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Ver productosCarlos II de España siempre ha tenido mala imagen. La tuvo desde que Pierre de Villars, marqués de Villars y embajador francés en España, escribió sus Memorias de la corte de España desde 1679 hasta 1681. La influencia del diplomático fue tal que varias generaciones de españoles hemos estudiado una Historia de España en la que la degeneración del monarca crecía paralela al descrédito y hundimiento de nuestro país.


Nueva Revista ha sido siempre una corriente de pensamiento, un estilo de hacer y entender las cosas, un espíritu en definitiva que se extiende a través de todas las personas que han participado y colaborado en sus páginas y su entorno.
¿OPTIMISMO O PESIMISMO?
«Se da por supuesto que cualquier tiempo pasado fue peor, porque seguimos creyendo en el dogma del progreso continuo e irreversible con una firmeza que nos envidiaría el más radical ilustrado de finales del XVIII o comienzos del XIX»
Nada hay más políticamente incorrecto que el pesimismo. Pocas actitudes están peor vistas. Los agoreros, profetas de desgracias, son siempre mal recibidos. Es más, la primitiva costumbre de matar al mensajero sigue estando plenamente al día. Según ha demostrado René Girard, nuestra sociedad practica el sacrificio del chivo expiatorio con mayor frecuencia de lo que era usual en otras épocas, sólo que lo hace por procedimientos más sofisticados y menos visibles.
Se da por supuesto que cualquier tiempo pasado fue peor, porque seguimos creyendo en el dogma del progreso continuo e irreversible con una firmeza que nos envidiaría el más radical ilustrado de finales del XVIII o comienzos del XIX. Se supone que, por mal que parezcan ir las cosas, siempre acontece una especie de soterrado avance mecánico hacia logros nunca antes alcanzados. Por eso mismo, lo que menos se perdona a los pesimistas es que el paso del tiempo acabe por darles la razón. Y esto es, precisamente, lo que está sucediendo en la España actual. Hemos tenido malos gobernantes, pero nunca hemos tocado el fondo con tanto estruendo como lo han hecho José Luis Rodríguez Zapatero y sus sucesivos gobiernos, cada vez peores. No estaba previsto y, por ello, no sólo resulta difícilmente aceptable, sino que nos pilla sin balas en la recámara, sin un plan B, sin proyectos de recambio.
Como algunos pesimistas son los únicos que previeron la actual crisis, a ellos parece corresponder la responsabilidad de proponer nuevos caminos. Si tan clarividentes fueron para anticipar un futuro que ya comienza a ser pasado, también lo serán -se arguye- para proyectar un futuro que pronto se hará presente. Si, tal es el caso, sus augurios se han quedado cortos, porque la realidad supera a sus más oscuros pronósticos, se les comienza por acusar de que algo falla en su visión de las cosas. Se les reprocha entonces la ausencia de soluciones positivas en sus apreciaciones de la realidad social. «Haces buenos diagnósticos, pero no tienes proyectos: ¡cambia de discurso!». Tienen así una doble carga: al diagnóstico certero se añade la tarea de la articulación de salidas viables para una situación improseguible.
Tanto el ademán de hurtar la mirada hacia lo que anda mal como la incapacidad de ofrecer soluciones para la crisis proceden de una miopía común. No se puede -ni se quiere- ver más allá de lo que está a pocos palmos de la propia cara. Miopía a la que se une no pocas veces el astigmatismo, que desdibuja los contornos de las cosas: perfilarlos demasiado es señal de dogmatismo. Lo que se aprecia por doquier es la falta de radicalidad, la tibieza en el pensamiento y en la acción. Se nos ha prevenido tanto contra los extremismos que, al cabo, nos parece que buscar el consenso -aunque sea en el error- es el bien supremo. Pero el acuerdo no es garantía de verdad ni de eficacia. En tiempos de grandes tensiones, quizá sea conveniente buscar ante todo la conciliación. Pero lo que está bien para un momento excepcional, no es el temple que de ordinario se requiere. No pocas veces el acuerdo no es un consenso racional, basado en buenos argumentos, sino un consenso fáctico, forzado por imposición y aceptado por conformismo.
RIGOR Y CORAJE
«Si la España actual está ayuna de proyectos se debe sobre todo al generalizado modo de pensar superficial y conformista»
Si la España actual está ayuna de proyectos se debe sobre todo al generalizado modo de pensar superficial y conformista. Es raro que los ciudadanos se pregunten cuál es la condición de posibilidad para que se produzcan discursos sobre un futuro viable y fecundo. Ese prerrequisito consiste, a mi juicio, en pensar con rigor y coraje cívico. Pero, además, hay que cuestionarse cuáles son los ámbitos en los que el ciudadano puede prepararse para acometer esta urgente tarea.Las carencias de nuestra clase política son indudables. Las mínimas condiciones de formación intelectual, entereza de carácter y nivel ético no son fáciles de encontrar en quienes nos gobiernan. Pero ésta no es la única causa de la incapacidad de innovación.
La universidad es una de esas instituciones que, a mediados del siglo pasado, se presentaban como más prometedoras, pero han sufrido una implosión, es decir, una explosión hacia adentro, por falta de contenido, por vaciamiento de las propias convicciones y exigencias.
La enseñanza superior se ha visto drásticamente pragmatizada; está sobrecargada porque se instrumentaliza para finalidades que no le competen; pero, sobre todo, carece del dinamismo interno que necesitaría para recuperar una capacidad investigadora y formativa que no sea puramente utilitaria. El entusiasmo sin criterio con el que el plan Bolonia se está implantado en España -a diferencia de la frialdad con que ha sido acogido, e incluso ignorado, en el resto de Europa- habla claramente de la falta de personalidad institucional que caracteriza a buena parte de nuestras universidades.
EN BUSCA DE LA FUERZA INNOVADORA
«El empuje ha de provenir de la sociedad civil y, especialmente, de generaciones que no se hayan desgastado en los roces de la política de consenso a toda costa vivida en las últimas décadas, y en las hipotecas que ha implicado la consolidación de la democracia».
El empuje ha de provenir de la sociedad civil y, especialmente, de generaciones que no se hayan desgastado en los roces de la política de consenso a toda costa vivida en las últimas décadas, y en las hipotecas que ha implicado la consolidación de la democracia. Ha sido una fase lograda, brillante incluso, de la política española. Pero ahora se trata de salir con ganancias de un atolladero económico, ético y cultural, para lo cual se precisa coraje y capacidad innovadora. Antes de que una demografía tan decadente como la española nos acabe pasando una factura impagable a medio plazo, las generaciones que se han incorporado recientemente a las tareas directivas de la vida social han de irrumpir con propuestas inconformistas, sin esperar la aprobación que los ya instalados en posiciones de ventaja política y económica no les van a conceder.La energía renovadora que necesitamos ha de proceder actualmente de comunidades culturales que no se identifiquen sin más con la universidad, cuya capacidad de burocratizar lo que toca parece ilimitada. Hay que pensar más bien en instancias extrauniversitarias o postuniversitarias. Si tuviéramos que aguardar a que los niveles institucionales de educación lograran recuperar la capacidad de orientación y la fuerza innovadora perdida en las últimas décadas, lo fiaríamos demasiado largo. En cualquier caso, las soluciones no pueden provenir de las agencias estatales. Como recomendaba Ortega y Gasset, hemos de acostumbrarnos a no esperar del Estado nada bueno, viendo cómo está más bien en el origen de una parte considerable de nuestros males.
La burocracia y la tecnocracia tienen muy poco que ofrecer. Parten de los supuestos que ya están dados y, si acaso, intentan mejorar lo existente. Pero ésta no es la lógica de la innovación. La inteligencia innovadora y libre es la capacidad de salirse fuera de los supuestos. Lo cual no quiere decir que los proyectos puedan improvisarse. La capacidad de proyecto es el fruto de una previa formación teórica y práctica muy exigente, puede detectar esta preparación en grupos minoritarios de españoles que se encuentran en los inicios de su andadura profesional o pública. Les está vedada su deseable incorporación a los partidos políticos, que velan para que nadie perturbe su confortable mediocridad. Su impulso ha de ser el propio de una fuerza emergente que no pida permiso para comparecer en el espacio social. No necesitan patronazgo, sino capacidad de acogida, comprensión y generosidad.
UN DINAMISMO DE REGENERACIÓN
«No se trata de promover una revolución -procedimiento que hoy puede considerarse como romántico en el peor sentido de la palabra- sino de acometer una vitalización profundamente renovadora de la sociedad».
En sus imbricaciones mutuas, los tres elementos de la tecnoestructura -mercado, Estado y medios de comunicación- carecen de frescura de pensamiento y de capacidad de acción innovadora. Es preciso recurrir al mundo vital, es decir, a las fuentes de sentido que aún no están completamente colonizadas por un sistema en trance de anquilosamiento. El mundo vital es el ámbito de las relaciones interpersonales, en las que puede darse la mutualidad y la reciprocidad; es el territorio de la solidaridad, de la gratuidad, y de la amistad que no busca nada a cambio. Su gran riqueza es aquello que Edmund Burke denominaba «la no comprada gracia de la vida».Demos un paso más en la línea de aproximación a la acción concreta. El proceso de deterioro al que el Gobierno de Zapatero está conduciendo a España parece imparable y progresivo. La oposición continúa fuera de juego, los medios de opinión pública no entran a los problemas y -por lo general- los ciudadanos intentan disfrutar del bienestar que todavía no han perdido. Se impone pensar en un dinamismo de regeneración cuyo nivel de radicalidad no sea inferior al de la debilidad social que tal decadencia revela.
Es en este nivel donde cabe desarrollar la estrategia de los pequeños grupos, que algunos consideran equivocadamente un planteamiento romántico, pero de los que la historia demuestra que poseen una extraordinaria capacidad transformadora. Baste pensar en los promotores intelectuales y políticos de la revolución francesa (les philosophes); los consejos de base que impulsaron la revolución americana; y los soviets, que están en la base del comunismo ruso. Más recientemente, Alasdair Mac Intyre ha puesto las comunidades locales como las única configuraciones en las que puede florecer el pensamiento innovador y riguroso (sin necesidad de declararse, ni de ser, comunitarista).
Es este último enfoque el que tengo ahora a la vista. Porque, en nuestro caso, no se trata de promover una revolución -procedimiento que hoy puede considerarse como romántico, en el peor sentido de la palabra- sino de acometer una vitalización profundamente renovadora de la sociedad. La actitud es la de una conspiración leal a la república. Por cierto, el republicanismo, que hoy se está volviendo a proponer, y del cual se encuentran cerca estas propuestas, no es necesariamente antimonárquico. Y, desde luego, poco tiene que ver con las ideas que utilizó en su momento Zapatero, cuando hasta el propio Pettit alababa sus tropelías, y de las cuales parece haberse olvidado el presidente. Aquí se trata de un auténtico republicanismo cívico, que apela a la responsabilidad social de los ciudadanos, a las energías de la sociedad civil.
GRUPOS DE ACCIÓN Y PENSAMIENTO
«El campo de acción de estos grupos no es directamente político ni económico. Es genuinamente cultural, entendiendo por cultura el conjunto de los modos de vida bien pensados y pacíficamente compartidos».
Por su propia naturaleza, no requieren ninguna formalización estereotipada. Son, por definición, pequeños grupos, pero su tamaño no está preestablecido: sólo se requiere que permitan el diálogo personal, y que no precisen de estructuras jerárquicas, aparatos de control, ni ningún tipo de burocracia. Si acaso, se sirven de las nuevas tecnologías para la comunicación no presencial y el contacto con grupos afines: suponen un primer paso para la adaptación de la dinámica política a la era de Internet.Los grupos de acción y pensamiento se mueven en un plano prepolítico, pero no apelan en modo alguno a instituciones naturales o a unidades que se propongan impulsar una determinada ideología. Proceden más bien de lo que Goethe llamaba «afinidades electivas» y son, por lo tanto, asociaciones libres, no predeterminadas. Se centran en el diagnóstico de la situación, en el análisis de las causas que nos han llevado a la desvertebración social, y en los procedimientos que es preciso poner en marcha para generar una nueva ciudadanía capaz tanto de resistencia como de innovación.
Han de surgir en las comunidades locales, en las urbanizaciones, en los barrios, en los ambientes profesionales, en los medios intelectuales y universitarios. Siempre habrá alguno o algunos que den el primer paso y convoquen a mujeres y hombres en su entorno. (En estas líneas se contiene una especie de llamamiento genérico). Pero se trata de movimientos emergentes que tengan la espontaneidad de lo inmediato y rechacen cualquier tipo de protección interesada, por no hablar de manipulación.
