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A propósito de «Óscar o la felicidad de existir»

Querida lectora, querido lector: ¿Cuándo fue la última vez que tuvo la necesidad de escribir una carta? Me refiero a una carta con papel, sobre, sello y buzón. Carta con saludo, despedida y posdata. ¡Como olvidarnos de la posdata! Era fundamental en la estrategia epistolar: una campanilla, una alarma para reclamar la atención del remitente. Allí estaba más o menos cifrado el verdadero motivo de la carta. En aquel papel hablábamos de nuestras cosas, las cotidianas y las extraordinarias, de nuestros secretos, de nuestros deseos o de nuestros miedos. No pretendíamos que fuera un género literario. Era una forma de expresarse de la gente corriente. Gente tan normal, pero tan extraordinaria como el protagonista de esta obra, un niño de diez años llamado Óscar.

Óscar. Ya nunca olvidarán este nombre. Hace trece años que lo conocí y desde entonces está en mi vida. Es un compañero fiel. Él me ha hecho recordar mis días en el internado de un colegio religioso, cuando también tenía diez años. Aquellas mañanas de domingo, después de misa. Y me veo allí, encerrado en las cuatro paredes de mi cuarto, delante de unas cuartillas en blanco, experimentando ese mágico ritual de escribir una carta. Es un momento liberador, terapéutico. Dejo volar mi imaginación para fabular otra vida, para ahuyentar el miedo y para espantar la soledad. Y también para reclamar cariño. Cartas a los amigos, a los parientes, a los padres. Cartas para contar lo que no quería o no podía expresar con palabras. Quizá por esto y por muchas cosas más, «Óscar vive en mí y no lo pienso echar».

Este crío con su mochila de cartas me ha removido por dentro. Pero el protagonista es él y no yo. Sus cartas son su fe de vida, su huella, el registro de su existencia. Lo escrito, escrito queda. Ese es su compromiso, su desafío. Pasará el tiempo con su óxido y su herrumbre, pero sus palabras permanecerán. Son un desafío a esa otra palabra tan manida llamada posmodernidad.

He aquí la herencia de Óscar: sus cartas. Su verdad. A partir de este legado reconstruimos y descubrimos su historia, su enfermedad, su lucha y su esperanza. Y es que las cosas son como son y no como nos gustaría que fueran. Así es la materia humana y sus imperfecciones. Lo líquido y lo sólido. La brecha que nos escinde entre lo que somos y lo que deseamos.

Os invito a acompañar a Óscar en su particular vía crucis. No es tarea fácil. Y menos para él. Hay que llamar a las cosas por su nombre, a las malas, pero también a todas las maravillas que le rodean. Y llegará la ira, el miedo, la incertidumbre, la rebeldía, ¿y después qué? Amor, mucho amor. Amistad sincera. Optimismo. Juego. Ilusión. Imaginación. Humor a raudales. Coraje. Valentía. Y no desfallecer nunca. Y plantarle cara a la vida, sin perder la inocencia, sin dejar de ser niño. ¡Y esperanza! Hay que estar a la altura de las circunstancias.

Seremos testigos del evangelio de un valiente. Su curiosidad y su asombro nos deslumbran. Óscar habla de lo humano y de lo divino sin dejar títere con cabeza. Y con él de la mano, cual viaje iniciático, llegaremos «al corazón del misterio, para contemplar el misterio». Allí donde todo cobra sentido, donde la vida fluye hasta estremecernos de pura alegría. Óscar se ha transformado.

¿Y nosotros, habitantes de un siglo caótico y virtual, en el que todo vale con tal de que no aflore ningún atisbo de imperfección en nuestras vidas, qué haremos cuando den las luces del patio de butacas? ¿Decirnos que todo era teatro? Sí, es cierto. Las palabras de Óscar son pura esencia de teatro. Para eso nacieron. Pero conviene no olvidar que a la luz misteriosa del teatro se ha producido el milagro. El escenario transformado en un retablo luminoso.

Silencio.

Juan Carlos Pérez de la Fuente
Director de Óscar o la felicidad de existir

P.D.: El teatro es una herramienta que tiene Dios para comunicarse con el hombre. (Eusebio Calonge, La Zaranda).


Óscar o la felicidad de existir, obra de Éric-Emmanuel Schmitt, tuvo una magnífica acogida la pasada temporada en el Teatro Arapiles. Pinchando a continuación ofrecemos el libreto de esta pieza:

Óscar o la felicidad de existir.pdf

Posverdad: qué y porqué de la palabra

No es exacto que posverdad sea un neologismo jamás utilizado antes y cuyo nacimiento se pueda vincular a un artículo o a un libro de los últimos años, incluso si es un libro que lleva esta palabra compuesta por título como ocurre con Post-truth de Ralph Keyes (2004). Después de la verdad vienen sus consecuencias y reacciones, y es lógico que a cualquiera se le ocurra alguna vez denominar así determinada situación.

Otra cosa es que se haya disparado su uso hasta constituir un fenómeno que el Diccionario de Oxford ha podido catalogar como «palabra del año» en 2016, selección secundada en España por Fundéu en 2017 y seguida de la aceptación oficial que supone la inclusión del término en el diccionario de la Real Academia Española a final del mismo año.

Hemos tenido que llegar a lo que llamamos posmodernidad para que surja la posibilidad de llamar posverdad a la mentira.

La RAE dice que posverdad es distorsión deliberada de una realidad que manipula creencias y emociones con el fin de influir en la opinión pública y en actitudes sociales. Siendo así, no parece especialmente nuevo el fenómeno especificado, por más que la dimensión que proporcionan los medios de comunicación social en el siglo xx, a la que se añaden las redes sociales en el xxi, lo doten de una amplitud verdaderamente nueva.

Pero es la historia del Viernes Santo que cuenta el juicio de Jesús de Nazaret ante Pilatos. «Si sueltas a ese —dicen los acusadores a Pilatos—, no eres amigo del César». Jesús informa: «He nacido y he venido al mundo para dar testimonio de la verdad». Pilatos exclama: «¿Qué es la verdad?». Pilatos es un escéptico y la opinión pública, debidamente manipulada, no se para a pensar: «¡Crucifícalo, crucifícalo!».

Durante siglos de civilización cristiana, acontecimientos como estos se han vinculado directamente con el imperio de la mentira. Hemos tenido que llegar a las últimas estribaciones de la cultura moderna, de la cultura de la duda, a lo que llamamos posmodernidad, para que surja la posibilidad de llamar posverdad a la mentira.

La cultura occidental vivía de relatos completos, que se expresan, tanto en la realidad como en la ficción, con un modelo bien determinado. En el ejemplo, conocido por todos, de Caperucita Roja, un remitente (la madre), dota a Caperucita de un objetivo (la entrega de la merienda), dirigido a un destinatario (la abuelita). Relato completo es el del cristiano que se sabe enviado por Dios para la salvación de los seres humanos. O el del marxista que tiene por remitente la Historia y objetivo la sociedad sin clases.

Lo nuevo es la cultura del relato incompleto descrita por Lyotard. Si ante la posibilidad de un remitente nos encogemos de hombros, no hay forma de identificar un objetivo seguro, más allá del propio capricho o del beneficio instantáneo, no hay forma de referirse a la verdad.

El diccionario contiene dos acepciones principales para la palabra verdad: a) conformidad de lo que se dice con lo que se siente o piensa, b) juicio o proposición que no se puede negar racionalmente. En el fondo, no se puede practicar la verdad en la primera acepción, si no se acepta de alguna manera la segunda. Si nos encogemos de hombros ante la posibilidad de saber con seguridad algo, ¿qué significará la conformidad de lo que se dice con lo que se siente o piensa?

Naturalmente nada de lo dicho descalifica el discurso político en general o, de modo más amplio, el uso de la venerable retórica que ha configurado la marcha de la civilización. La capacidad comunicativa —el lenguaje—, propiedad básica de los seres humanos, no está previsto solamente para transmitir información, sino para persuadir, alabar, criticar, hacer compañía.

Además, la democracia, como dice Sam Leith, es la convicción de que la persuasión debe ser formalmente el centro del debate político, la retórica judicial, principio de toda retórica, sitúa el arte de la persuasión en el lugar de configuración de la sociedad civil. La palabra es el instrumento con que una autoridad no despótica ejerce el poder.

