China, la crisis más larga

Jean Luc Domenach

Después de las voces jubilosas y y los gritos de horror de la primavera de 1989, un pesado silencio ha caído sobre China. Los medios internacionales de comunicación se han llevado sus cámaras y micrófonos. En la misma China, las noticias han cambiado de terreno. En la primavera de 1989, la actualidad había escapado de las manos de las autoridades. Hoy se anuncia otra vez en las columnas del Diario del Pueblo, el diario oficial del partido. Las revueltas han disminuido, desplazadas hacia el exterior del sistema. Exterior nacional (revuelta íslámíca en Xinjiang)¹, social (protestas campesinas numerosas, pero de proporciones limitadas), política (esporádicas manifestaciones estudiantiles en el aniversario del 4 de junio) e internacional (creación de una oposición en el exilio)2. Las autoridades parecen retener de nuevo con fuerza todo el poder en sus manos. Los ritos oficiales han sido restablecidos en todo su esplendor. Los representantes extranjeros han tomado otra vez el camino que conduce a Pekín. Regresan admirados, tanto por la «alta visión» de los dirigenes chinos como por su realismo.

Después de las voces jubilosas y los gritos de horror de la primavera de 1989, un pesado silencio ha caído sobre China.

Estas impresiones dejan traslucir un hecho incontestable: nada ha ocurrido en el panorama interno de China al cabo de un año. La situación de las fuerzas políticas creada por la crisis de mayo-junio de 1989 no ha sufrido ninguna modificación perceptible. Es cierto que se ha observado el avance del clan militar de Yang Shangkun y la omnipresencia del primer ministro, Li Peng. No obstante, estos aspectos han venido compensados en parte gracias a la concesión de la Presidencia de la Comisión de Asuntos Militares al secretario general, Jiang Zemin -más moderado, pero menos influyente-, así como por la confirmación de las posiciones conquistadas por Qiao Shi, como jefe de los Servicios Especiales3.

En conjunto, no se ha roto el equilibrio entre las distintas fuerzas. El peso relativo de unos y otros varía de modo constante, pero, hasta el momento, dentro de una estrecha banda, de acuerdo con la voluntad del «Pequeño Timonel», Deng Xiaoping. Porque éste no ha emprendido la retirada: continúa como el verdadero patrón del régimen. Como en los últimos tiempos de Mao Tse Tung, los equilibrios de fuerzas políticas sólo podrán variar cuando su estado de salud se deteriore de forma irreversible. Todo el mundo lo sabe y se prepara en silencio para el momento.

La trayectoria política no ha variado. El endurecimiento ideológico sólo ha ejercido efectos de escasa importancia de cara a una población que ha vuelto a sus viejos hábitos de prudencia. El único efecto concreto ha sido el refuerzo de la disciplina en todos los órdenes de la vida. La lucha contra la inflación ha proporcionado algunos éxitos, compensados bien es verdad por la baja tasa de crecimiento. Aunque los más importantes socios exteriores de China han restablecido sus líneas de crédito, la confianza internacional permanece alerta.

De hecho, el equipo en el poder desarrolla una política a corto plazo. Su objetivo sigue siendo, teóricamente, continuar el proceso de modernización sin excesos «de derechas». En la realidad, su principal preocupación se limita a congelar la crisis para salvar el comunismo, a la espera, evidentemente, de que la debilidad de los enemigos y la pasividad del cuerpo social permitan reemprender más tarde la marcha hacia adelante. Porque la crisis china es mucho más profunda y antigua que la explosión registrada en la primavera de 1989. Aunque ahora contenido y menos visible, el problema no ofrece el menor atisbo de solución y continúa devorando el país como un cáncer.

