Mi cesta
Tu cesta está vacía, pero puedes añadir alguna de nuestras revistas o suscripciones.
Ver productosLos relatos de viajes, grandes expediciones y descubrimientos, además de ofrecer el atractivo de los hechos reales, suelen superar con frecuencia la fantasía del más exaltado novelista.
Aventuras en mares desconocidos, travesías arriesgadas en las selvas tropicales y en los desiertos, hombres esforzados en busca de la gloria, la fama, el dinero y el poder que sólo alcanzan unos cuantos privilegiados. El sueño de conocer nuevas tierras y contemplar paisajes exóticos permanece como deseo constante, inmune al paso de los siglos. Es cierto que varían las condiciones y circunstancias de la aventura, según las épocas, pero el atractivo del riesgo y el instinto de superar los peligros permanecen como actitud constante del ser humano.
Todos esos sentimientos y aspiraciones se reflejan tanto en las crónicas elaboradas por serios historiadores, como en los sencillos relatos recogidos sobre el terreno, justo en el momento de ocurrir los hechos
Todos esos sentimientos y aspiraciones se reflejan, de una y otra forma, tanto en las crónicas elaboradas por serios historiadores, como en los sencillos relatos recogidos sobre el terreno, justo en el momento de ocurrir los hechos. De cualquier modo, son testimonios fiables que nos hablan de otros mundos, teñidos de fantasía, donde se interfieren los mitos con la realidad vivida.
Relatos amenos, plagados de anécdotas curiosas que, como en el libro Latitud cero, de Gianni Guadalupi y Anthony Shugaar reproducen con lenguaje atractivo una amplia selección de episodios surgidos a lo largo de los siglos en las distintas expediciones emprendidas en torno a la línea del ecuador.
Desde los primeros viajes oceánicos, iniciados en la segunda mitad del siglo XV por los navegantes portugueses y españoles que iniciaron las rutas hacia el sur y el oeste del Atlántico, los autores se desplazan en el tiempo, con el fin de ilustrar los descubrimientos posteriores en Asia y, sobre todo, en África, el último continente explorado, pese a su proximidad a las costas europeas.
G. Guadalupi y A . Shugaar han seleccionado episodios históricos con base real, narrados con el lenguaje y estilo propios de una novela de aventuras
G. Guadalupi y A . Shugaar han seleccionado episodios históricos con base real, narrados con el lenguaje y estilo propios de una novela de aventuras. Presentan los hechos en su vertiente legendaria, para resaltar los aspectos más pintorescos y llamativos de cada aventura. Las hazañas de los Pizarro en la conquista de Perú, los viajes por el mundo fabuloso de las Amazonas, en Brasil, las románticas islas del Pacífico americano, muestran, desde perspectivas diversas, el extenso panorama de los mitos y fábulas, tal como fueron concebidos por la imaginación desatada de los descubridores del Nuevo Mundo.
Siglos más tarde, ya en pleno siglo XIX, desde Livingstone a Stanley, se suceden las expediciones británicas en busca de las fuentes del Nilo, al encuentro de los grandes lagos, Tanganika, Victoria, que abrieron la expansión y el dominio de los blancos en el África ecuatorial. Quedan así marcadas las fases de la colonización europea que se prolongan hasta el brusco final, a mediados del XX. Llama la atención el interés de los autores en destacar la crueldad sanguinaria atribuida, en exclusiva, a los conquistadores españoles, además de acusar de forma gratuita a los misioneros católicos de abuso de fuerza y trato inhumano ejercido sobre los pueblos indígenas.
ESPAÑA, EN EL CAMINO DE AMÉRICA
Un enfoque bastante más riguroso y objetivo en la exposición de los hechos, presenta la obra titulada La aventura de los conquistadores, de Juan Antonio Cebrián, que reúne una serie de crónicas dedicadas a narrar algunos capítulos fundamentales para conocer la historia del descubrimiento y colonización del Nuevo Continente. Los episodios recogidos se refieren a las expediciones de Cristóbal Colón, Alonso de Ojeda, Ponce de León, Núñez de Balboa, Pedro de Valdivia, Hernando de Magallanes y Juan Sebastián Elcano.

Se presta una particular atención a las conquistas de Perú y Chile, al tiempo que se reconoce, en sus justos y reconocidos méritos, la obra pacificadora desempeñada, con entrega y generosidad no exenta de heroísmo, por los religiosos y misioneros.
El autor mantiene el tono ágil y ameno, propio de un reportaje informativo que, sobre la base del respeto a la más estricta veracidad histórica, describe los episodios con lenguaje asequible y un estilo narrativo adaptado a la mentalidad del hombre moderno.
