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El título de este texto es el subtítulo del breve pero sustancial libro Reparación, del cardenal François Bustillo, publicado en español en 2026 por Editorial Palabra (158 págs.). En él, este cardenal nacido en 1968, franciscano, creado cardenal en 2023 y obispo en Córcega, de origen español, en un lenguaje muy actual y alejado del estilo tradicional de los documentos magisteriales de la Iglesia, realiza un diagnóstico realista (y, por ello, duro) de algunos de los problemas de fondo de la sociedad actual. Como solución, propone, en la estela del pensamiento de Benedicto XVI, vivir como si Dios existiese —téngase fe o no— para recrear así una sociedad humanamente viable.
ArtÍculo
El libro se divide en dos partes, la primera descriptiva de nuestra sociedad, y la segunda propositiva; pues un rasgo distintivo de esta obra es su carácter esperanzado. Para el autor, la respuesta a la pregunta sobre si puede sobrevivir una sociedad rota como la nuestra es un claro sí; y este sí, para este cardenal católico, exige recuperar algunas de las propuestas de la antropología y la visión del mundo del cristianismo, compártase la fe en el Dios cristiano o no.
Otro rasgo distintivo de este libro —y que lo hace especialmente interesante, en mi opinión— es que sus propuestas no se dirigen al poder político, sino a todas las personas, al ciudadano corriente, a cada uno de nosotros, sus lectores. El cardenal Bustillo nos propone a sus lectores que asumamos en primera persona, sea cual sea nuestra posición en la sociedad, un estilo de vida que se base en la ética humanista que la cultura cristiana ha propuesto en nuestra historia y que tantas tendencias positivas ha generado a lo largo de los tiempos.
Según nuestro autor, hoy «las relaciones ya no se asientan en el terreno del diálogo, sino en las arenas movedizas de la sospecha, del rumor y la maledicencia. Se ha vuelto banal —o al menos habitual— el hecho de juzgar, condenar y difundir una imagen deformada y negativa de los demás. Esta tendencia, tan común, menoscaba terriblemente la posibilidad de una vida social pacífica. Porque si la prudencia es una virtud, la desconfianza erigida en principio se convierte en un veneno: paraliza las iniciativas, corrompe las relaciones y establece entre las personas una distancia fría y perniciosa» (pág. 16).
Bustillo denuncia cómo nuestra época ha elevado la sospecha a virtud general: al rumor se le trata como certeza, de todos se suponen malas intenciones o intereses bastardos, la duda basta para condenar, se da certeza a todo tipo de seudonoticias negativas para alguien sin exigir ninguna prueba, se difunden bulos y calumnias sin preocuparse de acreditar su veracidad, no se respeta ni la fama ni la intimidad de las personas, se opina sin saber ni investigar nada, etc. Así vivimos un proceso de destrucción de las relaciones personales y, por tanto, de la propia sociedad. Escribe: «Esta era de la sospecha corroe todos los ámbitos de nuestra vida […]. El mundo social se ha vuelto caníbal y se deleita con el hombre al que devora […]. Y se acusa de forma rápida, contundente sin vuelta atrás […]. La justicia mediática se impone: rápida, ciega, sin ningún tipo de prudencia. Juzga en función de las emociones, condena por instinto, destruye por rumor […]. El hecho se sustituye por la impresión; la verdad, por el relato; la prueba, por la percepción» (págs. 20-21).
Acude el autor a la imagen bíblica de la lapidación, sugiriendo que hoy nos acostumbramos a lapidar, en las redes especialmente, sin ningún juicio previo, como por instinto, sin comprobar la acusación ni verificar la fuente de la notica acusatoria. Y las piedras que utilizamos para estas lapidaciones son el rumor, la calumnia, la mordedura de un comentario viral, la furia de un hashtag. «La lapidación mediática se ha convertido en la versión moderna del linchamiento: mata sin derramamiento de sangre, pero con un deleite frío, perverso y colectivo» (pág. 27). Y así, la violencia domina la conversación, que se convierte en un combate, mientras la intransigencia deviene virtud y la diferencia de opinión se confunde con una agresión, convirtiendo todo desacuerdo en un duelo fratricida y rompiendo los vínculos sociales. El otro deja de ser un semejante y pasa a ser una amenaza.
Otro rasgo de nuestra época que comenta el autor es cómo nos hemos acostumbrado a y reinventado la antigua pena de la humillación pública, que hiere a la víctima en lo más íntimo de su ser, la mancha y destruye en lo más sagrado: su honor, su intimidad, su humanidad. La humillación pública es una forma de tortura que se opone a la verdadera humanidad, que exige honrar al otro y respetarlo, también en su fragilidad.
Frente a estas actitudes tan habituales, Bustillo sugiere: «Debemos, hoy más que nunca, escapar de esta lógica inquisitorial que reduce al otro a la condición de sospechoso permanente […]. La fraternidad no puede surgir del ruido de las acusaciones, sino del silencio de la escucha, de la paciencia del discernimiento, de la esperanza siempre arriesgada de seguir creyendo en el otro» (pág. 23). Urge redescubrir la palabra que desarma, que libera, que salva; una palabra —dice nuestro autor— como la de Cristo (en la conocida escena evangélica de la mujer adúltera) que no lapida, que no reduce al hombre a su pecado, sino que dice: «Tampoco yo te condeno …». «Es posible que nuestra sociedad sufra un déficit de bondad porque no dedica el tiempo suficiente a celebrar el bien» (pág. 40), afirma el autor con lúcida observación.
Los hábitos que denuncia Bustillo afectan, según él mismo resalta, a la sociedad; pues destruyen los vínculos sociales, hacen perder consistencia a las relaciones personales, fragilizan la dignidad de los demás en la percepción personal, engendran desconfianza e inseguridad frustrando la posibilidad de amores fuertes y serios y vuelven frágil la democracia que necesita para subsistir vínculos sociales sólidos. Pero también afectan a la persona que se deja dominar por esas actitudes y comportamientos, pues «el yo se exalta, se infla, se impone, no ya como una simple singularidad, sino como una autoridad soberana e incontestable. A partir de ahí, cualquier forma de autoridad externa se convierte en sospechosa» (pág. 62). Surgen así personalidades que se creen reyes del mundo, legisladores universales y jueces de todos y todo, pero que a la vez dependen continuamente de la opinión ajena, de lo que los demás piensan de uno, de la imagen que proyectan; gente insegura, sin criterio propio y sin fortaleza para defender sus convicciones y afectos, suponiendo que tengan unas y otros.
