Mi cesta
Tu cesta está vacía, pero puedes añadir alguna de nuestras revistas o suscripciones.
Ver productosExiste una abundante literatura sobre la Sociedad de la Información y las posibilidades que las nuevas tecnologías ofrecen a los países en vías de desarrollo para mitigar las carencias en otras brechas sociales más graves. En ocasiones, se ha querido presentar la red como una especie de panacea universal, remedio de males anteriores e instrumento milagroso para eliminar las desigualdades globales; otras veces, la brecha digital se ha descrito como algo independiente de la brecha alimentaria, sanitaria, o educativa. Por nuestra parte, nos parece conveniente mantener los pies en la tierra, y tratar de discernir con precisión qué beneficios para el desarrollo cabe esperar de estas nuevas tecnologías.
¿QUE ES DESARROLLO?
Según la definición de Naciones Unidas -y en concreto del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD)-, «El desarrollo humano es un proceso que conduce a ampliar las oportunidades para las personas. En principio esas oportunidades pueden ser infinitas y pueden cambiar a lo largo del tiempo. Pero, a todos los niveles de desarrollo, las tres opciones esenciales para las personas son: poder tener una vida larga y saludable; poder adquirir conocimientos; y poder tener acceso a los recursos necesarios para disfrutar de una vida decorosa».
En el marco de los programas del PNUD, se han establecido metas sobre los «Objetivos de Desarrollo del Milenio», en los cuales las nuevas tecnologías figuran como cooperadoras esenciales en la lucha contra la pobreza. En concreto, la Meta 18 se propone «En colaboración con el sector privado, velar porque se puedan aprovechar los beneficios de las nuevas tecnologías, en particular de las tecnologías de la información y las comunicaciones». Sin embargo, conviene situar la posible colaboración de los medios tecnológicos en su contexto, ya que las acciones más urgentes de lucha contra la pobreza se centrarán en las siguientes necesidades básicas.
Primero, en el acceso a la «vida larga y saludable» a la que se hacía referencia en el párrafo del PNUD citado, y que incluye alimentación, salud materno infantil, medicinas, agua potable. Luego, en las necesidades educativas -la enseñanza primaria y la autonomía femenina que están supuestas en el «poder adquirir conocimientos», en que consiste también el desarrollo, según el PNUD-. Y para concluir, las nuevas tecnologías tienen que cooperar a una mejor satisfacción de las necesidades económicas, promoviendo un conjunto de reglas financieras, comerciales, laborales y tecnológicas que está supuesto en el tercer principio del PNUD: «tener acceso a los recursos necesarios para disfrutar una vida digna». Se trata, en definitiva, de que faciliten el acceso a bienes de primera necesidad, y el acceso a la información y al conocimiento, con unas reglas comerciales y financieras equitativas.
¿SIRVE PARA ALGO LA TECNOLOGÍA?
Por ende, y dado que pol Sociedad de la Información se entiende «un estadio de desarrollo social caracterizado por la capacidad de sus miembros -ciudadanos, empresas y Administración- para obtener y compartir cualquier información, instantáneamente, desde cualquier lugar y en la forma en la que se prefiera», consideramos que las tecnologíasde la información y comunicaciones (TIC) son determinantes en concreto para poder adquirir conocimientos y tener acceso a los recursos que permiten disfrutar de una vida digna. Veámoslo.
En primer lugar, está claro que la capacidad de adquirir conocimientos se multiplica de forma exponencial gracias a la red y a sus contenidos. Cada persona no sólo tiene a su alcance sus propios recursos de conocimiento -bibliotecas, prensa, libros de texto, etc.- sino que, en teoría, dispone de una capacidad casi ilimitada de acceso a la información generada por otros. En casi todos los países en desarrollo, los estudiantes son usuarios frecuentes de Internet. Además, la red facilita la educación a distancia y la formación continua para mejorar perspectivas laborales y adaptarse a mercados de trabajo, que evolucionan cada día con mayor rapidez. Mención especial merecen las comunidades científicas, que pueden estar conectadas con sus pares en todo el mundo y concentrar sus esfuerzos investigadores en áreas nuevas y en colaboración con otros.

En segundo lugar se comprueba que la Sociedad de la Información incrementa las posibilidades de acceder a recursos. Desde el punto de vista macroeconómico, la inversión en TIC supone algunas contribuciones importantes a la riqueza de un país: mejoran algunos servicios esenciales (el agua, el gas, carreteras, ferrocarriles, etc.), que sirven de soporte a muchas actividades humanas; incrementa, en el caso de los países iberoamericanos, la Inversión Extranjera Directa (IED); aumenta el Producto Interior Bruto (PIB) y la creación de empleo vinculado, directa o indirectamente, a estas infraestructuras. (Tabla I)
Estas contribuciones desencadenan cambios estructurales en el resto de sectores empresariales, generadores a su vez de empleo. Sucede así en las reservas de viajes y oferta hotelera a medida del consumidor; en los mercados financieros, cuya evolución es visible para un mayor número de personas; en los sectores de distribución y logística, que se sofistican debido al comercio electrónico; la atención remota en calls-centers; el sector textil queda conectado on-íine con los caprichos de la moda; la música y cine gozan de nuevas ventanas de distribución; agrupaciones de pequeñas empresas en marketplaces; los trabajadores pueden conectarse con la empresa desde la calle o los hogares; micropagos desde los teléfonos celulares…
Desde el punto de vista individual, es importante que las desigualdades sociales no impidan el acceso a la información y a las comunicaciones, para buscar empleo, estar disponible en cualquier momento, obtener información, acceder al sistema bancario, realizar trámites con la Administración, etc. En este sentido, se puede mostrar cómo se ha extendido, en los años recientes, el acceso a la información en Iberoamérica, al considerar que para las rentas más bajas2, la penetración de telefonía fija ha crecido entre los años noventa y principios del siglo XXI. Así, en Argentina, del 17% al 43%; en Sao Paulo del 8% al 48%; en Chile y en Perú del 1% al 10%. Las redes móviles han superado a las fijas, en número de clientes y en todos los estratos sociales; los más escasos de recursos optan por la modalidad de la «tarjeta prepago», pues permite controlar el gasto.
ALGUNOS CONCEPTOS
No obstante la Sociedad de la Información no consiste sólo en equipos o infraestructuras, sino que es el resultado de la interacción entre diversos elementos que frenan o facilitan su consecución: el «entorno» es el primero de ellos, y en él se incluyen todos los factores o agentes de diversa índole que influyen en cualquier fenómeno que tenga lugar en una sociedad y que, por lo tanto, afectarán también a la orientación y al ritmo de implantación de la Sociedad de la Información. Sus partes son economía, legislación, formación, promoción, cultura y actitudes. «Usuarios» son todos aquellos interesados en acceder o generar información, y comunicarse. Serán distintas las necesidades y requisitos según se considere usuario a los ciudadanos, a las empresas o a la Administración pública. En las «infraestructuras» se incluyen los equipos, las redes fijas y las redes móviles, que permiten a los usuarios acceder a los contenidos. Son las autopistas por las cuales fluye la información. Finalmente, los contenidos son los bienes tangibles o intangibles, los servicios, los trámites, etc., accesibles a través de la red.
EL ARCHIPIÉLAGO IBEROAMERICANO
Cada país de Iberoamérica muestra fortalezas y debilidades en su particular camino hacia la Sociedad de la Información. El resultado es un archipiélago de experiencias, más que un camino común hacia un único fin. Pero las lecciones aprendidas de unos pueden servir a otros para no cometer errores e incorporar los logros ya obtenidos.
Argentina destaca en producción de contenidos. Publicidad, cine y portales web son la muestra de su talento para lo creativo, visual y narrativo. Sin embargo, tiene aún que mejorar aspectos como el institucional, la legislación y la participación de la Administración pública en la promoción de la sociedad en red.
Brasil ha concentrado su esfuerzo en la extensión de las infraestructuras, con atención especial a los estratos económicos más desfavorecidos; y en campañas de voto electrónico, como en las últimas elecciones presidenciales y federales en 2002. Debe seguir progresando en la formación de las capacidades técnicas de su población, en el incremento de eficiencia de sus empresas gracias a las TIC y en una eliminación aún más profunda de barreras geográficas y sociales al acceso.
En el caso de Chile, que ocupa el primer puesto de la región en penetración de la sociedad de la información, las metas alcanzadas han sido posibles gracias a un fuerte apoyo gubernamental y legislativo, a una economía sólida, a un incremento notable de la Administración electrónica y a programas enfocados a extender al acceso a Internet en escuelas. Debe mejorar en la incorporación de las PYMES a la red y en desarrollo de contenidos, servicios y aplicaciones.
Perú es una muestra del ingenio de los usuarios para superar carencias económicas. Es el país donde las llamadas cabinas (infocentros o soluciones comunitarias de acceso a Internet) han proliferado para permitir, por ejemplo, al 70% de los internautas limeños conectarse de forma habitual. Debe mejorar en creación de condiciones atractivas para inversores en el sector.
La suma de esfuerzos que deben hacer los países iberoamericanos es relevante también en la presencia del idioma español en la red. Recordemos que se trata del tercer grupo de internautas por lengua materna, después del inglés y el chino, pero el quinto en páginas web tras el inglés, el alemán, el francés y el japonés. Los principales productores de contenidos en español en la www son, por este orden, México, España y Argentina.
Las metas alcanzadas en la implantación de la Sociedad de la Información en cada país, y su contribución al desarrollo, pueden ser objeto de análisis, estudio, foros y conferencias en Iberoamérica para compartir y trasladar experiencias.
EN POS DE LA INCLUSIÓN SOCIAL Y DIGITAL
También son muy ilustrativas diversas acciones puntuales, programadas o espontáneas, llevadas a cabo para promover la inclusión digital y los objetivos de desarrollo de salud, educación y recursos establecidos por el PNUD.
El programa Enlace Hispano Americano de Salud (EHAS)3 está especialmente diseñado para zonas rurales, permite la comunicación de voz y de correo electrónico entre centros de salud en zonas incomunicadas, sin teléfono ni red eléctrica. La solución técnica emplea sistemas de radio y energía solar, y es de bajo coste. Ha permitido reducir el tiempo de evacuación urgente de pacientes de 8 a 5 horas, salvando numerosas vidas; a la cuarta parte los viajes para entrega de informes epidemiológicos; y a la mitad el tiempo de detección de malaria. El impacto del proyecto en la reducción de la mortalidad infantil y materna ha sido inmediato. El primer proyecto se llevó a cabo en el Alto Amazonas de Perú; actualmente se emplea en cuarenta centros sanitarios y el sistema se ha trasladado a Colombia y Cuba.
Los centros de acceso comunitario, también llamados telecentros o infocentros, son una estrategia para el acercamiento de las TIC a la población. Pueden actuar como auténticos dinamizadores de la vida local y ofrecer una gran variedad de servicios, desde el puro acceso a la red hasta acciones de formación dirigidas específicamente a distintos sectores de la población; o servicios de educación a distancia, apoyo a empresas locales, acciones dirigidas a la creación de contenidos locales, etc. Los telecentros se han propagado enormemente en Latinoamérica. Destacamos algunas experiencias ocurridas en Brasil4, donde los telecentros y otras acciones creativas para brindar acceso y formación, generados entre sociedad, gobierno, empresas privadas y ONG, están realizando una verdadera labor de inclusión social de los colectivos más desfavorecidos -favelas, zonas semiaisladas de la Amazonia, discapacitados, etc.-.
Cabe citar el caso de telecentros montados en barcos, para poder acceder al archipiélago de islas en la desembocadura del río Amazonas; de autobuses adaptados con ordenadores que se aparcan un mes en barrios cuyas escuelas no tienen sala de informática; de telecentros ubicados en favelas, venciendo barreras de inseguridad, falta de energía eléctrica «legal», negociando para obtener la conexión especial con el operador, etc.; o salas adaptadas para discapacitados, con impresoras braille y teclados, ratones y software especializados; salas de ordenadores y formación para niños infractores internados en centros de rehabilitación, etc.
Estas experiencias recogen testimonios de personas que han descubierto una nueva perspectiva de vida. Además de formarse en el uso de herramientas que les han facilitado encontrar empleo, sorprende comprobar el valor que estos nuevos usuarios atribuyen al acceso a la información, cuando hablan, por ejemplo, de «la cantidad de embarazos en las villas pobres que ocurren por la falta de acceso al conocimiento», pues «es difícil entrar en las favelas y orientar a las mujeres…».«La desinformación -concluía otro testimonio- es el principal problema de la pobreza».
En el caso de los teléfonos móviles, con frecuencia son alquilados y compartidos por mujeres en los pueblos de Ecuador. Granjeros y pescadores los usan para llamar a los mercados cercanos y averiguar dónde pueden vender mejor sus productos. En algunos negocios familiares se usan para contratar gente o comprar repuestos.
Como indica la revista The Economist5, en el medio rural la Sociedad de la Información es útil sobre todo a los alfabetizados, a los más ricos -en términos relativos- y a los más jóvenes. Los estudiantes buscan en la red los resultados de exámenes y pequeñas ocupaciones laborales: Los granjeros que poseen tierra o ganado rastrean información veterinaria o precios de cosechas.
La extensión de la Sociedad de la Información en Iberoamérica permite asimismo mantener la comunicación y el intercambio constante entre los emigrantes y sus familias. Saber de los suyos y poder enviar remesas, continuas o para una emergencia concreta (enfermedad, colegios, compra de viviendas, etc.), son algunas de las necesidades más importantes de los emigrantes, que pueden satisfacer conectándose a la red. En particular, las remesas6 constituyen una de las fuentes de ingresos más importantes en muchos países, tanto desde el punto de vista macroeconômico (en El Salvador, Nicaragua, Honduras y República Dominicana suponen entre el 19% y el 15% del PIB nacional, según datos del FMI para 2004), como microeconómico: las familias que reciben remesas proporcionan a sus hijos una mayor y mejor educación, inician más micronegocios, acumulan más activos y entran en el sistema bancario (se produce su «alfabetización financiera»). Este efecto es mayor en las familias más pobres, que son las que presentan mayores restricciones al crédito.
El mosaico de soluciones que la tecnología puede proporcionar al desarrollo humano es muy variado. Los países de Iberoamérica, de forma aislada, comparan a veces sus logros en la Sociedad de la Información con los de países de otros entornos, como el americano o el europeo. Pero es importante que todos los países de la región incorporen las experiencias de éxito de sus vecinos más próximos, porque los problemas de desarrollo económico, social o educativo de unos y otros tienen rasgos comunes. Iberoamérica debe ser solidaria consigo misma.
NOTAS
1 A principios de los años noventa, los tiempos medios de instalación de una línea telefónica era de 72 meses en Perú, 49 en Argentina, 40 en Sao Paulo y 18 en Chile.
2 Los llamados, en la clasificación socioeconómica, sectores D y E en función de su ingreso mensual. Estos sectores son los de ingresos más bajos.
3 El programa EHAS está formado por Ingeniería Sin Fronteras, la Universidad Politécnica de Madrid y universidades y centros de investigación de América Latina.
4 Inclusão digital, com a palabra, a sociedade, Telefónica y Ministerio de Cultura de Brasil, Sau Paulo 2003.
5 «Behind the digital divide», en el número correspondiente al 12 de marzo de 2005.
6 Juan Carlos Berganza, «Emigración y remesas», Informe del Banco de España, Junio 2005
Pese a que uno de los fenómenos más característicos de la civilización actual —la aceleración del tiempo histórico— parece revalidar una vez más la infalibilidad del viejo Tácito cuando afirmaba que un quindenio o, en cómputos modernos, una generación es una buena medida para acercarse a la comprensión de la aventura humana, en la ciencia o, por mejor decir, la disciplina de aquél, tal espacio cronológico no sirve de mucho para aproximarnos a sus claves y pautas más significativas. Desde que en 1990 saliera al angosto panorama cultural español la revista cuyo presente número conmemora su guarismo centenario, las tendencias primordiales de la historiografía contemporaneísta —la de mayor volumen bibliográfico e impacto en la vida de la colectividad nacional— apenas si han experimentado evolución o transformación sustancial alguna. Se han peraltado o acentuado, sí, ciertos de los rasgos que entonces aparecían larvados, y alcanzado la adultez gran parte de los caracteres que en esa fecha articulaban su contexto general. Pero, en punto a innovación o poder creador, el contemporaneísmo hispano no ofrece en el periodo ahora glosado muestras de una particular vitalidad, bien que haya de apresurarse a recordar que no es otro muy distinto el horizonte que se atalaya en otros países. (En la misma Francia, patria incuestionablemente de la gran revolución historiográfica de la segunda mitad del novecientos, es perceptible —y hasta cierto punto el hecho resulta comprensible— un agotamiento de los grandes veneros de antaño). Si una veta creadora y auténticamente genesíaca fecunda alguna parcela de la cultura española de comienzos del tercer milenio —extremo sobre el que no es posible dejar de albergar serias dudas—, ésta no se encuentra indubitablemente en los dominios de Clío, antiguos, modernos o contemporáneos.
Atenidos a los últimos —los únicos objeto de la presente y apresurada glosa—, tendría que recordarse que su invasión y completa conquista por los poderes mediáticos es la nota más alzaprimada en el discurrir del periodo intersecular. Lo que era ya en su inicio un punto saliente y hasta, a las veces, configurador de su expresión, ha venido a convertirse en su verdadero perfil definidor. Conformada y modelada como un elemento más de consumo, la industria cultural se ha adueñado por entero de aquella parcela de la disciplina histórica que mayor y más generalizada demanda suscita. Así instrumentalizada, un mecanismo de perversión se apodera de los resortes del trabajo del historiador profesional, del intruso y del amateur, unidos por las exigencias del mercado y las técnicas del marketing. Una autorizada voz —la del director de la Real Academia de la Historia— ha querido dar recientemente un motivo de esperanza a las jóvenes hornadas de investigadores y romper al mismo tiempo una lanza a favor de las mores más acendradas del oficio de Clío al sostener que son pocos los estudiosos de estatus académico consolidado tentados por imprimir a parte de sus trabajos una vitola divulgad va y esencialmente mediática.
La realidad, empero, semeja distanciarse de tan estimulante mensaje. De modo cada vez más irrefrenable plumas acribiosas en la mayor parte de sus publicaciones, ceden a los cantos de sirena de los managers culturales y agentes literarios de las grandes editoriales y cadenas de televisión, sin triunfar casi nunca sobre sus naturales y legítimas pautas. Estas, por supuesto, muy rara vez guardan alguna relación con la plausible y, se quiere, loable socialización del saber histórico. Si así fuese, nada habría que objetar y sí alabar, en ocasiones, incluso mucho. Pero, por desdicha, no es el caso. Televisiones y editoriales buscan ante todo «productos de impacto», poco avenidos con la seriedad de los planteamientos y el rigor de las conclusiones propios de una reconstrucción del pasado con criterios y métodos académicos. En tal terreno se dirimen las batallas de audiencia y venta, y es, por ende, lógico que allí se concentren todos los grandes e intereses del marketing bibliográfico, sobre todo, en una situación de creciente oligopolio informativo y cultural como es la española, aunque no sólo ella. Contra las visiones fijistas de la nomenclatura mediática y gubernamental —a las veces, no existe en verdad entre ellas línea divisoria— hay que afirmar que la tarea historiográfica en su dimensión contemporaneísta no ofrece demasiado margen para contemplar con optimismo su futuro. Acaso en ninguna otra etapa del pasado reciente y, desde luego, en ningún otro periodo democrático, la densidad ética de la cultura española ha sido menor. Aun contemplado con mesura, la hondura del abismo se ofrece, a menudo, amedrantadora. La disciplina histórica, claro, no está al margen. Por razones imaginables sin esfuerzo, su parcela contemporaneísta es quizá la más estragada por dicha eversión moral. Maniqueísmos, deturpaciones y falseamientos yerman su territorio, crecientemente visitado por toda suerte de gentes, muchas sin franquicia alguna científica, a la husma de fáciles y rentables piezas.
De aquí no cabe, en manera, alguna desprenderse una apología del monroísmo para dicha parcela de Clío —ni para ninguna otra, bien se entiende—. Así, el insólito fenómeno de estar asistiendo en la actualidad al resonante éxito de los libros de Pío Moa no debe ni puede, como quiere un oligárquico sector del oficio, pasar inadvertido. Antes todo, revela una exigencia hasta ahora insatisfecha del lado de un amplio círculo de nuestra bien reducida comunidad lectora, contrariada en su franja más cultivada por el unilateralismo de la producción historiográfica dominante en torno a las raíces inmediatas del presente español. Un reduccionismo ribeteado de tendenciosidad y sectarismo como el de los hagiógrafos del franquismo 110 es lícito remplazarlo por otro apriorismo inmatizado —el de una segunda República descrita con tintes exclusivamente rosáceos, sino refulgentes—, por impecable que sea su marbete técnico. Aquel régimen no significó otra cosa que un ensayo general de convivencia tragado por el sumidero de la frustración. Las energías y nobles ideales puestos a su disposición no bastaron para que la República fuese recordada con el entusiasmo que su nacimiento despertó en los sectores ilustrados y gran parte de los populares. Si, a causa de un vacío de autenticidad y acribia en su análisis y un exceso de aurocomplacencia en la mayoría de los estudiosos del quinquenio 1931-1936, se ha producido una invasión del recinto del profesionalismo, es porque los gansos del Capitolio se durmieron. Carente de un diálogo efectivo y sólidas alianzas entre las organizaciones obreras y la burguesía más dinámica, las realizaciones republicanas quedaron muy distanciadas de las expectativas de su advenimiento, limitándose casi a un catálogo desiderativo de la mejor savia del progresismo hispano. El examen de conciencia que el hecho apuntado debía suscitar en el seno del contemporaneísmo, cara al revisionismo requerido por múltiples motivos, está, sin embargo, lejos de efectuarse, con sorpresa un tanto llamativa de los que quieren las causas, pero no los efectos.
En el más noble ejercicio de un corporativismo que tiende en todas sus expresiones, como aseveraba Crocce, a conspirar contra la sociedad, un gran historiador acabado de fallecer, Javier Tusell Gómez —acaso el más descollante de los contemporaneístas del siglo XX—, se afanó sin descanso por ofrecer, cara al exterior, una mínima cohesión y unanimidad entre los contemporaneístas en punto a la reconstrucción de los capítulos más salientes del próximo ayer. Los hechos, por desgracia, no se atienen a tan generoso empeño. El sueño forjado en el afianzamiento de la transición, fue flor de un día. El consenso social y político que, desde el marco de la convivencia nacional, semejó trasladarse a la esfera de las investigaciones en torno a la andadura histórica más reciente, pronto se evaporó; y hodierno es muy difícil o casi imposible encontrar un solo tramo de tal paisaje enfocado y analizado conforme a unos mínimos parámetros comunes. Los cuales, por el contrario, sí existen y controlan en su casi integridad la producción historiográfica contemporaneísta orientada al consumo masivo. Basta acercarse al elocuente espejo de las revistas de libros o los suplementos literarios de la prensa de radio nacional para comprobarlo. El discurso de lo historiográficamente correcto ha vuelto a imponerse; y una visión anclada, en sus presupuestos doctrinales, en el dogmatismo de la lucha de clases y el progresismo más acrítico, encadena el asentimiento de los creadores de opinión —instituciones e individuos—, arrastrando otra vez a los medios juveniles a una versión rencorosa y sesgada de la identidad nacional y, en términos globales, de la marcha del mundo en las dos últimas centurias.
La cata más ligera en la más potente forja de mentalidades y esquemas interpretativos de la sociedad presente y pasada, los manuales de bachillerato, corroboran en todos sus extremos lo acabado de afirmar. No hay, en efecto, en sus páginas resquicio alguno para el pluralismo o la diversidad, ennortadas indeficientemente a probar las «leyes» de la evolución de la humanidad —de modo especial, en sus segmentos cronológicamente postreros— de acuerdo a lo apodíctamente expuesto en los libros de cabecera de las generaciones de docentes y publicistas formados en los decenios centrales del Novecientos. La desfiguración de la imagen real del pretérito menos alejado de los afanes y modos mentales de la actualidad es, pues, objeto en el instrumento esencial de la formación histórica de una operación quirúrgica monopolista, obediente a una planificación cuidadosa y enfervorizada, alimentada por la conciencia generacional y la cosmovisión más íntima e irrenunciable de la generalidad de los profesores de enseñanza media. El oscurantismo religioso y el egoísmo capitalista serán, a sus ojos, las causas básicas de los incontables males padecidos por su opresión.
La reacción ante tan simplista encuadre es en España muy débil. En las líneas finales de una volandera reflexión, que no puede ya prolongarse, aludiremos, a modo tal vez de significativa ejemplificación del pensamiento que la ha inspirado, a una de las más ostensibles distorsiones del perfil vigente en la intelección y análisis de la trayectoria contemporánea de nuestra nación. Un factor clave en ésta —el peso y ascendiente del catolicismo— continúa sin ser requerido en el momento de indagar las fuerzas profundas y los resortes decisivos en el devenir de la colectividad hispana. Por desidia o desmaña de sus analistas —confesionales o no—, el protagonismo de la Iglesia —jerarquía, clero y laicos— en los avatares de la contemporaneidad apenas si ha traspasado en la mayor parte de los casos las fronteras de la apologética y la ramplonería, facilitando así la caricatura y el cuadro chafarrinesco dibujado por unos pinceles de rasgo monocolor y banderizo. Por dejar de referirnos, siquiera sea por una vez, al consabido y cansino nacionalcatolicismo y ubicar la cuestión en el otro gran centro neurálgico de la polémica historiográfica de nuestros días, es decir, en la segunda República, parece obvio a los ojos del espectador únicamente comprometido con la verdad, que sin la comprensión de la CEDA como un fenómeno de masas comparable en cuánto tal a los de impronta proletaria, se renuncia a entender la trayectoria del sistema político implantado en abril de 1931. Que en un abrir y cerrar de ojos, en el año transcurrido entre la caída de la monarquía alfonsina y la movilización de una derecha popular inspirada y alzada sobre los principios y los hombres y mujeres de la acción social cristiana —fundamentalmente, sindicatos agrarios—, es algo que sólo puede entenderse a la luz a de un éxito completo en la transformación casi subitánea de la masa tradicional del país en un partido político de impecable factura y modernidad organizativas. Por vía aparentemente paradójica —en realidad, por desconocimiento de los estudiosos del mismo tema analizado—, un catolicismo popular que, según sus críticos, fue un elemento retardatario de la evolución del país, debido a la inmovilidad a que le condenó el fundamentalismo eclesiástico, habría de descubrirse como el elemento tal vez más importante y dirimente de la experiencia democrática encarnada por la segunda República. Bien mirados los acontecimientos, el destino del régimen se jugó en torno a la aceptación o no de una CEDA a la que la patrimonialización del sistema por sus sedicentes fundadores y guardianes desterró a la esterilidad.
