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Los sistemas de gobierno de las universidades en los EE.UU.

Desde que aparecieron las clasificaciones internacionales de universidades e instituciones de educación superior e investigación, las universidades anglosajonas, mayoritariamente las norteamericanas, han obtenido magníficos resultados. A partir de 2003, cuando la Universidad Jiao Tong de Shanghái publicó por primera vez sus clasificaciones, ha habido un fuerte debate internacional sobre los méritos de las clasificaciones y los criterios objetivos y subjetivos empleados en la creación de las listas. Bien sabido es que abundan mitos, realidades, virtudes y defectos en los rankings universitarios; sin embargo es innegable que los rankings internacionales no desaparecerán por muchos años y que, en su afán por ser incluidas en las listas de las mejores, muchas universidades intentarán imitar ciertas características de las más reconocidas universidades norteamericanas, incluso su sistema de gobierno.

¿Es posible imitar el modelo norteamericano en España u otros países? Sic et non. El historiador británico de las artes visuales E. H. Gombrich nos ha permitido entender la historia del arte como «un continuo fluir e intercambio de tradiciones, en los que cada obra se remite al pasado y apunta hacia el futuro, en una vivida cadena que incluso vincula nuestra época con la de las pirámides». Tradición e innovación en arte y arquitectura, literatura, ciencia y tecnología, y otras áreas de la actividad humana, han ido entrelazadas desde los tiempos primitivos hasta nuestros días; la imitación así como el rechazo de aspectos determinados de la tradición forman parte del desarrollo de la sociedad y sus instituciones (vinos nuevos en odres nuevos). Asimismo, el sistema de educación superior en los Estados Unidos ha sido influido por las universidades europeas, en particular las del Reino Unido y Alemania, y aún pueden aprender de ellas.

Autonomía y descentralización

Si bien los Estados Unidos y Europa comparten valores tradicionales del mundo occidental, es cierto que en este momento los sistemas universitarios españoles y norteamericanos son distintos en su modo de gobernar. El sistema norteamericano, que se hace realidad en más de 4.500 universidades, se caracteriza por su gran diversidad, autonomía y descentralización —consúltese la Carnegie Classification of Institutions—, y una regulación muy escasa que permite la posibilidad de experimentar con diferentes modelos para gobernarlas. A pesar de un alto grado de heterogeneidad y libertad en el sistema, ha existido a la vez un alto grado de coincidencia entre los sistemas de gobierno de las universidades norteamericanas públicas y privadas. Aquí me refiero principalmente a las 250 universidades que tienen fuertes programas de educación e investigación (educación e investigación no existen por separado en los Estados Unidos como en Europa, China o Rusia).

A diferencia del modelo europeo, el principio fundamental que establece el modo de gobernar estas universidades norteamericanas —tanto públicas como privadas— es la idea de un «gobierno compartido» (shared governance) por tres principales instancias: a) el Consejo de Administración (variamente llamado Board of Trustees o Board of Visitors o Board of Regents o simplemente The Corporation), b) el presidente o Chief Executive Officer (CEO, director ejecutivo), y c) el cuerpo docente e investigador (Faculty). Esta estructura refleja un proceso dinámico y flexible que se basa en el reconocimiento y respeto de cada uno de los tres socios principales y que cambia según el que tiene la mayor ventaja en cada momento. La confianza mutua es imprescindible, así como la capacidad de colaborar y persuadir sin forzar. Imagine el lector no un perfecto triángulo equilátero con una separación de tres poderes iguales, sino más bien tres círculos superpuestos dejando en el centro un espacio libre donde convergen los tres poderes. En el sistema norteamericano los sindicatos y los alumnos aún tienen mucho menos influencia en el gobierno de las universidades que en España y Europa, si bien hay uno o más representantes de los empleados y estudiantes en el consejo de administración y su influencia puede ser considerable en casos determinados.

Difícil exportación de modelo a España

Repasemos brevemente las funciones de los tres socios tal como se resumieron en una declaración publicada por la American Association of University Professors (AAUP) en 1966, un documento esencial en cuanto a la política del gobierno de las universidades, y aún es vigente hoy. A mi parecer, sería difícil exportar plenamente esta estructura a España.

El papel esencial del Consejo de Administración es el de buscar y nombrar un excelente presidente (rector) para dirigir la universidad.

El Consejo de Administración representa el bien público, aprueba la misión y los objetivos de la universidad, supervisa de modo general todos sus programas, su situación económica y el buen orden del campus. Asimismo, otorga al presidente la autoridad de impartir títulos con la aprobación de los profesores, aprueba toda nueva construcción, nuevos programas académicos e iniciativas de mayor alcance, y aprueba la propiedad de cátedra (contrato indefinido de permanencia, tenure) de todos los profesores. Tiene la responsabilidad del estado de «salud» del campus —desde la situación económica al prestigio de sus programas— y el bienestar de la institución. El número de consejeros varía según la historia y tradiciones de la universidad: el Consejo de Harvard, por ejemplo, que hasta el año 2010 constaba de solo 7 miembros hoy tiene unos 12 o 13; el de Boston University (privada) consta de 33 y el de la Universidad de Massachusetts (pública) de 22 miembros. En las universidades privadas, el Consejo suele perpetuarse a sí mismo, nombrando sus propios miembros, mientras que en el caso de las universidades públicas, el gobernador del Estado (no federal) suele tener mayor influencia externa: por ejemplo, el Consejo Administrativo de la Universidad de Massachusetts incluye 19 miembros con derecho a voto designados por un periodo de cinco años (con máximo de 10 años); 16 de ellos son designados por el gobernador del Estado, un miembro de los trabajadores organizados, dos estudiantes por un año, más tres miembros ex officio, entre ellos el presidente de la junta, designado por el gobernador. A su vez, el Comité de Administración, tanto en las públicas como en las privadas, tiene varios consejos, típicamente llamados Board of Overseers (el consejo de supervisores), además de varios comités, que se encargan de supervisar diversos aspectos académicos y administrativos de la institución. La mayoría de los miembros son hombres y mujeres reconocidos por su experiencia en negocios, finanzas o cultura; también incluye algunos académicos, aunque su representación es más bien mínima. Las aportaciones individuales de los consejeros fideicomisarios influyen de modo directo o indirecto en el gobierno de las universidades.

A diferencia de España, el presidente (rector) no es elegido para un plazo fijo, ni es un funcionario del Gobierno.

El papel esencial del Consejo de Administración, además de su responsabilidad fiduciaria, es, sin duda alguna, el de buscar y nombrar un excelente presidente para dirigir la universidad, y evaluar periodicamente su progreso. Una buena relación entre el Comité y el presidente es fundamental para el buen gobierno de la universidad y su éxito global. El presidente ejerce autoridad para efectuar grandes cambios, adaptando la universidad a las circunstancias siempre cambiantes. A diferencia de España, el presidente no es elegido para un plazo fijo; ni es un funcionario del Gobierno, sino que es nombrado por el Consejo de Administración en el caso de las universidades privadas, y por el gobernador del Estado en las públicas, en el buen entendido de que el gobernador actúa reconociendo la pertinente autoridad del Consejo Administrativo.

Frontera porosa entre lo académico y lo administrativo

Las responsabilidades del presidente son generalmente más amplias que las de un típico rector español; no se puede fácilmente comparar las funciones de los dos puestos; en el sistema norteamericano, la diferencia entre el éxito y el fracaso de la universidad es casi siempre el liderazgo del presidente. A diferencia del sistema español, el reclutamiento de un presidente norteamericano es algo así como un baile o cortejo entre el Consejo de Administración y el candidato, que quieren conocerse mejor para juzgar si son una buena conquista o un buen match. No hay un solo modelo de presidente o lo que sería un presidente idóneo: serán casi todos académicos, pero lo que la institución busca en su presidente en cualquier momento variará no solo según sus tradiciones sino también las circunstancias en las que es nombrado: en ciertos momentos se necesitará una figura de gran prestigio académico; en otros un candidato con mayor experiencia en el sector público o privado, regional o global; o bien un candidato reconocido por su alta capacidad diplomática que pueda calmar las tensiones políticas y sociales; o por su conocimiento de los presupuestos. Las fronteras académico-administrativas suelen ser porosas: el presidente de una universidad privada puede haber hecho sus estudios principalmente en universidades públicas y a la vez el presidente de una universidad pública se habrá graduado en una universidad privada fuera de su región e incluso en el extranjero. No debe sorprender, por ejemplo, que el actual presidente de una reconocida universidad en el estado de Virginia fuera anteriormente un profesor español que hizo su carrera en ingeniería en la Politécnica de Madrid y un doctorado en la Georgia Institute of Technology y es universalmente reconocido por su liderazgo en la administración de empresas. O que el actual presidente de la universidad pública de Massachusetts, que consta de cinco campus, hubiera hecho sus estudios en instituciones públicas y privadas además de haber sido miembro de la Cámara de los Representantes en Washington durante 14 años. Hay varios ejemplos de alto perfil político y otro personal no académico designados como presidentes de universidades pero la transición de políticos a la universidad es todavía rara; hasta el año 2011, solo un 2% de presidentes elegidos o designados fueron anteriormente políticos.

La diferencia entre el éxito y el fracaso de la universidad es casi siempre el liderazgo del presidente.

Consta que en los últimos tiempos han surgido una serie de factores que han afectado el modelo de gobierno compartido, ampliando aún más las responsabilidades del presidente y asimismo las oportunidades para efectuar grandes cambios en la universidad: en particular, la crisis económica de 2008, el elevado costo de la educación y las tasas cada vez más altas y la gran disminución en el financiamiento público de la universidad. A diferencia de España, donde los rectores pueden contar con el Estado por más del 90% de su presupuesto anual, muchas universidades públicas en los Estados Unidos apenas reciben un 25% de su presupuesto del Estado regional. De allí resulta que, si la función esencial del Consejo es nombrar un presidente brillante, la del presidente norteamericano es procurar nuevos fondos públicos y privados —en muchos casos miles de millones— para aumentar la competitividad de su institución, elevando su posición (ranking) en el plano regional e internacionales. Esta aspiración filantrópica es común a las universidades privadas y públicas, aunque la prioridad del presidente de la universidad pública es presionar al Estado para obtener más fondos para el sistema universitario. Se dirá, con razón, que pocas universidades extranjeras son capaces de procurar esas enormes cantidades de fondos, sobre todo en sitios donde no existe una fuerte tradición filantrópica, como es el caso en España —donde el rector no tiene esa responsabilidad filantrópica—, pero la sociedad norteamericana entiende que la búsqueda de fondos, además de necesaria, refleja el empeño de las instituciones públicas y privadas en mejorarse constantemente a sí mismas. También debe colaborar el presidente con empresas y otras organizaciones privadas y con los antiguos alumnos (alumni) en beneficio de los estudiantes y profesores de la universidad.

A diferencia de España, donde los rectores pueden contar con el Estado por más del 90% de su presupuesto anual, muchas universidades públicas en los Estados Unidos apenas reciben un 25% de su presupuesto del Estado regional.

El tercer socio en el gobierno de la universidad es el cuerpo docente-investigador (the Faculty). Como en la búsqueda de un excelente presidente, el reclutamiento de los mejores profesores es un proceso generalmente abierto, meritocrático y altamente competitivo1. Su participación, individual o colectiva, en el gobierno de la universidad es imprescindible, pero en la mayoría de los casos los profesores suelen aconsejar y proponer, pero no decidir. Eso queda bien claro en el típico Manual de Profesores que reúne todas las normas que se aplican a las responsabilidades de los profesores. Los profesores establecen los criterios de admisión, el currículo, requisitos para los títulos, etc., contratación y promociones (Appointments and Promotions), clasificación de las categorías y títulos de los profesores, evaluación de su calidad, propiedad de cátedra y promoción a la misma, elección de decanos (que suelen ser miembros del cuerpo docente), ética (por ejemplo, libertad académica y ética electrónica); recursos humanos (condiciones de trabajo) y sabáticos u otorgamiento de tiempo libre para la investigación. Existen varios cuerpos administrativos que permiten la discusión de asuntos académicos a través de la universidad, como la Asamblea del Profesorado —correspondiente a la reunión del claustro en España— el Consejo del Profesorado, el «Senado» y otros (la Faculty Assembly y el Faculty Council), que eligen sus representantes y proponen o recomiendan acciones al presidente; la eficacia de estos cuerpos administrativos varía con las tradiciones y circunstancias de las universidades. Se debe advertir también que el número de puestos con derecho de cátedra va disminuyendo a favor de contratos de más corto plazo y más profesores a tiempo parcial que a la larga arriesga la participación de los profesores en el gobierno de las universidades.

La sociedad norteamericana entiende que la búsqueda de fondos, además de necesaria, refleja el empeño de las instituciones públicas y privadas en mejorarse constantemente a sí mismas.