¿Cuál es la índole de esta crisis? Se conocen pocas en la historia que hayan durado tanto tiempo. Aparece como la antítesis exacta del éxito logrado por el Japón. China continúa proponiéndose el dilema que el Japón resolviera el siglo último: ¿Cómo responder al desafío nacional planteado por la prepotencia de Occidente? La respuesta japonesa quedó articulada sobre dos elecciones básicas que China fue en distintas épocas- incapaz de adoptar o de aplicar: en primer término, conceder prioridad absoluta a la modernización económica sin modificar el sustrato cultural; en segundo lugar, abrir el país al extranjero, tamizando sus influencias. Si el comunismo accedió al poder fue porque ofreció una solución creíble al problema de la modernización y de la occidentalización: recurrir a movilizar las fuerzas endógenas, y, por tanto, cerrarse al exterior. Pero, en la práctica, el totalitarismo maoísta aprisionó el cuerpo social, mientras que la cerrazón nacional mantenía a China al margen de las grandes corrientes innovadoras. El mérito de Deng Xiaoping es el haber comprendido el dilema y adoptado medidas fundamentales que aproximan la elección china a su precedente japonés: impulsar la producción, sustituir la coacción por el estímulo y una mayor autonomía, sin necesidad de alterar el sustrato político-cultural, abrir el país al extranjero aunque de modo controlado. Así se explican los éxitos iniciales, tan prometedores. Sin embargo, Deng se hizo ilusiones porque contaba con la seguridad de este sustrato político-cultural, es decir, la popularidad del comunismo, y por tanto contaba con su capacidad de controlar la «tentación extranjera» en un país que salía de tres decenios de desgracia. Una contradicción explosiva ha terminado por enfrentar las aspiraciones sociales al conservadurismo político de una burocracia desprestigiada.

Nadie sabe lo que hubiera podido suceder en China si Deng Xiaoping hubiera cedido el año anterior a la «Primavera de Pekin». Pero es evidente que al negarse a los cambios, ha llevado a su país a una crisis cuya solución se ve cada vez menos clara. Porque, con independencia de los logros o fracasos desarrollados por el comunismo en China, y cualquiera que sea el innegable progreso de las regiones costeras a partir de 1980, el problema planteado en 1989 no ha sido resuelto. ¿Cuál sería el régimen político a crear que pueda responder a las aspiraciones de las masas y a los deseos de las minorías, siendo capaz, al mismo tiempo, de promover el desarrollo económico? La respuesta parece cada vez más difícil de alcanzar. En efecto, los tres obstáculos principales, que ya estaban presentes mucho tiempo antes, no han cesado de crecer. Sus raíces son diferentes: respectivamente, son de índole social, internacional e ideológico.

El problema de la cohesión social

El problema social es el que los visitantes distinguen con mayor dificultad. La sociedad china los deja admirados, porque, a diferencia de la soviética, presenta un aspecto «positivo»: muestra con claridad que está viva, activa. Cuando Gorbachov alcanzó la cúpula del poder, se dio cuenta que allí nada se movía: el cuerpo social había sido anestesiado durante 70 años por el poder comunista. En cambio, cuando Deng Xiaoping ha tomado el poder, la sociedad china se dedicó rápidamente a la reactivación. Había sido programada, a veces aplastada, pero no anestesiada y mucho menos debilitada: desde que dejó de servir de marco a una tarea destructiva, el entramado social sirvió de hecho de protección a las colectividades, introduciéndolas en una especie de vitrina aislante. Es lo que se podría llamar la paradoja conservadora del totalitarismo chino. Esa sociedad respondió de forma inmediata a los que le animaban a enriquecerse. Y se puso a la tarea con extraordinario dinamismo. Y durante más de diez años el desarrollo económico fue, por término medio, alrededor del 10% cada año.

El equipo en el poder desarrolla una política a corto plazo. Su objetivo sigue siendo, teóricamente, continuar el proceso de modernización sin excesos «de derechas».

Pero lo que los visitantes no comprenden es que ese activismo social se hizo, en sentido estricto, desbordante. Empujada, protegida y, finalmente, abandonada por el poder, la sociedad china se restablece, no contra ese poder, sino al margen de él. Es una sociedad que de golpe se ha apartado de la política. Las normas predominantes en la época anterior han desaparecido sin haber sido reemplazadas, y las previstas para el futuro son de índole cultural: las unas, mayoritarias, inspiradas en la tradición confuciana, y las otras, propias de las minorías urbanas, importadas de Occidente.