El campo de acción de estos grupos no es directamente político ni económico. Es genuinamente cultural, entendiendo por cultura el conjunto de los modos de vida bien pensados y pacíficamente compartidos. Como su foco de atención es lo común, no son incompatibles con el hecho de que en su seno haya divergencias ideológicas o religiosas. No es que se trate de trivializar tales desacuerdos, sino de reafirmar que pertenecen a otros ámbitos distintos de las preocupaciones cívicas. Constituyen así un fermento de tolerancia imprescindible en una España acechada actualmente por modos sectarios de pensar. Porque todo enfoque unitario, monolítico, de la sociedad es tendencialmente totalitario.
EL DIÁLOGO COMO MÉTODO
«Las comunidades espontáneas precisan, si acaso, de un moderador, nunca de un jefe. De manera que la politización de los grupos emergentes no sólo es prematura: es contraproducente de punta a cabo».
Resulta inquietante el actual recurso abusivo a algo tan ambiguo como es el liderazgo. En todo caso, un auténtico líder es alguien capaz de galvanizar libertades en torno a proyectos. Pero la pretensión de dirigir a quienes de algún modo ha concitado, hace odiosa la figura del presunto líder y arruina el propósito compartido. Las comunidades espontáneas precisan, si acaso, de un moderador, nunca de un jefe. De manera que la politización de los grupos emergentes no sólo es prematura: es contraproducente de punta a cabo.Padecemos un déficit de pensamiento social, lo cual hace de nuestra ciudadanía una presa fácil para los virus del conformismo y la docilidad. No hay desarrollo del pensamiento si no encuentra su vehículo en el lenguaje, que es inseparablemente instrumento de comunicación. De ahí que los grupos ciudadanos tengan como método fundamental el diálogo. Partiendo de sus miembros activos, la prolongada conversación en torno a finalidades comunes -más allá de los intereses individuales- es el procedimiento para que vayan cuajando oportunidades de acción solidaria, en las que colectivos más amplios pueden sentirse libremente implicados. Estos grupos realizan, por tanto, un papel de catalizadores sociales.
Con estas ideas no pretendo conseguir ningún propósito determinado.Quedaría satisfecho con que tan sólo un puñado de personas se sintiera convocado a trabajar por el bien común en un contexto que sea cultural y cívico, no propiamente político. Ofrezco un mensaje de evidencias, por si a alguno pudieran interesarle.
Desde el libro de Gilbert Highet The Classical Tradition, publicado en 1949, la etiqueta «tradición clásica» ha ido ganando terreno y está ya plenamente asentada en el lenguaje humanístico contemporáneo para designar el influjo de Grecia y Roma sobre la cultura posterior. La utilizó ya aquí en España con alguna frecuencia mi maestro, Antonio Ruiz de Elvira, en el año 1955, cuando escribió su libro juvenil Humanismo y sobrehumanismo; sirvió luego, en 1975, para titular una obra póstuma y recopilatoria (La tradición clásica en España, Barcelona, Ariel) de María Rosa Lida de Malkiel, la insigne hispanista argentina fallecida prematuramente y especializada en las deudas de la literatura española con el mundo helénico y romano; el mismo marbete nombra ahora una asignatura ofertada en varias universidades españolas para los alumnos que cursan Filología Clásica o Teoría de la Literatura y Literatura Comparada, y muchos especialistas lo utilizamos corrientemente en nuestros escritos.
Y es que «tradición» es una palabra hermosa por su alumbradora y radiante etimología. Quiere decir «donación» a través de una serie de sujetos, receptores y sucesivamente donantes: acción de pasar algo de unas manos a otras, entrega encadenada. La segunda parte del vocablo, la secuencia ditio, remite a la raíz del verbo latino dare, «dar», y la primera parte, el preverbio tra, es la propia preposición trans que indica el paso de lo uno a lo otro y que es tan frecuente en compuestos del castellano. Sigue la palabra desplegando distinción porque, siendo de origen culto, tiene en español una hermana gemela surgida del mismo vocablo latino pero a través de una evolución vulgar y con una especialización distinta en cuanto a su significado: es «traición», palabra en la que ha caído la d intervocálica y en la que ha habido una orientación semántica peyorativa, para acabar refiriéndose a la entrega malévola y dañina de algo o de alguien. Traditio, pues, vocablo latino, subyace maternalmente a «tradición» y a «traición», palabras españolas hijas de aquélla.
Y al hacer este análisis etimológico nos hemos adentrado ya, casi sin darnos cuenta, en el fenómeno propiamente dicho de la tradición clásica. Porque el proceso de transmisión o donación encadenada atañe, ya para empezar, a la lengua, es decir, a las principales lenguas europeas y, en especial, a las romances, cuyo origen se identifica como una evolución del latín, un proceso de metamorfosis. Y así las etimologías de muchas palabras españolas nos retrotraen al mundo pretérito de los griegos o los latinos, a sus instituciones, a su ideología y a su modo de pensar, empapado aún de una mentalidad primordial en contacto con el campo y la naturaleza. «Pensamiento», por ejemplo, nos remite a la acción física de pesar: pensar es, pues, en su origen, una averiguación del peso de algo, y puesto que para pesar se colgaba el objeto en la balanza, la operación de colgar y de pesar se identifican nominalmente, de modo que el pensamiento, el péndulo, el pendiente, el peso, el pienso, la despensa, la pensión y la suspensión, son todos miembros de una misma familia. Estos hechos nos son revelados por la historia de la lengua, que pone en claro así un fenómeno de tradición latina en nuestro medio de expresión cotidiano. Porque ha de reconocerse que no sólo hablamos latín cuando recurrimos a expresiones cultas, puramente latinas clásicas, como a priori, mutatis mutandis o in fraganti, sino que también hablamos latín -latín evolucionado, pero latín- cuando decimos «pensamiento», «péndulo», «pendiente» o «suspenso».

El fenómeno de la tradición clásica atañe luego a todo el vasto complejo de áreas culturales, a unas más que a otras, pero a todas en alguna medida. Ahí está el libro editado recientemente por profesores de Clásicas de la Universidad de Valladolid, Antiquae lectiones (Madrid, Cátedra, 2007), que, en sus sintéticas exposiciones, va mucho más allá de los tradicionalmente estudiados márgenes de la literatura, donde se ha observado desde siempre, sí, el ingrediente antiguo de un modo más palmario. Y así, es evidente a todo ojo atento y conocedor de lo antiguo cómo nuestra teoría y praxis política tiene sus fundamentos en la realidad de Grecia y Roma; cómo el pensamiento filosófico medieval, moderno y contemporáneo es un continuo diálogo y desarrollo de lo que ya reflexionaron los griegos; cómo el Derecho occidental, en casi todas sus ramas, tiene sus raíces en Roma; cómo las bellas artes alternan sus búsquedas y nuevos hallazgos vanguardistas con intermitentes neoclasicismos en los temas y en las formas, o cómo la creación misma se identifica con la síntesis de los elementos novedosos y los tradicionales, estos casi siempre de remoto sello grecolatino. Y así podríamos seguir ponderando indefinidamente la huella helénica y latina en las diversas caras de nuestra vieja civilización occidental, tanto lo que es resultado de una evolución natural e inconsciente a partir de aquellos orígenes ancestrales como lo que es regreso voluntario y consciente a aquel prestigioso arsenal inagotable de ideas, argumentos y formas.
Pero es en el terreno de la literatura donde podemos más fácilmente sumergirnos en un inagotable caudal de ejemplos. Y por ceñirnos a la propia literatura española -más descuidada, como ya señaló María Rosa Lida, por las grandes obras de conjunto extranjeras sobre esta materia-, resulta verdaderamente aleccionador el rastrear desde los orígenes hasta la actualidad la ubicua y variopinta huella de lo clásico. Porque los relatos míticos ovidianos de las Metamorfosis, interpretados como deformación de la historia antigua, están compendiados en la prosa pionera de la Grande e General Estoria de Alfonso X el Sabio, y los viejos nombres de los héroes y heroínas míticos salpican la poesía erudita de Juan de Mena y el Marqués de Santillana. El tema de Alejandro Magno y la leyenda de la guerra de Troya alimentan la poesía de los clérigos (Libro de Alexandre) y muchas obras de prosa medieval castellana (como las Sumas de Historia troyana), hasta el punto de que Jorge Manrique mostraba ya cierto cansancio frente a tanta recurrencia a los troyanos:
Dejemos a los troyanos,
que sus males no los vimos
ni sus glorias […]
Ovidio, Virgilio y Horacio son pilares de nuestra poesía renacentista, fuente y origen de géneros tan asiduamente cultivados como el soneto y el drama mitológico, la égloga, la epopeya y la canción lírica, en los que destacan los célebres nombres de Garcilaso, Lope de Vega y Calderón, Alonso de Ercilla, Fray Luis, Medrano y Herrera. La mitología de Ovidio es el punto de partida para el sesgo barroco que imprime Góngora a la poesía, y tras su ejemplo múltiples seguidores verterán las leyendas de las Metamorfosis al lenguaje oscuro, docto y preciosista de las metáforas y las perífrasis, conformando el género de la fábula mitológica, tan bien estudiado por Cossío (Fábulas mitológicas en España, libro reeditado ahora por Istmo). La agudeza propia del epigrama de Marcial es el fundamento del conceptismo barroco, representado ejemplarmente por Quevedo. Nuestra cumbre literaria, Cervantes, no ha podido alzarse a las nubes sin la lectura previa de Ovidio, Virgilio y Apuleyo, amén de muchos otros, y el Quijote, como ya muchos han reconocido, es una obra que rezuma tradición clásica por los cuatro costados, como el Persiles, y las Ejemplares, que en buena parte renuevan la estela de Heliodoro y otros novelistas griegos. Los siglos XVIII y XIX han seguido hollando esta vía, a pesar de que el romanticismo quiso enfrentarse a la normativa clasicista. Y además lo clásico, dándose la mano con otros muchos elementos nuevos de diversa procedencia, ha mantenido su singular prestigio y seducción a lo largo del siglo XX, como la más reciente poesía podría paladinamente demostrar.

Se dirá que en casi todos estos casos las fuentes aducidas son sólo romanas y que esa tradición clásica es, en realidad, sólo romana. Y es verdad que la función transmisora ha correspondido, por razones históricas, casi exclusivamente a Roma. Pero es que el legado griego está subsumido en el legado romano. Grecia conquistó espiritual y culturalmente a Roma antes y después de que Roma conquistara militarmente a Grecia, como Horacio nos advierte con magistral lucidez. Los griegos Teócrito, Hesíodo y Homero son el fundamento de la triple obra de Virgilio (Bucólicas, Geórgicas y Eneida). La poesía de los líricos griegos Alceo, Safo y Arquíloco es la base de la lírica horaciana, como la poesía de los alejandrinos y muchos argumentos trágicos de Eurípides subyacen a la producción mitográfica de Ovidio. El Renacimiento en Europa es sobre todo un resurgir de los modelos latinos, y sólo a partir del siglo XVIII los modelos griegos actúan como tales sin mediación romana. Pero, repito, Grecia está en el origen: es la fuente -según señalaba Alfonso X el Sabio con exacta imagen- y Roma es el arroyo. Y a veces también, en los últimos siglos, cuando ha habido cierto mayor conocimiento de la lengua de la antigua Hélade, los hombres cultos, los literatos, han bebido directamente en la fuente y no en el arroyo. Así ha ocurrido especialmente en España.
La impronta de Homero, por ejemplo, queda marcada mejor y más nítidamente que en ningún periodo anterior en la poesía española de fines del siglo XX, como resultado sin duda de una generación de poetas letrados, con una suficiente formación humanística y conocimiento del texto de las epopeyas homéricas. Dos representantes, de reconocida altura, de la poesía contemporánea, me sirven como testigos de lo que digo. Luis Alberto de Cuenca incluye en su libro Por fuertes y fronteras (Madrid, Visor,1996) un poema («Teichoscopia») que es recreación irónica y actualizada del principio del libro III de la Ilíada: Príamo y Helena, desde lo alto de la muralla de Troya, contemplan el ejército griego y enjuician a cada uno de sus caudillos:
Qué bien hice estos años -piensa Príamo-
sin saber quiénes eran estos tipos!
Basta que gente así reclame a Helena
para no devolverla […].
