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Ver productosEn el artículo que ha iniciado el debate, Areilza y Torreblanca elaboran un diagnóstico de la política exterior del actual Ejecutivo, al tiempo que aconsejan y plantean nuevas formas e instrumentos que le ayudarían a desarrollar una política más eficaz. Según estos autores, los logros de la política exterior de los últimos cinco años son, en el mejor de los casos, difusos, y los objetivos del Ejecutivo demasiado amplios a la vista de los resultados obtenidos y de las capacidades del país. El artículo se centra en cuatro focos de la acción exterior de Zapatero -la Unión Europea, la Alianza de Civilizaciones, la lucha contra la pobreza y el multilateralismo-, con dos elementos comunes a los cuatro: la falta de estrategia y la falta de medios.
El primero de estos elementos, junto a la conocida tendencia a la improvisación del Ejecutivo, ha hecho que la política llevada a cabo combine de forma desordenada e impredecible una orientación normativa e idealista, con dosis de realismo y con tintes en ocasiones excesivamente ideológicos o partidistas. Es lógicamente necesario combinar estos elementos a la hora de definir cualquier estrategia exterior, pero si no se enmarcan bajo unas directrices generales la política pasa a ser meramente reactiva e intuitiva. A modo de ejemplo, la secretaria de estado norteamericana, Hillary Clinton, quiere hacer uso del poder inteligente («smart power») -término acuñado por Joseph Nye y que consiste en la capacidad de combinar poder duro y poder blando para desarrollar una política eficaz- haciendo uso del instrumento o la orientación ideológica correcta en cada momento, pero siempre bajo un marco definido en atención a las características del problema y a los principios que guían la política exterior americana. En definitiva, indican estos autores, hace falta «más gente pensando y planificando, y menos reaccionando y ocupándose sólo de lo que es urgente».
De la falta de medios es clara muestra la incapacidad del Ministerio de Asuntos Exteriores y Cooperación para coordinar la acción exterior de las demás carteras ministeriales (léase Ministerio de Defensa, de Justicia o el de Medio Ambiente en materia de agricultura). El mismo día que Defensa y Exteriores se contradicen en relación a Afganistán, el ejecutivo se postula a favor de la liberalidad económica en Doha al tiempo que defiende la Política Agrícola Común europea. Para mejorar la coordinación es necesario aumentar los medios del Ministerio de Asuntos Exteriores y de los diplomáticos y profesionales a cargo de la acción exterior. Los autores argumentan que el gobierno ha abandonado el proyecto de reforma del servicio exterior -que fue incluido en el programa electoral del PSOE e iniciado en la pasada legislatura-, pero que ésta resulta imprescindible pese al coste político que pueda implicar.
Según estos autores, los logros de la política exterior de los últimos cinco años son, en el mejor de los casos, difusos, y los objetivos del Ejecutivo demasiado amplios a la vista de los resultados obtenidos y de las capacidades del país.
Por su parte, el ministro responde a la carta abierta de Areilza y Torreblanca «desde la humildad y con satisfacción» por la política exterior española de los últimos años. Según el ministro, España es hoy más fuerte en la comunidad internacional que hace un lustro, se identifica con un mundo más equilibrado y justo, promociona la paz, respeta la legalidad internacional y contribuye al desarrollo y a la seguridad. Además, la política exterior del actual gobierno responde a un nuevo modelo en el cual las «ideas son verificadas por los hechos y, viceversa, los hechos son incorporados en ideas», un modelo multidimensional, proactivo y adaptativo, que produce una política rica en teoría e ideas, eficaz y de compromiso. Así, parece que con más satisfacción por el trabajo realizado que humildad, el ministro concluye afirmando que la política exterior española goza de una inmejorable salud y cuenta con el consenso parlamentario y el refrendo de la ciudadanía española.
El primer objetivo de nuestra política exterior, indica el ministro, era defender y promover un multilateralismo eficaz, a lo que el Ejecutivo ha contribuido con la presentación de iniciativas y propuestas en torno a la nueva estrategia global contra el terrorismo y la Alianza de Civilizaciones. Aunque el ministro conceda particular importancia a esta alianza -según argumenta, de su implantación y seguimiento depende buena parte de la convivencia intercultural y la prevalencia de los derechos humanos- para Areilza y Torreblanca la llegada de Obama a la Casa Blanca y su capacidad para hablar en directo con el mundo musulmán le resta valor y relevancia. Efectivamente, gracias a sus características personales y a sus diferencias con el anterior presidente, Obama parece haberse convertido en el interlocutor que la alianza proclamaba.
En la relación con Estados Unidos los autores difieren claramente: mientras que, según Areilza y Torreblanca, Obama no espera nada de este lado del Atlántico pero está dispuesto a ser muy amable y a hacernos sentir muy bien, para el ministro la coincidencia de intereses entre Obama y Zapatero les hará estrechar vínculos y buscar objetivos comunes. El caso de Oriente Medio es paradigmático: el ministro es un gran experto en la materia -fue enviado de la Unión Europea en Oriente Medio- pero a la hora de apoyar el proceso de paz prefiere resaltar la complicidad entre Zapatero y Obama, situando a España independiente del Cuarteto (ONU, UE, EE.UU. y Rusia), que trabajar a través de la UE y sus instituciones, como proponen Areilza y Torreblanca.
También chocan los autores en la definición de multilateralismo y la relevancia del derecho internacional. Todos buscan el equilibrio entre derecho y poder, pero mientras el ministro utiliza un lenguaje más universal y moralizante, Areilza y Torreblanca manifiestan su escepticismo hacia los mismos y en particular hacia el anquilosado sistema de Naciones Unidas. Al final se trata de la difícil cuestión de admitir la relevancia pero también los límites del derecho internacional: el déficit democrático del Consejo de Seguridad, la incapacidad de la ONU y de la UE o las lagunas del derecho internacional para poner fin a los crímenes contra la humanidad o a los conflictos internacionales (un ejemplo reciente es la piratería en la región de Somalia) que se siguen sucediendo y ante los que la comunidad internacional permanece paralizada.
En el ámbito europeo los objetivos parecen afines -fortalecer la UE y su papel como actor global, entre otros aspectos-, pero Areilza y Torreblanca reclaman mayor liderazgo al Ejecutivo español para que actúe con voz propia y con igual dosis de pragmatismo y europeísmo, siguiendo ejemplos como el de Sarkozy. La presidencia de 2010 es una excelente ocasión para equilibrar el papel de España en los Balcanes y en particular hacia Kosovo, asunto en el que, según Areilza y Torreblanca, el ejecutivo debería actuar con una orientación más realista que normativa (al no reconocer a Kosovo, el ejecutivo se encuentra alineado con Rusia, Eslovaquia, Rumanía y Grecia, en contraposición a EE.UU., Francia, Reino Unido y Alemania).
Según el ministro, España es hoy mas fuerte en la comunidad internacional que hace un lustro, se identifica con un mundo mas equilibrado y justo, promociona la paz, respeta la legalidad internacional y contribuye al desarrollo y a la seguridad.
Tanto hacia América Latina como hacia China, Areilza y Torreblanca solicitan mayor compromiso del Ejecutivo por la promoción democrática y la defensa de los derechos humanos. En Latinoamérica es necesario distanciarse de la retórica populista de muchos de sus líderes -tal y como ha hecho Obama- y conseguir que España se convierta en un referente de primer orden, no sólo por la cultura común o por la presencia económica, sino por los valores democráticos. El ministro advierte que no ha habido ningún otro gobierno español que haya dedicado tanto esfuerzo a dialogar y concertar con las autoridades de los estados iberoamericanos y con Cuba en particular, incluyendo la oposición de cada país, pero lo cierto es que el mensaje que España ha transmitido no ha sido siempre todo lo claro y rotundo que pudiera y debiera ser en cuanto a la promoción de valores democráticos y defensa de las libertades.
El debate sobre política exterior exige combinar multitud de elementos y alternativas, y los artículos citados promueven un diálogo rico en contrastes que permite valorar distintas visiones de las relaciones internacionales y de la posición de España en Europa y en el mundo. No obstante, está claro que España debe buscar el equilibro entre poder y derecho, entre sus intereses en Europa, Iberoamérica, EE.UU., Oriente Medio, Asia y África, teniendo en cuenta que éstos no siempre, ni necesariamente, confluyen, y que debe fortalecer su imagen como país democrático poco proclive a modificar sus compromisos internacionales en función de los vaivenes electorales internos. Al debate sobre una política exterior de Estado contribuyen los artículos del ministro de Asuntos Exteriores y de Areilza y Torreblanca reseñados en este escrito, y por ello les debemos estar agradecidos.
Hay libros que desde el título influyen en la comunidad política. Así ocurrió en 2002 con la obra de Joseph Nye The paradox of american power. Desde entonces es un lugar común referirse al soft power y al hard power al reseñar las diferentes opciones políticas, económicas, militares, o culturales a la hora de ejercer el poder.
Desde que hace unos meses aparecieran estas memorias de Haass, es frecuente la utilización de los términos guerra de necesidad y guerra de elección, en esta ocasión referidos a la cuestión de Afganistán. Lo hizo Obama en su discurso del pasado agosto en el que defendió la necesidad de una escalada de tropas al afirmar que el conflicto era una «guerra de necesidad». Lo han hecho los críticos con dicha política al entender que en caso de incrementarse la presencia de tropas en Afganistán se convertiría en una «guerra de elección». Precisamente como consecuencia de este debate, la Administración Obama entró en un proceso de revisión de su estrategia que se espera finalice a la conclusión de la gira por Extremo Oriente.

Richard Haass es desde 2003 el presidente del influyente Council on Foreign Relations y durante las Administraciones Carter, Reagan y los dos Bush tuvo diversas responsabilidades en los Departamentos de Defensa, Consejo Nacional de Seguridad y en la Secretaría de Estado. Es decir, en los tres órganos desde dónde se diseña la política exterior de Estados Unidos.
Ha sido, por tanto, un testigo privilegiado de los principales cambios internacionales y de las más importantes crisis que se han afrontado en los últimos treinta años.
Esta obra hace un recorrido por los principales acontecimientos que le tocó afrontar aunque se centra especialmente en las dos guerras de Irak. La primera, bajo mandato de George H. Bush, que se desencadenó como consecuencia de la invasión de Kuwait en agosto de 1990 por tropas iraquíes. En dicho momento Haass era el responsable para Oriente Medio en el Consejo de Seguridad Nacional. La segunda, en 2003, durante el mandato de George W. Bush, Haas era el director de la Oficina de Planificación Política del Departamento de Estado.
Dos guerras diferentes, dirigidas por dos presidentes distintos y que él vivió desde responsabilidades diversas. La primera como asesor directo del presidente en la Casa Blanca, con lo que era parte directa del proceso de toma de decisiones. La segunda, como asesor del secretario de Estado, el autor reconoce que apenas pudo influir en una decisión de la que discrepaba. En este sentido, uno de los momentos más importantes que narra es una reunión que mantuvo con la que había sido su amiga y en esos momentos era la consejera nacional de Seguridad, Codoleezza Rice en julio de 2002. Cuando Haass trató de llamar la atención de Rice sobre los errores de una escalada bélica con Irak, la respuesta de la consejera fue «ahorra esfuerzo, el presidente ha tomado ya su decisión».
Sobre eso también reflexiona el autor, sobre el liderazgo y la forma de ejercerlo, pero también sobre el papel de los asesores ante decisiones o políticas que juzgan erróneas. No es por tanto un mero libro de recuerdos y anécdotas ni un libro de relaciones internacionales. Es un libro de historia en el más alto sentido de la expresión, donde se entrelaza la información de primera mano, la observación personal y el análisis sobre circunstancias y personajes. No es un político que hace historia de sus actuaciones, sino más bien un historiador que ha tenido oportunidad de intervenir en acontecimientos políticos.
