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Ecos de la épica en el cine: el western, de John Ford a Sergio Leone

Asistimos a un tímido renacer de la épica cinematográfica. La trilogía de El señor de los anillos (2001, 2002, 2003) o la versión hollywoodiense de la Ilíada en Troya (2004) y quizá la no tan acertada «cruzada» de El reino de los cielos ( 2005) pueden servir como pequeño botón de muestra. Si son o no sintomáticas de una recuperación natural del espíritu heróico, el tiempo lo dirá, pues ahora se trata de una pregunta difícil de responder. Sin embargo, parece al menos sugerente subrayar cierta inclinación por el género de los grandes espacios que irrumpe hoy con historias exigentes en un mundo no muy proclive a autoexigirse. En una expresión no menos potente aunque más contenida, resurge el espíritu de David y Goliat, de Sophie Scholl (2006), donde la conciencia da testimonio suficiente de fortaleza ante el imperio de la sin razón, tal y como en su día se representara en Un hombre para la eternidad (1966) o en María Estuardo (1936).

La épica se ha entendido tradicionalmente como la narrativa propia del combate, de la hazaña y de la memoria. En esta somera definición, se encuentra el núcleo de la acción propia del protagonista épico. De entrada, sería mejor no hablar de héroe, dado que, como bien dice Max Scheler: «El héroe sólo es héroe dentro de su pueblo y dentro de una corriente histórica que está ligada a una tradición viva»1. Es decir, puede ser que el protagonista de una historia no sea propiamente un héroe. Y que se trate, por tanto de un mero modelo histórico asociado a los anhelos de una sociedad concreta. De ahí que se hable de distintos héroes literarios, por ejemplo. Sin embargo, se trataría más bien de un ejemplo de la conducta de moda, que a veces actúa como el protagonista de un relato sin que sus acciones sean verdaderamente heroicas, sino más bien «verdaderamente oportunas».

El combate sirve de escenario vivo para el enfrentamiento radical del hombre ante la muerte y la depravación humana. En esta tesitura, puede surgir la hazaña, el sacrificio como máxima expresión del heroísmo pero también su antítesis: la mezquindad, como aquel abismo donde la identidad personal está a oscuras. Por otro lado, la memoria recoge lo que merece la pena recordar. Y por ello, se convierte en un registro histórico para los pueblos, necesitados de volver una y otra vez a los orígenes a través de los relatos míticos. Parte de ese resurgir expresa una pérdida de la humana identidad al obrar heroicamente. Ahora bien, también convive con la tendencia a la autodestrucción de todo ideal, usando los cánones épicos, como contrapunto a lo anterior.

LA ENCRUCIJADA DEL IDEAL HERÓICO

Cuando san Agustín (354-430 d.C.) explica la existencia de dos ciudades, la terrena y la divina, parece estar describiendo la encrucijada espiritual —a veces terrible— en la que se encuentra permanentemente el hombre, incluyendo a los no creyentes en busca del bien supremo. Por ejemplo, dice: «Esto es lo peculiar de la ciudad terrena: rendir culto a Dios o a los dioses, para con su ayuda salir airosos en las victorias y la paz terrena, no por amor al bien, sino por el ansia de dominar»2. En contraste con ella, la ciudad divina promete la felicidad plena tras superar «las pruebas de esta vida»: «En este valle de miserias, en estos días llenos de maldad, no está de más vivir en esta alarma: nos sirve para mantenernos en una búsqueda anhelante y cada vez más ardiente de aquella seguridad, donde llega a su plenitud y se mantiene lejos de todo riesgo»3.

Por un lado, el hombre lucha contra la carne, por sobrevivir al mundo frenético que puede apartarle de Dios; y por otro, intenta vivir en la esperanza de encontrarse con Dios en el gozo eterno, desapegado de los poderes terrenos. Esta doble dimensión de anhelos parece estar presente también en las acciones representadas en la ficción, que sostienen el discurso dramático de la épica — en ocasiones, heroica— de algunas películas actuales. El intento por establecer el «Reino» aquí, en el siglo, no es sino el rasgo más habitual de todo idealismo, incluido el quijosteco. Ante la decepción de ese establecimiento utópico, surge, por el contrario, el cinismo y la complacencia como pacto con el status quo del siglo, del mundo; así se manifiesta, por ejemplo, en la actitud acomodada de los custodios de Tierra Santa, en la película citada. Tras el arrojo de los primeros años, el encuentro con la derrota abre la puerta a la desesperanza.

En San Bernardo encontramos una peculiar justificación de la guerra que merece la pena recordar

En la exhortación de san Bernardo de Claraval a los caballeros de la orden del Temple4(1132-1136), encontramos una peculiar justificación de la guerra que merece la pena recordar: el santo elogia a la nueva milicia por su destino a «pelear sin descanso en un doble combate, contra la carne y sangre y contra los espíritus malignos que pueblan los aires»5. Todo esto lo dijo el santo, en un primer momento, por obediencia al papa Eugenio III y, como el mismo autor asegura, respondiendo también a la necesidad de apoyo moral de Hugo de Payens, primer maestre del Temple. Pero posteriormente (1150)6—tras dos derrotas en Tierra Santa—, san Bernardo se defenderá de la difícil empresa de seguir exhortando a los caballeros, exigiendo del Papa un relevo y rescate ante los ataques procedentes de dentro y fuera de la Iglesia. En esa ocasión, san Bernardo pide que no se le imputen al Altísimo los pecados que han acalorado tanto los ánimos.

El primer discurso o la defensa heroica de los lugares santos se justificó, desde el primer momento, como fuente de salvación para los caballeros del siglo, si se convertían en caballeros del cielo ingresando en la milicia. Pero, el segundo discurso —la defensa del santo ante los reproches por el desastre de la cruzada— parece velar la decepción general que ahogaba a la caballería y el sinsentido de toda posible aventura heroica en el futuro. Ambos discursos ejemplifican bien esos dos tipos de actitudes que han generado dos construcciones dramáticas del viaje heroico tan fraguado, por cierto, en la épica de la caballería: por un lado, el ánimo conquistador, idealista e inocente y, por otro, la decepción cínica tras la derrota, con los matices correspondientes, según sensibilidades y gustos.

Hoy cabe plantear una aproximación a estas dos actitudes a través del cine, heredero fiel de la tradición épica literaria, oral y escrita, sabiendo que las palabras de los dos santos sólo ilustran —sin inspirar directamente— la complejidad narrativa de la cualidad del heroísmo representada. Y quizá la analogía más clara la ofrece, sin duda, el género western, que ha pasado por diversas etapas desde su salto y establecimiento en el cine.

El western clásico, propio de John Ford y el spaghetti western, de Sergio Leone, en síntesis, nos descubren algunas claves estables de la épica heroica que en Bailando con lobos (1990), de Kevin Costner, o en Sin perdón (1992), de Clint Eastwood resurgieron como el aullido del lobo solitario. La épica —en su sentido más extenso, como modo narrativo— ha sido bien acogida en los márgenes cinematográficos del western dado que comparten las dimensiones escénicas de los horizontes amplios. Pero, sobre todo, porque el cine ha recibido el testigo de relator de la memoria histórica, sea cual sea esa historia que merece la pena contar.

EL EPOS HERÓICO DEL WESTERN FORDIANO

Hoy empieza a estar de moda una distinción quizá filosófica entre Europa y EE.UU. como dos maneras, acaso complementarias, pero diversas de entender la vida. Esta diferenciación, que ha estado muy de actualidad a raíz de algunos recientes acontecimientos políticos de nuestro tiempo, se puede plantear también desde el punto de vista del cine, entendido como un arte capacitado para narrar la vida. El western, como género de cuño netamente americano, puede ayudar a entender con claridad esa distinción dado que refleja bien las dos miradas. En su andadura desde los orígenes, ha demostrado tener una gran versatilidad como «contenedor» de historias o género-marco, en contraste con otros géneros cinematográficos. Como género de creación y desarrollo netamente americano, el western ha sido, sobre todo, el narrador y el mitificador por excelencia de la historia y de la sociedad norteamericanas.

Sin embargo, como las propias historias que cuenta, el western se ha expansionado más allá de las fronteras de los EE.UU. Y, en Europa, justo cuando el género perdía interés en su tierra natal, reaparece transformado con inusitada fuerza y un vigor peculiar en el spaghetti western. Esa reaparición tuvo un efecto «boomerang» destacable que ha dado como fruto, entre otros, algunos títulos americanos de los noventa mencionados arriba y algunas menos destacables como Alma joven I y II (1988, 1990), Wyatt Earp (1994) o Maverick (1994). El western ha creado un diálogo cinematográfico entre esas dos posturas particulares de entender el mundo, por algunas razones en las que merece la pena detenerse. Aunque también cabría preguntar si realmente existen esas dos maneras, lo que parece evidente es que es posible reconocerlas en el western — y no sólo en este género— de escaso o nulo interés en nuestros días.

El western clásico —explotado, en especial, por John Ford— mitificó los horizontes épicos de la tradición oral y escrita de lo EE.UU. Además de ajustarse bien al tipo de composición escénica que reclamaba la conquista del Oeste, el género se hizo pronto con la mítica (a veces más bien propaganda que mítica) de la nueva nación. Lo que quizá resulta más llamativo del western de los orígenes es el protagonista que ensalza como modelo propio y que supone en realidad una adaptación cultural del caballero andante o incluso del héroe trágico griego. Al tratarse de historias que constituyen la historia legendaria del asentamiento blanco en las nuevas tierras, con las batallas y enfrentamientos propios del encuentro con los indios y las dificultades del terreno, el western rescata el modelo heroico de la épica antigua.

Este modelo heroico adolece de la cualidad propia del héroe, en su referente real. Un nutrido grupo de delincuentes y malhechores son aupados por el barniz cinematográfico, pese a no ser más que vulgares asesinos y ladrones, motivados por la ambición. Bienes cierto que estos personajes dieron el cariz exótico y atractivo a la nueva empresa de Europa en el continente americano. La misión «mítica» que los encumbra consiste en asentar el ideal del Paraíso terrenal, empresa nada fácil y que conecta sin duda con una larga tradición de exhortación, de la que las cruzadas a Tierra Santa son su mayor exponente. Ahora bien, el desaliño del western cuenta con la particularidad nada desestimable de que esa «encomienda» carece de batuta y depende en exclusiva de la voluntad de libertad de sus protagonistas. La tierra prometida engendra para el cine héroes de un siglo convulso frente a una Europa cansada y vieja.

No obstante, la temática propia de los primeros westerns explica la mitificación e idealización de una sociedad en feroz establecimiento. Las dificultades del terreno, los enfrentamientos con el indio y la imposición de la ley en una tierra en estado salvaje implicaban un continuo encuentro cara a cara con la muerte, otra de las constantes épicas más significativas. En ese radical desvío de la comodidad se encuentra parte del brillo que adquieren los protagonistas de esta gesta. El mérito del incipiente modelo radica en hacer depender de la tierra, arrebatada y peleada, la condición de la propia existencia. La lucha con los indios no significó simplemente una defensa sino que llevó el lema de «construir una gran nación», al menos, desde una perspectiva literaria y cinematográfica.

Por otro lado, no hay que olvidar que el western de los orígenes bebe directamente de las fuentes literarias del siglo XIX, tanto orales como escritas. Muchos de los guiones se basan en leyendas o mitos históricos (el duelo de OK Corral, por ejemplo, que es un tema recurrente en muchos filmes). Eso implica que el ánimo mítico y la ilusión de la conquista del Oeste se reflejan de una manera muy clara en las primeras películas.

Clint Eastwood en un western de Sergio Leone.