Para este cardenal de la Iglesia católica, el relativismo resultante no es inofensivo; puede ser potencialmente violento, pues nos vuelve frágiles. En ausencia de espiritualidad, al hombre le falta una columna vertebral interior que dé solidez a su personalidad, esa fragilidad deviene desesperanza y el hombre se deshumaniza, volviéndose frágil y adoptando una actitud victimista, vive a la defensiva atormentado por el miedo. En esta tesitura, indica Bustillo, «hoy más que nunca, debemos elegir entre participar en el linchamiento o trabajar por la paz; entre morder y devorar o bendecir y perdonar» (pág. 81).
En la segunda parte del libro (págs. 99 in finem) Bustillo desarrolla su propuesta para el hombre de hoy, pues este libro no es un mero análisis sociológico más o menos acertado, sino —también— una voz de un hombre de Iglesia preocupado por el hombre y que ofrece a todos su conocimiento de Dios : «Aunque no creáis, podéis intentar vivir como si Dios se hubiera revelado»; y manifiesta su convicción de que «vivir según el Evangelio, aunque todavía no creamos, puede convertirse también en un camino hacia la fe» (pág. 101).
El autor precisa que «recuperar, para hoy, algunos valores evangélicos no es intentar adoctrinar al mundo ni imponer una ideología religiosa. Es algo más sencillo y profundo: ofrecer a nuestra sociedad cansada una palabra creadora, una esperanza para el futuro. Es devolver a nuestro tiempo un alma y, tal vez, una pasión» (pág. 112). En la estela de esa idea, el cardenal Bustillo propone una peregrinación a nuestra interioridad para dejar que nuestro corazón se convierta en un campo fecundo donde se siembre el amor, en vez de dejar que se endurezca o se seque. Y concreta: según la enseñanza de Cristo, «se trata de amar al enemigo. No de tolerarlo, sino de amarlo: he ahí la clave de esta revolución […]. No juzgar, no condenar, perdonar, dar: esa es la nueva forma de estar en el mundo» (págs. 117-118).
La propuesta, cristiana, de nuestro cardenal es: cuidar la fragilidad, mostrarse amable en un mundo que no lo es, dar la bienvenida a la duda y al silencio, no ceder nunca a la amargura, no atacar la dignidad del otro, confiar en los demás, ser indulgentes en la vida ordinaria apelando a la buena fe para controlar nuestra ira e indignación, no juzgar las intenciones e intentar comprender el mal recibido, ejercer el liderazgo con empatía y respeto, buscar las cualidades de cada uno y lo bueno de los demás, huir de la idea de que un error o un defecto o una palabra pueden justificar la condena a una persona para el resto de su vida, reforzar la confianza —tan cristiana— en que un futuro mejor es posible para todos, que todos podemos transformarnos para bien, crecer, evolucionar. «Imaginar que hasta el enemigo puede convertirse en un hermano es abrir la puerta a la esperanza […]. Cada persona es portadora de semillas de luz para descubrir» (pág. 133).
Bustillo, como hombre de fe que es, invita a la esperanza; recomienda negarse a alimentar la lógica de la división y la agresión y no contribuir a la escalada de la violencia; e invita a seguir creyendo en la bondad de los seres humanos, en su capacidad de maravillarse, de cambiar, para ofrecer al mundo el oxígeno vital de la esperanza. No podía faltar en una propuesta cristiana un acento en el perdón. «El perdón no ignora el sufrimiento: lo reconoce, lo atraviesa, desactiva su carga destructiva […]. El perdón no es una palabra, es un camino. […]. Cuando perdono, recupero el vínculo y me atrevo a escribir una nueva página, esta vez, entre dos» (pág. 142).
Bustillo propone recuperar hoy —también por lo no cristianos— la novedad histórica del Evangelio, que supuso una revolución fraternal: el hombre dejó de definirse por su familia, raza o clase y se puso de manifiesto que Cristo libera —porque es amor— a todos sin distinción y que todos somos igual de valiosos, seamos libres o esclavos, hombres o mujeres, ricos o pobres. El cristianismo no solo afirmó la dignidad de todos los hombres, sino que sembró la semilla de que, en libertad, todos podemos mejorar, salir de nuestros errores; de que hay razones para la esperanza. La espiritualidad cristiana «es una fuerza de liberación del espíritu, una aventura interior hacia la verdad del ser. […] la verdadera fe no ata, libera […]. Solo tenemos que aprender a liberarnos. Que en nosotros y a nuestro alrededor brote la alegría de vivir, por fin, en libertad» (pág. 149).
Bustillo se acoge al significado etimológico de la palabra bendición (decir bien de alguien) para proponer que nos atrevamos a hacer el bien con nuestras palabras; «nos hemos vuelto muy locuaces para el mal y muy silenciosos para el bien […]. Debemos, más que nunca, eliminar de nuestro lenguaje las palabras vacías, ofensivas e inútiles. Debemos cultivar un lenguaje que sea verdadero, bueno y fecundo. Un lenguaje que eleve. Bendecir es crear vínculos; es construir una fraternidad social donde se ponen de relieve los talentos de cada uno, donde se celebran los éxitos, donde se reconoce la belleza del alma. […] la lógica de la bendición aleja el dolor de la maldición y abre el camino a una vida relacional más adulta, más responsable, más feliz» (pág. 152-154).
El cardenal Bustillo concluye su obra proponiendo que aprendamos de nuevo a amar; y para ello —nos recuerda— «la espiritualidad cristiana puede ser un pilar y una fuente».
Creo que esta invitación a hablar bien de las cosas buenas es muy oportuna.
La imagen que ilustra este texto se encuentra en el repositorio de Pixabay. La firma Jenő Szabó (szjeno09190). Se puede consultar aquí.
Santiago Calvo. Doctor en Economía y profesor de la Universidad de las Hespérides. Subdirector del Centro Ruth Richardson. Columnista de El Mundo y colaborador del Instituto Juan de Mariana.
Daniel Fernández, Doctor en Economía y profesor de la Universidad de las Hespérides.