Otra diferencia entre el modo de gobernar en los Estados Unidos y Europa es el hecho de que el principio de «gobierno compartido» vale igualmente para las universidades públicas y privadas, si bien con ciertas diferencias. Las universidades públicas gozan de menor independencia política y financiera que las privadas, ya que dependen de la administración del Estado al que pertenecen. En Massachusetts, donde existen 115 colleges y universidades (85 privadas y 30 públicas), resulta más difícil competir por nuevos fondos públicos, como por ejemplo, para crear una nueva facultad de Derecho (como hizo UMass. Dartmouth) porque ya existían varias de alta calidad en el sector privado. Por otro lado, como dije anteriormente, está muy claro que el presidente de la universidad pública también debe procurar nuevos fondos públicos y privados para mejorar su institución.

El papel del deporte

Otro factor que suele tener menor o ninguna relevancia en España, pero es una actividad importante en la sociedad norteamericana e influye de alguna manera en el gobierno de las universidades, es el deporte. No es pura casualidad que los más fuertes equipos deportivos al nivel nacional se encuentren en las grandes universidades públicas (aunque en algunas privadas también) del Midwest y South (Medio Oeste y Sur): Alabama, Missisipi, Ohio State, Michigan y Michigan State, Oklahoma, Florida State, Louisiana State, Virgina Tech, donde el deporte atrae la atención no solo de los estudiantes sino de antiguos alumnos y legisladores que pueden afectar las prioridades de la universidad. Lo cual no sugiere inferioridad académica. En mi estado de Massachusetts, por ejemplo, el campus de la UMass. Lowell ha recientemente transformado su equipo de hockey, un deporte muy popular en la Nueva Inglaterra, en uno de los más fuertes de la región, a la vez que la universidad ha subido considerablemente en los rankings regionales por sus programas innovadores en ingeniería y tecnología.

El reclutamiento de los mejores profesores es un proceso generalmente abierto, meritocrático y altamente competitivo.

El modelo de gobierno compartido no elimina la presencia de dinámicas tensiones administrativas dentro de la universidad, pero estas suelen ser tensiones previsibles y normales. Para que toda universidad cumpla su misión de docencia, investigación y servicio a la sociedad de manera eficaz y eficiente, necesita al mínimo tres cosas: espacio, puestos de trabajo vacantes, y fondos. El control de los recursos forzosamente crea tensiones entre el Consejo Administrativo, el presidente y el cuerpo docente e investigador, tensiones que se manifiestan sobre todo en la distribución de los fondos; quien controla las colegiaturas (tuition) controla en gran parte el espacio, las plazas y los presupuestos (budgets). Surgirán inevitables tensiones entre los consejeros y el presidente, y entre el Provost (Secretario General Académico, autoridad suprema en el orden académico) y sus decanos frente a la independencia de los profesores que desean crear nuevos programas académicos. No obstante, como en España, las universidades norteamericanas crean mecanismos para evitar grandes conflictos administrativos y asegurar el bienestar de la institución a largo plazo, como a través de las asambleas y consejos de profesores.

Evaluando la eficacia de la institución

Hay varios modos, internos y externos, de evaluar la eficacia de la organización y gobierno de las universidades norteamericanas, todos independientes del Estado. El Consejo Administrativo (Board of Trustees) de las universidades suele poseer normas de evaluación en sus estatutos (By-Laws), desempeña su labor a través de comités, por ejemplo, el Comité de Auditoría, el Comité Ejecutivo, el Comité de Compensación, el Comité de Presupuesto y Finanzas, el Comité de Gobierno y el Comité de Asuntos Estudiantiles, además de varios consejos administrativos (por ejemplo, el ya mencionado Consejo Universitario de Inspectores (the University Board of Overseers) que evalúa departamentos académicos y periódicamente pre-para una serie de informes para evaluar específicamente la eficacia del gobierno de la universidad.
Tanto las universidades públicas como las privadas se someten voluntariamente a las mismas entidades regionales de evaluación profesional, como, por ejemplo, la New England Association of Schools and Colleges (NEASC), una entidad regional de la Comisión de Educación Superior (Commission on Higher Education) formada por las propias universidades y constituida por profesores elegidos por su prestigio en distintos campos de especialización. En 2013-2014 NEASC evaluó y acreditó más de veinte universidades con la participación de unos cien profesores y administradores, todos ellos voluntarios. Este proceso de evaluación requeriría una gran cantidad de fondos públicos si fuera dirigido por empleados del Estado regional o federal. También reciben valiosa información a través de asesores externos de asociaciones profesionales como ABET y AACSB, o del Comité de la Gobernanza de la Asociación Americana de Profesores de Universidad (AAUP).

Gobierno compartido

El modelo de gobierno compartido ha contribuido considerablemente a la autonomía y alta calidad de las universidades. En una reciente encuesta sobre el gobierno compartido, organizada por la Asociación de Consejos de Gobierno (Association of Governing Boards, AGB) con la ayuda de profesores de la Asociación Norteamericana de Profesores de Universidad (AAUP), trescientos presidentes y miles de miembros del cuerpo ejecutivo afirmaron que esta forma de gobernar sigue siendo necesaria e importante para la educación superior en el país, y que aún existe confianza y buena fe entre las tres entidades principales, o sea, el Consejo, el presidente y el cuerpo docente-investigador. Sin embargo, también señalaron que cada una de las tres entidades no está debidamente enterada de las prioridades y actividades de los otros y que necesitan mejor información y mayor comprensión del valor que cada uno de los tres aporta a la discusión.

La raíz de la reforma universitaria está en acertar plenamente con su misión, darle su autenticidad y no empeñarnos en que sea lo que no es.

En particular, sin entrar en mucho detalle, los presidentes opinaron que solo el 20% de los profesores comprenden la labor de los consejeros y solo el 30% del Consejo comprende el trabajo de los profesores. Estos datos sugieren la necesidad de abordar un nuevo y dinámico diálogo entre las tres entidades sobre el modo de gobernar a base de una misión compartida y una jerarquización de prioridades. Se esperaría no solo discutir la misión de la universidad en abstracto sino de evaluar y destacar los muchos rasgos distintivos de cada una de las universidades y colaborar integralmente en la creación de su propia excelencia académica y el modo adecuado de gobernarla en cada caso. Si las tres entidades no comparten una idea clara de la misión de su universidad y sus prioridades, ¿cómo hemos de esperar que la sociedad la comprenda y apoye?

En Misión de la Universidad (1930), Ortega y Gasset dijo que «la raíz de la reforma universitaria está en acertar plenamente con su misión…, darle su autenticidad y no empeñarnos en que sea lo que no es». El diálogo intra y extracomunitario es absolutamente fundamental en la reforma de cualquier sistema de educación. Como han notado recientemente varios rectores europeos, es posible que la universidad española (o extranjera) pueda imitar algunos aspectos del modo de gobernar norteamericano, por ejemplo, en reducir algunos órganos de gobierno para agilizar la gestión y aumentar la competitividad, dándole mayor autonomía, responsabilidad y recursos a los rectores. Pero dadas las diferentes circunstancias histórico-sociales de distintos países, resulta que lleva razón Ortega cuando afirma que «al imitar eludimos el esfuerzo creador de lucha con el problema que puede hacernos comprender el verdadero sentido y los límites o defectos de la solución que imitamos». Es necesario familiarizarnos con las mejores prácticas de otros, pero al final, como advirtió Ortega, «búsquese en el extranjero información, pero no modelo».

Es posible que la universidad española (o extranjera) pueda imitar algunos aspectos del modo de gobernar norteamericano, por ejemplo, reduciendo algunos órganos de gobierno para agilizar la gestión y aumentar la competitividad, dándole mayor autonomía, responsabilidad y recursos a los rectores.


(1) Véase mi artículo «El reclutamiento de los mejores» en Nueva Revista, núm. 151, 2014, 65-79.

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La respuesta de Ratzinger a la crisis de sentido

Según los datos del Instituto Nacional de Estadística, hasta 2013 en España el suicidio viene siendo la primera causa de muerte no producida por enfermedad, por encima de los accidentes de tráfico. La tasa general de suicidio española (8,3 por 100.000 habitantes) no es de las más elevadas en el panorama mundial (11,4 por 100.000 habitantes), pero resulta lo suficientemente significativa como para que se pueda considerar presente en nuestras vidas. Según los últimos estudios científicos, un 7,77% de las personas que cometieron suicidio eran menores de 30 años.

Joseph Ratzinger: Obras completas. BAC. Madrid

La Organización Mundial de la Salud estima que a cada suicidio cometido hay que sumar unas veinte tentativas.

El suicidio plantea importantes preguntas sobre los motivos personales y sociales que conducen a él. Se trata de un fenómeno multidimensional en sus causas. Entre las personales destacan la enfermedad mental, la depresión o el consumo de sustancias tóxicas. Entre las sociales se cuentan la insatisfacción laboral, el estrés o la presión del grupo (sobre todo en jóvenes). La apreciación de que la propia vida no tiene sentido siempre es subjetiva, y normalmente no es compartida por los seres queridos del suicida que lamentan el suceso. No obstante, se trata de una percepción real que presupone la convicción de un fracaso existencial.

Esas mismas estadísticas ponen de manifiesto que las personas religiosas cometen menos suicidios que las ateas. Desde la perspectiva de la filosofía del hombre y de la religión se propone como factor explicativo que el sentido que han encontrado las personas religiosas para sus vidas les ayuda a sobrellevar dificultades que comparten con los demás seres humanos. Es la interpretación que puede reconstruirse desde las aportaciones de uno de los mejores intérpretes del pensamiento religioso y de la cultura contemporánea de las últimas décadas, Joseph Ratzinger, el papa Benedicto XVI.

En un discurso dirigido a los representantes del mundo de la cultura, Benedicto XVI señalaba las contradicciones internas de la imperante cultura de la imagen. Esta tiene su contexto en la secularización en el mundo occidental, que conduce a pensar que Dios se ha vuelto superfluo para el hombre. De ella deriva un «culto al individuo», que se manifiesta bajo forma de hedonismo y consumismo. Este culto lleva a la convicción de que todo lo que el ser humano necesita para ser feliz es el bienestar corporal y que cada necesidad se satisface encontrando el producto adecuado en el mercado. La contradicción estriba en el abandono de la dimensión más profunda del ser humano, donde se encuentra su felicidad radical. Se produce «una tendencia hacia la superficialidad y un egocentrismo […]. En este contexto espiritual, existe el peligro de caer en una atrofia espiritual y en un vacío del corazón».

La dimensión trascendente

La filosofía y la teología hablan de la presencia de una «crisis de sentido», que fue descrita con acentos dramáticos por Pascal. El ser humano aspira por naturaleza a la felicidad, al bien, al amor y conocimiento, en grado infinito; pero no puede alcanzarlo por sí mismo. El ser humano se percibe como limitado en el alcance de sus buenas intenciones, culpable a veces del mal a su alrededor, y también víctima de los males que le acompañan bajo forma de enfermedad y muerte. No puede encontrar una respuesta en los seres inferiores, y tampoco en sus iguales, pues con todos comparte la limitación. Por eso, la crisis de sentido no puede resolverse si no es acudiendo a la dimensión trascendente.

La apreciación de que la propia vida no tiene sentido es subjetiva, pero presupone la convicción de un fracaso existencial.

Una opción posible, típica del subjetivismo postmoderno, es la de entender que la dimensión religiosa es una más entre las muchas necesidades individuales. En consecuencia, se debería tratar igual que cualquiera de esas necesidades: buscando lo que mejor se adapte al gusto del individuo. Así, se opta por adherirse a la religión que se considere más adecuada, o por tomar elementos de varias confesiones para construir una confesión propia, ecléctica, a la medida del sujeto. Benedicto XVI no ignora la comodidad de esta elección, pero identifica un peligro en esta opción, debido a que lo rompe la esfera del individualismo. Así lo advertía en su primer gran encuentro con los jóvenes del mundo: «La religión se convierte casi en un producto de consumo. Se escoge aquello que agrada […]. Pero la religión buscada “a la medida de cada uno” a la postre no nos ayuda. Es cómoda, pero en el momento de crisis nos abandona a nuestra suerte». Si no hay una instancia distinta de uno mismo, en el momento de encontrarse frente a un problema que el sujeto no sea capaz de resolver, se encontrará solo, sin apoyo y sin solución posible. Esta situación se conoce como desesperación existencial, y es capaz de hacer que la vida se perciba como un castigo insoportable.

La oferta religiosa de sentido

Frente a la opción de construir por nosotros mismos un sentido para nuestra vida hay otra opción posible: la de recibir ese sentido de otro, como un don. En esta línea se encuentra la interpretación que hace Ratzinger de la fe y de su necesidad para la vida humana. Entiende que se trata de un regalo que hace Dios al hombre que busca sentido. «El sentido no es un producto humano sino dado por Dios: […] es algo que nos sustenta, que precede y desborda nuestros propios pensamientos y descubrimientos, y solo de esa manera posee la capacidad de sustentar nuestra vida».

