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Ver productos[[wysiwyg_imageupload:1657:height=295,width=200]]La obra del matemático Georg Cantor se basa en dos temas fundamentales, que son la teoría de conjuntos y profundización del concepto de infinito. La teoría de conjuntos ha estado de moda y todo el mundo hablaba de la misma, aunque no tuviese nada de común con el mundo de los matemáticos. Para unos era demasiado abstracta, para otros era inútil, para otros significaba una síntesis, una base, de todo el aparato matemático. Por otra parte, una teoría sobre el infinito está repleta de referencias filosóficas, e, incluso, teológicas. Fue el astrónomo indio de la primera mitad del siglo VII Brahmagupea quien definió, por primera vez, el término infinito. Su símbolo, ∞, fue introducido, según parece, por el matemático inglés John Wallis (1616-1703).
Cantor nació en San Petersburgo en 1845, hijo de un hombre de negocios, de origen danés y de una madre ruso-alemana. La familia se trasladó, siendo Cantor todavía un niño a Fráncfort. Se ha discutido mucho el posible origen judío de Cantor. Los funcionarios nazis encargados de esta cuestión afirmaron que los Cantor no tenían nada que ver con los judíos. Pero se sospecha que esto fue debido a una benevolencia del funcionario alemán. En una carta dirigida al historiador francés Paul Tannery, el propio Cantor afirma que sus padres eran israelitas y que pertenecían a la comunidad judía portuguesa, que residía en Copenhague . Cantor fue profesor en la Universidad de Halle, que había tenido un pasado importante, pero que en aquel momento era de segundo nivel. Cantor aspiró a enseñar en Berlín o en Gotinga, pero sus aspiraciones fracasaron.
Ya en sus años de estudiantes, Cantor sentía pasión por la metafísica, sobre todo la del filósofo Spinoza. Hacia 1870 Cantor se interesó por la teología católica, con motivo del Concilio Vaticano, a pesar de haber sido educado en el luteranismo. Se escribió con teólogos y con cardenales. Inclusive envió una carta al Papa para convencerle de la necesidad de sus teorías sobre el infinito.
Su obra más importante son los Fundamentos, que ofrecen una nueva conceptualización del infinito. La idea de que es posible establecer gradaciones y distinciones en lo infinito constituía una novedad radical, en un campo que por su larga tradición parecía ya agotado. La polémica sobre el infinito nos lleva a los orígenes de la filosofía, con las paradojas de Zenón y las consideraciones de Aristóteles sobre el infinito actual y el potencial. Cantor propone un esquema tripartito: finito, transfinito, absolutamente infinito. Cantor entiende por números cardinales, el número de elementos que tiene un conjunto. Para conjuntos finitos, su número cardinal, o potencia, es el número de sus elementos, mientras que para conjuntos infinitos es preciso introducir nuevos términos. Así utilizó la primera letra del alfabeto hebreo, aleph, seguida del subíndice cero para indicar el número cardinal del conjunto de los naturales. Descubrió que los números algebraicos, aquellos que son soluciones de ecuaciones polinómicas, forman un conjunto numerable, entiendo por tal, cualquier conjunto cuyos elementos se pueden poner en correspondencia uno a uno con el conjunto de los naturales.
En el mundo de lo infinito, escribe el profesor Sánchez Ron, «la vieja máxima de que el todo es mayor que las partes puede ser falsa, ya que el todo puede coincidir con una de sus partes, o con un conjunto todavía «más vasto» que él, este sencillo, aunque profundo hecho, lo podemos considerar, aunque sea mostrando un no demasiado justificado oportunismo, como una lección de humildad que nos ofrece la matemática: como una defensa del valor y dignidad de lo « pequeño » , de lo «limitado » , de lo «parcial», a favor de la igualdad intrínseca, por encima de las diferencias, más aparentes que sustanciales».
La soledad del individuo en la urbe tumultuosa, el azar como caprichoso gobernante del mundo y la sempiterna mezcla entre realidad y ficción, entre vida y literatura, son los componentes que configuran toda la obra de Paul Auster (1947), uno de los escritores más en forma de la actualidad, gracias a títulos como La trilogía de Nueva York, La música del azar, o El libro de las de Leviatán ilusiones.
Vuelve ahora el autor de Nueva Jersey a mostrar sus cartas de siempre en una historia tragicómica, bien armada y mejor narrada, que tiene como protagonista a Nathan Glass, hombre maduro , divorciado, solitario y suavemente cínico, que, al intuir su temprana muerte, decide establecerse en el lugar donde vivió su infancia: Brooklyn. A los pocos días tropieza por casualidad con su sobrino Tom, y a partir de ese encuentro diversas experiencias insuflan otro aire a su vida.
En Auster, el hilo argumental — lo que acontece— es lo de menos; lo que importa es la narración propiamente dicha, el sucederse de los hechos, la explosión de historias dentro de la historia y la sensación constante de que la sorpresa más inverosímil puede estar a la vuelta de la esquina. Son elecciones narrativas perfectamente válidas, pero en Brooklyn Follies esta arbitrariedad, también es terreno propicio para airear situaciones groseras, con afirmaciones gratuitamente frívolas y artificiales.
Y, sin embargo aunque Auster no conmueva, entretiene como nadie. Se devora. Estamos ante un fabulador compulsivo, experto en seguir caminos secundarios y tejer una gran tela de araña entorno a sus personajes. Además tiene el don de transformar lo más cotidiano en algo atractivo y de ejercer gran complicidad en el lector gracias a la extraordinaria fluidez de su estilo, depurado y coloquial. Y en su faceta estrictamente creativa tiene hallazgos geniales, como el Hotel Existencia (ese lugar imaginario donde somos felices) o el «Libro del desvarío humano», donde Nathan recoge las anécdotas más extrañas, y que, no sería nada raro que diera título a uno de sus próximos libros.
La última novela de Eduardo Mendoza (Barcelona, 1943) no es una grave reflexión sobre la situación política de la Cataluña posterior a la Transición, como se ha dicho y puede sugerir su título. Cuenta la historia de Mauricio, un dentista inteligente e idealista que evoluciona del socialismo comprometido al escepticismo político. Entre medias: el fraude de un PSC vendido y corrompido por el capital; y una bigamia consentida por abulia en la que Clotilde — la novia formal, representante de una burguesía desencantada del sesenta- yochismo— y la Porritos (personificación de la carnalidad y las clases obreras) polarizan alternativamente los desvelos del hamletiano Mauricio.
Mauricio o las elecciones primarias es una novela de estructura clásica y aliento stendhaliano — por composición y por la importancia del elemento sentimental— que depara una lectura absorbente, como compete a un novelista más que acreditado. Sin embargo, hay razones para apuntar que esta novela no colma ni mucho menos la medida de anteriores muestras de su talento. Tras un par de novelas paródicas, se ha publicitado esta obra como un regreso a la narrativa seria, con «conciencia crítica» y propósito de balance sociológico. Ignoro si Mendoza corrobora intencionalmente tal aserto, pero, por un lado, no hay nada mal o en hacer literatura humorística, y por otro, esta novela no debe cargar con más responsabilidad que la de un relato bien narrado, a ratos melancólico, de un considerable calado psicológico y social, pero sin llegar a estudio generacional desprejuiciado.
El tono adoptado frente a la realidad política sí es más amargo, siempre tentado por el esperpento; pero falta eficacia a los conflictos morales y sociales planteados porque Mendoza no ha sabido sustraerse a un cierto maniqueísmo izquierdista y sorprendentemente simplista que, entre otras presunciones políticamente correctas, presenta la religión como una patulea de supersticiones superadas. El autor parece aquí incapaz para el registro grave, así que queda pretencioso cuando lo intenta. Si nos quedamos con su oído privilegiado para los diálogos, la fluidez expositiva y el matizado tratamiento de los personajes de Mauricio y Clotilde, quizá podamos perdonar esa tendenciosidad reduccionista.
El enclave británico de Hong- Kong se convierte en el marco ambiental donde transcurre la acción de este magistral relato que abarca la historia de la ex colonia desde mediados de los años treinta, hasta finales de los noventa, en el pasado siglo XX. Periodo de la historia que registra el extraordinario desarrollo de una ciudad portuaria, donde confluyen Oriente y Occidente, en cruce de culturas que llegan a fundirse, conservando, cada una de ellas, su personalidad propia. Este Puerto de los aromas Hong- Kong en el dialecto cantonés hablado en la región, abre sus puertas al joven inglés Tom Stewart, que embarca en busca de aventuras. Durante la travesía, larga y monótona, María, una misionera católica china que regresa a su país, enseña los rudimentos del idioma al pasajero que no oculta su acerado escepticismo en asuntos religiosos. Llegados a puerto, los tiempos y los destinos de los dos personajes volverán a cruzarse en la paz y la guerra, en la prosperidad y la miseria. La suerte acompaña al emprendedor Stewart, que logra salir adelante a base de constancia y esfuerzo. La invasión japonesa durante la guerra mundial interrumpe el proceso y altera la convivencia en la colonia. Stewart libra a María de la persecución y se juega la vida frente a las autoridades del Japón. Acabado el conflicto, inicia de nuevo, a base de trabajo honrado el camino hacia la prosperidad.
La conducta de los dos protagonistas queda situada como punto de referencia de la actitud honesta que encarnan ambos. Fidelidad a unos principios que lleva a la religiosa a prestar declaración en juicio contra los jefes de la droga, pese a las amenazas de muerte, finalmente, consumadas. El paso del tiempo ofrece un sustancial cambio de panorama. Las nuevas generaciones de hombres y mujeres que acuden al Puerto de los Aromas no dudan en sacrificar valores, sentimientos y dignidad al éxito, al dinero y al poder. Stewart sufre en propia carne los efectos de la nueva moral del triunfo a toda costa, caiga quien caiga. Así, ya en la ancianidad, desde la altura de las montañas próximas, rememora nostálgico, el dolor, el trabajo y el esfuerzo de tantas personas que dieron su vida en favor de aquel Puerto de los Aromas, abierto a la nueva sociedad del siglo XXI.
La sucesión de los acontecimientos que se mencionarán a continuación, ocurridos en la esfera del conflicto israelo-palestino, desafían la capacidad de análisis de aquellos que se ocupan de este tipo de materias y cualquier cosa que digan se volverá en su contra. Sin embargo, no debe creerse que a los directos responsables políticos de la situación, o de la salida de la situación, les pasa algo distinto. Animados, pues, por lo de «mal de muchos», vamos allá.
En el caso de este escritor todo comenzó a raíz de la retirada israelí de Gaza, a finales del pasado año. Luego siguieron 1) la certeza de que la misma fórmula se iba a aplicar a la Cisjordania ocupada por el ejército israelí, 2) la salida de la vida política, por un ataque cerebral, del hombre que iba a sacar a su pueblo de la trampa en que se habían convertido los territorios palestinos ocupados; 3 ) la perspectiva de un triunfo electoral del movimiento extremista Hamás en las elecciones «parlamentarias» de la Autoridad Nacional Palestina, confirmado el 28 de enero pasado; 4) todo ello bajo los negros presagios de la amenaza del recién elegido presidente de Irán, Amadineyad, de hacer desaparecer a Israel del mapa, con un programa similar al que Hamás proclama 1 ; y 5 ) las elecciones parlamentarias israelíes del 24 de marzo. Ante tan compleja combinatoria encerrada en una bola de cristal, la primera torpe pregunta que se viene a las mientes es: ¿y ahora qué?
Quizá no mucho más incisiva sea la pregunta que otros se puedan hacer; por ejemplo, esos poderes del mundo que creían tener en la mano el control de un curso racional y planificado de los acontecimientos, ordenado a un fin de paz, mediante la laboriosa gestión diplomática y política del «proceso de Oslo», la «solución de dos estados», «tierra por paz» y el remate y resumen de todo ello: «la hoja de ruta», patrocinada por el famoso «Cuarteto» (ONU, EE.UU. Rusia y la UE), etc.; hoy, esos procesos, ideas y compromisos han caído por los flancos de los acontecimientos, y ya no pertenecen a un mismo orden o secuencia racionales, esto es, no pertenecen a teorías que den cuenta de la realidad — o de la posibilidad de la realidad— en términos de política o diplomacia.
Según recomiendan algunos filósofos, cuando fracasa una teoría hay que retroceder a la tediosa descripción fenomenológica de lo que pasa, lo cual, a su vez, sólo es posible cuando callamos y dejamos que las cosas que entran en la esfera de nuestras percepciones nos hablen de sí mismas y de las intenciones que quieren significar. Así, pues, fuera los constructos con que se han hecho las teorías fracasadas de la política y la diplomacia para el Próximo Oriente y dentro los perceptos 2. Miremos a la lucha agónica de los dos protagonistas.
ESTADO PERMANENTE DE CATÁSTROFE
La Autoridad Nacional Palestina está sumida en la impotencia. El deterioro causado a su prestigio y eficacia por los largos años de mandato de Yaser Arafat no ha podido ser superado por su actual presidente, Mamud Abbas. Su lucha desesperada por mantener un curso moderado y de «centro» se ha visto frustrada por el rebasamiento sectario. Su fracaso se llama Gaza; una Gaza recién liberada de la ocupación israelí y que, por tanto — casi se atrevería uno a decir — se ha visto sumida en el caos. En fin, un lugar donde se prepara a diario la continuación de la guerra contra Israel. Nominalmente, Abbas es el titular del proceso negociador en nombre de la entidad palestina, pero es Ismael Haniya, el jefe del gobierno surgido de las elecciones de enero que dieron el triunfo a Hamás, quien detenta la llave sobre la gestión de cualquier proceso negociador. Haniya, de momento, reconoce que la Autoridad Palestina está comprometida con un proceso negociador, pero ni que decir tiene que no habrá negociación mientras Hamás no abjure de su carta fundacional, en la que se contempla la aniquilación del Estado de Israel y renuncie expresamente a la violencia. Hamás fue el principal promotor de la segunda Intifada, que causó la muerte de muchos cientos de israelíes entre los años 2002 y 2004 y provocó represalias por parte de Israel que causaron la muerte de tantos cientos o más de palestinos. Una violencia que ahora se cuece todos los días en la Gaza «liberada», y que el gobierno de Hamás no se atreve o no quiere suprimir.
