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Ver productosAlberto Paredes (Pachuca, México, 1956) es poeta, crítico literario, ensayista y profesor de la Universidad Nacional Autónoma de México. Ha sido profesor invitado de las universidades de São Paulo (1995-1997) y de Poitiers (2005-2006) y es colaborador del Centro de Estudios Flaubert de la Universidad de Rouen. Paredes es poeta de un solo libro: su poesía ostenta el título global de Derelictos (no lo busquen en el drae: significa «restos del naufragio», lo que apunta hacia una visión de la existencia como pérdida y desamparo, pero también como búsqueda de una isla de sentido en medio del océano de la incertidumbre). Ha aparecido en tres ocasiones: 1986 (plaquette publicada por la Universidad Autónoma Metropolitana), 1992 (Joaquín Mortiz) y 2004 (Serie Lecturas Mexicanas del cnca). Además, en 2003 apareció Cantapalabra (poemas sobre música), colección integrada y ampliada en el Derelictos de 2004.
Su obra crítica es notable: incluye Manual de técnicas narrativas. Las voces del relato (1987), Abismos de papel: los cuentos de Julio Cortázar (2005), Figuras de la letra (1990), Una historia de imágenes: XIV estaciones para llegar a Paradiso (1995), El arte de la queja (1995), La poesía de cada día: un viaje al modernismo brasileño (2000), Una semana en São Paulo (2001) y Una temporada de poesía, (2004). Nada más lejos de Paredes que una actitud profesoral, no obstante. En él hay un sabio sereno y un fino observador de la literatura, preocupado en particular por las cuestiones más artesanales métricas, prosódicas, retóricas de la escritura, pero que utiliza su conocimiento del artificio para ocultarlo, disfrazarlo de naturalidad: quien se asome a sus versos no encontrará una fría materia cincelada con irreprochable perfección, sino vida encarnada. El propio poeta da cuenta de su quehacer ese tránsito de la vida a la palabra y viceversa en el poema titulado Sencillamente.
Los poemas que completan la selección que aquí ofrezco confirman en parte la idea ya clásica de que la poesía hispanoamericana bebe de una doble fuente: todo lo que no es Mallarmé es, en último término, Whitman. Sencillamente, puntuación, su ausencia de mayúsculas, su disposición espacial, su abandono de la columna única, su idea no sólo acústica sino visual del poema, etc., nos lleva a recordar al último de los simbolistas franceses (y su trasvase a tierras americanas a través de una vanguardia parisina difundida por personajes como Huidobro). Mediodía obliga a recordar el segundo término de binomio: el profetismo y el adanismo de Whitman (nuevamente, filtrado a través de docenas de poetas en lengua castellana, desde Neruda o Rokha hasta Ercasty o, de nuevo, el propio Huidobro); una visión genesíaca de la naturaleza, que parece levantar una inquietante pregunta en un mundo donde se ha decretado la muerte de lo sagrado. Retrato con palabras, de corte más experiencial, completa este bosquejo general de la poesía de Paredes con una visión más moral de la escritura y una aproximación al ser desde lo cotidiano.
Sencillamente
escribo para que las palabras sean aire
y se desvanezcan
en la bruma de la página
míralas como flamas
leves lascas azules
por un instante
en la hoja
ahí tan cerca
y después
casi nada
danzan una nostalgia
dedos negruzcos
de una caricia tardía
que no insiste
moldean el viento
el blanco azoro
un ala perdida
ésta
y después el tiempo
infinito
ola tenaz
otorgando calma
un pequeño vacío
eximiendo
aquellos deseos
( c o n sus palabras)
aligerándolos
los nudos de la carne y del sueño
desatados
en un blanco esplendor
Retrato con palabras
Cuarenta años has cumplido;
y tantos más.
Cuántos afanes obediencias
y argucias (si numerables son)
has tramado
como hormiga cobarde y laboriosa
para tener tu trozo de mundo?
No lo olvides: todos los esplendores
son viento colorido
franjas de arcoiris
como Helena deshaciéndose en aire
y ruinas.
Hurta este fin de semana
al viejo agrio
el Tiempo.
Festina pronto
llama a los amigos
encarga flores y música
colma la mesa
excédete si puedes
desamordázate un día
(y el amor y el deseo
tal vez)
y cuando empiecen a cabecear
a urdir desatinos
abre la puerta a la noche
déjate abofetear por la intemperie
que Arturo y su cohorte
te sacudan como espiga silvestre
tal si fueras una espada
blandida por un niño
danza con las estrellas
palpita entre sus luces
por un instante
por el tiempo que dura
un instante
Y mañana?
En verdad lo ignoras?
Te inquieta?
Los dioses prudentes
han dictaminado desde su distancia:
Si algo has trabajado
y tus manos y tu pecho están ateridos
porque hubo faena
festeja y canta
desfallece
bebe la noche hasta ver el filo
de la dulce Aurora
eres hierba al viento
(al frío viento del otoño)
para ti
no hay «mañana».
Mediodía
Un águila del tamaño de un dios
lanzó su sombra a la orilla del mar
no playa ni palmeras, rocas
crestas lacerantes,
residuos de cuando las aguas y la Tierra
dirimieron sus reinos
desde entonces enemigos
El águila recorrió el páramo
lo abarcó, con alas de fuego,
bajo el ojo del equinoccio
Su paso recordó aquella era
inaccesible a todas las criaturas
que sucumbirían si tan sólo las rozara
una brizna de aquel fragor
caeríamos
como pétalos en una tormenta de lava
Era una profecía
o el anuncio de una raza nueva
lo que descendió del éter
bajo esa forma intolerable y majestuosa?
Entretanto aguas y peñascos proseguían
también ellos titanes
hiriéndose, triturándose
en espuma y arena
El ave graznó
infinitamente
fue el grito de un volcán
o toda la pólvora de un navío
de cien ejércitos
en un golpe instantáneo
pero no hubo cenizas ni cataclismo
sólo el inmenso rugido
el fortísimo saludo de aquel monstruo celeste
Desapareció
vaciando con el fin de su eco
el territorio de su iluminación
fue una luz en ave de rapiña
No hubo memoria, no hay huella,
aconteció más allá de todo
tal un espasmo entre astros remotos
lejos de testigos que hubieran temblado de pavor
y vagarían hoy, entre nosotros,
protegidos por la ceguera
con que tales visitas se escudan
aunque provistos del don de lenguas
para balbucear entre los pueblos
que un misterio
apareció, estalló y ya no existe,
en el mediodía perfecto del verano,
en el abismo del cielo,
nuevamente sellado
América Latina es una región con buenas expectativas de estabilidad y crecimiento económico. Los incrementos del pib de los principales países de la región, que se prevén de entre un 3 % y un 6 % en 2006, la importante reducción de los niveles de deuda de los países (en 2005, del – 53, 4 % en Argentina, el – 46, 2 % en Chile o – 18, 5 % en Brasil), así como el incremento de un 25 % de la inversión con destino a la región entre 2003 y 2005, lo confirman. No obstante, América Latina sigue siendo una de las regiones del mundo que registra mayores niveles de desigualdad, siendo responsabilidad de toda la tarea de consolidar un entorno estable y de progreso que permita revertir esta situación.
Ante este reto, la Organización de las Naciones Unidas y los principales organismos internacionales, junto con 189 Jefes de Estado y de Gobierno, dieron un paso adelante al respecto lanzando, en el marco de la Cumbre del Milenio de las Naciones Unidas (septiembre de 2000), un programa dirigido a combatir la pobreza, el hambre, las enfermedades, el analfabetismo, la degradación del ambiente y la discriminación contra la mujer. Estos objetivos y metas mesurables debieran cumplirse en el año 2015.
En este contexto, ¿cuál es el papel de las Tecnologías de Información y Comunicación (TIC ) ? ¿En qué medida pueden las TIC apoyar al crecimiento, al progreso y al desarrollo de una región rica, como América Latina, pero con grandes elementos de desigualdad? Es evidente que el desarrollo de la Sociedad de la Información favorece el progreso de la sociedad, el desarrollo de la economía y la mejora de la productividad, jugando al mismo tiempo un papel esencial en la aparición de nuevas formas de relacionarse entre las personas y de hacer negocio en las empresas, en el marco de un entorno cada día más globalizado. Asimismo, la Sociedad de la Información puede ayudar a reducir desigualdades en aspectos tales como el acceso universal a la sanidad, la educación o el empleo, entre otros. En el sector de las telecomunicaciones, esta desigualdad se denomina «brecha digital» y establece el desigual acceso a las tecnologías por parte de los sectores socioeconómicos con mayores recursos y las personas con rentas más bajas. En realidad, la brecha digital no es el problema en sí mismo, sino que es una consecuencia más de las brechas económicas, geográficas y de capacitación existentes entre los distintos grupos sociales.
Es ahí donde las TIC y la sociedad de la información cobran su verdadero valor en América Latina.
ACCIONES PARA REDUCIR LA BRECHA ECONÓMICA
Uno de los pilares a la hora de favorecer el avance de la sociedad de la información es la reducción de las barreras de entrada, facilitando el acceso de todos los segmentos de la sociedad a las redes de comunicaciones fijas y móviles. Las empresas de telecomunicaciones deben apostar por el desarrollo y oferta de productos adecuados a las necesidades de consumo de los ciudadanos y a sus posibilidades económicas para contribuir a facilitar el acceso a un teléfono en el hogar o a un teléfono móvil.
En este contexto, en América Latina cabe destacar el crecimiento del servicio de telefonía básica en los segmentos más desfavorecidos de la sociedad. Por citar algunas cifras, en abril de 2006 Telefónica había multiplicado por dos el número de líneas fijas en São Paolo (desde 1998), por 2,3 en Argentina (desde 1990), por 4,1 en Chile (desde 1990) y por tres en Perú (desde 1994), alcanzando un total de 23,9 millones de accesos en la región en junio de este año. Podemos decir así que se han dado pasos importantes en el incremento de la penetración del servicio de telefonía básica en todos los segmentos de la sociedad latinoamericana, sin olvidar al mismo tiempo que queda un largo trayecto por recorrer en términos de progreso y oportunidades, tal como refleja el gráfico 1.
Esta positiva expansión del servicio de telefonía fija se ha sustentado fundamentalmente en dos factores:
En primer lugar, hemos asistido a un drástico descenso de los precios del servicio, facilitando que amplias capas de la población pudieran permitirse, por primera vez, disponer de un teléfono fijo en el hogar. Así, el coste de instalación de un teléfono fijo en São Paulo se redujo de 1.200 dólares en 1997 a 38 en 2006, mientras que en Argentina el coste pasó de 2.500 dólares en 1990 a 58 en 2006.
En segundo lugar, hay que destacar el importante esfuerzo realizado en la mejora de la calidad del servicio, como se refleja en la espectacular reducción del tiempo de instalación de las líneas adecuándose a las expectativas de los clientes. En concreto, Telefónica alcanzó en 2005 un tiempo promedio de 5,67 días en la instalación de líneas fijas en la región, cifra que contrasta con los 40 meses que un cliente tenía que esperar en Brasil en 1997 —desde que solicitaba una línea hasta que podía disponer del servicio—, los 49 meses en Argentina o los 72 meses en Perú, por citar unos ejemplos. Sin duda estos datos hablan por sí mismos.