El tema, conforme cabe observar, se muestra propicio a una reflexión detenida, más propia de una publicación especializada que la de una de ámbito general como Nueva Revista, que con su número 100 escala a un promontorio esperanzador y reconfortante. Deseemos que, al rendir puerto su nuevo centenario, la España que atraviese en su segunda travesía haya realizado el ajuste de cuentas con sus raíces hasta hoy aplazado, sustituido por el acometido entre sus historiadores, más atraídos por las querellas y pleitos de la tribu que por los intereses de sus conciudadanos y país.
|
Un prócer catalan: Fernando Valls-Taberner «Penso en un Ferran Valls i Taberner, que dirigia l’Arxiu de la Corona d’Aragó i que era conegut aleshores com a Don Fernando. Cordial i solemne alhora, Don Femando era un personatge important, no solament com a director de la casa, i com a historiador del dret catalã, sinó també com a membre de l’alta bugesia catalana, amb contactes am l’alta jerarquia ecleiastica i, en fi, com a home molt compromès en la politica, molt proper a Francés Cambó, en la cimera de la Lliga Regionalista. A Franca un home de aquesta categoria —en coneixia alguns exemples— s’hauria mostrar altiu i hauria exigit tot un ceremonial per apropar-s hi. Ferran Valls i Taberner no posava cap barrera ni ais seus col-laboradors ni ais joves estrangers com nosaltres. |
|
|
Vaig poder mantenir amb ell, improvisadament, llargues converses, en qué em parlava de la seva familia, deis seus lligams econòmics, del passat i del present de seus interessos, materials i moráis». En tan breve semblanza, trazada por la pluma del mejor Pierre Vilar —Pensar històricament. Reflexions i records. Valencia, 1995, pp. 163-164—, se encierran sin duda las principales claves de la trayectoria pública y acaso también de la privada del que fuera una de las grandes figuras de la vida académica, política y social de la España de los años veinte y treinta. |
JOSÉ MARÍA MAS SOLENCH FERNANDO VALLS TABERNER Barcelona, Editorial Planeta, |
|
Nacido en un hogar de la mejor prosapia del Principado, en el que los blasones se mezclaban con los talegos, es decir, en el que la historia no había perdido el paso y se acomodaba al ritmo de unos tiempos presididos por el espectacular desarrollo de fin del siglo y del noucentisme, todos los privilegiados dones y dotes recibidos por la fortuna, los revalidó sino los «legitimó» por una existencia laboriosa ennortada por el servicio público y un regeneracionismo del que nunca renegara, alentando trabajos y proyectos incesables. En posesión de las dos carreras de Derecho y Filosofía, según era habitual entre los universitarios más brillantes y ambiciosos de las Humanidades de comienzos del siglo XX, no tardaría, empero, en sentirse inclinado por el cultivo de la Historia, sobre todo, tras una decisiva aunque breve estancia en la mítica Ecole de Chartes parisiense {en 1910). Desde entonces, el estudio de los tiempos medievales constituiría el eje vertebrador de una biografía intelectual solicitada por mil reclamos y afanes. En efecto, sería el análisis de diferentes y muy variados aspectos de la legislación de Cataluña en el periodo en el que ésta fuera la porción esencial de la Corona aragonesa la que imantase la envidiable capacidad investigadora al mismo tiempo, y de manera de ordinario simultánea, a la reconstrucción de no pocos pasajes del itinerario del Principado de mayor refulgencia a los ojos de un hombre cuya generación —la denominada, sin demasiadas pruebas ni argumentación por su último estudioso, de 1917—, imbuida aún del espíritu de la Renaixença, aspiraba a reverdecer y emular sus creaciones en la crisis española y mundial de la primera posguerra mundial. Lograda la consagración universitaria con la obtención de la cátedra de Historia de España de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Murcia aún en rodaje en 1922, el curso iniciado en dicho año fue el único en que la regentó un Valls i Tabemer para el que, no obstante su cosmopolitismo y continuados viajes, el corazón del mundo cultural latía en torno a la plaza de la Generalitat y la Casa deis Canonges…, lo que, al menos en el caso español, no dejaba en buena parte de ser cierto en los «felices veinte», cuando autores y obras del Principado ocupaban la vanguardia más prestigiosa de la evolución artística, literaria y científica. No por ello ha de creerse, sin embargo, que el sentimiento telúrico o la religación con un catalanismo hipostásico primase en él sobre la visión y el entrañamiento de la «España grande» de su jefe y mentor político, Francesc Cambó. Al igual que el líder de la formación política a la que perteneciera y representase en el parlamento español y en el catalán, Valls se esforzó indeficientemente por conjugar los dos patriotismos y, en el terreno cultural, por adunar relaciones y vínculos con la intelectualidad madrileña, según lo puso de manifiesto de forma destacada e indisputable el papel esencial jugado por el autor de San Ramón de Penyafort en las célebres jomadas de confraternización entre los primates madrileñas y catalanes celebradas caída la I Dictadura, de la que, por cierto, sufrió Valls algún arañazo persecutorio como, a la medida del primorriverato, distinciones y reconocimientos como el nombramiento en 1929 de director del Archivo de la Corona de Aragón. La frontera de los años treinta, tan peraltada en muchas andaduras literarias y científicas del primer tercio del Novecientos, aparece también muy subrayada en la del procer catalán. Bien que defraudado en su más acariciado anhelo —fracaso en el intento de conseguir la cátedra de Historia del Derecho en la Facultad de Derecho de la Universidad de Barcelona (1933)—, su consagración académica y política en todo el horizonte nacional no impidió una lenta pero irrefrenable deriva hacia el cuestionamiento y revisión de algunos de los planteamientos que alimentaran hasta entonces su vida pública. Las tormentas de ésta en los días de la segunda República estuvieron, claro es, en la raíz de dicha metanoia. Antes, empero, de iniciar la segunda navegación platoniana, el desencadenamiento de la guerra civil desbarató hojas de rutas y opacó, siquiera momentáneamente, objetivos y ensueños. Escapado milagrosamente de la riada de sangre y fuego de la represión desatada en Cataluña, como en el resto del país, contra los elementos y sectores contrarios a la realidad vigente, la prueba del exilio acabó por decantar las posiciones esbozadas en los pródromos del conflicto fratricida. Retornado a España, su adhesión al bando franquista fue a un tiempo completa y matizada por el antiguo diputado de la Lliga. La dimensión tradicional, la repristinización de facetas y valores de la antigua España de la que el régimen se proclamaba adalid y defensor, sería asumida sin mayores vacilaciones ni escrúpulos por un Valls que, sin embargo, no vaciló nunca en descubrir su abierta renitencia a los factores de índole totalitaria abanderados más o menos nítidamente por los círculos más activos y juveniles de lo que no habría de tardar en convertirse en una dictadura personal. Significativamente, su ocasional biógrafo, quizá por el comprensible pero quizás erróneo propósito de descargar y eximir a su personaje de las diatribas de que fuera y es objeto por la claudicación de sus ideales moceriles, pasa muy rápidamente la película del tramo postrero de la fecunda vida del prócer catalán. Durante su recorrido, colmado de afanes, honores y esperanzas, las viejas banderas no se plegaron, y su ardor fue extremo en paliar las aflicciones y reducir los dramas de los perseguidos y represaliados en la fase inaugural del primer franquismo, el más ciego, implacable y desatentado de todos. No pocas veces sus esfuerzos cristalizaron y otras no menos numerosas quedaron lejos de alcanzar su meta, pero nunca quedó desmentida tanto su hombría de bien como su amor insobornable a la tierra de sus antepasados. En el crucial otoño de 1942, cuando despuntaban ya los rayos del desquite de la civilización sobre la barbarie y los partidarios de la monarquía encamada por el conde de Barcelona —título adoptado por don Juan de Borbón por influencia de las enseñanzas romanas del desterrado Valls—, vendría la muerte a llamar, como en el poema elegiaco más hermoso y penetrante de la literatura universal, a la puerta del buen caballero cuya vida retrata a grandes pero bien dibujados trazos José María Mas Solenchs, en un libro cuyo mejor elogio tal pudiera compendiarse en la afirmación de que sabe a poco y, a las veces, a muy poco. El personaje merecía más. ¿Por qué no acometerlo el mismo autor en una obra de más alto gálibo y extenso tratamiento? |
|
Misión de audaces (1959)
de John Ford
La guerra era la guerra en aquella película.
Los cañones sonaban de verdad. Los heridos
sufrían de verdad. El cielo reflejaba
el rojo de la sangre mezclado con el fuego
de las detonaciones, y el terror se extendía
por el estremecido paisaje, como un ángel
oscuro desplegando sus alas de murciélago
sobre la inmensidad de la verde planicie,
salpicada de cuerpos destrozados. La guerra
era furia en Misión de audaces, y sonido
que estallaba en las sienes, y era un cuento contado
por un idiota (y todo eso que dice Shakespeare
en Macbeth).
Pero había grandeza en esa guerra,
Y John Ford, que no era ningún idiota, supo
subrayar ese aspecto (hoy tan poco política-
mente correcto) y darle a la guerra un sentido
más allá del vacío, más allá del dolor.
La nobleza, el honor, la bravura, el espíritu
de sacrificio, la caballerosidad,
el coraje y la buena crianza son virtudes
que habitan en el pecho de los héroes del Norte
(y también, cómo no, de los confederados)
mientras van a la guerra y desgranan sus épicas
canciones de batalla, y mientras sus azules
siluetas a caballo se recortan, triunfales,
sobre un alucinante crepúsculo de gloria.
Mientras van a la muerte como quien va a una cita
de amor o de amistad.
La guerra de las galaxias (1977)
de George Lucas
Hace ya tanto tiempo que no puedo acordarme,
pero sé que ocurrió. No sé dónde. En galaxias
improbables, difusas. Acaso en mi cerebro
tan sólo. No recuerdo ni el tiempo ni el lugar,
pero pasó. Las cosas importantes que pasan
parecen no pasar. Una chica muy rubia
venía de algún astro a jugar en tu sueño
contigo: era tu amiga, la que se fue de viaje
por el cielo, y volvía para no abandonarte
nunca más. Sonreía como una aparición
surgida de las páginas de una novela gótica
y, a la vez, como un hada de los hermanos Grimm.
Se hacía llamar Leia en nuestros juegos. Leia
Organa, para ser más precisos. Un nombre
que sonaba a romance galáctico, a balada
espacial, a cantar de gesta del futuro.
Un nombre que sabía a chicle americano
y a bolsa de patatas fritas en el descanso
de una doble sesión de cine, y a sirena,
y a caricia dulcísima, y a promesa de amor.
Hace ya tanto tiempo que no puedo acordarme,
pero sé que ocurrió. Y sé que a la princesa
Leia irán dirigidas mis últimas palabras
cuando la luz se apague, y que repetiré
su nombre en mi agonía, como si ella tuviese
un nombre, antes de hundirme en la noche total.
La Bella y la Bestia (1991)
de Gary Trousdale y Kirk Wise
¡Ah, mi Bella lectora, qué cara de radiante
felicidad pusiste cuando él abrió la puerta
de su maravillosa biblioteca! Tus ojos
prendían fuego al mundo y tus manos surcaban
océanos de libros sin temor al naufragio,
como quien cumple un sueño largamente esperado.
Sólo a partir de entonces el palacio de Bestia
fue también tu palacio. Sólo a partir de entonces
recibiste su cuerpo deforme en tu purísimo
santuario inviolado. Sólo entonces supiste
que lo amabas, que nada ni nadie impedirían
que te unieras a él con pasión infinita.
Faltaba sólo un pétalo por caer, y la rosa
languidecía dentro de su mágica urna.
Cayó por fin el último pétalo, y de la Bestia
bibliófila surgió un príncipe guapísimo
y analfabeto. Habría que intentar adaptarse
a aquel cambio: la vida es inferior al arte.
C
on frecuencia se oye decir que corren malos tiempos para el arte de Melpómene. Puede ser. Desbordado por el cine y la televisión, sus dos grandes rivales convertidos en grandes atracciones cotidianas, familiares o domésticas, y sitiado por los espectáculos deportivos de masas, el fútbol en especial, la afición al teatro ha quedado relegada a un ámbito de gusto más especializado, de minoría selecta, de afición
sin duda atractiva para gran número de espectadores, pero secundaria o complementaria con relación a las más solicitadas. Que el teatro se halla ahora socialmente arrinconado, al menos, si se admite la comparación de la respetuosa atención de que es objeto hoy, con la centralizada que obtuvo en otras épocas en que se le consideraba como el espectáculo social predominante, no se puede dudar. Con todo, las estadísticas revelan que deja de ser una afición residual, que sigue mereciendo el reconocimiento de estratos selectos de la población y que todavía conserva un prestigio literario y estético que le convierte en fuente de temas y en motivo de inspiración para los sustitutos escénicas predominantes. Y es muy dudoso, en contra de lo que muchas veces se piensa, que se encuentre en fase decreciente.
En todo caso, es difícil llegar a un diagnóstico claro sobre la situación del teatro. Depende mucho del punto de vista y las estadísticas pueden servir para satisfacer todos los gustos. En esta descripción voy a seleccionar aquellas que me parecen más indicativas, que pueden servir de base para una descripción generalizadora de la situación del teatro en España.
Son muchos los aspectos que pueden traerse a colación. Pueden tomarse como criterio las oscilaciones de la recaudación, por ejemplo; o el número de espectadores. Estos datos parecen, a primera vista al menos, los más indicativos de la evolución o de la salud de una actividad. Las cifras disponibles, recogidas del anuario de la Sociedad General de Autores, que es la principal fuente a la que se recurrirá en este comentario, señalan un aumento constante durante el último quinquenio, excepto para el año 2001 en que se produjo un retroceso significativo, corregido luego en la temporada siguiente, cuya recuperación resulta luego confirmada en el año 2003. A la hora de redactar este artículo no se disponían aún de los datos de la temporada de 2004, pero sí de referencias de las oleadas del Estudio General de Medios que parecen consolidar la tendencia de los dos años anteriores. Para concluir esta panorámica se ofrecerán algunas reflexiones basadas en la experiencia obtenida del continuado ejercicio de la crítica teatral en las salas comerciales madrileñas durante el último decenio.
Empecemos, pues, por ofrecer los datos de recaudación de las últimas temporadas. (tabla 1)

Como antes se indicó se observa una no irrelevante disminución de la recaudación en el año 2001 y un aumento muy significativo en las dos siguientes temporadas que permite hablar de recuperación creciente. En el año 2002, por especificar algo más los datos y apreciar en su valor los de la última temporada, fue el más interesante, pues es donde se produce un considerable incremento recaudatorio en las dos comunidades donde los ciudadanos destinan más fondos y, probablemente, más tiempo, al teatro, que son Cataluña y Madrid (Tabla 2).
Una primera consideración de valor estadístico permite apreciar que en Madrid se concentra prácticamente la mitad del público español contribuyente en la financiación de teatro, y que entre las comunidades madrileña y catalana, aunque sin temor a simplificar se puede centrar la referencia a las ciudades de Madrid y Barcelona, se citan las tres cuartas partes de los españoles que contribuyen directamente al financiamiento del teatro. Como luego se verá, el público de pago no se identifica con el número de espectadores. Pero lo que ahora cabe apreciar es que, además, sólo en la comunidad madrileña se produce un aumento constante de público contribuyente. Ese aumento, aunque sea relativo, tiene interés por sí mismo, pues puede observarse que en la temporada 2001 se produce un importante retroceso en la recaudación global, aunque en Madrid se advierte un ligero avance con relación al año anterior. En el año 2003 se confirma que el aumento del interés por el teatro se mantiene, al menos, si se limita la atención a la recaudación. Por lo que se sabe del año 2004 a través del Estudio General de Medios, parece confirmarse esa moderada tendencia.
No sería realista limitarse a la mera consideración de las estadísticas sobre recaudación para deducir que la afición al teatro lejos de disminuir se afianza, al menos en la comunidad madrileña, que es desde el punto de vista cuantitativo, la más importante como se puede apreciar. Hay otros muchos aspectos que deben tenerse en cuenta.
Limitando el comentario al más significativo, que es, como se dijo, el relativo al número de espectadores, se observa también un incremento, en algunos aspectos similar al de la recaudación, pues también se produce un descenso del número global de espectadores de teatro en el año 2001 y un aumento considerable en el 2002 que se confirma o se mantiene en el 2003 y, al parecer, también en el 2004 (Tabla 3).

Sin embargo, al comparar estas cifras con las referentes a la recaudación en relación con la distribución de espectadores en Madrid y Cataluña (Barcelona) los porcentajes se alteran de un modo que dificulta el comentario, pues las proporciones no guardan ninguna correlación con las anteriores. El porcentaje de espectadores es muy inferior a la proporción de la recaudación, sobre todo en Madrid. También lo es en Cataluña, si se tiene en cuenta que entre ambas no llegan al 50% de los espectadores totales. Si se considera el número de espectadores de otras comunidades, especialmente la valenciana, la distribución resulta más homogéneamente repartida.
De estas cifras se desprende que hay muchos aspectos que hay que tener en cuenta a la hora de hacer una descripción de la afición al teatro en España. Las motivaciones son muy diferentes, y se pueden distinguir distintos tipos de actividad teatral. Si no se tienen en cuenta los aspectos a los que ahora se va a aludir, no es posible comprender los motivos por los que se da esa diferencia que impide establecer una correlación congruente entre las cifras de «recaudación» y las relativas al número de «espectadores».
SUBVENCIONES Y SUCEDÁNEOS
En primer lugar, hay que considerar que se trata de una afición en buena parte subvencionada, lo que significa que no hay un mercado homogéneo, y que es posible distinguir, en el llamado teatro profesional, entre un teatro comercial y un teatro subvencionado, aunque no siempre sea fácil hacerlo.
En segundo lugar, el criterio que se aplica para elaborar las estadísticas engloba distintos tipos de espectáculos a los que tampoco es posible referirse mediante una definición común. Las variedades principales son el teatro tradicional, los sucedáneos teatrales, los musicales y algunos otros espectáculos de éxito que la mayoría de los espectadores no identificarían como teatro, por ejemplo aquellos que tienen más de circense que de teatral como las producciones de El circo del Sol. Por último, hay que añadir el llamado teatro «alternativo», que surge al socaire del teatro profesional y comercial y el teatro marginal y de aficionados. Todos estos aspectos contribuyen a diversificar la oferta e impiden tratar de modo simple una realidad dispersa, no fácil de delimitar e imposible de definir de manera unitaria.
Un aspecto peculiar de la actividad teatral deriva de que no es propiamente hablando en su conjunto una industria con fines comerciales y cultivada por profesionales. Incluso cuando se trata de teatro profesional, hay que considerar que una buena parte del público no establece una relación comercial con la sala, está compuesto por invitados o por grupos a los que se ofrecen precios especiales al margen del mercado. Además, muchas salas son de propiedad pública o reciben subvenciones públicas, por lo que sus precios tampoco están regulados por una relación clara de oferta y demanda. También hay que contar que, con cargo a presupuestos municipales o autonómicos reservados a la promoción de actividades culturales de muy diversa especie, se promueve la actividad de grupos teatrales de aficionados. Simplificando, pues, se puede aceptar que aproximadamente casi la mitad de la actividad teatral responde a estas motivaciones que desnaturalizan la relación incluso entre el teatro profesional y el público (Tabla 5).

Aunque los ingresos por subvención alcancen estas grandes proporciones que contribuyen a desvirtuar profundamente la relación entre el público y el teatro, la competencia en el teatro comercial es activa y, tal vez, los procedimientos a que se recurre para atraer público a las salas están muy condicionados por el propio sistema de subvenciones con el que ha de competir el teatro no subvencionado. Por esta razón, los grandes números que parecen consolidar en las tres últimas temporadas la afición al teatro no son un indicador plenamente fiable. La debilidad de la afición al teatro se manifiesta de otras maneras a espaldas de las cifras, en especial, por los recursos publicitarios que se utilizan, los procedimientos a que se recurre para motivar a que el espectador vaya a las salas y la fragmentación que se manifiesta entre modalidades muy diferentes de teatro comercial, semiprofesional, alternativo, marginal, etc.
Decía Marsillach antes de morir que la afición al teatro se había adulterado principalmente a causa de que, para atraer aficionados, los productores y empresarios recurrían a rostros de la televisión más que a actores que se hubieran formado en las tablas teatrales. Marsillach distinguía entre el actor del teatro y el de la televisión, y seguramente porque él mismo se había consagrado en la telecomedia, distinguía también entre el actor de directo o de telecomedia y el actor de diferido o de teleserie.
Tal vez su queja no estuviera del todo justificada, pues tampoco los actores de cine actúan directamente ante el público y, que el comentarista sepa, nunca se quejó por ello. Pero eso no quita que su observación esté bien enfocada. Gran parte de la afición al teatro no acude al espectáculo como antaño pensando en la obra que va a ver, o en la dirección escénica, o en la calidad de los actores, sino en aspectos accesorios que pasan a ser, sin embargo, el principal motivo de atracción que nutre parte de la audiencia teatral. Los productores se han habituado a utilizar el flujo de popularidad de la televisión para atraer espectadores. ¿Espectadores que no han ido nunca al teatro o que nunca hubieran ido si no fuera porque el actor principal es a la vez el protagonista de una teleserie? Este recurso es cada vez más frecuente y Marsillach, no sin motivo, se lamentaba de ello.
Luego están los sucedáneos teatrales. Una comedia que no llega a ser comedia porque no hay trama, ni intriga ni desenlace, sino un monólogo oportunista o un compendio de monólogos diversos. O un repertorio de cuadros distintos ligados entre sí por el actor y, si acaso, una breve y discutible melodía. Hombres.com, Mujeres.com, Criaturas.com, Bisexuales.com, Gays.com…, cuyo éxito comercial es indiscutible, pero cuya condición teatral sólo aparece por aproximación. Puede faltar todo: relato, diálogo, trama, incluso decorado. Eso sí, el punto com no puede faltar y con ello la degradación del estilo, del lenguaje, de las formas y del gesto. En suma, espectadores que creen que han ido al teatro y sólo han visto un sucedáneo, o una aproximación. Es difícil enjuiciar con una sola palabra este fenómeno ambivalente. Por un lado, atrae nuevos espectadores que nunca lo hubieran sido; por otro, es causa de la limitación y de las nuevas barreras que encuentran los autores o actores que no han conseguido entrar en los circuitos de las productoras televisivas.
Eso explica que aparezca también un tipo de teatro al que se le denomina «alternativo», de aficionado selecto o que requiere un cierto grado de provocación que no encuentra en los convencionalismos profesionales o comercializados. En algunas salas barcelonesas o madrileñas se ve también este tipo de teatro distinto, que las estadísticas engloban como teatro aficionado. El teatro alternativo no es como antaño un teatro ideológico ni experimental. Se lo reconoce más bien con palabras que ya dejan de tener un sentido o una aplicación definible, por su pretensión transgresora en una cultura en la que la transgresión de normas tradicionales se ha convertido en la norma convencional dominante. Lo que se suele ver en este original escenario es un tipo de representación distinta a la acostumbrada en el teatro habitual. También son distintos el tratamiento escénico y el público. La sala misma indica ya que las reglas de juego aplicables no son las convencionales. No hay numeración en los asientos y un público joven, universitario y bohemio suele ser el más asiduo.
Este teatro queda abierto a los posibles nuevos talentos. En él encuentran una oportunidad tanto escritores sin consolidar como directores y actores que disfrutan con el teatro. No quiere decir que no haya selección ni que se prescinda de criterios. Quiere decir que se rebaja el protagonismo personalista y se fomenta el servicio al teatro como valor de conjunto. Es una buena puerta de entrada para iniciar una carrera literaria o ejercitarse en el oficio dramático. En cuanto a los textos son de diversa calidad. En general ese mismo anonimato expresa el tipo de teatro que se expone y la concepción dramática a la que se intenta servir. Sin ser nada del otro jueves. A base de reiterar chistes —unos fáciles y otros más o menos ingeniosos, pero siempre apelando a cuantas posturas del Kamasutra caben en un cuarto de baño—, el público se contagia del ambiente festivo y ríe y aplaude sin inhibiciones. El espectáculo suele insistir en eso, hasta lo obsesivo, y prescindir de lo otro, de ofrecer alguna observación inteligente por mínima que sea sobre las relaciones entre el hombre y la mujer que no pase por el sexo, la cocina o el cuarto de baño.