Avance
Los economistas Santiago Calvo y Daniel Fernández recurren a un gráfico símil ya desde el título del libro —El elefante en la habitación—, para referirse a un grave problema estructural de la economía española: el insostenible sistema de pensiones. El colapso al que está abocado, dado el envejecimiento de la población y a las debilidades del modelo de reparto, acarreará graves consecuencias sociales y económicas, si no se pone remedio a tiempo.
Con el modelo de reparto, si la población activa crece, los salarios aumentan, y la proporción entre quienes cotizan y quienes cobran es favorable. Y eso fue así durante décadas, cuando el sistema tenía el viento de la demografía a favor. La generación del baby boom abrió un período conocido como bono demográfico: abundancia relativa de mano de obra que favorece el crecimiento económico y facilita la financiación de las cuentas públicas. Pero el desplome de la natalidad, a partir de los años 70, produjo un efecto de «pinza demográfica particularmente severo». Hoy, apenas existen 2,1 cotizantes efectivos por cada pensión que paga la Seguridad Social, de modo que el Estado tapa cada año un déficit estructural que en 2025 rondó los 70.000 millones de euros. Y el gasto en pensiones ya supone el 13,7 % del Producto Interior Bruto (PIB), con un 21,2 % de población mayor de 65 años, pero podría alcanzar el 16,7 % del PIB en las próximas décadas.
Pero no todo está perdido, el sistema se puede reformar, puerta que deja abierta el subtítulo del libro —la (in)sostenibilidad—. Los autores proponen una hoja de ruta «basada en tres pilares». Primero, mantener el sistema público de reparto, pero calculado mediante las llamadas cuentas nocionales (cuentas individuales virtuales que registran las cotizaciones de cada trabajador). Segundo, introducir un componente de capitalización real que acumule patrimonio y genere rendimientos financieros. Esta fórmula aporta algo que el componente de reparto no puede ofrecer: independencia frente a los vaivenes demográficos. El tercer pilar, que complementa a los otros dos, es fomentar el ahorro individual voluntario con un tratamiento fiscal atractivo.
Con el ajuste, las pensiones medias serían un 12,2 por ciento inferiores. Los autores alegan que siempre es mejor una reducción ordenada y gradual que enfrentarse a un ajuste forzado y abrupto cuando el sistema colapse bajo el peso de la demografía. El coste mayor de no hacer nada no solo es económico sino también fiscal; de credibilidad; y de equidad intergeneracional.
ArtÍculo
Vivimos en España con un elefante en medio de la habitación, pero preferimos mirar para otro lado y hacer como que no está. Si no lo domesticamos y adelgazamos, destruirá nuestra casa. Con ese símil tan gráfico, analizan Santiago Calvo y Daniel Fernández la insostenibilidad del sistema de pensiones que terminará colapsando en unas décadas, con graves consecuencias sociales y económicas, si no se pone remedio a tiempo.
Especialistas en analizar el modelo español a través del Monitor de Pensiones del Centro Ruth Richardson de la Universidad de las Hespérides, los autores pretenden concienciar con su documentado ensayo a los poderes públicos y al ciudadano medio de «la necesidad inaplazable de reformar el sistema». Y lo hacen explicando, con propósito didáctico, cómo funciona y qué alternativas inspiradas en otros países de nuestro entorno se podrían aplicar aquí.

A diferencia de las crisis económicas que actúan sobre las sociedades como la dinamita, provocando daños inmediatos y visibles, según decía Alfred Sauvy, las crisis demográficas se parecen más a las termitas: avanzan lentamente, casi sin percepción pública, pero pueden comprometer la solidez del edificio, como observa el catedrático Pedro Reques. Y España afronta uno de esos procesos silenciosos: el envejecimiento sostenido de su población y el consiguiente desafío para la sostenibilidad de las pensiones.
Los autores intentan huir de dos extremos que califican de igualmente estériles: el catastrofismo que anuncia el fin del sistema como quien anuncia el apocalipsis, y el optimismo complaciente de quienes aseguran que las pensiones están garantizadas. Entre esos dos extremos, hay un enorme espacio para el análisis sosegado, y eso han pretendido hacer Calvo y Fernández.
La pregunta que se hacen es por qué este libro y por qué ahora, puesto que el tema lleva décadas en el debate público español. Responden que sobre las pensiones se ha dicho mucho, pero se ha explicado poco. Así que exponen, en primer lugar, los términos del problema.
El gasto en pensiones en España supone actualmente el 13,7 % del Producto Interior Bruto (PIB), con un 21,2 % de población mayor de 65 años, una cifra elevada en el contexto europeo. Según las proyecciones del Ageing Report (Informe sobre Envejecimiento) de la Comisión Europea (2024), este gasto podría alcanzar el 16,7 por ciento del PIB en las próximas décadas. A juicio de Calvo y Fernández, el déficit contributivo, es decir, las diferencia entre lo que se recauda por cotizaciones y lo que se paga en pensiones contributivas, se sitúa en torno al 3,8 % del PIB.
La pensión media en España no ha dejado de crecer en términos reales, señalan los autores, impulsada por el efecto sustitución: los nuevos jubilados perciben pensiones más altas que las de quienes fallecen, porque cotizaron más años y sobre salarios más elevados. De hecho, nuestro país es uno de los que mayor esfuerzo realiza en el pago de pensiones en la UE: el tercero, tras Austria e Italia, por delante de Francia, Bélgica, Luxemburgo y Finlandia.
Para entender el problema hay que tener en cuenta que el español es un sistema de reparto. Los trabajadores en activo pagan cotizaciones sociales cada mes, y ese dinero se utiliza inmediatamente para pagar las pensiones de quienes ya están jubilados. El dinero entra por un lado y sale por otro.
Este diseño establece un contrato implícito entre generaciones: cada generación de trabajadores financia las pensiones de la generación precedente, con la expectativa de que la generación siguiente hará lo mismo con ella. Se trata de un pacto basado en la confianza y sobre todo en la demografía. Si la población activa crece, los salarios aumentan y la proporción entre quienes cotizan y quienes cobran es favorable, funciona razonablemente.
Pero se vuelve frágil, explican los autores, cuando la demografía se invierte, los salarios se estancan o la generación que llega a la jubilación es más numerosa que la que entra en el mercado laboral. El problema de España, indican, es que el sistema ha venido ofreciendo una rentabilidad implícita muy superior a la tasa de crecimiento de la masa salarial, generando un desequilibrio que se ha cubierto con transferencias crecientes del Estado, y que la demografía va a agravar de forma dramática en las próximas décadas.