Pero el arte de comunicar y persuadir puede querer transmitir la verdad o simplemente quedarse en conseguir la adhesión. En oposición a las referencias de la retórica clásica, hemos entrado en la era del homo rhetoricus, el tipo humano que carece de interés por la verdad y se mueve únicamente por la «imagen».

Frente a la decadencia de la Retórica, acusada de responder solo a lo verosímil y no a lo verdadero, que ha marcado la historia cultural de los siglos xviii, xix y xx, a principios del xxi se reinstaura una cultura sofística donde la Retórica no es una disciplina atendible para comunicar con eficacia la verdad, sino que todo se reduce a retórica.

También esto viene de lejos. Como recuerda Ricoeur, desde Empédocles, suele decirse que la retórica es la más antigua enemiga de la filosofía porque el arte del bien decir se puede eximir de la preocupación por decir la verdad, la técnica que gobierna las causas que engendran los efectos de persuasión da el temible poder de disponer de las palabras sin las cosas, de disponer de los seres humanos, disponiendo de las palabras. La posibilidad de esta escisión acompaña toda la historia del discurso humano. Por eso la condenaba ya Platón para quien la retórica es a la justicia lo que la sofística a la legislación y «las dos son, en cuanto al alma, lo que son, en cuanto al cuerpo, la cocina respecto a la medicina, y la cosmética respecto a la gimnástica; artes de ilusión y engaño».

Posverdad es manipulación que se señala como nostalgia de verdad.

Esto viene de lejos, pero la perversión que antes se denunciaba ha tomado ahora carta de naturaleza universal. Por ejemplo, no se preocupará el político por la pedagogía que enseñará el bien que encierra la propuesta que ofrece, sino en detectar el estado de ánimo de los que intenta convencer para someterse a él o hacerles al menos creer que se somete.

Nadie podrá mencionar la mentira allí donde no existe de ninguna manera la verdad. En este extremo, cuando uno detecta el horror, normalmente en la acción del otro, se sentirá la ausencia de verdad como un vacío. De ahí la palabra. Posverdad es «manipulación que se señala como nostalgia de verdad al observar la comunicación de un hecho o la adopción de unas actitudes». Se comprende.


(Este artículo apareció en ABC el 5-4-2018. Lo reproducimos aquí con permiso del autor y de ABC).

Humor, arte y literatura en la revista «Litoral»

Fundada en 1926 por Emilio Prados y Manuel Altolaguirre, la malagueña Litoral es una de las revistas literarias más emblemáticas de España. Cada nueva entrega, por su planteamiento, extensión y empaque, hace el papel de libro más que de revista al uso. Lleva lustros dedicando cada número a un tema concreto, sobre el cual realiza interesantes y exhaustivas antologías de poesía, ensayo, arte e ilustraciones de deliciosa lectura y de irrenunciable utilidad (quien lo probó lo sabe) para estudiar a fondo cualquier asunto tratado, desde el vino hasta el autorretrato. El último número lo dedica al humor, y buena falta nos hace, además de ponernos en suerte para las vacaciones.


 

Litoral nº 265: Humor, arte & cultura. Edición de Antonio Lafarque y Lorenzo Saval. Málaga, 235 páginas.


 

El principal logro de este número es zanjar (esperemos) esa crítica aburridamente eternizada acerca de la falta de categoría del humor. Lo hace de forma imperial, que se resume en una cita de Julio César: “Desconfía de quienes nunca ríen. No son personas serias”. Deja nítida la importancia del humor para el arte y la literatura gracias a un acercamiento multidisciplinar, a la calidad de los ejemplos y a la entidad de las firmas que colaboran. Carlos García Gual recuerda que “después de tres días de tragedias, en las fiestas de las Grandes Dionisias, los atenienses dedicaban toda una jornada a representar comedias”. Litoral eleva a regla áurea ese 3/1 que nos conmina a rematar todo, hasta las tragedias de la vida, con un 25% dedicado a la risa.

El volumen, no obstante, propicia sus propias dudas. Su mayor peligro lo advierte desde el principio Felipe Benítez Reyes: “No hay cosa menos recreativa que una teoría del humorismo, dado que el humor tiende a ponerse demasiado serio —como nos pasa a todos— en cuanto se ve tendido en una mesa de disección”. A ratos, tanta teoría termina trastabillándosenos un tanto; pero enseguida nos reponemos gracias a las anécdotas (¡a cientos!), que son de categoría.

Una particularidad del humor es que hay varios, y que a menudo no hay nada como otro humor para no hacernos gracia. No recuerdo haber tenido tantos desacuerdos concretos en ningún número de Litoral. Ya sabían los clásicos que humores hay varios. Por eso, entre otras cosas, el humor es también una escuela de tolerancia y de paciencia. Por eso, también, nos hace tantísima gracia cuando nos hace gracia. A fin de cuentas, más milagroso que reírse de una desgracia, es reírse de una gracia.

Entre muchos momentos gozosos, he recortado éstos, que incluyen piezas de humor gráfico que también he recortado, esta vez, literalmente:

 

Y rían […] ¡Lo más sano, lo más bueno, lo que más se parece a la felicidad! [Pedro Múñoz Seca]

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En el fondo no hay nada más serio que el humor, porque puede decirse de él que está ya de vuelta de la violencia y de la tristeza. [Wenceslao Fernández Flórez]

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Ya tu sonrisa entre mis labios arde [Leopoldo Panero]

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Si tuviésemos que definir la risa en términos de SMS sería: jajajaja. Si tuviésemos que describir la ironía en términos de SMS sería: ja. [María Eloy García]

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Si la risa es partirse, la ironía es estar partido. Ja. [María Eloy García]

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Creo que para amar la hermosura de la nieve es necesario estar bien abrigado. [Julio Camba]

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En un partido de fútbol todo se complica por la presencia del equipo contrario [Jean Paul Sartre]

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[Epitafio] Aquí yace Edgard Neville que por fin se quedó en los huesos.

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The End [Epitafio de Buster Keaton]

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Pero no puedo ser un desgraciado porque sé reír. [Carlos Edmundo de Ory]

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O timo o mito [Palíndromo de Augusto Monterroso que vale por toda una tesis doctoral en antropología]

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Dicen que para presumir hay que sufrir. Quizá también para reír y hacer reír haya que sufrir. [Javier Salvago]

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Si oyes que he sido fusilado en un muro de México, entiende que es una forma digna de morir, supera a la ancianidad, a la enfermedad o a una desgraciada caída por las escaleras. Ser gringo en México, querida, ¡eso es eutanasia! [Artur Cravan, en carta a su prima Nelly, poco antes de desaparecer en México]

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Cuando murió el gran Peralta/ se vio que no hacía falta [Refranero]

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Silencio: el mejor sustitutivo de la inteligencia [Noel Clarasó]

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Jiménez Lozano y sus «Memorias de un escribidor»: la tradición talmúdica

La peculiar voz literaria de José Jiménez Lozano se alimenta de un sustrato literario único en las letras españolas del último siglo. El acervo de la memoria judía, que se evidencia en su familiaridad con las fuentes bíblicas, actúa como un marco básico de interpretación. La hermosura de lo pequeño, de las vidas insignificantes y olvidadas, de las personas sencillas, nos recuerda el hilo ético —y estético— de la tradición talmúdica. A Jiménez Lozano le interesan las lágrimas y las sonrisas de los hombres, la fuerza del heroísmo, pero sobre todo nuestra fragilidad natural que, al hermanarnos en una condición común, nos descubre capaces de hacer el bien o el mal, de abrirnos a los demás o de encerrarnos de forma autosuficiente en nosotros mismos. Junto a la memoria judía, el autor abulense cuenta con el fuerte enraizamiento en una tradición intelectual y literaria de largo aliento europeo, situada en los márgenes del canon oficial de la modernidad: pienso en las hermosísimas páginas que ha dedicado al estudio de la mística castellana o del jansenismo francés; en sus ensayos sobre los afrancesados españoles —Los cementerios civiles es un libro de referencia para cualquier estudioso de la heterodoxia pública en España— o sobre la influencia morisca; y en su fructífero diálogo como lector —y, por tanto, también como creador— con autores de la estirpe de Flannery O’Connor, Simone Weil, Shusakū Endō, Søren Kierkegaard, Dietrich Bonhoeffer, las hermanas Brontë, Dostoyevski o los españoles fray Luis de León y Miguel de Cervantes.


José Jiménez Lozano: Maestro Idro Huidobro. Memorias de un escribidor. Editorial Confluencias, Almería, 2018, 166 páginas.


