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Ciudadanos europeos, rehenes de Grecia y Turquía

Entre las muchas minorías que viven en Europa, existe un grupo poco conocido pero de gran importancia estratégica en el sur de Europa, que son los musulmanes de Tracia.

El término «minoría musulmana» ha sido acuñado por Grecia y es el políticamente correcto para designar a esta comunidad, establecida en el norte de este país desde hace al menos un milenio. Ni el Estado griego ni los gobiernos más recientes, incluyendo el actual, quieren hablar, naturalmente, de «minoría turca»: los miembros de este grupo minoritario tienen la nacionalidad griega y todos los derechos ciudadanos de esta nación —en teoría—. Por eso se emplea el término «musulmana», precisando que el carácter diferencial de la minoría procede de la religión, al tiempo que se connota la homogeneidad interna de ese grupo.

Lo cierto, sin embargo, es que dentro de esta minoría existen tres divisiones, no siempre reconocidas con suficiente claridad. Están por una parte los musulmanes conocidos como turcos; por otra, los gitanos rom, denominados «turkoyifti» porque son de lengua turca y religión musulmana, a diferencia de los restantes gitanos griegos; y, finalmente, existen también los pomacos.

No se puede hablar con precisión de números al tratar de estas minorías, porque las estadísticas que les conciernen se han tratado siempre con gran secreto por razones de seguridad nacional. En principio se habla de un conjunto de entre cien mil y ciento veinte mil personas, de las cuales, entre veinte mil a treinta y cinco mil corresponderían a los pomacos.

Estos últimos —una minoría dentro de la minoría— tienen posiblemente un origen eslavo —no turco— y fueron islamizados en el siglo XIII. Los griegos piensan que su origen se relaciona con las tropas de Alejandro Magno; pero esta versión, aunque romántica, es poco verosímil. Desde su islamización en la Edad Media han mantenido vivo su idioma, el pomaco, que forma parte del búlgaro-macedonio y que se habla pero que no tiene escritura. Su particular relación con los «otros» pomacos que residen en el sur de Bulgaria, al otro lado de la cordillera de Rodopi, es también un reflejo de la compleja situación política del siglo XX.

LA  COMUNIDAD POMACA

Esta comunidad se ha identificado con los turcos provenientes de Turquía, habla turco delante de los extranjeros y se relaciona y celebra nupcias con la minoría turca, pero no con la gitana. Muchos pomacos mantienen en su físico caracteres eslavos, siendo en su mayoría más altos y más claros de piel que el resto. Siguen formando una comunidad muy cerrada en sí misma, aunque reconocen que con tan pocas tierras y el precio del tabaco disminuyendo cada año, tendrán que buscar nuevas fuentes de ingresos. El cultivo del tabaco va a perder la mitad de sus ayudas comunitarias en el 2009 y la totalidad de las mismas en el 2013.

La falta de educación secundaria, el limitado contacto con el mundo exterior (únicamente para compras y visitas a médicos o abogados en la capital de la provincia), así como la percepción del griego como una lengua extranjera, hace que los pomacos sigan sintiéndose más aislados respecto de los griegos que el resto de la minoría.

Para paliar este sentimiento, muchos miembros de esta comunidad han decidido renunciar a sus características particulares y pasar a formar parte del grupo de los turcos. La posibilidad de ver ininterrumpidamente, vía satélite, la televisión turca hace que su estilo de vida, sumamente concentrado en las costumbres de su comunidad agrícola, encuentre algún entretenimiento. Los hombres jóvenes que han emigrado a Alemania, Holanda o Dubai, mejoran con los ingresos obtenidos allí el nivel de vida de sus respectivas familias.

Las mujeres aún no se han decidido a dejar de un lado sus costumbres, a vestirse como ciudadanas europeas que son y a estudiar al menos hasta los dieciséis años. «Aquí no se hace esto», contestan mirando al suelo cuando les digo que sus bonitos bordados podrían venderse en Atenas, o que las chicas —no importa que ya estén casadas— podrían terminar sus estudios. Son muchos años de vivir aislados, de sentirse más minoría que el resto de la minoría turca.

Las autoridades griegas siempre han temido que los pomacos pudiesen introducir el comunismo en territorio nacional griego. No hay que olvidar que esta minoría han convivido durante años con un país, al otro lado de las montañas, que pertenecía al Pacto de Varsovia, con una gran industria militar, minas de uranio y hasta, según se rumoreaba, misiles nucleares almacenados por cuenta de los soviéticos en los años ochenta. Secretos que sólo ahora se están revelando… y con los que se quería justificar la vigilancia por parte griega de los pueblos pomacos que se mantenían aislados.

Poco a poco se han ido levantando las medidas restrictivas que rodeaban a los pueblos pomacos. Hasta mediados de los años noventa se encontraban totalmente aislados. Para realizar una visita había que pedir permiso a las autoridades militares y ellos, por su parte, tenían que justificar su deseo de abandonar eventualmente la zona. De hecho, la barrera del control militar a la entrada de esta región habitada por pomacos fue retirada en 1995.

La única salida conocida de la pobreza en que vivían era la emigración a Turquía; pero en la actualidad, en aquel país hay mucho desempleo y constituirían una nueva minoría en él, pero esta vez griega y, por tanto, sospechosa. Rechazan de momento el turismo y no se dejan fotografiar con sus ropas oscuras: «No somos un museo», comentan, algo incómodos.

EL FUTURO

Pero el futuro de la minoría está abierto. La educación de sus jóvenes y el que dominen el griego les abre ya nuevas perspectivas laborales y el camino a una más plena integración. De ahí la importancia del nuevo programa de educación que se está realizando, pero que, por intereses políticos ajenos a sus excelentes resultados, está en peligro de no poder abordar su tercera fase en los próximos años.

Todavía falta esa plena integración, como es manifiesto por los contados matrimonios entre individuos de la minoría y de la mayoría, que en todo caso se ven obligados a emigrar a otras ciudades o países. El mejor conocimiento del griego facilitará que todos puedan informarse y conocer sus derechos como ciudadanos griegos —y no sólo sus deberes—. Se conseguirá así que la minoría pueda confiar en el Estado griego, por el que hasta ahora no se ha sentido apoyado.

Los políticos se interesan en este momento por las mejoras reales entre los pomacos. No sólo porque Grecia pertenece a la Unión Europea, sino por algo más concreto: el actual primer ministro, Costas Karamanlis, quiere que Tracia salga de su aislamiento y deje de ser una de las zonas más pobres de la UE e inclusive de Grecia. Dos de sus viceministros son diputados de la zona: el de Asuntos Exteriores, Evripides Stilianidis, y el de Desarrollo Agrícola, Alexandros Kontos.

Junto a ellos, el único diputado musulmán elegido en las últimas elecciones por los conservadores de Rodopi es un joven abogado que terminó su carrera de Derecho en Tesalónica, llamado Ilhan Ahmet. Los tres luchan contra la maquinaria estatal y las mentalidades atrasadas. Insisten en la educación bilingüe y en el conocimiento del griego, que sacará a la minoría del gueto en el que viven. Quieren mejorar las carreteras locales que van a conectar estas poblaciones pomacas con la nueva Vía Ignacia, proyectada para atravesar el norte de Grecia desde la costa adriática hasta la frontera turca; y abrir en 2007 nuevos pasos fronterizos con Bulgaria, lo que será una fuente de turismo e ingresos. Quieren asimismo aumentar el turismo ecológico, sacando provecho de los magníficos paisajes, bosques y ríos de la zona, rica en fuentes termales. Y también ofrecer una solución alternativa al cultivo al tabaco, actividad en la que se ocupa el 95% de la minoría, con el cultivo de plantas energéticas.

Se estudia asimismo el consumo de «biodiésel» y la creación de dos fábricas que comercializarían este tipo de combustible alternativo. Según muchos observadores, la juventud de la minoría de Tracia podrá convertirse en un ejemplo de integración multicultural y los interlocutores ideales para abrir paso a Turquía en Europa, ya que podrán ayudar a solucionar los problemas procedentes de la parte turca ante el mundo europeo.

La muestra más expresiva del mejor clima político y social que se vive actualmente ha sido la visita del primer ministro turco, Erdogan, a Tracia, la primera desde la efectuada hace cincuenta y cuatro años por Celal Bayar. Su viaje fue organizado personalmente por Stilianidis y ha resultado todo un éxito. El que las minorías prosperen y dejen de sentirse aisladas y amenazadas es una muestra inequívoca de adelanto y de prosperidad, tanto para Grecia como para Turquía.

Una última medida que se perfila como necesaria en un futuro no muy lejano es la separación de la personalidad jurídica del mufti —líder musulmán y árbitro en temas religiosos— de su faceta como legislador en temas económicos y de derecho familiar en la minoría. De momento, sigue siendo el mufti quien puede aprobar un matrimonio de una niña de trece o catorce años con un joven de quince (ilegal para los restantes griegos), o impedir un divorcio. Aunque la Constitución griega se adecúa al derecho europeo en estas cuestiones, se sigue respetando la letra del Tratado de Lausana entre Grecia y Turquía (1923) y autorizando el cumplimiento de las decisiones del líder religioso musulmán entre miembros de esta minoría. Hay personas de la minoría que consideran que se puede obtener un consenso entre las autoridades, respetando el espíritu del Tratado de Lausana pero llegando a una solución más acorde con los tiempos.

Otra asignatura pendiente es atraer a la segunda generación de la minoría que ha emigrado a Turquía o a otros países, incentivando su regreso.

Mucho queda por hacer, pero mucho se está adelantando para conseguir que Tracia se convierta en un ejemplo de sociedad multicultural, capaz de arrinconar esas dos culturas paralelas que vivían en la desconfianza y en el atraso.

Tres escenas tracias
Junio de 2005

PRIMERA ESCENA

Ejinos es un pueblo de montaña de la minoría musulmana, conocido por su población enteramente pomaca. Dista media hora del centro de Xanthi, en la provincia de Xanthi (Tracia). Localidad rodeada de altas montañas y bosques, con poca tierra cultivable. Cada terrenito que se ofrece a nuestra vista —unos pocos metros cuadrados— está siendo sembrado a mano con semillas de tabaco. Lo hacen mujeres vestidas de negro, arrodilladas sobre el suelo, mientras un hombre riega la tierra.

En la casa donde me reciben y donde me ofrecen para beber café turco, todas las mujeres visten de negro, con un abrigo ligero de raso, que llega hasta el suelo. Andan descalzas; la cabeza, cubierta. Saben conversar en griego, aunque no saben escribirlo; hablan también en turco y en lo que ellos llaman búlgaro, que en realidad es pomaco.

La chica de dieciséis años que me sirve café se casó cuando tenía catorce con un chico del pueblo que tenía dieciocho. Desde entonces no ha vuelto al colegio. Se ocupa de las faenas de la casa y vive rodeada de las mujeres de la familia, así como de innumerables niños pequeños. Espera la vuelta de su marido, que cada cuatro meses regresa desde Alemania, donde desarrolla labores pesadas y no muy sanas: trabaja en la limpieza de los grandes buques, en los astilleros. Gana tres mil euros al mes. Si sólo contaran con el cultivo del tabaco en la aldea, esta familia no tendría apenas para comer. Cada familia media del pueblo —progenitores y cuatro hijos—, cuando viven sólo del tabaco, disponen de siete mil euros al año; las que tienen un poco más de suerte, más miembros y terrenitos, pueden llegar hasta los treinta mil, siempre y cuando trabajen sus buenas doce horas al día, durante seis meses seguidos, sin fiestas. No hay tierra suficiente para criar ganado.

SEGUNDA ESCENA

Ciudad de Xanthi, a dieciocho kilómetros del pueblo de Ejinos. Llegamos al Centro de Apoyo al Programa de Educación para Niños Musulmanes, un sábado por la mañana, Nos dirigimos a un edificio nuevo, luminoso, donde se desarrollan actividades educativas y de información para la minoría musulmana. En el interior, seis jóvenes, educadores y asistentes sociales del centro, acogen sonrientes a varios grupos de niños y adolescentes. Cada uno saluda en el idioma que le corresponde —griego o turco— y se encamina al aula donde dará comienzo la actividad que le ha traído hasta aquí. Un grupo se dirige a la sala de ordenadores, recién instalada; los más pequeños, a un cuarto de juegos donde están construyendo con cola y papel un pueblo en miniatura. El pueblito de juguete tiene una mezquita con su minarete y una iglesia ortodoxa, un puente y muchas casas. Algunos padres de los niños de la minoría se reúnen en otra aula para recibir clases de griego. Hay libros nuevos y material gráfico por todos lados.

Desde 1997 y hasta 2004 se han desarrollado las dos primeras partes de un importante y revolucionario programa educativo para la minoría musulmana, con un 75% de fondos de la UE y un 25% del ministerio de Educación griego. Se le conoce como Programa Frangoudaki, por Anna Frangoudaki, la profesora de Sociología de la Universidad de Atenas que lo dirige, en colaboración con otra profesora, psicóloga de prestigio, Thatia Dragona.

La necesidad imperiosa de una mejor educación para la integración de los niños musulmanes en la sociedad griega hace que este programa, concienzudamente elaborado, haya sido un éxito. Tras la no poca desconfianza inicial por parte de griegos y musulmanes, de educadores de una y otra comunidad, de padres y de hijos atemorizados, ahora se empiezan a ver los primeros resultados.

La situación de la que se partía era dramática: el 22% de los niños musulmanes no continuaban sus estudios después de los diez años; sólo el 44% de los chicos que continuaban su educación secundaria la terminaba; más del 65% de los alumnos no terminaba la educación obligatoria griega (cuando la media de nacional solamente sumaba un 10% de fracasos); y quienes no terminaban su educación secundaria y se quedaban sólo con la primaria eran, en su mayoría, niñas de pequeños pueblos aislados en la montaña.

Hoy, sábado, la pequeña Aisél ha llegado vestida con pantalones color rosa, corriendo, encantada. Muy educada, ha preguntado en griego a qué hora acaba su proyecto y ha gritado a su madre en turco: «¡Ven a buscarme a las doce y media!». La madre lleva la cabeza tapada, pero saluda y sonríe. Apenas sabe hablar griego y mucho menos lo escribe. Su hija, de siete años, hace ambas cosas. Además, sabe utilizar un ordenador y lee libros ella sola. En casa, sus padres no le pueden ayudar, pero en el colegio y en el centro de apoyo sí.

Este invierno, su madre y otras mujeres más se han atrevido a pedir en el Centro que alguien les enseñara griego, para aprovechar las horas que esperaban aburridas cada mañana a que sus niños acabaran de jugar, entre las once y las doce y media. Y ahora tienen sus clases.

El programa educativo que se ha llevado a cabo hasta el año 2004 ha sido un éxito. Nuevos métodos para enseñar griego, nuevos libros en muchas asignaturas, nuevas actitudes. Asesoramiento para los educadores, para los directores educativos y para los padres de los niños de la minoría musulmana y de la mayoría griega. Ha mejorado el nivel de griego hablado de todos los musulmanes. Hay motivos de esperanza: en el curso 1990-91 sólo había setecientos cincuenta alumnos musulmanes en educación secundaria (aunque por ley son obligatorios y gratuitos en Grecia nueve años de educación); es decir, sólo el 14% de todos los alumnos musulmanes de las provincias de Xanthi y Rodopi. En el curso 2003-04, son nada menos que tres mil los alumnos de secundaria, que suman el 44% de todos los alumnos musulmanes de las dos provincias. Y si antes, en el curso 1997-98, el 46% de los alumnos que terminan la enseñanza primaria abandonaban el colegio y eran sobre todo chicas, en el curso 2001-02 lo han hecho sólo el 22%.

El programa ha conseguido interesar y acercar a educadores griegos y turcos, a padres y alumnos de la mayoría griega y de la minoría musulmana, de modo que mejoran sus complejas relaciones y logran que la minoría se integre más fácilmente con el resto de los ciudadanos.