La pregunta decisiva es: ¿cuántos trabajadores sostienen a cada jubilado en España? Esta ratio es el indicador más intuitivo de la salud del sistema de reparto. Cuántos más cotizantes haya por cada pensionista, más holgado será el sistema. Y al revés.
En España, la proporción de trabajadores/jubilados ha ido cayendo de forma sostenida desde los años 60 hasta la actualidad. A mediados de los 80, la ratio era de 5 a 1. Luego, de 4 a 1. Hace no mucho, teníamos alrededor de tres trabajadores y medio por cada pensionista. Hoy, apenas existen 2,1 cotizantes efectivos por cada pensión que paga la Seguridad Social. Es decir, dos trabajadores deben generar los recursos para pagar la pensión de un jubilado, con todo lo que eso implica de presión fiscal sobre las rentas del trabajo.
Durante décadas, el sistema tenía el viento de la demografía a favor. La generación del baby boom abrió un período conocido como bono demográfico: abundancia relativa de mano de obra que favorece el crecimiento económico y facilita la financiación de las cuentas públicas. Pero el desplome de la natalidad, a partir de mediados de los años 70, produjo un efecto de «pinza demográfica particularmente severo». Y desde ahora hasta el año 2050 aproximadamente, cuando los últimos integrantes de esta generación hayan fallecido, «la presión sobre el sistema de pensiones no hará sino intensificarse».
El envejecimiento de la población, el aumento de la esperanza de vida y la baja natalidad hacen que el modelo de reparto tienda a generar déficits crecientes. Las cotizaciones sociales solo cubren 7 de cada 10 euros que se pagan en pensiones en España, de modo que el Estado tapa cada año un déficit estructural que en 2025 rondó los 70.000 millones de euros. Como se detalla en los gráficos del libro, la Seguridad Social acumula 16 años de desequilibrio financiero estructural.
Las siete reformas emprendidas por los gobiernos desde los años 80 se han revelado ineficaces, indican los autores. El resultado es un sistema más complejo que el original, con requisitos de acceso más exigentes, y una normativa complicada de entender. Y el gasto en pensiones ha pasado del 6 por ciento del PIB al 13 por ciento actual: el déficit contributivo es crónico.
Calvo y Fernández argumentan que las reformas no han funcionado porque ninguna ha alterado la arquitectura fundamental del sistema, que sigue siendo de reparto y de prestación definida. En consecuencia, se necesita un cambio de arquitectura, que los autores concretan en la segunda parte del libro, a través de una hoja de ruta, inspirada en lo que ya funciona en otros países.
Calvo y Fernández proponen «un modelo basado en tres pilares». Primero, mantener el sistema público de reparto, pero calculado mediante cuentas nocionales, inspirado en el modelo sueco y perfeccionado por el holandés. Las nocionales son cuentas individuales virtuales que registran las cotizaciones de cada trabajador y sirven, como referencia contable, para determinar su futura pensión.
El segundo pilar consiste en introducir un componente de capitalización real que acumule patrimonio y genera rendimientos financieros, basado en el sistema de pensiones chileno. Esta fórmula aporta algo que el componente de reparto no puede ofrecer: independencia frente a la demografía. Los fondos de pensiones acumulan activos reales, invertidos en empresas, infraestructuras y deuda de todo el mundo; y sus rendimientos dependen de la productividad global de la economía, no de la ratio entre cotizantes y pensionistas de un solo país.
Y el tercer pilar sería fomentar el ahorro voluntario individual con incentivos fiscales, lo que complementa los dos anteriores.
La transición tendría que ser gradual y respetar plenamente los derechos adquiridos de los pensionistas actuales. No se trata de cambiarlo todo de un día para otro, sino de ordenar el sistema.
El coste mayor de no hacer nada no solo es económico sino también fiscal, creciente e insostenible; de equidad intergeneracional; de credibilidad; y de oportunidad, que se mide en todo lo que España deja de hacer mientras dedica recursos crecientes a financiar un déficit provisional que no deja de crecer.
Porque lo que se ha hecho hasta ahora no ha funcionado. Incluido el Pacto de Toledo que, si bien «permitió ordenar algunas cuestiones, no afrontó el problema de fondo que ya se veía venir: el envejecimiento de la población y el desequilibrio entre cotizantes y pensionista» como asegura Santiago Calvo en una entrevista a El Mundo.
Sería necesario ahora, un nuevo Pacto de Toledo, considera el economista, reuniendo a los mejores expertos y «sacar el sistema de pensiones del ciclo político». Calvo introduciría mucha más transparencia: «En Suecia cada trabajador recibe información detallada sobre sus aportaciones y la pensión estimada que percibirá. Eso genera confianza y certidumbre».
En qué se concretaría el ajuste que proponen. Los autores se remiten al escenario basado en las simulaciones de Devesa, Doménech y Meneu (2025) para la Fundación de Estudios de Economía Aplicada (Fedea) que estima que las pensiones medias serían un 12,2 por ciento inferiores a las del sistema actual, o bien un 10,7 % menos. Este ajuste representa exactamente «el exceso de generosidad que el sistema actual incorpora y que debe corregirse para que sea sostenible». Pero esa hipótesis está condicionada por el crecimiento económico. Si este fuera inferior al histórico, como proyecta el citado Ageing Report, «el ajuste necesario sería del 25 por ciento».
Un ajuste del 12 % puede parecer elevado, pero es preciso recordar —indican los autores— que siempre es mejor una reducción ordenada y gradual que enfrentarse a un ajuste forzado y abrupto cuando el sistema colapse bajo el peso de la demografía. Y también hay que tener en cuenta el efecto mitigador que tendría la capitalización, contemplada en la mencionada hoja de ruta, al proporcionar ingresos complementarios que compensarían parcial o totalmente esa reducción.
Como subrayan Calvo y Fernández en el capítulo La transición; calendario, fases y salvaguardas, es preciso afrontar un problema de tan graves consecuencias económicas y sociales, y hacerlo cuanto antes, con medidas como las propuestas, para «construir el puente que conecta el sistema que tenemos actualmente con el sistema que necesitamos».
