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Stefan Zweig. Lo viejo y lo nuevo

«Entre los numerosos enigmas del mundo, el más profundo e inexpugnable sigue siendo el misterio de la creación», escribió Stefan Zweig. Educado en la tradición del humanismo liberal europeo, Zweig consideraba las artes como el ámbito privilegiado en el que pueden desarrollarse los puros valores del espíritu, y —siguiendo esa «religión del genio», tan difundida en la Viena de fin de siglo— a los artistas como seres clarividentes que, en algunos momentos, percibían y eran capaces de plasmar lo que otros no alcanzaban a ver. Zweig había sido durante largo tiempo un apasionado coleccionista de manuscritos, tanto literarios como musicales, reflejos excepcionales del proceso de creación: las galeradas de una novela de Balzac emborronada por correcciones, los cuadernos de trabajo de Leonardo, o una amplia colección de escritos de Goethe. No en vano uno de sus libros más difundidos, Momentos estelares de la humanidad, estaba dedicado en buena parte a describir esos instantes especiales de inspiración.

En todas estas facetas, Zweig era un representante de la mentalidad liberal de finales del siglo XIX, de cuya crisis fue un testigo ejemplar. Es conocido el candoroso re- trato que, en la autobiografía titulada El mundo de ayer, hizo del ambiente cultural de la Viena fin de siglo. Hoy día es ya popular la excepcional conjunción de circunstancias que se dieron en aquel momento, objeto del libro clásico de Carl E. Schorske (Fin-de-Siècle Vienna, 1961). Zweig describió una Viena poseída por el ideal de la «seguridad», que confiaba en un progreso para el que no se preveían límites, cuya experiencia de la guerra se limitaba a algunas escaramuzas en la guerra franco-prusiana de 1871, y que evitaba cualquier negocio excesivamente arriesgado. Y junto a esto, una ciudad volcada en la música y en la literatura, en la que pervivía una cierta tradición humanista en la que aún estaba claro el «conocimiento general», que marcaba lo que cualquier persona de cierto estatus «debía saber».

En esta descripción podía percibirse, de un modo muy característico, una concepción del arte volcada sobre sí misma, que en aquellos años algunos definieron con la fórmula de l’art pour l’art. «La verdadera experiencia de nuestros años de juventud —decía en El mundo de ayer— consistió en que algo nuevo se fraguaba en el arte, algo que era más apasionante, problemático y tentador que aquello que había satisfecho a nuestros padres». Esta juventud no tenía el más mínimo interés por los problemas políticos y sociales de su época. «Sólo tenía ojos para libros y cuadros», reconoció Zweig. «No caíamos en la cuenta de que los cambios que se producían en el ámbito de lo estético no eran sino vibraciones y síntomas de otros, de un alcance mucho mayor, que habían de conmocionar y, final- mente, destruir, el mundo de nuestros padres, el mundo de la seguridad».

Efectivamente, como recordó el ya citado Schorske, en la Viena finisecular se estaba produciendo una «ubicua y simultánea crítica de su herencia literal-racional desde el interior de los diversos campos de la actividad cultural». Para Schorske, el nacimiento de lo que él llama el «hombre psicológico» se produjo paralelamente en el psicoanálisis freudiano, la pintura de Gustav Klimt o la literatura de Hugo von Hofmannsthal, y derivó finalmente en la «explosión» de la cultura tradicional en la obra de Oskar Kokoschka o de Arnold Schönberg.

La actitud de Zweig en este sentido fue ambigua y re- fleja bien las contradicciones de su generación. Durante la Primera Guerra Mundial —junto a otros como Romain Rolland— se dedicó a la labor antibelicista desde la Suiza neutral. La aparentemente eterna estabilidad del imperio austriaco había acabado de pronto, y buena parte de los intelectuales apoyaron entusiasmados el conflicto. La guerra había comenzado, de hecho, con la imagen aterradora de los cientos de jóvenes que se subieron enfervorizados a los trenes que los conducían al frente, mientras —como recordó Ernst Jünger en Tempestades de acero— cantaban «Kein schöner Tod ist auf der Welt…» [No hay en el mundo muerte más bella…]. Muchos artistas y poetas se unieron sin dudarlo a esta sangría. El profeta del futurismo, Marinetti, se alistó en el ejército italiano y proclamó pomposamente que «la guerra es la única higiene del mundo». El citado Kokoschka fue herido en el frente, en 1915. Y el pintor Franz Marc, compañero de Kandinsky antes de la guerra, falleció cerca de Verdún en 1916. Y esto, por no citar más que tres casos de una lista que resultó larga y penosa.

En este ambiente enrarecido, el esteticismo burgués anterior a 1914 dejó de tener sentido. Zweig —pacifista liberal durante la guerra— pudo comprobarlo con amar- gura. Muchos futuristas y expresionistas habían apoyado abiertamente el conflicto, y habían colaborado con las nuevas formas para enardecer los ánimos. Por ejemplo, el citado Franz Marc, poco antes de caer en el frente, escribió que la guerra era el necesario «purgatorio de la Europa vieja, enloquecida, culpable». La posguerra estuvo marcada por la popularización de movimientos de ante- guerra como el cubismo, por el nacimiento de un nuevo expresionismo de denuncia, quizás más violento que el primero, y nuevas corrientes como el surrealismo. «La nueva pintura —escribió Zweig— dio por liquidada toda la obra de Rembrandt, Holbein y Velázquez e inició los experimentos cubistas y surrealistas más extravagantes. En todo se proscribió el elemento inteligible: la melodía en la música, el parecido en el retrato, la comprensibilidad en la lengua».

El mundo de la estabilidad y respeto a las tradiciones anterior a la guerra se había clausurado violentamente. Algunos grupos artísticos como los dadaístas de Zurich fueron también radicalmente pacifistas durante la Gran Guerra (una piadosa leyenda cuenta cómo, antes de partir para Rusia, Lenin solía jugar al ajedrez con Tristan Tzara en el cabaret Voltaire…). Sin embargo, su postura no era ilustrada al modo de Zweig. El rechazo de la sociedad burguesa llevó al dadaísmo a una postura abiertamente nihilista, que negaba radicalmente la fe en la creación individual que defendía Zweig. Sus obras carecerían de subjetividad: estarían formadas por recortes de periódicos y otros medios de masas, y uno de sus componentes fundamentales sería el azar.

El testimonio de Zweig refleja cómo percibía estos fenómenos un intelectual liberal formado en el viejo mundo. Lo más probable es que sólo tuviera noticias de oídas, pues en realidad la relación entre vanguardia y tradición resultaba algo más compleja (Picasso, por ejemplo, había vivido durante la guerra en Italia, y a partir de aquí comenzó un nuevo estilo en su pintura, conocido como «neoclásico»). En cualquier caso, sí es interesante destacar los reparos que generaba una nueva cultura que albergaba un claro germen de violencia. Dejando a un lado la tópica acusación de extravagancia que Zweig dirigió al surrealismo, no debería olvidarse que —en su manifiesto de 1924— André Breton había proclamado que «el acto surrealista más simple consiste en salir a la calle con un revolver en la mano y, a ciegas, disparar cuanto se pueda contra la multitud». Este nuevo clima cultural era, para Zweig, «la gran venganza de nuestra juventud que se desahogaba triunfante contra el mundo de nuestros padres».

Aunque Zweig no lo viera en un primer momento, todo esto estaba ya latente en la cultura ilustrada de la Viena finisecular. Esa era la ciudad donde el doctor Freud desarrolló sus investigaciones sobre la cara oculta del optimismo liberal, como el mismo Zweig describió en El mundo de ayer. Y, de hecho, él mismo mantuvo una larga amistad con Sigmund Freud, a quien consideraba sencillamente como «el espíritu más agudo de nuestro tiempo».

Según relató Zweig, Freud no estaba en absoluto sorprendido con la ascensión de Hitler al poder y la nueva guerra que se avecinaba. Aquel triunfo de la barbarie colectiva no era más que una confirmación de su pesimismo habitual, que le había llevado a afirmar, desde hacía años, el predominio de los instintos sobre la razón. Y él mismo se vio afectado por esta situación, de la que no se enorgullecía en absoluto. Austria fue ocupada por el ejército alemán el 11 de marzo de 1938 y tuvo que abandonar el país.

El destino final del exilio de Freud fue Londres, a donde llegó el 4 de junio. Zweig se encontraba en la misma de ciudad, y desde entonces se vieron con frecuencia. Durante estas visitas ocurrió un episodio significativo. Zweig consideraba que Salvador Dalí era «el único pintor genial de nuestra época», además —según le escribió al propio Freud— del «más fiel y más agradecido discípulo de sus ideas entre los artistas». A su vez, Dalí había tratado, sin éxito, de encontrar- se con Freud en Viena en diversas ocasiones. Aprovechando la cercanía, Dalí trató de contactar, por mediación de Zweig, con su venerado maestro. Y efectivamente, al poco tiempo de la llegada de Freud a Londres, el 19 de junio, Zweig se pre- sentó en su casa acompañado por Dalí, que pretendía realizar un retrato del doctor vienés. El encuentro tuvo su éxito, pues el 22 de julio, Freud escribió a Zweig muy agradecido por la oportunidad que había tenido de conocer al joven pintor. «Hasta ahora —reconocía— me sentía inclinado a considerar a los surrealistas, que, al parecer, me han elegido por su santo patrón, como chiflados incurables». Sin embargo, este español, «con sus ojos cándidos y fanáticos y su indudable maestría técnica, me ha hecho reconsiderar mi opinión. En realidad, sería muy interesante investigar analíticamente cómo ha llegado a ser compuesto un cuadro así». Zweig le comunicó los contenidos de esta carta a Dalí, que estaba en- cantado con que el propio Freud le hubiera calificado de «fanático», y desde entonces lo repitió siempre que tuvo oportunidad. En cuanto al retrato, Dalí lo realizó convencido del tremendo parecido que había entre el cráneo de Freud y un caracol. El resultado fue un dibujo que presentaba a un anciano débil y cansado, con una espiral marcada sobre la cabeza. Pese a la insistencia de Dalí, al comprobar su aspecto, Zweig decidió no mostrárselo a Freud, para evitar nuevos sobresaltos a la frágil salud del anciano doctor. «Dalí, clarividente, había incluido ya la muerte en él», escribió.

Efectivamente, Freud murió un año después, y Zweig vivió apenas tres años más. Mientras tanto, Dalí ya había sido expulsado del movimiento surrealista por sus declaraciones ambiguas respecto a Hitler (que él atribuía a una obsesión paranoica, completamente ajena a la política).

Y cuando, en 1950, afirmó que había abandonado su pos- tura irreverente y proclamó su conversión al catolicismo, recurrió precisamente a la correspondencia de Freud con Zweig. Freud —decía— «me había señalado ya como un místico en potencia, hasta aplicarme el calificativo de fanático». Esta conversión de Dalí fue acompañada de una opción artística de vuelta a Rafael y Velázquez: a esa tradición que, poco antes, algunos creían extinguida por los surrealistas.

