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Perú: el milagro Fujimori

«Seguiré ejerciendo el poder. Para eso fui elegido. Y no me callaré: a mí no me silencia nadie». Con un susurro de voz, desgranando las palabras, Alberto Fujimori, presidente del Perú, conversó durante casi cuatro horas en el Palacio del Gobierno de Lima sin eludir ni una sola de mis preguntas. Fue un encuentro fácil, una conversación templada en la que los temas más crueles (el hambre de una parte de la población, la violencia terrorista, el narcotráfico, la amenaza de un golpe militar, el enfrentamiento con la Iglesia, etc.) pasaron sin dramatismos. Fujimori hizo gala de su temperamento oriental, sin inmutarse ni perder los estribos, consciente de que por ahora el viento sopla a favor de su extraña y original forma de gobernar.

El mes pasado se cumplieron los «cien primeros días» del presidente-nissei (descendiente de japoneses en primera generación), y fue entonces el momento de hacer un balance provisional de cuanto hizo hasta la fecha. Un balance ciertamente polémico y nada vulgar. Fujimori se ha enfrentado en estos meses con todos los poderes fácticos del país, ha impuesto un plan de austeridad tremendo, ha polemizado con la Administración norteamericana en un asunto tan delicado como el narcotráfico. Y todo ello sin mayoría parlamentaria y sin verdadero poder político. Pese a ello, su popularidad ha crecido. Y desde todas las trincheras políticas se le reconoce, aunque sea a regañadientes, que «el Chino» está haciendo lo que debe hacer, se ha rodeado de colaboradores competentes y no corruptos, ha recuperado parte del crédito internacional y está llevando adelante un plan de reformas administrativas ciertamente audaz.

Apoyo social

¡Asombroso país y asombroso pueblo el peruano! La situación económica sigue siendo catastrófica, el terrorismo aumentó incluso en los últimos tres meses, el consumo está por los suelos, la mitad del país (11 millones) vive en estado de «extrema pobreza», los organismos financieros internacionales niegan cualquier ayuda y sin embargo se palpa la convicción generalizada de que «la cosa se está arreglando». Esta convicción se basa también en cifras reales: la inflación pasó del 40% (¡mensual!) al 9% en 60 días, el dólar mantiene su cotización (un dólar 450.000 «intis»!) desde hace varias semanas, y las primeras avanzadillas del FMI, el Banco Interamericano de Desarrollo y el Banco Mundial están en Lima para ver «en directo» el milagro Fujimori.

El cauto presidente aprende a una velocidad de vértigo. No le importa, por ejemplo, reconocer que las medidas de austeridad tomadas fueron «mucho más duras que las anunciadas al principio» (y significativamente idénticas a las propuestas por su adversario a la presidencia, Mario Vargas Llosa) o que «la herencia recibida fue mucho peor que la que sospechaba». No tiene, tampoco, pelos en la lengua en sus juicios: calificó a los jueces y policías corrompidos de «chacales», a los parlamentarios de «charlatanes» y a los curas que se oponen a su tajante plan de control de la natalidad de «feudales». Y sin pensárselo un minuto ha descabezado a la cúpula militar sustituyéndola por militares favorables a su proyecto.

La pregunta que se hacen muchos dentro y fuera del Perú es si la «utopía asiática» de Fujimori va a funcionar a largo plazo y si el presidente no se ha enzarzado en demasiadas batallas simultáneas. Las primeras medidas económicas y políticas tomadas por el presidente y su primer ministro, Hurtado Miller, están funcionando, aunque el coste social sea altísimo. Lo que sí se percibe en el país es una sensación de cambio y cierta esperanza, algo totalmente nuevo y hasta revolucionario si se compara con el clima de desánimo de los últimos años. Aunque con esto no basta para «reordenar» la vida pública y privada de los 22 millones de habitantes.

Otro aspecto nada desdeñable para amagar un juicio provisional es que el enfrentamiento verbal del presidente contra jueces, policías, parlamentarios, militares y clérigos, lejos de haberle restado apoyo social, se lo ha sumado. Los peruanos están hartos de lo que en España se llama «poderes fácticos» y aplauden su cuestionamiento, aunque sea simplemente un ardid demagógico. Pero con palabras y calificativos no se gana tampoco la batalla al hambre, la violencia, la corrupción generalizada, el terrorismo, el narcotráfico o el golpismo castrense.

Fujimori está solo ante el peligro. Pero transmite una enorme tranquilidad que contrasta con la impaciencia gesticulante de su antecesor, Alan García, más conocido como «caballo loco». Su forma de gobernar, si triunfase, podría constituir un hito y hasta un modelo para la región. Claro que, parafraseando al tango, cien días no es nada…

Liberalismo y democracia según Ortega

EI objeto de Ortega no se ciñe a fenómenos sociológicos de superficie, sino que se cifra sobre el sentido interno, es decir, lo históricamente significativo que alienta el impulso de las masas. Prescindamos de la diagnosis y detengámonos en la prognosis. Diagnósticos profundos pueden ser errados si los pronósticos que aventuran no son posteriormente confirmados por los hechos. Hay dos momentos en este libro, tan lleno de momentos fascinantes, donde se pone a prueba la capacidad de Ortega para el pronóstico.

La forma que en política ha representado la más alta voluntad de convivencia es la democracia liberal. Lleva al extremo la resolución de contar con el prójimo y es prototipo de la acción indirecta.

El primero se contiene en el siguiente texto: «Son bolchevismo y fascismo, los dos intentos «nuevos» de política que en Europa y sus aledaños se están haciendo, dos claros ejemplos de regresión sustancial… Uno y otro bolchevismo y fascismo- son dos seudoalboradas; no traen la mañana de mañana, sino la de un arcaico día, ya usado una y muchas veces; son primitivismo… No cabe duda de que es preciso superar el liberalismo del siglo XIX. Pero esto es justamente lo que no puede hacer quien, como el fascismo, se declara antiliberal. Y como ya una vez éste triunfó de aquél, repetirá su victoria innumerables veces Por Luis Núñez Ladevéze o se acabará todo -liberalismo y antiliberalismo- en una destrucción de Europa… El liberalismo tenía una razón, y ésa hay que dársela per saecula saeculorum. Pero no tenía toda la razón, y ésa que no tenía es la que hay que quitarle. Europa necesita conservar su esencial liberalismo. Ésta es la condición para superarlo». Leído más de medio siglo después, este párrafo puede parecer trivial, pero si se recapacita en que fue escrito antes del desenlace, es fácil advertir la perspicacia de Ortega: si el fascismo hubiera triunfado, Europa se habría destruido. Hay también un corolario implícito que durante cinco decenios resultó de más difícil aceptación pero que, al cabo, es también hoy plenamente confirmado: si el bolchevismo hubiera triunfado también Europa se habría destruido. Caído el muro de Berlín, el pronóstico de Ortega adquiere su máximo sentido.

La Europa liberal

Describe Ortega dos enemigos de ese liberalismo europeo que «Europa necesita conservar>> y frente a los que muy a punto estuvo de perder en sendas ocasiones. De perder ante el fascismo durante la guerra «caliente» que Ortega adivina, y de perder frente al bolchevismo en una larga «guerra fría» que Orteba conjetura. Derrotados ambos definitivamente, el pronóstico de Ortega se cumple: Europa conserva hoy su esencial liberalismo, condición necesaria para su superación.

El otro pretexto reproduce de forma distinta la misma idea y rezuma similar inquietud. Como el anterior, no obstante la dureza de la apuesta, expresa un pronóstico optimista. Son los párrafos finales del libro, el mensaje de despedida del escritor al lector: «Por lo tanto, vendrá una articulación de Europa en dos formas distintas de vida pública: la forma de un nuevo liberalismo y la forma que, con un nombre impropio, se suele llamar «totalitaria». Los pueblos menores adoptarán figuras de transición e intermediarias. Esto salvará a Europa. Una vez más resultará patente que toda forma de vida ha menester de su antagonista. El «totalitarismo» salvará al «liberalismo», destiñendo sobre él, depurándolo, y gracias a ello veremos pronto a un nuevo liberalismo templar los regímenes autoritarios».

Este «pronto» que se contiene en el anuncio de Ortega hay que interpretarlo en «tempo» de historia profunda, de historia de las ideas y no de los meros acontecimientos. Es el tiempo de una o dos generaciones, más o menos el tiempo de nuestro tiempo.

Ése es el pronóstico. A diferencia de tantos otros que han pronunciado los dialécticos de la historiografía profética, el de Ortega se distingue por resultar confirmado. De profundas profecías están llenos los libros de pensamiento. Las confirmadas son rara avis en el océano de las refutadas. Lo que ahora interesa, tras comprobar la solvencia de la conjetura orteguiana es qué y cuánto de «su esencial liberalismo necesita Europa conservar». Pero también sobre ese particular el filósofo es explícito:

«La forma que en política ha representado la más alta voluntad de convivencia es la democracia liberal. Ella lleva al extremo la resolución de contar con el prójimo y es prototipo de la «acción indirecta». El liberalismo es el principio de derecho político según el cual el Poder público, no obstante ser omnipotente, se limita a sí mismo y procura, aun a su costa, dejar hueco en el Estado que él impera para que puedan vivir los que ni piensan ni sienten como él, es decir, como los más fuertes, como la mayoría. El liberalismo -conviene hoy recordar esto es la suprema generosidad: es el derecho que la mayoría otorga a las minorías y es, por tanto, el más noble grito que ha sonado en el planeta. Proclama la decisión de convivir con el enemigo; más aún, con el enemigo débil. Era inverosímil que la especie humana hubiera llegado a una cosa tan bonita, tan paradójica, tan elegante, tan acrobática, tan antinatural.»