Con esto tiene que ver otro dato que generalmente no se factoriza en las ecuaciones diplomáticas: la hipnótica atracción hacia el faccionalismo, la lucha sectaria y la despiadada disputa por los recursos del poder y del control de la calle. Siendo la palestina una sociedad socialmente poco evolucionada, como la inmensa mayoría de las sociedades árabes, padece de las desventajas de un profundo clientelismo, en parte tribal y en parte político, vinculado este último al control de los ingresos de la administración y a los recursos donados por otras naciones y organismos internacionales.
El triunfo de Hamás y la formación de su gobierno han supuesto un doble golpe a los intereses creados durante la hegemonía de Al Fatá: por un lado, los funcionarios, sobre todo los de las fuerzas de seguridad, temen perder sus plazas por tener que abrir huecos en sus filas a los clientes y militantes de Hamás; por otro, la sola formación del gobierno produjo la desecación de los recursos financieros de la Autoridad, por la doble pinza de la retención de recursos palestinos gestionados por Israel y la congelación de las ayudas occidentales a causa de la naturaleza terrorista de Hamás. Esto puso en cuestión o en peligro los 130.000 empleos dependientes de una forma u otra de la Autoridad Palestina y el modus vivendi de un tercio de la población 3.
Además del primer ataque suicida contra israelíes ocurrido a finales de marzo, después de muchos meses sin ellos, debe tomarse nota de la escalada de preparativos militares irregulares en la franja de Gaza para la continuación e intensificación de los ataques cotidianos contra Israel 4.
Aparentemente, tal actividad podría interpretarse como expresión de la voluntad de Hamás de no bajar la guardia y no darle un respiro a Israel. Una lectura más cuidadosa de los servicios de información israelíes indica que la mayor parte de los preparativos y ataques son obra de agrupaciones afiliadas a Al Fatá, la facción de la OLP que más puede temer de la toma de control por Hamás. A primeros de abril, en la franja de Gaza había una auténtica carrera entre grupos rivales para levantar campos de entrenamiento militar y terrorista, seguramente más dirigida a prevenirse contra los otros grupos competidores que contra Israel. Sin que faltara, naturalmente, la represalia regular de las fuerzas aéreas israelíes, con resultados desastrosos para un grupo u otro.[[wysiwyg_imageupload:1623:height=163,width=200]]
Es ésta una constante de las agrupaciones políticas palestinas: el anterior presidente, Arafat, practicó este arte de aliento a la violencia contra sus rivales políticos, y luego las brigadas de Al-Aqsa y otras agrupaciones de Al Fatá así como Hamás, lo practicaron contra la política oficial de Arafat. Lo mismo está ocurriéndole a Hamás. A primeros de abril, el gobierno logró el compromiso de algunas agrupaciones violentas de Gaza de cesar el fuego para propiciar el fin de las represalias israelíes, pero una de ellas, la Jihad Islámica, se quedó fuera y prometió seguir sus ataques. Ni siquiera deberá pagar por ello pues el gobierno de Hamás se ha comprometido a no castigar ni tomar medidas por una disidencia que agrava sus problemas de credibilidad 5. En fin, nada que no estuviera previsto en el conocido guión. Así, por un lado, se muestra tímidamente la voluntad de acomodarse a las demandas de la comunidad internacional, y por otro se hace dificilísimo o imposible su cumplimiento. Hay que reconocer esta ambigüedad y contradicción interna como lo que quieren ser: parte de una pura estrategia político-militar destinada a confundir al adversario, aunque para una mentalidad occidental no sea fácil discernir su racionalidad y su finalidad.
Esta violencia tiende a crear un clima de desaliento entre palestinos e israelíes, y la convicción de que no es posible la paz. Cada parte dice que su acción violenta no es más que una represalia por una acción de la otra parte, y que si el otro cesa en sus ataques, habrá tranquilidad. La cuestión de si Israel juega cínicamente a este juego de represalias que provocan represalias, con la esperanza de destruir cualquier posibilidad de que los palestinos aborden serena y pacíficamente su futuro, no hace al caso. Si, efectivamente, Israel siguiera esa estrategia perversa, la peor estrategia que podrían seguir los palestinos sería la de aparecer como parte necesaria de su engranaje. Ellos son la parte débil, al menos en el coto circunscrito por las relaciones de fuerza Palestina/Israel. Teóricamente, en el plano militar no tendrían más esperanza que la que les ofreciera, como en el pasado lejano, una alianza ofensiva de los estados árabes, desbordando las fronteras de Israel, pero nada más lejos de las posibilidades del mundo real de hoy día 6.
El aire agresivo, truculento y matón que caracteriza las manifestaciones públicas de las milicias palestinas, incluso el que muestran los grupos que apoyan al moderado presidente Abbas, ese desprecio por la seguridad de los civiles, hasta la de los menores de edad, a los que se educa en el uso de las armas desde la primaria y a los que sin mucho amor se pone en el camino de las balas perdidas7, son factores alienantes de la opinión mundial, que desprestigian la causa y al propio pueblo que la apoya. Peor aún es el culto de la muerte y la ritualización perversa de la estafa de que se hace objeto a los que se supone «voluntarios» para el suicidio terrorista. El mundo palestino no ha sabido sacar provecho del estado de conciencia de la opinión internacional, favorable al débil, al que se reconoce colonizado y al impotente ante la fuerza. Las técnicas de aprovechamiento de esta opinión están al alcance del que quiera utilizarlas. No fue tan larga la lucha pacífica del movimiento por la independencia de la India liderada por el mahatma Gandhi, y más conducente a colocar a este país entre las grandes democracias. Menos brillante pero tan efectiva fue la transición entre el régimen de apartheid de violencia infinitamente menor que el que se registra en Palestina, sin efecto político alguno.[[wysiwyg_imageupload:1624:height=148,width=200]]
El pueblo palestino se halla en otro más de esos callejones sin salida en que se mete impensadamente, o en que le meten sus dirigentes de un modo habitual. El actual se describe de esta forma: los palestinos dieron el triunfo electoral a un movimiento que, con sus servicios asistenciales y su fama de honradez, ganó crédito de incorruptible servidor del pueblo, enmascarando su resolución de mantener al pueblo palestino atado a su objetivo de destrucción de Israel mediante la comisión de los más atroces actos de terror. Esto, en contra de la voluntad mayoritaria de los propios palestinos 8. El pueblo palestino, desafortunadamente, no supo descifrar la trampa.
Una trampa en la que es ahora Hamás quien ha caído. Posiblemente nadie en el mundo, excepto quizás Irán y Siria, desea que Hamás siga en el poder: ni la mayoría de los países de la Liga Árabe, que han recomendado las negociaciones con Israel y por lo tanto su reconocimiento; ni los Estados Unidos, ni la UE 9, que han suspendido su apoyo financiero, ni, como se ha visto, las otras fuerzas políticas palestinas, ni el presidente Abbas; incluso las Naciones Unidas decidieron a mediados de abril someter cada solicitud de contacto de Hamás a un permiso expreso. Si pierden la confianza de los amigos, ¿cómo van los palestinos a crear un Estado, ese Estado que probaría definitivamente que la diplomacia de las más encumbradas potencias y un orden internacional regido por reglas iban a dar cuenta de sí como una teoría bien construida? A mediados de abril los más serios analistas consideraban la hipótesis de que Hamás no pudiera seguir más tiempo detentando el gobierno de Palestina. Incapaz de superar sus contradicciones internas, Hamás retornaría en ese caso, con toda probabilidad, a lo que sabe hacer tan bien: mantener su popularidad entre la población mediante su mezcla de caridad y terror.
Todo se ha vuelto hoy un tremendo lío de contradicciones y frustraciones, que representan un nuevo drama existencial del pueblo palestino, en su camino a la libertad que le prometieron. Pero no son ellos solos los que se muestran desconcertados ante disyuntivas de su existencia. También Israel las encuentra en el laberinto de su tierra prometida.
¿CÁLCULOS CÍNICOS?
Si la hipótesis del fracaso del gobierno de Hamás, y de su deseable dimisión, se confirmasen, la primera disyuntiva que se le plantearía a Israel es la de seguir teniendo que asumir la administración civil y el gobierno militar de un territorio desprovisto de autoridad competente propia, hasta nuevas e inciertas elecciones. Se crearía así una situación de anarquía y vacío de poder que obligaría a Israel, por un lado, a acelerar los planes de retirada de Cisjordania sin la debida preparación política y diplomática, y por otro a imponer unas condiciones draconianas de control, que harían aún más intolerable la penosa vida bajo la ocupación. Eso, si los ataques a Israel no provocasen medidas militares radicales.
Un observador cínico podría decir que es eso precisamente lo que pretendía un genio del mal al propiciar el triunfo de Hamás: cargar a Israel de nuevo con esa piedra de Sísifo. Porque Israel ya había arrojado el fardo de Gaza y estaba preparándose para deshacerse de lo principal de Cisjordania, cuando en enero se dieron, con diferencia de veinticuatro días, dos hechos trascendentales: la incapacitación de Sharon y el triunfo de Hamás. Como es sabido, Sharon se presentaba a las elecciones al Kneset de marzo de este año con el programa de «separación» o «desentendimiento » 10 en Cisjordania, esto es, una retirada estilo Gaza, dejando a su suerte a los palestinos. Su propósito era recortar a su conveniencia el perfil exterior de un territorio que proclamaría frontera definitiva de Israel. ¿Se lo permitirán los palestinos al sucesor de Sharon al frente del gobierno israelí, Ehud Olmert? Porque ya hemos visto lo que han hecho los que en Gaza pasan por fuerzas representativas del pueblo palestino: procurar que Israel se arrepienta de haber abandonado el desolado territorio situado en su flanco centro-occidental. Hamás ha advertido que no admitirá el trazado unilateral de unas proclamadas fronteras exteriores de Israel; lo cual puede comprenderse, claro está, siempre que se conteste positivamente a esta pregunta: ¿está dispuesto el gobierno de Hamás a negociar con Israel el trazado mutuo de las fronteras entre el Estado de Israel y un Estado palestino?
Sharon y el partido que fundó para ese fin, Kadima (Adelante), basaban su plan en la alegada imposibilidad de llegar por vía negociada a contar con una entidad palestina que garantizase e hiciese efectiva la paz. Esta alegación siempre había parecido especiosa y ambivalente a los observadores extranjeros, pues podía servir de excusa para seguir extendiendo los asentamientos de colonos judíos en tierras expropiadas a los palestinos, como de hecho había ocurrido sobre una extensión que se calcula entre el 10 y el 15% del territorio ocupado tras la guerra de 1967. La retirada de Gaza constituyó una refutación bastante convincente a estas objeciones. ¿Quizás Sharon también hablaba en serio de retirarse de Cisjordania…? No hay duda, hablaba en serio. De hecho, parece probado que el inspirador intelectual de esta política, o al menos su más entusiasta partidario desde el comienzo de su concepción, era y es el actual primer ministro, Olmert. La segunda refutación está preparándose al momento de escribir estas líneas: consiste en la formación de un gobierno de coalición capaz de afrontar el plan Sharon modificado por Olmert, que tiene por objetivo el «desentendimiento», esto es, la retirada de lo más del territorio, y «convergencia» o concentración de los colonos israelíes en territorio palestino en tres núcleos de asentamientos defendibles y contiguos a la línea de frontera arbitrariamente trazada por Israel.
ADIÓS A LA VERSIÓN «GRAN ISRAEL» DEL SIONISMO
Tal es el núcleo del programa político que se propone el nuevo gobierno. Fue el liderazgo militar y civil de Sharon el que lo hizo posible. Se estima que con él en activo Kadima habría obtenido una victoria parlamentaria arrolladora. La victoria de Kadima sin Sharon no ha sido arrolladora, pero la solidez del programa queda probada por dos hechos: primero, el partido que se oponía de frente al desentendimiento, el derechista Likud, ha resultado pulverizado (pasó de tener treinta y ocho diputados a once); segundo, la dinámica política que llevaría a la formación de un nuevo gobierno giraba en torno al presupuesto esencial del desentendimiento. Es el apoyo a esta política lo que asegurará a las otras fuerzas de la coalición el cumplimiento de sus programas particulares, algunos de ellos con un marcado sentido social. De esto último, se dirá algo más tarde, pero de momento entremos a explicar el fundamento racional detrás de la política de desentendimiento y retirada.
Ante todo está el problema de seguridad, pero no a la escala local del terrorismo, ni siquiera la del más destructor de sus métodos, los ataques suicidas. No. La amenaza expresa de un Irán en vías de convertirse en potencia nuclear, de «borrar del mapa» a Israel, mostró a este país que su terreno de juego estratégico ya no era el Oriente Próximo árabe, en que los israelíes habían demostrado ser imbatibles, sino el gran estadio de Oriente Medio, erizado de potencias hostiles (Siria e Irán) y adversas (el resto); la perspectiva de un Iraq con gobierno chiita vinculado ideológicamente a Irán no mejoraba el cuadro. Israel necesitaba, por tanto, liberarse de la presión internacional para alcanzar un acuerdo que, por sí mismo, resultaba artificioso por falta de interlocutor creíble y no acababa de llegar nunca, y tratar de buscar alianzas «limpias», principalmente con Occidente, basadas en intereses estratégicos compartibles y no empañados por sospechas de codicia territorial.
