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Ver productosEspaña tiene un sistema de pensiones de los denominados de reparto, es decir, un sistema en el cual aquellos que están trabajando financian la pensión de los que se han jubilado. El funcionamiento del sistema de reparto es muy intuitivo, porque, al fin y al cabo, es así como han funcionado las sociedades desde tiempo inmemorial. Los que estaban en edad activa cuidaban y se ocupaban de proteger, hasta donde les permitían las circunstancias y su nivel de vida, de los demás: los hijos y los mayores. Así, que el sistema de reparto tiene esa ventaja. Forma parte de lo que ha sido nuestra manera de vivir en sociedad. La diferencia es que antes se producía a través de prestaciones en especie, a través del cuidado familiar fundamentalmente, y ahora se hace sobre todo a través de prestaciones económicas.
En los países desarrollados esto es un logro relativamente reciente. Procede de la decisión de un gobierno, del gobierno alemán de la época, que en los últimos años ochenta del siglo XIX decidió poner en marcha un conjunto de medidas de índole laboral, de protección social, que configurarían una parte de lo que hoy denominamos en Europa sistemas de protección social de carácter continental. Es decir, aquellos que se desarrollaron en el continente, a diferencia de los que se impulsaron más tarde, unas décadas más tarde, en las islas del otro lado del canal de la Mancha, y en algunos Países del norte de Europa.
Una anécdota histórica: cuando Bismark, que era primer ministro de aquel gobierno alemán que aprobó el primer sistema de pensiones europeo, salía de la reunión del Parlamento alemán donde se aprobó la ley, algunos periodistas le preguntaron por los objetivos que se perseguían y cómo había sido posible aprobar aquella norma. Lejos de lo que se pensaba —contestó— aquella norma no estaba tanto destinada a desarrollar un sistema de protección social al alcanzar la edad de jubilación, como (Tony Judt lo relata en su monumental obra Posguerra) a expulsar a «estos monstruos de la vida política alemana». Los monstruos eran los socialdemócratas, que entonces ya habían desarro- llado un intenso proceso de movilización política: medidas de protección ante la pobreza infantil, fundamentalmente, ante los accidentes de trabajo, que eran muy numerosos en aquella época, y ante la pobreza tras la jubilación.
Las pensiones son un seguro frente a la contingencia de ser pobre una vez que te jubilas
Las pensiones en realidad son un seguro frente a la contingencia de ser pobre una vez que te jubilas. Lo que en realidad estás asegurando es impedir que cuando te jubiles carezcas de rentas. Era muy fácil, más que ahora en muchos aspectos, hacerlo entonces. Fue muy importante y fue un avance fundamental para las sociedades de la época. ¿Por qué era fácil hacerlo entonces? Porque en realidad bastaba con una cotización relativamente baja, ya que eran pocos los que alcanzaban la edad de jubilación y menos los que vivían mucho tiempo después de jubilarse. Y en ese contexto era relativamente fácil financiar un sistema como el de reparto. No había que esperar a que la gente acumulara un conjunto de ahorros a lo largo de su vida. Bastaba con que aquellos que estaban trabajando pudieran efectivamente financiar la pensión de jubilación de los que ya habían alcanzado una cierta edad.
Con el tiempo, los sistemas fueron madurando. En España nuestro sistema, históricamente hablando, no comenzó siendo de reparto sino de capitalización. Se creó en 1919 con la Ley de retiro obrero. Fue un sistema de capitalización, pero terminó quebrando en medio de las convulsiones económicas y políticas causadas por la guerra civil y el periodo de autarquía y declive económico posterior. A lo que asistimos con posterioridad fue a intentos sucesivos de crear un sistema moderno de pensiones. Se alcanzó en los años sesenta del siglo pasado y terminó plasmándose desde el punto de vista legal en la Ley de la Seguridad Social en 1972, una ley que terminó de dar consistencia a un conjunto de figuras generalmente de carácter gremial que habían sido constituidas alrededor de las mutualidades obreras, fundamentalmente, y que no tenían carácter generalizable hacia el conjunto de los asalariados.
Nuestro sistema, pues, como hoy lo conocemos, apenas tiene medio siglo. Hoy gasta aproximadamente 11 puntos de PIB. Es poco si lo comparamos con lo que se gasta en buena parte de los países desarrollados continentales que emplean en torno a 14, 15 o incluso 16 puntos del PIB. Pero es mucho si lo comparamos con nuestro nivel total de gasto social: casi el 50% de nuestro gasto social es un gasto en pensiones. En el conjunto de países europeos continentales ese porcentaje supera ampliamente el 50% y llega en algunos casos a superar también el 60%.
Frente a lo que ocurría hace casi un siglo y medio, cuando comenzaron a desarrollarse los primeros sistemas de pensiones, en estos momentos el sistema de pensiones es la pieza fundamental del Estado de bienestar en el conjunto de los países europeos y por supuesto en España. Además, es la pieza fundamental en un contexto en el que todos esperamos que, con el tiempo, el sistema siga necesitando un volumen mayor de fondos, provenientes naturalmente del conjunto de la economía, para poder sostenerlo en el tiempo. Aquello que comenzó siendo un reto relativamente fácil de abordar de forma general, hoy, más de un siglo después, está ante sociedades cada vez más envejecidas como consecuencia de la evolución de su esperanza de vida y de la caída de las tasas de fecundidad.
¿Qué es lo que le pasa a España para no poder hacer lo que hacen todos, salvo Irlanda y Lituania?
¿Qué tipo de reformas serían necesarias para sostener el sistema español de pensiones? España es, en muchos aspectos, un buen ejemplo de consenso social en esta materia, pero interrumpido en los últimos años. Interrumpido en la medida en que la última gran reforma abordada en el sistema de pensiones no fue una reforma protagonizada desde el consenso social y desde el diálogo político. Prácticamente todas las anteriores fueron reformas adoptadas con consenso, más o menos amplio, pero con un consenso muy razonable.
Y en cambio la última reforma es una reforma donde el consenso desaparece, digámoslo así. El consenso se interrumpe, es verdad, en un contexto de intensas dificultades económicas en el caso español, como consecuencia de la situación de crisis y de las exigencias del tratamiento de esa crisis. Pero es cierto también que en alguna de las reformas anteriores, como la del 2011, en la que quién les habla participó activamente, estábamos igualmente en una situación de crisis y se consiguió un grado razonable de consenso social y político.
Casi el 50% de nuestro gasto social es un gasto en pensiones
La última reforma no se caracteriza por ese tipo de consensos. Me pregunto si debemos contemplar el futuro de nuestro sistema de pensiones partiendo de la base de la inamovilidad de una reforma construida al margen del consenso social y político. Obviamente, mi respuesta es «no»: no merece ser mantenida una reforma llevada a cabo sin consenso social. El resultado del consenso tiene que ver con la actitud de sus protagonistas, pero el resultado también tiene que ser naturalmente un resultado buscado. Uno puede buscar ganar un partido, pero no lograrlo es parte siempre de la vida y de nuestra actitud en ella. El problema en el caso de esta reforma es que ni siquiera se intentó jugar el partido. No hubo campo de juego, ni siquiera los equipos saltaron al terreno. Directamente se decidió el resultado, uno, por cierto, especial- mente cuestionable: nuestro sistema de pensiones es el único, con el lituano y el irlandés, que no actualiza las pensiones ni con arreglo a los precios, ni con arreglo a los salarios, ni con arreglo a una mezcla de la evolución de precios y salarios. Es una reforma que se plantea alcanzar los ajustes necesarios sobre la base de la congelación de facto del poder adquisitivo de las pensiones.
Obviamente, en mi opinión, este no debe ser el camino, porque siempre hemos dicho que es muy importante para un sistema de pensiones que los pensionistas puedan saber su poder adquisitivo, una adecuada certidumbre respecto de cómo evolucionará su vida. Pero con la última reforma, lo que decimos a los pensionistas es que deben prepararse porque su sistema de pensiones se basa en un modelo que no permitirá una actualización razonable en la medida en que los precios crezcan por encima de 0,25%.
No merece ser mantenida una reforma llevada a cabo sin consenso social
Tengo el máximo respeto por las personas que configuraban aquella comisión de expertos que se formó en su día para articular la reforma. Pero su resultado es este. Aunque se dice que las pensiones dependerán de cómo evolucionen los ingresos del conjunto del sistema, lo que en realidad hace la reforma es plantearse un escenario en el cual prácticamente todo el proceso de ajuste descansa sobre la congelación. Lo que hace al fin y al cabo la reforma es reducir pura y simplemente el gasto sobre la base de la congelación de la pensión. Si para no tener que utilizar la regla de revalorización tal y como está prevista necesito incrementar los ingresos procedentes del Estado o de las cotizaciones sociales, entonces, ¿para qué se necesita una reforma así? ¿No sería mejor plantear un escenario en el que los pensionistas tuvieran una cierta claridad respecto a cómo evolucionará su pensión en el futuro, con arreglo a la evolución del nivel de precios y ajustar en la medida de lo posible la evolución de los ingresos del sistema a esa pretensión? ¿O es que España no es un país que merece ni puede permitirse que sus pensionistas mantengan su poder adquisitivo como lo tienen todos los países europeos conocidos salvo Lituania e Irlanda? ¿Qué es lo que le pasa a España para no poder hacer lo que hacen todos salvo estos dos países? Esta es la pregunta que nos deberíamos plantear en este momento, porque, en efecto, el sistema de pensiones es un sistema que en el momento que nos ha tocado vivir exige impor- tantes esfuerzos públicos y sociales. Somos nosotros mis- mos los que tenemos que decidir en cada momento cómo financiar nuestro sistema de pensiones. Nuestra Consti- tución habla de un sistema de pensiones «periódicamente actualizado». ¿Por qué no podemos hacerlo?
Hay otra pregunta muy importante: ¿cuál es la perspectiva demográfica? No me gustaba la regla de Taylor y tampoco me gustan las reglas aplicadas al sistema de pensiones. Prefiero decisiones democráticas en cada momento y en cada circunstancia, decisiones informadas con transparencia, con debates públicos; pero reglas, las justas. Si no hacen falta en la política monetaria, no tienen por qué hacer falta en el sistema de pensiones. Sabemos bien cómo funciona el sistema, es perfectamente posible cuantificarlo, mucho mejor, incluso que la política monetaria, y conocemos cómo se transmiten sus impulsos con mayor precisión. La mejor regla es la del consenso político y social. Por eso es mejor el Pacto de Toledo en la política española de pensiones que la Regla de Taylor en la política monetaria.
