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Ver productosLa Seguridad Social se inventó en la Prusia del káiser Guillermo y el canciller Von Bismarck en los años 80 del siglo XIX. Uno de sus principales motivos fue compensar la influencia de los revolucionarios socialdemócratas entre las clases proletarias, en alza durante toda la segunda mitad del siglo en toda Europa. Junto con la promulgación de la Doctrina Social de la Iglesia, que cuajaría como tal en 1891 en la encíclica Rerum novarum de León XIII. Claramente, se trataba de dar solución a los enormes cambios laborales y sociales que había causado la revolución industrial y que habían traído consigo la aparición del proletariado, su maltrato por parte de los empleadores y extendido un profundo malestar entre los obreros.
Las «cosas nuevas», sin embargo, se producen constantemente y, de vez en cuando, conviene sentarse a considerar si las reformas permanentes a las que sometemos a nuestros más importantes «compactos sociales» están en consonancia con los nuevos tiempos o solo tratan de conservar las prácticas del pasado adaptándolas tácticamente a algunas de las manifestaciones de dichos cambios.
Con la Seguridad Social sucede exactamente eso. No pasa año sin que se introduzcan cambios. Mejoras dicen los responsables de turno de los sistemas de todo el mundo. Pero, (i) pocos de estos cambios constituyen verdaderas mejoras solventes y (ii) aún menos tratan de dar respuesta a los retos de futuro. Algunos de estos retos están bien identificados y razonablemente diagnosticados, pero otros no lo están.
El argumento de este breve ensayo es que no estamos identificando bien el reto demográfico, por diversas razones, algunas de ellas tienen que ver con lo que los americanos denominan willing ignorance y que podríamos identificar con la política del avestruz, en parte. Otras razones, sencillamente, caen del lado de la falta de coraje, por decirlo suavemente.
Como consecuencia de ello, (i) el debate es muy confuso, (ii) las medidas que se adoptan son tímidas y, a veces, contraproducentes, y (iii) se nos acaba el tiempo para adoptar reformas radicales que respeten el margen de tiempo que millones de trabajadores y pensionistas en nuestro país necesitarán en los próximos años para adoptar las decisiones individuales que les permitirán tener rentas sostenibles y adecuadas para vidas, y esta es la piedra clave, más largas.
La-palabra-que-empieza-por-e (envejecimiento). Cada año que pasa un individuo medio vive dos meses y medio adicionales. Este plus de supervivencia viene observándose de manera lineal desde hace siglo y medio en las sociedades desarrolladas, pero desde hace décadas todos los países experimentan esta transición demográfica. La carga de supervivencia, naturalmente, se experimenta de manera más intensa entre las personas más jóvenes, pero las de edades avanzadas también la disfrutan porque también a ellas les afectan favorablemente avances en las políticas de salud y cambios en sus estilos de vida, aunque sea en menor medida y por menor tiempo.
Como consecuencia de ello, cada edad es hoy muy diferente a la que era hace unas décadas y, no digamos, a la que era hace un siglo. Los jóvenes de 25 años, por ejemplo, no ahorran porque son mucho más jóvenes de lo que aparenta su edad de calendario. Vivirán más de cien años y se jubilarán más cerca de los 80 que de los 75 y carece de sentido que empiecen a trabajar tan «jóvenes».
«El debate no es sobre el futuro del trabajo, sino sobre el trabajo del futuro»
En este sentido no es descabellado decir que no envejecemos. Es decir, a una edad dada, el individuo representativo de dicha edad es cada vez más joven (verdaderamente más joven) si se le compara con el individuo representativo de la misma edad de unos años antes (vid. infra). La-palabra-que-empieza-por-e carece de sentido. Al menos, del sentido que le damos normalmente. Es peyorativa. Los clásicos decían «nomina sunt omina». Las palabras son presagios…
¡Es la longevidad… estúpido! Si no nos sucede del todo eso que designa la-palabra-que-empieza-por-e, ¿qué es lo que nos pasa entonces? Lo que nos pasa es que vivimos cada vez más. Esto es una magnífica noticia. No solo vivimos cada vez más, sino que vivimos más años en buen estado de salud o libres de discapacidad.
El periodo final de la vida, denominado en ocasiones senectud, tiene una duración media de unos dos años. Mejor dicho, tenía. Así ha venido siendo en las muchas últimas décadas. Lo que es nuevo, es que desde hace ya años este periodo viene acortándose paulatinamente. Dado que este periodo viene caracterizado por la ocurrencia de todos aquellos episodios de enfermedad que desembocan en la muerte, este acortamiento representa no tanto los avances de la longevidad, que también, sino sobre todo los avances en la lucha contra la enfermedad. En el límite, las vidas mucho más largas que se experimentarán en el futuro finalizarán «bruscamente», con episodios de enfermedades de muy corta duración. Muchas enfermedades hoy terminales habrán encontrado cura o se habrán cronificado, perdiendo definitivamente su carácter letal.
Así, que el fenómeno no es el envejecimiento, sino la longevidad.
El envejecimiento emerge como concepto cuando una barrera etaria hoy absurda, como es la de los 65 años, se utiliza para determinar arbitrariamente que se es viejo a partir de esa edad. Es tan absurda que la sociedad y sus instituciones mantienen hoy todavía un sinnúmero de figuras normativas que consagran dicha edad sobornando a los individuos que la atraviesan para adoptar comportamientos antinaturales en el siglo xxi. Desde los bonos de transporte urbano hasta la jubilación.
Una expresión afortunada, en este contexto, es la de «compresión de la mortalidad». La mejor manera de visualizarla es la que se muestra en el gráfico siguiente. De hecho, una caja en la que el lado izquierdo representa la escala de los efectivos de una generación teórica de 100.000 individuos y el lado inferior la escala de edades desde los «0» años hasta más allá de los 100. La composición de ambas métricas representa, pues, la evolución del número de efectivos de dicha generación a medida que pasa el tiempo. Las líneas representadas en el gráfico son, por tanto, «curvas de supervivencia» a cada edad.
Lo interesante es la esquina superior derecha de la caja. El punto allí situado representaría una situación en la que todos los efectivos de una generación dada llegasen vivos a la edad más extrema contemplada en la escala horizontal. En esa eventualidad, la mortalidad habría sido arrinconada contra las cuerdas de los 120 años, es decir, se habría producido la plena compresión de la mortalidad.
Curvas de supervivencia España 1900-2015 (ambos sexos, efectivos por edad, generaciones de 100.000 individuos)

Fuente: Elaboración propia a partir de INE.
Bien, de hecho, aunque esto no ha sucedido todavía, la mortalidad se ha comprimido sistemáticamente. Las curvas de supervivencia de 1900 (inferior) y de 2015 (superior), extraídas de las Tablas de Mortalidad de la población española (ine), muestran claramente una evolución portentosa. Las líneas horizontal y vertical que se cruzan en el interior de la caja ayudan a interpretar lo que ha sucedido en poco más de un siglo.
En primer lugar, puede interpretarse el espacio circundado por los lados izquierdo e inferior de la caja y cada curva de supervivencia, como la cantidad de personas(x)años de cada generación. Desconsiderando el tamaño de las generaciones reales (que en el periodo ha sido creciente con el tiempo), puede observarse a «ojo de buen cubero» que entre 1900 y 2015 el volumen de personas(x)años más que se ha duplicado y que este fenomenal aumento ha beneficiado sobre todo a las edades laborales (16 a 64 años).
Esto no es baladí. Si hubiera de darse una total compresión de la mortalidad, de forma que la curva de supervivencia de esa generación acabase coincidiendo con los lados superior y derecho de la caja, se produciría un avance semejante en el volumen de personas(x)años. Pero, con la barrera etaria de los 65 todavía vigente, ese fenomenal aumento iría exclusivamente a las edades no laborales ya que, como se observa en el punto de cruce de la línea vertical de los 65 años y la curva de supervivencia de 2015, hasta esta edad ya sobrevive el 90% de una generación.
Desde el punto de vista de su impacto sobre la productividad y la generación de recursos la compresión de la mortalidad no aportaría nada a las edades laborales y solo conllevaría gastos para los sistemas de bienestar, especialmente para el de pensiones. Aquí, y no en otra parte, radica el problema de las pensiones. Y el elemento más característico de este problema es la resistencia numantina de la sociedad a hacer saltar por los aires la tiránica barrera de los 65 años.
«Hay una resistencia numantina en la sociedad a hacer saltar por los aires la tiránica barrera de los 65 años»
El diagnóstico de que es la natalidad o la falta de cotizaciones o impuestos lo que causa los problemas de las pensiones, vigente en la mente de la mayoría, está sencillamente equivocado y todas las medidas basadas en este diagnóstico fracasarán tarde o temprano.
La «gran edad». Hoy, y sin visos de que esto cambie, se sigue aceptando que a los 65 años se entra en la «tercera edad». Todos saben que no es así, empezando por los grandes almacenes y los gimnasios. Pero nos hacemos esta trampa en el solitario. Como, además, no queremos admitir que estamos equivocados, pues nos inventamos nuevos conceptos, como «la cuarta edad», que con indescriptible recochineo denominamos también la que separa a los muy viejos de los viejos.
Pues no. Lo que sucede es que la «gran edad», que en 1900 eran los 65 años, se desplaza continuamente. Así surge una interesante pregunta. ¿Cuál es esa gran edad hoy si en 1900 era los 65 años? No hace falta ir al mit a estudiar un doctorado en demografía para calcularla. Bastan una servilleta de cafetería y un lápiz.
Volvamos a la caja. La línea vertical indica, en su cruce con cada una de las curvas de supervivencia, como irá avanzando la gran edad si la métrica para establecerla fuese el porcentaje de supervivientes en cada generación que se observaba en 1900 a los 65 años. Este porcentaje se sitúa, puede «verse» en la caja, algo por encima del 26%. En el cuadro siguiente queda claro que era del 26,18%. Pues bien, para encontrar la edad hoy a la que sobrevive el 26,18% de una generación hay que venirse a los 91 años. No es un cálculo, ojo, es lo que se lee directamente en la Tabla de Mortalidad española para 2015. Es una realidad.
Esta métrica es solo una de las posibles. Otra métrica es la de la esperanza de vida. En 1900, a los 65 años, dicha esperanza de vida (unisex) era de 91 años. Hoy, la edad a la que se observa dicha esperanza de vida son los 81 años.
