Liberalismo y democracia según Ortega

En 1937 termina Ortega en París el «epílogo para ingleses» de «La rebelión de las masas», su más célebre libro. La circunstancia no favorece el optimismo. En España se libra la fratricida contienda. En Europa se atisba que sobre el terreno peninsular miden sus fuerzas contendientes dispuestos a un enfrentamiento más amplio y espectacular. En su libro, Ortega lo advierte. En un sentido principal, «La rebelión de las masas» es, además de un diagnóstico sobre la situación espiritual de la época, un pronóstico sobre el posible y trágico desenlace de la situación. Superficialmente interpretado el tema es simple. La emancipación de las masas lleva aparejada la difusión de lo vulgar. Pero el diagnóstico y el pronóstico del libro están muy lejos de referirse a una descripción de la cultura de masas emergente.

Luis Núñez Ladevéze

EI objeto de Ortega no se ciñe a fenómenos sociológicos de superficie, sino que se cifra sobre el sentido interno, es decir, lo históricamente significativo que alienta el impulso de las masas. Prescindamos de la diagnosis y detengámonos en la prognosis. Diagnósticos profundos pueden ser errados si los pronósticos que aventuran no son posteriormente confirmados por los hechos. Hay dos momentos en este libro, tan lleno de momentos fascinantes, donde se pone a prueba la capacidad de Ortega para el pronóstico.

La forma que en política ha representado la más alta voluntad de convivencia es la democracia liberal. Lleva al extremo la resolución de contar con el prójimo y es prototipo de la acción indirecta.

El primero se contiene en el siguiente texto: «Son bolchevismo y fascismo, los dos intentos «nuevos» de política que en Europa y sus aledaños se están haciendo, dos claros ejemplos de regresión sustancial… Uno y otro bolchevismo y fascismo- son dos seudoalboradas; no traen la mañana de mañana, sino la de un arcaico día, ya usado una y muchas veces; son primitivismo… No cabe duda de que es preciso superar el liberalismo del siglo XIX. Pero esto es justamente lo que no puede hacer quien, como el fascismo, se declara antiliberal. Y como ya una vez éste triunfó de aquél, repetirá su victoria innumerables veces Por Luis Núñez Ladevéze o se acabará todo -liberalismo y antiliberalismo- en una destrucción de Europa… El liberalismo tenía una razón, y ésa hay que dársela per saecula saeculorum. Pero no tenía toda la razón, y ésa que no tenía es la que hay que quitarle. Europa necesita conservar su esencial liberalismo. Ésta es la condición para superarlo». Leído más de medio siglo después, este párrafo puede parecer trivial, pero si se recapacita en que fue escrito antes del desenlace, es fácil advertir la perspicacia de Ortega: si el fascismo hubiera triunfado, Europa se habría destruido. Hay también un corolario implícito que durante cinco decenios resultó de más difícil aceptación pero que, al cabo, es también hoy plenamente confirmado: si el bolchevismo hubiera triunfado también Europa se habría destruido. Caído el muro de Berlín, el pronóstico de Ortega adquiere su máximo sentido.

La Europa liberal

Describe Ortega dos enemigos de ese liberalismo europeo que «Europa necesita conservar>> y frente a los que muy a punto estuvo de perder en sendas ocasiones. De perder ante el fascismo durante la guerra «caliente» que Ortega adivina, y de perder frente al bolchevismo en una larga «guerra fría» que Orteba conjetura. Derrotados ambos definitivamente, el pronóstico de Ortega se cumple: Europa conserva hoy su esencial liberalismo, condición necesaria para su superación.

El otro pretexto reproduce de forma distinta la misma idea y rezuma similar inquietud. Como el anterior, no obstante la dureza de la apuesta, expresa un pronóstico optimista. Son los párrafos finales del libro, el mensaje de despedida del escritor al lector: «Por lo tanto, vendrá una articulación de Europa en dos formas distintas de vida pública: la forma de un nuevo liberalismo y la forma que, con un nombre impropio, se suele llamar «totalitaria». Los pueblos menores adoptarán figuras de transición e intermediarias. Esto salvará a Europa. Una vez más resultará patente que toda forma de vida ha menester de su antagonista. El «totalitarismo» salvará al «liberalismo», destiñendo sobre él, depurándolo, y gracias a ello veremos pronto a un nuevo liberalismo templar los regímenes autoritarios».

