha escrito flemáticamente The Economist: tras ganar dos referéndums, Cameron perdió el más relevante de todos. Pero, ¿tiene sentido que una decisión que afecta tan gravemente el destino político de un país y el de la estructura multinacional del que se excluye sea tomada por un solo hombre y además por razones espúreas? En sociedades interconectadas por medios digitales, interdependientes por efecto de los vínculos económicos y culturales que la globalización ha profundizado, ¿qué pensar de este resto tribal, esta suerte de decisionismo democrático? No hay una solución fácil: el gobierno de la «multitud» es técnicamente imposible y moralmente indeseable. De modo que la importancia de los buenos liderazgos -o del liderazgo en general- es más patente que nunca. Pero no hay forma de asegurarnos de que tendremos más Obamas que Trumps, ni de que alguien con las credenciales iniciales de Cameron no desarrollará la afición a equivocarse jugando a la ruleta rusa de las consultas populares. Durante épocas de crisis, dicho sea de paso, el revólver lleva más balas.

3. Espejismo: soberanía. «Es grandioso que los británicos hayan recuperado el control»: la frase es de Donald Trump y resume a la perfección la mayúscula ilusión bajo cuyos efectos han votado muchos británicos. En gran medida, votar Brexit fungía como un voto por la soberanía nacional perdida, la recuperación de un poder que se percibe hoy en día disociado de las decisiones de los gobiernos democráticos. Soberanía equivale pues a control de las fronteras, proteccionismo económico, preservación de las tradiciones: Great Britain First. Que la frase antecitada sea de Donald Trump ilustra a la perfección el tipo de ilusionismo del que hablamos: la creencia de que puede darse marcha atrás en el proceso de globalización que trae consigo la disolución parcial de las culturas tradicionales y la erosión de la soberanía nacional, en beneficio de estructuras de gobernanza multinivel y el surgimiento de identidades múltiples con acento cosmopolita. El Brexit es la revuelta de los aislacionistas, la rebelión de quienes ya no entienden el mundo que se ha ido conformando a su alrededor, la reacción precavida de quienes sienten nostalgia por los sencillos encapsulamientos nacionales del pasado: los que han perdido o se peciben como perdedores. Es la preferencia por una soberanía formal, detrás de la cual se esconde un poder disminuido en la práctica por la menor capacidad de ejercer influencia sobre los procesos y actores que, a su vez, ejercen influencia sobre uno mismo. Porque Europa no dejará de ser relevante para Gran Bretaña; pero Gran Bretaña no se sentará a la mesa con Europa. Sucede que somos animales religiosos y simbólicos, en busca permanente de comunidad y sentido. El cosmopolitismo todavía no es capaz de sobreponerse a las fuerzas afectivas del localismo, ni podrá articular un relato del todo eficaz mientras continúe vigente un estado de ánimo depresivo y alarmista que contempla el futuro, contra toda razón, sin esperanza.

4. El error de Merkel. No sólo se ha equivocado Cameron: ahora podemos ver con toda claridad aquello que no vimos, por buenas razones morales, hace unos meses. A saber, que la decisión de Angela de Merkel de aceptar un número indefinido de refugiados en Europa fue un craso error político; aunque uno deseara lo contrario. Y ello porque las opiniones públicas son criaturas delicadas, que en este caso no han soportado la imagen de miles de refugiados vagando por los campos centroeuropeos sin sufrir un ataque de pánico. Se trata de una reacción ciudadana moralmente equivocada y políticamente tóxica, pero una líder tan capaz como la presidenta alemana debía haber sido capaz de anticiparla. De ahí que el acuerdo con Turquía, moralmente objetable, fuera políticamente inevitable; pero también ha llegado tarde. Esperar que las cifras y los hechos disuadieran a los votantes británicos que querían irse de la Unión Europea para frenar la inmigración era puro wishful thinking: el miedo y la incertidumbre no desaparecen tan fácilmente bajo la luz cegadora de la razón. Menos aún en la era de la truthiness, la pseudo-verdad que pasa por verdad, nacida de la desconfianza en el establishment y «sus» medios. Digamos entonces que Merkel ganó el argumento moral, pero está perdiendo la batalla política. Y eso conducirá a la larga al establecimiento de peores condiciones morales en toda Europa. No basta, pues, tener razón: hay que saber aplicarla en el momento correcto.