© de la imagen: Wikimedia Commons
A primera vista, estamos ante un libro poco importante. Su autor, Alfonso Paredes (Oviedo, 1976), es radicalmente novel y relativamente tardío. Sin embargo, no nos hace falta recurrir al primo de Zumosol de T. S. Eliot cuando recordaba que el lector auténtico se reconoce porque se apasiona con libros menores, que, con los grandes, cualquiera se impresiona, naturalmente. Podríamos recurrir también a Jorge Luis Borges y a su concepción hedónica de la lectura, porque este libro nos ha regalado horas de preclaro placer, pero tampoco será necesario.

Alfonso Paredes: El Sr. Marbury. Ediciones Camelot, 2018, 326 páginas.
El Sr. Marbury entra de lleno, como quien no quiere la cosa, en uno de los debates más candentes de la literatura actual. Los límites entre la ficción y la biografía. Y entra tan a lo lleno —he aquí su importancia— tanto por interesantes razones de fondo como con perspicaces recursos formales.
El autor está a punto de cumplir los cuarenta años [cuando escribía el libro; ya los tiene] y se pregunta por el sentido de su vida y por la huella que está dejando o no en el mundo. A pesar del pudor y del carácter bienhumorado, está atravesando el hombre una evidente crisis de los cuarenta. Lee a Tolstói: “Las novelas terminan cuando el héroe y la heroína se casan”, y él, que está felizmente casado y tiene cuatro hijas, nada menos, no termina de aceptar que su vida se haya cerrado ya a las emociones del argumento y la narración, y menos estando entre esas cuatro Paredes infantiles, ingeniosas, inquietas, increíbles, cuatro ventanas inmensas. Da algunas vueltas al asunto, y se dice: “Nuestra novela podría caber en un diario”. Andrés Trapiello ha andado ese camino, desbrozándolo, con anterioridad, indudablemente, pero El Sr. Marbury ayuda a entender mejor ese saltar a la comba con la línea que delimita los géneros que se traen los diarios de Trapiello.
Ayuda por su apuesta formal, en apariencia sencillísima, pero de una pasmosa eficacia literaria. Alfonso Paredes decide “anglificar” los nombres propios (personajes y lugares) de su libro. Con tan sencillo expediente, introduce un aire fresco de ficción, un brillo en los ojos de ironía narrativa, una veta riquísima de metaliteratura y un complejo sistema de ecos y resonancias. Contando sus vicisitudes de abogado idealista rodeado de niñas pequeñas, evoca o evocamos Matar un ruiseñor. Cuando habla de su casa en la colina y sus relaciones con su mujer, pensamos en El hombre tranquilo. Y cuando confiesa su catolicismo vivido y pensado, caemos en que El Sr. Marbury tiene un parentesco claro, también en forma y fondo, con El despertar de la Srta. Prim. El título no es traidor y lo avisa.
Quizá le sobren páginas y no siempre maneje con cuidado el contenido inflamable de lo confesional. Pero eso tendrá que preocupar a otros, no a nosotros. También insiste en dar un contenido dramático con las incomprensiones de los vecinos que les critican tanta felicidad doméstica. Pero no hacía falta. El drama auténtico de este libro luminoso es, como hemos dicho, la crisis de los cuarenta. Un hombre cumple esos años y no sabe si su vida merece la pena. Como es un gran lector, envidia las vibrantes historias de las novelas. Tiene un primo que le reprocha con cariño su vida sedentaria y esos reproches pesan mucho más que todas las malas lenguas del pueblo. Vence la crisis dejando constancia de ella, dándonos una deliciosa imagen de lo que es una familia católica y profesional joven del siglo XXI con cuatro hijas que, de pronto, ¡un nuevo embarazo!, va a aumentar y es un signo de que ni la literatura ni la vida pueden encerrarse.
Para no pecar de abstracto en esta nota sobre un libro hecho de concretos y reales retazos, citaré un momento precioso. El padre, para fomentar la afición a lectura de una de sus hijas más reacia, lee con ella por las noches un ratito, a intervalos. Un día la sorprende a escondidas, sin esperarle, leyendo más allá, por la impaciencia, y entonces sabe que ha nacido una lectora y celebra esa traición.
He seleccionado estas frases:
Se pregunta si lee para sí mismo o lee para tener cosas hermosas que decirle a su esposa.
*
Sólo tras la atenta escucha de Telma [su mujer a la que cuenta su día], lo vivido podría adquirir realidad y consistencia.
*
La carne es débil; y, si la carne es mucha, la debilidad es mayor.
*
Peter y Telma no conservan muchas fotos —aunque les gustan mucho las pocas que tienen—.
*
[Nunca te hemos visto llorar, le dicen las niñas. Contesta el Sr. Marbury:] Ya. Eso es verdad: nunca me habéis visto.
*
Vivir es desvivirse.
*
La razón última de las cosas no es una razón sino un amor.
*
Más moderno que la vida no hay nada.
*
Amar no es brillar sino arder.
© de la imagen principal: Wikimedia Commons
Uno de los temas de nuestro tiempo, cuya importancia revelan varios ensayos de éxito, es el afán por revitalizar la antigua idea de la nobleza de espíritu. Antigua y tan seria, que, para analizarla, hacen falta múltiples perspectivas (y una pizca de humor).
Escribe García-Máiquez: «Pasma la actualidad de don Quijote dándose cuenta de que «la cosa de que más necesidad tenía el mundo era de caballeros andantes, y de que en él se resucitase la caballería andantesca». El éxito comercial en numerosos idiomas del libro Nobleza de espíritu (una idea olvidada) de Rob Riemen indica, en buena teoría económica, que su oferta ha encontrado una demanda global en un público ávido. La ejemplaridad que postula el filósofo Javier Gomá también ha conocido un inmenso predicamento de público y crítica. El best-seller del fenómeno mediático Jordan B. Peterson 12 rules for life (Random House, 2018) puede leerse como un manual de nobleza para la posmodernidad…».
De todo esto tratamos en el último número de Nueva Revista.
Este es el sumario:
NOBLEZA DE ESPIRITU
La olvidada idea de la nobleza de espíritu
Enrique García-Máiquez
José Jiménez Lozano «Merece la pena vivir porque hay personas, hay pájaros, hay cosas que están excelentemente bien»
Guadalupe Arbona Abascal y Juan José Gómez Cadenas
Ignatieff: Virtudes cotidianas, pero universales
Antonio R. Rubio
LOS MITOS DE LA HISTORIA
La peste es la ignorancia
María Elvira Roca Barea
Siglos de falsos testimonios
Fernando García de Cortázar
PENSAR EN PRESENTE
La actualidad, un presente exasperado
Manuel Cruz
La república laica y la religión. Discurso de Emmanuel Macron
PENSAMIENTO CRÍTICO
¿Tiene la ciencia todas las respuestas?
Rob Riemen
COMUNICACIÓN
Homo Rethoricus. La Retórica, de moda
Miguel Ángel Garrido Gallardo
CUÉNTAME OCCIDENTE
Insumisos frente a la injusticia
Tzvetan Todorov
UNIVERSIDAD
¿Por qué es Berkeley una gran universidad? Una lectura de At Berkeley, de Frederick Wiseman
Javier Aranguren
Los fines de la educación
Robert M. Hutchins
LECTURAS
La penúltima bondad. Ensayo sobre la vida humana, de Josep Maria Esquirol (por Reyes Cáceres)
El deber moral de ser inteligente, de Gregorio Luri (por Enrique García-Máiquez)
Pensar en España, de Manuel Hidalgo (por Miguel Ángel Gozalo)
Leonardo Da Vinci. La biografía, de Walter Isaacson (por Josemaría Carabante)
Una televisión con dos cadenas, de Julio Montero Díaz (dir.) (por Felipe Sahagún).
© de la imagen principal (escultura de Don Quijote ante la casa natal de Miguel de Cervantes, en Alcalá de Henares): Wikimedia Commons
La lectura de este libro de conversaciones lleva a una primera reflexión: aquí, algunos sí que piensan. Manuel Hidalgo, periodista, escritor, guionista y algo más, que también piensa, ha supuesto que sería bueno saber cómo llevan eso del pensar —y de contemplar la vida que nos rodea— algunos de los mascarones de proa de la escuadra española de la intelligentzia, que tantos naufragios ha sufrido en nuestra historia. Sus diálogos, rescatados de la prensa de papel, componen un volumen que nos acerca a lo que hoy hacen y piensan algunos reconocidos intelectuales españoles.

Manuel Hidalgo: Pensar en España. Editorial Confluencias, 2018. 211 páginas.
Desde los Diálogos de Platón, al menos (y, por supuesto, desde antes), el diálogo es uno de los caminos de la sabiduría. Sin diálogo no hay transmisión del conocimiento. Nuestros afanes se concretan en la capacidad de entendernos con los demás, de escuchar al otro y de compartir, por el intercambio de ideas, los proyectos y los objetivos que conforman la vida colectiva. En España arrastramos muchos tópicos (Hidalgo indaga sobre ellos en el cuestionario que, como una declaración de aduanas, añade a las conversaciones), entre ellos el de que somos diferentes a los demás y el de que, además de desdeñosos con la ciencia (Unamuno nos acabó de rematar con su «que inventen ellos»), no dialogamos.
«Para dialogar, / preguntad primero; / después… escuchad», pedía Antonio Machado, consciente de las dificultades de que el vecino te atienda, mientras habla a gritos en el Comercial de la Glorieta de Bilbao, en Madrid, al que el poeta acudía en demanda de tertulia. Quizá por ello el escritor sevillano había dedicado sus Proverbios y cantares a José Ortega y Gasset, que dijo que los españoles nos afirmamos mientras golpeamos las fichas de dominó sobre el mármol de la mesa de un café.
En los años de dictadura y, por tanto, de monólogo, la necesidad de diálogo se imploraba como un banderín de enganche para un horizonte democrático. Cuadernos para el diálogo era el título de una publicación que se conformaba con ser, en tiempos oscuros, un vehículo para la discrepancia.
Los españoles nos afirmamos mientras golpeamos las fichas de dominó sobre el mármol de la mesa de un café.