¿Y qué ocurre con los autores, la renovación, las obras? He repasado la lista de estrenos en teatros comerciales de Madrid en los últimos cinco años. Prácticamente no hay autores nuevos. ¿Faltan? No necesariamente. Lo que ocurre es que un Premio Nacional de Teatro, o un Lope de Vega consigue estrenar al cabo de cinco años en una sala subvencionada donde malvive algunas semanas sin riesgo comercial, sin público y sin publicidad. Eso es a lo máximo que puede aspirar. En las salas no subvencionadas se insiste en los antiguos. El teatro clásico vive exclusivamente de la subvención. Para la comedia ligera se procede a los comediógrafos de la posguerra, Neville, Mihura, Jardiel, principalmente. De entre los vivos los éxitos se asocian a los nombre de Gala, Alonso Millán, Moneada. Algunas obras, como Arte, o algunos actores como Flotats, alcanzan un gran éxito. Y de repente surgen las gratas sorpresas, y una obra como El diario de Adán y Eva de Mark Twain rompe los esquemas y rebasa el ciclo de las temporadas. ¿Por qué es mejor que las otras? Buena lo es. Mejor…
El autor ha intentado en esta comedia onírica, como hizo en la anterior Hacia Damasco, imitar la forma incoherente aunque aparentemente lógica de los sueños. Todo puede ocurrir, todo es posible y verosímil. Tiempo y espacio no existen: sobre una insignificante base de realidad, la imaginación hila y teje nuevos dibujos: mezcla de recuerdos, vivencias, puras invenciones, absurdos e improvisaciones.
Los personajes se escinden, se multiplican, se doblan, se desdoblan, se evaporan, se condensan, desaparecen, se reúnen. Pero sobre todos ellos, hay una conciencia, la del soñador; para él no hay secretos, inconsecuencias, ni escrúpulos ni ley. Él no condena, ni absuelve, simplemente narra, y como generalmente en los sueños hay más dolor que alegría, recorre la vacilante narración un aire de melancolía y de compasión con todo lo vivo. El sueño, el libertador, se comporta a menudo como verdugo, pero cuando más fuerte es la tortura, se presenta el despertar y reconcilia al sufriente con la realidad que, por muy siniestra que pueda ser, sin embargo, en ese instante, es un placer comparado con los dolorosos sueños.
1
El telón del foro representa un bosque de gigantescas malvarrosas con flores de color blanco, rosa, púrpura, rojo, amarillo azufre, azul, violeta, sobre las que se dibuja el tejado dorado de un castillo en el que destaca el capullo de una flor con forma de corona. Al pie de los muros del castillo han extendido paja para cubrir el estiércol sacado de las caballerizas.
Los decorados laterales, que no cambian en toda la pieza, son estilizadas pinturas, a un tiempo espacio, arquitectura y paisaje.
La hija y el Cristalero entran en el escenario.
LA HIJA.- El castillo sigue creciendo de la tierra… ¿Ves lo mucho que ha crecido desde el año pasado?
EL CRISTALERO para sus adentros.-Yo no he visto nunca ese castillo… jamás he oído que un castillo crezca… pero- a la HIJA con firme convicción– sí, habrá crecido un par de metros, pero es porque lo han abonado… y si te fijas bien verás que le ha crecido un ala en el lado del sol.
LA HIJA.-¿No debería florecer pronto? Ya hemos pasado San Juan…
EL CRISTALERO.-¿No ves las flores allá arriba?
LA HIJA.-¡Las veo, las veo! -Aplaude-. — Dime, padre, ¿por qué crecen las flores mejor en el estiércol?
EL CRISTALERO apaciblemente.-¡Como no se encuentran a gusto en la suciedad, se apresuran a dejarla para salir a la luz, florecer y morir!
LA HIJA.-¿Sabes quién vive en el castillo?
EL CRISTALERO.-Lo he sabido, pero no me acuerdo.
LA HIJA.-Creo que allí hay un preso… y seguramente espera que vaya a liberarlo.
EL CRISTALERO.-Y ¿a qué precio?
LA HIJA.-No se regatea cuando debes hacer algo. ¡Vamos a entrar al castillo! —
EL CRISTALERO.-¡Entremos!
2
Van hacia el foro donde el telón se abre lentamente hacia los lados. La escena es ahora una sencilla y desnuda habitación con una mesa y varias sillas. En una de ellas está sentado un oficial que lleva un uniforme contemporáneo, aunque muy extraño.
Se balancea en la silla golpeando a la vez la mesa con el sable.
LA HIJA va hasta el OFICIAL y le quita suavemente el sable de la mano.-¡No, así no! ¡Así no!
EL OFICIAL.-Por favor, Agnes querida, ¡no me quites el sable!
LA HIJA.-Sí, ¡vas a romper la mesa! –Al padre-. Vete al cuarto de los arreos y pon el cristal. ¡Luego nos veremos!
EL CRISTALERO sale.
•
LA HIJA.-Estás preso en tus habitaciones. ¡Yo he venido a liberarte!
EL OFICIAL.-He esperado este momento, pero no estaba seguro de que quisieras hacerlo.
LA HIJA.-El castillo es muy sólido, tiene siete muros, pero -¡lo conseguiré! Tú quieres ser liberado ¿o no?
EL OFICIAL.-Pues francamente, no lo sé, porque en cualquier caso me reportará algún mal. Todo placer en la vida hay que pagarlo con el doble de dolor. Aquí donde estoy ahora lo paso mal, pero si compro la dulce libertad seguro que sufriré el doble. – Agnes, prefiero soportar esto, ¡siempre que pueda verte!
LA HIJA.-¿Qué ves en mí?
EL OFICIAL.-La belleza, que es la armonía en el universo – Hay líneas en tu figura que yo sólo encuentro en las órbitas del sistema solar, en el hermoso sonido de la música de cuerda, en las vibraciones de la luz – Tú eres una criatura del cielo…
LA HIJA.-¡También tú lo eres!
EL OFICIAL.-¿Por qué tengo entonces que cuidar caballos? ¿Atender la cuadra y sacar el estiércol?
LA HIJA.-¡Para que sientas el deseo de dejarlo!
EL OFICIAL.-Eso es lo que siento, pero ¡es tan complicado salir de esto!
LA HIJA.-¡Es un deber buscar la libertad en la luz!
EL OFICIAL.-¿Deber? ¡Jamás ha reconocido la vida que tenía deber alguno para conmigo!
LA HIJA.-¿Te sientes maltratado por la vida?
EL OFICIAL.-¡Sí! Ha sido injusta conmigo…
3
Ahora se oyen voces detrás del biombo que es retirado poco después. El oficial y la Hija miran hacia allí, quedando como petrificados en gesto y expresión. Junto a una mesa está sentada la Madre, de aspecto enfermizo. Ante ella hay una vela que despabila con ayuda de unas despabiladeras. Sobre la mesa hay unos montones de camisas nuevas a las que está poniendo una marca de tinta con una pluma de ganso. A la izquierda un armario ropero marrón.
El padre le trae un mantón de seda.
EL PADRE.-¿No lo quieres?
LA MADRE.-Un mantón de seda, cariño, ¿de qué me sirve si me voy a morir dentro de cuatro días?
EL PADRE.-¿No crees lo que dice el médico?
LA MADRE.-Creo lo que dice, pero sobre todo creo la voz que llevo aquí dentro.
EL PADRE en tono triste.-Entonces ¿es grave? — ¡Y tú piensas únicamente en tus hijos!
LA MADRE.-¡Son mi vida! Mi justificación… mi alegría y mi pena…
EL PADRE.- Kristina, perdóname… ¡todo!
LA MADRE.-¿Qué? Perdóname tú a mí, amor mío; nos hemos torturado mutuamente; ¿por qué? ¡No lo sabemos! ¡No podíamos hacer otra cosa! —Bueno, en todo caso, aquí tienes la ropa interior nueva de los niños… Ocúpate de que se cambien dos veces por semana, miércoles y domingo, y que Lovisa los lave bien por todo el cuerpo ¿Vas a salir?
EL PADRE.-¡Tenemos reunión de directiva a las once!
LA MADRE.-Antes de marcharte dile a Alfred que venga.
EL PADRE señalando al OFICIAL.-¡Por Dios, si está aquí, querida!
LA MADRE.-Hasta empiezo a ver mal… sí, está oscureciendo… despabila la vela, ¡Alfred! ¡Acércate!
El padre sale a través de la pared haciendo inclinaciones de cabeza.
•
El oficial va hasta LA MADRE.
LA MADRE refiriéndose a Agries.-¿Quién es esa chica?
EL OFICIAL en voz baja.-¡Es Agnes!
LA MADRE.-Ah, ¿es Agnes? ¿Sabes lo que dicen? Que es la hija del dios Indra venida a la tierra para enterarse de la verdadera situación de los hombres —Pero ¡tú no digas nada! —
EL OFICIAL.-¡Es una hija de Dios!
LA MADRE ya en tono normal.-Alfred querido, dentro de muy poco os dejaré a ti y a tus hermanos… ¡Permíteme que te diga unas palabras sobre la vida!
EL OFICIAL.-¡Dime, madre!
LA MADRE.-Sólo unas palabras: ¡no te pelees nunca con Dios!
EL OFICIAL.-¿Qué quieres decir, madre?
LA MADRE.-Que no debes considerarte maltratado por la vida.
EL OFICIAL.-Pero cuando se me trata injustamente…
LA MADRE.-¿Te refieres a aquella vez en que fuiste castigado injustamente por haber cogido una moneda que luego apareció?
EL OFICIAL.-A eso, sí, y esa injusticia me desvió del buen camino, le dio una dirección torcida a mi vida…
LA MADRE.-¿Ah, sí? Pues ahora vete hasta aquel armario…
EL OFICIAL avergonzado.- Entonces ¡lo sabes! Es…
LA MADRE.-El Robinson Crusoe… Que..
EL OFICIAL.-¡No digas más!…
LA MADRE.-¡El libro que tú rompiste y ocultaste… por lo que fue castigado tu hermano!
EL OFICIAL.-Y pensar que ese armario lleva veinte años con nosotros… Y eso que nos hemos mudado tantas veces, y mi madre murió hace diez años.
LA MADRE.-¿Y qué importa? ¡Pero tú tienes que andar preguntando todo y de esa manera estropeas lo bueno que te puede dar la vida! — ¡Mira, ahí viene Lina!
•
LINA entrando.-Muchísimas gracias, señora, pero no puedo ir al bautizo…
LA MADRE.-¿Por qué, hija mía?
LINA.-¡Porque no tengo nada que ponerme!
LA MADRE.-No te preocupes, ¡te prestaré mi mantón!
LINA.-Oh, no, señora, ¡eso es imposible!
LA MADRE.-¡No te entiendo! Yo ya no voy a asistir a ninguna fiesta…
EL OFICIAL.-¿Qué va a decir mi padre? Es un regalo suyo…
LA MADRE.-¡Qué mezquindad!
EL PADRE asomando la cabeza.-¿Vas a prestarle mi regalo a una criada?
LA MADRE.-No digas eso… recuerda que yo también fui sirvienta… ¿por qué tienes que herir a una inocente?
EL PADRE.-Y tú, ¿por qué tienes que ofenderme a mí, tu marido?
LA MADRE.-¡Uf, qué vida! Cuando tienes un bello gesto y actúas generosamente, siempre hay alguien que lo encuentra feo… si le haces un bien a alguien, le haces un mal a otro. ¡Uf, qué vida! Despabila la vela y la apaga. El escenario queda a oscuras y colocan el biombo.
LA HIJA.-¡Triste destino el de los hombres! ¡Qué pena me dan!
EL OFICIAL.-¿Eso crees?
Se dirigen al foro.
4
Nuevo decorado: un muro divisorio viejo y sucio. En mitad del muro hay una verja que da a un callejón que desemboca en una plaza verde, donde se vislumbra un colosal acónito azul.
A la izquierda de la verja está sentada la portera, ¡a cabeza y los hombros cubiertos con un chal; está tejiendo una colcha a ganchillo.
A la derecha hay un tablón para pegar carteles que el cartelero está limpiando; a su lado hay un salobre con el mango verde.
Más allá, también a la derecha, hay una puerta con una hendidura de ventilación perforada en forma de trébol de cuatro hojas.
A la izquierda, un pequeño tilo, delgado, con el tronco negro como el carbón y alguna hoja de color verde claro. Al lado, el tragaluz de un sótano.
LA HIJA va hasta LA PORTERA.-¿Aún no ha terminado la colcha de ganchillo?
LA PORTERA.-No, amiga mía: ¡veintiséis años no es nada para una obra semejante!
LA HIJA.-¿Y el novio no volvió?
LA PORTERA.-No, pero no fue culpa suya. Tuvo que escaparse… el pobre: ¡hace ya treinta años!
LA HIJA al CARTELERO.-Ella bailaba en la Opera, ¿verdad?
EL CARTELERO.-Era la número uno, prima ballerina assoluta… pero cuando él se largó fue como si le hubiese robado su danza… y ya no le dieron más papeles…
LA HIJA.-Todos se quejan, al menos con los ojos y de palabra…
EL CARTELERO.-No soy de los que más se quejan… ¡sobre todo no ahora, que he conseguido mi salabre y mi nasa verde!
LA HIJA.- ¿Y eso le hace feliz?
EL CARTELERO.-Sí, feliz, muy feliz… era el sueño de mi juventud… y ahora se ha hecho realidad, claro que ya he cumplido los cincuenta…
LA HIJA.-Cincuenta años para un salabre y una nasa…
EL CARTELERO.-Una nasa verde… una verde…
LA HIJA a la PORTERA.-¡Deme ahora el chal, quiero ocupar su sitio y oír a los hijos de los hombres! ¡Pero usted se quedará aquí detrás para apuntarme!
Se echa el chal sobre los hombros y se sienta junto a la verja.
LA PORTERA.-Hoy es el último día, luego se cierra la Ópera… es ahora cuando van a saber si los han contratado…
LA HIJA.-¿Y los que no son contratados?
LA PORTERA.-¡Esos, Dios mío! ¡Es duro de ver!… Yo me echo el chal sobre la cara…
LA HIJA.-¡Pobre gente!
LA PORTERA.-¡Ahí viene una! — ¡No está entre los elegidos! Mire cómo llora…
La cantante entra desde la derecha corriendo y cruza la verja con el pañuelo en los ojos. Se para un momento en el callejón apoyando la cabeza en la pared; luego sale deprisa.
LA HIJA.-¡Triste destino el de los hombres! ¡Qué pena me dan!
LA PORTERA.-Pero, mire, ¡mire ahí y verá un hombre feliz!
El oficial viene por el callejón de levita y sombrero de copa con un ramo de rosas en la mano. Deslumbrante, alegre.
LA PORTERA.-¡Se va a casar con la señorita Victoria!—
EL OFICIAL en el proscenio, mira hacia arriba y dice cantando.- ¡Victoria!
LA PORTERA.-¡La señorita baja enseguida! –
EL OFICIAL. – ¡Muy bien! La calesa nos espera, la mesa está puesta, el champán en el hielo… Señoras, ¿puedo darles un abrazo?
Abraza a LA HIJA y a LA PORTERA. Canta. ¡Victoria!
UNA VOZ FEMENINA DESDE ARRIBA cantando.-¡Estoy aquí!
EL OFICIAL.-¡Bueno! ¡Te espero!
LA HIJA.-¿Me conoces?
EL OFICIAL.-No, yo sólo conozco a una mujer… ¡Victoria! —Llevo siete años viniendo aquí a esperarla… al mediodía cuando el sol alcanza las chimeneas y por las tardes cuando cae la oscuridad sobre la ciudad… ¡Mire, mire bien el asfalto y verá las huellas del amante fiel! ¡Es mía! Canta. ¡Victoria! No obtiene respuesta. Bueno, ¡se está vistiendo! Al CARTELERO. ¡Ahí veo un salabre! Todos los de la Ópera sueñan con un salabre…¡mejor dicho con los peces! Los mudos peces, porque no pueden cantar… ¿Cuánto vale un chisme así?
EL CARTELERO.- ¡Es bastante caro!
EL OFICIAL cantando.-¡Victoria! —Sacude el tilo, ¡Vuelve a verdear! ¡Por octava vez! Canta. ¡Victoria! ¡Ahora se estará peinando el flequillo!
A LA HIJA. Oiga, señora, ¡déjeme subir a buscar a mi novia!
LA PORTERA.-¡No puede pasar nadie al escenario! ¡Está prohibido!
EL OFICIAL.-¡Llevo siete años viniendo aquí! ¡Siete veces trescientos sesenta y cinco días son dos mil quinientos cincuenta y cinco! Se detiene y señala la puerta del trébol de cuatro hojas. —Y esta puerta… ¡la he visto dos mil quinientas cincuenta y cinco veces sin poder enterarme de adonde lleva! Y este trébol, cuya función es dejar pasar la luz… ¿para quién la deja pasar? ¿Hay alguien ahí dentro? ¿Vive alguien ahí?
LA PORTERA.-¡No lo sé! ¡Nunca la he visto abierta!
EL OFICIAL.-Parece la puerta de una despensa que vi cuando tenía cuatro años y la criada me llevó con ella un domingo por la tarde que iba a ver a otras criadas. Fuimos a la casa donde trabajaban, pero yo nunca salí de la cocina y me pasé el día ¡sentado entre la cuba del agua y el gran salero! Así es que he visto mucha cocina en mi vida y las despensas tienen en la puerta varios agujeros de ventilación redondos y uno en forma de trébol — Pero en la Ópera no puede haber despensa porque, que yo sepa ¡no hay cocina! Canta. ¡Victoria!
EL OFICIAL.-Señora, ¿no hay ningún otro camino por el que pueda salir?
LA PORTERA.-¡No hay ningún otro camino!
EL OFICIAL.-En ese caso, ¡me encontraré con ella!
Gentes de teatro salen bajo la vigilante mirada del Oficial.
EL OFICIAL.-¡Ya tiene que salir pronto! —Señora, ¡ese acónito azul de ahí fuera! Lo llevo viendo ahí desde que era niño… ¿Será el mismo? —Me acuerdo de un día, cuando tenía siete años, en el jardín de la casa de un cura… también había un acónito… y aquella vez vi que se había metido una abeja en el cáliz… entonces pensé «¡Ya te tengo!». Y cerré el cáliz. Pero la abeja me picó a través de los pétalos y me eché a llorar… Entonces llegó la esposa del pastor y me puso barro en la picadura… Luego ¡me dieron fresas con leche para cenar! ¡Parece que va oscureciendo!
AL CARTELERO¿A dónde va usted?
EL CARTELERO.-¡Me voy a casa a cenar!
EL OFICIAL llevándose la mano a los ojos.-¿A cenar?¿A estas horas? – ¡Oiga! —
A LA HIJA ¿Puedo entrar un momento? ¡Tengo que telefonear al «Castillo que crece»!
LA HIJA.-¡No tienes nada que hacer allí!
EL OFICIAL.-Sí, tengo que decirle al cristalero que ponga cristales dobles porque pronto llegará el invierno y yo me hielo allí dentro. Entra en la portería.
•
LA HIJA.-¿Quién es la señorita Victoria?
LA PORTERA.-¡Es su amada!
LA HIJA.-¡Buena respuesta! ¡Lo que es para nosotros y los demás, a él no le importa! ¡Ella es sólo lo que es para él! Oscurece rápidamente.
LA PORTERA encendiendo el farol.-¡Hoy oscurece deprisa!
LA HIJA.-¡Para los dioses un año es como un minuto!
LA PORTERA.-¡Y para los hombres un minuto puede ser tan largo como un año!
EL OFICIAL vuelve a entrar, aspecto ajado, las rosas se han marchitado.- ¿No ha salido todavía?
LA PORTERA.-¡No!
EL OFICIAL. – ¡Saldrá, seguro! —¡Ella saldrá! Pasea yendo y viniendo. Por otra parte es cierto, creo que será sensato anular la reserva de la comida… en fin ¡ya es de noche! ¡Sí, sí, voy a hacerlo! Va a telefonear.
•
LA PORTERA a LA HIJA.-¿Me devuelve ya el chal?
LA HIJA.-No, amiga mía, estás libre: voy a hacer tu trabajo porque quiero conocer a los hombres y la vida, averiguar si es tan dura como dicen.
LA PORTERA.-Pero no puede dormirse en su puesto, no dormirse nunca, ni de noche ni de día…
LA HIJA.-¿No dormir por la noche?
LA PORTERA.-Bueno, si usted puede hacerlo con la cuerda de la campanilla atada al brazo —porque hay vigilantes nocturnos que recorren el escenario y se relevan cada tres horas…
LA HIJA.- Es una tortura…
LA PORTERA.- Eso es lo que usted cree, pero nosotros estamos encantados con un puesto así. Si usted supiera lo que me envidian…
LA HIJA.-¿Que la envidian? ¿Se envidia ahora a los torturados?
LA PORTERA.- ¡Pues, sí! —Mire, más duro que la vigilia y el cansancio, que las corrientes y el frío y la humedad es lo que he tenido que aguantar: oír las confidencias de todos los desgraciados de ahí arriba… Todos vienen a mí, ¿por qué? Porque tal vez lean en las arrugas de mi cara las runas que escribe el sufrimiento y que, probablemente, les invitan a hablar. ¡En ese chal, querida amiga, se esconden treinta años de penas propias y ajenas! —
LA HIJA.- También es pesado… y quema como las ortigas….
LA PORTERA.-Llévelo si así lo desea… cuando se le haga demasiado pesado, ¡llámeme, que vendré a relevarla!
LA HIJA.-¡Adiós! ¡Lo que usted aguante, también lo puedo aguantar yo!
LA PORTERA.-¡Ya veremos! —Pero sea buena con mis amigos y no se canse cuando le cuenten sus penas.- Desaparece por el callejón. Se hace el oscuro en el escenario. Cambia el decorado. Cuando vuelve la luz vemos que ya se le han caído las hojas al tilo, el acónito azul se ha marchitado y está negro; y lo que estaba verde en la perspectiva del callejón se ve del color marrón del otoño.
EL OFICIAL sale cuando aclara. Ahora tiene el pelo gris y la barba gris La ropa deteriorada, el cuello duro sucio y desmadejado, al marchito ramo de rosas se le han caído los pétalos y sólo le quedan los tallos. Pasea.- A juzgar por todos los signos ha pasado ya el verano – y se acerca el otoño-. ¡Lo veo en el tilo y en el acónito! Sigue dando vueltas en su paseo. Pero el otoño es mi primavera ¡porque se vuelve a abrir el teatro! Y entonces ¡ella tiene que salir! Señora, ¿puedo sentarme en esta silla mientras espero?
LA HIJA.-¡Siéntese, amigo, yo puedo estar de pie!
EL OFICIAL se sienta.-¡Si pudiese dormir un poco, me bastaría para sentirme mejor!… Se queda dormido un instante pero, de repente, se levanta de un salto y comienza a pasear; se para delante de la puerta del trébol y apunta hacia ella. Esta puerta que no me deja tranquilo un minuto… ¿qué hay detrás de ella? ¡Algo tiene que haber! Se oye una suave música de ballet que viene de lo alto. ¡Ya han empezado los ensayos! La escena se ilumina discontinuamente, a golpes, como por un faro intermitente, ¿Qué es esto? Llevando el compás de la luz. ¿Luz y sombra, luz y sombra?
LA HIJA imitándolo.-¡Día y noche; día y noche! ¡Una misericordiosa Providencia quiere acortar tu espera! ¡Por eso vuelan los días perseguidos por las noches! La luz se estabiliza en el escenario. Entra EL CARTELERO con el salobre y los útiles necesarios para pegar carteles.
EL OFICIAL.-Hombre, aquí está el cartelero con su salabre. ¿Buena pesca?
EL CARTELERO.-¡Muy buena! Hemos tenido un verano caluroso y largo… y el salabre es bueno, ¡aunque no tanto como me había imaginado!
EL OFICIAL recalcando mucho lo que dice.-¡No tanto como me había imaginado!— ¡Muy bien dicho! Nada es como uno se ha imaginado!… porque el pensamiento va más lejos que la acción – es superior al objeto… Sigue su incesante caminar y sacude el ramo de rosas en la pared de manera que caen los últimos pétalos.
EL CARTELERO.-¿Aún no ha bajado?
EL OFICIAL.-No, aún no, pero ¡pronto bajará! ¿Sabe usted lo que hay detrás de esta puerta?
EL CARTELERO.-No, yo esa puerta no la he visto nunca abierta.
EL OFICIAL.-¡Voy a telefonear a un cerrajero para que venga a abrirla! Va al teléfono. El cartelero pega un cartel y se dirige a la derecha.
LA HIJA.-¿Qué tiene de malo su salabre?
EL CARTELERO.-¿De malo? Nada, absolutamente nada… pero no es como me lo había imaginado y por eso la alegría no ha sido tan grande…
LA HIJA.-¿Y cómo se había imaginado el salabre?
EL CARTELERO.-¿Cómo? No sé cómo explicárselo…
LA HIJA.-¡Déjeme que se lo diga! ¡Se lo había imaginado exactamente como no era! ¡Quería que fuese verde, pero no de ese verde!
EL CARTELERO.-¡Usted sí que sabe, señora! Usted lo sabe todo – ¡por eso vienen todos a usted con sus cuitas! Si algún día quisiera escucharme a mí también…
LA HIJA.-Con mucho gusto… Venga aquí y desahogue su corazón… Entra a su cuarto. El cartelero va a la ventana y le habla desde allí.
•
Se hace de nuevo el oscuro; luego vuelve paulatinamente la luz y ahora vuelve a verdecer el tilo y el acónito está en flor; el sol luce en la verde perspectiva del callejón de la verja. Entra el Oficial, ahora viejo y con el pelo blanco, ropa y zapatos gastados; lleva en la mano los restos del ramo de rosas. Da vueltas por el escenario caminando como un viejo. Lee el cartel. Una Bailarina entra por la derecha.
EL OFICIAL.-¿Se ha ido la señorita Victoria?
UNA BAILARINA.-No, no se ha ido.
EL OFICIAL.-Entonces ¡espero! – ¿Saldrá pronto?
UNA BAILARINA, seria.-¡Seguro!
