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Ver productosSegún las estimaciones correspondientes al año 2005 (World Population Data Sheet), América Latina tenía 559 millones de habitantes, que sobre los 6.477 del planeta representaban alrededor de un 9 %.
En otro artículo publicado en Nueva Revista (número 92, 2004, «Una estandarización inacabada») recordaba la relativa homogeneidad demográfica de este espacio y algunos de los rasgos particulares de su evolución poblacional, particularmente la caída rápida de la mortalidad, el descenso igualmente veloz de la fecundidad, el cambio de signo de las migraciones internacionales, la intensificación de las internas (en y entre los países) y la ralentización del ritmo de urbanización de un espacio que, sin embargo, está bastante urbanizado.
No obstante, a pesar de ese paulatino proceso de estandarización demográfica, existen todavía contrastes apreciables en algunas variables y entre países. Es lo que ocurre con los dos indicadores más frecuentemente empleados para definir el comportamiento de una población ante la vida y la muerte. La fecundidad comparada a través del número medio de hijos por mujer da un valor de 1,5 en Cuba, 1,6 en Trinidad y Tobago y 1,8 en Puerto Rico frente a 4,7 en Haití, 4,4 en Guatemala y 4,1 en Honduras. Y la esperanza de vida al nacer para ambos sexos ofrece cifras de 79 años en Costa Rica y Martinica y de sólo 52 en Haití.
Por ello utilizar números de conjunto sólo tiene el valor de facilitar las comparaciones internacionales. Esas cifras están enmascarando diferencias que si bien son menores que las existentes en otros continentes en desarrollo y tienden a reducirse, aún se mantienen visibles.
LA REGIÓN EN DESARROLLO MÁS URBANIZADA
A diferencia del trabajo anterior que he mencionado, mi objetivo ahora no es realizar un análisis de variables, sino de territorios. Por ello pasaré revista a la situación poblacional de los tres grandes espacios latinoamericanos con el propósito de señalar la diversidad interna y la interterritorial.
Por la densidad, América Latina es un territorio poco poblado, como África. Pero tiene un poblamiento más irregular que este último debido a la importancia de la urbanización en algunas zonas del litoral o en los núcleos históricos de las civilizaciones precolombinas de las tierras altas (Dumont, F., 2001, «Les populations du monde»). La región nunca tuvo una población rural tan elevada como la de Asia y África. Mayoritaria antes de la II Guerra Mundial, superó el 5 0 % entre el final de los sesenta y el comienzo de los ochenta. La tasa de urbanización pasó del 40 % en 1950, al 70 % en 1990 y al 76 % en el año 2005. Es cierto que en los últimos tiempos la tasa de crecimiento de los núcleos urbanos se está reduciendo debido a la desaceleración demográfica general que ha afectado especialmente a las ciudades, y a que la emigración del campo no puede mantener el ritmo pasado debido al vaciamiento progresivo de las zonas rurales. Pese a todo, América Latina es la región más urbanizada del mundo en desarrollo, aunque existan todavía contrastes notables en los porcentajes de población urbana que en bastantes casos obedecen a la importancia que adquieren las grandes metrópolis.
EL CARIBE
En total son diecisiete países que reúnen una población modesta (39 millones de habitantes). La desigualdad nacional de la distribución es marcada. Sólo tres estados tienen más de cinco millones de habitantes (Cuba con 11,3, la República Dominicana con 8,9 millones y Haití con 8,3 millones). Los otros catorce reúnen únicamente un 27% de los habitantes.
La mayoría de los países de la región tienen valores de fecundidad moderados. Por debajo del nivel de reemplazamiento (2,1 hijos por mujer) se sitúan seis países liderados por Cuba con la tasa más baja (1,5). En torno al umbral (entre 2,1 y 2,3) hay diez países más y claramente por encima sólo están Haití (4,7) y la República Dominicana (2,9).
Estos dos países vuelven a diferenciarse claramente de sus vecinos por las cifras de mortalidad. Son los que tienen una tasa de mortalidad infantil más elevada (80 % en Haití y 31 % en la República Dominicana) y una esperanza de vida más baja (52 y 68 años, respectivamente). Ambos están a la cola de la transición demográfica, pero con diferencias entre sí que explican en parte la presión que Haití ejerce sobre el territorio de su vecino.
Con diferencias, los demás estados tienen una situación de mortalidad razonable o buena con esperanzas por encima de los 70 años. Cuba lidera este grupo de territorios con cifras casi europeas (5,8 % de mortalidad infantil y 77 años de esperanza de vida).
En conjunto, la población del Caribe es joven con un valor medio del 29 % de menores de 15 años y de un 7 % de mayores de 65. Pero ya se advierte un proceso de envejecimiento incipiente en al menos seis naciones en las que el porcentaje de jóvenes está ligeramente por encima del 20 % y el de viejos ronda o supera el 10%. Los casos de Puerto Rico y Cuba son ilustrativos de esta situación con un 21 % de jóvenes y 12 y 10 % de población vieja.
La combinación de tasas generales de fecundidad, en claro proceso de disminución, y de mortalidad moderadas o bajas hace que el Caribe presente el índice de crecimiento más bajo de toda Latinoamérica con un valor anual del 1,1%.
Su tasa de urbanización (65 %) es la más reducida de Latinoamérica. Entre los países más grandes Cuba tiene un valor del 76 % y Puerto Rico del 94 %. En cambio, Haití (una vez más) sólo localiza en sus ciudades un tercio de los habitantes. Las proyecciones prevén una población de 47 millones en el año 2025 y 54 en 2050. Esta última cifra representará un crecimiento entre 2005 y 2050 del 40 % que es también el más reducido de los tres grandes espacios latinoamericanos.
AMÉRICA CENTRAL
Hay dos Américas centrales: la que representa México, con 107 millones de habitantes y un 73 % de la población total de la región, y la del resto, formada por los otros siete países que reúnen 40 millones de personas.
Dos rasgos diferencian este ámbito del vecino Caribe. En primer término, una mortalidad reducida, la más baja de las tres regiones latinoamericanas, con un valor medio de su tasa bruta del 5 %. Y en segundo lugar, una tasa de natalidad elevada del 2 5 % que es también, en este caso, la más alta de los tres conjuntos.
Como siempre las cifras globales oscurecen algunas diferencias significativas en las dos variables. Costa Rica con un 9 % tiene la tasa de mortalidad infantil más baja y Guatemala con casi el 40 % la más alta. Las demás naciones tienen valores medios entre un 25 y 35 %. Estos índices influyen en la esperanza de vida que en Costa Rica se acerca a los 80 años mientras que en Guatemala se queda en 66. E influyen igualmente en los valores de fecundidad, en donde se observan también diferencias de alcance. Guatemala, Honduras y Nicaragua, que tienen las tasas de mortalidad infantil más altas, ostentan los valores de fecundidad más elevados (4,4, 4,1, y 3,8 hijos por mujer, respectivamente). En cambio, Costa Rica con dos hijos por mujer acaba de traspasar el umbral de renovación de las generaciones.
La mayor natalidad de conjunto hay que emparentarla con porcentajes de población joven más elevados que en el vecino Caribe. Todos los países están por encima del 30% de población de menos de 15 años y algunos por encima del 40 % (Guatemala, Honduras y Nicaragua). La inercia demográfica derivada de esta situación constituye un freno natural a la caída de la natalidad. Por ello el porcentaje de crecimiento del periodo 2005 – 2050 es el más elevado de Latinoamérica (46 %). La región tendrá en el año 2025 alrededor de 188 millones de personas y en 2050 más de 215. Guatemala y Honduras doblarán con creces sus efectivos actuales, mientras que México que ya tiene hoy un nivel de fecundidad moderado (2,6 hijos por mujer) aumentará su población en un 30 % reduciendo su peso relativo en el conjunto de la región (65 %).
La tasa de urbanización (68 %) es ligeramente mayor que la del Caribe, pero como en él se observan contrastes notables. México tiene el porcentaje más alto (75 %) y Guatemala el más reducido (39 %). La intensa urbanización mexicana está dominada por el peso de la capital, que con una población probablemente superior a los veinte millones de personas reúne casi al 19 % de todos los habitantes.
AMÉRICA DEL SUR
Trece países en total se reparten esta parte de Latinoamérica dominada por Brasil que con 184 millones supone aproximadamente la mitad de la población del subcontinente (373 millones). Tras Brasil, Colombia (46 millones) y Argentina (39 millones) ocupan, a distancia, la segunda y tercera plaza. Ningún otro país rebasa los treinta millones, distribuyéndose por tamaños en una escala encabezada por Perú (28 millones) y cerrada por la Guayana Francesa con apenas 200.000 habitantes.
Los países de América del Sur están en diferentes estadios de la transición demográfica. Algunos, como Chile y Uruguay, la han cumplido ya prácticamente. Sus tasas de mortalidad infantil (8 y 15%) son baja y sus niveles de fecundidad reducidos (2 y 2,2 hijos por mujer). Viene detrás un pelotón compuesto por Argentina, Colombia y Venezuela que observan a corto plazo el final de la transición. Las tasas de mortalidad infantil son algo más elevadas (entre el 20 y el 25 %) y los índices de fecundidad rondan los 2,5 hijos por mujer. La transición está menos desarrollada en Ecuador y Perú (índices de mortalidad infantil por encima de 30 % y de fecundidad en torno a tres hijos por mujer). Los valores más altos de ambas variables corresponden, sin embargo, a Bolivia con una tasa de 54 % de mortalidad infantil y 3,8 hijos por mujer. Hay por lo tanto una clara correlación entre los fallecimientos de niños y la fecundidad en la mayoría de países del subcontinente, en donde se aprecia además una relación intensa entre desarrollo económico y transición demográfica.
La estructura por edades también correlaciona bien con la fecundidad. Los valores más bajos de población joven (menos de 30 % en Chile, Uruguay y Argentina) corresponden a los países con tasa de fecundidad más reducida. En el otro extremo de la escala sólo Uruguay (13%) tiene un porcentaje de viejos superior al 10%.
Entre los países grandes se pueden diferenciar tres niveles de urbanización. Por encima del 80 % de población urbana (incluso del 90 % en el caso de Uruguay) están, además de este país, Argentina, Chile y Venezuela. Entre el 70 y el 80 % se sitúan Brasil, Colombia y Perú. La tercera categoría la integran los menos urbanizados con valores ente 55 y 65%, como en Bolivia, Ecuador y Paraguay.
También en esta parte del subcontinente se prevé un crecimiento demográfico a corto y medio plazo que supondrá un aumento del 44 % entre 2005 y 2050. U n valor intermedio entre el del Caribe (más bajo) y el de América Central (más alto). En conjunto, la población será de unos 467 millones en 2025 y de 536 en el año 2050.
Este es, a grandes rasgos, el panorama demográfico de los tres grandes espacios latinoamericanos que tienen vocación de convergencia poblacional, aunque existan todavía diferencias notables en el interior y entre cada uno de los ámbitos.
Desde un punto de vista internacional Latinoamérica tiene mejores cifras de mortalidad que las africanas o asiáticas y una fecundidad claramente más reducida que la de África y de un valor semejante al de Asia. Por ello su población aumentará en términos relativos mucho menos que la africana y asiática. Hoy los tres continentes en desarrollo tienen 906 millones de habitantes África, 559 Latinoamérica y 3.291 Asia.
Dentro de veinte años Asia alcanzará los 4.759 millones con un crecimiento porcentual del 44 %. África 1.349 millones y un aumento relativo del 49 % y América Latina 702 millones y sólo un 26 % de crecimiento. Es por lo tanto el subcontinente en desarrollo de cifras más contenidas y donde la transición, examinada en bloque, ha cumplido en más casos su trayectoria. Pero es todavía, y lo seguirá siendo en el futuro inmediato, un territorio con una razonable vitalidad demográfica que le permitirá encarar, ciertamente no sin problemas, el futuro complejo de su desarrollo económico.
América Latina es un referente esencial para España y una prioridad absoluta para la cooperación española. Esta realidad se mantiene inalterable con el paso del tiempo. Si acaso, el paso de los años no hace sino reforzar la dimensión latinoamericana de la política exterior española. Esta opción de cooperación al desarrollo no está únicamente motivada por razones políticas o basada en la existencia de una comunidad de valores. Esta opción es un elemento esencial del compromiso solidario de España con la lucha contra la pobreza y por la consecución de los Objetivos de Desarrollo del Milenio. Mi interés se centra en la exposición de las razones por las que la cooperación española debe permanecer y reforzar su compromiso con América Latina; en contra de algunas corrientes de pensamiento que abogan por la concentración exclusiva y excluyente de los esfuerzos de la cooperación en los países de renta más baja.
Todos somos conscientes de las estrechas relaciones de toda índole que aproximan nuestro país a la realidad de América Latina. Algunas de ellas han sido muy manidas y podrían considerarse como excesivamente abstractas. Pero no por ello son menos ciertas. Así que, en primer lugar, conviene recordar el compromiso político de España hacia la región. Cimentado sobre raíces históricas muy fuertes, se renovó con la vuelta de la democracia en España. U n compromiso que se centró, en un primer periodo, en la pacificación y el desarrollo socioeconómico de la región. Desde ese momento, España, además del empeño en fortalecer las relaciones bilaterales que existen con cada uno de los países latinoamericanos, ha trabajado también intensamente en la consolidación del multilateralismo concertado que encarna el Sistema Iberoamericano y ha promovido la asociación eurolatinoamericana como vía preferente de una cooperación multilateral ampliada. España busca una presencia equilibrada de todos los actores en la región y apuesta por el multilateralismo como la mejor manera de lograr los objetivos que un país por sí sólo no puede alcanzar y como vía de fortalecimiento de la concertación internacional. En este sentido, debe resaltarse el punto de inflexión que para el sistema iberoamericano supuso la Cumbre de Salamanca, celebrada en octubre de 2005. Además de institucionalizar la Secretaría General Iberoamericana como organismo internacional, los Estados miembros centraron sus discusiones y compromisos en aquellos ámbitos prioritarios para la región: lucha contra la pobreza y la exclusión social, migraciones y proyección internacional.