Mucho hay de estos escritores —y, más en concreto, de la mirada acuosa y la voz cordial del autor del Quijote— en el último libro que acaba de llevar a imprenta José Jiménez Lozano, titulado Maestro Idro Huidobro. Memorias de un escribidor, obra inclasificable en lo que tiene de «divertimento o juego de ironías», donde se entrecruzan los temas habituales de su literatura, empezando por la reivindicación del tono menor, del recogimiento y la intimidad, frente a la vacua grandilocuencia de la retórica mundana. «A mí no me mezcléis en vuestros negocios —leemos en estas Memorias de un escribidor—, porque mis candiles se venden por sí mismos en el acto, porque lucen como la luz del alba y no necesitan nada más, hasta el punto de que si un gallo viera, por algún motivo, el resplandor de uno de mis candiles creería que se asomaba la mañana de rosados dedos y elevaría su glorioso canto sobre los tejados y los campos. Y debéis comprender que los libros y el mundo entero existen porque existen los candiles, porque de otro modo no se resistirían las noches». Y, en efecto, aquí se resume en buena medida la esencia de la mirada literaria de nuestro autor, que ha experimentado la oscuridad de la vida, sus angustias y pruebas; pero que, al mismo tiempo, reconoce en esa belleza suave, como de luz tenue, la huella característica de la humanidad. «Los momentos de revivencias, sueños y pesares o esperanzas, la conversación, la confidencia y el momento de in angulo cum libro o el rinconcillo de leer y restañarse de los esquinazos del vivir, son —declaró en una ocasión para esta revista— la sustancia misma del vivir».

Un prodigio de belleza y de sencillez en lo que tiene de recreación de un mundo ya inexistente.

Escritor de los adentros y para los adentros —y, en este sentido, también de las estancias interiores y de esa luz peculiar de la pintura flamenca y las naturalezas muertas—, la obra de José Jiménez Lozano respira la soltura del lenguaje oral, que transcribe con humildad cervantina. Un ejemplo lo encontramos en estas Memorias de un escribidor, prodigio de belleza y de sencillez en lo que tiene de recreación de un mundo ya inexistente, aunque no menos vivo y punzante. Continuación de su Maestro Huidobro, estas Memorias ficticias, que podrían ser las de un heterónimo del autor abulense, nos muestran al mítico Isidro Huidobro —Idro, desde su niñez— en sus cuitas por convertirse en escribidor, a pesar de que muy pronto tomará conciencia de «que vivía en un tiempo en el que un escribidor, ya fuese de un simple municipio minúsculo o de una notaría normal, estaba muy mal pagado, y entonces tenía que redondear sus ingresos escribiendo cartas ajenas o llevando igualmente las cuentas caseras de otros, y escribía luego otras cosas que le encargaban que no tenían muchos pies ni cabezas, pero muy ajustaditas de precio, y a veces gratis». La ironía sobre la realidad de nuestra época va acompañada de las jugosas conversaciones que el protagonista mantiene con sus amigos —el cordelero y el candilero— y de sus repentinos encuentros con esa amplia familia que son, para el lector, los libros y sus autores. Así, Huidobro encuentra un día vagabundeando a un Tolstói harapiento y, otro, se dirige a Constantinopla o saluda a Cervantes o se pregunta con Santayana si la mejor forma de entender el mundo no será hacerlo desde un lugar como Ávila, ya que es un modo «de estar bien defendido de las supersticiones de los tiempos por este cinturón de murallas».

La obra de José Jiménez Lozano respira la soltura del lenguaje oral, que transcribe con humildad cervantina.

Al final, en el alma del escribidor, hallamos siempre el amor por las palabras y las historias que se cuentan entre amigos y que nos protegen de esa noche oscura a la que hacíamos referencia antes. «¡Nada! Son comentarios de sobremesa los que estamos haciendo sin ninguna otra intención —leemos en las Memorias—. Hablar por hablar como antiguamente los pobres en el pajar para que se les pasase el frío. Como los escribidores a veces, porque es bonito contar. ¿No?». La belleza, en definitiva, que nos conmueve, acompaña y salva.

Un pensador sobre otro: Michael Ignatieff biografía a Isaiah Berlin

A Michael Ignatieff, canadiense polifacético, que es ensayista, historiador, periodista y hasta político, Isaiah Berlin (Riga, 1909-Oxford, 1997) le preguntó, en uno de los encuentros mantenidos para escribir la biografía del gran pensador, si desearía poder vivir para siempre. «Qué horror», contestó Ignatieff. Y Berlin replicó: «Todos mis amigos dicen lo mismo. Pero yo no. Yo quisiera que esto continuara indefinidamente. ¿Por qué no?».

Que construyan en torno a tu persona un relato biográfico como el que Ignatieff hizo de Isaiah Berlin es asegurarte la única forma de inmortalidad que conocemos por ahora. La vida de los muertos está en la memoria de los vivos, sentenció Cicerón. La vida de Isaiah Berlin resplandece en el recuerdo preciso que de él ha construido este vigoroso escritor, que, al hilo de este recorrido, nos introduce en la encrucijada cultural y política que define al siglo XX.


 

Michael Ignatieff: Isaiah Berlin. Su vida. Taurus, Barcelona, 2018, 488 páginas.


Para ello, Ignatieff se tomó su tiempo: diez años. Berlin, que era un ser disperso («soy un taxi intelectual; la gente me para, me pide un destino y allá que vamos», decía), no quería escribir sus memorias, pues no se consideraba un asunto suficientemente importante. Pero sus amigos pensaron que alguien tenía que captar algo de su palabra antes de que se perdiera, y así entró en escena Ignatieff. Con la condición de que la biografía, de la que Isaiah no leería una línea, se publicara a título póstumo.

De muchos diálogos, de conversaciones con sus amigos, con su secretaria y con su viuda, de la recuperación de cientos de cartas que el profesor había enviado mundo adelante (porque era un impenitente conversador epistolar) y de la catalogación de sus escritos y conferencias (algunas emitidas por la BBC con gran éxito) ha salido un fresco deslumbrante en el que el protagonista se adueña del escenario para exhibir las dimensiones de una vida completa que, como escribe Ignatieff, «tomó tres identidades en conflicto, rusa, judía e inglesa, y las trenzó en un personaje en paz consigo mismo».

Toda la literatura rusa iba a ser una de sus especialidades.

Las distintas etapas de construcción de estas tres identidades siguen en el libro el recorrido cronológico. Hijo de un acaudalado negociante en madera, Isaiah Berlin nació en Riga (Estonia) en 1909, y a los seis años se trasladó con su familia a Petrogrado, donde vivió el triunfo de la Revolución bolchevique: de ahí arranca su anticomunismo indeclinable.

Isaiah Berlin en 1983. © Wikimedia Commons

Pronto exhibió una precocidad notable: a los diez años ya había leído Guerra y Paz y Ana Karenina. Tolstói, como toda la literatura rusa, iba a ser una de sus especialidades. Fue el primer occidental que conoció el manuscrito de Doctor Zivago, en un viaje a Rusia, cuando ya era un destacado profesor, en el que vivió la que él consideraba una de las experiencias más fascinantes de su vida: sus encuentros con la poeta disidente, gloria de la cultura rusa, Anna Ajmátova, ferozmente perseguida, como Pasternak, por el régimen de Stalin.

Su madre era una sionista sin fisuras. Su padre, un judío cumplidor, cauto y astuto, que supo escapar de la Rusia revolucionaria para establecerse en Londres, donde Isaiah vivió entre 1921 y 1928. Aprendió prodigiosamente el inglés (su verborrea era legendaria), mostró su talento en los mejores colegios y vio cómo se mantenía la prosperidad familiar.

Berlin recibió en la escuela hebrea su primera instrucción religiosa formal. Siempre tuvo conciencia de su pertenencia al mundo judío. Pero Inglaterra le hizo suyo: toda su vida atribuyó a lo inglés, según Ignatieff, «casi todas las proposiciones de su liberalismo». Coronó su paso por el colegio St. Paul, donde devoró todo tipo de libros, de Dickens a Chesterton, de Huxley a Eliot, con la obtención del premio del colegio por un ensayo sobre el tema de la libertad. Oxford le esperaba con los brazos abiertos.

Tenía la fuerte impresión de que la política llevaba a la gente a cometer tonterías.