En segundo lugar, está la dinámica creada por demografías diferentes entre israelíes y palestinos. La presencia militar y colonial de los israelíes en Cisjordania y Gaza, así como el crecimiento de la población árabe con ciudadanía israelí y los lazos de familia de éstos con los cisjordanos, acabarían por conducir a una situación en que una población minoritariamente judía tendría que seguir haciéndose responsable de una población mayoritariamente árabe. En esas condiciones la «judeidad» del Estado israelí no haría sino difuminarse con el tiempo. Sharon, en sus años de estrella ascendente de la derecha y del movimiento colonizador, esperaba que el legendario espíritu sionista que acompañó la fundación del Estado animara aún a un millón más de judíos a emigrar a Israel. Para ello se necesitaba territorio, y el territorio suplementario lo tenían los palestinos. El millón de judíos no vino, las intifadas elevaron el costo de la colonización en tierra extraña y agravaron los problemas de seguridad. Estos problemas ya son de por sí inmensos y costosos, pues suponen tener a una parte de la juventud sobre las armas largos años en lo mejor de sus vidas, en la antipática tarea de controlar una población insumisa, reducida a vivir en cantones separados por barreras y barricadas, infligiéndole inevitablemente penalidades sin cuento.
Ya que los palestinos no quieren o no pueden ayudar a que Israel perfeccione la legitimidad de su posición como Estado independiente y con derecho a la paz con sus vecinos, argumentan en Israel, por lo menos que quede claro que no es por culpa de Israel. Israel ofrecerá a los palestinos un «estatus final», anunciaba Olmert en enero, pero en ausencia de los palestinos, tomará decisiones sin esperar a más. De ahí el anuncio de una no muy tardía proclamación unilateral de los límites territoriales y la reagrupación de colonias según el plan de «convergencia» 11 . Dado que sería de dudosa legitimidad declarar unilateralmente una frontera sin el acuerdo del vecino contiguo, de momento el término que se usa para designar ese límite es el de «barrera», aproximadamente la barrera de cemento que Israel está construyendo, y que corre en parte sobre la «línea verde» del límite anterior a la guerra de los Seis Días (1967), y en parte en sectores circunscritos por razones de seguridad. Olmert necesita cumplir este plan, antes de que expire el mandato del presidente Bush en noviembre de 2008, ya que de momento cuenta con la predisposición de este presidente a escucharlo, pero como es natural no se sabe nada de lo que pensará su sucesor. La urgencia es mayor si entra en la ecuación el programa de enriquecimiento de uranio de Irán. Realizar el plan de desentendimiento tomará años, y tendrá consecuencias económicas y sociales profundas 12 . Ello absorberá toda la capacidad de atención del gobierno y todo el consenso posible de las fuerzas políticas. ¿Qué pasa si en medio de esos cambios va tomando cuerpo una amenaza real iraní? ¿Aumentarían las presiones internas y externas para que Israel emprendiese un ataque preventivo contra Irán o participase en él? No parece aconsejable meterse en un conflicto de rango mundial cuando se está en medio de una revolución casera. Hay, pues, que darse prisa.
Pero sobre todo, queda un interrogante mayúsculo: unas fuerzas políticas palestinas que han aprovechado la retirada de Gaza para hostigar a Israel día a día, ¿lo dejarán en paz una vez que se retire de Cisjordania sin su «venia»? La respuesta a esta pregunta la debe tener el gobierno israelí antes de unirse a cualquier acción hostil contra Irán, si es que la ha de haber. A la parte palestina, por lo menos en su versión Hamás, lo que le conviene es exactamente mantener a Israel en ascuas sobre la incógnita iraní.
LAS PROSAICAS LUCHAS POR PARCELAS DE PODER
Pero dejemos ahora el plano de la seguridad y entremos en el político por gracia de otro interrogante: la coalición que apoya al plan de Kadima, ¿se tendrá en pie en el fragmentado espacio político israelí durante el tiempo necesario para cumplir el plan? ¿Sufrirá el plan, tal como lo diseña de forma imprecisa Olmert, mermas considerables en aras a acomodar las demandas y los intereses de los otros socios de la coalición?
Desde la fundación del Estado sionista, la sociedad israelí se ha transformado a través de procesos sociales y políticos dramáticamente diferentes: primero fue el programa irredentista de los fundadores, prolongado años después como mito por el Sharon caudillo de guerra, martillo de palestinos y colonizador en jefe; luego vino el agotamiento del empuje y los gobiernos de centro-izquierda que en los años noventa mostraron disposición a negociar la paz pero no fueron capaces de cerrar un acuerdo negociado sobre el futuro de los territorios habitados por los palestinos, o no tuvieron el valor para hacerlo. Entretanto se abrió una brecha de desigualdad que el espíritu de sacrificio, renuncia y resistencia fundacionales ya no podía colmar. El rápido crecimiento económico de Israel logrado por los últimos gobiernos del Likud de Netanyahu y Sharon había beneficiado poco a ciertos sectores sociales, principalmente árabes, jubilados, inmigrantes recientes y la juventud. Hay una importante cuenta social pendiente. Se estima que un tercio de la población vive por debajo del umbral de la pobreza. El «golpe» de Sharon al lanzar Kadima fue precisamente reclutar al líder socialdemócrata del laborismo, Simón Peres, bajo el señuelo de ayudarle a cumplir un amplio programa social con los ahorros que se hiciesen en defensa y seguridad, para los que la retirada de Gaza y Cisjordania era condición necesaria. Las elecciones de marzo de 2006 se jugaron bajo el signo de lo social; hasta un nuevo partido de los pensionistas obtuvo resultados sorprendentes (siete escaños). Esta alianza se ha visto reforzada con la incorporación del propio partido laborista a la coalición formada por Olmert (une sus veinte escaños a los veintiocho de Kadima). El nuevo líder laborista, Amir Peretz, fue preconizado poco después para una de las carteras clave del nuevo gobierno.
No está claro que todos los candidatos a formar parte de la coalición reserven el mismo grado de prioridad a la agenda del desentendimiento y la convergencia. Así, el partido Yisrael Beiteinu, que básicamente representa a los inmigrantes rusos, da prioridad absoluta a los programas sociales y a la liberalización de las restricciones confesionales que caracterizan y refuerzan la naturaleza de Israel como Estado judío. El partido «shas» de los ultraortodoxos (trece escaños), naturalmente, desconfía de este último tipo de reformas, pero enfatizan los programas sociales. Los laboristas quieren una agenda política precisa que obligue a negociar con los palestinos y, sólo en condiciones extremas, proceder a la acción unilateral, e insisten en una intensificación de las inversiones en educación, porque sienten que el rápido desarrollo económico de los últimos años, orientado hacia la tecnología, ha dejado en la cuneta a la gente menos preparada, entre ellos las comunidades ultraortodoxas, los árabes y los beduínos. Si la nueva frontera ha de ir unos kilómetros más allá o más acá, depende a su vez de las condiciones que cada uno de estos partidos ponga para su integración en el gobierno. Es el laborismo el que ha insistido más en el reagrupamiento de las colonias.
En realidad, nadie parece haberse detenido, al menos de cara a la opinión, a presupuestar el costo del reagrupamiento de colonias y el reasentamiento de 60.000 u 80.000 del total de colonos en el territorio propio del actual Israel. Y poco se ha debatido aún cómo reaccionará el movimiento de los colonos a los drásticos cierres de la mayor parte de sus asentamientos. Los colonos son bien conocidos por su fiereza y por la disposición de bastantes de ellos a la violencia. Recuérdese la amargura que les produjo la retirada de Gaza. Los costos de esta gigantesca operación, que habría que poner en la cuenta de la seguridad, podrían detraer recursos a los programas sociales. A ello habría que añadir el costo de compensaciones a los palestinos afectados por la ampliación espacial producida por la agrupación de colonias. El peligro mayor, sin embargo, es el de cumplir el programa de reagrupación y ver que no ha servido para nada porque los palestinos no aceptan las nuevas fronteras y se produce una tercera intifada. Ello produciría una crisis extremadamente grave, afectando a la cohesión del pueblo judío y a la confianza en un estado que habría trazado una estrategia fallida.
Otro costo que no ha sido factorizado es el efecto que el desentendimiento ha de producir en los árabes de Israel, que representan el 20 % de la población. El estatus de esta minoría dentro de la sociedad eminentemente judía de Israel es, de hecho, algo a mitad de camino entre la ciudadanía de pleno derecho y la condición de minoría protegida por una capitulación, pero desde luego esta interpretación no la admitirán las fuerzas políticas judías. No puede ser de otra forma mientras Israel se afirme como Estado del pueblo judío. El hecho mismo de que no exista una Constitución con una declaración de derechos de ciudadanía, crea una situación confusa que no fortalece la naturaleza democrática del Estado. A medida que crezca la población árabe dentro de Israel, este problema no hará sino agudizarse. La necesidad de una Constitución se ha hecho evidente a los ojos de las fuerzas políticas desde hace algunos años. La minoría árabe tiene una queja fundamental: las inversiones de todo tipo les discriminan de modo flagrante. Otra queja tímidamente enunciada en los últimos tiempos es la de que en las negociaciones para la formación del nuevo gobierno no se ha contado con los partidos donde se agrupan los árabes israelíes.
TEATRO DE PROVINCIA O GRAN TEATRO MUNDIAL
Ha sido el desaliento causado por el fracaso de los tratos con los palestinos lo que ha generado en Israel un espacio para la reflexión y la mirada humana sobre las necesidades de su propia gente, como en un país cualquiera del mundo desarrollado. Esa mirada hacia dentro no ha sido hacia el «Gran Israel» de las generaciones que ganaron casi todas sus guerras, ni hacia el pequeño David que se codea de tú a tú con las grandes potencias y capaz de «poner en su sitio» a los palestinos, sino hacia un Israel que, teniendo firmes y seguros los pies en su pequeño pedazo del mundo, busca su sitio entre vecinos pacíficos. Para ello sería bueno que cada parte enfocara sus pasos hacia la posibilidad de recuperar el rumbo perdido de la hoja de ruta y sus presupuestos: un Estado palestino y un Israel y una Palestina en paz y con fronteras seguras y reconocidas mutuamente.
No obstante, no hay que hacerse demasiadas ilusiones. Las primeras páginas de este artículo justifican el escepticismo. Aunque el camino buscado por Israel está lleno de talento y valentía, veremos si su gobierno se muestra lo suficientemente hábil y con la sangre fría necesaria para sortear las trampas entrañadas en el triunfo de Hamás.
La constelación de acontecimientos nuevos surgidos en Oriente Próximo y Oriente Medio hacen presentir borrascas y tormentas. Puede que la representación del drama que hemos descrito ya no quepa en el teatro de «provincia» Israel/Palestina y deba pasar al gran teatro mundial que es Oriente Medio. Pero ésa es ya otra historia.
NOTAS
1 No reconocimiento del derecho de Israel a existir, no negociaciones, sí al uso de la fuerza para lograr la desaparición del Estado de Israel.
2 Empleando terminología de Mario Bunge en su Teoría y realidad.
3 Según el diario Haartez, puede que hasta el 80% de los empleos públicos sean nombramientos de Al Fatá. 11 de abril de 2006.
4 El ejército israelí alegó a mediados de abril haber detenido en los tres primeros meses de 2006 a noventa sospechosos de intentar llevar a cabo ataques suicidas. La mayor parte de ellos, empujados por organizaciones vinculadas a Al Fatá, mientras las vinculadas a Hamás se mostraban más contenidas.
5 «Nunca detendremos a nadie que lleve a cabo una operación de resistencia», ha declarado el nuevo ministro de Seguridad Nacional, Said Seyam.
6 El presidente Abbas lo decía muy bien el 7 de abril pasado: «Hamás comienza a comprender la política exterior de los estados que nos rodean, de los países árabes, de los Estados Unidos, de la Unión Europea… Al principio, el movimiento [Hamás] se hacia ilusiones. Pensaba que podían seguir igual y mandar al mundo al diablo». Le Figaro, 8 de abril de 2006.
7 El 7 de abril un niño de cinco años perdió la vida, junto a cuatro palestinos, en un ataque aéreo israelí contra un campo de entrenamiento. ¿Cómo un padre puede llevar consigo a un crío cuando sabe que su vida pende de un hilo? Una niña de doce años resultó muerta por una granada israelí, el 10 de abril, dentro de una zona usada por los terroristas para lanzar sus misiles. Sería vano intentar seguir este conteo hasta el día de la publicación de este artículo. Habrá más casos.
8 Las encuestas indican que la inmensa mayoría de los palestinos desea la paz con Israel.
9 El 10 de abril el consejo de ministros de Exteriores de la UE decidió suspender la ayuda comunitaria al gobierno palestino, que representa el 48% de la ayuda total a los palestinos por parte de la Comisión. Los ministros se comprometieron a suspender la ayuda directa de sus gobiernos a la Autoridad Palestina. Se mantendrá la ayuda humanitaria. «No ha habido ningún paso serio [del gobierno de Hamás] en la dirección de los tres principios: el reconocimiento de Israel, los acuerdos de Oslo y la renuncia a la violencia», dijo al final del consejo la ministra portavoz, la austriaca Ursula Plassnik.
10 Uso este término como traducción más apta de lo que se quiere decir con el término inglés «disengagement», que supone a la vez separación y descomprometerse con una cosa o situación. En el momento actual de Israel, creo que de lo que se trata es de decirles a los palestinos: «Ahí os quedáis, que os vaya bien». Esto, que en términos psicológicos es comprensible, es imposible en términos políticodiplomáticos.
11 Las 48 colonias actualmente existentes se quedarían reducidas a cuatro de mayor tamaño, concentrando a la mayor parte de los 180.000 colonos ahora asentados en territorio palestino, al tiempo que otros se retirarían al interior de lo que hoy es Israel.
12 El primer ministro israelí aseguró el 13 de abril que se realizaría en 18 meses. A la vista de experiencias como la reciente de Amona, esta afirmación parece más un expediente político del momento que una muestra de sinceridad o realismo. También estimó el costo de la operación en 46.000 millones de schekels, cerca de 9.000 millones de euros.
