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El alma antigua es obediente. Lo sería, incluso, si no hubiera orden al que obedecer. Si fuera así, como seguro que hoy nos lo parece, si ya no reconociéramos el qué o quién de esa obediencia, esa misma alma, errante, vagaría en busca de su dueño.
Esto, que yo creo exacto, quizá haga falta, hoy, explicarlo un poco. En este hoy, frases así resultan como gaseosas, envueltas en un gas o niebla de olvido; y también lo contrario, demasiado claras: tan claras, tan claras que de pura claridad echan para atrás a nuestros contemporáneos. Pero sí, el alma tradicional, es —sobre todo— obediente. Y no decimos que esa alma «fue» sino que «es» obediente. Porque ella es cada vez que aparece, cada vez que obedece; y una de las que podríamos llamar sus características, una de las esenciales, es precisamente este no andar sujeta a la historia, más exactamente a esa concatenación progresiva de hechos y propósitos ya exclusivamente humanos en que la mentalidad espontánea de hoy ha resumido lo que la historia sea. Lo que cambia en la historia es la situación, la presencia o no, allí, de ese orden o autoridad —también serviría dicho así—, pero no la obediencia del alma a ellos.
Ideas de la historia hay muchas; pero sobre todo dos, que, además, vienen a ser agua y aceite. Julio Martínez Mesanza es el único, de entre los que yo he conocido, que puede ser llamado «poeta de la historia». Aunque no en el antiguo sentido en el que se decía, por ejemplo, «pintor de historia» para señalar al que representaba glorias o hechos dignos de conmemoración. El viejo pintor se parece en esto —se parece porque no tiene nada que ver — a los antiguos, los mucho más antiguos poetas de la tradición, sobre todo griega, desde Homero hasta los llamados arcaicos del guerrero siglo VII a.C. En el mundo, debieron pensar ellos, todo perece pronto —las generaciones de los hombres como las de las hojas—, todo menos las especies que se renuevan; y sólo la fama de sus hechos puede lograr para los humanos algo de perduración individual, por no decir de eternidad. No es éste el sentido en que nuestro poeta puede ser llamado «poeta de la historia». Más bien lo es en el que podemos decir «filósofo de la historia» o «teólogo de la historia» de quienes no parece que hayan estado por confundir lo que la historia significa con las cosas que suceden en ella. Y, sí, en efecto, todo el mundo se habrá dado cuenta de que en los poemas de Julio Mesanza salen muchos guerreros, y caballos, y fortalezas, y combates. Y que las batallas y los ejércitos aparecen allí, incluso, con los mismos nombres con los que han pasado a esa historia de las cosas sucedidas. Por todo eso se ha dicho de él, con rapidez, que se trata de un poeta épico, sencillamente porque se ve, así como en la azogada piel de sus versos, que están hechos de una cierta pasta arqueologista y belicosa. Pero los poetas épicos lo son — idealmente — en y por obediencia a una tradición activa, una tradición que les suministra el qué y el cómo de los versos, una tradición, en fin, de la que ellos mismos no descollaban y en la que no resaltaban sus singulares perfiles de individuos, hechos mezcla o unidad con ella. Los poetas épicos, además, iban, si se puede decir así, a favor de los hechos de esa historia, que era lo que se trataba de hurtar al olvido y al morir.
Pero, ¿se puede volver atrás?
Cuando se ha visto en Julio Mesanza a un poeta épico, ha sido entrecerrando los párpados y mientras los labios componían una sonrisa. Esos gestos querían decir que la épica y las batallas son cosas viejas, «medievales», anacronías pertenecientes a un mundo mítico como el del propio orden perdido, y que si están traídas a unos versos de hoy, sólo pueden haber llegado aquí como ironías, es decir, como literatura o metaliteratura de la que guiña un ojo. Con urgencia, y ante el susto producido en la mente contemporánea por lo que los versos, en realidad, declaran, también ha sido frecuente que el intérprete, con buena o más o menos atontada intención, se los quitara de encima estableciendo que el poeta no es quien habla en ellos, sino una especie de ventrílocuo inventado por él para el puro juego literario. A esto se llama «el personaje». Es comprensible, la verdad, que el comentarista no haya encontrado mejor calzado que unos pies de plomo para pasar por sobre versos que acaso digan: «me enfrento al sincretismo, / y a todo ambigüedad y a la tibieza». O que digan, como por otra parte ya se dice en los últimos salmos del Salterio, y en el Canto de Moisés del Deuteronomio, y en la Ilíada y en Arquíloco —que son irrelevantes en la democracia cultural—: «En las manos de Dios está la vida». O que digan: «Me dicen que en las tierras del oeste / la muchedumbre elige a sus tiranos». O —para acabar por ahora—: «los mil labios / de la opinión se cierran bajo el dogma». Se comprende el susto y la cautela. Pero también hay que saber que la comprensión de versos como éstos comienza por creérselos, es decir, por creer que dicen algo que alguien ha querido decir, en vez de ponerse a desactivar su escándalo con un filtro de ver lo que se llama literatura en estado puro. Esto no significa que lo que dice el poeta sea suyo, de su cosecha, o un brote intransferible de su sinceridad personal; es, precisamente, lo contrario: quiere decir que el poeta obediente no dice las cosas personalmente, sino que ha cedido, obedecido a otra palabra que le antecede y a la que —ahora ya conscientemente— presta su voz. Recuerdo que, cuando la legibilidad volvió a importar —hacia los años ochenta — en la poesía española, siempre alguien o álguienes procuraban, ante estos versos, guarecerse tras un detente bala o colgar cabezas de ajos en los dinteles de las puertas; luego venía el perdón, porque, al comprender la eximente de mera literatura y metaliteratura, nunca faltaba quien decía, «pero hay que reconocer cómo escribe los endecasílabos, el tío».
II
Quizá convenga ahora, que ya estamos en ruta, ver de dónde parte, o adónde parece que va su trayectoria, en resumen qué historia y qué sentido de la historia le da a esta poesía fuelle y cuerpo. El alma antigua, decíamos, es obediente; no viene mal insistir aquí en que, cuando toda tradición nos parece pasada, lo es a sabiendas. Eso no obsta la obediencia; sólo la hace más profunda y —para nuestro contemporáneo— más incomprensible. Lo normal, lo habitual y lo que, en concreto en los estudios literarios, ha acabado pareciendo fuera de duda, ha sido entender que la tradición llevaba consigo la inconsciencia de la propia pertenencia a ella. Como la del niño nacido en la selva o el animal en zoológico. O sea, que obediente quería decir inconsciente. Implicaba la ignorancia o la pura exterioridad, sin conflicto interior, sin pensamiento por su cuenta, de ese alguien que, en un tiempo casi inmemorial, debió vivir en aquel edificio que ahora, una vez abandonado y visto desde la emancipación, nos parece un solar. El poeta tradicional, o el épico aquel, venía a ser poco más que una especie de imbécil dotado, eso sí, de una gracia. Una gracia desconocida por él, involuntaria e impremeditada. Los románticos, viendo que la cosa llevaba algo más de trapo, y viendo sobre todo que la historia de la libertad, además de eufórica, podía ser trágica, se pusieron de acuerdo para llamar a esa gracia «Homero». Luego, echaron en ese concepto ideal todo lo que ellos sintieron, por primera vez, perdido y olvidado —precisamente a causa de zanjar y clausurar, como tal, una historia: la antigua, en el umbral de otra: la nueva —. Me refiero a todo lo naturalmente significante, lo vivo, lo genuino, lo libre, lo armónico con la totalidad, fuerte y ligero a la vez. De todo eso se sintió alejado el hombre nuevo, dueño de su santa voluntad, aunque nunca —hasta fechas muy recientes — le pareció que esto fuese cosa a celebrar, sino algo como para un sentir de culpa. «Homero» también ha sido entendido al modo en que quiso entenderlo Platón, como sinónimo de la inconsciencia, nociva y ambigua, y del nocivo y ambiguo encanto irreflexivo en que consiste eso de la tradición, ajeno a todo raciocinio. Así era para él, la poesía, un encantamiento sospechoso. Los poetas, viene a decir en el Ión, debieran saber lo que dicen y dar razón de ello. Naturalmente y sacando las cosas de quicio, éste es el origen del poeta listo o intelectual, o meditativo, que es el poeta que ha aprendido, como primera lección de su oficio, a sospechar de todo lo que envíe perfume (social, político, estético…) a autoridad o a voz más alta que la suya, aunque bien y dolorosamente sepa que todo eso representa para él lo inalcanzable. Sobre todo, y dada la autonomía de su conciencia, este poeta es el que sabe huir de lo que, según cree, hace a toda tradición y a toda antigüedad más aborrecible: la obediencia, que es lo que nos importa aquí.
¿Pero es que hoy —dirá nuestro contemporáneo— se puede ser obediente a la irreflexión, y serlo, para colmo, reflexivamente? Sin saber qué, algo nos dice que debemos contestarle, dedicarle siquiera unas palabras. Porque, aunque ninguna palabra vaya a dejarle satisfecho a él, nosotros sabemos de nuestro deber de responder —aunque sólo sea por Platón—, pero sobre todo del de corresponder: en el fondo, vemos claro que no es a ese contemporáneo nuestro a quien respondemos; se trata más bien de dar fe o testimonio de la palabra, o de la verdad que decimos, porque no son nuestras.
La palabra que — obedientemente — decimos no es nuestra. Y no, exactamente, porque el poeta sea un médium de ella, como creen los artistas espiritistas, sino porque él la recibe como un don, como los talentos de la parábola, que se le entregan en custodia y con muchas más exigencias y responsabilidades que derechos. «Mientras consume la inacción los dones», dice Julio Mesanza para decir del despilfarro que supone el vano rodar de los pensamientos, meramente humanos, por el interior de una conciencia que se sabe y se enorgullece de su autonomía. Esa palabra donada, entregada, no puede ser luego lo que se dice pensada por él, sino acatada, recibida desde abajo por una voz con el mandato de estar a su altura. El rechazo de la reflexión que se ve en los poemas de Julio Mesanza yo lo veo arrancar de aquí, de la consciencia del don, de la llamada, y de la correspondiente exigencia de una respuesta que esté a la altura. Lo veo arrancar de aquí, del ansia por despojarse de sí mismo, por liberarse de esa tiranía del sí mismo, mucho más que de ninguna filosofía de la acción del tipo vitalista o nietzscheano del siglo XIX. La entrega a la acción y la pasión fue, desde 1820, el sustitutorio romántico de la pérdida del sentido. Esto no puede ser muy mesanciano. Ni lo es la idea de la historia que ese pensar presupone: la idea de que el propio proceso o corriente infinita de lo vital suplantará, con su locura, a la verdad perdida. N o en vano la pasión inútil acabó siendo, durante el siglo XX, el caldo de todas las barbaries. Pensar, lo que se dice pensar en el sentido filosófico moderno, especular autónomamente, descreídamente, no es ni dócil ni obediente ni piadoso con la verdad, ni con la palabra que se nos ha entregado. En los poemas de Julio Mesanza no hay, como ha hecho observar él mismo alguna vez, apenas preguntas.
Ahora vemos que no puede haberlas, porque precisamente es él quien responde, quien reconoce la anterioridad y superioridad de otra palabra que es la primera en hablar, la que pregunta, la que llama.
Aun así, nuestro contemporáneo, por decirlo de una manera tan imprecisa que todo el mundo podrá comprenderlo, ese transeúnte que perfectamente puede ser un poeta, no es que crea (él no cree nada y — mucho menos — en nada), sino que sabe, como se saben las cosas bien aprendidas, que lo mejor que puede hacer en el mundo es ser un hombre de su tiempo, pertenecer a su tiempo, dicho más mayúsculamente, a la Historia. Yo creo que, una de dos: o se quiere la verdad o se busca el éxito; y él suele estar de acuerdo en esto conmigo. La lectura de los periódicos, decía Hegel, debe ocupar el lugar y el tiempo dedicado antes a la oración; ésta es la nueva sacralidad histórica de nuestro amigo. Para sentirse en la historia que le corresponde, por descontado que deberá mantener vivo lo que él llama espíritu crítico, y abierto ese ojo avizor que le caracteriza y que rompe a parpadear a ritmo de alarma cuando se percata de alguna amenaza para la autarquía de lo que él llama su «conciencia libre». También ha aprendido este hombre, de tanto oírlo o simplemente charlarlo, cosas con las que ha terminado por componer una colección de adagia para su uso particular. Entre ellos: que nada hay permanente; que no existe ninguna verdad única y que, por tanto, ninguna —salvo la de esta misma negatividad, bien gestionada— está asistida de derecho alguno a ojos vista preponderar sobre las otras; que hay tantas verdades como opiniones; que se debe hacer lo que se puede hacer; que cada cual guarda en su cofre interior sus ideales, tan valiosos y verdaderos como los otros, siempre que sean sentidos con la misma interior adhesión; que la realidad —mero panorama de accidentes— no incluye ningún significado; que los tiempos van encaminados, por la senda de la libertad, de la oscuridad del pasado a la luz del presente; que no tuvieron principio ni tendrán fin, salvo el individual de regresar a la nada… Nuestro amigo, además, llevará a gala, seguramente, estar en posesión de una criticidad suficiente para autorretratarlo como rebelde y más o menos insumiso. Resumiendo mucho con la vulgaridad de un ejemplo, podemos decir que esta rebeldía suele consistir en no descabalgar de la consideración de que, pese a todo — un todo que él, en realidad, nunca ha conocido ni querido conocer—, tanto la Revolución Francesa como la Rusa fueron necesarias. Es decir, que la suya es la rebeldía de la opinión pública. Por todo eso, nuestro amigo quizá sienta un cosquilleo de afinidad — y de ratificación— cuando vea en esos periódicos o nuevos catecismos de su historia que el elogio general de algún poeta de los muy premiados, consultados y adaptativos reconoce en él un «ejemplo de insumisión, desobediencia y rebeldía».