En segundo lugar, la prioridad latinoamericana responde claramente al sentir de la sociedad española. El compromiso de la sociedad civil española ante las situaciones de catástrofe natural o de pobreza en América Latina es patente. Así quedó consagrado en la Ley de Cooperación Internacional para el Desarrollo de 1998. Esta ley aglutinó un gran consenso político. La cooperación española en América Latina constituye un binomio formado por un sector, la ayuda al desarrollo, y una región, América, que goza de un amplísimo consenso social y político. Esta actitud de los españoles se refleja de distintas maneras. Por un lado, las encuestas de opinión pública muestran que más de la mitad de los españoles afirman que América Latina debe ser uno de los destinos preferentes de la cooperación española. Por otro lado, se observa en la respuesta generosa de los ciudadanos ante emergencias humanitarias en la zona, mediante la acción solidaria de cientos de municipios y de todas las comunidades autónomas, y desde luego a través de nuestras organizaciones no gubernamentales, verdaderos instrumentos del compromiso de la sociedad civil. Por último, la presencia creciente de inmigrantes latinoamericanos en España ha permitido un acercamiento humano a la realidad de este continente, lo que también conlleva nuevas propuestas de cooperación. En este año 2006, por poner un ejemplo de actualidad, la mayoría de los trabajos que se realizan en el seno de la comunidad iberoamericana giran entorno al lema «Migraciones y desarrollo». Esta realidad se complementa con la fuerte presencia de empresas españolas en esta región, lo que supone —más allá de las oportunidades económicas que les brinda— una creciente responsabilidad del país en el desarrollo futuro de Latinoamérica.
Finalmente, se debe señalar el impulso que deriva de los principios generales de nuestra política de desarrollo. A l respecto, debemos recordar que casi un tercio de la población latinoamericana — 180 millones de personas— vive bajo el umbral de la pobreza. De estas personas, cerca de 60 millones se encuentran en la pobreza extrema, viviendo con menos de un dólar al día. A l margen de todo lo enunciado anteriormente ¿No justifican por sí solas estas cifras la presencia de la cooperación española allí? C o n relación a los Objetivos de Desarrollo del Milenio (ODM), aunque se han observado algunas mejoras en varios indicadores, América Latina está rezagada en cuanto al cumplimiento del primer objetivo, la reducción de la pobreza en la mitad, y si se mantienen las actuales tendencias de crecimiento económico modesto es probable que no haya mejoras sensibles en este indicador. Aunque el Índice de Desarrollo Humano promedio de la región (0,77) es relativamente alto, esconde grandes disparidades en capital humano, condiciones sociales y niveles de vida entre regiones de un mismo país, entre ricos y pobres, hombres y mujeres, grupos étnicos y otros, población urbana y rural, etc. Así, en algunas zonas de Latinoamérica, el nivel de desarrollo humano es similar al de los países más pobres de África o Asia. Fundamentalmente, el gran desafío de América Latina es la necesidad de reducir la enorme desigualdad existente. Los desequilibrios de todo tipo, sin parangón en otras regiones del mundo, son la causa fundamental de la pobreza existente, de las dificultades para consolidar instituciones fuertes y eficaces y de la imposibilidad de poner freno a las situaciones de exclusión económica y social.
UNA POLÍTICA CON UN CLARO ENFOQUE DE DESARROLLO HUMANO
Una vez identificadas las razones de la presencia de la cooperación española en América Latina, se debe ser consciente de las peculiaridades de la región y ser capaces de articular una política adaptada a los enormes cambios que la región ha experimentado y a la necesidad de aumentar la calidad y la cantidad de nuestra ayuda. La política de cooperación al desarrollo con América Latina ha pasado a ser menos asistencialista y más dirigida a la creación y fortalecimiento de las capacidades endógenas, y con un claro enfoque de desarrollo humano para que sean los propios gobiernos los que logren las metas del desarrollo. Todo ello siendo conscientes de que no actuamos en solitario. La apuesta por un multilateralismo activo, selectivo y estratégico que hace el plan director de la cooperación española es fundamental. Como comenté anteriormente, España, además del interés en el fortalecimiento de los vínculos y relaciones con cada país de la región, ha trabajado en la consolidación del multilateralismo concertado que encarna la Comunidad Iberoamericana de Naciones y ha promovido una política activa y comprometida de la Unión Europea hacia la región de América Latina.
Sobre estas bases se establecen las prioridades sectoriales de la cooperación española en la región. Adaptadas a las necesidades de desarrollo de cada país y centradas en los sectores donde más necesario es el fortalecimiento de capacidades. Sabemos que los países socios de la región son capaces de lograr un desarrollo social y económico sostenido e incluyente. La función de la cooperación es ayudarles y acompañarles en este empeño.
El primer sector al que me referiré es la colaboración en el ámbito de la gobernabilidad democrática. Entendida no sólo como apoyo al fortalecimiento institucional para la reforma y modernización del Estado, sino también de legitimación, reconocimiento de derechos, creación de ciudadanía y construcción de espacios de encuentro, prevención de conflictos, etc. Se traduce en acciones de apoyo a procesos de reforma y modernización de las instituciones, capacitación técnica y el apoyo al diseño de políticas. En 2005 se destinaron más de 84 millones de euros a este sector. Destaca en este ámbito la novedad del esfuerzo orientado hacia la promoción de la democracia representativa y al pluralismo político en América Latina.
Otro sector fundamental es el que gira en torno a la cohesión social, concepto central para luchar contra las desigualdades. Se refiere a la atención de las necesidades sociales básicas, el acceso al agua potable y el saneamiento, la educación primaria y secundaria, la salud básica, la habitabilidad… y en especial la inserción de los sectores más desfavorecidos. Se traduce en actuaciones dirigidas a mejorar los índices de bienestar e inclusión social y el estímulo al crecimiento de una base social amplia. En 2005 el sector de las necesidades sociales recibió casi el 50 % de la cooperación oficial con América Latina, destinándose a sectores tan prioritarios como la educación algo más de 57 millones de euros.
Como tercer sector fundamental de actuación, se deben incluir las acciones dirigidas a fortalecer el tejido económico. Especialmente en una región con tantos recursos y posibilidades de crecimiento. Se traduce en actuaciones orientadas hacia las víctimas de diversas crisis, como por ejemplo el Programa de Apoyo a los Productores de Café en Centroamérica; en apoyo al tejido microempresarial, facilitando el acceso al crédito y la democratización del mismo, y en el empuje de sectores emergentes que contribuyen a mejorar la competitividad de las economías latinoamericanas, como por ejemplo las líneas centroamericana y andina de turismo. En 2005, doscientos millones de euros se destinaron a la promoción del tejido económico empresarial.
Estas líneas de actuación se complementan con criterios de intervención y prioridades que se deben tener en cuenta en todo programa y acción. Me refiero a la igualdad de género, a la sostenibilidad medioambiental, a la defensa y protección de los derechos humanos y al apoyo a los pueblos indígenas. Elementos que todos los actores deben considerar a la hora de negociar un documento en una conferencia internacional, formular un programa de cooperación, departir con colegas de otras agencias de cooperación, ejecutar un proyecto sobre el terreno… o cualquier otra acción en que se concrete el quehacer diario de todos aquellos que trabajamos en el sector.
CONCLUSIÓN
Estas líneas se quedan cortas para explicar un sector tan apasionante y complejo como la cooperación al desarrollo en América Latina. Todavía quedarían por analizar elementos fundamentales del diseño de una política de cooperación como son las prioridades geográficas, la decisiva función de todos los actores involucrados: empresas, sindicatos, universidades, etc., y muchos otros. En esta aproximación he querido recalcar dos aspectos cruciales. El primero de ellos: las poderosas razones por las que la cooperación española se mantiene en América Latina; y el segundo: los principales sectores de actuación, que hacen que la presencia española allí se refuerce de manera creciente y constante.
Como recientemente dijo Kemal Dervis, administrador del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo, América Latina es un banco de pruebas para la cooperación internacional. España, primer donante europeo en la región, refuerza su compromiso allí, consciente de las necesidades de América Latina y con el deseo de ver cumplidos los Objetivos de Desarrollo del Milenio.
Aquella radio, una Magestic que vino de Barcelona, estaba puesta todo el santo día. Por eso Antonio Machín siempre entraba por las ventanas. Lo suyo era flotar como un globo de feria, ascender por el aire atravesando el patio de luces. A veces llegaba del mercado con un par de gardenias para mi abuela, o venía de hablar con la Luna, o decía que era un salado vendedor de maní — y ahí le esperaba yo, dispuesto a birlarle un cucurucho y ponerme morado—.
Ahora bien, fuese cual fuese la canción, Machín siempre venía con sus maracas. Era un negro con maracas. Entonces se podía llamar a las cosas por su nombre y un negro era un negro. Sin más. En mi familia no se ofendía nadie, menos aún si el autor de la ocurrencia era mi abuelo Joaquín, que volvió de La Habana cuando Machín triunfaba en Europa, justo al borde de la guerra mundial.
«Tremendo bolerista», sentenció una vez con firmeza judicial. Le había conocido en el Casino Nacional allá por el veintimuchos, casi el treinta, cuando Machín vendía cientos de miles de discos en los Estados Unidos. Años después el corazón se le hacía lágrimas oyendo Madresita («con «ese», niño, con «ese», que en Cuba no hay «zeta»»). Se esponjaba mi abuelo con ese bolero, lo recuerdo bien. Quizá porque desde los nueve años había sido un fugitivo de la miseria, tan española entonces y tan olvidada hoy. O eso fingimos y levantamos muros cada vez más altos. A cambio de prosperar en América no abrazó nunca más a su madre, desterrada en su tierra. Para siempre.
Machín había nacido en Sagua La Grande, hijo de un español blanco y una cubana negra. Aprendió a cantar en el coro de su parroquia y pronto hizo el camino de Santiago… de Santiago de Cuba, se entiende, que es la cuna de casi todo en la isla. A l menos de casi todo lo importante: la música, el ron y las revoluciones aunque salgan homicidas. Como la última, aunque esa no pudo llevarse a Machín por delante.
Para entonces, finales de los cincuenta, el cubano era ya una figura inmensa, un cantante legendario convertido en la banda sonora de la España de Franco. De esos años recuerdo con precisión infantil una pregunta de mi hermano: «Mamá, ¿por qué Baltasar canta?». Era (y es) un talento sensible. Para nosotros Machín era el rey negro de la cabalgata. No había otro. A l menos no lo hubo hasta que un día nos sentamos con mi abuelo a ver un combate de José Legrá. ¡Coño con los cubanos! ¡Estaban por todas partes!
En aquellas tardes de lluvia mi madre siempre andaba con la plancha, dale que te pego. Entonces llegaba mi padre, el de los buenos tiempos, cantando por el pasillo Bésame mucho. Porque tenía buena voz el condenado, aunque se prodigara poco con el negro de Sagua. Lo hacía porque a ella le gustaba verle alegre, y cantar era señal cierta de que tenía el alma en forma.
Machín. El bueno de Machín, el que nunca renegó de sus orígenes, aunque fuese nieto de esclavos. Eso le hacía un poco más grande, que no más guapo. «Bello, lo que se dice un mulato bello, no lo era ni un poquitico», confesó en cierta ocasión mi suegra, una cubana de las de antes. O sea, espontánea y señorial al mismo tiempo, capaz de volver
loco a cualquier gallego… cosa que hizo. Al opinar así de Machín violó una de las leyes intocables de sus monjas de Vista Alegre: «No hable usted nunca de hombres. Es impropio de señoritas». Igualito que en España, vamos. A veces, sin embargo, ella se ponía el mundo por montera y decía lo que sentía. Ahí se retrató Ana María: le gustaba el moreno, pero sólo cuando cantaba.
Los boleros de Machín eran, en definitiva, un hombro en el que llorar, una manera sencilla de decir lo más íntimo. Por ejemplo, «perdóname» o «te quiero», que se diga como se diga siempre suena ingenuo. Así que, si usted quiere quemar sus naves sin hacer el ridículo, eche mano del negro de las maracas y plántele a su esposa un bolero como Dios manda. Por ejemplo, Toda una vida. Bien agarraditos los dos, que es un modo sublime de demostrar amor.
Entre tanto yo, con su permiso, pa’ Baracoa me voy, aunque no haya carretera.
La Habana sumergida
Parecía un manglar. Ni más ni menos. La marea salvaje la había disfrazado de europea y aquella era otra ciudad. Pongamos por caso Amsterdam o Venecia, tan bellas con sus canales. Pero no. No era posible. Aquella era La Habana. La de Cabrera Infante. La de Lezama y Carpentier. La capital de los cubanos allá donde envejezcan. Pero de veras que parecía un manglar, todo azotado por la loca Wilma y su música de viento. Todo salvo los habaneros. Esos flotan. S o n de corcho. Llevan medio siglo con sus vidas de boya, arrastrados por corrientes rebeldes que lo mismo vienen de Moscú que se van a Miami.
Era fascinante ver al Atlántico a sus anchas, metido en el Sevilla hasta la cocina, Prado convertido en piscina y La Rampa en tobogán. Agua salada por las calles dulces de la bahía, al pie de las murallas, mientras el aire tartamudo deslizaba sus sirenas y el faro del Morro enlucía su cal y canto con nieve efímera. Como si el océano hubiese amanecido con el bendito anhelo de limpiarle el alma al Malecón, ese de varadero sueños desafectos, dique extenuado de revoluciones, muro de sangre.
El oleaje, lo juro, estaba crecido como un comandante en su asamblea. Iba y venía. Rítmico y criminal. Igual que un comandante. Danzaba la mar como una cubanita en su fiesta de quince años, edad rosa en la que la verdad es lo que uno cree. «Vamos bien, compañeros», se veía decir a una voz plana de papel. Otros, sin embargo, se lamentaban sobre las ondas. «¡Qué va! ¡Está bueno ya! ¡Que La Habana no aguanta más!». Por eso muchos se van. Van. Van.
Aquella heroína que flotaba en el aguacero tremendo era la misma en la que deseó morir Rubén Darío, fácil presa del demonio de todos los alcoholes y de la furia de todas las tempestades. Es decir, Cuba en estado puro: alcohol, furia y tempestades. La más asesina llegó también por mar, desembarcada en un arenal colorado y oriental, una abuela en inglés que sólo merece ser traicionada. Mil veces mil. O un millón.
Aquella dama sumergida que respiraba bajo unas aguas bíblicas era la ciudad de las columnas, pero en ella hasta el mármol estaba aguado.