Si el crecimiento en el número de líneas por hogar ha sido importante en los últimos años, la expansión de la telefonía móvil en América Latina ha seguido una evolución similar, convirtiéndose en una herramienta de comunicación cada vez más necesaria. La movilidad permite a las personas optimizar su tiempo de ocio y trabajo, redundando en un mayor dinamismo y eficiencia, tal y como se recoge en el gráfico 2.
Como podemos observar en este cuadro, la penetración de la telefonía móvil en América Latina ha seguido una satisfactoria evolución en los dos últimos años con un incremento de más de veinte puntos porcentuales. No obstante, la realidad del mercado de telefonía celular en la región está lejos de otras zonas geográficas como Europa del Este, siendo por tanto necesario mantener los niveles de inversión así como una oferta a la altura de las necesidades del mercado.
ACCIONES PARA REDUCIR LA BRECHA GEOGRÁFICA
El éxito y la consolidación de la sociedad de la información en Latinoamérica pasa necesariamente por disponer de servicios de banda ancha de la misma calidad y prestaciones que otras regiones del planeta, al ser ésta una pieza indispensable como motor de modernización de las sociedades. La ausencia de servicios similares entre países se denomina brecha geográfica internacional.
El esfuerzo inversor de Telefónica para impulsar la banda ancha se refleja en la digitalización de la planta de telefonía fija que alcanza el 100 % en Argentina, Brasil y Chile, y el 97 % en Perú. Esta digitalización de la red ha facilitado obtener una elevada cobertura de los servicios de banda ancha sobre la red de telefonía fija, que alcanza el 9 7 % en São Paulo (Brasil), Perú y Chile, y el 89, 5 % en Argentina.
La brecha geográfica tiene una segunda dimensión que es reflejo de la diferencia de acceso entre las zonas urbanas y rurales de un mismo país. En varios países de América Latina los operadores de telecomunicaciones vienen realizando fuertes inversiones para mejorar su cobertura, ya no sólo en las grandes ciudades donde se concentra la población, sino en localidades menores y con difícil acceso físico, donde amortizar la inversión es muy difícil.
La telefonía móvil viene colaborando de manera sustantiva en la mejora de la cobertura geográfica en los diferentes países debido a sus potencialidades de acceso inalámbrico. De acuerdo a la Unión Internacional de Telecomunicaciones, es apropiado medir el acceso individual a través de la penetración y cobertura de la telefonía móvil.
En otras palabras, tanto las comunicaciones básicas como la banda ancha brindan también una oportunidad para facilitar el acceso a distintos servicios a sectores de la población, como el rural, satisfaciendo sus expectativas e incrementando su grado de integración con el resto del país. Para asegurar su desarrollo sostenible es necesaria una alianza público-privada a largo plazo que combine la necesidad de ofrecer acceso universal a los servicios de telecomunicaciones con la necesidad de recompensar las inversiones de aquellos que ofrecen el servicio.
ACCIONES PARA REDUCIR LA BRECHA DE CAPACITACIÓN
Las previsiones de crecimiento del mercado de banda ancha en Latinoamérica nos permiten afirmar que ésta va a seguir siendo un pilar indispensable en la masificación de las nuevas tecnologías.
Sin embargo, la difusión de las nuevas tecnologías a través de infraestructuras adecuadas no es suficiente para hacer realidad la sociedad de la información, existiendo barreras de capacitación que pueden ser más difíciles de superar que las estrictamente tecnológicas, en especial en países en vías de desarrollo y en colectivos de personas mayores o discapacitadas.
Por esta razón, Telefónica, a través de su Fundación, colabora con instituciones y organismos reguladores para impulsar programas destinados a formar a la población en el uso de las nuevas tecnologías. La labor de la Fundación, que ha desembolsado más de 66 millones de euros en Latinoamérica desde el año 2000, se centra fundamentalmente en tres ámbitos:
INTEGRACIÓN SOCIAL Encaminada a la erradicación del trabajo infantil y la escolarización. Tiene su máximo exponente en Proniño, un programa a través del cual más de 22.000 niñas y niños pueden acceder a una escolarización que les asegure logros educativos significativos. Proniño desarrolla su labor en Argentina, Chile, Colombia, Ecuador, El Salvador, Nicaragua, Panamá, Uruguay, Guatemala, México, Perú y Venezuela.
EXCELENCIA EN LA EDUCACIÓN Telefónica impulsa el uso de las tecnologías entre la comunidad escolar en la región. Cabe destacar Educared que ha puesto a disposición de la educación primaria y secundaria la tecnología educativa más avanzada, a través de herramientas que han reunido en comunidades virtuales a alumnos, docentes e investigadores del ámbito iberoamericano. La iniciativa Huascaran, en Perú, o Escuelas y Ciudadanía en Méxicoson otros ejemplos de este compromiso, capacitando en el uso de Internet a estudiantes de los ciclos primario y medio de escuelas públicas y privadas. En Chile, el proyecto Internet en las Escuelas ha permitido que 3. 435colegios cuenten con acceso de banda ancha y 2.265 centros con servicio conmutado.
CREACIÓN Y DIFUSIÓN DEL CONOCIMIENTO Creación de un centro sociológico de investigación, debate y conocimiento sobre la Sociedad de la Información.
Asimismo, se han impulsado acciones como el proyecto FuTuRo, la primera iniciativa internacional que tiene como objetivo utilizar las nuevas tecnologías de la información y la comunicación, así como la educación en valores, para promover hábitos saludables entre niños y adolescentes en situación de riesgo que residen en centros de acogida, residenciales o abiertos, y el programa EducaRed, un portal que introduce a los estudiantes en el mundo de la ciencia, la tecnología, la literatura y las artes a través de contenidos audiovisuales, juegos y experimentos con recursos on-line.
La banda ancha ofrece, además de una conexión a Internet de alta velocidad, una serie de funcionalidades que facilitan la convergencia y la provisión de servicios de valor añadido en ámbitos como el ocio y el entretenimiento, la educación, la salud y los negocios…, en definitiva, el progreso social.
CONCLUSIONES
Podemos decir que el sector de las telecomunicaciones ha jugado y juega un papel esencial en el desarrollo económico y social de Latinoamérica, invirtiendo significativamente en infraestructuras de telecomunicaciones y contribuyendo al desarrollo de la Sociedad de la Información en la región. En concreto, Telefónica desempeña un rol económico muy importante en la región, con una contribución al PIB de entre el 1 – 2 % en todos los países en los que mantiene operaciones, generando 132.000 empleos directos y contribuyendo a la dinamización del sector financiero.
Podemos estar satisfechos de los logros alcanzados, pero es mucho el camino que queda por recorrer. Es necesario seguir avanzando en una serie de elementos claves para el desarrollo de la región. En primer lugar, en lo relativo a la cohesión social, es preciso continuar los esfuerzos para reducir la desigualdad social, que a pesar de los avances logrados — trece millones de personas salieron de la pobreza en la región entre 2003-2005, y la asistencia escolar se ha incrementado significativamente alcanzando niveles del 70 – 80 % en la mayoría de países—, sigue siendo uno de los problemas fundamentales de la región afectando a la estabilidad política y económica.
En segundo lugar, la situación y perspectivas macroeconómicas actuales deben potenciarse en los próximos años, de manera que la región esté preparada para una posible desaceleración de la economía mundial. En tercer y último lugar, la región debe seguir avanzando en el desarrollo de instituciones fuertes, que promuevan y garanticen la libre competencia y un marco legal estable. Porque no debemos olvidar que, como he señalado al comenzar estas líneas, es tarea de todos, instituciones públicas y sector privado, favorecer el impulso y expansión de la Sociedad de la Información, contribuyendo a hacer realidad las positivas perspectivas de crecimiento de América Latina.
En definitiva, si la sociedad de la información redunda en beneficio de todos, resulta evidente que su desarrollo requiere asumir responsabilidades por parte de todos. Si queremos asegurar que los ciudadanos se puedan beneficiar de la expansión de las telecomunicaciones, es necesaria una colaboración público-privada para favorecer la inversión en infraestructuras adecuadas y la capacitación de las personas en el uso de las nuevas tecnologías.
Esta corresponsabilidad requiere de las empresas privadas que ofrecen servicios públicos de comunicaciones un compromiso de permanencia y de inversión en la región. A l mismo tiempo, requiere de los gobiernos compromisos y avances a favor de la estabilidad jurídica y regulatoria. Este doble compromiso debe provocar un desarrollo equilibrado y sostenible de los países, orientado a alcanzar una mayor cohesión social que provoque el crecimiento de las capas medias de la sociedad.
Una vez más decir Buenos Aires.
Dos proyectos, el uno abandonado — Buenos Aires, metrópolina moderna — y el otro en marcha — una monografía sobre Horacio Coppola para la editorial madrileña Documenta— me han hecho pensar mucho, estos últimos tiempos, sobre la capital argentina, una de mis ciudades favoritas del mundo.
Buenos Aires de Borges, obviamente, la maravilla siempre, el Fervor de Buenos Aires, de 1923, y Luna de enfrente, y Cuaderno San Martín: la invención de una ciudad mítica, sus barrios, sus zócalos, sus esquinas rosadas, sus almacenes, sus tiendas, sus jacarandás, sus patios, sus verjas, sus tapias, sus ponientes y sus albas, sus compadritos, su Jardín Botánico, sus tranvías y ya sus anuncios luminosos, su Evaristo Carriego, la paz de las dulces calles de su arrabal, su Pampa… Buenos Aires de los sucesivos Borges, y la pirueta final de no reposar en la Recoleta, donde ya en Fervor… había anunciado que reposaría, si no en Ginebra.
Las revistas de Borges. En 1921, los dos números de la mural Prisma, rarísima pues destinada a ser pegada en las paredes de la ciudad. Luego, las dos etapas de Proa: la primera, una copia literal de Ultra de Madrid. Luego, Martín Fierro, un título que es una reivindicación nacionalista, y a la vez un proyecto de inscripción en lo universal. Presencia, en todas estas revistas, de los españoles, y especialmente de Bergamín, Gerardo Diego, Antonio Espina, García Lorca, Giménez Caballero (que desencadenaría, en Martín Fierro, la sonada polémica del Meridiano de Madrid), Ramón Gómez de la Serna, Jarnés, Moreno Villa, Guillermo de Torre —futuro cuñado de Borges al casarse con Norah—, Adriano del Valle…
Los Borges: tanto Jorge Luis como Norah, enamorados de la otra orilla, de Montevideo. Montevideo, en el poema así titulado de Luna de enfrente: «el Buenos Aires que tuvimos». Borges, proclive a la literatura uruguaya, a nombres hoy poco frecuentados, pero a cuya obra merece la pena asomarse, Ildefonso Pereda Valdés, Fernán Silva Valdés, Pedro Leandro Ipuche, el argentinizado Enrique Amorim… También, como el resto de los de su generación, a la pintura del uruguayo Pedro Figari, que residió en Buenos Aires durante parte de los años veinte. (Justo dos minutos después de escribir aquí su nombre, Pereda Valdés, en Radio Clásica: su «Canción de cuna para dormir a un negrito», musicada en 1945 por nuestro Xavier Montsalvatge, e inmejorablemente cantada por Victoria de los Ángeles, acompañada al piano por Gonzalo Soriano).