Por lógica, una cosa no puede ser ella misma y su contrario, por tanto, en el caso que nos atañe, es imposible que sea bella y fea a la vez. Sin embargo, numerosas obras de arte demuestran que la convivencia y la coincidencia de estos contrarios es perfectamente posible. Las teorías del arte nos tienen acostumbrados a considerar que toda labor artística se define como creación de belleza 1; no obstante, los artistas parecen empeñados en evidenciar que la belleza en el arte es capaz de saltarse el principio del tertium no datur. Por este y otros motivos considero útil reconsiderar el concepto consuetudinario de estética y belleza para devolverle, si es el caso, el significado más amplio y complejo que posee desde las tempranas muestras de la creación artística. Como afirma Ignacio Yarza, «más allá de la intención del autor y del argumento, una obra será maestra si se realiza con arte, si manifestando belleza hace visible la verdad de aquello que representa, sea bello o feo, bueno o malo.
Este punto puede ser particularmente útil para iluminar el enlace entre verdad, bien y belleza».
A pesar de la tantas veces tergiversada tesis hegeliana de la «muerte del arte» 2, sigue creándose arte, aunque no siempre convincente, y a pesar del pesimista Adieu a l’estétique de J.-M. Schaeffer 3, se sigue reflexionando sobre la belleza y el arte; hasta siguen escribiéndose estudios de estética como el de Ignacio Yarza 4 que tan profusamente se cita en este artículo o junto con numerosas otros estudios la recién publicada Introducción en la estética hegeliana de A . Gethmann-Siefert 5. Y ello considerando que la inmensa mayoría de los pensadores se ha despedido de la metafísica y de los trascendentales, decisión que, dicho sea de paso, ha de pesar evidentemente sobre sus especulaciones.
«En cierto sentido, la reflexión sobre lo bello se presenta como una de las cuestiones más difíciles de la filosofía, uno de los argumentos que ha sido afrontado con mayor empeño por los grandes filósofos. […] Su presencia está por todas partes y sin embargo, tal vez precisamente por esto, no nos resulta fácil delimitarla, definirla, explicarla» (Yarza 2004, 15-16).
Precisamente, la naturaleza polifacética y las innumerables maneras de crear belleza hacen muy difícil su definición concreta y exacta. Y no sólo en las diversas artes en general, puesto que todas poseen sus maneras propias de crearla, sino incluso cada obra de arte individual, siendo única e irrepetible, ostenta una belleza particular que si tiene elementos en común con otras obras, nunca podrá ser exactamente igual a ellas. Todo lo que se diga acerca de la belleza artística no podrá ser más que aproximación y generalización. Ahora bien, ésta es la suerte que corren todas las categorizaciones porque nunca pueden hacer justicia a cada fenómeno individual, tendrán que «sacrificar» los rasgos individuales en aras de la posibilidad de abarcar un conjunto de fenómenos del que se averiguan los elementos comunes.
Dos son las perspectivas que suelen adoptarse —también en el orden cronológico— en los intentos de definición. Primero, la consideración de los efectos que produce la belleza en la sensibilidad de los receptores y, luego, las particularidades formales que con este fin reúnen las obras y demás manifestaciones de la belleza. Una de las mayores dificultades en este empeño es el deslinde de la vinculación entre la belleza y el bien que suelen compenetrarse tan estrechamente que resulta imposible percibir y describir lo uno sin lo otro, 6 la famosa kalokagathia platónica da fe del temprano descubrimiento de esta vinculación; y no hay que ser idealista para descubrirlo.
Los principales pensadores medievales conciben la belleza como fenómeno visual y placentero. Así santo Tomás sostiene que son bellos los fenómenos quae visa placent y Alberto Magno habla del splendor formae.
Es decir, para los dos aparentemente prevalece la percepción visual placentera que revela la belleza, muy probablemente también esta visión es una visión interior, una luminosidad y claridad del entendimiento; «la belleza se hace visible permitiendo ver, sin que ella misma se convierta en objeto propio de nuestra visión» (Yarza 2004, 166). Entiéndase, que no se hace justicia a la belleza limitándola exclusivamente a la belleza visual. Abarca todos los sentidos y además el ámbito intelectual y emocional.
Habrá que puntualizar más adelante las particularidades de la recepción estética, baste ahora constatar que el hombre parece poseer una capacidad innata de descubrir e identificar de modo más o menos consciente y más o menos intenso no pocas facetas de la belleza y del resto de los trascendentales. Es una capacidad perfectible; a saber, cuanta más educación y formación estética reciba el hombre, más habilidad de percepción y valoración del arte y de lo bello poseerá. Aunque urge añadir, también las necesita para percibir y evaluar la fealdad. Así cuanto más conocimiento teórico e histórico particularizado en las diversas artes acumule una persona mejor dotada estará para el trato competente con el arte y la belleza. Es más, la educación no puede y no debe limitarse a la belleza; para alcanzar una sensibilidad y unas capacidades perceptivas más desarrolladas se requiere también una ampliación de las competencias en los demás trascendentales; cada hombre está llamado a madurar íntegramente como persona ya que sin la suficiente preparación y experiencia no será capaz de apreciar debida y provechosamente la belleza en el arte.[[wysiwyg_imageupload:1548:height=184,width=200]]
Ontológicamente hablando, la belleza es, ya lo vimos, un trascendental; lo que significa que en grados distintos abarca todo lo creado y en mayor medida la creación artística, cuyo propósito fundamental es profundizar en la realidad para convertirse en un modo de conocimiento de primerísimo orden. Pero la belleza no es sólo un trascendental más, sino la culminación y perfección de los demás, es decir, la verdadera belleza, tal como la entendemos en este contexto, se basa en la manifestación de lo uno, lo verdadero y lo bueno constituyendo su cúspide. En este sentido, exige la participación de la persona entera y afecta e implica íntegramente al hombre. La vivencia de la belleza conmueve cuerpo y alma, permite sintonizar y consentir — en el sentido etimológico de la palabra— con los estímulos que emanan de la obra de arte y de los fenómenos bellos en general.
«El reconocimiento de la realidad como bella no puede, por lo tanto, reducirse al simple conocimiento intelectual, lleva a pensar más bien en una manera de conocer que prescinde del laborioso desarrollo del razonamiento y que, de algún modo, involucra a toda la persona, sobre todo sus capacidades cognoscitivas; una suerte de conocimiento por connaturalización, similar en cierto sentido al conocimiento del bien por parte de la razón práctica, pero a la vez diferente, en cuanto no está orientado al obrar, sino a la sola contemplación de la realidad en su perfección, precisamente en su belleza» (Yarza 2004, 172).
Desafortunadamente, estas consideraciones ayudan poco en la labor definitoria de la belleza, sólo desplazan la dificultad ampliando el ámbito de incidencia al comprometer al hombre integral y los trascendentales cuando éstos, siendo categorías supremas, por naturaleza son de difícil acceso. Ahora bien, para indagar en la belleza artística me parece provechoso y clarificador establecer una distinción entre, por un lado, la plasmación fáctica de un mundo posible en una obra de arte concreta y, por otro, la dimensión trascendental u óntica que adquieren estos hechos y que, en la obra lograda, consiguen que se haga transparente el ser. Es esta dimensión óntica la que descubre lo universal ejemplificado en lo individual. La obra de arte mostrará, pues, unas figuras, un estado, una situación o una actuación concretos, una vida posible, a través de los cuales reluce la dimensión óntica. La contingencia de lo fáctico se desvanece a través de la ficcionalización para convertirse en reflejo del ser. Esta operación ofrece, por un lado, la demostración de las cosas como son y, por otro, evidencia cómo deberían ser.
Ya lo advierte claramente Aristóteles al comparar la labor del historiador con la del poeta, afirmando que el primero tiene que ver con lo fáctico, «dice lo que ha sucedido, y el otro lo que podría suceder. Por eso — añade — también la poesía es más filosófica y elevada que la historia» (Poética, 1451 b). Forzosamente la obra literaria tiene que presentar figuras individualizadas —aunque ficticias— unas veces implicadas en un conflicto que se desarrolla en un tiempo y un espacio determinados, otras veces transmitiéndonos un estado anímico, una aspiración o una preocupación, pero siempre como circunstancias concretas que en la buena obra se revelan como universalmente aplicables en un análisis más detenido que desvelará la dimensión óntica de la obra. Como la representación no puede alcanzar nunca la máxima coincidencia trascendental y perfección artística sino sólo diversos niveles de aproximación se limitará consecuentemente el grado de belleza.
Por otra parte, es bella toda realidad y toda obra realizada con perfección plena o parcial que nos revela el ser tanto sensorial como intelectualmente. Transmisor de belleza pueden ser antropológicamente un sinfín de acciones y reacciones humanas al igual que artísticamente hablando toda obra de arte que la representa pictórica, escultórica o literariamente; bella es también —para los entendidos— la elegante solución de un problema matemático.[[wysiwyg_imageupload:1549:height=153,width=200]]
La fealdad como opuesta a la belleza puede generarse, en su nivel más prosaico, por ausencia de habilidades artesanales del artista —faceta que no se contempla aquí— por otro, por deformaciones e imperfecciones intencionales con el fin de señalar anomalías o abusos en la realidad, obedeciendo en estos casos a las exigencias de la verdad y la bondad implicadas en todo quehacer artístico. Las numerosas representaciones de torturas y martirios que a menudo se representan en y con cuerpos bellos —baste pensar en los abundantes cuadros que representan a san Sebastián atravesado de flechas— aconsejan establecer una distinción entre la auténtica fealdad corporal y la presentación de bellos cuerpos mutilados. En el primer caso la fealdad es, por así decir, inherente y en el segundo es causada por intervención ajena. La reacción a la fealdad, por así decir natural, es casi siempre la repulsión mientras que la mutilación produce compasión además de cierta aversión. Un caso muy interesante, por mezclar los dos modos, es el Tríptico de las tentaciones del Bosco cuyos cuadros constituyen una verdadera lección de la expresividad y de la esteticidad de lo feo. No queda espacio para tratar las implicaciones de la catarsis aristotélica que presupone la representación de los actos feos, malvados o inconscientemente monstruosos que generan temor y compasión en los receptores; en ellos se supone, obviamente, un conocimiento de la verdad y la bondad y una sensibilidad para detectar su ausencia.
Desde sus albores el arte ha buscado constantemente la innovación aunque no haya sido exclusivamente para generar fealdad; el caso es que por naturaleza el arte no puede ser reiterativo. La propia individualidad del artista ya lo impide. Ahora bien, si sólo se experimenta con la fealdad para provocar o rebelarse contra las justas exigencias del arte, la experimentación deja de ser y tener un valor estético. Si con los experimentos no se revela mejor y más auténticamente la realidad, el experimento no será más que un juego huero e intrascendente o incluso un hostigamiento que parte de una concepción equivocada del arte y del universo. El llamado feísmo como corriente artística cultiva la actitud de lo feo por lo feo con una visión tremendista y catastrofista del mundo de la que Picasso en muchas de sus obras es un caso paradigmático 7. Surge la sospecha de que la fealdad se utiliza como provocación antiestética, como antiarte, como prurito de «épater le bourgeois» 8, que poco tiene que ver con la fealdad sugerente que incita la sed de verdad y bondad. Así es que uno no sabe cómo reaccionar, por ejemplo, ante la obsesiva obesidad que caracteriza las figuras en las obras de Botero o la no menos insistente anorexia de las estatuas de Giacometti que no carecen de cierta gracia y a lo mejor estimulan el deseo de disminución o aumento de peso pero no satisfacen plenamente la sed de trascendentales.
Desde una perspectiva ontológica, la fealdad es una realidad obvia. Existe lo feo ya que por principio cada concepto incluye obligatoriamente su negación: el ser se opone a la nada, lo bueno a lo malo, la verdad a la mentira, y por tanto, la negación de la belleza es la fealdad. Es una deficiencia en el sentido de belleza incompleta o deformada. La cuestión que se nos plantea es: ¿hasta qué punto y de qué manera la fealdad en el arte puede constituir un valor estético positivo? Si el objetivo supremo del arte no es la plasmación de la belleza meramente superficial, sino el de dar fe de la realidad auténtica, no podrá prescindir de la representación de lo feo, ya que lo exige el postulado del verum y bonum implícitamente sobreentendido en el concepto de belleza. Con lo cual se produce el fenómeno aparentemente contradictorio de que lo feo se convierte en faceta de lo bello o por lo menos de lo estéticamente válido y necesario en el arte 9. No faltan las demostraciones de esta realidad en todas las artes; baste pensar en las representaciones pictóricas, escultóricas y literarias de lo maligno, lo monstruoso, de los horrores, crueldades y catástrofes de toda índole.
Parece que se practica una remodelación del postulado horaciano que recomendaba a los poetas mezclar lo utile y lo dulce, es decir, que enseñen deleitando, postulado que con esta visión se convierte en la exigencia de mezclar lo utile y lo turpis, lo provechoso con lo feo. A esto hay que añadir que el utile puede interpretarse de dos maneras, ya que no sólo se refiere al delectare como entretenimiento y diversión sino también al deleite que puede producir la hechura lograda de una obra.
A pesar de la existencia y frecuencia de lo feo en las artes desde sus inicios, no siempre ha sido igual su valoración. Durante largo tiempo lo feo se consideraba de rango inferior y se atribuía sólo a las circunstancias ridículas. Lo deforme y lo deslucido y espantoso se asignaba y se limitaba a la caricatura, a lo cómico y lo burdo y los géneros en los que se tematizaban. U n cambio significativo se produce con la instauración del cristianismo en el que la fealdad adquiere un rango equivalente al de la belleza. La pasión de Cristo y su imitación en numerosísimas representaciones de todas las artes, los sufrimientos, martirios y sacrificios elevaban la crueldad y lo feo a niveles de lo sublime dándoles en muchos casos un rango artístico muy elevado a estas representaciones, dependiendo naturalmente de la realización artesanal apropiada. La razón de este cambio de perspectiva salta a la vista, ya que aquí también se incluyen más palpablemente en la mera representación fáctica las dimensiones de la bondad y la verdad que conceden al sufrimiento una categoría ennoblecedora y salvífica. Aquí se ilustra también manifiestamente la íntima compenetración de lo sensorial y lo intelectual o espiritual, como veremos con más detalle.[[wysiwyg_imageupload:1550:height=209,width=200]]
En estos casos, y actualmente, se atribuye a la fealdad un estatus equivalente al de la belleza. Hoy en día a veces parece incluso que los artistas, por motivos diversos, se regodean con lo feo y tratan de invertir el orden de prelación. Antropológicamente hablando se debe mantener que el hombre siempre y espontáneamente prefiere y experimenta más placer contemplando lo bello que lo feo, lo mismo que le agrada más la verdad que la mentira. Pese a todo, aun cuando la fealdad puede ser reveladora y formativa, el hombre se orienta naturalmente hacia lo bello y lo bueno. U n caso paradigmático lo constituyen acaso los cuentos de hadas, que confrontan a los receptores con figuras feas y malévolas y situaciones peligrosas y crueles; significativamente los problemas y calamidades que padecen sus protagonistas se solucionan con un final feliz, con la recuperación de un mundo sano e incólume.