El peligro del Estado

Al cabo de medio siglo el diagnóstico de Ortega se confirma a pesar de que «gobernar con la oposición» sea un «ejercicio demasiado difícil y complicado para que se consolide en la tierra». El peligro que amenaza a la conservación de esa «cosa tan bonita» de «convivir con el enemigo>> consiste en que «una masa homogénea pesa sobre el Poder público y aplasta, aniquila todo grupo opositor». El modo como esa <<<masa» actúa sobre «el Poder público» queda descrito por el filósofo en el capítulo XIII, titulado «el mayor peligro, el Estado», de la siguiente manera: «Éste es el mayor peligro que hoy amenaza a la civilización: la estatificación de la vida, el intervencionismo del Estado, la absorción de toda la espontaneidad histórica que, en definitiva, sostiene, nutre y empuja los destinos humanos».

Nueva Revista. 1ª serie. Núm. 10

«Frente al autoritarismo de la tradición, opta por el liberalismo Ilustrado. Pero no se trata de una opción moral entre despotismo y libertad política, porque reconoce que hay formas paccionadas de la tradición menos absolutistas que las formas estatalistas de la democracia».

Mientras la posterior desenvoltura de los hechos históricos se ha encargado de desmentir el contenido de las diversas interpretaciones dialécticas, materialistas o nacionalistas, de la historia, el pronóstico orteguiano ha sido globalmente confirmado. Tras la derrota del marxismo y del fascismo, asistimos a una moderación del debate ideológico, que no tiene que ver ni con el eclecticismo del final de la ideología ni con el estatalismo del crepúsculo ideológico. Se libra el conflicto entre dos tendencias contrapuestas por el grado de intervencionismo o de limitación que cada una atribuye a un tipo de Estado «articulado» por la idea de democracia liberal. Lo esencial del liberalismo triunfa sobre sus oponentes, librándose más «elegantemente» en su interior y no fuera de ese espacio la pugna entre modos distintos y opuestos de entender la gestión política. Sistematicemos las actitudes que se cruzan en el campo de fuerzas que Ortega describe. Por un lado, propone una oposición entre Antiguo y Nuevo Régimen, entre la antigua y la nueva forma de «articulación de Europa». La nueva forma de institucionalización del poder político constituye una técnica «omnipotente» de administración de lo público separada de las pautas internas que nutren la convivencia social. La administración de lo público se realiza a costa de la socialización espontánea o al margen de o contra esos procesos de socialización, al contrario de lo que ocurría en las formas antiguas en que el «poder público» o emergía del propio tejido social o se nutría de sus usos, tradiciones y costumbres. Ortega no es un escritor que mira con nostalgia hacia atrás, sino un pensador que atisba con preocupación el futuro; no juzga el presente a través de la actitud idílica de quien para recuperar o conservar el pasado está dispuesto a sacrificar el proceso de racionalización ilustrado que permite a la persona distinguir su autonomía moral de la del grupo social al que pertenece. No es, pues, un tradicionalista. Nada más lejos de la actitud orteguiana que oponer a la «rebelión de las masas», la mansedumbre personal o la docilidad a la autoridad institucionalmente politizada a través de los cauces mediadores de los usos, tradiciones y costumbres sociales. Frente al autoritarismo de la tradición opta por el liberalismo ilustrado. Pero no se trata de una opción moral entre despotismo y libertad políticos, porque reconoce que hay formas paccionadas de la tradición que son menos absolutistas que las formas estatalistas de la democracia. Se trata de una opción realista que concibe el devenir como cambio irreversible, al menos en ese punto, convencido de que la pretensión de que el poder constituido emane de la espontaneidad social es incompatible con el proceso de tecnificación y de emancipación personal que impulsa al Estado moderno. El poder político se articula, guste o no, jurídicamente frente a la sociedad como una fuerza «omnipotente», manifestación de la voluntad de dominio de una «masa homogénea» que «aplasta, aniquila todo grupo opositor». Para prevenir esa amenaza no vale restituir a la espontaneidad social la organización del poder político porque tendría que ser el propio poder político (ya liberado de las constricciones sociales) el agente de esa inverosímil restitución. La opción moral sólo puede hacerse tras la previa aceptación realista de ese proceso irreversible de tecnificación o estatalización del poder, de emancipación de la voluntad personal mediante su transformación en voluntad general, democrática o estatal.

La perspicacia del análisis orteguiano procede de que además de contraponer Antiguo y Nuevo Régimen, fuerza a oponer tendencias divergentes que brotan de un mismo impulso genético en el interior del Nuevo Régimen. De hecho, la noción misma de «democracia liberal» es paradójica, un equilibrio delicado, «un ejercicio demasiado difícil y complicado para que se consolide en la tierra» de un «Poder público, (que) no obstante ser omnipotente, se limita a sí mismo». Un Poder que, por tener un origen democrático, está legitimado para ser «omnipotente», pero que por ser «omnipotente» es incompatible con la libertad. La democracia no puede serlo más que si expresa la voluntad libre de los ciudadanos para determinar la voluntad política o general o mayoritaria, pero la voluntad política no puede constituirse libremente más que si deja de intervenir o determinar la voluntad individual de los ciudadanos. Por democrática que sea la voluntad política, no puede constituirse libremente más que si las voluntades personales se determinan libremente; pero una vez que la voluntad política es constituida, la voluntad individual queda sometida a su imperio. En la moderna articulación de la política corresponde al Estado administrar el espacio sustraído a la libertad individual. Cuanto más Estado, menos libertad personal y menos espontaneidad social: «La expontaneidad social quedará violentada una y otra vez por la voluntad del Estado». Cuanto más libertad personal, menos espacio para la aplicación de la fuerza del Estado. Se comprende que la salvaguarda de las libertades personales se convierta en un problema para el constitucionalismo moderno. Se requieren garantías para asegurarse de que la «omnipotencia» estatal no acabe invadiendo los recintos acotados para la expansión de la libertad que deben ser inaccesibles al Estado. Pero ¿cuánto espacio y qué especie de garantías? Lo que queda claro es que la expresión «Estado libre» o «libertad democrática» es, en sí misma, contradictoria o paradójica. Tal es el implícito diagnóstico de Ortega.

Liberalismo y Democracia

En el esquema orteguiano se oponen, pues, dos tipos históricos de organización política: Antiguo y Nuevo Régimen. En el Antiguo Régimen la política no es una técnica separada de la sociedad, sino un momento de la autorregulación social. Estado y Sociedad se funden en el mismo tejido. Pero la nueva forma de poder político, el Leviatán, no emerge de la sociedad, sino contra ella. El Estado es una técnica de administración de la sociedad por la política y no un producto de la sociedad. Lo público es el espacio que corresponde administrar al Estado, y para ese espacio el Estado se convierte en una voluntad general o mayoritaria omnipotente de dominio sobre una sociedad constituida por voluntades individuales dominadas. Esa omnipotencia, sea o no democrática, sobresalta a Ortega, y a prevenirla se orienta su pronóstico: «Como todos los demás peligros que amenazan a esta civilización, también éste ha nacido de ella. Más aún: constituye una de sus glorias; es el Estado contemporáneo». Gloria porque es una voluntad de dominio democráticamente organizada; peligro porque es un amenaza para la libertad. De aquí que la oposición Antiguo y Nuevo Régimen no sea una opción suficiente. Es necesario oponer en el Nuevo Régimen entre Estado limitado en su omnipotencia y Estado de omnipotencia ilimitada. Entre ambos hay que optar.

Cuando escribe Ortega La rebelión de las masas tiene muy claro que no es posible identificar la libertad política con la voluntad democrática. Democracia y libertad son antitéticos y su fusión constituye una paradoja; pero como surgen de un mismo impulso, el impulso es también paradójico y sólo admite una solución paradójica o, como escribe Ortega, «antinatural». «Democracia» y «libertad>>> no pueden coincidir en el mismo espacio, sino que se distribuyen el espacio que ha de repartirse. Ser libre, en el sentido moderno, es poder quedar liberado de la voluntad política de dominio; se es libre en la medida en que la voluntad individual queda ajena a la regulación de la política. Como política y sociedad se limitan mutuamente, cuanto mayor expansión de la política, menos espontaneidad de la sociedad, y viceversa. El súbdito del Antiguo Régimen no se plantea el problema de la libertad en los mismos términos que el ciudadano del Nuevo, pues Estado y Sociedad no se excluyen, sino que se incluyen. Pero en la sociedad moderna si no se reparte el espacio «la sociedad tendrá que vivir para el Estado; el hombre para la máquina de Gobierno».

«El socialismo puede ser democrático, pero en cuanto socialismo no puede ser sinónimo de «libertad». Sólo lo es en cuanto permite garantías de libertad individual, pero no en cuanto impone su voluntad de dominio como socialismo democrático».

Es evidente que «democracia» y «liberalismo» no son una misma cosa, sino que proceden de un mismo impulso que ha de dividir el espacio entre ambos términos. Quienes imponen la democracia a la sociedad restringen el espacio de las libertades en que puede desenvolverse libremente el individuo en sociedad. Por eso Kelsen distingue una «democracia liberal» y una «democracia socialista». La diferencia entre una y otra corresponde a la mayor o menor amplitud del espacio destinado a la libertad de cada versión. El socialismo puede ser democrático, pero en cuanto socialismo no puede ser sinónimo de «libertad». Sólo lo es en cuanto permite garantías de libertad individual, pero no en cuanto impone su voluntad de dominio como socialismo democrático. En su Meditación de Europa, Ortega es explícito: «Es bien claro que la democracia por sí es enemiga de la libertad, y por su propio peso, si no es contenida por otras fuerzas ajenas a ella, lleva al absolutismo mayoritario» En rigor no existe una «democracia libre», sino que se puede ser más o menos libre de la voluntad democrática y coactiva del Estado.