En la situación actual de la cultura occidental ha de superarse un obstáculo importante, tal vez el principal, para encontrar esa orientación fundamental de la vida. El hombre y la mujer de hoy en día son competitivos, confían todo a la ciencia y tienden a pensar que esta dará una respuesta a todo interrogante. Es la capacidad que se define como saber, por la cual el ser humano hace una interpretación de la realidad y de sus características, para ponerlas a su servicio. No es que Ratzinger haga una valoración negativa de la ciencia ni del saber tecnológico, simplemente señala que hay un error de principio en pretender que la ciencia responda a cuestiones que están fuera de su alcance. «La ciencia no puede sustituir a la filosofía y a la revelación, dando una respuesta exhaustiva a las cuestiones fundamentales del hombre, como las que atañen al sentido de la vida y la muerte, a los valores últimos y a la naturaleza del progreso mismo».

El hombre y la mujer de hoy en día confían todo a la ciencia y tienden a pensar que esta dará una respuesta a todo interrogante.

El auténtico desarrollo, destaca Benedicto XVI, es el que incluye la dimensión espiritual del hombre, y para ello es indispensable «captar el significado plenamente humano del quehacer del hombre, según el horizonte de sentido de la persona considerada en la globalidad de su ser». La técnica es capaz de responder a la forma óptima de ejecutar una acción, pero no al fin por el que esta se realiza, ni a la felicidad que pueda aportar al sujeto que la ejecuta. Y este es el ámbito específico de las elecciones morales y de la fe religiosa.

Para el Papa emérito la fe «antes de ser una creencia religiosa, es un modo de ver la realidad, un modo de pensar, una sensibilidad interior que enriquece al ser humano como tal». Permite contemplar la realidad tal y como es, en toda su profundidad, trascendiendo la esfera de la técnica y de la utilidad. Sin la percepción de Dios «todo se achata y se reduce a una sola dimensión. Todo queda aplastado en el plano material […] las cosas y las personas me interesan en la medida en que satisfacen mis necesidades, no por sí mismas». En cambio, desde la contemplación creyente, las personas y las cosas aparecen en toda su riqueza. Entre otras cosas, esta nueva valoración es lo que ha permitido a muchas personas creyentes reconocer el mal y resistirse a él aunque se encontraran solos: por ayudarles a captar el valor de la persona, han sido incapaces de hacer daño a otros, aunque el precio por ello fuera padecer la violencia. Es el caso de Maximiliano Kolbe o Janusz Korczak: hombres que antepusieron el sentido de la dignidad humana por encima de su propia supervivencia.

La fe, antes de ser una creencia religiosa, es un modo de ver la realidad, un modo de pensar, una sensibilidad interior que enriquece al ser humano como tal.

La primera necesidad, pues, para encontrar el sentido de la vida, es que la razón se abra a recibirlo de una instancia superior a ella misma. En eso precisamente consiste el acto de fe. En su esencia, el ser humano ya no ejercita el saber en cuanto conocimiento creado y adquirido con las propias fuerzas, sino el comprender. La diferencia entre un acto y otro estriba en la confianza que ejerce la razón creyente al aceptar lo que no ve. Se trata de un acto enteramente personal, que tiene un contenido, en el que la razón puede y debe profundizar porque aporta fundamento a su existencia y significado a lo que le rodea. Por eso concluía Ratzinger en su Introducción al cristianismo que en el acto de comprender «aprendemos a captar como sentido y como verdad el fundamento sobre el que nos hemos situado, aprendemos a reconocer que el fundamento constituye el sentido». Según estas palabras, tener un sentido en la vida es tener un fundamento que dé soporte a nuestra existencia por encima de los cambios de circunstancias, y que permita mantenerse firme ante las dificultades, fiel a uno mismo. Al mismo tiempo, ese fundamento es también la verdad, pero una verdad que se interpreta en clave existencial y por tanto, global.

Encuentro personal y amor

«¿Qué es la verdad?», pregunta de Pilato a Jesucristo. Nuestra cultura postmoderna considera la verdad como una presencia intrusa, limitante de la autonomía y libertad humanas, fuente de coerción y violencia. Por eso, se prefiere una sociedad donde la verdad no exista o carezca de importancia. Pero esta actitud, en principio tolerante, genera sus propias insuficiencias e injusticias, como pone de relieve cualquier análisis, por sumario que sea, de la facilidad con que se generan fake news. La posición de Ratzinger ante esto es la de compartir los motivos de rechazo hacia quienes se creen poseedores de la verdad, actitud que mueve a querer imponerla a los demás. Según declaraba en un encuentro con sus antiguos alumnos: «Nadie puede tener la verdad. Es la verdad la que nos posee, es algo vivo. Nosotros no la poseemos, sino que somos aferrados por ella».

Al referirse a la posesión, el pensamiento del pontífice emérito se sitúa en el extremo opuesto a cualquier forma de fanatismo, porque no la interpreta como sustitución de la libertad y de las capacidades propiamente humanas. La forma de posesión a la que se refiere es aquella que produce el amor: en efecto, quien ama a otra persona, se siente en cierto modo poseído por ella, ya que desea compartir con ella lo más profundo de su vida y empeñarse en facilitar la felicidad del otro. Esto no anula la inteligencia, la voluntad, ni las emociones del amante, sino que las potencia en el ejercicio del don. Por eso «solo permanecemos en ella si nos dejamos guiar y mover por ella; solo está en nosotros y para nosotros si somos, con ella y en ella, peregrinos de la verdad». Igual que el amor, no se tiene de una vez y para siempre, no es una realidad estática al modo de un objeto, sino que se adquiere día a día. Por eso, la verdad se parece más a una peregrinación: a la búsqueda constante del amor.

Nadie puede tener la verdad. Es la verdad la que nos posee, es algo vivo. Nosotros somos aferrados por ella.

Desde su ordenación episcopal en 1977, Ratzinger lleva como lema espiritual «colaborador de la verdad». Cree firmemente en la existencia de la verdad, y piensa que el cristianismo, desde su origen en el mundo antiguo, se define por su opción por el logos que da sentido a la existencia, frente al mito o relato imaginativo. Cree, por tanto, en la razón y en su capacidad para conocer. Pero no circunscribe la verdad ni la razón a la dimensión especulativa. Sin despreciar la dimensión más teorética del conocimiento, señala que la verdad es una persona, y que se ofrece en forma de amor personal: «La fe cristiana es más que una opción por la existencia de un fundamento espiritual del mundo; su fórmula principal no reza: “Creo algo” sino: “Creo en ti”. La fe cristiana es el encuentro con el hombre Jesús y, en tal encuentro, experimenta el sentido del mundo como persona».

En el encuentro personal se produce una concreción en hechos, porque Jesús de Nazaret se define como ser-para-los-demás que se entrega hasta el límite de lo humanamente posible. Ese amor que se hace donación supera la barrera de la inmortalidad y, con ello, contiene también una promesa de eternidad a quien quiere acogerse a esa propuesta. Por eso, para Ratzinger, «la fe cristiana vive de que no existe el sentido meramente objetivo; antes bien, este Sentido me conoce y me ama, a él me puedo encomendar con el gesto de un niño que sabe acogidas todas sus preguntas en el tú de la madre. Así, fe, confianza y amor son, en el fondo, uno y lo mismo, y todos los contenidos alrededor de los cuales gira la fe no constituyen más que concreciones del cambio que todo lo sostiene, del «creo en ti»: el descubrimiento de Dios en el rostro del hombre Jesús de Nazaret».

Quien emprenda la búsqueda de Dios puede encontrar el sentido de toda la realidad a cambio de muy poco.

Benedicto XVI insiste en que «No es la ciencia la que redime al hombre. El hombre es redimido por el amor», y que el Dios de Jesucristo «no es una lejana “causa primera” del mundo, porque su Hijo unigénito se ha hecho hombre y cada uno puede decir de Él: “Vivo de la fe en el Hijo de Dios, que me amó hasta entregarse por mí” (Ga 2,20)». Como consecuencia, nos invita, en primer lugar, a afrontar la cuestión del sentido, sin distracciones, porque nos jugamos la felicidad personal en ella. A continuación, advierte que «llevar al extremo nuestro intento de comprender al hombre prescindiendo totalmente de Dios nos conduce cada vez más al borde del abismo, o sea a prescindir completamente del hombre», y por eso renueva a los no creyentes la apuesta de Pascal por vivir como si Dios existiera. Quien no emprende una búsqueda, no va a encontrar nada; quien emprenda la búsqueda de Dios puede encontrar el sentido de toda la realidad a cambio de muy poco.

Dios es amor, recordaba Benedicto XVI en su primera encíclica. Ese amor es incondicional e inamovible, capaz de colmar las más nobles aspiraciones humanas, y por eso es esperanza que nos salva, título de su segunda encíclica. La clave de ese amor que es verdad y da sentido es una persona, Jesús de Nazaret, a quien Joseph Ratzinger ha dedicado una imponente trilogía. En estos títulos se sintetiza el núcleo de un mensaje que sigue siendo coherente para el hombre y la mujer postmoderno, por su sensibilidad poco dada a la abstracción y más afín a la realidad concreta y personal.


Crédito de la imagen: © shutterstock_276604352

Alta cultura de primera necesidad, advierte Bellamy

Profesor de Literatura y Filosofía en un colegio, François-Xavier Bellamy (París, 1985) sabe de lo que habla. No ha escrito una defensa de la educación desde la nostalgia, sino desde la urgencia. Avisa con dramática serenidad de los riesgos que arrostramos al no transmitir la cultura a las nuevas generaciones, a las que desheredamos de un riquísimo patrimonio cultural, imprescindible para ellos y para todos. Que su libro se haya convertido en un best-seller en Francia y esté recibiendo excelentes críticas en España es signo de esperanza.


François-Xavier Bellamy: Los desheredados. Ediciones Encuentro, 2018. 171 páginas.


Empieza por el principio, desactivando con suma atención los orígenes intelectuales del descrédito de la cultura, deconstruyendo a los maestros de la sospecha pedagógica, que identifica como Descartes (y su desconfianza hacia el saber heredado), Rosseau (y su mito del buen salvaje) y Bordieu (y su ataque sistemático a la cultura). Bellamy predica con el ejemplo su valoración a las ideas y desmenuza las que han creado el clima anti-cultural que asfixia a nuestras escuelas. Pone en práctica el escolio de Nicolás Gómez Dávila: “No es tanto de la barbarie de esta época de lo que toca hoy defenderse al hombre culto, como de su cultura”.

La segunda parte, cuando hace una defensa de la transmisión cultural, es todavía más emocionante. Muy fundada en teorías y en hechos contrastados, alienta una fe en la cultura, en la exigencia escolar, en la libertad y en la responsabilidad. Escribe, además, con fraseo vibrante. Logra un punto de equilibrio a medio camino (ahí donde está la virtud) entre el manifiesto y el ensayo.

Dice, por ejemplo:

Cuando no somos capaces de hacer vivir una cultura común, la sociedad se disuelve en una vuelta al estado natural que se parece mucho a este “embrutecimiento del mundo”.

*

El hombre es, por naturaleza, un ser necesitado; y, en la primera línea de las necesidades que le afligen, se encuentra la cultura.

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Es necesario un léxico desarrollado para aprender a sentir en las emociones las sutiles distinciones entre “amar”, “estimar”, “apreciar”, “admirar”, “agradar”, “adorar”, “querer”, “adular”… La puesta en juego del léxico no es sólo la precisión de la palabra: sin la diversidad de las palabras no sólo no podríamos comunicar de manera adecuada, sino que seríamos incapaces de reconocer en nosotros la singularidad de nuestros propios sentimientos.

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La única aventura verdadera de la existencia: la que consiste en llegar a ser uno mismo.

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Hemos decretado que la lengua era fascista, la literatura sexista, la historia nacionalista, la geografía etnocentrista y las ciencias dogmáticas, y no comprendemos por qué nuestros alumnos terminan por no conocer nada.

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La cultura, por desgracia, no siempre impide que el hombre sea inhumano; pero la incultura sí que le impide ser humano.

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Queremos entrar en nuestras vidas como consumidores en un supermercado: así de indeterminados, así de indiferentes, para mantener abiertas todas las opciones y dejarnos guiar solo por nuestros únicos apetitos.

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[La idealización de la juventud] Genera una gran ansiedad a los propios jóvenes, cuyo futuro solo puede ser vivido como una lenta degradación hacia los complejos de la edad adulta.

*

El concepto de “género” inaugura un nuevo campo de batalla en la guerra contra la cultura, esa herencia de alienación y aprisionamiento que debe, según sus promotores, caducar definitivamente.

*

Cuando hayamos terminado de condenar a la cultura como una fuente de estereotipos alienantes, ya no seremos capaces de percibir siquiera la naturaleza misma.