«¡Qué época tan alocada, anárquica e inverosímil la de aquellos años!», escribió Zweig. Y, a su modo, tenía razón.

La OSCE y su concepción de la seguridad

Muchas veces nos preguntamos el porqué de tanta «seguridad» en los debates actuales. Sin lugar a duda junto con «libertad» y «democracia» es la palabra más citada en todos nuestros sistemas políticos. Y esto se debe precisamente a que vivimos una época de incertidumbre a la que no hemos encontrado respuesta.

Nadie podía prever la caída del muro de Berlín, nadie podía prever el ataque a las Torres Gemelas, ni a la estación de Atocha, igualmente nadie podía prever que la mayor potencia militar del mundo junto con sus poderosos aliados fueran frenados e incluso puestos en jaque por un puñado de talibanes. Por eso es tan necesario el debate de la seguridad, porque la falta de respuestas es la que nos vuelve más vulnerables desde el punto de vista internacional.

No obstante toda la irracionalidad que se pudiera derivar de una respuesta rápida a esta cuestión, puede matizarse gracias a obras que intentan poner en orden este caos sistemático que es el debate sobre la seguridad. Entre ellas la recientemente presentada del doctor Antonio Rafael Rubio Plo sobre «la OSCE y su concepción de seguridad». El título se completa con «La convergencia de las organizaciones regionales europeas y de la OSCE en torno a una concepción integral de la seguridad». La baza de esta obra es que presenta una perspectiva interesante y sobre todo útil para abordar el reto de encontrar respuestas en lo insondable.

Tras años dedicado a la labor investigadora, el autor considera que no es de menor importancia citar lo que es la OSCE, la Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa. Hoy en día en el que todo el mundo se apunta «al derribo» del muro de Berlín cuando ya apenas quedan añicos del mismo, pocos quieren conocer la importancia que tuvo la OSCE precisamente en este fenómeno, y fue por la inteligencia del diseño de esta organización.

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Rafael Rubio lo señala muy bien en este libro que es muy acertado en todos sus términos porque se apoya en una clara virtud, que es la descripción en su justo término de la realidad que tiene como objeto, sin querer, como le ocurre a la mayoría de las obras de seguridad, introducirnos en un falso halo de misterio opresión cuasi de thriller, para descubrirnos al final que el mayordomo no era lo que parecía.

Rubio acierta a señalar que la OSCE tiene un valor intrínseco en el panorama actual y es el valor de las instituciones en los tiempos de crisis, y sobre todo una institución que suma y no intenta restar. Frente a las tentaciones de otros conceptos de seguridad, la hegemonía o el equilibrio, el autor nos propone el concepto de seguridad de la OSCE. La OSCE apunta a un criterio si cabe más humanístico, a una visión positiva de la paz y de la seguridad, que son las que garantizan el respeto a los derechos humanos y a las libertades fundamentales.

Y de aquí se desgaja esa concepción integral de la seguridad que explica el autor, una seguridad que se basa en lo multidimensional y casi para sorpresa de algunos, casi sin necesitar la fuerza. Una seguridad que está más en consonancia con crear las coordenadas adecuadas para crear confianza y permitir que las tensiones se canalicen, apostando de una manera clara por la democracia, los derechos humanos y la educación. La OSCE siempre de forma complementaria a los principios que se incluyen en la Carta de la ONU, con el valor añadido de la defensa de la democracia, de los derechos humanos y del Estado de Derecho como valores asumidos por todos los estados participantes en la OSCE y que forman parte del Decálogo de Helsinki, que es una de las piedras angulares de la organización.

Sin embargo no mencionar la fuerza, no significa que los aspectos político-militares no tengan su radical importancia. De ahí la importancia del código de conducta que deben respetar sus integrantes y que se convierte en acerbo de la propia OSCE y con una innegable proyección exterior. Ésta se completa, como analiza el autor, con la Declaración de Lisboa sobre un modelo común y global de seguridad para Europa en el siglo XXI. Y bien entiende el autor que si no es con una ambición global y realizando concesiones entre los países para que sea común, el concepto no alcanza ninguna viabilidad como recogen posteriores hitos en la historia de la OSCE.

El análisis de la seguridad que se realiza en la obra, supera el marco de la OSCE y es por eso que la convierte en una moderna referencia en el campo de la seguridad. Hablar de la seguridad como un derecho, de la educación y de la cultura, o lo que es la dimensión humana de la seguridad, es sin duda una profundización necesaria en este concepto. Se completa con la seguridad político-militar, la dimensión económica y la medioambiental. Pero a su vez en un ejercicio de reflexión, analiza cuál es el papel de esta exposición con el concurso de la OTAN y la UE, y sus propias concepciones de seguridad, basado sobre todo en dos coordenadas para permitir la complementariedad, el principio de integridad y de indivisibilidad de la seguridad.

Y sin embargo ¿vadea el autor la polémica o silencia sus propios puntos de vista? Ni mucho menos. Es una obra cargada de reflexión y de juicios de valor, lo que la convierte en un referente y también en una guía práctica de soluciones. Es decir, o nos creemos la paz o no tiene sentido que hablemos de la democracia y del Estado de derecho a nivel internacional. O nos creemos que precisamente que la OSCE es una institución universal útil, o la tenemos que dejar abandonada a los intentos de la Federación Rusa de utilizarla como instrumento para oponerse a la ampliación de la OTAN, mencionando éste a título de ejemplo y por no citar otros. O nos creemos que debemos apostar por la seguridad en Europa sabiendo que la existencia de conflictos congelados pueden volver a envenenar las relaciones del continente, o la dejamos como institución residual para temas de elecciones y programas educativos. El caso de la crisis de Georgia nos debe de servir de respuesta inmediata.

Es la suma de todos estos rasgos, amén de la profunda erudición de la obra, y el ser probablemente una de las mejores explicaciones sobre la compleja OSCE, lo que convertirá la obra de Rubio en un referente en ambos temas, la seguridad y la propia OSCE. Y sobre todo nos plantea las cuestiones pertinentes, que como rezaba Chesterton al hablar de su conversión al catolicismo: «si un problema está mal planteado, la solución es casi imposible, pero si está bien planteado, la solución está en su enunciado», y ese es el valor de la obra de Rubio, que plantea con meridiana claridad los retos de las organizaciones internacionales de seguridad, su complementariedad y sus desafíos.

La política exterior a debate: intercambio de diagnósticos

En el artículo que ha iniciado el debate, Areilza y Torreblanca elaboran un diagnóstico de la política exterior del actual Ejecutivo, al tiempo que aconsejan y plantean nuevas formas e instrumentos que le ayudarían a desarrollar una política más eficaz. Según estos autores, los logros de la política exterior de los últimos cinco años son, en el mejor de los casos, difusos, y los objetivos del Ejecutivo demasiado amplios a la vista de los resultados obtenidos y de las capacidades del país. El artículo se centra en cuatro focos de la acción exterior de Zapatero -la Unión Europea, la Alianza de Civilizaciones, la lucha contra la pobreza y el multilateralismo-, con dos elementos comunes a los cuatro: la falta de estrategia y la falta de medios.

El primero de estos elementos, junto a la conocida tendencia a la improvisación del Ejecutivo, ha hecho que la política llevada a cabo combine de forma desordenada e impredecible una orientación normativa e idealista, con dosis de realismo y con tintes en ocasiones excesivamente ideológicos o partidistas. Es lógicamente necesario combinar estos elementos a la hora de definir cualquier estrategia exterior, pero si no se enmarcan bajo unas directrices generales la política pasa a ser meramente reactiva e intuitiva. A modo de ejemplo, la secretaria de estado norteamericana, Hillary Clinton, quiere hacer uso del poder inteligente («smart power») -término acuñado por Joseph Nye y que consiste en la capacidad de combinar poder duro y poder blando para desarrollar una política eficaz- haciendo uso del instrumento o la orientación ideológica correcta en cada momento, pero siempre bajo un marco definido en atención a las características del problema y a los principios que guían la política exterior americana. En definitiva, indican estos autores, hace falta «más gente pensando y planificando, y menos reaccionando y ocupándose sólo de lo que es urgente».

De la falta de medios es clara muestra la incapacidad del Ministerio de Asuntos Exteriores y Cooperación para coordinar la acción exterior de las demás carteras ministeriales (léase Ministerio de Defensa, de Justicia o el de Medio Ambiente en materia de agricultura). El mismo día que Defensa y Exteriores se contradicen en relación a Afganistán, el ejecutivo se postula a favor de la liberalidad económica en Doha al tiempo que defiende la Política Agrícola Común europea. Para mejorar la coordinación es necesario aumentar los medios del Ministerio de Asuntos Exteriores y de los diplomáticos y profesionales a cargo de la acción exterior. Los autores argumentan que el gobierno ha abandonado el proyecto de reforma del servicio exterior -que fue incluido en el programa electoral del PSOE e iniciado en la pasada legislatura-, pero que ésta resulta imprescindible pese al coste político que pueda implicar.

Según estos autores, los logros de la política exterior de los últimos cinco años son, en el mejor de los casos, difusos, y los objetivos del Ejecutivo demasiado amplios a la vista de los resultados obtenidos y de las capacidades del país.

Por su parte, el ministro responde a la carta abierta de Areilza y Torreblanca «desde la humildad y con satisfacción» por la política exterior española de los últimos años. Según el ministro, España es hoy más fuerte en la comunidad internacional que hace un lustro, se identifica con un mundo más equilibrado y justo, promociona la paz, respeta la legalidad internacional y contribuye al desarrollo y a la seguridad. Además, la política exterior del actual gobierno responde a un nuevo modelo en el cual las «ideas son verificadas por los hechos y, viceversa, los hechos son incorporados en ideas», un modelo multidimensional, proactivo y adaptativo, que produce una política rica en teoría e ideas, eficaz y de compromiso. Así, parece que con más satisfacción por el trabajo realizado que humildad, el ministro concluye afirmando que la política exterior española goza de una inmejorable salud y cuenta con el consenso parlamentario y el refrendo de la ciudadanía española.

El primer objetivo de nuestra política exterior, indica el ministro, era defender y promover un multilateralismo eficaz, a lo que el Ejecutivo ha contribuido con la presentación de iniciativas y propuestas en torno a la nueva estrategia global contra el terrorismo y la Alianza de Civilizaciones. Aunque el ministro conceda particular importancia a esta alianza -según argumenta, de su implantación y seguimiento depende buena parte de la convivencia intercultural y la prevalencia de los derechos humanos- para Areilza y Torreblanca la llegada de Obama a la Casa Blanca y su capacidad para hablar en directo con el mundo musulmán le resta valor y relevancia. Efectivamente, gracias a sus características personales y a sus diferencias con el anterior presidente, Obama parece haberse convertido en el interlocutor que la alianza proclamaba.