Buenos Aires de otros poetas de la generación de Borges. Inolvidables los versos porteños del comunista y errante Raúl González Tuñón, «Juancito Caminador», y especialmente los contenidos en uno de sus libros tardíos, de 1957, A la sombra de los barrios amados. Inolvidables los Domingos dibujados desde una ventana y el Azul de mapa de Horacio Rega Molina. El laforguismo desgarrado de Nicolás Olivari. El cosmopolitismo ramoniano de Oliverio Girondo (Veinte poemas para ser leídos en el tranvía, Calcomanías), compatible con su elogio de las muchachas de Flores o, más tarde, del Campo nuestro. Los Versos de la calle del «boedista» Álvaro Yunque. El Molino rojo del rarísimo Jacobo Fijman. La calle de la tarde de Norah Lange. La crencha engrasada del lunfardo —otro mundo porteño más — Carlos de la Púa, «un François Villon de Buenos Aires», al decir de Lorca.
Microhistorias de Buenos Aires. Quien se interese por la poesía de esa época inevitablemente acaba sabiendo mucho sobre la ciudad y sus barrios, de nombres de por sí tan evocadores, Boedo —que dio nombre a una de las facciones de la generación de Borges—, Palermo, el Once, Flores, Villa Devoto, Villa Ortúzar, la Boca, Caballito… Acaba sabiendo, también, sobre la política argentina de aquellos años, los de Yrigoyen, Marcelo T. de Alvear, el general golpista Uriburu… La historia argentina como novela: por ejemplo, los entretenidísimos trece volúmenes rojos de José María Rosa.
Maravilla la poesía del martinfierrista Ricardo E. Molinari, sus ríos, sus cielos, sus árboles, sus pájaros, sus bandadas de patos, poesía de la patria argentina, poesía de los anchos espacios naturales. Molinari, por lo demás, tan amigo de los libros bien hechos. Molinari, próximo a Gerardo Diego, a Altolaguirre —impresor de Nunca— a Lorca que ilustró Una rosa para Stefan George.
Inolvidables, en La Plata, capital de la provincia de Buenos Aires, los versos del suicida Francisco López Merino, martinfierrista por amistades, pero morador de un mundo simbolista, entre francés y belga, a base de Laforgue, Samain, Francis Jammes, Rodenbach, Max Elskamp… En 1948, cuando Juan Ramón Jiménez visitó la Argentina, estuvo en La Plata, la ciudad geométrica de los poetas, la ciudad donde había dado clases su gran amigo Pedro Henríquez Ureña. El acto de homenaje al español tuvo lugar en el Parque, delante del busto de López Merino.
Aunque se ha intentado denigrar en clave sociologista («el gaucho que ve el hijo del patrón», y otras majaderías por el estilo), maravilla absoluta, a nivel Le Grand Meaulnes, del Don Segundo Sombra de Ricardo Güiraldes, amigo, en París, de Larbaud, Fargue, Supervielle, Adrienne Monnier…
Buenos Aires, justo antes de la generación de Borges, de Baldomero Fernández Moreno, poeta al que en su día dedicaron atención, aquí, Enrique Díez Canedo, Juan Guerrero Ruiz o Gerardo Diego. En su fundamental y pionero libro Ciudad, de 1918, fue el primero en decir, en clave postsimbolista, prosaísta, en clave «torcerle el cuello al cisne», la gran urbe.
Hacia atrás, también, el Lunario sentimental de Leopoldo Lugones, editado por cierto en Barcelona: un hito, entre la luna de Laforgue y la de enfrente, de Borges. Y un poco más atrás, fue en el Buenos Aires fin de siécle donde publicó Rubén Darío Los raros.
Más poetas: Carlos Mastronardi y su Luz de provincia (y sus Memorias de un provinciano), Juan L. Ortiz entre el río y el sauce, más tarde Enrique Molina, Olga Orozco, Aldo Pellegrini y el resto de los surrealistas argentinos, entre los que me gusta especialmente Francisco Madariaga…
Buenos Aires de Xul Solar. Ejemplar el museo Xul, en los bajos de la que fuera su casa. Arriba, sentarse en el sillón donde se sentaba Borges, en medio de la mítica biblioteca. Xul, su decisiva estancia en Europa (tan bien evocada en las correspondientes páginas de Un pintor ante el espejo, las memorias de su colega y amigo Emilio Pettoruti, otra gran figura de aquella generación excepcional), sus raíces (como el peruano Eguren) en el simbolismo, su esoterismo, su idioma inventado, su kleeísmo. Sus banderas, también, sus ciudades que vuelan, sus ruinas…
Interesantes, siempre en la misma generación, la visión precisionista del puerto de Buenos Aires por el malogrado Alfredo Guttero, los cuadros muy construidos de Adolfo Travascio, el mundo encantado de fray Guillermo Butler, las primeras tentativas de abstracción, a cargo del toledano Esteban Lisa, hoy redescubierto…
1926: Buenos Aires, capital de la vanguardia continental, gracias a un fantástico objeto, el Índice de la nueva poesía americana, con prólogos de Borges, el peruano argentinizado Alberto Hidalgo y el chileno Vicente Huidobro. Mapa con muchos argentinos, muchos uruguayos, muchos peruanos (entre ellos Vallejo), muchos chilenos (entre ellos Neruda), algún mexicano (entre ellos List Arzubide, Maples Arce, Novo, Pellicer, Tablada), dos ecuatorianos (entre ellos Hugo Mayo), un guatemalteco (Cardoza y Aragón), un nicaragüense (Salomón de la Selva), un colombiano (Luis Vidales), un venezolano (Antonio Arráiz)…
Buenos Aires de Macedonio Fernández, un senior cuya relación con los nuevos —empezando por Borges—, cuyo aspecto, cuya actitud, me recuerda por algún lado el caso de Érik Satie.
Temprano Buenos Aires rojo de Boedo, de Insurrexit, de Los pensadores, de Claridad, del Teatro del Pueblo, de escritores como Leónidas Barletta o Samuel Eichelbaum o César Tiempo — un cierto Buenos Aires judío: Sabatión argentino, Sabadomingo— o Álvaro Yunque, de pintores como Adolfo Bellocq, Pompeyo Audivert, Abraham Vigo, Lino Eneas Spilimbergo, o el Antonio Berni social. Buenos Aires, centro latinoamericano de la Internacional Comunista.
Buenos Aires, para mí, lo confieso, pendiente, de Roberto Arlt: la ciudad tumultuosa.
Buenos Aires de los Inmortales, del Tortoni y otros cafés, de los almacenes, de las confiterías, cuya crónica ha intentado, entre otros, Antonio Requeni.
Buenos Aires musical, visitado por los Ballets Russes, por Ernest Ansermet, por nuestro Ricardo Viñes. Buenos Aires del Teatro Colón, de los hermanos Castro, del belga Julio Perceval —que venía de la Bruselas satiesca—, de Juan Carlos Paz, el gran vanguardista. Buenos Aires de la cantante Jane Bathori y de la pianista Jacqueline Ibels, que tuvieron en Daniel Devoto a un fiel discípulo. Buenos Aires de Alberto Ginastera — la bestia negra del citado Paz—, de Mauricio Kagel.
Buenos Aires de la sociedad de conferencias Amigos del Arte, donde además se celebraron numerosas exposiciones y conciertos. Viajeros, entre otros: Bragaglia, Pierre Drieu La Rochelle —que fue allá por invitación de Victoria Ocampo, de la que había sido amante en París, y que volvió diciendo aquello definitivo de «Borges vaut le voyage»—, el rumano Benjamin Fondane, García Lorca, Ramón Gómez de la Serna, el conde Keyserling, Le Corbusier, Marinetti (ver las curiosísimas páginas porteñas de sus Tacuini póstumos), Paul Morand, Pirandello, Siqueiros…
Buenos Aires de los Cursos de Cultura Católica. Fue importantísima la presencia, en el campo cultural, de los católicos argentinos. En sus revistas, como Número o Criterio, colaboraron la mayor parte de los martinfierristas. Algunos estuvieron, como quien dice, de paso, pero otros se incorporaron definitivamente a la intelectualidad católica, como fue el caso de Ignacio B. Anzoátegui, Francisco Luis Bernárdez, Osvaldo Horacio Dondo, Miguel Ángel Etcheverrigaray, los judíos conversos Jacobo Fijman y Marcos Fingerit, Rafael Jijena Sánchez, Antonio Vallejo —que pronto entraría en la vida monástica—, Norah Borges, grabadores como Ballester Peña, Juan Antonio o el belga Victor Delhez, que venía de la vanguardia de Amberes. En los Cursos de Cultura Católica participaron Ricardo Viñes, Gerardo Diego —del que existe un poema titulado «A mis amigos de Criterio»— y el más ilustre de sus visitantes, Jacques Maritain.
Melancólico Buenos Aires metafísico de los pintores de la Boca: Víctor Cúnsolo, Fortunato Lacámera, Onofre Pacenza, Honorio March… La Boca, dicha también por el excesivo —pero a veces acierta— Benito Quinquela Martín. La metafísica, en Buenos Aires: ya en 1930, la entonces fascista Margherita Sarfatti llevó allá, en clave propagandística, a Amigos del Arte, cómo no, la pintura del Novecento italiano, de la que se conservan buenos ejemplos en el Bellas Artes. El catálogo de esa muestra, en cuya organización intervino Pettoruti, lo representó Cúnsolo, en 1931, en un bodegón significativamente titulado Tradición. (La Sarfatti, que en 1939, tras la adopción de las leyes antijudías por el gobierno italiano, terminaría exiliándose, precisamente, allá).
Buenos Aires del Kavanagh, el genial rascacielos art déco de la Plaza San Martín, junto al Plaza. El Kavanagh, construido, dicen, para taparles a los Anchorena, por una venganza, la visión de la iglesia neorrománica del Santísimo Sacramento. Buenos Aires de los arquitectos de los veinte, treinta y cuarenta, con Alberto Prebisch — e l autor del monumental Obelisco de la 9 de Julio y del Gran Rex, en Corrientes— a la cabeza. Arquitectos que le dieron otro perfil a Buenos Aires. Arquitectos que estuvieron en estrecho contacto con Le Corbusier, que soñaba una ciudad sobre el Plata. Arquitectos cuya obra apreció Alberto Sartoris, llegado en 1935, en dirigible. Arquitectos a los que se sumaría, tras la guerra civil, el catalán y «gatepaco» Antonio Bonet Castellana.
Buenos Aires de Horacio Coppola, el ojo moderno por excelencia de aquella ciudad. Coppola que acaba de cumplir, tan campante, los cien años, con motivo de los cuales el m a l b a le ha dedicado una retrospectiva, mientras la Municipalidad colocaba en varios puntos de la ciudad reproducciones monumentales de algunas de las fotografías más defini tivas de su gran libro, de edición por cierto municipal, Buenos Aires 1936: Visión fotográfica, con prólogos de Prebisch y Anzoátegui. Coppola, moderno, entre atgetiano y rodchenkiano, ya antes de su paso por la Bauhaus. Coppola, caminante con Borges, en cuyoEvaristo Carriego figuran dos fotografías suyas. Coppola, cineasta de la construcción del Obelisco. Coppola, uno de los grandes creadores secretos que ha dado Buenos Aires a la cultura universal.