Este proceso de despolitización ha provocado, en el curso de los años ochenta, consecuencias igualmente nefastas. La primera ha sido el debilitamiento del Estado. Antes de 1978, el Partido Comunista acaparaba prácticamente la Administración. Al batirse en retirada, detrás de él no ha dejado nada más que una burocracia ineficaz, irresponsable y corrompida. Desprovisto de vitalidad ideológica, de medios financieros y poderes coercitivos, el Estado central ha perdido el control sobre su aparato administrativo. De este debilitamiento quiso obtener una posición fuerte, aceptando un mayor grado de descentralización. De hecho, esta medida es la que salvó al régimen de Deng en junio de 1989: los «caciques» locales se habían sentido amenazados por la protesta democrática, mientras que Deng les prometía mantener el statu quo. Sin embargo, si esta descentralización no llega a amenazar al poder político, supone un riesgo para su rendimiento eficaz. Cualquier medida de alcance nacional, inicia un auténtico proceso de negociación entre el Poder central y las diferentes escalas de la Administración, para terminar, generalmente, por encajarse en el panorama caracterizado por la falsedad y la incongruencia.

La consolidación de los poderes locales responde también a otra lógica muy peligrosa. Al replegarse, el poder comunista ha permitido la reaparición de pequeñas comunidades inspiradas en la tradición confuciana. La sociedad china se ha convertido rápidamente en un hervidero de cultura en plena efervescencia, en cuyo proceso las diferentes células se combinan o dividen, se hacen la competencia o se atascan. Es verdad que esta trayectoria anárquica ofrece auténticas ventajas: cada unidad aporta lo mejor de sí misma, dispuesta a consolidarse y a proteger a sus miembros. Los mejor dotados, bien sea por la naturaleza o por los que detentan el poder, logran desarrollarse rápidamente -se pueden comprobar casos espectaculares en la China del litoral-. Este fenómeno no deberá identificarse con el aumento de rivalidades regionales o raciales aunque favorezca -hasta cierto punto su reaparición. Porque, al estar enfrentadas entre ellas, las células sociales muestran poca estabilidad política y escasa fuerza de cara al Poder central. Se podría incluso afirmar que agrupación social y autoritarismo son dos elementos que se refuerzan el uno al otro. Pero, de otra parte, esta diferenciación debilita el entramado cívico y supone un obstáculo para la puesta en marcha de cualquier política que no responda a las aspiraciones del pueblo: el fracaso del control de la natalidad es un ejemplo flagrante4.

En las regiones campesinas se desarrolla con más fuerza el fenómeno de la proliferación de grupos celulares, asentados sobre nacionalismos locales, al amparo de la caída de los cuadros comunistas. En las ciudades, el proceso disminuye algo por la presión de las masas, la presencia del poder político y los cambios generados por el progreso económico. Sin embargo, allí los conflictos son más numerosos y toman fácilmente connotaciones políticas. Un modo de evitar el bloqueo celular hubiera podido estar en la creación de una sociedad civil urbana económicamente desarrollada, capaz de escapar al control de las distintas células tradicionales, que se habría caracterizado por la definición de las aspiraciones comunitarias, arrastrando consigo al mundo rural. Éste es el proceso que se fue delineando en los años ochenta. Durante el período en que dicho proceso se desenvolvió discretamente y con escasa fuerza política, las autoridades lo permitieron. Pero, súbitamente, todo se aceleró en la primavera de 1989. Aquella sociedad urbana, durante esos días, se encontró identificada con las tendencias democráticas de las nuevas élites intelectuales y tecnológicas. Por vez primera, se encontraron con un espíritu, un lenguaje y actitudes solidarias que superaban los particularismos. ¿Se trataba de adquisiciones irreversibles? Nada permitía afirmarlo. Pero el movimiento fue aplastado. Las élites, aterrorizadas o arruinadas, y el poder arcaico de las unidades fraccionadas, reforzado5.