A diferencia de las autobiografías al uso, en ésta apenas hay lugar para la acritud ni para el reproche aunque sí lo hay para crítica constructiva. Es más duro con su entonces amiga Rice que con Bush, a quien reconoce afabilidad personal y capacidad de liderazgo.

Uno de los aspectos más interesantes del libro son sus reflexiones sobre el papel de los asesores, la necesaria independencia de criterio, el ejercicio de la crítica desde el sentido de la oportunidad y el deber de lealtad con los superiores y el momento de la dimisión cuando la disconformidad es con la mayoría de las políticas impulsadas por la Administración. Eso fue lo que hizo Haass en 2003.
Por las páginas vemos desfilar los personajes que tomaron decisiones clave en la política exterior de Estados Unidos en los últimos veinticinco años como Baker, Rice, Scowcroft, Powell, Shultz…, crisis internas como el escándalo Irangate, relevos de Administraciones, las luchas entre los diferentes departamentos de la Administración, el peso real de los que acceden al oído del presidente y en todo momento un acertado encuadre de las responsabilidades del protagonista con el contexto general.
Nadie pudo predecir que el muro iba a caer de la forma que lo hizo. Tampoco que la decisión de Sadam Hussein de invadir Kuwait el 2 de agosto de 1990 fuera a desencadenar un conflicto que en diferentes fases, aún no se ha terminado por resolver. El propio Haass narra el desencanto inicial con el que asumió en 1989 su papel como responsable de Oriente Medio en el Consejo de Seguridad. Lo que se planteaba una tarea menor en un momento en el que Europa era el centro de atención terminó manifestándose como el núcleo del interés estratégico de Estados Unidos. No es sólo que la historia no tuvo el final que predecía Fukuyama, es que además apareció de forma inopinada. Por eso la vida política es tan interesante y merece tanto la pena.
La educación es un fiel reflejo de lo que ocurre en la Historia, tanto de la de ayer como la de hoy. Es así como los grandes hechos históricos y políticos han dejado su huella en el casi invisible mundo de las humanidades. El profundo cambio que experimenta la enseñanza del latín desde finales del siglo XVIII hasta el cuarto decenio del XIX nos servirá para ilustrar esta huella de la Historia en la enseñanza. De hecho, el latín dejó entonces de ser una lengua de comunicación para convertirse tan sólo en una lengua clásica, en una llave para conocer el pasado. Se daba así un paso decisivo para la transmisión del conocimiento por medio de las lenguas modernas. Dos figuras representativas, el erudito ilustrado Juan Sempere y Guarinos (1754-1830) y el político liberal Antonio Gil de Zárate (1796-1861), nos servirán de hilo conductor a través de este complejo cambio. Asimismo, el testimonio de un latinista, Luis de Mata i Araujo (hacia 1785-1846), será fiel reflejo de la profunda transición.

Cuando Sempere y Guarinos tradujo libremente las Reflexiones sobre el buen gusto en las ciencias y en las artes de Ludovio Antonio Muratori (Madrid, 1782), aprovechó la oportunidad para añadir su propio Discurso sobre el gusto actual de los españoles en la literatura. Allí expuso una interesante reflexión acerca de la necesaria reforma de los planes de estudio en España, con sorprendentes reflexiones sobre las lenguas antiguas y las modernas. Tales reflexiones parten de la conocida preferencia de Benito Feijoo por la lengua francesa, como vemos en el texto del propio Guarinos:
«Esto mismo dio motivo para que se fuera extendiendo el estudio de la lengua francesa, y con ella el conocimiento de los buenos libros con que aquella sabia nación ha adelantado la literatura. Aunque al principio muchos la despreciaban,o por la falsa persuasión en que estaban nuestros nacionales de que no había más que descubrir en las ciencias que lo que se sabía en nuestro país. Ella fue gustando poco a poco, hasta que llegó a hacerse moda, y a componer una parte de la educación de la nobleza. El padre Feijoo tenía formado un concepto tan elevado de su utilidad, que no dudó en anteponer su estudio al de la griega y demás orientales. Este honor han merecido siempre las lenguas sabias y en las que se publican obras dignas de la inmortalidad». (Discurso…, pp. 208212).
Sempere aprueba la opinión de Feijoo favorable al avance de la lengua francesa, pero también es consciente de que las palabras de éste pertenecen a los albores de la Ilustración española1. Si bien es verdad que la enseñanza del francés estaba pugnando en la práctica con la del latín, sin embargo, los asertos de Feijoo no parecen entrar en contradicción con la propia consideración positiva que tiene Sempere de las lenguas clásicas. Nuestro autor desea, ante todo, que se libere al latín de una enseñanza viciada, «estéril y fastidiosa». Es ahí donde hay que apreciar la importancia tanto de los propios contenidos -la necesidad del estudio de la Mitología, la Historia, la Elocuencia y la Poesía- como del uso de una lengua moderna para el aprendizaje de la gramática:
«A esta se añadía el mal método con que se enseñaba. Precisados lo sniños a aprender los preceptos en latín, se disgustaban luego de un estudio tan estéril, y fastidioso, y esta desazón debilitaba el ardor, y el deseo de saber que en ellos es tan natural. Reducida la enseñanza asólo el estudio seco de las reglas y a la versión literal y servil de tal o cual autor, no de los mejores, carecían de la utilidad de la Mitología, del conocimiento del oculto artificio en que consiste la belleza, y la elegancia de la lengua Latina, de la noticia de los mejores autores de Historia, de Elocuencia, y de Poesía: todo lo cual es indecible cuánta fuerza tiene para civilizar los hombres, siendo éste el motivo porque entre nosotros se llama con mucha propiedad estudio de las Humanidades.(Discurso…, pp. 238239)».
Prueba de que ya estamos en otro momento de la Ilustración, lejano a los primeros tiempos de Feijoo, es el hecho de que a esta recuperación pedagógica hayan contribuido, en opinión de Sempere, las obras gramaticales de dos grandes ilustrados, Gregorio Mayáns e Juan de Iriarte, asícomo de los Padres escolapios2. Lo cierto es que las obras gramaticale sde Mayáns y de Iriarte fueron fruto notable de los intentos de renovación educativa de la lengua latina en la España del siglo XVIII, tras la expulsión de los jesuitas en 1767. Pero lo que supone una verdadera revolución en la consideración del latín por parte del pensamiento ilustrado es su abandono definitivo como lengua de comunicación y para la creación literaria:
«Es verdad que no son ahora tan frecuentes las obras de buena latinidad como en el siglo XVI. Mas esto no es ya por falta de buenos principios, y de ilustración, sino porque la nación va conociendo, como todas las demás de Europa, que la lengua, de que debe hacerse más caso para las obras, que se consagran a la utilidad pública, es la nativa, o la del país donde se habita». (Discurso…, p. 241).

Es ahí donde las palabras de Feijoo alcanzan todo su sentido. El texto de Sempere sobre el latín es, pues, el resultado de un sutil equilibrio entre las corrientes afrancesadas del pensamiento ilustrado español y las propiamente hispanas. Por tanto, no podemos hablar de una actitud contraria al latín en la cultura hispana de la Ilustración, sino simplemente, de un cambio de actitud que se integra dentro de los deseos de reforma educativa. El Discurso de Sempere es un documento singular, dado que constituye un buen resumen de los ideales educativos de la etapa culminante de la Ilustración española. Por lo demás, las ideas que en él se exponen con respecto a la enseñanza de la lengua latina constituyen una excepcional síntesis de la evolución de los diversos juicios que fueron esgrimiéndose a lo largo del siglo XVIII. El punto de vista de Feijoo y la herencia del humanismo español aparecen ahora singularmente asociados en la consideración de un latín que no debe ya hablarse, pero sí estudiarse como lengua histórica y que, como tal, debe aportar en su enseñanza mucho más que los meros datos gramaticales.
Así las cosas, tras la derrota final de Napoleón Bonaparte se dan cita en Europa y España dos formas de estética: la residual del propio siglo XVIII, que pasará a llamarse de manera despectiva «clasicista», y la ideología emergente de aquellos que con el tiempo llamaremos «románticos». España ocupa un nuevo papel en el contexto de esta nueva estética, ya como objeto de estudio en sí de los modernos ideales románticos -la épica, el teatro de Calderón…-, ya como incierta receptora de las nuevas ideas.
Esta nueva estética, que era el vehículo de un incipiente nacionalismo español -después lo será también de otros nacionalismos,- no supo ser aprovechada por los ideólogos de Fernando VII3. El error de no aceptar estas «nuevas ideas» y de aferrarse a unos ideales estéticos «clasicistas» supone una de esas paradojas que nos encontramos constantemente en la Historia, sobre todo cuando en la estética penetra arbitrariamente la ideología política. Después, los liberales moderados supieron sacarle partido a todo este nuevo ideario estético y político basado en la equivalencia de una lengua, una literatura y una nación.
En lo que a la enseñanza de la lengua y la literatura latina respecta, ya se había desarrollado en España una enseñanza acorde con la propia Historia crítica, de carácter ilustrado, en autores como Mayáns o el propio Sempere. Sin embargo, tales propósitos quedan interrumpidos ante una vuelta a la enseñanza tradicional del latín asumida a partir de 1823 por los responsables de la educación durante la época de Fernando VII, que marginan tales contenidos históricos, en particular la incipiente Historia literaria, que termina identificándose con el pensamiento liberal. Tal planteamiento no volverá al panorama educativo, consiguientemente, hasta el regreso de los liberales al poder, aunque desde presupuestos claramente románticos.
De esta forma, mientras la enseñanza del latín continúa desarrollándose desde una perspectiva dominada aún por la estética del clasicismo, la nueva asignatura de orientación histórica se inspirará en las nuevas ideas que provienen de Alemania -en particular de Friedrich Schlegel, cuya Historia de la literatura antigua y moderna se traduce al castellano en 1843-. Este reparto no implica, naturalmente, una identificación simplista de la enseñanza del latín con el absolutismo, aunque cabe ver tal tendencia si comparamos la mera enseñanza preceptiva del latín legislada por Calomarde (1824) durante la llamada década ominosa de Fernando VII con el planteamiento que de la enseñanza de la literatura latina hace Gilde Zárate (1855) ya en los primeros años del reinado de Isabel II. El primero opta por una estricta enseñanza de la Poética y la Retórica, mientras el segundo incorpora las novedosas enseñanzas de contenidos literarios, ausentes desde los tiempos de la Ilustración4.
En realidad, entre Sempere y Gil de Zárate había ocurrido un hecho singular que va a condicionar la transición entre los tiempos ilustrados y los liberales: al igual que ocurre con la propia enseñanza de la literatura española, se crea un nuevo paradigma, el de la Historia de la literatura latina frente al de la mera enseñanza de su lengua y de los mejores autores, es decir, la Retórica y la Poética. De esta forma, si durante la época de Fernando VII las Escuelas de Latinidad de Calomarde optan por el modelo de estudio tradicional, el nuevo paradigma histórico no aparecerá en el panorama educativo español hasta el decenio de los años cuarenta del siglo XIX.
En este contexto, la obra del preceptista de latinidad Luis de Mata i Araujo es un buen ejemplo de la situación cambiante, pues él vivió la transición desde los tiempos absolutistas a los tiempos liberales, y desde el clasicismo supuestamente retrógrado al romanticismo supuestamente progresivo. El autor fue miembro de la Real Academia Greco-Latina Matritense, además de catedrático de Retórica en el Instituto de San Isidro. Sus obras sobre gramática latina tienen una relevancia significativa entre los años treinta y cuarenta del siglo XIX.