Bien. La gran edad hoy está entre los 81 y los 91 años de edad, No en los 65 años. ¿Se explican ahora por qué denomino a los 65 años la «tiránica barrera»? El que la sociedad siga pensando que a los 65 años entramos en la vejez no le interesa a nadie, ni al Corte Inglés ni (mucho menos) al sistema de pensiones. Les dejo con esto un rato.
Edad equivalente hoy a los 65 años de 1900 (*)

(*) En 1900, a los 65 años sobrevivía el 26,18% de una generación y la esperanza de vida era de 9,1 años (unisex) Fuente: Elaboración propia a partir de INE.
La demografía que interesa es esta, no la de los niños y las niñas. Las soluciones que interesan, porque son soluciones solventes, son las que se basan en esta evidencia, no las que se basan en impuestos y subvenciones. Pero tiene consecuencias fastidiosillas.
Por mi parte, me resulta extraordinario que tengamos este regalazo de la longevidad y merece la pena estar a la altura. Pero hay quien ve esto como «envejecimiento» y se resiste a algunos ajustes necesarios que la longevidad conlleva. Por eso, a estos, les angustia aún más la robotización.
¿Pagarán los robots nuestras pensiones? El contexto demográfico de las pensiones es, en mi opinión, el anterior. Cualquier otra forma de verlo me parece (muy) contraproducente ya que orientaría políticas equivocadas que solo agudizarían los problemas de sostenibilidad del sistema de pensiones y distorsionarían la economía. Pero también, dicho contexto viene caracterizado por lo que muchos ven como «la amenaza de los robots».
Las versiones más fantasiosas de esta amenaza dictan que los robots eliminarán el trabajo, por lo que hay que socializar a los robots al servicio de una vida en la que la jubilación se produciría después de la escolarización financiada por los robots y la productividad que estos traerían consigo. Las versiones suaves de la amenaza de los robots consisten en creerse a medias lo de que los robots nos quitarán el trabajo y que por eso hay que ponerles impuestos.
Hay una versión más realista, en mi opinión, que se formula cuando uno convierte la amenaza en una oportunidad. La Comisión Europea ya ha constatado que por cada dos empleos que la automatización de tareas desplaza, se crean cinco empleos asociados a las nuevas tecnologías. Y esto no ha hecho más que empezar. Esta es la vía, tanto de disciplina mental como de implementación de las oportunidades, que la automatización y la disrupción digital pueden aportar al mundo laboral.
El debate no es «el futuro del trabajo», sino «el trabajo del futuro». En otras palabras: los robots no van a destruir empleo neto, sino que van a contribuir a crearlo. Claro que muchas tareas van a pasar a ser realizadas por robots (o van a desaparecer) y quienes las desempeñaban antes van a pasar al desempleo o la jubilación. Pero se van a crear muchos más empleos de mayor calidad asociados a la automatización. Ello, por supuesto, depende de nosotros, nuestras instituciones y de lo visionarios que sean los líderes empresariales, sociales y políticos en cada momento. Quizá es en este plano en el que deberíamos ponernos crecientemente nerviosos. Pero siempre podemos tomar nuestro futuro en nuestras manos.
El conocimiento es el gran factor de producción del siglo xxi. Como con el capital y el trabajo, desgraciadamente, habrá quienes lo posean y quienes no lo posean, de manera que hay un riesgo de desigualdad severa en la posesión de conocimiento, como lo hay en la posesión de capital o de trabajo. A favor de un desarrollo menos escandaloso que el de la distribución actual de capital y trabajo, en materia de conocimiento está la naturaleza esencialmente democrática y descentralizada del conocimiento y de su relativamente fácil acceso. Pero o se reinventan los programas existentes de igualdad de oportunidades en el acceso al conocimiento del siglo XXI o se abrirá una divisoria social en esta materia más grave que la de la renta.
En este sentido, como ya proponen muchos derrotistas: ¿hay que someter los robots a impuestos especiales? Las compañías que los utilizan ya pagan el Impuesto de Sociedades por los beneficios que obtienen gracias, entre otros factores, a los robots. No, en mi opinión, no hay que hacer semejante cosa. Si se hace, los robots votarán con sus… alas. Porque los robots tienen alas. No las van a pagar.
Creo que hay una solución mucho mejor, que incluso resuelve el problema de las pensiones si es que los robots nos quitasen de verdad el empleo. Que los trabajadores, en vez de ahorrar en ladrillos, ahorren en robots. Una especie de capitalismo popular que implique a las clases medias, reforzándolas, a fondo.
Recapitulación. Este es el contexto: longevidad extrema y robotización. ¿Alguien piensa que las pensiones, tal y como las concebimos todavía, caben en este marco? Nuestros hijos, al menos, no deberían pensar como nosotros en esta materia. Todo se puede encajar, pero las tendencias de fondo no perdonan porque están guiadas por las decisiones y la evolución de millones de seres y organizaciones que se mueven autónomamente, siempre haciendo saltar las costuras de los rígidos corsés institucionales que fallan sistemáticamente a la hora de adaptarse a los cambios. Y estos cambios son globales.
Dicho esto, da la impresión de que tenemos que hacer algo con nuestro sistema de pensiones. Paso a analizar la situación presente y, a continuación, especularé algo sobre el futuro, retomando la discusión realizada hasta ahora.
EL PRESENTE: SOSTENIBILIDAD, SUFICIENCIA Y COBERTURA
En la actualidad, en España, la Seguridad Social ingresa algo más del 10% del pib en forma de cotizaciones sobre los salarios para destinarlo a pagar las pensiones contributivas. Eso es una gran cantidad de recursos y nadie debería pensar, como desgraciadamente se piensa a menudo, que «no cobraremos pensiones». Este recurso, seguirá siendo la espina dorsal de las rentas de jubilación de los españoles por muchas décadas. La Seguridad Social siempre pagará pensiones, otra cosa es que pague las que a muchos les gustaría.
Hay tres problemas básicos con los sistemas de pensiones, en España y en todo el mundo: su sostenibilidad, la suficiencia (o adecuación) de sus prestaciones y la gama de contingencias protegidas. Veamos.
¿Cómo se declina la sostenibilidad? El debate sobre la sostenibilidad de las pensiones, en España y en muchos otros países, es permanente. Porque, verdaderamente, hay un problema para lograr los recursos necesarios para pagar las pensiones causadas con arreglo a las reglas establecidas. Este debate seguirá existiendo mientras no se considere el principal recurso de todos: la gestión de la edad de jubilación con arreglo al «álgebra vital» que determina, de forma dinámica, una esperanza de vida que aumenta sin cesar.
En España, durante un tiempo, muchos creyeron que el Fondo de Reserva de la Seguridad Social (FRSS) era una especie de «hucha» en la que se depositaban unos excedentes que ayudarían a pagar las pensiones en el futuro. Este fondo nunca superó el 8% del pib, apenas suficiente para pagar dos tercios de los gastos por pensiones contributivas de cualquiera de los últimos años. Hoy, el fondo está prácticamente vacío y la Seguridad Social está endeudándose con el Tesoro.
Como no puede ser de otra manera, aunque se maldice al gobierno por ello y/o se cree que este agotamiento del fondo equivale nada menos que a la quiebra del sistema, no pasa nada. El frss es, de hecho, una cuestión muy menor y nunca ha representado un elemento decisivo en la sostenibilidad del sistema.
«Los robots no van a destruir empleo neto, sino que van a contribuir a crearlo»
Hay una forma muy elemental de lograr la sostenibilidad de las pensiones. Es la que denomino «reparto rabioso», consiste en repartir cada año las cotizaciones que se recaudan entre los pensionistas del momento. Me dirán que eso es lo que se hace ya. Sí, es la naturaleza del método financiero conocido como reparto. Pero esta variante consiste en repartir todo (pero nada más) lo que se tiene. De ahí el calificativo de «rabioso». Descartado por absurdo, aunque me ha servido para ilustrar eso del reparto.
En vez de base anual, como en el caso anterior, puede elegirse una base plurianual, esto lo haría más racional y menos sorpresivo para los pensionistas, pero habría que explicarlo. Siempre tendremos el 10%, o más, del PIB para repartir entre los pensionistas. De ello, deberíamos deducir que, de forma solvente y sostenible, la Seguridad Social española nunca (repito, nunca) dejaría de pagar pensiones. Aunque estas no fuesen lo elevadas que nos gustaría.
Hay una manera de hacer al sistema de pensiones sostenible. Introduciendo una capa actuarial en las fórmulas de cálculo de las pensiones de jubilación. Esto es lo que hacen los sistemas de cuentas individuales de contribución definida, pero de reparto, como en el de Suecia. También denominados sistemas de «cuentas nocionales». Por favor, olviden esta denominación y quédense con la anterior.
Esto de la capa actuarial oculta, en realidad, un mecanismo que ya estamos a punto de experimentar en el sistema español, introducido en la reforma de 2013. Se trata del factor de sostenibilidad (FS), que va recortando la pensión a su nacimiento a medida que aumenta la esperanza de vida. Este fs es tan débil en el ordenamiento español (entrará en vigor en 2019) que la normativa contempla un índice de revalorización de las pensiones (IRP) para que haga el resto del trabajo de la sostenibilidad. El IRP es muy duro cuando no hay muchos recursos, ya que obliga a respetar la restricción presupuestaria del sistema. Su dureza radica en que apenas actualiza las pensiones y estas pierden poder adquisitivo cuando hay una cierta inflación, año tras año.
Como decía, este trabajo de ajustar el coste de las pensiones debería hacerlo, como lo hace en los sistemas de cuentas individuales canónicos, el FS. A cambio de un FS débil, como el español, las pensiones no pueden actualizarse con los salarios o la inflación. Un FS más duro, al nacimiento de la pensión, permitiría más adelante actualizar dicha pensión con el crecimiento de los precios o los salarios, o una combinación de ambos.
La sostenibilidad de las pensiones públicas, de una u otra manera, sin embargo, en ausencia de un ajuste dinámico de la edad de jubilación (que ya lleva retraso), obliga a ajustes en las prestaciones que permitan su pago a los titulares. La sostenibilidad, sin la adecuación entre recursos y gastos, no es posible y las promesas de pago de pensiones se quedan en justamente eso… promesas.
He aludido en diversas ocasiones al «ajuste dinámico» de la edad de jubilación. Lo que se quiere decir por esta expresión es que dicha edad debería estar referenciada a la esperanza de vida de cada generación (EVG). Así que la fórmula más sencilla que se me ocurre es EVG-X, en la que «X» es un número de años determinado que puede ir cambiando, pero menos rápidamente de lo que lo hace la esperanza de vida. En mi opinión, si este principio se adoptase como factor de sostenibilidad troncal, sería posible preservar en gran medida el poder adquisitivo de las actuales pensiones de la Seguridad Social.