Eloy Sánchez Rosillo, en su libro La vida (Barcelona, Tusquets, 1996), dedica un largo poema en hexámetros castellanos, émulos de los versos de la epopeya antigua, a otro episodio del mismo libro de Ilíada: el momento en que Paris escapa del combate y se refugia en el regazo de Helena:
Todos piensan que soy un cobarde, un galán engreído
al que asusta el combate entre hombres, tan sólo valiente
en contiendas de amor con mujeres […]
¿Y qué decir de la sonora fama de que ha gozado en los últimos decenios el protagonista de la Odisea? Ulises ha sido un héroe muy favorecido en la literatura contemporánea, y no sólo ya por el prestigio de la epopeya de Homero, sino por el relanzamiento emblemático que de su figura han hecho escritores posteriores como Cavafis en su poema «Viaje a Ítaca». En España su aventura dio argumento a fines del pasado siglo a dramas de Torrente Ballester, Buero Vallejo, Antonio Gala, Fernando Savater y otros varios. Y de la presencia insistente en la poesía reciente dan fe la muchedumbre de piezas sobre su nombre que figuran recogidas en la antología de P. Conde Parrado-J. García Rodríguez, Orfeo XXI. Poesía española contemporánea y tradición clásica (Gijón, Llibros del Pexe, 2005), de muy recomendable lectura y que contiene también un ensayo del primer editor dedicado a este tema.
Pero simultáneamente siguen los poetas romanos teniendo visible vigencia. De la memoria de Virgilio en la última poesía española citaré sólo dos botones de muestra. El celebérrimo verso del libro VI de la Eneida: Ibant obscuri sola sub nocte per umbram («Iban oscuros bajo la noche solitaria a través de la sombra»), el preferido de Borges entre los virgilianos, es insertado en una pieza de José Angel Valente (de «Eneas, hijo de Anquises, consulta a las sombras», de Interior con figuras, Barcelona, Ocnos-Barral ed., 1976):
Oscuros,
en la desierta noche por la sombra,
habíamos llegado hasta el umbral […];
ese mismo verso se integra en otra estampa lírica, ambientada ahora en paisaje contemporáneo, de Juan Antonio González Iglesias («La canción del verano sueña más que la Eneida», de Esto es mi cuerpo, Madrid, Visor,1997):
Tristeza de saber que no regresaremos
a la ternura, la serenidad,
al fulgor de Virgilio.
Aquel verano
bailábamos oscuros bajo la noche sola.

Por lo que se refiere a Horacio, en cuyo carpe diem encuentra autoridad y refugio mucho hedonismo de todo tiempo, me referiré sólo a algunas secuelas de su Beatus ille. En el famoso poema horaciano que con esas dos palabras comienza («Feliz aquel…»), el poeta romano cantaba las excelencias de la vida rural poniéndolas en boca de un banquero, y añadiendo al final una chispa de ironía que menguaba la sinceridad de la alabanza. Fray Luis de León, prescindiendo de ese final irónico, se sirvió de este modelo para escribir una de sus más famosas composiciones: la «Canción a la vida retirada». Un libro de Gustavo Agrait (El Beatus ille en la poesía lírica del siglo de oro, México, ed. Univ. de Puerto Rico, 1971) exploraba la pervivencia numerosa que ese poema horaciano tuvo en la lírica española del Siglo de Oro, además de en la citada pieza de Fray Luis. Pues bien, en nuestra poesía contemporánea la cadena de reminiscencias prosigue triunfante, de modo que -sin contar «El silbo de afirmación en la aldea» de Miguel Hernández, incluido en El rayo que no cesa, donde los paralelismos son fruto más bien de una coincidencia vital y no necesariamente de una dependencia literaria- puedo recoger, sin mucho esfuerzo de búsqueda, la resonancia fónica del comienzo horaciano en la décima «Beato sillón» de Jorge Guillén, uno de los más conocidos poemas de Cántico, con evidente sesgo en su contenido; giro también hacia otra situación vital en el poema «Dichoso aquel» del ya citado Sánchez Rosillo (de su libro La certeza, Barcelona, Tusquets, 2005), que sin embargo ostenta el título horaciano como emblema y añade otras resonancias del texto antiguo; y para cerrar este asomo a los beatus ille contemporáneos, no pasaré por alto «El usurero» de Javier Vela, de un poemario recientemente galardonado con el Premio Fundación Loewe a la joven creación (Imaginario, Madrid, Visor, 2009), y que lejos de ocultar su fuente se complace en dejarse guiar ostensiblemente por ella para ir poco a poco desgranando e introduciendo su personal circunstancia y su novedad temporal:
Dichoso el que abstraído en el paisaje,
como en áureas edades primitivas,
labra la herencia agraria de sus padres
sin otra rendición que la del sueño […].
Mostrada queda así la no rota cadena de nuestra deuda literaria con los antiguos griegos y romanos. Y tal vez no hiciera falta tanta muestra: una ojeada a los escaparates de librerías y aun papelerías informa de la actualidad y demanda de la novela histórica, y precisamente con predominio o fuerte querencia hacia la de tema antiguo grecolatino.
Y esa ininterrumpida cadena de tradición se yergue y contrapone a las nuevas corrientes educativas que tienden a menguar la propuesta humanística y la atención al legado antiguo. Innegable paradoja. Obrando así, no sólo se corre el riesgo de romper esa cadena y de enviarnos bruscamente al más remoto primitivismo -pues se nos hace descender, enanos como somos, de los hombros de aquellos gigantes-, sino que se nos priva del instrumento para entender cabalmente nuestro pasado y nuestro presente: nuestra propia cultura, nuestra lengua y nuestra literatura. Pero esto ya otros lo han dicho antes y mejor que yo.
«Presidente, ¿usted qué quiere decir cuando afirma que hemos entrado en un nuevo orden?», le pregunté a George Bush a finales de abril de 1990 durante una visita a la Casa Blanca. «Bueno… lo que digo es que el mundo no volverá a ser como el que hemos conocido, aunque no sabemos cómo va a cambiar», me contestó ante la expectante mirada de otros invitados.
Casi veinte años después, el sucesor de su hijo, George W. Bush, en la presidencia de los Estados Unidos, Barack Obama, ha anunciado en Pittsburgh, que el nuevo orden mundial va a ser liderado en el marco del G-20, el grupo de 19 naciones más la Unión Europea, que incluye regímenes comunistas, integristas, y populistas. Esta es una novedad que marca el futuro, porque las potencias democráticas aceptan compartir el liderazgo del nuevo orden con poderes totalitarios.
El nuevo orden mundial anunciado tras el colapso del imperio comunista soviético y la nueva era de la globalización, veinte años después todavía no ha llegado. Está en camino. «Obama acomoda el G-20 a un nuevo orden mundial», destacan los medios norteamericanos tras la cumbre de los líderes de estas naciones en la ciudad de Pittsburgh (25-09-09). Cuando el nuevo presidente de Estados Unidos. inició su mandato, en enero de este año, el veterano político y académico Henry Kissinger le transmitió su consejo en forma de mensaje: «Tiene la gran oportunidad de crear un nuevo orden mundial». La revista Time presentó al nuevo presidente norteamericano no como el líder del nuevo orden mundial, sino en posesivo: «El nuevo orden mundial de Barack Obama», tituló la revista (3-4-09).
Pero el primer gran cambio del nuevo orden mundial ya se ha producido antes de que Obama fuese elegido presidente. De hecho, fue lo que originó el cambio que le hizo anunciar a Bush padre el nacimiento de un nuevo orden. Ha sido la revolución científica y tecnológica de la información que se fue gestando en la segunda mitad del siglo XX, y que ha dado lugar a la era de la globalización y al modelo de desarrollo que hemos definido como sociedad de la información. El imperio comunista de la URSS se desmoronó en 1989 tras la aparición de los satélites de comunicaciones que llevaron la información y la televisión del mundo libre a los hogares de los países del telón de acero.
Es la nueva dimensión de la información la que domina el futuro. Albert Einstein murió en 1955 con la frustración de no encontrar una ecuación que unificara las fuerzas que rigen el universo (Teoría del Campo Unificada), pero con los avances científicos desarrollados desde entonces, más de medio siglo después podemos decir que no es la materia física la que une el universo exterior e interior del hombre, sino la materia intangible de la información. Todos los sistemas dependen de la información, excepto la información, que depende de sí misma. Una molécula es alterada por la información. La información es la medida de lo absoluto. Se puede decir que el universo cabe en un mensaje, que es lo que sintetiza la estructura de información en la expresión humana. Por eso el hombre ha pasado neuronalmente de procesar información simple a información compleja. Antes la información era una noticia y ahora es la que programa ordenadores, y da contenido estructural a la genética. La nueva sociedad de la información es una sociedad de mensajes, porque son éstos los que integran, codifican, simbolizan, representan y fijan los mapas visuales que procesan nuestro cerebro para percibir la realidad y predecir los cambios.
Uno de los fenómenos producidos por la nueva sociedad de la información es el de los mensajes personales entre teléfonos móviles conocidos por el acrónimo SMS. El mensaje SMS de telefonía móvil ha sido traducido en español como Servicio de Mensajes Cortos (short). Pero en español lo corto es opuesto a lo breve. Corto puede ser cualquier cosa y breve no, lo que cambia la forma y contenidos de comunicación, y por tanto altera la forma de pensamiento, de análisis y las consiguientes decisiones. En términos de pensamiento ser breve es sintetizar y ser corto tener pocas miras. Lo breve es positivo porque obliga a pensar, valorar y ser concisos. Mientras que lo corto es negativo porque desestima todo lo anterior. La diferencia está entre pensar para sintetizar y no necesitar pensar con tal de hacerlo corto. La manera de comunicarse condiciona el impacto y relevancia del mensaje.
Por ejemplo, los SMS se han popularizado añadiendo al mensaje la coletilla «pásalo». Lo que aunque sea en términos amigables, por venir de un amigo o conocido, conceptualmente no deja de ser una orden explícita o implícita de un mensaje construido por alguien ajeno a uno mismo. Un mensaje con el que podemos estar de acuerdo en sus contenidos o no, pero que en todo caso desconocemos su intención y propósito. Un mensaje movilizador de voluntades ajenas.
Si cambiamos el «pásalo» por un «piénsalo/díselo» alteramos por completo el código. No pedimos a los receptores que hagan de correa de transmisión, sino algo más racional, como es pensar lo que dice el mensaje, y si dan valor a sus conclusiones ya lo compartirán con otros usuarios. No aceptamos que el amigo, familiar o conocido sea correa de transmisión de nada, ni de nuestras propias ideas y reacciones, sino que le valoramos como persona que ejerce su propia libertad y raciocinio, para que piense lo que compartimos con ella, y a su vez decida si lo comparte con los demás. Esa es la diferencia entre un pensamiento alineante de posicionarse automáticamente en la misma dirección, y un pensamiento libre y crítico. Incluir en el mensaje el «piénsalo» significa compartir una reflexión, respetar la libertad del otro a decidir, y sobre todo negarnos a admitir que a quienes enviamos nuestros mensajes sean simples correas de transmisión.
El «piénsalo/díselo» es compartir, y el «pásalo» ordenar. No es sólo una diferencia terminológica y conceptual, sino que cambia el código del mensaje en la percepción humana. Uno te invita a reflexionar, y el otro a ejercer de correa de transmisión. Algo fundamental en nuestro tiempo, que se utiliza la informática y la codificación semántica para manipular a las personas y a sus terminales tecnológicos como zombis sociales. Personas y medios que replican automáticamente lo que las fuentes de origen han programado, o sencillamente trabajan para otros sin saberlo, como ocurre con el programa Conficker que durante meses ha conseguido captar cincomillones de zombis en más de 200 países, sin que los gobiernos y las grandes empresas tecnológicas hayan conseguido neutralizarles.
Si situamos el mensaje SMS en un contexto estadístico podemos observar su poder de influencia positiva y negativa en la actividad humana. Durante el último periodo de Navidades (2007-08) fueron enviados mundialmente 43.000 millones de mensajes SMS deseando felicidad y amor a sus prójimos (ITU, 2009). Una iniciativa denominada Proyecto Juvenil Global (GTP-Global Teenager Projet) del Instituto de Comunicación y Desarrollo entre 2009 y 2010 está utilizando el sistema de mensajes SMS alrededor del llamado tercer mundo para un programa educativo. Como toda ciencia y tecnología los SMS también se utilizan para activar y movilizar agentes de la destrucción en todos los campos sociales, desde el terrorismo a una campaña de difamación personal sin distinción de edades y sin escrúpulos morales. Ambos casos, el positivo y negativo, demuestran que el mensaje es poderoso, y de ahí la relevancia de darle la importancia que tiene cuando vamos a emitirlo o analizamos el que recibimos.