Tengamos en cuenta los cambios que se han producido en la política española desde el año de 1829 hasta 1839, en especial la muerte de Fernando VII el 29 de septiembre de 1833. Mata i Araujo es permeable, si bien sólo en parte, al nuevo ideario romántico en su faceta más conservadora. Su libro titulado Lecciones elementales de literatura aplicadas especialmente a la castellana (Madrid, 1839) combina, junto a la esperable poética, un esbozo de historia de la literatura y establece el siglo de oro de la literatura española entre los siglos XVy XVI, al contrario de lo que va a hacer poco más tarde el liberal Gil de Zárate, que lo atrasa hasta el XVII, en especial con el teatro, por influencia de la nueva estética alemana. Mata i Araujo, que ni tan siquiera habla del teatro de Lope o Calderón, defiende al final de su libro un ideario literario político que mire, ante todo, a los mejores autores españoles del siglo XVIII, pero donde quede expulsado todo resto de afrancesamiento, en aras de una literatura plenamente nacional:
Debemos sobre todo descartar el filosofismo del siglo XVIII, imitando la sensatez i cordura de nuestros padres que supieron acoger sí las buenas ideas, pero también despreciar los errores i teorías halagüeñas que tantos desastres causaron a la Francia en su delirante republicanismo, i cuyas consecuencias estamos nosotros sufriendo ahora en una guerra civil desastrosa.
Y añade además:
Déjense por fin otros de creerse superiores a todos los demas, hablándonos en un lenguaje más alambicado que el Gongorismo: las obras siguientes en que pueden formarse nuestros jóvenes para escribir con un lenguage nacional digno en todo género de literatura, son ademas de las de los clásicos antiguos, las de los escritores desde el tiempo de Cárlos III (Lecciones…, pp. 407408)
Como vemos, las paradojas son muchas. En Mata i Araujo lo que ahora es ideología conservadora se confunde con las otrora líneas maestras de una parte del pensamiento español del siglo XVIII, el que trató precisamente de encontrar en lo propiamente hispano el germen de la restauración del buen gusto -es el caso singular de Gregorio Mayáns o de Sempere y Guarinos-: precisamente en la literatura de los siglos XV y XVI. Los nuevos aires estéticos venidos de Alemania cambian de rumbo esta configuración, poniendo el mayor énfasis en la antigua épica, el romancero y el teatro español del XVII.
Buena parte del pensamiento liberal de la época abandona los viejos ideales de los ilustrados españoles del siglo anterior para abrazar la nueva ideología romántica. De la idea de patriotismo ilustrado -personas libres con voluntad de crear una patria común- se pasa a la de nacionalismo romántico -la pertenencia a un pueblo predeterminado por mera razón de nacimiento-. No debemos dejar que se pase por alto en el texto citado una interesante referencia a la primera guerra carlista, la que tuvo lugar, con la muerte de Fernando VII, entre 1833 y 1840, cien años antes de otra guerra civil que los historiadores han terminado llamando, por antonomasia, la guerra civil.
Por regla general, las cuestiones educativas dependen tristemente del oportunismo y la necesidad de subirse cuanto antes al carro de las ideas dominantes, que en los tiempos de Fernando VII suponía la reacción contra el mundo ilustrado, confundido ya con las tropelías de Napoleón. Ciertos liberales moderados intentaron después la restauración de parte de aquellos ideales ilustrados, confundidos ahora con los nuevos vientos románticos. En esos vaivenes, la enseñanza del latín y de su historia literaria se fue dirigiendo erráticamente hacia derroteros insospechados.
NOTAS
1. Como hace notar Luis Gil en su Panorama social del humanismo español (Madrid, 1997, pp.151152), el desinterés que Feijoo sentía por las lenguas clásicas está relacionado, curiosamente, con un complejo de inferioridad con respecto a lo español, y es propio del panorama cultural de los primeros decenios del siglo XVIII, ya que hacia la cuarta década se produce un cambio sustancial en las actitudes hacia la renovación de la cultura.
2. Éstos ocuparon una posición clave para la enseñanza del latín tras la expulsión de los jesuitas en 1767, tal y como ha estudiado Javier Espino en su trabajo titulado «Política y enseñanza del latín: liberales y conservadores en la gramática latina durante el reinado de FernandoVII», Estudios clásicos 123, 2003, pp. 4565.
3. Así lo comenta Álvarez Junco en su libro Mater dolorosa. La idea de España en el siglo XIX, Madrid, 2001, p. 385.
4. «Hase visto en la sección tercera cómo quedó organizada en los Institutos la enseñanza del latín, y los principios que guiaron en la organización de esta parte principal de los estudios clásicos. Aunque se creyó que aquello era bastante para saber la lengua de los romanos, tal cual hoy se necesita, esto es, no para hablarla y escribirla, cosa desusada en el día y que lo será más en adelante, sino para la cabal inteligencia de los autores más difíciles; todavía se tuvo por insuficiente semejante estudio para aquellos que en sus respectivas carreras necesitan mayores conocimientos, o desean profundizar más en tan interesante materia. Con este objeto, se estableció en todas las facultades de filosofía un curso especial de Literatura latina, asignatura que jamás había existido en nuestras escuelas. Destinado este curso a conocer todos los escritores que han ilustrado la lengua del Lacio, desde el origen de la república romana hasta la edad media, como igualmente a perfeccionarse en su traducción, forma el complemento de una serie de estudios bien graduados desde los rudimentos hasta lo más arduo; resultando de todo una instrucción muy superior a la que en todos tiempos se había podido adquirir entre nosotros, y preferible a la que comprenden los que sólo buscan el arte de chapurrear una jerga bárbara, y sin aplicación alguna en las costumbres literarias de estos tiempos» (Antonio Gil de Zárate, De la instrucción publica en España, Oviedo, 1995, p. 117, publicado originalmente en 1855).
Cuando comience el curso próximo, el llamado «proceso de Bolonia» se deberá considerar concluido en la universidad española. Concluido al menos en lo que se refiere a la propuesta definitiva de titulaciones de grado, y por lo tanto con todas ellas iniciadas. Y siendo así, cabría acercarse a la conclusión de que siendo este un proceso de europeización de las universidades, este mismo fenómeno se estará viviendo en el resto de las universidades europeas, pues no. Una vez más nuestro original modo de ser europeos nos dejará prácticamente solos con la obligatoriedad y la universalización del proceso en todas las universidades públicas, privadas y adscritas. Y es que ya estamos cogiendo la costumbre de ponernos delante de la manifestación, llevar la pancarta, y cuando miramos hacia atrás comprobamos que nadie nos sigue…
En estos últimos veinte años a los que Nueva Revista ha dedicado multitud de reflexiones a la universidad, en España se han creado casi el noventa por ciento de las universidades que existen hoy.
Los once distritos universitarios que se mantuvieron inalterables durante más de seis décadas, se han convertido hoy en cerca de un centenar de establecimientos que expiden títulos de licenciados con reconocimiento estatal, y una infinidad de títulos propios, tan variados como efímeros en la mayoría de las ocasiones. Pues bien, a partir del curso 2010-2011, todos sin excepción tendrán a punto las diferentes titulaciones de grado, con las que en unos años (¡temblad, europeos!), invadiremos el mercado laboral del viejo continente, lo cual me hace pensar que nuestro prestigioso Instituto Cervantes se deberá marcar el objetivo de que toda Europa hable castellano en ese tiempo, porque me temo que nuestros graduados seguirán con la vieja asignatura de los idiomas pendiente.
En estos últimos veinte años a los que Nueva Revista ha dedicado multitud de reflexiones a la universidad, en España se han creado casi el noventa por ciento de las universidades que hoy existen.
Pero vayamos por partes. ¿Qué es exactamente el «proceso de Bolonia»? ¿En qué consiste ?, ¿Cómo va a mejorar -si es que mejora- la universidad con su aplicación? ¿Quién lo inicia y por qué? Y sobre todo, ¿si es necesario financiarlo, quién lo va ha hacer en estos momentos? Son demasiadas preguntas que desde luego no pretendo responder, no resultaría adecuado en un artículo de estas características, pero su formulación me permitirá al menos compartir con los lectores de Nueva Revista una breve reflexión sobre la institución universitaria.
Comienzo por reconocer mi condición de universitario, mi dedicación a la universidad, actividad que he mantenido a lo largo de toda mi vida adulta, y de mi gran amor a una institución que en los momentos actuales seme antoja imprescindible e insustituible. Partimos además de la experiencia acumulada en los últimos ochocientos años y de la infinidad de consideraciones, reformas, adaptaciones, intentos de manipulación, de instrumentalización, de colonización, de control, de vejaciones y desprecios que ha sufrido la universidad sin que por eso haya sucumbido, por lo tanto mi diagnóstico siempre será optimista. Ahora bien, el nacimiento del llamado Espacio Europeo de Educación Superior, que surge como idea en la ciudad de Bolonia, tiene poco que ver con el invento -también europeo- medieval. Se da una diferencia extraordinariamente determinante, y es que en el siglo XII ese nacimiento está motivado por el ayuntamiento espontáneo y voluntario de alumnos y profesores en los antiguos Hospitia parisinos, mientras que ahora han sido los ministros de educación de los diferentes países europeos los que tomaron la iniciativa a instancias del propio gobierno de la Comunidad. Una vez más los políticos metiendo la mano en la educación, nunca ha resultado un buen comienzo.
Hace más de seis años, exactamente el 27 de marzo de 2003, tuve la oportunidad de conocer en un almuerzo a la entonces comisaria europea de Educación y Cultura, madame Viviane Reding. Durante la comida, y antes de que ella interviniese de un modo más general, pude conversar en privado con la comisaria, que me adelantó pormenorizadamente lo que se plantearía más tarde como la gran reforma de la universidad europea, al definir el Espacio de Educación Superior. Salí algo turbado porque casi toda la filosofía de la reforma se basaba en un argumento principal que debería convertirse en el motor del cambio: la universidad europea tendría que imitar a la norteamericana, si nuestro tejido laboral y profesional quería en el futuro competir con el suyo. De modo, que le tocaba el turno de las reformas a la universidad, intentando hacer de ella un instrumento más útil para la sociedad europea.
Podría parecer que se trataba de establecer mecanismos correctores en las desviaciones que se hubieran podido producir en lo que podríamos llamar «Responsabilidad Social de la Universidad», así al menos se ha presentado la filosofía de esta reforma. La alma máter se habría ido separando del resto de la realidad social, y se hacía necesaria una rectificación para hacer de la institución secular algo más útil, más apropiado para el mercado, las relaciones mercantiles y la modernidad.
Ahora bien, si analizamos con rigor la misma idea de «responsabilidad social corporativa», llegaremos a la conclusión de que la primera respuesta que toda institución debe a la sociedad es la de aportar su propia identidad institucional, ser lo que se debe ser y no otra cosa, porque entonces en lugar de una reforma se debería plantear una sustitución. ¿Y que es la universidad? Después de escuchar a madame Reding me asaltaron multitud de dudas y me fui a repasar autores que me reforzaran la idea primigenia que tenía sobre lo que debe ser la universidad.
La sociedad necesita más que nunca a la universidad, pero pidiéndole algo más que en los siglos anteriores, una nueva misión que Ortega intuía, pero no supo definir, la de servir de faro en la sociedad de la información.