Buenos Aires de Sur, la genial creación, 1931, de la cosmopolita Victoria Ocampo, de la que hay que recordar sus retratos fotográficos por Man Ray y Gisele Freund. Imitación en parte de Revista de Occidente y en parte de Bifur, la revista, que duró seis décadas, tuvo dos inspiradores principales, Ortega y Gasset —muy vinculado a la ciudad, en la que pasaría parte de la Segunda Guerra Mundial—, y el norteamericano Waldo Frank. Acogió a los principales martinfierristas, y a Coppola (que a su vuelta de Europa expuso en la redacción, junto con su entonces esposa, la alemana Grete Stern), y a algunos nacionalistas inteligentes (por ejemplo: Julio Irazusta), y a Bioy Casares, y a la futura comunista María Rosa Oliver (autora de unas interesantes memorias), y a Alfonso Reyes (por dos veces embajador mexicano allá), y a Manuel Mujica Láinez (que tanto sabía de una Misteriosa Buenos Aires en la que había empezado du coté de chez Larreta), de leer una novela estupenda, en gran medida autobiográfica: La pérdida del centro), y a la chilena María Luisa Bombal (residente en Buenos Aires durante parte de los años treinta), y a Alberto Salas (hermoso su libro de relatos de infancia El llamador, reeditado aquí por La Veleta, y hermosa su Relación parcial de Buenos Aires), y a Breton, y a Michaux, y a los exiliados españoles.
Reflexionar sobre Buenos Aires fue un ejercicio generacional, en los años treinta, la allá llamada «década ideológica». A h í están para demostrarlo, y la lista podría alargarse, libros clave como El idioma de los argentinos, de Borges; El hombre que está solo y espera (sobre «el hombre de Corrientes y Esmeralda»), del futuro peronista Raúl Scalabrini Ortiz; La cabeza de Goliat, de Ezequiel Martínez Estrada —también autor de una Radiografía de la pampa—; Historia de una pasión argentina, de Eduardo Mallea…
De estos libros reflexivos que acabo de mencionar, el más extraordinario es sin duda el de Mallea. Entre nosotros, el argentino tuvo a su principal propagandista en Julián Marías, alguien por cierto que heredó Buenos Aires de Ortega, y al que hay que estarle agradecido de haber forjado la expresión «me pasó Buenos Aires». En Historia de una pasión argentina, que tiene mucho de autoanálisis generacional, hay páginas extraordinarias sobre la ciudad.
«Buenos Aires la nuit», tan bien dicho por Ulyses Petit de Murat, otro martinfierrista —se perdió del lado de la noche, de Corrientes, del cine—, en un libro tardío, La noche de mi ciudad, que es una humilde joya desconocida.
Buenos Aires de Saint-Exupéry y de la Aeropostale. La ciudad nocturna, en Vol de nuit, se parece mucho a la fotografiada por Coppola.
Algo del aroma del Buenos Aires de las políticas extremas de antaño, y especialmente del trotskismo, puede respirarse en el CEDINCI (Centro de Documentación e Investigación de las Culturas de Izquierda en la Argentina), creado a iniciativa del historiador Horacio Tarcus (autor de un excelente libro sobre José Carlos Mariátegui y la Argentina), e instalado en una casita del barrio de Flores.
Buenos Aires de los exilios europeos. U n cuadro de 1940 del alemán Clément Moreau (nuevo nombre de Carl Meffert) lleva el expresivo título Llegada a Buenos Aires. Durante la Segunda Guerra Mundial, y a la sombra de Sur, el en su día surrealista Roger Caillois, otro amante de Victoria Ocampo, funda una revista cultural de la Francia libre, del gaullismo militante: Lettres Frangaises, en la que publica a Breton, a Malraux, a Michaux. Junto a él, Pierre Bénichou, el futuro gran estudioso del romanticismo. A su vuelta a París, Caillois contribuirá decisivamente a la fortuna crítica europea de Borges, y también del raro Antonio Porchia, el autor de Voces. (Más Europas. Por ejemplo el alemán y expresionista Paul Zech. Por ejemplo, el polaco Witold Gombrowicz, cuyos diarios revelan lo mal que se entendió con el grupo de Sur. Por ejemplo, Gisèle Freund).
Buenos Aires de los exiliados españoles: Paco Aguilar y su cuarteton de laúdes, Rafael Alberti (alguna nota hermosa en los poemas que compuso para el libro Buenos Aires en tinta china de Attilio Rossi, y algunos hermosos poemas de campo argentino), el pintor Manuel Ángeles Ortiz, el compositor Julián Bautista, Clemente Cimorra, María Teresa León, el escenógrafo Gori Muñoz, Arturo Serrano Plaja… Más los gallegos, legión presidida por el patriarca Castelao: Arturo Cuadrado, Rafael Dieste —que entonces escribe su obra maestra, Félix Muriel—, José Otero Espasandín, Lorenzo Varela, y pintores como Manuel Colmeiro, Luis Seoane —de tan fundamentales contribuciones al mundo del libro y la edición argentinos—, Laxeiro, Maruja Mallo… (Y, solitario, en Alta Gracia, Manuel de Falla).
Exiliado dentro del exilio, Ramón Gómez de la Serna, casado con la argentina Luisa Sofovich (a la que había conocido en su primer viaje, en 1931, y con la que se había vuelto a Madrid), autor de una Explicación de Buenos Aires y de un libro sobre el tango (el tango, otro Buenos Aires, sobre el que existen auténticos ríos de tinta, a algunos de los cuales, por ejemplo los libros de Francisco García Jiménez, me he asomado). Ramón se fue de España antes que los demás, en 1936, y asustado por el Madrid de las chekas y los paseos. Posteriormente, fue franquista, lo cual no le impidió seguir siendo amigo de argentinos prorepublicanos, como Oliverio Girondo y Norah Lange, y editado por exiliados como Losada, López Llausás o Joan Merli. O de Maruja Mallo, a la que dedicó una monografía definitiva, lo mismo que definitiva es la que dedicó a Norah Borges, a partir de la pintura de la cual, unos años antes, había imaginado Buenos Aires. Ramón, en su despacho-obra de la calle Hipólito Yrigoyen, invadido por su proliferante estampario. Ramón, devorado por la nostalgia de Madrid.
Buenos Aires peronista. Tantos y tantos escritores argentinos, atrapados por esa tentación populista: ya he citado como peronista —antes perteneció al grupo nacionalista Forja, uno de los crisoles del movimiento — a Scalabrini Ortiz (del resto de su obra, destacar… su monumental historia de los ferrocarriles argentinos), pero hay que recordar también a Leopoldo Marechal, a Nicolás Olivari, a Horacio Rega Molina. Más los nacionalistas conservadores. Más los nacionalistas de izquierda, alguno virado al nazismo, como Ramón Doll, recordado sobre todo por su antisurismo y su antiborgismo y su antigüiraldismo: suyo era aquello que antes cité de «el gaucho que ve el hijo del patrón». Más la extrema izquierda peronista, por ejemplo Jorge Abelardo Ramos, trotsko-peronista, que siempre se distinguió por la fascinación hacia la confluencia entre marxismo y militarismo antioligárquico, y él también por el odio antiliberal contra Sur, contra Victoria Ocampo, contra los «cipayos». Sobre mi mesa, ahora, pendiente de lectura, el monumental Perón novelado de Horacio Vázquez Rial, que acaba de editar Alianza. Uki Goñi es autor de un libro (aquí lo sacó Península) sobre «la verdadera Odessa», donde se documenta cómo Perón protegió a una serie de nazis (uno de ellos crearía el avión a reacción argentino), amén de colaboracionistas croatas, belgas, franceses… Todo esto nos enfría mucho, a la hora de intentar entender por qué todavía muchos argentinos siguen creyendo, de una forma u otra, en la bondad de Perón y de Evita y del peronismo, un peronismo — y ese es el principal misterio— que se diversificó en los más distintos productos, montoneros, extrema derecha, menemismo, kirchnerismo… (Todos, leo ahora en Le Monde, coinciden en un restaurante de San Telmo, que se llama… El General).
En 1948, Buenos Aires póstumamente ultraísta de Adán Buenosayres, la genial novela de Leopoldo Marechal, tan apreciada por Cortázar, reconstrucción del mundo de los veinte, el barrio, el almacén, la tertulia de las Lange, las caminatas nocturnas, las raras personalidades de Borges, Fijman, Xul Solar, Scalabrini Ortiz…
Buenos Aires geométrico, los madi, los arte concreto-invención, toda esa sucesión de pequeños grupos y grupúsculos, esa utopía geométrica que desde allá se expandirá por todo el mundo (Le Parc, Tomasello y demás cinéticos argentinos, en París, y la acción alemana y luego italiana de Tomás Maldonado), como se expandió el Manifiesto Blanco del italoargentino Lucio Fontana. Geometrías sutiles, algo después, de Alfredo Hlito, de Alejandro Puente, del hoy segoviano César Paternosto.
Buenos Aires de Julio Cortázar (nacido en Bruselas), desde París y la nostalgia. Buenos Aires en Rayuela, y en sus breves poemas para Buenos Aires, Buenos Aires, el libro de fotografías —nada que ver, por desgracia, con Coppola— de Sara Facio y Alicia d’Amico, de 1968. Buenos Aires de Alejandra Pizarnik, el desarraigo centroeuropeo, el balbuceo, Klee, La rue Saint-Sulpice. Más para acá, Buenos Aires, al que apenas me he asomado todavía, de Ricardo Piglia, de César Aira en su barrio de Flores, de Fogwill.
Buenos Aires, puerta —verlo en Bruce Chatwin, así como la frase sobre los apellidos centroeuropeos en la guía telefónica— de la Patagonia.
Buenos Aires de la dictadura militar: heridas todavía abiertas. Un libro estremecedor —desde su título m i s m o — al respecto, editado en Barcelona este mismo año por Libros del Asteroide: Memoria del miedo. Escrito por el periodista inglés Andrew Graham-Yoll, del Buenos Aires Herald, que fue de los pocos que se enfrentó abiertamente a la situación, y que tuvo que acabar exiliándose, no puede leerse sólo como un lúcido y desgarrador testimonio sobre aquella sinrazón de Estado, sino que muy claramente, y con similar lucidez, apunta también a la responsabilidad simétrica de la extrema izquierda armada, desencadenante de la espiral de violencia.
Buenos Aires de los libreros de viejo, Víctor Aizenman, los Aquilanti, Alfredo Breitfeld en su Librería de Antaño, Alfredo Casares,
«Elena de Buenos Aires», Henschel, Washington Pereyra (al que tanto debemos quienes nos interesamos por el universo de las mil revistas argentinas) en su Fundación Bartolomé Hidalgo, Justin Piquemal Azémarou, El Rufián Melancólico, Diran Sirinian en su Poema 20, y siento no poder citarlos a todos, expresión de la cultura europea y americana atesorada por la metrópoli moderna…
Buenos Aires, finalmente, de los pintores jóvenes. De Guillermo Kuitca, el más conocido de todos ellos, con sus mapas y sus teatros; de Graciela Hasper y sus tramas geométricas; de Jorge Macchi y su libro Buenos Aires Tour, editado en Madrid por Turner; de Sebastián Gordín, que ha hecho sorprendentes propuestas en torno a viejos cines años treinta o cuarenta; del madrileñizado Alejandro Corujeira, con el que ahora mismo estoy haciendo un libro de bibliofilia, Dock Sud. De Pablo Siquier, por último: puro Buenos Aires, como lo he intentado decir en el catálogo de su exposición de 2005 en el Palacio de Velázquez, una exposición en la que podía comprobarse cómo la ciudad natal alimenta su obra, en la que resulta especialmente apreciable la huella de una cierta arquitectura de los años veinte y treinta.