No había manera. El viento y la marea eran alegres conquistadores que se paseaban del brazo por la Alameda de Paula; ocupaban O’Reilly como arrogantes ingleses al asalto e inundaban la Plaza de la Catedral, bautizada de nuevo —agua sobre agua— con su nombre viejo: La Ciénaga. Buscó entonces el océano caníbal a Neptuno para rendirle honores y sólo el Palacio de Aguas Claras pudo indicarle dónde estaba la calle del dios marino. «Allá, allá, cerca del Parque Central», le dijo con una sonrisa de otro siglo, encantado de recibir en casa a sus primas las olas.
Entonces la altamar se remansó, dispuesta a pintar La Habana de añil aguamarina, segura de quedarse para siempre. Nada nuevo. El último que llega quiere quedarse para siempre. Pero la tarde, disgustada con esa locura de salitre perpetuo, decidió romperse en flechas de mil colores, saetas lanzadas desde el ocaso por un sol ya mexicano. Justo en el instante que llegaba de Santiago la luna guajira, espejo que convierte en pardos a todos los gatos verde olivo. Ese momento mágico en el que el trueno de las nueve, puntual como un capitán general, consagra noches de ronda y anuncia amaneceres de ron, camino del amoroso abismo con paso seguro, idéntico al mulo suicida del poema.
Oí entonces a la bella Habana llorar su última voluntad. Se confesaba a susurros con la Giraldilla, muy seria y muy grave, porque grave y serio era el desahogo. C o n elíseas palabras decía así: «No poseyendo más en mi memoria que las noches y su vibrante delicadeza enorme; no poseyendo más entre cielo y tierra que mi memoria, en este tiempo homicida, ha decidido llamar a las cosas por su nombre y hacer testamento. Es este: les dejo el tiempo. Todo el tiempo».
Así que la que un día fue diosa apetecida por el alba, la dueña de la Perla, la yegua desbocada del Caribe, a esa hembra legendaria, a La Habana codiciada en sábanas blancas por miles de españoles, y de ingleses, y de africanos, y de americanos, y de cubanos, y de soviéticos, y otra vez de americanos y españoles. A esa, a esa misma… sólo le quedaba el tiempo. Sólo el tiempo solo. Todo el tiempo. Y pródiga, en un último gesto de grandeza, lo regalaba con majestad de reina madre. Todo lo demás se lo había llevado, fuerza cinco, un ciclón rojo de Birán.
Iré a Santiago
Esta mañana he colgado la bandera de Cuba en la ventana de mi casa. Ondea libre. Esta mañana he sacado del armario la guayabera de hilo crudo de mi abuelo, la última que se hizo a medida en El mago de la tijera, La Habana, 1959. «Si vistes guayabera con yugos pareces el millonario rico de la población», decía siempre canturreando la copla por guajiras. Esta mañana he puesto un disco olvidado de María Teresa Vera y he dejado que el son montuno invadiese el aire. Esta mañana, señores, he sacado del bar un ron viejo de Bacardí y le he dicho, muy bajito, para que no se asuste: «Compay, va siendo hora de que tú acabes en un daiquiri y yo con tremenda borrachera».
Esta mañana, en fin, mi alma salió a pasear por Santiago de Cuba. Iba yo muy contento con mi sombrero de paja de verde, Enramada arriba, Aguilera abajo. A los que encontraba en mi camino les decía: «¡Por fin llegó el fin!», y ellos me saludaban enseñando los dientes. Pasé por la plaza de Dolores y tomé Reloj a la altura del colegio de los jesuitas. La calle Heredia seguía tan bella y culta como siempre, escoltada por Elvira Cape y su biblioteca. Entré entonces en el parque Céspedes y hasta saludé a Diego Velázquez en la ventana de su casa.
La curiosidad me comía porque en la terraza del Casa Granda todo era guaracha. Sonaba Celia Cruz y una mulata caníbal (como sólo se dan en Santiago —y eso muy de cuando en cuando—) se meneaba con hechizo de santera. En las mesas algunos aseguraban que La Francia había abierto de nuevo, mientras que otros se citaban para ir al Country a pasar la tarde. Los guayabitos corrían por todo el parque, excitados con la noticia de que se iban a Siboney a remojarse en la playa. Siboney, Siboney. Palmas, arena y monte.
Mientras subía las escaleras del Club San Carlos recordé a los más viejos del lugar, los que cada 31 de diciembre se vestían con su Black Tie para celebrar el año nuevo. Recordé a Danielito, a Mario, a Pepín. A mi mente también vinieron Palmira y Joaquín, Amalio y Edelmira, habaneros de Marianao, pero locos por la gozadera oriental. Todos danzaban con elegancia de otros tiempos. Todos murieron lejos, pero todos volvían conmigo. A l cesar la música cogí el Oriente y me puse a ojearlo con apego. No había penurias, ni Fulgencios ni Fideles. En sus páginas estaba la vida. Sólo la vida. Vulgar, anodina y maravillosa. La vida en forma de cartelera de cine, anuncios por palabras y partido de pelota en el Campo Leguina.
Todo eso pasaba mientras las campanas de la catedral anunciaban misa. Por un instante quise ver el perfil episcopal de Pérez Serantes en la terraza, no sé si rezando el rosario o tomando la fresca. Justo en ese momento, un pregonero se paró delante de mí con su carretón. Llevaba mamey, mangos, mamoncillos. Fruta jugosa y madura, dulce porque venía de El Caney. Él me contó que en Sevilla los guajiros volvían a sus faenas, abandonadas muchos años atrás, y que Charco Mono daba saltos de contento porque estaba lleno de agua.
Subí a Puerto Boniato para disfrutar de un panorama majestuoso y ya olvidado por mis ojos. Era el mismo de siempre… No. No era el mismo. Ahora lucía distinto porque desde allí se veía a todos los que habían vuelto a Santiago. Esta vez para quedarse. Mayito, A n a María, Totén y Nina. También Enriquito y su hermana Rosa, Graziella, Manuel Jorge, Fernando el asturiano, el tío Guille, Marino y Alberto, que estaba ya en Punta Gorda preparando las cañas de pescar mientras Carlos el chino batía palmas como un niño porque Cayo Smith volvía a llamarse Cayo Smith. En Ciudamar vi cómo los botes cruzaban a La Socapa y vuelta, mientras que en Fortaleza lucía de nuevo el anuncio de siempre y desde El Morro —marea b a j a — se veían los restos del Oquendo, oxidado y tozudo como un español, resistiendo ahora y siempre a las olas del Caribe. Más se perdió en Cuba, almirante.
Entonces pedí un mojito al mesero y me acodé en la baranda del San Carlos antes de volver a mi casa, que es donde vivo, pero no donde sueño. Mi hogar y mi alma están en Santiago. Creo que ya para siempre. Esta mañana he colgado la bandera de Cuba en la ventana de mi casa. Ondea libre.
Nueva Revista no puede ni desea quedar al margen de las valoraciones realizadas tras las palabras de Benedicto XVI, en la Universidad de Ratisbona el pasado 12 de septiembre, que han suscitado la polémica hasta el punto de ser el centro del debate internacional en los últimos días.
Benedicto XVI ansiaba llevar a cabo esta visita a su tierra natal por el cúmulo de recuerdos y experiencias vividas a lo largo de su infancia y juventud el recuerdo de sus padres y de su hermana ya fallecida, departir nuevamente con su hermano Georg en un contexto familiar. Y también, por su puesto, volver al ámbito académico que ha sido su medio de vida durante muchos años y, a tenor de su discurso, lo sigue siendo todavía. Pues bien, lo que se suponía iba a ser un viaje entrañable ha sido la excusa de algunos para, en un mundo globalizado en el que lo fácil es juzgar los hechos a partir de los titulares de prensa, intentar sin éxito que el Papa no fuera profeta en su tierra.
La intención de las palabras del Papa no escapa a nadie que haya leído su discurso completo. Benedicto XVI, en lo que algunos especialistas han calificado como «un discurso académico impecable», trata de plantear la inevitable relación entre la fe y la razón, un diálogo que proviene del origen helénico de Europa, anterior al cristianismo y que la propia Europa ha marginado despectivamente limitando la razón al corsé del empirismo y, en definitiva, al método que aspira supuestamente a ser científico.
Algunos, pocos en realidad, pero como siempre teledirigidos, han protestado exageradamente por las palabras del papa Benedicto XVI pero «de hecho», dice Jeff Israely en Time, «los treinta y cinco minutos de discurso del Papa podrían representar el paso más importante en el diálogo interreligioso desde el primer encuentro celebrado en Asís con esta finalidad y bajo el patrocinio de Juan Pablo II».
De igual modo, Phillip Blond, explica en el International Herald Tribune que el discurso de Benedicto es una llamada a una nueva clase de diálogo interreligioso. «Con su discurso el Papa plantea la necesidad de impulsar otro nuevo compromiso entre las distintas confesiones. A su vez, el Papa reconoce que los cincuenta años de diálogo liberal no han logrado absolutamente nada porque el marco en el que se ha desarrollado la relación entre religiones ha sido una variante del fundamentalismo secular».
Para glosar la diferencia entre Occidente y Oriente, el Papa alude a los orígenes helenísticos de la cultura occidental incorporados por el cristianismo en un nivel filosófico. Unos orígenes que conllevan la complementariedad ineludible entre la fe y la razón. En sus escritos teológicos, Ratzinger recuerda la apuesta del primer cristianismo a favor de la razón. Para creer hay que pensar. Por la razón tenemos conocimiento de Dios, pero este conocimiento se debe completar a través de la fe. Esta cuestión, en aras a un diálogo transparente entre religiones, lleva a Benedicto, además de a señalar los puntos en común, a identificar de un modo franco las diferencias del cristianismo con la religión islámica. «Para la doctrina musulmana, Dios es absolutamente trascendente. Su voluntad no está ligada a ninguna de nuestras categorías, ni siquiera a la de racionalidad», explicaba en Ratisbona. Mientras que «en contraposición, la fe de la Iglesia se ha atenido siempre a la convicción de que entre Dios y nosotros, entre su eterno Espíritu creador y nuestra razón creada, existe una verdadera analogía, en la que ciertamente las desemejanzas son infinitamente más grandes que las semejanzas, pero que no por ello se llegan a abolir la analogía y su lenguaje».
Benedicto XVI alude al papel desempeñado por la razón helénica en la cultura occidental como algo que nutre a dicha cultura y que por tanto la hace diferente de las demás. Con ello explica la necesidad de reconocer las raíces griegas y cristianas de Europa, no como algo anecdótico sino como algo intrínseco al desarrollo cultural del continente que se materializa en un modelo inteligible de la búsqueda de la verdad.
La Europa actual reniega de la colaboración entre la fe y la razón, más aún parece tener la intención de separar sus caminos de manera radical. Esto lleva al articulista del International Herald Tribune a señalar las consecuencias que dicho distanciamiento tiene en el mismo diálogo entre confesiones. «Los modelos liberales de incomprensión entre religiones dependen exclusivamente de la separación entre fe y razón, lo mismo que el Papa observa en el fundamentalismo religioso. Se ha asumido que las creencias han de ser privadas e incompatibles mutuamente, razón por la que son relegadas a la esfera más íntima de la persona con lo que se evita que puedan encontrarse y debatir las unas con las otras. Benedicto desea cambiar esto. Su intención es tratar de inaugurar un auténtico compromiso teológico entre las diversas religiones. El hecho de que haya sido malinterpretado sólo pone el acento en la urgente necesidad de comenzar a aplicar dicho compromiso».
Unos días más tarde, The Economist en uno de sus editoriales señala que «Juan Pablo II había entendido que los recelos de los musulmanes radicales hacia Europa no los provocaba el cristianismo sino su secularismo rampante. Osama Bin Ladem pudo haber presentado la invasión de Afganistán e Irak por parte de los americanos como una nueva cruzada, pero aunque George Bush pudo, sin el adecuado tacto, llegar a utilizar este término en alguna ocasión, la idea de que los musulmanes eran víctimas de una nueva guerra santa es difícil de sostener teniendo en cuenta que el líder cristiano más influyente condenó abiertamente la guerra».
The Economist también señala dos puntos que importan mucho al pontífice y que son claves para el verdadero diálogo entre religiones: «Uno es el de la reciprocidad, porque hay una gran desproporción entre la libertad religiosa de muchos cristianos que viven en países musulmanes en comparación con la que los musulmanes tienen en Occidente. Y el otro es el hecho de que muchos clérigos islámicos parecen aprobar o al menos tolerar la violencia en nombre de la religión».
No sólo la elocuencia de Benedicto XVI sino también su clarividencia y franqueza son dignas de elogio. El Papa ha hecho temblar por momentos la dictadura de lo políticamente correcto a la que la sociedad occidental está sometida y eso evidentemente pasa factura, un castigo humano que Benedicto parece dispuesto asumir si el fruto resultante es un acercamiento verdadero entre religiones.
El 25 de septiembre en Castelgandolfo, en su encuentro con los representantes diplomáticos de los países musulmanes y con algunos líderes religiosos islámicos, el Papa remarcó: «Desde el inicio de mi pontificado he tenido ocasión de manifestar mi deseo de seguir estableciendo puentes de amistad con los seguidores de todas las religiones, manifestando particularmente mi aprecio por el crecimiento del diálogo entre musulmanes y cristianos». Y calificó la necesidad de ese diálogo «no como una necesidad del momento sino como una necesidad vital». Y concluyó su audiencia transmitiendo su convicción de que «en la situación que hoy atraviesa el mundo, es un imperativo que los cristianos y musulmanes se comprometan juntos para afrontar los nuevos desafíos que se plantean a la humanidad, en particular, los que afectan a la defensa y a la promoción de la dignidad del ser humano, así como a los derechos que de ella se derivan».
Parece que finalmente el viaje del Papa a su tierra ha tenido consecuencias más positivas incluso que las que se antojaban de una visita casi íntima y familiar.
Escribir sobre un acontecimiento futuro, incluso si se trata de algo que ocurrirá pocos días después, conlleva ciertos riesgos. Si lo escrito es sobrepasado ampliamente por la realidad, uno queda retratado ante el lector como un ingenuo. Si, por el contrario, la imaginación del que escribe se desborda ante las posibilidades de lo que está por venir, se corre el peligro de aparecer como un hombre superado por su propia fantasía.
Cuando el lector se encuentre leyendo este artículo, se conocerán los resultados de las elecciones celebradas en Brasil. En mi caso, el cierre de la edición me obliga a plantear la hipótesis razonable de que Lula da Silva será reelegido presidente, mientras que Geraldo Alckmin, candidato de la coalición de centro-derecha, obtendrá en torno al 30% de los votos, y la senadora Heloísa Helena, del Partido Socialismo y Libertad, alrededor del 10%.