Para encontrar la esencia de la institución universitaria, resulta del todo imprescindible bucear en sus orígenes incluyendo los antecedentes remotos por los que el pensamiento humano se vincula a determinadas metodologías de búsqueda y transmisión de la verdad. La universidad así contemplada tiene algo sustancialmente permanente a pesar de la constante transformación de los modos. Estaríamos ante un fenómeno similar al de la creación del universo salvando las correspondientes distancias, y así como la materia una vez creada no hace más que transformarse, sin que se vuelva a crear ni a destruir, la inteligencia humana, el genio del hombre, su pensamiento libre, su amor a la verdad, viven en permanentes transformaciones, apareciendo con más o menos fuerza, más o menos rutilantes. Así, la materia termna evolucionando hasta formar estrellas cuya aparente inmutabilidad enmascara la permanente situación de cambio, su continua evolución. En el cielo están constantemente naciendo y muriendo estrellas, pero nadie duda que nos acompañarán mientras exista el universo. De la misma manera, una vez que el modo de gestionar el pensamiento humano ha logrado definir la institución universitaria, ésta evolucionará de modo continuo, aparecerán y desaparecerán universidades, pero lo más lógico es pensar en su permanencia como institución.
Si ciframos lo esencial de la universidad en el «amor a la verdad», resulta del todo lógico que la institución universitaria tenga necesariamente que ocuparse en su búsqueda a través de la investigación y en su transmisión, en su enseñanza. Ahora bien, en la sociedad actual la investigación y la docencia tienen que ver también con la verdad práctica y por lo tanto con las aplicaciones de las que debe beneficiarse el resto de la humanidad. De ahí que resulte igualmente necesario formar a los profesionales que van a de sarrollar su actividad utilizando su inteligencia, y que se produzca una permeabilidad de todos los saberes expertos en el conjunto de la sociedad.
Pues bien, ninguno de los documentos que desarrollan la reforma actual y que definen el llamado Espacio Europeo de Educación Superior toca para nada estas cuestiones, no se cita ni una sola vez la palabra verdad, pero constantemente se están haciendo referencias a la necesidad de adquirir destrezas, de ejercitar habilidades, de aprendizajes y…, lo que a mí al menos me lleva indefectiblemente a la imagen de las focas manteniendo diferentes pelotas de colores en el hocico mientras bailan.
Desde que la universidad hizo su aparición en plena síntesis teológica se convirtió en una institución de referencia social indiscutible y de indiscutible liderazgo intelectual. Los conocimientos se integraban en los saberes en una perfecta y extraña simbiosis entre los últimos descubrimientos de las diferentes ciencias y la sabiduría tradicional decantada por el tiempo y sometida a la cultura popular. Así, cuando se dice que la universidad debe cubrir fundamentalmente sus dos principales funciones de docencia e investigación, se está haciendo referencia a la bidireccionalidad de la misión orteguiana tantas veces citada. Por una parte crea, profundiza, mantiene, justifica, consolida y orienta los diferentes conocimientos especializados, como una auténtica punta de lanza que con paciencia, humildad y perseverancia erosiona la roca de la ignorancia, horada los muros de las diferentes mentiras interesadas y nos permite acercarnos a los arcanos de la verdad cuidadosamente envueltos por los mil y un laberintos cubiertos de velos que nos alejan de ella. Por otra parte, enseña y transmite esos conocimientos a los diferentes servidores de la sociedad que a través de las profesiones consolidadas y reconocidas aplica esa ciencia y esa técnica para que rinda sus frutos de forma universal y solidaria.
Es cierto por otra parte, que la Ilustración, sorprendió a la universidad sumida en un excesivo embelesamiento aristotélico. La ruptura con la síntesis teológica, supuso no sólo una pérdida de visión global, sino un alejamiento de la realidad social en la que se inscribía de una forma ejemplar la universidad medieval. En determinadas ocasiones el avance científico eligió caminos heterodoxos e inhóspitos, pero la universidad tampoco supo reaccionar, y lo que comenzó siendo una falla de dimensiones aceptables, terminó a finales del XIX, convirtiéndose en un abismo. Ninguna de las ideas o acontecimientos científicos que marcaron la cultura del siglo XX, tuvo su origen en la universidad; ninguna de las personalidades que protagonizaron esos cambios lo hizo desde y para la universidad. Marx, Einstein y Freud son tres ejemplos suficientemente representativos que avalan esta tesis. El modelo de la universidad fue desdoblándose hasta llegar a una bipolarización excesiva entre la universidad europea de corte estatalista y especulativo, y la universidad especializada y pragmática de los Estados Unidos que rompió definitivamente con el modelo de los saberes universales.
En estos momentos, la sociedad de la información nos coloca ante nuestras propias contradicciones con una nueva expectativa de síntesis cultural que resulta cada vez más acuciante. Las instituciones más obligadas a mantener los sistemas de valores han entrado en el torbellino de un utilitarismo rampante y del reconocimiento de una utopía imposible de aprender y de fijar en coordenadas humanas. La sociedad se mantiene estructurada en torno a centros de poder, donde la única verdad tiene que ver sobre todo con los resultados a corto plazo, mientras la autoridad se pierde por los vericuetos del pragmatismo. Es probablemente la época en la que la humanidad ha logrado distanciar más dramáticamente la potestas de la auctoritas, haciendo de los valores éticos una moneda a punto de ser retirada de la circulación.
Pese a todo, son muchos los que parecen atisbar un cuadro lleno de contrastes, capaz de establecer mecanismos regeneracionistas que nos hagan transitar por el tercer milenio con un profundo cambio de actitudes. Desde la universidad se buscan conexiones eficaces e indiscutibles, útiles para la sociedad. Desde la sociedad, por su parte, se busca esa referencia estable y coherente que sin dejar de ser antropocéntrica devuelva al hombre su sentido más auténtico, sin necesidad de caer en el reduccionismo inmanentista al que nos abocó el racionalismo cientifista del positivismo que rompió con la síntesis teológica.
Y eso necesariamente hay que hacerlo por y desde la universidad, desde una universidad europea que nos identifique con nuestras propias raíces. No sé, sinceramente, si esta reforma nos servirá para conseguir ese objetivo, pero de momento, como dirían los taurinos, no se ve que apunte maneras.
Si se trataba de poner a la institución universitaria frente a su responsabilidad social, se tendría que haber empezado por analizar los mecanismos de conexión entre universidad y sociedad, pero respetando sobremanera en primer lugar la propia identidad corporativa universitaria. Si no es así, se termina por defraudar a ambas por llegar a identificar como algo diferente eso que al principio tan sólo comenzamos a llamarlo de modo diferente.
Hace tiempo que las reformas legislativas en materia de enseñanza universitaria buscan procedimientos y organismos que puedan resolver el alejamiento social de la universidad sin conseguirlo, pero en lugar de reconocer los errores y tratar de evitarlos parece que se ha elegido el camino de la pérdida de identidad, exactamente el que puede producir mayor desconexión y mayor irresponsabilidad social. Porque la sociedad necesita hoy más que nunca a la universidad, pero pidiéndole algo más que en los siglos anteriores, una nueva misión que Ortega intuía pero no supo definir, la de servir de faro en la sociedad de la información.
Por lo tanto, las misiones tradicionales de la universidad de búsqueda y depósito del conocimiento y transmisión de ese conocimiento para el ejercicio de las profesiones tituladas, habría que añadir hoy otra de enorme trascendencia, la de la prescripción social y el liderazgo, justo en el momento en el que, a través de la red, todo parece saberse.
¿Y cómo plantear en el conjunto de estas relaciones universidad sociedad, una auténtica responsabilidad social?, ¿con Bolonia?, ¿es por eso por lo que surge Bolonia?
DESCRIPCIÓN DEL PROBLEMA
Al analizar las relaciones de la institución universitaria con la sociedad, no podemos limitarnos a establecer las clásicas propuestas que tradicionalmente imponen las estructuras internas de los órganos de gobierno. Así, en la actualidad parece que resolvemos esa cuestión admitiendo un vicerrectorado específico que trate de abordar esa relación, y al que se le suele denominar extensión universitaria o también más recientemente relaciones institucionales. Ambas denominaciones a veces coexisten y tratan de atender aspectos muy concretos de esa relación. Pero hoy, la universidad que tenemos que plantear es diferente, y probablemente no son del todo válidas las estructuras de gobierno con las que contamos para tratar de cubrir esas relaciones. La llamada extensión universitaria, ha servido más para atender determinadas necesidades impuestas por la masificación universitaria y se ha referido sobre todo a la atención cultural y deportiva de la propia comunidad universitaria a sus estudiantes. Por su parte, las relaciones institucionales han perseguido, a veces de modo poco profesional, la gestión del patrocinio y las relaciones con el mundo empresarial. Estos dos departamentos se han considerado además siempre como añadidos a los tradicionales de la ordenación, investigación, alumnos, internacional, etc., en los que básicamente radicaba el gobierno universitario.
Por otra parte, en un momento determinado se vio la necesidad de establecer otro tipo de mecanismos para garantizar esa relación entre una universidad endogámica y distante y una sociedad cada vez más exigente con sus universidades, y se trató de dar a los consejos sociales un protagonismo, como propuso en su día la Ley de Ordenación Universitaria. Estos consejos sin embargo parecen haberse planteado más como mecanismos de control social que como elementos de conexión con la sociedad, a la que se sigue viendo cada vez más alejada de la alma máter.
Las fundaciones de las respectivas universidades, por su parte, tampoco han sabido ofrecer interfaces eficaces de relación con la sociedad, más preocupadas por el corto plazo y por los problemas presupuestarios de carácter doméstico para poder atender las enormes demandas económicas de sus universidades matrices.
Con este panorama, nos encontramos por una parte que desde la universidad fallan los mecanismos con los que entrar de modo más eficaz en el tejido social y, por otra, la sociedad va tomando distancia y se separa cada vez más de los ámbitos universitarios en los que no se reconoce, no los necesita y los considera cada vez menos suyos. Es cierto que esa relación viene deteriorándose desde hace ya bastante tiempo, pero quizás en estos momentos sea especialmente crítica y reclame y necesite de urgentes e imaginativas soluciones.
Esta reflexión trata de poner de manifiesto la necesidad que tiene la sociedad de hoy de encontrar respuestas auténticas y desinteresadas a sus demandas, a sus numerosas inquietudes, desde instancias que no respondan básicamente a planteamientos económicos o políticos y que posean el conocimiento experto adecuado, de tal modo que si hoy no existiera la universidad, sería muy conveniente inventarla. Ahora bien, como ya está inventada, lo que deberíamos proponer es reinventarla, haciéndola eso sí mucho más permeable con la sociedad a la que debe servir y consciente de su responsabilidad social. Si no, otras instancias tomarán su lugar e intentarán suplantarla poniendo otros intereses en juego, tanto a la hora de asumir la misión de prescripción y de autoridad moral ante cualquier problema, como a la hora de dar respuesta a las demandas de un mundo profesional y empresarial extraordinariamente cambiante y exigente. La incoherencia de las llamadas «universidades empresariales o corporativas» sería un ejemplo de ello.
Pero donde esta suplantación tiene un efecto más dramático y pernicioso es en la labor de las fuentes informativas expertas en los procesos de la comunicación de masas, dejando sin atender una de las funciones básicas de los medios de comunicación, la función pedagógica, o lo que es peor, inundando los flujos de la comunicación de visiones interesadas.
Resumiendo, podríamos definir el problema de la falta de relación eficaz de la universidad con la sociedad en los siguientes puntos:
1. Falta de respuesta universitaria adecuada y ágil a las demandas cada vez mayores y más vertiginosas en el tiempo del mundo profesional y empresarial.
2. Necesidad social creciente y acuciante de que la universidad asuma su compromiso de liderazgo social y su responsabilidad con toda la sociedad.
3. Riesgo de ensimismamiento académico, especialización y aislamiento en las universidades actuales, alejándose cada vez más de los problemas reales de nuestra sociedad.
4. Necesidad en los medios de comunicación de masas de atender la demanda creciente de contenidos y de contar con fuentes solventes e independientes.