En ese sentido, también la estética propia de estas historias revierte en la conducta del protagonista americano, fraguado en el western. El caballo de hierro (John Ford, 1924), por ejemplo, perfila al genuino pionero, en este caso, sin pasado oscuro. Sus rasgos coinciden con el manido tópico del joven soñador que, vengando la muerte de un ser querido, vive en primera persona el sacrificio por una empresa común. En esta magna aventura el fin justifica los nobles esfuerzos de un «ciudadano» de la patria. Junto al valiente idealista, autónomo y libre, aparece un personaje sin piedad, que aparenta ser bueno aunque actúe con maldad, es decir, por fines interesados. El afán de eficacia de este personaje se impondrá posteriormente como un ejemplo de hipocresía social. En contraposición, se afianza el perfil del bueno aparentemente malo, como sucede en Tres hombres malos (John Ford, 1926). Lo épico y también lo excelente de esta historia radica en una sustancial capacidad de sacrificio desinteresado en los tres malhechores, verdaderos protagonistas.

Las hazañas de estas epopeyas aportan un valor que se mira con recelo en el western latino y que puede plantearse con la pregunta de si merece la pena dar la vida por alguien. Los westerns de Leone lo pondrá en duda.

UNA VISIÓN EUROPEA DEL WESTERN NORTEAMERICANO

Para Leone, su «planteamiento en los westerns fue introducir personajes picarescos en situaciones épicas»7. De algún modo, el cineasta sabía que se estaba debatiendo un modo narrativo particular cuya dignidad consistía en todo un pensamiento acerca del mundo. Sin embargo, Leone apuesta, como dice su película El bueno, el feo y el malo (1966), por mostrar una visión dura y sórdida de los personajes de la «conquista», añadiendo a ésta el valor hiperrealista —que no realista— del retrato humano más mundano y cruel8. El retrato descarnado de la épica de Leone se explica quizá desde la desesperanza ante las dificultades por imponer ese estado ideal o el paraíso en la tierra que suponía el establecimiento de la nueva nación9.

El héroe fordiano anda a caballo entre entre el desierto salvaje y la ciudad ordenada, como Ethan Edwards en ‘Centauros del desierto’

Esta visión también mítica de la existencia se encarna en personajes inspirados en el western clásico norteamericano, cogidos infraganti actuando como miserables. En el cine de Ford habían surgido también —alejados del maniqueísmo— los llamados fuera de la ley, los hombres de la frontera. Sin embargo, el claroscuro de sus conductas quedó siempre protegido por magistrales elipsis. El fuera de la ley y el personaje fronterizo nacen en una sociedad que empieza a extralimitarse en el cumplimiento de una ley cruel o que presenta profundas incoherencias morales. En la frontera, como lugar inestable y solitario, este protagonista no quiere plegarse al sistema legal, pero tampoco puede sustraerse del todo a él, ni incluirse dentro del grupo de los delincuentes; más bien anda a caballo entre el desierto salvaje y la ciudad ordenada como Ethan Edwards en Centauros del desierto (John Ford, 1956).

Los personajes del western latino posmoderno andan siempre en la penumbra del desorden, lo buscan y lo fomentan como único medio «responsable» de situarse en el caos. Ese caos inunda las historias «épicas» de desvalijamientos, robos y asaltos que constituyen el paisaje del cine de Leone. El bien no existe a menos que llegue la muerte. Porque en estas películas —al contrario que en el western clásico— la muerte es un personaje más, implacable, que determina el final y la liquidación del mal. La visión americana de los comienzos, sin embargo, entendía que esa muerte era el precio glorioso para conseguir un bien mayor.

Leone y Ford comparten no obstante un aspecto que quizá une ambas visiones de la hazaña épica: el protagonista no siempre es un líder. A veces sucede que el fracasado, el antihéroe, como figura reivindicativa de la justicia en un mundo de apariencias, está dispuesto a quedar fuera de todos los circuitos civilizados dando testimonio de la podredumbre. Y así nunca se convierte en un verdadero ciudadano, más bien andará errante buscando un hogar utópico. El protagonista fordiano luchará porque vive en la esperanza de imponer de algún modo el bien y ordenar el caos. Y en ese sentido se distanciará del personaje del spaghetti western, sumido en la violencia, decepcionado del mundo y con una visión triste de la existencia.

EL ORDEN Y EL CAOS

El desencanto ante el ideal se deja sentir en Europa, adquiriendo diversas formas hasta llegar al spaghetti western;de Sergio Leone10. Con independencia del reflejo cultural de la sociedad en las películas, los distintos talantes y espíritus con los que se recrea el heroísmo ejemplifica más un tipo de encuentro con la existencia del mal que un análisis circunstancial del momento histórico que sin duda puede pesar en el acto creativo. A partir de los sesenta, con cierto desencanto también histórico, se empezaron a producir una serie de westerns que de alguna manera dinamitaron el western tradicional.

Los denominados spaghetti western;no sólo son de factura europea sino que influyeron en la manera tradicional de hacer pensar el western, esperanzado y melodramático y lo destruyeron para darle forma manipulada y autoconsciente, incluso en Estados Unidos. Es decir, el spaghetti dinamitó el western tradicional para darle nuevo brío o quizá para apostar por las vísceras y no por el corazón11.

En las películas de Sergio Leone es imposible que la justicia venza, pues no existe, tan sólo la ley del más fuerte

El contexto donde antes se habían contado grandes hazañas con una visión inocente, crédula y entusiasta sirve ahora de paisaje ridículo o de naturaleza muerta. En contraste lo que se hará será mostrar a personajes depravados, violentos, con una visión desencantada del mundo que no tienen mayor ideal que la bolsa, matar y su propio beneficio. No son personajes heroicos —yo los consideraría antihéroes— aunque acaben creando un modelo ejemplar del realista, práctico, rudo y con un conocimiento del mundo más atinado, eficaz, poderoso, dominante, áspero. Sus valores son el ingenio y la inteligencia, muy propios de la picaresca latina. Para el personaje fordiano la esperanza consiste en restablecer el orden (un orden superior que tiene concreción práctica en las leyes, pero no siempre). Para el de Leone, es imposible que la justicia venza, pues no existe, tan sólo la ley del más fuerte y rápido con el gatillo. El western deja de ser cine épico para convertirse en cine melodramático y trágico. El western deja de contar las grandes historias para pasar a contar las pequeñas historias de submundos, de una conquista verdaderamente sangrienta. El western, en definitiva, empieza a contar otras historias: las de la frustración.

A raíz del nacimiento del western posmoderno, las películas de vaqueros de producción americana empiezan a ser también contenedores de violencia, cínicas en el retrato de una realidad poliédrica, donde el bien y el mal nunca aparecen con su nombre propio. La crueldad se hace dueña del celuloide, llegando incluso a ralentizarse la acción de la muerte de una manera estilizada, buscando un placer meramente estético en lo sangriento, lo morboso y lo cruel. El efecto retardador, las muertes a cámara lenta de Sam Peckimpah son un buen ejemplo de esto. De un cine higiénico se pasa a un cine sucio. Pero los norteamericanos hacen suya las aportaciones críticas de Leone y el spaghetti westerny así convierten al género en un mero recurso expresivo, que no tiene nada que decir, si no sirve de hecho a las expectativas y frustraciones generadas por el afán expansionista y la libertad.

El western, como tal, nació y murió con John Ford. Una afirmación radical pero no menos cierta que explica, entre otras cosas, cómo con el final de su cine se asiste también al del western clásico por antonomasia. Y, por qué no decirlo así, a la visión genuina de la épica esperanzadora que genera verdaderos héroes no sólo de celuloide sino de carne y hueso.

Probablemente la recuperación de la épica, en el género de la fantasía y de la aventura releve al género, en la particular huida dramática del mundo que suponen estas historias. Y sabiendo que la conquista de otros mundos siempre pretenden ser conquistas de éste, como bien sabemos.

NOTAS

1 M. Scheler, El santo, el genio, el héroe, Editorial Nova, Buenos Aires, 1961, p. 134.
2 San Agustín de Hipona, «Las dos ciudades en la tierra», en La ciudad de Dios, tomo II, libro XV, cap. 7, en Obras completas, XVII, p. 154.
3 Ibíd., «Fines de las dos ciudades», en op. cit., libro XIX, cap. X, en op. cit., p. 578.
4 Cfr. San Bernardo de Claraval, «Libro de las alabanzas y exhortaciones a los caballeros del Temple», en Obras completas de San Bernardo, tomo IV, Rafael Casulleras, Barcelona, 1925, pp. 368-400.
5 Ibíd., p. 369.
6 Cfr. ibíd., «De la consideración», libro II, cap. I, en op. cit., pp. 25-29.
7 C. Aguilar, Sergio Leone, Cátedra, Madrid, 1990, p. 55.
8 Cfr. C. Aguilar, op.cit.
9 Resulta interesante la metáfora de C. S. Lewis sobre la desesperanza ante el ideal, recogida, según P. J. Sampson, en The Pilgrim’s Regress, donde el racionalismo parece quemar toda esperanza de la existencia de Dios. Cfr. Sampson, P.J., 6 Modern Myths about Christianity & Western Civilization, InterVarsity Press, 2001.
10 Cfr. C. Aguilar, Sergio Leone, el hombre, el rito, la muerte, Diputación de Almería, 2000, p. 33.
11 Cfr. C. Aguilar, op. cit., pp. 160-163.

Alejandro Martín: un modo de no estar en casa

Aun después de recibir los premios Luis Cernuda y Miguel Hernández, de doctorarse con una interesante tesis sobre Friedrich Schlegel y de traducir con primor a Novalis (Canciones espirituales, Renacimiento, 2005) , Alejandro Martín (Sevilla, 1978) sigue siendo para muchos un desconocido al que merece la pena prestar atención.

Conocí a la persona y al poeta en 2002, cuando vivía entre su ciudad natal y Viena: sencillez, finura de criterio, hondura sin gravedades innecesarias y humildad sin poses solemnes son virtudes que ha sabido extender a sus poemas. Su primer libro, Vasos de barro (Compás, 2002) , ponía los cimientos de una poética experiencial, hecha de concreción y visualidad que tenía un desenlace reflexivo, en una secuencia natural y en la que cabe reconocer al filósofo que Martín lleva dentro: siempre en busca de una suerte de anagnórisis, de un súbito encuentro con el arquetipo realizado, la experiencia poética estaría a la vuelta de la esquina de nuestros paisajes cotidianos, y «en un momento así / todo es tan claro como un silogismo: / son eternas las cosas, la vida es permanente».

Su segundo libro de versos, Aquel lugar (próximo a aparecer en Hiperión), sugiere un paso adelante dentro de esta línea: un reiterado canto al paraíso de la infancia, un esbozo de intimismo y una caracterización de la existencia como misterio, todo en un verso natural, en una música ajena a todo enfatismo, donde la frase convive con una medida fluctuante, siempre entre el heptasílabo, el endecasílabo y el alejandrino blancos. Es decir, una suerte de «romanticismo sereno», sin estridencias, cada vez más amigo del poema largo y discursivo (pese a que en esta muestra se incluye un poema estrófico y breve), que delata al traductor que hay en Martín y que aparece emparentado con poetas como Eloy Sánchez Rosillo, José Mateos o José Julio Cabanillas, con los que no cabe deslindar la deuda de la afinidad. Más allá del oficio, Alejandro Martín ofrece una poesía que constituye un modo de mirar el mundo: el de alguien que no vive para cantar sino que canta para vivir.