Este artículo está ilustrado con fotografías del Buenos Aires de las décadas del veinte y el treinta, obra de Horacio Coppola.
La equívoca personalidad que se atribuye hoy día a Carlos Linneo se justifica por las curiosas contradicciones que en su vida se sucedieron.
El recuerdo del gran naturalista permanece bastante olvidado; en 1978, segundo centenario de su muerte, se celebraron muy pocos actos en su memoria y no recuerdo ninguno sobresaliente en nuestro país, tan pródigo a veces en homenajear a personajes poco relevantes que casi nada aportaron al progreso de la ciencia o de la cultura.
Preciso es reconocer que el olvido en que se mantiene a Linneo, a excepción de los que manejan la taxonomía vegetal o animal, que se ven obligados a recordarle a diario, se debe en parte al progreso de la ciencia actual. El sistema de clasificación que ideó ha sido sustituido ventajosamente por sistemas taxonómicos apoyados en los progresos de otras ciencias. De sus escritos en idioma sueco y en su peculiar latín se han traducido a otras lenguas casi exclusivamente los que se relacionaban directamente con las ciencias taxonómicas. Y sus biógrafos se han complacido no pocas veces en airear más sus miserias humanas y las de sus familiares que su verdadera personalidad de naturalista espoleado por una curiosidad insaciable.
Sin embargo, Linneo fue un naturalista excepcional que realizó la labor de poner en orden la nomenclatura desordenada y caótica de los tres reinos naturales, importante tarea que ocultó una parte sustancial de su obra e incluso aspectos fundamentales de su problemática: la concepción linneana del equilibrio de la naturaleza que, a partir de la aparición del darwinismo, fue sustituida parcialmente por los conceptos ecológicos.
ESTRUCTURA Y JERARQUÍA
Uno de los escritos de Linneo donde más se aprecia el optimismo con que los ilustrados de su época contemplaban el futuro de los recursos naturales, que tanto iba a preocupar después a la humanidad, es el Discurso sobre el crecimiento de la Tierra habitable, documento de gran interés para analizar sus ideas sobre las posibilidades de la Tierra, que nunca fue traducido a nuestra lengua.
El concepto de equilibrio de la naturaleza expuesto por Linneo repetidas veces en sus escritos, representa una parte muy olvidada de su obra. Según esta concepción, la naturaleza constituye un todo estructurado y jerarquizado hasta en sus más mínimos detalles, obedeciendo el universo a una misma economía donde todo depende de todo, presentándose los fenómenos encadenados los unos a los otros. De acuerdo con esta concepción, muy concordante con la mentalidad jerarquizada de Linneo, que iba a alcanzar su clímax en la jerarquización taxonómica de los seres vivos, el orden natural puede caracterizarse por cuatro procesos biológicos íntimamente relacionados: propagación de las especies, su distribución geográfica, la destrucción inevitable a que éstas están condenadas y su tendencia a la conservación, inscrita en la estructura y la forma de proceder de cada una de ellas.
Proclama Linneo: «Tengo la firme convicción de no alejarme mucho de la verdad si digo que la totalidad de la Tierra Firme, al principio del mundo, estaba sumergida en las aguas y cubierta por el vasto océano, excepto una sola isla en este mar inmenso». Y pasa a explicar cómo, a partir de una pareja de cada especie, se han ido multiplicando los seres vivos con dependencia los unos de los otros. «En efecto —escribe— todo vegetal alimenta a su propio insecto y la mayor parte de los insectos se alimenta sólo de ciertos vegetales». Y expone los ejemplos de la cochinilla, del gusano de seda, de los animales herbívoros y de numerosas interrelaciones entre los componentes de los ecosistemas, estableciendo las bases de lo que mucho tiempo después se iba a conocer como el mecanismo de las cadenas tróficas.
Mas, ¿cómo armonizar la idea de una isla en el mar Océano sobre la que se están reproduciendo, propagando y creciendo todas las especies de plantas y animales, con la existencia de una proporción perfecta, según unas leyes establecidas en la Creación? «Incluso a simple vista se percibe que la Tierra aumenta cada año y que los continentes dilatan sus límites. Vemos los puertos marítimos de la Bohemia oriental y occidental disminuir cada año y no poder acoger a los navíos a causa de la arena y la tierra que incrementan continuamente sus orillas, lo que obliga con frecuencia a los ciudadanos a cambiar de vivienda acercándose al mar a veces hasta un cuarto de milla. Son un ejemplo las ciudades de Pitea, Lulea, Humdiksvall, etc. En la costa de Gotland [… ] se puede percibir claramente cuánto ha crecido el continente durante noventa años y que cada año aumenta en anchura unas dos o tres toesas».
Y continúa Linneo describiendo ejemplos de montañas que emergen de las profundidades marinas, de mares que se retiran, de la fuerza de las aguas que lanzan sobre las orillas colosales rocas «que no podría mover ninguna técnica humana», para denunciar la existencia en altas montañas calcáreas de innumerables conchas de moluscos bivalvos iguales a las que lanza el mar sobre las playas.
Todo ello le lleva a escribir: «A partir de estos hechos, creo poder concluir que la Tierra emergida aumenta cada año, que antes era mucho menor y que al principio no era más que una pequeña isla donde se concentraban todas las cosas que el excelente Creador había destinado para el uso de los hombres».
Todo el universo, según Linneo, es proporción, jerarquización y organización. Todo está reglamentado según leyes inmutables. Descubre «los extraños artificios gracias a los cuales el artesano de la Naturaleza facilita la siembra, la multiplicación y la dispersión de las semillas sobre toda la superficie de la Tierra». Demuestra también que «la parte árida de nuestro globo aumenta y se dilata sin cesar, hasta tal punto que en otro tiempo era infinitamente menor, Así se construyó el Jardín del Paraíso, cuya belleza jamás podremos concebir».
Bellas palabras de un soñador optimista que coloca al hombre en la cómoda posición de «espectador del teatro de la Naturaleza», de admirador de la Creación, de su orden, de su belleza, sin sospechar que pasado poco más de un siglo pasaría a ser autor o colaborador del desorden que puede conducir al caos de la biosfera. Las ideas de Linneo sobre la organización del cosmos conciben un universo como un todo equilibrado, ordenado, rítmico, armónico, en el que todo está previsto, en el que todo funciona con la precisión de una maquinaria de relojería, en suma, un universo coordinado, en contraste con un universo en el que algo tan importante como la evolución misma de los seres vivos queda confiada a la aleatoriedad del azar. Esta concepción de Linneo, entroncada en su inquebrantable fe religiosa, no le permitía intuir siquiera el desorden que el hombre sería capaz de provocar con su capacidad de alterar algunas de las leyes que rigen los procesos naturales.
MALES Y REMEDIOS
A finales del siglo XVIII comenzaron a germinar las sospechas sobre la posible pérdida del equilibrio de la naturaleza linneano y en los diferentes países de Europa, científicos, pensadores o políticos, empezaron a expresar su preocupación por el futuro de la biosfera, No obstante, esa preocupación se centraba, principalmente, en los recursos que se empezaban a agotar y en las generaciones que les iban a suceder, que se encontrarían a veces en apuros.
Estas ideas fueron reforzadas por la aparición en 1798 de la obra de Malthus Ensayo sobre el principio de la población, donde formulaba sus conocidas leyes que añadían aspectos pesimistas al problema, y años más tarde, las ideas expuestas por Darwin en El origen de las especies y obras posteriores parecía que debían acelerar notablemente el desarrollo de las tesis encaminadas a exponer el peligro que suponía la explotación desordenada de los recursos naturales.
Pero había que esperar al comienzo del siglo XX para contemplar los primeros esfuerzos serios para remediar los males que afectaban a la biosfera, al tiempo que progresaba su conocimiento científico, como era inevitable que así sucediese. El progreso de ciencias como la botánica, la zoología, la edafología, la geografía física, la climatología, la microbiología y la bioquímica, crearon el caldo de cultivo apropiado para el desarrollo de la ecología, que necesitaba de la coordinación de todas ellas y para la definición de la unidad de estudio, el ecosistema, conjunto de todas las interacciones entre las diversas especies que lo integran.
| Las ciencias naturales como vocación BENITO VALDÉS |
| El profesor Emilio Fernández-Galiano nació en Barcelona el 3 de agosto de 1923, pero residió en Madrid la mayor parte de su vida con un paréntesis de casi once años durante los que, tras obtener la cátedra de Botánica, se estableció en Sevilla.
Realizó en Madrid la carrera de Farmacia y obtuvo el grado de doctor con premio extraordinario en 1950 pero, posiblemente debido a la influencia de su padre, su vocación estuvo siempre orientada hacia las Ciencias Naturales, carrera en la que se licenció en 1952. Lo que verdaderamente interesaba al profesor Galiano, como a él le gustaba que se le llamase, fue la Botánica en sentido amplio, en la que se formó bajo la dirección del profesor Salvador Rivas Goday, maestro indiscutible de varias generaciones de botánicos. Posteriormente ocupó puestos de responsabilidad en el Consejo Superior de Investigaciones Científicas, como secretario del Patronato Alonso de Herrera y director en funciones del Jardín Botánico de Madrid. Durante este periodo de casi veinte años, la actividad científica del profesor Galiano fue muy importante, publicando diversos trabajos, de los que merecen destacarse por su importancia el titulado Preclimax y postclimax de origen edáfico que publicó en 1951, junto con Rivas Goday, en los Anales del Jardín Botánico de Madrid, en donde se conjugan sus conocimientos en Botánica y Edafología, y el primero de la serie Aportaciones a la Fitosociología Hispana, publicado en 1955 en la misma revista, junto con el profesor Rivas y otros miembros de su equipo. Colaboró además con otros botánicos nacionales y extranjeros, de cuya colaboración merece destacarse, por ejemplo, el Catálogo de plantas de la provincia de Jaén (mitad oriental) que publicó en 1960 junto con el profesor V. H. Heywood, con quien mantuvo siempre una estrecha relación de amistad. Colaboró además en diversos proyectos internacionales como Flora Europaea de la que fue asesor regional, y el Atlas Florae Europaeae, de cuyo comité de cartografía fue miembro. El 11 de noviembre de 1965 tomó posesión de la cátedra de Botánica de la Sección de Biología de la Universidad de Sevilla, plaza que ocupó hasta 1976, año en que se trasladó a Madrid para hacerse cargo de la cátedra de Botánica de la Facultad de Biología. El profesor Galiano tuvo que poner a prueba su gran capacidad de organización para conseguir en un periodo relativamente corto que el Departamento de Botánica de la Universidad de Sevilla se convirtiera en uno de los mejores del país. Fue el primer departamento que dispuso de un vehículo (un Land Rover) para poder realizar los estudios de campo. Hasta su adquisición, lo que supuso la superación de numerosas trabas administrativas, fue el propio profesor Galiano quien con su propio vehículo facilitó las salidas al campo. El núcleo inicial del herbario del departamento fue el herbario personal que él mismo llevó a Sevilla. Además, y en parte para dar cabida a la cada vez mas importante producción científica del departamento, el profesor Galiano se preocupó de crear una revista botánica, a la que se denominó Lagascalia, en recuerdo del gran botánico aragonés Mariano Lagasca. Al incorporarse a la Universidad de Madrid, ocupa primero la cátedra de Botánica de la Facultad de Biología, para cubrir luego la de Fitografía de dicha facultad. Desde 1976 hasta 1988 fecha de su jubilación, el profesor Galiano se interesó muy particularmente por la conservación del medio ambiente, desarrollando una importante labor, sobre todo como presidente de la Comisión Rectora del Instituto Nacional de Medio Ambiente del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (1977-1980) y como presidente de Comité Español del Programa MAB de la UNESCO. Desde un punto de vista humano, el profesor Galiano era afectuoso, afable y paternal con sus discípulos y colaboradores, a los que estaba dispuesto siempre a ayudar profesional y personalmente, ganándose el cariño de los que han tenido la suerte de colaborar con él. De genio vivo, sus discípulos y colaboradores sabemos bien las reacciones a veces fuertes con las que respondía ante equivocaciones o comentarios inoportunos. Pero su fondo noble le hacía reconocer también cuándo se había equivocado y suavizar su reacción después. El fallecimiento del profesor Galiano, además de ser profundamente sentido por sus discípulos y colaboradores, ha supuesto una pérdida irreparable para la Botánica, que no contará en el futuro con el beneficio de su entusiasmo, consejo y capacidad organizativa. |
Llega el verano y con él tiempo para poder indagar nuevas obras, estilos y caminos en torno a la literatura. En este número no hemos querido ceñirnos a la sección habitual de libros que recuperamos hace un tiempo y que volverá al inicio de curso. En esta ocasión, hemos querido ofrecer a nuestros lectores cuatro itinerarios de lectura en los que poder perderse paseando entre libros. Cuatro artículos que le proporcionarán pistas y sugerencias sobre obras pertenecientes a géneros como la novela negra, la novela rusa en tiempos comunistas, así como sobre novelas de aventuras y viajes por distintas partes del mundo , o la posibilidad de conocer un poco más en profundidad la obra de Paul Auster, último Premio Príncipe de Asturias de Literatura.