5. Desproporción e inadecuación de los instrumentos actuales para abordar esa relación con una mínima esperanza de éxito. Los vicerrectorados más cercanos al ámbito del problema quedan en la actualidad bastante lejos de las soluciones, limitándose a acciones puntuales con personal de la propia universidad, sobre todo alumnos, o a intentar institucionalizar unas cuantas relaciones con el mundo exterior.
6. Falta de adecuación en determinados aspectos de los consejos sociales, que pueden caer también en esa misma falta de eficacia por su nivel de burocratización, politización o sindicalización y su actuación reducida en muchas ocasiones a temas internos de la propia universidad.
7. Necesidad de generar instrumentos ágiles de penetración universitaria en los tejidos productivos, empresariales y sociales, sin que por ello haya que reducir el nivel de autonomía y los mecanismos de control y democratización interna de la institución.
PROPUESTAS ALTERNATIVAS
Con este diagnóstico, el problema de las relaciones entre la universidad y la sociedad no parece fácilmente subsanable con una propuesta concreta y simple. No se trata de aportar la sugerencia de un nuevo departamentoo una nueva función dentro del conjunto administrativo o académico actual, o de sus órganos de gobierno, pero tampoco se trata de dar a los estudiantes un barniz de formación útil y de imponer criterios de instrumentalización como parece apuntar la reforma de Bolonia. Se trata más bien de asumir una nueva mentalidad que permita recuperar por una parte los principales componentes de la identidad universitaria y por otra reflejarlos a la sociedad de un modo rotundo, eficaz e innovador, con instrumentos propios de la nueva sociedad de la información. Esa nueva mentalidad empaparía todos y cada uno de los departamentos actuales, proyectándoles hacia su entorno inmediato y hacia el conjunto de la sociedad.
En lugar de intentar modificar la criatura desde fuera, podríamos entonces partir de la necesidad de una nueva concepción universitaria en los órganos rectores, un cambio de paradigma en la cultura corporativa y una nueva política de comunicación que permita la acción de los instrumentos eficaces de modo profesional y riguroso para conseguir llevar esa nueva cultura hasta una más auténtica identidad corporativa y una más fidedigna imagen corporativa. Veamos algunos procedimientos.
1. FOROS UNIVERSITARIOS
Se definirían como instrumentos para el debate público del conocimiento especializado de los saberes expertos universitarios.
Estarían concebidos como escaparates interactivos al servicio de toda la sociedad, fundamentalmente a través de los medios de comunicación. Deberían procurar llevar de forma continua los conocimientos y las reflexiones universitarias a todos, haciendo de los contenidos especializados de los medios de comunicación un vehículo permanente de conocimiento social, atendiendo así de forma innovadora al deber de responsabilidad social que tiene hoy la universidad como institución
La universidad debe liderar de nuevo una síntesis cultural, que ya no podrá abrirse camino hoy sin la concurrencia y la utilización de los medios de comunicación a través de su función pedagógica. El interés periodístico de los acontecimientos debe enraizarse y progresar en el interés real de los expertos, de ahí el programa que aportó el Foro Complutense, que en su presentación ya proponía «hacer interesante lo importante, poner de moda la verdad, introducir en el ruido cotidiano de la comunicación de masas una reflexión pausada, independiente y honesta de los que dedican su vida a la investigación». De este modo, se trataría de ofrecer una solución a dos importantes problemas de los diagnosticados en la relación sociedad-universidad, la falta de presencia social de la auctoritas universitaria y la crisis de contenidos y de superficialidad por la que atraviesa todo el fenómeno mediático.
2. DEPARTAMENTOS DE COMUNICACIÓN
La existencia de los departamentos de comunicación de las universidades podría ofrecer una excelente vía de solución para lograr la interconexión universidad-sociedad, salvando los problemas derivados de la exigencia de una mayor profesionalización de los mismos. Habría que considerar la figura del Dircom de un modo más rotundo, y su labor de diseñador y gestor de estos departamentos de forma mucho más innovadora. No basta ya con establecer meros gabinetes de prensa o redacciones de órganos periodísticos internos o externos, esta función y esta figura deben gestionar toda la comunicación de la universidad, tanto en su vertiente interna, con una adecuada gestión de la cultura corporativa, como externa, de gestión social del conocimiento experto. De ahí que haya que considerar de otro modo a estos departamentos, tanto en la estructura orgánica, como en su función en el equipo de gobierno de las universidades.
3. CENTROS ACREDITADOS
Se trata de replantear la relación de la universidad con centros de titularidad pública o privada que aporten nuevas funciones a la sociedad y alguna especialización en ámbitos académicos del máximo nivel. Los tradicionales «centros adscritos» darían paso así a otro tipo de relación con centros que aporten a nuestras universidades mayor valor añadido.
Sin dejar de contar con universidades grandes, y bien dotadas en todos los sentidos, el resto de la sociedad civil podría estar presente en la propuesta universitaria sin necesidad de competir con esas universidades, ofreciendo propuestas académicas especializadas, a través de unos centros que hoy lamentablemente nadie considera.
Los centros adscritos han dejado de ser simples incubadoras de universidades que querían nacer al cobijo de otra universidad conocida y pública, alcanzar a su sombra la masa crítica suficiente y poder caminar sola, y esa figura atraviesa en estos momentos una clara crisis de identidad.
Nuestra propuesta es la de establecer una nueva relación de centros acreditados con universidades grandes y de larga trayectoria académica, para conseguir diversos objetivos de interés mutuo. Estos centros, tendrían que orientarse por alguna especialización que les permitiera actuar con una especificidad y aplicaciones metodológicas de inerdisciplinariedad viable, es decir, definir ámbitos de conocimiento especializado en áreas temáticas como las ciencias humanas, sociales, de salud o experimentales, y aplicar allí modelos multidisciplinarios realistas en cuanto a su aplicación.
Su tamaño y características les permitirían tener una enorme agilidad y capacidad de llegar a lugares y situaciones de difícil acceso para universidades grandes a la hora de establecer acuerdos con empresas o instituciones a las que ofrecer determinados servicios universitarios. Sería algo así como disponer de lanchas rápidas desde un gran portaaviones con difícil acceso a determinados lugares.
La relación, asimismo, posibilitaría la ejecución de programas de investigación conjunta a los que ninguno de los dos socios por separado podría acceder.
La acreditación, por otra parte, debería exigir un mayor rigor que la adscripción y podría basarse en el resultado de una relación anterior previamente establecida y unas propuestas creativas e innovadoras.
En definitiva, la propuesta es la de considerar la creación de un nuevo modelo de relación con Centros Universitarios de Aplicación Especializada, a los que se podría aplicar el modelo anglosajón de acreditación universitaria, al estilo de la London School of Economics and Political Science, uno de los centros especializados en ciencias sociales de mayor prestigio del mundo.
He aquí tres propuestas concretas que podrían plantearse como instrumentos básicos de acercamiento entre universidad y sociedad, pero sobre todo tres propuestas para ejercer de modo innovador y eficaz la auténtica responsabilidad social corporativa en la universidad y desde la universidad, sin necesidad de abordar otro tipo de modificaciones o reformas planteadas por los políticos y desde la política.
Corría el mes de febrero de 1990 cuando en el hotel Villa Real de Madrid, situado en las inmediaciones del Congreso de los Diputados, se presentaba el primer número de Nueva Revista de política, cultura y arte; comenzaba así una aventura que dura ya veinte años. Recuerdo muy bien aquellos momentos, era además el primer gran acto público al que asistía después de que naciera mi segundo hijo. En las conversaciones de aquella tarde fluía una gran expectación ante el nuevo proyecto editorial, había entusiasmo entre los que iban a participar más directamente en el mismo, y también se compartía la sensación de que en la política española se avecinaban tiempos de cambio, lo que sólo acabaría por producirse algunos años después.
El núcleo de los asistentes al acto estaba constituido por quienes formaron el primer Consejo Editorial de la revista, un grupo de edades muy distintas, de procedencias profesionales también diferentes; en buena medida personas procedentes de las juventudes de UCD, del diario Madrid y del mundo universitario. El grupo compartía una concepción liberal del pensamiento, de la política o de la creación artística, tal y como se han desarrollado en nuestra civilización de origen grecolatino y de raíces cristianas. Desde entonces ese mismo grupo ha constituido la red básica de personas sobre la que ha descansado Nueva Revista.
Pero la vida de Nueva Revista no se puede explicar sin el liderazgo de su presidente y editor, don Antonio Fontán. Catedrático de Filología Clásica, periodista, fundador de la Actualidad Española, director de NuestroTiempo, miembro (hay que precisar su posición) del diario Madrid y valedor de la memoria de ese periódico hasta nuestros días. Había sido un político de influencia innegable; participó en la fundación del Partido Demócrata junto a Joaquín Garrigues, fue ministro de Administración Territorial (1977-1980), diputado y presidente del Senado y también miembro del Consejo Privado del Conde de Barcelona hasta su disolución. Don Antonio aunaba, de esta manera, un conjunto de cualidades personales, intereses intelectuales y experiencias profesionales que lo convertían en único para imaginar primero e impulsar después un nuevo proyecto editorial de la amplitud de intereses que representaba Nueva Revista.
Durante los primeros cinco años don Antonio Fontán ejerció simultáneamente como editor y director. Desde 1995, mantuvo su condición de editor pero dando muestras de su generosidad y deseo de promover a personas jóvenes, lo que es un rasgo característico de su personalidad, abrió las puertas de la dirección a distintas personas para las que esa responsabilidad ha constituido una buena oportunidad profesional.
Se puede afirmar que durante estos veinte años Nueva Revista ha constituido una publicación de referencia para el pensamiento liberal conservador en España, sus páginas han sido influyentes y de sus colaboradores han salido un buen número de altos responsables políticos en los gobiernos del centro derecha entre los años 1996 y 2004.
A lo largo de dos décadas y los 126 números que albergan las colaboraciones de más de mil autores en más de cuatro mil artículos, Nueva Revista ha respondido constantemente a la pluralidad de sus objetivos fundacionales. La política nacional e internacional, singularmente la europea, han tenido un tratamiento preferente, pero el número de artículos, entrevistas, y notas dedicados a la historia y a la sociedad, a la filosofía, al mundo de las letras, a las ciencias, a la tecnología, al medio ambiente y a las artes plásticas ha constituido, por extensión y calidad, un valor de referencia esencial en la identidad de Nueva Revista.
Hace unos pocos meses, tres de los que hemos sido directores, junto con tres históricos colaboradores de la publicación, partíamos de Madrid hacia Guadalcanal, iba a ser un viaje de un día pero un viaje largo, largo. Al objetivo no era ciertamente fácil llegar, y menos lo era hacer ida y vuelta en la misma jornada después de haber cumplido con nuestra misión que no era otra sino entrevistar al marqués de Guadalcanal en su lugar de origen, aunque no de nacimiento.
Guadalcanal, pueblo hoy sevillano pero antaño cacereño, está ubicado a casi 700 metros de altitud, rodeado por Llerena y por la sierra del Viento, situadas al norte, y al sur por la sierra del Agua y Cazalla, ese emplazamiento permite en los días de invierno, de sol y viento ligero, que la pureza del aire y la intensidad de la luz dejen en los visitantes un recuerdo permanente. Después de visitar el Ayuntamiento nos dirigimos a Villa Susana, la magnífica finca en la que don Antonio Fontán ha pasado largas estancias desde su niñez. En la casa familiar que Antonio Burgos ha descrito como «una casa de alberca al pie del silencio virgiliano de una higuera…», tras un rico y divertido almuerzo, tuvimos con don Antonio una larga conversación posteriormente publicada en Nueva Revista. Emprendimos al caer la tarde el camino de retorno, no sin habernos ganado un título antes de partir, se nos reconoció allí como los «seis de Guadalcanal». En el camino de vuelta comentamos los avatares del día y la conversación mantenida con don Antonio, muchas de sus reflexiones servían de nuevo para explicar por qué al marqués de Guadalcanal el International Press Instituelo había reconocido como uno de los «Héroes de la Libertad de Prensa».