5. Ironías de la voluntad política. Los partidarios de la política heroica reclaman la capacidad de la política para recuperar poder, entendiendo que éste se ha desplazado a lugares sellados herméticamente: los salones de la plutocracia global que controla el «verdadero» poder. Por eso se dice que vivimos en una post-democracia o hacemos política simulativa o incluso post-política. De hecho, muchos de los que han votado Brexit se sitúan en esa línea y no necesariamente en el nativismo de ultraderecha: Europa sería un club tecnocrático dominado por burócratas que, con Mario Draghi a la cabeza (¡trabajó en Goldman Sachs!), sustraen a la voluntad popular las decisiones relevantes e imponen políticas austeras o neoliberales. La otra versión, claro está, dice que esa misma coalición de políticos y burócratas impone una libertad de movimientos que llena Gran Bretaña de inmigrantes. Pero, ¿acaso no podemos ver el referéndum británico como un ejemplo de «voluntad política» efectiva? Sólo que sería una voluntad política «mala», porque no se corresponde con lo que esperamos obtener cuando reclamamos el regreso de la acción política. En este caso, el pueblo ha dicho a las élites lo que quiere, que no es lo que querían las élites. ¡Insurrección popular! Aunque, naturalmente, Farage y Johnson son élites también: porque son las élites las que producen la ideología que consumen los ciudadanos. En este caso, estamos ante eso que Margaret Canovan llama «política de la redención» y Michael Oakeshott «política de la fe»: una política de tintes emocionales contra la que apenas puede competir, en tiempos de crisis, la dificultosa búsqueda del consenso teñida de detalles técnicos en que consiste la democracia que se orienta al uso público de la razón. Los británicos, en fin, han votado poesía: una poesía que pronto se volverá prosa.

6. El momento populista. Sucede que el Brexit no ha sido apoyado por «los británicos» (igual que la independencia de Cataluña no es apoyada por «los catalanes»); esta sinécdoque es un vicio natural del lenguaje que es necesario combatir. Ahora, la sociedad británica está partida en dos, fracturada por una decisión aparentemente irreversible y de formidables consecuencias potenciales. No hay «pueblo» ahí, aunque se lo busque. Es hora de abandonar esa vieja noción premoderna, que todavía sirvió para la construcción moderna de las naciones, y asumir las tesis posmodernas (o tardomodernas, a elegir) sobre la fragmentación de identidades e intereses dentro de una sociedad: el «momento pluralista», al decir de Aurora Nacarino-Bravo. Más aún, cuando esa noción mística desciende a la realidad empieza uno a encontrarse extraordinarias dificultades logísticas: expatriados que no pueden votar a tiempo, jóvenes que tienen dificultad para registrarse, brutales disparidades en el grado de información de distintos votantes, tibieza del líder laborista que se resiste a ayudar a su rival conservador (también porque Jeremy Corbyn posee, él mismo, una fuerte veta euroescéptica). Sólo quien crea de verdad que los electorados nunca se equivocan, hagan lo que hagan, pueden sostener la ficción de que existe un pueblo que posee voz propia. Y no deja de ser contradictorio que quien así razona suela sostener asimismo que la voluntad de los individuos, sobre todo cuando votan aquello que a ellos les disgusta, ha sido suplantada por el discurso hegemónico del capitalismo liberal: pueblo será entonces sólo aquel segmento del electorado que vota lo que a uno le parece correcto.