Ya hace mucho tiempo que nadie osa afirmar que la literatura policíaca es un género menor. De cualquier forma, los que aún dudan no tienen más terapia que regresar al principio. Sólo indagando en los orígenes podemos dar al género su verdadero valor. Y los inicios de esta literatura —tal y como hoy se presenta— están en la novela negra norteamericana, ese mundo gris de las grandes urbes de la costa este o de las laderas soleadas del oeste, de la California de los sueños rotos, la del aire triste y corrompido de la posdepresión; ese universo oculto entre sombreros ladeados, impecables trajes grises, pajaritas y anillos de oro en el dedo meñique tras la ventanilla de un Packard negro; esos tugurios humeantes, donde la gente agota su vida con un vaso de Jack Daniel’s mientras suenan de fondo los ritmos jazzísticos de una big band al estilo Duke Ellington o los golpes saltarines del último virtuoso del bebop, y en la penumbra se adivinan los ojos azules de una rubia fatal más fría que el hielo; en fin, esa época de asesinatos, de hipocresías y traiciones, de secretos inconfesables, donde un 38 y un paquete de cigarrillos baratos son el único equipaje necesario para ir tirando… Tal es la fuerza de la literatura de los grandes genios de la novela negra que en la actualidad es imposible imaginar las calles de Chicago, Nueva York o Los Ángeles en las décadas de los veinte, treinta y cuarenta, sin que todas esas características citadas más arriba pueblen nuestra imaginación.
Uno de los orígenes del término «novela negra» parece ser la vieja revista pulp Black Mask, fundada en 1920, en donde publicaron sus relatos muchos de los autores del género, entre ellos el gran pionero Dashiell Hammett. Pero al margen de poseer adjetivo tan adecuado, no hay duda
de que este género tiene rasgos muy definidos. Planea sobre todas las novelas negras un cierto aire de fatalismo existencial, a menudo transmitido por el narrador, y he aquí una de las diferencias con respecto al género más amplio de la novela policíaca: los héroes de la novela negra no suelen ser lo que se dice ejemplares. Pertenecen demasiado al mundo corrompido que combaten. Conocen tanto la porquería que hay debajo de la seda y las grandes mansiones de Malibú o de la Quinta Avenida que han adoptado una casi indiferencia ante el supuesto ideal de cambiar la sociedad. De hecho, suelen ser unos escépticos empedernidos. Y sin embargo, a pesar de estar de vuelta de casi todo (a veces hasta lo enfermizo, pues se dejan dar unas palizas de campeonato), son también sumamente idealistas. Como decía Bogart en Cayo Largo: «Cuando tu cabeza dice una cosa y toda tu vida otra, la cabeza siempre pierde». Son palabras que podrían definir la identidad del héroe de la novela negra norteamericana. Y ahí, implícito, también se esconde otro rasgo generalizado: el tipo en cuestión siempre es un solitario —también en su vida privada— que actúa por libre, por propia convicción y sin someterse al parecer de los otros. Esto ocurre incluso cuando se trata de un poli, aunque, lógicamente, el mejor modo de mantener la autonomía es ser detective. Así, casi nada les impone límites. Tan sólo hay algo en lo que son inamovibles: la fidelidad a su propio código moral. Un verdadero héroe de novela negra puede hacer cualquier cosa salvo traicionarse a sí mismo. Su ética es su vida, su razón de ser. Y son duros como un pedernal.
Pues bien, para familiarizarse con personajes de este tipo nada mejor que comenzar leyendo a Dashiell Hammett (1894-1961), introductor del género y uno de sus máximos representantes. Hammett es el primero que logra plasmar en una novela el mundo gris y amargo del detective privado. Él mismo conoció ese trabajo a fondo, puesto que durante un tiempo perteneció a la agencia de detectives Pinkerton. Con una prosa sobria, descarnada y poco complaciente con la sociedad de su tiempo, el autor de El halcón maltés (1930) demostró un talento excepcional. En esa novela creó a uno de los personajes más inolvidables y carismáticos del género: el detective Sam Spade. Él es la quintaesencia de una historia que gira en torno a la búsqueda de una estatuilla muy valiosa, y que acaba por desencadenar pasiones y asesinatos. La novela se engulle con ansia porque el lector siempre se mueve con los hechos. Aquí se muestra por primera vez que en este género, el meollo de la cuestión, cualquiera que sea el asunto que cause las tramas — e l «macguffin» cinematográfico, que decía Hitchcock—, no tiene de ordinario la más mínima importancia. Al final, todo se convierte en un asunto personal. Encontrar al culpable es lo que importa. Como también diría el director inglés: el «whodunit» (Who Done It: quién lo hizo) es el objetivo que se lleva el gato al agua.
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EL HALCÓN MALTÉS DASHIELL HAMMET Alianza Editorial (2000) |
LA LLAVE DE CRISTAL DASHIELL HAMMET Alianza Editorial (2000) |
En otras novelas ilustres, Hammett volvería a crear personajes imperecederos, como Ned Beaumont (La llave de cristal), Nick Charles (El hombre delgado) o el anónimo agente de la Continental (que da título a su propia colección de relatos). De los tres el más parecido a Spade es sin duda el último, mientras que Nick Charles es el personaje más alejado del estereotipo de la novela negra, ya que está felizmente casado (su mujer Nora tiene tanto o más olfato que él a la hora de investigar) y aporta al tono narrativo un gran optimismo, lo cual constituye una auténtica excepción en el género. Por último, en La llave de cristal Hammett desdibuja las fronteras entre el bien y el mal, de lo correcto y lo incorrecto, para diseccionar sin piedad la corrupción y el oportunismo político.
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ADIÓS, MUÑECA RAYMOND CHANDLER Alianza Editorial (2001) |
EL LARGO ADIÓS RAYMOND CHANDLER Alianza Editorial (2002) |
Pero junto a Spade una enorme figura se levanta en el Olimpo de la novela negra: Philip Marlowe. Y a diferencia del personaje de Hammett, presente en una única novela, Marlowe se convertiría a lo largo de dos décadas en el protagonista de toda la obra de su creador, Raymond ChandleR (1888-1959). Aunque era algo mayor que Hammett, Chandler no publicó su primera novela hasta 1939, diez años después de que el antiguo detective de la Pinkerton debutara con la violenta y excepcional Cosecha roja. Pero Chandler obtuvo un éxito rotundo con la fantástica El sueño eterno —llevada al cine por Howard Hawks, con Humphrey Bogart y Lauren Bacall— y con cincuenta y un años logró situarse en la cima del género. Hasta su muerte veinte años después escribiría sólo otras seis novelas (y una más, inacabada), lo cual hace de él un escritor lento y meticuloso.
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LA PISCINA DE LOS AHOGADOS ROSS MCDONALD Diagonal del Grupo 62 (2002) |
Además de la historia que protagonizó Bogie, destacan en la obra de Chandler dos novelas extraordinarias. La primera es Adiós, muñeca (1940) y la segunda El largo adiós (1953), obra de madurez, la más extensa de toda la serie y probablemente la más lograda. En ellas, Chandler da buena cuenta de un puñado magnífico de personajes, desde el gigantón Moose Malloy hasta la morena Linda Loring. Por cierto, ni que decir tiene que nadie ha definido mejor la esencia de la «femme fatale» que el escritor de Chicago. Y también sus tramas son retorcidas, llenas de meandros y callejones sin salida. El estilo de Ray Chandler es inconfundible. Su ironía es muy superior a la de Hammett —acentuada también por la narración de Marlowe siempre en primera persona— y es un verdadero maestro de la frase ajustada, humorística, escogida con primor para la ocasión. Sentencias como «era un hombre grande, aunque no medía más allá de un metro noventa y cinco ni era mucho más ancho que un camión de cerveza» (Adiós, muñeca) o «los franceses tienen una frase para eso. Los muy cabrones tienen una frase para todo y siempre aciertan» (El largo adiós) son continuas en la narrativa de Chandler. Casi no hay una página sin que salga a relucir ese ingenio cínico y bienintencionado de Marlowe.
Y junto a los detectives Spade y Marlowe encontramos a su hermano pequeño: Lew Archer. Creado por el escritor Ross Macdonald (19151983), Archer es en realidad un tributo al Hammett de El halcón maltés, donde un tipo de ese nombre es el socio de Spade en la compañía Spade & Archer. Macdonald se encuentra a medio camino entre Hammett y Chandler: carece de la sequedad y dureza de Hammett, pero tampoco llega a la maestría irónica de Chandler, aunque sí se le acerca. De cualquier forma, algunas novelas protagonizadas por Archer (en total son más de una veintena) lindan con las obras maestras del género, tal es el caso de La piscina de los ahogados («hundí mi vergüenza en whisky y soda, y esperé que se disolviera») o la menos visceral El caso Galton. Ross Macdonald fue el mejor heredero de la sociedad Dash & Ray. Y los tres detectives por excelencia del género son Spade, Marlowe y Archer, no necesariamente por ese orden.