Somos muchos los que hemos navegado juntos en el barco de Nueva Revista, la mayoría continuamos apoyando esa gran aventura que comenzó hace ahora veinte años y que siempre será deudora de la inteligencia y voluntad de su patrón. Algunos ya no están con nosotros, y a todos añoramos. He querido que el único nombre que apareciera en las líneas precedentes fuera el del presidente y editor de Nueva Revista, era difícil hacerlo de otra manera. Ahora, al final, quiero, sin embargo, añadir un nombre más, será el único, me parece indispensable, uno de los últimosque nos ha abandonado, el de Juan Pablo de Villanueva, es seguro que sin él la historia de Nueva Revista no sería la misma.

En las últimas versiones de la muerte de Hipatia, sobre la cual podemos remitirnos al estudio serio y ponderado de Maria Dzielska (Harvard University Press, 1995), se toma la parte por el todo, lo accidental por sustancial, lo anecdótico por regla, y se describe de modo explícito o por asociación toda la Iglesia alejandrina como una comunidad fanática, analfabeta, apegada a la interpretación literal de la Escritura, que no admite ninguna reinterpretación de la Revelación bíblica, y opuesta a todo lo que signifique griego o helénico. Lo malo no es ya sólo falsear la poliédrica realidad del cristianismo antiguo, en que convivían tendencias y orientaciones de muy diversa laya. Es que, de todo él, es precisamente en Alejandría en donde más peso tuvieron las escuelas más letradas, más proclives a la interpretación simbólica de las Escrituras y más tendentes a la integración de la paideia griega.
Vaya por delante el carácter tumultuoso y conflictivo de una ciudad que es otro ejemplo más, como el Toledo medieval, de que la supuesta tendencia natural de las religiones a la convivencia pacífica y fecunda no pasa de mito histórico bien intencionado. La Nueva York de hoy tiene poco que ver con la realidad de los siglos pasados. El apogeo cultural de Alejandría sí se benefició de la coexistencia de distintas tradiciones religiosas, pero esta coexistencia no solía ser pacífica. Antes al contrario, fue una fuente incesante de conflictos que plantearon graves problemas a los gobernadores ptolemaicos, romanos y bizantinos, y también a los patriarcas cristianos. La misma ciudad en que la Biblia se tradujo al griego (siglo III a. C.) y en que Filón (siglo I d. C.) adecuaba el judaísmo a la filosofía platónica, vivió durante más de seis siglos múltiples choques violentos entre griegos, egipcios y romanos, y entre paganos, judíos y, desde el siglo II d. C., también cristianos. Las luchas étnicas, sociales y religiosas fueron constantes y no pocas veces los romanos se conformaron con imponer una paz frágil y provisional. Pero esta tendencia permanente al tumulto no fue obstáculo para que Alejandría se convirtiera, desde época helenística hasta el siglo V d. C., en el gran faro cultural del Mediterráneo.
Era lógico, inevitable incluso, que el cristianismo de Alejandría participase del carácter tumultuoso que impregnaba la ciudad; pero también, y con mucha mayor fecundidad, de la gran tradición de estudio e investigación científica, textual y filosófica que había comenzado con los Ptolomeos y en la que los judíos llevaban insertos ya cuatro siglos. El reciente libro de Attila Jakab, Ecclesia Alexandrina (París, 2001), da cuenta de la implantación y desarrollo del cristianismo en la ciudad. En Alejandría se formaron muchas de las grandes figuras de la teología y la patrística de los siglos II al V, que irradió todo el Imperio con obras de gran calidad literaria y filosófica, fundamentales en la fijación de las doctrinas conciliares. La llamada escuela catequética de Alejandría cuenta entre sus filas a Clemente, Orígenes, Dídimo, Atanasio, Cirilo, Sinesio. Incluso entroncan en la tradición alejandrina otras figuras del Asia Menor, como Eusebio de Cesarea, y los Capadocios (Gregorio de Nazianzo, Gregorio de Nisa, Basilio), que descienden directamente de sus textos y métodos intelectuales. De muchos de ellos podrán discutirse determinadas posiciones intelectuales, y varias acciones de quienes tuvieron mando episcopal. Pero si de algo no se puede tachar a las grandes figuras del cristianismo alejandrino es de analfabetos iletrados o de enemigos de los libros. Sus obras ocupan muchos de los mejores volúmenes de la Patrología de Migne. En especial el tan denostado Cirilo es uno de los grandes maestros de la teología del siglo V. Uno de los grandes proyectos de investigación europeos se dedica a la edición crítica de sus obras. Y no es por mero afán anticuario: una revista internacional creada y editada en Bolonia, Adamantius (en honor del incansable Orígenes), se dedica en exclusiva a la investigación sobre la escuela de Alejandría, y crece cada año en número de artículos especializados sobre unos textos y métodos cuya profundidad aún ofrece muchas sorpresas.

Esta erudición alejandrina hace gala, además, de la mayor apertura de miras que podemos encontrar al estudiar el cristianismo antiguo. Lo que hoy llamaríamos diálogo de fe y razón se reflejaba entonces sobre todo en la interpretación de la Escritura. Otras escuelas de menor brillo, como la antioquena, mantenían una aproximación literalista a la Biblia y desconfiaban del método alegórico como una puerta abierta a la contaminación de la Revelación por la filosofía griega. En Alejandría, por el contrario, la orientación en favor de la alegoría es entusiasta. Clemente dedica parte del libroV de los Stromata a justificar la interpretación simbólica de la Biblia, con lo que sigue en el cristianismo los pasos de Filón en ámbito judío. Y sin empacho alega en su favor los múltiples usos que los griegos hacen del simbolismo como explicación de pasajes difíciles de los poetas y filósofos, incomprensibles si se interpretan en su literalidad pura. Las críticas de la apologética anticristiana, como el Discurso verdadero de Celso, apuntaban al seguimiento ciego de la Escritura y,entonces como ahora, se deleitaban en citar con tono acusador pasajes bíblicos de difícil cumplimiento literal. Orígenes, discípulo aventajado de Clemente, le responde punto po punto en el Contra Celso, interpretando cada pasaje con el mismo método alegórico que los más respetables filósofos, desde el neoplatonismo a la Estoa, llevaban siglos aplicando a los poemas homéricos y a los Diálogos de Platón. Lo mismo hará Cirilo en su Contra Juliano, que responde a su vez al Contra los galileos del último emperador pagano. Se podrán reprochar, si se buscan, algunos errores intelectuales a los alejandrinos: pero no precisamente el de la adhesión ciega a la letra del texto, ni la creencia de que la fe es incompatible con la razón. Al contrario, si los principios opuestos, es decir, la reinterpretación de la Escritura de acuerdo a criterios de racionalidad y adecuación al contexto cultural, han triunfado en la mayor parte de la tradición cristiana, es en buena medida gracias a la labor exegética alejandrina.
El gusto por el estudio y la aplicación de la interpretación filosófica a la Escritura son en realidad manifestaciones de una actitud más amplia: el filohelenismo, el afán por tender puentes con la civilización griega, de trenzarla con la bíblica en un solo tronco nuevo. Había, cierto es, sectores cristianos poco proclives al cultivo de los filósofos y poetas griegos, porque temían que el paganismo contaminase de errores humanos la Verdad revelada. El famoso dicho de Tertuliano «¿qué tienen que ver Atenas y Jerusalén, la Academia y la Iglesia?» es un clásico de esta actitud. Pero de nuevo, el cristianismo alejandrino no participa en general de tal cerrazón, sino que estuvo en la vanguardia de la helenización que había de triunfar y convertir al cristianismo en transmisor de la cultura clásica hasta la modernidad. Clemente o Sinesio no sólo conocen a la perfección a Homero, Platón y a los demás grandes autores antiguos y contemporáneos. No sólo los citan y transmiten. Además, aplican sus métodos y presentan el cristianismo en moldes griegos, para adecuarlo a unos patrones culturales cuya superioridad era indiscutible. En el Protréptico, una exhortación a la conversión que adapta al cristianismo un género literario cultivado, entre otros, por Aristóteles, Cicerón y Jámblico, Clemente de Alejandría presenta al Logos con el mito del canto de Orfeo que arrastraba con sus sones a la naturaleza, y acaba exhortando a seguir los misterios del Logos con imágenes tomadas de Eleusis y de las Bacantes de Eurípides. Entre medias, doce capítulos que, al hilo de la refutación del paganismo, transmiten preciosos fragmentos de poetas trágicos y filósofos presocráticos que de otro modo no conservaríamos.¿Dónde está el desprecio por Atenas y por la sabiduría de Grecia? No, desde luego, en Clemente, ni en la tradición que continúa su actitud abiertamente filohelénica. En el proceso de inculturación cristiana en la paideia griega que han descrito con brillantez, entre otros, Werner Jäger (Cristianismo primitivo y paideia griega, trad. esp. Madrid 1995) y Henry Chadwick (Early Christian Thought and the Classical Tradition, Oxford 1966), el motor fundamental es precisamente alejandrino. Los Capadocios no lo habrían podido llevar a su plenitud sin las raíces que los sustentaban.
Claro que todo apogeo tiene sus puntos oscuros y su decadencia. Desde mediados del siglo V, esta orientación perdió su primacía y Alejandría se fue sumiendo en un aislamiento cada vez mayor. La rivalidad con Constantinopla y el declive de la situación fomentaron las tendencias disgregadoras. El idioma nacional egipcio, el copto, se fue imponiendo al griego, y el pensamiento acompañó a la lengua. El sucesor de Cirilo, Dióscoro, heredó el carácter de su antecesor, pero no su sutileza teológica y finura conceptual, y al cabo las posiciones alejandrinas fueron derrotadas en el concilio de Calcedonia del 451, que marca la separación formal del Patriarcado de Alejandría de la Gran Iglesia. Precisamente cuando se impuso el talante simplista y agresivo que está en la raíz de la muerte de Hipatia empezó el declive de tan gloriosa escuela. El testigo de la apertura y el filohelenismo alejandrinos fue recogido por Constantinopla. El monacato, surgido precisamente en Egipto a fines del siglo III, y muy favorecido como nuevo modelo de santidad por los patriarcas de Alejandría, parecía de caer bajo Dióscoro hacia un instrumento de presión política. Pero fue domeñado en Calcedonia y se convirtió inmediatamente en la gran vía de transmisión de la cultura clásica a lo largo de todo el Medioevo, mediante la copia continua y conservación de manuscritos que han preservado las grandes obras de la Antigüedad (Nigel Wilson, Copistas y filólogos, trad. esp. 1986). Los monjes fueron, en su gran mayoría, exactamente lo contrario de los vesánicos destructores de libros a quienes se quiere culpar de la pérdida de las obras clásicas. Mutatis mutandis, en la Alemania de los años treinta, y en otras épocas y lugares también hubo profesores, los menos, que participaron en depuraciones, censuras y quemas de libros. Y no faltan películas que los retraten. Pero, más allá de las boutades, nadie sostiene que los profesores se dediquen sobre todo a destruir la cultura y quemar libros. Tampoco los monjes. Es casi una obviedad, pero cumple repetirlo cuando está de moda decir alegremente lo contrario.