La voluntad popular

Ortega describió con razón en El Espectador que una cosa es el principio «liberal» y otra el «democrático». Es evidente que la democracia exige el liberalismo como contrapunto de la voluntad de poder y como garantía de que esa voluntad de poder procede del pueblo y no de sí misma. Según Ortega, la democracia es una respuesta a la pregunta sobre a quién corresponde gobernar legítimamente. La respuesta, dice, a la voluntad popular libremente manifestada mediante la elección de representantes. El liberalismo es una respuesta a la pregunta de hasta dónde puede llegar la voluntad democrática del Estado, cuál es la extensión de sus competencias. Y la respuesta dice: cuanto más limitado sea el Estado, mayor será el ámbito de la libertad. Por su forma, la organización política puede o no ser democrática. Tras la derrota del fascismo y del comunismo ya no cabe al Estado moderno más forma que la democrática. Por su materia o contenido, el espacio para la dominación democrática del Estado puede ser más o menos limitado. Y ése es el debate que queda pendiente de librar una vez que la democracia ha vencido históricamente a las modernas formas totalitarias de dominación política. Se trata de una democracia que no puede dejar de ser liberal puesto que debe dejar un espacio para que la voluntad personal se manifieste libremente. Pero que puede ser más o menos liberal, porque puede ser también más o menos socialista.

Bolchevismo y fascismo son dos seudoalboradas, no traen la mañana de mañana, sino la de un arcaico día, ya usado una y muchas veces; son primitivismo libre», sino que se puede ser más o menos libre de la voluntad democrática y coactiva del Estado.

El asunto queda así. Ser «libre» no es lo mismo que ser «demócrata», pero ser «demócrata» exige ser «libre» en algún espacio, porque se presume que la voluntad política para que sea democrática ha de expresar la libre voluntad de quienes la constituyen. La opinión no podría formarse «libremente» si la voluntad política que brotara de ella condicionara a la sociedad de tal modo que, al final, la organización social fuera la expresión de la de la voluntad social. La identificación de «democracia» y «libertad» encierra un círculo vicioso que sólo puede resolverse dividiendo el círculo: «libertad» y «democracia» son espacios separados porque son supuestos antitéticos. No se puede ser individualmente, personal o socialmente libre, más que cuando se aceptan voluntariamente las reglas de vida en común, pero las reglas políticas procedentes de la voluntad democrática son obligatorias, coactivas e impuestas: erxpresan la voluntad de unos sobre la de otros. Por tanto, no hay más modo moderno de ser libre que ser libre del Estado, incluido el Estado democrático; es decir, que estando fuera del espacio reservado a la regulación política. Mas como democracia y libertad proceden de un mismo impulso por el cual la democracia se constituye mediante la libre formulación de las voluntades individuales con objeto de imponer a esas voluntades reglas obligatorias, se encuentran en el seno del Estado democrático en mutua oposición, en conflicto permanente, generando dos tendencias opuestas. Una tendencia socialdemócrata, caracterizada por el afán político de regular y condicionar la sociedad, y una tendencia liberal caracterizada por la resistencia de la sociedad a ser invadida o dominada por la voluntad política. Tal tendencia liberal es, además, conservadora cuando se nutre del respeto a las tradiciones y costumbres sociales y sostiene que el origen de las convicciones morales está fuera del Estado. Esa tendencia conservadora deja de ser liberal cuando trata de imponer al Estado sus convicciones morales de que se nutre porque entonces alimenta el autoritarismo moral de la voluntad democrática.

Hacer compatible democracia política y espontaneidad social es exactamente la condición para «superar el liberalismo» que requería Ortega. Pero el liberalismo «no tenía toda la razón, y ésa que no tenía es la que hay que quitarle». Impedir que el estatismo invada la sociedad, o sea, limitar o delimitar la democracia es lo que hay que quitar al liberalismo para que sólo permanezca su razón.

China, la crisis más larga

Después de las voces jubilosas y y los gritos de horror de la primavera de 1989, un pesado silencio ha caído sobre China. Los medios internacionales de comunicación se han llevado sus cámaras y micrófonos. En la misma China, las noticias han cambiado de terreno. En la primavera de 1989, la actualidad había escapado de las manos de las autoridades. Hoy se anuncia otra vez en las columnas del Diario del Pueblo, el diario oficial del partido. Las revueltas han disminuido, desplazadas hacia el exterior del sistema. Exterior nacional (revuelta íslámíca en Xinjiang)¹, social (protestas campesinas numerosas, pero de proporciones limitadas), política (esporádicas manifestaciones estudiantiles en el aniversario del 4 de junio) e internacional (creación de una oposición en el exilio)2. Las autoridades parecen retener de nuevo con fuerza todo el poder en sus manos. Los ritos oficiales han sido restablecidos en todo su esplendor. Los representantes extranjeros han tomado otra vez el camino que conduce a Pekín. Regresan admirados, tanto por la «alta visión» de los dirigenes chinos como por su realismo.

Después de las voces jubilosas y los gritos de horror de la primavera de 1989, un pesado silencio ha caído sobre China.

Estas impresiones dejan traslucir un hecho incontestable: nada ha ocurrido en el panorama interno de China al cabo de un año. La situación de las fuerzas políticas creada por la crisis de mayo-junio de 1989 no ha sufrido ninguna modificación perceptible. Es cierto que se ha observado el avance del clan militar de Yang Shangkun y la omnipresencia del primer ministro, Li Peng. No obstante, estos aspectos han venido compensados en parte gracias a la concesión de la Presidencia de la Comisión de Asuntos Militares al secretario general, Jiang Zemin -más moderado, pero menos influyente-, así como por la confirmación de las posiciones conquistadas por Qiao Shi, como jefe de los Servicios Especiales3.

En conjunto, no se ha roto el equilibrio entre las distintas fuerzas. El peso relativo de unos y otros varía de modo constante, pero, hasta el momento, dentro de una estrecha banda, de acuerdo con la voluntad del «Pequeño Timonel», Deng Xiaoping. Porque éste no ha emprendido la retirada: continúa como el verdadero patrón del régimen. Como en los últimos tiempos de Mao Tse Tung, los equilibrios de fuerzas políticas sólo podrán variar cuando su estado de salud se deteriore de forma irreversible. Todo el mundo lo sabe y se prepara en silencio para el momento.

La trayectoria política no ha variado. El endurecimiento ideológico sólo ha ejercido efectos de escasa importancia de cara a una población que ha vuelto a sus viejos hábitos de prudencia. El único efecto concreto ha sido el refuerzo de la disciplina en todos los órdenes de la vida. La lucha contra la inflación ha proporcionado algunos éxitos, compensados bien es verdad por la baja tasa de crecimiento. Aunque los más importantes socios exteriores de China han restablecido sus líneas de crédito, la confianza internacional permanece alerta.

De hecho, el equipo en el poder desarrolla una política a corto plazo. Su objetivo sigue siendo, teóricamente, continuar el proceso de modernización sin excesos «de derechas». En la realidad, su principal preocupación se limita a congelar la crisis para salvar el comunismo, a la espera, evidentemente, de que la debilidad de los enemigos y la pasividad del cuerpo social permitan reemprender más tarde la marcha hacia adelante. Porque la crisis china es mucho más profunda y antigua que la explosión registrada en la primavera de 1989. Aunque ahora contenido y menos visible, el problema no ofrece el menor atisbo de solución y continúa devorando el país como un cáncer.

¿Cuál es la índole de esta crisis? Se conocen pocas en la historia que hayan durado tanto tiempo. Aparece como la antítesis exacta del éxito logrado por el Japón. China continúa proponiéndose el dilema que el Japón resolviera el siglo último: ¿Cómo responder al desafío nacional planteado por la prepotencia de Occidente? La respuesta japonesa quedó articulada sobre dos elecciones básicas que China fue en distintas épocas- incapaz de adoptar o de aplicar: en primer término, conceder prioridad absoluta a la modernización económica sin modificar el sustrato cultural; en segundo lugar, abrir el país al extranjero, tamizando sus influencias. Si el comunismo accedió al poder fue porque ofreció una solución creíble al problema de la modernización y de la occidentalización: recurrir a movilizar las fuerzas endógenas, y, por tanto, cerrarse al exterior. Pero, en la práctica, el totalitarismo maoísta aprisionó el cuerpo social, mientras que la cerrazón nacional mantenía a China al margen de las grandes corrientes innovadoras. El mérito de Deng Xiaoping es el haber comprendido el dilema y adoptado medidas fundamentales que aproximan la elección china a su precedente japonés: impulsar la producción, sustituir la coacción por el estímulo y una mayor autonomía, sin necesidad de alterar el sustrato político-cultural, abrir el país al extranjero aunque de modo controlado. Así se explican los éxitos iniciales, tan prometedores. Sin embargo, Deng se hizo ilusiones porque contaba con la seguridad de este sustrato político-cultural, es decir, la popularidad del comunismo, y por tanto contaba con su capacidad de controlar la «tentación extranjera» en un país que salía de tres decenios de desgracia. Una contradicción explosiva ha terminado por enfrentar las aspiraciones sociales al conservadurismo político de una burocracia desprestigiada.

Nadie sabe lo que hubiera podido suceder en China si Deng Xiaoping hubiera cedido el año anterior a la «Primavera de Pekin». Pero es evidente que al negarse a los cambios, ha llevado a su país a una crisis cuya solución se ve cada vez menos clara. Porque, con independencia de los logros o fracasos desarrollados por el comunismo en China, y cualquiera que sea el innegable progreso de las regiones costeras a partir de 1980, el problema planteado en 1989 no ha sido resuelto. ¿Cuál sería el régimen político a crear que pueda responder a las aspiraciones de las masas y a los deseos de las minorías, siendo capaz, al mismo tiempo, de promover el desarrollo económico? La respuesta parece cada vez más difícil de alcanzar. En efecto, los tres obstáculos principales, que ya estaban presentes mucho tiempo antes, no han cesado de crecer. Sus raíces son diferentes: respectivamente, son de índole social, internacional e ideológico.