-o« GABRIEL INSAUSTI

Palabras previas

Cuando escribí mi primer libro, Vasos de barro, andaba yo acabando mis estudios en la universidad. Apenas uno o dos años antes había conocido a un grupo de amigos con quienes pronto compartí , además de las cervezas del Picalagartos y los pubs irlandeses de Sevilla, la afición por leer y escribir poesía. Con ellos, me unían —y me unen aún hoy— esas pocas pero indispensables cosas, esa mezcla festiva de cerveza, noche, conversación y sentido de la poesía como algo que tiene fundamentalmente que ver con la verdad, con el compartir esa verdad y con el goce —celebrativo o elegíaco— del mundo. Mis lecturas por aquellos entonces se resumían en los poetas llamados de la experiencia, junto con otros que escribían también bajo la bandera del verso claro e inteligible. Mi primera lectura de poesía contemporánea fue La plata de los días, de Vicente Gallego, después vinieron Benítez Reyes, Mesanza, D’Ors, Rafael Adolfo Téllez, Sánchez Rosillo y, por supuesto, Fernando Ortiz y José Julio Cabanillas, a quienes además de maestros llamo amigos. 

Cuando aún no se había publicado ese libro, empecé a escribir mi segundo poemario, Aquel lugar. Entretanto han pasado seis años, en los que he ido añadiendo lecturas que me han llevado por otros derroteros, sin perder nunca la certeza de que el poema debe ser, de una u otra manera, inteligible.

Decía Schiller que hay dos tipos de poesía: la ingenua y la sentimental. La primera es la del poeta sumergido en el mundo, en el todo; es un poeta celebrativo, que canta sin sentir pérdida ni lejanía alguna. Los griegos eran poetas ingenuos. Los poetas sentimentales, que comienzan a aparecer con la modernidad, cantan la experiencia de la ruptura, de la nostalgia, del no estar donde se debería.

Me siento, sin duda, identificado con estos últimos, es decir, soy un poeta que escribe desde la experiencia de la pérdida. Se canta lo que se pierde, o lo que jamás se ha tenido, y eso que se canta quisiéramos guardarlo en aquel lugar al que no somos capaces de poner nombre. A veces pensamos que es la infancia, otras lo vislumbramos en el fracaso del amor perdido, o en la alegría frágil del amor presente. Si algo tienen en común todos los poemas que he escrito, es ese saberse escorias, restos de algo innombrable y sagrado que pretenden rememorar. Por eso la poesía elegíaca no es necesariamente pesimista o nihilista, sino que puede convertirse en cántico, en forma de describir la relación del hombre con lo divino. Por eso la poesía es para mí, ante todo, una liturgia, una forma de piedad.

-o« ALEJANDRO MARTÍN

La pasión según Bach
A Jesús Beades

Se consolaban las mujeres negras
bajo el Árbol, las notas son sus lágrimas:
mira qué lentas caen sobre la tierra.
Un suspiro es el mundo en una nota,
como un cielo que arde y un tiempo que se acaba
en un aliento tibio y cinco heridas.
Todo aquello que busco
es repetir las notas de esa música
entre estos versos que hacen de silencios.
¿Cómo decir la redención del mundo
y su dolor también, su desamparo?
Pero su la menor lo dice todo:
dice los velos negros de las mujeres de Judea,
las lágrimas caídas bajo el Árbol.
Bach dice a Cristo miserable y roto,
hermoso al mismo tiempo
como todos los lirios de Belén
o las olas del mar de Galilea.
Profeta de la Gloria en los sentidos,
yo quisiera decir lo que tú sólo muestras:
esta alegría trepando por las cimas del dolor,
escapando del fango y de la pena.
Que todo el que lo oiga, al menos ese instante,
se levante y camine.

Canto primero
(DEL CANTAR MÁS ANTIGUO)

Una casa pequeña sobre un árbol
robándole a los pájaros su nido.
Nuestro reino duró sólo unos años
en el inmenso mar de los olivos.

Las piedras eran santas, los geranios…
Todo es santo en las manos de dos niños
que corren sobre el polvo del verano
y atraviesan el tiempo en un respiro

Hasta llegar aquí, sin saber cuándo
salieron sin llegar a su destino,
pero siguen cogidos de la mano
y trepan por el árbol del olvido.

En tus ojos está la luz, hermano,
que ya jamás encontraré en los míos.
Son sagrados los ecos de tus cantos,
y tu risa es la fiesta de los vivos.

Noli foras ire

Aunque escuches los cantos más
hermosos
de las aves de marzo, y aunque tiemble
sobre tu piel el brillo de la tarde,
no salgas, corazón, a las tinieblas.
No encontrarás afuera nada tuyo.
Todo es hostil allí. Sólo es mentira
la claridad y la bondad del mundo.
Las veces que saliste te marcaron,
y allí supiste del dolor. No vuelvas
a ese sitio. Recorre silencioso
la senda misteriosa hacia el adentro
y allí, en tu soledad, al fin descubre
la dignidad que el mundo te ha negado.

Cuatro óperas del siglo XX

En esta temporada operística se han producido en el Teatro Real y en el Liceo de Barcelona una serie de acontecimientos culturales que desdicen la teoría de que el género lírico pertenece casi exclusivamente al siglo XIX, y en todo caso al barroco, ahora redescubierto, afortunadamente. El siglo XX y también el XXI (Henze, Sahariao, Eotvos, Halffter, De Pablo y tantos otros) han dado a luz obras maestras, cuatro de las cuales han sido estrenos en las capitales citadas, y alguna en el país. A la vez sentimos sensaciones encontradas de vergüenza y satisfacción. Tantos años de penuria y conservadurismo cultural se van poco a poco quedando en el olvido mientras se recupera parte importante del arte de este siglo.

Cuatro títulos importantes en la historia de la música y el teatro contemporáneos: De la casa de los muertos de Janacek, El sueño de una noche de verano de Britten, La ciudad muerta de Korngold y Diálogos de carmelitasde Poulenc. Montajes, con nombres importantes como Klaus Michel Grüber (Janacek) Robert Carsen y Pier Luigi Pizzi (Britten), Willy Decker (Korngold) Robert y Carsen (Poulenc), lo que permite encontrar una vía de estudio de la puesta en escena de la ópera en el momento actual. Todos estos espectáculos son imaginativos y originales, y en ningún caso suponen una traición a las obras sino una puesta al día con multiplicación de los signos escénicos, al servicio de lo que libretistas y compositores han deseado. Curiosamente en algún caso (Janacek, Korngold, Poulenc) coinciden ambos trabajos, lo que no deja de ser significativo, aunque la inspiración venga de Dostoievski, Shakespeare, Le Fort, Bernanos o Georges Rodenbach.

De la casa de los muertos de Janacek. Teatro Real

Los temas de estas cuatro operas son diversos. De la casa de los muertos de Janacek, basada en la obra homónima de Dostoievski, es un canto a la libertad frente al horror de la opresión, del gulag, que se extendería siniestramente en el siglo XX y en este XXI, que con tan malos auspicios ha comenzado. En la brevedad de una hora y cuarenta minutos, el fresco colectivo que traza Janacek, con esa música esencial que se pliega al idioma checo como un guante, sin efectismos ni alharacas, dice todo sobre ese concepto de la libertad. Las historias individuales de los prisioneros, en contraste con la del preso político que será liberado tiempo después, son un resumen de las que contiene el largo texto dostoievskiano. La partitura, dentro de la tonalidad, es sumamente expresiva y matizada. El compositor checo alcanza en esta obra su máxima depuración, con un sentido profundamente teatral, a pesar de algunas opiniones en contra. El conflicto global del hombre en la búsqueda de la libertad (los gulags, todos los gulags de entonces y ahora) acompañado del individual de cada personal a través de una historia del pasado que no tiene futuro, es la esencia de esta gran obra.

De la casa de los muertos de Janacek. Teatro Real

Klaus Michel Grüber, con la inestimable colaboración escenográfica del pintor Eduardo Arroyo, en idéntica búsqueda de la esencialidad que el compositor, dirige la escena desde un icono, el árbol, con tonalidades claras y serenas en las imagenes, sólo rotas en la representación teatral de los presos, y el pájaro, un águila herida, como símbolo cercano. La luz es fundamental, como la colocación de los personajes en la escena y el punto de atención que se les presta en los diversos momentos de este círculo sin salida. Sólo el prisionero político es liberado. El resto permanecerá en esa situación opresiva. La libertad es fácil de perder y muy difícil de recobrar. Sin alharacas ni espectacularidades innecesarias, el montaje fluyente, bien dirigido musicalmente por Marc Albrecht y tambien magníficamente interpretado por un reparto colectivo, nos dice muchas cosas sobre la condición del hombre desde el propio Dostoievski, al que Janacek ha dado nueva vida desde una visión dramática y musical que concentra las largas páginas que el escritor ruso ha dedicado a rememorar su estancia en la Casa de los Muertos.

De forma muy diferente, la ejemplar carrera operística de Benjamín Britten encuentra su scherzo en la versión, una de las muchas compuestas, de la obra de Shakesperare Sueño de una noche de verano. Ampliada la orquestación para su representación en grandes teatros, su concepción de ópera de cámara aparece de forma muy clara. Dos montajes en el Liceo de Barcelona y en el Teatro Real de Madrid la dan a conocer al público español. Estos juegos de amor y sus dicotomías, nobles, hadas, rústicos, encuentran en la ópera una perfecta formulación. También Britten huye de los excesos, hace que un actor incorpore a Puck, confiere a un contratenor y su frágil y peculiar voz el fundamental papel de Oberon. Estos juegos de amor tienen, no obstante su aparente ligereza, una densidad notable que la sutil configuración instrumental acentúa. Dos montajes diferentes, en Barcelona el de Robert Carsen, hecho famoso en Aix-en-Provence y adaptado para las condiciones específicas del Liceo. Un trabajo extraordinariamente imaginativo que, siendo fiel a la obra, le confiere una condición plástica muy distinta. En cierta forma me recordó el genial montaje de Peter Brook de la pieza shakesperiana, con su caja blanca, sus columpios y el colorido del vestuario. El DVD realizado por el Liceo se ha convertido en uno de los más alabados de los últimos tiempos y las críticas han sido unánimes. Verdaderamente refleja lo que fue una representación modélica tanto desde la orquesta como del grupo de cantantes, en lo actoral y en lo musical.

El montaje de Pier Luigi Pizzi fue estreno absoluto en el Real. Si el bosque del primer acto era tal vez demasiado sólido, el segundo fue mucho más creativo, desde un uso admirable de la luz y del espacio, considerado como un todo, con la elegancia y el buen gusto propio de este escenográfo y realizador. Britten, pues, va encontrando, como Janacek, su puesto en los teatros de ópera. Dos grandes compositores del siglo XX, a la altura de los más destacados de la historia de la ópera, sobre todo desde prestaciones musicales con un buen nivel general.

Distinto es el caso de Erich Wolfgang Korngold. El niño genial, alabado por Mahler, Richard Strauss y Puccini, vio su carrera truncada por la llegada del nazismo, su exilio le erigió en uno de los músicos de cine más importantes de Hollywood llegando a obtener dos Oscar, pero su carrera de gran compositor quedó truncada. Sus obras, de carácter posromántico no estaban de moda y su bellísimo concierto para violín o su sinfonía no tuvieron éxito. De las óperas compuestas por este peculiar artista sólo La ciudad muerta ha logrado permanecer en el repertorio, injusticia que debería ser reparada, como tantas otras.