III
Se nos dirá, de todas formas, que la tradición, en el sentido social y envolvente, ya no existe. Y entonces, ¿qué orden se desacata? ¿A cuál obedecerá el obediente? En efecto, «ni está el mañana ni el ayer escrito». Somos libres; pero sobre todo somos libres para obedecer o para no obedecer. Hay una carta de Hölderlin a su madre, del Viernes Santo de 1802, en la que dice «que no seamos indolentes y hagamos con mesura lo que hacemos y alcancemos lo atinado en aquello que nos concierne». Y ya está. Pero, cuando no hay orden de guía, ¿qué es lo que nos concierne? ¿Y qué podría ser, una vez encontrada esa incumbencia nuestra, «lo atinado», lo bien encaminado, podríamos decir? ¿Cómo podemos, concediendo que ya tenemos la flecha adecuada, dar en el blanco? Supe de esa carta por un estupendo y viejo libro del profesor Beda Allemann, titulado Hölderlin y Heidegger, en el que encontré muchas cosas, entre ellas algunas que quizá vayan saliendo aquí. Era un libro, en el fondo, sobre la poesía — moderna — y el destino, o sobre la pregunta que, en estas páginas, nos traemos entre manos: ¿adónde ir, ahora, que no hay adónde? El profesor de Zürich explicaba, poniéndose en la piel de Hölderlin, que los griegos fueron —para entendernos con un esquema— lo contrario de Europa. Tanto para griegos (antiguos) como para europeos (modernos), la aventura de la vida, el trazo de su destino, consistiría en salir de sí, de lo propio, hacia lo extraño, y volver luego al suelo natal cerrando un círculo y pacificando así un universo desgarrado y en guerra. Tratándose en ambos casos de una marcha o partida, la dirección de ésta, habría de tener, en ambos casos, por fuerza signo contrario. Los griegos —los antiguos— formaban un oriental todo sin conciencia de la individualidad, una unidad indiferenciada como un cielo ardiente. Y toda su aventura consistiría, pues, en salir a tomar forma delimitada y particular, con un destino individual como el de sus estatuas. Hölderlin sintió, como se sabe, una gran admiración por los griegos. Quizá haya que hablar, mejor dicho, de una admiración por una idea espiritual que él llamó «Grecia», muy parecida a la que hemos llamado «Homero», aunque la suya fuera, por lo que sabemos, vaso que, según las épocas, contuvo cosas distintas. (Hölderlin dijo en un poema «Cantar quiero un canto ligero; pero nunca lo logro». Esto ya era inalcanzable para él. Yo sé del gusto de Julio Mesanza por esa letra que dice «Malferida iba la garza», por el Cancionero, por Cetina, por el Lope alado, por el Góngora de «Hermana Marica»…). En todo caso, Hölderlin tomó cuenta trágica de vivir en un tiempo en el que la conciencia sola del hombre solo, dueño absoluto de sí, le había separado claro está que de la divinidad, pero también de toda inmediatez, espontaneidad, unidad o armonía con el mundo, que era ya una inerte «res extensa» a dominar, o una masa plástica a moldear por una voluntad sin límites. No era exactamente, su «Grecia», la clásica Edad de Oro, o el Paraíso. No siquiera era un lugar, ni un momento de la historia, ni una civilización de las que, siguiendo la ley aristotélica de los organismos biológicos, habían acabado por perecer; ni una a la que se pudiese imitar, como fue tan frecuente hacerlo, helenizando, medievalizando o grequizando. Se trataba más bien de una ley perdida, un sentido abandonado, una relación —religación— ya olvidada, entre la historia de la vida y la pobre y emancipada historia nuestra. («Estoy en la tristeza, que es un tiempo / y un espacio y un alma devorada / por otra alma fantasma que no ha sido», dice nuestro poeta, a lo Cirlot, en uno de sus últimos poemas dolientes). En definitiva, se trata de saber si la soberbia nos ha dejado o no solos en este valle.
A primera vista, se dirá que aquel momento romántico alemán es muy lejano, o muy diferente, de la tesitura de nuestro excepcional poeta obediente. Pero el caso es que nuestras dos historias, o dos ideas de la historia, es por entonces cuando dibujan, con cierta nitidez, la bifurcación de su manantial. Y la entronización de la libérrima voluntad humana, también invita a esa remonta. Además, yo no recuerdo ahora, en la historia literaria, otras Europas (además de la de Blake, de 1794) que la de Novalis —Europa o la cristiandad— y la que sirvió a Schlegel de título al famoso periódico en el que contaba lo visto en el París pos-revolucionario de 1802, el mismo año de la carta de Hölderlin a su madre y el mismo, por cierto, en el que el conde De Maistre se instaló en San Petersburgo —donde escribirá sus célebres Soirèes—, como embajador del rey de Cerdeña. De esta última Rusia, tan presente en los poemas de Julio Mesanza ( una Rusia del alma, como la de Antonio Machado ) , recordaba por lo demás Marina Tsvetáieva lo que dijo Rilke : que es un país que limita con Dios. Sea como sea, gran y terrible tiempo de clausuras, entre el XVIII y el XIX, y de inauguraciones. Europa — o la modernidad, podríamos decir — sin duda fue por entonces el nombre bajo el que se había tomado conciencia de la escisión y de la pérdida de todo lo — llamémosla así— antiguo, y muy fundamentalmente del orden que había hecho del hombre un ser heterónomo, abrigado, obediente, supersticioso (desde el punto de vista de «la secte», claro) y quizá tranquilo.
En un estudio que es muy del gusto de Julio Mesanza, observó Simone Weil que la Ilíada es el poema de un mundo regido por la ley de la fuerza, de la violencia, de la materia. Es decir, el mundo de la indiferenciación original del que el hombre griego quería salir singularizado e individuado. Para resaltar a un individuo — concreto, definido, distinto — de entre ese magma o caos de lucha y sangre, Homero lo dibuja nítidamente como poseedor de más fuerza que los otros, que acabarán ahogados por él en el seno común de la materia informe. Ese individuo elegido, el más capaz para el combate, puede transformar en materia pasiva, en cosa inerte, la carne y el alma de los demás. También puede amarlos —pensamos nosotros—, con sólo no obedecer a la ley de la fuerza sino a la del amor. Pero esta ley del amor, la ley cristiana, la ley que hace a la debilidad más fuerte que toda fortaleza y que es —por antonomasia — la ley individualizante, no es ni ha sido nunca ley en el mundo, y menos en el griego o antiguo. El cristianismo rompe, por decirlo así, con la ley natural, que es la ley de la violencia de la naturaleza. Desde el cristianismo, o la cristiandad — Die Christenheit, que decía Novalis—, sólo los individuos son inmortales (no sus gestas), pero la criatura individual no se individualiza a costa de las otras, ni dibujándose en el primer plano mientras las otras se ahogan al fondo, sino que cobra su individualidad de origen: al ser mirada por los ojos de Dios. Ésa es la razón de la obediencia. Aun así, Occidente — Europa—, llevado de su proclividad a lo informe y al magma de lo natural (que es su opuesto), ha hecho suya, como se ve por las convenciones, la idea del amor fraguada en la versión romántica o añorante: una fuerza de fusión en el infinito informe o, a fin de cuentas, una pérdida del propio perfil y la propia cabeza —personales— mientras nos desleímos en la totalidad. Pues bien, esta idea del amor aparece escarnecida por Julio Mesanza en sus Remedia Amoris. Y yo creo que en el mismo sentido en que nuestro poeta rechaza también — en los titulados Cuestiones naturales— una idea de naturaleza igualmente envolvente y disolvente, que viene a ser de la misma estirpe aórgica y limosa que aquella del amor: lo que junta y abraza, lo que disuelve suprimiendo las individualidades. El conde De Maistre, en su afán contrarista, vio sin embargo una cosa: «En el vasto dominio de la naturaleza viviente —dice—, reina una violencia manifiesta, una especie de cólera prescrita que asoma en todos los seres in mutua funera: en cuanto abandonas el mundo inanimado, encuentras el decreto de la muerte violenta escrito en las fronteras mismas de la vida». Ciertamente, esto es muy distinto de lo que sir Isaiah Berlín, que recordaba esa cita, llamaba «el sueño de Condorcet» o la plenitud del racionalismo optimista, o la del buen intencionismo igualitario, que diríamos hoy.
Y lo que quiero decir es que este mundo de fuerza y violencia no es, no puede ser, un mundo añorado o ensalzado en los versos de Julio Mesanza, que pasan por belicistas. No es una Edad Media. Si nos detenemos un poco ante ellos, veremos, junto al desprecio de la especulación racionalista (que es sobre todo desprecio por la soberbia humana, sus utopías, su orgullo y sus torres), veremos, digo, la terrible verdad de que esa ley de la fuerza y la materia no es, como hemos dicho, la de un vitalista que enaltece la acción o la de un quijote caballeresco: esa ley preside estos versos no porque sea la suya, la de ellos, sino porque es la nuestra. Nuestro mundo tiene, de nuevo, la idea de la historia que corresponde a la muerte irremisible del individuo personal, en suma, al triunfo de la materia. Y ese mundo de guerra al alma, en el que el alma se debate por obedecer sin que la maten —por ello — los desobedientes, ese mundo es el nuestro, el de hoy, nuestro dialogante y relativo mundo, con su cultura y todo.
IV
El poeta obediente, pues, arrostra su designio. Él —que es obediente pero no es tonto — ve, no obstante, que, en Europa o en la modernidad, y también en la cristiandad, el orden, como la inocencia, no se le muestran sino perdidos, y que volver al lugar de partida ya no parece posible sin el rodeo de la consciencia. La inocencia y la tradición deben ser, pues, buscadas, y merecidas. ¿Pero no vemos, por ejemplo, ya en la Commedia — un poema moderno— ese modelo de sumisión voluntaria, de archiconsciente entrega de la voluntad propia, de la conciencia individual —entonces naciente, según nos han dicho—, en ganancia, precisamente, de la libertad? U n pequeño poema de Hölderlin, de la época de la señora Gontard —Diótima—, dice: «Así recorro yo el arco / de la vida y retorno al lugar de donde vine». Y así podemos ver también que los Nostoi, los cantos de regreso, no es que formen parte de un repertorio de temas intemporales de la poesía universal, sino que, mucho más que un tema, vienen a ser una como una fatalidad, una inesquivable determinación de toda poesía.
Toda la poesía de Julio Martínez Mesanza tiene un principio. Sin querer decir con esto que tenga una consecución, ese principio aparece como lo que es, el desencadenamiento o la señal de una partida. También la Commedia quizá el poema que más ha amado nuestro poeta, comienza con una partida, una salida al campo abierto en busca del camino recto del que se siente el poeta apartado por error. Por un error —digamos lo que importa— exclusivamente suyo. ¿Qué es la historia, toda la historia, parecen decirnos ambos poetas, sino un error? En efecto, sin error —venía a decir el Heidegger que pensaba en Hölderlin— no hay historia. La historia — dirá — «es historia del olvido del ser», es decir, extravío, separación, errancia, vagabundaje, alejamiento del centro creador de la vida. En ese centro, sin ser dañada todavía por la historia humana, sólo queda, nos dicen los versos, «la rosa en la urna», la rosa ausente, la flor de cristal. Es decir, lo que no ha sido ni llegado a ser, lo que se mantiene en la potencia pura de lo no vivido. Cuanto más andamos, más nos separamos, más contribuimos a la pérdida del alma. Y el rescate, el reencuentro, sólo en fechas muy recientes se ha pensado —si lo ha sido, claro — que puede lograrse con nuestras propias fuerzas. Por eso pudo decir Dante, en el canto X V I del Purgatorio, que era el error, y no la naturaleza, la causa humana de la progresiva inmundización del mundo. Pero ese rescate sólo tendrá lugar en el encuentro ante unos ojos redentores, es decir, otros ojos cuya mirada nos saque de sí, nos haga perder el apego que tenemos a nuestro propio nombre. Y esos ojos son, claro, de los que habla el poeta en sus Laudes Virgini.