Crédito de la foto: jhenning / Pixabay
Avance
«Las películas avanzan como trenes en la noche», nos decía François Truffaut en La noche americana (1973), uno de los grandes títulos en los que el cine se ha mirado el ombligo, puede que el mayor autohomenaje del séptimo arte. «Algunas de las mejores películas están hechas por personas que trabajan juntas y se odian a rabiar», confesaba Kirk Douglas en Cautivos del mal (1952), otra obra maestra sobre el oficio de rodar películas, resuelta con un tono casi opuesto, mucho más descarnado.
El ser querido (2026), de Rodrigo Sorogoyen, navega entre la mirada nostálgica de Truffaut y el cinismo de Vincente Minelli. Tiene poco que ver con ellas, pero se mira en el mismo espejo. La comparación puede parecer exagerada. La película que protagonizan Victoria Luengo y Javier Bardem apenas acaba de echar a andar y es aventurado pensar que ya pueda codearse con las más grandes. Tampoco sabemos lo que dictarán unos premios tan caprichosos como los Oscar, donde se coronaron los títulos citados y, el año pasado, la noruega Valor sentimental, otra vuelta de tuerca a lo mismo. Para seguir sus pasos, la cinta española lo tiene todo en contra, salvo la fama americana de su protagonista masculino y la calidad de un cine emocionante y arriesgado, con un punto desmitificador.
Un matiz que aportan a los dos clásicos citados Sorogoyen e Isabel Peña, su guionista de siempre, es que para ellos el rodaje no es el fin último de la vida, más grande que ella misma, sino el escenario donde se desarrolla un drama cotidiano entre un padre y una hija. «Martínez y Emilia se cuentan sus relatos», nos dice el cineasta en sus notas de rodaje, «el relato sobre un pasado oscuro y lleno de excesos y el relato de un abandono».
«Todos lo hacemos, contamos relatos continuamente para explicarnos ante el mundo y ante nosotros. Me empecé a obsesionar con la idea de cómo contar el relato de unas personas que cuentan relatos a tantos niveles», añade en sus reflexiones. Sí, repite la misma palabra seis veces en tres frases y es una idea más fácil de exponer que de llevar a cabo, pero todos trabajan a una altura espectacular. Por eso y por muchas cosas difíciles de cuantificar, El ser querido es una obra excepcional, que necesita menos ser explicada que vista. Luego, solo hay que dejarse calar por la hondura de sus sentimientos. Como siempre, habrá quien no pueda.
Para no perder demasiado tiempo pensando en lo que se debe contar o no de la trama, nos remitiremos a la sinopsis oficial: «El aclamado director de cine Esteban Martínez (Javier Bardem) es una leyenda tanto por sus películas como por su pasado de violencia y excesos. Para su nuevo proyecto le ofrece un papel a su hija Emilia (Victoria Luengo), con el pretexto de ayudarla en su estancada carrera de actriz. La convivencia del rodaje dará lugar a una intimidad que no tenían desde hace años, pero también reavivará viejos dolores que nunca se curaron».
Hasta aquí, el argumento no parece demasiado complejo y a la hora de la verdad tampoco lo es, salvo por el entramado que lleva detrás y la forma de poner bajo los focos sentimientos universales. Otro de los grandes logros de la película es que experimenta de forma constante desde el punto de vista técnico, sin que la pirotecnia maree ni distraiga de lo esencial. El ser querido está rodada en color y en blanco y negro, en película digital, en vídeo y en fotoquímica, en formatos tan distintos como 65 mm, 35 mm, 16 mm y 8 mm, con ópticas muy distintas que se alternan de un modo en apariencia caprichoso, pero tan bien enhebrado que ni por esas nos despegamos de lo que importa.
Sorogoyen prueba todos los lápices de su estuche, alterna colores y texturas, pero consigue hacerlo de un modo tan natural que no solo no molesta, sino que, cuando el espectador repara en los cambios de estilo —y aquí es esencial un poco de colaboración—, le permite el juego y alaba su audacia, que nunca detiene la narración. Parece un truco de magia; habría que ver la película más veces para comprenderlo un poco mejor.
La coartada del genio
Los asuntos de familia y la paternidad no son los únicos que importan. El ser querido también cuestiona los derechos consuetudinarios del genio. ¿Es defendible e incluso necesario que los grandes artistas sean seres egoístas, insensibles a los sentimientos ajenos? ¿Podría Mozart haber creado su obra sin desviarse de la rectitud de Salieri? Quién sabe. Una ventaja de Sorogoyen respecto a otros cineastas de renombre es que no suelta discursos. Y cuando exhibe a su gran artista, tampoco nos obliga a pensar que habla de sí mismo o de algún amigo, ni bombardea al público con sus gustos y manías. No hace falta sentir filiación alguna por sus ideas para admirar sus recursos.

Esta libertad de pensamiento es una costumbre en su filmografía, donde aparte de sus películas destaca una serie de televisión apabullante, Antidisturbios, en la que ya trabajaba gran parte del equipo técnico y artístico de El ser querido. La miniserie de Movistar abordaba un asunto tan complejo como los desahucios, exponía el conflicto y desarrollaba sus tramas sin manipular al espectador, que tampoco podía acusarlo de no mojarse.
En El ser querido hay una escena en la que también fuerza a su público a vivir un carrusel de contradicciones, como para advertirle que no se apresure a extraer conclusiones. Sorogoyen rueda el rodaje de una película, una secuencia larguísima, que alterna drama y comedia liberadora. Dura 15 minutos y, si se exhibiera en forma de corto, sería otra obra maestra en sí mismo. «Es lo más raro y arriesgado que he hecho en toda mi carrera. También es la escena más difícil que he rodado nunca. Invertimos cinco días de rodaje y muchas, muchas semanas de montaje», desvela el cineasta madrileño.

Es justo en ese viaje a alguna parte donde confluye todo, la locura genial de la mezcla de formatos y el arrebato íntimo de los dos protagonistas, padre y director, actriz e hija, en papeles cuyas fronteras se diluyen, mientras permanecen sujetos a un escrutinio asfixiante de compañeros, cámara y público. Parece imposible no salir tocado de la experiencia.
Esto tampoco es una crítica de cine al uso y no hace falta comentar el impresionante trabajo del reparto. Es injusto aventurar nada, porque quedan películas por estrenar y se han visto ya algunas muy brillantes, pero parece imposible que Javier Bardem y Victoria Luengo no acaparen todos los premios que se les pongan por delante.