Este «pronto» que se contiene en el anuncio de Ortega hay que interpretarlo en «tempo» de historia profunda, de historia de las ideas y no de los meros acontecimientos. Es el tiempo de una o dos generaciones, más o menos el tiempo de nuestro tiempo.

Ése es el pronóstico. A diferencia de tantos otros que han pronunciado los dialécticos de la historiografía profética, el de Ortega se distingue por resultar confirmado. De profundas profecías están llenos los libros de pensamiento. Las confirmadas son rara avis en el océano de las refutadas. Lo que ahora interesa, tras comprobar la solvencia de la conjetura orteguiana es qué y cuánto de «su esencial liberalismo necesita Europa conservar». Pero también sobre ese particular el filósofo es explícito:

«La forma que en política ha representado la más alta voluntad de convivencia es la democracia liberal. Ella lleva al extremo la resolución de contar con el prójimo y es prototipo de la «acción indirecta». El liberalismo es el principio de derecho político según el cual el Poder público, no obstante ser omnipotente, se limita a sí mismo y procura, aun a su costa, dejar hueco en el Estado que él impera para que puedan vivir los que ni piensan ni sienten como él, es decir, como los más fuertes, como la mayoría. El liberalismo -conviene hoy recordar esto es la suprema generosidad: es el derecho que la mayoría otorga a las minorías y es, por tanto, el más noble grito que ha sonado en el planeta. Proclama la decisión de convivir con el enemigo; más aún, con el enemigo débil. Era inverosímil que la especie humana hubiera llegado a una cosa tan bonita, tan paradójica, tan elegante, tan acrobática, tan antinatural.»

El peligro del Estado

Al cabo de medio siglo el diagnóstico de Ortega se confirma a pesar de que «gobernar con la oposición» sea un «ejercicio demasiado difícil y complicado para que se consolide en la tierra». El peligro que amenaza a la conservación de esa «cosa tan bonita» de «convivir con el enemigo>> consiste en que «una masa homogénea pesa sobre el Poder público y aplasta, aniquila todo grupo opositor». El modo como esa <<<masa» actúa sobre «el Poder público» queda descrito por el filósofo en el capítulo XIII, titulado «el mayor peligro, el Estado», de la siguiente manera: «Éste es el mayor peligro que hoy amenaza a la civilización: la estatificación de la vida, el intervencionismo del Estado, la absorción de toda la espontaneidad histórica que, en definitiva, sostiene, nutre y empuja los destinos humanos».

Nueva Revista. 1ª serie. Núm. 10

«Frente al autoritarismo de la tradición, opta por el liberalismo Ilustrado. Pero no se trata de una opción moral entre despotismo y libertad política, porque reconoce que hay formas paccionadas de la tradición menos absolutistas que las formas estatalistas de la democracia».