El sentimiento de fracaso justificaba la vuelta a los viejos egoísmos: desconfiados, no se volverían a aceptar más riesgos para las colectividades. Cada uno a lo suyo. El regreso a las pequeñas agrupaciones solidarias tradicionales tomará así la perspectiva de la descomposición social.

La psicología del fracaso nacional

Esta sensación de fracaso no dimana solamente de la matanza de junio de 1989. Se refuerza por la degradación del status internacional de China al cabo del último año. Porque el sentimiento nacionalista ocupa un lugar fundamental en la política china. Después que los comerciantes occidentales se instalaron en las puertas de China en el siglo pasado, los acontecimientos internacionales se convierten fácilmente en problemas interiores del país. El Kuomintang se hundió porque no fue capaz de proteger a la nación china. El PCC se impuso porque demostró ser su más poderoso defensor. Y como consecuencia -a pesar de errores y luchas internas-, los éxitos logrados en la esfera internacional han contribuido de modo indudable a mantener en el poder al comunismo.

No estaría demás reflexionar sobre las razones de tales éxitos. Los unos ofrecen las ventajas clásicas de la política internacional comunista: la cohesión, la obstinación y la fuerza de la ideología. Otras razones aluden a la ingenuidad de los colaboradores extranjeros de China. Pero no se ha entendido suficientemente hasta qué punto el desarrollo de las relaciones internacionales favoreció a China tras la II Guerra Mundial. El enfrentamiento Este/Oeste resultaba, al mismo tiempo, ideológico y estratégico: daba ventajas a los grandes países continentales como la URSS y China, movilizados y militarizados por sus potentes partidos comunistas. Además, la polarización del mundo permitía a Pekin situarse como defensor de los países del Tercer Mundo, facilitando la posibilidad de mantener su independencia dentro de la acción común.

A partir de los años setenta, el papel internacional de China se fue deteriorando progresivamente, y, al mismo tiempo, en Asia se restablece una nueva jerarquía entre las naciones, siguiendo baremos cada vez más de base económica. Los dirigentes chinos así lo reconocieron cuando decidieron dar prioridad a la modernización: la política internacional china se puso también al servicio de motivaciones comerciales. Ante la llegada masiva de hombres de negocios y de turistas extranjeros, China tomó conciencia de su miseria. El sentimiento de humillación nacional, ignorado durante la época de cerrazón totalitaria, volvió a tomar cuerpo en la población. Las reacciones xenófobas -incluso anti-japonesas- crecieron en los medios urbanos, particularmente entre los estudiantes que desencadenarían la «Primavera del 89»6.

Nada extraño hay en tal actitud: los chinos no se quejaban solamente de haber sido maltratados por sus dirigentes, sino más bien por su situación de atraso respecto a las grandes naciones civilizadas. Uno de los componentes esenciales del descontento social en este país es la comparación permanente con las principales naciones industrializadas, en particular de Asia. Los ciudadanos chinos no saben gran cosa sobre qué sea la democracia, pero están convencidos de que en ella radica la referencia ideológica de los más fuertes, y es fundamentalmente ésa la razón por la cual han optado por esa fórmula política.

¿Cuál sería el régimen político a crear que pueda responder a las aspiraciones de las masas y a los deseos de las minorías siendo capaz al mismo tiempo de promover el desarrollo económico?

El hecho es que al cabo de un año la evolución internacional está acelerando el desplazamiento de China. Además, el hundimiento de los comunismos prosoviéticos -hasta el régimen mongol- ha contribuido al feroz aislamiento del Poder. Los responsables chinos habían previsto las reacciones indignadas de los occidentales: estaban dentro del orden natural y sabían cómo superarlas. Pero lo que les ha sorprendido y les ha dejado sin capacidad de reacción ha sido la brutal desaparición de los regímenes que les hubieran servido como ayuda: la marcha de la Unión Soviética hacia horizontes desconocidos. Victorioso en el interior, el régimen de Deng Xiaoping se ha visto de repente relegado entre los derrotados en el panorama internacional. Todavía más grave: el derrumbe de la tensión Este/Oeste ha devaluado el poder chino. Los grandes de este mundo la abandonan: ya no la cortejan. La URSS gira la mirada hacia Europa. En Asia, el Japón, tan cerca de Corea del Sur, fascina a los chinos. Los Estados Unidos, preocupados ante todo por el problema japonés, acaban de virar en redondo en el tema de Camboya7.