TERCERA ESCENA

Komotini, capital de la vecina provincia de Rodopi. En un café dónde sólo hay griegos, oigo frases sueltas. Al preguntar cómo es el trato del dueño del establecimiento con los musulmanes, éste contesta lacónicamente: «Bien; también ellos tienen derecho a vivir». Nadie hace comentarios en presencia de foráneas como yo. Y a la pregunta de que si es bueno que la minoría mejore su nivel de educación, se oye una voz irónica, que responde: «Sí, para que se vuelvan mejores espías de los turcos…». De nuevo, silencio.

La ciudad de Komotini está dividida, hay una parte griega y otra musulmana. No sucede como en Xanthi, donde todo está mezclado. En Komotini hay una línea invisible que divide edificios altos con mármoles y aspecto próspero, y tiendas modernas, por el lado griego; casitas bajas y modestas, con tiendas que se han quedado con aire de provincias de los años sesenta —las turcas—, por el otro. En un lado hay muchas iglesias; en el otro, muchas mezquitas.

Los diálogos de Aznar

Bajo la forma de una serie de estampas de estadistas y otras personalidades de análoga significación de los diversos países del mundo que ha tratado en sus años de presidente del Gobierno, y de algunos acontecimientos vividos par él en ese tiempo, José María Aznar acaba de publicar un Libro en el que, entre otras cosas, manifiesta con hechos y palabras los principios ideológicos y políticos que han guiado sus actuaciones públicas desde que en 1982 fue elegido diputado al Congreso por Ávila, primero de Alianza Popular y luego del PP. Estos Perfiles y retratos de Aznar son un «libro político», incluso de «filosofía política», y no unos fragmentos de memorias que estarían más cerca de la autobiografía que de la historia. En sus casi cuatrocientas páginas se explica mucho de lo que el presidente Aznar ha hecho en el gobierno de España y por qué lo ha hecho. Todo lo cual se expone no con declaraciones teóricas o exposiciones doctrinales, sino refiriendo decisiones, realidades y actitudes.

Hace casi cinco siglos, el humanista valenciano Luis Vives escribió para el joven príncipe Fernando, hermano de Carlos V y futuro sucesor suyo en el Imperio, un conjunto de declamaciones o discursos sobre situaciones planteadas en la República romana. Afirmaba Vives que ese libro suyo no era una colección de ensayos retóricos, sino una obra de filosofía política, complementaria de los sabios tratados de otros autores. Con él enviaba al príncipe «una obra útil para la administración de un Estado en las variadas circunstancias de la vida pública», porque en ella se contenían ejemplos y casos prácticos que confirmaban la doctrina y estimulaban su aplicación a las realidades de la vida. En un sentido análogo el libro de Aznar es un libro «político» e incluso de «filosofía política». También es, desde el punto de vista literario, un libro de «diálogos».

La mayor parte de sus cuarenta y un capítulos están dedicados a personalidades políticas del mundo con las que el autor ha mantenido una relación directa y fluida, aunque en algún caso resultara tan áspera y difícil como en sus conversaciones con Fidel Castro. La lista de los interlocutores de Aznar, entre los jefes de Estado y de gobierno que aparecen en el libro, está cuajada de nombres que en estos años últimos han llenado — y llenan— titulares de periódicos: Bill Clinton, Jacques Chirac, Putin, Rabin, Georges W. Bush, Havel, Carlos Menem, Álvaro Uribe, Ernesto Zedillo, el ya mencionado Castro, Adolfo Suárez, Thatcher, Kohl, Berlusconi, Lionel Jospín, Antonio Guterres, Durao Barroso, Tony Blair. A ellos se unen los islámicos Hasán II, Gadafi y Jatamimás los hispanos Fraga y Pujol y los más próximos parientes del autor, los dos ilustres periodistas Manuel Aznar, abuelo y padre, y Ana Botella, junto a los siempre llorados y entrañables Gregorio Ordóñez y Miguel Ángel Blanco, compañeros de partido del autor, víctimas del terrorismo de ETA.

Con especial atención y respeto ha consagrado Aznar uno de los más cuidados capítulos del libro al papa Juan Pablo II, relatando conversaciones mantenidas con él en el Vaticano y en España, principalmente con ocasión de las impresionantes jornadas del pontífice en Madrid, a principios de mayo del 2003, con las grandes aglomeraciones de la tarde de Cuatro Vientos y la mañana de la plaza de Colón.

Por último, hay también unos capítulos sobre ilustres amigos personales del autor, que han sido, o son, figuras destacadas de las letras y las artes como Cela, Vargas Llosa y Chillida; o los muy diferentes en género y estilo Plácido Domingo y Julio Iglesias, cuya alineación sucesiva, de uno tras otro, prueba la versatilidad de las aficiones musicales del autor. Alfredo di Stefano, el veterano futbolista, español de adopción e ídolo juvenil de su fidelidad «madridista», está incluido por Aznar en ese tropel final de personajes ajenos a la política que cierra el volumen.

Hay igualmente otras secciones en torno a determinados acontecimientos, decisivos para Europa y el mundo, o para España y para el autor, que él vivió en su camino a la presidencia del Gobierno, o durante ésta y a su término tras las elecciones de marzo del pasado año. Son los que se titulan «9 de noviembre de 1989» (la caída del muro de Berlín), «19 de abril de 1995» (el día en que sufrió el atentado de ETA), «Despacho de la Moncloa» (su presidencia), «la Cumbre de las Azores», «Génova 13» (su adiós a la presidencia del PP), y «11 de marzo de 2004» (el terrible atentado de los casi doscientos muertos de los trenes).

No faltan en el libro algunas revelaciones importantes que, o se han dicho aquí por primera vez o no recuerdo yo haber leído en otro sitio. Una de ellas tiene como protagonista a Fidel Castro. En una visita a la Moncloa hablaron Aznar y él del embargo norteamericano. Aznar cuenta que le dijo que si estuviera en sus manos levantaría el embargo cuanto antes: «Mañana mismo o al cabo de muy poco tiempo y acababa con el régimen en tres meses». «Castro me contestó —añade Aznar — literalmente que él necesitaba el embargo para esta generación y la siguiente» (pág. 260).

También con Putin ocurrió una anécdota sabrosa y de cierto alcance político. En la reunión que mantuvieron los dos presidentes en la Moncloa, cuando el de Rusia vino a Madrid, Aznar empezó diciéndole que los servicios de la presidencia le habían informado de que Putin era un hombre frío, serio, que rara vez se reía, pero con el que se podía llegar a acuerdos. Putin, entonces, echó mano al bolsillo de la chaqueta, sacó un papel «y me lo dio a leer. Le pedí que lo tradujera, porque, como es natural, estaba en ruso». Venía a decir que los servicios rusos habían dicho á su presidente que «Aznar es un hombre frío, serio, que no se reía fácilmente, pero con el que es posible llegar a un acuerdo». «El hielo, concluye Aznar, estaba roto» (pág. 176).

Otra historia de las que me han llamado la atención tiene que ver con el Papa. En la tarde de su llegada a Madrid en mayo del 2003, Juan Pablo II le dijo a Aznar «que ahora en España se le quería menos que durante la visita que hizo en 1982». El Papa recordaba el acto de aquel año con los jóvenes en el Bernabéu. Pero, escribe Aznar, «me atreví a llevarle la contraria e incluso a decirle que Su Santidad estaba equivocado». El razonamiento, continúa Aznar, era bien sencillo. El había estado en el Bernabéu y sabía que allí cabían cien mil personas, y esa misma tarde de la audiencia en la Nunciatura, el Sumo Pontífice iba a celebrar un acto con los jóvenes en unos espacios en que podían asistir hasta medio millón de personas. «No sé, mañana se lo diré», replicó el pontífice. Al día siguiente, 4 de mayo, en la plaza de Colón se llegó a Aznar un eclesiástico del séquito del Papa que, con referencia a la conversación de la víspera, «me dijo, de parte de Su Santidad, que yo tenía razón» (págs. 89-90).

Pero el libro de Aznar no es una mera galería de ilustres contemporáneos y una ensalada de anécdotas sabrosas y hechos menores poco o mal conocidos. Es, decía yo, un libro político e ideológico, en el que el autor no sólo cuenta historias que ha vivido sino que expone, refiriendo hechos, recordando palabras y explicando actitudes, la política que él ha llevado a cabo al frente del gobierno, los principios en que se asienta y su visión de lo que es y debe ser España y su lugar en Europa y en el mundo.

Hace falta estar ciego o negar la evidencia para no reconocer que, al término de los dos mandatos de Aznar, España estaba por dentro y por fuera bastante mejor que en 1996 y eso es el fruto de una buena gestión que se sustenta en algunas ideas claras. Los gobiernos españoles de estos años, por ejemplo, han dirigido una política económica liberal moderna que ha permitido un desarrollo equilibrado de la vida social, rebajando el desempleo y internacionalizando la vida económica nacional con las inversiones exteriores y la presencia española fuera. Y, en general, se ha mantenido la paz social y el juego constitucional de la política con pleno respeto de las libertades públicas y privadas de todo orden.

Aznar ha demostrado que cree en la vigencia de los Estados nacionales en el seno de la Unión Europea, igual que Blair y Berlusconi, sin que hayan de someterse a las hegemonías «carolingias». Igualmente piensa en la necesidad del mantenimiento y refuerzo del vínculo atlántico, que para España es además una vocación y un compromiso con su propia historia. Esa política subrayaba la conveniencia de una estrecha colaboración técnica y económica con nuestros vecinos del sur (léase Marruecos) sin aceptar ni siquiera la conversación sobre las ciudades españolas del norte de África. (Véase el capítulo «Hasan II»). Igualmente, para Aznar han sido y son de interés español las buenas relaciones con otros países  musulmanes como prueban los capítulos de Gadafi y Jatami, pese a las profundas diferencias  políticas, sociales y humanas entre ellos nosotros.

Aznar es un demócrata y un liberal en economía y política, solidario con los con los métodos y los frutos de la transición política española de hace veinticinco años y con la Constitución de 1978. Su esfuerzo por ampliar hacia el centro las bases electorales y políticas del Partido Popular, sin destruir la antigua AP, responde a una profunda convicción. Igual que estimando la personalidad política de Jordi Pujol mantuvo con éste y con su partido una posición clara, queriendo incorporarlos al gobierno de España para reanudar la tradición integradora presente en las mejores cabezas del nacionalismo catalán (págs. 76-77).

Con ese mismo espíritu de sumar política e historia ha trabajado con constancia y energía promoviendo que en el Tratado Constitucional se reconocieran — o más bien se proclamaran— las raíces cristianas de la cultura y de la sociedad europeas, en lo cual apoyaban su postura los primeros ministros de Austria, Holanda, Italia, Luxemburgo, Polonia y Portugal, mientras que no se hubieran opuesto otros más, aunque al final acabara triunfando el veto francés representado por los dos últimos presidentes derechistas de la nación gala del último tercio de siglo, Giscard y Chirac, que fueron los más jacobinos y laicistas de la Convención y del Consejo.

En esa misma postura política e ideológica se encuentra el episodio de la famosa «Carta de los Ocho» en defensa y promoción de los valores atlánticos de la que fue redactor y gestor Aznar, y cuya aceptación y suscripción por Havel habría de dar lugar a una descortés e intempestiva reacción de Chirac (pág. 124) que no tenía precedentes, ni afortunadamente seguimiento, en las reuniones del Consejo Europeo: El presidente francés vino a decir que los checos eran nuevos en el club y que allí para hablar había que pedir permiso a los mayores.

Pero el libro de Aznar es también una apreciable obra literaria. No porque el autor sea un brillante narrador profesional o un maestro del idioma, aunque en estos aspectos sea un escritor estimable, sino, sobre todo, porque resulta un escrito de un género literario infrecuente en la pluma de un político. No cae en narcisismos ni autocomplacencias, ni en un proceso de justificación de todo lo que el autor ha hecho en el regimiento de España, o de condenación de sus connacionales que le son contrarios, como éstos vienen haciendo durante más de un año ya sin darse un momento de reposo; Tampoco son unas memorias aunque en ellas se cuenten cosas importantes y otras de manifiesto interés, de que el autor ha sido testigo o gestor en su ya larga vida política.

Más que una serie de capítulos o episodios sin relación entre sí, el libro viene a ser una serie bastante coherente y equilibrada de «diálogos» narrativos en estilo indirecto —que dirían los gramáticos—, o en tercera persona, en los que el autor habla con sus interlocutores teniendo él como asunto principal, siempre vivo, se la mencione o no, a España, su vocación y su destino, sus intereses y su esfuerzo por ganarse el lugar que le corresponde y al que debe aspirar en los asuntos del mundo.

En sus cuarenta y un capítulos Aznar habla con sus interlocutores y con el contexto histórico y político del mundo en que le ha tocado vivir y administrar su patria. En todas sus páginas hay un diálogo de consensos y discrepancias entre el autor y el interlocutor que da título a la correspondiente sección. Aznar escucha y hace por comprender las razones y la posición del otro, pero sin dejar de manifestar y defender las suyas, sean convergente o discrepantes. Todo ello con firmeza, cortesía y algunos rasgos de humor, sin ofender a los de enfrente. Quizá el personaje que resulte peor parado es Castro, pero no porque Aznar le ataque, ni pelee con él, ni casi le discuta, sino por sus hechos y sus palabras, más por la penosa impresión que al presidente español le causó la situación de Cuba cuando visitó la isla. Los más apreciados y en algunos aspectos admirados son Juan Pablo II, Havel, Blair, Berlusconi y Bush.

Yo no sé si este libro es el mejor de los de Aznar o no. Pero no dudo en afirmar que es un libro interesante y ameno, que está bien construido y que es una obra de historia y también de pensamiento. Su lectura ofrece experiencias y enseñanzas para esa tarea de quienes dedican años de su vida a trabajar en la dirección de los Estados.

Metafísico servicio, que observaría Rocinante

Cumplido el primer año de Gobierno no han faltado las ocasiones para hacer balance de la gestión de Rodríguez Zapatero. Realmente no ha sido un año tranquilo. Una gestión tumultuosa y tres citas electorales (europeas, referéndum y vascas) han hecho de estos doce últimos meses un período de sobresaltos y crispación.

POLÍTICA EXTERIOR

Desde su primera decisión, que fue la de retirar las tropas de Irak, Zapatero se ha propuesto que España desande el camino recorrido desde 1996. Ante la posibilidad, confirmada luego, en el mes de junio, de que finalmente en el Consejo de Seguridad se produjese un acuerdo en Naciones Unidas para la estabilización de Irak y los hechos le ataran las manos, Zapatero optó por romper la baraja. Como recordaba además lo que supuso la OTAN en 1982 para la izquierda española, cuando Felipe González se vio vinculado por la decisión tomada por el Gobierno de la UCD de entrar en la Alianza, el nuevo presidente del Gobierno decidió la salida inmediata de Irak.

La ruptura política con la Administración Bush no se produjo por esta decisión de salir de Irak, sino más bien por el modo de hacerlo. Al entrevistarse en el Pentágono, Bono había prometido a Rumsfeld que la salida sería gradual. Los planes de Zapatero eran inmediatos y sin negociación posible. Quería evitar a toda cosa verse enredado por la situación, ya fuese por presiones de Estados Unidos, ya por la posible muerte de algún soldado español, que transformase la salida de España de Irak en una huida.

La retirada de las tropas y la ruptura de las relaciones políticas con Estados Unidos destruyó la arquitectura en materia de seguridad, construida por la Administración Aznar como consecuencia de la crisis de Perejil. La única salida para Zapatero era apaciguar a Marruecos. Por ello, no ha dudado en sacrificar la tradicional posición española de equidistancia en la región, en abandonar el Plan Baker y optar por Rabat frente a los saharauis y argelinos.