La información es axiomática: da forma a lo que contiene. La información de la escalada del paro forma estados de opinión de incertidumbre y pesimismo, no genera confianza. Si este principio se aplica al análisis prospectivo, se obtiene una percepción precisa del futuro. ¿Va a ser más transparente el sistema del nuevo orden mundial, tal y como vende el G-20 abombo y platillo? Las dictaduras y regímenes populistas, como los que forman parte del G-20, no favorecen la transparencia sino por su propia naturaleza la opacidad y la desinformación. Uno de los síntomas de deterioro de la democracia y de la generación de crisis es precisamente la pérdida de transparencia. Los sistemas menos transparentes generan pérdida de competitividad, más ineficiencia y más economía sumergida.
Toda referencia produce un impacto. Si la referencia es el estatuto de Cataluña su impacto no es el de la unidad de España sino el de la división y confrontación. El 19 de agosto el diario Financial Times destacó en su portada un análisis ilustrado con la bandera de España rota y el titular «El drama de la ruptura de España». Un mensaje que revelaba cómo la percepción de una España en fragmentación ha calado globalmente.
El futuro se percibe a partir de nuestra realidad. Este verano ha fallecido el filósofo polaco Leszek Kolakowski y recuerdo un comentario que me hizo a mediados de los ochenta durante unos debates en la London School of Economics: «El futuro no se adivina, lo dicen los hechos. El comunismo no produce libertad sino más totalitarismo». No hagamos del futuro un ejercicio de adivinación ni de ensoñación.
Un mensaje hace percibir y predecir el futuro si contiene una referencia confirmada por la propia información. Durante las elecciones generales de 2008 recibí el siguiente mensaje en mi teléfono móvil: «Los socialistas piden una España de diversas naciones. Pag. 12 de su programa. ¿Hacia la ruptura?». Es la propia información socialista la que proyecta un futuro de ruptura con el modelo constitucional e histórico de España como Estado-nación. El texto del programa electoral del partido de Zapatero que gobierna con los independentistas y comunistas en Cataluña, demanda «Una España donde convivan diversas naciones…. Un proyecto nacional catalanista que reivindica el autogobierno para Cataluña, el reconocimiento de una nueva identidad nacional y un modelo inspirado en la España federal».
Con el SMS se pueden comunicar, contrastar y debatir los mensajes que marcan el futuro próximo, personal y de la sociedad. Son mensajes para pensar. Pensar en futuro hace que mejoremos el presente. Pensar en futuro es una medicina necesaria para orientarse y no perder el norte. Para no verse desbordados por las grandes fuerzas que desata toda gran crisis, como en la que estamos inmersos, y que ha conmocionado globalmente todos los sistemas, económicos, sociales, institucionales y de valores éticos y morales.
El formato SMS en clave de futuro permite el relato abreviado de por dónde van los tiros, haciendo buena la metáfora de donde pones el ojo pones la bala. Si queremos saber cuál es el futuro de la democracia en el nuevo orden mundial que diseña Obama con el G-20, tenemos un primer mensaje, y es de alerta: Malos augurios para la democracia liberal. Obama incluye a los países no democráticos del G-20 en el liderazgo del nuevo orden mundial. El mensaje contiene un referente fundamental (la democracia) y unos atributos de valor (riesgo, liderazgo), y la información se confirma en sí misma porque a diferencia del G-7 donde todos sus miembros eran países con sistemas democráticos, en el G-20 hay regímenes con sistemas no democráticos, incluidos China y Arabia Saudí. Si se aplica la misma ecuación de valores de referencia, atributos y contenidos de información que se confirman por sí mismos, el resultado del mensaje siempre añade valor. En eso consiste el valor añadido de comunicación, en mensajes cuyo impacto generan más valor tangible e intangible para la gestión de la información que guía nuestro conocimiento, pensamiento y acción.
Basta que una persona aplique los citados criterios de valor sobre referentes fundamentales como son el futuro de España, el modelo de sociedad, el futuro educativo, la defensa de la vida y de la familia, la justicia, el modelo económico, energético, la salud, el medio ambiente, la ciencia y la tecnología, para poner en práctica la teoría de los cien mensajes sobre el futuro, que automáticamente adquieren una dinámica multiplicadora y expansiva entre grupos de usuarios. Es la forma de materializar la percepción personal del futuro y objetivar la realidad del cambio.
La realidad es un todo influida por todo. La mente humana asocia los mensajes y sus contenidos. Por eso hay una gran diferencia entre los mensajes de fuerza cognitiva y los que carecen de un patrón de valores que son referentes intelectuales y morales. Unos calan y otros se pierden entre la masa atomizada del universo informativo, perdidos entre la basura. Obtenemos una imagen prospectiva del futuro inmediato asociando mensajes que tienen ese mismo denominador común. «No es una predicción, es un hecho: el Banco Mundial sitúa a España en zona de riesgo político. Puedes verlo en los últimos indicadores de Gobernanza». El mensaje sale de los hechos. Entre 2003 y 2008 España ha caído veinte puntos en estabilidad política, dice el informe. «España ya está marcada con la luz ámbar que avisa del peligro: es el único país de los grandes europeos en zona de inestabilidad política».
Recordemos el citado análisis del FT sobre la ruptura de España. «España es la única potencia con un Gobierno que promueve el fin del modelo de Estado-nación». Un cambio histórico de graves consecuencias.«No declarar inconstitucional el estatuto de Cataluña aumentaría el riesgo de futuro para España». Todo ello en un contexto de crisis, que es el mensaje que más ha calado en la sociedad española. «Al riesgo político se suma el declive económico: el último Euroestat sitúa a España con el 19% de paro. El mayor desempleo de la UE y de la OCDE».
Los resultados son representativos de un modelo. «El modelo Zapatero es un caso de estudio: ha sido el Gobierno que más rápido ha destruido dos millones de empleos (un año)». Un modelo que favorece la mediocridad e impide la competitividad. «Davos dixit: en cinco años España cae diez puestos en competitividad». El ciudadano es bombardeado por malas noticias. «Avalancha de datos negativos (España a la cabeza del paro; España a la cola de la educación; todos menos España saldrán de la crisis en 2010…)». Zapatero ganó las elecciones prometiendo pleno empleo y superar a Francia y Alemania. «El futuro de colores anunciado por los socialistas se ha convertido en un futuro negro para los españoles». Un modelo que vende innovación y recorta los presupuestos de innovación. «Está en los presupuestos: el modelo productivo de Zapatero es más subsidio de paro y menos innovación».
Si se debate el futuro energético la perspectiva es la misma. «Zapatero contra el mundo: de aquí a 2050 se construirán 1.400 reactores nucleares (ONU), y España cerrando centrales». La misma perspectiva proyectan los mensajes relacionados con el modelo social y de valores. «En el matrix socialista el debate es valores vs. contravalores». La huella de una política dirigida a imponer un modelo de sociedad radical está en todo.
En una realidad dominada por la información el principal riesgo presente y de futuro está en la desinformación de la opinión pública. Los poderes, especialmente los que no tienen escrúpulos democráticos, utilizan la desinformación para engañar, mintiendo con apariencia de verdad, condicionar voluntades y manipular conciencias. Los socialistas utilizan la desinformación como instrumento de ingeniería social y política. Convierten el delito en derecho, como es el caso del aborto, y reducen a la persona a su condición sexual para convertirla en una cuota social. Elevan la igualdad a categoría de ley y de título ministerial, prohibiendo por primera vez en una democracia que una candidatura de mujeres no se pueda presentar a las elecciones por el hecho de ser mujeres (casos de Garachico y Brunete). El ejemplo más práctico que explica lo que sucede en nuestro tiempo es la desfiguración programada de la realidad mediante la subversión del orden de valores, desnaturalizando el ser de las cosas, y creando conceptos nuevos que conducen a lo contrario de lo que aparentan decir.
Desbordados por la gran masa de información que golpea los cerebros diariamente, los ciudadanos no pueden descifrar mensajes como el «desarrollo sostenible», en nombre del cual le anuncian la implantación de nuevas leyes y políticas que en la práctica suponen limitar su desarrollo: que es limitar su potencial humano y material. En esta tesitura hay que ir a lo básico, a los fundamentos de lo que representan las cosas. ¿Qué representa el desarrollo en términos económicos y sociales? La Real Academia Española lo define bien: «La evolución progresiva de una economía hacia mejores niveles de vida».
Desarrollo es igual a progreso. ¿Por qué no dicen quienes etiquetan sus mensajes con el palabro de sostenibilidad que quieren limitar el progreso y desarrollo de las personas? Porque nadie quiere que se limite su progreso y bienestar, y utilizan el término engañoso de sostenibilidad que da apariencia de hacer el bien, para justificar políticas partidistas y de poder a costa del bienestar y progreso de los ciudadanos. Lo más dañino para la persona y su libertad es que el poder utilice la apariencia de verdad para ocultar la verdad.
El chip socialista está programado para formatear la mente de las personas y convertirles en zombis sociales que respondan a sus impulsos ideológicos. «Los progresistas estamos llamados a crear un nuevo futuro con un nuevo orden global más justo. Es necesario que aprovechemos las oportunidades que nos ofrece esta grave crisis», dijo el presidente del PSOE y uno de los vicepresidentes del Gobierno Zapatero el 2 de octubre de 2009. Este titular dirigido a los socialistas en la conclusión de la Conferencia Global del Progreso, en la que participaron los ideólogos de Obama (2-10-09), integra los códigos del chip socialista. Primero, hace de la crisis con más de cuatro millones de parados «una oportunidad» que, dice, «es necesario aprovechar». ¿Por qué? Porque la experiencia le ha demostrado que se puede gobernar durante treinta años una comunidad con el 25% de paro. Andalucía tiene ese nivel de paro, nunca en las tres décadas de democracia han gobernado otros que no sean los socialistas, y Chaves ha sido presidente de esa comunidad autónoma durante 19 años. ¿Cómo quiere el PSOE que sea el futuro de España? Como Andalucía. Lo dijo el presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, el 24 de mayo de 2009: «Andalucía será el nuevo modelo de crecimiento», bajo el eslogan «Andalucía sostenible». Desde que hizo esa promesa el paro aumentó en Andalucía en el segundo trimestre del año un 6%, según las cifras del Instituto Nacional de Estadística (INE).
En el nuevo orden mundial el futuro se decide por la batalla de la información. El socialismo quiere una sociedad de zombies. Utiliza la información para desinformar y desnaturalizar la democracia y sus valores. Para que esta batalla la gane la democracia liberal y su modelo de civilización, sus mensajes de información tienen que desenmascarar a los socialistas, descodificando su lenguaje engañoso, y al mismo tiempo representar su modelo de valores. Hacer de los mensajes SMS un modelo de valores. Piénsalo.
Cuando se habla de América, es fácil caer en la tentación de asignarle una fecha: 1492, como si en aquellas tierras, ignotas para los europeos, no hubiera nada, o como si los primeros descubridores no hubieran llevado nada. El Nuevo Mundo pasó a formar parte de la corona de Castilla. Eran y se consideraban unidos a la metrópoli aunque vivieran a miles de kilómetros de distancia, con un océano por medio.
Precisamente, los conquistadores llevaron un bagaje de fe y cultura que fecundaron las relaciones con los aborígenes en un mestizaje real que construyó un nuevo reino de Castilla con sus peculiaridades, como los tenían, y tienen, los pueblos que actualmente forman España o América.
El siglo XVI español y, en concreto, la Escuela teológica de Salamanca, han pasado a la historia como una de las épocas más fecundas del saber teológico. En el seno del convento de San Esteban de Salamanca y a través de la docencia de Francisco de Vitoria y Domingo de Soto, se fue fraguando una nueva síntesis del pensamiento católico. Con el sentido humanista, el estudio directo de Santo Tomás y el resurgir de la teología positiva, bien anclada en las fuentes y atenta a los problemas de la época, surgió un nuevo modo de hacer teología. Volver a recordar aquella época, sirve para tomar aliento en el quehacer teológico de nuestro tiempo. Es indudable que profundizar en la teología española del siglo XVI y de cómo se aplicó al Nuevo Mundo, será fuente de inspiración para nuestro tiempo. No se trata de copiar, sino de releer una teología que contiene una sopesada relación entre fe y razón, como está impulsando Benedicto XVI.