EL OFICIAL.-No se vaya. Si se queda podrá ver lo que hay detrás de esa puerta. ¡He mandado venir a un cerrajero! UNA BAILARINA.-Será realmente interesante ver abrir esa puerta. Esa puerta y el castillo que crece, ¿ha oído hablar del Castillo que crece?
EL OFICIAL.-¡Que si he oído! ¡He estado preso allí!
UNA BAILARINA.-Ah ¿era usted el preso? Pero ¿por qué había tantos caballos?
EL OFICIAL.-Porque era un castillo-caballeriza, obvio.
UNA BAILARINA, contrariada.-¡Qué estúpida soy! ¿Cómo no se me ocurriría pensarlo?
Entra por la derecha un MIEMBRO DEL CORO.
EL OFICIAL.-¿Se ha ido la señorita Victoria?
MIEMBRO DEL CORO, serio.-No, no se ha ido. ¡Ella no se va nunca!
EL OFICIAL.-Es porque me ama No se vaya hasta que venga el cerrajero que va a abrir esta puerta.
MIEMBRO DEL CORO.-Oh, ¿van a abrir la puerta? ¡Qué bien! ¡Sólo voy a preguntarle una cosa a la portera!
El apuntador entra por la derecha.
EL OFICIAL.-¿Se ha ido la señorita Victoria?
EL APUNTADOR.-¡No, que yo sepa!
EL OFICIAL.-¿Ven? ¿No les decía que me está esperando? – No se vaya porque se va a abrir la puerta.
EL APUNTADOR.-¿Qué puerta?
EL OFICIAL.-¿Hay más de una puerta?
EL APUNTADOR.-Ah, ya caigo, ¡la del trébol de cuatro hojas! Entonces me quedo, claro. – ¡Sólo voy a hablar un momento con la portera!
LA BAILARINA, EL MIEMBRO DEL CORO y EL APUNTADOR se unen al CARTELERO junto a la ventana de LA PORTERA; y hablan, por tumo, con LA HIJA.
El cristalero viene por el callejón y entra por la verja.
EL OFICIAL.-¿Es usted el cerrajero?
EL CRISTALERO.-No, el cerrajero tenía visita, y para esto da igual un cristalero.
EL OFICIAL.-Sí, claro, claro evidente… pero traerá el diamante, ¿no?
EL CRISTALERO.- ¡Naturalmente! ¿Dónde ha visto usted un cristalero sin diamante?
EL OFICIAL.-No, nunca. En ningún sitio. – Y ahora ¡manos a la obra!
Da unas palmadas. Todos se reúnen formando un círculo en tomo a la puerta.
Miembros del coro, vestidos como los Maestros cantores; y comparsas, como las bailarinas de Aida, entran por la derecha y se unen al grupo.
EL OFICIAL.-¡Cerrajero – o cristalero – cumpla con su deber! El cristalero se adelanta con el diamante.
EL OFICIAL.-Un momento como este no ocurre muchas veces en la vida de un hombre, por tanto, amigos míos, os pido que… reflexionéis seriamente sobre…
EL POLICÍA.-¡En nombre de la ley prohíbo la apertura de esa puerta!
EL OFICIAL.-¡Oh, Dios mío, que follón se arma siempre que alguien quiere hacer algo nuevo y grande! —Pero esto no quedará así. ¡Iniciaremos un proceso! —¡Todos al abogado! ¡Vamos a ver si en este país las leyes sirven para algo! ¡Al abogado!
5
El escenario se transforma, a telón abierto, en un bufete de abogado, de esta manera: la verja se queda donde está, sirviendo como barandilla de separación de la sala de espera y la oficina. La habitación de la portera permanece en su lugar, abierta hacia delante, como despacho del ABOGADO. El tilo, deshojado, es un perchero para sombreros y abrigos. El tablón donde se fijaban los carteles está ahora cubierto de ordenanzas y sentencias de juicios. La puerta del trébol es ahora la puerta de un armario-archivo.
EL ABOGADO, de frac y bufanda de seda blanca, está pues a la izquierda, en el interior de la verja, sentado ante una mesa llena de papeles. Sus rasgos denotan grandes sufrimientos: blanco como el yeso, surcado de arrugas y con ojeras violeta; es feo y su rostro refleja todo el tipo de delitos y vicios con los que se ve obligado a rozarse por su profesión.
De sus dos escribanos, uno es manco y el otro, tuerto.
La gente reunida para presenciar la «apertura de la puerta» permanece en su sitio, pero ahora como esperando que los reciba EL ABOGADO y dando la impresión de que han estado siempre allí. La hija (con el chal) y el Oficial, en primer término.
EL ABOGADO va hasta LA HIJA.-Escúchame, hermana, ¿por qué no me das ese chal? — Lo voy a colgar aquí dentro hasta que encienda la estufa; entonces lo quemaré con todas las penas y miserias que lleva —
LA HIJA.-Aún no, hermano, antes quiero llenarlo bien y sobre todo deseo recoger todos tus dolores, todas las confidencias que te han hecho sobre delitos, vicios, encarcelamientos injustos, calumnias, insultos…
EL ABOGADO.-Mi querida amiga, entonces ¡no bastará tu chal! ¡Mira estas paredes!; ¿no es como si en su empapelado estuvieran grabados todos los pecados?; observa estos papeles donde redacto las historias de delitos; mírame a mí… Aquí no viene nunca nadie con la sonrisa en los labios, sino con maldad en la mirada, enseñando los dientes, los puños cerrados. Todos escupiendo sobre mí su maldad, su envidia, sus desconfianzas… Mira, tengo negras las manos y nunca me las podré lavar, mira lo sucias y agrietadas que están… no puedo llevar la misma ropa más que unos días, porque enseguida hiede a delitos ajenos… A veces trato de desinfectarla quemando azufre aquí dentro, pero no arregla nada: duermo ahí al lado y no sueño más que con crímenes— En la actualidad llevo un caso de asesinato en la audiencia —Todo eso, aunque es duro, puede pasar, pero ¿sabes qué es lo peor de todo? —¡Separar matrimonios! Es como si se alzase un grito en la tierra y llegase hasta el cielo… un grito de traición contra las fuerzas primigenias, contra las fuentes del bien, contra el amor… Y cuando estas resmas de papel están abarrotadas de quejas y acusaciones mutuas, aparece un buen día un hombre bueno y llama aparte a uno de los cónyuges y tirándole cariñosamente de la oreja le pregunta sencillamente: en realidad ¿qué tiene usted contra su marido -o su esposa-? Entonces él -o ella- se queda sin contestación ¡no saben cuál es la causa! Una vez – bueno, el motivo era una lechuga, otras una palabra: la mayoría de las veces ¡nada! Pero ¡el sufrimiento, la angustia! ¡Eso tengo que soportarlo yo! Mira qué cara tengo. ¿Crees que podría conquistar el amor de una mujer con este aspecto de delincuente? ¿Y crees que alguien puede querer ser mi amigo, si soy el encargado del cobro ejecutivo de todas las deudas de la ciudad? ¡Un puro lamento, eso es lo que es ser hombre!
LA HIJA.-¡Triste destino el de los hombres! ¡Qué pena dan!
EL ABOGADO.-¡Así es! Y ¿de qué viven? ¡Eso sí que es un misterio para mí! Se casan con unos ingresos de dos mil, cuando necesitan cuatro mil —y piden préstamos, claro, y se empeñan, ¡todos se empeñan! y así van, a trancas y barrancas, hasta la muerte —entonces la herencia ¡no son más que deudas! Y finalmente ¿quién las paga?, sí, ¡dígamelo!
LA HIJA.-¡El que da de comer a las aves del cielo!
EL ABOGADO.-¡Sí! Pero si aquel que da de comer a las aves quisiese descender a su tierra para ver con sus propios ojos cómo viven los pobres hijos de los hombres, tal vez sintiese compasión…
LA HIJA.-¡Triste destino el de los hombres! ¡Qué pena dan!
EL ABOGADO.-Sí, ¡esa es la pura verdad!
AL OFICIAL Y usted ¿qué quiere?
EL OFICIAL. -Yo sólo quería preguntar si se había ido la señorita Victoria…
EL ABOGADO.-No, no se ha ido. Puede estar completamente tranquilo ¿Qué hace usted toqueteando mi armario?
EL OFICIAL.-Es que pensaba que la puerta es tan parecida…
EL ABOGADO.-¡No, no, por favor!
Se oye el tañido de campanas.
EL OFICIAL.-¿Hay algún entierro en la ciudad?
EL ABOGADO.-No, anuncian la ceremonia de entrega de los títulos de doctor. ¡Y yo iré para ser promovido a doctor en Derecho! ¿No le apetecería a usted que lo promovieran a doctor y lo coronasen de laurel?
EL OFICIAL.-Bueno, ¿por qué no? Siempre será una pequeña distracción…
EL ABOGADO.-¿Quizá deberíamos partir inmediatamente y con paso majestuoso al solemne acto? ¡Anda, vete deprisa a cambiarte!
6
Sale el Oficial. Vuelve a hacerse el oscuro en el escenario donde se producen las siguientes transformaciones – La barandilla sigue en su sitio pero haciendo ahora de balaustrada del coro en una iglesia; el tablón de anuncios se transforma en la pizarra donde se pone el número del salmo que se va a cantar; el tilo-perchero se ha convertido en un candelabro; el pupitre del abogado en la cátedra del Rector, encargado de la ceremonia.
La puerta del trébol da ahora a la sacristía. Los miembros del coro de Los maestros cantores se transforman en Heraldos con cetro; y las Comparsas llevarán en la mano las coronas de laurel.
El resto de la Gente permanece como espectadores.
Se levanta el telón de fondo dejando ver otro que representa un enorme órgano con un gran espejo encima del teclado.
¡Se oye música! A ambos lados las cuatro facultades: Teología, Filosofía, Medicina y Derecho.
El escenario queda un instante vacío.
Los Heraldos entran por la derecha.
Y las Comparsas los siguen, llevando las coronas de laurel. Tres Promovendi entran, uno detrás de otro, por la izquierda y son coronados por las Comparsas, tras lo cual éstas se retiran por la derecha. El abogado se adelanta para recibir la corona.
Las Comparsas se dan la vuelta, negándose a coronarlo y salen.
El abogado, muy afectado, se apoya en una columna.
Salen todos.
El abogado solo en el escenario.
•
LA HIJA entra cubriéndose cabeza y hombros con un velo blanco.- Mira, ya he lavado el chal… Pero ¿qué haces aquí? ¿No te impusieron la corona?
EL ABOGADO.-No, no les parecí digno.
LA HIJA.-¿Por qué? Porque has abrazado la causa de los pobres, has defendido con tus palabras al delincuente, has aliviado la carga al culpable, has conseguido un aplazamiento para el condenado… ¿por eso? ¡Pobres hombres!… no son ángeles, pero ¡me dan pena!
EL ABOGADO.-¡No hables mal de los hombres, yo he asumido su defensa!
LA HIJA apoyada en el órgano.-¿Por qué golpean a sus amigos en la cara?
EL ABOGADO.-¡Porque no saben hacer otra cosa!
LA HIJA.-Pues ¡vamos a enseñarles! ¿Quieres? ¿Conmigo?
EL ABOGADO.-¡No son receptivos a enseñanzas! Oh, si nuestro lamento llegase a los dioses del cielo …
LA HIJA.-¡Llegará al trono! — Se coloca ante el órgano. ¿Sabes lo que veo en este espejo? ¡El mundo del derecho!… Sí, como está del revés, en el espejo lo veo del derecho.
EL ABOGADO.-¿Y cómo llegó a ponerse del revés?
LA HIJA.-Al hacer la copia…
EL ABOGADO.-¡Tú lo has dicho! La copia, claro… siempre he tenido la intuición de que era una mala copia… y cuando empecé a acordarme de las imágenes originales, me desagradaba todo lo que me rodeaba… Entonces los hombres me llamaban cascarrabias, el eterno descontento y decían que el diablo me hacía ver todo feo… y otras lindezas…
LA HIJA.-¡Todo está fuera de quicio! ¡No tienes más que ver las cuatro facultades! —El Gobierno, que sólo piensa en conservar la sociedad tal como está, las subvenciona a las cuatro: la de Teología, la ciencia de Dios, siempre atacada y ridiculizada por la de Filosofía ¡que se considera la sabiduría por excelencia! Y la de Medicina, que siempre desacredita a la Filosofía y que no cuenta a la Teología entre las ciencias sino que la llama superstición… Y allí están en el mismo claustro que debe enseñar a los alumnos respeto – ¡por la Universidad! ¡Es un manicomio! ¡Y ay del que primero se vuelva cuerdo!
EL ABOGADO.-Los primeros que se enteran son los teólogos. En el curso preparatorio estudian Filosofía, que les enseña que la Teología es un absurdo; después, en los cursos superiores de Teología, aprenden que la Filosofía es un absurdo. De locos, ¿no te parece?
LA HIJA.-Y luego está el Derecho, el servidor de todos, ¡menos de los siervos!
EL ABOGADO.-¡La justicia, que cuando quiere ser justa es causa de la muerte del que la defiende! — ¡El Derecho, que tan a menudo actúa torcido!
LA HIJA.-¡Buena la habéis hecho, hijos del hombre! ¡Hijo! – ¡Ven, que te voy a poner una corona que te irá mucho mejor! Le coloca en la cabeza una corona de espinas. ¡Ahora voy a tocar algo para ti! Se sienta al órgano e interpreta un Kyrie pero en lugar de sonidos de órgano se oyen voces humanas.
VOCES DE NIÑOS.-¡Eterno! ¡Eterno! La última nota sostenida.
VOCES DE MUJERES.-¡Ten piedad de nosotros! La última nota sostenida.
VOCES DE HOMBRES, tenores.-¡Redímenos, por tu infinita misericordia!
VOCES DE HOMBRES, bajos.-¡Perdona a tus hijos, Señor, y no lances tu ira contra nosotros!
TODOS.-¡Ten piedad de tus hijos! ¡Escúchanos! Ten compasión de los mortales! Eterno, ¿por qué estás tan lejos? —Desde las profundidades te suplicamos: ¡Clemencia, Eterno! ¡No acrecientes la carga de tus hijos! ¡Escúchanos! ¡Escúchanos!
7
Se hace el oscuro en el escenario. LA HIJA se levanta y se acerca al ABOGADO. El órgano, por medio de un cambio de luces, se transforma en la gruta de Fingal. Las olas del mar penetran en la gruta por entre columnas de basalto, creando un conjunto sonoro de viento y oleaje.
EL ABOGADO.-¿Dónde estamos, hermana?
LA HIJA.-¿Qué oyes?
EL ABOGADO.-Oigo que caen gotas
LA HIJA.-Son lágrimas: cuando los hombres lloran… ¿Qué más oyes?
EL ABOGADO.-Suspiros… quejidos… gemidos…
LA HIJA.-Hasta aquí han llegado las quejas de los mortales… no más lejos. Pero ¿por qué esta eterna queja? ¿Es que la vida no tiene nada que os alegre?
EL ABOGADO.-Sí, lo más dulce, que es lo más amargo, ¡el amor! ¡Esposa y hogar, lo más excelso y lo más bajo!
LA HIJA.-¡Querría probarlo!
EL ABOGADO.-¿Conmigo?
LA HIJA.-¡Contigo! Tú conoces los escollos y arrecifes, ¡así podremos evitarlos!
EL ABOGADO.-¡Soy pobre!
LA HIJA.-Y eso qué importa si nos amamos. ¡Un poco de belleza no cuesta nada!
EL ABOGADO.-Tengo antipatías que quizá sean tus simpatías…
LA HIJA.-¡Habrá que transigir!
EL ABOGADO.-¿Y si nos aburrimos?
LA HIJA.-¡Entonces llegará el hijo que nos traerá entretenimientos sin fin!
EL ABOGADO.-Tú, ¿tú me quieres pobre y feo, despreciado, a mí, un paria?
LA HIJA.-¡SÍ! ¡Unamos nuestros destinos!
EL ABOGADO.- ¡Así sea!
TELÓN
8
Una habitación muy sencilla al lado del despacho del ABOGADO. A la derecha, junto a una ventana, una gran cama de matrimonio con dosel y cortinas.
A la izquierda, una estufa con una olla encima. KRISTIN ha colocado las ventanas interiores y está pegando sobre las rendijas papel engomado. Al fondo, una puerta abierta que da al despacho.
KRISTIN.-¡Yo pego, yo pego!
LA HIJA pálida y desmejorada, está sentada junto a la estufa.- ¡No dejas entrar el aire! ¡Me ahogo!
KRISTIN.-¡Ya sólo me queda una pequeña rendija!
LA HIJA.-¡Aire, aire, no puedo respirar!
KRISTIN.-¡Yo pego, yo pego!
EL ABOGADO está en la puerta con un papel en la mano.- Muy bien, Kristin. ¡El calor es caro!
LA HIJA.-¡Oh! ¡Es como si lo que encolases fuese mi propia boca!
EL ABOGADO.-¿Se ha dormido el niño?
LA HIJA.-SÍ, ¡por fin!
EL ABOGADO dulcemente.-¡Sus gritos ahuyentan a mis clientes!
LA HIJA amablemente.- ¿Qué podemos hacer?
EL ABOGADO.-¡Nada!
LA HIJA.-¡Podríamos cambiarnos a un piso más grande!
EL ABOGADO.-¡No tenemos dinero!
LA HIJA.-¿Puedo abrir la ventana? ¡Este aire enrarecido me ahoga!
EL ABOGADO.-¡Entonces se va el calor y nos helamos!
LA HIJA. – ¡Es horrible! —Entonces ¿podríamos salir a fregar ahí fuera?
EL ABOGADO.-Tú no tienes fuerzas para fregar, yo tampoco y Kristin tiene que seguir sellando las rendijas. ¡Que no quede una sola rendija sin tapar en toda la casa, ni en el suelo, ni en las paredes, ni en el techo!
LA HIJA.-¡Estaba preparada para la pobreza, no para la suciedad!
EL ABOGADO.-¡La pobreza es siempre relativamente sucia!
LA HIJA.-¡Esto es peor de lo que me había imaginado!
EL ABOGADO.-¡Pues no somos los que peor estamos! ¡Aún tenemos comida en la olla!
LA HIJA.-¿Comida? A eso llamas tú comida —
EL ABOGADO.-¡La col es barata, buena y nutritiva!
LA HIJA.- ¡Para quien le guste! ¡A mí me repugna!
EL ABOGADO.-¿Por qué no lo dijiste?
LA HIJA.-¡Porque te quería! ¡Por eso estaba dispuesta a sacrificar por ti mis gustos!
EL ABOGADO.-¡Entonces también yo tengo que sacrificar por ti mi gusto por la col! Los sacrificios deben ser recíprocos.
LA HIJA.-Y ¿qué vamos a comer? ¿Pescado? Pero tú odias el pescado.
EL ABOGADO.-¡Y es caro!
LA HIJA.-¡Esto es más difícil de lo que creía!
EL ABOGADO amablemente.-¿Ves lo difícil que es? Y el niño que iba a ser nuestro lazo de unión y bendición será nuestra perdición.
LA HIJA.-¡Amor mío! Me muero en este aire enrarecido, en este piso con vistas a un patio interior, con estos gritos de niño que no cesan en horas, sin poder dormir, con toda esa gente de ahí fuera que no cesa de lamentarse, pelarse y acusarse… ¡Yo aquí dentro me muero!
EL ABOGADO.-Mi querida florecita, sin luz, sin aire…
LA HIJA.-¡Y dices que hay gente que está peor!
EL ABOGADO.-¡Me encuentro entre los envidiados del barrio!
LA HIJA.-¡Podría aguantarlo si pudiese poner en casa algo bello!
EL ABOGADO.-Sé que te refieres a una flor, concretamente a un heliotropo, pero vale una corona y cincuenta céntimos, eso son seis litros de leche y veinte kilos de patatas.
LA HIJA.-No me importaría quedarme sin comer si de esa manera consiguiese mi flor.
EL ABOGADO.-Hay una clase de belleza que no cuesta nada y cuya ausencia en un hogar constituye el mayor tormento para una persona con sentido de la belleza.
LA HIJA.-¿Y cuál es?
EL ABOGADO.-¡Si lo digo, te enfadarás!
LA HIJA.-¡Nos hemos puesto de acuerdo en no enfadarnos!
EL ABOGADO.-Nos hemos puesto de acuerdo… Todo se puede aguantar, Agnes, excepto ese tono tajante, duro… ¿lo conoces?- ¡No, aún no!
LA HIJA.-¡Nunca se oirá en esta casa!
EL ABOGADO.-¡Nunca, por lo que a mí respecta!
LA HIJA.-¡Habla, pues!
EL ABOGADO.-Bueno, cuando entro en una casa lo primero que observo es la colocación de la cortina en su barra… Va hacia la ventana y arregla la cortina .. .Si cuelga como una cuerda o un trapo, ¡me voy pronto de allí! —Después echo una mirada a las sillas… si están bien colocadas ¡me quedo! Corrige la colocación de una silla contra la pared. Luego miro las velas de los candelabros… Si están inclinadas, ¡esa casa se va a pique! Endereza una de las velas del escritorio. ¡Esta, mi querida amiga, es una belleza que no cuesta nada!
LA HIJA baja la cabeza hundiéndola en el pecho.-No, ese tono duro, no, Axel!
EL ABOGADO.-¡No era duro!
LA HIJA.-Sí, lo era.
EL ABOGADO.-Pero, vamos a ver, coño…
LA HIJA.-¿Qué lenguaje es ese?
EL ABOGADO. – ¡Perdona, Agnes! ¡Pero yo he sufrido por tu falta de orden tanto como tú por la suciedad! Y no me he atrevido a ocuparme de la limpieza y hacer orden porque te habrías ofendido y hasta habrías pensado que te echaba en cara tu desidia… ¡uf! Vamos a dejarlo ¿eh?
LA HIJA.-Es terriblemente difícil estar casados… ¡lo más difícil de todo! ¡Tendríamos que ser ángeles, creo!
EL ABOGADO.-¡También yo lo creo!
LA HIJA.-¡Me parece que después de esto estoy empezando a odiarte!
EL ABOGADO.-Pues entonces ¡pobres de nosotros! —Pero ¡evitemos el odio! Te prometo que nunca más criticaré tu limpieza… ¡aunque sea una tortura para mí!
LA HIJA.-¡Y yo comeré col aunque sea un sufrimiento!
EL ABOGADO.-¡Es decir, una vida común en el dolor! ¡El placer de uno, es la tortura del otro!
LA HIJA.-¡Triste destino el de los hombres! ¡Qué pena dan!
EL ABOGADO.-¿Ya lo has entendido?
LA HIJA. – ¡Sí! Pero, por el amor de Dios, ¡evitemos los escollos ahora que tan bien los conocemos!
EL ABOGADO.-De acuerdo, vamos a hacerlo. ¡Somos personas razonables e ilustradas! ¡Podemos ser tolerantes e indulgentes!
LA HIJA.-¡Podemos reírnos de las pequeñeces!
EL ABOGADO.-¡Nosotros, sólo nosotros podemos hacerlo! —Sabes, esta mañana leí en el periódico… por cierto ¿dónde está el periódico?
LA HIJA desconcertada.-¿Qué periódico?
EL ABOGADO con dureza.-¿Compro yo acaso más de un periódico?
LA HIJA.-Ahora ríete y no me hables con esa dureza… He usado tu periódico para hacer fuego…
EL ABOGADO violento.-¡Por todos los demonios!
LA HIJA.-¡Ríete! Lo quemé porque se burlaba de lo que es sagrado para mí…
EL ABOGADO.-¡Y para mí, superstición! ¡Bien! Da unas palmadas, fuera de sí. Me reiré, me reiré a carcajadas hasta que se me vean las muelas del juicio… seré humano y ocultaré lo que pienso y diré a todo que sí, y seré un hipócrita. ¿Así es que has quemado mi periódico? Pues, ¡muy bien! Coloca las cortinas. Ahora me voy a poner a hacer limpieza para fastidiarte —Agnes, esto no funciona, ¡es completamente imposible!
LA HIJA.-¡Claro que lo es!
EL ABOGADO.-Y sin embargo tenemos que aguantar juntos, no por las promesas sino ¡por el niño!
LA HIJA.-¡Es verdad! ¡Por el niño! ¡Oh!- ¡Oh —tenemos que aguantar!
EL ABOGADO.-Y ahora ¡tengo que salir a ver a mis clientes! Escúchalos, escucha ese murmullo de impaciencia, ya no pueden esperar más para despedazarse mutuamente, para lograr que multen a sus enemigos y los metan en la cárcel… espíritus perversos…
LA HIJA.-¡Pobres, pobres gentes! ¡Y ésta con su eterno pegoteo! Inclina la cabeza hacia el pecho en muda desesperación.
KRISTIN.-¡Yo pego, yo pego! El abogado está en la puerta manipulando la cerradura, nervioso.
LA HIJA.-¡Oh, cómo chirría la cerradura! Es como si me apretases los muelles del corazón.
EL ABOGADO.-Yo aprieto, yo aprieto…
LA HIJA.-¡No lo hagas!
EL ABOGADO.-Yo aprieto…
LA HIJA.-¡NO!
EL ABOGADO.-Yo… EL OFICIAL desde el interior del despacho agarra también la cerradura.- ¡ Permítame!
EL ABOGADO suelta el pestillo de la cerradura.-¡Pase, pase! Como usted ha sido nombrado doctor…
EL OFICIAL.-¡Ahora la vida es mía! Tengo todos los caminos abiertos ante mí, he entrado en el parnaso, he conseguido los laureles, la inmortalidad, el honor, ¡todo es mío!
EL ABOGADO.-¿Y de qué va a vivir?
EL OFICIAL.-¿De qué voy a vivir?
EL ABOGADO.-Tendrá que tener vivienda, ropa, comida ¿no?
EL OFICIAL.-Eso siempre se consigue, con tal de que haya alguien que te quiera…
EL ABOGADO.-¿Eso cree? —¡Es posible! —¡Pega, Kristin, hasta que no puedan respirar! Sale andando de espaldas haciendo reverencias.