En lugar de ensalzar sus actuaciones, merece más la pena contar cómo fue su primer día de trabajo. Sorogoyen también experimenta con ellos todo lo que puede, como es natural, y lo hace desde su primera escena juntos. Pactó con los protagonistas que la grabarían el primer día de rodaje, antes de verse. No hubo ensayos previos, ni conversaciones, ni roturas de hielo. Rodaron en una sola toma, también muy larga, en un restaurante donde el equipo técnico estaba escondido. Fue un encuentro de hora y media, luego montado y resumido en 20 minutos gloriosos, que marcan el camino de lo que viene después. Es mucho.
Fotos: Manolo Pavón / Movistar Plus +
Manuel Alejandro Rodríguez de la Peña es catedrático de Historia Medieval de la Universidad CEU San Pablo, ha sido investigador en la Universidad de Cambridge y profesor invitado en las universidades chilenas de Gabriela Mistral, de Los Andes y del Desarrollo. Experto en Antigüedad Tardía, publica en estos días El día en que murieron los dioses.
Avance
El conflicto entre paganismo y cristianismo, en los siglos III, IV y V, es un tema histórico de primera magnitud, que ha hecho correr ríos de tinta historiográfica, a la altura de otros asuntos como las revoluciones francesa o rusa. La comparación de aquel conflicto con acontecimientos revolucionarios posteriores no es exagerada, pues «el triunfo del cristianismo en el mundo romano supuso tanto una revolución como el fin de toda una época y una forma de civilización». Es lo que sostiene en el artículo el profesor Manuel Alejandro Rodríguez de la Peña, autor del más reciente trabajo sobre el tema: El día en que murieron los dioses (La Esfera), de inminente aparición.
La muerte del paganismo esta estrechamente vinculada a la llamada «revolución constantiniana». El término es apropiado en tanto que, al decir de algún experto, «en la historia de la humanidad no ha habido ningún momento de ruptura mayor que el que marca el fin del mundo antiguo». En esa coyuntura, Constantino fue el revolucionario frente al reaccionario y posterior Juliano el Apóstata. Y, como en todas las revoluciones, se trató de un fenómeno complejo, con continuidades dentro de la ruptura. Por ejemplo: la sociedad grecorromana ya era muy religiosa antes del cristianismo, y el monoteísmo cristiano se parece mucho al de las escuelas platónica, aristotélica y estoica. Como se ha dicho, el anticristiano Celso era tan monoteísta como su antagonista Orígenes. Por no hablar de la cercanía teológica entre los neoplatónicos paganos y unos Padres de la Iglesia que, en su mayoría, pensaban que el Dios de Platón era el Dios verdadero. Como también se ha dicho, en el siglo IV el neoplatonismo y el cristianismo «tenían dos mitologías, pero una sola teología».
Hubo, en fin, numerosos elementos de continuidad entre la Antigüedad clásica pagana y la Antigüedad Tardía cristiana. Pero ese proceso gradual, lento y esencialmente no violento, no dejó de ser revolucionario en tanto que alumbró nuevas formas políticas, sociales, culturales y, desde luego, religiosas. La «transformación dentro de la continuidad» se percibe en cómo Constantino introdujo el cristianismo dentro de la arquitectura pagana de Roma y lo convirtió en la piedra angular del edificio sin echar este abajo. El edificio del paganismo tardaría todavía un siglo en venirse abajo.
Por otro lado, escribe Rodríguez de la Peña, «habitualmente no se es consciente de las dimensiones del desafío afrontado por los cristianos que plantaron cara a Roma», especialmente bajo el despótico Diocleciano.
En definitiva, concluye Rodríguez de la Peña, la civilización occidental es tan grecorromana como cristiana, y «comprender en todos sus matices el complejo conflicto/síntesis entre el paganismo y el cristianismo en los siglos III, IV y V resulta de la mayor importancia para discernir cuáles son las auténticas raíces de nuestra civilización».
ArtÍculo
El triunfo del cristianismo en el mundo romano supuso tanto una revolución como el fin de toda una época y una forma de civilización. Y es que la llamada por algunos historiadores «revolución constantiniana» y la muerte del paganismo son dos fenómenos estrechamente vinculados entre sí. En palabras de Herbert Bloch: «En la historia de la humanidad no ha habido ningún momento de ruptura mayor que el que marca el fin del mundo antiguo y el conflicto final entre paganismo y cristianismo, un conflicto que culmina y llega a su dramática conclusión a fines del siglo IV». Reacción pagana frente a revolución cristiana. Aquí el orden de los factores es el contrario al de la historia contemporánea europea.
Juliano el Apóstata, el último campeón imperial de la reacción pagana, lo vio claro. En efecto, según refiere Amiano Marcelino, una fuente coetánea bien informada, «Juliano criticó la memoria de Constantino, tildándolo de revolucionario y destructor de las leyes antiguas y de las costumbres tradicionales». Como señala Marrou comentando este pasaje: «Con la lógica de su política propiamente reaccionaria», lo que el pagano Juliano reprocha al primer emperador cristiano es «el haber sido, en materia de derecho, un revolucionario, un novator, trastornando la legislación antigua y la tradición heredada del pasado».
¿Exageraba Juliano? No necesariamente. Uno de los grandes historiadores de la Roma antigua del siglo XX, el italiano Mazzarino, le ha dado la razón a Juliano al calificar a Constantino el Grande como «el político más revolucionario de la historia de Europa». Sea esto cierto o no, de lo que no cabe duda es de que el Viejo Continente no volvería a ver un cambio epocal de esta magnitud hasta la Reforma protestante.
Revolución cristiana, sí. ¿Pero hasta qué punto? Lo primero que conviene subrayar es el hecho de que la sociedad grecorromana no se volvió más religiosa al convertirse al cristianismo. Ya lo era a su manera. En palabras de Paul Veyne: «Todo parece religioso en la Antigüedad porque la función de la solemnización hace que, en la Antigüedad, la religión nos parezca omnipresente y de una importancia capital (…) Nos equivocamos cuando vemos en ella una Edad de las Luces, una época de descreimiento en la que la religión tradicional se debilitó. La arqueología y la epigrafía helenísticas, desde los grandes templos hasta los millares de pequeños exvotos, proporcionan una evidencia masiva de que la creencia debía seguir siendo mayoritaria hasta el final del paganismo. No nos equivoquemos de siglo, no hagamos un siglo XVIII antes de tiempo».