El final de la época de gloria del Patriarcado alejandrino es, como todo cierre, un espectáculo de decadencia que contrasta con el pasado esplendor. Pero su gran obra histórica estaba ya cumplida, y no es por el estertor de la agonía como se debe juzgar la vida anterior del moribundo. No juzgamos la democracia de la Atenas clásica por el juicio de Sócrates, sino por los discursos de Pericles. Ni la civilización romana por las orgías de Heliogábalo sino por la paz de Augusto. Del mismo modo, ninguno de los episodios desgraciados que jalonan la historia de la Iglesia alejandrina, por mucho que se agiten, empaña un logro intelectual clave en la Historia occidental: la unión de lo mejor de la Revelación bíblica con lo mejor de la tradición griega.
JUAN PABLO II
Fue muy notorio, desde el primer momento de su pontificado, el interés de Juan Pablo II por la liberación de los países católicos centro europeos. En este contexto se inscribe su convencimiento de que tanto el atentado que sufrió en la plaza de San Pedro, el 13 de mayo de 1981, como la posterior consagración de Rusia al Corazón Inmaculado de María, el 25 de marzo de 1984, fueron dos momentos previstos por Dios en el itinerario hacia la disolución de la tenaza comunista.
Con todo, no fue fácil implicar a la Iglesia universal en esa consagración, que debía nombrar específicamente a Rusia. Ni Pío XII, ni Juan XXIII, ni Pablo VI lograron realizar la consagración del modo en que lo había pedido Nuestra Señora. Juan Pablo II afrontó este obstáculo, pero se vio obligado a recurrir a estratagemas complicadas e indirectas para poder nombrar a Rusia. Envió una carta a todos los obispos, invitándoles a unirse a él en la solemne consagración del mundo que se realizaría el 25 de marzo de 1984. En la carta, no citó a Rusia pero adjuntó la fórmula de consagración que leería, basada en la pronunciada por Pío XII en 1952, que nombraba explícitamente a Rusia. Los obispos, al leer la misiva papal y la fórmula de consagración, comprendieron que era la consagración solicitada por la Virgen a sor Lucía y que, por tanto, incluía expresamente a Rusia.
Juan Pablo II fue muy valiente. Su actitud decidida transmitió siempre esperanza. Su frase «no tengáis miedo», repetida con frecuencia, resumía a la perfección su talante. Se enfrentó en solitario al imperio comunista, sólo con la fe y su confianza en Dios.
Se celebró la ceremonia. Y como por encanto, en apenas seis años, hubo un drástico cambio del mundo: fin de la guerra fría, caída de varios regímenes comunistas, derrumbe del muro de Berlín, disolución del imperio soviético y libertad religiosa en Rusia y en todos otros países del antiguo imperio comunista. Y todo se realizó sin derramamiento de sangre. El proceso de desintegración comenzó formalmente en noviembre de 1989, con la caída del muro de Berlín, y continuó en los meses siguientes, en que desaparecieron los regímenes comunistas en Europa. Poco a poco se cerraron también muchas heridas en América Latina (el sandinismo, la guerra civil de El Salvador y otras más). Con todo, poco después de la caída del muro, todavía murieron en vil atentado seis jesuitas de la UCA de San Salvador, entre ellos el conocido teólogo Ignacio Ellacuría.
Juan Pablo II fue muy valiente. Su actitud decidida transmitió siempre esperanza. Su frase «no tengáis miedo», repetida con frecuencia, resumía a la perfección su talante. Se enfrentó en solitario al imperio comunista, sólo con la fe y su confianza en Dios. Para infundir aliento a los cristianos, recordando que la santidad es también posible en nuestra época, llevó a cabo sesenta y una canonizaciones durante su largo pontificado, como no lo había logrado otro pontífice desde que rigen las estrictas normas canónicas que regulan estos procesos. Muy significativas fueron las canonizaciones de Maximiliano María Kolbe (1982), mártir de la caridad en Auschwitz; Edith Stein (1998), hebrea católica y destacada intelectual, también martirizada en Auschwitz; Josemaría Escrivá (2002), sacerdote español, fundador del Opus Dei; el padre Pío de Pietrelcina (2002), místico estigmatizado italiano; y el indígena mexicano San Juan Diego Cuauhtlatoatzin (2002), vidente del Tepeyac, donde se apareció la Virgen de Guadalupe.
Entre 1989 y 2005, año de su fallecimiento, el Papa publicó cinco libros como autor privado, algo inusual en la historia del pontificado moderno: Cruzando el umbral de la esperanza (1994), Don y misterio (1996), Tríptico romano (2003), ¡Levantaos! ¡Vamos! (2004) y Memoria e identidad (2005), concedió entrevistas a la prensa y se dejó biografiar. Esta actividad literaria, aunque no magisterial en sentido propio, resultó de una eficacia catequética extraordinaria, porque sus libros, traducidos a muchas lenguas, se difundieron con suma facilidad.
Su cercanía a los fieles en los innumerables viajes pastorales avaló su perfil paternal y sacerdotal, y contribuyó a fortalecer la fe de muchos y preparó la conversión de otros. El cariño del pueblo fiel quedó demostrado por las multitudinarias concentraciones que acudieron a verle y a acompañarle en sus frecuentes viajes apostólicos y, sobre todo, por las impresionantes colas, de varios días, para rezar unos momentos ante sus restos mortales. En vista de lo cual, Benedicto XVI, acogiendo el clamor popular, verdadera «apoteosis de los santos», se apresuró a dispensar el lustro de espera establecido por la legislación canónica para el inicio de la causa de beatificación de Juan Pablo II.
Recordemos ahora algunos actos de especial relieve en la segunda etapa de su pontificado. En diciembre de 1990 publicó la encíclica Redemptoris missio, en que aclaraba, con la autoridad de su supremo magisterio, un tema discutido y mal enfocado por la teología de la liberación. El Reino de Dios, que conocemos por revelación -enseña en su encíclica-, es inseparable tanto de Cristo como de su Iglesia, y no coincide con el reino en el que sólo cuentan los programas y luchas por la liberación socioeconómica. No obstante, la realidad escatológica no es un fin remoto del mundo, aplazado indefinidamente, sino que se ha hecho próxima y ha comenzado ya a cumplirse en Jesucristo que es personalmente la Buena Nueva. Estas ideas ya habían sido desarrolladas por Pablo VI en su exhortación Evangelii nuntiandi, de 1975, pero entonces no se tomaron en cuenta. Ahora, en un marco sociopolítico muy distinto, esta encíclica supuso el fin de la teología de la liberación de carácter confrontativo.
El cariño del pueblo fiel quedó demostrado por las multitudinarias concentraciones que acudieron a verle y a acompañarle en sus frecuentes viajes apostólicos y, sobre todo, por las impresionantes colas, de varios días, para rezar unos momentos ante sus restos mortales.
También el Papa tuvo que vérselas con los momentos más agitados de la teología feminista. En sus formas más extremas (el ecofeminismo, por ejemplo), estas propuestas teológicas dieron lugar a las tesis teológicas más radicales de los últimos siglos. Juan Pablo II no rehuyó el reto y emanó tres importantes documentos, que constituyen el corpus doctrinal feminista católico: la carta apostólica Mulieris dignitatem (1988), la Carta a las mujeres (1995) y, sobre todo, la carta apostólica Ordinatioc sacerdotalis (1994), en que declara de modo definitivo e irreformable que «la Iglesia no tiene en modo alguno la facultad de conferir la ordenación sacerdotal a mujeres». Esta carta no se limita al tema señalado, de una enorme trascendencia, como puede adivinarse, sino que aborda otras cuestiones relativas a la situación de la mujer en el designio general salvífico.
En 1992 se publicó la primera edición del Catecismo de la Iglesia católica, que había sido una petición unánime de los padres sinodales reunidos en la asamblea extraordinaria del Sínodo de los Obispos de1985. Cinco años más tarde, en 1997, recogiendo muchas sugerencias y propuestas de los obispos dispersos por el mundo en comunión con la Santa Sede, apareció la edición típica del Catecismo, verdadera joya entregada a la Iglesia para la formación de los fieles y la predicación de los pastores. Téngase en cuenta que sólo dos veces, a lo largo de su bimilenaria historia, la Iglesia ha publicado un catecismo oficial: después del Concilio de Trento, en 1567, y al poco del Vaticano II. Cuando ya estaba en su lecho de muerte, pudo entregar a la Iglesia el Compendio del Catecismo, que sería editado oficialmente por su sucesor, Benedicto XVI.
La historia de este Compendio es aleccionadora, porque revela cuán difícil es el gobierno de la Iglesia universal. La Santa Sede había determinado que se hiciesen adaptaciones del Catecismo a la idiosincrasia de las diferentes latitudes, extractando los puntos principales de la doctrina. El Papa deseaba que esas adaptaciones sumarias sirviesen para la instrucción de los niños y de los cristianos menos formados. Pasó, sin embargo, más de una década y no hubo ninguna respuesta. Por esta causa, la Santa Sede tuvo que ponerse mano a la obra. La confección del Compendio se encuadra, por consiguiente, en el marco de la función subsidiaria de la Santa Sede. En todo caso, el Compendio no es, en sentido propio, un catecismo «minor», sino sólo una síntesis que se preparó con bastante rapidez.
En la década de los noventa, en el marco del diálogo interreligioso y de la inculturación de la fe, algunos teólogos discutieron -con mucha polémica y actitudes desafiantes- la mediación salvífica definitiva, plena y completa de Jesucristo. Esto era muy grave, porque suponía considerar limitada, incompleta e imperfecta la revelación de Cristo, «que sería complementaria a la revelación presente en las otras religiones». Para salir al paso, la Congregación de la Fe publicó en septiembre de 2000, con el total apoyo del romano pontífice, la declaración Dominus Iesus.
Fue Juan Pablo II muy sensible también a los errores cometidos por los católicos, en nombre de la fe. Prestó especial atención al «caso Galileo», que mandó se revisase, creando para ello una comisión. El comité estudió a fondo el asunto, aunque sin llegar a resultados significativos, salvo, quizá un libro primerizo editado por el profesor Walter Brandmüller, miembro del grupo creado por Juan Pablo II. Los estudios histórico-doctrinales más interesantes sobre el tema fueron publicados años más tarde por el profesor Mariano Artigas, con una excelente acogida en todos los sectores, tanto católicos como de otras confesiones religiosas.
El Papa no se limitó al caso referido. Durante el gran jubileo del año 2000, Juan Pablo II promovió una impresionante ceremonia de petición de perdón por los errores y pecados cometidos por los católicos en nombre de la fe. Fue un acto muy solemne de «purificación de la memoria», que tuvo lugar al comienzo de la cuaresma, el 12 de marzo. En su mente estaban, entre otros temas, la cruel trata esclavista, especialmente desde 1450 y, cómo no, la cuestión de la Inquisición.
La entrada en el nuevo milenio, preparada por tres años dedicados a cada una de las tres Personas de la Santísima Trinidad y por la convocatoria de un gran jubileo, provocó una avalancha de peregrinaciones a Roma, fortaleciendo afectivamente la unidad de la Iglesia. No obstante, el Papa no ocultó su desilusión, al comprobar que el cambio de milenio no supuso una mejora de la situación geopolítica mundial y que incluso surgieron nuevos problemas en el seno de la misma Iglesia:
«Hace diez años, con la Tertio millenio adveniente [10 de noviembre de 1994], tuve el gozo de indicar a la Iglesia el camino de preparación para el Gran Jubileo del Año 2000. Consideré que esta ocasión histórica se perfilaba en el horizonte como una gracia singular. Ciertamenteno me hacía ilusiones de que un simple dato cronológico, aunque fuera sugestivo, comportara de por sí grandes cambios. Desafortunadamente, después del principio del milenio los hechos se han encargado de poner de relieve una especie de cruda continuidad respecto a los acontecimientos anteriores y, a menudo, los peores. Se ha ido perfilando así un panorama que, junto con perspectivas alentadoras, deja entrever oscuras sombras de violencia y sangre que nos siguen entristeciendo. Pero, invitando a la Iglesia a celebrar el jubileo de los dos mil años de la Encarnación, estaba muy convencido -y lo estoy todavía, ¡más que nunca!- de trabajar -a largo plazo- para la humanidad» (Carta apostólica Mane nobiscum, de 7 de octubre de 2004).