Pero la aceptación social de este criterio dista hoy mucho de ser significativa y, en todo caso, su implantación debería venir acompañada de un debate profundo y riguroso entre todas las partes sociales que todavía no se ha iniciado en nuestro país. Hemos estado perdiendo el tiempo con debates como el del FRSS y parecidos desde tiempo inmemorial.
Suficiencia. Las pensiones que no sean sostenibles tampoco serán suficientes, a pesar de las promesas de valor que las respalden, porque dichas promesas no podrán retribuirse en su totalidad.
La suficiencia de una pensión suele medirse mediante la tasa de sustitución, o la proporción en la que la primera pensión sustituye al último salario. Hay muchas variantes, pero todo el mundo quiere referirse, con esta expresión, a la misma idea. Pues bien, cada vez es más difícil ver países en los que las tasas de sustitución de las pensiones públicas sean superiores al 70% del salario. En España, la tasa de sustitución es algo superior al 80%. Nuestro país, de hecho, tiene uno de los sistemas de pensiones más generosos del mundo.
Conviene concebir la pensión no como una paga mensual sino como el valor presente de todas las pagas por recibir a lo largo del ciclo de vida de un jubilado. Para un importe de 1.000 euros brutos mensuales, a percibir en 14 pagas durante los 22 años que vive una persona de 65 años (sin pensiones de supervivencia asociadas), dicho valor presente (a tipos cero) es de 308.000 euros. Para la pensión máxima de 2018 (2.580,1 euros brutos), tal valor presente asciende a unos 795.000 euros, mientras que para la pensión mínima (con cónyuge a cargo) de 788,9 euros brutos mensuales, el valor capital antedicho asciende a unos 243.000 euros.
Estos importes son sensiblemente mayores que la masa de cotizaciones pagadas en cada caso por los diferentes tipos de trabajadores (según su base de cotización), resultando ser, el múltiplo en cuestión, mayor cuanto menor es la base de cotización. De forma que, paradójicamente, por cada euro cotizado, la mejor pensión del sistema es la mínima, siendo esta, a la vez, la peor pensión del sistema en términos absolutos.
La consideración de la masa de pensiones en vez de la sola paga mensual lleva inmediatamente a percibir que no solo importa lo elevadas que vengan las nuevas pensiones con motivo del paso de generaciones laborales y el avance de la productividad incorporada por los salarios y las bases de cotización en el tiempo, sino, especialmente, por el hecho de que la vida se alarga dos meses y medio más por cada año que pasa.
La suficiencia de las pensiones, en este contexto demográfico, depende exclusivamente de que, resistiéndonos a hacer avanzar la edad de jubilación, nos dispongamos a acumular ahorros a largo plazo crecientes.
La Seguridad Social ya nos obliga a practicar este ahorro a largo plazo durante toda nuestra vida laboral, mediante el pago de cotizaciones. El problema es que este ahorro es muy inferior a lo que luego promete devolvernos, ya que el mismo es inmediatamente repartido entre los pensionistas del momento. No queda así un rastro de cotizaciones efectivas realizadas, sino de bases contables por las que hemos cotizado.
Nada impediría que la Seguridad Social acreditase en una cuenta individual nocional dichas cotizaciones efectivas y, de alguna manera, nos indicase a qué nos da derecho la masa de cotizaciones efectivamente realizadas en su momento, pero en España (a diferencia de Suecia, Italia, Letonia y otros países) no se hace esto. Bastaría con una simple reforma para realizarlo y de esta manera visualizar más precisamente el mecanismo de ahorro forzoso que, en definitiva, es la Seguridad Social.
El elemento que ya se está desarrollando en muchos países desde hace décadas, para asegurar la suficiencia de las pensiones futuras, es el de la capitalización obligatoria explícita, como fuente de ahorro previsional a largo plazo. Este ahorro a largo plazo es bueno para la capitalización de la economía y también para la constitución de rentas vitalicias diferidas complementarias a las pensiones de la Seguridad Social. En los países en los que más desarrollados están los sistemas de capitalización, la coexistencia de estos dos tipos de rentas de jubilación determina para sus titulares tasas de sustitución superiores al 80%. Tal es el caso de Dinamarca, Holanda y los EE.UU., entre otros.
Las perspectivas de los sistemas de Seguridad Social son que las tasas de sustitución de las pensiones públicas desciendan sensiblemente en los próximos años, para poder hacer dichos sistemas sostenibles. Al mismo tiempo, la emergencia de rentas complementarias de jubilación basadas en sistemas de capitalización en el seno de la empresa, se considera necesaria. Nos sorprenderíamos de saber el reducido capital que sería necesario para adquirir a prima única una renta vitalicia cuyo importe fuese compensando la ineludible reducción de las tasas de sustitución de las pensiones públicas.
Los ahorros ya constituidos por parte de las personas que están a punto de jubilarse en España en la actualidad vienen a equivaler a varias veces dicha prima. El problema es que estos ahorros están en forma de ladrillos y el mercado todavía no ha encontrado una manera suficientemente eficiente y segura de transformar esta riqueza en flujos de renta. Estamos en ello.
Cobertura. En la actualidad, con casi dos décadas vencidas del presente siglo XXI, la sociedad española debería proceder cuanto antes a una profunda revisión de la lógica protectora del Estado de bienestar, más concretamente, de la Seguridad Social. La actual panoplia protectora sigue basada en la tríada jubilación-incapacidad-supervivencia. Esta tríada tiene su origen en el siglo xix.
La incorporación de la mujer al trabajo está haciendo que esta sea titular de su propia pensión de jubilación y, de muchas maneras, redundante a la pensión de viudedad. Por debajo de una cierta edad, todos los trabajadores y trabajadoras obtendrán su propia pensión de jubilación. En muchos países no existen pensiones vitalicias de viudedad u orfandad, sino que las familias de los trabajadores o trabajadoras fallecidos reciben un pago único de capital o un número reducido de mensualidades. Justamente para mitigar el estrés económico sufrido por los supervivientes, pero no prestaciones vitalicias.
Las prestaciones de supervivencia son prestaciones del siglo XIX. Pero hay una prestación más propia del siglo xxi que, sin embargo, no está contemplada entre las de la Seguridad Social. Mucho menos está cubierto el coste económico que su aseguramiento implica. La dependencia debería estar debidamente integrada entre las prestaciones de la Seguridad Social. Con probabilidad creciente, detrás de cada jubilado hay un dependiente.
EL FUTURO DE LAS PENSIONES. CUADERNO DE NR.PDF
Sucede que los recursos disponibles están ya tensionados al límite. Sucede también que el coste de las prestaciones de supervivencia y el de un sistema de atención a la dependencia plenamente desarrollado es muy similar, alrededor de veinte mil millones de euros. A buen entendedor pocas palabras bastan.
La dependencia puede financiarse fácilmente mediante un seguro, ya que sigue siendo una ocurrencia genuinamente probabilística dotada de probabilidad sensiblemente inferior a uno. Ello hace del seguro la técnica más adecuada para su financiación. Idealmente, bastaría con una prima de aproximadamente el 4% de los salarios brutos (o el 2% del pib), cada año para financiarlo. Pero habría que hacer los números cuidadosamente y asegurar que no se da selección adversa.
En todo caso, este nuevo siglo trae de la mano nuevos estilos de vida y nuevos riesgos individuales y colectivos. La Seguridad Social ha demostrado a lo largo de sus ciento treinta años de existencia que es el mejor seguro de longevidad y frente a otras muchas contingencias jamás inventado. Ha rendido enormes servicios a la sociedad y cabe preguntarse si no ha llegado la hora de reinventarla. Todas las secciones precedentes han estado orientadas a argumentar sobre la necesidad de hacerlo justamente ya, habiendo mostrado cómo los desarrollos de la longevidad reclaman este paso adelante desde una nueva lógica que tiene mucho que ver con la que en su día llevó a la primera invención de este poderoso compacto social: el aseguramiento de la gran edad.
EL FUTURO: REINVENTAR LA SEGURIDAD SOCIAL
El papel del ahorro previsional a largo plazo. Toda economía agregada necesita financiación a largo plazo para que, en su seno, las empresas, hogares y todo tipo de agentes económicos puedan desarrollar proyectos de inversión productiva y/o social a largo plazo que sostengan el crecimiento y la cohesión. Ambos tipos de inversiones (las productivas y las sociales) serán rentables si están bien seleccionadas y, en general, expresarán dicha rentabilidad a través del crecimiento del PIB y de otros indicadores clave de la economía y la sociedad (productividad, capital humano, esperanza de vida, salarios dignos, etc.).
La financiación a largo plazo de la economía requiere preferentemente de la existencia de ahorro a largo plazo, aunque esto no es una restricción en la medida en que los operadores financieros pueden operar eficientemente la transformación o el arbitraje de plazos cuando el ahorro se manifiesta mayoritariamente a corto plazo. No siempre puede hacerse esto, sin embargo, y las operaciones de re-financiación pueden complicarse en función de la coyuntura en cada momento.
Así pues, una institución que estimule el ahorro a largo plazo ofrece ventajas tanto en el plano individual como en el agregado. Esta institución es, por definición, cualquier tipo de compacto social que tenga por objetivo la realización de ahorro previsional para la jubilación. Y este compacto social puede ser tanto la Seguridad Social como cualquier otro programa colectivo de ahorro previsional, público o privado.
Sistema mixto de pensiones. Como se comentaba en secciones anteriores, las cotizaciones a la Seguridad Social son una especie de plan de ahorro previsional forzoso que el sistema impone a sus afiliados. Pero estos carecen de titularidad formal que acredite la posesión del fondo acumulado con dichas cotizaciones por su parte. Esta participación forzosa solo les acredita que durante un número de años han cotizado un porcentaje (que no se especifica en los registros ni se tiene en cuenta en los cálculos posteriores) de unas determinadas bases de cotización asimilables a sus salarios hasta un tope.
Es decir, lo que los afiliados reciben son promesas de pensiones que solo por casualidad tienen que ver con las cotizaciones que han pagado. Afortunadamente para todos, la Seguridad Social, a la hora de la verdad, les devuelve en forma de pensión mucho más de lo que cotizaron, y más cuanto más viven. Esta es la razón por la que el sistema no es sostenible.