Si la campaña electoral se estuviera desarrollando con normalidad, los resultados finales no deberían diferir mucho de lo pronosticado antes. Pero hace apenas unas horas, el presidente de Brasil, abrumado por un nuevo caso grave de corrupción, se ha visto obligado a relevar, entre otros, a su director de campaña y presidente del Partido de los Trabajadores, Ricardo Berzoini. Aunque los votantes brasileños parecen resignados a la idea de que la corrupción forma parte esencial de su juego político, está por ver si consideran que el último caso destapado es la gota que colma el vaso de su paciencia.
Lula se encuentra, desde su elección como presidente de Brasil en 2002, atrapado en un laberinto de luces y sombras. Nadie discute el mérito vital de un hombre nacido en una favela que gracias al esfuerzo, el trabajo, y la suerte, ha conseguido llegar a lo más alto. Pero eso no le exime de una responsabilidad que le exige tomar decisiones que en otros planos, como el económico, ha sabido adoptar.
En el tortuoso laberinto del que debe salir caben tanto la ilusión popular de sus inicios y los buenos resultados económicos como los escándalos de corrupción y el deterioro institucional. El inicio de su segundo mandato enfrenta a Lula a un dilema, que le obliga a elegir entre el camino que antes emprendieron otras naciones exitosas o quedar prisionero para siempre de sempiternas amenazas que conderían a su país a un nuevo retroceso histórico.
Este artículo pretende apuntar algunas de las claves que Brasil debe afrontar durante el nuevo mandato para poner luz sobre su futuro, ya que si Ortega y Gasset señaló que el principal problema de los españoles era «no saber lo que nos pasa», cabría señalar que, hasta ahora, el principal problema de Brasil ha sido «preferir no saber lo que les pasa».
LOS PROBLEMAS DEL DÍA DESPUÉS
Durante estos años se han puesto de manifiesto serios problemas estructurales que no son exclusivos de los gobiernos de Lula, pero que corren el riesgo de desbocarse en caso de que no se afronten con seriedad de manera inmediata.
a ) La amenaza de la corrupción
La corrupción es algo así como el sida de la vida política brasileña; se encuentra en todos los niveles, cada brasileño conoce algún caso, e incluso se toman medidas a pequeña escala para combatirla. Pero no deja de tener las características de una grave pandemia, que, de cuando en cuando, alarma al conjunto del país con la publicación de los nombres de nuevos afectados.
Según el Informe Latinobarómetro 1995-2005, los brasileños son los ciudadanos de América Latina más decepcionados por el nivel de corrupción de sus representantes públicos, tanto por el número de casos relevantes como por el número de funcionarios implicados.
Durante el primer mandato de Lula se han producido tres graves casos, los conocidos como «Mensalao» y «Sanguessuga», y el producido en plena campaña electoral. Merece la pena analizar brevemente la intencionalidad que movía dichas prácticas y el grado de implicación del entorno presidencial y del conjunto de la clase política.
Los casos «mensalao» (mensualidad) y «sanguessuga» (sanguijuela) suponían, en pocas palabras, el pago de dinero negro a diputados y senadores de diferentes grupos políticos a cambio del voto a favor de las reformas de los servicio de correos, la concesión de licencias de juego y la compra de ambulancias con un precio muy superior al del mercado. Mientras que el primero costó la renuncia del vicepresidente de Brasil y hombre clave del PT, Jose Dirceu, el segundo ha sido la expresión manifiesta de que el conjunto de la clase política, independientemente de sus siglas, está implicada y que la corrupción es un fenómeno estructural.
En el siguiente cuadro se recoge el número de diputados receptores del dinero negro, clasificados por caso y partido de procedencia:
El tercer caso, descubierto durante la campaña electoral, es de naturaleza distinta, pues pretendía la compra, desde el entorno directo de Lula, de un vídeo en el que se implicaba a candidatos del PSDB en diferentes escándalos. Pero lo relevante de este último caso es que afecta de forma directa a Lula da Silva, a través de sus tres más estrechos colaboradores: Ricardo Berzoiti (jefe de campaña del presidente y presidente a su vez del pt), Freud Godoy y Jorge Lorenzetti.
En definitiva, los ciudadanos de Brasil asisten resignados a la evidencia de que quienes podrían acabar con la corrupción (presidencia y parlamento) son, precisamente, los principales beneficiados.
Tal circunstancia, además de incrementar la desconexión entre instituciones y ciudadanía, abre un peligroso espacio para que un discurso populista, ajeno al mundo de la política con el reclamo de las manos limpias, tenga entrada en la política brasileña. Hay precedentes en otros países de la región.
b) La izquierda amenazada por la izquierda
El desencanto por la corrupción, pero sobre todo, por la negativa de Lula a promover reformas radicales, ha llevado el desencanto a la extrema izquierda que le votó en su primera elección.
En ese contexto, la aparición en la escena política de un nuevo partido, escindido del PT, libre del «lastre reformista» de Lula, y heredero del discurso marxista radical, es un hecho a tener en cuenta para el futuro.
La senadora Heloísa Helena encabeza el Partido Socialismo y Libertad, y ha combinado las denuncias contra Lula («jefe de un partido cuya cúpula es un grupo criminal») con propuestas del gusto de los grupos antisistema. Algunas de ellas son: la intervención total del Estado en la economía, la reducción drástica y por decreto de los tipos de interés, la ruptura con el capitalismo financiero, la reforma agraria radical, la suspensión del pago de la deuda externa, la reducción de la jornada laboral sin reducción salarial y el apoyo a la Alianza Bolivariana de las Américas (ALBA).
Esta última cuestión es la que puede terminar de acercarla a un Chávez que desconfía también de las tentaciones reformistas de Lula y que se muestra deseoso de integrar nuevos miembros brasileños al grupo de líderes de la izquierda radical con los que comparte intereses: Fidel Castro, Evo Morales, Ollanta Humala, López Obrador, Daniel Ortega y Nestor Kirchner, entre otros.
Heloísa Helena ha recibido también, desde fuera de Brasil, el respaldo expreso de pseudointelectuales como Noam Chomsky, Ken Loach y Robert Brenner. Se trata de un grupo de influyentes nostálgicos del movimiento obrero y la lucha de clases, que en la ocasión anterior dieron su apoyo a Lula y que comienzan a sacar la cabeza de entre las ruinas del Muro de Berlín.
c) Los adorables vecinos
Resulta paradójico que Brasil vea amenazado su liderazgo regional teniendo que aceptar retos como el planteado por países como Bolivia.
Evo Morales firmaba hace poco un «decreto supremo» que nacionalizaba los hidrocarburos del país y perjudicaba, de manera muy especial, a la multinacional brasileña Petrobrás, que participa en toda la cadena productiva de petróleo y gas, controla cerca del 4 5 % de los campos de extracción y posee las dos mayores refinerías del país.
Es cierto que, ante el pulso planteado a las empresas brasileñas, Lula da Silva no se ha mostrado tan complaciente como su homólogo español, Rodríguez Zapatero, pero tampoco ha actuado con la autoridad que se espera del presidente de la quinta nación más grande del mundo, y cuyas inversiones representan cerca de 18% del PIB de Bolivia.
Similares retos son los planteados por una Argentina que parece haberse adueñado de Mercosur, o por un Hugo Chávez cada vez más entrometido en los asuntos de la región.
Lula parece sentirse más cómodo cuando cruza miles de kilómetros de distancia para sellar acuerdos con países como Sudáfrica, India, Rusia o China, pero no cabe duda de que deberá, durante su segundo mandato, atender a los incómodos vecinos de su misma familia política.
d) La democracia de cristal opaco
Se puede afirmar que la democracia brasileña es de cristal, por lo frágil, y de color opaco, por la dificultad de percibir lo que se mueve en sus entrañas. Si Lula quiere pasar a la posteridad como el presidente que cambió Brasil, deberá asumir en serio el compromiso de acabar con el espectáculo combinado de incumplimiento de promesas electorales, impunidad ante los escándalos de corrupción, transfuguismo del partido desde el día siguiente a la elección y cooptación del voto de los representantes públicos.
Será difícil, teniendo en cuenta que las exiguas mayorías parlamentarias hacen cambiar de siglas a los diputados con la misma facilidad con cambian de ropa cada mañana. El sentido del recorrido es, casi siempre, el mismo: de los grupos de oposición a los grupos que apoyan al poder. Durante su primer mandato, la coalición de Lula, que comenzó con 218 diputados, finalizó con el respaldo de 370.
EL CAMINO DE LAS LUCES
Pese a lo anterior, no todo es negativo en las perspectivas de futuro de Brasil:
– Lula ha ganado un cierto reconocimiento internacional al garantizar la estabilidad económica mediante herramientas liberales. Su reto debe ser perseverar por ese camino y hacerlas sostenibles en el tiempo.
Quienes dudaban de la capacidad de Lula da Silva para mantener las cuentas saneadas, han visto con sorpresa cómo era capaz de reducir el gasto público y la deuda externa, controlar la inflación, sanear la balanza comercial, manejar con soltura los tipos de cambio y crear la confianza necesaria para atraer inversiones y crear empleo. En definitiva, ha sabido dejar a un lado el círculo vicioso de las economías marxistas que confían todo al Estado, para apostar por el círculo virtuoso de las economías liberales que confían más en el mercado.
Brasil luce hoy unos buenos resultados macroeconómicos, producto de las medidas de control económico, pero también de la favorable coyuntura internacional. Durante el período 2007-2010 hay que confiar en un manejo de la economía basado en los mismos criterios, en una coyuntura que, salvo sorpresas, no parece tan preocupante como la que tenía por delante tras su elección de 2002.
– Las reformas institucionales suelen ser difíciles de adoptar por los líderes políticos, porque aportan pocos votos. Pero son las que marcan la diferencia entre los hombres de Estado y los políticos coyunturales.
Lula tiene la oportunidad de convertirse en el hombre que creó las instituciones brasileñas del siglo XXI, garantizando la libertad y el Estado de derecho. Son palabras grandilocuentes, pero ese mismo horizonte es el que miraron quienes crearon las instituciones de los países que hoy son los más avanzados del mundo.
– La composición de las cámaras legislativas va a ser clave para garantizar la viabilidad de las reformas propuestas. A Lula no le queda otra alternativa, teniendo en cuenta la presencia en el Congreso y el Senado de una mayoría formada por partidos de corte centrista y liberal, como el PMDB, PSDB y PFL, que moderar el fondo de sus reformas. Y en sentido contrario, este bloque mayoritario debe ser consciente de su peso real como elemento de estabilidad del sistema, cambiando apoyos parlamentarios por capacidad de influencia política, y no por dinero sucio, como ha venido ocurriendo anteriormente.
Recordando que al escribir este artículo no se han celebrado las elecciones, e independientemente de los casos de transfuguismo que puedan alterar de forma significativa la configuración final del Congreso y del Senado, es bastante probable que el partido PMDB, miembro de la coalición de gobierno, se convierta el día de las elecciones en la fuerza mayoritaria en ambas cámaras. Si lo hace, por encima de PFL, PSDB y PT, contará con un número importante de ministros que han de servir de contrapeso a sectores más radicales del propio gobierno.
– Una vez que Lula tenga garantizada la estabilidad política y económica interna de su segundo mandato, la confianza internacional se convertirá en crédito político, tanto a la hora de buscar ejes alternativos que pasen por Rusia, Sudáfrica, India y China, como a la hora de mantener una privilegiada relación con la Casa Blanca, independientemente de quién termine siendo su inquilino en el futuro.
– El reto más importante para Lula pasa por alejarse del dogmatismo radical, para dejarse guiar por el sentido común y el pragmatismo.
La izquierda latinoamericana parece volver a la subdivisión tradicional de los años setenta entre partidarios de reformas y partidarios de la revolución, aunque adaptada a los nuevos tiempos. Esa dualidad, que ha tenido su mejor expresión en liderazgos tan distintos como los de Ricardo Lagos en Chile y Hugo Chávez en Venezuela (ambos autodefinidos como socialistas), define caminos bien distintos.
Teniendo en cuenta el rechazo que Lula ha expresado durante toda su vida por toda forma de abuso de poder y autoritarismo, no es descabellado pensar en sus futuros desencuentros con alguien como Chávez, que no duda en aplicar su talante autoritario para socavar las libertades de quienes le llevan la contraria.
En ese contexto, el camino que adopte Lula tendrá importantes repercusiones en los equilibrios de poder en la región.
En definitiva, Brasil tiene ante sí muchas amenazas, pero también la gran oportunidad de ocupar, de una vez por todas, el lugar que le corresponde en el mundo. La aplicación de políticas erróneas a lo largo del tiempo ha tenido como resultado un cierto retraso, que aún puede corregir. Los consensos recientes en política económica, señalan un camino que los líderes brasileños, con su presidente a la cabeza, deberían aplicar, con urgencia, a los ámbitos político e institucional.
Sólo de ese modo podría pasar al olvido el tópico que, haciéndose eco tanto del carácter vitalista de los brasileños como de la dificultad para llevar a cabo sus proyectos, señala que «Brasil es el país del futuro… y siempre lo será».
El corrupciómetro dado a conocer por el INEA en relación con los países iberoamericanos destaca como gran novedad, además del análisis sobre casos reales, la gradación de la corrupción a partir de cinco categorías que buscan aclarar la situación de cada país.
La primera categoría, la más grave, se refiere a la situación de corrupción sistemática de naturaleza estatal de alta nocividad social. Cómo su nombre indica, se trata de la peor de las posibilidades en las que puede encontrarse un país. En estos casos, las redes de la corrupción dominan las estructuras públicas, capturan al propio Estado. Como señala el INEA, la captura del Estado no sólo se produce cuando el sector privado controla el aparato público en su conjunto, sino también cuando existen focos de corrupción dentro del Estado que responden a intereses privados. En estos supuestos, se producen muy graves perjuicios económicos para el desarrollo del país, evidentes quebrantos de la moral social y pública de los ciudadanos, así como la misma desnaturalización del sentido originario del poder público. Puede aparecer tanto en la vertiente administrativa, como en la dimensión judicial o legislativa, aunque lo que suele ocurrir en estos casos en que la corrupción domina la propia esfera pública, los tres poderes clásicos del Estado.