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Este mundo de incultura e indiferencia, promesa del cumplimiento de una libertad absoluta, podrá ser el de un salvajismo todavía inédito e, incluso, más amenazante, ya que, por esta misma incultura, seremos incapaces de percibirlo a medida que nos vaya atrapando.

*

Hacen falta muchos conocimientos para sorprenderse.

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Aprender es recibir en herencia lo que nos hace sensibles a la infinita belleza de la realidad más ordinaria.

*

¡Qué extraña sociedad es aquella que encierra a los adolescentes en la caricatura de su propia adolescencia, de la que se ha hecho un ideal!

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No hay acto de amor más grande que el acto de autoridad.

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Exigimos a nuestros enseñantes todos esos resultados privándoles de su trabajo específico: la transmisión de una cultura. Les pedimos que susciten cualidades que no pueden nacer más que de esa herencia que les impedimos ofrecer.

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[La cultura desactivaría la violencia de género mejor que cualquier eslogan ad hoc] ¿Cómo es posible que, en el país del amor cortés, de las novelas de caballería, de la tragedia clásica y del poema romántico, se pueda hablar mal de una mujer?

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[Nosotros no nos hemos hecho] Por nuestra lengua, por nuestra historia, por los saberes que hemos recibido, hemos sido conducidos hasta nosotros mismos, hasta nuestro propio pensamiento y a la libertad que hemos conquistado.

*

La ingratitud: he aquí de lo que muere una cultura.


Crédito de la imagen: © François-Régis Salefran (Wikimedia Commons)

 

Michel Zink sobre el futuro del libro digital y del libro impreso

El congreso sobre la Biblioteca de Occidente plantea la cuestión de si se debe proponer una lista de los libros que deberían continuar en forma impresa en la librería de toda familia mínimamente cultivada cuando la lectura digital se haya extendido universalmente.

No podría intentar responder directamente a esta cuestión, pues soy incapaz de hacerlo. Y soy incapaz pues no he conseguido franquear la etapa preliminar, que consiste en tomar las medidas de cómo será en el futuro el reparto entre la lectura digital y la lectura de libros impresos. Como un mal alumno que repite y no llega nunca al final en reflexiones inacabadas sobre este tema. Presento mis excusas porque así esquivaré la cuestión. Debo presentarlas también porque no tengo competencia particular en el dominio de la lectura digital y he de limitarme, como todo el mundo, por otra parte, a suposiciones, proyecciones e hipótesis.

En sí misma, la cuestión de la Biblioteca de Occidente es esencial para definir la cultura de Occidente y para asegurar su supervivencia. Pero, tal como está planteada, parece que considera como adquiridos dos presupuestos:

1) La lectura digital va a expandirse en detrimento de la compra y de la lectura de libros impresos. 2) En el reparto entre los dos modos de adquisición y de lectura de libros, el fondo clásico de una biblioteca privada estará constituida por libros impresos, las compras de ocasión y la lectura de distracción o de información inmediata caerán del lado digital.

Ninguno de estos dos supuestos puede, sin embargo, ser admitido sin examen ni discusión, aunque el primero parece imponerse como una intuición evidente.

Resultados de la encuesta sobre lectura de libros digitales en Francia en marzo de 2013: ciertamente, la lectura de libros digitales aumenta. Pero dos tercios de los lectores de libros digitales declaran que lo digital no ha cambiado sus hábitos de lectura. Los lectores de libros digitales son lectores cuya práctica se intensifica y que estiman que leen y compran cada vez más libros impresos. En fin, el 55% piensan que su uso de libros electrónicos va a aumentar, pero eran el 53% en septiembre de 2012; el 58% piensan que su uso de libros electrónicos permanecerá estable.

Incluso sobre el primer punto, la respuesta no es quizás tan clara como se podría pensar. Sin embargo, no cabe duda de que a medio plazo y sobre todo a largo plazo, la lectura digital ganará terreno. Se impondrá casi fatalmente en las generaciones que habrán aprendido a vivir con una pantalla ante sus ojos al mismo tiempo que a caminar y a hablar.

Los lectores de libros digitales son lectores cuya práctica se intensifica y que estiman que leen y compran cada vez más libros impresos.

Queda por saber en qué dominio se expandirá primero. Miremos primeramente los resultados de la encuesta: los lectores de libros electrónicos son mayoritariamente masculinos, jóvenes (menores de 35 años) y con estudios. La literatura es la materia que está a la cabeza de los libros electrónicos leídos. Y, como acabamos de ver, los lectores de libros electrónicos eran antes, siguen siendo e incluso se convierten en más lectores de libros impresos.

Como en toda encuesta, estos resultados pueden ser interpretados de muchas maneras. Pero sugieren en todo caso que la lectura de libros electrónicos progresa principalmente entre un público educado y cultivado.

No desmiente, pues, la duda siguiente: ¿Estamos seguros de que será el fondo clásico el que permanecerá en forma impresa en las casas particulares y que la lectura de distracción o de información se hará de forma electrónica? ¿Ocurrirá lo contrario?

La hipótesis aceptada, al parecer, por este coloquio es que el hombre cultivado tendrá en su casa un mínimo de obras impresas correspondiente al zócalo de su cultura y de sus conocimientos y que cargará en su lectora electrónica las novelas policíacas que leerá en el tren o en el avión. ¿Estamos seguros de esto? ¿No podría ocurrir que comprase para el tren o el avión novelas policíacas en formato de bolsillo y que consultase la literatura clásica o las obras serias en soporte electrónico?

Pues estamos viendo penetrar la lectura electrónica por dos canales diferentes. De una parte, la lectura cotidiana y, si se quiere, no profesional mediante las lectoras digitales. De otra parte, la lectura de información profesional o de saber universitario, vía ordenadores (las tabletas pueden ser utilizadas de una manera o de otra, pero se sitúan actualmente más bien en el rango de las «lectoras»). El lector de libro electrónico cuyo retrato sale de la encuesta (hombre joven y con titulación) es evidentemente también un lector de informaciones suministradas por los motores de búsqueda que utiliza constantemente, espontáneamente en sus estudios o en su vida profesional.

¿No podría ocurrir que el hombre cultivado comprase para el tren o el avión novelas policíacas en formato de bolsillo y que consultase la literatura clásica o las obras serias en soporte electrónico?

Por otra parte, los motores de búsqueda permiten también, cada vez más, leer en línea las obras colgadas en dominio público (por ejemplo, para la BnF, mediante Gallica), es decir, las obras clásicas. También, cada vez más, acceder a obras que tienen aún derechos de autor pero que no son explotadas por un editor en forma impresa (por ejemplo, ReLire en el caso de la BnF). En fin, permiten, cada vez más, acceder, mediante pago o gratuitamente según los casos, a investigaciones en punta bajo todas sus formas: ediciones críticas con todo su aparato, trabajos críticos, reproducción de fuentes primarias: manuscritos (BVMM de l’IRH), incunables, etc.

Nuestro lector joven, cultivado y diplomado, ¿experimentará en el futuro la necesidad de tener su biblioteca de obras clásicas en forma de libros impresos, es decir, en ediciones que, incluso si son excelentes, están condenadas a envejecer, mientras que su terminal digital ofrecerá el acceso a las ediciones y trabajos más recientes?

Dicho de otra manera, un lector educado y cultivado es más susceptible que otro de recurrir a la lectura digital en el caso de las obras de fondo, porque probablemente será más exigente, se sentirá menos cómodo con el texto desnudo y estará más atento al aparato erudito y crítico que acompaña una edición. Y este aparato se renueva.

Un lector educado y cultivado es más susceptible que otro de recurrir a la lectura digital en el caso de las obras de fondo, porque probablemente será más exigente.

La verdadera cuestión, que yo he despachado de mala manera en dos palabras hace un instante, es la de los costos y de quién va a soportarlos, cuestión ahora debatida y que no se sabe demasiado actualmente cómo será regulada: ¿qué estará o permanecerá en acceso libre? ¿Qué será de pago y a qué precio? ¿Cómo se resolverá la cuestión del mantenimiento científico de los «sitios» y, más aún, la de la salvaguarda, muy costosa, de las bases, frente al riesgo del deterioro de los sistemas y, sobre todo, a su obsolescencia, que exige la transferencia de datos? Nuevos usos y reglas aparecerán en los años venideros. Todo dependerá de esas reglas. Si la consulta de las obras digitales sabias es cara, la biblioteca clásica impresa tendrá su oportunidad. Si no, las obras clásicas impresas serán las primeras en tornarse cada vez en menos frecuentes.

Así, la Biblioteca de Occidente, impresa, que cada uno tendrá en su casa, no será la del «hombre cultivado», sino la del «semiculto» que tendrá en su salón una fila de libros para enseñarlos. No serán libros verdaderamente leídos. Actualmente, en Francia, todo el mundo posee una colección de volúmenes de La Pléiade (colección muy cara que se vende muy bien), pero no se lee en esta colección salvo que no se pueda hacer de otra manera: si se posee la misma obra en colección de bolsillo (hoy, en la lectora digital o en tableta) es de esta forma como se lee.

¿Cómo se resolverá la cuestión del mantenimiento científico de los «sitios»?

El congreso tiene razón, sin embargo, al proponer la cuestión, pues España es por excelencia el país que le aporta una buena respuesta. La colección de clásicos publicados por la Real Academia Española constituye verdaderamente la biblioteca del «hombre de bien» al mismo tiempo que la del «especialista», pues ofrece ediciones de referencia, ediciones sabias, presentadas de forma accesible. La alta instancia académica se hace garante de su memoria literaria. Pero ¿quién podría jurar que esta colección no conocerá un día una versión digital?

Si la lectura digital conoce en los años que viene una extensión decisiva, los libros impresos pueden quedar confinados al espacio de la bibliofilia. Poseer libros impresos será un lujo, una elegancia, un gusto de anticuario. Se exigirá de los libros un sello de autenticidad. Se privilegiarán las ediciones antiguas como hoy se prefiere el mobiliario Luis XV auténtico a las imitaciones que se venden en los grandes almacenes. La biblioteca impresa del «hombre de bien» será una biblioteca de antigüedades.

Queda un punto que opone una dificultad a mi hipótesis. La edición digital es una verdadera edición. No es la simple puesta en línea del texto. Esta edición tiene un costo, incluso si es inferior al del impreso (no hay transporte ni almacenaje): el costo del operativo tecnológico necesario; un costo que es, ya lo he dicho, el de su salvaguarda. La esperanza de ver las obras digitales eruditas o sabias constantemente actualizadas es, sin duda, utópica. Esto deja una oportunidad al impreso.

La edición digital es una verdadera edición. No es la simple puesta en línea del texto.

Lo que también deja una oportunidad al impreso, en un orden diferente, es el probable desarrollo de la impresión por demanda (cuatro minutos para imprimir un libro, encargado por correo electrónico o por teléfono, y a un precio módico, según me decía hace algunos días Robert Darnton). En estas condiciones, las fronteras entre impreso y texto digital se imbrican a favor de una complementariedad, en función de necesidades y gustos individuales.

En cuanto a la verdadera cuestión, que yo he eludido hasta aquí, la de la Biblioteca de Occidente, cualquiera que sea su forma, impresa o digital, se plantea menos a causa de que la lectura es digital que por el hecho de que la literatura occidental no tiene ya canon o porque el canon no es ya el de Occidente. El verdadero cambio de la cultura no es el desarrollo de lo digital a costa de lo impreso, sino el hecho de que la Biblioteca de Occidente no la verá ya en adelante el Occidente, sino como una biblioteca entre muchas otras. La cuestión es saber si se puede mantener un canon en el interior de un conjunto que no es el canon universalmente admitido y reconocido. En el tiempo en que Occidente no conocía y no admiraba sino su propia literatura, en el tiempo en que el canon de esta literatura era el de la literatura antigua, constituida por un número de obras bastante reducido como para poder ser más o menos dominado por un espíritu cultivado, en el tiempo mismo en que la lectura y el teatro eran los únicos entretenimientos del espíritu o en el que haber leído una novela importante era una obligación de la vida social, existía un corpus más o menos definido y relativamente limitado, que cada uno conocía por supuesto (el Lagarde et Michard). Hoy, todas las literaturas del mundo tienen a nuestros ojos una dignidad igual. Tenemos acceso a todas. Tenemos la posibilidad teórica de leerlo todo. El resultado es que tenemos todas las excusas para no haber leído tal o cual obra (cuya ignorancia hubiera hecho enrojecer a nuestros padres) porque podemos haber leído otra cosa en su lugar. El resultado es sobre todo que, incluso si suponemos que se lee tanto como antes, no podemos suponer que hemos leído lo mismo que el vecino: la connivencia e intersubjetividad nacida de una cultura literaria común ha desaparecido. Para las nuevas generaciones, la música es claramente, me parece, quien ha reemplazado a la literatura en este papel.

El verdadero cambio de la cultura no es el desarrollo de lo digital a costa de lo impreso, sino el hecho de que la Biblioteca de Occidente no la verá ya en adelante el Occidente.