KRISTIN.-¡Yo pego, yo pego, hasta que no puedan respirar!
EL OFICIAL.-¿Vienes conmigo?
LA HIJA.-¡Ahora mismo! Pero ¿a dónde?
EL OFICIAL.-¡A Bahía Bella! ¡Allí es verano, brilla el sol, hay juventud, niños y flores, canciones y baile, fiesta y alegría!
LA HIJA.-¡Pues allí quiero ir!
EL OFICIAL.-¡Ven!
•
EL ABOGADO vuelve a entrar.-Ahora – vuelvo a mi primer infierno — este era el segundo— ¡y el más grande! El más delicioso es también el más grande — Vaya, ya ha vuelto a dejar horquillas por el suelo… Las recoge.
EL OFICIAL.-¡Y ahora también ha descubierto las horquillas…!
EL ABOGADO.-¿También? — ¡Mira ésta! ¡Son dos puntas pero una horquilla! ¡Dos y sin embargo una! ¡Si la enderezo es una sola pieza! ¡Si la doblo son dos sin dejar de ser una! ¡Eso significa: las dos son una! Pero si la rompo, así, entonces ¡las dos son dos! Tira los trozos de la horquilla rota.
EL OFICIAL.-Todo esto ha visto… Pero antes de poder romperla las puntas ¡deben divergir! ¡Si convergen, aguantan!
EL ABOGADO.-Y si son paralelas – no se encuentran nunca – Ni aguanta ni se rompe.
EL OFICIAL.-¡La horquilla es la más perfecta de las cosas creadas! ¡Una línea recta que es igual a dos paralelas!
EL ABOGADO.-¡Una cerradura que cierra cuando está abierta!
EL OFICIAL.-Abierta, cierra una trenza que sigue estando abierta cuando se cierra…
EL ABOGADO.-Como esta puerta: al cerrarla, la abro para ti, Agnes. ¡Te dejo camino libre! Se retira, cerrando la puerta.
LA HIJA.- ¿Y ahora?
9
Cambio de escenario: la cama con dosel se transforma en una tienda de campaña, la estufa permanece en su sitio; en el nuevo telón de fondo se ven, a la derecha, en primer plano, montes calcinados cubiertos de brezo rojo y tocones blancos y negros como después de un incendio; cobertizos y pocilgas pintados de rojo. Al pie: una instalación de gimnasia al aire libre, donde hay hombres haciendo ejercicios de rehabilitación en aparatos que más parecen instrumentos de tortura. A la izquierda, en primer término, una parte del edificio de la cuarentena con sus hornos, estufas y tuberías.
En el término medio hay un estrecho.
Al fondo hay un embarcadero. En el telón del fondo, una hermosa ribera arbolada con embarcaderos adornados con banderas, donde hay atracados yates blancos, algunos con las velas izadas. Se ven pequeños chalés, quioscos, estatuas de mármol entre los árboles de la playa. El jefe de la cuarentena pasea por la playa disfrazado de negro.
EL OFICIAL se dirige a Él.-Perdone, ¿no es usted el señor Ordström? Signo de asentimiento y entonces lo saluda dándole la mano. ¡Tú por aquí! ¡Qué sorpresa! ¿Cómo has venido a parar a este lugar?
EL JEFE DE LA CUARENTENA.-¡Ya ves, aquí me tienes!
EL OFICIAL.-¿Es esto Bahía Bella?
EL JEFE DE LA CUARENTENA.-No, es lo de allí enfrente; ¡esto es Estrecho de la Vergüenza!
EL OFICIAL.-¿Entonces nos hemos equivocado?
EL JEFE DE LA CUARENTENA.-¿Nos? ¿Y no me vas a presentar?
EL OFICIAL.-¡No, no sería propio! En voz baja ¡Es la mismísima hija de Indra!
EL JEFE DE LA CUARENTENA.-¿De Indra? ¡Yo creía que era Waruna en persona! ¿No te ha sorprendido verme con la cara negra?
EL OFICIAL.-¡Hijo mío, he cumplido los cincuenta y a estas alturas no me sorprende nada! – ¡Supongo que vas a ir al baile de disfraces de esta tarde!
EL JEFE DE LA CUARENTENA.-¡Pues, sí! ¡Y espero que vengáis conmigo!
EL OFICIAL.-Seguro: porque aquí… por lo que he visto… de diversiones… ¿Qué clase de gente vive aquí?
EL JEFE DE LA CUARENTENA.-¡Aquí viven los enfermos; allí, los sanos!
EL OFICIAL.-Entonces aquí ¿sólo habrá pobres?
EL JEFE DE LA CUARENTENA.-No, hijo mío, ¡aquí están los ricos! Por ejemplo, mira a ese que está en el banco de tortura. Ha comido tanto hígado de pato trufado y ha bebido tanto borgoña que se le han deformado los pies!
EL OFICIAL.-¿Deformado los pies?
EL JEFE DE LA CUARENTENA.-¡Monstruosamente, por la gota! Y ese otro que está en esa especie de guillotina ha bebido tanto coñac que hay que enderezarle el espinazo!
EL OFICIAL.-¡Nunca está bien! Ni tanto ni tan calvo.
EL JEFE DE LA CUARENTENA.-¡Además por aquí andan todos los que tienen alguna miseria que ocultar! ¡Mira ese que viene por allí, por ejemplo!
Un viejo petimetre entra en silla de ruedas, empujado por una coqueta de unos sesenta años, delgada, vestida a la última moda y a la que acompaña y corteja «el amigo», un hombre de unos cuarenta años.
EL OFICIAL.-¡Es el comandante! ¿Nuestro compañero de escuela?
EL JEFE DE LA CUARENTENA.-¡Don Juan! Ahí ves, aún sigue enamorado de la Momia que lleva a su lado. ¡No ve que ha envejecido, que es fea, infiel, cruel!
EL OFICIAL.-¡Eso sí que es amor! ¡Nunca hubiese imaginado que nuestro voluble compañero fuera capaz de un amor tan profundo y serio!
EL JEFE DE LA CUARENTENA.-¡Un bello punto de vista, pensándolo bien!
EL OFICIAL.-Yo también he amado… a Victoria — sí, aún recorro el callejón esperándola —
EL JEFE DE LA CUARENTENA.-¿Eres tú el que anda por el callejón?
EL OFICIAL.-¡Yo soy!
EL JEFE DE LA CUARENTENA.-Oye, ¿habéis logrado abrir la puerta?
EL OFICIAL.-No, todavía andamos en pleitos — El cartelero anda pescando con su salabre, claro, y se retrasan los testimonios… Mientras tanto el cristalero ha puesto cristales en el Castillo que, por cierto, ha crecido medio piso… Un año excepcional… ¡Cálido y húmedo!
EL JEFE DE LA CUARENTENA.-Pero ¡no habréis tenido tanto calor como yo!
EL OFICIAL.-¿A qué temperatura estáis en los hornos?
EL JEFE DE LA CUARENTENA.-Cuando desinfectamos a los sospechosos de cólera, a unos sesenta grados.
EL OFICIAL.-¿Hay otra vez epidemia de cólera?
EL JEFE DE LA CUARENTENA.-¿No lo sabías? —
EL OFICIAL.-¡Claro que lo sabía, pero ahora se me suele olvidar lo que sé!
EL JEFE DE LA CUARENTENA.-A mí me gustaría olvidar, sobre todo a mí mismo. ¡Por eso busco los bailes de disfraces, el carnaval, el teatro de aficionados!
EL OFICIAL.-¿Qué te ha pasado?
EL JEFE DE LA CUARENTENA.-¡Si hablo dicen que presumo y si callo me llaman hipócrita!
EL OFICIAL.-¿Por eso te pintas la cara de negro?
EL JEFE DE LA CUARENTENA. – ¡Sí! ¡Sólo un poco más negro de lo que soy!
EL OFICIAL.-¿Quién viene por ahí?
EL JEFE DE LA CUARENTENA.-¡Un poeta! ¡Viene a darse su baño de barro!
Entra el Poeta mirando al cielo y con un pozal lleno de barro en la mano.
EL OFICIAL.-¡Dios mío! ¡A un poeta tal vez le vendrían mejor baños de luz y de aire!
EL JEFE DE LA CUARENTENA.-No creas. Este anda siempre por las alturas celestiales, así es que sólo tiene ganas de revolcarse en el barro… eso de revolcarse en el barro le endurece la piel hasta dejársela como la de un cerdo. ¡Así no siente los picotazos de los tábanos!
EL OFICIAL.-¡Qué extraño mundo de contradicciones!
EL POETA, extático.- El dios Pyah creó al hombre de barro en el torno del alfarero escéptico ¡o sobre cualquier otra cosa! — extático. De barro crea el escultor su más o menos inmortal obra maestra –escéptico- ¡que suele ser una birria! extático De barro se fabrican esas vasijas tan indispensables para la cocina, a las que se les da los nombres de cántaros, platos -escéptico- ¡y a mí qué me importa cómo se llaman! –extático- ¡Esto es barro! Cuando el barro es fluido se llama cieno – ¡Y yo de esto entiendo! –Llama-. ¡Lina!
Entra Lina con un cubo.
EL POETA.-Lina, ven para que te vea la señorita Agnes. Te conoció hace diez años cuando eras joven, alegre y, en dos palabras, una chica guapa… A la Hija. ¡Mire la .pinta que tiene ahora! Cinco hijos, los quehaceres diarios, los llantos, el hambre, las palizas. ¡Contemple bien cómo se ha marchitado la belleza, cómo ha desaparecido la alegría! Aniquiladas ambas por el cumplimiento de los deberes, ese cumplimiento que debería, dicen, haber proporcionado una satisfacción interior que se expresaría en las armónicas líneas del rostro y el fuego sereno de la mirada…
EL JEFE DE LA CUARENTENA tapándole la boca con la mano.- ¡Calla! ¡Cierra el pico!
EL POETA.-¡Eso dicen todos! ¡Y si te callas te dicen: Habla! ¡Qué gente tan incomprensible!
LA HIJA va hasta LINA.- ¡Cuéntame tus quejas!
LINA.-No me atrevo, porque me costará caro.
LA HIJA.-¿Quién es tan cruel?
LINA.-¡No me atrevo a decirlo porque entonces me pegará!
EL POETA.-¡Puede ser! Pero hablaré yo, ¡aunque el Negro me rompa los dientes!— ¡Te voy a decir a ti, Agnes, hija de un dios, que, a veces, las cosas son injustas! —¿Oyes la música y la alegría del baile allá arriba? -¿Sí? — Pues es para celebrar que la hermana de Lina ha vuelto de la ciudad donde anduvo un poco perdida, ya me entiendes… Ahora se sacrifica la ternera mejor cebada, pero Lina que se quedó en casa ¡tiene que ir con el cubo a dar de comer a los cerdos! —
LA HIJA.-¡Hay alegría en esa casa porque el descarriado vuelve a la senda del bien y no porque vuelva al hogar! ¡No es lo mismo!
EL POETA.-Muy bien, pues entonces que organicen una cena con baile todas las noches en honor a esta intachable trabajadora que nunca ha andado por el mal camino, ¡que lo hagan! — Pero no lo hacen, sino que cuando Lina está libre la mandan a la iglesia ¡donde se le reprocha que no es perfecta! ¿Es esto justicia?
LA HIJA.-Sus preguntas son tan difíciles de contestar… quizá no estén bien formuladas. Hay tantos casos tan diferentes, imprevistos…
EL POETA.-¡Eso mismo pensaba también el califa Harum al Rashid! – Él estaba tan tranquilo en su elevado trono sin ver desde arriba cómo vivían sus súbditos, allá abajo. Hasta que un día las quejas llegaron a sus excelsos oídos. Y un buen día descendió de las alturas, se disfrazó y se mezcló anónimamente con su pueblo para ver cómo andaba la justicia.
LA HIJA.-¿No creerá usted que soy Harum el Justo?
OFICIAL.-¡Cambiemos de tema! — ¡Ahí viene gente de fuera!
Una embarcación blanca, con forma de barco vikingo, con una vela de seda de color azul celeste, un mástil dorado con un gallardete rojo, entra deslizándose en el estrecho por la izquierda.
Al timón, abrazados por la cintura, Él y Ella .
EL OFICIAL. -¡Mire, ahí tiene la perfecta felicidad, la dicha ilimitada, el júbilo puro del amor juvenil!
Se ilumina el escenario con mayor intensidad.
•
ÉL se pone de pie en la barca y canta.-
Te saludo, bella bahía,
aquí conoció mi juventud la primavera,
aquí soñé mis primeros sueños color de rosa,
aquí me tienes de nuevo
pero ¡no sólo como entonces!
Bosques y playas,
cielo y mar,
¡saludadla!
¡Saludad a mi amor, mi esposa!
¡Sol mío, vida mía!
Las banderas y gallardetes del embarcadero de Bahía Bella la saludan, en las ventanas de los chalés se agitan pañuelos blancos y un acorde de arpas y violines resuena en el estrecho.
EL POETA.-¡Mire cómo resplandecen de felicidad! ¡Escuche esa música que resuena en el mar! – ¡Eros!
EL OFICIAL.-¡Es Victoria!
EL JEFE DE LA CUARENTENA.-Y eso ¿qué?
EL OFICIAL.-Es su Victoria, ¡yo tengo la mía para mí! ¡Y a la mía no la puede ver nadie!— ¡Iza ya la bandera de la cuarentena y te los traeré a la playa!
El jefe de la cuarentena hace señales con una bandera amarilla. EL OFICIAL tira de un cable, de forma que la barca se acerca a la playa.- ¡Agárrense bien!
Él y Ella se dan cuenta del horroroso paisaje al que han llegado y muestran su miedo.
EL JEFE DE LA CUARENTENA.-Sí, ya sé que es duro. Pero todos tienen que pasar por aquí, ¡todos los que vienen de zonas infectadas! EL POETA.¡Es increíble cómo puede hablar así, cómo puede hacer esas cosas, cuando ve a dos personas unidas por el amor! ¡No los toque! ¡No roce siquiera al Amor: es un crimen de lesa majestad! —¡Pobres de nosotros!¡Todo lo bello caerá y será arrastrado por el barro!
Él y Ella desembarcan tristes y avergonzados.
ÉL.-¡Pobres de nosotros! ¿Qué hemos hecho?
EL JEFE DE LA CUARENTENA.-¡No se necesita haber hecho nada para sufrir las pequeñas contrariedades de la vida! ELLA.-¡Qué breves son la alegría y la felicidad!
ÉL.-¿Cuánto tendremos que quedarnos aquí?
EL JEFE DE LA CUARENTENA.-Cuarenta días y cuarenta noches.
ELLA.-¡Entonces preferimos el mar!
ÉL.-¿Vivir aquí entre montañas quemadas y pocilgas?
EL POETA.-El amor todo lo puede. ¡Puede hasta con el humo del azufre y el fenol!
EL JEFE DE LA CUARENTENA enciende la estufa de la que se elevan llamas azules.- ¡Ahora enciendo el azufre! ¡Por favor, pasen!
ELLA.-¡Oh, mi vestido azul perderá su color!
EL JEFE DE LA CUARENTENA.-¡Y se pondrá blanco! ¡También tus rosas rojas se pondrán blancas!
ÉL.-¡También tus mejillas! En cuarenta días…
ELLA al oficial.- ¡Y esto a ti te alegrará, claro!
EL OFICIAL.-¡No, ni mucho menos! —Obviamente tu felicidad ha sido la causa de mis males, pero —no importa – me han concedido el título de doctor y tengo un buen puesto de preceptor al otro lado del estrecho… pues, ¡sí, sí! y en el otoño me darán un puesto en una escuela… para enseñar a unos niños las mismas lecciones que estudié en mi infancia, en mi niñez, en mi juventud, durante toda la edad adulta y finalmente toda mi vejez, siempre lo mismo ¿cuántas son dos por dos? ¿Cuántas son exactamente cuatro dividido por dos?… Hasta que me llegue la jubilación y reciba mi pensión, y me pase el tiempo sin hacer nada, esperando las comidas y los periódicos – hasta que me lleven al crematorio y me quemen… ¿No hay ningún jubilado por aquí? Lo peor que hay después de ese maldito dos por dos es volver a la escuela cuando uno no sólo ha sido aprobado, sino promovido doctor, hacer las mismas preguntas hasta la muerte…
Pasa un anciano con las manos a la espalda.
Mire, ahí tiene un jubilado esperando a que la vida lo abandone; seguro que es un capitán que no llegó a comandante o un juez que no ascendió a magistrado— muchos son los llamados y pocos los elegidos… Ahí está paseando en espera del desayuno…
EL JUBILADO.-¡No, del periódico! ¡Del periódico de la mañana!
EL OFICIAL.-Y sólo tiene cincuenta y cuatro años, puede pasar veinticinco años esperando el periódico y las comidas… ¿No es atroz?
EL JUBILADO.-¿Hay algo que no sea atroz? Pues dígamelo, diga, diga, ¡diga!
EL OFICIAL.-¡Que se lo diga el que lo sepa! Ahora tengo que enseñar a niños: ¡dos por dos son cuatro! ¿Cuántas son exactamente cuatro dividido por dos?
Se lleva las manos a la cabeza desesperado.
Y Victoria a la que amaba tanto y a la que, por eso mismo, le deseaba toda la felicidad aquí en la tierra… Ahora que es feliz, mucho más de lo que ella podía imaginar, yo sufro… ¡sufro, sufro!
ELLA.-¿Tú crees que yo puedo ser feliz viéndote sufrir? ¿Cómo puedes pensarlo? ¿Quizá alivie tu dolor saber que tengo que estar aquí presa cuarenta días y cuarenta noches? Dime, ¿alivia eso tu dolor?
EL OFICIAL.-¡Sí y no! ¡Yo no puedo disfrutar cuando tú sufres! ¡Oh!
ÉL.-¿Y crees que puedo construir mi felicidad sobre tu sufrimiento?
EL OFICIAL.-¡Qué pena damos… todos!
TODOS levantan las manos hacia el cielo lanzando un doloroso grito parecido a un acorde disonante.- ¡Piedad!
LA HIJA. – ¡Eterno, escúchalos! ¡Ten piedad! ¡La vida es dura! ¡Triste destino el de los hombres! ¡Qué pena dan!
TODOS como antes.- ¡Piedad!
10
Se hace la oscuridad en el escenario un instante durante el que todos los que estaban allí se retiran o cambian de lugar. Cuando el escenario se vuelve a iluminar se ve, al fondo, la playa del Estrecho de la Vergüenza, pero a la sombra. El estrecho ocupa la parte media del escenario y Bahía Bella está en primer término, ambas fuertemente iluminadas.
A la derecha se ve una esquina del casino con las ventanas abiertas: dentro se ven parejas que bailan. Sobre un cajón vacío hay tres criadas, sosteniéndose por la cintura, mirando el baile. En la escalinata del edificio hay un banco donde está sentada la Edith «la fea», triste, sin sombrero, revuelta la abundante cabellera. Delante de ella, un piano abierto. A la izquierda, una casa de madera amarilla.
Dos niños vestidos con ropa de verano juegan fuera a la pelota.
En segundo término un embarcadero con veleros blancos, mástiles con banderas.- En el estrecho, anclado, un barco de guerra con portas para cañones.
Pero es un paisaje invernal, el suelo y los árboles sin hojas están cubiertos de nieve.
Entran la hija y el oficial.
LA HIJA.-¡Aquí reinan la paz y la felicidad de las vacaciones! Nadie trabaja, hay fiestas todos los días, la gente va endomingada; hay música y baile ya por la mañana. A las criadas ¿Por qué no entráis a bailar vosotras?
LA CRIADA.-¿Nosotras?
EL OFICIAL.-¡Si son criadas!
LA HIJA.-¡Es verdad! Pero ¿qué hace Edith ahí sentada en vez de ir a bailar?
Edith se tapa la cara con las manos.
EL OFICIAL. -¡No le preguntes nada! Lleva ahí tres horas esperando y nadie la ha sacado a bailar — Entra en la casa amarilla de la izquierda.
LA HIJA.-¡Qué diversión tan cruel!
LA MADRE DE EDITH entra, va muy escotada.- ¿Por qué no entras y haces lo que te he dicho?
EDITH .-Porque… porque ¡no querrás que me saque yo a bailar! Soy fea, lo sé; y por eso nadie quiere bailar conmigo, pero ¿por qué tienes que estar recordándomelo siempre? ¡Podrías ahorrártelo!
Se pone a tocar al piano la Tocata y fuga número 10 de Johann Sebastian Bach.
Desde dentro de la sala llega el suave sonido de un vals cuyo volumen va incrementándose como si luchase con la Tocata de Bach. Sin embargo Edith consigue acallarlo. En la puerta se ven parejas de veraneantes, que han salido de la sala de baile, escuchando su interpretación; todos en el escenario están escuchando respetuosamente.
UN OFICIAL DE MARINA coge por la cintura a Alice, una de las chicas que hay en el baile, y se la lleva hacia el embarcadero.- ¡Vamos! ¡Deprisa!
Edith interrumpe su interpretación al piano, se pone de pie y los mira desesperada. Se queda de pie como petrificada.
11
Retiran la pared de la casa Amarilla y al hacerlo se ven tres pupitres en los que hay sentados unos niños y entre ellos está el Oficial que parece intranquilo y preocupado. El Maestro, que lleva gafas y, en la mano, tiza y un puntero, está delante de ellos.
EL MAESTRO al OFICIAL.-A ver, tú chico, ¿puedes decirme cuántas son dos por dos?
El oficial permanece sentado en su pupitre como buscando una respuesta que no encuentra.
EL MAESTRO.-Ponte de pie cuando te pregunte.
EL OFICIAL, atormentado, se levanta.- Dos -veces dos –Vamos a ver… ¡son dos dos!
EL MAESTRO.-¿Ah, sí? ¡Tú no has estudiado la lección!
EL OFICIAL avergonzado.-La he estudiado y me la sé… pero ¡no sé cómo decirla!
EL MAESTRO. – ¡Excusas! Así es que te la sabes pero no puedes decirla. ¡Tal vez pueda ayudarte yo! Le tira del pelo. EL OFICIAL.-¡Es terrible, terrible!
EL MAESTRO.-Sí, lo terrible es que un chico tan mayor no tenga la menor ambición…
EL OFICIAL.-Un chico mayor, sí, yo soy un chico mayor, mucho mayor que éstos: soy un adulto, he terminado la escuela hace muchos años… –como despertando- me han hecho doctor… ¿Por qué estoy aquí? ¿Acaso no soy doctor?
EL MAESTRO.-Sí, claro, claro, pero tienes que estar aquí para ver si maduras, ¿sabes? ¡Tienes que madurar! ¿No es cierto?
EL OFICIAL llevándose las manos a la frente.-Sí, es cierto, tengo que madurar… Dos veces dos… son dos, y se lo voy a demostrar con la prueba de la analogía que es la prueba más irrefutable de todas las pruebas! ¡Escuche! Una vez uno es uno, luego dos veces dos son dos dos! ¡Porque lo que se aplica a una debe aplicarse a la otra!
EL MAESTRO.-La demostración es totalmente correcta según las leyes de la lógica, sin embargo la respuesta es incorrecta.
EL OFICIAL.-¡Lo que es conforme a las leyes de la lógica no puede ser incorrecto! ¡Déjeme demostrárselo! ¡Uno dividido por uno es uno, luego dos dividido por dos ¡son dos!
EL MAESTRO.-Correctísimo según la prueba de la analogía. Pero entonces ¿cuántas son uno por tres?
EL OFICIAL.-¡Son tres!
EL MAESTRO.-Por consiguiente ¡dos por tres también son tres!
EL OFICIAL pensativo.-No, eso no puede ser correcto… no puede ser… o también… se sienta, desesperado … no, ¡todavía no estoy maduro!
EL MAESTRO.-No, y aún te queda bastante para estarlo…
EL OFICIAL.-Entonces ¿cuánto tiempo tengo que quedarme aquí?
EL MAESTRO.-¿Cuánto tiempo… aquí? ¿Crees, pues, que el tiempo y el espacio existen…? Supón que el tiempo existe, entonces podrás decirme qué es el tiempo. ¿Qué es el tiempo?
EL OFICIAL.-¿El tiempo?… piensa. No se lo puedo explicar, ¡pero yo sé lo que es! Por tanto puedo saber cuántas son dos por dos ¡aunque no sepa decirlo! – ¿Puede usted decir lo que es el tiempo?
EL MAESTRO.-¡Claro que puedo!
TODOS LOS NIÑOS.-¡Que lo diga!
EL MAESTRO.-¿El tiempo? Vamos a ver… –de pie, inmóvil, apoyando un dedo en la nariz -. Mientras hablo corre el tiempo. Es decir ¡el tiempo es algo que corre mientras hablo!
UN NIÑO se levanta.-Ahora está hablando usted, mientras usted habla yo me voy corriendo. ¡Luego yo soy el tiempo! Sale corriendo.
EL MAESTRO.-¡Totalmente correcto según las leyes de la lógica!
EL OFICIAL.-Entonces las leyes de la lógica están locas porque Nils, el que salió corriendo, no puede ser el tiempo.
EL MAESTRO.-También completamente correcto según las leyes de la lógica, aunque sea un despropósito.
EL OFICIAL.-En tal caso, ¡la lógica es un despropósito!
EL MAESTRO.-¡ Así parece! Pero si la lógica es un despropósito, el mundo está loco… y entonces ¡qué demonios hago yo aquí enseñándoles a ustedes locuras! – Si hay alguien que invite a una copa de aguardiente, ¡podríamos ir después a bañarnos!
EL OFICIAL.-¡Esto es un «posterius prius» o el mundo al revés, porque lo que se suele hacer es bañarse primero y tomarse la copa después! ¡Viejo ceporro!