La libertad iba a ser ya, por supuesto, la obsesión intelectual de su vida. Por su capacidad de análisis y su confianza en el liberalismo ha pasado a la historia. De Oxford, donde enseñó filosofía e historia de las ideas, saltó al Foreign Office y al Departamento de Estado durante la segunda guerra mundial. Sus sagaces informes suscitaron la curiosidad de Churchill y le convirtieron en una autoridad como politólogo, aunque «tenía la fuerte impresión de que la política llevaba a la gente a cometer tonterías».

Al término de la guerra volvió a casa, pero no se detuvo en su carrera hacia la celebridad. Este capítulo de su biografía Ignatieff lo titula «Fama»: por él desfilan los personajes más relevantes, de Kennedy a Macmillan (que le concedió el título de «Sir»), de Einstein a Stravinsky, que le pidió un libreto para una cantata, que se estrenó en Israel, a donde viajaba con frecuencia.

La libertad iba a ser la obsesión intelectual de su vida. Por su capacidad de análisis y su confianza en el liberalismo ha pasado a la historia.

Porque el perfil judío de Isaiah Berlin es otra característica de este ruso con chaleco de gentleman inglés. Medió entre Weismann y Ben Gurión, dos visiones opuestas del sionismo, y se murió con la preocupación de no haber tomado suficiente partido a favor de quienes concluían sus plegarias con «el año próximo, en Jerusalén».

El perfil judío de Isaiah Berlin es otra característica de este ruso con chaleco de gentleman inglés.

Su ideología liberal, en un siglo marcado por tendencias totalitarias, no le impedía afirmar que era de izquierdas, al tiempo que cumplía con las tradiciones judías. Tuvo sus contradicciones, pero su voz se alzó como un faro de equilibrio. Como concluye Ignatieff en su biografía, «en un siglo oscuro, él demostró cómo debe ser la vida del espíritu: escéptica, irónica, desapasionada y libre».

Mariano José de Larra y el catolicismo liberal

De Mariano José de Larra (1809-1837) se conocen sus artículos de costumbres, pero no tanto su esfuerzo por construir una justificación religiosa de las ideas liberales. En aquellos momentos los principios de la Revolución francesa de 1789 parecían, en muchas mentalidades, incompatibles con los de la fe cristiana. La Iglesia, sin embargo, no era un bloque monolítico. Un sector de la misma podía defender el viejo absolutismo, pero otro se pronunciaba, con distintos matices, por la coexistencia con las nuevas sensibilidades.

Bélgica fue uno de los países donde el liberalismo católico adquirió mayor fuerza, a partir de un concepto novedoso en su tiempo: una Iglesia libre en un Estado libre. Los católicos sabrán aprovechar aquí el régimen de libertades para protagonizar un fuerte crecimiento. Se extienden así, por ejemplo, las escuelas católicas, que extraen su legitimidad del principio de libertad religiosa, no de una situación de privilegio como en otras naciones.

«Nos encontramos ante un intento de proporcionar un fundamento teológico a las teorías democráticas.»

Este modelo será una fuente de inspiración para los católicos españoles con inquietudes de modernidad. Ya a principios del siglo XX, Emilia Pardo Bazán, durante su viaje por tierras belgas, admirará la conjunción de una religiosidad vivaz, “sin letras muertas”, con un régimen liberal en el que los católicos podían ocupar el poder, sin que por eso se produjera una deriva ultraconservadora. La escritora gallega tenía ante sus ojos una demostración fehaciente de cómo un país, sin renunciar al catolicismo, se había convertido en uno de los más avanzados de Europa. Quedaba claro, pues, que la fe no representaba necesariamente un obstáculo para el progreso.

El catolicismo liberal belga se había visto influenciado por un sacerdote francés, Felicité Robert de Lamennais, quien había alcanzado un eco europeo con su periódico, L’Avenir. Desde su inicial ultramontanismo, Lamennais evolucionó hacia las posiciones revolucionarias de Palabras de un creyente, libro bellísimo, adelantado a su tiempo y digno de un teólogo de la liberación. En el Vaticano, sin embargo, el Papa pensaba de distinta manera y enseguida condenó una doctrina que le parecía perversa.


Lamennais: Paroles d’un croyant (Palabras de un creyente).


El anatema no evitó la rápida difusión de la obra: en 1834, al poco tiempo de su aparición, se publicaron dos traducciones al castellano en Burdeos y Marsella, a cargo de liberales españoles exiliados. Un año después, el libro se editaba en Sevilla y Cádiz. Y, en 1836, aparecía de la mano de un traductor de lujo, Mariano José de Larra, quién se tomó la libertad de retitularla El dogma de los hombres libres.

Seguramente, Fígaro conoció la obra del francés durante el viaje a París que efectuó poco antes. En el prólogo, Larra explica que ha traducido las Palabras, entre otros motivos, para deshacer el equívoco que identifica religión con fanatismo. En realidad, el catolicismo se distingue por sus principios democráticos y populares. Son los reyes, con el respaldo de los malos sacerdotes, quienes han adulterado la fe para colocarla al servicio de sus propios intereses.

Decir esto en 1836 tenía un significado político muy claro. Los progresistas se hallaban en el poder, la revolución liberal parecía reactivarse y se debatía sobre si el país necesitaba o no una nueva constitución. Para Larra estaba claro que sí porque la de 1812, apropiada a su tiempo, había quedado superada por las circunstancias. En el contexto de la guerra contra Napoleón se entendían concesiones como la invocación a la Trinidad y el reconocimiento del catolicismo como única religión verdadera. Un cuarto de siglo después, según nuestro escritor, no había necesidad de reconocer a la Iglesia semejante predominio. No se trataba de ir contra la religión, cuya necesidad no se discute, sino de evitar sus injerencias en los asuntos del Estado.

«Son los reyes, con el respaldo de los malos sacerdotes, quienes han adulterado la fe para colocarla al servicio de sus propios intereses.»

Nuestro hombre, sin embargo, va más allá. El historiador José Manuel Varela destacó cómo, en aquellos momentos, se había desengañado de los progresistas y situado a la izquierda de Mendizábal, es decir, en la órbita de los demócratas. El revolucionario Lamennais le brinda argumentos que van en este sentido. Por otra parte, Larra no olvida que el país se halla en medio de la guerra carlista. Si la causa de Dios es la causa del pueblo, los absolutistas pierden una de sus grandes bazas ideológicas, la justificación religiosa.

El éxito de lo prohibido

¿Hasta qué punto pudo tener eco la traducción de Larra? A su editor, sin duda le había atraído el caramelo de un título polémico, con numerosas ediciones en el extranjero. Solo en Francia, ya nueve. El Eco del Comercio señaló la coincidencia entre la aparición de carteles que anunciaban el libro de Lamennais y la noticia con el decreto de la Inquisición contra la obra. Para el periódico, el editor podía considerarse afortunado. El comentario aludía, seguramente, a la posibilidad de que las ventas se incrementaran por la atracción del público hacia lo prohibido.

Sin embargo, publicar un título condenado por el Papa era arriesgado. Aún más si se tenía en cuenta que su autor, tras el anatema, había optado por la apostasía. La censura, en efecto, no tardó en prohibir la difusión de El dogma de los hombres libres. Mientras tanto, en círculos moderados, la traducción de Larra suscitó reacciones críticas. Una de ellas, la de Juan Nicasio Gallego, que tradujo a su vez la Respuesta de un cristiano a las Palabras de un creyente, del abate Bautain. Nicasio Gallego, destacado sacerdote liberal, había sido represaliado por sus ideas en 1814 y 1827. En la primera fecha, se le confinó en un monasterio. En la segunda, tuvo que salir del país. No obstante, su evolución lo condujo a posiciones más templadas. Pudo así regresar a España, donde se convertiría en académico de la Lengua.

«Los absolutistas utilizaban la religión para justificar el poder absoluto de los reyes».

El influjo de Lamennais en nuestro país, sin embargo, va más lejos. Tras un periodo de silencio, que coincide con el agotamiento del progresismo y la década moderada, Joaquín María López escribe Glosa a las palabras de un creyente, un texto inacabado, de 43 páginas, donde ensalza al sacerdote francés calificándole de apóstol y mártir. López era un político profesional: había llegado a ocupar la presidencia del Gobierno y, aunque en 1854 se hallaba retirado de la vida pública, conservaba su estatus de gran prohombre del partido progresista, donde se tenía en cuenta su opinión.