España ha tenido que esperar más de ochenta años para estrenar Der tote Stadt. El Liceo ha arriesgado en esta apuesta y, es justo agradecérselo, con éxito. Ha coproducido el magistral montaje de Willy Decker y ha puesto la carne en el asador con la propuesta. El cada día más interesante director musical del Liceo Sebastián Weigle, del que habíamos visto unos excelentes Boris Godunov y Parsifal, se movió como pez en el agua en esta densa partitura y supo distinguir los momentos líricos de ensoñación, los irónicos y los dramáticos, matizando las complejidades de una instrumentación devoradora. El carácter necrófilo de esta ópera, su morbidez dramática, su tremenda melancolía (ese final que parece feliz y es en cambio totalmente desesperanzado) fue un hecho musical importante en esta temporada operística en España.

La idea de la muerte, la fantasía onírica, son temas no sólo de Georges Rodenbach, autor de la famosa en su tiempo Bruges la mort, sino también de Fritz Lang (Las tres luces) o todo el cine expresionista alemán, para no fijarnos en el gran filme de Hitchcock Vértigo en el que, en cierta forma, se intenta recuperar a una persona fallecida a través de un ser vivo de casi idénticas características físicas, está omnipresente en la ópera de Korngold, sombría, melancólica, crispada, nocturna, soñadora de íncubos, irónica y en el fondo visionaria. Una época espiritual a la que seguiría, el compositor pudo comprobarlo personalmente, una pesadilla de la destrucción múltiple del ser humano como colectivo con la llegada de los nazis al poder. Paul, el protagonista, representa al individuo traumatizado por la pérdida. El sombrío final se asemeja en parte al de la ópera de Alban Berg Wozzeck, crónica de una disolución del hombre producida por otros hombres. Paul se autosumerge en el sueño alucinatorio al habitar voluntariamente una ciudad que parece estancada en unas aguas pútridas. Brujas es la prisión física, mientras María, «que no resucitará», supone la cárcel espiritual. El personaje al final parece abandonar la ciudad, pero no estamos muy seguros de que la necrofílica pesadilla de la amante muerta termine definitivamente.

El sueño de una noche de verano de Benjamín Britten. Teatro Real

Willy Decker escoge para su puesta en escena la sobriedad esencial y riquísima, paradójicamente, en imágenes. El espacio de la realidad, casi vacío, dos sillones, el retrato de María, la caja con el peinado, colores negros y luctuosos. El espacio del sueño, en el fondo del escenario, en una dicotomía que en algún momento llega a confundirse. Los techos se transforman, las imágenes oníricas —blanco desde el Pierrot— son sarcásticas y de una poética agresiva, James Ensor en el recuerdo de una blasfema procesión. Expresionismo y simbolismo, desde una visión que integra todos los movimientos artísticos de esta Europa que finalizaba su periplo. Contrastes llenos de fuerza en la ponderación muy medida de una obra que representa, quizá sin que el autor lo supiera a sus veintiún años, una especie de despedida.

Así podría definirse este montaje: la anécdota individual, como representación de un mundo que Decker pone ante nuestros ojos, absolutamente coherente en la partitura de Korngold. El posromanticismo, la tonalidad, la plenitud sonora son, como en La mujer sin sombra de Richard Strauss, signos que pertenecen ya al pasado, aunque en el tiempo de su composición sean presente. La Europa que comenzaba a vivirlos después de la Primera Guerra Mundial, ya no permitiría esas mórbidas pasiones de un amor necrófilo y en cierta forma parásito. Los sentimientos de culpa, de redención, de búsqueda de lo desaparecido o de esperanzas del retorno parecen cosas lejanas, aunque a pesar de todo puedan tocar algunos puntos de sensibilidad del presente.

El sueño de una noche de verano de Benjamín Britten. Liceo

Quizá en este espectáculo el misterio de lo fantástico y su posible incursión en lo real sea uno de los puntos culminantes. Paul ha soñado, ha tenido una trágica premonición; cuando despierta y vuelve a lo real todo su deseo por Marieta desaparece, y al tiempo las imágenes de la pesadilla, de forma un tanto incongruente rompen el culto a María, la adorada muerta. El misterio de esa ópera se encuentra en el final. ¿Por qué Paul renuncia al amor posible por Marieta? Cuando abandona la habitación que ha sido una especie de santuario necrófilo, ella ya no está en él. Decker lo marca claramente, no existe la alegría o la serenidad de una cierta esperanza, sino el vacío. Marieta, presencia física se aleja, como también María, presencia espiritual. La nada es el camino, el triste camino aunque sea fuera de Brujas, la muerta. Las ciudades con agua y canales llevan consigo una especie de sueño ensimismado que sigue perdurando a través del tiempo y de los más sofisticados avances tecnológicos.

El siglo XX y sus propuestas nos hacen ver la gran ausencia lírica del siglo XXI con las suyas. Las óperas estrenadas de Henze, Eotvos, Adams, Previn, De Pablo, Sahariao y tantos otros no asumen del todo este tiempo nuestro y sus características específicas. Quizás aparezca algún día esa ópera que como Wozzeck, Guerra y paz, Lady Macbett de Msen, Lulú y esta Ciudad muerta represente el tiempo que nos toca vivir. Hasta ahora, y salvo excepciones contadas y teniendo en cuenta esos valiosos títulos concretos, seguiremos esperando.

En todas estas óperas la denominación común ha sido el interés por la labor actoral. Gruber, Kramer, Pizzi y Decker la han cuidado sobremanera. En el último caso una ópera que exige a los protagonistas una tesitura casi imposible, con tonalidades muy diversas, no falló en el lado escénico. Desde una visión de Paul, María y Frank totalmente contrastada en la realidad y en el sueño, los artistas supieron con el gesto y la colocación en el espacio, matizar las diferencias. Por ello, musical y escénicamente, fue tan convincente este tardío pero indispensable estreno.

Lo ha sido en Madrid, la ópera de Poulenc basada en Le Fort y Bernanos. Llevada al teatro en su día por José Tamayo con gran éxito, la visión del martirio de las monjas de Compiegne, dato histórico, parecía incidir en este tipo de obra cristiana, ejemplarizadora tan al uso, aunque el nombre del autor de Mouchette hiciera pensar en una mayor profundidad. También Poulenc, después de la eclosión de su religiosidad, intentó mostrar el camino del martirio como prólogo a la santidad. Esta es la visión más tradicional, la que tal vez estaba en la mente de sus autores. Del estudio de la ópera, desde una representación esencializada, surgen dos temas importantísimos: el miedo a lo físico, a la destrucción y la duda de la trascendencia, a lo que habría que añadir, desde el personaje de Blanche de la Force, la existencia de una especie de paranoia ligada indestructiblemente a su propia y personal historia.

El interés de estos Diálogos va más allá de la asunción de lo religioso, de la fe salvífica, de la comunión de los santos. Incluso, aunque no se participe de ello, el inmenso drama de estas mártires religiosas toca a toda las conciencias. La espléndida y a la vez terrible escena de la muerte de la primera Priora tiene alcance universal. ¿Quién no ha sentido un especial temor a la extinción del propio ser? Paralelamente, el rechazo del martirio que la madre Marie quiere asumir muestra otra derivación de la heroicidad buscada en la proclamación más que en la catarsis. Blanche de la Force, por su parte, pasa del miedo al martirio, a su aceptación, en parte como contraposición a su miedo a la soledad. El psicoanálisis puede ser muy importante para penetrar en la última implicación de estas monjas del Carmelo en la aceptación de un sacrificio que, por otra parte, proclama la santidad de las mártires desde la tradición del cristianismo.

Diálogos de carmelitas de Francis Poulenc. TeatroReal

Esta derivación posible de una obra en la que el espíritu de Bernanos y sus contradicciones y angustias está presente, surge desde un libreto y una partitura, perfectamente ensambladas, desde una orquestación sutil con una serie de leitmotivs que buscan la emoción inmediata y sencilla. El gran talento de los autores es dar personalidad a las carmelitas dentro del conjunto: la primera Priora, sor Marie, Constanze, la segunda Priora, son caracteres muy diferentes. Blanche es, en cierta forma «la otra», un pequeño ser atemorizado, desde un miedo no físico como el de la primera Priora que busca incluso un alivio al dolor suplicando casi la muerte. El martirio asumido por la aristócrata puede ser la exaltación de un valor momentáneo o una forma de huida, casi en apoteosis de santidad, en compañía de sus hermanas. Una muerte colectiva con lo que tiene de solidario y a la que el respeto de ese público gritón de las ejecuciones públicas confiere una especie de glorificación.

Diálogos de carmelitas de Francis Poulenc. TeatroReal

Resulta curioso que el gran conflicto que suponen la Revolución francesa y sus excesos sólo sirva de telón de fondo a la problemática esencial sobre el miedo, la trascendencia, la comunicación espiritual de las personas… Efectivamente el juicio y la ejecución de las carmelitas es absolutamente injusto, pero los autores no van más allá, no se plantean las razones de unos y otros y su diferente mirada. La música tiene su destinatario en el pequeño o gran conflicto interior de los personajes y su capacidad de irlo comunicando a los destinatarios de la obra. ¿Quién no ha tenido miedo a lo desconocido? ¿Quién, a pesar de esa fe que mueve montañas, no se ha planteado el enigma del más allá? Por esta razón la escena musical y dramáticamente más importante de la ópera es la de la durísima muerte de la primera Priora. No sólo es el hecho del dolor, del terror del sujeto, sino también su referencia respecto del resto de los presentes. Gravita este momento excepcional en todo el desarrollo de la historia y sirve de punto de referencia a las decisiones de esas monjas que superan, incluso con alegría en el caso de sor Constanze, y tal vez en el de Blanche, ese miedo ancestral a lo desconocido. Se convierte así esta ópera «religiosa» en un testimonio universalmente humano.

Diálogos de carmelitas de Francis Poulenc. Teatro Real

Todas las virtudes y contradicciones de esta densa y magnífica ópera fueron puestas de manifiesto en el espléndido espectáculo del Teatro Real. Puesta en escena extraordinaria de Robert Carsen. Espacio desnudo, luz, figurantes, dirección excepcional de los intérpretes en soledad o en grupos variados. Colocación impecable en el amplio escenario. Imaginación y rigor con escenas cumbres, como la muerte de la Priora, excepcional dramáticamente Kabaivanska. En los dúos, en la antológica escena final, una metáfora de la muerte asumida como una danza. Un montaje de 2002 que está como nuevo, con unos cuantos premios que han reconocido su excepcionalidad.

Magnífico López Cobos y su orquesta. El maestro de Toro dirigió buscando la emoción profunda, que las extraordinarias interpretaciones de Andrea Rost, Patricia Petibon, William Burden, Gwynne Geyer, Barbara Dever y el resto del reparto consiguieron en su totalidad. Un estreno en Madrid que dejará memoria.

Unas fechas claves en la historia europea. Janacek 1930, Britten 1960, Poulenc 1957, Korngold 1920. Países diferentes, la antigua Checoslovaquia, el Reino Unido, Francia y Alemania. Antecedentes literarios, temas de gran trascendencia en lo individual y lo colectivo, testimonio de un pasado cercano. Diversidad de estéticas, dentro de una tonalidad abierta y progresiva, teatralidad esencial desde el drama o la comedia. Tradición cultural y nueva visión de míticos autores. La ópera como símbolo de tensiones más allá de lo material. Demostración palpable de la viabilidad del género para expresar lo humano en toda su complejidad, de lo real a lo onírico. En todo caso obras artísticas de gran calidad que merecen plenamente pertenecer a la cultura del presente de forma homóloga a Mozart, Wagner, Verdi, Rossini, Berlioz o Mussorgsky. El siglo XX ha estado presente en algunas de sus manifestaciones más ricas.