Aunque nos cuesta aplicar la palabra «feo» a fenómenos no visuales, es obvio que la fealdad tampoco se limita a ellos sino que debe aplicarse, por un lado, a todos los sentidos, ya que lo malsonante, lo cacofónico es fealdad para el oído, los malos olores ofenden el olfato, los sabores desagradables constituyen una «fealdad» gustativa y lo corporalmente hiriente y doloroso aflige el tacto. La actuación injusta, ofensiva, al tiempo brutal se experimenta como mala y fea. Por tanto, la fealdad no sólo es ausencia o escasez de belleza, sino también la de los demás trascendentales. Todo lo cruel, lo malévolo, lo inhumano en general como infracciones contra la bondad y la verdad constituyen sendas muestras de la fealdad intelectual o espiritual.
La misma variedad de lo feo sensorial nos revela hasta qué punto los conceptos de belleza y fealdad constituyen casi siempre una mezcla o por lo menos un solapamiento de percepciones sensoriales junto con experiencias afectivas y morales difíciles de desentrañar en muchos casos. La extrema cercanía entre belleza, bondad y placer, por un lado, y fealdad, maldad y dolor, por otro, se observa tanto en la producción como en la recepción artísticas. Si necesitáramos otra prueba de la estrecha vinculación de los trascendentales en el arte en esta circunstancia se nos ofrece.
Una obra de arte se sitúa más cercana de lo conceptual y lo intelectual cuando el artista se limita a plasmar únicamente rasgos esenciales en forma de líneas, volúmenes amorfos y colores como ocurre en las artes plásticas no figurativas ya que se circunscriben a la alusión y a la abstracción máxima reduciendo al mínimo imprescindible los recursos sígnicos. Por esta razón, el llamado arte abstracto se aproxima más a la matemática y la filosofía que la representación mimética de las artes figurativas. Schelling caracteriza el arte en general alabando su capacidad de hacer perceptible lo infinito en lo finito. El idealista alemán todavía no pudo saberlo, pero esta función encuentra su forma más depurada en la ausencia de figuración de las artes plásticas, mientras que en la música es procedimiento inevitable y consuetudinario; por definición la música es aconceptual, por lo menos si no está acompañada por un textocantado o hablado.[[wysiwyg_imageupload:1551:height=148,width=200]]
Salta a la vista que tal reducción conlleva el peligro de que la obra de arte pueda resultar fría y oscura o simplemente falaz, ya que a menudo se pierde la imprescindible intersubjetividad que debería garantizar una mínima comunicación entre emisor y receptor. E. D’Ors habla en este orden de ideas de «cuaresma del arte». U n ejemplo ilustrativo de este aislamiento del artista y de su distanciamiento del receptor me parece ser el cuadro Blanco sobre blanco de Kasimir Malevich que se concibe como abstracción total —designada por el pintor mismo como suprematismo—; establece sus propias reglas de juego intraartísticas sin posible aplicación a la realidad externa. Representa, a mi modo de ver, una imaginaria e imposible unidad sin diversidad, una verdad que sólo refiere la existencia del mismo cuadro y una bondad que a lo sumo puede demostrar la impecable hechura artesanal del color blanco, pero que carece completamente de una dimensión ética y de correspondencia con la realidad. Es un caso límite en el contexto nuestro porque tampoco es la representación de la fealdad, propiamente dicha. Ni es feo ni bello, se mueve en el terreno neutro de la experimentación intrascendente.
Yarza observa acertadamente respecto de las obligaciones del artista: «Aunque sus contenidos inmediatamente perceptibles sean a primera vista negativos, todo arte verdadero debe —más o menos conscientemente — expresar la aceptación de lo real, su profundo misterio. Si se rechaza la realidad y el esfuerzo se concentra en expresar el vacío, en imitar la nada, el arte entonces, con mucha probabilidad, se desvanece, se vacía; si no se desea asentir al mundo, a la realidad, el arte tiene poco o nada que comunicar, corriendo el peligro de anularse a sí mismo. [… ]
Todo artista es consciente del poder de su arte y sabe que puede utilizarlo de modo honesto o instrumental, permaneciendo fiel a la inspiración o apartándose de ella; sabe que puede humanizar el mundo y la sociedad, y sabe también que con su arte puede adquirir una fácil popularidad y, en muchos casos, también un notable beneficio personal. El artista es verdaderamente libre cuando sabe respetar las exigencias propias del arte, sin ceder a otros fines, sin instrumentalizar sus propias capacidades».
Naturalmente hay que tener en cuenta la diversidad de las artes, tanto en su substrato como en sus recursos ya que no todas permiten el mismo grado de abstracción o de figuración.
Nos ha de ocupar otra cuestión espinosa y de suma importancia en la interpretación y jeraquización de la fealdad artística. ¿El hombre advierte la ausencia de belleza y bondad al percibir lo feo y lo malo representados en una obra de arte? ¿La ausencia o carencia de belleza, verdad y bondad en una obra de arte despiertan en el receptor el anhelo de estos trascendentales? ¿No es precisamente un logro si el artista es capaz de generar esta sed de belleza y bondad a través de la hábil omisión o de la insistente plasmación de lo feo y lo malo? Estoy hablando de una sensación personal que experimenté contemplando el cuadro Saturno devorando a sus hijos de Rubens cuyo impacto estético se genera, a mi modo de ver, a través de la demostrativa sugestión de la fealdad y de la crueldad o, quizá más acertadamente, de la bestialidad. La ostentativa omisión de belleza y bondad alimenta en el espectador un fuerte anhelo de su restitución. No responde a la recomendación de «predicar con el ejemplo» sino a la de «chocar con el contrario» para obtener de este modo una reacción positiva de los espectadores. Quien necesitara una demostración de la implicación de la ética en el arte y la belleza, aquí la encuentra nuevamente. Este cuadro es también un paradigma de la importancia del contexto histórico o, en este caso, mitológico para la interpretación de una obra de arte. Pero si, por otro lado, este mismo espectador careciera de la sensación innata de que son bellos el bien, la solidaridad y la justicia y que son feos el odio, la injusticia y la crueldad, tampoco podrá interpretar y calibrar lo que el artista quiere sugerir con la representación de lo feo en esta obra. Las mismas consideraciones son aplicables a innumerables retratos de personas mayores, heridas o enfermas cuya belleza resulta indiscutible porque sus deficiencias, por así decir, de superficie, resultan enaltecidas y superadas por su dignidad y su nobleza internas. Junto con un sinfín de retratos de personas mayores, el San Jerónimo de Van Dyck puede ser modélico.[[wysiwyg_imageupload:1552:height=183,width=200]]
La literatura es el arte privilegiado de la manifestación del obrar y sentir humano, gira en torno a la vida posible con todo lo que ello implica. Una de las particularidades sobresalientes de la literatura es que el material en el que configura sus obras es el lenguaje. Y este lenguaje es un material sui generis por el hecho de que por necesidad no puede presentar directa e icónicamente figuras y circunstancias como lo pueden hacer la pintura y la escultura, sino que debe echar mano de la palabra que designa las cosas de modo indirecto; no muestra sino que dice, hecho que implica que la comprensión de lo dicho debe realizarse a través de una operación mental y racional previa que hace surgir la realidad mentada. Obviamente este procedimiento crea un distanciamiento entre objeto artístico y receptor, por consiguiente, entre lo expresado y su percepción mental, ya que la mera percepción sensorial de la literatura se limita a la identificación de letras, palabras y texto o de sonidos, en el caso de la recepción auditiva. Esta particularidad de la materia prima de la literatura genera las dos facetas características del lenguaje: la fonética y la conceptualidad. La primera atañe precisamente a la percepción sensorial y se asemeja en este sentido, aunque remotamente, a la música, la segunda atañe a la percepción y la comprehensión intelectual.
Por consiguiente, el lenguaje literario ofrece los recursos para crear tanto belleza y fealdades sensoriales como intelectuales y morales. Surge inmediatamente la pregunta: ¿qué tienen de bello y de feo las letras o los sonidos y su combinación en palabras? En principio nada. Lo que sí hace que nos suenen bellas o feas es casi exclusivamente el significado que transportan las palabras y que se plasma en el texto que constituyen. Lo cacofónico en la literatura es, pues, una combinación malsonante de sonidos vinculada con un significado desagradable. Es un añadido que el receptor les otorga a través de la interpretación. Veamos un ejemplo que puede ilustrar lo dicho. En el conocidísimo soneto garcilasiano Oh dulces prendas por mi mal halladas el yo lírico lamenta amargamente que la amada no corresponde a su amor y los dos tercetos terminan así:
Pues en una hora junto me llevastes
todo el bien que por términos me distes,
llévame junto el mal que me dejastes;
si no, sospecharé que me pusistes
en tantos bienes porque deseastes
verme morir entre memorias tristes.
Sospecho que las rimas de estas dos estrofas son de las más feas de la lírica española. Pero lo son adrede porque subrayan fonéticamente el sentimiento doloroso e incisivo de separación y desesperación que quiere evocar el poeta. No es precisamente musical y melodiosa la triple repetición de «-astes» e «-istes», sino que a través de lo evocado en el soneto resultan hirientes al oído. Queda patente que sí se puede evocar fealdad a través de la lengua, incluso a través de sus sonidos aislados, pero su descubrimiento y su eficacia dependen del contenido que expresan o que se crea a través del texto. El llamado fonosimbolismo, que sostiene que los sonidos de por sí ya son portadores de significados, debe tratarse con extrema cautela. La disonancia en la música funciona autónomamente como una especie de desviación de lo armónico que espontáneamente se espera en la audición. Pero ahí está también el feísmo de la música dodecafónica y atonal que rompe intencionalmente la habitual eufonía obedeciendo a esquemas matemáticos y experimentales. ¿Y quién sabe si no es también reflejo de una cosmovisión igualmente desgarrada y estridente?
Como la música, la literatura, en concordancia con el significado que presentan las palabras y el texto, posee igualmente recursos de creación de belleza eufónica que no hace falta ejemplificar porque abundan las obras bellas que justifican la denominación bellas letras.
La segunda faceta del lenguaje literario, la conceptualidad, evidentemente ofrece todas las posibilidades de crear belleza y también fealdad intelectuales y morales. El lenguaje es capaz de evocar la mayor felicidad y las circunstancias más hermosas, pero también puede, y hay abundantes muestras, configurar horrorosas crueldades, maldades y crímenes que forzosamente no carecerán de fealdad. Pero allí está también la fealdad bella, el escándalo de la estética cristiana de la que hablamos ya en términos generales. Son innumerables los testimonios literarios de la pasión, de descripciones de tormentas y martirios, de la formosa deformitas de la que hablaba Bernardo de Clairvaux. Pero la bella fealdad literaria no se limita a la humilitas passionis, a la evocación de la estética de lo feo en el ámbito sacro; Yarza opina que «una novela puede expresar, de manera más directa e inmediata que un tratado de antropología o de ética, muchas verdades relativas al hombre y a su conducta, y puede hacerlo paradójicamente a través de formas […] imaginadas, inventadas».[[wysiwyg_imageupload:1554:height=210,width=200]]
Recordemos como paradigmas las crueldades en la tragedia, como por ejemplo las desgracias de Edipo, en la epopeya homérica, las crueldades de Polifemo y, en una novela moderna, el asesinato cometido por Raskolnikov en Crimen y castigo de Dostoievski, y no hace falta buscar más ejemplos para verificar la existencia de lo bello feo en la literatura.
No cabe duda de que la representación literaria tanto de la belleza y la bondad como de la maldad y la fealdad origina en los receptores la sensación de agrado o desagrado respectivamente. En el fondo esa combinación de lo estético con lo ético es la que se pretende conseguir con la presentación de un conflicto humano. Toda obra literaria de una manera u otra presenta una vida posible en las más diversas facetas, que pueden ser alegres o tristes, agradables o dolorosas e incluso las dos cosas a la vez. Y lo alegre y agradable se asocia normalmente con lo bello y lo triste y doloroso con lo feo. Sin embargo, se puede producir también un efecto deleitoso en la representación lograda de lo doloroso. Esta situación aparentemente contradictoria de lo desagradable y lo feo que producen placer se explica si tenemos en cuenta que una cosa es el placer que produce lo bien hecho, lo estético en general, y otra el efecto que produce lo cruel y lo feo. El deleite de la representación lograda de lo feo no se debe a lo feo sino a la lograda adecuación formal de un contenido desagradable; adquiere más peso estético la realización conseguida que el contenido que representa.
Tampoco contemplamos en este contexto las deficiencias artesanales que pueda ostentar un texto literario por falta de competencia profesional de su autor. Por supuesto, existen muchísimos textos estilísticamente malogrados que no aciertan con la formulación adecuada del contenido que pretenden plasmar y transmitir. Nos da la pauta y el criterio Ignacio Yarza al sostener que: «La obra de arte, una vez acabada, adquiere una vida propia independiente de la vida del artista, por ello deberá ser valorada, como las realidades naturales, según su perfección específica, no según la intención del autor, en muchos casos difícilmente reconocible. [… ] El artista es moralmente responsable, en su condición de artista, cuando sabe respetar el fin propio de su arte, cuando libremente salvaguarda su finalidad de manifestar belleza, y, en consecuencia, también la verdad y el bien».