El problema de la cohesión social

El problema social es el que los visitantes distinguen con mayor dificultad. La sociedad china los deja admirados, porque, a diferencia de la soviética, presenta un aspecto «positivo»: muestra con claridad que está viva, activa. Cuando Gorbachov alcanzó la cúpula del poder, se dio cuenta que allí nada se movía: el cuerpo social había sido anestesiado durante 70 años por el poder comunista. En cambio, cuando Deng Xiaoping ha tomado el poder, la sociedad china se dedicó rápidamente a la reactivación. Había sido programada, a veces aplastada, pero no anestesiada y mucho menos debilitada: desde que dejó de servir de marco a una tarea destructiva, el entramado social sirvió de hecho de protección a las colectividades, introduciéndolas en una especie de vitrina aislante. Es lo que se podría llamar la paradoja conservadora del totalitarismo chino. Esa sociedad respondió de forma inmediata a los que le animaban a enriquecerse. Y se puso a la tarea con extraordinario dinamismo. Y durante más de diez años el desarrollo económico fue, por término medio, alrededor del 10% cada año.

El equipo en el poder desarrolla una política a corto plazo. Su objetivo sigue siendo, teóricamente, continuar el proceso de modernización sin excesos «de derechas».

Pero lo que los visitantes no comprenden es que ese activismo social se hizo, en sentido estricto, desbordante. Empujada, protegida y, finalmente, abandonada por el poder, la sociedad china se restablece, no contra ese poder, sino al margen de él. Es una sociedad que de golpe se ha apartado de la política. Las normas predominantes en la época anterior han desaparecido sin haber sido reemplazadas, y las previstas para el futuro son de índole cultural: las unas, mayoritarias, inspiradas en la tradición confuciana, y las otras, propias de las minorías urbanas, importadas de Occidente.

Este proceso de despolitización ha provocado, en el curso de los años ochenta, consecuencias igualmente nefastas. La primera ha sido el debilitamiento del Estado. Antes de 1978, el Partido Comunista acaparaba prácticamente la Administración. Al batirse en retirada, detrás de él no ha dejado nada más que una burocracia ineficaz, irresponsable y corrompida. Desprovisto de vitalidad ideológica, de medios financieros y poderes coercitivos, el Estado central ha perdido el control sobre su aparato administrativo. De este debilitamiento quiso obtener una posición fuerte, aceptando un mayor grado de descentralización. De hecho, esta medida es la que salvó al régimen de Deng en junio de 1989: los «caciques» locales se habían sentido amenazados por la protesta democrática, mientras que Deng les prometía mantener el statu quo. Sin embargo, si esta descentralización no llega a amenazar al poder político, supone un riesgo para su rendimiento eficaz. Cualquier medida de alcance nacional, inicia un auténtico proceso de negociación entre el Poder central y las diferentes escalas de la Administración, para terminar, generalmente, por encajarse en el panorama caracterizado por la falsedad y la incongruencia.

La consolidación de los poderes locales responde también a otra lógica muy peligrosa. Al replegarse, el poder comunista ha permitido la reaparición de pequeñas comunidades inspiradas en la tradición confuciana. La sociedad china se ha convertido rápidamente en un hervidero de cultura en plena efervescencia, en cuyo proceso las diferentes células se combinan o dividen, se hacen la competencia o se atascan. Es verdad que esta trayectoria anárquica ofrece auténticas ventajas: cada unidad aporta lo mejor de sí misma, dispuesta a consolidarse y a proteger a sus miembros. Los mejor dotados, bien sea por la naturaleza o por los que detentan el poder, logran desarrollarse rápidamente -se pueden comprobar casos espectaculares en la China del litoral-. Este fenómeno no deberá identificarse con el aumento de rivalidades regionales o raciales aunque favorezca -hasta cierto punto su reaparición. Porque, al estar enfrentadas entre ellas, las células sociales muestran poca estabilidad política y escasa fuerza de cara al Poder central. Se podría incluso afirmar que agrupación social y autoritarismo son dos elementos que se refuerzan el uno al otro. Pero, de otra parte, esta diferenciación debilita el entramado cívico y supone un obstáculo para la puesta en marcha de cualquier política que no responda a las aspiraciones del pueblo: el fracaso del control de la natalidad es un ejemplo flagrante4.

En las regiones campesinas se desarrolla con más fuerza el fenómeno de la proliferación de grupos celulares, asentados sobre nacionalismos locales, al amparo de la caída de los cuadros comunistas. En las ciudades, el proceso disminuye algo por la presión de las masas, la presencia del poder político y los cambios generados por el progreso económico. Sin embargo, allí los conflictos son más numerosos y toman fácilmente connotaciones políticas. Un modo de evitar el bloqueo celular hubiera podido estar en la creación de una sociedad civil urbana económicamente desarrollada, capaz de escapar al control de las distintas células tradicionales, que se habría caracterizado por la definición de las aspiraciones comunitarias, arrastrando consigo al mundo rural. Éste es el proceso que se fue delineando en los años ochenta. Durante el período en que dicho proceso se desenvolvió discretamente y con escasa fuerza política, las autoridades lo permitieron. Pero, súbitamente, todo se aceleró en la primavera de 1989. Aquella sociedad urbana, durante esos días, se encontró identificada con las tendencias democráticas de las nuevas élites intelectuales y tecnológicas. Por vez primera, se encontraron con un espíritu, un lenguaje y actitudes solidarias que superaban los particularismos. ¿Se trataba de adquisiciones irreversibles? Nada permitía afirmarlo. Pero el movimiento fue aplastado. Las élites, aterrorizadas o arruinadas, y el poder arcaico de las unidades fraccionadas, reforzado5.

El sentimiento de fracaso justificaba la vuelta a los viejos egoísmos: desconfiados, no se volverían a aceptar más riesgos para las colectividades. Cada uno a lo suyo. El regreso a las pequeñas agrupaciones solidarias tradicionales tomará así la perspectiva de la descomposición social.

La psicología del fracaso nacional

Esta sensación de fracaso no dimana solamente de la matanza de junio de 1989. Se refuerza por la degradación del status internacional de China al cabo del último año. Porque el sentimiento nacionalista ocupa un lugar fundamental en la política china. Después que los comerciantes occidentales se instalaron en las puertas de China en el siglo pasado, los acontecimientos internacionales se convierten fácilmente en problemas interiores del país. El Kuomintang se hundió porque no fue capaz de proteger a la nación china. El PCC se impuso porque demostró ser su más poderoso defensor. Y como consecuencia -a pesar de errores y luchas internas-, los éxitos logrados en la esfera internacional han contribuido de modo indudable a mantener en el poder al comunismo.

No estaría demás reflexionar sobre las razones de tales éxitos. Los unos ofrecen las ventajas clásicas de la política internacional comunista: la cohesión, la obstinación y la fuerza de la ideología. Otras razones aluden a la ingenuidad de los colaboradores extranjeros de China. Pero no se ha entendido suficientemente hasta qué punto el desarrollo de las relaciones internacionales favoreció a China tras la II Guerra Mundial. El enfrentamiento Este/Oeste resultaba, al mismo tiempo, ideológico y estratégico: daba ventajas a los grandes países continentales como la URSS y China, movilizados y militarizados por sus potentes partidos comunistas. Además, la polarización del mundo permitía a Pekin situarse como defensor de los países del Tercer Mundo, facilitando la posibilidad de mantener su independencia dentro de la acción común.

A partir de los años setenta, el papel internacional de China se fue deteriorando progresivamente, y, al mismo tiempo, en Asia se restablece una nueva jerarquía entre las naciones, siguiendo baremos cada vez más de base económica. Los dirigentes chinos así lo reconocieron cuando decidieron dar prioridad a la modernización: la política internacional china se puso también al servicio de motivaciones comerciales. Ante la llegada masiva de hombres de negocios y de turistas extranjeros, China tomó conciencia de su miseria. El sentimiento de humillación nacional, ignorado durante la época de cerrazón totalitaria, volvió a tomar cuerpo en la población. Las reacciones xenófobas -incluso anti-japonesas- crecieron en los medios urbanos, particularmente entre los estudiantes que desencadenarían la «Primavera del 89»6.

Nada extraño hay en tal actitud: los chinos no se quejaban solamente de haber sido maltratados por sus dirigentes, sino más bien por su situación de atraso respecto a las grandes naciones civilizadas. Uno de los componentes esenciales del descontento social en este país es la comparación permanente con las principales naciones industrializadas, en particular de Asia. Los ciudadanos chinos no saben gran cosa sobre qué sea la democracia, pero están convencidos de que en ella radica la referencia ideológica de los más fuertes, y es fundamentalmente ésa la razón por la cual han optado por esa fórmula política.

¿Cuál sería el régimen político a crear que pueda responder a las aspiraciones de las masas y a los deseos de las minorías siendo capaz al mismo tiempo de promover el desarrollo económico?

El hecho es que al cabo de un año la evolución internacional está acelerando el desplazamiento de China. Además, el hundimiento de los comunismos prosoviéticos -hasta el régimen mongol- ha contribuido al feroz aislamiento del Poder. Los responsables chinos habían previsto las reacciones indignadas de los occidentales: estaban dentro del orden natural y sabían cómo superarlas. Pero lo que les ha sorprendido y les ha dejado sin capacidad de reacción ha sido la brutal desaparición de los regímenes que les hubieran servido como ayuda: la marcha de la Unión Soviética hacia horizontes desconocidos. Victorioso en el interior, el régimen de Deng Xiaoping se ha visto de repente relegado entre los derrotados en el panorama internacional. Todavía más grave: el derrumbe de la tensión Este/Oeste ha devaluado el poder chino. Los grandes de este mundo la abandonan: ya no la cortejan. La URSS gira la mirada hacia Europa. En Asia, el Japón, tan cerca de Corea del Sur, fascina a los chinos. Los Estados Unidos, preocupados ante todo por el problema japonés, acaban de virar en redondo en el tema de Camboya7.