Pero más allá de esto, lo que interesa ahora es constatar que este esquema de pensiones no es un sistema de ahorro previsional a largo plazo.
«La Seguridad Social siempre pagará pensiones, otra cosa es que pague las que a muchos les gustaría»
Por esta razón, y porque la Seguridad Social está ajustando sus prestaciones en todo el mundo para volver a la senda de la sostenibilidad, se han desarrollado en muchos países ingentes fondos de ahorro previsional a largo plazo, propiedad de los trabajadores, que, groso modo, complementan con importes equivalentes las prestaciones de la primera.
Esta es la idea del sistema mixto. Un esquema de pensiones públicas generalmente basado en el método financiero del reparto y otro esquema de pensiones privadas (de promoción empresarial) basado en el método financiero de la capitalización. Puede haber también ahorro personal añadido. Ambos tipos de renta de jubilación se causan en el momento de la jubilación y se perciben vitaliciamente. Pero hay otras alternativas.
Sistema de pensiones mixto «por etapas». Junto con otros colaboradores (ver referencias en la sección siguiente) vengo trabajando desde hace unos años en el desarrollo de la idea de un «sistema mixto por etapas». Es decir, una concatenación de flujos de rentas de jubilación provenientes de un esquema de capitalización y un esquema de reparto. La gran diferencia respecto al sistema mixto convencional (descrito en sus rasgos básicos en la sección anterior) es que, justamente, las rentas de ambos no se solaparían, sino que la renta del sistema de capitalización precedería a la de la Seguridad Social.
Esta mera diferencia logra varios propósitos a la vez. En primer lugar, la renta del esquema de capitalización, que se percibiría desde la jubilación ordinaria hasta lo que anteriormente se denominaba «gran edad», no sería una renta vitalicia, sino temporal. Esto la hace sensiblemente más barata de constituir que la primera, tanto en beneficio del asegurado (las rentas mencionadas son ambas annuities y están aseguradas) como del proveedor de la renta.
En segundo lugar, las rentas de la Seguridad Social son vitalicias y están igualmente aseguradas, pero son sostenibles ya que aquella las paga durante menos años, ya que el jubilado las percibe desde la «gran edad» hasta su fallecimiento.
El orden de aparición de las rentas de jubilación solo puede ser el que se ha descrito. Ya que la Seguridad Social opera con más eficiencia el aseguramiento de la longevidad que el mercado. El diagrama siguiente ilustra cómo se ordenarían los flujos de cotizaciones/aportaciones y de rentas de ambos esquemas que compondrían el sistema de pensiones.
Reinventando la Seguridad Social: el sistema mixto en dos etapas. Ninguno de los conceptos que instrumenta o de las dudas que suscitará en el lector, el enfoque anterior es trivial. No tanto porque se trate de conceptos complejos o inasumibles o de dudas imposibles que no tuviéramos ante cualquier otra propuesta sobre la reforma de las pensiones, por convencional que fuese. Sino porque nuestra mente no está preparada para ideas que no sean convencionales después de décadas de debates interminables y circulares que han aportado muy pocas soluciones verdaderamente viables y a la altura de los retos de este siglo xxi del que estamos a punto de cumplir en breve sus dos primeras décadas.

Fuente: Devolder, Domínguez-Fabián, del Olmo y Herce (2018).
REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS
Este ensayo se ha basado en algunos trabajos recientes de su autor. En ellos pueden consultarse las referencias adicionales en las que se basan las afirmaciones realizadas en el mismo. El diagrama de la última sección procede de un trabajo en curso de los autores citados al pie del mismo que, sin embargo, no se relaciona a continuación. Estos trabajos son:
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Domínguez-Fabián, Inmaculada, Francisco del Olmo y José A. Herce (2017), «Reinventando la seguridad social: hacia un sistema mixto en dos etapas»
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Galdeano, Iratxe, y José A. Herce (directores) (2017), Naturaleza, defensa y fomento de las rentas vitalicias. UNESPA. De próxima publicación.
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Herce, José A., e Iratxe Galdeano (directores) (2017), Pensiones en transición. Instituto Santa Lucía de Pensiones.
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Herce (2017), «Longevity And The Greyny Boom». Instituto BBVA de Pensiones.
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Para consultar las opiniones generales del autor en los ámbitos social y «societal», con especial referencia a los aspectos intergeneracionales, el lector puede tener interés en consultar el siguiente link: http://www.mymo.es/ talento-sociedad_jose-antonio-herce/.
Juan Ramón Jiménez (1881-1958) es un tesoro inagotable de las letras españolas y universales, tanto que hasta el Nobel se le queda pequeño, no le aporta nada. Hicieron bien en dárselo (según la exposición de motivos) por Platero y yo y por su cercanía a García Lorca, que fue una forma inconsciente de reconocer que igual podrían haberle dado otros tres nobeles más por su poesía, por su crítica y por sus aforismos, y por su influencia en Alberti, en Salinas y en Bergamín.
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Juan Ramón Jiménez: Aforismos e ideas líricas. Edición de José Luis Morante. La isla de Siltolá, 2018. 233 páginas.
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Tan inmensos resultan sus aforismos y tan inabarcables, que la edición canónica y completa, la de Sánchez Romeralo, en Antrophos, en 1990, de bellísimo título: Ideolojía; con más de cuatro mil aforismos, parece que pide antólogo, más por incapacidad nuestra que por criterios de calidad, siempre altísima.
Los primeros antólogos fueron Andrés Trapiello, como en tantas cosas, que en 2007 publicó su selección con el título de Aforismos; y el agudo aforista Juan Varo Zafra, que el mismo año publicó su antología con el título de Río arriba. Ahora se suma José Luis Morante. Quizá la selección de Trapiello, concisa, está más matizada por la personalidad del editor, sin que eso le quite transparencia, pues él es un juanramoniano cristalino. Tal vez la de Juan Varo sea una antología stricto sensu. Lo indudable es que, aunque Morante poda a JRJ, lo hace con tanto tino que nos lo ofrece con una sensación paradójica de integridad. Ha hecho un trabajo de orfebre invisible.
Acierta Varo Zafra al avisar de que “si en un principio Juan Ramón entiende por aforismo la sentencia, el apotegma breve y concentrado, posteriormente amplía la extensión y temática de sus aforismos, que se abren, así, no sólo a la máxima en el sentido clásico del término, sino también a la impresión, a la nota autobiográfica, al poema en prosa, a la crítica de la propia obra y de la ajena, y a la reflexión poética e intelectual”. Apenas hay tono que no toque. Y acierta Trapiello al señalar que los aforismos de JRJ nos lo muestran “no sólo en un hombre superior, sino en un pensador inagotable que los pensadores profesionales no parecen todavía haberse tomado la molestia de considerar”. Apenas hay tema que no toque.
La tentación para el barbero es hacer selecciones temáticas. Por ejemplo, por pararnos en un asunto que interesa mucho en Nueva Revista, sobre la nobleza de espíritu: “Para un espíritu noble, ser vencido es alegre porque supone la alegría del vencedor; vencer es triste porque supone la tristeza del vencido”; “No somos más que creadores de nosotros mismos”; “No creo que la poesía mejor sea la espresión bella de una vida corriente, plebeya, sucia, desordenada, sino la espresión más bella de una vida superior, espiritualmente aristocrática”, etc. Pero como esta nota no puede alargarse, pondré doce aforismos que me llevaría a una isla desierta:
La bondad suele nacer del remordimiento.
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Mucho más que el arte es la verdad bella.
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Alto es siempre profundo. Profundo no es siempre alto.
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La delicadeza es la mano derecha de la inteligencia.
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El arte no puede ser otra cosa que “la realidad” vista con sentimiento.
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Si estáis a tiempo, evitad el vicio de soñar despiertos.
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Creo en la inspiración, pero me fío poco de ella.
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Andar entre lo inútil envejece.
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De lo bueno a lo peor, la diferencia no es mucha; pero ¡qué grande de lo bueno a lo mejor!
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La patria es madre e hija al mismo tiempo. Ella nos crea y nos cría, y nosotros la hacemos y la conservamos con las manos de nuestro sentir; nuestro pensar y nuestro querer.
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Que yo diga a otros que ven que Dios no esiste, podría ser lo mismo que si un ciego dijera a otro ciego que no esiste la luz.
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No sé qué me inquieta más, mi escritura escrita por estarlo, o mi escritura no escrita, por no estarlo.
Hace seis años (1) tuve el honor de dirigirme a mis colegas de Yale hablando sobre La educación superior en América. Me sorprendió ver que esas lecciones no tuvieron el efecto que pretendí que lograran. Por el contrario, todas las actitudes que se calculaba que esas lecciones podrían cambiar, siguieron adelante con fuerza o fueron consolidadas con firmeza.
En ellas ataqué la trivialidad, y cuarenta y dos estudiantes se apuntaron al curso breve de jefes de tambores en Oklahoma University.
En ellas ataqué que la universidad se convirtiera en formación profesional, y la University of California anunció un curso en cosméticos diciendo que: «La profesión de esteticista es la que crece más rápidamente en este Estado». Me quejé de los cursos dedicados a proporcionar información caduca, y uno de los más distinguidos sociólogos de Estados Unidos anunció que nuestro nivel de información crece tan rápidamente que para volcarla entera en nuestros estudiantes tendríamos que prolongar la adolescencia hasta los cuarenta y cinco años de edad.
Sostuve que la educación superior debería ser primordialmente intelectual, y el rector del New York State College for Teachers dijo: «La educación no es en primer lugar intelectual. La educación es el proceso por el que se socializan tus emociones».
Un profesor, casi por casualidad, estaba de acuerdo conmigo. E hizo estos comentarios escandalosos en un libro: «Siempre quedarán», decía, «ciertos valores permanentes que debe cultivar la educación, como la honestidad intelectual, el amor a la verdad, la habilidad para pensar con claridad, las cualidades morales». El hecho de que fuera de Teachers College, Columbia, y que se pudiera suponer que estaba solamente haciendo una broma, no le salvó. Fue reprendido agudamente por otro profesor de la Ohio State University que dijo que en este punto debía «discrepar de este libro, por lo demás sin duda interesante, porque hace sospechar que su autor tiene todavía algo de absolutista». Y es que este quería que la educación cultivara la honestidad intelectual, el amor a la verdad, la capacidad de pensar con claridad y las cualidades morales.
Resulta que la sabiduría y la bondad son el objetivo de la educación superior.
