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La estancia castellana de Jiménez Lozano

Es media tarde cuando llego a Alcazarén, los dos palacios, el pueblo castellano en el que vive don José. Es tierra de mudéjar, de torres con arcos de ladrillos, de horizontes limpios en los que se ve el vuelo lento y pesado de la avutarda. Es tierra de pueblos que aún conservan viejos recuerdos de judíos, de moros, de cristianos conviviendo en los mercados de Olmedo, de Arévalo, de la no muy lejana Medina del Campo. Tierras que conocieron la infancia de aquel mudejarillo de Fontiveros y que aún hoy ven pasar por sus calles a ancianas vestidas con la almafada. Don José vive en Alcazarén como un eremita, como un morabito, en un oasis en el que las palmeras se hubieran metamorfoseado en libros.

Unos chopos desnudos nos señalan su casa en las afueras del pueblo. En la puerta un cave canem y enseguida la sonrisa del escritor que nos invita a pasar a su despacho. Pero antes recorremos el jardín, el hortus clausus en el que el escritor me va señalando los nombres de las plantas que vamos viendo en nuestro paseo. Tiene siempre un hortus mucho de femenino, de mano de mujer, de mirada escondida en la sombra y, como él mismo dice en su Guía espiritual de Castilla, tiene el jardín y el claustro con sombra y agua mucho de paraíso para el castellano que vive el estío ardiente de estas tierras. En la tapia un azulejo con un poema de Emily Dickinson:

Si no estuviera viva
Cuando los petirrojos vuelvan,
Al de la corbata roja,
Dadle una miga en recuerdo.

Los pájaros son una constante, como seres delicados, desvalidos ante la fuerza de la naturaleza, evangélicos testigos de la providencia divina, en la obra de nuestro escritor.

«Un ala de un gorrioncillo, rota, pone en cuestión a Dios», nos dice en Pájaros, su libro de poemas dedicado a las aves del cielo.
Junto al azulejo de la poetisa americana otro de Safo. Ambos están en la tapia vigilando las lluvias, los soles, las nieblas, poniendo hitos de poesía. La presencia del mundo clásico en la obra y en la vida del escritor abulense constituye la base de su ser más íntimo, de sus adentros. Lector apasionado de la literatura clásica, me confiesa su devoción por Horacio, de quien traduce unas odas, como «ejercicio literario» antes de ponerse a escribir.

Pero ya nos acercamos a la casa. En la puerta, la cortina típica de los pueblos castellanos; la cortina que defendía el interior del calor, de la luz, del polvo, de las miradas indiscretas. Por el pasillo, solado con baldosas rojas pintadas de almazarrón, llegamos hasta el despacho. Es el despacho austero de un castellano viejo en el que los libros son protagonistas absolutos: libros en los estantes de la biblioteca, libros sobre su mesa de trabajo compartiendo espacio con un rimero de periódicos franceses e ingleses, con la polifonía de Victoria o con las armonías de Sisask. Es un «Petit Port Royal» en tierras de Valladolid Me cuenta que nació en Langa, un pueblecito de La Moraña de horizontes muy parecidos a los que se ven desde donde estamos; que estudió Derecho y Filosofía y Letras y que tuvo desde edad muy temprana una gran afición por la lectura. Es ante todo, creo que incluso antes que escritor, un fabuloso lector que ha aprendido bien sus latines y ese gran conocimiento de la literatura universal trasuda en su obra. Hablamos de los filósofos que más le han influido, de sus gentlemen and friends, con los que charla, a quienes consulta, en quienes busca consuelo. Visión muy quevedesca de dialogar con los muertos. Me señala los estantes abarrotados de su biblioteca; en uno de ellos, las obras completas de Kierkegaard y Pascal. De esa obra completa del pensador francés, arranca el interés de don José por el jansenismo y de ese interés por el jansenismo, la que para mí es su mejor novela, Historia de un otoño.

Unos rayos de sol se cuelan por entre las nubes y llegan hasta el jardín invernal. Hay un gorrioncillo en el jardín, quizás aquel pájaro-maestro que posado en el muladar o en el tejado le enseñó a nuestro escritor la humildad de las aves del cielo.
Cuando leo a este hombre menudo, de ojos claros un tanto pícaros y burlones, dotado de una exquisita sensibilidad, creo que ante todo es un poeta. Tiene la sensibilidad de un poeta y la aplica luego con esmero y con sabiduría a los distintos géneros que toca. Me lleva fuera, a una casa aneja que ha dedicado para biblioteca. Allí me señala una buena colección de poetas ingleses: William Wordsworth, Tennyson, Lionel Johnson, Donne y tantos otros que le han ido acompañando a lo largo de su vida. Le comento que en su obra poética (es autor de varios libros de poemas: Tantas devastaciones, Un fulgor tan breve, El tiempo de Eurídice, Pájaros y Elegías menores) hay esa sensibilidad por la naturaleza que me parece propia del «haiku» japonés. Mientras le digo esto y veo por las ventanas los brotes en los lilos en el jardín, se me viene al recuerdo otro poemilla suyo:

Las destruidas lilas
por el hielo de abril.
Una hermosura menos
en el mundo.

Pero me refuta diciéndome que también aparece esta sensibilidad por la naturaleza en otros poetas y no sólo desde el romanticismo. Ya Virgilio se emocionaba y nos emociona con un atardecer en sus bucólicas: «Y ya los tejados de las cortijos a lo lejos humean / y cada vez mayores las sombras descienden de los altos montes».

«La sensibilidad no es patrimonio de ninguna cultura sino patrimonio del que se acerca a ella, del que la vive en su alma». Creo que tiene razón.

Seguimos este recorrido mágico que estamos haciendo por la biblioteca del autor y llegamos a la estantería en la que se guardan sus obras. Pasa en silencio ante ellas; no es hombre dado a la autocomplacencia sino más bien un luchador del lenguaje, un orfebre que trabaja su prosa y su verso, que la deja reposar y que al cabo del tiempo le aplica aquello de Pasternak que a él tanto le gusta y que me repite ante sus libros: «De lo que escribimos sólo debe perdurar aquello que al releerlo nos parece ajeno»

Pero en esta estantería están novelas espléndidas: Las sandalias de plata, con su Blas Civicos; Duelo en la casa grande, una novela sobre tiempos recios; Los lobeznos, con las luchas y las ambiciones de los políticos; Ronda de noche, Los compañeros o Un hombre en la raya. No puedo por menos que repetirle que mi novela favorita es Historia de un otoño, que la aventura de aquellas monjas frente al poder de Luis XIV me pareció apasionante cuando la leí una tarde de julio a la sombra de la puerta de San Sebastián en Rioseco.

También están aquí sus narraciones breves. Es buen escritor Jiménez Lozano en distancias cortas. Como cuentista encontramos un buen puñado de libros que nos revelan a uno de los grandes maestros del cuento en castellano en la última mitad del siglo veinte a la altura de Aldecoa, de Medardo Fraile o de Meliano Peraile. Cuentos con personajes vivos, con vidas que se nos quedan grabadas. Así, en El grano de maíz rojo o El cogedor de acianos. Siempre me ha parecido que aquí está lo mejor del autor, lo más atrayente, lo que más perdurará. Y junto a los cuentos esos libros difícilmente clasificables pero que para mí son también lo mejor del autor: Un dedo en los labios, en el que el autor penetra de una manera espléndida en la psicología femenina; Parábolas y circunloquios de Rabí Isaac Ben Yehuda (1325- 1402), un libro del que me cuenta que recibió la crítica airada de un profesor norteamericano que le reprochaba la falta de rigor histórico con un personaje de ficción, y El mudejarillo, el acercamiento más hermoso a otro de sus autores de referencia: San Juan de la Cruz.

Volvemos a su despacho. Aprovecho para preguntarle por su labor como periodista en El Norte de Castilla, en donde coincidió con otros dos premios Cervantes: Miguel Delibes y Francisco Umbral. Hablamos de mil cosas. Me recomienda lecturas como el que habla de viejos amigos. Le haré caso. En cada visita a su casa lleno mis alforjas de nuevas lecturas y nunca quedo defraudado. Escuchamos el Gloria Patri de Sisask casi con veneración, pero el tiempo, aun entre armonías divinas, pasa y es hora de marchar.
Salimos de nuevo al hortus. La tarde es hermosa en esta tierra de Alcazarén, un pueblo en donde aún es el gallo el que señala los amaneceres. El sol poniente juega en los arcos de ladrillo de la torre mudéjar. Un perro que había pasado la tarde al sol junto a unas tapias de adobe entra en el corral por un portalón de madera que ya está algo desvencijado, algo achacoso de tantas heladas y tantos estíos. Anochece cuando salimos del pueblo. A lo lejos la luna cuelga sobre las cotarras de Mojados como en un haiku de Kobayashi. Queda don José en su despacho leyendo, pensando en el próximo artículo para una tercera de ABC o para El Norte de Castilla; pensando en su mundo —que es un poco el mío— de ronqueras e inquisiciones, de petirrojos y mudejarillos, de lobeznos y granos de maíz rojo. Para alumbrarse —para alumbrarnos— ha dejado encendida la luz de una candela.

No corre prisa, pero es urgente: Así mandaba Antonio Fontán

Aún no habíamos terminado de sentarnos «a manteles» en el discreto reservado de «El Puchero» de la madrileña calle de Larra —punto de encuentro de alguno de los artífices de la transición, tal y como reza el azulejo conmemorativo que lo recuerda— cuando ya Antonio Fontán, tres días antes de recibir el inesperado ataque a su grandísimo corazón, empezaba a dar instrucciones: «Lo que os voy a decir no corre prisa, pero es urgente».

