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Ver productosMe temo que cuando afirmamos que “los buenos libros siempre acaban volviendo” estamos desempolvando una buena dosis de eso que hace años todo el mundo llamaba ‘wishful thinking’, pues, en efecto, parece más un anhelo que una certeza, aunque, felizmente, a menudo se cumple. Un estupendo ejemplo de esto es el que acaba de brindarnos una nueva editorial madrileña de nombre curioso y osado, La Umbría y la Solana, que, de la mano del poeta y ensayista Enrique Andrés Ruiz, director de su “Colección Abierta”, se ha atrevido a exhumar un libro que sólo apareció una única (y muy defectuosa) vez, allá por 1956: Karla y otras sombras, de Luys Santa Marina.
Es imposible hablar de aquel escritor sin hablar enseguida de Falange Española, pues la joseantoniana es la única religión que, desde el mismo 1933, profesó con verdadero fervor, pero ese hermoso libro, tan limpio de ideología, permite sortear las escaramuzas de las convicciones sociopolíticas para centrarse en la poesía, en la memoria, en cierta nostalgia ya otoñal casi incompatible con la acción violenta de la juventud, con la experiencia de la cárcel (Santa Marina sobrevivió a tres condenas a muerte entre 1936 y 1939), con la decepción de una “Victoria” que, para muchos de los que la forjaron, no lo sería tanto.
El tono del libro es el de la mejor literatura de esa estirpe, vocacionalmente sencillo, sin pedanterías ni complicaciones, con buena prosa y léxico sabroso, y en el que el autor aparenta compartir todavía el asombro con el que el niño que fue observó todo lo que, recreado, leemos aquí. El punto de vista es postizo, pero el sentimiento no, porque éste no se puede fingir, o al menos no puede engañar a ningún buen lector. Quien en su juventud escribiera libros de exaltación de la guerra o poemas de trinchera o artículos realmente iracundos se veía de repente conmovido ante el sufrimiento de un animal, o comprensivo ante los llamativos comportamientos de gentes extravagantes o desnudo ante un paisaje ya interiorizado y lleno de símbolos privados. La historia de Pelagia y Fructuoso, matrimonio mal avenido, debería figurar en cualquier antología de la prosa española de los 50, así como las aventuras de los indianos, siempre llenas de silencios, o las cartas de un amor herido por imposible. La primera y única edición apareció no sólo infestada de erratas sino de errores: páginas traspapeladas que hacían imposible o absurda la lectura seguida, líneas saltarinas, incoherencias… Hacía falta que un buen editor aseara el libro y, con sesenta años de retraso, Santa Marina ha encontrado en Enrique Andrés Ruiz su mejor cómplice literario, un reparador que además ha escrito una presentación magnífica, llena de sugerencias.Al final de su obra, que no al final de su vida (Santa Marina murió en 1980, pero dejó de publicar en 1959, desengañado también de eso), el novelista, poeta, biógrafo y periodista de Colindres volvió los ojos hacia su Cantabria natal (a la que no regresaba desde 1925, cuando se instaló en una Barcelona que ya sólo abandonaría para peregrinar por cárceles durante los años trágicos) y ofreció tres libros distintos pero complementarios que recuerdan mucho a La vida nueva de Pedrito de Andía o a las Pequeñas memorias de Tarín, de su camarada Rafael Sánchez Mazas, en lo que tenían de recreación lírica de una infancia norteña, acomodada, melancólica, indagadora y bien alimentada. Perdida Arcadia (1952) fue lo que más estrictamente puede considerarse un libro de memorias, aparte del más hermoso título de su bibliografía, mientras que este Karla y otras sombras y Ada y Gabrielle (1959) son piezas de ficción pero atravesadas también por el recuerdo, por la evocación de familiares o personajes estrafalarios de su infancia, gentes con secretos que arrastraron enigmas desde su Alemania o su Noruega natal hasta las playas de Laredo.
El tono del libro es el de la mejor literatura de esa estirpe, vocacionalmente sencillo, sin pedanterías ni complicaciones
Esa ternura que Santa Marina se prohibía en su vida pública (pero que adivinaban amigos como Max Aub, Dionisio Ridruejo, Joan Perucho, Martín de Riquer o Xavier de Salas) se le liberó, con pudor y sin sensiblerías pero con deliberada candidez, con enorme calor, en las páginas de este libro, en buena medida adelantadas en su propio periódico, Solidaridad Nacional, o en revistas barcelonesas de aquellos años.
Reseñando Primavera en Chinchilla, su interesantísimo libro de poemas de 1939, Guillermo Díaz Plaja opinaba que aquellos versos carcelarios tenían ante todo la intención de dejar la vida tal y como está. Para muchos lectores de hoy eso sería un reproche terrible, pero para mí es un envidiable elogio, y es algo que, con mayor razón, se puede aplicar también a esta colección de historias, cuentos de soledad y de chimenea, de silencio y marinas y montañas. La cubierta que el pintor Miguel Galano ha dibujado para la ocasión es, en ese sentido, muy expresiva, y comparte la belleza del texto, su espíritu, su verdad dicha en voz baja, con más amor ya que esperanza.
Cuando uno busca libros de viejo en cualquier librería española de segunda mano o en cualquier caja de cualquier mercadillo, rastro o almoneda de nuestro idioma, es invariablemente imposible no encontrarse cada pocos volúmenes con alguno de la Biblioteca Básica Salvat de Libros RTV, que de tan fea y pobretona produce casi una tierna simpatía. Y sin embargo hay al menos un libro de esa colección que debe poseer en su biblioteca todo buen lector (y obsérvese que no digo “coleccionista de libros” o, mucho menos, “bibliófilo”). Me refiero al tomito que luce el número 73, publicado en 1970, y que reeditaba Industrias y andanzas de Alfanhuí, ya que allí (y sólo allí) la primera novela de Rafael Sánchez Ferlosio iba acompañada de un hermoso prólogo de Juan Benet.

Hace pocos días, el 4 de diciembre, Sánchez Ferlosio cumplió noventa años, y en una entrevista que José Andrés Rojo le hizo para El País el Premio Cervantes de 2004 manifestaba (y no era la primera vez) que, de todas sus obras, es por el Alfanhuí por la que siente más cariño, mientras que mostraba desapego por las otras novelas, algo en lo que también es fácil estar de acuerdo: es cierto que El Jarama ha envejecido mal o que El testamento de Yarfoz es una narración lastrada por un exceso de simbolismos.
Es cierto que El Jarama ha envejecido mal o que El testamento de Yarfoz es una narración lastrada por un exceso de simbolismos
Releyendo estos días la novela (terminada el 13 de diciembre de 1950 y publicada al año siguiente en los Talleres Cíes, siendo Liliana Ferlosio quien aportó las trece mil pesetas que costaron los mil quinientos ejemplares de aquella autoedición), uno siente inmediatamente que regresa a un mundo hospitalario que mantiene su poder fascinante. Escrita como si Álvaro Cunqueiro hubiera descendido varios kilómetros de latitud y hubiese acercado su magia a la crudeza de Castilla, llevando su fantasía a paisajes más áridos y fundiendo su prosa con la de Miguel Delibes o, mejor, la de José Jiménez Lozano, Industrias y andanzas de Alfanhuí cuenta la historia de un aprendiz de alquimista, un niño sin padre que desde muy pronto comienza a hacer experimentos con el fuego, el agua, los metales y los seres vivos (o casi, como ese inolvidable gallo de veleta con el que arranca la historia). Sánchez Ferlosio consigue en alguno de esos pasajes prodigios comparables a los que su personaje logra con sus brujerías, y ése es uno de los secretos del libro: la adecuación de lo que se cuenta con el tono: “El viento abrió también un libro de plantas disecadas y se puso a pasar sus hojas. Las flores se mojaban y revivían, trepando por las paredes del salón, invadiéndolo todo, formando una espesa enramada, florida y llena de nidos de donde salían también pájaros que volaban hacia el redondel luminoso del techo”.
“Mi gusto se empareja mucho mejor con Alfanhuí que con El Jarama”, pues “la imperfección del primero me parece mucho más sugestiva que la perfección del segundo”, afirmaba Benet en la presentación de 1970 ya mencionada arriba (para la que cabalmente era la tercera edición, después de que Destino, tras el éxito del Premio Nadal de 1955, la recuperara en 1961), pero en la ópera prima del autor hay ya páginas perfectas, pasajes magníficos, como cuando Alfanhuí llega a Madrid al comienzo de la segunda parte (“la ciudad era morada”, se afirma con finura y cierta exactitud) o, poco después, cuando el protagonista conoce a don Zana (quien cree que “Más vale ser amateur de bailarín que profesional de otras cosas. Eso es lo mejor que hago. La vida es una risa, chico. Pareces mustio, tú. ¿Qué haces tan serio?”…), o en apuntes de un costumbrismo poético definitivamente nuevo, entre la greguería y el estilo estupendo de Francisco Umbral: “cuando coincidía que todos los vecinos colgaban sus sábanas a la vez, quedaba el patio todo espeso de láminas, del suelo al cielo, como un hojaldre”.
“quedaba el patio todo espeso de láminas, del suelo al cielo, como un hojaldre”
Alfanhuí termina por regresar a casa, tras pasar por las montañas, cansarse de la ciudad y conocer más tierras y personajes (Doña Tere, la Abuela…). Al final, al parecer, siempre se vuelve, al menos en los libros, y volver a los mejores libros es un modo de comprobarlo. Las buenas historias, como las chimeneas de nuestra infancia, siempre están dispuestas a volver a calentarnos y protegernos.
CARLOS MAYORAL: La filología, ¿llega de manera vocacional?
LUIS ALBERTO DE CUENCA: Totalmente vocacional. Primero empecé Derecho para contentar a mis padres, que pensaban que la Filología era una apuesta muy arriesgada. Solo duré un año y, a pesar de que las notas eran muy buenas, cambié a Letras porque no me interesaba nada. También cambié por motivos personales: una novia mía empezaba entonces Filología y decidí comenzar con ella. Me fui a la Autónoma, en pleno momento fundacional, con armas y bagajes.
¿Está justamente tratada?
Bueno, incluso quieren tachar ese término de la denominación oficial. La carrera ya no se llama así, Filología. Me parece aberrante. La palabra «filología» es mítica, mágica y preciosa. Incluso, la gente es tan inculta en cuestiones filológicas que antes decías que eras filólogo y en el periódico ponían «filósofo».