Cierto que China sigue siendo un gran país, y que se tolerarán siempre, no sin cierto desprecio, sus excesos represivos, pero ya no es protagonista destacado en el juego mundial. Japón, en cambio, está desempeñando un papel de primer plano. Los dirigentes chinos no pueden buscar en el exterior compensaciones para sus dificultades internas. En la población china se generaliza la idea de que el círculo se ha cerrado y el país ha vuelto a la misma situación humillada que le ha caracterizado desde hace un siglo. Los héroes de la Primavera de 1989 están exiliados y desde el estudiante al conductor de taxi, los mejores intentan emigrar. ¿No será necesario, pues, volver a partir de cero?

El vacío ideológico

Sería conveniente, a propósito de todo esto, que se llevara a cabo en China una auténtica reflexión política. Aunque ésta sea especulativa. El problema es inmenso y complejo: sería suficiente con delimitar los contornos más recientes. El hecho esencial es que desde 1949 a 1976 el poder maoísta desplegó un esfuerzo extraordinario para eliminar el pensamiento. El único intelectual autorizado era el Jefe: Mao Tse Tung. Así, fueron eliminados los compañeros de viaje liberales en 19578, у después los discípulos demasiado entusiastas durante la Revolución Cultural9. Mucho más eficaz que en la URSS, la eliminación de la intelligentsia fue faclitada por su escaso número y por la falta de tradiciones colectivas. El primer movimiento democrático de 1978-197910 fue el hecho de los «lumpen intelectuales» proletarizados: no contaban ni con escritores ni verdaderos pensadores y no dejaron más que algunos textos de cierta significación.

En los años ochenta, los medios intelectuales sólo muy lentamente fueron recuperándose. Concediendo prioridad a la «modernización», el poder creó una élite profesional a la que otorgaba honores, dinero y libertad para viajar. Pero al hacer esto le inyectaba tendencias paralizadoras. Nacida de la reforma, esta intelligentsia se mantenía fiel y sinceramente adicta al «aparato» del poder, incapaz de pensar fuera del cuadro establecido. Como consecuencia, se originó un rígido conformismo ideológico. La mayor parte se proclamaba marxista, sin que ese marxismo desembocara en consecuencias prácticas ni reflexiones racionales. El resultado fue también la «celularización» de los medios intelectuales, como un calco del mismo proceso ocurrido en el terreno social: cada centro de inquietudes mostraba tendencia a transformarse en una célula polivalente, organizada en torno a la defensa de intereses profesionales. Sólo quedaban fuera del organigrama los artistas al margen del sistema, carentes de influencia.

La consecuencia fue, finalmente, una increíble ignorancia de cómo era su propia sociedad. Situados en el «centro» del sistema por el favor del «Príncipe», los intelectuales se contentaban ejerciendo su influencia sobre él, sin preguntarse acerca de la capacidad de éste para aplicar sus reformas.