Busto de Mariano José de Larra (1809-1837) en Madrid. © shutterstock 784130719

Fue entonces cuando estalló la revolución. Nuestro hombre, ante la nueva coyuntura política, creyó oportuno acudir a las Palabras y desempolvar el sentido democrático que proporcionaban a la fe. Es por eso que su lectura incide tanto en el valor de la libertad, ese pan que los pueblos han de ganar con el sudor de su frente. No sin mesianismo, lo que se busca aquí es comunicar un mensaje de redención de la humanidad: el mundo puede estar en manos de los opresores, pero se acerca el día en que triunfará la justicia. Porque la sociedad antigua está herida de muerte aunque de aún sus últimos coletazos.

La religión que profesaba y amaba

No obstante, que López incida tanto en aspectos políticos no significa, ni mucho menos, que no posea un profundo sentimiento creyente. No en vano había declarado algunos años atrás que el catolicismo era la religión que profesaba y amaba. El problema no era la doctrina, sino el mal uso que hacían de ella los fanáticos, en abierta oposición al auténtico espíritu del Evangelio.

Desde esta convicción, que el cristianismo primitivo ha sido desfigurado, la figura de Jesús se interpreta con el fin de iluminar la convulsa situación que vive nuevamente el país. El propósito es, ante todo, práctico, por lo que López no intenta construir un gran edificio teórico sino alcanzar un objetivo muy concreto. Sabe perfectamente que los absolutistas utilizan la religión para justificar el poder absoluto de los reyes. Se trata, pues, de invertir esa interpretación bíblica y demostrar que Cristo, lejos de ser el aliado de los tiranos, fue el primer progresista. Larra ya había defendido la misma táctica al advertir que el liberalismo triunfaría más rápidamente si, en lugar de hacer bandera de la impiedad, utilizaba el arma de la religión contra sus enemigos.

No en vano, frente un sistema de esclavitud, el carpintero de Judea había predicado la igualdad y la libertad. Nos encontramos, pues, ante un intento de proporcionar un fundamento teológico a las teorías democráticas. Es voluntad de Dios que los gobiernos velen por el bienestar de sus pueblos, desde el respeto a las formas democráticas, las que disfrutó el pueblo judío en su mejor momento, antes de dejar inconscientemente que los reyes dispusieran a su antojo de la autoridad.

«Cristo, lejos de ser el aliado de los tiranos, fue el primer progresista».

Se ha dicho que la Glosa de Lamennais quedó inédita. La introducción, sin embargo, apareció en las páginas de El Faro Nacional, un “diario político-religioso” que defendía los valores del catolicismo pero también los de la tolerancia. Sus promotores, desde una sensibilidad liberal, creían que el mundo evolucionaba de tal forma que aquel que se detenía se veía condenado al aplastamiento. Existía, sin embargo, un límite al progreso, el de la religión. La Iglesia custodiaba una verdad que ya era perfecta. Apartarse de la misma solo podía significar un retroceso.

El Faro Nacional propugnaba el liberalismo católico como alternativa a la revolución violenta de socialistas y anarquistas, basada en la abierta ruptura con el pasado a través del uso de la violencia. De lo que se trataba, por el contrario, era de conciliar la libertad con el orden a la vez que se eliminaban unas desigualdades sociales contrarias a la dignidad humana. Desde esta óptica, el pensamiento de Lamennais era acogido con entusiasmo. Para Joaquín María López, el autor de Palabras de un creyente, era el “Moysés que muestra a su pueblo la tierra de promisión”.

«Larra advirtió que el liberalismo triunfaría más rápidamente si, en lugar de hacer bandera de la impiedad, utilizaba contra sus enemigos el arma de la religión.»

López murió al poco tiempo y con él se truncó una interesante vía de reflexión sobre el papel de la religión en la sociedad. En se momento, el clero había perdido todo interés por adecuar la Iglesia a las exigencias del siglo. Las voces que reclamaban una puesta al día corresponden, significativamente, a laicos: lo que eran López y Larra. Ambos representantes de una cultura progresista en la que se manifestaba, a juicio de Emilio La Parra, “un claro interés por cambiar el sentido que la ortodoxia católica imprimía a la religión”.

Nicolás Gómez Dávila: el reaccionario concéntrico

Como con Wislawa Szymborska, con Gómez Dávila (Bogotá 1913-1994) hemos disfrutado del privilegio de asistir en primera fila al nacimiento de un clásico. Este Breviario de escolios que publica Atalanta con exquisito gusto y antologado por José Miguel Serrano —autor del mejor estudio sobre el colombiano: Democracia y nihilismo. Vida y obra de Nicolás Gómez Dávila (Eunsa, 2015)— y por Gonzalo Muñoz, marca el nivel de la completa recepción de Gómez Dávila. Primero, a comienzos del siglo, llegaron tímidas entregas en apasionadas editoriales minoritarias y combativas revistas literarias; luego, el boca a boca de críticos y lectores de peso; después, la contundente obra completa, también en Atalanta. Finalmente, esta antología viene a dejar sin excusas al público general de lectores cultos. Gómez Dávila queda al alcance de todos (quienes quieran).


Nicolás Gómez Dávila: Breviario de escolios. Madrid. Editorial Atalanta, 2018. 296 páginas


Aunque, como sus aforismos –que él llama escolios– son tan buenos, parecería que una antología es innecesaria. Es cierto: quien necesita la antología es el lector, que tendrá una selección más manejable y hecha con un criterio muy inclusivo. Los antólogos no han escogido –diría yo– los escolios que ellos prefieren, sino una selección de calidad de todos los tonos y los temas de Gómez Dávila. Por otra parte, la propia escritura de Nicolás Gómez Dávila propicia el breviario. No en vano confesó: “La única pretensión que tengo es la de no haber escrito un libro lineal sino concéntrico”. Muchos lectores, saldrán de esta antología deseando ampliar los círculos de sus escolios, pero todos habrán conocido suficientes círculos completos.

Nicolás Gómez Dávila en 1930. © Wikimedia Commons

Como prosista es acerado. No sobra nada. Como pensador es acerado. No hace concesiones a la modernidad. Estamos ante un reaccionario sin resquicios. Así que ándense ustedes con cuidado porque resulta incómodamente convincente. Lo prueba el hecho de que entre sus desazonados admiradores se cuentan numerosos pensadores de izquierdas, como Gabriel García Márquez: “Si yo no fuera comunista pensaría en todo y para todo como él”. O Fernando Savater, que confesaba lo “agónico y casi contradictorio” de su pasión por Gómez Dávila.

Savater suele repetir el aforismo suyo que prefiere: «Lo contrario de lo absurdo no es la razón sino la dicha». No es el único que se autorretrata con un escolio. El escritor Kiko Méndez-Monasterio con éste: “Sólo una cosa no es vana: la perfección sensual del instante”. El catedrático Francisco José Contreras escoge: “Contra el infortunio quizá basten el humor, el ingenio, el carácter -¿pero cómo consolarnos, sin Dios, de la insuficiencia de nuestras dichas?”. Y Cristian Campos, éste, que podría haberlo escrito él mismo en una crónica de actualidad: “Las concesiones al adversario llenan de admiración al imbécil”.

Usted también puede escoger el suyo, ¿entre estos?

 

Negarse a admirar es la marca de la Bestia.

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Aducir la belleza de una cosa en su defensa, irrita al alma plebeya.

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La idea inteligente produce placer sensual.

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Ningún ser merece nuestro interés más de un instante o menos de una vida.

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El político práctico perece bajo las consecuencias de las teorías que desdeña.

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El suicidio más acostumbrado en nuestro tiempo consiste en pegarse un balazo en el alma.

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Educar es enseñar a apasionarse con lo que carece de vigencia.

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La envidia es la lucidez del alma vil.

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Noble no es el alma a la que nada hiere, sino la que pronto sana.

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Los que niegan la existencia de rangos no se imaginan con cuánta claridad los demás les ven el suyo.

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La instrucción no cura la necedad, la pertrecha.

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El diablo patrocina el arte abstracto, porque representar es someterse.

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La inteligencia que no despierta hostilidad es anodina.

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Pasar de moda es mortal para el error.

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Mantengamos la confusión verbal entre estética y ética. Que feo signifique siempre algo malo y malo algo feo.

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Hay que pedirle a la vida que nos deje vegetar, porque sólo así podemos florecer.

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Toda hermosura es susceptible de interpretación cristiana.