Esta decisión condicionó también la nueva situación de España en la Unión Europea. España ya no podía liderar un grupo emergente de países, que veían que la UE no debía ser un instrumento al Diktat del eje París-Berlín. El este de Europa, que Aznar vio como aliado natural de España, especialmente en el caso de Polonia, pasaba ahora a un muy segundo plano. Zapatero abandonaba el vértigo de una España que jugaba con voz propia y volvía a la seguridad de la sombra francoalemana, más manejable para un presidente exclusivamente pendiente de su consolidación interna y su reelección futura. Los riesgos y las carencias de esa política se están viendo en la negociación del Presupuesto de la UE, donde España se ha quedado sola.

También la posición de España en Latinoamérica se ha visto alterada. De la cooperación con Estados Unidos para consolidar la democracia se ha pasado a confiarse a los liderazgos de la región, con el coste político en términos de credibilidad internacional que acarrea mantener un diálogo con el régimen castrista o con figuras como Chávez.

DENTRO, DEBATE TERRITORIAL

Ese papel menguante en la escena internacional y la retirada a un segundo plano de tablero, se han visto acentuadas por la inseguridad que trae abrir un debate como el territorial, que pone en cuestión la personalidad del país.

Ya sea por la influencia de los cantos de sirena de los nuevos intelectuales orgánicos que hacen del nacionalismo un elemento renovador al que debe incorporarse el socialismo, ya sea por la precariedad parlamentaria, Zapatero ha hecho de la revisión del modelo territorial uno de los ejes de su legislatura.

CATALUÑA Y EL GALLINERO

Su apuesta política ha sido hasta el momento Cataluña. El modelo catalán se ha puesto explícitamente como ejemplo frente al reto de Ibarretxe. Todavía es una incógnita cómo va a terminar el experimento de revisión del Estatuto. La crisis del 3 % ha hecho más costoso políticamente el pacto con CiU. Es una incógnita si Esquerra Republicana se va a decantar por la moderación y el realismo o va a preferir una apuesta rupturista que haga imposible la aceptación del Estatuto en Madrid y empuje al fin de la legislatura en Cataluña y haga temblar las Cortes en Madrid.

La posible revisión del modelo de financiación está causando un gran desgaste interno en el Gobierno por las diferencias entre Montilla y Sevilla, y en el propio PSOE con las posiciones de Maragall frente a los Ibarra, Areces o Chaves.

Al mismo tiempo, el debate en torno al concepto de nación está demostrando que Zapatero se ha subido en un caballo que no controla y que no se sabe si va a ser capaz de detener, porque la modificación del artículo 2 de la Constitución ni estaba en sus planes ni está entre sus posibilidades.

CAZANDO CON POLVORA DEL REY

Si en Cataluña el experimento no le termina de salir a Zapatero y presenta muchas dudas, en Euskadi la situación es más complicada. El presidente ha optado por el juego temerario de permitir la presencia de Batasuna en el escenario como EHAK, con el doble objetivo de desgastar a Ibarretxe y de guardarse una baza para una posible negociación con ETA.

El efecto Zapatero se ha limitado a hacer que el PSE sobrepase al PP, pero sin que varíe el escenario de modo sustancial. El PNV ha salido debilitado de la confrontación pero parece improbable que no pueda formar Gobierno. Además, los guiños insurreccionales de su plan, como lo referente a la convocatoria de un referéndum, son muy del gusto del mundo Batasuna, por lo que no parece muy necesario que tenga que guardarlo de modo inminente y sí, en cambio, lo puede seguir manteniendo como baza.

Zapatero, por tanto, está a expensas del debate en el seno de PNV-EA. Si se impone la tesis moderada, puede haber un escenario que reedite una situación semejante a la de finales de los ochenta y los noventa, de colaboración con el PSE. Si Ibarretxe decide seguir adelante, y puede hacerlo pactando con EHAK, el escenario se le va a envenenar a Zapatero con un gran coste político.

La revisión de los Estatutos, que también se está dando en Aragón, Andalucía, Valencia, Canarias y Madrid, no parece que vaya a tener mayor repercusión que la mera sensación de que el modelo territorial en sí está en debate.

La visión de España del presidente, como una suma de partes independientes, le ha hecho rechazar proyectos como el Plan Hidrológico Nacional o algunos aspectos de las leyes de educativas que pretendían articular el conjunto del Estado.

A cambio, ha preferido abrir un debate sobre la configuración del Estado con el riesgo de que o bien no pueda cerrarlo, o bien que el resultado sea, en palabras del ministro de Administraciones Públicas, Jordi Sevilla, un «Frankenstein».

El modelo económico apenas ha sufrido variaciones, aunque ha sustituido la estabilidad económica por una etérea estabilidad en el ciclo, lo que puede acarrear consecuencias negativas si no se hacen las reformas necesarias. Es en la política de vivienda donde el fracaso está siendo más evidente.

De mucho más calado ideológico es la reforma educativa presentada. La educación se ve como una competencia del Estado —autonomía — y en el que el papel de la escuela concertada y privada se observa con sospecha y se recorta su autonomía. Es un proyecto de alto contenido ideológico y en el que la sociedad se juega mucho, aunque aún esté en su fase parlamentaria.

Como viene ocurriendo desde tiempos de Jules Ferry, es en la educación donde los distintos modelos de sociedad se cristalizan. Por esa razón Zapatero, en su afán de cambiar la configuración de la sociedad, ha presentado este proyecto — L O E —. La reducción de las humanidades, el arrinconamiento de la asignatura de religión y la promoción de un falso igualitarismo son los ejes sobre los que gira ese proyecto.

LOS CAMBIOS SOCIALES

El mismo sesgo ideológico se ve en lo que denomina como nuevos derechos de ciudadanía, en los que se equipara las uniones homosexuales con el matrimonio. Todo ello con un doble objetivo. Por un lado, buscar un cambio social y por otro, tratar de radicalizar y enfeudar a la oposición en posturas numantinas.

El socialismo —republicanismo—, por tanto, renunciaría al cambio social a través del cambio de la estructura económica como habían propugnado los clásicos y pasaría a buscar el cambio á través de un nuevo sistema de actitudes y referencias morales.

CRÉDITO MENGUANTE

Después de un año de gobierno, el CIS le da a Zapatero 18 puntos menos en la valoración de los ciudadanos. La discusión del modelo territorial está causando una gran inquietud entre los ciudadanos, los derechos de ciudadanía han encontrado oposición social e incluso serios reparos en instituciones apartidistas como el Consejo de Estado y el Consejo General del Poder Judicial y están por ver todavía las reacciones a la reforma educativa. Presentar como bagaje de un año de gobierno la retirada de las tropas de Irak resulta muy pobre. La oposición ha aguantado bien, en un año muy duro, el cambio de papeles. Eso sí, a la espera de lo que ocurra en junio en Galicia.

El futuro del Gobierno va a depender de cómo se resuelva la negociación del Estatuto catalán. Mientras que el apoyo de ERC no le falle, Zapatero no va a tener problemas. Sólo si finalmente él tripartito catalán colapsa en alguna de sus periódicas crisis, la situación puede dar un vuelco. Para ello, Zapatero se ha reservado la carta de la disolución de las Cortes, necesaria para cualquier modificación de la Constitución. Mientras, la sociedad sigue teniendo la voz y la palabra.

Innovación y conocimiento en España, un problema cultural

ENRIQUE MORALES• La falta de productividad y el escaso interés emprendedor de los españoles tienen diversas causas, que son económicas, políticas y educativas. Para empezar a centrar el tema, ¿cuáles son los problemas que, a vuestro juicio, tiene planteado España en relación a la productividad de nuestros sistema económico?

RAFAEL RUBIO DE URQUÍA• El estado de la productividad tiene relación con el tema principal de esta conversación. Junto a productividad hay otros temas conexos, como la creación de empleo, tasa de crecimiento, etc. Pero aunque todos ellos tienen relación con el tema principal de nuestra conversación son temas distintos de éste. N o obstante diré algo acerca de productividad.

Se ha hecho alusión a la estructura del mercado laboral español y a deficiencias en nuestros sistemas de enseñanza. La rigidez relativa del mercado laboral español es una de las causas de nuestra situación. Conviene recordar, sin embargo, que no es cierto que la rigidez del mercado laboral sea, en todo caso y para cualquier configuración institucional y cultural, un factor negativo para el crecimiento económico. En España, por ejemplo, los índices de crecimiento real más altos del siglo pasado se dieron con una estructura del mercado de trabajo mucho más rígida que la actual.

Ahora bien, el tema de las deficiencias en nuestro sistema de enseñanza, en relación con el estado de la productividad actual, tiene ya más relación que el anterior con la cuestión principal. Aquí hay que distinguir. Si hablamos de educación formal, de horas impartidas en cursos, cursillos, programas reglados, etc., España no presenta malas estadísticas. Tenemos estudios de todo tipo, con una excepción muy importante a la que luego me referiré. Pero, no obstante esas buenas estadísticas formales, es preciso preguntarse si esa formación que se imparte es buena. Porque si los resultados son tan malos, es preciso admitir que el sistema en su conjunto, empezando por la enseñanza básica obligatoria, debe ser sometido a revisión radical.

La excepción a la que me refería es la formación profesional. Por ejemplo, cualquier persona que tenga una mínima relación con la construcción sabe bien que no existe un sistema eficaz y suficiente en nuestro país para formar albañiles, carpinteros, etc. Todo eso se ha dejado realmente de lado. La antigua formación de oficios se sustituyó por una suerte de enseñanza paralela al bachillerato, que en general ha sido un fracaso.

Junto a la instrucción formal, sobre la que volveremos, hay otros factores que inciden en la productividad. Muy en particular debe destacarse la ausencia de una cultura del esfuerzo y del trabajo bien hecho. Como en otros países, en España se puede hablar de una decadencia clarísima en ese sentido: trabajos que antes se hacían muy eficientemente hoy se hacen de modo negligente en todos los niveles. Sin duda se ha producido, en muchísimos casos, una alteración grave del sentido que se otorga al trabajo.

Ahora bien, además de las cosas de las que tratan las estadísticas, hay otras que éstas ignoran y sobre las que, dada su importancia, me parece deberíamos centrarnos. Me refiero sobre todo a las relaciones que existen entre la estructura de nuestra actividad económica y los diseños estratégicos que la generan y gobiernan. ¿En qué consisten los proyectos a medio y largo plazo de los actores económicos? Esta es una pregunta inmediatamente relacionada con la innovación, la educación y los objetivos estratégicos empresariales y familiares; constituye, me parece, el núcleo del tema principal de nuestra conversación.

CAROLINA CAÑIBANO• Yo añadiría un comentario acerca de la falta de educación. Aquí nos enfrentamos, efectivamente, con datos de tipo cuantitativo y con otros de tipo cualitativo. ¿Qué nos dicen los primeros sobre las deficiencias en educación, a la que usted se refería? El dato peculiar y significativo de los resultados educativos en España es que en nuestro país se da una polarización muy marcada. Por una parte, tenemos mucha gente con un nivel educativo bajo: casi un 60 % de la población activa no termina la educación secundaria; y luego, una proporción-de gente con nivel educativo universitario, equiparable a la de los países más avanzados de la OCDE, de la UE. ¿Dónde nos falta gente en comparación con el resto de los países? En los niveles educativos medios. Ahí estaría el problema de la formación profesional, clarísimamente; y el de la gente que ni siquiera termina la educación secundaria. Muchos españoles se apean muy pronto del sistema educativo, y eso es algo que en los discursos políticos — e l reiterado «fracaso escolar», por ejemplo—se cita con mucha frecuencia.

Si relacionamos esto con la estructura de la actividad económica, en lo que redunda esta polarización educativa es en la infracualificación de mucha gente, por un lado; y en la sobrecualificación de otros muchos para las tareas que están desempeñando en el mercado laboral, con las repercusiones que eso tiene en términos de insatisfacción, improductividad, obstáculos a la difusión del conocimiento, etc.

Yo precisaría que la «falta de educación» se refiere a la de la población activa que no alcanza un nivel educativo medio. Muchas veces, la constatación de la polarización educativa conlleva conclusiones del tipo: «En España sobran universitarios», pero el problema es más complejo. Yo sí me atrevería a decir, en cambio, que faltan trabajadores con estudios medios.

En relación a los factores cualitativos, cabe señalar en primer lugar que la distribución porcentual por áreas de conocimiento de los titulados universitarios españoles es equiparable a la de otros muchos países, como los Estados Unidos, por ejemplo: la proporción de ingenieros es muy parecida, la de biólogos, físicos, economistas, etc., también. En términos de oferta y demanda, no sé si nos faltan o nos sobran abogados, o ingenieros, etc., como se comenta con frecuencia; pero en comparación con las estadísticas internacionales, nuestro sistema produce la misma proporción de informáticos o de otros profesionales de alto nivel de cualificación que otros muchos países.

Fuera de estas comparaciones, el resto de los datos nos dicen muy poco en relación con la calidad. Lo que revelan algunas encuestas recientes dirigidas a empresarios españoles es que ellos no se sienten insatisfechos, en general, con el nivel de conocimientos del personal cualificado que contratan, porque el nivel de un profesional español no les parece peor que el de uno francés, o alemán, etc. Estos son datos que no se pueden generalizar, pero tal vez sí que apunten que los principales fallos del sistema educativo se producen en los niveles inferiores, de educación primaria y secundaria. Esto queda corroborado por estudios recientes de la OCDE, que sitúan a nuestro país claramente a la cola de esta organización. Según el último informe del programa PISA, nuestros alumnos de secundaria presentan menos conocimientos y habilidades en matemáticas y lengua, por ejemplo, que en otros muchos países.

RAFAEL LLANO• Por abordar esta cuestión primero desde un punto de vista histórico, me gustaría introducir el tema de la industrialización de nuestro país, y de su influencia en la cualificación profesional sobre todo en los niveles superiores. Porque en España, según entiendo, hay sectores profesionales que sí han incorporado todo el conocimiento líder en su ámbito de actuación, como pueden ser el de la banca o el de la abogacía, que los vemos participando en la competencia internacional con peso y estilos propios. Y si esto nos confirma que algunos españoles no han perdido el paso de la marcha de su profesión a escala mundial, de muy poco otros sectores, sin embargo, se podría decir lo mismo, y desde luego no del industrial. Podríamos pensar, por tanto,  que a nuestro sistema le falta aquello que la industria ha incorporado a la estructura económica de otros países desarrollados, a lo largo de los dos últimos siglos. Y si esto puede ser valido como observación histórica para España en su conjunto  (no válido en particular para el País Vasco y Cataluña), en nuestros días a la industria del turismo, por ejemplo, que es la más importante a nivel nacional, es una industria sui generis porque no incorpora conocimiento. ¿Podríamos considerar esta ausencia crónica de una industria fuerte en España, como una de las causas explicativas de la situación actual?

CC• Es cierto que la actividad productiva española está más basada en sectores considerados tradicionales, es decir, en sectores a priori clasificados como poco intensivos en conocimiento o de «baja intensidad  tecnológica». Esta terminología puede llegar a ser engañosa aunque se utiliza habitualmente. Toda actividad productiva está basada en el conocimiento en realidad y la innovación es susceptible de aparecer en todos los sectores, tanto la innovación de producto como de proceso. Pensemos en el caso de ejemplos tan paradigmáticos como Ikea o Inditex. Se trata de dos compañías pertenecientes a sectores tradicionales (siendo una de ellas española): el del mueble y el textil y de confección. Ambas han representado una auténtica revolución en estos sectores y han generado un gran volumen de actividad, así como dos de las mayores fortunas el mundo. La industria turística y del ocio puede no parecer tan sui generis si pensamos en el caso de Disney y de su red de parques temáticos, por ejemplo.