No negaré que una o dos personas prestaron alguna atención a mi libro. Uno de estos, que en su tiempo libre es profesor de Yale, resumió todo el asunto diciendo que el problema conmigo era mi intenso idealismo moral. Lógicamente esa cualidad desenfocaría a cualquiera su visión de la educación. ¿Un rector de universidad culpable de idealismo moral? ¿A dónde vamos a llegar? Me vinieron a la cabeza algunos de los comentarios de uno de nuestros antiguos alumnos que en una discusión reciente en la University of Chicago dijo que todo lo que yo había dicho sobre el fútbol era perfectamente lógico. «Pero», señalaba, «si la universidad elimina el fútbol, mi hijo, que ahora tiene quince años, no querrá ir allí». En otras palabras, ‘lógico’ es un término de reproche, y la University of Chicago debería aspirar a ser iló- gica porque uno de sus antiguos alumnos tiene un hijo ilógi- co. Incluso he escuchado la palabra ‘educativo’ con la misma connotación difamatoria cuando un graduado de Princeton escribió a Woodrow Wilson diciendo: «Ya no tendré más relación con Princeton. Usted está convirtiendo mi querido viejo college en una institución educativa». Un rector universitario del que se sospecha que está interesado en la moral, el intelecto, o incluso en la educación, se merece la mayor de las condenas por parte de aquellos que tienen auténtica preocupación por los verdaderos intereses por nuestro país.
Pero todas estas cosas se quedan en nada si las comparamos con la amenaza de la metafísica. He sugerido suavemente que la metafísica podría unificar a la universidad moderna. Sé que se trataba de una palabra muy larga, pero pensaba que mi audiencia formada por críticos bien educados conocerían su significado. En cierto modo quedé muy sorprendido al encontrarme con que para ellos metafísica era como una serie de globos, flotando sobre la superficie de la tierra, que eran traídos hacia abajo por gente de mente viciosa y débil cada vez que querían ganar una discusión. La explosión de uno de estos globos, o la suelta de los gases que contuviera, podría silenciar pero no convencer a un hombre sabio. El hombre sabio se marcharía murmurando «Palabras, palabras, palabras», o «Contrario a la ciencia», «Reaccionario» o incluso «Fascista». Sabiendo que no puede haber nada verdadero a no ser que la ciencia experimental lo haga verdad, el hombre sabio conoce que la metafísica es simplemente el vocablo técnico de la palabra superstición.
El papel de la filosofía en la educación
Podría enfrentarme ahora contra todo esto. Me interesa la educación, la moral, el intelecto y la metafísica. Incluso voy lo suficientemente lejos como para sostener que hay una relación necesaria entre todas estas cosas. Quiero afirmar que si falta una de ellas no podemos tampoco tener las demás, y que sin las otras no podríamos lograr aquello que me importa de forma principal, la educación.
Por otra parte, insisto en que todo lo que ocurre hoy en el mundo confirma la necesidad inmediata y urgente de ponernos a una y entrar en directo a considerar estos temas. El mundo está probablemente más cerca de la desintegración ahora [segunda guerra mundial] que en ningún otro momento desde la caída del Imperio Romano. Si nos quedan algunas fuerzas, aunque sean leves y poco efectivas, para clarificar y unificar criterios, deberían ponerse en marcha, movilizarse ya, o aquello que conocemos como la civilización occidental podría desaparecer.
Incluso si asumimos que las condiciones ordinarias se restaurarán pronto, debemos aceptar que nuestro país se ve afectado por problemas que, aunque aparentemente no tienen solución, deberían resolverse si es que quiere conservarse o en caso de que merezca la pena conservarlo. No hablo de problemas materiales. Debemos tener fe en los grandes recursos de nuestra tierra. Nuestros problemas son de carácter moral, intelectual y espiritual. La paradoja de morir de hambre en mitad de la riqueza ilustra la naturaleza de nuestras dificultades. Esta paradoja no se resolverá con habilidades técnicas o datos científicos. Se resolverá, si es que eso es posible, por medio de la sabiduría y la bondad.
Resulta que la sabiduría y la bondad son el objetivo de la educación superior. ¿Cómo podría ser de otra manera? La sabiduría y la bondad son los fines de la vida humana. Si discutes esto, estás en ese momento entrando en una discusión metafísica, pues te encuentras debatiendo sobre la naturaleza del ser y la naturaleza del hombre. Así debería ser. ¿Cómo podríamos conocer el destino del hombre si no nos preguntamos lo que el hombre es? ¿Cómo podemos hablar de preparar hombres para la vida si no nos preguntamos cuál debería ser este fin? En la base de la educación, así como en la base de toda actividad humana, se encuentra la metafísica […].
Lo mismo pasa con la ética y la política. Queremos llevar una vida buena. Queremos un buen gobierno como un medio para conseguir esa vida. De nuevo, para encontrar la buena vida y el buen gobierno, debemos investigar la naturaleza del hombre y los fines de su existencia. En el momento en que hacemos eso nos hacemos metafísicos a pesar de nosotros mismos. Y la solidez de nuestras conclusiones morales depende de si somos buenos o malos metafísicos […].
Abrir el currículo a las buenas asignaturas condujo de modo natural (a Eliot, rector de Harvard) a permitir también las malas para al final destruir ambas.
Y lo mismo ocurre con la educación. En este asunto el gran criminal fue Mr. Eliot quien, como rector de Harvard, dedicó su genio, habilidades y su larga vida a la tarea de robar a la juventud americana su herencia cultural. En el momento en que sostuvo que no había buenas o malas materias que estudiar, su laudable esfuerzo por abrir el currículo a las buenas asignaturas lo condujo de modo natural a permitir también las malas para al final destruir ambas. Hoy, para conseguir educarse en una universidad americana, un hombre tendría que ser realmente brillante y saber mucho, si es que tiene la intención de hacerse con aquello que realmente no necesita. Nuestras instituciones dan completo apoyo a aquella frase de Gibbon de que «la instrucción raramente es eficaz exceptuando aquellos temperamentos felices en los que resulta casi superflua». Hoy el joven americano abarca solo de forma accidental la tradición intelectual de la que forma parte y en la que debe desarrollar su vida: porque sus fragmentos dispersos y carentes de unidad se encuentran desparramados de un lado al otro del campus […].
El error principal es el de sostener que nada es más importante que lo demás, que no puede darse un orden entre los bienes ni un orden en el terreno de lo intelectual. No hay nada central y nada periférico, nada primario y nada secundario, nada fundamental y nada superficial. El camino del estudio se rompe en pedazos porque no hay nada que lo mantenga unido. Trivialidad, mediocridad y formación profesional lo conquistan todo porque no tenemos ninguna medida objetiva desde la que juzgar […].
Vemos entonces que la metafísica juega un doble papel en la educación superior. Desde ella los educadores deciden qué educación deberían ofrecer. Desde su metafísica sus estudiantes deben construir los fundamentos de su vida moral, intelectual y espiritual. Por medio de la metafísica yo llego a la conclusión de que la finalidad de la educación es la sabiduría y el bien, y que los estudios que no nos acercan a estos objetivos no tienen cabida en una universidad. Si tienes una opinión diferente deberías mostrar que tienes una metafísica mejor. Por medio de la metafísica, los estudiantes podrían recuperar una visión racional acerca del universo y de su papel en él. Si niegas esta proposición, cae de tu lado la responsabilidad de defender que la visión racional del universo y el papel que uno tienen en él no es mejor que una visión irracional o la ausencia total de cualquier visión.
Educación y mejora social
A la luz de estos principios vamos a estudiar la relación entre educación y la mejora de la sociedad. Todos queremos que la sociedad avance, y queremos que haya graduados universitarios por su educación para mejorar la sociedad y porque aprenden cómo hacer eso. Las diferencias aparecen cuando discutimos sobre el método con el que se pueden alcanzar estos objetivos […]. Discutiré únicamente el modo por el que una institución puede desarrollar en sus estudiantes un conocimiento social y una conciencia social.
En una primera mirada parecería que todos estaríamos de acuerdo en que para hablar sobre la sociedad o su mejora deberíamos ahondar en la naturaleza de lo social, en las características comunes y perdurables de la sociedad, y en aquellos animales tan especiales que la componen, llamados hombres. Querríamos examinar sus objetivos, los distintos caminos para alcanzarlos y la medida en que cada uno de ellos ha triunfado o fracasado. Pero para hablar de éxito o fracaso necesitamos algunas nociones sobre lo que significa ser una buena sociedad. Sin tales conceptos no podríamos valorar las sociedades que tendríamos que poner en consideración ni aquella en la que vivimos. Necesitaríamos alguna concepción de buena sociedad para decidir cuál es el significado de mejora; pues todos sabemos que a veces hemos dado la bienvenida como beneficiosas a medidas que, una vez adoptadas, parecían dejarnos en una condición tan insatisfactoria como la que teníamos antes. Si nos enfrentamos a la gran tarea de mejorar la sociedad sin prejuicios, deberíamos también tratar de entender la naturaleza, el propósito y la historia de las instituciones que ha creado el ser humano. La búsqueda de la mejora social es una búsqueda perpetua. Desde que existe la sociedad el ser humano ha pretendido mejorarla. Podemos pensar que las ideas y la experiencia de la humanidad debería colocarse en las manos de la generación venidera pues esta continúa con la búsqueda perpetua.
Nadie puede pensar sobre un problema práctico, como es el problema de cómo mejorar la sociedad, si no conoce los hechos. Y no podrá hacerlo si no tiene un nivel básico de crítica y acción.
Esto significa que si queremos que un estudiante tenga un sentido de responsabilidad social y deseo de sacar adelante sus obligaciones, debemos haberle proporcionado, para lograr esta meta, lo mismo que le hemos entregado para otros propósitos. Una educación en historia y filosofía, junto con las disciplinas que se necesitan para entender estos campos. Para hacer de él alguien que acreciente la sociedad hemos de tener la esperanza de convertirle, aunque sea de forma modesta, en maestro en la sabiduría política de su estirpe. Si carece de cualquier intuición de esto, no podrá entender el problema de la sociedad. Tampoco podría criticar ninguna institución social. Estaría sin las armas necesarias para atacarlas o defenderlas. No podría distinguir una buena de una mala. No podría pensar de forma inteligible sobre ninguna.