Reconoce, por un lado, la voluntad firme y los esfuerzos de la Corona encaminados a defender los derechos de los indios y, por otro, la dificultad de llevarlos a la práctica. La gran extensión de las tierras americanas, el peligro y lentitud en las comunicaciones y los intereses económicos de los colonizadores contribuyeron a debilitar la acción de los gobernantes responsables. No obstante, y en tales circunstancias, se resalta el mérito y esfuerzo de los pensadores y teólogos españoles que, a pesar de los abusos, lograron difundir una escala de valores humanos, religiosos y culturales que, en gran parte, han demostrado su validez hasta el momento actual.
La inquietud viajera no termina con los grandes viajes y expediciones del pasado. En nuestra época, el deseo de conocer nuevas tierras, de navegar mares alejados de las rutas comerciales y experimentar la emoción del riesgo, se mantienen vivas.

Es el caso del periodista polaco Ryszard Kapuscinski (1932) que nos brinda, en su madurez, una suerte de antología del moderno periodismo viajero, en la que recoge las experiencias vividas en calidad de corresponsal de la prensa oficial polaca, enviado para informar sobre los sucesos ocurridos en diversos países, entre 1956 y 1981.
Cierto es que, en sus primeros reportajes, nos habla de un mundo que ya parece, a estas alturas, muy lejano: la India y China en los años cincuenta del siglo pasado. Posteriormente, la actualidad le lleva a informar sobre episodios más recientes, esta vez, relacionados con África y Oriente Medio: la independencia de Argelia, el golpe de Estado de Nasser, en Egipto, las guerras civiles en el antiguo Congo Belga, o la caída del Sha de Persia, ya en las décadas de los sesenta y setenta.
Como hilo conductor, Kapuscinski cita numerosos pasajes debidos al historiador griego Heródoto, a través de los cuales establece ciertas analogías que le sirven para enlazar el pasado con el presente
Como hilo conductor del tono humano y el espíritu que mueve la pluma del periodista, Kapuscinski cita numerosos pasajes debidos al historiador griego Heródoto, a través de los cuales establece ciertas analogías que le sirven para enlazar el pasado con el presente. Al relatar los conflictos planteados en Egipto, Somalia, Argelia y el Congo o los de India, China, Irán, las crónicas de Heródoto parecen cobrar en la pluma de Kapuscinski nueva vida. Cambian las personas y las circunstancias, pero las ambiciones y pasiones de los hombres, permanecen.
Así, las empresas de los grandes caudillos, desde Ciro a Darío, nos recuerdan demasiado a los líderes de nuestra época, en sus ansias de dominar el mundo. Kapuscinski muestra su reconocida habilidad para resumir en frases breves y episodios anecdóticos, los valores debatidos en las crisis políticas y recuperar, al mismo tiempo, la memoria de la cultura clásica representada por Heródoto. Habilidad literaria que le permite, a través de una prosa cuidada lograr hacer atractivos hechos que ya no son noticia y nos remiten a la segunda mitad del siglo pasado.
Kapuscinski muestra, en crónicas y reportajes, su reconocida habilidad para resumir en frases breves y episodios anecdóticos, los valores debatidos en las crisis políticas y recuperar, al mismo tiempo, la memoria de la cultura clásica representada por Heródoto. Habilidad literaria que le permite, a través de una prosa cuidada, hacer atractivos hechos del pasado que ya «no son noticia», pero que reavivan la memoria y aportan elementos valiosos para conocer aspectos importantes de la realidad presente.
El automóvil, medio de transporte por excelencia en el siglo XX y lo que llevamos del XXI, ha permitido recorrer grandes distancias de forma (relativamente) cómoda y rápida. Esa debió ser, al menos, la intención del periodista-novelista-narrador-altruista francés Dominique Lapierre al emprender su viaje a la Unión Soviética entonces gobernada bajo la férula del famoso Nikita Kruschev. El resultado de la aventura lo cuenta, muchos años más tarde, en su reciente libro Érase una vez… la URSS, Lapierre había logrado en aquellos años algo casi imposible para un corresponsal de la prensa occidental: permiso para recorrer la Unión Soviética en coche, sin limitaciones…

Al menos en esos términos se establecieron las condiciones. Las complicaciones, trabas y dificultades vinieron después.
Lapierre nos cuenta con gracia y soltura las amistades y relaciones trabadas directamente con el buen pueblo ruso, acogedor y cordial, abierto a las relaciones humanas y generoso con los extranjeros
Contaba, el entonces joven periodista, con la ayuda de un fotógrafo de prensa y la compañía de sus respectivas esposas embarcadas en la aventura, a bordo de un último y flamante modelo de la tecnología occidental, fabricado por la SIMC.. Las incidencias del viaje mantienen el interés de todos los miembros del grupo en conocer algunos de los rasgos definidores de la mentalidad y la cultura de los rusos, por encima de la coyuntural y férrea dictadura soviética.