7. Las guerras edípicas. Parece razonable interpretar el resultado de la votación como una derrota de los jóvenes a manos de sus mayores: éstos, mayoritariamente euroescépticos y en la lanzadera de salida de la existencia, han privado a aquellos, eurófilos con el futuro por delante, de su ciudadanía europea. Se trata de un notable episodio dentro de un patrón más amplio, marcado por la desigualdad intergeneracional que la crisis ha puesto al descubierto. Por supuesto, caben muchos matices: hay jóvenes en Sunderland que han votado Brexit y mayores en Brighton que han votado Bremain. Asimismo, como se ha dicho antes, no todos los votos están sostenidos por las mismas razones: hay brexiteers que rechazan lo que perciben como Europa neoliberal, como los hay que creen sinceramente que los intereses estratégicos de Gran Bretaña están en la pujante Asia y no en la decadente Europa. Pero es indudable que la brecha generacional existe y es quizá más intensa que nunca, debido al cleavage abierto por las nuevas tecnologías. Éstas han establecido espontáneamente una división cultural clara entre nativos digitales y nativos analógicos, cada uno portando su correspondiente «cultura»: septuagenarios contra millenials. Esto no da automáticamente la razón a los segundos frente a los primeros, aunque cualquier usuario de smartphone se crea mejor informado que el lector de la hoja parroquial, pero sí crea, vistos los patrones demográficos y la mayor propensión de los mayores a movilizarse políticamente, un desequilibrio representativo en favor de éstos. Por desgracia, nada garantiza que los jóvenes así perjudicados votarán a quienes dfienden las políticas que más les convienen; quizá descubran, como los propios brexiteers, que quien prometió beneficiarle ha terminado perjudicándole. «¡Y yo que sabía!», dirá entonces: divisa del votante arrepentido.

8. La gran incomprendida. La Unión Europea, como la propia democracia liberal-representativa, es más sofisticada que los actores que la componen; por eso es objeto de frecuente crítica y hasta irrisión. A menudo, sus detractores le reprochan que no sea perfecta; en realidad, su existencia es un milagro. Hablamos de una estructura multinacional de 28 países, con moneda común en 19, libertad de movimientos y mercado único, en un continente que hace 70 años salía de la más cruenta guerra que haya conocido la historia. Pero hay que quejarse: remota, aquejada de déficits democráticos, capturada por los intereses económicos, desinteresada por los problemas cotidianos, metomentodo, ineficaz. Se trata de un desdén que se intensifica en quienes sienten nostalgia del viejo nativismo a un lado y en quienes querrían «una Europa solidaria» al otro. ¡Como si la Unión hubiera podido construirse de otra manera! Diga usted a un campesino bávaro y a otro francés, allá por los años 50, que den su apoyo a una unión política y cultural basada en la cesión de soberanía y la solidaridad conjunta. No, la Unión Europea sólo podía construirse desde el principio por -triste ironía hoy- la vía anglosajona: entrelazando los intereses económicos de sus miembros, que después habrían de servir para crear vínculos políticos, culturales y hasta sentimentales. Por desgracia, los perfeccionistas de izquierda y derecha pueden tener éxito en su tarea de demolición de la Europa posible en nombre de la Europa o la patria imposibles. Nada de esto quiere decir que no se hayan cometido errores de diseño o incluso de carácter simbólico: pero eso es justamente lo que sucede en el mundo de las instituciones reales y los procesos sociales complejos. Algo que los líderes nacionales, aficionados a culpar a Europa de sus propios errores, también han preferido ignorar. Nunca debe olvidarse que las opiniones públicas son infantilmente plásticas: el apoyo a la Unión Europea ha caído considerablente incluso en los países más europeístas, como los meridionales. Y es que si las cosas se tuercen, me enfado.