EL MAESTRO.-Usted, por muy doctor que sea, no debe ser tan insolente!
EL OFICIAL.-Oficial, por favor. Soy oficial y no entiendo por qué razón estoy aquí entre escolares y encima sufriendo sus castigos…
EL MAESTRO levanta el dedo.-¡Hay que madurar!
EL JEFE DE LA CUARENTENA entrando.- ¡Comienza la cuarentena!
EL OFICIAL.-¡Ah, estás aquí! ¿Puedes creer que ese mamarracho de ahí me obliga a estar entre los alumnos de la escuela aunque soy doctor?
EL JEFE DE LA CUARENTENA.-Entonces ¿por qué no te vas?
EL OFICIAL.-¡Qué fácil es decirlo! – ¿Marcharme? ¡No es tan fácil!
EL MAESTRO.-¡Eso digo yo! – ¡Inténtalo!
EL OFICIAL al JEFE DE LA CUARENTENA.-¡Sálvame! ¡Líbrame de su mirada!
EL JEFE DE LA CUARENTENA.-¡Anda, ven y déjate de tonterías! ¡Ven a bailar con nosotros… hay que divertirse antes de que se declare la peste! ¡Vamos a bailar!
EL OFICIAL.-¿Va a partir el bergantín?
EL JEFE DE LA CUARENTENA.-Sí, antes zarpará el bergantín ¡Y, claro, habrá sus lagrimitas!
EL OFICIAL.-Siempre lágrimas: ¡cuando llega y cuando se va! ¡Vámonos!
Salen. El Maestro sigue su lección en silencio.
•
Las criadas que estaban asomadas a la ventana del baile se retiran tristes hacia el embarcadero. Después EDITH, que ha estado inmóvil pegada al piano, las sigue.
LA HIJA al OFICIAL.-¿Es que no hay ni una persona feliz en este paraíso?
EL OFICIAL.-¡Sí, esos recién casados! ¡Escúchalos!
Entran los recién casados.
EL ESPOSO a LA ESPOSA.-Mi felicidad es tan inmensa que desearía morirme…
LA ESPOSA.-Morirte ¿porqué?
EL ESPOSO.-Porque en la felicidad siempre crece la semilla de la desgracia. La felicidad se consume a sí misma como la llama – no puede arder eternamente sino que se apaga y esta premonición del inevitable final aniquila la felicidad en su cénit.
LA ESPOSA.-Muramos, pues, los dos juntos ¡ahora mismo!
EL ESPOSO.-¿Morir? ¡Sí, mi vida! ¡Porque me da miedo la felicidad, esa pérfida!
Van hacia el mar.
•
LA HIJA al OFICIAL.- ¡Qué cruel es la vida! ¡Triste destino el de los hombres! ¡Qué pena me dan!
EL OFICIAL.-¡Mira a ese que viene por ahí! ¡Es el más envidiado de todos los mortales en esta localidad! – EL CIEGO entra conducido por un lazarillo-. Es propietario de estos cien chalés, de todas estas bahías, playas, bosques; también son suyos los peces del agua, los pájaros del aire y la caza del bosque. Estas mil personas son sus inquilinos y el sol sale de sus mares y se pone en sus tierras…
LA HIJA.-Bueno, ¿y él también se queja?
EL OFICIAL.-¡Y con razón, porque no ve!
EL JEFE DE LA CUARENTENA.-¡Es ciego! —
LA HIJA.-¡Ciego! ¡El más envidiado de todos!
EL OFICIAL.-¡Viene a ver partir el bergantín en el que va su hijo!
EL CIEGO.-Yo no veo pero ¡oigo! Oigo cómo la zarpa del ancla desgarra el barro del fondo como cuando se saca un anzuelo por la boca del pez ¡con el corazón prendido! —Mi hijo, mi único hijo parte a países lejanos por el ancho mar y yo sólo puedo seguirlo con mis pensamientos —oigo ahora chirriar la cadena — y – hay algo que ondea y restalla como la colada en un tendedero –tal vez pañuelos húmedos de lágrimas –y oigo sollozos y suspiros, parece gente que llora… me pregunto si serán las pequeñas olas que chapotean contra el casco del barco o los sollozos de las chicas de la ribera– las abandonadas…las desconsoladas– Pregunté una vez a un niño por qué era el mar salado y el niño, que tenía a su padre en un barco por alta mar, me dijo que porque los marineros lloran mucho – ¿Y por qué lloran tanto los marineros? – Pues, me contestó, porque siempre tienen que marcharse de viaje —¡Y por eso secan siempre los pañuelos en los mástiles! –¿Por qué lloran los hombres cuando están tristes?, le pregunté después – Porque a veces, me contestó, hay que lavarse los ojos para ver con más claridad.
El bergantín ha izado las velas y se aleja deslizándose majestuosamente; las chicas que hay en la orilla se despiden agitando los mismos pañuelos con que se secan las lágrimas. Ahora en el palo de señales se iza la bandera del «sí», una bola roja sobre fondo blanco. Alice contesta jubilosa agitando el pañuelo.
LA HIJA al OFICIAL.-¿Qué significa esa bandera?
EL OFICIAL.-Significa «Sí». ¡Es el «sí» del teniente en rojo, como la sangre roja que sale del corazón, dibujado sobre el lienzo azul del cielo!
LA HIJA.-¿Y cómo es el «No»?
EL OFICIAL.-Es azul como la sangre impura que corre por las venas… ¿ves lo contenta que está Alice?
LA HIJA.-¡Y lo triste que está Edith! ¡Cómo llora!
EL CIEGO.-¡Encontrarse y separarse! – ¡Separarse y encontrarse! – ¡Es la vida! – ¡Un día me encontré con su madre! ¡Y luego se fue! – Me quedó el hijo; ¡ahora se va!
LA HIJA.-¡Seguro que volverá! —
EL CIEGO.-¿Quién me habla? Yo he oído antes esta voz, en sueños, en mi juventud, cuando empezaban las vacaciones de verano, los días de recién casado, cuando nació mi hijo: cada vez que la vida me sonreía oía esa voz, como el susurro del viento del sur, como un acorde de arpas de lo alto, tal como me imagino el coro de los ángeles en la noche de Navidad…
El abogado entra, va hasta el ciego y le susurra algo al oído.
EL CIEGO.-¿Ah, sí? ¡Vaya!
EL ABOGADO.-Pues ¡así es! Va hasta LA HIJA. Ya has visto casi todo, pero aún no has probado lo peor.
LA HIJA.-¿Y eso qué puede ser?
EL ABOGADO.-¡Las repeticiones! ¡La reiteración! ¡Volver atrás! ¡Repetir una asignatura suspendida! ¡Vuelve!
LA HIJA.-¿Adónde?
EL ABOGADO.-¡A tus deberes!
LA HIJA.-Y eso ¿qué es?
EL ABOGADO.-¡Todo lo que te horroriza! Todo lo que no quieres hacer, pero estás obligada a hacer. Es renunciar, sacrificarse, privarse, aguantar… es todo lo desagradable, repelente, doloroso….
LA HIJA.-.Y ¿no hay deberes agradables?
EL ABOGADO.-Se vuelven agradables una vez cumplidos…
LA HIJA.-Cuando ya no existen — ¡Deber es, pues, lo desagradable! Entonces ¿qué es lo agradable?
EL ABOGADO.-Lo agradable es pecado.
LA HIJA.-¿Pecado?
EL ABOGADO.-¡Que será castigado, sí! Si he pasado un día y una noche agradables, al día siguiente tengo unos remordimientos infernales y mala conciencia.
LA HIJA.-¡Qué extraño!
EL ABOGADO.-Sí, me despierto por la mañana con dolor de cabeza y entonces comienza la recapitulación, la perversa recapitulación. De manera que todo lo que anoche era hermoso, agradable, ingenioso hoy por la mañana aparece feo, repugnante, estúpido en el recuerdo. El placer se pudre y la alegría se desmorona. Lo que los hombres llaman éxito es siempre causa del subsiguiente fracaso. Los éxitos que coseché en mi vida fueron mi perdición. Los hombres tienen un horror instintivo al bienestar de los otros. Les parece injusto que el destino te favorezca y por tanto, para restablecer el equilibrio, se encargan de ponerte piedras en el camino. Tener talento es peligrosísimo, porque lo más fácil es ¡que te mueras de hambre! Sin embargo ¡vuelve a tus deberes o te denunciaré y tendremos que padecer todo el insufrible papeleo de la separación!
LA HIJA.-¿Regresar? A la estufa de hierro y a la olla de col, a la ropa de niño…
EL ABOGADO. – ¡Claro! Hoy es día de colada y, por cierto, tenemos que lavar todos los pañuelos…
LA HIJA.-¡Oh! ¿tendré que volver a ocuparme de eso?
EL ABOGADO.-La vida, toda la vida, no es más que eso, repeticiones… Mira al maestro de la escuela… Ayer lo promovieron a doctor, le impusieron la corona de laurel y dispararon salvas en su honor, entró en el Parnaso y recibió el abrazo del monarca… Y hoy vuelve a la escuela a preguntar cuántas son dos por dos y así lo seguirá haciendo hasta que se muera… ¡Anda, ven, regresa a tu hogar!
LA HIJA.-¡Prefiero morir!
EL ABOGADO.-¿Morir? ¡No se puede! Porque, en primer lugar, es tan deshonroso que hasta insultan tu cadáver; y, a eso, añade que ¡te condenarás! ¡Es pecado mortal!
LA HIJA. – ¡No es fácil ser hombre!
TODOS.- ¡Muy bien!
LA HIJA. – ¡Yo no vuelvo a la humillación y a la suciedad con usted! – Quiero volver al lugar de donde he venido, pero antes hay que abrir la puerta para que yo conozca el secreto… ¡Quiero que se abra la puerta!
EL ABOGADO.- Entonces tienes que volver sobre tus huellas, deshaciendo el camino recorrido, aguantando todas las penalidades del proceso, repeticiones, circunloquios, reiteraciones…
LA HIJA.-¡Que sea lo que sea, pero primero me voy a retirar a la soledad del desierto para encontrarme a mí misma! ¡Hasta pronto! Al poeta ¡Sígueme!
VOCES que provienen de la lejanía.-¡Oh! ¡Ay, de nosotros! – ¡Ay, de nosotros!
LA HIJA.-¿Qué es eso?
EL ABOGADO.-¡Son los desgraciados del Estrecho de la Vergüenza!
LA HIJA.-¿Por qué se quejan hoy más que otras veces?
EL ABOGADO.-¡Porque hoy aquí brilla el sol, porque aquí suena la música y hay baile y juventud! ¡Entonces sienten sus sufrimientos con mayor intensidad!
LA HIJA.-¡Tenemos que liberarlos!
EL ABOGADO.-¡Inténtalo! ¡Una vez vino un libertador y lo crucificaron!
LA HIJA.-¿Quiénes?
EL ABOGADO.-¡Todos los biempensantes!
LA HIJA.-¿Y quiénes son esos biempensantes?
EL ABOGADO.-¿No sabes quiénes son los biempensantes? ¡No te preocupes, los conocerás!
LA HIJA.-¿Son los que te negaron el doctorado?
EL ABOGADO.-¡Sí! LA HIJA.-¡Entonces ya los conozco!
12
Una playa en el Mediterráneo. En primer término, a la izquierda, se ve un muro blanco por encima del cual asoman naranjos, cargados de frutos. En el fondo, chalés y un casino con terraza. A la derecha, un gran montón de carbón y dos carretillas. Al fondo a la derecha, se vislumbra un trozo de mar azul.
Dos Carboneros, torso desnudo, cara, manos y todas las partes descubiertas del cuerpo negras, están sentados cada uno en su carretilla, desesperados.
La hija y el Abogado en el fondo.
LA HIJA.-¡Esto es el paraíso!
CARBONERO 1º.-¡Esto es el infierno!
CARBONERO 2°.-¡Cuarenta y ocho grados a la sombra!
CARBONERO 1º.-¿Vamos a bañarnos?
CARBONERO.2º.-Nos cogerá la policía. ¡No podemos bañarnos aquí!
CARBONERO 1º.-¿Tampoco se puede coger fruta del árbol?
CARBONERO 2º.-¡No, te detendrá la policía!
CARBONERO 1º – Pues yo no puedo trabajar con este calor; ahí se queda todo. ¡Me voy!
CARBONERO 2°.-¡Entonces viene la policía y te detiene! Pausa. —Y además te quedas sin comer…
CARBONERO 1 -¿Sin comer? —Nosotros, que somos los que más trabajamos, somos los que menos comemos; y los ricos, que no hacen nada, ahí los tienes empapuzándose. —¿No crees que se podría afirmar – sin faltar a la verdad – que esto es injusto? ¿Qué dice a esto la hija de los dioses?
LA HIJA.-¡No tengo respuesta! —Pero dime, ¿qué has hecho para estar tan negro y tener un destino tan duro? CARBONERO 2º.-¿Que qué hemos hecho? Pues haber nacido de padres pobres y relativamente malos. Tal vez condenados un par de veces.
LA HIJA.-¿Condenados?
CARBONERO 2º.-Sí, los que no han sido condenados están allí arriba en el Casino disfrutando de cenas de ocho platos con buen vino.
LA HIJA al ABOGADO.-¿Es esto verdad?
EL ABOGADO.-En líneas generales, sí.
LA HIJA.-¿Quieres decir que todos los hombres han merecido alguna vez la cárcel?
EL ABOGADO.-¡Sí!
LA HIJA.-¿Tú también?
EL ABOGADO.-¡Sí!
LA HIJA.-¿Y es verdad que estos desgraciados no se pueden bañar aquí, en el mar?
EL ABOGADO.-Sí, ni siquiera con la ropa puesta. Sólo los que tienen la intención de suicidarse se libran de la multa. Pero parece que una vez reanimados les sacuden en la comisaría.
LA HIJA.-¿Y no pueden salir y bañarse fuera del pueblo?
EL ABOGADO.-No hay una playa libre, todo está vallado.
LA HIJA.-Me refiero al mar libre…
EL ABOGADO.-No hay mar ni nada libre, los capitalistas se lo han repartido.
LA HIJA.-Hasta el mar, el inmenso mar…
EL ABOGADO.-¡Todo! No puedes siquiera ir con un barco por el mar y atracar en el sitio más recóndito, sin que te apunten en un registro y te pongan una multa. Bonito ¿verdad?
LA HIJA.-¡ Esto no es el paraíso!
EL ABOGADO.-¡Ya lo puedes jurar!
LA HIJA.-¿Por qué no hacen nada los hombres para mejorar su situación?
EL ABOGADO.-Lo intentan, sí, pero todos los reformadores terminan en la cárcel o en el manicomio…
LA HIJA.-¿Quién los mete en la cárcel?
EL ABOGADO.-Los biempensantes, todas las personas honradas…
LA HIJA.-¿Quién los mete en el manicomio ?
EL ABOGADO.-¡Su propia desesperación al ver lo inútil de sus esfuerzos!
LA HIJA.-¿Y a nadie se le ha ocurrido pensar que, por motivos desconocidos o secretos, las cosas están bien como están?
EL ABOGADO.-¡Sí, los que están en buena posición piensan siempre así!
LA HIJA.-¿Que todo está bien tal como está? —
CARBONERO 1º -Y sin embargo somos nosotros los cimientos de la sociedad: si no les trajésemos carbón se apagaría la lumbre de la cocina, la chimenea del salón, se pararían las máquinas de las fábricas: se apagaría la luz de las calles, la de las tiendas, la de los hogares: la oscuridad y el frío se abatirían sobre ustedes, por eso sudamos como demonios para traerles el negro carbón… ¿Y qué nos dan ustedes a cambio?
EL ABOGADO a LA HIJA.-¡Ayúdalos! — Pausa. Entiendo que no pueda haber una igualdad total para todos: pero que tenga que haber tanta desigualdad…
Marido y Esposa cruzan paseando el escenario.
ESPOSA.-¿Vienes a jugar una partida?
MARIDO.-No, tengo que andar un poco para ver si abro el apetito y puedo cenar.
CARBONERO 1º -¿Has oído? «Abrir el apetito…»
CARBONERO 2º.-Para «poder» cenar…
Entran los Niños: gritan horrorizados al ver a los Trabajadores Negros.
CARBONERO 1º.-¡Gritan al vernos! Gritan…
CARBONERO 2º.-¡Joder! — Vamos a tener que sacar los patíbulos y operar este cuerpo podrido…
CARBONERO 1º.- ¡Joder, digo yo también! ¡Joder!
EL ABOGADO a LA HIJA.-¡Todo está patas arriba! ¡Es una locura! Los hombres no son tan malos… sino…
LA HIJA.-¿Sino…?
EL ABOGADO.-Sino el sistema… LA HIJA sale cubriéndose la cara.-¡Esto no es el Paraíso!
Los CARBONEROS.-No, es el infierno. ¡Esto es el infierno!
13
La gruta de Fingal. Largas y lentas olas verdes baten la gruta.
En primer término, una boya de sirena pintada de rojo se balancea en las olas aunque no producirá sonido alguno hasta que se advierta en acotación.
Música de los vientos.
Música de las olas.
EL POETA.-¿Adónde me has traído?
LA HIJA.-Lejos del ruido y los lamentos de los hijos del hombre, al punto más lejano de los océanos, a esta gruta a la que llamamos la Oreja de Indra, porque se dice que aquí el señor de los cielos escucha las quejas de los mortales.
EL POETA.-¿Cómo? ¿Aquí?
LA HIJA.-¿No ves que esta gruta tiene forma de caracola? ¡Claro que lo ves! ¿No sabes que tu oreja tiene la forma de caracola? ¡Lo sabes, pero nunca has pensado en ello! Coge una caracola de la playa. ¿No te has llevado de niño una caracola a la oreja y has oído… el susurro de la sangre de tu corazón, el rumor de tus pensamientos en el cerebro, la rotura de miles de hilillos desgastados en los tejidos de tu cuerpo?… Si oyes todo eso en una pequeña caracola, ¡imagínate lo que se puede oír en ésta tan enorme! —
EL POETA escuchando.-No oigo nada, sólo el susurro del viento…
LA HIJA.-¡Entonces yo haré de intérprete! ¡Escucha el lamento de los vientos. Recita acompañada de suave música.
Nacidos bajo las nubes del cielo
fuimos arrojados a la polvorienta tierra
por los relámpagos de Indra…
El estiércol de los campos nos manchó los pies,
y también el polvo de los caminos.
Tuvimos que soportar
los humos de las ciudades,
malos alientos,
olor a comida y vapores de vino –
¡Salimos al vasto mar
para airear nuestros pulmones,
sacudir nuestras alas
y lavarnos los pies!
Indra, señor del cielo,
¡escúchanos!
¡Escucha nuestros suspiros!
¡La tierra no está limpia!
¡La vida no es buena!
¡Los hombres no son malos,
tampoco buenos!
¡Viven como pueden,
día tras día!
¡Los hijos del polvo
caminan, por el polvo!
¡Nacidos del polvo
al polvo regresarán!
¡Les fueron dados pies para andar,
no alas para volar!
Si caminan polvorientos
¿es culpa de ellos
o Tuya?
EL POETA.-Una vez oí algo así…
LA HIJA.-¡Calla! Los vientos siguen cantando.
¡Nosotros, los vientos, los hijos del aire,
llevamos las quejas de los hombres!
¿Nos oías en las noches de otoño
en el cañón de la chimenea,
en las portezuelas de la estufa de cerámica,
en la rendija de la ventana,
cuando la lluvia lloraba sobre los tejados?
¿O en noches de invierno
en un pinar nevado?
En el tempestuoso mar
¿oías tú los lamentos y quejas
en velas y jarcias?
Somos nosotros, los vientos,
los hijos del aire
los que al atravesar el pecho del hombre
aprendimos los gritos de su dolor…
En hospitales, campos de batalla,
y sobre todo en los cuartos de niños
donde los recién nacidos lloran,
gritan y gimen
por el dolor de existir.
Somos nosotros, los vientos,
los que silbamos y gemimos.
¡Ay, ay, qué desgracia! ¡Pobres de nosotros!
EL POETA.-Me parece que yo antes una vez…
LA HIJA.-¡Calla! ¡Cantan las olas!
¡Nosotras, nosotras, las olas
que acunamos a los vientos
llevándolos al descanso!
Cunas verdes, somos nosotras, las olas,
húmedas somos y saladas,
nos parecemos a las llamas del fuego
somos llamas húmedas,
apagando lo que arde,
lavando, bañando,
creando, procreando.
Nosotras, nosotras, las olas
que llevamos los vientos al descanso
acunándolos.
LA HIJA.-¡Olas falsas e infieles! Todo lo que no se quema en la tierra lo ahogan – las olas – Mira. Señala un montón de pecios. Esto es lo que el mar ha robado y destrozado — lo único que queda de los barcos hundidos son los mascarones de proa — y los nombres Justicia, Amistad, Paz dorada, Esperanza — eso es todo lo que queda del Esperanza, ¡la pérfida esperanza! — ¡Bicheros, escálamos, achicadores! Y mira: el salvavidas — ¡se salvó él, pero dejó que se hundiera el náufrago!
EL POETA buscando en el montón de pecios.-Aquí está la placa con el nombre del barco Justicia. ¡Es el barco que zarpó de Bahía Bella con el hijo del ciego! ¡Se ha ido a pique! ¡Y en él iba el novio de Alice, el amor sin esperanza de Edith!
LA HIJA.-¿El ciego? ¿Bahía Bella? ¡Lo he tenido que soñar! Y el novio de Alice, la fea Edith, Bahía Bella y el Estrecho de la Vergüenza, azufre y fenol, la ceremonia del doctorado en la iglesia, el despacho del abogado, el callejón y Victoria, el Castillo que crece y el oficial… todo eso lo he soñado…
EL POETA.-¡Una vez escribí un poema sobre eso!
LA HIJA.-Entonces sabes lo que es poesía…
EL POETA.-Sé lo que son sueños… — ¿qué es poesía?
LA HIJA.-No realidad, sino más que realidad… No soñar, sino soñar despierto.
EL POETA.-Y los hijos del hombre creen que nosotros, los poetas, simplemente jugamos… ¡inventamos y fabulamos!
LA HIJA.-Y eso está muy bien, amigo mío, porque de lo contrario el mundo, a falta de estímulo, se quedaría desierto. Todos se tumbarían a la bartola, a mirar el cielo; ¡nadie trabajaría con arado o pala, hacha o pico!
EL POETA.-Y eso lo dices tú, la hija de Indra, cuya mitad pertenece al mundo de allá arriba —
LA HIJA.-Tienes razón en reprochármelo: he pasado demasiado tiempo aquí abajo y me he bañado en barro tanto como tú… Mis pensamientos ya no pueden volar: barro en las alas… tierra en los pies… y yo… levanta los brazos me hundo, me hundo… ¡Ayúdame, padre, Dios de los cielos! Silencio. ¡Ya no oigo sus respuestas! El éter no traslada el sonido de sus labios a la caracola de mi oído — se ha roto el hilo de plata… ¡Ay de mí, estoy atada a la tierra!
EL POETA.-¿Piensas ascender… pronto?
LA HIJA.-Tan pronto como haya quemado la materia… ¡ya que el agua de los océanos no quiere purificarme! ¿Por qué me lo preguntas?
EL POETA.-Porque… tengo una oración… una súplica…
LA HIJA.-Qué clase de súplica…
EL POETA.-¡Una súplica de la humanidad al Señor del mundo redactada por un Soñador!
LA HIJA.-Para que la presente…
EL POETA.-La hija de Indra…
LA HIJA.-¿Puedes recitar tu poema?
EL POETA.-¡Sí, claro!
LA HIJA.-¡Pues empieza!
EL POETA.-¡Mejor, tú!
LA HIJA.-¿Dónde lo leo?
EL POETA.-¡En mis pensamientos! ¡O aquí! Le da un rollo de papel.
LA HIJA coge el papel, pero recita de memoria.- Bien, lo recitaré:
«¿Por qué naces con dolor
por qué afliges a tu madre,
hijo del hombre, al regalarle
las delicias de la maternidad,
la delicia de todas las delicias?
¿Por qué despiertas a la vida,
por qué saludas a la luz
con un grito de maldad y dolor?
¿Por qué no sonríes a la vida,
hijo del hombre, cuando el don de la vida
debe ser la alegría misma?
¿Por qué nacemos como los animales
nosotros de estirpe divina y humana?
¡El espíritu exige otra vestimenta
que esta de sangre y suciedad!
¿Debe cambiar los dientes la imagen de Dios?…»
Al poeta: -¡Calla… presuntuoso! ¡La obra no puede criticar al maestro! ¡Aún no ha descubierto nadie el enigma de la vida! —
Sigue recitando.
«Y entonces comienza el largo peregrinar
sobre espinas, cardos, piedras;
si alguna vez encuentras un camino de rosas
te dicen inmediatamente que está prohibido;
si coges una flor, ¡zas!
enseguida te dicen que pertenece a otro;
si te cierra el camino un campo sembrado
y tienes que seguir tu marcha,
y pisas entonces el sembrado de otro,
pronto habrá alguien que pisotee el tuyo
¡para que así no haya diferencia!
Cada placer que disfrutas
provoca pena en todos los demás,
pero tu pena no hace feliz a nadie
¡porque es pena sumada a pena!
Y así sigue el camino hasta tu muerte
¡que desgraciadamente será de otro la suerte!».
Al poeta:
-¿Así piensas, hijo del barro, acercarte al Altísimo?
EL POETA.-¿Cómo va a encontrar, el hijo del barro, palabras tan luminosas, puras y ligeras, que puedan ascender desde la tierra…? Hija de los dioses, ¿quieres traducir nuestra queja al idioma que mejor entiendan los Inmortales?
LA HIJA.-¡Sí, lo haré!
EL POETA señalando la boya.- ¿Qué es eso que flota allí? ¿Una boya?