Dominique Lapierre nos cuenta con gracia y soltura las amistades y relaciones trabadas directamente con el buen pueblo ruso, acogedor y cordial, abierto a las relaciones humanas y generoso con los extranjeros. Al mismo tiempo refleja la ceguera y crueldad de unas autoridades movidas por criterios ajenos a la realidad, incapaces de satisfacer las necesidades materiales y morales de sus ciudadanos.
Los incidentes se sucedieron, a veces con el riesgo de caer en manos de personajes corruptos o sectarios, defensores del orden soviético. Percibían el control de su movimientos, limitados por los «traductores» y guías que informaban a la policía con puntualidad sobre cualquier tipo de conversación o comentario. El viaje termina, felizmente, con el regreso de la expedición a la Europa de la libertad y la democracia. Valores que sólo, treinta años más tarde, lograron desbancar el sistema impuesto por el comunismo en la Unión Soviética que parecía, en aquellos tiempos, inamovible.
Entre los grandes exponentes del Impresionismo, se ha tenido en ocasiones como en un segundo lugar, sin duda por la falta de un conocimiento adecuado de su obra, la figura de Berthe Morisot (Bourges, 1841-París, 1895), su principal representante femenina. Y resulta cuando menos sorprendente, pues su arte resuelto, delicado y vigoroso a la vez, es de una modernidad manifiesta. Pudo influir en ello el hecho de que fuera mujer, en un mundo — e l del arte en general, y el de la pintura en particular— reservado tradicionalmente a los varones. En este sentido, hay que reconocer que el papel creativo de las mujeres fue durante mucho tiempo limitado, al ser excluidas de las Academias de Bellas Artes por hombres que preferían verlas dedicadas a la esfera de lo puramente doméstico o, en cualquier caso, a un mundo alejado de la práctica profesional de las artes. Pero lo cierto es que Monet, Pisarro, Renoir y demás, fueron conscientes de la valía de Morisot, quien, como recordara Pisarro en 1895, fue una «gran mujer de extraordinario talento que honró a nuestro grupo impresionista». Renoir, que la conocía bien, alabó también sus cualidades, y Manet, su mejor amigo y colaborador, sintió verdadera admiración por su libertad de experimentación.
La historia nos dice que desde mediados del siglo XIX, con el ascenso de una cierta clase media fruto de la industrialización en los países más ricos, se generó una actitud más abierta sobre la participación de la mujer en el mundo artístico. Aun así, como la Escuela de Bellas Artes permaneció cerrada para ellas hasta 1897, las jóvenes aspirantes a pintoras se vieron en la necesidad de recurrir a tutores particulares, o bien a las academias creadas por artistas varones. Este es el caso de la academia formada en 1868 por el retratista Rodolphe Julian. Gracias a este tipo de iniciativas, las mujeres fueron incorporándose progresivamente al mundo artístico de los varones. Y no sólo eso. Paradójicamente, en cierto modo tuvieron la fortuna de no tener que soportar las trabas académicas de sus compañeros, y contra las que, por cierto, se sublevaron los más puros representantes del Impresionismo. Podían así dotar de una fresca espontaneidad a sus pinturas, lejos de las trabas impuestas por el academicismo oficial.
Entre las pintoras impresionistas, muy valiosas algunas de ellas, la más importante fue muy posiblemente Morisot, pintora de paisajes rebosantes de frescura, de trazos desenvueltos, y casi siempre con la figura humana como punto de referencia. Unido a ello, fue también una extraordinaria pintora de escenas de la vida doméstica, donde podía recrearse y dar rienda suelta a sus dotes de observación, al igual que al tratamiento lleno de naturalidad de la intimidad familiar. De fuerte personalidad, luchó contra los convencionalismos sociales de la época, que tendían a recluir a las mujeres en el ámbito de lo privado. Prueba de ello es su dedicación profesional a la pintura, a pesar de la advertencia del profesor Guichard, quien hizo saber a la madre del peligro que acechaba a sus hijas Berthe y Edma, pues teniendo en cuenta sus dotes naturales, «mis enseñanzas no acabarán creando pequeños talentos de salón, sino que se convertirán en pintoras. ¿Es usted absolutamente consciente de lo que esto significa? Sería revolucionario, casi diría catastrófico, en un medio social de la alta burguesía». Resulta significativo, al respecto, el hecho de que ya en 1860 Berthe Morisot mostrara su interés por pintar al aire libre, a pesar de que esto no fuese del agrado de su maestro Guichard.