La poesía de Julio Mesanza comienza, en fin, por un poema que se titula Arco, que es, como el del pequeño epigrama de Hölderlin, un arco de la vida y el primer poema de su primera Europa: «Cada flecha es un día. Tiene un punto / cercano al sol y luego, exhausta, baja». A primera vista, pues, parece que es el arco de la ley natural que todo lo explicaba a Cicerón y Aristóteles, la ley biológica. Pero también es el arco de entrada a una andadura de errores, de pecados, de devastaciones que gimen por su redención. A cada tropiezo, se pierde la esperanza. Arcos, en la historia de la literatura, debe haber muchísimos. Hoy, delante de estos versos, recuerdo sólo algunos. Píndaro, en la Nemea sexta, dedicada al joven Alcmidas, vencedor en la lucha, dice explícitamente que la diferencia entre hombres y dioses es que aquéllos carecen de fuerza propia. Pero también aparece allí un arco que representa las dotes de Píndaro como poeta, ya que, en la invocación a Mnemosyne, lo que le pide es que su canto vuele directamente hacia la meta, «como una flecha lanzada por el arco». En todo caso, el arco de Píndaro habla de la historia y de la poesía como memoria de la fama, es decir, plegadas a la ley de la materia. Por eso, más mesanciano y más lacerador de todo lo propio, lo nuestro, me parece a mí ese otro arco del que Dante hace hablar al anciano Cacciaguda cuando, en el Paraíso, va poniendo a su nieto al tanto de su destino:
Tu lascerai ogni cosa diletta
piu caramente; e questo e quello stralle
che l’arco dello essilio pria saetta
Para un lector español — m e acuerdo ahora— quizá haya otro arco. Me refiero al que puso Ortega de frontis a un año de El Espectador, tomándolo de la Ética a Nicómano: «Seamos nuestros con nuestras vidas, como arqueros que tiene un blanco». A Ortega le iba muy bien lo del arco, sin duda, y eligió a un arquerito como emblema de su obra toda. Y habló muchas veces de esa vida proyectiva, futurosa, prediccionista, planeante y conquistante — la Europa moderna— que le era tan querida. Habló, por ejemplo, de esa tontería de las generaciones viendo en cada una de ellas «un proyectil biológico», una flecha. Y echó pestes del antivitalismo y el antihistoricismo que significaba, según él, la idea de que toda la historia es un errar y una estela de errores. Esto, pensaba, es lo opuesto a la vida, a la vida que estará siempre en manos de las «almas alerta» de los «corazones de vanguardia». Ya hemos dicho antes — ahora lo vemos con un ejemplo— que una de dos: o se busca la verdad o nos adaptamos al éxito.
V
Hoy cuesta encontrar a un poeta obediente. Sobre todo cuesta encontrar a un poeta cuyo sentido de la historia no sea el de la completa sumisión —aunque él se encuentre a sí mismo muy desobediente e insumiso— a lo que se ha llamado la historicidad de la poesía, tan distinta cosa de la que nos ocupa aquí. Con esa historicidad o temporalidad se ha querido significar, justamente, la afiliación del hombre-poeta a una historia sin significado, o una historia en la que el significado había sido absorbido por el puro devenir del proceso histórico y por el triunfo en él —evolutivo, biológico— de quienes mejor obedezcan a la ley natural. El poeta obediente, el de alma antigua, no obedece a esa historia. El poeta obediente obedece a los significados. Cree que la historia significa. Y que la pérdida del significado merece el dolor. Que, en ella, en la historia, se le ha entregado algo que no es suyo y algo por lo que se le van a pedir cuentas. Cree, en fin, que los actos de aquí hacen muesca también en otra habitación lejana y distinta. Ésta es la creencia o la fe en la que se encuentra el origen de toda liturgia. La poesía de Julio Mesanza, nada más disparar su arco, nos deja entrever el significado, a fin de cuentas litúrgico, que tiene la historia para un poeta obediente. «Exaltación del rito» dice: «Quien las formas degrada y luego entrega / simulacros neutrales a la gente, / para ganarse fama de hombre libre, / no tiene Dios ni patria ni costumbre». Luego, «Ceremonia» insiste en lo mismo. Yo he visto alguna vez explicada esta idea por un gran teólogo. Venía a decir el teólogo: El acto creador de la vida ha lanzado las flechas; la flecha está lanzada por el Amor para que tenga un movimiento circular, «exitus y reditus, salida y retorno». La razón de la obediencia es, pues, la creación. El don entregado quiere una respuesta, un agradecimiento. Ese amor, como decíamos antes, han preferido los hombres dueños de su historia que no tuviera dependencia ni condición, que el don — venía a decir el entonces cardenal— no exigiera un agradecimiento ni una respuesta. Pero de este modo — concluía — «se parte en dos el arco de exitus y reditus». La vida quiebra. La liturgia, la ceremonia, el rito, significan que la habitación del cielo ha abierto una ventana al mundo. Que la historia humana no es sólo humana; que los destinos meramente personales, se encuentran, en ese tiempo distinto que es la liturgia, con otra historia, o la prenda de otra historia, encauzándose a Dios. Y esta liturgia que envuelve a las formas, es la primera razón para creer, más allá del decorado épico, lo que estos versos, que parecen épicos, dicen. O sea, lo que dice su forma, la forma de unos versos que, sabedores del Destinatario último, hablan de usted. Aunque para eso, desde luego, haya que poner entre paréntesis la pretensión de la historia contemporánea asignificativa. Al no poder entenderlo, ella, esa historia, sentirá que lo dicho en los versos no es de recibo en el mundo de la relatividad de los significados y la abolición de la verdad: el exclusivo y desligado mundo del hombre.
El poeta obediente, el de alma tradicional, encuentra o encontró algún día que, en determinadas circunstancias, se manifestaban indicios de que el arco de la vida no era tensado por él, y de que la flecha no era él quien la disparaba. Arquíloco de Paros («la victoria está en manos de los dioses»), o el espartano Tirteo («es hermoso que un valiente muera […] luchando por su patria») nos están mostrando, pese a todo, los límites de la individualidad solitaria y la acción de fuerzas y manos exteriores a los hombres. Cacciaguda le dice a su nieto que, para encontrar al señor de su alma, deberá abandonar lo más querido de todo lo suyo, lo más suyo, pudiéramos decir. Así es que se comprende que cuando Roma cayó, los cristianos, incluido san Jerónimo (al que le costó creerlo), sólo sintieran que se confirmaba la ley que regía, según ellos, las cosas de este mundo — la de la fuerza y la muerte—, y que sin embargo la gentilidad quedase hundida bajo lo que habían sido los pilares de su historia —los de la fama—, abatidos sin remisión.
Pero cuando verdaderamente la historia dejó de significar fue mucho después. A imitación de las experiencias científicas y del dominio de la ciencia sobre la realidad; a imitación también de las verdades interiores que socavaron la verdad tradicional, los hombres enaltecieron su propia subjetividad y su suficiencia. Luego, pasaron de la certeza de la naturaleza revelada a sus solos sentidos, a comprobar, desesperantemente, la soledad en que se encontraban los sentidos en medio de la materia, como debió ocurrirle a la famosa estatua del señor de Condillac. Así que la realidad y la historia eran proyecciones subjetivas y ya no podían esconder leyes, ni principios, ni trayectorias que pudieran ser descubiertas: «Los fines no se descubren, se crean», habían dicho Fichte, como complemento a este otro hallazgo suyo: «La cultura no es un freno de la violencia sino su instrumento», que es tan verdad. Y en efecto, la realidad y la historia no iban a ser desde entonces sino fabricadas, puros campos de acción de la indómita y libérrima, emancipada voluntad nada más que humana.
Al oír todo esto, nuestro contemporáneo amigo de la calle ha torcido el gesto. No entiende que se diga que la libertad, la tolerancia, el diálogo, todo eso que él cree arrancado o conquistado a la injusticia y a la opresión, costó mucha sangre, muchos muertos inocentes, mucha devastación en esa historia ya fabricada a voluntad de hombre. Que costó muchas veces la supresión absoluta de lo humano con salpicaduras al universo entero. Ni podrá entender que el viejo Bowra dijera ya hace mucho tiempo, en sus estudios sobre Poesía y política, que «si la filosofía ha experimentado la influencia de los métodos empíricos de la ciencia moderna (la supresión del alma, diremos nosotros), la poesía ha sido afectada profundamente por la realidad brutal». Esa realidad en bruto, la de la fuerza y la materia, no puede ser sino una realidad sin historia, o una realidad en la que la historia ha perdido significación y sentido, devorada por los aleatorios procesos biológicos o cronológicos, las sensaciones, las experiencias — y también la experiencia con su propia poesía sin significación—.
VI
Ésta es, más o menos, según la veo yo, la relación entre lo que se dice en ellos y lo que estos endecasílabos dicen. Hace tiempo, un buen amigo al que se la acerqué me dijo: «Qué poesía más rara» (no le había gustado; ni disgustado: no la entendió, ésa es la verdad). Creo que intenté hacer- le ver — no sé, porque hace de verdad mucho tiempo— alguna de las cosas que he escrito ahora aquí. Le dije —esto es seguro— que este poeta sólo quiere ser menos, porque sabe que ése es el único camino para que la Palabra a la que él sirve sea más. Que sólo busca su liberación entregando su libertad. Hoy, a mi amigo, lo recuerdo como un lector, un lector al tanto. Alguien, pues, que no podía entender cómo unos versos tan claros le resultaban incomprensibles.
Cuatro poemas
JULIO MARTÍNEZ MESANZA
Lirio en el agua, inaccesible lirio,
y agua que escapa, luz inaccesible.
Me llevaré a la oscuridad tus ojos,
la hermosura terrible de este mundo,
la culpable hermosura de esta tarde,
la luz inaccesible de tus ojos.
Porque la tarde es última y oscura,
una hermosura sin después, un pozo
en el que va a ahogarse un niño, un pozo
con un lirio en su fondo inaccesible.
Todo se apaga alrededor y queda
sólo un pozo en el centro de la tarde
y un lirio inaccesible y, en mis ojos,
la luz que mataré cuando me vaya.
Estoy en la tristeza, que es un tiempo
y un espacio y un alma devorada
por otra alma fantasma que no ha sido.
Nada ni nadie duele en la tristeza,
mientras los grises días se dilatan
y sus reinos de páramos sombríos.
A veces siento lo que pensaría
si un día me perdiera donde mueren
los sonoros tranvías de San Siro.
Si un día, bajo el blanco sol perdido,
de improviso dejaran de importarme
las cartesianas cruces que me guían:
el claro espacio y el complejo tiempo,
la tiranía del después y el antes
y la balanza de alegría y culpa.
Mi alma quiere tener las claras rectas
de los desconcertantes arsenales
y en su interior la música compleja
y los sonidos limpios del dieciocho,
la ansiosa melodía inacabable
que siempre vuelve y cambia y cambia y vuelve.
Mis ojos vieron para mi alma el Neva,
la plaza del comercio y conde duque,
y para mi alma oyeron mis oídos
total eclipse y una cosa rara;
para mi alma, la inhóspita y abstracta.
En el transcurso de una cena de antiguos compañeros de colegio, surgen, entre broma y veras, recuerdos de una época juvenil teñida por luces y sombras.
A lo largo de la velada, uno de los bachilleres, convertido con el paso del tiempo en juez prestigioso e intachable, cuenta el caso de Adler, uno de sus camaradas de curso, al que le correspondió juzgar como imputado por el asesinato de una prostituta. Al hilo de la tertulia, el relato describe de modo magistral la mentalidad de aquellos escolares, sus prejuicios, egoísmos, pequeñas y grandes crueldades de las que, según propio testimonio, hicieron víctima a Adler, al que envidiaban por su brillantez intelectual y al que no perdonaban su ascendencia judía. La acción se desarrolla en un país centroeuropeo en los últimos años del Imperio Austro húngaro.
Detalles ambientales que vienen a coincidir con la biografía del propio Werfel, de origen judío, nacido en Praga en 1890, soldado en el ejército austriaco en la I Guerra Mundial, residente en Viena y obligado al exilio en 1938, bajo la amenaza de Hitler, hasta fijar su residencia en Estados Unidos, hasta su muerte, en 1945. En las palabras del juez, resuenan ecos de cierto remordimiento, aunque ponen de relieve las contradicciones del alma humana y la capacidad de hacer daño que se esconde incluso entre personas dedicadas, como el juez del relato a una profesión noble. La novela de Werfel acredita sus excelentes dotes literarias, ya demostradas en otros relatos como Los 40 días de Musa Dagh (1933) y en sus obras posteriores: La Canción de Bernadette (1941) llevada al cine con gran éxito (1943) y Una letra femenina azul pálido (1941).
El pasado 10 de mayo, tuvo lugar en Madrid la presentación del último libro de Aleix Vidal-Quadras. Al acto acudieron la presidenta de la Comunidad de Madrid, Esperanza Aguirre, y el vicepresidente del Grupo Popular Europeo, Jaime Mayor Oreja. Vidal-Quadras expuso una propuesta de cómo tiene que ser la actitud de los españoles ante la «embestida secesionista»: 1) Paralizar cualquier reforma estatutaria; 2) dar la voz de alerta frente a los disimulos del Gobierno y de los nacionalistas; 3) volcarse a favor del no en el referéndum sobre el Estatuto que se celebrará en Cataluña el 18 de junio; y 4) plantear en el futuro programa electoral una propuesta esencial de reforma de la Constitución para desandar todo lo andado por socialistas y nacionalistas.