Cierto que China sigue siendo un gran país, y que se tolerarán siempre, no sin cierto desprecio, sus excesos represivos, pero ya no es protagonista destacado en el juego mundial. Japón, en cambio, está desempeñando un papel de primer plano. Los dirigentes chinos no pueden buscar en el exterior compensaciones para sus dificultades internas. En la población china se generaliza la idea de que el círculo se ha cerrado y el país ha vuelto a la misma situación humillada que le ha caracterizado desde hace un siglo. Los héroes de la Primavera de 1989 están exiliados y desde el estudiante al conductor de taxi, los mejores intentan emigrar. ¿No será necesario, pues, volver a partir de cero?

El vacío ideológico

Sería conveniente, a propósito de todo esto, que se llevara a cabo en China una auténtica reflexión política. Aunque ésta sea especulativa. El problema es inmenso y complejo: sería suficiente con delimitar los contornos más recientes. El hecho esencial es que desde 1949 a 1976 el poder maoísta desplegó un esfuerzo extraordinario para eliminar el pensamiento. El único intelectual autorizado era el Jefe: Mao Tse Tung. Así, fueron eliminados los compañeros de viaje liberales en 19578, у después los discípulos demasiado entusiastas durante la Revolución Cultural9. Mucho más eficaz que en la URSS, la eliminación de la intelligentsia fue faclitada por su escaso número y por la falta de tradiciones colectivas. El primer movimiento democrático de 1978-197910 fue el hecho de los «lumpen intelectuales» proletarizados: no contaban ni con escritores ni verdaderos pensadores y no dejaron más que algunos textos de cierta significación.

En los años ochenta, los medios intelectuales sólo muy lentamente fueron recuperándose. Concediendo prioridad a la «modernización», el poder creó una élite profesional a la que otorgaba honores, dinero y libertad para viajar. Pero al hacer esto le inyectaba tendencias paralizadoras. Nacida de la reforma, esta intelligentsia se mantenía fiel y sinceramente adicta al «aparato» del poder, incapaz de pensar fuera del cuadro establecido. Como consecuencia, se originó un rígido conformismo ideológico. La mayor parte se proclamaba marxista, sin que ese marxismo desembocara en consecuencias prácticas ni reflexiones racionales. El resultado fue también la «celularización» de los medios intelectuales, como un calco del mismo proceso ocurrido en el terreno social: cada centro de inquietudes mostraba tendencia a transformarse en una célula polivalente, organizada en torno a la defensa de intereses profesionales. Sólo quedaban fuera del organigrama los artistas al margen del sistema, carentes de influencia.

La consecuencia fue, finalmente, una increíble ignorancia de cómo era su propia sociedad. Situados en el «centro» del sistema por el favor del «Príncipe», los intelectuales se contentaban ejerciendo su influencia sobre él, sin preguntarse acerca de la capacidad de éste para aplicar sus reformas.

Este curioso reformismo ofrecía dos grandes ventajas. Por una parte, resultaba eficaz. Todo lo que la reflexión intelectual carecía de profundidad o de originalidad lo compensaba parcialmente gracias a su influencia política. Los más destacados intelectuales chinos que hoy se encuentran en el exilio fueron tiempo atrás consejeros de los dirigentes de su país: por ejemplo, un Fang Lizhi, un Yang Jiaqi o un Chen Yizi¹¹. Por otra parte, a medida que diversificaba los ámbitos de competencia este reformismo, acababa por ofrecer ciertos productos enriquecedores. En determinados sectores de pensamiento empezaban a surgir verdaderos interrogantes. Comenzaban, por ejemplo, a reflexionar -por fin- en la necesidad de una cultura política de recambio que podría relacionarse con el confucionismo, adaptado a la democracia. Este proceso de madurez quedó detenido ante el impacto del «reformismo». Entre los más lúcidos, el parón intelectual fue detectado antes de que el fracaso político se manifestara. Pero, en el caso de las mayorías, el velo no cayó de los ojos hasta la Primavera de 1989. La explosión del compromiso reformista no sirvió para facilitar la reflexión política; al contrario. Por avatares imprevistos, algunos intelectuales se habían enganchado en el carro del poder. Como en Praga veinte años antes, se mostraban remisos a repetir las consignas de la nueva ortodoxia. Pero no es posible revivir lo que ha muerto. El discurso marxista había sido asesinado por el monopolio maoísta. La ideología carece de dinamismo y no pasa de actuar como una cautelosa policía del pensamiento. La ideología sustenta las ciencias sociales, pero no puede -ni quiere- hacerlas desaparecer. Porque la persistencia del problema de la modernización implica un nuevo compromiso -ciertamente, mucho menos ambicioso- con la intelligentsia. Las asignaturas universitarias sobreviven como en una carrera de vallas, los viajes al extranjero se reanudan con prudencia. Al margen del aparato oficial, comienza a crearse una zona de sombra donde se percibe un tímido renacer.

Antes de 1978 el Partido Comunista acapara prácticamente la Administración. Al batirse en retirada detrás de él no ha dejado más que una burocracia ineficaz irresponsable y corrompida.

Para los más destacados intelectuales reformistas, la primavera de 1989 habrá supuesto una auténtica ruptura. Los principios que les sustentaban se han hundido bruscamente. ¿Se habrán vuelto a plantear sus reflexiones ideológicas? No podemos estar seguros. Los textos escritos en la Primavera de 1989 y los documentos posteriores emanados de la Federación para la Democracia en China despiertan la duda y la inquietud 12.

El tono se muestra afectivo, los esquemas argumentales son voluntaristas: prevalecen la solidaridad y el compromiso político. Pero lo que más llama la atención y produce escepticismo es la rapidez con la que se han convertido a la democracia unos intelectuales que hasta ese momento se inspiraban, más o menos automáticamente, en conceptos de origen marxista. Da la impresión de que los acontecimientos de mayo-junio de 1989 han desencadenado el paso de una categoría abstracta a otra. Valdria la pena, por ejemplo, encontrar en estos documentos una autocrítica relativa a los errores de cálculo de la Primavera de Pekín, y también un análisis lúcido y global de la situación china. Esta situación tan frágil no se debe a la casualidad, pero no sería justo responsabilizar a los hombres que han luchado con valor. Es evidente que están iniciando un largo proceso de madurez que dará lentamente sus frutos. Pero los criterios democráticos a los que ahora se adhieren no les ayudan a efectuar una reflexión crítica, porque en China, como en la mayoría de los países del sur del planeta, esta reflexión es algo tan seductor como inoperante. El atractivo de la democracia estriba en que es la ideología de los países victoriosos en la competición económica, y también en el hecho de que el sistema nunca ha sido ensayado en el continente chino. Así pues, no es cierto que tal sistema proporcione los necesarios instrumentos intelectuales. Tampoco está claro que las teorías democráticas no debieran combinarse con las tradiciones intelectuales propiamente chinas. Para tomar una decisión adecuada habría que intercambiar reflexión y experimentación. Semejante planteamiento corre el riesgo de sufrir un considerable retraso debido a la situación en China. Si escapa a la posibilidad del Estado el poner en práctica de modo eficaz su propia política, el poder comunista, en efecto, sería capaz de mantener a su oposición bajo control. Puede lanzar a la policía contra ella y congelar los conservadurismos micro-celulares. En resumen, puede prohibir la expresión y experimentación de las ideas democráticas y mantenerlas en su estado de abstracción.

En consecuencia, la situación se ha agravado en el terreno ideológico: al conformismo le ha sucedido el vacío, al menos de momento. Los acontecimientos políticos que se acercan a pasos agigantados no han sido programados a través de ninguna reflexión bien trabada. A la muerte de Deng Xiaoping, China corre el riesgo de verse envuelta en una situación peligrosa, caracterizada por la lucha entre facciones, tanto en el interior del poder como en la oposición, planteada no sobre un programa, sino en función de abstracciones desprovistas de sentido concreto. La falta de cohesión social y el desarrollo nacional corren el riesgo de traducirse en la disgregación del sentido político.

La estabilización del escenario político chino sería, así, una mera apariencia asentada sobre un fondo muy débil. Los dirigentes chinos alardean; su propaganda da la impresión del sonido del clarín. Pero China prosigue como «trabajada» por la historia: la crisis continúa y se degrada. El movimiento de la Primavera de 1989 fue revolucionario, en el auténtico sentido del término, porque oponía a un conservadurismo superado los excesos y la confusión de esperanzas futuras. Al liquidarla, los dirigentes de Pekín han acelerado la descomposición de la solidaridad cívica, la humillación nacional y el empobrecimiento de la reflexión política. Lo que estaba en juego en la Primavera de 1989 sería el saber si el comunismo no arrastrará en su marcha algo más que a sí mismo: algunos de los fundamentos esenciales de un Estado moderno.