No es de extrañar, por tanto — tal es lo avanzado de algunas de sus obras— que Berthe Morisot desconcertara a la crítica de su tiempo. Era su arte algo tan distinto de lo habitual… Así, por ejemplo, el crítico Charles Ephrussi, tras la quinta exposición impresionista de 1880, sólo encontró la fórmula poética para describirlo: «Parece que tritura pétalos de flores y los mezcla con su paleta, esparciéndolos luego en sus lienzos con ligeras y graciosas pinceladas, realizadas un poco al azar […] creando una obra delicada, llena de encanto y de vida, que intuimos más que vemos». Tal se podría decir de una de sus pinturas de mayor fuerza expresiva y menor definición de contornos y formas, El balcón (1872), o del Interior de una casa de campo (1886). Y es que, como comentara el crítico Gustave Geffroy por aquel entonces, «aunque las formas que aparecen en las pinturas de Morisot son siempre vagas, poseen una vida extraña. La artista ha logrado definir el juego de colores, la palpitación entre las cosas y el aire que las envuelve». Y todo esto es lo que hace que el arte de Berthe Morisot fuera tan novedoso en su época y siga resultando, a la vuelta de más de un siglo, tan rotundamente moderno.
El descubrimiento del mal en el mundo y en sí mismo es una de las grandes pesadumbres que aguardan a cada hombre que nace. El mal habita el mundo y nos habita; su presencia, su asechanza y su fuerza portentosa son para el hombre un enigma. La misma Naturaleza tiene una faz maligna. Escenario permanente de caza y de muerte, la matanza cotidiana no le basta, y de cuando en cuando hace estragos y siembra la Tierra de lacería y de dolor.
Al enigma del mal, la Biblia responde en el Génesis con un breve y fascinante apólogo, cuyos componentes son conocidos: Un mandato arbitrario — como todos— referido a un árbol y a su fruta, una serpiente parlante, insidiosa y astuta, una mujer sensual y ambiciosa, un hombre débil que condesciende a la mujer, el quebrantamiento del mandato de Dios, la percepción sensible de la condición caída —nascimur inter faecem et urinam— y la condena de Adán y de su estirpe.
Las consecuencias de la Caída son, para el hombre, el trabajo y la muerte. «Con el sudor de tu frente comerás el pan, hasta que vuelvas al suelo, pues de él fuiste tomado. Porque eres polvo y al polvo tornarás». Para la mujer, los dolores del parto y el yugo del hombre. «Con dolor parirás los hijos, hacia tu marido irá tu apetencia y él te dominará». Quiere la tradición que la Naturaleza quedase herida por la Caída y que sea la Caída la que explique su faz terrible. Durante el Medioevo se pensó, en este sentido, que el lenguaje de los papagayos era un vestigio del paraíso, donde todos los animales, como la astuta serpiente, hablaban. La Caída los habría despojado de la facultad del lenguaje.
En su literalidad, el apólogo bíblico deja, sin embargo, intacto el problema del origen del mal, porque no oculta que el pecado de Adán es consecuencia de la extraña presencia en el paraíso de la serpiente y de su inteligencia tentadora. Eva y Adán cedieron a la tentación de la serpiente, mas la serpiente estaba en el paraíso para tentarlos y vencerlos.
La Caída se presenta así como un enigma que abre tantos interrogantes como cierra y ante el que seguramente sólo la aceptación callada del misterio, el silencio perplejo, es respetuosa respuesta. Bien mirado, todo el apólogo del Génesis es una advertencia contra la voluntad de saber, contra el inútil empeño humano de sondear los designios de Dios, que es el Inescrutable. La Caída es la pena que corresponde al que ha querido saber, al que no ha aceptado la limitación en el conocimiento que el Creador ha impuesto. «De cualquier árbol del jardín puedes comer, mas del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás, porque el día que comieres de él, morirás sin remedio».
Nunca un llamamiento a la humildad y al silencio ha sido tan vulnerado, pues la historia entera de la teología cristiana, desde la primera gran construcción de Agustín de Hipona, es una glosa del pecado original en la que se enfrentan y suceden visiones distintas del origen del mal y del libre albedrío. Si para Pelagio el pecado original no menoscaba la libertad del hombre que puede o no seguir el ejemplo de Adán, para Agustín cada hombre hereda del primer padre la naturaleza caída, nace sujeto a la concupiscencia y con el albedrío limitado. Sólo Adán fue para el santo —verdadero inventor del pecado original— un hombre libre, que «usando mal de su libre albedrío se perdió y lo perdió». Si para Lutero — y mutatis mutandi también para Calvino — «el pecado original no deja al libre albedrío otra posibilidad que la de pecar y ser condenado» y el bautismo no altera nuestra naturaleza corrompida, «infectada, emponzoñada por el veneno del pecado», el Concilio de Trento solemnemente declara que «si alguno niega que los niños recién nacidos participan del pecado original de Adán» o niegue que éste «se perdona por la gracia de nuestro Señor Jesucristo que se confiere en el Bautismo, sea anatema». Si para Jansenio desde la Caída la salvación del hombre es pura liberalidad de Dios, a la que el esfuerzo humano nada puede añadir, para los jesuítas, con Molina a la cabeza, el hombre posee «la gracia suficiente que aporta al hombre todo lo necesario para hacer el bien», pero que no es eficaz más que mediante la decisión libre. Y etcétera… ningún otro pasaje bíblico ha sido tan escrutado, ninguno ha sido tan trascendente — detrás de cada debate evocado hay un cisma —para la historia religiosa de Occidente.[[wysiwyg_imageupload:1555:height=84,width=200]]
Hay quien ha escrito que el pecado original se repite constantemente, a cada instante (José de Maistre), en cada hombre cada día. La Historia bien podría corroborar esta intuición porque el hombre lejos de aquietarse ante el enigma del mal, sigue empeñado en sondearlo. Al escribir estas breves líneas, pienso que quizás también ellas sean, al cabo, un ejercicio de soberbia y una mezquina aportación a la Caída.