Una vez más, a mi parecer, es esto, más que la revolución digital lo que amenaza la Biblioteca de Occidente.

Último punto. ¿Quién propone hoy sistemáticamente al lector una biblioteca básica de clásicos? Las lectoras y las tabletas electrónicas. Generalmente están provistas de un fondo de un centenar de obras gratuitas en las principales lenguas occidentales (inglés español, francés, alemán, italiano). La expresión biblioteca básica de clásicos es, a decir verdad, demasiado halagadora en cuanto supone una elección reflexiva (como la que se propone este congreso). En cambio, la biblioteca básica de una lectora parece reunida al azar, teniendo como único criterio la notoriedad de las obras seleccionadas. Son obras necesariamente clásicas (son de dominio público), casi únicamente en prosa (de hecho, casi únicamente novelas) y van poco más allá del siglo XIX. Pocos poetas (fuera de Baudelaire), pocos filósofos (fuera de Nietzsche), nada de teatro, fuera de Shakespeare (Ricardo III en alemán en la lectora de Bookeen), nada de historiadores (la escritura de la historia se renueva y solamente historiadores muy antiguos pueden ser considerados como canónicos porque testimonian un estado desaparecido de la ciencia histórica). Las tabletas ofrecen el texto pelado, desde luego, porque es preciso que sea de dominio público. Las lectoras compiten, pues, directamente con las colecciones básicas de bolsillo que ofrecen también solamente el texto, pero no con las que proponen verdaderas ediciones. No obstante, ¿no serán para muchos suficientes estas mínimas ediciones electrónicas gratuitas? ¿Quién va a comprar, sea en digital, sea en impresión, estas obras que están disponibles de forma gratuita? ¿Estará limitada la Biblioteca de Occidente impresa a lo que desdeñan los fondos gratuitos de las lectoras: viejos poetas y filósofos? No estaría nada mal que esta «rareza» les valiera una pequeña moda paradójica.

¿Quién propone hoy sistemáticamente al lector una biblioteca básica de clásicos?


(-Este texto se publicó por primera vez en Nueva Revista, número 144, pp. 16-24. Lo hemos reproducido por su actualidad. En su origen está la conferencia pronunciada el 19 de junio de 2013 por el profesor Zink en el Monasterio de Yuso, en el marco del Congreso sobre la Biblioteca de Occidente, organizado por Nueva Revista.

-El vídeo corresponde a la conferencia arriba mencionada.

-La traducción del francés ha sido realizada por Miguel Ángel Garrido Gallardo.)

Robert M. Hutchins y su universidad utópica: un clásico recuperado

Robert M. Hutchins fue uno de los grandes universitarios norteamericanos en el siglo XX. Decano de Derecho en Yale a los 27 años, fue rector de la Universidad de Chicago entre 1929 y 1951. En La Universidad de Utopía, escrito al terminar su mandato, despliega lo que considera una universidad ideal, tan lejos de la realidad cotidiana que podríamos calificar de intento de sueño…, o de utopía. Como todos los clásicos, sigue siendo actual, y acaba de ser traducido al castellano.

Se trata de un nuevo volumen de la colección La Idea de la Universidad que con gran acierto comenzó la editorial Eunsa hace unos años. El trabajo del Instituto Core Currículum de la Universidad de Navarra está rescatando textos de primera fila en los que se reflexiona sobre cuál es (mejor, cuál debería ser) la misión de la universidad.

En La Universidad de Utopía se recoge un libro de Robert M. Hutchins que había sido editado en español en Argentina hace casi sesenta años. Se ha traducido de nuevo y se le ha añadido un estudio introductorio de Javier Aranguren que cumple con creces la misión de situar el contexto del debate, la persona de Hutchins y la fortuna de esta breve obra.


 

Robert M. Hutchins: La Universidad de Utopía. Estudio introductorio, traducción y notas de Javier Aranguren. Eunsa, Pamplona, 2018, 198 páginas.


Aranguren señala que la utopía es el sino del ideal universitario: un sueño perdido en las redes de las acreditaciones, las escuelas, los intereses creados y —sobre todo— la pérdida de la referencia a verdad y de cualquier jerarquía de conocimientos en la educación superior. Hoy se defiende la multiversidad, un conjunto de reinos de taifas en el que nada tiene que ver con nada y en el que la importancia de los contenidos se mide por la empleabilidad que conllevan, no por el objeto de estudio ni por el método con el que se accede a tal objeto.

El contexto de la gran conversación

La vida de Hutchins, en cambio, presenta (ya desde su dimensión biográfica) un ideal bien distinto. La propuesta de Hutchins es elitista, aristocrática. El autor es modelo de WASP (White, Anglosaxon, Protestant), con su elegancia y distinción. Desde muy pronto ocupó cargos de responsabilidad en el gobierno de Yale o de la Universidad de Chicago y trató de recuperar la idea de educación superior: un lugar privilegiado, no inminentemente práctico, en el que solo se pretende enseñar a pensar por medio de la relación estrecha con los gigantes del pasado. Para ello propuso un apasionante programa que denominó The Great Conversation, la gran conversación, donde elegía a un grupo reducido de estudiantes que se comprometían a leer cada semana una obra de los clásicos universales del conocimiento. Con esa lista se dio forma a la colección Great Books of the Western World, grandes libros del Mundo Occidental, en 54 volúmenes. El objetivo era aprender a través de la lectura y el debate las cuestiones medulares de la historia de la humanidad (filosofía, literatura, teología, historia, ciencia, medicina…), en las fuentes originales (Aristóteles, Sófocles, Agustín, Herodoto, Newton, Galeno…).

Sin un espíritu filosófico la universidad se ve reducida a una formación profesional llamativamente cara.

Hutchins escribió La Universidad de Utopía en 1953, recién abandonadas sus responsabilidades universitarias, cuando se acababa de instalar en el exilio intelectual en el que pasaría el resto de su vida. El ensayo es breve y sustancial, de esos que te bebes de un trago. Al igual que ocurre con Tomás Moro, autor de la primera Utopía, Hutchins alcanza rápidamente el tono que le convierte en clásico: su modo de hablar del ideal universitario se alza sobre la realidad mostrenca (pragmática, ¡aplicada!) en que se ha venido convirtiendo lo académico. Análogamente a como Moro describió con audacia, inteligencia y humor cómo debería ser una república ideal en un lugar inexistente (u-topos), así Hutchins se atreve a describir la universidad perfecta, ideal e ilusionante (sin duda, también ilusa), que sin concretar demasiado (y tal vez movido por un romanticismo poco informado de la realidad y típico en las novelas pro-europeas de Henry James) parece que se encuentra en Europa.

Los cuatro problemas de la Universidad 

En La Universidad de Utopía Hutchins condensa su experiencia universitaria. Los cuatro capítulos del libro hacen referencia a cuatro aspectos que alteran la idea original de los estudios superiores. A saber, la industrialización, la especialización, la diversidad filosófica y la conformidad social y política.

La industrialización produce el sometimiento de la universidad al poder económico de las empresas, del Estado o de cualquier otro poder fáctico. Hutchins escribe en pleno boom industrial, pero lo que dice resulta perfectamente extrapolable a la presente era digital. La idea es que la universidad ha de ser libre y autónoma en la elección de sus fines y métodos, aunque tenga patrocinadores o esté soportada económicamente por instituciones, industrias, compañías, con sus intereses propios.

El imperio de lo políticamente correcto limita la libertad de pensar y lleva a la uniformidad ideológica.

El segundo tema que se aborda es el de la especialización, y el de cómo las universidades tienen una imparable deriva técnica. Si el saber se fragmenta tanto que el universitario solo puede aspirar a saber mucho de muy poco, ¿cómo se puede formar una verdadera comunidad universitaria? ¿Se podrá comunicar un matemático con un médico, un filólogo con un economista o un historiador de los EE.UU. en el siglo xviii con uno centrado en la historia de los EE.UU. durante la segunda mitad del XIX? Es necesario desarrollar una formación transversal que sea también sapiencial, una cultura amplia, la visión capaz de síntesis, para formar una universidad de altos vuelos. Pero además el protagonismo educativo no debe estar en las escuelas técnicas: la universidad ha de tratar los temas más elevados, los que hacen referencia no tanto al hacer, sino al ser del espíritu humano.Y la vida del espíritu se refleja en ámbitos como el arte, la filosofía, la teología o cualquier otra disciplina que toque las cuestiones universales que preocupan al hombre. Es cierto, también en la técnica, pero no como uso de máquinas y herramientas, sino como reflexión acerca de ese tema. Sin un espíritu filosófico la universidad se ve reducida a una formación profesional llamativamente cara. Con espíritu filosófico los estudiantes aprenderían una habilidad que brilla por su ausencia en nuestro mundo de automatismos: a pensar.

El siguiente tema es el de la diversidad filosófica. La universidad nació en la Edad Media, en el seno de las escuelas catedralicias, en torno a un principio definitorio del concepto de verdad y teniendo a la fe como núcleo. Actualmente la profusión de propuestas de distintos fundamentos —o de la ausencia de fundamentos— debido al fenómeno de la multiculturalidad hace que, como en el caso de la especialización, se haga muy difícil la construcción de la comunidad intelectual (que no debe estar sustentada en la emotividad superficial ni en la propaganda).

Frente al macarthismo

El ensayo se cierra con una reflexión sobre la conformidad social o política. La universidad debe defender la unidad de la verdad, pero eso no es lo mismo que la uniformidad de ideas. La verdad siendo unitaria e inagotable, admite diferentes vías de acceso y, como nunca se acaba, siempre cabe crecer en su conocimiento. Esa pluralidad debe ser defendida y explorada a través del diálogo abierto, del debate, de la superación de prejuicios y fundamentalismos sin fundamento. El imperio de lo políticamente correcto, la dictadura del relativismo, no deberían limitar la libertad de pensar, ni tampoco la conversación. El mode-lo anglosajón de debate es enormemente atractivo, y está basado en una educación muy anterior a la universitaria, que empieza en la niñez y que potencia tres aptitudes fundamentales: saber leer, saber escribir y saber hablar. Estos son los elementos del trivium medieval: la gramática, la lógica y la retórica. El enfrentamiento que, siendo rector en Chicago, protagonizó Hutchins frente al macarthismo para que en su universidad se pudiera debatir racionalmente los textos de Marx, son una prueba de esa mentalidad abierta.

Magníficamente escrito, con una bibliografía muy bien seleccionada que puede servir para aumentar el campo de lecturas, y encima breve: nos encontramos ante un libro muy recomendable.

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A propósito de Paul Boghossian en «El miedo al conocimiento»

Paul Boghossian (Armenia, 1957), profesor de Filosofía de New York University, ha escrito El miedo al conocimiento (Alianza, 2009) porque está convencido de que «se ha ido formando un consenso importante —al menos en las ciencias sociales y humanísticas, ya que no en las ciencias naturales— en torno a una tesis sobre la naturaleza del conocimiento humano: la tesis de que el conocimiento es algo socialmente construido» (p. 11). Ese consenso, sin embargo, contradice «nuestras intuiciones [que] nos dicen que las cosas tienen una manera de ser que es independiente de las opiniones humanas». Y no duda en concluir —y este es el hilo conductor de su propuesta— que «es un error pensar que la filosofía reciente ha descubierto razones poderosas para rechazarlas» (p. 179).


 

Paul Boghossian: El miedo al conocimiento. Alianza, Madrid, 2009, 192 páginas.


Estamos ante un metódico trabajo —que pretende ser divulgativo— de alguien que considera que las tesis relativistas no se han tomado lo suficientemente en serio por el «objetivismo» y que merecen más atención si se quieren comprender, aprovechar y rebatir con suficiente consistencia.

Boghossian —que a su formación filosófica une estudios de Física— propone tomarse en serio los argumentos a favor del relativismo y de la construcción social del conocimiento y evitar argumentaciones simplificadoras. Pero, a la vez, no quiere escribir un libro estrictamente técnico, sino un libro riguroso pero asequible para un lector familiarizado con los debates intelectuales contemporáneos sobre el relativismo epistemológico y sobre la filosofía y la sociología de la ciencia. Su mayor esfuerzo ha sido el de la simplificación y la brevedad. De modo que su texto es interesante, denso y riguroso. Pretende que sus razonamientos sean concluyentes y no meras conjeturas u opiniones.

No duda en entrar en diálogo —y en contradecir— con sosiego y aplomo los argumentos de influyentes defensores del relativismo como Rorty o Kuhn. Por ejemplo, en las pp. 163-172 encontramos su interesante respuesta al célebre libro de Kuhn La estructura de las revoluciones científicas.

El autor selecciona y examina la plausibilidad de las tres tesis que considera lo más interesante que podría proponer el constructivismo del conocimiento: «La primera tesis representa un constructivismo sobre la verdad; la segunda, un constructivismo sobre la justificación, y la tercera se ocupa, finalmente, de la función que los factores sociales desempeñan en la explicación de por qué creemos lo que creemos» (p. 25).