Aparte de este trío de ases, no se puede hablar de novela negra sin mencionar a otros escritores de altura superlativa, empezando por los tres «Jaimes»: James M. Cain, Jim Thompson y James Hadley Chase. Sus mundos narrativos son más variados y ninguno de los tres se ciñe únicamente al esquema del detective que desenreda la madeja. De ellos, el de mayor prestigio y altura literaria es sin lugar a dudas Jim Thompson (1906-1977), incluso algunos críticos le sitúan al nivel de Hammett y Chandler. Thompson es un escritor de raza, áspero y a veces brutal. Hombre comprometido —fue objetivo de la caza de brujas de McCarthy—, su narrativa desprende amargura y fatalidad, y a menudo deja sentir en ella la dureza de su vida, un constante sobrevivir con trabajos de poca monta. Es autor de espléndidas novelas, como Sólo un asesinato (1949), El asesino dentro de mí (1952) o las más conocidas La huida (1959) y Los timadores (1963), con los inolvidables Roy y Lilly Dillon. En ellas, el autor de Oklahoma demuestra su talento literario con un estilo frío, despegado, sin el cinismo y la complicidad de otros personajes del género. Thompson también colaboró con éxito en los guiones cinematográficos de las obras maestras de Stanley Kubrick Atraco perfecto y Senderos de gloria.
James M. Cain (1892-1977) es conocido sobre todo por lo que el cine hizo con sus novelas. Es autor de la mundialmente célebre El cartero siempre llama dos veces (1934), llevada al cine en varias ocasiones, aunque ninguna versión supera la original protagonizada por Lana Turner. Su otra novela de altura es Pacto de sangre (1936) —«Double Indemnity» en inglés—, llevada al cine por Billy Wilder con el título de Perdición, con una inconmensurable Barbara Stanwyck. En ambas obras, de estilo directo y casi esquemático, se repite el mismo patrón: una mujer fría, bella y calculadora, engatusa a su amante para matar a su marido. James M. Cain no es un escritor literariamente tan notable como los anteriormente mencionados, pero sí captó como ellos la esencia del género.
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LOS TIMADORES JIM THOMPSON El Aleph Editores (2001) |
PACTO DE SANGRE JAMES M. CAIN El Aleph Editores (2002) |
NO HAY ORQUÍDEAS PARA MISS BLANDISH JAMES HADLEY CHASE El Aleph Editores (2002) |
Por último, James Hadley Chase (1906-1985) es un caso especial, ya que no era norteamericano, sino inglés. Sin embargo, puede ser encuadrado con propiedad en este artículo, ya que sus tramas policíacas tienen lugar en Estados Unidos. Sólo por su primera novela, No hay orquídeas para Miss Blandish (1938), Hadley Chase merece estar entre los maestros de la novela negra. Se trata de una obra espeluznante, violenta y dura, sobre el secuestro de una joven, y que incluye uno de los personajes más logrados del género: el psicópata Slim Grisson. Entre el resto de las novelas de Hadley Chase, cuyos títulos parecen siempre versos de una canción triste, destaca Una corona para tu entierro (1940).
Otros escritores significativos que han elevado las cotas narrativas del género negro norteamericano son Horace McCoy, Erle Stanley Gardner y Patricia Highsmith. Y en la época actual destacan dos californianos: Walter Mosley y el oscuro James Ellroy.
Reseña bibliográficos de varios libros sobre la Rusia soviética y el comunismo, recomendaciones para el verano.
En la Rusia soviética, el manicomio es el único lugar donde puede vivir una persona normal», escribieron los famosos escritores rusos Ilf & Petrov en una de sus mejores novelas, El becerro de oro. La literatura de estos dos autores, especialmente Las doce sillas, su obra maestra, es un buen ejemplo de la excelente literatura satírica rusa, especialmente prolífica durante los años de la Unión Soviética. En un libro reciente, Vida e insólitas aventuras del soldado Iván Chonkin, de Vladimir Voinóvich, el escritor Horacio Vázquez Rial afirma en el prólogo, simplificando deliberadamente, que la historia de la literatura rusa puede dividirse en autores trágicos tipo Tolstói, Dostoievski o Chéjov, o en autores que utilizaron la sátira (Ilf & Petrov, Bulgákov, Olesa, Zóschenko, Dovlátov, Voinóvich…) para reflejar con humor la tragedia del ciudadano ruso contemporáneo. Quizás para esquivar el férreo control impuesto por la autoridades soviéticas, numerosos escritores optaron por la novela satírica como el género apropiado para criticar las costumbres y los vicios del comunismo a todos los niveles.
VÍCTIMAS DE LA CENSURA
Sin embargo, la censura, que controlaba absolutamente toda la vida literaria de la Unió n Soviética, siempre vio en este tipo de textos una oculta, premeditada y peligrosa intención política subversiva, de ahí que entre la larga lista de autores represaliados haya muchos que han practicado este género, el más sibilino e inteligente para oponerse a la realidad que les tocó vivir. Y es que los escritores satíricos tenían muy poco que ver con aquellos otros escritores que adoptaron la línea más oficialista del régimen y que, en sintonía con los ideales de la dictadura del proletariado, pusieron su literatura al servicio de la revolución.
Para Lenin y Stalin, los escritores debían abandonar las veleidades románticas y subjetivas y contribuir con sus libros a crear un nuevo modelo de sociedad basado en el optimismo, en el amor al trabajo, en la fuerza de la voluntad humana, en la grandeza de los ideales solidarios, científicos y humanos del comunismo. Stalin denominó a los escritores «ingenieros del alma», aunque, eso sí, dirigieron bastante bien sobre qué temas debían escribir. En este sentido, resulta sorprendente lo que cuenta el escritor e ingeniero holandés Frank Weterman en su ensayo Ingenieros del alma (Siruela), donde analiza la estrecha relación que existió entre la literatura (en su versión más propagandística y publicitaria) y las numerosas obra hidráulicas que se emprendieron durante los años de terror de Stalin y que eran una muestra de la superioridad de la razón comunista sobre el espacio físico y el símbolo de la nueva sociedad comunista.
Mijaíl Zóschenko (1895-1958) sufrió problemas con la censura durante casi toda su vida, aunque fue a partir de 1946, al acabar la Segunda Guerra Mundial y tras la publicación de Aventuras de un mono, cuando fue excluido de la todopoderosa Asociación de Escritores Soviéticos y obligado a sobrevivir a base de traducciones hasta su muerte. En el caso de Vladímir Voinóvich, empezó a tener problemas a partir de la década de los sesenta, cuando salió en defensa de algunos escritores que fueron detenidos por publicar sus obras en el extranjero. Desde entonces, empezó a colaborar en movimientos disidentes, y cuando quiso publicar Vida e insólitas aventuras del soldado Iván Chonkin, la novela fue prohibida. Se publicó al final en París, en 1974, lo que provocó que fuera expulsado de la Unión de Escritores Soviéticos ese mismo año por dar una imagen negativa de su país en el exterior. En 1980 se le obligó a abandonar el país y en 1981 el presidente Breznev le privó de su nacionalidad. Serguei Dovlátov fue expulsado del Sindicato de Periodistas en 1976 y en 1978 pudo, por fin, abandonar la URSS y trasladarse a Estados Unidos, donde murió en 1990.
ZÓSCHENKO: CONTRA LOS TÓPICOS
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MATRIMONIO POR INTERÉS Y OTROS RELATOS MIJAÍL ZÓSCHENKO El Acantilado. |
Estos tres escritores dieron lo mejor de sí en sus escritos satíricos, aunque, como se puede apreciar, los tres fueron perseguidos por los aparatos de control del Partido Comunista. Mijaíl Zóschenko fue uno de los escritores más populares tanto en la Unión Soviética como entre los emigrantes rusos. Consiguió su popularidad en los años de la NEP (Nueva Política Económica), tras el final de la guerra civil en 1920 y la llegada al poder de Stalin en 1928. En todos los frentes, se respiró un ligero soplo de aire fresco que se manifestó en una mayor libertad de expresión, en un menor control de la actividad literaria y en la proliferación de iniciativas privadas vinculadas con la literatura. Todo ello acabó en 1928, cuando la Asociación Rusa de Escritores Proletarios, el germen de la todopoderosa Unión de Escritores (creada en 1932 por Stalin) impuso su disciplina en el mundo literario y los escritores se vieron forzados a ser una pieza másdel engranaje revolucionario.
Matrimonio por interés y otros relatos contiene una selección de los cuentos satíricos que escribió entre 1923 y 1955. No hay en ellos grandilocuencia ni esmero por el lenguaje ni excelentes descripciones. Suelen ser relatos muy cortos, de dos o tres páginas, en los que Zóschenko presenta pequeños aspectos de la cotidiana realidad soviética de aquellos años. Su mirada es muy divertida y original, actitud que le sirve para hacer una crítica de los excesos y defectos del comunismo y añorar la vida de la pequeña burguesía durante el pasado zarista. En sus relatos, con el lenguaje antirretórico del hombre de la calle, critica con ironía el exceso de burocratismo, la extendida corrupción y los tópicos del lenguaje comunista, que condicionan la manera de vivir y el juicio sobre la historia reciente de su país.
MROZEK: CONTRA LOS CONVENCIONALISMOS
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LA MOSCA SLAWOMIR MROZEK El Acantilado. |
Bastantes de los relatos de Zóschenko recuerdan a los de Slawomir Mrozek (Borzecin, 1930), un escritor polaco que también puede adscribirse a esta literatura satírica, y aunque no hable de la realidad soviética, también censura abiertamente el comunismo, igual de uniforme en todas las latitudes. Descubrí a Mrozek en 1995, cuando la editorial Sirmio publicó La vida difícil (también editado por El Acantilado), su primer libro de relatos que se traducía al castellano. Fue una gozosa lectura, pues Mrozek disparaba cómicamente contra los excesos ridículos del comunismo. Desde entonces, se han ido sucediendo los libros (Juego de azar, Dos cartas, El árbol, El pequeño verano). El último volumen publicado es La mosca, que contiene los relatos que escribió entre 1990 y 1993, cuando ya había caído el Muro de Berlín. El punto de partida de la mayoría de ellos tiene que ver con la literatura del absurdo, pero Mrozek es diferente porque tiene siempre los pies en el suelo. La experiencia de haber vivido en un país comunista, abrumado por el peso de la propaganda y la demagogia, le han hecho desconfiar de los discursos grandilocuentes y de los sistemas políticos. En La mosca sigue habiendo una burla del comunismo, aunque los temas ahora son más amplios. Con un inteligente y divertidísimo sentido del humor, Mrozek cuestiona múltiples aspectos de la realidad, dejando en evidencia el absurdo de muchas ridículas convenciones.