«La palabra sigue siendo fundamental. Las imágenes tienen que ser glosadas con palabras, no pueden vivir solas»
Por la etimología cruza el término latino logos (palabra). ¿Qué importancia tiene la palabra en un mundo dominado por la imagen?
Sigue siendo fundamental. Las imágenes tienen que ser glosadas con palabras, no pueden vivir solas. Si no llegásemos a adquirir una anatomía suficiente como para desarrollar un lenguaje articulado, entonces estaríamos en una fase previa a la plenamente humana. Además, hay otro camino para abordar el término logos que es compararlo con el mythos. El camino habitual es pasar del mythos al logos, pero yo creo que no debemos quedarnos en el logos y sí refugiarnos en el mythos, que es la palabra sagrada.
Algunos poetas jóvenes de hoy cuelgan sus poemas en YouTube acompañados de música y de imágenes. En ese sentido, pareciera como si la poesía estuviera mutando.
Bueno, es que estamos en un momento inaugural de otro tipo de relación entre el poeta y su público gracias a Internet y a las redes sociales. Yo, por cuestiones generacionales, no utilizo ese soporte, pero el fenómeno está ahí, en la literatura. Sobre todo, con la poesía, que es el género más fácil de publicar.
¿Más fácil?
Sí, otra cosa es hacerlo bien. Pero al tratarse de un género más corto, pues la gente empieza por ahí y se comunica por las redes sociales. De hecho, hemos tenido algunas sorpresas curiosas relacionadas con el éxito de algunos cantautores o no cantautores que se han acercado a la poesía, algunos de ellos con mérito.
¿Calificarías ese fenómeno como éxito?
Bueno, es que luego las editoriales han ido a por ellos, ya que tienen tantos amigos en las redes sociales, y han vendido miles de ejemplares. Y eso está al alcance de muy pocos.
¿Y crees que esa poesía, nada basada en la preceptiva literaria, tiene mérito?
Bueno, en cierto modo son vagidos adolescentes. Y eso es lo que comunica en las redes. No siempre, hay algunos autores con interés, pero sí a menudo. Para referirme a ello yo hablo de «parapoesía», igual que existe la «parafarmacia». No deja de ser poesía, pero no es poesía sujeta a los preceptos de la retórica tradicional. Eso sí, es un fenómeno con el que hay que lidiar. Tú miras la lista de los diez libros más vendidos hace cinco años y te encuentras con las editoriales clásicas: Visor, Hiperión, Renacimiento, Pre- textos…, sin embargo, hoy, si hay una de esas editoriales…
Te alineas con este tipo de poetas?
Fíjate, Aguilar nos ha pedido a Karmelo C. Iribarren y a mí sendos libros para una colección que solo va a tener «parapoetas» y a nosotros dos, que a lo mejor también somos «parapoetas», porque si nos lo han pedido… Eso sí, para mí es un honor estar con toda esta gente joven, pero es evidente que es un fenómeno que no me pertenece, es de otro mundo.
¿Cómo definirías este nuevo estilo con el que compartirás colección?
Lo que hacen es dejar fluir la muñeca, sin más, como Baroja en novela. Lo que pasa es que una cosa es la novela de Baroja, con ese desaliño encantador, y otra cosa es dejar fluir ideas. Sospecho que estos autores jóvenes dirían: es que esto es lo que hay que hacer. Como si hubieran creado una nueva preceptiva. Lo que pasa es que preceptiva solo hay una y es la de siempre. Nuevos espacios comerciales sí, pero nueva preceptiva… no puede ser.
Retomemos la niñez. Antes de entrar en Derecho, estudias en el Pilar. ¿Marca tanto ese colegio como parece desde fuera?
Lo que marca es que los pilaristas nos caemos bien independientemente de nuestras ideologías. Nos enseñaron un código de valores basado en la confraternidad, en el favor mutuo, en un contenido social… Pronto se cumplen cincuenta años de mi promoción. A ver si los espectros nos reconocemos [risas].
¿Esa aura de pequeño club endogámico es real?
Bueno, hay una cierta endogamia, pero también existe en los jesuitas, en el Ramiro de Maeztu… Es un poco como la mili, todo produce sensación de compañía.
Entonces entras en Derecho. Antaño, la relación entre las leyes y la literatura era estrecha. Estoy pensando en Jovellanos, en Meléndez Valdés…
Es que antes las ciencias sociales podían ser perfectamente compatibles con las ciencias humanas y con la creación literaria. Y, aún más atrás, perfectamente compatibles con las ciencias puras. Conforme vamos retrocediendo nos vamos encontrando con una sola amalgama de disciplinas. Cuanto más nos modernizamos, más diferencia de conocimientos hay. Pero creo que la literatura siempre es transversal.
En la universidad conoces la tragedia a través de la muerte de tu novia de entonces…
Sí, la muerte de Rita. Fue un golpe en mi vida. Conozco la tragedia pronto, la hubiera conocido más tarde, pero que llegue así, con una persona que me acompañó…, fue un golpe muy duro.
¿Esa tragedia juvenil despierta todavía más el alma poética?
Pues yo creo que sí, que la tragedia es negativa desde el punto de vista anímico, pero, desde el punto de vista creativo…, siempre se ha dicho que siendo plenamente feliz no aparecen los versos. De hecho, mi libro Elsinore, de 1972, en el que aparece la Ofelia muerta de Millais en la cubierta, es un homenaje a la muerta. Rita está muy presente en mis libros, se ha reflejado en algún estudio.
Claro, cuando te mueres a los diecinueve años tienes la ventaja de que no has envejecido nada, no tienes una sola arruga. Para mí esa mujer es una juventud permanente.
¿Esa universidad tardofranquista era tan heroica como se nos vendió después o hay mucho de mito?
Hay mucho de mito. Estaban fundamentalmente los activistas, que estaban ligados al PCE porque no había otro partido. Yo simpatizaba entonces con ellos, claro. Aunque por poco tiempo. Yo tuve una fase progre muy reducida, pero recuerdo que me mandaban el Mundo Obrero a casa sin necesidad de estar suscrito. Es decir, había una maquinaria muy bien tejida. Pero no tenía tanto que ver con una ortodoxia marxista. Era más una lucha por las libertades. El PCE aglutinó esa lucha siendo un partido que no es precisamente hoy un adalid de la libertad. Pero entonces sí lo era.
«Existe la parapoesía, igual que existe la parafarmacia. No deja de ser poesía sujeta a los preceptos de la retórica tradicional»
Tú publicaste durante la dictadura, ¿llegaste a conocer la censura?
La verdad es que no. Dábamos recitales y conferencias mientras había un señor allí controlando. Pero como a mí me ha aburrido siempre la política revolucionaria y el erotismo o la pornografía no eran parte de mi núcleo, pues no he sentido esa zozobra de la censura. Ahora bien, yo creo que a veces se ha utilizado como excusa. Escritores mediocres que decían: «No, es que me han censurado todas mis novelas», cuando la realidad es que eran horrorosas.
¿Hay censura hoy?
Muchísima. Lo que ocurre es que paso de ella, porque afortunadamente hoy no te meten en la cárcel por estas cuestiones. Pero la corrección política de hoy ha establecido niveles de censura bastante más severos que el tardofranquismo.
Esos versos tuyos que hablan de la corrección política y que cantó Loquillo… «Sé buena, dime cosas incorrectas desde el punto de vista político».
Nos llamaron fascistas y de todo… Sí, siento el peso de esa censura. Es atroz. Es sutil, muy difícil de desmontar. Mucho más que la franquista: aquella no te permitía hablar de ciertos temas y no se hablaba. Ahora, sin embargo, escribo un poema titulado «Mujeres» que dice «mira que las deseo y qué poco me gustan», y me acusan de misógino y de machista. Eso es injusto. Si una mujer escribe «Mira que los deseo y qué poco me gustan», nadie hablaría de ataque al macho o al varón, sino simplemente de algo que le pasa a la gente. Yo intento que mi poesía exprese aquello que le ocurre a la mayoría de la gente. No a los que están obsesionados con la corrección política.
La realidad es políticamente incorrecta…
Claro. Y gracias a Dios. Porque, si la realidad concordara con la corrección política, tendríamos que abrirnos las venas al amanecer.
Ángel González decía que a los miembros de su generación la censura les obligó a agudizar ciertas formas de expresar las cosas sin decirlas explícitamente. Es decir, agudizó la metáfora, la ironía…
Sí. También ocurría con Celaya… Pero era gente con un compromiso político que yo nunca tuve. Por eso no tuve que agudizar nada, sino simplemente ser yo.
Ese compromiso social que existía durante el franquismo por motivos obvios, ¿tiene cabida ahora?
Yo creo que ha habido un regreso a ciertas posturas de compromiso social. Otra vez vuelve esa especie como de ligazón entre la literatura y el compromiso sociopolítico. Yo la verdad es que no estoy en esa trinchera, entre otras cosas por edad, pero sí percibo ese regreso a la poesía social. Aunque no haya una dictadura contra la que pelear, sí hay muchas cosas que se están haciendo mal.
¿Tiene que ver esto con lo que hablábamos antes, con la corrección política?
No tiene nada que ver. Es una pena que la gente mezcle el compromiso social con lo políticamente correcto. Por ejemplo, no se es más sensible socialmente por decir «la jueza» en lugar de «la juez», que es como debe decirse. A veces con la corrección política se intenta desvirtuar el campo de lo puramente científico, como es la lengua regida por ciertas leyes, e irrumpir de una manera totalitaria en algo que no tiene nada que ver con la cuestión a la que se alude. Porque las palabras no son machistas ni feministas. Son palabras.
Luego llega Pedro Sánchez y utiliza el término «miembras» en el Congreso…
Bueno, pero eso lo recoge de la anterior ministra socialista que ya lo hizo, Bibiana Aído. Lo digo porque a Sánchez le podemos reprochar muchas cosas, pero eso… [risas]. No, pero si te fijas, siendo claros lingüísticamente, ese «miembros y miembras» no es una flexión aberrante. Sí lo es «la jueza», porque la «z» final no está marcada genéricamente.