Nadie puede pensar sobre un problema práctico, como es el problema de cómo mejorar la sociedad, si no conoce los hechos. No podrá aportar comentarios útiles sobre la situación en Alemania, a no ser que conozca cómo es esta situación. Y no podrá hacerlo si no tiene un nivel básico de crítica y acción. Este criterio no puede ser, por supuesto, una fórmula matemática o alguna máquina intelectual automática y milagrosa que, una vez aplicada a los hechos, produzca de forma inmediata e infalible la respuesta correcta. El mundo práctico es un mundo de cosas singulares y contingentes y no un sistema matemático. Nadie ha subrayado este aspecto con tanta fuerza como Aristóteles. Pero esto no le supuso un freno para intentar descubrir en la Ética y en la Política los principios generales de la vida buena y del estado justo, o para intentar mostrar la utilidad de esos principios en su sociedad y, según pienso, en cualquier otra.
El mundo práctico es un mundo de cosas singulares y contingentes y no un sistema matemático.
En consecuencia, si vamos a tener principios para la crítica social y la acción social, y si estos quieren ser algo más que principios emocionales, deben provenir del estudio filosófico e histórico y del hábito del pensamiento correcto. Sería una cosa maravillosa si todos estuviéramos tan condicionados que nuestros reflejos trabajaran al unísono en la dirección adecuada cuando nos enfrentáramos a la injusticia social o económica, si hubiéramos sido entrenados desde la infancia para reconocerla y luchar contra ella. Pero aun en el caso de que pudiéramos llegar a la adolescencia en esta situación feliz, me temo que nuestros excelentes hábitos se derrumbarían bajo la presión. Se necesita algo para mantenerlos, y eso es la capacidad de comprender. Esta es otra manera de decir que el intelecto manda sobre la voluntad. Nuestros padres deberían dedicar todos los esfuerzos posibles durante nuestra infancia para moderar nuestras pasiones y habituarnos a la justicia y a la prudencia. Pero el papel de la educación superior, en esta conexión, debe ser la de proveer de fundamentos firmes y duraderos que sostengan esos hábitos cuando los problemas de la vida adulta golpeen contra ellos.
Cuatro falsos cultos
Me parece obvio que urge la clase de educación que favorezca el desarrollo del conocimiento social y de la conciencia social. ¿Por qué esto no es evidente para el resto de la gente? La primera razón, pienso, es lo popular que es el culto al escepticismo. He defendido que quiero dar al estudiante conocimiento sobre la sociedad. Pero nos hemos metido en tal situación mental que cualquiera que no se dedique a la ciencia natural que diga que conoce algo, se convierte en un dogmático y en un autoritario […].
Sería una cosa maravillosa si todos estuviéramos tan condicionados que nuestros reflejos trabajaran al unísono en la dirección adecuada cuando nos enfrentáramos a la injusticia social o económica.
Si no podemos conocer nada sobre la sociedad, si solo podemos tener opiniones sobre ella, y si la opinión de un hombre es tan válida como la de cualquier otro, entonces podemos decidirnos a conseguir lo que queremos de una forma irracional sirviéndonos de medios irracionales, es decir, por la fuerza. En un mundo escéptico apelar a la razón es algo vano. Esa apelación solo puede tener éxito si aquellos a los que se apela tienen algunos puntos de vista racionales sobre la sociedad de la que forman parte.
Otra razón por la que algunos dudan de la utilidad social de la educación que yo apoyo, es que pertenecen al culto de la inmediatez, a lo que puede ser llamado presentismo. Desde este punto de vista, la manera de comprender el mundo consiste en lidiar con lo que tú descubres sobre ti. Recorres los almacenes y las plantas de acero y entiendes el sistema industrial. No existe el pasado. Cualquier referencia a la Antigüedad o a la Edad Media muestra que no te interesa el progreso social. La filosofía solo es una actividad de su tiempo y su lugar. Vivimos en un tiempo diferente y, por lo general, en un lugar distinto. De ese modo, los filósofos que vivieron ayer no tienen nada que decirnos hoy a nosotros.
Sin embargo no podemos comprender nuestro entorno con solo mirarlo. Este se presenta ante nosotros como un desorden incomprensible de cosas. Si nos limitamos a coleccionar esas cosas no nos formaremos un criterio […]. Nos enfrentamos a problemas viejos sin saber que son viejos y caemos en los mismos errores porque no sabemos que ya se ha caído en ellos […].
El culto a la ciencia
El escepticismo y el presentismo se relacionan con un tercer «ismo» que desenfoca nuestra visión del método de educa- ción para la mejora social. Este «ismo» es el culto a la ciencia, un culto al que, de modo suficientemente curioso, pertenecen muy pocos científicos naturales. El cienticifismo es un culto compuesto por aquellos que confunden la naturaleza o el papel de la ciencia. Dicen que la ciencia es moderna; que la ciencia es provisional; que la ciencia es progresiva. Cualquier cosa que no sea ciencia les resulta anticuada, o por lo menos irrelevante. Un escritor del International Journal of Ethics nos ha invitado a que sigamos a la ciencia en nuestra búsqueda de la vida buena, y el hecho de que este autor sea un filósofo sugiere que el culto al cienticifismo ha encontrado devotos en los lugares más insospechados. Porque es claro que aunque podamos y debamos usar la ciencia para mejorar nuestra sociedad, no podemos seguirla hacia este destino. Y la razón es que la ciencia nunca nos contará dónde tenemos que ir. Los hombres pueden usarla para propósitos buenos o malos, pero son los hombres los que tienen los propósitos, y estos no se aprenden gracias a los estudios científicos.
La ciencia nunca nos contará dónde tenemos que ir. Los hombres pueden usarla para propósitos buenos o malos, pero son los hombres los que tienen los propósitos.
El cienticifismo es un mal servicio a la ciencia. El crecimiento de la ciencia es el hecho más importante de la vida moderna. No se debería permitir que ningún estudiante completara su educación sin entender esto. Las universidades podrían y deberían apoyar y animar la investigación científica. De una educación científica podemos esperar una mayor comprensión de la ciencia. De una investigación científica podemos esperar conocimiento. Pero confundimos el asunto si exigimos respuestas a aquello que no tenemos derecho a preguntar, si lo que buscamos aprender de la ciencia son los fines de la vida humana o de la organización social.
Por último tenemos el culto al antiintelectualismo, que por extraño que parezca tiene un surtido grupo de miembros. Ellos van desde Hitler, que piensa con sus glóbulos rojos, hasta los miembros de los tres cultos a los que me acabo de referir (escepticismo, presentismo, cienticifismo), pasando por los hombres de buena voluntad que, dado que solo son hombres de buena voluntad, se encuentran en el polo opuesto a Hitler pero que no pueden ofrecer una justificación racional de por qué están allí […].
El sentimentalismo es un deseo irracional de ser de ayuda para nuestro prójimo. A menudo parece una cualidad digna de alabanza o redentora en aquellos que no pueden o no quieren pensar. Pero el sentimental es en realidad una personalidad peligrosa. Desconfía del intelecto, pues este podría mostrar que el sentimental está en el error. Cree en la primacía de la voluntad, y eso es lo que lo hace tan dañino. No sabe lo que debería querer; no sabe tampoco por qué quiere lo que quiere. Pero sabe que lo quiere.
De una educación científica podemos esperar una mayor comprensión de la ciencia. Pero confundimos el asunto si lo que buscamos aprender de la ciencia son los fines de la vida humana o de la organización social.
Fácilmente esto deriva hacia la idea de que porque tú lo quieres, deberías tenerlo. Y tú eres un hombre de buena voluntad, de modo que por definición los que se opongan a ti no lo son. Ya que deberías tener lo que quieres, deberías obtenerlo si te haces con el poder. Y de ese modo el camino desde el hombre de buena voluntad hasta Hitler se cierra.
De hecho, esta es la postura en que los miembros de los cuatro cultos (escepticismo, presentismo, cienticifismo, antiintelectualismo) se encuentran cuando plantean preguntas sobre la mejora social. En la medida en que no pueden saber, tienen que sentir. Lo único que nos cabe esperar es que se sientan bien. Pero no podemos estar demasiado esperanzados. ¿De dónde viene la buena voluntad? Hace tiempo que la campaña anterior al plebiscito de Austria nos dio las primeras noticias de la primera vez en que Hitler se dejó guiar por una revelación especial. Muchos hombres de buena voluntad no reclaman ese contacto íntimo con la deidad. Pero son uniformemente misteriosos acerca de la fuente de su inspiración. Si esta no es el conocimiento, y por consiguiente filosófica, tiene que ser un hábito, y un hábito de la clase más irracional. Una universidad no puede tener nada que ver con hábitos irracionales, excepto para intentar moderar los malos y apoyar los buenos. Pero si por hipótesis no podemos hacer eso por medios racionales nos vemos forzados a concluir que una universidad debe ser como una guardería que con cariño trata de conservar los buenos hábitos antes de sufrir un shock, con la esperanza de que estos puedan ser conservados durante el tiempo suficiente para que aguanten a lo largo de la vida, aunque sin ningún tipo de fundamentación racional […].
La pretensión de educar al hombre completo
Difícilmente nos ayudaría decir aquí, como hacen muchos antiintelectuales, que la educación debe educar al «hombre completo». De todas las frases sin sentido que hay en la discusión sobre educación esta se lleva la palma. ¿Acaso quiere decir que la educación debe hacer ella sola el trabajo de convertir el «niño entero» en un «adulto entero»? […] ¿Nos vemos obligados a asumir que nuestros estudiantes no pueden aprender nada de la vida o que no tenían una vida antes de venir a nosotros y no la tendrán después? Estamos buscando un criterio para saber dónde poner la importancia que debe tener la educación superior. Hablar del hombre completo parece implicar que el educar no debería tener ningún tipo especial de énfasis. Todas las «partes» del ser humano tienen la misma importancia: vestir, comida, salud, familia, negocios. ¿Debe la educación recalcar todas ellas? […] ¿Sería decir demasiado defender que si podemos enseñar a nuestros estudian- tes a llevar la vida de la razón haremos todo lo que puede esperarse de nosotros y, al mismo tiempo, haremos lo me- jor que puede hacerse para el hombre completo? La tarea de la educación es ayudar a que los animales racionales sean más perfectamente racionales.
El sentimental es en realidad una personalidad peligrosa. Desconfía del intelecto, pues este podría mostrar que el sentimental está en el error. Cree en la primacía de la voluntad.