9. El Brexit como significante vacío. Conocidos los resultados definitivos del referéndum, ha dado comienzo la guerra de significados en torno al significante Brexit: otro juguete para la lucha política. Hay tres grandes marcos en liza. Nativistas y populistas de derecha saludan con entusiasmo la «emancipación» británica, celebrando la victoria del pueblo contra las élites y demandando referéndums en sus propios países; el Brexit sería desde este punto de vista la rectificación largamente esperada del error de origen en que habría consistido la Unión Europea. Por su parte, los populistas de izquierda razonan que los británicos han rechazado la Unión por ser ésta una entidad «neoliberal e insolidaria», la legendaria Europa de los Mercaderes que urge reemplazar por una Europa de los Ciudadanos o incluso de los Pueblos: una versión romántica de la realidad. Finalmente, la coalición «sistémica» formada por los partidos mainstream de orden socialdemócrata, democristiano y liberal, lamenta amargamente el golpe que la salida británica supone para el proyecto europeo y denuncia la irracionalidad de los referéndums, así como el regreso del nativismo a primera línea de la vida política. Podríamos hacer un referéndum para decidir quién tiene razón, pero a la vista de las consecuencias probables -socavamiento de las instituciones que han traído prosperidad y progreso moral al continente, reforzamiento del populismo de derecha e izquierda, salida de la Unión Europea de un socio incómodo pero saludable, riesgo de implosión en la propia Gran Bretaña por el deseo de Escocia de seguir ligada a Europa, amenaza a la economía mundial por la inestabilidad financiera y a la española por el posible impacto sobre los cientos de miles de expatriados británicos que aquí residen- quien esto escribe no alberga muchas dudas.

 

 

Alejandro Tiana propone recuperar la confianza en la escuela para mejorar la educación

Alejandro Tiana es tan consciente de los problemas de la educación en España como los más avezados. Pero su receta es optimista. Ayer, en una reunión con expertos en la sede de UNIR en Madrid, apeló a «recuperar la confianza en la escuela» como punto de partida para mejorarla. Con lamentos no se conseguiría nada.

Tiana, catedrático de Teoría e Historia de la Educación, rector de la UNED, ex secretario general de Educación en el Ministerio de Educación y Ciencia (2004-2008), disertó sobre Situación y retos de la educación en España, invitado por la Fundación Ciudadanía y Valores (Funciva).

Recordó que la educación en España, según los parámetros de la OCDE, está en la media, con lo cual los que afirman que «es un desastre» sencillamente se equivocan. Otra cosa es que sea mejorable, como todo, añadió. Citó a Julio Carabaña en estos términos: «Las escuelas españolas están a la altura de las escuelas de los países más desarrollados y cultos del mundo, quizás en términos de resultados educativos, muy probablemente en términos de procesos, muy seguramente en términos de resultados académicos».

El rector de la UNED repasó en qué han consistido esos logros, en algunos casos remontándose hasta la Ley Moyano (1857),  pero sobre todo a partir de la Ley General de Educación (1970). Concluyó: «Si bien es cierto que ya en el período tecnocrático del franquismo se dieron pasos hacia la modernización y apertura del sistema educativo, el despegue tendría lugar realmente a finales de los años 70 y durante los 80, cuando las condiciones políticas permitieron afrontar una nueva etapa.»

En siete puntos resumió los retos de la educación:

1) Reducir el fracaso escolar, por medio de una reforma de la titulación final de la ESO, por la mejora de la Formación Profesional, y evitando las repeticiones de curso, entre otras medidas.

2) Identificar los saberes necesarios para el futuro. Subrayó que estábamos aún con un currículo del siglo XX, un currículo además muy sobrecargado. «Parece claro que el canon formativo del siglo XX necesita ser revisado y redefinido, pero estamos todavía lejos de haber encontrado acuerdo acerca del cuál deba ser el nuevo».

3) Mejorar el rendimiento educativo. Los resultados españoles son ligeramente inferiores a la media de la OCDE pero manifiestamente superiores a la media internacional, y bastantes comunidades autónomas han obtenido en PISA unos resultados claramente por encima de la media de la OCDE, por lo que el asunto no era tanto de cambios de leyes, sino de buscar sendas de avance.