No sólo los teólogos, también los escritores atraídos por el mal, y particularmente los poetas, han hecho del pecado original centro de sus obsesiones. El caso más fascinante es el de Baudelaire que no concibe otro progreso que el de «la disminución de la huella del pecado original» y para quien los errores estéticos del siglo XVIII son fruto de la negación del pecado original, pero no es el único. La huella de la Caída está muy presente en toda la poesía de Eliot que, según cuentan sus biógrafos, vivió el misterio de Adán con particular intensidad.
Entre las genialidades de Pascal está la de haber visto en la Caída la única explicación solvente a nuestra miseria. Sería, precisamente, nuestra miseria la prueba del primer pecado, el irrefutable testimonio de la Caída. Quizás quepa, parafraseándolo, encontrar en la vida otras pruebas de la Caída menos terribles. Cada hombre lleva en sí mismo una inefable nostalgia del Paraíso. Tan profunda es la nostalgia del Paraíso, como la incapacidad de concebirlo y de contarlo. La historia de la literatura y, sobre todo, la de la pintura, que confunde el paraíso con el vegetarianismo, creo, da buena cuenta de lo que digo. Quizás esta nostalgia inefable sea, como el lenguaje de los papagayos, también un vestigio del Edén.
Tantas veces se ha repetido el tópico sobre las dificultades que afectan al futuro de la Unión Europea que, llegada y confirmada la actual crisis, nos hemos quedado sin respuesta. En efecto, los resultados negativos que obtuvo en Francia y en Holanda la consulta sobre el tratado para establecer una Constitución europea aceptada por todos, han supuesto un duro golpe en el camino hacia una verdadera unión política europea.
¿Qué ha ocurrido? ¿Cómo se explica semejante actitud? Lamentaciones inútiles que a nada conducen, si no sirven a los encargados de redactar la propuesta constitucional, como punto de partida para una reflexión profunda sobre las causas últimas del fracaso. Dentro de esos cauces, se mueven los planteamientos que Dominique de Villepin y Jorge Semprún exponen en este libro de reciente aparición.
El propósito de la obra ha sido ofrecer dos versiones diferentes sobre una misma realidad: la existencia y definición de los valores que encarna a través de la historia la civilización europea. Dentro de esas premisas, De Villepin, actual primer ministro francés, ofrece sus puntos de vista desde una perspectiva supuestamente cercana al centro-derecha. Semprún, ex ministro socialista de Felipe González, representa, en cambio, a esa nueva izquierda que, al proceder del comunismo, carece hoy de un discurso coherente. Son dos ideologías difusas que han perdido sus perfiles propios y se refugian en una vaga palabrería sin demasiado sentido para los más jóvenes.
Ambos aspiran, a través de un tono pedagógico y profesoral, a encontrar cuáles son los valores éticos, sociológicos y culturales que, no sólo definan el estilo y carácter europeo, sino que puedan ser aceptados por los ciudadanos de los más apartados rincones del Viejo Continente. Y en la búsqueda de esos valores, hacen verdaderos juegos malabares para evitar el escollo que representa el cristianismo, como núcleo esencial sin el que la historia de la civilización europea, sencillamente, no existe.
Hasta finales del siglo XVIII, con la llegada de la Ilustración, el concepto de dignidad humana que iguala a hombres y mujeres, el deber del amor al prójimo y la libertad, son valores encarnados por el cristianismo. Con los ilustrados, esos mismos valores (libertad, igualdad y fraternidad) se proclaman como gran descubrimiento, aunque, desde luego, desprovistos de sus raíces trascendentes. El culto a la diosa Razón, sustituye a la fe y llega a imponer nuevos dogmas de obligado cumplimiento. Resulta curioso observar que, dos siglos más tarde, esos dogmas continúan vivos en las mentes de De Villepin y Semprún, como rasgo que les une, por encima de sus muy escasas diferencias en temas sociales y políticos.