Este libro de Manuel Hidalgo, fruto de un concienzudo trabajo periodístico, es un ejemplo de lo que se conoce como entrevista en profundidad, que, como él dice, «tantas aportaciones ha hecho al periodismo y que no debería decaer nunca en los medios de comunicación». La entrevista es un artículo que se escribe entre dos, un concierto a cuatro manos, en el que, para encontrar el grano entre la paja, el entrevistador tiene a veces que transformarse en minero y correr el riesgo de oscurecer a su antagonista. Pero la lámpara debe iluminar sobre todo al entrevistado, al que hay que ayudar a mostrarse como es. Porque, en palabras de un gran entrevistador, Joaquín Soler Serrano, una entrevista es, en el fondo, un autorretrato.
Manuel Hidalgo lo sabe y, bajo un título ambivalente —Pensar en España, esto es, pensar dentro de España y sobre España, aquí y ahora—, ha reunido sus conversaciones con dieciséis personajes, a los que, en entregas mensuales, «ha convocado entre libros y en el sillón de la conversación relajada», para ir publicando en El Mundo (donde él es un destacado columnista y donde lleva varios centenares de artistas glosados en su «Galería de imprescindibles») el fruto de esas charlas en torno al pensamiento y la creación. Este ha sido el plantel de los entrevistados:
Fernando Savater, Javier Gomá, Carmen Iglesias, Javier Marías, Aurelio Arteta, José Álvarez Junco, César Antonio Molina, Juan Pablo Fusi, José Antonio Marina, Luis Alberto de Cuenca, Manuel Gutiérrez Aragón, Jorge de Esteban, Juan Mayorga, Ian Gibson, Antonio Muñoz Molina y Jon Juaristi.
Todos ellos despliegan talento y atención a su país, todos parecen estar al día de lo que ocurre en el mundo y todos demuestran conocer la Historia. Algunas de las preguntas del cuestionario miran a nuestro pasado: para siete, el peor personaje histórico es Fernando VII, y para cinco Francisco Franco; sobre el mejor personaje hay más división de opiniones, aunque la Monarquía derrota a la República: tres eligen a Fernando el Católico, dos a Alfonso X el Sabio y uno a Carlos III; Azaña se lleva dos nominaciones y Negrín, una, igual que Jovellanos, Colón, Hernán Cortés, Unamuno y el conde-duque de Olivares.
Pensándolo bien, España no está tan mal.
El libro ayuda a acercarnos a estos maestros de nuestro tiempo, a los que Manuel Hidalgo introduce, al comienzo de cada charla, con descripciones cortas y ceñidas, penetrantes y precisas, que permiten situar a cada personaje frente a su mundo. Con la política al fondo, aunque Hidalgo introduzca las cuestiones de actualidad sigilosamente, repreguntando con prudencia, el conjunto desprende cierta serenidad y confiada naturalidad ante los asuntos que nos preocupan. Para la mayoría, a la llamada Transición se le puede colgar la etiqueta de éxito. Ninguno de ellos exhibe, por descontado, lo que Unamuno llamó «la lepra intelectual de España, el resentimiento, la envidia, el odio a la inteligencia». Al contrario.
Al terminar el libro, en el que no falta cierta beligeran- cia, pero en el que las inclinaciones políticas se muestran sin exceso de trompetería, uno hace suya la frase con que Iñaki Gabilondo cierra su brillante prólogo: «Pensándolo bien, España no está tan mal».
© de la imagen principal (La rendición de Breda, Diego Velázquez (1599–1660)): Wikimedia Commons
Señor ministro de Estado, señorías, señoras ministras, señoras, señores parlamentarios, señor nuncio, señoras y señores embajadores, señoras y señores responsables de los cultos, monseñor, damas y caballeros.
Le agradezco mucho, monseñor, y agradezco a la Conferencia Episcopal de Francia esta invitación a expresarme aquí esta noche, en este lugar tan especial y hermoso del Colegio de los Bernardinos, a cuyos responsables quiero dar las gracias.
Para encontrarnos aquí esta noche, monseñor, usted y yo hemos desafiado a los escépticos de ambos lados. Y si lo hemos hecho ha sido sin duda porque compartimos confusamente el sentimiento de que el vínculo entre la Iglesia y el Estado se ha deteriorado y que nos interesa repararlo tanto a usted como a mí. Para ello no hay otro medio más que un diálogo sincero.
Este diálogo es indispensable. Si tuviera que resumir mi punto de vista diría que una Iglesia que intentara desentenderse de las cuestiones temporales no respondería al fin de su vocación y que un presidente de la República que pretendiera desentenderse de la Iglesia y de los católicos faltaría a su deber.
El ejemplo del coronel Beltrame, con el que usted ha concluido su discurso, ilustra este punto de vista de una manera que me parece esclarecedora. Muchos, a lo largo del trágico día del 23 de marzo, buscaron identificar las fuentes secretas de su gesto heroico: algunos vieron en este gesto la aceptación del sacrificio arraigado en su vocación militar; otros la manifestación de una fidelidad republicana nutrida por su recorrido masónico; finalmente otros, y especialmente su esposa, interpretaron este acto como la traducción de su ardiente fe católica preparada para la prueba suprema de la muerte. Estas dimensiones en realidad están tan entrelazadas que resulta imposible desentrañarlas, y es incluso inútil intentarlo, pues esta conducta heroica es la verdad de un hombre expuesta en toda su complejidad.
Pero en este país de Francia que no sabe manejar bien su desconfianza respecto de las religiones, no he oído una sola voz que se haya levantado para protestar contra esta evidencia grabada en el corazón de nuestro imaginario colectivo y que es la siguiente: cuando llega la hora de la verdad, cuando la prueba nos conmina a reunir todos los recursos que uno tiene al servicio de Francia, la parte del ciudadano y la parte del católico arden, en el creyente convencido, en una sola llama.
Estoy convencido de que los vínculos más indestructibles entre la nación francesa y el catolicismo se forjaron en aquellos momentos en los que se demostró el valor real de hombres y mujeres. No es necesario remontarse a los constructores de catedrales y a Juana de Arco: la historia reciente nos ofrece mil ejemplos, desde la Unión Sagrada de 1914 hasta la resistencia de los años 40, desde los Justos a los refundadores de la República, desde los Padres de Europa hasta los inventores del sindicalismo moderno, desde la gravedad muy decorosa que siguió al asesinato del padre Hamel a la muerte del coronel Beltrame; sí, Francia se vio fortalecida por el compromiso de los católicos.
No me equivoco cuando digo esto. Si los católicos quisieron servir y engrandecer a Francia, si aceptaron morir, no fue solo en nombre de ideales humanistas. No fue solo en nombre de una moral judeocristiana secularizada. Fue también porque lo hicieron impulsados por su fe en Dios y por su práctica religiosa. Algunos podrán considerar que tales propósitos entran en conflicto con el laicismo. Pero después de todo, también nosotros contamos con mártires y héroes de todas las confesiones y nuestra historia reciente así lo muestra, incluidos ateos, que encontraron en el fondo de su moral las fuentes para un sacrificio completo. Reconocer a unos no es desmerecer a los otros, y considero que ciertamente la laicidad no tiene como función negar lo espiritual en nombre de lo temporal, ni desarraigar de nuestras sociedades la parte sagrada que nutre a tantos de nuestros conciudadanos.
El peligro de la indiferencia
Como jefe de Estado soy garante de la libertad de creer y de no creer, pero no soy ni el inventor ni el promotor de una religión de Estado que sustituya la trascendencia divina por un credo republicano.
Cegarme voluntariamente a la dimensión espiritual que los católicos otorgan a su vida moral, intelectual, familiar, profesional y social sería condenarme a tener una visión parcial de Francia; sería desconocer el país, su historia, sus ciudadanos. Mostrando indiferencia dejaría de lado mi misión; lo mismo ocurriría con el resto de confesiones de nuestro país. Porque no soy indiferente me doy cuenta hasta qué punto el camino que Estado e Iglesia comparten desde hace tanto tiempo está hoy sembrado de malentendidos y desconfianza mutuos.
Ciertamente no es la primera vez en nuestra historia. Está en la naturaleza de la Iglesia cuestionar constantemente su relación con la política. Es la duda perfectamente descrita por Marrou en su teología de la historia: en la historia de Francia se han sucedido momentos en los que la Iglesia se instalaba en el corazón de la ciudad con momentos en los que acampó extramuros.
Pero hoy, en este momento de gran fragilidad social, cuando existe el riesgo de que el tejido mismo de la nación se desgarre, considero mi responsabilidad no dejar que la confianza de los católicos en la política y en los políticos se erosione. No puedo conformarme con este desapego y no podría dejar que esta decepción se agravara. Es aún más cierto que la situación actual es menos el fruto de una decisión de la Iglesia que el resultado de años en los que los políticos no han apreciado en su justo valor a los católicos en Francia.
La laicidad no tiene como función negar lo espiritual en nombre de lo temporal
Por un lado una parte de la clase política ha exagerado el apego a los católicos por razones que a menudo han sido solo evidentemente electoralistas. Al hacerlo hemos reducido a los católicos a ese animal extraño que llamamos “electorado católico” y que es en realidad una sociología. Así hemos puesto las bases a una visión uniforme que contradice la diversidad y la vitalidad de la Iglesia de Francia y que contradice también la aspiración del catolicismo a lo universal -como el propio nombre de catolicismo indica- , todo ello en beneficio de una reducción categórica bastante mediocre.
Por otra parte hemos hallado todo tipo de razones para no escuchar a los católicos. Los hemos relegado por desconfianza adquirida y por cálculo a rango de minoría militante contraria a la unanimidad republicana.
Por razones a la vez biográficas, personales e intelectuales tengo un gran concepto de los católicos. No me parece ni sano ni bueno que el político se las haya ingeniado con tanta determinación para instrumentalizarlos o para ignorarlos. Necesitamos conseguir, para la comprensión de nuestro tiempo, que las cosas avancen en la dirección correcta con un diálogo y una cooperación de otro tipo.
Es lo que su hermoso discurso ha mostrado, monseñor. Las preocupaciones que usted plantea -algunas de las cuales intentaré responder o esclarecer provisionalmente- no son los fantasmas de algunos. Sus cuestiones no se ciñen a los intereses de una comunidad pequeña. Son planteamientos para todos nosotros, para toda la nación, para la humanidad en su totalidad. Estos interrogantes interesan a toda Francia no porque sean específicamente católicos, sino porque descansan en una idea del hombre, de su destino, de su vocación, que están en el corazón de nuestro futuro inmediato. Porque pretenden ofrecer un sentido y unas referencias a aquellos que a menudo carecen de ellos. Si estoy aquí esta tarde es para hacer justicia a estas preguntas. Y para pedirle solemnemente que no se sienta a los pies de la República, sino que recupere el gusto y la sal del papel que siempre desempeñó.