Después de desmontar los argumentos del constructivismo se pregunta el porqué de su éxito. Su explicación nos acerca al tono sobrio del libro: «En sus momentos más brillantes, el pensamiento del constructivismo social denunció la contingencia de aquellas de nuestras prácticas sociales que erróneamente habíamos llegado a considerar impuestas por la naturaleza […] Y lo hizo siguiendo los cánones del buen razonamiento científico. En cambio perdió su rumbo cada vez que se empeñó en convertirse en una teoría general sobre la verdad y el conocimiento. Lo difícil es entender por qué tales aplicaciones generalizadas de la idea de construcción social han llegado a seducir a tanta gente» (p. 178).

Boghossian se pregunta: «¿Por qué este miedo al conocimiento? ¿Qué hace que sintamos la necesidad de protegernos de sus manifestaciones?», y relaciona el auge de las concepciones constructivistas con el deseo de dotar a las culturas oprimidas de herramientas para defenderse de la acusación de abrigar opiniones falsas o injustificadas. Se trataría de una epistemología que opta por los más débiles. Pero Boghossian alerta del flaco favor que esta línea de razonamiento hace a los oprimidos, porque lleva más bien a facilitar la opresión de los más fuertes ante los que los débiles no pueden oponer los argumentos de la razón y la verdad (cf. pp. 178-179).


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Hazañas cotidianas de Ismael Grasa

La hazaña secreta se instala dentro de esa corriente llamada “autoficción” y es heredero del auge del diarismo español. El autor escribe de sus trabajos y sus días, pero no renuncia al temple heroico: obsérvese el título. Es justo ese temple el que justifica el género en estos tiempos de uniformidad ideológica. Lo clavó Jünger en una cita que encabeza, muy intencionadamente, el primer diario de José Jiménez Lozano, Los tres cuadernos rojos: “En un momento en que el técnico dirige el Estado y lo modela según su idea, no solamente están amenazadas de supresión las digresiones artísticas y metafísicas, sino también la simple alegría de vivir. Ya ha quedado sobrepasado el tiempo en que resonaba el grito de «la propiedad es un robo». Ahora se considera como un lujo ese carácter propio del individuo que Heráclito llamaba el demonio del hombre. Nuestra lucha por defenderlo y nuestra voluntad de conservarlo es uno de los temas más grandes y más trágicos de nuestro tiempo”. Ismael Grasa hace de todo, incluso de su gusto insistente por la elegancia y las buenas maneras, una forma de resistencia que entronca, de una forma muy evidente, con la nobleza de espíritu.


 

Ismael Grasa: La hazaña secreta. Turner Minor, Madrid, 2018. 95 páginas.


Por otra parte, cada pequeño capitulo se cierra con una cita de prestigio, incluso aunque algunas no vengan directamente a cuento, sino por aproximación o afinidad electiva. ¿Quiere presumir Ismael Grasa de lecturas? En absoluto. Sabe que la finura de espíritu y el saber vivir se aprenden en amena y casi sacra conversación con los grandes clásicos. Sus citas nos citan con la gran literatura. Tengo la sospecha de que él, ante los grandes maestros, se diría lo que el escultor Manolo Hugué: “Lo difícil, lo trágico, es poder sostener una vela de cinco céntimos en la cola de la procesión de los grandes artistas que ha dado la humanidad”. E Ismael Grasa la sostiene, dando luz y hasta calor, y, aunque su libro vale mucho, el volumen nos parece que nos ha costado cinco céntimos, en efecto, por el espléndido negocio que hicimos al comprarlo.

Dice, por ejemplo:

Como escribió en una de sus sentencias el pintor Pepe Cerdá, un día es una cosa muy seria.

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Procura contar en cada estancia con algo por lo que hayan pasado los años o que merezca la pena ser conservado. […] Porque las casas no solo deben ventilarse de vez en cuando abriendo los balcones, sino que parecen exigir también aliviaderos por los que fluyan el tiempo y las generaciones.

*

Todo lo que uno hace, en la medida en que está bien hecho, tiene algo de ceremonial.

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Al igual que no pueden ser buenas, las personas demasiado pagadas de sí mismas no pueden ser lúcidas.

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No hay verdadero heroísmo, ni virtud, donde falta el aprecio por la vida.

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Cada uno, en cierto modo, es el presidente de su país.

*

El afeitado tiene que ser algo que despierte en un niño, viendo aquello, el deseo de hacerse mayor.

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Un caballero debe procurar no llevar nada encima, porque lo que lleva encima es el mundo.

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La casa bien concebida también educa a quien la habita.

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La belleza de una ciudad, de un territorio, empieza en la habitación de cada uno.

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Si es que nuestro carácter no nos lleva a hacerlo de un modo natural, se ha dar [de vez en cuando] un paseo por la calle con una predisposición clara a saludar.

*

Eso que llamado saber estar incluye saber cuándo debe uno no estar.

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Uno no debe tener miedo a parecer superficial o pasado de moda por hacer caso a ciertas normas, porque la superficie es un modo de acceso a lo profundo.

*

Las personas más previsibles suelen ser aquellas que menos respeto dicen tener por las convenciones.


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Así se gestó «El hombre en busca de sentido»

El escenario de El hombre en busca de sentido se dibuja sobre el hediondo paisaje de la vida en los campos de concentración nazis. Enfocar esa tragedia en su conjunto amortigua el impacto de la turbación y es capaz de mitigar la sensación de crueldad del Holocausto. Al contemplar el honroso cementerio de Auschwitz, con sus hileras de tumbas en perfecta simetría, solo parecen albergar oleadas de personas recordadas con una dignidad póstuma, tras una muerte (aparentemente) sin sentido. Sin embargo, el panorama cambia radicalmente si, ante cada tumba, el espectador juega con la imaginación y percibe un sinfín de vidas malogradas: en ese hueco podría yacer una persona que, en plenitud de energías, emprendía un prestigioso proyecto profesional…; aquí una madre muerta con la angustia por la suerte de unos hijos arrancados de su regazo…; allá —cercanos— un matrimonio, que tras sortear los avatares de una larga existencia, esperaban con sosiego el envejecer juntos…; más allá, a una joven le abortaron los sueños de un feliz matrimonio…; más allá todavía, el cuerpo inerme de un niño o una niña que aún conserva la sonrisa, helada, de una vitalidad en expansión… Si se suma el conjunto de ese dolor oculto y escondido, más la ignominia, se obtiene el genuino sufrimiento y la barbarie de los campos de concentración.


Viktor Frankl: El hombre en busca de sentido. Herder, Barcelona, 2015, 168 páginas.


Una de aquella multitud de vidas rotas fue la de Viktor Emil Frankl (1905-1997).

Situémonos en los años cuarenta del siglo pasado en la ciudad de Viena. En esos tiempos, Viena aún ejercía un señero influjo y romántico embrujo en los ambientes intelectuales de la época por su abrigo y mecenazgo en las artes y las letras, en la cultura. Aquella «Viena —nadie lo puede negar o menospreciar— era un foco excepcional de la cultura, las artes y el civismo europeos. Se ha dicho bien que Viena es el último esplendor del pasado» (L. Brajnovic). Y para un psiquiatra, además, Viena era el lugar de Sigmund Freud y de Alfred Adler.

Viktor Frankl, por esas fechas, comenzaba a despuntar como profesional prestigioso. Bien posicionado en los mentideros médicos y con una incipiente, pero prometedora, consulta privada. Acababa de ser nombrado director de la sección de Neurología del Hospital de Rothschild (1940), que atendía únicamente a pacientes judíos; aceptar ese nombramiento significaba un desafío y una temeraria audacia, pues ya arreciaba la persecución nazi. Todavía resonaban en los cenáculos psiquiátricos, en medio de censuras y alabanzas, los ecos de las apasionadas disputas y controversias de aquel joven médico con las autoridades del momento: Freud y Adler. Esos desacuerdos, que conducían a una crítica-superación del psicoanálisis, y sus aportaciones personales para ofrecer una psicoterapia rehumanizada, los recogió en un manuscrito recién finalizado y ya en fase de encontrar editor. Esa obra reunía el estudio y la experiencia clínica de casi dos décadas. Personalmente vivía el afectuoso y sereno ambiente familiar de siempre; de una familia de origen judío que empezaba a superar las penurias económicas gracias a los nuevos ingresos de Viktor. A ese remanso hogareño se unió la feliz boda con la joven Tilly Grossner (diciembre de 1941), también de origen judío.

La paz y sosiego personal y familiar chocaba frontalmente con la situación de encrucijada social que se vivía en la calle. La invasión nazi provocó una aguda agitación social y política, y en lo cotidiano creó un clima de miedo e inquietud; los judíos se desenvolvían bajo el terror de la angustia y el futuro cercano se presagiaba aterrador. Ya había comenzado abiertamente la destrucción de sinagogas y el encarcelamiento, confinamiento y deportación de la población judía. Los Frankl, al comprender lo desesperado de la situación, intentaron encontrar alguna salida. La única alternativa sensata parecía la huida. Stella, la hermana de Viktor, escapó a Australia. Su hermano intentó fugarse a Italia como refugiado político; pero sus movimientos fueron descubiertos por los servicios de seguridad y lo confinaron, con su mujer e hijos, en el campo de Auschwitz, y allí murieron.

Viktor Frankl consiguió un visado para emigrar a los Estados Unidos. Ese visado, además de sortear la persecución nazi, le brindaba la oportunidad de desarrollar y defender sus teorías psiquiátricas en un círculo de mayor resonancia científica y cultural. Pero sus padres únicamente disponían de una documentación sin ninguna garantía, corrían el seguro riesgo de ser encarcelados o deportados. Además, ancianos ya, y sin la ayuda de ningún hijo, se quedarían ciertamente desvalidos…

La situación de sus padres planteaba a Viktor una difícil disyuntiva, una grave duda de conciencia: ¿debería atender a sus padres o proseguir su esperanzadora carrera? La visa ofrecía un caminar exitoso en lo profesional y en lo personal, pero en Viena quedaba el inminente riesgo de la deportación de sus padres a un campo de concentración…

En la catedral de San Esteban (Viena)

Desconcertado e indeciso salió a caminar un rato con la intención de solucionar el dilema. El vagar errante le condujo hasta la catedral de San Esteban, mientras en el interior se escuchaba música de órgano. Le pareció un lugar propicio para reflexionar. Permaneció aproximadamente una hora, sosegado por la paz del ambiente pero con un íntimo desasosiego. No encontraba una salida cabal: ¿Cuál era mi responsabilidad? ¿Ocuparme de mi obra o cuidar de mis padres? ¡En un momento así, uno siempre espera una señal del cielo!

Apesadumbrado, regresó a casa. Al entrar observó un pequeño pedazo de mármol sobre el aparador. Se dirigió a su padre:

—¿Qué es esto?
—¿Esto? Oh, lo he levantado hoy de un montón de escombros, allí donde antes se encontraba la sinagoga que han quemado. El pedazo de mármol es una parte de las tablas de los mandamientos. Si te interesa puedo decirte también de cuál de los mandamientos es el signo en hebreo que se encuentra allí grabado. Porque solo existe un mandamiento que lo lleva como inicial.
—¿Cuál es? —insistí a mi padre.
Entonces me dio la respuesta: Honra a tu padre y a tu madre, para que vivas por mucho tiempo en la tierra…
Así es que me quedé en la tierra…, junto a mis padres, y dejé vencer la visa.

Viktor Frankl en 1965. © Wikimedia Commons (Franz Vesely)

Dejó caducar el visado para los EE.UU. y sucedió lo previsible: unas semanas después la familia Frankl fue deportada al completo. En Auschwitz se separó de su mujer, Tilly, de la que nada supo a lo largo del cautiverio. De su madre se despidió en el campo de Theresienstadt al presagiar una indefinida separación. Como un adiós reverente le pidió la bendición: Nunca olvidaré cómo ella, con un grito que le brotaba de lo más profundo de su ser, y que solo puedo calificar de fervoroso, dijo: «Sí, sí, yo te bendigo», y luego me dio la bendición.

Unos días antes presenció la agonía y muerte de su padre en el mismo campo de Theresienstadt. Con ochenta y un años de edad, totalmente desnutrido, los síntomas del edema pulmonar se acentuaron. Viktor Frankl, como médico, le notó la dificultad respiratoria extrema anterior a la muerte; en ese momento, para aliviarle el angustioso dolor, a modo de cuidado paliativo, le inyectó una ampolla de morfina que consiguió esconder de contrabando dentro del campo. Fue casi al amanecer, antes de partir para los trabajos forzados, cuando se entabló el último y escueto diálogo:

—¿Todavía tienes dolores?
—No.
—¿Tienes algún deseo?
—No.
—¿Me quieres decir alguna cosa?
—No.
Entonces lo besé y me fui. Sabía que no lo iba a volver a ver con vida. Pero tenía la sensación más maravillosa que uno puede imaginarse: había hecho lo mío, permaneciendo en Viena por mis padres, acompañando hasta la muerte y evitando un sufrimiento mortal innecesario a mi padre.