Por ello hay que felicitar al Teatro Real y al Liceo de Barcelona por estas necesarias recuperaciones. Una de sus misiones es precisamente rellenar los huecos que unos lustros de conservadurismo mal entendido han propiciado. Cuatro grandes compositores siguen vivos, no sólo en el repertorio internacional, sino también en nuestro propio suelo. Este es un camino tan dificultoso como apasionante. Si certificamos asimismo que todas las representaciones han tenido llenos y han sido bien acogidas por la crítica, miel sobre hojuelas. Nada hay que añadir, más allá del considerar a la ópera, tantas veces y no sin razón, denostada por un polvoriento conservadurismo y elitismo de clase, parte integrante del arte contemporáneo.

Linneo y el equilibrio de la naturaleza

La equívoca personalidad que se atribuye hoy día a Carlos Linneo se justifica por las curiosas contradicciones que en su vida se sucedieron.

El recuerdo del gran naturalista permanece bastante olvidado; en 1978, segundo centenario de su muerte, se celebraron muy pocos actos en su memoria y no recuerdo ninguno sobresaliente en nuestro país, tan pródigo a veces en homenajear a personajes poco relevantes que casi nada aportaron al progreso de la ciencia o de la cultura.

Preciso es reconocer que el olvido en que se mantiene a Linneo, a excepción de los que manejan la taxonomía vegetal o animal, que se ven obligados a recordarle a diario, se debe en parte al progreso de la ciencia actual. El sistema de clasificación que ideó ha sido sustituido ventajosamente por sistemas taxonómicos apoyados en los progresos de otras ciencias. De sus escritos en idioma sueco y en su peculiar latín se han traducido a otras lenguas casi exclusivamente los que se relacionaban directamente con las ciencias taxonómicas. Y sus biógrafos se han complacido no pocas veces en airear más sus miserias humanas y las de sus familiares que su verdadera personalidad de naturalista espoleado por una curiosidad insaciable.

Sin embargo, Linneo fue un naturalista excepcional que realizó la labor de poner en orden la nomenclatura desordenada y caótica de los tres reinos naturales, importante tarea que ocultó una parte sustancial de su obra e incluso aspectos fundamentales de su problemática: la concepción linneana del equilibrio de la naturaleza que, a partir de la aparición del darwinismo, fue sustituida parcialmente por los conceptos ecológicos.

ESTRUCTURA Y JERARQUÍA

Uno de los escritos de Linneo donde más se aprecia el optimismo con que los ilustrados de su época contemplaban el futuro de los recursos naturales, que tanto iba a preocupar después a la humanidad, es el Discurso sobre el crecimiento de la Tierra habitable, documento de gran interés para analizar sus ideas sobre las posibilidades de la Tierra, que nunca fue traducido a nuestra lengua.

El concepto de equilibrio de la naturaleza expuesto por Linneo repetidas veces en sus escritos, representa una parte muy olvidada de su obra. Según esta concepción, la naturaleza constituye un todo estructurado y jerarquizado hasta en sus más mínimos detalles, obedeciendo el universo a una misma economía donde todo depende de todo, presentándose los fenómenos encadenados los unos a los otros. De acuerdo con esta concepción, muy concordante con la mentalidad jerarquizada de Linneo, que iba a alcanzar su clímax en la jerarquización taxonómica de los seres vivos, el orden natural puede caracterizarse por cuatro procesos biológicos íntimamente relacionados: propagación de las especies, su distribución geográfica, la destrucción inevitable a que éstas están condenadas y su tendencia a la conservación, inscrita en la estructura y la forma de proceder de cada una de ellas.

Proclama Linneo: «Tengo la firme convicción de no alejarme mucho de la verdad si digo que la totalidad de la Tierra Firme, al principio del mundo, estaba sumergida en las aguas y cubierta por el vasto océano, excepto una sola isla en este mar inmenso». Y pasa a explicar cómo, a partir de una pareja de cada especie, se han ido multiplicando los seres vivos con dependencia los unos de los otros. «En efecto —escribe— todo vegetal alimenta a su propio insecto y la mayor parte de los insectos se alimenta sólo de ciertos vegetales». Y expone los ejemplos de la cochinilla, del gusano de seda, de los animales herbívoros y de numerosas interrelaciones entre los componentes de los ecosistemas, estableciendo las bases de lo que mucho tiempo después se iba a conocer como el mecanismo de las cadenas tróficas.

Mas, ¿cómo armonizar la idea de una isla en el mar Océano sobre la que se están reproduciendo, propagando y creciendo todas las especies de plantas y animales, con la existencia de una proporción perfecta, según unas leyes establecidas en la Creación? «Incluso a simple vista se percibe que la Tierra aumenta cada año y que los continentes dilatan sus límites. Vemos los puertos marítimos de la Bohemia oriental y occidental disminuir cada año y no poder acoger a los navíos a causa de la arena y la tierra que incrementan continuamente sus orillas, lo que obliga con frecuencia a los ciudadanos a cambiar de vivienda acercándose al mar a veces hasta un cuarto de milla. Son un ejemplo las ciudades de Pitea, Lulea, Humdiksvall, etc. En la costa de Gotland [… ] se puede percibir claramente cuánto ha crecido el continente durante noventa años y que cada año aumenta en anchura unas dos o tres toesas».

Y continúa Linneo describiendo ejemplos de montañas que emergen de las profundidades marinas, de mares que se retiran, de la fuerza de las aguas que lanzan sobre las orillas colosales rocas «que no podría mover ninguna técnica humana», para denunciar la existencia en altas montañas calcáreas de innumerables conchas de moluscos bivalvos iguales a las que lanza el mar sobre las playas.

Todo ello le lleva a escribir: «A partir de estos hechos, creo poder concluir que la Tierra emergida aumenta cada año, que antes era mucho menor y que al principio no era más que una pequeña isla donde se concentraban todas las cosas que el excelente Creador había destinado para el uso de los hombres».

Todo el universo, según Linneo, es proporción, jerarquización y organización. Todo está reglamentado según leyes inmutables. Descubre «los extraños artificios gracias a los cuales el artesano de la Naturaleza facilita la siembra, la multiplicación y la dispersión de las semillas sobre toda la superficie de la Tierra». Demuestra también que «la parte árida de nuestro globo aumenta y se dilata sin cesar, hasta tal punto que en otro tiempo era infinitamente menor, Así se construyó el Jardín del Paraíso, cuya belleza jamás podremos concebir».

Bellas palabras de un soñador optimista que coloca al hombre en la cómoda posición de «espectador del teatro de la Naturaleza», de admirador de la Creación, de su orden, de su belleza, sin sospechar que pasado poco más de un siglo pasaría a ser autor o colaborador del desorden que puede conducir al caos de la biosfera. Las ideas de Linneo sobre la organización del cosmos conciben un universo como un todo equilibrado, ordenado, rítmico, armónico, en el que todo está previsto, en el que todo funciona con la precisión de una maquinaria de relojería, en suma, un universo coordinado, en contraste con un universo en el que algo tan importante como la evolución misma de los seres vivos queda confiada a la aleatoriedad del azar. Esta concepción de Linneo, entroncada en su inquebrantable fe religiosa, no le permitía intuir siquiera el desorden que el hombre sería capaz de provocar con su capacidad de alterar algunas de las leyes que rigen los procesos naturales.

MALES Y REMEDIOS

A finales del siglo XVIII comenzaron a germinar las sospechas sobre la posible pérdida del equilibrio de la naturaleza linneano y en los diferentes países de Europa, científicos, pensadores o políticos, empezaron a expresar su preocupación por el futuro de la biosfera, No obstante, esa preocupación se centraba, principalmente, en los recursos que se empezaban a agotar y en las generaciones que les iban a suceder, que se encontrarían a veces en apuros.

Estas ideas fueron reforzadas por la aparición en 1798 de la obra de Malthus Ensayo sobre el principio de la población, donde formulaba sus conocidas leyes que añadían aspectos pesimistas al problema, y años más tarde, las ideas expuestas por Darwin en El origen de las especies y obras posteriores parecía que debían acelerar notablemente el desarrollo de las tesis encaminadas a exponer el peligro que suponía la explotación desordenada de los recursos naturales.

Pero había que esperar al comienzo del siglo XX para contemplar los primeros esfuerzos serios para remediar los males que afectaban a la biosfera, al tiempo que progresaba su conocimiento científico, como era inevitable que así sucediese. El progreso de ciencias como la botánica, la zoología, la edafología, la geografía física, la climatología, la microbiología y la bioquímica, crearon el caldo de cultivo apropiado para el desarrollo de la ecología, que necesitaba de la coordinación de todas ellas y para la definición de la unidad de estudio, el ecosistema, conjunto de todas las interacciones entre las diversas especies que lo integran.

Las ciencias naturales como vocación
BENITO VALDÉS
El profesor Emilio Fernández-Galiano nació en Barcelona el 3 de agosto de 1923, pero residió en Madrid la mayor parte de su vida con un paréntesis de casi once años durante los que, tras obtener la cátedra de Botánica, se estableció en Sevilla.

Realizó en Madrid la carrera de Farmacia y obtuvo el grado de doctor con premio extraordinario en 1950 pero, posiblemente debido a la influencia de su padre, su vocación estuvo siempre orientada hacia las Ciencias Naturales, carrera en la que se licenció en 1952.

Lo que verdaderamente interesaba al profesor Galiano, como a él le gustaba que se le llamase, fue la Botánica en sentido amplio, en la que se formó bajo la dirección del profesor Salvador Rivas Goday, maestro indiscutible de varias generaciones de botánicos. Posteriormente ocupó puestos de responsabilidad en el Consejo Superior de Investigaciones Científicas, como secretario del Patronato Alonso de Herrera y director en funciones del Jardín Botánico de Madrid.

Durante este periodo de casi veinte años, la actividad científica del profesor Galiano fue muy importante, publicando diversos trabajos, de los que merecen destacarse por su importancia el titulado Preclimax y postclimax de origen edáfico que publicó en 1951, junto con Rivas Goday, en los Anales del Jardín Botánico de Madrid, en donde se conjugan sus conocimientos en Botánica y Edafología, y el primero de la serie Aportaciones a la Fitosociología Hispana, publicado en 1955 en la misma revista, junto con el profesor Rivas y otros miembros de su equipo. Colaboró además con otros botánicos nacionales y extranjeros, de cuya colaboración merece destacarse, por ejemplo, el Catálogo de plantas de la provincia de Jaén (mitad oriental) que publicó en 1960 junto con el profesor V. H. Heywood, con quien mantuvo siempre una estrecha relación de amistad. Colaboró además en diversos proyectos internacionales como Flora Europaea de la que fue asesor regional, y el Atlas Florae Europaeae, de cuyo comité de cartografía fue miembro.

El 11 de noviembre de 1965 tomó posesión de la cátedra de Botánica de la Sección de Biología de la Universidad de Sevilla, plaza que ocupó hasta 1976, año en que se trasladó a Madrid para hacerse cargo de la cátedra de Botánica de la Facultad de Biología.

El profesor Galiano tuvo que poner a prueba su gran capacidad de organización para conseguir en un periodo relativamente corto que el Departamento de Botánica de la Universidad de Sevilla se convirtiera en uno de los mejores del país. Fue el primer departamento que dispuso de un vehículo (un Land Rover) para poder realizar los estudios de campo. Hasta su adquisición, lo que supuso la superación de numerosas trabas administrativas, fue el propio profesor Galiano quien con su propio vehículo facilitó las salidas al campo.

El núcleo inicial del herbario del departamento fue el herbario personal que él mismo llevó a Sevilla. Además, y en parte para dar cabida a la cada vez mas importante producción científica del departamento, el profesor Galiano se preocupó de crear una revista botánica, a la que se denominó Lagascalia, en recuerdo del gran botánico aragonés Mariano Lagasca.