En la relación con Estados Unidos los autores difieren claramente: mientras que, según Areilza y Torreblanca, Obama no espera nada de este lado del Atlántico pero está dispuesto a ser muy amable y a hacernos sentir muy bien, para el ministro la coincidencia de intereses entre Obama y Zapatero les hará estrechar vínculos y buscar objetivos comunes. El caso de Oriente Medio es paradigmático: el ministro es un gran experto en la materia -fue enviado de la Unión Europea en Oriente Medio- pero a la hora de apoyar el proceso de paz prefiere resaltar la complicidad entre Zapatero y Obama, situando a España independiente del Cuarteto (ONU, UE, EE.UU. y Rusia), que trabajar a través de la UE y sus instituciones, como proponen Areilza y Torreblanca.

También chocan los autores en la definición de multilateralismo y la relevancia del derecho internacional. Todos buscan el equilibrio entre derecho y poder, pero mientras el ministro utiliza un lenguaje más universal y moralizante, Areilza y Torreblanca manifiestan su escepticismo hacia los mismos y en particular hacia el anquilosado sistema de Naciones Unidas. Al final se trata de la difícil cuestión de admitir la relevancia pero también los límites del derecho internacional: el déficit democrático del Consejo de Seguridad, la incapacidad de la ONU y de la UE o las lagunas del derecho internacional para poner fin a los crímenes contra la humanidad o a los conflictos internacionales (un ejemplo reciente es la piratería en la región de Somalia) que se siguen sucediendo y ante los que la comunidad internacional permanece paralizada.

En el ámbito europeo los objetivos parecen afines -fortalecer la UE y su papel como actor global, entre otros aspectos-, pero Areilza y Torreblanca reclaman mayor liderazgo al Ejecutivo español para que actúe con voz propia y con igual dosis de pragmatismo y europeísmo, siguiendo ejemplos como el de Sarkozy. La presidencia de 2010 es una excelente ocasión para equilibrar el papel de España en los Balcanes y en particular hacia Kosovo, asunto en el que, según Areilza y Torreblanca, el ejecutivo debería actuar con una orientación más realista que normativa (al no reconocer a Kosovo, el ejecutivo se encuentra alineado con Rusia, Eslovaquia, Rumanía y Grecia, en contraposición a EE.UU., Francia, Reino Unido y Alemania).

Según el ministro, España es hoy mas fuerte en la comunidad internacional que hace un lustro, se identifica con un mundo mas equilibrado y justo, promociona la paz, respeta la legalidad internacional y contribuye al desarrollo y a la seguridad.

Tanto hacia América Latina como hacia China, Areilza y Torreblanca solicitan mayor compromiso del Ejecutivo por la promoción democrática y la defensa de los derechos humanos. En Latinoamérica es necesario distanciarse de la retórica populista de muchos de sus líderes -tal y como ha hecho Obama- y conseguir que España se convierta en un referente de primer orden, no sólo por la cultura común o por la presencia económica, sino por los valores democráticos. El ministro advierte que no ha habido ningún otro gobierno español que haya dedicado tanto esfuerzo a dialogar y concertar con las autoridades de los estados iberoamericanos y con Cuba en particular, incluyendo la oposición de cada país, pero lo cierto es que el mensaje que España ha transmitido no ha sido siempre todo lo claro y rotundo que pudiera y debiera ser en cuanto a la promoción de valores democráticos y defensa de las libertades.

El debate sobre política exterior exige combinar multitud de elementos y alternativas, y los artículos citados promueven un diálogo rico en contrastes que permite valorar distintas visiones de las relaciones internacionales y de la posición de España en Europa y en el mundo. No obstante, está claro que España debe buscar el equilibro entre poder y derecho, entre sus intereses en Europa, Iberoamérica, EE.UU., Oriente Medio, Asia y África, teniendo en cuenta que éstos no siempre, ni necesariamente, confluyen, y que debe fortalecer su imagen como país democrático poco proclive a modificar sus compromisos internacionales en función de los vaivenes electorales internos. Al debate sobre una política exterior de Estado contribuyen los artículos del ministro de Asuntos Exteriores y de Areilza y Torreblanca reseñados en este escrito, y por ello les debemos estar agradecidos.

La política exterior después de la caída del muro

Hay libros que desde el título influyen en la comunidad política. Así ocurrió en 2002 con la obra de Joseph Nye The paradox of american power. Desde entonces es un lugar común referirse al soft power y al hard power al reseñar las diferentes opciones políticas, económicas, militares, o culturales a la hora de ejercer el poder.

Desde que hace unos meses aparecieran estas memorias de Haass, es frecuente la utilización de los términos guerra de necesidad y guerra de elección, en esta ocasión referidos a la cuestión de Afganistán. Lo hizo Obama en su discurso del pasado agosto en el que defendió la necesidad de una escalada de tropas al afirmar que el conflicto era una «guerra de necesidad». Lo han hecho los críticos con dicha política al entender que en caso de incrementarse la presencia de tropas en Afganistán se convertiría en una «guerra de elección». Precisamente como consecuencia de este debate, la Administración Obama entró en un proceso de revisión de su estrategia que se espera finalice a la conclusión de la gira por Extremo Oriente.

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Richard Haass es desde 2003 el presidente del influyente Council on Foreign Relations y durante las Administraciones Carter, Reagan y los dos Bush tuvo diversas responsabilidades en los Departamentos de Defensa, Consejo Nacional de Seguridad y en la Secretaría de Estado. Es decir, en los tres órganos desde dónde se diseña la política exterior de Estados Unidos.

Ha sido, por tanto, un testigo privilegiado de los principales cambios internacionales y de las más importantes crisis que se han afrontado en los últimos treinta años.

Esta obra hace un recorrido por los principales acontecimientos que le tocó afrontar aunque se centra especialmente en las dos guerras de Irak. La primera, bajo mandato de George H. Bush, que se desencadenó como consecuencia de la invasión de Kuwait en agosto de 1990 por tropas iraquíes. En dicho momento Haass era el responsable para Oriente Medio en el Consejo de Seguridad Nacional. La segunda, en 2003, durante el mandato de George W. Bush, Haas era el director de la Oficina de Planificación Política del Departamento de Estado.

Dos guerras diferentes, dirigidas por dos presidentes distintos y que él vivió desde responsabilidades diversas. La primera como asesor directo del presidente en la Casa Blanca, con lo que era parte directa del proceso de toma de decisiones. La segunda, como asesor del secretario de Estado, el autor reconoce que apenas pudo influir en una decisión de la que discrepaba. En este sentido, uno de los momentos más importantes que narra es una reunión que mantuvo con la que había sido su amiga y en esos momentos era la consejera nacional de Seguridad, Codoleezza Rice en julio de 2002. Cuando Haass trató de llamar la atención de Rice sobre los errores de una escalada bélica con Irak, la respuesta de la consejera fue «ahorra esfuerzo, el presidente ha tomado ya su decisión».

Sobre eso también reflexiona el autor, sobre el liderazgo y la forma de ejercerlo, pero también sobre el papel de los asesores ante decisiones o políticas que juzgan erróneas. No es por tanto un mero libro de recuerdos y anécdotas ni un libro de relaciones internacionales. Es un libro de historia en el más alto sentido de la expresión, donde se entrelaza la información de primera mano, la observación personal y el análisis sobre circunstancias y personajes. No es un político que hace historia de sus actuaciones, sino más bien un historiador que ha tenido oportunidad de intervenir en acontecimientos políticos.

A diferencia de las autobiografías al uso, en ésta apenas hay lugar para la acritud ni para el reproche aunque sí lo hay para crítica constructiva. Es más duro con su entonces amiga Rice que con Bush, a quien reconoce afabilidad personal y capacidad de liderazgo.

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Uno de los aspectos más interesantes del libro son sus reflexiones sobre el papel de los asesores, la necesaria independencia de criterio, el ejercicio de la crítica desde el sentido de la oportunidad y el deber de lealtad con los superiores y el momento de la dimisión cuando la disconformidad es con la mayoría de las políticas impulsadas por la Administración. Eso fue lo que hizo Haass en 2003.

Por las páginas vemos desfilar los personajes que tomaron decisiones clave en la política exterior de Estados Unidos en los últimos veinticinco años como Baker, Rice, Scowcroft, Powell, Shultz…, crisis internas como el escándalo Irangate, relevos de Administraciones, las luchas entre los diferentes departamentos de la Administración, el peso real de los que acceden al oído del presidente y en todo momento un acertado encuadre de las responsabilidades del protagonista con el contexto general.

Nadie pudo predecir que el muro iba a caer de la forma que lo hizo. Tampoco que la decisión de Sadam Hussein de invadir Kuwait el 2 de agosto de 1990 fuera a desencadenar un conflicto que en diferentes fases, aún no se ha terminado por resolver. El propio Haass narra el desencanto inicial con el que asumió en 1989 su papel como responsable de Oriente Medio en el Consejo de Seguridad. Lo que se planteaba una tarea menor en un momento en el que Europa era el centro de atención terminó manifestándose como el núcleo del interés estratégico de Estados Unidos. No es sólo que la historia no tuvo el final que predecía Fukuyama, es que además apareció de forma inopinada. Por eso la vida política es tan interesante y merece tanto la pena.

Latín, Ilustración y Liberalismo:una revisión de las humanidades

La educación es un fiel reflejo de lo que ocurre en la Historia, tanto de la de ayer como la de hoy. Es así como los grandes hechos históricos y políticos han dejado su huella en el casi invisible mundo de las humanidades. El profundo cambio que experimenta la enseñanza del latín desde finales del siglo XVIII hasta el cuarto decenio del XIX nos servirá para ilustrar esta huella de la Historia en la enseñanza. De hecho, el latín dejó entonces de ser una lengua de comunicación para convertirse tan sólo en una lengua clásica, en una llave para conocer el pasado. Se daba así un paso decisivo para la transmisión del conocimiento por medio de las lenguas modernas. Dos figuras representativas, el erudito ilustrado Juan Sempere y Guarinos (1754-1830) y el político liberal Antonio Gil de Zárate (1796-1861), nos servirán de hilo conductor a través de este complejo cambio. Asimismo, el testimonio de un latinista, Luis de Mata i Araujo (hacia 1785-1846), será fiel reflejo de la profunda transición.

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Cuando Sempere y Guarinos tradujo libremente las Reflexiones sobre el buen gusto en las ciencias y en las artes de Ludovio Antonio Muratori (Madrid, 1782), aprovechó la oportunidad para añadir su propio Discurso sobre el gusto actual de los españoles en la literatura. Allí expuso una interesante reflexión acerca de la necesaria reforma de los planes de estudio en España, con sorprendentes reflexiones sobre las lenguas antiguas y las modernas. Tales reflexiones parten de la conocida preferencia de Benito Feijoo por la lengua francesa, como vemos en el texto del propio Guarinos:

«Esto mismo dio motivo para que se fuera extendiendo el estudio de la lengua francesa, y con ella el conocimiento de los buenos libros con que aquella sabia nación ha adelantado la literatura. Aunque al principio muchos la despreciaban,o por la falsa persuasión en que estaban nuestros nacionales de que no había más que descubrir en las ciencias que lo que se sabía en nuestro país. Ella fue gustando poco a poco, hasta que llegó a hacerse moda, y a componer una parte de la educación de la nobleza. El padre Feijoo tenía formado un concepto tan elevado de su utilidad, que no dudó en anteponer su estudio al de la griega y demás orientales. Este honor han merecido siempre las lenguas sabias y en las que se publican obras dignas de la inmortalidad». (Discurso…, pp. 208212).