Se quedó solo, y nada más ingresar en Auschwitz perdió el libro que recogía su largo quehacer profesional. Los prisioneros debían desprenderse de todas sus pertenencias. Sin embargo, Frankl fue incapaz de renunciar al manuscrito que contenía su obra científica, y que consiguió ocultar en el primer registro. Tanteó esconderlo en un repliegue de su chaqueta. Pero también le pidieron la chaqueta. Así lo cuenta:

Nadie podía aceptar todavía el hecho de que todo, absolutamente todo, se lo llevarían. Intenté ganarme la confianza de uno de los prisioneros de más edad. Acercándome a él furtivamente, señalé el rollo de papel en el bolsillo interior de mi chaqueta y dije: «Mira, es el manuscrito de un libro científico. Ya sé lo que vas a decir: que debo estar agradecido de salvar la vida, que eso es todo cuanto puedo esperar del destino. Pero no puedo evitarlo, tengo que conservar este manuscrito a toda costa: contiene la obra de mi vida. ¿Comprendes lo que quiero decir?» Sí, empezaba a comprender. Lentamente, en su rostro se fue dibujando una mueca, primero de piedad, luego se mostró divertido, burlón, insultante, hasta que rugió una palabra en respuesta a mi pregunta, una palabra que siempre estaba presente en el vocabulario de los internados en el campo: ¡Mierda! Con una sorna macabra, y los correspondientes improperios, mirándolo a los ojos, los guardias rompieron el manuscrito. En dos o tres minutos destrozaron su trabajo y sus investigaciones de años: ¡aquel libro en el que había depositado tantas esperanzas!

Harapos en vez de ropas

Unos minutos después le obligaron a deshacerse de sus ropas y, a cambio, recibió los harapos de un prisionero que habían enviado a la cámara de gas nada más poner los pies en la estación de Auschwitz. En vez de las muchas páginas de mi manuscrito encontré en un bolsillo de la chaqueta que acababan de entregarme una sola página arrancada de un libro de oraciones en hebreo, que contenía la más importante oración judía, el Shema Yisrael. ¿Cómo interpretar esa «coincidencia» sino como el desafío para vivir mis pensamientos en vez de limitarme a ponerlos en el papel? En otras palabras, experimentó en su interior que todavía más importante que la publicación de la obra era realmente vivir, sufrir o morir según el espíritu que alentaba aquel libro. De ese modo, con ánimo de prueba, como patente de la autenticidad de su psicología, encaró la dura experiencia de soportar el tormento de un campo de concentración, que él mismo denomina experimentum crucis.

Alcanzado este punto bien conviene interrumpir la narración de los hechos para formular un comentario pertinente. Uno de sus biógrafos, Alfried Längle, hace un especial hincapié en el posible peligro de desvirtuar la figura de Frankl si enfatizamos en demasía los hechos heroicos que jalonan su vida: «Más allá de toda la veneración que merezca como hombre, y de todo el respeto que pueda sentirse por su contribución humana y científica, Frankl no debe ser eximido de la discusión crítica. Debe ser inteligible para nosotros, comprensible, tangible, y también debe poder llegar a ser piedra de escándalo y de contradicción. De este modo, su vida y su obra seguirán vivas entre nosotros y no estarán en las alturas de un pedestal, ajenos a la vida cotidiana, inalcanzables, expuestas solo al polvo de la historia». Es cierto, algunos entusiastas de Frankl presentan un hombre admirable, deslumbrante, pero difícilmente imitable; su vida heroica y excepcional se aleja tantísimo de las existencias comunes y normales que ni trasmite ni contagia ganas de vivir. Por supuesto que para hacerse imitable no es necesario que un hombre presente un lado oscuro y degradado en su existencia, pero sí resulta obligado percibir el ángulo frágil de su entereza… Rastreemos en ese ángulo frágil para hacer de Frankl un hombre admirable e imitable…

No precisamos curiosear en su vida: Frankl reconoció a Haddon Klingberg, otro de sus biógrafos, que en la juventud sufrió una larga crisis de nihilismo existencial y que no en todas las temporadas de su vida vivió de acuerdo a sus principios.

Lanzarse contra las alambradas

Nada más ingresar en Auschwitz, tras la ruptura del manuscrito, le invade la amarga sensación de que nada suyo le sobrevivirá: ni un hijo físico ni un hijo espiritual. Con esa turbadora sensación, más el presentimiento de las atrocidades por venir, le asaltó la idea del suicidio como liberación. Sin embargo, a pesar de ese desplome del ánimo, durante la primera noche en el campo me conjuré conmigo mismo para no «lanzarme contra las alambradas» (suicidarse). No resultaba tan difícil, en Auschwitz, tomar la decisión de no «lanzarme contra las alambradas». En el fondo, tampoco tenía mucho sentido suicidarse, pues considerando con objetividad las circunstancias, y aplicando un simple cálculo de probabilidades, al prisionero medio le quedaban muy pocas expectativas de vida. Los internos, como fruto del shock del internamiento, miraban a la muerte con un cierto desdén, con un horror atenuado y soportable: la muerte les libraría de las brutalidades que les esperaban…

Primera edición de «Die Psychotherapie in der Praxis» (La psicoterapia en la praxis), Viena, 1947. © Wikimedia Commons (H.-P.Haack)

Esa barbarie los convirtió en deshechos de hombres cuyo único afán y horizonte se concentraba en «salvar el pellejo». Extenuados, consumidos, harapientos, atestados de piojos, con edemas, ateridos de frío, enfermos, con hambruna… Esas circunstancias explican y disculpas ciertos comportamientos que Frankl narra con una sinceridad desgarradora: con un hambre atroz, yo mismo una vez, saqué, escarbando en la tierra congelada, un pequeñísimo pedazo de zanahoria con las uñas. En Kaufering, no me desnudé. En invierno, también dormíamos sobre el frío suelo con los zapatos puestos, sobre el piso de los barracones. Recuerdo cuánto disfrutaba de cada pequeña ración de calor. No tenía tiempo para ir a las letrinas, así que solía orinarme encima de la ropa y aprovechaba el calor que aquello me proporcionaba después de haber trabajado en el exterior, donde hacía un frío terrible. Incluso en la cola del rancho me orinaba encima como si escupiera en el té caliente…

También cuenta que en el campo de Kaufering III le canjeó un cigarrillo por una sopa aguada —pero con aroma a caldo— a su amigo Benscher, futuro actor de televisión. Mientras la tomaba a sorbos, me hablaba insistentemente, tratando de convencerme de que superara el estado de pesimismo que padecía en esa época. Este era un sentimiento básico que pude observar en otros prisioneros, y que llevaba irremisiblemente al autoabandono y en mayor o menor tiempo, a la muerte. De nuevo la desesperanza, con la muerte como escape, inundó el psiquismo de Frankl… y, tiempo después, reconoce que Benscher, en aquella ocasión, le salvó la vida.

Redactar en la mente

Y otra vez se sobrepuso. Es más, todavía —aletargados en su interior— le quedaron arrestos suficientes para reconstruir el manuscrito perdido el primer día de internamiento. Lo recoge en Raisons de vivre: Durante el invierno y la primavera de 1945 se produjo un brote de tifus que afectó a casi todos los prisioneros […] Algunos de los síntomas de la enfermedad eran muy desagradables: una aversión irreprimible a cualquier migaja de comida (lo que constituía un peligro más para la vida) y terribles ataques de delirio […] Para evitar esos ataque, yo y muchos otros intentábamos permanecer despiertos la mayor parte de la noche. Durante horas redactaba discursos mentales. En un momento dado, empecé a reconstruir el manuscrito que había perdido en la cámara de desinfección de Auschwitz y, en taquigrafía, garabateé las palabras clave en trozos de papel diminutos. Fueron dieciséis noches de fiebre, en vela. Esperaba que aquellas notas le sirvieran de guión para rehacer el libro si alguna vez era liberado. Esto ocurrió en el campo de Türkheim.

«El campo de concentración fue mi real prueba de madurez… hubiese podido escapar, pero no lo hice. Y así llegué a Auschwitz».

Y la liberación llegó el veintisiete de abril de 1945. Pero con la ansiada liberación no finalizaron los sufrimientos. Se encontraba físicamente exhausto, psicológicamente quebradizo; necesitaba un cierto tiempo para encarar el tránsito hacia una vida normal tras los años de intensa tensión reprimida. El último día que permaneció en Múnich, antes de iniciar el regreso a Viena, se enteró con detalle de la muerte de su madre: no pasó la primera selección al ingresar en el campo de Birkenau y la condujeron directamente a las cámaras de gas cuatro días después de su entrañable despedida en el campo de Theresienstadt.

Pocos días después confirma su descorazonada sospecha: su mujer, de apenas veinticinco años, dejó la vida en el campo de Bergen-Belsen unos meses atrás. La amarga añoranza de su mujer despertó en Viktor Frankl otro inhumano recuerdo: al ingresar en el campo su esposa se encontraba embarazada; los nazis no permitían dar a luz a las mujeres judías. Fue forzada a abortar. Antes de consumarse el aborto, su mujer y él, decidieron dar nombre a la criatura: Harry o Marion, según hubiese nacido hombre o mujer. De ahí la aparentemente enigmática dedicatoria de su libro Psicoterapia y Humanismo: «Para Harry o Marion que no han nacido todavía».

La delicada salud y el agotamiento psíquico malamente soportaron la cruda realidad y los sombríos recuerdos. Frankl sintió tocar fondo afectivo y sufrió otro profundo decaimiento del ánimo.

Sin familia, sin hogar, sin dinero

Hasta agosto no llegó a Viena. Con un sencillo balance la situación se presentaba desoladora: sin familia, sin hogar ni cobijo, sin dinero, sin trabajo, casi sin amigos… La mayoría de sus conocidos no volvieron de los campos y los pocos que regresaron se hallaban en las mismas condiciones de precariedad y, aquellos que permanecieron en Viena, y podían tenderle una mano, comenzaban a ser mal vistos por su pasado pronazi. La soledad, con su sombría pesadumbre. Le atacó, de nuevo, la insidiosa desesperanza…

«Como suelo decir: no todas las víctimas fueron judíos, pero todos los judíos fueron víctimas».

Fue a desahogarse con su amigo y vecino Paul Polak. Con él, al contar la muerte de sus padres y de su esposa, la pena contenida se desbordó y lloró y lloró, durante interminables horas. Al atardecer se les ocurrió visitar al doctor Tuchmann por si aún le quedaba algún margen de maniobra para recomendarle en algún trabajo. Tuchmann, con realismo, les advirtió que las posibilidades eran escasas; no obstante, prometió tomarse el asunto con todo interés. Frankl se derrumba de tal forma que otra vez, como mosca pegajosa, se aferra al sueño nostálgico de una cercana muerte espontánea. A pesar de todo, decide posponer cualquier decisión personal hasta terminar el libro que intentó reescribir en Auschwitz.

La tarea resultó más sencilla de lo previsible porque Paul Polak guardaba una vieja copia del manuscrito que Frankl le entregó en custodia, junto a otros útiles y recuerdos familiares, la noche anterior a su deportación. Frankl lo había olvidado. Con los apuntes del campo y el viejo manuscrito pronto acabó la redacción definitiva de Psicoanálisis y Existencialismo. Tuchmann le ofreció un puesto de neurólogo, inicialmente provisional, que le procuró los recursos mínimos para alquilar una habitación y sobrevivir decorosamente. También conoció a Eleonore Katharina Schawindt, una enfermera de ojos vivarachos y de una dulzura engatusante. En definitiva, Frankl recobraba, pausadamente, vigor físico y psíquico, e ilusión.

El éxito de Psicoanálisis y Existencialismo —tres ediciones en el mismo año— y una casi irrefrenable necesidad de catarsis emotiva y vivencial, animan y empujan a Frankl a liberar las recientes experiencias vividas en los campos de concentración recogiéndolas en un escrito. Conviene retratar la escena. Debemos retroceder a una Viena sumida en la pobreza y afanada en la tarea de la reconstrucción (diciembre de 1945). Frankl vive en una habitación con unos pocos muebles cochambrosillos, luz escasa, y con las ventanas cerradas con tablones, a falta de cristales. Con la salud aún por recomponer por el deterioro del cautiverio y la afectividad a flor de piel, en un estado de intensa emoción por lo cercano de la traumática experiencia y la fuerte conmoción por la pérdida de sus seres más queridos. Recorre con pasos rápidos la habitación de extremo a extremo, y trabaja a un ritmo frenético, formulando y reformulando las frases con minuciosidad monacal hasta dar con la palabra correcta y adecuada. Por turnos, tres mujeres transcriben taquigráficamente aquella torrentera de pensamientos dictados por Viktor Frankl. De tanto en tanto, rendido y conmovido, se sienta en una silla y llora…; las secretarias respetan discretamente aquella irrefrenable erupción de emociones y sufrimientos. En nueve días la obra estaba concluida. En esos días limpió de su intimidad la menor gota de rencor o resentimiento.