El profesor Josep-Ignasi Saranyana es una de las figuras más importantes del panorama historiográfico actual. Sus investigaciones en el ámbito de la historia de la teología y de la Iglesia son bien conocidas y gozan de reconocido prestigio. A lo largo de su dilatada carrera docente ha sido director del Anuario de Historia de la Iglesia y del Instituto de Historia de la Iglesia de la Facultad de Teología de la Universidad de Navarra. Entre los reconocimientos, destacan su pertenencia al Pontificio Comité de Ciencias Históricas y su nombramiento como académico correspondiente de la Real Academia de la Historia. También lo es de las Academias de México, Colombia, Perú y Puerto Rico,
Saranyana es actualmente uno de los mejores medievalistas y profundo conocedor de Santo Tomás y de la teología escolástica. Desde esa sólida base y desde hace treinta años, ha dirigido un equipo investigador acerca de la teología latinoamericana. En estos últimos años ha publicado, en cuatro gruesos volúmenes toda la información relativa a la teología en América. Ahora, en este nuevo trabajo, presenta al alcance del gran público el resumen de sus investigaciones, cubriendo de este modo una laguna historiográfica.
Como se puede observar en la primera parte de su trabajo, la teología en la América de los primeros años está llena del frescor y de la profundidad teológica de los misioneros, pero también de la vida cristiana de los laicos cristianos que conquistaron aquellas tierras. Unos y otros llevaron su cultura, la organización, el derecho, pero sobre todo llevaron la fe.
Primero fue la vida cristiana y luego la explanación de la fe. Los datos recogidos por el profesor Saranyana son impresionantes: miles de catecismos, sermonarios, tratados teológicos, devocionarios, pequeños autos sacramentales, y a la vez diccionarios y gramáticas de todas las lenguas indígenas. Es claro que desde el principio se realizó un gran esfuerzo por entender la lengua y las culturas indígenas de modo que pudiera presentarse la fe católica mediante ejemplos y expresiones inteligibles, como muestran esas joyas catequéticas.
Una de las manifestaciones de la fe de aquellos gobernantes y de la claridad de ideas que tuvieron fue el nacimiento de las primeras universidades. Es impresionante que en medio del gran esfuerzo evangelizador, fueran segregados de la tarea los más capaces y los mejor conocedores de las lenguas para comenzar, en 1550 y 1551, las Universidades de México y Lima, con sus cátedras de Teología y de Lenguas. Como subraya Saranyana: «En ellas se produjo un fecundo maridaje de las corrientes teológicas: aquella que había nacido en Salamanca, de la mano de Francisco de Vitoria, basada en una lectura inteligente y situada de la segunda parte de la Summa Theologiae de Santo Tomás, con especial acento a las cuestiones relativas al tratado de iure et iustitia (legitimidad de la conquista, origen de la soberanía, adecuada distinción entre el orden sobrenatural y el natural, primacía de los derechos fundamentales del ser humano, etc.) y las innovaciones introducidas por el Concilio de Trento, tanto en la reforma de la vida eclesiástica, como en un mayor acento en una pastoral basada en la primacía de los sacramentos».
Las aportaciones fundamentales de la Universidad de Salamanca en América fueron las Constituciones, privilegios y planes de estudio de esa universidad; pero fue en el campo de la ética de la conquista donde se realizó la principal contribución. Los presupuestos de Francisco de Vitoria, Domingo de Soto, Diego de Covarrubias, etc., quedaron fijados a través del trabajo directo de sus discípulos. Por tanto influyeron en los legisladores, gobernantes, misioneros, universidades y escuelas; el 70% de los consejeros del Real y Supremo Consejo de Indias son juristas formados en la Universidad de Salamanca, y ellos elaboraron las leyes de gobierno del Nuevo Mundo en el XVI.
Muchos antiguos alumnos de Salamanca acabaron en América: de los profesores, misioneros y altos funcionarios con formación universitaria que pasaron a las Indias en el periodo de 1535-1580, 180 han sido identificados como discípulos directos de los grandes maestros de Salamanca: 113 son personalidades de la vida civil o eclesiástica, 33 son obispos o arzobispos, y 35 son profesores universitarios.

Se conservan muchas obras escritas por profesores universitarios de aquella primera época, lo que indica que junto a las tareas docentes se realizaba una labor investigadora. Como demuestra este libro, se puede hablar de una auténtica producción teológica americana, pues la necesidad de establecer la fe en pueblos de cultura tan diversa produjo un esfuerzo no sólo catequético sino también de una profundización teológica. En las páginas de este manual, el profesor Saranyana desglosa detenidamente las figuras y el pensamiento teológico de los más importantes: Fray Bartolomé de Ledesma O.P. Fray Pedro de Pravia O.P. Fray Alonso de Veracruz O.S.A. El padre Esteban de Ávila S.J. Juan Zapata Sandoval. Después vendrá la decadencia de la teología, tanto en España como en América.
Como ya hemos dicho aquellas tierras eran parte de la corona de Castilla y la corona se siente obligada a legislar y a solucionar sus problemas. Respecto a la expansión misionera en América, los siglos XVIIIy XIX corresponden con un gran aumento de corrientes migratorias. Son muchos miles de hombres y mujeres los que se trasladaron al Nuevo Mundo. Unos católicos, otros protestantes y judíos, y, juntos, construyeron una sociedad de nueva planta. América del Norte fue una nueva Europa donde se ensayaron la tolerancia y la democracia de corte liberal.
Una faceta fundamental de la acción de la teología católica en las misiones de este periodo fue su contribución decisiva a la abolición de la esclavitud. Como es sabido, desde los siglos XVI y XVII fueron cada más las voces que clamaban por ello. Autores como Alonso de Sandoval, Tomás de Mercado, Bartolomé Frías de Albornoz, etc., plantearon la necesidad de que el Estado dejara de sostener la esclavitud. Un problema acuciante en América, especialmente en la zona del Caribe, donde los grandes ingenios de azúcar se hallaban explotados por un gran número de esclavos.
La abundante presencia de diputados americanos en las Cortes de Cádiz de 1812 demuestra el grado de identidad de las tierras españolas y de la América española. En sus intervenciones mostraban afanes y preocupaciones similares a los de la metrópoli. Saranyana estudia los teólogos, las intervenciones magisteriales y las corrientes de pensamiento de las facultades de Teología americana que existieron y que se fueron creando en América. Las páginas dedicadas a esta época ocupan más de la mitad del libro. La emancipación de las tierras americanas de la corona española produjo problemas importantes. La influencia de países como Francia e Italia modificó notablemente la situación intelectual de esas universidades y del mundo cultural en general.
Los últimos capítulos muestran cómo desde los años sesenta del siglo XX la renovación de la teología y del neotomismo propiciado por el magisterio pontificio dio paso a la recepción del Concilio Vaticano II, pero también a corrientes de pensamiento que se separaron de la letra y del espíritu conciliar. Como se ha dicho muchas veces, América fue como un laboratorio de ensayo de ideas que nacían en Europa.
La aparición y desarrollo de las llamadas «teologías de la liberación»; un modelo europeo que terminó por no cuajar en América. Como resume Saranyana: «La Teología de la Liberación dio pie a importantes pronunciamientos de la Sede Apostólica, principalmente de la Congregación para la Doctrina de la Fe. Tales documentos no deben tomarse sólo como meras advertencias o correcciones, según los casos, sino también como verdaderas aportaciones de carácter teológico, que extrajeron el núcleo de verdad de las diversas propuestas de la Teología de la Liberación y, separándolo de la ganga, lo ofrecieron a la reflexión posterior, para la utilidad de la Iglesia. Tal es el caso, en especial, de la exhortación postsinodal Evangelii nuntiandi, de 1975; de la instrucción Libertatis conscientia, de 1986, un estupendo documento que constituye, en algún sentido, un autentico manual de teología liberacionista; y de la encíclica Redemptoris missio, de 1990».
En las conclusiones, el profesor Saranyana se muestra optimista. Su propuesta de futuro no puede ser más positiva y alentadora: «No cabe duda de que la teología latinoamericana, muy sensible a las intrínsecas relaciones entre Cristo, la Iglesia y el reino; tan interesada por averiguar en qué medida y cómo la edificación de la ciudad terrestre contribuye al advenimiento del reino, se halla en una excelente posición para recibir con especial fecundidad la renovación teológica propuesta por el último concilio ecuménico».
No hay escritor del siglo XX tan afamado e interpretado como Kafka. Ysin embargo no hay autor más desconocido y enigmático en su persona y obra, como si la fama sobrevenida no le fuera -como apuntaba Rilke sobre Rodin- «sino la suma de todos los malentendidos alrededor de un nuevo hombre». Pero es más bien Kafka propiamente hablando el novum literario y humano del siglo pasado por excelencia y como tal un malentendido colosal, como uno de esos que narra en sus relatos cortos. Por eso, enfrentarse a él y su obra es colocarse ante el Enigma donde los asuntos capitales de la vida y de la muerte aparecen velados como en la mejor tradición de las parábolas y alegorías hebraicas. Pero en lo velado está asu vez lo revelado: Kafka es así el escritor apocalíptico por antonomasia que escribe desde un Patmos (Praga) inigualablemente judeo-cristiano. Ya mi entender -como hace lúcidamente Álvaro de la Rica, profesor de literatura de la Universidad de Navarra en el libro que nos ocupa- sólo desde una perspectiva tal, judía y cristiana a un tiempo, cabe adentrarse orientadamente en la selva selvaggia del universo kafkiano. Adentramientos encaminados no a resolver el Enigma sino a ahondar en espiral ascendente en su Misterio inacabable sabiendo que nos sobrepasa. A ello se refería bellamente el propio Kafka cuando anotaba en 1917 en su nuevo cuaderno azulado: «El camino es infinito. Como un camino de otoño: lo acaban de limpiar y ya está otra vez cubierto de hojas secas».
Desde hace siete años -número bien bíblico- venía Álvaro de la Rica leyendo morosamente a Kafka a la luz del candil de su mirada, educada desde hace tiempo por sus amigos Julien Green, Claudio Magris y José Jiménez Lozano, nada menos. Y finalmente se ha decidido a darnos cuenta y razón de sus reflexiones acumuladas sobre el hombre Kafka y su obra principal, siguiendo una metodología bien judaica como es la que recomendaba Ortega a la hora de abordar los problemas intelectuales graves, y Kafka lo es en grado sumo. Como es aquella de los israelitas ante las murallas de Jericó, quienes en lugar de embestirlas daban vueltas y vueltas entorno a ellas hasta que éstas, cansadas de los sones, se desplomaran enseñando sus tesoros. (Cuánto gustaría a Kafka -añadimos de paso- este relato de la vieja Torá, a él que se consideraba «el más occidental de los judíos occidentales»).
Y así, a partir del análisis de su obra kafkiana favorita –En la colonia penitenciaria– y ciñéndose al ámbito de 1910 a 1914, va nuestro autor introduciéndose en los círculos concéntricos que componen el universo Kafka, como son el matrimonio, el poder, la víctima y la ley, entre otros anillos. Y lo hace confrontando sus tesis con los mejores kafkiani comoArendt, Scholem, Canetti, María Zambrano, Derrida o Steiner. Y es tal la altura del diálogo sostenido, con sus discrepancias y convergencias, que habrá que considerar a De la Rica como un joven miembro de esa honorable sociedad, como lo avala el prólogo escrito por Claudio Magris. Mostremos si no un par de ejemplos de la valía de sus interpretaciones.
KAFKA Y EL MATRIMONIO O LA ELECCIÓN VOLUNTARIA DEL FRACASO

La tesis del profesor es audaz -y a mi juicio bien certera- respecto de la renuncia de Kafka a matrimoniar con Felice Bauer, como luego con Julie Wohryzek: el incumplimiento traumático de su palabra dada (el vort yiddish) al compromiso matrimonial judío (kiddushin) ya anunciado con Felice, no vendrá por un desprecio al matrimonio y menos a su prometida sino, al contrario, porque Kafka comprendía con soberana lucidez la hondura del sacramento matrimonial en su vertiente judía, tan similar a la cristiana, como testimonian la Torá y nuestros Testamentos. El matrimonio es para él verdadero acceso a la plenitud de la vida, cuya más honda expresión se reflejaba en engendrar descendencia con toda la promesa mesiánica que ello comportaba. El nacimiento de los hijos rompe el círculo de la desdicha nuestra precisamente porque «son la única novedad posible», escribe quien comprendió como nadie la burocratización y mecanicismo de la vida contemporánea. Por eso Kafka no concebía tener hijos fuera de la alianza matrimonial. Por eso, la soltería sería siempre a sus ojos la expresión de un fracaso, como nos confesará lacónicamente en su Desgracias de un soltero. Kafka fue la elección consciente e inmoladora de un fracaso vital; de ahí su abismal dolor y de ahí, sospecho, lo sublime de su espíritu. Él mismo se convirtió en su propio holocausto.