Al incorporarse a la Universidad de Madrid, ocupa primero la cátedra de Botánica de la Facultad de Biología, para cubrir luego la de Fitografía de dicha facultad. Desde 1976 hasta 1988 fecha de su jubilación, el profesor Galiano se interesó muy particularmente por la conservación del medio ambiente, desarrollando una importante labor, sobre todo como presidente de la Comisión Rectora del Instituto Nacional de Medio Ambiente del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (1977-1980) y como presidente de Comité Español del Programa MAB de la UNESCO.

Desde un punto de vista humano, el profesor Galiano era afectuoso, afable y paternal con sus discípulos y colaboradores, a los que estaba dispuesto siempre a ayudar profesional y personalmente, ganándose el cariño de los que han tenido la suerte de colaborar con él. De genio vivo, sus discípulos y colaboradores sabemos bien las reacciones a veces fuertes con las que respondía ante equivocaciones o comentarios inoportunos. Pero su fondo noble le hacía reconocer también cuándo se había equivocado y suavizar su reacción después.

El fallecimiento del profesor Galiano, además de ser profundamente sentido por sus discípulos y colaboradores, ha supuesto una pérdida irreparable para la Botánica, que no contará en el futuro con el beneficio de su entusiasmo, consejo y capacidad organizativa.

Cuatro caminos para perderse

Llega el verano y con él tiempo para poder indagar nuevas obras, estilos y caminos en torno a la literatura. En este número no hemos querido ceñirnos a la sección habitual de libros que recuperamos hace un tiempo y que volverá al inicio de curso. En esta ocasión, hemos querido ofrecer a nuestros lectores cuatro itinerarios de lectura en los que poder perderse paseando entre libros. Cuatro artículos que le proporcionarán pistas y sugerencias sobre obras pertenecientes a géneros como la novela negra, la novela rusa en tiempos comunistas, así como sobre novelas de aventuras y viajes por distintas partes del mundo , o la posibilidad de conocer un poco más en profundidad la obra de Paul Auster, último Premio Príncipe de Asturias de Literatura.

Seis maestros a tiro

Ya hace mucho tiempo que nadie osa afirmar que la literatura policíaca es un género menor. De cualquier forma, los que aún dudan no tienen más terapia que regresar al principio. Sólo indagando en los orígenes podemos dar al género su verdadero valor. Y los inicios de esta literatura —tal y como hoy se presenta— están en la novela negra norteamericana, ese mundo gris de las grandes urbes de la costa este o de las laderas soleadas del oeste, de la California de los sueños rotos, la del aire triste y corrompido de la posdepresión; ese universo oculto entre sombreros ladeados, impecables trajes grises, pajaritas y anillos de oro en el dedo meñique tras la ventanilla de un Packard negro; esos tugurios humeantes, donde la gente agota su vida con un vaso de Jack Daniel’s mientras suenan de fondo los ritmos jazzísticos de una big band al estilo Duke Ellington o los golpes saltarines del último virtuoso del bebop, y en la penumbra se adivinan los ojos azules de una rubia fatal más fría que el hielo; en fin, esa época de asesinatos, de hipocresías y traiciones, de secretos inconfesables, donde un 38 y un paquete de cigarrillos baratos son el único equipaje necesario para ir tirando… Tal es la fuerza de la literatura de los grandes genios de la novela negra que en la actualidad es imposible imaginar las calles de Chicago, Nueva York o Los Ángeles en las décadas de los veinte, treinta y cuarenta, sin que todas esas características citadas más arriba pueblen nuestra imaginación.

Uno de los orígenes del término «novela negra» parece ser la vieja revista pulp Black Mask, fundada en 1920, en donde publicaron sus relatos muchos de los autores del género, entre ellos el gran pionero Dashiell Hammett. Pero al margen de poseer adjetivo tan adecuado, no hay duda

de que este género tiene rasgos muy definidos. Planea sobre todas las novelas negras un cierto aire de fatalismo existencial, a menudo transmitido por el narrador, y he aquí una de las diferencias con respecto al género más amplio de la novela policíaca: los héroes de la novela negra no suelen ser lo que se dice ejemplares. Pertenecen demasiado al mundo corrompido que combaten. Conocen tanto la porquería que hay debajo de la seda y las grandes mansiones de Malibú o de la Quinta Avenida que han adoptado una casi indiferencia ante el supuesto ideal de cambiar la sociedad. De hecho, suelen ser unos escépticos empedernidos. Y sin embargo, a pesar de estar de vuelta de casi todo (a veces hasta lo enfermizo, pues se dejan dar unas palizas de campeonato), son también sumamente idealistas. Como decía Bogart en Cayo Largo: «Cuando tu cabeza dice una cosa y toda tu vida otra, la cabeza siempre pierde». Son palabras que podrían definir la identidad del héroe de la novela negra norteamericana. Y ahí, implícito, también se esconde otro rasgo generalizado: el tipo en cuestión siempre es un solitario —también en su vida privada— que actúa por libre, por propia convicción y sin someterse al parecer de los otros. Esto ocurre incluso cuando se trata de un poli, aunque, lógicamente, el mejor modo de mantener la autonomía es ser detective. Así, casi nada les impone límites. Tan sólo hay algo en lo que son inamovibles: la fidelidad a su propio código moral. Un verdadero héroe de novela negra puede hacer cualquier cosa salvo traicionarse a sí mismo. Su ética es su vida, su razón de ser. Y son duros como un pedernal.

Pues bien, para familiarizarse con personajes de este tipo nada mejor que comenzar leyendo a Dashiell Hammett (1894-1961), introductor del género y uno de sus máximos representantes. Hammett es el primero que logra plasmar en una novela el mundo gris y amargo del detective privado. Él mismo conoció ese trabajo a fondo, puesto que durante un tiempo perteneció a la agencia de detectives Pinkerton. Con una prosa sobria, descarnada y poco complaciente con la sociedad de su tiempo, el autor de El halcón maltés (1930) demostró un talento excepcional. En esa novela creó a uno de los personajes más inolvidables y carismáticos del género: el detective Sam Spade. Él es la quintaesencia de una historia que gira en torno a la búsqueda de una estatuilla muy valiosa, y que acaba por desencadenar pasiones y asesinatos. La novela se engulle con ansia porque el lector siempre se mueve con los hechos. Aquí se muestra por primera vez que en este género, el meollo de la cuestión, cualquiera que sea el asunto que cause las tramas — e l «macguffin» cinematográfico, que decía Hitchcock—, no tiene de ordinario la más mínima importancia. Al final, todo se convierte en un asunto personal. Encontrar al culpable es lo que importa. Como también diría el director inglés: el «whodunit» (Who Done It: quién lo hizo) es el objetivo que se lleva el gato al agua.

El halcón maltés

La llave de cristal

EL HALCÓN MALTÉS

DASHIELL HAMMET

Alianza Editorial (2000)
248 págs

LA LLAVE DE CRISTAL

DASHIELL HAMMET

Alianza Editorial (2000)
256 págs

 

En otras novelas ilustres, Hammett volvería a crear personajes imperecederos, como Ned Beaumont (La llave de cristal), Nick Charles (El hombre delgado) o el anónimo agente de la Continental (que da título a su propia colección de relatos). De los tres el más parecido a Spade es sin duda el último, mientras que Nick Charles es el personaje más alejado del estereotipo de la novela negra, ya que está felizmente casado (su mujer Nora tiene tanto o más olfato que él a la hora de investigar) y aporta al tono narrativo un gran optimismo, lo cual constituye una auténtica excepción en el género. Por último, en La llave de cristal Hammett desdibuja las fronteras entre el bien y el mal, de lo correcto y lo incorrecto, para diseccionar sin piedad la corrupción y el oportunismo político.

Adiós, muñeca

El largo adiós

ADIÓS, MUÑECA

RAYMOND CHANDLER

Alianza Editorial (2001)
296 págs

EL LARGO ADIÓS

RAYMOND CHANDLER

Alianza Editorial (2002)
408 págs

 

Pero junto a Spade una enorme figura se levanta en el Olimpo de la novela negra: Philip Marlowe. Y a diferencia del personaje de Hammett, presente en una única novela, Marlowe se convertiría a lo largo de dos décadas en el protagonista de toda la obra de su creador, Raymond ChandleR (1888-1959). Aunque era algo mayor que Hammett, Chandler no publicó su primera novela hasta 1939, diez años después de que el antiguo detective de la Pinkerton debutara con la violenta y excepcional Cosecha roja. Pero Chandler obtuvo un éxito rotundo con la fantástica El sueño eterno —llevada al cine por Howard Hawks, con Humphrey Bogart y Lauren Bacall— y con cincuenta y un años logró situarse en la cima del género. Hasta su muerte veinte años después escribiría sólo otras seis novelas (y una más, inacabada), lo cual hace de él un escritor lento y meticuloso.

La piscina de los ahogados

LA PISCINA DE LOS AHOGADOS

ROSS MCDONALD

Diagonal del Grupo 62 (2002)
322 págs

Además de la historia que protagonizó Bogie, destacan en la obra de Chandler dos novelas extraordinarias. La primera es Adiós, muñeca (1940) y la segunda El largo adiós (1953), obra de madurez, la más extensa de toda la serie y probablemente la más lograda. En ellas, Chandler da buena cuenta de un puñado magnífico de personajes, desde el gigantón Moose Malloy hasta la morena Linda Loring. Por cierto, ni que decir tiene que nadie ha definido mejor la esencia de la «femme fatale» que el escritor de Chicago. Y también sus tramas son retorcidas, llenas de meandros y callejones sin salida. El estilo de Ray Chandler es inconfundible. Su ironía es muy superior a la de Hammett —acentuada también por la narración de Marlowe siempre en primera persona— y es un verdadero maestro de la frase ajustada, humorística, escogida con primor para la ocasión. Sentencias como «era un hombre grande, aunque no medía más allá de un metro noventa y cinco ni era mucho más ancho que un camión de cerveza» (Adiós, muñeca) o «los franceses tienen una frase para eso. Los muy cabrones tienen una frase para todo y siempre aciertan» (El largo adiós) son continuas en la narrativa de Chandler. Casi no hay una página sin que salga a relucir ese ingenio cínico y bienintencionado de Marlowe.

Y junto a los detectives Spade y Marlowe encontramos a su hermano pequeño: Lew Archer. Creado por el escritor Ross Macdonald (19151983), Archer es en realidad un tributo al Hammett de El halcón maltés, donde un tipo de ese nombre es el socio de Spade en la compañía Spade & Archer. Macdonald se encuentra a medio camino entre Hammett y Chandler: carece de la sequedad y dureza de Hammett, pero tampoco llega a la maestría irónica de Chandler, aunque sí se le acerca. De cualquier forma, algunas novelas protagonizadas por Archer (en total son más de una veintena) lindan con las obras maestras del género, tal es el caso de La piscina de los ahogados («hundí mi vergüenza en whisky y soda, y esperé que se disolviera») o la menos visceral El caso Galton. Ross Macdonald fue el mejor heredero de la sociedad Dash & Ray. Y los tres detectives por excelencia del género son Spade, Marlowe y Archer, no necesariamente por ese orden.