Por supuesto que hablábamos de su querido diario Madrid y de la fundación que lleva el nombre de aquella apasionante aventura de hace nada más que treinta y nueve años. Fontán nos hablaba a sus colaboradores de la inquietud que sentía y qué debíamos hacer para solucionar los temas institucionales pendientes. De alguna manera, me parece ahora, sólo tres meses después, intuía la urgencia —quién lo podía pensar en aquel instante—, de sentar bases seguras para poder pensar en el futuro, en nuevos proyectos e ideas, en la ilusión porque la Fundación Diario Madrid entrase de lleno en el compromiso, ya iniciado hace años, de contribuir a la mayor dignificación de la profesión periodística y en transmitir a las nuevas generaciones de profesionales lo que significó el espíritu y el ejemplo de pluralidad, libertad e independencia que confluyeron en el tiempo que a él le gustaba definir como los cinco años del «Madrid independiente» (1966-1971), bajo su dirección.

Antonio Fontán, en Nueva Revista, en marzo de 2007. Foto de Jesús Maqueda

Seguro que Antonio Fontán había dado vueltas a lo largo de aquella mañana al mensaje, al mandato, que nos quería transmitir, con su peculiar manera de mandar. Sabía cómo hacer partícipes de un proyecto a los numerosos equipos profesionales que dirigió. Con ese carácter lo conocimos cuando llegó al diario Madrid, en el año 1966, y así ha seguido en su larga vida de responsabilidades políticas, universitarias y periodísticas. En el transcurso del almuerzo, entre mis notas de trabajo, anoté su frase: «No prisa, sí urgencia». Sin duda, no lo podría haber expresado más sencillamente ni mejor, para que impulsáramos nuestros quehaceres. Ha sido emocionante encontrar ahora esa anotación entre mis cuartillas. Antonio Fontán tenía —suaviter in modo, fortiter in re— esa virtud de la determinación que Stefan Zweig atribuye a Cicerón en sus Momentos estelares de la humanidad: «En medio de la confusión general Cicerón se revela como el único capaz de mostrar determinación». Y a Cicerón, uno de los personajes más queridos, estudiados y traducidos por Fontán, lo considera «como espíritu libre para quien servir a una dictadura está por debajo de su dignidad y de su honor».

Sabía dirigir. Así lo percibí en aquellos primeros encuentros de 1966 en el Madrid. Yo había llegado al periódico pocos meses antes, convocado por Pedro Crespo García («Harpo», después en ABC y en Tiempo Nuevo) para hacer, como colaboradores, unas páginas semanales destinadas al mundo de la educación, tema que luego sería uno de los ejes informativos y de opinión del periódico. Me pidió que continuara haciendo mi trabajo y que me incorporase al nuevo equipo que empezaba a formarse.

Enseguida me contó su proyecto: teníamos que conseguir que la educación, con mayúsculas, empezase a ser importante en España. El objetivo: que la hasta entonces escasa dotación del Ministerio de Educación pasase a la cabeza de los Presupuestos Generales del Estado. Ese sería el primer indicio del cambio de mentalidad hacia la democracia en España. Es fácil entender lo que un joven periodista, en el inicio de su carrera, experimentó al sentirse partícipe del sueño de un director «de los de entonces».

El Gobierno (Franco, Carrero Blanco, Fraga, Sánchez Bella…) multó y acabó cerrando el Madrid con un pretexto legal, porque no admitía que allí se estuviera gestando «el prólogo del cambio» que pronto habría de llegar. No toleraba su línea editorial, ni los artículos con firma, ni el ejercicio de la libertad de expresión, ni los chistes de Chumy Chúmez, ni el nacimiento de su pionera Sociedad de Redactores…, ni nada. Y cada cual emigró a nuevas tareas. Fontán a la política, como se cuenta en estas mismas páginas y tanto se ha escrito tras su fallecimiento. Otros, allá donde fue posible, pese al estigma que cayó sobre casi todos los que trabajaron en el Madrid y que no fueron «amnistiados» hasta la llegada de la democracia.

El reencuentro profesional, porque el vínculo de amistad siempre se mantuvo, llegó hace veinte años con la fundación de Nueva Revista de Política, Cultura y Arte y la participación de redactores del Madrid en su consejo editorial. Después, hace diez años, de nuevo con la llamada del diario Madrid. Había que relanzar la Fundación Rafael Calvo Serer, hoy Fundación Diario Madrid, de la que Fontán fue nombrado presidente, que quería recoger el testigo del periódico. En esa tarea nos volvimos a unir. Y comenzamos a colaborar antiguos accionistas, redactores, colaboradores y trabajadores del periódico. «Parece increíble, quién nos iba a decir que casi cuarenta años después se sigue hablando del Madrid y que aquí estamos los mismos, en la calle Larra, en el edificio donde nació El Sol hace noventa años», nos decía Fontán al patronato de la fundación hace sólo unos meses, mientras miraba la reproducción de la última portada del Madrid del 25 de noviembre de 1971, con el histórico «Adiós» en la columna de salida de la primera página, que él firmó. En definitiva, el diario Madrid fue realidad y símbolo de una época, como tituló Carlos Barrera su tesis doctoral.

«Quién no recuerda —escribió en «ABC de las Letras» (18-10-08) Luis Alberto de Cuenca, en su crítica al libro de Fontán Príncipes y humanistas— su etapa como director del diario Madrid en una época en que ese periódico se erigió en portavoz de la futura democracia y pagó un alto precio por ello. Fue en sus páginas donde me inicié, a los dieciocho años recién cumplidos, en la crítica literaria, y fue en su sede donde estreché por vez primera la mano de don Antonio». El testimonio de la trayectoria periodística de Antonio Fontán queda recogido en el texto del profesor Barrera en estas mismas páginas, pero sí hay que decir que en los últimos veinte años el profesor, político y periodista Antonio Fontán compartió sus estudios y publicaciones sobre los clásicos, también recogidos en estas páginas por la profesora Virginia Bonmatí, con actividades en la empresa periodística, entre otras, Nueva Revista; con la Fundación Diálogos (en el último año); con la Asociación de la Prensa de Madrid y la Federación de Asociaciones de Periodistas de España (FAPE) como presidente de la Comisión de Quejas y Deontología y, desde luego, muy especialmente, como presidente de la Fundación Calvo Serer, del consejo de administración de la mercantil Madrid, Diario de la Noche, S.A., y de la Fundación Diario Madrid.

El profesor Manuel Núñez Encabo, catedrático de la Facultad de Ciencias de la Información de la Universidad Complutense y vicepresidente de la citada comisión de la FAPE, ha escrito que Antonio Fontán representa un hito en la historia del periodismo. «Ser periodista es el hilo conductor y permanente de su personalidad polifacética. Esta Comisión que puso en marcha el presidente de la APM y de la FAPE, Fernando González Urbaneja —continúa Núñez Encabo—, ha demostrado que el ejercicio de la profesión periodística es compatible con la libertad de expresión de los emisores-periodistas y medios de comunicación y el derecho a la información veraz y los derechos fundamentales de los emisores-ciudadanos. La comisión ha mantenido el más alto rigor en sus actuaciones debido a la sabia presidencia de Antonio Fontán, que regía sus actuaciones bajo el principio básico que a veces comentábamos del timeo hominem unius libri, con ese compromiso prioritario de la lealtad institucional al servicio de la comisión, en el marco de la FAPE. El magisterio de Fontán debe ser el mejor ejemplo para seguir recorriendo el camino de los nuevos retos del periodismo multimedia en la nueva etapa ya comenzada de la convergencia entre telecomunicaciones, prensa, audiovisual e Internet».

También tienen el sello de Antonio Fontán las múltiples actividades desarrolladas por la Fundación Diario Madrid, comprometida como antes se cita con el ejemplo de dignidad que representó el Madrid. A las iniciativas para el mejor desarrollo y estímulo de los profesionales de la comunicación corresponden las varias exposiciones de foto- grafía de conocidos profesionales, algunas de ellas sacadas del propio archivo gráfico de la fundación («Madrid al paso»), procedente de los fondos de El Heraldo de Madrid, el diario Madrid y otras colecciones recientemente incorporadas y que suman cerca de doscientas mil imágenes, todas ellas ya catalogadas, digitalizadas y en proceso de comercialización.

En el centro, Antonio Fontán con Ricardo Rodrigo, presidente del Grupo RBA Editores, y el ministro de Educación, Ángel Gabilondo, en el último acto público en el que Antonio Fontán participó en la Fundación Diario Madrid, para la presentación de la Colección Grandes Pensadores (28-10-09)

Del mismo modo, y en varios casos con la valiosa colaboración de Miguel Ángel Aguilar desde la Asociación de Periodistas Europeos, Antonio Fontán ha enriquecido con su prólogo la edición de la colección «Los libros del Madrid» Chumy Chúmez, Francisco (Cuco) Cerecedo, Moncho Goicoechea, Miguel Logroño, en preparación; las exposiciones de las caricaturas de Onésimo I. Anciones para las entrevistas del semanario Tiempo, que firmaron Carlos Luis Álvarez (Cándido) y Nativel Preciado; de Primeras Páginas (100 portadas históricas) de Josep Bosch; las fotografías periodísticas de Cuco Cerecedo (Francisco Cerecedo en su XXV aniversario); de Enrique Cano sobre la transición (Personal- mente); así como de Ryszard Kapuscinski (África en la mirada); los encuentros de la Casa Árabe (Voces de Irak); presentaciones de libros sobre periodismo (Cuatro siglos de periodismo en España de Mari Cruz Seoane y María Dolores Saiz); Cuadernos del Madrid, publicación sobre medios de comunicación y la presentación de la Colección Grandes Pensadores (RBA Editores / Editorial Gredos), que hizo recordar a Antonio Fontán ante el ministro Ángel Gabilondo, que hacía sesenta años que había publicado sus primeros estudios y traducciones de los clásicos en la Editorial Gredos. Precisamente esta fue su última comparecencia en un acto público en la fundación.