Este curioso reformismo ofrecía dos grandes ventajas. Por una parte, resultaba eficaz. Todo lo que la reflexión intelectual carecía de profundidad o de originalidad lo compensaba parcialmente gracias a su influencia política. Los más destacados intelectuales chinos que hoy se encuentran en el exilio fueron tiempo atrás consejeros de los dirigentes de su país: por ejemplo, un Fang Lizhi, un Yang Jiaqi o un Chen Yizi¹¹. Por otra parte, a medida que diversificaba los ámbitos de competencia este reformismo, acababa por ofrecer ciertos productos enriquecedores. En determinados sectores de pensamiento empezaban a surgir verdaderos interrogantes. Comenzaban, por ejemplo, a reflexionar -por fin- en la necesidad de una cultura política de recambio que podría relacionarse con el confucionismo, adaptado a la democracia. Este proceso de madurez quedó detenido ante el impacto del «reformismo». Entre los más lúcidos, el parón intelectual fue detectado antes de que el fracaso político se manifestara. Pero, en el caso de las mayorías, el velo no cayó de los ojos hasta la Primavera de 1989. La explosión del compromiso reformista no sirvió para facilitar la reflexión política; al contrario. Por avatares imprevistos, algunos intelectuales se habían enganchado en el carro del poder. Como en Praga veinte años antes, se mostraban remisos a repetir las consignas de la nueva ortodoxia. Pero no es posible revivir lo que ha muerto. El discurso marxista había sido asesinado por el monopolio maoísta. La ideología carece de dinamismo y no pasa de actuar como una cautelosa policía del pensamiento. La ideología sustenta las ciencias sociales, pero no puede -ni quiere- hacerlas desaparecer. Porque la persistencia del problema de la modernización implica un nuevo compromiso -ciertamente, mucho menos ambicioso- con la intelligentsia. Las asignaturas universitarias sobreviven como en una carrera de vallas, los viajes al extranjero se reanudan con prudencia. Al margen del aparato oficial, comienza a crearse una zona de sombra donde se percibe un tímido renacer.

Antes de 1978 el Partido Comunista acapara prácticamente la Administración. Al batirse en retirada detrás de él no ha dejado más que una burocracia ineficaz irresponsable y corrompida.

Para los más destacados intelectuales reformistas, la primavera de 1989 habrá supuesto una auténtica ruptura. Los principios que les sustentaban se han hundido bruscamente. ¿Se habrán vuelto a plantear sus reflexiones ideológicas? No podemos estar seguros. Los textos escritos en la Primavera de 1989 y los documentos posteriores emanados de la Federación para la Democracia en China despiertan la duda y la inquietud 12.

El tono se muestra afectivo, los esquemas argumentales son voluntaristas: prevalecen la solidaridad y el compromiso político. Pero lo que más llama la atención y produce escepticismo es la rapidez con la que se han convertido a la democracia unos intelectuales que hasta ese momento se inspiraban, más o menos automáticamente, en conceptos de origen marxista. Da la impresión de que los acontecimientos de mayo-junio de 1989 han desencadenado el paso de una categoría abstracta a otra. Valdria la pena, por ejemplo, encontrar en estos documentos una autocrítica relativa a los errores de cálculo de la Primavera de Pekín, y también un análisis lúcido y global de la situación china. Esta situación tan frágil no se debe a la casualidad, pero no sería justo responsabilizar a los hombres que han luchado con valor. Es evidente que están iniciando un largo proceso de madurez que dará lentamente sus frutos. Pero los criterios democráticos a los que ahora se adhieren no les ayudan a efectuar una reflexión crítica, porque en China, como en la mayoría de los países del sur del planeta, esta reflexión es algo tan seductor como inoperante. El atractivo de la democracia estriba en que es la ideología de los países victoriosos en la competición económica, y también en el hecho de que el sistema nunca ha sido ensayado en el continente chino. Así pues, no es cierto que tal sistema proporcione los necesarios instrumentos intelectuales. Tampoco está claro que las teorías democráticas no debieran combinarse con las tradiciones intelectuales propiamente chinas. Para tomar una decisión adecuada habría que intercambiar reflexión y experimentación. Semejante planteamiento corre el riesgo de sufrir un considerable retraso debido a la situación en China. Si escapa a la posibilidad del Estado el poner en práctica de modo eficaz su propia política, el poder comunista, en efecto, sería capaz de mantener a su oposición bajo control. Puede lanzar a la policía contra ella y congelar los conservadurismos micro-celulares. En resumen, puede prohibir la expresión y experimentación de las ideas democráticas y mantenerlas en su estado de abstracción.