Volvamos al último franquismo. ¿Serías capaz de encasillarte dentro de alguna generación? Se ha dicho que en la del 68, el 70…
A mí me gusta el concepto generación del 68, porque la mentalidad de aquella revolución sui generis de París es la mía. Yo escribí una tercera en el ABC que se llamaba «Tambores del 68» y que terminaba diciendo: «Son los tambores del 68, están hechos con piel de tu vida».
Pero el concepto «generación» debe englobar a escritores que compartan ciertos rasgos en su columna vertebral. Estoy pensando en el 98, en lo diferentes que eran, no sé, Machado, Valle o Unamuno. Sin embargo, al rascar uno encuentra ciertos valores análogos.
Claro. E incluso entre un modernista y un noventayochista uno encuentra similitudes. Pero claro que hay vínculos entre Antonio Machado y Valle-Inclán. O Unamuno y Baroja. Yo creo que algo hay también entre los miembros del 68. Un cierto culturalismo al principio, fuimos muy esteticistas, neomodernistas. Luego dimos un cambiazo, algo así como lo ocurrido en el 27. Empezaron de una manera muy gongorista y acabaron escribiendo de una manera más humana.
Borges, que es uno de tus santos…
Borges es mi maestro. El otro es Gimferrer.
Vaya extremos…
Sí, es un giro considerable… [risas].
Decía que Borges afirmaba que el joven es barroco porque no tiene nada que decir.
«La corrección política de hoy ha establecido niveles de censura bastante más severos que el tardofranquismo»
Ahí Borges está atinado, como siempre. El joven descubre el mundo, y es tal la impresión que le produce ese descubrimiento, le ciega de tal manera, que a la fuerza tiene que ser barroco, oscuro. Porque no sabe ordenar sus sensaciones. Luego, conforme se van cumpliendo años, va abriéndose. Dicen que la poesía es para gente joven, pero no es verdad. Lo que ocurre es que hay poetas que se han apagado pronto: Keats, Rimbaud, Lorca… De hecho, fijémonos en Lorca. Cuando muere, está en su mejor momento. El Diván del Tamarit y los Sonetos del amor oscuro son sus mejores trabajos.
¿Qué relación te une a Lorca? Porque tienes un soneto que se titula precisamente con esa paráfrasis: «Soneto del amor de oscuro».
Sí, es una coña. Un soneto a una mujer de negro. En cuanto a Lorca, no me duelen prendas en decir que estamos ante uno de los cuatro o cinco más grandes universalmente hablando del siglo XX. Es curioso cómo hace de su problema personal, de su problema familiar, de los problemas de una homosexualidad tan boyante en una época difícil, algo tan universal. Eso es lo prodigioso. Eso es el genio: eleva lo personalísimo a la categoría de lo universal. Accede a todos. Por eso es el príncipe de su generación. Del mismo modo que Valle es el príncipe del 98. Cada día lo admiro más.
¿Pero admiras la faceta novelística o dramática de Valle?
Ambas. No admiro su faceta poética, que es interesante. Sin embargo, de Lorca me quedo con su faceta poética y no con la dramática.
Te pregunto por el teatro de Valle porque, a pesar de ser irrepresentable, sigue estando completamente vigente. A Max Estrella, moribundo, le roban un billete de lotería premiado, con eso está todo dicho…
Porque no son de una época, son de todas las épocas. Vuelvo a Lorca: Sánchez Mejías era un señor de época, rico, guapo, famoso, les pagaba las copas a los del 27… Sin embargo, de la elegía de Lorca ya no importa quién es Sánchez Mejías, está ahí para siempre, es universal. Es como don Rodrigo Manrique, el padre de Jorge Manrique, que se murió hace más de quinientos años y es nuestro contemporáneo.
Antonio Machado decía que Jorge Manrique era el mayor poeta de nuestras letras. Y después incluía a Bécquer y los romances medievales.
Para mí, más que el mayor poeta, es el mayor poema de nuestras letras, las Coplas a la muerte de su padre. Y Antonio Machado… es extraordinario. Pero su hermano Manuel también, hay que releerlo.
Borges decía que no sabía que Manuel Machado tenía un hermano…
Borges era un capullo a veces [risas]. En cuanto a Bécquer, me fascina. Es maravilloso.
¿No te parece que es injustamente tratado? Todavía hoy se le tacha de cursi.
Lo de tacharle de cursi es más de mi generación. Pero yo creo que la vuestra ha vuelto a Bécquer. Ya se le entroniza como el padre de la poesía moderna. Tras él, Rubén Darío. Después, el camino se bifurca en Juan Ramón Jiménez y Antonio Machado para volver a unirse en la generación del 27. Más allá, la generación del 50 y, después, nosotros.
Volviendo a vosotros, la llegada de la libertad y de la democracia, ¿se nota en el arte?
Puede ser. Quizás en el destape y en cosas así superficiales. Eso sí, es el preámbulo de una libertad a tope y sin barreras que, por ejemplo, hizo que en los ochenta muchos de mis amigos estén bajo tierra. Creíamos que nada nos hacía daño, que éramos superhéroes. Y, claro, no.
¿La movida ha envejecido mal?
Totalmente.
¿Te incluyes en ella?
No me incluyo más allá de algún tipo de cómic y poco más. Sí que he tenido nexos con ella. Hice letras para la Orquesta Mondragón, trabajé con Loquillo, iba a los locales, conocía a la gente. Escribí un poema que se llamaba «La otra noche después de la movida». Participé en ella por cuestiones biográficas, pero nada más.
Visto en perspectiva, desde el punto de vista literario parece que lo más meritorio de la movida es el auge de un cierto tipo de columnismo.
Sí, había un buen columnismo en los ochenta, la verdad es que sí.
¿Qué relación te une con el columnismo?
Lo he practicado, pero más para la reseña y la crítica literaria que para expresarme. Para eso ya tenía la poesía. Sí recuerdo que, a finales de los noventa, en un momento en el que me estaba separando, yo escribía columnas para ABC de una manera muy personal e íntima. Contaba mi vida. Luego me dio vergüenza verlo, pero a Ansón le divertía.
¿Y con la narrativa? Tu poesía es muy narrativa.
Sí. Libero esa necesidad de narrar a través de la poesía. Por eso pertenezco a esa clase de poetas que nunca escribirá una novela, como Jorge Guillén. No soy capaz. Corregiría tanto que no podría pasar a la segunda página. Para escribir narrativa hay que tener muñeca, como decíamos antes de Baroja. Una vez acepté un contrato suculento con Cátedra para escribir una novela, pero no pasé de la octava página y tuve que romperlo. Eso sí, aquellas ocho páginas terminaron publicadas junto al anticipo de Payasos en la lavadora, de Álex de la Iglesia. Cuyo cine me encanta, por cierto.
¿Eres lector de novela?
Más que de poesía.
Eso sí es una sorpresa.
Pero, ojo, soy lector de novela con apellidos. Narrativa de género. Policiaca, de espías, juvenil…, la gran novela me aburre.
Hablabas de Álex de la Iglesia. En algún lugar entre tu poesía y esa pasión por la narración está el cine. Por ejemplo, el cine negro…
El cine negro me fascina. Y claro que está en mi poesía. La «Serie negra» es un homenaje al cine negro más que a la novela negra. Eso sí, habré leído más de mil novelas negras en mi vida. Me pasa lo mismo con las comedias del Siglo de Oro. Cuando estoy deprimido, leo una comedia de Lope y me llena de fervor.
«No se es mas sensible socialmente por decir la jueza en lugar de la juez,que es como debe decirse (…) Las palabras no son machistas ni feministas. Son palabras»
Has hablado de tu relación con el cine. En esRadio montabais esa tertulia de sabios con Dragó, otro pilarista, Garci…
Sí, pero Luis Herrero, que es muy bruto, la quitó por- que decía que la cultura no vende en radio. Ahora muchos me echáis en cara la desaparición. Pero era maravillosa, con Dragó, es cierto, pilarista muy activo; Garci, que es una auténtica enciclopedia…
Me sorprende lo que me cuentas sobre tu pasión por la comedia del Siglo de Oro, porque se diría que no tienes demasiada conexión con el teatro.
No he escrito teatro. Me gusta el teatro leído, pero voy poco. Eso sí, últimamente he adaptado varias obras junto a Juan Carlos Pérez de la Fuente. Hicimos las Confesiones de san Agustín. También una Numancia, en el Teatro Español. Tengo mucha relación últimamente, sí. Pero, fíjate, hago letras con Gurruchaga y Loquillo, teatro con Pérez de la Fuente… Me muevo más por relaciones personales. No me ofrezco como adaptador de teatro o como letrista.
Hablemos de traducción; es un género poco valorado en España.
Muy infravalorado. En Latinoamérica no tanto.
Fíjate en Cansinos Assens. Un traductor español al que Borges consideraba su maestro y aquí casi ni se le conoce…
Pero a Borges le pasaba un poco con Cansinos como a mí con Gimferrer. Lo conozco con quince años y me subyuga. Era el momento en el que tenía que leerlo. Pues a Borges le pasa igual con Cansinos. No es tanto Cansinos como sí el momento en el que Borges se encuentra con él. Los maestros entran en el momento exacto.
Volviendo a la traducción pero siguiendo con Borges, parece que ahora La metamorfosis de Kafka ya no es tal, sino que se trata de La transformación.
Dicen que esa traducción es de Borges, pero nunca se llegó a confirmar. Yo tengo la edición original y no se cita al traductor. Aunque sí parece Borges.
También dicen que Samsa no se despertó convertido en un «monstruoso insecto» sino en una especie de bicho, que no es necesariamente un insecto.
Eso es verdad. Pero, como luego lo van a pisar, tiene que ser un insecto [risas].
E incluso hace poco leí —espero que como francófono reconocido me lo desmientas— que la magdalena de Proust no era una magdalena…
Bueno, es que la magdalena no existe en el mundo de la bollería francesa. Pero no te lo confirmo, porque yo no he leído a Proust. No lo he conseguido.
¿Hay relación entre la labor traductora y la creativa?
Por supuesto. El traductor está escribiendo otro texto, que corre en paralelo al original, muy juntito pero sin llegar a solaparse.
Es inevitable que, por poner un ejemplo, Poe nos suene a Cortázar.