Sempere aprueba la opinión de Feijoo favorable al avance de la lengua francesa, pero también es consciente de que las palabras de éste pertenecen a los albores de la Ilustración española1. Si bien es verdad que la enseñanza del francés estaba pugnando en la práctica con la del latín, sin embargo, los asertos de Feijoo no parecen entrar en contradicción con la propia consideración positiva que tiene Sempere de las lenguas clásicas. Nuestro autor desea, ante todo, que se libere al latín de una enseñanza viciada, «estéril y fastidiosa». Es ahí donde hay que apreciar la importancia tanto de los propios contenidos -la necesidad del estudio de la Mitología, la Historia, la Elocuencia y la Poesía- como del uso de una lengua moderna para el aprendizaje de la gramática:

«A esta se añadía el mal método con que se enseñaba. Precisados lo sniños a aprender los preceptos en latín, se disgustaban luego de un estudio tan estéril, y fastidioso, y esta desazón debilitaba el ardor, y el deseo de saber que en ellos es tan natural. Reducida la enseñanza asólo el estudio seco de las reglas y a la versión literal y servil de tal o cual autor, no de los mejores, carecían de la utilidad de la Mitología, del conocimiento del oculto artificio en que consiste la belleza, y la elegancia de la lengua Latina, de la noticia de los mejores autores de Historia, de Elocuencia, y de Poesía: todo lo cual es indecible cuánta fuerza tiene para civilizar los hombres, siendo éste el motivo porque entre nosotros se llama con mucha propiedad estudio de las Humanidades.(Discurso…, pp. 238239)».

Prueba de que ya estamos en otro momento de la Ilustración, lejano a los primeros tiempos de Feijoo, es el hecho de que a esta recuperación pedagógica hayan contribuido, en opinión de Sempere, las obras gramaticales de dos grandes ilustrados, Gregorio Mayáns e Juan de Iriarte, asícomo de los Padres escolapios2. Lo cierto es que las obras gramaticale sde Mayáns y de Iriarte fueron fruto notable de los intentos de renovación educativa de la lengua latina en la España del siglo XVIII, tras la expulsión de los jesuitas en 1767. Pero lo que supone una verdadera revolución en la consideración del latín por parte del pensamiento ilustrado es su abandono definitivo como lengua de comunicación y para la creación literaria:

«Es verdad que no son ahora tan frecuentes las obras de buena latinidad como en el siglo XVI. Mas esto no es ya por falta de buenos principios, y de ilustración, sino porque la nación va conociendo, como todas las demás de Europa, que la lengua, de que debe hacerse más caso para las obras, que se consagran a la utilidad pública, es la nativa, o la del país donde se habita». (Discurso…, p. 241).

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Es ahí donde las palabras de Feijoo alcanzan todo su sentido. El texto de Sempere sobre el latín es, pues, el resultado de un sutil equilibrio entre las corrientes afrancesadas del pensamiento ilustrado español y las propiamente hispanas. Por tanto, no podemos hablar de una actitud contraria al latín en la cultura hispana de la Ilustración, sino simplemente, de un cambio de actitud que se integra dentro de los deseos de reforma educativa. El Discurso de Sempere es un documento singular, dado que constituye un buen resumen de los ideales educativos de la etapa culminante de la Ilustración española. Por lo demás, las ideas que en él se exponen con respecto a la enseñanza de la lengua latina constituyen una excepcional síntesis de la evolución de los diversos juicios que fueron esgrimiéndose a lo largo del siglo XVIII. El punto de vista de Feijoo y la herencia del humanismo español aparecen ahora singularmente asociados en la consideración de un latín que no debe ya hablarse, pero sí estudiarse como lengua histórica y que, como tal, debe aportar en su enseñanza mucho más que los meros datos gramaticales.

Así las cosas, tras la derrota final de Napoleón Bonaparte se dan cita en Europa y España dos formas de estética: la residual del propio siglo XVIII, que pasará a llamarse de manera despectiva «clasicista», y la ideología emergente de aquellos que con el tiempo llamaremos «románticos». España ocupa un nuevo papel en el contexto de esta nueva estética, ya como objeto de estudio en sí de los modernos ideales románticos -la épica, el teatro de Calderón…-, ya como incierta receptora de las nuevas ideas.

Esta nueva estética, que era el vehículo de un incipiente nacionalismo español -después lo será también de otros nacionalismos,- no supo ser aprovechada por los ideólogos de Fernando VII3. El error de no aceptar estas «nuevas ideas» y de aferrarse a unos ideales estéticos «clasicistas» supone una de esas paradojas que nos encontramos constantemente en la Historia, sobre todo cuando en la estética penetra arbitrariamente la ideología política. Después, los liberales moderados supieron sacarle partido a todo este nuevo ideario estético y político basado en la equivalencia de una lengua, una literatura y una nación.

En lo que a la enseñanza de la lengua y la literatura latina respecta, ya se había desarrollado en España una enseñanza acorde con la propia Historia crítica, de carácter ilustrado, en autores como Mayáns o el propio Sempere. Sin embargo, tales propósitos quedan interrumpidos ante una vuelta a la enseñanza tradicional del latín asumida a partir de 1823 por los responsables de la educación durante la época de Fernando VII, que marginan tales contenidos históricos, en particular la incipiente Historia literaria, que termina identificándose con el pensamiento liberal. Tal planteamiento no volverá al panorama educativo, consiguientemente, hasta el regreso de los liberales al poder, aunque desde presupuestos claramente románticos.

De esta forma, mientras la enseñanza del latín continúa desarrollándose desde una perspectiva dominada aún por la estética del clasicismo, la nueva asignatura de orientación histórica se inspirará en las nuevas ideas que provienen de Alemania -en particular de Friedrich Schlegel, cuya Historia de la literatura antigua y moderna se traduce al castellano en 1843-. Este reparto no implica, naturalmente, una identificación simplista de la enseñanza del latín con el absolutismo, aunque cabe ver tal tendencia si comparamos la mera enseñanza preceptiva del latín legislada por Calomarde (1824) durante la llamada década ominosa de Fernando VII con el planteamiento que de la enseñanza de la literatura latina hace Gilde Zárate (1855) ya en los primeros años del reinado de Isabel II. El primero opta por una estricta enseñanza de la Poética y la Retórica, mientras el segundo incorpora las novedosas enseñanzas de contenidos literarios, ausentes desde los tiempos de la Ilustración4.

En realidad, entre Sempere y Gil de Zárate había ocurrido un hecho singular que va a condicionar la transición entre los tiempos ilustrados y los liberales: al igual que ocurre con la propia enseñanza de la literatura española, se crea un nuevo paradigma, el de la Historia de la literatura latina frente al de la mera enseñanza de su lengua y de los mejores autores, es decir, la Retórica y la Poética. De esta forma, si durante la época de Fernando VII las Escuelas de Latinidad de Calomarde optan por el modelo de estudio tradicional, el nuevo paradigma histórico no aparecerá en el panorama educativo español hasta el decenio de los años cuarenta del siglo XIX.

En este contexto, la obra del preceptista de latinidad Luis de Mata i Araujo es un buen ejemplo de la situación cambiante, pues él vivió la transición desde los tiempos absolutistas a los tiempos liberales, y desde el clasicismo supuestamente retrógrado al romanticismo supuestamente progresivo. El autor fue miembro de la Real Academia Greco-Latina Matritense, además de catedrático de Retórica en el Instituto de San Isidro. Sus obras sobre gramática latina tienen una relevancia significativa entre los años treinta y cuarenta del siglo XIX.

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Tengamos en cuenta los cambios que se han producido en la política española desde el año de 1829 hasta 1839, en especial la muerte de Fernando VII el 29 de septiembre de 1833. Mata i Araujo es permeable, si bien sólo en parte, al nuevo ideario romántico en su faceta más conservadora. Su libro titulado Lecciones elementales de literatura aplicadas especialmente a la castellana (Madrid, 1839) combina, junto a la esperable poética, un esbozo de historia de la literatura y establece el siglo de oro de la literatura española entre los siglos XVy XVI, al contrario de lo que va a hacer poco más tarde el liberal Gil de Zárate, que lo atrasa hasta el XVII, en especial con el teatro, por influencia de la nueva estética alemana. Mata i Araujo, que ni tan siquiera habla del teatro de Lope o Calderón, defiende al final de su libro un ideario literario político que mire, ante todo, a los mejores autores españoles del siglo XVIII, pero donde quede expulsado todo resto de afrancesamiento, en aras de una literatura plenamente nacional:

Debemos sobre todo descartar el filosofismo del siglo XVIII, imitando la sensatez i cordura de nuestros padres que supieron acoger sí las buenas ideas, pero también despreciar los errores i teorías halagüeñas que tantos desastres causaron a la Francia en su delirante republicanismo, i cuyas consecuencias estamos nosotros sufriendo ahora en una guerra civil desastrosa.

Y añade además:

Déjense por fin otros de creerse superiores a todos los demas, hablándonos en un lenguaje más alambicado que el Gongorismo: las obras siguientes en que pueden formarse nuestros jóvenes para escribir con un lenguage nacional digno en todo género de literatura, son ademas de las de los clásicos antiguos, las de los escritores desde el tiempo de Cárlos III (Lecciones…, pp. 407408)

Como vemos, las paradojas son muchas. En Mata i Araujo lo que ahora es ideología conservadora se confunde con las otrora líneas maestras de una parte del pensamiento español del siglo XVIII, el que trató precisamente de encontrar en lo propiamente hispano el germen de la restauración del buen gusto -es el caso singular de Gregorio Mayáns o de Sempere y Guarinos-: precisamente en la literatura de los siglos XV y XVI. Los nuevos aires estéticos venidos de Alemania cambian de rumbo esta configuración, poniendo el mayor énfasis en la antigua épica, el romancero y el teatro español del XVII.

Buena parte del pensamiento liberal de la época abandona los viejos ideales de los ilustrados españoles del siglo anterior para abrazar la nueva ideología romántica. De la idea de patriotismo ilustrado -personas libres con voluntad de crear una patria común- se pasa a la de nacionalismo romántico -la pertenencia a un pueblo predeterminado por mera razón de nacimiento-. No debemos dejar que se pase por alto en el texto citado una interesante referencia a la primera guerra carlista, la que tuvo lugar, con la muerte de Fernando VII, entre 1833 y 1840, cien años antes de otra guerra civil que los historiadores han terminado llamando, por antonomasia, la guerra civil.

Por regla general, las cuestiones educativas dependen tristemente del oportunismo y la necesidad de subirse cuanto antes al carro de las ideas dominantes, que en los tiempos de Fernando VII suponía la reacción contra el mundo ilustrado, confundido ya con las tropelías de Napoleón. Ciertos liberales moderados intentaron después la restauración de parte de aquellos ideales ilustrados, confundidos ahora con los nuevos vientos románticos. En esos vaivenes, la enseñanza del latín y de su historia literaria se fue dirigiendo erráticamente hacia derroteros insospechados.