Dedicó igualmente toda su atención y buen hacer a la colaboración con las actividades de la Asociación para la Defensa de la Transición y a la cátedra de la Transición de la Universidad Europea de Madrid. También a los Premios de Periodismo Rafael Calvo Serer que otorga la Fundación Diario Madrid y que cuentan en su nómina con personalidades como Hugh Thomas, Francisco Pinto Balsemao, Guillermo Luca de Tena, Carlos Sentís, José Javier Uranga, Ángel Arnedo, Manuel Fernández Areal, Ricardo Estarriol y Andrés Romero. Y este año, en su novena edición, el periodista y escritor francés Philippe Nourry, autor de las biografías Francisco Franco, la conquista del poder, Juan Carlos, un rey para los republicanos y La novela de Madrid recientemente publicada por Planeta. Nourry prepara ahora una «Historia de España». El acta del jurado del premio, que dejó firmada Antonio Fontán, anuncia que se entregará en la próxima primavera. Él habría deseado ser anfitrión de este acto y acompañar al periodista Nourry, excepcional cronista de la transición española. Entre las personalidades encargadas de la solemne entrega de los premios en el aula de actos de la sede de la fundación, han figurado los Príncipes de Asturias, los duques de Soria, la infanta doña Pilar, Esperanza Aguirre y José María Aznar. Políticos de todas las tendencias, empresarios, periodistas, universitarios y el más amplio espectro del mundo de la cultura se han dado cita cada año en estos premios.

Han sido muchas sus iniciativas, con el apoyo de un patronato que ha sabido dar rumbo al espíritu del Madrid y cuyos miembros se proponen mantener e impulsar en esta nueva etapa en la que desde el afecto al amigo y el respeto al profesional nos sentimos un tanto huérfanos, pero ilusionados por el futuro y continuadores de su esfuerzo. De este propósito son buena prueba las actividades que Antonio Fontán dejó en el telar y que pronto irán viendo la luz. Entre ellas los protocolos de colaboración con la Universidad de Alcalá de Henares (con la exposición de viñetas en la prensa internacional «La letra con humor entra»), con el Instituto de la Lengua Castellano y Leonés y el seminario de la Fundación Iberoamérica Europa sobre «El rol de los think tanks en América Latina».

La conquista del espacio público. Mujeres españolas en la universidad

En la colección de estudios sobre la mujer de Minerva Ediciones aparece este trabajo científico, que tiene como presupuesto la idea de que la conquista del espacio público por parte de la mujer va unida a su incorporación a los estudios universitarios. Sólo a partir del año 1910 se permite a la mujer que se matricule como alumna oficial en las universidades. En el año 1936 dio comienzo la guerra civil española, de ahí la delimitación temporal que se hace para el estudio.

En el capítulo primero (pp. 35-58), la autora analiza cuál era la situación de las mujeres españolas en el periodo inmediatamente anterior a que se le permitiera la matricula oficial (es decir, entre 1871 y 1910), y se compara esa situación con la que existía en Estados Unidos y en otros países europeos. El capítulo segundo (pp. 59-110), titulado «La experiencia residencial» (1910-1920), coloca al lector en la situación de la universidad española en 1910, para luego exponer los aspectos centrales de la Residencia de la Institución Teresiana en Madrid y de la Residencia de Señoritas de la Institución Libre de Enseñanza. A la presencia de las universitarias españolas en seis ámbitos profesionales (Filosofía y Letras, Farmacia, Ciencias, Medicina, Derecho y Carreras técnicas) en la década de los años veinte se dedica el capítulo tercero (pp. 111-138). Tal vez sea con la lectura del capítulo cuarto (pp. 139-186) —«La mujer universitaria ante las dos Españas (1920-1931)»— cuando el lector se sitúe mejor en que la mujer real —no la entelequia teórica de quienes se ocupaban de reflexionar sobre ella— universitaria era un fenómeno muy minoritario cualquiera que fuese su orientación política. Las mujeres universitarias, provenientes de cualquiera de las dos Españas, pertenecían al mismo segmento social, y ambas eran objeto del mismo temor por parte de la sociedad, y especialmente de los varones. Resulta igualmente muy interesante en este capítulo la aportación social, cultural y académica llevada a cabo por la Junta para Ampliación de Estudios con respecto a la Residencia de Señoritas. El capítulo quinto (pp. 187-218) analiza la evolución de las carreras profesionales de las mujeres con estudios universitarios. De este capítulo, me parece de especial interés el apartado dedicado al sufragio femenino y los posicionamientos de las Residencias femeninas (la de Señoritas y las Residencias de las Teresianas) ante la República. Por último, el Anexo de las pp. 229-282 contiene un elenco de las mujeres universitarias con relevancia en la vida pública española en el periodo comprendido entre 1910 y 1936.

España fue uno de los últimos países del ámbito occidental en admitir a las mujeres en el espacio de educación superior, más tarde incluso que el imperio alemán o el imperio zarista. Muy interesantes son los estudios comparativos de la presencia femenina en las aulas universitarias con respecto a la presencia de varones, por décadas y por carreras (pp. 111-114). Las facultades que mayor presencia de mujeres tienen son las de Farmacia y Filosofía y Letras. Para algunos personajes de la época la Farmacia era considerada como una forma superior de cocina, y la Facultad de Filosofía y Letras permitía a las mujeres dedicarse a la enseñanza, continuación de su tarea de educar a los hijos. A comienzo de los años treinta sólo el 6% del alumnado universitario español era femenino.

Tanto las corrientes de inspiración laicista como las de inspiración católica quisieron apoyar la incorporación de la mujer a la universidad y a la vida pública como algo bueno en sí mismo, y a la vez, como un instrumento al servicio de sus fines: la regeneración de la sociedad española. Se creía que sólo la educación podía regenerar a España y sacarla de su postración. Desde el ámbito liberal, se pensaba que sobre el varón pesaban todavía demasiado los viejos resabios de educación tradicional, debido a la influencia que sobre él ejerce la mujer. Era necesaria, pues, la formación de la mujer para el arraigo más firme de las ideas liberales en la sociedad. Desde la Institución Teresiana, se pretendía formar maestras laicas, para ocupar puestos oficiales en las estructuras estatales. Había que darles una sólida preparación científica y cristiana, para que desde sus puestos pudieran impregnar la sociedad del espíritu cristiano. Tanto unas como otras, tuvieron dificultades: la Residencia de Señoritas contó siempre con menos medios que la de varones (la Residencia de Estudiantes), y su posición en el organigrama general de la Institución Libre de Enseñanza fue secundaria respecto a aquélla. En el ambiente católico, la pretensión de formar a las mujeres en estudios universitarios se veía como
mujeres españolas en la universidad (1910-1936) un peligro, que debilitaría la piedad femenina. Que el matrimonio, la maternidad y la educación de los hijos era la función esencial de la mujer constituía una nota común para los integrantes de las dos Españas; nadie pensaba que el matrimonio, la paternidad y la educación de los hijos era a la par una tarea del varón. Las grandes mujeres universitarias de la época fueron solteras (Campoamor, Maeztu) o casadas sin hijos, como María Zambrano. Y las que tenían una carrera prometedora, ésta quedó estancada después del matrimonio, también para aquellas que habían sido formadas en los ambientes de la Institución Libre de Enseñanza (por ejemplo, Dorotea Barnés).

Se trata de un estudio muy bien documentado —a la autora le preocupa especialmente el rigor en las fuentes consultadas, y que las afirmaciones que se hacen a lo largo del libro no sean fruto de ideas preconcebidas, sino la consecuencia lógica de los datos contrastados— y de una lectura amena. Sin negar la existencia de las dos Españas, antes bien al contrario, mostrando cómo esas dos Españas actúan en el tema objeto de su estudio a través de la Residencia de la Institución Teresiana y de la Residencia de Señoritas de la Institución Libre de Enseñanza, el trabajo no ha caído en la presentación de un relato de «buenos» y «malos», como suele ser frecuente en estos casos. Con citas fundadas se muestra al lector tanto los prejuicios recíprocos que tenían ambas, como los elementos de entendimiento entre ellas. María de Maeztu y Carmen Cuesta, directora de la Residencia de Señoritas y de la de la Institución Teresiana, respectivamente, se apreciaban mutuamente e intentaban convencerse de sus ideas la una a la otra. Las dos instituciones pretendieron la formación de la mujer en las aulas universitarias como una vía para influir más eficazmente en la sociedad. Superior relevancia pública tuvo la Residencia de Señoritas, sin que ello permita olvidar que la presencia de la mujer en la universidad era un fenómeno absolutamente minoritario.

El agrio debate sobre el derecho femenino al sufragio—Clara Campoamor luchó por ello, y lo consiguió; las otras dos diputadas del parlamento en 1931, Victoria Kent y Margarita Nelken, votaron en contra— puso de manifiesto el miedo que se tenía a que el voto de las mujeres pusiera en peligro al régimen republicano.