Sé que se ha debatido, como si del sexo de los ángeles se tratara, sobre las raíces cristianas de Europa. Esta denominación ha sido excluida por los parlamentarios europeos. Pero después de todo la evidencia histórica prescinde a veces de tales símbolos. Y sobre todo, no son las raíces las que nos importan, porque ellas pueden estar muertas. Lo que importa es la savia. Y estoy convencido de que la savia católica debe contribuir ahora y siempre a hacer vivir nuestra nación.
Estoy aquí esta tarde para intentar delimitar esta cuestión. Para decirles que la República espera mucho de ustedes. Espera, en concreto, si me lo permiten, que le hagan tres regalos: el don de su sabiduría, el don de su compromiso y el don de su libertad.
La urgencia de nuestra política contemporánea es encontrar sus raíces en la cuestión del hombre o, como dice Mounier, de la persona. Ya no podemos, en el mundo actual, contentarnos con un progreso económico o científico que no se interrogue sobre su impacto en la humanidad y en el mundo. Es lo que intenté expresar en la tribuna de Naciones Unidas en Nueva York, así como en Davos y en el Colegio de Francia cuando hablé de inteligencia artificial: tenemos que dar un rumbo a nuestra acción, y ese rumbo es el hombre.
Ahora bien, no es posible avanzar por esta vía sin pasar por el catolicismo, que desde hace siglos profundiza pacientemente en estas cuestiones. Y lo hace con un cuestionamiento propio en su diálogo con otras religiones.
Cuestionamiento en forma de arquitectura, de pintura, de filosofía, de literatura, que de mil maneras intentan expresar la naturaleza humana y el sentido de la vida. “Venerable porque ha conocido bien al hombre”, dijo Pascal sobre la religión cristiana. Y ciertamente otras religiones, otras filosofías, han profundizado sobre el misterio del hombre. Pero la secularización no puede eliminar la larga tradición cristiana.
Benevolencia
En el núcleo de este interrogante sobre el sentido de la vida, sobre el lugar que reservamos a la persona, sobre la forma en que le conferimos su dignidad, monseñor, usted ha situado dos temas de nuestro tiempo: la bioética y el tema de los migrantes.
También ha establecido usted un vínculo íntimo entre temas que la política y la moral ordinarias habrían tratado por separado. Considera usted que nuestro deber es proteger la vida, en particular cuando esta vida está indefensa. Entre la vida del no nacido, la del ser al borde de la muerte o la del refugiado que lo ha perdido todo, usted ve este nexo común de pobreza, desnudez y vulnerabilidad absoluta. Estos seres están expuestos. Esperan todo del prójimo, de la mano que se tiende, de la benevolencia que cuidará de ellos. Estos dos temas movilizan nuestra parte más humana y la concepción misma que nos hacemos de lo humano y esta coherencia se impone a todos.
Por tanto, he escuchado, monseñor, señoras y señores, las crecientes inquietudes del mundo católico y quiero aquí intentar responderlas o en todo caso aportar nuestra parte de verdad y convicción.
Sobre los migrantes a veces se nos reprocha que no los acogernos con suficiente generosidad y delicadeza, que dejamos que se instalen casos preocupantes en los centros de retención o que devolvemos a los menores no acompañados. Se nos acusa incluso de permitir el aumento de la violencia policial.
El camino que el Estado y la Iglesia comparten está hoy sembrado de malentendidos y desconfianza
Pero a decir verdad, ¿qué estamos haciendo? Intentamos con urgencia poner fin a situaciones que hemos heredado y que se desarrollan debido a la ausencia de reglas, de su mala aplicación, o de su mala calidad, y pienso aquí en los tiempos de procedimientos administrativos así como en las condiciones para otorgar títulos de refugiados. Nuestro trabajo, el que a diario lleva el ministro de Estado, es sacar del limbo jurídico a personas que se extravían y que esperan en vano, que intentan reconstruir algo aquí, pero que después son expulsadas; otros, que podrían rehacer su vida entre nosotros, sufren condiciones de acogida degradantes en centros masificados.
Lo que intentamos es la conciliación de derecho y humanidad. El Papa dio nombre a este equilibrio, lo llamó “prudencia”, haciendo de esta virtud aristotélica la del gobernante, confrontado por supuesto a la necesidad humana de acoger pero también a la necesidad política y jurídica de albergar e integrar. Es este rumbo de humanismo realista el que me he fijado. Siempre habrá situaciones difíciles. A veces habrá situaciones inaceptables y necesitaremos en cada momento todos juntos hacer lo posible por resolverlas.
Pero no me olvido tampoco de la responsabilidad que tenemos con territorios a menudo difíciles a los que estos refugiados llegan. Sabemos que los flujos de población nueva sumergen a la población local en la incertidumbre, la llevan hacia opciones políticas extremas, desencadenan a menudo un repliegue reflejo propio de la protección. Surge una forma de angustia diaria que provoca como una competencia de miserias.
Nuestra exigencia es precisamente una tensión ética permanente para mantener estos principios: un humanismo propio y no renunciar a nada en particular para proteger a los refugiados. Eso es nuestro deber moral y está inscrito en nuestra Constitución. Hemos de comprometernos claramente para que se mantenga el orden republicano y para que esta protección de los más débiles no signifique ni anomia ni ausencia de discernimiento porque también hay reglas que deben respetarse. Hemos de comprometernos para que se encuentren lugares, como dije antes, en los centros de acogida. En las situaciones más difíciles hay que aceptar también que al tomar nuestra parte de esta miseria, no podemos hacerlo en su totalidad sin distinción de situaciones. Tenemos que mantener la cohesión nacional del país en el que a veces algunos ya no hablan de la generosidad que evocamos esta noche: solo quieren ver la parte aterradora del otro y alimentan este gesto para llevar más lejos su proyecto.
Porque tenemos que mantener estos principios, a veces contradictorios, en una tensión constante, he querido sostener este humanismo realista y lo asumo plenamente ante ustedes.
Humanismo realista
Necesitamos su sabiduría para sostener este discurso de humanismo realista en todo lugar, para instar al compromiso a aquellos que podrían ayudarnos y evitar el discurso de lo peor, el aumento de los temores que seguirán alimentándose de esta parte de nosotros porque los flujos masivos que usted ha mencionado y a los que me he referido hace un instante no desaparecerán de un día para otro, son el fruto de grandes desequilibrios en el mundo.
Ya se trate de conflictos políticos, ya se trate de la miseria económica y social o de los desafíos climáticos, continuarán alimentando en los próximos años y décadas grandes migraciones que tendremos que afrontar; necesitaremos mantener incansablemente esta meta intentando mantener nuestros principios con constancia en el mundo real y no cederé a las simplificaciones de unos ni de otros. Sería fallar en mi misión.
En bioética, somos sospechosos de llevar una agenda oculta, de conocer por adelantado los resultados de un debate que abrirá nuevas posibilidades en la procreación asistida, y que abren la puerta a prácticas que inevitablemente se impondrán más tarde, como la gestación subrogada. Y algunos dicen que la inclusión en estos debates de los representantes de la Iglesia católica y de otros cultos, inclusión a la que me comprometí al principio de mi mandato, es un engaño destinado a disolver la palabra de la Iglesia o a secuestrarla.
Como saben decidí que la opinión del Consejo Consultivo Nacional de Ética (CCNE), señor presidente, no era suficiente y había que enriquecerla con la opinión de los responsables religiosos. He querido también que este trabajo sobre las leyes bioéticas que nuestro derecho nos impone revisar pueda nutrirse con un debate organizado por el CCNE, debate en el que se manifestarán con total plenitud todas las familias filosóficas, religiosas y políticas así como nuestra sociedad.
Estoy convencido de que no estamos frente a un problema sencillo que podría zanjarse con una sola ley, sino que a veces nos enfrentamos a debates morales y éticos profundos que afectan a lo más íntimo de cada uno de nosotros. Escucho a la Iglesia cuando se muestra rigurosa con las bases humanas de toda evolución técnica; escucho su voz cuando nos invita a no reducir nada a esta acción técnica cuyos límites han manifestado ustedes con claridad; comprendo el lugar esencial que ustedes dan en nuestra sociedad a la familia -me atrevería a decir, a las familias- ; comprendo también esta preocupación por saber conciliar la filiación con los proyectos que los padres pueden tener para sus hijos.
No podemos contentarnos con un progreso que no se interrogue sobre su impacto en la humanidad
Nos enfrentamos a una sociedad en la que las formas de la familia evolucionan radicalmente, en la que el estatus del niño a veces se confunde, una sociedad en la que nuestros conciudadanos sueñan con fundar núcleos familiares de modelo tradicional partiendo de patrones familiares menos tradicionales.
Escucho las recomendaciones formuladas por las autoridades y asociaciones católicas, pero una vez más, algunos principios enunciados por la Iglesia se enfrentan a realidades contradictorias y complejas que afectan a los propios católicos; todos los días, todos los días las mismas asociaciones católicas y los sacerdotes acompañan a familias monoparentales, a familias divorciadas, a familias homosexuales, a familias que recurren al aborto, a la fecundación in vitro, a la procreación asistida, a familias que afrontan el estado vegetativo de uno de los suyos, a familias en las que uno cree y el otro no, lo que provoca el desgarro de elecciones espirituales y morales, y yo sé también que esto es su vida diaria.
La arcilla de la realidad
La Iglesia acompaña incansablemente estas situaciones delicadas e intenta conciliar estos principios con la realidad. Por eso no digo que la experiencia de la realidad derrote o invalide las posiciones adoptadas por la Iglesia; digo simplemente que aquí también hay que encontrar límites, porque la sociedad está abierta a todas las posibilidades pero la manipulación y fabricación del ser viviente no pueden extenderse al infinito sin poner en tela de juicio la propia idea del hombre y de la vida.
Por lo tanto la política y la Iglesia comparten esta misión de poner las manos en la arcilla de la realidad, la misión de enfrentarse todos los días a lo temporal, me atrevería a decir, a lo más temporal.
Y a menudo es difícil, complicado y exigente e imperfecto y las soluciones no llegan por sí mismas. Nacen de la articulación entre esta realidad y un pensamiento, un sistema de valores, una concepción del mundo. Muy a menudo son la elección del mal menor, siempre precario, y esto también es exigente y difícil.