Bueno, ahora acabo de hacer una selección de diez cuentos de Cortázar para Reino de Cordelia traducidos por Susana Carral. Poe parece otro autor [risas]. Es más Poe el de Carral. Aunque lo bueno de Poe es que lo traduzca Agamenón o lo traduzca su porquero es siempre bueno. Stephen Vizinczey lo contaba con mucha gracia. Un día le preguntaron: «¿El mejor dramaturgo en lengua francesa?». Y contestó sin pestañear: «Shakespeare traducido al francés».
Unamuno aprendió danés no para leer a Kierkegaard, sino para pensar como Kierkegaard. ¿En cuántas lenguas puede pensar Luis Alberto de Cuenca?
No en tantas: griego, latín, español, francés, portugués, catalán, inglés, italiano y alemán con diccionario, porque el léxico es tremendo.
¿Se puede traducir poesía, donde el acento importa tanto, de una lengua germana, véase el inglés, a una latina como el español?
Yo creo que sí. Yo he traducido a Goethe desde el alemán… Eso sí, cuesta. Yo tardé en traducir a Keats un año…, se puede. Pero es que es necesario. Hay que hablar de la traducción, hay que citar al traductor cuidadosamente. Sin traducción no existiría el concepto de literatura universal, con eso está todo dicho
La relación entre el lector y el traductor es casi más estrecha que con muchos autores.
Claro. Por ejemplo, yo he leído a Conan Doyle siempre en castellano. Y lo he leído entero, muchos años. Durante todo ese tiempo yo he convivido con el traductor de Conan Doyle, Lázaro Ros, sin conocerlo de nada.
Permíteme continuar con la poesía alemana, ahora que citas a Goethe. Te he escuchado recientemente hablar de Hölderlin. ¿Eres muy hölderliniano?
He trabajado sobre él, pero no soy muy hölderliniano. ¿Sabes por qué? Porque la gente que tiene orgasmos con Hölderlin suele ser gente con la que no conecto demasiado literariamente. Es como Cristo y los cristianos. Me gusta Cristo, pero no los cristianos. Pues esto es igual, me gusta Hölderlin, pero no los hölderlinianos.
Te lo pregunto para enlazar con la siguiente cuestión:
¿Hay mucho romanticismo decimonónico en tu poesía?
No soy muy romántico. Soy más clásico, por decirlo así. El Romanticismo va contra la sociedad, y no me parece estéticamente bien. Por ejemplo, Keats es un romántico con una formación clásica formidable. Al leerlo, no tengo la sensación de que vaya contra la sociedad. Sin embargo, al leer a Byron sí tengo esa sensación. Y me aburre.
Yo sí encuentro un nexo con tu poesía: esa manera en la que el romántico le devuelve el héroe clásico al pueblo.
Ese romanticismo conceptual de los alemanes sí me gusta. Ese espíritu popular. No me gusta, sin embargo, que el nacionalismo naciera con el Romanticismo. Pero el espíritu popular, la vuelta al romancero, al cantar de gesta, eso que el sabio dieciochesco despreciaba, sí me gusta. Quizá en mi poesía haya mucho prerromanticismo. Ese tipo con peluca blanca que por debajo es satanista. Mezcla entre razón y sinrazón. Ese Marqués de Sade, por ejemplo, a quien escribí un poema ya en mi primera obra.
Hablemos de poesía y música. Integrantes de un binomio indivisible que, durante siglos, convivieron separados.
A mí la poesía épica me gusta más que la lírica, por ejemplo.
Claro. Hablabas antes de cantar de gesta. Esa relación entre la música y la poesía tan medieval, tan Mío Cid, parece que se recupera con trabajos como el que tú publicas con Loquillo.
Sí. También está Serrat y lo que hizo con Machado o con Miguel Hernández. O Paco Ibáñez, por ejemplo. Lo que hacen es devolverle la poesía a la música y recuperar esa unión. Incluso muchos de los «parapoetas» de los que hablaba al principio son, en esencia, cantautores. En ese sentido es una vuelta a la juglaría, sí.
Cambio de tercio. ¿Cómo alguien tan inclinado hacia el arte termina entrando en algo tan poco artístico como es la política?
Pues te contesto con una frase de Borges: no fui yo quien la eligió, fue la puerta la que me eligió a mí. Porque, lo puedo decir ahora, la política no me interesa nada. Lo intenté hacer de una manera ejemplar en un mundo sin ejemplaridad. Fui director de la Biblioteca Nacional y después secretario de Estado de Cultura. Además, te soy franco, Aznar me caía muy bien, algo que no es muy común en este país, y si él me lo pedía, de algún modo, yo tenía que aceptar. Fue una experiencia interesante, pero, ya te digo, ajena a mis expectativas. Incluso también alejada de mis aptitudes. El político tiene que fingir por obligación de su cargo, es una ficción ambulante, y yo soy incapaz.
¿Se puede hacer arte con la política?
Hay que desvincularse, creo yo. Está El príncipe, de Maquiavelo, que llevaba siempre Napoleón en la faltriquera. Poco más. El escepticismo es lo que mejor le viene a la creación, y la política es dogmática en general. Hay que tener dudas y no ser dogmático. Izquierda, derecha, centro… No. Hay que avanzar a golpe de duda.
Eres académico de historia. ¿Está la literatura de este país lastrada por la historia? Solo hay que ver la fiebre por la novela de la guerra civil.
Puede ser, creo que noto ese lastre. Lo que pasa es que lo noto desde fuera, porque yo no leo novelas de ese tipo. Las detesto. Pero sí, es un lastre. Ese tema de la memoria, siempre conflictiva. Hay que asumir la historia y nosotros no lo hacemos. Pero ya no la reciente, ni siquiera a los Reyes Católicos.
Al final, la historia se repite. El caso es matarse entre hermanos. Llámalo Felipe V, Fernando VII, carlismo, guerra civil… y ahí está el arte, sin olvidar. La novela más vendida de los últimos años, Patria, no deja de ser una lucha entre hermanos.
Exacto. Este país es particularmente fratricida. Cromwell mató a la mitad de la población irlandesa y ahí siguen, estudiándolo. Me han dicho que el libro de Aramburu es muy bueno, por cierto.
Como académico de historia, ¿qué crees que le ha faltado a España para cortar este ciclo fratricida? Pérez Reverte dice que faltó una guillotina.
A Arturo lo respeto y lo leo muchísimo, porque es un novelista de género, pero creo que ahí no tiene razón. Creo que podríamos haber hecho lo mismo que ocurrió en la Francia de Luis XVI pero sin guillotina. Sin derramar una gota de sangre.
Vuelvo a tu poesía para terminar con ella. ¿Eres consciente de que hay poemas tuyos que están continuamente pululando por las redes sociales? Por ejemplo, «El desayuno», mítico poema: «Tengo un hambre feroz esta mañana / Voy a empezar contigo el desayuno».
Ahora lo han puesto en el metro también. E incluso parece que una concejal de Bilbao siempre casa a los bilbaínos con ese poema. ¿Te lo puedes creer? Pero sí, la difusión de la palabra está en auge, también.
Tu poesía es muy visual.
Sí. Me encanta la pintura, el cine, como ya hemos dicho… Un director de cine, Fernando González de Canales, va a hacer una serie con poemas míos. Sí, es muy visual.
Y el cómic, uno de tus soportes fetiche.
Sí, también está muy presente en mi poesía. Fíjate en Tintín [muestra su reloj de pulsera, orgulloso, con la imagen de Tintín en la esfera]. Tengo la gran suerte de que una gran dibujante como es Laura Pérez Vernetti haya lanzado un cómic basado en mi obra. Igual, temáticamente se lleva el 5% o el 10% de mi poesía. Estoy muy ligado al mundo del cómic.
Para alguien cuya pretensión poética más clara es llegar, el hecho de que sus poemas aparezcan en canciones, películas o cómics debe de ser el mayor premio posible.
Lo es. A veces me dicen: yo he ligado con este poema, me consolé con este otro… Eso es maravilloso.
¿Es mayor ese premio que el Premio Nacional de Poesía que recibiste hace unos meses?
Absolutamente. No hay mayor premio que escuchar cómo alguien me dice: «Le he leído “El desayuno” a mi novia y hay que ver lo bien que lo hemos pasado» [risas].
Carlos Mayoral es periodista y escritor. Su último libro es Empiezo a creer que es mentira (Círculo de Tiza).
El llamado Espacio Iberoamericano de Educación Superior (EIBES), que de forma más genérica se conoce como Espacio Iberoamericano del Conocimiento (EIC), es un ámbito geográfico, cultural, educativo, científico y tecnológico en el que los países iberoamericanos apuestan por compartir acciones y recursos que contribuyan al desarrollo del conocimiento y al progreso conjunto, fundamentado en el bagaje cultural común del que forma parte relevante la lengua propia compartida. Parte sustancial del EIC es el desarrollo de un marco de colaboración en la educación superior, en sus distintos niveles de grado y posgrado, así como en la investigación, el desarrollo y la innovación, impulsando el idioma español como lengua clave en la educación superior: vehículo de formación universitaria, difusión científica y comunicación en el ámbito académico.
Algunos datos que avalan la importancia del idioma español son los siguientes 1,2,3:
Por razones demográficas, el porcentaje de población mundial que habla español como lengua nativa está aumentando, mientras que la proporción de hablantes de chino e inglés desciende.
Como recalca Fernando Galván, rector de la Universidad de Alcalá3, «no es esperable que el español sustituya al inglés en el siglo XXI como lengua de comunicación internacional, por ser el inglés el idioma predominante en el ámbito de la ciencia (como en otro tiempo fue el latín)», pero también es cierto, sobre todo en el ámbito de las ciencias sociales y humanidades, que el español es la lengua dominante —y una de nuestras mayores riquezas— en la producción literaria, «factor de cohesión cultural, educativa y de conocimiento compartido por una veintena de naciones que en Europa y América tienen este idioma como lengua oficial».
En el ámbito del EIC, que es en definitiva «un gran espacio de excelencia en español», se enmarcan acciones dirigidas a propiciar la cooperación internacional multilateral, con base en un idioma compartido que refleja los valores de la idiosincrasia de nuestros pueblos, la identificación de nuestras raíces y la hibridación de nuestras culturas.
En el campo de lo concreto, algunas de las líneas de actuación con referencia a la enseñanza superior en el marco del EIC, son las siguientes:
—El reconocimiento y la convalidación académica de estudios y titulaciones superiores, grados, posgrados y doctorados de calidad acreditada, a través de la correspondiente evaluación.