Se nota que el trabajo ha sido concebido en el contexto americano, y que las fuentes no españolas consultadas son de lengua inglesa. En este sentido, se echa en falta alguna referencia, siquiera sea breve, a Edith Stein, cuando se habla de la conquista del derecho de sufragio femenino, pues como es sabido esta mujer fue una de las activistas para la conquista de este derecho en Prusia. Ella misma fue víctima de la discriminación, porque no pudo llegar a obtener una cátedra universitaria en una facultad de Filosofía, precisamente porque no estaba permitido ocupar ese puesto a una mujer.

Como la autora muestra en la introducción, este trabajo viene a llenar una laguna que existía hasta ahora en la bibliografía sobre estos temas. Por ello, y por su rigor y objetividad, nos parece que es una obra de obligada consulta para cualquier persona que pretenda conocer a fondo esta temática. A cualquier lector aportará en todo caso una buena cantidad de información bien estructurada y documentada.

La conquista del espacio público. Mujeres españolas en la universidad (1910-1936) Mercedes Montero Minerva Ediciones, Madrid, 2009, 282 pp.

Joseph Pearce: un converso entre conversos

Chesterton, Tolkien, Newman —sobre todo Newman, como padre espiritual de varias generaciones de conversos— no son solo los nombres de los personajes biografiados por Joseph Pearce, sino también las señales luminosas que han guiado su conversión. Tal vez por ello, en las exhaustivas biografías que ha escrito se percibe tanta emoción y tanto agradecimiento, casi podría decirse que veneración, por quienes, como él, se han acercado a la fe y a una visión gozosa y optimista de la vida. Porque, como tantos otros, Pearce abandonó lo que, en sus palabras, era «un infierno de odio» por el brillo y «resplandor del cristianismo».

Es difícil penetrar en el misterio de las conversiones; de hecho, Pearce lo comenta en algunos de sus libros y la lectura de sus textos lo demuestra. Es inútil intentar analizar cómo se encuentra o llega la fe, buscar las razones de una transformación tan íntima como sobrenatural. ¿Cómo es posible que el joven Pearce, un adolescente atribulado, miembro de un movimiento político xenófobo y anticatólico, cambiara radicalmente su visión del mundo? Nacido en 1961 en un barrio pobre y conflictivo de Londres, su juventud fue bastante convulsa y estuvo marcada por el activismo político.

La propia realidad social que le tocó vivir le obligó a adquirir compromisos no siempre acertados. En un entorno cada vez más multirracial, con importantes cambios sociales debidos a la inmigración de los sesenta, no es de extrañar que brotara el conflicto y el enfrentamiento político. El resentimiento se concitó sobre los que eran diferentes. Protagonista de los problemas de la convivencia entre culturas, Pearce se afilió al National Front (NF), un partido de extrema derecha, enormemente combativo y virulento, que nació bajo premisas racistas y xenófobas.

Su compromiso no fue una aventura pasajera. Como él mismo explica, decidió dedicarse por completo a ese proyecto de corte revolucionario y esforzarse en lo posible por conservar la pureza cultural de su propio país.

Y destacó particularmente en el área de la propaganda: dirigió el periódico de las juventudes del NF —con un expresivo nombre, Bulldog—, editó una revista nacionalista e incluso llegó a la cúpula del partido con apenas dieciocho años.

Fueron años de amargura, de hostilidad, de odio. El resentimiento empapó la vida de Pearce y sus proyectos, como ha confesado. Y aunque la religión no fuera en un principio motivo de preocupación personal —se declaraba agnóstico—, sí que se convirtió en un elemento más de la lucha política. Desde la perspectiva de un nacionalismo algo simplista y excluyente, aquejado de un prejuicio extendido en un sector del anglicanismo, pensaba que el catolicismo era una religión extranjera y, por tanto, un enemigo a batir. Esta visión, a la que se sumaban las implicaciones del trágico conflicto irlandés, le condujo a una anticatolicismo beligerante y violento: es significativo que fuera uno de los líderes que se opusieron públicamente a una visita pastoral de Juan Pablo II.

DEL RADICALISMO A LA FE
El compromiso con la lucha política y la voluntad de cambiar las cosas, aunque fuera de forma drástica, provocó una primera transformación, al menos intelectual. Pearce era inconformista y curioso —se ha definido siempre como un amante de los libros— y parecía empeñado en ensayar una alternativa que superara esa divergencia histórica entre liberalismo y comunismo. Como críticos de ambos sistemas —es decir, equilibrados en su defensa de la justicia social— alguien le sugirió que leyera a Belloc y a Chesterton. Ese fue el resquicio que aprovechó la fe.

Con la excusa de leer opiniones políticas heterodoxas, no tuvo más remedio que encajar la defensa del catolicismo y de la doctrina social de la Iglesia que con tanta inteligencia como finura supo hacer, especialmente, Chesterton. Encontró Ortodoxia bastante razonable, por ejemplo. La visión católica de la vida comenzó a desvelarse en un veinteañero caótico pero noble. En la maraña de sus teorías se abría un horizonte de coherencia y ante las argumentaciones y el sentido común del autor de El hombre que fue jueves se cayeron como por ensalmo sus prejuicios.
Debió de dejar poso en su alma esa cosmovisión alegre, optimista, casi llegando a la ingenuidad, que propone Chesterton.

Pero su vida, como siempre, tomaba otros derroteros. En dos ocasiones tuvo que vérselas con la justicia, acusado de apología del racismo. Y fue condenado en ambas ocasiones. La experiencia de la cárcel fue para él catártica, un paso decisivo para su conversión. En la cárcel, paradójicamente, puedo encontrarse a sí mismo y reconciliarse con su existencia, sobre todo en aquellos momentos en que, por razones de seguridad, fue desplazado a la zona de aislamiento.

También fueron años de ansiedad intelectual y de un anhelo profundo de verdad; momentos de dudas, de vacilaciones, de convicciones que se resquebrajaban a la luz de otras nuevas. De Chesterton —a quien considera su Virgilio— pasó a Belloc; de la política y la economía a la fe: Lewis, Tolkien y Newman. Y tantos otros. Entonces, cuando en un momento dado los funcionarios de prisión le preguntaron por su filiación religiosa, Pearce dijo: «Soy católico». Fue su primera declaración de fe.

Hubo algo nuevo y radical que prendió en su interior, pero la conversión religiosa tiene su propio tempo. Comenzó a balbucir oraciones en la soledad de su celda, se propuso distanciarse de su pasado radical y profundizar en la fe. Al salir de prisión, en 1986, rompió con todos esos lazos que le unían al extremismo —y que, por otro lado, era todo lo que tenía— y comenzó un nuevo itinerario vital, más modesto y reflexivo. Comenzó a ir a misa, a hablar asiduamente con un sacerdote; cambió de ambiente, de ciudad. Y finalmente, después de un largo tiempo de preparación, fue admitido en la Iglesia católica en 1989.

CATOLICISMO Y ESPERANZA
Su propia experiencia y su carácter inquieto, sin embargo, le han llevado a reflexionar sobre las vidas de aquellas personas que influyeron en su propio proceso de conversión. Un converso se interesa por otros conversos, explica. Tras varios años de investigación, en 1996 apareció su biografía sobre Chesterton, que tuvo bastante resonancia en los medios de comunicación. Después vinieron los estudios históricos y literarios sobre Tolkien, Solzhenitsyn, Belloc y C. S. Lewis, entre otros. Ahora bien, sería erróneo suponer que la intención de Pearce es meramente literaria o intelectual; busca, sobre todo, descubrir las similitudes entre el contexto en el que vivieron estos autores y el mundo actual.

Porque si algo une a todos estos escritores no es exclusivamente la calidad y el brillo de su literatura, sino el intento de salvar algunas certezas en las épocas de mayor confusión y desconsuelo. Todos ellos, aunque quizá involuntariamente, fueron miembros de un movimiento literario que no ocultaba su finalidad espiritual. Puede decirse que encontraron lo que buscaban en la fe aunque tenían —y esto es lo más fascinante— diversos orígenes: anglicanos, ateos y agnósticos. Fueron los nuevos heraldos de la cultura cristiana y se convirtieron para millones de lectores —también para los de hoy— en una suerte de refugio espiritual en un contexto social y político descreído. En cualquier caso, Pe- arce no se ha quedado en el mero descubrimiento: su pro- pósito es destacar cómo los grandes de la literatura anglosajona del siglo pasado (Waugh, Lewis, Tolkien, el mismo Chesterton) utilizaron la magia de su prosa para proponer a sus coetáneos una perspectiva más esperanzadora fundada en la trascendencia.

En esa tesitura se encuentra ahora el propio Pearce. Desde su residencia en Florida, como profesor y escritor, propone una apología del catolicismo comprometido en las luchas de hoy: el consumismo, el aborto, la pobreza, la justicia social, el laicismo, etc. En este sentido, sostiene que ser católico es ahora lo más extraño y chocante, un escándalo para un mundo fuertemente secularizado. El catolicismo, a su juicio, es una buena opción para hacer frente a los desafíos que se le presentan al hombre contemporáneo, constituyendo una alternativa seria y razonable al posmodernismo superficial de nuestro tiempo.