R R de U• Por mi parte, digo que, a pesar de los esfuerzos realizados en muy distintas épocas, no hemos tenido efectivamente un desarrollo industrial del otro tipo —de «alta densidad tecnológica»— y en ello han intervenido sin duda múltiples concausas. Personalmente creo que la principal de ellas, en importancia y permanencia, es la falta de intención suficiente en los niveles más altos. ¿Qué significa eso?

De modo general, que quienes estaban en situación de hacerlo no han asumido (no han querido, no han sabido) de modo suficientemente orgánico y sistemático proyectos de excelencia capaces de movilizar, por unas u otras vías, a la sociedad en su conjunto. Y cuando digo «quienes estaban en situación de hacerlo» no me estoy refiriendo a gobiernos y agencias de planificación, ni en primer lugar ni en particular: me estoy refiriendo a todo el complejo sistema formado por personas e instituciones con capacidades diversas pero complementarias y sinérgicas, para pensar, proponer, asumir e impulsar proyectos de gran envergadura, desde el mundo del pensamiento en general, la industria, la banca, las asociaciones privadas de estudio y fomento, los cuerpos de funcionarios, la política, etc.

Estos procesos pueden ser, y han sido históricamente, de tipos diversos. En los Estados Unidos y en el Japón, por ejemplo, este proceso se ha dado y se da de modos distintos. Más cerca de nosotros tenemos el caso de Francia, en los años de los «grandes proyectos» de renovación técnica e industrial del general de Gaulle. En su conjunto la mayoría de aquellos proyectos eran diseños estratégicos que implicaban, por diferentes conductos, a extensas zonas de la sociedad francesa. Algunos de aquellos planes no tuvieron éxito, pero otros sí. Han pasado los años y Francia, a pesar de ser un país pequeño en comparación con sus competidores estratégicos y de estar aquejada de graves y múltiples problemas internos —¡muchos de los cuales también aquejan ahora a España!—, sigue estando en la vanguardia del conocimiento y la industria en no pocos campos. ¿Por qué?

Entre otras causas, porque se propusieron, muchos de quienes estaban en situación de hacerlo, objetivos y horizontes de mucho mayor alcance que los que han sido y son típicos entre nosotros, y actuaron en consecuencia. Esta es, a mi juicio, la verdadera clave de la industrialización. Es común una creencia consistente en considerar que el empresario tiene que tener como objetivo primario ganar dinero, sin ulterior precisión. Esto es un absurdo, teórico y práctico. Se puede ganar dinero de muchas maneras, pero no todas ellas son iguales, desde el punto de vista de lo que estamos tratando aquí.

Un umbral más alto de ambición — en el sentido positivo de la palabra— y horizontes más elevados de liderazgo, aspirando a llegar más allá de lo dado es, sin duda, lo que más ha faltado entre nosotros.

R LL• Si admitimos que, en la actividad económica, hay otras categorías que no son sólo el corto plazo, sino que debemos hablar del medio y del largo, entonces, me parece que inevitablemente tenemos que tratar también de la responsabilidad de las administraciones públicas y de los gobiernos. ¿Cuáles han sido y cuáles son sus responsabilidades en este cambio de escala? O dicho de otro modo, ¿hasta qué punto esa falta de perspectiva de los agentes económicos en España no ha tenido por causa la falta de perspectiva de los gobiernos de la democracia española, o los de periodos anteriores? Aunque hayan predicado o prediquen el conocimiento, en el fondo ¿no parece que lo temen? ¿No son timoratos a la hora de implementarlo?

R R de U• Te respondo, si te parece, inmediatamente, para asumir el primer posible choque con algunos de los lectores de Nueva Revista, con la afirmativa. Sí, los gobiernos han tenido, en muchos casos, miedo clarísimo a equivocarse, a no ser seguidos por la sociedad. ¿Miedo a qué? A varias cosas, sin duda, pero entre ellas a la insuficiencia de capacidad-del pueblo español. Esto nos lleva a un tema fundamental, de naturaleza, digamos, cultural. N o me refiero, claro está, a que no tengamos escuelas, universidades, archivos, bibliotecas y museos; ni a que no hayamos tenido o no tengamos pensadores de la primera magnitud. Me refiero a que el español actual no tiene, por lo común, confianza bastante en la capacidad de la cultura española, de su cultura, para plantear y acometer con éxito empresas de gran envergadura.

Hay, desde luego, excepciones, pero son eso, excepciones: en general los españoles actuales son muy timoratos en ese sentido, y en esto los gobiernos y los «estamentos dirigentes» (!) no son distintos del común de los ciudadanos. Salvando excepciones rarísimas, ni a los gobiernos ni a casi nadie se les ocurre que España pueda ser «puntera» en actividades realmente importantes. Y no es «por prudencia», es por falta de intención suficiente. El caso de nuestra Universidad es paradigmático: carencia absoluta de ambición y de confianza en las posibilidades creativas de nuestra cultura. Así es que «público» y «privado» no son aquí dos especies muy diversas entre sí. Son manifestaciones en ámbitos formalmente distintos de un sistema de concausas común, de entre las que debe destacarse la falta de confianza en nuestra cultura y en su valor como fundamento desde el cual proyectar y acometer empresas excelentes.

CC • Estoy absolutamente de acuerdo; apuntaría también a los problemas que implica en muchos casos la idea de que hacer política equivale a ajustar cifras e indicadores estadísticos, sin pasar por un análisis riguroso de qué hay detrás de esos indicadores, por una reflexión acerca de los problemas de fondo. Si España, como es el caso, invierte mucho menos en I+D que otros países europeos y presenta una dinámica económica menos innovadora que éstos, llegamos fácilmente a la conclusión lógica de que hay que aumentar el gasto en I+D. Ahora bien, ¿cómo se explican estas diferencias?, ¿dónde están las raíces de los problemas? La respuesta a estas preguntas es clave, y también corresponde a los políticos el planteárselas y diseñar las estrategias de largo plazo conducentes a resolver los problemas, que en este caso tienen profundas raíces culturales.

E M• Aceptemos, pues, que tiene que darse este cambio cultural en la sociedad española, y en particular refirámoslo a los empresarios, que tienen que ser más innovadores. Pero ¿por dónde empezar? ¿Cómo avanzar en un cambio de mentalidad, que efectivamente parece ser una necesidad general?

CC • Hay que insistir en el papel que puede desempeñar el sistema educativo. Me atrevería a decir que nuestro sistema de educación penaliza incluso la iniciativa individual y fomenta actitudes muy poco proactivas; produce unos alumnos que llegan a la universidad sin capacidad de reflexión. Para poder transformar a los empresarios del mañana, hay que educar mejor a los niños de hoy.

R R de U• Estoy completamente de acuerdo con que un elemento fundamental es un cambio radical en la, por así denominarla de momento, instrucción pública en su conjunto. Aquí propongo distinguir dos asuntos. El primero, muy espinoso para la sensibilidad de sectores de población diversos, y que no podemos abordar aquí de la manera sistemática que sería precisa, es lo que para la mera concepción de «sentido y contenidos de la enseñanza en general y en especial en relación con la valoración de la cultura hispánica» ha implicado, o ha ido implicando, la fractura que se produce en España ya antes de la «revolución industrial». España deja de ser tráctil, no tracciona, sino que va siendo progresivamente traccionada en diferentes aspectos fundamentales.

Dejando eso de lado (no porque no sea importante, que lo es máximamente, sino porque debe ser objeto de un tratamiento distinto al propio de esta conversación), hay un segundo tema o asunto, relacionado directamente con lo que ahora estamos examinando, y con lo que ha dicho Carolina, que es esencial: que la enseñanza en España es deleznable. Es deleznable en varios sentidos y, entre éstos, en este: no consigue despertar ni en los niños, ni en los jóvenes, ni en los universitarios, de modo general y por lo común, ni el rigor en el pensamiento ni la curiosidad intelectual más allá de temas más bien efímeros y superficiales. La «demanda de cultura superior» es enteca y de poca altura. ¿Por qué en Madrid es dificilísimo encontrar a la venta un diccionario de sánscrito?, ¿Por qué es muy caro?: no, porque a casi nadie le interesa eso para nada. ¡Pasará lo mismo en todas partes!, se oye ya replicar airado al pseudo castizo; pues no, no pasa lo mismo en todas partes, de hecho no pasa en casi ninguna otra capital importante de Europa. ¿Por qué en Madrid es muy difícil encontrar a la venta libros sobre Filipinas, por ejemplo, antiguos y modernos, habiendo sido las Filipinas parte de nuestro mundo durante siglos y hasta ayer? Alguien que quiera libros, actuales y menos actuales, sobre la Indochina francesa, por ejemplo, en cuatro horas llena en las librerías de París un carro de ellos. Y en Londres encuentra a la venta lo que quiera acerca de lo que fue el Imperio británico y de lo que hoy son los antiguos territorios de éste. Y así, sucesivamente. Pero entre nosotros, que tenemos para dar y tomar, no. Esto es profundamente anómalo. Es patológico en grado sumo. Es un indicio fatal. Porque los tipos de curiosidades a los que me he referido, como ejemplos, no son «asuntos sublimes para especialistas», son curiosidades culturales, intelectuales y, en general, humanísticas, que una vida cultural normal en una sociedad como la nuestra, debería despertar en la familia y en los lugares de instrucción, en diversas zonas de la sociedad y, desde luego, entre gentes con grados universitarios.

R LL• Me gustaría introducir aquí una pregunta que, aunque no es directamente del tema que estamos abordando, nos puede servir para completar algo de lo que ya ha se ha tratado. Con el Gobierno anterior del PP, hemos tenido la experiencia de unos intereses en política exterior que, si evidentemente no estaba directamente relacionado con lo económico —con la procuración de una producción más inteligente—, sí desde luego era un intento de poner a España a la altura de una política internacional más ambiciosa que las mantenidas por los gobiernos anteriores. Y con los resultados sabidos; así que, en el rechazo popular de esa política exterior ambiciosa (y por otra parte, muy cuestionable), podríamos ver confirmada la opinión de que en España no nos hallamos ni especialmente preparados ni especialmente interesados en lo internacional, sea lo político en este caso, o en lo económico. «Que nos quedemos como estábamos», parece que sería la conclusión de ese viaje. Salir de nuestras fronteras por nuestros intereses estratégicos, militares, económicos, etc., ¿es una tarea todavía realmente pendiente para los españoles?

CC• Yo creo que desde el punto de vista económico no se puede decir que esa sea una tarea del todo pendiente. Las inversiones de España en el exterior han crecido. N o me atrevería, por tanto, a calificar a España como una economía sensiblemente más cerrada que las de nuestro entorno. Si bien es cierto que son en gran medida los grandes grupos empresariales españoles, que sí destacan por una mayor intencionalidad innovadora, los que han protagonizado el crecimiento de las inversiones en el exterior.

R R de U• Creo que, siendo esto así, Rafael se refería también (de esto ya hemos hablado antes) a saber si el pueblo español tiene o no suficiente interés por sus relaciones con el resto del mundo y si, como consecuencia, estaría o no dispuesto a apoyar, no una mera «política de apertura» (¡España no está, precisamente, «cerrada» en ese sentido!), sino de incidencia de lo español en el resto del mundo.

Pero ¿qué saben la mayor parte de los españoles actuales acerca de «España y el mundo» en general? Porque para apoyar, no apoyar, etc., se requieren elementos de juicio. Propongo el siguiente experimento mental. Reunamos en torno a esta mesa a ministros, catedráticos diversos, jefes de empresas, etc., y formulémosles las dos preguntas siguientes, por ejemplo: ¿qué presencia tenía España en el Pacífico hace ciento veinte años?; ¿qué saben acerca de cuántos diccionarios de lenguas exóticas (para los europeos) han sido hechos por españoles y portugueses? ¿Qué respuestas se obtendrían? Gran parte del complejo de inferioridad y de la incapacidad para proponer y asumir proyectos de altura radica en la ignorancia de la propia identidad.

R LL• Desde luego, el conocimiento cultivado tradicionalmente en España no tiene que pedir patente de legitimidad a ningún extranjero, sus logros existen por sí mismos. Sin embargo, parece que es necesario una actualización o una adecuación de esa tradición cognoscitiva española, para que nuestras ciencias y experiencias históricas resulten productivas en una sociedad del conocimiento como la actual globalizada. Pero esto del conocimiento productivo en la sociedad actual a mí me plantea algunos problemas gnoseológicos graves. En realidad, no sé muy bien de qué tipo de conocimientos estamos hablando. Desconocemos nuestro pasado intelectual, que efectivamente era brillante, y sin embargo, incluso si lo conociéramos, no parece que nos pudiera servir hoy en día. ¿Cuál es, pues, el conocimiento que hoy nos hace falta para lograr esa sociedad más eficaz, más productiva?

CC• Hay un problema evidente en la generalización del empleo del término «conocimiento» para referirnos a muchas cosas distintas. Uniéndome a tu reflexión, voy a hablar de lo que conozco mejor. Entre los indicadores estadísticos, los relativos a la producción y difusión de conocimiento científico sitúan a España relativamente bien entre los países de nuestro entorno. Es decir, que los investigadores españoles colaboran activamente con grupos de investigación de todo el mundo y consiguen resultados que son publicados en revistas de gran prestigio. Pero, ¿en qué circunstancias están viviendo y desarrollando su actividad esos investigadores, gracias a los cuales salimos mejor parados en el ranking científico mundial? Un número muy importante de investigadores jóvenes trabaja en condiciones muy precarias en nuestro país. Estamos hablando en muchos casos de doctores que han superado ya la treintena de años, con unos currículos muy prestigiosos y que se enfrentan a una inestabilidad e inseguridad laboral tremendas o de jóvenes investigadores que trabajan sin contrato y en muchos casos sin cobrar.

R LL• ¿Durante cuánto tiempo?

CC•  No se sabe, no hay estadísticas al respecto. La información relativa al colectivo de investigadores que trabajan en organismos públicos es muy deficiente, e inexistente en el caso del sector privado. Apenas contamos con estimaciones del número de investigaciones que trabajan en cada sector elaboradas a partir de encuestas. Pero se desconoce por ejemplo el número de becarios de investigación que hay en el sector público; no hay estadísticas acerca de la movilidad de los investigadores a través de países y sectores; no hay información transparente y clara acerca de las retribuciones de los investigadores, etc. Desconociendo todo esto lógicamente no puedo contestar a la pregunta de cuánto tiempo puede llegar a trabajar un investigador sin cobrar, ni siquiera sabemos cuánta gente se encuentra en esta situación. El hecho de que las herramientas de medición sean tan escasas en España pone de manifiesto cierta incoherencia entre el discurso político y la realidad: si el incremento del atractivo de las carreras científicas y la mejora de las condiciones de trabajo de los investigadores en nuestro país son realmente una prioridad política, se debe empezar por construir una base de conocimiento sistemático y de medición para estudiar cuáles son estas condiciones y qué tendencias de cambio se registran.

R R de U• Comparto por entero lo que dice Carolina. Hay otro elemento en la pregunta formulada por Rafael que me parece crucial y al que voy a contestar. Si lo entiendo bien se trata de examinar la tesis siguiente: «el tipo de conocimiento que de modo más característico se asocia con la cultura española es humanístico; este tipo de conocimiento está bien, es interesante y digno de estudio, pero no parece ser el adecuado para servir de fundamento a una sociedad actual, «del conocimiento», etc.; de modo que la cultura específicamente española, históricamente considerada, es insuficiente, si no inútil o aun dañina, para fundamentar el futuro de la sociedad española». Pues bien, yo tengo por enteramente falsa esa tesis.