—El impulso de la movilidad académica presencial, semipresencial y virtual y la cooperación científica y tecnológica de estudiantes, profesores, doctores e investigadores de Iberoamérica.
—La creación de redes y consorcios de cooperación universitaria y el desarrollo de proyectos y programas conjuntos de docencia e investigación.
Además de los organismos destinados a coordinar las actuaciones propias del EIC, que son básicamente la SEGIB (Secretaría General Iberoamericana), la OEI (Organización de Estados Iberoamericanos para la Educación, la Ciencia y la Cultura) y el CUIB (Consejo Universitario Iberoamericano), existen otras organizaciones con un radio de acción parecido e incluso más amplio, que también desarrollan espacios educativos en América Latina, como son por ejemplo:
-La Unión de Universidades de América Latina y el Caribe (UDUAL)
-La Red de Universidades Regionales Latinoamericanas (UREL)
-La Asociación de Universidades de América Latina y el Caribe para la Integración (AUALCPI)
-La Organización Universitaria Interamericana (OUI)
-El Espacio Común de Educación Superior de América Latina y el Caribe (ALCUE)
-El Espacio Latinoamericano y Caribeño de Educación Superior (ELACES/ENLACES)
-La Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo (AECID)
-La Asociación Universitaria Iberoamericana de Postgrado (AUIP)
-La Asociación Iberoamericana de Educación Superior a Distancia (AIESAD)
-etc.
Si se compara el conjunto de iniciativas y organismos en el EIC con su equivalente en Europa (Espacio Europeo de Educación Superior, EEES), se observan grandes diferencias. En general, se puede afirmar que en el caso iberoamericano no existe realmente una buena coordinación y unidad de acción, dada la proliferación de organismos, y menos aún una adecuada sinergia entre los mismos, lo que dificulta la definición de una línea de acción clara, homogénea y conjunta. En su lugar, existe una multiplicación de foros de toma de decisión, redes que trabajan en el mismo campo pero de forma aislada, predominio de las acciones dispersas y puntuales, casi siempre insuficientes y de corto alcance, falta de comunicación entre organismos, etc.
En definitiva, a pesar de los muchos años transcurridos desde la creación del EIC (el documento fundacional para establecer las bases de su desarrollo se aprueba en la Cumbre Iberoamericana de Jefes de Estado y de Gobierno de Montevideo de 2006)4, sigue faltando coordinación, impulso, compromiso y liderazgo.
Ante este panorama, ¿cuál es el papel de las universidades?, ¿qué tipo de iniciativas pueden tomar? La pregunta es fácil, pero la respuesta no tanto.
Las universidades iberoamericanas tienen necesidades formativas (sobre todo de posgrado) y de desarrollo investigador, tienen sus estrategias a corto, medio y largo plazo para resolver sus problemas, volverse más competitivas y ocupar un espacio más destacado en el panorama internacional, tienen esperanza en que otras universidades que comparten valores culturales y sociales, y también una lengua común, puedan implicarse para establecer una colaboración, sinérgica, basada en la multilateralidad.
Sigue pendiente, pues, el reto de desarrollar de forma efectiva el EIC, buscando soluciones concretas a los problemas concretos que se plantean a las universidades, los cuales son con frecuencia los mismos para la mayoría de ellas. El reto es complejo, y requiere tiempo. Pero ha de abordarse de forma progresiva y teniendo en cuenta la gran asimetría existente en el sistema iberoamericano.
Ciertamente, ya existe una multitud de acuerdos y convenios bilaterales entre pares de universidades en el marco iberoamericano para avanzar en los objetivos señalados, lo que debe obviamente mantenerse. Pero también es razonable pensar que grupos de universidades, motivadas y capaces, con una base homogénea y puntos en común, quieran formar consorcios de cooperación con objetivos claros y planes de acción compartidos, con el valor añadido que supone contar con todos los recursos del consorcio. Estos consorcios de cooperación, con apoyos institucionales, podrían ser auténticos motores impulsores del EIBES, mediante programas de acción viables, realistas, bien definidos. Sus logros podrían darse a conocer y extenderse como ejemplos de «buenas prácticas», contribuyendo a difundir el modelo de cooperación.
El marco para la creación de nuevos consorcios de cooperación debe tener muy en cuenta algunos factores clave, que competen principalmente a las instituciones que se integran:
Compromiso de los actores implicados (universidades iberoamericanas), con voluntad manifiesta, liderazgo institucional y capacidad organizativa.
Capacidad para identificar tanto los objetivos y planes de acción concretos, como el potencial disponible (recursos materiales y humanos).
Voluntad de buscar el apoyo de los organismos y administraciones educativas responsables de cada país o región.
En lo que a España se refiere, este último punto corresponde al Ministerio de Educación (MECD), como se recoge en su «Estrategia para la internacionalización de las universidades españolas 2015–2020», donde se subraya la importancia del aumento de relaciones entre las universidades españolas e iberoamericanas. También juegan un papel fundamental los gobiernos de las comunidades autónomas (Consejerías de Educación), responsables del fomento de la educación superior con un componente de mayor internacionalización.
Si son las propias universidades las que tienen que identificar, plantear y buscar una solución a sus problemas en el ámbito de la educación superior, son ellas las que deben tomar la iniciativa, pues nadie lo va a hacer en su lugar. El propósito de los consorcios de cooperación mencionados es precisamente ayudar a tomar esta iniciativa, de forma compartida y realista.
Se podrían definir las principales líneas de acción de los consorcios, que no son otras que las que de forma individual se plantean muchas de las universidades iberoamericanas. Sin tener carácter excluyente, algunas líneas de acción son las siguientes:
Establecer programas conjuntos de formación universitaria a nivel de posgrado en áreas de interés común.
Impulsar dentro de esos programas planes de movilidad académica para estudiantes, profesores e investigadores, incluida la movilidad virtual (universidades online), de menor coste y mayor accesibilidad y rentabilidad social.
Promover programas de doctorado conjuntos con participación de doctores de las universidades asociadas, los cuales contribuirían a resolver la necesidad de doctores en Iberoamérica (serían en buena parte el resultado de la movilidad de investigadores).
Establecer programas de formación de investigadores en áreas prioritarias para el desarrollo de la carrera investigadora. Ello contribuiría a contrarrestar el desequilibrio entre universidades orientadas solo a la docencia o básicamente a la investigación.
Crear grupos emergentes de investigación (con un investigador principal —IP— reconocido), que darían lugar a medio plazo a la formación de grupos propios de investigación consolidados.
Impulsar la simplificación y agilización de los sistemas de reconocimiento y homologación de estudios y títulos universitarios (grados, másteres y doctorados), manteniendo los criterios de calidad y transparencia según estándares internacionales y criterios académicos rigurosos. Ello implica impulsar compromisos sobre comparación de estructuras de enseñanzas, reconocimiento y transferencia de créditos, homogeneización de las estructuras de los planes de estudios, etc.
Impulsar y fortalecer los sistemas nacionales y regionales de evaluación y acreditación de los títulos universitarios,
apoyando a las agencias nacionales y regionales de evaluación y acreditación como garantes de la calidad de los mismos. La Red Iberoamericana de Agencias de Evaluación y Acreditación de la Calidad de la Educación Superior (RIACES), así como las agencias de calidad y acreditación de cada país (ANECA en España, entre otras) juegan un papel relevante para armonizar y simplificar los procedimientos.
Desarrollar programas de promoción de los resultados de la investigación, el desarrollo y la transferencia del conocimiento, participando en redes temáticas (por ejemplo, la red IBEROINNOVA, de reciente creación, liderada por la URJC).
Establecer un plan de visibilidad y difusión de las acciones conjuntas, que diera a conocer los resultados alcanzados, atrayendo así a otros interesados en participar.
Uno de los retos más sobresalientes que deben afrontarse es la falta de capacidad investigadora de una gran mayoría de universidades iberoamericanas. Según datos fiables, cerca del 93% de las más de 4.000 universidades existentes en Iberoamérica son instituciones puramente docentes, que prácticamente no producen ninguna publicación científica5.
En todo caso, las líneas de acción anteriormente señaladas no son excluyentes ni representan «compartimentos estancos», pues de hecho, muchas de ellas están estrechamente relacionadas entre sí (programas de doctorado, programas de movilidad, programas de formación de investigadores y de creación de grupos emergentes de investigación, etc.). De ahí el valor añadido que representa la colaboración a través de un consorcio de este perfil, como ya se ha señalado.
Un ejemplo real de cómo se puede avanzar en el desarrollo del EIC según los criterios comentados, lo constituye la reciente creación del consorcio COFUTURO, que se menciona a continuación.
Por iniciativa de tres universidades españolas, la Universidad Internacional de la Rioja (UNIR), la Universidad de Alcalá (UAH) y la Universidad Rey Juan Carlos (URJC), se crea un consorcio de cooperación denominado «COFUTURO» que se pretende ajustar a todo lo indicado anteriormente, incorporando de forma progresiva a un buen número de universidades iberoamericanas que compartan los principios, los retos y los planes de acción de forma conjunta.
Un componente importante de este consorcio es precisamente el desarrollo de programas de educación superior a distancia (geográficamente hablando), basados en entornos virtuales de aprendizaje (enseñanza semipresencial), manteniendo los mismos niveles de calidad que las modalidades presenciales. En esta modalidad de formación, con clases «presenciales-virtuales», serán importantes las herramientas tecnológicas ya citadas, la experiencia en el manejo de las mismas, y la preparación de buenos materiales de estudio.
Las nuevas tecnologías que han llevado al término «explosión del aprendizaje online», son cada vez más ampliamente utilizadas por todas las universidades, produciendo cambios importantes en las metodologías y como consecuencia en los resultados del aprendizaje. Por ello, ejemplos de cursos masivos abiertos, online, como son los MOOCs, podrán ser parte destacada de las actividades formativas en el marco del consorcio5.
La constitución del consorcio COFUTURO se establece mediante los convenios oportunos entre las universidades, incluyendo por un lado las universidades promotoras y por otro a las universidades que se vayan incorporando mediante los oportunos acuerdos de adhesión, todas con idéntico estatus.