Si la belleza es la manifestación sensible de la idea como sostiene Hegel, esta afirmación no se refiere exclusivamente a la idea placentera, agradable, deleitosa sino también a la desagradable, dolorosa e hiriente. Esta apertura de lo estético a la fealdad amplía nuestro horizonte de contemplación de la obra de arte y permite descubrir que la estética cubre un espectro de representaciones mucho más amplio de lo que comúnmente se considera ya que incluye también la plasmación artística del dolor, de la crueldad, del sufrimiento y de las miserias humanas en aras de la verdad, de la bondad y del ennoblecimiento del hombre y de la naturaleza. Nos demuestra que las bellas artes incluyen con el mismo derecho de ciudadanía las artes feas, porque el arte no está comprometido exclusivamente con la belleza sino con todos los trascendentales. Es más, tenemos que hacernos a la idea de que belleza es un concepto tan amplio que permite contemplar, sin temor de contradecirse, la posibilidad y la realidad de la belleza de lo feo.
NOTAS
1 I. Yarza, Introducción a la estética, Pamplona, Eunsa, 2004, 193.
2 Véase a este respecto el estudio de A. GethmannSiefert, Hegels These vom Ende der Kunst und der Klassizismus der Ästhetik, HegelStudien, 19, 1984, 205258.
3 París, PUF, 2000.
4 Véase nota 1.
5 A. GethmannSiefert, Einführung in Hegels Ästhetik, München, Fink (UTB), 2005. La misma autora publicó también en 2005 una reedición de la Philosophie der Kunst de G. W. F. Hegel, Francfort del Main, Suhrkamp, 2005. Véase también, R. Alvira, Dimensión filosófica de las artes, K. Spang, ed., Las artes y sus modos, Actas del Coloquio Internacional: Las artes y sus modos, Pamplona, EUNSA, 2003, 1728, y J. L. González Quirós, Repensar la cultura, Madrid, Eiunsa, 2003.
6 «Su peculiar cognoscibilidad depende de su naturaleza; precisamente porque es una propiedad que manifiesta el bien y, al menos indirectamente, el ente, la belleza escapa a toda limitación conceptual» (Yarza 2004, 168).
7 Consúltese a este respecto el ensayo «Pablo Ruiz Picasso, el Guernica, y los críticos» de Federico Suárez, Ensayos moderadamente polémicos, Madrid, Rialp, 2005, 1149.
8 Véase también A. Julius, Transgresiones: el arte como provocación, Barcelona, Destino, 2002; Véase también A. GethmannSiefert, «Hegel über das Häßliche in der Kunst», Hegels Ästhetik. Die Kunst der Politik Die Politik der Kunst, 2 parte, ed por A. Arndt, K. Bal y H. Ottmann junto con W. van Reijen. HegelJahrbuch 2000, Berlín, 2002, 2141.
9 El título de la publicación de las actas de un coloquio con el significativo título Die nicht mehr schönen Künste (Las ya no bellas artes) puede despertar la sospecha de que la fealdad en el arte es un fenómeno reciente, si bien ya los propios colaboradores demuestran su existencia desde la poesía griega y hasta el moderno Pop art. H. G. Jauß, ed., Die nicht mehr schönen Künste. Grenzphänomene des Ästhetischen, Poetik und Hermeneutik, III, Múnich, Fink, 1968.
El alma antigua es obediente. Lo sería, incluso, si no hubiera orden al que obedecer. Si fuera así, como seguro que hoy nos lo parece, si ya no reconociéramos el qué o quién de esa obediencia, esa misma alma, errante, vagaría en busca de su dueño.
Esto, que yo creo exacto, quizá haga falta, hoy, explicarlo un poco. En este hoy, frases así resultan como gaseosas, envueltas en un gas o niebla de olvido; y también lo contrario, demasiado claras: tan claras, tan claras que de pura claridad echan para atrás a nuestros contemporáneos. Pero sí, el alma tradicional, es —sobre todo— obediente. Y no decimos que esa alma «fue» sino que «es» obediente. Porque ella es cada vez que aparece, cada vez que obedece; y una de las que podríamos llamar sus características, una de las esenciales, es precisamente este no andar sujeta a la historia, más exactamente a esa concatenación progresiva de hechos y propósitos ya exclusivamente humanos en que la mentalidad espontánea de hoy ha resumido lo que la historia sea. Lo que cambia en la historia es la situación, la presencia o no, allí, de ese orden o autoridad —también serviría dicho así—, pero no la obediencia del alma a ellos.
Ideas de la historia hay muchas; pero sobre todo dos, que, además, vienen a ser agua y aceite. Julio Martínez Mesanza es el único, de entre los que yo he conocido, que puede ser llamado «poeta de la historia». Aunque no en el antiguo sentido en el que se decía, por ejemplo, «pintor de historia» para señalar al que representaba glorias o hechos dignos de conmemoración. El viejo pintor se parece en esto —se parece porque no tiene nada que ver — a los antiguos, los mucho más antiguos poetas de la tradición, sobre todo griega, desde Homero hasta los llamados arcaicos del guerrero siglo VII a.C. En el mundo, debieron pensar ellos, todo perece pronto —las generaciones de los hombres como las de las hojas—, todo menos las especies que se renuevan; y sólo la fama de sus hechos puede lograr para los humanos algo de perduración individual, por no decir de eternidad. No es éste el sentido en que nuestro poeta puede ser llamado «poeta de la historia». Más bien lo es en el que podemos decir «filósofo de la historia» o «teólogo de la historia» de quienes no parece que hayan estado por confundir lo que la historia significa con las cosas que suceden en ella. Y, sí, en efecto, todo el mundo se habrá dado cuenta de que en los poemas de Julio Mesanza salen muchos guerreros, y caballos, y fortalezas, y combates. Y que las batallas y los ejércitos aparecen allí, incluso, con los mismos nombres con los que han pasado a esa historia de las cosas sucedidas. Por todo eso se ha dicho de él, con rapidez, que se trata de un poeta épico, sencillamente porque se ve, así como en la azogada piel de sus versos, que están hechos de una cierta pasta arqueologista y belicosa. Pero los poetas épicos lo son — idealmente — en y por obediencia a una tradición activa, una tradición que les suministra el qué y el cómo de los versos, una tradición, en fin, de la que ellos mismos no descollaban y en la que no resaltaban sus singulares perfiles de individuos, hechos mezcla o unidad con ella. Los poetas épicos, además, iban, si se puede decir así, a favor de los hechos de esa historia, que era lo que se trataba de hurtar al olvido y al morir.
Pero, ¿se puede volver atrás?
Cuando se ha visto en Julio Mesanza a un poeta épico, ha sido entrecerrando los párpados y mientras los labios componían una sonrisa. Esos gestos querían decir que la épica y las batallas son cosas viejas, «medievales», anacronías pertenecientes a un mundo mítico como el del propio orden perdido, y que si están traídas a unos versos de hoy, sólo pueden haber llegado aquí como ironías, es decir, como literatura o metaliteratura de la que guiña un ojo. Con urgencia, y ante el susto producido en la mente contemporánea por lo que los versos, en realidad, declaran, también ha sido frecuente que el intérprete, con buena o más o menos atontada intención, se los quitara de encima estableciendo que el poeta no es quien habla en ellos, sino una especie de ventrílocuo inventado por él para el puro juego literario. A esto se llama «el personaje». Es comprensible, la verdad, que el comentarista no haya encontrado mejor calzado que unos pies de plomo para pasar por sobre versos que acaso digan: «me enfrento al sincretismo, / y a todo ambigüedad y a la tibieza». O que digan, como por otra parte ya se dice en los últimos salmos del Salterio, y en el Canto de Moisés del Deuteronomio, y en la Ilíada y en Arquíloco —que son irrelevantes en la democracia cultural—: «En las manos de Dios está la vida». O que digan: «Me dicen que en las tierras del oeste / la muchedumbre elige a sus tiranos». O —para acabar por ahora—: «los mil labios / de la opinión se cierran bajo el dogma». Se comprende el susto y la cautela. Pero también hay que saber que la comprensión de versos como éstos comienza por creérselos, es decir, por creer que dicen algo que alguien ha querido decir, en vez de ponerse a desactivar su escándalo con un filtro de ver lo que se llama literatura en estado puro. Esto no significa que lo que dice el poeta sea suyo, de su cosecha, o un brote intransferible de su sinceridad personal; es, precisamente, lo contrario: quiere decir que el poeta obediente no dice las cosas personalmente, sino que ha cedido, obedecido a otra palabra que le antecede y a la que —ahora ya conscientemente— presta su voz. Recuerdo que, cuando la legibilidad volvió a importar —hacia los años ochenta — en la poesía española, siempre alguien o álguienes procuraban, ante estos versos, guarecerse tras un detente bala o colgar cabezas de ajos en los dinteles de las puertas; luego venía el perdón, porque, al comprender la eximente de mera literatura y metaliteratura, nunca faltaba quien decía, «pero hay que reconocer cómo escribe los endecasílabos, el tío».
II
Quizá convenga ahora, que ya estamos en ruta, ver de dónde parte, o adónde parece que va su trayectoria, en resumen qué historia y qué sentido de la historia le da a esta poesía fuelle y cuerpo. El alma antigua, decíamos, es obediente; no viene mal insistir aquí en que, cuando toda tradición nos parece pasada, lo es a sabiendas. Eso no obsta la obediencia; sólo la hace más profunda y —para nuestro contemporáneo— más incomprensible. Lo normal, lo habitual y lo que, en concreto en los estudios literarios, ha acabado pareciendo fuera de duda, ha sido entender que la tradición llevaba consigo la inconsciencia de la propia pertenencia a ella. Como la del niño nacido en la selva o el animal en zoológico. O sea, que obediente quería decir inconsciente. Implicaba la ignorancia o la pura exterioridad, sin conflicto interior, sin pensamiento por su cuenta, de ese alguien que, en un tiempo casi inmemorial, debió vivir en aquel edificio que ahora, una vez abandonado y visto desde la emancipación, nos parece un solar. El poeta tradicional, o el épico aquel, venía a ser poco más que una especie de imbécil dotado, eso sí, de una gracia. Una gracia desconocida por él, involuntaria e impremeditada. Los románticos, viendo que la cosa llevaba algo más de trapo, y viendo sobre todo que la historia de la libertad, además de eufórica, podía ser trágica, se pusieron de acuerdo para llamar a esa gracia «Homero». Luego, echaron en ese concepto ideal todo lo que ellos sintieron, por primera vez, perdido y olvidado —precisamente a causa de zanjar y clausurar, como tal, una historia: la antigua, en el umbral de otra: la nueva —. Me refiero a todo lo naturalmente significante, lo vivo, lo genuino, lo libre, lo armónico con la totalidad, fuerte y ligero a la vez. De todo eso se sintió alejado el hombre nuevo, dueño de su santa voluntad, aunque nunca —hasta fechas muy recientes — le pareció que esto fuese cosa a celebrar, sino algo como para un sentir de culpa. «Homero» también ha sido entendido al modo en que quiso entenderlo Platón, como sinónimo de la inconsciencia, nociva y ambigua, y del nocivo y ambiguo encanto irreflexivo en que consiste eso de la tradición, ajeno a todo raciocinio. Así era para él, la poesía, un encantamiento sospechoso. Los poetas, viene a decir en el Ión, debieran saber lo que dicen y dar razón de ello. Naturalmente y sacando las cosas de quicio, éste es el origen del poeta listo o intelectual, o meditativo, que es el poeta que ha aprendido, como primera lección de su oficio, a sospechar de todo lo que envíe perfume (social, político, estético…) a autoridad o a voz más alta que la suya, aunque bien y dolorosamente sepa que todo eso representa para él lo inalcanzable. Sobre todo, y dada la autonomía de su conciencia, este poeta es el que sabe huir de lo que, según cree, hace a toda tradición y a toda antigüedad más aborrecible: la obediencia, que es lo que nos importa aquí.
¿Pero es que hoy —dirá nuestro contemporáneo— se puede ser obediente a la irreflexión, y serlo, para colmo, reflexivamente? Sin saber qué, algo nos dice que debemos contestarle, dedicarle siquiera unas palabras. Porque, aunque ninguna palabra vaya a dejarle satisfecho a él, nosotros sabemos de nuestro deber de responder —aunque sólo sea por Platón—, pero sobre todo del de corresponder: en el fondo, vemos claro que no es a ese contemporáneo nuestro a quien respondemos; se trata más bien de dar fe o testimonio de la palabra, o de la verdad que decimos, porque no son nuestras.
La palabra que — obedientemente — decimos no es nuestra. Y no, exactamente, porque el poeta sea un médium de ella, como creen los artistas espiritistas, sino porque él la recibe como un don, como los talentos de la parábola, que se le entregan en custodia y con muchas más exigencias y responsabilidades que derechos. «Mientras consume la inacción los dones», dice Julio Mesanza para decir del despilfarro que supone el vano rodar de los pensamientos, meramente humanos, por el interior de una conciencia que se sabe y se enorgullece de su autonomía. Esa palabra donada, entregada, no puede ser luego lo que se dice pensada por él, sino acatada, recibida desde abajo por una voz con el mandato de estar a su altura. El rechazo de la reflexión que se ve en los poemas de Julio Mesanza yo lo veo arrancar de aquí, de la consciencia del don, de la llamada, y de la correspondiente exigencia de una respuesta que esté a la altura. Lo veo arrancar de aquí, del ansia por despojarse de sí mismo, por liberarse de esa tiranía del sí mismo, mucho más que de ninguna filosofía de la acción del tipo vitalista o nietzscheano del siglo XIX. La entrega a la acción y la pasión fue, desde 1820, el sustitutorio romántico de la pérdida del sentido. Esto no puede ser muy mesanciano. Ni lo es la idea de la historia que ese pensar presupone: la idea de que el propio proceso o corriente infinita de lo vital suplantará, con su locura, a la verdad perdida. N o en vano la pasión inútil acabó siendo, durante el siglo XX, el caldo de todas las barbaries. Pensar, lo que se dice pensar en el sentido filosófico moderno, especular autónomamente, descreídamente, no es ni dócil ni obediente ni piadoso con la verdad, ni con la palabra que se nos ha entregado. En los poemas de Julio Mesanza no hay, como ha hecho observar él mismo alguna vez, apenas preguntas.