DOVLÁTOV: CONTRA EL PERIODISMO DE FICCIÓN
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EL COMPROMISO SERGUEY DOVLÁTOV Ikusager. |
Otro descubrimiento muy interesante, especialmente para periodistas, es El compromiso, de Serguey Dovlátov (1941), escritor ruso que refleja muy bien en sus escritos y en su propia vida el alcance de la buena literatura satírica. Dovlátov recurre a la sátira para dejar al descubierto el imperio de la sinrazón comunista. Como la casi mayoría de los escritores satíricos, trabajó como periodista, lo que le llevó a conocer muy de cerca la realidad rusa a ras del suelo y las absurdas consignas que los periodistas se veían obligados a cumplir. En España, se han publicado La maleta, Los nuestros y La extranjera. En El compromiso revive los tres años —de 1973 a 1976— que fue redactor del diario Estonia Soviética de Tallín. Su estructura permite diferenciar la realidad oficial y la realidad cotidiana que vivían los ciudadanos de a pie. Al comienzo de cada uno de los doce capítulos, Dovlátov reproduce un breve pasaje de una noticia ya publicada en la prensa. Luego, cuenta la trastienda, es decir, la versión no oficial, casi siempre desternillante.
VOINÓVICH: CONTRA LOS EXCESOS BUROCRÁTICOS
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VIDA E INSÓLITAS AVENTURAS DEL SOLDADO IVÁN CHONKIN VLADÍMIR VOINÓVICH Libros del Asteroide. |
También resulta muy divertida la novela de Vladímir Voinóvich (1932) que ya hemos mencionado, Vida e insólitas aventuras del soldado Iván Chonkin. El autor se sirve de un disparatado argumento para describir la realidad de una apartada aldea que puede ser el resumen de una buena parte de la población soviética. El torpe e ingenuo Chonkin, un soldado a punto de licenciarse del Ejército Rojo, recibe la misión de vigilar un avión averiado que ha tenido que realizar un aterrizaje de emergencia en una aldea alejada de su cuartel. Pero pronto todo el mundo se olvida de Chonkin y el soldado tiene que apañárselas para buscarse la vida en el koljós. Mientras tanto, la URSS entra en guerra con la Alemania nazi y Chonkin, de pronto, es considerado un espía o un desertor. Las situaciones son esperpénticas, divertidísimas, muy agudas. Voinóvich deja al descubierto el ridículo control del Partido Comunista sobre todos los aspectos de la sociedad, desde los más grandes e importantes hasta los más menudos.
Pero la literatura satírica rusa no ha finalizado con la caída del Muro de Berlín. La sociedad poscomunista es fuente de ingeniosos argumentos para algunos escritores que vuelven a utilizar la literatura para manifestar su rechazo a una sociedad que va dando tumbos. Es el caso de Andrei Kurkov y su ingeniosa y disparatada Muerte con pingüino (El tercer hombre), Vladimir Kaminer y su esperpéntica Música militar (RBA) y, especialmente, Víctor Pelevin (Moscú, 1962), autor de La vida de los insectos, Omon Ra, Homo Zapiens y El meñique de Buda (Mondadori), todas ellas con el telón de fondo de la herencia del comunismo.
Risas y carcajadas para escapar, pues, de la tragedia.
Paul Auster (Newark, Nueva Jersey, 1947), el escritor sobre la cuerda floja, ha ganado el Premio Príncipe de Asturias. Su innegable tirón en España, ganado a puro pulso literario, sin ardides de best seller, lo había puesto en el disparadero del galardón en los últimos años. Ahora se confirma su extraño talento, capaz de poner de acuerdo al gran público y a la crítica más exigente.
Hay algo fascinante, magnético, en sus historias de perdedores, a los que hace transitar por mundos distintos, leves, casi como el aire a ambos lados del camino del funambulista. Para penetrar ese territorio, y luego describirlo, hay que tener un pasaporte muy especial.

El crítico francés Gérard de Cortanze explica con sorna cómo los europeos consideran a Auster un autor genuinamente americano, mientras que para los americanos es poco menos que un europeo trasplantado a Brooklyn.
Auster es todo lo americano y todo lo europeo que se puede ser. Porque vuela libre, intuitivo en la narración, ligero en el estilo. Y su amor por la literatura le lleva a descubrir un universo mucho más prometedor que cualquier corsé nacionalista. «Francés e inglés constituyen una sola lengua». Con esa radical cita de Wallace Stevens abre Auster su ensayo Los poemas y los días.
Lo cual no significa renuncia a la propia identidad. Su pertenencia al Nuevo Mundo se revela en ese ímpetu juvenil, casi revolucionario, que, de alguna manera, reniega del amaneramiento de un Viejo Mundo resabiado, para deslumbrarse con la pura vida: la seducción de las historias, el individuo cabalgando por el mundo. «A veces pienso que en realidad soy un cuentacuentos», dice Auster en una entrevista.
Patriota de las historias, sobre ellas construye su narrativa, donde el lenguaje es estructura en movimiento, un artificio armador de armonías a partir de un momento privilegiado: «Algo sucede y desde el momento en que empieza a suceder, nada puede volver a ser lo mismo». Resulta significativo que esta frase se repita en dos de sus libros: Espacios blancos (1978) y repite en El cuaderno rojo (1993). Una llamada de teléfono, un encuentro, un accidente…

A partir de ahí, el azar, que ha irrumpido de no se sabe dónde —de ahí, de su misterio, su encanto—, toma las riendas. Entramos en una senda vertiginosa, plagada de bifurcaciones en forma de nuevos personajes, historias dentro de historias, variaciones.. , que se suceden con una naturalidad asombrosa, sobre todo si miramos atrás y comprobamos que los nudos de la trama están compuestos de puro azar.
Pero todo encaja. Harto de que le achacaran una supuesta falta de realismo, Paul Auster sentencia en Experimentos sobre la verdad: «Existe una idea generalizada de que las novelas no deberían abusar de la imaginación. Todo lo que parece improbable se considera necesariamente forzado, artificial, irrealista. No sé en qué realidad ha vivido esta gente. Están tan inmersos en las convenciones de la denominada literatura realista que su sentido de la realidad se ha distorsionado».
La resabiada literatura canónica, encerrada en su torre de marfil, no puede escuchar la música del azar, sinestesia que desde hace tiempo remite directamente a la obra de Auster, y no solo porque diera título a una de sus obras. Sus lectores reconocen —de hecho, lo buscan— ese encantamiento de la trama, de las historias, parecido al que producen aquellos viejos juguetes de cuerda: qué instante conmovedor cuando el niño intuye que hay algo más interesante que el movimiento en sí y destripa el cacharro en busca del mecanismo.
¿Se puede hacer lo mismo con el azar? En algunos pasajes privilegiados de la obra de Auster, el azar cambia su función de hilo conductor por la de objeto de culto. El legítimo entretenimiento por las hábiles tramas da paso a un acontecimiento que el lector, sin saber muy bien cómo ni por qué, percibe como más trascendente. En un auténtico acto revolucionario, el ser humano atrapa las leyes del universo al vislumbrar la presencia de lo sagrado.

Uno de los más bellos ejemplos de estos momentos lo protagoniza Auggie, el estanquero de Smoke, al que Auster coloca de guardia en su esquina de Brooklyn para que, como un brujo posmoderno, la fotografíe todos los días, a la misma hora. Serio, hierático, con el ademán solemne de los sacerdotes ante el ara, Auggie cita al azar como a un toro bravo, imprevisible y magnífico. Y el azar embiste, y la historia vuelve a fluir.
Otro de estos chispazos deslumbrantes aparece, con otro registro, en uno de los ensayos recogidos en The Art of Hunger. Allí, entre una multitud de poetas consagrados surge la enigmática figura de Philippe Petit, cuya mención podría parecer una frivolidad. Aunque Auster consiguió que publicara un par de obras menores, Petit se hizo famoso por sus ejercicios de funambulismo, en el sentido literal de la palabra. Un buen día ató una cuerda entre las torres de la catedral de Notre Dame y caminó por el aire para asombro de los viandantes. Acabó en la cárcel, por supuesto, pero volvió a la carga una y otra vez, siempre en escenarios grandiosos, el vértigo como testigo.
Su proeza más célebre, tal vez por el carácter simbólico que tomaría después, fue el paseo entre las Torres Gemelas de Nueva York. Mientras procedía a la inevitable detención, un policía le preguntó por qué lo hacía. «Para que vuelvan a mirar al cielo», respondió Petit. No, la inclusión de Petit en cualquier nómina de poetas no es una excentricidad.
Qué motivación más alta para un poeta que provocar que sus lectores miren al cielo. Aunque para eso hay que subir ahí arriba. Auster se sabe mortal y, por tanto, con plomo en las alas. Pero es un tipo inteligente y observador: todo es cuestión de perspectiva. Si es cierto que mientras más subes más alta será la caída, ¿por qué no invertir el movimiento?

Los protagonistas de sus novelas son perdedores, gente que, tras un golpe del destino, sufre hasta perder el sentido de su vida… hasta que el azar vuelve a brindarles una oportunidad, como si la música del universo quisiera devolverles el paso que perdieron.
En El libro de las ilusiones, posiblemente su mejor novela, un profesor de literatura pierde a su mujer y su hijo en un accidente de avión y vive seis meses «en una niebla alcohólica de dolor y lástima de mí mismo», hasta que una película muda vista en el televisor le da un extraño motivo para vivir: tiene que encontrar al desaparecido autor de la película.
Más allá de los paralelismos con la vida del autor, prolijamente tratado por los especialistas, lo interesante del esquema está en la ilusión que crea un hombre abatido en un sillón, lastrado por las imágenes sin sentido de su derrota, al incorporarse como un resorte ante una nueva oportunidad de vivir.
Su último libro, Brooklyn Follies, es para muchos una novela menor. Sin embargo, ilustra bien el carácter benéfico de sus mecanismos literarios, lo saludable de su lectura. La novela arranca con su protagonista, Nathan, absolutamente derrotado: «Estaba buscando un sitio tranquilo para morir. Alguien me recomendó Brooklyn». Sin embargo, Nathan encuentra allí justo lo contrario, un motivo para vivir: amigos, familia, el amor…

Un final feliz, en definitiva, en este caso concreto incluso un tanto almibarado. Pero ése es un dato de escasa importancia: lo vital, como subraya Auster con su forma de narrar, no es la salvación final de Nathan, sino el proceso que ha tenido que seguir para ello. Otra vez el lenguaje, la estructura, como contenido. La posibilidad de que algo suceda mueve a la esperanza.
Y en ese sentido Brooklyn Follies da una prodigiosa vuelta de tuerca al hacer coincidir su happy end con el hecho infausto por excelencia para la sociedad occidental del siglo XXI: el 11-S. Nathan cuenta que las torres gemelas estaban a punto de caer, pero en aquel justo momento… «yo era feliz». El mismo Nathan que trescientas páginas antes buscaba un sitio para morir.
Paul Auster anticipa el inicio de miles de historias dolorosas, de reveses del destino, pero muestra también el remedio, la otra cara de la moneda. Todo ese dolor tiene sentido, porque de él van a nacer miles de historias: la música volverá a sonar. Lo único que hace falta es tiempo, el combustible del devenir, el artilugio mágico que nos hace ser libres constantemente, pese a todo, una vez más…
«El final de mis libros es algo que se abre a otra cosa, una cosa nueva. Se abre al episodio siguiente, a un paso que no aparece en el libro pero el libro sugiere. Un paso de un libro o un paso de la vida: es lo mismo. Si el personaje no está muerto, su vida continúa». Por eso seguimos escuchando siempre, con la esperanza de escuchar esa música maravillosa, intuyendo al compositor que hace de nuestra fragilidad armonía.
Imagen de cabecera: motivo de la cubierta de «Ciudad de cristal» publicada por Anagrama. Editada en canva.com.