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El socialismo español ha pasado por varias fases a lo largo de su recorrido histórico y el autor muestra su interés por enmarcar de alguna manera al actual encabezado por el presidente del Gobierno. No cabe duda de que Zapatero ha sorprendido al propio socialismo envolviéndolo en una capa a modo de ideología para hacer frente quizá a un proyecto huérfano de objetivos constructivos. Jesús Trillo-Figueroa bautiza esta «filosofía» como la «ideología invisible» y la describe como «la versión más radical del socialismo, unido al llamado « feminismo radical». Apunta con ello la similitud existente entre esta nueva utopía y el « mundo feliz» de Huxley. Cosa sería, desde luego, por las consecuencias que la sociedad se verá obligada a pagar en el futuro.
Navarra es una región de 600.000 habitantes, de los que cerca de un 10% son inmigrantes, lo que de suyo revela su prosperidad como fuente de empleo. Su personalidad regional en primer lugar posee raíces históricas. No en vano ha desempeñado en la historia de España un papel medieval de primer orden para la configuración definitiva del primer Estado nacional de Europa. Su inserción en la época industrial fue muy débil en la etapa de la Primera Industrialización, pilotada casi en exclusiva por el País Vasco y Cataluña. La Segunda Industrialización, sin embargo, iniciada en España durante los años sesenta del pasado siglo, fructifica en el territorio foral a una velocidad sorprendente, de forma que hoy ocupa uno de los primeros planos entre las Autonomías españolas. Su incorporación al desarrollo nace de la mano de un liderazgo plural, presidido por la figura de don Felix Huarte. Con posterioridad parte de las empresas de origen endógeno constituyen la base o su sustitución de un itinerario creador en el que figuran junto con una iniciativa endógena otra exógena de origen multinacional. Así hay ochenta multinacionales, entre las que destaca a gran distancia Volkswagen, que sustituye a SEAT que a su vez sustituyó a la Authi inglesa.
Esta singularidad industrial, acompañada de otros sectores entre los que destaca el agroalimentario, no es el único factor que la sitúa en un lugar preeminente entre las comunidades autónomas. Además de la UNED, posee dos universidades. Una es joven, la UPNA. Otra, la Universidad de Navarra, se halla celebrando estos años el cincuentenario de sus facultades e institutos en el marco de un prestigio y un hacer universitario de renombre internacional. La biomedicina y la biotecnología constituyen hoy serias posibilidades de la nueva sociedad, a la par que son relevantes otras iniciativas relacionadas con sectores innovadores como las energías alternativas, sin olvidar unas infraestructuras de salud e investigación médica de primer orden.
La acción institucional del Gobierno de Navarra contribuyó y contribuye, con su apuesta por la innovación a través de los planes tecnológicos y de los escenarios de futuro integrados en el Primer Plan Estratégico de principios de los años noventa y en la recien ultimada Estrategia Territorial de Navarra. Por añadidura, la excelencia se completa con un sistema urbano de valor patrimonial y buena factura arquitectónica y urbanística, y un sistema ambiental que la singulariza por tener una semicorona de espacios privilegiados desde los LIC a los parques nacionales, en un contexto bioclimático que sintetiza en gran medida la variedad de ecosistemas de España. A tenor de los anteriores factores de cambio se ha conformado una sociedad de clases medias, de la que participan en gran medida sectores del mundo obrero.
Pues bien, en este contexto de región privilegiada por los indicadores económicos, sociales, ambientales, y urbanos, a un paso del alto Pirineo y del mar, lindante con Francia, y encrucijada entre los ejes cantábrico y mediterráneo, se plantea la crisis de la empresa de mayor envergadura de la región. Habrá que subrayar en primer lugar que entre el numeroso grupo de empresas que forman el complejo internacional de Volkswagen, la fábrica de Pamplona es la que posee ratios de productividad más elevados, a tenor de las instalaciones en proceso constante de innovación y ampliación. Valga señalar las nuevas instalaciones de fines de 2004 en talleres de pintura o las posibilidades de aumentar la capacidad de producción hasta 1.400 vehículos diarios, incluido además el cuidado del ambiente. Así, figura como la primera empresa española en conseguir la certificación del reglamento EMAS, y la primera europea en conseguir la certificación ambiental ISO 14.001, además de «haber alcanzado una reducción de un 20% en el consumo de electricidad, gas y agua por cada automóvil fabricado». Es asimismo relevante un empleo altamente cualificado de 4.500 trabajadores directos en todos los niveles, cifra que hay que multiplicar por tres si se piensa en las empresas de componentes y auxiliares, una parte de las cuales sólo trabajan para Volkswagen.[[wysiwyg_imageupload:1608:height=189,width=200]]
La crisis actual se concreta en un largo proceso de problemas entre el mundo sindical y el empresarial con vistas a la firma del convenio colectivo, que sobrepasa ya los quince meses.
Puede plantearse sobre todo en torno a dos cuestiones. Una es de ingresos recortados en estos últimos años como consecuencia de las nuevas circunstancias en que vive el mercado internacional del automóvil. Otra se relaciona con el cambio generacional que de una situación óptima ha pasado a un deterioro salarial en los nuevos tiempos por los que pasa la industria del automóvil. Veamos el cambio.
Entre 1990 y 2001 se asiste a un boom que comporta la fabricación del Polo AO3, AO3gp y AO4 en 2002. Esa ampliación lleva consigo la entrada en la empresa de una nueva generación de trabajadores, y un salto desde los 2.500 empleos hasta los 5.500, con lo que la edad media se rejuvenece situándose entre 28 y 36 años, sucediendo a la vieja guardia de la época del Authi. En la actualidad el grupo de edad oscila entre 35 y 45 años. El número de coches anual asciende en esta época hasta los 350.000, para lo cual la fábrica necesita abrir la puerta a más días de trabajo, los sábados se consideran horas extras e incluso se admiten estudiantes durante el verano. Tal es el techo alcanzado por la producción y las exportaciones que la fábrica solamente cierra durante la semana de los sanfermines. Los ingresos medios de 1.500 euros mensuales sitúan el empleo en una situación privilegiada en comparación con otras empresas. La conformación de familias va en paralelo a la adquisición de viviendas propias de las clases intermedias, con los créditos y amortizaciones que requiere la adquisición de un hogar en nuestros días, así como el disfrute de vacaciones de calidad.
Después llegan los efectos de la globalización y de la crisis mundial del automóvil, al menos en el mundo occidental. Volkswagen no podía sustraerse al entorno de la globalización y de las deslocalizaciones, a sabiendas de que la planta de Pamplona era sin duda la más eficiente. Tras la firma del convenio de 2001 y ante la firma de uno nuevo en que la empresa, si bien hace inversiones y continúa los procesos técnicos de innovación y solución de problemas -tareas que reflejan un aspecto de su liderazgo-, comienza una nueva etapa restrictiva, de recorte de horas de trabajo, reduciendo el 10% de la producción a costa de que no haya despidos, ya que la empresa desea suprimir quinientos empleos, esto es, plantea una flexibilización por abajo. En el transcurso de estos quince meses el conflicto va subiendo de volumen ante la firma del nuevo convenio, en tanto que la producción se reduce a 200.000 coches, y la plantilla se adecua a la evolución de la demanda. Hay despidos coyunturales, esto es temporales, a la vez que el número de días de trabajo disminuye hasta 190 y los ingresos se ven mermados a una media de 1.080 euros. Durante el mes de marzo y, sobre todo, en el transcurso de abril y mayo hasta el día de hoy, el conflicto registra las tensiones máximas entre la presión de los trabajadores y las advertencias de la empresa con deslocalizaciones de producción hacia Bratislava e incluso a Bruselas. Huelgas, paros parciales, incluso alguna manifestación que, por cierto, ocasiona detenciones cuando una minoría de huelguistas intentan entrar por la fuerza en el Parlamento de Navarra (con el resultado de cinco heridos: cuatro policías forales y uno de los manifestantes), a lo que sigue una protesta de todos los sindicatos por las siete detenciones realizadas. A primeros de abril, la empresa había ya dado un ultimátum al no lograrse el acuerdo, indicando que comenzaba un proceso de desinversión en la planta.
Hablar de sindicatos exige algunos pormenores. El comité de empresa está formado por UGT, CC.OO., LAB y CGT. De los dos últimos uno abertzale, esto es, con fuerte presencia sindical y política en el País Vasco; el otro es heredero de la antigua CNT. En definitiva, se trata de Sindicatos muy radicales. Además, la política conjunta que acostumbran a compartir UGT y CC.OO. se ha roto esta vez. De tal forma que si al principio del litigio UGT formó un grupo compacto con los demás, después ha adoptado una posición independiente. Su estrategia aboga por un referéndum que permita a los empleados votar libremente, tras tantos meses de incertidumbre y dependencia de los planteamientos de la empresa ante el exceso de tiempo y la merma de la producción por causa de los paros parciales. Así que LAB, CC.OO. y CGT continúan polarizando el conflicto.
El 25 de abril un periódico alemán (Handelsblat) publica las declaraciones de un portavoz de Volkswagen. La empresa trasladará parte de la producción del Polo a factorías de la Europa oriental, probablemente a Bratislava, que actualmente se halla saturada por la producción. Esta decisión tiene lugar tres semanas después de que terminara el ultimátum de Volkswagen para terminar la negociación, cuando ya han pasado más de quince meses desde su inicio. En fin, con fecha 11 de mayo, las federaciones del metal de CC.OO., LAB, CGT, ELA y ESK en Navarra, organizan una manifestación para el 20 de mayo. La federación del metal de UGT replica que «sería un acto de incoherencia participar en una manifestación en defensa de la continuidad de la planta de Landaben, junto a fuerzas sindicales que, con una estrategia irresponsable, están poniendo en serio riego esa continuidad», y añade que «la planta ha perdido producción adicional que le iba a ser asignada, y que el consorcio está preparando el traslado a otras plantas de parte de la producción actual, hallándose en riesgo la asignación del nuevo modelo Polo AO5».
Los sindicatos citados de Volkswagen-Navarra, se publica en Diario de Navarra el 16 de mayo, inician una semana de protestas tras dos encuentros con la empresa. Uno tuvo un carácter mundial en la sede de la empresa en Wolfsburg, a la que acudieron los responsables de UGT y CC, que pidieron la solidaridad de los demás trabajadores. La respuesta fue una severa amonestación del primer directivo Bernd Pischetsrieder por el «incomprensible alargamiento de la negociación». En fin, a 16 de mayo, cuando se cierra este artículo, se halla pendiente una reunión de porte nacional antes de finalizar el mes, entre los responsables de UGT y CC.OO. y el responsable de producción de la marca, que pretende desbloquear el convenio.
Cabe preguntarse cómo es posible este proceso tan largo, que sólo puede solventarse, observándolo desde Navarra, de la mano de UGT que insiste en el referéndum a sabiendas de que hay una distancia entre la parte radicalizada del comité y buena parte de los empleos, que desean recuperar las condiciones de trabajo normales, aunque ello comporte costos. La necesidad de cerrar de una vez el conflicto entre ambas partes es evidente, porque en caso contrario tendría lugar un grave deterioro, que no sólo afectaría a la propia planta sino además a los miles de trabajadores de las empresas de componentes y auxiliares que en gran parte trabajan sólo para Volkswagen.
De no haber acuerdo antes de San Fermín, habrá que observar el proceso con pesimismo. El cierre de la planta ocasionaría más de quince mil parados por su repercusión en las demás empresas del complejo. Es evidente, además, que la imagen de Navarra quedaría seriamente afectada, por lo que se explican las opiniones que ven detrás de un conflicto tan largo posibles intereses comunes relacionados con el denominado «proceso». Una Navarra en situación parecida a la que se produjo en los años setenta, de huelgas y cierres muy sonados, de pérdidas de empresas y estatus prerrevolucionario, probablemente favorecería los intereses propicios a la territorialidad. En cualquier caso, la debilidad de Volkswagen o su desaparición a largo plazo en función de alternativas maximalistas pilotadas al parecer por la presión de los sindicatos abertzale y cenetista, iniciaría un nuevo ciclo en Navarra precisamente en una etapa de su brillante historia industrial reciente en el que hace falta un cambio de modelo que supere el exceso de dependencia del sector metálico, y un esfuerzo denodado para introducirse plenamente en la sociedad de la información, paralelamente a una diversificación de las actividades o al fortalecimiento de las actuales. En conclusión, en estas horas difíciles de relocalizaciones, Navarra necesita un salto cualitativo aprovechando las condiciones económicas, sociales, ambientales y ecológicas, urbanísticas, y de investigación, que ha logrado durante la Segunda Industrialización.