NOTAS

  1. Región autónoma de la China occidental, fronteriza con la URSS, poblada por minorias musulmanas.
  2. Impulsada principalmente por la Federación para la Democracia en China, fundada en París el año 1989.
  3. Estas cuatro personas están a la cabeza de cada una de las principales facciones. El mariscal Yang Shangkung, gran veterano del comunismo chino, representa a la parte del Ejército que ejecutó el golpe del 4 de junio. Li Peng, que lo avaló, es el representante de los antiguos colaboradores civiles de su padre adoptivo, Chu En Lai. Jiang Zeming, que ha reemplazado a Zhao Ziyan en la cumbre del partido, representa la parte de los cuadros provinciales que eran favorables a reformas moderadas. Quiao Shi aguarda su hora; ha logrado hasta el momento elegir una posición clara.
  4. Pese a la agobiante propaganda y a las medidas rígidas de las autoridades, el Gobierno chino se ha visto incapaz de frenar las tasas de crecimiento demográfico por debajo del 1% anual.
  5. Por el restablecimiento de las disciplinas políticas y las disposiciones reglamentarias que subordinaban al individuo a sus responsables locales.
  6. Manifestaciones antijaponesas estallaron en los medios universitarios desde 1985. A lo largo del invierno de 1988 tuvieron lugar graves incidentes, provocados por manifestaciones racistas contra estudiantes africanos.
  7. Abandonando a los Khmers Rojos para negociar con Hanoi y llegar a un acuerdo con Phnom Penh.
  8. La represión del movimiento de «Las cien flores», impulsado en sus comienzos por Mao Tse Tung en persona, golpeó con particular fuerza a la burguesia nacionalista y liberal china, que había apoyado al PCC en los primeros tiempos de la «liberación», después de 1949.
  9. Los Guardias Rojos, movilizados por Mao en 1966, fueron reprimidos sangrientamente a partir del verano de 1967, cuando éste decidió encargar la pacificación del país al ejército de Lin Biao.
  10. El primer movimiento democrático, desde octubre de 1978 a marzo de 1979, aprovechó la llegada al poder de Deng Xiaoping para denunciar los fallos de la desmaoización y exigir la «quinta modernización»: la democracia.
  11. Éstas son las tres personalidades más importantes del movimiento democrático (incluyendo Wann Runnan, antiguo dirigente del grupo «Stone», experto en electrónica). El astrofísico Fang Lizhi es una autoridad moral reconocida, el «Shajarov chino». El politólogo Yan Yiaqi llegó a presidente de la Federación para la Democracia. Chen Yizi fue uno de los cerebros que programaron las Reformas de Zhao Ziyang.
  12. Chen Lichuan y Christian Thimonnier, L’imposible printemps. Une anthologie.

La coleccion Cambó al completo

Hasta el último día del año pueden contemplarse en las salas del Museo del Prado — inauguradas en e( verano, tras su acondicionamiento, con la expo- sición de Alonso Sánchez Coello—, y luego en Barcelona, sesenta pinturas que coleccionó el político catalán Francesc Cambó. Las obras pertenecen al Museu d’Art de Catalunya (49), Museo del Prado (7), Museo cantonal de Lausana (1), Capuchinos de Sarria ( I ) , colección Bertrán (1) y colección Guardans-Cambó (1) . Por escuelas, como suele decirse, están repre- sentadas la italiana (35), española {9), holandesa (5), francesa (5), flamenca (4), alemana (1) e inglesa (1).

Más meritorio que el logro de reunir las obras, que ni Cambó llegó a ver nunca juntas, nos parece el esfuerzo que se ha hecho para procurar una clasificación técnica de la colección, el intento de identificación precisa de los autores de cada pieza y los estudios que sobre ellas y sobre la colección se presentan en el voluminosísimo catálogo (más de 500 páginas) editado en esta ocasión. En este libro, además de una elemental y breve cronología de Cambó, figura un comentario a su personalidad política que firma Javier Tusell, unas notas sobre el coleccionismo español de la época por ei director Pérez Sánchez, un documentado trabajo lleno de novedades sobre el origen y vicisitudes de la colección por Ramón Guardans, yerno de Cambó, y un amplísimo y detallado estudio valoran- do la colección escrito por Joan Sureda, director del Museu d’Art de Catalunya.

Clasificación

Hace aproximadamente un par de años se solicitó de determinados profesores italianos de notable prestigio, a los que se unen un británico y algunos especialistas españoles, el estudio y rigurosa clasificación de las pinturas de Cambó. Sus conclusiones y comentarios más amplios de lo que suele ser normal en estas ocasiones- se incluyen tras la ficha técnica, historia, bibliografía y reproducción en color de cada obra; además se adjuntan muchas fotografías de detalles y de otras pinturas que convienen al comentario. Una breve biografía del pintor autor de cada pieza precede a su estudio.

El trabajo de los especialistas ha dado abundante fruto. Muchas obras permanecían bajo las atribuciones con que Cambó las adquirió, hacia 1928 y en adelante. Y, desde luego, en estos sesenta años ha avanzado extraordinariamente el conocimiento de los pintores y su obra y se han desarrollado medios técnicos auxiliares antes impensables.

Han sido separadas de la colección tan sólo tres piezas: la tabla atribuida a Filippo Lippi, el fragmento mural tenido oficialmente por obra de Melozzo y la Santa Agueda creída de Luini. Las dos primeras son falsificaciones del siglo XIX y la tercera también, aunque sobre una tabla antigua con algún irrecuperable resto de pintura. El Monje, considerado a veces de Antonello, tampoco es obra antigua excepto en la iglesia que porta, que se ha atribuido al círculo de los modeneses Erri y se ha expuesto.

Algunas de las nuevas atribuciones ya circulaban entre especialistas o habían sido insinuadas de antiguo, pero otras se deben sólo al moderno estudio realizado. Quizá algunos juzguen que han caído grandes nombres, sustituidos por otros menos conocidos lo que era inevitable-, pero a cambio se ha confirmado la autoría de importantes maestros. No es caso indicar aquí todas las novedades que el Catálogo introduce al respecto, pero sí algunas muy uy importantes. Las tablas de S. Eloy platero del Prado pasan de Tadeo Gaddi (en quien nadie creía hace tiempo) al todavía anónimo Maestro de la Madonna de la Misericordia.

Es interesante la propuesta de adjudicar Las siete artes liberales y Las siete virtudes compradas como de Piero de Pollaioulo a Giovanni de San Giovanni, hermano de Masaccio, y a su hijo Anton respectivamente. Se confirman los Neri di Bicci y la autoría indudable de Botticelli sobre el magnífico retrato de Michele Marullo mientras se estudia el papel de la extensa colaboración de obrador en las Historias de Nastagio degli Onesti; el San Juan Bautista se reafirma como obra del conservador Raffaellino del Garbo. El importante retablo de la Virgen con el Niño, San Pedro y San Pablo, adquirido como Ghirlandaio, puede ser el realizado por Vincenzo Frediani en 1490 para la iglesia de Fiano. Éste es un pintor activo en Lucca, cuya personalidad se está perfilando actualmente a la sombra del aludido florentino y de Filippino.

Dentro del siglo XVI y continuando con obras italianas, el rafaelesco retrato femenino se atribuye con seguridad a Vicenzo Tamagni, colaborador del maestro de Urbino. No cabe duda de que el grandioso retrato de dama es obra de Sebastiano del Piombo, pero muy maltratado, de antiguo y en la guerra civil, lo que lo hace algo menos atractivo. Se acepta el retrato de Alessandro Gritti como de Tintoretto, pero, convincentemente, se piensa en al colaboración de obrador para la Muchacha del espejo, de Tiziano, y en algún seguidor del Veronés para Santa Catalina. Curiosa es la atribución a Cecco Bravo, pintor florentino del siglo XVII, de la Eva dada a conocer como de Correggio. Ya en el siglo XVIII, nada se objeta a los magníficos Charlatán y Minué de Giandomenico Tiepolo, quien colaboraría con su padre en la preciosa Santa Cecilia.

Entre las obras españolas es evidente la escasa calidad de los Santos grequianos. Se abrirá de nuevo la polémica acerca de la pareja de bodegones semejantes de Zurbarán, que ya pudimos ver juntos en 1988 en el Prado; de paso diremos que nos sigue convenciendo más el madrileño que el barcelonés. Se mantiene la adjudicación a su hijo Juan del bodegón del molinillo de chocolate. Es novedad, en cambio, la atribución a Claudio Coello del retrato definitivamente identificado como del VIII Duque de

Medinaceli. Buendía hace una compleja y nueva interpretación del Cupido y Psique de Goya, que prefiere titular Alegoría del amor. Frente a sus elementos perturbadores, conmueve la veraz y amistosa efigie de Manuel Quijano, firmado por el aragonés en 1815.

De lo flamenco destaca el retrato de la Condesa de Arundel de 1620, en que se sugiere la colaboración del joven Van Dyck con el maestro Rubens. A la vez, el retrato vandyckiano de caballero se coloca con interrogante a nombre de Hanneman. A pesar de la torpe calidad de El portador de malas noticias se da por auténtica la firma de Pieter de Hooch, lo que no convence por completo, aunque se trate de obra temprana. El buen retrato rembrandtiano de joven se atribuye a Willem Drost. Las clasificaciones de las pinturas francesas no aportan cambios significativos. Lucen con gran calidad los retratos tan opuestos de Laideguive de Maurice Quentin de la Tour y del abate de Saint-Non de Fragonard. Se documenta la Pareja desigual de Cranach, firmada y datada, pero queda abierta la duda de la Condesa Spencer en su atribución a Gainsborough.

Altruismo

Este largo repaso quizá haya permitido al lector llegar a la conclusión de que en la colección Cambó hay obras excelentes, otras interesantes y algunas no de gran valor. No estamos, por tanto, de acuerdo con quienes tratan de presentar ahora la colección como un conjunto de maravillas y con publicidad excesiva. Pero tampoco con quienes opinan que Cambó no consiguió reunir sino medianías y que no fue un buen coleccionista. Conviene hacer sobre esta segunda tendencia algunas observaciones.

Es muy probable que Cambó no fuera, en efecto, un buen coleccionista, pero es que quizá no fue un coleccionista al uso. Porque, sin pretender hacer un panegírico que no nos corresponde y que quizá se ha hecho sobradamente, pensamos que su interés por el patrimonio artístico no fue tan egoísta como el de ciertos aficionados, sino consecuencia de su vocación política. Y si empleó gran parte de su fortuna en comprar pintura lo hizo preocupado por las colecciones públicas de España (Museo del Prado) y Cataluña (Museo de Barcelona). Desde un principio parece que su intención fue la de donar y legar sus obras como efectivamente hizo a tales museos para goce y disfrute de la comunidad (tan sólo una pintura ha quedado en la familia). Además, si adquirió piezas de categoría secundaria, hay que considerar las famosas atribuciones con que le fueron vendidas (mantenidas también por otros expertos y coleccionistas) el prestigio de la pintura italiana antigua en aquella época sin distinciones rigurosas, que casi nadie sabía entonces hacer, y las intenciones, a veces, de adquirir obras provisionalmente. Nos referimos con esto a una cualidad de Cambó propia también de muchos coleccionistas individuales e incluso de ciertas instituciones, esto es, su tendencia a adquirir piezas de relativo interés y calidad con ánimo de utilizarlas después en trueques e intercambios. Lamentablemente, la guerra civil interrumpió la actividad coleccionista de Cambó, y estas obras, de las que quizá se hubiera desprendido, quedaron definitivamente en su poder.