Mientras la posterior desenvoltura de los hechos históricos se ha encargado de desmentir el contenido de las diversas interpretaciones dialécticas, materialistas o nacionalistas, de la historia, el pronóstico orteguiano ha sido globalmente confirmado. Tras la derrota del marxismo y del fascismo, asistimos a una moderación del debate ideológico, que no tiene que ver ni con el eclecticismo del final de la ideología ni con el estatalismo del crepúsculo ideológico. Se libra el conflicto entre dos tendencias contrapuestas por el grado de intervencionismo o de limitación que cada una atribuye a un tipo de Estado «articulado» por la idea de democracia liberal. Lo esencial del liberalismo triunfa sobre sus oponentes, librándose más «elegantemente» en su interior y no fuera de ese espacio la pugna entre modos distintos y opuestos de entender la gestión política. Sistematicemos las actitudes que se cruzan en el campo de fuerzas que Ortega describe. Por un lado, propone una oposición entre Antiguo y Nuevo Régimen, entre la antigua y la nueva forma de «articulación de Europa». La nueva forma de institucionalización del poder político constituye una técnica «omnipotente» de administración de lo público separada de las pautas internas que nutren la convivencia social. La administración de lo público se realiza a costa de la socialización espontánea o al margen de o contra esos procesos de socialización, al contrario de lo que ocurría en las formas antiguas en que el «poder público» o emergía del propio tejido social o se nutría de sus usos, tradiciones y costumbres. Ortega no es un escritor que mira con nostalgia hacia atrás, sino un pensador que atisba con preocupación el futuro; no juzga el presente a través de la actitud idílica de quien para recuperar o conservar el pasado está dispuesto a sacrificar el proceso de racionalización ilustrado que permite a la persona distinguir su autonomía moral de la del grupo social al que pertenece. No es, pues, un tradicionalista. Nada más lejos de la actitud orteguiana que oponer a la «rebelión de las masas», la mansedumbre personal o la docilidad a la autoridad institucionalmente politizada a través de los cauces mediadores de los usos, tradiciones y costumbres sociales. Frente al autoritarismo de la tradición opta por el liberalismo ilustrado. Pero no se trata de una opción moral entre despotismo y libertad políticos, porque reconoce que hay formas paccionadas de la tradición que son menos absolutistas que las formas estatalistas de la democracia. Se trata de una opción realista que concibe el devenir como cambio irreversible, al menos en ese punto, convencido de que la pretensión de que el poder constituido emane de la espontaneidad social es incompatible con el proceso de tecnificación y de emancipación personal que impulsa al Estado moderno. El poder político se articula, guste o no, jurídicamente frente a la sociedad como una fuerza «omnipotente», manifestación de la voluntad de dominio de una «masa homogénea» que «aplasta, aniquila todo grupo opositor». Para prevenir esa amenaza no vale restituir a la espontaneidad social la organización del poder político porque tendría que ser el propio poder político (ya liberado de las constricciones sociales) el agente de esa inverosímil restitución. La opción moral sólo puede hacerse tras la previa aceptación realista de ese proceso irreversible de tecnificación o estatalización del poder, de emancipación de la voluntad personal mediante su transformación en voluntad general, democrática o estatal.

La perspicacia del análisis orteguiano procede de que además de contraponer Antiguo y Nuevo Régimen, fuerza a oponer tendencias divergentes que brotan de un mismo impulso genético en el interior del Nuevo Régimen. De hecho, la noción misma de «democracia liberal» es paradójica, un equilibrio delicado, «un ejercicio demasiado difícil y complicado para que se consolide en la tierra» de un «Poder público, (que) no obstante ser omnipotente, se limita a sí mismo». Un Poder que, por tener un origen democrático, está legitimado para ser «omnipotente», pero que por ser «omnipotente» es incompatible con la libertad. La democracia no puede serlo más que si expresa la voluntad libre de los ciudadanos para determinar la voluntad política o general o mayoritaria, pero la voluntad política no puede constituirse libremente más que si deja de intervenir o determinar la voluntad individual de los ciudadanos. Por democrática que sea la voluntad política, no puede constituirse libremente más que si las voluntades personales se determinan libremente; pero una vez que la voluntad política es constituida, la voluntad individual queda sometida a su imperio. En la moderna articulación de la política corresponde al Estado administrar el espacio sustraído a la libertad individual. Cuanto más Estado, menos libertad personal y menos espontaneidad social: «La expontaneidad social quedará violentada una y otra vez por la voluntad del Estado». Cuanto más libertad personal, menos espacio para la aplicación de la fuerza del Estado. Se comprende que la salvaguarda de las libertades personales se convierta en un problema para el constitucionalismo moderno. Se requieren garantías para asegurarse de que la «omnipotencia» estatal no acabe invadiendo los recintos acotados para la expansión de la libertad que deben ser inaccesibles al Estado. Pero ¿cuánto espacio y qué especie de garantías? Lo que queda claro es que la expresión «Estado libre» o «libertad democrática» es, en sí misma, contradictoria o paradójica. Tal es el implícito diagnóstico de Ortega.