Si a la luz de esta intuición releemos con De la Rica la Carta al padre -que estimo el documento literario más representativo del siglo XX, junto con La tierra baldía y El lobo estepario– observamos que la queja amarga vertida en ella no pone en cuestión la figura matrimonial tradicional como se ha venido insistiendo, sino, bien al contrario, la inadecuación de la figura de su padre a las exigencias del «deber ser» matrimonial, esto es, del matrimonio como el ámbito espiritual y material seguro donde un niño puede «enhogarizarse» y unos esposos participar de la vida divina y del amor entre Dios e Israel. El drama de la depauperación espiritual de su padre era en el fondo el gran drama que suponía para la conciencia y tradición judías el fenómeno de la asimilación y desnaturalización, que estaba teniendo en Praga su representación más visible.
Mas ¿qué le queda a nuestro autor una vez que ha decidido contravenir la palabra promisoria, el vort en cuestión? Pues queda, viene a decir lúcidamente De la Rica, ni más ni menos que la escritura. Al respecto, señalaba Derrida bellamente que en la experiencia judaica el jardín es la palabra, en tanto que el desierto, escritura. Por eso para Kafka escribir será entonces padecer. Por eso, también, la «máquina célibe» de la colonia penitenciaria taladra al reo con su punzar escriturado. Y ya sabemos también por fuente no menos hebrea que la letra además mata. Kafka eligió el desierto, dejando atrás el ágape del Cantar de los Cantares con Felice y Julie. Años más tarde, confesará en carta a Milena unas sobrecogedoras palabras, dominado ya por la tuberculosis: «Mi espíritu está enfermo. El mal que sufren mis pulmones no es sino una prolongación de mi dolor mental. Estoy así de enfermo desde hace cuatro años, desde que me ennovié».
Esa fue la verdadera metamorfosis kafkiana: renunciar a la plenitud humana del jardín conyugal para devenir en un homo patiens escribiente, apenas un artrópodo. Pero no fue en vano su componente sacrificial, como veremos.
EL CALVARIO EN EL LAGER O LA CRISTOLOGÍA DE LA COLONIA PENITENCIARIA
Cuando Álvaro de la Rica nos introduce en su interpretación de En la colonia penitenciaria sabe muy bien que la equiparación entre la isla dominada por aquel singular artilugio de tortura y la posterior realidad de los campos de exterminio de la Shoah había sido ya establecida por multitud de comentadores. Cualquiera que haya leído los tan desaprovechados Ensayos de comprensión de Hannah Arendt como El universo concentracionario de David Rousset, por ejemplo, evidencia al instante los paralelismos premonitorios entre la colonia penal y los lager: un proceso judicial inicuo, un desconocimiento a priori del delito y la ley, una muerte inhumana y una causa de condena a la vista de todos: En la colonia será el artículo incriminatorio grabado en la piel; en el universo nazi, la estrella de David cosida al hombro (Fackenheim añadiría al respecto más tarde con irónica amargura que a los presos de los campos se les condenaba por algo -ser judíos- que les venía dado por sus abuelos y de lo que eran plenamente irresponsables). En ambos casos el ser humano reducido a la categoría ontológica de Untermensch, subhombres.
Pues bien, donde alcanza toda su originalidad la hermenéutica de nuestro autor es cuando, analizando el quiebro sorprendente que da el relato de Kafka hacia su final, interpreta la autoinmolación del oficial de la Colonia desde una cristología prefigurada ya en Isaías. Esto es, como si súbitamente el oficial deviniese un Cristo de nuevo crucificado y la isla un Calvario donde ofrecer tan singular víctima propiciatoria, en otra de las singulares metamorfosis kafkianas. Los paralelismos son señalados con precisión por nuestro autor. Una ejecución libremente aceptada por el militar, el anonadamiento de éste hasta ser apenas gusano infecto (el Ego sum vermis et non homo del salmista que anticipa a Gregorio Samsa, y al judío como «piojo»), trituración de la carne del oficial traspasada por los punzones de la «máquina célibe» y la desfiguración de su rostro sin asomo ya de amabilidad alguna, son algunos de los paralelismos que avalan la singular intuición de Álvaro de la Rica: cómo Kafka acierta a introducir un ecce homo redentor en el corazón mismo de la fábrica de la muerte. Aquella que años más tarde se llevaría en volutas por sus chimeneas de Auschwitz-Birkenau y Chelmo las cenizas de sus hermanas Elli, Ottla y Valli. Más adelante, nuestro autor extenderá esta clarividente interpretación cristológica a la mutación rebajadora sufrida por Samsa en La metamorfosis.
Claro que para aventurar una interpretación tal hay que ser bien conscientes de la inmensa devoción de Kafka por los escritos cristianos y sermones de Kierkegaard y de su admiración y lectura constante del propio Chesterton, así como su familiaridad con toda la iconografía y simbología cristianas. Basta en mi opinión acudir al opúsculo kafkiano intitulado expresivamente Reflexiones sobre el pecado, la esperanza y el verdadero camino para percatarse de toda la formación e información cristianas que poseía nuestro escritor en aquella Praga hasbúrgica. Por eso mismo puede escribir legítimamente De la Rica para apuntalar su interpretación de la muerte del oficial: «Aquí es evidente la inversión del paralelismo en ambos relatos. El oficial en la Colonia era verdugo y juez y acaba siendo reo, mientras que en el escrito testamentario pasa de ser reo a ser juez de susverdugos […] Las consecuencias políticas de esta unión de contrarios que plantea también el relato kafkiano son evidentes: ningún poder puede legitimarse si no pasa primero por su sacrificio. O, dicho por pasiva: ninguna debilidad puede dejar de ser sostenida por un sistema político digno».
Muchas otras interpretaciones y aproximaciones vertidas por nuestro profesor a lo largo de estas páginas han de quedar forzosamente fuera de este comentario. Especialmente su polémica con Hannah Arendt, sus excursiones pictóricas y sus meditaciones en torno a El proceso y El castillo.Sólo queda animar al lector a que se inicie en la lectura de obra tan singular y bien valiosa.
Y mientras se decide a ello, le obsequio a ese lector avisado con un texto nuclear que, en su brevedad, compendia a mi entender los círculos concéntricos que Álvaro de la Rica nos ha iluminado con la luz de su candil, como La Tour en sus cuadros. Kafka lo debió de escribir hacia la Navidad de 1916 y conforma el aforismo 13 de su ya comentada Reflexiones sobre el pecado, y dice así:
«Un primer signo de conocimiento es el deseo de morir: Esta vida parece insoportable, la otra inalcanzable. Ya no se siente vergüenza por querer morirse y uno pide que le saquen de su antigua celda que odia y lo lleven a otra nueva, que aprenderá a odiar a su vez. Pero, sin embargo, un resto de fe le permite todavía creer que durante el traslado el Señor pasará casualmente por el pasillo, mirará al prisionero y dirá: «A ése no le volváis a encerrar. Éste se viene conmigo»».
Hay quien en horas de muy grave turbación en la penitenciaría de la vida ha acudido más de una vez a este fragmento salvífico como razón de esperanza, llevándolo cosido ya en la memoria. Sospecho, desde la comunión de los kafkiani, que a Álvaro de la Rica no le significa menos el texto encuestión, como si fuera un añadimiento luminoso a En la colonia penitenciaria. Y que tal vez por eso nos corresponde desde su libertad con este libro escrito en el crisol de su silencio creador. Ese mismo silencio que Kafka llamaba la verdadera «muralla del Bien», ésta sí ciertamente inexpugnable.
Creíamos en Occidente estar viviendo de cara al futuro y nos damos cuenta de que, en realidad, lo estamos desandando. Ya no es presente, sino pasado, el proyecto de un mundo regido por los principios del humanismo liberal y la economía de mercado. Enormes fuerzas sociales y políticas se elevan contra este horizonte. China, una quinta parte de la humanidad, practica una política de capitalismo iliberal; muchos estados siguen siendo totalitarios en lo político y socialistas en lo económico (Corea del Norte, Birmania, repúblicas de Asia Central); Rusia es una mezcla de capitalismo estatal y democracia corrupta. A todos ellos miran, en busca de modelos, Venezuela, Bolivia, Nicaragua, y quizás también Ecuador, dubitativos todavía entre la romántica seducción del caudillismo criollo y la fascinación por el totalitarismo cubano. Hatoyama, el nuevo primer ministro japonés, le busca las vueltas al capitalismo liberal con su «capitalismo fraterno». El mundo de hoy no es, pues, de las democracias liberales.
Otras fuerzas se oponen a los valores y conquistas de Occidente. Están en el mundo islámico, y se consideran ajenos a los modelos de sociedad predicados sobre el principio de la libertad personal, si es que no son directamente hostiles a él. Se trata de un mundo dividido a su vez en subsistemas inestables: el árabe -siempre agitado, y social y culturalmente estéril-, el iraní -no menos agitado pero dinámico- y el indostánico (Pakistán, Afganistán) -explosivo y en bancarrota social y moral-.
Lo irónico de esta situación es que algunas de esas sociedades, y las masas humanas que las integran, fueron sacadas de su estasis, esto es, de sus interminables presentes, por el empuje, la creatividad y la violencia de Occidente, es decir, por unas sociedades conscientes de estar dentro de la historia; mejor dicho, de ser ellas mismas el más activo agente de la historia. Primero le tocó el turno a China; a mediados del siglo XIX vio rotas por Occidente su quietud y complacencia milenarias, casi al tiempo que en Japón sucedía lo mismo bajo el impulso de la nueva potencia norteamericana. Algo parecido sucedió en el siglo XIX con Turquía y sus pluriseculares sultanato y califato, y en el XX con el mundo árabe. Por las brechas abiertas a cañonazos en todos esos países entraron los balbuceos del desarrollo industrial, las ideas democráticas y las ideologías revolucionarias. Cada uno de estos impactos había sido generado por ideas y movimientos surgidos en los conflictos históricos de las sociedades europeas, y sacudieron sociedades que hubiesen preferido permanecer encerradas y seguras detrás de sus muros, en una vida ahistórica. Derribadas las puertas, cada una de ellas tomó del invasor lo que pudo o le convino, según su genio y cultura; otras, simplemente, tomaron muy poco o nada.
China se lanzó al futuro mediante la revolución, y después de dejar que florecieran las «cien flores» de Mao ha descubierto que la rosa capitalista es la más hermosa. Rusia ya agotó el impulso histórico de la revolución, y su actual capitalismo de estado es una flor pútrida. No es creíble que Rusia pueda recobrar, mediante el neoautoritarismo de Medvedev y Putin, el lugar central que siempre había tenido en el sistema europeo de estados.
Grandes porciones del mundo musulmán, por el contrario, quieren zafarse de la historia en que les metieron los europeos primero y los norteamericanos después. Nada explica mejor estas ansias de pasado que una deliciosa anécdota que, paradójicamente, trata de negarlo. Es el caso de las ruinas arqueológicas de la ciudad nabatea de Madain Saleh, en Arabia Saudí; quien las conoce dice que son comparables con las de Petra en Jordania. Su existencia fue ocultada desde siempre por las autoridades, pero han acabado por reconocerla; aunque a partir de ahora sólo pueden ser visitadas por arqueólogos con la condición de no decir nada sobre ellas más que en publicaciones arqueológicas. ¡No vaya a pensar nadie que en la tierra de Alá ha transcurrido alguna vez la historia! Para innumerables masas del mundo musulmán, no hay historia: sólo un dilatado presente, que debe ser igual, si no lo es ya, a los tiempos fundacionales de Mahoma. Un jefe de las tropas holandesas en Afganistán «clavó» esta idea recientemente cuando dijo del país que recorría: «es como pasear por el Antiguo Testamento».