Hoy en día hablamos de manera continua en términos de educación, de progreso científico y de mejoras de distinta naturaleza, pero ¿realmente existe dicho progreso? Con la ayuda de pensadores españoles y francófonos, propongo en este texto una reflexión sobre el concepto de la estupidez y la influencia del fenómeno en diferentes campos.
Para comenzar, acudo al pensador francés Jean-Michel Couvreur que introduce una primera distinción cuando propone hablar de «ininteligencia» a propósito del niño pequeño que todavía no ha madurado lo suficiente como para lograr poseer inteligencia. De igual forma, se debe también distinguir la estupidez de la simple ignorancia cuando ésta radica en la mera falta de información sobre alguna cuestión que una persona tampoco pretende o debe conocer. La verdadera estupidez se caracteriza por la ausencia de un conocimiento que se debería poseer o, aún más, que se pretende conocer y, además, no existe en el sujeto una preocupación por cubrir esta carencia. Para Couvreur, en definitiva, la estupidez consiste en una inmovilidad intelectual que corresponde a un suicidio intelectual.
En opinión de Jacques Barzun, historiador de la cultura y decano en la Universidad de Columbia, la inteligencia es individual pero el intelecto es colectivo porque necesita una tradición, una educación, una red de bibliotecas y revistas y unas instituciones como las universidades. Barzun ha observado la presencia de un profundo «antiintelectualismo» en los países occidentales durante el siglo XX. Cree que lo que atrae a las masas es el arte y no la ciencia. La idea de que tiene poca importancia el sentido de una obra o de una expresión se ha extendido cada vez a más áreas. Los jóvenes no reciben una educación intelectual adecuada porque no se les obliga a trabajar sobre materiales intelectuales. Incluso entre los que se consideran intelectuales reina la confusión. Piensan en sí mismos como intelectuales, pero quieren vivir como artistas, dice Barzun.
El historiador francés afincado en Nueva York afirma que los jóvenes están más influidos por los medios de comunicación que por la escuela y que, como todo lo que ocurre en los medios se debe poder entender enseguida, no dan ninguna importancia a la irrelevancia propia de la mayoría de los contenidos difundidos. Los jóvenes no descubren el valor de los conocimientos y, de esta manera, la educación llamada democrática lleva a una actitud escéptica, negativa, reacia al esfuerzo. El lema de algunos alumnos frente el profesor parece ser: «¡Enséñame si puedes!».
Frente a esto, un país que quiera tener ciudadanos inteligentes deberá cuidar de sus instituciones intelectuales y en primer lugar de su escuela.
El filósofo francés Adam realizó hace varias décadas un estudio sobre «la estupidez» en el que enumera algunas características del sujeto — el estúpido— que se caracteriza por ostentar dicha «virtud»:
—No se interesa por el conocimiento.
—No acepta el esfuerzo.
—No toma en cuenta la realidad.
—Sus limitaciones no le molestan, sino que es feliz en su estado.
En lo epistemológico, el estúpido da importancia a lo que no la tiene, a lo fútil, lo evanescente. Explica fenómenos banales que no necesitan explicación. No aprende cosas nuevas sino que se repite. En una discusión, no se apoya en argumentos. Le gusta lo superficial y no echa de menos otras dimensiones del pensamiento.
En lo social, el estúpido usa las palabras sin poner atención en su sentido. Se niega a prestar atención a las razones expuestas por los otros. No toma en cuenta la realidad. Convierte en víctimas a las personas sensatas, expuestas a su torrente de palabras. Adam no duda en calificar la estupidez como una agresión contra la sociedad. El estúpido llega a ejercer un «terrorismo intelectual» sobre su entorno porque, en la conversación, impone lo irrelevante, salta entre temas y continuamente se autoelogia.
El ser inteligente, por el contrario, muestra una disponibilidad hacia lo real. Adam subraya que reconocer las limitaciones propias en cuanto a los conocimientos es estar ya en camino de aprender. De igual modo, reconocer un error moral es el acto de un ser moralmente superior. El uso de la razón y de la moral es lo que posibilita un verdadero encuentro entre las mentes.
El pensador suizo Romain constata que los jóvenes de hoy no valoran los conocimientos culturales y no están dispuestos a sacrificarse para transformarse en personas cultas. Lo que «se estila» es vivir en el instante, una actitud característica de los niños y los incultos. El que vive en el instante busca lo fácil, lo rápido, lo superficial, lo que no supone esfuerzos. Busca atajos. Romain destaca que el gran «valor» de nuestros días es el «jeunisme», algo así como el jovenismo, es decir, elogiar diferentes conductas y pensamientos sólo porque caracterizan a la gente joven. En la práctica, el jovenismo no está muy alejado del hedonismo, porque la cultura joven de nuestros días da mucha importancia al placer inmediato. Para Romain, el jovenismo tiene mucho en común con el voluntarismo, la idea de que si yo quiero que algo sea de cierto modo, la realidad se amoldará a mis deseos.
El pensador suizo se interesa por los cambios en la educación y nota que la escuela actual propone materiales «premascados», instantáneos, con lo cual fomenta las actitudes que él critica. En vez de avanzar en civilización estamos volviendo hacia atrás y cada vez somos más tercermundistas. Enumera cinco características de la educación de hoy:
Pereza. Los alumnos ya no tienen que hacer tareas y rendir exámenes para poder seguir dentro del sistema educativo.
Angelismo. Se supone que todos los alumnos son buenos, quieren estudiar, nunca destrozarían nada y todos dicen siempre la verdad. Victimización. Cualquier alumno puede considerarse víctima por una serie de causas. Muy pocos seres son tan afortunados que no puedan señalar ninguna circunstancia en su vida que pueda presentarse como problemática.
Igualitarismo. Todos son buenos, todos tienen la razón y todos son iguales. Cualquier distinción es socialmente inaceptable. Si la realidad no corresponde a este credo, se rechaza la realidad.
Relativismo. Todos los valores se consideran iguales, lo cual convierte en muy difícil para la escuela dar énfasis a los valores epistémicos.
Un investigador sueco en el campo de la resistencia de los materiales, Ostberg, subraya que la pereza es uno de los factores importantes para explicar la estupidez. Dice directamente que la pereza lleva a la estupidez. Enumera algunos efectos de la pereza en el campo epistemológico. El perezoso:
—se niega a tomar en consideración hechos que no se conjuguen con la tradición del área.
—busca explicaciones sólo dentro del área que ya conoce. No toma en cuenta que la respuesta pudiera encontrarse fuera de la disciplina que el investigador está manejando.
—deja la búsqueda antes de llegar al final de la investigación.
—afirma arbitrariamente disponer ya del conocimiento en cuestión.
Por su parte, el escritor austriaco Grillparzer ha resumido las diferencias entre el estúpido, el mediocre y el inteligente. El estúpido cree que todos los casos son únicos; el mediocre sólo ve las reglas; el ser inteligente ve también las excepciones. Como se ve, el concepto de estupidez de Grillparzer es similar al de Adam y de Ostberg. El estúpido es perezoso y no se toma la molestia de averiguar. No pone atención en la realidad. El mediocre sí toma en cuenta la realidad, pero se cansa pronto. Se distrae y, al poco tiempo, deja de intentar alcanzar su meta. Sólo el inteligente de verdad pone atención en la realidad y organiza mentalmente sus conocimientos, distinguiendo las reglas de las excepciones.
Östberg habla de modelos, metáforas y perspectivas como instrumentos de trabajo del intelecto. Los modelos suelen corresponder exactamente a la realidad y constituyen un «instrumento» normal de trabajo en las ciencias naturales. Las humanidades y las ciencias sociales utilizan más bien metáforas, imágenes que corresponden en parte a la realidad que se quiere captar. Con una metáfora hay que saber manejar la doble presencia de la similitud y de la diferencia.
Una idea fundamental en Östberg es que todas las profesiones incluyen la necesidad de saber evaluar los riesgos. No sólo son importantes los conocimientos en sí, sino también la inserción de los conocimientos en el marco de la realidad con toda su complejidad. En otras palabras: es necesario ser inteligente para ser buen profesional. Echeverría describe, en el campo de la epistemología, lo que es contrario a la estupidez, mencionando la cohesión, la precisión, la generalidad, la verificabilidad, la racionalidad y la valoración. Está claro que la pereza no se conjuga con estos valores.
El filósofo español José Antonio Marina denuncia la importancia que se otorga actualmente al ingenio, a la intuición, a la levedad y al hedonismo. El ingenio puede divertir pero cansa, subraya Marina, porque gira sobre sí mismo. No apunta a ninguna meta fuera de sí. El ingenio prefiere la improvisación y la asociación libre, lejos del ideal social de Condorcet que consistía en la búsqueda del consenso entre personas instruidas y racionales. Lo que con el lenguaje psicológico se llama una buena gestión de metas es lo que lleva a una sociedad funcional y a individuos felices. El niño que aprende la técnica de proponerse metas y cumplirlas adquiere posibilidades de convertir su vida en un éxito. Al revés, lo que caracteriza a los mal adaptados es no poder planificar y no lograr guiarse por un plan.
La palabra compromiso está en vías de adquirir otro significado. El nuevo significado podría ser comprometido con la realidad en contraste con los que hacen caso omiso de la realidad, que «devalúan» lo real. Marina observa una relación entre el desprecio por la realidad y la idea de que todo es igual. Si todo es igual, todo carece también de importancia. ¿Por qué mantener precisamente la distinción entre lo real y lo no real? La equivalencia impide la elección, la jerarquización y el hablar de valores. En el campo epistémico, la equivalencia impide elegir entre lo importante y lo menos importante. Si todas las opiniones son respetables, no hay criterio epistemológico para distinguir entre ellas. En el campo moral, la equivalencia impide la ética, porque la ética es precisamente señalar que ciertos actos son mejores que otros.
En sus estudios Marina muestra varias paradojas:
a) Hay una tendencia a considerar libre sólo la acción espontánea. Si sólo el instinto se considera libre, no se puede conseguir nada con esa libertad, porque no se rige por la voluntad. Es una libertad sin sentido. El yo sería igual al instinto.
b) Si todo está libre, el individuo no puede estar libre de nada. La libertad misma queda devaluada y el individuo libre también.
c) La educación, el conocimiento y la reflexión corresponderían a la opresión y la deformación.
El reino del ingenio es el reino de la novedad y la originalidad, un criterio estético. Marina menciona que el éxito académico del crítico literario ruso Bajtin podría tener relación con estas nuevas tendencias. Con la carnavalización de la que habla Bajtin se asocian lo ingenioso, lo festivo, la libertad, la comunidad, la igualdad y la abundancia. Todo está libre, no se pide ningún esfuerzo y todo se puede elegir. Esto es lo que le gusta oír al hombre moderno.
Por su parte, el filósofo español José Luis González Quirós nos recuerda que la psicología clásica distingue entre la realidad, los conceptos sobre la realidad y el sujeto que piensa, pero que la ciberfilosofía da saltos atrevidos entre estas categorías. Es difícil distinguir la estupidez psicológica de la epistemológica. En la actualidad, se podría hablar de solipsismo epistemológico y de un infantilismo psicológico, caracterizados por confundir la realidad con el deseo. La tendencia es llamar simplemente realidad a aquello que uno escoge. Otra confusión es la que se da «entre lo reciente y lo original, entre lo original y lo verdadero, entre lo verdadero y lo usual». Lo que hay es lo que se dice. Una tercera confusión podría estar relacionada con el relativismo cultural que ya no quiere distinguir un conocimiento científico de una opinión, «pretendiendo reaccionar frente a un excesivo etnocentrismo occidental se acaba colocando en el mismo plano la ciencia, la creencia, la opinión y los ritos».
González Quirós señala el riesgo que conlleva considerar como un progreso el desprecio de la realidad. Cuando desaparece la realidad del objeto, ya no hay que tomar en cuenta la relación entre objeto y palabra, el discurso queda libre para expresar cualquier cosa. La «comunicación» lo es todo. Los medios de comunicación son la nueva realidad. El saber ya no es conocer la realidad sino que se confunde con lo que se dice, con la opinión, con la doxa. En vez de investigar si una manera de pensar corresponde a la realidad, se acepta si corresponde a algo que se dice. González Quirós considera que el constructivismo ya está instalado en el arte y en la política y está ganando cada vez más terreno en la ciencia y en la filosofía. Las pruebas ya no se buscan en la realidad sino en la repetición. En las sociedades mediáticas, repetición equivale a demostración.
El constructivismo niega la existencia de la realidad objetiva, lo cual es igual que afirmar que lo que hay es lo que una persona o una cultura reconoce o «construye». Corresponde a una arbitraria reducción de la información que tenemos de la realidad. Puede parecer muy abierto, muy personal o individual pero cerrarse a lo que no gusta es «la epistemología propia del totalitarismo». Significa cambiar la idea que solíamos tener del entendimiento. El entendimiento solía concebirse precisamente como la comprensión de la realidad. Ésa era la libertad de la que se disponía. Si ahora todo depende de la voluntad, el entendimiento queda supeditado a la dictadura de la voluntad. Las personas ya no se pueden relacionar a través de un entendimiento en común de la realidad. Esa manera de ver conduce a una confusión porque el saber ya no es saber cómo es la realidad, sino conocer las expresiones que se utilizan. Se supone que la realidad se reduce simplemente a esto.