Este consorcio se dotará de los órganos de gobierno pertinentes (presidente y consejo de dirección), habiendo en ellos representación de todas las universidades miembros, así como de un consejo consultivo formado por personas reconocidas de experiencia contrastada y personalidades de la administración con competencias y experiencia en el EIC. El consorcio se dotará de los medios de coordinación y los grupos de trabajo necesarios para poner en marcha y desarrollar todos los planes de acción que se vayan decidiendo.
Las actuaciones del consorcio COFUTURO se harán contando en todo lo posible con el MECD, a fin de contribuir al despliegue de su Plan para la Internacionalización de las Universidades Españolas 2015-20. Se espera dar a conocer públicamente este nuevo consorcio de cooperación, con ocasión de la celebración de próximos encuentros internacionales de educación superior.
BIBLIOGRAFÍA
En 2014 Nueva Revista publicó un primer volumen extraordinario (nº 151) sobre «La universidad española. Reformas pendientes» que tuvo una buena acogida, como lo prueban sus tres ediciones.
Hoy tengo el honor de introducir este segundo volumen sobre la misma temática, que encuentra su justificación y oportunidad en tres motivos. Porque en los veintiocho artículos del primero no se pudieron abordar algunas cuestiones que son relevantes para entender la problemática de nuestras instituciones. Porque allí se señalaron rasgos y circunstancias que lastran la calidad del sistema, que se mantienen prácticamente invariables y sobre los que conviene seguir insistiendo. Porque resulta oportuno que la universidad no quede al margen de un posible Pacto Educativo que necesariamente debe contemplar reformas, entre ellas probablemente algunas de las sugeridas por los autores de este libro.
Con todo, el nuevo volumen no pretende ser una reiteración del anterior, sino un complemento. Insiste en el análisis de algunas cuestiones y repite determinados autores, pero introduce nuevos tópicos, otros redactores y sobre todo utiliza un enfoque distinto. El del primer volumen fue eminentemente «temático». En él se diferenciaron diez grandes asuntos sobre los que diferentes especialistas emitieron sus opiniones, sus diagnósticos y sus propuestas. Ahora damos la voz a distintos interlocutores vinculados con el mundo universitario para que expongan sus ideas sobre la problemática de las instituciones. Este es un libro de stakeholders que en versión libre podríamos traducir como «presuntos implicados», en este caso, en el mundo universitario. No hemos podido dar la palabra a todos los grupos de implicados en la actividad universitaria, pero sí al menos a los más importantes: expertos nacionales y extranjeros, partidos políticos, representantes de la sociedad, de las empresas o de los estudiantes. El volumen incorpora, como el primero, una aproximación al espacio iberoamericano de educación superior, un territorio preferente de relaciones e intercambios con nuestro sistema y dos artículos uno que abre y otro que cierra el sumario.
Hemos tenido el honor de contar con la participación del presidente de la CRUE, Segundo Píriz, quien escribe un artículo inicial sobre la universidad española y los retos a los que se enfrenta en esa larga trayectoria hacia una mejora permanente de la calidad, inspirado en su comparecencia (junio 2017) ante la Comisión de Educación del Congreso de los Diputados. Y con la aportación final del editor de Nueva Revista, Miguel Ángel Garrido Gallardo, quien en su post scriptum, «La excelencia como objetivo», realiza una interesante reflexión sobre los rankings universitarios.
Todos los autores que colaboran en este número tienen un buen conocimiento sobre los asuntos universitarios. Hemos reservado la palabra expertos, cuya voz conforma el primer gran apartado, para aquellas personas, profesores e investigadores, que además de a su disciplina, prestan una especial dedicación a los temas universitarios. Evidentemente, en el país hay muchos más de los aquí invitados a participar, pero los límites de la publicación han impedido contar con todos. Si este doble volumen se convirtiese algún día en trilogía ampliaríamos los temas y los participantes.
En la voz de los expertos se analizan y se ofrecen propuestas sobre los grandes asuntos del sistema universitario español. Un sistema que Aldás-Manzano recuerda que es mucho más heterogéneo de lo que a veces afirmamos y en el que preocupan cuestiones como la selección del profesorado, la gobernanza, la salud de la investigación, la financiación, los rankings, los títulos, la empleabilidad, la internacionalización o el uso de las nuevas tecnologías. Nadie puede negar que todas son cuestiones de gran envergadura que exigen reflexiones sosegadas y propuestas sensatas para corregir las deficiencias o insuficiencias que lastran y merman la calidad de su funcionamiento.
Creo que hay un acuerdo generalizado en reconocer que la universidad española ha progresado adecuadamente en los últimos veinticinco años, pero que necesita mejorar en muchos de sus componentes básicos como son los ámbitos analizados. Y creo que son muchos los que juzgan que los cambios que la universidad precisa deben llevarse a cabo en un marco de gran flexibilidad y a través de medidas consensuadas. Si la universidad española es mucho más diversa de lo que a veces pensamos, las soluciones para enfrentar sus grandes desafíos o los problemas de sus estructuras o funcionamiento pueden ser también diversos. Y debe ser posible elegir entre distintas opciones el modelo que cada cual quiera impulsar.
Por eso nos ha parecido útil incluir en el número un segundo bloque con experiencias internacionales sobre algunos asuntos relevantes. Trasplantar tales prácticas sin tener en cuenta las características de nuestro contexto (en especial los constreñimientos legales y financieros) puede resultar complicado o poco efectivo. Pero las experiencias de éxito siempre tienen componentes que aplicados con flexibilidad pueden contribuir a sortear algunos escollos a los que se enfrenta la singladura actual de nuestras instituciones. Aquí hemos querido incluir tres ejemplos de «buenas prácticas» sobre los sistemas de gobierno, la selección del profesorado y la financiación. En el caso de la gobernanza hemos pedido a Urbain Ben DeWinter que analizase el modelo de las universidades en USA. Para la selección del profesorado Robert Mudde ofrece el ejemplo de la universidad holandesa de Delft. Y para la financiación el expresidente de la Conferencia de Rectores de las Universidades Italianas, Stefano Paleari, y sus colaboradores presentan la experiencia italiana en el contexto europeo.
Como suele decirse para tantas otras cosas, la universidad es demasiado importante como para dejarla solo en manos de los académicos. A partir del tercer bloque damos la voz a otros interlocutores. En primer término, a representantes cualificados que escriben desde la perspectiva de los principales partidos del arco parlamentario: PP, PSOE, Ciudadanos y Podemos. En cada artículo se combinan sus diferentes, y a veces contrapuestos, análisis, reflexiones, críticas y propuestas. Como es lógico, hay convergencias y divergencias en sus planteamientos, que deben ser sometidas al filtro del análisis comparado y del diálogo si se quiere llegar al establecimiento de un Pacto Educativo, también para la universidad. Creo que merece la pena leer con atención estos trabajos, no solo porque sus redactores ponen de manifiesto un buen conocimiento del mundo universitario, sino porque sus aportaciones señalan los derroteros posibles a través de los que puede discurrir una necesaria reforma de la universidad. Además, y eso es positivo, hay muchas coincidencias entre las propuestas formuladas por estos representantes y las que emanan de los análisis de los expertos, de los incluidos en este volumen y de otros muchos informes que han ido formulando diagnósticos y acciones para mejorar la salud de nuestra «alma mater».
Para ofrecer la voz de la sociedad (quinto bloque) hemos acudido a personas representativas de los Consejos Sociales (presidente y vice-presidente de la Conferencia de Consejos Sociales de las Universidades Públicas Españolas) a fin de indagar cómo ven ellos el papel desempeñado por tales organismos y qué reformas proponen para la universidad, que no puede vivir de espaldas a la sociedad. La experiencia de los Consejos Sociales es agridulce, para ellos mismos y para las universidades a las que pertenecen. Probablemente hay otras maneras de hacer más eficaz la presencia de los interlocutores sociales en la universidad. Circulan algunas propuestas con ese fin que no han tenido mala acogida. Por ello es conveniente conocer de forma directa la opinión que los Consejos Sociales tienen acerca de estas fórmulas y en general qué cambios sugieren para esa mayor interacción de la sociedad con la universidad.
Y de la misma manera resulta muy útil escuchar la voz de los empresarios (sexto bloque). Con frecuencia hablamos de los desencuentros entre las universidades y las empresas. Creo que en este, como en tantos otros ámbitos, las cosas han mejorado, aunque el camino hacia un mejor entendimiento resulte todavía largo y no esté exento de dificultades. Pero que no sea fácil no significa que no debamos emprenderlo, ligero el equipaje de reproches mutuos y con espíritu de intensificar una colaboración que será beneficiosa para ambas instituciones.
La opinión de la universidad sobre lo que quieren de las empresas ha sido expresada muchas veces. Aquí pretendemos conocer de cerca lo que las empresas demandan a la universidad, de manera particular en el terreno de la formación de los titulados. Para ello hemos contado con la ayuda inestimable del presidente y vicepresidente del Círculo de Empresarios, siempre interesados por los temas educativos.
Los profesores, los responsable académicos, la sociedad, las empresas, los políticos… para completar el elenco de implicados, no podía faltar la voz de los usuarios (cuarto bloque). Hemos invitado a dos que además de estudiar en la universidad española han tenido responsabilidades en asociaciones estudiantiles. A ambos les pedimos que formularan sus juicios sobre los cambios que habría que hacer en nuestras facultades y escuelas para el mejor cumplimiento de sus fines y cuál era su valoración sobre la formación recibida para el desempeño de una actividad laboral.
Por último, nos pareció esencial conocer la voz decisiva de la Administración a través de la entrevista realizada al ministro de Educación que amablemente accedió a colaborar en este número.
Creo que el lector tiene ante sí un riquísimo material para conocer lo que es, lo que no es y lo que debe ser la universidad española. En él se entremezclan ingredientes de diagnóstico, de crítica razonada, de reflexión meditada y de propuestas posibles para una institución mejor. Propuestas no siempre coincidentes y a veces fuertemente encontradas porque la universidad es plural y hemos pretendido que el volumen refleje esa pluralidad. Este no es un libro de autor, sino de autores, cada uno de los cuales ha expresado con libertad sus opiniones o las que cree debe defender. No debe preocuparnos ese componente de diversidad porque lo que pretende el libro es contribuir al debate sobre lo que debe ser y hay que hacer en nuestras universidades.