De modo general no hay disyunción «natural» ninguna entre cultura humanística y cultura científico-técnica; más bien es cierto que esta última sólo está dotada de sentido en y desde su radicación orgánica permanente en la primera. He aquí algunos ejemplos bien conocidos. Durante bastante tiempo y hasta la II Guerra Mundial, Alemania era el paradigma de la ingeniería, la tecnología de vanguardia y la gran industria en la mayor parte de los sectores. Cuando se pensaba en ingeniería y en gran industria de vanguardia y calidad se pensaba, casi siempre, primero en Alemania, y después en el resto. Ahora bien, ¿es que los alemanes habían llegado a esa situación tras algún tipo de «proceso de automodernización» en cuya virtud abandonaron las humanidades y se consagraron por entero a la electricidad, el motor de explosión, la química y la aeronáutica? ¡No!, ¡muy lejos de eso! El prestigio de Alemania era, muy principalmente, la cultura alemana. El prestigio de la Universidad alemana eran sus médicos, geólogos, biólogos, físicos, matemáticos, químicos, etc.; pero también y sobre todo, sus teólogos, sus indólogos, sus gramáticos, sus historiadores, sus juristas, sus etnólogos, sus geógrafos, sus helenistas y latinistas, etc., etc.; y, claro está, y no precisamente en último lugar, sus filósofos. No había ninguna ruptura; la fertilidad de la ciencia físico-natural alemana de entonces es incomprensible sin tener en cuenta la densidad y magnitud con la que se cultivaron las humanidades y el grado de difusión que la cultura humanística alcanzó en la sociedad alemana. Aquella universidad, por otra parte, no hubiera sido posible sin los Gimnasios humanísticos.

¿Era distinto en Francia? No, en Francia no era distinto; era otra versión de lo mismo. ¿Era Francia escasa en ciencia y técnica? No precisamente. ¿Quedaron, entonces, disminuidos y relegados a función decorativa en Francia los conocimientos humanísticos? Es exactamente lo contrario la verdad. Y, como en Alemania el Gimnasio, como fundamento estaba en Francia el Liceo. Tomemos el ejemplo vivo —¡podríamos aducir muchísimos análogos!— del profesor Maurice Aliáis, el economista-teórico neoclásico más importante desde Pareto, ingeniero del Cuerpo de Minas, geofísico, humanista y polígrafo, Premio Nobel de Economía (entre otras muchas cosas), representante eminente de la cultura francesa a la que antes me refería. Pero he aquí al propio Vilfredo Pareto, admirable síntesis de Italia y Francia: humanista clásico, economista fundamental, sociólogo, etc., etc., y, también, ingeniero de Minas. La idea, o más bien la pulsión, de querer desrradicar la técnica del pensamiento sobre la persona es la antítesis del espíritu europeo.

En España han existido hasta hace poco muchos elementos de todo eso, y aún existen los suficientes para poder plantear, como empresa abierta a toda la sociedad, una reasunción estructurante de nuestra cultura capaz de fundamentar un futuro mejor. Naturalmente esto no consiste en meras operaciones técnicas y político-administrativas; requiere una profunda transformación en muchos sentidos. Pero me parece que planteárselo e intentarlo no está precisamente de más en la situación de gravísima crisis en los meros fundamentos de nuestra sociedad y de los de las de las sociedades europeas en general.

Indudablemente una de las transformaciones imprescindibles para esto es la de la educación, a la que ya hemos hecho referencia varias veces en esta conversación; esta sí tiene, en parte no despreciable, un carácter técnico-político-administrativo, sobre todo al principio. No es este, seguramente, lugar idóneo para tratar este tema, pero sí lo es, me parece, para insistir en su importancia. La transformación de nuestros «sistemas de educación» debe ser, para que tenga algún sentido y resulte eficaz, profunda en varios aspectos. Aquí sólo voy a referirme a uno de ellos, más relacionado con el tema general de esta conversación: el de su centramiento en las humanidades, en todos los niveles, singularmente la enseñanza elemental y la media. Esto es condición de posibilidad para una verdadera transformación positiva. La eficacia de la formación matemática y científico-natural no sólo no disminuiría, sino que aumentaría y se robustecería, si se radicase ésta en una formación humanística. Esto es excelente, tiene mucha relación con lo que se requiere para superar nuestra crítica situación y es perfectamente posible. Ahora bien, no es «políticamente correcto» (¡lo que en sí mismo puede ser ya un indicador positivo!) ni en España, ni para la organización de Bruselas, ni para las diversas fuerzas eficazmente empeñadas en destruir Europa bajo el señuelo de reinventarla.

Pero en nuestra sociedad semejante proyecto encuentra un obstáculo poderosísimo, que acaso sea el mayor de todos, y que no es, en absoluto, de reciente implantación. Consiste, en esencia, en que una enorme proporción de españoles, en todos los sectores de la sociedad, tienen el íntimo convencimiento de que la formación humanística es más bien un «plus «cultural»», un adorno, un asunto más bien propio de la cultura del ocio o, como mucho, algo relativo a una «especialidad» más, algo marginal y «minoritaria». Por ejemplo, que eso de aprender historia antigua y geografía universal, a escribir y pensar de modo riguroso, a leer en latín, etc., son cosas que están bien, pero sólo como complementos livianos y siempre que no consuman tiempo y energía para aprender «informática» o para operar con logaritmos. La firme instalación en, repito, muchísimas mentes de todos los sectores de la sociedad española, de tan descomunal y letal disparate es obstáculo principalísimo a cualquier progreso en la educación.

R LL• ¿Carolina está de acuerdo?

CC• Totalmente; las humanidades han perdido terreno en los programas educativos y tienen poco peso en los planes de investigación nacionales y europeos. La importancia que se le da a la formación humanística en el sistema de educativo va en declive. Se insiste mucho más en la formación de carácter técnico y eso, aunque a priori pudiera parecer lo contrario, no favorece los cambios necesarios de los que hablamos al principio, hacia una cultura más innovadora y creadora.

R LL• Creo que ya hemos hablado suficientemente de los políticos, hemos visto ya que tenemos un problema con ellos, y vamos a centrarnos; si os parece, en algunas otras cuestiones pendientes. Querría que habláramos primero de las instituciones intermedias. ¿Dónde están esas instituciones que podrían actuar como filtro o correa de transmisión entre los productores de conocimiento y sus empleadores productivos, creativos? Estoy pensando en instituciones tradicionales como los sindicatos o las cámaras de comercio, pero a lo mejor hay que hablar de otras nuevas, creadas ad hoc para actuar como interface entre el conocimiento y el mercado.

CC• Las instituciones interface tradicionales son las Oficinas de Transferencia de Resultados de la Investigación (OTRl) y los centros tecnológicos. Por lo que yo sé, hay muchos centros tecnológicos funcionando muy bien en España, y en particular aquellos orientados a poner a disposición de las Pymes actividades de desarrollo de nuevos productos y conocimiento, que ellos no podrían financiar directamente. Hay centros tecnológicos de este tipo repartidos por toda la geografía española y vinculados a distintos sectores productivos. Y las OTRI también trabajan, en general, bastante bien. ¿Por qué no hay más? Pues volvemos al problema inicial: tal vez sea porque el tejido empresarial no demanda más mecanismos de interface. ¿Sería tarea del sistema público crear más instituciones que sigan transfiriendo resultados? Yo no tengo claro que el remedio pase directamente por ahí. Conviene estudiar los centros que ya están funcionando bien, analizar cuáles son los factores de éxito en su actividad y luego ver cómo se pueden aplicar en concreto a cada área de actividad o en cada zona geográfica. Este es un trabajo que debe ser anterior a la simple creación de nuevos centros.

R R de U• Suscribo por completo lo dicho por Carolina. El asunto es más complejo que un «no saber lo suficiente» estadístico-administrativo. En nuestras universidades, por ejemplo, muchos profesores no saben realmente a qué se dedican exactamente colegas con los que conviven durante años; suponen, se atienen a prejuicios (en el sentido estricto de la palabra), a indicadores, etc., pero con la mayor frecuencia, no saben. Y no saben porque la estructura de relación es muy poco densa.

Esta pobreza de las estructuras de relación no es sólo propia de nuestro deterioradísimo mundo académico; es bastante general en nuestra sociedad. Y esto tiene mucha relación con la siguiente pregunta: ¿hay sociedad en España? Parece una pregunta absurda, pero no lo es. En muchos aspectos es evidente que la respuesta es afirmativa, pero en otros, y muy importantes, la respuesta es dudosa o negativa, porque faltan conexiones proyectivas generadas endógenamente por grupos de personas de la sociedad en múltiples campos de la vida social.

Tenemos entre nosotros, comparativamente pocas asociaciones vivas, creadas libremente, que realmente perduren. Si lo asociativo está mucho más vivo en otros países europeos, no es por casualidad, ni porque haya sido instituido por algún gobierno, sino porque ha habido personas que con toda intención se han aplicado a crear vínculos proyectivos ordenados a la consecución de algo, y ha seguido habiendo posteriormente otras personas que han continuado haciéndolo. De la interacción permanente, subjetiva u objetiva, entre múltiples procesos de ese tipo generados y movidos por quienes se asocian libremente para algo que les interesa en común porque, en definitiva, creen en ello, surge sociedad verdadera. Así, por ejemplo, ¿por qué en España es rarísimo que quienes tienen dinero (¡dinero de verdad!) lo den para la creación de pensamiento?: principalmente, sin duda, porque no valoran tanto el pensamiento. En cuyo caso es enteramente natural que, si dan dinero del suyo para algo, lo den para otra cosa que, por los motivos que fueren, consideran más valiosa. Y lo mismo sucede con el tiempo disponible. Los procesos asociativos libres generadores de verdadera sociedad (¡advierto aquí, para algunos lectores, que no estoy describiendo un proceso evolutivo hayekiano exactamente!) no pueden ser, ordinariamente, sustituidos por un orden administrativo, por un orden estatal.

EM• En la creación de este orden social, ¿no debería jugar un papel importante Internet? Los foros en Internet, por ejemplo, ¿no son una forma de asociacionismo a través de este nuevo medio, donde se fomentan los intereses y conocimientos comunes?

CC• Su papel es fundamental, evidentemente, en la creación de estos vínculos sociales espontáneos, o de redes de transferencia de conocimientos. Aunque también se puede encontrar uno con la paradoja vital de estar conectado con colegas de países muy distintos, pero desconocer al vecino de enfrente. Y en el orden de los problemas políticos se trata, una vez más, de ser rigurosos: es importanté por ejemplo establecer el objetivo dé que en los colegios haya un cierto número de ordenadores por aula, pero tan importante como el número es la definición del uso que se les va a dar a estos ordenadores y de los objetivos concretos de aprendizaje.

R LL•  – A propósito de esa relativa incapacidad asociativa de la población española, me gustaría plantear una cuestión de orden ideológico. Y es si cabría distinguir en este orden de cosas, la orientación de lo que llamamos simplificadamente la socialdemocracia, y que suponemos genéricamente a la base de los partidos mayoritarios de izquierdas; y la orientación de lo que llamamos el liberalismo, y que suponemos que inspira a los partidos mayoritarios de derechas. Pues yo tengo la impresión de que a propósito de un concepto tan fundamental como es el de la «eficacia social», ambos:mantienen posturas irreconciliables. Porque en un planteamiento más socialdemócrata, dan mucho miedo los individuos que van por libre: los políticos de izquierdas tienen miedo, y lo transmiten, a que no sea el conjunto de la sociedad, empezando por las clases menos favorecidas, la que marche al mismo pasó en ese avance progresivo de incorporación de conocimientos. Por eso la social-democracia sé muestra habitualmente más favorable a mecanismos de control social que a los mecanismos dé avance. Esta sería por ejemplo la perspectiva francesa, la alemana, etc., y en general la europea. En cambio, en otra sociedad más liberal, como podría ser la americana, se piensa que, permitiendo que los electrones más activos, por así decir, vayan por delante, ellos solos tirarán del conjunto. Si esto es verdad —que no lo sé—, ¿dónde deberíamos ubicar la orientación de España? ¿Es posible que toda la sociedad española avance al mismo paso, empujada por las leyes, por las costumbres, por la opinión pública, etc., en una «larga marcha» hacia el conocimiento? ¿O pensáis que más bien hay que liberar a quienes sean capaces, por así decir, de escaparse del pelotón, para que sean éstos, en su esfuerzo casi individual, quienes logren que aumente la velocidad de toda la carrera?

CC• Por mi parte, diría que no hay que confundir la sociaídemocracia con el igualitarismo, porque el igualitarismo habitualmente iguala a la baja, impidiendo así qué los individuos más brillantes, con iniciativa, etc., despeguen.

Podemos pensar en el ejemplo de los países nórdicos, países innovadores con rentas per cápita que se cuentan entre las más elevadas del mundo y donde se hacen grandes esfuerzos redistributivos de estas rentas. No es que se trate de sociedades sin problemas y que en ellas no se esté planteando también el debate acerca del difícil equilibrio entre el mantenimiento de importantes derechos sociales y de suficientes incentivos a la iniciativa empresarial. Sí cabe, sin embargo, considerar el ejemplo de estos países como una ilustración de que es posible construir sociedades modernas y en progreso que a la vez hagan esfuerzos por proteger e igualar los derechos y las oportunidades de los ciudadanos.

R R de U• Las expresiones «socialdemocracia» y «liberalismo» utilizadas en las preguntas de Rafael tienen, claro está, varios referentes doctrinales y real-históricos. Pero, aparte de que además de «social democracia» y «liberalismo» (entendido éste en lo que creo es la acepción más común) existen varias otras concepciones de lo político, me parece preferible ir a los elementos de fondo de las preguntas planteadas. De modo general, sin hacer de momento referencia especial a «educación», el elemento aquí más esencial es lo designado por la expresión «naturaleza de la solicitud por el otro» referida a personas, grupos humanos y sociedades. Aquí «el otro» incluye, claro está, a lo que en inglés se denomina a veces underdog, pero no consiste en eso: «el otro» es todo otro. «Naturaleza de la solicitud por el otro» significa, entonces, lugar del otro en los sistemas de objetivos de acción de las personas, los grupos de personas y las sociedades. Las diferencias a este respecto, a priori y real-históricas, entre personas, grupos y sociedades pueden ser y son muy considerables.

Diferencias en la facticidad del lugar que el otro ocupa en los sistemas de objetivos de acción; diferencias entre cómo se valoran las diferencias de diversos tipos entre las personas; diferencias entre las concepciones acerca del origen, sentido y función de esas diferencias entre las personas; diferencias entre lo que se entiende es el «debe ser» con respecto del otro, etc. Esas diferencias entre personas, grupos, etc., son, por una parte, culturales, y especialmente guardan estrecha relación con la experiencia religiosa de las personas; y, por otra, resultan de dinamismos específicos de cada persona.

En España ha existido en general, en la mayor parte de las personas, una actitud habitual de solicitud fuerte por el otro, especialmente por el débil, lo que sin duda es, en medida determinante, consecuencia de nuestra cultura cristiana. Ahora bien, debido a la concurrencia de diversos factores, esa actitud, no obstante la proliferación del voluntariado y de otras realidades positivas, está, a mi juicio, en claro retroceso entre nosotros. Fenómeno este que también se observa en otras sociedades europeas. Me parece indudable que uno de los factores que más ha contribuido y sigue contribuyendo a la producción de ese fenómeno es la progresiva estatalización de la vida por efecto de la cual muchas actividades centrales en la vida personal y social, entre ellas la solicitud por el otro, caen bajo la jurisdicción obligatoria de la mecánica estatal, generalmente bajo la forma de intentar acomodar a la mayor parte de la gente a una especie de molde «igualitario» que, además, es, y lo es necesariamente, de igualación por ablación y reducción. Semejante proceso es sumamente dañino en todos los sentidos; en particular fomenta en las personas la eliminación de la solicitud por el otro concreto, que es «el otro» realmente existente, mutila gravemente la capacidad proyectiva de las personas, desorganiza a la familia y genera, a no muy largo plazo, una sociedad inviable.