Ahora vemos que no puede haberlas, porque precisamente es él quien responde, quien reconoce la anterioridad y superioridad de otra palabra que es la primera en hablar, la que pregunta, la que llama.
Aun así, nuestro contemporáneo, por decirlo de una manera tan imprecisa que todo el mundo podrá comprenderlo, ese transeúnte que perfectamente puede ser un poeta, no es que crea (él no cree nada y — mucho menos — en nada), sino que sabe, como se saben las cosas bien aprendidas, que lo mejor que puede hacer en el mundo es ser un hombre de su tiempo, pertenecer a su tiempo, dicho más mayúsculamente, a la Historia. Yo creo que, una de dos: o se quiere la verdad o se busca el éxito; y él suele estar de acuerdo en esto conmigo. La lectura de los periódicos, decía Hegel, debe ocupar el lugar y el tiempo dedicado antes a la oración; ésta es la nueva sacralidad histórica de nuestro amigo. Para sentirse en la historia que le corresponde, por descontado que deberá mantener vivo lo que él llama espíritu crítico, y abierto ese ojo avizor que le caracteriza y que rompe a parpadear a ritmo de alarma cuando se percata de alguna amenaza para la autarquía de lo que él llama su «conciencia libre». También ha aprendido este hombre, de tanto oírlo o simplemente charlarlo, cosas con las que ha terminado por componer una colección de adagia para su uso particular. Entre ellos: que nada hay permanente; que no existe ninguna verdad única y que, por tanto, ninguna —salvo la de esta misma negatividad, bien gestionada— está asistida de derecho alguno a ojos vista preponderar sobre las otras; que hay tantas verdades como opiniones; que se debe hacer lo que se puede hacer; que cada cual guarda en su cofre interior sus ideales, tan valiosos y verdaderos como los otros, siempre que sean sentidos con la misma interior adhesión; que la realidad —mero panorama de accidentes— no incluye ningún significado; que los tiempos van encaminados, por la senda de la libertad, de la oscuridad del pasado a la luz del presente; que no tuvieron principio ni tendrán fin, salvo el individual de regresar a la nada… Nuestro amigo, además, llevará a gala, seguramente, estar en posesión de una criticidad suficiente para autorretratarlo como rebelde y más o menos insumiso. Resumiendo mucho con la vulgaridad de un ejemplo, podemos decir que esta rebeldía suele consistir en no descabalgar de la consideración de que, pese a todo — un todo que él, en realidad, nunca ha conocido ni querido conocer—, tanto la Revolución Francesa como la Rusa fueron necesarias. Es decir, que la suya es la rebeldía de la opinión pública. Por todo eso, nuestro amigo quizá sienta un cosquilleo de afinidad — y de ratificación— cuando vea en esos periódicos o nuevos catecismos de su historia que el elogio general de algún poeta de los muy premiados, consultados y adaptativos reconoce en él un «ejemplo de insumisión, desobediencia y rebeldía».
III
Se nos dirá, de todas formas, que la tradición, en el sentido social y envolvente, ya no existe. Y entonces, ¿qué orden se desacata? ¿A cuál obedecerá el obediente? En efecto, «ni está el mañana ni el ayer escrito». Somos libres; pero sobre todo somos libres para obedecer o para no obedecer. Hay una carta de Hölderlin a su madre, del Viernes Santo de 1802, en la que dice «que no seamos indolentes y hagamos con mesura lo que hacemos y alcancemos lo atinado en aquello que nos concierne». Y ya está. Pero, cuando no hay orden de guía, ¿qué es lo que nos concierne? ¿Y qué podría ser, una vez encontrada esa incumbencia nuestra, «lo atinado», lo bien encaminado, podríamos decir? ¿Cómo podemos, concediendo que ya tenemos la flecha adecuada, dar en el blanco? Supe de esa carta por un estupendo y viejo libro del profesor Beda Allemann, titulado Hölderlin y Heidegger, en el que encontré muchas cosas, entre ellas algunas que quizá vayan saliendo aquí. Era un libro, en el fondo, sobre la poesía — moderna — y el destino, o sobre la pregunta que, en estas páginas, nos traemos entre manos: ¿adónde ir, ahora, que no hay adónde? El profesor de Zürich explicaba, poniéndose en la piel de Hölderlin, que los griegos fueron —para entendernos con un esquema— lo contrario de Europa. Tanto para griegos (antiguos) como para europeos (modernos), la aventura de la vida, el trazo de su destino, consistiría en salir de sí, de lo propio, hacia lo extraño, y volver luego al suelo natal cerrando un círculo y pacificando así un universo desgarrado y en guerra. Tratándose en ambos casos de una marcha o partida, la dirección de ésta, habría de tener, en ambos casos, por fuerza signo contrario. Los griegos —los antiguos— formaban un oriental todo sin conciencia de la individualidad, una unidad indiferenciada como un cielo ardiente. Y toda su aventura consistiría, pues, en salir a tomar forma delimitada y particular, con un destino individual como el de sus estatuas. Hölderlin sintió, como se sabe, una gran admiración por los griegos. Quizá haya que hablar, mejor dicho, de una admiración por una idea espiritual que él llamó «Grecia», muy parecida a la que hemos llamado «Homero», aunque la suya fuera, por lo que sabemos, vaso que, según las épocas, contuvo cosas distintas. (Hölderlin dijo en un poema «Cantar quiero un canto ligero; pero nunca lo logro». Esto ya era inalcanzable para él. Yo sé del gusto de Julio Mesanza por esa letra que dice «Malferida iba la garza», por el Cancionero, por Cetina, por el Lope alado, por el Góngora de «Hermana Marica»…). En todo caso, Hölderlin tomó cuenta trágica de vivir en un tiempo en el que la conciencia sola del hombre solo, dueño absoluto de sí, le había separado claro está que de la divinidad, pero también de toda inmediatez, espontaneidad, unidad o armonía con el mundo, que era ya una inerte «res extensa» a dominar, o una masa plástica a moldear por una voluntad sin límites. No era exactamente, su «Grecia», la clásica Edad de Oro, o el Paraíso. No siquiera era un lugar, ni un momento de la historia, ni una civilización de las que, siguiendo la ley aristotélica de los organismos biológicos, habían acabado por perecer; ni una a la que se pudiese imitar, como fue tan frecuente hacerlo, helenizando, medievalizando o grequizando. Se trataba más bien de una ley perdida, un sentido abandonado, una relación —religación— ya olvidada, entre la historia de la vida y la pobre y emancipada historia nuestra. («Estoy en la tristeza, que es un tiempo / y un espacio y un alma devorada / por otra alma fantasma que no ha sido», dice nuestro poeta, a lo Cirlot, en uno de sus últimos poemas dolientes). En definitiva, se trata de saber si la soberbia nos ha dejado o no solos en este valle.
A primera vista, se dirá que aquel momento romántico alemán es muy lejano, o muy diferente, de la tesitura de nuestro excepcional poeta obediente. Pero el caso es que nuestras dos historias, o dos ideas de la historia, es por entonces cuando dibujan, con cierta nitidez, la bifurcación de su manantial. Y la entronización de la libérrima voluntad humana, también invita a esa remonta. Además, yo no recuerdo ahora, en la historia literaria, otras Europas (además de la de Blake, de 1794) que la de Novalis —Europa o la cristiandad— y la que sirvió a Schlegel de título al famoso periódico en el que contaba lo visto en el París pos-revolucionario de 1802, el mismo año de la carta de Hölderlin a su madre y el mismo, por cierto, en el que el conde De Maistre se instaló en San Petersburgo —donde escribirá sus célebres Soirèes—, como embajador del rey de Cerdeña. De esta última Rusia, tan presente en los poemas de Julio Mesanza ( una Rusia del alma, como la de Antonio Machado ) , recordaba por lo demás Marina Tsvetáieva lo que dijo Rilke : que es un país que limita con Dios. Sea como sea, gran y terrible tiempo de clausuras, entre el XVIII y el XIX, y de inauguraciones. Europa — o la modernidad, podríamos decir — sin duda fue por entonces el nombre bajo el que se había tomado conciencia de la escisión y de la pérdida de todo lo — llamémosla así— antiguo, y muy fundamentalmente del orden que había hecho del hombre un ser heterónomo, abrigado, obediente, supersticioso (desde el punto de vista de «la secte», claro) y quizá tranquilo.
En un estudio que es muy del gusto de Julio Mesanza, observó Simone Weil que la Ilíada es el poema de un mundo regido por la ley de la fuerza, de la violencia, de la materia. Es decir, el mundo de la indiferenciación original del que el hombre griego quería salir singularizado e individuado. Para resaltar a un individuo — concreto, definido, distinto — de entre ese magma o caos de lucha y sangre, Homero lo dibuja nítidamente como poseedor de más fuerza que los otros, que acabarán ahogados por él en el seno común de la materia informe. Ese individuo elegido, el más capaz para el combate, puede transformar en materia pasiva, en cosa inerte, la carne y el alma de los demás. También puede amarlos —pensamos nosotros—, con sólo no obedecer a la ley de la fuerza sino a la del amor. Pero esta ley del amor, la ley cristiana, la ley que hace a la debilidad más fuerte que toda fortaleza y que es —por antonomasia — la ley individualizante, no es ni ha sido nunca ley en el mundo, y menos en el griego o antiguo. El cristianismo rompe, por decirlo así, con la ley natural, que es la ley de la violencia de la naturaleza. Desde el cristianismo, o la cristiandad — Die Christenheit, que decía Novalis—, sólo los individuos son inmortales (no sus gestas), pero la criatura individual no se individualiza a costa de las otras, ni dibujándose en el primer plano mientras las otras se ahogan al fondo, sino que cobra su individualidad de origen: al ser mirada por los ojos de Dios. Ésa es la razón de la obediencia. Aun así, Occidente — Europa—, llevado de su proclividad a lo informe y al magma de lo natural (que es su opuesto), ha hecho suya, como se ve por las convenciones, la idea del amor fraguada en la versión romántica o añorante: una fuerza de fusión en el infinito informe o, a fin de cuentas, una pérdida del propio perfil y la propia cabeza —personales— mientras nos desleímos en la totalidad. Pues bien, esta idea del amor aparece escarnecida por Julio Mesanza en sus Remedia Amoris. Y yo creo que en el mismo sentido en que nuestro poeta rechaza también — en los titulados Cuestiones naturales— una idea de naturaleza igualmente envolvente y disolvente, que viene a ser de la misma estirpe aórgica y limosa que aquella del amor: lo que junta y abraza, lo que disuelve suprimiendo las individualidades. El conde De Maistre, en su afán contrarista, vio sin embargo una cosa: «En el vasto dominio de la naturaleza viviente —dice—, reina una violencia manifiesta, una especie de cólera prescrita que asoma en todos los seres in mutua funera: en cuanto abandonas el mundo inanimado, encuentras el decreto de la muerte violenta escrito en las fronteras mismas de la vida». Ciertamente, esto es muy distinto de lo que sir Isaiah Berlín, que recordaba esa cita, llamaba «el sueño de Condorcet» o la plenitud del racionalismo optimista, o la del buen intencionismo igualitario, que diríamos hoy.
Y lo que quiero decir es que este mundo de fuerza y violencia no es, no puede ser, un mundo añorado o ensalzado en los versos de Julio Mesanza, que pasan por belicistas. No es una Edad Media. Si nos detenemos un poco ante ellos, veremos, junto al desprecio de la especulación racionalista (que es sobre todo desprecio por la soberbia humana, sus utopías, su orgullo y sus torres), veremos, digo, la terrible verdad de que esa ley de la fuerza y la materia no es, como hemos dicho, la de un vitalista que enaltece la acción o la de un quijote caballeresco: esa ley preside estos versos no porque sea la suya, la de ellos, sino porque es la nuestra. Nuestro mundo tiene, de nuevo, la idea de la historia que corresponde a la muerte irremisible del individuo personal, en suma, al triunfo de la materia. Y ese mundo de guerra al alma, en el que el alma se debate por obedecer sin que la maten —por ello — los desobedientes, ese mundo es el nuestro, el de hoy, nuestro dialogante y relativo mundo, con su cultura y todo.
IV
El poeta obediente, pues, arrostra su designio. Él —que es obediente pero no es tonto — ve, no obstante, que, en Europa o en la modernidad, y también en la cristiandad, el orden, como la inocencia, no se le muestran sino perdidos, y que volver al lugar de partida ya no parece posible sin el rodeo de la consciencia. La inocencia y la tradición deben ser, pues, buscadas, y merecidas. ¿Pero no vemos, por ejemplo, ya en la Commedia — un poema moderno— ese modelo de sumisión voluntaria, de archiconsciente entrega de la voluntad propia, de la conciencia individual —entonces naciente, según nos han dicho—, en ganancia, precisamente, de la libertad? U n pequeño poema de Hölderlin, de la época de la señora Gontard —Diótima—, dice: «Así recorro yo el arco / de la vida y retorno al lugar de donde vine». Y así podemos ver también que los Nostoi, los cantos de regreso, no es que formen parte de un repertorio de temas intemporales de la poesía universal, sino que, mucho más que un tema, vienen a ser una como una fatalidad, una inesquivable determinación de toda poesía.