NOTAS

1. Como hace notar Luis Gil en su Panorama social del humanismo español (Madrid, 1997, pp.151152), el desinterés que Feijoo sentía por las lenguas clásicas está relacionado, curiosamente, con un complejo de inferioridad con respecto a lo español, y es propio del panorama cultural de los primeros decenios del siglo XVIII, ya que hacia la cuarta década se produce un cambio sustancial en las actitudes hacia la renovación de la cultura.

2. Éstos ocuparon una posición clave para la enseñanza del latín tras la expulsión de los jesuitas en 1767, tal y como ha estudiado Javier Espino en su trabajo titulado «Política y enseñanza del latín: liberales y conservadores en la gramática latina durante el reinado de FernandoVII», Estudios clásicos 123, 2003, pp. 4565.

3. Así lo comenta Álvarez Junco en su libro Mater dolorosa. La idea de España en el siglo XIX, Madrid, 2001, p. 385.

4. «Hase visto en la sección tercera cómo quedó organizada en los Institutos la enseñanza del latín, y los principios que guiaron en la organización de esta parte principal de los estudios clásicos. Aunque se creyó que aquello era bastante para saber la lengua de los romanos, tal cual hoy se necesita, esto es, no para hablarla y escribirla, cosa desusada en el día y que lo será más en adelante, sino para la cabal inteligencia de los autores más difíciles; todavía se tuvo por insuficiente semejante estudio para aquellos que en sus respectivas carreras necesitan mayores conocimientos, o desean profundizar más en tan interesante materia. Con este objeto, se estableció en todas las facultades de filosofía un curso especial de Literatura latina, asignatura que jamás había existido en nuestras escuelas. Destinado este curso a conocer todos los escritores que han ilustrado la lengua del Lacio, desde el origen de la república romana hasta la edad media, como igualmente a perfeccionarse en su traducción, forma el complemento de una serie de estudios bien graduados desde los rudimentos hasta lo más arduo; resultando de todo una instrucción muy superior a la que en todos tiempos se había podido adquirir entre nosotros, y preferible a la que comprenden los que sólo buscan el arte de chapurrear una jerga bárbara, y sin aplicación alguna en las costumbres literarias de estos tiempos» (Antonio Gil de Zárate, De la instrucción publica en España, Oviedo, 1995, p. 117, publicado originalmente en 1855).

Los nuevos modelos universitarios

Cuando comience el curso próximo, el llamado «proceso de Bolonia» se deberá considerar concluido en la universidad española. Concluido al menos en lo que se refiere a la propuesta definitiva de titulaciones de grado, y por lo tanto con todas ellas iniciadas. Y siendo así, cabría acercarse a la conclusión de que siendo este un proceso de europeización de las universidades, este mismo fenómeno se estará viviendo en el resto de las universidades europeas, pues no. Una vez más nuestro original modo de ser europeos nos dejará prácticamente solos con la obligatoriedad y la universalización del proceso en todas las universidades públicas, privadas y adscritas. Y es que ya estamos cogiendo la costumbre de ponernos delante de la manifestación, llevar la pancarta, y cuando miramos hacia atrás comprobamos que nadie nos sigue…

En estos últimos veinte años a los que Nueva Revista ha dedicado multitud de reflexiones a la universidad, en España se han creado casi el noventa por ciento de las universidades que existen hoy.

Los once distritos universitarios que se mantuvieron inalterables durante más de seis décadas, se han convertido hoy en cerca de un centenar de establecimientos que expiden títulos de licenciados con reconocimiento estatal, y una infinidad de títulos propios, tan variados como efímeros en la mayoría de las ocasiones. Pues bien, a partir del curso 2010-2011, todos sin excepción tendrán a punto las diferentes titulaciones de grado, con las que en unos años (¡temblad, europeos!), invadiremos el mercado laboral del viejo continente, lo cual me hace pensar que nuestro prestigioso Instituto Cervantes se deberá marcar el objetivo de que toda Europa hable castellano en ese tiempo, porque me temo que nuestros graduados seguirán con la vieja asignatura de los idiomas pendiente.

En estos últimos veinte años a los que Nueva Revista ha dedicado multitud de reflexiones a la universidad, en España se han creado casi el noventa por ciento de las universidades que hoy existen.

Pero vayamos por partes. ¿Qué es exactamente el «proceso de Bolonia»? ¿En qué consiste ?, ¿Cómo va a mejorar -si es que mejora- la universidad con su aplicación? ¿Quién lo inicia y por qué? Y sobre todo, ¿si es necesario financiarlo, quién lo va ha hacer en estos momentos? Son demasiadas preguntas que desde luego no pretendo responder, no resultaría adecuado en un artículo de estas características, pero su formulación me permitirá al menos compartir con los lectores de Nueva Revista una breve reflexión sobre la institución universitaria.

Comienzo por reconocer mi condición de universitario, mi dedicación a la universidad, actividad que he mantenido a lo largo de toda mi vida adulta, y de mi gran amor a una institución que en los momentos actuales seme antoja imprescindible e insustituible. Partimos además de la experiencia acumulada en los últimos ochocientos años y de la infinidad de consideraciones, reformas, adaptaciones, intentos de manipulación, de instrumentalización, de colonización, de control, de vejaciones y desprecios que ha sufrido la universidad sin que por eso haya sucumbido, por lo tanto mi diagnóstico siempre será optimista. Ahora bien, el nacimiento del llamado Espacio Europeo de Educación Superior, que surge como idea en la ciudad de Bolonia, tiene poco que ver con el invento -también europeo- medieval. Se da una diferencia extraordinariamente determinante, y es que en el siglo XII ese nacimiento está motivado por el ayuntamiento espontáneo y voluntario de alumnos y profesores en los antiguos Hospitia parisinos, mientras que ahora han sido los ministros de educación de los diferentes países europeos los que tomaron la iniciativa a instancias del propio gobierno de la Comunidad. Una vez más los políticos metiendo la mano en la educación, nunca ha resultado un buen comienzo.

Hace más de seis años, exactamente el 27 de marzo de 2003, tuve la oportunidad de conocer en un almuerzo a la entonces comisaria europea de Educación y Cultura, madame Viviane Reding. Durante la comida, y antes de que ella interviniese de un modo más general, pude conversar en privado con la comisaria, que me adelantó pormenorizadamente lo que se plantearía más tarde como la gran reforma de la universidad europea, al definir el Espacio de Educación Superior. Salí algo turbado porque casi toda la filosofía de la reforma se basaba en un argumento principal que debería convertirse en el motor del cambio: la universidad europea tendría que imitar a la norteamericana, si nuestro tejido laboral y profesional quería en el futuro competir con el suyo. De modo, que le tocaba el turno de las reformas a la universidad, intentando hacer de ella un instrumento más útil para la sociedad europea.

Podría parecer que se trataba de establecer mecanismos correctores en las desviaciones que se hubieran podido producir en lo que podríamos llamar «Responsabilidad Social de la Universidad», así al menos se ha presentado la filosofía de esta reforma. La alma máter se habría ido separando del resto de la realidad social, y se hacía necesaria una rectificación para hacer de la institución secular algo más útil, más apropiado para el mercado, las relaciones mercantiles y la modernidad.

Ahora bien, si analizamos con rigor la misma idea de «responsabilidad social corporativa», llegaremos a la conclusión de que la primera respuesta que toda institución debe a la sociedad es la de aportar su propia identidad institucional, ser lo que se debe ser y no otra cosa, porque entonces en lugar de una reforma se debería plantear una sustitución. ¿Y que es la universidad? Después de escuchar a madame Reding me asaltaron multitud de dudas y me fui a repasar autores que me reforzaran la idea primigenia que tenía sobre lo que debe ser la universidad.

La sociedad necesita más que nunca a la universidad, pero pidiéndole algo más que en los siglos anteriores, una nueva misión que Ortega intuía, pero no supo definir, la de servir de faro en la sociedad de la información.

Para encontrar la esencia de la institución universitaria, resulta del todo imprescindible bucear en sus orígenes incluyendo los antecedentes remotos por los que el pensamiento humano se vincula a determinadas metodologías de búsqueda y transmisión de la verdad. La universidad así contemplada tiene algo sustancialmente permanente a pesar de la constante transformación de los modos. Estaríamos ante un fenómeno similar al de la creación del universo salvando las correspondientes distancias, y así como la materia una vez creada no hace más que transformarse, sin que se vuelva a crear ni a destruir, la inteligencia humana, el genio del hombre, su pensamiento libre, su amor a la verdad, viven en permanentes transformaciones, apareciendo con más o menos fuerza, más o menos rutilantes. Así, la materia termna evolucionando hasta formar estrellas cuya aparente inmutabilidad enmascara la permanente situación de cambio, su continua evolución. En el cielo están constantemente naciendo y muriendo estrellas, pero nadie duda que nos acompañarán mientras exista el universo. De la misma manera, una vez que el modo de gestionar el pensamiento humano ha logrado definir la institución universitaria, ésta evolucionará de modo continuo, aparecerán y desaparecerán universidades, pero lo más lógico es pensar en su permanencia como institución.

Si ciframos lo esencial de la universidad en el «amor a la verdad», resulta del todo lógico que la institución universitaria tenga necesariamente que ocuparse en su búsqueda a través de la investigación y en su transmisión, en su enseñanza. Ahora bien, en la sociedad actual la investigación y la docencia tienen que ver también con la verdad práctica y por lo tanto con las aplicaciones de las que debe beneficiarse el resto de la humanidad. De ahí que resulte igualmente necesario formar a los profesionales que van a de sarrollar su actividad utilizando su inteligencia, y que se produzca una permeabilidad de todos los saberes expertos en el conjunto de la sociedad.

Pues bien, ninguno de los documentos que desarrollan la reforma actual y que definen el llamado Espacio Europeo de Educación Superior toca para nada estas cuestiones, no se cita ni una sola vez la palabra verdad, pero constantemente se están haciendo referencias a la necesidad de adquirir destrezas, de ejercitar habilidades, de aprendizajes y…, lo que a mí al menos me lleva indefectiblemente a la imagen de las focas manteniendo diferentes pelotas de colores en el hocico mientras bailan.

Desde que la universidad hizo su aparición en plena síntesis teológica se convirtió en una institución de referencia social indiscutible y de indiscutible liderazgo intelectual. Los conocimientos se integraban en los saberes en una perfecta y extraña simbiosis entre los últimos descubrimientos de las diferentes ciencias y la sabiduría tradicional decantada por el tiempo y sometida a la cultura popular. Así, cuando se dice que la universidad debe cubrir fundamentalmente sus dos principales funciones de docencia e investigación, se está haciendo referencia a la bidireccionalidad de la misión orteguiana tantas veces citada. Por una parte crea, profundiza, mantiene, justifica, consolida y orienta los diferentes conocimientos especializados, como una auténtica punta de lanza que con paciencia, humildad y perseverancia erosiona la roca de la ignorancia, horada los muros de las diferentes mentiras interesadas y nos permite acercarnos a los arcanos de la verdad cuidadosamente envueltos por los mil y un laberintos cubiertos de velos que nos alejan de ella. Por otra parte, enseña y transmite esos conocimientos a los diferentes servidores de la sociedad que a través de las profesiones consolidadas y reconocidas aplica esa ciencia y esa técnica para que rinda sus frutos de forma universal y solidaria.