En todos sus ensayos late una idea importante que en ocasiones se tiende a olvidar: la fuerza creativa de la fe, el fermento cultural que reside en la creencia religiosa. No se trata de restar importancia a la reflexión teórica ni de orillar los vínculos de la razón y la fe: Pearce ha señalado también la importancia de este asunto y recuerda el impacto que le produjo Fides et ratio. Se refiere más bien a la necesidad de promover la belleza en un mundo pesimista, como recientemente ha advertido Benedicto XVI. La belleza puede aligerar el camino hacia la razón y procurar su armonía con las creencias. Partiendo de esta idea, es fácil interpretar el curso de la Modernidad como una progresiva divergencia entre la cabeza y el corazón, lo que ha provocado el auge de un cientificismo frío e inhumano y una debilidad moral que ha dejado al hombre desnortado. Encontrar sentido a su existencia: esto es lo que necesita el hombre de hoy, según Pearce, y sus libros cuentan cómo muchos han buscado y encontrado esperanza en sus vidas.

UN REPASO A LAS PRINCIPALES OBRAS DE JOSEPH PEARCE
G. K. Chesterton
[Encuentro, Madrid, 2009]
«Chesterton ha sido mi Virgilio», ha comentado en alguna ocasión Joseph Pearce. Este libro puede ser considerado, desde este punto de vista, como el pago de una deuda de gratitud. Fue su primer ensayo con resonancia pública y es considerada como una de las biografías definitivas sobre el creador de El padre Brown. Publicado originalmente en 1996, Pearce manejó para elaborarlo los textos publicados de Chesterton e incluso pudo acceder a algunos que todavía permanecen inéditos. Como resultado ofrece una biografía detallada y minuciosa.

En este ensayo utilizó por primera vez una estrategia que se ha convertido ya en su propia seña de identidad: tiene en cuenta al personaje, pero busca descubrir a partir de la obra sobre todo a la persona. Por eso, Chesterton, un escritor del que especialmente se puede decir que es inseparable de sus libros, aparece también en sus contradicciones y desvelos. Se constata así que era, desde la infancia, un alma en ebullición, apasionada, y que contaba con una genialidad rápida que sabía atisbar siempre el lado bueno de la realidad. Su nobleza y sinceridad queda patente en el proceso de su conversión al catolicismo, un hecho estudiado con hondura por Pearce.

En estas páginas hay infinidad de detalles y ejemplos al respecto de cómo era este Chesterton jovial y, sobre todo, inquieto: sus relaciones familiares, el combate dialéctico y constante con quienes no pensaban como él (por ejemplo, Shaw), su vocación periodística, el proceso de creación de sus obras, el descubrimiento del amor y su matrimonio, su visión poética, los viajes por América, sus frustraciones y sufrimientos o su ingenuidad…

La intención de Pearce es resaltar algo que en la lectura de Chesterton puede pasar inadvertido: la profundidad de su visión filosófica, que emerge detrás de la confabulación de risa y lógica característica de sus obras. De otra forma, no podría explicarse la poderosa influencia que ha ejercido en la vida espiritual de muchas generaciones, empezando por C. S. Lewis que, como Pearce, reconoce que debe su fe cristiana a la lectura de El hombre eterno.

Oscar Wilde. La verdad sin máscaras
[Ciudadela, Madrid, 2006]

Oscar Wilde es el prototipo de intelectual culto, algo snob, escandalosamente frívolo y herido por la impostura que confiere un éxito demasiado temprano. Pero esa es la máscara. Un prototipo, por cierto, que ha sido fructíferamente utilizado por el movimiento homosexual, que ha convertido a este escritor brillante y polémico en un icono de su lucha. Si quitamos esa máscara, como hace Pearce, aparece una persona débil, contradictoria, voluble, pero capaz de captar siempre la belleza, como se pone de manifiesto en uno de los libros más bellos de la literatura íntima: De profundis.

En realidad, viene a decirnos Pearce, se produce una especie de esquizofrenia entre la vida y la obra de Wilde. Y las visiones que normalmente se ofrecen sobre él pecan también de dualismo: o bien es idolatrado por la cultura light como epítome de la superficialidad o bien es acusado por la mirada férrea de la intransigencia más puritana. Pearce sostiene que Wilde fue ciertamente un ser tendente al histrionismo, protagonista de algunos hechos ciertamente vergonzosos, representante del decadentismo artístico que privilegia el arte, la forma y la actitud por encima de la verdad, pero paradójicamente expresó un exquisito tacto moral y una nobleza de espíritu especialmente clara en la mayoría de sus obras. Basta con leer esa parábola de la destrucción moral que es El retrato de Dorian Gray.

El repaso por su vida constituye una aventura interesante, casi una novela que provoca sensaciones ambiguas.

Parece claro que el propio Wilde ha sido el personaje más conseguido que ha salido de su pluma. Pero, como indica Pearce, Wilde vivió en un estado de confusión interna casi permanente y fueron sus propias contradicciones las que le condenaron a la condición de paria en la que murió. En este libro se da a entender que la clave de este resquebrajamiento interior está relacionada con su negativa a convertirse al catolicismo durante su juventud. Este es el motivo principal que explica sus altibajos y la profunda hondura de sus poemas y escritos.

«El vicio supremo es la superficialidad», repite insistentemente Wilde en la carta que envió a quien fuera su amante, Alfred Douglas, desde la cárcel de Reading. La experiencia en la prisión fue reveladora, sostiene Pearce. Algo debía saber del carácter redentor y purificador del sufrimiento quien se había jactado de su hedonismo. Y como en Reading, también al final de su vida, rodeado de unos pocos fieles, pero sumido en la pobreza, Wilde supo encontrar su propia alma. Ya en el lecho de muerte, Oscar Wilde recibió el bautismo. Manteniendo casi en suspenso al lector y co- mentando algunas genialidades de Wilde, Pearce consigue desmontar todos los tópicos que se han construido sobre su persona y rescatar al hombre de su mito.

Sohlzhenitsyn. Un alma en el exilio
[Ciudadela, Madrid, 2007]

Archipiélago Gulag marcó un antes y un después en la visión que muchos occidentales tenían del imperio soviético, pero también fue un punto de inflexión en la biografía del propio Sohlzhenitsyn. Y aunque la vida de este premio Nobel es bastante conocida por quienes han leído sus es- tremecedoras obras (porque incorporan abundante material biográfico), el viaje que nos propone Pearce en este libro resulta casi como una confesión, fruto de una serie de entrevistas con el autor y de una exhaustiva recopilación de material.

Lo más interesante —aparte de la información que ofrece sobre las diferentes etapas de su vida— es conocer la trayectoria espiritual, el camino interior de un hombre descreído de todas las ideologías y profundamente religioso. Más allá de su aventura con el poder soviético, su experiencia en un campo de concentración o el intenso periodo de escritura que precedió a su obra más relevante, la semblanza que dibuja Pearce subraya que la esencia de este ruso es el exilio. Este ser con apariencia de monje ortodoxo y mirada al infinito se mueve entre la inquietud de su alma y las zozobras que atacan lo eterno.

Si hubiera que llamar la atención sobre algún rasgo de su personalidad, no erraríamos al referirnos a su independencia. Sohlzhenitsyn no se doblegó ante las excusas ideológicas, ni como mártir de un liberalismo en el que no creía, ni como defensor de un sistema que le condenó al Gulag. Por eso se empeñó en criticar cualquier concepción política que hiciera perder la relevancia de lo espiritual. Durante su etapa en Estados Unidos, por ejemplo, a la que llegaba como exiliado político, comienza también a denunciar con virulencia el consumismo y el materialismo que asolaban —y continúan asolando— este otro lado del Muro.

Sus ideas, dice Pearce, se basaban en una defensa del ser humano, reivindicando la vida moral, la existencia austera y fundada en valores, sobre las diversas lacras que le tocó vivir: egoísmo, economicismo, explotación de la naturaleza, manipulación técnica del hombre. Para Pearce, Sohlzhenitsyn es uno de los baluartes morales que sigue hablando a la humanidad a través de sus obras, incluso tras su fallecimiento, hace ahora tres años.

Shakespeare. Una investigación
[Palabra, Madrid, 2008]
«La búsqueda del auténtico Shakespeare». Pearce da a conocer en este libro al hombre de carne y hueso que se escondía detrás de uno de los escritores más brillantes de la historia. La tarea no ha sido sencilla. Además de rastrear datos e interpretar textos, ha tenido que hacer frente a la inagotable literatura que versa sobre el bardo de Avon. Para ello, según indica en un certero apéndice sobre la crítica histórica y literaria, emplea los métodos objetivos del historiador y biógrafo, sin sucumbir a los cantos de sirena de la deconstrucción literaria. No ha querido entrar en los interminables debates que ha originado la figura del dramaturgo inglés: ha pasado por alto las interpretaciones subjetivistas y los prejuicios —incluso la posibilidad de que no fuera Shakespeare quien escribía, una teoría bastante extendida y con numerosos adeptos— para guiarse en la medida de lo posible por la fuerza de los hechos.