Que todo esto haya sido así debe tener una explicación. Por tanto, cabe preguntarse: ¿qué es lo que hace que lo que llamamos mundo moderno haya sido conformado entre el siglo XIX y finales del XX por las ideas, la tecnología y la fuerza de unos pueblos europeos (incluyendo aquí a los norteamericanos)? Como no todo el universo mundo es moderno, ¿qué es lo que frena la expansión de esa modernidad? ¿Qué fuerzas internas de determinadas sociedades resisten esa civilización moderna de naturaleza típicamente occidental, o son inasimilables por ella? Estas son preguntas que mejor las respondiera un filósofo. El periodista sólo puede, aparte de preguntar, manifestar su impresión, o su parecer, sobre la incongruencia que hay entre los presupuestos básicos del medio internacional (que hay un «orden o sistema internacional» o que éste funciona por un «sistema de estados», o que existen normas e instituciones de jurisdicción universal) y el comportamiento real de todos esos entes, su verdadero ser para nosotros. Es como si, bajo la lupa de un análisis heideggeriano, nos diésemos cuenta de que al mirar y pensar los entes (y vaya si hay entes en el sistema mundial) éstos no nos revelan lo poco o mucho que son para nosotros, y ocultan que la realidad circula por substratos de la experiencia humana que no sabemos expresar ni controlar.
LA LIBERTAD COMO MOTOR
Carente, pues, de omnisciencia y de profundidad filosófica, el analista debe contentarse con una mirada, digamos «fenomenológica», ya que ha sido mencionado el tipo de análisis practicado por el conocido filósofo alemán que encabeza la corriente existencialista de la filosofía.

Sinteticemos y aclaremos lo dicho en los primeros párrafos. Occidente ha transformado el mundo. Creía, además, dominarlo. No lo domina. El fundamento esencial del ser de Occidente consiste en la idea de libertad, llegada por dos vías: su noción del hombre, propia del espíritu griego, y su constitución en persona libre por el ¿Puede Occidente apoyar con su cristianismo. La civilización china ha sido históricamente extraña a estas ideas y experiencias pero, como resultado remoto del ataque que la civlización occidental llevó a cabo en su día contra sus murallas, muchos millones de chinos están sumidos actualmente en una lucha por la libertad, no del todo desesperada. Éste es un camino ya recorrido y consumado en Japón y en gran medida en la India. Rusia misma probó con Yeltsin las mieles turbias de la libertad, pero acabó por apartar de sí el cáliz.
En las sociedades musulmanas, por el contrario, la idea de que la convivencia debe organizarse sobre la libertad personal es, en general, muy débil o inexistente. Utilizando herramientas de Heidegger, podríamos decir que en las sociedades occidentales la libertad produce acontecimientos, esto es, cambios, y que los acontecimientos son la estructura de la temporalidad y de la historia. También advirtió Heidegger que la historicidad es un «ser-para-la-muerte». En este último punto, la sociedad musulmana parece coincidir con la occidental, aunque las dos afrontan la muerte de forma distinta. Una, dilatándola todo lo posible tratando de alcanzar la plenitud de su ser antes de que la muerte llegue, jugándose en ello, además, su destino ultraterreno; la otra, permaneciendo en una quieta sumisión que garantice el más allá, sin necesidad de que su tránsito sea mediado por la libertad ni por el acontecer histórico. Por eso el hombre occidental emplea el tiempo con usura, y crea cosas y leyes nuevas; sus obras son su vía a la trascendencia, sea ésta religiosa o simplemente moral. En el mundo musulmán el cálculo vital de muchos, sin duda el de las masas, consiste en someterse a la sharia y esperar en Alá.
PASIVIDAD, COMPLACENCIA, MIEDO
Las sociedades musulmanas viven políticamente de los presupuestos de la teología. El islam es, aparte de una civilización, un culto. No se puede separar los dos. Cuando los musulmanes viven en otras sociedades conformadas por otro tipo de civilización afirman, naturalmente, los derechos de su religión, pero muchos de ellos quieren al mismo tiempo vivir con valores incompatibles con los de la civilización a la que llegan, y esto es resentido por la sociedad que acoge. Este problema está adquiriendo carta de naturaleza política en bastantes países europeos.
La sharia, ley religiosa derivada del Corán, es de curso legal en casi todas las sociedades musulmanas, y cuando no lo es legal (muy pocos casos), al menos lo es en lo social. En ellas no se vive como individuo sino ante todo como miembro de la umma, la comunidad, y después como parte de un grupo étnico, tribal o familiar. Versiones menos integrales de este modelo pueden encontrarse en Turquía, Líbano o Marruecos (que pasa por ser el país más avanzado en libertades, entre los árabes), y sólo hasta cierto punto Túnez, Jordania y Egipto. Hay capas sociales que viven según el modelo de la sociedad abierta, pero son débiles, se sienten toleradas, si no perseguidas. Igualmente, amplias capas sociales, sobre todo las adineradas y próximas al poder, viven una existencia como élites consumistas a lo occidental y patriarcas tradicionales.
La mansedumbre de la población y la irresponsabilidad de las autoridades ante sus pueblos dan lugar al estancamiento social y el atraso (hay setenta millones de adultos analfabetos en el mundo árabe). Los movimientos políticos reaccionarios triunfarían electoralmente si no lo impidiesen sus gobiernos. No obstante, grupos mesiánicos decididos a parar cualquier tendencia al cambio por el uso del terror y las armas florecen con mayor o menor consentimiento en unas pocas sociedades árabes. Allá donde aplican el terror no se paran ante los más horrendos crímenes contra los civiles: asesinatos en masa sin ton ni son en trenes, autobuses, calles y mezquitas, dedos y narices cortados por votar, niños usados como bombas, niñas asesinadas por ir a la escuela, mujeres golpeadas por quitarse el burka, aviones en vuelo derribados… La galería de horrores es inenarrable. El propósito declarado de estos grupos, de proclamar el califato universal, aunque no sea más que delirio, da cuenta de su incapacidad para pensarla historia como una realización humana, y esto a su vez explica la inaudita deshumanización de sus actos.

Afganistán es el epítome de los desastres que aquejan al mundo musulmán. La masa del pueblo, a pesar de muchas individualidades y grupos heroicos, se deja caer en el nihilismo y la tiranía. Aunque se saben ayudados por los aliados occidentales para ponerse en vías de redención material y política, la pasividad, la complacencia, si no el miedo, les puede. Las crónicas de los medios occidentales sobre las elecciones afganas de agosto de 2009 reflejan estefatalismo; como estamos amenazados por los talibanes, no ayudamos a los aliados, no resistimos, no cumplimos con nuestras obligaciones de soldados o policías, no votamos, tenemos miedo, no nos rebelamos. No hay administración central ni local, los soldados no luchan, la policía extorsiona. La corrupción es prevalente. Las elecciones, amañadas; el gobierno, sin legitimidad. Afganistán es el fracaso mayúsculo del mundo musulmán, como la Alemania nazi lo fue del mundo occidental. ¿Se puede salvar a quien no quiere ser salvado? ¿O a quien, aun prefiriendo ser salvado, no se juega en ello su existencia? Y en lo que a nosotros concierne, ¿puede Occidente apoyar con su presencia a un régimen de legitimidad dudosa? Este es el terrible dilema que se le presenta al presidente Obama, cada día de una forma más cruda y perentoria; y con él al resto de Occidente.
Ni al-Quaida ni los talibanes, por sí mismos, van a derrotar a Occidente. Pueden hacerlos desistir. Es lo que ha empezado ya a ocurrir en los Estados Unidos y Gran Bretaña, los principales combatientes en las batallas afganas; pronto empezarán a acusar el cansancio aquellos países que han puesto tropas no combatientes en aquel país. Sin embargo, los talibanes, con la ayuda de al-Quaida, pueden llevar la confrontación a un nivel de desafío estratégico temible. Les bastaría desestabilizar Pakistán, un estado que apenas logra contener el descontento de inmensas fuerzas sociales y políticas poco más evolucionadas que las de Afganistán, y con un potencial de violencia infinitamente mayor. Es desde este ángulo como se comprende la razón que asiste al presidente Obama cuando dice que la de Afganistán es una guerra «de necesidad».
Este breve recorrido por el devenir de grandes porciones del mundo musulmán posiblemente haya ya hecho comprender al lector que el mundo occidental tiene sobre sí una carga que a primera vista es bastante mayor que sus fuerzas. Y que sus interacciones con el mundo sínico y aún con Rusia, podrán quizás contribuir a la estabilidad y progreso del conjunto del sistema mundial, pero que su principal freno, y aun sus más inminentes amenazas, surgen de las simas más o menos soterradas de un mundo musulmán resistente a la modernidad, e imposibilitado por su estructura existencial para ayudar a que la historia marche en un sentido favorable a la persona como ser que hace todo lo que su vida puede ser antes de que la muerte le alcance.
MARGINALIDAD Y VITALIDAD
Nos quedan por tocar dos grandes áreas de la humanidad. La primera, por su magnitud física y demográfica, es África subsahariana. ¿Qué es este inmenso subcontinente para Occidente? Reconozcamos desde el primer momento cierta incapacidad europea para su comprensión. Nuestras pautas de pensamiento están, como se ha apuntado, conformadas por la historia, esto es por la sucesión y transformación de sus estructuras espirituales y materiales. Desde que el África negra comenzó a ser explorada por los occidentales hace más de quinientos años, ¿ha cambiado en algo su posición en los márgenes de la historia? ¿Se ha personado esta parte de África en la historia universal? Sí, como sujeto pasivo. ¿Han surgido de su seno movimientos, ideas o corrientes transformadoras, como sin duda aportaron en su día Occidente, China, el Islam, la India, etc.? No, el África subsahariana, o negra si se prefiere, continúa siendo un continente dependiente, asistido y socorrido por agencias y estados externos, y en el que numerosos países se hallan sumidos en los más oscuros recesos de la existencia humana. Su aportación ha consistido históricamente en materias primas y músculo, aunque también (sería injusto no mencionarlo) incluye apreciables valores sociales e individuales; por ejemplo, y en general, sus mujeres, que son sostén de los hogares y las familias.

La vitalidad básica de este subcontinente negro, que en principio podría contener una promesa de redención, representa sin duda un motivo de inquietud para sociedades próximas, como la europea, que no poseen esa vitalidad demográfica que hace que África estalle por sus costuras, arrojando a las playas de Europa decenas de millares de sus hijos, en su inmensa mayoría sin oficio ni beneficio, y condenados a priori a vivir en los márgenes de nuestra sociedad. Un cataclismo sanitario, alimenticio o social (por ejemplo, más guerras civiles que las que son usuales en estos días) inundaría Europa de incontables seres desesperados, poniendo en jaque a una sociedad como la europea, con su capacidad de asimilación ya puesta a prueba por las inmigraciones de musulmanes y europeos del este, no siempre con feliz resultado.
La otra gran región no mencionada hasta ahora es la latinoamericana. Pasado es ya su decenio de los noventa, cuando la restauración democrática en casi todos sus países, sea en oposición a las dictaduras militares o sea mediante la superación de las guerras civiles, coincidió felizmente con una eclosión de expectativas económicas, basadas en la apertura del continente al comercio internacional, a las inversiones extranjeras y a la revalorización del ahorro (con las consabidas excepciones, claro está). El continente, desde entonces, ha cambiado de faz. La lucha presente no es por el desarrollo económico y social, sino por el modelo ideológico que, a juicio de unos y otros, debe liderarlo. Esto ha dado lugar a que el espacio público de la opinión continental esté dominado por aquello que más temía el Libertador, el bochinche, a que tan entregados están sus más fervientes adeptos de hoy en día.
LOS ENTES QUE HABITAN EL UNIVERSO MUNDO
Una vez hecha sumaria y rudimentariamente la descripción fenomenológica del mundo que habitamos, pero manteniéndonos en la senda que esperamos nos conduzca a su ser, seguiremos aquella prescripción heideggeriana: el ser no se hace presente más que en el ente.
Ya lo hemos dicho: el sistema internacional está lleno de entes. La mayoría son políticos, pero algunos son de derecho público (los estados, la ONU y sus organismos subregionales: OEA, OAU, FMI, Banco Mundial, OMS, etc.); otros de derecho «particular» (la OTAN, la Unión Europea, el G8, el G20, etc.), y aún hay otros que no son de derecho público, ni privado, ni particular pero que desde luego se han personado en la escena internacional para ganar protagonismo y poder. Aquí nos ocuparemos sólo de unos pocos, porque no todos tienen la misma capacidad para estructurar el mundo, asentando y reforzando sus cimientos o, al contrario, minarlos. Yo pondría en la categoría de los que sí pueden hacerlo a los grandes estados, ciertas agrupaciones estatales de influencia considerable, y junto a ellos aquellas agrupaciones humanas o movimientos ideológicos que se han autoasignado la misión de destruir los fundamentos del mundo tal como lo tenemos construido hoy día: el más conspicuo de ellos es el que ustedes piensan, el islamismo militante. En otro apartado pondré el mundo español, tanto el de este lado del Atlántico como el del otro, en el entendimiento de que ni uno ni otro están en condiciones de contribuir de modo significativo a la transformación de nuestro mundo, sumidos como están en un proceso de autoinsignificancia, pero que, a pesar de todo, es nuestro mundo de un modo particular y existencial. Es decir, son los entes que, según creo, más nos importan. Así que vayamos, por orden de relevancia y de uno en uno.
