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Ver productos1 Dic 1990 - 4min.
Título: «España en su sitio».
Autor: Fernando Morán.
Editorial: Plaza y Janes / Cambio 16, 1990, 498 páginas.
Precio: 2.400 pesetas.
Se ha hablado hasta convertirse en lugar común de la desatención de los españoles por la política exterior de su país. Si en algún tiempo tal tópico encerró cierta exactitud, es claro que a finales del siglo XX se encuentra por completo apolillado. Una demostración ostensible se halla en el esprit de suite literario e historiográfico de una porción de los titulares de Asuntos Exteriores y del crecido número de electores estudiosos interesados por las obras de Castiella, López Rodó y Areilza concernientes a estos aspectos de la vida nacional.
Un profesional de la diplomacia ni el ingeniero-abogado conde de Motrico ni los catedráticos de Derecho Castiella y López Rodó lo eran pero también un hombre de partido se enfrenta ahora con la reconstrucción de los jalones básicos de la actividad desplegada en la esfera internacional por el primer Gobierno socialista. Su panoplia analítica es, pues, consistente y abastada, aunque su capacidad descriptiva resulte inferior a la de los autores antecitados, fenómeno extraño en un novelista furtivo y en un asiduo ensayista (el libro provoca la sensación de haber sido dictado ante una cinta averiada, transcrita por una secretaria bisoña y compuesto en una imprenta escolar, dicho sea todo ello en descargo de su torturante y sincopada reacción).
Dietariamente expuesta en muchas ocasiones y temas, la política internacional de la que fuera ejecutor principal Fernando Morán cobra vuelo interpretativo en todo lo concerniente a Portugal y, de modo singular, al continente negro, así como también en la cuestión gibraltareña y, en menor medida, en la de la incorporación de nuestra patria a la Comunidad Europea. En toda esta extensa geografía, los planteamientos y juicios del autor hacen justicia al conocedor experto doblado no pocas veces en estudioso sagaz y acribioso. Herencia histórica, factores económicos, fuerzas en presencia y antagonismos estratégicos ideológicos son tenidos en cuenta para comprender la realidad presente y adoptar las actitudes favorables a los intereses españoles en el trienio durante el que el palacio de Santa Cruz fuera ocupado por uno de sus servidores más entusiastas y competentes.
En contraste, otros campos de la actividad internacional de dicho período son recorridos muy apresurada o distorsionadamente en la obra comentada. Las relaciones con Iberoamérica e incluso con Estados Unidos y Francia son fragmentariamente descritas, con muchos hiatos y desde perspectivas asaz generalizadas y, a las veces, algo unilaterales. Quizás, la principal causa de este defraudador tratamiento radique en el excesivo afán de justificación personal que se enseñorea de las páginas consagradas a dicha temática. Toda lectura de memorias o autobiografías da por descontada una sobretasa de apología o reivindicación, pero en el caso de los recuerdos que nos ocupan esta tendencia incoercible y natural llega a extremos deformadores cuando no un tantico grotescos.
Autor en 1980 de un libro programa, Una política exterior para España, con el que Morán presentaba sus sobresalientes credenciales para la titularidad de Exteriores en el ya previsible Gobierno socialista, sus líneas medulares se plasmarían en su gestión ministerial, una vez recibida la sanción de Felipe González. Cuando el programa quedó agotado tras el triunfo de la batalla por Europa y el viraje en la cuestión otanista, el líder socialista prescindiría de Morán para volver a colocar a «España en su sitio». La España europea necesitaba entrar en el fin de siglo desembarazada de ambigüedades e indefiniciones, que, a partir de 1985, podían convertirse en pesado lastre para la navegación a todo trapo por el escenario internacional, meta plausiblemente obsesiva para un presidente ganado por entero al mundo de las relaciones exteriores. Si, como a posteriori pretende el autor, no constituía un obstáculo para esta nueva etapa, sí se había convertido en el símbolo de los zigzagueos y cortocircuitos que, cara a un sector cualificado de la opinión pública, habían retardado y podía hacer peligrar que España estuviese realmente en su sitio en los años posteriores.
En no haberlo comprendido así radica el patético drama personal de Morán, bien visible a lo largo de todos los capítulos de un libro transido de nostalgia y sombreado de frustración.