Negros acontecimientos, en efecto, se habían destapado en último lustro, sobre todo en los Estados Unidos (escándalos provocados por un cierto número sacerdotes, muy aireados por los medios) y en algunos institutos religiosos. Con sentido de reparación y de purificación de la Iglesia, y como vehículo privilegiado de unidad, en la carta que acabo de citar declaró un año dedicado a la Santísima Eucaristía.
En esos mismos años, concretamente el 14 de septiembre de 1998, después de una elaboración muy larga y compleja, salió a la luz la encíclica Fides et ratio, sobre las relaciones entre la fe y la razón. En un mundo que se dice postmoderno, que desconfía un tanto de la capacidad de la razón para construir un mundo más humano y mejor (después de la traumática experiencia de las dos guerras mundiales, de una magnitud como nunca se había visto), el Papa ofrecía una apuesta decisiva a favor de las posibilidades de la humana inteligencia, no sólo para ordenar de modo mejor el mundo, sino sobre todo para conocer las riquezas de la Revelación divina. Además, y sin agotar el misterio revelado, la razón puede decir muchas cosas verdaderas sobre él. La incomprehensión del misterio divino (de las verdades que son sobrenaturales en sí mismas) es compatible con un conocimiento verdadero de algunos aspectos de ellas. La teología es verdadera ciencia y es posible. La encíclica termina con un epígrafe titulado «Cometidos actuales de la teología». De estas materias ya había tratado el Concilio Vaticano I (1870) contra cierto clima fideísta y frente a las exageraciones racionalistas. Ahora el mismo tema se contemplaba desde otra vertiente, en el marco de la denominada filosofía débil.
En el ámbito de la piedad popular, a la que siempre se mantuvo tan atento Juan Pablo II, destaca la promoción del rezo del Santo Rosario, siguiendo los pasos de sus predecesores Juan XXIII y Pablo VI, y la invención de los cinco misterios de luz, que acentúan el carácter cristológico de la preciosa corona mariana. La novedad de los cinco misterios luminosos fue una sorpresa, anunciada a la cristiandad por medio de la carta apostólica Rosarium Virginis Mariae, de 16 de octubre de 2002.
Mientras tanto, la salud del pontífice se había deteriorado mucho. Los signos de su enfermedad eran patentes, hasta el punto de que apenas se le entendía cuando leía sus discursos. A pesar de la fuerte presión para que dimitiera, decidió mantenerse al frente de la nave de Pedro, ofreciendo un testimonio heroico de una ancianidad llevada con entereza, fe y esperanza cristianas. Dios se lo llevó a su seno el 2 de abril de 2005.
BENEDICTO XVI
El 19 de abril de 2005, dos semanas después del fallecimiento de Juan Pablo II, fue elegido pontífice máximo el cardenal Joseph Ratzinger, que tomó el nombre de Benedicto XVI. Su elección en el conclave de cardenales no fue una sorpresa, como sí lo había sido la elección de su antecesor. Ratzinger llevaba casi un cuarto de siglo en la curia romana (desde noviembre de 1981), al frente de la Congregación para la Doctrina de la Fe, y era, sin discusión, uno de los teólogos de mayor prestigio.
Benedicto XVI ha abierto nuevas perspectivas a la misión de la Iglesia, superando, de una vez por todas, la dicotomía entre tradición y progreso.
Las grandes prioridades pastorales del Benedicto XVI fueron, desde primera hora: China, Brasil, Estados Unidos y Centroeuropa. Las relaciones con el gobierno chino y con la Iglesia patriótica china empezaron bien, pero ahora no van por buen camino. A Brasil viajó a mediados de mayo de 2007, para inaugurar la Conferencia General del Episcopado de América Latina, que tuvo lugar en Aparecida. En su discurso previo a los obispos brasileños, en la catedral de São Paulo, el Santo Padre abordó dos cuestiones que lleva muy dentro de su corazón: la santidad de los sacerdotes y religiosos (y la consiguiente responsabilidad de los obispos en la selección de candidatos idóneos para las órdenes sagradas), y el tema del sincretismo religioso, que echa raíces en la denominada teología india. Al año siguiente, y por las mismas fechas, Benedicto XVI viajó a los Estados Unidos. Fue un viaje para infundir esperanza al episcopado norteamericano, enfrentado a una opinión pública recelosa y adversa, por los escándalos de los ministros sagrados tan aireados por los medios; situados, además, en un clima de deterioro «silencioso» de la práctica cristiana y de minoración de las vocaciones sacerdotales. A Centroeuropa ha realizado varias visitas pastorales: a Alemania (dos veces), Austria, Polonia y Chequia. También ha visitado España y Francia.
En el contexto pastoral de estos viajes es preciso aludir, aunque sólo de pasada, a la actitud del romano pontífice frente al mal que ha irrumpido en algunos sectores de la Iglesia. Como su antecesor, se ha propuesto la tolerancia cero con la corrupción. Su principio de gobierno es que ni el Papa, ni los obispos pueden tolerar el mal, aunque deban cultivar siempre entrañas de misericordia para con el pecador. Pactar con el mal, ignorándolo y disimulándolo, constituiría una falta gravísima, que escandalizaría a los católicos y desedificaría a los hombres de buena voluntad. Por ello mismo, ha exigido con gran firmeza, lealtad y fidelidad a sus colaboradores en todos los asuntos de gobierno, lejos de cualquier doblez y engaño, y ha activado algunos procesos canónicos que estaban retrasados o paralizados.
Durante su segundo viaje a Alemania, en septiembre de 2006, pronunció una lección académica en la Universidad de Ratisbona, el último centro académico al que estuvo vinculado. En ese discurso, que levantó mucha polvareda, abordó una tesis importantísima: la capacidad de la razón para alcanzar la verdad. Era el tema de la encíclica Fides et ratio, de 1998. Las críticas le llovieron por un pasaje en que recapitula una discusión entre un musulmán (un persa culto) y un cristiano (el emperador Manuel II Paleólogo). Es muy posible que el Papa tuviese a la vista, no sólo el triste itinerario de la filosofía musulmana, desde que se apagó el influjo de Aristóteles en ella, sino muy especialmente la actitud antirracional (o, mejor dicho, antimetafísica) de Martin Lutero. En cualquier caso, al comienzo de la lección declaraba que siempre le había fascinado la libertad del acto de fe y que desconfiar de las posibilidades de la razón es una ofensa a Dios mismo:
«El emperador [Manuel II Paleólogo], después de pronunciarse de un modo tan duro [contra las disposiciones del Corán sobre la guerra santa], explica luego minuciosamente las razones por las cuales la difusión de la fe mediante la violencia es algo insensato. […] En esta argumentación contra la conversión mediante la violencia, la afirmación decisiva es: no actuar según la razón es contrario a la naturaleza de Dios».
Benedicto XVI ha publicado tres encíclicas, hasta la fecha: Deus caritas est (diciembre de 2005), sobre el amor cristiano; Spe salvi (noviembre de 2007), sobre la esperanza cristiana, y Caritas in veritate (junio de 2009), sobre el desarrollo humano en la caridad y en la verdad. Falta, pues, una encíclica sobre la fe, para completar la trilogía acerca de las virtudes teologales. Caritas in veritate analiza la vida económica y social, en el contexto de la gran crisis económica que nos azota. Esta encíclica es relevante, porque, además de ofrecer pistas interesantísimas para el análisis de la crisis económica actual, insta a la colaboración interdisciplinar. Expresamente recuerda que no pueden dejarse al margen las aportaciones de la filosofía y, sobre todo, de las ciencias teológicas.
Uno de los discursos más importantes del Santo Padre fue pronunciado en diciembre de 2005, dirigido a los cardenales y prelados que trabajan en la curia romana. Es un texto precioso, en que, después de felicitar la Navidad a los colaboradores más próximos de la curia, aborda una cuestión fundamental para el desarrollo eclesiológico e histórico teológico. Se pregunta sobre la continuidad o discontinuidad entre el antes y el después del Vaticano II. La tesis del Papa, que debe ser leída con mucha atención, establece la continuidad de la Iglesia, antes y después del Concilio (pues la asamblea conciliar no ha supuesto un ruptura), y, al mismo tiempo, la novedad (y por ende una cierta discontinuidad) entre el antes y el después. Quisiera citar dos ejemplos a los que se le aplica la armonía tradición/novedad: las negociaciones de la Santa Sede con la Fraternidad Sacerdotal San Pío X, surgida del movimiento cismático del arzobispo Marcel Lefevbre (†1991), se inscriben en este marco; y también la proclamación de un año paulino, superando los temores de los padres tridentinos.
Por último, una breve referencia a las iniciativas ecuménicas: primero con los luteranos, con quienes continúan las conversaciones, después de los acuerdos sobre la noción cristiana de justificación; también con los anglicanos que han decidido pasar a la Iglesia católica, decepcionados por la ruptura de la Comunión anglicana con algunos presupuestos básicos de la tradición cristiana; y finalmente conversaciones con los ortodoxos, que avanzan más bien despacio, a pesar de ser tan poco lo que nos separa. No ha descuidado tampoco las relaciones con el judaismo, con resultado desigual, y con el mundo musulmán, más bien con escaso fruto.
Asimismo ha continuado Benedicto XVI la iniciativa inaugurada por su predecesor, de publicar como autor privado. En 2007 dio a la prensa la segunda parte de su curso de cristología, dictado varias veces en la universidad alemana. La monografía se titula Jesús de Nazaret. En ella, Benedicto XVI reivindica la posibilidad de alcanzar muchas verdades sobre Cristoa partir de la historia de Jesús de Nazaret, y discute -y acepta, cuando es el caso- los logros de la crítica histórica.
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Desde 1523 no había habido ningún Papa no italiano. Los dos últimos, sin embargo, han nacido fuera de Italia: el primero en Polonia y el segundo en Alemania. Esta ha sido otra novedad importante en el cambio de siglo. Por ser obispo de Roma, el Papa es vicario de Cristo y cabeza del colegio episcopal. La ciudad de Roma y la suprema potestad primacial quedaron ligadas para siempre con san Pedro. Pablo VI firmó muchas veces como «Obispo de la Iglesia católica», en el contexto de las enseñanzas del Vaticano II. Juan Pablo II se congratulaba de ser obispo de Roma: era polaco de nacimiento, pero romano por elección. Benedicto XVI echa de menos una mayor comprensión teológica del primado romano, sobre todo, en relación con los grandes patriarcados ortodoxos, asunto pendiente desde el cisma de 1054.
En todo caso, la experiencia de dos papas no italianos, tan temida por algunos, ha sido muy positiva, como no podía ser de otra manera. Uno de ellos, con sus santidad y su celo pastoral, merecío de Dios la caída de los regímenes comunistas. El otro, felizmente reinante, ha abierto nuevas perspectivas a la misión de la Iglesia, superando, de una vez por todas, la dicotomía entre tradición y progreso.
Carlos II de España siempre ha tenido mala imagen. La tuvo desde que Pierre de Villars, marqués de Villars y embajador francés en España, escribió sus Memorias de la corte de España desde 1679 hasta 1681. La influencia del diplomático fue tal que varias generaciones de españoles hemos estudiado una Historia de España en la que la degeneración del monarca crecía paralela al descrédito y hundimiento de nuestro país.