Lo que de verdad le faltaba a la Antigüedad pagana, con la excepción de unos pocos espíritus preclaros de las escuelas filosóficas, no era la religión: era la idea de Dios. De nuevo, Marrou lo ha dicho mejor que nadie: «Entre las ideas directrices que animaron la historia de nuestra Antigüedad Tardía e inspiraron su arte, hay una que inicialmente llama la atención: la idea de Dios, que invade entonces el mundo mediterráneo». Sin duda, «en esta revolución no hay que minimizar la aportación de la reflexión filosófica de los griegos, que desembocó en la idea de un Dios único». Pero, sobre todo, enfatiza Marrou: «La idea de Dios se extendió en el mundo romano partiendo del Oriente semítico; y habría incluso que decir que es una idea específicamente judía».
Con todo, no deberíamos caer en la tentación de identificar el conflicto entre cristianismo y paganismo como un debate entre monoteísmo y politeísmo. Lo cierto es que, aunque algunos polemistas cristianos lo subrayaran a menudo en sus obras (la πολύθεός μανία: «locura politeísta»), en realidad, ese fue siempre un aspecto menor de la confrontación entre paganismo y cristianismo. Al menos en lo que atañe al ámbito de las élites intelectuales, pues «era extremadamente difícil, cuando no imposible, diferenciar el monoteísmo cristiano del de las escuelas platónica, aristotélica o estoica».
De hecho, numerosos historiadores han señalado cómo la religión solar, firmemente arraigada en Roma desde el reinado de Aureliano (imp. 270-275), había difundido la vieja idea de los filósofos griegos de un Dios supremo ordenador del Cosmos al que servía una multitud de dioses menores (henoteísmo). De este modo, «la antigua filosofía pagana había preparado el camino para una orientación monoteísta del pensamiento que habría encontrado un aliado en la astrología y en la aceptación general de la monarquía como la única forma efectiva de gobierno». A lo que hay que añadir que «el culto romano del Exsuperantissimus, superior a todos los dioses, había recogido nociones familiares a la fe judía y a la teología cristiana».
En este sentido, se podría decir, siguiendo a Dodds, que el polemista pagano Celso «era un monoteísta tan estricto como Orígenes; lo cierto es que tachaba de blasfemo al cristianismo por situar a otro ser (Cristo) a la altura misma del Dios supremo». Tampoco habría habido una diferencia sustancial entre los neoplatónicos paganos y los Padres de la Iglesia acerca de la verdadera naturaleza de este Dios supremo: «Celso y Orígenes comparten la creencia de que Dios es incorpóreo, impasible, inmutable y situado más allá del alcance de la inteligencia humana; ambos atacan las ideas antropomórficas del vulgo».
No solo es que san Pablo apelara en su discurso en el Ágora de Atenas al «Dios desconocido», haciendo suyo el término filosófico griego Agnostos Theos (Hch., 17), es que casi todos los Padres de la Iglesia, desde san Justino a san Agustín (De Civitate Dei, X, 1), «pensaban que el Dios de Platón era el Dios verdadero». No es de extrañar que, según el propio san Agustín, la mayor parte de los platónicos de su tiempo se hubieran convertido al cristianismo, pues «apenas tenían que cambiar algunas palabras y frases» de aquello que antes creían (paucis mutatis verbis atque sententiis). Esto nos hace pensar en la famosa observación atribuida a Adolf Von Harnack: en el siglo IV el neoplatonismo y el cristianismo «tenían dos mitologías, pero una sola teología».
A pesar de ello, lo cierto es que la poderosa irrupción en el Mare Nostrum de la idea bíblica de Dios lo cambió todo. Tal y como observa Veyne, siendo una época profundamente religiosa, lo que no fue nunca la Antigüedad pagana fue una sociedad estrictamente teocéntrica, como la Cristiandad o el Islam medievales. Y es que «no era la religión propiamente dicha lo que obligaba, sino la obligación o costumbre que se expresaba en términos religiosos». No en vano, la Antigüedad pagana fue la época por excelencia de la «religión civil», la religión como aglutinadora de la polis o res publica (la religio civilis de Varrón).
Ciertamente, se pueden enumerar numerosos elementos de continuidad en todos los órdenes de la vida entre la Antigüedad clásica pagana y la Antigüedad Tardía cristiana, como han hecho grandes historiadores de la talla de Henri-Irenée Marrou y Peter Brown. Ahora bien, aunque estamos hablando de un proceso gradual, lento y esencialmente no violento, pues no hubo ni tomas de la Bastilla ni guillotinas o gulags, lo cierto es que no dejó de ser un proceso revolucionario, en el sentido estricto de alumbramiento de nuevas formas políticas, sociales, culturales y, sobre todo, religiosas.
Estamos ante un proceso de mutación de toda una civilización en el que se dio la paradoja de producirse una «transformación dentro de la continuidad», algo acaso incomprensible para la mentalidad de muchos cristianos de hoy en día: «El elemento revolucionario de la conversión de Constantino se apoyó en la continuidad jurídica básica de las antiguas tradiciones públicas referidas a lo sagrado pagano, unas tradiciones con las cuales el soberano quiso conectar». Se podría decir que Constantino introdujo el cristianismo dentro de la arquitectura pagana de Roma y lo convirtió en la piedra angular del edificio. Pero no echó abajo el edificio, lo dejó más o menos como lo encontró. El edificio del paganismo luego se vendría abajo, pero tendría que transcurrir un siglo para que eso sucediera.
Fue esta una revolución silenciosa también en el sentido de que, mientras tenía lugar, la vida cotidiana romana se desenvolvió en un espacio neutral de valores comunes cívicos, un espacio indiferente a los cambios sísmicos que se estaban produciendo en otras esferas y en el que «el cristianismo desempeñaba un papel secundario». Hasta la propia ciudad llamada a ser la Roma cristiana, Constantinopla, fue inaugurada, en una ceremonia realizada por un augur, de acuerdo con los ritos tradicionales paganos: inauguratio, consecratio y dedicatio. Había inercias milenarias que no eran fáciles de ignorar. En este sentido, se ha subrayado que si no se leyeran más que las inscripciones públicas de los municipios romanos del siglo IV, jamás sospecharíamos que se había producido una revolución religiosa. No estamos ante nada parecido a la «revuelta de esclavos» denunciada en su día por Nietzsche: «En realidad, el cristianismo se extendió solo poco a poco y silenciosamente en una sociedad pagana que le acogía con reservas, desconfianza y hostilidad».