Por eso al escuchar a la Iglesia a propósito de estos temas no nos encogemos de hombros. Escuchamos una voz que saca su fuerza de la realidad y su claridad de un pensamiento en el que la razón dialoga con una concepción trascendente del hombre. Y escuchamos esta voz con interés, con respeto e incluso podemos compartir muchos de sus puntos pero ustedes y yo sabemos que esta voz no puede ser conminatoria. Porque está hecha con la humildad de los que trabajan con lo temporal. Por lo tanto solo puede cuestionar. Y en estos temas, y en particular estos dos últimos, de nuevo volvemos a la humildad profunda de nuestra condición, porque estos temas se construyen en profundidad a partir de la tensión ética entre nuestros principios, y a veces, nuestros ideales y la realidad.
Tenemos que dar un rumbo a nuestra acción, y ese rumbo es el hombre
El Estado y la Iglesia pertenecen a dos órdenes institucionales diferentes que no ejercen su mandato en el mismo plano. Pero ambos ejercen una autoridad e incluso una jurisdicción. Por lo tanto todos nosotros hemos forjado nuestras certezas y tenemos el deber de formularlas con claridad, establecer reglas, porque es nuestro deber de Estado. Por tal razón compartimos un camino que podría reducirse únicamente al comercio de nuestras certezas.
También sabemos, como usted, que nuestra tarea va más allá. Sabemos que esta tarea es alentar, reavivar la llama de esos valores, incluso si es difícil, especialmente si es difícil. Debemos evitar constantemente la tentación de actuar como simples gestores de lo que se nos ha confiado. Y por eso nuestro intercambio no debe basarse en la solidez de algunas certezas, sino en la fragilidad de lo que nos cuestiona y a veces nos abate. Debemos atrevernos a basar nuestra relación en el intercambio de estas incertidumbres, es decir, el intercambio de cuestiones, y especialmente las cuestiones del hombre.
Ahí es donde nuestro intercambio ha sido siempre el más fructífero: en la crisis frente a lo desconocido, frente al riesgo, en la conciencia compartida del paso a dar, el desafío a acometer. Es ahí donde la nación ha crecido a menudo a partir de la sabiduría de la Iglesia, pues durante siglos y milenios la Iglesia hace sus apuestas y se atreve a arriesgarse. De ese modo enriqueció a la nación.
Esta es, si me lo permite, la parte católica de Francia. En el horizonte secular esta parte católica suscita, a pesar de todo, la cuestión inquietante de la salvación, que creamos o no, cada uno interpretaremos a nuestra manera, pero que todos presentimos que afecta a nuestra vida entera, al sentido de esta vida, al significado que le damos y a la huella que dejará.
Ciertamente este horizonte de salvación ha desaparecido totalmente del común de las sociedades contemporáneas, pero es un error y vemos muchas evidencias de que permanece soterrado. Cada cual tiene su propia forma de nombrarlo, transformarlo y llevarlo; pero al mismo tiempo es la cuestión del sentido y el absoluto en nuestras sociedades; es evidente que la incertidumbre de la salvación trae a todas las vidas, incluso a las más resueltamente materiales, como un temblor en el sentido pictórico del término.
Paul Ricoeur: ideal y esperanza
Ante lo anterior, Paul Ricoeur, si me permiten citarlo esta noche, encontró palabras precisas en una conferencia pronunciada en Amiens en 1967: “Hay que mantener un objetivo lejano para los hombres, llamémoslo un ideal en sentido moral o una esperanza en sentido religioso”. Esa noche, frente a un público en el que algunos tenían fe, otros no, Paul Ricoeur invitó a su auditorio a ir más allá de lo que él llamaba “la prospectiva sin perspectiva» con esta fórmula que, no lo dudo, nos convoca a todos aquí esta noche: “Apuntar a más, preguntar más. Eso es la esperanza: ella espera siempre algo más de lo que se puede realizar”.
De este modo, a mi parecer, la Iglesia no es esa institución a menudo caricaturizada como guardián de las buenas costumbres. Es esta fuente de incertidumbre que recorre toda vida y que hace del diálogo, de la pregunta, de la búsqueda, el corazón mismo del sentido hasta entre los que no creen.
Por eso el primer regalo que les pido es el de la humildad del cuestionamiento, el don de esta sabiduría que encuentra su raíz en la cuestión del hombre y por ello en las cuestiones que el hombre se hace.
Este es el mejor aspecto de la Iglesia el que dice: llamad y se os abrirá, que sale al rescate y con voz amiga en un mundo en el que la duda, la incertidumbre, el cambio son norma; un mundo en el que el sentido siempre escapa y siempre se reconquista; una Iglesia de la que no espero lecciones, sino más bien esta sabiduría de humildad frente a estos dos temas en particular que usted ha evocado y cuya respuesta acabo de esbozar porque solo podemos tener un horizonte común y buscar cada día hacerlo mejor, aceptar en el fondo la parte de “intranquilidad” irreductible que va con nuestra acción.
La manipulación y fabricación del ser viviente no pueden extenderse al infinito
Cuestionar no es negarse a actuar; es por el contrario intentar conciliar la acción con los principios que la preceden y la fundamentan. Esta coherencia entre pensamiento y acción da fortaleza al compromiso que Francia espera de ustedes. Este es el segundo don del que deseaba hablarles, el del compromiso. Lo que pesa en nuestro país -ya he tenido ocasión de decirlo- no es únicamente la crisis económica, es el relativismo; es incluso el nihilismo; todo lo que induce a pensar que no merece la pena, como que no merece la pena aprender, no merece la pena trabajar, y sobre todo, que no merece la pena tender la mano y comprometerse en el servicio por grande que sea. El sistema poco a poco ha encerrado a nuestros ciudadanos en el para qué al no retribuir justamente el trabajo, o al menos no del todo, al desalentar la iniciativa, al no proteger adecuadamente a los más débiles, al condenar a la soledad a los más desfavorecidos y al considerar que la era postmoderna a la que hemos llegado colectivamente es la época de la gran duda que permite renunciar a todo absoluto.
El compromiso católico
En este contexto de retroceso, de solidaridades y de esperanza, los católicos se han volcado masivamente en el movimiento asociativo, en el compromiso. Hoy sois un componente importante de esta parte de la nación que ha decidido ocuparse de la otra parte -acabamos de ver testimonios muy conmovedores de ello-, la de los enfermos, los aislados, los desclasados, los vulnerables, los abandonados, los discapacitados, los prisioneros, independientemente de su pertenencia étnica o religiosa. Bataille llamó a esto “la parte maldita” con un término que a veces se ha distorsionado pero que es la parte esencial de una sociedad. Justo por eso se juzga una sociedad, una familia, una vida… por su capacidad para reconocer a los que han tenido un recorrido diferente, un destino diferente, y a comprometerse con ellos. Los franceses no siempre valoran esta mutación del compromiso católico; habéis pasado de actividades de trabajadores sociales a actividades de militantes asociativos, permaneciendo al lado de la parte más frágil de nuestro país, asociaciones en las que los católicos se comprometen sean o no sean explícitamente católicas, como los Restos du Coeur.
Lo que pesa hoy no es únicamente la crisis económica, es el relativismo; es incluso el nihilismo
Me temo que los políticos no han actuado como si este compromiso fuera un hecho, como si fuera normal, como si el vendaje puesto por los católicos y por tantos otros sobre el sufrimiento social nos redimiera de cierta impotencia pública.
Me gustaría recordar con un respeto infinito a los que han hecho esta elección sin importarles ni el tiempo ni la energía empleados. Permítanme también saludar a todos lo sacerdotes y religiosos que han hecho de su vida un compromiso. A diario, en las parroquias francesas, ellos acogen, intercambian, trabajan muy cerca de la angustia y de las desgracias o comparten la alegría de las familias en los acontecimientos felices. Incluyo también a los capellanes en los ejércitos o en las cárceles. Saludo a sus representantes: ellos también están comprometidos. Y permítanme del mismo modo extender este saludo a todas las personas comprometidas de otras religiones cuyos representantes están aquí presentes y que comparten esta comunidad de compromiso con ustedes.
Este compromiso es vital para Francia y más allá de las llamadas, los requerimientos, las interpelaciones pidiendo que hagamos más, que lo hagamos mejor, yo sé, todos sabemos, que el trabajo que ustedes desempeñan no es un último recurso, sino una parte del mismo cemento de nuestra cohesión nacional. Este regalo del compromiso no es solo vital, es ejemplar. Pero he venido a pedirles que hagan más todavía, porque no es un misterio que la energía consagrada a este compromiso asociativo ha sido en gran parte restada al compromiso político.
La política y la energía de los comprometidos
Ahora bien, creo que la política, por decepcionante que haya sido a los ojos de algunos, tan insensible a veces a los ojos de otros, necesita la energía de los comprometidos, vuestra energía. Necesita la energía de los que dan sentido a la acción y ponen en su corazón una forma de esperanza. Ahora más que nunca la acción política necesita de lo que la filósofa Simone Weil llamaba efectividad, es decir, la capacidad de hacer existir en la realidad los principios fundamentales que estructuran la vida moral, intelectual, y llegado el caso, las creencias espirituales.
Es lo que aportaron a la política francesa grandes figuras como el general De Gaulle, Georges Bidault, Robert Schuman, Jacques Delors así como grandes pensadores franceses que iluminaron la acción política como Clavel, Mauriac, Lubac, Marrou. Lo que ha surgido no es una práctica teocrática ni una concepción religiosa del poder sino una exigencia cristiana importada al campo laico de la política. Hay que retomar este lugar no porque la política francesa necesite su cuota de católicos, protestantes, judíos o musulmanes, ni porque los responsables políticos cualificados sean reclutados entre las filas de la gente con fe: hay que recuperarlo porque esta llama común de la que hablaba hace un instante refiriéndome a Arnaud Beltrame forma parte de nuestra historia y de aquello que siempre guió a nuestro país. Abandonar esta luz o ponerla bajo el celemín no es una buena noticia.
Por ello, desde mi punto de vista, el punto de vista del jefe del Estado, un punto de vista laico, tengo que preocuparme para que los que trabajan en el corazón de la sociedad francesa y se comprometen cuidando sus heridas y consolando a sus enfermos tengan voz en la escena política, nacional y europea. Apelo a ustedes esta noche para que se comprometan políticamente en nuestro debate nacional y en nuestro debate europeo, pues su fe forma parte del compromiso que este debate necesita y porque, históricamente, siempre lo alimentaron, pues la efectividad implica no desconectar la acción individual de la acción política y pública.