Tumba de Frankl en el Cementerio Central de Viena. © Wikimedia Commons (HannaH30)

La historia de un libro

La historia de ese libro es sorprendente y apasionante. Apareció por primera vez en 1946 con el título Ein Psychologe erlebt das Konzentrationslager (Un psicólogo en un campo de concentración). La primera edición, de pocos ejemplares, se vendió con soltura. A tenor de las ventas enseguida se publicó una segunda edición; pero esta vez no obtuvo el eco esperado y la mayoría de los ejemplares acabaron en saldos o en la guillotina. Frankl habló con su editor, Deuticke, sobre ese sonoro fracaso. Deuticke, para animarle y también para mostrarle los itinerarios caprichosos de ciertos libros, le contó el azaroso camino del hito del psicoanálisis, La interpretación de los sueños, que también pertenecía a su fondo editorial. En 1900 se publicó una primera edición de mil ejemplares; cien se destinaron a reseñas y, por tanto, solo salieron a la venta novecientos ejemplares. Las novecientas copias tardaron en venderse… ¡diez años! En un primer momento no tuvo éxito comercial, pero se ve que a los lectores les gustó el libro y ellos mismos lo promocionaron boca a boca.

A pesar de la decepción de la publicación en alemán, se traduce al inglés con escasísimo éxito (1955 y 1959) bajo el título From Death-Camp to Existencialism (Desde el campo de la muerte al existencialismo). Solo se vendieron unos cientos de copias, hasta el punto que la Beacon Press lo catalogó como un «libro enfermo», lo cual significa en el lenguaje editorial que se trataba de un libro sin posibles lectores. Con esos antecedentes, el profesor Gordon Allport, en 1961, pidió a Gobin Stair, director de la Beacon Press, se hiciera cargo nuevamente de la publicación del libro. A regañadientes acepta, pues la Beacon Press consideró prudente no enfadar a su autor estrella por aquellos tiempos; se compromete a editarlo con la condición de que Frankl añada a su relato autobiográfico una breve exposición de las nociones básicas de la Logoterapia. De esta forma el libro sale al mercado editorial con el nuevo título Man’s Search for Meaning (El hombre en busca de sentido). El comportamiento del libro cambió de signo y encontró lectores de forma paulatinamente arrolladora. El éxito de esta edición fue deslumbrante: hizo olvidar el título original en alemán, se convirtió en modelo para las nuevas ediciones y en el texto para las próximas traducciones a otros idiomas. Aunque el estallido definitivo tardó un par de años más. Lo recuerda Frankl: En el año 1963 se encargó la Washington Square Press de la edición tipo libro de bolsillo con el nuevo título «Man’s Search for Meaning» y, a pesar de seguir ignorado por los grandes periódicos y revistas, los lectores comenzaron a recomendar el libro, uno al otro.

«No es el sufrimiento en sí mismo el que madura al hombre, es el hombre el que da sentido al sufrimiento».

A partir de ese momento se consumó como un rutilante éxito editorial, en cerca de treinta idiomas. La historia de este libro es paradójica y ejemplarizante sobre la relatividad del éxito: de «libro enfermo»… a ser declarado por la Library of Congress en Washington como uno de los diez libros de mayor influencia en América. De ser tratado con un cierto desaliño y silencio en las asociaciones y revistas científicas, hasta ser catalogado por Karl Jaspers como «uno de los pocos grandes libros de la humanidad». Una opinión similar ya había sido aventurada por el profesor Allport en el prólogo de aquella primera exitosa edición: «Recomiendo calurosamente esta pequeña obrita, por ser una joya de la narrativa dramática centrada en torno al más profundo de los problemas humanos. Su mérito es tanto literario como filosófico y ofrece una preciosa introducción al movimiento psicológico más importante de nuestro tiempo». Aunque quizás las últimas palabras supongan más una lisonja merecida que un juicio científico, no obstante, justo es reconocerlo, El hombre en busca de sentido merece ser incluido en el catálogo de las obras clásicas que componen el patrimonio intelectual de la humanidad, tanto por la belleza de su literatura como por la profundidad de sus análisis psicológicos, pero especialmente por la sutileza de su acendrado humanismo al describir con precisión y ternura la capacidad de bondad o maldad que cabe en el corazón del hombre, en la libertad humana; la narración de una vivencia salvajemente dramática adquiere, por la mesura del juicio y la liviandad de la pluma, un insólito e inusual tono de comprensión y ternura. Narra los acontecimientos con la imparcialidad de un simple testigo, jamás en tono de juez. «Vale la pena leerlo todavía, porque no destila ni una gota del resentimiento o del espíritu de venganza, y ni siquiera del sadomasoquismo habituales en este tipo de literatura» (Joan Baptista Torelló). En realidad, para un intelectual, El hombre en busca de sentido es un libro capaz de colmar la obra de una vida y labrarle una hornacina en la galería de la historia.

La apasionante trayectoria del libro me distrajo de la no menos apasionante vida de su autor. Retomo el hilo. Lo abandonamos en aquella maltrecha habitación en la que dictaba El hombre en busca de sentido en diciembre de 1945. Por mediación del doctor Tuchmann recomienza su actividad profesional en la sección de neurología del Policlínico. Este trabajo, precario, le permite la raquítica holgura económica como para pasar, poco a poco, del alquiler de la habitación a todo el inmueble, hasta quedarse como único inquilino. La nueva situación le anima a soñar en la boda con Eleonore Katharina, que se celebrará a mediados de 1947. Al año siguiente obtiene la Cátedra de Neurología y Psiquiatría en el Ateneo Vienés y, a continuación, se doctora en Filosofía.

La fama

A partir de la década de los cincuenta, la actividad y el prestigio profesional de Viktor Frankl en Austria, y en Centroeuropa, crece de manera gradual y paulatina. Contribuyó a la expansión de ese prestigio, tanto profesional como personal, el rápido éxito de su libro Psicoanálisis y Existencialismo, su fama de conferenciante ameno y ocurrente, y su gallarda y justa postura al no admitir la teoría de la «culpa colectiva». El no aceptar la «culpa colectiva» le costó enfrentamientos con grupos influyentes, y algún desencuentro con la sinagoga de Viena. Ese clima de figura controvertida apoyó la notoriedad que adquirió su docencia en Psiquiatría y Neurología en la Universidad de Viena.

En la década de los sesenta el nombre de Viktor Frankl adquiere resonancia mundial, tanto a nivel científico como de aceptación por parte del gran público. Esa explosión de su figura se debe, entre otros factores, al seminario que impartió en la Universidad de Harvard (1961), aceptando la invitación del profesor Gordon W. Allport, sobre los fundamentos antropológicos y la técnica clínica de la Logoterapia. El proceso de la invitación a ese seminario esconde una historia de amistad sincera. Frankl tenía por costumbre, en deferencia a su antigua amistad y magisterio, enviar un ejemplar de todas sus publicaciones a Rudolf Allers, exiliado en Estados Unidos. Allers jamás contestó a estos envíos. Sin embargo, remitía esas publicaciones al profesor Allport, que en aquellos momentos gozaba de un inestimable prestigio nacional e internacional. Por la lectura de esas publicaciones Allport conoció el talante científico de Frankl y lo invitó a su famosa cátedra.

Orador profundo y ameno

Aquel seminario significó un punto de inflexión en la difusión del pensamiento y las obras de Viktor Frankl. Por sus aportaciones psicológicas y su bien ganada fama de orador profundo y ameno, se convierte en un conferenciante reclamado en todos los continentes y en diversidad de foros. A partir de esa época los datos documentados de su currículo resultan abrumadores: treinta libros publicados, casi todos traducidos, al menos, a cuatro o cinco idiomas; ciento setenta y cinco visitas a distintas universidades de treinta y cuatro países; alienta, atiende y preside los nacientes institutos y fundaciones sobre Logoterapia que se erigen en países de los cinco continentes; fue nombrado director del Instituto de Logoterapia de la Universidad de San Diego (California) y profesor visitante de Harvard, Stanford, Pittsburgh, Filadelfia, Dallas; recibe la distinción del doctorado honoris causa por veintinueve universidades…

Y como la vida da muchas vueltas, con el tiempo Frankl logró un encumbrado reconocimiento profesional, a pesar de perder, por piedad filial, aquella ventajosa ocasión para emigrar a Estados Unidos. Él mismo reconoce el valor de aquella encrucijada asentida: Evidentemente el campo de concentración fue mi real prueba de madurez. No estuve obligado a presentarme —hubiese podido escapar de ello y emigrar a tiempo a Norteamérica—. Hubiese podido desarrollar la Logoterapia en América, pudiendo cumplir con la misión de mi vida, pero no lo hice. Y así llegué a Auschwitz. También su vida pudo quedar desbaratada en cualquier rincón de cualquier campo, pero aun así supondría un buen salario existencial como recompensa del cumplimiento de los deberes de hijo. Frankl suele contar la historia de Janusz Korczak, el doctor polaco que dirigía un orfanato en Varsovia. Korczak no es un tipo muy conocido, aunque está representado en una conmovedora estatua en Yad Vashem, en Jerusalén. En 1942 deportaron a sus huérfanos [judíos] al campo de Treblinka, y a Korczak le ofrecieron la opción de quedarse. Desestimó la oferta y subió al tren que los deportaba, con dos pequeños huérfanos en sus brazos mientras les contaba historias alegres. Lo mataron por solidaridad con los huérfanos. En este caso, ese gran hombre no sobrevivió a causa de su sentido de la vida, murió por él. Otros héroes reales fueron asesinados por defender a un compañero, o por ocupar el lugar de otro recluso en la fila, o por negarse a cumplir una orden de las SS para agredir a otra persona, o por dar un trozo de pan a un niño hambriento. En cualquier caso, los prisioneros lo sabían muy bien: los mejores de entre nosotros no regresaron de los campos.

«No es el horror del holocausto en su conjunto, es la suma incontable de millones de ilusiones truncadas… lo que conmueve a los hombres curtidos en el sufrimiento»

Auschwitz todavía reforzó en Frankl otra convicción, en forma de lección existencial: el valor madurativo del sufrimiento aceptado. El meollo de esa enseñanza se refleja bellamente en la película La lista de Schindler. Schindler y el oficial alemán del gueto parten desde la misma ambición desmedida y sin escrúpulos, con los mismos deseos de enriquecerse sin reparar en ningún medio, lícito o ilícito, humano o cruel. Los dos entran en contacto con la misma cruda realidad del sufrimiento de los judíos, comercian con las mismas personas y cometen idénticas barbaries. La cercanía de ese sufrimiento, a uno, al oficial, le endurece el corazón a niveles inhumanos, mientras al otro, a Schindler, se le ablanda y enternece. No es el sufrimiento en sí mismo el que madura al hombre, es el hombre el que da sentido al sufrimiento. Al final de la película, entre dramático y teatral, Schindler grita arrepentido por no haber salvado otra vida, una vida más; daría cualquier cosa por salvar una sola vida… Las entrañas cuajadas en el sufrimiento se conmueven y compadecen ante el dolor de una persona, de cualquier persona. No es el horror del holocausto en su conjunto, es la suma incontable de millones de ilusiones truncadas, de amores vacíos, de dignidades abatidas, de tormentos sin sentido… lo que conmueve a los hombres curtidos en el sufrimiento.

Y no fue un hombre, fueron… ¡millones! Aunque las cifras bailan según las distintas fuentes, los autores coinciden en señalar que el número de no judíos muertos es superior al de los judíos; no obstante, se puede afirmar con rotundidad, y justicia, que el holocausto fue una persecución contra los judíos. Pero también perecieron católicos, cristianos, musulmanes… Frankl lo explicaba de una manera clara y concisa: Como suelo decir: no todas las víctimas fueron judíos, pero todos los judíos fueron víctimas. No es lo mismo, por supuesto, ser católico que judío, sin embargo, en homenaje a todas las víctimas nos resultará fácil descubrir un punto de encuentro: ambos le rezamos al Dios de Abraham. Pues al Dios de Abraham, rico en misericordia, que devuelve bien por mal, humildemente le suplico que fecunde el bien que alimenta la lectura de este libro y se digne conceder una nueva primavera de paz a esta atribulada humanidad.

(La casi totalidad de las referencias a la biografía de Frankl corresponden a uno de estos tres libros, o a los tres: Viktor E. Frankl, Lo que no está escrito en mis libros, San Pablo, Buenos Aires, 1997; Alfried Längle, Viktor Frankl. Una biografía, Herder, Barcelona, 2000; Haddon Klingberg Jr., La llamada de la vida (la vida y la obra de Viktor Frankl), RBA, Barcelona, 2002.


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