González Quirós considera que el constructivismo es, en el plano teórico, lo mismo que el autoelogio y la autoestima, en el plano psicológico. El individuo se basa en la idea de que lo que él no sabe o no quiere saber carece de interés hasta tal punto que se puede decir que no existe. En vez de hablar de constructivismo se podría retomar el término de relativismo, porque viene a ser una posición ideológica que desprecia e ignora la objetividad, la historia y la verdad. La persona pone tan alto su propia inteligencia que se convierte en su propia pauta de lo que es real.
GUÍA RÁPIDA PARA RECONOCER A LOS ESTÚPIDOS
Adam, Michel. Essai sur la betise. París: La Table Ronde [1975], 2004. Barzun, Jacques. The House of Intellect. Londres: Secker. Warburg, 1959.
Couvreur, JeanMichel. La betise se soignetelle? Nantes: Pleins Feux, 2004.
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Catedrático de Universidad desde mayo de 1932, a los veintiséis años, el doctor Juan José López Ibor ha sido una de las más destacadas personalidades de la medicina española en la segunda mitad del pasado siglo, con una proyección internacional, ampliamente reconocida, en el campo de la psiquiatría. Numerosos profesores y psiquiatras españoles y no pocos especialistas de otras naciones le llaman «maestro», y con razón, porque lo ha sido. Existen importantes y debatidas materias, como la «angustia» y la naturaleza de las neurosis, en cuyo estudio y tratamiento las investigaciones y escritos de López Ibor constituyen una autoridad ampliamente aceptada.
De todo esto yo, amigo y admirador suyo, universitario también pero del gremio de las Humanidades Clásicas, tengo poco que decir, si bien debo dejar testimonio de que el maestro López Ibor, hombre de vastos intereses culturales, había leído en buenas traducciones y en diversas lenguas a filósofos e historiadores griegos y romanos, y también a grandes de la Edad Media como Dante. Los conocía bastante bien y sabía aducir, sin pedanterías, con sobriedad y en el momento oportuno, una cita o frase en latín.
En los ambientes de pensamiento y universitarios y, en general, en la vida pública española su persona y su obra han ocupado con toda justicia un lugar eminente y han ejercido en no pocos momentos y ocasiones una más que apreciable influencia.
M e agrada haber sido invitado por los López Ibor de ahora a unirme como amigo del maestro con esta obligadamente breve intervención al homenaje que colegas suyos de todo el mundo y sus muchos amigos ofrecen a su memoria en el centenario de su nacimiento. Querría ceñir mis palabras a comentar algunos de sus libros de carácter más general en que se aprenden tantas cosas sobre dos de las grandes cuestiones que fueron objeto de su meditación durante toda su vida: España y los españoles por un lado y «el hombre» por otro. O sea, su «patria» y su antropología. En lo que acerca de ambos asuntos dejó escrito hay lecciones sobre las que deberíamos reflexionar los españoles y los intelectuales que hemos alcanzado este tercer milenio y el siglo XXI.
En los primeros años cuarenta de la pasada centuria, a los jóvenes de entonces que llegábamos a la universidad cargados de ilusiones nos llamó poderosamente la atención un libro que se titulaba Discurso a los universitarios españoles, publicado en Salamanca el año 1938 por el catedrático de Medicina Juan José López Ibor.
España estaba saliendo penosamente y con dificultades del más grave y trágico episodio de su historia en la llamada edad contemporánea. Igual que a principios del XIX tras la Guerra de Independencia frente a los franceses, España había quedado materialmente destrozada y políticamente dividida, con unas heridas que tardarían después casi cuarenta años y dos generaciones en curarse. En el libro de López Ibor, sin embargo, no había ni asignación de culpabilidades ni estériles lamentaciones. Era una lectura estimulante. En sus páginas se ofrecía un análisis histórico y filosófico de lo que había sido la universidad y de lo que esa hora nuestra de entonces exigiría de ella, y lo que había sido y había querido ser «el hombre» en los diversos periodos de la historia universal.[[wysiwyg_imageupload:1610:height=122,width=200]]
El momento español en que escribe López Ibor no debía considerarse malo. Había tantas cosas por hacer que todos los brazos — y las mentes— estaban llamados al trabajo. Era 1938 cuando se publicaba el libro, el final de la guerra civil se adivinaba próximo. El Discurso concluía diciendo, «¡Hombres de la Universidad, que sentís como yo la angustia de esta hora postrera… a la tarea!».
Antes había afirmado que no existía ninguna inferioridad del hombre español con respecto a otros europeos en su capacidad para la ciencia y la investigación. «Complejo de inferioridad» no inferioridad, diría López Ibor desde el titulo de otro de sus libros. Es preciso que la comunidad nacional cobre conciencia de que la «autarquía de la inteligencia» es una necesidad para situar a nuestro país a la altura de su rango histórico, y la hora es propicia para intentarlo. «Cuando la inteligencia se pone al servicio de la vida, la vida le devuelve, con creces, el servicio rendido». Había que superar el «imperativo adánico», de «ganarás tú el pan con el sudor de tu frente», cabalgando sobre «el deber de perfección», que, como dice el autor, se nos predicó en el Nuevo Testamento», porque en la parábola de los talentos no se ensalza al que los conserva sino al que los multiplica.
La Edad Moderna habría conocido, según López Ibor, tres momentos en cuanto al ideal del ser y de las aspiraciones del hombre. Todos ellos han dejado una invitación al análisis del hombre de hoy, para que él incorpore los verdaderos valores que en ellos se alumbraron y superar sus limitaciones, El uomo universale renacentista descubrió la infinitud del mundo, frente a la idea del cosmos limitado de la Antigüedad. También la noción de la relatividad que hay en todo conocimiento, y que se desarrolló a partir de la sustitución por Copérnico del viejo universo geocéntrico por uno heliocéntrico, cuando se hizo ver que los movimientos todos son siempre relativos unos a otros entre sí y sobre todo en relación con el sujeto. Lo que, según Goethe, «dotó al pensamiento de una libertad y grandeza de propósitos hasta entonces desconocida». Y, por último, desde Paracelso, la concepción del hombre como microcosmos. Lo cual se puede leer de dos maneras. Ese microcosmos sería «una especie de autorrevelación de la Naturaleza». Pero también se puede entender que el hombre, que se sabe centro del mundo o que cree serlo, es invitado a convertirse en señor del mundo, pero con señorío de horca y cuchillo, dando lugar a un concepto predatorio del mundo y de la vida. El mundo suyo no es una situación transitoria en medio del devenir de la humanidad, ni un valle de lágrimas, ni un instrumento de perfección de la naturaleza humana caída, como quería el cristianismo. Es un predio que hay que conquistar. Es el hombre fáustico, el del conocer como poder frente al conocer como perfección, que arrastra la pérdida del sentido de las cosas y de la vida. También del saber.
Este hombre fáustico ha dado lugar —y esa es una de las perniciosas derivaciones que de él se generan—, al que López Ibor llama el «hombre leviatánico» de los totalitarismos del siglo XX. Leviatán es el Estado, pero un Estado sin misión. Los hombres conviven bajo él por causa de su fuerza. La verdad es lo que conviene al Estado. La Religión lo que el Estado admite como tal. Lo demás es superstición. Su ética es la de la conveniencia.
Pero no todas las derivaciones del hombre como microcosmos, como he dicho, son así. El tema de nuestro tiempo tal como lo desarrollará López Ibor nos puede llevar por otros derroteros.
Para Ortega el gran tema de nuestro tiempo era la vida o, más precisamente, una ordenación del mundo desde el punto de vista de la vida. López Ibor en Rasgos neuróticos… da un paso adelante: «A través de la pregunta sobre el sentido de la vida el gran tema de nuestro tiempo se ha trasladado al sujeto que la vive». Porque la vida, afirma nuestro doctor que además es médico, «no es la realidad última. Lo que importa de ella no es su naturaleza, sino su sentido, que sólo se puede vislumbrar a partir del sujeto que la vive, es decir, del hombre». El tema de nuestro tiempo es, por tanto, «la búsqueda y explicitación de una antropología».[[wysiwyg_imageupload:1612:height=160,width=200]]
Como científico y como escritor López Ibor se distingue por la claridad de sus ideas y por el equilibrio y la serenidad con que acierta a expresarlas. La gran cuestión de la antropología que él se propone esclarecer viene planteada por la insuficiencia tanto de los monismos unilaterales como de la radical dicotomía de los saberes sobre la concepción del hombre que, desde su origen cartesiano, y por la vía del idealismo alemán, concluye en colocar de un lado a las ciencias de la naturaleza y del otro las del espíritu, las «Geisteswissenschaften». Pero resulta, según López Ibor, que el ser del hombre y, por tanto, la antropología no se dejan insertar en una de las hojas del díptico que formarían las dos especies de ciencias al que, finalmente, dio expresión Dilthey: El hombre es naturaleza y es espíritu. La limitación del cuerpo contrasta con la ilimitación del espíritu. La condición encarnada del hombre no se deja encerrar en un monismo meramente fisiológico o naturalista, ni en un angelismo. El problema del contraste entre esos dos elementos solidarios que constituyen el ser humano postula, concluye López Ibor, el salto a la trascendencia. En todo hombre hay un centro personal, misterioso por inaccesible a una experiencia directa, «a cuyo cargo está la construcción y ejecución del plan de vida».
Otro concepto muy usado en la metodología de la ciencia moderna es el de estructura, que no es simplemente la naturaleza de algo, sino su proyección sobre las otras realidades. En el caso del hombre, la proyección sobre el mundo, sobre las otras estructuras, sobre Dios. Lo más característico de la estructura del hombre es su condición de estructura abierta. El supuesto y la expresión de esta condición sustancial suya es la libertad. Los mecanicismos se detienen en la superficie. Que el hombre sea capaz de interrogarse sobre sí mismo es una prueba de su apertura estructural. Por eso es insuficiente el psicoanálisis, porque para acercarse al enigma de un hombre se precisa una pluralidad de caminos y una actitud más abierta a la voz auténtica de las respuestas.
La vida humana se inscribe en la temporalidad, pero al mismo tiempo la trasciende. En cualquier acto de un hombre está todo él, con su pasado y sus posibilidades futuras. La unidad de la vida humana es su verdad más radical.
La temporalidad implica finitud. La vida es inseparable de la muerte: «La putrefacción se halla implícita en la vida misma». Pero también acompaña a la vida la condición de proyecto, lo cual implica una posibilidad y una voluntad de despliegue de esa vida en el futuro El «uso de la libertad» va configurando el ser. No es que el hombre haga la historia es que él mismo es también historia. Igual ocurre con las vidas colectivas, en las que la experiencia pesa más que la yuxtaposición de los sucesos.
En una consideración puramente biológica la vida dispara una interrogación sobre ella misma. «En un plano cismundano[…] diremos que venimos de la nada y vamos a la nada» y que «la nada se encuentra a cada recodo del camino». Es la gran cuestión de la filosofía, dice López Ibor, desde que Parménides proclamó la radical infecundidad de la nada. Por eso la vida humana implica una apelación a la trascendencia que es la que nos ofrece un sentido que puede aplacar la angustia de la nada, que es la angustia, escondida o implícita, que acecha al hombre moderno. Todo lo cual conduce a la afirmación de la libertad humana y a una postulación científica de la trascendencia. Sin ella es imposible encontrar un sentido a la vida. De la mano de la enfermedad llega el médico López Ibor a conclusiones que concuerdan con las derivadas de la filosofía.
La libertad, con la presencia de las opciones posibles, cierra el paso a los mecanicismos. El misterio del futuro, igual que la oscuridad del sentido de la historia, no se revelan hasta el final, a consecuencia de esa libertad y de la pluralidad de opciones que se ofrecen a la libertad humana, siempre capaz de cambiar de orientación.
Los cauces por los que discurre la aventura humana moderna son la técnica y la ciencia. No son lo mismo ni están en el mismo nivel. La técnica, dice López Ibor, es instrumental e inmediata. El objeto que persigue la ciencia, por el contrario, es mediato y final. La técnica no es buena ni mala, depende del finis operantis, que dicen los moralistas. Pero la técnica actualmente invade la vida con el riesgo de transformar al hombre en objeto técnico dando satisfacción a sus necesidades en un puro juego de bienes de consumo sin finalidad ulterior.[[wysiwyg_imageupload:1613:height=98,width=200]]
El hombre actual busca un saber de salvación. Hay intelectuales que le orientan a la construcción de un paraíso terreno. Otros que conocen la inviabilidad de esa utopía le llevan al final a un nihilismo absoluto. El cristianismo ofrece una salvación extramundana, que a muchos les parece incompatible con la realización del hombre sobre la tierra en los órdenes del saber — ciencia — o del hacer — técnica — o del ser mismo de la vida.