A este respecto, debo recordar la perfecta claridad del texto propuesto por la Conferencia Episcopal de noviembre del 2016 con motivo de la elección presidencial, titulado “Recuperar el sentido de la política”. Yo había fundado mi partido En Marche unos meses antes y sin querer provocar una querella de derechos de autor leí en él esta frase y me sorprendió su consonancia con el compromiso que me guiaba; decía así, cito: “No podemos dejar que nuestro país vea que sus fundamentos corran el riesgo de deteriorarse con las consecuencias que una sociedad dividida podría conocer; tenemos que aplicarnos juntos a un trabajo de refundación”.
No hay urgencia mayor que la de ampliar el conocimiento entre pueblos, culturas, religiones
Búsqueda de sentido, nuevas solidaridades, pero también esperanza en Europa; este documento enumera todo lo que puede llevar a un ciudadano a comprometerse y se dirige a los católicos vinculando con sencillez la fe al compromiso político con la fórmula antes citada: “El peligro sería olvidar lo que nos construyó o a la inversa, soñar con la vuelta a una época de oro imaginaria o aspirar a una Iglesia de puros y a una contracultura fuera del mundo en una posición de superioridad y como jueces”.
Durante mucho tiempo, el terreno político se había convertido en un teatro de sombras y todavía hoy, el relato político se sirve demasiado a menudo de patrones muy trillados y simplistas, y parece ignorar el soplo de la historia y lo que la vuelta a lo trágico exige de nosotros en este mundo contemporáneo.
Pienso por mi parte que podemos construir una política efectiva, una política que escape al cinismo común para grabar en la realidad lo que debe ser el primer deber del político, me refiero a la dignidad del hombre.
Creo en un compromiso político que sirva a esta dignidad, que la reconstruya donde haya sido ultrajada, que la preserve donde está amenazada, que la convierta en el auténtico tesoro de todo ciudadano. Creo en este compromiso político que permite restaurar la primera de las dignidades: poder vivir del trabajo. Creo en el compromiso político que permite recuperar la más fundamental de las dignidades, la dignidad de los más débiles; la que precisamente no se reduce a ninguna fatalidad social -y vosotros seis habéis sido ejemplos hace un momento- la que considera que hacer política y compromiso político es también cambiar la forma de actuar en el lugar de la sociedad que ocupamos así como su visión. Las seis voces que hemos escuchado al principio de esta velada son seis voces de un compromiso que tiene en sí mismo una forma de compromiso político, que supone que seguir este camino nos hace encontrar otras salidas, pero he podido interpretar en ellas el rechazo a la fatalidad, la voluntad de ocuparse del otro, y sobre todo, por la consideración aportada, la voluntad de una conversión de las miradas. Ese es el compromiso en una sociedad: aportar tiempo, energía, considerar que la sociedad no es un cuerpo muerto que solo puede cambiar con políticas públicas o textos, sometido únicamente a la fatalidad de los tiempos; todo puede cambiar si decidimos comprometernos, actuar y como consecuencia cambiar esa mirada; dar una oportunidad al otro y también concienciarnos de que ese otro transforma.
Inclusión: no solo una palabra bonita
Hoy día hablamos mucho de inclusión; no es una palabra bonita y no estoy seguro de que todos la comprendan siempre. Pero significa lo siguiente: estamos tratando de hacer con el autismo, con la discapacidad, lo que quiero que hagamos para recuperar la dignidad de nuestros prisioneros, lo que quiero que hagamos por la dignidad de los más frágiles en nuestra sociedad, sencillamente considerar que siempre hay alguien en un momento preciso de su vida, que por unas razones u otras puede actuar o no, que ante todo tiene algo que aportar a la sociedad. Vayan a ver un aula o una guardería en la que estuvimos hace unos días, a la que llevamos niños con problemas de autismo y verán lo que aportan a los otros niños; y a usted le digo, señor, no piense simplemente que le ayudamos… acabamos de ver en la emoción de su hermano todo lo que usted le ha aportado y que nadie más podría aportar. Este cambio de visión solo lo hace posible el compromiso y, en el centro de este compromiso, una indignación profunda, humanista, ética, que nuestra sociedad necesita. Necesito este compromiso que habéis adquirido para nuestro país como lo necesito para nuestra Europa porque nuestro principal riesgo hoy es la anomia, la atonía, la somnolencia.
Demasiados de nuestros conciudadanos piensan que lo adquirido se ha convertido en natural; olvidan los grandes cambios a los que nuestra sociedad y nuestro continente están sujetos hoy en día; quieren pensar que nunca fue diferente, olvidando que nuestra Europa vive al comienzo de un paréntesis dorado que tiene poco más de setenta años de paz, que siempre había sido zarandeada por las guerras; en la que demasiados conciudadanos nuestros piensan que la fraternidad de la que hablamos es una cuestión de dinero público y de política pública y que podríamos prescindir de su participación.
Nuestros contemporáneos necesitan, crean o no, oír hablar de una perspectiva del hombre distinta a la material
Los parlamentarios aquí presentes llevan en su parte de verdad todas estas luchas que están en el centro del compromiso político contemporáneo, ya se trate de luchar contra el calentamiento climático, luchar por una Europa que reconsidere sus ambiciones, por una sociedad más justa. Pero no serán posibles si no están acompañados de un compromiso político profundo en todos los niveles de la sociedad; un compromiso político para nuestro país y para nuestra Europa al que llamo a los católicos.
El regalo del compromiso que les pido es el siguiente: no se queden a las puertas, no renuncien a la República a la que tan fuertemente contribuyeron a forjar; no renuncien a esta Europa cuyo sentido habéis nutrido; no dejen sin cultivar las tierras que sembraron; no retiren a la República la rectitud valiosa que tantos fieles anónimos llevaron a su vida como ciudadanos. En el centro de este compromiso que nuestro país necesita hay una parte de indignación y de confianza en el futuro que ustedes pueden aportar.
Sin embargo, tranquilos, no he venido a proponerles una afiliación, he venido a proponerles exactamente un tercer regalo que pueden hacerle a la nación, precisamente el de la libertad.
Compartir el camino no siempre es caminar al mismo ritmo; recuerdo el bonito texto de Emmanuel Mounier en el que explica que la Iglesia en política siempre estuvo a la vez adelantada y desfasada, nunca contemporánea del todo, nunca del todo con su tiempo; esto hace rechinar algunos dientes pero hay que aceptar este contratiempo; hay que aceptar que no todo en nuestro mundo obedece al mismo ritmo y la primera libertad que la Iglesia puede otorgarnos es ser intempestiva.
Algunos la encontrarán reaccionaria, otros demasiado atrevida con algunos temas. Creo simplemente que la Iglesia debe ser uno de esos puntos fijos que la humanidad necesita en lo profundo de este mundo cambiante; una de esas referencias que no ceden a los caprichos de los tiempos. Por eso, monseñor, señoras y señores, habrá que compaginar el lado intempestivo con las necesidades actuales del país. Y juntos conseguiremos hacer avanzar este desequilibrio constante.
“La vida activa, decía Grégoire, es servicio; la vida contemplativa es una libertad”. Al recordar la importancia de esta parte intempestiva y de este punto fijo que ustedes pueden representar, me gustaría tener esta noche un pensamiento para todas aquellas y aquellos que se comprometieron con una vida de retiro o una vida comunitaria, una vida de oración y de trabajo. Aunque a algunos les parezca anacrónico, este tipo de vida también es el ejercicio de una libertad; demuestra que el tiempo de la Iglesia no es el del mundo y sin duda no es el de la política tal como funciona -y está muy bien que así sea. Espero que la Iglesia también nos regale la libertad de expresión.
Adhesión constante a la realidad
Hemos hablado de las alertas lanzadas por las asociaciones y por el episcopado; pienso también en las advertencias del Papa: recordar las exigencias de la realidad humana con una adhesión constante a la realidad. Esta libertad de expresión en una época en la que los derechos florecen, presenta a menudo la particularidad de recordar los derechos del hombre para consigo mismo, para con su prójimo y para con nuestro planeta. La simple mención de los deberes que se nos imponen a veces es irritante; la voz que sabe expresar lo que nos disgusta, los ciudadanos la escuchan incluso si están alejados de la Iglesia. Es una voz que no está desprovista de esta “ironía a veces tierna a veces helada” de la que hablaba Jean Grosjean en su comentario a San Pablo, una fe que sabe como pocas remover las certezas hasta entre sus propias filas. Esta voz unas veces revolucionaria, otras conservadora, a menudo ambas, según decía Lubac en sus “Paradojas”, es importante para nuestra sociedad.
Hay que ser libre para atreverse a ser paradójico y hay que ser paradójico para ser verdaderamente libre. Nos lo recuerdan los mejores escritores católicos, desde Maurice Clavel a Alexis Jenni, desde Georges Bernanos a Sylvie Germain, desde Paul Claudel a François Sureau, desde François Mauriac a Florence Delay, desde Julien Green a Christiane Rance. Encontramos en esta libertad de expresión y visión de estos escritores católicos una parte de lo que puede iluminar a nuestra sociedad.
En esta libertad de expresión sitúo la voluntad de la Iglesia por iniciar, mantener y fortalecer un diálogo libre con el islam, diálogo que tanto necesita el mundo y al que usted se ha referido.
Porque no hay comprensión del islam que no pase por los religiosos como no hay diálogo interreligioso sin las religiones. Este lugar es testigo de ello; el pluralismo religioso es un valor fundamental de nuestro tiempo. Monseñor Lustiger tuvo una gran intuición cuando quiso recuperar este Colegio de los Bernardinos para acoger todos los diálogos. La historia le ha dado la razón. No hay urgencia mayor hoy día que la de ampliar el conocimiento mutuo entre pueblos, culturas, religiones; no hay otro medio para esto que el encuentro en el diálogo pero también en los libros, en el trabajo compartido; cosas de las que habló Benedicto XVI a su paso por aquí en 2008, ideas estas arraigadas en el pensamiento cisterciense.
Este intercambio se ejerce en total libertad en sus términos y referencias; es la base indispensable del trabajo que el Estado debe llevar por su parte para pensar siempre en nuevos gastos, para pensar en el lugar de las religiones en la sociedad y para pensar en la relación entre religión, sociedad y poder público. Y para esto cuento con ustedes, con todos ustedes para favorecer este diálogo y arraigarlo en nuestra historia común, que tiene sus particularidades pero cuya particularidad mayor es precisamente haber concedido a la nación francesa esta capacidad para pensar en los universales.
Este intercambio lo llevamos resueltamente después de muchos años de vacilaciones y renuncias y los meses próximos serán decisivos a este respecto.