Es cierto que los autores buscan, sinceramente, establecer ese espacio de valores comunes que permita a los europeos del siglo XXI sentar las bases de una larga convivencia pacífica, sin divisiones ni guerras fratricidas. También es cierto que desean evitar definiciones ideológicas y doctrinas que pudieran suscitar, en influyentes sectores laicistas, recelos y actitudes polémicas.
Todos esos prejuicios se encuentran presentes, de forma más o menos disimulada, en el proyecto de Constitución europea. Los padres de ese proyecto, lo saben como tampoco lo ignoran De Villepin y Semprún, quienes, finalmente, no ocultan su desconcierto ante la decisión de rechazar el proyecto de Constitución que expresaron en las urnas una buena parte de los ciudadanos europeos. No sabemos en qué medida se haya debido ese rechazo a razones históricas afines a la realidad del cristianismo. Sin embargo, es evidente que el rechazo ha supuesto una gran desilusión para el sector político, ciertamente minoritario, implicado en el proyecto. Desilusión palpable en el libro Villepin-Semprún, que se muestran reacios a cambiar los criterios mantenidos en el proyecto y dispuestos a hacer comprender a los europeos la necesidad de rectificar sus ideas y acomodarlas a las propuestas formuladas de acuerdo con los principios inalterables de la sagrada Ilustración.
Resulta significativo observar que ninguno de dos autores no se plantean la posibilidad de varias sus tesis y verificar si las comparten la mayoría de los ciudadanos, como perecería aconsejable desde una perspectiva democrática. Prefieren insistir en las razones ya de sobra conocidas con la esperanza de que, finalmente, sean aceptadas y llevadas a la práctica. Todo consistiría en un problema sencillo: mejorar los cauces de «comunicación», en lugar de corregir los puntos de vista después de conocer la opinión de los ciudadanos a los que, finalmente, será sometida la consulta.
El asunto demuestra la dificultad que tienen ciertos políticos para asumir los cambios sociales e incorporarlos a sus programas. Cuando las reformas se elaboran en los gabinetes, a cargo de un reducido número de expertos, muchas veces alejados del pulso vital de la sociedad, no es de extrañar que se produzcan rechazos o abstenciones. En particular, cuando se trata de un Referéndum en el que se pide una respuesta simple a una pregunta de extraordinaria complejidad. ¿Acaso puede el votante exponer sus dudas ante la urna? Hemos de confiar en que Europa salga con éxito del atolladero en el que nos encontramos y, de verdad, se reconozca la historia común en toda su riqueza, variedad y profundidad , sin complejos ni temores ante las pretendidas sombras de un pasado que solo existen en la imaginación de los débiles.
Jaume Aurell es profesor de Teoría de la Historia en la Universidad de Navarra y especialista en historia intelectual y religiosa. Formando en el campo del medievalismo con numerosas obras sobre la cultura mercantil mediterránea, procede, en este sentido, de una fértil cantera donde el debate sobre el propio quehacer histórico siempre se ha revelado más sensible hacia este tipo de cuestiones.
Este libro es fruto de una estancia investigadora que el autor desarrolló en la Universidad de California en Berkeley en 1999, la cual le permitió conocer más de cerca las corrientes y tendencias historiográficas predominantes a lo largo del siglo XX y aquellas que están más en boga en la actualidad. El resultado es el recorrido que nos propone en estas páginas, en las que analiza las líneas maestras por las que ha avanzado el discurso histórico durante estos últimos cien años, tomando como punto de partida el agotamiento de la vía positivista en el periodo de entreguerras y finalizando con el stanbye que han supuesto los diferentes giros postmodernistas de los noventa.
Los postulados teóricos sobre los que asienta su labor el historiador han estado sometidos a constante revisión durante el siglo XX. Ver cómo esa discusión ha afectado a cuestiones tales como el objeto de estudio o sujeto histórico, la metodología empleada por el historiador, su modo (y posibilidad) de conocer el pasado o su manera de reflejarlo por escrito, es el propósito de este libro. La escritura de la memoria da cuenta, entre otros aspectos, de cómo los reyes o las batallas cedieron protagonismo ante las clases sociales (véase el mundo obrero, la burguesía, el campesinado o la nobleza); de cómo los factores económicos o las mentalidades redujeron la importancia que las acciones individuales tenían en el devenir de los siglos, lo que trajo consigo la sustitución de la historia política por la historia económica y social, y recientemente, por la historia cultural; o de cómo las estadísticas o las hipótesis contrafactuales — e l qué hubiera pasado si hubiera (o no) sucedido tal hecho— se prestigiaron frente a la recuperación textual del documento, en un intento por extraer de la Historia leyes o principios generales.