En cualquier caso, por encima de la calidad grande o pequeña de las pinturas que reunió, queda su lección de generosidad y de preocupación por la cultura artística de la sociedad.

Oceanografía española

Mucho se habla de contaminación, polución, deterioro del medio ambiente y graves desequilibrios ecológicos que pueden afectar en breve los niveles de calidad de vida deseados por las nuevas sociedades desarrolladas. Llegado el momento de la acción, cualquier intento de proteger, potenciar e incrementar los recursos naturales en nuestro país tropieza con una carencia de datos básicos que dificulta cualquier labor positiva en tal sentido. Dispuesto a acabar con esta situación, el Consejo Superior de Investigaciones Científicas, a través de un equipo de investigadores encuadrados en las actividades del Museo Nacional de Ciencias Naturales, está desarrollando un programa de largo alcance cuyas primeras etapas han sido coronadas con excelentes resultados. «Campaña Oceanográfica Fauna I», como parte del proyecto Fauna Ibérica, efectuó una serie de trabajos destinados al estudio de la fauna bentónica y planctónica instalada en la plataforma continental de las aguas marítimas del sur de la Península Ibérica, desde las costas de Huelva, Almería, Estrecho de Gibraltar, a la isla de Alborán y Banco de Motril. Se trata de un área extensa, en la que confluyen tres regiones biogeográficas distintas: Lusitánica, Mauritana y Mediterránea.

Nueva Revista. 1ª serie. Núm. 10

Cualquier intento de proteger, potenciar e in- crementar los recursos naturales en nuestro país tropieza con una caren- cia de datos básicos que dificulta cualquier labor positiva.

La expedición, integrada por un grupo de científicos pertenecientes al CSIC y a la Universidad española, realizó el trayecto anunciado en el buque oceanográfico «García del Cid», perteneciente al CSIC, nave de 37,2 m. de eslora, 8,40 de manga y 4,60 de calado, equipada con motores Deutz de 1.160 cv.

Los muestreos para la obtención de ejemplares de las especies buscadas se llevaron a cabo en profundidades de 15 a 550 metros en arrastres bentónicos y de 300 a 1.250 metros en muestreos pelágicos. Gracias a los equipos especiales de arrastre y a los aparejos utilizados -arte de vara, rastro pequeño (tipo italiano y red Isaacs-Kidd)- se recogieron más de 25.000 ejemplares de más de 1.000 especies que fueron debidamente preparadas para su posterior estudio y envío al Museo Nacional de Ciencias Naturales (Madrid), donde, una vez diferenciados y etiquetados, se remitirán a especialistas y estudiosos de la Fauna Ibérica en otras regiones españolas.

También en los mismos laboratorios instalados en el buque oceanográfico, los científicos pudieron realizar las primeras clasificaciones y análisis provisionales, que transmitieron datos de gran interés.

Los informes obtenidos permitirán decisivos avances en el conocimiento de la bionomía de la zona estudiada y de la estructura de las diferentes comunidades marítimas que tienen su hábitat en aquellas aguas.

Nuevas especies descubiertas

Los primeros resultados de la expedición oceanográfica española al Sur de la Península permiten disponer de algunos datos significativos, que posteriormente se verán ampliados, una vez que los expertos concluyan las diversas investigaciones en marcha. Por el momento, de entre el más del millar de especies reunidas, se han estudiado especies nuevas de gran interés para la ciencia, particularmente esponjas y moluscos opistobranquios.

Las investigaciones que se están llevando a cabo ofrecen algunos datos dignos de reflexión, surgidos en torno a la vitalidad de ciertas especies, el número y estado de los ejemplares y posibilidades de supervivencia dentro del medio que les acoge.

La contaminación de las aguas marinas y la sobreexplotación pesquera con artes que arrasan las poblaciones son dos de los más graves aspectos a considerar en cuanto se relaciona con las especies marinas de nuestras zonas costeras, y su conservación futura.

Por lo que se refiere a la calidad y limpieza de los fondos marinos, los investigadores de la Campaña Oceanográfica han podido determinar, sobre todo en amplias zonas del Golfo de Cádiz, un alarmante empobrecimiento de los fondos, debido a los sedimentos de «crudo», depositados, no ya en puntos del litoral o a escasa profundidad, sino incluso en muestreos tomados a 60 y 100 metros bajo la superficie del agua.

Estos factores suponen un evidente peligro para la fauna marítima ibérica, y será conveniente proseguir este tipo de campañas, a través de las cuales se trata de conocer las características de las especies, de cara a su adecuada protección frente al deterioro del medio, al mismo tiempo que se logra el repertorio completo de dicha fauna. El proyecto, ya iniciado con la aparición del primer volumen de la serie Fauna Ibérica, se encuentra muy avanzado y pronto los investigadores podrán disponer de elementos de trabajo con las necesarias garantías científicas.

En el buen camino

Los problemas ecológicos son graves y trascienden a su dimensión estrictamente científica, para adentrarse en la económica y política. Sin embargo, el modo de plantearlos y ofrecer soluciones que ya en otros países han producido efectos favorables, debe hacerse partiendo de bases reales, que son las proporcionadas por campañas de investigación como las efectuadas en el buque oceanográfico García del Cid en los últimos meses.

Los participantes en el proyecto Fauna Ibérica, coordinado por la investigadora del CSIC M. Ángeles Ramos, son conscientes de la importancia y el valor de su trabajo, realizado tanto en las aguas peninsulares como en el laboratorio, pero reclaman el tratamiento serio del tema, tantas veces desviado en función de intereses extracientíficos o propagandísticos. Tal vez en ningún momento como ahora las aportaciones de la ciencia conecten más directamente con las inquietudes y afanes del ciudadano, que, angustiado por el hacinamiento y la masificación, contempla el deterioro de la naturaleza, a la que acude en busca de refugio y distracción.

El conocimiento de cómo están las cosas es el primer paso de cara a una conciencia del verdadero estado de los seres que viven dentro de la naturaleza y que perecen por desidia, egoísmo o brutalidad. La presión social puede contribuir al éxito de futuras campañas oceanográficas semejantes a la descrita, llevando a todos el convencimiento de que no se trata de un capricho para entretener «sabios distraídos», sino de una actividad fundamental en la que España lleva un peligroso desfase respecto a otros países de su entorno. Todavía estamos a tiempo de conocer la situación de nuestra fauna y de aplicar el método racional para recuperar especies en peligro, aumentando las poblaciones de otras que gozan de mejores perspectivas. El modo como se desarrollen los programas y las repercusiones sociales, científicas y políticas de sus resultados serán decisivos de cara a una sustancial mejora de nuestra fauna en los próximos años.

Los datos científicos y técnicos han sido facilitados por el Museo Nacional de Ciencias Naturales (Proyecto Fauna Ibérica) CSIC. El trabajo ha sido elaborado en la redacción de NUEVA REVISTA. Las fotografías son de Diego Moreno, cedidas por el MNCN.

La política exterior del primer socialismo

Título: «España en su sitio».
Autor: Fernando Morán.
Editorial: Plaza y Janes / Cambio 16, 1990, 498 páginas.
Precio: 2.400 pesetas.


Se ha hablado hasta convertirse en lugar común de la desatención de los españoles por la política exterior de su país. Si en algún tiempo tal tópico encerró cierta exactitud, es claro que a finales del siglo XX se encuentra por completo apolillado. Una demostración ostensible se halla en el esprit de suite literario e historiográfico de una porción de los titulares de Asuntos Exteriores y del crecido número de electores estudiosos interesados por las obras de Castiella, López Rodó y Areilza concernientes a estos aspectos de la vida nacional.

Un profesional de la diplomacia ni el ingeniero-abogado conde de Motrico ni los catedráticos de Derecho Castiella y López Rodó lo eran pero también un hombre de partido se enfrenta ahora con la reconstrucción de los jalones básicos de la actividad desplegada en la esfera internacional por el primer Gobierno socialista. Su panoplia analítica es, pues, consistente y abastada, aunque su capacidad descriptiva resulte inferior a la de los autores antecitados, fenómeno extraño en un novelista furtivo y en un asiduo ensayista (el libro provoca la sensación de haber sido dictado ante una cinta averiada, transcrita por una secretaria bisoña y compuesto en una imprenta escolar, dicho sea todo ello en descargo de su torturante y sincopada reacción).

Dietariamente expuesta en muchas ocasiones y temas, la política internacional de la que fuera ejecutor principal Fernando Morán cobra vuelo interpretativo en todo lo concerniente a Portugal y, de modo singular, al continente negro, así como también en la cuestión gibraltareña y, en menor medida, en la de la incorporación de nuestra patria a la Comunidad Europea. En toda esta extensa geografía, los planteamientos y juicios del autor hacen justicia al conocedor experto doblado no pocas veces en estudioso sagaz y acribioso. Herencia histórica, factores económicos, fuerzas en presencia y antagonismos estratégicos ideológicos son tenidos en cuenta para comprender la realidad presente y adoptar las actitudes favorables a los intereses españoles en el trienio durante el que el palacio de Santa Cruz fuera ocupado por uno de sus servidores más entusiastas y competentes.