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Sin lector inteligente no hay texto sutil.

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La idea improvisada brilla y se apaga.

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Una educación sin humanidades prepara sólo para oficios serviles.

Elvira Roca: contra los tristes tópicos

Imperiofobia es el best seller de «no ficción» más vendido en España en el último año. Todo el mundo habla de él. Con esta entrevista nos sumamos a la tertulia universal que ha generado un libro, que es un alegato contra la leyenda negra española (tristes tópicos) y mucho más.

Muchas gracias, querida colega, por conceder esta conversación a nueva revista. A estas alturas no vamos a recaer en las cuestiones básicas de un libro que hemos leído todos y cuyo comentario le hemos oído repetidamente a usted, interrogada por tierra, mar y aire (prensa, radio y televisión). Me gustaría, en cambio, que habláramos a propósito de él, de los múltiples interrogantes que genera. Por ejemplo, pronto va a alcanzar los cien mil ejemplares vendidos de un tomazo historiográfico. ¿Cómo se consigue eso?

—Mire, empecé a escribirlo y llegó un momento en que cambié no la letra, pero sí la música. Yo estaba escribiendo, como había hecho siempre hasta ese momento, un texto de registro académico. Se trataba de trasladar los datos de investigación que había ido acumulando en carpetas y carpetas… Y, de pronto, me vino a la cabeza mi experiencia de profesora de Bachillerato. Cuando empecé, tenía entre los alumnos cuatro príncipes de dieciocho años con ganas de aprender. No hay cosa más bonita que enseñar a gente así. Pues me acordé y me dije: si pretendo que estos y su tribu lean lo que estoy escribiendo ahora, me abandonan en la página 25. Y empecé a escribir de forma que Raúl o Adrián lo pudieran leer. Hubo un momento en que me solté y me dije: ¡abajo el tono muermo! Y como estaba convencida de que estaba redactando una obra completamente marginal que no la iba a leer nadie, una especie de fracaso aceptado, me dije que lo escribiría como me diera la gana, aunque quedan flecos del estilo primitivo, claro está. Y se produjo el milagro. Tenemos ya acreditado que el público que lee mayoritariamente el libro es gente de cultura media que no necesariamente ha estudiado historia o una carrera, no. Alguien lo ha leído y se lo recomienda a alguien que, a su vez, se lo recomienda a alguien… Marcial Pons me contó que había observado algo insólito, que llega una persona y compra un ejemplar y luego viene y compra varios. —¿Y, eso? —Pues porque lo regalan.

—El libro es muy legible, pero yo tenía la impresión de que los españoles habíamos interiorizado la leyenda negra. Habla usted en el libro de que no solo es que nos hayan inventado una leyenda negra, sino que los españoles nos la hemos creído hasta la exageración. ¿Cómo se produce ahora esta reacción? Para mí ha sido sorprendente.

—No lo sé, lo voy preguntando, se lo pregunto a los periodistas, a los lectores, pregunto y pregunto a ver si consigo comprender qué ha pasado. Yo pensaba, yendo todo bien, yendo estupendamente, en dos ediciones al año. Y nos hubiéramos podido dar con un canto en los dientes. Pregunto no por lo que me atañe, sino por el hecho en sí. Hay una respuesta que recibo muy frecuentemente de periodistas y de lectores en general: «Con este libro, me he quedado como perro al que quitan las pulgas». Hay una parte de la gente, que, de repente, ha descubierto que hay argumentos para no sentirse avergonzada de ser gente española, es una especie de cosa catártica, liberadora, algo así.

Paradójicamente, el catolicismo, tras la aparición del protestantismo, siente un complejo de culpa porque haya ocurrido la escisión.

—Orgullo patrio en un país donde no tenemos banderas en ningún sitio. Uno va por Manhattan y la bandera de eeuu ondea por todas partes.

—Sí. Misterio de los misterios, Un país con un lastre histórico tremendo, con una estructura territorial catastrófica, que se sostiene, que se ha mantenido históricamente. ¿Inercia? ¿Cuánto puede durar la inercia histórica? ¿Cuántos años de inercia tuvo el imperio otomano? España es una cosa históricamente sorprendente: no ves más que erosión, no ves más que demolición y, sin embargo, contra todo pronóstico, sin saber cómo, aquello resiste, aguanta. Hay una estructura por debajo que aguanta.

—En Italia pasa una cosa parecida…

—Sí, pero los italianos no han asumido de igual manera el rollo denigratorio. Y eso que yo tengo claro que vie-ne de la cultura católica. Paradójicamente, el catolicismo, tras la aparición del protestantismo, siente un complejo de culpa porque haya ocurrido la escisión, culpa por haber dado razones para que sucediera, culpa por no haberla sabido gestionar. Todo eso lo absorbe la cultura católica desde la papilla de la alfabetización y degenera en un difuso complejo de inferioridad.

—Es verdad. Qué pena que pasara aquello y cuánta culpa hemos tenido los católicos.

—Pero los otros no eran mejores. Cuando aparece el luteranismo, el protestantismo, la Iglesia católica tiene estos y aquellos defectos, pero también tienen los suyos los otros cristianos o los… budistas. Todos somos humanos. Parándose a estudiar un poco acerca del budismo, asombra cuántos lamas tibetanos han muerto envenenados. No es que no se puedan decir cosas del catolicismo, es que se pueden decir de todos. Me he dedicado a buscarles las cosquillas a los obispos ingleses, a los obispos de Canterbury, ¡y hay que ver!

—Desde luego, si miramos el cisma de Inglaterra y comparamos la altura moral de Tomás Moro con la de los disidentes, no hay color.

—A kilómetros de distancia. Pero el complejo ahí está. He organizado una exposición crítica en el centenario de Martín Lutero. Me he dirigido a varios lugares muy señalados de exposiciones y a otros sitios respetables de Madrid. En todas partes me han dado excusas. ¿Cómo es posible? En resumen, el relato oficial de Europa dice que el luteranismo es intocable. A partir de la Contrarreforma se produce el complejo de inferioridad católico y se asume la superioridad moral del otro: tú eres el malo, tú eres el culpable, tú no te has reformado y, por lo tanto, estás sin arreglar. Las palabras lo dicen todo, «Reforma» y «Contrarreforma». No se pueden decir las cosas más claramente: los de Carlos V estáis en contra de reformar, o sea, no te arreglas tú y obstaculizas que nos arreglemos los demás.


 

Elvira Roca: Imperiofobia y leyenda negra. Siruela, Madrid. 2017, 488 páginas.


 

—Ni comes, ni dejas comer. Como eslogan publicitario es fantástico.

—Martín Lutero se transforma en una figura intocable, sobre todo, para los católicos, intocable. Yo he hecho simplemente un planteamiento histórico de la situación, a mí lo religioso no me interesa nada. Sitúo a Martín Lutero en el contexto de la lucha entre el emperador Carlos y los príncipes alemanes, en el contexto de juego de poder, en ese momento en que Europa entera se está moviendo. Evidentemente, Lutero no sale favorecido. En absoluto sale favorecido, ni social ni personalmente.

—Si lee uno a sus discípulos, y ve el testimonio de Melanchthon…

—No puedes tocar la figura histórica de Martín Lutero, porque si la tocas, quiere decir automáticamente que eres un católico ultra, preconciliar, inquisitorial, y lo que quieras. A mí me da exactamente igual, pero el que dirige la sala de turno se descompone solo de pensar que se le pueda achacar una postura de católico, digamos, ultra. Es que no lo puede soportar. Hay pánico.

—¿Usted ha pensado que el sentido de lo que hace es muy parecido a lo que hizo Menéndez Pelayo en su día? Lo digo porque es filóloga e historiadora. Se trata de enfrentarse con los tópicos. La ciencia española de entonces, la Inquisición.

—Yo me enamoré totalmente de don Marcelino, leyendo La historia de los heterodoxos. Fíjese si era intransigente que hizo esa barbaridad no superada que acabo de mencionar. O sea, los heterodoxos esperaron siglos hasta que el ultra ortodoxo los estudió y les dio un sitio y una visibilidad. El mandarinato al que se oponía él y que controlaba los circuitos culturales europeos y españoles, los sigue controlando. Lo he descubierto yo este último año peregrinando a Wittenberg, «la ciudad de Lutero». Esto está así desde el siglo xviii. Por sí solo no se arregla.