Este intercambio que ustedes mantienen es muy importante máxime considerando que los cristianos pagan con su vida su compromiso con el pluralismo religioso. Estoy pensando en los cristianos de Oriente. El político comparte con la Iglesia la responsabilidad de estos perseguidos, pues hemos heredado históricamente no solo el deber de protegerlo sino que sabemos que allí donde están son símbolo de tolerancia religiosa. Me gustaría mencionar el admirable trabajo realizado por movimientos como l’Oeuvre d’Orient, Caritas France y la Comunidad Sant’ Egidio. Permiten la acogida en el territorio nacional de familias de refugiados acudiendo en ayuda in situ con el apoyo del Estado.
Como dije con motivo de la inauguración de la exposición Chrétiens d’Orient en el Instituto del Mundo Árabe el 25 de septiembre pasado, el porvenir de esta parte del mundo no se hará sin la participación de todas la minorías, de todas las religiones, y en particular de los cristianos de Oriente. Sacrificarlos como querrían algunos, olvidarlos, es asegurar que en esta región ninguna estabilidad, ningún proyecto, serán duraderos.
La libertad espiritual
Finalmente hay una última libertad que la Iglesia debería regalarnos, la libertad espiritual.
Porque no estamos hechos para un mundo que se cruzaría solo con objetivos materialistas. Nuestros contemporáneos necesitan, crean o no, oír hablar de una perspectiva del hombre distinta a la material.
Necesitan saciar otra sed, que es una sed de lo absoluto. No se trata de una conversión sino de una voz que, con otras, se atreva a hablar del hombre como de un ser vivo dotado de espíritu. Que se atreva a hablar de algo más que de lo temporal, sin renunciar a la razón ni a la realidad. Que se atreva a adentrarse en la intensidad de una esperanza, y que, a veces nos hace rozar el misterio de la humanidad al que llamamos santidad, de la que el Papa Francisco ha dicho en su alocución de hoy que es “la cara más bonita de la Iglesia ”.
Esta libertad es la de ser uno mismo sin buscar complacer ni seducir. Pero cumpliendo su cometido en su sentido íntegro, con sus propias reglas y que desde siempre nos proporcionó grandes pensamientos y una teología humana: una Iglesia que sabe guiar tanto a los más fervientes como a los no bautizados, tanto a los establecidos como a los excluidos.
No pediré a ninguno de nuestros ciudadanos no creer o creer moderadamente. No sé lo que esto significa. Deseo que cada uno de nuestros ciudadanos pueda creer en una religión, una filosofía propia, una forma de trascendencia o no y que pueda hacerlo libremente pero que todas estas religiones, esta filosofías, puedan aportarle esa necesidad de absoluto en lo más profundo de sí mismos.
Mi papel es asegurar que tengan la libertad absoluta de creer como de no creer pero del mismo modo siempre les pediré respetar completamente y sin compromiso alguno todas las leyes de la República. Eso es el laicismo ni más ni menos, una regla férrea para nuestra vida en común que no sufra ningún compromiso, una libertad de conciencia absoluta y la libertad espiritual de la que acabo de hablar.
“¿No debería una Iglesia triunfante entre los hombres inquietarse por haber comprometido su elección al satisfacer un compromiso con el mundo?”.
Esta pregunta no es mía, son palabras de Jean-Luc Marion que deberían servir de bálsamo a la Iglesia y a los católicos en los momentos de duda sobre el lugar de los católicos en Francia, sobre la audiencia de la Iglesia, sobre la consideración que le concedemos.
La Iglesia no es de este mundo en absoluto, y no tiene que serlo. Nosotros que estamos atrapados en lo temporal lo sabemos y no tenemos que intentar arrastrarla íntegramente a ello, como tampoco tenemos que hacerlo con ninguna religión. No es nuestro papel ni su lugar.
Pero esto no excluye la confianza y no excluye el diálogo. Sobre todo, no excluye el reconocimiento mutuo de muestras fuerzas y debilidades, de nuestras imperfecciones institucionales y humanas, porque vivimos en una época en la que la alianza de buenas voluntades es demasiado valiosa para tolerar que estas voluntades pierdan su tiempo juzgándose entre ellas. De una vez por todas tenemos que admitir la incomodidad de un diálogo que descansa sobre la disparidad de nuestras naturalezas, pero admitir también la necesidad de este diálogo porque cada cual en su ámbito aspira a fines comunes, que son la dignidad y el sentido.
Efectivamente, las instituciones políticas no tienen promesas de vida eterna; pero la Iglesia misma no puede arriesgarse antes de tiempo a segar el buen grano y la cizaña. En este punto intermedio en el que estamos, en el que hemos recibido la carga del legado del hombre y del mundo, si sabemos juzgar las cosas con exactitud, podremos conseguir grandes cosas juntos.
Quizás sea atribuir a la Iglesia de Francia una responsabilidad exorbitante, pero acorde a la altura de la historia; nuestro encuentro esta noche lo atestigua, creo que ustedes están preparados.
Monseñor, señoras y señores, en cualquier caso sepan que yo estoy preparado también.
Muchas gracias.
(1) La transcripción completa del discurso del presidente de Francia, Emmanuel Macron, a los obispos de su país, pronunciado el 9 de abril de 2018 en el Colegio de los Bernardinos (París), está disponible online en la lengua original en la página web del Elíseo:
Transcription du discours du Président de la République devant les Evêques de France
De ahí ha sido realizada la traducción al español.
© de la traducción: Magdalena García Más
(2) © de la imagen principal (Sacre de l’empereur Napoléon Ier et couronnement de l’impératrice Joséphine dans la cathédrale Notre-Dame de Paris, le 2 décembre 1804) sobre el cuadro de Jacques-Louis David (1748–1825) y de Georges Rouget (1783–1869): Wikimedia Commons
Ximena Maier (Madrid, 1975) es ilustradora. Quiero decir, una ilustradora excelente, que no para. Jaime García-Máiquez la ha retratado a pluma con un espejo velazqueño: “Ximena Maier es igual a un personaje dibujado por ella misma, expresiva y rápida, llena de líneas por todos lados y de colores rotundos y transparentes, capaz de transmitir una explosiva personalidad con unos pocos gestos”. Ha embellecido muchos libros y ha escrito algunos bellísimos, como el imprescindible en cualquier fecha, pero más en septiembre, si uno está rodeado de niños cansados de vacaciones: El arte de pasarlo bien. El más suyo, con todo, es este Cuaderno del Prado. Dibujos, notas y apuntes de una ilustradora en el museo.

Ximena Maier: Cuaderno del Prado. Nido de ratones, 2017. 158 paginas.
Cuaderno del Prado es el hermano pequeño de una familia de libros sobre el museo. Lo veo paseando por la pinacoteca de la mano del docto Tres horas en el museo del Prado de Eugenio d’Ors, aunque escurriéndose a menudo, travieso, corriendo por su cuenta y riesgo. Y compartiendo confidencias con el preclaro Ramón Gaya de Velázquez, pájaro solitario o del museo del Prado, “Roca española”. Claro que la personalidad del libro de Maier no estriba en el tamaño, sino en sus características. Primero, es el libro de una ilustradora y esto significaba que sabe ver muy bien los cuadros y hacérnoslos ver. “Dibujar es su manera natural de ver”, ha dicho García-Máiquez (Jaime) en el epílogo del libro. Sus dibujos de los cuadros tienen mucho de homenajes y de ventanas a las propias obras. Se sale de este libro deseando entrar en el Prado.
Es, en segundo lugar, un cuaderno de nuestro tiempo. Se le nota en que el protagonismo no lo tienen las deslumbrantes teorías de la historia del arte [d’Ors] ni las juanramonianas iluminaciones de una exigente aristocracia artística [Gaya], sino la subjetividad del propio gusto, casi del capricho: véanse la sección “Cuadros a los que le tengo manía (sin acritud)”; y el descarado despliegue de su libertad de opinión: a Ximena no le gusta Rafael ni el Greco ni demasiado Murillo. ¿No es otro signo de los tiempos la importancia que tienen los visitantes del museo: su número, sus comentarios causales y hasta sus fotos o sus no fotos? Un guiño más a nuestra sensibilidad: el protagonismo del que gozan los trabajadores del museo, en una suerte de socialdemocracia estética. Por no hablar de la admiración a la técnica y a la ciencia de la restauración. Es un libro que, como quien no quiere la cosa, hace en cinco minutos un retrato de nuestro tiempo.
Lo esencial, con todo, es el amor de Ximena Maier por el museo y por la pintura. En el libro monta varias colecciones temáticas de distintos detalles sacados de unos cuadros y otros. Demuestra un conocimiento en diagonal de la pintura, que nos enseña a mirar al sesgo y a valorar al milímetro los lienzos. Así encontramos una colección de las cabezas cortadas que hay en el museo, de los sombreros (¿para compensar?), de los perros, de los pájaros, de las manos, de los guapos, de cuadros que podrías colgar en tu casa…. Es algo que reconforta (“— Hypocrite lecteur, — mon semblable, — mon frère!”) a este barbero de libros.

A continuación expongo mi colección de frases e ilustraciones que podría colgar en mi casa y cuelgo aquí:
El Prado es mi museo favorito, entre otras cosas porque lo conozco bien.
[Parece una obviedad, pero hay mucha tela que cortar en esa frase. Que lo conoce muy bien lo demuestra en las páginas que siguen. Este capítulo se titula, por cierto, “El caso es volver”, y vale como una declaración de intenciones, como una estética y como un lema de vida.]
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Es imposible no respirar mejor delante de un Velázquez.
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«El caballero de la mano en el pecho» me parecía un señor mayor y cada vez lo veo más joven.
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El Prado es el subconsciente colectivo de España, todo reyes y monstruos y santos.
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Hay mucho que ver y la atención se acaba, como todo.
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«La Anunciación», de Fra Angelico, da mucho gusto después de tanta mente torturada.
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El museo del Prado huele muy bien, que es una cosa que se dice poco.
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El reinado de Felipe IV y el de Carlos IV los veo nítidos, mucho más interesantes que los de alrededor, pero creo que es solo por lo bien que los pintaron.
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No he visto actitudes de hastío cool. Nada de “Pfft, sí, otro Goya, ya ves tú”.
[Entre los restauradores y otros técnicos del Prado]
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Ver cómo Velázquez tenía que ratear con el azul, usando una veladura casi transparente encima de un rojo para conseguir morado, me hace apreciar mi pastilla de acuarela cobalto.