Pero la relación entre ciencia y fe se plantea ahora a los científicos creyentes de una manera distinta a la que podía reinar en el siglo XIX, entre una Ciencia, con mayúscula —absolutizada e intocable—, y una Fe temerosa de descubrir contradicciones entre sus contenidos y las conclusiones de los científicos.
Hoy, «el científico creyente no se preocupa para nada de encontrarse con un límite en la investigación de la verdad» (La aventura, p. 143). Sabe que no tiene que renunciar a las realizaciones intramundanas porque el mundo es suyo como lo es su cuerpo. Su adhesión sobre el planeta (p. 147) es transitoria, pero no inesencial. «Las normas que el científico cristiano descubre por obra de la ciencia son fuentes de comunicación de la verdad como lo es la misma verdad revelada».
La aventura intelectual de la ciencia, de la filosofía, de la literatura, conducen a la gran pregunta sobre el sentido de la vida y el sentido de la historia. La respuesta es la idea cristiana de la persona humana, «un centro capaz de dialogar con un Dios personal». Hay salvación personal, porque la persona tiene —cada una — una existencia propia «entreverada con la existencia histórica de la humanidad, pero independiente de ella». En su fe el cristiano es un contemporáneo de Cristo y en su relación con Él el tiempo y la historia son superados.
Esta es la gran aportación del cristianismo a la formación de Europa. La historia es un destino abierto que el europeo — y a estos efectos los americanos son europeos— puede realizar. La secularización consiste en la sustitución de la esperanza en la otra vida por un imposible y utópico paraíso terrenal. El precio que se paga por esa secularización es la angustia, que puede definirse históricamente como el miedo a la libertad sin la gracia de la trascendencia.
En el pensamiento de López Ibor, el antropólogo científico que acertó a ser al mismo tiempo un sabio cristiano, destacan la coherencia y la ausencia de extrapolaciones. S e ha ocupado de numerosos asuntos: la ciencia y la técnica, Europa y su «leyenda negra», Cristo, San Pablo, grandes escritores y también en ocasiones realizaciones de las artes plásticas. Pero todo ello vertiéndolo sobre la situación contemporánea y sobre la situación permanente del hombre en la vida. En un capítulo de su libro La aventura humana, López Ibor define al intelectual diciendo que es «un testigo de las realizaciones históricas del hombre que sabe expresarlas; pero el valor de su testimonio no está en su sola expresión, sino que implica una fidelidad a los hechos que analiza y a las consecuencias de sus interpretaciones». Estas frases parecen un autorretrato de Juan José López Ibor.
Vuelvo finalmente ahora a España y a lo que López Ibor ha hecho por ella y ha querido para ella. Ya en el libro de 1938, era manifiesto que aspiraba a una modernización de España, que pensaba que había que intentar lograrla sin volver la espalda a la escala de valores histórica del español; que era preciso que éste supiera asimilar «las virtudes y la fuerza del hombre fáustico integrándolas» en ella. Estaba de moda entonces el recientemente aparecido libro de Alexis Carrrel, L’homme, cet inconnu. López Ibor conocía bien a Max Scheler, otro de los filósofos más leídos entonces por los intelectuales españoles. De las tres clases de saberes schelerianos, no quería López Ibor que se quedaran España y sus intelectuales en el de dominio o en el saber culto. Aspiraba al «saber de salvación» del que está dispuesto a perderse por una causa noble. Buen lector de los antiguos —comprendidos los grandes medievales—, encuentra argumentos para ello en la teoría de la perfección de santo Tomás, según la cual el perfeccionamiento de nuestro ser se complementa con la perfección ajena y así se abre paso a una vida superior.[[wysiwyg_imageupload:1614:height=174,width=200]]
Para la universidad y para la vida pública española, exclama López Ibor contra lo que en aquellos tiempos finales de la guerra decían algunos en la llamada España nacional: «¡Nada de vuelta a la Edad Media! A l contrario, siempre proa adelante, en busca de una nueva imagen del hombre» —del hombre español se entiende—, pues «su tarea en este mundo no ha terminado, porque si no estaría terminada su vida».
Durante la guerra civil el joven profesor de Salamanca, trabajó como médico en los hospitales e intervino en la promoción de actividades culturales, como el relanzamiento de la editorial Cultura Española que publicaría su Discurso. Su posición política era bien conocida y clara, aunque no interviniera en las organizaciones que se formaban entonces y se prosiguieron después bajo el régimen de Franco. López Ibor fue siempre monárquico, política y personalmente más que partidario de las libertades públicas y privadas que pregonaba en sus publicaciones. En el Discurso había escrito que en los tiempos que se veían venir los intelectuales españoles no podrán refugiarse en la contemplación especulativa. «Tendrán que salir de cámara a cubierta», como trató de hacer Platón en Sicilia y también de otro modo Pitágoras. Eso, añade, no quiere decir que «el llamado intelectual intervenga en política». «Pero quien quiera que sea, en la posición que esté, se sentirá envuelto en la corriente de su pueblo. Política es la participación vital en el desarrollo histórico de la comunidad. Para nosotros, españoles [esto se escribía en 1938], este imperativo es mayor que para cualesquiera otros».
López Ibor, dedicado a sus enfermos de los hospitales de Madrid y a sus estudios, no volvió nunca las espaldas a las cuestiones generales de presente y de futuro de España. Fue uno de los redactores y primeros firmantes —ya en 1943 — de uno de los más importantes escritos a favor de una restauración monárquica, moderna, liberal y abierta, pero independiente de lo que había sido la guerra civil. Lo cual a él y a otros tres eminentes profesores de distintas facultades de Madrid, les acarreó el confinamiento, bajo control policial, en localidades alejadas de la capital, en diversos rincones de provincias. Luego tampoco fue favorecido por los sucesivos gobiernos e hizo su carrera profesional e intelectual dentro y fuera de España con un prestigio que reconocía todo el mundo, por así decir, a brazo. Fue miembro del consejo privado del conde de Barcelona, y una persona escuchada con afecto y con respeto como consejero político y personal, y como médico, por don Juan y por toda la familia real española. Su carrera profesional le llevó a la presidencia de sociedades médicas internacionales como la Mundial de Psiquiatría, que se honra recordando su memoria. El profesor López Ibor ha sido, sin duda, uno de los grandes arquiatras españoles de su generación, reconocido como tal en su patria y a escala internacional. Para los que como yo tuvimos la fortuna de disfrutar de su magisterio y su amistad, y de la de los suyos, su recuerdo es una vivencia permanente.
No hace muchas semanas saludábamos, desde estas mismas páginas, la aparición del volumen primero del segundo tomo de la Historia política, cultural y social en la España de Franco (1947-1956) que acababa de publicar Gonzalo Redondo. Lamentablemente, el autor no podrá ver el volumen segundo, ya en prensa. El pasado 18 de abril fallecía como consecuencia de un cáncer que aceptó con fortaleza y sentido cristiano.
El eje de la obra de Gonzalo Redondo ha sido la historia de los hombres a lo largo de los dos últimos siglos —sus ideas, proyectos y acciones — ante la cultura de la modernidad. Una cultura cuyo contenido, crisis y respuestas para superar esa crisis, es analizada por Redondo desde distintos enfoques. Todo ello, surcado, como ha escrito Fernando de Meer, «por un anhelo para encontrar aquella interpretación de la historia que permita a la persona humana un pleno ejercicio de su libertad». Por ello, el propio Redondo es continuador de una época en la que se buscaban grandes interpretaciones de la historia.
En su respuesta intelectual al sentido de la historia, los hechos responden a causas. Esos hechos, son llevados a cabo por hombres, con unas ideas elaboradas por hombres. Ahí radica la fuerza y el valor de las ideas, ya que al final, estas, en la medida que son interiorizadas —siempre de un modo lento, porque la Historia es lenta— terminan por influir en la realidad.
Por esta razón, el hombre y el uso que ha hecho de su libertad desde la Revolución Francesa son el centro su trabajo. Un trabajo en el que los hechos, las causas y el sentido de ambas realidades van de la mano. Por eso sus trabajos de madurez constan de una introducción —que en algún caso sobrepasa el centenar de páginas— en la que se analiza el sentido último de los hechos que a continuación se describen.
La obra de Gonzalo Redondo ha sido una observación de la modernidad y su crisis desde diversos prismas.
Como siempre ocurre, el camino de llegada no fue ni directo ni preconfigurado. Licenciado en Historia en 1957, Florentino Pérez Embid le propuso realizar un investigación sobre Ortega y Gasset. Pérez Embid estaba interesado en conocer cómo una serie de intelectuales modelaron el pensamiento cultural español en el primer tercio del siglo XX. Por esta razón, sugirió a Redondo analizar la proyección política y cultural de Ortega y Gasset en El Sol y a Vicente Cacho Viu la Institución Libre de Enseñanza. Después de ese inicio, las trayectorias intelectuales de los tres se separaron.
Ese es el origen de Las empresas políticas de José Ortega y Gasset, su tesis doctoral defendida en 1967 ante un tribunal formado por Jesús Pabón, Carlos Seco Serrano, Vicente Cacho y su director, Pérez Embid, y que se publicó en dos tomos en 1970.
Parafraseando el título de un artículo que escribió Ortega sobre Goethe, podemos decir que Redondo estudia con serenidad a Ortega «desde dentro», para comprenderlo y contextualizarlo. En Ortega descubre el liberalismo, su carácter elitista y su proyecto intelectual. Ese estudio le lleva a Redondo a ver la aparición y el desarrollo de la crisis de la cultura de la modernidad. Una crisis que Ortega detecta, pero que no es capaz de superar al estar enraizado en los presupuestos que la causan.
El encuentro con Ortega va a marcar la trayectoria intelectual de Redondo una vez que conoce de primera mano el liberalismo, su tiempo y a una de las principales figuras que trataron de configurar la cultura de un país desde esa ideología.
Un elemento esencial que conforma la modernidad, y que Redondo también va a descubrir a través de Ortega, es el papel de la minoría dirigente. U n minoría, que según la propuesta liberal, y muy particularmente de Ortega, tiene como principal objetivo imponer a la sociedad su particular [[wysiwyg_imageupload:1631:height=91,width=200]]interpretación de la Historia con el objeto de mantener el progreso y la unidad de la nación.
Fruto de unos cursos que impartió en el Instituto de Historia de la Iglesia de la Universidad de Navarra, Redondo publicó Historia de la Iglesia en el mundo contemporáneo. Estudió el papel de obispos, sacerdotes y laicos ante el cambio político, social e ideológico — cultural — que se dio a partir de la Revolución Francesa. Si con Ortega había estudiado la modernidad y su crisis desde el punto de vista de un liberal, ahora lo hace desde el punto de vista de la respuesta de los católicos a la misma realidad.
Redondo plantea el papel de la Iglesia en el mundo contemporáneo y su respuesta ante la libertad moderna y el Estado moderno. Este trabajo le permitió descubrir las distintas respuestas ideológicas y culturales que formularon los católicos ante una nueva realidad que en algunos casos se mostraba profundamente beligerante con sus planteamientos y creencias.
En la Historia universal de EUNSA (1984) Redondo abordó de un modo abierto el intento de configuración de una nueva sociedad en Europa y Estados Unidos por parte de los liberales a lo largo de los siglos XIX y XX. El tomo XI —realizado con los profesores José Luis Comellas y Fernando de M e e r — lleva por título «De las Revoluciones al Liberalismo (1830-1870) », y los tomos XII, «La consolidación de las libertades (1870-1918) » y XIII, «Las libertades y las democracias (1918-1945) », exclusivos de Gonzalo Redondo, reflejan nítidamente sus planteamientos culturales.
En las introducciones de los tomos XII y XIII contextualiza intelectualmente la época que aborda con el objeto de que el lector sepa a qué criterios ideológicos responden de modo genérico los protagonistas de las páginas que siguen.
Para separar lo accidental y accesorio de lo esencial a la hora de interpretar unas ideas, redondo entiende que toda cosmovisión, «Weltanschauung», va a depender de cómo se interpreta la relación entre Dios, el hombre y la naturaleza.
Es sabido que «liberalismo» es un término que se utiliza en muy diversos sentidos y que responde a realidades diversas. Para Redondo el liberalismo es el hilo conductor y protagonista indiscutible de esa etapa de la modernidad que fue el siglo XIX. Es la plenitud de la cultura de la modernidad. El liberalismo es una ideología, que supuso una verdadera revolución al proponer cambiar de una forma radical el modo de autocomprensión del hombre. El punto de partida de la misma sería la negación de la existencia de una pauta, norma, ley o modelo común a todos los hombres. Tampoco existiría una naturaleza común. Cada hombre sigue sus propias normas y es en la acción el campo en el que se autorrealiza. Al dejar de reconocerse la existencia de algún tipo de punto de referencia común, la única guía será la interior del propio individuo, es decir, la de sus sentimientos. El hombre es un sujeto histórico único frente a un mundo inerte que domina por la superioridad de su espíritu. La manera de vivir ese protagonismo será muy variada, desde una cuidada matización hasta el radicalismo extremo.