Como católico entiendo que la solicitud por el otro, especialmente por los más carentes, debe normar el sentido y el contenido de nuestra acción. Ahora bien, esto, que ciertamente tiene consecuencias importantísimas para la vida personal y social, no equivale ni a la Agencia Tributaria, el PER, etc., ni al intento de reducir a un etéreo «ámbito privado», que en una sociedad estatalizada equivale casi siempre a muy poco, ese despliegue de la solicitud normante por el otro. Que es a lo que, en general, ha venido equivaliendo en la concepción del asunto de los diversos gobiernos, con dosificaciones algo diferentes de unos a otros. Así es que las implicaciones políticas de una real solicitud por el otro están por hacer.

CC• Para cerrar el tema de la fractura social y la sociedad del conocimiento, yo remitiría a los trabajos de Lundwall y Borrás —investigadores daneses que han estudiado la dinámica de la innovación en Europa—. Estos autores han abordado la importancia del mantenimiento de la cohesión social en nuestras economías basadas en el conocimiento, con el fin de hacer sostenible en el largo plazo el crecimiento y el progreso.

R LL• Se va acercando el tiempo de concluir nuestra conversación, pero hay un par de preguntas que me resisto a dejar pasar. La primera de ellas se la dirigiría a Rafael, con la intención — un poco malévola— de darle la vuelta a una de las afirmaciones que ha hecho. Porque él acaba de referirse al catolicismo como al origen de esa solicitud espontánea por los otros, que aún está viva en la sociedad española, y que no ha tenido una instrumentación política suficiente, a su juicio, hasta el momento. Pues bien, mi pregunta quiere darle la vuelta a esa afirmación: la Iglesia católica, que es la institución asociada a esa solicitud natural, ¿ha logrado una instrumentación social, cultural de impulso tan valioso, en grado suficiente eficaz?

R R de U– Esa pregunta es muy compleja. No es que sea «comprometida» en el sentido de que piense que hay algo que debería decir pero que me parece más oportuno callar. Sino muy compleja porque en realidad, remite nada menos que ¡a la historia del mundo durante dos mil años!; entiendo perfectamente qué esto que acabo de decir pueda parecer a algunas personas una exageración excesiva, pero no lo es en absoluto.

Así es que sólo voy a aludir a algunos de los elementos de respuesta (y por eso he comenzado con la observación inicial con la que he comenzado). La Iglesia de España, empezando por la jerarquía, ha sido, efectivamente, una depositaría eminente de esa solicitud por el otro en todo momento, teórica (por así, más bien groseramente, expresarlo) y prácticamente, en los reinos peninsulares y en todos los territorios de la monarquía hispánica. Antes y ahora. Cuando éramos poderosos en el mundo, después y ahora, en condiciones muy ingratas. Siempre. Con entera independencia de fallos, lapsos y debilidades de los pastores y de los fieles. Ahora bien, para las formas más complejas y menos inmediatas de lo que esa solicitud por el otro normalmente de mi acción implica es necesario elaborar pensamiento y organizar ámbitos y formas, en general y en cada momento histórico. ¿Compete a la jerarquía (que es en lo primero en lo que la gente piensa cuando se dice «Iglesia») elaborar ese pensamiento y organizar esos ámbitos y formas? Ciertamente no, de modo necesario, ordinario y propio: eso compete más bien a los laicos con capacidad y vocación para ello. Asuntos distintos son que el clero se dedique también al pensamiento, como por otra parte viene haciendo abundante y brillantísimamente durante dos mil años; o que entienda que deba suplir carencias en estos campos, cuando éstas, por las razones que fueren, existan. Pero ese pensamiento científico y esa praxis organizativa competen, en principio, a los laicos.

En el momento actual la necesidad de generar pensamiento en esas materias (entre las que, por cierto, se encuentra la teoría económica), y de organizar ámbitos y formas de todo tipo es absoluta. Estoy totalmente convencido de que la renovación en el pensamiento, la cultura y las formas concretas de organización más acordes con lo que implica la solicitud por el otro normante de mi acción vendrá, directa e indirectamente, de los esfuerzos desplegados en el seno de la Iglesia española y universal.

R LL• Por último, permitidme que os plantee lo que podríamos llamar unas «recomendaciones» en torno a dos cuestiones que han salido en nuestra conversación, y que no podremos ya desarrollar en extenso. Me refiero a estos dos objetivos prácticos: primero, cómo lograr que el conocimiento, entendido en su máxima extensión —humanístico o científico, productivo o menos productivo—tenga en la sociedad española un mayor prestigio social. Y segundo, si es posible, ya desde un punto de vista más político, que se dé lo que podríamos llamar un «patriotismo intelectual», es decir: un patriotismo, hoy completamente necesario como factor de cohesión, pero sin embargo discutido desde el punto de vista de sus contenidos (si debe ser constitucional o no, si debe ser tradicional o no, racional o sentimental,) al que se incorporase una solicitud o una filantropía relacionada con el desarrollo intelectual: realizar determinadas actividades culturales e intelectuales porque nos interesa que nuestro país se beneficie de un conocimiento que, aunque a mí no produzca réditos económicos directo, si puede ser el origen de las motivaciones sociales más ideales y, en la medida que sean más comunes a muchos, el origen también esa socializaciones creativas que ahora echamos en falta. ¿Cabe pensar en esa categoría desde el punto de vista práctico?

CC• Yo me arranco con la primera, si os parece. Prestigiar socialmente el conocimiento: eso es sin duda algo necesario. Y creo que podríamos distinguir estrategias a largo plazo, por una parte, y otras cosas que se pueden ir haciendo de forma más inmediata. Respecto a lo primero, la clave para mí está, insisto, en el sistema educativo. En el corto plazo debemos empezar por profundizar en el estudio más sistemático de la sociedad del conocimiento en España. Impulsar el prestigio de algo, sin saber lo que está ocurriendo de verdad, es muy complicado, cuando no imposible. Habría que resolver urgentemente los problemas que afectan a la comunidad científica que siguen pendientes de solución.

Porque puede darse el caso de que los propios científicos lleguen a dudar de la utilidad del trabajo que realizan si éste no está suficientemente reconocido. Tan importante como contar con empresas innovadoras es tener una comunidad científica ambiciosa, creativa y orgullosa de lo que hace. Finalmente, diría que los medios de comunicación públicos también tienen una responsabilidad importante en el fomento del prestigio del conocimiento y de la ciencia.

R R de U• Carolina ha contestado a la primera parte de la pregunta, así es que yo voy a contestar a la segunda. Esta segunda parte de la pregunta tiene, de nuevo, relación estrecha con la existencia de una sociedad viva con elementos suficientes de proyecto de vida en común, no como algo dado externamente, sino como algo que real y efectivamente existe, porque existe en los proyectos de las personas de la sociedad. Si se cree que una sociedad es una especie.de campo gravitatorio de mónadas autorreferenciadas y nada más, evidentemente la pregunta planteada tendría escaso o nulo sentido. Pero como ninguna sociedad es, ni puede ser, eso — ¡ni siquiera la sociedad formada por quienes afirman tener esa creencia!—, tiene todo el sentido decir «metas grupales» más allá de «reglas de procedimiento» o de «votaciones», etc. Tiene, entonces, también sentido el patriotismo, lo que en este contexto específico implica capacidad de reconocer sistemas de elementos positivos en sí mismos y en relación con un proyecto común. De lo valioso cabe estar orgulloso, sanamente orgulloso. Eso tiene que ver con la autoestima, y la autoestima con el desarrollo normal y sano de las personas, las familias y las sociedades. No hay por qué reprimir sistemáticamente la satisfacción que nos pueda producir lo que de valioso hemos hecho y tenemos en común.

Por el contrario, la valoración común de lo que de valioso han hecho nuestros antepasados, y de lo que podemos seguir haciendo nosotros ahora, con todas las alteraciones que quepa ir introduciendo, es algo muy bueno. Es muy bueno saber que hay algo valioso que transmitir y que hacer, por los demás y por nosotros. Y que eso valioso es, en muchos aspectos, distinto de lo valioso que puedan transmitir y hacer otros pueblos; será, aun incorporando valores universales, específicamente nuestro, y como tal lo podemos poner a contribución para los demás. Exacerbar eso de modo unilateral es una deformación terrible; pero vivir el orgullo por lo propio valioso, en el sentido que he indicado hace un momento, es muy positivo. Sin ello los españoles perderíamos los elementos reales de referencia común y, al cabo, desapareceríamos de la historia como tales.

Examinemos, para concluir, con un ejemplo, una forma de una pregunta bastante frecuente. «¿Qué tienen en común las gentes de Galicia y las de Almería?». ¿Ciertos descriptores étnicos?: no. ¿El clima y la geografía?: no, y, así sucesivamente. Pero tienen en común algunas cosas esenciales, comenzando por su cultura cristiana. Entre ellas Don Quijote — tan de moda estos días, por lo visto—, por ejemplo. En muchas cosas, centrales y accidentales, Don Quijote es una expresión orgánica de lo que tienen en común los pueblos de España. Ese libro ¿es bueno?: buenísimo. ¿Es útil?: útilísimo. ¿Es español?: archiespañol, a él pueden referirse todos los pueblos de España. ¿Hay motivos para estar orgullosos de él?: los hay abundantes. He aquí, en este ejemplo, un elemento de cohesión orgánica que conviene conocer, poner en valor, enseñar a los niños. El patriotismo de este tipo no es sólo bueno, es imprescindible para la vida de un pueblo.

R LL• Imposible decir más. Muchas gracias, Carolina, Rafael y Enrique, por vuestra presencia y vuestro deseo de compartir estas preocupaciones vuestras con los lectores de Nueva Revista. Gracias, y hasta pronto.

 

Enrique Morales Y Rafael Llano

La integración social de la inmigración

En un corto período de tiempo, España se ha convertido en un país de acogida de inmigración, en el que conviven gentes de nacionalidades muy diversas. Sin apenas sentirlo, nos hemos transformado en una sociedad multirracial y cultural, dentro de la cual es necesario aprender a convivir. La llegada de nueva población genera una profunda conmoción en la economía y en la cultura, en la educación, la sanidad y en el mercado laboral, es decir, en todos los puntos neurálgicos de la sociedad receptora — la nuestra—.

Si la presencia de inmigrantes es un fenómeno inevitable, se impone el establecimiento de algunas medidas, que básicamente son de dos tipos: las que se orientan a regular los flujos de población, y las que se encaminan a la integración de los inmigrantes en la sociedad de acogida.

Estas últimas requieren una actuación conjunta por parte de las autoridades y de los ciudadanos. En el proceso integrador, se pone a prueba la capacidad de respuesta de la sociedad, que debe guardar un difícil equilibrio entre tolerancia y firmeza.

LA INTEGRACIÓN JURÍDICA Y SOCIAL

España partía de una situación de inexperiencia previa en la acogida masiva de inmigrantes, ya que durante los siglos XIX y XX fue un país exportador neto de mano de obra. En consecuencia, y por lo que se refiere a la legislación sobre nacionalidad y extranjería, sólo existían normas de Derecho internacional privado, que establecían una situación de privilegio en lo referente a la adquisición de la nacionalidad española para los iberoamericanos.

A medida que aumentaba la llegada de inmigrantes, se fueron endureciendo las condiciones para acceder a la residencia legal, dando contenido concreto a este término y excluyendo las situaciones que no podrían tener tal consideración. Tratándose de España, es preciso recordar un matiz que no se da en otros lugares de acogida, como lo es el hecho de que la mayoría de nuestros inmigrantes proceden de Iberoamérica. A pesar del incremento de la afluencia, la adquisición de la nacionalidad española continuaba siendo muy sencilla, especialmente para los nacionales de países iberoamericanos precisamente, una vez éstos obtenían la residencia.

Asumido, por parte de las autoridades, que la inmigración era un hecho consumado, resultaba imprescindible regular la situación de los «ilegales», es decir, de aquellos que entran con un visado de turismo que caduca a los tres meses y que, transcurrido dicho plazo, permanecen en España de forma ilegal y carecen, por tanto, de capacidad de obrar válidamente en el tráfico jurídico.

En tales circunstancias, dos son las opciones que aparecen en una primera aproximación. Una, actuar desde el Estado de Derecho mediante los Cuerpos de seguridad, para proceder a detener y repatriar a los que carecen de «papeles». Y la segunda, tratar de discriminar los casos, analizando las causas que generan la falta de documentación.

Esta fue la actitud adoptada por el Gobierno del Partido Popular en el año 2000 (Ley Orgánica 4/2000, de 11 de enero), que abrió vías para la regularización, mediante figuras como la «adquisición de residencia por arraigo», atendiendo a las situaciones de personas que llevaban más de tres años residiendo ilegalmente en España y que contaban con familiares de primer grado residentes legales.

Estas medidas, al igual que la reagrupación familiar, responden a la necesidad de completar vacíos legales que generan situaciones insostenibles, pero que se mantienen cuando se trata de personas que han logrado una integración plena de hecho y, por lo tanto, soportan con holgura su situación de ilegalidad administrativa. Es el caso frecuente del marido o la mujer que trabaja con permiso, temporal o permanente, mientras el otro cónyuge carece de tarjeta de residencia; o el caso, cada vez más frecuente, de la madre soltera de nacionalidad ecuatoriana cuyo hijo o hija, nacido en España, es español desde su nacimiento.

No se trataba de reconocer todas las situaciones de hecho, con permisividad absoluta, ya que, junto a estas medidas, siguen existiendo los procedimientos de expulsión y se mantienen, además, los programas de «retorno voluntario» subvencionados por la Organización Internacional para las Migraciones, y que se ofrecen a aquellos que no pueden o no desean integrarse en la sociedad de acogida.

LA NUEVA REGULARIZACIÓN

Esta regularización se ha realizado sin modificar la vigente Ley de Extranjería, aprobada por el Gobierno del Partido Popular (Ley 14 / 2003 , de 20 de noviembre), ya que, probablemente, no hubiera logrado el actual gabinete del presidente Zapatero reunir el consenso necesario para cambiarla. Por tanto, y dado que no se había publicado aún el Reglamente de desarrollo de dicha ley, las modificaciones se han introducido por vía reglamentaria y, por lo tanto, sin capacidad para contradecir los principios contenidos en dicha ley.

Es preciso señalar que, al no haberse publicado un nuevo Reglamento de desarrollo de la ley, se había creado una situación de vacío que era necesario cubrir y que ha sido aprovechada por el actual Gobierno para apuntarse un tanto de matiz electoralista de cara a la población inmigrante. Teniendo en cuenta que se trata de un Reglamento y que ha tenido que respetar la ley vigente, lo cierto es que, a pesar de toda la publicidad mediática, los cambios no han sido, por lógica, tan profundos como se ha hecho creer al ciudadano. La novedad principal se refiere al acceso al mercado laboral.

Esta reforma respondía a una necesidad real, puesto que existía, de hecho, una cierta discriminación derivada de la situación de privilegio a favor de los inmigrantes iberoamericanos frente a los de otras procedencia, que solicitaban tarjeta de trabajo por el llamado régimen general y a quienes les era denegado en un 80% de los casos.

Esto provocaba que un elevado número de rumanos y búlgaros trabajasen de hecho, sobre todo en el ramo de la construcción, como ilegales, hasta que un accidente laboral, a veces de gravedad, les obligaba a regresar a su país o vivir en la calle. Mediante las modificaciones introducidas, se pretendía lograr que se concedieran tarjetas de trabajo temporales a quienes se encontraban en tal situación.

Esta finalidad que, en sí misma, es adecuada al permitir que la mano de obra ilegal acceda al sistema de Seguridad Social, incrementando así la base de los que cotizan, se ha realizado de forma que puede resultar poco eficaz. Durante la fase de elaboración del borrador del Reglamento apenas hubo información disponible, y la que había solía filtrarse a través del diario El País, lo cual es una fuente de publicidad de las normas que es, cuando menos, claramente discutible.