4) Aumentar la equidad. Antes estábamos bien aquí, pero ese indicador había ido empeorando en los últimos años. Había que darle una vuelta a las medidas de concesión de becas y a los mecanismos de gratuidad.

5) Mejorar el funcionamiento de las instituciones educativas. Es decir, el liderazgo pedagógico, la coordinación pedagógica y curricular entre los profesores y las etapas, la implicación familiar, altas expectativas del rendimiento del alumnado y refuerzo positivo de aprendizaje. Tiana es un claro enemigo de la jornada continua en las escuelas. «No se puede exigir máxima intensidad de estudio y rendimiento a chicos de 16 años desde las ocho de la mañana a las tres, casi sin descansos». Había que cambiar calendarios y horarios escolares.

6) Dar forma a la profesión docente. Con implicaciones como la formación inicial del profesorado, el desarrollo profesional continuo, la estabilidad, incentivos para mejorar el trabajo y evaluar el modo en que desarrollan la tarea.

7) Finalmente, lograr el consenso en materia de educación.

En el vídeo de arriba se puede seguir la sesión completa.

Benigno Pendás expone su plan político revitalizador para España

Un panorama internacional negro (terrorismo, Brexit, huelgas en Francia, tipos de interés negativos…) mezclado con la venta de soluciones «fáciles» (léase imposibles) ante problemas complejos hace que hasta los pensadores como Benigno Pendás se puedan sentir «mareados». Pero hay esperanza, según expuso ayer en un encuentro en la sede de UNIR en Madrid.

La Fundación Ciudadanía y Valores (Funciva), en colaboración con Nueva Revista, dos iniciativas intelectuales ligadas a la Universidad Internacional de La Rioja, convocó a un grupo de jóvenes interesados en política para escuchar a una de las personas que mejor conoce la España actual.

El director del Centro de Estudios Políticos y Constitucionales echó mano de dos símiles para combatir espejismos y la tentación de querer ponerlo todo patas arriba: el de cierta fatiga de materiales en las instituciones y, en este año cervantino, el del bálsamo de Fierabrás.

La fatiga de materiales se arregla con el diagnóstico adecuado y los recambios necesarios, normalmente precisas intervenciones quirúrgicas, no tirando un edificio que ha costado siglos en construir y que alberga grandes bellezas y siempre muchas posibilidades. El bálsamo de Fierabrás no solo no soluciona nada, sino que estuvo a punto de costarle la vida a don Quijote y a Sancho.

Pendás, por lo tanto, opta por la acción prudente. Un reforma constitucional muy medida, una revitalización de la vida parlamentaria (aunque defiende que la democracia representativa es mejor que la directa), un impulso de la división de poderes («aunque funciona ya más de lo que parece»), una opinión pública real («los periódicos están en extinción»), la defensa de la interacción de los «grupos de intereses» («la política siempre ha sido eso»), la advertencia de la necesidad de crear riqueza antes de prometer «derechos» («de qué sirve decir que hay derecho a la vivienda digna si no se pueden proporcionar viviendas dignas»), los mejores al mando (para lo cual hay que retribuir adecuadamente), y las universidades como instituciones excelentes formando a profesionales excelentes.

El también académico de número de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas animó a todos a recordar grandes pensadores que han realizado tanto o más por el bien de la sociedad, también de las clases más desfavorecidas, que otros más coreados en determinados ambientes. Citó desde Aristóteles hasta Ludwig von Mises pasando por Friedich HayekKarl Popper y Ortega y Gasset.

Y terminó con una anécdota de Raymon Aron, gran experto en la Guerra Fría e ilustre comentarista francés.  Profetizó poco antes de morir (1983) que no ocurriría nada notable en la URSS en los próximos cincuenta años. En 1989 cayó el muro de Berlín. Meses después se disolvía la Unión Soviética. El ex ministro Alberto Ruiz-Gallardón, presidente de Funciva, añadió y con ello cerró la sesión: George Bernanos contaba que para hacer reír a Dios no hay más que contarle los propios planes personales.