Aparte de este trío de ases, no se puede hablar de novela negra sin mencionar a otros escritores de altura superlativa, empezando por los tres «Jaimes»: James M. Cain, Jim Thompson y James Hadley Chase. Sus mundos narrativos son más variados y ninguno de los tres se ciñe únicamente al esquema del detective que desenreda la madeja. De ellos, el de mayor prestigio y altura literaria es sin lugar a dudas Jim Thompson (1906-1977), incluso algunos críticos le sitúan al nivel de Hammett y Chandler. Thompson es un escritor de raza, áspero y a veces brutal. Hombre comprometido —fue objetivo de la caza de brujas de McCarthy—, su narrativa desprende amargura y fatalidad, y a menudo deja sentir en ella la dureza de su vida, un constante sobrevivir con trabajos de poca monta. Es autor de espléndidas novelas, como Sólo un asesinato (1949), El asesino dentro de mí (1952) o las más conocidas La huida (1959) y Los timadores (1963), con los inolvidables Roy y Lilly Dillon. En ellas, el autor de Oklahoma demuestra su talento literario con un estilo frío, despegado, sin el cinismo y la complicidad de otros personajes del género. Thompson también colaboró con éxito en los guiones cinematográficos de las obras maestras de Stanley Kubrick Atraco perfecto y Senderos de gloria.

James M. Cain (1892-1977) es conocido sobre todo por lo que el cine hizo con sus novelas. Es autor de la mundialmente célebre El cartero siempre llama dos veces (1934), llevada al cine en varias ocasiones, aunque ninguna versión supera la original protagonizada por Lana Turner. Su otra novela de altura es Pacto de sangre (1936) —«Double Indemnity» en inglés—, llevada al cine por Billy Wilder con el título de Perdición, con una inconmensurable Barbara Stanwyck. En ambas obras, de estilo directo y casi esquemático, se repite el mismo patrón: una mujer fría, bella y calculadora, engatusa a su amante para matar a su marido. James M. Cain no es un escritor literariamente tan notable como los anteriormente mencionados, pero sí captó como ellos la esencia del género.

Los timadores

Pacto de sangre

No hay orquídeas para Miss Blandish

LOS TIMADORES

JIM THOMPSON

El Aleph Editores (2001)
208 págs

PACTO DE SANGRE

JAMES M. CAIN

El Aleph Editores (2002)
192 págs

NO HAY ORQUÍDEAS PARA MISS BLANDISH

JAMES HADLEY CHASE

El Aleph Editores (2002)
306 págs

 

Por último, James Hadley Chase (1906-1985) es un caso especial, ya que no era norteamericano, sino inglés. Sin embargo, puede ser encuadrado con propiedad en este artículo, ya que sus tramas policíacas tienen lugar en Estados Unidos. Sólo por su primera novela, No hay orquídeas para Miss Blandish (1938), Hadley Chase merece estar entre los maestros de la novela negra. Se trata de una obra espeluznante, violenta y dura, sobre el secuestro de una joven, y que incluye uno de los personajes más logrados del género: el psicópata Slim Grisson. Entre el resto de las novelas de Hadley Chase, cuyos títulos parecen siempre versos de una canción triste, destaca Una corona para tu entierro (1940).

Otros escritores significativos que han elevado las cotas narrativas del género negro norteamericano son Horace McCoy, Erle Stanley Gardner y Patricia Highsmith. Y en la época actual destacan dos californianos: Walter Mosley y el oscuro James Ellroy.

Antídotos contra la cultura oficial

Reseña bibliográficos de varios libros sobre la Rusia soviética y el comunismo, recomendaciones para el verano.

 

En la Rusia soviética, el manicomio es el único lugar donde puede vivir una persona normal», escribieron los famosos escritores rusos Ilf & Petrov en una de sus mejores novelas, El becerro de oro. La literatura de estos dos autores, especialmente Las doce sillas, su obra maestra, es un buen ejemplo de la excelente literatura satírica rusa, especialmente prolífica durante los años de la Unión Soviética. En un libro reciente, Vida e insólitas aventuras del soldado Iván Chonkin, de Vladimir Voinóvich, el escritor Horacio Vázquez Rial afirma en el prólogo, simplificando deliberadamente, que la historia de la literatura rusa puede dividirse en autores trágicos tipo Tolstói, Dostoievski o Chéjov, o en autores que utilizaron la sátira (Ilf & Petrov, Bulgákov, Olesa, Zóschenko, Dovlátov, Voinóvich…) para reflejar con humor la tragedia del ciudadano ruso contemporáneo. Quizás para esquivar el férreo control impuesto por la autoridades soviéticas, numerosos escritores optaron por la novela satírica como el género apropiado para criticar las costumbres y los vicios del comunismo a todos los niveles.

VÍCTIMAS DE LA CENSURA

Sin embargo, la censura, que controlaba absolutamente toda la vida literaria de la Unió n Soviética, siempre vio en este tipo de textos una oculta, premeditada y peligrosa intención política subversiva, de ahí que entre la larga lista de autores represaliados haya muchos que han practicado este género, el más sibilino e inteligente para oponerse a la realidad que les tocó vivir. Y es que los escritores satíricos tenían muy poco que ver con aquellos otros escritores que adoptaron la línea más oficialista del régimen y que, en sintonía con los ideales de la dictadura del proletariado, pusieron su literatura al servicio de la revolución.

Para Lenin y Stalin, los escritores debían abandonar las veleidades románticas y subjetivas y contribuir con sus libros a crear un nuevo modelo de sociedad basado en el optimismo, en el amor al trabajo, en la fuerza de la voluntad humana, en la grandeza de los ideales solidarios, científicos y humanos del comunismo. Stalin denominó a los escritores «ingenieros del alma», aunque, eso sí, dirigieron bastante bien sobre qué temas debían escribir. En este sentido, resulta sorprendente lo que cuenta el escritor e ingeniero holandés Frank Weterman en su ensayo Ingenieros del alma (Siruela), donde analiza la estrecha relación que existió entre la literatura (en su versión más propagandística y publicitaria) y las numerosas obra hidráulicas que se emprendieron durante los años de terror de Stalin y que eran una muestra de la superioridad de la razón comunista sobre el espacio físico y el símbolo de la nueva sociedad comunista.

Mijaíl Zóschenko (1895-1958) sufrió problemas con la censura durante casi toda su vida, aunque fue a partir de 1946, al acabar la Segunda Guerra Mundial y tras la publicación de Aventuras de un mono, cuando fue excluido de la todopoderosa Asociación de Escritores Soviéticos y obligado a sobrevivir a base de traducciones hasta su muerte. En el caso de Vladímir Voinóvich, empezó a tener problemas a partir de la década de los sesenta, cuando salió en defensa de algunos escritores que fueron detenidos por publicar sus obras en el extranjero. Desde entonces, empezó a colaborar en movimientos disidentes, y cuando quiso publicar Vida e insólitas aventuras del soldado Iván Chonkin, la novela fue prohibida. Se publicó al final en París, en 1974, lo que provocó que fuera expulsado de la Unión de Escritores Soviéticos ese mismo año por dar una imagen negativa de su país en el exterior. En 1980 se le obligó a abandonar el país y en 1981 el presidente Breznev le privó de su nacionalidad. Serguei Dovlátov fue expulsado del Sindicato de Periodistas en 1976 y en 1978 pudo, por fin, abandonar la URSS y trasladarse a Estados Unidos, donde murió en 1990.

ZÓSCHENKO: CONTRA LOS TÓPICOS

Matrimonio por interés y otros relatos

MATRIMONIO POR INTERÉS Y OTROS RELATOS

MIJAÍL ZÓSCHENKO

El Acantilado.
Barcelona (2005). 164 págs.
Traducción:
Ricardo San Vicente

Estos tres escritores dieron lo mejor de sí en sus escritos satíricos, aunque, como se puede apreciar, los tres fueron perseguidos por los aparatos de control del Partido Comunista. Mijaíl Zóschenko fue uno de los escritores más populares tanto en la Unión Soviética como entre los emigrantes rusos. Consiguió su popularidad en los años de la NEP (Nueva Política Económica), tras el final de la guerra civil en 1920 y la llegada al poder de Stalin en 1928. En todos los frentes, se respiró un ligero soplo de aire fresco que se manifestó en una mayor libertad de expresión, en un menor control de la actividad literaria y en la proliferación de iniciativas privadas vinculadas con la literatura. Todo ello acabó en 1928, cuando la Asociación Rusa de Escritores Proletarios, el germen de la todopoderosa Unión de Escritores (creada en 1932 por Stalin) impuso su disciplina en el mundo literario y los escritores se vieron forzados a ser una pieza másdel engranaje revolucionario.

Matrimonio por interés y otros relatos contiene una selección de los cuentos satíricos que escribió entre 1923 y 1955. No hay en ellos grandilocuencia ni esmero por el lenguaje ni excelentes descripciones. Suelen ser relatos muy cortos, de dos o tres páginas, en los que Zóschenko presenta pequeños aspectos de la cotidiana realidad soviética de aquellos años. Su mirada es muy divertida y original, actitud que le sirve para hacer una crítica de los excesos y defectos del comunismo y añorar la vida de la pequeña burguesía durante el pasado zarista. En sus relatos, con el lenguaje antirretórico del hombre de la calle, critica con ironía el exceso de burocratismo, la extendida corrupción y los tópicos del lenguaje comunista, que condicionan la manera de vivir y el juicio sobre la historia reciente de su país.

MROZEK: CONTRA LOS CONVENCIONALISMOS

La mosca

LA MOSCA

SLAWOMIR MROZEK

El Acantilado.
Barcelona (2005). 136 págs.
Traducción:
Joanna Albin

Bastantes de los relatos de Zóschenko recuerdan a los de Slawomir Mrozek (Borzecin, 1930), un escritor polaco que también puede adscribirse a esta literatura satírica, y aunque no hable de la realidad soviética, también censura abiertamente el comunismo, igual de uniforme en todas las latitudes. Descubrí a Mrozek en 1995, cuando la editorial Sirmio publicó La vida difícil (también editado por El Acantilado), su primer libro de relatos que se traducía al castellano. Fue una gozosa lectura, pues Mrozek disparaba cómicamente contra los excesos ridículos del comunismo. Desde entonces, se han ido sucediendo los libros (Juego de azar, Dos cartas, El árbol, El pequeño verano). El último volumen publicado es La mosca, que contiene los relatos que escribió entre 1990 y 1993, cuando ya había caído el Muro de Berlín. El punto de partida de la mayoría de ellos tiene que ver con la literatura del absurdo, pero Mrozek es diferente porque tiene siempre los pies en el suelo. La experiencia de haber vivido en un país comunista, abrumado por el peso de la propaganda y la demagogia, le han hecho desconfiar de los discursos grandilocuentes y de los sistemas políticos. En La mosca sigue habiendo una burla del comunismo, aunque los temas ahora son más amplios. Con un inteligente y divertidísimo sentido del humor, Mrozek cuestiona múltiples aspectos de la realidad, dejando en evidencia el absurdo de muchas ridículas convenciones.

DOVLÁTOV: CONTRA EL PERIODISMO DE FICCIÓN

El compromiso

EL COMPROMISO

SERGUEY DOVLÁTOV

Ikusager.
Vitoria (2005). 182 págs.
Traducción:
Ana Alorta y Moisés Ramírez

Otro descubrimiento muy interesante, especialmente para periodistas, es El compromiso, de Serguey Dovlátov (1941), escritor ruso que refleja muy bien en sus escritos y en su propia vida el alcance de la buena literatura satírica. Dovlátov recurre a la sátira para dejar al descubierto el imperio de la sinrazón comunista. Como la casi mayoría de los escritores satíricos, trabajó como periodista, lo que le llevó a conocer muy de cerca la realidad rusa a ras del suelo y las absurdas consignas que los periodistas se veían obligados a cumplir. En España, se han publicado La maleta, Los nuestros y La extranjera. En El compromiso revive los tres años —de 1973 a 1976— que fue redactor del diario Estonia Soviética de Tallín. Su estructura permite diferenciar la realidad oficial y la realidad cotidiana que vivían los ciudadanos de a pie. Al comienzo de cada uno de los doce capítulos, Dovlátov reproduce un breve pasaje de una noticia ya publicada en la prensa. Luego, cuenta la trastienda, es decir, la versión no oficial, casi siempre desternillante.