Liberalismo y Democracia

En el esquema orteguiano se oponen, pues, dos tipos históricos de organización política: Antiguo y Nuevo Régimen. En el Antiguo Régimen la política no es una técnica separada de la sociedad, sino un momento de la autorregulación social. Estado y Sociedad se funden en el mismo tejido. Pero la nueva forma de poder político, el Leviatán, no emerge de la sociedad, sino contra ella. El Estado es una técnica de administración de la sociedad por la política y no un producto de la sociedad. Lo público es el espacio que corresponde administrar al Estado, y para ese espacio el Estado se convierte en una voluntad general o mayoritaria omnipotente de dominio sobre una sociedad constituida por voluntades individuales dominadas. Esa omnipotencia, sea o no democrática, sobresalta a Ortega, y a prevenirla se orienta su pronóstico: «Como todos los demás peligros que amenazan a esta civilización, también éste ha nacido de ella. Más aún: constituye una de sus glorias; es el Estado contemporáneo». Gloria porque es una voluntad de dominio democráticamente organizada; peligro porque es un amenaza para la libertad. De aquí que la oposición Antiguo y Nuevo Régimen no sea una opción suficiente. Es necesario oponer en el Nuevo Régimen entre Estado limitado en su omnipotencia y Estado de omnipotencia ilimitada. Entre ambos hay que optar.

Cuando escribe Ortega La rebelión de las masas tiene muy claro que no es posible identificar la libertad política con la voluntad democrática. Democracia y libertad son antitéticos y su fusión constituye una paradoja; pero como surgen de un mismo impulso, el impulso es también paradójico y sólo admite una solución paradójica o, como escribe Ortega, «antinatural». «Democracia» y «libertad>>> no pueden coincidir en el mismo espacio, sino que se distribuyen el espacio que ha de repartirse. Ser libre, en el sentido moderno, es poder quedar liberado de la voluntad política de dominio; se es libre en la medida en que la voluntad individual queda ajena a la regulación de la política. Como política y sociedad se limitan mutuamente, cuanto mayor expansión de la política, menos espontaneidad de la sociedad, y viceversa. El súbdito del Antiguo Régimen no se plantea el problema de la libertad en los mismos términos que el ciudadano del Nuevo, pues Estado y Sociedad no se excluyen, sino que se incluyen. Pero en la sociedad moderna si no se reparte el espacio «la sociedad tendrá que vivir para el Estado; el hombre para la máquina de Gobierno».

«El socialismo puede ser democrático, pero en cuanto socialismo no puede ser sinónimo de «libertad». Sólo lo es en cuanto permite garantías de libertad individual, pero no en cuanto impone su voluntad de dominio como socialismo democrático».

Es evidente que «democracia» y «liberalismo» no son una misma cosa, sino que proceden de un mismo impulso que ha de dividir el espacio entre ambos términos. Quienes imponen la democracia a la sociedad restringen el espacio de las libertades en que puede desenvolverse libremente el individuo en sociedad. Por eso Kelsen distingue una «democracia liberal» y una «democracia socialista». La diferencia entre una y otra corresponde a la mayor o menor amplitud del espacio destinado a la libertad de cada versión. El socialismo puede ser democrático, pero en cuanto socialismo no puede ser sinónimo de «libertad». Sólo lo es en cuanto permite garantías de libertad individual, pero no en cuanto impone su voluntad de dominio como socialismo democrático. En su Meditación de Europa, Ortega es explícito: «Es bien claro que la democracia por sí es enemiga de la libertad, y por su propio peso, si no es contenida por otras fuerzas ajenas a ella, lleva al absolutismo mayoritario» En rigor no existe una «democracia libre», sino que se puede ser más o menos libre de la voluntad democrática y coactiva del Estado.