Martín Lutero era un atormentado, sí, y con todas las consecuencias que trae eso.Y un fanático. Y lo que más me molesta, era un lacayo.

—Lo que dice supone la vuelta de esta sociedad a la más pura Inquisición. La antigua no permitía que alguien dijera en alta voz lo que la sociedad de su tiempo no aprobaba y podía llegar a condenarla a muerte si lo hacía. La Inquisición actual no permite decir en alto lo que no es políticamente correcto y condena a muerte civil a quien contraviene la prohibición.

—Pero en este caso es muchísimo más activa y muchísimo más efectiva que en el pasado, porque el proceso inquisitorial tenía sus abogados defensores, y, en realidad, más garantías desde el momento en que se trataba de algo tangible y había una documentación. Lo de ahora ocurre en el más absoluto silencio y sin que nadie dé la cara. Es el silencio absoluto. Es como el gran vacío a tu alrededor. Si te significas, desapareces. Y a ver quién es el guapo que se atreve a enfrentarse con esto.

—Dicho de manera positiva, Martín Lutero era una personalidad atormentada.

—Era un atormentado, sí, y con todas las consecuencias que trae eso. Y un fanático. Y lo que más molesta, era un lacayo: a mí la cobardía me molesta mucho. Está detrás de los príncipes alemanes y es la palanca. Es el suministrador de material más eficaz de unos intereses políticos muy concretos.

Grabado de Theodor de Bry (1528–1598) que ilustra el libro “Narratio regionum indicarum per Hispanos quosdam devastatarum verissima”, de Bartolomé de las Casas (1474-1566). La imagen es una captura de pantalla de esa obra digitalizada, que se puede consultar «online» en www.archive.org

—Bueno, Elvira. Nos habíamos convocado para hablar de su libro y hemos montado una tertulia sobre Lutero, aunque comprendo que la derivación viene de que considera una clave fundamental de la leyenda negra de España el prestigio de la cultura protestante frente a la cultura católica… Y a que tiene fresca la celebración del quinto centenario del luteranismo en 2017. Pero, en fin, aunque le han insistido hasta la saciedad, tengo que preguntarle por la Brevísima relación de la destrucción de las Indias de fray Bartolomé de las Casas, libro tenido por referencia fundamental para la leyenda negra y ante el que su actual Imperiofobia se erige como contrapunto de poder a poder.

—El problema del texto de la Brevísima relación es que se ha descontextualizado totalmente. Se publica en su contexto eclesiástico, y político también, para hacer lo que ese género de escritos tiene que hacer, provocar la polémica. Es, en principio, una cuestión de género literario. La poética del texto de fray Bartolomé incluye la exageración, la hipérbole, eso formaba parte de una tradición. A nadie le extraña. Cuando sale el libro no le extraña a nadie, nadie se rasga las vestiduras, ni dice qué loco. Formaba parte de un contexto, el de la polémica religiosa, en el que aquello estaba absolutamente aceptado. Pero el caso es que coges el texto de fray Bartolomé de las Casas y, veinticinco años después, lo trasladas de su sitio. Coincidiendo con la Pacificación de Gante en los Países Bajos, lo descubre el sistema propagandístico orangista, uno de los mejores servicios de información y propaganda que ha existido en el mundo. Agarra el texto y lo traduce a las principales lenguas del momento (francés, neerlandés, inglés…), le coloca los grabados de De Bry y aquello alcanza en el espacio de un año doce ediciones en distintas lenguas. Ahora a ver cómo logras que el texto se lea en su propio sentido y no como testimonio de las atrocidades que los españoles han hecho en América. Entonces y a lo largo de los siglos, hasta el punto de que no hay un libro sobre América más veces traducido y editado. Es un disparate elevado a la enésima potencia. Mire un ejemplo sensu contrario que siempre repito. El primer virrey que tiene Nueva España, mi admirado Antonio de Mendoza, cuando arriba al Nuevo Mundo crea los virreinatos, es decir, monta la estructura política y administrativa más eficaz que se ha dado en nuestra cultura hasta este momento y que se mantendrá durante tres siglos. Pues bien, deja en 1551, cuando vuelve para España, una Relación de Avisos, un pequeño manual de buen gobierno del virreinato que lo lees hoy y te enamora. Es una maravilla. Desde las previsiones para los empedrados de Tenochtitlán hasta las indicaciones de cómo hay que arreglar los herbajes para multiplicar los cuadrúpedos y que los indios no tengan que llevar las mercancías a cuestas, ya que el sistema de transporte anterior a la llegada de los españoles era a lomo de indio, los tamales. Pues bien, la Relación y Avisos, conoce solamente dos ediciones; la última, del 76. ¿Por qué toda la visión historiográfica de la presencia de los españoles en América, siglos y siglos, está teñida de fray Bartolomé y no de Antonio de Mendoza? Mendoza fue mucho más influyente y más beneficioso.

—Desde luego llama la atención la escasa presencia en cierta bibliografía de lo que muy pronto habría de ser el derecho de gentes, la doctrina del Corpus Hispanorum de Pace de la Escuela de Salamanca, textos que, en último término, están basados en la fe cristiana que profesa que todos los seres humanos somos hijos de Dios y, por consiguiente, hermanos.

—Totalmente. Mendoza ya está previendo la necesidad de nombrar jueces indios para administrar justicia en determinadas cosas, tenía claro que había que implicar a los indios en la administración de justicia. ¿Cuánto ha influido eso en la vida de la gente allí? ¿Y cuánto influyó fray Bartolomé? Es una cosa completamente disparatada la elección que se ha hecho de fijarse solamente en el fraile dominico. Eso se debe a una decisión propagandística. Que sigue ahí. Lo repito. Me he entretenido en mirar cuántos sitios han sido nombrados Patrimonio de la Humanidad en el Nuevo Mundo y cuántos de ellos son herencias que dejaron las expansiones coloniales, yo no las llamo imperiales, de los ingleses. Pues bien, la proporción es de veinte a uno a favor de la herencia de los españoles. El sitio con más lugares declarados Patrimonio de la Humanidad es México. Son ciento treinta y tantos. De esos, algo más de treinta son mixtos en el sentido de que o son lugares de la naturaleza solamente o lugares de la naturaleza con alguna construcción humana; el resto, más de noventa, son construcciones humanas edificadas durante el periodo virreinal. Los virreinatos le han dejado a América el mayor patrimonio que tiene y que ha sido y sigue siendo una fuente de riqueza. Es algo que se puede ver a golpe de Google y Wikipedia, no hace falta ser un avezado investigador, salta a la vista, pero no nos damos cuenta.

La poética del texto de fray Bartolomé incluye la exageración, la hipérbole, eso formaba parte de una tradición.

—En ese contexto, ¿qué habría que hacer para que las nuevas generaciones se den cuenta de la importancia de nuestro Siglo de Oro? O sea, para que no crean que se trata de una manía facha.

—Para empezar habría que abrir dos vías que ahora no se dan: una genuina libertad de expresión no coartada por lo políticamente correcto y los complejos, la libertad de que gozaban, a pesar de los pesares, los poetas y los autores en el Siglo de Oro que no ha sido alcanzada todavía en determinados grupos y territorios. Absoluta libertad de expresión. Y mirar donde no se mira. Por ejemplo, que se tome en cuenta que el Siglo de Oro está lleno de autores americanos. No los solemos estudiar en nuestros manuales y es necesario hacerlo. Su presencia debe ser más manifiesta, en todos los sentidos, de lo que es hasta ahora.

—Probablemente todas esas personalidades han sido engullidas en nuestros libros por las figuras tan tremendas que dio España en esos momentos, santa Teresa de Jesús, san Juan de la Cruz, Góngora, Quevedo, Lope, Calderón, Cervantes…

—En el Siglo de Oro cuesta trabajo la selección, hay un monstruo detrás de otro. Es una increíble conjunción astral. Me parece fascinante ese Madrid de la milla de oro en la que convivían tantos grandes escritores. Y la cultura del momento, porque la poesía del Siglo de Oro no es fácil de leer. Y su público no eran académicos, sino los corrillos de los mesones.

—Y también qué formación tenía que tener para poder entender las piezas de teatro del momento.

—Sí. Otra percepción que tenemos deformada es cómo imaginamos a la gente de la época. Lo estudia muy bien la gran Margit Frenk.

—¿La conoce?

—Personalmente no.

Hemos generado una sociedad que es incapaz de vivir en silencio, que es incapaz de leer algo que requiera una mínima atención de forma continuada.