NOVEDADES INTRODUCIDAS

Una vez publicado el Reglamento, se pudo observar que lo que se había desarrollado era una especie de «arraigo laboral», pero sin una indicación clara de cuáles serían los documentos necesarios para probar la residencia ilegal en España. La información no se ha facilitado a las instituciones involucradas, ni al Colegio de Abogados ni a los Centros de Atención Social a Inmigrantes, a través de las cuales se prestan servicios de asesoramiento jurídico.

Se aprecia una evidente falta de coordinación por parte de las oficinas de la Administración a cargo del proceso de regularización, que no han organizado ningún dispositivo ni de información ni de apoyo a los abogados. De modo particular, esas carencias han sido percibidas y lamentadas por las instituciones dedicadas a la acción social, con las cuales no se ha contado en ningún momento, ni en la fase de redacción del Reglamento ni en el momento de su ejecución, con lo que se ha dificultado el objetivo de facilitar la regularización de aquellos que la solicitaban.

No es la falta de concreción el único reproche que se puede hacer al Reglamento del Gobierno. En un momento en el que numerosos países iberoamericanos siguen sumidos en crisis políticas y económicas que obligan a su población a emigrar, el anunciar con gran publicidad la existencia de una «regularización» —palabra mágica que actúa como un imán sobre los habitantes de países en desarrollo— es en cierta medida irresponsable, debido al «efecto llamada» que genera. Teniendo en cuenta, además, que los efectos de este proceso, son, a la hora de la verdad, muy reducidos porque se refieren sólo a quienes de hecho trabajaban como ilegales. Sin embargo, las ilusiones falsas generan una espiral de nuevos recién llegados que, al no poder acreditar el cumplimiento de las condiciones exigidas por el Reglamento, quedarán como ilegales.

Al valorar todos estos aspectos, parece evidente la necesidad de recordar al Ejecutivo que no serán eficaces las medidas de regularización tomadas en orden a disminuir la población ilegal y cuyos resultados ya son conocidos por todos, si no van acompañadas de un adecuado control en los puntos de entrada al territorio español, ya que, de otro modo, lo único que se consigue es que los Servicios Sociales se vean anegados por una nueva avalancha de autobuses procedentes de Rumanía y Bulgaria.

Sería, por tanto, conveniente y deseable que cualquier modificación en las normas de un asunto tan sensible y complejo como es el de la extranjería no fuera tratado como el anuncio de un milagroso elixir, sino con el rigor propio de los efectos que está llamado a causar en gran número de personas.

Los turcos en la historia en la historia del mundo

Las dos grandes transiciones del pueblo turco son, según el autor del libro, su islamización (apenas milenaria) y su apertura a la modernidad desde mucho antes de Ataturk (en realidad, bicentenaria); y añade que «el islam es el segundo y más decisivo factor constituyente de la identidad turca después de la lengua». Pero también que, «de forma abrumadora, para los turcos hoy día comprometidos con la religión, su vida religiosa es parte de su compromiso con la modernidad, no un medio para oponerse a ella» (p. 226). Sin embargo, los obstáculos para alcanzar la modernidad serían, según el autor, la reverencia que la sociedad turca guarda respecto del poder del Estado y de las fuerzas armadas, algo que en Occidente parece contrario al sentido de la modernidad, que se vence más hien del lado de la sociedad civil.

La modernización de cada uno de esos rasgos constitutivos del desarrollo históricosocial de la Turquía actual, o de su economía o su estado de bienestar, debería contar, en mi opinión, con el total apoyo de Europa y de Occidente. Pero eí intentar y lograr esa modernización debe ser una decisión incondicionada e incondicional de Turquía.  El desarrollo de una saciedad civil turca vigorosa e independiente es algo deseable para Turquía y que sólo Turquía puede desear y conseguir. Por tanto, su modernización y su ingreso en la UE deben ser tratadas como variables independientes.

Lo que, sin embargo, constituye un hecho invariable es la pertenencia de Europa y Turquía a dos espacios geopolíticos y geohistóricos distintos e inconfundibles, en cada uno de los cuales pueden cumplir destinos admirables, enriquecedores, en su diversidad, de la experiencia humana.

El papa Wojtyla, actor después de muerto

Inmerso en la marea humana — más que nada, marea joven — que invadió Roma los días tristes y hermosos del tránsito de Juan Pablo II, con una multitud conmovida, cuyo aliento acariciaba el frescor de la noche primaveral de la Ciudad Eterna, montaba guardia a pocos metros del lecho donde el primer pontífice del tercer milenio agonizaba, mientras evocaba sin remedio el sentimiento que me invadió durante años, como periodista, formando parte de la tropa informativa que acompañó a Karol Wojtyla por los rincones más alejados de la tierra, durante lustros: cuando este hombre muera se estremecerá el mundo. Y así ha sido.

Al oír la voz trémula del sustituto de la Secretaría de Estado, Leonardo Sandri, que anunciaba la muerte del Papa polaco, la noche del 2 de abril, a muchos de nosotros nos parecía un sueño el haber llegado a un punto final; pensábamos que sólo había concluido una etapa de su vida. Lo dijo, en otras palabras, el cardenal Roger Etchegaray, uno de los purpurados más carismáticos de la curia, que gozó de la mayor confianza del pontífice difunto: el pontificado del papa Wojtyla «comienza ahora».

No me refiero sólo, ni principalmente, al Papa taumaturgo, cuyos prodigios, físicos y/o morales, atribuidos ya en vida, comienzan a aflorar en la revistas de medio mundo —alguno de los cuales experimentó un profesional de la información—, sino a la estela que ha dejado como hombre de fe y como protagonista de la escena internacional, con sus posiciones decididas frente a la guerra y a otros dramas de nuestro tiempo; con sus escritos —sus encíclicas han hecho dar pasos de gigante a la doctrina social de la Iglesia—; y sus gestos proféticos, el más reciente de los cuales fue el solemne mea culpa pronunciado en San Pedro el año jubilar, por los pecados cometidos por gentes de Iglesia en el curso de la historia. Toda una herencia abierta, sin que sea posible hoy determinar lo que de su acción y de su enseñanza quedará fijado para la posteridad.

Para el pueblo llano y creyente, Juan Pablo II seguirá siendo, sin duda, más allá de la grandeza que imprimió a su pontificado, el Papa al alcance de la mano, consumado actor en el más noble y certero sentido de la palabra: el que actúa, con eficacia, ciertamente desde otra dimensión, sobre la vida de los hombres, como intermediario de la salvación física y moral que nos viene de Dios.

Prueba de esta convicción la tuvimos las jornadas de puertas abiertas en la basílica de San Pedro, los días y noches en que un inmenso caudal humano, lento como las aguas de un río helado, afluía hasta el baldaquino de Bernini, a cuyos pies se exponía el cadáver de Karol Wojtyla a la veneración de los fieles. Cinco, diez hasta doce horas de espera para apenas un minuto de adiós. Y prueba también la tenemos a diario, con los miles de peregrinos que se detienen ahora ante su tumba, y musitan una plegaria, incluso una frase de agradecimiento; y con la escenificación de decenas de altarcitos, c o n velas encendidas, flores, fotos, dibujos, frases, dedicatoria infantiles, que poblaron las calles de Roma, los días anteriores y posteriores a su muerte; y, en fin, con el clamor popular — n o totalmente espontáneo— de hacerlo santo «ya». El mundo al que fue, a él volvía.

DESCUBRIENDO AL PAPA «COMUNICADOR»

Los periodistas comenzamos a detectar el calibre de este hombre desde el comienzo de su ministerio pontificio, con el primer saludo al mundo, lanzado desde el balcón de la logia central de la basílica de San Pedro. Con él entró en comunicación directa con el público, al presentarse como un obispo de Roma que no dominaba la lengua italiana y reclamaba que le corrigieran si se equivocaba —de hecho cometió un error lingüístico en su presentación—, rompiendo así con la rigidez del ceremonial.

Hasta entonces, los papas formulaban su primer saludo al mundo con bendiciones, manos alzadas, sonrisas… y ninguna, o muy pocas palabras. Sólo Juan Pablo comenzó a bajar del pedestal, al prescindir de la triple tiara y saludar en lenguaje llano a los fieles. La espontánea sinceridad del Papa polaco, no exenta de buen humor, parecía hacer suyas las palabras del escritor austríaco Robert Musil: «La verdad no es un cristal para llevarlo en el bolsillo sino un mar sin límites en el que debemos zambullirnos».

De sus rasgos biográficos se supo inmediatamente que estábamos ante el primer Papa actor, dominador del espacio y el tiempo dramático; un hombre familiarizado con el contacto directo con el público, desde sus años mozos; con muchos registros en su modo de expresión, en las tonalidades de su habla. Pero si un buen profesional de las tablas se distingue por la verosimilitud que confiere a sus personajes, aunque personalmente esté en la antípoda de la figura representada, en cuanto Karol Wojtyla comenzó a «actuar» como Papa el mundo se percató de tener ante sí a un hombre radicalmente coherente con sus palabras, al punto de hacer carne y sangre propia todo lo que salía de su boca. Ha sido la coherencia entre su vida y su mensaje, llevada hasta el extremo de no querer ocultar el propio sufrimiento, lo que le ha granjeado la admiración más profunda a los ojos de todos, incluso de los que no comparten algunas facetas de su magisterio, por no decir de gentes de culturas alejadas de la mentalidad occidental y cristiana.

Ciertamente, es el papa Pablo VI quien aprende inmediatamente la lección de Juan XXIII, de ser ésta «la época en que los papas deben moverse», y por ello decide romper el hielo informativo y tiende puentes de comunicación regulares con la prensa, durante sus contados viajes apostólicos por el mundo.

Existía, no obstante, hasta entonces, una regla no escrita pero por todos respetada: a los papas no se les formulan preguntas. En las primeras correrías de un obispo de Roma fuera de tierras italianas, el papa Montini viajaba con los periodistas a bordo del avión y pasaba a saludarlos personalmente a cada uno, pero nunca mantuvo conversaciones informativas o conferencias de prensa que pudieran dar pie a titulares más o menos sensacionalistas. Era más bien el pontífice quien hacía preguntas u observaciones a cada informador que saludaba, interesándose incluso por su familia o su estado de salud. Y no por un pudor fuera de época, sino por el deseo de ofrecer a la prensa sólo los momentos más emblemáticos de su magisterio. Lo contrario ocurriría con Juan Pablo II, que admitió todo tipo de preguntas, incluso las más provocadoras, aunque difícilmente recordaba, de un viaje a otro, los nombres de los periodistas que habitualmente le acompañábamos.

EL PAPA WOJTYLA DESCUBRE EL VALOR DE LA IMAGEN

Cuando el arzobispo de Cracovia accede al pontificado, los periodista tenían ya un retrato robot bastante aproximado del nuevo inquilino de los Palacios Apostólicos, y de su condición de excelente comunicador. Karol Wojtyla, por su parte, no era menos consciente de la importancia de los mass media para la transmisión de mensajes de cualquier naturaleza, incluido la religiosa, y del poder de la información en un mundo occidental que ya conocía en gran parte gracia a sus viajes por todo el mundo, como arzobispo de Cracovia, para entrar en conocimiento de la diáspora polaca. Ese contacto por todos los continentes, le permitió aquilatar la enorme diferencia entre el tratamiento que daban a la realidad los medios de prensa de su país, y de los demás países de detrás de «telón de acero», controlados estrechamente por los regímenes comunistas satélites de Moscú, y la libertad de que gozaba la prensa en los países democráticos occidentales.

De este modo, estaban dadas las premisas para una entente cordial, una especie de complicidad mutua, entre el Papa comunicador y los responsables de la comunicación, con una particularidad: el Papa polaco sabía que la batalla informativa se ganaba en el mundo de la imagen, la que se colaba en casi todos los hogares del mundo a través de la pequeña pantalla, y así la palabra cedió en buena parte al gesto, a su presencia física, que poseían una mayor carga de simbolismo. Por eso, el Papa polaco no dejaba escapar la menor ocasión para dejarse fotografiar en uno de sus muchas actitudes: abrazar a un niño o a un minero boliviano, cantar y bailar con los jóvenes, besar a las mujeres, abrazar a los enfermos (inolvidable el encuentro con un enfermo de sida en San Francisco, en 1987), colocarse un sombrero mexicano, acariciar a un pequeño rinoceronte.

Las cámaras captaron también su poder comunicador rodeado de cruces, en la colina del mismo nombre, de Vilna (Lituania, 1993 ) ; o contemplando el mar, con la mirada perdida hacia América, recostado en el muro de una antigua cárcel de la costa senegalesa, en la que los negros esclavizados aguardaban la hora de zarpar hacia un siniestro e incierto destino —un gesto, este último, que calaba en la opinión pública con más fuerza que una declaración conjunta de todas las Iglesias contra la esclavitud—.

Juan Pablo II supo transmitir no sólo estos sentimientos elementales de amor, alegría, cariño, dolor, melancolía. También mostró la riqueza de registros de su personalidad al apostrofar al religioso y ministro del gobierno sandinista, Ernesto Cardenal, a su llegada a Nicaragua; o en su firme reacción a la contestación de los sandinistas en Managua, durante la misa; también en la excomunión lanzada contra la mafia en la ciudad siciliana de Agrigento; en sus numerosas y dramáticas exclamaciones contra la pobreza y la guerra; o en su elocuente mutismo al escuchar la dura requisitoria que le dirigió una responsable del laicado contestatario holandés (1985 ) .

Y qué decir de su penúltima visita a España, en 1993, cuando en presencia del ex presidente del gobierno José María Aznar (entonces jefe de la oposición), que había acudido a la Nunciatura, para cumplimentarle, mientras Aznar le saludaba en tono solemne, en un ambiente relajado, y en presencia de los fotógrafos, y del que suscribe, al Papa, que acababa de regresar de una peregrinación al Rocío, en pleno mes de junio, no se le ocurrió otra cosa que decir: «¡Qué calor, qué calor!», con un candor exento de ingenuidad. Más tarde, el Papa y Aznar se encerrarían en un salón, para tratar de cosas serias.

No es de extrañar, así, que de los 6.000 operadores de la información acreditados durante los luctuosos sucesos de comienzos de abril, en Roma, 3.500 procedieran del mundo de la imagen.

Juan Pablo II supo también aprovechar el enorme impacto mediático de las transmisiones por mundovisión, directas o diferidas, para dar a su palabra un impulso de alcance planetario, y conseguir que sus breves saludos en numerosos idiomas, en sus mensajes Urbi et Orbi, tanto en la Navidad como en la Pascua de Resurrección; o sus intervenciones en las audiencias públicas de los miércoles, así como sus breves alocuciones a la hora del ángelus dominical, desde la ventana de su estudio privado, llegaran a todas las gentes.

HUMANIZACIÓN DEL PONTIFICADO

La inmersión del papa Wojtyla en el mundo de la información era sólo un aspecto del nuevo sentido que quiso dar al hecho de ser el sucesor del apóstol san Pedro. La afirmación, desde el comienzo, de su incuestionable autoridad moral sobre la Iglesia («la autoridad absoluta» — había acentuado al comienzo de su ministerio pontificio— «no es más que el servicio al pueblo de Dios») no impidió su intento de humanizar la función de los papas — un paso que había comenzado a dar Juan XXIII y habrían de continuar Pablo VI y Juan Pablo I—, haciéndolos bajar del olimpo para acercarlos a la gente, aligerando el peso del cargo con la supresión de la triple tiara, o de la silla gestatoria, siguiendo el ejemplo de su predecesor el papa Luciani. Sorprendió incluso a cardenales y obispos, en la misa inaugural de su pontificado, al fundirse en un abrazo con el anciano cardenal primado de Polonia, Stefan Wyszynski; o al bajar la escalinata del atrio de la basílica de San Pedro, empuñando el báculo, para darse el primer baño de multitudes.