En segundo lugar, nos encontramos ante la corrupción institucional de alta nocividad social. Se trata de la corrupción regular y generalizada en los aparatos públicos y oficiales en los que se obvian los procedimientos formales y donde los dirigentes, si no participan directamente en la misma corrupción, de alguna manera son cómplices de los delincuentes. La alta nocividad social se produce en estos supuestos porque las áreas institucionales afectadas son claves para la vida y la convivencia sociales minando lo que se denomina pomposamente capital social.
En tercer lugar nos encontramos con la denominada corrupción esporádico-individual, también de alta nocividad social. Se trata de la corrupción protagonizada por acciones individuales y puntuales realizadas por personalidades o figuras relevantes del ambiente político o social. Causa evidentes perjuicios sociales a la población porque afecta a funciones de alta dirección pública o social que se presumen de alta ejemplaridad, así como, en ocasiones, a delitos de gran dimensión o al crimen organizado.
La cuarta categoría se refiere a la corrupción institucional de efecto local. Es, como señala el INEA, la corrupción que se presenta en espacios normativo-institucionales locales o regionales. Son casos en los que están involucrados funcionarios locales o regionales que incumplen sus deberes de servicio público. También esta modalidad de corrupción afecta a la confusión de los intereses públicos locales con los particulares y afecta, a la larga, a la conciencia ética de la sociedad. Hay complicidad por parte de las autoridades, incluso es «bien vista» en algunas latitudes del mismo poder.
Finalmente, la quinta y última categoría se denomina corrupción esporádico-individual de efecto local. Es la corrupción que caracteriza a los funcionarios o autoridades de área local puntual e individual, que suele instalarse en las funciones de naturaleza administrativa.
Otra de las principales causas de la corrupción que asola a los países hermanos del continente americano es la ausencia de voluntad política por erradicar esta plaga social. En efecto, según el diagnóstico del INEA, es particularmente preocupante que en algunos países que en la década de los noventa del siglo pasado llegaron a una situación de corrupción generalizada y sistemática hoy, bajo gobiernos que conducen procesos de transición democrática que llevan aparejadas medidas anticorrupción, adolecen de una franca y decidida voluntad de lucha contra la corrupción. U n a manifestación de esta ausencia de voluntad política la encontramos en las comisiones anticorrupción. Muchas de ellas nacen con raquíticas facultades integradas por funcionarios designados por el poder ejecutivo. A ello, el INEA añade que existe poco entusiasmo por crear y consolidar auténticos sistemas judiciales anticorrupción con autonomía e independencia reales. El drama de la ausencia de independencia judicial no hace más que acrecentar el fenómeno junto a la sistemática falta un sistema de función pública profesional independiente del poder ejecutivo.
LA CULTURA DE LOS «VIVOS»
En tantas ocasiones lo realmente relevante no son tanto las soflamas, las arengas o las homilías cívicas, tan del gusto de algunos dirigentes, no sólo de Iberoamérica, sino la adopción de medidas concretas que, poco a poco, demuestran la voluntad de ir recortando espacios a la impunidad, al secretismo y a la arbitrariedad. Así se demuestra la voluntad política no sólo con palabrería, sino con palabras y con hechos concretos.
En el mundo latinoamericano la expresión «vivo» aplicada a la conducta de un personaje público suele estar asociada a una imagen de sujeto que se aprovecha de las circunstancias para su beneficio personal, saltándose si es necesario los principios de la ética o la moral. En alguna medida, también entre nosotros ha calado esta imagen que se utiliza, más o menos, también en este sentido. S i n embargo, donde ha hecho fortuna es, insisto, en el área iberoamericana.
Para lo que ahora interesa, resulta que cuando los autores del informe analizan las causas de la corrupción en Iberoamérica, citan el desarrollo creciente de la cultura de la «viveza» entre los políticos y los funcionarios latinoamericanos. Para el INEA, dicha «cultura» se describe así: «Sistema de valores y creencias vinculadas a procesos de movilidad social sin sanción moral donde se valora a quien «inteligentemente» sabe aprovecharse de los «tontos» que creen en las reglas del juego social y las respetan». Curiosa descripción pues apunta a un sistema de valores y creencias que da por buena la tarea del «vivo». Es más, para muchas capas sociales, el vivo es una aspiración, un modelo a imitar. Quizás igual que por aquí no pocos consideran que la cultura del pelotazo es todo un ejemplo digno de emulación.
La cultura del «vivo», sin embargo, debe ser sustituida por la cultura del esfuerzo y del trabajo bien hecho. Hoy hace falta levantar la bandera de la integridad y la honradez frente a tanto abuso. Pero lo más importante es que seamos capaces de transmitir a las nuevas generaciones que la cultura del pelotazo o de la viveza es un cáncer social y que un país serio se construye desde la integridad de sus dirigentes y desde el trabajo bien hecho de los ciudadanos.
EL «BOTINAZGO»
Otra de las principales causas que se esgrimen cuando se trata de analizar la corrupción política es la búsqueda del poder como botín. «Botinazgo» lo denomina el INEA en su corrupciómetro internacional con el propósito quizá de llamar la atención sobre una idea, todavía presente en muchas partes de Iberoamérica y también de otras latitudes, que consiste en considerar el poder como algo propio del partido que gana las elecciones y, sobre todo, de sus dirigentes, que se convierten en los dueños y señores de un botín que hay que distribuir entre los partidarios.
En este marco, como señala el corrupciómetro al abordar esta causa de corrupción, se comprende perfectamente la perspectiva patrimonial de los cargos públicos que caracteriza estas actitudes. En su versión más benigna, dice el informe del INEA, el «botinazgo» se contempla como la recuperación de los costes de inversión que supone el trabajo por alcanzar el poder. Aquí radica, sobremanera, la espinosa cuestión de la financiación de los partidos.
Desde la perspectiva de la búsqueda del poder como botín aparecen otras formas de corrupción bien conocidas como puede ser el nepotismo o el clientelismo político. Dos formas de corrupción que también en el viejo continente afloran con más frecuencia de la deseada, quizás debido a la doble moral en la que está instalada la sociedad europea en términos generales.
Como señala el corrupciómetro internacional, elaborado para el área iberoamericana, la actitud sociopolítica del «botinazgo» tiene que ver con la ampliación del delito del malversación o peculado en la realidad latinoamericana, pues si el poder es un botín, entonces se ejerce como propio.
LAS DESIGUALDADES SOCIALES
El informe que estamos glosando señala también como causa de corrupción la existencia de estructuras sociales sin equidad en lo que se refiere a los sueldos y retribuciones de los trabajadores, sea en el sector público o en el sector privado. En este contexto, ante la ausencia de oportunidades sociales, muchas personas buscan otros «complementos» al margen de la ley y de las más elementales exigencias de la ética pública.
En efecto, la realidad iberoamericana pone de manifiesto que la justicia social demanda sueldos dignos, retribuciones justas que permitan a los trabajadores vivir con dignidad y ejercer todos y cada uno de los derechos fundamentales. De lo contrario, seguiremos asistiendo a esperpénticos acontecimientos protagonizados por funcionarios públicos que aprovechan su cargo para su beneficio y enriquecimiento personal.
La insultante pobreza que asola a muchos de estos países, que convive con algunas de las fortunas más opulentas del planeta, constituye un hecho real que ha de llevar a los dirigentes públicos, sociales y económicos a pensar en introducir criterios de equidad en las condiciones laborales del empleo público y del privado. Hoy por hoy, quien conozca mínimamente la realidad social iberoamericana, sabe que la lucha contra la pobreza ha de plantearse en el marco de la estrategia anticorrupción a partir de fórmulas de educación cívica congruentes que planteen una profunda reforma de las políticas sociales y económicas dirigida a colocar a la persona y su inviolable dignidad en centro del orden político, económico y social.
LA FALTA DE ÉTICA PÚBLICA
Desde otro punto de vista, se puede decir que la corrupción es consecuencia, como señala el corrupciómetro internacional, de la «falta de desarrollo de la ética pública». En efecto, la explicación de determinadas costumbres y hábitos sociales encuentra su justificación en un escaso compromiso con lo público debido a la pérdida de referencias éticas en el ejercicio del gobierno y de la dirección de instituciones públicas. Los cargos públicos no se contemplan como ocasiones de satisfacer las necesidades colectivas del pueblo o como formas de trabajar por el bienestar general e integral de los ciudadanos. Más bien, los cargos públicos constituyen, en tantos de estos países, oportunidades para el enriquecimiento personal y para afirmar el dominio de unos sobre otros. En este contexto, las más elementales exigencias de la ética aplicadas a la dirección de los asuntos públicos brillan por su ausencia. En tantos casos, no hay carrera administrativa, no hay institucionalidad, las remuneraciones son arbitrarias, el sistema de captación de personal nada tiene que ver con el mérito y la capacidad, y la falta de un sistema de recompensas y méritos acorde con el desempeño honesto y eficiente ha dado lugar, como regla general, a una profunda desmotivación y desmoralización del conjunto de la función pública que comprueba a diario los efectos del clientelismo y el nepotismo.
En este ambiente se produce una inquietante pérdida de credibilidad social de las instituciones públicas que abre todavía más la brecha entre el pueblo y los dirigentes, privatizando la vida pública hasta límites insospechados. Claro, así lo público apenas tiene consistencia en sí mismo pues queda a merced de los particulares en un peligroso proceso de pérdida de las referencias éticas y morales del servicio público.
Es lógico que los dirigentes públicos para realizar sus tareas, para alcanzar los objetivos que se marcan, cuenten con personal de confianza. Como todo en la vida, lo importante es conducirse en este tema con sentido de la proporción y de la mesura. Cuando ello no ocurre así, como señala el INEA en el corrupciómetro, entonces aflora un galopante gasto público que normalmente va asociado, en una u otra medida, a la corrupción.
El spoyl-system, tan arraigado en las repúblicas hermanas de América, es un mal que debemos ayudar a extirpar porque está en el origen de la corrupción. En Europa, las cosas suceden de otra manera, aunque también, con menor intensidad, encontramos supuestos en los que la necesidad de financiar las campañas políticas conducen al mismo resultado.
LA DESLEGITIMACIÓN DE LOS PODERES PÚBLICOS
Otra de las causas que se citan como desencadenante de los índices de corrupción que caracterizan a esta región del mundo es la deslegitimación de los poderes públicos. El caso del poder judicial es especialmente delicado puesto que en la medida en que sus integrantes son dependientes del poder ejecutivo, en esa medida sus resoluciones son políticas y tantas veces elaboradas para absolver a los miembros del gobierno o de la administración. La ciudadanía lo percibe así, por lo que no es de extrañar, y lamentar, que en ocasiones la gente se tome la justicia por su mano y proceda al linchamiento público de determinados delincuentes. Ciertamente, no en todos los países latinoamericanos las cosas suceden de la misma manera, pero sí puede afirmarse que fortalecer la independencia judicial es una de las maneras más eficaces de luchar contra la corrupción. Si el pueblo no confía en la justicia sencillamente porque no existe como tal, entonces la batalla contra la corrupción se convierte en un pesado sueño irrealizable.
El poder legislativo en estos países tampoco es ajeno a la corrupción. No son, desgraciadamente, pocos los casos de diputados envueltos en casos de corrupción. No es infrecuente la llamada corrupción normativa y, finalmente, se dan supuestos en los que la arbitrariedad en la fijación de los sueldos de sus señorías se realiza al margen de la realidad y con grave quebranto de las arcas públicas.
En este contexto, la ingobernabilidad está servida. El pueblo tantas veces se rebela contra esta situación y, en ocasiones, se procede a la sustitución de presidentes que no agotan su mandato sencillamente porque cala en la sociedad que el grado de deterioro es tal que hay que buscar como sea otro líder para sacar al país del desorden y la anarquía. Además de falta de gobernabilidad, lo más grave es la pérdida de la fe en la justicia. Si la justicia no es dar a cada uno lo suyo, lo que le corresponde, y la ciudadanía así lo percibe, entonces es muy difícil plantear la lucha anticorrupción con garantías. Por eso, el camino de la lucha contra la corrupción comienza por la instauración de un sistema de selección objetivo, basado en el mérito y la capacidad, para la selección de los jueces y magistrados.
LOS «ANILLOS BUROCRÁTICOS»
Los autores del corrupciómetro internacional señalan, igualmente, como causa de la corrupción que viven estos países, la existencia de los llamados «anillos burocráticos».
La expresión proviene de la sociología y fue acuñada, según parece, por el profesor Enrique Cardoso, quien une a su condición de científico social la experiencia de presidir el gobierno del Brasil durante varios años. Quizás por eso, su aproximación a este concepto sea útil y realista porque pocas personas como él pueden mostrar un conocimiento de los entresijos de la política tan completo.
Pues bien, los «anillos burocráticos» pueden comprenderse, desde la etiología de la corrupción, como una expresión del intento de dominio de determinadas empresas privadas del aparato público. Para Cardoso, los «anillos burocráticos» son un tipo de modalidad «privada» de articulación de intereses por la que determinados grupos imponen sus requerimientos en los procesos de decisión pública al contar, dentro del aparato del Estado, con representantes incrustados en la función pública. Como causas próximas de estas prácticas, nos encontramos con el sistema del botín o el llamado lobbismo. En el caso del sistema del botín, el que gana las elecciones, como hemos comentado, coloca a su gente y a la de los grupos que le han ayudado, de manera que la objetividad e imparcialidad que han de caracterizar a la función pública se convierten en algo imposible. Por lo que se refiere al lobbismo, nos encontramos con que los grupos de presión se convierten en los dueños de los procesos de toma de decisiones en el sector público al comprar la voluntad de quienes deciden o, al menos, al contar con relevantes cargos públicos que trabajan, no para el interés general, sino para el interés particular.
LAS NUEVAS MODALIDADES DE CORRUPCIÓN
Otra de las causas de la corrupción existente en el área iberoamericana tiene que ver, según el INEA, con los vacíos de la legislación de estos países en lo que se refiere al tratamiento y tipificación de las nuevas modalidades de corrupción como el soborno internacional, la llamada narcocomplicidad o la complicidad con el tráfico de armas. Junto a la necesidad de contar con un poder judicial independiente, junto a un sistema de función pública basado en el mérito y la capacidad, es menester también acometer reformas legales que introduzcan estas nuevas figuras delictivas.