—Yo sí. Le gustaría. Soy un admirador de esta colega, aunque hace mucho que no la veo: la última vez debió ser en 1995, en el Congreso de la AIH en Birmingham.

—A mí me encantan sus trabajos. Ha visto muy bien la influencia que la predicación y la oralidad tenían en aquella época. Nosotros pensamos que el 80% de la población de entonces era analfabeta y la imaginamos por debajo de los analfabetos funcionales de ahora. No tiene nada que ver. El analfabeto del siglo xvi o del xvii tenía una cultura oral de la que el actual carece. Aquel por lo menos iba a misa y escuchaba a los predicadores.

—Tendríamos que hacer algo para recuperar esa riqueza que son los clásicos, que es donde está nuestra herencia cultural. Se pierden muchas cosas, pero queda algo que cada vez nos hace subir un peldaño más.

—Ahora mismo no se puede.

—¿Cree que no?

—Hombre, algo se intenta hacer constantemente, pero hemos generado una sociedad que es incapaz de vivir en silencio, que es incapaz de leer algo que requiera una mínima atención de forma continuada. Cada vez tenemos menos memoria. Toda nuestra cultura está hecha de palabras, y ahora mismo los jóvenes tienen poco más de mil para administrarse el cerebro y construir pensamientos.

Cada vez tenemos menos memoria. Toda nuestra cultura está hecha de palabras, y ahora mismo los jóvenes no tienen más de mil para administrarse.

—Siendo yo joven profesor, se hizo un estudio que arrojó que nos movíamos sobre las seis mil palabras. Era un problema. Si ahora no pasamos de mil, vaya problemón.

—Yo comencé un trabajo que no pude terminar sobre la influencia de Operación Triunfo de rtve. Ya la primera edición me había parecido horrorosa, pero me fui a Estados Unidos y no di más alas al asunto. A mi vuelta, había más ediciones y un día, escuchando en el coche Radio Futura, llamó mi atención el verso de una canción que decía: en la piscina de un hotel, con aire escéptico… ¡Escéptico! ¿Habría alguien de la generación de Operación Triunfo capaz de utilizar esa palabra en una canción? Me fui a la sgae y analicé el vocabulario de las veinte canciones más vendidas en periodos de cinco años (1985, 1990, 1995, 2000…) y el resultado fue pavoroso, la reducción de vocabulario en las canciones era tremenda. Todo cultismo o semicultismo, incluso haciendo concordancias al estilo de Guillén de Ávila, las rimas, los diversos tipos de rimas o las rimas reiteradas, todo con cincuenta palabras. Se había producido un achatamiento léxico y semántico radical en veinte años. También es ilustrador el fenómeno de la cantidad de notas a pie de página que hace falta para cualquier cosa. Cuando yo empecé a enseñar en el instituto, los alumnos leían Trafalgar de Pérez Galdós, pero ya no pueden. Imposible. Es absolutamente inviable. Puedes sobrellevar una página si hay tres o cuatro palabras que no identificas o entiendes, que tienes que mirar en el diccionario, pero cuando en cada página no entiendes diez o veinte o más términos, es imposible.

Cuando yo empecé a enseñar en Secundaria, los alumnos leían Trafalgar de Pérez Galdós, pero ya no pueden. Imposible. Es absolutamente inviable.

—Están leyendo en otro idioma.

—Exacto, están leyendo en otro idioma. Retienen cuatro palabras que entraron como una mosca en la habitación y luego se salieron por la puerta o por la ventana. Las nuevas generaciones tienen que enriquecerse con la lectura. Hasta que he pedido la excedencia, he estado leyendo el Quijote en clase. Pero últimamente he tenido que acompañarlos en la lectura siempre. No pueden leer solos. Si no, se achicharran y no entienden nada, es como si estuviesen leyendo en otro idioma, efectivamente, en serbocroata, por ejemplo. Atascándose constantemente en cada palabra, en cada párrafo, es imposible que uno pase las páginas con un poco de alegría. Pero con mil palabras no se puede. Y como no tienen hábito de lectura y como la cantidad de vocabulario de uso común se ha reducido muchísimo…

—Víctor García Hoz decía que con menos de seis mil palabras es imposible tener pensamiento teórico, abstracto, que es lo propio del ser humano.

—A propósito de eso, hace unos días acabé un artículo sobre epistemología española para la revista que dirige Fernando Savater. Uno puede construir un pensamiento sólido o no, pero lo que es seguro es que no puede construir nada sin herramientas, sin material. Los ladrillos tienen que estar ahí y los ladrillos son las palabras. La reducción del vocabulario de uso es algo horroroso. Volviendo a mi particular reflexión a partir de las canciones de Radio Futura, escucho: han caído los dos cual soldados. La idea de construir ahora un verso así en la Operación Triunfo sería inverosímil. Todo ha quedado reducido a cuatro frases como «no puedo vivir sin ti», «¡Oh, mi amor!». Y ya está. Son muletillas que puedes combinar de dos en dos o de tres en tres. Y se acabó.

—Lo suyo es ir contra corriente. El otro día tuvo una intervención en una reunión en el Congreso de los Diputados con motivo del Día de la Mujer, que se hizo viral.

—No sé muy bien a qué obedecía mi presencia en un acto de ese tipo. Supongo que es signo de los tiempos plegarse a toda clase de modas. Así que de pronto me encuentro en una rueda con todo el feminismo de género, que es como una nueva religión. Tan es así que se enseña en las escuelas. Estaban en tono reivindicativo. Y a mí reivindicar sin concretar y repitiendo eslóganes me suena infantil. ¿Contra quién reivindicas? ¿La sociedad? ¿Los políticos? ¿El mundo en general? Es como pedirle a Dios. Así que pensé: o improviso un par de tonterías o digo lo que pienso. Y como ya no tengo edad para decir tonterías, dije lo que estaba pensando.

Creo que deberíamos evitar que se enrarecieran más y más las relaciones entre hombres y mujeres.

—Empieza diciendo que iba a sonar rara su intervención.

—Sí, porque pensaba que lo que se esperaba era que entre todas hiciéramos un manual de agravios contra los hombres. ¿Por qué? Es como si los hombres se tiraran a la calle porque tienen una esperanza de vida siete años menor que las mujeres. Claro que es verdaderamente difícil criar hijos y tener un trabajo. ¿Quién tiene la culpa? A los hombres también les es ahora muy difícil conciliar. Creo que deberíamos evitar que se enrarecieran más y más las relaciones entre hombres y mujeres, lo que está pasando, por cierto y mucho, en las nuevas generaciones.

—Ciertamente es un problema importantísimo.

—A este paso acabamos con el mundo. El otro día vi un reportaje estremecedor, El imperio de los sin sexo, en el que se afirma que más de la mitad de los varones en Japón no tienen relaciones sexuales con las mujeres.

—La pérdida del sentido común es uno de los problemas más importantes del siglo xxi. O sea, ahora aceptamos que los seres humanos no tenemos una intuición básica de que debemos ajustarnos a la verdad: es la dictadura del relativismo.

—Sí. Parece que se está cumpliendo la frase aquella atribuida a André Malraux: «El siglo xxi será religioso o no será». Y vamos camino de no ser. No hay religión, pero hay sucedáneos, que es peor.

—En eso estamos de acuerdo una persona todavía no religiosa como usted y un católico como yo.

—Me pregunto si solamente la religión puede ofrecer al ser humano un norte, una guía, una brújula moral estable. ¿Es necesario que la moral esté vinculada a la trascendencia? Gran asunto. Porque en el momento en que el ser humano se convierte en fabricante de su propia moral, con justificaciones de aquí y ahora, entonces aparecen muchos fabricantes de ese producto y el sentido de la vida se vuelve inestable. A partir de ahí, el pueblo deja de creer en los dioses y cree en cualquier cosa. Se suceden las modas morales. Esto es grave.

Hasta aquí la entrevista. Nos hemos reunido para hablar sobre el tópico de la leyenda negra española y de la imperiofobia en general y, superando tópico tras tópico, hemos recalado en el relato bíblico del Génesis: «Dios impuso al ser humano este mandamiento: de cualquier árbol del jardín puedes comer, pero del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás, porque el día que comieres de él, morirás sin remedio» (Gen 2:16-17).


Véase también: Elvira Roca y la leyenda negra: contra la culpa fruto de invenciones.