Pues bien: Shakespeare vivió, fue quien escribió sus obras y era católico. Hay pruebas suficientes que según Pearce confirman estas afirmaciones. Shakespeare procedía de una familia de tradición católica y fue educado en un entorno fiel a la fe de Roma, bajo la tutela de profesores católicos; la simple lectura del testamento de su padre, John Shakespeare, manifiesta claramente las convicciones religiosas de su hogar. Es más, es su raigambre católica lo que margina a la familia de Shakespeare durante el reinado de Isabel I que, como es conocido, fue extremadamente lejos en su legislación anticatólica. Se codeó con católicos e incluso se sostiene que dejó Stratford y se asentó en Londres debido a la persecución religiosa. Se sabe, asimismo que su propio padre, algunos primos, e incluso su hija fueron en varias ocasiones multados por catolicismo. Es también el excesivo celo anticatólico lo que explica la falta de muchos datos relevantes para la investigación. Así, por ejemplo, del propio testamento del poeta se colige que la mayoría de los beneficiarios eran católicos y muchas menciones son de origen católico.
A partir del análisis de estos y otros acontecimientos, Pearce consigue, con la astucia del detective, ofrecer como en un mosaico las diversas vicisitudes por las que atravesó Shakespeare a lo largo de su vida y sostiene que los hechos que lo vinculan con el anglicanismo son puramente accidentales. Su trabajo, sin embargo, todavía no ha concluido. Cree que, sabiendo que Shakespeare era católico, hay que releer sus obras bajo esta nueva óptica, y por tanto se ha embarcado en el estudio de las obras shakespearianas teniendo en cuenta el enfoque religioso. Como adelanto, ofrece un interesante estudio sobre El rey Lear en el apéndice.

Escritores conversos
[Palabra, Madrid, 2009]
Es un reto para cualquier escritor sintetizar en un solo libro las vivencias espirituales y las transformaciones religiosas de una de las generaciones más brillantes de la literatura inglesa. En Escritores conversos se expone con éxito el curso de las actitudes interiores, los desvelos y las dudas. Pero también se subraya la importancia del movimiento en el contexto cultural y social de la época, combinando historia y biografía. Muchos son los protagonistas de este libro, tal vez demasiados. Sin embargo, sus caracteres heterogéneos, las particularidades de sus estilos, su diversa procedencia… todo ello se aúna de una forma magistral y permite detectar la comunión intelectual y espiritual de un grupo de escritores especialmente lúcidos y creativos.

Los personajes que desfilan por estas páginas son siempre testigos o intermediarios en esa cadena de coincidencias amistosas y de influencias recíprocas que provoca, en algunos, su conversión al catolicismo, y en otros, una seria profundización en las verdades de la fe. Junto con la habilidad literaria y artística de estos gigantes, Pearce resalta un aspecto común a todos ellos: fueron verdaderos propagadores de la fe y firmes defensores de la cultura cristiana, en un contexto de transición y guerra.

El mundo que heredaron estos escritores estaba fundado sobre la duda; proliferaban filosofías que, aunque de distinto signo, querían poner en evidencia la coherencia intelectual y moral de la fe cristiana. Pero supieron enfrentarse a todo ello con ilusión y alegría. Chesterton, Knox, Benson, Wauhg, Lewis o Tolkien, por citar a algunos de ellos, no tuvieron reparos en ofrecer una visión cristiana y esperanzadora.

En este libro, lleno de anécdotas y de vida, se pone de manifiesto la hondura y nobleza intelectual de quienes se esforzaron por defender sus convicciones. Pearce destaca en este sentido su valentía y coraje. Se descubren, por otro lado, demasiadas coincidencias con el mundo de hoy como para pensar que el propósito de Pearce es sólo una remembranza sentimental o un ejercicio de virtuosismo histórico. ¿Puede formarse hoy un movimiento de iguales características? El tiempo lo dirá.

Lo que hacen los mejores profesores universitarios

La Declaración de Bolonia de 1999, suscrita por los ministros europeos de Educación, se propuso «incrementar la competitividad del sistema europeo de educación superior», de forma que éste pudiera conseguir «un grado de atracción mundial igual al de nuestras extraordinarias tradiciones culturales y científicas». Puesto que año tras año las mejores universidades norteamericanas —y algunas británicas— copan los primeros puestos de los rankings más respetados, parece fácil concluir que algunas de ellas —Harvard, Yale, Columbia, Stanford, etc.— son el referente directo de ese «incremento de competitividad» al que se refiere la Declaración.

La obra de Ken Bain —director del Center for Teaching Excellence de la New York University— muestra desde el título su principal atractivo. No es un estudio teórico de lo que un profesor universitario debería hacer. El objetivo es reflejar lo que, de hecho, hacen los mejores profesores universitarios norteamericanos. Pero surgen de inmediato dos preguntas: ¿cómo definir esa excelencia?, ¿qué profesores serán objeto del estudio? Es posible que quepan muchas respuestas, pero las del autor son interesantes y sirven como punto de partida. Para definir a «los mejores» Bain se centra en dos requisitos. Primero había que encontrar profesores cuyos alumnos quedaran extraordinariamente satisfechos de su docencia y se sintieran animados a seguir aprendiendo. Y esa positiva influencia en los estudiantes tenía que resistir el paso del tiempo. Y en segundo lugar había que obtener evidencias de que esos alumnos aprendían la materia impartida de un modo duradero y profundo. Con estos criterios de selección, el autor y su equipo rastrearon durante años las opiniones de docentes y estudiantes de los campus más variados para elaborar, sirviéndose del boca a boca, la lista con «los mejores profesores». Después viene la tarea de observarlos y de tratar de presentar ordenadamente las conclusiones.

El método escogido implica cierto desorden y algunas repeticiones, ya que las fuentes principales no son teorías pedagógicas o cuadros estadísticos sino multitud de anécdotas ordenadas para intentar encontrar en ellas patrones comunes de excelencia. En cualquier caso, los resultados son apasionantes. Cualquier profesor encontrará en el libro ideas útiles para mejorar su tarea, y también ayudará a muchos estudiantes a aprovechar mejor su propio talento y el de los profesores de los que depende su formación y buena parte de su futuro.

Lo que hacen los mejores profesores universitarios. Ken Bain Universidad de Valencia, Valencia, 2007, 229 pp.

Chile ante sus propios retos

Los seguidores de Sebastián Piñera, nuevo presidente de Chile, gustan decir que su elección abre la segunda transición política. ¿Qué se quiere decir? Para saberlo hay que comprender la primera. Esta fue la expresión de la voluntad popular, y de la mayor parte de las élites, de llevar la vida política del país a una democracia plena, mediante un pacto tácito por el que los logros económicos, y también los sociales, de la dictadura serían tomados como base material para el desarrollo futuro del país, a cambio de la restauración de los derechos civiles de las viejas fuerzas políticas e ideológicas.

En los veinte años de la Concertación, la base material de Chile ha aumentado varias veces de tamaño. Entonces, ¿por qué ha perdido? El triunfo de Piñera no hubiera sido posible sin la crisis y fatiga internas de las dos grandes fuerzas ideológicas, la democracia cristiana y el partido socialista…, y sin el deslumbramiento que causa la figura de ese selfmade man multimillonario, Sebastián Piñera, que en 1988 saldó sus cuentas con la dictadura oponiéndose a su continuación, y no fue parte de los equívocos compromisos que permitieron la larga y ahora periclitada hegemonía de la Concertación. El candidato de esta, Eduardo Frei, realizó una campaña basada en la exageración de las fórmulas ya usadas, de modo que el electorado vio en ella ataques al mercado y, sobre todo, percibió su insistencia en el asistencialismo social y el predominio público de la educación, como rasgos del pasado. Piñera, por el contrario, apeló al mercado como instrumento de transformación social, prometiendo incentivos fiscales a las empresas, y apoyó la libertad de los padres para elegir colegios y universidades. Es decir, Piñera habló a la nueva clase media, instalada precariamente en un incipiente bienestar. Que Chile se «desideologiza» se muestra en el hecho de que el partido comunista conserva sólo tres diputados.

EL CONTEXTO POLITICO
Una prueba de que los viejos partidos de la Concertación se habían adocenado es que bajo sus mandatos no se llevó a cabo una reforma del régimen electoral, que el 17 de enero del 2010 le hubiera supuesto el apoyo de muchos nuevos votantes. En efecto, en Chile la inscripción en el padrón electoral es voluntaria, aunque el voto es obligatorio. Se calcula en unos dos millones los votantes potenciales que quizás hubieran decantado el triunfo a favor de la Concertación, si se les hubiera incitado a registrarse en el censo. Quede esto para la segunda transición.

Aunque en el parlamento las fuerzas que formaron la Coalición por el Cambio y las de la Concertación están muy parejas, la capacidad del presidente de imponer sus políticas es inmensa, por el cargo y por su influencia en el mundo empresarial. Su reconocimiento de los logros económico-sociales de la Concertación puede representar un intento de Piñera de hacer justicia a la convivencia social lograda por esta, pero también el de buscar en los diversos y no bien avenidos componentes de la Concertación los apoyos parlamentarios que le permitan pasar su programa.

Aunque el pinochetismo como ideología y talante es cosa del pasado, no lo es la experiencia técnica y administrativa adquirida por muchos de los cuadros dirigentes de la nueva administración, que pasaron periodos más o menos largos al servicio de los gobiernos del general-dictador y hasta de la Concertación. Se trata de cuadros preparados que, como en el caso de España bajo Franco, se rodaban en las prácticas administrativas, haciendo posible que las infraestructuras socioeconómicas pudieran resistir las tempestades que acompañan a un cambio de régimen. El gobierno que Piñera presentó el 9 de febrero es una ecuación de las relaciones de políticas y sociales que hemos descrito. Dentro de un gabinete de veintidós ministros, sólo nueve tienen adscripción política: cuatro vienen de la Unión Demócrata Independiente, el partido más conservador, otros cuatro de Renovación Nacional, el otro componente de la coalición triunfadora, más un ex ministro de Defensa (que asume la misma cartera y que abandona la DC) y trece independientes provenientes del mundo académico, la empresa y las fundaciones (Instituto Libertad y Desarrollo, Fundación Jaime Guzmán, etc.). Seis mujeres forman parte del gabinete (se acabó la paridad de la presidenta Bachelet). Tres ministerios clave (Interior, Ha- cienda y Economía) están en manos de independientes. Educación en las de un conservador. No hay duda, los ministros «partidarios» están cercados por los independientes. Queremos ser, dice el nuevo ministro del Interior, Rodrigo Hinzpeter, «el gobierno de las oportunidades, con protección social». Y el de «la lucha contra la delincuencia», añade. La nota definitoria del gobierno, en opinión de Cristián Larroulet, titular de la poderosa secretaría general de la Presidencia, es «la búsqueda de la calidad en el servicio público». Es un gobierno que, además, «habla idiomas». Hecha ya la transición política, ¿qué otra cosa puede ser la segunda sino la transformación y modernización social y económica del país?