Naturalmente, hay que empezar por la que aún es la primera potencia mundial, los Estados Unidos. Es curioso cómo se ha devaluado en pocos años la noción de superpotencia, ligada a un abrumador y ominoso poder nuclear. Aunque ese poder sigue ahí en potencia, ya no intimida. Lo que está sucediendo bajo la presidencia de Obama es otro indicativo de lo que se pretende decir.
La rabia y la humillación sufrida por los Estados Unidos en 1941 por el ataque de Pearl Harbour les dieron el impulso para convertirse en una superpotencia. Pero la rabia del 11-S ya está pasando, como muestran los indicadores de opinión en torno a la guerra de Afganistán, mientras la humillación tiene su exutorio en la lucha de sus agencias de seguridad contra el terrorismo internacional, una empresa de rango secundario que no transforma el mundo. La resolución de las alternativas con que se enfrentan los Estados Unidos en esta cuestión será de importancia vital para ese país y para el resto del mundo. Si, efectivamente, bajo cualquier circunstancia la retirada norteamericana de Afganistán se produce con un triunfo de los talibanes, el mapa geopolítico de la zona y de Oriente Medio habría que volver a diseñarlo.
Su configuración dependería de la validez de ciertas hipótesis. ¿Sería un Afganistán talibán, aliado o satélite de Pakistán? Esto empujaría aún más a Teherán a hacerse con el arma nuclear. Israel, bajo esa oportunidad, bloquearía cualquier vía al estado palestino, de forma declarada o subrepticia, y ampliaría sus colonias. Hasta se vería obligado a cumplir lo que tan ominosamente sugiere de vez en cuando, un ataque a Irán. Este curso propinaría un golpe irremediable al prestigio y liderazgo del presidente Obama y de Estados Unidos. O, ¿por qué no un alineamiento de Israel con el Irán chiitafrente a un Afganistán-Pakistán sunnies? Este choque religioso, que parece tan disparatado, ya lo hemos visto en el hasta hace pocos años laico Iraq. Si estas hipótesis no les convencen, no se preocupen: tengo otra. Los talibanes pakistaníes, a la vista del triunfo de sus hermanos afganos, se envalentonarían y lanzarían un asalto al estado, y probablemente lo derribarían. Porque, mirados con objetividad, los fundamentos sociales, históricos y jurídicos en que se basa el actual sistema político de Pakistán carecen de legitimidad y están minados por su naturaleza artificiosa. Si esto último ocurre, y es probable que ocurra, la OTAN habría probado ser un tigre de papel.
Cabe, pues, preguntarse: ¿quién liderará el mundo de mañana? Parece evidente que los Estados Unidos no. ¿Quién entonces, China? Tampoco. ¿Entonces no habrá liderazgo mundial? Posiblemente sí. Algunos prevén un duopolio de liderazgo entre Estados Unidos y China, que extendería dos alas, hacia la Unión Europea y Japón-Este de Asia. Aquellas dos potencias pueden, cuando quieran, operar en los mercados mundiales como la sístole y la diástole del corazón, o la expiración e inspiración de los pulmones.China exporta y Estados Unidos consume; a continuación China consume y Estados Unidos exporta. Esto ayudaría a equilibrar la economía mundial y sanear las dos internas. Si las dos orillan el espinoso tema de quién tiene derecho al manto de la hegemonía nominal, y llegan a una «entente» más o menos cordial, se habrá dado un gran paso para la estabilidad mundial y se habrá debilitado a las fuerzas nihilistas del mundo. Este acercamiento, por otro lado, desplazaría el eje económico del mundo al Pacífico, y señalaría un reequilibrio a la baja del poder e influencia de Europa.
SOPORTABLE PESANTEZ DEL SER
¿Qué posición ocupa en este tablero la Unión Europea? No hay duda de que no está en su mejor momento. La crisis económica, aparte de frenar su desarrollo, ha hecho retroceder la esperada homogeneización social y económica entre sus partes oriental y occidental. De importador neto de capitales, el Este se ve forzado a exportarlos a sus apurados acreedores occidentales. Si se produce el probable triunfo electoral conservador en las elecciones británicas, la Unión sufrirá por las reticencias y frenos puestos por el Reino Unido. ¿A dónde mirar en busca del liderazgo europeo? Francia tiene voluntad de ejercerlo, pero la tarea rebasa sus capacidades. ¿Un eje franco-alemán? Alemania no se dejará tentar. Mira a Rusia con circunspección y un toque de temor. No era así en el siglo XIX y primer tercio del XX, cuando Rusia miraba a Alemania con admiración y miedo. En realidad, podría decirse que a los europeos nos «falta Alemania», la que pudo haber sido si los propios alemanes no la hubieran destruido en los años treinta y cuarenta del siglo pasado.
En todo caso, la pérdida relativa de peso de Europa en el mundo (aun cuando su economía creciera rápidamente, lo que hoy no es probable) se acelerará a medida que otras naciones aumenten su parte en el producto mundial. Esto ya está a la vista en potencias como India y Brasil, y aun Turquía e Indonesia. La Unión Europea, que se ha quedado en un ente pero no ha alcanzado la naturaleza de «ser sustancial», seguirá operando entre los grandes como primera potencia comercial del mundo, pero no más. Su operatividad, su personación en el mundo, seguirá dependiendo de la calidad del liderazgo político que las naciones individuales o en concierto sean capaces de ejercer en foros cada vez más nutridos por estados en ascenso, provocando una drástica reordenación del rango de cada nación. Es lo que se ha visto en el tránsito de un G-8 exclusivo a un G-20. De esto, y sobre España, ver unos párrafos más abajo.
A la pérdida relativa del peso económico y político de Europa se unen los factores internos que aflojan su cohesión cultural. Por un lado, la debilitación demográfica de Europa ha favorecido el crecimiento de una población musulmana muy segura de los valores de su cultura, que en gran parte no coinciden con los europeos, y ello ha dado lugar a una integración débil o nula. Por otro lado, la ruina económica y social de África (¿quién se atreve a dudar de que esta hipótesis sea disparatada?) representaría un riesgo inminente de un desplazamiento masivo de población a Europa.
Las medidas restrictivas de la inmigración ilegal no están respondiendo al problema. No se despide más que a una fracción de los ilegales. La opinión de que la crisis económica en Europa disuadirá la inmigración ilegal, sobre todo del África subsahariana, es una ilusión. Lo vemos en las calles españolas. Los subsaharianos vienen porque, aun viéndose reducidos por falta de empleo a vender La Farola, CDs copiados, o simplemente ayudando a aparcar coches, van tirando con las ayudas sociales que cubren a la población marginada, y con todo les sale mejor partido que la falta de futuro en sus países o ser víctimas de la guerra civil de su país. Hay, además, políticas activas que de manera no intencionada estimulan la inmigración ilegal: menores y madres embarazadas, que pronto pasan a engrosar las listas de la asistencia pública. África,un continente con muchas esperanzas y pocos motivos para tenerla, puede acabar un día arrojando sobre Europa una armada de pateras con millones de inmigrantes.
A medida que los vectores de las fuerzas europeas vayan adquiriendo otra geometría y ponderación, se transformará también, a la baja, el peso de la que ha sido hasta ahora su clave de seguridad, la Alianza Atlántica. Si Iraq fue para la OTAN, como alguien ha dicho, «una experiencia casi mortal», podemos temer que Afganistán sea, casi, la puntilla. Una alianza no puede salir incólume cuando la mitad o más de sus miembros evitan correr los riesgos que otros corren, con efectos que desaniman las opiniones públicas de los que llevan la carga. La estrategia adoptada por la Alianza para su intervención en Afganistán (somos una fuerza en misión de la ONU que se mantiene dentro de los límites jurídicos del mandato) tiene, como se está viendo en la realidad de la guerra, escaso significado estratégico. La OTAN como tal no la ha asumido.Quizás es todo lo que la OTAN puede hacer, al menos su parte europea (apoyo a la estabilidad internacional), pero desde luego esto que hace no es muy relevante para lo que pasa. Este ente tampoco posee la sustancialidad de lo que dice ser.
BAJAMOS UN ESCALÓN
Nos queda por considerar lo más próximo a nosotros, el mundo hispánico y España misma. Ya se han señalado algunos saltos atrás en el desarrollo político de los pueblos transatlánticos. La crisis de Honduras ha puesto en evidencia la extrema debilidad y la inefectividad de sus instituciones. En el plano social, las capas de pobreza se han reducido modestamente, mientras que otros factores negativos se han disparado, sobre todo la criminalidad y la corrupción. La emigración es parte de la imagen pública de Latinoamérica. La dirigida a los Estados Unidos recorre un vía crucis de horrores, sufridos por los emigrantes tanto en los países (hermanos) de tránsito como en el de llegada. Existe un desajuste abismal entre lo que esperan unos y lo que los países de acogida pueden ofrecer. España, por ejemplo, sólo ha dado oportunidades laborales a la inmigración ensectores de baja productividad, lo que hace improbable o muy difícil incorporar esos inmigrantes a la economía más evolucionada que necesitamos y esperamos cuando los efectos de la destrucción de la vieja hayan pasado. Pero entretanto se dilucida esta cuestión, nuestra sociedad se queda con una población inmigrante en estado de «suspensión», dando oportunidad a que los desajustes estructurales y el paro se conviertan en alienación y ésta abra paso a formas de marginación y criminalidad nuevas a este lado del Atlántico pero usuales en el otro, como vemos todos los días en nuestras calles.
Muy poco de lo ocurrido en Hispanoamérica, y también en España, resulta estimulante para el prestigio de nuestra cultura. Hispanoamérica se halla encharcada en revoluciones pendientes, conflictos étnicos, crimen y corrupción. Los sistemas políticos nacionales se debilitan, y ello ofrece a Brasil, un país con élites muy competentes y masas de trabajadores muy bien formados, la oportunidad de preconizarse como la potencia moderada, dinámica y modernizadora del continente latinoamericano. Los demás, pierden el tiempo dándole vueltas al bolivarismo, el indigenismo o a si la revolución social se va a consumar o no.
España ha retrocedido igualmente. Más allá, o quizás en el fondo, del estancamiento económico y el paro, se halla la permisividad cultural y ética. Los indicadores de la educación de la juventud arrojan los más pobres resultados en los baremos aplicables al mundo industrializado. Nuestras calles y carreteras viven ahogadas por la estética mugrienta de los grafitos y nuestras televisiones y parte del cine dominadas por la ramplonería, si no la chocarrería. La arrogancia del estilo de gobierno produce defraudación y depresión de la moral social; se ha pasado de alardear de «il sorpasso» a Italia en renta per cápita y de morderle los talones a los franceses, a ocupar la silla de oyente en el G-20, al más alto porcentaje de paro en toda Europa y al mayor déficit de nuestra historia. En contra de lo que algunos no se cansan de repetir, España no es la octava potencia industrial del mundo. Habíamos llegado a ser la novena, y ahora ha sido sobrepasada por la India, y pronto lo será por Brasil, si no lo ha hecho ya, y hasta puede que por Australia y Corea del Sur si no salimos de la crisis.
Los españoles que han pasado la edad laboral han atravesado, en el plano político, social y cultural, por diversos niveles de realidad ontológica. Primero vivimos en una España que era una nación. Desde hace unos años vivimos en un ente que se llama Estado español. La crisis del pronunciamiento del Tribunal Constitucional sobre el estatuto catalán nos ha asomado a una pesadilla: hay muchos que creen que España no es más que un artefacto para ir tirando antes de irse de ella.
Termina así, en la angustia, este periplo existencial por el orden mundial de nuestros tiempos. Pero no desesperemos. Compartimos el destino de una civilización que no puede más que llegar a ser aquello que es. La historia viene de lejos: más o menos desde hace dos o tres milenios.