Toda la poesía de Julio Martínez Mesanza tiene un principio. Sin querer decir con esto que tenga una consecución, ese principio aparece como lo que es, el desencadenamiento o la señal de una partida. También la Commedia quizá el poema que más ha amado nuestro poeta, comienza con una partida, una salida al campo abierto en busca del camino recto del que se siente el poeta apartado por error. Por un error —digamos lo que importa— exclusivamente suyo. ¿Qué es la historia, toda la historia, parecen decirnos ambos poetas, sino un error? En efecto, sin error —venía a decir el Heidegger que pensaba en Hölderlin— no hay historia. La historia — dirá — «es historia del olvido del ser», es decir, extravío, separación, errancia, vagabundaje, alejamiento del centro creador de la vida. En ese centro, sin ser dañada todavía por la historia humana, sólo queda, nos dicen los versos, «la rosa en la urna», la rosa ausente, la flor de cristal. Es decir, lo que no ha sido ni llegado a ser, lo que se mantiene en la potencia pura de lo no vivido. Cuanto más andamos, más nos separamos, más contribuimos a la pérdida del alma. Y el rescate, el reencuentro, sólo en fechas muy recientes se ha pensado —si lo ha sido, claro — que puede lograrse con nuestras propias fuerzas. Por eso pudo decir Dante, en el canto X V I del Purgatorio, que era el error, y no la naturaleza, la causa humana de la progresiva inmundización del mundo. Pero ese rescate sólo tendrá lugar en el encuentro ante unos ojos redentores, es decir, otros ojos cuya mirada nos saque de sí, nos haga perder el apego que tenemos a nuestro propio nombre. Y esos ojos son, claro, de los que habla el poeta en sus Laudes Virgini.
La poesía de Julio Mesanza comienza, en fin, por un poema que se titula Arco, que es, como el del pequeño epigrama de Hölderlin, un arco de la vida y el primer poema de su primera Europa: «Cada flecha es un día. Tiene un punto / cercano al sol y luego, exhausta, baja». A primera vista, pues, parece que es el arco de la ley natural que todo lo explicaba a Cicerón y Aristóteles, la ley biológica. Pero también es el arco de entrada a una andadura de errores, de pecados, de devastaciones que gimen por su redención. A cada tropiezo, se pierde la esperanza. Arcos, en la historia de la literatura, debe haber muchísimos. Hoy, delante de estos versos, recuerdo sólo algunos. Píndaro, en la Nemea sexta, dedicada al joven Alcmidas, vencedor en la lucha, dice explícitamente que la diferencia entre hombres y dioses es que aquéllos carecen de fuerza propia. Pero también aparece allí un arco que representa las dotes de Píndaro como poeta, ya que, en la invocación a Mnemosyne, lo que le pide es que su canto vuele directamente hacia la meta, «como una flecha lanzada por el arco». En todo caso, el arco de Píndaro habla de la historia y de la poesía como memoria de la fama, es decir, plegadas a la ley de la materia. Por eso, más mesanciano y más lacerador de todo lo propio, lo nuestro, me parece a mí ese otro arco del que Dante hace hablar al anciano Cacciaguda cuando, en el Paraíso, va poniendo a su nieto al tanto de su destino:
Tu lascerai ogni cosa diletta
piu caramente; e questo e quello stralle
che l’arco dello essilio pria saetta
Para un lector español — m e acuerdo ahora— quizá haya otro arco. Me refiero al que puso Ortega de frontis a un año de El Espectador, tomándolo de la Ética a Nicómano: «Seamos nuestros con nuestras vidas, como arqueros que tiene un blanco». A Ortega le iba muy bien lo del arco, sin duda, y eligió a un arquerito como emblema de su obra toda. Y habló muchas veces de esa vida proyectiva, futurosa, prediccionista, planeante y conquistante — la Europa moderna— que le era tan querida. Habló, por ejemplo, de esa tontería de las generaciones viendo en cada una de ellas «un proyectil biológico», una flecha. Y echó pestes del antivitalismo y el antihistoricismo que significaba, según él, la idea de que toda la historia es un errar y una estela de errores. Esto, pensaba, es lo opuesto a la vida, a la vida que estará siempre en manos de las «almas alerta» de los «corazones de vanguardia». Ya hemos dicho antes — ahora lo vemos con un ejemplo— que una de dos: o se busca la verdad o nos adaptamos al éxito.
V
Hoy cuesta encontrar a un poeta obediente. Sobre todo cuesta encontrar a un poeta cuyo sentido de la historia no sea el de la completa sumisión —aunque él se encuentre a sí mismo muy desobediente e insumiso— a lo que se ha llamado la historicidad de la poesía, tan distinta cosa de la que nos ocupa aquí. Con esa historicidad o temporalidad se ha querido significar, justamente, la afiliación del hombre-poeta a una historia sin significado, o una historia en la que el significado había sido absorbido por el puro devenir del proceso histórico y por el triunfo en él —evolutivo, biológico— de quienes mejor obedezcan a la ley natural. El poeta obediente, el de alma antigua, no obedece a esa historia. El poeta obediente obedece a los significados. Cree que la historia significa. Y que la pérdida del significado merece el dolor. Que, en ella, en la historia, se le ha entregado algo que no es suyo y algo por lo que se le van a pedir cuentas. Cree, en fin, que los actos de aquí hacen muesca también en otra habitación lejana y distinta. Ésta es la creencia o la fe en la que se encuentra el origen de toda liturgia. La poesía de Julio Mesanza, nada más disparar su arco, nos deja entrever el significado, a fin de cuentas litúrgico, que tiene la historia para un poeta obediente. «Exaltación del rito» dice: «Quien las formas degrada y luego entrega / simulacros neutrales a la gente, / para ganarse fama de hombre libre, / no tiene Dios ni patria ni costumbre». Luego, «Ceremonia» insiste en lo mismo. Yo he visto alguna vez explicada esta idea por un gran teólogo. Venía a decir el teólogo: El acto creador de la vida ha lanzado las flechas; la flecha está lanzada por el Amor para que tenga un movimiento circular, «exitus y reditus, salida y retorno». La razón de la obediencia es, pues, la creación. El don entregado quiere una respuesta, un agradecimiento. Ese amor, como decíamos antes, han preferido los hombres dueños de su historia que no tuviera dependencia ni condición, que el don — venía a decir el entonces cardenal— no exigiera un agradecimiento ni una respuesta. Pero de este modo — concluía — «se parte en dos el arco de exitus y reditus». La vida quiebra. La liturgia, la ceremonia, el rito, significan que la habitación del cielo ha abierto una ventana al mundo. Que la historia humana no es sólo humana; que los destinos meramente personales, se encuentran, en ese tiempo distinto que es la liturgia, con otra historia, o la prenda de otra historia, encauzándose a Dios. Y esta liturgia que envuelve a las formas, es la primera razón para creer, más allá del decorado épico, lo que estos versos, que parecen épicos, dicen. O sea, lo que dice su forma, la forma de unos versos que, sabedores del Destinatario último, hablan de usted. Aunque para eso, desde luego, haya que poner entre paréntesis la pretensión de la historia contemporánea asignificativa. Al no poder entenderlo, ella, esa historia, sentirá que lo dicho en los versos no es de recibo en el mundo de la relatividad de los significados y la abolición de la verdad: el exclusivo y desligado mundo del hombre.
El poeta obediente, el de alma tradicional, encuentra o encontró algún día que, en determinadas circunstancias, se manifestaban indicios de que el arco de la vida no era tensado por él, y de que la flecha no era él quien la disparaba. Arquíloco de Paros («la victoria está en manos de los dioses»), o el espartano Tirteo («es hermoso que un valiente muera […] luchando por su patria») nos están mostrando, pese a todo, los límites de la individualidad solitaria y la acción de fuerzas y manos exteriores a los hombres. Cacciaguda le dice a su nieto que, para encontrar al señor de su alma, deberá abandonar lo más querido de todo lo suyo, lo más suyo, pudiéramos decir. Así es que se comprende que cuando Roma cayó, los cristianos, incluido san Jerónimo (al que le costó creerlo), sólo sintieran que se confirmaba la ley que regía, según ellos, las cosas de este mundo — la de la fuerza y la muerte—, y que sin embargo la gentilidad quedase hundida bajo lo que habían sido los pilares de su historia —los de la fama—, abatidos sin remisión.
Pero cuando verdaderamente la historia dejó de significar fue mucho después. A imitación de las experiencias científicas y del dominio de la ciencia sobre la realidad; a imitación también de las verdades interiores que socavaron la verdad tradicional, los hombres enaltecieron su propia subjetividad y su suficiencia. Luego, pasaron de la certeza de la naturaleza revelada a sus solos sentidos, a comprobar, desesperantemente, la soledad en que se encontraban los sentidos en medio de la materia, como debió ocurrirle a la famosa estatua del señor de Condillac. Así que la realidad y la historia eran proyecciones subjetivas y ya no podían esconder leyes, ni principios, ni trayectorias que pudieran ser descubiertas: «Los fines no se descubren, se crean», habían dicho Fichte, como complemento a este otro hallazgo suyo: «La cultura no es un freno de la violencia sino su instrumento», que es tan verdad. Y en efecto, la realidad y la historia no iban a ser desde entonces sino fabricadas, puros campos de acción de la indómita y libérrima, emancipada voluntad nada más que humana.
Al oír todo esto, nuestro contemporáneo amigo de la calle ha torcido el gesto. No entiende que se diga que la libertad, la tolerancia, el diálogo, todo eso que él cree arrancado o conquistado a la injusticia y a la opresión, costó mucha sangre, muchos muertos inocentes, mucha devastación en esa historia ya fabricada a voluntad de hombre. Que costó muchas veces la supresión absoluta de lo humano con salpicaduras al universo entero. Ni podrá entender que el viejo Bowra dijera ya hace mucho tiempo, en sus estudios sobre Poesía y política, que «si la filosofía ha experimentado la influencia de los métodos empíricos de la ciencia moderna (la supresión del alma, diremos nosotros), la poesía ha sido afectada profundamente por la realidad brutal». Esa realidad en bruto, la de la fuerza y la materia, no puede ser sino una realidad sin historia, o una realidad en la que la historia ha perdido significación y sentido, devorada por los aleatorios procesos biológicos o cronológicos, las sensaciones, las experiencias — y también la experiencia con su propia poesía sin significación—.
VI
Ésta es, más o menos, según la veo yo, la relación entre lo que se dice en ellos y lo que estos endecasílabos dicen. Hace tiempo, un buen amigo al que se la acerqué me dijo: «Qué poesía más rara» (no le había gustado; ni disgustado: no la entendió, ésa es la verdad). Creo que intenté hacer- le ver — no sé, porque hace de verdad mucho tiempo— alguna de las cosas que he escrito ahora aquí. Le dije —esto es seguro— que este poeta sólo quiere ser menos, porque sabe que ése es el único camino para que la Palabra a la que él sirve sea más. Que sólo busca su liberación entregando su libertad. Hoy, a mi amigo, lo recuerdo como un lector, un lector al tanto. Alguien, pues, que no podía entender cómo unos versos tan claros le resultaban incomprensibles.
Cuatro poemas
JULIO MARTÍNEZ MESANZA
Lirio en el agua, inaccesible lirio,
y agua que escapa, luz inaccesible.
Me llevaré a la oscuridad tus ojos,
la hermosura terrible de este mundo,
la culpable hermosura de esta tarde,
la luz inaccesible de tus ojos.
Porque la tarde es última y oscura,
una hermosura sin después, un pozo
en el que va a ahogarse un niño, un pozo
con un lirio en su fondo inaccesible.
Todo se apaga alrededor y queda
sólo un pozo en el centro de la tarde
y un lirio inaccesible y, en mis ojos,
la luz que mataré cuando me vaya.
Estoy en la tristeza, que es un tiempo
y un espacio y un alma devorada
por otra alma fantasma que no ha sido.
Nada ni nadie duele en la tristeza,
mientras los grises días se dilatan
y sus reinos de páramos sombríos.
A veces siento lo que pensaría
si un día me perdiera donde mueren
los sonoros tranvías de San Siro.
Si un día, bajo el blanco sol perdido,
de improviso dejaran de importarme
las cartesianas cruces que me guían:
el claro espacio y el complejo tiempo,
la tiranía del después y el antes
y la balanza de alegría y culpa.
Mi alma quiere tener las claras rectas
de los desconcertantes arsenales
y en su interior la música compleja
y los sonidos limpios del dieciocho,
la ansiosa melodía inacabable
que siempre vuelve y cambia y cambia y vuelve.
Mis ojos vieron para mi alma el Neva,
la plaza del comercio y conde duque,
y para mi alma oyeron mis oídos
total eclipse y una cosa rara;
para mi alma, la inhóspita y abstracta.
En el transcurso de una cena de antiguos compañeros de colegio, surgen, entre broma y veras, recuerdos de una época juvenil teñida por luces y sombras.
A lo largo de la velada, uno de los bachilleres, convertido con el paso del tiempo en juez prestigioso e intachable, cuenta el caso de Adler, uno de sus camaradas de curso, al que le correspondió juzgar como imputado por el asesinato de una prostituta. Al hilo de la tertulia, el relato describe de modo magistral la mentalidad de aquellos escolares, sus prejuicios, egoísmos, pequeñas y grandes crueldades de las que, según propio testimonio, hicieron víctima a Adler, al que envidiaban por su brillantez intelectual y al que no perdonaban su ascendencia judía. La acción se desarrolla en un país centroeuropeo en los últimos años del Imperio Austro húngaro.
Detalles ambientales que vienen a coincidir con la biografía del propio Werfel, de origen judío, nacido en Praga en 1890, soldado en el ejército austriaco en la I Guerra Mundial, residente en Viena y obligado al exilio en 1938, bajo la amenaza de Hitler, hasta fijar su residencia en Estados Unidos, hasta su muerte, en 1945. En las palabras del juez, resuenan ecos de cierto remordimiento, aunque ponen de relieve las contradicciones del alma humana y la capacidad de hacer daño que se esconde incluso entre personas dedicadas, como el juez del relato a una profesión noble. La novela de Werfel acredita sus excelentes dotes literarias, ya demostradas en otros relatos como Los 40 días de Musa Dagh (1933) y en sus obras posteriores: La Canción de Bernadette (1941) llevada al cine con gran éxito (1943) y Una letra femenina azul pálido (1941).