Esta propuesta, que debía llevar a la plena felicidad de los hombres, ya estaba siendo problemática a inicios del siglo XX. La I Guerra Mundial fue el cementerio de millones de hombres en cuyo nombre el liberalismo había ofrecido un porvenir de paz y progreso ilimitado. A partir de ese momento la ideología liberal, que, como he dicho, para Redondo es la culminación de la cultura de la modernidad, entró en crisis. El cambio del paradigma científico, que era una de las bases sobre las que se había asentado el liberalismo, también afectó. Ni siquiera la ciencia puede sostener al hombre liberal. Las distintas propuestas que se hicieron durante el periodo de entreguerras para tratar de superar esa crisis —totalitarismo fascista, nacionalsocialista y comunista— hunden sus raíces en los mismos presupuestos de la ideología a la que combaten y conocemos sus consecuencias dramáticas para la humanidad.
Una de las aportaciones que realiza Redondo en esos tomos, por vez primera en un libro de historia universal, es la de abordar el tema del modernismo cristiano, es decir, el intento de subordinar la fe y la vida cristiana a los hábitos intelectuales y aspiraciones sociales de la nueva época, con un enfoque inmanente de la religión.[[wysiwyg_imageupload:1632:height=91,width=200]]
No en vano, los planteamientos filosóficos del liberalismo estaban en contradicción con la creencia cristiana de que existe un Dios creador que dota de una libertad real al hombre y de una naturaleza inmutable.
Si ese es el presupuesto cristiano, a la hora de concretarlo en acciones, las respuestas que se dieron fueron muy variadas. La consecuencia fue una permanente confrontación con el liberalismo.
Esa confrontación va a ser particularmente virulenta en España. Una propuesta de la editorial Rialp para explicar en un centenar de páginas la época de Franco para su Historia General de España y América, se convirtió en dos volúmenes titulados Historia de la Iglesia en España, 1931 – 1939.
La II República fue el terreno en el que se confrontaron dos proyectos exclusivistas que buscaban configurar y modelar a la sociedad en direcciones opuestas: el liberalismo y el tradicionalismo.
Junto a otros intentos de superar la crisis de la modernidad, aparece la que trató de ser la respuesta ante la propuesta liberal y que Gonzalo Redondo denominó como «tradicionalismo» —nada que ver con el movimiento político del carlismo—. Es decir, una ideología que entendía que, ante la crisis de la cultura de la modernidad, existía la respuesta católica. Una respuesta única y que debía ser llevada a cabo por unas minorías dirigentes con la misión de imponer, dirigir y configurar desde el Estado al resto de la sociedad. Se podría resumir: dado que la fe es única, existe un único modo católico de responder ante la modernidad. Es por tanto, para Redondo, una ideología que negaba la libertad del hombre, ya que ésta debía quedar subordinaba a otros intereses y proyectos. En la medida que negaba el hecho de que todos los hombres —también los que no son parte de la minoría dirigente— son creados libres, esta propuesta pretendidamente católica entraba en contradicción con los presupuestos de la religión en el nombre de la cual actuaban.
Quizás se pueda decir que la introducción a ese primer volumen es su gran reflexión de conjunto sobre la modernidad, su crisis, los intentos de superación de la misma y el papel de la libertad en la Historia.
En el segundo volumen Redondo puntualiza el papel del catolicismo en el bando franquista durante la guerra civil. Ese segundo volumen va a traer un cambio en su modo de hacer historia al entrar en contacto con diversos archivos personales y oficiales que cuestionan o enriquecen las interpretaciones que sobre los acontecimientos se venían realizando hasta ese momento. Por ejemplo, los documentos del cardenal Segura del Archivo Muñoz Peirats que obtiene gracias a Antonio Fontán, o los informes de Magaz a la Junta de Defensa Nacional que pone a su disposición Fernando de Meer, representaron el inicio de una renovación de la forma de aproximarse a los hechos por parte de Gonzalo Redondo.
El salto cualitativo se produjo en los dos tomos sobre Política, cultura y sociedad en la España de Franco, que van de 1939 a 1956. El franquismo, ese tiempo en el que el Gobierno, con todos los recursos a su disposición, intentó configurar a la sociedad desde el Estado, a través de unas minorías dirigentes y de acuerdo a los parámetros del tradicionalismo, es estudiado a partir de más de ciento cuarenta archivos personales que le permiten dar a su investigación el carácter de una radical novedad.
La cantidad y calidad de los archivos que manejó y que hoy forman parte del Fondo de Historia de España del Archivo General de la Universidad de Navarra, institución en la que desarrolló su vida académica, permiten afirmar que Redondo llevó a cabo una renovación en la historiografía del primer franquismo.
Al mismo tiempo que levantaba esa imponente obra intelectual, Redondo dirigió treinta tesis, todas ellas sobre temas que iban en paralelo a sus investigaciones, que le permitían enriquecerlas; la cuestión religiosa en las Cortes de la II República, la ACNdeP, El Debate, El diario Madrid, Mons. Mateo Mújica, el sindicato STV, Ecclesia, los conflictos entre las minorías en el primer franquismo, los conflictos entre la Presidencia de Gobierno y la Secretaría General del Movimiento, Vida Nueva, el cardenal Segura…
Redondo entendía que la utilidad de la Historia no estaba en servir de coartada para proyectos políticos circunstanciales. La utilidad de la misma estaba en la medida en que se aproximaba a la verdad de los hechos, porque sólo conociendo la Historia se podía intervenir con algún éxito en el curso lento de ésta.
El papel del historiador para Redondo está al servicio de las personas y de su libertad, porque como le gustaba repetir, la Historia es la historia de la libertad. La Historia es cómo y por qué las personas han hecho uso de su libertad. Por ello, es una herramienta útil, en la medida en que responda a la verdad, para el uso de la libertad de aquellos interesados en intervenir en el transcurrir de la misma. No en vano, como decía Zubiri, nosotros somos los griegos.
Una de las pocas reflexiones lúcidas que tuvo Lucio Gutiérrez, cuando gobernaba el Ecuador, fue plantear que existen tres países en uno: el país político, el de los medios de comunicación y el país real. Esa frase puede aplicarse a toda América Latina y en especial a la región andina cuando nos preguntamos por qué vive en constante inestabilidad y pobreza.
El país real, la ciudadanía que habita en los Andes, está empobrecida y convulsionada, parece que siempre lo ha estado si miramos los últimos treinta y cinco años de la historia: dictaduras militares en la década de los setenta, hiperinflación en los años ochenta, el fallido proyecto neoliberal de los noventa y un regreso a los nacionalismos en el nuevo siglo.
En mayo pasado, la Organización Internacional del Trabajo (OIT) dijo que en América Latina hay 23 millones de personas en condición de desempleo abierto y 103 millones que trabajan en la informalidad, con lo cual el déficit de empleo formal afecta a 126 millones de personas. Este número equivale a más del 53%, más de la mitad de la población económicamente activa (PEA) de la región representada por 239 millones de personas. Además, de los 550 millones de latinoamericanos, 200 millones son pobres.

Cabe preguntarse, ¿qué país están leyendo las elites políticas que gobiernan y mandan en la región? Una respuesta inmediata y simple es que únicamente responden a sus intereses de grupo y que su acceso al poder es para proteger y aumentar la riqueza de los sectores a los que representan. Es decir, nada nuevo. Pero esas son las elites tradicionales que reciben el repudio ciudadano y que son catalogadas de corruptas e ineficientes. Son las mismas elites que no quieren cambiar ni renunciar a sus privilegios y que están ancladas en los conservadores partidos políticos que en la actualidad no ganan elecciones.
Los casos de Ecuador, Perú, Bolivia y Venezuela son un ejemplo evidente de la ruptura total del país real con el país político tradicional. Los nuevos gobernantes son producto de las alianzas llevadas a cabo por los distintos sectores sociales, económicos y políticos, que se presentan como la nueva alternativa para superar los graves problemas sociales.
El periodista Norberto Méndez, gerente de la división de Periodismo del Banco de Venezuela, dice que el presidente Hugo Chávez «es la consecuencia del desgaste del bipartidismo venezolano. Cuando en febrero de 1992 fracasó el golpe de Estado encabezado por Chávez contra el socialdemócrata Carlos Andrés Pérez, se incrementó la demanda de cambios políticos, sociales y económicos. Pérez salió de la presidencia por una jugada de su propio partido y el siguiente presidente electo fue Rafael Caldera, un viejo político que se había desligado de su partido de toda la vida y que llegó al poder gracias al apoyo de partidos de derecha y de izquierda; él mismo llamó a esta alianza el chiripero. Caldera liberó a Chávez y éste empezó una campaña a favor de la abstención, de la desaparición de los viejos partidos y de la reforma constitucional».
Chávez, Morales, Humala y Gutiérrez son considerados populistas, los outsider de las elecciones, pero como dice la politóloga argentina, Flavia Freidenberg, no todos los populismos son iguales ni pueden ser catalogados de la misma manera. Tampoco se puede decir que el populismo pertenece a la izquierda o a la derecha, porque el rival de Humala es Alan García, un político que ejerció una presidencia que finalmente fue catalogada de corte neoliberal. En Ecuador, en cambio, el rival de los presidenciables de los últimos ocho años es Alvaro Noboa, el populista de derechas más acaudalado del país que anualmente figura en la lista de los hombres más ricos del mundo y que ingresó en política con la bendición del también populista Abdalá Bucaram.
El periodista argentino, Alejandro Rodríguez Díez, tampoco cree en clasificar a estos políticos como populistas, porque eso es responder a la lógica estadounidense. Sin embargo, considera que «la década del capitalismo salvaje y neoliberal, con Collor de Melo y Cardoso en Brasil, Menem en Argentina, Fujimori en Perú, Bucaram en Ecuador y Sánchez de Losada en Bolivia, como sus principales estandartes, ha hecho que las sociedades giraran hacia una defensa de lo nacional, encarnada por Lula en Brasil, Kirchner en Argentina, Chávez en Venezuela, Morales en Bolivia y el intento fallido de Gutiérrez en Ecuador».
«Es decir» -sostiene Rodríguez-, «mandatarios que propongan alternativas a los modelos exportados de países desarrollados, de imposible aplicación en los nuestros por múltiples factores (desde políticos a económicos, pasando por los culturales). También están apareciendo algunas reivindicaciones de tipo indigenista en los discursos políticos. Eso es lo que encarnan en su totalidad Evo Morales y en menor medida Chávez y Húmala; además de recordar el apoyo de un sector indígena a Gutiérrez».[[wysiwyg_imageupload:1682:height=165,width=200]]
Como estos políticos entran en el escenario público rompiendo las estructuras de los partidos, generan cierta esperanza de que esta vez sí hay posibilidad de cambio. Sin embargo, tampoco son una garantía de mejorar la calidad de vida de las sociedades que gobiernan. No lo son porque quienes pierden las elecciones, es decir, el poder tradicional bloquea los intentos de cambio o por lo menos genera grandes movimientos de resistencia que fracturan y, en determinados momentos, paralizan sus países. Tampoco lo son, no en todos los casos, porque la generalidad de sus discursos son ataques al poder tradicional y carecen de agendas de gobierno claras, que permitan a las sociedades saber con certeza el rumbo de sus países.
Y no lo son, además, porque los medios masivos de comunicación, con las debidas excepciones, se encargan de recoger el insulto de los bandos y no obligan a los poderes en disputa a hablar de políticas de Estado, de proyectos con visión nacional, de acuerdos que rompan con la polarización en la que viven.
Lo que sí se puede decir con toda seguridad es que América Latina, a excepción de Colombia, sí tiende a la izquierda, aunque varios sectores digan que es una izquierda populista, con la excepción de Chile. Nuevamente, se puede entender este cambio como respuesta al fracaso del neoliberalismo de la anterior década, que privatizó los bienes del Estado sin que las sociedades tuvieran provecho de ellos.
Los entendidos hablan de una izquierda que superó las taras de la caída del muro de Berlín y de la Unión Soviética. Se trata de una izquierda que entiende la globalización y que sabe que debe enfrentar la competencia comercial en igualdad de condiciones para que sus países no sean devorados por las máquinas comerciales, sobre todo, las asiáticas.
Sin embargo, el poder tradicional, los gobernantes de izquierda y los populistas deben tener claro que la sociedad latinoamericana no es la misma de hace tres décadas. Hay una maduración política de la ciudadanía que se muestra en movilizaciones por la democracia como ocurrió en febrero del 2005 en Quito. Alrededor de 150.000 personas salieron a las calles a exigirle al presidente ecuatoriano que respetara la Constitución y las leyes. Más de cien mil argentinos marcharon en marzo de este año, para recordarle al poder de ese país que siguen en la memoria de la gente los actos criminales de la dictadura.
Es decir, hay una generación nueva de ciudadanos que están comprendiendo que tienen la responsabilidad de participar en la vida política de sus países e incidir en su presente para tener un mejor futuro. Es una generación que está emergiendo, que poco a poco irá demostrando a los poderes en disputa que ha llegado el momento de hacer las cosas de manera diferente, pensando en los intereses de la mayoría, con proyectos que tengan una visión de país a largo plazo, que pasen por acuerdos y consensos que integren.