LA HIJA.-¡Sí!
EL POETA.-¡Parece un pulmón con una laringe!
LA HIJA.-Es el vigilante del mar: cuando hay un peligro inminente, canta.
EL POETA.-A mí me parece que el mar está subiendo y las olas arrecian…
LA HIJA.-¡No pienso yo otra cosa!
EL POETA.-¡Horror! ¿Qué veo allí? – ¡Un barco… junto a los arrecifes!
LA HIJA.-¿Qué barco puede ser?
EL POETA.-Creo que es el barco Fantasma.
LA HIJA.-¿Qué barco es ese?
EL POETA.-El del Holandés errante.
LA HIJA.-¿Ése? ¿Por qué se le castiga con tanta dureza y por qué no desembarca?
EL POETA.-¡Porque tuvo siete esposas infieles!
LA HIJA.-¿Por eso hay que castigarlo?
EL POETA.-¡ Sí! Todos los bienpensantes lo condenaron…
LA HIJA.-¡Extraño mundo! — ¿Cómo puede ser liberado de esa condena?
EL POETA.-¿Ser liberado? Hay que tener mucho cuidado con eso de liberar…
LA HIJA.-¿Porqué?
EL POETA.-Porque… No, ¡no es el Holandés! ¡Es un barco que está en peligro! – … ¿Por qué no suena la boya? —Mira, el mar sube, es más fuerte el oleaje; ¡pronto vamos a quedar encerrados en la gruta! —¡Ahora suena la campana del barco! – Pronto nos llegará otro mascarón de proa… ¡Grita, boya, cumple con tu deber, vigilante del mar! -La boya canta ahora un acorde a cuatro voces que parece una sirena de barco. — La tripulación nos hace señales… ¡Pero nosotros vamos a perecer!
LA HIJA.-¿No quieres la liberación?
EL POETA.-Sí, claro que la quiero, pero no ahora… ¡y no en el agua!
LA TRIPULACIÓN canta a cuatro voces.-¡Cristo, kyrie!
EL POETA.-¡Ahora gritan y el mar ruge! Pero ¡nadie oye!
LA TRIPULACIÓN como antes.-¡Cristo, kyrie!
LA HIJA.-¿Quién viene por allí lejos?
EL POETA .-¿Andando por el agua? No es más que uno que anda por el agua. No es Pedro, la roca firme, porque él se hundió como una piedra… Se ve un blanco resplandor en el mar.
LA TRIPULACIÓN canta a cuatro voces.-¡Cristo, kyrie!
LA HIJA.-¿Es Él?
EL POETA.-Sí, es Él, el Crucificado.
LA HIJA.-¿Por qué – dime – por qué lo crucificaron?
EL POETA.-Porque quería liberar…
LA HIJA.-¿Quiénes – ¡lo he olvidado! – quiénes lo crucificaron?
EL POETA.-Los bienpensantes.
LA HIJA. – ¡Qué mundo tan extraño!
EL POETA.-El mar sube… La oscuridad nos envuelve… La tempestad arrecia…
La tripulación lanza un alarido.
EL POETA.-La tripulación grita horrorizada cuando ve a su salvador… Y ahora — se tiran por la borda por miedo a su redentor…
La tripulación lanza un nuevo alarido.
EL POETA.-¡Ahora gritan porque van a morir! ¡Gritan cuando nacen y gritan cuando mueren!
Las olas siguen subiendo y amenazan ahogarlos en la gruta.
LA HIJA.-Si estuviera segura de que es un barco…
EL POETA.-En verdad… no creo que sea un barco… es una casa de dos pisos, rodeada de árboles… y la torre del teléfono… una torre que llega hasta las nubes… Es la moderna torre de Babel que envía mensajes hacia lo alto – para comunicar a las Alturas…
LA HIJA.-El pensamiento humano no necesita hilos de metal para trasladarse — la voz del piadoso atraviesa los mundos… Decididamente no es la torre de Babel, porque si quieres asaltar el cielo ¡hazlo con tus plegarias!
EL POETA.-No, no es una casa… ni una torre de teléfonos… ¿no lo ves?
LA HIJA.-¿Qué ves tú?
EL POETA.-Veo un campo cubierto de nieve, un campo de maniobras — el sol invernal brilla detrás de la iglesia que hay en una colina y la torre proyecta su larga sombra sobre la nieve — Un pelotón de soldados viene desfilando por la llanura; marchan sobre la torre, llegan a la aguja y ahora están pisando la cruz y yo me imagino que el primero que pise el gallo morirá… se están acercando… el cabo que va en cabeza… Oh, una nube cruza el cielo, tapa el sol… y todo se desvanece… ¡el agua de la nube apagó el fuego del sol! – La luz del sol creó la oscura imagen de la torre y la oscuridad de las nubes aniquiló la oscura imagen de la torre —
Durante el parlamento precedente el escenario se ha transformado en el callejón del teatro.
14
LA HIJA a LA PORTERA.-¿Aún no ha llegado el rector de la universidad?
LA PORTERA.-¡No!
LA HIJA.-¿Y los decanos?
LA PORTERA.-¡Tampoco!
LA HIJA.-Llámelos inmediatamente porque se va a abrir la puerta…
LA PORTERA.- ¿Es tan importante?
LA HIJA.-¡Lo es! ¡Porque se sospecha que allí está guardada la explicación del enigma del mundo! — ¡Llama, pues, al rector de la universidad y a los decanos de las cuatro facultades!
La portera silba con un pito.
LA HIJA.-¡Y no olvides al cristalero con su diamante porque sin él no podremos hacer nada!
Gente del teatro entra por la izquierda como al principio de la pieza.
EL OFICIAL entra por el fondo, de levita y sombrero de copa con un ramo de rosas en la mano, resplandeciente de alegría.– ¡Victoria!
LA PORTERA.-¡Enseguida baja la señorita!
EL OFICIAL.-¡Está bien! La calesa espera, la mesa está puesta, el champán en el hielo… Señora, ¿puedo abrazarla?
Abraza a la portera. ¡Victoria!
UNA VOZ FEMENINA DESDE ARRIBA cantando.-¡Aquí estoy!
EL OFICIAL se pone a pasear yendo y viniendo.-¡Bien! ¡Te espero!
EL POETA.-Tengo la impresión de que ya he vivido esto antes…
LA HIJA.-¡Y yo!
EL POETA.-¿Tal vez lo haya soñado?
LA HIJA.-¿O tal vez lo has escrito?
EL POETA.-¡O escrito!
LA HIJA.-Entonces ¡tú sabes lo que es poesía!
EL POETA.-¡Entonces yo sé lo que son sueños!
LA HIJA.-¡A mí me parece que hemos estado en otro lugar antes diciéndonos estas mismas palabras!
EL POETA.-¡Entonces pronto podrás saber qué es la realidad!
LA HIJA. – ¡O los sueños!
EL POETA.-¡O la poesía!
•
Entran EL RECTOR DE LA UNIVERSIDAD y LOS DECANOS DE LAS FACULTADES DE TEOLOGÍA, FILOSOFÍA, MEDICINA Y DERECHO.
EL RECTOR DE LA UNIVERSIDAD.-Lo que nos trae aquí es el asunto de la puerta, claro. ¿Qué opina el decano de la facultad de Teología?
DECANO DE TEOLOGÍA.-Yo no opino, yo creo… Credo…
DECANO DE FILOSOFÍA.-Yo considero…
DECANO DE MEDICINA.- Yosé…
DECANO DE DERECHO.-Yo, mientras no tenga pruebas y testigos, dudo.
EL RECTOR, aparte.-¡Ahora éstos van a volver a pelearse! — En primer lugar ¿qué piensa el teólogo?
DECANO DE TEOLOGÍA.-Yo creo que esta puerta no debe abrirse ya que oculta verdades peligrosas…
DECANO DE FILOSOFÍA.-La verdad nunca es peligrosa.
DECANO DE MEDICINA.-¿Qué es la Verdad?
DECANO DE DERECHO.-Lo que se puede probar con dos testigos.
DECANO DE TEOLOGÍA.-¡Con dos falsos testigos, un abogado sin escrúpulos puede probar- todo!
DECANO DE FILOSOFÍA.-La verdad es sabiduría y la sabiduría es la esencia misma de la filosofía… La filosofía es la ciencia de las ciencias, el saber del saber, ¡y todas las demás ciencias son servidoras de la filosofía!
DECANO DE MEDICINA.-La única ciencia son las ciencias naturales. ¡La filosofía no es ciencia! ¡Son puras elucubraciones vacías!
DECANO DE TEOLOGÍA.-¡Bravo!
DECANO DE FILOSOFÍA al de Teología.- ¿Tú dices Bravo? ¡No sabes lo que dices! ¡Tú, el enemigo jurado de toda ciencia! Tú, la antinomia del saber, tú no eres más que ignorancia y tinieblas…
DECANO DE MEDICINA.-¡Bravo!
DECANO DE TEOLOGÍA al de Medicina.- ¿Tú dices Bravo? Tú, que no ves más allá de tus narices y eso con lupa! ¡Tú!, que sólo crees en tus engañosos sentidos, en los ojos, por ejemplo, que pueden ser présbitas, miopes, astigmáticos, tuertos, estrábicos, ciegos, daltónicos, ojos que no distinguen el rojo del verde…
DECANO DE MEDICINA.-¡Imbécil!
DECANO DE TEOLOGÍA.-¡Burro! Llegan a las manos.
EL RECTOR.-¡Calma! ¡Que no le saque un cuervo los ojos a otro!
DECANO DE FILOSOFÍA.-Si tuviese que elegir entre estos dos, el teólogo y el médico, elegiría… ¡a ninguno!
DECANO DE DERECHO.-Y si yo tuviese que juzgaros a vosotros tres os condenaría – ¡a todos! .- ¡No podéis siquiera poneros de acuerdo en un solo punto y nunca habéis podido hacerlo! – Pero ¡volvamos a lo nuestro! Rector Magnífico, ¿cuál es su opinión sobre esta puerta y su apertura?
EL RECTOR.-¿Opinión? ¡Yo no tengo opinión! A mí el Gobierno me ha nombrado sólo para que ustedes no se rompan la crisma en el claustro de profesores mientras desempeñan su noble tarea de educar a la juventud. ¿Opiniones? Me guardo mucho de tenerlas. Una vez tuve algunas pero no tardaron en refutarlas. Las opiniones pronto son rebatidas ¡por los adversarios evidentemente! — Tal vez podamos abrir ahora la puerta ¡aun a riesgo de que oculte peligrosas verdades!
DECANO DE DERECHO.-¿Qué es Verdad? ¿Dónde está la Verdad?
DECANO DE TEOLOGÍA.-Yo soy la Verdad y la vida…
DECANO DE FILOSOFÍA.-Yo soy el saber del Saber…
DECANO DE MEDICINA.-Yo soy el saber exacto…
DECANO DE DERECHO.-¡Yo dudo!
Llegan a las manos.
LA HIJA.-¡Maestros de la juventud! ¡Qué vergüenza!
DECANO DE DERECHO.-Rector Magnífico, como representante del Gobierno y cabeza del cuerpo docente, ¡le pido que tome las medidas legales oportunas contra el delito de esta mujer! ¡Les ha pedido que se avergonzasen de su conducta, eso es un insulto, y además les ha llamado Maestros de juventud en un sentido peyorativo e irónico y eso es difamación!
LA HIJA.-¡Pobre juventud!
DECANO DE DERECHO.-¡Compadece a la juventud, eso es acusarnos a nosotros! Rector Magnífico ¡tome medidas legales contra ella!
LA HIJA.-¡Sí, os acuso a todos, a todos en general, de sembrar la duda y la discordia en la mente de los jóvenes! DECANO DE DERECHO.-¡Escuchen bien, es ella la que siembra entre los jóvenes dudas sobre nuestra autoridad y luego ¡nos acusa a nosotros de sembrar la duda! Yo pregunto a los bienpensantes, a todos los bienpensantes, ¿no es esto una acción criminal?
TODOS LOS BIENPENSANTES.-¡Es una acción criminal!
DECANO DE DERECHO.-¡Las personas bienpensantes te han condenado! – ¡Vete en paz con tus ganancias! En otro caso…
LA HIJA.-¿Mis ganancias? – ¿En otro caso? En otro caso, ¿qué?
DECANO DE DERECHO.-¡Serás lapidada!
EL POETA.-¡O crucificada!
LA HIJA.-¡Me voy! ¡Ven conmigo y te diré el enigma!
EL POETA.-¿Qué enigma?
LA HIJA.-¿Qué quería decir aquél con lo de «mis ganancias»?
EL POETA.-Seguramente nada. Es lo que llamamos hablar por no callar. Vacuidad.
LA HIJA.-¡Pues a mí me ofendió profundamente!
EL POETA. – ¡Para eso lo dijo! — ¡Así son los hombres!
•
TODOS LOS BIENPENSANTES.-¡Viva! ¡Han abierto la puerta!
EL RECTOR.-¿Qué se ocultaba detrás de la puerta?
EL CRISTALERO.-Yo no veo nada.
EL RECTOR.- El no ve nada, claro, ¡no me extraña! — ¡Decanos! ¿Qué se ocultaba detrás de la puerta?
DECANO DE TEOLOGÍA.-¡Nada! Esa es la solución al enigma del mundo! — En el principio Dios creó el cielo y la tierra de la nada. DECANO DE FILOSOFÍA.-De la nada sale la nada.
DECANO DE MEDICINA.-¡Filfa! ¡Es.la nada!
DECANO DE DERECHO.-¡Yo dudo!… Aquí se ha producido una estafa. ¡Les pido a todos los bienpensantes…!
LA HIJA al POETA.-¿Y quiénes son esos bienpensantes?
EL POETA.-Buena pregunta, que la conteste quien lo sepa. Generalmente todos los bienpensantes son ,una sola persona. Hoy somos yo y los míos, mañana tú y los tuyos. Es como un título que se da o, más bien, somos nosotros los que nos damos el nombre.
TODOS LOS BIENPENSANTES.-¡Nos han engañado!
EL RECTOR.-¿Quién los ha engañado?
TODOS LOS BIENPENSANTES.-La hija de Indra.
EL RECTOR.-¿Tiene la hija de Indra la amabilidad de explicarnos qué pretendía con la apertura de esta puerta?
LA HIJA. – ¡No, amigos míos! ¡Si lo dijese, no me ibais a creer!
DECANO DE MEDICINA.-¡Ahí no hay nada!
LA HIJA.-¡Tú lo has dicho! ¡Pero no lo has entendido!
DECANO DE MEDICINA.-¡Lo que dice son tonterías!
TODOS.- ¡Filfa!
LA HIJA al POETA.-¡Qué pena me dan los hombres!
EL POETA.-¿Lo dices en serio?
LA HIJA.-¡Siempre hablo en serio!
EL POETA.-¿También te dan pena los bienpensantes?
LA HIJA.-Tal vez los que más.
EL POETA.-¿Y los decanos de las cuatro facultades?
LA HIJA.-También, y ellos en particular. Cuatro cabezas, cuatro sentidos, en un solo cuerpo. ¿Quién ha creado ese monstruo?
TODOS.-¡No contesta!
EL RECTOR.-Entonces ¡pegadle!
LA HIJA.-¡He contestado!
EL RECTOR.-¿Habéis oído? ¡Ha contestado!
TODOS.-¡Pegadle! ¡Ha contestado!
LA HIJA.-Da igual, conteste o no conteste, ¡pegadle! — Al POETA Ven, Visionario, ven conmigo — lejos de aquí – te revelaré el enigma – pero en el desierto, allí donde no nos oiga nadie, donde no nos vea nadie. Porque —
•
EL ABOGADO se acerca a LA HIJA y la coge del brazo.-¿Has olvidado tus deberes?
LA HIJA.-¡No, por Dios! ¡Pero tengo deberes más altos!
EL ABOGADO.-¿Y tu hijo?
LA HIJA.-¡Mi hijo! ¿Algo más?
EL ABOGADO.-¡Tu hijo te llama!
LA HIJA. – ¡Mi hijo! ¡Horror, estoy atada a la tierra! — Y este dolor en el pecho, esta angustia… ¿qué será?
EL ABOGADO.-¿No lo sabes?
LA HIJA.-No.
EL ABOGADO.-Los remordimientos de conciencia.
LA HIJA.-¿Son esto los remordimientos?
EL ABOGADO.-Sí. Surgen después de haber desatendido un deber o después de haber gozado de algún placer, aún el más inocente, si es que existen los placeres inocentes, lo que es más bien dudoso, y después de todo sufrimiento que se le cause al prójimo
LA HIJA.-¿Y no existe remedio?
EL ABOGADO.-¡Sólo uno! Cumplir inmediatamente el deber desatendido
LA HIJA.-¡Pareces un demonio cuando nombras la palabra deber! – ¿Y cuando, como yo, se tienen dos deberes que cumplir?
EL ABOGADO.-Entonces ¡se cumple primero uno y luego el otro!
LA HIJA.-Primero el más elevado… por tanto cuida tú de mi hijo y mientras yo cumpliré mi deber…
EL ABOGADO.-Tu hijo sufre de tu ausencia — ¿puedes comprender que una persona sufra por tu culpa?
LA HIJA.-Ahora me has llenado el alma de zozobra..; se ha partido en dos ¡y cada parte tira en una dirección!
EL ABOGADO.-¡Son las pequeñas contrariedades de la vida!
LA HIJA.-Pero ¡cómo duelen!
EL POETA.-Si tuvieses idea de la cantidad de pena y desolación que he causado a consecuencia del cumplimiento de mi vocación, y hablo de vocación, que es el más alto deber, ¡no querrías ni cogerme de la mano!
LA HIJA.-¿Cómo es eso?
EL POETA.-Tuve un padre que había depositado en mí, su único hijo, todas sus esperanzas para que continuase sus negocios… Me escapé de la escuela de comercio… Mi padre murió del disgusto. Mi madre quería que fuese religioso… yo no tenía vocación para serlo… Me repudió… Tenía un amigo que me apoyó en los duros tiempos de necesidad… Este amigo se comportaba como un tirano con aquellos de los que yo hablaba bien y apreciaba. ¡Así es que tuve que rechazar a mi amigo y benefactor para salvar mi alma! A partir de entonces ya no he tenido paz: la gente me llama infame y canalla y no me sirve de nada que la conciencia me diga «Has hecho bien», porque un momento después me dice «Has hecho mal»! ¡Así es la vida!
LA HIJA.-¡Ven conmigo al Desierto!
EL ABOGADO.-¡Tu hijo!
LA HIJA refiriéndose a todos los presentes.-¡He aquí a mis hijos! De uno en uno son buenos, pero cuando se juntan comienzan a pelearse y se convierten en demonios! — ¡Adiós!
15
Delante del Castillo; el mismo decorado que en la primera escena. Pero ahora, delante del Castillo, la tierra está cubierta de flores azules de acónito. En el tejado del Castillo, cerca de la claraboya, se ve el capullo de un crisantemo a punto de abrirse. Las ventanas del Castillo están iluminadas desde el interior, por velas.
LA HIJA.-No está lejos el momento en que, con la ayuda del fuego, vuelva a ascender al éter… Es lo que llamáis morir y que veis acercarse con miedo.
EL POETA.-¡El miedo a lo desconocido!
LA HIJA.-¡Que conocéis!
EL POETA.-¿Quién lo conoce?
LA HIJA.-¡Todos! ¿Por qué no creéis en vuestros profetas?
EL POETA.-Los hombres siempre han desconfiado de los profetas, ¿por qué crees que pasa eso? — Y «Si Dios ha hablado por su boca ¿por qué no creen los hombres?». ¡Su poder de convicción debería ser irresistible!
LA HIJA.-¿Tú has dudado siempre?
EL POETA.-No, muchas veces he creído tener fe. Pero después de un tiempo desaparecía, ¡como un sueño cuando uno se despierta!
LA HIJA.-¡No es fácil ser hombre!
EL POETA.-¿Lo entiendes y lo reconoces ya?
LA HIJA.-¡Sí!
EL POETA.-Oye, ¿no fue Indra el que una vez envió a su Hijo a la tierra para escuchar las quejas de los hombres?
LA HIJA.-Sí, fue él… ¿Y cómo fue recibido?
EL POETA.-Te voy contestar con otra pregunta: ¿cómo cumplió su misión?
LA HIJA.-Voy a contestarte también con otra… Después de su visita, ¿mejoró la situación de los hombres? ¡Dime la verdad!
EL POETA.-¿Mejorar? Bueno, sí, ¡un poco! ¡Muy poco! — Pero dejémonos de tanta pregunta y explícame el enigma.
LA HIJA.-Sí… ¿y de qué me iba a servir? ¡Tú no me crees!
EL POETA.-¡Yo te creo, porque sé quién eres!
LA HIJA.-Bien, ¡hablaré! En el comienzo de los tiempos, antes de que brillara el sol, Brahma, la divina fuerza primigenia, se dejó seducir por Maya, la madre del Mundo, para tener descendencia. El contacto de la divina sustancia primigenia con la materia terrenal provocó la Caída del cielo. El Mundo, la vida y los hombres no son más que fantasmas, sombras, imágenes de sueños
EL POETA.-¡Mi sueño!
LA HIJA.-Un sueño hecho realidad. — Pero para liberarse de la materia terrenal, los hijos de Brahma eligieron el camino de la privación y el sufrimiento… Ahí tienes el sufrimiento como liberador… Estas ansias de sufrir entran en conflicto con el deseo de gozar o el Amor… ¿entiendes ahora lo que es el amor con sus grandes placeres en los más intensos dolores? ¡Lo más dulce en lo más amargo! ¿Comprendes ahora lo que es la mujer? La mujer, a través de la que el pecado y la muerte entraron en la vida…
EL POETA.-¡Comprendo! — ¿Y el final…?
LA HIJA.-El que tú conoces… La lucha entre el dolor del placer y el placer del sufrimiento… entre los remordimientos del penitente y los placeres del libertino…
EL POETA:-Es decir, ¿lucha?
LA HIJA.-La lucha entre contrarios genera fuerza, como el fuego y el agua generan la fuerza del vapor…
EL POETA.-¿Y la paz? ¿El descanso?
LA HIJA.-Calla, no debes preguntar más y yo no puedo responder – El altar ya está engalanado para el sacrificio — las flores montan guardia y las velas están encendidas… la sábana blanca cuelga de la ventana:., y se han extendido ramas de abeto en el suelo del portal…
EL POETA.-¡Lo dices con tal calma que parece como si el sufrimiento no existiera para ti!
LA HIJA.-¿ Ah, no? Yo he sufrido todas vuestras penalidades, pero cien veces más ¡porque soy mucho más sensible!
EL POETA.-Dime, ¿cuáles son tus penas?
LA HIJA.-Poeta, ¿podrías contarme las tuyas sin que te sobrasen palabras? ¿Han alcanzado alguna vez tus palabras el vuelo de tus pensamientos?
EL POETA.-No, ¡tienes razón! He andado como un sordomudo ante mí mismo y cuando las multitudes escuchaban con admiración mis canciones yo las encontraba ya malas – ¡por eso, sabes, me avergonzaba siempre que me rendían homenajes!
LA HIJA.-Y ahora tú quieres que yo… ¡Mírame a los ojos!
EL POETA.-No puedo sostener tu mirada…
LA HIJA.-¿Cómo ibas, pues, a aguantar mis palabras, si te hablase en mi lenguaje…?
EL POETA.-Sin embargo, dime, antes de marcharte: ¿qué es lo que te hizo más daño aquí abajo?
LA HIJA.-Pues – existir, la mera existencia: sentir mi visión debilitada por un ojo, mi oído embotado por una oreja y mi pensamiento, mi pensamiento aéreo y luminoso, preso en esos laberintos de grasa. Tú has visto un cerebro ¿verdad?!, qué circunvoluciones… qué senderos tan tortuosos…
EL POETA.-Sí, ¡por eso los bienpensantes piensan siempre torcido!
LA HIJA.-Qué malvado, siempre igual de malo, pero ¡así sois todos!
EL POETA.-¿Es que se puede ser otra cosa?
LA HIJA.-Ahora me quito primero el polvo de los pies… la tierra, el barro… Se quita los zapatos y los echa al fuego.
LA PORTERA entra y echa su chal al fuego.-¿Tal vez pueda quemar yo también mi chal? Sale.
EL OFICIAL entra.-Y yo mis rosas, a las que ya no les quedan más que espinas. Sale.
EL CARTELERO entra.-Puedo echar los carteles, pero el salabre, ¡eso nunca! Sale.
EL CRISTALERO entra.-¿El diamante con el que abrí la puerta? Adiós. Sale.
EL ABOGADO entra.-Las actas del gran proceso que tuvo como asunto el sexo de los ángeles o la disminución de caudal de las fuentes del Ganges. Sale.
EL JEFE DE LA CUARENTENA entra.-Mi pequeña contribución: esta máscara que me convirtió en negro contra mi voluntad. Sale.
VICTORIA entra.-¡Mi belleza, mi pena! Sale.
EDITH entra.-¡Mi fealdad, mi pena! Sale.
EL CIEGO entra y pone la mano en el fuego.-¡Doy la mano por mi ojo! Sale.
DON JUAN entra en silla de ruedas, empujada por Ella y el Amigo.
DON JUAN.-¡Deprisa, deprisa, que la vida es breve! Sale con los otros.
EL POETA.-He leído que cuando la vida se acerca a su fin, todo y todos pasan como en un desfile… ¿Es este el fin?
LA HIJA.-Sí, ¡el mío! ¡Adiós!
EL POETA.-¡Dime alguna palabra de despedida!
LA HIJA.-¡No, no puedo! ¿Crees que vuestras palabras pueden expresar nuestros pensamientos?
EL TEÓLOGO entra furioso.- Dios me ha desautorizado, los hombres me persiguen, el gobierno me ha abandonado y mis colegas se burlan de mí. ¿Cómo voy a creer cuando no cree nadie? — ¿Cómo voy a defender a un Dios que no defiende a los suyos? ¡Filfa! Arroja un libro al fuego y sale.