En este contexto, en muchos de los países latinoamericanos, la participación ciudadana real es una de las principales armas de la lucha anticorrupción o, en términos positivos, una de las formas de promover los valores de la ética pública. Por eso, también puede ayudar a erradicar la corrupción introducir en la legislación anticorrupción, en términos constitucionales, la presencia del pueblo en las diferentes técnicas e instrumentos construidos para la lucha anticorrupción.
Otra iniciativa que se promueve desde este punto de vista consiste en la no prescripción de los delitos de alta corrupción calificados también de alta peligrosidad o nocividad social. Se trata de neutralizar, en palabras del corrupciómetro, el modus operandi de los corruptos que buscan, tantas veces deliberadamente, burlar los plazos de corrupción de sus delitos.
También deben contemplarse en la legislación anticorrupción sanciones, mecanismos de control y fórmulas de fiscalización para las entidades encargadas precisamente de velar por la ética pública. Si estos entes públicos no actúan o no cumplen sus funciones se está enviando un mensaje letal a la sociedad, alimentando las expectativas de los corruptos.
Cuando de leyes y reformas legales se trata, es necesario subrayar que siendo muy importante que la legislación dificulte la corrupción, es mucho más relevante que las cualidades y hábitos democráticos de ciudadanos y gobernantes sean congruentes y cotidianas. De ahí que los programas de educación cívica, los planes de fortalecimiento de la ética pública son realmente un instrumento decisivo y determinante para que los poderes públicos trabajen únicamente para la mejora de las condiciones de vida de la gente.
LOS DAÑOS RESULTANTES
Para terminar, me propongo analizar las consecuencias que se derivan de la corrupción en Iberoamérica a la luz de los datos que suministra el corrupciómetro internacional. En efecto, los daños que ocasiona la corrupción son siempre graves, muy graves, puesto que se trata del ejercicio del poder, sea cual sea su naturaleza, al margen de su finalidad esencial. Son los casos de corrupción casos de desnaturalización del poder mismo utilizándose para el provecho personal en lugar de para la mejora de las condiciones de vida de las personas. Desde esta perspectiva, las consecuencias de la corrupción se pueden circunscribir al área social, a la económica y a la política.
Por lo que se refiere a la dimensión económica, la corrupción trae consigo el desvío de los recursos a obras improductivas, innecesarias, a la compra de armas, lo que proporciona pingües beneficios a los corruptos. Tampoco se puede olvidar, desde este punto de vista, el flagelo económico que inflinge a los sectores populares, puesto que muchas veces los pobres se ven obligados al pago de coimas o sobornos. Se trata, como señala el corrupciómetro, de un auténtico impuesto a la pobreza que da lugar a que, lamentablemente, en estos países el pobre paga más, proporcionalmente, que el pudiente. En el área económica se impone que la educación en ética enseñe que la corrupción, en contra de lo que muchas veces se dice, incrementa notablemente los costes de transacción de la economía. Es decir, el entramado institucional, condición necesaria para el desarrollo de la oferta y la demanda, puede resultar muy cara debido a la ineficiencia y a la corrupción de los funcionarios públicos.
Desde la perspectiva social, los daños que trae consigo la corrupción son inestables. Las consecuencias más graves se producen cuando hay una complicidad de la corrupción aparejada a la delincuencia de alta nocividad social, como puede ser el narcotráfico, el tráfico de armas o la trata de seres humanos. El corrupciómetro destaca, además, la negativa incidencia de la corrupción sobre el capital social, representado fundamentalmente por la confianza en el funcionamiento del sistema social y la lealtad de los grupos y actores sociales. En efecto, la corrupción daña las obligaciones y expectativas recíprocas, la buena fe en los negocios jurídicos, el ordenamiento jurídico en su conjunto que impone sanciones y penas, así como las relaciones de autoridad en la medida en que los dirigentes van perdiendo su legitimidad.
Finalmente, los daños que la corrupción produce en el ámbito político se proyectan, sobre todo, a la existencia de un clima de desconfianza y sospecha del pueblo frente a los políticos, a quienes se ven, no como personas comprometidas con el bienestar general e integral de los ciudadanos, sino como sujetos dedicados a alcanzar su beneficio personal.
En este contexto, la ingobernabilidad es un hecho más o menos acusado y aumenta la distancia entre el pueblo y sus representantes políticos.
La lucha contra la corrupción es una tarea continua y constante que, sin dramatismos y visiones pesimistas, debe comenzar en la familia y en la escuela, desde las que se deben transmitir los valores de una existencia humana ética. La educación cívica es el mejor remedio siempre que se plantee de manera optimista y en clave de promoción de valores y criterios éticos. Esperemos que en Iberoamérica la publicación de este corrupciómetro sirva para encarar en serio y de verdad una estrategia anticorrupción basada en la promoción de la ética y en sistemas educativos sólidos.
Muchos son los lazos que, desde este mismo ejemplar de Nueva Revista dedicado a América Latina podemos observar, unen al llamado Viejo Continente con el otro lado del Atlántico. Desde otra perspectiva, es importante señalar que es la cultura uno de los principales elementos que facilitan las relaciones políticas, económicas y sociales entre estas dos realidades, a veces tan distintas, a veces tan similares.
La sensación falsa de que unos viven para trabajar y otros trabajan para vivir acaba desapareciendo en medio de un gran océano. Es ahí donde ambas realidades confluyen y son tan similares. La llamada globalización ha terminado por encontrar sus similitudes y los nuevos fenómenos migratorios, la violencia o las desigualdades sociales han hecho que en algo se parezcan, infelizmente, América Latina y Europa.
Es precisamente contra la desigualdad y la distancia contra lo que tenemos que manifestarnos. Desde estas páginas el análisis pasa por explorar el presente para trabajar hacia un futuro mejor. Pero, ¿qué estamos haciendo para acercar dichas realidades? Bajo el prisma de lo social, podemos considerar la educación y el diálogo como los elementos esenciales para constituir un corredor cultural que acerque ambas orillas facilitando así las relaciones políticas, económicas y sociales.
Es esta perspectiva educativa con la creatividad e innovación que caracteriza a las sociedades latinas desde la que tenemos todos que aunar esfuerzos. Es la educación de ciudadanos responsables y críticos la plataforma desde la que mejor podemos avanzar hacia una sociedad de progreso y bienestar entre todos.[[wysiwyg_imageupload:1488:height=121,width=200]]
A veces el exceso de dependencia de la iniciativa pública para llevar a cabo iniciativas sociales y educativas ha dejado al descubierto una serie de necesidades que ni unos ni otros se han atrevido a emprender. Es importante reclamar una mayor colaboración entre el ámbito público y el privado, sin reproches, desconfianzas ni recelos. Porque es precisamente, a veces, el exceso de celo para desarrollar una iniciativa lo que hace que ésta no se realice. Pero esta colaboración debe extenderse también entre las propias organizaciones sin ánimo de lucro con el fin de maximizar sus objetivos y beneficiar al mayor número de personas posible.
Muchas son las organizaciones sociales y especialmente de carácter humanitario que se han creado en los últimos años en Europa para cubrir esas lagunas, muchas de ellas para atender las necesidades básicas de personas realmente desatendidas, sin recursos fuera de las fronteras comunitarias. Pero tampoco podemos olvidar la creación de tantas fundaciones y organizaciones educativas, especialmente en América Latina, en la medida que muchos gobiernos no han tomado parte o no han tenido la capacidad suficiente para abordar el futuro de sus ciudadanos.
En este sentido, hoy América Latina es un mundo de creatividad en el que Europa podría buscar nuevas fórmulas, alianzas y talentos para adaptarlas a sus territorios, como, por ejemplo, el diseño, la moda, la música o los programas sociales.
LOS CAMINOS CORRECTOS
Varios son los caminos que hoy están dando sus frutos y son un complemento a la tarea iniciada por los estados. Por un lado el fomento de instituciones sin ánimo de lucro para reforzar este papel, por otro la búsqueda de líderes sociales capaces de dirigir proyectos tanto en el ámbito local como en el nacional y, sobre todo, el apoyo de la iniciativa empresarial privada como vía natural para ejercer su responsabilidad como ciudadanos corporativos.[[wysiwyg_imageupload:1489:height=213,width=200]]
Es desde el llamado tercer sector donde, por ejemplo, muchos países latinoamericanos presentan innovadores programas de desarrollo educativo con capacidad de exportarlos a Europa adaptados a las necesidades de cada realidad. Muchos de ellos hoy se enfrentan a la difícil situación de la recepción de nuevos ciudadanos procedentes de todas las partes del mundo. De Sudamérica pero también de África y los países del este europeo.
Programas que, entre otros, potencian el espíritu crítico, la defensa de los valores, el rescate de los vínculos culturales de sus países de origen, el sentido de pertenencia, plataformas para el diálogo y la adaptación a la sociedad en la que tendrán que ejercer sus nuevas labores profesionales. Este es el caso del pensamiento visual. La Metodología de Pensamiento Visual es una metodología innovadora que propone una observación cuidadosa y un diálogo reflexivo y constante para vivir experiencias analíticas en cualquier ámbito educativo. Está basada en el método denominado en Estados Unidos «Visual Thinking» creado por Philipe Yenawine, ex director del Departamento de Educación del Museo de Arte Moderno de Nueva York ( M o M A ) y apoyado académicamente por la Universidad de Harvard. Hoy este método ha ido evolucionando, enriqueciéndose con las diferentes perspectivas que muchas otras instituciones de diferentes países han ido aportando pero teniendo sus principios iniciales como filosofía.
Su influencia ya se ha dejado sentir en la zona. Se trata de una forma diferente y creativa de acercar el arte fomentando la conciencia ciudadana como es el caso del trabajo realizado por la Fundación Arte Viva en Argentina y Brasil.[[wysiwyg_imageupload:1490:height=157,width=200]]
Por otra parte y como mencionaba anteriormente, sirvan como ejemplo, y anuncio de su necesidad, la aparición también de nuevos líderes carismáticos como Bruno Silveira o Carlos Tramutola. El primero desarrollando en Brasil programas educativos de integración social, y el segundo como presidente de la Fundación Cimientos para la igualdad de oportunidades educativas en Argentina. Tampoco podemos olvidar los esfuerzos realizados desde el Banco Interamericano para el Desarrollo, verdadero impulsor de nuevas políticas sociales e identificando jóvenes líderes en toda la región, directamente o través de la Fundación Interamericana de Cultura y Desarrollo.
También la importante labor realizada por el mundo y mecenazgo empresarial tiene un destacado papel. Cada año esta ayuda, afortunadamente, se incrementa. Uno de los principales destinos de las inversiones españolas sigue siendo América Latina. Este esfuerzo económico no sólo ha ayudado a muchos países de la región a mejorar sus infraestructuras de telecomunicaciones, saneamientos o incluso sus sistemas financieros. Cabe señalar aquí la importante contribución de sus proyectos sociales como los que vienen desarrollando Microsoft o la Fundación Telefónica a través del programa Proniño. U n proyecto, este último, de acción social en doce países que busca contribuir a la erradicación del trabajo infantil a través de la escolarización de los niños y niñas trabajadores. El programa presta una atención integral y personalizada a cada uno de ellos, apoyando su entorno familiar y escolar para evitar que el trabajo infantil se convierta en una alternativa aceptada por las familias, privando a la infancia de sus derechos.
LA FORMACIÓN EN LOS PAÍSES DE ORIGEN
Desde esta perspectiva el importante salto que la Fundación Arte Viva dio hace ahora cuatro años de comenzar sus actividades en Europa nos ha dado esta dimensión tras la experiencia de iniciar proyectos innovadores en Argentina y Brasil. Hoy estamos sintiendo cómo en España, con otra dimensión, hay problemas similares. U n o de los más claros y evidentes es la situación de la inmigración y su adaptación. No podemos olvidar la importancia que hoy en día tiene la fuerza de la inmigración en el tejido empresarial y económico de los países europeos y en particular del español.
Lógicamente, es fácil de entender que la inmigración también conlleva el aumento del Producto Interior Bruto de los países de acogida. La clave de este proceso está en la formación de estas personas desde sus propios países de origen que se incorporan sin duda a una nueva forma de vida, que nada tiene que ver con sus estándares ni exigencias. El despliegue de centros de capacitación, no sólo ya de acogida, debe ser una de las contribuciones solidarias y como complemento al mundo educativo que estas personas deben recibir. Aquí el caso de la cadena española de cafeterías y tiendas Vips es un interesante y claro exponente de su visión estratégica del negocio. Su programa de acogida de mano de obra extranjera ya comienza con la selección y formación en Perú o Ecuador.
Otro buen ejemplo puede ser el de Carrefour, que a través de su Fundación Internacional fomenta nuevos proyectos de lucha contra la exclusión como es el caso de los programas educativos y preventivos para jóvenes marginales en México o a favor de los niños de familias desplazadas en Colombia. Éstos son sólo una muestra de lo que otras muchas compañías internacionales también vienen desarrollando.
Desde la experiencia, Brasil es un claro ejemplo que nos ha ayudado a comprender y convencido de que los proyectos son exportables a Europa o Estados Unidos que necesitan reformularse para el siglo x x i . Brasil todavía tiene un alto índice de analfabetismo pero son muchas las iniciativas que están surgiendo, tanto con niños como con adultos, para su educación elemental. Incluida la inclusión digital, en muchos barrios de favelas de todo Brasil como el trabajo realizado por Rodrigo Baggio dirigiendo el Comité para la Democratización de la Informática (CDI).[[wysiwyg_imageupload:1492:height=140,width=200]]
Desde una visión universal para poder renovar nuestras sociedades debemos despojarnos de algunos miedos, tabúes e incluso de prejuicios. Nuestras sociedades avanzan a pasos agigantados y sólo nuestra adaptación al mismo ritmo nos servirá para caminar juntos minimizando los problemas de convivencia. Pero para poder recibir también tenemos que dar. Así funciona el mundo.
LA IMPORTANCIA DE LAS NUEVAS TECNOLOGÍAS
Llegados a este punto, el futuro pasa también por las nuevas tecnologías, donde la televisión digital sin duda jugará un papel fundamental en la capacitación y la educación de ciudadanos responsables y comprometidos con su tiempo. Hoy ya tenemos una nueva jerga creada a raíz de la red de redes. La tradicional plaza de los pueblos y ciudades donde la gente se reunía para conversar, está siendo sustituida por los denominados blogs, chats o SMS del territorio virtual de Internet o la telefonía móvil multimedia, especialmente entre los jóvenes. Se trata de nuevas herramientas útiles, en beneficio de la cultura del ocio pero con un gran potencial desde una perspectiva educativa con perfiles innovadores y amigables para los usuarios.