Es cierto por otra parte, que la Ilustración, sorprendió a la universidad sumida en un excesivo embelesamiento aristotélico. La ruptura con la síntesis teológica, supuso no sólo una pérdida de visión global, sino un alejamiento de la realidad social en la que se inscribía de una forma ejemplar la universidad medieval. En determinadas ocasiones el avance científico eligió caminos heterodoxos e inhóspitos, pero la universidad tampoco supo reaccionar, y lo que comenzó siendo una falla de dimensiones aceptables, terminó a finales del XIX, convirtiéndose en un abismo. Ninguna de las ideas o acontecimientos científicos que marcaron la cultura del siglo XX, tuvo su origen en la universidad; ninguna de las personalidades que protagonizaron esos cambios lo hizo desde y para la universidad. Marx, Einstein y Freud son tres ejemplos suficientemente representativos que avalan esta tesis. El modelo de la universidad fue desdoblándose hasta llegar a una bipolarización excesiva entre la universidad europea de corte estatalista y especulativo, y la universidad especializada y pragmática de los Estados Unidos que rompió definitivamente con el modelo de los saberes universales.

En estos momentos, la sociedad de la información nos coloca ante nuestras propias contradicciones con una nueva expectativa de síntesis cultural que resulta cada vez más acuciante. Las instituciones más obligadas a mantener los sistemas de valores han entrado en el torbellino de un utilitarismo rampante y del reconocimiento de una utopía imposible de aprender y de fijar en coordenadas humanas. La sociedad se mantiene estructurada en torno a centros de poder, donde la única verdad tiene que ver sobre todo con los resultados a corto plazo, mientras la autoridad se pierde por los vericuetos del pragmatismo. Es probablemente la época en la que la humanidad ha logrado distanciar más dramáticamente la potestas de la auctoritas, haciendo de los valores éticos una moneda a punto de ser retirada de la circulación.

Pese a todo, son muchos los que parecen atisbar un cuadro lleno de contrastes, capaz de establecer mecanismos regeneracionistas que nos hagan transitar por el tercer milenio con un profundo cambio de actitudes. Desde la universidad se buscan conexiones eficaces e indiscutibles, útiles para la sociedad. Desde la sociedad, por su parte, se busca esa referencia estable y coherente que sin dejar de ser antropocéntrica devuelva al hombre su sentido más auténtico, sin necesidad de caer en el reduccionismo inmanentista al que nos abocó el racionalismo cientifista del positivismo que rompió con la síntesis teológica.

Y eso necesariamente hay que hacerlo por y desde la universidad, desde una universidad europea que nos identifique con nuestras propias raíces. No sé, sinceramente, si esta reforma nos servirá para conseguir ese objetivo, pero de momento, como dirían los taurinos, no se ve que apunte maneras.

Si se trataba de poner a la institución universitaria frente a su responsabilidad social, se tendría que haber empezado por analizar los mecanismos de conexión entre universidad y sociedad, pero respetando sobremanera en primer lugar la propia identidad corporativa universitaria. Si no es así, se termina por defraudar a ambas por llegar a identificar como algo diferente eso que al principio tan sólo comenzamos a llamarlo de modo diferente.

Hace tiempo que las reformas legislativas en materia de enseñanza universitaria buscan procedimientos y organismos que puedan resolver el alejamiento social de la universidad sin conseguirlo, pero en lugar de reconocer los errores y tratar de evitarlos parece que se ha elegido el camino de la pérdida de identidad, exactamente el que puede producir mayor desconexión y mayor irresponsabilidad social. Porque la sociedad necesita hoy más que nunca a la universidad, pero pidiéndole algo más que en los siglos anteriores, una nueva misión que Ortega intuía pero no supo definir, la de servir de faro en la sociedad de la información.

Por lo tanto, las misiones tradicionales de la universidad de búsqueda y depósito del conocimiento y transmisión de ese conocimiento para el ejercicio de las profesiones tituladas, habría que añadir hoy otra de enorme trascendencia, la de la prescripción social y el liderazgo, justo en el momento en el que, a través de la red, todo parece saberse.

¿Y cómo plantear en el conjunto de estas relaciones universidad sociedad, una auténtica responsabilidad social?, ¿con Bolonia?, ¿es por eso por lo que surge Bolonia?

DESCRIPCIÓN DEL PROBLEMA

Al analizar las relaciones de la institución universitaria con la sociedad, no podemos limitarnos a establecer las clásicas propuestas que tradicionalmente imponen las estructuras internas de los órganos de gobierno. Así, en la actualidad parece que resolvemos esa cuestión admitiendo un vicerrectorado específico que trate de abordar esa relación, y al que se le suele denominar extensión universitaria o también más recientemente relaciones institucionales. Ambas denominaciones a veces coexisten y tratan de atender aspectos muy concretos de esa relación. Pero hoy, la universidad que tenemos que plantear es diferente, y probablemente no son del todo válidas las estructuras de gobierno con las que contamos para tratar de cubrir esas relaciones. La llamada extensión universitaria, ha servido más para atender determinadas necesidades impuestas por la masificación universitaria y se ha referido sobre todo a la atención cultural y deportiva de la propia comunidad universitaria a sus estudiantes. Por su parte, las relaciones institucionales han perseguido, a veces de modo poco profesional, la gestión del patrocinio y las relaciones con el mundo empresarial. Estos dos departamentos se han considerado además siempre como añadidos a los tradicionales de la ordenación, investigación, alumnos, internacional, etc., en los que básicamente radicaba el gobierno universitario.

Por otra parte, en un momento determinado se vio la necesidad de establecer otro tipo de mecanismos para garantizar esa relación entre una universidad endogámica y distante y una sociedad cada vez más exigente con sus universidades, y se trató de dar a los consejos sociales un protagonismo, como propuso en su día la Ley de Ordenación Universitaria. Estos consejos sin embargo parecen haberse planteado más como mecanismos de control social que como elementos de conexión con la sociedad, a la que se sigue viendo cada vez más alejada de la alma máter.

Las fundaciones de las respectivas universidades, por su parte, tampoco han sabido ofrecer interfaces eficaces de relación con la sociedad, más preocupadas por el corto plazo y por los problemas presupuestarios de carácter doméstico para poder atender las enormes demandas económicas de sus universidades matrices.

Con este panorama, nos encontramos por una parte que desde la universidad fallan los mecanismos con los que entrar de modo más eficaz en el tejido social y, por otra, la sociedad va tomando distancia y se separa cada vez más de los ámbitos universitarios en los que no se reconoce, no los necesita y los considera cada vez menos suyos. Es cierto que esa relación viene deteriorándose desde hace ya bastante tiempo, pero quizás en estos momentos sea especialmente crítica y reclame y necesite de urgentes e imaginativas soluciones.

Esta reflexión trata de poner de manifiesto la necesidad que tiene la sociedad de hoy de encontrar respuestas auténticas y desinteresadas a sus demandas, a sus numerosas inquietudes, desde instancias que no respondan básicamente a planteamientos económicos o políticos y que posean el conocimiento experto adecuado, de tal modo que si hoy no existiera la universidad, sería muy conveniente inventarla. Ahora bien, como ya está inventada, lo que deberíamos proponer es reinventarla, haciéndola eso sí mucho más permeable con la sociedad a la que debe servir y consciente de su responsabilidad social. Si no, otras instancias tomarán su lugar e intentarán suplantarla poniendo otros intereses en juego, tanto a la hora de asumir la misión de prescripción y de autoridad moral ante cualquier problema, como a la hora de dar respuesta a las demandas de un mundo profesional y empresarial extraordinariamente cambiante y exigente. La incoherencia de las llamadas «universidades empresariales o corporativas» sería un ejemplo de ello.

Pero donde esta suplantación tiene un efecto más dramático y pernicioso es en la labor de las fuentes informativas expertas en los procesos de la comunicación de masas, dejando sin atender una de las funciones básicas de los medios de comunicación, la función pedagógica, o lo que es peor, inundando los flujos de la comunicación de visiones interesadas.

Resumiendo, podríamos definir el problema de la falta de relación eficaz de la universidad con la sociedad en los siguientes puntos:

1. Falta de respuesta universitaria adecuada y ágil a las demandas cada vez mayores y más vertiginosas en el tiempo del mundo profesional y empresarial.

2. Necesidad social creciente y acuciante de que la universidad asuma su compromiso de liderazgo social y su responsabilidad con toda la sociedad.

3. Riesgo de ensimismamiento académico, especialización y aislamiento en las universidades actuales, alejándose cada vez más de los problemas reales de nuestra sociedad.

4. Necesidad en los medios de comunicación de masas de atender la demanda creciente de contenidos y de contar con fuentes solventes e independientes.

5. Desproporción e inadecuación de los instrumentos actuales para abordar esa relación con una mínima esperanza de éxito. Los vicerrectorados más cercanos al ámbito del problema quedan en la actualidad bastante lejos de las soluciones, limitándose a acciones puntuales con personal de la propia universidad, sobre todo alumnos, o a intentar institucionalizar unas cuantas relaciones con el mundo exterior.

6. Falta de adecuación en determinados aspectos de los consejos sociales, que pueden caer también en esa misma falta de eficacia por su nivel de burocratización, politización o sindicalización y su actuación reducida en muchas ocasiones a temas internos de la propia universidad.

7. Necesidad de generar instrumentos ágiles de penetración universitaria en los tejidos productivos, empresariales y sociales, sin que por ello haya que reducir el nivel de autonomía y los mecanismos de control y democratización interna de la institución.

PROPUESTAS ALTERNATIVAS

Con este diagnóstico, el problema de las relaciones entre la universidad y la sociedad no parece fácilmente subsanable con una propuesta concreta y simple. No se trata de aportar la sugerencia de un nuevo departamentoo una nueva función dentro del conjunto administrativo o académico actual, o de sus órganos de gobierno, pero tampoco se trata de dar a los estudiantes un barniz de formación útil y de imponer criterios de instrumentalización como parece apuntar la reforma de Bolonia. Se trata más bien de asumir una nueva mentalidad que permita recuperar por una parte los principales componentes de la identidad universitaria y por otra reflejarlos a la sociedad de un modo rotundo, eficaz e innovador, con instrumentos propios de la nueva sociedad de la información. Esa nueva mentalidad empaparía todos y cada uno de los departamentos actuales, proyectándoles hacia su entorno inmediato y hacia el conjunto de la sociedad.

En lugar de intentar modificar la criatura desde fuera, podríamos entonces partir de la necesidad de una nueva concepción universitaria en los órganos rectores, un cambio de paradigma en la cultura corporativa y una nueva política de comunicación que permita la acción de los instrumentos eficaces de modo profesional y riguroso para conseguir llevar esa nueva cultura hasta una más auténtica identidad corporativa y una más fidedigna imagen corporativa. Veamos algunos procedimientos.