La voluntad popular

Ortega describió con razón en El Espectador que una cosa es el principio «liberal» y otra el «democrático». Es evidente que la democracia exige el liberalismo como contrapunto de la voluntad de poder y como garantía de que esa voluntad de poder procede del pueblo y no de sí misma. Según Ortega, la democracia es una respuesta a la pregunta sobre a quién corresponde gobernar legítimamente. La respuesta, dice, a la voluntad popular libremente manifestada mediante la elección de representantes. El liberalismo es una respuesta a la pregunta de hasta dónde puede llegar la voluntad democrática del Estado, cuál es la extensión de sus competencias. Y la respuesta dice: cuanto más limitado sea el Estado, mayor será el ámbito de la libertad. Por su forma, la organización política puede o no ser democrática. Tras la derrota del fascismo y del comunismo ya no cabe al Estado moderno más forma que la democrática. Por su materia o contenido, el espacio para la dominación democrática del Estado puede ser más o menos limitado. Y ése es el debate que queda pendiente de librar una vez que la democracia ha vencido históricamente a las modernas formas totalitarias de dominación política. Se trata de una democracia que no puede dejar de ser liberal puesto que debe dejar un espacio para que la voluntad personal se manifieste libremente. Pero que puede ser más o menos liberal, porque puede ser también más o menos socialista.

Bolchevismo y fascismo son dos seudoalboradas, no traen la mañana de mañana, sino la de un arcaico día, ya usado una y muchas veces; son primitivismo libre», sino que se puede ser más o menos libre de la voluntad democrática y coactiva del Estado.

El asunto queda así. Ser «libre» no es lo mismo que ser «demócrata», pero ser «demócrata» exige ser «libre» en algún espacio, porque se presume que la voluntad política para que sea democrática ha de expresar la libre voluntad de quienes la constituyen. La opinión no podría formarse «libremente» si la voluntad política que brotara de ella condicionara a la sociedad de tal modo que, al final, la organización social fuera la expresión de la de la voluntad social. La identificación de «democracia» y «libertad» encierra un círculo vicioso que sólo puede resolverse dividiendo el círculo: «libertad» y «democracia» son espacios separados porque son supuestos antitéticos. No se puede ser individualmente, personal o socialmente libre, más que cuando se aceptan voluntariamente las reglas de vida en común, pero las reglas políticas procedentes de la voluntad democrática son obligatorias, coactivas e impuestas: erxpresan la voluntad de unos sobre la de otros. Por tanto, no hay más modo moderno de ser libre que ser libre del Estado, incluido el Estado democrático; es decir, que estando fuera del espacio reservado a la regulación política. Mas como democracia y libertad proceden de un mismo impulso por el cual la democracia se constituye mediante la libre formulación de las voluntades individuales con objeto de imponer a esas voluntades reglas obligatorias, se encuentran en el seno del Estado democrático en mutua oposición, en conflicto permanente, generando dos tendencias opuestas. Una tendencia socialdemócrata, caracterizada por el afán político de regular y condicionar la sociedad, y una tendencia liberal caracterizada por la resistencia de la sociedad a ser invadida o dominada por la voluntad política. Tal tendencia liberal es, además, conservadora cuando se nutre del respeto a las tradiciones y costumbres sociales y sostiene que el origen de las convicciones morales está fuera del Estado. Esa tendencia conservadora deja de ser liberal cuando trata de imponer al Estado sus convicciones morales de que se nutre porque entonces alimenta el autoritarismo moral de la voluntad democrática.

Hacer compatible democracia política y espontaneidad social es exactamente la condición para «superar el liberalismo» que requería Ortega. Pero el liberalismo «no tenía toda la razón, y ésa que no tenía es la que hay que quitarle». Impedir que el estatismo invada la sociedad, o sea, limitar o delimitar la democracia es lo que hay que quitar al liberalismo para que sólo permanezca su razón.