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La historia del siglo XIX español se suele escribir en torno al conflicto entre el liberalismo y la Iglesia, con lo que se olvida que los liberales eran tan católicos como los demás. La inquietud por armonizar fe y razón no podía dejar de incidir en las mentes más sensibles al mundo moderno. Como el novelista Juan Valera (1824-1905), capaz de ser plenamente ortodoxo y a la vez hacer suyo el “espíritu del siglo”. Pretendía demostrar, con ánimo conciliador, que el liberalismo no era impío por naturaleza y que la fe católica no era enemiga del progreso.
Hombre moderado, Valera atacó el extremismo ultraconservador de un Donoso Cortés, en el que veía un exceso de orgullo y una falta de caridad, la que exhibía cuando afirmaba que el ser humano no es nada fuera del catolicismo. Para refutar esta pretensión, echó mano de una lista de hombres ilustres: Sócrates, Platón, Aristóteles… No podía aceptar que Donoso intentara demoler la razón, ni que se pronunciara en contra de la libertad política. Creía que un radicalismo reaccionario tan acentuado hubiera podido destruir a la religión cristiana de no ser esta de origen divino.

Nadie debía identificar, tan abusivamente, sus propias opiniones con las de la Iglesia. El progreso, lejos de oponerse a la fe, podía contribuir a favorecerla: “Creemos con más firmeza y con más limpieza mientras más pensemos, sepamos y discutamos”. España, por tanto, no debe aislarse de la corriente general de la civilización, como si sus gentes fueran menores de edad a los que hubiera que proteger con métodos autoritarios de influencias nocivas.
“Creemos con más firmeza y con más limpieza mientras más pensemos, sepamos y discutamos”.
Su crítica contra Donoso Cortés prosiguió en el discurso parlamentario que, en 1871, dirigió contra sus correligionarios, los llamados “neocatólicos”. Aquí, puso mucho énfasis en refutar la idea de que esta corriente, encabezada por líderes como Nocedal, tuviera algo que ver con la ortodoxia de la Iglesia. De esta forma, respondía a la tesis de que los liberales no eran auténticos católicos y, en consecuencia, podían ser responsabilizados de todos los desastres del mundo. Su intervención, con la brillantez acostumbrada, mostraba que la religión y el progreso podían perfectamente ir de la mano. Para probarlo hacía una exégesis del Padre Nuestro, donde se afirma “venga a nosotros tu reino”. Eso, para nuestro autor, significaba que no hay que esperar al cielo para materializar las aspiraciones de mejora del ser humano. Por el contrario, es en esta vida cuando hay que hacerlas efectivas. Por otra parte, destacaba que la doctrina cristiana no se avenía con el poder absoluto de los monarcas. Si estos se comportaban como tiranos, el mismo Dios castigaría a su pueblo por dejarse regir por soberanos indignos.
La doctrina cristiana no se avenía con el poder absoluto de los monarcas.
En Pepita Jiménez, de 1874, Valera apuesta por un catolicismo equilibrado, capaz de vivir de acuerdo con la mentalidad contemporánea. Así, el personaje del vicario aparece caracterizado, en sentido positivo, como un clérigo que ama su religión pero también como un hombre capaz de apreciar todos los aspectos positivos de la modernidad. Por otra parte, el hecho de que el protagonista, Luis de Vargas, renuncie a su proyecto de ser sacerdote para contraer matrimonio, da entender que el estado laical es tan digno como el del clero. Tanto en un caso como en otro se puede servir bien a Dios. De esta forma, Valera parece anticipar las intuiciones del Vaticano II acerca del protagonismo de los seglares en la vida de la Iglesia.

Este talante aperturista se refleja también en el momento en que nuestro escritor toma la pluma para defender a los krausistas de los ataques de los obispos. Actúa así no porque simpatice con su filosofía, que juzga en exceso oscura, sino por rechazo a las limitaciones de la libertad intelectual. Escoge entonces una novedosa línea de defensa de unos pensadores con los que simpatiza por su idealismo. ¿Que se les acusa de liberales? Él argumenta que también lo fueron los grandes teólogos del pasado español, como Domingo de Soto. De hecho, su liberalismo sería más pronunciado que el de los racionalistas decimonónicos. Porque defendían la soberanía del pueblo de procedencia divina: “Si el poder viene de Dios, según san Pablo, es por medio del pueblo”.
Valera parece anticipar las intuiciones del Vaticano II acerca del protagonismo de los seglares en la vida de la Iglesia.
Otro novelista que trató cuestiones religiosas fue Benito Pérez Galdós, un autor en el que se une la sensibilidad liberal con la creencia católica, aunque fuera en términos más o menos heterodoxos. A lo largo de su extensa producción queda patente su crítica al catolicismo más rígido y fanático, a la que vez que una apuesta inequívoca por la tolerancia.
En Gloria, Galdós aborda el drama de la joven que le da título, al enamorarse de un judío inglés. Los prejuicios religiosos, sus respectivas familias y la incomprensión social devienen en barreras insuperables que acaban por frustrar su amor. De ahí que el narrador plantee la ambivalencia de la religión: factor positivo cuando une a las personas, negativo cuando las separa. En contraposición a la ortodoxia de la época, el libro defiende que son las obras, no las creencias, las que definen a los seres humanos. Por eso mismo, lo que importa es la ética común que comparten las diferentes confesiones, más allá de sus diferencias doctrinales. Así, frente a una vivencia epidérmica del cristianismo, se ofrece la alternativa de una fe que ha de vivirse con intensidad en el interior de los corazones, sin pretender avasallar las conciencias ajenas con imposiciones. España, por tanto, no sería el país más católico del mundo, sino todo lo contrario.
En «Gloria», Galdós ofrece la alternativa de una fe que ha de vivirse con intensidad en el interior de los corazones.
Algunos años más tarde, en Nazarín, novela que Luis Buñuel llevaría a la gran pantalla, Galdós presenta a un sacerdote insólito, un pacifista que parece haber haberse adelantado a Gandhi en sus ideales pacifistas y de resistencia pasiva. En el terreno social, este cura, que vive en la extrema pobreza por sus ideales evangélicos, cuestiona radicalmente los valores del capitalismo. ¿La propiedad? Un invento egoísta, puesto que los bienes materiales se han hecho para satisfacer a quien más los necesita. Con estos planteamientos, no extraña que uno de sus interlocutores pregunte, incrédulo, si está hablando con un católico, con la sospecha de que alguien semejante ha de ser una especie de hereje. Nazarín, sin embargo, le responde que su ortodoxia es absoluta y nadie la ha cuestionado jamás.
El autor de Fortunata y Jacinta se esfuerza en demostrar que se puede ser liberal y, a la vez, no salirse un milímetro de las enseñanzas de la Iglesia. Tal es el caso del prior de Zaratán, Baldomero Maroto, uno de los personajes de El abuelo. Su nombre refleja, de manera simbólica, el espíritu de reconciliación, al aludir al general liberal y al general carlista que protagonizaron el Abrazo de Vergara. Él representa un “enlace entre las ideas que pasaron y las vigentes, siempre dentro del dogma”. De esta manera, Galdós parece decantarse por una tercera España, más allá del clericalismo y el anticlericalismo de las otras dos.

En la imagen principal que ilustra este artículo, el apóstol Santiago lleva el atuendo tradicional de los peregrinos a Compostela: esclavina (prenda de abrigo colocada sobre los hombros) y sombrero de ala ancha. No se ve en la foto, pero este Santiago debió tener a mano un zurrón, un bordón e iría calzado de sandalias. La cruz está en la esclavina, a la altura del brazo izquierdo, y las conchas de vieira se observan también en el sombrero.
Jacobo semeja decir a los españoles en la escultura: «La defensa de la verdad y la defensa del sentido de la vida es algo por lo que merece la pena vivir y morir. Lo importante no es que me involucren matando moros sino que me decapitó Herodes».
Parece decir: lo importante no es que me involucren matando moros sino que me decapitó Herodes.
En Santiago se hace visible la lucha de civilizaciones: lleva la verdad, predica la verdad, hasta el extremo de que “el rey Herodes hizo pasar a cuchillo a Santiago, hermano de Juan” (Hechos de los Apóstoles, 12:2).
“El mundo es todo lo que acaece. El mundo es la totalidad de los hechos, no de las cosas. El mundo esta determinado por los hechos y por ser todos los hechos”, afirma Ludwig Wittgenstein al comienzo de su Tractatus logico-philosophicus.
Independientemente de que el apóstol Santiago viniera a España y esté enterrado en Santiago de Compostela, Wittgenstein defendería que la realidad de la historia del Apóstol en España ha conformado y conforma la mente de nuestro pueblo y la occidental. Y eso es también “mundo”. Tenemos que contar con ese nuevo mundo. Es imposible renunciar a él.
Es el primer apóstol mártir por tener que “obedecer a Dios antes que los hombres” (la sinagoga judía).
Los datos históricos sobre Santiago se hallan en el Nuevo Testamento: fue uno de los doce apóstoles, pescador, hermano de Juan, hijo de Zebedeo y Salomé, debió tener un carácter fuerte, ansiaba ocupar los primeros puestos en el Reino de Dios, pero finalmente comprendió que anhelar los mejores sitios se corresponde en la lógica divina con ser asesinado por Herodes en Jerusalén alrededor del año 42. Es el primer apóstol mártir por tener que “obedecer a Dios antes que los hombres” (la sinagoga judía).
Después de la invasión mahometana de España, Santiago surge como el patrono de los reinos cristianos. En los siglos posteriores y hasta hoy se le agradece su protección en la defensa de la fe y de la independencia de la patria. Por eso su sepulcro en Compostela, estén o no estén sus restos allí, de la misma manera que el sepulcro vacío del Señor en Jerusalén y la tumba de san Pedro en Roma, atrae a innumerables peregrinos de toda la cristiandad.
En los tiempos actuales la batalla por la fe se libra de otra manera, pero se libra: aspiramos a argumentar sobre bases de verdad y respetando el pensamiento de los otros.
En la foto de arriba, de una escultura de Santiago en la catedral de Compostela, lo vemos con cara sonriente, como la de una persona que sabe que ha cumplido la misión que tenía encomendada pero que sigue equipado para seguir cumpliéndola. En la eternidad todo es presente. En los tiempos actuales la batalla por la fe se libra de otra manera, pero se libra: aspiramos a argumentar sobre bases de verdad y respetando el pensamiento de los otros. Eso es un principio fundamental de la herencia occidental. Pero hay que insistir: Santiago, más que “matamoros”, como lo vemos debajo, es víctima: muere por la fe, decapitado por Herodes. La verdadera guerra de religión es pasiva.