Las nuevas plataformas de televisión digital, interactivas y cada vez más internacionales, también nos tienen que ayudar a mejorar y complementar nuestros sistemas de educación. Basta tomar como ejemplo el hecho que en la famosa gran «favela Rocinha» de Río de Janeiro, el canal Discovery es el segundo más visto, superado sólo por la conocida cadena O Globo en índices de audiencia.
En esta línea, es otro buen ejemplo el último anuncio del Banco Santander de utilizar las nuevas [[wysiwyg_imageupload:1493:height=126,width=200]]tecnologías como material didáctico multimedia e interactivo, juegos de aprendizaje virtual, chats, audioconferencia o correo electrónico para la formación de hasta un total de 45.000 profesores de español en Brasil.
La cultura y la educación son pilares elementales en la creación de un corredor cultural donde el diálogo debe ser su complemento. Debemos trabajar en pro de una amplia plataforma de diálogo entre todos los actores implicados sin caer en una feria comercial de intereses particulares, empresariales o institucionales. La búsqueda y creación de sinergias, nacionales e internacionales, es lo que nos dará la creación de un verdadero corredor cultural entre América Latina y Europa. Nos necesitamos los unos a los otros y el entendimiento en esto es fundamental.
Desde la misión de Fundación Arte Viva, una institución sin ánimo de lucro de carácter cultural y educativa, invito a trabajar en este empeño, a fomentar y engrandecer una plataforma de diálogo y nexo de unión entre lo público y lo privado.
Y todos tenemos nuestra pequeña o gran obligación de extender ese corredor cultural desde nuestro conocimiento, no sólo económicamente, siendo generosos también con los otros. Hoy por ejemplo el despertar y despegue de uno de los grandes dragones mundiales dormidos, China, está haciendo que también el sudeste asiático mire hacia América Latina. Si bien es verdad que los intereses económicos son una prioridad en la medida que las materias primas son importantes, no es menos cierto que las principales colonias en muchos países latinoamericanos están formadas por cientos de miles de personas de China, Corea o Japón.
Por otra parte, la inversión en educación, formación y capacitación reducirá, sin duda, la violencia y conflictos que se viven en muchos lugares de América Latina. De esta forma conseguiremos mostrar la confianza que necesitan las empresas a la hora de invertir, aumentando así también el grado de desarrollo de nuestras sociedades.
EL ARTE Y LA INTIMIDAD
No quiero dejar de citar y destacar desde esta respetada tribuna, utilizándola como altavoz, la importancia del arte en todo este proceso como forma de expresión no sólo artística, sino conceptual y sobre todo como una manifestación del tiempo en que nos toca vivir y desarrollarnos. Como una plataforma a veces de denuncia, a veces de apoyo y solidaridad. Así, por ejemplo, desde Arte Viva utilizamos el arte, el patrimonio y la cultura como herramientas útiles y eficaces para construir ese corredor cultural.
Gracias al arte tenemos ese encuentro con el yo de cada uno que nos enseña a compartir y a escuchar al otro. Porque es precisamente el arte lo que muestra nuestra intimidad, soledad, deseos, ambiciones o frustraciones. La intimidad, en un mundo globalizado, es un valor por el que luchar y que tenemos que reclamar. Sin alejarnos de nuestras sociedades debemos, a través de la intimidad, reclamar el espíritu crítico que todos llevamos dentro para despojarnos de clichés o estereotipos que no conducen a ninguna parte. Para tener la capacidad de decidir y de opinar.
Hace algunos años tuve ocasión de pronunciar una conferencia sobre literatura hispanoamericana en el Instituto Finlandés de París. En medio del duro invierno parisino y refugiados en la sede cultural de un país escandinavo, la persona que me presentaba se sintió en la obligación de hacer una glosa del clima tropical que mis palabras iban a traer a los pocos y ateridos espectadores que allí se habían citado. Llegado mi turno, no recordé entonces que Buenos Aires es la capital del mundo más cercana a la Antártida ni que ciertos supervivientes de un célebre accidente aéreo en los Andes hubieron de comerse los unos a los otros para no perecer de hambre y frío. Para muchos europeos la imagen algo borrosa de Hispanoamérica se identifica con paraísos más o menos exóticos, selvas fabulosas o cordilleras interminables donde habitan remotas poblaciones de indígenas. Sin ser falso del todo, el estereotipo choca con la realidad. Hoy en día, antes que un inmenso continente de naturaleza indómita, el avión que llegue a esas latitudes mostrará al viajero unos gigantescos conglomerados urbanos de una extensión casi infinita.
Hablar de Hispanoamérica es hablar, sobre todo, de esas ciudades que fundaron los primeros españoles, sin menoscabo de las aventuras vividas por los Núñez de Balboa, Orellana o Cabeza de Vaca. El poblador se asentó en núcleos urbanos y desde allí trazó los destinos de unas tierras colonizadas muchas veces a medias. Desde el descubrimiento, las ciudades constituyeron, cada una de ellas desde su área de acción, los centros rectores de la vida rural. Desde ellas se dictaron leyes, se excomulgaron rebeldes y se organizaron expediciones. Contra ellas marcharon las pocas rebeliones indígenas que conoció la dominación española. En ellas se levantaron monumentos y catedrales, se organizaron fiestas al hispánico modo y se escribió literatura. Y, por cierto, fue inevitable el encuentro de las bellas letras con la ciudad americana, ya que es muy probable que casi toda la literatura occidental se haya generado en el medio urbano, incluso cuando se ha dedicado a alabar la vida retirada de las aldeas. En las ciudades medievales nacieron los primeros intelectuales europeos, clérigos y amanuenses que, con el paso de los siglos, muy transformados, menos escolásticos e imbuidos de fervor misionero, cruzaron el Atlántico y empezaron a dar fe de los primores del Nuevo Mundo.
Una palabra recorre sin cesar las crónicas del descubrimiento: maravilla. Maravilla los pájaros, maravilla la floresta, maravilla el clima benigno y luminoso. Pero lo que también maravilló a los primeros españoles no sólo fue la naturaleza exuberante, sino también el paisaje humano y urbano. Bernal Díaz del Castillo, en una bellísima anécdota, reconoce que ante la primera vista de Tenochtitlán, la capital azteca: «Todos nos quedamos asombrados y dijimos que esas tierras, templos y lagos se parecían a los encantamientos de que habla el Amadís». No era para menos. Cuando en Europa el área metropolitana de París tenía trece kilómetros cuadrados, en América la ciudad de Moctezuma llegaba a los cien contando con la prodigiosa laguna sobre la que estaba construida. Tanta maravilla no podía, por desgracia, perdurar ni siquiera como recuerdo y el nuevo poder se encargó de destruir sus huellas al cegar las aguas que rodeaban a la ciudad indígena. Había que fundar un nuevo imperio con una radical revolución en las costumbres, en la religión, en el orden político. Y eso suponía la erección de una nueva urbe: México, futura capital del virreinato de Nueva España.
Así pues, en el caso de América, las ciudades impulsaron la expansión española. Sólo desde ellas se habían echado los cimientos de los imperios europeos. Primero fue Roma. Luego vinieron las ciudades medievales, desde donde se concibieron las cruzadas, o aquellas otras que fomentaron el comercio mediterráneo: Venecia, Génova, Valencia. Desde el norte, Bremen se vincula a la Liga Hanseática. Por último, ya en los siglos x v y xvi, Lisboa y Sevilla son principio y destino de los nuevos descubrimientos.
Por eso las fundaciones en América se hacen desde una perspectiva europea. Los pioneros pondrán los cimientos con la vista puesta en la metrópoli. A l principio se tratará de ciudades fortines. Hernán Cortés cuenta en sus Cartas de Relación que lo primero que hizo al llegar a la futura Veracruz fue construir un fuerte. Las murallas protegen vidas y un modo de vida: el de los españoles que intentan conservar costumbres propias en suelo extraño frente a las amenazas externas: los indios. Algunas ciudades-fortín fracasan. Buenos Aires, fundada en 1536, debe ser abandonada a causa del hambre y los continuos ataques de los indígenas. U n romance temprano, el de Luis de Miranda de 1554, refiere en versos desmañados las penurias de los conquistadores, aislados y forzados a comerse los unos a los otros para sobrevivir en una Buenos Aires que es llamada «ingrata»:
El estiércol y las heces,
que algunos no digerían,
muchos tristes lo comían
que era espanto.
Allegó la cosa a tanto
que, como en Jerusalén,
la carne del hombre
también la comieron.
Las cosas que allí se vieron
no se ha visto en escritura:
comer la propia asadura
de su hermano.
Pero, en la mayor parte de los casos, la implantación española prospera. Muchos fortines costeros se convierten en fortalezas portuarias desde las que se enlaza con la Península: San Juan de Puerto Rico o Cartagena de Indias; otras ciudades nacen en medio de caminos estratégicos:
Puebla, Salta o Tucumán; y las capitales se levantan sobre las ruinas de los vencidos (México) o son de nueva planta (Lima). Las zonas mineras concentran grandes núcleos urbanos (Potosí, Guanajuato o Villa Rica) y, por último, algunas pocas conservan algo del trazado indígena: la espléndida Cuzco.
«América no era otra cosa que el ideal de Europa. En el Nuevo Mundo sólo quería verse lo que se había deseado que fuera Europa», escribe Leopoldo Zea. Y con palabras más rotundas aún, lo declara Octavio Paz: «Somos un capítulo de las utopías europeas». Por eso las ciudades hispanoamericanas se construyen de acuerdo a cánones relacionados con los modelos renacentistas de la ciudad ideal y se procura darles toda la solemnidad jurídica y religiosa. Primero, el conquistador arranca un puñado de hierba, da tres golpes en el suelo y reta a quien se oponga a la fundación en el lugar señalado. Puede, asimismo, celebrarse una misa de acción de gracias, como sucede en la fundación de Santa Fe de Bogotá, a cargo de Jiménez de Quesada. Luego se redacta un acta de fundación con escribano y testigos. El futuro trazado urbano sigue una disposición de cuadrícula, de acuerdo con los dictámenes de Vitrubio, y en el centro mismo de la ciudad se alzan la catedral y el cabildo, representantes de dos poderes fundamentales: el eclesiástico y el civil.
Con el paso del tiempo y la consolidación del poder colonial, las grandes capitales de los dos virreinatos, Lima y México, empiezan a emular a la corte española en lujo y ostentación. Bernardo de Balbuena escribe en su Grandeza mexicana un elogio a la capital del virreinato de Nueva España. En la octava inicial se comprendía todo el argumento del poema:
De la famosa México, el asiento,
origen y grandeza de edificios,
caballos, calles, trato, cumplimiento,
letras, virtudes, variedad de oficios,
regalos, ocasiones de contento,
primavera inmortal y sus indicios,
gobierno ilustre, religión y estado,
todo este discurso está cifrado.
A Balbuena poco o nada le interesa contar acerca de la conquista, un hecho sucedido hace ochenta años. Ya existían suficientes crónicas y epopeyas sobre un asunto que, por lo demás, pertenecía a la historia. Este largo poema épico sólo se comprende desde la mirada sincera de un hombre culto que juzga una ciudad que le entrega un mundo rico y engrandecido frente a las estrecheces del campo, [[wysiwyg_imageupload:1451:height=187,width=200]]inculto y rudo. En efecto, Balbuena había vivido antes en Culiacán y en San Pedro Lagunillas, lugares carentes de atractivos culturales, y su estancia posterior en la Ciudad de M é x i c o supuso para él un gran alivio. Con exageración barroca el poeta califica a la capital como «centro de perfección, del mundo el quicio» y a la par que describe sus encantos, no deja de reparar en la humanidad que hormiguea por sus calles, atraída tanto por el afán de lucro como por los primores de sus jardines, plazas y paseos. Naturalmente esta imagen arcádica habría que contrapesarla con la que ofrece la vena satírica colonial, que, inspirada en Quevedo, emprende una dura recusación de la vida urbana en México y Lima durante los siglos xvii y xviii. Así, desde Perú, Juan del Valle y Caviedes pinta una extensa galería de tipos limeños por donde desfilan el médico incapaz, la alcahueta sinvergüenza, el falso poeta, la beata, el adulador o el hipócrita. En torno a las dos capitales bulle una vida artística y cultural de gusto barroco, como barroca es la sociedad que se nutre de ella. Balbuena, siempre idealista, asegura que «sólo el furioso dios de las batallas / aquí no influye, ni la paz sabrosa / cuelga de baluartes ni murallas». Ciertamente, la administración española consigue un régimen de extraña estabilidad. Españoles, criollos, mestizos, indios y negros, por este orden, componen una pirámide rígidamente estamentada.
O quizá no tan rígida como quisiéramos pensar. La clase alta tolera de vez en cuando algunos elementos de los escalafones más bajos. U n ángel con maracas aparece en un retablo de las iglesias jesuíticas del Paraguay. Comidas, bailes, canciones y vestidos indios o africanos se utilizan en la vida corriente de todas las clases sociales. Sor Juana Inés de la Cruz escribe loas cristianas salpicadas de elementos indígenas.