1. FOROS UNIVERSITARIOS

Se definirían como instrumentos para el debate público del conocimiento especializado de los saberes expertos universitarios.

Estarían concebidos como escaparates interactivos al servicio de toda la sociedad, fundamentalmente a través de los medios de comunicación. Deberían procurar llevar de forma continua los conocimientos y las reflexiones universitarias a todos, haciendo de los contenidos especializados de los medios de comunicación un vehículo permanente de conocimiento social, atendiendo así de forma innovadora al deber de responsabilidad social que tiene hoy la universidad como institución

La universidad debe liderar de nuevo una síntesis cultural, que ya no podrá abrirse camino hoy sin la concurrencia y la utilización de los medios de comunicación a través de su función pedagógica. El interés periodístico de los acontecimientos debe enraizarse y progresar en el interés real de los expertos, de ahí el programa que aportó el Foro Complutense, que en su presentación ya proponía «hacer interesante lo importante, poner de moda la verdad, introducir en el ruido cotidiano de la comunicación de masas una reflexión pausada, independiente y honesta de los que dedican su vida a la investigación». De este modo, se trataría de ofrecer una solución a dos importantes problemas de los diagnosticados en la relación sociedad-universidad, la falta de presencia social de la auctoritas universitaria y la crisis de contenidos y de superficialidad por la que atraviesa todo el fenómeno mediático.

2. DEPARTAMENTOS DE COMUNICACIÓN

La existencia de los departamentos de comunicación de las universidades podría ofrecer una excelente vía de solución para lograr la interconexión universidad-sociedad, salvando los problemas derivados de la exigencia de una mayor profesionalización de los mismos. Habría que considerar la figura del Dircom de un modo más rotundo, y su labor de diseñador y gestor de estos departamentos de forma mucho más innovadora. No basta ya con establecer meros gabinetes de prensa o redacciones de órganos periodísticos internos o externos, esta función y esta figura deben gestionar toda la comunicación de la universidad, tanto en su vertiente interna, con una adecuada gestión de la cultura corporativa, como externa, de gestión social del conocimiento experto. De ahí que haya que considerar de otro modo a estos departamentos, tanto en la estructura orgánica, como en su función en el equipo de gobierno de las universidades.

3. CENTROS ACREDITADOS

Se trata de replantear la relación de la universidad con centros de titularidad pública o privada que aporten nuevas funciones a la sociedad y alguna especialización en ámbitos académicos del máximo nivel. Los tradicionales «centros adscritos» darían paso así a otro tipo de relación con centros que aporten a nuestras universidades mayor valor añadido.

Sin dejar de contar con universidades grandes, y bien dotadas en todos los sentidos, el resto de la sociedad civil podría estar presente en la propuesta universitaria sin necesidad de competir con esas universidades, ofreciendo propuestas académicas especializadas, a través de unos centros que hoy lamentablemente nadie considera.

Los centros adscritos han dejado de ser simples incubadoras de universidades que querían nacer al cobijo de otra universidad conocida y pública, alcanzar a su sombra la masa crítica suficiente y poder caminar sola, y esa figura atraviesa en estos momentos una clara crisis de identidad.

Nuestra propuesta es la de establecer una nueva relación de centros acreditados con universidades grandes y de larga trayectoria académica, para conseguir diversos objetivos de interés mutuo. Estos centros, tendrían que orientarse por alguna especialización que les permitiera actuar con una especificidad y aplicaciones metodológicas de inerdisciplinariedad viable, es decir, definir ámbitos de conocimiento especializado en áreas temáticas como las ciencias humanas, sociales, de salud o experimentales, y aplicar allí modelos multidisciplinarios realistas en cuanto a su aplicación.

Su tamaño y características les permitirían tener una enorme agilidad y capacidad de llegar a lugares y situaciones de difícil acceso para universidades grandes a la hora de establecer acuerdos con empresas o instituciones a las que ofrecer determinados servicios universitarios. Sería algo así como disponer de lanchas rápidas desde un gran portaaviones con difícil acceso a determinados lugares.

La relación, asimismo, posibilitaría la ejecución de programas de investigación conjunta a los que ninguno de los dos socios por separado podría acceder.

La acreditación, por otra parte, debería exigir un mayor rigor que la adscripción y podría basarse en el resultado de una relación anterior previamente establecida y unas propuestas creativas e innovadoras.

En definitiva, la propuesta es la de considerar la creación de un nuevo modelo de relación con Centros Universitarios de Aplicación Especializada, a los que se podría aplicar el modelo anglosajón de acreditación universitaria, al estilo de la London School of Economics and Political Science, uno de los centros especializados en ciencias sociales de mayor prestigio del mundo.

He aquí tres propuestas concretas que podrían plantearse como instrumentos básicos de acercamiento entre universidad y sociedad, pero sobre todo tres propuestas para ejercer de modo innovador y eficaz la auténtica responsabilidad social corporativa en la universidad y desde la universidad, sin necesidad de abordar otro tipo de modificaciones o reformas planteadas por los políticos y desde la política.

Los veinte años de una gran aventura

Corría el mes de febrero de 1990 cuando en el hotel Villa Real de Madrid, situado en las inmediaciones del Congreso de los Diputados, se presentaba el primer número de Nueva Revista de política, cultura y arte; comenzaba así una aventura que dura ya veinte años. Recuerdo muy bien aquellos momentos, era además el primer gran acto público al que asistía después de que naciera mi segundo hijo. En las conversaciones de aquella tarde fluía una gran expectación ante el nuevo proyecto editorial, había entusiasmo entre los que iban a participar más directamente en el mismo, y también se compartía la sensación de que en la política española se avecinaban tiempos de cambio, lo que sólo acabaría por producirse algunos años después.

El núcleo de los asistentes al acto estaba constituido por quienes formaron el primer Consejo Editorial de la revista, un grupo de edades muy distintas, de procedencias profesionales también diferentes; en buena medida personas procedentes de las juventudes de UCD, del diario Madrid y del mundo universitario. El grupo compartía una concepción liberal del pensamiento, de la política o de la creación artística, tal y como se han desarrollado en nuestra civilización de origen grecolatino y de raíces cristianas. Desde entonces ese mismo grupo ha constituido la red básica de personas sobre la que ha descansado Nueva Revista.

Pero la vida de Nueva Revista no se puede explicar sin el liderazgo de su presidente y editor, don Antonio Fontán. Catedrático de Filología Clásica, periodista, fundador de la Actualidad Española, director de NuestroTiempo, miembro (hay que precisar su posición) del diario Madrid y valedor de la memoria de ese periódico hasta nuestros días. Había sido un político de influencia innegable; participó en la fundación del Partido Demócrata junto a Joaquín Garrigues, fue ministro de Administración Territorial (1977-1980), diputado y presidente del Senado y también miembro del Consejo Privado del Conde de Barcelona hasta su disolución. Don Antonio aunaba, de esta manera, un conjunto de cualidades personales, intereses intelectuales y experiencias profesionales que lo convertían en único para imaginar primero e impulsar después un nuevo proyecto editorial de la amplitud de intereses que representaba Nueva Revista.

Durante los primeros cinco años don Antonio Fontán ejerció simultáneamente como editor y director. Desde 1995, mantuvo su condición de editor pero dando muestras de su generosidad y deseo de promover a personas jóvenes, lo que es un rasgo característico de su personalidad, abrió las puertas de la dirección a distintas personas para las que esa responsabilidad ha constituido una buena oportunidad profesional.

Se puede afirmar que durante estos veinte años Nueva Revista ha constituido una publicación de referencia para el pensamiento liberal conservador en España, sus páginas han sido influyentes y de sus colaboradores han salido un buen número de altos responsables políticos en los gobiernos del centro derecha entre los años 1996 y 2004.

A lo largo de dos décadas y los 126 números que albergan las colaboraciones de más de mil autores en más de cuatro mil artículos, Nueva Revista ha respondido constantemente a la pluralidad de sus objetivos fundacionales. La política nacional e internacional, singularmente la europea, han tenido un tratamiento preferente, pero el número de artículos, entrevistas, y notas dedicados a la historia y a la sociedad, a la filosofía, al mundo de las letras, a las ciencias, a la tecnología, al medio ambiente y a las artes plásticas ha constituido, por extensión y calidad, un valor de referencia esencial en la identidad de Nueva Revista.

Hace unos pocos meses, tres de los que hemos sido directores, junto con tres históricos colaboradores de la publicación, partíamos de Madrid hacia Guadalcanal, iba a ser un viaje de un día pero un viaje largo, largo. Al objetivo no era ciertamente fácil llegar, y menos lo era hacer ida y vuelta en la misma jornada después de haber cumplido con nuestra misión que no era otra sino entrevistar al marqués de Guadalcanal en su lugar de origen, aunque no de nacimiento.

Guadalcanal, pueblo hoy sevillano pero antaño cacereño, está ubicado a casi 700 metros de altitud, rodeado por Llerena y por la sierra del Viento, situadas al norte, y al sur por la sierra del Agua y Cazalla, ese emplazamiento permite en los días de invierno, de sol y viento ligero, que la pureza del aire y la intensidad de la luz dejen en los visitantes un recuerdo permanente. Después de visitar el Ayuntamiento nos dirigimos a Villa Susana, la magnífica finca en la que don Antonio Fontán ha pasado largas estancias desde su niñez. En la casa familiar que Antonio Burgos ha descrito como «una casa de alberca al pie del silencio virgiliano de una higuera…», tras un rico y divertido almuerzo, tuvimos con don Antonio una larga conversación posteriormente publicada en Nueva Revista. Emprendimos al caer la tarde el camino de retorno, no sin habernos ganado un título antes de partir, se nos reconoció allí como los «seis de Guadalcanal». En el camino de vuelta comentamos los avatares del día y la conversación mantenida con don Antonio, muchas de sus reflexiones servían de nuevo para explicar por qué al marqués de Guadalcanal el International Press Instituelo había reconocido como uno de los «Héroes de la Libertad de Prensa».

Somos muchos los que hemos navegado juntos en el barco de Nueva Revista, la mayoría continuamos apoyando esa gran aventura que comenzó hace ahora veinte años y que siempre será deudora de la inteligencia y voluntad de su patrón. Algunos ya no están con nosotros, y a todos añoramos. He querido que el único nombre que apareciera en las líneas precedentes fuera el del presidente y editor de Nueva Revista, era difícil hacerlo de otra manera. Ahora, al final, quiero, sin embargo, añadir un nombre más, será el único, me parece indispensable, uno de los últimosque nos ha abandonado, el de Juan Pablo de Villanueva, es seguro que sin él la historia de Nueva Revista no sería la misma.