Aun así, el cambio llegó. Y de qué manera. Hay que tener en cuenta que, como señala Harold Mattingly, «el Imperio Romano era, tanto en la teoría como en la práctica, uno de los sistemas políticos más conservadores jamás levantados por el Hombre. El dominio de Roma sobre el orbe, así como el dominio del emperador sobre Roma, eran asumidos como un producto inevitable de la historia, destinado a durar tanto como la propia civilización. Y, a pesar de ello, el Imperio Romano sufrió una de las revoluciones más formidables de la historia: la sustitución de la religión oficial del Estado por una nueva religión, hasta ese momento despreciada».
En este sentido, no resulta baladí el hecho de que, desde el reinado de Diocleciano, la religión oficial del Estado hubiese incorporado la deificación en vida del emperador, algo antes reservado a los emperadores muertos. La monarquía imperial, fortalecida por tres siglos de historia, introdujo el culto universal al emperador como deus et dominus noster («señor y dios nuestro»), exigiendo ahora la adoratio en lugar de la antigua salutatio de la tradición romana. Esta ceremonia de adoratio en presencia de los emperadores, inspirada en la proskynesis persa, exigía postrarse en el suelo cabeza abajo, un gesto de humillación propio de un despotismo oriental. Frente a esta deificación en vida del soberano, los cristianos proclamaban que el único hombre-Dios era Jesucristo y que el emperador no era más que un hombre como otro cualquiera. Lo cual era abiertamente subversivo.
Habitualmente no se es consciente de las dimensiones del desafío afrontado por los cristianos que plantaron cara a Roma. En particular aquellos que afrontaron a comienzos del siglo IV la Gran Persecución de Diocleciano. Tras las profundas reformas de este emperador y la creación del Dominado, el gobierno imperial era más despótico e implacable que nunca. En palabras de John Matthews: «No tenía parangón en la historia grecorromana en cuanto a su escala, organización y complejidad, su incidencia física en la sociedad, la extravagancia retórica con la que se expresaba y la violencia calculada con la que intentaba imponer su voluntad».
Del cambio religioso profundo que sufrió Roma a lo largo del siglo IV puede dar una idea el hecho de que en el año 305 los cristianos eran una minoría perseguida salvajemente por el Imperio y apenas cien años después, en el año 405, san Agustín enfatizaba en unos de sus escritos que en el mundo romano ya quedaban «muy pocos paganos» (paucissimi). Hacía diez años en aquel entonces de la muerte de Teodosio el Grande, siendo los últimos años de su reinado los que presenciaron el cierre definitivo de los templos paganos. En este sentido, otro autor eclesiástico de la época, Rufino de Aquilea (†411), nos confirma que cuando el paganismo realmente «colapsó» fue bajo Teodosio (imp. 379-395), una impresión compartida por no pocos contemporáneos. Lo cual nos sitúa en un proceso de cristianización del Imperio que duró todo el siglo IV, a partir de la promulgación del Edicto de Milán (año 313), un proceso ciertamente muy lento para ser una revolución, pero a la vez rápido si se ve desde una perspectiva de milenios y se tiene en cuenta la profunda transformación que experimentó la sociedad grecorromana.
De hecho, hay historiadores que apuntan a que este proceso de cristianización capilar del mundo romano nunca terminó del todo en la parte occidental del Imperio, ya que las invasiones germánicas lo abortaron de forma abrupta y las sociedades de la Alta Edad Media, asoladas por el analfabetismo y la barbarie, solo fueron cristianas de una forma superficial. Estamos ante un cristianismo nominal tras el que se escondía una pervivencia de costumbres y prácticas paganas (algunas germánicas, otras de herencia céltica o romana) en todos los ámbitos de la vida.
Tras un primer intento, de nuevo abortado, de cristianización en profundidad de la sociedad durante el renacimiento carolingio, será la Europa de las catedrales, la de los siglos XII y XIII, la que retomaría el proceso y, por fin, lo llevaría a buen término. El resultado de este milenio de cristianización que va de Constantino el Grande a san Luis no fue otra cosa que el nacimiento de «la civilización occidental» propiamente dicha, que es tan grecorromana como cristiana. Por consiguiente, comprender en todos sus matices el complejo conflicto/síntesis entre el paganismo y el cristianismo en los siglos III, IV y V resulta de la mayor importancia para discernir cuáles son las auténticas raíces de nuestra civilización.
La imagen que ilustra el artículo es la Visión de la cruz por Constantino, obra de la escuela de Rafael en los Museos Vaticanos. Procede del archivo de Wikimedia Commons, es de dominio público y puede verse aquí.
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Enrique Dans, profesor de Innovación y Tecnología en IE University, sostiene que la carrera por la IA está imponiendo un «impuesto invisible» al consumidor. La construcción masiva de centros de datos dispara la demanda de componentes como la memoria RAM y, con ella, el precio de ordenadores, automóviles y otros dispositivos. Dans cita estimaciones según las cuales este fenómeno añade en torno a un 4% al coste de un automóvil, unos 2.000 dólares en un vehículo de 50.000. A ello suma el consumo de energía y agua de los centros de datos y la oposición que suscitan en algunos vecindarios. Su argumento es que los ciudadanos terminan pagando indirectamente la expansión de infraestructuras de IA que apenas han decidido, mientras gobiernos y empresas favorecen su despliegue, alimentando además un creciente rechazo social.
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Para la mayoría de la gente las elecciones son sinónimo de democracia. Sin embargo, entre el 508 y el 322 a. C., los atenienses prefirieron un sistema de lotería para elegir al líder. Creían que, ya que todos los ciudadanos eran iguales en derechos, el sorteo era más justo, representativo y sensible al interés público que las elecciones, que a menudo estaban influidas por otros factores (como el dinero o la belleza) y pueden fomentar una polarización política destructiva. En esta animación, Michael Vázquez, de la Universidad de Carolina del Norte en Chapel Hill, analiza tanto el potencial de los sistemas basados en la lotería como sus limitaciones. Destaca, en concreto, un sistema de lotería moderna concebido por el filósofo Alex Guerrero, diseñado para corregir las deficiencias de los modelos anteriores.
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Artículo completo: Scientists tracked kids for 8 years — the screen time result was unexpected
https://www.sciencedaily.com/releases/2026/08/260815064803.htm
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