Por entonces, la Iglesia tiene una influencia económica y cultural más que notable. S o n eclesiásticos los más distinguidos escritores: los mencionado Balbuena y sor Juana Inés de la Cruz, fray Diego de Hojeda, etc. A finales del siglo x v i i en la ciudad de México había veintinueve conventos masculinos y veintidós femeninos para una población total de cien mil habitantes. Las órdenes eran ricas: tenían en propiedad grandes latifundios, además de dedicarse a lo que hoy llamaríamos negocios inmobiliarios, pues disponían de alquileres de haciendas y edificios urbanos. El convento de las Jerónimas, donde vivía la más grande escritora de la época colonial, sor Juana Inés de la Cruz, poseía una planta inmensa (quince mil varas cuadradas). La vida cultural generada en torno a él fue espléndida. Aparte de disponer de una magnífica biblioteca, sor Juana participó en las clases de teatro, música y baile que impartían las monjas. Y, sobre todo, desde el locutorio dirigía tertulias a las que asistían virreyes, nobles y eclesiásticos novohispanos. Sor Juana fue un personaje extraordinario. Hija natural de criolla y capitán español, siendo una niña su inteligencia excepcional cautivó a la corte virreinal, donde fue aceptada como dama de honor de la marquesa de Mancera. Su fama se propagó por toda Nueva España y luego por todo el orbe hispánico, sobre todo al ser examinada de muy diversas materias por un conjunto de doctores y académicos, sin que fallara una sola pregunta. Ingresó en religión como un medio de encauzar sus inquietudes intelectuales, que eran las de un humanista. A lo largo de su vida sobresalió como observadora infatigable de las leyes naturales y lectora sagaz de toda clase de tratados científicos y filosóficos a su alcance. Pero además, desde el convento dejó una profusa obra literaria, que reflejaba tanto la sumisión de la autora al orden político reinante como, indirectamente, una defensa de la mujer como ser razonante.[[wysiwyg_imageupload:1452:height=175,width=200]]
Y por fin llega el siglo xix, y con él la transformación del modelo hispánico de urbe y de literatura. El largo periodo de anarquía e inestabilidad generalizada después de la Independencia afecta profundamente a la vida de las ciudades. Según los políticos y los escritores (que en esa época vienen a identificarse unos con otros), el campo se convierte en el principal enemigo para el desarrollo de los nuevos pueblos americanos. El bandidaje causa enormes pérdidas en Chile, México y Argentina. Las guerras civiles o los levantamientos indígenas son un obstáculo fundamental para el florecimiento de unos países cuyos puertos sólo a partir de la década de los ochenta del siglo xix empiezan a despertar. Es entonces cuando asistimos a un periodo de bonanza económica auspiciada por la normalización relativa de la vida institucional. Nuevos gobiernos con hombres fuertes al frente se hacen cargo de la situación: Porfirio Díaz, Guzmán Blanco, Roca o Batlle tutelan el incipiente desarrollo. Con el dinero que llega de fuera se lava la cara de las viejas ciudades coloniales, dormidas en un sueño de medio siglo. Se derriban las quintas coloniales o se adaptan como conventillos, es decir, gigantescos dormitorios para los inmigrantes. Las murallas españolas se demuelen, como sucede en Lima en 1878. Se abren bulevares y se erigen fastuosos edificios para uso y disfrute de la oligarquía: los clubes sociales, confortables refugios para sentirse europeos en medio de América. Y, sobre todo, se imita a París. Las nuevas sedes institucionales, los teatros y los palacios que adornan las calles marcan el sello de la nueva mentalidad.
La literatura no es indiferente a la moda afrancesada y surge el modernismo. Rubén Darío proclama que si su esposa es española, su querida es de París. Antes, en Las tres tazas, José María Vergara observaba los cambios en las bebidas de moda en las tertulias bogotanas: chocolate en 1813, café en 1848 y té en 1865, o lo que es lo mismo, de las raíces españolas a la búsqueda de otras raíces más cosmopolitas. Saturadas de tres siglos de hispanismo, las sociedades criollas vuelven la cabeza al resto de Europa. Es el sueño de edificar un mundo distinguido, ya sea al estilo anglosajón o al francés, en medio de un suelo mestizo y marcado por las heridas de las guerras, la pobreza y el desorden. Por eso la literatura no dejará de subrayar las tensiones entre una ciudad naturalmente bárbara y el trágico destino de quienes pretenden civilizarla.
Entretanto, las grandes aldeas de los primeros años de la Independencia empiezan a convertirse en capitales pujantes. El mejor caso lo representan Ciudad de México y Buenos Aires, que superan el millón de habitantes al iniciarse el siglo. El escenario urbano se transforma. Nuevos transportes, el telégrafo y el teléfono, los comercios de moda y las librerías con las últimas novedades, son ya elementos del paisaje cotidiano. Bulliciosas y dinámicas, estas ciudades condensan las conquistas y contradicciones de una modernidad incipiente. El centro sigue siendo relativamente pequeño, lo mismo que el número de escritores. El «cogollito intelectual», como lo denominaba el crítico uruguayo Ángel Rama, se reducía a las redacciones de los periódicos, a las tertulias de unos pocos. Como escribe entonces el peruano Abraham Valdelomar: «Perú es Lima; Lima es el Jirón de la Unión; el Jirón de la Unión es el Palais Concert», la cafetería limeña en donde se reúnen en la «belle époque» criolla los periodistas y políticos. Realmente los intelectuales llevan su vida activa en el centro mientras la ciudad crece interminablemente por la periferia, aumentando el número de sus barrios a costa de los pueblos cercanos. Más aún: desde su perspectiva inevitablemente ciudadana denunciarán los males que aquejan a las remotas poblaciones rurales. La literatura indigenista o la gauchesca, producida por gentes de ciudad y dirigida a lectores de su mismo entorno, surge como una búsqueda de justicia o una necesidad de calmar conciencias, pero delata muchas veces que esos problemas de los que se habla están lejos, demasiado lejos.
La modernidad trae también nuevos envoltorios para la literatura. A finales del siglo xix, Rubén Darío, José Martí, Horacio Quiroga y Leopoldo Lugones viven de sus colaboraciones en la prensa diaria. Todavía es pronto para sostener negocios editoriales. Ni el desarrollo económico ni los niveles de alfabetización lo consienten. Jorge Luis Borges recuerda que, en 1922, su primer libro de poesía llegó a agotarse debido a que él mismo se preocupó de colocar un ejemplar en los bolsillos de los abrigos de todos los redactores de un importante semanario bonaerense. Se ha dicho a menudo que el siglo XX significa el ingreso en la madurez de las letras hispanoamericanas. Ese tránsito a la mayoría de edad no se hace sin reflejar la dolorosa situación de tantas capitales aquejadas de una modernidad hipertrofiada, en donde grandes núcleos de población viven al margen de un desarrollo próximo, muy cercano, vivido por los vecinos adinerados o incluso por una clase media que sobrevive imitando modelos europeos o norteamericanos. Cabrera Infante ilumina La Habana nocturna en Tres tristes tigres; Carlos Fuentes[[wysiwyg_imageupload:1453:height=149,width=200]] hace lo propio con México D.F. en La región más transparente; Lima, esa ciudad nostálgica de su pasado, es ahora desnudada en Conversación en la catedral de Vargas Llosa o en los cuentos de Ribeyro; Buenos Aires se retrata en la mejor literatura argentina: Arlt, Marechal, Cortázar o Sábato.
Pero acaso quien de manera más universal se ha referido a la gran capital del sur sea Jorge Luis Borges. Desde su juventud, nunca dejó de nombrarla en sus cuentos, ensayos y poemas. A la vuelta de un largo periplo de seis años por Europa, el joven Borges redescubre su ciudad y le dedica tres libros sucesivos: Fervor de Buenos Aires, Luna de enfrente y Cuaderno San Martín. Uno de los poemas más hermosos de esta etapa emprende un paseo por la fisonomía aletargada de los suburbios, ajenos en apariencia al ruido de la vida en el centro:
Las calles de Buenos Aires
ya son mi entraña.
No las ávidas calles
incómodas de turba y ajetreo,
sino las calles desgarradas de barrio,
casi invisibles de habituales,
enternecidas de penumbra y de ocaso.
Y aquellas más afuera
ajenas de árboles piadosos
donde austeras casitas apenas se aventuran,
abrumadas por inmortales distancias,
a perderse en la honda visión
de cielo y llanura.
Son para el solitario una promesa
porque millares de almas las pueblan,
únicas ante Dios y en el tiempo
y sin duda preciosas.
Hacia el oeste, el norte y el sur
se han desplegado —y son también la patria— las calles:
ojalá en estos versos que trazo
estén esas banderas.
Esta ciudad inventada por la palabra de Borges, eterna en el tiempo y misteriosa, poco tiene que ver seguramente con la vida real de los arrabales porteños a principios del siglo x x . Escogiendo una hora propicia, la del crepúsculo, el poeta se echa a caminar para sumergirse en la visión indefinida, difusa, de las calles perdiéndose en el horizonte. La elección del lugar (el suburbio como centro singular de la ciudad) y del momento (no siempre estarían así de solitarias las calles) nos lleva a sospechar que ese Buenos Aires sólo tiene su realidad dentro del deseo del poeta, lo cual es una manera de decir que las calles son más de Borges que de Buenos Aires.
Esta interiorización del paisaje urbano refleja la consolidación de una literatura que no sólo atestigua hechos externos, sociales o políticos. Por el contrario, partiendo de la realidad inmediata, Borges crea una ciudad nueva, íntima, transfigurada por su mirada personal. A ella se dirige una y otra vez a lo largo de su vida en tonos variados. La subjetivización de la ciudad, cada vez menos hecha de edificios singulares o calles pintorescas, adquiere en su madurez acentos magistrales, como los que se escuchan en este soneto:
Y la ciudad, ahora, es como un plano
de mis humillaciones y fracasos;
desde esa puerta he visto los ocasos
y ante ese mármol he aguardado en vano.
Aquí el incierto ayer y el hoy distinto
me han deparado los comunes casos
de toda suerte humana; aquí mis pasos
urden su incalculable laberinto.
Aquí la tarde cenicienta espera
el fruto que le debe la mañana;
aquí mi sombra en la no menos vana
sombra final se perderá, ligera.
No nos une el amor, sino el espanto;
será por eso que la quiero tanto.
¿Una ciudad invisible? Despojada de accidentes que la hagan reconocible, este Buenos Aires ya es sólo una puerta, un mármol y un puñado de indicaciones de lugar. El poeta se sitúa en un aquí y ahora que lo mismo vale para su ciudad natal que para cualquiera de las nuestras. Intemporal y mítica, la Buenos Aires de Borges se desnuda del color local. Buenos Aires, la ciudad de las dos fundaciones, pasa a adquirir una figura irreal o, lo que es lo mismo, infundada.
Quizás esta falta de señas reconocibles sea la incómoda sensación que pueda asediar al visitante de tantas ciudades iberoamericanas de hoy, en donde se conjugan toda clase de estilos y procedencias. En Santiago de Chile, Lima o Montevideo, los barrios residenciales se adornan con chalés eclécticos, de aire morisco, oriental, afrancesado o hispanizante. Lima ha descuidado su pasado y, hoy en día, su centro parece una triste sombra de aquella espléndida urbe colonial. Sus famosas casas coloniales casi han desaparecido y las que quedan miran con temor a los espantosos bloques de cemento armado que las asedian. En el fondo se trata de un proceso que podría aplicarse a muchas otras capitales, aunque carezcan de la historia de la antigua sede virreinal. De un modo u otro, la superposición de estilos y la especulación desenfrenada contrasta los panoramas armónicos de las ciudades coloniales o republicanas de antaño. Más aún, el gigantesco crecimiento demográfico de las capitales a partir de la segunda mitad del siglo XX ha dado lugar a una de las imágenes más tristemente difundidas del sub- desarrollo. Me refiero a la proliferación de barrios improvisados, depósitos inmensos y fantasmales de chabolas para los que el habla local ha reservado apelativos diversos: villamiserias en Argentina, poblaciones callampas en Chile, ranchitos en Venezuela, favelas en Brasil, barriadas en Perú, cantegriles en Uruguay… La vida puede ser peligrosa y difícil en ciertos lugares. Los extremos de dureza y alienación, corrupción, drogas y delincuencia infantil han sido captados dramáticamente por la literatura más reciente, como La virgen de los sicarios, del colombiano Fernando Vallejo.
La opresiva realidad de Hispanoamérica se siente ante todo en esas ciudades desordenadas y apocalípticas, en donde los proyectos utópicos de sus fundadores están hoy dolorosamente invertidos. Sólo queda al escritor el testimonio de un presente agónico («¡Pinche ciudad, qué fea eres!», gruñe un personaje de Gustavo Sainz sobre México D.F.) o refugiarse en un pasado arcádico, dichoso y particular, como sucede en algunos cuentos del peruano Ribeyro.
¿Cuál será la imagen de la ciudad hispanoamericana en el siglo XXI? Mudable por antonomasia, la ciudad del Nuevo Mundo se ha transformado a lo largo de siglos en estrecha dependencia con los cambios históricos que transcurrieron en su suelo, pero cuyas causas últimas residían en Europa. Esta ciudad muestra la cara europea de Hispanoamérica, si bien grotescamente traducida cuando se miran sus rasgos más desdichados. La literatura, nacida de ella y para ella, ha esbozado infatigablemente las distintas apariencias con que la sociedad se vestía. Por la misma razón, ha expresado los deseos y frustraciones de generaciones de hispanoamericanos que trataban de conocer sus países desde su mirador urbano. Hoy en día, en esta era globalizadora, cuando tal vez la cartografía mundial imite la de un trazado ciudadano, con sus zonas residenciales (Europa y los Estados Unidos), sus distritos de clase media (el sudeste asiático), sus barrios conflictivos (oriente medio) y sus suburbios marginales (África y parte de Iberoamérica), el futuro se hace poco menos que imprevisible.
Frágil y laberíntica, la realidad hispanoamericana parece volver a una época de caudillos nacidos en el campo, eternamente enfrentado al mundo urbano. Pero, aunque ahora se proclame un ciclo de reconversiones populistas tras el fracaso neoliberal, esto no quiere decir que el nuevo experimento vaya a tener éxito. La historia ya ha mostrado la imposibilidad de estos programas desde los años cincuenta del siglo pasado. Como en aquel capítulo de Las ciudades invisibles de Italo Calvino, la mejor metáfora de la ciudad y la literatura misma de Hispanoamérica residiría en la misteriosa localidad de Ersilia, población siempre efímera, en la que sus habitantes deciden, al poco de construirse sus viviendas, abandonarlas para marchar un poco más lejos y refundarse de nuevo como comunidad. Siempre insatisfechos, vuelven a fundar Ersilia una y otra vez, «hasta que viajando así por su territorio encuentras los huesos de los muertos que el viento hace rodar: telarañas de relaciones intrincadas que buscan una forma». Sin embargo, no deberíamos tomar estas palabras como una toma de posición nihilista, al menos en un plano estrictamente intelectual. Mientras la búsqueda se dilate, siempre existirá la esperanza de un futuro mejor. La misma insatisfacción con los modelos de sociedad ha generado el rumbo de la producción literaria del continente. Por eso la encrucijada en la que se encuentra Hispanoamérica, aunque esté muy lejos de resolverse en el plano social y económico, siempre brindará una cultura viva, dinámica, insatisfecha consigo misma y con el mundo.