En consecuencia, la situación se ha agravado en el terreno ideológico: al conformismo le ha sucedido el vacío, al menos de momento. Los acontecimientos políticos que se acercan a pasos agigantados no han sido programados a través de ninguna reflexión bien trabada. A la muerte de Deng Xiaoping, China corre el riesgo de verse envuelta en una situación peligrosa, caracterizada por la lucha entre facciones, tanto en el interior del poder como en la oposición, planteada no sobre un programa, sino en función de abstracciones desprovistas de sentido concreto. La falta de cohesión social y el desarrollo nacional corren el riesgo de traducirse en la disgregación del sentido político.

La estabilización del escenario político chino sería, así, una mera apariencia asentada sobre un fondo muy débil. Los dirigentes chinos alardean; su propaganda da la impresión del sonido del clarín. Pero China prosigue como «trabajada» por la historia: la crisis continúa y se degrada. El movimiento de la Primavera de 1989 fue revolucionario, en el auténtico sentido del término, porque oponía a un conservadurismo superado los excesos y la confusión de esperanzas futuras. Al liquidarla, los dirigentes de Pekín han acelerado la descomposición de la solidaridad cívica, la humillación nacional y el empobrecimiento de la reflexión política. Lo que estaba en juego en la Primavera de 1989 sería el saber si el comunismo no arrastrará en su marcha algo más que a sí mismo: algunos de los fundamentos esenciales de un Estado moderno.

NOTAS

  1. Región autónoma de la China occidental, fronteriza con la URSS, poblada por minorias musulmanas.
  2. Impulsada principalmente por la Federación para la Democracia en China, fundada en París el año 1989.
  3. Estas cuatro personas están a la cabeza de cada una de las principales facciones. El mariscal Yang Shangkung, gran veterano del comunismo chino, representa a la parte del Ejército que ejecutó el golpe del 4 de junio. Li Peng, que lo avaló, es el representante de los antiguos colaboradores civiles de su padre adoptivo, Chu En Lai. Jiang Zeming, que ha reemplazado a Zhao Ziyan en la cumbre del partido, representa la parte de los cuadros provinciales que eran favorables a reformas moderadas. Quiao Shi aguarda su hora; ha logrado hasta el momento elegir una posición clara.
  4. Pese a la agobiante propaganda y a las medidas rígidas de las autoridades, el Gobierno chino se ha visto incapaz de frenar las tasas de crecimiento demográfico por debajo del 1% anual.
  5. Por el restablecimiento de las disciplinas políticas y las disposiciones reglamentarias que subordinaban al individuo a sus responsables locales.
  6. Manifestaciones antijaponesas estallaron en los medios universitarios desde 1985. A lo largo del invierno de 1988 tuvieron lugar graves incidentes, provocados por manifestaciones racistas contra estudiantes africanos.
  7. Abandonando a los Khmers Rojos para negociar con Hanoi y llegar a un acuerdo con Phnom Penh.
  8. La represión del movimiento de «Las cien flores», impulsado en sus comienzos por Mao Tse Tung en persona, golpeó con particular fuerza a la burguesia nacionalista y liberal china, que había apoyado al PCC en los primeros tiempos de la «liberación», después de 1949.
  9. Los Guardias Rojos, movilizados por Mao en 1966, fueron reprimidos sangrientamente a partir del verano de 1967, cuando éste decidió encargar la pacificación del país al ejército de Lin Biao.
  10. El primer movimiento democrático, desde octubre de 1978 a marzo de 1979, aprovechó la llegada al poder de Deng Xiaoping para denunciar los fallos de la desmaoización y exigir la «quinta modernización»: la democracia.
  11. Éstas son las tres personalidades más importantes del movimiento democrático (incluyendo Wann Runnan, antiguo dirigente del grupo «Stone», experto en electrónica). El astrofísico Fang Lizhi es una autoridad moral reconocida, el «Shajarov chino». El politólogo Yan Yiaqi llegó a presidente de la Federación para la Democracia. Chen Yizi fue uno de los cerebros que programaron las Reformas de Zhao Ziyang.
  12. Chen Lichuan y Christian Thimonnier, L’imposible printemps. Une anthologie.