Por el libro desfilan, además, las escuelas históricas con mayor caché a lo largo de este período: la escuela de los Annales y sus cuatro generaciones; la Escuela de Fráncfort; las sucesivas reelaboraciones nacionales del materialismo histórico; la sociología histórica; la Nouvelle Histoire… Muestra, asimismo, la interacción habida en todo momento entre las diversas disciplinas sociales y la discusión que se originó con motivo de otorgar a la Historia el certificado de calidad derivado de su carácter científico. El relato de Aurell tampoco es ajeno a la influencia con que los acontecimientos políticos promueven determinadas concepciones históricas. A este respecto, es clarividente la exposición que hace sobre el postmodernismo, cuyas principales manifestaciones cabe conectar fácilmente con la caída del muro de Berlín y el consiguiente derrumbe del universo soviético en el Este de Europa.
Todas estas cuestiones son explicadas con gran amenidad, combinándola exposición de la teoría con la relación de autores y obras concretas, lo que da al libro visos de hacerse imprescindible no sólo cara a los especialistas y a los alumnos de la carrera de Historia que se enfrentan a esta asignatura, sino a todo aquel que pretenda acercarse al trabajo de los historiadores. Dos apuntes juegan, por último, a favor de este acercamiento. Se trata de los dos apéndices que completan la obra: el primero, referido a la enumeración de historiadores y tendencias del siglo XX; el segundo, una oportuna selección de las obras históricas más significativas de dicho periodo.
[[wysiwyg_imageupload:1657:height=295,width=200]]La obra del matemático Georg Cantor se basa en dos temas fundamentales, que son la teoría de conjuntos y profundización del concepto de infinito. La teoría de conjuntos ha estado de moda y todo el mundo hablaba de la misma, aunque no tuviese nada de común con el mundo de los matemáticos. Para unos era demasiado abstracta, para otros era inútil, para otros significaba una síntesis, una base, de todo el aparato matemático. Por otra parte, una teoría sobre el infinito está repleta de referencias filosóficas, e, incluso, teológicas. Fue el astrónomo indio de la primera mitad del siglo VII Brahmagupea quien definió, por primera vez, el término infinito. Su símbolo, ∞, fue introducido, según parece, por el matemático inglés John Wallis (1616-1703).
Cantor nació en San Petersburgo en 1845, hijo de un hombre de negocios, de origen danés y de una madre ruso-alemana. La familia se trasladó, siendo Cantor todavía un niño a Fráncfort. Se ha discutido mucho el posible origen judío de Cantor. Los funcionarios nazis encargados de esta cuestión afirmaron que los Cantor no tenían nada que ver con los judíos. Pero se sospecha que esto fue debido a una benevolencia del funcionario alemán. En una carta dirigida al historiador francés Paul Tannery, el propio Cantor afirma que sus padres eran israelitas y que pertenecían a la comunidad judía portuguesa, que residía en Copenhague . Cantor fue profesor en la Universidad de Halle, que había tenido un pasado importante, pero que en aquel momento era de segundo nivel. Cantor aspiró a enseñar en Berlín o en Gotinga, pero sus aspiraciones fracasaron.
Ya en sus años de estudiantes, Cantor sentía pasión por la metafísica, sobre todo la del filósofo Spinoza. Hacia 1870 Cantor se interesó por la teología católica, con motivo del Concilio Vaticano, a pesar de haber sido educado en el luteranismo. Se escribió con teólogos y con cardenales. Inclusive envió una carta al Papa para convencerle de la necesidad de sus teorías sobre el infinito.
Su obra más importante son los Fundamentos, que ofrecen una nueva conceptualización del infinito. La idea de que es posible establecer gradaciones y distinciones en lo infinito constituía una novedad radical, en un campo que por su larga tradición parecía ya agotado. La polémica sobre el infinito nos lleva a los orígenes de la filosofía, con las paradojas de Zenón y las consideraciones de Aristóteles sobre el infinito actual y el potencial. Cantor propone un esquema tripartito: finito, transfinito, absolutamente infinito. Cantor entiende por números cardinales, el número de elementos que tiene un conjunto. Para conjuntos finitos, su número cardinal, o potencia, es el número de sus elementos, mientras que para conjuntos infinitos es preciso introducir nuevos términos. Así utilizó la primera letra del alfabeto hebreo, aleph, seguida del subíndice cero para indicar el número cardinal del conjunto de los naturales. Descubrió que los números algebraicos, aquellos que son soluciones de ecuaciones polinómicas, forman un conjunto numerable, entiendo por tal, cualquier conjunto cuyos elementos se pueden poner en correspondencia uno a uno con el conjunto de los naturales.