Pocos días después afloraría otro de los rasgos más acusados de la personalidad de Karol Wojtyla, aparentemente antagónico con el de actor: su vena mística. Sin dudarlo voló en helicóptero, también por vez primera en un papa, y se desplazó al santuario italiano de Mentorella, regentado por una comunidad de religiosos polacos, para transcurrir allí unas horas de oración y meditación.

La aparición de Juan Pablo II en la escena mundial, y de la información, la de un auténtico huracán, se produjo gracias a su concepto de Iglesia misionera, y a la nueva modalidad de acción del papado requerida para la proyécción a todo mundo del mensaje evangélico, más allá de los muros de Oriente y Occidente, objetivo central de su pontificado, y que le valió diversos títulos acuñados por los medios informativos: Papa trotamundos, supermán de la fe, etc.

Con Pablo VI tuvimos viajes apostólicos cargados de simbolismo y ejemplaridad: Tierra Santa, la pobreza de la India, la atormentada Colombia, el lejano Oriente… Juan Pablo II se propuso visitar todas y cada una de las iglesias locales, como si el mundo fuera una gigantesca diócesis, aunque, como en el caso de Marruecos, los católicos constituyesen una comunidad exigua; así como todas las parroquias de Roma, en su condición de obispo de la sede petrina.

NACE UN GÉNERO PERIODÍSTICO

Esta giras sistemáticas a las iglesias (130 países visitados en 104 viajes fuera de Italia) acabaron por crear una red sistemática de medios de comunicación que reflejarían este eco evangélico, red que también se tejía al hilo de la actualidad mundial, sobre la que el papa Wojtyla siempre tenía reservada alguna opinión. Surgió así un nuevo género informativo sin parangón en el mundo: las ruedas de prensa en el avión pontificio. El Papa acepta todas las preguntas, con el riesgo de tener que improvisar las respuestas más atrevidas; y se pone en manos de los fotógrafos, hasta en momentos tan reservados como al encontrarse en el lecho, recién operado en el Gemelli, tras el atentado, o al escuchar las confidencias de su agresor, el terrorista turco Ali Agca, en su celda de la cárcel romana de Rebibbia. ¡Cuán alejada esta actitud de la de los papas de apenas un siglo atrás, que se limitaban a hablar en latín, o a hacerlo en las reuniones con los cardenales!

A l margen de los viajes, auténtico tormento parados periodistas agencieros, que debíamos.luchar contra el reloj para servir, a tiempo, a nuestros clientes el «jugo» informativo de toda una jornada plagada de discursos, homilías, saludos, etc., el magisterio del Papa polaco se convirtió en una fuente inagotable para la información.

Además de los 3.288 discursos programados en los 250 viajes por Italia, y el resto del mundo, los informadores nos vimos obligados a dar cuenta al mundo de lo más noticiable de sus 14 encíclicas, 15 exhortaciones apostólicas, 11 constituciones apostólicas, 43 cartas apostólicas, así como lo más sustancial de 15 asambleas sinodales, seis consistorios para la creación de 231 cardenales (más uno in pectore), seis reuniones plenarias del colegio cardenalicio sobre asuntos importantes de la Iglesia y otras nueve asambleas interdicasteriales sobre problemas específicos de las iglesias locales (la opción preferencial de los pobres en Brasil, la inculturación en la India, la pederastia en los Estados Unidos, etc.).

Añádanse sus decisiones más proféticas, como la visita a la sinagoga de Roma; los encuentros interreligiosos de ayuno y oración por la paz; las grandes concentraciones de masas (jornadas mundiales de la juventud, de la familia, los congresos eucarísticos internacionales, los jubileos de 1983 y el 2000); y en fin, sus alocuciones públicas, todos los miércoles del año, las breves meditaciones de los domingos, a la hora del Ángelus, así como las numerosas canonizaciones y beatificaciones, algunas de ellas colectivas y vinculadas a episodios trágicos del pasado, como la guerra civil española, la revolución francesa, y las persecuciones en Vietnam y Ghina: sólo por esta desmesura —posible en uno de los pontificados más largos de la historia— el papa Wojtyla se ha ganado justamente el título de «Magno».

Juan Pablo II aprovechaba, a veces, una determinada pregunta para decir en público lo que estaba deseando decir de todos modos, acerca de algún problema, o de alguna persona implicada en problemas. Durante el vuelo Roma-Montevideo, el 31.de marzo de 1987, le preguntaron al Papa su opinión sobre las acusaciones de bancarrota fraudulenta del Viejo Ambrosiano, a propósito de la cual llovían las críticas sobre el arzobispo Marcinkus y la presunta implicación en este caso del lOR (Instituto para las Obras de la Religión, o Banca Vaticana), que el citado prelado dirigía. El papa Wojtyla respondió: «Estamos convencidos de que no se puede atacar a una persona en forma tan brutal».

En la relación de Karol Wojtyla con la prensa se producían a veces situaciones de cierta comicidad. El viaje a Asia y Oceania, efectuado del 18 de noviembre al 1 de diciembre de 1986, fue el más largo y agotador de todos los de su pontificado. Después de trece días de trabajo ininterrumpido, los periodistas estábamos francamente cansados, y deseábamos reposar en lo que quedara de vuelo de retorno, por lo que al regresar de Australia, camino de la última etapa, en las islas Sheychelles, rogamos al portavoz del Papa, Joaquín Navarro Valls, que le dijera que «comprendíamos» que el pontífice estaría agotado por lo que «renunciábamos» a su acostumbrada charla de prensa. Fue inútil: el Papa nos hizo saber que se pasaría por la zona que ocupábamos los periodistas para hacernos el honor de someterse a la habitual batería de preguntas cuando, a nuestro juicio, ya nada quedaba por preguntar. Resultado: las escasas horas en las Sheychelles se convirtieron para nosotros en una nueva fatiga informativa. Eran los buenos tiempos, los del Papa incansable. Con el paso de los años, sobre todo a partir de fracturarse el fémur (1994), sus conferencias de prensa se fueron reduciendo paulatinamente. Aparecía en la zona turística del avión, y sin moverse respondía a un número muy limitado de preguntas.

Juan Pablo II no rehuía someterse a las preguntas más sublimes… o a las más caseras y populares. En 1982 se le preguntó por qué equipo de fútbol pitaría, en el choque Italia-Polonia, a lo que respondió que para él «sería mejor esconderse». Esta sumisión voluntaria a la «tiranía» de los medios informativos visuales, y a su simplificación simbólica, le llevó hasta el extremo de repetir, para fotógrafos y cámaras de televisión que se habían rezagado, la genuflexión y el abrazo de Lech Walesa, porque — dijo — «es necesario hacer ver cómo el señor Walesa me saluda y cómo lo acojo yo» (abril de ,1989). La cosa tenía su intríngulis, porque un vacío informativo visual de este encuentro hubiera podido dar pie a interpretaciones torcidas, del tipo «el Papa acogió con frialdad a su amigo Walesa».

Del valor de los medios informativos para difundir la verdad y, hasta cierto punto, influir en la realidad, se percató Karol Wojtyla — si es que aún le quedaban dudas— durante la primera visita a su patria polaca, en 1979. Juan Pablo II captó enseguida un hecho: los medios de comunicación que le acompañaban rompían el aislamiento geopolítico de Polonia, hacían ver al mundo la realidad social de un país católico controlado por un régimen comunista que, como los otros regímenes del socialismo real, filtraba la información y expulsaba a cualquier periodista occidental díscolo.

Más allá de la difusión de una realidad social o política, para el Papa polaco los mass media son ante todo «instrumentos que pueden convertirse en potentes medios de transmisión del Evangelio» (mensaje para la XIX Jornada mundial de las comunicaciones sociales, mayo 1985).

LA PRENSA, AGENTE DE LA PASTORAL PONTÍFICA

Con Juan Pablo II, los medios informativos pasan de ser un curioso tolerado, a convertirse en agente necesario para la pastoral expansiva del nuevo pontificado: un instrumento básico para el proceso de globalización del mensaje religioso en la era posmoderna, que trata de romper con las dicotomías alimentadas por un mundo secularizado que se esfuerza por separar la religión de la sociedad, la fe personal de su reconocimiento público.

El atentado de que Karol Wojtyla fue víctima el 13 de mayo de 1981 abrió otro filón informativo, esta vez en torno al estado de salud del Papa, que con más o menos insistencia se prolongaría hasta el final de sus días. La cadena de contratiempos y achaques que fueron apareciendo a partir de entonces, en la vida del pontífice polaco, hasta llegar a las últimas horas de su vida hicieron de su historia clínica la más conocida de cualquier otro mortal. Un hecho favorecido por la propia actitud del Papa, que nunca ocultó sus achaques a la opinión pública, como ocurrió al anunciar desde la ventana de su apartamento, que sería operado de un tumor en el colon (12 de julio de 1992). A veces respondía con ironía a las preguntas de los periodistas que le inquirían sobre su estado de salud: «Si quiero saber algo sobre mi salud, sobre todo sobre mis operaciones, debo leer la prensa» (declaraciones durante el vuelo Roma-La Habana, 21 de enero de 1998).

Con esta cadena fortuita de contratiempos en su salud física, narrada minuciosa y puntualmente por la prensa, y que condicionó al Papa itinerante en los dos más firmes pilares de su ser comunicador —su movilidad y su capacidad de palabra— formó Juan Pablo II toda una pedagogía del dolor humano y de su sentido redentor. Si quiso aparecer ante la gente, hasta pocos días antes de su muerte, sin ocultar los gestos de dolor y de rabia por no poder articular palabra, fue, a mi entender, porque quiso asumir hasta el final el sufrimiento humano para demostrar a los creyentes cómo muere una persona cuya fe y esperanza son incapaces de hundir los dolores más brutales.

Es justo decir que el sufrimiento prolongado en la trayectoria vital del papa Wojtyla dio pie a errores de cálculo sobre su final. Muchos periodistas llegamos a considerar una hazaña que el Papa llegara en buena condición física para poder abrir la Puerta Santa, en el Gran Jubileo del año 2000. Pocos tenían la certeza de que llegase a cerrarla. Y lo logró.

Los frutos de la estrategia de Karol Wojtyla con la prensa se vieron recogidos el 4 de junio de ese mismo año. Aquel día se celebraba en la sala Nervi del Aula Pablo VI del Vaticano el jubileo de los periodistas. Los organizadores contaban con una audiencia de unos ochocientos informadores. Se presentaron siete mil, de cincuenta países. Un conmovedor aplauso arropó el titánico e interminable esfuerzo del anciano Papa minusválido, del hombre que había cubierto varias veces, con sus viajes, la distancia de la Tierra a la Luna, para recorrer los cincuenta metros por el pasillo de la sala hasta llegar al trono, y así saludar a los periodistas.

Esta acogida cordial de los informadores tuvo su inesperado eco en un gesto que habría de revelar la peculiar relación del Papa actor con los periodistas, y que se produjo dos años más tarde. Durante la Semana Santa del año 2002, Juan Pablo II confió a un grupo de «sus» periodistas, a profesionales de la palabra, los textos de las estaciones del Vía Crucis, hasta entonces encargados a obispos, sacerdotes, religiosos o a algún renombrado teólogo o escritor.

EL RELATO DE LA MUERTE DEL PAPA

Volvamos al comienzo. El 2 de abril, a las 21,37 se rompía un hechizo de 26 años, cinco meses y 15 días. La fase final de este gran comunicador se abría el lunes, 21 de marzo, en torno a las ocho de la tarde, cuando comienzan a circular por Roma voces según las cuales el Papa había muerto. No era la primera alarma sobre la salud de Juan Pablo II, cuya voz se apagaba progresivamente, al compás de su postración en una silla de ruedas. A l menos desde 1994, cuando una fractura al fémur acabaría por obligarle a llevar bastón (en el que se inspiró para bromear, en público, al estilo de Charlot) fue creciendo la preocupación por la salud del papa Wojtyla. Preocupación que se prolongaría hasta la noche misma de la apertura de la Puerta Santa (24 de diciembre del 1999), en la que se ofrecía al mundo la imagen de un Papa enérgico pero doliente, que fue capaz de culminar un amplio y muy fatigoso programa jubilar.

El 16 de octubre del 2003 se produciría un ulterior agravamiento de las condiciones generales de salud, y los mass media volvieron a especular sobre un final que parecía más cerca…, hasta llegar al 31 de enero del año en curso, a partir de cuya fecha se va cerrando la última página de una larga amistad entre Karol Wojtyla y la opinión pública, galvanizada por los medios informativos de todo el mundo. A partir de ese día, se esfumaba el idilio con el Papa cercano a la prensa, siempre a la mano de cualquier informador. La antigua comunicación se reduce al hilo de lo que se pueda captar del abrir o cerrar dos ventanas: la del Policlínico Gemelli, y la ya habitual de la tercera planta de los Palacios Apostólicos, la cátedra desde la que Juan Pablo II ha ido tejiendo a lo largo de los años una parte sustancial de su magisterio. Se trataba de ver la imagen del Papa, sus gestos, sin importar tanto que consiguiese articular pocas o ninguna palabra, más o menos inteligibles, y de seguir los pasos de un drama que se iba consumando tras los visillos.

La imagen de las palomas blancas que se negaban a escapar de la habitación del Papa, el domingo 3 0 de enero, fue la última que pudimos ver, a través de la ventana, de un Juan Pablo II «normal», de un hombre ya marcado por la enfermedad y el dolor. Se alejaba el huracán, la tempestad amainaba. Cuatro días antes se habían suspendido, sine die, las audiencias públicas de los miércoles.

A partir de los sucesivos internamientos en el Gemelli, el «segundo Vaticano», y de las relativas convalecencias, todas las miradas, y las esperanzas, se concentraban en esas dos ventanas, con la excepción, que tanto dio que hablar, de la toma televisiva del Papa, de espaldas, abrazado a una cruz, en los mismos momentos en que en el Colosseo se celebraba el último Via Crucis de la era wojtyliana.

El Domingo de Ramos, Juan Pablo II se asomó a su ventana, alzó la mano derecha, empuñando un ramo de olivo, y bendijo a los fieles pero sin articular palabra. Se llevó la mano derecha a la frente y siempre con la diestra golpeó el atril, para dar a entender la mortificación que sentía al poder hablar, y bajar a la plaza para abrazar a sus jóvenes, que le aclamaban —desilusionados por no poder oír su voz— al grito de «Juan Pablo, Juan Pablo». No tenía fuerzas ni para sonreír.

Por fin, la presencia fugaz del Papa, el 27 de marzo, Domingo de Resurrección, con la muda bendición «Urbi et Orbi», y la imagen lacerante del grito mudo del 30 de marzo, la última que nos queda de un Papa que quiso mostrar su agonía mientras pudo. Los días sucesivos, miles de jóvenes de todo el mundo, los papaboys, se habían movilizado, atraídos por las noticias de la radio y la televisión, y se arremolinaban en la plaza de San Pedro y aledaños, dirigiendo la mirada hacia la tan familiar ventana, imaginando la escena del otro lado del muro, con las escasas y asépticas noticias que emitían los comunicados oficiales. Por último, la noticia de la muerte, el doblar de las campanas, las luces encendidas del dormitorio de un hombre que había querido morir en su lecho, y no entre las frías paredes de un hospital, la conciencia colectiva de haber quedado huérfanos, y no tener que dar a nadie el pésame. Y entre los periodistas, al menos según mi percepción, la tranquila conciencia de habernos mantenido alejados de toda manipulación, al narrar el trance más difícil en la vida de cualquier hombre, en este caso del párroco de la aldea global, que mientras pudo buscó un púlpito desde el que ejercer su ministerio y practicar aquel carisma que cautivó a tantos jóvenes, y menos jóvenes, de todo el mundo.