Y permítanme en las últimas líneas de esta introducción agradecer a los autores su trabajo presidido por el conocimiento y la seriedad. Sé que a todos los alejé de sus importantes tareas cotidianas para hacer un alto en el camino de la reflexión universitaria. Espero que compartan conmigo que su esfuerzo ha merecido la pena. Gracias también a Nueva Revista y a UNIR por creer que podemos tener una universidad mejor y por confiarme la coordinación de este volumen.
Y no prolongo más su irrefrenable deseo de leer el libro. Conscientemente no he querido hacer comentarios a los contenidos concretos de cada artículo. Eso se lo dejo a ustedes, que podrán sacar de la lectura sus propias conclusiones.
Frente a la Navidad hay tres actitudes posibles: celebrarla como el nacimiento del Hijo de Dios, que es su sentido literal; celebrarla como una tradición bonita, pero al margen de su significado estricto; ignorarla, precisamente por su sentido originario.
Dejando a un lado las creencias personales, el carácter pluralista de nuestra sociedad aconseja ignorar la Navidad. O al menos, aguar en lo posible su significado original. Desde luego, parece fuera de lugar celebrar públicamente el nacimiento del Mesías, en una sociedad donde muchos no creen en el Evangelio.
Y sin embargo ahí está la tradición con toda su fuerza social, difícil de ignorar. Manifestada -no en último lugar- en unas bien merecidas vacaciones que permiten que las familias se reencuentren y estrechen lazos (o viceversa), y los niños jueguen con sus regalos.

Por eso resulta tan sensata la segunda opción: celebremos la navidad con minúscula. Ofrezcamos al público lo dulce de esta fruta, pero extrayendo previamente las semillas, tan indigestas. Podemos seguir contando la historia de la Navidad en versiones para niños, como una fábula moralizante y entretenida. El Niño Jesús, puesto al mismo nivel de los Reyes Magos o del reno Rudolf, resulta enternecedor e inofensivo. A los adultos dadnos algo para excitar nuestra nostalgia ochentera, y dejadnos hacer cola en la FNAC.
El Niño Jesús, puesto al mismo nivel de los Reyes Magos o del reno Rudolf, resulta enternecedor e inofensivo
Sin embargo, esta segunda opción, tan sensata y pluralista, es parasitaria de la primera, una inaceptable apropiación cultural, me temo. Pero yo no tengo problema en dejarme chupar la sangre. Aunque a cambio reclamo el privilegio de definir y explicar qué es la Navidad, y cómo sería el mundo si no hubiera nada que celebrar o fuera sin más un mito almibarado útil para dar cohesión y rostro humano a una sociedad consumista.
Hay una dimensión horizontal de la Navidad que es ciertamente digerible para un estómago agnóstico: una familia emigrante; el rechazo de la sociedad acomodada; la compañía de los animales, de los astros y de los marginales; las flautas de los pastores; la ternura maternal de María; el afecto entre viril y amanerado de José.
Pero todo esto solo se sostiene por la dimensión vertical del Misterio. El Niño es Rey, como cantan los ángeles con trompeta celestial. El Niño es Dios, la Madre es Virgen, José obedece. Este es el verdadero consumismo de la Navidad, lo que los Padres de la Iglesia llamaban el “admirable comercio” entre Dios y los hombres. Dios que se hace hombre para que el hombre pueda hacerse Dios. La ocurrencia bíblica de que el hombre y la mujer fueron creados a imagen de Dios, confirmada -frente a tanta prueba en contrario-, por un Dios que adopta rostro humano.
Todo esto solo se sostiene por la dimensión vertical del Misterio. El Niño es Rey, como cantan los ángeles con trompeta celestial
Sin esta dimensión vertical de la Navidad, nuestra idea de dignidad humana queda sin otro fundamento que la empatía. Pero también los gatitos de youtube nos enternecen. Si el Niño no es Rey, terminaremos admirando más el palacio de Herodes en nuestros Belenes que el cobertizo de la escena del nacimiento. Acabaremos sintiendo más ternura por las ovejitas, el buey o la mula, que por los niños degollados por el rey de los judíos.
Y eso mientras escuchamos villancicos cantados por voces repipis, rajamos del turrón y brindamos con cava.
No es que esté indignado: pintaos de negro y tocad mi jazz si os apetece. Estoy tan solo indigesto. Esa Navidad tibia y puramente horizontal, tan digerible y sin hueso, yo “estoy para vomitarla de mi boca”, que diría el autor del Apocalipsis.
En cualquier caso, felicidades a todos y a todas en estas fiestas tan entrañables.
Jaume Pagès, consejero de Universia, ex rector de la Universidad Politécnica de Cataluña, catedrático de Ingeniería de Sistemas, visitó ayer UNIR para disertar sobre El Gobierno de las universidades iberoamericanas.
Pagès se preguntó hasta qué punto se podía hablar de universidades iberoamericanas, puesto que en realidad Brasil se singularizaba mucho. Las diferencias procedían de los dos estilos de conquista que hubo.
La colonización portuguesa fue en la costa brasileña y la relación con Lisboa desde allí fluía. La elite iba a formarse a la Universidad de Coimbra y luego volvía a América. En Brasil no se crearon universidades hasta el siglo XX, ya con estatutos modernos. La Universidad de Sao Paulo copió directamente el de la Escuela Politécnica Federal de Zúrich. Se las dota de autonomía y se les asignan presupuestos que son el 10 por ciento de los ingresos del Estado. De ahí que en Brasil “no se preocupen” por la financiación: ahorran en los años de euforia (mayores ingresos del Estado) y tiran de esos recursos cuando al Estado no le va tan bien. Su autonomía las pone a realizar proyectos a veces tan sorprendentes como el cultivo de vinos de calidad. La tasa de cobertura resulta muy baja: del 18 por ciento (la media europea es del doble; en España está en el 40 por ciento). La demanda es extraordinaria. La oferta privada solo a veces se podría calificar de calidad.
En Brasil no se crearon universidades hasta el siglo XX, ya con estatutos modernos. La Universidad de Sao Paulo copió directamente el de la Escuela Politécnica Federal de Zúrich.
En la “parte española”, entre los ilustres ejemplos de universidades que se disputan ser las primeras de América, y que cada una en algún sentido lo es, se cuentan la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD), la Universidad Nacional Mayor de San Marcos (UNMSM, Lima) y la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). En su origen eran todas instituciones relacionadas con la Iglesia y con las órdenes religiosas, y con estatutos adaptados de los que entonces regían la Universidad de Salamanca. En la zona de influencia española, las singularidades se reflejan hasta en el hecho de que al rector lo elijan alumnos, como ocurre en la Universidad del Rosario (Colombia). Eso sí, es un grupo selecto al que se forma para que acierte con el candidato.
La mayoría de las universidades en Iberoamérica son privadas, y las públicas han evolucionado tanto que algunas como la UNAM funcionan como gigantes ministerios. La biblioteca nacional de México forma parte de la UNAM, el servicio meteorológico también y posee el estadio olímpico y un equipo de fútbol propio. Particularidad hay también en Buenos Aires, donde en realidad, sostuvo Pagès, lo importante consiste en matricularse. La matrícula es gratis y el ser estudiante conlleva otras ventajas económicas.
La mayoría de las universidades en Iberoamérica son privadas
A Pagés lo presentaron Pedro González Trevijano, catedrático de Derecho Constitucional y director del Foro de Nueva Revista dedicado a estudiar el gobierno de las universidades, y Miguel Ángel Garrido Gallardo, editor de Nueva Revista. Sostuvo González Trevijano que tanto Ortega y Gasset, con su Misión de la Universidad, como Giner de los Ríos, con su Universidad española, que se preguntaban por los contenidos que enseñar y por cómo había de ser la formación de los profesores, ahora tendrían muy en cuenta también el factor de cómo gobernar las universidades, independientemente de que fueran públicas o privadas.
En la segunda parte del seminario hubo un debate con una serie de expertos. Federico Morán, catedrático de la Universidad Complutense (Madrid), se interesó por la ratio de universidades públicas y privadas en Iberoamérica. Jaume Pagès no disponía en ese momento del dato exacto, pero sí sabía con certeza que la proporción era muy favorable a las privadas, salvo en el caso de Argentina. Aunque incluso en Argentina el mayor número de egresados procedía de las privadas, no de las públicas (gratuitas). En Uruguay lo público era también muy importante. El beneficio para las instituciones privadas de enseñanza, en consecuencia, arrojaba cifras considerables, con rendimientos económicos del 15 al 20 por ciento.
Luis Delgado, doctor en Físicas, del SEPIE, observó que Brasil ahora estaba convergiendo con el resto del espacio iberoamericano hacia el tipo de universidad clásico, docente e investigadora, y que lo decisivo era lo que ya es decisivo para todos: órganos capaces de tomar decisiones y buen sistema de selección. Jaume Pagès añadió a ese comentario que, en efecto, la apertura al mundo empresarial ya no era un tabú en las universidades iberoamericanas porque las universidades públicas en buena medida se desvinculaban de procesos revolucionarios, aunque tenía más peso la cooperación que la relación con la empresa.
La apertura al mundo empresarial ya no es un tabú en las universidades iberoamericanas
Javier Uceda, catedrático de la Universidad Politécnica de Madrid, apuntó al proceso de reclutamiento de profesores, de más trascendencia que el de rector. El relato de Pagès había puesto de manifiesto la enorme diversidad de las universidades iberoamericanas, para lo mejor y para lo peor, y la extraordinaria demanda que existe. Lanzó este catálogo para la excelencia: 1.º fomentar la capacidad de decisión del equipo rector, con responsabilidad, rindiendo cuentas; 2.º la autonomía académica; 3.º vocación universitaria sin que el lucro fuera lo más importante y 4.º que se incorporen al gobierno personas singulares especialmente cualificadas del mundo social y empresarial. Jaume Pagès añadió a esas palabras, con las que estaba de acuerdo, que de las cuatro mil universidades iberoamericanas, en realidad lo serían solo unas cien. Muchas escuelas de peluquería, por ejemplo, se calificaban a sí mismas de universidades.
Guillermo Calleja, catedrático de la Universidad Rey Juan Carlos, insistió en la idea de responsabilidad: el profundo sentido de responsabilidad que han de tener los que gobiernan las universidades. Por sí mimas, las universidades sin ánimo de lucro no eran ni mejores ni peores. Lo concluyente eran los resultados.