En el mundo de lo infinito, escribe el profesor Sánchez Ron, «la vieja máxima de que el todo es mayor que las partes puede ser falsa, ya que el todo puede coincidir con una de sus partes, o con un conjunto todavía «más vasto» que él, este sencillo, aunque profundo hecho, lo podemos considerar, aunque sea mostrando un no demasiado justificado oportunismo, como una lección de humildad que nos ofrece la matemática: como una defensa del valor y dignidad de lo « pequeño » , de lo «limitado » , de lo «parcial», a favor de la igualdad intrínseca, por encima de las diferencias, más aparentes que sustanciales».
La soledad del individuo en la urbe tumultuosa, el azar como caprichoso gobernante del mundo y la sempiterna mezcla entre realidad y ficción, entre vida y literatura, son los componentes que configuran toda la obra de Paul Auster (1947), uno de los escritores más en forma de la actualidad, gracias a títulos como La trilogía de Nueva York, La música del azar, o El libro de las de Leviatán ilusiones.
Vuelve ahora el autor de Nueva Jersey a mostrar sus cartas de siempre en una historia tragicómica, bien armada y mejor narrada, que tiene como protagonista a Nathan Glass, hombre maduro , divorciado, solitario y suavemente cínico, que, al intuir su temprana muerte, decide establecerse en el lugar donde vivió su infancia: Brooklyn. A los pocos días tropieza por casualidad con su sobrino Tom, y a partir de ese encuentro diversas experiencias insuflan otro aire a su vida.
En Auster, el hilo argumental — lo que acontece— es lo de menos; lo que importa es la narración propiamente dicha, el sucederse de los hechos, la explosión de historias dentro de la historia y la sensación constante de que la sorpresa más inverosímil puede estar a la vuelta de la esquina. Son elecciones narrativas perfectamente válidas, pero en Brooklyn Follies esta arbitrariedad, también es terreno propicio para airear situaciones groseras, con afirmaciones gratuitamente frívolas y artificiales.
Y, sin embargo aunque Auster no conmueva, entretiene como nadie. Se devora. Estamos ante un fabulador compulsivo, experto en seguir caminos secundarios y tejer una gran tela de araña entorno a sus personajes. Además tiene el don de transformar lo más cotidiano en algo atractivo y de ejercer gran complicidad en el lector gracias a la extraordinaria fluidez de su estilo, depurado y coloquial. Y en su faceta estrictamente creativa tiene hallazgos geniales, como el Hotel Existencia (ese lugar imaginario donde somos felices) o el «Libro del desvarío humano», donde Nathan recoge las anécdotas más extrañas, y que, no sería nada raro que diera título a uno de sus próximos libros.
La última novela de Eduardo Mendoza (Barcelona, 1943) no es una grave reflexión sobre la situación política de la Cataluña posterior a la Transición, como se ha dicho y puede sugerir su título. Cuenta la historia de Mauricio, un dentista inteligente e idealista que evoluciona del socialismo comprometido al escepticismo político. Entre medias: el fraude de un PSC vendido y corrompido por el capital; y una bigamia consentida por abulia en la que Clotilde — la novia formal, representante de una burguesía desencantada del sesenta- yochismo— y la Porritos (personificación de la carnalidad y las clases obreras) polarizan alternativamente los desvelos del hamletiano Mauricio.
Mauricio o las elecciones primarias es una novela de estructura clásica y aliento stendhaliano — por composición y por la importancia del elemento sentimental— que depara una lectura absorbente, como compete a un novelista más que acreditado. Sin embargo, hay razones para apuntar que esta novela no colma ni mucho menos la medida de anteriores muestras de su talento. Tras un par de novelas paródicas, se ha publicitado esta obra como un regreso a la narrativa seria, con «conciencia crítica» y propósito de balance sociológico. Ignoro si Mendoza corrobora intencionalmente tal aserto, pero, por un lado, no hay nada mal o en hacer literatura humorística, y por otro, esta novela no debe cargar con más responsabilidad que la de un relato bien narrado, a ratos melancólico, de un considerable calado psicológico y social, pero sin llegar a estudio generacional desprejuiciado.
El tono adoptado frente a la realidad política sí es más amargo, siempre tentado por el esperpento; pero falta eficacia a los conflictos morales y sociales planteados porque Mendoza no ha sabido sustraerse a un cierto maniqueísmo izquierdista y sorprendentemente simplista que, entre otras presunciones políticamente correctas, presenta la religión como una patulea de supersticiones superadas. El autor parece aquí incapaz para el registro grave, así que queda pretencioso cuando lo intenta. Si nos quedamos con su oído privilegiado para los diálogos, la fluidez expositiva y el matizado tratamiento de los personajes de Mauricio y Clotilde, quizá podamos perdonar esa tendenciosidad reduccionista.