En contraste, otros campos de la actividad internacional de dicho período son recorridos muy apresurada o distorsionadamente en la obra comentada. Las relaciones con Iberoamérica e incluso con Estados Unidos y Francia son fragmentariamente descritas, con muchos hiatos y desde perspectivas asaz generalizadas y, a las veces, algo unilaterales. Quizás, la principal causa de este defraudador tratamiento radique en el excesivo afán de justificación personal que se enseñorea de las páginas consagradas a dicha temática. Toda lectura de memorias o autobiografías da por descontada una sobretasa de apología o reivindicación, pero en el caso de los recuerdos que nos ocupan esta tendencia incoercible y natural llega a extremos deformadores cuando no un tantico grotescos.

Autor en 1980 de un libro programa, Una política exterior para España, con el que Morán presentaba sus sobresalientes credenciales para la titularidad de Exteriores en el ya previsible Gobierno socialista, sus líneas medulares se plasmarían en su gestión ministerial, una vez recibida la sanción de Felipe González. Cuando el programa quedó agotado tras el triunfo de la batalla por Europa y el viraje en la cuestión otanista, el líder socialista prescindiría de Morán para volver a colocar a «España en su sitio». La España europea necesitaba entrar en el fin de siglo desembarazada de ambigüedades e indefiniciones, que, a partir de 1985, podían convertirse en pesado lastre para la navegación a todo trapo por el escenario internacional, meta plausiblemente obsesiva para un presidente ganado por entero al mundo de las relaciones exteriores. Si, como a posteriori pretende el autor, no constituía un obstáculo para esta nueva etapa, sí se había convertido en el símbolo de los zigzagueos y cortocircuitos que, cara a un sector cualificado de la opinión pública, habían retardado y podía hacer peligrar que España estuviese realmente en su sitio en los años posteriores.

En no haberlo comprendido así radica el patético drama personal de Morán, bien visible a lo largo de todos los capítulos de un libro transido de nostalgia y sombreado de frustración.

La hacienda voraz

Título: «Mitos y leyendas de la política fiscal».
Autor: Juan Francisco Corona Ramón.
Editorial: Del Drac, Barcelona, 1990, 182 páginas.
Precio: 850 pesetas.


Los ciudadanos españoles empiezan a tomar seria conciencia de que la voracidad recaudadora del Estado aumenta de forma constante, en crecimiento que parece no tener fin. Es algo más que una sensación, puesto que se traduce en cifras concretas y afecta a un considerable porcentaje de sus ingresos.

Sin embargo, los mensajes emanados de los poderes públicos encargados de la recaudación de los impuestos son tranquilizadores: no hay que alarmarse, hombres y mujeres de buena fe, puesto que en nuestra España feliz la presión fiscal es paja en comparación con la mayor parte de los países de la OCDE. Ante semejante hecho, que se ilustra con ejemplos y estadísticas abstrusas e incomprensibles para el sufrido ciudadano a quien se destina, sólo resta aceptar las cosas y darle gracias al cielo por la bondad generosa que muestran nuestros gobernantes al aplicar tan exigua «presión fiscal».

También cabe otra postura, naturalmente, más arriesgada y crítica, consistente en el análisis de la realidad impositiva española, para ver si es tan halagüeña y suave como nos dicen los señores del Gobierno, y en particular los responsables de la Hacienda Pública. Esta segunda postura es la adoptada por el profesor Corona Ramón en su libro, cuyo significativo título adelanta su alcance y contenido: Mitos y leyendas de la política fiscal. Uno de esos primeros mitos se refiere al verdadero sentido del término «presión fiscal», tan aireado para calmar los ánimos de los impacientes.

Según parece, en España la «presión fiscal» es baja si la comparamos con la de otros países de la Comunidad Europea. Cualquier ciudadano bienintencionado sacará en conclusión que en nuestro país se pagan menos impuestos que en la mayoría de la CE. Tal como lo demuestra el autor, tales afirmaciones no son exactas, lo cual es tanto como decir que son falsas. Porque determinar la presión fiscal exige tener en cuenta no sólo un momento dado o estático, sino el punto de que se parte y su evolución a través de los años.

Siguiendo tales precisiones, resultaría ser que si tomamos en España el período de tiempo que va desde 1979 a 1987, la presión fiscal se ha incrementado en 13,2 puntos, mientras que la media de la CE fue en este mismo período de 7,5 puntos. Ampliando estos datos, el autor considera que, en términos porcentuales, el incremento desde 1976 a 1982 ha sido de un 31,6%, y de un 27,1% de 1982 a 1987, mientras que las medias comunitarias señalan respectivamente el 10,6% y el 6,8%.

Si a estas cifras se les añaden las circunstancias de recesión económica de los años pasados, habríamos de concluir que los contribuyentes españoles hemos sufrido unas cargas impositivas superiores proporcionalmente a los aumentos que se producen durante épocas de expansión económica.

Burocracia ineficaz

Otro factor a considerar a la hora de referirnos a la presión fiscal sería la renta per cápita, por lo que resulta necesario precisar el índice de esfuerzo fiscal. El profesor Corona Ramón procede a obtener este índice y concluye que en España el esfuerzo es un 39,8% superior al comunitario.

Una vez aclarado el mito de la «baja presión fiscal española», que no es tal, se trataría de analizar la índole de la gestión financiera que el Gobierno lleva a cabo con los fondos públicos logrados a través de los impuestos. En tal sentido, las páginas de esta obra son reveladoras. El modo de enjugar -o de ocultar- la verdadera naturaleza del déficit público a través de la Deuda pública supone una forma eficaz de confundir al contribuyente y trasladar hacia el futuro el problema de la financiación de este déficit. Así, las cuentas continúan sin estar claras y los resultados de la defectuosa gestión se disfrazan de mil ingeniosas formas.

Por otra parte, como señala el autor, la Administración genera una burocracia que, a más de costosa e ineficaz, tiende a aumentar su tamaño de modo imparable. Los principios y objetivos que guían la acción burocrática no son, como sería lógico, lograr la máxima eficiencia -productividad- en el desempeño de sus funciones. Por el contrario, el ideal del burócrata es el aumento de los créditos destinados anualmente a su departamento. Se produce de este modo una progresiva diferenciación entre los auténticos fines de la Administración, es decir, que preste servicios cada vez más eficaces con menor coste, y los mecanismos humano-profesionales de los burócratas, que identifican la idea del tamaño de sus departamentos y la cuantía de sus créditos con el índice del valor de esos servicios prestados.

Por otra parte, esta idea se refuerza desde el momento que el público percibe cómo la calidad de los servicios desciende, a pesar de que los impuestos se incrementan y la administración crece. Naturalmente, no trata el profesor Corona Ramón de incitar a nadie a la rebeldía fiscal ni anima a defraudar a la Hacienda, a pesar de las críticas respecto al modo como se efectúa el sistema impositivo en la realidad. Pero sí trata de llamar la atención, tanto de los políticos como de los votantes, de la importancia de un tema como el régimen fiscal, que incide tan decisivamente en la economía del país -activa y negativamente- y de cuya gestión, acertada o errónea, tantas consecuencias se derivan para todos los ciudadanos.

Arte poética

Poco sé de mi poesía, poco puedo aclarar sobre ese ser que nace casí siempre (solitario y rebelde hasta con su propio creador, de tal forma es humano) bajo la cruda lámpara en altas madrugadas, como en la noche oscura de los místicos o las lúgubres de los románticos. En mi largo aprendizaje, que continúa, no tengo ni creo en artes poéticas, esas reglas áureas que infaliblemente atraerían el don inspirador como el velador espiritista a las invocadas sombras. Hace tiempo dije que escribir es sufrir. A ciegas, a veces, percibimos una radiación, otras veces nada, y hay que apoyarse en esa sequedad, en esas «nadas», como decía el fraile carmelita. Experiencia, palabra, realidad, serán los báculos, y también con ellos erramos el camino cuando falta vida. Todo bastante complicado y ritual como para preferir el paseo junto al mar en una tarde, el callejeo de una ciudad amada, la charla intrascendente. Por eso escribo sólo cuando ya no tengo otra salida y sigo el consejo general de Vicente Aleixandre: «Vive y escribe tu poesía cuando te nazca». Aun así me avergüenzo de lo que me parece insuflada y cómica vanidad.

MOLINO DE LOS CIEGOS

A Rafael León

Vivaldi vuela como un pájaro brillante sobre alamedas cortesanas
y sin embargo los violines suenan
con el recuerdo del humilde caserío abandonado
junto al arroyón crecido por el invierno,
Molino de los Ciegos
hundido en la estrecha garganta que lleva al Majano,
no lejos del profanado cementerio protestante.
Desde sus laudas rotas te llega un halo verdoso de ruina
y tu país es el de un grabado de novela victoriana
con el autillo siseante en la noche,
el coche iluminado por el camino,
los ocelos del pavón vigilando desde los olmos
y el ruido del agua,
las tendidas ramas flotando como flecos de una fúnebre colgadura.
Por aquí pasó el caballero de la muerte
llevando en sus manos el vítreo reloj de arena goteante
y te quedaste solo, embalsamado por las yedras,
con la doncella viendo alejarse entre los cadejos del agua
la carta sin respuesta,
el agua mitigante y compasiva del tiempo.

Molino de los Ciegos
vivo aún en las láminas de veteados mapas húmedos,
con el laurente en el trajín de tinas y de resmas,
el canalillo y su red sobre la losa,
las manos de papel perchadas como aves aireándose en las ramas,
y el acre olor de los lenzuelos triturados.

Como el ciego que guía a otros ciegos
te hundiste en la sima de donde no se vuelve.
Y barrió el viento épocas y culpas;
apagado el fogón, por las puertas crujientes creció en unas la zarza,
te cubrió como duna movediza el cobre de los bosques
y los mendigos heredaron tu reino.

Junto a la empalizada
alza el lobo su largo aullido lancinante.

Termina «La Notte», de Vivaldi.