Sofía Unda, profesora de la Facultad de Educación (UNIR), mencionó un estudio de la Universidad Autónoma de Madrid de 2013 sobre el gobierno de las universidades, en el que participó, y en que se puso de manifiesto la falta de capacidad ejecutiva en la universidad, la inoperatividad en muchos casos de la pública y el papel difuso de los consejos sociales. Intervino también José Iribas, director de Expansión Académica de UNIR, interesándose por el avance en la colaboración hispano-americana de tal manera que, por ejemplo, muchos iberoamericanos vengan a estudiar a España o que se creen cursos de postgrados adecuados allí con universidades españolas. Jaume Pagès respondió aludiendo a la necesidad de trabajar caso a caso, con realismo, viendo las necesidades sobre el terreno.
A la sesión asistieron también Alejandra Bonilla Leguizamón (ministra consejera de la Embajada de Colombia en España), Jesús Gualix (sindicato de enseñanza privada FeSP-UGT) y Juan José Santos Marcos (Organización de Estados Iberoamericanos, OEI).
Valeriano Gómez, ex ministro de Trabajo, se remontó ayer al origen del sistema de pensiones (Alemania, 1883, con Otto von Bismarck y la Ley del Seguro de Enfermedad) para afirmar que las pensiones entonces resultaba relativamente fácil asegurarlas: eran pocos los que alcanzaban edades considerables y por lo tanto posible la financiación con una cotización baja. Aun así, en España, lo que suponía la Ley de Retiro Obrero quebró antes de la guerra civil y realmente no se puede decir que el sistema de pensiones funcionara hasta 1972, con la Ley de la Seguridad Social. El sistema moderno de pensiones en España, pues, apenas tiene medio siglo de vida. “Ha ido madurando” hasta suponer “un gasto de 11 puntos de nuestro PIB” y “casi el 50 por ciento del gasto social”; es “la pieza fundamental del estado de bienestar” y había que sostenerlo.
“La reforma de 2013 reduce el gasto sobre la base de la congelación; no actualiza las pensiones” (Valeriano Gómez)
Había que sostenerlo. Pero ¿con qué reformas? España, continuó Gómez, había venido consensuado bien las reformas, con diálogo, con participación de todos los agentes sociales, hasta la última de 2013. “No hubo juego: se decidió el resultado”. “Nos alineamos con Lituania y con Irlanda y somos, como ellos, los únicos que no actualizamos las pensiones”. Con la reforma de 2013, el índice de revalorización de las pensiones (IRP) no revalorizará. Gómez defendió que los pensionistas y los futuros pensionistas deben saber de forma clara por dónde anda su poder adquisitivo, “y ahora no lo saben”. Solo así se estará en condiciones de reaccionar. Si la reforma de 2013 reduce el gasto “sobre la base de la congelación, ¿para qué sirve esa reforma?”, se preguntó. Habría que ajustar los ingresos del sistema al poder adquisitivo. Mencionó el artículo 41 de la Constitución, que impide hablar de un modelo único de seguridad social. Y esto lo hizo en el contexto de la caída demográfica. Añadió: “No soy partidario de reglas fijas”, sino de ajustes según las circunstancias; “sabemos cómo funciona el sistema de pensiones tanto como la política monetaria” y en consecuencia las medidas necesarias para estimularlo.
José Antonio Herce, socio de Analistas Financieros Internacionales (AFI), en un tono más coloquial, defendió que hay que “reinventar la seguridad social” parafraseando a John F. Kennedy: “No se trata de preguntarse qué puede hacer por nosotros la seguridad social, sino nosotros por ella”. De media, vivimos dos meses y medio más por cada año que pasa, de tal manera que asegurar el sistema de pensiones ahora equivalía a que en la época de Bismarck se hubiera asegurado las pensiones hasta edades en torno a los noventa, a las que casi nadie llegaba: desembolsos imposibles para el Estado. Solo hacía falta acudir a las tablas de mortalidad que publica el INE para percatarse de que no podíamos seguir engañándonos. No se trata de que los “robots nos vayan a quitar el trabajo, que no nos lo van a quitar”, al revés (sostuvo), ni de hacer que los robots cotizaran a la seguridad social (“mejor sería comprar acciones de las empresas que fabrican los robots”), ni de asegurar rentas básicas. El ajuste de 2013 era dañino pero no había salida. Añadió al cóctel de dificultades la dependencia y la financiación de la dependencia y concluyó de nuevo con que había que reinventar el sistema de pensiones.
“No se trata de preguntarse qué puede hacer por nosotros la seguridad social, sino nosotros por ella”. (José Antonio Herce)
José Ignacio Conde-Ruiz, subdirector de FEDEA, subrayó la caída alarmante de la tasa de natalidad en España y eso le facilitó afirmar que la reforma de las pensiones de 2011, que puso en 67 la edad de jubilación, ha sido la más importante desde los años ochenta. La de 2013 “tenía otra lógica”: asegurar la sostenibilidad con menos pensión a partir de 2019, ante la mayor esperanza de vida. En cualquier caso, el efecto por las restricciones presupuestarias hubiera sido el mismo, porque “no se puede gastar de donde no hay: es como la ley de la gravedad”. La revalorización solo sería posible con más impuestos y entramos en un círculo vicioso. “Las restricciones presupuestarias siempre se van a cumplir”. La caída de pensiones es clara, según sus cálculos: 1000 euros de ahora a los 65 años serán 700 a los 85 y 600 a los 95. Cae el poder adquisitivo y si sube la inflación, cuando suba, el escenario es de bomba de relojería, a cuya explosión se une la injusticia de que los últimos años de la vida laboral son los que más cuentan para calcular la pensión de jubilación. Conclusión y reto: hay que buscar otros mecanismos que no sean la congelación. Conde-Ruiz recurrió a las ideas de William Beveridge: edades de jubilación flexibles, cuentas nocionales y planes de pensiones personales y empresariales adicionales a los públicos.
Caída de pensiones: 1000 euros ahora a los 65 años serán 700 a los 85 años y 600 a los 95. (José Ignacio Conde-Ruiz)
Luis Miguel Ávalos, director de UNESPA, evitó la “perspectiva alarmista” y defendió tres pilares para la sostenibilidad de las pensiones: empresas y pensiones individuales sumadas a la pública. Hay que hablar más de las pensiones complementarias porque es la clave, y no se habla o se habla poco. Había que profundizar mucho más en la previsión social dentro del ámbito de la empresa.
Hay que hablar más de las pensiones complementarias porque es la clave, y no se habla o se habla de ellas o se habla poco. (Luis Miguel Ávalos)

José Antonio Herce. Foto: David Muñoz
Juan Francisco Gimeno, economista del Banco de España, dentro del turno de réplica, objetó que el sistema de pensiones hay que cambiarlo no porque no esté consensuado, sino porque no es sostenible. Y para hacerlo sostenible primero había que preguntarse por los objetivos que se quieren cumplir. ¿El mantenimiento de nuestros nivel de vida y de renta tras la jubilación? ¿O lo fundamental es un fondo contra la pobreza? ¿Qué tipo de seguridad queremos y qué nos queremos gastar? Ni siquiera con fondos privados, ante la volatilidad de los mercados, estaba asegurado el éxito en la consecución de un capital privado tras la jubilación.
“¿Qué tipo de seguridad queremos y qué nos queremos gastar?” (Juan Francisco Gimeno)
Carlos Bravo (CC.OO.) dijo que las cuentas nocionales suponían la reducción de prestaciones en un 40 por ciento y perjudicarían a las mujeres y a los autónomos. Introducir mecanismos de corrección, según él, podría hacer la cosa tan complicada como en este momento es complicada. Luego estaba la protección de la dependencia. Si se añadía la devaluación del factor trabajo y que el incremento de producción no se traduce en incremento de salario, el panorama era que el sistema actual nos aboca a Beveridge, es decir, al abandono del sistema público de pensiones, algo con lo que Bravo no está de acuerdo.
Borja Suárez, profesor de la Universidad Autónoma de Madrid, pintó también un escenario duro porque la prueba dura al sistema de pensiones vendrá con la jubilación de la generación del baby boom. Sumado a un mercado de trabajo precario, a la ruptura laboral de 2012, a la uberización de la economía digital, le llevaron a proponer una sostenibilidad del sistema de pensiones no solo social, “sino jurídica y financiera”. Auguró que el IRP de la reforma de 2013 será declarado inconstitucional. Su modelo es Frances Perkins, secretaria de Trabajo de Estados Unidos con Franklin Delano Roosevelt, para quien la democracia implica sistema de pensiones.
Manuel Herrera, catedrático de Sociología y profesor del máster en Intervención Social en las Sociedades del Conocimiento de UNIR, introdujo la perspectiva de su disciplina en el debate: había cambiado el modelo de familia basado en el género, había cambiado el trabajo, el estilo de vida. La reforma de las pensiones tenía que tener en cuenta esto si no desea terminar en el fracaso.

José Ignacio Conde-Ruiz. Foto: David Muñoz
Elisa Ricón, directora general de INVERCO, inyectó un tono delicado a línea argumental: “España siempre ha cuidado a sus mayores y no tengo duda de que los seguiremos protegiendo”. Somos el país más longevo después de Japón, y “eso porque cuidamos bien”. Nuestro meta no es empeorar, sino “ganar a Japón”. ¿Cómo? De nuevo: con sistemas complementarios. Ahorrando e informando bien a los ciudadanos.
“España siempre ha cuidado a sus mayores y no tengo duda de que los seguiremos protegiendo” (Elisa Ricón).
Raymond Torres, economista de Funcas, denunció el “fetichismo” de la edad de jubilación y apuntó el modelo austríaco de pensiones como un buen ejemplo a seguir en España.
Cándido Méndez, ex secretario general de UGT, protagonista él mismo de dos acuerdos sobre pensiones, concluyó con que el problema es más profundo que esos acuerdos que él firmó, con los que al fin y al cabo se trataba de “demorar”, de “ganar tiempo”, porque básicamente volvía a lo de Conde-Ruiz: no se puede sacar de donde no hay.
A la pregunta de un alumno de UNIR a Valeriano Gómez sobre la sostenibilidad del sistema, Gómez dijo que sí, que pensaba que era sostenible, pero “sobre la base de un esfuerzo mayor”.