EL CONTEXTO SOCIOECONÓMICO
¿Sobre qué base social y material debe actuar el nuevo presidente? La economía decreció 1,7% en 2009. Se augura, sin embargo, una fuerte reactivación: algún analista vaticina 5% en 2010. Al final del 2009 el desempleo alcanzó el 9%, aunque en 2010 se atenúa. El salario medio no es del «primer mundo»: 208 dólares; el 15% de los trabajadores ganan menos. Hay sectores de la población marginados, en gran parte por causas objetivas. Tenemos los mapuches, unos 600.000, habitantes de las zonas más alejadas e inhóspitas de Chile, entre los que fragua una incipiente disidencia, que tiene en la conservación de la naturaleza una de sus puntas de lanza. El sur chileno está lleno de recursos inexplotados.

Los sectores rezagados pueden beneficiarse del subsidio de 80 dólares prometidos por Piñera a los pobres, y de lo que él mismo llama «ingreso ético familiar». ¿Asistencialismo? Veremos. Chile sigue siendo un país de enormes desigualdades sociales. Se espera del presidente, igualmente, una política favorable al natalismo, dentro de un estilo de familia tradicional y conservadora (en el que probablemente no habrá píldora del día después).

Las arcas del gobierno, sin embargo, no están boyantes: los ingresos consolidados del 2009 cayeron el 20,5%. El precio del cobre, que genera el 20% del PIB, cayó en ese año un 35%.
En resumen, Piñera, aunque lo quisiese, no puede olvidar que la «empresa» Chile necesita un reajuste de su planta económica y social. A ello le ayudará el ingreso de su país, este año, en la OECD, el primero que lo hace en Latinoamérica.

ESCENARIO INTERNACIONAL
Otra área donde la presidencia de Piñera debería generar nuevas expectativas es Suramérica. A los chilenos les gusta verse como país del Pacífico, y no esperan mucho de sus vecinos del norte y este. Chile, sin embargo, debería apreciar el impacto que el éxito de su modelo tendría en las alineaciones, muy ideologizadas, de América Latina. A ello ayudaría que el mismo Chile atenuara la tensión nacionalista propia de las doctrinas de seguridad nacional heredadas. Es cierto que su despliegue geopolítico (4.300 km. de costa al Pacífico, estrechos de Magallanes y Drake, inmensa proyección oceánica y antártica) requiere una vigorosa política de defensa, pero esta a veces se formula en términos ominosos: «Tenemos la capacidad de pegar fuerte, es mejor que nos dejen tranquilos», advirtió recientemente el jefe de la fuerza aérea. Sin duda se refería, ante todo, a Perú. El continente suramericano le tomará la medida a Piñera en dos contenciosos: el marítimo con Perú por 75.000 millas cuadradas de océano y el de Bolivia en torno a su acceso al mar. Este último frustra la que debería ser una cooperación natural en materia energética. Chile necesita el gas boliviano y Bolivia no lo da. El recurso de Perú al Tribunal Internacional de La Haya sobre su reivindicación marítima debería ser la ocasión de, mediante el acatamiento de su sentencia, olvidarse de este contencioso territorial.

El marco adecuado para un protagonismo chileno en Suramérica podría ser la recientemente inaugurada Unión de Naciones Suramericanas (UNASUR) formada por doce esta- dos. Este organismo sería un vehículo ideal de cooperación en materia de defensa, seguridad, tráficos ilícitos, etc. Buen amigo de Brasil, Chile puede ayudar a templar cualquier tendencia de aquel gran país a la hegemonía continental. Los conflictos de Chile con Perú y Bolivia juegan hoy en las manos de Brasilia.

Si Piñera se contentara con ser el presidente «de» y «para» Chile su papel histórico no habría alcanzado todo su potencial. Sobran varios dedos de una mano para contar los países con capacidad de liderazgo a escala continental. Chile es uno de ellos.

Coalición por el cambio: Rompiendo con los moldes del pasado

LAS CLAVES DE LA VICTORIA

Una de las esencias de la democracia es la alternancia pacífica del poder, y Chile, el pasado domingo 17 de enero, dio al mundo un testimonio ejemplar del valor de su institucionalidad y de la madurez cívica de los distintos actores, en especial de su sociedad civil. Todo ello es motivo de legítimo orgullo tanto para la propia democracia como para los propios chilenos.

Después de cincuenta y dos años, y en unas elecciones plenamente democráticas, el centro-derecha chileno obtiene un triunfo incuestionable. Con él se reafirma la gran tradición republicana del país. La ciudadanía optó por dejar atrás paradigmas y divisiones del pasado, miró hacia el futuro y configuró nuevos símbolos, visiones y sueños que encarna la Coalición por el Cambio. Un proyecto en el que se ha depositado la confianza para dar respuesta a las prioridades de progreso y desarrollo que anhelan todos los chilenos.

Parafraseando al propio Frei, quien sugería a la ciudadanía chilena «No virar a la derecha», podemos decir que Chile prefirió no aceptar su desplazamiento a la izquierda. Se rechazaba la continuidad de una Concertación desgastada y vacía de nuevas ideas para encarar los retos y desafíos que tiene ante sí el Chile del siglo XXI.

Las claves de este triunfo fueron: a) la capacidad del centro-derecha chileno para competir internamente por la definición de su liderazgo, dejando atrás los falsos espejismos de «liderazgos naturales» sin auténtico fundamento;b) la ampliación de sus fronteras político-electorales, tendiendo y construyendo puentes con generosidad, altura y amplitud de horizontes; c) la capacidad de trabajo en equipo, eliminando los improductivos egoísmos partidistas que tradicionalmente dividían aguas, para llevarlas al propio molino, y d) la cercanía con la gente de Piñera, que reveló un gran potencial empático.

LA COALICIÓN POR EL CAMBIO O LA CONSTRUCCIÓN DE UNA MAYORÍA

Ahora bien, se ofrecería una visión parcial de la realidad si la base del triunfo se circunscribiera exclusivamente a los últimos meses de campaña. Hace cinco años, en el Consejo de Renovación Nacional, planteé que el partido debía poner en valor la candidatura de Sebastián Piñera. Mi proyecto era expandir nuestras fronteras en el ideario de la gente y de nuestro propio conglomerado. Algunos lo vieron como una temeridad, pero lo cierto es que el objetivo se consiguió ampliamente. No en vano, para sorpresa de muchos, el ganador de la primera vuelta en aquellas elecciones, y quien tomó el liderazgo del centro-derecha chileno, fue Sebastián Piñera.

Otro factor importante para explicar la victoria alcanzada ha estado en la creación de la Coalición por el Cambio, una iniciativa que surge de los senadores Fernando Flores y Carlos Cantero. Su pretensión era y es ampliar las fronteras tradicionales de la Alianza conformada por la Unión Demócrata Independiente y Renovación Nacional. Había que acoger ideas y proyectos para superar las graves desigualdades sociales del país y corregir las disparidades regionales, causadas en buena medida por la vigencia de un negativo centralismo. Había que atraer a todos aquellos que migraron de la Concertación (trasbordo político), buscando un proyecto más integrador que encarnase los deseos de armonía, desarrollo social, económico y cultural de una sociedad que mira de frente a su futuro.

Fueron muchos los que recibieron el proyecto de la Coalición por el Cambio con grandeza y generosidad. Sin embargo, la figura más emblemática de este proceso fue Fernando Flores, ex ministro del presidente Allende y prisionero político durante tres años en el Gobierno Militar. Pese a diversas circunstancias adversas, buscó con patriotismo construir una nueva mayoría para Chile. No está de más recordar que esta misma estrategia había fracasado en la elección presidencial del año 1999, con Arturo Frei Bolívar. En aquella ocasión, Lavín, el candidato de la Alianza, perdió frente a Ricardo Lagos, el candidato de la Concertación, por alrededor de treinta mil votos en la primera vuelta.

EQUIPOS COMPETENTES PARA AFRONTAR LAS GRANDES TAREAS PENDIENTES

Ahora surge un desafío ineludible: urge institucionalizar, dar estructura y consolidar la Coalición por el Cambio como una fuerza política que dé sustento y amplíe aún más las fronteras político-partidistas y electorales. Para ello su caminar cotidiano tiene que estar marcado por un carácter plenamente pluralista, un intenso sentido democrático y la atracción que imprime la ilusión. Sería muy negativo (política y electoralmente) si se impusiera una actitud regresiva, una actitud que sólo ubicara como columna vertebral del gobierno a la Alianza. Si esto fuera así, se retornaría a la imagen de una derecha tradicional que ya tocó techo, como se reveló en anteriores comicios presidenciales. Hay mucho que aprender de los buenos años de la Concertación, de su mística y convocatoria.