EL POETA sacando el libro del fuego.- ¿Sabes lo que es? – Un Martirologio, un calendario con un mártir para cada día del año.
LA HIJA:-¿Un mártir?
EL POETA.-Sí, uno que se deja torturar y matar por su fe. ¡Ya me dirás por qué!
LA HIJA.-¿Crees que todos los que son torturados sufren y todos a los que matan sienten dolor? El sufrimiento es redención y la muerte, liberación.
KRISTIN entra con unas tiras de papel engomado.- Yo pego y pego y sigo pegando hasta que no quede nada por pegar…
EL POETA.-Y si se abriera el cielo tratarías de pegar la grieta…
KRISTIN.-¿No hay ventanas interiores en el castillo?
EL POETA.-¡No, no las hay!
KRISTIN.-Pues entonces ¡me voy!
LA HIJA.-
Se acerca el final, se aproxima la hora de la despedida
¡Adiós! ¡Hijo del hombre, soñador,
tú, poeta, que entiendes la vida mejor que nadie,
vuelas con tus alas sobre el mundo
a veces desciendes hasta la tierra
para rozarla no para quedar atrapado en ella!
—————————————————
Ahora que me voy… en este momento del adiós
al tener que separarnos de un amigo, de un lugar
¡cómo se intensifica la nostalgia por lo que se ha amado…
y el arrepentimiento por los daños causados…!
Oh, ahora siento todo el dolor de la existencia,
August Strindberg esto es, pues, ser hombre —
Uno echa en falta hasta lo que no apreciaba
Uno se arrepiente hasta de faltas no cometidas
Uno quiere marcharse y sin embargo quedarse
El corazón se escinde en dos mitades
que se ven arrastradas en direcciones contrarias,
los sentimientos son desgarrados como entre dos caballos
que tiran en direcciones opuestas
por contradicciones, conflictos, indecisiones.
—
¡Adiós! Di a tus hermanos que los recordaré
allí donde vaya y que, en tu nombre,
llevaré sus quejas hasta el trono.
Porque
¡qué triste destino el de los hombres! ¡Qué pena dan!
¡Adiós!
Entra en el castillo. Se oye música. El castillo arde y su resplandor muestra sobre el fondo una pared con rostros humanos perplejos, tristes , desesperados… Cuando el castillo arde el capullo de la flor que hay en el tejado estalla en un inmenso crisantemo.
TELÓN
[Prólogo de 1906]
El telón de fondo representa unas formaciones de nubes que parecen montes pizarrosos con castillos y fortificaciones en ruinas. Se ven las constelaciones Leo, Virgo y Libra y entre ellas brilla esplendoroso el planeta Júpiter.
La hija de Indra está de.pie en la nube más alta.
LA VOZ DE INDRA desde arriba.- ¿Dónde estás, hija mía, dónde?
LA HIJA DE INDRA.-¡Aquí, padre, aquí!
LA VOZ.-Te has perdido, hija mía,
ten cuidado, te estás hundiendo…
¿Cómo has ido a parar ahí?
LA HIJA.-Seguí la estela del relámpago en el alto Éter
y me dejé llevar por una nube…
Pero la nube descendió y ahora sigue su descenso…
Dime, excelso padre, Indra, ¿a qué regiones
he venido a parar? ¿Por qué es tan difícil respirar
en esta atmósfera sofocante?
LA VOZ. -Has dejado el segundo mundo y has entrado en el tercero.
Te has alejado de Cukra, la estrella de la mañana,
y te vas acercando a la atmósfera de la Tierra.
Toma como referencia la séptima morada del Sol, se llama Libra,
allí está la estrella del día en el equinoccio de otoño
cuando el día y la noche pesan lo mismo…
LA HIJA.-Has mencionado la Tierra, ¿es ese mundo
oscuro y pesado iluminado por la luna?
LA VOZ. -Es la más densa y pesada
de las esferas que vagan por el espacio.
LA HIJA.-Dime, ¿allí nunca luce el sol?
LA voz.-Claro que luce, pero no siempre…
LA HIJA.-Se está abriendo la nube
y ahora veo hasta allá abajo…
LA voz.-¿Qué ves, hija mía?
LA HIJA.-Veo… que todo es hermoso… verdes bosques,
aguas azules, blancas montañas y campos amarillos…
LA VOZ.-Sí, es muy hermoso,
como todo lo creado por Brahma…
Pero antes fue mucho más hermoso,
en el inicio de los tiempos; pero algo pasó,
una modificación en la órbita; quizá otra cosa,
una revuelta, seguida de crímenes, que tuvo que ser aplastada…
LA HIJA.-Y oigo sonidos que vienen de allá abajo…
¿Qué clase de seres viven allá?
LA VOZ.-Baja y verás… no quiero
calumniar a los hijos del Creador,
pero lo que oyes desde aquí es su idioma.
LA. HIJA.-Suena como… no suena muy alegre.
LA VOZ.-¡Así es! Su idioma
se llama Queja. ¡Sí, sí! Los que habitan la Tierra son
unas gentes insatisfechas y desagradecidas…
LA HIJA.-¡No digas eso! Ahora oigo gritos de júbilo,
disparos y estruendo, veo el resplandor de relámpagos,
doblan las campanas, se encienden fuegos
y miles y miles de voces cantan su alabanza y agradecimiento al cielo…
Los juzgas con demasiada dureza, oh padre…
LA VOZ.-Desciende, observa y escucha.
Ya me dirás cuando regreses si sus quejas y llantos
están justificados…
LA HIJA.-Lo haré, padre, pero ¡ven conmigo!
LA VOZ.-No, yo no puedo respirar allá abajo.
LA HIJA.-La nube se hunde, hace un calor sofocante, me ahogo…
No es aire lo que respiro, sino humo y agua…
Es tan pesado, me arrastra hacia abajo,
hacia abajo y ahora noto claramente su bamboleo,
el tercer mundo no es, pues, el mejor…
LA VOZ.-Desde luego no es el mejor,
pero tampoco el peor.
Se llama Polvo, gira como todos los otros
y por esos sus gentes a veces andan mareadas
en ese territorio impreciso entre locura y desvarío –
Ten valor, hija mía, es sólo una prueba.
LA HIJA de rodillas, cuando la nube se hunde.-¡Me hundo!
2005 © De la traducción al castellano Francisco J. Uriz
Con ocasión del número 100 de nuestra publicación, hemos querido hacer un «regalo de lujo» a nuestros lectores y a cuantos han colaborado con nosotros en esta empresa editorial, que anda ya por su decimosexto año de existencia. Es difícil no haber oído hablar de la mítica pieza teatral de Strindberg, Ettdrómspel (1901); título que se ha vertido al castellano de las más variadas formas: «Un sueño», «Ensoñación», «Sueños»… Los lectores de Kafka, por ejemplo, lo habrán oído nombrar entre los precedentes de El castillo; los de lonesco, como antecesor del «teatro del absurdo»; Borges defendió esta pieza frente a Bioy Casares, y, en fin, quienquiera que ame el teatro o el cine que ha hecho I. Bergman durante más de cincuenta años sabrá cuántas veces lo ha llevado él a escena (de ello, más en la introducción del traductor, Francisco J. Uriz) o a las pantallas (que en Fannyy Alexander (1981), por ejemplo, como en Después de la repetición (1983), la obra que se ensaya en los respectivos teatros es esta de Strindberg). Pero no es sólo que la sombra de esta pieza que nació con el siglo pasado se haya proyectado hasta nuestros días; su potencia es manifiesta también por sus raíces, pues en Comedia onírica —así la llamará en adelante nuestra traducción— apreciamos un naturalismo social a lo Zola, un racionalismo ético a lo Tolstói o un esoterismo romántico a lo Hoffmann, todo ello servido en equilibradas y, por tanto, gustosas proporciones. En fin, que de una obra así no hubiera en nuestra lengua una traducción como Dios manda era un «agujero negro» (mini) que Nueva Revista ha tratado de enmendar en una ocasión señalada como ésta con un no desdeñable y, por tanto, tampoco cómico esfuerzo.
[PRESENTACIÓN DEL TRADUCTOR ]
Una novedad entre nosotros ¿desde 1901?
August Strindberg (1849-1912), el escritor más grande de la literatura sueca y uno de los dramaturgos más importantes del siglo pasado, escribió Ett drómspel, la obra cuya traducción al castellano les presentamos con el título de Comedia onírica, en 1901. Al año siguiente el autor, que buscaba el reconocimiento europeo o mundial y al que Suecia se le había quedado pequeña, la tradujo él mismo al francés. A su traductor alemán, Schering, le confesó que era «mi Drama más querido, hijo de mi más profundo dolor». Se estrenó en 1907 en el «Svenska Teatern» de Estocolmo y no tuvo el éxito esperado por Strindberg, sobre todo, debido a las complicaciones técnicas que implicaba el montaje, casi insuperables para la época. Es una pieza cuya modernidad y vanguardismo admiraron grandes directores de teatro. La pusieron en escena, ya en la década de 1920, Max Reinhart y Antonin Artaud. En Suecia,. el famoso director Olof Molander
hizo, entre 1935 y 1955, cuatro montajes históricos, y en la actualidad su valedor es Ingmar Bergman, que ha hecho por lo menos tres. Es una de las piezas consideradas precursoras del teatro moderno y se ha representado en todo el mundo.
He buscado referencias del estreno en España y no he podido encontrar, desde Estocolmo, donde escribo estas líneas, datos de representaciones en teatros profesionales.
Hay una traducción española, obra de José María Martín Triana, publicada en 1976 por Ediciones Felmar, en la colección La Fontana literaria. Reproduce en portada un grabado que podría ser de Munch, y debajo de él, el título «Sueño» con los nombres de August Strinberg (s/c) – Ingmar Bergman, en la misma línea y con el mismo tamaño de letra, dando la impresión de ser los dos los autores del libro. Encabeza la página 5 el nombre del autor August Strinberg (sic) seguido de «Sueño» y debajo «Adaptada
por Ingmar Bergman», y al pie de la página: «Edición según la
traducción (al inglés, el paréntesis es mío) e introducción de Michael Meyer». En toda la estupenda introducción se repite el contumaz error de «Strinberg». En el texto español hay bastantes equivocaciones, no trascendentales para la comprensión de la pieza, pero irritantes, por ejemplo: se habla del «collar» de la camisa (collar en inglés, «cuello») y de la lluvia que cae sobre los «tilos» (tiles, en inglés, es decir, «tejas»). Esta adaptación de Ingmar Bergman, que elimina más de la cuarta parte del original, le sirvió al gran director para hacer, en 1970, un inolvidable montaje de la pieza, con una escenografía milagrosa de Lennart Mórk, en el Dramaten (Teatro Nacional de Suecia). Bergman la puso también en escena en Munich en 1977, esa vez con la traducción del texto completo de Strindberg hecha nada menos que por Peter Weiss (¡todo un lujo!). Por una de esas cosas que pasan, en la ficha número 84-3790088-3 del ISBN, aparece Ingmar Bergman como traductor al español de la obra de Strindberg Ett Drómspel. Tal vez el autor de la ficha pensó que «adaptada» era sinónimo de «traducida» y, ni corto ni perezoso, le atribuyó la autoría del trabajo de Martín Triana al director sueco.
Así estaba hace un par de años en el ISBN, no sé si se habrá corregido. En el año 1964 la Editorial Nacional de Cuba, con el loable intento de la Revolución de poner a los clásicos al alcance de los cubanos, publicó un volumen «Strindberg /Teatro» con, tal vez, las seis mejores piezas del dramaturgo sueco. Entre ellas la traducción de Jorge A. Ramos del texto completo de Ett drómspel titulada «El ensueño». Acaso esta edición cubana sea copia de la que, según mis noticias, se había publicado en Argentina. Son traducciones hechas probablemente del italiano y plagadas de graves errores.
Existen muy buenas ediciones de Ett drómspel en sueco; mi favorita es la de Cari Reinhold Smedmark —¿tal vez por ser la primera que leí?—. Sin embargo esta traducción siguirá el texto preparado y comentado por Gunnar Ollén que se publicó, en 1988, en el volumen 46 de la Edición nacional de las obras completas de Strindberg, hoy la definitiva. En dicho volumen va incluido el «Prólogo» que el autor escribió en 1906 y la llamada «escena del callejón». Incluyo aquí la traducción del «Prólogo» tal como va publicado en estas edición, es decir, detrás de la pieza. En la edición de Smedmark se incluye como primer cuadro. En la
versión de Ingmar Bergman que hemos comentado, se coloca como tercer o cuarto cuadro. Este prólogo se utilizó en el estreno y no provocó entusiasmo, tal vez porque no proporciona nada relevante a la pieza. «La escena del callejón», que no es más que el borrador de la primera escena de la pieza naturalista que dio origen a Ett drómspel, está recogida con ciertas variantes en esta obra. Strindberg la tradujo al francés en 1902, con el título Réverie y como es lógico su traducción no lleva el Prólogo y, a la apostilla preliminar, le faltan las últimas cuatro líneas. Esta versión francesa le ha servido a Gunnar Ollén, como él mismo dice, para aclarar un par de dudas del original sueco. Yo la
he leído y he incorporado los números, inexistentes en la versión original, que introdujo Strindberg para señalar la separación de cuadros. Curiosamente la protagonista no lleva el nombre de «Hija de Indra» sino «Agnes», su nombre terrenal. Y es muy instructivo ver cómo los autores que se traducen a sí mismos cortan los nudos gordianos de sus propios textos.
He seguido el texto conservando la abundosa puntuación del original: los incontables signos de admiración, puntos suspensivos y guiones largos que marcan el ritmo, las pausas y la intensidad del diálogo. He suprimido la mayor parte de los asteriscos que pululan en el texto, situados en el centro de la línea; quedan unos pocos que señalan diferentes escenas dentro de los cuadros.
En dos casos he elegido la puntuación de la versión de Smedmark por ser más adecuada al sentido.
La primera época de Las Edades del Hombre, que se cerrará el próximo 2006 en Ciudad Rodrigo, nació como una empresa aventurada el 24 de octubre de 1988 en la catedral de Valladolid. Los resultados sumados desde entonces hasta hoy han desbordado las esperanzas más optimistas.
UN MODELO A SEGUIR
Al examinar la cantidad y calidad de los trabajos realizados en estos años se percibe la dificultad de resumir, en el espacio de unas breves líneas, las aportaciones que el proyecto de Las Edades del Hombre ha ofrecido a los hombres y las tierras de Castilla y León. La dificultad aumenta si consideramos que ese proyecto, después de superar ampliamente las fronteras regionales, ha llegado a convertirse en un modelo para otras iniciativas dentro y fuera de España. Así lo demuestran las solicitudes presentadas a la dirección de Las Edades para el montaje de otras exposiciones, como las de Amberes y Nueva York, lo mismo que la instalada actualmente en la catedral de la Almudena, de Madrid, dentro de los actos del ciento cincuenta aniversario de la proclamación del dogma de la Inmaculada Concepción.
Al evaluar las diez exposiciones que han recorrido durante los últimos años las diócesis de Castilla y León, junto a las dos citadas de Amberes y Nueva York, se registran unas cifras tan significativas que apenas necesitan mayor comentario.
En números redondos, son casi ocho millones los visitantes que han tenido la oportunidad de contemplar las tres mil piezas expuestas, entre esculturas, pinturas, retablos, orfebrería, custodias, tapices, monumentos sepulcrales, códices miniados, incunables; instrumentos y partituras de música sacra, textos y documentos. Todos estos objetos fueron seleccionados para integrarse en cada una de las catedrales, como el auténtico marco natural para el que fueron creadas y donde adquieren su más pleno sentido histórico, artístico y religioso.
LA DIGNIDAD DE UN PUEBLO
Se cumplen así los propósitos que movieron a los fundadores de Las Edades del Hombre -el sacerdote José Delicia (fallecido en 1996, a los 65 años) y el escritor y periodista José Jiménez Lozano (Langa, Ávila, 1930)- a impulsar un proyecto tan ilusionado como de incierto final. En una larga conversación de amigos en torno a una mesa camilla, sacerdote y escritor habían decidido rebelarse contra el difundido prejuicio de considerar a Castilla y León como un cadáver, más o menos glorioso, del pasado. En realidad, no aceptaban los crueles versos de Antonio Machado cuando hablan de una Castilla que «envuelta en sus harapos desprecia cuanto ignora». El proyecto de las Edades, como avanzadilla de la cultura y recuerdo de la historia, ofrecería la posibilidad de vencer la ignorancia y cambiar el desprecio por un admirado aprecio. Y es que, conscientes de la riqueza de su patrimonio, estaban seguros de que el pueblo ya no sería acusado de refugiarse en sus harapos. Nunca más.
Velicia y Jiménez Lozano pusieron manos a la obra. La cuestión no era tanto reunir los elementos artísticos, disponibles en cantidades abrumadoras, sino habilitar el modo, la forma de darlos a conocer, para que fueran bien comprendidos y no simplemente «contemplados» como puro objeto. El problema fue más bien el «cómo» habría de hacerse para cumplir los objetivos deseados, puesto que se trataba de poner en relación la obra con sus autores, los hombres que la hicieron posible y comprender la fuerza de los sentimientos que aspiraban a transmitir, de acuerdo con los valores vigentes en la época en que esas obras se crearon.
Valores, sentimientos, historia que, en el caso de Castilla y León, nos descubren una elevada forma de ser hombre, en toda la dignidad que el término comporta. En definitiva, se trataba de recordar, con palabras del mismo Jiménez Lozano, la realidad que un mundo banalizado parece olvidar, a saber: que «el hombre es el capital más preciado».
José Velicia se refería a este proyecto de Las Edades del Hombre como «un pan amasado por muchas manos para recuperar la dignidad de un pueblo». En términos reales, bajo el símbolo de ese pan, se escondería, tal vez, el propósito de que sirviera de alimento sabroso, como lo sería también para el espíritu el rico patrimonio artístico, amasado por muchas manos, durante siglos, en las tierras castellanoleonesas.
LA MEMORIA HISTÓRICA
Situado, como base de partida, el hombre en el papel de verdadero protagonista y motor del proceso creativo, cada una de las exposiciones era concebida como un gran capítulo de la historia, plasmado en la expresión artística reflejada en pinturas, esculturas, retablos, libros litúrgicos y partituras musicales, ordenados siguiendo un criterio narrativo que permitiría captar la más plena dimensión humana -o «humanizada»- de las obras expuestas. De ahí el acierto del rótulo que abarca el conjunto del proyecto: Las Edades del Hombre, pues atribuye al paso histórico del hombre sobre la tierra -en este caso, la de Castilla y León- su camino auténtico hacia la trascendencia.
Para los dos contertulios, los ingredientes se encontraban disponibles con una abundancia abrumadora. Sólo había que trabajar para mostrar aquellos tesoros en calidad de testimonio visible, capaz de despertar la memoria histórica y devolver el orgullo de su identidad al pueblo castellanoleonés que, a lo largo del tiempo, con gran esfuerzo, tesón y fina sensibilidad, había generado aquel patrimonio, lo había custodiado y conservado como un tesoro que transmitir a las generaciones futuras.
Velicia y Jiménez Lozano coincidían en el propósito de no presentar las piezas agrupadas con criterios académicos -siempre fríos- según estilos, escuelas o épocas, sino disponerlas de modo que fueran capaces de recordar al hombre de hoy el mundo de valores religiosos, artísticos y culturales del que son herederos. Jiménez Lozano lo expresaba magistralmente el explicar los propósitos que les movieron: «No se trataba de una didáctica ni de una formación acerca de esa evolución artística formal sino del mundo y trasmundo en el que esas obras artísticas habían nacido, determinando incluso su forma y a veces hasta la misma técnica. Se trataba de evitar cualquier reduccionismo o falseamiento de la naturaleza de los iconos que se mostraban y de permitirlos hablar y decir en un ámbito o clima cultural y espiritual que fue el suyo».
SIGNOS SUTILES
Para cumplir esos fines, cada una de las exposiciones procedería a desarrollar, en varios capítulos, un argumento o tema central, en torno al cual las obras seleccionadas cobrarían su más pleno sentido. Jiménez Lozano fue el narrador que compuso el guión para las siete primeras exposiciones -Valladolid, Burgos, León, Salamanca, Amberes, Burgo de Osma y Palencia- y que sirvió como pauta y modelo en las sucesivas de Astorga, Zamora, Nueva York, Segovia y Ávila.
En todos los casos, al redactarse el guión narrativo, se valoraban debidamente las circunstancias específicas de las catedrales y templos donde se iban a celebrar las exposiciones, así como el carácter, cualidades y rasgos definidores de las obras que se encontraban disponibles.
Posteriormente, se trataba de acomodar los espacios disponibles a las exigencias del guión y disponer en ellos las obras de arte seleccionadas, que nos permiten comprender el particular lenguaje que dejaron escrito para nosotros los arquitectos, escultores, pintores, músicos, grabadores y orfebres castellanoleoneses.
No es difícil comprender que la preparación y montaje de cada una de las exposiciones resulte una tarea muy compleja, en la que participan equipos de expertos, diseñadores, decoradores, técnicos en iluminación y, sobre todo, restauradores dedicados a recuperar la belleza original, muchas veces afectada por el deterioro del tiempo, las condiciones del clima, la suciedad o el abandono. Localizar, valorar, acreditar la autenticidad, estudiar y catalogar cientos de obras, muchas de ellas desconocidas, ha sido una de las tareas de rescate que ya justificarían, por sí mismas, la existencia de Las Edades del Hombre.
Al éxito del proyecto han contribuido numerosos factores que es de justicia reseñar. Además de la genial visión debida a los fundadores -José Velicia y José Jiménez Lozano-, las Edades recibieron el respaldo entusiasta, primero de los obispos de las diócesis de Castilla y León, y después de la Conferencia Episcopal Española. Hay que consignar también el apoyo incondicional recibido en los primeros años a través de la presidencia de la Junta Autonómica, que en 1988 desempeñaba José María Aznar, ayuda que ha sido renovada, hasta el momento presente, por los sucesivos gobiernos de esa autonomía. Contribuyeron a sufragar los gastos, además de las citadas instituciones y diputaciones provinciales, otras entidades financieras, como las cajas de ahorro locales y empresas privadas.
Mención especial merece el sacerdote vallisoletano don Antonio Meléndez, que ha ejercido durante diecisiete años, con sumo acierto y máxima fidelidad a las ideas fundacionales, la gestión eficaz del proyecto, hasta su dimisión reciente. La labor realizada, merece el reconocimiento público de los actuales administradores, que habrán de velar porque Las Edades del Hombre respondan siempre al principio de que es el hombre «el capital más preciado».
Voy siempre por la misma, la larga carretera
que me lleva en los viajes de ida o de regreso
rumbo siempre a las mismas, por ella separadas
o juntas pero siempre las mismas dos ciudades.
Voy y vengo por esta carretera de siempre
que atraviesa los páramos cruzando las anchuras
con el sol y el silencio de los llanos apenas
como solos testigos que acompañan la ruta.
(Solos… hoy: ya hace mucho —la carretera traía
los rumbos del espacio pero también del tiempo—
que sobre esta calzada se cerraban los oímos
y el rumor circulaba por un claustro de sombras).
Ahora nada se oculta porque en la luz no hay nada,
ni en el aire que mide lo profundo del cielo,
que detenga a los ojos cuando a lo lejos vuelan
por campos de matices de cambios infinitos.
Tanto es así que puedo, cuando los días crecen
y verdean los cerros con facetas moradas,
recontar, en las copas de los chopos, los nidos
que, puntuales, cada año, regresan la vida.
Y allí, junto a uno de esos escasos accidentes
—en invierno, una pértiga congelada y desnuda—
hay una casa en ruinas que busca mi costumbre
como si allí encontrara refugio mi mirada.
Como si…: Cuántas veces he pasado por ella;
cuántos días delgados, del otoño, cobrizos,
o de la primavera, restallantes y malvas;
cuántas tardes cualquiera me he fijado en su rostro
y enseguida he soñado con tejer una historia
hilvanada en las leyes del ayer y el mañana:
… En un día primero —como siempre pensamos—
los muros con firmeza derrotaban al viento…
Después, la lluvia, el peso de la nieve en las cámaras
filtrada por rendijas cada noche más hondas
las rendijas abiertas por el polvo de agosto…
Y luego —en ese sueño todo va hacia otra nada—
la llave que se oxida sobre el brocal del pozo,
la boca de la puerta, sin labios, las ventanas
como cuencas vacías que miran con fijeza
desde una calavera clavada sobre el páramo…
Como si…: Cuánta imagen ordenada en secuencias
prisioneras de un sueño, tan humano, y del hábito
del relato del tiempo con su efecto y sus causas.
Cuánta gris carretera para no darme cuenta
de que allí, en el recodo, sobre la áspera loma,
por entre los oteros que arrugan la meseta
y donde al fin espero ver hundida la casa,
todo allí, sin que nadie lo haya visto, regresa.
Todo ha estado volviendo, pero ahora sin tiempo:
los cimientos han ido fraguando en la argamasa
y el mortero ha trazado las paredes de nuevo
con el pobre aparejo de las piedras y el barro;
en el techo, los nudos de las vigas, dorados,
ya sin tiempo rezuman otra vez la resina,
y las tejas han dado trabazón a su urdimbre,
y de nuevo ha encajado, sobre el quicio, la puerta.
Cuánto viaje por esta carretera de siempre
sin pensar que aquí mismo, en el campo, a mi paso,
todo lo liso y llano, lo sucesivo acaba,
lo que tienen de tiempo mis palabras se acaba
pero entonces, vacías, en silencio, obedientes,
despertarán si escuchan decir a otra palabra
que la muerte se cierra como zarza entre ruinas
y una vida entreabre su camino al que espera.
(1998-2005)