Vemos, en consecuencia, que la búsqueda de la mejora social no tiene término. Los hombres siempre han querido una sociedad mejor, no diferente. Qué sea una sociedad mejor y cómo llegar a ella ha sido uno de los problemas permanentes de la filosofía y uno de los principales asuntos de la tradición del mundo occidental. Solo aquellos que reconocen el lugar fundamental que ocupa la filosofía y la sabiduría de la tradición en la educación de los ciudadanos pueden esperar formar hombres y mujeres que puedan contribuir a la mejora de la sociedad y que quieran hacerlo. El culto al escepticismo, al presentismo, al cienticifismo y al antiintelectualismo nos llevarán hacia la desesperación, no solo de la educación, sino también de la sociedad.
© de la traducción: Javier Aranguren.
© de la imagen principal: Wikimedia Commons (La Hutchinson Commons de la Universidad de Chicago en noviembre de 2014).
(1) Los fines de la educación es una conferencia que Robert M. Hutchins (1899–1977) pronunció en 1941 en la Universidad del Estado de Louisiana en la que critica los cuatro principales problemas en la educación universitaria de su tiempo (que parecen ser los nuestros): escepticismo, presentismo, cienticifismo y antiintelectualismo. Su tesis es que una universidad que se precie no debe aspirar a formar al hombre por completo, sino limitarse (y ya sería mucho) a enseñarle a pensar. El papel de la filosofía (de la metafísica) en esta tarea es fundamental. Esa conferencia se recogió en el libro Education For Freedom, p. 19 y ss., publicado por primera vez en 1943.
Si para muchos izquierdistas los conceptos “feminista” y “cristianismo” son abiertamente contradictorios, la incredulidad es aún mayor cuando hablamos del islam. Para la “sabiduría convencional” de Occidente, la religión de Mahoma y la opresión de la mujer son la misma cosa. Este es tópico ya desmentido por la existencia, en diversos países, de un feminismo musulmán que ha realizado importantes aportaciones. Entre sus autoras, imposible olvidar a la marroquí Fatema Mernissi (1940-2015). En un libro pionero, El Harén político, mostraba que Mahoma había sido un hombre de mentalidad avanzada al permitir a la mujer intervenir en actividades importantes como la oración y la guerra. No se le puede culpar a él, sino a otros hombres, de la introducción de ideas misóginas.

Saphia Azzeddine: El viento en la cara. Grijalbo, 2018
Heredera de este combate ideológico es una compatriota de Mernissi, la escritora, actriz y directora de cine Saphia Azzeddine (1979). Su primer libro, Confesiones a Alá, fue toda una revelación por la forma impactante en que clamaba contra la opresión de la mujer. Su última novela, El viento en la cara (Grijalbo, 2018), es a la vez una crítica feroz al integrismo y una defensa igualmente apasionada de la tradición musulmana, interpretada en sentido ilustrado.
La protagonista, Bilqiss, no se resigna aceptar un puesto subalterno frente a los hombres, algo que le es imposible por carácter y por cultura, puesto que ha descubierto a través de los libros un mundo muy distinto a la mediocridad de la vida cotidiana, en la que domina la zafiedad y el autoritarismo desatado.
Ser mujer significa sufrir menosprecio solo por esa razón. El padre de la protagonista se toma su nacimiento con un resignado “hágase la voluntad de Alá” porque hubiera preferido un niño. Suspende, por eso, los festejos que hubieran acompañado la llegada de un varón. La pequeña no puede ni imaginar cómo, en el futuro, su sexo va a condicionar su destino en términos dramáticos. No le permitirán continuar sus estudios y la obligarán a casarse con un hombre mucho mayor que ella, que la maltratará y del que solo podrá librarse con un procedimiento poco ortodoxo.
Alá detesta a los que se amparan en su nombre para cometer crímenes sancionados con el nombre de ley
La tragedia se desata cuando Bilqiss se atreve a sustituir al muecín y realiza la llamada a la oración. En unos términos, además, que sublevan por su heterodoxia a las mentes bienpensantes. Ha cometido una blasfemia y debe ser juzgada en consecuencia. Si, como es más que probable, recibe un veredicto inculpatorio, su destino será la muerte por lapidación. Nada de eso la arredra, más bien lo contrario. De acusada se convierte en acusadora para denunciar el fraude de la religión oficial. Y lo hace desde la posición de una profunda creyente, muy segura de que Alá detesta a los que se amparan en su nombre para cometer crímenes sancionados con el nombre de ley. En el islam que ella profesa, todos los creyentes son absolutamente iguales ante Dios, por lo que no hay espacio para justificar la desigualdad de género en nombre de una realidad trascendente.
Una lógica implacable pone al descubierto las contradicciones, no del islam, sino del islamismo. Los líderes religiosos prohíben la depilación de las cejas porque eso altera la creación. En cambio, juzgan apropiado lapidar a una mujer, como si desfigurarle el rostro a pedradas no fuera un atentado mucho peor contra la obra divina. Matar no les escandaliza: toda su indignación se reserva para los mil y un asuntos fútiles que se empeñan en prohibir.
La protagonista podría eludir su destino si dice lo que el juez le exige que diga, una disculpa, pero no está dispuesta a traicionar sus principios por salvar la piel. El lector, por ello, se acuerda del personaje de Tomás Moro en Un hombre para la eternidad, la gran película de Fred Zinnemann. Bilqiss, como el santo inglés, pone su conciencia por encima de todo. Ella también se encuentra “sola ante el peligro”. Sí, sola. Aunque cuente con el apoyo de la periodista norteamericana Leandra Hersham. Entre las dos mujeres, la incomprensión será total. Bilqiss no ve en la reportera a una aliada, capaz de difundir por todo el mundo la injusticia que sufre. La considera, por el contrario, una progresista superficial a la caza de una historia de interés humano. Su aventura no deja de ser una búsqueda de exotismo y emociones fuertes, un parque temático donde los otros existen en función de ella misma.
El personaje de Leandra sirve para cuestionar el feminismo hegemónico
Por eso, porque duda de su autenticidad, Bilqiss se burla de ella haciéndole creer que el juez la ha besado. No hace más que embaucarla con un cuento romántico porque sabe que es lo que ella desea escuchar. Adopta, por tanto, la pose más predecible, como sucede tantas veces cuando un occidental se entrevista con un informante de otra cultura.
El personaje de Leandra sirve para cuestionar el feminismo hegemónico, en una línea que nos recuerda a la de la pensadora sirio-española Sirin Adlbi Sibai, que en La cárcel del feminismo criticaba la tendencia a pensar solo en las blancas, occidentales y burguesas, con escasa atención a las mujeres que pertenecen a otras civilizaciones. Nos hallaríamos, dentro de esta óptica, ante uno de los rostros de la colonización cultural.
Tanto en su libro como en diversas entrevistas, Azzeddine pone el dedo en la llaga al mostrar el doble rasero que implica injusticias en casa ajena mientras se dan por buenos comportamientos igualmente censurables. De manera provocativa, pero con inmensa lucidez, la escritora marroquí nos obliga a cuestionarnos nuestro sentido de la superioridad cuando afirma que “Madonna medio en pelotas en tan machista como una mujer con velo”. Quiere decir que, tanto en un caso como en otro, es el deseo masculino lo que cuenta.
La escritora marroquí nos obliga a cuestionarnos nuestro sentido de la superioridad
El viento en la cara se lee como la reivindicación de un islam progresista, escrito desde la convicción de que los países musulmanes pueden encontrar su propio camino hacia la modernidad sin copiar a Occidente de manera servil. La referencia, para Saphia Azzedine, se halla en un pasado glorioso en que el esplendor de la civilización musulmana se medía por la cantidad de libros que poseían sus bibliotecas. La historia, aquí, no es un tiempo nostálgico al que regresar, sino el punto de apoyo para encarar el futuro desde los restos que marca el presente. La autora no deja de arremeter contra las intromisiones imperialistas en los países islámicos, pero cree que ya es hora de que estos no se escondan tras las culpas de los demás. Quiere que su mundo haga autocrítica y asuma sus propias responsabilidades.
El siglo XXI será feminista o no será”, parece rezar como un grito de guerra nuestra más inmediata contemporaneidad. Pero lo cierto es que la literatura, tan antigua y rabiosamente moderna al tiempo, siempre ha prestado sus páginas, sus críticas, sus fantasías y sus mitos a la mujer como protagonista y creadora. ¿No es acaso bellísima, además de gritty y opuesta a la rampante cursilería, la palabra heroína?

Lawrence Osborne: Beautiful Animals. Hogarth, 304 páginas.
Me permito la dudosa licencia de utilizar un adjetivo en idioma distinto del que escribo por ser gritty una palabra que me conduce irremediablemente a la pluma de Lawrence Osborne. Su última novela, Beautiful Animals, huele por momentos a poema de Kavafis impregnado en malditismo: mar omnipresente, sol impenitente, perversa juventud, sensualidad ambigua, orientalismo y muerte.
Pero la poesía que encierran estas trescientas páginas se convierte en relato al pasar por un tamiz scottfitzgeraldiano, firmando los tres una novela que cumple a la perfección con los pilares del Gatsby: crónica social de su tiempo, apretada escritura satírica, momentos álgidos y personajes inolvidables.
Su lado de relato costumbrista funde lo griego y lo anglosajón, invitándonos a pasar otro perfecto verano en Hydra del que nada podríamos extraer que mereciera la pena vivir dos veces. Las respectivas hijas de Jimmie Codrington (probablemente bremainer) y los Haldane (seguros votantes de Obama) coinciden en el país que las hará inseparables, ambas beautiful as panthers. La bella Sam, impenitente lectora, inocente y aburrida por la perfección de su vida, se somete voluntariamente a la égida de la más adulta Naomi, irresistible, caprichosa, dominante, manipuladora.
Juntas gozarán de unos placeres que Osborne liga delicadamente con la crisis griega y los refugiados sirios, matizando la crueldad con una voluptuosidad exquisita. Pero la mayor sutileza del libro quizá sea reflejar, a partir de una mañana de rocas y sangre, la sensual intensidad de algunas amistades femeninas, su jerarquía y rivalidad, el extraordinario egoísmo del ser humano.
Habrá lectores que objeten ante el personaje de Faoud (joven refugiado de gustos suntuosos, a la postre musulmán despiadado) o que prime la textura de la trama sobre su profundidad, pero invoquemos a Nabokov para recordar a los timoratos que la novela es ficción y belleza, y que la ficción y la belleza se limitan o extienden tan libremente como convenga a su creador.