VOINÓVICH: CONTRA LOS EXCESOS BUROCRÁTICOS

Vida e insólitas aventuras del soldado Iván Chonkin

VIDA E INSÓLITAS AVENTURAS DEL SOLDADO IVÁN CHONKIN

VLADÍMIR VOINÓVICH

Libros del Asteroide.
Barcelona (2006). 376 págs.
Traducción:
Antonio Samons García

También resulta muy divertida la novela de Vladímir Voinóvich (1932) que ya hemos mencionado, Vida e insólitas aventuras del soldado Iván Chonkin. El autor se sirve de un disparatado argumento para describir la realidad de una apartada aldea que puede ser el resumen de una buena parte de la población soviética. El torpe e ingenuo Chonkin, un soldado a punto de licenciarse del Ejército Rojo, recibe la misión de vigilar un avión averiado que ha tenido que realizar un aterrizaje de emergencia en una aldea alejada de su cuartel. Pero pronto todo el mundo se olvida de Chonkin y el soldado tiene que apañárselas para buscarse la vida en el koljós. Mientras tanto, la URSS entra en guerra con la Alemania nazi y Chonkin, de pronto, es considerado un espía o un desertor. Las situaciones son esperpénticas, divertidísimas, muy agudas. Voinóvich deja al descubierto el ridículo control del Partido Comunista sobre todos los aspectos de la sociedad, desde los más grandes e importantes hasta los más menudos.

Pero la literatura satírica rusa no ha finalizado con la caída del Muro de Berlín. La sociedad poscomunista es fuente de ingeniosos argumentos para algunos escritores que vuelven a utilizar la literatura para manifestar su rechazo a una sociedad que va dando tumbos. Es el caso de Andrei Kurkov y su ingeniosa y disparatada Muerte con pingüino (El tercer hombre), Vladimir Kaminer y su esperpéntica Música militar (RBA) y, especialmente, Víctor Pelevin (Moscú, 1962), autor de La vida de los insectos, Omon Ra, Homo Zapiens y El meñique de Buda (Mondadori), todas ellas con el telón de fondo de la herencia del comunismo.

Risas y carcajadas para escapar, pues, de la tragedia.

El escritor funambulista

Paul Auster (Newark, Nueva Jersey, 1947), el escritor sobre la cuerda floja, ha ganado el Premio Príncipe de Asturias. Su innegable tirón en España, ganado a puro pulso literario, sin ardides de best seller, lo había puesto en el disparadero del galardón en los últimos años. Ahora se confirma su extraño talento, capaz de poner de acuerdo al gran público y a la crítica más exigente.

Hay algo fascinante, magnético, en sus historias de perdedores, a los que hace transitar por mundos distintos, leves, casi como el aire a ambos lados del camino del funambulista. Para penetrar ese territorio, y luego describirlo, hay que tener un pasaporte muy especial.

Paul Auster: «Ciudad de cristal». Anagrama, 2006

El crítico francés Gérard de Cortanze explica con sorna cómo los europeos consideran a Auster un autor genuinamente americano, mientras que para los americanos es poco menos que un europeo trasplantado a Brooklyn.

Auster es todo lo americano y todo lo europeo que se puede ser. Porque vuela libre, intuitivo en la narración, ligero en el estilo. Y su amor por la literatura le lleva a descubrir un universo mucho más prometedor que cualquier corsé nacionalista. «Francés e inglés constituyen una sola lengua». Con esa radical cita de Wallace Stevens abre Auster su ensayo Los poemas y los días.

Lo cual no significa renuncia a la propia identidad. Su pertenencia al Nuevo Mundo se revela en ese ímpetu juvenil, casi revolucionario, que, de alguna manera, reniega del amaneramiento de un Viejo Mundo resabiado, para deslumbrarse con la pura vida: la seducción de las historias, el individuo cabalgando por el mundo. «A veces pienso que en realidad soy un cuentacuentos», dice Auster en una entrevista.

Patriota de las historias, sobre ellas construye su narrativa, donde el lenguaje es estructura en movimiento, un artificio armador de armonías a partir de un momento privilegiado: «Algo sucede y desde el momento en que empieza a suceder, nada puede volver a ser lo mismo». Resulta significativo que esta frase se repita en dos de sus libros: Espacios blancos (1978) y repite en El cuaderno rojo (1993). Una llamada de teléfono, un encuentro, un accidente…

Paul Auster: «Mr. Vértigo». Anagrama, 2006

A partir de ahí, el azar, que ha irrumpido de no se sabe dónde —de ahí, de su misterio, su encanto—, toma las riendas. Entramos en una senda vertiginosa, plagada de bifurcaciones en forma de nuevos personajes, historias dentro de historias, variaciones.. , que se suceden con una naturalidad asombrosa, sobre todo si miramos atrás y comprobamos que los nudos de la trama están compuestos de puro azar.

Pero todo encaja. Harto de que le achacaran una supuesta falta de realismo, Paul Auster sentencia en Experimentos sobre la verdad: «Existe una idea generalizada de que las novelas no deberían abusar de la imaginación. Todo lo que parece improbable se considera necesariamente forzado, artificial, irrealista. No sé en qué realidad ha vivido esta gente. Están tan inmersos en las convenciones de la denominada literatura realista que su sentido de la realidad se ha distorsionado».

La resabiada literatura canónica, encerrada en su torre de marfil, no puede escuchar la música del azar, sinestesia que desde hace tiempo remite directamente a la obra de Auster, y no solo porque diera título a una de sus obras. Sus lectores reconocen —de hecho, lo buscan— ese encantamiento de la trama, de las historias, parecido al que producen aquellos viejos juguetes de cuerda: qué instante conmovedor cuando el niño intuye que hay algo más interesante que el movimiento en sí y destripa el cacharro en busca del mecanismo.

¿Se puede hacer lo mismo con el azar? En algunos pasajes privilegiados de la obra de Auster, el azar cambia su función de hilo conductor por la de objeto de culto. El legítimo entretenimiento por las hábiles tramas da paso a un acontecimiento que el lector, sin saber muy bien cómo ni por qué, percibe como más trascendente. En un auténtico acto revolucionario, el ser humano atrapa las leyes del universo al vislumbrar la presencia de lo sagrado.

Paul Auster: «Smoke & Blue in the face». Anagrama, 2006

Uno de los más bellos ejemplos de estos momentos lo protagoniza Auggie, el estanquero de Smoke, al que Auster coloca de guardia en su esquina de Brooklyn para que, como un brujo posmoderno, la fotografíe todos los días, a la misma hora. Serio, hierático, con el ademán solemne de los sacerdotes ante el ara, Auggie cita al azar como a un toro bravo, imprevisible y magnífico. Y el azar embiste, y la historia vuelve a fluir.

Otro de estos chispazos deslumbrantes aparece, con otro registro, en uno de los ensayos recogidos en The Art of Hunger. Allí, entre una multitud de poetas consagrados surge la enigmática figura de Philippe Petit, cuya mención podría parecer una frivolidad. Aunque Auster consiguió que publicara un par de obras menores, Petit se hizo famoso por sus ejercicios de funambulismo, en el sentido literal de la palabra. Un buen día ató una cuerda entre las torres de la catedral de Notre Dame y caminó por el aire para asombro de los viandantes. Acabó en la cárcel, por supuesto, pero volvió a la carga una y otra vez, siempre en escenarios grandiosos, el vértigo como testigo.

Su proeza más célebre, tal vez por el carácter simbólico que tomaría después, fue el paseo entre las Torres Gemelas de Nueva York. Mientras procedía a la inevitable detención, un policía le preguntó por qué lo hacía. «Para que vuelvan a mirar al cielo», respondió Petit. No, la inclusión de Petit en cualquier nómina de poetas no es una excentricidad.

Qué motivación más alta para un poeta que provocar que sus lectores miren al cielo. Aunque para eso hay que subir ahí arriba. Auster se sabe mortal y, por tanto, con plomo en las alas. Pero es un tipo inteligente y observador: todo es cuestión de perspectiva. Si es cierto que mientras más subes más alta será la caída, ¿por qué no invertir el movimiento?

Paul Auster: «El libro de las ilusiones». Anagrama, 2006

Los protagonistas de sus novelas son perdedores, gente que, tras un golpe del destino, sufre hasta perder el sentido de su vida… hasta que el azar vuelve a brindarles una oportunidad, como si la música del universo quisiera devolverles el paso que perdieron.

En El libro de las ilusiones, posiblemente su mejor novela, un profesor de literatura pierde a su mujer y su hijo en un accidente de avión y vive seis meses «en una niebla alcohólica de dolor y lástima de mí mismo», hasta que una película muda vista en el televisor le da un extraño motivo para vivir: tiene que encontrar al desaparecido autor de la película.

Más allá de los paralelismos con la vida del autor, prolijamente tratado por los especialistas, lo interesante del esquema está en la ilusión que crea un hombre abatido en un sillón, lastrado por las imágenes sin sentido de su derrota, al incorporarse como un resorte ante una nueva oportunidad de vivir.

Su último libro, Brooklyn Follies, es para muchos una novela menor. Sin embargo, ilustra bien el carácter benéfico de sus mecanismos literarios, lo saludable de su lectura. La novela arranca con su protagonista, Nathan, absolutamente derrotado: «Estaba buscando un sitio tranquilo para morir. Alguien me recomendó Brooklyn». Sin embargo, Nathan encuentra allí justo lo contrario, un motivo para vivir: amigos, familia, el amor…

Paul Auster: «El libro de las ilusiones». Anagrama, 2006

Un final feliz, en definitiva, en este caso concreto incluso un tanto almibarado. Pero ése es un dato de escasa importancia: lo vital, como subraya Auster con su forma de narrar, no es la salvación final de Nathan, sino el proceso que ha tenido que seguir para ello. Otra vez el lenguaje, la estructura, como contenido. La posibilidad de que algo suceda mueve a la esperanza.

Y en ese sentido Brooklyn Follies da una prodigiosa vuelta de tuerca al hacer coincidir su happy end con el hecho infausto por excelencia para la sociedad occidental del siglo XXI: el 11-S. Nathan cuenta que las torres gemelas estaban a punto de caer, pero en aquel justo momento… «yo era feliz». El mismo Nathan que trescientas páginas antes buscaba un sitio para morir.

Paul Auster anticipa el inicio de miles de historias dolorosas, de reveses del destino, pero muestra también el remedio, la otra cara de la moneda. Todo ese dolor tiene sentido, porque de él van a nacer miles de historias: la música volverá a sonar. Lo único que hace falta es tiempo, el combustible del devenir, el artilugio mágico que nos hace ser libres constantemente, pese a todo, una vez más…

«El final de mis libros es algo que se abre a otra cosa, una cosa nueva. Se abre al episodio siguiente, a un paso que no aparece en el libro pero el libro sugiere. Un paso de un libro o un paso de la vida: es lo mismo. Si el personaje no está muerto, su vida continúa». Por eso seguimos escuchando siempre, con la esperanza de escuchar esa música maravillosa, intuyendo al compositor que hace de nuestra fragilidad armonía.


Imagen de cabecera: motivo de la cubierta de «Ciudad de cristal» publicada por Anagrama. Editada en canva.com.