Pro Ecclesia Alexandrina

 

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En las últimas versiones de la muerte de Hipatia, sobre la cual podemos remitirnos al estudio serio y ponderado de Maria Dzielska (Harvard University Press, 1995), se toma la parte por el todo, lo accidental por sustancial, lo anecdótico por regla, y se describe de modo explícito o por asociación toda la Iglesia alejandrina como una comunidad fanática, analfabeta, apegada a la interpretación literal de la Escritura, que no admite ninguna reinterpretación de la Revelación bíblica, y opuesta a todo lo que signifique griego o helénico. Lo malo no es ya sólo falsear la poliédrica realidad del cristianismo antiguo, en que convivían tendencias y orientaciones de muy diversa laya. Es que, de todo él, es precisamente en Alejandría en donde más peso tuvieron las escuelas más letradas, más proclives a la interpretación simbólica de las Escrituras y más tendentes a la integración de la paideia griega.

Vaya por delante el carácter tumultuoso y conflictivo de una ciudad que es otro ejemplo más, como el Toledo medieval, de que la supuesta tendencia natural de las religiones a la convivencia pacífica y fecunda no pasa de mito histórico bien intencionado. La Nueva York de hoy tiene poco que ver con la realidad de los siglos pasados. El apogeo cultural de Alejandría sí se benefició de la coexistencia de distintas tradiciones religiosas, pero esta coexistencia no solía ser pacífica. Antes al contrario, fue una fuente incesante de conflictos que plantearon graves problemas a los gobernadores ptolemaicos, romanos y bizantinos, y también a los patriarcas cristianos. La misma ciudad en que la Biblia se tradujo al griego (siglo III a. C.) y en que Filón (siglo I d. C.) adecuaba el judaísmo a la filosofía platónica, vivió durante más de seis siglos múltiples choques violentos entre griegos, egipcios y romanos, y entre paganos, judíos y, desde el siglo II d. C., también cristianos. Las luchas étnicas, sociales y religiosas fueron constantes y no pocas veces los romanos se conformaron con imponer una paz frágil y provisional. Pero esta tendencia permanente al tumulto no fue obstáculo para que Alejandría se convirtiera, desde época helenística hasta el siglo V d. C., en el gran faro cultural del Mediterráneo.

Era lógico, inevitable incluso, que el cristianismo de Alejandría participase del carácter tumultuoso que impregnaba la ciudad; pero también, y con mucha mayor fecundidad, de la gran tradición de estudio e investigación científica, textual y filosófica que había comenzado con los Ptolomeos y en la que los judíos llevaban insertos ya cuatro siglos. El reciente libro de Attila Jakab, Ecclesia Alexandrina (París, 2001), da cuenta de la implantación y desarrollo del cristianismo en la ciudad. En Alejandría se formaron muchas de las grandes figuras de la teología y la patrística de los siglos II al V, que irradió todo el Imperio con obras de gran calidad literaria y filosófica, fundamentales en la fijación de las doctrinas conciliares. La llamada escuela catequética de Alejandría cuenta entre sus filas a Clemente, Orígenes, Dídimo, Atanasio, Cirilo, Sinesio. Incluso entroncan en la tradición alejandrina otras figuras del Asia Menor, como Eusebio de Cesarea, y los Capadocios (Gregorio de Nazianzo, Gregorio de Nisa, Basilio), que descienden directamente de sus textos y métodos intelectuales. De muchos de ellos podrán discutirse determinadas posiciones intelectuales, y varias acciones de quienes tuvieron mando episcopal. Pero si de algo no se puede tachar a las grandes figuras del cristianismo alejandrino es de analfabetos iletrados o de enemigos de los libros. Sus obras ocupan muchos de los mejores volúmenes de la Patrología de Migne. En especial el tan denostado Cirilo es uno de los grandes maestros de la teología del siglo V. Uno de los grandes proyectos de investigación europeos se dedica a la edición crítica de sus obras. Y no es por mero afán anticuario: una revista internacional creada y editada en Bolonia, Adamantius (en honor del incansable Orígenes), se dedica en exclusiva a la investigación sobre la escuela de Alejandría, y crece cada año en número de artículos especializados sobre unos textos y métodos cuya profundidad aún ofrece muchas sorpresas.

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Esta erudición alejandrina hace gala, además, de la mayor apertura de miras que podemos encontrar al estudiar el cristianismo antiguo. Lo que hoy llamaríamos diálogo de fe y razón se reflejaba entonces sobre todo en la interpretación de la Escritura. Otras escuelas de menor brillo, como la antioquena, mantenían una aproximación literalista a la Biblia y desconfiaban del método alegórico como una puerta abierta a la contaminación de la Revelación por la filosofía griega. En Alejandría, por el contrario, la orientación en favor de la alegoría es entusiasta. Clemente dedica parte del libroV de los Stromata a justificar la interpretación simbólica de la Biblia, con lo que sigue en el cristianismo los pasos de Filón en ámbito judío. Y sin empacho alega en su favor los múltiples usos que los griegos hacen del simbolismo como explicación de pasajes difíciles de los poetas y filósofos, incomprensibles si se interpretan en su literalidad pura. Las críticas de la apologética anticristiana, como el Discurso verdadero de Celso, apuntaban al seguimiento ciego de la Escritura y,entonces como ahora, se deleitaban en citar con tono acusador pasajes bíblicos de difícil cumplimiento literal. Orígenes, discípulo aventajado de Clemente, le responde punto po punto en el Contra Celso, interpretando cada pasaje con el mismo método alegórico que los más respetables filósofos, desde el neoplatonismo a la Estoa, llevaban siglos aplicando a los poemas homéricos y a los Diálogos de Platón. Lo mismo hará Cirilo en su Contra Juliano, que responde a su vez al Contra los galileos del último emperador pagano. Se podrán reprochar, si se buscan, algunos errores intelectuales a los alejandrinos: pero no precisamente el de la adhesión ciega a la letra del texto, ni la creencia de que la fe es incompatible con la razón. Al contrario, si los principios opuestos, es decir, la reinterpretación de la Escritura de acuerdo a criterios de racionalidad y adecuación al contexto cultural, han triunfado en la mayor parte de la tradición cristiana, es en buena medida gracias a la labor exegética alejandrina.

El gusto por el estudio y la aplicación de la interpretación filosófica a la Escritura son en realidad manifestaciones de una actitud más amplia: el filohelenismo, el afán por tender puentes con la civilización griega, de trenzarla con la bíblica en un solo tronco nuevo. Había, cierto es, sectores cristianos poco proclives al cultivo de los filósofos y poetas griegos, porque temían que el paganismo contaminase de errores humanos la Verdad revelada. El famoso dicho de Tertuliano «¿qué tienen que ver Atenas y Jerusalén, la Academia y la Iglesia?» es un clásico de esta actitud. Pero de nuevo, el cristianismo alejandrino no participa en general de tal cerrazón, sino que estuvo en la vanguardia de la helenización que había de triunfar y convertir al cristianismo en transmisor de la cultura clásica hasta la modernidad. Clemente o Sinesio no sólo conocen a la perfección a Homero, Platón y a los demás grandes autores antiguos y contemporáneos. No sólo los citan y transmiten. Además, aplican sus métodos y presentan el cristianismo en moldes griegos, para adecuarlo a unos patrones culturales cuya superioridad era indiscutible. En el Protréptico, una exhortación a la conversión que adapta al cristianismo un género literario cultivado, entre otros, por Aristóteles, Cicerón y Jámblico, Clemente de Alejandría presenta al Logos con el mito del canto de Orfeo que arrastraba con sus sones a la naturaleza, y acaba exhortando a seguir los misterios del Logos con imágenes tomadas de Eleusis y de las Bacantes de Eurípides. Entre medias, doce capítulos que, al hilo de la refutación del paganismo, transmiten preciosos fragmentos de poetas trágicos y filósofos presocráticos que de otro modo no conservaríamos.¿Dónde está el desprecio por Atenas y por la sabiduría de Grecia? No, desde luego, en Clemente, ni en la tradición que continúa su actitud abiertamente filohelénica. En el proceso de inculturación cristiana en la paideia griega que han descrito con brillantez, entre otros, Werner Jäger (Cristianismo primitivo y paideia griega, trad. esp. Madrid 1995) y Henry Chadwick (Early Christian Thought and the Classical Tradition, Oxford 1966), el motor fundamental es precisamente alejandrino. Los Capadocios no lo habrían podido llevar a su plenitud sin las raíces que los sustentaban.

Claro que todo apogeo tiene sus puntos oscuros y su decadencia. Desde mediados del siglo V, esta orientación perdió su primacía y Alejandría se fue sumiendo en un aislamiento cada vez mayor. La rivalidad con Constantinopla y el declive de la situación fomentaron las tendencias disgregadoras. El idioma nacional egipcio, el copto, se fue imponiendo al griego, y el pensamiento acompañó a la lengua. El sucesor de Cirilo, Dióscoro, heredó el carácter de su antecesor, pero no su sutileza teológica y finura conceptual, y al cabo las posiciones alejandrinas fueron derrotadas en el concilio de Calcedonia del 451, que marca la separación formal del Patriarcado de Alejandría de la Gran Iglesia. Precisamente cuando se impuso el talante simplista y agresivo que está en la raíz de la muerte de Hipatia empezó el declive de tan gloriosa escuela. El testigo de la apertura y el filohelenismo alejandrinos fue recogido por Constantinopla. El monacato, surgido precisamente en Egipto a fines del siglo III, y muy favorecido como nuevo modelo de santidad por los patriarcas de Alejandría, parecía de caer bajo Dióscoro hacia un instrumento de presión política. Pero fue domeñado en Calcedonia y se convirtió inmediatamente en la gran vía de transmisión de la cultura clásica a lo largo de todo el Medioevo, mediante la copia continua y conservación de manuscritos que han preservado las grandes obras de la Antigüedad (Nigel Wilson, Copistas y filólogos, trad. esp. 1986). Los monjes fueron, en su gran mayoría, exactamente lo contrario de los vesánicos destructores de libros a quienes se quiere culpar de la pérdida de las obras clásicas. Mutatis mutandis, en la Alemania de los años treinta, y en otras épocas y lugares también hubo profesores, los menos, que participaron en depuraciones, censuras y quemas de libros. Y no faltan películas que los retraten. Pero, más allá de las boutades, nadie sostiene que los profesores se dediquen sobre todo a destruir la cultura y quemar libros. Tampoco los monjes. Es casi una obviedad, pero cumple repetirlo cuando está de moda decir alegremente lo contrario.

El final de la época de gloria del Patriarcado alejandrino es, como todo cierre, un espectáculo de decadencia que contrasta con el pasado esplendor. Pero su gran obra histórica estaba ya cumplida, y no es por el estertor de la agonía como se debe juzgar la vida anterior del moribundo. No juzgamos la democracia de la Atenas clásica por el juicio de Sócrates, sino por los discursos de Pericles. Ni la civilización romana por las orgías de Heliogábalo sino por la paz de Augusto. Del mismo modo, ninguno de los episodios desgraciados que jalonan la historia de la Iglesia alejandrina, por mucho que se agiten, empaña un logro intelectual clave en la Historia occidental: la unión de lo mejor de la Revelación bíblica con lo mejor de la tradición griega.