En definitiva, si les gusta El retrato de Dorian Gray –y a fe que sus fieles se cuentan por legiones—, empleen lo que les haya dejado el agosto en comprar unos billetes para Grecia y, de regalo, la novela de Osborne. Nobbins vive allí todo el año, y ella es nuestro Dorian del siglo XXI. Si consiguen descubrir el secreto les invito a un chupito de tsipouro, aunque bien pensado es posible que no regresen. Na pethanei o charos!
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Este libro es de teología, como recalca desde el prólogo Scott Hahn, pero es también un manual de primeros auxilios intelectuales para el mundo moderno. Arremete contra el sentimentalismo, el subjetivismo, el relativismo, la irresponsabilidad moral, el adanismo, el psicologismo, el emotivismo, el eclecticismo y el etcetericismo que nos rodea en todos los ámbitos de nuestra sociedad. Y lo hace desde su puro epicentro, que es una concepción de Dios mediatizada por todas estas veladuras de moda y que revierte (efecto y causa) sobre ellas, exacerbándolas.
Ulrich L. Lehner: God is not nice. Ave Maria Press, Notre Dame, Indiana, 2018. 147 páginas
Lehner no arremete por gusto ni por aguarnos la fiesta. De hecho, se le nota incómodo a veces al recordarnos que Dios es un Dios que ha de producir, ante todo, temor y temblor y que el comienzo de la sabiduría es (Prov 9, 10) el temor de Dios. Un repaso somero no sólo al Antiguo Testamento, sino al Nuevo, disipa como una niebla todos los intentos de presentarnos a un dios siempre agradable, moderado, razonable y modosito. El escritor escribe “dios” en minúsculas cuando habla del dios rebajado que producen esos intentos y que terminan dando lugar, en el mejor de los casos, a un Santa Claus vitaminado, jocoso, inofensivo, ingenuo, placentero, utilitarista, garante quizá de cierta paz social y conseguidor tal vez de ventajas materiales, siempre acomodándose al gusto de “los cristianos desiderativos” (en expresión de Dorothy L. Sayers). No sería el Padre Nuestro que está en los cielos, sino un abuelete vaporoso que despliega una “benevolencia senil”, como lo describe C. S. Lewis. En Las crónicas de Narnia, el autor inglés ya había advertido de lo mismo mediante la grandiosa figura alegórica de Aslan, del que precisa: “No es inofensivo, sino bueno”.
Lehner escribe su libro ante todo por fidelidad al Dios revelado, un Dios celoso (Ex 20, 4), que nos sorprende como un ladrón en la noche (Mt 24, 43), Señor de los Ejércitos, capaz de meter a los discípulos de cabeza en una tormenta nocturna en un lago (Mc 4, 35), que premia a los buenos y castiga a los malos, que escapa a nuestro entendimiento y a nuestra sentimentalidad y que nos ama con la pasión de un novio que espera a su novia en la noche de bodas. Pero en segunda instancia se esfuerza en explicarnos cómo es el Dios verdadero porque sólo Él es capaz de responder a nuestras ansias más íntimas. Es el Dios de la aventura, subraya el autor con tonos chestertonianos, el que produce reverencia, admiración y piedad, como una zarza ardiendo ante la que hay que descalzarse. De hecho, estamos ante un libro profundamente empático con los ateos y con los indiferentes, pues el autor repite una y otra vez que el dios que tan a menudo nos presentan no merece la pena.
Lo va dejando claro con frases como éstas, que no puedo esperar a que el libro se traduzca (muy pronto, espero) para ofrecérselas:
Jesús ha venido a ser nuestro alimento, no nuestro antidepresivo o nuestro tranquilizante.
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La imaginación no consiste en mistificar la realidad, sino en la habilidad de ver sus innumerables posibilidades.
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[Nietzsche:] Relativizando lo absoluto, lo eliminamos.
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Si los sentimientos controlan nuestras vidas, fácilmente adquirimos la noción de que son el verdadero centro de nuestra conciencia.
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¡La mejor defensa de la fe es vivirla con alegría!
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Demasiados catequistas y teólogos han hecho que millones de católicos crean que la razón, la tradición y las Escrituras no importan tanto como “la experiencia de los fieles”.
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Para el emotivista, lo verdadero y lo falso han perdido su significado y su dios puede hacerte sentir súper acogido, pero no te salvará, porque no es real.
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El amor del Dios verdadero perdona el pecado, no lo subestima.
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La dimensión más importante del paraíso es la amistad íntima con el Dios infinito. [Esto es, por cierto, algo que podemos disfrutar ya aquí.]
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Sólo cuando asumimos en serio el mundo con todo su sufrimiento, nos damos cuenta de que nada más que Dios puede salvarlo.
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Los mismos cristianos que se duermen durante un sermón no tienen problema en leer trescientas páginas sobre cómo la fibra y las vitaminas pueden evitarles una muerte temprana.
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El filósofo Odo Marquard llamaba a la ideología de una vida terrenal perfecta el “oso de peluche mental” de los adultos infantilizados.
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Si todas mis oraciones tuviesen respuesta, me convertiría —me temo— en un súper narcisista.
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[Contra los relativistas] Observemos la afirmación: “Una violación es siempre inmoral”. Confío en que todos los lectores estarán de acuerdo con esa afirmación y con que su validez es independiente de cualquier cultura o contexto. Si es así, entonces usted ha aceptado la existencia de normas morales objetivas, y podría querer buscar alguna otra, además de ésta.
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Uno de los problemas más importantes para la sociedad española es la sostenibilidad de las cuentas de la Seguridad Social en el medio y largo plazo. Afirma Manuel de la Rocha: «Las reformas llevadas a cabo, en particular la aprobada en 2013, introdujeron dos mecanismos novedosos para garantizar la sostenibilidad del sistema, un mecanismo de revalorización anual de las pensiones, que ya no depende de la inflación, y un índice de sostenibilidad, que entrará en vigor en 2020 y que hará depender la cuantía y evolución de la pensión de la esperanza de vida. Se trata de cambios profundos que afectan a las cuantías y evolución de las pensiones.»
La Seguridad Social lleva ya siete años presentando déficits anuales superiores al 1% del PIB. Por tanto, se plantea el debate de qué tipo de reformas llevar a cabo para garantizar la sostenibilidad del sistema y el mantenimiento de un nivel digno de pensiones públicas.
Encontrar una solución a este complejo asunto es responsabilidad fundamentalmente de la Comisión del Pacto de Toledo del Congreso de los Diputados, «pero desde el ámbito académico –escribe De la Rocha– se puede y se debe contribuir a enriquecer las propuestas a través de debates y reflexiones fuera de la batalla política.»
Ese fue justamente el objetivo del Foro Desafíos de la Globalización de UNIR sobre la reforma del sistema de pensiones, que reunió a un grupo de destacados expertos a finales de noviembre de 2017.
El resultado es este cuaderno monográfico de Nueva Revista, en el que se recogen las ponencias del debate, y que pretende aportar soluciones.
EL FUTURO DE LAS PENSIONES
Sumario:
Introducción: las pensiones a debate
Manuel de la Rocha Vázquez.
El deber de actualizar nuestro sistema
Valeriano Gómez.
Sostenibles y suficientes
José Ignacio Conde-Ruiz.
La reinvención de la Seguridad Social
José A. Herce.
El papel de las aseguradoras
Luis Miguel Ávalos Muñoz.
El ex fiscal general del Estado Eduardo Torres-Dulce ha participado en un cinefórum con profesores y alumnos de UNIR en el que ha analizado desde un punto de vista jurídico la película sobre los juicios de Núremberg ¿Vencedores o vencidos?, dirigida por Stanley Kramer en 1961 y protagonizada, entre otros, por Burt Lancaster, Spencer Tracy y Marlene Dietrich.
“Es una película que con el tiempo ha ganado en modernidad –comenzó explicando-. La denuncia del posibilismo, de la doctrina de la justificación, de que la ley hay que cumplirla sea cual sea su legitimidad, el papel que deben jugar los juristas, la aparición de un derecho internacional universal son asuntos que aún resultan de una rabiosa actualidad en nuestros días.”
“De alguna forma, el derecho nazi se construyó precisamente sobre el soporte del positivismo”
Torres-Dulce, cinéfilo de prestigio y autor de libros como Amores difíciles (Notorius, 2018) aseguró que “cuando uno contempla los horrores del siglo XX, y del propio siglo XXI, se convence de que si no hay una costumbre arraigada que se transforma en ley, la legitimidad de la ley se estampa”.
El que fuera fiscal del Estado entre los años 2011 y 2014, hizo hincapié en que la película de Kramer “nos permite revisar de arriba abajo el concepto de imperio de la ley, puesto que de alguna forma el derecho nazi se construyó precisamente sobre el soporte del positivismo”.
Preguntado si los jueces alemanes debieron incumplir la ley vigente en aquel momento, aseguró con rotundidad que “ningún jurista puede admitir las leyes de exterminio de ningún país, ni cualquier ley que sistemáticamente lamine los derechos individuales y la libertad, lo que conocemos como las garantías de la convivencia democrática”.
“La ley tiene que ser algo previo que asuma todo el mundo y a partir de ahí los juicios deben de ser justos”
“¿Qué debe hacer un juez ante una legislación manifiestamente injusta que vaya contra sus principios? –se preguntó–. Obviamente, abandonar la carrera judicial, o denunciar las leyes o interpretarlas lo más cercanamente posible a sus principios”.
El también crítico cinematográfico del diario Expansión insistió en que “un jurista debe reflexionar no solo acerca del carácter legítimo, formal de la ley, sino que ha de tener la seguridad de que esa ley obedece a principios de derechos y garantías fundamentales, cosa que no ocurría con las leyes nazis”.
“¿Qué debe hacer un juez ante una legislación manifiestamente injusta? Abandonar la carrera judicial o denunciar esas leyes”
Tras recordar las legislaciones que están por encima de las leyes de cada país, el sentido ético universal que deber impregnar nuestras disposiciones, el propio Derecho Natural, explicó cómo “tanto la revoluciones francesa como la americana aportaron transparencia, frente al absolutismo, donde la justicia se basada en la opacidad; el rey no tenía por qué explicar su castigo”.
“La ley –concluyó- tiene que ser algo previo que asuma todo el mundo y a partir de ahí los juicios deben de ser justos”.
Puede consultar el artículo de Eduardo Torres-Dulce sobre Vencedores y vencidos en este enlace https://www.nuevarevista.net/los-jueces-de-la-injusticia/