Por tanto, hay que mantener la esencia del planteamiento programático expuesto por el presidente electo. Ello implica tanto institucionalizar la Coalición por el Cambio, como abrir espacios para Chile Primero, el Movimiento Magallánico del senador Carlos Bianchi, el Movimiento Humanista Cristiano que lidera Roberto Mayorga, Norte Grande que sustenta el suscrito, el Partido Regionalista de los Independientes y otras fuerzas que decidan sumarse para consolidar la nueva mayoría. Perseverar en la vocación de un Gobierno de Unidad Nacional permitirá construir escenarios de consensos y acuerdos, tanto políticos como de administración en el Parlamento.

Sebastián Piñera busca dar participación a nuevos profesionales innovadores, competentes y de una alta calificación.

Todos ellos tienen que encarnar las diversas tendencias políticas, para implementar una agenda político-social llena de reformas. Su hoja de ruta debe tener un guión: abordar las necesidades de la dinámica ciudadanía chilena, que se adentra con ilusión en el siglo XXI. La vocación de la Coalición por el Cambio es recuperar para la política el prestigio perdido, realizar un trabajo de alta calidad y de probidad a toda prueba, ofrecer una democracia moderna, tanto en rostros que inyecten ideas y reflejen a la ciudadanía como en la constante búsqueda de innovación, donde se congregue un proyecto de país con ambición de futuro.
El primer semestre de gobierno será clave para cristalizar la imagen de cambio. Por ello, resulta imprescindible constituir equipos competentes, con exigentes criterios de selección, más allá de las adhesiones políticas, intereses partidistas o proyectos personales. En diciembre próximo se debe hacer una evaluación de resultados. Habrá que mantener a los que cumplen y eliminar a los que no satisfacen el ritmo que Chile y la sociedad chilena en su conjunto nos reclaman.

Nuestro país tiene grandes tareas pendientes que se arrastran desde años: a) romper las graves desigualdades sociales que originan la pobreza; b) mejorar la distribución y elevar el ingreso per cápita; c) promover la equidad social; d) trabajar incansablemente en el incremento de la productividad; e) impulsar un desarrollo sostenible; f) elevar el nivel de la salud; g) proteger el medio ambiente; h) brindar una educación de calidad y modernizar el Estado; i) mejorar la seguridad ciudadana… Algunos objetivos tienen que lograrse a corto plazo, otros demandan una mayor amplitud temporal. Por este motivo, la necesidad de priorizar adecuadamente se convierte en una exigencia de primer orden. No se trata sólo de jugar con los tiempos, sino de tener una jerarquía muy clara de los objetivos.

Para hacer realidad lo que hasta ahora ha sido un proyecto, Chile eligió a uno de sus mejores talentos: Sebastián Piñera. Debemos integrarnos liberales, conservadores, sectores de la democracia cristiana, los independientes, humanistas cristianos, laicos progresistas y regionalistas, conformando un gran conglomerado, en el que, sin perder nuestras singularidades, nuestro horizonte sea el crecimiento y el desarrollo: un cambio real para Chile.

La importancia de estar perdido

El 2 de febrero de 2010 se estrenó con excelentes datos la sexta y última temporada de Perdidos (Lost, ABC). Las audiencias indican la fuerza del fenómeno: un estreno mundial —a España llegó una semana después— celebrado en miles de watch parties alrededor del globo. Obtuvo las mejores audiencias de estreno de su historia en Estados Unidos, además de un número de descargas imposible de contabilizar. Perdidos se ha convertido así en un fenómeno sin precedentes. Perdidos ha marcado un antes y un después en el consumo serial.

Esta importancia comercial eclipsa las aportaciones de Perdidos en la narrativa. La centralidad del dilema, el dibujo de personajes y, sobre todo, el uso del tiempo narrativo y la «actualización» de mitos hacen que su narrativa sea rompedora. Estos aspectos explican en gran parte su éxito comercial.

La galería de personajes que han pasado y continúan en la isla es amplia. Muchos de ellos, como Jack, John, Sawyer y Kate son carismáticos, pero ninguno tanto como la propia isla. Ésta es un espacio de paradojas: supone, al mismo tiempo, la salvación de los «náufragos» y también su perdición, pues pronto descubren que no pueden salir de ella. Su principal conflicto, es por tanto, el suelo que pisan: librarse de él, escapar a sus hogares.

Algunos entienden que intentar huir es como intentar librarse del propio destino. La isla «elige». De hecho, en la quinta temporada, Jacob, un «hombre» con cualidades sobrenaturales que habita la isla desde tiempo inmemorial, es quien ha «llamado» a cada uno de los personajes. Sean o no conscientes de eso, el cruce de Jacob en sus vidas ha resultado fundamental para que terminen en la isla.

La isla es también la llamada a la aventura. Al contrario de la narrativa clásica de «salida en pos de una misión», como El señor de los anillos, los personajes no son conscientes de que han sido llamados a la aventura. Están en una situación de absoluto desvalimiento existencial. Por eso, la exploración en la serie no comienza por la isla, sino por el pasado de los personajes. Y es desde ese conocimiento propio como se inicia la conquista del terreno y el enfrentamiento a un peligro inesperado: los Otros. La primera temporada indaga en el pasado para explicar el presente.
La entrada de los Otros rompe esta subjetividad. De pronto, los peligros de la isla dejan de ser los del terreno y el principal obstáculo al que se enfrentan los personajes es la presencia de un enemigo humano al que pronto llamarán «los Otros». De eso tratan las siguientes temporadas. Luego aprenderán algo tan sencillo como inesperado: para los Otros, los perdidos son «los Otros».

El descubrimiento y la empatía con los Otros garantiza un grado de conocimiento sobre quién soy: la empírica. Sin embargo, cuando en la quinta temporada Jack decide volver (tras haber logrado salir de la isla), busca en una iglesia la respuesta a cómo volver. Al entrar pasa delante del cuadro de Caravaggio en que Santo Tomás mete los dedos en las llagas de Jesús. Pisar la tierra de la isla o poder tocar las llagas de Cristo es una de las posibilidades de tocar la verdad para un incrédulo que quiere creer.

En cierto modo, la aventura espacial que proponía la isla en un principio revierte de nuevo sobre los personajes y se convierte en una aventura existencial que pone en diálogo el destino —lo que necesariamente ha de darse— con la libertad personal —lo verosímil, lo que puede suceder—.

En el arranque de la sexta temporada descubrimos que dos realidades igualmente verdaderas —los personajes actúan en dos planos de tiempo— pueden darse simultánea- mente. Es como un triunfo de la relatividad einsteniana, el relativismo con aparente base física. En la isla, se ha desatado una guerra entre las fuerzas antiguas y misteriosas que la habitaban: la del Bien —representado en Jacob— y la del Mal —representado en un monstruo de humo capaz de encarnarse en los muertos, John Locke—. Pronto descubrimos que la definición del Bien y del Mal vuelve a cambiar —como sucedió antes con la percepción de los la importancia de estar perdido Otros—, y lo que se pone en primer plano es la recuperación de los mitos para intentar explicar lo inexplicable.

A este respecto hay que hacer una reflexión. Movida por la lógica de la aventura y de lo comercial, la serie ha tomado a veces derroteros extraños que los guionistas han debido «solucionar». Sin embargo, lo que se ha mantenido siempre en Perdidos ha sido la presencia de lo trascendente. Charlie, el señor Echo, Desmond y Locke son personajes con una gran carga trascendente. Por eso mismo se subraya más en ellos la noción de pecado, equivocación y camino.

Pese a sus devaneos con las drogas, Charlie hace referencias constantes a su crianza católica, y muere haciendo la señal de la cruz. El señor Echo, un cruel asesino africano, adopta en la isla la identidad de su hermano muerto, que era sacerdote. Y, al hacerlo, él mismo se ve investido de cierta fuerza mística. En el pasado, Desmond trata sin éxito de encontrarse entre monjes escoceses, y sólo cuando lo expulsan del monasterio encuentra su verdadero des- tino: el amor de Penélope. Locke, por su parte, vive diferentes historias bíblicas: primero es el paralítico que se levanta y vuelve a andar; después, el elegido por la isla, el que saldrá de su grupo y se convertirá en líder de los Otros; y por último, el Mesías que va en busca de sus amigos y, cuando fracasa en su intento de salvarlos, decide descender a los infiernos por amor…

No obstante, la interpretación de la trascendencia no es únicamente católica, por mucho que ésta alimente muchos esquemas narrativos en la serie. Además de la religión católica, la presencia del judaísmo es destacada —Aarón, Jacob, el modo en que se organizan los Otros, similar al de un kibutz—, y también otras filosofías —John se apellida Locke; Desmond, Hume; la francesa salvaje, Rousseau— y protorreligiones: en esta temporada, descubrimos a Jacob bajo una estatua egipcia, entramos en «el Templo» y hallamos imágenes similares a las del reinado de Akenaton…

No hay que buscar en Perdidos un sistema trabado de creencias. Al fin y al cabo, a lo que asistimos es a una aventura de carácter existencial pensada para el gran público. Pero esto tampoco nos puede hacer olvidar la importancia que tiene la búsqueda de sentido la serie. De hecho, los personajes terminan luchando contra ellos mismos para hallarlo. Recién arrancada la sexta temporada, nos encontramos en plena batalla entre el Bien y el Mal. Y aunque aún no sepamos quién es quién, al final uno de ellos tendrá que imponerse.